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domingo, 31 de mayo de 2026

ENTREVISTA Gabriel Rolón, el psicólogo que llena estadios: “Solo alguien que nunca se psicoanalizó se identifica con sus logros”

Con más de 2,5 millones de ejemplares vendidos, es hoy uno de los escritores más leídos de Sudamérica. Autor de libros sobre conversaciones reales —llevadas al cine o la televisión—, ha firmado ensayos como ‘La felicidad’ o ‘El duelo’ y acaba de publicar ‘La soledad’ (Paidós).

 Gabriel Rolón (La Matanza, Argentina, 64 años) defiende que cada persona es un misterio para sí misma. Pero parece conocerse. Fue criado por un padre albañil y una madre costurera, que le permitieron elegir: fue músico antes que psicólogo. Psicoanalizándose decidió llegar a pacientes y lectores con honestidad.

Sus ensayos demuestran que la elocuencia es didáctica. Combinan casos reales, mitología griega, literatura y cine para explicar las aportaciones de Freud, de Lacan o de él mismo.

Gabriel Rolón. ©Caterina Barjau. ----PIEDEFOTO---- Caterina Barjau

Escribe: “El analista no comprende al paciente. Lo acompaña hasta el borde del abismo”.

La escuela americana de psicología ideó una psicoterapia que busca el bienestar. Los analistas freudianos renunciamos a eso para buscar la verdad que el paciente no sabe que sabe.

¿Buscan una verdad dolorosa?

Por algo se ha olvidado. La psiquis reprime lo que no puede tolerar en los primeros años de vida.

¿Y si uno no ha tenido problemas de niño?

Ser un ser humano ya es traumático. Uno no llega a la vida: cae en un mundo que no entiende. Convertirse en ser humano genera dolores que arman una matriz sobre la que se van a montar los dolores que vengan.

Fue un niño querido. ¿Cómo llegó al psicoanálisis?

Mi papá fue criado en un orfanato. Algunas noches, lo escuchaba dar vueltas, tomar café y fumar. Con cinco años, me senté frente a él. “Te estarás preguntando en qué está pensando el loco de tu padre”, dijo. Le escuché hablar de soledad y dolor. Años después entendí que era la primera pregunta analítica que había hecho en mi vida.

¿Fue instinto? ¿Amor?

Para mí, el psicoanálisis es un acto de amor. No creo ese estereotipo de analista frío que no habla ni saluda. Los profesionales que trabajan así se creyeron los libros en lugar de vivir el psicoanálisis.

¿Por qué decidió psicoanalizarse?

Por un dolor de amor profundo. El psicoanálisis es para quien percibe que solo no puede con el dolor que lo atraviesa. Y para quien no entiende. Los humanos sacamos el dolor del cuerpo con las palabras. A veces, lo tememos tanto que quien nos quiere nos impide hablar: ya pasó, te enamorarás de nuevo…

Entre sacar el dolor y recrearse en él…

A veces quien no encuentra un lugar en el mundo, halla uno como víctima. Es preferible a no ser nada, ¿no? Es similar a estar en una trinchera: un lugar horrible donde uno se siente protegido. El trabajo del analista es que esa persona intuya que hay lugares mejores para ella.

Cuando se psicoanalizó, ¿se curó? ¿Se conoció?

Mi dolor dejó de ser desmesurado. Hablar te lleva a recorrer momentos de tu vida en los que te sentiste solo o maltratado… Empezás por la última de las ramitas y buscas las raíces del dolor.

¿Escuchar problemas relativiza los propios?

Hay que tener cuidado con no respetar el dolor del otro porque no es extremo. Cuando alguien no puede soportarlo, ese dolor es gravísimo. Solo si están gozando como víctimas hay que quitar escucha. En nosotros pelean dos fuerzas. La pulsión de vida te impulsa a perseguir deseos. La de muerte quiere nuestra muerte en vida.

Freud quería que la comunidad científica reconociera el psicoanálisis.

Lacan, en cambio, buscó que le entendieran muy pocos. El problema fue de sus seguidores.
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¿Usted no es lacaniano?

No y sí. Estudiando psicología, le dije a mi analista: “Soy lacaniano, como usted”. Y él, que se llamaba Gustavo Fulchi, dijo: “Era lacaniano, como usted, cuando era estúpido, como usted. Ahora soy fulchiano. Y usted será estúpido hasta que sea roloniano, se apodere de los conceptos del psicoanálisis y encuentre una manera propia de trabajar”.

Lacan escribió: “Toda persona tiene derecho…

… a ser escuchada más allá de lo que dice”. Es su análisis de lo que nos pasa por ser hablantes. Todo psicoanalista es un freudiano: creemos en el inconsciente. A partir de ahí, por qué no tomar de otros —como Lacan hizo con Melanie Klein y la pulsión de muerte—. Ante un paciente soy un cirujano que a veces necesita el escalpelo y otras el abridor.

El psicoanálisis abre la puerta a la confusión sin garantías.

Quien te proponga la cura, te miente.

¿Los pacientes llegan también por curiosidad?

Puede ser una excusa. Alguno dice que quiere estudiar psicología y, tras cinco entrevistas, llora.

¿Todos lloramos?

En el mejor de los casos. ¿Quién no ha tenido pérdidas? Michel Tournier considera adulto a quien ha perdido a alguien. Cualquiera que sea la edad. Esa frase impresiona. Trabajé en un hogar de niños abandonados.

Gabriel Rolón. Caterina Barjau

¿El sufrimiento confiere madurez?

No. La vida duele. Obtener ese conocimiento con cinco años viviendo en la calle… Ser analista no tiene que ver con saber. Tiene que ver con sostener el lugar de desconocimiento. Abrir un espacio donde ni vos ni yo sabemos nada.

El psicoanálisis fue subversivo.

Por eso fue denostado por religiones y poderes. ¿Te imaginas hablar de sexualidad infantil en 1890? ¡Querían matar a Freud por degenerado! O decir: “Esta persona, orgánicamente, no tiene nada. Pero no puede caminar y no está mintiendo”. La separación entre lo orgánico y lo físico que hizo fue revolucionaria para la ciencia. Lo sigue siendo. Por eso los seguros médicos no nos quieren. El psicoanálisis necesita tiempo. Es una búsqueda íntima, contraria a la sobreexposición en redes sociales.

El descrédito del psicoanálisis critica sesiones irregulares de 50 o 15 minutos.

Fue un cambio lacaniano que le costó la expulsión de la Internacional Psicoanalítica. El corte de una sesión es una de las intervenciones más importantes del analista. Si a los 15 minutos dijiste algo sobre un dolor importante, abriste una puerta y quiero que te vayas a pensar. No vas a decir nada más importante. El problema de los lacanianos fue que creyeron que las sesiones tenían que durar 15 minutos para ser lacanianos.

¿Alguien que apenas habla cómo le ayuda?

No es un silencio desinteresado. Es silencio activo. El psicoanalista está en el territorio donde no se entienden las cosas. Todos llevamos dentro un Jekyll y un Hyde incapaces de entender cómo fuimos capaces de decir eso. Lo más importante en un relato es cuando el paciente duda. Por esos huecos nos metemos.

¿Siempre tiene esa capacidad de observación?

Tengo días mejores y peores. No todas las canciones de Serrat son igualmente bellas.

Nadie confía su estado anímico a la inspiración de Serrat.

No sos vos el que sabe, es el dispositivo analítico. En cuanto el paciente dice algo importante, te hace ruido. Se llama atención flotante. Escuchas más allá de lo que dice.

¿Fuera de consulta sobreanaliza?

Existe el vicio, como el músico que detecta que alguien desafina. Pero no por eso lo corrige. Frente a una pareja pienso: les quedan dos minutos.

¿Sus padres sabían lo que era un psicoanalista?

Claro que no. Quise ser actor, músico, matemático… Cuando me di cuenta de que me gustaba la psicología ya era mayor. Le dije a mi padre que ya había fracasado en muchas cosas para empezar de nuevo. Dijo: “No quiero tener un hijo que renuncia a sus sueños por temores falsos”. Cuando me gradué le llevé el título a una obra en la que trabajaba.

Su padre temía las emociones. Usted las derrocha.

Tal vez tenga que ver una cosa con la otra. Intentamos reparar donde podemos aquello que no podríamos reparar donde quisiéramos. Me hubiera gustado abrazar al niño que fue mi papá, que tenía miedo y estaba solo. Me gusta transmitir el afecto y la gratitud.

Dante sitúa en el último anillo del infierno a los ingratos.

Por debajo de los asesinos. El ingrato es un traidor. Cuando no estás a la altura con alguien que te ha tendido la mano, estás traicionando un acto de amor.

¿El amor no debería aceptar cualquier cosa?

Debe tener límites claros. A una paciente su pareja la golpeaba. Le preguntaba: ¿por qué no te vas? “Porque lo amo”, respondía. No todos los amores merecen ser vividos. El amor, si no es condicional, es necesidad. Y la necesidad es patológica.

¿Se puede reaprender a amar?

Para eso estoy yo. El que hace daño proyecta su energía destructiva sobre los demás. A veces, de vuelta, se lastima. Con una persona autodestructiva lo que quieres es que desee. El deseo es el motor de la vida.

¿Qué límites tiene el deseo?

La diferencia entre una actitud sana y una patológica es nada más que de medidas.

El equilibrio griego. ¿Amamos desequilibrados?

Las emociones fuertes desequilibran. Duran poco. Y tienes que pagarlas. El deseo se opone a la fuerza destructiva que tenemos: nunca vamos a encontrar todo lo que queremos. Siempre vamos a ser seres deseantes. Ahora, el deseo ha de tener límites. Imagina que a alguien se le ocurra desear a un niño de ocho años. Las normas están para que sepamos hasta dónde se puede llegar.

¿Normas por si falla la ética?

Puedes desear algo que no te puedes comprar. Y no lo robas. Se complica cuando la vida te lleva a la ausencia de deseo. El deseo de nada es el deseo de muerte. El deseo otorga placeres. Unamuno diría placeres de juguetería, pero te alcanzan para vivir.

Utiliza referencias literarias, cinematográficas, lee el Nuevo Testamento cada año…

Jesucristo fue un revolucionario. Alguien capaz de ver más posibilidades que el a favor o en contra. Cuando acusaron a María Magdalena de adulterio y querían aplicar la ley lapidándola, ni negó la ley ni la aplicó, dijo: “Quien esté libre de culpa que tire la primera piedra”. La excepción es importante. Hace que te enamores. El mundo es blanco y negro y aparece alguien en colores.

El amor cura y daña.

El psicoanálisis es la clínica del duelo. Duelo viene de batalla y de dolor, la batalla dolorosa que tiene que llevar adelante quien perdió algo que amaba. “Morir es haber vivido”, dice Borges.

¿Se puede ser psicoanalista sin ser culto?

A Freud le preguntaron qué debería tener una Facultad de Psicoanálisis. Contestó que arquitectura, poesía, filosofía, literatura, religión…, las maneras en que los humanos hemos intentado encontrar un sentido frente a la angustia del vacío existencial.

¿Ser uno mismo es el mayor desafío al que nos enfrentamos en la vida?

El peor de los tormentos es querer ser alguien distinto al que se es. Lo escribió Kierkegaard. Nadie sabe quién es. Psicoanalizarse es adentrarse en esa búsqueda.

¿El camino es siempre la humildad?

Es muy difícil analizar a alguien que cree que lo que hace siempre está bien. No solo analizar, es muy difícil vivir con alguien así. Solo alguien que nunca se analizó se identifica con sus logros. Di una charla en un estadio de Montevideo ante 7.500 personas. Hablaba con Cynthia, mi mujer, y me preguntaba: “¿Por qué vinieron?”.

Su esposa es también psicoanalista.

La persona que amamos no es la que nos completa, sino la que nos permite tener una incompletud que no duele. Para que funcione hay que renunciar a esa demanda desmesurada de completud.

Cynthia es su segunda esposa…

Sí. He sido abandonado, he abandonado…, por eso creo que puedo tener un compromiso tan potente con la mujer que amo.

¿El desamor se parece a la muerte?

Una de las cosas más difíciles de duelar no es la pérdida del otro, sino la pérdida del lugar que teníamos para el otro. Cuando te dejan de amar, dejas de ser único y pasas a ser del montón.

¿Bajar a los infiernos es necesario para renacer?

Es inevitable atravesar ese territorio de dolor donde la vida carece de sentido. ¿Cómo voy a vivir sin escuchar la voz de mi padre? ¿Cómo sin el amor de mi vida? Sientes que no vas a poder. Te culpas de lo hecho y de lo no hecho. Es el descenso, la catábasis. El dolor no lo produce la pérdida, sino el esfuerzo que hacemos para no morir con esa persona. A mí la gente dolorida —el que dice no aguanto más, voy a morir…— no me preocupa. Están batallando. Me preocupa el que ya no siente ni dolor. Ese se ha dado por vencido. A mi pareja le pregunto, hasta su hartazgo, si sigue eligiendo estar conmigo.

¿Necesita que se lo confirme?

Borges dice que en las grietas acecha Dios. Creo que también acechan los demonios. Y que corremos el riesgo de hacer la pregunta cuando ya es tarde.

Quien se contiene para no discutir, ¿hace bien?

Hay que tener cuidado con la necesidad catártica de sacarse la ansiedad de encima de inmediato. Es necesario poner tiempo y pensamiento entre el estímulo y la respuesta. Decirle a tu pareja: mejor hablamos después. Si lo hacemos ahora diré cosas que no quiero. También creo que no todas las batallas deben ser libradas.

Usted parece peleón.

Soy luchador. Pero siempre intenté hacerme cargo de las cosas que digo. No voy a decirte que eres lo peor que me pasó en la vida por más que en un momento lo sienta, porque el enojo todo lo enturbia. Voy a esperar a estar tranquilo.

¿Siempre lo consigue?

Casi. Y si no, pido perdón. La vida es un lugar dificilísimo.

¿Nos enfadamos con otros por nuestros fallos?

La proyección es el primer mecanismo de defensa que aprendemos. Un niño se pega con la mesa y los papás la golpean y dicen: “Mala la mesa”.

¿Ponerse filtros es madurar?

Si esos filtros son hijos del respeto y la consideración y no del miedo, sí.

Su último libro, La soledad, aterra y libera.

La soledad nos separa de los otros y nos acerca a nosotros.

¿Solos estamos incompletos?

Acompañados también. Es la maravillosa tragedia del ser humano. Si estuviéramos completos, ¿qué buscaríamos?

¿La soledad voluntaria proviene del miedo?

A veces uno elige no atosigarse con compañías nuevas hasta no estar a la altura de la situación. Otras es producto de hacerse el que quiere estar solo porque tiene miedo del rechazo. Estar con alguien es un desafío complicado. Hay personas que temen ese desafío y no están con nadie y otras que enmascaran el no estar con nadie estando con muchas, que es otra manera de no estar con nadie.

Cuando alguien lee, ¿está solo?

Cuando lees, los otros molestan. Leer es un momento de soledad para habitarse de multitudes.

Escribió La felicidad. ¿Somos más infelices que nunca?

Esta época invita a la frustración permanente porque no sostiene los logros. Te esforzaste por tener un auto y a los tres meses te dicen que es viejo. Hay que desarrollar una inteligencia para quedarse con el placer de lo logrado. Parte de alcanzar cierta sanidad es poder darle a lo logrado un tiempo a nuestro lado.

Escribe que la felicidad no hay que encontrarla dentro de uno.

Hay que construirla. No es una búsqueda del tesoro.

“El fracaso es que no haya nada de uno mismo en lo que se hace”.

El psicoanálisis hace que te acerques a comprender quién eres. Yo me trabajo con analistas. Cada tanto necesito chapa y pintura. Me pregunto si con mi actitud me acerco o me alejo de la persona que quiero ser. “Le contestaste mal, pero lo merecía”. ¿Y yo? ¿Merecía tener esa actitud? Los gestos no hablan de quien los recibe sino de quien los hace.

miércoles, 22 de octubre de 2025

Todo lo que decimos sin decirlo

El cuerpo y los gestos, incluidos los silencios, resultan imprescindibles en el acto de comunicar y de aprehender lo que se comunica. Estudiarlos e interpretarlos puede mejorar nuestras relaciones sociales

Dos personas conversan tranquilamente. O, al menos, eso parece. Mientras uno de ellos habla, sus pies apuntan a la puerta. Sus palabras dicen una cosa, pero su cuerpo empieza a contar otra distinta. Escuchamos a alguien decir que está bien, pero su mirada nos evita y sus labios se aprietan. Algo no encaja y no hacen falta más comentarios. El cuerpo lo dice todo, incluso cuando callamos, fingimos o intentamos pasar inadvertidos. Como reconocía uno de los grandes padres de la comunicación no verbal, Paul Watzlawick, “no podemos no comunicar”. Tenemos la capacidad de captar las señales que emite quien tenemos enfrente de una forma u otra. Este radar intuitivo, además, puede afinarse, lo que nos ayudaría en nuestras relaciones diarias, tal y como nos enseñan los expertos en comunicación no consciente, como Juan Manuel García, miembro de la Unidad Central Operativa (UCO) de la Guardia Civil. Además de su experiencia en el terreno, es divulgador, con más de seis millones de seguidores en sus redes sociales, y autor del reciente libro Ciencias del comportamiento (Temas de Hoy, 2025). “Lo que expresamos con el cuerpo, con la mirada o con los silencios, muchas veces es más importante que lo que decimos con palabras”, explica. En la medida que conozcamos la comunicación no consciente, asegura García, “podremos expresarnos mejor, prevenir conflictos, mejorar nuestras relaciones o, incluso, evitar engaños”.

Pero no basta con observar a los demás: también necesitamos escuchar a nuestro propio cuerpo para entender lo que sentimos. La postura que adoptamos, por ejemplo, no es un detalle menor. Un estudio realizado en la Universidad de Auckland en 2015 reveló que las personas que están erguidas en situaciones estresantes no solo se sienten más seguras, sino que también muestran una mayor autoestima, un estado de ánimo más positivo y menos miedo. Estudios posteriores de la Universidad Libre de Ámsterdam reafirmaron cómo una postura encorvada favorece pensamientos negativos. Esto sugiere que el cuerpo no es solo un reflejo pasivo de nuestras emociones, sino un agente activo que influye en cómo nos sentimos y nos recuperamos internamente. Percibir cuándo apretamos los labios, encogemos los hombros o desviamos la mirada nos permite entender mejor lo que sentimos en cada momento.

García nos propone un método en tres fases: analizar, conocer e influir. Y la primera, según los expertos, es la más difícil de todas. Ahora bien, hemos de observar los comportamientos, gestos, posturas, expresiones o microseñales del cuerpo sin sacar conclusiones precipitadas. Tampoco hemos de encasillar lo que vemos en un diccionario universal de gestos, que no existe. Por ejemplo, si conversamos con alguien que tiene los brazos cruzados no significa necesariamente que esté desinteresado o molesto, quizá esté distraído con sus propios problemas.

¿Cuántas veces hemos creído entender a alguien solo por una primera impresión? Nuestro cerebro es maravilloso, pero también resulta perezoso. Cuando conocemos a una persona, preferimos las suposiciones rápidas, los atajos o los sesgos mentales, antes que detenernos a pensar. Por ello, corremos el riesgo de confundir simpatía con competencia, o belleza con honestidad.

Al observar, merece la pena prestar atención a aquellos gestos que solemos pasar por alto. Las pupilas, por ejemplo, se dilatan con el interés o con el deseo, y se contraen con el rechazo. El parpadeo cambia de ritmo según nuestras emociones. La mandíbula, cuando se tensa y palpita, puede revelar contención emocional. Y los pies, esos grandes olvidados, como dice García, a menudo apuntan a donde realmente queremos estar.

Una vez que hemos aprendido a mirar sin tantos filtros, llega el momento de contextualizar lo que vemos. En esta segunda fase es fundamental saber cuál es la línea base o el patrón natural de comportamiento de cada persona. Como explica García, hay personas que comunican con gran intensidad, como el presidente argentino, Javier Milei, mientras que otras lo hacen con contención, como es Angela Merkel, antigua canciller alemana. Ambos estilos son naturales en ellos: hemos de conocer el comportamiento base de la otra persona para identificar cualquier desviación e indagar en la causa.

Toda la información anterior nos ha de ayudar a actuar mejor desde la comprensión. Es decir, a influir, que es la tercera fase del modelo, para crear una conexión genuina y favorecer el entendimiento mutuo. Mientras escuchamos a alguien que cuenta algo difícil —una enfermedad o una pérdida—, si parpadeamos lenta y suavemente nuestro cuerpo expresará mayor empatía. O si queremos el apoyo de alguien para un proyecto y detectamos una señal de protección, quizá valga la pena parar la exposición y reconducir la conversación hacia preguntas que le resulten cómodas para la otra persona y relajar el ambiente.

Entender al otro —y también a nosotros mismos— no comienza con una respuesta, sino con una pausa. Una observación atenta. Una mirada sin juicio. Porque, a veces, lo que no se dice en voz alta es lo que más nos une.

Pilar Jericó es doctora en Organización de Empresas y experta en comportamiento humano.

miércoles, 11 de diciembre de 2024

_- PSICOLOGÍA. Puedes cambiar de repente el argumento de tu existencia, no estás obligado a ser siempre el mismo.

_- Una ruptura, una alteración importante en los hábitos, como dejar la bebida o el tabaco... hay varias formas de reinventar quiénes somos, como han hecho varios personajes célebres a lo largo de la historia

“Nunca me pregunté lo que significaba la libertad hasta el día en que abracé a Stalin”, así empieza la autobiografía Libre, de la albanesa Lea Ypi. Su protagonista es una niña de Tirana que ve cómo el régimen comunista en el que ha crecido y creído se viene abajo en 1990.

La decapitación de la estatua de Stalin, a la que ella abrazaba, encarna un mundo que ha dejado de existir. A partir de aquí habrá distintos puntos de giro en la vida de Lea, que acabará como profesora de Teoría Política en la London School of Economics. En este caso, los acontecimientos abruptos de la historia propiciarán un cambio de argumento vital para esta escritora, así como para millones de habitantes del este de Europa. En muchos otros casos, sin embargo, es la persona quien decide emprender un cambio radical, movida por algún descubrimiento exterior o interior. Este fue repetidas veces el caso de Limónov, cuya biografía escribió Emmanuel Carrère, con un biopic estrenado en el pasado Festival de Cannes.

Este ruso obsesionado por la fama se crió en Ucrania, hijo de un oficial soviético. En su adolescencia decide ser un delincuente callejero hasta que, en un giro inesperado, se le ocurre que tiene que ser poeta. Para ello se hace amante de una mujer judía que reúne en su casa a los literatos de su ciudad. Está con ella para poder ser él quien abra la puerta a estos escritores a los que quiere parecerse. En su camino de trepa, se mudará a Moscú para poder codearse con escritores mucho más importantes. No contento con esto, acaba emigrando a Nueva York, donde hará de mayordomo de un millonario, además de ofrecer su cuerpo a hombres desconocidos. En 1982 se instala en París con una modelo y artista rusa. En la capital francesa empezará a ser conocido como escritor, aunque su vida sufrirá aún muchos vuelcos disparatados, como su participación en la guerra de los Balcanes o su regreso a Rusia, donde funda un partido que es prohibido y acaba en la cárcel, acusado de tentativa de golpe de Estado. Entre barrotes se convierte en místico y, una vez liberado, ejerce una osada oposición a Putin.

Si no fuera porque sabemos que es real, tacharíamos esta historia de inverosímil. Quizás nos parece así porque estamos acostumbrados a contemplar existencias que siguen caminos trillados. No obstante, si se miran de cerca, en todas las vidas hay momentos en los que todo cambia y el argumento de las cosas se vuelve imprevisible. En una novela, el punto de giro tiene lugar cuando la acción normal se ha agotado y se necesita un cambio de rasante para despertar al lector. Lo mismo sucede en las historias que se desarrollan fuera de los libros. La llamada “crisis de la mediana edad”, por ejemplo, se produce en personas que, tras haber alcanzado la estabilidad, necesitan agitar su mundo cotidiano para volver a sentirse vivas.

Sin embargo, ese no es el único momento de nuestra trayectoria en el que puede haber un punto de giro. De hecho, a lo largo de la vida tomaremos distintas decisiones cruciales que nos llevarán a vivir un capítulo nuevo. El psicólogo Antoni Bolinches calcula que, en la mayoría de las personas, hay siete u ocho determinaciones de este calado a lo largo de su andadura por el mundo.

Algunos ejemplos comunes:
  • El inicio o la ruptura de una relación de pareja que transforma completamente los planes de vida. La muerte de un cónyuge.
  • Un cambio radical en nuestra orientación profesional, a veces asumiendo grandes riesgos financieros.
  • Una alteración importante en los hábitos, como dejar la bebida o el tabaco —algo que puede llegar a salvar nuestra vida—, o bien volverse vegetariano.
Podríamos poner muchos ejemplos más. Por definición, las decisiones cruciales son aquellas que marcan un antes y un después, es decir, que transforman nuestro día a día de forma relevante. Y, cuando no nos obligan las circunstancias, sabremos que nuestro argumento necesita un giro si nos sentimos mortalmente aburridos, o bien hemos descubierto una pasión por la que merece la pena apostarlo todo. Nada está escrito.

Como decía el orientalista y divulgador Alan Watts: “No tienes la obligación de ser la misma persona que eras hace cinco minutos”.

Las cinco vidas de Kim Ki-duk

Antes de fallecer a los 59 años por covid, el director de cine surcoreano se reinventó una y otra vez:
  • Agricultor. Nacido en 1960, empezó a estudiar para dedicarse al campo, pero a los 17 años cambió de idea.
  • Obrero. Kim Ki-duk decidió trabajar en una fábrica para tener autonomía financiera. Pero se cansó de ello.
  • Militar. Tres años después se alistaba en la Infantería de Marina, donde llegó a ser suboficial.
  • Pintor. A los 25 años se instala en París como pintor.
  • Cineasta. En París decide ser director de cine. Regresa a Corea, donde acaba rodando obras como Hierro 3.
Francesc Miralles es escritor y periodista experto en psicología

miércoles, 16 de octubre de 2024

Lo que un psicólogo descubrió estudiando los secretos de la gente durante una década

Mujer boca tapada

"Nada nos pesa màs que un secreto,"escribió el fabulista francés Jean De La Fontaine en el siglo XVII.

"Mis estudios originales preguntaban si las personas realmente pensaban de esa manera", le dijo a BBC Mundo.

"Y efectivamente, al pensar en los secretos, mostraban una sensación de carga. Daban el mismo tipo de respuestas que quienes llevan peso físico".

Queriendo ahondar en el tema, buscó literatura científica sobre los secretos y "me di cuenta de que en realidad no sabíamos nada".

No era que no se hubieran abordado, sino que "los psicólogos simplemente asumieron que sabían cómo eran los secretos y los recrearon en el laboratorio en lugar de mirar cómo eran en el mundo real.

"No teníamos respuestas satisfactorias para algunas de las preguntas más básicas, como qué secretos guarda la gente o con qué frecuencia los conservan y qué sucede cuando un secreto viene a la mente".

Así que se propuso encontrarlas.

Antes que nada, había una pregunta que Slepian y su equipo debían responder.

¿Qué es un secreto?
Suena fácil pero ponte a pensar: hay cosas de las que no hablamos pero ¿son todas secretos?

Ilustración de mujer con dedo en la boca Fuente de la imagen,Getty Images

"Hay todo tipo de pensamientos y de experiencias que hemos tenido de los que la gente no sabe, pero eso no significa que son secretos".

Hay temas que sólo le confiarías a tu círculo más cercano o de las que no discutirías en ciertos espacios; "pero eso tiene más que ver con la noción de privacidad".

Según Slepian, autor de "The Secret Life of Secrets" (La vida secreta de los secretos)), lo que distingue a un secreto es la intención.

"Defino el secreto como la intención de retener información de una o más personas: en el momento en que tienes la intención de no contarle algo a otra persona, nace un secreto".

Y no depende de si has estado o no en una situación en la que callaste.

"El que no hayas tenido que ocultar ese secreto en una conversación, no significa que no lo tengas.

"De hecho, encontramos que no es muy frecuente que tengamos que guardar un secreto en una conversación, pero es muy común encontrarte pensando en tu secreto, o incluso rumiándolo".

38 secretos
Slepian empezó pidiéndole a mil personas que le contaran un secreto que estuvieran guardando.

Relación anonima 

Los cinco secretos más comunes son: mentiras que hemos dicho (69%), el deseo romántico, (61%), sexo (58%) y nuestras finanzas y dinero (58%).

"A partir de ese conjunto de mil secretos desarrollamos una lista de 38 categorías que estaban muy bien representados por los datos".

Tras preguntarle a otro grupo de mil personas, comprobaron que esa lista era válida. Y siguieron confirmándolo.

"Cuando hacemos la pregunta abierta 'cuál es el secreto que está guardando', el 92% de las respuestas se ajustan a una de las 38 categorías.

No sólo eso: cuando le presentan la lista a los encuestados, "más del 97% de las personas dicen que tienen uno de los secretos en la lista en este momento, y en promedio, las personas dicen que tienen 13 secretos de esa lista en un momento dado", le dijo a BBC Mundo.

Esa lista de 38 secretos incluye desde cosas como herir a otra persona emocional o físicamente y autolesión, así como uso de drogas o cualquier tipo de robo, hasta una sorpresa planeada para alguien o un pasatiempo oculto.

Livianos
Por suerte, no todos los secretos pesan.

"Lo que llamo 'secretos positivos' no perjudican nuestra salud y bienestar; de hecho, pueden mejorarlos. Nos hacen sentir emocionados y energizados.

"Estamos hablando de secretos sobre cosas como una propuesta de matrimonio o quedar embarazada. Son cosas que nos hacen sentir felices".

Chica comiendo postre.

...o ciertos pecadillos. También hay algunos que son más bien placeres secretos, cosas que no le contamos a la gente pues pensamos que no las van a entender o compartir.

"Tal vez te gusta ver dibujos animados para niños o telenovelas, o usas drogas recreativas.

"Cuando las personas guardan secretos con los que se sienten bien, y consideran que no están tomando las decisiones equivocadas, aunque no quieran que otros lo sepan, muestran que existe un tipo de soledad que es feliz, autónoma y libre de la influencia de los demás".

Pero hay muchos secretos que sí provocan ansiedad, y el objetivo de la misión de Slepian no era sólo saber cuáles guardaba la gente: quería entender porqué pesan tanto, y como psicólogo que es, cómo aligerarlos.

3 dimensiones
Con toda la información que había amasado, Slepian siguió su análisis con su equipo, pero esta vez tratando de encontrar un orden sensato para esas 38 categorías, creando un mapa de los secretos recavados en 3D.

Consultando con el público para ir posicionándolos en el espacio, encontró que había 3 dimensiones, y que "cada una de esas dimensiones describía una de las razones por las que pensar en secretos era perjudicial.

"Un secreto moral puede hacernos daño haciéndonos sentir avergonzados.

"Un secreto relacional (que involucra a otras personas) puede hacernos sentir aislados.

"Y pensar en los que se relacionan con nuestras metas o aspiraciones, puede hacernos daño al hacernos sentir inseguros o sin saber qué hacer".

Secretos pesados 

Los secretos pueden hacernos sentir avergonzados, aislados o deshonestos. Según Slepian, el 95% de las personas encuestadas señalan que el sólo hecho de identificar cómo les está doliendo un secreto les ayuda a "sentirse más capaces de lidiar con él y encontrar un camino a seguir".

En la primera dimensión, comprender, por ejemplo, que tus errores pasados ​​no reflejan quién eres hoy y ni tu comportamiento futuro, te puede ayudar a sentirte mejor.

O, en la segunda, si la principal razón por la que no revelas lo que sabes es porque herirías a alguien que aprecias, aunque siga siendo difícil guardarlo, alivia estar consciente de que es por el beneficio de otros.

Pero hay algo que ayuda aún más.

El secreto para aligerar los secretos
El impulso es pensar que, si tienes secretos tóxicos, lo mejor es confesar.

Y quizás lo sea, pero no siempre: en ocasiones, ser honesto puede liberarte pero afectar profundamente a otros sin ningún beneficio, o ponerte en evidencia, sin solucionar nada.

Sin embargo, eso no significa que lo mejor sea callar.

De hecho, Slepian subraya: "El problema de no hablar de un secreto con nadie es que es muy fácil encontrar formas dañinas de pensar en él".

¿El secreto para superarlo?

Hombres hablando Fuente de la imagen,Getty Images

Encontrar un buen confidente.

"Una forma más saludable de lidiar con los secretos proviene de hablar de ellos con otras personas, pues pueden desafiar nuestras líneas de pensamiento improductivas y darnos apoyo social y emocional, cosas que no puedes encontrar por tu cuenta".

Pero, ¿quién es el confidente ideal?

La investigación de Slepian señala que lo mejor es encontrar a alguien que, además de discreto, juzgues como compasivo, empático, afectuoso, sin prejuicios, amable, y con un sentido de la moral similar al tuyo, pues de nada te sirve que se escandalice con lo que le vas a revelar.

Antes de hacerlo, eso sí, recuerda que no puedes pensar sólo en ti.

Tienes que considerar si no vas a meter a esa persona en tu problema: debes estar seguro de que lo que vas a compartir sea el secreto no el agobio y la angustia de guardarlo.

"Encontrar a alguien con quien hablar sobre tu secreto y elegir a la persona adecuada puede marcar toda la diferencia".

miércoles, 8 de mayo de 2024

Cambiando actitudes

Ante la llegada de un nuevo curso, hacemos listas de objetivos como ir al gimnasio, comer mejor o aprender un idioma. Sin embargo, hay propósitos más profundos que, si logramos incorporarlos a nuestro software mental, nos ayudarán a cumplir cualquier meta que nos fijemos.

Vamos a hablar de algunas actitudes y hábitos que configuran nuestra realidad diaria, y de si son los más adecuados para alcanzar lo que deseamos. Concretamente nos centraremos en desactivar cinco vicios mentales que sobrecargan nuestra vida y que entorpecen la realización personal.

Dispersión

“El cazador que acecha dos conejos, no atrapa ninguno” proverbio zen

¿Cuántas veces nos hemos sentido agotados antes de empezar una tarea importante? Imaginemos un hombre que, al regresar del trabajo, realiza a distancia la carrera de sus sueños. Se ha reservado ese tiempo en casa y está motivado, pero no logra avanzar y antes de una hora apaga el ordenador totalmente agotado. ¿Qué sucede?

Libros para una actitud positiva

‘No te ahogues en un vaso de agua’, de Richard Carlson (DeBolsillo). Uno de los manuales más útiles y prácticos que se han escrito para relativizar problemas y afrontar el día a día con una actitud positiva.

Cómo suprimir las preocupaciones y disfrutar de la vida’, de Dale Carnegie (Elipse). Sesenta años después de la muerte del autor, sigue siendo un referente por su lúcida simplicidad y la forma directa y expeditiva de abordar lo que no funciona. Habría que analizar cómo está estudiando. Es muy posible que, mientras intenta sumergirse en la materia, tenga abierto el Whatsapp, el correo electrónico, el Twitter, Facebook o todo a la vez. O bien que durante el curso online intente controlar lo que sucede en la casa, sean sus hijos, su esposa o las tareas que va atendiendo al mismo tiempo.

Entrar y salir de una tarea resulta más agotador que la actividad misma. Cada vez que este hombre abandona la lectura de un artículo de historia, por ejemplo, necesita un esfuerzo extra para luego volver a entrar. Resultado: fatiga y bajo rendimiento, lo cual deriva en desmotivación y quizás abandono.

La solución es hacer una sola cosa a la vez, desactivando todo lo demás. Un buen propósito para empezar el curso con más eficacia.

Procrastinación

“Vuelva usted mañana”, Mariano José de Larra

Nuestra vida está llena de planes que se posponen una y otra vez hasta que, cuando ya es demasiado tarde, nos lamentamos por lo que desearíamos haber hecho.

El mal hábito de aplazar se denomina técnicamente abulia o procrastinación. Esta actitud cotidiana es un verdadero lastre para los planes personales, pero lo peor de todo es el precio psicológico que pagamos por ello. Según el profesor William J. Knaus, de la Escuela de Medicina de la Universidad de Virginia, “la gente pospone tareas con la esperanza de encontrarla ‘realizada’ al día siguiente como por arte de magia; todo ello viene acompañado normalmente por sentimientos de culpa, autoengaño y desesperanza”.

Según este mismo autor, el hábito de procrastinar esconde estas dos minas personales:

La creencia de que somos incapaces de llevar a cabo lo que nos hemos propuesto. Es decir: miedo al fracaso.

Exceso de perfeccionismo, lo cual hace que nos exijamos numerosas condiciones previas, a menudo absurdas, para empezar. Pero son sólo excusas.

Trucos

Tres reglas para mantener a raya las preocupaciones. En su libro Cómo suprimir las preocupaciones y disfrutar de la vida, Dale Carnegie ofrece tres reglas fundamentales para controlar este agente cotidiano de ansiedad y sufrimiento:

Regla 1: viva solamente el día de hoy. No viva en el ayer ni el mañana. Compartimentos estancos al día.
Regla 2: haga frente a los problemas.
a. Pregúntese a sí mismo: ¿qué es lo peor que puede suceder?
b. Prepárese para aceptar lo peor.
c. Trate de mejorar la situación partiendo de lo peor.
Regla 3: recuerde el precio exorbitante que puede pagar con su vida y salud por las preocupaciones.

Contra la inercia paralizante de posponer, un remedio eficaz es ser tan estrictos y cumplidores con nuestra misión como lo somos en nuestro empleo.

Preocupaciones y miedos

“Hoy es el mañana por el que ayer te preocupabas”, autor desconocido

Tenemos dos lugares donde vivir nuestra existencia: desde los hechos del presente, fluyendo con lo que nos sucede en este momento y lugar, o bien desde la ansiedad por lo que podría suceder.

Las pre-ocupaciones no sólo nos impiden ocuparnos de las cosas verdaderamente importantes, sino que agotan nuestra energía mental y promueven un estado de ánimo negativo que a su vez cansa a los que tratan con nosotros. Por si fuera poco, esta clase de miedos sobre situaciones hipotéticas son inútiles. Se ha medido estadísticamente que la mayoría de cosas que nos preocupan nunca llegan a suceder.

Contra esta lacra para las cosas útiles y positivas que podríamos realizar, el psicoterapeuta Richard Carlson proponía tomar, entre otras, las siguientes medidas: 
Proponernos no sufrir por pequeñeces. 
Tomar conciencia del efecto bola de nieve de nuestros pensamientos. 

Repetirnos el lema: “La vida no es una emergencia”. Aprender a vivir con la incertidumbre del mañana.

Si incorporamos a nuestro día a día estos propósitos, lograremos reprogramar nuestra mente para una vida activa y a la vez serena.

Estrés y ansiedad

“El campo de la conciencia es diminuto. Sólo acepta un problema a la vez”, Antoine de Saint-Exupéry

Prima hermana de la emoción que acabamos de ver, el estrés es la respuesta emocional y fisiológica a las situaciones de alta exigencia a las que nos somete la vida cotidiana.

Al ver nuestra mesa a rebosar de trabajo, al recibir un correo con una reclamación o al echar una ojeada a nuestra agenda del día, de repente nuestra respiración se acelera y el corazón late más rápido. Nuestro cuerpo se ha puesto en estado de alerta para afrontar algo que no sabemos si superará nuestras fuerzas.

Daniel Goleman, el gran divulgador de la inteligencia emocional, analiza así este fenómeno:

“Desde un punto de vista evolutivo, la ansiedad tal vez resultara útil cuando cumplía con la función de predisponernos a afrontar algún tipo de peligro, pero en la vida moderna suele manifestarse de forma desproporcionada e inoportuna. En tal caso, la angustia no constituye tanto una respuesta de activación ante un peligro real como una reacción ante una situación cotidiana o que no es más que el producto de nuestra imaginación. En este sentido, los ataques repetidos de ansiedad constituyen un indicador de un elevado nivel de estrés (…) que contribuyen a incrementar los problemas médicos”.

No es casual que Goleman utilice la palabra imaginación al referirse a las situaciones de estrés, ya que cada persona interpreta de manera diferente lo que está viviendo y reacciona en consecuencia.

El psicólogo de Berkeley Richard Lazarus afirma que “si dos personas pueden vivir una misma situación potencialmente estresante de formas distintas es porque en ellas hay diferencias individuales como la percepción, el aprendizaje o la memoria que afectan su forma de enfrentarse a dicha situación, por lo que la variable importante del estrés no es tanto externa como interna”.

Tomarse los acontecimientos con calma, relativizar las urgencias y hacer una cosa detrás de otra son formas efectivas de reprogramar nuestra mente para que no caiga en las redes de un estrés excesivo.

Pesimismo

“El 31 de diciembre, el optimista espera la medianoche para recibir el año nuevo, mientras que el pesimista lo hace para asegurarse de que el viejo se acaba” Bill Vaughan

Pronosticar en negativo antes que las cosas sucedan es el quinto ladrón de energía mental. Como bien han explicado los psicólogos a partir de la llamada “profecía de autocumplimiento”, cada vez que trazamos un oráculo pesimista, de forma inconsciente nuestra mente se pone a trabajar para que eso suceda y poder decir al final: “¿Lo ves? Tenía razón”.

Algunas iniciativas que podemos tomar para promover el optimismo en nuestra vida diaria: 
  • Centrarnos en las soluciones, no en los problemas. 
  • Rodearnos de amistades agradables y nutritivas. 
  • Practicar la gratitud hacia las cosas que salen bien y las personas que nos facilitan la vida. 
  • Establecer pequeñas metas para cada gran objetivo. 
  • Vivir, en lo posible, sin endeudarnos. 
  • Retomar el contacto con la naturaleza. 
  • No analizar tanto. 
  • Destacar lo bueno y relativizar lo malo. 

Contrariamente a lo que muchas personas creen, el optimismo también se aprende y se puede practicar.

Se acerca un nuevo curso. Si reducimos el protagonismo de estos cinco hábitos negativos, nuestros mejores planes estarán mucho más cerca de cumplirse.

viernes, 8 de marzo de 2024

Polarización, un gran reto para la salud mental.

Es el ellos o nosotros. La radicalización. El tribalismo ideológico. Un dañino círculo vicioso que se intensifica en contextos de crisis e incertidumbre, donde los argumentos pierden y las emociones ganan.

Lo que yo pienso y siento es cierto. Si te metes con tal político, te metes conmigo. No leo lo que publique ese periódico. Si ha dicho eso tal persona, no me interesa. O ellos o nosotros… La polarización ideológica es el proceso mediante el cual las diferencias de opinión entre dos o más grupos se hacen cada vez más grandes. La polarización afectiva está relacionada con la percepción negativa, los sentimientos de rechazo y el poco respeto ante opiniones o personas con las que uno no se siente identificado. A través de este proceso, las cualidades múltiples de los demás se reducen a un solo elemento, como señaló en un reciente artículo Míriam Juan-Torres González, investigadora de la Universidad de Berkeley. De esta manera se fomenta el favoritismo intragrupo frente a la hostilidad hacia el grupo contrario.

Según un estudio de la consultora LLYC, la polarización ha aumentado un 35% en España en los últimos cinco años. A las consultas de salud mental acuden personas con dificultades para lidiar con las tensiones de un entorno polarizado, y los expertos empiezan a interesarse por este fenómeno. Hay acuerdo en señalar que en el proceso de polarización interactúan factores individuales y sociales, pero no es fácil precisar si una persona está polarizada previamente o si la sociedad la polariza. Aunque nadie sea inmune, hay quienes son más vulnerables. Son aquellas personas con una ideología muy arraigada y con sentimientos de fuerte identificación con un grupo. Su estilo de pensamiento tiende a la rigidez cognitiva, que simplifica de forma extrema la realidad y la percibe sin matices. Suelen tener poca tolerancia a la frustración y una menor satisfacción vital. El proceso de polarización está relacionado con la construcción de la identidad en la adolescencia, en contextos como el colegio, la familia o los grupos de amigos. Muchas de las cualidades en las que se fundamenta están ligadas a creencias nucleares, con alta carga emocional y poco reflexionadas. El polarizado construye estas creencias en oposición a otro, muchas veces como efecto de la presión del grupo. Y en contextos de crisis, estas ideas se convierten en certezas. Aunque la realidad demuestre que están equivocados, se resisten a abandonarlas.

En cuanto a los aspectos sociales que influyen en el aumento de la polarización, cabe destacar el desempleo, la desigualdad, las crisis económicas o la llegada de las redes sociales, como señala el sociólogo Luis Miller en su libro Polarizados. Como explica el psicólogo social Jonathan Haidt en La mente de los justos, el sesgo de confirmación de las redes sociales interrumpe el proceso de flexibilización de las ideas. También los medios de comunicación o los políticos pueden contribuir a difundir determinadas narrativas que fomenten la división y enfaticen las diferencias entre grupos. Por eso, los temas sobre los que se polariza varían según el contexto, la sociedad y las prioridades del momento en un debate donde se sustituyen las razones por los sentimientos.

Guillermo Lahera, jefe de Psiquiatría del Hospital Universitario Príncipe de Asturias, subraya que el tribalismo ideológico puede hacer daño. Las consecuencias de un entorno polarizado son nefastas, tanto para el individuo como para la sociedad. La consultora LLYC define la polarización como la nueva droga que engancha: cuanto más polarizadas están las personas, más dispuestas están a propagar desinformación. Y las condiciones ambientales donde predomina el anonimato lo fomentan. Cuanto más radical sea el mensaje del polarizado, mejor queda posicionado su punto de vista. Puede disfrutar de la gratificación inmediata, pero no mide las consecuencias a largo plazo: mayores sentimientos de hostilidad o ira, que se correlacionan con un bienestar más bajo y un menor número de emociones positivas. Le puede llevar a tomar decisiones inadecuadas, poco prudentes, incluso poco cívicas. Colectivamente, la polarización genera ruptura social, poca confianza en las instituciones, desapego con la política y poco compromiso comunitario.

Es necesario reflexionar sobre las medidas para prevenir la polarización. Una de ellas es fomentar la cultura del debate en colegios y familias. Otra es acercarse a las personas que tengan ideas distintas con curiosidad. Si se discute, que sea con argumentos y no en el plano personal. En el ámbito práctico, reducir los tiempos de exposición a las redes sociales y plantearse un uso consciente es una buena idea. Se puede reflexionar sobre cuál es la motivación que lleva a compartir contenido y preguntarse si aporta algo nuevo al debate o es un mensaje polarizador. Resulta también útil desconfiar de las noticias que causen reacciones emocionales muy fuertes, así como leer fuentes de información diferentes.

La salud mental se basa en una sociedad bien articulada, con redes y lazos afectivos sanos. La polarización puede llenar un vacío, pero acaba siendo una excusa para no pensar. 

Patricia Fernández Martín es psicóloga clínica en el Hospital Ramón y Cajal de Madrid.

martes, 21 de noviembre de 2023

PSICOLOGÍA. El cerebro nos impide ver la fuerza de los argumentos que nos contradicen.

Los científicos observan un área cerebral que podría influir en que hagamos oídos sordos a otras opiniones.

Si un amigo le dijera que acaba de ver un elefante rosa volando no le creería. Los elefantes no son rosas y no vuelan, por lo que usted necesita algo más que un supuesto testigo para cambiar su idea de cómo funciona el mundo. El cerebro rechaza de primeras información que contradice lo que usted ya sabe y así funciona bien, porque en la abrumadora mayoría de los casos está en lo correcto. Pero ¿qué ocurre cuando el argumento es bueno —no un elefante volador— y al menos deberíamos tenerlo en cuenta aunque nos contradiga? "Me da igual", respondería el cerebro.

"¿Por qué hemos desarrollado un cerebro que descarta información perfectamente válida cuando esa información no se ajusta a su visión del mundo? Esto puede parecer un mal diseño que puede conducir a muchos errores de juicio. Entonces, ¿por qué no se ha corregido este fallo en el transcurso de la evolución humana?", se pregunta la neurocientífica Tali Sharot en The influential mind (La mente influyente, editorial Little Brown). Para tratar de responder a estas preguntas, Sharot, de la University College de Londres, ha realizado una serie de experimentos que mostrarían, de confirmarse, cómo el cerebro se niega a abrir la puerta cuando quien llama es una opinión que lo contradice, por muy convincente que pudiera ser.

En estos experimentos, se hacía jugar a los participantes en una especie de El precio justo con el coste de varios inmuebles. Se les muestra un precio y tienen que decidir si es mayor o menor y, después, decidir cuánto apuestan a que están en lo cierto: entre 1 y 60 centavos. De esta manera, se puede medir lo seguros que están de sus decisiones. Entonces, se les mostraba lo que había apostado su acompañante en el juego y se les daba la opción de cambiar la cantidad apostada, pero no el sentido de la apuesta. Para los científicos, no fue una sorpresa lo que observaron: cuando el otro sujeto les daba la razón, aumentaban la apuesta. Y si el otro estaba muy seguro, la aumentaban mucho más. Es decir, que tenían en cuenta la fuerza de la convicción del compañero cuando coincidían.

Sharot define el sesgo de confirmación como "buscar e interpretar datos de una manera que fortalezca nuestras opiniones preestablecidas" Pero cuando el compañero apostaba lo contrario, no tenía tanta influencia y apenas reducían lo apostado. Lo más interesante es lo que ocurría cuando el compañero opinaba lo contrario y además apostaba mucho por esa opción, es decir, cuando su convicción transmitía mucha fuerza. En ese caso, seguía sin tener mucha influencia: daba igual la intensidad de la apuesta. "Descubrimos que cuando las personas no están de acuerdo, sus cerebros no logran registrar la fuerza de la opinión de la otra persona, lo que les da menos razones para cambiar de opinión", resume Andreas Kappes, investigador de la Universidad de la City de Londres y coautor de este estudio, que publica Nature Neuroscience. "Nuestros hallazgos sugieren que ni siquiera los argumentos más elaborados del otro lado convencerán a las personas más polarizadas porque el desacuerdo será suficiente para rechazarlo", asegura Kappes. Y añade: "El hecho de no observar la calidad del argumento opuesto hace que los cambios en la mente sean menos probables".

Estos científicos dieron un paso más allá en el entendimiento de este sesgo de confirmación, que Sharot, directora del Affective Brain Lab en la University College de Londres, define así: "Buscar e interpretar datos de una manera que fortalezca nuestras opiniones preestablecidas". Sharot y su equipo realizaron estos experimentos observando la actividad del cerebro de los participantes mediante resonancia magnética. Y pusieron el foco en una región muy concreta, la corteza prefrontal medial posterior, un área que se activa al escudriñar la confianza o la calidad de la evidencia que se nos presenta y luego nos lleva a cambiar nuestras creencias y opiniones de acuerdo con la calidad de esas pruebas. Si escucho a un médico confiado sugiriendo que debería comenzar el tratamiento, entonces la corteza prefrontal medial posterior rastrea la confianza del médico y me lleva a ajustar mi opinión en consecuencia: mi creencia de que debo tratarme aumenta, explica Kappes.

Preguntas sin respuesta
Al observar la actividad cerebral durante el experimento, vieron que cuando las personas estaban de acuerdo esa región del cerebro estudiaba el nivel de confianza de la otra persona, lo que llevaba a ajustar sus creencias de acuerdo con la confianza de la otra persona. "Sin embargo, cuando las personas no estaban de acuerdo el cerebro no lo hizo, dando a las personas pocas razones para cambiar de opinión", resume Kappes. ¿Por qué ocurre esto? "Nuestros hallazgos no brindan una respuesta a esa pregunta, solo ofrecen un mecanismo que subyace a la renuencia de las personas a cambiar de opinión", responde este psicólogo social. Sharot publicó un estudio este verano en el que descubrieron que la gente deja de realizar búsquedas en Internet cuando los primeros resultados proporcionan la información deseada, otra forma de sesgo de confirmación digital. "La tendencia conductual a descartar la información discrepante tiene implicaciones significativas para los individuos y la sociedad, ya que puede generar polarización y facilitar el mantenimiento de creencias falsas", afirma la científica.

"A la hora de intentar alcanzar un consenso, busquemos un punto de partida en el que estemos de acuerdo, y a partir de ahí será más fácil", razona Martínez-Conde

"Este estudio es un buen primer paso para estudiar los mecanismos del sesgo de confirmación, porque encuentran una correlación con las diferencias en esta región del cerebro, pero esto sigue sin explicar esa discrepancia entre nuestra opinión y la evidencia que nos contradice", opina la neurocientífica Susana Martínez-Conde, especialista en estos autoengaños de la mente. "Seguimos sin saber el mecanismo neural; el hecho de encontrar actividad asociada no da una explicación, cualquier comportamiento va a estar basado en el cerebro, lo extraño sería que no se observara diferencia", apunta la directora del laboratorio de Neurociencia Integrada de la Universidad del Estado de Nueva York. Ella sí cree, no obstante, que se puede encontrar una respuesta en el cerebro "quizá no con estas herramientas actuales, pero a nivel teórico el mecanismo neural tiene una respuesta física que debemos poder observar".

Pero Martínez-Conde es optimista sobre lo que muestran estos experimentos. "Los resultados no son tan alarmantes: las opiniones negativas influyen, aunque mucho menos, aunque no tienen el mismo peso, pero sí las consideramos mínimamente. Es un comienzo", asegura. Al desarrollar su argumento, Martínez-Conde coincide con lo que asegura Tali Sharot en su libro: "Los números y las estadísticas son necesarios y maravillosos para descubrir la verdad, pero no son suficientes para cambiar las creencias, y son prácticamente inútiles para motivar la acción". La mejor forma de abordar este sesgo de confirmación es plantear los argumentos envueltos en una narrativa que implique que se está de acuerdo. Como si en el experimento hubieras votado lo mismo, porque es cuando sí se atienden los argumentos del otro. "A la hora de intentar alcanzar un consenso, busquemos un punto de partida en el que estemos de acuerdo, y a partir de ahí será más fácil moderar las opiniones de los demás", razona Martínez-Conde.

Trump y las estaciones tozudas
"Escuchamos lo que queremos oír y lo que no, lo descartamos: no le damos el mismo peso a las opiniones que nos contradicen", afirma Susana Martínez-Conde sobre los resultados del estudio que publica Nature Neuroscience y en el que ella no ha participado. Pero añade: "El problema del sesgo de confirmación es bastante más amplio y profundo que unas posturas ideológicas". Para ilustrarlo, recurre a un experimento de su colega Matthew Schneps, que ha trabajado en la resistencia para cambiar las propias ideas erróneas con respecto a los conceptos de astronomía básica. Gran parte de los graduados de Harvard creían que las estaciones se producen por la cercanía al Sol y no por la inclinación de la Tierra. Schneps descubrió que, aunque se corrigiera el error sin que los participantes opusieran resistencia, al cabo del tiempo volvían de nuevo a su explicación equivocada inicial. "Creo que hay unos periodos críticos en los que la solidez de las sinapsis convierten en algunos circuitos casi en algo inamovible", asegura Martínez-Conde. "Por eso tenemos que buscar nuevas herramientas", añade, "porque tal y como lo hemos llevado hasta ahora no está funcionando".

Pero unos investigadores de la Universidad de Londres sí han descubierto un caso en el que estamos dispuestos a aceptar datos que nos contradicen: cuando esos datos respaldan lo que queremos creer. Cuando en agosto de 2016 le preguntaban a futuros votantes de Donald Trump quién creían que iba a ganar las presidenciales, la mayoría apostaban por Hillary Clinton, con parecida convicción a la de los votantes demócratas. Cuando se les mostraba una encuesta que apoyaba esa idea, su apuesta no cambiaba gran cosa. Pero cuando les enseñaban una encuesta que daba ganador a Trump, los republicanos sí estaban dispuestos a darle la vuelta a su opinión. Aunque opinaban que ganaría Clinton, querían que ganara Trump, por lo que sus cerebros reciben con los brazos abiertos un dato en ese sentido.

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viernes, 17 de noviembre de 2023

PSICOLOGÍA. Psicópatas al poder: por qué personas tóxicas llegan con facilidad a puestos de mando.

Dos libros exploran los rasgos psicopáticos comunes de algunos líderes exitosos.


Se ha traducido recientemente al español el ensayo DesConectados, donde Steve Taylor habla de cómo en los centros de poder —político, empresarial o de otro tipo— abundan las personas narcisistas o psicópatas. El libro de este profesor de Psicología de la Leeds Beckett University utiliza el término patocracia para describir a personas trastornadas que están al mando de países o de organizaciones, con poca o ninguna empatía por el sufrimiento que provocan sus decisiones.

Taylor considera su crueldad como resultado de su desconexión de la humanidad, en el polo opuesto de la compasión que nos permite conectarnos con el sufrimiento de los demás. Esta clase de líderes mandan de forma patriarcal y jerárquica, además de responder con belicosidad contra quienes no piensan igual. A todo el mundo se le ocurrirá más de un ejemplo —alguno de dolorosa actualidad— que encaja con este modelo.

En su libro La sabiduría de los psicópatas, publicado hace tres años en España, el doctor en psicología Kevin Dutton sostiene que los rasgos psicopáticos son muy comunes en los líderes exitosos, ya que su propio trastorno les ayuda a medrar.

Veamos, según este investigador de Oxford y Cambridge, ocho características de quienes ejercen su poder desde la patocracia:

Influencia social. El narcisista y la mayoría de psicópatas aman los focos. Se manejan bien frente al público, que los percibe como seres carismáticos.

Intrepidez. Lo que el ciudadano de a pie no se atrevería a decir, el líder trastornado lo expresará con naturalidad, y lo mismo sucede con sus acciones, motivo por el que esta clase de líderes suelen emprender aventuras arriesgadas.

Inmunidad al estrés. Las dificultades, las protestas e incluso la bronca le ponen, le gusta nadar contra corriente. En medio del conflicto se siente en casa. Una ventaja competitiva frente a oponentes más blandos.

Egocentrismo maquiavélico. Quien dirige desde la patocracia busca su lugar en la historia, sin importar el precio que tengan que pagar las víctimas, que serán consideradas efectos colaterales de un bien mayor.

Inconformidad rebelde. Como el protagonista de la biografía Limónov, donde Emmanuel Carrère describe su peligrosa despreocupación con respecto al resultado de sus acciones. El intento de invasión de Rusia por parte de Napoleón o de Hitler serían otros dos ejemplos sobradamente conocidos.

Frialdad. Steve Taylor lo llama desconexión para explicar la falta de sensibilidad hacia el sufrimiento ajeno, algo que también experimenta en su piel quien es víctima de acoso laboral.

Curiosamente, muchas personas tienden a relacionar los perfiles empáticos con la ineficacia. Tal vez por eso, las encuestas en EE UU valoran negativamente la labor de presidentes considerados “discretos” como Jimmy Carter o Gerald Ford, mientras que quienes poseen los atributos que hemos visto previamente son percibidos con autoridad para resolver problemas.

Volviendo a los psicópatas, Taylor señala que muchos de ellos tuvieron una infancia traumática, fuera por desatención de los padres o por ser testigos o víctimas de episodios de violencia. Una vez han desarrollado un comportamiento psicopático, muchos terapeutas consideran que es casi imposible sanarlos, justamente porque no creen que estén equivocados, y mucho menos enfermos. El autor de DesConectados recomienda la meditación como posible remedio para sanar. Sin embargo, la persona debe ser capaz de hacer una pausa, olvidar al enemigo exterior y dirigir la mirada hacia uno mucho más difícil y terrible: el que vive en su interior.

Otra vía a la transformación es el contacto directo con quien ha sufrido sus actos, como ha sucedido en encuentros entre terroristas y familiares de víctimas. En estos casos, la parte agresora ya no puede escudarse en una idea, porque tiene ante sí a un ser humano que podría ser su hermano, su hija o uno mismo, lo que facilita el milagro de la conexión.

Las cartas de Gandhi a Hitler
—¿Se puede conmover el corazón de un representante de la patocracia? La historia parece negarlo. Una prueba de ello fue lo sucedido en 1939, cuando Gandhi decidió escribir a Hitler tras saber de la invasión de Checoslovaquia. Encabezaba la carta con un empático: “Querido amigo”, y le decía: “¿Tendrá a bien escuchar la petición de alguien que ha evitado de forma deliberada el método de la guerra alcanzando un considerable éxito?”.

—No sabemos si la carta llegó a manos de Hitler, que nunca contestó, pero un año más tarde Gandhi lo intentó de nuevo con una segunda carta, en la que suplicaba que “detuviese la guerra” apelando a su sentido de la humanidad.

—Ambas tentativas fueron un fracaso, lo cual confirma que no es fácil intentar hacer reflexionar a esta clase de perfil.

Francesc Miralles es escritor y periodista experto en psicología.


DesConectados, de Steve Taylor.
La sabiduría de los psicópatas, de  Kevin Dutton

domingo, 16 de julio de 2023

PSICOLOGÍA. El método Stutz: un sencillo enfoque para combatir los pensamientos victimistas que nos frenan

Un documental de Netflix ha popularizado las teorías de un psiquiatra neoyorquino aquejado de párkinson sobre cómo utilizar la fuerza interior para afrontar dificultades
Metodo Stutz
RICARDO TOMÁS
FRANCESC MIRALLES

Metodo Stutz

Hace una década se publicó en nuestro país El método, escrito por Phil Stutz en colaboración con Barry Michels. Sin embargo, este manual de psicología práctica pasó inadvertido hasta que el año pasado se estrenó en Netflix el documental Stutz, dirigido por el actor Jonah Hill, que a su vez se pone en el papel de entrevistador de su terapeuta: el mismo Stutz, un psiquiatra neoyorquino afincado en Los Ángeles, donde trata a numerosas estrellas de Hollywood.
En el documental, el psiquiatra aparece como un hombre escuálido de mirada penetrante. Apreciamos un ligero temblor en su brazo debido al párkinson, enfermedad que padece desde hace largo tiempo. La conversación se desarrolla de manera informal y en algunas ocasiones Stutz se muestra disconforme con los terapeutas que hacen hablar a sus pacientes para devolverles silencio.

Jonah Hill asiente y agrega que eso es el mundo al revés, porque los amigos, que no tienen ni idea de nada, suelen darte consejos no solicitados, mientras que el terapeuta, al que pagas, calla. El protagonista del documental sonríe y reconoce que, cuando un paciente se muestra poco proactivo, no tiene inconveniente en decirle: “¡Haz lo que te digo, coño! Te aseguro que te sentirás mejor”.

Estos consejos o medidas prácticas son lo que Stutz denomina “las herramientas”. Por ejemplo, cuando pasamos por una fase de desánimo o incluso depresión, nuestra tendencia natural es a meternos en la cueva, lo cual es lo contrario de lo que necesitamos. Pero en una persona con crisis de ansiedad, el hecho de no salir a la calle hará que la fobia se refuerce, limitando cada vez más su autonomía.

Para salir del atolladero, Stutz recomienda usar la fuerza vital que todos poseemos y que su mano temblorosa dibuja como una pirámide de tres niveles: cuerpo, gente y tú mismo. Veamos de qué manera cada una de ellas puede alimentar nuestras ganas de vivir:

Cuerpo. 
Está en la base de la pirámide. El primer paso para notar una mejora en nuestro estado de ánimo es vigilar tres aspectos que afectan al cuerpo: movimiento, alimentación y sueño. Un 85% de nuestro bienestar, según Stutz, depende de hacer ejercicio diario, nutrirnos de manera adecuada y dormir las horas necesarias. Cuando nos sintamos presa de las emociones negativas, hay que empezar por aquí, ya que está en nuestra mano mejorar la base de nuestro autocuidado.

Gente. 
Las personas ansiosas o deprimidas tienden a evitar el contacto social, cuando justamente es lo que más les conviene. Este célebre psiquiatra dice que las relaciones son como los agarraderos en una escalada, las necesitamos para no caer en el abismo de la soledad y los pensamientos repetitivos. En los momentos de gran desazón, recomienda quedar incluso con alguien que no nos parezca interesante. Y el motivo es que, en sus propias palabras, “esa persona representa a la humanidad entera”. Esta conexión también alimenta nuestra fuerza vital.

Tú mismo. 
Cuando el cuerpo y los vínculos sociales están bien atendidos, en lo alto de la pirámide queda la relación contigo mismo. Muchas veces no logramos resolver nuestros problemas porque no nos conocemos lo suficiente. Para conectar con quien eres, la herramienta que recomienda este terapeuta es escribir. Aunque sea solo unas notas desordenadas en un papel o archivo de texto, a través de la escritura afloran temas y matices que nos darán pistas para resolver el desafío que estemos afrontando.

Además de cultivar esta pirámide básica del bienestar personal, Stutz nos advierte contra las dinámicas mentales que nos meten en el laberinto, como él representa a los pensamientos victimistas. El daño que nos puede producir un accidente u ofensa es directamente proporcional a la energía mental que le dediquemos. Si pasamos página, nuestra vida podrá seguir como si nada. En cambio, si le damos protagonismo y se convierte en un bucle victimista, nos perderemos en el laberinto. Y, en sus propias palabras, “cuando estás dentro del laberinto, la vida pasa de largo”.

Por eso, nuestra libertad mental y existencial depende de ocuparnos de cada cosa en su debido momento y luego soltar lastre para seguir viviendo.

Francesc Miralles es escritor y periodista experto en psicología.

La Parte X

— En una de las tarjetas que Stutz entrega a sus pacientes hay un dibujo de una persona rodeada de equis. Cada una representa una dificultad. El conjunto lo llama Parte X, que viene a ser el “villano” de nuestra película. Es posible librarse de un problema en concreto, pero no de la Parte X en general, ya que cuando resuelves un problema enseguida aparece otro.

Para comprender la Parte X es necesario asumir que la vida tiene tres componentes que no podemos eludir: dolor, incertidumbre y trabajo constante. 

El dolor nos permite desarrollar actitudes como la resiliencia o la empatía. 
La incertidumbre es el mar en el que tendremos que navegar a lo largo de la vida. 

domingo, 21 de mayo de 2023

Qué caracteriza a los padres tóxicos (y cómo lidiar con ellos)

Hace unos años, la psicóloga argentina Camila Saraco se dio cuenta de que muchos de los pacientes que la venían a ver tenían algo en común: habían tenido "crianzas tóxicas".

Tener un padre tóxico, aclara la profesional, no significa haber padecido exclusivamente un padre abusivo.

"Hay muchas otras formas en la que los padres lastiman, a veces de forma inconsciente", dice.

Decidió entonces armar un taller: "Padres tóxicos", para ayudar a entender qué comportamientos paternos son poco sanos, cuáles son las consecuencias para los hijos y qué pueden hacer quienes tienen este tipo de progenitores.

Saraco remarca que un mal progenitor no es necesariamente una mala persona.

"Hay un montón de madres o padres que son extremadamente buenos y que, desde el cariño, sin quererlo, también son tóxicos", afirma.

En esto coincide el psicólogo mexicano Joseluis Canales, autor de varios libros, entre ellos "Padres tóxicos: legado disfuncional de una infancia", publicado en 2014.

Canales señala que a veces un progenitor es tan bueno que no tiene autoridad, algo que también es dañino para los hijos.

No obstante, dice que "es importante entender que todos los padres se equivocan, y eso no los vuelve tóxicos".

Dar amor y formar
¿Qué hace entonces que una crianza sea poco sana?

El autor resalta que los padres tienen dos funciones principales: "Dar amor a sus hijos y formarlos para la vida".

Algunos progenitores generan daño porque no logran hacer lo primero. Otros porque fallan en lo segundo.

Curiosamente, parece haber una brecha generacional entre estos dos grupos.

Los padres de los llamados Baby Boomers y de la Generación X solían tener más problemas a la hora de brindar cariño y contención emocional a sus hijos.

Saraco cuenta que varios de sus pacientes, mayores de 40 años, tienen problemas de baja autoestima y una sensación de insuficiencia que les genera conflictos de pareja, algo que ella traza a una crianza deficitaria desde lo afectivo.

En cambio, en las últimas décadas, el daño muchas veces lo causan padres amorosos que no saben poner límites y sobreprotegen a sus hijos, criando a "niños tiranos" que no saben manejar sus emociones y sufren porque se frustran ante el menor escollo.

Cómo son los padres tóxicos
Es importante aclarar que tanto hombres como mujeres pueden ser progenitores tóxicos. Y que, cuando son dos los que crían, el daño lo generan ambos.

"Si uno de los miembros de la pareja es tóxica el otro es un abusador pasivo", sostiene Canales.

Aquí te contamos algunas de las características de los padres tóxicos.

La violencia emocional puede ser tan difícil de sanar como la física, dicen los expertos.

Abusivos
Sin dudas que los padres que abusan sexualmente o son violentos con sus hijos son los que lastiman más profundamente.

Pero no hace falta que un padre abuse físicamente de un hijo para generarle un daño muy difícil de sanar, advierten los expertos.

Las agresiones verbales y emocionales también son muy nocivas, señalan.

Estas van desde descalificar a un hijo ("no te va a salir", "deja, mejor lo hago yo") hasta "insultarlo con palabras que hieren su integridad, como llamarlo 'idiota', decirle que nadie lo va a querer o que se arrepiente de haberlo tenido".

"El riesgo es que todo esto se convierte en su voz interna", advierte Canales.

Por su parte, Saraco remarca que, a veces, "es más fácil sanar una infancia con golpes que una con abuso psicológico".

"Hay padres que se ponen violentos cuando toman. En esos casos la víctima puede llegar a entender que su progenitor le pega cuando se descontrola y que el problema lo tiene él. En cambio, si crece escuchando humillación lo asimila como algo propio", explica.

Manipuladores
Otro rasgo de un progenitor tóxico es la manipulación, que Canales llama "abuso emocional".

"El eje de esta forma de abuso tiene que ver con la culpa. El adulto se hace la víctima frente al niño para chantajearlo y conseguir lo que quiere", describe.

Saraco observa que esta característica se ve más en madres tóxicas.

Algunas madres tóxicas manipulan a sus hijos para mantenerlos cerca.
"Ocurre en especial con hijas que viven con su mamá. La madre no quiere que formen pareja para que no se vaya de casa, entonces empieza con comentarios y observaciones negativas sobre la pareja, o intromisiones que buscan que se separe".
"Esto hace que la hija viva la relación con culpa".

Controladores
Esta es una característica que comparten los padres tóxicos de distintas generaciones. Pero mientras que antes los padres limitaban a sus hijos para lograr su sumisión, hoy lo hacen con la intención de protegerlos.

"Antes los padres tóxicos solían imponerse, con una puesta de límites muy agresiva, en vez de acompañar la autonomía de sus hijos", dice Saraco.

Ejemplos típicos son padres que empujaron a sus hijos a que estudien ciertas carreras o sigan ciertas tradiciones familiares.

"El efecto en el hijo es que no logran tomar decisiones. Se ve mucho en chicos que empezaron carreras, porque les generaba mucha angustia desobedecer a sus padres, y después de unos años la dejaron", cuenta la psicóloga.

Hoy la toxicidad pasa por sobreproteger a los hijos, queriendo evitarle cualquier sufrimiento o frustración.

"Sobreproteger es también un abuso, porque el niño sobreprotegido aprende que no puede enfrentar la vida por él mismo", explica Canales.

"Parte del aprendizaje de todos es a través del error. Y el error genera frustración. Hay que enseñar a tolerar la frustración, si no el hijo queda incapacitado para desarrollarse en la vida cotidiana", dice.

Negligentes
Otra característica de los padres tóxicos modernos es que "son muy permisivos y tienen miedo a ponerle límites a sus hijos", lo que los hace padres negligentes, según Canales, ya que "descuidan las necesidades físicas, emocionales, sociales y académicas de los hijos".

Mientras que el padre negligente de antaño era el ausente, o el que no prestaba atención a su hijo, hoy es el que "lo deja comer lo que quiere, faltar al colegio, no hacer la tarea y faltar el respeto a los demás", ejemplifica.

Los padres tóxicos de hoy están criando a una generación de "niños tiranos".

"Al ser negligentes les dan a los hijos un poder que un niño no puede manejar sanamente. Los hijos se vuelven los adultos en el sistema familiar", advierte.

En este tipo de crianza sufren todos, agrega el psicólogo.

"El niño crece sin poder encajar en una escuela, en una universidad, en un mundo laboral, en una sociedad en la cual no se permite hacer lo que él quiera", señala.

Los padres se sienten "presos" por los berrinches del hijo. E incluso la sociedad padece, ya que se está "criando a una generación de tiranos, que no respetan a la autoridad, no tienen capacidad de frustrarse y, al ser niños muy ensimismados, tienen muy poca empatía y capacidad de ceder ante la problemática de los demás y ver el bien común".

Cómo lidiar con los padres tóxicos
Si creciste con padres que eran permisivos y sobreprotectores, lo que tienes que hacer es "tomar la decisión de salir de esa sobreprotección", señala Saraco. No obstante, aclara que eso es algo que recién puede hacerse cuando uno es adulto.

"No se le puede pedir a un niño que salga del vínculo tóxico protector", advierte.

En cambio, tiene varios consejos prácticos para quienes tienen padres abusivos, controladores y manipuladores.

"Primero, es importante que pierdas la ilusión de que vas a poder cambiarlos". 
La psicóloga argentina Camila Saraco tiene consejos para los hijos de padres tóxicos.

"Tampoco trates de razonar con ellos, o comprender cómo ellos piensan, porque tienen otra manera de ver las cosas, y hay que evitar entrar en discusiones que no nos llevan a ningún lado", dice.

"Debes tratar de correrte de ese lugar de tratar de complacerlos y agradarles todo el tiempo, que es lo que ellos pretenden o hacen sentir al hijo".

"Y es clave que aprendas a poner límites emocionales y, si se requiere, incluso físicos", afirma.

Sin embargo, el trabajo principal es con uno mismo, afirman ambos expertos.

"Hay que tratar de fortalecer nuestra autoestima y seguridad para no ceder ante las manipulaciones, y no titubear en esos momentos cuando las frases de esos padres pueden llegar a intimidarnos o desestabilizarnos", dice Saraco.

Por su parte, Canales afirma que "lo más importantes es desaprender lo que te enseñaron que es el amor y reaprender lo que es el verdadero amor, para establecer relaciones sanas".

domingo, 14 de mayo de 2023

Soñar que te siguen quedando asignaturas: qué significa la pesadilla recurrente que despierta a media humanidad.

Al caer la noche todos volvemos a repetir curso y trauma, con la escuela convertida no tanto en rutina como en consulta psicológica. Una metáfora del pasado que sirve para desahogarnos sobre los problemas del presente.

Hace apenas un mes a Carmen se le cumplieron las pesadillas. Volvió a recorrer los pasillos de la Universidad Complutense de Madrid, donde estudió. Volvió a entrar en su aula. Esta vez no tuvo que hacer un examen, como lleva soñando recurrentemente desde que terminó la carrera, hace ya una década. Iba a dar una charla, así que podría decirse que también se le cumplieron un poco sus sueños. Orgullosa, compartió la foto del momento en un chat grupal de Whatsapp. Y sus pensamientos: ”Mira que he tenido pesadillas con que tenía que volver aquí porque no me había sacado el título. ¿No os ha pasado?” preguntó. “Uy sí, sí, y del instituto. Pues anda que no he tenido que hacer exámenes de matemáticas en sueños…”, respondió una amiga. “Yo más de una vez he tenido que ir a mi carpeta de documentos a comprobar el título de la sensación horrible que se me quedó tras el sueño”, añadió otro. Las contestaciones fueron cayendo una a una en el chat. A todos les había pasado.

Es un sueño recurrente en todo el mundo. Mucho después de la graduación, la ansiedad de la vida en el día a día arrastra a los soñadores de nuevo a las aulas al llegar la noche. Abandonamos la escuela en la vida real, pero nunca llegamos a hacerlo del todo en nuestros sueños. Es en el colegio donde empezamos a entender cómo funciona la vida, se nos pone a prueba por primera vez y no siempre la superamos. Establecemos las primeras relaciones sociales lejos de la protección familiar. Y es allí a donde volvemos, una y otra vez, para revivir nuestros traumas.

Luca Maria Aiello lleva años buceando en las bibliotecas de sueños del mundo. Este profesor de ciencia computacional de la Universidad de Copenhague ha diseñado un atrapasueños virtual, un algoritmo que lee textos en busca de palabras clave. Y con él está rastrillando las bases de datos de sueños que se encuentran en internet. Hace unos años lo hizo con Dreambank.net, una colección de más de 20.000 sueños que se empezaron a recolectar a principios del siglo XX. En los últimos meses, está trabajando en una base de datos más reciente y más grande: 44.000 sueños escritos en un hilo del foro Reddit. “En este nuevo trabajo [aún no publicado] estamos utilizando el aprendizaje automático para extraer una taxonomía de los sueños y ver las distintas temáticas de los mismos”, explica Aiello por email.

Su equipo ha clasificado 22 temas recurrentes y entre ellos, como no, está el de la escuela. “Incluye poco menos del 10% de los sueños”, apunta el profesor, que destaca su prevalencia comparándolo con otro lugar donde pasamos mucho tiempo en vigilia: el puesto de trabajo. Este está presente solo en un 3% de las ensoñaciones.

La intuición –incluso la experiencia– nos haría sospechar que si al caer en brazos de Morfeo, este nos lleva de la mano hasta la escuela, estaríamos a punto de comenzar una pesadilla. Pero los datos dicen otra cosa: solo el 18% de los sueños que ocurren en este escenario podrían catalogarse como pesadillas. “Yo también habría apostado a que fueran más”, concede Aiello. “Sobre todo porque este dato es inferior al 22%, que es el porcentaje total de pesadillas sobre toda la base de sueños”. Pero la diferencia entre sueño y pesadilla es relativa, igual que los sentimientos que puede generar en muchos volver al cole a reencontrarse con compañeros, profesores y exámenes hace tiempo superados.

Aiello y su grupo no han podido trazar un perfil del alumno onírico. No saben si hay más hombres o mujeres, si tienen más o menos edad, estudios o nivel económico, pues los usuarios de Reddit no han facilitado estos datos. De estudios anteriores, puede apuntar que, en general, las mujeres tienen sueños más optimistas y amistosos, mientras que los de los hombres, por contraposición, suelen ser más agresivos y negativos.

Ursula Oberst también tira por tierra los intentos de llegar a conclusiones genéricas o dibujar soñadores tipo. “Se ha descartado la existencia de una simbología universal de los sueños. No interpretamos el sueño, sino al soñador”, explica esta profesora de psicología de la Universidad Ramón Llull, de Barcelona. Oberst concede que podemos entender estos sueños “como metáforas de una situación actual”. “Incluso se ha mostrado que el soñador usa estos procesos para buscar soluciones para esta dificultad actual, como por ejemplo, contestar al profesor con algo original”.

“La infancia, la adolescencia son etapas de la vida que nos marcan mucho”, señala Oberts. Por eso volvemos a ellas en sueños “frecuentemente cargados de afectividad negativa». Pero para encontrar la causa, según la experta, no debemos echar la vista al pasado sino al presente. «Esto nos puede pasar cuando pasamos por momentos difíciles de nuestra vida adulta, que se representan de forma metafórica en los sueños», explica.

Deirdre Barrett, investigadora de sueños de la Universidad de Harvard y autora de los ensayos Pandemic Dreams y The Committee of Sleep, enumeró algunas variantes habituales de los sueños escolares: el soñador tiene que ir corriendo a un examen después de haberse quedado dormido, o no encuentra su aula, no entiende el texto, ha estudiado la asignatura equivocada, o se presenta desnudo en la escuela. Son todas ellas variantes que comparten un mismo elemento: la angustia de no estar a la altura, de no pasar una prueba.

Así, en el mundo real podemos habernos graduado, haber abandonado para siempre el instituto o la universidad, con buenas notas o malos recuerdos. Pero al caer la noche todos volvemos a repetir curso y trauma, con la escuela convertida no tanto en rutina como en consulta psicológica. Una metáfora del pasado que sirve para desahogarnos sobre los problemas del presente. Tiene algo de poético pensar que aunque en el reino de la vigilia hayamos dejado el colegio atrás, en el de los sueños seguimos volviendo a él, noche tras noche, para continuar aprendiendo.

ETIQUETAS: Psicología| sueños

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