martes, 28 de julio de 2026

El club de las mujeres valientes

Mujeres que leen. Un lienzo de experiencias, memorias y lecturas es un Trabajo de Fin de Máster de Victoria Galán que nace del interés por comprender qué lugar ocupa la lectura en la vida de las personas y cómo se construye el vínculo con los libros.

En el proceso de evaluación de los Trabajos Fin de Máster de mi Departamento de la Universidad de Málaga me encontré hace unos días con un trabajo titulado Mujeres que leen. Un lienzo de experiencias, memorias y lecturas. El trabajo estaba realizado por la alumna Victoria Galán Gallego y tutorizado por la profesora Nieves Blanco García. Mereció los elogios de los tres miembros que formábamos la Comisión evaluadora y la calificación fue de sobresaliente.

En la introducción decía la alumna que fue su abuela quien la infundió la pasión por la lectura. Una mujer. En el capítulo de agradecimientos, la autora dice: «A mi abuela, Mai. Porque si no fuera por ti, este trabajo no tendría sentido. Espero que estés tan orgullosa de ser mi abuela como me siento yo de ser tu nieta. Gracias por haberme enseñado a amar la lectura». Dice Jean de la Bruyère: solo un exceso es permitido en la vida, el exceso de gratitud. Pues bien, Victoria dedica más de una página a expresar su gratitud a todas las personas que la han ayudado en la vida.

Dice la autora que el trabajo nace del interés por comprender qué lugar ocupa la lectura en la vida de las personas y cómo se construye el vínculo con los libros a lo largo del tiempo. A partir de cuatro entrevistas a cuatro mujeres de entre 7 y más de 60 años, la investigación explora recuerdos, emociones, experiencias escolares, relaciones familiares y momentos vitales que han marcado sus trayectorias lectoras. Se trata de una investigación narrativa, donde las entrevistas muestran que la lectura no ocupa el mismo lugar para todas ni se vive de la misma manera a lo largo de la vida. También se hace visible una tensión recurrente entre la lectura entendida como obligación y la lectura vivida desde el placer, la curiosidad y la identificación personal. Más allá de los libros, el trabajo habla de mujeres, recuerdos y trayectorias vitales. Leer aparece como una forma de imaginar, comprender el mundo, acompañarse en determinados momentos y construir la propia identidad. En definitiva, se trata de un acercamiento a la lectura como experiencia humana y como parte de la historia de vida de quienes leen.

La abuela no solo estaba presente en la foto de la portada del trabajo en el que se ve a la abuela y a la nieta leyendo sino que estaba también presente entre el público que asistía al acto académico de la evaluación que este año estrenaba un nuevo formato.

Lectura y liberación
No me voy a detener en el análisis del foco, del marco teórico, de la fundamentación metodológica ni en el desarrollo de su trabajo de investigación. Quiero aprovechar el trabajo de Victoria para reflexionar sobre la importancia de la lectura como estrategia de liberación de las mujeres.

Escribe Victoria: «El análisis del papel de las mujeres en la historia de la lectura permite visibilizar su función como mediadoras fundamentales en la transmisión cultural de la práctica lectora. A pesar de que, en muchos contextos históricos, el acceso de las mujeres a la educación formal y a la cultura escrita ha estado limitado, estas han desempeñado un papel clave en la alfabetización familiar y en la creación de entornos lectores en el hogar. Las mujeres han sido, con frecuencia, las encargadas de leer en voz alta, seleccionar textos, acompañar los primeros aprendizajes lectores y legitimar la lectura como práctica valiosa. Reconocer estas experiencias resulta esencial para comprender cómo se ha construido socialmente la relación con la lectura y cómo las trayectorias lectoras femeninas han contribuido, de manera decisiva, a la transmisión intergeneracional del valor de los libros».

Al salir de la sesión le entregué a Victoria la referencia bibliográfica de un hermoso libro que acababa de leer sobre la cuestión y de cuyo título me he servido para encabezar estas reflexiones: El club de las mujeres valientes. Un libro del que es autora la periodista y novelista inglesa Kate Thomson.

Se trata de un libro que narra las vicisitudes de un club de lectura que organiza Grace La Motée, una de la protagonistas de la hermosa historia, que está encargada de la Biblioteca Pública que hace préstamos de libros que ella entrega a quienes lo solicitan haciendo un reparto con su bicicleta. Funciona la biblioteca en la isla de Jersey (la mayor de las islas del Canal de la Mancha) durante el tiempo de invasión de los nazis que ocuparon la isla desde 1940 a 1945. En tiempos de guerra la lectura actúa como un elemento de liberación y de resistencia. El libro cuenta la lucha incansable de un club de lectura que defiende el poder de los libros en tiempos de guerra. «La lectura era la única forma verdadera de alegría y solaz. La única libertad intelectual que aun poseían y la valoraban tanto como la vida misma», dice Kate Thomson.

La bibliotecaria tenía un espacio oculto en el que guardaba, bajo llave, los libros prohibidos por la censura. Al hacerlo, arriesgaba la libertad e, incluso, la vida. Me ha gustado que, al iniciar cada capítulo, la autora deje constancia de un libro prohibido por los nazis. En una de esas entradillas se dice. «Los nazis quemaron los libros de Sigmund Freud cuando Hitler ascendió al poder. Se afirma que Freud dijo: Cuánto estamos progresando. En la Edad Media me habrían quemado a mí. Ahora se conforman con quemar mis obras». Sus cuatro hermanas murieron en campos de concentración.

Recomendaría el libro a los jóvenes que hoy minimizan el horror que es una dictadura y que incluso manifiestan una admiración por ella que solo puede ser fruto de la ignorancia o de la estupidez. En el libro comprobarán cómo funciona la censura y cómo se vigila estrechamente cualquier actividad lectora. A las sesiones del club de lectura acudía puntualmente el censor que escuchaba lo que se leía y lo que se decía sobre aquello que se leía. La asfixia, el miedo y la opresión que ejerce la dictadura llega hasta los rincones más recónditos del ser humano. De hecho, el poder acaba prohibiendo el club y encerrando a su directora en una cárcel alemana.

Una forma poderosa de luchar contra el fascismo es la lectura. Una forma de sacudirse la opresión son los libros. Por eso me gusta tanto la expresión «más libros, más libres». Dice Eleana K. Arnold: «Cuando prohibimos libros, proclamamos que determinadas personas son inaceptables. Cuando prohibimos libros, impedimos conversaciones. Cuando prohibimos libros, dejamos que ganen los opresores».

Grace, la bibliotecaria le dice a uno de los ciudadanos que le va a llevar a un libro a una persona que tiene oculta en su casa y le dice cuánto significarán esos libros para la invitada:

- Una oportunidad de escapar, aunque solo sea durante unos capítulos.

La locura del fascismo
Las personas que padecen la locura del fascismo acaban haciendo suyo este deseo de Thomas Macaulay: «Preferiría ser un hombre pobre en una buhardilla con muchos libros que un rey que no amase la lectura».

Este es un artículo que se interroga sobre el papel de la mujer en las guerras. La señora Piquet, auxiliar de la bibliotecaria, «se pregunta por qué en la guerra solían ser las mujeres las que se llevaban la peor parte. Cuando terminara aquella terrible ocupación, ¿estudiarían algún día los historiadores el frente doméstico del mismo modo en el que sin duda analizarían el frente de batalla?». Toda la obra está llena de testimonios que muestran (y demuestran) la importancia liberadora de los libros y la compañía que brindan a quien está en una triste y angustiosa soledad. He aquí un ejemplo.

La obra es un canto al valor de los libros en tiempos de opresión y de guerra. Un ejemplo es este pequeño fragmento:

«En una voz tan baja que Bea tuvo que inclinarse hacia adelante para oírla, la anciana dijo:

- He pasado dos años escondida y ¿sabes qué me ha permitido salir adelante?

La joven negó con la cabeza.

- Leer. Los libros se han convertido en mis compañeros más leales».

La historia es también un homenaje a la amistad indestructible de dos amigas: Grace Le Motée, bibliotecaria y responsable del club de lectura y Beatrice Gold, funcionaria de correos que intercepta cartas de los delatores que denuncian a la policía a los vecinos que tienen escondidos en sus casas a fugitivos y a los que disponen de radios que les mantienen conectados con la realidad. La estructura de esta novela histórica se construye alternando los capítulos: Grace y Bea. Nada desvelaré sobre la trama ni el desenlace.

Voy a poner el punto final con las palabras que escribe Victoria Galán para finalizar su Trabajo Fin de Máster: «Cierro este trabajo con la misma emoción con la que abría aquellos libros los sábados de La Casa del Libro, con la certeza de que leer sigue siendo por encima de todo un acto de libertad».

lunes, 27 de julio de 2026

El silencio de las personas buenas

«El silencio anima al verdugo, nunca al atormentado», dijo Elie Wiesel, sobreviviente de los campos de concentración nazis.

El mal, efectivamente, no necesita que haya mayorías que lo defiendan y apoyen. Le basta con que la mayor parte de las buenas personas guarde silencio.

No estoy seguro de que hayamos aprendido lo suficiente de aquella historia que terminó en un drama brutal y sanguinario que costó millones de vidas humanas.

El silencio ante cualquier tipo de injusticia no es una postura neutral ni equidistante. Quien calla cuando contempla que algo se hace mal no se mantiene al margen; ocupa un lugar muy concreto, el de quien permite.

El silencio, mirar a otro lado y consentir el mal sin denunciarlo equivalen a convertirse en cómplices de quien lo lleva a cabo, de los delincuentes y verdugos. Callar es dar aliento a la maldad.

Y si todo silencio es, por ello, rechazable, aún más lo es el de las buenas personas. Las que callan no por ser indiferentes al dolor o al daño que produce el mal, sino por miedo, por comodidad o porque creen equivocadamente que su solo comportamiento no puede cambiar nada. Las que caen en la trampa de pensar que «no es para tanto», que «algún otro lo dirá» o que «este no es mi problema», creyendo ingenuamente que no les afectará el daño colectivo si disimulan, se ponen de lado y no se hacen notar.

El silencio de las personas buenas tiene un precio y es muy alto. Es el que a lo largo de la historia ha permitido que crezcan el autoritarismo, la violencia, la corrupción o la injusticia social. Y es, además, singularmente trágico. Las personas malas no engañan a nadie, son coherentes; las buenas que callan y guardan silencio se traicionan a sí mismas.

Y mucho más grave aún es el dejar pasar, dejar hacer y el asentir ante la injusticia y el totalitarismo cuando provienen de instituciones, organizaciones, grupos o movimientos en donde supuestamente se concentran los valores del conocimiento, el respeto y la libertad que pueden servir de referentes y guías para las sociedades ilustradas y libres. Mucho peor.

En España, como en otras naciones, estamos viviendo en medio de una extraordinaria violencia verbal que es la antesala de otra mucho peor. Los parlamentos se han convertido en lugares sucios donde se insulta sin piedad y con total bajeza, en donde se acusa sin pruebas y se difama sin más afán que destruir al adversario y denigrarlo. La política, el espacio común, se ha envilecido a propósito. Se busca conscientemente convertirla en ponzoña. Algunos dirigentes políticos (no todos, entiéndase esto bien) hablan como truhanes y siembran la semilla del odio y el enfrentamiento civil constantemente. Buena parte de la sociedad se contamina y toda ella aparece dividida. Se busca destruir al diferente y se le criminaliza, se le excluye y se le enfanga. Y, mientras tanto, millones de personas buenas se mantienen en silencio.

¿Se imaginan lo que pasaría en España, o en cualquier otro país, si las buenas personas que se levantan por la mañana y trabajan con decencia y respeto, que viven en paz y sin odiar a quienes son diferentes a ellas, que no insultan ni tratan con violencia a nadie, se levantaran y dijeran basta ya de bazofia y de ensuciar la convivencia? ¿Se imaginan si las personas buenas, en lugar de callar por miedo, por comodidad, por tratar de obtener alguna migaja de favor o prebenda, una cuota ínfima de poder o el favor de quien manda, actuaran con dignidad y reclamaran concordia, denunciaran la injusticia, la corrupción y la violencia sin insultar a nadie y admitiendo que la verdad y el patriotismo no son monopolio de sólo una parte de la sociedad?

Nada es igual cuando las personas buenas reaccionan, hablan y se pronuncian; y todo es peor y trágico cuando se esconden y guardan silencio.

¡Ay!, si las buenas personas lo fueran de verdad, se pusieran en pie de una vez y no callaran, como nos está ocurriendo, si se levantaran y pidieran al unísono diálogo, respeto a la diferencia y acuerdos para construir una casa común, que acaben ya con el insulto y el desprecio, la mala educación, el uso torticero de las instituciones, el odio y la agresividad inhumana entre los españoles, y callaran así la boca de quienes sólo buscan dividirnos en beneficio de los intereses de unos pocos que creen que España es suya.

Publicado en La Voz del Sur el 5 de junio de 2026 

Fuente: 

domingo, 26 de julio de 2026

Nelson Mandela, un espejo para la humanidad que nos enseñó lo que significa la solidaridad. Por Zohran Mamdani


Fuentes: Sin permiso


Discurso de Zohran Mamdani ante el “Foro de Liderazgo Global Nelson Mandela” de la Fundación Nelson Mandela


Buenas tardes.

Antes de decir nada, permítanme en primer lugar darles las gracias. Qué privilegio es estar aquí juntos para rendir homenaje a la dirección de la Fundación Nelson Mandela. A lo largo de 27 años, esta organización ha defendido que el legado de Madiba no pertenece sólo a los museos, sino también a los movimientos por la libertad. Me gustaría rendir homenaje a un hombre cuyo legado perdura en los millones de personas a las que sirvió de inspiración.

Madiba vive en cada protesta por la justicia, en cada llamamiento a la democracia, en cada marcha con una reivindicación justa. Madiba vive en cada barrio marginal y cada barrio pobre en el que la dignidad sigue siendo inalcanzable, y vive en cada persona que lucha por alcanzar esa dignidad, que trabaja toda la jornada y vuelve luego a casa con alimentos para los hambrientos y medicinas para los enfermos. Madiba vive cada vez que alguien es testigo de la opresión, la privación o la miseria, y no lo acepta como algo inevitable, sino como algo contra lo que puede luchar cada uno de nosotros. Muchos de nosotros sólo estamos donde estamos hoy —sólo podemos concebir lo que se basa en principios como algo posible— porque Madiba nos mostró el camino.

En todos los sentidos, Madiba fue el primero. El primer presidente negro de Mzansi [“Sur” en lengua xhosa, término para designar a Sudáfrica]. El primer jefe de Estado de Sudáfrica elegido en unas elecciones democráticas, cuando le votaron sudafricanos de todos los colores de piel. Pero para un niño de cinco años que, en 1996, en Ciudad del Cabo, vio el rostro de Madiba en las pancartas que ondeaban en las fachadas de los edificios, representaba él un tipo de «primero» completamente distinto. Madiba fue el primer presidente que conocí: un hombre que, por lo que parecía, tenía el poder de cambiar el mundo.

Resulta difícil explicar lo que eso significaba para un niño, de manera que permítanme expresarlo así: junto a los imanes de nevera de mi infancia, de David Seaman, Sylvain Wiltord y la plantilla del Arsenal, había un imán de Madiba con la camiseta de los Bafana Bafana. Cuando vuelvo con la memoria a aquellos primeros años de mi vida, la lección que más recuerdo es que la justicia debe constituir algo más que un ideal; debe ser algo tangible. Y recuerdo a un líder, más grande que la vida misma, que veía el mismo mundo que yo apenas empezaba a vislumbrar y que intentaba, intentaba siempre, utilizar su poder para cambiarlo.

En los años previos a su muerte, elevaron a Madiba a un panteón más allá de los simples mortales. Hoy en día, el Centro Nobel para la Paz lo describe como «un mesías para millones de personas». Si alguien merecía semejante reverencia, ese era Madiba. Quizás era en él en quien pensaba Riky Rick cuando rapeaba: «Todo lo que yo hago, quieren ellos hacerlo / Todo lo que yo digo, quieren ellos decirlo».

Y, sin embargo, esta noche, al reunirnos para renovar nuestro compromiso con lo que el liderazgo de Madiba demostró que era posible, también debemos reconocer que tratarlo más como un mito que como un hombre significa hacerle un flaco favor. Significa santificar a un hombre que, como es bien sabido, declaró en cierta ocasión: «No soy un santo, salvo que consideremos que un santo es un pecador que sigue intentándolo».

Era un hombre, tan propenso a las dudas como cualquiera de nosotros. Formaba parte de un movimiento tan dado a las luchas internas como cualquier colectivo en una marcha larga y sinuosa hacia un noble objetivo. Fue un líder que logró victorias trascendentales y, sin embargo, la lucha por conquistar la Sudáfrica con la que soñaba sigue pendiente.

Qué gran regalo es que Madiba tuviera defectos como todos nosotros, pues resulta imposible emular a un Mesías; lo único que podemos hacer es venerarlo. Y es su humanidad la que nos permite mirar a la próxima generación de líderes y decirles con sinceridad: también vosotros podéis ser Madiba.

Nos reunimos esta noche para lanzar el Foro de Liderazgo Global de la Fundación Mandela, para continuar la lucha por la dignidad que guio a Madiba durante casi un siglo. Nos reunimos para trazar un rumbo a través de las turbulentas aguas que se abren ante nosotros: un panorama global convulsionado por dictadores y corrupción, donde los derechos se hurtan en la oscuridad de la noche y donde persiste el apartheid en sus diversas formas. Estamos todos juntos, buscando respuestas, tratando de comprender estas fracturas, esforzándonos por hacer de líderes en medio de la agitación.

A menudo, en ocasiones como esta, quien tiene la fortuna de estar donde estoy yo ahora mira al público y les pide que imaginen qué habría dicho y hecho Madiba si estuviera hoy aquí. ¿Por qué no nos preguntamos, en cambio: cuando estuvo aquí, ¿qué dijo?? ¿Y qué le respondimos nosotros?

No hace falta ir muy lejos para encontrar la respuesta. Abrid estas puertas, caminad dos minutos hasta la estación de metro B o D en la calle 42 y tomad el tren hasta la calle 125. Caminad luego diez minutos y os encontraréis frente al Aaron Davis Hall de CUNY (City University of New York). Fue allí, el 21 de junio de 1990, apenas cuatro meses después de su liberación de Robben Island, donde acudió Madiba a un encuentro con el público presentado por Ted Koppel, de ABC News. Los ojos del mundo habían estado fijos en Madiba desde que saliera de prisión en febrero, como lo habían estado durante décadas; pero por primera vez, pudo reflexionar y responder si era todo aquello en lo que se le había convertido. Muchos estaban interesados ​​en dejar claro que no lo era. Koppel había disfrazado una emboscada de encuentro con el público. Entre el público, además de los que participaban vía satélite desde Sudáfrica, se encontraba gente con preguntas preparadas para atacar y aislar a Madiba.

Ken Adelman, un comentarista conservador que más tarde se convertiría en uno de los defensores más acérrimos de la invasión de Irak, interrogó a Madiba sobre su relación con líderes mundiales considerados enemigos por los Estados Unidos. Madiba rechazó la provocación y respondió: «Uno de los errores que cometen algunos analistas políticos es creer que los enemigos suyos deben ser enemigos nuestros».

Koos Van Der Merwe, líder del Partido Conservador Sudafricano, sermoneó a Madiba como si fuera un colegial malcriado, diciéndole: «Deje de lado la campaña violenta, siéntese, compórtese como una persona normal y hablemos; y, ya para terminar, olvídese del comunismo». Madiba sonrió. Luego, en afrikáans, respondió: «Me alegra conocerle. Espero que algún día tengamos la oportunidad de hablar de los asuntos de nuestro país».

Ya se pueden imaginar cómo transcurrieron los 80 minutos restantes. Una y otra vez, Madiba se veía tratado con condescendencia y tachado de terrorista, extremista violento y obstáculo para la paz. Después de cada pregunta hostil, Koppel metía el dedo en la llaga, esperando a ver si Madiba cedía. Y en cada ocasión, Madiba respondía a las preguntas con calma y sosiego.

Una hora después de iniciado el acto, Koppel volvió a preguntar sobre el apoyo de Madiba a la causa palestina. ¿Acaso esa solidaridad, preguntó, significaba que Madiba estaba dispuesto a enemistarse con la comunidad judía?

Era una pregunta tan rebuscada que Madiba tuvo que preguntarle a Koppel qué quería decir exactamente. Es también una pregunta que, francamente, resulta familiar —una pregunta que a mí mismo me han hecho muchas veces de modo similar—: si oponerse a los crímenes de guerra israelíes y a las violaciones del Derecho internacional te convierte de alguna manera en una persona que odia a un pueblo.

Madiba rechazó esa premisa. Muy al contrario, la transformó en una pregunta distinta: si puede existir una política de universalismo que esté plagada de excepciones. Si puede ser libre cualquiera de nosotros si hay quienes no lo son.

Hacia el final de su respuesta, dijo: «Pueden considerarlo una cuestión política o moral, pero ¿quién cambia sus principios según con quién trate? No es el caso de un hombre capaz de liderar una nación».

La hipocresía, la conveniencia política: estas fuerzas ejercen una gran atracción. Con frecuencia, es más fácil ceder, renunciar a una creencia arraigada, abandonar un principio, que mantenerse firme.

Ese fue el caso cuando el mundo le pidió a Madiba que transigiera sobre el partheid. Lo fue cuando muchos le pidieron que abandonara la lucha palestina por la libertad. Y sigue siendo verdad hoy.

Pero en ese momento, mientras Ted Koppel lo presionaba bajo los focos, Madiba nos mostraba el poder de la solidaridad universal e inquebrantable: una solidaridad que se extiende a todos, aun cuando se cuestiona la injusticia, aun cuando hay muchos que intentan negar la verdad. La solidaridad, como nos decía el Papa Francisco, es incómoda. La solidaridad, como demostró Madiba a lo largo de 95 años, no es sólo un valor, es una estrategia.

En esa exigencia suya de solidaridad, tanto para sí mismo como para cada uno de nosotros, Madiba se convierte en algo más que un hombre, más que un Mesías: se convierte en un espejo.

Cuando escuchamos su negativa a abandonar a aquellos con quienes compartía una causa común, ¿nos reconocemos? Cuando escuchamos su disposición a renunciar al poder antes que a sí mismo, ¿nos reconocemos? Cuando escuchamos su devoción por la solidaridad, no como un concepto abstracto sino como un llamamiento a la acción, ¿nos reconocemos? ¿O sólo reconocemos la versión de Mandela que no nos exige nada? Son demasiados los que lo hacen.

Pienso en los conservadores del Reino Unido, quienes, tras su muerte, describieron a Madiba como un «verdadero héroe mundial», a pesar de haberse dedicado en la década de 1980 a oponerse a las sanciones, al CNA (Congreso Nacional Africano) y a su liberación.

Pienso en quienes ocupaban los más altos cargos de nuestro gobierno federal, que decían venerar a Madiba, pero lo mantuvieron en las listas de vigilancia antiterrorista hasta 2008, cuando tenía 90 años de edad.

Pienso en los carceleros que abusaron de Madiba, que le causaron daños permanentes en la vista al trabajar sin protección en una cantera de cal, y que aun así asistieron a su funeral.

Pienso en cada una de estas personas, en cada uno de estos momentos de hipocresía, y me siento impotente. Y entonces recuerdo a Madiba: un hombre con la capacidad de perdonar, un hombre que mostraba solidaridad con todos.

Sólo gracias a esa solidaridad pudo Sudáfrica vislumbrar un futuro diferente al pasado. Sólo gracias a esa solidaridad podemos hacer lo mismo.

Dentro de tres días, el mundo conmemorará el Día de Nelson Mandela. Los niños de primaria harán presentaciones, los líderes mundiales emitirán declaraciones y serán millones los que se congreguen para honrar el legado de Madiba.

También conmemoraremos aquí el Día de Mandela, en la ciudad de Nueva York. Los neoyorquinos de los cinco distritos reflexionarán sobre la incansable lucha de Madiba por la libertad.

Pensaremos en organizaciones como Judíos por la Justicia Racial y Económica (JFREJ), que se reunieron por primera vez la semana del foro público de Ted Koppel para demostrar, de hecho, la gran cantidad de judíos neoyorquinos que se solidarizaban con Madiba y para celebrar un servicio de Shabat que recaudó 50.000 dólares para la lucha contra el apartheid.

Y al recordar a Madiba, el hombre, algunos, entre los que me incluyo, nos haremos una pregunta más profunda: ¿a quién tratamos hoy como se trató a Madiba antes de que la historia lo proclamara mesías? Por cada palabra de elogio que hoy usamos para describir a Madiba, ¿a quién se describe hoy tal como lo describió Ted Koppel entonces?

¿Quién más ha visto su humanidad condicionada, a quien le han dicho que su libertad puede esperar? ¿Quién más lidera una causa que glorificaremos en retrospectiva, pero que está siendo vilipendiada en el presente? ¿Quién más necesita nuestra solidaridad?

Pienso en Omar El Akkad, autor del libro One Day, Everyone Will Have Always Been Against This[Algún día todo el mundo habrá querido estar siempre en contra, Libros del kultrum, 2025]. Esa frase resume una de las costumbres más crueles y recurrentes de la historia. Con el tiempo, casi todos afirman haberse opuesto al apartheid. Con el tiempo, casi todos afirman haber apoyado a Madiba, a Martin Luther King Jr. Con el tiempo, casi todos afirmarán haberse opuesto a gran parte de la injusticia que hoy justifican.

Pero la justicia no se mide por nuestra posición después de que la historia haya emitido su veredicto, sino por nuestra posición mientras aún se está dictando.

¿Por qué tenemos que esperar a que entierren miles de padres más a sus hijos, a que miles más pierdan sus extremidades, sus hogares y su futuro, para unirnos e insistir en la libertad palestina?

¿Por qué el doctor Hussam Abu Safiya debe esperar más de 18 meses para verse liberado de su detención en Israel —una detención que continúa a día de hoy— después de que el mundo presenciara su secuestro al salir del hospital y cómo languidece en prisión?

¿Por qué tenemos que esperar mientras Umar Khalid entra en su sexto año de cautiverio en Delhi, un preso político encarcelado bajo las mismas acusaciones inventadas de terrorismo que se le imputaron a Madiba?

¿Por qué tenemos que esperar para solidarizarnos con los inmigrantes que son blanco de ataques y abusos, como Joan Sebastián Durán Guerrero, asesinado de un disparo en la cabeza por el ICE en Biddeford, estado de Maine, el lunes, o Amaramiro Emmanuel y Ekpeyong Andrew, dos nigerianos asesinados la semana pasada en las calles de Sudáfrica, por donde se ha extendido la xenofobia? ¿Por qué debemos esperar a poner en práctica la solidaridad hasta que ya no nos cueste nada?

La responsabilidad de responder a estas preguntas, con honestidad y plenitud, recae sobre cada uno de nosotros. Es la responsabilidad de integrar la solidaridad aún más en nuestras vidas, en nuestra política, en nuestra forma de interactuar con el mundo.

No es esta tarea fácil. El mundo en el que vivimos está diseñado para separarnos. El afán de lucro y los algoritmos están concebidos para enfrentarnos unos contra otros. Unos pocos con mucho explotan a muchos con poco. Seguimos lidiando con el genocidio en Gaza y la guerra en todo el mundo. Y, como siempre, se ganar dinero y se conquista poder demonizando a los pobres y avivando las llamas del odio racial.

Todas estas son fuerzas diseñadas para separarnos. Para alejarnos unos de otros. Pero, ¿acaso no eran estas las mismas condiciones que superó Madiba? Cuando Madiba llegó a la Isla Robben, azotada por el viento, con su conexión con el mundo exterior cortada, ¿acaso eso propiciaba la solidaridad? Cuando Madiba soportaba décadas de dominación racial y deshumanización, ¿acaso eso propiciaba la solidaridad? Cuando gobiernos y corporaciones movilizaban una riqueza y un poder extraordinarios para preservar el apartheid, ¿acaso eso propiciaba la solidaridad?

La verdad es que la solidaridad quizás se nutra mejor en medio de las condiciones que tratan de destruirla. Los trabajadores se levantan cuando los jefes restringen sus derechos. Los ciudadanos se unen cuando los autoritarios imponen represiones brutales. Toda lucha por un futuro mejor comenzó en un momento en el que ese futuro parecía inalcanzable. Como dijo Martin Luther King la noche antes de su asesinato: «Sólo en la oscuridad se pueden ver las estrellas».

Sin duda, hoy hay suficiente obscuridad. Pero sin duda, juntos en esta sala, podemos ver las estrellas. Esos pequeños focos de luz que son los trabajadores unidos para exigir dignidad. Que son los manifestantes manifestándose con calor y frío para pedir el fin de la guerra, del sufrimiento. Que son aquellos que, sin apenas nada, extienden sus manos para compartir lo poco que tienen con quienes tienen aún menos.

La solidaridad no es perfección. La solidaridad no es pureza. La solidaridad es que las personas se elijan unas a otras, a veces hasta por encima de sí mismas. La solidaridad, amigos míos, parece a menudo imposible, como si fuera algo que sólo una figura mítica podría hacer realidad. Y, sin embargo, tal como nos recuerda Madiba, a través de su vida, su liderazgo y sus palabras: «Siempre parece imposible hasta que se consigue». Logrémoslo juntos.

Muchas gracias.

Zohran Mamdani, miembro de los Democratic Socialists of America, desempeña desde el 1 de enero de 2026 el cargo de alcalde de la ciudad de Nueva York

Fuente: Oficina del Alcalde de la Ciudad de Nueva York, 16 de julio de 2026

Traducción: Lucas Antón

sábado, 25 de julio de 2026

Las astutas técnicas de las flores para atraer a los insectos y que les ayuden a reproducirse

Primer plano de una mariposa azul brillante posada sobre una flor de magnolia blanca cubierta de gotas de agua; ambas están aisladas sobre un fondo negro.


Todos sabemos que las flores son hermosas, pero quizás no te des cuenta de lo engañosas que pueden ser.

Aproximadamente el 90% de todas las especies de plantas vivas conocidas producen flores, que actúan como sus órganos reproductores.

Dentro de los pétalos se encuentran las partes masculinas que producen granos microscópicos llamados polen; estos forman las células sexuales masculinas y deben transferirse a las partes femeninas en un proceso llamado polinización.

Es posible que las plantas se autopolinicen, transfiriendo el polen dentro de la misma flor.

Pero la mayoría de las especies transfieren el polen entre diferentes flores, lo que aumenta la diversidad genética.

Primer plano de un tallo alto de color verde pálido con flores de color granate oscuro con forma de insecto.


Primer plano de un tallo alto de color verde pálido con flores de color granate oscuro con forma de insecto.

Fuente de la imagen,CreativeNature_nl/Getty Images


Pie de foto,

La orquídea mosca, a pesar de parecerse a una mosca para los humanos, atrae a las avispas excavadoras macho imitando el olor de una avispa hembra.

Algunas flores dispersan su polen mediante el viento, pero muchas dependen de su aspecto, olor y otras adaptaciones notables para que los insectos y los animales pequeños dispersen su polen por ellas.

Desde lograr que las abejas se vuelvan adictas a la cafeína hasta oler a carne podrida, estos trucos de la naturaleza han permitido que las flores prosperen desde que aparecieron por primera vez hace unos 150 millones de años.

Cómo las flores tomaron el control
El profesor Bill Baker, biólogo y jefe de investigación sénior en los Jardines Botánicos Reales de Kew, en Reino Unido, declaró al programa de radio Rare Earth de la BBC que "existen unas 350.000 especies de plantas que producen flores".

"Las plantas con flores son el gran éxito evolutivo", afirma.

Estas plantas son relativamente nuevas en nuestro planeta.

Antes de su llegada, "era un mundo muy, muy diferente", según la doctora Sandra Knapp, botánica y directora de investigación del Museo de Historia Natural de Reino Unido.

Una fotografía tomada desde el nivel del suelo, que muestra un prado lleno de flores silvestres de colores brillantes, con una abeja revoloteando justo encima de una flor naranja; se ven algunas nubes en un cielo que, por lo demás, es azul.

Una fotografía tomada desde el nivel del suelo, que muestra un prado lleno de flores silvestres de colores brillantes, con una abeja revoloteando justo encima de una flor naranja; se ven algunas nubes en un cielo que, por lo demás, es azul.

Fuente de la imagen,the_burtons/Getty Images

Pie de foto,

A medida que las flores evolucionaron, también lo hicieron las abejas.

Según explica, la Tierra estaba dominada anteriormente por frondosos bosques de especies como helechos tropicales y antiguas plantas parecidas al musgo.

"Las plantas con flores cambiaron el mundo de muchas maneras".

Algunos argumentan que, sin flores, muchas otras especies, incluida la nuestra, no existirían.

"Somos una especie que evolucionó originalmente en praderas, y las praderas son un tipo especializado de planta con flores", explica David George Haskell, escritor y profesor adjunto de ciencias ambientales en la Universidad de Emory en Estados Unidos.

No solo eso, "no había abejas, no había mariposas, no había mamíferos herbívoros antes de que evolucionaran las flores", afirma.

Haskell afirma que, en lugar de ser simplemente manipuladoras, las flores lograron convertir a los insectos, que antes eran una molestia, en socios cooperativos para las plantas.

"Al comunicarse con otras criaturas mediante la estética y el aroma, lograron catalizar la evolución de grupos completamente nuevos de animales y, al hacerlo, transformaron la Tierra".

Impostores

Algunas flores, como las rosas, tienen pétalos muy abiertos que desprenden una gran fragancia. Atraen a una amplia variedad de polinizadores.

Otras se dirigen a insectos muy específicos.

Algunas orquídeas, por ejemplo, dependen de una especie particular de abeja o avispa y "a menudo de maneras bastante astutas y engañosas", dice Haskell.

Primer plano de un tallo verde que se bifurca en dos extremos en la parte superior; en uno de los extremos, una estructura en forma de bulbo cubierta de manchas de color púrpura oscuro está unida mediante un mecanismo de palanca; la flor está aislada sobre un fondo negro. 

Primer plano de un tallo verde que se bifurca en dos extremos en la parte superior; en uno de los extremos, una estructura en forma de bulbo cubierta de manchas de color púrpura oscuro está unida mediante un mecanismo de palanca; la flor está aislada sobre un fondo negro.

Fuente de la imagen,Anja Hennern/Getty Images

Pie de foto,

La orquídea martillo verrugosa (Drakaea livida) es una de las 10 especies conocidas de Drakaeas que imitan a avispas hembras específicas.

La orquídea mosca desprende un aroma que recuerda a las feromonas de apareamiento de la avispa excavadora hembra.

Las avispas macho emergen en primavera y creen que hay un prado lleno de hembras, pero están perdiendo el tiempo.

Cuando intentan aparearse con las imitadoras florales, se les pega un pequeño paquete de polen en la parte posterior de la cabeza, que llevan a la siguiente orquídea que les atrae y, sin darse cuenta, se convierten en sus polinizadores.

"Esto funciona muy bien para la orquídea, pero, por supuesto, supone un costo considerable para el insecto implicado", afirma Haskell.

La Drakaea de Australia tiene el mismo aspecto y olor que una avispa tinida (Thynnidae) hembra.

Pero eso no es todo. Cuando una avispa macho intenta aparearse con ella, un mecanismo de palanca la atrapa, la golpea contra la parte de la flor que contiene el polen y luego la libera.

Según Haskell, el insecto, presumiblemente algo aturdido y mareado, emprende el vuelo y, sin haber aprendido la lección, aterriza en otra orquídea y deposita el polen.

En medio del bosque se alza una planta alta con una gruesa columna de color crema que brota del centro y una gran hoja verde y morada que la envuelve como una campana estriada invertida.

En medio del bosque se alza una planta alta con una gruesa columna de color crema que brota del centro y una gran hoja verde y morada que la envuelve como una campana estriada invertida.

Fuente de la imagen,Fadil Aziz/Getty Images

Pie de foto,

El aro gigante, también llamada "flor cadáver", ha sido señalada por algunos como la planta más maloliente del mundo. 

El aro gigante, comúnmente conocido como la "flor cadáver", se basa en un tipo de aroma muy diferente.

Ha evolucionado para oler a carne podrida con el fin de atraer a los insectos polinizadores que normalmente se alimentan de animales muertos.

Esta planta puede alcanzar hasta 3 metros de altura y su estructura floral está compuesta por numerosas flores individuales más pequeñas.

Florece solo una vez cada pocos años durante uno o dos días, ya que requiere mucha energía.

Una asociación perfecta
No todo son malas noticias para los insectos; a menudo, también se benefician.

Ciertas flores, como las de algunas plantas de interior y magnolias, pueden actuar como difusores vivientes al calentarse para dispersar su aroma de manera más eficaz, en un proceso conocido como termogénesis floral.

"Están consumiendo energía para calentarse", dice Haskell, "a veces hasta 10 grados por encima de la temperatura ambiente, a veces hasta 30 grados por encima".

Pero esto también beneficia a los insectos, ya que muchos de ellos pasan las noches frías dentro de estas flores cálidas, por lo que están listos para empezar a revolotear por la mañana, explica.

Primer plano de una flor de loto de color rosa brillante en plena floración; tres abejas se agolpan alrededor del centro amarillo en forma de cono.

Primer plano de una flor de loto de color rosa brillante en plena floración; tres abejas se agolpan alrededor del centro amarillo en forma de cono.

Fuente de la imagen,Meng Delong/VCG/Getty Images

Pie de foto,

El loto sagrado puede mantener sus flores dentro de un rango de temperatura de alrededor de 30-35 °C durante varios días.

Otras técnicas parecen más siniestras a primera vista, pero pueden ayudar a los insectos de maneras sorprendentes.

Según Haskell, los insectos beben néctar azucarado cuando visitan las flores, y "varias plantas añaden cafeína a su néctar en baja concentración para que las abejas obtengan un pequeño estímulo para la memoria".

Aprenden a asociar estas flores con la recompensa.

"Pero la cafeína también es una forma sutil de control del comportamiento, porque lleva a las abejas a sobrevalorar la calidad del néctar, y se aferrarán, por ejemplo, a una flor de cítricos, incluso cuando a las flores de cítricos no les quede mucho azúcar o polen", afirma.

Por otro lado, el néctar también contiene sustancias químicas que pueden ayudar a las abejas a deshacerse de los parásitos u hongos que crecen en ellas.

"Así pues, las flores, al proporcionar estas sustancias químicas en el néctar, no solo manipulan a sus polinizadores, sino que en algunos casos también los ayudan", explica Haskell.

Todavía adaptándose
Primer plano de una pequeña y delicada flor con pétalos blancos y amarillos, que florece en un prado soleado entre hierba verde.


Primer plano de una pequeña y delicada flor con pétalos blancos y amarillos, que florece en un prado soleado entre hierba verde.

Fuente de la imagen,Oleh Trytiachenko/Getty Images

Pie de foto,

Algunas flores se están adaptando rápidamente al cambio climático y a otras amenazas.

Además de atraer a los polinizadores, las flores son más inteligentes de lo que podríamos pensar en otros aspectos.

Los científicos creen que están cambiando su comportamiento reproductivo en respuesta a la disminución de insectos como consecuencia del cambio climático, la agricultura intensiva y los pesticidas.

Según Haskell, estudios realizados en Francia han demostrado que, en comparación con hace tan solo unas décadas, los pensamientos silvestres (Viola arvensis) actuales "han evolucionado para tener flores más pequeñas, menos aromáticas, menos atractivas para los insectos y con sus partes florales un poco más juntas para que puedan autopolinizarse".

Según Knapp, es prácticamente imposible preservar el mundo de las flores que tenemos hoy en día porque evolucionarán a medida que cambien los hábitats.

"Las plantas con flores son, sin duda, las grandes sobrevivientes de los ecosistemas terrestres. Las flores de dentro de un millón de años pueden ser muy diferentes a las que vemos ahora, pero seguirán siendo flores", afirma.

* Este texto está basado en un episodio de Rare Earth emitido por BBC Radio 4. Reportería adicional de Catherine Heathwood.

Este artículo fue escrito originalmente en inglés y usamos una herramienta de inteligencia artificial para traducirlo. Un periodista de la BBC revisó el texto antes de su publicación. Más información sobre cómo usamos IA. 

viernes, 24 de julio de 2026

Encuentro con Roy Harley

Roy Harley, superviviente del accidente aéreo de Los Andes.

Roy Harley, superviviente del accidente aéreo de Los Andes. / l.o.

Hay personas que se estrellan contra una pequeña adversidad y otras, como este hombre de 73 años que, después de superar adversidades extremas, se abraza a la vida, dándole sentido y coherencia

Hace unos días tuve la suerte, la alegría y el honor de compartir el almuerzo con Roy Harley, uno de los quince supervivientes actuales del accidente aéreo de los Andes, acaecido el día 13 de octubre del año 1972 en el vuelo 571 de la Fuerza Aérea Uruguaya. El vuelo cubría el trayecto de Montevideo a Santiago con un pasaje de 45 personas, en su mayoría jóvenes jugadores de rugby.

Mis queridos amigos José Picó, arquitecto fundador de Espacios Maestros y su pareja Sonia Díaz, psicóloga y experta en educación, me invitaron a una comida que tuvo lugar en el emblemático restaurante José Carlos García, sito en el Muelle Uno de Málaga. La vida no te hace regalos de esta envergadura todos los días. El diálogo sincero y relajado con personas que han vivido y superado experiencias tan extraordinarias no pudo ser más enriquecedor.

Estaba presente también a su lado en esa comida la esposa de Roy, Cecilia Surraco, con la que lleva casado cincuenta años y con quien ha tenido tres hijos, Carolina (química farmacéutica), Eloísa (licenciada en Nutrición) y Alejandro (ingeniero civil), que hoy son ciudadanos exitosos en Uruguay, país del que es originario el matrimonio.

La primera cualidad que he podido admirar en Roy es la humildad. No se aprecia ni en sus palabras ni en su actitud el más mínimo atisbo de altivez, aunque tenga motivos más que sobrados para sentirse orgulloso. La humildad es una de las características de las personas de verdadera talla humana. Es admirable la sencillez y la serenidad con la que se expresa y comparte con los comensales su pasado y su presente. La amabilidad de Roy Harley y de su esposa, son admirables. Comía al lado de Cecilia y le comenté que iba a viajar a Montevideo en el mes de septiembre para impartir algunas conferencias. De forma inmediata me pide que les llame y, para que pueda hacerlo, me facilita el teléfono. Nos acabábamos de conocer.

Seguro que todos los lectores y lectoras conocen la historia de aquel terrible accidente aéreo que tuvo a los pasajeros que lograron sobrevivir la friolera de 72 días aislados en la cordillera. Roy dice que les salvaron la esperanza, las ganas de vivir, la capacidad de organización y la fortaleza que les permitió superar todas las dificultades que se les presentaron. Y, por supuesto, la unión y la ayuda de todos los viajeros frente a la adversidad. Una sola persona no hubiera sobrevivido. Se han filmado sobre esta experiencia tres películas y se han escrito más de treinta libros, entre ellos ‘¡Viven!’, ‘La sociedad de la nieve’, ‘Milagro en los Andes’, ‘Tenía que sobrevivir’…

Uno de los momentos más dramáticos de la experiencia fue tomar la decisión de alimentarse de los cuerpos de sus amigos y compañeros ya fallecidos. Un acto de antropofagia de supervivencia. Como jóvenes católicos (rezaban diariamente el rosario, casi a gritos) tuvieron que afrontar un dilema moral y religioso. Lo hicieron con enorme respeto y gratitud. Sin plantas ni animales en el entorno, consumidos ya los pocos víveres que tenían, después de comer cuero de los asientos, algodón y otros materiales que no les proporcionaban nutrientes y les ocasionaban daños digestivos, no había otra salida. Nos contaba Roy cómo degustaban la pasta de dientes.

Roy es ingeniero. Entonces era estudiante universitario de primer curso de ingeniería. Logró arreglar la radio que les permitió conectarse con el mundo. Por esa radio pudieron conocer la desoladora noticia de que las autoridades habían tomado la decisión de suspender la búsqueda de los accidentados.

Resulta aleccionador que Roy comparta con otras personas su experiencia, sus aprendizajes y sus valores. Algunos de esos valores le permitieron salvarse con sus compañeros.

La historia de Roy Harley es una historia de resiliencia. Esa actitud resiliente le permitió superar situaciones de extrema dificultad que no se podría imaginar en las peores pesadillas. Y luego la actitud resiliente le ha permitido organizar la vida y afrontar sus exigencias con equilibrio, sabiduría y fortaleza.

Nos hace falta cultivar la resiliencia. El ejemplo de este hombre tranquilo, sabio y humilde es un espejo en el que podemos mirarnos. Un hombre que aprendió en el currículum de la vida (cómo no citar aquí el libro ‘Patas arriba: la escuela del mundo al revés’ de su compatriota Eduardo Galeano) una lección inolvidable que comparte con quienes quieran escucharle. Esta es otra característica de la personalidad de Roy: su deseo de ayudar a otras personas, su interés en compartir lo vivido y lo aprendido.

Les decía yo a los comensales que hace muchos años un avión que cubría el trayecto Málaga-Melilla se estrelló contra una montaña de la ciudad africana. En ese accidente fallecieron, entre otros pasajeros. una alumna de la Facultad y una persona que hacía el primer vuelo de su vida.

Qué fatalidad, comenté. Hay pilotos y azafatas que se jubilan después de haber volado toda la vida con una frecuencia casi diaria sin que les pase absolutamente nada.

Roy nos dice entonces que ese vuelo Montevideo-Santiago también era el primer vuelo de su vida. Le había costado 18 dólares. Un grupo de compañeros y amigos, cargados de ilusiones y proyectos, no podían imaginar al subir las escalerillas del avión que la muerte había subido con ellos y que iba a poner una zancadilla en su carrera acelerada hacia el éxito.

Me sorprendió la visión positiva de la vida y la actitud optimista de Roy, después de haber vivido aquella tremenda tragedia. Hay personas que se estrellan contra una pequeña adversidad y otras, como este hombre de 73 años que, después de superar adversidades extremas, se abraza a la vida, dándole sentido y coherencia. La clave está en el optimismo. Es cierto que los optimistas ven alguna vez una luz donde no existe pero, ¿por qué los pesimistas quieren apagarla inmediatamente? Tengo un amigo que dice que, como tiene poca estatura, es optimista por naturaleza ya que solo puede ver la parte llena de la botella.

Conté a los comensales una historia que leí en un libro de Luis Rojas Marcos. Un teniente envía un destacamento de soldados a realizar una misión de alto riesgo en una montaña helada de los Andes. Se desencadena entonces una tormenta de nieve tan espectacular que el teniente teme por la vida de sus soldados. Pasan los días y, al no regresar, les dan a todos por muertos. De pronto aparecen sanos y salvos. El teniente les pregunta:

¿Cómo es posible que, con esta tormenta tan increíble, hayáis encontrado la salida y regresado con vida?

Un soldado contesta:

Mi teniente, uno de nosotros tenía un mapa en la mochila y gracias al mapa encontramos el camino de regreso.

El teniente les pide que le entreguen ese mapa salvador. Después de estudiarlo, el teniente descubre que el mapa no era un mapa de los Andes sino un mapa de los Pirineos. No les había salvado el mapa geográficamente sino el optimismo de saber que tenían un mapa.

Todas las personas tenemos nuestra ‘cordillera’, dice Roy. Es cierto. La de uno puede ser más elevada que la de otro, más larga, más abrupta. Un fracaso, la muerte de un ser querido, una ruptura amorosa, una crisis de identidad, una enfermedad, la falta de recursos, el despido de un trabajo… Hay que desarrollar actitudes y estrategias de resiliencia para hacer frente a la adversidad.

Roy dice que en aquellos días aprendió a valorar las pequeñas cosas de la vida cotidiana. Al estar privado de ellas de una forma imprevista y radical, valoró sobremanera lo que significa levantarse cada mañana de la cama, tomar un café con los amigos, darse una ducha, salir a dar un paseo, recibir el abrazo de un amigo…

Los modelos que ofrece la sociedad a la juventud no son precisamente personas como Roy Harley y sus compañeros de accidente. La sociedad presenta como modelos a personas que han alcanzado el poder, la fama o la riqueza fácil y rápidamente. Y ofrece esos modelos por la vía de la seducción. Roy Harley es un modelo que podemos proponer a la juventud por la vía de la argumentación. Una persona que consiguió con actitud positiva y. esfuerzo superar una dificultad suprema y ayudó a que otros lo consiguieran con él. Y después de aquel terrible episodio logró darle un sentido profundo a su viuda y ha ido entregando a sus semejantes la fuerza de la resiliencia y la sabiduría de vivir.

Roy centra sus conferencias mucho menos en el accidente en sí que en las lecciones que extrajo de esa experiencia. Suele decir que no quiere que la gente salga impresionada por la tragedia sino inspirada para afrontar sus propias dificultades con fuerza y sabiduría. Dice que «la vida es corta y que no nos podemos quejar de nada. Tenemos que aprovecharla, disfrutarla y vivirla fuerte». Y yo añado que no hay señal más clara de inteligencia que desarrollar la capacidad de ser felices y ser buenas personas.

jueves, 23 de julio de 2026

Alan Turing

Hay vidas que no caben en un solo campo del saber. Hay vidas que la historia tarda décadas en comprender. Y hay vidas que el mundo, literalmente, le debe su forma actual. La vida de Alan Mathison Turing es las tres cosas a la vez.

Nació el 23 de junio de 1912 en Paddington, Londres, y hoy cumpliría 114 años. Murió el 7 de junio de 1954 con apenas 41; destruido, en gran parte, por el mismo país al que había salvado.

La historia comienza con un niño extraño y solitario que encontraba más comodidad en los números que en las personas. En Sherborne, el internado inglés al que fue enviado, su primer amor fue un compañero llamado Christopher Morcom, un chico brillante que compartía su pasión por la ciencia. El 13 de febrero de 1930, Christopher murió víctima de la tuberculosis bovina.

La muerte del joven Morcon dejó algo más que dolor: la fe religiosa de Turing se partió en mil pedazos, se volvió ateo, se obsesionó por comprender la naturaleza de la consciencia, su estructura y sus orígenes. De esa obsesión nacería, décadas después, la pregunta más importante que un matemático ha hecho en la historia moderna: ¿pueden pensar las máquinas?

Pero antes de llegar a esa pregunta, Turing tuvo que resolver algo más urgente. En 1936, siendo estudiante de posgrado, publicó un artículo que cambiaría para siempre la historia del pensamiento matemático: un modelo matemático abstracto que define los principios fundamentales de la computación. Toda computadora moderna opera, en su nivel más básico, según los principios que describe.

La Máquina de Turing no era una máquina real. Era una idea, la idea de que cualquier cálculo expresable como algoritmo puede ser ejecutado mecánicamente. Era, en esencia, la definición abstracta de lo que es una computadora, formulada veinte años antes de que existiera una computadora real. Un matemático de 24 años acababa de inventar, en el papel, el mundo digital del siglo XXI.

Y entonces llegó la guerra. En 1939, un día después de que se iniciara la Segunda Guerra Mundial, Turing fue llamado a prestar sus servicios en el Servicio Británico de Descifrado. Lo que encontró en Bletchley Park era un problema de una magnitud aparentemente insuperable: el ejército alemán utilizaba la máquina Enigma para cifrar todas sus comunicaciones militares, y cada día los códigos cambiaban. Sin descifrar Enigma, los aliados navegaban ciegos. Turing diseñó la Bombe, una máquina electromecánica que podía encontrar los ajustes correctos de Enigma usando fragmentos de texto probable. La primera Bombe fue instalada el 18 de marzo de 1940.

El resultado fue decisivo. Los historiadores estiman que descifrar el código Enigma acortó la guerra entre dos y cuatro años y salvó millones de vidas. Se cree que gracias al trabajo de Turing el conflicto bélico se acortó unos dos años, lo cual equivale al ahorro de aproximadamente 14 millones de vidas. Catorce millones de personas vivas gracias a la mente de un matemático. Y nadie lo sabía. Solo se supo de su contribución tras su muerte. Ni siquiera sus amigos y familiares sabían de su enorme aporte a la humanidad, puesto que era secreto de Estado.

Después de la guerra, Turing no descansó. En 1950 publicó el artículo que fundaría la inteligencia artificial como disciplina. En Computing Machinery and Intelligence, Turing propuso su célebre test: “Una computadora puede ser llamada inteligente si logra engañar a una persona haciéndole creer que es un ser humano”. La pregunta que formuló ese año: ¿pueden pensar las máquinas?, sigue siendo la pregunta central de la inteligencia artificial siete décadas después. «Una computadora merecería ser llamada inteligente si pudiera engañar a un humano haciéndole creer que es humano» , escribió. Era el mismo hombre que había salvado a Europa. Ahora estaba definiendo el futuro de la humanidad.

Y entonces llegó el horror.
En enero de 1952, Turing denunció ante la policía el robo en su casa de Mánchester. Durante la investigación reveló sin ambages que mantenía una relación con Arnold Murray, un joven de diecinueve años. Tanto Turing como Murray fueron procesados por actos homosexuales, ilegales entonces bajo la sección 11 de la Ley de Enmienda del Derecho Penal de 1885. El hombre que había salvado a Europa de los nazis fue procesado por su propio gobierno por amar a otro hombre.

Fue declarado culpable de «indecencia grave» y, para evitar la prisión, aceptó someterse a un tratamiento hormonal. En la práctica, se trataba de castración química mediante inyecciones de estrógeno, un procedimiento que provocó cambios físicos profundos y humillantes, incluido el desarrollo de tejido mamario. Se le denegó el acceso a las instalaciones de Bletchley Park. La situación lo llevó a una profunda depresión.

Incluso en medio de esa humillación, Turing mantuvo su sarcasmo y su lucidez. En una carta a su amigo Norman Routledge, escribió un falso silogismo sobre el rechazo social que provoca la homosexualidad: “Turing cree que las máquinas piensan. Turing se acuesta con hombres.” Era el mismo humor oscuro de alguien que entiende perfectamente la ironía de su situación y no tiene ni la energía ni el deseo de fingir que no la ve.

Alan Turing falleció el 7 de junio de 1954, envenenado al morder una manzana con cianuro en su laboratorio. Los forenses determinaron que fue un suicidio. Tenía 41 años. El hombre que había definido la computación, descifrado Enigma y fundado la inteligencia artificial murió solo, destruido por el Estado al que había servido, antes de ver el mundo que su mente había hecho posible.

El reconocimiento llegó tarde, como siempre. En 2009, el primer ministro británico Gordon Brown emitió una disculpa pública en nombre del gobierno. En 2013, la Reina Isabel II le concedió un indulto real póstumo. En 2021, el Banco de Inglaterra lo honró con su imagen en el billete de 50 libras esterlinas. La extensión del indulto de Turing creó la ley que lleva su nombre, donde se le da perdón a más de 49.000 personas condenadas por homosexualidad, entre ellas Oscar Wilde.

Hoy, el premio más alto en ciencias de la computación se llama Premio Turing. Cada teléfono, cada computadora, cada servidor, cada algoritmo de inteligencia artificial opera sobre principios que Turing formuló. Y la pregunta que escribió en 1950: ¿pueden pensar las máquinas?, es la pregunta que define el debate más importante del siglo XXI.

Hoy, 23 de junio de 2026, Alan Turing cumpliría 114 años. El mundo que habitamos es, en una parte que no puede medirse pero tampoco ignorarse, el mundo que su mente construyó. Y el mundo le pagó destruyéndolo.

Eso también es parte de la historia. Y merece ser contado.

🖊️ @abdulmath

#Matemáticas #AlanTuring #HistoriaDeLasMatemáticas #Computación #InteligenciaArtificial #Enigma #MatemáticaParaTodos

miércoles, 22 de julio de 2026

El gran despojo del bienestar y la arquitectura del cuartel europeo

En algún lugar de la memoria colectiva europea, entre el polvo de los archivos y las fotografías sepia, permanece la imagen de aquella sala cargada de humo en Berlín, el 20 de febrero de 1933. Veinticuatro hombres, los barones del acero, la química y la banca teutona, la elite alemana se sentaban frente a un cabo bohemio de bigote ridículo para entregarle las llaves del Reich.

Éric Vuillard, en su escalofriante crónica de El orden del día, reconstruyó aquella escena con la precisión de un forense, dejándonos la lección más amarga de la historia económica del siglo XX. Las catástrofes no las provocan los locos, sino los hombres respetables que firman los cheques. Pero hay una verdad aún más oscura que subyace en aquella reunión, una que los historiadores oficiales suelen omitir en sus eufemismos. Aquellos veinticuatro caballeros no solo traicionaron a la democracia de Weimar; iniciaron el mayor ejercicio de despojo, expoliación y sumisión de las clases trabajadoras que Europa hubiera conocido.

Hay similitudes entre el periodo de entreguerras (1918-1939) y la situación actual con las élites europeas. El paralelismo es llamativo, aunque no exactos, la historia no se repite idénticamente, pero rima. En ambos casos, las élites económicas, políticas e intelectuales europeas percibieron una amenaza existencial a su orden liberal/capitalista y responden con estrategias de contención, rearme ideológico y apoyo selectivo a fuerzas «defensoras» del statu quo, a menudo con un giro hacia posiciones más derechistas.

De la lectura se desprende que las élites europeas quieren tres cosas al mismo tiempo: contener a Rusia, reconstruir el poder geopolítico europeo y descargar el costo de la crisis sobre el trabajo y el bienestar social. El problema es que esas tres metas chocan entre sí,: la militarización exige gasto público; la competitividad demanda salarios más bajos y ajustes, y la cohesión política se debilita cuando la población percibe que paga el precio de una estrategia diseñada desde arriba.

Para comprender la magnitud de este despojo, hay que mirar sin anestesia lo que ocurre en el corazón industrial de Europa. El motor de Europa se está apagando, y esto no es un misterio, sino el resultado de la ruptura del modelo de negocios alemán (gas ruso barato + manufactura de alta calidad + exportación a China). Recientemente, a finales de junio de 2026, se anunció que Volkswagen planea cerrar cuatro plantas en Alemania y despedir a 100.000 trabajadores en todo el mundo. El colapso del modelo alemán no es un accidente, es una reestructuración de clase planificada.

Esto refleja una desindustrialización acelerada donde los costes energéticos y las regulaciones verdes destruyen el tejido industrial tradicional. La vieja burguesía industrial europea está sufriendo, pero esto abre la puerta a que los capitales financieros y los fondos de inversión (muchos de ellos estadounidenses o vinculados a las grandes gestoras de activos) adquieran activos europeos a precios de remate, reconfigurando la propiedad de la industria hacia un modelo más financiero y menos productivo.

El capital financiero no necesita fábricas en el Ruhr; necesita bonos verdes, derivados de carbono, algoritmos de gestión de datos y activos comprados a precio de saldo. El despojo consiste en transferir la riqueza pública y productiva a los balances privados de los fondos de inversión, dejando a la ciudadanía con las migajas de una economía de servicios precarizados.

Mientras Alemania es vaciada de su poderío productivo, Londres y París arden en un caos político que sirve como la cortina de humo perfecta para esta operación. El desastre político del Reino Unido, atrapado en la trampa del Brexit y en una sucesión de gobiernos débiles, la fragmentación de Francia, con la extrema derecha acechando el Eliseo y una izquierda irreconciliable, son presentados por los medios hegemónicos como la crisis de la democracia. Nada más lejos de la realidad. Este caos es la condición de posibilidad para el verdadero objetivo de las elites. La construcción del Estado de la Vigilancia.

En la cúspide de esta arquitectura del despojo se erigen tres pilares fundamentales que operan en perfecta simbiosis para garantizar que la riqueza fluya hacia arriba y el control se imponga hacia abajo. El primero de estos pilares es la ingeniería ideológica y moral representada por George Soros y su red de Fundaciones por una Sociedad Abierta. Soros no es un simple filántropo; es el jefe de inteligencia ideológica de las elites transnacionales. Su función en esta transición del bienestar a la vigilancia es crucial: reemplazar la soberanía popular por una red de ONG, think tanks y activismo legal que dicta los límites de lo pensable.

Las Open Society Foundations no buscan el bienestar material de las clases bajas; buscan la sumisión ideológica. Financian la «sociedad civil» que exige la apertura de fronteras (para garantizar un flujo de mano de obra barata y precaria que presione los salarios a la baja) y que, al mismo tiempo, exige la censura de cualquier discurso que desafíe el consenso tecnocrático de Bruselas. Soros provee el marco moral que justifica el Estado de la Vigilancia, bajo la premisa de proteger la «democracia liberal» y los «derechos humanos», se legitima la persecución legal, financiera y mediática de cualquier disidencia. Es la vigilancia del pensamiento, la policía de la moralidad que asegura que las masas empobrecidas no culpen al sistema financiero, sino a los chivos expiatorios de turno.

El segundo pilar es la banca de la reestructuración y el parasitismo financiero, encarnado históricamente por la dinastía Rothschild y, hoy, por la red de bancos de inversión y gestoras de activos globales. Si el Estado del Bienestar se financiaba con los impuestos al trabajo y a la producción nacional, el nuevo Estado de la Vigilancia y el Cuartel se financia con deuda. Aquí es donde se consuma el gran despojo económico. Las elites financieras utilizan las crisis que ellas mismas provocan o exacerban para rescatar a los Estados no con dinero gratuito, sino con deuda impagable. A cambio de esta deuda, los Estados europeos están obligados a hipotecar sus infraestructuras públicas, sus sistemas de pensiones y sus recursos naturales.

Rothschild & Co y sus pares asesoran la privatización silenciosa de lo que queda del patrimonio público. Cada vez que un Estado europeo necesita emitir deuda para mantener a flote su maltrecho sistema de salud o para financiar el déficit energético, los fondos de inversión globales compran esa deuda, exigiendo a cambio «reformas estructurales», es decir, recortes en el gasto social, aumento de la edad de jubilación y flexibilización laboral. El despojo es la financiarización de la vida misma: el capital financiero se alimenta de la sangre del Estado social, absorbiendo la riqueza de las generaciones presentes y futuras para inyectarla en los mercados de activos globales.

El tercer pilar, y quizás el más visible en su brutalidad, es el complejo militar-industrial europeo. La provocación y el enquistamiento del conflicto con Rusia no son un error de cálculo diplomático; son la gallina de los huevos de oro del nuevo modelo de acumulación. El Estado del Bienestar gastaba dinero en construir hospitales, escuelas y redes de transporte, bienes que mejoraban la vida de la población y fortalecían su capacidad de organización.

El Estado del Cuartel gasta ese mismo dinero en comprar drones, misiles y sistemas de vigilancia a corporaciones privadas como Rheinmetall, BAE Systems o Thales. Este es el secreto a voces de las elites europeas. La guerra y la amenaza de guerra son el único keynesianismo que les queda. Ante la imposibilidad de generar crecimiento real en una economía desindustrializada y envejecida, la única forma de inyectar dinero público en la economía sin que la población lo reclame en forma de bienestar social es a través del gasto militar.

Las elites europeas necesitan a Rusia como el enemigo existencial para justificar el aumento exponencial de los presupuestos de defensa. Este gasto público es una trasferencia directa de riqueza de los contribuyentes europeos a los accionistas del complejo militar-industrial. Es el despojo definitivo: obligar a una clase media empobrecida a pagar con sus impuestos los dividendos de las empresas que fabrican las armas que amenazan su propia seguridad.

Y conectando, orquestando y beneficiándose de estos tres pilares se encuentra el gran depredador, la entidad que ha trascendido la mera influencia para convertirse en el verdadero soberano de Europa, BlackRock. Larry Fink y su fondo de catorce billones de dólares no son un actor más en el mercado; son la encarnación del feudalismo financiero global. BlackRock es el dueño de la sustitución del Estado del Bienestar por el Estado de la Vigilancia y el Cuartel porque BlackRock es accionista mayoritario de todo lo que compone este nuevo sistema.

Poseen las acciones de las empresas de energía que estrangulan a la industria alemana; poseen la deuda de los Estados francés y británico que los obliga a recortar los servicios públicos; poseen las empresas tecnológicas que proveen los algoritmos de vigilancia y censura, y, por supuesto, son los principales accionistas de Rheinmetall y de las grandes corporaciones de defensa.

BlackRock no tiene patria, no tiene lealtad a la constitución de ningún Estado europeo y no rinde cuentas ante ningún electorado. Para BlackRock, la «transición verde» no es una necesidad ecológica, es un mecanismo para crear nuevos mercados de activos financieros y destruir la vieja industria que exige derechos laborales. Para BlackRock, la guerra en Ucrania no es una tragedia humanitaria, es una oportunidad para lanzar Exchange Traded Fun (ETFs), o fondo cotizado de defensa europea y capitalizar el miedo. BlackRock es el nuevo Krupp, el nuevo Siemens, el nuevo IG Farben, pero multiplicado por mil y liberado de cualquier atadura territorial.

Las elites europeas ante la pregunta de si son parte del desastre o los ganadores, la hipótesis y el concepto de «capitalismo de crisis» sugiere que la facción tecnocrática, financiera y verde está ganando. La teoría de las elites sugiere que están utilizando la crisis para consolidar el poder supranacional de la Unión Europea y evolucionar su marco legal hacia una mayor centralización.

Si aplicamos a esta Europa, la de 2026, el marco analítico que Ian Kershaw desarrolló en su magistral “Descenso a los infiernos”, el paralelismo no es solo perturbador, es revelador de la intencionalidad de las elites. Kershaw identificó cuatro motores que empujaron a Europa al abismo entre 1914 y 1949: las tensiones nacionalistas, las disputas territoriales, los conflictos de clase y las crisis del capitalismo. Pero su gran lección es cómo las elites conservadoras y financieras utilizaron estos motores para justificar la destrucción de la democracia y los derechos sociales.

En los años treinta, el pánico sistémico de las elites ante el comunismo y la revolución obrera las llevó a apoyar, financiar y armar a los movimientos fascistas. Necesitaban un leviatán que aplastara a los sindicatos, eliminara el derecho a huelga y sometiera a la clase trabajadora a la disciplina de la economía de guerra. El fascismo no fue un accidente histérico de las masas; fue la solución de emergencia de las elites para salvar el capital mediante el terror de Estado.

Al igual que en el periodo de entreguerras, las elites actuales están dispuestas a sacrificar la democracia liberal, el bienestar social y la paz para garantizar la seguridad del capital y su propia supervivencia en la cúspide de la pirámide. Utilizan la amenaza de Rusia y China como el nuevo «peligro bolchevique», un chivo expiatorio geopolítico que les permite imponer medidas de austeridad, recortar libertades civiles y desviar el presupuesto público hacia el aparato de seguridad. El enemigo externo es la coartada perfecta para el despojo interno.

El despojo se ha vuelto invisible, automatizado y aceptado como «sentido común» por una población que ha sido educada para temer más al «discurso de odio» o a la «desinformación» que, a la pobreza, a la guerra o a la pérdida de su soberanía. Las elites han logrado que los propios ciudadanos se vigilen, se delaten y se autocensuren, externalizando la función de la policía política a la propia sociedad civil, esa misma que Soros y sus ONG han meticulosamente adiestrado en la pureza moral y la obediencia tecnocrática.

Al destruir el Estado del Bienestar, las elites europeas han eliminado el colchón de contención social. Han sustituido la esperanza por el miedo, y el miedo, cuando se acumula durante demasiado tiempo en una población acorralada, no genera sumisión; genera una presión explosiva. El despojo tiene un límite físico. Cuando la clase media europea ya no pueda pagar la calefacción, cuando los trabajadores de las ciudades desindustrializadas no tengan nada que perder, cuando la realidad material de la pobreza y la guerra llame a sus puertas, ninguna ley de «desinformación» y ningún algoritmo de vigilancia podrá contener la furia de una sociedad a la que se le ha robado el futuro.

La historia, como Kershaw demostró y como Vuillard noveló, suele castigar esa arrogancia. Las catástrofes históricas rara vez son causadas por monstruos sádicos al principio; son causadas por elites conservadoras, banqueros y tecnócratas que creen que pueden gestionar el caos para proteger sus privilegios. Las elites europeas actuales, al financiar la guerra contra Rusia y permitir la desindustrialización de Alemania, están caminando por el mismo precipicio, convencidas de que su ingeniería financiera y militar las salvará.

Pero los nuevos veinticuatro caballeros, los Soros, los Rothschild, los Fink, los Von der Leyen, los Macron, no han aprendido la lección de sus predecesores. Creen que esta vez será diferente. Creen que el monstruo les obedecerá. La historia, terca y repetitiva, les recordará que los monstruos nunca obedecen a quienes los financian. Europa, una vez más, desciende a los infiernos. Y esta vez no habrá un 1945 que la rescate de sí misma.

Fuente: 

martes, 21 de julio de 2026

España borra del campo a la Argentina de Messi y consigue su segundo Mundial con un gran juego de equipo

Torres celebra el gol de España con Williams detrás.

Fuente de la imagen,Michael Regan - FIFA/FIFA via Getty Images

Pie de foto,Ferran Torres, jugador del FC Barcelona, marcó tras pase de Nico Williams.

Hay historias que parecen nunca acabar.

La reciente de España en fútbol comenzó un 29 de junio de 2008 en Viena, Austria, cuando venció en la final de la Eurocopa a Alemania y deslumbró al mundo con su juego de posesión, de mimar la pelota, tratarla bien, tenerle paciencia al resultado.

Dieciocho años después cambió la generación, pero no el estilo.

Con ese venció en la final del Mundial de 2026 a Argentina por 1-0 en el estadio Metlife de Nueva Jersey en Estados Unidos con un gol de Ferran Torres en el 106' del tiempo adicional.

Es el segundo Mundial en la historia de España. Desde aquella Eurocopa de 2008 ha acumulado el Mundial de 2010 y las Eurocopas de 2012 y 2024.

En este siglo XXI ninguna selección ha sido más laureada que la Roja.

Venció con merecimiento a la Argentina de Lionel Messi, a la que España borró del campo.

Los números clave de la final

Los números no mienten. Los europeos se llevan la dorada con un 65% de posesión, 20 remates y 12 entre palos por 2 tiros de los argentinos, ninguno al arco, y con un 51% de duelos ganados.

Ni en la pugna y el choque Argentina fue superior, esos atributos que tantos especialistas señalaron como algunas de las principales bazas de los de Messi para esta final.

El eterno 10 no tuvo su día, porque el colectivo español se adueñó del balón y el tiempo y jamás los soltó.

Sabor amargo para el que presumiblemente pudo ser el último partido mundialista de Messi, aunque nadie puede jurarlo después de su excelente torneo con ocho goles a sus 39 años.

Messi llora tras perder la final ante España.

Messi llora tras perder la final ante España.

Fuente de la imagen,Paul ELLIS / AFP via Getty Images


Pie de foto,
Messi tuvo mucho menos protagonismo que en el resto del torneo ante una España dominante.

Algunos dirán que el resultado fue hasta corto, vista la cantidad de ocasiones que fallaron los ibéricos y que convirtieron al meta 'Dibu' Martínez en el mejor jugador de los argentinos.

Puede decirse que la gesta argentina fue aguantar la furia roja hasta forzar la prórroga y sobrevivir el tiempo reglamentario, especialmente tras la expulsión de Enzo Fernández por doble amarilla en el 93'.

Tuvo incluso la posibilidad del empate casi al término en dos acciones protagonizadas por Giuliano Simeone, pero el Dios del fútbol, si existe, estaba del lado de España y una chance se fue a córner y la otra por encima de la portería.

Un recorrido incontestable

España se lleva el título tras un camino impecable.

Empató a cero contra la sorpresa Cabo Verde en el primer partido. Desde ahí no paró de crecer.

En el camino dejó fuera a varias de las favoritas, como la Portugal de Cristiano Ronaldo en octavos de final, la Bélgica de Thibaut Courtois en cuartos y la Francia de Kylian Mbappé, máximo goleador del torneo con 10 tantos, en semifinales.

España gana con 14 goles a favor y solo uno en contra en todo el campeonato. Ningún equipo defendió mejor y por eso la Roja acaparó los reconocimientos individuales.

Rodri Hernández, clave para el equilibrio del equipo en la medular, fue elegido mejor jugador del torneo. Unai Simón fue seleccionado mejor portero y Pau Cubarsí, el defensor central de 19 años, el mejor jugador joven.

España completó la faena ante la vigente campeona, Argentina, que le sigue superando en pedigrí mundialista con tres doradas.

Rodri Hernández recoge la Copa del Mundo.

Rodri Hernández, capitán de la Roja, fue clave en la consecución del título.

El valor del equipo

Rodri Hernández recoge la Copa del Mundo.

Fuente de la imagen,Catherine Ivill - AMA/Getty Images

Pie de foto,Rodri Hernández, capitán de la Roja, fue clave en la consecución del título.

España quizá no tiene nombres como Mbappé, Messi o Cristiano Ronaldo, pero tiene un colectivo brillante que funciona como un reloj.

Los 5 goles de Mikel Oyarzábal, la brújula de Rodri y Pedri, el dinamismo de Cucurella, los aportes desde el banquillo de Merino. Cuesta encontrar solistas en la orquesta.

Parte de ese mérito se debe al trabajo de Luis de la Fuente, un entrenador que no es mediático, pero que ha sabido renovar y devolver la gloria a esta selección.

De la Fuente comenzó a entrenar a la selección absoluta de España en 2023, después de la debacle de la Roja en el Mundial de Qatar, donde fue eliminada por Marruecos en penaltis.

De la Fuente besa el trofeo en la ceremonia de celebración. 

De la Fuente besa el trofeo en la ceremonia de celebración.

Fuente de la imagen,Catherine Ivill - AMA/Getty Images

Pie de foto,

Luis de la Fuente reemplazó en 2022 al exseleccionador Luis Enrique después de la debacle en Qatar.

Entonces la Roja sufría una sequía de 10 años sin títulos importantes, con las decepciones de haber quedado fuera del Mundial de Brasil 2014 en fase de grupos y del de 2018 ante Rusia en octavos de final.

En la prensa española se decía que el estilo de posesión y dominio del balón había quedado como fin y no como medio para el triunfo, con muchos partidos en los que la selección tocó y tocó sin ganar y a veces aburriendo.

Hubo incluso quienes pedían que España optara por cambiar de identidad.

De la Fuente jamás negoció el estilo, sino que lo pulió y le devolvió el sentido.

Para la memoria ya nos queda que la pelota nunca dejó de rodar en la final de 2026 en Nueva Jersey, salvo cuando Torres rompió la red y dibujó una segunda estrella sobre el escudo de la Roja.