viernes, 13 de febrero de 2026

ENTREVISTA Jacinda Ardern, la primera ministra que sorprendió al mundo: “La vida pública se ha deshumanizado”

En 2023, renunció al cargo de primera ministra de Nueva Zelanda porque no tenía ya “la energía suficiente” para dar lo mejor de sí. Llevaba seis años. Su adiós fue el culmen de una manera distinta de ejercer el poder, opuesta a los hiperliderazgos masculinos que siguen dominando el mundo. Su modo de entender la política, basado en la empatía y la transparencia, la convirtió en un icono. Conversamos con ella en Londres


En un tiempo en el que la realidad a menudo parece una distopía poco verosímil, Jacinda Ardern da la impresión de llegar desde otro mundo. Un mundo que defendía que el poder podía ejercerse de otro modo. Un mundo en el que la empatía no era debilidad, sino fortaleza. Un mundo que se enamoró de la forma de gobernar de la joven primera ministra de un país pequeño y remoto, casi invisible en el mapa informativo, en las antípodas de los hiperliderazgos masculinos que hoy se imponen. Ella era otra cosa. En todo. Incluso en la forma de marcharse. Renunció al cargo en 2023, tras ejercerlo durante seis años, porque no tenía ya “energía suficiente”. Lo anunció con la voz entrecortada en una rueda de prensa que dio la vuelta al mundo.

Casi tres años después, la ex primera ministra de Nueva Zelanda (Hamilton, 45 años) aparece puntual para la entrevista con una gabardina beis, rostro apenas maquillado, el pelo recogido en una coleta, un colgante de oro con forma de corazón y un café entre las manos. Parece una más de las profesionales que circulan esa mañana por una de las sedes de Soho House en Londres, el club internacional en el que la hemos citado, donde esa mañana se cruzan publicistas con jóvenes diseñadores y creativos de toda índole. Ardern da la mano con firmeza y con esa sonrisa amplia, franca y luminosa que se convirtió en uno de los símbolos de la jacindamanía que la elevó a icono global.

Desde que dejó la política activa se ha dedicado a la reflexión académica. Tras su paso por la Universidad de Harvard, donde compartió su experiencia con estudiantes y profesores en la John F. Kennedy School of Government, ahora impulsa espacios de debate sobre gobernanza y liderazgo vinculados a la Universidad de Oxford. Ha publicado un libro de memorias (Un poder diferente, en España a partir del 5 de febrero en Plaza & Janés) en el que se adentra en territorios poco transitados por los líderes políticos: la maternidad, las inseguridades, las dudas, el desgaste psicológico que implica el poder, la presión constante, los momentos de fragilidad… Un libro más interesado en las contradicciones que en el relato heroico.

Jacinda Ardern.
 

¿Por qué decidió escribir un libro tan personal?

Cuando dejé el cargo no me veía escribiendo un libro. Mucha gente me preguntaba por ello, pero me preocupaba que ese ejercicio pareciera defensivo, como si intentara justificar mis decisiones o imponer mi relato. Luego pensé que podía ser útil hablar sobre la experiencia de una líder reticente a serlo. Pero tenía que ser un libro muy abierto, muy transparente. Siempre he pensado que la gente merece conocer a sus representantes políticos.

No es habitual que los mandatarios se muestren de verdad, más allá del personaje que construyen.

Quizá eso sea parte del problema. Vivimos una época en la que la vida pública se ha deshumanizado. Somos duros entre nosotros, poco tolerantes con el error, poco compasivos. Por eso me interesa hablar de otras formas de liderazgo y de estar en la vida pública, porque creo que las necesitamos. Ahora todo es binario, pero la vida y la toma de decisiones no lo son. Hemos simplificado tanto las cosas que la política ha acabado respondiendo en esos términos cuando en realidad casi todo es complejo, gris. Y si no somos abiertos sobre esa complejidad, es muy difícil que la gente entienda por qué tomamos determinadas decisiones.

La rendición de cuentas tampoco parece pasar por su mejor momento.

Vivimos un momento complicado porque la capacidad de atención es limitada. La gente no tiene tiempo ni energía para cuestiones complejas. Pero la respuesta no puede ser simplificarlo todo artificialmente. El mundo no funciona así. Necesitamos más transparencia. Se puede reconocer, por ejemplo, que no tienes todas las respuestas, que es algo muy distinto de decir que no tienes un plan. Muchas veces tomamos decisiones con información incompleta —la pandemia fue un ejemplo claro— y hay que explicarlo. Liderazgo no es decir “no sabemos”, pero sí lo es decir: “No sabemos todo, y este es nuestro plan teniendo en cuenta esa incertidumbre”.

Ardern con su hija en Naciones Unidas, Nueva York, en septiembre de 2018. 
 

Ardern accedió al cargo en 2017, con apenas 37 años. Pocos días antes, durante las negociaciones que la iban a convertir en primera ministra de Nueva Zelanda, supo que estaba embarazada en el baño de la casa de una amiga. Describe la escena con detalle en su libro: “Fue en medio de ese torbellino que terminé sentada sola en aquel baño y con aquel artefacto en la mano, esperando los obligatorios tres minutos para que apareciera el resultado. No creí que fuera posible que estuviera embarazada, pero hubo algo en esos 180 segundos que hizo que lo improbable se acercara un poco a la realidad. ¿Y si…? Cerré los ojos y alcé la cabeza hacia el techo, luego respiré muy profundo, abrí los ojos y miré hacia abajo. En el recuadro de la prueba había dos líneas verticales. El resultado era positivo”.

Fue una metáfora de lo que vino después: la conciencia de que la vida no se detiene aunque el poder pretenda congelarlo todo a su alrededor.

La idea de líder “reticente” aparece a menudo en sus memorias. Ardern se retrata como una mujer que se cuestiona, que teme no estar a la altura, que duda de sí misma incluso —o sobre todo— cuando los demás proyectan sobre ella expectativas que considera desmesuradas. Su relato personal está lleno de pequeños momentos que revelan esa autoexigencia: la mujer que llega al poder casi por accidente y sin sentirse nunca suficientemente preparada, la dirigente que se esfuerza por ocultar el malestar físico durante su embarazo para no parecer frágil, que llega a fingir que es vegetariana para no tener que dar explicaciones sobre lo que puede o no puede comer durante la gestación, que mide cada gesto porque sabe que cualquier error será amplificado.

¿Cuánto cree que el síndrome de la impostora ha marcado su carrera política y su forma de estar en el mundo?

Muchísimo. Porque genera rasgos de carácter en los que no había pensado hasta escribir el libro. Siempre había reconocido que tenía ese síndrome y pensaba que su efecto principal era que me había frenado en algunos momentos. Lo que no había analizado tanto eran otros comportamientos que provoca: la sobrepreparación, el deseo de escuchar a otros, de comprender a fondo los problemas. Y al analizarlo vi que son cualidades poderosas, útiles, presentes en mi forma de liderar durante años, aunque nunca las había vinculado directamente al síndrome de la impostora. Ahora soy muy honesta: no creo que sea algo que desaparezca. Pero ni siquiera estoy segura de que deba hacerlo. La humildad en el liderazgo es buena. Cuestionarse a una misma es bueno. Lo único que no es bueno es que te paralice.

Es curioso que no desaparezca esa sensación en alguien que ha sido elegida por los ciudadanos y que era mundialmente admirada.

No es algo constante. No se siente igual todo el tiempo. Depende de lo que esté ocurriendo. Curiosamente, durante las grandes crisis fue cuando menos lo sentí. Quizá porque estás tan concentrada en lo que tienes delante que la duda parece un lujo y se vuelve irrelevante. Todo tu foco está en el trabajo que tienes que hacer.

En el libro explica también que su padre dudaba de que alguien tan sensible como usted pudiera sobrevivir en la política, en un entorno de exposición constante y a veces brutal. Pero un colega parlamentario le dijo que precisamente por eso era buena.

Cuando sientes las cosas profundamente, te implicas profundamente. Das muchísimo de ti porque te importa muchísimo lo que haces. Y si además atraviesas una etapa llena de crisis, cinco años pueden sentirse como diez. El entorno político actual es muy exigente, muy crítico, muy inestable. Aun así, es algo que se puede gestionar. Nunca diría a una persona sensible que no se dedique a la política. Si tienes un fuerte sentido del deber, no hay nada más pleno ni más gratificante que ese trabajo. No hay nada igual en el mundo ni mayor privilegio que ser primera ministra de tu país.

Jacinda Ardern juró el cargo en 2017, justo el año en el que Donald Trump llegó a la Casa Blanca por primera vez. El mismo mandatario que acaba de asaltar Venezuela de madrugada para llevarse preso a Nicolás Maduro, que ha amenazado con conquistar Groenlandia “por las buenas o por las malas” y que ha sumergido al planeta entero en la incertidumbre. Un dirigente que hace apología de la fuerza, de la política testosterónica, que abomina de la empatía y las dudas. Como Vladímir Putin. Como Javier Milei. Como tantos otros hoy en día.

La forma en la que describe el liderazgo en sus memorias, como forma de servicio público, con límites y procesos, es radicalmente distinta a los gestos grandilocuentes y teatrales de la política actual. Usted dejó el cargo en 2023, el mismo año en el que Donald Trump volvió a ganar unas elecciones. ¿Es posible revertir el éxito de este tipo de liderazgos, antagónicos al suyo?

Sí, creo que sí. Por eso dedico mucho tiempo a hablar con políticos y, en algunos casos, a trabajar con ellos. No deberíamos abandonar valores como la amabilidad, la compasión, la curiosidad o el coraje solo porque lo que más visibilidad tiene ahora sea lo contrario. La ausencia de estos valores es uno de los grandes problemas actuales. Hay políticos que lideran de esta forma y les va muy bien, como Mark Carney [primer ministro de Canadá], que habló sobre la bondad el día que ganó las elecciones. Pero los incentivos mediáticos están orientados hacia el estilo más incendiario. No suele haber titulares que digan “un político construye consenso sobre tal asunto”, porque eso no genera clics. No atrae la atención.

Ella sí logró atraer la atención —hasta el punto de convertirse en un fenómeno— gracias al liderazgo “empático” que defiende. La imagen de su bebé en brazos en la Asamblea General de la ONU en 2018 dio la vuelta al mundo. Era la primera vez que sucedía. En realidad, ella solo trataba de hacer compatible un viaje oficial con la lactancia y la logística de una madre reciente. “Yo no quería renunciar a amamantar a Neve…, desde mi perspectiva, ceder significaba fracasar”, escribe en el libro. Pero aquel gesto acabó convertido en un manifiesto político sobre la posibilidad de gobernar sin esconder la maternidad.

Algo parecido ocurrió cuando, tras el atentado de un supremacista blanco contra las mezquitas de Christchurch en 2019, en el que murieron 51 personas, apareció con hiyab abrazando a las víctimas. Esa imagen, junto a su proclama They are us (ellos son nosotros), se convirtió en un símbolo global de empatía institucional, respeto y humanidad.

Ardern abraza a una musulmana en marzo de 2019, tras los atentados contra dos mezquitas de Christchurch en los que murieron 50 personas.

 

¿Qué recuerda de aquellos días?

Lo recuerdo todo con muchísima claridad. Especialmente, a las personas: los líderes comunitarios, las familias que perdieron a alguien, las víctimas. A veces me da pudor que se reconozca tanto mi respuesta cuando, en realidad, fue la comunidad musulmana la que marcó el tono. No puedo imaginar nada más horrible que lo que vivieron. Y, aun así, tomaron la decisión de abrir los brazos y permitir que todo un país llorara con ellos. Fue profundamente conmovedor.

¿Sigue en contacto con algunas de las víctimas?

Sí. Antes de mudarme al extranjero volví a reunirme con miembros de la comunidad. Después impulsamos una beca para familiares de víctimas como pequeño apoyo. Me entristece que todavía hoy haya personas que me den las gracias por aquella respuesta, porque debería ser lo normal: reconocer lo ocurrido, poner a la comunidad en el centro, privar al agresor de lo que busca —notoriedad, reacción—, reconocer el impacto a largo plazo sobre las víctimas e intentar atenderlo. Eso debería ser el estándar, no algo excepcional. Cuando alguien me agradece esa respuesta, siento que refleja su experiencia cotidiana de islamofobia. Y eso me entristece profundamente.

En sus memorias relata la llamada que Donald Trump le hizo tras aquella matanza. El presidente de EE UU solo se interesó por el futuro del autor de la masacre y quiso saber si el Gobierno de Nueva Zelanda iba a utilizar el término “terrorista” para referirse a él. “El asesino había enviado un manifiesto incoherente y desbordante de odio y decoró sus armas con los nombres de supremacistas blancos que habían matado a otros musulmanes”, recuerda Ardern. “Su intención no solo fue cobrar vidas, también quería suscitar miedo e intimidar. Asimismo, esperaba que sus actos instigaran nuevas olas de violencia y, si eso no era terrorismo, entonces no sabía yo qué más podría serlo. ‘Sí’, le dije al presidente, ‘es un hombre blanco de Australia que, de forma deliberada, atacó a nuestra comunidad musulmana. Es un terrorista”.

Trump no dijo nada, solo preguntó si había algo que EE UU pudiera hacer por ellos. “Mi respuesta fue simple”, relata Ardern. “Puede mostrarles simpatía y amor a las comunidades musulmanas”.

Christchurch fue la primera gran crisis que le tocó gestionar durante su mandato, pero no la única. Un año después llegó la pandemia, que enfrentó a los líderes políticos a algo inédito, complejo, con una población aterrada ante lo desconocido y que veía desde su televisor cómo morían centenares de miles de personas por todo el mundo. Ella lo abordó, como todo, a su manera, comunicando desde su casa a través de las redes sociales con un tono informal y cercano y dando consejos prácticos con la información de la que disponía.


Jacinda Ardern. “Prefiero intentar algo y equivocarme que no hacer lo suficiente” es uno de sus lemas políticos.

El 17 de octubre de 2020, en Auckland, tras ganar la reelección con mayoría absoluta.
¿Cómo afronta un líder político algo así?

Con imperfección y haciéndolo lo mejor que puedes. Para mí la pregunta era: ¿cuál es el camino del que me voy a arrepentir menos? Preferí intentar algo y equivocarme que no hacer lo suficiente. Porque equivocarse significaba que habría gente que moriría.

Tomó decisiones muy difíciles, como confinar a la población o imponer vacunaciones obligatorias para algunas profesiones de alto riesgo.

Durante esos días hablé mucho con una buena amiga que vivía en España con sus dos hijos pequeños. Eso me ayudaba a entender lo dura que estaba siendo la pandemia para todo el mundo. En Nueva Zelanda hubo largos periodos de normalidad para la población, pero dentro del Gobierno no era posible relajarse nunca. Vivíamos con la tensión constante de que en cualquier momento podía aparecer un nuevo caso y tendríamos que volver a confinar. Esa ansiedad permanente fue muy dura.

Nueva Zelanda fue vista como ejemplo de buena gestión, pero dentro surgieron muchas críticas. ¿Cómo convivía con esa contradicción?

Eso es el liderazgo: tomar decisiones difíciles sabiendo que no todo el mundo estará de acuerdo. Encuestas posteriores mostraron que alrededor del 77% valoraba la gestión como buena o muy buena. Pero, aun así, siempre habrá quien no esté de acuerdo. Yo prefiero ser criticada por haber hecho demasiado que por hacer demasiado poco.


El 17 de octubre de 2020, en Auckland, tras ganar la reelección con mayoría absoluta.

La gestión de la pandemia fue complicada en todo el mundo, un momento de expansión del odio hacia los políticos que adoptaban decisiones difíciles. Ardern describe en sus memorias una manifestación de 2022 que le causó un hondo impacto: “Escuché los discursos de protesta y vi las pancartas. Vi mi propia imagen con bigote de Hitler, monóculo y la leyenda ‘dictadora del año’ estampada sobre mi cabeza. Vi los calabozos y las horcas que, según los manifestantes, habían colocado para mí. Vi las banderas estadounidenses, las banderas de Trump y las esvásticas”.

Relata otro episodio que refleja bien hasta qué punto la polarización envenena no solo el ambiente político, sino también la convivencia cotidiana. Una mujer se le acercó en el baño de un aeropuerto con evidente hostilidad. “Solo quería darte las gracias. Gracias por arruinar el país”, le espetó. Ardern explica que por primera vez sintió que aquello era algo nuevo. Y distinto. “Tal vez fue el tono de voz de aquella mujer, el hecho de que se acercara tanto a mí o que su agitada e indefinida furia no solo me pareciera impredecible sino también incongruente en ese momento”, detalla. Pensó en responder, pero no lo hizo. Se secó las manos y salió. Pero fue consciente de que no se trataba de una crítica normal. Era algo más personal, más violento y potencialmente más peligroso.

¿Cómo se tienden puentes en un mundo que parece haber enloquecido?

Los líderes hoy se enfrentan a dos tareas muy complejas. Por un lado, deben escuchar las críticas legítimas y asumir la rendición de cuentas. Pero al mismo tiempo tienen que saber distinguir cuando parte de esas críticas no se basan en hechos reales sino en campañas de desinformación. Lo vimos con la covid, lo vemos con el cambio climático. Y cuando además hay grupos que no solo niegan la realidad, sino que sienten ira y empujan hacia la violencia, el desafío es aún mayor. Por eso creo que debemos hablar seriamente del papel de la desinformación y de las plataformas digitales, porque está claro que contribuyen a procesos de radicalización. No son meros carteros sin responsabilidad. El nivel de violencia online que la gente ve y sufre es enorme. Y sinceramente, no creo que sea el entorno en el que queremos que crezcan nuestros hijos.

Frente al auge de líderes como Trump y la extrema derecha, hay políticos progresistas que sostienen que no hay otra alternativa que polarizar de forma defensiva. ¿Qué opina sobre esta tesis?

Estoy en total desacuerdo con esta idea. Absolutamente. La pregunta clave es: ¿qué entendemos por éxito en política? Si el único criterio es ganar elecciones, entonces sí, puede parecer lógico adoptar ese camino, porque ese tipo de discurso ha llevado a algunos líderes al poder. Pero si el éxito incluye también el bienestar de la sociedad, la cohesión social, la confianza, la participación y la fe en las instituciones, entonces ese modelo de liderazgo es un fracaso absoluto. Los datos muestran que, aunque esas personas estén siendo elegidas, lo hacen en un contexto en el que la confianza está en mínimos históricos, donde la ciudadanía no cree que las instituciones funcionen para ella y donde no solo hay polarización, sino también una creciente aceptación de la hostilidad e incluso de la violencia. La situación actual está dominada por una profunda falta de liderazgo.

¿Cómo se rompe entonces ese círculo vicioso?

Lo primero es no ser simplistas respecto a por qué vota la gente. Tras las elecciones europeas, por ejemplo, Datapraxis descubrió que solo aproximadamente una cuarta parte de los que habían votado a partidos considerados de extrema derecha lo hacía por motivos ideológicos. Muchos otros votaban así porque sentían que la política tradicional no da respuesta a sus problemas. La inseguridad económica es clave: salarios que no permiten vivir con dignidad, sensación de que los hijos no tendrán un futuro mejor, inseguridad en vivienda, sanidad, educación. Si miramos algunos estudios, encontramos cifras como que cerca del 80% de las personas de entornos socioeconómicos más bajos no cree que la política esté a su servicio.

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Jacinda Ardern anuncia que renuncia a ser la primera ministra de Nueva Zelanda
No dejé el cargo porque creyera que no era buena madre por hacer ese trabajo. Quiero que quede claro que sí se puede ser madre y líder. Por otro lado, la culpa cuando eres madre está siempre presente: la sentía siendo primera ministra y la siento ahora también a pesar de estar más disponible.

En un mundo diseñado por hombres, ¿no son de algún modo incompatibles algunos liderazgos con la vida personal?

Por eso yo no quise crear la narrativa falsa de que puedes hacerlo todo tú sola. No puedes. Necesitamos culturas laborales más flexibles: poder estar con tus hijos, salir si hay una urgencia, no sentir miedo a pedir comprensión. No basta con que esté en las normas: la clave es si la gente siente que realmente puede hacerlo.

Sigue siendo usted muy joven. ¿Es posible que vuelva en algún momento a la política activa?

En mi país no es habitual volver, y yo no tengo intención de hacerlo. En Nueva Zelanda, cuando te vas, te vas.


Sobre la firma
Mónica Ceberio Belaza

Los once dones de doña Isabel

Ella está con los de arriba. Está con los empresarios más que con los trabajadores, con los fuertes más que con los débiles, con los poderosos más que con los ciudadanos de a pie

Isabel Díaz Ayuso. Isabel Díaz Ayuso. / Alberto Ortega

Algo especial pasa con esta mujer. O algo me pasa a mí con ella. Por mucho que me esfuerzo en entender su forma de pensar, de hablar y de comportarse no doy con la clave. Es un enigma para mí. Creo que le falta un hervor o algún tornillo. Si hay un personaje en la política española que encarna los males del populismo de derechas es la señora Ayuso. Lo tiene todo. Todo lo malo, claro. Este primer enigma me lleva a otro no menos complejo: ¿por qué motivos la votan, siendo como es, diciendo lo que dice y haciendo lo que hace?

Voy a tratar de exponer, aunque sea brevemente, once dones que la hacen singular.

El don de odiar visceralmente a sus oponentes políticos, especialmente al presidente del gobierno. No se puede ser más obsesiva en el desprecio. Creo que no le cabe el odio en el cuerpo. Descalificaciones, insultos, agresiones verbales… Ella, que acusa de forma persistente al presidente de dividir a la ciudadanía en dos bandos, tiene tan elevado el muro entre buenos y malos que es imposible saltarlo o abrir una rendija para ver algo bueno en la otra parte. ¿De verdad le importa esa división entre unos y otros cuando ella es la que se muestra más beligerante con sus adversarios?

El insulto, el desprecio y la mofa constituyen el eje de su proceder. No puede hablar sin agredir. Llamar hijo de puta al presidente y revestir el insulto con risas es un deporte que practica con regodeo. El ya famoso «me gusta la fruta», lema que se ha popularizado en camisetas, tazas y merchandising es uno de sus logros más notables. Es la campeona de las descalificaciones al presidente del gobierno. Que yo recuerde, le ha llamado corrupto, caudillo bolivariano, mafioso, tecnocomunista, caradura, socio de ETA, violento, estafador, chavista y tirano.

El don del protagonismo que la lleva a pensar y a decir que su comunidad es el centro del mundo: ella y su comunidad autónoma tienen una fuerza centrípeta irresistible que hace que todos quieran ir a Madrid a invertir, a vivir o a veranear.

Su comunidad, alardea la presidenta, está siendo un fenómeno nunca visto de crecimiento, desarrollo y prosperidad. En Madrid se vive una libertad más pura que en ningún otro sitio. Los habitantes de Madrid saben disfrutar de las terracitas y de las cervecitas como en ninguna otra parte se disfruta. Madrid está de moda. No solo es la capital, es lo capital.

Sin exhibir dato alguno (o más bien, ignorando los datos más palmarios, como es el hecho de que Madrid es la comunidad que menos invierte en sanidad) suelta frases como «la sanidad de la comunidad de Madrid es la mejor de España». ¿Por qué es la mejor? Porque ella lo dice. Y punto. Y se queda tan tranquila y tan orgullosa. Y las mujeres que se vayan a abortar fuera de su comunidad…

El don de manejar como nadie la ley del embudo: ella se muestra exigente y justiciera con el gobierno y con el ministro de Transportes y pide la dimisión no solo del ministro, también del presidente del Gobierno antes de que concluya la investigación. Pero no pide en un año la dimisión de Mazón ni la de Feijóo por una irresponsabilidad indiscutible que costó 230 muertos

Ella, que lleva a sus espaldas la friolera de 7291 ancianos fallecidos en las residencias de la comunidad de Madrid, después de aprobar los protocolos de la vergüenza y de recibir la ayuda indecente de jueces que no mueven un dedo para investigar lo sucedido, dice de forma miserable que esos ancianos iban a morir más bien pronto que tarde. Hay que tener cuajo para referirse a los familiares de las víctimas como «plataforma de frustrados». Ella no dimite.

El don de desmantelar lo público en beneficio del negocio privado: recorta el presupuesto de las Universidades públicas y mima a las privadas. Tiene a los hospitales y centros de salud públicos desasistidos y protege a quienes hacen de la salud de los ciudadanos un negocio. El caso de los dirigentes del Hospital de Torrejón lo ha dejado muy clarito: lo primero es el dinero y lo segundo la salud de los pacientes.

Y cuando se privatiza ya se sabe lo que pasa. ¿Tienes dinero? Tendrás salud, sanidad, seguridad… ¿No lo tienes? Pues te pudres. Los ancianos que tengan seguro privado sí se van a los Hospitales…

El don de meterse donde no la llaman: el presidente del Gobierno y el de la comunidad autónoma andaluza acuerdan hacer un homenaje de Estado a las víctimas de los accidentes ferroviarios de Adamuz, pues ella contraprograma casi a la misma hora una misa en la catedral de la Almudena. En Huelva están los Reyes, tres ministros del gobierno, el presidente de su partido y los familiares de las víctimas. Ella es «la reina» en el funeral de Madrid.

Viene el señor Milei a Madrid, insulta al presidente del gobierno de su país, y ella le impone una medalla porque le da la real gana, sin pensar que en su comunidad hay muchas personas que consideran indeseable al señor de la motosierra.

El don de no saber lo que significa la palabra autocrítica: todo lo que funciona mal en la Comunidad de Madrid es culpa del gobierno central y todo lo que funciona bien es mérito suyo y de su equipo.

Todo lo que ella hace es bienintencionado y lo que hace el gobiernocentral es perverso. El gobierno regulariza a medio millón de inmigrantes y ella dice que es «para alterar el censo electoral». No sabe distinguir la regularización de la nacionalización que es necesaria para votar.

El don de ser despiadada con quienes se meten con ella: Pablo Casado, expresidente de su partido, es el mejor ejemplo. Quiso comprobar si los negocios de su hermano con la comunidad de Madrid eran limpios (un deber elogiable) y fue defenestrado de su cargo y de la política. Fue borrado del mapa. ¿Cómo no temerla?

Cuando su «ciudadano particular» admitió haber cometido dos delitos fiscales (ella, de forma descarada insistió arteramente en que se trataba de una multa) emprendió una guerra contra el fiscal general del Estado por una posible y nunca probada filtración de los datos de su pareja. Y la emprendió contra el fiscal general del Estado que, con la colaboración indispensable de la judicatura y la ayuda y las mentiras de su inefable jefe de gabinete, fue condenado con la inhabilitación para el cargo y con una multa para el pobrecito de su novio que estuvo al borde del exilio o del suicidio.

El don de un inusitado afán de protagonismo:

Ella y solo ella se ausenta de la reunión de presidentes porque el lehendakari Imanol Pradales se expresa en euskera. Ella y solo ella no acude a la cita del presidente del Gobierno, como es su obligación, cuando cita a los presidentes autonómicos en Moncloa.

Ella opina sobre todo y sobre todos. Ninguno de sus colegas presidentes tiene un protagonismo similar. En realidad actúa como si fuera la jefa de la oposición, dedicando sus intervenciones en el parlamento autonómico a ejercer la crítica al Gobierno central.

El don de ponerse del lado de los verdugos, no de las víctimas: lo hemos podido comprobar estos días en el caso de las dos empleadas domésticas que han denunciado al cantante español por abusos sexuales. Dice que la comunidad de Madrid no va a desprestigiar a ningún artista y menos a un cantante tan renombrado. ¿Qué le importa lo que han sufrido las dos mujeres mientras trabajaban para él? ¿Qué le importan las condiciones abusivas, humillantes e ilegales que imponía para su contratación?

Ella está con los de arriba. Está con los empresarios más que con los trabajadores, con los fuertes más que con los débiles, con los poderosos más que con los ciudadanos de a pie. Con los genocidas más que con las víctimas. Por eso se fotografía con el equipo ciclista de Israel. Por eso prohíbe llevar a las escuelas banderas de Palestina.

El don de construir las hipérboles más descabelladas: dice con todo el aplomo que le da su caradura que ETA está a punto de conquistar el País Vasco y Navarra, que el presidente del Gobierno la quiere matar, que lo que pretende el presidente es meter a todos los españoles en la cárcel, que estamos avanzando hacia una dictadura.

La antología de sus exageraciones y disparates no tiene límites. Ahí están sus sesudos eslóganes: «socialismo o libertad», «Madrid es libertad», «Menos impuestos, más libertad»…

El don de creer que tener mayoría absoluta es el signo inequívoco de la bondad de sus políticas y de sus planteamientos: El señor Gil y Gil encadenaba mayorías absolutas en las elecciones al Ayuntamiento de Marbella. Era aclamado por la ciudadanía mientras él la expoliaba. Decía con orgullo: «los números cantan». Escribí un artículo titulado ‘Los números desafinan’.

Hay que analizar cómo se conquistan los votos y hay que pensar también para qué y para quiénes se gobierna. Ahí está la clave.

Termino. No es que se me hayan agotado los dones de doña Isabel, es que se me ha agotado el espacio para seguir añadiendo otros que te dejan asombrado de quién es y cómo es esta mujer y de que alguien deposite en ella su confianza. El Adarve

Infancia. Las voluntarias que abrazan bebés que están solos en Chile: “Es impresionante cómo los niños florecen”


Marjorie Jiménez, voluntaria de Abrázame, en el Hospital San Juan de Dios, en Santiago, el 9 de febrero. SOFIA YANJAR

En una residencia de menores y en el hospital San Juan de Dios de Santiago, se impulsa un plan para acompañar a niños de apenas semanas y meses que no son visitados, esperan su adopción o sus padres no están en condiciones de cuidarlos.

Acaba de cumplir dos meses de vida y, aunque está sano, permanece en la unidad de Pediatría del Hospital San Juan de Dios, parte de la red de centros de salud pública de Santiago. Tampoco está claro cuándo Esteban —nombre ficticio para esta crónica— logrará ser dado de alta. La razón de que siga hospitalizado sin estar enfermo, es que no tiene madre o padre que lo pueda tener, cuidar y acompañar. Es la situación por la que pasan decenas de bebés en Chile que quedan en recintos hospitalarios tras su nacimiento debido a que fueron entregados para ir en adopción, fueron abandonados o porque los padres no están en condiciones de cuidarlos. Sin embargo, Esteban duerme plácido en los brazos de una de las dos voluntarias que se han comprometido a acompañarlo y brindarle un vínculo afectivo estable y diario hasta que se vaya a vivir con su familia de origen, adoptiva o de acogida, algo que se puede extender incluso por dos años.

Se trata de un plan piloto de la fundación Abrázame para prevenir lo que se llama carencia afectiva crónica, y lograr que aquellos niños de corta edad que no cuentan con sus padres, logren un mejor crecimiento, tanto en su alimentación y en su desarrollo neurológico como en sus contactos y vínculos afectivos, algo que se produce en las primeras horas, días y semanas de vida. Si no, se corre el riesgo de que el bebé se vaya apagando, y se generen problemas psíquicos y de comportamiento futuros.

El psiquiatra y psicoanalista Eduardo Jaar, considerado el inspirador de esta iniciativa, explica a EL PAÍS que “el recién nacido es un sujeto eminentemente social, que busca el contacto desde los primeros instantes de su vida (…). El contacto piel a piel con su figura cuidadora, el tomar en brazos al bebé, fomenta un ajuste del tono muscular y de la postura corporal recíproca entre el niño y el adulto. Es un ajuste que tiene un carácter contenedor de las emociones del bebé”. La repetición “de ciertos comportamientos de cuidado promueven la familiarización, el aprendizaje, la anticipación y la entrega de sentido en los actos en el bebé”, agrega. Eso promueve la “instalación de lazos primitivos” entre bebé y esa figura cuidadora, que son la “base de su desarrollo emocional”.

Una voluntaria sostiene a un bebé en el Hospital San Juan de Dios, en Santiago, Chile, el 9 de Febrero de 2026. SOFIA YANJARI

Pero cuando todo eso no está, el bebé, entre otras cosas, es más propenso a las enfermedades, pues hay un “retraso global en su desarrollo, pérdida del apetito, tendencia al retraimiento, evita el contacto con los adultos”, asegura Jaar. “El niño va a desarrollar un cuadro de carencia afectiva y sensorial temprano”, dice.

Un reportaje del medio The Clinic, de marzo de 2025, estimó que al menos unos 400 bebés quedaron al cuidado de hospitales de Chile desde 2018 por abandono, por haber sido dados en adopción o porque sus padres no se podían hacer cargo de ellos. Una situación que no ha hecho más que crecer en los últimos años y donde el problema se complica aún más por la larga espera de esos recién nacidos y niños pequeños para que llegue la decisión de un juez de familia y decida cuál es su próximo destino.

Para la pediatra-neonatóloga Carolina Méndez, jefa del Servicio de Neonatología del Hospital San Juan de Dios, una institución médica no es un lugar para niños sanos. “Lamentamos que los niños pasen hospitalizados porque no existe otro lugar donde puedan estar esperando a esa familia [de origen, de acogida o adoptiva], porque un juez los deja aquí meses”, afirma a EL PAÍS. “Un hospital no es un lugar para un niño sano. Porque hay niños con enfermedades, porque hay infecciones”, sostiene.

Además, los niños pequeños que no son visitados regularmente por un ser querido en el hospital no reciben los cuidados, la atención y el vínculo que requieren. Bárbara Valdivieso, psicóloga de Neonatología del San Juan de Dios, afirma que los bebés necesitan de “un otro para poder construir lo que va a ser en un futuro su mente, todas sus características sicológicas”. Esa persona —la madre, el padre— debe ser alguien estable en el tiempo, a quien reconozca sus manos, su olor, su voz, con lo que se establece el vínculo afectivo. En ese proceso, “en un primer momento los bebés son más demandantes, lloran más, se ponen más irritables. Están intentando que el mundo los contenga de alguna manera. Pero si esto se prolonga [y nadie los atiende], eventualmente llega un punto en que ese bebé deja de llorar, deja de tener este contacto con el mundo, ya no hace contacto visual y duerme mucho. Eso quiere decir que este niño psíquicamente se está apagando, porque no tiene este sostén que necesita”, afirma Valdivieso.

Bárbara Valdivieso visita a uno de los bebés que son parte del programa. SOFIA YANJARI

“Si llegamos antes, la historia cambia”

Precisamente, para ir en ayuda de esos bebés de semanas o meses, el hospital se sumó a un programa piloto de Abrázame, una fundación que surgió en 2015 y que formalizó su labor en 2017, y que comenzó con un programa que apoya a niños en residencias de menores. Según cifras oficiales de diciembre pasado, 5.190 niños viven actualmente en ese tipo de hogares. En el programa inicial de Abrázame hoy participan unos 450 voluntarios, con trabajo semanal en 22 residencias de las regiones Metropolitana, de Valparaíso, O’Higgins y Biobío, donde viven casi 500 niños y cuyas edades van de cero a 18 años.
 
En 2024, con el apoyo del doctor Jaar, la fundación decidió avanzar y crear el programa Abrázame Más, aún en fase piloto, de apoyo diario a bebés. Se llamó a una convocatoria, y tras meses de selección y preparación, se comenzó con el trabajo de ocho voluntarios para cuatro bebés en una residencia en el municipio de Providencia, en Santiago.

Es un proceso de preparación muy largo porque, como dice Cecilia Rodríguez, directora ejecutiva de Abrázame, “el compromiso es indefinido, hasta que el niño se va con su familia de origen, adoptiva o de acogida, y eso puede ser entre  los tres meses y los dos años”. Es un trabajo intenso el que deben hacer las voluntarias, porque los educadores de las residencias “hacen todo lo posible por estar presentes [con esos bebés], pero trabajar con 15 o 20 niños es no parar. No tienen el tiempo para dedicarse a uno. Y tampoco pueden hacerlo, porque el resto también requiere asistencia”.

Son dos voluntarias a cargo de un bebé, que deben visitarlo diariamente por al menos dos horas, de lunes a domingo, al menos los primeros tres meses, para generar un vínculo, y luego pueden turnarse. “Lo central es el compromiso, no fallar, el amor (…) y es impresionante cómo los niños florecen”, dice la titular de Abrázame a EL PAÍS. “Por eso es importante la preparación, la contención y el seguimiento”, afirma Rodríguez, y explica que, por ahora, la falta de recursos económicos para tener equipo de profesionales de apoyo a los voluntarios impide que el programa Abrázame Más deje de ser piloto.

Uno de los bebés que forma parte del plan, en el Hospital San Juan de Dios, el 9 de febrero. SOFIA YANJARI

El año pasado Abrázame alcanzó un convenio con el Hospital San Juan de Dios para ir en ayuda de los bebés que nadie visita. “Sabemos que, si llegamos antes, la historia cambia”, destaca Rodríguez. Así, se hizo una nueva convocatoria, en la que se seleccionó y capacitó a 10 voluntarias.

Y dos de esas voluntarias, y luego de cinco meses de preparación, están desde enero acompañando a Esteban. Cada día, a las 11.30 de la mañana Marjorie Jiménez (48) llega al hospital San Juan de Dios, y es relevada a las 14:00 horas por Jacqueline Duhalde (58). Lo bañan, mudan, le cambian la ropa y le dan la mamadera (biberón). También lo arrullan, le hablan, le cantan y le cuentan de sus propias vidas. Hasta se llevan sus ropas para lavarlas en casa.

“Él ha sido muy receptivo con nosotras. La primera vez que lo tuve en mis brazos, el corazón se me arrugó, porque dije: a tan poquitos días de nacer y ya tiene que librar una batalla muy grande”, afirma emocionada Jiménez, mientras el bebé hace caso omiso al barullo de las visitas y continúa con su tranquilo y protegido sueño.

jueves, 12 de febrero de 2026

Hannah Arendt y el futuro del totalitarismo



Como hace un siglo, nos ha tocado un tiempo en el que el ejercicio de la política se basa cada vez más en la repetición de los errores, los horrores y las coartadas de los imperios

El legado de los académicos, sobre todo los humanistas, es efímero. La mayoría de nuestros escritos —a diferencia, por ejemplo, de los trabajos artísticos— tiene una fecha de caducidad muy corta. Casi todos los más o menos conocidos profesores de hoy serán más temprano que tarde olvidados; nadie los citará y aún menos leerá. Sin embargo, a veces hay pensadores cuyas obras trascienden su tiempo. Este es el caso de la filósofa y ensayista política germano-estadounidense Hannah Arendt (1906-1975), de cuyo fallecimiento se cumplen 50 años este 4 de diciembre.

Aunque no era historiadora, Arendt teorizó con agudeza sobre cuestiones históricas y de su tiempo. Como dijo Tony Judt, a menudo cometió errores en los detalles (de los que, por ejemplo, está repleto su libro de 1963 Eichmann en Jerusalén, empezando por el desafortunado subtítulo de Un estudio acerca de la banalidad del mal), pero acertó en las cuestiones importantes. Su arrojo a la hora de decir lo necesario, aunque resultara inconveniente, fue mítico, como demuestran sus relaciones tortuosas con el movimiento sionista. Ya en 1944, en el panfleto Sionismo reconsiderado, advirtió contra la deriva supremacista de este: ¡ella, que había estado enviando niños a Palestina para salvarlos de un futuro cada vez más oscuro en Europa, y que apenas pudo escapar de las garras de Hitler! Podía ser provocadora y controvertida: sus argumentos en el artículo Reflexiones sobre Little Rock, publicado en 1959, contra la desegregación forzada de las escuelas sureñas, quizás harían las delicias del actual Tribunal Supremo estadounidense; pero solo un necio o un fanático le podrá negar a su pensamiento tanto la sinceridad como la profundidad.

Sin duda, su trabajo más influyente y de más relevancia hoy es Los orígenes del totalitarismo, publicado en 1951 y luego revisado varias veces. Su lectura no resulta fácil. Está, no podía ser de otro modo, muy influenciado por su propia vida, educación (creció en el seno de la burguesía judía ilustrada de Königsberg) y tiempo, incluyendo el exilio primero en Francia y su refugio posterior en Estados Unidos. Y esto se nota ya en el mismo título del libro. Con la Guerra Fría, el término “totalitario” ganó amplia aceptación en el mundo occidental como forma de ligar las prácticas políticas de la recién derrotada dictadura nazi con el entonces amenazante y poderoso régimen soviético. Esta asociación de formas olvidaba convenientemente que fue la cooperación entre conservadores y fascistas la que siempre hizo posible la llegada al poder de las dictaduras “totalitarias” de derecha, al igual que la labor de estas en apuntalar al malherido capitalismo de los años veinte y treinta.

Sin embargo, no fue una típica anticomunista de posguerra. A diferencia de quienes se llenaban la boca al hablar de libertad, pero luego justificaban sin pudor los horrores de las dictaduras amigas, era una firme defensora de los derechos humanos, sin importarle de dónde viniese el ataque a los mismos. Ahí fue, otra vez, tajante, y no hizo excepciones cuando escribió que “el primer paso fundamental en el camino a la dominación total es matar a la personalidad jurídica del hombre”. Es una frase acuñada con nazis y estalinistas en la mente, pero muy válida hoy, cuando se detiene, enjaula y deporta a agujeros de dolor y olvido a seres humanos a veces solo por ser inmigrantes sin permiso de residencia. ¿Pensó ella alguna vez que lo que estaba denunciado iba a suceder en sus admirados Estados Unidos? Parece poco probable. Todos tenemos derecho a una cierta inocencia.

Arendt no se limitó a denunciar el totalitarismo. Al estudiar sus raíces, recordó como en su momento las élites ilustradas del siglo XVIII abrazaron el antisemitismo, pues veían a los judíos como elementos atávicos y bárbaros que impedían el desarrollo de la sociedad moderna. Sería interesante saber qué pensaría ella de quienes en nuestro tiempo acusan a los musulmanes que viven entre nosotros precisamente de lo mismo. Su crítica al liberalismo tampoco paró ahí: en Los orígenes atacó la autosatisfacción del entonces llamado Mundo Libre de la posguerra. Hoy recordamos 1945 como la fecha de la liberación de los campos de concentración, pero a menudo nos olvidamos de que, como Arendt denunció, en ese mismo año centenares de millones de personas vivían aún sin derechos políticos y sociales bajo el yugo colonial de las democracias occidentales. También podía haber condenado el colonialismo con argumentos ya manidos, pero fue mucho más allá. Según ella, ni la Shoah ni las demás atrocidades de la Segunda Guerra Mundial podían ser separadas de las ideas racistas y las prácticas imperiales previas del hombre blanco y su supuesto mundo civilizado. La muerte y la subyugación —y la justificación de ambas— que Occidente llevó a sus colonias volvieron luego a azotar a la misma Europa que las había engendrado.

Arendt vivió en su juventud crisis económicas, inseguridades políticas y culturales, un racismo creciente y la irrupción de la radio, el cine sonoro y las técnicas de propaganda modernas que permitieron a los fascistas seducir a amplios sectores de la sociedad con sus discursos tan en apariencia modernos como llenos de odio. Las voces de la sinrazón, disfrazadas de amigos del pueblo, azuzaron y ensalzaron al hombrecito resentido que todos tenemos dentro; al que ofrecieron chivos expiatorios para evitar afrontar de verdad problemas complejos, al tiempo que despreciaban el conocimiento y a los expertos, estos siempre, entonces decían, demasiado humanos y respetuosos con las formas y los principios, y, por lo tanto, ineficaces. Ese fue su paradigma. Cuestión más ardua es determinar cuáles serán nuestras respuestas al nuestro. Pues, por mucho que sepamos del pasado, no encontraremos en los libros de historia, ni de Arendt ni de nadie, las soluciones sobre el presente, ya que, como mucho, aquellos nos enseñarán más sobre qué evitar que sobre qué hacer.

Como ocurrió hace un siglo, nos ha tocado un tiempo en el que el ejercicio de la política, en vez de estar enfocado a confrontar los grandes retos de la humanidad, se basa cada vez más en la mentira descarada, la manipulación de los sentimientos de la población, el blanqueo de la historia y la repetición de los errores, los horrores y las coartadas de los imperios. Todo esto ha sido fomentado tanto por la eclosión de las redes sociales, que están controladas por unas élites que han dejado de creer en la libertad y la igualdad, como por la sumisión a los intereses de estas de unas masas desorientadas dispuestas a echarse en manos de demagogos: líderes del mal; embusteros; hombres que hablan de paz mientras lanzan odios y guerras; dirigentes mendaces y crueles de revoluciones que llaman patrióticas. Fue un peligro sobre el que Arendt ya avisó: “Mientras que el pueblo en las grandes revoluciones lucha por su auténtica representación política, la turba siempre vitoreará al hombre fuerte, al gran líder”. Aquí los tenemos, de nuevo, a las turbas y sus patéticos hombres providenciales endiosados.

Todos deberíamos saber las decenas de millones de muertos que costó la liberación de las dictaduras. Y, por eso mismo, recordar también por qué la búsqueda de la verdad y la defensa de la democracia siguen siendo tan necesarias hoy para nosotros como lo fueron para Hannah Arendt.

Antonio Cazorla Sánchez es catedrático de Historia Contemporánea de Europa en la Universidad Trent (Ontario, Canadá)

Los mensajes ocultos en "La muerte de Marat", una de las escenas del crimen más famosas de la historia del arte

Personas apreciando el cuadro La muerte de Marat

Fuente de la imagen,Getty Images

Pie de foto,"La muerte de Marat", de Jacques-Louis David, es una imagen engañosamente simple de un asesinato real.

El gran arte nos hace mirar y luego volver a mirar. Tomemos como ejemplo "La muerte de Marat" (1793), de Jacques-Louis David, quizás la representación pictórica de una escena del crimen más famosa de los últimos 250 años.

A primera vista, la representación del cuerpo sin vida del revolucionario francés Jean-Paul Marat, apuñalado en su bañera el 13 de julio de 1793, no podría ser más simple.

El periodista asesinado, que había abogado por la ejecución del rey Luis XVI, se desploma hacia nosotros. Su cuerpo está enmarcado por un vasto vacío que se extiende sobre él.

Sin embargo, si observamos con atención, la icónica pintura de David comienza a revelar un inquietante rompecabezas de detalles dobles en la mitad inferior del lienzo: dos plumas, dos fechas, dos cartas, dos mujeres ausentes, dos cajas, dos firmas, dos cadáveres.

La cacofonía de pistas contradictorias nos atrapa, haciendo que pasemos de observadores pasivos de una simple instantánea de la historia a convertirnos en detectives forenses inmersos en la resolución de un misterio más profundo, uno en el que se sospecha que el propio artista manipuló las pruebas.

En cada rincón de "La muerte de Marat", una de las obras maestras de la importante exposición de David en el Louvre de París, se aprecia la doble intención del artista: crear, a la vez, una elegía íntima y personal en memoria de un amigo asesinado, con quien compartía ideas políticas radicales, y una potente pieza de propaganda pública.

En manos de David, Marat es mucho más que un simple periodista jacobino al que una francesa, Charlotte Corday, apuñaló en el pecho con un cuchillo de cocina, convencida de que él estaba envenenando el debate público.

Marat aquí es glorificado, como un segundo Cristo.

La muerte de Marat: una pintura en la que se ve un hombre muerto en una bañera, con una herida en el torso que sangra sobre una sábana blanca. Tiene en su mano una carta escrita, y manchada con sangre, en la otra sostiene una pluma. A su lado hay una caja de madera con la inscripción A. Marat.

Fuente de la imagen,Musées royaux des Beaux-Arts de Belgique (Bruxelles)/J Geleyns


Pie de foto,
La obra de David forma parte de una importante exposición en el Louvre de París que estará hasta el 26 de enero de 2026. 

El retrato de David exalta a Marat, quien pasa de ser una persona enfermiza, que requería largos baños medicinales para aliviar una enfermedad cutánea crónica, a un transformarse en un mesías secular sacrificado.

Para amplificar esa elevación de mortal inválido a mártir místico, David entreteje su pintura con símbolos descifrables y ecos de la historia del arte que mantienen nuestra mirada fija en el mito que teje ante nosotros.

Tan implicado está el artista en la coreografía de la escena, que resulta fácil comprender cómo Sébastien Allard, comisario de la exposición del Louvre, pudo llegar a la conclusión en su ensayo para el catálogo de que "el monumento que David erige a Marat es también un monumento que construye para sí mismo… Marat actúa con su pluma y el pintor, con sus pinceles".

Las dos manos 

Nuestra mirada se divide en dos direcciones, intentando seguir los curiosos y contradictorios movimientos de las manos moribundas del hombre.

En la mano derecha de Marat encontramos la pluma con la que escribía cuando fue apuñalado con el cuchillo de mango de nácar que yace a escasos centímetros.

Con los nudillos apoyados en el suelo, esa mano cuelga inerte, evocando los brazos caídos de Cristo tanto en la monumental escultura de mármol de Miguel Ángel, "La Piedad", como en el conmovedor cuadro de Caravaggio "El Entierro de Cristo".

Mientras tanto, la mano izquierda de Marat, rígida por el rigor mortis, sostiene una carta manchada de sangre, sugiriendo un foco de atención completamente distinto.

Una mano se aferra a la vida, la otra sucumbe a la muerte.

Entre estos dos gestos divergentes, el espíritu de la pintura oscila eternamente entre el mundo de los vivos y el de los muertos.

Las dos plumas

Un acercamiento a la mano del hombre muerto en la bañera en la que sostiene la pluma.

Fuene de la imagen,Musées royaux des Beaux-Arts de Belgique (Bruxelles)/J Geleyns

Pie de foto,

En su mano derecha, una pluma; en la izquierda, una carta. Hay otra pluma junto al tintero.

A la tensión entre el flujo inquieto y la sombría quietud de las manos contradictorias de Marat se suma la decisión, aparentemente redundante, de David de insertar en la escena despojada no una, sino dos plumas entintadas.

Entre los dedos inertes de su mano derecha, Marat sujeta una pluma de escribir, aún húmeda de tinta.

Siguiendo su trayectoria desde el suelo, más allá del penacho blanco, hasta la caja volcada que Marat usaba como escritorio, descubrimos una segunda pluma junto al tintero agachado.

La punta oscura de esta pluma apunta amenazadoramente hacia la herida de arma blanca fatal y plantea una pregunta incisiva: ¿fue un cuchillo o las palabras lo que mató a Marat? En tiempos de política acalorada, nunca está claro qué es más poderoso, si la pluma o la espada.

Como veremos, en la pintura de David, la pluma y la espada son, en sí mismas, dobles. Se afilan mutuamente.

Las dos cartas

Una vez detectada, la duplicación de la evidencia en la pintura se multiplica repentinamente.

En el centro del lienzo, encontramos no una, sino dos cartas, cada una escrita por una mano diferente.

Entre estos dos documentos se desarrolla toda la trama de la pintura.

La nota que Marat sostiene en su mano izquierda está colocada por el artista de tal manera que podemos leer fácilmente la manera en la que Corday engatusó a Marat sin que éste lo supiera para que la invitara a entrar y así aprovecharse de su naturaleza benevolente.

"Basta con que yo sea muy infeliz", suplica Corday con hipocresía en su carta, "para tener derecho a tu amabilidad".

El mensaje es claro: fue la bondad de Marat lo que lo mató.


Un acercamiento a la mano del hombre muerto en la que sostiene una carta ensangrentada. En el cubo de madera que está al lado, se ve otra carta.

Fuente de la imagen,Musées royaux des Beaux-Arts de Belgique (Bruxelles)/J Geleyns

 

Pie de foto
Entre los documentos está escrita la trama del cuadro.

Justo debajo de la carta de Corday, al borde de la caja, se encuentra otra misiva escrita por el propio Marat: el documento que, al parecer, estaba redactando cuando ella se declaró en huelga.

Esta nota está sujeta por un asignado (o moneda revolucionaria), considerado por los estudiosos como la primera representación de papel moneda en el arte occidental.

En su carta, Marat promete desinteresadamente cinco libras a una amiga de la Revolución que sufre: "Esa madre de cinco hijos cuyo esposo murió en defensa de la patria".

Incluso en la muerte, se nos dice, Marat sigue siendo generoso.

Las dos mujeres

Las dos cartas no solo trazan los ejes del engaño y la mentira, la bondad y la redención, sobre los que se desarrolla la historia del cuadro.

Las dos cartas evocan fantasmas: dos, para ser exactos.

El primero es el de Corday, la intrigante asesina que se coló en casa de Marat con un largo cuchillo oculto bajo su chal.

El segundo, también invisible, es el de la viuda afligida a quien Marat deseaba ayudar, cuyo esposo murió luchando por la República.

El enfrentamiento entre fuerzas femeninas, una que personifica el bien y la otra el mal, tiene una larga tradición en la historia del arte.

Durante siglos, los artistas han representado la lucha entre la santidad y el pecado como una amarga contienda entre mujeres fuertes.

La famosa "Alegoría de la Virtud y el Vicio" del artista renacentista Paolo Veronese, de alrededor de 1565, muestra a una mujer que invita a Hércules al honor, mientras que otra, con un largo cuchillo oculto a la espalda, lo tienta hacia el placer.

David actualiza la alegoría para la era de la Revolución. En "La muerte de Marat", lo que está en juego es el alma de una nación.

Una pintura en la que un hombre con una chaqueta blanca se abalanza a proteger a una mujer con vestido verde, mientras otra mujer, con vestido rojo y azul se acerca a la pareja.

Una pintura en la que un hombre con una chaqueta blanca se abalanza a proteger a una mujer con vestido verde, mientras otra mujer, con vestido rojo y azul se acerca a la pareja.

Fuente de la imagen,Alamy



Pie de foto,
El enfrentamiento entre las fuerzas femeninas en la obra de David recuerda a la "Alegoría de la Virtud y el Vicio".

Las dos firmas

Cada cuadro termina con una firma: ese toque final con el que el artista da su consentimiento a la historia que ha contado.

"La muerte de Marat tiene dos", lo que garantiza que la obra nunca esté completa, sino que se trata de un desconcertante caso sin resolver que siempre nos intrigará.

Una, garabateada de lado en el centro del lienzo, pertenece a Corday y es una falsificación de David al recrear la carta que ella le escribió a Marat.

En otro lugar, cerca del borde inferior del cuadro y aparentemente cincelada en la caja de madera como si hubiera sido tallada en piedra, se encuentra la firma del propio artista, dedicando formalmente la obra a su amigo asesinado, cuyo nombre magnifica más allá de la escala del suyo: "Para Marat, David".

Al grabar su nombre en la propia estructura de la obra, David se inserta en la escena del crimen.

Una vez más, evoca la historia del arte. En el único cuadro que Caravaggio firmó, hizo lo mismo.

En la parte inferior de su colosal lienzo "La decapitación de San Juan Bautista", Caravaggio reúne las sílabas de su nombre, "f. Michelang.o", a partir de un charco de sangre que brota del cuello cercenado del sacerdote.

Es un gesto sombrío que parece asumir cierta responsabilidad por el asesinato. Al recordar la firma autoinculpatoria de Caravaggio, David no confiesa el asesinato de Marat, sino que declara su adhesión a su agenda política.

Afirma: "Ahora todos somos Marat".

Un cuadro de Caravaggio en el que se ve la decapitación de San Juan Bautista, una mujer está mirando con las manos en la cara, otra mujer prepara una bandeja y un hombre las acompaña. Al fondo se ve a un preso presenciando la escena desde la ventana de su celda.

Fuente de la imagen,

 

Pie de foto,
La obra de David también recuerda a Caravaggio, quien escribió "f. Michelang.o" al pie de "La decapitación de San Juan Bautista".

Las dos fechas

Si observas con atención debajo de la firma de David, verás una lucha silenciosa no solo entre dos fechas distintas, sino entre dos concepciones opuestas del tiempo.

Bajo su nombre, David ha cincelado "L'an deux", que denota el segundo año del Calendario Revolucionario, que comenzó en 1792, año de la fundación de la República.

Esa fecha nítida y legible se sitúa entre los dígitos, separados y parcialmente borrados, de la calibración del calendario cristiano para el año de creación de la obra: "1793".

En las dos esquinas inferiores del recuadro, David ha insertado y borrado "17" y "93", lo que indica una abolición total del tiempo cristiano en favor de las medidas revolucionarias.

Una vez más, Marat podría estar haciendo una sutil alusión en su curiosa fusión de sistemas de tiempo contrapuestos.

Al igual que Caravaggio, Botticelli también firmó un solo cuadro, "Natividad mística", en el que inserta una inscripción enigmática que yuxtapone el calendario cristiano con otro sincronizado con el Libro del Apocalipsis: "Este cuadro, a finales del año 1500, en medio de las convulsiones de Italia, yo, Alessandro, lo pinté en el tiempo transcurrido, según el capítulo 11 de San Juan, en la segunda penuria del Apocalipsis…".

En "La muerte de Marat", David invoca a Botticelli y a la vez lo supera, pues las prioridades de la revelación son usurpadas por las de la revolución.

¿Qué significa, en definitiva, toda esta dualidad en la famosa pintura de David, una obra que, al fusionar pasión y principio, redefiniría la textura e intensidad de la pintura histórica e influiría en obras que van desde "La balsa de la Medusa" de Delacroix hasta el "Guernica" de Picasso?

Al refractar implacablemente las pruebas halladas en la escena del crimen de Marat a través del denso prisma de su imaginación, David proyecta un doble retrato.

Ante nuestros ojos, el artista transforma el asesinato en mito, mientras que el cuerpo físico del polemista asesinado se alquimiza en una segunda figura mística que sentimos más que vemos.

La inquietante presencia de Marat, perturbó la imaginación del poeta francés Baudelaire, quien observó sobre la pintura: "En el aire frío de esta habitación, sobre estas frías paredes, alrededor de esta fría y lúgubre bañera, un alma se cierne".

Esta es una adaptación al español de una historia publicada por BBC Culture. Si quieres leer la versión original, en inglés, haz clic aquí.