sábado, 8 de agosto de 2026

Los "números amigos", las extrañas parejas matemáticas que han cautivado a amantes, místicos y científicos por 2.500 años

Ilustración con los números 220 y 284

Fuente de la imagen,BBC Mundo / Daniel Arce

Pie de foto,En griego, los números amigos eran sigma pi delta y sigma kappa... pero aquí los tienes traducidos: el primer par y el único, por siglos.

Dos números que, a primera vista, no parecen tener ninguna relación. Sin embargo son amigos o hasta amantes, según algunas lecturas.

Sus estrechos lazos se revelan cuando sumas sus divisores propios, es decir, los números que los dividen exactamente sin contarse a sí mismos. Mira lo que pasa:

Los divisores de 220 son 1, 2, 4, 5, 10, 11, 20, 22, 44 y 55, y suman 284.

Los divisores de 284 son 1, 2, 4, 71 y 142, y suman 220.

Cada uno guarda la identidad exacta del otro. Esa es, en esencia, la definición de números amigos: un par de cifras en el que la suma de los divisores propios de la primera da como resultado la segunda, y viceversa.

No sabemos con exactitud cuándo se descubrió este vínculo, pero tenemos una pista temprana: la primera referencia escrita que se conserva es de Jámblico de Calcis, filósofo neoplatónico sirio de los siglos III-IV d.C.

Jámblico, le atribuyó el hallazgo a Pitágoras –como solían hacer los pitagóricos con casi cualquier descubrimiento matemático–, y citó al maestro diciendo "un amigo es otro yo", una relación que, según comentó, "se observa en estos números".

Hablaba precisamente de 220 y 284, el primer par descubierto y, durante siglos, el único conocido.

Para los pitagóricos, fascinados por la aritmética y su dimensión filosófica, era una representación numérica de la amistad, y ese simbolismo no se quedó encerrado en los tratados de matemáticas, aunque se tratara de la teoría de los números, una de las ramas más puras de la ciencia.

Ante dos entidades separadas que, por su naturaleza interna, se completan perfectamente la una a la otra, no es de extrañar que se les imbuyera de significado, mística y mito, cargándolas de deseos y esperanzas.

Incluso cuando llegaron tiempos más racionales, estos pares siguieron atizando las pasiones de brillantes matemáticos rivales.

Protagonizaron, además, un caso fascinante de simultaneidad científica, cuando dos pares fueron descubiertos dos veces en la historia en lugares remotos geográfica y culturalmente.

Fraternidad, amistad y amor

Jacob con turbante dorado y abrigo vinotinto con dorado, barba y cabello largo, arrodillado, con una mano en el pecho y en la otra asiendo un bastón. Al lado izquierdo se ven varias personas, y más claramente una mujer bajo una sombrilla cargando a un bebé y otra sentada en el piso en primer plano, alimentando a una niña.

Fuente de la imagen,Getty Images

Uno de los lugares más sorprendentes en los que se rastreó el secreto que guardaban estos números fue la Biblia.

Pie de foto,Así imaginó el artista neerlandés Jan Victors a Jacob pidiéndole perdón a Esaú, 1652.

Jacob con turbante dorado y abrigo vino tinto con dorado, barba y cabello largo, arrodillado, con una mano en el pecho y en la otra asiendo un bastón. Al lado izquierdo se ven varias personas, y más claramente una mujer bajo una sombrilla cargando a un bebé y otra sentada en el piso en primer plano, alimentando a una niña. 

Místicos cabalistas resaltaron que, cuando Jacob estaba por reencontrarse con Esaú –el hermano al que había arrebatado la primogenitura y que 20 años atrás había jurado matarlo–, le envió un regalo descomunal, que incluía rebaños enteros de cabras, ovejas, camellos, vacas y asnos.

Entre ellos, dos cifras llaman la atención: 200 cabras y 20 machos cabríos, es decir, 220 animales; y, por separado, 200 ovejas y 20 carneros, otros 220.

¿Casualidad? Los comentaristas judíos no lo creyeron así.

La interpetación de Rav Nachshon Gaón, quien dirigió la academia rabínica de Sura (actual Irak) en el siglo IX, decía: "Jacob, nuestro padre, preparó su regalo de manera sabia (...) el número 220 es un secreto oculto (...) Y Jacob tenía esto en mente; esto ha sido probado por los antiguos para asegurar el amor de reyes y dignatarios".

Según la lectura mística, Jacob estaba enviando un conjuro numérico. Al recibir el 220, el alma de Esaú activaría –sin saberlo– su mitad recíproca, el 284: el afecto, la reciprocidad, el perdón fraterno.

La idea de que estos números podían inducir cariño, no solo simbolizarlo, viajó también al mundo islámico.

El historiador Ibn Jaldún, en su Muqaddima (1377), señaló: "Los practicantes de la magia talismánica afirman que los números amigos 220 y 284 tienen una influencia para establecer una unión o una amistad muy fuerte entre dos personas".

En el influyente grimorio "Libro de Picatrix" (originalmente titulado Ghāyat al-Ḥakīm, "El objetivo del sabio" y escrito alrededor del año 1000), el autor llevó la receta a la práctica.

El texto describe cómo fabricar dos talismanes bajo una configuración astrológica favorable -con la Luna y Venus en posición propicia-, grabar el 220 en uno y el 284 en el otro, y enterrarlos juntos para sellar "un amor eterno y una afección muy fuerte".

Y, hablando del arte de usar esos números "para realizar cálculos relacionados con el amor", indicó además que cuando dos personas consumían o bebían esos números, "entablaban una gran amistad y se volvían mutuamente gratas".

"Si se tallaban dichos números en madera y se marcaba con ellos pan o cualquier otro alimento para ofrecérselo a alguien, esa persona sentiría un gran amor y deleite hacia quien se lo daba, continuó.

"Si se llevaban escritos en la ropa, las prendas no podían ser arrebatadas a su dueño; y si se plasmaban en estandartes colocados en la calle para atraer clientela, lograban atraer negocios hacia uno".

Detalló además el método para conquistar a la persona deseada: plasmar los números en la comida, comerse uno mismo el mayor y darle a la otra persona el menor; o darle 220 pasas o semillas de granada y consumir uno mismo 284.

El autor, cuya identidad es desconocida, aseguró haber probado el método "muchas veces" y haber "encontrado verdad en ello".

Fragmento de dos páginas de la obra conocida en la Europa medieval como el Picatrix


Fragmento de dos páginas de la obra conocida en la Europa medieval como el Picatrix

Fuente de la imagen,Library of Congress / World Digital Library



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El Picatrix es un libro de astronomía, astrología, conocimientos místicos y ocultos, alquimia y magia, compuesto en árabe en la España musulmana en algún momento antes de mediados del siglo XI.

Cuando estos tratados árabes y las traducciones de la aritmética griega llegaron al latín medieval y renacentista, algunos eruditos dejaron de llamarlos simplemente numeri amicabiles –números amigos– y empezaron a referirse a ellos como numeri se invicem amantes: números que se aman mutuamente.

Así, 220 y 284 habían dejado de ser un ejemplo aritmético de la amistad pitagórica para convertirse, en la imaginación popular, en el equivalente numérico de una pareja de amantes.

Uno más grande y otro, gigantesco

Cuenta una leyenda que un sultán aficionado a los acertijos descubrió que tenía entre sus prisioneros a un matemático. Le propuso un trato: si le planteaba un problema imposible de resolver, quedaría libre hasta el día en que el sultán diera con la solución.

Ese día, sería ejecutado.

El matemático lo retó a encontrar un par desconocido de números amigos... y murió libre, de viejo.

Pero esa, como dijimos, es una leyenda.

Mientras esa aura mística seguía envolviendo a los números amigos, y en la Europa medieval dormían casi olvidados en los manuscritos, en Bagdad, Damasco y las cortes de Al-Ándalus ocurría lo contrario.

Entre los siglos VIII y XIV, el mundo islámico se convirtió en el gran guardián y motor del saber matemático: se tradujeron al árabe los textos griegos de Euclides, Nicómaco y Diofanto, se les sumaron los avances de la aritmética india, y de esa mezcla surgieron descubrimientos que iban mucho más allá de lo heredado.

Thābit ibn Qurra (826-901 d.C.), un matemático, astrónomo y traductor nacido en Harrán (actual Turquía) no se limitó a admirar a los amigos conocidos: quiso entenderlos, y en el proceso formuló un teorema general capaz de generar nuevos pares a partir de una fórmula.

Según los historiadores que han estudiado sus manuscritos originales, es muy probable que el propio Thābit haya encontrado un segundo par, hasta entonces desconocido: 17.296 y 18.416.

Siglos más tarde, dos matemáticos de rincones distintos del mundo islámico -Ibn al-Bannā, en Marruecos, y Kamāl al-Dīn al-Fārisī, en Persia- llegaron de forma independiente al mismo par, aplicando la fórmula de Thābit.

Eruditos en la Casa de la Sabiduría, una academia de ciencias en Bagdad (Irak), siglo XIV.

Fuente de la imagen,Getty Images

 
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Eruditos en la Casa de la Sabiduría, una academia de ciencias en Bagdad (Irak), siglo XIV.

Thābit trabajó estrechamente con los eruditos de la Casa de la Sabiduría de Bagdad, manteniendo viva su llama intelectual. El capítulo se cerró con broche de oro a finales del siglo XVI, cuando el matemático persa Muhammad Baqir Yazdi calculó un tercer par, muchísimo más grande: 9.363.584 y 9.437.056.

Yazdi lo dejó registrado en su tratado Oyoun Alhesab ("Las fuentes de la aritmética"), sin sospechar qué estaba por venir en la historia de estos pares.

Dos grandes... rivales

En Europa, entretanto, no se sabía nada de esto: la única pareja de amigos conocidos era la descubierta hacía milenios en la Antigua Grecia, los originales 220 y 284.

Aunque Thābit ibn Qurra era un astrónomo muy respetado en la Europa medieval -bajo el nombre latinizado de "Thebit"-, el manuscrito donde explicaba su regla para hallar números amigos nunca se tradujo al latín, y quedó archivado en las bibliotecas de Medio Oriente y el norte de África.

En el siglo XVII llegó la Ilustración, y la razón se impuso sobre la mística. Pero eso no quiere decir que la pasión se apagara. Ya no era tanto por talismanes ni conjuros de amor, sino algo igual de intenso: el ego y la rivalidad de dos genios que no se soportaban.

Pierre de Fermat y René Descartes eran dos de las mentes matemáticas más brillantes de la Francia de su tiempo pero también polos opuestos en carácter y en método, lo que los llevó a protagonizar disputas ácidas por casi cualquier tema que ambos tocaran. La teoría de números y los números amigos no fueron la excepción.

En 1636, Fermat lanzó una bomba: anunció, a través de su amigo y correo científico Marin Mersenne, el descubrimiento de un segundo par de números amigos, ausente desde los tiempos de Pitágoras: 17.296 y 18.416.

Descartes, que jamás disimuló su poco respeto por la forma de hacer matemáticas de su rival y no estaba dispuesto a quedarse atrás, respondió dos años después con un golpe todavía más grande: tras una maratón de cálculos hechos a mano, anunció en 1638 un tercer par, muchísimo más descomunal: 9.363.584 y 9.437.056.

Retratos ovalados de Descartes y Fermat, ambos serios, con cabello oscuro hasta los hombros, bigote y con vestiduras vino tinto y negras, y grandes cuellos blancos. 

Retratos ovalados de Descartes y Fermat, ambos serios, con cabello oscuro hasta los hombros, bigote y con vestiduras vinotinto y negras, y grandes cuellos blancos.

Fuente de la imagen,Getty Images


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Pierre de Fermat (der.) era abogado del Parlamento de Toulouse (Francia) y matemático aficionado; René Descartes era polímata, una de las figuras clave de la Revolución Científica.

¿Notaste que esos pares son los mismos que ya se habían descubierto?

Lo curioso -y lo que ninguno de los dos sabía- es que ambos habían llegado a sus descubrimientos redescubriendo, sin saberlo, la misma fórmula que Thābit ibn Qurra había formulado 700 años antes en Bagdad.

Es un fenómeno que en la ciencia se conoce como redescubrimiento independiente.

Y en este caso, pasarían casi tres siglos más antes de que el historiador holandés Jan Hogendijk confirmara, en 1985, lo que Fermat y Descartes nunca supieron: que los eruditos de Medio Oriente se les habían adelantado.

Pero, ¿Cómo es posible que dedujeran exactamente la misma fórmula?

Lógicamente...

No fue magia ni espionaje; fue la lógica de las matemáticas.

Tanto Thābit como Fermat y Descartes se inspiraron en Euclides, el gran geómetra de la Antigüedad. Los tres se preguntaron si la ingeniosa construcción que había ideado para los números perfectos podía adaptarse para generar números amigos.

En matemáticas, cuando mentes brillantes parten del mismo lugar con el mismo destino, la lógica suele llevarlas por el mismo rumbo, aunque las separen siglos, idiomas y fronteras.

Con todo, tras milenios de historia, seguían siendo apenas tres los pares de números amigos conocidos. Hasta que llegó Leonhard Euler.

En 1750, el matemático suizo publicó un artículo titulado De Numeris Amicabilibus, en el que describió un método mucho más elegante y sistemático para encontrar nuevos pares.

Y halló 59 números amigos más. Como escribió el historiador de las matemáticas William Dunham: "Él solo multiplicó por 20 la reserva mundial de números amigos".

Pero incluso a un genio como Euler se le escapó algo.

En 1866, un adolescente italiano de 16 años llamado Nicolò Paganini descubrió el par 1184, 1210 –el segundo más pequeño que existe, justo detrás de 220, 284–, uno que había pasado inadvertido para todos los grandes matemáticos.

Hoy, con la potencia de cálculo de las computadoras, se conocen más de mil millones de pares de números amigos. Sin embargo, después de casi 2.500 años, siguen guardando secretos que intrigan a los matemáticos.

Y, si te paseas por internet, aún puedes encontrar llaveros y dijes a la venta con corazones partidos en dos, y los números 220 y 284 grabados en cada mitad. 

viernes, 7 de agosto de 2026

Hiroshima y Nagasaki

Este 6 de agosto se cumplen 81 años del bombardeo atómico de Hiroshima. Tres días después, el 9 de agosto, se conmemorará el mismo aniversario del bombardeo de Nagasaki.

Ambos ataques provocaron una destrucción difícil de dimensionar y dejaron consecuencias que se prolongaron mucho después del final de la Segunda Guerra Mundial.

Decenas de miles de personas murieron durante las explosiones y en los días posteriores. Las estimaciones varían, pero se calcula que para finales de 1945 habían fallecido alrededor de 140.000 personas en Hiroshima y unas 74.000 en Nagasaki. La mayoría eran civiles: niños, ancianos, trabajadores, estudiantes y familias enteras. Entre las víctimas también había numerosos coreanos y personas trasladadas a Japón como trabajadores forzados durante el periodo colonial.

Estados Unidos lanzó la bomba de uranio Little Boy sobre Hiroshima el 6 de agosto de 1945. Tres días después, lanzó la bomba de plutonio Fat Man sobre Nagasaki. Entre ambos bombardeos, la Unión Soviética declaró la guerra a Japón y, durante la madrugada del 9 de agosto, inició una gran ofensiva contra las fuerzas japonesas en Manchuria.

La decisión estadounidense continúa siendo objeto de debate. Quienes la defienden sostienen que aceleró la rendición de Japón y evitó una invasión terrestre que, según sus estimaciones, habría causado una cantidad todavía mayor de muertos. Sus críticos argumentan que Japón ya se encontraba militarmente debilitado, que podían haberse explorado otras vías y que la entrada de la Unión Soviética en la guerra también fue determinante para que el Gobierno japonés aceptara la derrota.

No existe una interpretación única que haya cerrado por completo esta discusión. Más allá del debate sobre las razones que llevaron a utilizar las bombas, fueron lanzadas sobre ciudades habitadas y causaron la muerte de una enorme cantidad de civiles.

Recordar esta tragedia es necesario. Comprenderla plenamente también exige recordar el contexto de la guerra que la precedió y a las víctimas que el Imperio japonés dejó en diferentes partes de Asia.

Antes de los bombardeos, el Imperio japonés había librado durante años una guerra de expansión. Esa ofensiva incluyó la colonización de Corea, la ocupación de Manchuria, la invasión de China, la masacre de Nankín, el ataque japonés a Pearl Harbor del 7 de diciembre de 1941 y la posterior expansión por el sudeste asiático. Durante ese proceso se cometieron ejecuciones, torturas, trabajo forzado, violencia sexual y matanzas de civiles.

La Unidad 731 realizó experimentos con seres humanos y desarrolló armas biológicas en los territorios ocupados de China. Numerosas mujeres, principalmente coreanas, chinas, filipinas y procedentes de otras partes de Asia, fueron sometidas a un sistema de esclavitud sexual establecido al servicio del Ejército imperial japonés. Civiles y prisioneros de guerra también fueron obligados a trabajar en condiciones brutales y sufrieron hambre, malos tratos, torturas y ejecuciones. En Manila, Singapur, Malasia y otros territorios ocupados se cometieron además masacres contra la población civil.

Muchas de estas atrocidades no fueron simples excesos aislados de algunos soldados. Formaron parte de una guerra impulsada por un régimen militarista que buscaba ampliar su dominio territorial y político mediante la fuerza.

Reconocer los crímenes del Imperio japonés no convierte a los habitantes de Hiroshima y Nagasaki en responsables de esas decisiones, ni disminuye el carácter devastador de los ataques nucleares. Del mismo modo, recordar a las víctimas japonesas no debe utilizarse para borrar el sufrimiento causado por el Ejército imperial en Asia.

Hoy, 81 años después, Hiroshima y Nagasaki continúan siendo símbolos mundiales de la destrucción nuclear. Al mismo tiempo, en China, Corea, Filipinas y otros países de Asia siguen vivas las memorias de la ocupación japonesa y de los crímenes cometidos durante aquellos años. Son recuerdos diferentes de una misma guerra, transmitidos por sobrevivientes, familias, museos, libros y ceremonias que no siempre cuentan la historia desde el mismo lugar.

Con la desaparición progresiva de quienes vivieron directamente aquellos acontecimientos, el riesgo no es únicamente olvidar, sino recordar de manera selectiva. Presentar a Japón solamente como víctima borra el sufrimiento causado por el Imperio japonés en Asia. Presentar a toda la población japonesa como responsable borra a los civiles que murieron sin haber decidido la guerra.

Hiroshima y Nagasaki no pertenecen únicamente al pasado. Siguen presentes en los debates sobre las armas nucleares, la responsabilidad histórica y la forma en que cada país decide explicar su propia historia. Recordarlas de manera completa implica mirar también a Nankín, Corea, Manila, Singapur, a las víctimas de la Unidad 731 y a las demás personas afectadas por la expansión japonesa, sin utilizar el dolor de unos para silenciar el de otros. Antonio Peña

#TalDíaComoHoy de 1945, Estados Unidos se convirtió en el primer (y único) país en lanzar una bomba atómica contra la población civil siendo Hiroshima el objetivo.

A las 8:15 del 6 de agosto, el Enola Gay lanzó "Little Boy"; tres días después, el Bockscar arrojó "Fat Man" sobre Nagasaki.

En cuestión de segundos miles de personas fueron incineradas o aplastadas. Para finales d e 1945 habían muerto unas 140.000 en Hiroshima y cerca de 74.000 en Nagasaki. Los hibakusha (sobrevivientes de los ataques nucleares) padecieron durante décadas quemaduras, leucemias, cánceres y las secuelas de la radiación. En Hiroshima, más de 51.000 edificios quedaron destruidos o calcinados.

La versión oficial afirma que este crimen era inevitable para forzar la rendición y evitar una invasión a la isla. Pero Japón estaba militarmente derrotado: sufría un bloqueo devastador, carecía de combustible y materias primas y ciudades como Tokio también habían sido bombardeadas por EE. UU. Una parte de su cúpula militar buscaba terminar el conflicto preservando al emperador y esperaba una mediación soviética.

Esa esperanza desapareció el 8 de agosto, cuando la URSS declaró la guerra. El Ejército Rojo lanzó una ofensiva fulminante, destrozó al Ejército de Kwantung y hundió el dominio japonés en Manchuria. El colapso militar, la entrada soviética en la guerra y la posibilidad de conservar la institución imperial ofrecían alternativas reales al exterminio nuclear provocado por EE. UU.

Ni siquiera existió unanimidad sobre entre los altos mandos estadounidenses. Eisenhower sostuvo que Japón ya estaba derrotado y que emplear la bomba era innecesario; el almirante William Leahy la calificó de arma bárbara que no aportó ayuda material para vencer.

La verdad es que Hiroshima y Nagasaki no fueron los últimos bombardeos de la Segunda Guerra Mundial, sino que fueron una demostración de poder ante la URSS y el primer acto de la naciente Guerra Fría. EE. UU mostró que pretendía imponer su hegemonía mediante el terror nuclear. Años después se consolidó el mito político de que cientos de miles de soldados estadounidenses habían sido salvados porque se evito la invasión a Japón, transformando una matanza de civiles en un acto de necesidad.

"La inmensa mayoría de la evidencia documental disponible hoy en día demuestra que, antes de que se lanzara la bomba atómica, los principales responsables políticos y militares estadounidenses sabían que Japón estaba derrotado de forma exhaustiva y que intentaba rendirse. [...] El peso abrumador de la evidencia sugiere que el principal motivo de la rápida decisión de Truman de utilizar esta nueva arma fue su deseo de impresionar a la Unión Soviética con el poderío estadounidense. La bomba fue vista como un martillo diplomático para asegurar que Estados Unidos tuviera el control en la configuración del mundo de la posguerra, particularmente en Europa del Este y Asia."

-Gar Alperovit (1995): La decisión de usar la bomba atómica y la arquitectura de un mito americano.

Ofensiva antisindical mundial. Los multimillonarios golpean a la democracia

Fuentes: Rebelión


Cuestionado por mal comportamiento laboral el Gobierno argentino recibió una fuerte sanción. La principal confederación sindical mundial ubica a Argentina entre los 10 peores países en cuanto a respeto de los derechos sindicales.

Tabla de posiciones que significa una verdadera condena a Javier Milei. Inmutable y luego de algunas semanas el Gobierno argentino parece no haberse dado por aludido ante esas serias críticas internacionales. Sigue adelante con su programa macro de ajustes -robustecido por la reciente visita al país de la directora del Fondo Monetario Internacional- y de medidas antisindicales.

Por su parte, las organizaciones sindicales y los movimientos sociales ratificaron el 22 de julio su “Plan de lucha” contra el Gobierno de Milei, anticipando una marcha en la primera semana de agosto y una movilización cuando el Gobierno convoque a patronales y sindicatos al Consejo del Salario Mínimo con el objetivo de definir el nuevo ingreso básico.

La radiografía gremial que publicó en junio pasado la Confederación Sindical Internacional (CSI), la organización de trabajadores más grande del mundo, reconoce como tendencia mundial un aumento de las violaciones de la libertad de expresión y de reunión a lo largo del último año, así como de los casos de agresión violenta contra trabajadores y ataques frontales contra las libertades civiles, como puede verse por la cantidad de arrestos y detenciones de trabajadores y sus representantes.

En su Informe de 2026 El Índice Global de los Derechos de la CSI. Los peores países del mundo para los trabajadores y las trabajadoras, esta organización expresa su preocupación por la persecución de líderes sindicales, algo cada vez más habitual en un número cada vez mayor de países y advierte sobre el uso cada vez más frecuente de las nuevas tecnologías como método de control y para vigilar, disciplinar y silenciar a los trabajadores. Además evalúa que cada vez son menos los gobiernos que consultan a los sindicatos antes de enmendar o promulgar leyes laborales.

Alarmante ataque al sindicalismo

El diagnóstico de la CSI, entidad que aglutina 344 centrales y federaciones de 171 países con más de 200 millones de miembros, es contundente: lo que está ocurriendo es una erosión global de los principios democráticos, resultado de lo que califica como un “golpe de Estado de los multimillonarios contra la democracia”. Como un desgaste financiado por los ricos e implementado por líderes autoritarios y de extrema derecha. “El acaparamiento de beneficios y el hecho de que las expectativas de recaudación de impuestos sobre el patrimonio no se cumplan en la práctica”, alega la CSI, “hacen que este golpe de Estado se traduzca en un deterioro del nivel de vida”. En consecuencia, las reivindicaciones de los trabajadores y las trabajadoras, que deberían constituir la base de la democracia, son acalladas, mientras que aquellos que las socavan concentran más riqueza en sus manos.

Para la CSI, se trata de “un patrón que los poderosos preferirían mantener oculto: el debilitamiento sistemático de la democracia mediante ataques a los trabajadores, a los sindicatos y a la negociación colectiva”. Desde la represión de las huelgas hasta la erosión de las medidas de protección jurídica y la criminalización de los sindicatos, nada de esto constituye incidentes aislados, sino tácticas de una estrategia más amplia que pretende silenciar la disidencia y afianzar las desigualdades.

Varios porcentajes ilustran el deterioro de los derechos laborales esenciales. En el 50% de los países, por ejemplo, hubo ataques contra la libertad de expresión y reunión. En 75 países (el 50% de los evaluados) se ha arrestado o detenido trabajadores, un récord histórico. El derecho al registro legal de los sindicatos se ha visto obstaculizado en el 75% de los países. El derecho de huelga se vulneró en el 87% de los países. La negociación colectiva se restringió en 121 países, el mismo número que el año anterior, y en tres de cada cuatro países se obstaculizó la libertad de asociación, así como de formación de sindicatos y la afiliación a los mismos.

Europa y las Américas (Norte, Centro y Suramérica) se han llevado las peores calificaciones desde 2014, año en que se creó este Índice. A modo de advertencia y sanción, cada año la CSI señala los peores diez países, es decir, los que menos respetan los derechos sindicales. En 2026 Argentina entra en dicha categoría con otras dos naciones latinoamericanas, Panamá y Ecuador; Turquía y Bielorrusia en Europa; Túnez, Egipto, Nigeria y Suazilandia, en África, y Myanmar (Birmania) en Asia. (https://www.ituc-csi.org/IMG/pdf/global_right_index_2026_es_v2.pdf?44483/4fb8b077de35d3439ad7f7f790918425a5947576c54824f0d83c2882641ee790).

Caer más bajo, casi imposible: el mal ejemplo argentino

Argentina está hoy entre los peores calificados en cuanto a derechos sindicales y su ubicación en la lista empeoró por segundo año consecutivo, pasando de “la existencia de violaciones regulares de los derechos” a una situación en la que “los trabajadores no tienen garantizados sus derechos”. Según la CSI, “desde su llegada al poder en 2023, el presidente de extrema derecha Javier Milei ha encabezado un programa radicalmente antisindical, socavando derechos básicos de los trabajadores, libertades civiles y la actividad sindical”.

Este descenso brusco y sin precedentes en apenas 24 meses deja a Argentina en el nivel 3 de 5 en una escala donde 5+ es el peor, el de “derechos no garantizados debido a la destrucción del Estado de derecho”. El mismo nivel en el que se encuentran únicamente naciones con situaciones de conflicto extremo, catástrofes o guerras, desde Haití a Sudán del Sur, pasando por Siria, Burundi y Libia. Argentina se acerca peligrosamente a esta calificación extrema.

La evaluación que la CSI hace de Argentina detalla los hechos concretos detrás de tan mala nota. Por ejemplo, la imposición de parte del Gobierno de niveles obligatorios de servicios “mínimos” sobre los trabajadores. Es decir, la exigencia de que en un contexto de huelga, de todo modo continúen proveyendo las funciones y tareas estrictamente necesarias para proteger las instalaciones de la empresa y garantizar la prestación de servicios, y con severas sanciones por incumplimiento. Además, el hecho de que los trabajadores y los sindicalistas deban enfrentar abusos sistemáticos y una reducción del espacio cívico. En agosto de 2025, recuerda la CSI, la policía detuvo a Federico Giuliani, secretario general de la sección cordobesa de la Asociación de Trabajadores del Estado (Central de Trabajadores de la Argentina Autónoma, o ATE-CTA A), junto con otros 14 manifestantes. Una vez en libertad, Giuliani se vio obligado a huir a España en calidad de refugiado político. (https://www.elsaltodiario.com/argentina/represion-sindical-federico-giuliani).

Como respuesta a la ofensiva gubernamental del Gobierno de Milei en los últimos 30 meses, las tres confederaciones sindicales argentinas más importantes convocaron varias huelgas. Según el Centro de Economía Política (CEPA), durante ese mismo periodo cerraron 28.262 empresas y se perdieron 350.000 puestos de trabajos formales, lo que ilustra la dimensión del proyecto antisocial del actual Gobierno (https://centrocepa.com.ar/documentos/informes/820-analisis-de-la-dinamica-laboral-y-empresarial-datos-a-abril-2026).

En el frente de resistencia contra Milei no solo se encuentran el movimiento sindical y en especial los sectores más combativos del mismo. Son centenares las movilizaciones sociales a nivel local, regional y nacional, así como el aumento de la represión. Cada miércoles desde hace varios meses, el Movimiento de Jubilados se moviliza en las principales ciudades del país. Cada 24 de marzo (aniversario del golpe de Estado de 1976), miles de personas salen a la calle por la Memoria y ahora también con consignas antigubernamentales. Fuerza creciente y muy significativa la de las mujeres y las diversidades que se autoconvocan dos veces por año. La última Marcha del Orgullo LGBTIQ+, en noviembre de 2025, congregó, según diversas fuentes, más de un millón y medio de participantes, y miles de personas se movilizaron en febrero de este año con la segunda Marcha del Orgullo Antifascista y Antirracista para reclamar contra la precarización de la vida y la reforma laboral aplicada por el Gobierno, iniciativa que reduce los derechos de los trabajadores y busca debilitar a los sindicatos.

En su Tercer Informe Especial de la Represión a la Protesta Social, publicado en enero, la Comisión Provincial de la Memoria constata que, en 2025, 4 de cada 10 movilizaciones públicas fueron reprimidas y que en 34 de las 79 marchas hubo represión (17 de 60 el año anterior); que unas 1.369 personas fueron heridas (1.216 heridos el año anterior), algunas de enorme gravedad, como ocurrió con el fotorreportero Pablo Grillo, y que dos personas perdieron la visión en un ojo. También, que se duplicó la cantidad de trabajadores de prensa heridos y aumentaron las detenciones arbitrarias con respecto a las del año anterior (https://www.comisionporlamemoria.org/se-duplico-la-represion-en-el-ultimo-ano-con-mas-personas-heridas-y-detenidas-arbitrariamente/).

Ultraderecha vs. sindicatos latinoamericanos

Una delegación de la UNI Global, principal confederación internacional de sindicatos del sector de servicios, con sede en Nyon, Suiza, visitó la región sudamericana a fines de junio de este año. En su informe sobre esa visita sostiene que “Argentina no es un caso aislado [ya que en] todas las Américas, gobiernos de derecha ganan las elecciones y muchos de ellos llevan a cabo la misma política una vez en el poder”. ¿De qué manera? Invocando la noción de urgencia económica para imponer reformas por decreto, lo cual les permite eludir el debate y la consulta.

Como ocurrió en Brasil bajo el Gobierno de Bolsonaro entre 2019 y 2023, y como está ocurriendo hoy en Argentina bajo el de Milei, subraya el Informe de la UNI Global, estos gobiernos terminan socavando la capacidad de los sindicatos para obtener los recursos que necesitan para continuar funcionando.

Por otra parte, Chile ha complicado considerablemente la realización de huelgas al imponer un nivel excesivo de “servicio mínimo” como el que Milei promueve en Argentina. En tanto, Ecuador y Perú están limitando las manifestaciones sindicales a áreas designadas como de “bajo impacto”, mientras que Trinidad y Tobago ha restringido los lugares donde se puede manifestar, concretamente, a zonas alejadas de las instituciones públicas. En Panamá y El Salvador los líderes sindicales han sido procesados y encarcelados (https://uniglobalunion.org/news/in-argentina-and-across-the-americas-unions-push-back-against-right-wing-attacks/).

¿Alternativas viables ante este programa antisindical? Más que recetas teóricas, es el momento de reforzar la unidad de los movimientos sociales a nivel nacional y regional. El Informe de la CSI vislumbra esta propuesta de “organización, negociación y campaña juntos”, lo que dará poder a los trabajadores y las trabajadoras para revertir esta erosión de sus derechos y construir un futuro más justo, inclusivo y democrático para todos. En tiempos en que las instituciones democráticas se encuentran bajo constante presión, los sindicatos no solo defienden los derechos en el trabajo, también salvaguardan la misma democracia.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

jueves, 6 de agosto de 2026

La niña que huyó de la Guerra Civil en el barco de Neruda: «No sabíamos lo que dejábamos ni lo que íbamos a encontrar»

Lola Patau, en su domicilio de Vilassar de Mar (Barcelona).
Lola Patau, de 92 años, rememora su huida del franquismo en el barco Winnipeg fletado por el poeta y cómo se acabó convirtiendo en la primera mujer periodista titulada de Chile.

La casa de Lola Patau, en Vilassar de Mar (Barcelona), parece construida a partir de la memoria. Objetos llegados de Chile y de otras partes del mundo, cuadros pintados por su marido, muebles que esconden mucha historia y fotografías familiares llenan una vivienda donde cada rincón parece tener algo que contar.

A sus 92 años, Lola conserva una lucidez extraordinaria y una memoria capaz de reconstruir con precisión episodios ocurridos hace más de ocho décadas. Su historia trasciende su biografía; es también la de miles de españoles obligados a abandonar su país tras la Guerra Civil.

El 3 de septiembre de 1939 el barco Winnipeg llegaba al puerto chileno de Valparaíso con casi 2.300 refugiados gracias a la iniciativa impulsada por el poeta Pablo Neruda. Mientras Europa asistía al comienzo de la Segunda Guerra Mundial, aquel viejo carguero, con capacidad para únicamente ochenta pasajeros, se convertía en el símbolo de un símbolo de salvación, el “mejor y más bello poema” para Neruda.

Entre aquellos pasajeros, viajaba una niña de apenas cinco años, Lola Patau. Cuando rememora ahora aquella travesía, lo primero que aparece no es el miedo, sino la mirada limpia de una niña que todavía no alcanzaba a comprender la dimensión de lo que estaba ocurriendo.

“El viaje fue muy bonito”, recuerda. Mientras los adultos cargaban con la incertidumbre y las renuncias, la canalla [los más jóvenes] pasaba el día corriendo de un lado a otro del barco. “Había profesoras y personas que se ocupaban de los niños mientras los mayores intentaban mantener una cierta normalidad con trabajos varios en mitad del océano”, cuenta.

El barco tuvo dificultades para atravesar el canal de Panamá porque no se habían abonado los derechos de paso. Un problema que terminó resolviéndose gracias a la ayuda de los cuáqueros –movimiento cristiano que defiende una relación directa con Dios, sin jerarquías– y a las gestiones realizadas por Neruda y su mujer, Delia del Carril. También hubo pasajeros que lograron embarcar como polizones después de no haber sido seleccionados oficialmente para una embarcación.

Un grupo de niños en la cubierta del Winnipeg. 


Un grupo de niños en la cubierta del Winnipeg.

El paso previo por Francia 

La Guerra Civil apenas ocupa espacio en los recuerdos infantiles de Lola. “Lo que permanece es una sucesión de despedidas”, dice. Antes del Winnipeg, hubo una Barcelona que se derrumbaba, una frontera atravesada a toda prisa y una familia separada por la guerra.

Su padre, que trabajaba como jefe de Finanzas de la Generalitat y simpatizaba con Esquerra Republicana, nunca militó en ningún partido. Cuando comprendió que la caída de Barcelona “era inevitable” decidió cruzar la frontera. Aquella decisión cambió para siempre su destino: él consiguió llegar a Francia, mientras su mujer y la pequeña Lola permanecieron todavía un tiempo en Catalunya.

El recibimiento al otro lado de los Pirineos estuvo muy lejos de ser un refugio. “Los franceses no fueron nada amables con las personas que se exiliaron allí”, resume sin rastro de resentimiento Patau. Su padre se vio obligado a trabajar en el campo, mientras una bronquitis “horrorosa” lo iba arrastrando.

“Mi madre cruzó sola la frontera española para reunirse con mi padre en Argelès-sur-Mer y poco después, a su regreso de nuevo a España para recogerme, volvimos definitivamente al país galo”, expone con voz de emoción. La familia terminó instalándose en Toulouse, donde unos familiares regentaban un laboratorio.

“La tranquilidad duró poco”, destaca. Europa volvía a prepararse para otra guerra y el padre de Lola tenía claro que no estaba dispuesto a vivir un segundo exilio. Fue entonces cuando el destino de miles de republicanos españoles se cruzó con el de un poeta chileno destinado en París.

Neruda, por aquel entonces agregado cultural de la embajada chilena en la capital francesa, convenció a su Gobierno para acoger a miles de refugiados españoles. Junto a su esposa, entrevistó personalmente a buena parte de quienes aspiraban a embarcar en el Winnipeg. Lola Patau habla de todo ello mientras conserva todavía la lista con los nombres de quienes lograron subir al barco.

La pequeña Lola no era consciente de que abandonaba para siempre el país donde había nacido. Solo sabía que sus padres seguían caminando porque no tenían otra alternativa. “No sabíamos lo que dejábamos, pero tampoco lo que íbamos a encontrar”, resume. 



Ruta del Winnipeg: Pauillac (04-08-1939) - Valparaíso (03-09-1939).


Ruta del Winnipeg: 
Pauillac (04-08-1939) - Valparaíso (03-09-1939). Ruta del Winnipeg: Pauillac (04-08-1939) – Valparaíso (03-09-1939). 

La llegada a Chile

“La suerte quiso que el Winnipeg ya navegara en aguas de jurisdicción chilena cuando comenzó la Segunda Guerra Mundial”, remarca la nonagenaria, plenamente consciente de la importancia de aquel detalle. Si el conflicto hubiera estallado antes, el barco podría haberse visto obligado a regresar a Europa y el destino de aquellos pasajeros habría sido muy distinto.

La llegada a Valparaíso, no obstante, tampoco fue tan idílica como muchos podrían imaginar. En el puerto aparecieron carteles de “no queremos a rojos aquí” y circularon rumores que aseguraban que los refugiados llegaban con enfermedades como el tifus.

Junto a ese rechazo, sin embargo, también hubo una recepción institucional que los pasajeros nunca olvidarían. En el puerto les esperaban el presidente Pedro Aguirre Cerda, Salvador Allende —entonces ministro de Sanidad— y, el de Exteriores, Abraham Ortega, a quien Lola sigue considerando uno de los grandes impulsores políticos de la llegada del Winnipeg a Chile y con cuya nieta, que vive en la provincia de Barcelona, mantiene a día de hoy una bonita amistad.

Superadas las barreras y los abrazos, Lola y sus padres se instalaron en Santiago de Chile. El padre encontró trabajo junto a otro empresario dedicado al mundo del vino y, poco a poco, comenzaron a reconstruir una vida que la guerra había interrumpido.

La niña del Winnipeg que hizo historia en el periodismo chileno

Patau fue la primera profesional femenina egresada de la Escuela de Periodismo de Santiago de Chile.


Chile dejó pronto de ser un país de acogida para convertirse en un hogar. Allí Lola Patau fue al colegio, hizo amistades y construyó una vida que ya no estaba “marcada únicamente por el recuerdo del exilio”, asegura. La niña que había cruzado el Atlántico con apenas cinco años creció en Santiago, aprendió a mirar el país que la acogía como propio y terminó escribiendo una pequeña página de la historia del periodismo chileno.

Su padre imaginaba para ella una carrera como farmacéutica, pero tras comenzar esos estudios, Lola se dio cuenta de que aquel no era su camino. Apenas un año después, se matriculó para estudiar periodismo y encontró el oficio que mejor encajaba con su forma de mirar el mundo.

Lola formó parte de la primera promoción en la que el Periodismo se impartía como estudios reglados en Chile. Aquella generación abrió el camino de una profesión que hasta entonces se aprendía principalmente dentro de las redacciones, cuenta. Al terminar la carrera, se convirtió en la primera mujer periodista titulada del país. Lo relata sin solemnidad, pero con el sentimiento de orgullo y satisfacción que caracteriza a quien ha formado parte de un gran logro.

Su talento no tardó en hacerse evidente. Durante el segundo curso, obtuvo un premio de periodismo que consistía en viajar a Cuba junto a los directores de los principales medios de comunicación de Santiago de Chile. Tenía poco más de veinte años y aquel viaje coincidió con uno de los momentos más convulsos de la historia reciente de la isla: la dictadura de Fulgencio Batista afrontaba sus últimos meses.

“Recuerdo una sociedad profundamente desigual y un ambiente de vigilancia permanente que impregnaba incluso las escenas más cotidianas”, destaca, a la vez que explica que en el ascensor del Hotel Intercontinental de La Habana nadie se atrevía a mantener una conversación. Nunca se sabía quién podía estar escuchando.

También recuerda cómo la policía anotaba las matrículas de los vehículos y cómo el miedo condicionaba la vida diaria. “Viví cómo todo el mundo esperaba a Fidel con impaciencia porque la dictadura de Batista era horrorosa”, afirma. Casi sin proponérselo, terminó siendo testigo directo de uno de los episodios políticos más importantes del siglo XX latinoamericano.

Una democracia que hoy parece imposible


Portada de 'españa democrática' anunciado la llegada de los refugiados.


Cuando habla del Chile donde comenzó a ejercer el periodismo, Lola utiliza una palabra que repite varias veces a lo largo de la conversación: “maravillosa”. Así define la democracia que conoció durante aquellos años.

Hay una escena que resume el país que recuerda: había ido al cine con unas amigas. Al salir comenzó a llover con fuerza y, mientras esperaba un taxi, un coche se detuvo a su lado. Al volante iba el entonces presidente de Chile, Gabriel González Videla. No llevaba escolta. Conducía él mismo y viajaba acompañado por su esposa, que años antes había dirigido el instituto donde Lola había estudiado. El presidente le ofreció acercarla a casa y ella aceptó con absoluta naturalidad. La sorpresa llegó al abrir la puerta de su vivienda.

Su padre no entendía cómo había conseguido regresar completamente seca en medio de aquel diluvio. “Cuando le expliqué a mi padre que el presidente de la República me había llevado en coche, reaccionó con incredulidad con un ”calla, calla“; no se lo podía creer”, añade durante la entrevista.

Lola Patau trabajó en cabeceras como El Mercurio y La Nación, dos de los periódicos más importantes de Chile, y más tarde obtuvo una beca que la llevó de nuevo a España como representante de El Mercurio. Aquella estancia le permitió ejercer también como corresponsal de El Debate chileno y reencontrarse, por primera vez desde el exilio, con el país donde había nacido.

La primera vuelta a España no respondió a un deseo de regresar definitivamente. En 1955 la familia decidió viajar a Barcelona porque la abuela de Lola estaba gravemente enferma. “Muchas personas nos recomendaron que no lo hiciéramos debido a la situación política, pero finalmente embarcamos con destino a una ciudad que yo apenas recordaba”, rememora. “Antes incluso de desembarcar comprendieron que aquel no sería un viaje cualquiera”.



Al día siguiente, toda la familia fue citada en la comisaría de Vía Laietana de Barcelona. No existía ninguna causa contra él, pero el miedo ya no los abandonó durante el resto de la estancia. Permanecieron tres meses y medio en España con la sensación de estar siendo observados y regresaron a Chile convencidos de que todavía no había llegado el momento de volver definitivamente.

“El contraste entre ambos países resultó evidente desde el primer día”, afirma. En Catalunya, Lola conducía un coche, vestía pantalones vaqueros y llevaba bikini con absoluta normalidad, costumbres que despertaban sorpresa e incluso rechazo en la España franquista. Recuerda cómo algunos taxistas con un “mujer tenía que ser” llegaron a increparla al verla conducir, mientras sus primas esperaban con ilusión la visita de “la prima de América”, fascinadas por aquella joven que traía consigo una manera mucho más moderna y abierta de entender la vida.

“Ya hemos quemado todas las naves”

El vínculo con Catalunya de la familia Patau nunca desapareció. En 1963 tomaron la decisión de regresar definitivamente a España, determinación motivada por el delicado estado de salud del padre de Lola y que contaba en España con facultativos de su confianza. Él mismo la resumió con una frase que nunca olvidaría, evocando a Hernán Cortés: “Ya hemos quemado todas las naves”. No habría marcha atrás.

La decisión implicaba renunciar a una vida cómoda. Dejaban una bodega de vinos, un latifundio al sur de Santiago, un piso en la capital, otro en Viña del Mar, chófer y servicio doméstico. “Estábamos muy bien”, recuerda Lola antes de guardar unos segundos de silencio. “Qué cambio, eh; qué cambio”, añade.

De vuelta a España, retomó durante un tiempo el periodismo, pero la vida volvió a cambiar de rumbo. Conoció a Jaume Gallach Prat, con quien se acabaría casando y formaría una familia con tres hijos. Poco después, la enfermedad de su marido obligó a reorganizar por completo la vida familiar. Lola dejó el periodismo para cuidar posteriormente de sus tres hijos (Marta, Josep y Mònica) y de él hasta su fallecimiento, a la edad de 86 años.

La familia acabó instalándose en Vilassar de Mar. Entre ese municipio y el centro de Barcelona es donde hoy recibe, con un Pisco Sour de bienvenida, a quienes quieren escuchar su historia. La casa del Maresme reúne recuerdos de Chile y de Catalunya, como si ambas orillas del Atlántico hubieran aprendido a convivir bajo un mismo techo. Cuando habla de su vida nunca siente la necesidad de elegir entre un país y otro. Ambos forman parte de su identidad. “He vivido dos vidas, tengo dos corazones”, resume.
 

Lola Patau, en 1937, con tres años de edad.

Lola Patau, en 1937, con tres años de edad. 

Cuando el Winnipeg volvió a llamar a su puerta

Durante décadas, el Winnipeg quedó como un recuerdo íntimo. Hasta que en 2020 volvió a aparecer de la forma más inesperada. Un cartel anunciando una obra de teatro sobre el barco llamó su atención en Barcelona. Un familiar comentó a los responsables de la representación que una de las pasajeras, Lola, estaba allí, entre el público. Nadie daba crédito. Aquella tarde comenzó una relación que la llevó a participar en homenajes, encuentros y proyectos dedicados a preservar la memoria del exilio republicano.

El pasado 10 de julio se estrenó la película de animación Winnipeg, el barco de la esperanza, en varias salas de Barcelona, Figueres, Girona, Lleida y otros municipios o ciudades catalanes. Su testimonio formará también parte del proyecto Memòries Sintètiques de la Universitat de Barcelona, una iniciativa que utiliza inteligencia artificial para conservar las voces de quienes todavía pueden contar en primera persona algunos de los grandes episodios del siglo XX. La periodista que dedicó su vida a narrar la historia de los demás será ahora quien ayude a preservar la suya para las generaciones futuras. 

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miércoles, 5 de agosto de 2026

Por qué el dios griego Kairós sigue siendo tan importante en los momentos clave de nuestras vidas

Detalle de la obra "El momento de la decisión (Kairós)", c. 1544. Forma parte de la colección del Palazzo Vecchio, Florencia. Se ve al dios con la cabeza calva por detrás y pelo por delante, barba y alas, sujetando una cuchilla y se alcanza a ver la parte superior de una balanza.

Fuente de la imagen,Getty Images

Pie de foto,Kairós trae esos momentos que ojalá no dejemos pasar.

"Ahora o nunca". Pocas expresiones resumen mejor una experiencia humana universal: la sensación de que existe un instante preciso para actuar y que, si lo dejamos escapar, quizás no vuelva.

A menudo solo entendemos la importancia de esos momentos cuando ya han pasado.

Y entonces llegan los lamentos: "¡Si hubiera dicho algo en ese momento!". O los reproches: "¿Cuándo voy a aprender a no abrir la boca?". Pero también las celebraciones: "Menos mal que me atreví". O la satisfacción de descubrir, a posteriori, que una decisión tomada en el último minuto fue exactamente la correcta.

Los griegos antiguos hicieron algo más que percatarse del valor de esos soplos fugaces: les dieron nombre propio, kairós (καιρός), y los convirtieron en concepto.

A diferencia de cronos (χρόνος), el tiempo que avanza, el del calendario y el reloj, kairós era algo más esquivo: la ocasión oportuna que se abre y se cierra, el instante en que algo -una palabra, una decisión, una acción- puede ocurrir con toda su fuerza o perderla para siempre.

Así, mientras cronos expresaba la concepción cuantitativa del tiempo -la duración, la edad, la velocidad-, señaló el filósofo John E. Smith, de la Universidad de Yale, kairós apuntaba a su carácter cualitativo: la posición especial que ocupa un evento en una serie, el momento que marca una oportunidad que tal vez no regrese.

En esencia, no todo instante es igual: algunos tienen peso, y ese peso no se mide en horas.

Para el mundo griego, ese peso era tal que merecía más que un nombre, así que lo encarnaron en un dios.

La imagen del instante oportuno

Kairós era una divinidad menor del panteón griego, hijo de Zeus según algunas fuentes, hermano del Destino según otras.

Más allá de su genealogía divina, vale la pena fijarse en su apariencia, pues cuando se trataba de imaginar a sus dioses, los griegos dejaban poco al azar: cada detalle tenía un significado.

Kairós en la portada de "Humanitas", obra de Urs Graf, 1513. Grabado que lo muestra sobre un globo, con alas en los pies, sujetando una navaja, con el pelo volando hacia adelante y desnudo. Fuente de la imagen,Getty Images Pie de foto,

Kairós es un instante único que irrumpe y exige atención.

Hacia el siglo IV a.C., el escultor Lisipo -uno de los tres grandes escultores de la Grecia clásica- creó una estatua de Kairós que se hizo famosa.

La obra en sí se perdió, pero pervivió en la memoria gracias a escritos como los del poeta Posidipo de Pela (c. 310 – 240 a.C.), quien compuso un diálogo imaginario con la estatua.

Por él sabemos que ese Kairós corría en puntillas, pues estaba siempre en movimiento, con alas en los pies, como si el viento lo llevara.

En su mano tenía una navaja. Su filo, según la interpretación más extendida, representaba la naturaleza escurridiza del kairós: ese instante crítico en el que una acción puede cambiarlo todo. Un segundo antes puede ser demasiado pronto; un segundo después, demasiado tarde.

Y un detalle que no se olvida: Kairós tenía el cabello largo y abundante por delante, cayéndole sobre la cara. Pero por detrás era completamente calvo.

El poeta pregunta: "¿Por qué tus cabellos caen hacia delante?".

"Para que quien me encuentre de frente pueda sujetarme", responde la estatua.

"¡Por Zeus!", exclama el poeta y pregunta: "¿Y por qué es calva la parte posterior de la cabeza?".

"Para que nadie, una vez que haya pasado corriendo con mis pies alados, pueda atraparme por la espalda".

El que fuera calvo por detrás no era un capricho estético, sino una advertencia.

Al momento oportuno puedes asirlo cuando viene hacia ti, cuando todavía está de frente. Una vez que pasa, no hay de dónde agarrarlo.

El saber de cuándo actuar

Más que adorar a Kairós, los filósofos y oradores griegos se interesaron por el kairós como idea, convencidos de que no dependía de la magia ni de la suerte, sino de una capacidad que podía cultivarse.

Para Isócrates, el célebre educador ateniense, la verdadera cultura no consistía en acumular saber abstracto; radicaba en ser capaz de orientarse en un mundo donde nada se repite exactamente y no existen recetas infalibles.

Aunque no hablaba aquí del kairós de forma explícita, muchos estudiosos han visto en sus palabras una de las expresiones más claras del pensamiento kairológico: la idea de que la sabiduría consiste, en buena medida, en saber leer las circunstancias.

Mujer vestida con chaqueta y pantalones rojos, zapatos blancos, cruzando una entrada que atrás se ve oscura y adelante colorida, con pasto verde en el piso, y figuras geométricas que muestran flores, mar, hojas, sol amarillo y un ave volando, todo sobre fondo azul cielo.Fuente de la imagen,Getty Images Pie de foto,

Hay momentos que duran segundos pero cambian una vida entera: una puerta que se cruza, una llamada que se responde, una pregunta que se formula o se deja pasar.

Aristóteles, en su "Retórica", convirtió el kairós -el momento y el contexto en que se presenta un argumento- en uno de los elementos esenciales de la persuasión.

Puedes tener toda la razón del mundo, pero si la expresas en el momento equivocado, cae en oídos sordos.

En la tradición sofística, el kairós era incluso más central.

Gorgia de Leontinos, uno de los grandes maestros de la retórica, entendía la persuasión como un arte que exige capturar en los momentos oportunos lo que es apropiado y sugerir lo que es posible.

Ellos y varios otros pensadores a lo largo de la historia han compartido esa misma intuición: la importancia de la atención a la ocasión.

No es casual que esa palabra tenga una historia tan sugerente. Procede del latín occasio, nombre de la diosa romana que personificaba la misma idea que el griego Kairós. Su raíz remite a algo que sobreviene, que se presenta de pronto. La ocasión no era una abstracción, sino una coyuntura favorable que aparecía ante uno y podía desaparecer con la misma rapidez.

Por eso Occasio heredó la misma iconografía de Kairós: el mechón de cabello sobre la frente y la nuca despejada. Si la dejabas pasar, ya no había de dónde sujetarla.

Y nosotros heredamos un refrán en el que aún sobrevive la imagen de Kairós y Occasio: "A la ocasión la pintan calva". Quizá porque, más de dos mil años después, seguimos enfrentándonos al mismo desafío: reconocer el momento justo antes de que sea demasiado tarde.

¿A tiempo?
Vivimos en la era de cronos por excelencia. Tenemos calendarios sincronizados en varios dispositivos, notificaciones que nos avisan cuándo debemos salir de casa, aplicaciones que convierten las horas en bloques de colores.

Somos, en términos cuantitativos, los seres más conscientes del tiempo que han existido en la historia de la humanidad.

Y sin embargo -o quizás precisamente por eso- a ratos nos invade una extraña sensación de haber dejado pasar cosas importantes.

Quizás el problema no es tanto falta de tiempo cronológico, sino que al preocuparnos tanto por administrar el tiempo cuantitativo a veces somos menos sensibles al cualitativo.

Un bloc de notas de espiral con las palabras «sí», «no» y «tal vez» —junto a casillas para marcar la elección— y un lápiz, sobre fondo amarillo.Fuente de la imagen,Getty Images Pie de foto,

No todas las decisiones dependen del tiempo que tenemos, sino del momento en que actuamos.

Sin darnos cuenta, podemos estar tan atentos al siguiente ítem de la lista que no notamos que lo que está ocurriendo ahora mismo es algo que no se van a repetir. Tan ocupados mirando el reloj que dejamos de leer la situación, y el kairós pasa de largo.

¿Recuerdas alguna conversación que postergaste hasta que perdió sentido tenerla? O tal vez lamentas una oportunidad de trabajo que dejaste pasar. Quizás alguna vez quisiste decirle a alguien gracias, lo siento, te quiero o te extraño, y el momento se fue deslizando, suave e imperceptible, hasta volverse imposible.

Pero también quizás en alguna ocasión, lo atrapaste: contra tu instinto de guardar silencio, dijiste lo que pensabas, y algo cambió. O por el contrario, en vez de hablar, escuchaste a alguien y aliviaste su dolor. De pronto, hiciste algo sin muchas ganas pero impulsado por el "ahora o nunca", y resultó ser exactamente lo que necesitabas.

Eso es kairós: no una teoría sobre el tiempo, sino algo que ya conoces por experiencia propia y que puedes aprovechar. Algo fugaz que trae un dios, o si prefieres, una diosa, con cabello por delante pero no por detrás.

En el umbral

Kairós no pide que hagas menos cosas. Pide que estés presente cuando las haces.

No se trata de estar ansioso y tratar de convertir cada segundo en una oportunidad épica. Eso sería distorsionar el concepto; además, sería agotador.

Los griegos no estaban predicando urgencia permanente: estaban describiendo una textura del tiempo que incluye tanto los largos tramos de cronos ordinario como los instantes de kairós que lo puntúan.

Isócrates no decía que sus alumnos debían crear los momentos oportunos. Decía que debían reconocerlos cuando aparecían.

Y reconocerlos es, en parte, una cuestión de atención: un oído un poco más afinado, una presencia un poco más completa, que te permite distinguir, por ejemplo, cuándo un ser querido necesita que le digas "¡Vamos, yo sé que puedes solo!" y cuándo necesita escuchar "No te preocupes, yo te ayudo".

Tampoco es vivir esperando que las condiciones sean perfectas pues, paradójicamente, sería otra forma de perderse el momento. El arte está mas bien en reconocer cuándo algo está listo para ser dicho, hecho, comenzado o terminado.

En la última estrofa del poema de Posidipo de Pela, la que cierra el diálogo con la estatua, el interlocutor pregunta para quién fue creada.

La respuesta es: "Para ti, viajero. Para ti fui hecha. Aquí, en el umbral, soy una enseñanza".

Una enseñanza en el umbral. No en el templo, no en la plaza pública, sino en el umbral: ese lugar entre adentro y afuera, entre lo que viene y lo que ya pasó.

Es difícil imaginar un lugar más adecuado para Kairós. 

martes, 4 de agosto de 2026

Cómo un tornillo ayudó a EE.UU. a conquistar el mundo

Bandera de EE.UU. pintada en una placa rectangular de metal, fijada con 4 tornillos

Fuente de la imagen,Getty Images

Pie de foto,Los tornillos fueron una muestra temprana del poder que forjaría EE.UU.

A veces lo que te hace poderoso es algo pequeño y ordinario. Estados Unidos lo probó con un tornillo de 60 grados.

La historia comienza a principios de la década de 1920, cuando el mundo era un caos absoluto en términos de estándares, incluso en cosas que hoy nos sorprenderían.

Cada país tenía sus propias reglas, y en Estados Unidos el enredo era todavía mayor: pese a formar una sola nación, cada estado seguía sus propios criterios, al punto que, por ejemplo, un semáforo en verde en Nueva York indicaba "detente", y en Búfalo, la ciudad vecina, era justo lo contrario.

"Hoy, todos paramos en rojo y seguimos con verde. Es un estándar de una interminable lista de estándares que son tan estándar que ni siquiera lo consideramos un estándar", apunta Roman Mars, creador del exitoso pódcast 99% Invisible.

Quien arregló ese desorden fue Herbert Hoover, quien es recordado con amargura pues años más tarde sería el presidente que gobernó durante la Gran Depresión.

Pero, antes de eso, Hoover fue el secretario de Comercio y, como tal, la persona ideal para lidiar con el problema.

"Simplemente creía en los sistemas. Era un burócrata clásico antes de que ese término se manchara y empezara a significar alguien que no hace nada", explica Mars.

Convencido de que, con los sistemas adecuados y una buena organización de la producción, todos prosperarían, se propuso estandarizar toda clase de cosas: desde los adoquines hasta las copas y los vasos.

Estaba en pos de la eficiencia, clave para el buen funcionamiento de la economía, y esta empieza con los objetos que la sostienen.

Así, por ejemplo, si en lugar de tener 65 tamaños distintos de adoquines para pavimentar las calles solo había 11, reemplazar una pieza dañada era mucho más fácil.

Bastaba con acudir al almacén y elegir otra idéntica, porque siempre habría repuestos compatibles.

Botón de campaña presidencial con el rostro de Hoover en blanco y negro en el centro y rayas rojas y blancas, así como franjas azules con dos estrellas blancas, rodeándolo.Fuente de la imagen,Getty Images Pie de foto,

A Hoover no le fue muy bien como presidente, pero antes de serlo, logró algo tremendamente difícil: que industrias enteras se pusieran de acuerdo sobre cuáles deberían ser los estándares.

Botón de campaña presidencial con el rostro de Hoover en blanco y negro en el centro y rayas rojas y blancas, así como franjas azules con dos estrellas blancas, rodeándolo.

Fuente de la imagen,Getty Images

 
Pie de foto,A Hoover no le fue muy bien como presidente, pero antes de serlo, logró algo tremendamente difícil: que industrias enteras se pusieran de acuerdo sobre cuáles deberían ser los estándares.

Hoover fue reduciendo el caos, objeto por objeto.

Sabanas de hospital, resortes de cama, forros de freno, neumáticos... todo pasó por su filtro estandarizador, incluso cosas que no pensarías que lo necesitan: se fijó hasta en cuántas horas debía resistir un vaso de vidrio con agua hirviendo para poder venderse como tal (6) y qué porcentaje de caucho nuevo debía llevar un neumático (70%).

"Llegar a acuerdos requirió largas discusiones y, a veces enfrentamientos, con reguladores y fabricantes, políticos y lobistas", resalta Mars.

"Pero quizás ningún caso fue tan desafiante o tan trascendental como la batalla por aquello que literalmente mantiene unido nuestro mundo: la rosca del tornillo".

Diferentes idiomas
Estandarizar las sábanas de los hospitales afecta solo a quienes fabrican ropa de hospital. Estandarizar el tornillo afecta a todo el mundo.

"Incluso si produces un objeto que no tiene tornillos lo haces con una máquina que requiere tornillos", señala el historiador Daniel Immerwahr, autor de How to Hide an Empire.

El problema era la rosca, ese filo en espiral que envuelve el cilindro y que tiene que encajar en un ángulo preciso con la pieza que lo recibe.

Un tornillo de 60 grados es uno cuya rosca está formada por filetes con un ángulo de 60°.

Ilustración de un tornillo, indicando su cabeza, cuello y rosca. Y de la rosca, detalle ampliado mostrando la cresta, filete y fondo.Fuente de la imagen,Getty / BBC Pie de foto,

La diferencia se marca en el ángulo que forma el filete entre su cresta y el fondo.

Un tornillo de 55 grados y uno de 60 grados son, a simple vista, indistinguibles. Solo se descubre la diferencia cuando uno no encaja donde debería.

"La diferencia no es fácil de ver", dice Immerwahr. "Pero la diferencia lo es todo".

Llegar a un consenso con los fabricantes de adoquines fue relativamente sencillo.

Alcanzarlo con todo un país en torno a un solo tornillo era otra cosa: nadie quería perder, y nadie quería adoptar el estándar de otro.

Aun así, en 1924, Estados Unidos lo logró: creó el estándar nacional del tornillo de rosca a 60 grados.

Hoover, exultante, exclamó: "¡Es un sueño hecho realidad! La utopía es nuestra".

El problema era que el resto del mundo seguía hablando otro idioma cuando se trataba de tornillos. Y esa anarquía, que Estados Unidos apenas había logrado domar puertas adentro, traería problemas a gran escala.

"A principios del siglo XX, el desarrollo tecnológico avanzaba a un ritmo vertiginoso. Cada año se fabricaban más objetos y empezaba a importar cómo estaban hechos y si eran compatibles entre sí, en otras palabras, que hablaran el mismo idioma", explica Immerwahr.

"Estados Unidos estaba creando un mundo de objetos industriales que hablaban 60 grados. Pero cuando esos objetos llegaban al extranjero, se encontraban con otros que hablaban 55 grados, o cualquier otro estándar.

"Era como si hablaran idiomas mutuamente ininteligibles: 'No entiendo lo que dices. Nunca podremos trabajar juntos'", ilustra el historiador.

El problema de que los objetos no hablaran el mismo idioma estaba a punto de agravarse: muy pronto dejaría de ser un asunto comercial para convertirse en una cuestión de vida o muerte.

Un ocaso y un amanecer
Cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, el presidente Franklin D. Roosevelt tuvo que convencer a un país reacio a involucrarse en un conflicto que aún no había tocado tierra americana a ayudar a los países que combatían a la Alemania nazi.

En una de las analogías políticas más célebres del siglo XX, diciendo: "Supongamos que la casa de mi vecino se incendia y yo tengo una manguera de jardín a unos metros. Si puede coger mi manguera y conectarla a su boca de agua, puedo ayudarle a apagar el incendio".

Pero, como señala Immerwahr, hay un problema evidente en esa metáfora: ¿qué pasa si tu manguera no encaja en el hidrante del vecino?

Ese pequeño detalle, multiplicado por millones de piezas, estuvo a punto de paralizar el esfuerzo bélico aliado.

Ningún estándar coincidía: un funcionario canadiense llegó a decir que, al inicio de la guerra, no había un solo fusil ni una sola bala que pudiera compartirse entre los aliados.

Dibujo en acuarela sobre papel de cuaderno con márgenes de un tornillo entre pinceladas de colores azul, tierra y beige. 

El costo de no tener un estándar único de tornillos fue enorme, pero el de aceptar ese estándar, también.

Estados Unidos se convirtió en el gran proveedor de armamento, vehículos y suministros de los aliados.

Mientras buena parte de Europa combatía o sufría bombardeos, la industria estadounidense seguía funcionando a pleno rendimiento y abastecía a los frentes desde el otro lado del Atlántico.

Pero esos aviones, tanques, camiones y armas debían ensamblarse, mantenerse y repararse a miles de kilómetros de donde habían sido fabricados.

Y todo lo que los ejércitos necesitaban para sobrevivir a la guerra dependía de toffrnillos que a menudo simplemente no encajaban.

Durante toda la guerra, Estados Unidos gastó US$600 millones enviando tornillos, tuercas y pernos adicionales al extranjero para solucionar los problemas de incompatibilidad.

Con ese dinero podrían haberse construido alrededor de mil bombarderos B-29.

Fue entonces cuando Reino Unido, que operaba con un ángulo de rosca de 55 grados, se sentó a negociar con Washington.

Immerwahr revisó las actas de esas reuniones, celebradas entre 1943 y 1945, y descubrió y descubrió una negociación que simbolizaba el ocaso de un imperio y el ascenso de otro.

En la primera reunión, los británicos dijeron que estarían dispuestos a hablar del tema.

En la segunda, que considerarían reequipar sus fábricas.

En la tercera, que sí, reequiparían, pero solo temporalmente, "para efectos de la guerra".

En la cuarta, simplemente cedieron: adoptarían el estándar estadounidense.

"Una cosa era que Estados Unidos declare su independencia", resume Immerwahr, "pero esto era Reino Unido declarando su dependencia".

Estaba admitiendo que, en el reino de los objetos -un terreno con peso económico inmenso-, sería Washington quien dictaría las reglas.

Una derrota aceptada, conviene recordarlo, mientras las bombas nazis seguían cayendo sobre Londres.

La ONU de los objetos

Señales de PARE en varios idiomas, todos iguales: un octágono rojo con letras y bordes en blancoFuente de la imagen,Getty Images Pie de foto,

En 1953 se adoptó internacionalmente la señal octogonal amarilla estadounidense de PARE como estándar... hasta que EE.UU. cambió de idea. Una vez que Estados Unidos y todo el Imperio británico compartieron el mismo ángulo de rosca, el resto del planeta simplemente se sumó.

Los estándares, explica Immerwahr, funcionan como una bola de nieve: cuando la mayoría hace algo de una manera, conviene sumarse rápido en vez de pelear una batalla perdida.

En 1947, delegados de 25 países fundaron la Organización Internacional de Normalización (ISO), una suerte de Naciones Unidas de los objetos. Y, poco a poco, el planeta empezó a afinarse según el tono de Washington.

El ejemplo favorito de Immerwahr es la señal de alto.

Un policía de Detroit, insatisfecho con que la señal cuadrada de "stop" se confundiera con otras señales, le recortó las esquinas y creó el octágono. La forma se popularizó en Estados Unidos y, en 1953, se convirtió en estándar internacional: un octágono amarillo.

Apenas un año después, químicos industriales estadounidenses desarrollaron un rojo reflectante más durable, y los ingenieros de tránsito decidieron que el rojo combinaba mejor con los semáforos.

Así que Washington, sin más, cambió de amarillo a rojo, obligando -otra vez- al resto del mundo a adaptarse.

Hoy, según los cálculos que Immerwahr hizo con un asistente de investigación, los países con octágono rojo representan el 91% de la población mundial, Corea del Norte incluida.

Y sin embargo, Estados Unidos se reserva el derecho de ignorar los estándares que no le convienen.

El caso más claro es el sistema métrico, un proyecto nacido en Francia antes de que Washington alcanzara su madurez industrial.

Estados Unidos, casi en solitario entre las naciones, nunca sintió la obligación de sumarse.

De ahí que, para la mayoría del planeta, el fútbol se juegue en una cancha FIFA de 100 metros, y en Estados Unidos, en un campo de la NFL de 100 yardas.

Un nuevo imperio
Globo terráqueo con muchos tornillos   de la imagen,Getty Images Pie de foto,

A veces objetos en los que casi no pensamos cuentan historias invisibles.

Al terminar la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos tenía bases militares y flotas por todo el mundo, y una de las pocas economías industriales que seguía en pie.

Pudo haber optado por el viejo manual imperial: colonias, gobernadores, tropas de ocupación. No lo hizo, y no por algún despertar moral, sino porque había tropezado con algo mejor.

Como dice Immerwahr, mantener el viejo imperio exigía un esfuerzo constante -soldados, gobernadores locales, insurrecciones que sofocar-; el nuevo poder estadounidense funcionaría distinto: "no está libre de fuerza ni de territorio -hay cientos de bases militares repartidas por el mundo-, pero cosas como la rosca del tornillo no se imponen a punta de pistola".

No era la primera vez que una potencia ejercía su influencia sin gobernar directamente otros territorios.

El Imperio británico ya había demostrado que el comercio, las inversiones y la diplomacia podían ser tan eficaces como las colonias.

Pero Estados Unidos añadió una nueva capa a esa lógica: una red de manufactura, estándares técnicos y cadenas de suministro que hacía que buena parte del mundo dependiera de sus tecnologías, piezas y normas.

No sustituyó completamente la fuerza; la complementó con mecanismos mucho más invisibles.

A veces no hace falta plantar una bandera cuando ya se han apretado los tornillos.

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* Este artículo es una adaptación del segundo episodio de la serie "A History of the United States in 100 Objects", producida por BBC Studios y 99% Invisible. Escúchala en tu app de podcasts favorita