
lunes, 8 de junio de 2026
La receta del bizcocho genovés, un básico de repostería perfecto para convertir en tarta

Listo para rellenarlo o cubrirlo con lo que quieras
Miriam García MartíneSolo lleva huevos, harina y azúcar, su sabor es neutro y su miga es ideal para absorber almíbares o la humedad de rellenos y coberturas
El bizcocho genovés o genovesa –de la denominación francesa genoise–, es un clásico para usar en tartas con rellenos y coberturas (la famosa tarta San Marcos lleva genovesas) porque reúne ciertas características muy convenientes. Es relativamente ligero porque no suele llevar grasa, solo huevos, azúcar y harina; esto lo hace ideal para acompañarlo con cremas, rellenos y coberturas varios. La miga es más bien seca, idónea para calarla con almíbares o para que absorba bien los jugos de los rellenos/coberturas y el sabor es neutro, por lo que no resta protagonismo al resto de los sabores.
Aunque no se suele indicar en las recetas para el profano, lo más correcto es pesar los huevos que se vayan a usar y promediar todos los demás ingredientes respecto a ellos. La receta canónica de genovesa es sencilla: X peso de huevos sin cáscara, X/2 (la mitad de ese peso) de harina de repostería y X/2, de nuevo la mitad de peso de azúcar.
De este modo, es sencillísimo extrapolar la receta que os damos a cualquier cantidad que se os antoje; esta corresponde a un bizcocho estándar de 22-23 centímetros que puede servir para dividir en dos capas. Los huevos se montan con el azúcar hasta que están bien esponjosos y se mezcla la harina. También hay fórmulas en que se montan por separado las claras y las yemas.
Nuestros vecinos franceses enriquecen a veces la genoise con mantequilla pomada, pero nuestra versión es la sencilla sin grasa. Hay fórmulas que incluyen algo de levadura química, que ayuda a darle a la masa otro empujoncillo para arriba en el horneado, más allá del que aportan los huevos montados. Si te apetece, puedes aromatizar esta base con ralladura de limón o un extracto de vainilla, aunque está rico tal cual.
Dificultad: Montar bien los huevos con unas varillas eléctricas o un robot, y mezclarlos suavemente con el resto de los ingredientes, manipulándolos lo mínimo para que no se desinflen
Ingredientes
Para un bizcocho de 22-23 cm
150 g de huevo sin cáscara (unos 3 huevos M) a temperatura ambiente
75 g de harina corriente o de repostería
75 g de azúcar
Instrucciones
1. Poner el horno a calentar a 180 °C para que esté perfectamente caliente en el momento de meter la masa.
Consejo
Es importante tener el horno perfectamente caliente antes de meter la masa, no hacerlo es uno de los errores que se cometen con frecuencia.
2. Engrasar y enharinar el molde elegido o forrarlo con papel de horno (conviene usar un molde desmontable).
3. Poner los huevos a temperatura ambiente –esto es importante, incluso se pueden calentar algo poniendo el bol con los huevos sobre un bol con agua caliente– con el azúcar en un bol amplio. Mezclar de inmediato.
4. Montar la mezcla con varillas eléctricas o robot por lo menos ocho minutos, hasta que aumenten claramente de volumen, espesen y adopten un color amarillo claro. Lo suyo es llegar a lo que se llama punto de cinta, o ruban en francés, en que la mezcla está tan espesa y aireada que escurre como una cinta de las varillas al levantarlas y deja un dibujo sobre el montado.
5. Agregar la harina tamizada sobre el montado y mezclar con una espátula y movimientos suaves y envolventes, con delicadeza para que no se bajen los huevos montados y hasta que no se aprecie harina suelta.
6. Verter la masa de inmediato en el molde, darle un par de golpes sobre la mesa para eliminar burbujas gordas y meterlo enseguida en el tercio inferior del horno con calor arriba y abajo, unos 25-30 minutos.
7. Cuando el bizcocho genovés esté cocido –se prueba pinchando el centro del bizcocho con una brocheta, que debe salir seca–, sacar del horno y reposar cinco minutos en el molde. Después desmoldar y dejar enfriar sobre una rejilla.
domingo, 7 de junio de 2026
Las buenas personas son más felices, pero un exceso de bondad también podría perjudicar su bienestar
En los últimos años se han multiplicado las investigaciones que vinculan el comportamiento virtuoso con una mejor salud mental.
Reto del día: pasar la jornada con una actitud más compasiva hacia el dolor ajeno. Y más paciente ante personas que juzgamos molestas. Según un estudio publicado el pasado diciembre en Journal of Personality, ejercitar conscientemente la compasión y la paciencia puede, en primera instancia, hacer que afloren sensaciones desagradables. Pero resulta probable que, al irnos a la cama, nos sintamos mejor que si hubiéramos afrontado el día torciendo la vista ante el sufrimiento de los otros. O impacientándonos a la primera de cambio cuando la gente no actúa de acuerdo a nuestras expectativas.
Liderado por Michael Prinzing, el estudio suma otra evidencia a una línea de investigación en boga, sobre todo en EE UU, que está analizando el vínculo entre virtud y bienestar. Se trata de inyectar ciencia a una hipótesis que se remonta a Aristóteles y, en mayor o menor medida, atraviesa las tradiciones culturales de todo el planeta. Aunque la idea tiene detractores de altura (Nietszche), parece que, intuitivamente, hacer el bien no es mala semilla en el cultivo de la felicidad. Los datos empiezan a corroborar lo que durante siglos fue una aspiración moral sin refrendo empírico.
Investigador de la Universidad de Wake Forest, en Carolina del Norte, Prinzig trabaja en uno de los muchos laboratorios surgidos en los últimos años con el fin de diseccionar la relación entre ser mejor persona y sentirse más feliz. Otro de ellos —el Centro para Mentes Sanas— se encuentra en la Universidad de Wisconsin. Pelin Kesebir, uno de sus miembros honorarios, resume por cuestionario la literatura acumulada hasta la fecha: “Las evidencias son sólidas en distintos grupos de edad y culturas. Ya sea en encuestas transversales o estudios longitudinales, siempre emerge la misma imagen: las personas que practican virtudes reportan mayor satisfacción vital y emociones más positivas”.
Kesebir explica por qué, hasta hace un par de décadas, la bondad en sus múltiples formas había quedado arrinconada por los estudiosos de la salud mental. Cita las reticencias de los científicos a sumergirse en un ámbito que pudiera sonar a moralina. Alude al desafío que supone definir y medir atributos tan subjetivos y contextuales como son la compasión o la amabilidad, pero también la honestidad o la generosidad. Y explica la predilección histórica por centrarse “en lo patológico, en lo que falla en lugar de en lo que funciona”. Una tendencia, prosigue Kesebir, que rompió la ola de psicología positiva iniciada a finales de los años noventa.
Desde el Programa para el Florecimiento Humano (flourishing equivale, en español, a una mezcla de prosperidad y felicidad), una iniciativa de la Universidad de Harvard, Tyler VanderWeele sitúa como hito la publicación en 2004 de Character Strenthgs and Virtues (Virtudes y fortalezas de carácter). El libro de Martin Seligman y Christopher Peterson aún sirve de referencia para desentrañar los lazos entre tener una personalidad virtuosa y sentirse bien. “Fue un paso adelante fundamental”, apunta por videoconferencia. En un terreno casi virgen, la exploración empírica contaba al fin con una obra seminal, una brújula para ir marcando el camino.
VanderWeele es coautor de tres estudios en los que interactúan dos variables básicas: promover el bien entendido como justicia, gratitud o templanza, incluso cuando las circunstancias no ayudan, y ser más feliz (menores niveles de ansiedad y depresión, encontrar mayor sentido a la propia vida, sentirse menos solo). En el primero, los participantes, estadounidenses y mexicanos, evaluaron tanto sus virtudes como su salud mental. Para el segundo, se añadieron diagnósticos clínicos de depresión. Y el tercero amplió el foco a otros contextos culturales como Indonesia.
De nuevo, los resultados apuntan en los tres casos a una misma dirección. “Procurar hacer lo correcto está claramente asociado a un mayor bienestar psicoemocional. La evidencia acumulada nos permite afirmar que ciertas virtudes tienen un papel protector en la salud mental”, afirma VanderWeele. Kesebir añade que “el vínculo puede ser tanto preventivo como curativo, puesto que algunas virtudes, en especial la amabilidad o la gratitud, sirven tanto de armadura como de medicina activa cuando la angustia ya está presente”.
Sabiduría práctica
VanderWeele matiza que el recurso a la autoevaluación podría estar distorsionando las conclusiones de sus estudios y otros similares. “Resulta legítimo preguntarnos si uno puede juzgar su propia honestidad o humildad. Con esta limitación, y dando por hecho que algunas personas exageran, no tengo duda de que nuestros cuestionarios ofrecen información valiosa para certificar que la virtud nutre al bienestar”, subraya. Existen además estudios que apuntalan dicho hallazgo cuando nos sometemos a la mirada del otro. Un experimento realizado con estudiantes de EE UU y trabajadores chinos en el que la evaluación de virtudes corrió a cargo de compañeros concluyó lo mismo: la buena gente suele ser más feliz.
En cualquier caso, VanderWeele advierte de que hablamos de “dinámicas complejas”. Primero, porque no siempre es fácil determinar hasta qué punto la virtud conduce a la felicidad o es más bien al revés. En ocasiones, la zozobra o la tristeza profunda anulan nuestra capacidad para obrar con benevolencia. “Cuando uno está muy deprimido o ansioso, no se antoja fácil fomentar el bien”. En sentido inverso, sostiene Kesebir, el buen ánimo y la buena conducta “podrían retroalimentarse creando un círculo virtuoso”.
Para complicar las cosas, la literatura sobre el tema arroja cifras promedio que no se asoman a los intríngulis de la condición humana. Y en los vastos dominios de la psique, casi todo es posible. “Habrá casos en que ciertas virtudes conduzcan a un mayor sufrimiento. Ayudar a los demás puede implicar que uno se sacrifica. Y quizá la gente más empática sufra más porque hace que el dolor del otro sea también el suyo propio”, recuerda VanderWeele.
Al neutralizar posibles excesos de altruismo, Shane McLoughlin, que investiga en un centro sobre virtudes y carácter de la Universidad de Birmingham (Reino Unido), recomienda “no perder de vista la importancia de tratarse a uno bien para que se produzca una homeostasis entre nuestro bienestar y el de los demás”. Mirarnos con mimo no sería, pues, un acto egoísta, sino un justo reparto de virtud (hacia fuera, pero también hacia dentro) en el que uno mismo tiene derecho a su trozo de pastel.
McLoughlin aboga por no concebir las virtudes en términos absolutos, como objetivos sin mácula a los que todos debemos aspirar. “Cuando estableces un ideal, también especificas criterios para el fracaso”, argumenta. Hay personas que, por mucho que se esfuercen, nunca podrán ser tan comprensivas o indulgentes como otras. “Por ejemplo, aquellas a las que un déficit cognitivo les dificulta enormemente el ponerse en el lugar del otro”. El enfoque de McLoughlin se parece más a una senda personalizada que a una meta homogénea. “Podemos fomentar estilos de vida virtuosos sin poner estándares imposibles de alcanzar, sin uniformar los fines, admitiendo que la virtud tiene mucho que ver con tu capacidad o no de alcanzarla, pero que siempre hay un margen para hacer más el bien o menos”.
¿Cómo decidir si dos virtudes se nos aparecen como mutuamente excluyentes? Por ejemplo, ante el frecuente dilema entre ser sincero o amable, cuando la vida nos obliga a elegir entre el silencio benigno o la verdad dolorosa. McLoughlin aconseja tirar de la aristotélica phronesis, la prudencia o sabiduría práctica que permite adaptar nuestro surtido de virtudes a las situaciones concretas. Y confiar en que, si no nos mueven las malas intenciones, podremos encontrar un equilibrio óptimo.
Reto del día: pasar la jornada con una actitud más compasiva hacia el dolor ajeno. Y más paciente ante personas que juzgamos molestas. Según un estudio publicado el pasado diciembre en Journal of Personality, ejercitar conscientemente la compasión y la paciencia puede, en primera instancia, hacer que afloren sensaciones desagradables. Pero resulta probable que, al irnos a la cama, nos sintamos mejor que si hubiéramos afrontado el día torciendo la vista ante el sufrimiento de los otros. O impacientándonos a la primera de cambio cuando la gente no actúa de acuerdo a nuestras expectativas.
Liderado por Michael Prinzing, el estudio suma otra evidencia a una línea de investigación en boga, sobre todo en EE UU, que está analizando el vínculo entre virtud y bienestar. Se trata de inyectar ciencia a una hipótesis que se remonta a Aristóteles y, en mayor o menor medida, atraviesa las tradiciones culturales de todo el planeta. Aunque la idea tiene detractores de altura (Nietszche), parece que, intuitivamente, hacer el bien no es mala semilla en el cultivo de la felicidad. Los datos empiezan a corroborar lo que durante siglos fue una aspiración moral sin refrendo empírico.
Investigador de la Universidad de Wake Forest, en Carolina del Norte, Prinzig trabaja en uno de los muchos laboratorios surgidos en los últimos años con el fin de diseccionar la relación entre ser mejor persona y sentirse más feliz. Otro de ellos —el Centro para Mentes Sanas— se encuentra en la Universidad de Wisconsin. Pelin Kesebir, uno de sus miembros honorarios, resume por cuestionario la literatura acumulada hasta la fecha: “Las evidencias son sólidas en distintos grupos de edad y culturas. Ya sea en encuestas transversales o estudios longitudinales, siempre emerge la misma imagen: las personas que practican virtudes reportan mayor satisfacción vital y emociones más positivas”.
Kesebir explica por qué, hasta hace un par de décadas, la bondad en sus múltiples formas había quedado arrinconada por los estudiosos de la salud mental. Cita las reticencias de los científicos a sumergirse en un ámbito que pudiera sonar a moralina. Alude al desafío que supone definir y medir atributos tan subjetivos y contextuales como son la compasión o la amabilidad, pero también la honestidad o la generosidad. Y explica la predilección histórica por centrarse “en lo patológico, en lo que falla en lugar de en lo que funciona”. Una tendencia, prosigue Kesebir, que rompió la ola de psicología positiva iniciada a finales de los años noventa.
Desde el Programa para el Florecimiento Humano (flourishing equivale, en español, a una mezcla de prosperidad y felicidad), una iniciativa de la Universidad de Harvard, Tyler VanderWeele sitúa como hito la publicación en 2004 de Character Strenthgs and Virtues (Virtudes y fortalezas de carácter). El libro de Martin Seligman y Christopher Peterson aún sirve de referencia para desentrañar los lazos entre tener una personalidad virtuosa y sentirse bien. “Fue un paso adelante fundamental”, apunta por videoconferencia. En un terreno casi virgen, la exploración empírica contaba al fin con una obra seminal, una brújula para ir marcando el camino.
VanderWeele es coautor de tres estudios en los que interactúan dos variables básicas: promover el bien entendido como justicia, gratitud o templanza, incluso cuando las circunstancias no ayudan, y ser más feliz (menores niveles de ansiedad y depresión, encontrar mayor sentido a la propia vida, sentirse menos solo). En el primero, los participantes, estadounidenses y mexicanos, evaluaron tanto sus virtudes como su salud mental. Para el segundo, se añadieron diagnósticos clínicos de depresión. Y el tercero amplió el foco a otros contextos culturales como Indonesia.
De nuevo, los resultados apuntan en los tres casos a una misma dirección. “Procurar hacer lo correcto está claramente asociado a un mayor bienestar psicoemocional. La evidencia acumulada nos permite afirmar que ciertas virtudes tienen un papel protector en la salud mental”, afirma VanderWeele. Kesebir añade que “el vínculo puede ser tanto preventivo como curativo, puesto que algunas virtudes, en especial la amabilidad o la gratitud, sirven tanto de armadura como de medicina activa cuando la angustia ya está presente”.
Sabiduría práctica
VanderWeele matiza que el recurso a la autoevaluación podría estar distorsionando las conclusiones de sus estudios y otros similares. “Resulta legítimo preguntarnos si uno puede juzgar su propia honestidad o humildad. Con esta limitación, y dando por hecho que algunas personas exageran, no tengo duda de que nuestros cuestionarios ofrecen información valiosa para certificar que la virtud nutre al bienestar”, subraya. Existen además estudios que apuntalan dicho hallazgo cuando nos sometemos a la mirada del otro. Un experimento realizado con estudiantes de EE UU y trabajadores chinos en el que la evaluación de virtudes corrió a cargo de compañeros concluyó lo mismo: la buena gente suele ser más feliz.
En cualquier caso, VanderWeele advierte de que hablamos de “dinámicas complejas”. Primero, porque no siempre es fácil determinar hasta qué punto la virtud conduce a la felicidad o es más bien al revés. En ocasiones, la zozobra o la tristeza profunda anulan nuestra capacidad para obrar con benevolencia. “Cuando uno está muy deprimido o ansioso, no se antoja fácil fomentar el bien”. En sentido inverso, sostiene Kesebir, el buen ánimo y la buena conducta “podrían retroalimentarse creando un círculo virtuoso”.
Para complicar las cosas, la literatura sobre el tema arroja cifras promedio que no se asoman a los intríngulis de la condición humana. Y en los vastos dominios de la psique, casi todo es posible. “Habrá casos en que ciertas virtudes conduzcan a un mayor sufrimiento. Ayudar a los demás puede implicar que uno se sacrifica. Y quizá la gente más empática sufra más porque hace que el dolor del otro sea también el suyo propio”, recuerda VanderWeele.
Al neutralizar posibles excesos de altruismo, Shane McLoughlin, que investiga en un centro sobre virtudes y carácter de la Universidad de Birmingham (Reino Unido), recomienda “no perder de vista la importancia de tratarse a uno bien para que se produzca una homeostasis entre nuestro bienestar y el de los demás”. Mirarnos con mimo no sería, pues, un acto egoísta, sino un justo reparto de virtud (hacia fuera, pero también hacia dentro) en el que uno mismo tiene derecho a su trozo de pastel.
McLoughlin aboga por no concebir las virtudes en términos absolutos, como objetivos sin mácula a los que todos debemos aspirar. “Cuando estableces un ideal, también especificas criterios para el fracaso”, argumenta. Hay personas que, por mucho que se esfuercen, nunca podrán ser tan comprensivas o indulgentes como otras. “Por ejemplo, aquellas a las que un déficit cognitivo les dificulta enormemente el ponerse en el lugar del otro”. El enfoque de McLoughlin se parece más a una senda personalizada que a una meta homogénea. “Podemos fomentar estilos de vida virtuosos sin poner estándares imposibles de alcanzar, sin uniformar los fines, admitiendo que la virtud tiene mucho que ver con tu capacidad o no de alcanzarla, pero que siempre hay un margen para hacer más el bien o menos”.
¿Cómo decidir si dos virtudes se nos aparecen como mutuamente excluyentes? Por ejemplo, ante el frecuente dilema entre ser sincero o amable, cuando la vida nos obliga a elegir entre el silencio benigno o la verdad dolorosa. McLoughlin aconseja tirar de la aristotélica phronesis, la prudencia o sabiduría práctica que permite adaptar nuestro surtido de virtudes a las situaciones concretas. Y confiar en que, si no nos mueven las malas intenciones, podremos encontrar un equilibrio óptimo.
Cuba, la superpotencia que amenaza a Estados Unidos

Fuentes: Ganas de escribir
Es impresionante. Se necesita respirar hondo y procesar bien lo que nos están diciendo.
Estamos hablando de la seguridad nacional de Estados Unidos, un país que ha presupuestado 1,5 billones de dólares para gasto militar en 2026; que tiene casi 1,5 millones de personas alistadas en todos sus ejércitos y 800.000 reservistas; casi 800 bases o establecimientos militares distribuidos en 80 países; 11 portaaviones nucleares operativos; 370 buques de combate, entre ellos 48 submarinos nucleares de ataque y 14 con misiles balísticos; 13.000 aeronaves militares entre todas las ramas; más de 5.500 ojivas nucleares, de las cuales, unas 1.700 están desplegadas y listas para su empleo; y 400 misiles balísticos intercontinentales.
La seguridad nacional de semejante potencia militar se encuentra amenazada, según nos dicen, por Cuba.
Una isla cuyo presupuesto militar es casi 9.000 veces menor que el de Estados Unidos; que tiene 26 veces menos personal activo en el ejército; que dispone de un avión militar por cada 500 de Estados Unidos; que no tiene portaaviones, ni submarinos y sólo unas decenas (quizá 60 o 70) de patrulleras y buques ligeros, frente a los 370 de Estados Unidos. Y, por supuesto, que no dispone ni de ojivas nucleares, ni de ninguna base en el extranjero. Un país cuyo PIB total es 14 veces menor que el gasto que Estados Unidos realiza sólo en sus ejércitos.
A ver: ¿Puede ser verdad que una isla con esos recursos militares tan menguados, cuyo ejército carece de suministros de repuestos rusos desde 2022; que, sin moneda extranjera y sometida a un bloqueo brutal, no puede importar material militar nuevo; sin industria de defensa propia capaz de producir armamento mayor, constituye una amenaza para la seguridad nacional de la gran potencia militar, económica y financiera del planeta, según afirman los máximos responsables del ejército y la política exterior estadounidenses?
¡Basta ya de mentiras! Hay que ser muy torpe para dejarse engañar.
Lo que ocurre en realidad es que Estados Unidos necesita crear enemigos artificialmente (en Cuba, en Irán, en Venezuela o en cualquier lugar del mundo) para robar su riqueza y para mantener un gasto militar billonario que no es sino el ingreso contante y sonante de las grandes corporaciones: del complejo militar-industrial de cuyo peligro ya advirtió el propio presidente Dwight D. Eisenhower en su discurso de despedida en 1961.
Los responsables de la Administración que gobierna Estados Unidos necesitan recurrir al miedo y a decir que su seguridad está amenazada para justificar el expolio a otras naciones que cada día reconocen más abiertamente y para que nadie le pregunte en su propio país por qué no gastan ese dinero ingente en sanidad, educación o vivienda. Ya está bien de mentiras: si no existiera Cuba, tendrían que inventarla.
Llevan décadas haciendo lo mismo y por eso Cuba ha estado entrando y saliendo de la lista de estados patrocinadores del terrorismo al ritmo de los intereses electorales de cada Administración, no al de algún tipo de evidencia. Lo reconoció el propio Gobierno de Biden cuando la retiró de la lista al confesar que «no tenía información que respaldara la designación», como ya ocurrió antes con Obama.
Detrás de las declaraciones de Washington afirmando que Cuba constituye una amenaza «inusual y extraordinaria» , sólo hay mentiras que revelan la extraordinaria inseguridad que sobre sí misma siente una potencia como Estados Unidos que precisa robar y asesinar para sobrevivir como tal. ¿Quién puede creer que su seguridad está realmente amenazada por una isla con apagones crónicos y 110 millones de dólares en defensa?
Lo mismo que dije hace unos días cuando escribí sobre la acusación de la fiscalía estadounidense a Raúl Castro, digo ahora que no tengo necesidad de defender a Cuba ni a su régimen. Es otra cuestión la que se plantea. Si Estados Unidos afirma que su seguridad nacional está amenazada por esa isla es porque sabe que su hegemonía no descansa en la superioridad de su modelo, sino en la capacidad de impedir que las demás naciones del planeta sean soberanas y elijan vivir de otro modo.
Lo que Trump y su Administración le están diciendo al mundo cuando declaran que Cuba es una amenaza existencial para una potencia gigantesca como Estados Unidos es que su miedo no viene de los misiles ni de los ejércitos enemigos, sino de las ideas que sean diferentes a las que defienden para ocultar para qué intereses trabajan. Y de ahí viene su principal problema: se pueden bombardear y destruir barcos, aviones, escuelas, hospitales… como suele hacer Estados Unidos, pero no las ideas, los ideales y la voluntad de los pueblos. A Cuba podrán doblegarla con con la fuerza y el terror de un ejército 9.000 veces más poderoso y con una economía más de 250 veces más grande, como han hecho con otros países semejantes. Pero nada podrá impedir que, antes o después, un imperio basado sobre el poder y la fuerza de los pocos termine sucumbiendo ante la razón y la fuerza de los muchos.
PD. Ilustro este artículo con una imagen de Máximo Gómez, héroe de la independencia cubana, como homenaje al gran patriota del que tengo el honor de ser descendiente.
Fuente:
sábado, 6 de junio de 2026
9 de los viajes en tren más inolvidables del mundo (y cuáles son en América Latina y España)

Fuente de la imagen,Getty Images
El 27 de septiembre de 1825, periodistas y curiosos de toda Inglaterra acudieron en masa a la ciudad de Darlington (a unos 420 kilómetros al norte de Londres) para presenciar una innovación que revolucionaría el transporte.
Ese día, cientos de pasajeros se apiñaron en alguno de los 20 vagones, mientras el tren a vapor alcanzaba los 40 kilómetros por hora con dirección a la cercana ciudad de Stockton. Este breve e histórico viaje marcó el primer tren público de pasajeros y el inicio del ferrocarril moderno.
Doscientos años después, los trenes recorren el mundo, desde los lentos viajes clásicos hasta los futuristas trenes de alta velocidad. Aunque viajar en avión se popularizó en las décadas de 1950 y 1960, los trenes aún evocan nostalgia y asombro en muchos viajeros, y siguen siendo una de las formas de transporte más respetuosas con el medio ambiente.
Con motivo del bicentenario de este medio de transporte, te presentamos algunas de las rutas ferroviarias más hermosas e icónicas del mundo para inspirar tu próximo viaje.
1. El tren británico en España
Conocido como "el ferrocarril del señor Henderson", este vestigio de la época victoriana recorre la campiña andaluza y surgió de un momento interesante en la historia británica y española.
La ruta recibe su nombre del financiero ferroviario británico Alexander Henderson, quien financió el proyecto en 1892 para conectar el peñón de Gibraltar, bajo control británico, con el resto de España.
Vista del Cañón de Las Buitreras con sus elevados picos y pronunciados barrancos llenos de árboles.
Ese día, cientos de pasajeros se apiñaron en alguno de los 20 vagones, mientras el tren a vapor alcanzaba los 40 kilómetros por hora con dirección a la cercana ciudad de Stockton. Este breve e histórico viaje marcó el primer tren público de pasajeros y el inicio del ferrocarril moderno.
Doscientos años después, los trenes recorren el mundo, desde los lentos viajes clásicos hasta los futuristas trenes de alta velocidad. Aunque viajar en avión se popularizó en las décadas de 1950 y 1960, los trenes aún evocan nostalgia y asombro en muchos viajeros, y siguen siendo una de las formas de transporte más respetuosas con el medio ambiente.
Con motivo del bicentenario de este medio de transporte, te presentamos algunas de las rutas ferroviarias más hermosas e icónicas del mundo para inspirar tu próximo viaje.
1. El tren británico en España
Conocido como "el ferrocarril del señor Henderson", este vestigio de la época victoriana recorre la campiña andaluza y surgió de un momento interesante en la historia británica y española.
La ruta recibe su nombre del financiero ferroviario británico Alexander Henderson, quien financió el proyecto en 1892 para conectar el peñón de Gibraltar, bajo control británico, con el resto de España.
Vista del Cañón de Las Buitreras con sus elevados picos y pronunciados barrancos llenos de árboles.

Fuente de la imagen,Getty Images
Los intentos anteriores de unir por ferrocarril el puerto de Algeciras con el corazón de Andalucía habían fracasado, en parte porque los bosques y colinas que ahora atraviesa el tren estaban plagados de bandidos.
Hoy en día, el convoy atraviesa remotas laderas y se detiene en algunas de las maravillas naturales de la región, como el Cañón de las Buitreras, de 100 metros de altura.
2. El tren en India que atraviesa 58 túneles
El Tren Especial de Pasajeros Visakhapatnam-Kirandul lleva a los visitantes en un sinuoso viaje de cuatro horas de duración por los exuberantes Ghats Orientales de India.
Con 58 túneles, cada uno amenizado por los estridentes aplausos de los pasajeros, la ruta atraviesa montañas neblinosas y bosques de robles antes de finalizar en la ciudad de Araku, donde los visitantes pueden adentrarse en la floreciente industria cafetalera de la zona.
Pasajeros dentro del Visakhapatnam Kirandul.
Hoy en día, el convoy atraviesa remotas laderas y se detiene en algunas de las maravillas naturales de la región, como el Cañón de las Buitreras, de 100 metros de altura.
2. El tren en India que atraviesa 58 túneles
El Tren Especial de Pasajeros Visakhapatnam-Kirandul lleva a los visitantes en un sinuoso viaje de cuatro horas de duración por los exuberantes Ghats Orientales de India.
Con 58 túneles, cada uno amenizado por los estridentes aplausos de los pasajeros, la ruta atraviesa montañas neblinosas y bosques de robles antes de finalizar en la ciudad de Araku, donde los visitantes pueden adentrarse en la floreciente industria cafetalera de la zona.
Pasajeros dentro del Visakhapatnam Kirandul.

Fuente de la imagen,Getty Images
3. El tren turístico más nuevo de la Europa Central
El recién inaugurado Expreso del Báltico permite explorar algunas de las ciudades más vibrantes de la Europa Central.
Esta ruta, con paradas libres, comienza en la ciudad de Praga (República Checa), atraviesa pinares y robledales, hasta la ciudad costera de Gdynia, en Polonia, frente al mar Báltico.
El viaje de ocho horas ofrece a los viajeros la oportunidad de visitar algunas de las joyas menos conocidas de la región, como Pardubice, con sus casas de colores pastel y sus campanarios típicamente checos, o Poznan, la capital cultural polaca, cuya histórica plaza parece sacada de una película de Disney.
Un tren bala japonés entrando a Tokio

Fuente de la imagen,Takaaki Iwabu/Bloomberg via Getty Images
4. Un viaje icónico por Japón a toda velocidad
El Shinkansen japonés, más conocido como el "tren bala", cumplió 60 años en 2024. Con velocidades de hasta 321 kilómetros por hora, fue la primera línea ferroviaria de alta velocidad del mundo y es conocida tanto por su puntualidad como por su velocidad.
El tren ha tenido un impacto enorme en los viajes en Japón, y seis décadas después, ahora existen nueve rutas diferentes de Shinkansen que transportan pasajeros por todo el país.
La línea más reciente es el Tokaido Shinkansen, conocida como la "Nueva Ruta Dorada", y va desde Tokio a la ciudad de Tsuruga, a unos 456 kilómetros al suroeste de la capital nipona.
Un camarero sirve un trago de tequila a abordo del tequila exprés ante la mirada de otro.

Fuente de la imagen,Getty Images
El turismo del tequila está en auge en México, y el recién relanzado tren Tequila Express ofrece a los visitantes una forma única de aprender más sobre uno de los productos de exportación más populares del país, a la vez que contemplan las interminables hileras de las suculentas puntiagudas de color azul verdoso que conforman los campos de agave de Jalisco.
El viaje de dos horas comienza en la ciudad de Guadalajara y termina en el pueblo de Tequila, donde, según cuenta la leyenda, se inventó la bebida.
Ilustración del primer tren de pasajeros.

Fuente de la imagen,Getty Images
6. Un nostálgico viaje en tren por Portugal
El Tren Histórico de Vouga ofrece un pintoresco paseo por las ondulantes laderas del Valle de Vouga, en Portugal, a bordo de una locomotora diésel de 1964 de los Ferrocarriles Vascos, el único ferrocarril de vía estrecha que se conserva en el país.
Los coloridos vagones de madera, pintados en rojo brillante, verde cazador y azul rey, con interiores verde menta y asientos de madera oscura barnizada, también cuentan con plataformas al aire libre que permiten a los pasajeros tomar el aire durante el viaje de seis horas.
El tren, que sólo funciona en verano, se detiene en varias localidades, entre ellas Macinhata do Vouga, donde los pasajeros son recibidos por una banda folclórica de diez integrantes vestida con el traje regional.
Otra parada está en Águeda, una colorida ciudad conocida por sus obras de arte, instalaciones y representaciones urbanas.
Un vagón del tren Snaefell.

Fuente de la imagen,Ralph Hardwick/Sutton Images via Getty Images
7. El único ferrocarril eléctrico británico de montaña
Un viaje en el ferrocarril Snaefell es toda una experiencia, pues el convoy, que atraviesa las montañas de la Isla de Man, en el mar de Irlanda, es el único tren eléctrico de montaña de las islas británicas.
El tren, junto con el Ferrocarril Eléctrico de Manx, fue fundamental para atraer el turismo a la isla en 1893, cuando se inauguró.
Hoy en día, ambas líneas aún conservan gran parte de sus características originales de la época victoriana, como interiores de madera, vestíbulos acristalados y paneles de espejo.
8. La aventura ferroviaria más remota de Escocia
La belleza agreste y remota de las Tierras Altas de Escocia se puede admirar en todo su esplendor a través de la línea férrea del Lejano Norte, la cual conecta a las localidades de Inverness y Thurso.
El recorrido de cuatro horas cubre 270 kilómetros a través de The Flow Country: el sistema de turberas (humedales) intacto más grande del mundo y el único declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.
Pasajeros tras bajarse de unos trenes en la estación de San Pancras, en Londres.
El recorrido de cuatro horas cubre 270 kilómetros a través de The Flow Country: el sistema de turberas (humedales) intacto más grande del mundo y el único declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.
Pasajeros tras bajarse de unos trenes en la estación de San Pancras, en Londres.

Fuente de la imagen,SOPA Images/LightRocket via Getty Images
Ni los autos ni los aviones han podido acabar con los trenes, los cuales siguen siendo utilizados por millones de personas en todo el mundo.
9. Explorando la belleza del Golfo de México
9. Explorando la belleza del Golfo de México
Dos décadas después de que el huracán Katrina devastara la zona, la empresa Amtrak reanudó el servicio en la línea de la Costa del Golfo el 18 de agosto de 2025.
Ahora bautizado como el Servicio de Mardi Gras, el tren serpentea por humedales costeros, impresionantes playas y coloridos pueblos costeros, conectando varias de las ciudades con más historia del sur de Estados Unidos, como Mobile, en Alabama, y Nueva Orleans, en Luisiana.
Vista de una casa histórica de Mobile, Alabama.
Ahora bautizado como el Servicio de Mardi Gras, el tren serpentea por humedales costeros, impresionantes playas y coloridos pueblos costeros, conectando varias de las ciudades con más historia del sur de Estados Unidos, como Mobile, en Alabama, y Nueva Orleans, en Luisiana.
Vista de una casa histórica de Mobile, Alabama.

Fuente de la imagen,Getty Images
Las históricas ciudades estadounidenses de Mobile (Alabama) y Nueva Orleans (Luisiana) vuelven a estar conectadas por tren
viernes, 5 de junio de 2026
_- Pastas de té para Isabel II
_- La receta de las pastas que conquistaron a Isabel II
Ingredientes para unas 25-30 pastas de té:
600 g de harina
350 g de nata líquida para montar
200 g de azúcar
Piel de 1 limón
1 cucharada de levadura Royal
2 yemas de huevo
6 ramas de canela
Elaboración.
600 g de harina
350 g de nata líquida para montar
200 g de azúcar
Piel de 1 limón
1 cucharada de levadura Royal
2 yemas de huevo
6 ramas de canela
Elaboración.
Infusionar la nata con la canela hasta reducirla al máximo. Dejar enfriar. Mezclar con el resto de los ingredientes menos la harina. Cuando esté homogéneo, tamizar la harina, mezclar y amasar hasta conseguir una masa fina. Dejar reposar unos 30 minutos en la nevera.
Precalentar el horno a 180 °C. Sacar la masa de la nevera y estirarla con la ayuda de un rodillo sobre una superficie previamente enharinada.
Cortar las pastas con la forma que más nos guste y colocarlas sobre una bandeja de horno cubierta con papel vegetal. Hornear entre 10-15 minutos. Dejar reposar sobre una rejilla. Servir en un plato de postre con bolas de helado
Precalentar el horno a 180 °C. Sacar la masa de la nevera y estirarla con la ayuda de un rodillo sobre una superficie previamente enharinada.
Cortar las pastas con la forma que más nos guste y colocarlas sobre una bandeja de horno cubierta con papel vegetal. Hornear entre 10-15 minutos. Dejar reposar sobre una rejilla. Servir en un plato de postre con bolas de helado
(Receta de las pastas de té elaboradas para la visita de Isabel II a España y que le gustaron mucho)
jueves, 4 de junio de 2026
‘El nombre en el muro’: hay que tomarse en serio a los nazis Hervé Le Tellier recuerda la vida y muerte de André Chaix, un joven que se unió a la Resistencia y murió en 1944 a los 20 años, para lamentar la pervivencia del fascismo

André Chaix, en una imagen incluida en el libro 'El nombre del muro', de Hervé Le Tellier.
ARCHIVO ANACR Y COLECCIÓN PERSONAL CHRISTIANE JOUVEUnos años atrás, en algún momento de un estremecedor 2020 que iba a cambiarlo todo, Hervé Le Tellier descubrió que alguien había escrito un nombre en el muro exterior de su nueva casa, en la aldea de La Paillette, al sur de Francia; cuando poco después descubrió que ese nombre se repetía en el monumento a los hijos de la localidad “muertos por la patria”, Le Tellier (París, 1957) se dijo que tenía una historia entre manos y que nada quería más que contarla.
Esa historia es la de André Chaix, un joven aprendiz industrial de La Paillette que se unió a la Resistencia francesa, luchó en La Drôme y murió allí en un ataque alemán el 23 de agosto de 1944 a los 20 años, 2 meses y 30 días. Para narrarla, Le Tellier —que es escritor, matemático y crítico literario, además de editor de Raymond Queneau y de Georges Perec y miembro del extraordinario taller de experimentación literaria que conocemos con el nombre de OuLiPo— se apoyó en fotografías, documentos procedentes de los archivos de la Asociación Nacional de Antiguos Combatientes, bibliografía especializada sobre la Resistencia en La Drôme y testimonios de los familiares de Chaix que aún viven en el área; también se valió de un porcentaje razonable de especulación, pero, como afirma, le “habría parecido obsceno inventar nada”.
El nombre en el muro narra, pues, una historia real, y su propósito es contarla lo mejor posible, así como expresar un descontento y una irritación viscerales, pero —en última instancia— bastante corrientes, ante el estado de cosas. “Viendo cómo va el mundo, no tengo duda de que hay que seguir hablando de la Ocupación, del colaboracionismo y del fascismo, del racismo y del rechazo del otro hasta su aniquilación. De ahí que no haya querido que este libro evite al monstruo contra el cual luchó André Chaix, que haya optado por dar voz a los ideales por los que murió y por cuestionarme nuestra naturaleza profunda, ese deseo de pertenecer a algo más grande que nosotros que conduce a lo mejor y a lo peor”, sostiene.
Digresivo y desconcertantemente ligero, didáctico, inobjetable en su cuestionamiento de las complicidades pasadas y presentes con el fascismo y el odio al otro, Le Tellier es mejor cuando narra la vida de su protagonista. Pero esa vida fue breve y los libros son largos, y El nombre en el muro —y con él, su autor— se pierde muy pronto en extensas reflexiones sobre la responsabilidad alemana en los crímenes del nazismo; una “desnazificación” de posguerra que, tanto en Alemania como en Francia, fue deliberadamente mal hecha; las continuidades entre el colaboracionismo francés y el Rassemblement National de Jean-Marie y Marine Le Pen; los experimentos sociológicos en torno a la obediencia del tipo “tercera ola”; las artes escénicas en París durante la Ocupación; la solidaridad y la desobediencia de los habitantes de Dieulefit durante la guerra; la historia de la 11ª Panzerdivision alemana, etcétera.
Nada en El nombre en el muro está fuera de lugar, aunque como pasaba con La anomalía —el libro que lanzó a Le Tellier al estrellato en 2021— uno se pregunte cómo alguien que es parte de un grupo de experimentación literaria puede conformarse con una escritura tan poco arriesgada. Uno se pregunta, también, si no se encuentra ante un libro concebido para un uso escolar: todas sus ideas son buenas, pero uno ya las ha leído muchas veces y, a menudo, mejor expresadas por otros. De hecho, las conclusiones de su autor —“Hay que tomarse en serio a los nazis, y también sus delirios”, “La vida, como las películas en blanco y negro, está llena de grises”, “El destino es una enorme broma, por no decir una estafa”, etcétera— y su escaso peso terminan pesando más, paradójicamente, que el homenaje a un puñado de hombres y mujeres que salvaron la humanidad, que este libro también es.
El nombre en el muro,
Hervé Le Tellier
Traducción de Pablo Martín Sánchez
Seix Barral, 2026
192 páginas. 19,90 euros
https://elpais.com/babelia/2026-02-13/el-nombre-en-el-muro-hay-que-tomarse-en-serio-a-los-nazis.html#?rel=mas
Esa historia es la de André Chaix, un joven aprendiz industrial de La Paillette que se unió a la Resistencia francesa, luchó en La Drôme y murió allí en un ataque alemán el 23 de agosto de 1944 a los 20 años, 2 meses y 30 días. Para narrarla, Le Tellier —que es escritor, matemático y crítico literario, además de editor de Raymond Queneau y de Georges Perec y miembro del extraordinario taller de experimentación literaria que conocemos con el nombre de OuLiPo— se apoyó en fotografías, documentos procedentes de los archivos de la Asociación Nacional de Antiguos Combatientes, bibliografía especializada sobre la Resistencia en La Drôme y testimonios de los familiares de Chaix que aún viven en el área; también se valió de un porcentaje razonable de especulación, pero, como afirma, le “habría parecido obsceno inventar nada”.
El nombre en el muro narra, pues, una historia real, y su propósito es contarla lo mejor posible, así como expresar un descontento y una irritación viscerales, pero —en última instancia— bastante corrientes, ante el estado de cosas. “Viendo cómo va el mundo, no tengo duda de que hay que seguir hablando de la Ocupación, del colaboracionismo y del fascismo, del racismo y del rechazo del otro hasta su aniquilación. De ahí que no haya querido que este libro evite al monstruo contra el cual luchó André Chaix, que haya optado por dar voz a los ideales por los que murió y por cuestionarme nuestra naturaleza profunda, ese deseo de pertenecer a algo más grande que nosotros que conduce a lo mejor y a lo peor”, sostiene.
Digresivo y desconcertantemente ligero, didáctico, inobjetable en su cuestionamiento de las complicidades pasadas y presentes con el fascismo y el odio al otro, Le Tellier es mejor cuando narra la vida de su protagonista. Pero esa vida fue breve y los libros son largos, y El nombre en el muro —y con él, su autor— se pierde muy pronto en extensas reflexiones sobre la responsabilidad alemana en los crímenes del nazismo; una “desnazificación” de posguerra que, tanto en Alemania como en Francia, fue deliberadamente mal hecha; las continuidades entre el colaboracionismo francés y el Rassemblement National de Jean-Marie y Marine Le Pen; los experimentos sociológicos en torno a la obediencia del tipo “tercera ola”; las artes escénicas en París durante la Ocupación; la solidaridad y la desobediencia de los habitantes de Dieulefit durante la guerra; la historia de la 11ª Panzerdivision alemana, etcétera.
Nada en El nombre en el muro está fuera de lugar, aunque como pasaba con La anomalía —el libro que lanzó a Le Tellier al estrellato en 2021— uno se pregunte cómo alguien que es parte de un grupo de experimentación literaria puede conformarse con una escritura tan poco arriesgada. Uno se pregunta, también, si no se encuentra ante un libro concebido para un uso escolar: todas sus ideas son buenas, pero uno ya las ha leído muchas veces y, a menudo, mejor expresadas por otros. De hecho, las conclusiones de su autor —“Hay que tomarse en serio a los nazis, y también sus delirios”, “La vida, como las películas en blanco y negro, está llena de grises”, “El destino es una enorme broma, por no decir una estafa”, etcétera— y su escaso peso terminan pesando más, paradójicamente, que el homenaje a un puñado de hombres y mujeres que salvaron la humanidad, que este libro también es.
El nombre en el muro,
Hervé Le Tellier
Traducción de Pablo Martín Sánchez
Seix Barral, 2026
192 páginas. 19,90 euros
https://elpais.com/babelia/2026-02-13/el-nombre-en-el-muro-hay-que-tomarse-en-serio-a-los-nazis.html#?rel=mas
miércoles, 3 de junio de 2026
El nivel de lenguaje utilizado por Trump equivale al de un niño de 2º de primaria: los datos señalan a sus discursos directos y repetitivos
A propósito o no, Donald Trump lleva años desafiando los códigos habituales de la oratoria política. Mientras otros dirigentes mundiales construyen sus discursos con frases largas, acumulan matices y se apoyan en datos y subordinadas, el presidente de Estados Unidos ha consolidado con un estilo totalmente opuesto en la Casa Blanca: frases breves, vocabulario muy limitado, repeticiones constantes y una apelación emocional directa.
Estamos ante un registro que, lejos de penalizarle, se ha convertido en una de las claves de su conexión con una parte del electorado estadounidense, aunque muchos se lleven las manos a la cabeza cada vez que abre la boca.
No lo decimos nosotros. Un análisis elaborado por la plataforma PlayersTime, basado en largas entrevistas recientes, sitúa a Trump como el líder con el lenguaje más simple entre los principales mandatarios de Estados Unidos y Europa. La investigación ratifica que su discurso se mueve en un rango de legibilidad propio de un niño de educación primaria, con una diversidad léxica muy reducida y una dependencia extrema de un puñado de palabras y expresiones recurrentes. Con ello, alimenta la polarización y deja frases incendiarias que dan la vuelta al mundo.
11 palabras de media por frase y términos repetidos una y otra vez
El estudio analiza 34.022 palabras pronunciadas por Trump en declaraciones públicas, transcritas respetando repeticiones, frases inacabadas y muletillas para captar su lenguaje real. A partir de ese corpus, se miden indicadores como diversidad de vocabulario, longitud media de las frases, índices de legibilidad como el Flesch‑Kincaid y la nota de lectura equivalente al nivel educativo.
Trump emplea 2.180 palabras únicas, lo que arroja una diversidad léxica del 10,4 %. En la práctica, eso significa que el mismo puñado de términos se repite una y otra vez. Verbos cotidianos como "know", sustantivos genéricos como "people", "country" o "money" y muletillas del habla coloquial como "uh" o "like" dominan su discurso. A ellas se suman expresiones de tres palabras que funcionan como eslóganes personales —"billions of dollars", "a lotta money", "have never happened"— y actúan como anclas verbales, fácilmente recordables.
La longitud media de sus enunciados es de 11,2 palabras, muy por debajo de lo habitual en discursos políticos. No hay grandes periodos ni encadenados de subordinadas; Trump habla en ráfagas cortas, casi como en una conversación informal, encadenando oraciones simples que priorizan el impacto inmediato.
Pero, como hemos dicho, el informe también apunta a los índices de lectura. Su lenguaje se sitúa en torno a un nivel de 2º de primaria y en un índice Flesch‑Kincaid de poco más de 5 puntos. Es decir, se trata de un discurso extremadamente fácil de comprender, en el que las ideas, por complejas que sean, aparecen troceadas en sentencias cortas, directas y carentes de tecnicismos. Frente a la retórica clásica, Donald Trump apuesta por un registro llano, plagado de repeticiones de frases cargadas de contenido emocional.
La investigación detecta un patrón sistemático de maximalismo. Describe situaciones como "great" o "disaster", algo "que nunca ha pasado" o que es "el peor" escenario posible. Apenas hay lugar para términos intermedios, y el relato se organiza en torno a una oposición constante entre un "antes de mí", marcado por el declive, y un "conmigo", asociado a fuerza, riqueza y control.
Trump usa la mitad de diversidad léxica que Obama
Si comparamos a Trump con otros presidentes estadounidenses recientes de Estados Unidos y con varios dirigentes europeos, los datos vuelven a arrojar una brecha evidente.
En diversidad léxica, Trump es el último de la lista. Su 10,4 % contrasta con el 20,3 % de Biden, el 18,4 % de Obama o el 15,7 % de Bush. Es decir, su sucesor demócrata de la primera legislatura empleó casi el doble de palabras diferentes en un volumen de discurso comparable. Entre los europeos, todos se sitúan por encima en los últimos años. Por ejemplo, Boris Johnson alcanza el 19,6 %, Varadkar un 15,7 %, Orbán un 12,6 % y hasta Macron, el que menos, se mantiene en el 11,2 %, todavía por encima del republicano.
Fuente: Agencias
En longitud media de frase, Obama ronda las 24 palabras por oración. Biden y Bush, más contenidos, oscilan entre 13 y 16. Trump queda aislado en la franja baja, con poco más de 11. En términos de legibilidad, la escala va de un grado 2 de Trump a un grado 11 de Obama, con Biden rondando 4º y Bush en torno a 7º. Los mandatarios europeos se concentran entre los niveles 7 y 10.
El estilo de oratoria de Donald Trump no es simplemente una peculiaridad personal, sino un modelo de comunicación deliberado. Al condensar las ideas en frases cortas y muy accesibles, y priorizar la repetición sobre la argumentación compleja, reduce la complejidad y facilita la difusión de los mensajes", cuenta Silvana Vladimirova, analista de datos de PlayersTime.
"Si bien este enfoque aumenta la inmediatez y la memorabilidad, también puede limitar los matices y desalentar una mayor comprensión de los detalles de las políticas. Con el tiempo, este equilibrio entre claridad y profundidad puede determinar no solo la interpretación que el público hace de sus mensajes, sino también los estándares que espera del discurso político en general", concluye.
La entrada El nivel de lenguaje utilizado por Trump equivale al de un niño de 2º de primaria: los datos señalan a sus discursos directos y repetitivos se publicó primero en Qué!.
Estamos ante un registro que, lejos de penalizarle, se ha convertido en una de las claves de su conexión con una parte del electorado estadounidense, aunque muchos se lleven las manos a la cabeza cada vez que abre la boca.
No lo decimos nosotros. Un análisis elaborado por la plataforma PlayersTime, basado en largas entrevistas recientes, sitúa a Trump como el líder con el lenguaje más simple entre los principales mandatarios de Estados Unidos y Europa. La investigación ratifica que su discurso se mueve en un rango de legibilidad propio de un niño de educación primaria, con una diversidad léxica muy reducida y una dependencia extrema de un puñado de palabras y expresiones recurrentes. Con ello, alimenta la polarización y deja frases incendiarias que dan la vuelta al mundo.
11 palabras de media por frase y términos repetidos una y otra vez
El estudio analiza 34.022 palabras pronunciadas por Trump en declaraciones públicas, transcritas respetando repeticiones, frases inacabadas y muletillas para captar su lenguaje real. A partir de ese corpus, se miden indicadores como diversidad de vocabulario, longitud media de las frases, índices de legibilidad como el Flesch‑Kincaid y la nota de lectura equivalente al nivel educativo.
Trump emplea 2.180 palabras únicas, lo que arroja una diversidad léxica del 10,4 %. En la práctica, eso significa que el mismo puñado de términos se repite una y otra vez. Verbos cotidianos como "know", sustantivos genéricos como "people", "country" o "money" y muletillas del habla coloquial como "uh" o "like" dominan su discurso. A ellas se suman expresiones de tres palabras que funcionan como eslóganes personales —"billions of dollars", "a lotta money", "have never happened"— y actúan como anclas verbales, fácilmente recordables.
La longitud media de sus enunciados es de 11,2 palabras, muy por debajo de lo habitual en discursos políticos. No hay grandes periodos ni encadenados de subordinadas; Trump habla en ráfagas cortas, casi como en una conversación informal, encadenando oraciones simples que priorizan el impacto inmediato.
Pero, como hemos dicho, el informe también apunta a los índices de lectura. Su lenguaje se sitúa en torno a un nivel de 2º de primaria y en un índice Flesch‑Kincaid de poco más de 5 puntos. Es decir, se trata de un discurso extremadamente fácil de comprender, en el que las ideas, por complejas que sean, aparecen troceadas en sentencias cortas, directas y carentes de tecnicismos. Frente a la retórica clásica, Donald Trump apuesta por un registro llano, plagado de repeticiones de frases cargadas de contenido emocional.
La investigación detecta un patrón sistemático de maximalismo. Describe situaciones como "great" o "disaster", algo "que nunca ha pasado" o que es "el peor" escenario posible. Apenas hay lugar para términos intermedios, y el relato se organiza en torno a una oposición constante entre un "antes de mí", marcado por el declive, y un "conmigo", asociado a fuerza, riqueza y control.
Trump usa la mitad de diversidad léxica que Obama
Si comparamos a Trump con otros presidentes estadounidenses recientes de Estados Unidos y con varios dirigentes europeos, los datos vuelven a arrojar una brecha evidente.
En diversidad léxica, Trump es el último de la lista. Su 10,4 % contrasta con el 20,3 % de Biden, el 18,4 % de Obama o el 15,7 % de Bush. Es decir, su sucesor demócrata de la primera legislatura empleó casi el doble de palabras diferentes en un volumen de discurso comparable. Entre los europeos, todos se sitúan por encima en los últimos años. Por ejemplo, Boris Johnson alcanza el 19,6 %, Varadkar un 15,7 %, Orbán un 12,6 % y hasta Macron, el que menos, se mantiene en el 11,2 %, todavía por encima del republicano.
Fuente: Agencias
En longitud media de frase, Obama ronda las 24 palabras por oración. Biden y Bush, más contenidos, oscilan entre 13 y 16. Trump queda aislado en la franja baja, con poco más de 11. En términos de legibilidad, la escala va de un grado 2 de Trump a un grado 11 de Obama, con Biden rondando 4º y Bush en torno a 7º. Los mandatarios europeos se concentran entre los niveles 7 y 10.
El estilo de oratoria de Donald Trump no es simplemente una peculiaridad personal, sino un modelo de comunicación deliberado. Al condensar las ideas en frases cortas y muy accesibles, y priorizar la repetición sobre la argumentación compleja, reduce la complejidad y facilita la difusión de los mensajes", cuenta Silvana Vladimirova, analista de datos de PlayersTime.
"Si bien este enfoque aumenta la inmediatez y la memorabilidad, también puede limitar los matices y desalentar una mayor comprensión de los detalles de las políticas. Con el tiempo, este equilibrio entre claridad y profundidad puede determinar no solo la interpretación que el público hace de sus mensajes, sino también los estándares que espera del discurso político en general", concluye.
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martes, 2 de junio de 2026
El efecto protector que tiene la fibra sobre nuestro cerebro y qué alimentos son los más recomendados

Una dieta rica en cereales integrales, frutas, legumbres, frutos secos y semillas, todos ellos fuente de fibra, puede tener enormes beneficios tanto para el cuerpo como para el cerebro.
Investigaciones recientes demuestran que la fibra potencia el microbioma e influye en el canal de comunicación entre el intestino y el cerebro, también conocido como eje intestino-cerebro, ralentizando así los síntomas del deterioro cognitivo.
Aumentar la ingesta de fibra es uno de los cambios dietéticos más efectivos para la salud cognitiva, afirma Karen Scott, profesora de microbiología intestinal en el Instituto Rowett de la Universidad de Aberdeen, en Escocia. Por otro lado, se ha descubierto que un déficit de fibra es un importante factor de riesgo dietético para la mala salud.
En EE.UU., alrededor del 97% de los hombres y el 90% de las mujeres no consumen suficiente fibra. La mayoría consume menos de la mitad de la cantidad diaria recomendada. En Reino Unido, más del 90% de los adultos no la consumen, y muchos otros países muestran deficiencias similares.
Entonces, ¿por qué es tan beneficiosa la fibra y cómo podemos consumirla en mayor cantidad?
Cómo funciona la fibra
La fibra es un carbohidrato que las enzimas digestivas no pueden descomponer fácilmente. Por lo tanto, la mayor parte pasa por el intestino prácticamente sin cambios.
Aumenta el tamaño de las heces. Nos mantiene saciados durante más tiempo y, al digerirla lentamente, provoca un aumento más gradual de los niveles de azúcar en sangre. Se ha demostrado que quienes consumen más cereales integrales al día tienen un Índice de Masa Corporal más bajo y menos grasa abdominal que quienes consumen cereales refinados.
Una dieta rica en fibra también puede ayudar a prolongar la vida y, por lo tanto, debería considerarse un nutriente esencial, afirma John Cummings, profesor emérito de gastroenterología experimental en la Universidad de Dundee, en Escocia.
Fuente de la imagen, Getty Images
Una revisión coescrita por Cummings reveló que quienes consumían más fibra mostraban una reducción del 15-30% en el riesgo de mortalidad en comparación con quienes consumían menos.
Un consumo adecuado de fibra, que según los investigadores es de unos 30g al día, reduce el riesgo de padecer enfermedad coronaria, accidentes cerebrovasculares, diabetes tipo 2 y cáncer de colon, lo que se traduce en 13 muertes menos por cada 1.000 personas.
Los mayores beneficios se observaron con un consumo de 25-29g de fibra al día.
Para lograrlo, puedes incorporar fibra, como porciones de fruta o verdura, en cada comida y refrigerio. Por ejemplo, una patata asada con judías al horno seguida de una manzana aportará unos 15,7 g de fibra. Comer frutos secos y semillas como tentempié también aumentará la ingesta: un puñado de frutos secos (unos 30g) contiene 3,8g de fibra.
La clave de este impacto es la relación de la fibra con el microbioma intestinal.
A medida que nuestras bacterias intestinales digieren la fibra, se producen subproductos beneficiosos, como los ácidos grasos de cadena corta acetato, propionato y butirato.
Estos productos metabólicos proporcionan energía esencial para las células y están relacionados con reducciones significativas de la mortalidad, explica Cummings.
Cómo la fibra protege el cerebro
Ahora también se cree que una dieta rica en fibra es particularmente importante para la salud cerebral, explica Scott.
La presencia del ácido graso butirato ayuda a mantener el revestimiento intestinal, afirma, reduciendo así el riesgo de que sustancias nocivas entren en el torrente sanguíneo y afecten al cerebro.
Por eso, la microbiota intestinal puede mejorar la cognición. "Cuanta más fibra consumas, más butirato se produce y, por lo tanto, mejor se puede conservar la cognición".
Un estudio de 2022 con más de 3.700 adultos descubrió que había un menor riesgo de demencia entre las personas con mayor consumo de fibra. Quienes consumían menos fibra mostraron un mayor riesgo.
De manera similar, otro estudio entre adultos mayores de 60 años encontró que aquellos que tenían dietas más ricas en fibra dietética mostraron una mayor función cognitiva.
Si bien los hallazgos anteriores fueron correlaciones, un ensayo controlado aleatorio más reciente con parejas de gemelos también identificó una relación causal en la fibra y la cognición.
Quienes consumieron un suplemento diario de fibra prebiótica mostraron mejores resultados en pruebas cognitivas a los tres meses, en comparación con quienes recibieron un placebo.
Los prebióticos son fibras simples que benefician a las bacterias intestinales y pueden consumirse como suplementos.
El análisis de muestras de heces reveló que el suplemento de fibra modificó el microbioma intestinal de los participantes, con un aumento de los niveles de bacterias beneficiosas, como Bifidobacterium.
Mary Ni Lochlainn, profesora clínica de medicina geriátrica del King's College de Londres, dirigió el estudio y afirma que es prometedor el uso de la dieta para ayudar a mejorar la salud cerebral y la memoria en la población de mayor edad. "Lo interesante del microbioma es su flexibilidad y ciertos microbios parecen estar asociados positivamente con la salud".
Frutos secos y legumbres. Fuente de la imagen, Getty Images
Por lo tanto, Ni Lochlainn está interesada en aprender cómo podemos aprovechar mejor el microbioma intestinal para mejorar el deterioro relacionado con la edad, tanto cognitivo como físico.
"Es un recurso sin explotar y un área poco explorada sobre la que estamos aprendiendo mucho más", afirma, y añade que podría "facilitar el envejecimiento".
Las investigaciones también demuestran que unos niveles más altos de producción de butirato tienen un efecto positivo en la depresión, mejoran el sueño y la función cognitiva. Las bacterias productoras de butirato, por ejemplo, se han relacionado con un mayor bienestar, así como con una reducción de las enfermedades mentales.
Además, el equipo de Scott ha descubierto recientemente que los pacientes con enfermedad de Alzheimer presentaban una mayor cantidad de marcadores proinflamatorios en sus muestras fecales y una menor cantidad de bacterias productoras de butirato, así como una menor cantidad de butirato en general.
"Esto se relaciona con el vínculo entre el butirato y el cerebro", afirma.
Este fue un estudio correlacional, afirma, pero también señala que respalda la creciente evidencia de que los cambios en nuestra microbiota intestinal están relacionados con la salud cerebral.
Cómo comer más fibra
Las investigaciones han demostrado que las personas con vidas largas y saludables tienen microbiomas intestinales diversos. Una dieta con diversas formas de fibra ayuda a fomentar esta diversidad, afirma Cummings.
Dada la gran variedad de fuentes, como frutos secos, frutas y verduras, es relativamente fácil aumentar su consumo.
Aumentar el consumo de alimentos de origen vegetal es una medida obvia, especialmente las legumbres, ya que los guisantes, las judías y las lentejas son ricos en fibra. Algunas incorporaciones sencillas podrían incluir garbanzos triturados en la masa de panqueques o añadir guisantes a los platos de pasta.
Sustituir el pan y la pasta blancos por variedades integrales es otra opción sencilla.
Si prefiere el sabor de la pasta blanca, mezclar ambos hace que la diferencia sea apenas perceptible. Asegurarse de que los cereales del desayuno sean integrales ayuda.
Comer palomitas de maíz, manzanas, semillas y frutos secos como refrigerio mejorará aún más su consumo de fibra, ya que cada alimento tiene diferentes efectos sobre la salud.
Además, la fibra se puede encontrar en suplementos, lo cual es especialmente útil para quienes tienen dificultad para masticar o tragar, como puede ser el caso de las personas con enfermedad de Parkinson.
Los beneficios de la fibra son tan grandes que, según Scott, "aumentar su consumo es realmente lo más beneficioso" que las personas pueden hacer por su salud general.
* Melissa Hogenboom es corresponsal sénior de salud de BBC Global y autora de Breadwinners.
Aumentar la ingesta de fibra es uno de los cambios dietéticos más efectivos para la salud cognitiva, afirma Karen Scott, profesora de microbiología intestinal en el Instituto Rowett de la Universidad de Aberdeen, en Escocia. Por otro lado, se ha descubierto que un déficit de fibra es un importante factor de riesgo dietético para la mala salud.
En EE.UU., alrededor del 97% de los hombres y el 90% de las mujeres no consumen suficiente fibra. La mayoría consume menos de la mitad de la cantidad diaria recomendada. En Reino Unido, más del 90% de los adultos no la consumen, y muchos otros países muestran deficiencias similares.
Entonces, ¿por qué es tan beneficiosa la fibra y cómo podemos consumirla en mayor cantidad?
Cómo funciona la fibra
La fibra es un carbohidrato que las enzimas digestivas no pueden descomponer fácilmente. Por lo tanto, la mayor parte pasa por el intestino prácticamente sin cambios.
Aumenta el tamaño de las heces. Nos mantiene saciados durante más tiempo y, al digerirla lentamente, provoca un aumento más gradual de los niveles de azúcar en sangre. Se ha demostrado que quienes consumen más cereales integrales al día tienen un Índice de Masa Corporal más bajo y menos grasa abdominal que quienes consumen cereales refinados.
Una dieta rica en fibra también puede ayudar a prolongar la vida y, por lo tanto, debería considerarse un nutriente esencial, afirma John Cummings, profesor emérito de gastroenterología experimental en la Universidad de Dundee, en Escocia.
Fuente de la imagen, Getty Images
Una revisión coescrita por Cummings reveló que quienes consumían más fibra mostraban una reducción del 15-30% en el riesgo de mortalidad en comparación con quienes consumían menos.
Un consumo adecuado de fibra, que según los investigadores es de unos 30g al día, reduce el riesgo de padecer enfermedad coronaria, accidentes cerebrovasculares, diabetes tipo 2 y cáncer de colon, lo que se traduce en 13 muertes menos por cada 1.000 personas.
Los mayores beneficios se observaron con un consumo de 25-29g de fibra al día.
Para lograrlo, puedes incorporar fibra, como porciones de fruta o verdura, en cada comida y refrigerio. Por ejemplo, una patata asada con judías al horno seguida de una manzana aportará unos 15,7 g de fibra. Comer frutos secos y semillas como tentempié también aumentará la ingesta: un puñado de frutos secos (unos 30g) contiene 3,8g de fibra.
La clave de este impacto es la relación de la fibra con el microbioma intestinal.
A medida que nuestras bacterias intestinales digieren la fibra, se producen subproductos beneficiosos, como los ácidos grasos de cadena corta acetato, propionato y butirato.
Estos productos metabólicos proporcionan energía esencial para las células y están relacionados con reducciones significativas de la mortalidad, explica Cummings.
Cómo la fibra protege el cerebro
Ahora también se cree que una dieta rica en fibra es particularmente importante para la salud cerebral, explica Scott.
La presencia del ácido graso butirato ayuda a mantener el revestimiento intestinal, afirma, reduciendo así el riesgo de que sustancias nocivas entren en el torrente sanguíneo y afecten al cerebro.
Por eso, la microbiota intestinal puede mejorar la cognición. "Cuanta más fibra consumas, más butirato se produce y, por lo tanto, mejor se puede conservar la cognición".
Un estudio de 2022 con más de 3.700 adultos descubrió que había un menor riesgo de demencia entre las personas con mayor consumo de fibra. Quienes consumían menos fibra mostraron un mayor riesgo.
De manera similar, otro estudio entre adultos mayores de 60 años encontró que aquellos que tenían dietas más ricas en fibra dietética mostraron una mayor función cognitiva.
Si bien los hallazgos anteriores fueron correlaciones, un ensayo controlado aleatorio más reciente con parejas de gemelos también identificó una relación causal en la fibra y la cognición.
Quienes consumieron un suplemento diario de fibra prebiótica mostraron mejores resultados en pruebas cognitivas a los tres meses, en comparación con quienes recibieron un placebo.
Los prebióticos son fibras simples que benefician a las bacterias intestinales y pueden consumirse como suplementos.
El análisis de muestras de heces reveló que el suplemento de fibra modificó el microbioma intestinal de los participantes, con un aumento de los niveles de bacterias beneficiosas, como Bifidobacterium.
Mary Ni Lochlainn, profesora clínica de medicina geriátrica del King's College de Londres, dirigió el estudio y afirma que es prometedor el uso de la dieta para ayudar a mejorar la salud cerebral y la memoria en la población de mayor edad. "Lo interesante del microbioma es su flexibilidad y ciertos microbios parecen estar asociados positivamente con la salud".
Frutos secos y legumbres. Fuente de la imagen, Getty Images
Por lo tanto, Ni Lochlainn está interesada en aprender cómo podemos aprovechar mejor el microbioma intestinal para mejorar el deterioro relacionado con la edad, tanto cognitivo como físico.
"Es un recurso sin explotar y un área poco explorada sobre la que estamos aprendiendo mucho más", afirma, y añade que podría "facilitar el envejecimiento".
Las investigaciones también demuestran que unos niveles más altos de producción de butirato tienen un efecto positivo en la depresión, mejoran el sueño y la función cognitiva. Las bacterias productoras de butirato, por ejemplo, se han relacionado con un mayor bienestar, así como con una reducción de las enfermedades mentales.
Además, el equipo de Scott ha descubierto recientemente que los pacientes con enfermedad de Alzheimer presentaban una mayor cantidad de marcadores proinflamatorios en sus muestras fecales y una menor cantidad de bacterias productoras de butirato, así como una menor cantidad de butirato en general.
"Esto se relaciona con el vínculo entre el butirato y el cerebro", afirma.
Este fue un estudio correlacional, afirma, pero también señala que respalda la creciente evidencia de que los cambios en nuestra microbiota intestinal están relacionados con la salud cerebral.
Cómo comer más fibra
Las investigaciones han demostrado que las personas con vidas largas y saludables tienen microbiomas intestinales diversos. Una dieta con diversas formas de fibra ayuda a fomentar esta diversidad, afirma Cummings.
Dada la gran variedad de fuentes, como frutos secos, frutas y verduras, es relativamente fácil aumentar su consumo.
Aumentar el consumo de alimentos de origen vegetal es una medida obvia, especialmente las legumbres, ya que los guisantes, las judías y las lentejas son ricos en fibra. Algunas incorporaciones sencillas podrían incluir garbanzos triturados en la masa de panqueques o añadir guisantes a los platos de pasta.
Sustituir el pan y la pasta blancos por variedades integrales es otra opción sencilla.
Si prefiere el sabor de la pasta blanca, mezclar ambos hace que la diferencia sea apenas perceptible. Asegurarse de que los cereales del desayuno sean integrales ayuda.
Comer palomitas de maíz, manzanas, semillas y frutos secos como refrigerio mejorará aún más su consumo de fibra, ya que cada alimento tiene diferentes efectos sobre la salud.
Además, la fibra se puede encontrar en suplementos, lo cual es especialmente útil para quienes tienen dificultad para masticar o tragar, como puede ser el caso de las personas con enfermedad de Parkinson.
Los beneficios de la fibra son tan grandes que, según Scott, "aumentar su consumo es realmente lo más beneficioso" que las personas pueden hacer por su salud general.
* Melissa Hogenboom es corresponsal sénior de salud de BBC Global y autora de Breadwinners.
lunes, 1 de junio de 2026
La trampa de la carga cognitiva: por qué estudiar más horas no siempre te ayuda a aprender más

Intentas estudiar algo. Te cuesta. Lees el texto una y otra vez pero no retienes nada.
La solución no está necesariamente en pasar más y más horas frente a tus apuntes, según la experta en educación Noelia Valle, profesora de fisiología de la Universidad Francisco de Vitoria en España y creadora del sitio de divulgación científica La Pizarra de Noe.
"Imagina intentar llenar una botella de agua con una manguera de bomberos a máxima potencia. La mayor parte del agua se derramaría y la botella seguiría medio vacía", plantea Valle en un artículo en The Conversation.
La educadora explicó a BBC Mundo por qué el enfoque cuantitativo no suele ser eficaz, ya que "el cerebro humano no aprende por acumulación, sino por integración".
Y la causa tiene que ver con dos conceptos clave: la memoria de trabajo y la carga cognitiva.
En el aprendizaje menos es más, agregó la experta, quien compartió consejos prácticos para mejorar nuestro rendimiento.
La memoria de trabajo y la carga cognitiva
La memoria de trabajo es la capacidad o espacio de trabajo cerebral que manipula cierta información de forma temporal para realizar con ella tareas complejas como el razonamiento, explicó Valle a BBC Mundo.
"Es el procesador o la RAM de nuestro cerebro, es decir, la habilidad para retener y manipular información durante un breve periodo de tiempo".
"Es como una tabla de cortar, el espacio físico donde pones todos los ingredientes que tienes que cortar y mezclar. Si pones demasiados ingredientes se caerán de la tabla. Pues la memoria de trabajo no puede "cocinar" (procesar) más de lo que cabe en esa tabla".
La carga cognitiva es entonces la cantidad de esfuerzo mental (la receta) que debe realizar tu memoria de trabajo para procesar (cocinar) la nueva información, agregó.
Y tiene dos partes: la intrínseca, que es la dificultad inherente de un tema; y la extrínseca, que puede aumentar cuando el esfuerzo mental es inútil porque está provocado por explicaciones confusas o exceso de estímulos, explicó la educadora.
"Tiene menos carga cognitiva intrínseca hacer un huevo frito que cocinar una paella valenciana. Si además la receta está mal redactada, se va la luz o alguien te está molestando mientras cocinas, se añade dificultad (carga extrínseca) al proceso".
La profesora Noelia Valle, con una camiseta negra y pelo rubio en melena, frente a una pizarra con dibujos con tizas de colores sobre biologíaFuente de la imagen,Gentileza Noelia Valle Pie de foto,
La profesora Noelia Valle es la creadora del sitio de divulgación científica La Pizarra de Noe.
En nuestra "RAM" solo caben entre 5 y 9 elementos
Nuestra capacidad para aprender depende de usar eficientemente nuestra memoria de trabajo, señaló Valle.
"El problema es que su capacidad es muy limitada, ya que solo puede contener entre 5 y 9 elementos. Tanto es así que, si excedemos esa capacidad, si nos llega de golpe más información de la que nuestro cerebro puede procesar, se perderá".
Cuando se habla de un límite de entre 5 y 9 "elementos", ¿se trata de datos? ¿O de conceptos?
Pueden ser ambas cosas, apuntó la experta.
"En psicología se llama chunks a los fragmentos o unidades de información. La memoria de trabajo tiene espacio para manipular entre 5 y 9 chunks. La diferencia entre que los chunks sean un dato o un concepto depende de que la persona que los maneja sea experto o novato".
"Para un estudiante de primero de medicina 'frecuencia cardíaca alta', 'presión arterial baja' y 'piel fría' son tres datos distintos que ocupan espacio en la memoria de trabajo. Si le doy tres síntomas más, se satura".
"Para un médico experto esos tres datos se agrupan automáticamente en un solo concepto: 'shock hipovolémico'. El médico solo ocupa un chunk de su memoria de trabajo con ese concepto complejo, por lo que le quedan 6 o 7 huecos libres para incluir el tratamiento, la información que le da la enfermera y el historial del paciente".
Valle señaló que la memoria de trabajo no distingue si lo que está usando es un dato simple o un concepto complejo que ya estaba almacenado en la memoria de largo plazo.
"Caben 5-9 elementos, pero el tamaño de esos elementos depende de tu grado de conocimiento. Aprender consiste precisamente en convertir muchos datos sueltos en un solo concepto sólido para que ocupe menos espacio en la memoria de trabajo y puedas pensar en cosas más difíciles".
"Los expertos no tienen más memoria, sino que la tienen mejor organizada".
Valle señaló que los docentes pueden ayudar a disminuir la complejidad intrínseca de un tema, por ejemplo, segmentando la información de lo simple a lo complejo.
Y también pueden reducir la carga extrínseca eliminando distracciones innecesarias, como exceso de animaciones en una presentación, entre otras acciones.
Una joven explicando a otra algo mientras las dos están frente a una computadoraFuente de la imagen,Getty Images Pie de foto,Explicar a otra persona lo que aprendimos ayuda a rendir más. "El cerebro no aprende mientras recibe información sino cuando se esfuerza por recuperarla".
¿Cómo mejorar nuestro rendimiento?
La evidencia apunta a que es más efectivo estudiar un par de horas al día durante varias semanas que estudiar muchas horas seguidas en el mismo día, afirmó la educadora.
Y dentro de esas dos horas es importante tomar descansos.
"Estudiando dos horas seguidas es más probable que satures el espacio de tu memoria de trabajo y que acumules tanta carga cognitiva que te fatigues. Y el cansancio y la frustración son distractores, es decir, carga extrínseca (la mala)".
"Hacer descansos breves cada media hora permite, por un lado, que la información pase de la memoria de trabajo a un estado de consolidación, y por otro, que al volver tras un descanso obligues a tu cerebro a recordar dónde te quedaste. El cerebro no aprende mientras recibe información sino cuando se esfuerza por recuperarla".
Entre las tareas que realizamos para aprender, las de mantenimiento (releer o recordar una lista de elementos) tienen efectos neuronales limitados, afirmó Valle.
"Pero las de actualización (las de pensar), que desafían constantemente al cerebro a manipular la información y no solo a retenerla son las que más consistentemente se asocian con un aumento de la actividad en regiones del cerebro claves para el aprendizaje y la recompensa".
Valle da algunos ejemplos de tareas que nos obligan a pensar:
Cambiar de formatos: convertir un texto en un esquema o dibujo, o pasar un gráfico a una explicación verbal, obliga a reorganizar mentalmente el contenido. Realizar pruebas de autoevaluación y reescribir la respuesta corrigiendo y ajustando el razonamiento. Practicar el "dos-atrás". Es decir, mientras se lee una lista de pasos o términos, detenerse y explicar el vínculo entre el concepto actual y el que apareció dos posiciones antes.
Explicar a otra persona lo que hemos aprendido.
"Y mejor si la persona a la que se lo explicas es ajena a ese conocimiento pues el esfuerzo que realices será mucho mayor. Por ejemplo, cuando acabes de leer este artículo explícale a alguien la diferencia entre un dato y un concepto para la memoria de trabajo".
"Si nadie quiere o puede escucharte, cuéntatelo a ti mismo, por escrito (siempre es bueno practicar la redacción) o hablándote. Y cuando estés estudiando déjate escritas preguntas sobre aquello que te ha resultado más complicado entender, para que al volver al estudio empieces respondiéndote a esas preguntas".
"Hoy en día la IA puede ayudarnos generándonos preguntas o problemas en diferente formatos y niveles de dificultad".
Una mano con un lápiz dibujando un gráfico en un papelFuente de la imagen,Getty Images Pie de foto,
Convertir un texto en un esquema o dibujo, o pasar un gráfico a una explicación verbal, obliga a reorganizar mentalmente el contenido.
El sueño y el entorno
El sueño es clave en los procesos de consolidación de la memoria, explicó Valle.
"Sabemos que mientras dormimos el sistema glinfático limpia el cerebro de los desechos metabólicos, y, también, que mientras soñamos (fase REM) repetimos lo aprendido durante el día lo cual activa las mismas neuronas y refuerza sus conexiones".
"Por lo tanto, el descanso que nos ofrece ".
El espacio y el momento que eliges para estudiar también importan, agregó la experta.
"Si estudias en un espacio desordenado, con ruido o dejas activadas las notificaciones del móvil, tu cerebro está usando parte de su memoria de trabajo para inhibir esos estímulos".
"Y por otro lado el momento del día en el que nos ponemos a estudiar debe ir a favor de nuestro cronotipo, es decir, debemos estudiar cuando nuestras funciones ejecutivas están en su pico. Intentar memorizar algo complejo cuando tu cuerpo está en su valle de energía es aumentar la carga cognitiva necesaria para la misma tarea".
Hombre joven durmiendo en la camaFuente de la imagen,Getty Images Pie de foto,
"Mientras soñamos (fase REM) repetimos lo aprendido durante el día, lo cual activa las mismas neuronas y refuerza sus conexiones".
Relacionar la información con nuestra propia realidad
Aprendemos mejor aquello sobre lo que pensamos, de nuevo, porque el esfuerzo necesario promueve la consolidación de la memoria. En términos celulares, consolidar significa crear nuevas conexiones entre neuronas. Y sabemos que las neuronas que se activan juntas se acaban uniendo.
Por lo tanto, activar el recuerdo de la nueva información con ejemplos cotidianos conocidos, ayuda a crear esa nueva conexión que asegura el paso de memoria de trabajo a memoria a largo plazo, explicó Valle.
"Si estás estudiando la inflación, compara el precio del café de hoy con el de hace un año. Al conectar la definición con algo que te afecta crearás un ancla del que tirar cuando tengas que recuperar ese recuerdo".
"Esto, además de ayudarte a aprender, entrenará tu pensamiento crítico, algo que tampoco viene mal para seguir aprendiendo".
Un joven estudiando sentado. En la mesa tiene un laptop, una tablet, libros y cuadernos de apuntes abiertos y una taza de caféFuente de la imagen,Getty Images Pie de foto,
"Si estás estudiando la inflación, compara el precio del café de hoy con el de hace un año. Al conectar la definición con algo que te afecta crearás un ancla del que tirar cuando tengas que recuperar ese recuerdo".
Qué hacer cuando sentimos que la complejidad de un tema nos supera…
Antes de frustrarnos debemos tener claro que cuando somos principiantes en algo la carga cognitiva es siempre muy alta, afirmó Valle.
"Cuando aprendes a conducir tienes que pensar en pisar el embrague, mirar los espejos, mover la palanca de cambios, soltar suavemente, poner el intermitente, girar el volante, frenar. Como cada acción ocupa su espacio en tu memoria de trabajo te sientes saturado, y si en ese momento alguien te hace una pregunta irrelevante lo más seguro es que no sepas qué responder", señaló la educadora a BBC Mundo.
"Cuando ya sabes conducir y has automatizado (guardado en tu memoria a largo plazo) todos esos movimientos, puedes mantener una conversación y escuchar la radio mientras conduces".
En esos momentos de frustración, Valle recomienda por ejemplo empezar por fragmentar la información.
"Déjala en trozos tan pequeños que parezcan ridículos de aprender. Esos pequeños logros generarán dopamina que te ayudará para ir superando retos".
También aconseja realizar esquemas simples con palabras clave para asegurarnos de que el orden es el correcto.
"Pasa después a realizar mapas conceptuales complejos en los que integres informaciones relacionada".
Joven con los ojos cerrados se agarra la cabeza con las manos en señal de frustración mientras está sentado frente a libros, cuadernos y una computadora Fuente de la imagen,Getty Images Pie de foto,
En momentos de frustración, Valle recomienda fragmentar la información. "Déjala en trozos tan pequeños que parezcan ridículos de aprender. Esos pequeños logros generarán dopamina que te ayudará para ir superando retos".
Entender y respetar a tu cerebro
Un cerebro más fuerte trabaja menos, ya que, según revela la neurociencia, entrenar la memoria de trabajo conduce a una disminución de la activación en regiones cerebrales clave, especialmente en la red frontoparietal, que es fundamental para las funciones ejecutivas, explicó Valle.
"De la misma manera que un atleta experimentado utiliza menos energía para ejecutar una acción en comparación con un principiante, a medida que el cerebro se vuelve más hábil en una tarea, necesita reclutar menos recursos neuronales para lograr el mismo o incluso un mejor rendimiento".
El aprendizaje efectivo no se basa en forzar nuestro cerebro más allá de sus límites, concluyó la experta.
"Se trata de entender y respetar la arquitectura cognitiva con la que todos operamos para minimizar el esfuerzo inútil y maximizar el aprendizaje profundo".
El aprendizaje efectivo se basa, aseguró la educadora, "en ser más inteligentes en cómo presentamos la información a nuestro cerebro".
Puedes ver aquí el artículo de Noelia Valle en The Conversation con más consejos para docentes y estudiantes. Y aquí su sitio de divulgación científica "La Pizarra de Noe".
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