viernes, 28 de agosto de 2026

Hay que tener morro

Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid, en la calle Larios con el trono de la Paloma

Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid, en la calle Larios con el trono de la Paloma / Eduardo Nieto

La señora Ayuso se pasa el día acusando de corrupción al Gobierno y al entorno del presidente del Gobierno, pero no es capaz de mirarse a sí misma

La señora Ayuso tiene un truco. Un truco que consiste en mostrarse como la mejor o, quizás, como la única a pesar de que las evidencias muestren que sus políticas, actuaciones y manifestaciones sean, frecuentemente, deplorables. Al mismo tiempo, critica y descalifica por todo al presidente y al gobierno de su país. Y ha descubierto que eso le da votos.

Hay que ver cómo se vende, cómo le da la vuelta a la realidad, cómo consigue presentar como blanco aquello que es rabiosamente negro. Y cuando se trata de sus adversarios políticos, por contra, consigue hacer ver como negro lo que en realidad es de color blanco. Ahí están los buenos datos macroeconómicos de España, reconocidos internacionalmente, incluso por el propio Trump. Eso para ella también es negro. Es decir, que ella no hace nada mal y sus adversarios no hacen nada bien. Lo que va mal en Madrid es por culpa del Gobierno central y lo que va bien es fruto de su gestión. Es la que mejor maneja la ley del embudo.

Primer ejemplo. Después de tener a los bomberos sin sus dotaciones, después de pagarles una miseria, después de haberlos sumido en una huelga y después de haber tenido que pedir ayuda al Gobierno central para apagar los incendios de su comunidad, hace unas declaraciones en las que se presenta como la que más sabe (y hace) sobre cómo prevenir los incendios, la que más cerca está de las llamas y la que más siente el dolor y las pérdidas de las víctimas. Hasta vende un ático y otras cuatro propiedades de la comunidad para poder socorrer a las víctimas, a sabiendas de que lo percibido por esas ventas no puede destinarse a esos fines.

Segundo ejemplo. Ayuso acusa al presidente del Gobierno una y otra vez de levantar un muro cuando no hay nadie en el país que más y mejor marque las diferencias con sus adversarios, nadie que utilice eslóganes tramposos que descalifican a ‘los otros’ (Socialismo o libertad), nadie que insulte de manera más persistente y descarada. ¿Un muro? El muro invisible ya estaba levantado desde siempre en su interior. Lo manifiestan sus palabras y sus hechos. Cuando acusa al presidente de dividir a la población no dice que la división la tiene hecha ella desde el principio de los tiempos. La señora presidenta maneja como nadie el ‘nosotros’ o ‘ellos’. Ella vive feliz de una parte del muro. Es más, a ella le viene muy bien alardear de que está en esa otra parte.

Tercer ejemplo. Cuando salta el escándalo del señor González Amador, desde el atril de la presidencia de la Comunidad, la señora Ayuso sale a defender a «ese ciudadano particular» a quien persiguen todas las instituciones del Estado. ¿Por qué lo defiende ella si es un ciudadano particular? Se empecina de forma torticera en que se trata de dos simples multas y añade que es Hacienda quien le debe a él seiscientos mil euros. Otra vez el mismo mecanismo: él es quien defrauda y Ayuso dice que es la pobre víctima en que se ha convertido por ser su pareja.

Cuarto ejemplo. Se considera una patriota pero, si la señora Meloni reacciona de manera insolidaria e injusta con España a raíz de la avalancha de inmigrantes en la frontera con Marruecos en Ceuta, ella se apresura a criticar al presidente del gobierno porque responde con rapidez y eficacia al agravio de la presidenta del gobierno italiano. Y si el señor Trump nos aplica unos aranceles caprichosos o habla mal del presidente del país o de todos los españoles, ella se sitúa del lado del agresor. Cuando hay un litigio del Gobierno con otro país, ella se sitúa siempre contra el Gobierno. Viene el señor Milei a España y horas después de que criticase a Pedro Sánchez, ella le impone la medalla de la Comunidad de Madrid. También tenía pensado imponer esa medalla al señor Trump con ocasión del 250 aniversario de los Estados Unidos. Criticar al gobierno tiene premio.

Quinto ejemplo. La señora Ayuso se pasa el día acusando de corrupción al Gobierno y al entorno del presidente del Gobierno, pero no es capaz de mirarse a sí misma. No mira lo que ha tenido y tiene en su propia familia y en su propia casa. El que la justicia no haya condenado a su señor hermano, a mí no me demuestra nada. Decir que es lógico y bueno que se llevase una comisión de más de trescientos mil euros por la venta de mascarillas a mí no me parece justo. ¿Cuántos años tarda un trabajador en acumular esa cantidad sumando escuálidas mensualidades? El presidente de su partido fue defenestrado solo por preguntar qué es lo que había pasado. ¿Qué pensar de los beneficios que le reporta a su novio la relación con Quirón?

Sexto ejemplo. Cuando la señora Ayuso se ausenta de la conferencia de presidentes celebrada en Barcelona porque el lehendakari habla en euskera, ¿en qué lugar deja a sus compañeros y compañeras que presiden otras comunidades de su partido? ¿Son más torpes que ella?, ¿son más cobardes?, ¿son más estúpidos? Cuando el presidente Sánchez cita en La Moncloa a los presidentes autonómicos y ella, solo ella, no acude a la cita, ¿Qué piensa de sus compañeros y compañeras de partido?, ¿no tienen su clarividencia?. ¿no saben lo que les conviene a sus comunidades?, ¿no saben ejercer la crítica al gobierno de la nación?

Séptimo ejemplo. El caso de las residencias es paradigmático. Uno de sus consejeros, Alberto Reyero Zubiri, escribió un libro incriminatorio que tituló ‘Morirán de forma indigna’. Los llamados protocolos de la vergüenza impidieron que los ancianos sin recursos fuesen derivados a los hospitales como pudieron hacer quienes tenían dinero para pagarlo. La cifra que se ha convertido en un estigma de su gobierno, 7.291, la interpela con dureza. Las víctimas claman cada día por la justicia. ¿Por qué no se investiga lo que pasó? Y ¿Qué dice sobre el caso la señora Ayuso? Pues dice que más bien pronto que tarde esos ancianos tendrían que morir.

Octavo ejemplo. El caso de la compra y de la venta de un ático por más de seis millones de euros en la calle Chamberí es tan rocambolesca que le irrita que le pregunten los periodistas por ellas. Les dice por lo que deben preguntar: por los incendios, por las víctimas de los incendios, por las daños causados por los incendios… ¡Cómo si no preguntasen por ello! Un ático que se compra, según dice, para celebrar reuniones a sabiendas de que las ordenanzas municipales dicen que no se puede utilizar para esos menesteres. Y que se vende con prisa cuando es descubierta en la mentira.

Noveno ejemplo. Ella se monta un viaje a México en plan diva, insulta a la presidenta del país que la acoge diciendo que México es un narco-estado, hace un homenaje en México a Hernán Cortés (persona non grata en México), se alía con los personajes más siniestros de la oposición mexicana y vuelve como una pobre víctima que tiene que interrumpir su programa de trabajo, que se siente en un peligro extremo, acusando al gobierno de su país de no brindarle la protección que merece y necesita. Y luego se esconde quién sabe dónde para hacer no se sabe qué. Quizás para disfrutar de unos días de vacaciones… ¡en un país tan peligroso! Ella, que alardea de transparencia, no ha dicho todavía quién o quiénes pagaron su viaje. Estoy en México. No quiero reproducir lo que muchos piensan de ese viaje.

Décimo ejemplo. El caso más sangrante es la condena del fiscal general del Estado, Álvaro García Ortiz. Resulta que su señor novio, que defraudó más de 120.000 euros a la Hacienda pública, denuncia al fiscal general del Estado porque había filtrado los datos que ya conocía medio mundo. Y consigue tumbar al fiscal general del Estado en una sentencia indecente que le inhabilita porque él o alguien de su entorno había filtrado esos datos. Unos datos que seis periodistas acreditaron en el juicio conocer previamente. Aconsejo a mis lectores que lean el capítulo ‘Objetivo: abatir al fiscal general del Estado’ del libro que acaba de publicar Baltasar Garzón (Editorial Planeta, 2026) con el inquietante título de ‘La democracia amenazada’.

Hay un denominador común en estos ejemplos. Ella dice, siempre sin presentar datos, que Madrid está de moda, que el mundo mira a Madrid, que no hay un lugar con más libertad en el mundo desde que ella gobierna la comunidad. La realidad es otra: la sanidad y la educación pública ceden terreno a la privada, los ricos se hacen más ricos porque a ella no le gustan los impuestos, y ella se siente perseguida por el presidente del Gobierno, por todos los ministros y por todas las instituciones del Estado cuando la realidad es que ella fustiga, critica a insulta impunemente a quien se le antoja. Hay que tener morro.

Y ahora llega el colofón. Sus votantes, que serán como ella, analizarán todas estas actuaciones y muchas otras y, al considerarla, como ella dice, una pobre mujer perseguida por la maquinaria del Estado, con el presidente del Gobierno a la cabeza, irán y la votarán. Así nos va y así nos irá, si nadie lo remedia.

El Adarve.

jueves, 27 de agosto de 2026

Giordano Bruno

El 8 de febrero de 1600, un tribunal de la Inquisición romana leyó formalmente su sentencia de muerte. El acusado, un exfraile dominico de cincuenta y dos años que había pasado casi ocho años completos en prisión, escuchó la condena sin pedir clemencia.

Su respuesta a los jueces quedó registrada por un testigo presente en la sala: "Quizás vosotros, que pronunciáis mi sentencia, tenéis más miedo que yo, que la recibo".

Nueve días después, el 17 de febrero de 1600, lo quemaron vivo en la Piazza Campo de' Fiori de Roma. Antes de encender el fuego, los ejecutores le atravesaron o le sujetaron la lengua con un clavo de hierro, para asegurarse de que no pudiera dirigirse a la multitud congregada en su último momento.

Se llamaba Giordano Bruno. Y su verdadero delito, más allá de la lista oficial de acusaciones teológicas, fue negarse durante casi una década a decir que no creía en algo que sí creía.

Un universo demasiado grande para su época

Bruno nació en 1548 en Nola, cerca de Nápoles, y entró de joven en la orden dominica, donde tomó el nombre religioso de Giordano. Abandonó la orden en 1576, huyendo de una acusación de herejía que lo perseguiría, en formas distintas, durante el resto de su vida.

Lo que hizo de Bruno una figura tan peligrosa para la ortodoxia religiosa de su tiempo no fue simplemente adoptar el modelo heliocéntrico de Copérnico —eso, por sí solo, ya era controvertido. Bruno fue mucho más lejos: propuso que el universo era infinito, sin ningún centro fijo, y que contenía una cantidad infinita de soles similares a nuestro sol, cada uno rodeado por sus propios mundos habitados por seres inteligentes. El sol no era único. La Tierra no era especial. Y el cosmos entero no tenía límites que ningún texto sagrado pudiera describir con precisión final.

Huyó de Italia y pasó años viajando por Ginebra, Francia, Inglaterra y Alemania, enseñando, escribiendo y siendo expulsado de un lugar tras otro por disputas religiosas y filosóficas con luteranos, calvinistas y católicos por igual.

El error que lo llevó de vuelta a Italia

En 1591, tras años de exilio relativamente seguro en el norte de Europa, un noble veneciano llamado Giovanni Mocenigo lo invitó a regresar a Italia, prometiéndole enseñarle sus técnicas de memoria y magia natural. Bruno aceptó la invitación, calculando que Venecia era el estado italiano más tolerante de la época y que la tensión religiosa europea parecía, momentáneamente, estar aflojándose.

Fue un error fatal. Mocenigo, decepcionado con las enseñanzas que había recibido, lo denunció ante la Inquisición veneciana como hereje en 1592. Basándose en su testimonio y en declaraciones de antiguos compañeros de celda, Bruno fue acusado formalmente de veintinueve cargos de herejía.

La Inquisición romana, considerando el caso demasiado grave para dejarlo en manos venecianas, exigió su extradición. El 27 de enero de 1593, Bruno entró en la cárcel del Santo Oficio en Roma. No volvería a salir con vida.

Ocho años de interrogatorios y una lista de acusaciones que se negó a firmar

Durante los siguientes años, el cardenal Roberto Belarmino —uno de los teólogos más influyentes de la Iglesia católica de la época— dirigió personalmente buena parte de los interrogatorios, reduciendo la larga lista de posibles herejías a ocho proposiciones concretas que Bruno debía abjurar si quería salvar su vida.

Los cargos formales incluían negar la Trinidad, la divinidad de Cristo, la virginidad de María y la transubstanciación eucarística —las acusaciones teológicas estándar contra cualquier hereje de la época. Pero entre ellos también figuraban específicamente sus ideas cosmológicas: sostener la existencia de una pluralidad infinita de mundos, creer en la transmigración del alma humana hacia los animales, y practicar artes de magia y divinación.

Según los registros del proceso, Bruno llegó incluso a aceptar retractarse de algunas de esas proposiciones en ciertos momentos del largo interrogatorio, solo para retirar después esa retractación. Al final, se negó a abjurar por completo de los cuatro puntos centrales que el tribunal consideraba irrenunciables: su visión de la Trinidad y la Encarnación, la pluralidad de mundos, la naturaleza del alma, y sus prácticas de adivinación.

El papa Clemente VIII, ante esa negativa persistente, ordenó que fuera sentenciado como hereje impenitente y pertinaz.

Lo que no está en el expediente

Uno de los detalles más inquietantes de todo el caso es que el expediente completo del proceso de Bruno desapareció de los archivos vaticanos, y los historiadores modernos no pueden establecer con total certeza documental cuál de sus ideas —la teológica o la cosmológica— pesó más en la decisión final de condenarlo a la hoguera. Lo que sí sabemos, porque quedó registrado por testigos presentes, es que se negó hasta el último momento a pronunciar las palabras de retractación que lo habrían salvado.

Lo que queda sin resolver

¿Habría sobrevivido Giordano Bruno si hubiera aceptado, aunque fuera solo de forma nominal, renunciar públicamente a sus ideas sobre el infinito cósmico, tal como haría Galileo tres décadas después bajo amenaza similar de la misma Inquisición? Probablemente sí. Galileo se retractó, evitó la hoguera, y murió en arresto domiciliario, susurrando —según la leyenda, no del todo confirmada— que la Tierra seguía moviéndose de todos modos.

Bruno eligió lo contrario. Tuvo ocho años completos, con interrogatorios repetidos y oportunidades reiteradas de decir simplemente lo que sus jueces querían escuchar, y en cada una de esas oportunidades decidió que prefería morir sosteniendo lo que creía cierto sobre el universo antes que vivir habiendo dicho, aunque fuera en voz baja, que no lo creía.

Fuentes documentadas:

Wikipedia — "Giordano Bruno" (versiones en inglés y francés)

Britannica — "Giordano Bruno: Final Years"

Famous Trials — "The Trials of Giordano Bruno (1592-1600)"

WSWS — "Giordano Bruno, philosopher and scientist, burnt at the stake 400 years ago"

Absolute Astronomy — cita original a los jueces, recogida por Gaspar Schopp de Breslau

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miércoles, 26 de agosto de 2026

Hay que cazarlos a todos

El diputado de Vox José María Figaredo utiliza términos como 'cazar' y 'pescar' para referirse a los migrantes, lo que genera un discurso de odio xenófobo y violento.

 Acabo de escuchar al diputado de Vox José María Figaredo que hay que cazar (o pescar) a todos los migrantes que han cruzado ilegalmente la frontera de España con Marruecos en Ceuta y devolverlos inmediatamente a su país.

El parlamentario ultraderechista utiliza los verbos cazar y pescar, sabiendo exactamente lo que dice. Cazar significa buscar, perseguir y atrapar animales para capturarlos o matarlos. Pescar es el acto de sacar o capturar del agua peces y otros animales acuáticos. Es decir, acabar con su vida. No solo asusta el mensaje. Hay que escuchar la entonación, la violencia y el desprecio con el que el joven diputado de Vox pronuncia esas palabras. ¿Qué tipo de dios se cree este personaje para decidir sobre la vida y la muerte de sus semejantes?, ¿de quién o de dónde emana su poder para aplicar una sentencia tan injusta y tan cruel sobre otros seres humanos?

Este es el tipo de opiniones que generan odio en el corazón de las personas. Considerar que algunos seres humanos son animales salvajes e invitar a cazarlos como si fueran fieras peligrosas convierte a quien esto dice en ese ser peligroso que tanto odia. Animal peligroso es el que plantea este tipo de ideas. El que envenena la convivencia con estas actitudes despreciables que responden a planteamientos nazis. El que siembra semillas de xenofobia que darán cosechas de discriminación, de persecución y de exclusión.

No hay ni una pizca de empatía en esas palabras. No hay capacidad de meterse dentro de la piel de personas desesperadas que abandonan su tierra, su familia, sus costumbres y se echan a la mar arriesgando la vida. De hecho, ciento cincuenta migrantes la han perdido en el mar.

No defiendo la inmigración ilegal, no comparto la actitud permisiva de Marruecos que conoce la convocatoria y desmantela los controles fronterizos para que ochenta mil personas lleguen a una población haciendo imposible la vida a los ceutíes. Ante esa situación anómala hay formas civilizadas de actuación y otras que son fruto de la irracionalidad y de la crueldad.

Esta es la forma que tiene Vox de afrontar el problema de la migración. Ni una pizca de solidaridad, de compasión, de piedad. Es más, en muchas ocasiones propaga el infundio de que los migrantes son delincuentes. Estos xenófobos parecen disponer de un detector que les permite saber que esos miles de migrantes que cruzan la frontera vienen a España con el claro propósito de delinquir. Es un planteamiento abiertamente nazi.

Esos planteamientos fomentan, de forma inexorable, actitudes xenófobas. Acaba de suceder en Benialí (Alicante). Tres jóvenes españoles de entre 16 y 17 años han agredido a dos chicas menores al grito de Viva Vox y Viva Franco. Las increparon llamándolas bolleras y mariconas. Claro, ellas no tienen derechos, ellas no pueden amar a quien quieran, ellas también pueden (y deben) ser cazadas por quienes tienen el poder de ser autóctonos y franquistas.

Amin Maalouf escribió hace años un libro muy interesante titulado “Identidades asesinas”. Sostiene Maalouf que, de la misma manera que se pedía que hiciéramos análisis de conciencia deberíamos hacer análisis de identidad. Lo dice porque la identidad de cada persona está formada por muchísimos rasgos componentes que denomina “genes del alma”. Esos genes son muchos, diversos, cambiantes. Y nos llevan a ser individuos únicos, irrepetibles, irreemplazables, complejos y dinámicos. El problema surge cuando uno de esos rasgos se convierte en preponderante y excluyente de otra persona que no lo tiene.

Una persona puede ser varón, blanco, europeo, español, andaluz, bético, profesor, agnóstico…Cuando uno de esos rasgos, en determinadas circunstancias, se vive de forma exacerbada, puede dar lugar a comportamientos violentos, sobre todo cuando el grupo de quienes pertenecen a él actúa de forma organizada. No responder a esa exigencia fanática hace que el individuo sea considerado como un traidor o un desnaturalizado.

Pensemos en el principio de “prioridad nazional” (la z no es una errata). El rasgo de identidad “ser español” se convierte en un arma arrojadiza contra los migrantes. Ellos no tienen derechos. Hay un “nosotros” y un “ellos”. Dice Maalouf que “la identidad es un falso amigo. Empieza reflejando una aspiración y de súbito se convierte en un instrumento de guerra”.

Es lo que le ha pasado al señor Figaredo. El rasgo de su personalidad "ser español” le enfrenta al rasgo de “ser migrante”. Ese rasgo de la identidad se convierte en un arma. No le importa que la ley no permita devolver al país de origen a quien no se ha saltado una frontera, como les ha sucedido a quienes llegaron a España nadando. Al señor Figaredo no le importa la ley, le importa su odio, le importa la exaltación de sentirse español de primera clase. Si identidad se ha convertido en asesina.

Señor Figaredo, lo que necesitan estas personas es respeto, es consuelo, es ayuda. Porque muchas han sido engañadas por bulos que les han ofrecido lo que nadie les podía dar. Porque han arriesgado su vida por nada y porque algunos la han perdido. Porque están viviendo en condiciones infrahumanas: pasando sed y hambre, durmiendo en la calle, lavando la ropa en la playa, sin poder ducharse, sin poder hacer sus necesidades, sufriendo agresiones, pasando miedo…

Señor Figaredo, lo que necesitan esas personas es un poco de humanidad. Porque no solo es que no tengan presente (huyen de una situación miserable) sino que todo lo que han sufrido no les garantiza tener un futuro mejor. El fenómeno de la emigración no puede entenderse si no se tiene en cuenta que las personas que emigran no están haciendo un viaje de placer, están huyendo del hambre, de la guerra, de la miseria y de la desesperación. Padres que abandonan a la familia para enviar dinero a la familia, niños, niñas y jóvenes que dejan detrás s la familia y arriesgan la vida para encontrar un futuro. No huyen por capricho ni por diversión.

Lo que usted necesita es un buen baño de humanidad. ¿Se imagina usted en la misma situación por la que están atravesando estas personas? ¿Cómo le gustaría que le tratasen? Cuando los españoles nos hemos visto obligados a emigrar, ¿cómo hemos sido tratados? Le brindo este pensamiento: voy a tratar a los demás como me gustaría que me trataran a mí.

Lo que más me preocupa de sus declaraciones es que muchos niños y jóvenes le van a escuchar a usted y le van a dar la razón. Y van a considerar animales a unos seres humanos que sufren. Les van a considerar, como usted hace, como seres de segunda categoría, que no tienen derechos, que vienen a quitarnos lo que es nuestro.

Mientras escribo estas líneas veo imágenes desoladoras. Han pasado 14 días desde que se produjo la avalancha y resulta terrible ver las condiciones en las que están viviendo los miles de migrantes que todavía siguen en Ceuta. Sin comida, sin higiene, sin seguridad, sin sanidad, sin un techo bajo el que dormir.

Algunas ONGs están brindando ayuda, muchos ciudadanos y ciudadanas de Ceuta, algunos voluntarios están ofreciendo comida y consuelo. No entiendo cómo la Unión Europea, el gobierno de España y el gobierno de Marruecos no se han volcado en garantizar a estas personas unas condiciones de vida mínimamente aceptables mientras se resuelve la crisis. También me duele el miedo y la inseguridad de los ceutíes.

Me preocupa el mundo que le estamos dejando a nuestros descendientes. Me preocupa que los votos mantengan a responsables políticos con las tesis del señor Figaredo. ¿A dónde vamos por este camino?, ¿qué mundo buscamos?

La clave de la convivencia reside en la interculturalidad. Y la escuela tiene que educar siguiendo sus postulados. A saber:

Hay muchas culturas y subculturas en esta sociedad.

Todas las culturas merecen reconocimiento y respeto, aunque no compartamos todas sus concepciones.

Se centra preferentemente en las relaciones igualitarias entre las culturas.

Es un valor el que haya culturas diversas que se relacionan entre sí.

Da respuesta a la diversidad y no permanecer de espaldas a ella.

Pone el énfasis más en las similitudes que en las diferencias.

Facilita y promueve procesos de intercambio, interacción y cooperación entre culturas.

Realiza una aproximación critica analizando y valorando las culturas, incluida la propia.

Contempla el proceso educativo no como elemento segregador sino aglutinador.

Todas personas, independientemente de su raza, género, religión o cultura tienen una dignidad esencial por el simple hecho de ser seres humanos.

Señor Figaredo, la educación y la política han de conducir a una convivencia pacífica, respetuosa y colaborativa en la que todos y todas tengamos cabida como seres humanos depositarios de una dignidad esencial. Sus declaraciones son indecentes, insolidarias y delictivas. El odio no puede cimentar la convivencia democrática.

El Adarve.

martes, 25 de agosto de 2026

¿Existió Homero? El misterio que rodea al autor de "La Odisea"

Lámina en tonos sepia con quien se supone es Homero a la derecha, un joven vistiendo una toga que deja ver uno de sus hombros y con una corona de laurel en sus sienes, sentado en una banqueta circular de mármol mientras una chica recostada en una esquina de la misma banqueta, un chico sentado tomándole la mano, otro acostado sobre su estómago y una joven de pie lo escuchan.

Fuente de la imagen,Getty Images

Pie de foto,Esta lámina de 1887, publicada en la revista española "La Ilustración Artística", refleja las ideas románticas del siglo XIX sobre la antigüedad al representar a un Homero joven (der), dictando una conferencia.

Tradicionalmente se considera a Homero un poeta ciego que vivió alrededor del año 900 a.C. en la Antigua Grecia y fue el autor de dos de los poemas épicos fundamentales de la Antigüedad: "La Ilíada" y "La Odisea".

Un genio, por lo tanto, pero uno que —según los expertos— quizás nunca existió.

Cada vez más, los investigadores contemporáneos creen que Homero, como autor de estas dos obras fundamentales, no fue un individuo histórico. Su nombre sería la personificación de un colectivo de poetas y editores, de generaciones que recopilaron tradiciones orales y las plasmaron por escrito.

"No hay pruebas de que haya existido un autor llamado Homero, al menos no como creador de dos grandes clásicos de la literatura universal", afirma el historiador André Leonardo Chevitarese, profesor de la Universidad Federal de Río de Janeiro (UFRJ).

"Lo más probable es que sea una tradición posterior la que vincule estas dos obras, 'La Ilíada' y 'La Odisea', a un único autor llamado Homero".

Hay un consenso bien establecido en el siglo XXI de que es más correcto hablar de Homeros y no de un solo Homero, según el historiador Daniel Brasil Justi, profesor de la Universidad Federal del Sur y Sureste de Pará (Unifesspa) y de la Universidad Federal de Río de Janeiro (UFRJ). 

"Podemos suponer que estos Homeros, en plural, eran los editores que revisaron y copiaron estas obras en sus versiones escritas mientras la tradición oral seguía existiendo", comenta Justi.

Así, se define a Homero mucho más como "una tradición de autores" que como una persona en sí misma.

El filósofo Gabriele Cornelli, autor del libro "¿Sabios, filósofos, profetas o magos?" y profesor de la Universidad de Brasilia (UnB), recuerda que esta cuestión estuvo presente en la primera conferencia impartida por el alemán Friedrich Nietzsche (1844-1900) en la Universidad de Basilea.

"Aportó una visión muy equilibrada del problema. Dijo que Homero fue el poeta que escribió 'La Ilíada' y 'La Odisea', pero que esto no era una afirmación histórica, sino más bien un juicio estético", comenta Cornelli.

"No tiene sentido buscar al Homero histórico. Nos corresponde comprender a Homero como autor estético, como autor literario".

El profesor Cornelli sitúa las obras atribuidas a Homero, junto con los textos de la Biblia judía, como "los pilares que sustentan nuestra cultura occidental".

Lo cierto es que, incluso en la antigua Grecia, la idea de Homero como autor de estas importantes obras ya estaba arraigada.

"Ya en el siglo V a.C., los jóvenes estudiantes atenienses tenían que aprenderse de memoria [los textos atribuidos a] Homero, e incluso ser capaces de comentar algunas de las palabras más difíciles", dice Cornelli.

Fue durante este período, explica el experto, cuando muchos estudiantes comenzaron a notar discrepancias estilísticas en algunos de los textos atribuidos a Homero y a marcar los pasajes que consideraban de dudosa autenticidad.

Pero el debate tardó mucho en resurgir con la misma fuerza.

Imposible

El cuestionamiento de la autoría no se consolidó hasta finales del siglo XVIII, gracias al filólogo Friedrich August Wolf (1759-1824). Experto en obras griegas antiguas, consideraba imposible que un solo autor hubiera escrito tanto "La Ilíada" como "La Odisea".

La conclusión se extrajo después de que Wolf observara que poemas de esa extensión "no podrían haber sido compuestos y conservados por escrito" en aquella época, explica el filósofo Dennys García Xavier, profesor de la Universidad Federal de Uberlândia (UFU).

Anciano con abundante barba marrón, corona de laurel, toga, un bastón en una mano y un papel en la otra.


Anciano con abundante barba marrón, corona de laurel, toga, un bastón en una mano y un papel en la otra.

Fuente de la imagen,Getty Images

Pie de foto,

Retrato idealizado de Homero, honrado con una corona de laurel e identificado por la inscripción en la hoja de papel que enumera las ciudades que reclamaban a Homero como hijo propio (artista anónimo, 1639).

 "Partiendo de esta premisa, concluyó que las epopeyas debían entenderse como el resultado de una larga transmisión oral, habiendo sido recopiladas y fijadas solo posteriormente".

Wolf concluyó que el texto solo podía ser el resultado de una reorganización de composiciones orales, lo cual, según la valoración de Cornelli, era fundamental para el debate, "porque desplazó la cuestión principal a si existe algún rastro de originalidad por parte del autor Homero o de los autores homéricos, o si estos fueron simplemente compiladores de tradiciones orales anteriores", afirma.

Otro problema que surge, según Cornelli, es que el griego usado es "una mezcla muy artificial, hasta el punto de que, con cierta exageración, existen varios dialectos diferentes".

Pero Xavier señala que Wolf no pretendía demostrar que Homero nunca existió. "Su principal objetivo era la concepción tradicional de un único poeta que escribió, solo y de una sola vez, los poemas tal como nos han llegado".

La tradición griega antigua incluía poetas cantores -los aedos- que actuaban en público, viajando de pueblo en pueblo. Lo más probable es que estas historias se transmitieran de esta manera, a través de la tradición oral.

Con el tiempo, grupos de escribas comenzaron a recopilarlos, en un esfuerzo colectivo que debió durar generaciones, con revisiones, ediciones y adiciones.

"Se trataba de historias que ya circulaban, eran ampliamente conocidas y que de alguna manera se sistematizaron alrededor del siglo VIII o VII a.C.", señala Chevitarese.

Según el historiador, lo que existía era una escuela de aedos, los poetas cantores de la época, que debían de estar ocupados recopilando las obras que circulaban en ese contexto.

Chevitarese añade que todo indica que "La Ilíada" y "La Odisea" ni siquiera fueron escritas por las mismas personas.

"Se trata de dos relatos completamente diferentes, situados geográficamente en lugares distintos. Lo que tienen en común es que tratan sobre tradiciones orales que se han transformado y transmitido por escrito a lo largo de un extenso período de tiempo", analiza.

Homero, el poeta épico griego que vivió durante el siglo VIII a. C., está siendo coronado como un ser inmortal. A sus pies se encuentran figuras que representan sus dos grandes obras: la *Ilíada*, vestida de rojo, y la *Odisea*, de verde. A su alrededor figuran grandes personalidades históricas del arte, la literatura y la música. Entre ellas, Virgilio —situado en el extremo izquierdo de la zona central— posa la mano sobre el hombro de Dante, quien viste una túnica roja y sostiene un libro. Con una túnica azul aparece el pintor griego Apeles y, junto a él, el filósofo Sófocles extiende un pergamino. 

En el extremo derecho de la zona central se encuentra Alejandro Magno ofreciendo un cofre; a su lado está Fidias, el escultor griego, y luego Píndaro, poeta épico griego que sostiene una lira. 

La figura con bigote situada en primer plano a la izquierda, que señala a Homero pero mira hacia fuera del cuadro, es el pintor francés Poussin. 

En el lado opuesto de la escalinata, la figura vestida de marrón que mira directamente al espectador es el dramaturgo francés Molière, sosteniendo una máscara; a su lado, de perfil, aparece Racine. Delante de ellos se encuentra el poeta francés Boileau-Despreux.


Homero, el poeta épico griego que vivió durante el siglo VIII a. C., está siendo coronado como un ser inmortal. A sus pies se encuentran figuras que representan sus dos grandes obras: la *Ilíada*, vestida de rojo, y la *Odisea*, de verde. A su alrededor figuran grandes personalidades históricas del arte, la literatura y la música. Entre ellas, Virgilio —situado en el extremo izquierdo de la zona central— posa la mano sobre el hombro de Dante, quien viste una túnica roja y sostiene un libro. Con una túnica azul aparece el pintor griego Apeles y, junto a él, el filósofo Sófocles extiende un pergamino. En el extremo derecho de la zona central se encuentra Alejandro Magno ofreciendo un cofre; a su lado está Fidias, el escultor griego, y luego Píndaro, poeta épico griego que sostiene una lira. La figura con bigote situada en primer plano a la izquierda, que señala a Homero pero mira hacia fuera del cuadro, es el pintor francés Poussin. En el lado opuesto de la escalinata, la figura vestida de marrón que mira directamente al espectador es el dramaturgo francés Molière, sosteniendo una máscara; a su lado, de perfil, aparece Racine. Delante de ellos se encuentra el poeta francés Boileau-Despreux.

Fuente de la imagen,Getty Images

Pie de foto,Quizás no existió, pero lo hemos imaginado. En "La apoteosis de Homero" (1827) el artista Jean Auguste Dominique Ingres lo pintó siendo coronado como un ser inmortal, con grandes personalidades históricas del arte, la literatura y la música a su alrededor

El filósofo Aldo Dinucci, profesor de la Universidad Federal de Espírito Santo (UFES), también menciona otra teoría, la planteada por el escritor británico Samuel Butler (1835-1902), traductor de "La Odisea".

En su libro "La autora de La Odisea", argumenta que la obra fue escrita por una autora femenina, mientras que "La Ilíada" fue escrita por un hombre.

Dinucci afirma que la arquitectura y la narrativa coherentes de la obra permiten ver la forma final como el resultado de una "planificación sofisticada".

"Pero se entiende que tanto 'La Ilíada' como 'La Odisea' provienen de una larga tradición oral transmitida a lo largo de los siglos. Y que el texto que ha llegado hasta nosotros es una especie de cristalización de esa tradición", dice.

El nombre

El profesor Xavier presenta algunas hipótesis interesantes que podrían arrojar luz sobre el nombre Homero, en caso de que fuera inventado. Según él, la etimología más inmediata alude al sustantivo griego "rehén".

"En ese caso, el nombre podría haber significado literalmente 'el rehén', 'el entregado como garantía' o 'la prenda'", explica.

Puede interpretarse que este es el nombre elegido para salvaguardar los valiosos elementos de esa tradición oral, como garantía de que permanecerían en un lugar seguro —el registro escrito— mientras que la versión oral podría perderse.

"Las biografías antiguas buscaban explicar los nombres famosos mediante episodios narrativos, construyendo una circunstancia biográfica a partir de una similitud léxica. Este procedimiento se conoce como etimología biográfica o narrativa: se parte del nombre para inventar u organizar una historia que parezca justificarlo", afirma Xavier.

"En el caso específico de Homero, aún queda mucho por explicar", añade.

Busto de mármol de Homero a la derecha y su reflejo a la izquierda.

Busto de mármol de Homero a la derecha y su reflejo a la izquierda.

Fuente de la imagen,Getty Images

Pie de foto,

Su rostro, imaginado en mármol.

También existe la tradición que retrata a Homero como un anciano sabio ciego. Esto se debe a que, como explica Xavier, la palabra podría significar "ciego" en un dialecto de la región de la antigua ciudad de Cime, en la actual Turquía.

Menciona que existe un antiguo relato biográfico de Homero que dice que el poeta se llamaba originalmente Melesígenes, y que pasó a llamarse Homero después de perder la vista.

"Esta explicación ejerció una enorme influencia en la imagen tradicional de Homero", afirma el profesor. "El poeta ciego se convirtió en una figura canónica del arte, la literatura y la historiografía de la antigüedad".

Sin embargo, Chevitarese no descarta que el nombre Homero sea una referencia al compilador más famoso de aquella época.

"Aunque es algo mucho más teórico que algo que podamos demostrar", señala.

Misterio eterno

Dada la falta de registros, es muy probable que la existencia de Homero como figura histórica nunca pueda ser probada.

"La respuesta más rigurosa que la buena ciencia puede ofrecer es: no hay pruebas directas de que Homero existiera, pero tampoco hay pruebas irrefutables que nos permitan concluir que nunca existió", afirma el profesor Xavier.

La opinión predominante entre los expertos evita ambos extremos.

"Homero sigue siendo una figura históricamente posible, aunque su existencia no puede demostrarse utilizando los criterios que normalmente exige la investigación historiográfica moderna", continúa Xavier.

"No tenemos inscripciones, documentos oficiales, correspondencia, dedicatorias, monedas, tumbas identificables ni ningún testimonio contemporáneo que mencione a un poeta llamado Homero".

Así, pues, lo que queda es la literatura que se le atribuye. Y esta sigue siendo inagotable.

lunes, 24 de agosto de 2026

Recuerda el verano de 1936

Las voces que recogió el historiador Ronald Fraser en su libro sobre la Guerra Civil permiten reconstruir el clima en el que los españoles aprendieron a matarse

 El golpe de Estado que impulsaron Mola, Franco y compañía fracasó en julio de 1936. El plan de liquidar a la República de forma fulminante chocó con una fuerte resistencia, y a partir de entonces estalló por todas partes una violencia salvaje y desordenada. En cada pueblo en el que no se había impuesto claramente uno de los bandos se produjo una minúscula guerra civil en miniatura. El desgarro se produjo en el interior de las familias.

Uno de los testimonios que recoge Ronald Fraser en Recuérdalo tú y recuérdalo a otros, (Crítica) es el de un oficial del Estado Mayor que trabajaba en el Ministerio de la Guerra. Tenía claro que su deber era servir al Gobierno legalmente constituido. "Al mismo tiempo, sabía que su hermano, oficial como él, se hallaba en la zona insurgente" No había pasado demasiado tiempo y ya estaba claro lo que los rebeldes habían conseguido: partir un país en dos -unos hermanos contra otros- e iniciar una larga y desbastadora guerra.

Fue en los meses de verano de 1936 cuando, cuando bajo un calor sofocante, los españoles empezaron a matarse unos a otros con una furia desalmada. Han pasado ya 90 años de aquello, y son muy pocos los españoles que estuvieron ahí y todavía viven. Y los que quedan eran en esos días muy pequeños. Por eso el libro de Fraser permite recuperar hoy, como si las cosas hubieran ocurrido anteayer, las historias de quienes padecieron aquel viaje al infierno. En los años setenta, Fraser realizó más de 300 entrevistas -a terratenientes y campesinos, obreros y empresarios, estudiantes, sacerdotes, mineros soldados, militantes de partidos y sindicatos, etcétera y a partir de esos testimonios reconstruyó cómo ocurrieron las cosas a ras de suelo durante los años que ocurrió aquel cataclismo.

Al volver a aquel verano en el que empezó todo, llama la atención las distintas motivaciones con las que que cada cual combatía por una causa. Y la intensidad del compromiso, menor o mayor, que se adquiría y que variaba según la zona y la capacidad que tenían los lideres para imponer la disciplina. El caos era la norma. Los milicianos de Madrid se organizaban cada día para acercarse al Guadarrama a pelear contra el enemigo. Salían por la mañana volvían por la tarde. " Un chico de 14 años del barrio obrero de Lavapiés tenia gravada en la memoria aquella escena cotidiana", escribe Fraser. Los llamaban por sus nombres y salían de sus casas con el fusil en la mano. "Debajo del otro brazo llevaba la comida que la esposa les había preparado". Algunos no regresaban. En el otro lado un estudiante monárquico se apuntó en Salamanca con las fuerzas que se dirigían a conquistar Madrid. Cuando había refriega estaba atemorizado. "El ruido de los disparos de mi fusil me producían un agudo malestar físico". A los tres o cuatro días empezó a hartarse. "Teníamos pulgas. Pasábamos frío". Así que pasó un camión de suministros y se subió en él para volver a casa.

Un obrero metalúrgico que iba con las fuerzas de la CNT a recuperar Zaragoza, que había quedado en manos de los rebeldes, le explica a Fraser: "Nos importaba un comino la Republica. Lo único que nos importaba era la revolución". Así sucedían las cosas en el verano del 1936. Todavía la guerra estaba en pañales, pero la muerte ya marcaba las horas de una población gobernada por el miedo. En los distintos frentes se combatía; en la retaguardia empezaron los ajustes de cuentas y la carnicería gratuita y asesina. "Recuérdalo tú y recuérdalo a otros" es un verso de Luis Cernuda. Sigue siendo una tarea necesaria (y dolorosa)


El País

domingo, 23 de agosto de 2026

Javier de Haro, psicólogo infantil: “La autoestima es uno de los mayores predictores de la felicidad futura de nuestros hijos”

El psicólogo publica ‘Disfrutar la crianza’, una guía para dejar atrás la culpa y la búsqueda de la perfección y disfrutar más de la experiencia de ser padres.

Cuando Javier de Haro (Palma de Mallorca, 46 años) era adolescente, dedicaba algunas horas a la semana a entrenar a baloncesto a niños en campamentos de verano. Era una labor que disfrutaba mucho en su momento y que le ayudó a tomar una decisión de futuro: quería dedicar su vida laboral a la infancia. No tenía claro si de profesor, pediatra, enfermero o psicólogo. Pero el tiempo le fue aclarando las ideas y cuando llegó el momento, supo que quería estudiar Psicología, decisión en la que se reafirma: “Soy un privilegiado por pasar tiempo con niños cada día”.

Trabaja en un colegio concertado en Murcia, donde imparte clases en ciclos de FP y en Bachillerato, y ejerce de orientador para los alumnos de Infantil y Primaria. Su tiempo libre lo dedica a subir contenido muy práctico a su perfil de Instagram (@psicologo_teayudoaeducar, 360.000 seguidores), a pasar tiempo con su hijo Javier y, el pasado año, a escribir Disfrutar de la Crianza. Tu guía para educar con alegría y sin culpa (Planeta, 2026).

Este libro es resultado de su formación académica, su experiencia como psicólogo en una consulta privada y en el colegio donde trabaja en la actualidad. Pero sobre todo de su labor como padre, gracias a la que se ha vuelto “mucho menos radical a nivel teórico y mucho más práctico”. “He entendido que nada es blanco o negro y que la crianza está llena de grises, porque la psicología también se tiene que adaptar a las circunstancias de cada uno”. De hecho, el libro está abarrotado de anécdotas reales. “Tener hijos te cambia radicalmente la vida y se aprende que no pasa nada por improvisar alguna cena; por repetir pantalón de uniforme dos días seguidos; o por no recoger todas las piezas de Lego del salón, porque es más importante leerle un cuento a tu hijo que mantener el orden”, asegura.

PREGUNTA. ¿Por qué Disfrutar la crianza no es un libro más de crianza?

RESPUESTA. En primer lugar, porque con mi libro nadie se va a sentir juzgado; no impone una forma de hacer las cosas, sino que trata de adaptarse a la realidad con ejemplos, técnicas y herramientas. En segundo lugar, porque este libro cambia un poco la perspectiva de la crianza: en lugar de ofrecer técnicas para que cambien nuestros hijos, muestra estrategias para que quienes cambiemos seamos los padres. En realidad, es un libro que pone el foco en nosotros, que somos quienes podemos controlar lo que hacemos para influir en la felicidad de nuestros hijos. Y en tercer lugar, porque es un libro muy práctico, muy humano y muy real, en el que la teoría no es el eje central.

P. En el título habla de disfrutar la crianza. ¿Es que, en general, la crianza más bien se sufre?

R. Creo que sí hay momentos de sufrimiento, porque la crianza no es fácil. Menos aún hoy en día, que la vivimos desde el agotamiento, desde la exigencia y desde la culpa. Tenemos tanta información, tanta presión a través de las redes sociales, de nuestros vecinos, de lo que nos rodea que, en ocasiones, perdemos el foco. Y hay que tener claro que a donde tenemos que llegar es a estar ahí con nuestros hijos mientras crecen. Disfrutar la crianza no significa que todo sea fácil o que siempre estemos felices; significa que va a haber momentos difíciles, pero que, incluso en esos casos, podemos hacer cosas para que la vivencia sea diferente.

P. En el subtítulo hace referencia a la culpa. ¿Es uno de los mayores enemigos de la crianza?

R. Sin ninguna duda. La culpa, lejos de ayudarnos, nos desgasta, nos impide disfrutar de la crianza y nos aleja de algo muy importante: confiar más en nosotros mismos. Por eso, uno de los objetivos del libro es aliviar esa carga, que entendamos que cuando nos cuestionamos es porque somos buenos padres y buenas madres. Nuestros hijos no necesitan unos padres perfectos, sino referentes reales, humanos, que disfruten con ellos, que se equivoquen y que aprendan a su lado.

P. ¿Qué razones llevan a los progenitores a culpabilizarse tanto?

R. Para empezar, que nos exigimos demasiado: hemos asociado ser buenos padres con hacerlo todo perfecto. También influye el hecho de que vivimos expuestos a una cantidad enorme de información y parece que siempre hay alguien que lo está haciendo mejor que nosotros. Por otro lado, vivimos demasiado deprisa, vamos en modo piloto automático intentando llegar a todo, pero sin ser conscientes de lo que hacemos.

P. ¿La culpa es más frecuente en padres o en madres?

R. Creo que son las madres las que suelen cargar con una mayor sensación de culpa, porque son ellas quienes siguen soportando mayor presión social y personal sobre la crianza, aunque a veces sea autoimpuesta. En ese sentido, los padres aún tenemos mucho camino por recorrer. Aún escucho a muchos padres decir: ‘Si yo ayudo’. De esa manera tan sutil se da a entender que la responsabilidad no es nuestra, que es de la otra persona. La crianza no requiere ayudantes, sino de un equipo.

P. Otra de las claves de la crianza, según su libro, es la complicidad. ¿A qué se refiere?

R. Me refiero a dedicarles la energía y el tiempo necesarios para que confíen en nosotros. Lo que no significa que seamos sus amigos, que a veces hay cierta confusión en ese sentido. No tenemos que ser sus amigos, pero sí que sientan que pueden confiar en nosotros cuando tengan un problema. Esa complicidad se construye en los pequeños gestos del día a día desde que son pequeños: interesándonos por sus gustos, teniendo rituales propios, permitiéndoles conocernos y tratando de conocerles a ellos… Yo siempre digo que trabajar la complicidad desde su infancia es una inversión para etapas más conflictivas.

P. Uno de los temas de los que más suele hablar en sus redes sociales es la autoestima. ¿Por qué es tan importante?

R. Las investigaciones hablan de que la autoestima es uno de los mayores predictores de la felicidad futura de nuestros hijos. Va a ser un termómetro de la relación que nuestros hijos tengan con ellos mismos durante toda su vida. Cuando hay una buena base de autoestima, es mucho más fácil que puedan afrontar los problemas, porque se van a sentir capaces de superar todas las dificultades.


sábado, 22 de agosto de 2026

Laura Estremera, psicóloga: “Es urgente cambiar la mirada que tenemos de los primeros años de vida de un niño”


La especialista en atención temprana y autora de ‘La infancia acompañada’ defiende que los cinco primeros años construyen los cimientos de la autoestima, la regulación emocional y la forma de relacionarnos con los demás.

Durante los últimos años, la crianza ha estado dominada por una contradicción difícil de ignorar. Nunca antes padres y madres habían tenido tanta información sobre desarrollo infantil y, sin embargo, tampoco había habido tantos progenitores preocupados por si lo estaban haciendo bien. Idiomas desde la cuna, estimulación precoz, pantallas, actividades, libros y un sinfín de consejos en redes sociales conviven con una sensación cada vez más extendida de que educar a un hijo exige conocimientos especializados. Para la psicóloga y especialista en atención temprana Laura Estremera (Zaragoza, 37 años), el problema no es la falta de información, sino haber perdido de vista qué necesita realmente un niño durante sus primeros años de vida.

En La infancia acompañada (Ariel, 2026), su tercer libro, la autora sostiene que la infancia no es una carrera por adquirir habilidades cuanto antes, sino la etapa en la que se construyen los cimientos de la autoestima, la regulación emocional, la autonomía y la forma en que nos relacionaremos con los demás durante toda la vida. Frente a una sociedad obsesionada con adelantar aprendizajes, Estremera reivindica el juego libre, el movimiento, el apego seguro y la importancia de respetar los ritmos de maduración. “Los niños no necesitan padres perfectos, sino suficientemente buenos”, resume.

 

Más información. 

Javier de Haro, psicólogo infantil: “La autoestima es uno de los mayores predictores de la felicidad futura de nuestros hijos”


PREGUNTA. Usted sostiene que los cinco primeros años de vida dejan una huella decisiva en la persona que seremos. ¿Por qué se sigue infravalorando una etapa tan importante?

RESPUESTA. Porque seguimos creyendo que es una etapa de poca importancia y eso hace que intentemos adelantar muchos procesos. Sabemos cuál es el resultado final que queremos —que caminen, hablen, compartan, regulen sus emociones o aprendan a leer—, pero desconocemos todo el camino que necesitan recorrer para llegar hasta ahí. Si fuéramos conscientes de que durante estos años se están construyendo los cimientos sobre los que más tarde se desarrollarán todas nuestras capacidades humanas, miraríamos esta etapa de una forma completamente distinta.

P. En el libro insiste en que el problema no es enseñar conductas, sino comprender qué ocurre en el mundo interior del niño.

R. Los niños pequeños tienen unas características muy diferentes a las de los adultos. Su cerebro todavía está desarrollándose, sienten las emociones con enorme intensidad, pero aún no pueden regularlas ni comprender un mundo tan complejo como el nuestro. Cada vez damos más importancia a las emociones, pero todavía nos cuesta entender qué hay detrás de muchas conductas infantiles y ofrecer el acompañamiento que necesitan.

P. ¿La enorme cantidad de información sobre crianza ayuda o genera inseguridad?

R. Que exista interés por comprender el desarrollo infantil es una magnífica noticia, porque nos permite educar desde el conocimiento y no desde los automatismos o nuestras propias experiencias. El problema aparece cuando intentamos hacerlo todo perfecto. Entonces esa información deja de ser una ayuda y se convierte en una fuente de exigencia. Los padres no podemos con todo ni podemos ser perfectos.

P. Vivimos en una época de estimulación constante: idiomas desde bebés, actividades, pantallas, fichas... ¿Estamos confundiendo desarrollar a un niño con acelerar etapas?

R. Exactamente. Cada etapa tiene un sentido dentro del desarrollo humano. El problema es que conocemos el destino y queremos enseñar desde ese resultado final. Sin embargo, el proceso no se parece al resultado. Un niño no aprende a caminar porque le enseñemos a caminar, sino porque antes ha podido arrastrarse, gatear y explorar. Tampoco construye una buena base para los aprendizajes escolares adelantando fichas o contenidos, sino jugando libremente durante años. Intentar acelerar esos procesos no fortalece el desarrollo; al contrario, debilita los cimientos.

P. Usted desmonta la idea de que compartir, controlar los impulsos o gestionar las emociones se aprende a base de repetirlo una y otra vez. ¿Por qué cuesta aceptar que madurar tiene sus propios tiempos?

R. Porque desconocemos cómo funciona realmente el desarrollo infantil. Antes de compartir, por ejemplo, un niño necesita atravesar una etapa en la que siente los objetos como propios. Antes de ser verdaderamente autónomo, necesita haber sentido que sus necesidades eran atendidas. Muchas capacidades requieren una maduración interna que no puede imponerse desde fuera por mucho que insistamos.

P. También cuestiona una frase muy repetida: “Como era un bebé, no se enteró”. ¿Qué sabemos sobre el impacto de las experiencias tempranas?

R. Aunque no conservemos recuerdos conscientes de esa etapa todo lo vivido forma parte de quienes somos. Durante los primeros años, el cerebro está construyendo los patrones sobre cómo funciona el mundo, cómo son las relaciones y quiénes somos nosotros mismos. Por eso esas experiencias dejan una huella que continúa acompañándonos cuando somos adultos.

P. Dedica muchas páginas al apego seguro. Sin embargo, hay padres que acaban sintiéndose culpables por no hacerlo todo bien.

R. Esa culpa es innecesaria. Los niños no necesitan padres perfectos. Incluso en un apego seguro existen errores, malentendidos y momentos en los que no sabemos qué necesitan nuestros hijos. Como decía Winnicott [Donald Woods Winnicott, psicoanalista y pediatra británico], lo que necesitan son padres “suficientemente buenos”. Ese es el objetivo, no la perfección.

P. Afirma que alrededor del 90% de la comunicación con un niño pequeño ocurre sin palabras...

R. Sí, a través del contacto físico, del tono de voz, de la tensión del cuerpo, de la mirada o de nuestros gestos les transmitimos si están seguros, si son queridos o si el mundo es un lugar confiable. Cuando el lenguaje verbal y el no verbal no coinciden, el niño siempre da más credibilidad a lo que percibe con el cuerpo que a nuestras palabras.

P. En una sociedad obsesionada con que los niños aprendan cuanto antes a leer o hablar inglés, usted reivindica el juego libre. ¿Lo seguimos viendo como una pérdida de tiempo?

R. Sí, y es uno de los grandes errores. El juego, el movimiento y la exploración no son un entretenimiento: son la forma en la que un niño aprende durante los primeros años. Es ahí donde desarrolla la atención, la curiosidad, la capacidad de resolver problemas, la autonomía y las bases sobre las que después se construirán los aprendizajes académicos.

Según Laura Estremera, es un gran error creee que el juego libre es una pérdida de tiempo. 

P. Habla de autoestima mucho antes de que un niño pueda definir quién es. ¿Cómo se construye en esos primeros años?

R. Se construye en los pequeños gestos cotidianos. En cómo los tocamos, cómo los cuidamos, cómo les hablamos, qué etiquetas utilizamos o qué oportunidades les damos para sentirse capaces. También en nuestros gestos de aprobación o de rechazo. Todo eso va formando la imagen que el niño construye sobre sí mismo mucho antes de que sea capaz de expresarla con palabras.

P. La conciliación sigue siendo una de las grandes asignaturas pendientes. ¿Estamos pidiendo a las familias que hagan algo para lo que la sociedad apenas les da tiempo?

R. Necesitamos cambios importantes. Espero que este libro contribuya a comprender que los primeros años son mucho más importantes de lo que solemos pensar. Pero tampoco podemos cargar toda la responsabilidad sobre las familias. Criar requiere una red de apoyo. Esta información debería conocerla cualquier persona que conviva o trabaje con niños pequeños, porque acompañar bien la infancia es una responsabilidad colectiva.

P. Si pudiera desterrar una única idea equivocada sobre la crianza, ¿Cuál sería?

R. Que los primeros años son poco importantes. Esa falsa creencia está presente en las dificultades para conciliar, en los permisos parentales, en las ratios de las escuelas infantiles o incluso en las condiciones laborales de quienes trabajan con niños de cero a tres años. Sin embargo, hablamos precisamente del periodo en el que el cerebro está formando los cimientos sobre los que se construirá toda la persona. Ese cambio de mirada es probablemente el más urgente que necesitamos como sociedad. 
 

viernes, 21 de agosto de 2026

_- La ética, la comunicación y el informe MacBride. Por Fernando Buen Abad Domínguez | 18/08/2026 | Mentiras y medios

_- “Las necesidades de comunicación en una sociedad democrática se deben resolver mediante la extensión de derechos específicos: el derecho a estar informado, el derecho a informar, el derecho a la privacidad y el derecho a participar en la comunicación pública.”

Informe MacBride et al., Un solo mundo, voces múltiples, UNESCO, 1980, p. 265.

Domesticar al imperialismo monopólico de los medios requiere mucho más que preceptos de buena conducta. Todo Código de Ética periodística y el Informe MacBride nacieron de una intuición histórica fundamental: la comunicación no puede reducirse a una mercancía sometida al movimiento ciego de los intereses privados. La información es una necesidad y un derecho en toda relación social, un territorio donde se disputa la construcción de la realidad común. La Comisión Internacional para el Estudio de los Problemas de la Comunicación, presidida por Sean MacBride (1980), mostró que la desigualdad comunicacional no era un accidente técnico ni una simple diferencia de recursos entre países, sino una expresión de relaciones históricas del poder capitalista. La concentración de tecnologías, agencias, redes y plataformas produce una arquitectura mundial donde unos pocos pueden narrar mientras millones quedaban relegados al papel de mercancías narradas.

A escala global, la producción y circulación de sentido está cada vez más concentrada en un pequeño núcleo de corporaciones: Alphabet/Google, Meta, Amazon, Comcast/NBCUniversal, Disney, Netflix, Sony, Paramount, Skydance, Warner Bros. Discovery y ByteDance. Su poder no se limita a poseer medios: controlan simultáneamente plataformas, algoritmos, datos, publicidad, infraestructura digital, estudios, canales, catálogos y sistemas de distribución, determinando qué contenidos se producen, cuáles circulan, qué adquiere visibilidad y cómo se organiza la atención social. Más que monopolios jurídicos individuales, constituyen un oligopolio global de la comunicación y de las relaciones de producción de sentido.

Y la dominación más eficaz no es la que impone silencio, sino la que consigue que el silencio parezca una forma de libertad. La victoria histórica de todo poder mediático no consiste en prohibir una palabra, sino en desfigurar el campo de lo decible hasta lograr que ciertas preguntas parezcan absurdas antes de ser formuladas. Allí reside la paradoja central de nuestro tiempo: nunca hubo tantas voces circulando y, al mismo tiempo, nunca fue tan profunda la concentración de los mecanismos capaces de decidir qué voces adquieren sentido social. El problema de la comunicación no comienza cuando una mentira se pronuncia; comienza cuando una estructura entera prepara las condiciones para que algunas verdades resulten inaudibles. Y en nombre de la libertad se despliega la más feroz represión.

Sin embargo, la lección más profunda del Informe MacBride permanece abierta: domesticar al imperialismo monopólico de los medios requiere mucho más que preceptos de buena conducta. Una ética sin transformación de las estructuras corre el riesgo de convertirse en una moral decorativa aplicada a un sistema cuya lógica profunda permanece intacta. Pedir responsabilidad individual a periodistas sometidos a corporaciones transnacionales que determinan agendas, ritmos y prioridades equivale a exigir pureza a quienes trabajan dentro de una maquinaria diseñada para producir dependencia. La ética necesaria no puede ser solamente una virtud personal; debe ser una reorganización democrática de las condiciones materiales de la comunicación.

Aquí aparece una inversión conceptual decisiva: solemos pensar que los medios reflejan la sociedad, cuando con frecuencia son una de las fuerzas que fabrican la forma en la que la sociedad se mira a sí misma. No contemplamos simplemente una realidad ya existente a través de las pantallas; muchas veces aprendemos a reconocer como real aquello que las pantallas han seleccionado, jerarquizado y repetido. La comunicación deja de ser un espejo para revelarse como un laboratorio de anestesia colectiva. La dominación funciona entonces no únicamente ocupando territorios, sino administrando los mapas mentales con los que interpretamos esos territorios.

Así el monopolio comunicacional no se sostiene solo por controlar empresas; se sostiene por controlar imaginarios. Define qué vidas merecen atención, qué sufrimientos adquieren visibilidad, qué memorias se preservan y cuáles se empujan hacia el olvido. La violencia simbólica opera cuando una sociedad termina aceptando como natural aquello que históricamente se construyó. La desigualdad aparece entonces como destino, la explotación como eficiencia, la destrucción ambiental como desarrollo y la subordinación cultural como modernización.

Una crítica contemporánea de la comunicación debe incorporar la perspectiva de género porque ninguna estructura de poder es neutral frente a los cuerpos. Los medios han reproducido durante décadas jerarquías donde las mujeres aparecen frecuentemente como objetos de consumo, figuras subordinadas o presencias limitadas por estereotipos que reducen su complejidad histórica. La democratización comunicacional exige transformar también los lenguajes, las representaciones y las formas de autoridad simbólica que han naturalizado desigualdades patriarcales. No basta con incluir más mujeres en los espacios mediáticos si permanecen intactas las reglas que definen qué discursos tienen legitimidad.

Del mismo modo, la crisis ecológica revela el límite de una comunicación organizada bajo la lógica del mercado absoluto. Un sistema mediático que depende de la expansión permanente del consumo difícilmente puede cuestionar con radicalidad el modelo civilizatorio que amenaza la vida planetaria. La naturaleza convertida en mercancía encuentra su equivalente simbólico en la información convertida en producto. Ambos procesos comparten una misma raíz: transformar relaciones vivas en objetos intercambiables. La defensa de la Tierra exige también una revolución de las formas de nombrarla, porque aquello que una sociedad aprende a percibir como recurso deja de ser reconocido como comunidad de vida.

Una verdadera batalla comunicacional es, por tanto, una batalla por la conciencia. No se trata únicamente de disputar canales, frecuencias o plataformas, aunque esa disputa sea indispensable. Se trata de recuperar la capacidad colectiva de interpretar el mundo sin intermediarios absolutos. Una sociedad emancipada comunicacionalmente no es aquella donde todos hablan simultáneamente, sino aquella donde todos pueden participar en la producción de sentido. La democracia profunda comienza cuando los pueblos dejan de ser audiencias y recuperan su condición de sujetos históricos. “Un solo mundo, voces múltiples” es el nombre del informe MacBride.

Entonces el desafío planteado por todo Código de Ética —y por el Informe MacBride— continúa vigente porque revela una contradicción esencial: mientras la humanidad dispone de tecnologías capaces de conectar a millones de personas, las estructuras económicas dominantes siguen utilizando esas mismas tecnologías para fragmentar, vigilar y quebrar conciencias. La paradoja de la era digital es que la abundancia de mensajes puede producir la pobreza de pensamiento crítico. Tal como el capitalismo, que es la mayor fábrica de pobreza y tristeza. Nunca hubo más información disponible y, al mismo tiempo, mayores posibilidades de desinformar mediante la saturación.

Una revolución de las conciencias no consiste en reemplazar una propaganda por otra, ni en cambiar propietarios sin cambiar relaciones. Consiste en transformar la comunicación en una práctica de libertad creadora, donde el conocimiento circule como bien común y donde la diversidad humana deje de ser una imagen administrada para convertirse en fuerza constituyente. La emancipación comunicacional será inseparable de una revolución de las conciencias: ese momento en el que las sociedades descubren que aquello que parecía natural era solamente una historia repetida con suficiente poder para ocultar su propio origen.

Señalemos que el Informe MacBride no concibió la ética de la comunicación como un simple catálogo de virtudes profesionales, sino como una responsabilidad histórica vinculada a la democratización del poder comunicacional. Sus recomendaciones éticas plantearon que la libertad de información debía inseparablemente acompañarse de responsabilidad social, pluralidad de fuentes, protección de los periodistas frente a presiones políticas y económicas, participación ciudadana en los procesos comunicativos y eliminación de los desequilibrios producidos por los monopolios mediáticos. La Comisión sostuvo que informar no podía significar únicamente transmitir datos desde centros concentrados hacia receptores pasivos, sino garantizar el derecho colectivo a producir sentidos, intervenir en la esfera pública y participar en la construcción cultural de las sociedades. Por eso, la ética propuesta por MacBride desbordaba la deontología individual del periodista: reclamaba una transformación de las estructuras que condicionan la circulación mundial de la información y proponía el derecho a comunicar como horizonte democrático.

Así el Informe MacBride comprendió que la ética de la comunicación no podía reducirse a un código de conducta profesional aplicado sobre una estructura intacta de poder. Su aporte más radical consistió en desplazar la cuestión: no basta preguntarse si quienes comunican actúan correctamente; es necesario preguntarse quién controla las condiciones en las que una sociedad puede comunicarse. Por eso sus recomendaciones éticas defendieron una comunicación entendida como derecho humano, como proceso democrático y como espacio de participación colectiva. La Comisión propuso fortalecer la responsabilidad social de los medios, garantizar la pluralidad de fuentes, impedir la concentración excesiva de los sistemas informativos, proteger la independencia profesional de los periodistas y reconocer que los pueblos no deben ser únicamente receptores de mensajes elaborados por centros dominantes, sino sujetos capaces de producir, interpretar y compartir significados. La ética comunicacional adquiría así una dimensión política y cultural: democratizar la palabra para democratizar la sociedad.

Entre sus formulaciones más significativas se encuentran: “Todo el mundo tiene derecho a comunicar”, una idea que sintetiza la ampliación del concepto clásico de libertad de expresión hacia un derecho colectivo de participación (Un solo mundo, voces múltiples, Comisión Internacional para el Estudio de los Problemas de la Comunicación, UNESCO, 1980, cap. XXIX). La Comisión afirmó también que “la comunicación es un proceso de interacción e intercambio”, rechazando el modelo vertical donde unos pocos emiten y las mayorías únicamente reciben (Un solo mundo, voces múltiples, UNESCO, 1980). Asimismo, señaló que “la democratización de la comunicación implica mayor acceso, participación y autogestión”, estableciendo que la justicia comunicacional no depende solamente de disponer de medios, sino de intervenir en sus decisiones y contenidos (MacBride et al., UNESCO, 1980).

Sepamos que el Informe advirtió sobre “la concentración de los medios de comunicación en pocas manos” como un obstáculo para la diversidad cultural y política (Un solo mundo, voces múltiples, UNESCO, 1980). Esta preocupación mantiene una vigencia extraordinaria porque revela que el problema de la información no se agota en la censura visible: también existe una censura estructural producida por la acumulación de capacidad para definir agendas, prioridades y marcos interpretativos. La Comisión recomendó “una distribución más equilibrada de los recursos de comunicación entre países y regiones”, cuestionando la desigualdad internacional que permitía que determinadas naciones y corporaciones dominaran los flujos mundiales de información (MacBride et al., UNESCO, 1980).

Otro principio fundamental fue que “los medios tienen responsabilidades sociales”, una afirmación que enfrentaba la idea de una libertad de prensa desligada de sus efectos colectivos (Un solo mundo, voces múltiples, UNESCO, 1980). La libertad comunicacional, desde esta perspectiva, no podía confundirse con la libertad empresarial de imponer intereses particulares sobre el espacio público. La Comisión defendió además “la independencia de los periodistas frente a las presiones económicas y políticas”, porque una profesión informativa sometida a poderes externos pierde su función democrática (MacBride et al., UNESCO, 1980).

El Informe recomendó promover “la diversidad cultural y lingüística en los medios”, anticipando debates actuales sobre representación, género y reconocimiento de pueblos históricamente marginados (Un solo mundo, voces múltiples, UNESCO, 1980). La comunicación democrática debía expresar la pluralidad de experiencias humanas y no reproducir únicamente los códigos culturales de los grupos dominantes. Desde esta perspectiva, la igualdad comunicacional incluye también la lucha contra las representaciones que convierten a las mujeres, a las comunidades indígenas y a los sectores populares en objetos pasivos de narraciones construidas desde afuera.

Finalmente, MacBride y la Comisión insistieron en que “la comunicación debe contribuir al entendimiento entre los pueblos y a la cooperación internacional”, situando la ética comunicativa en relación con la paz, la justicia y el desarrollo humano (Un solo mundo, voces múltiples, UNESCO, 1980). Estas recomendaciones muestran que el Informe no propuso una moral para corregir excesos individuales, sino una transformación profunda de las relaciones comunicacionales. Su intuición decisiva permanece: una sociedad que no controla democráticamente sus procesos de producción de sentido termina viendo el mundo con los ojos de quienes controlan esos procesos. “Los monopolios y las concentraciones excesivas de los medios pueden constituir una amenaza para la democracia.” Informe MacBride et al., Un solo mundo, voces múltiples, UNESCO, 1980.

Referencias

MacBride, Sean et al. Un solo mundo, voces múltiples: Comunicación e información en nuestro tiempo. Comisión Internacional para el Estudio de los Problemas de la Comunicación. París: UNESCO, 1980.

UNESCO. Many Voices, One World: Towards a New More Just and More Efficient World Information and Communication Order. París: UNESCO, 1980.

Nordenstreng, Kaarle. “The Context: One World, Many Voices”. En estudios sobre el Nuevo Orden Mundial de la Información y la Comunicación (NOMIC), UNESCO, 1980.

Hamelink, Cees J. Communication and Culture: The Case of the Information Society. Nueva York: Routledge, 1994.

Fernando Buen Abad Domínguez es rector internacional de la UICOM y director de la Cátedra Internacional Sean MacBride. 


Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

jueves, 20 de agosto de 2026

_- "La Odisea" (The Odyssey)


Una de las escenas de "La Odisea" de Nolan.

_- El actor Matt Damon interpreta a Odiseo en la adaptación del poema épico de Homero


La larga espera, alimentada por un torrente de expectativas, valió la pena.

Esta cautivadora y épica adaptación del poema milenario de Homero es puro Christopher Nolan: su estilo característico está presente en todas partes, desde el héroe moralmente ambiguo hasta la narrativa no lineal y la singular manera en que construye una deslumbrante aventura de acción sobre un guion mucho más reflexivo que el de la mayoría de las superproducciones de Hollywood.

En el papel de Odiseo, Matt Damon ofrece una de sus interpretaciones más inteligentes, con una naturalidad y una forma de hablar contemporánea que hacen al rey cercano y simpático.

Las demás grandes estrellas del reparto, entre ellas Anne Hathaway, Robert Pattinson, Tom Holland y Zendaya, encajan con elegancia en la historia.

Mientras Odiseo emprende su regreso a Ítaca tras la Guerra de Troya, Nolan utiliza cámaras IMAX para que cada episodio resulte inmersivo e íntimo, ya se trate de escenas tan vastas y turbulentas como la batalla de Troya o de espacios tan reducidos como la mesa donde la hechicera Circe transforma a los soldados de Odiseo en cerdos.
Aunque la película está repleta de magia, tanto visual como temática, también deja al espectador una idea de gran relevancia actual: el deber cívico, el ejercicio del gobierno y las decisiones morales están profundamente entrelazados.

Se trata de una cuestión tan antigua como Homero y que, como sugiere esta fascinante y compleja película, merece ser recordada hoy. (CJ)

Parece que ha batido todos los record de audiencia mundial de una película para adultos.

miércoles, 19 de agosto de 2026

_- Karl Liebknecht mantuvo viva la llama del internacionalismo y el antimilitarismo.

_- La socialdemocracia alemana apoyó a su propia burguesía votando a favor de los créditos de guerra. ¿Todos? Todos no. Karl Liebknecht mantuvo viva la llama del internacionalismo y el antimilitarismo.

El 4 de agosto de 1914, la dirección del SPD consumó una de las mayores traiciones del movimiento obrero. Después de años de promesas internacionalistas, sus diputados aprobaron los créditos solicitados por el Estado alemán. En lugar de llamar a la unidad internacionalista de la clase trabajadora, abrazaron la Burgfriedenspolitik, la “paz social” con su propia burguesía, enviando a obreros a matarse por intereses ajenos.

Frente a esa capitulación se alzó Karl Liebknecht. Aunque inicialmente se sometió a la disciplina parlamentaria, el 2 de diciembre de 1914 fue el único diputado del Reichstag que votó contra nuevos créditos de guerra.

En su declaración denunció el conflicto:

“Esta guerra no ha estallado para favorecer el bienestar del pueblo alemán ni de ningún otro. Es una guerra imperialista, una guerra por el reparto de territorios de explotación para capitalistas y financieros.

La guerra no es tampoco una guerra en defensa de Alemania. Una pronta paz, una paz sin anexiones, esto es lo que debemos exigir. Sólo una paz basada sobre la solidaridad internacional de la clase obrera y la libertad de todos los pueblos puede ser duradera.

Como protesta contra la guerra, sus responsables, los propósitos capitalistas para los cuales está siendo usada y los planes de anexión, voto contra la guerra y los créditos solicitados”.

Karl Liebknecht, El voto contra los créditos de guerra (1914).

Mientras la socialdemocracia servía a su Estado y a su burguesía, Liebknecht demostró que el deber de un socialista no es defender a su nación en una guerra imperialista, sino los intereses de la clase trabajadora internacional, incluida la nacional.

Su ejemplo recuerda una verdad: el enemigo principal no está en las trincheras del otro país, sino en la burguesía que envía a los trabajadores a morir por sus beneficios. Cuando los cañones disparan, el internacionalismo deja de ser una consigna y se convierte en una prueba de principios. Liebknecht la superó cuando casi todos los demás la traicionaron.