Los principales bulos y mitos de la derecha sobre el comienzo de la Guerra Civil Española se basan en argumentos preventivos y de legitimación que la historiografía académica ya ha desmentido exhaustivamente. Estas narrativas, nacidas de la propaganda de guerra franquista, buscan justificar el golpe militar presentando a los sublevados como los auténticos salvadores de la nación frente a un caos supuestamente inevitable.
A continuación se detallan las falsedades más comunes y lo que la documentación histórica demuestra en realidad:
1. El mito de la "Revolución Comunista inminente"
El bulo: El golpe de Estado del 18 de julio de 1936 fue una acción preventiva necesaria porque el Partido Comunista (PCE) e instructores de la Unión Soviética tenían planeado un golpe sangriento para implantar una dictadura marxista en España de manera inmediata.
La realidad: Las investigaciones de historiadores de referencia como Ángel Viñas o Paul Preston confirman que los supuestos documentos secretos que detallaban la revolución comunista eran falsificaciones fabricadas por la trama civil golpista. En la primavera de 1936, el PCE era un partido minoritario en el parlamento y Stalin prefería la estabilidad de una república democrática y burguesa en España para no asustar a potencias aliadas como Francia y Gran Bretaña ante la amenaza de Hitler.
2. El bulo del fraude en las elecciones de febrero de 1936
El bulo: El gobierno del Frente Popular era ilegal y carecía de legitimidad de origen porque ganó las elecciones mediante un pucherazo masivo y violencia generalizada, destruyendo la democracia desde las urnas.
La realidad: Aunque las actas sufrieron irregularidades puntuales en provincias muy localizadas (comunes al sistema de la época y que afectaron a ambos bandos), los análisis estadísticos e historiográficos globales demuestran que el Frente Popular ganó las elecciones de forma legítima y limpia. El propio presidente de las Cortes y la Junta Central del Censo validaron un resultado en el que la izquierda obtuvo una mayoría parlamentaria clara debido a la división de las derechas y al arrastre del sistema electoral mayoritario.
3. La afirmación de que el conflicto empezó con la Revolución de 1934
El bulo: La Guerra Civil no empezó en 1936, sino en octubre de 1934 con la huelga general revolucionaria impulsada por el PSOE y el nacionalismo catalán contra el gobierno de la CEDA. Por lo tanto, las izquierdas rompieron primero la legalidad democrática.
La realidad: La Revolución de Asturias de 1934 fue un gravísimo ataque al orden constitucional que puso al régimen al límite, pero no supuso el inicio de una guerra civil ni destruyó las instituciones. De hecho, tras sofocar la revuelta, la legalidad de la Segunda República siguió funcionando democráticamente durante casi dos años más, permitiendo elecciones libres y la alternancia de poder en 1936. El verdadero detonante del conflicto bélico a gran escala fue el quiebre de la cadena de mando del Ejército debido a la sublevación militar de julio de 1936.
4. El asesinato de Calvo Sotelo como causa del golpe
El bulo: El asesinato del líder derechista José Calvo Sotelo el 13 de julio de 1936 por parte de integrantes de las fuerzas de seguridad estatales fue el acontecimiento que forzó y provocó el levantamiento del ejército.
La realidad: El golpe militar llevaba meses organizándose y planificándose de manera meticulosa. El general Emilio Mola (el "Director") había emitido sus directivas secretas para la sublevación desde abril de 1936, y el avión Dragon Rapide —que transportaría a Franco desde Canarias— se alquiló en Londres el 5 de julio, más de una semana antes del asesinato. El magnicidio de Calvo Sotelo no fue el causante, sino el pretexto político perfecto para convencer a los militares indecisos y justificar socialmente el inicio de la rebelión que ya estaba totalmente decidida.
5. La mentira sobre la destrucción de la Iglesia y el "martirio" general previo a la guerra
El bulo: En los meses previos al 18 de julio, España vivía en un estado absoluto de anarquía en el que se asesinaba sistemáticamente a miles de sacerdotes, religiosos y terratenientes católicos bajo la total impunidad y amparo del gobierno republicano.
La realidad: La primavera de 1936 registró un clima de alta violencia sociopolítica y quema de edificios religiosos debido a la extrema polarización y los choques callejeros. Sin embargo, la gran mayoría de las muertes y la persecución masiva del clero se produjeron tras el fracaso del golpe de Estado, cuando el colapso del poder gubernamental propició la eclosión de la violencia incontrolada en la retaguardia republicana. Equiparar los desórdenes públicos previos a la guerra con un plan estatal de exterminio es históricamente falso.
Tomado de Internet
Civil no fue una disputa de caballeros ni un malentendido entre dos bandos equivalentes. Fue la ruptura violenta de la legalidad democrática por parte de unos militares que no soportaron perder el mando.
Hablar de barbarie no es una opinión ni un recurso literario; es constatar que el bando sublevado institucionalizó el exterminio desde el primer minuto.
Mientras algunos intentan hoy edulcorar la historia con cuentos de unidad nacional o salvaciones providenciales, la realidad se esconde en las cunetas de este país, en cada pueblo donde la represión se convirtió en la única ley vigente.
El plan era sencillo y brutal:
Erradicar cualquier rastro de pensamiento republicano, intelectual o sindical mediante la eliminación física de quienes lo portaban.
Resulta lamentable ver cómo se intenta blanquear a los responsables de esta carnicería, vendiéndonos que fue un mal necesario para evitar un supuesto caos.
La verdadera causa del caos fue el levantamiento mismo, la decisión consciente de convertir a los vecinos en enemigos y a la patria en una inmensa fosa común para asegurar el cortijo de unos pocos.
Si de verdad quieren hablar de historia, empecemos por reconocer que la dictadura no fue un periodo de estabilidad, sino una noche larga y oscura en la que el valor de la vida humana dependía de si te arrodillabas ante los nuevos amos.
Dejen ya de jugar a la equidistancia.
No hay lugar para el sarcasmo cuando se mira el resultado de sus obsesiones ideológicas.
Lo que algunos llaman orgullo nacionalista es, en realidad, la sombra de un verdugo que todavía se niega a soltar la soga.
La historia no perdona a los que intentan enterrar la verdad bajo capas de propaganda, y por mucho que se empeñen en mirar hacia otro lado, los hechos siguen ahí, recordándoles que el fascismo no es una opción política respetable, sino una mancha indeleble en la memoria de este país.
@-Liberada💜
sábado, 18 de julio de 2026
Otra historia de justicia al revés
El exmagistrado y presidente de honor de esta revista, José Antonio Martín Pallín, está mostrando en sus intervenciones y libros que en España se viene produciendo un golpe de Estado judicial.
Sus argumentos me parecen de gran solidez y comparto esa opinión. Todavía más, viendo cómo se instruye y acusa al expresidente José Luis Rodríguez Zapatero o a la esposa del presidente del Gobierno, por no hablar de lo sucedido con el anterior fiscal general. En este artículo, sin embargo, no me propongo incidir en esa idea, sino mostrar que el Tribunal Supremo español tiene una querencia especial que le lleva a favorecer de forma desproporcionada a los poderosos en general y a los bancos en particular.
Utilizaré como prueba de ello un caso que ha tenido un enorme coste para millones de españoles, el de las reclamaciones por la utilización por las entidades bancarias del denominado Índice de Referencia de Préstamos Hipotecarios (IRPH).
El IRPH
El IRPH es un índice oficial calculado por el Banco de España como media de los tipos de los préstamos hipotecarios que dan las entidades bancarias. A diferencia de otro quizá más conocido, el Euríbor (tipo de interés medio al que los bancos europeos se prestan dinero entre sí en el mercado interbancario), el IRPH incorpora en su cálculo los diferenciales (el tipo fijo que los bancos pueden sumar al interés de referencia) y las comisiones que los bancos cobran. Por tanto, es más caro para el consumidor.
Por esta última razón, el Banco de España advirtió en 1994 que, para igualar ambos índices, cuando se aplicara el IRPH se debería añadir un diferencial negativo al precio real del mercado.
El problema
Si ese diferencial no se incluye, el consumidor al que un banco aplica el IRPH terminará pagando bastante más al final de la hipoteca que si se le aplica cualquier otro. Y el problema se produjo cuando, en miles de casos, los bancos no sólo no lo aplicaron, sino que ni siquiera informaron con un mínimo detalle a sus clientes del sobrecoste en el que incurrían.
El daño total producido es difícil de calcular, pero hay estimaciones que dan buena medida de su magnitud y gravedad. Las del beneficio extraordinario que obtuvieron los bancos españoles al aplicar el IRPH en lugar de otros índices más bajos varían entre los 25.000 millones de euros entre 2004 y 2009 de la asociación de consumidores Asufin, los 37.000 millones de euros calculados por la Organización de Consumidores y Usuarios (OCU) y los 44.000 millones de Goldman Sachs. El sobrecoste pagado en promedio por cada consumidor se situó entre 25.000 y 28.000 de euros, y el número de personas afectadas se estima entre 500.000 y un millón.
Es importante señalar que el sobreprecio que los bancos impusieron a sus clientes no provocó solamente un daño o coste económico particular a las personas afectadas. Esa cantidad de dinero tan grande que dejó de estar en sus bolsillos para irse a la cuenta de beneficios de los bancos supuso una merma muy notable de gasto en consumo o de ahorro familiar que afectó directamente a la demanda de bienes y servicios. Por lo tanto, disminuyó también los ingresos de miles de empresas productivas. Un efecto muy negativo para la economía que se produjo, además, en años particularmente complicados por vivirse bajo el impacto de una gran crisis económica.
Las reclamaciones
Cuando los pagos mensuales de la hipoteca comenzaron a darse, miles de personas comprobaban que pagaban más dinero que otras personas que las tenían de la misma cuantía. Enseguida descubrieron que los bancos les habían aplicado un tipo de interés basado en un índice más elevado sin haberles informado de ello. Se comenzaron a interponer entonces cientos de reclamaciones y demandas judiciales.
Sobre la mesa se pusieron dos cuestiones esenciales. La primera, si los bancos habían actuado con buena fe profesional, si cumplieron con un elemental deber de transparencia y, como he dicho, si informaron a sus clientes de que el índice aplicado terminaría por hacerles pagar una cantidad más elevada. La segunda, si la posible falta de información había supuesto un abuso real, es decir un sobrecoste sustancial y no poco significativo.
Las disputas llegaron finalmente al Tribunal Supremo y al de Justicia de la Unión Europea y el resultado ha sido muy claro: proteger a la banca, recurriendo para ello a construcciones jurídicas que poco tienen que ver con la idea material de justicia en el sentido más elemental y auténtico de este término.
La trampa del Tribunal Supremo
Para comprender lo que ha hecho el Supremo no basta con decir que falló a favor de los bancos. Hay que saber explicar cómo lo hizo, porque la sofisticación del mecanismo es precisamente lo que lo hace tan eficaz y difícil de combatir.
El Tribunal construyó a lo largo de varios años un mecanismo de protección a los bancos basado en tres elementos fundamentales.
El primero, separar transparencia de abuso para vaciar de contenido a ambas. El Supremo estableció en 2017 que el IRPH era un índice oficial y que su mera oficialidad implicaba transparencia. Cuando en 2020 el Tribunal de Justicia de la Unión Europea le obligó a corregir esa posición el Supremo lo aceptó formalmente. Pero rápidamente neutralizó su efecto estableciendo que la transparencia quedaba cumplida sólo con que el contrato mencionara el índice e hiciera referencia a la Circular del Banco de España, sin necesidad de explicar al cliente qué dice ni qué implica.
El segundo elemento fue hacer que el desequilibrio entre las partes fuese prácticamente indemostrable. Para ello, el Supremo estableció que, aunque se acreditara falta de transparencia, la cláusula seguía siendo válida salvo que se demostrara que había una desproporción «muy evidente» entre el tipo efectivo y el de mercado en el momento de la firma. Y para ello descartó expresamente la comparación entre el IRPH y el Euríbor (el único dato que la mayoría de los afectados puede acreditar con facilidad), exigiendo en cambio una prueba pericial que es de enorme complejidad y de alto coste, sobre todo para los consumidores.
Para demostrar que hubiera habido abuso, el perito del consumidor afectado tendría que reconstruir el coste medio real de todas las hipotecas firmadas en España en el mes exacto de la firma, para lo cual se necesita combinar fuentes del Banco de España, estadísticas del INE y datos de tipos medios de mercado, y justificar en cada caso la elección metodológica realizada. Pero el banco, por su parte, contratará a su propio economista con criterios diferentes, igualmente defendibles. Y el Supremo se reserva el derecho a rechazar cualquier metodología sin haber fijado de antemano qué fuentes son válidas, ni cuántos puntos de diferencia constituyen una desproporción suficiente.
El tercer elemento fue aún más ingenioso y taimado. Para determinar el daño real, el Supremo no pidió comparar el IRPH con el Euríbor ni tomar en consideración el sobrecoste total de la hipoteca. Estableció que el IRPH se debía comparar con un índice sintético representativo del coste medio del crédito general en el mercado, y no sólo con otros índices hipotecarios. Al incorporar referencias más amplias , el resultado es un índice inevitablemente más elevado, lo que facilita concluir que el daño ocasionado por la aplicación del IRPH es reducido.
Como añadidura, el Supremo exigió que cada afectado probase individualmente qué entendió a la hora de contratar, qué información recibió y cómo se produjo la comercialización concreta de su hipoteca, lo cual hizo prácticamente inviable la litigación colectiva que es la que favorece la resolución de este tipo de abusos a favor de los consumidores.
El resultado del mecanismo completo es evidente y previsible: si la transparencia se supera con casi cualquier mención formal al índice, y si el abuso sólo se declara ante una desproporción que hay que demostrar con una pericial que el Supremo puede rechazar sin argumentos objetivos, y comparando el IRPH con índices de tarjetas de crédito, la nulidad del IRPH se convierte en prácticamente imposible.
Europa corrigió en falso
Muchas personas afectadas por el IRPH pusieron sus esperanzas en el Tribunal de Justicia de la Unión Europea (TJUE) porque la Directiva europea 13 de 1993 estableció con claridad que una cláusula no negociada individualmente puede ser declarada nula si causa un desequilibrio importante en perjuicio del consumidor, y que el consumidor debe poder comprender sus consecuencias económicas reales. Una directiva que tiene primacía sobre el derecho nacional.
Con ese fundamento, el TJUE sentenció en 2020 que el IRPH no es intocable por el hecho de ser un índice oficial; que los bancos debían haber facilitado información suficiente; y que, si no lo hicieron, el juez puede declarar la nulidad. Y en 2024 reafirmó que la publicación oficial no bastaba para cumplir la exigencia de transparencia y que la comparación debe hacerse con el conjunto del mercado hipotecario, no solo con el Euríbor.
Sin embargo, el tribunal europeo no declaró abusivo el IRPH, no dijo que las cláusulas fueran nulas por definición y no estableció una consecuencia automática. Manteniendo formalmente una posición diferente a la del Supremo, lo que hizo en realidad fue establecer principios abstractos y devolver la pelota a los tribunales españoles.
Y lo más revelador llegó en febrero de 2026. Una sentencia de 12 de febrero vino a respaldar explícitamente la posición del Supremo: la transparencia no exige al banco explicar la metodología del índice, siendo suficiente informar de la variabilidad y sus consecuencias económicas. Seis años después de su primera corrección al Supremo, el tribunal europeo se puso de acuerdo con él.
No es justicia, es política. Son privilegios
A la hora de juzgar el comportamiento de los bancos, muchos jueces dictaron sentencias sensatas y equilibradas. El Tribunal Supremo, por el contrario, recurrió a argumentos sibilinos para imposibilitar, en la práctica, que los abusos de los bancos pudieran revelarse. Recurriendo a argumentos claramente torticeros ha permitido que estos últimos hayan producido un daño multimillonario a millones de españoles, a miles de empresas y al conjunto de la economía.
En la crisis de 2008 se quiso convencer a la gente de que los bancos que se habían hundido a base de estafar a sus clientes mediante todo tipo de irregularidades y engaños eran «demasiado grandes para dejarlos caer». En el caso del IRPH, el Tribunal Supremo español nos ha demostrado que, además, son suficientemente poderosos como para que no se pueda (o no se quiera) quitarles sus privilegios. No ha hecho justicia, ha dado otros nuevos al más fuerte.
Y eso quizá explique también por qué se dan golpes de Estado contra unos políticos y no contra otros.
Publicado en ctxt.es el 29 de mayo de 2026
Sus argumentos me parecen de gran solidez y comparto esa opinión. Todavía más, viendo cómo se instruye y acusa al expresidente José Luis Rodríguez Zapatero o a la esposa del presidente del Gobierno, por no hablar de lo sucedido con el anterior fiscal general. En este artículo, sin embargo, no me propongo incidir en esa idea, sino mostrar que el Tribunal Supremo español tiene una querencia especial que le lleva a favorecer de forma desproporcionada a los poderosos en general y a los bancos en particular.
Utilizaré como prueba de ello un caso que ha tenido un enorme coste para millones de españoles, el de las reclamaciones por la utilización por las entidades bancarias del denominado Índice de Referencia de Préstamos Hipotecarios (IRPH).
El IRPH
El IRPH es un índice oficial calculado por el Banco de España como media de los tipos de los préstamos hipotecarios que dan las entidades bancarias. A diferencia de otro quizá más conocido, el Euríbor (tipo de interés medio al que los bancos europeos se prestan dinero entre sí en el mercado interbancario), el IRPH incorpora en su cálculo los diferenciales (el tipo fijo que los bancos pueden sumar al interés de referencia) y las comisiones que los bancos cobran. Por tanto, es más caro para el consumidor.
Por esta última razón, el Banco de España advirtió en 1994 que, para igualar ambos índices, cuando se aplicara el IRPH se debería añadir un diferencial negativo al precio real del mercado.
El problema
Si ese diferencial no se incluye, el consumidor al que un banco aplica el IRPH terminará pagando bastante más al final de la hipoteca que si se le aplica cualquier otro. Y el problema se produjo cuando, en miles de casos, los bancos no sólo no lo aplicaron, sino que ni siquiera informaron con un mínimo detalle a sus clientes del sobrecoste en el que incurrían.
El daño total producido es difícil de calcular, pero hay estimaciones que dan buena medida de su magnitud y gravedad. Las del beneficio extraordinario que obtuvieron los bancos españoles al aplicar el IRPH en lugar de otros índices más bajos varían entre los 25.000 millones de euros entre 2004 y 2009 de la asociación de consumidores Asufin, los 37.000 millones de euros calculados por la Organización de Consumidores y Usuarios (OCU) y los 44.000 millones de Goldman Sachs. El sobrecoste pagado en promedio por cada consumidor se situó entre 25.000 y 28.000 de euros, y el número de personas afectadas se estima entre 500.000 y un millón.
Es importante señalar que el sobreprecio que los bancos impusieron a sus clientes no provocó solamente un daño o coste económico particular a las personas afectadas. Esa cantidad de dinero tan grande que dejó de estar en sus bolsillos para irse a la cuenta de beneficios de los bancos supuso una merma muy notable de gasto en consumo o de ahorro familiar que afectó directamente a la demanda de bienes y servicios. Por lo tanto, disminuyó también los ingresos de miles de empresas productivas. Un efecto muy negativo para la economía que se produjo, además, en años particularmente complicados por vivirse bajo el impacto de una gran crisis económica.
Las reclamaciones
Cuando los pagos mensuales de la hipoteca comenzaron a darse, miles de personas comprobaban que pagaban más dinero que otras personas que las tenían de la misma cuantía. Enseguida descubrieron que los bancos les habían aplicado un tipo de interés basado en un índice más elevado sin haberles informado de ello. Se comenzaron a interponer entonces cientos de reclamaciones y demandas judiciales.
Sobre la mesa se pusieron dos cuestiones esenciales. La primera, si los bancos habían actuado con buena fe profesional, si cumplieron con un elemental deber de transparencia y, como he dicho, si informaron a sus clientes de que el índice aplicado terminaría por hacerles pagar una cantidad más elevada. La segunda, si la posible falta de información había supuesto un abuso real, es decir un sobrecoste sustancial y no poco significativo.
Las disputas llegaron finalmente al Tribunal Supremo y al de Justicia de la Unión Europea y el resultado ha sido muy claro: proteger a la banca, recurriendo para ello a construcciones jurídicas que poco tienen que ver con la idea material de justicia en el sentido más elemental y auténtico de este término.
La trampa del Tribunal Supremo
Para comprender lo que ha hecho el Supremo no basta con decir que falló a favor de los bancos. Hay que saber explicar cómo lo hizo, porque la sofisticación del mecanismo es precisamente lo que lo hace tan eficaz y difícil de combatir.
El Tribunal construyó a lo largo de varios años un mecanismo de protección a los bancos basado en tres elementos fundamentales.
El primero, separar transparencia de abuso para vaciar de contenido a ambas. El Supremo estableció en 2017 que el IRPH era un índice oficial y que su mera oficialidad implicaba transparencia. Cuando en 2020 el Tribunal de Justicia de la Unión Europea le obligó a corregir esa posición el Supremo lo aceptó formalmente. Pero rápidamente neutralizó su efecto estableciendo que la transparencia quedaba cumplida sólo con que el contrato mencionara el índice e hiciera referencia a la Circular del Banco de España, sin necesidad de explicar al cliente qué dice ni qué implica.
El segundo elemento fue hacer que el desequilibrio entre las partes fuese prácticamente indemostrable. Para ello, el Supremo estableció que, aunque se acreditara falta de transparencia, la cláusula seguía siendo válida salvo que se demostrara que había una desproporción «muy evidente» entre el tipo efectivo y el de mercado en el momento de la firma. Y para ello descartó expresamente la comparación entre el IRPH y el Euríbor (el único dato que la mayoría de los afectados puede acreditar con facilidad), exigiendo en cambio una prueba pericial que es de enorme complejidad y de alto coste, sobre todo para los consumidores.
Para demostrar que hubiera habido abuso, el perito del consumidor afectado tendría que reconstruir el coste medio real de todas las hipotecas firmadas en España en el mes exacto de la firma, para lo cual se necesita combinar fuentes del Banco de España, estadísticas del INE y datos de tipos medios de mercado, y justificar en cada caso la elección metodológica realizada. Pero el banco, por su parte, contratará a su propio economista con criterios diferentes, igualmente defendibles. Y el Supremo se reserva el derecho a rechazar cualquier metodología sin haber fijado de antemano qué fuentes son válidas, ni cuántos puntos de diferencia constituyen una desproporción suficiente.
El tercer elemento fue aún más ingenioso y taimado. Para determinar el daño real, el Supremo no pidió comparar el IRPH con el Euríbor ni tomar en consideración el sobrecoste total de la hipoteca. Estableció que el IRPH se debía comparar con un índice sintético representativo del coste medio del crédito general en el mercado, y no sólo con otros índices hipotecarios. Al incorporar referencias más amplias , el resultado es un índice inevitablemente más elevado, lo que facilita concluir que el daño ocasionado por la aplicación del IRPH es reducido.
Como añadidura, el Supremo exigió que cada afectado probase individualmente qué entendió a la hora de contratar, qué información recibió y cómo se produjo la comercialización concreta de su hipoteca, lo cual hizo prácticamente inviable la litigación colectiva que es la que favorece la resolución de este tipo de abusos a favor de los consumidores.
El resultado del mecanismo completo es evidente y previsible: si la transparencia se supera con casi cualquier mención formal al índice, y si el abuso sólo se declara ante una desproporción que hay que demostrar con una pericial que el Supremo puede rechazar sin argumentos objetivos, y comparando el IRPH con índices de tarjetas de crédito, la nulidad del IRPH se convierte en prácticamente imposible.
Europa corrigió en falso
Muchas personas afectadas por el IRPH pusieron sus esperanzas en el Tribunal de Justicia de la Unión Europea (TJUE) porque la Directiva europea 13 de 1993 estableció con claridad que una cláusula no negociada individualmente puede ser declarada nula si causa un desequilibrio importante en perjuicio del consumidor, y que el consumidor debe poder comprender sus consecuencias económicas reales. Una directiva que tiene primacía sobre el derecho nacional.
Con ese fundamento, el TJUE sentenció en 2020 que el IRPH no es intocable por el hecho de ser un índice oficial; que los bancos debían haber facilitado información suficiente; y que, si no lo hicieron, el juez puede declarar la nulidad. Y en 2024 reafirmó que la publicación oficial no bastaba para cumplir la exigencia de transparencia y que la comparación debe hacerse con el conjunto del mercado hipotecario, no solo con el Euríbor.
Sin embargo, el tribunal europeo no declaró abusivo el IRPH, no dijo que las cláusulas fueran nulas por definición y no estableció una consecuencia automática. Manteniendo formalmente una posición diferente a la del Supremo, lo que hizo en realidad fue establecer principios abstractos y devolver la pelota a los tribunales españoles.
Y lo más revelador llegó en febrero de 2026. Una sentencia de 12 de febrero vino a respaldar explícitamente la posición del Supremo: la transparencia no exige al banco explicar la metodología del índice, siendo suficiente informar de la variabilidad y sus consecuencias económicas. Seis años después de su primera corrección al Supremo, el tribunal europeo se puso de acuerdo con él.
No es justicia, es política. Son privilegios
A la hora de juzgar el comportamiento de los bancos, muchos jueces dictaron sentencias sensatas y equilibradas. El Tribunal Supremo, por el contrario, recurrió a argumentos sibilinos para imposibilitar, en la práctica, que los abusos de los bancos pudieran revelarse. Recurriendo a argumentos claramente torticeros ha permitido que estos últimos hayan producido un daño multimillonario a millones de españoles, a miles de empresas y al conjunto de la economía.
En la crisis de 2008 se quiso convencer a la gente de que los bancos que se habían hundido a base de estafar a sus clientes mediante todo tipo de irregularidades y engaños eran «demasiado grandes para dejarlos caer». En el caso del IRPH, el Tribunal Supremo español nos ha demostrado que, además, son suficientemente poderosos como para que no se pueda (o no se quiera) quitarles sus privilegios. No ha hecho justicia, ha dado otros nuevos al más fuerte.
Y eso quizá explique también por qué se dan golpes de Estado contra unos políticos y no contra otros.
Publicado en ctxt.es el 29 de mayo de 2026
Fuente:
viernes, 17 de julio de 2026
Héroes y traidores: Los secretos del servicio exterior durante la Guerra Civil.
"12 aparatos tipo S.81 (bombarderos) ... tres aparatos modelo CR32; tres aparatos modelo M 41 (aviones de combate) 10.000 bombas pequeñas incendiarias; 2571 bombas de profundidad; 90.000 cartuchos ordinarios..." Es parte del material de guerra incluido en los cuatro contratos de compra a la Aeronáutica SIAI ( Societá Idrovolanti Alta Italia) que Pedro Sainz Rodríguez, uno de los monárquicos que participó en la conspiración que desembocó en la Guerra Civil española, firmó en Roma 17 días antes del Golpe de Estado del 18 de julio de 1936. Los documentos se reproducen por primera vez en Al servicio de la democracia, un libro que analiza el conflicto desde las embajadas y consulados españoles que, en palabras del ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel Alvares "se convirtieron también en un campo de batalla. Allí, explicó en la presentación del volumen, de 759 páginas, "no había trincheras ni fusiles", pero se libró una disputa crucial, en la que estaban en juego el apoyo de otras naciones a la legitimidad y supervivencia de la República, un factor que sería determinante para el curso de la guerra y desgraciadamente para la historia posterior del país".
El libro muestra, por un lado, el papel de los monárquícos en la trama que llevó a la sublevación, y or otro el apoyo decisivo y desde el inicio del fascismo italiano a Franco. También desmonta, según explica el historiador Ángel Viñas, que ha coordinado el volumen, algunos viejos mitos e interpretaciones "maniquea" de la historia para intentar justificar el golpe de estado: "No fue una conspiración prosoviética sino profascista."
El estudio parte de una obra anterior, ahora ampliada con la incorporación de nuevos hallazgos y documentos.
jueves, 16 de julio de 2026
5 técnicas de respiración que pueden reducir el estrés en pocos minutos y mejorar tu salud

Pero un campo emergente de la ciencia sugiere que, en ocasiones, nuestro organismo puede beneficiarse si lo hacemos de forma óptima.
El trabajo respiratorio es una práctica ancestral presente en distintas culturas desde hace miles de años.
Hay técnicas como el pranayama, una práctica tradicional de India, que busca conectar mente y cuerpo mediante métodos como respirar por una sola fosa nasal, o el qigong que se practica en China.
La idea central es que adoptar un enfoque más consciente de la respiración, incluso durante unos pocos minutos al día, puede ayudar a relajar y calmar el cuerpo, con beneficios tanto inmediatos como a largo plazo.
"Me gusta describir el trabajo respiratorio como una práctica antigua que está resurgiendo hoy como el nuevo 'truco' de la atención plena", afirma Abbie Little, investigadora en psicología teórica y medicina en la Universidad Griffith, en Australia.
Cabe destacar que las mujeres embarazadas o las personas con enfermedades respiratorias, como el asma o la enfermedad pulmonar obstructiva crónica, deben actuar con cautela antes de probar estas técnicas y consultar con un profesional de la salud.
Ambos grupos han quedado fuera de ensayos anteriores sobre ejercicios de respiración.
Aun así, se cree que muchas personas pueden beneficiarse.
Pequeños cambios pueden ayudar a reducir las hormonas del estrés en personas sanas, mientras que en quienes padecen enfermedades crónicas, como la enfermedad inflamatoria intestinal, el trabajo respiratorio puede mejorar los síntomas y reducir la inflamación.
Para la mayoría, ajustar ligeramente la velocidad, el ritmo y la regularidad de la respiración puede marcar una diferencia inmediata.
¿Cómo puedes empezar a aprovechar estos beneficios?
La BBC analiza de cerca la ciencia de respirar, un campo que se estudia cada vez más.
En esta nota te damos cinco técnicas de respiración que puedes probar.
Mujer con los ojos cerrados, relajada, en estado de plena conscienciaFuente de la imagen,Getty Images Una herramienta para reducir el estrés
Cada vez hay más evidencia de que el trabajo respiratorio puede funcionar como una nueva herramienta para gestionar el estrés.
El estrés crónico es un factor clave en muchos trastornos asociados al envejecimiento.
También está asociado con problemas de salud mental como la ansiedad y la depresión.
Grupo de personas meditando en la postura del loto padmasana en una clase de yoga.
Ajustar la velocidad con la que respiras, el ritmo y la regularidad puede marcar la diferencia.
En personas que ya padecen enfermedades como el cáncer de mama u otros tipos de cáncer, niveles elevados de hormonas del estrés como el cortisol pueden empeorar el pronóstico y acelerar la progresión de la enfermedad.
Además, las investigaciones sugieren que también puede acelerar el envejecimiento.
"Hemos estudiado los niveles de cortisol en mujeres con cáncer de mama avanzado y hemos visto que patrones anormales del cortisol a lo largo del día pueden predecir cuánto tiempo van a vivir", apunta David Spiegel, profesor de psiquiatría y ciencias del comportamiento en la Universidad de Stanford, en EE.UU.
Sin embargo, aunque el trabajo respiratorio tiene una larga trayectoria, la comprensión científica moderna de cómo funciona aún está en sus primeras etapas.
Un estudio reciente que revisa la evidencia disponible señala que más de la mitad de las investigaciones sobre el tema se han publicado en los últimos seis años.
La investigadora Abbie Little afirma que los científicos todavía están tratando de identificar qué métodos son más eficaces.
Aun así, los investigadores ya han podido sacar algunas conclusiones importantes.
Reducir el ritmo puede ayudar
Para empezar, hay una corriente creciente que sugiere que muchos de nosotros respiramos demasiado rápido.
"Todos tendemos a hiperventilar, es decir, a respirar más rápido de lo necesario y de forma poco eficiente", explica Spiegel.
Ilustración de pulmones verdes llenos de plantas.
Los investigadores creen que tendemos a respirar más rápido de lo necesario.
Por lo general, se considera hiperventilación superar las 15 respiraciones por minuto.
Algunas personas respiran principalmente por la boca, un hábito que puede empezar en la infancia y prolongarse hasta la edad adulta.
Spiegel señala que uno de los beneficios del trabajo respiratorio es similar al de la hipnosis, la meditación y otras prácticas mente-cuerpo: obliga a dirigir la atención hacia el interior y a desconectar de lo que ocurre alrededor.
En el caso de la hipnosis, añade, sus efectos incluso se han observado en escáneres de resonancia magnética.
Según un estudio, reduce la actividad en el sistema de alarma interno del cerebro, una región llamada corteza cingulada anterior dorsal, que se activa ante el estrés.
"Existen distintos patrones de respiración que a veces están asociados a prácticas de meditación", dice Spiegel.
"La idea es abrirse al cuerpo, no luchar contra él", añade.
Pero los beneficios del trabajo respiratorio no se limitan a darle un respiro a la mente en medio del ajetreo diario.
También hay evidencia de que modificar la forma en que respiramos, incluso de manera temporal, puede mejorar la regulación del sistema nervioso.
Entrenar el sistema nervioso
En el año 2000, dos psiquiatras estadounidenses propusieron un nuevo modelo para explicar la relación entre el corazón, el sistema nervioso central y nuestras emociones.
Este enfoque se centraba en el sistema nervioso autónomo, una red de nervios, entre ellos el nervio vago, que conecta los principales órganos y regula funciones inconscientes como la frecuencia cardíaca o la respiración.
El sistema nervioso autónomo tiene tres divisiones principales.
Mujer contemplando en el bosque.
Abbie Little explica que respiramos por la boca, de forma rápida y superficial, activamos el sistema nervioso simpático, que nos indica que estamos bajo estrés y en peligro.
El sistema simpático activa la respuesta de "lucha o huida" en situaciones de peligro o alta activación, aumentando la adrenalina, la presión arterial y el ritmo cardíaco.
El sistema parasimpático, en cambio, pone en marcha las funciones de "descanso y digestión", calmando el organismo y favoreciendo procesos como la digestión.
Por último, está el sistema nervioso entérico, formado por cientos de millones de neuronas que se encuentran en la pared del intestino.
Según Little, lo aprendido a partir de ese modelo ha demostrado que existe una relación bidireccional entre la respiración y el sistema nervioso autónomo, lo que ayuda a explicar por qué respirar de forma superficial por la boca no es lo más adecuado para la salud.
"Si respiramos por la boca, de forma rápida y superficial, activamos el sistema nervioso simpático, que nos indica que estamos bajo estrés y en peligro", explica.
"En cambio, si respiramos lenta y profundamente por la nariz, llevando el aire al abdomen, activamos el sistema parasimpático, que nos hace sentir seguros y en reposo".
1. Suspiro cíclico
Un ejemplo de este tipo de respiración más lenta e intencional por la nariz es el llamado suspiro cíclico, que Spiegel compara con la forma en que respiramos de manera natural al cantar.
En 2023, un ensayo controlado aleatorizado comparó distintos ejercicios de respiración con la meditación de atención plena.
Los resultados mostraron que apenas cinco minutos diarios de suspiro cíclico, en particular, produjeron mejoras significativas en el estado de ánimo y la ansiedad a lo largo de un mes.
Spiegel explica que una de las razones probables es que esta técnica implica una exhalación prolongada. Señala que el consejo habitual para el estrés de "respirar hondo" no siempre es el más útil.
"Si solo inhalas, en realidad estás haciendo lo contrario de lo que necesitas", afirma.
Meditación en un bosque de hoja perenne. Mujer madura paseando por un bosque de coníferas
El suspiro cíclico comienza con dos inhalaciones consecutivas por la nariz.
"Al inhalar, reduces el flujo sanguíneo y el oxígeno, y el corazón recibe la señal de bombear con más fuerza. En cambio, cuando haces una exhalación larga y lenta, expulsas el aire y ayudas a que la sangre circule hacia las cavidades del corazón, lo que envía una señal de 'calma' al organismo".
El suspiro cíclico comienza con dos inhalaciones consecutivas por la nariz: primero, una respiración profunda y, justo al final, una segunda inhalación más corta para llenar completamente los pulmones. Después, se exhala lentamente por la boca durante varios segundos, hasta vaciar los pulmones.
Spiegel recomienda repetir este patrón durante unos cinco minutos.
Con la práctica, también se fortalece el diafragma.
"Eso permite llenar mejor los pulmones y realizar una exhalación más larga y lenta, lo que favorece el predominio del sistema parasimpático", señala.
2. Respiración en caja
Otras técnicas buscan controlar el estrés regulando el sistema nervioso autónomo a través del ritmo de la respiración.
La respiración en caja (box breathing), por ejemplo, consiste en seguir un patrón en el que se inhala, se mantiene la respiración, se exhala y se vuelve a mantener, todo durante intervalos similares.
Según Spiegel, esta técnica puede ayudar tanto a relajarse como a concentrarse antes de una situación potencialmente estresante.
Algunos estudios también sugieren que puede ser útil para manejar el dolor crónico. En un ensayo con mujeres con cáncer de mama que se habían sometido a una mastectomía, ayudó a reducir los niveles de estrés.
Ajustar el ritmo de la respiración con otras funciones del cuerpo también puede ser clave.
Guy Fincham, investigador en la Brighton and Sussex Medical School de Reino Unido, explica que hay pruebas sólidas de los beneficios de respirar más lentamente, hasta el punto de realizar menos de 10 ciclos por minuto.
"Este ritmo, presente en tradiciones como el yoga, el qigong, la oración o los mantras, se conoce como respiración coherente", señala.
Se cree que este patrón sincroniza la respiración con las oscilaciones naturales del corazón y la presión arterial, lo que puede tener efectos importantes sobre la variabilidad de la frecuencia cardíaca, es decir, las variaciones en el tiempo entre latidos.
Un aumento de esta variabilidad se asocia con una mejor respuesta al estrés y un sistema nervioso más flexible, e incluso podría ayudar a reducir la inflamación.
"En general, una mayor variabilidad de la frecuencia cardíaca se considera beneficiosa, y la respiración coherente ayuda a optimizarla", afirma Fincham.
La respiración en caja, que utilizan los Navy Seals, la principal fuerza de operaciones especiales de élite de la Armada de EE.UU., como técnica previa a situaciones de alta presión, puede tanto calmar el sistema nervioso como mejorar la concentración.
Consiste en cuatro pasos —inhalar, mantener, exhalar y volver a mantener—, dedicando unos cuatro segundos a cada uno.
"No es tanto una técnica de relajación profunda", explica Spiegel. "Más bien activa el organismo: te prepara para actuar".
3. Respiración 4-7-8
Esta técnica, utilizada en contextos clínicos para reducir la ansiedad y manejar el estrés, sigue un patrón sencillo de inhalar, mantener y exhalar, poniendo especial énfasis en una exhalación lenta.
Un estudio con personas que se habían sometido a una cirugía bariátrica mostró que quienes practicaban la respiración 4-7-8 presentaban niveles de ansiedad significativamente más bajos que aquellos que solo realizaban respiraciones profundas.
El patrón consiste en inhalar durante cuatro segundos, mantener la respiración durante siete y exhalar lentamente durante ocho.
4. Respiración coherente
Al tratarse de una técnica algo más avanzada, Fincham recomienda empezar encontrando una postura cómoda: sentado con la espalda recta y los pies apoyados en el suelo, o tumbado boca arriba.
Debes poner una mano sobre el abdomen y otra sobre el pecho para notar si respiras de forma profunda o superficial.
Luego, hay que cerrar los ojos, o bajar la mirada, y hacer dos o tres respiraciones normales para relajarte.
Luego hay que respirar por la nariz y empujar el aire hacia abajo, activando el diafragma, de modo que la mano del abdomen se eleve primero y un poco más que la del pecho.
Fincham subraya la importancia de que la respiración sea suave y continua, evitando tanto "aspirar" el aire bruscamente al inhalar como expulsarlo con fuerza al exhalar.
"La respiración debe sentirse fluida, como una ola, sin cortes ni brusquedades", explica. "Imagina que es como la marea, que entra y sale lentamente".
A continuación, se debe establecer un ritmo.
Fincham recomienda utilizar una aplicación o una guía sonora para inhalar durante cinco segundos y exhalar durante otros cinco, sin pausas.
Este patrón permite realizar unas seis respiraciones por minuto. Si resulta difícil, puedes empezar con intervalos más cortos e ir aumentándolos progresivamente.
"Con la práctica, será más fácil mantener un ritmo regular, por ejemplo contando mentalmente la duración de cada inhalación y exhalación", explica Andrea Zaccaro, investigador en psicología y respiración de la Universidad de Chieti-Pescara, en Italia.
5. Método de respiración A52
Esta técnica es similar a la respiración coherente, pero introduce una pequeña variación.
Consiste en inhalar lentamente por la nariz durante cinco segundos, llevando el aire al abdomen, y exhalar también de forma lenta durante cinco segundos.
La diferencia es que, al final de la exhalación, se mantiene la respiración durante dos segundos antes de comenzar de nuevo.
Como ocurre con la respiración coherente, puede requerir tiempo y práctica adaptarse.
"Si estás acostumbrado a respirar rápido de forma inconsciente, al principio puede resultar difícil o incómodo por la baja frecuencia de respiraciones y la falta de hábito", señala Little.
"Creo que lo más importante en cualquier técnica de respiración es la exhalación: vaciar completamente el aire te permite luego inspirar de forma más eficaz".
Pero, independientemente de la técnica que elijas, lo más importante es la constancia, aunque solo dediques unos pocos minutos al día.
Los estudios muestran que entre tres y cinco minutos pueden ser suficientes para obtener beneficios medibles.
Incluso si no buscas dominar una técnica concreta, Little señala que todos podemos mejorar la regulación del sistema nervioso simplemente prestando más atención a cómo respiramos en el día a día.
"Respira suavemente por la nariz y llevando el aire al abdomen; debería ser una respiración silenciosa, lenta y tranquila", explica.
"Esto puede mejorar tu vida de forma inmediata y, como respiramos constantemente, es una práctica cuyos efectos se notan rápidamente".
Tanto si tiendes a pensar en exceso, como si eres propenso a la ansiedad o simplemente sientes el peso de las presiones del trabajo o la familia, el trabajo respiratorio ofrece una serie de herramientas que todos podemos utilizar para afrontar mejor el estrés cotidiano.
En personas que ya padecen enfermedades como el cáncer de mama u otros tipos de cáncer, niveles elevados de hormonas del estrés como el cortisol pueden empeorar el pronóstico y acelerar la progresión de la enfermedad.
Además, las investigaciones sugieren que también puede acelerar el envejecimiento.
"Hemos estudiado los niveles de cortisol en mujeres con cáncer de mama avanzado y hemos visto que patrones anormales del cortisol a lo largo del día pueden predecir cuánto tiempo van a vivir", apunta David Spiegel, profesor de psiquiatría y ciencias del comportamiento en la Universidad de Stanford, en EE.UU.
Sin embargo, aunque el trabajo respiratorio tiene una larga trayectoria, la comprensión científica moderna de cómo funciona aún está en sus primeras etapas.
Un estudio reciente que revisa la evidencia disponible señala que más de la mitad de las investigaciones sobre el tema se han publicado en los últimos seis años.
La investigadora Abbie Little afirma que los científicos todavía están tratando de identificar qué métodos son más eficaces.
Aun así, los investigadores ya han podido sacar algunas conclusiones importantes.
Reducir el ritmo puede ayudar
Para empezar, hay una corriente creciente que sugiere que muchos de nosotros respiramos demasiado rápido.
"Todos tendemos a hiperventilar, es decir, a respirar más rápido de lo necesario y de forma poco eficiente", explica Spiegel.
Ilustración de pulmones verdes llenos de plantas.
Los investigadores creen que tendemos a respirar más rápido de lo necesario.
Por lo general, se considera hiperventilación superar las 15 respiraciones por minuto.
Algunas personas respiran principalmente por la boca, un hábito que puede empezar en la infancia y prolongarse hasta la edad adulta.
Spiegel señala que uno de los beneficios del trabajo respiratorio es similar al de la hipnosis, la meditación y otras prácticas mente-cuerpo: obliga a dirigir la atención hacia el interior y a desconectar de lo que ocurre alrededor.
En el caso de la hipnosis, añade, sus efectos incluso se han observado en escáneres de resonancia magnética.
Según un estudio, reduce la actividad en el sistema de alarma interno del cerebro, una región llamada corteza cingulada anterior dorsal, que se activa ante el estrés.
"Existen distintos patrones de respiración que a veces están asociados a prácticas de meditación", dice Spiegel.
"La idea es abrirse al cuerpo, no luchar contra él", añade.
Pero los beneficios del trabajo respiratorio no se limitan a darle un respiro a la mente en medio del ajetreo diario.
También hay evidencia de que modificar la forma en que respiramos, incluso de manera temporal, puede mejorar la regulación del sistema nervioso.
Entrenar el sistema nervioso
En el año 2000, dos psiquiatras estadounidenses propusieron un nuevo modelo para explicar la relación entre el corazón, el sistema nervioso central y nuestras emociones.
Este enfoque se centraba en el sistema nervioso autónomo, una red de nervios, entre ellos el nervio vago, que conecta los principales órganos y regula funciones inconscientes como la frecuencia cardíaca o la respiración.
El sistema nervioso autónomo tiene tres divisiones principales.
Mujer contemplando en el bosque.
Abbie Little explica que respiramos por la boca, de forma rápida y superficial, activamos el sistema nervioso simpático, que nos indica que estamos bajo estrés y en peligro.
El sistema simpático activa la respuesta de "lucha o huida" en situaciones de peligro o alta activación, aumentando la adrenalina, la presión arterial y el ritmo cardíaco.
El sistema parasimpático, en cambio, pone en marcha las funciones de "descanso y digestión", calmando el organismo y favoreciendo procesos como la digestión.
Por último, está el sistema nervioso entérico, formado por cientos de millones de neuronas que se encuentran en la pared del intestino.
Según Little, lo aprendido a partir de ese modelo ha demostrado que existe una relación bidireccional entre la respiración y el sistema nervioso autónomo, lo que ayuda a explicar por qué respirar de forma superficial por la boca no es lo más adecuado para la salud.
"Si respiramos por la boca, de forma rápida y superficial, activamos el sistema nervioso simpático, que nos indica que estamos bajo estrés y en peligro", explica.
"En cambio, si respiramos lenta y profundamente por la nariz, llevando el aire al abdomen, activamos el sistema parasimpático, que nos hace sentir seguros y en reposo".
1. Suspiro cíclico
Un ejemplo de este tipo de respiración más lenta e intencional por la nariz es el llamado suspiro cíclico, que Spiegel compara con la forma en que respiramos de manera natural al cantar.
En 2023, un ensayo controlado aleatorizado comparó distintos ejercicios de respiración con la meditación de atención plena.
Los resultados mostraron que apenas cinco minutos diarios de suspiro cíclico, en particular, produjeron mejoras significativas en el estado de ánimo y la ansiedad a lo largo de un mes.
Spiegel explica que una de las razones probables es que esta técnica implica una exhalación prolongada. Señala que el consejo habitual para el estrés de "respirar hondo" no siempre es el más útil.
"Si solo inhalas, en realidad estás haciendo lo contrario de lo que necesitas", afirma.
Meditación en un bosque de hoja perenne. Mujer madura paseando por un bosque de coníferas
El suspiro cíclico comienza con dos inhalaciones consecutivas por la nariz.
"Al inhalar, reduces el flujo sanguíneo y el oxígeno, y el corazón recibe la señal de bombear con más fuerza. En cambio, cuando haces una exhalación larga y lenta, expulsas el aire y ayudas a que la sangre circule hacia las cavidades del corazón, lo que envía una señal de 'calma' al organismo".
El suspiro cíclico comienza con dos inhalaciones consecutivas por la nariz: primero, una respiración profunda y, justo al final, una segunda inhalación más corta para llenar completamente los pulmones. Después, se exhala lentamente por la boca durante varios segundos, hasta vaciar los pulmones.
Spiegel recomienda repetir este patrón durante unos cinco minutos.
Con la práctica, también se fortalece el diafragma.
"Eso permite llenar mejor los pulmones y realizar una exhalación más larga y lenta, lo que favorece el predominio del sistema parasimpático", señala.
2. Respiración en caja
Otras técnicas buscan controlar el estrés regulando el sistema nervioso autónomo a través del ritmo de la respiración.
La respiración en caja (box breathing), por ejemplo, consiste en seguir un patrón en el que se inhala, se mantiene la respiración, se exhala y se vuelve a mantener, todo durante intervalos similares.
Según Spiegel, esta técnica puede ayudar tanto a relajarse como a concentrarse antes de una situación potencialmente estresante.
Algunos estudios también sugieren que puede ser útil para manejar el dolor crónico. En un ensayo con mujeres con cáncer de mama que se habían sometido a una mastectomía, ayudó a reducir los niveles de estrés.
Ajustar el ritmo de la respiración con otras funciones del cuerpo también puede ser clave.
Guy Fincham, investigador en la Brighton and Sussex Medical School de Reino Unido, explica que hay pruebas sólidas de los beneficios de respirar más lentamente, hasta el punto de realizar menos de 10 ciclos por minuto.
"Este ritmo, presente en tradiciones como el yoga, el qigong, la oración o los mantras, se conoce como respiración coherente", señala.
Se cree que este patrón sincroniza la respiración con las oscilaciones naturales del corazón y la presión arterial, lo que puede tener efectos importantes sobre la variabilidad de la frecuencia cardíaca, es decir, las variaciones en el tiempo entre latidos.
Un aumento de esta variabilidad se asocia con una mejor respuesta al estrés y un sistema nervioso más flexible, e incluso podría ayudar a reducir la inflamación.
"En general, una mayor variabilidad de la frecuencia cardíaca se considera beneficiosa, y la respiración coherente ayuda a optimizarla", afirma Fincham.
La respiración en caja, que utilizan los Navy Seals, la principal fuerza de operaciones especiales de élite de la Armada de EE.UU., como técnica previa a situaciones de alta presión, puede tanto calmar el sistema nervioso como mejorar la concentración.
Consiste en cuatro pasos —inhalar, mantener, exhalar y volver a mantener—, dedicando unos cuatro segundos a cada uno.
"No es tanto una técnica de relajación profunda", explica Spiegel. "Más bien activa el organismo: te prepara para actuar".
3. Respiración 4-7-8
Esta técnica, utilizada en contextos clínicos para reducir la ansiedad y manejar el estrés, sigue un patrón sencillo de inhalar, mantener y exhalar, poniendo especial énfasis en una exhalación lenta.
Un estudio con personas que se habían sometido a una cirugía bariátrica mostró que quienes practicaban la respiración 4-7-8 presentaban niveles de ansiedad significativamente más bajos que aquellos que solo realizaban respiraciones profundas.
El patrón consiste en inhalar durante cuatro segundos, mantener la respiración durante siete y exhalar lentamente durante ocho.
4. Respiración coherente
Al tratarse de una técnica algo más avanzada, Fincham recomienda empezar encontrando una postura cómoda: sentado con la espalda recta y los pies apoyados en el suelo, o tumbado boca arriba.
Debes poner una mano sobre el abdomen y otra sobre el pecho para notar si respiras de forma profunda o superficial.
Luego, hay que cerrar los ojos, o bajar la mirada, y hacer dos o tres respiraciones normales para relajarte.
Luego hay que respirar por la nariz y empujar el aire hacia abajo, activando el diafragma, de modo que la mano del abdomen se eleve primero y un poco más que la del pecho.
Fincham subraya la importancia de que la respiración sea suave y continua, evitando tanto "aspirar" el aire bruscamente al inhalar como expulsarlo con fuerza al exhalar.
"La respiración debe sentirse fluida, como una ola, sin cortes ni brusquedades", explica. "Imagina que es como la marea, que entra y sale lentamente".
A continuación, se debe establecer un ritmo.
Fincham recomienda utilizar una aplicación o una guía sonora para inhalar durante cinco segundos y exhalar durante otros cinco, sin pausas.
Este patrón permite realizar unas seis respiraciones por minuto. Si resulta difícil, puedes empezar con intervalos más cortos e ir aumentándolos progresivamente.
"Con la práctica, será más fácil mantener un ritmo regular, por ejemplo contando mentalmente la duración de cada inhalación y exhalación", explica Andrea Zaccaro, investigador en psicología y respiración de la Universidad de Chieti-Pescara, en Italia.
5. Método de respiración A52
Esta técnica es similar a la respiración coherente, pero introduce una pequeña variación.
Consiste en inhalar lentamente por la nariz durante cinco segundos, llevando el aire al abdomen, y exhalar también de forma lenta durante cinco segundos.
La diferencia es que, al final de la exhalación, se mantiene la respiración durante dos segundos antes de comenzar de nuevo.
Como ocurre con la respiración coherente, puede requerir tiempo y práctica adaptarse.
"Si estás acostumbrado a respirar rápido de forma inconsciente, al principio puede resultar difícil o incómodo por la baja frecuencia de respiraciones y la falta de hábito", señala Little.
"Creo que lo más importante en cualquier técnica de respiración es la exhalación: vaciar completamente el aire te permite luego inspirar de forma más eficaz".
Pero, independientemente de la técnica que elijas, lo más importante es la constancia, aunque solo dediques unos pocos minutos al día.
Los estudios muestran que entre tres y cinco minutos pueden ser suficientes para obtener beneficios medibles.
Incluso si no buscas dominar una técnica concreta, Little señala que todos podemos mejorar la regulación del sistema nervioso simplemente prestando más atención a cómo respiramos en el día a día.
"Respira suavemente por la nariz y llevando el aire al abdomen; debería ser una respiración silenciosa, lenta y tranquila", explica.
"Esto puede mejorar tu vida de forma inmediata y, como respiramos constantemente, es una práctica cuyos efectos se notan rápidamente".
Tanto si tiendes a pensar en exceso, como si eres propenso a la ansiedad o simplemente sientes el peso de las presiones del trabajo o la familia, el trabajo respiratorio ofrece una serie de herramientas que todos podemos utilizar para afrontar mejor el estrés cotidiano.
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Winnipeg, el barco con el que Neruda salvó a 2.200 exiliados republicanos que iniciaron una nueva vida en Chile
Yo reivindico el papel de las personas pequeñas a la hora de construir un mundo mejor. Por ejemplo esos herederos del Winnipeg, esos “hijos de Neruda”, como ellos se denominan, ahora mismo son 11.000. Y el legado de ese agradecimiento ha traspasado generaciones. Generando un mundo de gente solidaria, amable y generosa“,
En 1939, el barco carguero francés Winnipeg, que apenas tenía capacidad para 100 tripulantes, llevó a Chile a más de 2.200 exiliados de la Guerra Civil española. Un viaje que organizó Pablo Neruda, que lo consideraba su “mejor poema”. Una apasionante historia que la guionista Laura Martel y la dibujante Antonia Santolaya contaron en la novela gráfica Winnipeg, el barco de Neruda (2014) y que ahora Beñat Beitia y Elio Quiroga, llevan al cine en la película Winnipeg, el barco de la esperanza, una coproducción entre España, Chile y Argentina, que cuenta con la participación de RTVE y que llegó a los cines este viernes, 10 de julio.
https://www.youtube-nocookie.com/embed/qX05AJqTsBU?rel=0&autoplay=0&showinfo=0&enablejsapi=0 Hemos hablado con Beñat Beitia y Laura Martel, que también ha escrito el guión de la película junto a los directores. “Queríamos recuperar una apasionante historia silenciada que prácticamente es desconocida en España -asegura Beñat-. Y que creo que está muy de actualidad, porque pienso que no nos estamos portando muy bien con nuestras políticas migratorias, tanto a nivel nacional, con esas prioridades nacionales que se están aprobando, como europeo, con esos campos de deportación en terceros países que se han aprobado. Creemos que es importante recuperar estas historias para no repetir los errores del pasado. También queremos agradecer a Chile esa ayuda que nos prestó y que esta historia nos recuerde la necesidad de recuperar los valores básicos de la humanidad“.
“Descubrí esta historia por casualidad -nos comenta Laura-, en una cena en mi casa con gente de la embajada de Chile. Y cuanto más leía sobre ella, más me daba cuenta de que es una historia preciosa. De esas que la vida nos regala y que tienen un final feliz. Pensé en hacer un documental y me fui a Chile para hablar con los supervivientes del Winnipeg y sus descendientes. Y me pasó una cosa curiosa, que todos eran gente amabilísima que enseguida me daban las fotos, cartas y recuerdos de sus abuelos, que me dejaban quedarme en sus casas… Eran increíblemente amables, generosos y muy felices. Y me di cuenta de que era debido al lo agradecidos que estaban. Como ya había un documental sobre el tema, decidí hacer una novela gráfica que ilustró, maravillosamente, Antonia Santolaya”.
Tráiler de 'Winnipeg, el barco de la esperanza' - Somos cine | Ver “Sin Pablo Neruda, el viaje no hubiera sido posible”
La película nos cuenta la historia de Víctor, un padre viudo y su pequeña hija Julia, que abandonan España tras la caída de Barcelona a manos de los franquistas en enero de 1939. En Francia les aguardan campos de concentración y penurias. Pero hay una posibilidad de huir: embarcar en el Winnipeg, un carguero que Pablo Neruda y los cuáqueros de París han fletado, para llevarlos a salvo a un nuevo destino: Valparaíso, Chile, donde sueñan con iniciar una nueva vida.
“Sin Pablo Neruda esto no hubiera sido posible -nos explica Laura-. Pero tampoco sin la aportación de muchas otras personas. De hecho, la idea no fue de Neruda, sino de su esposa, Delia del Carril, que fue la que recibió una carta de María Teresa, la mujer de Alberti, contándole la penosa situación en la que se encontraban los españoles en los campos de refugiados de Francia. Fue ella la que le dijo a Neruda que deberían hacer algo. Y Neruda cogió el toro por los cuernos y habló con el presidente de Chile, Pedro Aguirre Cerda, para decirle que tenía que acoger refugiados. Y Aguirre le contestó: “Si tú los traes, yo los acojo”. Por eso, Neruda fue nombrado cónsul honorario en París y empezó a recaudar fondos que llegaron de gente muy diversa, incluidos los cuáqueros, una organización religiosa. Neruda les advirtió de que los republicanos a los que iban a ayudar no eran religiosos pero ellos dijeron: “No nos importa si son pecadores o pescadores, son seres humanos que están en una situación desesperada y necesitan ayuda y nosotros les vamos a tender la mano”. A partir de entonces, cada vez que Pablo Neruda brindaba lo hacía “por la vida, por la alegría, por la ilusión, por el amor y por los cuáqueros”.
“Esta historia -añade Laura-, habla de que la humanidad, el amor, es el antídoto contra la barbarie y lo que nos puede salvar. Lo único que los humanos podemos hacer que no pueden hacer las máquinas es amar”.
“Julia representa la esperanza y el futuro que transportó el Winnipeg” Y es que la película habla del amor paterno-filial pero también del amor a los demás y del amor entre los pueblos: “Víctor, nuestro protagonista, está basado en Víctor Pey, un ingeniero madrileño que estuvo en la columna Durruti -nos explica Beñat-. A partir de él creamos a su hija Julia, que nos permite llegar a ese público de 12 años. Queríamos mostrar esos valores humanitarios a los niños, porque ellos representan esa sociedad del futuro que deseamos. Y mostrar su candidez y su inocencia ante una situación tan desastrosa como puede ser la guerra. Ese barco, al final, lo que transportó fue esperanza y futuro y Julia simboliza todo eso“.
Por cierto, que el aspecto de la Julia adulta en la película, está inspirado en la pintora y grabadora chilena Roser Bru (1923-2021), que era una de las pasajeras del Winnipeg. “El personaje de Julia está basado en varias personas de las que entrevisté en España y Chile -nos comenta Laura-. Por ejemplo, en una mujer que se llama Margarita, que vive en Tarragona y que me contó una cosa preciosa: que a ella la vistieron de domingo para cruzar la frontera y creía que iba a misa porque era el traje de ir a misa. Ella me contó muchas cosas desde el punto de vista de una niña”.
“También me inspiré en una mujer que se llamaba Julia, que me contó que lo único que se llevó de Barcelona a Francia fue su set de costura, ya que pensaba que era lo único que le iba a permitir ganarse la vida allí. Me contó que, en medio de la fealdad del campo de refugiados, lo único que la salvaba de la locura era mirar los colores de su set de costura. Eso me lo contó mucha gente, que necesitaban agarrarse a algo hermoso, un recuerdo, un objeto… para mantenerse sanos mentalmente. Lo de hacer que la Julia mayor fuera Roser, en la película, fue idea de los otros guionistas, pero es cierto que Roser fue uno de los símbolos de ese viaje del Winnipeg”, concluye Laura.
En cuanto a las condiciones de vida en ese barco, durante el mes que duró la travesía, Laura Martel nos comenta: “Depende de quien lo cuente, porque los que fueron de niños lo pasaron genial. Para ellos fue la aventura de su vida. Mientras que las personas como Víctor, que cargaron a su espalda mucha de la responsabilidad del barco, lo pasaron mal, porque fueron los que sabían que a lo mejor no los aceptaban, que les acechaban submarinos alemanes… Pero teniendo en cuenta que venían de esos campos de refugiados de Francia en los que lo pasaron tan mal, porque en realidad eran campos de concentración, creo que el barco fue mucho más llevadero para ellos”.
Imagen de 'Winnipeg, el barco de la esperanza'. “Bienvenidos a mi país”
Preguntamos a Beñat Beitia por el aspecto visual de la película, ya que la novela gráfica era en blanco y negro: “Cada medio tiene su propio lenguaje y eso supuso una reestructuración absoluta a nivel visual. Hemos trabajado con un estilo europeo contemporáneo muy cuidado. Yo me he encargado también de la dirección artística de la película y el trabajo a nivel documental fue encomiable desde el principio, cuando ya decidimos acumular toda la información que podíamos necesitar. Además, hemos trabajado con el gran Miguel Francisco en el diseño de personajes (Angry Birds, Best Friends, Kokoon o Stella). Y al ser una coproducción, hemos reunido el talento de los tres países, como los estupendos fondos que han creado en Argentina y Chile. Gracias a eso creo que hemos conseguido una verdad emocional y también matizar esa crudeza que podía tener la historia. Porque nuestro objetivo era que la película creara esos lazos emocionales y consiguiera provocar la reflexión y el diálogo. Algo para lo que creo que la animación es una herramienta excepcional“.
“La idea -añade Laura-, es que al principio sea una historia dramática, porque los campos son dramáticos, pero que a partir de ahí sea alguien que lanza una mano y ya es coger esa mano. Hay algo en esta historia que a mí me parece precioso, y es que había una parte de la sociedad chilena que rechazaba a los refugiados por miedo, que a lo mejor era justificado. Pero al final acogieron muy bien a los refugiados. De hecho, uno de los pasajeros del Winnipeg me contó que, al desembarcar, se encontraron a un hombre con un cartel en el que ponía: “Refugiados fuera, Aquí no queremos más problemas”. Pero cuando vio a una familia española con dos niños pequeños, tiró el cartel, se aproximó, sacó su cartera, le dio al padre todo el dinero que llevaba y les dijo “Bienvenidos a mi país”. Es precioso”.
70 aniversario de la llegada del Winnipeg a Chile | Ver “Lo que está sucediendo actualmente es absolutamente deshumanizador”
En estos momentos, en los que aumenta el rechazo a la inmigración en Europa y Estados Unidos, Beñat Beitia insiste en la importancia de historias como las del Winnipeg: “Yo creo que todos tenemos en nuestra casa a algún familiar que emigró en busca de un futuro mejor. Y mirad como nos comportamos ahora con los que llegan a Canarias, por ejemplo. Ahora que se tratan de aprobar leyes de prioridades nacionales y cosas similares, tenemos que hacerle frente. Es absolutamente deshumanizador todo lo que está ocurriendo y la dirección en la que vamos es muy preocupante. Creo que esta película es más necesaria que nunca por los valores que transmite. Sobre todo, porque hemos olvidado que España ha sido, históricamente, un país de inmigrantes“.
Algo con lo que Laura Martel está de acuerdo: “Muchas de las personas que lean esto pensarán, como yo, que nos sentimos impotentes. Nos sentimos ínfimos y que pensamos que no podemos hacer nada en estos temas que nos superan. Pero muchas veces la vida te pone en posición de ayudar y se puede hacer. Ojalá no repitamos errores del pasado, pero si los repetimos, repitamos también los aciertos. Echemos una mano, como nos la echaron a nosotros. De hecho, la novela gráfica está dedicada a todas las personas a las que alguna vez la vida les puso en situación de ayudar a alguien. No tenían por qué hacerlo, no se iban a beneficiar de eso. Podían no hacerlo y sin embargo lo hicieron. Esa es la gente que crea un mundo mejor, Así que yo les dedique a ellos el cómic”.
“Yo reivindico el papel de las personas pequeñas a la hora de construir un mundo mejor. Por ejemplo esos herederos del Winnipeg, esos “hijos de Neruda”, como ellos se denominan, ahora mismo son 11.000. Y el legado de ese agradecimiento ha traspasado generaciones. Generando un mundo de gente solidaria, amable y generosa“, concluye Laura.
Winnipeg, el barco de la esperanza, se estrena en cines desde este viernes, 10 de julio.
En 1939, el barco carguero francés Winnipeg, que apenas tenía capacidad para 100 tripulantes, llevó a Chile a más de 2.200 exiliados de la Guerra Civil española. Un viaje que organizó Pablo Neruda, que lo consideraba su “mejor poema”. Una apasionante historia que la guionista Laura Martel y la dibujante Antonia Santolaya contaron en la novela gráfica Winnipeg, el barco de Neruda (2014) y que ahora Beñat Beitia y Elio Quiroga, llevan al cine en la película Winnipeg, el barco de la esperanza, una coproducción entre España, Chile y Argentina, que cuenta con la participación de RTVE y que llegó a los cines este viernes, 10 de julio.
https://www.youtube-nocookie.com/embed/qX05AJqTsBU?rel=0&autoplay=0&showinfo=0&enablejsapi=0 Hemos hablado con Beñat Beitia y Laura Martel, que también ha escrito el guión de la película junto a los directores. “Queríamos recuperar una apasionante historia silenciada que prácticamente es desconocida en España -asegura Beñat-. Y que creo que está muy de actualidad, porque pienso que no nos estamos portando muy bien con nuestras políticas migratorias, tanto a nivel nacional, con esas prioridades nacionales que se están aprobando, como europeo, con esos campos de deportación en terceros países que se han aprobado. Creemos que es importante recuperar estas historias para no repetir los errores del pasado. También queremos agradecer a Chile esa ayuda que nos prestó y que esta historia nos recuerde la necesidad de recuperar los valores básicos de la humanidad“.
“Descubrí esta historia por casualidad -nos comenta Laura-, en una cena en mi casa con gente de la embajada de Chile. Y cuanto más leía sobre ella, más me daba cuenta de que es una historia preciosa. De esas que la vida nos regala y que tienen un final feliz. Pensé en hacer un documental y me fui a Chile para hablar con los supervivientes del Winnipeg y sus descendientes. Y me pasó una cosa curiosa, que todos eran gente amabilísima que enseguida me daban las fotos, cartas y recuerdos de sus abuelos, que me dejaban quedarme en sus casas… Eran increíblemente amables, generosos y muy felices. Y me di cuenta de que era debido al lo agradecidos que estaban. Como ya había un documental sobre el tema, decidí hacer una novela gráfica que ilustró, maravillosamente, Antonia Santolaya”.
Tráiler de 'Winnipeg, el barco de la esperanza' - Somos cine | Ver “Sin Pablo Neruda, el viaje no hubiera sido posible”
La película nos cuenta la historia de Víctor, un padre viudo y su pequeña hija Julia, que abandonan España tras la caída de Barcelona a manos de los franquistas en enero de 1939. En Francia les aguardan campos de concentración y penurias. Pero hay una posibilidad de huir: embarcar en el Winnipeg, un carguero que Pablo Neruda y los cuáqueros de París han fletado, para llevarlos a salvo a un nuevo destino: Valparaíso, Chile, donde sueñan con iniciar una nueva vida.
“Sin Pablo Neruda esto no hubiera sido posible -nos explica Laura-. Pero tampoco sin la aportación de muchas otras personas. De hecho, la idea no fue de Neruda, sino de su esposa, Delia del Carril, que fue la que recibió una carta de María Teresa, la mujer de Alberti, contándole la penosa situación en la que se encontraban los españoles en los campos de refugiados de Francia. Fue ella la que le dijo a Neruda que deberían hacer algo. Y Neruda cogió el toro por los cuernos y habló con el presidente de Chile, Pedro Aguirre Cerda, para decirle que tenía que acoger refugiados. Y Aguirre le contestó: “Si tú los traes, yo los acojo”. Por eso, Neruda fue nombrado cónsul honorario en París y empezó a recaudar fondos que llegaron de gente muy diversa, incluidos los cuáqueros, una organización religiosa. Neruda les advirtió de que los republicanos a los que iban a ayudar no eran religiosos pero ellos dijeron: “No nos importa si son pecadores o pescadores, son seres humanos que están en una situación desesperada y necesitan ayuda y nosotros les vamos a tender la mano”. A partir de entonces, cada vez que Pablo Neruda brindaba lo hacía “por la vida, por la alegría, por la ilusión, por el amor y por los cuáqueros”.
“Esta historia -añade Laura-, habla de que la humanidad, el amor, es el antídoto contra la barbarie y lo que nos puede salvar. Lo único que los humanos podemos hacer que no pueden hacer las máquinas es amar”.
“Julia representa la esperanza y el futuro que transportó el Winnipeg” Y es que la película habla del amor paterno-filial pero también del amor a los demás y del amor entre los pueblos: “Víctor, nuestro protagonista, está basado en Víctor Pey, un ingeniero madrileño que estuvo en la columna Durruti -nos explica Beñat-. A partir de él creamos a su hija Julia, que nos permite llegar a ese público de 12 años. Queríamos mostrar esos valores humanitarios a los niños, porque ellos representan esa sociedad del futuro que deseamos. Y mostrar su candidez y su inocencia ante una situación tan desastrosa como puede ser la guerra. Ese barco, al final, lo que transportó fue esperanza y futuro y Julia simboliza todo eso“.
Por cierto, que el aspecto de la Julia adulta en la película, está inspirado en la pintora y grabadora chilena Roser Bru (1923-2021), que era una de las pasajeras del Winnipeg. “El personaje de Julia está basado en varias personas de las que entrevisté en España y Chile -nos comenta Laura-. Por ejemplo, en una mujer que se llama Margarita, que vive en Tarragona y que me contó una cosa preciosa: que a ella la vistieron de domingo para cruzar la frontera y creía que iba a misa porque era el traje de ir a misa. Ella me contó muchas cosas desde el punto de vista de una niña”.
“También me inspiré en una mujer que se llamaba Julia, que me contó que lo único que se llevó de Barcelona a Francia fue su set de costura, ya que pensaba que era lo único que le iba a permitir ganarse la vida allí. Me contó que, en medio de la fealdad del campo de refugiados, lo único que la salvaba de la locura era mirar los colores de su set de costura. Eso me lo contó mucha gente, que necesitaban agarrarse a algo hermoso, un recuerdo, un objeto… para mantenerse sanos mentalmente. Lo de hacer que la Julia mayor fuera Roser, en la película, fue idea de los otros guionistas, pero es cierto que Roser fue uno de los símbolos de ese viaje del Winnipeg”, concluye Laura.
En cuanto a las condiciones de vida en ese barco, durante el mes que duró la travesía, Laura Martel nos comenta: “Depende de quien lo cuente, porque los que fueron de niños lo pasaron genial. Para ellos fue la aventura de su vida. Mientras que las personas como Víctor, que cargaron a su espalda mucha de la responsabilidad del barco, lo pasaron mal, porque fueron los que sabían que a lo mejor no los aceptaban, que les acechaban submarinos alemanes… Pero teniendo en cuenta que venían de esos campos de refugiados de Francia en los que lo pasaron tan mal, porque en realidad eran campos de concentración, creo que el barco fue mucho más llevadero para ellos”.
Imagen de 'Winnipeg, el barco de la esperanza'. “Bienvenidos a mi país”
Preguntamos a Beñat Beitia por el aspecto visual de la película, ya que la novela gráfica era en blanco y negro: “Cada medio tiene su propio lenguaje y eso supuso una reestructuración absoluta a nivel visual. Hemos trabajado con un estilo europeo contemporáneo muy cuidado. Yo me he encargado también de la dirección artística de la película y el trabajo a nivel documental fue encomiable desde el principio, cuando ya decidimos acumular toda la información que podíamos necesitar. Además, hemos trabajado con el gran Miguel Francisco en el diseño de personajes (Angry Birds, Best Friends, Kokoon o Stella). Y al ser una coproducción, hemos reunido el talento de los tres países, como los estupendos fondos que han creado en Argentina y Chile. Gracias a eso creo que hemos conseguido una verdad emocional y también matizar esa crudeza que podía tener la historia. Porque nuestro objetivo era que la película creara esos lazos emocionales y consiguiera provocar la reflexión y el diálogo. Algo para lo que creo que la animación es una herramienta excepcional“.
“La idea -añade Laura-, es que al principio sea una historia dramática, porque los campos son dramáticos, pero que a partir de ahí sea alguien que lanza una mano y ya es coger esa mano. Hay algo en esta historia que a mí me parece precioso, y es que había una parte de la sociedad chilena que rechazaba a los refugiados por miedo, que a lo mejor era justificado. Pero al final acogieron muy bien a los refugiados. De hecho, uno de los pasajeros del Winnipeg me contó que, al desembarcar, se encontraron a un hombre con un cartel en el que ponía: “Refugiados fuera, Aquí no queremos más problemas”. Pero cuando vio a una familia española con dos niños pequeños, tiró el cartel, se aproximó, sacó su cartera, le dio al padre todo el dinero que llevaba y les dijo “Bienvenidos a mi país”. Es precioso”.
70 aniversario de la llegada del Winnipeg a Chile | Ver “Lo que está sucediendo actualmente es absolutamente deshumanizador”
En estos momentos, en los que aumenta el rechazo a la inmigración en Europa y Estados Unidos, Beñat Beitia insiste en la importancia de historias como las del Winnipeg: “Yo creo que todos tenemos en nuestra casa a algún familiar que emigró en busca de un futuro mejor. Y mirad como nos comportamos ahora con los que llegan a Canarias, por ejemplo. Ahora que se tratan de aprobar leyes de prioridades nacionales y cosas similares, tenemos que hacerle frente. Es absolutamente deshumanizador todo lo que está ocurriendo y la dirección en la que vamos es muy preocupante. Creo que esta película es más necesaria que nunca por los valores que transmite. Sobre todo, porque hemos olvidado que España ha sido, históricamente, un país de inmigrantes“.
Algo con lo que Laura Martel está de acuerdo: “Muchas de las personas que lean esto pensarán, como yo, que nos sentimos impotentes. Nos sentimos ínfimos y que pensamos que no podemos hacer nada en estos temas que nos superan. Pero muchas veces la vida te pone en posición de ayudar y se puede hacer. Ojalá no repitamos errores del pasado, pero si los repetimos, repitamos también los aciertos. Echemos una mano, como nos la echaron a nosotros. De hecho, la novela gráfica está dedicada a todas las personas a las que alguna vez la vida les puso en situación de ayudar a alguien. No tenían por qué hacerlo, no se iban a beneficiar de eso. Podían no hacerlo y sin embargo lo hicieron. Esa es la gente que crea un mundo mejor, Así que yo les dedique a ellos el cómic”.
“Yo reivindico el papel de las personas pequeñas a la hora de construir un mundo mejor. Por ejemplo esos herederos del Winnipeg, esos “hijos de Neruda”, como ellos se denominan, ahora mismo son 11.000. Y el legado de ese agradecimiento ha traspasado generaciones. Generando un mundo de gente solidaria, amable y generosa“, concluye Laura.
Winnipeg, el barco de la esperanza, se estrena en cines desde este viernes, 10 de julio.
miércoles, 15 de julio de 2026
_- La izquierda que ya no sirve. Ideas para recuperar el norte
_- La reciente imputación del expresidente socialista José Luis Rodríguez Zapatero está trufada de acusaciones sin pruebas y establecidas a base de presunciones no demostradas, pero no se puede negar que forma parte de un larguísimo reguero de frustraciones y desencantos producidos por dirigentes de izquierdas en casi todo el mundo. Incluso si mañana mismo se demostrase su completa inocencia en todos los cargos que se le imputan, no podríamos dejar de preguntarnos qué hacía entre comisionistas, entre corruptos y vende patrias alguien que se presenta como referencia moral de la izquierda, y qué necesidad tiene de dedicarse a ganar dinero en la frontera siempre sutil entre lo bien y lo mal hecho quien, al mismo tiempo, hace discursos como paladín de la igualdad, la transparencia y la justicia social.
Sea como sea que acabe el caso Zapatero, no será el último de frustración, vergüenza y decepción, como no ha sido el primero. Por eso creo que es un error seguir afrontando cada una de esas decepciones como hechos singulares. Son regulares porque responden a un patrón común, a un mal estructural que afecta a la izquierda de nuestro tiempo.
He tratado de analizarlo en el día a día desde hace años, en muchos artículos que están todos en mi página web (www.juantorreslopez.com) y en textos más extensos en alguno de mis libros. Especialmente, en Para que haya futuro (Ediciones Deusto, 2024), en cuya portada lo presenté como un libro que trataba de responder a una pregunta fundamental: ¿Cómo construir un mundo mejor cuando se extiende la extrema derecha para evitarlo y la izquierda no sabe cómo hacerlo?
En estas páginas, trataré de resumir todas esas reflexiones, no como una tesis definitiva, sino más bien como la provocación que es preciso realizar para llamar la atención y para ayudar a generar un debate que apenas se afronta en los términos radicales, de raíz, en que a mí me parece que hay que plantearlo.
A mi juicio, la izquierda que conocemos no da para más, y está a punto de dilapidar por completo todo su patrimonio cultural, ideológico y político del pasado. Ya no es un instrumento útil para transformar el mundo y es preciso cambiar de rumbo con urgencia porque la amenaza de violencia, caos y destrucción, como he analizado también en muchos de mis textos, es más fuerte que nunca en todos los rincones del planeta. De un planeta amenazado, como quizá nunca lo estuvo, por un ecocidio que perpetran grandes capitales sin otro fin que seguir obteniendo beneficio monetario y poder sin límites.
En estas páginas quiere presentar resumidamente dos tesis. La primera es que las izquierdas dejaron de ser transformadoras cuando abandonaron la construcción de sociedad y trataron de sustituir el contrapoder social por la mera ocupación institucional. Cuando perdieron el contacto cotidiano con la vida concreta de la mayoría social y quisieron combatir al neoliberalismo utilizando las mismas estructuras culturales, económicas y comunicativas que el propio neoliberalismo controlaba. Este es, a mi juicio, el error estratégico que explica gran parte de sus derrotas, de sus frustraciones y también del avance contemporáneo de la extrema derecha. La segunda, que a la hora de enfrentarnos a ese fracaso no estamos en un punto cero. Sabemos que sobre qué principios y de qué modo se puede transformar la sociedad y dónde están las experiencias reales que pueden enseñarnos los pasos que hay que dar para conseguirlo. Al mismo tiempo trato de ofrecer, por tanto, el doble plano que encuentro en la realidad: lo lamentable del presente de la izquierda, y la esperanza que puede encontrar quien la analice con luces largas y descubra en ella lo que el poder dominante trata lógicamente de ocultarnos.
La izquierda que fue
Durante décadas, las izquierdas fueron la proa del progreso humano. Es un hecho histórico y evidente. No ha habido ni un solo avance significativo en derechos, en libertades, en justicia social y conquistas democráticas que no haya sido impulsado, sostenido o arrancado por sindicatos, partidos progresistas y movimientos sociales de izquierda. En la gran mayoría de las ocasiones, a base de muchos y a veces sangrientos sacrificios. La jornada de ocho horas, el sufragio universal, la educación pública, la sanidad para todos, los derechos laborales, la seguridad social, las batallas contra las dictaduras, la descolonización, los derechos civiles, la igualdad entre hombres y mujeres (esto último no sin resistencia de demasiados hombres de izquierdas, todo hay que decirlo)... todo ese patrimonio de la humanidad que hoy damos por sentado fue conquistado contra la resistencia de quienes tenían interés en que nada cambiara, y se pudo conquistar gracias a las demandas y la presión organizadas de las izquierdas.
Y lo más notable es que a veces ni siquiera necesitaban gobernar para conseguirlo. Les bastaba su sola presencia social, era suficiente que existieran como fuerza organizada, como contrapoder real, como referente de lo que podía exigirse y de lo que era justo reclamar. Su mera existencia tensionaba a la sociedad, ponía en marcha a los colectivos, obligaba a los poderosos a ceder (no sin fuertes resistencias, desde luego) para no perderlo todo.
Las izquierdas históricas no eran solamente partidos políticos. Eran formas de vida compartida. Estaban presentes en los barrios, en las fábricas, en las asociaciones vecinales, en los sindicatos, en las cooperativas, en las escuelas públicas, en los ateneos culturales y en multitud de espacios cotidianos en los que la gente convivía, discutía, aprendía y se organizaba colectivamente.
Su fuerza no procedía sólo de sus ideas o programas sino de la sociedad que habían construido previamente. Compartían las condiciones de vida de las grandes mayorías sociales y formaban parte de su experiencia cotidiana. No hablaban desde fuera de la vida popular, sino desde dentro de ella.
Es cierto que hubo idas y vueltas, pasos adelante y pasos atrás, traiciones y derrotas, y también muchas veces la reproducción de lo peor que habían hecho los peores poderes. Es cierto que ha habido, sin duda, dictaduras de izquierdas; e izquierdas que han acabado con derechos y libertades, en lugar de alumbrarlos. Tampoco eso se puede negar. Pero el balance general de la historia fue inequívoco durante más de un siglo: cuando el progreso estuvo ligado a la justicia, a la igualdad y a la paz, fue porque las izquierdas lo empujaron.
Sin embargo, desde los años setenta y ochenta del siglo pasado algo empezó a cambiar. Lentamente al principio, de forma acelerada después, las izquierdas dejaron de ser la punta de lanza del progreso, y se fueron convirtiendo paulatinamente en fuentes de frustración y de fracaso. Incluso cuando han gobernado, lo que ha ocurrido después ha sido con demasiada frecuencia desastroso, pues a menudo llevaba a situaciones aún peores que las previas: retrocesos en lo conquistado, desmovilización de las bases, pérdida de credibilidad, y a veces algo todavía más grave, la sensación de que la izquierda en el poder se volvía indistinguible de aquello que decía combatir.
Hay que decirlo con claridad. En las últimas décadas, las izquierdas se han convertido para demasiada gente en una fuente constante de frustración, de dolor y, a veces, incluso de vergüenza.
¿Por qué ha pasado esto? ¿Por qué la izquierda que durante más de un siglo fue motor del cambio se ha convertido en uno de sus principales obstáculos? ¿Por qué tantos dirigentes de izquierdas en los que se deposita la confianza defraudan tanto y tan a menudo, con una regularidad que ya no puede atribuirse a la mala suerte, ni a su carácter personal? ¿Por qué lo habitual es que las personas de izquierdas que nos gobiernan, nos representan en los parlamentos, o dirigen los partidos no se distinguen casi nunca de las de derechas en sus comportamientos públicos o personales? ¿Por qué no representan un tipo de ser humano diferente (como sí ha ocurrido con alguno de ellos, como Pepe Mújica, por ejemplo) sino que se transforman y clonan, a base de sueldos elevados, prebendas y buena vida?
Estas son las preguntas que me propongo responder a continuación. No haciendo juicios morales (aunque también corresponda hacerlos) sino analizando el problema estructural que me parece obligado contemplar con luces largas para poder dar el tipo de respuestas que permiten recobrar el norte y avanzar hacia un horizonte de progreso, de libertades, de justicia y de paz.
El cambio que noqueó a la izquierda
Para entender el fracaso contemporáneo de las izquierdas es imprescindible comprender antes la naturaleza profunda del neoliberalismo. Porque el neoliberalismo no fue únicamente un conjunto de políticas económicas orientadas a privatizar empresas públicas, desregular mercados o reducir el tamaño del Estado. Fue mucho más que eso: una transformación civilizatoria.
Sus impulsores comprendieron algo fundamental: el verdadero poder histórico de las izquierdas no residía solamente en los parlamentos o en los gobiernos, sino en la sociedad organizada. Sabían que los sindicatos, los espacios comunitarios, los vínculos colectivos y la cultura solidaria eran las bases materiales y emocionales del contrapoder democrático.
Por eso la ofensiva neoliberal se dirigió precisamente contra ese terreno.
La primera respuesta fue brutal y violenta. En numerosos países de América Latina, África y Asia, las experiencias progresistas y populares fueron aplastadas mediante golpes de Estado, asesinatos, desapariciones y represión sistemática. El objetivo no era solamente derrotar gobiernos concretos, sino destruir físicamente a quienes organizaban el contrapoder social.
Pero muy pronto llegó una segunda fase todavía más sofisticada y eficaz: la revolución conservadora impulsada desde los años ochenta.
El neoliberalismo llevó a cabo una auténtica operación antropológica y cultural. No pretendía únicamente cambiar las políticas económicas, sino transformar la forma de pensar, sentir y vivir de las personas. Su objetivo era fabricar un nuevo tipo humano adaptado a la lógica del mercado.
Se destruyeron los grandes espacios fabriles donde miles de trabajadores podían organizarse colectivamente. Se precarizó el empleo y se individualizaron las relaciones laborales. Los antiguos trabajadores asalariados fueron convertidos en empresarios de sí mismos, obligados a competir entre sí y a asumir individualmente riesgos que antes eran compartidos socialmente.
Al mismo tiempo, se atacó política y culturalmente a los sindicatos, se privatizaron servicios públicos, se mercantilizaron ámbitos crecientes de la vida y se fueron destruyendo sistemáticamente los espacios comunitarios que sostenían los vínculos sociales.
Simultáneamente, en el plano cultural, se instaló una nueva moral social: la idea de que la libertad individual es el valor supremo; el éxito, un exclusivo resultado del mérito personal; el fracaso, responsabilidad individual; lo público, algo ineficiente, y el mercado mejor sistema que cualquier decisión colectiva.
El resultado fue la fabricación de lo que se ha llamado el homo neoliberalis: individuos aislados, convertidos en competidores permanentes, incapaces de reconocerse como parte de un sujeto colectivo y acostumbrados a interpretar sus problemas como fracasos personales y no como consecuencia de estructuras sociales.
Esto último fue lo decisivo. El neoliberalismo destruyó sistemáticamente las condiciones materiales, culturales y emocionales que hacían posible construir comunidad. Es decir, destruyó el terreno sobre el que históricamente habían operado las izquierdas.
Desgraciadamente, las izquierdas no supieron comprender plenamente la naturaleza de esa transformación y no le dieron la respuesta que hubiera sido necesaria.
La trampa en la que cayó la izquierda y de la que no ha sabido salir
El error más profundo y más persistente en el que han caído las izquierdas en las últimas décadas es de naturaleza estratégica y no moral. Tiene que ver con el orden que deben seguir las cosas, sobre qué debe preceder a qué.
Para entenderlo hay que ver primero lo que hace la derecha, porque la derecha no lo comete. Desde que se puso en marcha la revolución conservadora de Thatcher y Reagan, la derecha usa la política para consolidar el poder que ya tiene sobre la sociedad. No necesita transformar la sociedad porque, en sus estructuras fundamentales, ya le pertenece. El poder económico, el poder mediático, el poder financiero, las grandes corporaciones, los fondos de inversión que deciden qué se produce y cómo, los medios que deciden qué hay que pensar y decir... todo eso es suyo antes de que empiece cualquier campaña electoral. La política, para la derecha, no es el instrumento del cambio. Es un instrumento de conservación y consolidación, el mecanismo que legaliza, legitima y protege el poder que ya ejerce en la sociedad. Es lo que mantiene y cementa el tipo de sociedad y las estructuras de poder que el capital necesita salvaguardar.
Cuando la derecha llega al gobierno no necesita transformar nada porque el mundo que quiere ya existe. Solo necesita defenderlo, extenderlo y blindarlo contra cualquier amenaza. Y para eso, el poder institucional es suficiente, porque el resto del poder, el poder real, el que decide las condiciones de vida de la mayoría, ya está en manos de quien debe estar. La derecha política sólo lo utiliza por delegación para lo que hay que usarlo, y cuando un político de derechas se sale de la partitura escrita para ello, tiene los días contados.
La política de la derecha está concebida para reaccionar ante la amenaza del cambio y neutralizarla. Coopta a los dirigentes para que sepan dividir a los sujetos y desviar la energía transformadora hacia conflictos que no amenazan las estructuras de poder. Fabrica el miedo que paraliza y la resignación que desmoviliza. Se diseña para contener a la sociedad, para domeñarla e impedir que se desarrollen los impulsos de cambio que siempre existen en ella, para que el sufrimiento y la injusticia que los producen inevitablemente no encuentren expresión organizada y capacidad real de transformación.
La izquierda, en cambio, no tiene ese poder previo. No controla los mercados financieros ni los grandes medios ni las corporaciones transnacionales ni los organismos internacionales que fijan las reglas del juego económico global. El mundo que quiere construir no existe todavía, o existe solo en embrión, en los márgenes, en las grietas del sistema. Por eso, la izquierda se hunde y fracasa cuando se empeña en querer transformar la sociedad haciendo política como lo hace la derecha, actuando simplemente desde el gobierno y las instituciones.
La izquierda ha intentado usar la política para transformar la sociedad cuando su tarea real es exactamente la inversa: transformar la sociedad para cambiar la política. Ha confundido el orden de las cosas y ese error de orden trae consigo todos los demás.
Cuando una izquierda llega al gobierno sin haber transformado previamente las relaciones de poder en la sociedad, se encuentra en una posición radicalmente distinta a la de la derecha cuando gobierna. Esta puede hacerlo con el viento a favor: los mercados, los medios, las instituciones financieras internacionales, los grandes poderes económicos trabajan en la misma dirección que sus políticas porque comparten los mismos intereses. La izquierda, por el contrario, gobierna siempre con el viento en contra pues esos mismos poderes trabajan activamente para limitar, revertir o neutralizar cualquier política que amenace sus intereses.
En esas condiciones, gobernar sin haber construido previamente un contrapoder social suficiente permite, si acaso, gestionar más o menos bien, pero no transformar con mínima profundidad. Se puede administrar el sistema existente con la mejor voluntad y, en el mejor de los casos, con más atención a los más vulnerables, y muchas veces incluso con más eficacia y éxito que la derecha, incluso para los capitales. Pero, de esa forma, las estructuras permanecen intactas y lo esencial no cambia. Y mientras eso ocurra, cualquier cambio que no haya convenido podrá ser revertido sin problema por otro gobierno.
Hay que ser justos y reconocer que las izquierdas que se propusieron llevar a cabo experiencias transformadoras, incluso moderadas, se han encontrado con un poder que juega sucio, que es violento cuando lo necesita, que instrumentaliza la justicia, que usa los medios como arma, que mueve los mercados para disciplinar a los gobiernos díscolos. Eso no puede olvidarse cuando se habla de fracasos de la izquierda. Pero tampoco puede ser la excusa que impida el análisis honesto de sus errores. Porque estos existen y son tan importantes como la represión externa para explicar el patrón de los fracasos.
Hay que decirlo con claridad por muy doloroso que sea. Actuando de esa forma que he comentado, las izquierdas no solo fracasaron a la hora de resistir al neoliberalismo. Cuando las izquierdas renuncian a proponer un mundo diferente y se limitan a proponer gestionar mejor el mundo existente, no solo traicionan su razón de ser. Han sido incapaces de movilizar la energía social transformadora que es su única fuente de poder real.
Un pensamiento viejo impide a las izquierdas entender cómo funciona el mundo que quieren cambiar
Las grandes corrientes de la izquierda han compartido durante décadas una concepción lineal y mecanicista de la historia. Han creído que el cambio es algo ineluctable como resultado de las contradicciones del capitalismo, y que las fuerzas del progreso avanzan inevitablemente. Bastaría con impulsar esas fuerzas reforzándolas desde dentro del sistema o con provocar la revolución para que el mundo nuevo surja como por generación espontánea.
Es una concepción errónea, como tantas veces se ha demostrado, porque ignora algo fundamental. El sistema capitalista es un sistema complejo que evoluciona de modo contradictorio y caótico, que da idas y vueltas y mezcla lógicas de muy diversa naturaleza. Y, por otro lado, los cambios sociales que se llevan a cabo en su seno no los promueven fuerzas abstractas e impersonales, sino seres humanos concretos, imperfectos, contradictorios y vulnerables, que tienen libertad, sentimientos y emociones, y que se interrelacionan no siempre con coherencia entre sí.
Lo que la ciencia de los sistemas complejos nos enseña, y que las izquierdas no han incorporado a su forma de pensar la política, es que el cambio en estos sistemas no se puede decretar ni esperar pasivamente. Es inevitable, pero no automático; y, sobre todo, no tiene una dirección predeterminada. Los sistemas complejos evolucionan por regeneración constante de sus elementos, sometidos a una dinámica de cambio permanente y gradual que hace imposible que permanezcan idénticos a lo largo del tiempo. El capitalismo ya ha ido muchas veces más allá de sí mismo a lo largo de la historia, y lo nuevo que lo superará ya está naciendo dentro de lo viejo, en estado embrionario, aquí y ahora. Pero eso no significa que el cambio vaya necesariamente en la dirección deseable. En todo sistema social conviven fuerzas de transformación y fuerzas de resistencia que se combaten entre sí, y el resultado depende de cuál de ellas logre imponerse. El sistema dispone de resortes de defensa capaces de absorber, neutralizar o revertir los cambios que se inician. Por eso los procesos de transformación no son lineales, no se producen a saltos, ni tienen el éxito asegurado cuando se inician: van y vienen, avanzan o abortan, se frustran o se consolidan según la fuerza relativa de quienes los impulsan y de quienes los resisten.
Esto tiene una consecuencia política directa que las izquierdas han ignorado sistemáticamente. El cambio hay que construirlo activamente, conociendo bien cómo funciona el sistema, sabiendo dónde y cómo actuar para reforzar las fuerzas de transformación y debilitar las de resistencia. No basta con tener razón o el mejor programa; y ni siquiera con ganar elecciones. Hay que saber en qué punto del sistema se puede incidir con mayor eficacia, qué tipo de acción produce efectos que se multiplican y cuál los dispersa, cómo sostener el impulso cuando el sistema activa sus mecanismos de defensa. Eso requiere una concepción del tiempo político que va mucho más allá de los ciclos electorales, y una comprensión de la realidad social que las izquierdas, prisioneras de su pensamiento mecanicista y de su urgencia electoral, no han desarrollado.
La renuncia al relato y la aceptación del marco que le impone la derecha
Las izquierdas mantienen su proverbial capacidad intelectual para discutir sin fin entre ellas y poner todo en cuestión. Pero esa energía no se ha dirigido a construir un nuevo relato civilizatorio de gran alcance sino a reciclarse a sí mismas cientos de veces, a debatir internamente y a matizarse mutuamente sin descanso.
Las izquierdas han renunciado a ser portadoras y portavoces de una Ilustración que ilumine al conjunto de la sociedad. No disponen de un relato común y han dejado de liderar las grandes causas que pueden atraer a todo tipo de personas y generar las mayorías sociales que son imprescindibles para poder transformar la realidad.
Y lo que es peor, más grave y paradójico, han dejado que la derecha se apropie de los valores que habían nacido como universales, en la mayoría de los casos gracias al impulso original de las izquierdas y de los movimientos progresistas de diferente tipo. Sorprendentemente, gran parte de las izquierdas han considerado durante mucho tiempo que valores como la libertad, la democracia, los derechos humanos, la soberanía, la seguridad eran "burgueses" y meros instrumentos del sistema. Los desdeñaron, sin darse cuenta de que son precisamente las principales armas de defensa de los más desfavorecidos, y sin entender que quien los hace suyos controla el sentido común. El terreno donde se gana o se pierde la batalla política real y la posibilidad efectiva de cambiar el mundo.
El resultado es devastador. Mientras la derecha, y sobre todo la extrema derecha, se apropia del lenguaje de la soberanía, la seguridad y la identidad para ofrecer respuestas simples y falsas frente al miedo que sus propias políticas han generado, las izquierdas se enredan en debates identitarios y culturales que solo tienen pulsión en las periferias y que resultan incomprensibles, cuando no directamente hostiles, para los verdaderamente desposeídos.
Las izquierdas no solo han dejado de ser portadoras de propuestas de sentido común, sino que han dejado el sentido común en manos de las derechas y se han instalado en la gestión de las identidades particulares. Han dejado de soñar en grande y así han perdido la capacidad de movilizar a las mayorías.
La tribialización que diluye a la izquierda
El neoliberalismo construyó un mundo global convirtiendo en ecuménicos o universales los valores del mercado, la competencia, el individuo soberano y la lógica del beneficio. Las izquierdas, mientras tanto, han troceado su discurso y las reivindicaciones que defiende. Se han convertido en una especie de mercadillo persa en donde cada tribu trata de vender su identidad al resto, con tal de que se identifique con algún grupo de interés, por socialmente insignificante que sea.
La fragmentación se ha producido de la peor manera posible: generando microidentidades que responden a reivindicaciones legítimas en sí mismas pero que no conforman ni una lengua franca, ni una presencia colectiva y sinérgica. Tribus que hablan dialectos distintos, que no simpatizan entre sí, que se enfrentan con antagonismos casi siempre insuperables. En mi libro Para que haya futuro contabilicé, mal contados y como poco, 16 modalidades de ser de izquierdas, 24 tipos de feminismo y 27 ecologismos. Puesto que todos los partidos progresistas, prácticamente sin excepción, se definen como de izquierdas, feministas y ecologistas, se deduce que hay más de 10.000 identidades distintas posibles o formas de serlo.
Esa taxonomía proyectada casi ad infinitum de las izquierdas hace que cada reivindicación se subdivida, se matice y se deba enfrentar a cada una de las variantes hasta generar un mosaico ininteligible de partes que no se reconocen entre sí y del que es imposible que nazca un alma común, un modelo civilizatorio, una humanidad diferente.
De esa forma es como las izquierdas se han hundido en otra época (que ellas mismas han contribuido a crear) como la que describió Alejo Carpentier en El siglo de las luces: "hecha para diezmar los rebaños, confundir las lenguas y dispersar las tribus."
Lo que queda cuando todo esto se asienta es la sustitución de la lógica de la transformación por la lógica de la representación. Se deja de preguntar cómo se cambia el mundo para preguntar a quién representa cada cual. Y como la respuesta a esa pregunta divide en lugar de unir, la política de izquierdas se convierte en una competencia entre identidades que no se hablan entre sí, que generan un ruido incomprensible para la mayoría de la población, y que dejan el terreno libre para quien ofrece un relato simple, aunque sea completamente falso.
La izquierda se ha hecho tribal y materialmente irreconocible como portadora de un proyecto conjunto de liberación y transformación de sentido común que pueda ser asumido por las más amplias mayorías sociales.
Hay votantes, pero no comunidad, y lejos de la gente, se aleja el cambio social
Las izquierdas de hoy tienen votantes, y en muchas ocasiones en cantidad suficiente para gobernar. Pero no tienen sociedad que se identifique con ellas, las apoye activamente y se haga cómplice consciente de sus acciones. No ponen en marcha realidades que puedan percibirse como el anticipo de un mundo nuevo, de un sistema diferente. Tratan a lo sumo de captar voluntades mediante el acto de fe que supone decirle a la gente que, si algún día dispusieran de más poder, todo sería distinto. Pero en la realidad presente no son capaces de mostrar en qué consiste ese otro mundo alternativo, salvo en lo que tiene que ver con asuntos de corto plazo y fácilmente reversibles cuando la derecha gobierna. Apenas pueden ofrecer ni una sola muestra tangible de aquello que se proponen construir. Es más, se deterioran e incluso van desapareciendo las que antaño se construyeron con su protagonismo directo o gracias a su enorme influencia, como ocurre con los servicios y empresas públicas, por ejemplo.
Y lo más paradójico es que el mundo alternativo existe. No como promesa futura sino como práctica presente. Una legión de asociaciones, cooperativas, colectivos, fundaciones, grupos anónimos, personas individuales de todo tipo y condición piensan, diseñan, construyen, organizan, crean empresas y ponen en marcha miles de iniciativas para producir y consumir de otra forma, curar y salvar vidas, habitar, estudiar, cuidar, alimentarse, obtener energía, representarse y tomar decisiones como si estuvieran ya en un planeta distinto, anticipando el futuro. Pero que están, por lo general, bastante alejadas de los partidos de izquierdas que, mientras tanto, siguen organizados y actuando en el viejo mundo, inoculándose sin parar el veneno del que se supone que desean escapar.
Pero el problema no es solo que las izquierdas estén lejos de ese tejido alternativo. Es que han perdido algo todavía más profundo y más difícil de recuperar: el contacto cotidiano con la vida concreta de la gente corriente. No se trata únicamente de perder apoyo electoral o capacidad organizativa. Me refiero a que han dejado de convivir emocional y materialmente con amplios sectores populares. Y cuando una fuerza política deja de compartir la experiencia cotidiana de quienes pretende representar, acaba perdiendo la capacidad de comprenderlos, interpretarlos y movilizarlos, y finalmente su complicidad y su apoyo.
Durante mucho tiempo, las izquierdas no fueron únicamente organizaciones políticas. Eran formas de vida compartida. Estaban presentes en los barrios, en los centros de trabajo, en las asociaciones vecinales, en las escuelas públicas, en las cooperativas, en los sindicatos, en las fiestas populares, en los hogares e incluso en espacios religiosos vinculados al mundo obrero. Formaban parte de la textura cotidiana de la sociedad y no hablaban sobre la gente, sino junto a ella y dentro de ella. Compartían sus condiciones de existencia, sus códigos culturales, sus miedos, sus aspiraciones y sus sufrimientos.
Esa cercanía no era un elemento secundario ni sentimental. Es la fuente de donde surgen la fuerza política y moral. Junto a la gente se puede comprender cómo viven realmente las personas, qué les preocupa, qué lenguaje utilizan para interpretar el mundo y qué tipo de respuestas pueden percibir como propias y creíbles. Cuando las izquierdas estaban junto a la gente, eran fuertes no solo porque tuvieran ideas o programas, sino porque estaban insertas en la experiencia vital de la mayoría social.
El neoliberalismo fue inteligente y diseñó estrategias para alterar profundamente ese terreno donde las izquierdas se habían hecho fuertes históricamente. Destruyó muchos de los espacios comunitarios y colectivos en los que se construía la vida compartida. Precarizó el trabajo, individualizó los problemas, debilitó las organizaciones sociales y convirtió cada vez más a los individuos en competidores aislados. Era su tarea. Lo lamentable fue que las izquierdas no se percataran de ello, se dejaran llevar sin resistir y no se hicieran fuertes precisamente allí donde esa destrucción se estaba viviendo físicamente.
Poco a poco, una parte importante de la izquierda fue institucionalizándose, sus dirigentes se profesionalizaron y su actividad política se hizo depender de los mensajes mediáticos. Su actividad se desplazó desde la vida social hacia los despachos, los parlamentos, los estudios de televisión, las redes digitales y los circuitos universitarios o partidarios. Se convirtió en la izquierda que tiene como aspiración principal el ser vista o hacerse viral en TikTok y el resto de las redes sociales. Empezó a hablar un lenguaje crecientemente abstracto, técnico o autorreferencial, muchas veces incomprensible para quienes viven bajo la presión diaria de la precariedad, los salarios insuficientes, el miedo al futuro o la inseguridad vital.
Las consecuencias fueron tremendas. La izquierda dejó de escuchar con atención el miedo cotidiano, la humillación silenciosa, el cansancio acumulado, la soledad, la incertidumbre permanente o la sensación de abandono que atraviesan hoy la vida de millones de personas. Dejó de sentir como propia la epidermis de la sociedad.
Por eso, amplios sectores populares han dejado de sentir a las izquierdas como algo suyo, incluso cuando continúan compartiendo muchas de sus posiciones materiales en relación con el empleo, los servicios públicos, la vivienda o la desigualdad. La izquierda de nuestro tiempo no se ha dado cuenta de que no basta con defender intereses objetivos si no existe también reconocimiento mutuo, cercanía cultural y vínculo emocional. Las personas necesitan sentirse escuchadas, comprendidas y acompañadas, no solo administradas o representadas desde arriba.
La extrema derecha ha entendido mejor que nadie ese vacío. Aunque sus propuestas económicas perjudiquen muchas veces a quienes la apoyan, ofrece algo que hoy resulta decisivo: identidad, reconocimiento, pertenencia, lenguaje emocional y sensación de proximidad. Habla de miedos reales, aunque luego los manipule y desvíe hacia enemigos falsos.
Las izquierdas difícilmente podrán volver a impulsar procesos profundos de transformación social si no reconstruyen antes esa conexión cotidiana con la vida real de la mayoría social y tengo muchas deudas de que eso sea posible mientras estén encerradas en los aparatos en que hoy día se han convertido sus partidos políticos. No basta con representar políticamente a la gente. Hay que convivir con ella. Escucharla, compartir espacios, reconstruir comunidad y volver a estar presentes allí donde se experimentan diariamente el sufrimiento, la inseguridad y también las esperanzas colectivas. Porque el cambio social no nace únicamente de las ideas correctas ni de los programas bien diseñados. Surge de personas concretas, de los vínculos vivos entre ellas, de la confianza mutua y de la existencia de experiencias compartidas capaces de convertir el malestar disperso en conciencia colectiva y voluntad organizada de transformación.
Sin contrapoder de diferente naturaleza, el poder del capital es invencible
Uno de los errores más graves de las izquierdas contemporáneas ha sido creer que se puede transformar la sociedad utilizando exclusivamente las instituciones y los resortes o palancas del poder de una sociedad ya previamente organizada por el capital. Han pensado que bastaba con conquistar gobiernos para cambiar el mundo, cuando el poder real no reside principalmente en los parlamentos, sino en las relaciones sociales, culturales, económicas y comunicativas que moldean la vida cotidiana y delimitan lo que una sociedad considera posible o imposible.
La historia lo demuestra claramente. Las izquierdas fueron eficaces cuando, antes de alcanzar el poder institucional, habían construido ya otro poder en el seno mismo de la sociedad: sindicatos, cooperativas, ateneos, redes vecinales, prensa propia, espacios culturales, formas de apoyo mutuo y experiencias de vida colectiva capaces de crear conciencia, solidaridad y autonomía frente al mercado y frente al Estado dominado por las élites económicas. No transformaban solamente las leyes, sino que transformaban (incluso sin necesidad de estar en los gobiernos) cuando previamente habían cambiado la forma de vivir, de relacionarse y de imaginar el futuro de grandes mayorías sociales.
El neoliberalismo también entendió perfectamente esa realidad y por eso dirigió su ofensiva no sólo contra las políticas redistributivas o contra el Estado social, sino contra las propias bases materiales y culturales del contrapoder democrático. Individualizó el trabajo, precarizó la vida, destruyó espacios comunitarios, mercantilizó las relaciones humanas y convirtió a los ciudadanos en competidores aislados. La gran victoria neoliberal no fue económica, sino antropológica, al fabricar individuos incapaces de reconocerse como parte de un sujeto colectivo portador de poder.
Lamentablemente, la mayor parte de las izquierdas respondió refugiándose casi exclusivamente en la política institucional, aceptando además las reglas culturales, comunicativas y económicas impuestas por el propio neoliberalismo. Renunció poco a poco a construir sociedad y acabó dependiendo de los mismos medios, lenguajes, dinámicas y estructuras de poder que decía combatir. Quiso disputar el poder sin alterar previamente la correlación de fuerzas en la sociedad civil. Y así quedó atrapada en una contradicción insoluble: intentar cambiar un sistema utilizando herramientas diseñadas precisamente para impedir que cambie.
Por eso, incluso cuando gobierna, la izquierda apenas logra gestionar temporalmente algunos efectos del sistema sin modificar sus estructuras profundas. Si carece de tejido social autónomo, de fuerza cultural y de la capacidad organizada necesarias para sostener transformaciones duraderas frente a unos poderes económicos, financieros y mediáticos que sí operan coordinadamente y con horizonte estratégico de largo plazo, carece de poder y apenas puede transformar.
Ningún poder histórico ha sido derrotado únicamente desde arriba o, por decirlo en términos algo más gráficos, echando un pulso al poder previamente existente. Todos los cambios profundos han necesitado construir previamente otra palanca de poder, un contrapoder diferente al que se quiere combatir.
Y el contrapoder de naturaleza distinta al del capital no puede construirse con las mismas herramientas ni los mismos valores que el poder al que se enfrenta. No puede ser jerárquico cuando el poder que combate se sostiene precisamente en la jerarquía. No puede ser individualista cuando el individualismo es el principal instrumento de dominación del sistema. No puede basarse en la acumulación, cuando es la acumulación lo que hay que combatir.
Su naturaleza tiene que ser radicalmente diferente. Es cooperativo donde el capital es competitivo. Es comunitario donde el capital es individualista. Se basa en el cuidado de las personas y de la vida donde el capital se basa en el lucro. Es democrático, en el sentido más profundo y cotidiano del término, donde el capital es oligárquico. No busca el sometimiento del adversario sino la construcción de una mayoría que haga el modelo dominante insostenible por la simple evidencia de que existe algo mejor.
Este es el tipo de poder que la historia demuestra que puede ganar a largo plazo, porque no depende de los recursos que el capital controla, sino de algo que el capital no puede comprar ni destruir completamente: la convicción de que otro modo de vivir es posible y la voluntad de construirlo. Es el poder que nace del sentido común de una especie que sabe, cuando puede pensar con libertad, lo que necesita para vivir bien. Y es, no por casualidad, exactamente el tipo de poder que el neoliberalismo se esforzó durante décadas en hacer invisible e impensable.
La inversión que lo cambia todo: primero la sociedad, luego la política
De todo lo anterior se desprende una conclusión que tiene la apariencia de una paradoja pero que es, en realidad, la lección más importante que ofrece la historia del fracaso de las izquierdas de nuestro tiempo.
La tarea de quien quiera transformar el mundo con los horizontes y los valores que tradicionalmente defendieron las diferentes izquierdas no puede ser usar la política para transformar la sociedad. Como dije, es al revés, hay que transformar la sociedad para cambiar la política.
Ese principio no puede ser entendido como la renuncia a la política institucional. Tiene que ver con una comprensión diferente y más profunda de cómo funciona el cambio real. Significa entender que las condiciones para que una política transformadora sea posible y sostenible se construyen antes de llegar al gobierno, no después. Es decir, que esas condiciones son sociales, culturales, económicas y organizativas antes de ser políticas en el sentido institucional del término.
Cuando la izquierda llega al gobierno sin haber construido previamente la sociedad alternativa que necesitaría, trabaja con el viento en contra. Cada reforma que amenaza los intereses del poder real encuentra una resistencia organizada y permanente que la neutraliza, la revierte o la vacía de contenido. Y así no puede transformar el mundo.
Transformarlo significa o requiere, mejor dicho, ir más allá y construir comunidad donde el neoliberalismo ha construido individualismo, tejer redes de solidaridad y cooperación donde el mercado ha impuesto competencia, crear experiencias concretas de otro modo de organizar la producción, el cuidado, la energía, la información... que demuestren en la práctica que el mundo alternativo no es una utopía sino una práctica y una posibilidad real. Significa construir un relato que conecte la experiencia cotidiana de la gente con las causas estructurales de sus problemas, que dé nombre a lo que se siente, pero que no se sabe cómo decir, que señale el horizonte sin prometer el paraíso. Significa desarrollar un sujeto colectivo, no solo votantes y militantes, sino una comunidad organizada y consciente que tenga sus propias instituciones, sus propios medios, sus propios referentes, su propia capacidad de actuar con independencia de los ciclos electorales.
Cuando ese trabajo previo se ha hecho, o cuando se ha hecho suficiente o al menos embrionariamente, la llegada al gobierno tiene una naturaleza y unos efectos completamente diferentes. De entrada, los dirigentes que están allí están respaldados por una sociedad organizada y no llegan en soledad, sino con algo detrás. Un algo que cambia radicalmente el equilibrio de fuerzas frente al poder real. No lo elimina, porque el poder del capital seguirá siendo inmenso, pero lo limita y permite que resistirlo tenga un coste menor y que ceder tenga un coste mayor.
Una diferencia que lo resume todo
Hay una diferencia final entre la derecha y la izquierda que vale la pena señalar porque es reveladora de todo lo que hemos analizado.
La derecha, que usa la política para conservar lo que tiene, puede permitirse el lujo de tener malos dirigentes porque el sistema trabaja para ella con independencia de quién la dirija. El sistema financiero, los grandes medios, las corporaciones, las instituciones internacionales funcionan en la dirección que la derecha establece, aunque sus dirigentes sean mediocres, corruptos o simplemente torpes. La izquierda, en cambio, no puede permitirse ese lujo precisamente porque el sistema no trabaja para ella. Necesita siempre dirigentes capaces, honestos y comprometidos.
Ante esa exigencia, la izquierda no puede responder, como quizá haya intentado responder la mayoría de las veces, o en el mejor de los casos. Es decir, buscando las mejores personas posibles, pero situándolas en el vacío. Porque el problema sólo se resuelve, como he dicho, construyendo la sociedad y el tejido que llene el vacío.
El neoliberalismo lo entendió a la perfección y ha dedicado décadas e infinidad de recursos a destruirlo. Para ser la proa del progreso habrá que entenderlo muy bien y dedicar el tiempo y la energía necesarios para reconstruirlo.
El vacío que acosa a los dirigentes
Todo lo anterior conduce a la pregunta más incómoda, la que tiene nombres y apellidos: ¿por qué los dirigentes concretos terminan defraudando tan sistemáticamente?
¿Por qué Alexis Tsipras firmó en julio de 2015, exactamente una semana después del referéndum en que el 61 por ciento de los griegos rechazó las condiciones de la Troika, un acuerdo con condiciones aún más duras que las rechazadas? ¿Por qué Tony Blair, que llegó al poder en 1997 con la mayor mayoría laborista de la historia, terminó llevando al Reino Unido a la guerra de Iraq junto a George W. Bush y construyendo el New Labour como un proyecto de gestión eficiente del capitalismo financiero, para acumular después una fortuna considerable asesorando a gobiernos y corporaciones de dudosa reputación democrática? ¿Por qué Gerhard Schröder precarizó el mercado laboral alemán con sus reformas Hartz y terminó su carrera como consejero de Gazprom y defensor público de Vladimir Putin incluso tras la invasión de Ucrania? ¿Por qué François Hollande, que prometió que su adversario era el mundo de las finanzas, terminó su presidencia con un 4 por ciento de aprobación, el nivel más bajo de cualquier presidente de la Quinta República? ¿Por qué Zapatero, que tuvo logros reales en materia de derechos civiles durante su primer gobierno, aplicó los recortes que había criticado cuando llegó la crisis y aparece hoy envuelto en investigaciones judiciales que han generado una decepción profunda entre quienes lo tenían como referente moral de la izquierda española? ¿Por qué Lula, símbolo de esperanza para toda una generación latinoamericana, presidió un partido que terminó entre corrupción sistémica? ¿Por qué Rafael Correa, que llegó con un discurso de revolución ciudadana y retórica anticapitalista potente, terminó enfrentado a dirigentes y colectivos indígenas que habían sido sus aliados más próximos? ¿Por qué Obama, que movilizó como nadie la esperanza transformadora de la izquierda norteamericana en 2008, rescató a los bancos sin perseguir a sus responsables, deportó a más inmigrantes que ningún presidente anterior, no cerró Guantánamo o permitió que sus ejércitos ejecutaran a cientos de civiles?
La respuesta habitual suele ser la de la traición personal, el carácter débil, la ambición que corrompe, el poder que cambia a las personas... Todas ellas quizá son reales y comprensibles, pero en todo caso insuficientes, pues no explican el patrón ni el fallo estructural que inevitablemente debe haber cuando ese tipo de casos se produce con tanta regularidad.
A mi juicio, todos esos casos se pueden producir porque, en la inmensa mayoría de los casos, los dirigentes de izquierdas vienen operando en el vacío en las últimas décadas. En el vacío que las propias izquierdas han creado al no construir comunidad, al no tejer redes, al no crear contrapoderes, al no poner en marcha experiencias alternativas que muestren el futuro por adelantado, al no construir la sociedad que debería preceder a la conquista del poder institucional. Y, sobre todo, cuando han provocado o permitido que sus organizaciones, sus partidos, dejen de ser una parte más de esa comunidad para la que se supone que trabajan, cuando las han convertido en estructuras que reproducen el cesarismo de los conservadores, las han vaciado de democracia interna real, y en donde, cuando no se desprecia, no se cuenta con la militancia y mucho menos con la ciudadanía a la que dicen querer representar.
Cuando la izquierda no ha construido ese tejido previo, cuando no tiene bajo sus pies el suelo de la sociedad organizada, sus dirigentes quedan literalmente en el aire y solos frente al poder real. No tienen detrás una comunidad organizada que los sostenga cuando hacen lo correcto y los frene cuando se equivocan. No tienen a su lado una red de instituciones, organizaciones, grupos sociales, militancia y ciudadanía que les recuerde cotidianamente para qué están ahí y en nombre de qué y de quiénes actúan. No tienen enfrente el espejo que les muestre lo que no están haciendo y en qué se están convirtiendo, ni tampoco el otro mundo alternativo en embrión y que crece a sus espaldas, en el que podrían detectar las contradicciones entre lo que predican y lo que hacen.
En ese vacío, el poder real actúa con una eficacia que no necesita ser conspirativa para ser devastadora. Los mercados financieros, los grandes medios, las corporaciones, los organismos internacionales... tienen acceso directo y permanente a los dirigentes. Les hablan todos los días, les halagan, les explican con paciencia y firmeza cuáles son los límites de lo posible, los redibujan y les muestran con claridad las consecuencias de traspasar las líneas que no deben sobrepasar. Y como del otro lado no hay nadie con la misma consistencia, la misma presencia permanente y la misma capacidad de presión organizada, el resultado es casi matemáticamente previsible.
Los dirigentes de izquierdas que nos defraudan no se han corrompido o simplemente desnaturalizado de golpe, ni como resultado de su propia personalidad, ni posiblemente como efecto de una decisión consciente y deliberada de traicionar sus principios. Han ido cediendo sutilmente, milímetro a milímetro, decisión a decisión, cada vez que el coste inmediato de resistir parece mayor que el coste diferido de ceder. Ceden, porque la presión del poder real en el presente es más potente que la presión de la comunidad que le encargó transformar ese poder, bien porque esa comunidad no exista, o porque no tiene voz cuando su grito es necesario. Sin una comunidad organizada que denuncie y combata en tiempo real lo que está ocurriendo, que ponga precio a cada cesión, que exija rendición de cuentas antes de que el daño sea irreversible, las cesiones se acumulan silenciosamente hasta que un día el dirigente que prometía transformar el mundo está defendiendo posiciones que hace diez años le habrían parecido indefendibles.
Cuando existe una comunidad organizada con valores compartidos y experiencias concretas de otro modo de hacer las cosas, esa comunidad funciona como un sistema inmunitario frente a los virus que pueden difundir dirigentes corruptos o los errores de los honestos. Reconoce las desviaciones porque tiene un referente claro de lo que no es desviación. Puede nombrar lo que está mal porque tiene palabras para nombrar lo que debería estar bien. Puede presionar porque tiene una base autónoma desde la que hacerlo, que no depende del acceso a las instituciones ni de la benevolencia de los dirigentes. Pero, cuando esa comunidad no existe, el control desaparece. Los liderazgos se personalizan porque no hay nada que los limite, y los comportamientos inadecuados no encuentran resistencia porque no hay una cultura compartida suficientemente viva como para reconocerlos como inadecuados.
Esta es la razón profunda por la que el cesarismo, la concentración del poder en el líder, la falta de democracia interna real, el desprecio a la militancia que caracterizan a tantos partidos de izquierdas, no son vicios morales individuales sino consecuencias estructurales de haber construido organizaciones sin sociedad.
Un motor que ya no va y otros que existen y funcionan mejor
La conclusión que he sacado de todo lo que he analizado en los últimos años en mis artículos y libros es dura y cueste decirla, pero creo que tenemos la obligación de exponerla con claridad.
Las izquierdas que hoy conocemos, las que actúan en los gobiernos, en los parlamentos, incluso la mayoría de los partidos políticos que se reclaman progresistas, desde los más nuevos hasta algunos con casi 150 años de historia, han cumplido ya su papel histórico. Son operadores políticos que en su forma actual no pueden ser el motor de la transformación del mundo. No por culpa de su militancia o de lo que incluyen, elección tras elección, en sus programas. No sirven porque están construidos sobre los mimbres equivocados, asumiendo el terreno en donde pisa el adversario y el marco en el que impone su relato. Porque han renunciado a construir comunidad y sujeto. Porque han aceptado las reglas de un juego diseñado para que no puedan ganar. Y porque, en consecuencia, son incapaces de generar el tipo de sociedad nueva que haría posible el cambio real.
Esto no significa que no puedan seguir teniendo un papel importante. Lo tienen y lo seguirán teniendo, seguramente, para frenar los peores excesos, para defender lo conquistado y ganar tiempo. Pero me temo que ya es imposible que sigan siendo los motores del cambio social de mediano y largo alcance. Y confundirlos con ese motor, seguir tratándolos como si lo fueran y continuar depositando en ellos la esperanza transformadora tiene un coste que ya no podemos permitirnos. El de alimentar, con cada nueva decepción, el cinismo que desmoviliza, la rabia sin dirección que aprovecha la extrema derecha y el populismo reaccionario que se expande por el mundo.
Hay que decirlo con toda la dureza que el momento exige: el fracaso sistemático de las izquierdas es una de las fuentes principales de donde brotan los neofascismos. Cuando la gente que sufre la desigualdad, la precariedad y el abandono ve una y otra vez que quienes prometían cambiar las cosas no lo hacen, que sus dirigentes terminan siendo parte del sistema que decían combatir, que los partidos que dicen representarla hablan un lenguaje que no entiende sobre problemas que no reconoce como suyos, no desaparece. La indignación de la gente no se evapora, sino que busca otro cauce. Y ahí aparecen los demagogos que ofrecen un relato simple, un chivo expiatorio accesible y la promesa de romper con todo para recoger esa energía y convertirla en su combustible.
La extrema derecha no habría podido crecer como ha crecido en todo el mundo si las izquierdas hubieran hecho su trabajo. Hay que decirlo sin eufemismos.
Pero la conclusión no es la desesperanza. Llegamos ahora a lo más importante de todo lo que quiero decir en estas páginas que resumen mis reflexiones de casi una vida.
Ante la degeneración y la impotencia de la izquierda no nos encontramos en un kilómetro cero. El motor que hoy día se necesita para transformar el mundo de nuestro tiempo no hay que inventarlo: ya existe, funciona, y ha demostrado en la práctica que la existencia de otro mundo basado en formas de actuar, valores y modo de organizar la vida económica y social no es una promesa o una quimera. Es ya una realidad presente a nuestro alrededor, aunque hay que saber reconocerlo, conectarlo, potenciarlo y darle la expresión política que todavía le falta.
Ese motor está hecho de cientos, de miles de experiencias concretas de organización de la vida económica y social sobre principios radicalmente distintos a los de la avaricia y el máximo beneficio que guía al capitalismo financiero que domina el mundo. Son experiencias que se desarrollan sin esperar a que quienes las impulsan controlen las instituciones o a que llegue el gobierno adecuado para empezar a construir el futuro, porque se construyen de otro modo, desde abajo, en la vida cotidiana de comunidades reales.
En mi libro Cómo sobrevivir al trumpismo y a la economía de la motosierra (Deusto, 2025), mostré los principios sobre los que se basan todas ellas, sus modalidades muy diferentes, y el alcance tan grande que tienen en todo el planeta, tanto desde el punto de su extensión como de su relevancia para la satisfacción de las necesidades humanas y la salvaguarda del medio ambiente. Aquí basta señalar que todas esas experiencias tienen algo en común que las convierte en el embrión de una economía diferente y no en simples experimentos marginales: funcionan con una lógica radicalmente distinta a la del capitalismo. No buscan el máximo beneficio para los accionistas, sino el bienestar de las personas que las componen y de las comunidades en que operan; no externalizan sus costes sobre la sociedad y la naturaleza, ni concentran el poder en pocas manos, sino que lo distribuyen y ejercen democráticamente; no son esclavas del cortoplacismo, hipotecando el largo plazo, construyen el futuro y garantizan la sostenibilidad.
Y tienen algo más, quizás lo más importante de todo. Demuestran en la práctica, con datos y resultados medibles, que la afirmación más poderosa del capitalismo, la de que no hay alternativa, es falsa. Demuestran que las hay y que, en la inmensa mayoría de los casos, funcionan mejor.
Lo que falta
El problema no es, por tanto, que carezcamos de alternativas, que estemos viviendo el fin de la historia. Hay muchas, aunque es cierto que todavía existen de forma dispersa, fragmentada, descentralizada, frecuentemente desconocida entre sí, careciendo de expresión política y sin generar un contrapoder efectivo que las convierta en una fuerza capaz de cambiar las reglas del juego a la escala que los grandes problemas del mundo requieren.
Son motores quizá encendidos, pero desconectados. Funcionan y avanzan cada uno de ellos en la dirección correcta, pero disipando su energía porque no están todavía articulando redes que los multipliquen y refuercen mutuamente, y porque no han generado todavía una política transformadora que los represente y los proyecte al conjunto de la sociedad.
Esa es la tarea. Y es una tarea de naturaleza diferente a la que las izquierdas han intentado hacer hasta ahora. No se trata de construir un nuevo partido que prometa lo que los anteriores prometieron y no cumplieron. Se trata de hacer exactamente lo que he argumentado a lo largo de estas páginas: construir sociedad primero, y dejar que la política transformadora emerja de esa sociedad construida.
Concretamente, se trata de tres cosas que deben ocurrir simultáneamente y que se refuerzan mutuamente.
La primera es conectar las experiencias. Las cooperativas, las comunidades energéticas, los bancos éticos, las redes de cuidado, los municipios que experimentan con presupuestos de bienestar, los movimientos por la justicia climática y laboral... todos ellos están construyendo partes del mismo edificio, pero casi siempre sin reconocerse como parte del mismo proyecto y sin poder actuar, por tanto, como tales. Cuando se reconocen, cuando se conectan, cuando aprenden los unos de los otros y actúan con la conciencia de que forman un tejido común, su fuerza se multiplica exponencialmente. Son, de momento, como un archipiélago de islas muy vulnerables. Su interconexión, los hará invulnerables.
La segunda es construir el relato que las haga visibles y comprensibles para la mayoría como parte de un horizonte, de un futuro donde se proyecte la vida diaria de la gente corriente. Las experiencias alternativas que hemos descrito son reales y son valiosas, pero la mayoría de la gente no las conoce, no sabe que existen, o no las identifica como parte de un mañana común. Necesitan un relato que las conecte entre sí y con la experiencia cotidiana de la gente que sufre el sistema actual. Un relato que diga: esto que ves ahí, funcionando, produciendo bienestar, cuidando la vida, es el mundo que podemos construir. No en un futuro lejano, sino un ahora que ya está aquí.
La tercera es generar la expresión política que lleve esa energía social acumulada a transformar las instituciones y las reglas del juego. No un partido que sustituya a los existentes, sino una política nueva que emerja desde abajo, que represente genuinamente a esa sociedad que ya se está construyendo, que tenga en las experiencias alternativas su legitimidad y su programa, y que disponga del contrapoder social suficiente para resistir las presiones del poder real cuando llegue a las instituciones.
Ese contrapoder no puede construirse, como he dicho, con la misma naturaleza que el poder al que se enfrenta. No puede ser vertical, concentrado y dependiente de un liderazgo singular. Tiene que ser lo que el neoliberalismo no pudo destruir del todo porque está en la naturaleza más profunda de la especie humana. Debe basarse en la generosidad, en la cooperación, en el cuidado mutuo, en la empatía, en el amor... en el sentido común que sabe perfectamente lo que de verdad se necesita y lo que no para vivir bien. Tiene que construirse desde la multiplicidad, desde las redes horizontales, desde la confianza que se genera en la acción compartida, desde la coherencia entre los medios y los fines que tantas veces las izquierdas han traicionado.
Para cambiar el mundo no basta con ganar elecciones. Hay que crear sociedad, estar de nuevo junto a la epidermis de la vida cotidiana, reconstruir vínculos, generar comunidad, producir cultura emancipadora y levantar espacios de autonomía material y simbólica donde pueda brotar otra forma de vivir y de entender el mundo. Porque únicamente cuando existe un poder social diferente puede abrirse paso una política realmente transformadora.
Las izquierdas difícilmente podrán volver a impulsar procesos profundos de transformación social si no reconstruyen antes esa conexión cotidiana con la vida real de la mayoría social. No basta con representar políticamente a la gente. Hay que convivir con ella. Escucharla, compartir espacios, reconstruir comunidad y volver a estar presentes allí donde se experimentan diariamente el sufrimiento, la inseguridad y también las esperanzas colectivas. El cambio social no lo producen las ideas brillantes ni los programas bien construidos desde los despachos ni los grandes liderazgos. Lo generan personas concretas que confían las unas en las otras, que comparten experiencias reales y que en ese compartir descubren que su malestar no es individual sino colectivo, que tiene causas comunes y que puede tener respuestas comunes. Sin eso, no hay izquierda que valga. Y no estoy nada seguro de que vayan a ser capaz de reinventarse para poder hacerlo. Entre otras razones, porque será necesario también que haya nuevos tipos de organizaciones y de liderazgos y personas.
La paradoja final, una razón más para la esperanza
Hay algo profundamente irónico en todo esto. El neoliberalismo creyó que destruyendo el tejido social, atomizando a los individuos y fabricando el homo neoliberalis había ganado la batalla definitiva. Y en cierta medida tuvo éxito: destruyó las bases sobre las que las izquierdas del siglo XX habían construido su poder.
Pero al hacerlo produjo algo que no esperaba, el sufrimiento, la soledad, la precariedad y la injusticia a una escala que genera inevitablemente su propia respuesta. Produjo la evidencia, visible para quien quiera verla, de que un sistema que se gobierna por una sola ley, la del máximo beneficio para unos pocos, es un sistema que se destruye a sí mismo. Produjo las condiciones en las que miles de comunidades en todo el mundo empezaron a buscar otras formas de organizar su vida para poder sobrevivir. Al buscarlas las encontraron, y al encontrarlas demostraron que eran posibles y que funcionaban mejor.
El mundo que necesitamos no hay que inventarlo. Hay que reconocerlo donde ya existe, conectarlo donde está disperso, ampliarlo donde es pequeño, y defenderlo donde está amenazado. Hay que darle el relato que lo haga visible y la organización que lo haga poderoso.
Esa es la tarea. Es difícil, es lenta, pero es la única que puede funcionar. Y a diferencia de todas las veces que las izquierdas han prometido el cambio desde las instituciones sin haberlo construido desde la sociedad, esta vez hay algo que no había antes: la evidencia empírica, en cientos de lugares del mundo, de que ya está ocurriendo.
Sea como sea que acabe el caso Zapatero, no será el último de frustración, vergüenza y decepción, como no ha sido el primero. Por eso creo que es un error seguir afrontando cada una de esas decepciones como hechos singulares. Son regulares porque responden a un patrón común, a un mal estructural que afecta a la izquierda de nuestro tiempo.
He tratado de analizarlo en el día a día desde hace años, en muchos artículos que están todos en mi página web (www.juantorreslopez.com) y en textos más extensos en alguno de mis libros. Especialmente, en Para que haya futuro (Ediciones Deusto, 2024), en cuya portada lo presenté como un libro que trataba de responder a una pregunta fundamental: ¿Cómo construir un mundo mejor cuando se extiende la extrema derecha para evitarlo y la izquierda no sabe cómo hacerlo?
En estas páginas, trataré de resumir todas esas reflexiones, no como una tesis definitiva, sino más bien como la provocación que es preciso realizar para llamar la atención y para ayudar a generar un debate que apenas se afronta en los términos radicales, de raíz, en que a mí me parece que hay que plantearlo.
A mi juicio, la izquierda que conocemos no da para más, y está a punto de dilapidar por completo todo su patrimonio cultural, ideológico y político del pasado. Ya no es un instrumento útil para transformar el mundo y es preciso cambiar de rumbo con urgencia porque la amenaza de violencia, caos y destrucción, como he analizado también en muchos de mis textos, es más fuerte que nunca en todos los rincones del planeta. De un planeta amenazado, como quizá nunca lo estuvo, por un ecocidio que perpetran grandes capitales sin otro fin que seguir obteniendo beneficio monetario y poder sin límites.
En estas páginas quiere presentar resumidamente dos tesis. La primera es que las izquierdas dejaron de ser transformadoras cuando abandonaron la construcción de sociedad y trataron de sustituir el contrapoder social por la mera ocupación institucional. Cuando perdieron el contacto cotidiano con la vida concreta de la mayoría social y quisieron combatir al neoliberalismo utilizando las mismas estructuras culturales, económicas y comunicativas que el propio neoliberalismo controlaba. Este es, a mi juicio, el error estratégico que explica gran parte de sus derrotas, de sus frustraciones y también del avance contemporáneo de la extrema derecha. La segunda, que a la hora de enfrentarnos a ese fracaso no estamos en un punto cero. Sabemos que sobre qué principios y de qué modo se puede transformar la sociedad y dónde están las experiencias reales que pueden enseñarnos los pasos que hay que dar para conseguirlo. Al mismo tiempo trato de ofrecer, por tanto, el doble plano que encuentro en la realidad: lo lamentable del presente de la izquierda, y la esperanza que puede encontrar quien la analice con luces largas y descubra en ella lo que el poder dominante trata lógicamente de ocultarnos.
La izquierda que fue
Durante décadas, las izquierdas fueron la proa del progreso humano. Es un hecho histórico y evidente. No ha habido ni un solo avance significativo en derechos, en libertades, en justicia social y conquistas democráticas que no haya sido impulsado, sostenido o arrancado por sindicatos, partidos progresistas y movimientos sociales de izquierda. En la gran mayoría de las ocasiones, a base de muchos y a veces sangrientos sacrificios. La jornada de ocho horas, el sufragio universal, la educación pública, la sanidad para todos, los derechos laborales, la seguridad social, las batallas contra las dictaduras, la descolonización, los derechos civiles, la igualdad entre hombres y mujeres (esto último no sin resistencia de demasiados hombres de izquierdas, todo hay que decirlo)... todo ese patrimonio de la humanidad que hoy damos por sentado fue conquistado contra la resistencia de quienes tenían interés en que nada cambiara, y se pudo conquistar gracias a las demandas y la presión organizadas de las izquierdas.
Y lo más notable es que a veces ni siquiera necesitaban gobernar para conseguirlo. Les bastaba su sola presencia social, era suficiente que existieran como fuerza organizada, como contrapoder real, como referente de lo que podía exigirse y de lo que era justo reclamar. Su mera existencia tensionaba a la sociedad, ponía en marcha a los colectivos, obligaba a los poderosos a ceder (no sin fuertes resistencias, desde luego) para no perderlo todo.
Las izquierdas históricas no eran solamente partidos políticos. Eran formas de vida compartida. Estaban presentes en los barrios, en las fábricas, en las asociaciones vecinales, en los sindicatos, en las cooperativas, en las escuelas públicas, en los ateneos culturales y en multitud de espacios cotidianos en los que la gente convivía, discutía, aprendía y se organizaba colectivamente.
Su fuerza no procedía sólo de sus ideas o programas sino de la sociedad que habían construido previamente. Compartían las condiciones de vida de las grandes mayorías sociales y formaban parte de su experiencia cotidiana. No hablaban desde fuera de la vida popular, sino desde dentro de ella.
Es cierto que hubo idas y vueltas, pasos adelante y pasos atrás, traiciones y derrotas, y también muchas veces la reproducción de lo peor que habían hecho los peores poderes. Es cierto que ha habido, sin duda, dictaduras de izquierdas; e izquierdas que han acabado con derechos y libertades, en lugar de alumbrarlos. Tampoco eso se puede negar. Pero el balance general de la historia fue inequívoco durante más de un siglo: cuando el progreso estuvo ligado a la justicia, a la igualdad y a la paz, fue porque las izquierdas lo empujaron.
Sin embargo, desde los años setenta y ochenta del siglo pasado algo empezó a cambiar. Lentamente al principio, de forma acelerada después, las izquierdas dejaron de ser la punta de lanza del progreso, y se fueron convirtiendo paulatinamente en fuentes de frustración y de fracaso. Incluso cuando han gobernado, lo que ha ocurrido después ha sido con demasiada frecuencia desastroso, pues a menudo llevaba a situaciones aún peores que las previas: retrocesos en lo conquistado, desmovilización de las bases, pérdida de credibilidad, y a veces algo todavía más grave, la sensación de que la izquierda en el poder se volvía indistinguible de aquello que decía combatir.
Hay que decirlo con claridad. En las últimas décadas, las izquierdas se han convertido para demasiada gente en una fuente constante de frustración, de dolor y, a veces, incluso de vergüenza.
¿Por qué ha pasado esto? ¿Por qué la izquierda que durante más de un siglo fue motor del cambio se ha convertido en uno de sus principales obstáculos? ¿Por qué tantos dirigentes de izquierdas en los que se deposita la confianza defraudan tanto y tan a menudo, con una regularidad que ya no puede atribuirse a la mala suerte, ni a su carácter personal? ¿Por qué lo habitual es que las personas de izquierdas que nos gobiernan, nos representan en los parlamentos, o dirigen los partidos no se distinguen casi nunca de las de derechas en sus comportamientos públicos o personales? ¿Por qué no representan un tipo de ser humano diferente (como sí ha ocurrido con alguno de ellos, como Pepe Mújica, por ejemplo) sino que se transforman y clonan, a base de sueldos elevados, prebendas y buena vida?
Estas son las preguntas que me propongo responder a continuación. No haciendo juicios morales (aunque también corresponda hacerlos) sino analizando el problema estructural que me parece obligado contemplar con luces largas para poder dar el tipo de respuestas que permiten recobrar el norte y avanzar hacia un horizonte de progreso, de libertades, de justicia y de paz.
El cambio que noqueó a la izquierda
Para entender el fracaso contemporáneo de las izquierdas es imprescindible comprender antes la naturaleza profunda del neoliberalismo. Porque el neoliberalismo no fue únicamente un conjunto de políticas económicas orientadas a privatizar empresas públicas, desregular mercados o reducir el tamaño del Estado. Fue mucho más que eso: una transformación civilizatoria.
Sus impulsores comprendieron algo fundamental: el verdadero poder histórico de las izquierdas no residía solamente en los parlamentos o en los gobiernos, sino en la sociedad organizada. Sabían que los sindicatos, los espacios comunitarios, los vínculos colectivos y la cultura solidaria eran las bases materiales y emocionales del contrapoder democrático.
Por eso la ofensiva neoliberal se dirigió precisamente contra ese terreno.
La primera respuesta fue brutal y violenta. En numerosos países de América Latina, África y Asia, las experiencias progresistas y populares fueron aplastadas mediante golpes de Estado, asesinatos, desapariciones y represión sistemática. El objetivo no era solamente derrotar gobiernos concretos, sino destruir físicamente a quienes organizaban el contrapoder social.
Pero muy pronto llegó una segunda fase todavía más sofisticada y eficaz: la revolución conservadora impulsada desde los años ochenta.
El neoliberalismo llevó a cabo una auténtica operación antropológica y cultural. No pretendía únicamente cambiar las políticas económicas, sino transformar la forma de pensar, sentir y vivir de las personas. Su objetivo era fabricar un nuevo tipo humano adaptado a la lógica del mercado.
Se destruyeron los grandes espacios fabriles donde miles de trabajadores podían organizarse colectivamente. Se precarizó el empleo y se individualizaron las relaciones laborales. Los antiguos trabajadores asalariados fueron convertidos en empresarios de sí mismos, obligados a competir entre sí y a asumir individualmente riesgos que antes eran compartidos socialmente.
Al mismo tiempo, se atacó política y culturalmente a los sindicatos, se privatizaron servicios públicos, se mercantilizaron ámbitos crecientes de la vida y se fueron destruyendo sistemáticamente los espacios comunitarios que sostenían los vínculos sociales.
Simultáneamente, en el plano cultural, se instaló una nueva moral social: la idea de que la libertad individual es el valor supremo; el éxito, un exclusivo resultado del mérito personal; el fracaso, responsabilidad individual; lo público, algo ineficiente, y el mercado mejor sistema que cualquier decisión colectiva.
El resultado fue la fabricación de lo que se ha llamado el homo neoliberalis: individuos aislados, convertidos en competidores permanentes, incapaces de reconocerse como parte de un sujeto colectivo y acostumbrados a interpretar sus problemas como fracasos personales y no como consecuencia de estructuras sociales.
Esto último fue lo decisivo. El neoliberalismo destruyó sistemáticamente las condiciones materiales, culturales y emocionales que hacían posible construir comunidad. Es decir, destruyó el terreno sobre el que históricamente habían operado las izquierdas.
Desgraciadamente, las izquierdas no supieron comprender plenamente la naturaleza de esa transformación y no le dieron la respuesta que hubiera sido necesaria.
La trampa en la que cayó la izquierda y de la que no ha sabido salir
El error más profundo y más persistente en el que han caído las izquierdas en las últimas décadas es de naturaleza estratégica y no moral. Tiene que ver con el orden que deben seguir las cosas, sobre qué debe preceder a qué.
Para entenderlo hay que ver primero lo que hace la derecha, porque la derecha no lo comete. Desde que se puso en marcha la revolución conservadora de Thatcher y Reagan, la derecha usa la política para consolidar el poder que ya tiene sobre la sociedad. No necesita transformar la sociedad porque, en sus estructuras fundamentales, ya le pertenece. El poder económico, el poder mediático, el poder financiero, las grandes corporaciones, los fondos de inversión que deciden qué se produce y cómo, los medios que deciden qué hay que pensar y decir... todo eso es suyo antes de que empiece cualquier campaña electoral. La política, para la derecha, no es el instrumento del cambio. Es un instrumento de conservación y consolidación, el mecanismo que legaliza, legitima y protege el poder que ya ejerce en la sociedad. Es lo que mantiene y cementa el tipo de sociedad y las estructuras de poder que el capital necesita salvaguardar.
Cuando la derecha llega al gobierno no necesita transformar nada porque el mundo que quiere ya existe. Solo necesita defenderlo, extenderlo y blindarlo contra cualquier amenaza. Y para eso, el poder institucional es suficiente, porque el resto del poder, el poder real, el que decide las condiciones de vida de la mayoría, ya está en manos de quien debe estar. La derecha política sólo lo utiliza por delegación para lo que hay que usarlo, y cuando un político de derechas se sale de la partitura escrita para ello, tiene los días contados.
La política de la derecha está concebida para reaccionar ante la amenaza del cambio y neutralizarla. Coopta a los dirigentes para que sepan dividir a los sujetos y desviar la energía transformadora hacia conflictos que no amenazan las estructuras de poder. Fabrica el miedo que paraliza y la resignación que desmoviliza. Se diseña para contener a la sociedad, para domeñarla e impedir que se desarrollen los impulsos de cambio que siempre existen en ella, para que el sufrimiento y la injusticia que los producen inevitablemente no encuentren expresión organizada y capacidad real de transformación.
La izquierda, en cambio, no tiene ese poder previo. No controla los mercados financieros ni los grandes medios ni las corporaciones transnacionales ni los organismos internacionales que fijan las reglas del juego económico global. El mundo que quiere construir no existe todavía, o existe solo en embrión, en los márgenes, en las grietas del sistema. Por eso, la izquierda se hunde y fracasa cuando se empeña en querer transformar la sociedad haciendo política como lo hace la derecha, actuando simplemente desde el gobierno y las instituciones.
La izquierda ha intentado usar la política para transformar la sociedad cuando su tarea real es exactamente la inversa: transformar la sociedad para cambiar la política. Ha confundido el orden de las cosas y ese error de orden trae consigo todos los demás.
Cuando una izquierda llega al gobierno sin haber transformado previamente las relaciones de poder en la sociedad, se encuentra en una posición radicalmente distinta a la de la derecha cuando gobierna. Esta puede hacerlo con el viento a favor: los mercados, los medios, las instituciones financieras internacionales, los grandes poderes económicos trabajan en la misma dirección que sus políticas porque comparten los mismos intereses. La izquierda, por el contrario, gobierna siempre con el viento en contra pues esos mismos poderes trabajan activamente para limitar, revertir o neutralizar cualquier política que amenace sus intereses.
En esas condiciones, gobernar sin haber construido previamente un contrapoder social suficiente permite, si acaso, gestionar más o menos bien, pero no transformar con mínima profundidad. Se puede administrar el sistema existente con la mejor voluntad y, en el mejor de los casos, con más atención a los más vulnerables, y muchas veces incluso con más eficacia y éxito que la derecha, incluso para los capitales. Pero, de esa forma, las estructuras permanecen intactas y lo esencial no cambia. Y mientras eso ocurra, cualquier cambio que no haya convenido podrá ser revertido sin problema por otro gobierno.
Hay que ser justos y reconocer que las izquierdas que se propusieron llevar a cabo experiencias transformadoras, incluso moderadas, se han encontrado con un poder que juega sucio, que es violento cuando lo necesita, que instrumentaliza la justicia, que usa los medios como arma, que mueve los mercados para disciplinar a los gobiernos díscolos. Eso no puede olvidarse cuando se habla de fracasos de la izquierda. Pero tampoco puede ser la excusa que impida el análisis honesto de sus errores. Porque estos existen y son tan importantes como la represión externa para explicar el patrón de los fracasos.
Hay que decirlo con claridad por muy doloroso que sea. Actuando de esa forma que he comentado, las izquierdas no solo fracasaron a la hora de resistir al neoliberalismo. Cuando las izquierdas renuncian a proponer un mundo diferente y se limitan a proponer gestionar mejor el mundo existente, no solo traicionan su razón de ser. Han sido incapaces de movilizar la energía social transformadora que es su única fuente de poder real.
Un pensamiento viejo impide a las izquierdas entender cómo funciona el mundo que quieren cambiar
Las grandes corrientes de la izquierda han compartido durante décadas una concepción lineal y mecanicista de la historia. Han creído que el cambio es algo ineluctable como resultado de las contradicciones del capitalismo, y que las fuerzas del progreso avanzan inevitablemente. Bastaría con impulsar esas fuerzas reforzándolas desde dentro del sistema o con provocar la revolución para que el mundo nuevo surja como por generación espontánea.
Es una concepción errónea, como tantas veces se ha demostrado, porque ignora algo fundamental. El sistema capitalista es un sistema complejo que evoluciona de modo contradictorio y caótico, que da idas y vueltas y mezcla lógicas de muy diversa naturaleza. Y, por otro lado, los cambios sociales que se llevan a cabo en su seno no los promueven fuerzas abstractas e impersonales, sino seres humanos concretos, imperfectos, contradictorios y vulnerables, que tienen libertad, sentimientos y emociones, y que se interrelacionan no siempre con coherencia entre sí.
Lo que la ciencia de los sistemas complejos nos enseña, y que las izquierdas no han incorporado a su forma de pensar la política, es que el cambio en estos sistemas no se puede decretar ni esperar pasivamente. Es inevitable, pero no automático; y, sobre todo, no tiene una dirección predeterminada. Los sistemas complejos evolucionan por regeneración constante de sus elementos, sometidos a una dinámica de cambio permanente y gradual que hace imposible que permanezcan idénticos a lo largo del tiempo. El capitalismo ya ha ido muchas veces más allá de sí mismo a lo largo de la historia, y lo nuevo que lo superará ya está naciendo dentro de lo viejo, en estado embrionario, aquí y ahora. Pero eso no significa que el cambio vaya necesariamente en la dirección deseable. En todo sistema social conviven fuerzas de transformación y fuerzas de resistencia que se combaten entre sí, y el resultado depende de cuál de ellas logre imponerse. El sistema dispone de resortes de defensa capaces de absorber, neutralizar o revertir los cambios que se inician. Por eso los procesos de transformación no son lineales, no se producen a saltos, ni tienen el éxito asegurado cuando se inician: van y vienen, avanzan o abortan, se frustran o se consolidan según la fuerza relativa de quienes los impulsan y de quienes los resisten.
Esto tiene una consecuencia política directa que las izquierdas han ignorado sistemáticamente. El cambio hay que construirlo activamente, conociendo bien cómo funciona el sistema, sabiendo dónde y cómo actuar para reforzar las fuerzas de transformación y debilitar las de resistencia. No basta con tener razón o el mejor programa; y ni siquiera con ganar elecciones. Hay que saber en qué punto del sistema se puede incidir con mayor eficacia, qué tipo de acción produce efectos que se multiplican y cuál los dispersa, cómo sostener el impulso cuando el sistema activa sus mecanismos de defensa. Eso requiere una concepción del tiempo político que va mucho más allá de los ciclos electorales, y una comprensión de la realidad social que las izquierdas, prisioneras de su pensamiento mecanicista y de su urgencia electoral, no han desarrollado.
La renuncia al relato y la aceptación del marco que le impone la derecha
Las izquierdas mantienen su proverbial capacidad intelectual para discutir sin fin entre ellas y poner todo en cuestión. Pero esa energía no se ha dirigido a construir un nuevo relato civilizatorio de gran alcance sino a reciclarse a sí mismas cientos de veces, a debatir internamente y a matizarse mutuamente sin descanso.
Las izquierdas han renunciado a ser portadoras y portavoces de una Ilustración que ilumine al conjunto de la sociedad. No disponen de un relato común y han dejado de liderar las grandes causas que pueden atraer a todo tipo de personas y generar las mayorías sociales que son imprescindibles para poder transformar la realidad.
Y lo que es peor, más grave y paradójico, han dejado que la derecha se apropie de los valores que habían nacido como universales, en la mayoría de los casos gracias al impulso original de las izquierdas y de los movimientos progresistas de diferente tipo. Sorprendentemente, gran parte de las izquierdas han considerado durante mucho tiempo que valores como la libertad, la democracia, los derechos humanos, la soberanía, la seguridad eran "burgueses" y meros instrumentos del sistema. Los desdeñaron, sin darse cuenta de que son precisamente las principales armas de defensa de los más desfavorecidos, y sin entender que quien los hace suyos controla el sentido común. El terreno donde se gana o se pierde la batalla política real y la posibilidad efectiva de cambiar el mundo.
El resultado es devastador. Mientras la derecha, y sobre todo la extrema derecha, se apropia del lenguaje de la soberanía, la seguridad y la identidad para ofrecer respuestas simples y falsas frente al miedo que sus propias políticas han generado, las izquierdas se enredan en debates identitarios y culturales que solo tienen pulsión en las periferias y que resultan incomprensibles, cuando no directamente hostiles, para los verdaderamente desposeídos.
Las izquierdas no solo han dejado de ser portadoras de propuestas de sentido común, sino que han dejado el sentido común en manos de las derechas y se han instalado en la gestión de las identidades particulares. Han dejado de soñar en grande y así han perdido la capacidad de movilizar a las mayorías.
La tribialización que diluye a la izquierda
El neoliberalismo construyó un mundo global convirtiendo en ecuménicos o universales los valores del mercado, la competencia, el individuo soberano y la lógica del beneficio. Las izquierdas, mientras tanto, han troceado su discurso y las reivindicaciones que defiende. Se han convertido en una especie de mercadillo persa en donde cada tribu trata de vender su identidad al resto, con tal de que se identifique con algún grupo de interés, por socialmente insignificante que sea.
La fragmentación se ha producido de la peor manera posible: generando microidentidades que responden a reivindicaciones legítimas en sí mismas pero que no conforman ni una lengua franca, ni una presencia colectiva y sinérgica. Tribus que hablan dialectos distintos, que no simpatizan entre sí, que se enfrentan con antagonismos casi siempre insuperables. En mi libro Para que haya futuro contabilicé, mal contados y como poco, 16 modalidades de ser de izquierdas, 24 tipos de feminismo y 27 ecologismos. Puesto que todos los partidos progresistas, prácticamente sin excepción, se definen como de izquierdas, feministas y ecologistas, se deduce que hay más de 10.000 identidades distintas posibles o formas de serlo.
Esa taxonomía proyectada casi ad infinitum de las izquierdas hace que cada reivindicación se subdivida, se matice y se deba enfrentar a cada una de las variantes hasta generar un mosaico ininteligible de partes que no se reconocen entre sí y del que es imposible que nazca un alma común, un modelo civilizatorio, una humanidad diferente.
De esa forma es como las izquierdas se han hundido en otra época (que ellas mismas han contribuido a crear) como la que describió Alejo Carpentier en El siglo de las luces: "hecha para diezmar los rebaños, confundir las lenguas y dispersar las tribus."
Lo que queda cuando todo esto se asienta es la sustitución de la lógica de la transformación por la lógica de la representación. Se deja de preguntar cómo se cambia el mundo para preguntar a quién representa cada cual. Y como la respuesta a esa pregunta divide en lugar de unir, la política de izquierdas se convierte en una competencia entre identidades que no se hablan entre sí, que generan un ruido incomprensible para la mayoría de la población, y que dejan el terreno libre para quien ofrece un relato simple, aunque sea completamente falso.
La izquierda se ha hecho tribal y materialmente irreconocible como portadora de un proyecto conjunto de liberación y transformación de sentido común que pueda ser asumido por las más amplias mayorías sociales.
Hay votantes, pero no comunidad, y lejos de la gente, se aleja el cambio social
Las izquierdas de hoy tienen votantes, y en muchas ocasiones en cantidad suficiente para gobernar. Pero no tienen sociedad que se identifique con ellas, las apoye activamente y se haga cómplice consciente de sus acciones. No ponen en marcha realidades que puedan percibirse como el anticipo de un mundo nuevo, de un sistema diferente. Tratan a lo sumo de captar voluntades mediante el acto de fe que supone decirle a la gente que, si algún día dispusieran de más poder, todo sería distinto. Pero en la realidad presente no son capaces de mostrar en qué consiste ese otro mundo alternativo, salvo en lo que tiene que ver con asuntos de corto plazo y fácilmente reversibles cuando la derecha gobierna. Apenas pueden ofrecer ni una sola muestra tangible de aquello que se proponen construir. Es más, se deterioran e incluso van desapareciendo las que antaño se construyeron con su protagonismo directo o gracias a su enorme influencia, como ocurre con los servicios y empresas públicas, por ejemplo.
Y lo más paradójico es que el mundo alternativo existe. No como promesa futura sino como práctica presente. Una legión de asociaciones, cooperativas, colectivos, fundaciones, grupos anónimos, personas individuales de todo tipo y condición piensan, diseñan, construyen, organizan, crean empresas y ponen en marcha miles de iniciativas para producir y consumir de otra forma, curar y salvar vidas, habitar, estudiar, cuidar, alimentarse, obtener energía, representarse y tomar decisiones como si estuvieran ya en un planeta distinto, anticipando el futuro. Pero que están, por lo general, bastante alejadas de los partidos de izquierdas que, mientras tanto, siguen organizados y actuando en el viejo mundo, inoculándose sin parar el veneno del que se supone que desean escapar.
Pero el problema no es solo que las izquierdas estén lejos de ese tejido alternativo. Es que han perdido algo todavía más profundo y más difícil de recuperar: el contacto cotidiano con la vida concreta de la gente corriente. No se trata únicamente de perder apoyo electoral o capacidad organizativa. Me refiero a que han dejado de convivir emocional y materialmente con amplios sectores populares. Y cuando una fuerza política deja de compartir la experiencia cotidiana de quienes pretende representar, acaba perdiendo la capacidad de comprenderlos, interpretarlos y movilizarlos, y finalmente su complicidad y su apoyo.
Durante mucho tiempo, las izquierdas no fueron únicamente organizaciones políticas. Eran formas de vida compartida. Estaban presentes en los barrios, en los centros de trabajo, en las asociaciones vecinales, en las escuelas públicas, en las cooperativas, en los sindicatos, en las fiestas populares, en los hogares e incluso en espacios religiosos vinculados al mundo obrero. Formaban parte de la textura cotidiana de la sociedad y no hablaban sobre la gente, sino junto a ella y dentro de ella. Compartían sus condiciones de existencia, sus códigos culturales, sus miedos, sus aspiraciones y sus sufrimientos.
Esa cercanía no era un elemento secundario ni sentimental. Es la fuente de donde surgen la fuerza política y moral. Junto a la gente se puede comprender cómo viven realmente las personas, qué les preocupa, qué lenguaje utilizan para interpretar el mundo y qué tipo de respuestas pueden percibir como propias y creíbles. Cuando las izquierdas estaban junto a la gente, eran fuertes no solo porque tuvieran ideas o programas, sino porque estaban insertas en la experiencia vital de la mayoría social.
El neoliberalismo fue inteligente y diseñó estrategias para alterar profundamente ese terreno donde las izquierdas se habían hecho fuertes históricamente. Destruyó muchos de los espacios comunitarios y colectivos en los que se construía la vida compartida. Precarizó el trabajo, individualizó los problemas, debilitó las organizaciones sociales y convirtió cada vez más a los individuos en competidores aislados. Era su tarea. Lo lamentable fue que las izquierdas no se percataran de ello, se dejaran llevar sin resistir y no se hicieran fuertes precisamente allí donde esa destrucción se estaba viviendo físicamente.
Poco a poco, una parte importante de la izquierda fue institucionalizándose, sus dirigentes se profesionalizaron y su actividad política se hizo depender de los mensajes mediáticos. Su actividad se desplazó desde la vida social hacia los despachos, los parlamentos, los estudios de televisión, las redes digitales y los circuitos universitarios o partidarios. Se convirtió en la izquierda que tiene como aspiración principal el ser vista o hacerse viral en TikTok y el resto de las redes sociales. Empezó a hablar un lenguaje crecientemente abstracto, técnico o autorreferencial, muchas veces incomprensible para quienes viven bajo la presión diaria de la precariedad, los salarios insuficientes, el miedo al futuro o la inseguridad vital.
Las consecuencias fueron tremendas. La izquierda dejó de escuchar con atención el miedo cotidiano, la humillación silenciosa, el cansancio acumulado, la soledad, la incertidumbre permanente o la sensación de abandono que atraviesan hoy la vida de millones de personas. Dejó de sentir como propia la epidermis de la sociedad.
Por eso, amplios sectores populares han dejado de sentir a las izquierdas como algo suyo, incluso cuando continúan compartiendo muchas de sus posiciones materiales en relación con el empleo, los servicios públicos, la vivienda o la desigualdad. La izquierda de nuestro tiempo no se ha dado cuenta de que no basta con defender intereses objetivos si no existe también reconocimiento mutuo, cercanía cultural y vínculo emocional. Las personas necesitan sentirse escuchadas, comprendidas y acompañadas, no solo administradas o representadas desde arriba.
La extrema derecha ha entendido mejor que nadie ese vacío. Aunque sus propuestas económicas perjudiquen muchas veces a quienes la apoyan, ofrece algo que hoy resulta decisivo: identidad, reconocimiento, pertenencia, lenguaje emocional y sensación de proximidad. Habla de miedos reales, aunque luego los manipule y desvíe hacia enemigos falsos.
Las izquierdas difícilmente podrán volver a impulsar procesos profundos de transformación social si no reconstruyen antes esa conexión cotidiana con la vida real de la mayoría social y tengo muchas deudas de que eso sea posible mientras estén encerradas en los aparatos en que hoy día se han convertido sus partidos políticos. No basta con representar políticamente a la gente. Hay que convivir con ella. Escucharla, compartir espacios, reconstruir comunidad y volver a estar presentes allí donde se experimentan diariamente el sufrimiento, la inseguridad y también las esperanzas colectivas. Porque el cambio social no nace únicamente de las ideas correctas ni de los programas bien diseñados. Surge de personas concretas, de los vínculos vivos entre ellas, de la confianza mutua y de la existencia de experiencias compartidas capaces de convertir el malestar disperso en conciencia colectiva y voluntad organizada de transformación.
Sin contrapoder de diferente naturaleza, el poder del capital es invencible
Uno de los errores más graves de las izquierdas contemporáneas ha sido creer que se puede transformar la sociedad utilizando exclusivamente las instituciones y los resortes o palancas del poder de una sociedad ya previamente organizada por el capital. Han pensado que bastaba con conquistar gobiernos para cambiar el mundo, cuando el poder real no reside principalmente en los parlamentos, sino en las relaciones sociales, culturales, económicas y comunicativas que moldean la vida cotidiana y delimitan lo que una sociedad considera posible o imposible.
La historia lo demuestra claramente. Las izquierdas fueron eficaces cuando, antes de alcanzar el poder institucional, habían construido ya otro poder en el seno mismo de la sociedad: sindicatos, cooperativas, ateneos, redes vecinales, prensa propia, espacios culturales, formas de apoyo mutuo y experiencias de vida colectiva capaces de crear conciencia, solidaridad y autonomía frente al mercado y frente al Estado dominado por las élites económicas. No transformaban solamente las leyes, sino que transformaban (incluso sin necesidad de estar en los gobiernos) cuando previamente habían cambiado la forma de vivir, de relacionarse y de imaginar el futuro de grandes mayorías sociales.
El neoliberalismo también entendió perfectamente esa realidad y por eso dirigió su ofensiva no sólo contra las políticas redistributivas o contra el Estado social, sino contra las propias bases materiales y culturales del contrapoder democrático. Individualizó el trabajo, precarizó la vida, destruyó espacios comunitarios, mercantilizó las relaciones humanas y convirtió a los ciudadanos en competidores aislados. La gran victoria neoliberal no fue económica, sino antropológica, al fabricar individuos incapaces de reconocerse como parte de un sujeto colectivo portador de poder.
Lamentablemente, la mayor parte de las izquierdas respondió refugiándose casi exclusivamente en la política institucional, aceptando además las reglas culturales, comunicativas y económicas impuestas por el propio neoliberalismo. Renunció poco a poco a construir sociedad y acabó dependiendo de los mismos medios, lenguajes, dinámicas y estructuras de poder que decía combatir. Quiso disputar el poder sin alterar previamente la correlación de fuerzas en la sociedad civil. Y así quedó atrapada en una contradicción insoluble: intentar cambiar un sistema utilizando herramientas diseñadas precisamente para impedir que cambie.
Por eso, incluso cuando gobierna, la izquierda apenas logra gestionar temporalmente algunos efectos del sistema sin modificar sus estructuras profundas. Si carece de tejido social autónomo, de fuerza cultural y de la capacidad organizada necesarias para sostener transformaciones duraderas frente a unos poderes económicos, financieros y mediáticos que sí operan coordinadamente y con horizonte estratégico de largo plazo, carece de poder y apenas puede transformar.
Ningún poder histórico ha sido derrotado únicamente desde arriba o, por decirlo en términos algo más gráficos, echando un pulso al poder previamente existente. Todos los cambios profundos han necesitado construir previamente otra palanca de poder, un contrapoder diferente al que se quiere combatir.
Y el contrapoder de naturaleza distinta al del capital no puede construirse con las mismas herramientas ni los mismos valores que el poder al que se enfrenta. No puede ser jerárquico cuando el poder que combate se sostiene precisamente en la jerarquía. No puede ser individualista cuando el individualismo es el principal instrumento de dominación del sistema. No puede basarse en la acumulación, cuando es la acumulación lo que hay que combatir.
Su naturaleza tiene que ser radicalmente diferente. Es cooperativo donde el capital es competitivo. Es comunitario donde el capital es individualista. Se basa en el cuidado de las personas y de la vida donde el capital se basa en el lucro. Es democrático, en el sentido más profundo y cotidiano del término, donde el capital es oligárquico. No busca el sometimiento del adversario sino la construcción de una mayoría que haga el modelo dominante insostenible por la simple evidencia de que existe algo mejor.
Este es el tipo de poder que la historia demuestra que puede ganar a largo plazo, porque no depende de los recursos que el capital controla, sino de algo que el capital no puede comprar ni destruir completamente: la convicción de que otro modo de vivir es posible y la voluntad de construirlo. Es el poder que nace del sentido común de una especie que sabe, cuando puede pensar con libertad, lo que necesita para vivir bien. Y es, no por casualidad, exactamente el tipo de poder que el neoliberalismo se esforzó durante décadas en hacer invisible e impensable.
La inversión que lo cambia todo: primero la sociedad, luego la política
De todo lo anterior se desprende una conclusión que tiene la apariencia de una paradoja pero que es, en realidad, la lección más importante que ofrece la historia del fracaso de las izquierdas de nuestro tiempo.
La tarea de quien quiera transformar el mundo con los horizontes y los valores que tradicionalmente defendieron las diferentes izquierdas no puede ser usar la política para transformar la sociedad. Como dije, es al revés, hay que transformar la sociedad para cambiar la política.
Ese principio no puede ser entendido como la renuncia a la política institucional. Tiene que ver con una comprensión diferente y más profunda de cómo funciona el cambio real. Significa entender que las condiciones para que una política transformadora sea posible y sostenible se construyen antes de llegar al gobierno, no después. Es decir, que esas condiciones son sociales, culturales, económicas y organizativas antes de ser políticas en el sentido institucional del término.
Cuando la izquierda llega al gobierno sin haber construido previamente la sociedad alternativa que necesitaría, trabaja con el viento en contra. Cada reforma que amenaza los intereses del poder real encuentra una resistencia organizada y permanente que la neutraliza, la revierte o la vacía de contenido. Y así no puede transformar el mundo.
Transformarlo significa o requiere, mejor dicho, ir más allá y construir comunidad donde el neoliberalismo ha construido individualismo, tejer redes de solidaridad y cooperación donde el mercado ha impuesto competencia, crear experiencias concretas de otro modo de organizar la producción, el cuidado, la energía, la información... que demuestren en la práctica que el mundo alternativo no es una utopía sino una práctica y una posibilidad real. Significa construir un relato que conecte la experiencia cotidiana de la gente con las causas estructurales de sus problemas, que dé nombre a lo que se siente, pero que no se sabe cómo decir, que señale el horizonte sin prometer el paraíso. Significa desarrollar un sujeto colectivo, no solo votantes y militantes, sino una comunidad organizada y consciente que tenga sus propias instituciones, sus propios medios, sus propios referentes, su propia capacidad de actuar con independencia de los ciclos electorales.
Cuando ese trabajo previo se ha hecho, o cuando se ha hecho suficiente o al menos embrionariamente, la llegada al gobierno tiene una naturaleza y unos efectos completamente diferentes. De entrada, los dirigentes que están allí están respaldados por una sociedad organizada y no llegan en soledad, sino con algo detrás. Un algo que cambia radicalmente el equilibrio de fuerzas frente al poder real. No lo elimina, porque el poder del capital seguirá siendo inmenso, pero lo limita y permite que resistirlo tenga un coste menor y que ceder tenga un coste mayor.
Una diferencia que lo resume todo
Hay una diferencia final entre la derecha y la izquierda que vale la pena señalar porque es reveladora de todo lo que hemos analizado.
La derecha, que usa la política para conservar lo que tiene, puede permitirse el lujo de tener malos dirigentes porque el sistema trabaja para ella con independencia de quién la dirija. El sistema financiero, los grandes medios, las corporaciones, las instituciones internacionales funcionan en la dirección que la derecha establece, aunque sus dirigentes sean mediocres, corruptos o simplemente torpes. La izquierda, en cambio, no puede permitirse ese lujo precisamente porque el sistema no trabaja para ella. Necesita siempre dirigentes capaces, honestos y comprometidos.
Ante esa exigencia, la izquierda no puede responder, como quizá haya intentado responder la mayoría de las veces, o en el mejor de los casos. Es decir, buscando las mejores personas posibles, pero situándolas en el vacío. Porque el problema sólo se resuelve, como he dicho, construyendo la sociedad y el tejido que llene el vacío.
El neoliberalismo lo entendió a la perfección y ha dedicado décadas e infinidad de recursos a destruirlo. Para ser la proa del progreso habrá que entenderlo muy bien y dedicar el tiempo y la energía necesarios para reconstruirlo.
El vacío que acosa a los dirigentes
Todo lo anterior conduce a la pregunta más incómoda, la que tiene nombres y apellidos: ¿por qué los dirigentes concretos terminan defraudando tan sistemáticamente?
¿Por qué Alexis Tsipras firmó en julio de 2015, exactamente una semana después del referéndum en que el 61 por ciento de los griegos rechazó las condiciones de la Troika, un acuerdo con condiciones aún más duras que las rechazadas? ¿Por qué Tony Blair, que llegó al poder en 1997 con la mayor mayoría laborista de la historia, terminó llevando al Reino Unido a la guerra de Iraq junto a George W. Bush y construyendo el New Labour como un proyecto de gestión eficiente del capitalismo financiero, para acumular después una fortuna considerable asesorando a gobiernos y corporaciones de dudosa reputación democrática? ¿Por qué Gerhard Schröder precarizó el mercado laboral alemán con sus reformas Hartz y terminó su carrera como consejero de Gazprom y defensor público de Vladimir Putin incluso tras la invasión de Ucrania? ¿Por qué François Hollande, que prometió que su adversario era el mundo de las finanzas, terminó su presidencia con un 4 por ciento de aprobación, el nivel más bajo de cualquier presidente de la Quinta República? ¿Por qué Zapatero, que tuvo logros reales en materia de derechos civiles durante su primer gobierno, aplicó los recortes que había criticado cuando llegó la crisis y aparece hoy envuelto en investigaciones judiciales que han generado una decepción profunda entre quienes lo tenían como referente moral de la izquierda española? ¿Por qué Lula, símbolo de esperanza para toda una generación latinoamericana, presidió un partido que terminó entre corrupción sistémica? ¿Por qué Rafael Correa, que llegó con un discurso de revolución ciudadana y retórica anticapitalista potente, terminó enfrentado a dirigentes y colectivos indígenas que habían sido sus aliados más próximos? ¿Por qué Obama, que movilizó como nadie la esperanza transformadora de la izquierda norteamericana en 2008, rescató a los bancos sin perseguir a sus responsables, deportó a más inmigrantes que ningún presidente anterior, no cerró Guantánamo o permitió que sus ejércitos ejecutaran a cientos de civiles?
La respuesta habitual suele ser la de la traición personal, el carácter débil, la ambición que corrompe, el poder que cambia a las personas... Todas ellas quizá son reales y comprensibles, pero en todo caso insuficientes, pues no explican el patrón ni el fallo estructural que inevitablemente debe haber cuando ese tipo de casos se produce con tanta regularidad.
A mi juicio, todos esos casos se pueden producir porque, en la inmensa mayoría de los casos, los dirigentes de izquierdas vienen operando en el vacío en las últimas décadas. En el vacío que las propias izquierdas han creado al no construir comunidad, al no tejer redes, al no crear contrapoderes, al no poner en marcha experiencias alternativas que muestren el futuro por adelantado, al no construir la sociedad que debería preceder a la conquista del poder institucional. Y, sobre todo, cuando han provocado o permitido que sus organizaciones, sus partidos, dejen de ser una parte más de esa comunidad para la que se supone que trabajan, cuando las han convertido en estructuras que reproducen el cesarismo de los conservadores, las han vaciado de democracia interna real, y en donde, cuando no se desprecia, no se cuenta con la militancia y mucho menos con la ciudadanía a la que dicen querer representar.
Cuando la izquierda no ha construido ese tejido previo, cuando no tiene bajo sus pies el suelo de la sociedad organizada, sus dirigentes quedan literalmente en el aire y solos frente al poder real. No tienen detrás una comunidad organizada que los sostenga cuando hacen lo correcto y los frene cuando se equivocan. No tienen a su lado una red de instituciones, organizaciones, grupos sociales, militancia y ciudadanía que les recuerde cotidianamente para qué están ahí y en nombre de qué y de quiénes actúan. No tienen enfrente el espejo que les muestre lo que no están haciendo y en qué se están convirtiendo, ni tampoco el otro mundo alternativo en embrión y que crece a sus espaldas, en el que podrían detectar las contradicciones entre lo que predican y lo que hacen.
En ese vacío, el poder real actúa con una eficacia que no necesita ser conspirativa para ser devastadora. Los mercados financieros, los grandes medios, las corporaciones, los organismos internacionales... tienen acceso directo y permanente a los dirigentes. Les hablan todos los días, les halagan, les explican con paciencia y firmeza cuáles son los límites de lo posible, los redibujan y les muestran con claridad las consecuencias de traspasar las líneas que no deben sobrepasar. Y como del otro lado no hay nadie con la misma consistencia, la misma presencia permanente y la misma capacidad de presión organizada, el resultado es casi matemáticamente previsible.
Los dirigentes de izquierdas que nos defraudan no se han corrompido o simplemente desnaturalizado de golpe, ni como resultado de su propia personalidad, ni posiblemente como efecto de una decisión consciente y deliberada de traicionar sus principios. Han ido cediendo sutilmente, milímetro a milímetro, decisión a decisión, cada vez que el coste inmediato de resistir parece mayor que el coste diferido de ceder. Ceden, porque la presión del poder real en el presente es más potente que la presión de la comunidad que le encargó transformar ese poder, bien porque esa comunidad no exista, o porque no tiene voz cuando su grito es necesario. Sin una comunidad organizada que denuncie y combata en tiempo real lo que está ocurriendo, que ponga precio a cada cesión, que exija rendición de cuentas antes de que el daño sea irreversible, las cesiones se acumulan silenciosamente hasta que un día el dirigente que prometía transformar el mundo está defendiendo posiciones que hace diez años le habrían parecido indefendibles.
Cuando existe una comunidad organizada con valores compartidos y experiencias concretas de otro modo de hacer las cosas, esa comunidad funciona como un sistema inmunitario frente a los virus que pueden difundir dirigentes corruptos o los errores de los honestos. Reconoce las desviaciones porque tiene un referente claro de lo que no es desviación. Puede nombrar lo que está mal porque tiene palabras para nombrar lo que debería estar bien. Puede presionar porque tiene una base autónoma desde la que hacerlo, que no depende del acceso a las instituciones ni de la benevolencia de los dirigentes. Pero, cuando esa comunidad no existe, el control desaparece. Los liderazgos se personalizan porque no hay nada que los limite, y los comportamientos inadecuados no encuentran resistencia porque no hay una cultura compartida suficientemente viva como para reconocerlos como inadecuados.
Esta es la razón profunda por la que el cesarismo, la concentración del poder en el líder, la falta de democracia interna real, el desprecio a la militancia que caracterizan a tantos partidos de izquierdas, no son vicios morales individuales sino consecuencias estructurales de haber construido organizaciones sin sociedad.
Un motor que ya no va y otros que existen y funcionan mejor
La conclusión que he sacado de todo lo que he analizado en los últimos años en mis artículos y libros es dura y cueste decirla, pero creo que tenemos la obligación de exponerla con claridad.
Las izquierdas que hoy conocemos, las que actúan en los gobiernos, en los parlamentos, incluso la mayoría de los partidos políticos que se reclaman progresistas, desde los más nuevos hasta algunos con casi 150 años de historia, han cumplido ya su papel histórico. Son operadores políticos que en su forma actual no pueden ser el motor de la transformación del mundo. No por culpa de su militancia o de lo que incluyen, elección tras elección, en sus programas. No sirven porque están construidos sobre los mimbres equivocados, asumiendo el terreno en donde pisa el adversario y el marco en el que impone su relato. Porque han renunciado a construir comunidad y sujeto. Porque han aceptado las reglas de un juego diseñado para que no puedan ganar. Y porque, en consecuencia, son incapaces de generar el tipo de sociedad nueva que haría posible el cambio real.
Esto no significa que no puedan seguir teniendo un papel importante. Lo tienen y lo seguirán teniendo, seguramente, para frenar los peores excesos, para defender lo conquistado y ganar tiempo. Pero me temo que ya es imposible que sigan siendo los motores del cambio social de mediano y largo alcance. Y confundirlos con ese motor, seguir tratándolos como si lo fueran y continuar depositando en ellos la esperanza transformadora tiene un coste que ya no podemos permitirnos. El de alimentar, con cada nueva decepción, el cinismo que desmoviliza, la rabia sin dirección que aprovecha la extrema derecha y el populismo reaccionario que se expande por el mundo.
Hay que decirlo con toda la dureza que el momento exige: el fracaso sistemático de las izquierdas es una de las fuentes principales de donde brotan los neofascismos. Cuando la gente que sufre la desigualdad, la precariedad y el abandono ve una y otra vez que quienes prometían cambiar las cosas no lo hacen, que sus dirigentes terminan siendo parte del sistema que decían combatir, que los partidos que dicen representarla hablan un lenguaje que no entiende sobre problemas que no reconoce como suyos, no desaparece. La indignación de la gente no se evapora, sino que busca otro cauce. Y ahí aparecen los demagogos que ofrecen un relato simple, un chivo expiatorio accesible y la promesa de romper con todo para recoger esa energía y convertirla en su combustible.
La extrema derecha no habría podido crecer como ha crecido en todo el mundo si las izquierdas hubieran hecho su trabajo. Hay que decirlo sin eufemismos.
Pero la conclusión no es la desesperanza. Llegamos ahora a lo más importante de todo lo que quiero decir en estas páginas que resumen mis reflexiones de casi una vida.
Ante la degeneración y la impotencia de la izquierda no nos encontramos en un kilómetro cero. El motor que hoy día se necesita para transformar el mundo de nuestro tiempo no hay que inventarlo: ya existe, funciona, y ha demostrado en la práctica que la existencia de otro mundo basado en formas de actuar, valores y modo de organizar la vida económica y social no es una promesa o una quimera. Es ya una realidad presente a nuestro alrededor, aunque hay que saber reconocerlo, conectarlo, potenciarlo y darle la expresión política que todavía le falta.
Ese motor está hecho de cientos, de miles de experiencias concretas de organización de la vida económica y social sobre principios radicalmente distintos a los de la avaricia y el máximo beneficio que guía al capitalismo financiero que domina el mundo. Son experiencias que se desarrollan sin esperar a que quienes las impulsan controlen las instituciones o a que llegue el gobierno adecuado para empezar a construir el futuro, porque se construyen de otro modo, desde abajo, en la vida cotidiana de comunidades reales.
En mi libro Cómo sobrevivir al trumpismo y a la economía de la motosierra (Deusto, 2025), mostré los principios sobre los que se basan todas ellas, sus modalidades muy diferentes, y el alcance tan grande que tienen en todo el planeta, tanto desde el punto de su extensión como de su relevancia para la satisfacción de las necesidades humanas y la salvaguarda del medio ambiente. Aquí basta señalar que todas esas experiencias tienen algo en común que las convierte en el embrión de una economía diferente y no en simples experimentos marginales: funcionan con una lógica radicalmente distinta a la del capitalismo. No buscan el máximo beneficio para los accionistas, sino el bienestar de las personas que las componen y de las comunidades en que operan; no externalizan sus costes sobre la sociedad y la naturaleza, ni concentran el poder en pocas manos, sino que lo distribuyen y ejercen democráticamente; no son esclavas del cortoplacismo, hipotecando el largo plazo, construyen el futuro y garantizan la sostenibilidad.
Y tienen algo más, quizás lo más importante de todo. Demuestran en la práctica, con datos y resultados medibles, que la afirmación más poderosa del capitalismo, la de que no hay alternativa, es falsa. Demuestran que las hay y que, en la inmensa mayoría de los casos, funcionan mejor.
Lo que falta
El problema no es, por tanto, que carezcamos de alternativas, que estemos viviendo el fin de la historia. Hay muchas, aunque es cierto que todavía existen de forma dispersa, fragmentada, descentralizada, frecuentemente desconocida entre sí, careciendo de expresión política y sin generar un contrapoder efectivo que las convierta en una fuerza capaz de cambiar las reglas del juego a la escala que los grandes problemas del mundo requieren.
Son motores quizá encendidos, pero desconectados. Funcionan y avanzan cada uno de ellos en la dirección correcta, pero disipando su energía porque no están todavía articulando redes que los multipliquen y refuercen mutuamente, y porque no han generado todavía una política transformadora que los represente y los proyecte al conjunto de la sociedad.
Esa es la tarea. Y es una tarea de naturaleza diferente a la que las izquierdas han intentado hacer hasta ahora. No se trata de construir un nuevo partido que prometa lo que los anteriores prometieron y no cumplieron. Se trata de hacer exactamente lo que he argumentado a lo largo de estas páginas: construir sociedad primero, y dejar que la política transformadora emerja de esa sociedad construida.
Concretamente, se trata de tres cosas que deben ocurrir simultáneamente y que se refuerzan mutuamente.
La primera es conectar las experiencias. Las cooperativas, las comunidades energéticas, los bancos éticos, las redes de cuidado, los municipios que experimentan con presupuestos de bienestar, los movimientos por la justicia climática y laboral... todos ellos están construyendo partes del mismo edificio, pero casi siempre sin reconocerse como parte del mismo proyecto y sin poder actuar, por tanto, como tales. Cuando se reconocen, cuando se conectan, cuando aprenden los unos de los otros y actúan con la conciencia de que forman un tejido común, su fuerza se multiplica exponencialmente. Son, de momento, como un archipiélago de islas muy vulnerables. Su interconexión, los hará invulnerables.
La segunda es construir el relato que las haga visibles y comprensibles para la mayoría como parte de un horizonte, de un futuro donde se proyecte la vida diaria de la gente corriente. Las experiencias alternativas que hemos descrito son reales y son valiosas, pero la mayoría de la gente no las conoce, no sabe que existen, o no las identifica como parte de un mañana común. Necesitan un relato que las conecte entre sí y con la experiencia cotidiana de la gente que sufre el sistema actual. Un relato que diga: esto que ves ahí, funcionando, produciendo bienestar, cuidando la vida, es el mundo que podemos construir. No en un futuro lejano, sino un ahora que ya está aquí.
La tercera es generar la expresión política que lleve esa energía social acumulada a transformar las instituciones y las reglas del juego. No un partido que sustituya a los existentes, sino una política nueva que emerja desde abajo, que represente genuinamente a esa sociedad que ya se está construyendo, que tenga en las experiencias alternativas su legitimidad y su programa, y que disponga del contrapoder social suficiente para resistir las presiones del poder real cuando llegue a las instituciones.
Ese contrapoder no puede construirse, como he dicho, con la misma naturaleza que el poder al que se enfrenta. No puede ser vertical, concentrado y dependiente de un liderazgo singular. Tiene que ser lo que el neoliberalismo no pudo destruir del todo porque está en la naturaleza más profunda de la especie humana. Debe basarse en la generosidad, en la cooperación, en el cuidado mutuo, en la empatía, en el amor... en el sentido común que sabe perfectamente lo que de verdad se necesita y lo que no para vivir bien. Tiene que construirse desde la multiplicidad, desde las redes horizontales, desde la confianza que se genera en la acción compartida, desde la coherencia entre los medios y los fines que tantas veces las izquierdas han traicionado.
Para cambiar el mundo no basta con ganar elecciones. Hay que crear sociedad, estar de nuevo junto a la epidermis de la vida cotidiana, reconstruir vínculos, generar comunidad, producir cultura emancipadora y levantar espacios de autonomía material y simbólica donde pueda brotar otra forma de vivir y de entender el mundo. Porque únicamente cuando existe un poder social diferente puede abrirse paso una política realmente transformadora.
Las izquierdas difícilmente podrán volver a impulsar procesos profundos de transformación social si no reconstruyen antes esa conexión cotidiana con la vida real de la mayoría social. No basta con representar políticamente a la gente. Hay que convivir con ella. Escucharla, compartir espacios, reconstruir comunidad y volver a estar presentes allí donde se experimentan diariamente el sufrimiento, la inseguridad y también las esperanzas colectivas. El cambio social no lo producen las ideas brillantes ni los programas bien construidos desde los despachos ni los grandes liderazgos. Lo generan personas concretas que confían las unas en las otras, que comparten experiencias reales y que en ese compartir descubren que su malestar no es individual sino colectivo, que tiene causas comunes y que puede tener respuestas comunes. Sin eso, no hay izquierda que valga. Y no estoy nada seguro de que vayan a ser capaz de reinventarse para poder hacerlo. Entre otras razones, porque será necesario también que haya nuevos tipos de organizaciones y de liderazgos y personas.
La paradoja final, una razón más para la esperanza
Hay algo profundamente irónico en todo esto. El neoliberalismo creyó que destruyendo el tejido social, atomizando a los individuos y fabricando el homo neoliberalis había ganado la batalla definitiva. Y en cierta medida tuvo éxito: destruyó las bases sobre las que las izquierdas del siglo XX habían construido su poder.
Pero al hacerlo produjo algo que no esperaba, el sufrimiento, la soledad, la precariedad y la injusticia a una escala que genera inevitablemente su propia respuesta. Produjo la evidencia, visible para quien quiera verla, de que un sistema que se gobierna por una sola ley, la del máximo beneficio para unos pocos, es un sistema que se destruye a sí mismo. Produjo las condiciones en las que miles de comunidades en todo el mundo empezaron a buscar otras formas de organizar su vida para poder sobrevivir. Al buscarlas las encontraron, y al encontrarlas demostraron que eran posibles y que funcionaban mejor.
El mundo que necesitamos no hay que inventarlo. Hay que reconocerlo donde ya existe, conectarlo donde está disperso, ampliarlo donde es pequeño, y defenderlo donde está amenazado. Hay que darle el relato que lo haga visible y la organización que lo haga poderoso.
Esa es la tarea. Es difícil, es lenta, pero es la única que puede funcionar. Y a diferencia de todas las veces que las izquierdas han prometido el cambio desde las instituciones sin haberlo construido desde la sociedad, esta vez hay algo que no había antes: la evidencia empírica, en cientos de lugares del mundo, de que ya está ocurriendo.
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