miércoles, 18 de febrero de 2026

El Método Harvard de negociación

El Método Harvard de negociación, desarrollado por Roger Fisher, William Ury y Bruce Patton, es un enfoque colaborativo enfocado en principios ("ganar-ganar") que busca resolver conflictos basándose en intereses subyacentes y criterios objetivos, en lugar de posiciones rígidas.

Sus pilares fundamentales son :

Separar a las personas del problema, 
Enfocarse en intereses, 
Crear opciones de beneficio mutuo y 
Usar criterios objetivos.

Principios Clave del Método Harvard (Los 4 Pilares)


Separar a las personas del problema: 
Evitar que las emociones personales o percepciones interfieran en la negociación. Atacar el problema, no a la persona.

Enfocarse en los intereses, no en las posiciones: 
Descubrir qué motiva realmente a las partes (necesidades, deseos, miedos) en lugar de lo que dicen querer inicialmente.

Generar opciones de mutuo beneficio: 
Crear soluciones creativas que satisfagan a ambas partes antes de llegar a una conclusión.

Insistir en criterios objetivos: 
Basar el acuerdo en estándares justos e independientes, como el valor de mercado, la ley o precedentes, no en una contienda de voluntades.


Los 7 Elementos del Método Harvard


Para un análisis más profundo, el método se desglosa en siete elementos:

Intereses: Lo que realmente quieren las partes.

Opciones: Posibilidades sobre la mesa que benefician a ambos.

Alternativas (MAPAN/BATNA): El Mejor Acuerdo Posible a una Negociación, o sea, qué hacer si no se llega a un acuerdo.

Legitimidad: Uso de estándares objetivos para validar opciones.

Comunicación: Escucha activa y empatía para resolver malentendidos.

Relación: Tratar de mejorar la relación entre las partes, no dañarla.

Compromiso: Acuerdos claros y viables al final de la negociación.


Este enfoque es altamente efectivo en entornos comerciales, laborales y mediaciones para lograr acuerdos duraderos y fortalecer relaciones.

Oliver Guez, escritor: “Preferiría tomar una copa con Gertrude Bell que con Lawrence de Arabia” El autor francés traza en ‘Mesopotamia’ una semblanza novelada de la gran aventurera británica conocida como “la reina del desierto”

No es extraño que nos caiga mucho mejor el sujeto de la nueva novela de Olivier Guez que el de la anterior: era Mengele. Tras La desaparición de Josef Mengele, que seguía los pasos del Ángel de la Muerte de Auschwitz, Guez aborda ahora en Mesopotamia (también en Tusquets), asimismo desde la narrativa, la vida de otro notable personaje histórico, la gran aventurera británica Gertrude Bell (1868-1926), arqueóloga, exploradora, montañera, espía, agente política del imperio y que fue determinante en el destino de Oriente Medio. Guez (Estrasburgo, 51 años), un hombre alto y circunspecto, llega un poco tarde a la cita en un hotel de Barcelona porque, explica, ha estado en una piscina nadando, una curiosa introducción para hablar de una mujer conocida como “la reina del desierto” y que fue amiga y colega de Lawrence de Arabia.

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Pregunta. Más simpática que Mengele
Respuesta. Es fácil, desde luego, aunque tienen en común haber caído ambos en la desmesura. El infame médico de las SS con su obsesión por buscar el secreto de los mellizos, Bell por creer que podía crear un imperio en Oriente Medio.

P. ¿Por qué la ha elegido como protagonista de su libro?
R. Era una mujer sensacional. Absolutamente excepcional para su época. Tuvo responsabilidades extraordinarias y un importante estatus oficial, insólito entonces para alguien de su sexo. Fue espía, jefa de los servicios de inteligencia, arqueóloga de renombre, licenciada en Historia en Oxford, alpinista, viajera, cruzó el desierto del Nefud en camello, se enamoró de los beduinos…

P. Se la ha denominado “la Lawrence de Arabia femenina”.
R. En puridad es al revés: Lawrence es el Gertrude Bell masculino. Ella fue objetivamente más importante y políticamente relevante que él. La revuelta árabe no tuvo tanta trascendencia como el papel de Bell en el trazado de las nuevas fronteras de Oriente Medio y en el moldeado del porvenir de la región.

P. Pero Lawrence, del que por cierto hace usted un retrato espléndido, es más conocido.
R. Ya, tuvo varias ventajas, la primera ser un hombre. La segunda, que occidente estuviera en busca de un héroe individual tras las masacres de la Primera Guerra Mundial, con millones de muertos anónimos. También que escribiera una obra maestra, Los siete pilares de la sabiduría, cosa que Bell no hizo. Y por último y fundamental, tuvo una película que lo inmortalizó.

P. Ha tardado, pero Gertrude ha tenido también su película, La reina del desierto (2015), de Werner Herzog, con Nicole Kidman. A Lawrence lo interpretaba ¡Robert Pattinson!, al que no le debía sentar bien tanto sol.
R. Una película muy mala y que no funciona.

 

Nicole Kidman como Gertrude Bell en ‘La reina del desierto’.

P. En todo caso, es indudable que Lawrence tenía carisma, ¿y ella?
R. Imponía, era rica, políglota, tenía modales de clase alta, una red de relaciones impresionante. La gente la veía como alguien excepcional. Era arrogante. Sus enemigos la calificaban de solterona cascarrabias y excéntrica” Le faltaba el sentido del humor, no era una mujer divertida.

P. Lawrence tampoco, sobre todo cuando lo flagelaban. ¿Tenía épica ella?
R. Sí, también, más aterciopelada, menos espectacular. Y le faltó alguien que la explicara, como hizo el periodista Lowell Thomas con Lawrence. Cuando Bell cruzaba el desierto no había nadie para contarlo. T. E. Lawrence fue objeto de deseo de todos los mitómanos del siglo XX, como Malraux, todos hubieran querido ser él. Era como Corto Maltés. Bell no entra en eso. No hace soñar así. Me temo que nadie fantasea con ser Gertrude Bell.

P. Compartía con Lawrence el valor y el coraje.
R. Sí, y otra cosa tenían en común: no se querían a sí mismos, no tenían buena relación con sus cuerpos. Lo trataban como a un enemigo. Creían en la redención por el sufrimiento.

P. ¿Era lesbiana Miss Bell?
R. No he encontrado nada que lo pruebe, ni entre líneas; de hallarlo lo habría puesto sin problema en el libro. Me parece que la aventura era un sustituto de la sexualidad en Bell y en Lawrence.

P. ¿Con cuál de los dos se iría a tomar una copa?
R. Con Gertrude Bell, me encantaría oír de primera mano sus aventuras. Creo que me llevaría mejor que con Lawrence. Aunque si me pregunta cuál de los dos me cae más simpático…

P. ¿Cuál de los dos le cae más simpático?
R. Winston Churchill, jajaja. Tenía un cinismo y un humor del que carecían los otros dos.


 
Gertrude Bell (la tercera por la izquierda), en 1921, ante la Esfinge de Gizeh, junto a Winston Churchill (a su izquierda en la foto) y T. E. Lawrence, el famoso 'Lawrence de Arabia'.

P. Hay una famosa foto de 1921, de cuando la Conferencia del Cairo, en la que salen los tres en camello frente a la esfinge de Guiza. ¿Quién montaba mejor ese animal, Bell o Lawrence?
R. No sabría decir, ambos eran muy buenos. Y sin duda los dos mejores que Churchill al que el suyo aquel día lo tiró al suelo como a un saco de patatas.

P. Mesopotamia es un libro muy literario, con pasajes bellísimos. ¿Hasta qué punto novela la vida de Gertrude Bell, de la que cuenta muchas intimidades?
R. La propia vida de Bell es muy novelesca. Invento muy poco. Donde hay parte de ficción es en el decorado, en la puesta en escena, no en lo esencial. Mi trabajo es más de técnica literaria que de ficción. Ya sabe que a los franceses, a diferencia de los anglosajones, nos gusta hacer de la historia un sujeto literario.

P. Hay una alusión a Hércules Poirot en Mesopotamia.
R. Me hubiera encantado que se conocieran Gertrude Bell y Agatha Christie, pero no lo hicieron, pese a casi coincidir en excavaciones arqueológicas. Por eso hago ese guiño de que la primera se encuentre a un detective belga en el Orient Express.

martes, 17 de febrero de 2026

ENTREVISTA Jacinda Ardern, la primera ministra que sorprendió al mundo: “La vida pública se ha deshumanizado”

En 2023, renunció al cargo de primera ministra de Nueva Zelanda porque no tenía ya “la energía suficiente” para dar lo mejor de sí. Llevaba seis años. Su adiós fue el culmen de una manera distinta de ejercer el poder, opuesta a los hiperliderazgos masculinos que siguen dominando el mundo. Su modo de entender la política, basado en la empatía y la transparencia, la convirtió en un icono. Conversamos con ella en Londres


En un tiempo en el que la realidad a menudo parece una distopía poco verosímil, Jacinda Ardern da la impresión de llegar desde otro mundo. Un mundo que defendía que el poder podía ejercerse de otro modo. Un mundo en el que la empatía no era debilidad, sino fortaleza. Un mundo que se enamoró de la forma de gobernar de la joven primera ministra de un país pequeño y remoto, casi invisible en el mapa informativo, en las antípodas de los hiperliderazgos masculinos que hoy se imponen. Ella era otra cosa. En todo. Incluso en la forma de marcharse. Renunció al cargo en 2023, tras ejercerlo durante seis años, porque no tenía ya “energía suficiente”. Lo anunció con la voz entrecortada en una rueda de prensa que dio la vuelta al mundo.

Casi tres años después, la ex primera ministra de Nueva Zelanda (Hamilton, 45 años) aparece puntual para la entrevista con una gabardina beis, rostro apenas maquillado, el pelo recogido en una coleta, un colgante de oro con forma de corazón y un café entre las manos. Parece una más de las profesionales que circulan esa mañana por una de las sedes de Soho House en Londres, el club internacional en el que la hemos citado, donde esa mañana se cruzan publicistas con jóvenes diseñadores y creativos de toda índole. Ardern da la mano con firmeza y con esa sonrisa amplia, franca y luminosa que se convirtió en uno de los símbolos de la jacindamanía que la elevó a icono global.

Desde que dejó la política activa se ha dedicado a la reflexión académica. Tras su paso por la Universidad de Harvard, donde compartió su experiencia con estudiantes y profesores en la John F. Kennedy School of Government, ahora impulsa espacios de debate sobre gobernanza y liderazgo vinculados a la Universidad de Oxford. Ha publicado un libro de memorias (Un poder diferente, en España a partir del 5 de febrero en Plaza & Janés) en el que se adentra en territorios poco transitados por los líderes políticos: la maternidad, las inseguridades, las dudas, el desgaste psicológico que implica el poder, la presión constante, los momentos de fragilidad… Un libro más interesado en las contradicciones que en el relato heroico.

Jacinda Ardern.
 

¿Por qué decidió escribir un libro tan personal?

Cuando dejé el cargo no me veía escribiendo un libro. Mucha gente me preguntaba por ello, pero me preocupaba que ese ejercicio pareciera defensivo, como si intentara justificar mis decisiones o imponer mi relato. Luego pensé que podía ser útil hablar sobre la experiencia de una líder reticente a serlo. Pero tenía que ser un libro muy abierto, muy transparente. Siempre he pensado que la gente merece conocer a sus representantes políticos.

No es habitual que los mandatarios se muestren de verdad, más allá del personaje que construyen.

Quizá eso sea parte del problema. Vivimos una época en la que la vida pública se ha deshumanizado. Somos duros entre nosotros, poco tolerantes con el error, poco compasivos. Por eso me interesa hablar de otras formas de liderazgo y de estar en la vida pública, porque creo que las necesitamos. Ahora todo es binario, pero la vida y la toma de decisiones no lo son. Hemos simplificado tanto las cosas que la política ha acabado respondiendo en esos términos cuando en realidad casi todo es complejo, gris. Y si no somos abiertos sobre esa complejidad, es muy difícil que la gente entienda por qué tomamos determinadas decisiones.

La rendición de cuentas tampoco parece pasar por su mejor momento.

Vivimos un momento complicado porque la capacidad de atención es limitada. La gente no tiene tiempo ni energía para cuestiones complejas. Pero la respuesta no puede ser simplificarlo todo artificialmente. El mundo no funciona así. Necesitamos más transparencia. Se puede reconocer, por ejemplo, que no tienes todas las respuestas, que es algo muy distinto de decir que no tienes un plan. Muchas veces tomamos decisiones con información incompleta —la pandemia fue un ejemplo claro— y hay que explicarlo. Liderazgo no es decir “no sabemos”, pero sí lo es decir: “No sabemos todo, y este es nuestro plan teniendo en cuenta esa incertidumbre”.

Ardern con su hija en Naciones Unidas, Nueva York, en septiembre de 2018. 
 

Ardern accedió al cargo en 2017, con apenas 37 años. Pocos días antes, durante las negociaciones que la iban a convertir en primera ministra de Nueva Zelanda, supo que estaba embarazada en el baño de la casa de una amiga. Describe la escena con detalle en su libro: “Fue en medio de ese torbellino que terminé sentada sola en aquel baño y con aquel artefacto en la mano, esperando los obligatorios tres minutos para que apareciera el resultado. No creí que fuera posible que estuviera embarazada, pero hubo algo en esos 180 segundos que hizo que lo improbable se acercara un poco a la realidad. ¿Y si…? Cerré los ojos y alcé la cabeza hacia el techo, luego respiré muy profundo, abrí los ojos y miré hacia abajo. En el recuadro de la prueba había dos líneas verticales. El resultado era positivo”.

Fue una metáfora de lo que vino después: la conciencia de que la vida no se detiene aunque el poder pretenda congelarlo todo a su alrededor.

La idea de líder “reticente” aparece a menudo en sus memorias. Ardern se retrata como una mujer que se cuestiona, que teme no estar a la altura, que duda de sí misma incluso —o sobre todo— cuando los demás proyectan sobre ella expectativas que considera desmesuradas. Su relato personal está lleno de pequeños momentos que revelan esa autoexigencia: la mujer que llega al poder casi por accidente y sin sentirse nunca suficientemente preparada, la dirigente que se esfuerza por ocultar el malestar físico durante su embarazo para no parecer frágil, que llega a fingir que es vegetariana para no tener que dar explicaciones sobre lo que puede o no puede comer durante la gestación, que mide cada gesto porque sabe que cualquier error será amplificado.

¿Cuánto cree que el síndrome de la impostora ha marcado su carrera política y su forma de estar en el mundo?

Muchísimo. Porque genera rasgos de carácter en los que no había pensado hasta escribir el libro. Siempre había reconocido que tenía ese síndrome y pensaba que su efecto principal era que me había frenado en algunos momentos. Lo que no había analizado tanto eran otros comportamientos que provoca: la sobrepreparación, el deseo de escuchar a otros, de comprender a fondo los problemas. Y al analizarlo vi que son cualidades poderosas, útiles, presentes en mi forma de liderar durante años, aunque nunca las había vinculado directamente al síndrome de la impostora. Ahora soy muy honesta: no creo que sea algo que desaparezca. Pero ni siquiera estoy segura de que deba hacerlo. La humildad en el liderazgo es buena. Cuestionarse a una misma es bueno. Lo único que no es bueno es que te paralice.

Es curioso que no desaparezca esa sensación en alguien que ha sido elegida por los ciudadanos y que era mundialmente admirada.

No es algo constante. No se siente igual todo el tiempo. Depende de lo que esté ocurriendo. Curiosamente, durante las grandes crisis fue cuando menos lo sentí. Quizá porque estás tan concentrada en lo que tienes delante que la duda parece un lujo y se vuelve irrelevante. Todo tu foco está en el trabajo que tienes que hacer.

En el libro explica también que su padre dudaba de que alguien tan sensible como usted pudiera sobrevivir en la política, en un entorno de exposición constante y a veces brutal. Pero un colega parlamentario le dijo que precisamente por eso era buena.

Cuando sientes las cosas profundamente, te implicas profundamente. Das muchísimo de ti porque te importa muchísimo lo que haces. Y si además atraviesas una etapa llena de crisis, cinco años pueden sentirse como diez. El entorno político actual es muy exigente, muy crítico, muy inestable. Aun así, es algo que se puede gestionar. Nunca diría a una persona sensible que no se dedique a la política. Si tienes un fuerte sentido del deber, no hay nada más pleno ni más gratificante que ese trabajo. No hay nada igual en el mundo ni mayor privilegio que ser primera ministra de tu país.

Jacinda Ardern juró el cargo en 2017, justo el año en el que Donald Trump llegó a la Casa Blanca por primera vez. El mismo mandatario que acaba de asaltar Venezuela de madrugada para llevarse preso a Nicolás Maduro, que ha amenazado con conquistar Groenlandia “por las buenas o por las malas” y que ha sumergido al planeta entero en la incertidumbre. Un dirigente que hace apología de la fuerza, de la política testosterónica, que abomina de la empatía y las dudas. Como Vladímir Putin. Como Javier Milei. Como tantos otros hoy en día.

La forma en la que describe el liderazgo en sus memorias, como forma de servicio público, con límites y procesos, es radicalmente distinta a los gestos grandilocuentes y teatrales de la política actual. Usted dejó el cargo en 2023, el mismo año en el que Donald Trump volvió a ganar unas elecciones. ¿Es posible revertir el éxito de este tipo de liderazgos, antagónicos al suyo?

Sí, creo que sí. Por eso dedico mucho tiempo a hablar con políticos y, en algunos casos, a trabajar con ellos. No deberíamos abandonar valores como la amabilidad, la compasión, la curiosidad o el coraje solo porque lo que más visibilidad tiene ahora sea lo contrario. La ausencia de estos valores es uno de los grandes problemas actuales. Hay políticos que lideran de esta forma y les va muy bien, como Mark Carney [primer ministro de Canadá], que habló sobre la bondad el día que ganó las elecciones. Pero los incentivos mediáticos están orientados hacia el estilo más incendiario. No suele haber titulares que digan “un político construye consenso sobre tal asunto”, porque eso no genera clics. No atrae la atención.

Ella sí logró atraer la atención —hasta el punto de convertirse en un fenómeno— gracias al liderazgo “empático” que defiende. La imagen de su bebé en brazos en la Asamblea General de la ONU en 2018 dio la vuelta al mundo. Era la primera vez que sucedía. En realidad, ella solo trataba de hacer compatible un viaje oficial con la lactancia y la logística de una madre reciente. “Yo no quería renunciar a amamantar a Neve…, desde mi perspectiva, ceder significaba fracasar”, escribe en el libro. Pero aquel gesto acabó convertido en un manifiesto político sobre la posibilidad de gobernar sin esconder la maternidad.

Algo parecido ocurrió cuando, tras el atentado de un supremacista blanco contra las mezquitas de Christchurch en 2019, en el que murieron 51 personas, apareció con hiyab abrazando a las víctimas. Esa imagen, junto a su proclama They are us (ellos son nosotros), se convirtió en un símbolo global de empatía institucional, respeto y humanidad.

Ardern abraza a una musulmana en marzo de 2019, tras los atentados contra dos mezquitas de Christchurch en los que murieron 50 personas.

 

¿Qué recuerda de aquellos días?

Lo recuerdo todo con muchísima claridad. Especialmente, a las personas: los líderes comunitarios, las familias que perdieron a alguien, las víctimas. A veces me da pudor que se reconozca tanto mi respuesta cuando, en realidad, fue la comunidad musulmana la que marcó el tono. No puedo imaginar nada más horrible que lo que vivieron. Y, aun así, tomaron la decisión de abrir los brazos y permitir que todo un país llorara con ellos. Fue profundamente conmovedor.

¿Sigue en contacto con algunas de las víctimas?

Sí. Antes de mudarme al extranjero volví a reunirme con miembros de la comunidad. Después impulsamos una beca para familiares de víctimas como pequeño apoyo. Me entristece que todavía hoy haya personas que me den las gracias por aquella respuesta, porque debería ser lo normal: reconocer lo ocurrido, poner a la comunidad en el centro, privar al agresor de lo que busca —notoriedad, reacción—, reconocer el impacto a largo plazo sobre las víctimas e intentar atenderlo. Eso debería ser el estándar, no algo excepcional. Cuando alguien me agradece esa respuesta, siento que refleja su experiencia cotidiana de islamofobia. Y eso me entristece profundamente.

En sus memorias relata la llamada que Donald Trump le hizo tras aquella matanza. El presidente de EE UU solo se interesó por el futuro del autor de la masacre y quiso saber si el Gobierno de Nueva Zelanda iba a utilizar el término “terrorista” para referirse a él. “El asesino había enviado un manifiesto incoherente y desbordante de odio y decoró sus armas con los nombres de supremacistas blancos que habían matado a otros musulmanes”, recuerda Ardern. “Su intención no solo fue cobrar vidas, también quería suscitar miedo e intimidar. Asimismo, esperaba que sus actos instigaran nuevas olas de violencia y, si eso no era terrorismo, entonces no sabía yo qué más podría serlo. ‘Sí’, le dije al presidente, ‘es un hombre blanco de Australia que, de forma deliberada, atacó a nuestra comunidad musulmana. Es un terrorista”.

Trump no dijo nada, solo preguntó si había algo que EE UU pudiera hacer por ellos. “Mi respuesta fue simple”, relata Ardern. “Puede mostrarles simpatía y amor a las comunidades musulmanas”.

Christchurch fue la primera gran crisis que le tocó gestionar durante su mandato, pero no la única. Un año después llegó la pandemia, que enfrentó a los líderes políticos a algo inédito, complejo, con una población aterrada ante lo desconocido y que veía desde su televisor cómo morían centenares de miles de personas por todo el mundo. Ella lo abordó, como todo, a su manera, comunicando desde su casa a través de las redes sociales con un tono informal y cercano y dando consejos prácticos con la información de la que disponía.


Jacinda Ardern. “Prefiero intentar algo y equivocarme que no hacer lo suficiente” es uno de sus lemas políticos.

El 17 de octubre de 2020, en Auckland, tras ganar la reelección con mayoría absoluta.
¿Cómo afronta un líder político algo así?

Con imperfección y haciéndolo lo mejor que puedes. Para mí la pregunta era: ¿cuál es el camino del que me voy a arrepentir menos? Preferí intentar algo y equivocarme que no hacer lo suficiente. Porque equivocarse significaba que habría gente que moriría.

Tomó decisiones muy difíciles, como confinar a la población o imponer vacunaciones obligatorias para algunas profesiones de alto riesgo.

Durante esos días hablé mucho con una buena amiga que vivía en España con sus dos hijos pequeños. Eso me ayudaba a entender lo dura que estaba siendo la pandemia para todo el mundo. En Nueva Zelanda hubo largos periodos de normalidad para la población, pero dentro del Gobierno no era posible relajarse nunca. Vivíamos con la tensión constante de que en cualquier momento podía aparecer un nuevo caso y tendríamos que volver a confinar. Esa ansiedad permanente fue muy dura.

Nueva Zelanda fue vista como ejemplo de buena gestión, pero dentro surgieron muchas críticas. ¿Cómo convivía con esa contradicción?

Eso es el liderazgo: tomar decisiones difíciles sabiendo que no todo el mundo estará de acuerdo. Encuestas posteriores mostraron que alrededor del 77% valoraba la gestión como buena o muy buena. Pero, aun así, siempre habrá quien no esté de acuerdo. Yo prefiero ser criticada por haber hecho demasiado que por hacer demasiado poco.


El 17 de octubre de 2020, en Auckland, tras ganar la reelección con mayoría absoluta.

La gestión de la pandemia fue complicada en todo el mundo, un momento de expansión del odio hacia los políticos que adoptaban decisiones difíciles. Ardern describe en sus memorias una manifestación de 2022 que le causó un hondo impacto: “Escuché los discursos de protesta y vi las pancartas. Vi mi propia imagen con bigote de Hitler, monóculo y la leyenda ‘dictadora del año’ estampada sobre mi cabeza. Vi los calabozos y las horcas que, según los manifestantes, habían colocado para mí. Vi las banderas estadounidenses, las banderas de Trump y las esvásticas”.

Relata otro episodio que refleja bien hasta qué punto la polarización envenena no solo el ambiente político, sino también la convivencia cotidiana. Una mujer se le acercó en el baño de un aeropuerto con evidente hostilidad. “Solo quería darte las gracias. Gracias por arruinar el país”, le espetó. Ardern explica que por primera vez sintió que aquello era algo nuevo. Y distinto. “Tal vez fue el tono de voz de aquella mujer, el hecho de que se acercara tanto a mí o que su agitada e indefinida furia no solo me pareciera impredecible sino también incongruente en ese momento”, detalla. Pensó en responder, pero no lo hizo. Se secó las manos y salió. Pero fue consciente de que no se trataba de una crítica normal. Era algo más personal, más violento y potencialmente más peligroso.

¿Cómo se tienden puentes en un mundo que parece haber enloquecido?

Los líderes hoy se enfrentan a dos tareas muy complejas. Por un lado, deben escuchar las críticas legítimas y asumir la rendición de cuentas. Pero al mismo tiempo tienen que saber distinguir cuando parte de esas críticas no se basan en hechos reales sino en campañas de desinformación. Lo vimos con la covid, lo vemos con el cambio climático. Y cuando además hay grupos que no solo niegan la realidad, sino que sienten ira y empujan hacia la violencia, el desafío es aún mayor. Por eso creo que debemos hablar seriamente del papel de la desinformación y de las plataformas digitales, porque está claro que contribuyen a procesos de radicalización. No son meros carteros sin responsabilidad. El nivel de violencia online que la gente ve y sufre es enorme. Y sinceramente, no creo que sea el entorno en el que queremos que crezcan nuestros hijos.

Frente al auge de líderes como Trump y la extrema derecha, hay políticos progresistas que sostienen que no hay otra alternativa que polarizar de forma defensiva. ¿Qué opina sobre esta tesis?

Estoy en total desacuerdo con esta idea. Absolutamente. La pregunta clave es: ¿qué entendemos por éxito en política? Si el único criterio es ganar elecciones, entonces sí, puede parecer lógico adoptar ese camino, porque ese tipo de discurso ha llevado a algunos líderes al poder. Pero si el éxito incluye también el bienestar de la sociedad, la cohesión social, la confianza, la participación y la fe en las instituciones, entonces ese modelo de liderazgo es un fracaso absoluto. Los datos muestran que, aunque esas personas estén siendo elegidas, lo hacen en un contexto en el que la confianza está en mínimos históricos, donde la ciudadanía no cree que las instituciones funcionen para ella y donde no solo hay polarización, sino también una creciente aceptación de la hostilidad e incluso de la violencia. La situación actual está dominada por una profunda falta de liderazgo.

¿Cómo se rompe entonces ese círculo vicioso?

Lo primero es no ser simplistas respecto a por qué vota la gente. Tras las elecciones europeas, por ejemplo, Datapraxis descubrió que solo aproximadamente una cuarta parte de los que habían votado a partidos considerados de extrema derecha lo hacía por motivos ideológicos. Muchos otros votaban así porque sentían que la política tradicional no da respuesta a sus problemas. La inseguridad económica es clave: salarios que no permiten vivir con dignidad, sensación de que los hijos no tendrán un futuro mejor, inseguridad en vivienda, sanidad, educación. Si miramos algunos estudios, encontramos cifras como que cerca del 80% de las personas de entornos socioeconómicos más bajos no cree que la política esté a su servicio.

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Jacinda Ardern anuncia que renuncia a ser la primera ministra de Nueva Zelanda
No dejé el cargo porque creyera que no era buena madre por hacer ese trabajo. Quiero que quede claro que sí se puede ser madre y líder. Por otro lado, la culpa cuando eres madre está siempre presente: la sentía siendo primera ministra y la siento ahora también a pesar de estar más disponible.

En un mundo diseñado por hombres, ¿no son de algún modo incompatibles algunos liderazgos con la vida personal?

Por eso yo no quise crear la narrativa falsa de que puedes hacerlo todo tú sola. No puedes. Necesitamos culturas laborales más flexibles: poder estar con tus hijos, salir si hay una urgencia, no sentir miedo a pedir comprensión. No basta con que esté en las normas: la clave es si la gente siente que realmente puede hacerlo.

Sigue siendo usted muy joven. ¿Es posible que vuelva en algún momento a la política activa?

En mi país no es habitual volver, y yo no tengo intención de hacerlo. En Nueva Zelanda, cuando te vas, te vas.


Sobre la firma
Mónica Ceberio Belaza

La triple burbuja de la inteligencia artificial: una combinación explosiva

Fuentes: Ganas de escribir


El desarrollo y aplicación de la inteligencia artificial (IA) a todos los ámbitos de nuestras vidas es el mayor y más revolucionario avance tecnológico de la historia. 

 Pase lo que pase, no se va a detener, pero su expansión no es el resultado de una ley natural. Por el contrario, responde a decisiones de los seres humanos y cuando estos deciden con el único fin de acumular capitales y aumentar el beneficio privado sin cesar, como inevitablemente ocurre en el capitalismo, los avances tecnológicos están sujetos a todo tipo de crisis y sobresaltos.

Esto es justamente lo que viene ocurriendo con la IA. Su avance dirigido exclusivamente por la lógica capitalista (quizá con la única excepción parcial de lo que ocurre en China) ha provocado tres tipos de burbujas, cuya naturaleza y consecuencias voy a explicar rápida y claramente.

La primera de esas tres burbujas podríamos denominarla de expectativas. 
Es la base de las otras dos y el resultado de inflar excesivamente las posibilidades de desarrollo y aplicación de la IA a corto y medio plazo.

La segunda es la industrial o de inversiones 
Y está provocada por una acumulación exagerada de capital que, además, no tiene suficiente retorno o rentabilidad.

La tercera es la financiera 
Y se produce como resultado de un precio de las acciones de las empresas vinculadas a su desarrollo que no se corresponde con el valor real de lo que hacen y están obteniendo.

Las tres burbujas tienen efectos y peligros propios, pero la combinación de todas ellas las hace mucho más letales y permite asegurar que van a estallar y que lo harán con gran daño.

La burbuja de las expectativas
Como he dicho, el desarrollo de la IA es imparable, entre otras cosas, porque se autoalimenta. Cada paso adelante sienta las bases del siguiente e impulsa nuevos progresos, lo que lleva consigo su avance vertiginoso. Aunque no inmediato, ni lineal, ni ilimitado

En estos momentos, la IA se encuentra en la fase que se llama generativa: es capaz de crear contenidos (textos, videos, audios, imágenes…) utilizando patrones aprendidos automáticamente que le permiten analizar una gran cantidad de datos previamente almacenados. Y se espera llegar a la IA general, que sería capaz de reproducir la inteligencia humana, razonando, aprendiendo y adaptándose autónomamente a cualquier situación.

Pues bien, lo que llamo burbuja de las expectativas consiste en creer que la fase de IA general está más cerca de lo que está y que, mientras tanto, la actual fase generativa puede proporcionar muchos más resultados de los que puede dar.

Se produce una burbuja porque no se está teniendo suficientemente en cuenta que los actuales modelos de IA tienen una limitación fundamental en su desarrollo: no pueden razonar de forma abstracta, tampoco operar al margen de los datos de entrenamiento que le hayan sido suministrados, y necesitan ser constantemente supervisados.

Esa limitación tiene, principalmente, dos efectos. Por un lado, obliga a intensificar exponencialmente el almacenamiento de datos y (como veremos enseguida) a invertir en ello cifras colosales para poder incrementar su funcionalidad. Por otro, implica que cada nuevo avance (del GPT2, al GPT3 y así sucesivamente) no suponga un salto cualitativo, sino tan solo una mejora cada vez de menos significación y muchísimo más costosa.

Un ejemplo claro y concreto de esta burbuja de expectativas lo mostró un estudio publicado el pasado mes de julio por el grupo de expertos METR (Model Evaluation & Threat Research) sobre el comportamiento de desarrolladores de software que utilizaron herramientas de IA. En una encuesta previa al experimento, los participantes predijeron que con ellas acelerarían el trabajo un 40 %. Después de haberlo realizado estimaron que les había ahorrado un 20 %. Sin embargo, tras analizar a posteriori el rendimiento laboral realmente obtenido, el METR descubrió que los desarrolladores habían completado las tareas un 20 % más lentamente al usar IA que al trabajar sin ella.

A un resultado parecido llegó un informe también muy reciente del MIT (Massachusetts Institute of Technology). Indica que el 95 % de los proyectos piloto de IA no aumentaron las ganancias ni la productividad de las empresas y que, en el 5 % en que sí lo hicieron, la IA quedó relegada a tareas administrativas de segundo orden, muy limitadas y proporcionando mejoras sólo marginales.

Otro informe de la Universidad de Stanford afirma que el uso en las empresas de la IA generativa en al menos una función comercial aumentó más del doble: del 33 % en 2023 al 71 % el año pasado. Sin embargo, la gran mayoría de ellas reconoce que los ahorros de costes son menores del 10% y los de ingresos inferiores al 5%.

Dicho de la forma más clara posible, la burbuja de expectativas consiste en creer que la IA generativa está dando o es capaz de proporcionar más beneficios de los que realmente proporciona; y, lo que es peor, que simplemente “agrandando” los modelos existentes se va a disponer de nuevas capacidades y, más concretamente, que es de esa forma como nos acercaremos a la IA general.

La burbuja de las inversiones
La expectativa que acabo de señalar lleva a incrementar la inversión de capital en el “agrandamiento” del modelo actual de IA a un ritmo brutal, vertiginoso y exagerado.

La cantidad de dinero dedicada a generar energía, datos y hardware que fortalezcan los modelos de IA disponibles crece exponencialmente, a un ritmo que cuesta trabajo imaginar. El programa Apolo para llegar a la Luna fue uno de los más caros de toda la historia (unos 257.000 millones de dólares actualizados) y se desarrolló durante 10 años. Pues bien, la inversión de 350.000 millones de dólares en IA que están llevando a cabo hoy día sólo cuatro grandes empresas (Google, Meta, Amazon y Microsoft) equivale a financiar un programa Apolo cada nueve meses.

La razón de esta burbuja es fácil de entender. Creyendo que se pueden obtener más beneficios de la IA generativa simplemente aumentando su capacidad, se busca entrenarla con más datos, para lo cual se necesita mayor potencia de cálculo. Y eso lleva a realizar inversiones multimillonarias en producción de chips, en infraestructuras de centros de datos masivos y en la generación de la inmensa cantidad de energía que su tratamiento requiere.

El problema que plantea el incremento incesante de esa inversión es que tiene lo que los economistas llamamos rendimientos decrecientes, lo que significa que a medida que se llevan a cabo son más costosas y, al mismo tiempo, menos eficaces.

Decimos que se está produciendo una burbuja industrial o de inversiones porque las empresas (en realidad un pequeño grupo de ellas) están movilizando cantidades multimillonarias de dinero en función de una expectativa potencial que no se corresponde ni con el rendimiento productivo ni con el financiero de la actividad en la que se invierte.

Es lo mismo que ocurrió con la llamada de las empresas puntocom que estalló en 2000, aunque ahora aún a mucha mayor escala.

Por aquellos años, las grandes empresas de telecomunicaciones instalaron más de 128 millones de kilómetros de cables de fibra óptica sólo en Estados Unidos creyendo que el tráfico de internet se duplicaba cada 100 días. Lo exagerado de esa expectativa se comprueba sabiendo que, al ritmo de crecimiento medio desde 2020 (19,8 %), el tráfico se duplicará no en 100 días sino en 1.387, casi 14 veces más lentamente.

Y la inversión astronómica que se realiza no está teniendo retorno.

Una estimación reciente señala que las cincos grandes compañías inversoras en IA (Meta, Amazon, Microsoft, Google y Tesla) habrán gastado en 2024 y 2025 un total conjunto de 560.000 millones de dólares en Estados Unidos, obteniendo sólo 35.000 millones de dólares en ingresos relacionados con la IA y ninguna ganancia. .

Las empresas no tienen seguridad de recuperar la inversión, y sin embargo, según su propio testimonio, seguirán invirtiendo de todos modos.

Valga un simple ejemplo. La empresa OpenAI ha firmado contratos con otras empresas como NVIDIA, Oracle y AMD por valor de un billón de dólares aunque no ha dejado de tener pérdidas y estima que sólo comenzará a ser rentable a partir de 2030. O estalla, o se adueña del futuro de la IA, y este tipo de apuestas es el que está marcando el desarrollo capitalista de esta tecnología revolucionaria de la que sin duda depende el futuro de la humanidad.

Finalmente, este exceso de inversión en IA tiene otro efecto fundamental: genera déficit de capitales en los demás sectores, haciendo que las economías avancen muy desequilibradas y, por tanto, con doble riesgo de volcar. O por el lado de la burbuja, o por el resto de los sectores.

La burbuja financiera
La financiación de una cantidad tan desorbitada de inversiones no puede llevarse a cabo mediante los mecanismos que normalmente suelen utilizar las empresas. Y la falta efectiva de rentabilidad quiere decir que se financian en función de expectativas y no de parámetros que reflejen la situación estructural objetiva y real de las empresas. Y eso es justamente una burbuja financiera.

El precio de las acciones de las empresas vinculadas al desarrollo de la IA se dispara y produce millonarios a velocidad de vértigo y nunca vista, pero lo hace sobre una base completamente irreal y sin fundamentos económicos y financieros sólidos.

Para lograr capital en esas condiciones, las empresas tienen que recurrir a estrategias de ingeniería financiera muy sofisticadas, pero precisamente por eso extraordinariamente arriesgadas y al límite de la legalidad y de lo más elementalmente razonable.

No se está generando financiación equilibrada y ajustada a las expectativas de rentabilidad de los proyectos que se financian, sino deuda sostenida sobre la especulación. Y la necesidad de nuevos capitales es tan inmensa que son las propias grandes empresas las que establecen acuerdos de asociación con sus clientes o proveedores para financiarse mutuamente sin poner ni un céntimo de dinero efectivo. Utilizan instrumentos de pago que no lo son en realidad, pues consisten en intercambios artificiales de capital o derechos, una especie de trueque con el que están generando una red que expande el riesgo sin cesar, tal y como ocurría con los bancos que difundieron en su día las hipotecas basura y sus derivados. Es la única forma de que empresas como la mencionada OpenAi, que pierde casi 5.000 millones al año, puedan seguir invirtiendo con sus resultados en rojo.

La grandes empresas que están desarrollando la IA están haciendo trampas financieras y contables para presentar ganancias que en realidad no tienen. Externalizan el riesgo con sociedades o acuerdos que lo ocultan, no muestran en sus balances los préstamos que realmente reciben y, como ha mostrado recientemente el semanario The Economist, “no declaran el valor contable neto de su infraestructura informática”.

Todo lo anterior no quiere decir que no haya sectores y empresas sólidos en el desarrollo de la IA o que lo que está ocurriendo sea un fenómeno novedoso. Como tampoco significa, tal como señalé, que la introducción de la IA se vaya a detener sin las burbujas estallan. La introducción de todas las grandes nuevas tecnologías (ferrocarril, electricidad…) estuvo acompañada de oleadas de especulación y burbujas. Por eso podemos adelantar hoy día lo que va a pasar con bastante seguridad. Aunque ahora, sin embargo, todo será distinto, por dos razones principales.

Por un lado, porque la IA es una tecnología que tiene una capacidad de dominación global como ninguna otra la ha tenido. Por otro, porque, como hemos visto, su desarrollo se lleva a cabo con una disposición de capital y una asunción de riesgo igualmente sin parangón. Lo primero es lo que justifica las prisas y las burbujas que he comentado. Y lo segundo es lo que obliga a que los dueños de las grandes empresas tecnológicas que están asumiendo riesgos tan extremos se vean en la necesidad de adueñarse de los aparatos de los Estados, para poder rescatarse a sí mismos si la debacle se produce, que es lo más probable que ocurra.

Y aquí tienes por fin, amable lector o lectora que has estado leyendo hasta el final, la razón que explica el auge del populismo neofascista de extrema derecha que la oligarquía tecnológica apoya y financia cada vez con menos disimulo.

Publicado en LaVozdelSur.es el 9 de octubre de 2025

Fuente: 

Sopa de cebolla con pan y huevo, la cena ideal para noches frías Una interpretación libre de esta receta francesa para convertirla en un plato más completo. Solo necesitas un poco de paciencia para pochar la aliácea protagonista



No, la sopa de cebolla auténtica francesa no lleva huevo, pero aquí hacemos un híbrido con este guiño a la sopa de ajo completa. Que, al fin y al cabo, ambas sopas, la francesa y la española –como tantas otras–, van de reconfortar el cuerpo y el ánimo con ingredientes humildes al alcance de todo el mundo. 

La sopa de cebolla no es solo un plato francés, también hay zonas de España donde se practican versiones con esta aliácea cuando el grajo vuela bajo.

Ya sabes: empezamos con una cebolla pochadita, que posteriormente se cuece en caldo –o agua, en las versiones más ascéticas–, y se sirve con un huevo que se cuaja en el calor de la misma sopa. Como pochar cebolla es una de esas cosas que cuesta lo mismo hacer para cuatro raciones que para ocho y soporta perfectamente la congelación; siempre que lo hagas en un recipiente bien sellado, ya que arrancas a llorar haz el doble de cantidad y la próxima sopa será exprés.

Rematamos la receta con una rebanada de pan con queso gratinado, que puedes gratinar sola antes de ponerla en el caldo, o ya dentro de la sopa poniendo el bol en el horno (en este caso asegúrate de que resistirá la temperatura). Si te apetece una versión más cremosa, usa esta base con la cebolla caramelizada, el huevo añadido y tan pimpante. El momento en el que se rompe la yema y se esparce entre el caldo es glorioso, aunque también puedes poner una cucharada de huevo sobre el pan antes del desparrame. Tú eliges.

Dificultad: La paciencia de pochar bien la cebolla

Ingredientes

Para 4 personas

2 cebollas dulces grandes
4 rebanadas de pan
4 huevos
1 litro de agua o caldo al gusto
Queso rallado al gusto
50 ml de aceite de oliva virgen
Sal y pimienta

Instrucciones

1. Cortar las cebollas en juliana.

2. Verter el aceite de oliva en una sartén amplia, calentar a fuego bajo y pochar la cebolla con un buen pellizco de sal hasta que esté transparente, el tiempo que sea necesario, con paciencia (si quieres, puedes llevar el pochado al límite de la caramelización, aunque no es lo tradicional).

3. Verter el caldo y cocer el conjunto 10 minutos. Comprobar la sazón y rectificar con más sal si hiciera falta. Agregar pimienta recién molida.

4. Tostar el pan y cascar los huevos.

5. Servir la sopa en cuatro cazuelas de barro, a poder ser, que guardan bien el calor. Agregar en cada cazuela una rebanada de pan tostado y un huevo crudo (si la sopa está suficientemente caliente, el huevo debería cuajarse con el calor remanente).

6. Espolvorear queso rallado sobre el pan y gratinar un poco en el horno, lo justo para que se derrita (o gratinar la rebanada con el queso aparte y ponerla después en la sopa), y servir de inmediato.

lunes, 16 de febrero de 2026

_- Infancia. Las voluntarias que abrazan bebés que están solos en Chile: “Es impresionante cómo los niños florecen”


_- Marjorie Jiménez, voluntaria de Abrázame, en el Hospital San Juan de Dios, en Santiago, el 9 de febrero. SOFIA YANJAR

En una residencia de menores y en el hospital San Juan de Dios de Santiago, se impulsa un plan para acompañar a niños de apenas semanas y meses que no son visitados, esperan su adopción o sus padres no están en condiciones de cuidarlos.

Acaba de cumplir dos meses de vida y, aunque está sano, permanece en la unidad de Pediatría del Hospital San Juan de Dios, parte de la red de centros de salud pública de Santiago. Tampoco está claro cuándo Esteban —nombre ficticio para esta crónica— logrará ser dado de alta. La razón de que siga hospitalizado sin estar enfermo, es que no tiene madre o padre que lo pueda tener, cuidar y acompañar. Es la situación por la que pasan decenas de bebés en Chile que quedan en recintos hospitalarios tras su nacimiento debido a que fueron entregados para ir en adopción, fueron abandonados o porque los padres no están en condiciones de cuidarlos. Sin embargo, Esteban duerme plácido en los brazos de una de las dos voluntarias que se han comprometido a acompañarlo y brindarle un vínculo afectivo estable y diario hasta que se vaya a vivir con su familia de origen, adoptiva o de acogida, algo que se puede extender incluso por dos años.

Se trata de un plan piloto de la fundación Abrázame para prevenir lo que se llama carencia afectiva crónica, y lograr que aquellos niños de corta edad que no cuentan con sus padres, logren un mejor crecimiento, tanto en su alimentación y en su desarrollo neurológico como en sus contactos y vínculos afectivos, algo que se produce en las primeras horas, días y semanas de vida. Si no, se corre el riesgo de que el bebé se vaya apagando, y se generen problemas psíquicos y de comportamiento futuros.

El psiquiatra y psicoanalista Eduardo Jaar, considerado el inspirador de esta iniciativa, explica a EL PAÍS que “el recién nacido es un sujeto eminentemente social, que busca el contacto desde los primeros instantes de su vida (…). El contacto piel a piel con su figura cuidadora, el tomar en brazos al bebé, fomenta un ajuste del tono muscular y de la postura corporal recíproca entre el niño y el adulto. Es un ajuste que tiene un carácter contenedor de las emociones del bebé”. La repetición “de ciertos comportamientos de cuidado promueven la familiarización, el aprendizaje, la anticipación y la entrega de sentido en los actos en el bebé”, agrega. Eso promueve la “instalación de lazos primitivos” entre bebé y esa figura cuidadora, que son la “base de su desarrollo emocional”.

Pero cuando todo eso no está, el bebé, entre otras cosas, es más propenso a las enfermedades, pues hay un “retraso global en su desarrollo, pérdida del apetito, tendencia al retraimiento, evita el contacto con los adultos”, asegura Jaar. “El niño va a desarrollar un cuadro de carencia afectiva y sensorial temprano”, dice.

Un reportaje del medio The Clinic, de marzo de 2025, estimó que al menos unos 400 bebés quedaron al cuidado de hospitales de Chile desde 2018 por abandono, por haber sido dados en adopción o porque sus padres no se podían hacer cargo de ellos. Una situación que no ha hecho más que crecer en los últimos años y donde el problema se complica aún más por la larga espera de esos recién nacidos y niños pequeños para que llegue la decisión de un juez de familia y decida cuál es su próximo destino.

Para la pediatra-neonatóloga Carolina Méndez, jefa del Servicio de Neonatología del Hospital San Juan de Dios, una institución médica no es un lugar para niños sanos. “Lamentamos que los niños pasen hospitalizados porque no existe otro lugar donde puedan estar esperando a esa familia [de origen, de acogida o adoptiva], porque un juez los deja aquí meses”, afirma a EL PAÍS. “Un hospital no es un lugar para un niño sano. Porque hay niños con enfermedades, porque hay infecciones”, sostiene.

Además, los niños pequeños que no son visitados regularmente por un ser querido en el hospital no reciben los cuidados, la atención y el vínculo que requieren. Bárbara Valdivieso, psicóloga de Neonatología del San Juan de Dios, afirma que los bebés necesitan de “un otro para poder construir lo que va a ser en un futuro su mente, todas sus características sicológicas”. Esa persona —la madre, el padre— debe ser alguien estable en el tiempo, a quien reconozca sus manos, su olor, su voz, con lo que se establece el vínculo afectivo. En ese proceso, “en un primer momento los bebés son más demandantes, lloran más, se ponen más irritables. Están intentando que el mundo los contenga de alguna manera. Pero si esto se prolonga [y nadie los atiende], eventualmente llega un punto en que ese bebé deja de llorar, deja de tener este contacto con el mundo, ya no hace contacto visual y duerme mucho. Eso quiere decir que este niño psíquicamente se está apagando, porque no tiene este sostén que necesita”, afirma Valdivieso.

“Si llegamos antes, la historia cambia”

Precisamente, para ir en ayuda de esos bebés de semanas o meses, el hospital se sumó a un programa piloto de Abrázame, una fundación que surgió en 2015 y que formalizó su labor en 2017, y que comenzó con un programa que apoya a niños en residencias de menores. Según cifras oficiales de diciembre pasado, 5.190 niños viven actualmente en ese tipo de hogares. En el programa inicial de Abrázame hoy participan unos 450 voluntarios, con trabajo semanal en 22 residencias de las regiones Metropolitana, de Valparaíso, O’Higgins y Biobío, donde viven casi 500 niños y cuyas edades van de cero a 18 años.
 
En 2024, con el apoyo del doctor Jaar, la fundación decidió avanzar y crear el programa Abrázame Más, aún en fase piloto, de apoyo diario a bebés. Se llamó a una convocatoria, y tras meses de selección y preparación, se comenzó con el trabajo de ocho voluntarios para cuatro bebés en una residencia en el municipio de Providencia, en Santiago.

Es un proceso de preparación muy largo porque, como dice Cecilia Rodríguez, directora ejecutiva de Abrázame, “el compromiso es indefinido, hasta que el niño se va con su familia de origen, adoptiva o de acogida, y eso puede ser entre  los tres meses y los dos años”. Es un trabajo intenso el que deben hacer las voluntarias, porque los educadores de las residencias “hacen todo lo posible por estar presentes [con esos bebés], pero trabajar con 15 o 20 niños es no parar. No tienen el tiempo para dedicarse a uno. Y tampoco pueden hacerlo, porque el resto también requiere asistencia”.

Son dos voluntarias a cargo de un bebé, que deben visitarlo diariamente por al menos dos horas, de lunes a domingo, al menos los primeros tres meses, para generar un vínculo, y luego pueden turnarse. “Lo central es el compromiso, no fallar, el amor (…) y es impresionante cómo los niños florecen”, dice la titular de Abrázame a EL PAÍS. “Por eso es importante la preparación, la contención y el seguimiento”, afirma Rodríguez, y explica que, por ahora, la falta de recursos económicos para tener equipo de profesionales de apoyo a los voluntarios impide que el programa Abrázame Más deje de ser piloto.

El año pasado Abrázame alcanzó un convenio con el Hospital San Juan de Dios para ir en ayuda de los bebés que nadie visita. “Sabemos que, si llegamos antes, la historia cambia”, destaca Rodríguez. Así, se hizo una nueva convocatoria, en la que se seleccionó y capacitó a 10 voluntarias.

Y dos de esas voluntarias, y luego de cinco meses de preparación, están desde enero acompañando a Esteban. Cada día, a las 11.30 de la mañana Marjorie Jiménez (48) llega al hospital San Juan de Dios, y es relevada a las 14:00 horas por Jacqueline Duhalde (58). Lo bañan, mudan, le cambian la ropa y le dan la mamadera (biberón). También lo arrullan, le hablan, le cantan y le cuentan de sus propias vidas. Hasta se llevan sus ropas para lavarlas en casa.

“Él ha sido muy receptivo con nosotras. La primera vez que lo tuve en mis brazos, el corazón se me arrugó, porque dije: a tan poquitos días de nacer y ya tiene que librar una batalla muy grande”, afirma emocionada Jiménez, mientras el bebé hace caso omiso al barullo de las visitas y continúa con su tranquilo y protegido sueño.

La ultraderecha contra los medios públicos: «Es una forma de disciplinar a quien ponga en duda sus valores»

Fuentes: El diario


De Trump a Milei y Le Pen, la extrema derecha cuestiona la existencia de la prensa pública, a la que acusa de “ideologizada” y “woke”; los ultras visten de lucha contra el discurso hegemónico su ataque a la libertad y el derecho a la información

En un viaje del presidente de EEUU en el Air Force One, una periodista le pregunta sobre la designación de Antifa como organización terrorista. “¿De qué medio eres?”, inquiere él. NPR (National Public Radio), dice ella, tras lo cual Trump pregunta burlón a su secretaria de prensa: “¿Todavía están aquí?”. La periodista insiste en su pregunta sobre Antifa. Él sonríe: “¿Tienen algo que ver con tu medio?”.

El desprecio de Trump por el periodismo forma parte de su marca personal, pero no es una característica singular. La extrema derecha encuentra en los medios de comunicación en general –y los públicos en particular– un enemigo al que combatir con todas las estrategias posibles: desde el ataque y la descalificación verbal hasta los castigos económicos, de la censura ejercida a través de leyes y órganos de control a la apropiación de esos medios públicos para convertirlos en simples canales de difusión de su discurso.

“Por su apego a la tradición, a principios religiosos, al statu quo, los partidos de derechas se han colocado contra los ámbitos capaces de instalar la duda, el cuestionamiento y la crítica”, explica Micaela Cuesta, coordinadora del Laboratorio de Estudios sobre Democracia y Autoritarismos de la Universidad Nacional de San Martín (Argentina). Entre estos enemigos históricos –la intelectualidad, la ciencia, el arte– emerge la figura de los comunicadores, “la referencia más visible en la tarea de objetar injusticias, ofrecer alternativas y habilitar otros puntos de vista”, señala Cuesta.

No es casualidad que figuras como Javier Milei, Viktor Orbán, Giorgia Meloni, Marine Le Pen o el propio Santiago Abascal en España pongan a la prensa constantemente en la diana: “Atacarla supone, por un lado, deslegitimar a uno de los agentes clave en la democratización de los saberes y, por otro, disciplinar a todo aquel que ose disputar sentidos que pongan en riesgo sus valores”, resume la experta.

¿Y por qué poner el foco en los medios públicos? “Porque es una forma de sembrar la desorientación, la falta de referencias, el descreimiento en el valor epistémico de la opinión pública”, dice Cuesta. Y de reconocer la información como un derecho. “La ultraderecha, aliada hoy de un ecosistema tecnológico hipermediatizado, ofrece argumentos simples, chivos expiatorios, narrativas conspiranoicas…”, todo lo contrario de lo que representan los medios de comunicación entendidos como un servicio público.

La posición de la ultraderecha española encaja de lleno en esta estrategia de descrédito: por un lado, señalar el gasto que supone y cuestionar el servicio público; y por otro, las acusaciones de manipulaciones y sesgos. En la última comisión de RTVE en el Congreso, el diputado de Vox resumió así su plan si llegan al Gobierno: “Solo tendremos una duda, y es si entramos con motosierra o con lanzallamas”.

De hecho, si los ataques a la prensa vienen de lejos, lo que ha cambiado es la ferocidad de la agresión, que desoye las limitaciones y equilibrios del juego democrático. Además, las nuevas derechas radicales no solo operan –muy eficientemente– a nivel local, sino que tienen una proyección globalista, como muestra el reciente caso de la BBC, que ha sufrido la dimisión de sus dos líderes editoriales después de las críticas de la Casa Blanca a una información relacionada con el asalto al Capitolio y el papel de Donald Trump ese día.

Reino Unido: ataque a un referente periodístico

El de la BBC es un caso único por su alcance internacional y sus detalladas reglas sobre autonomía e imparcialidad: es el medio en que más confía el público en el Reino Unido y en Estados Unidos.

Su papel en la vida pública es tal que hasta las voces de la extrema derecha dependen de la radiotelevisión pública. Nigel Farage, el líder del partido de extrema derecha Reform, es uno de los políticos más entrevistados pese a su mínima representación parlamentaria, e incluso era tertuliano habitual de la cadena. Ahora Farage apoya los ataques de Trump y hace campaña contra el canon que pagan los televidentes a la BBC para su financiación.

El Partido Conservador no se ha atrevido a una propuesta tan explícita, pero ha empujado las críticas en la Cámara de los Comunes y dentro de la propia corporación pública por lo que llama sesgos de izquierdas en la cobertura de la guerra de Gaza, los derechos trans, la historia del colonialismo o las elecciones de Estados Unidos.
 
Los Estados Unidos y los recortes de Donald Trump

Son “monstruos”, son la “izquierda radical” que “tanto daño ha hecho” a Estados Unidos. Así hablaba el presidente de EEUU, Donald Trump, de la televisión y la radio públicas, PBS y NPR, al poco de regresar a la Casa Blanca. Y no solo eso. Además de los insultos, Trump llegó con un recorte de 1.100 millones de dólares que ha dejado a ambas empresas en mínimos y amenazando la existencia de 330 emisoras asociadas locales de PBS y 246 de NPR.

Además, Trump ha ordenado grandes recortes a Voice of America, la veterana emisora de radio, símbolo de la Segunda Guerra Mundial que se mantuvo durante la Guerra Fría para trasladar los mensajes de EEUU. En marzo, firmó un decreto que instaba a la Agencia de Estados Unidos para los Medios Globales a reducir sus “funciones legales y el personal asociado al mínimo indispensable por ley”. Un día después, Voice of America dejó de emitir por primera vez en 83 años y suspendió temporalmente a casi todos sus empleados a tiempo completo.

Milei, privatizaciones y las ‘fuerzas del cielo’

La motosierra de Javier Milei se activó contra la prensa pública ni bien llegó a la Casa Rosada. El primer mensaje fue contundente: cerrar la agencia pública de noticias argentina, Télam, fundada en 1945 y la más importante de América latina. Más de 300 despidos y un mantra: “La gente no odia lo suficiente a los periodistas”. Los comunicadores se han convertido en una fijación para el presidente. “Milei tiene una especie de ejército en el mundo digital a las órdenes de Santiago Caputo (una de las personas con más influencia en el mandatario). Hay una parte más orgánica dentro de la Casa de Gobierno, pero lo más fuerte es la parte inorgánica, lo que ellos llaman ‘las fuerzas del cielo’, que son diferentes tuiteros, un streaming que se llama Carajo y también el señalado como ‘documentalista’ de Milei, Santiago Oria, que se dedican a escrachar a ciertos periodistas”, explica María O’Donnell, conductora de uno de los programas de radio más escuchados y blanco frecuente de estas campañas de desprestigio, muchas veces alimentadas con vídeos falsos creados con IA.

En cuanto a la televisión y la radio públicas, su destino desde el principio fue la privatización, dificultada hasta ahora por la falta de mayorías de La Libertad Avanza en el Congreso, pero que puede tomar un nuevo impulso a partir de la victoria en las pasadas legislativas. Los trabajadores de estos entes públicos se quejan del congelamiento de sus salarios y de censura. A cambio, nutre con la publicidad oficial que tanto denostó en campaña a medios ultras como La Derecha Diario, del español Javier Negre. En septiembre el presidente se indignó con su entonces portavoz y hoy jefe de Gabinete, Manuel Adorni, por permitir que se emitiera un programa sobre el derecho al aborto en el canal público. Adorni compaginaba su puesto con un programa de Youtube en el que se encargaba de desmentir supuestos bulos de la oposición.

Italia y su ‘Telemeloni’

Desde que la ultraderechista Giorgia Meloni asumió el poder en 2022, asociaciones periodísticas denuncian la creciente intromisión de su ejecutivo sobre la RAI, en una pugna para obtener mayor influencia ideológica sobre la radiotelevisión pública. ‘Telemeloni’ es el término que hoy usan muchos críticos para referirse a la cadena.

Este año Italia bajó tres puestos en el informe sobre libertad de prensa de Reporteros sin Fronteras, y la injerencia política sobre los medios públicos es una de las causas.

Periodistas de RAI hicieron un día de huelga tras cancelarse la retransmisión de un monólogo antifascista del escritor Antonio Scurati

El principal sindicato de periodistas del canal, Usigrai, ha acusado al Ejecutivo de usar la cadena como “megáfono” o correa de transmisión de las posturas del Gobierno. Y también de acallar voces críticas o incluso censurar contenidos por cuestiones ideológicas. En 2024, gran parte de periodistas de RAI hicieron un día de huelga tras cancelarse la retransmisión de un monólogo antifascista del escritor Antonio Scurati para el día de conmemoración de la liberación del fascismo.

El mes pasado estalló una bomba en el coche del periodista de investigación Sigfrido Ranucci. El director del programa Report, de la RAI, llevaba tiempo denunciando intentos de deslegitimación con duras críticas públicas, querellas judiciales o la reducción de tiempo de emisión de uno de los pocos espacios que indaga sobre corrupción, mafia o escándalos que implican al poder político.

Francia: la tele pública en la diana

En Francia, una información publicada por un medio de extrema derecha llamado L’Incorrect ha servido de disparador para una nueva campaña del entramado mediático del millonario Vincent Bolloré contra la radio y la televisión pública, a las que tacha de “ideologizadas” y “woke”.

En concreto, se trataba de un vídeo en el que se veía a los periodistas de opinión Thomas Legrand y Patrick Cohen, colaboradores habituales en France TV y en la matinal de la radio France Inter, en un restaurante comiendo con dirigentes del Partido Socialista. El periódico JDD, la radio Europe 1 y, sobre todo, la cadena de televisión CNEWS llenaron horas de antena y publicaron decenas de artículos. El presentador estrella de CNEWS, Pascal Praud, reivindicó las críticas como parte de una “batalla cultural”.

Marine Le Pen y su partido aprovecharon para reiterar su propuesta de desmantelar el ente público: “Su privatización permitiría a los franceses ahorrar 4.000 millones de euros al año”, lanzó la líder de Agrupación Nacional.

Su principal aliado en la Asamblea, Éric Ciotti, ha impulsado una comisión de investigación parlamentaria “sobre la neutralidad, el funcionamiento y la financiación del sector audiovisual público”, que comenzará en los próximos días.

Alemania: Alice contra el cánon

Los medios públicos también han sido uno de los blancos de la ultraderechista Alternativa para Alemania, a la que los sondeos de intención de voto sitúan ahora como primera fuerza. Algunos de sus dirigentes utilizan el término Staatsfunk (radiodifusión estatal) para sugerir que son órganos de propaganda del gobierno y los partidos tradicionales.

La líder ultra Alice Weidel ha acusado a las televisiones ARD y ZDF de sesgo contra su partido. “Son campañas mediáticas con dinero de los contribuyentes alemanes contra AfD”, afirmó tras los malos resultados en las elecciones en Brandeburgo, el año pasado. Lo dijo, irónicamente, en una entrevista con ARD.

Pero los ataques no se ciñen al plano discursivo. Una de las propuestas centrales del partido ultra es la eliminación del canon (que se conoce como Rundfunkbeitrag) que debe pagar cada vivienda para financiar el servicio público de radiotelevisión –actualmente de 18,36 euros al mes–. “Este aparato, estrechamente vinculado a los partidos establecidos en términos estructurales, personales y financieros, utiliza este poder de forma selectiva para influir en la opinión pública, llegando incluso a la manipulación (…) Debe reformarse profundamente, racionalizarse y desideologizarse”, reza el programa.

Polonia: la herencia ultra que no se borra

Los medios públicos se convirtieron en uno de los primeros objetivos del partido polaco Ley y Justicia (PiS) nada más llegar al poder. En 2016 se aprobó una ley que otorgó al Gobierno el control sobre la radio y la televisión públicas, y se creó el Consejo Nacional de Medios (RMN), que se sumó al ya existente organismo regulador de los medios (Consejo Nacional de Radiodifusión, KRRiT), que a su vez se llenó de fieles al partido ultraconservador.

La televisión pública TVP tradicionalmente se había inclinado hacia el partido en el poder, pero el PiS fue mucho más allá. Los informativos actuaron como altavoces del Gobierno, en ocasiones de manera descarada. Años después, un presentador llegó a disculparse con las personas LGTBI por el papel “vergonzoso” del canal en la difusión de “palabras de odio” contra el colectivo.

La huella del control ultra era tal que en 2023 el primer ministro liberal Donald Tusk puso en marcha una –también criticada– “limpieza”. Y acaba de presentar un proyecto de ley para “garantizar la despolitización de los medios públicos”. Pero la realidad es que, dos años después del cambio de Gobierno, el KRRiT continúa alineado con el ultraderechista PiS.

Hungría: compra medios y controlarás la información

Los 15 años en el poder del primer ministro ultranacionalista Viktor Orbán han transformado el panorama mediático húngaro: según Reporteros Sin Fronteras, gracias a maniobras políticas y económicas, y a la compra por parte de oligarcas con vínculos con el partido gobernante Fidesz, este controla el 80% de los medios. Así puede “moldear el discurso” y ejercer “presión sobre los medios no alineados con el Gobierno”, dice en su último informe el Instituto Reuters.

Poco después de que Fidesz llegara al poder en 2010, aprobó una legislación que recayó en un nuevo organismo de control: el Consejo de Medios, nombrado por un Parlamento de mayoría ultra. Se fusionaron todos los medios públicos en una sola corporación, con numerosos despidos –incluidas purgas de periodistas críticos–.

El resultado es una auténtica maquinaria propagandística gubernamental. Por ejemplo, antes de la victoria del Fidesz en las elecciones de 2018, periodistas de MTVA contaron cómo la cadena se centró en noticias negativas e incluso mentiras sobre refugiados e inmigrantes, vinculándolos con la delincuencia y el terrorismo, en línea con la retórica xenófoba del Gobierno.

Autor@s:

Natalia Chientaroli / Icíar Gutiérrez / Andrés Gil / María Ramírez / Amado Herrero / Joan Mas Autonell

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