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jueves, 9 de abril de 2026

LIBROS. Las aventuras extraordinarias de lord Jacinto Antón. El periodista publica una nueva selección de artículos y reportajes en los que se combinan la solidez cultural, la narración de viajes a lugares imposibles y el relato real

El periodista Jacinto Antón en la redacción de EL PAÍS de Barcelona.Massimiliano Minoc
Jordi Amat 
Uno se adentra por un camino montañoso, en aquel pueblo del Montseny, hasta llegar a la masía de Can Batllic. El mapa es el artículo La charca de las salamandras. Se ve la encina y al lado la charca, pero su autor no está: el aventurero de juventud eterna no espera en ese lugar bucólico donde ha pasado, expectante, tantas horas durante más de medio siglo. Bajo aquella encina a Jacinto Antón —periodista de EL PAÍS desde hace 40 años— se le han aparecido todo tipo de bicharracos silvestres, pero la mañana de Jueves Santo solo se veía una cabra. Se alzó del sueño, durante dos segundos contempló al intruso, bostezó y volvió a reposar.

Este es el lugar perfecto para leer Sirenas, leones y otros cuentos inesperados (Salamandra). La tercera recopilación de crónicas y reportajes de Jacinto Antón llega a las librerías el 9 de abril. “Lo que aquí se perfila es un proyecto de fondo: reunir y dar forma a más de cuarenta años de escritura, en los que Jacinto Antón ha ido construyendo un universo propio”, explica su fiel editora Anik Lapointe. El modo de recrear ese universo es lo que da entidad literaria a un articulismo por el que Antón recibió en 2009 el primer Premio Nacional de Periodismo Cultural. Se mezclan los tiempos —desde la Grecia Antigua o el Antiguo Egipto a la Segunda Guerra Mundial— y conviven aviadores y exploradores con caimanes y serpientes. Se le aparecen porque no pierde la curiosidad ni la ilusionada disposición esperando la llegada de lo extraordinario: viejos libros inencontrables, zorros que comen fuet.

En el nuevo volumen, tras Pilotos, caimanes y otras aventuras extraordinarias (2009) y Héroes, aventureros y cobardes (2013), vuelven las aventuras vividas y contadas por una especie de culto lord empapado de humor inglés. En el prólogo explica que esta selección “quizá tiene un punto más sentimental, incluso romántico, que los otros dos (será la edad)”. Hay estampas con sus hijas (la del martín pescador es insuperable) o recuerdos de formación de su sentimentalidad que incluyen desde la visión calenturienta de El graduado o el tacto (no menos erótico) de su Montesa adolescente hasta el reencuentro tardío con la chica más guapa de COU (espóiler: ella no le recordaba). O por la pieza tan sentida que dedica a Jan Morris, “no podía concebir la vida sin viajar, ni viajar sin escribir”. Hay huellas de la infancia que revelan la raíz de su mitología: el ejemplar de la biblioteca paterna de la Ilíada que se llevó a Troya, el recuerdo de la madre acariciándole la frente con el casco de astronauta con el que de disfrazaba en una oscura habitación. Ese clásico y ese disfraz podrían ser su Rosebud.

El periodista Jacinto Antón en la redacción de EL PAÍS de Barcelona.
 

El cronista Antón vive más cuando está en ese mundo y lo crea con estilo inconfundible. “Su voz no ha dejado de invitarnos a vivir la aventura del mundo con inteligencia y humor”, en palabras de Lapointe. Juega con las palabras, contrasta su menguante coraje con el de los héroes con los que habla y sabe retratarse de forma autoparódica frente a una serpiente en Egipto, al explicar el miedo que siente al aterrizar en un globo aerostático rodeado de leones africanos o al caer de noche por el camino en un bosque y acabar en una charca.

Parece como si este hombre que habla en voz baja en la redacción, acorralado por montañas de libros, una calavera y desde hace unos meses por una figura de Napoleón que lo contempla mientras teclea, hubiese descubierto que la práctica del oficio de cronista le permitía ser quien siempre soñó ser: un aventurero. “Con sus crónicas de gran periodismo cultural ha demostrado a sus lectores que la huella que dejaron Salgari, Verne, Stevenson o Mark Twain, no es solo un delicioso recuerdo, sino la aventura abierta a cualquiera que se atreva a dar el paso. Aunque sea imaginario”. Esta descripción de su proyecto literario la escribe en un correo electrónico Basilio Baltasar —que, además de escritor, es administrador del chat más activo de periodistas culturales de España—.

La fórmula Antón combina ingredientes del artículo de solidez cultural, la narración de viajes a lugares imposibles y el relato real. Su sombra se confunde con la de sus mitos. “Exploradores y expedicionarios de nuestro tiempo, atrevidos y extravagantes aventureros de nuestro siglo, penetran los más insólitos recovecos del mundo y aparecen en las crónicas de Jacinto Antón para contar que no todo ha sido descubierto, manoseado y explotado”, afirma Basilio Baltasar. Esa fórmula la conocen, y disfrutan, los lectores: literatura de aventuras en los periódicos que puede redescubrirse en sus libros.

Uno acaba de leer Sirenas, leones y otros cuentos bajo la encina, frente a la charca de Can Batllic, mientras la cabra sigue dormitando. A lo lejos se acercaba la voz de un niño. Aprendía a pronunciar la palabra portaviones. Parecía dispuesto a conquistar el mundo.


miércoles, 18 de febrero de 2026

Oliver Guez, escritor: “Preferiría tomar una copa con Gertrude Bell que con Lawrence de Arabia” El autor francés traza en ‘Mesopotamia’ una semblanza novelada de la gran aventurera británica conocida como “la reina del desierto”

No es extraño que nos caiga mucho mejor el sujeto de la nueva novela de Olivier Guez que el de la anterior: era Mengele. Tras La desaparición de Josef Mengele, que seguía los pasos del Ángel de la Muerte de Auschwitz, Guez aborda ahora en Mesopotamia (también en Tusquets), asimismo desde la narrativa, la vida de otro notable personaje histórico, la gran aventurera británica Gertrude Bell (1868-1926), arqueóloga, exploradora, montañera, espía, agente política del imperio y que fue determinante en el destino de Oriente Medio. Guez (Estrasburgo, 51 años), un hombre alto y circunspecto, llega un poco tarde a la cita en un hotel de Barcelona porque, explica, ha estado en una piscina nadando, una curiosa introducción para hablar de una mujer conocida como “la reina del desierto” y que fue amiga y colega de Lawrence de Arabia.

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Pregunta. Más simpática que Mengele
Respuesta. Es fácil, desde luego, aunque tienen en común haber caído ambos en la desmesura. El infame médico de las SS con su obsesión por buscar el secreto de los mellizos, Bell por creer que podía crear un imperio en Oriente Medio.

P. ¿Por qué la ha elegido como protagonista de su libro?
R. Era una mujer sensacional. Absolutamente excepcional para su época. Tuvo responsabilidades extraordinarias y un importante estatus oficial, insólito entonces para alguien de su sexo. Fue espía, jefa de los servicios de inteligencia, arqueóloga de renombre, licenciada en Historia en Oxford, alpinista, viajera, cruzó el desierto del Nefud en camello, se enamoró de los beduinos…

P. Se la ha denominado “la Lawrence de Arabia femenina”.
R. En puridad es al revés: Lawrence es el Gertrude Bell masculino. Ella fue objetivamente más importante y políticamente relevante que él. La revuelta árabe no tuvo tanta trascendencia como el papel de Bell en el trazado de las nuevas fronteras de Oriente Medio y en el moldeado del porvenir de la región.

P. Pero Lawrence, del que por cierto hace usted un retrato espléndido, es más conocido.
R. Ya, tuvo varias ventajas, la primera ser un hombre. La segunda, que occidente estuviera en busca de un héroe individual tras las masacres de la Primera Guerra Mundial, con millones de muertos anónimos. También que escribiera una obra maestra, Los siete pilares de la sabiduría, cosa que Bell no hizo. Y por último y fundamental, tuvo una película que lo inmortalizó.

P. Ha tardado, pero Gertrude ha tenido también su película, La reina del desierto (2015), de Werner Herzog, con Nicole Kidman. A Lawrence lo interpretaba ¡Robert Pattinson!, al que no le debía sentar bien tanto sol.
R. Una película muy mala y que no funciona.

 

Nicole Kidman como Gertrude Bell en ‘La reina del desierto’.

P. En todo caso, es indudable que Lawrence tenía carisma, ¿y ella?
R. Imponía, era rica, políglota, tenía modales de clase alta, una red de relaciones impresionante. La gente la veía como alguien excepcional. Era arrogante. Sus enemigos la calificaban de solterona cascarrabias y excéntrica” Le faltaba el sentido del humor, no era una mujer divertida.

P. Lawrence tampoco, sobre todo cuando lo flagelaban. ¿Tenía épica ella?
R. Sí, también, más aterciopelada, menos espectacular. Y le faltó alguien que la explicara, como hizo el periodista Lowell Thomas con Lawrence. Cuando Bell cruzaba el desierto no había nadie para contarlo. T. E. Lawrence fue objeto de deseo de todos los mitómanos del siglo XX, como Malraux, todos hubieran querido ser él. Era como Corto Maltés. Bell no entra en eso. No hace soñar así. Me temo que nadie fantasea con ser Gertrude Bell.

P. Compartía con Lawrence el valor y el coraje.
R. Sí, y otra cosa tenían en común: no se querían a sí mismos, no tenían buena relación con sus cuerpos. Lo trataban como a un enemigo. Creían en la redención por el sufrimiento.

P. ¿Era lesbiana Miss Bell?
R. No he encontrado nada que lo pruebe, ni entre líneas; de hallarlo lo habría puesto sin problema en el libro. Me parece que la aventura era un sustituto de la sexualidad en Bell y en Lawrence.

P. ¿Con cuál de los dos se iría a tomar una copa?
R. Con Gertrude Bell, me encantaría oír de primera mano sus aventuras. Creo que me llevaría mejor que con Lawrence. Aunque si me pregunta cuál de los dos me cae más simpático…

P. ¿Cuál de los dos le cae más simpático?
R. Winston Churchill, jajaja. Tenía un cinismo y un humor del que carecían los otros dos.


 
Gertrude Bell (la tercera por la izquierda), en 1921, ante la Esfinge de Gizeh, junto a Winston Churchill (a su izquierda en la foto) y T. E. Lawrence, el famoso 'Lawrence de Arabia'.

P. Hay una famosa foto de 1921, de cuando la Conferencia del Cairo, en la que salen los tres en camello frente a la esfinge de Guiza. ¿Quién montaba mejor ese animal, Bell o Lawrence?
R. No sabría decir, ambos eran muy buenos. Y sin duda los dos mejores que Churchill al que el suyo aquel día lo tiró al suelo como a un saco de patatas.

P. Mesopotamia es un libro muy literario, con pasajes bellísimos. ¿Hasta qué punto novela la vida de Gertrude Bell, de la que cuenta muchas intimidades?
R. La propia vida de Bell es muy novelesca. Invento muy poco. Donde hay parte de ficción es en el decorado, en la puesta en escena, no en lo esencial. Mi trabajo es más de técnica literaria que de ficción. Ya sabe que a los franceses, a diferencia de los anglosajones, nos gusta hacer de la historia un sujeto literario.

P. Hay una alusión a Hércules Poirot en Mesopotamia.
R. Me hubiera encantado que se conocieran Gertrude Bell y Agatha Christie, pero no lo hicieron, pese a casi coincidir en excavaciones arqueológicas. Por eso hago ese guiño de que la primera se encuentre a un detective belga en el Orient Express.