Recuperamos una espléndida entrevista con Mike Davis, fechada en 2018 e inédita en castellano, que discurre en buena medida sobre los temas de uno de sus grandes libros, Los holocaustos de la era victoriana tardía, y que concluye con algunas reflexiones históricas y políticas todavía más pertinentes a día de hoy. - SP
La ola electoral de este verano le ha otorgado a la izquierda socialista norteamericana un público mucho más grande de lo que estamos acostumbrados. No solo hemos conseguido una audiencia extraordinariamente amplia para nuestras ideas políticas, sino que también les hemos dado un susto a nuestros oponentes ideológicos y, como resultado, le hemos echado un buen vistazo a su arsenal retórico.
Muchos de sus argumentos son bien conocidos. A lo largo de decenios, uno de los métodos más populares para desautorizar a los socialistas ha sido apelar a las atrocidades que tuvieron lugar en la Rusia de Stalin y la China de Mao. Episodios horribles como la Gran Hambruna China y la hambruna soviética bajo Stalin se esgrimen como prueba de que el socialismo nunca puede funcionar y es demasiado peligroso para intentarlo, por lo que estamos mejor con el apitalismo.
El libro de Mike Davis, Late Victorian Holocausts [Los holocaustos de la era victoriana tardía, Universitat de València, Valencia, 2006], complica considerablemente esa historia. El capitalismo tiene sus propias e ingentes cifras de muertos. Si son las hambrunas el criterio que utilizamos para medir la idoneidad de un sistema económico global, en ese caso los capitalistas tienen mucho de lo que responder.
Meagan Day, de la revista Jacobin, conversó con Davis acerca de cómo difieren los crímenes históricos del capitalismo de los del socialismo, y cómo hablar de las diferencias entre ellos en una época de capitalismo cada vez más salvaje, así como de las nuevas oportunidades que se le ofrecen a la izquierda socialista.
Hablemos de las hambrunas indias de la década de 1870
La incorporación de las grandes poblaciones campesinas de subsistencia del sur y el este de Asia resultó absolutamente catastrófica. La historia varió de un lugar a otro, pero el número final de víctimas mortales fue enorme. La India es el ejemplo más dramático, en parte porque ocurrió bajo los ojos del liberalismo británico.
En la década de 1870, los británicos habían patrocinado un gran desarrollo de canales y ferrocarriles en la India, diseñados para transportar los productos de exportación desde las regiones agrícolas del interior hasta la costa. También fueron pioneros en el riego a gran escala para el cultivo del algodón, algo que se convirtió en urgente durante la Guerra Civil norteamericana y la consiguiente escasez de algodón.
Los británicos afirmaban que, gracias a los ferrocarriles, ya no sería posible que se produjeran hambrunas en la India. Y es que, en el pasado, la India había sufrido graves hambrunas, aunque, al igual que en China, nunca hubo una hambruna que no se compensara, en cierto sentido, con las buenas cosechas de otras partes del país.
De modo que los británicos afirmaban que, ahora que disponían de ferrocarriles, por supuesto que transportarían el grano de las regiones con excedentes a las regiones afectadas por la sequía o las inundaciones. Lo que ocurrió en realidad en 1876, cuando se produjeron dos monzones fallidos consecutivos y hambrunas en el oeste y el sur de la India, fue que los ferrocarriles se utilizaron para sacar el grano de las regiones afectadas por la hambruna. Dado que el mercado nacional de cereales se había privatizado en buena medida, los comerciantes de cereales sacaron el grano de las regiones afectadas por la hambruna y lo almacenaron en los centros ferroviarios a la espera de que subieran los precios y de obtener así grandes beneficios.
A escala local, en pueblos y ciudades, siglos de lucha contra la sequía habían dado lugar a sistemas locales de almacenamiento de agua, pequeños embalses y similares, que se gestionaban a través de las relaciones paternalistas de la aldea, haciéndose responsable la nobleza local de diferentes tipos de su mantenimiento. Así, por ejemplo, bajo la dinastía mogol [1526-1857], aunque se produjeron hambrunas, no hubo nada comparable a la escala gigantesca del siglo XIX.
Cuando llegaron los británicos, ignoraron por completo el almacenamiento local de agua. Por supuesto, desplazaron a gran parte de la nobleza local, y los comerciantes y prestamistas se convirtieron a menudo en el poder imperante en las aldeas, comprando cereales y cultivos de exportación a bajo precio para venderlos a un precio elevado. Cuando llegaban las hambrunas, eran más proclives a intentar especular con los cereales que a aliviar la penuria de los campesinos hambrientos.
A esto se sumaba la creencia fanática y dogmática de los británicos de que nada de lo que ocurriera debía interferir en el funcionamiento del mercado. El mercado debía funcionar para, en última instancia, aliviar la hambruna. Era la misma política que habían aplicado en Irlanda en la década de 1840, lo que había provocado directamente la inanición y la muerte de aproximadamente una quinta parte de la población irlandesa. En una época en la que Irlanda exportaba ganado y caballos, la población del oeste del país se vio reducida al canibalismo.
Sólo a regañadientes, y debido a las críticas radicales dentro de la administración británica en la India, se proporcionó ayuda, contando con que había que trabajar para poder comer. Pero eligieron el sistema más agotador de todos, que consistía en obligar a la gente a caminar hasta los lugares de ayuda, que generalmente eran proyectos de construcción de ferrocarriles o excavación de canales que requerían trabajos pesados.
La gente se veía obligada a caminar veinticinco, treinta y, a veces, cuarenta millas desde sus hogares, y morían como moscas en las obras y por el camino. Ya estaban gravemente desnutridos, y la expectativa de que pudieran caminar esa gran distancia y luego realizar trabajos pesados sencillamente los condenaba a muerte. Era muy similar a los sistemas de trabajo coaccionado o forzado de las colonias africanas, o a lo que practicaron los alemanes durante la Segunda Guerra Mundial, en los que literalmente obligaban trabajar hasta la muerte a personas judías y a muchas otras.
Y además de eso, estaba el papel de la India en el Imperio Británico, que era absolutamente crucial para la economía británica del siglo XIX. Gran Bretaña tenía un déficit comercial en otras partes del mundo, pero lo compensaba con las exportaciones indias.
La India también sufragaba el ejército indio, lo que permitía a los británicos enviar grandes contingentes de tropas a Asia, África y, finalmente, durante la Primera Guerra Mundial, a la propia Europa, sin tener que mantener un gran ejército. El ejército profesional británico era muy pequeño. Era la India la que le proporcionaba la ventaja crucial.
Así que se trataba de una forma de tributación, con ingresos extraídos de las aldeas, y no había compensación alguna en forma de inversión en almacenamiento local de agua, herramientas agrícolas o educación. Contrasta esto con Tailandia, que en realidad invirtió de manera bastante impresionante en educación primaria durante el mismo período, una de las cosas que le permitió escapar del colonialismo.
Así pues, la combinación de todos estos factores —el mercado privado de cereales, un sistema de ayuda social reacio y finalmente destructivo, y el hecho de que las aldeas ya no poseyeran la misma infraestructura ni los mismos recursos— condujo a una hambruna provocada por una sequía, que acabó con la vida de entre ocho y doce millones de personas.
Y luego se repitió lo mismo a finales de la década de 1890, a una escala tan grande o mayor que la primera. El hijo de Nathaniel Hawthorne fue uno de los reporteros norteamericanos que estuvo presente. Ofreció relatos muy detallados de cómo la política británica, su dependencia de los mercados y su renuencia a socorrer a la población enviando sencillamente alimentos a los lugares donde la gente se moría de hambre, condenó de nuevo a millones de personas.
Debido a las hambrunas de las décadas de 1870 y 1890, el crecimiento demográfico se ralentizó tanto en algunas regiones que no se recuperó hasta la independencia en 1948, tras la Segunda Guerra Mundial. La India siempre se ha descrito como un país superpoblado, pero se trató de catástrofes a gran escala. A escala regional, fueron equivalentes, en términos de pérdida de población y destrucción de recursos productivos, a la época de la peste negra en la Europa medieval, o incluso a las invasiones mongolas.
Pero se produjeron bajo la vigilancia y a través de medidas políticas deliberadas de la nación industrial más poderosa de la modernidad. La modernización, que los indios pagaron con sus propios impuestos, hizo poco o nada por los indios de a pie. De hecho, tuvo el efecto perverso de fomentar un mercado especulativo de cereales, convirtiendo un fenómeno medioambiental en una hambruna que causó muertes masivas.
El mismo fenómeno medioambiental, una fluctuación de los vientos y las temperaturas superficiales en el océano Pacífico conocida como El Niño, provocó una hambruna en China al mismo tiempo, a partir de 1876. Esta hambruna también mató a millones de personas, en el mismo periodo de tiempo y en una zona geográfica más pequeña
Los holocaustos de la era victoriana tardía incluye algunas descripciones escalofriantes de esta hambruna. Por ejemplo, el hambre llevó naturalmente a los chinos a robar por desesperación; las autoridades encerraron a estos ladrones hambrientos en «jaulas de dolor», donde morían lentamente de inanición. Las personas demacradas se tumbaban y eran devoradas vivas por los perros. La carne humana se vendía abiertamente en las calles. Los padres intercambiaban a sus hijos con otras parejas hambrientas, porque ninguno podía soportar matar y comerse a los suyos.
¿Qué ocurrió para que se causara esta hambruna?
China era absolutamente excepcional en el siglo XVIII. No solo era la sociedad más grande del mundo, sino que era realmente la única sociedad en la que el derecho a la vida de los campesinos estaba más o menos garantizado por el Estado.
China, al igual que la India, siempre dispuso de una zona con excedente de cereales y otra con déficit. El sur de China suele ser víctima de inundaciones, pero la mayoría de los problemas medioambientales del país se concentran en el norte, en la cuenca del río Amarillo. Para hacer frente a esta disparidad, los chinos construyeron algo que probablemente requirió más horas de trabajo que la Gran Muralla: el Gran Canal.
El Gran Canal conectaba el centro de China, el Yangtsé, con el norte de China, la cuenca del río Amarillo. Esto significaba que, en tiempos de dificultad en el norte, se podía enviar arroz del sur al norte. Y si el sur tenía problemas, se podía enviar mijo y trigo del norte al sur.
En el siglo XVIII, esto evitó que varias sequías a gran escala se convirtieran en hambrunas con millones de víctimas potenciales, gracias al traslado de cereales. Los chinos hicieron lo contrario que los británicos en la India. Mientras que los británicos obligaban a las personas hambrientas a caminar kilómetros hasta los lugares de trabajo, los chinos insistían en que todos se quedaran en casa y contaban con un sofisticado sistema para socorrer a la gente allí donde se encontraba, sin exigirles que trabajaran.
En segundo lugar, todos los condados de China contaban con un almacén de cereales. Una de las tareas más importantes de los mandarines locales era mantener los graneros llenos y evitar que se robaran o vendieran los cereales, entre otras cosas. Los graneros chinos eran tan impresionantes que, siglos más tarde, durante el New Deal estadounidense, el vicepresidente de Roosevelt, Henry Wallace, propuso la idea de un «granero siempre normal» inspirado en el sistema chino.
En general, la China del siglo XVIII contaba con la administración pública más eficaz del mundo. Era única en su capacidad para hacer frente a catástrofes naturales a gran escala y paliar las hambrunas. En los países europeos, esto no era así en absoluto. A principios del siglo XVIII, un par de millones de franceses murieron de hambre y el Estado se mantuvo casi totalmente pasivo. Y en la década de 1840, por supuesto, los irlandeses pasaron hambre a pesar de los abundantes recursos de grano que podrían haberse utilizado para paliarla.
Así que China era un caso bastante excepcional. Pero las cosas empezaron a cambiar con las Guerras del Opio, la obtención de concesiones de China por parte de los países europeos. El sistema comenzó a fragmentarse. Los mandarines locales se corrompían con frecuencia y vendían [el contenido de] los graneros. En la década de 1860, China sufrió tres guerras civiles, la mayor de las cuales, la Rebelión Taiping, fue probablemente la más sangrienta de la historia del mundo.
China se vio sumida en una crisis inmensa, y una de las víctimas de la crisis fue el mantenimiento del Gran Canal. Los rebeldes se apoderaron de diversas partes de este y, fundamentalmente, es que había piratas en el Gran Canal. Las reservas de los graneros comenzaron a desaparecer. El impacto del imperialismo en China contribuyó de manera decisiva a la desintegración de las capacidades del Estado y de las infraestructuras y políticas que habían aliviado de manera tan espectacular, casi espectacular, la hambruna en el siglo XVIII.
El número de muertos se concentró especialmente en las provincias meridionales del norte de China, que sufrieron una ausencia casi total de lluvias. Eran regiones de difícil acceso. Inmediatamente después de que comenzara la sequía, se descubrió que los graneros estaban vacíos.
En algunos condados se convirtió literalmente en un caso de extinción. Estamos hablando de la muerte por inanición de más de tres cuartas partes, e incluso del 90 %, de la población en algunos condados. Normalmente, durante las hambrunas se desplazan poblaciones enteras, pero en este caso la gente se encontraba tan debilitada, y todo lo que se encontraba a una distancia razonable a pie se veía asimismo tan afectado por la hambruna, que no tenían otra opción. Básicamente, estaban presos y empezaban a morir como moscas.
Al igual que en la India, en la década de 1890 se produjo otra hambruna en China. Una vez más, en esa parte de China, la población no se recuperó hasta alcanzar el nivel anterior a la hambruna hasta la Revolución china.
Los estudios han demostrado que parte de la razón por la que los campesinos chinos acabaron apoyando y uniéndose a los comunistas fue que los estados de los señores de la guerra, y el gobierno nacional unificado que les siguió, se mostraron totalmente incapaces de gestionar las situaciones extremas del medio ambiente. El control de los ríos y el transporte de cereales se habían convertido en una especie de sello distintivo de la legitimidad de los gobiernos y las dinastías en China.
En plena Segunda Guerra Mundial se produjo otra terrible hambruna. Los comunistas se mostraron muy activos en la lucha contra ella, lo que les granjeó respeto y legitimidad. Así que cuando en 1949 se estableció la República Popular, gozó de una base de apoyo muy amplia, no sólo por su oposición a los japoneses, no sólo por sus propuestas de reforma agraria, sino también porque prometió acabar para siempre con la hambruna en China.
Este era el mandato de la República Popular. Y lo que ocurrió a finales de la década de 1950 no fue en ningún sentido un intento deliberado de matar de hambre a una clase o una región, como pudo haber sido en parte el caso de Stalin en Ucrania. Pero, no obstante, fue absolutamente criminal.
Uno de los principales generales chinos [Peng Dehuai] fue destituido cuando se atrevió a enfrentarse a Mao por la hambruna en el Comité Central. Al parecer, Mao negó que hubiera hambruna alguna. Eso entra dentro del ámbito de la responsabilidad criminal, del mismo modo que los británicos fueron criminalmente responsables de las hambrunas de las décadas de 1870 y 1890.
¿Cómo agravó la expansión mundial del capitalismo las hambrunas y la guerra?
Marx lo explicó de forma muy elocuente en su sección sobre la acumulación primitiva en el volumen I de El capital. Los fundamentos del capitalismo son la esclavitud, el colonialismo, la confiscación o apropiación de la propiedad individual y las tierras comunales del campesinado europeo, la extinción de los pueblos nativos para abrir nuevas zonas para la producción mundial de cereales, etc.
En la década de 1870, después de Marx, se produjo la derrota definitiva de los indios de las llanuras en Estados Unidos, lo que de repente dejó disponibles estas enormes praderas para el cultivo de trigo. Y sólo se produjo a costa de la aniquilación de los pueblos nativos.
Casi todas las etapas del crecimiento de este sistema han implicado algún proceso de expropiación violenta, trabajo forzoso y desplazamiento. Por no mencionar el hecho de que la creación de formas de riqueza sin precedentes en la revolución industrial se vio acompañada de la pauperización de los trabajadores fabriles y la creación de estas mortíferas ciudades industriales donde la gente moría de tuberculosis y de enfermedades relacionadas con el trabajo.
Ahora bien, existe un famoso debate entre los socialistas sobre si la acumulación primitiva es parte integral o constitutiva del capitalismo moderno en sí mismo. Hay quienes lo negaban, pensando que era sólo un sangriento prefacio del capitalismo. Pero Rosa Luxemburg, en su obra maestra La acumulación del capital, insistía en que la acumulación primitiva es parte integral y tiene que seguir abriendo y creando nuevos mercados y nuevas fuentes de mano de obra. Entre los pensadores contemporáneos, David Harvey comparte la posición de Luxemburg.
En cualquier caso, debemos reconocer el papel que sigue desempeñando el trabajo forzoso y no libre en el sistema capitalista mundial. La creencia de que todo esto terminó con la emancipación de los esclavos en el hemisferio occidental es totalmente errónea.
La segunda cuestión que se plantea es la guerra. Siempre ha existido el debate sobre si la guerra es necesaria para la reproducción del mercado mundial. Están quienes contemplaron el fin de la historia hace veinte o veinticinco años y afirmaron: «No, realmente no lo es, ya hemos superado todo eso, mirad la Unión Europea». Pues bueno, el veredicto parece inclinarse hacia el lado contrario.
Las guerras del siglo XX fueron generadas por la competencia por los mercados y los recursos, alimentada también por muchos otros factores. La Primera Guerra Mundial puede haber comenzado casi por accidente, pero todas las condiciones para una colisión entre las potencias estaban ya ahí, y mucha gente sabía ya que la guerra era inevitable debido a la demanda de tierras y mercados y al control del comercio, una competencia que se produjo al final del período durante el cual Gran Bretaña había sido hegemónica en la economía mundial.
Así pues, todos estos procesos —la expropiación original de los agricultores, la incorporación de los grandes campesinos no europeos al sistema mundial, las economías industriales basadas inicialmente en niveles de explotación que no solo privaban a las personas de oportunidades culturales o sociales, sino que las destruían mediante el exceso de trabajo y las enfermedades, las guerras imperiales masivas y, por supuesto, el legado de todo ello, que es una posición de dependencia de la que muchas economías coloniales nunca se han recuperado— son violencia sistémica.
Cosas como la hambruna en Ucrania, las purgas en la Unión Soviética en 1937-1938, la hambruna del Gran Salto Adelante y los Jemeres Rojos son crímenes políticos. Y, por supuesto, muchos socialistas discutirían que ocurrieran bajo el socialismo. El estalinismo fue una especie de reacción termidoriana que acabó costándole la vida a tantos comunistas como los que Hitler mató en Europa Central y Oriental.
Hay una violencia sistémica e inevitable inherente al mercado mundial y al capitalismo global. Nadie ha construido una sociedad socialista: cuando hablamos de la Rusia de Stalin y la China de Mao, nos referimos a sociedades en transición. Pero en estas sociedades en transición no existe una lógica sistémica similar a la violencia; la lógica es política. La lógica se refiere al poder del Estado.
Hay una excepción, y esa excepción es que en los países muy subdesarrollados existe realmente una contradicción entre el desarrollo industrial urbano y el campo. En la sociedad en ruinas que heredaron los bolcheviques, los campesinos tenían pocos motivos para producir alimentos para las ciudades a menos que obtuvieran a cambio lo que necesitaban, especialmente los medios de producción necesarios para hacer más productiva la agricultura. Esa relación se rompió y Stalin acabó abordándola mediante el uso masivo de la coacción y la violencia. Así que se podría decir que hay una violencia sistémica inherente a las sociedades en transición que surge principalmente de esa contradicción.
Pero más allá de eso, en el caso histórico específico de la Unión Soviética, la sociedad quedó prácticamente destruida en 1921, tras la Primera Guerra Mundial, una guerra civil en la que murieron un millón de soldados del Ejército Rojo, y hambrunas y enfermedades que acabaron con la vida de otros millones. Rusia era una sombra de lo que había sido. Esa fue la justificación que dieron los bolcheviques para mantenerse en el poder a toda costa. Y cuando eso ocurrió, se vieron apartados del camino que siempre se había previsto para la creación de una sociedad más justa e igualitaria.
Y, por supuesto, los boicots económicos, las intervenciones y las guerras libradas contra la Unión Soviética también fueron factores importantes en la violencia interna y la metamorfosis del régimen en una dictadura.
China, en cierto modo, es un caso más desgarrador, porque, en mi opinión, la revolución funcionó en la década de 1950. Las cooperativas eran, obviamente, el camino a seguir. China, a diferencia de la Unión Soviética en sus inicios, contaba con un gran estado industrial que la apoyaba y la ayudaba, concretamente la propia Unión Soviética. Y la hambruna del Gran Salto Adelante nunca debería haber ocurrido, y menos aún bajo la vigilancia de personas que habían llegado al poder prometiendo, entre otras cosas, garantizar el derecho a la vida de la población rural china.
No hay forma de borrar eso. Sin duda, la culpa es de Mao Tse-tung y del Partido Comunista Chino. Pero que eso sea culpa del socialismo ya es otra cuestión.
Bueno, la respuesta de los oponentes ideológicos del socialismo sería que el abuso de poder es inevitable bajo el socialismo. Y sin duda admitirán que existe un grado de desigualdad inevitable y tal vez incluso de violencia bajo el capitalismo. Pero para ellos, la razón por la que el capitalismo es superior al socialismo es que prefieren esa desigualdad y violencia sistémica al abuso del poder político. ¿Cómo debemos responderles?
La ecuación entre capitalismo y democracia es, en el mejor de los casos, débil. La democracia liberal es en gran medida el producto de la lucha histórica de los movimientos obreros y los movimientos por el derecho al voto. Mientras tanto, toda la historia de Sudamérica demuestra que el capitalismo se asocia más a menudo con la dictadura y el gobierno oligárquico que con la democracia. Por lo tanto, hay que cuestionar esa ecuación de manera fundamental.
En segundo lugar, déjame formularlo de esta manera. Sois cristianos. ¿Sois católicos o pentecostales? ¿Apoyáis la Inquisición o la resistencia no violenta?
El socialismo tiene tan poca definición que hay que volver a la posición que, en mi opinión, defiende y expone con gran elocuencia la organización Democratic Socialists of America. Hay que dar un paso atrás y preguntarse: ¿Cuál es nuestra tradición? Estamos hablando de democracia socialista. Estamos hablando de la necesidad de una asignación democrática de los recursos y de la toma democrática de las grandes decisiones económicas, lo que sólo puede lograrse cuando la propiedad social a gran escala se democratiza y es gestionada por la sociedad.
Dos de los puntos más importantes que deben destacar los socialistas son, en primer lugar, la naturaleza sistémica e inevitable de la violencia política y económica en la sociedad capitalista y, en segundo lugar, rechazar la confusión entre socialismo y estalinismo y maoísmo. En los Estados Unidos existe un desconocimiento casi total sobre la socialdemocracia del norte de Europa o, dentro del bando más revolucionario, sobre los cientos de miles de personas que murieron tratando de evitar que los Estados fundados por la lucha revolucionaria se convirtieran en dictaduras.
Tenemos que señalar los éxitos del socialismo, incluidos los avances logrados por los socialdemócratas. Ya sean liberales o revolucionarias, las izquierdas en general han sido siempre muy malas a la hora de destacar los logros de la socialdemocracia. Como persona de extrema izquierda, entiendo las razones de ello. La socialdemocracia considera que el problema es la desigualdad económica. La desigualdad económica no es el problema, es un reflejo de la falta de poder dentro de la macroeconomía. En última instancia, el capital encontrará la manera de sortear la socialdemocracia.
Pero, no obstante, esta época es nueva. Ahora tenemos un capitalismo mucho más salvaje. Eso cambia los parámetros políticos.
Lo que realmente ha ganado fuerza en Estados Unidos ha sido la defensa por parte de Bernie Sanders de una reactivación de la Carta de Derechos Económicos que añadió Franklin D. Roosevelt al final de su campaña de 1944. Si nos fijamos en el programa de la coalición de Sanders, es por esto por lo que están luchando. Son reivindicaciones verdaderamente socialdemócratas. Implican cierto grado de redistribución de la riqueza. No las calificaría de socialistas o revolucionarias porque no cuestionan el poder económico en su raíz. Es la base sobre la que el Partido Demócrata trató de renovarse en la década de 1940 y, de nuevo, a mediados de la de 1960.
Pero una vez que se abandonó el New Deal como programa serio del Partido Demócrata, esas demandas de ciudadanía económica se convirtieron en demandas mucho más radicales. Y requirieron bases de apoyo mucho más radicales para impulsarlas que en la época en que todo esto parecía más compatible con el modelo existente de capitalismo norteamericano y el contrato social que se había acordado.
Ahora tenemos un nuevo tipo de capitalismo, y esas demandas tienen un peso mucho más radical. Y han hecho posible volver a hablar de socialismo, y en gran medida liberarlo de la carga del pasado, de la asociación errónea y la equivocada identificación del socialismo con el estalinismo y con el abuso del poder político.
Mike Davis destacado historiador, teórico urbano, activista político y ensayista californiano de singular originalidad, fue miembro del Consejo Editorial de Sin Permiso. Figura capital de la izquierda militante e intelectual norteamericana, entre sus libros más célebres se encuentran: “Los holocaustos de la era victoriana tardía” (Universitat de València, Valencia, 2007), “Ciudad de cuarzo” (Arpa, Barcelona, 2023), “Planeta de ciudades miseria” (Akal, Madrid, 2014) o “El coche de Buda: Una breve historia del coche bomba” (Verso, Barcelona, 2023).
Fuente:
Jacobin, 23 de octubre de 2018
Temática:
Capitalismo contemporáneo, Hambre, Socialismo
Traducción: Lucas Antón
domingo, 3 de mayo de 2026
sábado, 2 de mayo de 2026
Se venden bendiciones y la gracia de dios

Fuentes: Ganas de escribir
Hace unas semanas se destapó un escándalo en ciertos ambientes de Washington. Paula White, telepredicadora evangelista y ahora empleada en la Casa Blanca, exactamente como asesora principal de la Oficina de la Fe, estaba vendiendo bendiciones divinas incluso a precios superiores a los 1.000 dólares.
Lo que a mí me ha sorprendido es que eso haya llamado la atención.
El jefe de White está vendiendo todo lo que tiene a su alcance. Se ha demostrado, y el propio Trump lo ha reconocido, que algunos de sus amigos y familiares han ganado miles de millones de dólares utilizando información privilegiada. Ha prometido construir resorts de lujo en la tierra robada al pueblo palestino, donde Israel, con su ayuda, ha cometido un genocidio. Si en el capitalismo todo puede convertirse en mercancía —la vivienda, la salud, incluso partes del cuerpo humano, o bebés—, lo sorprendente no puede ser que alguien venda bendiciones y otras gracias divinas. Paula White no ha inventado nada. ¿Por qué no podría vender la bendición de Dios que ofrece en la Casa Blanca? Bien mirado, hasta se podría considerar que reclamar unos cientos de dólares por ofrecer la gracia divina es una ganga.
Lo que a mí si me parecería más criticable es que a esta pastora evangélica se le haya escapado un pequeño detalle a la hora de justificar espiritualmente su oferta religioso-comercial.
Para legitimarla, la asesora espiritual de Donald Trump recurrió a pasajes de la Biblia y concretamente al libro del Éxodo que asegura larga vida, abundancia, herencia y un año especial de bendición a quien lleve una ofrenda de Pascua a la casa del Señor.
El pequeño detalle que olvida quien ejerce de guía espiritual de Donald Trump es que en ese libro se establecen igualmente otros preceptos: «No admitirás falso rumor (…) No seguirás a los muchos para hacer mal (…) De palabra de mentira te alejarás, y no matarás al inocente y justo; porque yo no justificaré al impío. No recibirás presente; porque el presente ciega a los que ven, y pervierte las palabras de los justos (…) No angustiarás al extranjero; porque vosotros sabéis cómo es el alma del extranjero, ya que extranjeros fuisteis en la tierra de Egipto».
Lo escandaloso es que Paula White use como gancho comercial un texto sagrado dedicado, precisamente, a condenar todas aquellas acciones que habitualmente lleva a cabo su jefe.
Puro teatro
Lo que estamos viendo en la Casa Blanca de la mano de los predicadores evangelistas multimillonarios no es un ejercicio más de hipocresía ordinaria. Es una obra maestra del cinismo que ponen en práctica los líderes de la extrema derecha en muchos países.
En 2015, cuando Trump ya era candidato presidencial y llevaba semanas proclamando que la Biblia era su libro favorito por encima de todo, un periodista le hizo una pregunta ingenua y sencilla: ¿Cuál es su versículo favorito? No supo responder y ni siquiera distinguir entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. Cuando en otra ocasión, quizá ya advertido, se atrevió a citar un versículo eligió el del «ojo por ojo». Justo el que Jesucristo condenó expresamente en el Sermón de la Montaña. Cuando una cadena cristiana le preguntó que quién era Dios para él, Trump le respondió «Dios es lo máximo», y pasó enseguida a contar la forma en que había cerrado un gran acuerdo para construir un campo de golf.
Algo parecido le ocurre a otros altos miembros de su administración. El secretario de Guerra, Pete Hegseth, ha protagonizado quizá el momento más ridículo y memorable. Quiso manifestar que impulsa guerra y la violencia por mandato divino y para ello recitó una frase especialmente sanguinaria como si fuese de la Biblia cuando, en realidad, forma parte del guion de la película Pulp Fiction de Quentin Tarantino.
En España tenemos algo parecido. Isabel Díaz Ayuso, se proclamó en su día no creyente, ahora -ya encumbrada como dirigente de la derecha extrema- dice serlo, pero no sabe ni rezar el Padre Nuestro en los actos religiosos a los que va.
Los partidos políticos españoles de derechas presumen de fe y defensa de la religión católica pero, persiguen a los inmigrantes y retiran ayudas a las organizaciones que llevan a cabo una ejemplar labor de ayuda a los empobrecidos. Defienden la privatización sanitaria que abandona a los más vulnerables, desprecian el derecho de asilo y abrazan el individualismo y la falsa meritocracias (el que triunfa es porque trabaja, el que fracasa es porque no se esfuerza) como si fuera un valor evangélico.
Lo que hay detrás
Detrás de todo ello hay algo que va más allá que simple hipocresía individual. Se hace uso político de la religión porque esta puede proporcionar legitimación moral que está por encima de cualquier cuestionamiento humano. Si una política de deportaciones masivas, de guerra, de privatizaciones y abandono de los más débiles responde a la voluntad de Dios o a la defensa de la civilización cristiana, no puede debatirse en términos políticos ordinarios, pues ningún ser justo puede oponerse a su voluntad suprema. Lo que se justifica como mandato divino deja de ser una opción entre otras para convertirse en una verdad de orden superior, ante la que no caben argumentos ni datos.
El negocio de las bendiciones a mil dólares no es una anécdota. Es el modelo en miniatura de toda la operación. En lugar de tomar y seguir los textos que hablan de justicia, de desterrados, de lágrimas sembradas en tierra ajena, de cuidar y proteger a los pobres, se vacía de su contenido ético a los textos sagrados. Se les da la vuelta y se les vende, literalmente hablando, haciendo creer que quien puede pagar, compra la gracia de Dios.
Un presidente que no sabe citar un versículo de la Biblia que dice ser su libro favorito se representa a sí mismo como Jesús. Su secretario de Guerra confunde la Biblia con un guion de Tarantino. La pastora se hace millonaria apoyándose en salmos que, en realidad, piden defender a quien su jefe deporta y asesina. La presidenta madrileña que no sabe ni una sola oración se presenta como abanderada de la civilización cristiana…
Detrás de esas farsas no hay fe. Es pura escenografía. Es la religión utilizada una vez más como decorado del poder y Dios convertido en logotipo de una estrategia política que oculta su sustancia real: deportaciones masivas, guerra, humillación de los débiles, acumulación desenfrenada, y un desprecio sistemático por todo lo que las tradiciones religiosas han podido tener de bueno durante siglos.
La ironía de la historia es que el único dirigente mundial que le ha dicho a Donald Trump que no le tiene miedo, y el que posiblemente ha censurado sus actos ilegales con más claridad, dignidad, determinación y valentía ha sido un líder religioso, el Papa León XIV. Un estadounidense que ha pasado cuatro décadas de su vida trabajando entre los pobres del Perú. No entre los poderosos, ni en los grandes despachos.
Claramente y sin tapujos, ha señalado y denunciado lo que Trump está provocando: «Demasiadas personas inocentes han sido asesinadas, y creo que alguien debe alzar la voz (…) No tengo miedo a Trump. Seguiré hablando contra la guerra (…) El mundo está siendo devastado por un puñado de tiranos«.
Las palabras del Papa reconfortan a las gentes de bien, sea cual sea su credo o ideología, y son muy de agradecer. Ahora hace falta que actúe con semejante decisión y espíritu evangélico para poner orden en el seno de su propia Iglesia. Su larga historia de connivencia con el poder resulta difícil de ignorar porque aún no ha finalizado. La venta de indulgencias —el perdón de los pecados a cambio de dinero— que desencadenó la Reforma protestante en el siglo XVI es el antecedente exacto de lo que ahora hace Paula White. Y multitud de obispos y jerarcas católicos apoyan hoy día con toda naturalidad las políticas de Trump y de la extrema derecha que persiguen y maltratan a los inmigrantes y empobrecidos, recortan derechos sociales y abandonan a las personas y familias más vulnerables, defienden para sí privilegios medievales, o han hecho que la Iglesia se apropie, como en España, de miles de propiedades que no eran suyas.
Publicado en La Voz del Sur el 24 de abril de 2026
Lo que a mí me ha sorprendido es que eso haya llamado la atención.
El jefe de White está vendiendo todo lo que tiene a su alcance. Se ha demostrado, y el propio Trump lo ha reconocido, que algunos de sus amigos y familiares han ganado miles de millones de dólares utilizando información privilegiada. Ha prometido construir resorts de lujo en la tierra robada al pueblo palestino, donde Israel, con su ayuda, ha cometido un genocidio. Si en el capitalismo todo puede convertirse en mercancía —la vivienda, la salud, incluso partes del cuerpo humano, o bebés—, lo sorprendente no puede ser que alguien venda bendiciones y otras gracias divinas. Paula White no ha inventado nada. ¿Por qué no podría vender la bendición de Dios que ofrece en la Casa Blanca? Bien mirado, hasta se podría considerar que reclamar unos cientos de dólares por ofrecer la gracia divina es una ganga.
Lo que a mí si me parecería más criticable es que a esta pastora evangélica se le haya escapado un pequeño detalle a la hora de justificar espiritualmente su oferta religioso-comercial.
Para legitimarla, la asesora espiritual de Donald Trump recurrió a pasajes de la Biblia y concretamente al libro del Éxodo que asegura larga vida, abundancia, herencia y un año especial de bendición a quien lleve una ofrenda de Pascua a la casa del Señor.
El pequeño detalle que olvida quien ejerce de guía espiritual de Donald Trump es que en ese libro se establecen igualmente otros preceptos: «No admitirás falso rumor (…) No seguirás a los muchos para hacer mal (…) De palabra de mentira te alejarás, y no matarás al inocente y justo; porque yo no justificaré al impío. No recibirás presente; porque el presente ciega a los que ven, y pervierte las palabras de los justos (…) No angustiarás al extranjero; porque vosotros sabéis cómo es el alma del extranjero, ya que extranjeros fuisteis en la tierra de Egipto».
Lo escandaloso es que Paula White use como gancho comercial un texto sagrado dedicado, precisamente, a condenar todas aquellas acciones que habitualmente lleva a cabo su jefe.
Puro teatro
Lo que estamos viendo en la Casa Blanca de la mano de los predicadores evangelistas multimillonarios no es un ejercicio más de hipocresía ordinaria. Es una obra maestra del cinismo que ponen en práctica los líderes de la extrema derecha en muchos países.
En 2015, cuando Trump ya era candidato presidencial y llevaba semanas proclamando que la Biblia era su libro favorito por encima de todo, un periodista le hizo una pregunta ingenua y sencilla: ¿Cuál es su versículo favorito? No supo responder y ni siquiera distinguir entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. Cuando en otra ocasión, quizá ya advertido, se atrevió a citar un versículo eligió el del «ojo por ojo». Justo el que Jesucristo condenó expresamente en el Sermón de la Montaña. Cuando una cadena cristiana le preguntó que quién era Dios para él, Trump le respondió «Dios es lo máximo», y pasó enseguida a contar la forma en que había cerrado un gran acuerdo para construir un campo de golf.
Algo parecido le ocurre a otros altos miembros de su administración. El secretario de Guerra, Pete Hegseth, ha protagonizado quizá el momento más ridículo y memorable. Quiso manifestar que impulsa guerra y la violencia por mandato divino y para ello recitó una frase especialmente sanguinaria como si fuese de la Biblia cuando, en realidad, forma parte del guion de la película Pulp Fiction de Quentin Tarantino.
En España tenemos algo parecido. Isabel Díaz Ayuso, se proclamó en su día no creyente, ahora -ya encumbrada como dirigente de la derecha extrema- dice serlo, pero no sabe ni rezar el Padre Nuestro en los actos religiosos a los que va.
Los partidos políticos españoles de derechas presumen de fe y defensa de la religión católica pero, persiguen a los inmigrantes y retiran ayudas a las organizaciones que llevan a cabo una ejemplar labor de ayuda a los empobrecidos. Defienden la privatización sanitaria que abandona a los más vulnerables, desprecian el derecho de asilo y abrazan el individualismo y la falsa meritocracias (el que triunfa es porque trabaja, el que fracasa es porque no se esfuerza) como si fuera un valor evangélico.
Lo que hay detrás
Detrás de todo ello hay algo que va más allá que simple hipocresía individual. Se hace uso político de la religión porque esta puede proporcionar legitimación moral que está por encima de cualquier cuestionamiento humano. Si una política de deportaciones masivas, de guerra, de privatizaciones y abandono de los más débiles responde a la voluntad de Dios o a la defensa de la civilización cristiana, no puede debatirse en términos políticos ordinarios, pues ningún ser justo puede oponerse a su voluntad suprema. Lo que se justifica como mandato divino deja de ser una opción entre otras para convertirse en una verdad de orden superior, ante la que no caben argumentos ni datos.
El negocio de las bendiciones a mil dólares no es una anécdota. Es el modelo en miniatura de toda la operación. En lugar de tomar y seguir los textos que hablan de justicia, de desterrados, de lágrimas sembradas en tierra ajena, de cuidar y proteger a los pobres, se vacía de su contenido ético a los textos sagrados. Se les da la vuelta y se les vende, literalmente hablando, haciendo creer que quien puede pagar, compra la gracia de Dios.
Un presidente que no sabe citar un versículo de la Biblia que dice ser su libro favorito se representa a sí mismo como Jesús. Su secretario de Guerra confunde la Biblia con un guion de Tarantino. La pastora se hace millonaria apoyándose en salmos que, en realidad, piden defender a quien su jefe deporta y asesina. La presidenta madrileña que no sabe ni una sola oración se presenta como abanderada de la civilización cristiana…
Detrás de esas farsas no hay fe. Es pura escenografía. Es la religión utilizada una vez más como decorado del poder y Dios convertido en logotipo de una estrategia política que oculta su sustancia real: deportaciones masivas, guerra, humillación de los débiles, acumulación desenfrenada, y un desprecio sistemático por todo lo que las tradiciones religiosas han podido tener de bueno durante siglos.
La ironía de la historia es que el único dirigente mundial que le ha dicho a Donald Trump que no le tiene miedo, y el que posiblemente ha censurado sus actos ilegales con más claridad, dignidad, determinación y valentía ha sido un líder religioso, el Papa León XIV. Un estadounidense que ha pasado cuatro décadas de su vida trabajando entre los pobres del Perú. No entre los poderosos, ni en los grandes despachos.
Claramente y sin tapujos, ha señalado y denunciado lo que Trump está provocando: «Demasiadas personas inocentes han sido asesinadas, y creo que alguien debe alzar la voz (…) No tengo miedo a Trump. Seguiré hablando contra la guerra (…) El mundo está siendo devastado por un puñado de tiranos«.
Las palabras del Papa reconfortan a las gentes de bien, sea cual sea su credo o ideología, y son muy de agradecer. Ahora hace falta que actúe con semejante decisión y espíritu evangélico para poner orden en el seno de su propia Iglesia. Su larga historia de connivencia con el poder resulta difícil de ignorar porque aún no ha finalizado. La venta de indulgencias —el perdón de los pecados a cambio de dinero— que desencadenó la Reforma protestante en el siglo XVI es el antecedente exacto de lo que ahora hace Paula White. Y multitud de obispos y jerarcas católicos apoyan hoy día con toda naturalidad las políticas de Trump y de la extrema derecha que persiguen y maltratan a los inmigrantes y empobrecidos, recortan derechos sociales y abandonan a las personas y familias más vulnerables, defienden para sí privilegios medievales, o han hecho que la Iglesia se apropie, como en España, de miles de propiedades que no eran suyas.
Publicado en La Voz del Sur el 24 de abril de 2026
Fuente:
Ella tenía 40 años. Yo tenía 20. ¿Nuestro romance funcionaría?

PorDavid Woo
Los desconocidos se quedaban mirando cuando nos cogíamos de la mano en público. Algunos supusieron que era su hijo adoptivo.
Josefina era seis años mayor que Napoleón. Brigitte Macron es 24 años mayor que Emmanuel. La medicina moderna, al alargar nuestra esperanza de vida y mejorar nuestra salud a largo plazo, ha hecho posible el amor duradero por encima de grandes diferencias de edad.
Eso ha sido una bendición para personas como yo y mi esposa, que es 20 años mayor que yo. Pronto cumpliremos 40 años juntos.
La conocí cuando sólo tenía 20 años.
Nuestro encuentro fortuito tuvo lugar un frío día de primavera en Boston, en la biblioteca de la Universidad de Tufts. De camino al espacio de estudio, pasé junto a una gran mesa cubierta de libros. Un volumen me llamó la atención, un libro sobre arquitectura armenia.
Eso ha sido una bendición para personas como yo y mi esposa, que es 20 años mayor que yo. Pronto cumpliremos 40 años juntos.
La conocí cuando sólo tenía 20 años.
Nuestro encuentro fortuito tuvo lugar un frío día de primavera en Boston, en la biblioteca de la Universidad de Tufts. De camino al espacio de estudio, pasé junto a una gran mesa cubierta de libros. Un volumen me llamó la atención, un libro sobre arquitectura armenia.
Yo no sabía nada de arquitectura armenia, pero estaba planeando un viaje en bicicleta de Turquía a Israel y estaba leyendo todo lo que podía sobre las zonas por las que pasaría, incluida la Armenia turca.
Curioso, me senté y empecé a hojear los libros. Al poco rato, me sobresaltó una tos. Cuando levanté la vista, había una mujer de pie, mirándome fijamente.
“Esos libros son míos”, dijo, claramente molesta.
Me levanté. “Lo siento”, dije. “La arquitectura armenia es preciosa. Dentro de unos meses iré a Ani. Ahora sé en qué fijarme”.
“¿Ani?”, dijo. “¿Cómo? ¿Por qué?”
“Este verano iré en bicicleta de Estambul a Jerusalén con unos amigos”, le dije. “Estamos planeando un desvío por el este de Turquía antes de continuar hacia Siria”.
“Parece toda una aventura”, dijo. “Yo soy de Israel”.
“Yo soy de Taiwán”, le dije. “Encantado de conocerte. Eres la primera israelí que conozco”.
Y así fue como conocí a mi futura esposa.
Más allá de nuestra diferencia de edad, éramos tan diferentes en tantos aspectos que el amor era lo último en lo que pensaba cuando nos conocimos. Yo solo estaba en mi segundo año de universidad. Ella estaba casada, tenía dos hijos y cursaba un máster en Historia del Arte. Pero le entusiasmaba que yo viajara a su parte del mundo. Y a mí me entusiasmaba conocer a alguien de allí. Eso era todo lo que teníamos en común, pensé.
Pero empezamos a hablar, y no hemos dejado de hacerlo desde entonces. Nuestra línea de tiempo romántica, sin embargo, fue excesivamente lenta. Pasó tiempo antes de que nuestra relación se convirtiera en algo más.
Tras regresar de mi viaje en bicicleta, me fui a estudiar un año a París. Cuando regresé a Estados Unidos, Margalit había vuelto a Israel con su familia. No fue hasta siete años después de conocernos, tras su divorcio, cuando tuve la certeza de que ella era la elegida. ¡El gran amor ineludible de mi vida!
Incluso entonces, la distancia nos definía. Me trasladé a Londres para que pudiéramos estar más cerca, pero ella no se mudó conmigo hasta que su hija menor se hizo adolescente. Y pasaron otros diez años hasta que finalmente nos casamos.
En El banquete de Platón, Aristófanes cuenta el mito de que los humanos fueron una vez seres completos: redondos, con cuatro brazos, cuatro piernas y dos caras. Zeus, temiendo su poder, los partió en dos, condenando a cada mitad a vagar por la tierra en busca de su homólogo.
Para Aristófanes, el amor es nuestro anhelo de la mitad que nos falta. ¿Pueden nuestras mitades perdidas ser 20 años mayores que nosotros? La mía lo es, y amarla ha significado aprender a viajar en el tiempo.
Mi mujer había vivido una vida plena incluso antes de que yo naciera.
Su abuelo ruso nació en 1865, el año en que fusilaron a Lincoln. Aún recuerda cuando lo visitaba de niña en su aserradero de Chattanooga, Tennessee, y le encantaba el olor a serrín.
Sus padres habían escapado de los campos de concentración cruzando los Pirineos a pie hasta España y dirigiéndose después a Nueva York, donde ella nació y creció hasta que su familia se trasladó a Israel cuando tenía 10 años.
Recuerda la vida en Israel sin teléfono ni televisión, el feroz calor del verano sin aire acondicionado, las tiendas de comestibles que solo ofrecían dos tipos de queso y dos tipos de pan. Pobres pero libres. Disfruta recordando cómo vagaba por las calles sin supervisión y sin miedo, jugando con huesos de albaricoque en carreteras aún sin asfaltar.
Cuando cuenta las historias de su vida —alegrías y pérdidas que pertenecían a otra época— las décadas que nos separan se disuelven. La escucho, cautivado. Y en esos momentos, comprendo que el viaje en el tiempo no es una fantasía. Son recuerdos compartidos, guardados y honrados.
Margalit tenía 40 años cuando la conocí, una mujer hermosa que hacía girar cabezas por las calles. Pero, sobre todo, me cautivó la expresividad de su rostro, la transparencia de sus rasgos. Era como si su misma regularidad y pequeñez no pudieran resistir el embate de cada pensamiento que pasaba por su mente.
Las finas líneas del rabillo de sus ojos no me molestaban. Al contrario, me parecía que expresaban cada estado de ánimo sutil que tan a menudo escapa a las redes de otros rostros. Era como si cada línea fuera la huella de un sentimiento latente, grabado en su piel por la frecuente reavivación a lo largo del tiempo.
Sus arrugas eran y siguen siendo un testimonio de su pasión, el mapa de su gama emocional. Las amo como amo la corteza rugosa de los viejos pinos romanos: perdurables, vivas.
He estado en paz con nuestra diferencia de edad desde el momento en que me enamoré. Pero nuestros amigos y familiares tardaron mucho más en llegar al mismo punto. Para mi familia, mi relación con Margalit era abiertamente transgresora.
Mis padres se preocupaban por mi futuro. También les preocupaba lo que pudiera decir de ellos en una sociedad taiwanesa conservadora donde el conformismo a menudo se disfraza de virtud.
Tuvieron que pasar años para que esa tensión se aliviara. En Taiwán, me convertí en una especie de oveja negra, y mi familia sufrió las consecuencias sociales.
Se produjo un punto de inflexión, curiosamente, cuando Emmanuel Macron fue elegido para el cargo más alto de Francia. Ese día, mi familia recibió llamadas de felicitación de sus amigos. Macron ayudó a convertir lo que antes parecía incalificable en algo meramente poco convencional y, al hacerlo, facilitó que mi familia aceptara la decisión más importante de mi vida.
Lo único que lamento de mi decisión es la carga que supuso para mi familia. Pero mi familia no fue la única que se opuso.
Mis amigos de la universidad pensaban que me había vuelto raro.
“¿No tienes un problema estético con alguien mucho mayor?”, me preguntó una compañera de clase, sin ironía.
Los desconocidos se quedaban mirando cuando nos cogíamos de la mano en público. Algunos supusieron que yo era el hijo adoptivo de Margalit. Otros fueron más directos.
“¿Eres gigoló?”, me preguntó una vez un curioso.
“No”, respondí, escocido hasta la médula. “Es mi novia”.
“Ah”, dijo, ofreciendo una sonrisa cómplice.
Siempre me he considerado afortunado, no solo por haber conocido al amor de mi vida, sino por haberla conocido tan pronto.
El hecho de que ella hubiera vivido una vida antes de que yo naciera me dio una ventaja en la vida. Después de casarnos, me convertí en padrastro de sus dos hijos y, en última instancia, en abuelastro de sus nietos. Nunca me sentí obligado a tener hijos propios.
Tener una compañera que ya había aprendido muchas de las lecciones de la vida me dio un sentido de dirección desde el principio. Trabajé duro, construí una exitosa carrera como economista y pude jubilarme justo después de cumplir 50 años.
Pero todo tiene un precio. Finalmente, tras casi 40 años juntos, la diferencia de edad empieza a tener un impacto en nuestra relación. Su mente sigue siendo joven, pero su cuerpo no puede seguirle el ritmo. Está más cansada que yo. Tiene menos energía que antes. Los sesenta y pico todavía se sienten joven. Los ochenta, no.
Cuento con que la medicina moderna ayude a Margalit a mantenerse sana para que pueda seguir disfrutando de la vida conmigo. Pero no negaré que el amor también es egoísta.
Quiero mantenerla viva todo el tiempo que pueda porque no puedo imaginar mi vida sin ella. Si esto significa que debo caminar más despacio, hablar más alto y pasar más tiempo en las consultas de los médicos, que así sea.
Pero aunque nuestro tiempo sea desigual y nuestro futuro sea más corto de lo que nos hubiera gustado, no cambiaría el viaje por nada. Dicen que el tiempo es un ladrón, pero yo siento que soy el ladrón. Cada momento con Margalit se siente como tiempo robado, y nuestro amor ha sido mi mayor atraco.
https://www.nytimes.com/es/2026/01/31/espanol/estilos-de-vida/matrimonio-diferencia-edad.html
Curioso, me senté y empecé a hojear los libros. Al poco rato, me sobresaltó una tos. Cuando levanté la vista, había una mujer de pie, mirándome fijamente.
“Esos libros son míos”, dijo, claramente molesta.
Me levanté. “Lo siento”, dije. “La arquitectura armenia es preciosa. Dentro de unos meses iré a Ani. Ahora sé en qué fijarme”.
“¿Ani?”, dijo. “¿Cómo? ¿Por qué?”
“Este verano iré en bicicleta de Estambul a Jerusalén con unos amigos”, le dije. “Estamos planeando un desvío por el este de Turquía antes de continuar hacia Siria”.
“Parece toda una aventura”, dijo. “Yo soy de Israel”.
“Yo soy de Taiwán”, le dije. “Encantado de conocerte. Eres la primera israelí que conozco”.
Y así fue como conocí a mi futura esposa.
Más allá de nuestra diferencia de edad, éramos tan diferentes en tantos aspectos que el amor era lo último en lo que pensaba cuando nos conocimos. Yo solo estaba en mi segundo año de universidad. Ella estaba casada, tenía dos hijos y cursaba un máster en Historia del Arte. Pero le entusiasmaba que yo viajara a su parte del mundo. Y a mí me entusiasmaba conocer a alguien de allí. Eso era todo lo que teníamos en común, pensé.
Pero empezamos a hablar, y no hemos dejado de hacerlo desde entonces. Nuestra línea de tiempo romántica, sin embargo, fue excesivamente lenta. Pasó tiempo antes de que nuestra relación se convirtiera en algo más.
Tras regresar de mi viaje en bicicleta, me fui a estudiar un año a París. Cuando regresé a Estados Unidos, Margalit había vuelto a Israel con su familia. No fue hasta siete años después de conocernos, tras su divorcio, cuando tuve la certeza de que ella era la elegida. ¡El gran amor ineludible de mi vida!
Incluso entonces, la distancia nos definía. Me trasladé a Londres para que pudiéramos estar más cerca, pero ella no se mudó conmigo hasta que su hija menor se hizo adolescente. Y pasaron otros diez años hasta que finalmente nos casamos.
En El banquete de Platón, Aristófanes cuenta el mito de que los humanos fueron una vez seres completos: redondos, con cuatro brazos, cuatro piernas y dos caras. Zeus, temiendo su poder, los partió en dos, condenando a cada mitad a vagar por la tierra en busca de su homólogo.
Para Aristófanes, el amor es nuestro anhelo de la mitad que nos falta. ¿Pueden nuestras mitades perdidas ser 20 años mayores que nosotros? La mía lo es, y amarla ha significado aprender a viajar en el tiempo.
Mi mujer había vivido una vida plena incluso antes de que yo naciera.
Su abuelo ruso nació en 1865, el año en que fusilaron a Lincoln. Aún recuerda cuando lo visitaba de niña en su aserradero de Chattanooga, Tennessee, y le encantaba el olor a serrín.
Sus padres habían escapado de los campos de concentración cruzando los Pirineos a pie hasta España y dirigiéndose después a Nueva York, donde ella nació y creció hasta que su familia se trasladó a Israel cuando tenía 10 años.
Recuerda la vida en Israel sin teléfono ni televisión, el feroz calor del verano sin aire acondicionado, las tiendas de comestibles que solo ofrecían dos tipos de queso y dos tipos de pan. Pobres pero libres. Disfruta recordando cómo vagaba por las calles sin supervisión y sin miedo, jugando con huesos de albaricoque en carreteras aún sin asfaltar.
Cuando cuenta las historias de su vida —alegrías y pérdidas que pertenecían a otra época— las décadas que nos separan se disuelven. La escucho, cautivado. Y en esos momentos, comprendo que el viaje en el tiempo no es una fantasía. Son recuerdos compartidos, guardados y honrados.
Margalit tenía 40 años cuando la conocí, una mujer hermosa que hacía girar cabezas por las calles. Pero, sobre todo, me cautivó la expresividad de su rostro, la transparencia de sus rasgos. Era como si su misma regularidad y pequeñez no pudieran resistir el embate de cada pensamiento que pasaba por su mente.
Las finas líneas del rabillo de sus ojos no me molestaban. Al contrario, me parecía que expresaban cada estado de ánimo sutil que tan a menudo escapa a las redes de otros rostros. Era como si cada línea fuera la huella de un sentimiento latente, grabado en su piel por la frecuente reavivación a lo largo del tiempo.
Sus arrugas eran y siguen siendo un testimonio de su pasión, el mapa de su gama emocional. Las amo como amo la corteza rugosa de los viejos pinos romanos: perdurables, vivas.
He estado en paz con nuestra diferencia de edad desde el momento en que me enamoré. Pero nuestros amigos y familiares tardaron mucho más en llegar al mismo punto. Para mi familia, mi relación con Margalit era abiertamente transgresora.
Mis padres se preocupaban por mi futuro. También les preocupaba lo que pudiera decir de ellos en una sociedad taiwanesa conservadora donde el conformismo a menudo se disfraza de virtud.
Tuvieron que pasar años para que esa tensión se aliviara. En Taiwán, me convertí en una especie de oveja negra, y mi familia sufrió las consecuencias sociales.
Se produjo un punto de inflexión, curiosamente, cuando Emmanuel Macron fue elegido para el cargo más alto de Francia. Ese día, mi familia recibió llamadas de felicitación de sus amigos. Macron ayudó a convertir lo que antes parecía incalificable en algo meramente poco convencional y, al hacerlo, facilitó que mi familia aceptara la decisión más importante de mi vida.
Lo único que lamento de mi decisión es la carga que supuso para mi familia. Pero mi familia no fue la única que se opuso.
Mis amigos de la universidad pensaban que me había vuelto raro.
“¿No tienes un problema estético con alguien mucho mayor?”, me preguntó una compañera de clase, sin ironía.
Los desconocidos se quedaban mirando cuando nos cogíamos de la mano en público. Algunos supusieron que yo era el hijo adoptivo de Margalit. Otros fueron más directos.
“¿Eres gigoló?”, me preguntó una vez un curioso.
“No”, respondí, escocido hasta la médula. “Es mi novia”.
“Ah”, dijo, ofreciendo una sonrisa cómplice.
Siempre me he considerado afortunado, no solo por haber conocido al amor de mi vida, sino por haberla conocido tan pronto.
El hecho de que ella hubiera vivido una vida antes de que yo naciera me dio una ventaja en la vida. Después de casarnos, me convertí en padrastro de sus dos hijos y, en última instancia, en abuelastro de sus nietos. Nunca me sentí obligado a tener hijos propios.
Tener una compañera que ya había aprendido muchas de las lecciones de la vida me dio un sentido de dirección desde el principio. Trabajé duro, construí una exitosa carrera como economista y pude jubilarme justo después de cumplir 50 años.
Pero todo tiene un precio. Finalmente, tras casi 40 años juntos, la diferencia de edad empieza a tener un impacto en nuestra relación. Su mente sigue siendo joven, pero su cuerpo no puede seguirle el ritmo. Está más cansada que yo. Tiene menos energía que antes. Los sesenta y pico todavía se sienten joven. Los ochenta, no.
Cuento con que la medicina moderna ayude a Margalit a mantenerse sana para que pueda seguir disfrutando de la vida conmigo. Pero no negaré que el amor también es egoísta.
Quiero mantenerla viva todo el tiempo que pueda porque no puedo imaginar mi vida sin ella. Si esto significa que debo caminar más despacio, hablar más alto y pasar más tiempo en las consultas de los médicos, que así sea.
Pero aunque nuestro tiempo sea desigual y nuestro futuro sea más corto de lo que nos hubiera gustado, no cambiaría el viaje por nada. Dicen que el tiempo es un ladrón, pero yo siento que soy el ladrón. Cada momento con Margalit se siente como tiempo robado, y nuestro amor ha sido mi mayor atraco.
https://www.nytimes.com/es/2026/01/31/espanol/estilos-de-vida/matrimonio-diferencia-edad.html
viernes, 1 de mayo de 2026
Nazismo. Una investigación halla cientos de cuentas del banco suizo Credit Suisse con posibles vínculos con el nazismo, según un senador de EE UU El legislador Chuck Grassley afirma que entre los titulares están el Ministerio de Exteriores alemán y una empresa de fabricación de armas
Una investigación ha identificado 890 cuentas en el banco suizo Credit Suisse con posibles vínculos nazis, según ha declarado este martes el senador estadounidense Chuck Grassley antes de la audiencia del Comité Judicial del Congreso en Washington sobre la facilitación del Holocausto por parte de entidades bancarias. Entre ellas se encontraban cuentas de la época de la II Guerra Mundial, hasta ahora desconocidas, del Ministerio de Asuntos Exteriores alemán, una empresa alemana de fabricación de armas y la Cruz Roja germana, añadió el legislador, que preside la comisión y ha seguido la investigación sobre Credit Suisse durante años.
UBS, que adquirió Credit Suisse al colapsar la entidad en 2023, dijo el año pasado que estaba trabajando con el exfiscal estadounidense Neil Barofsky para arrojar luz sobre las cuentas vinculadas a los nazis que tenía su antiguo competidor. Tanto UBS como Credit Suisse “se han disculpado y llegaron a un acuerdo global en 1999 que puso fin a las reclamaciones y cerró la controversia”, afirmó el banco en un avance de su testimonio ante la Comisión Judicial del Senado, calificando la investigación actual como una iniciativa voluntaria.
Aquel acuerdo de finales de los noventa, tras años de investigación y presiones, supuso el pago por parte de los bancos suizos de 1.250 millones de dólares por su gestión de las cuentas inactivas de víctimas del Holocausto. Grassley, entre otros, ha impulsado una reapertura de la investigación que busca cuentas entonces no declaradas.
Grassley ha recibido dos informes y una actualización de la investigación sobre el estado de las pesquisas de Barofsky, según declaró a los periodistas. La revisión aportó presuntamente pruebas de que las relaciones bancarias de Credit Suisse con la organización paramilitar nazi SS eran más amplias de lo que se sabía anteriormente, ya que el brazo económico del grupo mantenía una cuenta en el banco, dijo Grassley, citando los registros. También han salido a la luz nuevos detalles sobre un plan para ayudar a los nazis a huir a Argentina, añadió Grassley.
UBS dijo que acepta y lamenta profundamente que la época de la II Guerra Mundial fuera un periodo oscuro en la historia de la banca suiza. “Abordamos el tema de hoy con solemne respeto”, dijo Robert Karofsky, presidente de UBS Americas, según el guion de su intervención.
Al adquirir Credit Suisse, “UBS se comprometió plenamente a volver a encarrilar la investigación y, desde entonces, ha tomado amplias medidas para facilitar la revisión de Barofsky”, dijo Karofsky. “Ahora, con tres años de experiencia, nuestra prioridad es completar esta revisión para que el mundo pueda beneficiarse de las conclusiones del próximo informe final”. La investigación concluirá a principios de verano, según los asistentes del Comité Judicial del Senado, y se espera un informe final a finales de año.
UBS, que adquirió Credit Suisse al colapsar la entidad en 2023, dijo el año pasado que estaba trabajando con el exfiscal estadounidense Neil Barofsky para arrojar luz sobre las cuentas vinculadas a los nazis que tenía su antiguo competidor. Tanto UBS como Credit Suisse “se han disculpado y llegaron a un acuerdo global en 1999 que puso fin a las reclamaciones y cerró la controversia”, afirmó el banco en un avance de su testimonio ante la Comisión Judicial del Senado, calificando la investigación actual como una iniciativa voluntaria.
Aquel acuerdo de finales de los noventa, tras años de investigación y presiones, supuso el pago por parte de los bancos suizos de 1.250 millones de dólares por su gestión de las cuentas inactivas de víctimas del Holocausto. Grassley, entre otros, ha impulsado una reapertura de la investigación que busca cuentas entonces no declaradas.
Grassley ha recibido dos informes y una actualización de la investigación sobre el estado de las pesquisas de Barofsky, según declaró a los periodistas. La revisión aportó presuntamente pruebas de que las relaciones bancarias de Credit Suisse con la organización paramilitar nazi SS eran más amplias de lo que se sabía anteriormente, ya que el brazo económico del grupo mantenía una cuenta en el banco, dijo Grassley, citando los registros. También han salido a la luz nuevos detalles sobre un plan para ayudar a los nazis a huir a Argentina, añadió Grassley.
UBS dijo que acepta y lamenta profundamente que la época de la II Guerra Mundial fuera un periodo oscuro en la historia de la banca suiza. “Abordamos el tema de hoy con solemne respeto”, dijo Robert Karofsky, presidente de UBS Americas, según el guion de su intervención.
Al adquirir Credit Suisse, “UBS se comprometió plenamente a volver a encarrilar la investigación y, desde entonces, ha tomado amplias medidas para facilitar la revisión de Barofsky”, dijo Karofsky. “Ahora, con tres años de experiencia, nuestra prioridad es completar esta revisión para que el mundo pueda beneficiarse de las conclusiones del próximo informe final”. La investigación concluirá a principios de verano, según los asistentes del Comité Judicial del Senado, y se espera un informe final a finales de año.
jueves, 30 de abril de 2026
Cómo liberarte de la culpa. Esta emoción puede impulsarte a hacer lo correcto, pero también hundirte.

Hoy he sentido varias veces una punzada de culpabilidad y, mientras escribo esto, ni siquiera ha llegado la hora de comer: me he perdido el cumpleaños importante de un amigo, no he devuelto la llamada de mi padre y no podré asistir al evento de la banda de música de mi hijo.
Si eres como yo, la culpa puede ser una “experiencia cotidiana”, dijo Jennifer Reid, autora del nuevo libro Guilt Free: Reclaiming Your Life From Unreasonable Expectations.
Esta emoción compleja y a veces dolorosa puede motivarte a hacer cambios positivos, como reducir tu huella de carbono o reparar una relación. Pero la culpa también puede ser excesiva o insana. E incluso cuando no lo es, dijo Reid, puede provocar ansiedad e ira.
Hablé con Reid sobre cómo gestionar la culpa cuando te está hundiendo.
Enfócate en tus acciones, no en tu carácter
A veces, cuando hacemos algo que nos hace sentir culpables (“hoy no he hecho nada productivo”), lo convertimos en un defecto de carácter (“soy un vago”). Esta tendencia a generalizar en exceso es una forma de distorsión cognitiva: una percepción o creencia inexacta que puede tener un efecto negativo en nuestra salud mental.
Si te sientes culpable por algo que has hecho, dijo Reid, enfócate en tus acciones. “Olvidaste el cumpleaños de tu amigo”, dijo. “Eso es distinto a decirte a ti mismo: ‘Soy un mal amigo’”.
Prueba tener un poco de autocompasión
La culpa es una emoción “pegajosa” que puede persistir o convertirse en un hábito, dijo Reid, profesora clínica adjunta de psiquiatría en la Universidad de Pensilvania. Pero puedes desafiar ese sentimiento si acallas a tu crítico interior.
Empieza por preguntarte si las expectativas que te habías fijado eran realistas o justas, dijo. (Hace poco, se examinó a sí misma porque se estaba sintiendo culpable de que sus hijos estuvieran en las pantallas un día que no fueron a la escuela por la nieve).
También puedes intentar hablarte a ti mismo como si estuvieras consolando a un amigo, añadió, y replantea la situación desde un punto de vista más compasivo. En lugar de decir: “Lo he arruinado”, podrías decir: “Esto no ha salido como pretendía, pero he hecho todo lo que he podido”.
Y los días en que el sentimiento de culpa sea especialmente fuerte, contrarréstalo dedicando unos minutos a enfocarte específicamente en lo que has hecho bien ese día, dijo Dale Atkins, psicóloga de Nueva York y autora de I’m OK, You’re My Parents. Dijo: “Esto no es un antídoto contra la culpa, pero debería ser un aliado porque ayudará a reducir la angustia”.
El día que hablé con Reid, su pequeña victoria contra el persistente sentimiento de culpa fue que por fin había programado su mamografía. La mía: compré una bolsa de semillas para llenar mi comedero de pájaros vacío y así dejar de imaginar pájaros temblorosos, débiles por el hambre.
Practica aceptar que los demás se sentirán decepcionados
Recuérdate a ti mismo que si satisfaces a la gente en un ámbito de tu vida —trabajo, familia, amigos— es posible que defraudes a la gente en otro ámbito, dijo Reid. Quizá tu hermana quiera verte este fin de semana, pero el trabajo te ha agotado y tienes que descansar.
“Intenta sentirte más cómodo con la idea de que es imposible evitar que defraudemos a los demás”, dijo Reid. “Sencillamente, no tenemos tiempo suficiente en el día para dedicarnos plenamente a todos los papeles que desempeñamos”.
En lugar de apurarte por evitar cualquier posible daño a los sentimientos de los demás, asume la responsabilidad de tu decisión, dijo, y deja espacio para cualquier sentimiento que pueda tener la persona.
Cada vez que hagas esto, ayudarás a disminuir tu sentimiento de culpa, al “normalizar la experiencia de la decepción para la gente”, de modo que no parezca “perjudicial o peligrosa”, dijo Reid. “La decepción es una señal de que hay algo que queríamos y que no hemos recibido. Eso es todo”.
Y sé franco sobre lo que puedes gestionar, dijo Atkins: “Puedes decir: ‘Ojalá pudiera hacer más, pero ahora mismo, esto es lo que puedo hacer bien’”.
Redirige los sentimientos de culpa hacia una acción decisiva
Si sientes que comienza a invadirte la culpa —por ejemplo, si no has hecho ejercicio en toda la semana y te sientes fatal—, Reid dijo que te preguntaras: ¿Cómo puedo aliviar este sentimiento de culpa de un modo que me resulte útil?
Piensa en una acción tangible y específica con la que te sientas cómodo, dijo Reid. “Por ejemplo, puedes hacer un plan para pasear a tu perro a primera hora de la mañana”, añadió.
La clave no está en castigarse o sobrecompensar, dijo, sino en pensar en una forma de seguir adelante, en lugar de obsesionarse con lo que hiciste.
Mañana he quedado con una amiga cuyo cumpleaños olvidé. Desayunaremos bagels, y antes iré corriendo a comprarle un ramo de tulipanes rosas al supermercado. Bueno, quizá dos ramos.
Los expertos nos dieron sus consejos de bienestar favoritos. Estos son sus mantras para la vida
Si eres como yo, la culpa puede ser una “experiencia cotidiana”, dijo Jennifer Reid, autora del nuevo libro Guilt Free: Reclaiming Your Life From Unreasonable Expectations.
Esta emoción compleja y a veces dolorosa puede motivarte a hacer cambios positivos, como reducir tu huella de carbono o reparar una relación. Pero la culpa también puede ser excesiva o insana. E incluso cuando no lo es, dijo Reid, puede provocar ansiedad e ira.
Hablé con Reid sobre cómo gestionar la culpa cuando te está hundiendo.
Enfócate en tus acciones, no en tu carácter
A veces, cuando hacemos algo que nos hace sentir culpables (“hoy no he hecho nada productivo”), lo convertimos en un defecto de carácter (“soy un vago”). Esta tendencia a generalizar en exceso es una forma de distorsión cognitiva: una percepción o creencia inexacta que puede tener un efecto negativo en nuestra salud mental.
Si te sientes culpable por algo que has hecho, dijo Reid, enfócate en tus acciones. “Olvidaste el cumpleaños de tu amigo”, dijo. “Eso es distinto a decirte a ti mismo: ‘Soy un mal amigo’”.
Prueba tener un poco de autocompasión
La culpa es una emoción “pegajosa” que puede persistir o convertirse en un hábito, dijo Reid, profesora clínica adjunta de psiquiatría en la Universidad de Pensilvania. Pero puedes desafiar ese sentimiento si acallas a tu crítico interior.
Empieza por preguntarte si las expectativas que te habías fijado eran realistas o justas, dijo. (Hace poco, se examinó a sí misma porque se estaba sintiendo culpable de que sus hijos estuvieran en las pantallas un día que no fueron a la escuela por la nieve).
También puedes intentar hablarte a ti mismo como si estuvieras consolando a un amigo, añadió, y replantea la situación desde un punto de vista más compasivo. En lugar de decir: “Lo he arruinado”, podrías decir: “Esto no ha salido como pretendía, pero he hecho todo lo que he podido”.
Y los días en que el sentimiento de culpa sea especialmente fuerte, contrarréstalo dedicando unos minutos a enfocarte específicamente en lo que has hecho bien ese día, dijo Dale Atkins, psicóloga de Nueva York y autora de I’m OK, You’re My Parents. Dijo: “Esto no es un antídoto contra la culpa, pero debería ser un aliado porque ayudará a reducir la angustia”.
El día que hablé con Reid, su pequeña victoria contra el persistente sentimiento de culpa fue que por fin había programado su mamografía. La mía: compré una bolsa de semillas para llenar mi comedero de pájaros vacío y así dejar de imaginar pájaros temblorosos, débiles por el hambre.
Practica aceptar que los demás se sentirán decepcionados
Recuérdate a ti mismo que si satisfaces a la gente en un ámbito de tu vida —trabajo, familia, amigos— es posible que defraudes a la gente en otro ámbito, dijo Reid. Quizá tu hermana quiera verte este fin de semana, pero el trabajo te ha agotado y tienes que descansar.
“Intenta sentirte más cómodo con la idea de que es imposible evitar que defraudemos a los demás”, dijo Reid. “Sencillamente, no tenemos tiempo suficiente en el día para dedicarnos plenamente a todos los papeles que desempeñamos”.
En lugar de apurarte por evitar cualquier posible daño a los sentimientos de los demás, asume la responsabilidad de tu decisión, dijo, y deja espacio para cualquier sentimiento que pueda tener la persona.
Cada vez que hagas esto, ayudarás a disminuir tu sentimiento de culpa, al “normalizar la experiencia de la decepción para la gente”, de modo que no parezca “perjudicial o peligrosa”, dijo Reid. “La decepción es una señal de que hay algo que queríamos y que no hemos recibido. Eso es todo”.
Y sé franco sobre lo que puedes gestionar, dijo Atkins: “Puedes decir: ‘Ojalá pudiera hacer más, pero ahora mismo, esto es lo que puedo hacer bien’”.
Redirige los sentimientos de culpa hacia una acción decisiva
Si sientes que comienza a invadirte la culpa —por ejemplo, si no has hecho ejercicio en toda la semana y te sientes fatal—, Reid dijo que te preguntaras: ¿Cómo puedo aliviar este sentimiento de culpa de un modo que me resulte útil?
Piensa en una acción tangible y específica con la que te sientas cómodo, dijo Reid. “Por ejemplo, puedes hacer un plan para pasear a tu perro a primera hora de la mañana”, añadió.
La clave no está en castigarse o sobrecompensar, dijo, sino en pensar en una forma de seguir adelante, en lugar de obsesionarse con lo que hiciste.
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miércoles, 29 de abril de 2026
¿Sánchez una mierda? ¿Marlaska una rata? El lenguaje que anticipa la barbarie
El líder de Vox, Santiago Abascal, acaba de referirse al presidente del gobierno llamándole «mierda» y ha calificado al ministro del Interior como «rata».
No es poca cosa.
Cuando un dirigente político utiliza esas expresiones no se está limitando a comportarse como un grosero. No es simplemente un malhablado que carece de educación. Es alguien que está cruzando una línea para indicar a sus seguidores que todo vale contra el otro, que el diferente no merece respeto y que puede ser despreciado y vejado sin límite alguno.
Si algo nos enseñó el siglo XX es que no hay que hacer explotar bombas nucleares para que la convivencia se destruya y las sociedades se destrocen a sí mismas. La historia nos mostró que las grandes catástrofes no empiezan con hornos ni con fosas comunes, sino mucho antes, en el terreno aparentemente inofensivo del lenguaje. Antes de la maquinaria de exterminio nazi hubo algo más sencillo y peligroso: discursos transformando al adversario en amenaza, al diferente en plaga y a seres humanos en problema. La maquinaria de muerte sólo se puso en marcha cuando antes se habían hecho cotidianas y banales las palabras que deshumanizan sistemáticamente al otro.
Lo que está ocurriendo hoy en el mundo es bastante diferente, por muchas razones, de aquel desastre, pero el mecanismo que produce la barbarie es el mismo: extender la idea de que hay seres y vidas humanas que valen menos que otros.
No hace falta construir cámaras de gas ni disparar cañones para entrar en el territorio peligroso de la barbarie. Basta con aceptar que hay personas a las que se puede insultar como animales, tratar como simples números, o borrar del mapa cuando convenga.
Eso es lo que ahora ya estamos viviendo. Abascal llama mierda a Pedro Sánchez (ya lo llamó en su día «hijo de puta») o rata a un ministro; Trump considera que sus adversarios políticos son «alimañas» a las que hay que «erradicar»; dirigentes israelíes afirman que los palestinos son «animales horribles e inhumanos»; Milei dijo en el Foro Económico de Madrid que había que acabar con «los socialistas de mierda», mientras los 700 liberales allí reunidos gritaban «Pedro Sánchez, hijo de puta, Pedro Sánchez, hijo de puta, Pedro Sánchez, hijo de puta».
Son sólo algunos ejemplos, pero lo importante es lo que hay detrás, porque sabemos que el problema no es la violencia y la guerra cuando ya se han desatado. Es su justificación previa. Es el lenguaje que la hace digerible, que la convierte en coloquial, necesaria e incluso en virtuosa y natural. Es la comodidad y la impunidad con la que se difunden palabras, insultos y amenazas que tendrían que helarnos la sangre y el corazón, pero que ya empezamos a asumir como normales.
Hay que decirlo. Cuando al adversario político se le llama «alimaña» o “rata”, cuando individuos o colectivos de personas son descritos como “basura” o «mierda», o señalados como una amenaza existencial («los nacionales primero»), lo que se pone en juego y se degrada no es solo el tono del debate público. Es algo más profundo, la idea de que formamos parte de una humanidad compartida y que no todo puede estar permitido para que unos se impongan sobre otros.
La diferencia entre una sociedad sana y la que se desliza hacia la barbarie, la destrucción y la muerte no se encuentra en los grandes gestos, sino en esos términos que ya casi nos empiezan a pasar desapercibidos, en esos desplazamientos hacia el mal, tan aparentemente pequeños, que incluso se hacen pasar por una gracieta («me gusta la fruta», para llamar hijo de puta al presidente democrático de un país).
Las sociedades no se rompen de golpe. Se deslizan poco a poco, palabra a palabra, insulto a insulto. Primero se tolera, luego se aplaude, después se vota. Y, cuando nos queremos dar cuenta, ya es demasiado tarde para decir que no sabíamos hacia dónde nos llevaba todo lo que estábamos oyendo.
No es poca cosa.
Cuando un dirigente político utiliza esas expresiones no se está limitando a comportarse como un grosero. No es simplemente un malhablado que carece de educación. Es alguien que está cruzando una línea para indicar a sus seguidores que todo vale contra el otro, que el diferente no merece respeto y que puede ser despreciado y vejado sin límite alguno.
Si algo nos enseñó el siglo XX es que no hay que hacer explotar bombas nucleares para que la convivencia se destruya y las sociedades se destrocen a sí mismas. La historia nos mostró que las grandes catástrofes no empiezan con hornos ni con fosas comunes, sino mucho antes, en el terreno aparentemente inofensivo del lenguaje. Antes de la maquinaria de exterminio nazi hubo algo más sencillo y peligroso: discursos transformando al adversario en amenaza, al diferente en plaga y a seres humanos en problema. La maquinaria de muerte sólo se puso en marcha cuando antes se habían hecho cotidianas y banales las palabras que deshumanizan sistemáticamente al otro.
Lo que está ocurriendo hoy en el mundo es bastante diferente, por muchas razones, de aquel desastre, pero el mecanismo que produce la barbarie es el mismo: extender la idea de que hay seres y vidas humanas que valen menos que otros.
No hace falta construir cámaras de gas ni disparar cañones para entrar en el territorio peligroso de la barbarie. Basta con aceptar que hay personas a las que se puede insultar como animales, tratar como simples números, o borrar del mapa cuando convenga.
Eso es lo que ahora ya estamos viviendo. Abascal llama mierda a Pedro Sánchez (ya lo llamó en su día «hijo de puta») o rata a un ministro; Trump considera que sus adversarios políticos son «alimañas» a las que hay que «erradicar»; dirigentes israelíes afirman que los palestinos son «animales horribles e inhumanos»; Milei dijo en el Foro Económico de Madrid que había que acabar con «los socialistas de mierda», mientras los 700 liberales allí reunidos gritaban «Pedro Sánchez, hijo de puta, Pedro Sánchez, hijo de puta, Pedro Sánchez, hijo de puta».
Son sólo algunos ejemplos, pero lo importante es lo que hay detrás, porque sabemos que el problema no es la violencia y la guerra cuando ya se han desatado. Es su justificación previa. Es el lenguaje que la hace digerible, que la convierte en coloquial, necesaria e incluso en virtuosa y natural. Es la comodidad y la impunidad con la que se difunden palabras, insultos y amenazas que tendrían que helarnos la sangre y el corazón, pero que ya empezamos a asumir como normales.
Hay que decirlo. Cuando al adversario político se le llama «alimaña» o “rata”, cuando individuos o colectivos de personas son descritos como “basura” o «mierda», o señalados como una amenaza existencial («los nacionales primero»), lo que se pone en juego y se degrada no es solo el tono del debate público. Es algo más profundo, la idea de que formamos parte de una humanidad compartida y que no todo puede estar permitido para que unos se impongan sobre otros.
La diferencia entre una sociedad sana y la que se desliza hacia la barbarie, la destrucción y la muerte no se encuentra en los grandes gestos, sino en esos términos que ya casi nos empiezan a pasar desapercibidos, en esos desplazamientos hacia el mal, tan aparentemente pequeños, que incluso se hacen pasar por una gracieta («me gusta la fruta», para llamar hijo de puta al presidente democrático de un país).
Las sociedades no se rompen de golpe. Se deslizan poco a poco, palabra a palabra, insulto a insulto. Primero se tolera, luego se aplaude, después se vota. Y, cuando nos queremos dar cuenta, ya es demasiado tarde para decir que no sabíamos hacia dónde nos llevaba todo lo que estábamos oyendo.
Fuente:
P.D.: Los insultos y el mal trato verbal es el umbral del crimen y el asesinato. Recuerden los inicios del nazismo, el fascismo y el levantamiento contra la II República...
¿El PP y Vox no tienen limites ni líneas rojas en la creación de un clima de enfrentamientos e insultos donde no haya respeto por los derechos del adversario y la democracia sea difícil de mantener...?
Entrevista a Alberto Garzón Espinosa exministro de Consumo y excoordinador federal de Izquierda Unida «La izquierda tradicional ha sido educada en los combustibles fósiles, ahora necesitamos una izquierda que aborde problemas que no estaban en Marx»

Fuentes: Climática [Foto: Mateo Lanzuela / Europa Press via Reuters Connect]
El exministro de Consumo y excoordinador federal de Izquierda Unida subraya la necesidad de reducir el consumo energético en su ensayo ‘La guerra por la energía’ (Península).
Alberto Garzón (Logroño, 9 de octubre de 1985) dejó la primera línea de la política en 2023 tras protagonizar uno de los debates más incómodos de los últimos años: el impacto ambiental de la alimentación y el papel de las macrogranjas en la crisis ecológica. Hoy, alejado del corsé institucional, investiga economía biofísica en el Instituto de Ciencia y Tecnología Ambiental de la Universitat Autònoma de Barcelona (ICTA-UAB).
En su nuevo libro, La guerra por la energía (Península), recorre la historia de la humanidad para mostrar cómo la pugna por el control de la energía ha moldeado las sociedades, impulsado imperios y alimentado conflictos, hasta desembocar en la actual crisis climática. Lejos de un ejercicio académico, el ensayo es también una llamada a la acción política para impulsar una transición ecosocial y defender la democracia. “Nuestra supervivencia colectiva depende de nuestra capacidad para frenar la expansión material y reorganizar nuestras sociedades dentro de los límites del planeta”, advierte.
Su libro resalta que la Tierra tiene unos límites biofísicos ya transgredido. Habla de la necesidad de cerrar la caja de Pandora, concretamente de los límites energéticos. ¿Por qué se sigue actuando políticamente como si estos límites no existiesen?
Porque no somos conscientes de que vivimos en una anomalía histórica. El libro tiene la pretensión, quizás excesivamente ambiciosa, de hacer un recorrido histórico desde las sociedades de cazadores recolectores. Esa perspectiva permite ubicar la anomalía histórica que significan las sociedades industriales y el uso intensivo de combustibles fósiles que nos ha permitido vivir con unas condiciones materiales de vida impensables en épocas anteriores. Estamos hablando de los últimos 250 años en un marco de 200.000 o 300.000 años de historia del Homo sapiens. Esta caja de Pandora que permite haber vivido con una potencia extra a la hora de hacer trabajos, una productividad espectacular con el desarrollo tecnológico, tiene una contracara. Los científicos han puesto ya sobre la mesa que una de esas consecuencias es el desequilibrio de los parámetros del sistema Tierra y, entre ellos, el cambio climático.
El análisis que planteo es: ¿Cómo somos capaces de imaginar una sociedad que sin usar combustibles fósiles no sea un retroceso al pasado? Es decir, una sociedad que pueda tener una base energética distinta, necesariamente limpia, pero preservando todas las mejoras de bienestar. Ese es el gran reto. Hemos vivido una anomalía de la cual no somos conscientes porque nosotros tenemos una visión de generación. Eso explica el desinterés político por un pensamiento de medio y largo plazo, porque el pensamiento político está mucho más concentrado en las siguientes elecciones. Hay una contradicción entre el ciclo corto de la política y el ciclo medio-largo plazo que necesita la humanidad para repensarse.
Su ensayo arranca destacando cómo Fritz Haber logró aumentar a gran escala la producción de alimentos gracias al uso de fertilizantes químicos. En la actualidad hay quienes anhelan este tipo de milagros y esperan que la producción de hidrógeno verde o la captación de carbono permita mantener el consumo energético. ¿Qué opinión le merecen estas posiciones?
Creo que las posiciones tecnooptimistas no son ingenuas. El ser humano ha sido capaz de desarrollar grandes tecnologías y tiene un potencial de innovación muy alto. El problema es que tú no tienes garantizado que vayas a encontrar soluciones tecnológicas a los problemas urgentes que tenemos y, por lo tanto, estás asumiendo una cantidad de riesgos muy elevados. Si los sistemas de captura de carbono, que apenas están siendo útiles, no funcionan en el medio plazo, lo que tienes es la aniquilación de la especie humana. El riesgo es elevadísimo.
Es más razonable entender que debemos usar la tecnología, sin dejar de seguir investigando de manera que aceleremos toda la transición energética, pero compatibilizándolo con algo que podemos hacer hoy: decrecer el consumo de recursos materiales y de energía. Decrecer el consumo de energía no implica una reducción del bienestar material, simplemente implica una priorización de a qué dedicas la energía y los recursos materiales. Es una discusión política como si quieres dedicar recursos a la guerra o quieres dedicar recursos a la educación y a la sanidad.
El IPCC señala que la alimentación es responsable de un tercio de las emisiones de gases de efecto invernadero. Indica que una kilocaloría de cordero puede requerir hasta 57 de energía fósil. ¿Qué nos dice esto sobre nuestro modelo alimentario?
Que es absolutamente irracional y que no tiene sentido en términos históricos. Previamente a la utilización masiva de combustibles fósiles, no había ningún ser humano que dedicara más energía a la tarea que le iba a conducir a obtener alimentación. Cuando tienes un regalo, un stock gratuito aparentemente, como son los combustibles fósiles, te puedes saltar esa lógica. Ahora, como se dice popularmente, estamos cultivando patatas con petróleo. Hemos sido capaces de incrementar mucho la fertilidad de la tierra, pero a costa de un uso intensivo de fertilizantes que requieren para su producción una intensidad brutal de gas natural. Pero también necesitamos tractores, maquinaria pesada, necesitamos el transporte de esos productos…
Para conseguir alimento entendido como energía, estamos gastando más energía de la que obtenemos. Esto no es sostenible en el tiempo. Ojo, en el tiempo no significa nuestra generación, sino que en el medio plazo esto es insostenible. Esto nos obliga a repensar el modo de alimentarnos y a tener una producción que sea menos intensiva en el consumo de combustibles fósiles. Además, así reducimos el impacto de todas las consecuencias que pueden desatarse a nivel alimentario de la sequía, las inundaciones, afectaciones de diferente naturaleza a la tierra y a la capacidad de cultivar.
Fue ministro de Consumo durante tres años (2020-2023). ¿Qué medidas le hubiese gustado tomar y no fue posible?
Hay muchas. Nosotros fuimos, porque así me empeñé yo, quienes trasladaban el consenso científico al foro público. Eso produjo una serie de choques que tenían que ver con la ideología y no con la ciencia. Uno de ellos era hablar del modo en el que nos alimentamos, de una reducción del consumo de carne. En última instancia, se trataba de abrir un debate para que se entendiera bien que nuestras decisiones de consumo no eran neutras. Que cuando tú ibas al supermercado y cogías algo de la estantería, aunque te pareciera invisible, detrás había relaciones sociales y relaciones ecológicas. Había una cadena de valor que implicaba, en muchos casos, explotación laboral, de recursos naturales, pérdida de biodiversidad.
Lo que mejor representaba todo eso eran las famosas macrogranjas porque eran, y siguen siendo, una condensación de todas las contradicciones del sistema. Las macrogranjas expulsan socialmente a la ganadería tradicional, que no es competitiva frente a estos modelos altamente intensivos. Su producción contamina los suelos y el agua, contamina a través de los gases de efecto invernadero como el metano y agrava el cambio climático. Además, con la propia alimentación de los animales se produce deforestación en los lugares desde donde se importa la soja.
Este debate se produjo en un contexto muy complicado, acaba de surgir la pandemia. La polarización política en España impide un debate racional sobre estas cuestiones. Pero sí creo que conseguimos que mucha gente se pusiera a pensar en esos elementos invisibles que hay detrás de un acto de consumo. Hablo de la carne, pero podemos hablar de los smartphones o de todo tipo de productos de uso cotidiano que detrás encierran relaciones de explotación, de degradación ambiental, de desigualdades internacionales.
Y desde un ministerio humilde intentamos poner otra serie de medidas de naturaleza modesta como fomentar el consumo más cercano. Pero el impacto más grande fue que abrimos la grieta. Ese debate sobre las macrogranjas no se había producido en España en el foro público, se había producido en la ciencia, entre los médicos, entre los investigadores… Pero que de repente saliera en el telediario permitió que llegara mucha gente que nunca lee un paper pero que quiere participar de esos debates.
¿Qué se debería hacer en el ámbito de los transportes? El Gobierno ha planteado suprimir vuelos que tengan una alternativa en tren de dos horas y media. ¿Cree que será una realidad en el corto plazo?
Es necesario. Tarde o temprano se va a producir el ajuste. La cuestión es si queremos que sea de una manera forzada en la que de repente tienes que dejar de hacer cosas porque no tienes combustibles o porque el cambio climático ya te impide relacionarte como te relacionabas antes en términos sociales. O si tú prefieres hacerlo paulatinamente, permitiendo que la sociedad se vaya adaptando. Hay que reducir al máximo aquellas actividades que son perjudiciales para el planeta.
Eso implica hablar de cosas que están muy insertadas en nuestra vida cotidiana y que incluso identificamos como ciudadanos como parte de nuestro bienestar, como algo que va a estar para siempre. Esto en el caso del sector del turismo es muy evidente. El turismo de larga distancia tiene una huella de carbono brutal, es una anomalía histórica, no ha existido nunca y, probablemente, no va a existir siempre porque es imposible sostener este modelo con la tecnología actual.
Si tú te pones a plantear cómo puedes reducir a nivel social tu huella de consumo, tienes que ser capaz de identificar qué tipo de actividades tienen más intensidad energética. Y es evidente que hay algunas como la sanidad o la educación que tienen una huella de carbono residual en comparación con sectores como el turismo. En particular, los desplazamientos con jets privados o los vuelos comerciales de corta distancia es evidente que tienen que ser abordados de alguna manera. Pero no existe la valentía de hacerlo porque significaría reconocer que no es sostenible un modelo que se ha vendido durante décadas como el avance hacia la sociedad desarrollada.
¿No es complicado persuadir a la ciudadanía de la conveniencia de dejar de coger un avión sin exigir un recorte de privilegios a millonarios que tienen una mayor huella de carbono?
Claro. Además es que hay una parte cínica en el greenwashing, en todo el discurso ecologista llevado a cabo por grandes multinacionales, por grandes patrimonios, cuya huella de carbono supera por mucho a la de la mayoría de los ciudadanos corrientes. Entonces, evidentemente, hay una hipocresía si se le está pidiendo un esfuerzo a una parte de la población y no a la parte que más capacidad de acción tiene.
Sin embargo, eso no debe llevarnos a la parálisis. Esto es utilizado muchas veces como un ‘pues entonces no hago nada’. Entonces, ‘hasta que China no deje de contaminar, hasta que los millonarios no dejen de subirse a los aviones, yo tampoco voy a modificar mis hábitos de consumo’. Es un error. Aunque está más o menos claro que no vamos a poder cumplir el objetivo de 1,5 ℃ por encima de la preindustrial, el objetivo de los Acuerdos de París, las consecuencias, sin saber a ciencia cierta cuáles van a ser, sin duda van a ser menores con un 1,6 ℃ que con un 1,7 ℃. No podemos caer en el cinismo de decir que somos ecologistas y no hacer nada, eso también es un tipo de negacionismo climático.
“La construcción de los transportes públicos debería ser una prioridad, pero no lo está siendo”
España necesita un transporte público robusto en las ciudades. Sin embargo, en Catalunya hay muchos problemas con el servicio de Rodalies. ¿Cree que ha habido una falta de inversión? ¿Cómo se abordaba este tema cuando estaba en el Gobierno?
Desde hace mucho tiempo hay unos déficits que se van acumulando. La situación en 2026 tiene que ver con no haberlo pensado de una manera holística o global. Si lo que queremos es reducir el impacto de la flota de vehículos de combustible fósil, y somos además conscientes de que es prácticamente imposible sustituir toda esta flota por vehículos eléctricos, la única forma de conseguir esos objetivos es teniendo una red de transporte público mucho más fortalecida, eficaz y eficiente. Esto implica un rediseño de las ciudades en muchos casos porque han sido construidas pensando en el transporte privado.
La construcción de los transportes públicos debería ser una prioridad, pero no lo está siendo. Evidentemente, es una partida presupuestaria que requeriría una inversión muy grande, pero es una urgencia. No solo implicaría una reducción de la huella de carbono, sino que mejoraría la vida de la gente. Una parte importante de los problemas occidentales es el tiempo que se pierde en el en desplazarte con tu vehículo privado desde tu residencia hasta tu centro de trabajo.
Pero no hemos encontrado todavía, desgraciadamente, y yo lo he debatido en el Gobierno, una perspectiva sobre el transporte que sea multidisciplinar. Eso explica por qué en nuestro país está tan infradesarrollado el transporte de mercancías por ferrocarril, que debería ser una fórmula central para retirar de la carretera a los camiones, reduciendo un impacto de carbono tremendo. Tiene otros problemas, evidentemente, de naturaleza política con ganadores y perdedores. Pero si hubiese una partida presupuestaria, si la Comisión Europea de verdad creyera que es una prioridad, podría dedicar muchos recursos. Mientras tanto, nuestra población va creciendo, nuestras infraestructuras se van desgastando y la gente no tiene incentivos para coger el transporte público.
Otra medida que menciona para mejorar la vida de la gente es la reducción de la jornada laboral manteniendo el salario. ¿Qué impacto puede tener esto en el consumo energético?
Hay que darle la vuelta a la concepción tradicional de lo que es la economía y los éxitos económicos. Nos hemos educado con esa cosmovisión de que el crecimiento económico implica que nuestro objetivo es producir más en el menor tiempo posible. Las ganancias de productividad se dedican a crecer más rápido. Somos como un hámster en una rueda. Todo lo que hacemos sirve para crecer más y más. Cuando en realidad tenemos otra opción como sociedad. Si tenemos ganancias de productividad, eso puede implicar producir lo mismo y trabajar menos tiempo, en lugar de producir más en el mismo tiempo. Dicho un poco burdo, significaría poner la economía al servicio de la vida y no la vida al servicio de la economía. Porque hoy, a pesar de los avances tecnológicos, nuestras jornadas laborales siguen siendo idénticas, o incluso peores, y nuestras condiciones de trabajo siguen siendo idénticas, o incluso peores.
Nuestras ganancias de productividad no se han dedicado a los elementos que nos dan felicidad en la vida, como tener más tiempo de ocio, de disfrute, de dedicar la vida de otras maneras. Este ha sido un debate vetado, pero si incorporas la dimensión ecológica y entiendes que ese incremento infinito de la producción es imposible, ya estás obligado a sacar este debate. La reducción de la jornada del trabajo tiene que ver con una dinámica social en la que el objetivo tiene que ser producir para satisfacer necesidades y para vivir mejor dentro de los límites del planeta. Y creo que la sociedad en conjunto, pero sobre todo los economistas, no están preparados para tener este debate todavía.
“Donald Trump no es ningún loco”
Afirma que necesitamos una transición ecosocial y que, si no somos capaces de articular esto, nos dirigimos hacia un escenario de barbarie. También señala que “Trump no es un loco”, sino que está intentando tener el máximo posible de recursos para su país. ¿Cómo podemos defendernos de esta deriva tan autoritaria que encabeza Estados Unidos?
Lo primero es entender que la psicología de los personajes influye, pero no es lo que explica las grandes tendencias. La política de Estados Unidos se tiene que entender haciendo uso de lo que yo intento explicar en el libro, que es esa interfaz entre ecología, economía y geopolítica. Estados Unidos utilizó el libre mercado mientras era la economía más fuerte. En el momento en el que China le rivaliza tecnológicamente y económicamente, Estados Unidos cambia su orientación estratégica y vuelve a las políticas proteccionistas. Por lo tanto, detrás de sus políticas hay una estrategia y no un capricho.
El crecimiento de las extremas derechas, aunque no sea de forma explícita, sí está respondiendo al nuevo contexto de la crisis ecosocial en el que se reconoce la escasez de determinados recursos, como los minerales críticos. Asumen que la única manera de preservar sus privilegios en la división internacional del trabajo es retornar a las prácticas de la coerción, de la violencia, de la intimidación frente a otras naciones. Eso lo está haciendo Estados Unidos de una manera muy clara a la hora de querer Groenlandia por las rutas estratégicas, por los minerales críticos, al querer Venezuela por el petróleo o al disputarse con China toda la parte de recursos minerales. El acuerdo de paz del 4 de diciembre entre el Congo y Ruanda fue firmado por Donald Trump e incorporaba una cláusula de privilegio de las multinacionales estadounidenses para la extracción y exportación de minerales críticos como el cobalto, necesario para la transición energética y para los productos electrónicos.
“Necesitamos plantear una alternativa donde sí se puedan compartir todos los bienes, los recursos y la energía dentro de los límites que el planeta impone”
La dinámica en el fondo de estos movimientos es que si la energía y sobre todo los recursos naturales son escasos, ellos no los quieren compartir. Ellos no están pensando en una Sociedad de Naciones Unidas donde se reparten los recursos y la energía se distribuye de una forma más justa. Ellos están pensando en apropiárselo si hace falta por la fuerza para beneficio de una población más pequeña que en estos proyectos suele coincidir con la población blanca, una población nacionalista étnica. Esto es lo que está detrás de todas las extremas derechas. Solo si entendemos eso seremos capaces de abordar a la extrema derecha como se merece y no es como un accidente, sino como un desarrollo con intereses materiales detrás. Lo que yo propongo tiene que ver con cómo somos capaces de organizarnos de una manera política los que no estamos de acuerdo con esa senda. Necesitamos plantear una alternativa donde sí se puedan compartir todos los bienes, los recursos y la energía del planeta dentro de los límites que el planeta impone.
Por tanto, se necesitan políticas valientes.
¡Claro! Políticas valientes y políticas que son nuevas. El libro tiene la pretensión de poner sobre la mesa también las propias contradicciones de la izquierda tradicional porque ha sido productivista, educada y criada en esta anomalía histórica de los combustibles fósiles. Ahora necesitamos una izquierda capaz de abordar otros problemas que no estaban identificados en los pensadores clásicos como Marx. Y para mí una parte importante de todo esto es no caer en el fatalismo. Es muy fácil caer en el fatalismo, solo hay que ver los telediarios o leer noticias sobre el cambio climático para que nos entre esa ecoansiedad que nos paraliza.
Necesitamos una transición energética o ecológica y decrecimiento al mismo tiempo. Porque si hacemos una transición energética sin decrecimiento, para mí es una quimera con muchísimos riesgos. Y si hacemos decrecimiento sin transición energética es volver a los parámetros de las sociedades previas a la revolución industrial, que son las sociedades agrarias. Y eso creo que, aunque a veces se dibuja de una manera romántica, tanto ese estado final como la transición son fundamentalmente violentos y perjudiciales para la vida tal y como la conocemos. Mi postura es acelerar en la transición energética todo lo posible para abordar esas urgencias como la del cambio climático y ser capaces de construir sociedades dentro de los límites del planeta. Eso es pura política.
También reflexiona sobre cómo Gaza es un símbolo de degradación moral, de la caída del orden internacional liberal y una rotura con un mínimo respeto por los derechos humanos, así como los valores cristianos. Y alaba cómo referentes ecologistas como Greta Thunberg lo han visibilizado. ¿Está en peligro la democracia si no se impulsa una transición ecosocial justa?
La democracia es una magnífica y bella idea muy joven. La democracia moderna, no me refiero a la ateniense donde se excluía una parte de la población, está constituida a partir de la propia idea de los derechos humanos. Ese concepto es relativamente nuevo y verdaderamente frágil. Y, de hecho, creo que esa concepción está en retirada. No solo porque la mayor parte de la población mundial no viva bajo modelos democráticos, sino porque está amenazada en muchos lugares como Estados Unidos, que está al borde de perderla, y en otros muchos donde la extrema derecha ha normalizado cosas que antes eran impensables o estaban fuera del debate, como el odio al inmigrante, el odio al diferente. Esto choca con la cosmovisión de los derechos humanos, pero también con la cosmovisión cristiana en la que todos somos hijos de Dios y no cabe el odio al inmigrante.
Estamos viendo que ante una crisis ecosocial se impone la fórmula del sálvese quien pueda, la ley del más fuerte. Esto vale para la geopolítica pero también vale para el ámbito nacional, en el que se deterioran todas las instituciones que hablan de solidaridad y empieza a ganar fuerza un discurso que dice “si queda poco que sea mejor que sea para mí”. No seamos hipócritas con las barreras a la inmigración. Hay un muro de Estados Unidos con México y también en el propio Mediterráneo entre la Unión Europea. En el fondo, el mensaje es el mismo: ustedes no pueden entrar, sus recursos sí. Necesitamos ser capaces de oponer una alternativa a esa degradación moral, a esa degradación institucional, porque efectivamente pone en riesgo la propia democracia.
Ejemplo de ello es que series cómo Years and Years o El cuento de la criada hoy parecen absolutamente verosímiles porque se han acercado mejor a fenómenos históricos que ahora se reproducen con sus variaciones, como el del ascenso del fascismo y del nazismo. Y es que son procesos graduales, no es una catástrofe de un día para otro. Son procesos en los que los principios y los valores que parecían eternos de democracia y solidaridad se van desgastando, se van devaluando. Y de repente, un día, te encuentras con que hay unos encapuchados que ejecutan a un tipo que simplemente protestaba en la calle y el Gobierno justifica esa ejecución. Eso requiere que la sociedad despierte para proteger la democracia, porque no es un bien que esté asegurada su supervivencia en el tiempo.
De cara a futuras elecciones, ¿ve posible una unión en la izquierda para hacer frente a todos estos retos?
Sería ideal, pero soy escéptico. Creo que la izquierda necesita entender la urgencia del problema porque si así lo hace será más tolerante con las alianzas que hacen falta para sumar músculo suficiente para poner en marcha las políticas que planteamos. Si no, triunfará esa versión más gris del ecologismo que es una posición más defensiva y derrotista. No debemos paralizarnos, estamos a tiempo de que los impactos ecológicos sean menores de lo que podrían ser. Estamos a tiempo de preservar el bienestar material y la propia democracia como la concebimos idealmente.
¿Se plantea volver a la primera línea política en algún momento?
No. Le toca a otras personas. Me parece legítimo que algunas personas continúen y me parece que es un capital político que tienen que emplear bien, pero en mi caso en particular yo sigo en política desde otras trincheras. Ahora les toca a otros.
En su nuevo libro, La guerra por la energía (Península), recorre la historia de la humanidad para mostrar cómo la pugna por el control de la energía ha moldeado las sociedades, impulsado imperios y alimentado conflictos, hasta desembocar en la actual crisis climática. Lejos de un ejercicio académico, el ensayo es también una llamada a la acción política para impulsar una transición ecosocial y defender la democracia. “Nuestra supervivencia colectiva depende de nuestra capacidad para frenar la expansión material y reorganizar nuestras sociedades dentro de los límites del planeta”, advierte.
Su libro resalta que la Tierra tiene unos límites biofísicos ya transgredido. Habla de la necesidad de cerrar la caja de Pandora, concretamente de los límites energéticos. ¿Por qué se sigue actuando políticamente como si estos límites no existiesen?
Porque no somos conscientes de que vivimos en una anomalía histórica. El libro tiene la pretensión, quizás excesivamente ambiciosa, de hacer un recorrido histórico desde las sociedades de cazadores recolectores. Esa perspectiva permite ubicar la anomalía histórica que significan las sociedades industriales y el uso intensivo de combustibles fósiles que nos ha permitido vivir con unas condiciones materiales de vida impensables en épocas anteriores. Estamos hablando de los últimos 250 años en un marco de 200.000 o 300.000 años de historia del Homo sapiens. Esta caja de Pandora que permite haber vivido con una potencia extra a la hora de hacer trabajos, una productividad espectacular con el desarrollo tecnológico, tiene una contracara. Los científicos han puesto ya sobre la mesa que una de esas consecuencias es el desequilibrio de los parámetros del sistema Tierra y, entre ellos, el cambio climático.
El análisis que planteo es: ¿Cómo somos capaces de imaginar una sociedad que sin usar combustibles fósiles no sea un retroceso al pasado? Es decir, una sociedad que pueda tener una base energética distinta, necesariamente limpia, pero preservando todas las mejoras de bienestar. Ese es el gran reto. Hemos vivido una anomalía de la cual no somos conscientes porque nosotros tenemos una visión de generación. Eso explica el desinterés político por un pensamiento de medio y largo plazo, porque el pensamiento político está mucho más concentrado en las siguientes elecciones. Hay una contradicción entre el ciclo corto de la política y el ciclo medio-largo plazo que necesita la humanidad para repensarse.
Su ensayo arranca destacando cómo Fritz Haber logró aumentar a gran escala la producción de alimentos gracias al uso de fertilizantes químicos. En la actualidad hay quienes anhelan este tipo de milagros y esperan que la producción de hidrógeno verde o la captación de carbono permita mantener el consumo energético. ¿Qué opinión le merecen estas posiciones?
Creo que las posiciones tecnooptimistas no son ingenuas. El ser humano ha sido capaz de desarrollar grandes tecnologías y tiene un potencial de innovación muy alto. El problema es que tú no tienes garantizado que vayas a encontrar soluciones tecnológicas a los problemas urgentes que tenemos y, por lo tanto, estás asumiendo una cantidad de riesgos muy elevados. Si los sistemas de captura de carbono, que apenas están siendo útiles, no funcionan en el medio plazo, lo que tienes es la aniquilación de la especie humana. El riesgo es elevadísimo.
Es más razonable entender que debemos usar la tecnología, sin dejar de seguir investigando de manera que aceleremos toda la transición energética, pero compatibilizándolo con algo que podemos hacer hoy: decrecer el consumo de recursos materiales y de energía. Decrecer el consumo de energía no implica una reducción del bienestar material, simplemente implica una priorización de a qué dedicas la energía y los recursos materiales. Es una discusión política como si quieres dedicar recursos a la guerra o quieres dedicar recursos a la educación y a la sanidad.
El IPCC señala que la alimentación es responsable de un tercio de las emisiones de gases de efecto invernadero. Indica que una kilocaloría de cordero puede requerir hasta 57 de energía fósil. ¿Qué nos dice esto sobre nuestro modelo alimentario?
Que es absolutamente irracional y que no tiene sentido en términos históricos. Previamente a la utilización masiva de combustibles fósiles, no había ningún ser humano que dedicara más energía a la tarea que le iba a conducir a obtener alimentación. Cuando tienes un regalo, un stock gratuito aparentemente, como son los combustibles fósiles, te puedes saltar esa lógica. Ahora, como se dice popularmente, estamos cultivando patatas con petróleo. Hemos sido capaces de incrementar mucho la fertilidad de la tierra, pero a costa de un uso intensivo de fertilizantes que requieren para su producción una intensidad brutal de gas natural. Pero también necesitamos tractores, maquinaria pesada, necesitamos el transporte de esos productos…
Para conseguir alimento entendido como energía, estamos gastando más energía de la que obtenemos. Esto no es sostenible en el tiempo. Ojo, en el tiempo no significa nuestra generación, sino que en el medio plazo esto es insostenible. Esto nos obliga a repensar el modo de alimentarnos y a tener una producción que sea menos intensiva en el consumo de combustibles fósiles. Además, así reducimos el impacto de todas las consecuencias que pueden desatarse a nivel alimentario de la sequía, las inundaciones, afectaciones de diferente naturaleza a la tierra y a la capacidad de cultivar.
Fue ministro de Consumo durante tres años (2020-2023). ¿Qué medidas le hubiese gustado tomar y no fue posible?
Hay muchas. Nosotros fuimos, porque así me empeñé yo, quienes trasladaban el consenso científico al foro público. Eso produjo una serie de choques que tenían que ver con la ideología y no con la ciencia. Uno de ellos era hablar del modo en el que nos alimentamos, de una reducción del consumo de carne. En última instancia, se trataba de abrir un debate para que se entendiera bien que nuestras decisiones de consumo no eran neutras. Que cuando tú ibas al supermercado y cogías algo de la estantería, aunque te pareciera invisible, detrás había relaciones sociales y relaciones ecológicas. Había una cadena de valor que implicaba, en muchos casos, explotación laboral, de recursos naturales, pérdida de biodiversidad.
Lo que mejor representaba todo eso eran las famosas macrogranjas porque eran, y siguen siendo, una condensación de todas las contradicciones del sistema. Las macrogranjas expulsan socialmente a la ganadería tradicional, que no es competitiva frente a estos modelos altamente intensivos. Su producción contamina los suelos y el agua, contamina a través de los gases de efecto invernadero como el metano y agrava el cambio climático. Además, con la propia alimentación de los animales se produce deforestación en los lugares desde donde se importa la soja.
Este debate se produjo en un contexto muy complicado, acaba de surgir la pandemia. La polarización política en España impide un debate racional sobre estas cuestiones. Pero sí creo que conseguimos que mucha gente se pusiera a pensar en esos elementos invisibles que hay detrás de un acto de consumo. Hablo de la carne, pero podemos hablar de los smartphones o de todo tipo de productos de uso cotidiano que detrás encierran relaciones de explotación, de degradación ambiental, de desigualdades internacionales.
Y desde un ministerio humilde intentamos poner otra serie de medidas de naturaleza modesta como fomentar el consumo más cercano. Pero el impacto más grande fue que abrimos la grieta. Ese debate sobre las macrogranjas no se había producido en España en el foro público, se había producido en la ciencia, entre los médicos, entre los investigadores… Pero que de repente saliera en el telediario permitió que llegara mucha gente que nunca lee un paper pero que quiere participar de esos debates.
¿Qué se debería hacer en el ámbito de los transportes? El Gobierno ha planteado suprimir vuelos que tengan una alternativa en tren de dos horas y media. ¿Cree que será una realidad en el corto plazo?
Es necesario. Tarde o temprano se va a producir el ajuste. La cuestión es si queremos que sea de una manera forzada en la que de repente tienes que dejar de hacer cosas porque no tienes combustibles o porque el cambio climático ya te impide relacionarte como te relacionabas antes en términos sociales. O si tú prefieres hacerlo paulatinamente, permitiendo que la sociedad se vaya adaptando. Hay que reducir al máximo aquellas actividades que son perjudiciales para el planeta.
Eso implica hablar de cosas que están muy insertadas en nuestra vida cotidiana y que incluso identificamos como ciudadanos como parte de nuestro bienestar, como algo que va a estar para siempre. Esto en el caso del sector del turismo es muy evidente. El turismo de larga distancia tiene una huella de carbono brutal, es una anomalía histórica, no ha existido nunca y, probablemente, no va a existir siempre porque es imposible sostener este modelo con la tecnología actual.
Si tú te pones a plantear cómo puedes reducir a nivel social tu huella de consumo, tienes que ser capaz de identificar qué tipo de actividades tienen más intensidad energética. Y es evidente que hay algunas como la sanidad o la educación que tienen una huella de carbono residual en comparación con sectores como el turismo. En particular, los desplazamientos con jets privados o los vuelos comerciales de corta distancia es evidente que tienen que ser abordados de alguna manera. Pero no existe la valentía de hacerlo porque significaría reconocer que no es sostenible un modelo que se ha vendido durante décadas como el avance hacia la sociedad desarrollada.
¿No es complicado persuadir a la ciudadanía de la conveniencia de dejar de coger un avión sin exigir un recorte de privilegios a millonarios que tienen una mayor huella de carbono?
Claro. Además es que hay una parte cínica en el greenwashing, en todo el discurso ecologista llevado a cabo por grandes multinacionales, por grandes patrimonios, cuya huella de carbono supera por mucho a la de la mayoría de los ciudadanos corrientes. Entonces, evidentemente, hay una hipocresía si se le está pidiendo un esfuerzo a una parte de la población y no a la parte que más capacidad de acción tiene.
Sin embargo, eso no debe llevarnos a la parálisis. Esto es utilizado muchas veces como un ‘pues entonces no hago nada’. Entonces, ‘hasta que China no deje de contaminar, hasta que los millonarios no dejen de subirse a los aviones, yo tampoco voy a modificar mis hábitos de consumo’. Es un error. Aunque está más o menos claro que no vamos a poder cumplir el objetivo de 1,5 ℃ por encima de la preindustrial, el objetivo de los Acuerdos de París, las consecuencias, sin saber a ciencia cierta cuáles van a ser, sin duda van a ser menores con un 1,6 ℃ que con un 1,7 ℃. No podemos caer en el cinismo de decir que somos ecologistas y no hacer nada, eso también es un tipo de negacionismo climático.
“La construcción de los transportes públicos debería ser una prioridad, pero no lo está siendo”
España necesita un transporte público robusto en las ciudades. Sin embargo, en Catalunya hay muchos problemas con el servicio de Rodalies. ¿Cree que ha habido una falta de inversión? ¿Cómo se abordaba este tema cuando estaba en el Gobierno?
Desde hace mucho tiempo hay unos déficits que se van acumulando. La situación en 2026 tiene que ver con no haberlo pensado de una manera holística o global. Si lo que queremos es reducir el impacto de la flota de vehículos de combustible fósil, y somos además conscientes de que es prácticamente imposible sustituir toda esta flota por vehículos eléctricos, la única forma de conseguir esos objetivos es teniendo una red de transporte público mucho más fortalecida, eficaz y eficiente. Esto implica un rediseño de las ciudades en muchos casos porque han sido construidas pensando en el transporte privado.
La construcción de los transportes públicos debería ser una prioridad, pero no lo está siendo. Evidentemente, es una partida presupuestaria que requeriría una inversión muy grande, pero es una urgencia. No solo implicaría una reducción de la huella de carbono, sino que mejoraría la vida de la gente. Una parte importante de los problemas occidentales es el tiempo que se pierde en el en desplazarte con tu vehículo privado desde tu residencia hasta tu centro de trabajo.
Pero no hemos encontrado todavía, desgraciadamente, y yo lo he debatido en el Gobierno, una perspectiva sobre el transporte que sea multidisciplinar. Eso explica por qué en nuestro país está tan infradesarrollado el transporte de mercancías por ferrocarril, que debería ser una fórmula central para retirar de la carretera a los camiones, reduciendo un impacto de carbono tremendo. Tiene otros problemas, evidentemente, de naturaleza política con ganadores y perdedores. Pero si hubiese una partida presupuestaria, si la Comisión Europea de verdad creyera que es una prioridad, podría dedicar muchos recursos. Mientras tanto, nuestra población va creciendo, nuestras infraestructuras se van desgastando y la gente no tiene incentivos para coger el transporte público.
Otra medida que menciona para mejorar la vida de la gente es la reducción de la jornada laboral manteniendo el salario. ¿Qué impacto puede tener esto en el consumo energético?
Hay que darle la vuelta a la concepción tradicional de lo que es la economía y los éxitos económicos. Nos hemos educado con esa cosmovisión de que el crecimiento económico implica que nuestro objetivo es producir más en el menor tiempo posible. Las ganancias de productividad se dedican a crecer más rápido. Somos como un hámster en una rueda. Todo lo que hacemos sirve para crecer más y más. Cuando en realidad tenemos otra opción como sociedad. Si tenemos ganancias de productividad, eso puede implicar producir lo mismo y trabajar menos tiempo, en lugar de producir más en el mismo tiempo. Dicho un poco burdo, significaría poner la economía al servicio de la vida y no la vida al servicio de la economía. Porque hoy, a pesar de los avances tecnológicos, nuestras jornadas laborales siguen siendo idénticas, o incluso peores, y nuestras condiciones de trabajo siguen siendo idénticas, o incluso peores.
Nuestras ganancias de productividad no se han dedicado a los elementos que nos dan felicidad en la vida, como tener más tiempo de ocio, de disfrute, de dedicar la vida de otras maneras. Este ha sido un debate vetado, pero si incorporas la dimensión ecológica y entiendes que ese incremento infinito de la producción es imposible, ya estás obligado a sacar este debate. La reducción de la jornada del trabajo tiene que ver con una dinámica social en la que el objetivo tiene que ser producir para satisfacer necesidades y para vivir mejor dentro de los límites del planeta. Y creo que la sociedad en conjunto, pero sobre todo los economistas, no están preparados para tener este debate todavía.
“Donald Trump no es ningún loco”
Afirma que necesitamos una transición ecosocial y que, si no somos capaces de articular esto, nos dirigimos hacia un escenario de barbarie. También señala que “Trump no es un loco”, sino que está intentando tener el máximo posible de recursos para su país. ¿Cómo podemos defendernos de esta deriva tan autoritaria que encabeza Estados Unidos?
Lo primero es entender que la psicología de los personajes influye, pero no es lo que explica las grandes tendencias. La política de Estados Unidos se tiene que entender haciendo uso de lo que yo intento explicar en el libro, que es esa interfaz entre ecología, economía y geopolítica. Estados Unidos utilizó el libre mercado mientras era la economía más fuerte. En el momento en el que China le rivaliza tecnológicamente y económicamente, Estados Unidos cambia su orientación estratégica y vuelve a las políticas proteccionistas. Por lo tanto, detrás de sus políticas hay una estrategia y no un capricho.
El crecimiento de las extremas derechas, aunque no sea de forma explícita, sí está respondiendo al nuevo contexto de la crisis ecosocial en el que se reconoce la escasez de determinados recursos, como los minerales críticos. Asumen que la única manera de preservar sus privilegios en la división internacional del trabajo es retornar a las prácticas de la coerción, de la violencia, de la intimidación frente a otras naciones. Eso lo está haciendo Estados Unidos de una manera muy clara a la hora de querer Groenlandia por las rutas estratégicas, por los minerales críticos, al querer Venezuela por el petróleo o al disputarse con China toda la parte de recursos minerales. El acuerdo de paz del 4 de diciembre entre el Congo y Ruanda fue firmado por Donald Trump e incorporaba una cláusula de privilegio de las multinacionales estadounidenses para la extracción y exportación de minerales críticos como el cobalto, necesario para la transición energética y para los productos electrónicos.
“Necesitamos plantear una alternativa donde sí se puedan compartir todos los bienes, los recursos y la energía dentro de los límites que el planeta impone”
La dinámica en el fondo de estos movimientos es que si la energía y sobre todo los recursos naturales son escasos, ellos no los quieren compartir. Ellos no están pensando en una Sociedad de Naciones Unidas donde se reparten los recursos y la energía se distribuye de una forma más justa. Ellos están pensando en apropiárselo si hace falta por la fuerza para beneficio de una población más pequeña que en estos proyectos suele coincidir con la población blanca, una población nacionalista étnica. Esto es lo que está detrás de todas las extremas derechas. Solo si entendemos eso seremos capaces de abordar a la extrema derecha como se merece y no es como un accidente, sino como un desarrollo con intereses materiales detrás. Lo que yo propongo tiene que ver con cómo somos capaces de organizarnos de una manera política los que no estamos de acuerdo con esa senda. Necesitamos plantear una alternativa donde sí se puedan compartir todos los bienes, los recursos y la energía del planeta dentro de los límites que el planeta impone.
Por tanto, se necesitan políticas valientes.
¡Claro! Políticas valientes y políticas que son nuevas. El libro tiene la pretensión de poner sobre la mesa también las propias contradicciones de la izquierda tradicional porque ha sido productivista, educada y criada en esta anomalía histórica de los combustibles fósiles. Ahora necesitamos una izquierda capaz de abordar otros problemas que no estaban identificados en los pensadores clásicos como Marx. Y para mí una parte importante de todo esto es no caer en el fatalismo. Es muy fácil caer en el fatalismo, solo hay que ver los telediarios o leer noticias sobre el cambio climático para que nos entre esa ecoansiedad que nos paraliza.
Necesitamos una transición energética o ecológica y decrecimiento al mismo tiempo. Porque si hacemos una transición energética sin decrecimiento, para mí es una quimera con muchísimos riesgos. Y si hacemos decrecimiento sin transición energética es volver a los parámetros de las sociedades previas a la revolución industrial, que son las sociedades agrarias. Y eso creo que, aunque a veces se dibuja de una manera romántica, tanto ese estado final como la transición son fundamentalmente violentos y perjudiciales para la vida tal y como la conocemos. Mi postura es acelerar en la transición energética todo lo posible para abordar esas urgencias como la del cambio climático y ser capaces de construir sociedades dentro de los límites del planeta. Eso es pura política.
También reflexiona sobre cómo Gaza es un símbolo de degradación moral, de la caída del orden internacional liberal y una rotura con un mínimo respeto por los derechos humanos, así como los valores cristianos. Y alaba cómo referentes ecologistas como Greta Thunberg lo han visibilizado. ¿Está en peligro la democracia si no se impulsa una transición ecosocial justa?
La democracia es una magnífica y bella idea muy joven. La democracia moderna, no me refiero a la ateniense donde se excluía una parte de la población, está constituida a partir de la propia idea de los derechos humanos. Ese concepto es relativamente nuevo y verdaderamente frágil. Y, de hecho, creo que esa concepción está en retirada. No solo porque la mayor parte de la población mundial no viva bajo modelos democráticos, sino porque está amenazada en muchos lugares como Estados Unidos, que está al borde de perderla, y en otros muchos donde la extrema derecha ha normalizado cosas que antes eran impensables o estaban fuera del debate, como el odio al inmigrante, el odio al diferente. Esto choca con la cosmovisión de los derechos humanos, pero también con la cosmovisión cristiana en la que todos somos hijos de Dios y no cabe el odio al inmigrante.
Estamos viendo que ante una crisis ecosocial se impone la fórmula del sálvese quien pueda, la ley del más fuerte. Esto vale para la geopolítica pero también vale para el ámbito nacional, en el que se deterioran todas las instituciones que hablan de solidaridad y empieza a ganar fuerza un discurso que dice “si queda poco que sea mejor que sea para mí”. No seamos hipócritas con las barreras a la inmigración. Hay un muro de Estados Unidos con México y también en el propio Mediterráneo entre la Unión Europea. En el fondo, el mensaje es el mismo: ustedes no pueden entrar, sus recursos sí. Necesitamos ser capaces de oponer una alternativa a esa degradación moral, a esa degradación institucional, porque efectivamente pone en riesgo la propia democracia.
Ejemplo de ello es que series cómo Years and Years o El cuento de la criada hoy parecen absolutamente verosímiles porque se han acercado mejor a fenómenos históricos que ahora se reproducen con sus variaciones, como el del ascenso del fascismo y del nazismo. Y es que son procesos graduales, no es una catástrofe de un día para otro. Son procesos en los que los principios y los valores que parecían eternos de democracia y solidaridad se van desgastando, se van devaluando. Y de repente, un día, te encuentras con que hay unos encapuchados que ejecutan a un tipo que simplemente protestaba en la calle y el Gobierno justifica esa ejecución. Eso requiere que la sociedad despierte para proteger la democracia, porque no es un bien que esté asegurada su supervivencia en el tiempo.
De cara a futuras elecciones, ¿ve posible una unión en la izquierda para hacer frente a todos estos retos?
Sería ideal, pero soy escéptico. Creo que la izquierda necesita entender la urgencia del problema porque si así lo hace será más tolerante con las alianzas que hacen falta para sumar músculo suficiente para poner en marcha las políticas que planteamos. Si no, triunfará esa versión más gris del ecologismo que es una posición más defensiva y derrotista. No debemos paralizarnos, estamos a tiempo de que los impactos ecológicos sean menores de lo que podrían ser. Estamos a tiempo de preservar el bienestar material y la propia democracia como la concebimos idealmente.
¿Se plantea volver a la primera línea política en algún momento?
No. Le toca a otras personas. Me parece legítimo que algunas personas continúen y me parece que es un capital político que tienen que emplear bien, pero en mi caso en particular yo sigo en política desde otras trincheras. Ahora les toca a otros.
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