martes, 21 de abril de 2026

Desigualdad. Joseph Stiglitz, premio Nobel de Economía: “La ideología de los millonarios tiene actualmente un grado de egoísmo alucinante”




El economista estadounidense Joseph Stiglitz, en una imagen tomada en Ginebra el pasado 16 de marzo.FABRICE COFFRINI (AFP / GETTY IMAGES
El economista y profesor estadounidense denuncia que nunca ha habido un ataque a la democracia como el que se produce ahora bajo el mandato de Donald Trump y el grupo de oligarcas que lo sostienen

La desigualdad actual es peor que la que Estados Unidos vivió durante la Gilded Age de finales del siglo XIX, dice Joseph Stiglitz. “La persona más rica de aquella época era John Rockefeller, pero su fortuna no era comparable a la de Elon Musk, Larry Ellison o Jeff Bezos”, explica por teléfono el economista, laureado en 2001 con el Nobel de Economía. “Su influencia política bajo el mandato de Donald Trump tampoco tiene precedentes, con Musk como el ejemplo más claro”.

Para Stiglitz (83 años, Gary, Indiana, EE UU), el sentido de la responsabilidad social que se aprecia en muchos de los magnates de la Gilded Age, que contribuían al bien público apoyando la creación de bibliotecas, universidades y centros de investigación, también representa un contraste radical con la ideología libertaria que exhiben hoy tantas personas de Silicon Valley, “una versión radical del ‘esto lo hice yo solo, déjame en paz’, una ideología con un grado de egoísmo alucinante porque lo cierto es que no han hecho nada por su cuenta, ha sido la investigación del Gobierno la que trajo internet y gran parte de las innovaciones con las que ellos ahora ganan dinero”.

Pregunta. Mucha gente esperaba que las instituciones modernas resistieran mejor que las del siglo XIX a la presión de las personas con poder económico, ¿no ha sido así?
Respuesta. Es cierto que el Congreso de finales del siglo XIX era bastante corrupto, pero nunca ha habido un ataque a la democracia como el que está ocurriendo bajo el mandato de Donald Trump y los oligarcas que lo sostienen. Hay aspectos muy preocupantes, como la supresión de la libertad de prensa tras la adquisición de la CBS por parte de Larry Ellison y el intento de retirar de la parrilla programas críticos con Trump, pero rentables, como el de Stephen Colbert. Esto es algo que nunca vimos en la Gilded Age. No sabría decir si nuestras instituciones son más fuertes o más débiles, lo que sí sé es que no están siendo lo suficientemente fuertes.

P. Usted está contribuyendo a la creación de un Panel Internacional sobre la Desigualdad para mejorar la información sobre la concentración de la riqueza, ¿falta información?
R. Igual que la información fiable del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático sienta las bases para políticas más urgentes, mejor orientadas y diseñadas. Aspiramos a conseguir lo mismo con el Panel Internacional sobre la Desigualdad. Una cifra en nuestro informe que nos ha llamado la atención es la magnitud de la concentración de riqueza: el 50% de la población mundial solo ha recibido un 1% de toda la riqueza creada en los últimos 25 años, una estadística impactante que ayuda a comprender hasta qué punto se han agravado las cosas. Otra cifra tremenda es la de los billones de dólares que se transferirán de una generación a otra en los próximos 10 años. En Estados Unidos nos gusta pensar que los ricos son personas hechas a sí mismas, pero nadie se hace a sí mismo cuando la mayoría de las innovaciones parten de investigaciones financiadas con fondos públicos. Y ahora, con estos billones de dólares siendo transferidos de una generación a otra, no solo tendremos una oligarquía, sino una plutocracia hereditaria.

P. En cuanto se comienzan a debatir impuestos a corporaciones y millonarios, aparecen excepciones y exenciones con potencial de neutralizar su poder redistributivo y recaudatorio, ¿Cómo protegerse ante eso?
R. Eso es completamente cierto. En primer lugar, tenemos que dejar claro el principio que persiguen los impuestos. Y en segundo, ser conscientes de que los ricos van a intentar introducir lagunas y excepciones para volverlos ineficaces. Lo sabemos y tenemos que protegernos contra eso. Estamos defendiendo un impuesto mínimo global del 2% sobre el patrimonio, que es un impuesto muy moderado y tiene la virtud de no ser complejo. Si tienes 100 millones de dólares, lo más probable es que como mínimo estés obteniendo una rentabilidad del 6%. Así que si ya has pagado un 33% por las ganancias de ese capital, no tendrás que pagar este impuesto, porque esa cantidad equivaldrá al 2% que proponemos como gravamen mínimo. Y un 33% sobre los rendimientos del capital sigue siendo menos de lo que muchas personas pagan sobre sus salarios.

P. Sabe que se resistirán a cualquier impuesto de este tipo.
R. Cuando estuve en Francia, me escandalizó escuchar a tantos millonarios admitiendo implícitamente que eran evasores fiscales, porque no querían pagar ni siquiera ese impuesto mínimo del 2%. Cuando se debatió en la Asamblea Nacional, introdujeron todo tipo de exenciones para que el impuesto no fuera aplicable a una gran parte de los millonarios. Así que es cierto, es una batalla constante, pero ya conocemos los trucos. Tras lo ocurrido en Francia, ya sabemos las formas en que la gente va a intentar evadirlo aprovechando las lagunas legales. Necesitamos asegurar un buen debate para cerrar esas lagunas.

P. Eso puede cumplir un fin redistributivo, pero no va a terminar con la influencia de los millonarios en la política…
R. Cierto. Para lograr eso tenemos que sacar el dinero de la política, y especialmente en Estados Unidos, donde las inversiones disfrazadas de contribuciones a las campañas reportan un alto rendimiento a los supermillonarios. En segundo lugar, no podemos permitir que solo los ricos controlen los medios de comunicación. Tiene que haber buenos sistemas de radiodifusión pública y apoyo para el periodismo de investigación. En tercer lugar, tanto las redes sociales como las inteligencias artificiales tienen que pagar por las noticias y por la información que roban a los medios tradicionales. Eso mejoraría los ingresos de los medios tradicionales y permitiría una prensa más diversificada. Y por último, Europa necesita crear su propio ecosistema mediático, no puede depender de X o de Facebook. Tiene que contar con sus propias plataformas independientes y parcialmente públicas para que la gente pague sus impuestos y reciba todas las comunicaciones.


Viajar también es recordar.

Mientras pedaleo recuerdo las ciudades que he visitado y al final algunos viajes se reducen a una pequeña ráfaga dentro del humo de la memoria.

A estas alturas de la vida hago ejercicio en la bicicleta estática durante media hora al día. Con ella puedo escalar valles y montañas, atravesar desiertos, cruzar los puentes de todos los ríos del planeta. Mientras pedaleo a veces trato de recordar los países y las ciudades que he visitado y al final algunos de aquellos viajes se reducen a una pequeña ráfaga dentro del humo de la memoria.

¿Qué era París? Estar orgulloso de que Roger Cazes, el dueño soberano de la Brasserie de Lipp, que seleccionaba a sus clientes con mucho rigor, gracias al común amigo el gran periodista Feliciano Fidalgo, corresponsal de EL PAÍS, me diera la mesa en la que poco antes se habían sentado Mitterrand, Yves Montand y Jeanne Moreau gente así, según me decía. París también consistía en comerse uno de los huevos duros que había en los cuencos de los veladores del Café de Flore y pensar que Camus, Sartre o Picasso pudieron haber hecho lo mismo; o leer con la emoción de un paleto advenedizo los nombres de Apollinaire, Gide, Samuel Beckett en las mesas de la Closerie des Lilas.

¿Qué era Praga? 
Era el musgo putrefacto que sudaban los sillares de la sinagoga de Pinkas del siglo XIV en las callejuelas del antiguo gueto, en el distrito de Josefov, que llevaban al viejo cementerio judío donde me encontré a una muchacha muy pálida, vestida de blanco, que permanecía de pie llorando frente a la estela de la tumba del poderoso rabino Löw, muerto en 1607, a quien la propia muerte temía. En este viaje supe que Kafka consistía en buscar el escarabajo de la Metamorfosis por toda la ciudad y estar condenado a no encontrarlo nunca hasta correr el peligro de que, al final, descubrieras que escarabajo eres tú.

¿Qué era Nueva Orleans? 
El olor a magnolia, a flores carnosas, a bebidas azucaradas de muchos colores con la hierbabuena asomada por el filo de los vasos largos; oír jazz puro sentado en el suelo en el Preservation Hall que se conservaba como el día en que Louis Armstrong tocó allí por primera vez la trompeta; ver pasar un entierro seguido de una orquestina de negros cantando la canción When the Saints Go Marchin In. Subir al tranvía que llevaba al barrio llamado Deseo y sentir que Marlon Brando con la camiseta sudada gritaba desaforado a su esposa Stella, y después encontrarte en Bourbon St. con Tennessee Williams, con Mark Twain, con Truman Capote bebiendo un licor duro en el Old Absinthe, cuyas paredes estaban empapeladas con dólares firmados.

¿Qué era Nairobi? 
No era la granja de Karen Blixen, situada a 15 kilómetros de la ciudad a la que acudí en peregrinación como un mitómano más de Las Memorias de África. Nairobi era para mí el recuerdo de la reserva de Massai Mara en la que me sentía protegido en una furgoneta montada como una jaula. Y vi que fuera, en la libertad de la sabana, un guepardo me observaba como si yo fuera una fiera muy peligrosa a la que había que tener enjaulada.

¿Qué era Shanghái? 
Era un millón de personas en cada esquina con una cantimplora en la mano. Era el Hotel Cathay, que mantenía el lujo ya destartalado anterior a la Revolución Maoista, en cuyo espacio flotaban los personajes de Vicki Baum, de Somerset Maugham y la acción de la novela de Malraux La condición humana. Ya no existían marineros entrando y saliendo de los olorosos burdeles de la calle Szechuan, ni gánsteres con esmoquin blanco, automóviles de cristales tintados a prueba de bala que trasportaban a los reyes de la prostitución, ni ruido de fichas en las timbas. En el armario de la habitación del hotel Cathay se podía entrar caminando y allí en el colgador alguna mujer había olvidado un traje de seda hacía cien años.

¿Qué era Dublín? 
Era la tienda de ropa Brown Thomas de la calle Grafton, que sale en el Ulises de Joyce, donde me compré una gabardina blanca y al torcer una esquina me encontré con el famoso restaurante The Bailey, frente al pub Davy Byrnes donde Joyce solía tomar un vino acompañado con queso Gorgonzola. Dublín eran las borracheras con sucesivas pintas de cerveza Guinness envueltas en carcajadas, gritos y músicas en los pubs, los pecados de la carne todavía que había que confesarse los sábados e ir a misa el domingo bien lavados y bien peinados bajo el sonido de las campanas. “¡Que el señor os bendiga, hermanos!”, decía el cura desde el altar a aquella parroquia compuesta de familias sanísimas, hijas casaderas y novios formales.

Dublín consistía en seguir el itinerario del Ulises por todas partes y saber que la ciudad estaba podrida por su literatura de modo que cualquier muchacha pelirroja podía ser Molly Bloom y, en su defecto, Nora Bernacle. Allí estaba el hotel Gresham donde tiene lugar la última escena de la película Los muertos, de Joyce, dirigida por John Huston. Mientras pedaleo en la bicicleta van y vienen otros países, otras ciudades convertidas en evanescentes ráfagas de la memoria. Y cumplida la media hora de ejercicio me apeo.

Sobre la firma Manuel Vicent

https://elpais.com/cultura/2026-01-24/viajar-tambien-es-recordar.html

lunes, 20 de abril de 2026

Rodrigo Quian Quiroga, neurocientífico: “El cerebro humano no busca recordar, sino entender” El investigador explora en su nuevo libro, ‘La máquina del olvido’, los entresijos de la memoria, cómo se construye el recuerdo y qué nos define como especie

Rodrigo Quian Quiroga, neurocientífico

El investigador explora en su nuevo libro, ‘La máquina del olvido’, los entresijos de la memoria, cómo se construye el recuerdo y qué nos define como especie.

Hay un poema profundamente soldado en la memoria del neurocientífico Rodrigo Quian Quiroga (Buenos Aires, 58 años). Son unos versos del escritor argentino Hilario Ascasubi que aprendió cuando tenía 12 años, mientras desayunaba una tostada y un chocolate en su casa antes de ir a clase: “Mi madre me quería matar porque no me lo había estudiado para el colegio… Y fue una situación de tanto estrés, porque me iban a poner un cero, que me lo aprendí y me quedó hasta hoy”, cuenta entre risas.

Los recuerdos son caprichosos, volátiles, maleables. Pero son nosotros, reivindica Quian Quiroga, que es coordinador del programa de investigación Mecanismos neuronales de la percepción y la memoria del Hospital del Mar Research Institut (IMIM): “Si a mí me reemplazan un brazo, voy a seguir siendo yo. Si me trasplantan el corazón, también. Pero si me trasplantasen el cerebro, no voy a ser yo, va a ser la otra persona con mi cuerpo. Claramente, la identidad viene ligada al cerebro, a los pensamientos y, en particular, a la memoria”.

De todo eso —y de Aristóteles, Borges, Maradona o de una falsa pelota naranja que habita en su recuerdo— escribe el neurocientífico en su nuevo libro, que llega a las librerías el 28 de enero: en La máquina del olvido (Ariel), Quian Quiroga explora los entresijos de la memoria, cómo se construye y hasta qué punto esa capacidad nos define como humanos.

El investigador sabe de lo que habla. Hace dos décadas, descubrió las llamadas neuronas de Jennifer Aniston, unas células nerviosas en el hipocampo que responden a conceptos específicos y a asociaciones, obviando detalles concretos. Este hallazgo, clave para cimentar la memoria, es también, a su juicio, una pieza fundamental para explicar lo que nos diferencia de otros animales o de la inteligencia artificial.

El investigador atiende a EL PAÍS en su despacho del Parque de Investigación Biomédica de Barcelona, a los pies de la playa de la Barceloneta. “Es sorprendente lo poco que recordamos”, dirá una y otra vez.

Pregunta. ¿Más que memoria, somos máquinas de olvidar?

Respuesta. Sí, porque, a diferencia de otros animales, una característica esencial del pensamiento humano es el olvido. Lo que hacemos todo el tiempo es que seleccionamos información, la procesamos y dejamos de lado los detalles. Al hacer eso, te puedes enfocar en lo esencial y tener una capacidad de razonamiento mucho más avanzada. Hacer esa abstracción implica un olvido.

P. Dice en el libro que “traer al consciente un recuerdo inevitablemente implica cambiarlo”. ¿La memoria está en constante reconstrucción?
R. Cada vez que evocas un recuerdo lo estás cambiando. Y el cambio puede ser brutal. De una memoria, tal vez recuerdas ciertas cosas específicas y las vas consolidando más y más; y otras que no las recuerdas tanto, las vas dejando en el olvido. Y eso para mí es la paradoja filosófica, porque la memoria define la identidad, yo soy mis memorias; pero lo que define mi persona es algo tan volátil...

El cerebro es la máquina del olvido: olvidamos mucho y recordamos muy poco, solo lo que nos interesa"

P. Entonces, ¿recordamos o creemos recordar?
R. El proceso de recordar existe, no es una ilusión, pero el recuerdo es, en gran parte, una construcción y usas sentido común. Hay un montón de cosas que son inferencias inconscientes: infieres cosas e, inconscientemente, vas armando una historia usando el sentido común, pero no necesariamente recuerdas fehacientemente todo lo que pasó.

P. ¿Qué hace una memoria más rigurosa?
R. La clave está en el interés, y eso va ligado a la atención. El cerebro es la máquina del olvido: olvidamos mucho, recordamos muy poco, pero lo poco que recordamos es aquello que nos interesa, aquello a lo que le prestamos atención.

P. Los animales también tienen memoria: un perro sabe volver a casa, reconocen al dueño. ¿Qué distingue a nuestra memoria?
R. Lo que yo propongo es que la memoria del humano funciona distinto a la de otras especies. Empiezo por un argumento de sentido común: la memoria te determina el pensamiento, yo pienso en base a cómo recuerdo las cosas; y creo que la clave del pensamiento humano es que es mucho más abstracto que el de cualquier otro animal. Un mono o una rata recuerda las cosas tal cual pasaron; nosotros recordamos más conceptos, dejamos de lado detalles y eso nos permite hacer asociaciones mucho más avanzadas. El ejemplo que doy es que la gran genialidad de Newton no fue escribir un día la fórmula de la gravedad, sino darse cuenta de que la manzana que cae responde al mismo fenómeno que la luna que gira alrededor de la Tierra. Pero para hacer esa comparación necesitas realmente abstraer, no puedes estar pensando si la manzana es roja o verde. Tienes que dejar de lado un montón de detalles y ahí viene la genialidad.

   

Rodrigo Quian Quiroga, neurocientifico, fotografiado en el patio del Parque de Investigación Biomédica de Barcelona. GIANLUCA BATTISTA

P. ¿Y la clave de todo está en cómo construyes la memoria?
R. El cerebro humano no es tan distinto del cerebro de un chimpancé. Es más grande, pero hay animales que tiene el cerebro más grande que el humano y no son más inteligentes. Yo creo que no es que el cerebro sea distinto, sino que funciona distinto. Y no creo que sea coincidencia que yo en humanos encuentre neuronas respondiendo a conceptos y no a detalles, mientras que en otros animales siempre encuentran neuronas respondiendo detalles y no a conceptos.

P. ¿Las neuronas de concepto, las famosas neuronas de Jennifer Aniston, no se han encontrado en otras especies?
R. No. Y eso me cierra todo: somos nosotros los únicos que hasta ahora tenemos estas neuronas que representan conceptos, abstracciones, lo cual implica olvidos. Eso me permite una capacidad de inteligencia muy superior a la que pueda tener otro animal. Y me puedo estar equivocando, no es un consenso científico, pero lo que yo digo es que estas neuronas son exclusivas del ser humano y que son una base de nuestra inteligencia.

P. Usted rechaza que se asocie la capacidad memorística a la inteligencia.
R. Eso es un error garrafal que está metido en todos lados. El cerebro humano no busca recordar, busca entender. O sea, lo que nos distingue a nosotros no es nuestra capacidad de memoria, sino nuestra capacidad de entendimiento. Un ejemplo: yo no me olvido nunca de que la batalla de Chacabuco de Argentina contra los españoles fue en 1817. Y no es porque tenga una regla nemotécnica, sino porque me acuerdo de que es un año después de la Declaración de Independencia. Lo que hago es poner una fecha en contexto y ya está, no se me va nunca más. Lo decía Aristóteles: la manera más fuerte que tienes de recordar algo es hacer asociaciones. Generas ese telar de la memoria y te queda bien firme. Si tienes hechos aislados, se te pierden.

Cada vez que evocas un recuerdo lo estás cambiando; y el cambio puede ser brutal”

P. ¿Cómo seleccionamos lo que recordamos?
R. Hay cosas que las repetiste tantas veces, que te quedaron automatizadas. Y luego, por la emoción, que está muy claro que es un factor que modifica qué tan profundos son los recuerdos.

P. ¿Por qué no nos acordamos de nada de nuestra primera infancia?
R. Se llama amnesia de la infancia. Y eso es porque el hipocampo, que es un área cerebral clave para la memoria, todavía no se ha desarrollado.

P. Coquetea todo el rato con la idea de qué nos hace humanos: la memoria, el lenguaje, el sentido común, esas inferencias inconscientes… ¿Qué nos hace humanos?
R. Es la misma idea desde distintos ángulos. ¿Qué nos separa de un animal? La capacidad de abstracción. Y eso es porque tenemos neuronas de concepto, lenguaje, entendemos... ¿Qué te separa de un ordenador? Que tiene memoria perfecta, pero no entiende; nosotros olvidamos un montón, pero entendemos.

P. Al principio del libro advierte de que se plantearán varios interrogantes que pueden quedar sin respuesta. ¿Qué no sabe la neurociencia?
R. ⁠La pregunta que todavía es incontestable es qué le falta a un algoritmo, a una inteligencia artificial, para despertar y ser consciente.

No pagar impuestos, el privilegio de la nueva aristocracia

Un manifestante sostiene una pancarta que pide gravar a los ricos, en la ciudad francesa de Nantes, en septiembre de 2025.
Stephane Mahe (REUTERS)

No existe ninguna justificación para un sistema regresivo en el que los más ricos contribuyen menos que el resto

Hoy existen más desigualdades de rentas y riqueza que nunca. En la ciudad de Nueva York, la renta media por hogar es de 131.000 dólares. Si no hubiera esa desigualdad tan pronunciada, los neoyorquinos podrían vivir razonablemente bien. En lugar de ello, un puñado de personas situadas en la cima de la escala acapara una riqueza inmensa mientras millones de habitantes tienen dificultades simplemente para llegar a fin de mes. Algunos no lo consiguen. Para ellos, Nueva York se ha vuelto, en definitiva, inasequible.

Este grado tan desmesurado de desigualdad tiene enormes consecuencias económicas, políticas y sociales. Socava la cohesión social y política, erosiona la confianza en las instituciones y empuja a la gente a pensar, con razón, que el sistema está amañado.

Casi la quinta parte de los multimillonarios de Estados Unidos viven en Nueva York, lo que constituye la mayor concentración de riqueza de todo el país. Pero la desigualdad no es un problema exclusivo de Nueva York, ni siquiera de Estados Unidos, aunque en este país haya más desigualdades que en casi cualquier otra economía avanzada. Es una crisis mundial.

El informe mundial sobre las desigualdades, encargado durante la presidencia sudafricana del G-20, reveló que, entre 2000 y 2024, el 1% más rico acaparó el 41% de toda la riqueza nueva, mientras que la mitad más pobre de la humanidad solo se quedó con el 1%. Este rumbo es insostenible.

Uno de los síntomas más claros de este desequilibrio es el aumento de la riqueza extrema. En 1987, los multimillonarios poseían una riqueza equivalente al 3% del PIB mundial. Hoy, esa élite diminuta —el 0,0001 % de la población mundial— posee una riqueza que equivale nada menos que al 16% del PIB mundial.

A medida que se concentra la riqueza, también lo hace el poder: el poder de influir en las elecciones, determinar las políticas, escorar los mercados y definir los términos del debate público.

Uno de los factores que más impulsan esta tendencia es nuestra incapacidad colectiva para gravar verdaderamente a los más ricos. Hasta hace poco, era difícil medir la magnitud del problema. Los datos públicos no registran las contribuciones fiscales de los ultrarricos. Sin embargo, en los últimos tiempos ha habido una avalancha de estudios que analizan precisamente ese aspecto y llegan a unas conclusiones claras.

En los años sesenta del siglo pasado, los 400 estadounidenses más ricos dedicaban aproximadamente el 50% de sus ingresos a pagar impuestos en las diferentes administraciones públicas. Hoy pagan alrededor del 24%.

No ocurre solo en Estados Unidos. En toda Europa —incluidos Francia, Italia y los Países Bajos— y en países como Brasil, los investigadores observan el mismo patrón: los tipos impositivos reales que pagan los más ricos son prácticamente los más bajos de todos. No solo se les da bien generar riqueza, sino también eludir y evadir impuestos.

Además, cuando pagan, aportan mucho menos de lo que les correspondería, pese a que son ricos, en gran parte, gracias a las inversiones públicas: contratos públicos, una mano de obra muy cualificada, un Estado de derecho que facilita la actividad empresarial y unas buenas infraestructuras e incluso las tecnologías básicas en las que se apoya su “innovación”. El peso recae fundamentalmente sobre los trabajadores, cuyos impuestos sostienen esos mismos sistemas que hacen posible la riqueza extrema.

Ya es hora de que abordemos este problema entre todos.

Podemos discrepar sobre cómo de progresivos deben ser los sistemas impositivos: es decir, sobre cuánta más proporción de sus ingresos deben dedicar los ricos a pagar impuestos que el resto de la población. Pero no existe nada que justifique un sistema regresivo en el que los más ricos contribuyen menos que los demás. Esa es la forma de que las desigualdades aumenten y se perpetúen.

Durante mucho tiempo, se ha descartado la posibilidad de hacer reformas porque se pensaba que eran demasiado complejas o políticamente inviables, a pesar de que los votantes de todas las tendencias políticas apoyan con entusiasmo que los ricos paguen lo que deben.

Eso está empezando a cambiar.

En 2024, bajo la presidencia de Brasil, el G-20 incluyó este problema entre sus prioridades y se comprometió a aplicar una fiscalidad más eficaz a las personas con un patrimonio neto desmesurado. El grupo encargó un informe en el que se proponía un impuesto mínimo sobre el patrimonio del 2% para los más ricos, una forma sencilla de garantizar que cumplan con sus obligaciones para con la sociedad.

La idea, de gran calado, ha tenido un efecto dominó. En 2025, España y Brasil se comprometieron a encabezar una coalición de países para ponerla en práctica. Este fin de semana, el presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, y el presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, se reúnen en Barcelona con los jefes de Estado de Sudáfrica, México, Colombia y muchos otros países para impulsar el proyecto.

En Francia, la Asamblea Nacional aprobó una variante de este impuesto mínimo, aunque el Senado, conservador, lo bloqueó. Aun así, sigue siendo un tema muy presente en el debate nacional; igual que ocurrió en su día con el propio impuesto sobre la renta, que se encontró con una resistencia similar por parte de las fuerzas conservadoras antes de convertirse en ley. En Estados Unidos se está produciendo un cambio de paradigma. El próximo mes de noviembre, los votantes de California decidirán si se instaura un impuesto sobre el patrimonio de los multimillonarios. El Estado de Washington ha aprobado un impuesto sobre la renta del 9,9 % para las rentas superiores a un millón de dólares, que entrará en vigor en 2028. En Nueva York, estamos pidiendo a las autoridades estatales que aumenten los impuestos a los ricos y a las grandes empresas para cerrar el déficit presupuestario de la ciudad y financiar servicios públicos esenciales, como viviendas asequibles y cuidados infantiles. Y ya estamos progresando en un nuevo impuesto sobre las segundas residencias en la ciudad, que se aplicará a los ultrarricos y a las élites internacionales.

Estos no son más que los primeros pasos para restablecer un principio social básico: que quienes más tienen deben aportar lo que les corresponde para que todo el mundo pueda vivir con dignidad.

La idea de que los multimillonarios deben pagar tipos impositivos más elevados que los trabajadores no es ningún concepto radical. Lo que es radical es un sistema en el que la riqueza extrema convive con las penurias generalizadas y en el que esos multimillonarios, en la práctica, se las arreglan para no contribuir a la sociedad que les ha permitido triunfar.

Cuanto más tardemos en solucionar esta situación, más se atrincherarán la riqueza y el poder económico y político y, por tanto, más se consolidará los privilegios de la aristocracia contemporánea.

Joseph E. Stiglitz es premio Nobel de Economía, catedrático de la Universidad de Columbia y economista jefe del Instituto Roosevelt; Zohran Mamdani es alcalde de Nueva York; Gabriel Zucman es profesor de Economía en la Escuela de Economía de París y en la École normale supérieure – PSL, y director fundador del Observatorio Fiscal de la UE.

Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia

domingo, 19 de abril de 2026

Los mejores deportes para la longevidad


Ilustración de un reloj de arena rodeado de diversas figuras que practican diferentes deportes.
Credit...Suvi Suitiala
El ejercicio regular es una de las formas más eficaces de alargar tu vida.

Las investigaciones demuestran sistemáticamente que la actividad física está relacionada con un menor riesgo de cáncerdepresióndemenciadiabetes de tipo 2 y enfermedades cardiovasculares.

Las pautas federales recomiendan al menos 150 minutos de ejercicio aeróbico de intensidad moderada a la semana, junto con dos días de actividades de fortalecimiento muscular. Pero los beneficios empiezan mucho antes: incluso cuatro o cinco minutos diarios de actividad física vigorosa se han relacionado con beneficios para la longevidad.

“Un poco es bueno, pero más es mejor”, dijo Steven Moore, epidemiólogo metabólico del Instituto Nacional del Cáncer.

Aunque mantenerse activo es fundamental, la práctica de deportes añade un aspecto social y exigencias cognitivas adicionales al ejercicio. Y la investigación sugiere que algunos deportes pueden aportar un impulso de longevidad superior al de otros.

Las razones para elegir el tenis
Caminar puede ser la actividad de referencia en Estados Unidos, pero varios estudios han destacado los beneficios del tenis para la longevidad.

Un estudio de Dinamarca descubrió que los jugadores de tenis vivían casi 10 años más que sus compañeros sedentarios, y más que los jugadores de fútbol, los nadadores y otros atletas recreativos incluidos en el análisis. Otras investigaciones del Reino Unido y de Estados Unidos realizaron un seguimiento de personas durante aproximadamente una década y descubrieron que la práctica de deportes de raqueta estaba vinculada a un menor riesgo de muerte durante el periodo de seguimiento que cualquier otro deporte o forma de ejercicio estudiado.

Estos resultados no prueban que el tenis haga que la gente viva más tiempo, dijo Emmanuel Stamatakis, epidemiólogo de la Universidad de Sídney y autor principal del estudio británico, ya que los estudios no estaban diseñados para revelar por qué un deporte en particular era beneficioso. Es posible, por ejemplo, que quienes juegan deportes de raqueta tiendan a ser más sanos y más acomodados que quienes no lo hacen, aunque los investigadores intentaron tomar en cuenta esas diferencias.

Aun así, los expertos creen que la combinación única de desafíos físicos, cognitivos y sociales del tenis contribuye a un envejecimiento saludable.

Para empezar, el tenis ofrece un entrenamiento de cuerpo completo. El juego también exige cambios rápidos de dirección, lo que puede mejorar el equilibrio y reducir el riesgo de caídas, dijo Moore. La investigación sugiere que jugar con regularidad también puede mejorar la densidad ósea, al fortalecer el cuerpo contra las fracturas, añadió.

En el tenis también se alternan intensas explosiones de movimiento y breves periodos de recuperación, una estructura que imita el entrenamiento por intervalos puede mejorar la condición física de manera eficiente.

Más allá del esfuerzo físico, este deporte también es cognitivamente exigente e intrínsecamente social, dos factores cruciales para la longevidad, dijo Mark Kovacs, un científico del deporte que ha entrenado a tenistas de élite.

Muchos otros deportes ejercitan el cerebro y protegen contra el aislamiento, pero quien practica tenis también tiende a mantenerse en el juego durante más años que en otros deportes, dijo Rochelle Eime, profesora de ciencias del deporte en la Universidad de la Federación de Australia. Al fin y al cabo, sólo se necesita un compañero, y es relativamente suave para el cuerpo, añadió Eime.

¿Y las demás actividades?
Aunque el tenis destaca en algunos estudios, muchos otros deportes recreativos están relacionados con beneficios para la longevidad.

En un estudio de casi 300.000 adultos mayores de Estados Unidos, por ejemplo, el ciclismo se asoció con un 3 por ciento menos de riesgo de morir en un período de 12 años; la natación, con un 5 por ciento menos, y jugar golf, con un 7 por ciento menos, en comparación con quienes realizaban otras actividades, dijo Moore, autor principal de la investigación.

Mientras que el ciclismo trabaja principalmente la parte inferior del cuerpo, la natación añade acondicionamiento a la parte superior. El golf suele implicar una actividad aeróbica más suave, pero también requiere potencia de rotación, equilibrio y control motor fino. Esta mezcla de exigencias físicas podría dar lugar a diferencias modestas en la longevidad, pero los expertos no pueden afirmarlo con certeza, y no recomiendan cambiar de actividad basándose en estos resultados. La lección principal es encontrar un deporte que disfrutes y mantenerte activo, dijo Moore.

El entrenamiento de resistencia también es fundamental para envejecer bien: un metanálisis encontró que una hora semanal reduce el riesgo de morir en 25 por ciento, mientras que otras investigaciones relacionan el entrenamiento de resistencia con un mejor estado de ánimo y una mejor función cognitiva. El fortalecimiento muscular puede ayudar a frenar la pérdida de masa muscular relacionada con la edad, lo que permite mantener la independencia y la funcionalidad diaria, dijo I-Min Lee, epidemióloga en la Escuela de Salud Pública T.H. Chan de Harvard.

Cómo optimizar el ejercicio para la longevidad
Desarrollar nuevas habilidades y desafiar a tu cerebro suele ser favorable para un envejecimiento saludable, por lo que vale la pena encontrar un deporte que disfrutes.

Sea cual sea la forma de moverte, conviene tener presentes los siguientes consejos orientados a la longevidad.

Hazlo una actividad social. Durante décadas, la conexión social se ha asociado con mejor salud y una vida más larga. Busca formas de mantenerte activo con otras personas, ya sea apuntándote a un club de atletismo, a una clase de fitness en grupo o probando un deporte nuevo en el centro recreativo de tu barrio o en el parque. Este componente social también ayuda con la motivación y el sentido de responsabilidad, dijo Stamatakis.

Sigue desafiándote. Los deportes enganchan mentalmente porque son dinámicos y orientados a objetivos, dijo Kovacs. Pero puedes llevar esa mentalidad a cualquier forma de ejercicio. Primero, añade una novedad: una ruta distinta, una rutina nueva en el gimnasio o un entorno de juego diferente. En segundo lugar, fíjate metas claras y de corto plazo que te hagan avanzar, como aumentar tu tiempo de caminata o el peso que levantas.

Ejercita todo el cuerpo. Los ejercicios cardiovasculares básicos, como correr o pedalear, son excelentes para mantenerse activo, dijo Moore. Pero combínalo con trabajo de la parte superior del cuerpo, incluido el entrenamiento de resistencia, para lograr un entrenamiento de cuerpo completo y desarrollar músculo. La investigación sugiere que quienes combinan ejercicio aeróbico y entrenamiento de fuerza viven más tiempo.

Apunta a la constancia. Los beneficios del ejercicio solo se mantienen si sigues haciéndolo a medida que envejeces, dijo Lee. Aunque a veces se dice que el tenis es un “deporte para toda la vida”, no hace falta que te dediques a una sola actividad para siempre. La variedad puede hacer que el ejercicio se sienta fresco y sea más fácil de sostener, especialmente a medida que tu cuerpo cambia.

En definitiva, toda actividad física mejora la longevidad.

“Encuentra algo que funcione para ti”, dijo Lee. “Lo esencial es moverse más”.

Simar Bajaj cubre salud y bienestar.

sábado, 18 de abril de 2026

Formación. Aprender no es cuestión de talento, sino de método

Ferran Ballard y Alejandra Scherk, autores de 'Aprender con estrategia'.
En ‘Aprender con estrategia’, Ferran Ballard y Alejandra Scherk explican por qué estudiar más no siempre funciona y cómo trasladar el método del aula al trabajo.

Durante años, el mensaje ha sido siempre el mismo: si no aprendes es porque no te esfuerzas lo suficiente; si estudias mucho y aun así lo olvidas, el problema debe de estar en tu memoria. Y si otros llegan más lejos, probablemente sea porque tienen más talento. Aprender con estrategia (Libros Cúpula, 2026), que firman Ferran Ballard y Alejandra Scherk, parte de una premisa menos complaciente: la de que cuando el aprendizaje fracasa, el problema rara vez está en la capacidad de las personas, sino más bien en el método con el que llevan toda la vida intentando aprender.

Más que de una tesis teórica o una provocación editorial, se trata de una conclusión a la que llegaron cuando el sistema que les había funcionado durante años dejó de hacerlo. “En la escuela te enseñan qué tienes que aprender, pero casi nunca cómo hacerlo”, explica Ballard. “Mientras el temario es manejable, puedes salir adelante a base de intuición: leer, subrayar y repetir. Pero el problema surge cuando llegas a la universidad, el volumen crece y la exigencia se dispara. Y ahí, muchas personas piensan que son ellas las que fracasan, cuando lo que falla es el método”.

Ese punto de quiebre —cuando el esfuerzo deja de traducirse en resultados— suele vivirse en silencio y con cierta culpa. Sin embargo, para ellos fue el origen de una pregunta más amplia: si estudiar más ya no bastaba, ¿Qué estaban haciendo distinto quienes sí conseguían aprender de forma sostenida? No los brillantes de un día, sino los que rendían bien a lo largo del tiempo. “Nos dimos cuenta de que no era un problema de horas ni de inteligencia. Había personas que no parecían más listas, pero que aprendían mejor. Y eso tenía que ver con cómo pensaban lo que estudiaban”, recuerda Scherk.

A partir de ahí, decidieron observar, comparar y poner a prueba. Analizaron cómo trabajaban los mejores estudiantes, revisaron la investigación científica existente sobre memoria y aprendizaje y, sobre todo, lo aplicaron a su propia experiencia. “Queríamos un sistema que funcionara en la práctica”, explica Scherk. “Si algo sonaba bien pero no nos servía para aprender de verdad, lo descartábamos”. Con el tiempo, ese proceso se convirtió en un método; y el método, en un libro que, según sus autores, no promete atajos, sino algo menos vistoso y mucho más exigente: la capacidad de aprender a aprender.

Qué hacen distinto quienes aprenden bien
A buen seguro la escena resulta familiar: alguien se sienta a estudiar y hace lo que ha hecho siempre: abre el tema, lee, subraya, relee y, si hay tiempo, memoriza a última hora. El problema no se encuentra en el esfuerzo, sino en el orden y la intención con la que se hace cada cosa, porque aprender bien no consiste en exponerse muchas veces a la información, sino en obligar al cerebro a trabajar con ella.

Por eso el método no empieza ni memorizando ni leyendo a fondo, sino antes, a la hora de tomar apuntes: no se trata de simplemente transcribir lo que se oye o se lee, sino de decidir qué merece ser guardado. Después llega una lectura exploratoria, rápida y sin subrayados compulsivos, cuyo objetivo no es entenderlo todo, sino detectar las ideas principales, reconocer la estructura del tema y anticipar por dónde pueden venir las dificultades.

Solo entonces tiene sentido una lectura de profundización donde el foco ya no esté en marcar frases, sino en comprender de verdad. “Muchas personas confunden estudiar con leer, pero eso es solo el principio. Si no te paras a pensar qué significa lo que estás leyendo y cómo encaja con lo que ya sabes, [el conocimiento] no se consolida”, sostiene Ballard.

A partir de ahí, el método introduce dos pasos que, aunque están presentes en muchas estrategias, suelen usarse de forma superficial: el resumen y la hoja de preguntas. Resumir no significa acortar el contenido, sino reordenarlo con palabras propias y darle una estructura mental; mientras que formular preguntas no es un mero gesto académico, sino una herramienta para detectar posibles lagunas. “Cuando te haces preguntas”, señala Alejandra Scherk, “dejas de estudiar en piloto automático. Te enfrentas a lo que no entiendes, y eso es incómodo, pero es justo ahí donde empieza el aprendizaje”.

El esquema aparece después, y lo hace para visualizar las relaciones entre ideas antes de dar paso a la memorización (o recuperación activa): es el momento de intentar recordar sin mirar y comprobar qué permanece. “La gente cree que memorizar es repetir, pero memorizar bien es probarte, darte cuenta de lo que sabes y, sobre todo, de lo que no”, apunta Ballard.

El último paso, el del repaso espaciado, cumple una función decisiva: evitar que todo ese trabajo se evapore con el tiempo. No se trata de volver a leerlo todo, sino de recuperar la información en momentos estratégicos, cuando el olvido empieza a asomar. Ese gesto pequeño es el que convierte el aprendizaje puntual en conocimiento duradero. “Muchísima gente memoriza sin haber entendido y luego se sorprende cuando lo olvida. El método cambia eso: primero piensas, luego organizas y solo al final memorizas”, resume Scherk.

Cuando el cerebro engaña al estudiar
Uno de los mayores problemas del aprendizaje no es el olvido, sino la sensación de haber aprendido cuando no es así. Releer un texto, subrayarlo o escucharlo varias veces produce una familiaridad engañosa: el contenido “te suena”, pero no necesariamente se sostiene. “Sales de una clase o de una reunión pensando que lo tienes claro, y al cabo de unas horas te das cuenta de que no sabrías explicarlo. No es que lo hayas olvidado: es que nunca llegó a consolidarse”, advierte Ballard.

Esa confusión entre reconocer y recordar es una de las trampas más habituales del estudio tradicional: el cerebro interpreta la repetición como dominio, aunque no exista una comprensión profunda. El método Ballard pretende ayudar al estudiante a recuperarla sin ayuda, y por eso concede tanta importancia a ponerse a prueba, a intentar recordar sin mirar y detectar fallos antes de que sea demasiado tarde.

“Memorizar bien no es repetir hasta que entra”, insiste Ballard. “Es comprobar qué se queda y qué no, y actuar en consecuencia”. Scherk recurre a un ejemplo cotidiano para explicarlo: si te preguntan qué hiciste un día concreto de hace dos años será casi imposible recordarlo, pero basta una pista —un viaje, un lugar, una escena— para que todo reaparezca. No estaba perdido, sino que faltaba el anclaje, lo que se construye cuando el aprendizaje es profundo y está bien organizado, cuando las ideas se conectan entre sí y con conocimientos previos.

Esa falsa sensación de dominio es la que alimenta otro de los grandes mitos alrededor del estudio: el del talento innato. Si aprender dependiera únicamente de una capacidad fija, poco podría hacerse para mejorar, pero cuando se observa con detalle cómo aprenden quienes lo hacen bien, el patrón se repite. “No encontramos dones misteriosos, sino decisiones conscientes, hábitos y método”, señala Scherk. La diferencia no está en cuánto saben, sino en cómo trabajan mentalmente la información.

Por eso, la pregunta clave no es cuánto tiempo se dedica a estudiar, sino qué tipo de trabajo mental se hace durante ese tiempo. El método no elimina el esfuerzo, pero lo desplaza: de la repetición mecánica a la comprensión activa; de estudiar para pasar página a aprender para poder usar lo aprendido.

Aprender fuera del aula: cuando el método importa más que el temario 
El método Ballard no está pensado solo para aprobar exámenes y, de hecho, los propios autores insisten en que su verdadero potencial aparece cuando desaparece el temario cerrado. “En el mundo laboral no hay exámenes, pero hay problemas nuevos todo el tiempo”, explica Ballard. “Y ahí es donde se nota quién sabe aprender y quién solo sabe estudiar”.

La escena vuelve a ser reconocible. Reuniones en las que se toman notas que nunca se revisan, formaciones internas que se olvidan a las pocas semanas, herramientas nuevas que se usan siempre con el manual abierto al lado... No es falta de interés ni de capacidad. Es, otra vez, el método. “Hay personas que dicen tener 20 años de experiencia, pero en realidad tienen un año de experiencia repetido 20 veces”, apunta Ballard. Aprender sin revisar, sin ponerse a prueba y sin extraer conclusiones convierte la experiencia en mera acumulación, no en aprendizaje.

Ahí se juega, en el ámbito profesional, una de las apuestas centrales del libro: no basta con pasar por la información, hay que trabajarla. Preparar una reunión como una lectura exploratoria, identificar las ideas clave antes de profundizar, formular preguntas que ayuden a detectar qué no se entiende y ponerse a prueba después de una formación en lugar de pasar página.

Ese enfoque cobra aún más sentido en un contexto en el que el conocimiento envejece rápido. “Lo que sabes hoy puede dejar de servir mañana”, señala Scherk. “Por eso, lo que marca la diferencia no es el contenido, sino la capacidad de aprender cosas nuevas con rapidez y profundidad”. Aprender a aprender deja de ser una habilidad académica para convertirse en una competencia transversal.

A esta exigencia se suma otro enemigo silencioso: la distracción. 
Para los autores, el problema no es que tengamos menos capacidad de atención que antes, sino que la cedemos constantemente. “La memoria de trabajo es limitada”, recuerda Ballard. “Cada interrupción, cada notificación y cada estímulo visual consume parte de esa capacidad; si no la proteges, no puedes aprender bien”.

De ahí que el método insista también en diseñar entornos favorables. No confiarlo todo a la fuerza de voluntad, sino a reducir estímulos, alejar el móvil y crear rutinas que favorezcan la concentración. “No se trata de ser más disciplinado, sino de entender cómo funciona el cerebro y dejar de ponérselo difícil”, añade Scherk.

viernes, 17 de abril de 2026

¿Qué tan saludable es el aceite de oliva?

Una cuadrícula de nueve imágenes de salpicaduras de aceite de oliva dorado sobre una superficie color melocotón.


Los estudios sugieren que consumir aceite de oliva puede ayudar a prevenir múltiples enfermedades, sobre todo cuando se consume como parte de una dieta mediterránea+

Muchas de las comunidades más sanas del mundo tienen algo en común: dietas ricas en aceite de oliva.

Este ingrediente, especialmente la variedad extra virgen, está repleto de ácidos grasos y compuestos vegetales beneficiosos para la salud llamados polifenoles que lo convierten en un potente antiinflamatorio con beneficios a largo plazo. Los estudios sugieren que consumir aceite de oliva puede ayudar a reducir el riesgo de cardiopatías, enfermedades neurodegenerativas e incluso muerte prematura, sobre todo cuando se consume como parte de una dieta mediterránea.

El aceite de oliva es uno de los “impulsores clave” de los beneficios para la salud de esta dieta, dijo Catherine Itsiopoulos, investigadora en nutrición de la Universidad RMIT de Melbourne, Australia, quien estudia este aceite. Es el “tipo de grasa más saludable” para utilizar en tu dieta, añadió.

Esto es lo que hay que saber, junto con recetas de New York Times Cooking.

Ayuda a mantener sano el corazón
De todos los aceites vegetales, el aceite de oliva es uno de los que contiene concentraciones más grandes de grasas monoinsaturadas y polifenoles. Estos compuestos, sobre todo uno llamado ácido oleico, equilibran los niveles de colesterol, reducen la tensión arterial y mantienen el corazón más sano con el paso del tiempo.

En un amplio ensayo clínico realizado en 2018 en España, las personas con alto riesgo de enfermedad cardiovascular que siguieron una dieta mediterránea complementada con aceite de oliva extra virgen (al menos cuatro cucharadas soperas al día) redujeron su riesgo de sufrir infarto de miocardio, ictus y muerte por causas cardiovasculares en un 30 por ciento, en comparación con un grupo que siguió una dieta baja en grasas.

“Un solo alimento no puede tener el mismo efecto que toda la cocina mediterránea”, dijo Itsiopoulos. “Aun así, incluso unas pocas cucharadas de aceite de oliva que se consuman al día pueden tener un beneficio cardiovascular significativo”.

Puede reducir la inflamación
Junto con sus polifenoles, el aceite de oliva contiene otros antioxidantes como la vitamina E y el escualeno. Todos ellos ayudan a reducir la inflamación y el estrés oxidativo, que pueden causar daños celulares y enfermedades, dijo Elena Yubero Serrano, investigadora del Consejo Superior de Investigaciones Científicas de España, quien estudia la relación entre la alimentación y el envejecimiento.

El aceite de oliva también puede beneficiar a la salud metabólica al mejorar el control del azúcar en sangre y reducir potencialmente el riesgo de diabetes tipo 2, dijo Yubero Serrano.

Es bueno para el cerebro
Las grasas saludables y los antioxidantes del aceite de oliva también ayudan a proteger el cerebro y a reducir el riesgo de deterioro cognitivo, dijo Marta Guasch Ferré, investigadora en nutrición y profesora asociada de la Universidad de Copenhague.

Al analizar los datos de salud de más de 90.000 adultos estadounidenses a lo largo de 28 años, Guasch Ferré y su equipo descubrieron que quienes consumían más de media cucharada de aceite de oliva al día tenían un riesgo un 28 por ciento menor de morir de demencia, en comparación con quienes nunca o casi nunca consumían aceite de oliva. También tenían un riesgo significativamente menor de morir por enfermedad cardiovascular, enfermedad respiratoria y cáncer.

Gran parte de esta investigación es observacional, por lo que es difícil probar la causa y el efecto de un solo alimento. Aun así, los resultados apoyan la sustitución de las fuentes de grasas saturadas (como la mantequilla, la mayonesa o la margarina) por aceite de oliva para evitar una muerte prematura, dijo Guasch Ferré.

¿Cuál es la forma más sana de disfrutarlo?
El aceite de oliva se extrae machacando aceitunas. Al hacerlo a bajas temperaturas se obtiene el aceite de oliva de mayor calidad (extra virgen).Las variedades refinadas y mezcladas, incluido el aceite de oliva normal, se extraen al menos parcialmente mediante calor, productos químicos o métodos mecánicos.

Cuanto más procesado, menos beneficios nutricionales, dijo Yubero Serrano. El aceite de oliva normal es una buena fuente de grasas saludables. Pero el extra virgen es la “máxima referencia” en cuanto a nutrición, por sus polifenoles y otros antioxidantes, dijo.

El aceite de oliva puede tener mala fama porque tiene muchas calorías: unas 120 por cucharada. Pero si lo consumes con moderación, y en lugar de fuentes de grasa menos saludables como la mantequilla, es poco probable que sabotee tus objetivos de salud. Para la mayoría de la gente, de una a cuatro cucharadas soperas al día es un buen objetivo para la salud y la longevidad, dicen los expertos.

Dicho esto, aquí tienes algunas recetas de NYT Cooking.

1. Aderezo casero
Un tarro de vinagreta dorada junto a un plato de ensalada.
Credit...Rachel Vanni para The New York Times. Estilismo de alimentos: Spencer Richards
Un tarro de vinagreta dorada junto a un plato de ensalada. Credit...Rachel Vanni para The New York Times. Estilismo de alimentos: Spencer Richards.
Esta vinagreta de mostaza y chalota, con aceite de oliva, rica y afrutada, consigue su suave equilibrio al añadirle agua tibia.

Receta: Aderezo casero
Yield:1½ cups
  • 1large shallot, very finely diced
  • 2tablespoons plus 1 teaspoon aged sherry vinegar, plus more as needed
  • 1tablespoon warm water
  • 1cup extra-virgin olive oil
  • 1½ teaspoons honey
  • 1½ teaspoons Dijon mustard
  • 1½ teaspoons whole-grain mustard
  • 2thyme sprigs, washed leaves picked and finely chopped (about ½ teaspoon)
  • 1garlic clove, finely grated
  • 1teaspoon kosher salt, plus more as needed
  • ½teaspoon freshly ground black pepper
2. Atún escalfado en aceite de oliva con alioli de ajo

Un filete de atún en un plato rectangular, junto a cebolla morada, rodajas de limón amarillo y un recipiente de alioli. Credit...Christopher Simpson para The New York Times.

Estilismo de alimentos: Susie Theodorou.
Atún escalfado con aceite de oliva y alioli de ajo
Christopher Simpson para The New York Times. Estilista de alimentos: S
Bañar el pescado en aceite de oliva lo hace profundamente sabroso y jugoso. Aquí, el aceite sobrante se mezcla para hacer alioli.

Receta: Atún escalfado en aceite de oliva con alioli de ajo
Esta es una de esas recetas que se sienten lujosas sin esforzarse demasiado. Poco a poco escalfas atún, pez espada o fletán en un gran baño de aceite de oliva infusionado con cáscaras de limón, ajo, tomillo y chiles — básicamente, todo lo que quieres comer. Usa un buen aceite de oliva extra virgen para todos los días, nada demasiado precioso porque vas a usar mucho. (El aceite sazonado que sobra es oro; puedes guardarlo para asar patatas o saltear verduras.) Al escalfar en aceite, el pescado se vuelve sedoso y rico, mientras que la cebolla y el chile se suavizan y adquieren el sabor profundamente sabroso del aceite. ¿Lo mejor? Usas ese mismo aceite para hacer un alioli, que une todo. 

3. Sopa cremosa de coliflor con aceite de oliva al romero

Image

Dos cuencos de sopa de coliflor cubiertos con aceite de romero, crotones de pan y ralladura de limón. Credit...Linda Xiao para The New York Times. Estilismo de alimentos: Monica Pierini.

La infusión de romero fresco en aceite de oliva enriquece esta sopa de coliflor vegana, o cualquier otra sopa, ensalada o plato de verduras.

Receta: Sopa cremosa de coliflor con aceite de oliva al romero

4. Salmón con calabacín y garbanzos braseados en aceite de oliva

Image Una olla llena de rodajas de calabacín, garbanzos y filetes de salmón.

Credit...Bryan Gardner para The New York Times.

Estilismo de alimentos: Barrett Washburne.

Cocer a fuego lento los calabacines en aceite de oliva con ajo intensifica su dulzor natural y les da una textura sedosa.

Receta: Salmón con calabacín y garbanzos braseados en aceite de oliva

5. Pollo al chimichurri

Image 
Una fuente contiene pechugas de pollo a la parrilla untadas en salsa chimichurri verde. Credit...David Malosh para The New York Times.

Estilismo de alimentos: Simon Andrews.

El aceite de oliva realza la frescura de las hojas de perejil y orégano de esta clásica salsa argentina, que aviva cualquier carne, pescado o verdura.

Receta: Pollo al chimichurri