sábado, 2 de mayo de 2026

Se venden bendiciones y la gracia de dios

Fuentes: Ganas de escribir


Hace unas semanas se destapó un escándalo en ciertos ambientes de Washington. Paula White, telepredicadora evangelista y ahora empleada en la Casa Blanca, exactamente como asesora principal de la Oficina de la Fe, estaba vendiendo bendiciones divinas incluso a precios superiores a los 1.000 dólares.

Lo que a mí me ha sorprendido es que eso haya llamado la atención.

El jefe de White está vendiendo todo lo que tiene a su alcance. Se ha demostrado, y el propio Trump lo ha reconocido, que algunos de sus amigos y familiares han ganado miles de millones de dólares utilizando información privilegiada. Ha prometido construir resorts de lujo en la tierra robada al pueblo palestino, donde Israel, con su ayuda, ha cometido un genocidio. Si en el capitalismo todo puede convertirse en mercancía —la vivienda, la salud, incluso partes del cuerpo humano, o bebés—, lo sorprendente no puede ser que alguien venda bendiciones y otras gracias divinas. Paula White no ha inventado nada. ¿Por qué no podría vender la bendición de Dios que ofrece en la Casa Blanca? Bien mirado, hasta se podría considerar que reclamar unos cientos de dólares por ofrecer la gracia divina es una ganga.

Lo que a mí si me parecería más criticable es que a esta pastora evangélica se le haya escapado un pequeño detalle a la hora de justificar espiritualmente su oferta religioso-comercial.

Para legitimarla, la asesora espiritual de Donald Trump recurrió a pasajes de la Biblia y concretamente al libro del Éxodo que asegura larga vida, abundancia, herencia y un año especial de bendición a quien lleve una ofrenda de Pascua a la casa del Señor.

El pequeño detalle que olvida quien ejerce de guía espiritual de Donald Trump es que en ese libro se establecen igualmente otros preceptos: «No admitirás falso rumor (…) No seguirás a los muchos para hacer mal (…) De palabra de mentira te alejarás, y no matarás al inocente y justo; porque yo no justificaré al impío. No recibirás presente; porque el presente ciega a los que ven, y pervierte las palabras de los justos (…) No angustiarás al extranjero; porque vosotros sabéis cómo es el alma del extranjero, ya que extranjeros fuisteis en la tierra de Egipto».

Lo escandaloso es que Paula White use como gancho comercial un texto sagrado dedicado, precisamente, a condenar todas aquellas acciones que habitualmente lleva a cabo su jefe.

Puro teatro

Lo que estamos viendo en la Casa Blanca de la mano de los predicadores evangelistas multimillonarios no es un ejercicio más de hipocresía ordinaria. Es una obra maestra del cinismo que ponen en práctica los líderes de la extrema derecha en muchos países.

En 2015, cuando Trump ya era candidato presidencial y llevaba semanas proclamando que la Biblia era su libro favorito por encima de todo, un periodista le hizo una pregunta ingenua y sencilla: ¿Cuál es su versículo favorito? No supo responder y ni siquiera distinguir entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. Cuando en otra ocasión, quizá ya advertido, se atrevió a citar un versículo eligió el del «ojo por ojo». Justo el que Jesucristo condenó expresamente en el Sermón de la Montaña. Cuando una cadena cristiana le preguntó que quién era Dios para él, Trump le respondió «Dios es lo máximo», y pasó enseguida a contar la forma en que había cerrado un gran acuerdo para construir un campo de golf.

Algo parecido le ocurre a otros altos miembros de su administración. El secretario de Guerra, Pete Hegseth, ha protagonizado quizá el momento más ridículo y memorable. Quiso manifestar que impulsa guerra y la violencia por mandato divino y para ello recitó una frase especialmente sanguinaria como si fuese de la Biblia cuando, en realidad, forma parte del guion de la película Pulp Fiction de Quentin Tarantino.

En España tenemos algo parecido. Isabel Díaz Ayuso, se proclamó en su día no creyente, ahora -ya encumbrada como dirigente de la derecha extrema- dice serlo, pero no sabe ni rezar el Padre Nuestro en los actos religiosos a los que va.

Los partidos políticos españoles de derechas presumen de fe y defensa de la religión católica pero, persiguen a los inmigrantes y retiran ayudas a las organizaciones que llevan a cabo una ejemplar labor de ayuda a los empobrecidos. Defienden la privatización sanitaria que abandona a los más vulnerables, desprecian el derecho de asilo y abrazan el individualismo y la falsa meritocracias (el que triunfa es porque trabaja, el que fracasa es porque no se esfuerza) como si fuera un valor evangélico.

Lo que hay detrás

Detrás de todo ello hay algo que va más allá que simple hipocresía individual. Se hace uso político de la religión porque esta puede proporcionar legitimación moral que está por encima de cualquier cuestionamiento humano. Si una política de deportaciones masivas, de guerra, de privatizaciones y abandono de los más débiles responde a la voluntad de Dios o a la defensa de la civilización cristiana, no puede debatirse en términos políticos ordinarios, pues ningún ser justo puede oponerse a su voluntad suprema. Lo que se justifica como mandato divino deja de ser una opción entre otras para convertirse en una verdad de orden superior, ante la que no caben argumentos ni datos.

El negocio de las bendiciones a mil dólares no es una anécdota. Es el modelo en miniatura de toda la operación. En lugar de tomar y seguir los textos que hablan de justicia, de desterrados, de lágrimas sembradas en tierra ajena, de cuidar y proteger a los pobres, se vacía de su contenido ético a los textos sagrados. Se les da la vuelta y se les vende, literalmente hablando, haciendo creer que quien puede pagar, compra la gracia de Dios.

Un presidente que no sabe citar un versículo de la Biblia que dice ser su libro favorito se representa a sí mismo como Jesús. Su secretario de Guerra confunde la Biblia con un guion de Tarantino. La pastora se hace millonaria apoyándose en salmos que, en realidad, piden defender a quien su jefe deporta y asesina. La presidenta madrileña que no sabe ni una sola oración se presenta como abanderada de la civilización cristiana…

Detrás de esas farsas no hay fe. Es pura escenografía. Es la religión utilizada una vez más como decorado del poder y Dios convertido en logotipo de una estrategia política que oculta su sustancia real: deportaciones masivas, guerra, humillación de los débiles, acumulación desenfrenada, y un desprecio sistemático por todo lo que las tradiciones religiosas han podido tener de bueno durante siglos.

La ironía de la historia es que el único dirigente mundial que le ha dicho a Donald Trump que no le tiene miedo, y el que posiblemente ha censurado sus actos ilegales con más claridad, dignidad, determinación y valentía ha sido un líder religioso, el Papa León XIV. Un estadounidense que ha pasado cuatro décadas de su vida trabajando entre los pobres del Perú. No entre los poderosos, ni en los grandes despachos.

Claramente y sin tapujos, ha señalado y denunciado lo que Trump está provocando: «Demasiadas personas inocentes han sido asesinadas, y creo que alguien debe alzar la voz (…) No tengo miedo a Trump. Seguiré hablando contra la guerra (…) El mundo está siendo devastado por un puñado de tiranos«.

Las palabras del Papa reconfortan a las gentes de bien, sea cual sea su credo o ideología, y son muy de agradecer. Ahora hace falta que actúe con semejante decisión y espíritu evangélico para poner orden en el seno de su propia Iglesia. Su larga historia de connivencia con el poder resulta difícil de ignorar porque aún no ha finalizado. La venta de indulgencias —el perdón de los pecados a cambio de dinero— que desencadenó la Reforma protestante en el siglo XVI es el antecedente exacto de lo que ahora hace Paula White. Y multitud de obispos y jerarcas católicos apoyan hoy día con toda naturalidad las políticas de Trump y de la extrema derecha que persiguen y maltratan a los inmigrantes y empobrecidos, recortan derechos sociales y abandonan a las personas y familias más vulnerables, defienden para sí privilegios medievales, o han hecho que la Iglesia se apropie, como en España, de miles de propiedades que no eran suyas.

Publicado en La Voz del Sur el 24 de abril de 2026

Fuente: 

Ella tenía 40 años. Yo tenía 20. ¿Nuestro romance funcionaría?

Ilustración de una mujer y un hombre frente a frente, él habiendo salido de un tubo vertical corto y ella de un tubo largo y retorcido.
Credit...Brian Rea

Los desconocidos se quedaban mirando cuando nos cogíamos de la mano en público. Algunos supusieron que era su hijo adoptivo. 

Josefina era seis años mayor que Napoleón. Brigitte Macron es 24 años mayor que Emmanuel. La medicina moderna, al alargar nuestra esperanza de vida y mejorar nuestra salud a largo plazo, ha hecho posible el amor duradero por encima de grandes diferencias de edad.

Eso ha sido una bendición para personas como yo y mi esposa, que es 20 años mayor que yo. Pronto cumpliremos 40 años juntos.

La conocí cuando sólo tenía 20 años.

Nuestro encuentro fortuito tuvo lugar un frío día de primavera en Boston, en la biblioteca de la Universidad de Tufts. De camino al espacio de estudio, pasé junto a una gran mesa cubierta de libros. Un volumen me llamó la atención, un libro sobre arquitectura armenia. 

 Yo no sabía nada de arquitectura armenia, pero estaba planeando un viaje en bicicleta de Turquía a Israel y estaba leyendo todo lo que podía sobre las zonas por las que pasaría, incluida la Armenia turca.

Curioso, me senté y empecé a hojear los libros. Al poco rato, me sobresaltó una tos. Cuando levanté la vista, había una mujer de pie, mirándome fijamente.

“Esos libros son míos”, dijo, claramente molesta.

Me levanté. “Lo siento”, dije. “La arquitectura armenia es preciosa. Dentro de unos meses iré a Ani. Ahora sé en qué fijarme”.

“¿Ani?”, dijo. “¿Cómo? ¿Por qué?”

“Este verano iré en bicicleta de Estambul a Jerusalén con unos amigos”, le dije. “Estamos planeando un desvío por el este de Turquía antes de continuar hacia Siria”.

“Parece toda una aventura”, dijo. “Yo soy de Israel”.

“Yo soy de Taiwán”, le dije. “Encantado de conocerte. Eres la primera israelí que conozco”.

Y así fue como conocí a mi futura esposa.

Más allá de nuestra diferencia de edad, éramos tan diferentes en tantos aspectos que el amor era lo último en lo que pensaba cuando nos conocimos. Yo solo estaba en mi segundo año de universidad. Ella estaba casada, tenía dos hijos y cursaba un máster en Historia del Arte. Pero le entusiasmaba que yo viajara a su parte del mundo. Y a mí me entusiasmaba conocer a alguien de allí. Eso era todo lo que teníamos en común, pensé.

Pero empezamos a hablar, y no hemos dejado de hacerlo desde entonces. Nuestra línea de tiempo romántica, sin embargo, fue excesivamente lenta. Pasó tiempo antes de que nuestra relación se convirtiera en algo más.

Tras regresar de mi viaje en bicicleta, me fui a estudiar un año a París. Cuando regresé a Estados Unidos, Margalit había vuelto a Israel con su familia. No fue hasta siete años después de conocernos, tras su divorcio, cuando tuve la certeza de que ella era la elegida. ¡El gran amor ineludible de mi vida!

Incluso entonces, la distancia nos definía. Me trasladé a Londres para que pudiéramos estar más cerca, pero ella no se mudó conmigo hasta que su hija menor se hizo adolescente. Y pasaron otros diez años hasta que finalmente nos casamos.

En El banquete de Platón, Aristófanes cuenta el mito de que los humanos fueron una vez seres completos: redondos, con cuatro brazos, cuatro piernas y dos caras. Zeus, temiendo su poder, los partió en dos, condenando a cada mitad a vagar por la tierra en busca de su homólogo.

Para Aristófanes, el amor es nuestro anhelo de la mitad que nos falta. ¿Pueden nuestras mitades perdidas ser 20 años mayores que nosotros? La mía lo es, y amarla ha significado aprender a viajar en el tiempo.

Mi mujer había vivido una vida plena incluso antes de que yo naciera.

Su abuelo ruso nació en 1865, el año en que fusilaron a Lincoln. Aún recuerda cuando lo visitaba de niña en su aserradero de Chattanooga, Tennessee, y le encantaba el olor a serrín.

Sus padres habían escapado de los campos de concentración cruzando los Pirineos a pie hasta España y dirigiéndose después a Nueva York, donde ella nació y creció hasta que su familia se trasladó a Israel cuando tenía 10 años.

Recuerda la vida en Israel sin teléfono ni televisión, el feroz calor del verano sin aire acondicionado, las tiendas de comestibles que solo ofrecían dos tipos de queso y dos tipos de pan. Pobres pero libres. Disfruta recordando cómo vagaba por las calles sin supervisión y sin miedo, jugando con huesos de albaricoque en carreteras aún sin asfaltar.

Cuando cuenta las historias de su vida —alegrías y pérdidas que pertenecían a otra época— las décadas que nos separan se disuelven. La escucho, cautivado. Y en esos momentos, comprendo que el viaje en el tiempo no es una fantasía. Son recuerdos compartidos, guardados y honrados.

Margalit tenía 40 años cuando la conocí, una mujer hermosa que hacía girar cabezas por las calles. Pero, sobre todo, me cautivó la expresividad de su rostro, la transparencia de sus rasgos. Era como si su misma regularidad y pequeñez no pudieran resistir el embate de cada pensamiento que pasaba por su mente.

Las finas líneas del rabillo de sus ojos no me molestaban. Al contrario, me parecía que expresaban cada estado de ánimo sutil que tan a menudo escapa a las redes de otros rostros. Era como si cada línea fuera la huella de un sentimiento latente, grabado en su piel por la frecuente reavivación a lo largo del tiempo.

Sus arrugas eran y siguen siendo un testimonio de su pasión, el mapa de su gama emocional. Las amo como amo la corteza rugosa de los viejos pinos romanos: perdurables, vivas.

He estado en paz con nuestra diferencia de edad desde el momento en que me enamoré. Pero nuestros amigos y familiares tardaron mucho más en llegar al mismo punto. Para mi familia, mi relación con Margalit era abiertamente transgresora.

Mis padres se preocupaban por mi futuro. También les preocupaba lo que pudiera decir de ellos en una sociedad taiwanesa conservadora donde el conformismo a menudo se disfraza de virtud.

Tuvieron que pasar años para que esa tensión se aliviara. En Taiwán, me convertí en una especie de oveja negra, y mi familia sufrió las consecuencias sociales.

Se produjo un punto de inflexión, curiosamente, cuando Emmanuel Macron fue elegido para el cargo más alto de Francia. Ese día, mi familia recibió llamadas de felicitación de sus amigos. Macron ayudó a convertir lo que antes parecía incalificable en algo meramente poco convencional y, al hacerlo, facilitó que mi familia aceptara la decisión más importante de mi vida.

Lo único que lamento de mi decisión es la carga que supuso para mi familia. Pero mi familia no fue la única que se opuso.

Mis amigos de la universidad pensaban que me había vuelto raro.

“¿No tienes un problema estético con alguien mucho mayor?”, me preguntó una compañera de clase, sin ironía.

Los desconocidos se quedaban mirando cuando nos cogíamos de la mano en público. Algunos supusieron que yo era el hijo adoptivo de Margalit. Otros fueron más directos.

“¿Eres gigoló?”, me preguntó una vez un curioso.

“No”, respondí, escocido hasta la médula. “Es mi novia”.

“Ah”, dijo, ofreciendo una sonrisa cómplice.

Siempre me he considerado afortunado, no solo por haber conocido al amor de mi vida, sino por haberla conocido tan pronto.

El hecho de que ella hubiera vivido una vida antes de que yo naciera me dio una ventaja en la vida. Después de casarnos, me convertí en padrastro de sus dos hijos y, en última instancia, en abuelastro de sus nietos. Nunca me sentí obligado a tener hijos propios.

Tener una compañera que ya había aprendido muchas de las lecciones de la vida me dio un sentido de dirección desde el principio. Trabajé duro, construí una exitosa carrera como economista y pude jubilarme justo después de cumplir 50 años.

Pero todo tiene un precio. Finalmente, tras casi 40 años juntos, la diferencia de edad empieza a tener un impacto en nuestra relación. Su mente sigue siendo joven, pero su cuerpo no puede seguirle el ritmo. Está más cansada que yo. Tiene menos energía que antes. Los sesenta y pico todavía se sienten joven. Los ochenta, no.

Cuento con que la medicina moderna ayude a Margalit a mantenerse sana para que pueda seguir disfrutando de la vida conmigo. Pero no negaré que el amor también es egoísta.

Quiero mantenerla viva todo el tiempo que pueda porque no puedo imaginar mi vida sin ella. Si esto significa que debo caminar más despacio, hablar más alto y pasar más tiempo en las consultas de los médicos, que así sea.

Pero aunque nuestro tiempo sea desigual y nuestro futuro sea más corto de lo que nos hubiera gustado, no cambiaría el viaje por nada. Dicen que el tiempo es un ladrón, pero yo siento que soy el ladrón. Cada momento con Margalit se siente como tiempo robado, y nuestro amor ha sido mi mayor atraco.

https://www.nytimes.com/es/2026/01/31/espanol/estilos-de-vida/matrimonio-diferencia-edad.html



viernes, 1 de mayo de 2026

Nazismo. Una investigación halla cientos de cuentas del banco suizo Credit Suisse con posibles vínculos con el nazismo, según un senador de EE UU El legislador Chuck Grassley afirma que entre los titulares están el Ministerio de Exteriores alemán y una empresa de fabricación de armas

Una investigación ha identificado 890 cuentas en el banco suizo Credit Suisse con posibles vínculos nazis, según ha declarado este martes el senador estadounidense Chuck Grassley antes de la audiencia del Comité Judicial del Congreso en Washington sobre la facilitación del Holocausto por parte de entidades bancarias. Entre ellas se encontraban cuentas de la época de la II Guerra Mundial, hasta ahora desconocidas, del Ministerio de Asuntos Exteriores alemán, una empresa alemana de fabricación de armas y la Cruz Roja germana, añadió el legislador, que preside la comisión y ha seguido la investigación sobre Credit Suisse durante años.

UBS, que adquirió Credit Suisse al colapsar la entidad en 2023, dijo el año pasado que estaba trabajando con el exfiscal estadounidense Neil Barofsky para arrojar luz sobre las cuentas vinculadas a los nazis que tenía su antiguo competidor. Tanto UBS como Credit Suisse “se han disculpado y llegaron a un acuerdo global en 1999 que puso fin a las reclamaciones y cerró la controversia”, afirmó el banco en un avance de su testimonio ante la Comisión Judicial del Senado, calificando la investigación actual como una iniciativa voluntaria.

Aquel acuerdo de finales de los noventa, tras años de investigación y presiones, supuso el pago por parte de los bancos suizos de 1.250 millones de dólares por su gestión de las cuentas inactivas de víctimas del Holocausto. Grassley, entre otros, ha impulsado una reapertura de la investigación que busca cuentas entonces no declaradas.

Grassley ha recibido dos informes y una actualización de la investigación sobre el estado de las pesquisas de Barofsky, según declaró a los periodistas. La revisión  aportó presuntamente pruebas de que las relaciones bancarias de Credit Suisse con la organización paramilitar nazi SS eran más amplias de lo que se sabía anteriormente, ya que el brazo económico del grupo mantenía una cuenta en el banco, dijo Grassley, citando los registros. También han salido a la luz nuevos detalles sobre un plan para ayudar a los nazis a huir a Argentina, añadió Grassley.

UBS dijo que acepta y lamenta profundamente que la época de la II Guerra Mundial fuera un periodo oscuro en la historia de la banca suiza. “Abordamos el tema de hoy con solemne respeto”, dijo Robert Karofsky, presidente de UBS Americas, según el guion de su intervención.

Al adquirir Credit Suisse, “UBS se comprometió plenamente a volver a encarrilar la investigación y, desde entonces, ha tomado amplias medidas para facilitar la revisión de Barofsky”, dijo Karofsky. “Ahora, con tres años de experiencia, nuestra prioridad es completar esta revisión para que el mundo pueda beneficiarse de las conclusiones del próximo informe final”. La investigación concluirá a principios de verano, según los asistentes del Comité Judicial del Senado, y se espera un informe final a finales de año.

jueves, 30 de abril de 2026

Cómo liberarte de la culpa. Esta emoción puede impulsarte a hacer lo correcto, pero también hundirte.

Una ilustración de un emoticón abatido rodando en una rueda de hámster.
Credit...Matt Chase

Hoy he sentido varias veces una punzada de culpabilidad y, mientras escribo esto, ni siquiera ha llegado la hora de comer: me he perdido el cumpleaños importante de un amigo, no he devuelto la llamada de mi padre y no podré asistir al evento de la banda de música de mi hijo.

Si eres como yo, la culpa puede ser una “experiencia cotidiana”, dijo Jennifer Reid, autora del nuevo libro Guilt Free: Reclaiming Your Life From Unreasonable Expectations.

Esta emoción compleja y a veces dolorosa puede motivarte a hacer cambios positivos, como reducir tu huella de carbono o reparar una relación. Pero la culpa también puede ser excesiva o insana. E incluso cuando no lo es, dijo Reid, puede provocar ansiedad e ira.

Hablé con Reid sobre cómo gestionar la culpa cuando te está hundiendo.

Enfócate en tus acciones, no en tu carácter
A veces, cuando hacemos algo que nos hace sentir culpables (“hoy no he hecho nada productivo”), lo convertimos en un defecto de carácter (“soy un vago”). Esta tendencia a generalizar en exceso es una forma de distorsión cognitiva: una percepción o creencia inexacta que puede tener un efecto negativo en nuestra salud mental.

Si te sientes culpable por algo que has hecho, dijo Reid, enfócate en tus acciones. “Olvidaste el cumpleaños de tu amigo”, dijo. “Eso es distinto a decirte a ti mismo: ‘Soy un mal amigo’”.

Prueba tener un poco de autocompasión
La culpa es una emoción “pegajosa” que puede persistir o convertirse en un hábito, dijo Reid, profesora clínica adjunta de psiquiatría en la Universidad de Pensilvania. Pero puedes desafiar ese sentimiento si acallas a tu crítico interior.

Empieza por preguntarte si las expectativas que te habías fijado eran realistas o justas, dijo. (Hace poco, se examinó a sí misma porque se estaba sintiendo culpable de que sus hijos estuvieran en las pantallas un día que no fueron a la escuela por la nieve).

También puedes intentar hablarte a ti mismo como si estuvieras consolando a un amigo, añadió, y replantea la situación desde un punto de vista más compasivo. En lugar de decir: “Lo he arruinado”, podrías decir: “Esto no ha salido como pretendía, pero he hecho todo lo que he podido”.

Y los días en que el sentimiento de culpa sea especialmente fuerte, contrarréstalo dedicando unos minutos a enfocarte específicamente en lo que has hecho bien ese día, dijo Dale Atkins, psicóloga de Nueva York y autora de I’m OK, You’re My Parents. Dijo: “Esto no es un antídoto contra la culpa, pero debería ser un aliado porque ayudará a reducir la angustia”.

El día que hablé con Reid, su pequeña victoria contra el persistente sentimiento de culpa fue que por fin había programado su mamografía. La mía: compré una bolsa de semillas para llenar mi comedero de pájaros vacío y así dejar de imaginar pájaros temblorosos, débiles por el hambre.

Practica aceptar que los demás se sentirán decepcionados
Recuérdate a ti mismo que si satisfaces a la gente en un ámbito de tu vida —trabajo, familia, amigos— es posible que defraudes a la gente en otro ámbito, dijo Reid. Quizá tu hermana quiera verte este fin de semana, pero el trabajo te ha agotado y tienes que descansar.

“Intenta sentirte más cómodo con la idea de que es imposible evitar que defraudemos a los demás”, dijo Reid. “Sencillamente, no tenemos tiempo suficiente en el día para dedicarnos plenamente a todos los papeles que desempeñamos”.

En lugar de apurarte por evitar cualquier posible daño a los sentimientos de los demás, asume la responsabilidad de tu decisión, dijo, y deja espacio para cualquier sentimiento que pueda tener la persona.

Cada vez que hagas esto, ayudarás a disminuir tu sentimiento de culpa, al “normalizar la experiencia de la decepción para la gente”, de modo que no parezca “perjudicial o peligrosa”, dijo Reid. “La decepción es una señal de que hay algo que queríamos y que no hemos recibido. Eso es todo”.

Y sé franco sobre lo que puedes gestionar, dijo Atkins: “Puedes decir: ‘Ojalá pudiera hacer más, pero ahora mismo, esto es lo que puedo hacer bien’”.

Redirige los sentimientos de culpa hacia una acción decisiva
Si sientes que comienza a invadirte la culpa —por ejemplo, si no has hecho ejercicio en toda la semana y te sientes fatal—, Reid dijo que te preguntaras: ¿Cómo puedo aliviar este sentimiento de culpa de un modo que me resulte útil?

Piensa en una acción tangible y específica con la que te sientas cómodo, dijo Reid. “Por ejemplo, puedes hacer un plan para pasear a tu perro a primera hora de la mañana”, añadió.

La clave no está en castigarse o sobrecompensar, dijo, sino en pensar en una forma de seguir adelante, en lugar de obsesionarse con lo que hiciste.

Mañana he quedado con una amiga cuyo cumpleaños olvidé. Desayunaremos bagels, y antes iré corriendo a comprarle un ramo de tulipanes rosas al supermercado. Bueno, quizá dos ramos.

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¿Realmente podemos sentirnos mejor después de una taza de café?
Cuando el día te está costando trabajo, el café puede ofrecerte un reinicio. Puede poner en marcha tu cerebro, agudizar tu concentración y mejorar tu estado de ánimo. ¿Hay evidencia que respalde eso?

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miércoles, 29 de abril de 2026

¿Sánchez una mierda? ¿Marlaska una rata? El lenguaje que anticipa la barbarie

El líder de Vox, Santiago Abascal, acaba de referirse al presidente del gobierno llamándole «mierda» y ha calificado al ministro del Interior como «rata».

No es poca cosa.

Cuando un dirigente político utiliza esas expresiones no se está limitando a comportarse como un grosero. No es simplemente un malhablado que carece de educación. Es alguien que está cruzando una línea para indicar a sus seguidores que todo vale contra el otro, que el diferente no merece respeto y que puede ser despreciado y vejado sin límite alguno.

Si algo nos enseñó el siglo XX es que no hay que hacer explotar bombas nucleares para que la convivencia se destruya y las sociedades se destrocen a sí mismas. La historia nos mostró que las grandes catástrofes no empiezan con hornos ni con fosas comunes, sino mucho antes, en el terreno aparentemente inofensivo del lenguaje. Antes de la maquinaria de exterminio nazi hubo algo más sencillo y peligroso: discursos transformando al adversario en amenaza, al diferente en plaga y a seres humanos en problema. La maquinaria de muerte sólo se puso en marcha cuando antes se habían hecho cotidianas y banales las palabras que deshumanizan sistemáticamente al otro.

Lo que está ocurriendo hoy en el mundo es bastante diferente, por muchas razones, de aquel desastre, pero el mecanismo que produce la barbarie es el mismo: extender la idea de que hay seres y vidas humanas que valen menos que otros.

No hace falta construir cámaras de gas ni disparar cañones para entrar en el territorio peligroso de la barbarie. Basta con aceptar que hay personas a las que se puede insultar como animales, tratar como simples números, o borrar del mapa cuando convenga.

Eso es lo que ahora ya estamos viviendo. Abascal llama mierda a Pedro Sánchez (ya lo llamó en su día «hijo de puta») o rata a un ministro; Trump considera que sus adversarios políticos son «alimañas» a las que hay que «erradicar»; dirigentes israelíes afirman que los palestinos son «animales horribles e inhumanos»; Milei dijo en el Foro Económico de Madrid que había que acabar con «los socialistas de mierda», mientras los 700 liberales allí reunidos gritaban «Pedro Sánchez, hijo de puta, Pedro Sánchez, hijo de puta, Pedro Sánchez, hijo de puta».

Son sólo algunos ejemplos, pero lo importante es lo que hay detrás, porque sabemos que el problema no es la violencia y la guerra cuando ya se han desatado. Es su justificación previa. Es el lenguaje que la hace digerible, que la convierte en coloquial, necesaria e incluso en virtuosa y natural. Es la comodidad y la impunidad con la que se difunden palabras, insultos y amenazas que tendrían que helarnos la sangre y el corazón, pero que ya empezamos a asumir como normales.

Hay que decirlo. Cuando al adversario político se le llama «alimaña» o “rata”, cuando individuos o colectivos de personas son descritos como “basura” o «mierda», o señalados como una amenaza existencial («los nacionales primero»), lo que se pone en juego y se degrada no es solo el tono del debate público. Es algo más profundo, la idea de que formamos parte de una humanidad compartida y que no todo puede estar permitido para que unos se impongan sobre otros.

La diferencia entre una sociedad sana y la que se desliza hacia la barbarie, la destrucción y la muerte no se encuentra en los grandes gestos, sino en esos términos que ya casi nos empiezan a pasar desapercibidos, en esos desplazamientos hacia el mal, tan aparentemente pequeños, que incluso se hacen pasar por una gracieta («me gusta la fruta», para llamar hijo de puta al presidente democrático de un país).

Las sociedades no se rompen de golpe. Se deslizan poco a poco, palabra a palabra, insulto a insulto. Primero se tolera, luego se aplaude, después se vota. Y, cuando nos queremos dar cuenta, ya es demasiado tarde para decir que no sabíamos hacia dónde nos llevaba todo lo que estábamos oyendo. 

Fuente:


P.D.: Los insultos y el mal trato verbal es el umbral del crimen y el asesinato. Recuerden los inicios del nazismo, el fascismo y el levantamiento contra la II República... 

¿El PP y Vox no tienen limites ni líneas rojas en la creación de un clima de enfrentamientos e insultos donde no haya respeto por los derechos del adversario y la democracia sea difícil de mantener...?

Entrevista a Alberto Garzón Espinosa exministro de Consumo y excoordinador federal de Izquierda Unida «La izquierda tradicional ha sido educada en los combustibles fósiles, ahora necesitamos una izquierda que aborde problemas que no estaban en Marx»

Fuentes: Climática [Foto: Mateo Lanzuela / Europa Press via Reuters Connect]


El exministro de Consumo y excoordinador federal de Izquierda Unida subraya la necesidad de reducir el consumo energético en su ensayo ‘La guerra por la energía’ (Península). 

 Alberto Garzón (Logroño, 9 de octubre de 1985) dejó la primera línea de la política en 2023 tras protagonizar uno de los debates más incómodos de los últimos años: el impacto ambiental de la alimentación y el papel de las macrogranjas en la crisis ecológica. Hoy, alejado del corsé institucional, investiga economía biofísica en el Instituto de Ciencia y Tecnología Ambiental de la Universitat Autònoma de Barcelona (ICTA-UAB).

En su nuevo libro, La guerra por la energía (Península), recorre la historia de la humanidad para mostrar cómo la pugna por el control de la energía ha moldeado las sociedades, impulsado imperios y alimentado conflictos, hasta desembocar en la actual crisis climática. Lejos de un ejercicio académico, el ensayo es también una llamada a la acción política para impulsar una transición ecosocial y defender la democracia. “Nuestra supervivencia colectiva depende de nuestra capacidad para frenar la expansión material y reorganizar nuestras sociedades dentro de los límites del planeta”, advierte.

Su libro resalta que la Tierra tiene unos límites biofísicos ya transgredido. Habla de la necesidad de cerrar la caja de Pandora, concretamente de los límites energéticos. ¿Por qué se sigue actuando políticamente como si estos límites no existiesen?

Porque no somos conscientes de que vivimos en una anomalía histórica. El libro tiene la pretensión, quizás excesivamente ambiciosa, de hacer un recorrido histórico desde las sociedades de cazadores recolectores. Esa perspectiva permite ubicar la anomalía histórica que significan las sociedades industriales y el uso intensivo de combustibles fósiles que nos ha permitido vivir con unas condiciones materiales de vida impensables en épocas anteriores. Estamos hablando de los últimos 250 años en un marco de 200.000 o 300.000 años de historia del Homo sapiens. Esta caja de Pandora que permite haber vivido con una potencia extra a la hora de hacer trabajos, una productividad espectacular con el desarrollo tecnológico, tiene una contracara. Los científicos han puesto ya sobre la mesa que una de esas consecuencias es el desequilibrio de los parámetros del sistema Tierra y, entre ellos, el cambio climático.

El análisis que planteo es: ¿Cómo somos capaces de imaginar una sociedad que sin usar combustibles fósiles no sea un retroceso al pasado? Es decir, una sociedad que pueda tener una base energética distinta, necesariamente limpia, pero preservando todas las mejoras de bienestar. Ese es el gran reto. Hemos vivido una anomalía de la cual no somos conscientes porque nosotros tenemos una visión de generación. Eso explica el desinterés político por un pensamiento de medio y largo plazo, porque el pensamiento político está mucho más concentrado en las siguientes elecciones. Hay una contradicción entre el ciclo corto de la política y el ciclo medio-largo plazo que necesita la humanidad para repensarse.

Su ensayo arranca destacando cómo Fritz Haber logró aumentar a gran escala la producción de alimentos gracias al uso de fertilizantes químicos. En la actualidad hay quienes anhelan este tipo de milagros y esperan que la producción de hidrógeno verde o la captación de carbono permita mantener el consumo energético. ¿Qué opinión le merecen estas posiciones?

Creo que las posiciones tecnooptimistas no son ingenuas. El ser humano ha sido capaz de desarrollar grandes tecnologías y tiene un potencial de innovación muy alto. El problema es que tú no tienes garantizado que vayas a encontrar soluciones tecnológicas a los problemas urgentes que tenemos y, por lo tanto, estás asumiendo una cantidad de riesgos muy elevados. Si los sistemas de captura de carbono, que apenas están siendo útiles, no funcionan en el medio plazo, lo que tienes es la aniquilación de la especie humana. El riesgo es elevadísimo.

Es más razonable entender que debemos usar la tecnología, sin dejar de seguir investigando de manera que aceleremos toda la transición energética, pero compatibilizándolo con algo que podemos hacer hoy: decrecer el consumo de recursos materiales y de energía. Decrecer el consumo de energía no implica una reducción del bienestar material, simplemente implica una priorización de a qué dedicas la energía y los recursos materiales. Es una discusión política como si quieres dedicar recursos a la guerra o quieres dedicar recursos a la educación y a la sanidad.

El IPCC señala que la alimentación es responsable de un tercio de las emisiones de gases de efecto invernadero. Indica que una kilocaloría de cordero puede requerir hasta 57 de energía fósil. ¿Qué nos dice esto sobre nuestro modelo alimentario?

Que es absolutamente irracional y que no tiene sentido en términos históricos. Previamente a la utilización masiva de combustibles fósiles, no había ningún ser humano que dedicara más energía a la tarea que le iba a conducir a obtener alimentación. Cuando tienes un regalo, un stock gratuito aparentemente, como son los combustibles fósiles, te puedes saltar esa lógica. Ahora, como se dice popularmente, estamos cultivando patatas con petróleo. Hemos sido capaces de incrementar mucho la fertilidad de la tierra, pero a costa de un uso intensivo de fertilizantes que requieren para su producción una intensidad brutal de gas natural. Pero también necesitamos tractores, maquinaria pesada, necesitamos el transporte de esos productos…

Para conseguir alimento entendido como energía, estamos gastando más energía de la que obtenemos. Esto no es sostenible en el tiempo. Ojo, en el tiempo no significa nuestra generación, sino que en el medio plazo esto es insostenible. Esto nos obliga a repensar el modo de alimentarnos y a tener una producción que sea menos intensiva en el consumo de combustibles fósiles. Además, así reducimos el impacto de todas las consecuencias que pueden desatarse a nivel alimentario de la sequía, las inundaciones, afectaciones de diferente naturaleza a la tierra y a la capacidad de cultivar.

Fue ministro de Consumo durante tres años (2020-2023). ¿Qué medidas le hubiese gustado tomar y no fue posible?

Hay muchas. Nosotros fuimos, porque así me empeñé yo, quienes trasladaban el consenso científico al foro público. Eso produjo una serie de choques que tenían que ver con la ideología y no con la ciencia. Uno de ellos era hablar del modo en el que nos alimentamos, de una reducción del consumo de carne. En última instancia, se trataba de abrir un debate para que se entendiera bien que nuestras decisiones de consumo no eran neutras. Que cuando tú ibas al supermercado y cogías algo de la estantería, aunque te pareciera invisible, detrás había relaciones sociales y relaciones ecológicas. Había una cadena de valor que implicaba, en muchos casos, explotación laboral, de recursos naturales, pérdida de biodiversidad.

Lo que mejor representaba todo eso eran las famosas macrogranjas porque eran, y siguen siendo, una condensación de todas las contradicciones del sistema. Las macrogranjas expulsan socialmente a la ganadería tradicional, que no es competitiva frente a estos modelos altamente intensivos. Su producción contamina los suelos y el agua, contamina a través de los gases de efecto invernadero como el metano y agrava el cambio climático. Además, con la propia alimentación de los animales se produce deforestación en los lugares desde donde se importa la soja.

Este debate se produjo en un contexto muy complicado, acaba de surgir la pandemia. La polarización política en España impide un debate racional sobre estas cuestiones. Pero sí creo que conseguimos que mucha gente se pusiera a pensar en esos elementos invisibles que hay detrás de un acto de consumo. Hablo de la carne, pero podemos hablar de los smartphones o de todo tipo de productos de uso cotidiano que detrás encierran relaciones de explotación, de degradación ambiental, de desigualdades internacionales.

Y desde un ministerio humilde intentamos poner otra serie de medidas de naturaleza modesta como fomentar el consumo más cercano. Pero el impacto más grande fue que abrimos la grieta. Ese debate sobre las macrogranjas no se había producido en España en el foro público, se había producido en la ciencia, entre los médicos, entre los investigadores… Pero que de repente saliera en el telediario permitió que llegara mucha gente que nunca lee un paper pero que quiere participar de esos debates.

¿Qué se debería hacer en el ámbito de los transportes? El Gobierno ha planteado suprimir vuelos que tengan una alternativa en tren de dos horas y media. ¿Cree que será una realidad en el corto plazo?

Es necesario. Tarde o temprano se va a producir el ajuste. La cuestión es si queremos que sea de una manera forzada en la que de repente tienes que dejar de hacer cosas porque no tienes combustibles o porque el cambio climático ya te impide relacionarte como te relacionabas antes en términos sociales. O si tú prefieres hacerlo paulatinamente, permitiendo que la sociedad se vaya adaptando. Hay que reducir al máximo aquellas actividades que son perjudiciales para el planeta.

Eso implica hablar de cosas que están muy insertadas en nuestra vida cotidiana y que incluso identificamos como ciudadanos como parte de nuestro bienestar, como algo que va a estar para siempre. Esto en el caso del sector del turismo es muy evidente. El turismo de larga distancia tiene una huella de carbono brutal, es una anomalía histórica, no ha existido nunca y, probablemente, no va a existir siempre porque es imposible sostener este modelo con la tecnología actual.

Si tú te pones a plantear cómo puedes reducir a nivel social tu huella de consumo, tienes que ser capaz de identificar qué tipo de actividades tienen más intensidad energética. Y es evidente que hay algunas como la sanidad o la educación que tienen una huella de carbono residual en comparación con sectores como el turismo. En particular, los desplazamientos con jets privados o los vuelos comerciales de corta distancia es evidente que tienen que ser abordados de alguna manera. Pero no existe la valentía de hacerlo porque significaría reconocer que no es sostenible un modelo que se ha vendido durante décadas como el avance hacia la sociedad desarrollada.

¿No es complicado persuadir a la ciudadanía de la conveniencia de dejar de coger un avión sin exigir un recorte de privilegios a millonarios que tienen una mayor huella de carbono?

Claro. Además es que hay una parte cínica en el greenwashing, en todo el discurso ecologista llevado a cabo por grandes multinacionales, por grandes patrimonios, cuya huella de carbono supera por mucho a la de la mayoría de los ciudadanos corrientes. Entonces, evidentemente, hay una hipocresía si se le está pidiendo un esfuerzo a una parte de la población y no a la parte que más capacidad de acción tiene.

Sin embargo, eso no debe llevarnos a la parálisis. Esto es utilizado muchas veces como un ‘pues entonces no hago nada’. Entonces, ‘hasta que China no deje de contaminar, hasta que los millonarios no dejen de subirse a los aviones, yo tampoco voy a modificar mis hábitos de consumo’. Es un error. Aunque está más o menos claro que no vamos a poder cumplir el objetivo de 1,5 ℃ por encima de la preindustrial, el objetivo de los Acuerdos de París, las consecuencias, sin saber a ciencia cierta cuáles van a ser, sin duda van a ser menores con un 1,6 ℃ que con un 1,7 ℃. No podemos caer en el cinismo de decir que somos ecologistas y no hacer nada, eso también es un tipo de negacionismo climático.

“La construcción de los transportes públicos debería ser una prioridad, pero no lo está siendo”

España necesita un transporte público robusto en las ciudades. Sin embargo, en Catalunya hay muchos problemas con el servicio de Rodalies. ¿Cree que ha habido una falta de inversión? ¿Cómo se abordaba este tema cuando estaba en el Gobierno?

Desde hace mucho tiempo hay unos déficits que se van acumulando. La situación en 2026 tiene que ver con no haberlo pensado de una manera holística o global. Si lo que queremos es reducir el impacto de la flota de vehículos de combustible fósil, y somos además conscientes de que es prácticamente imposible sustituir toda esta flota por vehículos eléctricos, la única forma de conseguir esos objetivos es teniendo una red de transporte público mucho más fortalecida, eficaz y eficiente. Esto implica un rediseño de las ciudades en muchos casos porque han sido construidas pensando en el transporte privado.

La construcción de los transportes públicos debería ser una prioridad, pero no lo está siendo. Evidentemente, es una partida presupuestaria que requeriría una inversión muy grande, pero es una urgencia. No solo implicaría una reducción de la huella de carbono, sino que mejoraría la vida de la gente. Una parte importante de los problemas occidentales es el tiempo que se pierde en el en desplazarte con tu vehículo privado desde tu residencia hasta tu centro de trabajo.

Pero no hemos encontrado todavía, desgraciadamente, y yo lo he debatido en el Gobierno, una perspectiva sobre el transporte que sea multidisciplinar. Eso explica por qué en nuestro país está tan infradesarrollado el transporte de mercancías por ferrocarril, que debería ser una fórmula central para retirar de la carretera a los camiones, reduciendo un impacto de carbono tremendo. Tiene otros problemas, evidentemente, de naturaleza política con ganadores y perdedores. Pero si hubiese una partida presupuestaria, si la Comisión Europea de verdad creyera que es una prioridad, podría dedicar muchos recursos. Mientras tanto, nuestra población va creciendo, nuestras infraestructuras se van desgastando y la gente no tiene incentivos para coger el transporte público.

Otra medida que menciona para mejorar la vida de la gente es la reducción de la jornada laboral manteniendo el salario. ¿Qué impacto puede tener esto en el consumo energético?

Hay que darle la vuelta a la concepción tradicional de lo que es la economía y los éxitos económicos. Nos hemos educado con esa cosmovisión de que el crecimiento económico implica que nuestro objetivo es producir más en el menor tiempo posible. Las ganancias de productividad se dedican a crecer más rápido. Somos como un hámster en una rueda. Todo lo que hacemos sirve para crecer más y más. Cuando en realidad tenemos otra opción como sociedad. Si tenemos ganancias de productividad, eso puede implicar producir lo mismo y trabajar menos tiempo, en lugar de producir más en el mismo tiempo. Dicho un poco burdo, significaría poner la economía al servicio de la vida y no la vida al servicio de la economía. Porque hoy, a pesar de los avances tecnológicos, nuestras jornadas laborales siguen siendo idénticas, o incluso peores, y nuestras condiciones de trabajo siguen siendo idénticas, o incluso peores.

Nuestras ganancias de productividad no se han dedicado a los elementos que nos dan felicidad en la vida, como tener más tiempo de ocio, de disfrute, de dedicar la vida de otras maneras. Este ha sido un debate vetado, pero si incorporas la dimensión ecológica y entiendes que ese incremento infinito de la producción es imposible, ya estás obligado a sacar este debate. La reducción de la jornada del trabajo tiene que ver con una dinámica social en la que el objetivo tiene que ser producir para satisfacer necesidades y para vivir mejor dentro de los límites del planeta. Y creo que la sociedad en conjunto, pero sobre todo los economistas, no están preparados para tener este debate todavía.

“Donald Trump no es ningún loco”

Afirma que necesitamos una transición ecosocial y que, si no somos capaces de articular esto, nos dirigimos hacia un escenario de barbarie. También señala que “Trump no es un loco”, sino que está intentando tener el máximo posible de recursos para su país. ¿Cómo podemos defendernos de esta deriva tan autoritaria que encabeza Estados Unidos?

Lo primero es entender que la psicología de los personajes influye, pero no es lo que explica las grandes tendencias. La política de Estados Unidos se tiene que entender haciendo uso de lo que yo intento explicar en el libro, que es esa interfaz entre ecología, economía y geopolítica. Estados Unidos utilizó el libre mercado mientras era la economía más fuerte. En el momento en el que China le rivaliza tecnológicamente y económicamente, Estados Unidos cambia su orientación estratégica y vuelve a las políticas proteccionistas. Por lo tanto, detrás de sus políticas hay una estrategia y no un capricho.

El crecimiento de las extremas derechas, aunque no sea de forma explícita, sí está respondiendo al nuevo contexto de la crisis ecosocial en el que se reconoce la escasez de determinados recursos, como los minerales críticos. Asumen que la única manera de preservar sus privilegios en la división internacional del trabajo es retornar a las prácticas de la coerción, de la violencia, de la intimidación frente a otras naciones. Eso lo está haciendo Estados Unidos de una manera muy clara a la hora de querer Groenlandia por las rutas estratégicas, por los minerales críticos, al querer Venezuela por el petróleo o al disputarse con China toda la parte de recursos minerales. El acuerdo de paz del 4 de diciembre entre el Congo y Ruanda fue firmado por Donald Trump e incorporaba una cláusula de privilegio de las multinacionales estadounidenses para la extracción y exportación de minerales críticos como el cobalto, necesario para la transición energética y para los productos electrónicos.

“Necesitamos plantear una alternativa donde sí se puedan compartir todos los bienes, los recursos y la energía dentro de los límites que el planeta impone”

La dinámica en el fondo de estos movimientos es que si la energía y sobre todo los recursos naturales son escasos, ellos no los quieren compartir. Ellos no están pensando en una Sociedad de Naciones Unidas donde se reparten los recursos y la energía se distribuye de una forma más justa. Ellos están pensando en apropiárselo si hace falta por la fuerza para beneficio de una población más pequeña que en estos proyectos suele coincidir con la población blanca, una población nacionalista étnica. Esto es lo que está detrás de todas las extremas derechas. Solo si entendemos eso seremos capaces de abordar a la extrema derecha como se merece y no es como un accidente, sino como un desarrollo con intereses materiales detrás. Lo que yo propongo tiene que ver con cómo somos capaces de organizarnos de una manera política los que no estamos de acuerdo con esa senda. Necesitamos plantear una alternativa donde sí se puedan compartir todos los bienes, los recursos y la energía del planeta dentro de los límites que el planeta impone.

Por tanto, se necesitan políticas valientes.

¡Claro! Políticas valientes y políticas que son nuevas. El libro tiene la pretensión de poner sobre la mesa también las propias contradicciones de la izquierda tradicional porque ha sido productivista, educada y criada en esta anomalía histórica de los combustibles fósiles. Ahora necesitamos una izquierda capaz de abordar otros problemas que no estaban identificados en los pensadores clásicos como Marx. Y para mí una parte importante de todo esto es no caer en el fatalismo. Es muy fácil caer en el fatalismo, solo hay que ver los telediarios o leer noticias sobre el cambio climático para que nos entre esa ecoansiedad que nos paraliza.

Necesitamos una transición energética o ecológica y decrecimiento al mismo tiempo. Porque si hacemos una transición energética sin decrecimiento, para mí es una quimera con muchísimos riesgos. Y si hacemos decrecimiento sin transición energética es volver a los parámetros de las sociedades previas a la revolución industrial, que son las sociedades agrarias. Y eso creo que, aunque a veces se dibuja de una manera romántica, tanto ese estado final como la transición son fundamentalmente violentos y perjudiciales para la vida tal y como la conocemos. Mi postura es acelerar en la transición energética todo lo posible para abordar esas urgencias como la del cambio climático y ser capaces de construir sociedades dentro de los límites del planeta. Eso es pura política.

También reflexiona sobre cómo Gaza es un símbolo de degradación moral, de la caída del orden internacional liberal y una rotura con un mínimo respeto por los derechos humanos, así como los valores cristianos. Y alaba cómo referentes ecologistas como Greta Thunberg lo han visibilizado. ¿Está en peligro la democracia si no se impulsa una transición ecosocial justa?

La democracia es una magnífica y bella idea muy joven. La democracia moderna, no me refiero a la ateniense donde se excluía una parte de la población, está constituida a partir de la propia idea de los derechos humanos. Ese concepto es relativamente nuevo y verdaderamente frágil. Y, de hecho, creo que esa concepción está en retirada. No solo porque la mayor parte de la población mundial no viva bajo modelos democráticos, sino porque está amenazada en muchos lugares como Estados Unidos, que está al borde de perderla, y en otros muchos donde la extrema derecha ha normalizado cosas que antes eran impensables o estaban fuera del debate, como el odio al inmigrante, el odio al diferente. Esto choca con la cosmovisión de los derechos humanos, pero también con la cosmovisión cristiana en la que todos somos hijos de Dios y no cabe el odio al inmigrante.

Estamos viendo que ante una crisis ecosocial se impone la fórmula del sálvese quien pueda, la ley del más fuerte. Esto vale para la geopolítica pero también vale para el ámbito nacional, en el que se deterioran todas las instituciones que hablan de solidaridad y empieza a ganar fuerza un discurso que dice “si queda poco que sea mejor que sea para mí”. No seamos hipócritas con las barreras a la inmigración. Hay un muro de Estados Unidos con México y también en el propio Mediterráneo entre la Unión Europea. En el fondo, el mensaje es el mismo: ustedes no pueden entrar, sus recursos sí. Necesitamos ser capaces de oponer una alternativa a esa degradación moral, a esa degradación institucional, porque efectivamente pone en riesgo la propia democracia.

Ejemplo de ello es que series cómo Years and Years o El cuento de la criada hoy parecen absolutamente verosímiles porque se han acercado mejor a fenómenos históricos que ahora se reproducen con sus variaciones, como el del ascenso del fascismo y del nazismo. Y es que son procesos graduales, no es una catástrofe de un día para otro. Son procesos en los que los principios y los valores que parecían eternos de democracia y solidaridad se van desgastando, se van devaluando. Y de repente, un día, te encuentras con que hay unos encapuchados que ejecutan a un tipo que simplemente protestaba en la calle y el Gobierno justifica esa ejecución. Eso requiere que la sociedad despierte para proteger la democracia, porque no es un bien que esté asegurada su supervivencia en el tiempo.

De cara a futuras elecciones, ¿ve posible una unión en la izquierda para hacer frente a todos estos retos?

Sería ideal, pero soy escéptico. Creo que la izquierda necesita entender la urgencia del problema porque si así lo hace será más tolerante con las alianzas que hacen falta para sumar músculo suficiente para poner en marcha las políticas que planteamos. Si no, triunfará esa versión más gris del ecologismo que es una posición más defensiva y derrotista. No debemos paralizarnos, estamos a tiempo de que los impactos ecológicos sean menores de lo que podrían ser. Estamos a tiempo de preservar el bienestar material y la propia democracia como la concebimos idealmente.

¿Se plantea volver a la primera línea política en algún momento?

No. Le toca a otras personas. Me parece legítimo que algunas personas continúen y me parece que es un capital político que tienen que emplear bien, pero en mi caso en particular yo sigo en política desde otras trincheras. Ahora les toca a otros. 

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martes, 28 de abril de 2026

Akal publica la Guía de los “Grundrisse” de Marx, del geógrafo marxista David Harvey. El Capital, clave de bóveda de la economía moderna y la sociedad burguesa

Una crítica de la economía política; unos borradores o manuscritos en torno a la teoría del valor y el concepto de plusvalía; son los Grundrisse o Líneas Fundamentales de la crítica de la economía política, escritas por el filósofo alemán, Karl Marx, entre 1857 y 1858, antes de publicar su gran obra –El Capital– cuyo primer libro vio la luz en 1867.

Los Grundrisse constituyen una vía para el estudio del capitalismo y la comprensión de cómo opera el capital; o, según Marx, “el desarrollo exacto del concepto de capital (…), concepto fundamental de la economía moderna, de la misma forma que el capital mismo (…) es la base de la sociedad burguesa”.

Estos borradores, esquemas y apuntes fueron redactados después que -concluido el proceso revolucionario de 1848- Marx se trasladara a Londres; “los Grundrisse han sido descritos certeramente como el fruto de mayor riqueza del pensamiento de Marx”, señaló el historiador británico Eric Hobsbawm.

Akal ha editado en noviembre el libro de 408 páginas Guía de los ‘Grundrisse’ de Marx, obra del geógrafo y teórico social marxista británico, de 90 años, David Harvey; en la editorial Akal, Harvey ha publicado Crónicas anticapitalistas (2023); Espacios del capitalismo global (2021) o Marx, el capital y la locura de la razón económica (2019).

Los Grundrisse son un conjunto de notas que Marx escribió para sí mismo, a modo de diálogo interior y en las que dejaba vía libre a su pensamiento; incluso los conceptos podían cambiar a medida que discurría el texto; también las nociones de deuda, tierra, dinero o trabajo se modificaban, al igual que los modos de producción.

El autor apunta ideas que podrían desarrollarse en obras posteriores; se trata, en resumen, de manuscritos y borradores de difícil aproximación para el lector, en contraposición al estilo más sencillo de su obra periodística.

Harvey resalta en la introducción que Marx no menospreciaba a los economistas burgueses como Adam Smith y David Ricardo; consideraba, por el contrario, que trataban de comprender los fenómenos sociales complejos de su época; de hecho, estos economistas políticos aportaron la materia prima para las interpretaciones del intelectual comunista.

David Harvey subraya aspectos de la obra marxiana que hoy continúan vigentes; así, cuando Marx escribió sus textos, el capitalismo industrial estaba presente en Gran Bretaña y zonas de Europa occidental; pero condiciones laborales similares pueden constatarse, actualmente, en países como Bangladés, China, Turquía, Brasil, India o Sudáfrica.

Otro aspecto reseñable de los Grundrisse es la concepción del Capital como totalidad, en su formación y funcionamiento; ello es compatible con que, a grandes rasgos, se haya producido una desconsideración de la noción de totalidad, en parte por los giros foucaultianos y posestructuralistas que desconfían de esta idea.

El capital como totalidad se sustenta en varios procesos de circulación; entre otros la circulación de mercancías a través del intercambio; del dinero como dinero; de la capacidad de trabajo; del dinero como capital; además la circulación del capital fijo y, por último, la circulación del capital que devenga interés.

En este punto, el autor de la Guía otorga una relevancia especial a la circulación de la capacidad de trabajo, entre otras razones porque el proletariado se halla expuesto -durante este proceso- a una pluralidad de experiencias materiales: como vendedor de fuerza de trabajo; receptor de un salario; comprador de mercancías y como participante en las múltiples formas de reproducción social en la vida cotidiana de un hogar.

En diferentes pasajes de los Grundrisse se aborda el rol del individuo inserto en la sociedad, y en su relación con la propiedad privada y la competencia empresarial; Marx critica la teorización que los economistas políticos clásicos hicieron de un supuesto homus economicus racional.

Así, el escritor y periodista inglés, Daniel Defoe, publicó en 1719 una novela muy famosa y leída, Robinson Crusoe: un náufrago que pasó casi tres décadas en una isla desierta de América del Sur; David Harvey reproduce las palabras de Marx, sobre Crusoe, en el libro primero de El Capital: “Salvado del naufragio reloj, libro mayor, tinta y pluma (…) inmediatamente comenzó, como buen inglés, a llevar la contabilidad de sí mismo”.

Marx señaló la tendencia de la circulación del capital a entrar en crisis, lo que -además de hacer mella en la clase asalariada- implica un riesgo para la tasa de plusvalía y la reproducción del capital; esta crisis, que también implica una oportunidad de renovación, puede tener su origen en la producción, la distribución, el consumo, la circulación del capital fijo o cualquier otro proceso integrante de la totalidad del capital.

Pero el autor de la Guía de los ‘Grundrisse’ de Marx señala otro tipo de crisis: la de alienación y pérdida de sentido; así, “el capital define la riqueza en función del dinero y de los derechos de propiedad sobre recursos esenciales. Y eso es todo. Marx postula la riqueza como tiempo disponible”; pero el capital se apoderaba de este tiempo, tanto en la época de Marx como en la actualidad, concluye Harvey.

En el capítulo dedicado al capital fijo y el capital circulante, el autor apunta las conexiones entre los factores capital/trabajo, la acumulación capitalista e innovaciones del siglo XXI como la Inteligencia Artificial (IA); de tal modo que la capacidad de innovar se revela un negocio y el capital fijo resultante agrega ciencia y tecnología, lo que reduce la fuerza de trabajo (según Naciones Unidas, cerca del 40% de los empleos mundiales están afectados por la IA; a finales de octubre, la compañía de comercio electrónico Amazon anunció la supresión de 14.000 empleos).

Un ejemplo de la intención didáctica de la Guía puede apreciarse en la siguiente explicación del catedrático de Antropología y Geografía británico: “El capital circulante fluye hacia la producción inmediata y produce los bienes que acaban en nuestra mesa o en la tienda; el capital fijo, en cambio, va detrás de la actividad productiva y tiene una diferente lógica de circulación”.

Según Harvey, el autor de los Grundrisse señala estas lógicas primero por separado, pero después establece una relación de continuidad: “El capital circulante tiene que seguir circulando para que el valor del capital fijo se realice a lo largo de su vida útil”.

El texto de Akal da cuenta, además, de las dos perspectivas marxianas sobre la evolución histórica del capital; la primera, tal vez podría calificarse de optimista, ya que el capital crea la sociedad burguesa y tiene una influencia civilizadora frente a etapas anteriores; estas son calificadas de desarrollos locales de la humanidad e idolatría de la naturaleza; por el contrario, en el mundo moderno, Marx se refiere al capital, la producción y la riqueza como “forma limitada burguesa”.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes. 

PSEUDOCIENCIA. Por qué se pueden vender y promocionar con total impunidad pseudoterapias que no sirven para nada. Aunque hay legislación y planes para hacer frente a estas prácticas que pueden atentar contra la salud de la ciudadanía, no se suelen perseguir ni aplicar

PSEUDOCIENCIA Por qué se pueden vender y promocionar con total impunidad pseudoterapias que no sirven para nada Aunque hay legislación y planes para hacer frente a estas prácticas que pueden atentar contra la salud de la ciudadanía, no se suelen perseguir ni aplicar 

 Fernando Cervera, divulgador escéptico, se propuso hace 10 años demostrar lo fácil que resultaba vender cualquier terapia inventada, por absurda que fuera. Se inventó una que consistía en la curación de diversos males con restos de heces humanas, la llamó fecomagnetismo y comenzó a promocionarla por circuitos esotéricos y de terapias naturales. 

De ahí salió el libro El arte de vender mierda, en el que demostró cómo era muy sencillo que en esos ámbitos le tomaran bastante en serio, si bien no llegó a comercializar su invento para no engañar realmente a ningún enfermo ni incurrir en un delito....

lunes, 27 de abril de 2026

El dios dinero no tiene ateos

La guerra de aranceles pone encima del tapete lo que verdaderamente importa. ¿Cómo se puede ganar más dinero, aunque sea perjudicando al resto del mundo?

Cuando Donald Trump bombardea lugares estratégicos de Venezuela, mata a decenas de personas, secuestra a su presidente y nombra a Delcy Rodríguez presidenta encargada, no lo hace guiado por principios morales sino por intereses económicos. Lo que le importa es el petróleo del país y los minerales que necesita para que funcionen sus industrias. Y así lo manifiesta descaradamente: él tiene que controlar directamente la producción y la comercialización del petróleo. La democracia de Venezuela, el bienestar de sus habitantes, el respeto a las leyes internacionales y nacionales le traen al pairo. Es más, se burla de las gentes del país diciendo que son personas muy feas.

Ahora quiere anexionarse Groenlandia (por las buenas o por las malas). La isla helada es parte de la Unión Europea porque Dinamarca es uno de sus 27 miembros y está integrada en la OTAN. No le importa extorsionar a uno de sus aliados. Y la razón es muy sencilla: le interesa para sus negocios, para sus industrias, para el control de la navegación comercial. «Necesitamos que Groenlandia sea nuestra», dice como si esa necesidad fuese un argumento válido para ocuparla con dólares o por las armas.

Respecto al conflicto de Gaza es conocido su plan. Montar un resort de lujo sobre las ruinas y los cadáveres de las víctimas del genocidio más execrable de la historia. Resulta obsceno pensar que donde ha existido tanto dolor, tantas lágrimas, tantas heridas, tanta destrucción, tanta muerte, se pueda pensar en hacer un negocio de proporciones tan gigantescas.

La guerra de aranceles pone encima del tapete lo que verdaderamente importa. ¿Cómo se puede ganar más dinero, aunque sea perjudicando al resto del mundo? América primero quiere decir la bolsa primero.

Cuando visité por primera vez la Torre Trump en la Quinta Avenida de Manhattan en la ciudad de Nueva York pensé cómo había sido posible reunir la cantidad de dinero necesaria para construir ese monstruo en el ombligo del mundo. También descubrí que la Torre era una fuente inagotable de producir dinero. Pensé con asombro, cómo era posible que el dueño fuese una sola persona, y que esa persona estuviese inmersa en innumerables negocios que incrementan sin cesar su patrimonio. ¿Dónde está el límite?

Esta obsesión por el dinero no solo domina al presidente de los EEUU. Domina a muchos políticos que, aprovechando su situación privilegiada para el enriquecimiento, se enriquecen de manera fraudulenta burlando la confianza de quienes les habían colocado en puestos relevantes para que cuidaran de su bienestar y de sus intereses. La avaricia lo pudre todo. Ahí está, en nuestro país, el escándalo que estamos padeciendo de dos secretarios de organización del Partido Socialista, José Luis Ábalos y Santos Cerdán. ¿Cómo es posible que militantes de un partido que pretende distribuir equitativamente la riqueza se dediquen a cobrar mordidas y a enriquecerse fraudulentamente?

Y ahí está el caso del señor Rato y del exministro de Hacienda, señor Montoro y del ciudadano particular con el que está emparejada la señora Ayuso. Y ahí está la Gürtel nacional y los ERES andaluces. Y tantos otros ladrones. Cuando esos ladrones son descubiertos, juzgados y condenados, van a la cárcel. Pierden la libertad, pero no devuelven el dinero robado. Ya lo disfrutarán cuando acabe la condena. Creo que la justicia debería exigir para la completa liberación la devolución de todo lo robado.

Quienes más ganan, más quieren seguir ganando, así que las diferencias entre pobres y ricos siguen aumentando vertiginosamente. Los ricos son cada vez más ricos y los pobres son cada vez más pobres.

Acabo de leer una novela de Sabina Berman titulada ‘Los billonarios desaparecen’. Sabina Berman es una destacada escritora, dramaturga, guionista y periodista mexicana, reconocida por su profunda exploración de la identidad femenina, la política y la sociedad. ¿De qué va su novela? En un mundo donde las diferencias entre ricos y pobres son cada vez más abismales y los cambios tecnológicos y ecológicos tienen efectos expansivos, encontrar soluciones a la crisis humanitaria se convierte en algo urgente. Sabina Berman piensa que quizás el lugar más indicado para hacerlo sea la Cumbre de Líderes Globales que se realiza en Davos, Suiza. Con el lema «La desigualdad es nuestro desafío», durante tres días y bajo la batuta de Christine Jambes, presidenta del Banco Mundial, se reunirá el 1% de los hombres y mujeres que acumulan las mayores fortunas del planeta. Entre ellos está el profesor Wermer, uno de los matemático más sobresalientes, Premio Nobel y autor de un teorema que lleva su nombre. Wermer tiene un firme y oscuro propósito: unirse a las protestas de los disconformes con el modelo neoliberal que se manifiestan en la Cumbre y acabar de una vez por todas con ese pequeño porcentaje que enferma a la sociedad. No haré espóiler para que el lector o lectora no me reprochen la ruptura de su curiosidad.

Siempre me ha llamado la atención esa irrefrenable e inusitada ambición de quienes tienen cantidades de dinero exorbitante que no podría gastar la familia ni muchas generaciones de herederos. ¿Para qué se necesita más dinero del que puede permitir comprarlo y tenerlo todo? ¿Por qué es ilimitada la ambición?

La codicia se desarrolla a gran escala y a pequeña escala. Porque, cuando desde las alturas se ofrecen ejemplos tan lamentables de codicia, parece desprenderse un lema: que cada cual robe en el lugar que se encuentre y en la medida que pueda. El que no lo haga es un imbécil. El que no aproveche la ocasión es un ingenuo.

El dinero no solo corrompe la política, corrompe también los negocios. Los robos pueden empezar por cantidades pequeñas. Me gusta contar la historia de un joven que, en una localidad rural, quiere comprar un burro. Se entera de que un campesino tiene en venta su burro. Y acude a su casa para comunicarle su deseo de comprarlo. Después de la negociación llegan a un acuerdo. Es ya de noche, así que el campesino le dice:

-El trato está cerrado. Ahora ya es de noche. Ven por la mañana y te daré al animal limpio y bien preparado.
- ¿Hace falta que firmemos un documento?, dice el joven.
- No hace falta. Mi palabra vale más que todos los papeles y todas las firmas, contesta con aplomo el vendedor.
El joven, a primera hora del día siguiente, se presenta en la casa del campesino y, después de los pertinentes saludos, dice:
- Vengo a pagar y a llevarme el burro.
- Tengo que comunicarte una mala noticia. Cuando he ido esta mañana a prepararlo para entregártelo, lamentablemente, el burro estaba muerto.
- No importa. Me lo voy a llevar igual. Voy a hacer con él un negocio y claro, como está muerto, no me cobrará usted nada.
El joven se lleva el burro muerto en su furgoneta. Pasados algunos meses el campesino se encuentra con el joven y le pregunta:
- ¿Hiciste el negocio con el burro? ¿Cómo te fue?
- Muy bien, le dice el joven.
- ¿Y qué negocio era ese si el burro estaba muerto?
- Una rifa. Vendí mil papeletas a diez euros cada una.
- Y gané 9990 euros sin ningún esfuerzo.
- ¿Y no protestó nadie?, preguntó el campesino.
- Sí, protestó el afortunado al que tocó la papeleta y a ese le devolví los diez euros.
Este joven podrá llegar a ser presidente de importantes sociedades financieras. Tiene interesantes cualidades para alcanzar el éxito.

He vivido en muy poco tiempo seis experiencias de cargos fraudulentos en una cuenta de mi Banco a través de la tarjeta. Desde Países Bajos, desde Irlanda, desde España… Sesenta cargos, veinticinco, cuarenta… La extorsión es grave. No solo porque te han robado sino porque la solución tiene un proceso largo y enojoso: relación de los cargos firmada por el Banco, denuncia en la policía, envío de los documentos… Cuando fui a presentar una de ellas me dijeron en la comisaría que de cada diez denuncias que reciben ocho son de este tipo.

El dios dinero lo controla todo. En muchas ocasiones, la elección de carrera y de profesión depende, fundamentalmente, del dinero que se puede conseguir ejerciéndola. ¿No sería mejor pensar dónde se puede ser más feliz, qué es lo que más gusta hacer y dónde se puede ayuda a los demás?

Algunas veces, el dinero corrompe hasta el amor. Existe el amor «a primera visa». Un joven se dirige al padre multimillonario de tres hijas y le confiesa el amor apasionado que siente por una de ellas. El padre quiere saber de cuál de sus hijas se ha enamorado. Y le pregunta:
- ¿De cuál de las tres?
El joven, sin vacilar un momento, contesta:
- De la que sea.

Hay otros dioses a los que venerar con devoción: la felicidad, la justicia, la paz, la solidaridad, la libertad, la empatía, la igualdad, la compasión… Si al morir te sobra dinero y tienes el corazón empobrecido es que has hecho mal las cuentas.

domingo, 26 de abril de 2026

Esta pluma es una obra maestra de la naturaleza

Vanya Gregor Rohwer sostiene un ala de ave muy grande, con plumas de color marrón oscuro, casi negro, junto a muchas muestras de otras plumas aladas.
Vanya Gregor Rohwer, conservador de aves y mamíferos del Museo de Vertebrados de la Universidad de Cornell, con el ala de un gran pelícano blanco. Lleva más de 20 años estudiando filoplumas y otros plumajes junto a su padre. to contentSkip to site indexSection Navi
Vanya Gregor Rohwer, conservador de aves y mamíferos del Museo de Vertebrados de la Universidad de Cornell, con el ala de un gran pelícano blanco. Lleva más de 20 años estudiando filoplumas y otros plumajes junto a su padre."

Puede que sean diminutas, pero las filoplumas permiten vuelos de miles de kilómetros sin escalas.

Vanya Gregor Rohwer abrió un cajón para mostrar un ala extendida de color rosa intenso de un ave espátula rosada, una de las miles de alas montadas en el Museo de Vertebrados de la Universidad de Cornell.

Levantó una larga pluma de vuelo para exponer, en su base, una pluma en forma de palmera tan minúscula que fácilmente podía pasar desapercibida. Durante mucho tiempo, este minúsculo elemento llamado filopluma fue realmente desconocido.

“La historia de la investigación sobre las filoplumas no es muy sólida. Son una especie de pluma olvidada”, dijo Vanya Rohwer, conservador de aves y mamíferos del museo. “Se consideraban una pluma degradada o inútil, una reliquia”.

Ya no. Rohwer y su padre, Sievert Rohwer, un influyente investigador de plumas y conservador emérito del Museo Burke de la Universidad de Washington, en Seattle, creen que la diminuta filopluma es una pieza clave en el control y mantenimiento de las plumas de las aves, que las mantienen en el aire.

Desde que las plumas aparecieron en los dinosaurios hace unos 150 millones de años, han ido evolucionando. Ahora hay seis tipos de plumas en el cuerpo de un ave, incluidas las filoplumas, y todas están hechas de queratina, una sustancia muerta como el pelo humano.

Un artículo publicado el año pasado en la revista Journal of the Royal Society Interface describía una pluma como una obra maestra de la ingeniería, que abarca nueve órdenes de magnitud, desde la nanoescala hasta la escala del metro. Como las impresoras 3D más sofisticadas se limitan a solo cuatro o cinco órdenes de magnitud, aún no se han podido reproducir las plumas.

“No existe ninguna tecnología de fabricación que pueda acercarse a una pluma”, dijo David Lentink, uno de los autores del artículo, quien estudia las aves para encontrar formas de mejorar los robots en la Universidad de Groningen, en los Países Bajos. “Son inusualmente sofisticadas”.

The palm-tree shaped filoplume of a turkey vulture seen through a microscope.A hand holds a large pink wing of a bird against a blue wall.
Una filopluma del ala de un aura gallipavo (un ave de rapiña), arriba y abajo a la izquierda; a la derecha, el ala y los rasgos de un ave espátula rosada.
El resultado es un material natural tan ligero que flota lentamente hasta el suelo, pero tan resistente que puede proteger a un pájaro mientras vuela a través del viento, la lluvia y el frío durante días enteros. Y las nuevas sustituyen a las viejas cada pocos años.
El interés por las plumas de ave se ha intensificado junto con la rápida expansión del uso de drones y otras aeronaves, y los investigadores estudian si las plumas sintéticas harían los vuelos más maniobrables, eficientes y menos ruidosos.

Las filoplumas han inspirado microsensores o sensores capilares, por ejemplo, que pueden medir el flujo, la velocidad y la dirección del aire para apoyar un tipo de autonavegación llamado “vuelo por tacto”.

Los sensores similares a las filoplumas podrían ayudar a los drones, que tienen dificultades para hacer frente a las ráfagas de viento, a realizar ajustes en fracciones de segundo.

Todas las aves tienen filoplumas, incluso las que no pueden volar. Suele haber de una a tres por pluma, y son más densas alrededor de las plumas del contorno o del cuerpo y de las plumas de vuelo.

Las filoplumas detectan la presión, el tacto y la vibración en las plumas adyacentes y, a través de terminaciones nerviosas muy sensibles en sus folículos, llamadas corpúsculos de Herbst, traducen esas señales mecánicas a señales neuronales.

Estas sofisticadas plumas proporcionan a las aves información detallada sobre su plumaje mientras vuelan. Les indican que ajusten sus plumas para mantenerse calientes o para liberar calor. También pueden detectar el movimiento de parásitos, con lo que incitan a las aves a acicalarse o liberar grasa en esa zona.

(Las plumas erizadas y cortas que se encuentran en la cabeza, la cara y el cuello del ave también son sensibles al entorno y alertan a las aves de la presencia de insectos y otras presas).

Las aves con más filoplumas son las especies voladoras grandes y fuertes, como las águilas, los albatros y los buitres. Los albatros, de los que se sabe que vuelan 9600 kilómetros o más sin parar, son quienes más tienen: se han contado más de 9000 en algunas aves. Hasta ahora, los gavilanes ratoneros de cola roja son los que tienen más filoplumas por pluma entre las aves cuyas plumas han contado los investigadores.



 
Varias alas desplegadas, sin cuerpo y coloridas, de varias aves sobre un fondo blanco liso.
Especímenes de alas en el laboratorio de ornitología de la Universidad de Cornell. Hay seis tipos de plumas en el cuerpo de un ave, incluidas las filoplumas, y todas están hechas de queratina, una sustancia muerta como el pelo humano.


A brown, black and white bird with bold patterned-plumage with its wing disconnected from its body on a plain white background.A colorful small bird with its wing disconnected from its body, on a plain white background.
Una abubilla taxidermizada, a la izquierda, y una pita aliazul. Arriba, plumas de grulla común y un halcón abejero europeo taxidermizado
Vanya Rohwer, de 43 años, está creando su propia colección de alas desplegadas aquí en Cornell, que hasta ahora comprende unos 10.000 pares.

Mientras tanto, los especímenes completos de aves se guardan en cajones, en una especie de morgue. Vanya Rohwer abrió algunos de ellos en una visita reciente para revelar un abanico de plumajes coloridos, entre los que se encontraban carracas lilas de pecho rosado y durazno y abejarucos australianos verdes y amarillos. Otro cajón estaba lleno de especies extintas, entre ellas varios pájaros carpinteros pico de marfil y una paloma migratoria.

Los nidos de pájaros son otra pasión del joven Rohwer y también estudia las pestañas de las aves. En un estudio, descubrió que el uso de piel de serpiente para forrar los nidos de muchas aves reducía significativamente la depredación.

Vanya Rohwer conoció a su esposa, Rachel Schlass Rohwer, cuando ella, taxidermista en ciernes, asistió a la clase de él sobre la preparación de especímenes aviares. Quedó prendada tanto de Vanya Rohwer como del minucioso proceso de preparación de aves para su exhibición en museos.

“Saber que estas palomas migratorias eclipsaron una vez el cielo, y verlas en estos cajones con gran parte de su color conservado, me conmovió de verdad”, dijo Schlass Rohwer. “La mayoría de las cosas cuando mueren pierden color y pierden gran parte de su narrativa”.

La pareja ha hecho varios viajes de salvamento para recoger especímenes sobrantes de aves y mamíferos de los congeladores de otros museos para la colección de Cornell. Despellejan y rellenan las aves con algodón o extienden sus alas en un expositor, donde quedan a disposición de los investigadores.

Las filoplumas desempeñan otras funciones. La barba de un pavo salvaje es en realidad un conjunto de finas hebras de plumas llamadas mesofiloplumas. No son sensoriales, sino ornamentales, y pueden crecer hasta 30 centímetros de longitud. Sin embargo, el pavo salvaje tiene filoplumas en la cabeza calva, que le ayudan a percibir el mundo que lo rodea. 

Los mérgulos bigotudos, un ave marina, tienen grandes filoplumas sobre la cabeza. “Son filoplumas muy elaboradas”, dijo Vanya Rohwer. “Los utilizan para navegar por esas oscuras madrigueras de anidación sin golpearse la cabeza”. Al haber estudiado las filoplumas y otros plumajes junto a su padre durante más de 20 años, creía saber cómo las aves perdían y volvían a producir plumas cada pocos años. “Era predecible, secuencial y ordenado”, dijo. Sin embargo, en 2015, los Rohwer supieron de un águila real en cautiverio a la que se le habían cortado las plumas de la cola experimentalmente con fines de investigación. “Esa águila sustituyó una pluma de la cola cortada muchísimo más deprisa que una pluma sin cortar”, dijo el Rohwer más joven, lo que acortaba el período de crecimiento a aproximadamente un año. “Así que las aves tienen algún mecanismo para detectar una pluma que no funciona bien”. 

 Su padre, Sievert Rohwer, dijo que creen que las filoplumas “son sensibles a la vibración que generaría la pluma si estuviera desgastada o no funcionara tan bien como debiera”. “Tiene un sentido intuitivo”, dijo Vanya Rohwer. “Estás chocando contra la maleza para capturar una presa o luchando con ella en el suelo, un proceso muy propenso a romper una pluma”. Ambos Rohwer son destacados conservadores de alas extendidas de aves, que han utilizado para estudiar las filoplumas y otras plumas. 

El mayor de los Rohwer, de 83 años, ha reunido la mayor colección del mundo de alas de ave, que se han extendido y montado en el Museo Burke, con 40.000 pares abiertos y sostenidos con alfileres dentro de celofán. 

Rachel Schlass Rohwer poses with her young daughter in her lap at a work table with a dead mallard resting on it.


 Schlass Rowher, que también ha estudiado moda, se ha especializado en diseñar sombreros con plumas obtenidas éticamente de aves que murieron de forma natural y cuya propiedad es legal. Poseer la mayoría de los tipos de plumas de ave es una violación de la ley federal.

Con los avances tecnológicos, se está extrayendo nueva información de las plumas. El ADN de una sola pluma, por ejemplo, permite a los investigadores rastrear el ave hasta su población reproductora. Esa información se está utilizando para crear mapas de “paisajes genómicos” en todo el mundo para las aves migratorias, y para priorizar hábitats importantes para la conservación.

La filopluma, sin embargo, sigue siendo una de las plumas menos comprendidas. “Queda mucho por descubrir sobre su función”, dijo Lentink, “porque es casi imposible estudiar su función en aves vivas”.

Un pájaro en el laboratorio es muy distinto de un pájaro en el aire, por lo que el vuelo de las aves es en gran medida un misterio.

“A veces la ciencia no puede responder a las preguntas porque los experimentos son demasiado difíciles; este es un caso así”, dijo. “Es difícil demostrar realmente las funciones de estas plumas en un ave voladora feliz y plenamente funcional que realiza su comportamiento normal”.