miércoles, 4 de febrero de 2026

Muere el periodista Carlos Hernández, que investigó los campos de concentración del franquismo

Carlos Hernández de Miguel

El reportero, fallecido a los 56 años, ejerció un periodismo por y para defender los derechos humanos en guerras y dictaduras.

Carlos Hernández de Miguel dedicó mucho esfuerzo pedagógico para dar a conocer que los campos de concentración que buscaba, sobre los que investigaba y documentaba, no estaban en Polonia, Austria o cualquier punto de la Europa ocupada por los nazis, sino que estaban en España, y cuya creación fue decidida por Francisco Franco como continuidad de su victoria en la Guerra Civil. Lugares de encierro, muerte y enfermedad de los que no había muchos datos. Hernández de Miguel, madrileño, licenciado en Ciencias de la Información, hizo un trabajo exhaustivo de compilación de esos horrores en un libro publicado en 2017. La salud no le ha acompañado para continuar su tarea de recuperación de datos desconocidos de la memoria histórica; ha muerto a los 56 años, de la enfermedad de la que aparentemente se estaba recuperado.

Ejerció una variedad de ocupaciones periodísticas con empeño, entusiasmo y excelentes resultados. Nada le era pequeño ni menor. La información parlamentaria para Antena 3 le confirió un bagaje notable y siempre recordó esa etapa como interesante y rica en conocimientos y contactos. La intensidad, el miedo y la puesta a prueba de todas sus capacidades las vivió como corresponsal de guerra en la misma cadena.

Sus cinco años, en dos etapas, en comunicación del PSOE con José Luis Rodríguez Zapatero y Alfredo Pérez Rubalcaba —también trató con un joven Pedro Sánchez, aún lejos de la primera fila— dejaron su huella tecnológicamente innovadora en esa organización política. Por fuera, de cara a los compañeros de profesión, nada que sorprendiera: Carlos era el periodista de siempre, el compañero, infinitamente alejado de cualquier atisbo de sectarismo y buscando favorecer con claves e información la tarea de los colegas, sin distinción. Nunca se le vio como un periodista “de partido”.

Su antes y después en el ejercicio de la profesión se produjo con el asesinato en 2003 del cámara de Telecinco José Couso en Irak por fuego de un soldado norteamericano. En el hotel atacado estaba también Carlos Hernández junto a otros colegas españoles, como Olga Rodríguez, de la Cadena SER, y Jon Sistiaga, de la cadena de Mediaset. Hernández mantuvo la tesis que él y quienes vieron morir a Couso reitera desde hace casi 24 años: “Es un crimen de guerra, es un ataque contra la libertad de prensa y es además una prueba de impunidad en los conflictos bélicos”, aseguró hace tres años. Pero no ha habido consecuencias de aquel crimen a pesar de la sostenida denuncia y demanda de justicia de la familia de Couso y de los colegas que lo acompañaban. Ahora, en estas horas inmediatas al fallecimiento de Hernández de Miguel, muchos profesionales destacan sus espléndidas crónicas como corresponsal de guerra en Irak, en Palestina y en los Balcanes, entre otros destinos, para la cadena de Atresmedia.

Se quitó el casco, pero no lo abandonaron los tambores de guerra, en este caso, de España. Documentó que las consecuencias de la guerra continuaron para miles y miles de españoles arrojados al cautiverio. “Los campos de concentración de Franco”. Sometimiento, torturas y muerte tras las alambradas fue el título de la obra del periodista madrileño, que encontró 300 lugares de encierro fuera de todo control.

“Los campos de concentración fueron la primera pata de un sistema represivo, un holocausto ideológico, que convirtió a toda España en una inmensa cárcel repleta de fosas. En ellos, presos políticos y prisioneros de guerra fueron asesinados, murieron de hambre y enfermedades, padecieron todo tipo de torturas y humillaciones”, señaló.

“Los datos son necesarios y las pruebas documentales resultan fundamentales, pero nada tiene verdadero sentido si no somos capaces de entender que detrás de cada cifra, de cada listado, de cada campo de concentración franquista hubo miles y miles de hombres, de mujeres, de familias”, escribía Hernández de Miguel en la presentación de su obra. Hubo más descubrimientos suyos, sobre españoles recluidos en campos de concentración nazis durante la II Guerra Mundial. Hasta hace pocos meses escribía En elDiario.es, muy centrado en la situación de Gaza y de los palestinos.

Desde el periodismo defendió los derechos humanos y se afanó en sacar a la luz los horrores de la dictadura de Franco. Tan tormentosos asuntos no hicieron mella en su carácter. Siempre afable, siempre con una sonrisa. Decía que en sus ratos libres “escribía y leía poesía”.

Entrevista a Vera Sacristán Adinolfi sobre Manuel Sacristán «Manolo guardaba una cajita para medicinas que le regaló un preso común de su misma celda de la Modelo, y la cuidaba con muchísimo cariño»

Fuentes: Rebelión [Imagen: Vera Sacristán. Créditos: Espai Marx]


En esta nueva entrega del Centenario Manuel Sacristán Salvador López Arnal entrevista a Vera Sacristán, doctora en Matemáticas e hija de Manuel Sacristán.

Salvador López Arnal.- Naciste en 1958. Tu padre había finalizado sus estudios de lógica y epistemología en Alemania en 1956 y había contraído matrimonio con tu madre, Giulia Adinolfi, en Nápoles, en 1957. Se ha comentado que tus padres se conocieron a través de la mediación del lógico italiano Ettore Casari, compañero de tu padre en Münster. No es la única versión. ¿Podrías precisarnos este punto?
Vera Sacristán.- La historia que mis padres me contaron es que se conocieron en casa de Paco Noy y Lolín Serrano. Mi madre era hispanista y estaba aquí con una beca. Supongo, aunque no lo sé a ciencia cierta, que debió conocer a Paco Noy con motivo de sus estudios. Paco y Lolín organizaban con cierta frecuencia cenas o comidas en su casa a las que invitaban a amigos que a veces no se conocían entre sí. Por lo visto, mi padre tenía alguna experiencia anterior de tales reuniones. El caso es que me contaron que a los dos les daba cierta pereza ir a la cena en cuestión y, sin embargo, allí fue donde se conocieron. Años más tarde, recuerdo en más de una ocasión a Paco Noy diciéndome más o menos literalmente que se sentía responsable de mí porque mis padres se conocieron en su casa.

Ettore Casari, que había conocido a Manolo en Alemania, fue el padrino de la boda de mis padres, que tuvo lugar el 27 de agosto de 1957 en Nápoles, en la iglesia de San Gennaro al Vomero. Debía hacer un calor considerable y aquellas no eran épocas muy boyantes económicamente para ellos: Manolo solía recordar, cuando se hablaba de su boda, el calor que pasó metido en su único traje: un traje de invierno de lana.

Salvador López Arnal.- Hasta vuestro asentamiento definitivo en el piso de Diagonal, no fueron pocos los lugares donde vivisteis. ¿Qué razones impulsaban a tus padres a cambiar tan a menudo de domicilio? ¿Alguna relación con su militancia política?
Vera Sacristán.- Cuando volvieron de Barcelona de su viaje de bodas, que consistió en una visita a París durante la cual Manolo asistió a una reunión del Comité Central del PSUC, mis padres no tenían muebles ni enseres (eso era mucho más frecuente entonces de lo que lo es en este mundo consumista de ahora) y vivieron en un bajo amueblado de la Pedrera, en una residencia de la calle Ample donde muchos años después aún los recordaban, en un piso de la calle Padilla, en una casita en Valldoreix… Lo primero que yo recuerdo es un piso de la calle Mitre, donde vivimos entre 1961-62 y 1965, mucho antes del Cinturón de Ronda, y luego un ático en Balmes-Copérnico, que nos duró hasta 1972.

La característica común de todas nuestras casas era su pequeñez y la gran cantidad de libros que las invadían y que nos forzaban a mudarnos a pisos más espaciosos. El gran cambio se produjo cuando alquilamos el piso de la Diagonal. Mis abuelos, los padres de Manolo, nos ayudaron económicamente y esa fue nuestra casa definitiva. Aquella sí que era grande: finalmente hubo un cuarto de estudio para cada cual y la primera mesa de comedor de nuestra vida: recuerdo que su llegada fue un gran acontecimiento familiar.

Salvador López Arnal.- Recibíais muchas visitas en vuestro piso de la Diagonal, el teléfono sonaba con frecuencia. ¿Cómo se conciliaba el trabajo, la dedicación intelectual, con visitas tan asiduas? ¿Quiénes os visitaban?
Vera Sacristán.- No es cosa de exagerar, pero es verdad que se recibían muchas visitas y muchas llamadas también. Las visitas solían ser de alumnos o ex-alumnos de Manolo, estudiantes del partido, intelectuales en general, amigos suyos, muchos de los cuales fueron cambiando con los años.

Por teléfono le solían llamar para pedirle conferencias, artículos y charlas, y él procuraba defenderse: muchas veces lo dejaba sonar, y si nosotras insistíamos en cogerlo él hacía como que no estaba en casa. Decía que así, cuando se muriera, habría logrado dar alguna conferencia menos.

Viviendo en Balmes, Manolo alquiló un estudio cerca de casa, en la calle de Sant Gervasi de Cassoles. El estudio no sólo sirvió para liberar espacio en casa, sino también para aislar a Manolo de las visitas y llamadas. La ubicación del estudio fue un secreto que compartieron muy pocos. Allí Manolo tenía el tiempo y la calma necesarios para trabajar.

Salvador López Arnal.- Expulsado de la Universidad vía no renovación del contrato laboral en 1965, tu padre tuvo que ganarse la vida trabajando a destajo como traductor. Sus traducciones se cuentan por decenas, más de 90. Tal cantidad de trabajo, al que habría que añadir ensayos, prólogos y numerosas y arriesgadas tareas políticas, exigiría seguramente un horario estricto y prolongado. ¿Recuerdas cómo se organizaba?
Vera Sacristán.- Puedo contar con detalle cómo trabajaba en verano, cuando yo también estaba en casa y le veía hacerlo. Como en muchas otras cosas, era estricto con su plan de trabajo. Llevaba una libreta en la que apuntaba las holandesas que traducía cada día, el total acumulado y demás. Según la escasez del momento o el precio que le pagaban por holandesa traducía entre 15 y 20 al día. Sólo se permitió bajar a 10 holandesas diarias cuando tradujo a Marx para las OME…

Salvador López Arnal.- Disculpa. Las obras de Marx y Engels cuya traducción coordinó.
Vera Sacristán.- Por la mañana se levantaba pronto y se ponía a la máquina. Durante toda la mañana traducía sin interrupciones importantes. En general, dejaba la corrección de lo que había traducido para la tarde, después de comer y fregar los platos. A media tarde estaba libre para ir a pasear, jugar o cualquier otra cosa que quisiéramos hacer. Ese era el plan de trabajo todo el verano, excepto los domingos, en que se daba fiesta.

No tengo muy claro que en invierno su horario fuera el mismo: aunque, por un lado, las reuniones solían ser por las tardes, y eso le dejaba libre las mañanas; por otro, muchas reuniones nocturnas debían impedirle madrugar al día siguiente.
Antes de que le echaran de la universidad, en cambio, solía trasnochar mucho trabajando, pero eso me lo han contado, no lo recuerdo yo directamente.

Salvador López Arnal.- En la entrevista que concedió a la revista mexicana Dialéctica en 1983, Sacristán hizo referencia a la doble vida que tuvo que llevar durante años. Por una parte, como dirigente del PSUC-PCE, su arriesgada militancia le obligaba a tomar fuertes medidas de seguridad; por otra parte, dada su condición de personaje público, se movía abiertamente. ¿Recuerdas cómo repercutía esta situación en su vida cotidiana? ¿Qué precauciones tomaba?
Vera Sacristán.- También en el tema de las precauciones Manolo era muy estricto: nunca tenía una conversación telefónica que no fuera absolutamente inocente, nunca anotaba nada comprometedor… Cuando vivíamos en la calle Padilla, tenían convenido un sistema por el cual mi madre, que se quedaba en casa cuidándome (yo era entonces un bebé) avisaba a mi padre de peligro en la casa: un pañuelo tendido en el balcón, que debía ser de color blanco si no pasaba nada.

Recuerdo algunas anécdotas curiosas que él me contó, relacionadas con el tema de las precauciones: la primera sucedió en la calle Urgell, donde él tenía que acudir a un piso. Estaba en la esquina con Mallorca, inspeccionando la situación, y resultó que otra persona andaba rondando la esquina. Manolo y el otro estuvieron mucho rato disimulando y estudiándose. Manolo no se decidía a dirigirse al lugar de su cita. Al final el otro se acercó y le pregunto: «¿Tú también eres un hermano?». Era un miembro de la iglesia adventista, que todavía tiene allí su sede, hoy de forma legal.

La otra anécdota muestra hasta qué punto se preocupaba por la seguridad, suya y de los demás: andando por el barrio había tropezado por casualidad con Gregorio López Raimundo, que entonces estaba ilegalmente en Barcelona. Manolo no se había inmutado, pero Gregorio se había acercado a saludarle. Volvió a casa indignado: le parecía insensato que alguien que se encontraba en situación de clandestinidad le saludara y corriera el peligro de ser descubierto. ¡Quién podía asegurar que, siendo Manolo un personaje público, no llevara en ese momento a un policía siguiéndole!

Salvador López Arnal.- Has comentado un par de veces que tu padre era muy estricto. ¿Puedes explicarlo con más detalle?
Vera Sacristán.- Me he referido a ello al hablar de su estricto plan de trabajo, que no se saltaba nunca, o de su forma estricta de tomar precauciones. Creo que era una característica de su personalidad.

En mi recuerdo, Manolo solía tomar decisiones radicales y se mantenía en ellas. Tenía una combinación de radicalidad y de fuerza de voluntad que quizás expresaría mejor diciendo que parecía tener siempre una gran convicción en sus opciones y decisiones. Eso regía para los temas más serios y para los más nimios, indistintamente.

En la época en que tenía el estudio de Sant Gervasi, hacia 1970 aproximadamente, Manolo dejó de fumar, cosa de la cual estaba muy orgulloso. Contaba que una mañana, después de una noche de mucha reunión y mucho fumar, le había asaltado tal ataque de tos que había tirado el cigarrillo que estaba fumando y decidió no fumar más. Así fue. Afirmaba que nunca más había sentido ganas de fumar.

Años más tarde, cuando se detectó su enfermedad cardíaca, tuvo que someterse a un régimen de comidas muy estricto y su actitud fue la misma: a partir del momento en que comenzó el régimen, se acabaron los excesos, nunca volvió a ponerle sal a una comida y ni siquiera se permitió un extra de vez en cuando.

Salvador López Arnal.- En alguna ocasión, refiriéndose a temas ecológicos y al sentimiento que le despertaban las manifestaciones de la naturaleza habló de su afición al excursionismo. ¿Qué lugares solían frecuentar? ¿Cultivó otras aficiones?
Vera Sacristán.- Manolo era muy aficionado al excursionismo. De joven había andado mucho por el Montseny, por el que tenía un cariño especial. Durante años estuvimos yendo de excursión en verano por la Cerdanya, especialmente por el Puigpedrós, y en invierno por los alrededores de Barcelona: primero por Collserola, luego cruzando el Montnegre desde el Tordera en dirección al mar. También esto lo hacía concienzudamente y con mucha pasión: siempre andaba muy bien pertrechado de mapas, altímetros, víveres e ilustración sobre lo que iba a visitar.

También le gustaba mucho la bicicleta. Recorrimos todos los rincones de la plana de la Cerdanya (mejor dicho: de la mitad bajo administración española, porque Manolo no tuvo pasaporte durante años) montados en nuestras bicis. Cuando empezó con los problemas cardíacos recordaba los paseos en bicicleta con nostalgia, nostalgia de la bicicleta y nostalgia de la Cerdanya misma, que fue uno de sus amores.

Pero Manolo tenía muchas otras aficiones: desde luego, el estudio era la principal, pero desde la música (La Flauta Mágica era su pasión) hasta el bricolaje (en el que me permitía ser su ayudante para que aprendiera), muchas eran las cosas que le interesaban y que hacía con entusiasmo.

Otro de sus grandes amores fue siempre México, más adelante me referiré a ello.

Salvador López Arnal.- De acuerdo. Solíais ir los veranos a una casa que tus padres habían alquilado en Guils, en la Cerdanya. ¿Por qué ese lugar? ¿Qué recuerdos tienes de aquellos veranos?
Vera Sacristán.- Muchos creen que veraneábamos en Guils de Cerdanya porque tanto Manolo como Giulia están enterrados en el cementerio de Guils, pero no es así. Nuestra casa de veraneo estuvo siempre en Puigcerdà. Llegamos allí por casualidad, primero a una casa que encontramos a través de un anuncio en el periódico, y luego a la casa de «Los Sauces», que tuvimos alquilada 26 años.

Íbamos todos los veranos, desde finales de junio hasta principios de octubre (siguiendo el calendario escolar de entonces). Cada año el traslado era una auténtica migración: mandábamos por recadero gran cantidad de paquetes con libros, ropa, juguetes… Toda una casa. En Puigcerdà llevábamos una vida tranquila: estudiar, leer, ir a la compra, cocinar, jugar en el jardín; todo siguiendo un cierto ritual bastante inamovible.

A propósito de cómo vivíamos allí, Rosa Rossi me ha permitido traducir aquí parte de una carta que Renzo Lapiccirella mandó a su hija, Viola, desde Puigcerdà, en agosto de 1966:

Ayer, aquí, hubo tormenta, pero en serio. Un diluvio de agua, truenos poderosos y relámpagos que cortaban esa manta gris que era el cielo. Hoy, en cambio, ha triunfado el sol. Todo reluce: cielo, campos, montañas y árboles. Por no hablar de los pájaros festivamente entregados, con gran dedicación, a su actividad (para darnos gusto, pensamos nosotros). En suma, cosa de idilio o de redacción escolar, si lo prefieres. Pero, bromas aparte, éste me sigue pareciendo un lugar un poco mágico, donde incluso se puede llegar a pensar que quizás el mundo y los hombres han descubierto –o están a punto de descubrir– una medida de sí mismos y de las cosas, un maravilloso equilibrio entre razón y sentimientos y, en definitiva, el sentido preciso de su propia vida y de la de los demás. Manolo escribe sus diez holandesas diarias, Vera está jugando, Giulia continúa ordenando cuidadosamente las cosas (también a través de estas operaciones consigue hacer sentir su amistad y su afecto por los demás), Rosa espera que yo acabe de escribir para ir a Correos. Todo muy sencillo y muy corriente. Pero hay secreto. Está en la amistad, en el fondo común que la alimenta y que nos permite a cada uno –en condiciones más fáciles o más difíciles– no traicionar la imagen del hombre que nos hemos hecho. […] Un tal escribió, una vez, que «el paisaje es un estado de ánimo»: es una exageración evidente, más que discutible por muchos motivos, pero contiene una parte de verdad suficiente. En un sentido muy particular y preciso podría afirmar yo también que Puigcerdà es «un estado de ánimo» […]

Creo que algo de lo que cuenta Renzo lo sentíamos todos.

Como se ve, recibíamos visitas también allí, pero la mayoría formaban parte del ritual: pasaban parte de sus vacaciones con nosotros mis abuelos italianos (los padres de Giulia), su hermana, Rosa Rossi y Renzo Lapiccirella, viejos amigos; nos visitaban los abuelos españoles (padres de Manolo), sus hermanos… Con la edad, los abuelos empezaron a venir menos, pero compartimos el verano con nuevos amigos: Paco Fernández Buey y Neus Porta, la puntual visita de Juan-Ramón Capella (si a mediados de agosto no había aparecido, empezábamos a preguntarnos qué había sido de él) y muchos otros.

De alguna forma, la casa de Los Sauces era un punto de referencia, los amigos sabían que nos encontrarían allí.

Además, en Puigcerdà se celebraban dos de las fiestas más importantes del año: el aniversario de la boda de mis padres (que coincidía, además, con el cumpleaños de mi madre, el 27 de agosto) y el cumpleaños de Manolo, que era el 5 de setiembre. Solíamos reunirnos muchos de la familia y las celebraciones incluían decoraciones festivas, serpentinas, confetis, desayunos y comidas especiales, regalos, etc.

La explicación del hecho de que mis padres fueran enterrados en el cementerio de Guils de Cerdanya, un pequeño pueblo a unos cinco quilómetros de Puigcerdà, es la siguiente: Guils era el destino más frecuente de los paseos vespertinos de familia, casi en comitiva, en la época en que el camino aún no estaba asfaltado. Cuando se llegaba a lo alto del pueblo, delante de la iglesia, el paisaje era impresionante. Era el paseo preferido por Giulia; por eso nos pidió ser enterrada allí.

Recuerdo haberle preguntado a Manolo si él también quería ser enterrado allí: me contestó que le daba igual lo que se hiciera con él una vez muerto.

Salvador López Arnal.- Las mil actividades en las que Sacristán estaba inmerso no impidieron que te acompañara a la escuela. Creo que guardas algún recuerdo curioso de aquellos paseos. Si no ando errado, en uno de ellos te habló de la paradoja del montón de trigo de Zenón. ¿Fue así? Añado: Por las noches, durante un tiempo, te regalaba unos dibujos, como si fueran viñetas de un cómic. ¿Los conservas? ¿Qué te explicaba en ellos?
Vera Sacristán.- Recuerdo mucho a Manolo ejerciendo de padre, quizás sus tareas conmigo eran las más agradecidas: llevarme al colegio, sacarme de excursión los domingos o a paseo por la ciudad… Nos recuerdo juntos en casi todos los museos de la ciudad.

Es cierto que me contó la paradoja del montón de trigo de Zenón volviendo del colegio por el paseo de San Juan Bosco. Era otoño, el suelo estaba cubierto de hojas caídas de los árboles, y Manolo empezó a preguntarme si una hoja constituía un montón de hojas. Obviamente, contesté que no, que un montón de hojas se formaba con varias hojas; así que me replicó si bastaría con dos hojas para hacer un montón. Y si no bastaban dos, ¿cuántas bastaban? ¿Tres, cuatro, diez…? ¡No se imagina nadie la impresión que eso puede producir cuando una no tiene ni diez años!

En una época de mucha actividad, encontró una forma de establecer una comunicación nocturna conmigo, cuando muchos días no nos habíamos visto más que por la mañana: el correo nocturno. Entre 1963 y 1965 aproximadamente, y de forma más o menos esporádica, dejaba algunas noches sobre la cabecera de mi cama un dibujo que yo encontraba por la mañana, en el que aparecían todos los personajes de la familia caracterizados como animales (él se dibujaba a sí mismo como un perro) en una escena que solía reproducir un hecho del día que acababa de pasar: «El pato, el pájaro y el perro cenan en un restaurante» (19-VI-64) o del día que iba a empezar: «Hoy vamos andando si es pronto» (?-?-63). También había mensajes educativos, por así llamarlos: «el pájaro mirando el gran plato de verdura que se va a comer en un momento» (9-VI-64). Uno de los temas recurrentes era su preocupación por la cantidad de tiempo que le tomaba su actividad política y lo tarde que llegaba a casa: «El perro, que ha llegado muy tarde, se hace la cena; el pájaro carpintero y el pato duermen» (20-I-64), «Sin repartir el correo, aunque sabe que eso es feo, el cartero desgraciado se ha ido a dormir muy cansado» (23-II-65), «Un perro más bien cansado llega a casa adormilado» (14-XI-65).

Salvador López Arnal.- Hablando de regalos. El día de Reyes era espectacular en vuestra casa. Y no sólo el día 6, también los preparativos. ¿Podrías explicarnos algo de ello? ¿Por qué ese entusiasmo por la festividad?
Vera Sacristán.- Efectivamente, junto con los cumpleaños, la gran fiesta en nuestra casa era la de Reyes, aunque no sé exactamente el motivo. Todos la preparábamos minuciosamente, llevábamos los regalos en el mayor secreto y cumplíamos todos los rituales: escribir la carta, dejar agua, pan y sal para los camellos… Además, como nunca me engañaron sobre el origen de los regalos, nunca dejamos de celebrar la fiesta con todo su ritual, hasta el último año.

Lo mejor era la lectura, la mañana del 6 de enero, de la carta que los Reyes Magos me dejaban, en respuesta a las nuestras. Extracto parte de la primera, de 1964, para dar una idea:

«… el carbón azucarado
se nos había acabado:
te hemos dejado verdura,
que es también una ricura.
A tu mamma regalamos
un librito en italiano.
Para Nando y sus papás
tres cosas encontrarás …»

Pero también estas cartas tenían vocación didáctica:

«… Si no andamos confundidos,
siete años tienes cumplidos,
pero tu caligrafía
no es gran cosa todavía.
Trabaja tus buenos ratos,
mejora tus garabatos;
si no, tu letra será
como la de tu papá,
famoso en el mundo entero
por grande garabatero…» (1965)

Con los años, se ampliaron los temas de que hablaban Melchor, Gaspar y Baltasar en sus cartas. En 1969 Manolo ponía el siguiente discurso en boca de Baltasar:

«… por venir del Tercer Mundo, mi saber es más profundo. Úlceras, agotamientos, nervios, rostros macilentos, no se podrán mejorar si no es hundiendo en el mar el gobierno americano atado con el rusiano. Pues lo que al hombre hizo daño durante el pasado año es, por un lado, el fascismo del bestial imperialismo y, por el otro, el despecho del socialismo mal hecho. Ha sido un período aciago, por lo cual el estómago de la persona decente con espasmo se resiente. Pero no hay que atormentarse, sino más bien reforzarse para llegar al momento del sacrificio cruento del abundante ganado al banquete destinado que será celebración de la gran liberación. Para esa fiesta preclara doy esta minuta rara (por venir del Tercer Mundo, mi estómago es más profundo):
MINUTA
Hígado de johnson al franquillo picado,
salteado con manteca de nixon.
Chuletas de breznev con ulbrichts asados
Macedonia de generales de ambos hemisferios
Vinos:
Sangre de banquero
Linfa de fabricante
Líquido cefalorraquídeo de comerciante
Bebidas no alcohólicas:
Zumo de burócrata siberiano»

Y los pobres Reyes Magos acabaron absorbidos por la General Mitos Inc. de Oklahoma. En 1970 escribían:

«… Dicen nuestros gerentes de Oklahoma: “Hay que cumplimentar, coma por coma, al precio del mercado más subido, lo que encarga el cliente en su pedido. Nunca jamás se entregará un objeto que no se encuentre a un precio sujeto”. Y aunque a nuestros gerentes les da grima nuestra usanza oriental de hablar en rima (dicen que puede confundir las cuentas de la sección de promoción de ventas), sin embargo, para que comprendamos la lección que aprender necesitamos, nos repiten un pareado extraño, jamás oído en el Oriente antaño:

“Deja el objeto sin precio
para el subversivo necio”.
Deben tener razón nuestros gerentes, pues bien les obedecen hoy las gentes».

Pero los Reyes Magos no se dejaron convencer, y a partir de entonces apareció también en correo clandestino de los Reyes Magos. Decía en 1971:

«¿Cuál es de verdad el tema,
el importante problema
que en nuestros largos viajes
pensamos con nuestros pajes?
La cuestión es la siguiente,
aunque lo ignore la gente.
Andando por esos mundos
vemos sus males profundos.
Ya en nuestra más propia cosa
es la situación penosa:
de juguetes largas listas
hacen los capitalistas,
mientras más de un niño obrero
no tiene abrigo en enero.
¿Qué decir de los adultos?
No siempre arrancan indultos.
Sigue asolando la Tierra
el imperialismo en guerra.
Dolores y enfermedades
hay en todas las edades.
Pero aun es más complicado
este mundo endiablado,
pues eso es sólo una parte
de lo que habrá que explicarte.
Surge la complicación
por la siguiente razón:
que también tendría el planeta
alegría muy completa:
el sol, las nubes, el mar,
jugar, reír, estudiar,
andar, subir la montaña,
trepar las rocas con maña,
descansar, comer, beber,
oír, mirar, conocer,
y aún alguna cosa más
que después aprenderás.
Ya en sí misma es la alegría
lo que más importaría,
pero incluso es importante
para seguir adelante:
sin un fondo de alegría
ninguno se movería;
sólo el alegre consciente
puede ayudar a la gente.
Más, ¿qué quiere decir eso?
Pues que, si arroja su peso,
(con peso pinta a la gente
Chumy Chúmez el sapiente)
cada cual es muy capaz
de alegría, juego y paz.
Pero antes de proseguir
hay que saber distinguir:
no es oro cuanto reluce,
ni todo a alegría conduce.
El hombre capitalista
no es alegre, es escapista:
toda su falsa alegría
se basa en la policía;
ella protege los lujos
con más o menos tapujos.
El hombre capitalista
alarga siempre la lista.
Cuando ve del mal la noche
huye a comprarse otro coche;
en cuanto tiene un disgusto
o se lleva un nuevo susto
corre escapado a la tienda
a comprar lo que le venda
otro burgués comerciante.
Y así siguen adelante.
Lo contrario es la alegría
de esa febril vesania.
¡Acabemos de una vez
con tan criminal memez!
Pero estamos en un mismo
y circular silogismo:
NUNCA HABRA BUENA ALEGRÍA
MIENTRAS HAYA BURGUESÍA,
MAS NADIE ECHARA EL BURGUÉS
SI ANTES ALEGRE NO ES.
Esa es la gran paradoja,
peliaguda cuerda floja
sin cuya superación
nunca habrá revolución.
Tal es el real problema
e importantísimo tema
que en nuestros largos viajes
pensamos con nuestros pajes.»

Salvador López Arnal.- No está nada mal. Los primeros años setenta no fueron nada fáciles. Tu padre pasó malos momentos, creo que sufrió una depresión. ¿Qué recuerdas de aquello? Tengo entendido que un médico de Puigcerdà intervino con muy buen tino en aquella situación.
Vera Sacristán.- Las cartas de Reyes dejan constancia de la depresión que Manolo pasó. La de 1972, muy breve, acaba así:

«Por no tener energía
para una larga elegía,
te decimos simplemente
qué necesita la gente:
¡Abajo la depresión!
¡Viva la revolución!»

Si no recuerdo mal, al final del verano del 71 Manolo se encontró mal de vuelta de un viaje en coche. Parecía un simple mareo, pero no se le pasaba. Fue nuestro médico de Puigcerdà, efectivamente, el que detectó los síntomas de una depresión y aconsejó que le visitara un especialista.

Durante un par de años Manolo pasó momentos de abandono absoluto: eran empresas hercúleas lograr que se levantara de la cama o de un sillón, o que comiera algo. Además, por entonces fue nuestra última mudanza, la que nos llevó a la casa de la Diagonal. Aún no me explico cómo pudo Giulia soportarlo todo a la vez.

Es difícil decir con certeza cuáles fueron las causas de la depresión de Manolo. Desde luego, no se trató de una reacción a un hecho concreto, sino el cúmulo de una larga historia. Manolo a veces contaba cómo tomó la decisión, una noche en Alemania, de rechazar un puesto que le habían ofrecido y volver a España. El compromiso político no había pesado poco en aquella decisión. Yo siempre he pensado que no podía ser fácil renunciar a hacer carrera académica, a pasarse la vida estudiando (que era lo que más le divertía), para dedicar una parte importante de la vida a «conspirar», como él decía; sin preguntarse después si había valido la pena. Para principios de los setenta, Manolo ya andaba muy decepcionado de cómo iban las cosas en el mundo, en el país y en el partido.

Probablemente otros conocen mejor que yo las circunstancias de la depresión de Manolo. Habrá que preguntar a gentes como Nolasc Acarín que, aunque no era su médico, es probable que se preocupara por él en aquel momento.

Su médico se llamaba Montserrat, y debía ser un individuo muy competente; Manolo siempre hablaba de él con mucho respeto.

Salvador López Arnal.- En el mismo edificio donde vivíais, tenían un piso tus abuelos paternos. ¿Qué tipo de personas eran? ¿Qué relaciones mantenía tu padre con ellos? Tu abuela paterna murió en 1975. ¿Cómo reaccionó Sacristán ante la pérdida?
Vera Sacristán.- Efectivamente, los padres de Manolo vivían en la misma escalera que nosotros; mejor dicho, nosotros vivíamos en la misma escalera que ellos, tres pisos más arriba.

Mi abuelo, Manuel Sacristán Samiñán, era de origen ceutí, sus padres regentaban la cantina del casino militar de Ceuta. Tenía un carácter muy andaluz: era despreocupado, guasón y muy desprendido. Políticamente, como él mismo decía, era «pancista», aunque sus hermanos, durante la República y la Guerra Civil, fueron gente comprometida, concretamente con la UGT, hasta el punto que uno de ellos tuvo que exiliarse, acabó en México y allí sigue toda su familia.

Mi abuela, Emilia Luzón de las Heras, era de origen castellano y había heredado de su familia de artesanos guarnicioneros su carácter previsor, responsable, creyente y de resignación. Nada que ver con la despreocupación de mi abuelo.

Manolo tenía debilidad por su madre y ella le adoraba: cualquier cosa que él dijera o hiciera iba a misa. La verdad es que, dado el gran sentido familiar que mi abuela tenía, cualquiera de nosotros era un dechado de virtudes, pero su hijo mayor más. Mi abuela Emilia murió el 18 de marzo de 1975, y para Manolo fue un golpe terrible. Muchos años después seguía recordando que él mismo le puso una inyección del sedante que el médico recetó y del que ella ya no volvió a despertar en todos aquellos días. Le impresionaba, además, la tenacidad con que mi abuela, no siendo tampoco tan anciana, había afirmado en los últimos tiempos que sólo aspiraba en esta vida a celebrar sus bodas de oro y cómo esa había sido, en efecto, una de las últimas cosas que hizo.

Durante la enfermedad de mi madre, el padre de Manolo se comportó con ella de forma admirable; eso los acercó más a los dos: a partir de entonces, Manolo visitaba a su padre cada día, a veces comían juntos y compartían la afición de mirar juntos los «partiditos» cada domingo ante el televisor de mi abuelo, que mantenían todo el tiempo sin voz, mientras contemplaban la pantalla prácticamente en silencio, con algún raro comentario esporádico.

En resumen, yo creo que Manolo tenía mucho cariño a sus padres y ellos, a su vez, no sólo le querían sino que le tenían un grandísimo respeto; les parecía que era un «sabio» que había tenido muy mala suerte en la vida y hacían todo lo que podían por ayudarle.

Salvador López Arnal.- En febrero de 1980 murió tu madre, Giulia Adinolfi Sellitti (https://giuliaadinolfi.caladona.org/). ¿Cómo afrontó tu padre la pérdida?
Vera Sacristán.- La enfermedad y la muerte de mi madre es la experiencia que más ha marcado mi vida, no sólo por el drama que para mí constituyó su final, sino sobre todo por lo que aprendí del comportamiento de ambos.

Giulia demostró una lucidez y una serenidad impresionantes, combinando la lucha contra la enfermedad con la aceptación de los hechos tal como eran. La reacción de Manolo fue un ejemplo de solidaridad total: siguiendo su estilo, leyó montones de artículos médicos que se hizo mandar por el hermano de Giulia (especialista en inmunología genética), acompañaba a Giulia a todas partes (en particular a las sesiones de terapia) y se convirtió en un experto enfermero en los últimos meses. Creo que aprendió de Giulia a comportarse en aquella situación, de forma que no se hundió depresivamente ni durante su enfermedad ni después de su muerte. Al contrario, recuerdo que los últimos meses de vida de mi madre, cuando ya estaba inmovilizada en la cama, paradójicamente, charlábamos y reíamos constantemente, a la vez que nos cuidábamos mutuamente los tres (y no sólo nosotros a Giulia).

[Elena Grau Biosca, Violeta Ibáñez Royo, Isabel Ribera Domene (eds), Giulia Adinolfi. Entre mujeres, Barcelona: Icaria, 2025]

Después de la muerte de mi madre, Manolo, a pesar de sentirse de luto, como él decía (y como demostró vistiendo de negro durante una larga temporada), tuvo una reacción menos depresiva de lo que era frecuente en él. Supongo que, en parte, su preocupación por mí debió ser una de las causas.

Al cabo de poco tiempo fue invitado a México. Como he dicho, México había sido siempre una de sus pasiones: alguna vez me dijo que incluso había empezado a aprender náhuatl de joven. Pasó en México algo más de un año, dio un curso en la Universidad Autónoma, visitó todos los lugares que conocía por sus lecturas, volvió a ver a su familia exiliada y, lo más importante, se volvió a casar. Creo que fue una época feliz para él.

Salvador López Arnal.- Eres licenciada y doctora en Matemáticas. Es conocido el interés de tu padre por la disciplina y por la filosofía de las ciencias formales. ¿Te orientó, te influyó en tus estudios? ¿Controlaba él, en alguna medida, tus decisiones?
Vera Sacristán.- Me parece evidente que mi padre tuvo mucha influencia sobre mis gustos en el tema de los estudios (y en muchos otros, creo). Su estímulo debió avivar mi interés por las matemáticas, que recuerdo muy temprano: cuando estudiaba primero de bachillerato ya tenía claro que las matemáticas eran mi asignatura preferida.

Sin embargo, la intervención directa de mi padre, de mis padres, en mis decisiones era siempre poco menos que nula. Siempre se preocuparon por saber cómo me iban las cosas, pero nunca me aconsejaron que estudiara esto o aquello. La única intervención directa que recuerdo de mi padre en mis estudios ocurrió cuando yo estudiaba primaria en la Scuola Italiana de Barcelona: en verano, me estuvo dando clases de lengua castellana, preocupado por mi desconocimiento y mis faltas de ortografía. Mientras estudié en la facultad, se interesó siempre por saber cómo me iba y, más concretamente, por saber qué me explicaban, especialmente cuando estudié asignaturas de lógica, pero nunca emitió ni tan siquiera una opinión sobre lo que me enseñaban o sobre lo que debía yo leer o hacer.

Lo que, en cambio, siempre le obsesionó era que estudiara e hiciera las cosas a fondo. Repetía con frecuencia refranes como «la letra con sangre entra, y la labor con dolor» o «primero es la obligación y luego la diversión». Mi madre tenía una versión italiana: «chi bella vuol apparire, gran dolor deve soffrire».

Salvador López Arnal.- Fuiste militante de las Juventudes Comunistas de Cataluña a mediados de los setenta. ¿Discutías con él sobre temas políticos? ¿Intentaba convencerte de sus posiciones?
Vera Sacristán.- También en este tema la influencia de mi padre debió ser importante, pero si en el tema de los estudios procuró no intervenir demasiado, en éste fue todavía más prudente: jamás me dijo si le parecía bien o mal lo que hacía, ni me preguntó exactamente qué hacía (eso también tenía que ver con las medidas de seguridad de entonces, no sólo con su discreción como padre).

Hablábamos de política como de cualquier otra cosa, pero desde el punto de vista de quien comenta las noticias del periódico, no de quien hace una discusión política de partido. Eso sí, algunas veces le pedí ayuda para algo –un seminario, un artículo– y siempre me la dio con creces.

Yo no supe que él había abandonado su actividad hasta más tarde.

Salvador López Arnal.- Se expulsó a Sacristán de la Facultad de Económicas de la UB en 1965. Más tarde, volvió brevemente (curso 72-73), y de nuevo no se le renovó el contrato. Posteriormente no se le concedió el nombramiento de catedrático extraordinario hasta muy entrado 1984. ¿Cómo vivió esas circunstancias? ¿Qué pensaba de su tardío nombramiento como catedrático?
Vera Sacristán.- Mi recuerdo es que vivimos aquello con cierta «normalidad», como si ya estuviéramos todos acostumbrados a las faenas que le hacía el régimen. Claro que la expectativa de que le nombraran catedrático nos alegraba a todos, pero como le dijo a un periodista que le preguntó: «prefiero estar con los corderos que con los cabritos».

Del curso 72-73, en cambio, no puede decirse que fuera muy «normal». Por de pronto, Manolo fue detenido aquel invierno ya no recuerdo si dos o tres veces. Por cierto que se vanagloriaba de llevar sus detenciones con mucha serenidad. Decía que era incluso capaz de dormir de pie en la celda de Jefatura donde le retenían mientras no le interrogaban. De su paso por la Modelo guardaba una cajita para medicinas que le regaló un preso común de su misma celda, y la cuidaba con muchísimo cariño.

A pesar de todo, él intentaba mantener el ritmo de sus clases. Incluso tuvo que pasarlas de su horario habitual a las ocho de la mañana, porque decía que a su hora normal siempre había asambleas y no podía dar clase. Al cabo de poco tiempo de dar clase a las ocho volvió diciendo: «ahora ya no sufro las asambleas, ahora vienen a mis clases los que van a hacer pintadas de madrugada».

Salvador López Arnal.- Rosa Rossi ha explicado que, poco después de la muerte de Giulia, tu padre estuvo leyendo y reflexionando sobre «el tema de la muerte». ¿Sabes si ha quedado algún ensayo, algún material de este estudio? ¿Impartió alguna conferencia sobre el tema?
Vera Sacristán.- Efectivamente, recuerdo que acumuló libros sobre el tema y que me hizo algunos comentarios sobre lo que leía, pero no sé gran cosa más. Es posible que Rosa, Nolasc, Juan Ramón u otros sepan algo más.

De aquella época, o un poco antes, sólo recuerdo que intervino en una mesa redonda organizada por la Asociación Española contra el Cáncer, junto con Jordi Estapé (que era el médico de mi madre), de la que volvió impresionado por la lucidez y el coraje de alguna de las enfermeras que allí hablaron.

Salvador López Arnal.- Poco después de la muerte de tus padres, se creó la Fundación Giulia Adinolfi-Manuel Sacristán. Este 1995 hará diez años del fallecimiento de Sacristán. ¿Qué actividades piensa llevar a cabo la fundación?
Vera Sacristán.- La Fundación impulsará actividades de conmemoración. Probablemente algunas se vehiculen a través de las universidades de Barcelona: conferencias y mesas redondas. Ahora mismo estamos concretando los detalles. Pretendemos, además, hacer coincidir los actos con algunas publicaciones: un texto de lógica inédito (escrito para una enciclopedia que no llegó a publicarse); un manuscrito inacabado sobre Gramsci (este trabajo tuvo probablemente que ver con la depresión de Manolo: lo estaba escribiendo entonces, lo interrumpió y quiso tirarlo; Jacobo Muñoz lo salvó); la tesis doctoral sobre Heidegger, cuya edición hace años que se agotó; y alguna publicación más como una antología de textos y otra de entrevistas. Aparecer á también un número monográfico de la revista Mientras Tanto, que Giulia y Manolo fundaron y la Fundación sigue editando.
Salvador López Arnal.- En la bibliografía que Juan-Ramón Capella publicó en el número 30-31 de mientras tanto de 1987, se da cuenta de «papeles» inéditos. ¿Se ha pensado en la edición de esos papeles? Se ha comentado también que antes de morir estaba trabajando en torno a algún ensayo sobre el tema de la dialéctica. ¿Es así?
Vera Sacristán.- Los textos que hemos hallado más o menos completos son los que he mencionado antes. Ahora bien, está pendiente el trabajo de estudiar los cuadernos de Manolo para ver si en ellos se encuentra material publicable o no.

Es cierto que estaba trabajando sobre el tema de la dialéctica, dando un curso de doctorado, etc. Nunca me dijo, sin embargo, que estuviera preparando un ensayo, lo cual no quiere decir que no se encuentre entre sus apuntes material suficientemente elaborado como para ello.

La Fundación deberá impulsar la catalogación del material que tenemos y su estudio.

Salvador López Arnal.- Permíteme finalizar haciendo referencia a tu nombre. Se ha dicho que la elección de Vera no es una mera cuestión estética. Es un homenaje a la verdad, un foco esencial que dirigió la trayectoria intelectual, política y vital de tus padres. ¿Es así? ¿Hay algún otro homenaje escondido?
Vera Sacristán.- Vera es un nombre relativamente frecuente en Italia: significa ‘verdadera’. Desde luego, no es una mera cuestión estética. Varios amigos de Manolo han sido testigos de su interés por el significado de los nombre que pretendían poner a sus hijos y hasta qué punto eso le parecía importante.

Así que no hay homenajes escondidos ni criterios meramente estéticos, sino más bien voluntad de significado.

Salvador López Arnal.- Gracias, muchas gracias.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

La tormenta invernal en EE. UU., en imágenes.

Imágenes de gran parte del país muestran calles cubiertas de nieve y preparativos para lo peor que aún está por llegar.


En fotos y videos

Decenas de millones de estadounidenses se enfrentaron a un fin de semana de nieve, hielo y temperaturas brutalmente frías, a medida que una tormenta invernal que se formó en las montañas Rocosas avanzaba hacia el este por Estados Unidos.

Las compañías aéreas cancelaron cientos de vuelos, los consumidores se apresuraron a almacenar alimentos y suministros, y los cortes de electricidad afectaron a cientos de miles de personas.

El parque Prospect Park, en Brooklyn, se vio azotado por el clima invernal.Credit...Angelina Katsanis para The New York Times

martes, 3 de febrero de 2026

Cardiología. Diez consejos de cardiólogos para un corazón sano: miles de pasos, sueño fresco y chequeos a partir de los 40

Diez consejos de cardiólogos para un corazón sano

Seis expertos recomiendan claves como hacer ejercicio, activarse en el trabajo, no fumar y dormir unas ocho horas diarias

Cada hora mueren 13 personas en España por una enfermedad cardiovascular, según los últimos datos de mortalidad publicados por el Instituto Nacional de Estadística. La situación, sin embargo, podría ser muy diferente: la Fundación Española del Corazón (FEC) indica que ocho de cada 10 fallecimientos prematuros por esta causa se pueden prevenir con hábitos de vida saludables. EL PAÍS ha contactado con seis expertos en cardiología para preguntarles por sus trucos para cuidar la salud cardiovascular.

Caminar 10.000 pasos al día
Antonia Delgado, cardióloga del Hospital General Universitario Gregorio Marañón, recomienda dormir lo suficiente, caminar durante el día y hacer deporte al menos dos veces por semana. Sugiere dar entre 8.000 y 10.000 pasos diarios. Como ella, otros expertos están acostumbrados a andar. Andrés Íñiguez, presidente de la Fundación Española del Corazón (FEC), camina al menos una hora al día. Jorge Solís, coordinador de la Unidad de Imagen Cardiaca del Servicio de Cardiología del Hospital Universitario 12 de Octubre, busca cualquier excusa para moverse: “Intento levantarme de la mesa de mi consulta o del escritorio cada 60 o 90 minutos para dar un paseo de cinco minutos, estirar o subir escaleras. Esto ayuda a mantener la circulación activa y reduce el impacto negativo del sedentarismo”.

Baila, corre, pedalea: haz ejercicio aeróbico
Priscilla Duran-Luciano, experta en epidemiología cardiovascular y voluntaria de la Asociación Estadounidense del Corazón, también procura dar más de 10.000 pasos diarios. Además, corre unos cinco kilómetros dos veces por semana e intenta hacer yoga al menos una vez para liberar el estrés y mejorar su flexibilidad. Lo ideal sería realizar suficiente actividad para incrementar el consumo energético en 150 o 200 kilocalorías diarias. Así lo indica Íñiguez, que explica que se puede lograr con 30 minutos de ejercicio moderado cinco veces a la semana o 20 minutos de ejercicio intenso tres veces por semana.

“Para entendernos, un ejercicio moderado puede ser andar deprisa, bailar, hacer aerobic, ir en bici… Mientras lo practicamos, aún tenemos la capacidad de ir hablando con quien tengamos al lado, aunque la respiración sea algo acelerada”, explica Paula Awamleh García, cardióloga responsable de la Unidad Coronaria del Hospital Universitario de Getafe. Cuando el ejercicio es vigoroso, como es en el caso del running, la marcha atlética o el ciclismo intenso, “no podríamos hablar normalmente con el compañero, solo podemos centrarnos en respirar”.

Cada edad “tiene su ejercicio”, según Julián Pérez-Villacastín, jefe del servicio de cardiología del Hospital Clínico San Carlos y catedrático de la Universidad Complutense de Madrid. Si bien correr es “ideal”, “hay que controlarlo cuando te vas haciendo mayor para no dañar las articulaciones”. Además de moverse, recomienda forzar un poco: “Tenemos que sentir que nuestro corazón se acelera”.

Íñiguez sugiere alcanzar una frecuencia cardíaca que esté entre el 60% y el 75% de nuestra frecuencia cardíaca máxima. “Hay una regla práctica para ello, restar a 220 nuestra edad”, explica. Sin embargo, la intensidad dependerá del nivel de entrenamiento: “No es lo mismo si eres sedentario que deportista aficionado o de élite, si padeces una cardiopatía o si estás bajo tratamiento farmacológico”.

Ejercicios de fuerza dos días por semana
Solís aconseja complementar ese ejercicio con dos días de entrenamiento de fuerza —como pesas o bandas— para mantener la masa muscular, que “es protectora del corazón y fundamental según nos hacemos mayores”. “Las personas creemos que con el paso de los años estamos bien si mantenemos el peso. Sí, pero hay que tener en cuenta que reemplazamos músculo por grasa y aunque no variemos el peso, conviene realizar musculación para mantener el tono muscular y evitar la sarcopenia (pérdida de músculo con la edad)”, explica Pérez-Villacastín.

Este experto también recomienda entrenar el equilibrio, un aspecto importante para envejecer con salud. Propone un test sencillo: colocarse de pie con los brazos y los ojos abiertos, levantar una pierna y mantener la posición. Por encima de 30 segundos, se considera “normal”. El equilibrio es una capacidad motora fundamental que ayuda a prevenir caídas y contribuye a mantener la actividad física en adultos mayores.

Dormir de siete a nueve horas cada noche
La falta de sueño afecta actualmente al 36,2% de la población en España, según la última Encuesta de Salud de la Fundación Española del Corazón. Íñiguez explica que las horas de sueño ideales varían según la edad: los menores de cinco años deberían dormir entre 10 y 16 horas, los niños de seis a 12 años entre nueve y 12 horas, los adolescentes de 13 a 18 años entre ocho y 10 horas, y los adultos, entre siete y nueve horas.

Dormir mal o de manera insuficiente puede aumentar la presión arterial, incrementar la inflamación, alterar el metabolismo y dificultar el mantenimiento de un peso saludable. Así lo indica Duran-Luciano, que destaca que estos factores elevan el riesgo cardiovascular a largo plazo. Un metaanálisis publicado en 2020 indica que las personas con insomnio tienen aproximadamente un 45% más de riesgo de desarrollar o morir por enfermedad cardiovascular en comparación con quienes no presentan alteraciones del sueño.

Los expertos consultados aconsejan mantener un horario de sueño constante, incluso los fines de semana, y reducir la exposición a las pantallas al menos una hora antes de dormir. Awamleh describe la pantalla encendida como la gran “enemiga del sueño”. Ella suele tener problemas para conciliarlo. “Lo que suelo hacer es poner en la televisión del dormitorio alguna película o serie que ya haya visto, que no tenga que estar muy pendiente para seguir el argumento, con el sonido bajito y, por supuesto, quitando la imagen”, explica.

Para evitar problemas de insomnio, Delgado aconseja tomar una cena ligera separada del momento del sueño —evitando excitantes y alcohol— y realizar una rutina de desconexión sin pantallas al menos una hora antes de acostarse. Durante ese tiempo, sugiere realizar alguna actividad relajante, como darse una ducha templada, leer, escuchar música tranquila, hacer estiramientos suaves o aprovechar para practicar meditación o mindfulness. También considera útiles los ejercicios de respiración profunda para relajarse. Por ejemplo, realizar de cuatro a seis respiraciones con la inhalación de unos 4 segundos y la exhalación más prolongada de 6 segundos.

Dormir en un lugar fresco y oscuro
El entorno en el que dormimos “influye en la salud cardiovascular”. Así lo indica Duran-Luciano, que aconseja dormir en un lugar cómodo, fresco y oscuro. Algunas investigaciones indican que la exposición a luz artificial durante la noche —como la iluminación intensa en interiores o la luz exterior que entra por la ventana— se asocia a un mayor riesgo de enfermedades cardiovasculares. “Incluso una exposición moderada a la luz nocturna se asocia con mayor riesgo a largo plazo de enfermedad coronaria, insuficiencia cardíaca y accidente cerebrovascular”, explica la experta.

Chequeos preventivos a partir de los 40
“En nuestro sistema sanitario juega un papel fundamental el médico de atención primaria para la detección y control de los factores de riesgo cardiovascular, especialmente a partir de los 40 años”, explica Delgado. Solís considera fundamental realizarse chequeos de presión y colesterol: “Mucha gente vive con estos ‘asesinos silenciosos’ sin saberlo, hasta que es demasiado tarde. Nunca debemos esperar a tener síntomas para medir sus valores”.

El experto recomienda un primer chequeo preventivo a partir de los 40 años en hombres y 45 en mujeres. También es recomendable consultar al médico ante cualquier síntoma de alarma, como dolor en el pecho, mareos, pérdida de conocimiento o dificultad para respirar.

No tomar medicamentos sin indicación médica
“Estás matando tu corazón sin saberlo y existe una pastilla que limpia tus arterias”, indica un video viral en TikTok. Acto seguido hace referencia a la trimetazidina, a la que se refiere como “el escudo cardíaco de Europa”, “Si todo fuese tan sencillo como seguir un vídeo en TikTok, acabaríamos rápidamente con la mortalidad cardiovascular en el mundo”, asegura Awamleh. Para Solís, este es un ejemplo claro de desinformación peligrosa que prolifera en redes sociales.

Según explica, la trimetazidina solo está indicada para algunos pacientes con angina de pecho y no “limpia las arterias”, al contrario de lo que señala el video. “Es un medicamento de prescripción que debe ser tomado bajo estricto control médico, no por recomendación de un influencer”, señala el experto.

“El tabaco es veneno y el vapeo también”
Sobre los hábitos que dañan el corazón, Pérez-Villacastín es contundente: “El tabaco es veneno y el vapeo también. La respiración es la forma más directa que tenemos para poner en contacto cualquier sustancia con la sangre”. Por eso, los fumadores ya notan su efecto “con la primera calada”.

Awamleh nunca fumaría. El tabaco es “tremendamente perjudicial para el corazón y desgraciadamente no hay dosis de seguridad”: “Muchas veces se cree que por un par de cigarrillos diarios no pasa nada. Obviamente, la toxicidad que se acumula es mayor si fumas tres paquetes al día, pero ya desde la primera calada hay daño en los vasos sanguíneos”.

Desconexión digital para reducir el estrés
La Sociedad Europea de Cardiología destaca la estrecha relación entre la salud mental y las enfermedades cardiovasculares. Por ejemplo, varios estudios concluyen que la depresión tiene un impacto negativo significativo en el desarrollo de estas patologías. Cada persona debería identificar qué factores le generan estrés o malestar y cuáles le ayudan a reducirlo. Así lo indica Awamleh, que cuenta que su trabajo puede ser muy estresante y absorbente. Por ello, en su día a día necesita desconectar y hacer actividades que no tengan relación con la medicina, como ir al gimnasio y entrenar con el saco de boxeo.

Para reducir el estrés, Solís sugiere la desconexión digital, que consiste en programar momentos del día en los que no se revisen correos electrónicos ni noticias y desconectar del trabajo. También recomienda mantenerse activo —preferiblemente en un entorno natural—, escuchar música para relajarse y practicar ejercicios de respiración.

Preparar la comida en casa
Iñiguez aconseja seguir una dieta mediterránea. Consumir aceite de oliva, cereales no refinados, fruta, verdura, legumbres, frutos secos, pescado, yogur o queso fresco. También propone limitar la carne roja y el consumo de alimentos ultraprocesados, como la bollería industrial, frituras, embutidos y bebidas azucaradas. “Pueden elevar el colesterol, la presión arterial y los triglicéridos (un tipo de grasa presente en la sangre)”, explica.

El desayuno de Solís normalmente es rico en fibra y grasas saludables. Suele incluir una tostada integral con aceite de oliva virgen extra y avena. La comida suele llevarla preparada de casa y está basada en legumbres, vegetales y carnes blancas. Consume al menos dos piezas de fruta al día y cena temprano algo ligero. Evita el azúcar, la comida ultraprocesada y siempre bebe agua. La sal, según explica, es un “enemigo silencioso” que contribuye a la hipertensión. “La mayoría de la sal que consumimos viene de alimentos procesados y no del salero”, explica Solís. La Organización Mundial de la Salud aconseja limitar la ingesta de sal en adultos a menos de 5 gramos al día (el equivalente a una cucharadita).

Delgado también suele comer en el trabajo algo preparado en casa, lo que le ayuda a no abusar de procesados y comer en exceso. En cuanto al café, destaca que hasta tres tazas al día no se asocian a un mayor riesgo cardiovascular. “Las bebidas energéticas son otra cosa: hay evidencias científicas de sus efectos nocivos sobre la presión arterial, las pulsaciones o el riego sanguíneo del corazón. Su consumo no es recomendable”, concluye Awamleh.
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Las cinco ‘edades’ del cerebro humano: hay cambios cruciales alrededor de los 9, los 32, los 66 y los 83 años

Un estudio identifica cuatro puntos de inflexión fundamentales en el desarrollo de las conexiones neuronales a lo largo de la vida, un hallazgo que puede ayudar a comprender alteraciones en la cognición y el comportamiento

En el cerebro humano habitan unos 86.000 millones de neuronas. Son las “misteriosas mariposas del alma”, que las llamaba el nobel Santiago Ramón y Cajal, las células principales del sistema nervioso, las encargadas de llevar y traer toda la información que nos permite pensar, reír, recordar o respirar. Esas mariposas se comunican, decía Cajal, a través de “besos”, las sinapsis, y van tejiendo sofisticadas conexiones para transmitir los impulsos nerviosos que construyen la vida.

Pero esa red de carreteras neuronales que pueblan el cerebro no es estática, cambia y se reconfigura a lo largo de la vida. Una investigación publicada este martes en la revista Nature Communications ha ahondado en cómo se organizan esas estructuras en el tiempo y ha identificado cinco edades del cerebro humano. Esto es, cinco épocas distintas del desarrollo neural. Los autores, un grupo de científicos de la Universidad de Cambridge (Reino Unido), han concluido que en esa disposición de las redes neuronales hay cambios cruciales alrededor de los 9, los 32, los 66 y los 83 años.

El primer mapa del cerebro en formación permite vislumbrar el origen de los trastornos de la mente
Tras comparar los cerebros de más de 3.800 personas de entre cero y 90 años a través de resonancias magnéticas que mapean las conexiones neuronales, los científicos encontraron esos cuatro puntos de inflexión que marcan el principio y el fin de las edades del cerebro. El hallazgo no es menor, sobre todo, si se tiene en cuenta que la forma en la que el cerebro está conectado está relacionada con trastornos neurológicos, mentales y del neurodesarrollo. “Al comprender los puntos de inflexión clave, podremos entender mejor a qué es más vulnerable el cerebro a diferentes edades. Cuanto más aprendamos sobre los cambios esperados en las conexiones cerebrales a lo largo de la vida, mejor podremos distinguir qué se considera un cambio saludable y típico de los signos de algo relacionado con una enfermedad o un trastorno”, explica Alexa Mousley, autora del estudio.

El primer punto de inflexión que han localizado los investigadores se sitúa en torno a los nueve años. 
Hasta entonces, sostienen, en el cerebro de los niños se produce una “consolidación de la red” neuronal, donde sobreviven las sinapsis más activas y se produce un aumento de la materia gris (que contiene las neuronas) y de la blanca (compuesta por las conexiones). Pero al final de esa primera fase infantil —y coincidiendo con el inicio de la pubertad— el cerebro experimenta un cambio radical en su capacidad cognitiva y en el desarrollo socioemocional y conductual.

La segunda etapa identificada, que los autores llaman “adolescencia”, va de los nueve a los 32 años. 
En ese lapso temporal, la organización de todo el cableado neuronal se mantiene más o menos constante: todo ese entramado se refina cada vez más y las conexiones son cada vez más eficientes.

Ahora bien, que esa segunda fase llegue hasta la treintena no significa que el cerebro sea adolescente hasta esa edad, puntualiza Sandra Doval, profesora Docente Investigadora en la Universidad Internacional de La Rioja. En declaraciones al portal SMC España, la investigadora, que no ha participado en este trabajo, matiza que “el estudio identifica cuándo cambian los patrones de reorganización del cableado cerebral, no cuándo el cerebro madura, envejece o declina en términos funcionales”. De hecho, los propios autores recuerdan que “la transición a la vida adulta está influenciada por factores culturales, históricos y sociales”, lo que la convierte en un cambio más dependiente del contexto que de la biología.

El cambio “más fuerte”
A los 32 años, los investigadores de Cambridge identifican otro punto de inflexión, el cambio en la organización de las redes neuronales “más fuerte de la vida”, dicen. Esto coincide con el pico en la maduración de la sustancia blanca —otros estudios ya habían apuntado que a principios de los 30 se alcanza el techo de conectividad cerebral— y los cambios en la arquitectura de la red neuronal, que hasta entonces se producían de forma rápida, se ralentizan. Esta edad del cerebro es la etapa más larga y va desde los 32 hasta los 66 años. “Este período de estabilidad de la red también se corresponde con una meseta en la inteligencia y la personalidad”, convienen los autores.

Hay otro punto de inflexión a los 66 años, coincidiendo con un cambio importante en la salud y la cognición en los países de altos ingresos, recuerdan los científicos. De hecho, es a partir de esas edades que puede empezar a aparecer la demencia o la hipertensión, que también está relacionada con el deterioro cognitivo y el envejecimiento acelerado. Esa fase de inicio del envejecimiento dura hasta los 83 años.

Alrededor de esa edad, se produce el último de los puntos de inflexión identificados por los investigadores de Cambridge y arranca la última edad del cerebro. Aunque admiten que los datos sobre esta fase son limitados, sí detectan que las distintas áreas del cerebro tienen más dificultad para comunicarse.

Mousley asegura que la manera en la que el cerebro cambia las conexiones a lo largo de la vida podría ayudar a “comprender mejor los cambios relacionados en la cognición y el comportamiento”. “Comprender estas fluctuaciones podría ayudarnos a entender cómo cambian las personas a lo largo de la vida y por qué son vulnerables a diferentes trastornos a distintas edades”, expone la investigadora en una respuesta por correo electrónico.

Rafael Romero García, director del Laboratorio de Neuroimagen y Redes Cerebrales de la Universidad de Sevilla, ha asegurado a SMC que se trata de “un estudio riguroso” y, aunque presenta limitaciones reconocidas por los autores —por ejemplo, no se ha separado el análisis por sexo y hombres y mujeres podrían presentar ritmos de desarrollo distintos—, apunta: “Es una gran aportación que ha permitido identificar momentos de inflexión en el desarrollo y que podría ayudarnos a comprender mejor las alteraciones cerebrales asociadas a trastornos del neurodesarrollo y a la demencia”.

No son “fronteras estrictas”
Este científico, que tampoco ha participado en el estudio, matiza, eso sí, que no hay que interpretar esas etapas en la maduración cerebral como “fronteras estrictas”. “La diferenciación entre maduración y envejecimiento es relativamente arbitraria. Además, hay que tener cuenta que el estudio solo se centra en la conectividad cerebral, no analiza cómo cambian durante estas etapas aspectos cognitivos como el aprendizaje, la memoria, la capacidad para resolver problemas, etc.”, señala.

Para Sandra Doval, “los resultados encajan notablemente bien con hitos conocidos del neurodesarrollo y envejecimiento”, pero hace hincapié también en las limitaciones de la investigación —otro ejemplo: los mayores de 60 probablemente están más sanos que la media de su edad y eso podría no representar fielmente el envejecimiento típico—y pide prudencia al interpretar los hallazgos, aunque reconoce su “relevancia científica”. “Estos hallazgos no generan recomendaciones clínicas directas inmediatas, sino que establecen un contexto científico valioso para futuras investigaciones sobre ventanas críticas de intervención preventiva o terapéutica en diferentes etapas vitales”. 




Las edades del cerebro

La identificación de puntos de inflexión en el desarrollo de las conexiones neuronales tiene un impacto médico pero también social y cultural

El cerebro humano alberga innumerables misterios, pero también ofrece respuestas. Un estudio recién publicado demuestra que la estructura de nuestra materia gris no es algo fijo tras la adolescencia. En el imaginario colectivo asumimos que hay un cerebro extraordinariamente maleable, el de los niños; el reflexivo de los adultos, y quizá uno más frágil al final de la vida, cuando asoman las demencias. Pero este trabajo, realizado por científicos de la Universidad de Cambridge, muestra que hay al menos cinco etapas en el cerebro humano, con unos saltos que se dan en torno a los 9, los 32, los 66 y los 83 años.

En esas edades, la maraña neuronal se reconfigura para dar respuesta a las necesidades del humano que le alberga. Primero se consolida; después gana eficiencia; más tarde madura; luego se reducen algunas conexiones para hacer frente a nuevas vulnerabilidades, y, finalmente, concentra estrategias y rutinas. Son edades muy concretas que debemos leer como hitos en el camino, referencias que refuerzan la idea de que el cerebro cambia a lo largo de la vida, no solo durante la infancia, que no queda fijado tras el periodo volátil de la adolescencia.

El cerebro humano es quizá la herramienta más eficiente de la naturaleza, un procesador potentísimo que sabe reajustar su consumo para hacer con apenas chispazos de energía lo que los ordenadores más potentes todavía no pueden ni soñar hacer devorando cantidades ingentes de vatios. Esas edades de las que habla el estudio británico son puntos de apoyo para entender que la topología del encéfalo se transforma a lo largo de la vida para mejorar esa eficacia que hizo triunfar al sapiens, lo que ayuda a ver con otros ojos las etapas vitales de los humanos.

Del mismo modo que aprendimos que la evolución de las especies no es lineal —la vida avanza de más simple a más sofisticada—, el viaje de la maquinaria mental no es un arco narrativo tan evidente como pensábamos. El envejecimiento del cerebro no implica automáticamente degradación, sino una reorganización funcional. Es un mensaje más matizado y realista, útil para políticas de salud, educación o envejecimiento activo. Tiene un impacto médico —puede ayudar a comprender alteraciones en la cognición y el comportamiento—, pero también social y cultural indudable, para la educación, el trabajo, la jubilación, las expectativas sociales y los roles generacionales.

Ya sabíamos que debíamos escuchar a la ciencia del calendario mental para ajustar políticas, escuelas, ritmos y hábitos de vida a estas ventanas de cambio. Por ejemplo, puede ser poco eficiente pretender que el cerebro de los adolescentes aproveche una clase de Matemáticas a primera hora de la mañana: las neuronas tardan en despertar a esas edades. A medida que la neurociencia avanza, debemos entender qué estilo de vida modula estos puntos de inflexión y qué fases vulnerables atraviesa la centralita neuronal, para integrar la neurología con la sociología: cómo influyen las desigualdades, el estrés y la precariedad en estas etapas para intervenir en ese ordenador central que se formatea cada cierto tiempo de forma automática.

El Pais,

lunes, 2 de febrero de 2026

Pitu Aparicio, educadora sexual: “Los chavales no conocen el clítoris”

Pitu Aparicio

La divulgadora y escritora acaba de recibir uno de los premios anuales que entrega la Felgtbi+ por su defensa de la igualdad y los derechos

Pitu Aparicio (Madrid, 37 años) es mucho: educadora social, educadora sexual y menstrual, monologuista, escritora, divulgadora… Por su ingente labor, la semana pasada recibió un Premio Pluma, los galardones que anualmente entrega la Federación Estatal LGTBI+. En su caso, destacaron “su labor en la promoción de la educación sexual, la igualdad de género y los derechos LGTBI+ y por su uso de las redes sociales para crear espacios seguros para las adolescencias queer”.

“Para mí es un reconocimiento a los años de militancia y activismo, un refuerzo para todos esos momentos en los que he podido pensar que la educación sexual integral no tenía tanta importancia”, cuenta la autora de Autocoñocimiento (Molino). Habla desde el salón de su casa. Ha preparado un té con pastas, que se mezclan en la mesa con materiales que usa para los talleres que imparte: unos cuantos ―y diversos― clítoris, unas tetas de macramé, con areolas de tamaños y tonalidades diferentes, o algunos variopintos penes. Por la mañana ha estado con un grupo de adolescentes en un centro educativo: “Me han estropeado un clítoris. Claro, saben tan poco y tienen tantas preguntas que se emocionan”.

Pregunta. Lleva más de una década impartiendo talleres a chavales, ¿qué ha pasado con la educación sexual en España?
Respuesta. Ojalá poder decirte que ha habido un cambio brutal y estratégico, que la educación sexual no es un privilegio o una excepción… Si pudiéramos ir a los institutos a enseñar educación sexual integral y desde peques hablar de consentimiento, de límites o de placer, nos ayudaría a crecer con más libertad. Al educar sexualmente se puede prevenir el abuso sexual infantil, la violencia o las relaciones de maltrato. Sin embargo, tenemos que escuchar que la educación sexual “adoctrina”. En los centros educativos, muchas veces me encuentro con mensajes de familias supuestamente alarmadas. Luego no están tan preocupadas porque sus hijos puedan estar viendo porno a los 10 años.

P. ¿Qué dicen los padres y madres?
R. El otro día, una jefa de estudios me decía que los padres y madres nunca preguntan sobre el contenido que han dado en matemáticas, lengua o historia. Sin embargo, cuando se enteran de que ha habido ―o va a haber― un taller de educación sexual, se llevan las manos a la cabeza. Tienen un miedo generalizado que al final es una confrontación directa con el deseo de esas criaturas. Mis talleres empiezan con tres preguntas: ¿Cómo te llamas?; ¿cuáles son tus pronombres? ¿cómo estás hoy? Parece que se ha vuelto radical preguntar cómo te sientes.

P. Y usted, ¿cómo se define?
R. Como una mujer lesbiana que pertenece a una generación con muy pocos referentes lésbicos. ¿Quiénes han podido ser: Punky Brewster, Xena, la princesa guerrera? Es muy difícil creer que puedes ser lesbiana si nunca has visto una. No se puede obviar que el sistema, efectivamente, silencia a las lesbianas y que nosotras también estamos cansadas y agotadas. No todo el mundo puede estar haciendo activismo todos los días y poniendo el cuerpo continuamente. Es muy agotador. Por eso, me alegro mucho ahora al ver referentes consolidados como Jenny Hermoso o Nerea Pérez de las Heras. Al final necesitamos esa normalidad. Tengo muchas alumnas que, por sus familias, tienen la sensación de que están haciendo algo mal por sentirse atraídas por una mujer. Esto cuesta años y años quitártelo de encima y poder disfrutar. El alumnado muchas veces considera que la orientación sexual se elige. Yo, con 16 años, no decidí ser lesbiana. No pensé: “Ay, que bien me voy a hacer la vida fácil y me voy a enamorar de la mejor amiga de mi novio”.



P. ¿Cómo son sus talleres? R. Un espacio de seguridad y de confianza. Son dos horas en las que hablamos de emociones, pero también de miedo ―muchos jóvenes tienen miedo al sexo― o dudas. Los jóvenes deben tener más información para tener más potestad sobre su cuerpo, su placer, y poder decidir quiénes son, cómo aman y a quién.

P. ¿Por qué la extrema derecha ―y a veces la derecha― atacan este tipo de contenidos?
R. Si en tu casa, cuando sale en la televisión una escena subida de tono, en lugar de aprovechar para hablar sobre el erotismo y el placer con naturalidad, se aborda desde el miedo; los niños, niñas y niñes entienden que hay algo malo en la sexualidad y en su mención. Ahora, se plantea acompañar las infancias con ternura, naturalidad y humildad. También en el ámbito sexual: enseñar cómo te tocas es más humano y genera menos miedo que imponer silencio. Cambiar ese paradigma choca con lo que a esta gente se le enseñó en su momento. Las personas de mi generación vimos muchas películas Disney en las que todo el mundo era heterosexual y muchas, como yo, no nos hemos convertido en heterosexuales. ¿Qué problema hay por informar de que cada persona pueda elegir libremente sobre su cuerpo?

Pitu Aparicio es autora del libro 'Autocoñocimiento' y ahora tiene en cartel dos monólogos ('La bollera perfecta' y 'Encantada de coñocerme').
 
P. ¿Qué les pasa a los chavales?
R. Depende mucho de la edad. Entre los siete y los ocho años se forma la vergüenza, por lo que siempre es mejor haber empezado a trabajar previamente las habilidades sociales y la sexualidad. Más adelante, ellas empiezan a menstruar, a descubrir su cuerpo y a hacer muchas preguntas. Mientras, ellos están pegándose, tirándose unos encima de otros… son menos maduros. En 1º ESO se ve mucho que las chicas están a un lado; los chicos a otro; y las personas no normativas o fuera de ese binarismo se queda en un limbo. Nuestro sistema escolar empuja al binarismo. Más adelante, en 3º ESO, hay un cambio: ya están teniendo las primeras relaciones y las preguntas que hacen se enfocan al miedo. Me da pena porque no hablan de deseo, de placer, y ni siquiera conocen el clítoris. El clítoris no sale en ningún libro de Biología. Ningún chaval ni chavala de menos de 17 años me puede decir dónde está el clítoris. Por eso yo tengo que enseñárselo mil veces.

P. ¿Qué opinan sobre el condón?
R. En mis stories [Aparicio es una gran divulgadora en redes sociales] muchas veces cuelgo vídeos sobre cómo se abre el condón, tanto la parte externa (el envoltorio), como la interna (el propio preservativo). Porque estamos hablando de prevención, pero también, de placer y de deseo. Cuando les pregunto para qué tenemos relaciones sexuales, muchos me contestan: “Pues para tener hijos, ¿no?”. Tardan un rato en relacionarlas con el disfrute, la comunicación o el conocer gente.

P. También da lecciones de educación menstrual…
R. No estamos dando la libertad para que se hable de la regla con normalidad y no tener este tráfico de compresas y tampones, a escondidas, como si fuera algo malo. Muchas chicas tampoco saben que la regla no tiene por qué doler de manera incapacitante: yo tardé 12 años en que me diagnosticaran mi endometriosis, así que esto me lo tomo como una lucha personal. Parece que las mujeres estamos hechas para que todo el rato haya una lupa apuntando a nuestros cuerpos y realidades para decirnos que nuestra vulva no está bien, que nuestro pelo es seco, o que nuestros coños huelen mal. ¿Cuántos pasillos has visto en el supermercado de productos para el olor a polla? Empezaron con el suavizante de pelo y hemos acabado con el desodorante de coño.

P. ¿Le realizan muchas consultas en redes sociales?
R. Sí, sobre todo los domingos. Ese día, mis mensajes de Instagram serían para escribir un libro: “Me he echado colonia en la vagina”; “tengo un trozo de condón dentro, ¿dónde tengo que ir?“... Si nos explicaran que el conducto vaginal tiene cierre, nos ahorraríamos mucho miedo por pensar que la copa menstrual se nos va a salir por la laringe.

P. Muchas de estas cosas las explicas en tu espectáculo Encantada de coñocerme.
R. Si toda la vida prohíbes hablar de educación sexual y de sexualidad, cuando te ponen a una señora vestida de vulva en un escenario hablando de todo lo que nunca nos contaron, dices: “Quiero ir a ver eso. Quiero poder reírme, llorar, emocionarme”. Este es mi segundo monólogo. El primero fue La bollera perfecta, con el que llevo cinco años girando, y en el que cuento mi propia salida del armario y un buen drama bollo para que todo el mundo empatice.

P. ¿Y qué explica en su libro Autocoñocimiento?
R. Muchas veces yo lo defino como la Superpop que nunca leímos. Ha sido y está siendo un viaje precioso porque a la gente le sirve. Ayer, recibí un mensaje de una persona que me decía que gracias al libro ha entendido que los abusos sexuales que sufrió no se los merecía. También me han escrito señoras con 50 años que no sabían si habían tenido un orgasmo en su vida porque no podían definir las sensaciones físicas al tenerlo y que al probar el succionador de clítoris habían alucinado.

El imperio virtuoso

Fuentes: Blog de Rafael Poch de Feliu, Mentiras y medios


Después de Gaza la pregunta que se hace, desde el vértigo, el sector consciente de la opinión pública europea es la de cómo explicar la complicidad y cooperación de los gobiernos, instituciones y medios de comunicación europeos con el genocidio colonial israelí. La respuesta está en la historia: es la historia colonial europea la que emparenta a los gobiernos occidentales con la masacre israelí.

La industria del entretenimiento es una herramienta fundamental del hegemonismo occidental. En estrecha colaboración con el complejo político, militar, financiero y mediático, su producción penetra diariamente en todos los hogares desempeñando una función ideológica clave, perfectamente identificada y conocida. Mirada en retrospectiva, la industria de Hollywood logró convertir en proezas, epopeyas y románticos relatos, esa enciclopedia universal de la infamia que contiene la historia del colonialismo europeo y muy particularmente la de los británicos, parientes directos del actual hegemón. La lista de las películas ensalzadoras de los grandes crímenes coloniales está aún por hacer, pero basta citar clásicos como “Lawerence de Arabia” (1962), “55 días en Pekín” (1963), “Zulú” (1964) o “Khartum” (1966) para recordar cómo toda una generación creció arrullada y entretenida por ese género exaltador cuya leyenda interiorizó.

Resulta ilustrativo cotejar la lectura de cualquier obra seria sobre la acción del imperio británico en India o China con películas como “Victoria y Abdul” (2017), de Stephen Frears, o “Tai Pan” (1986) de Daryl Duke, para mesurar el nivel de vileza de tal bombardeo. Frears presenta la relación de cálida amistad entre la reina Victoria y su criado indio en una época en la que los indios morían de hambre en espantosas crisis directamente relacionadas con la gestión colonial. La película de Duke se inspira en la figura de William Jardine (1784-1843) para montar una ficción romántica, erótica y heroica alrededor del principal narcotraficante de la historia que condenó a la drogodependencia a 150 millones de chinos y se convirtió en uno de los hombres más poderosos y ricos de su tiempo.

Mantenido durante mas de dos siglos de violencia, racismo y explotación, el imperio británico todavía se presenta de la forma más altiva y arrogante como una empresa civilizadora y modélica, al lado de los imperios francés, español, portugués etc., declarados defectuosos o manifiestamente fallidos.

“Para algunas naciones, España por ejemplo, la apertura del mundo fue una invitación a la prosperidad, al boato y la ambición, un antiguo modo de proceder. Para otras, como Holanda e Inglaterra, fue la ocasión de hacer cosas nuevas, de subirse a la ola del progreso tecnológico”, escribe David S. Landes. (En: La riqueza y la pobreza de las naciones. 1998). Esa coherencia con el más que ambiguo “vector del progreso” que apunta con satisfacción el ilustre historiador de Harvard, quizá explique la actual y renovada nostalgia por el imperio británico, sobre la que advierten dos autores críticos con el fenómeno ( Hickel y Sullivan). “Libros de gran repercusión como Empire: How Britain Made the Modern World, de Niall Ferguson y The Last Imperialist, de Bruce Gilley, han afirmado que el colonialismo británico trajo prosperidad y desarrollo a India y otras colonias. Hace dos años una encuesta de YouGov reveló que el 32% de los británicos se sienten orgullosos de la historia colonial del país”, apuntan.

Ese mismo orgullo hacia el pasado colonial está, sin duda, vergonzosamente vigente en muchas otras viejas naciones imperiales, pero en ninguna parte como entre los “ingleses de ambos lados del Atlántico” que Benjamín Franklin definió como “el núcleo más importante del pueblo blanco”, tiene ese sentir más consecuencias para el presente.

“El imperio tal y como había sido, llegó a su fin formalmente en la década de 1960, pero su infeliz legado sigue presente en el mundo actual, donde se producen numerosos conflictos en los antiguos territorios coloniales”, observa Richard Gott en su compendio sobre el imperialismo británico (Britain´s Empire, 2012). “Si Gran Bretaña tuvo tanto éxito con sus colonias, ¿por qué muchas de ellas siguen siendo fuentes importantes de violencia y disturbios?”, se pregunta. Los británicos -reducidos ahora a la humilde categoría de ayudantes del Sheriff, en aún mayor medida que el resto de los europeos- “han seguido librando guerras en las tierras de su antiguo imperio en el siglo XXI, y gran parte de la población británica ha regresado sin cuestionamientos a su antigua postura de aceptar sin pensar lo que se hace en su nombre en lugares lejanos del mundo”, dice Gott. El papel que en el siglo XIX desempeñaron la “civilización”, el “comercio” y el “cristianismo” impuestos a los “salvajes”, lo desempeña ahora la ideología de los derechos humanos la igualdad de géneros y otras nobles causas. Por todo ello, recordar las ejemplares hazañas de tan virtuoso imperio no es un ejercicio histórico sino un imperativo para la comprensión del presente y muy en particular para la comprensión de la complicidad europea (política, financiera, comercial, militar y mediática) con el genocidio palestino.

El Gulag británico
El imperio británico era una dictadura militar en la que los gobernadores coloniales imponían la ley marcial a la menor disensión. Durante más de 200 años fue escenario de constante revuelta y violencia represora. En la propia metrópoli centenares de miles fueron confinados en el Gulag insular de su majestad. Especialmente después de que la independencia de Estados Unidos cerrara aquel territorio colonial del nuevo mundo – en los treinta años anteriores a 1776 la cuarta parte de los emigrantes llegados a Maryland eran convictos – islas del Caribe como las Bermudas y Roatán, en Honduras, de Asia, como Penang, en Malasia, o del Índico como las Seychelles o Andamán, formaron parte del presidio insular británico, que también envió a muchos reclusos indios y chinos a Singapur. En el XIX, las Seychelles fueron prisión para líderes de revueltas y notables locales, de Zanzibar, Somalia, Egipto o Ghana, que por una u otra razón no podían ser ejecutados. El arzobispo Makarios, líder del nacionalismo helénico de Chipre, estuvo ahí recluido en fecha tan cercana como 1956. Pero fue Australia, la gran isla-continente que ofrecía espacios ilimitados, el gran destino que el gobierno necesitaba para los detritos sociales de su catastrófica revolución industrial, gran hito de ese “progreso” glosado por Landes.

En 1840 la mitad de la población de Tasmania, unos 30.000, la formaban reclusos. Como mantener a los presos en las cárceles metropolitanas era caro, las sentencias mínimas de deportación a Australia para sacárselos de encima, incluso por pequeños hurtos, eran de siete años. Entre 1788 y 1868, 162.000 condenados fueron enviados a Australia, entre ellos 4000 sindicalistas, cartistas, luditas, las famosas “hijas de Rebeca” de Gales, que rompían peajes y barreras para protestar contra la privatización y los peajes en las carreteras, así como 2000 revolucionarios irlandeses.

La terrible situación de represaliados y condenados de la metrópoli represaliando y masacrando a su vez a la población nativa en las colonias, que tan vivamente se dio en los Estados Unidos con las naciones indias, se repitió en otras colonias europeas y también en Australia. En 1824 el gobernador militar de Nueva Gales del Sur, dio licencia a los colonos, muchos de ellos ex convictos deportados, para matar aborígenes a discreción. El gobernador se llamaba Thomas Brisbane y su apellido da hoy nombre a una de las grandes ciudades australianas.

La hambruna de Irlanda
Algunos consideran la hambruna de China durante el Gran Salto Adelante (1958-1962) como la mayor de la historia. Un siglo antes, la hambruna de Irlanda (“An Gorta Mór”) fue bastante peor que la china si se tiene en cuenta la proporción de población implicada. Con ocho millones de habitantes, el hambre y sus consecuencias se llevaron a entre uno y dos millones de irlandeses. Algunos lugares perdieron la tercera parte de su población, la mitad muerta y la otra mitad por emigración. ( Patrick Joyce, 2024 Remembering Peasants. A personal History of a Vanished World).

“He visitado los desoladores restos de lo que en su momento fueron nobles pieles rojas en sus reservas de norteamérica y he explorado los barrios negros donde están degradados y esclavizados los africanos”, escribía en 1847 James Hack Tuke, un filántropo cuáquero inglés en una carta tras su visita a Connaught, “pero nunca he visto tanta miseria, ni una degradación física tan avanzada, como la de los moradores de los lodazales de Irlanda”.

Otros países como Francia, Bélgica, Holanda, Alemania y Rusia, también sufrieron plagas de la patata en 1846/1847, pero a diferencia de lo que ocurrió en Irlanda bajo el dominio británico, paralizaron las exportaciones de los demás alimentos para compensar la pérdida. La política inglesa destinaba a la exportación los alimentos producidos en Irlanda, una estrategia cuyo mantenimiento se consideraba más importante que la vida de los irlandeses. Uno de los protagonistas de esa política, el subsecretario de Hacienda Charles Trevelyan, estaba mas preocupado por “modernizar” la economía irlandesa que por salvar vidas, así que vio en la hambruna una oportunidad para aplicar reformas radicales de libre mercado.

“No nos cabe la menor duda de que, por causa de las inescrutables pero invariables leyes de la naturaleza, el celta es menos activo, menos independiente y menos trabajador que el sajón. Esta es la arcaica condición de su raza”, escribía The Times el diario central del establishment imperial.

The Economist, el mismo semanario que en los años noventa del siglo XX predicaba las virtudes de la terapia de choque rusa, que dejó por el camino una factura demográfica de medio millón -sobre todo hombres en edad laboral – mientras denostaba la mala reforma china, publicaba el 30 de enero de 1847 un editorial dedicado a la crisis irlandesa: “Que los inocentes sufran junto con los culpables es una triste realidad”, decía, “pero es una de las grandes condiciones en las que se basa la existencia de toda sociedad. Cada violación de las leyes de la moral y el orden social conlleva su propio castigo. Esa es la primera ley de la civilización”. (En: The Economist and the Irish Famine — Crooked Timber )

Desde el siglo XVI en Irlanda estaba vigente un diezmo por el cual los irlandeses mayormente católicos debían pagar la décima parte de sus ingresos anuales para financiar la iglesia protestante. Hasta 1829 los católicos que rechazaban el juramento protestante de lealtad a la corona no podían acceder a empleos públicos. Durante la hambruna los teólogos protestantes ingleses atribuían la plaga de la patata al “papismo”, es decir al catolicismo, que había “provocado la cólera de Dios”. El semanario satírico Punch publicaba constantemente caricaturas que presentaban a los irlandeses como simios brutos, sucios, perezosos, violentos y únicos responsables de su propia desgracia.

En 1847, mientras el Times ignoraba los desastres de la hambruna, en Estados Unidos se puso en marcha una campaña de ayuda que puso en evidencia al gobierno de Londres. Los paquetes en los que ponía “Irlanda” eran transportados gratuitamente en ferrocarril y se fletaron 114 barcos con ayuda.

El holocausto irlandés continuaba para los que lograban emigrar. En el último de los tres siglos de la trata negrera a lo largo de la cual unos diez millones de africanos fueron transferidos al nuevo mundo, con la mitad de ellos muertos en el proceso de captura y transporte, según uno de los grandes historiadores de ese tráfico ( Joseph Miller, 1988, en Way of Death), los emigrantes irlandeses conocieron un destino no muy diferente. En los barcos ingleses que transportaban a los emigrantes irlandeses a América, las condiciones eran tan espantosas que uno de cada cuatro moría durante el viaje o en los seis meses posteriores a su llegada al nuevo mundo. La mortandad registrada en lo que fue descrito como “buques ataúd”, no era inferior a la de los barcos que transportaban esclavos africanos a las colonias. Que esa mortalidad fuera particularmente alta en los barcos ingleses, describe una clara negligencia criminal: por cada muerte de un emigrante a bordo de un barco americano, había cuatro en uno británico y por cada enfermo que llegaba a Estados Unidos en un barco norteamericano, llegaban cinco en un buque británico. En 1847 de los 98.000 emigrantes que llegaron a Canadá en barcos ingleses, 25.000 murieron en el viaje o a los seis meses de su llegada. Todo esto fue noticia en la prensa de Estados Unidos y de Canadá, pero el Times de Londres lo ignoraba. El gobierno británico solo comenzó a tomar medidas en 1854, siete años después. (Thomas Gallagher. Hambre en Irlanda: la elegía de Pady. 2007).

La industria del entretenimiento ha ignorado por completo la hambruna de Irlanda, pero en 2018 una rara excepción irlandesa producida en Luxemburgo presentó en 2018 “Black 47”, del director y guionista Lance Daly, una película de acción con trepidante ritmo de western construida sobre el entramado de aquella histórica tragedia. The Times resaltó esta vez la “machista teatralidad” del film del que apuntó que “todo es profundamente absurdo, pero dentro de un entorno inquietantemente profundo”. The Independent destacó el carácter “excesivamente sombrío” de lo que calificó como “western de patatas” en alusión a los spaghetti western, y The Guardian lamentó que “la caricaturización de los villanos disminuya el impacto” de esa estupenda película que de todas formas fue un éxito de taquillaje…

Irlanda en Occidente y Birmania en Oriente fueron los territorios más potentes y tenaces en su resistencia a los ingleses, por lo que la represión fue allí particularmente cruda, pero también en India las convulsiones, hambrunas y revueltas fueron crónicas.

India

Según una estimación reciente, solo en los cuarenta años que van de 1880 a 1920 la colonización británica causó en la India unos 100 millones de muertes provocadas por el empobrecimiento de la población y la mayor frecuencia y mortandad de las hambrunas. (Jason Hickel, Dylan Sullivan, How British colonialism killed 100 million Indians in 40 years). “Se trata de una de las mayores crisis de mortalidad inducida por políticas de la historia de la humanidad”, señalan los autores. “Es mayor que la suma combinada de muertes que se produjeron durante todas las hambrunas de la Unión Soviética, la China de Mao, Corea del Norte, la Camboya de Pol Pot y la Etiopía de Mengistu”, todas ellas en el siglo XX, dicen. Antes de eso, en 1770, una gran hambruna asoló Bengala matando a unos 10 millones de sus habitantes, la tercera parte de la población. La situación fue agravada por el monopolio del arroz y otros productos impuesto por la Compañía Británica de las Indias Orientales que gobernaba el territorio. El colapso y los impuestos, combinados con la sequía y el hambre, marcaron el inicio del dominio inglés en India, un cuadro que se mantendría durante 200 años.

Desde su llegada al subcontinente en el siglo XVII, Gran Bretaña destruyó el sector manufacturero de la India, que exportaba tejidos a todo el mundo. El régimen colonial eliminó los aranceles para los productos textiles británicos y creó un sistema de impuestos y de barreras internas que impedían a los indios vender sus productos dentro del país y aun menos exportarlos. “Si la historia del dominio británico de India tuviera que condensarse en un único dato, sería este: entre 1757 y 1947 no hubo incremento del ingreso per cápita y en la segunda mitad del XIX los ingresos se redujeron seguramente en más de un 50 por ciento”, dice Mike Davis (Late victorian Holocausts, 2002). La nueva economía colonial fragilizó a las poblaciones ante las sequías y fenómenos naturales adversos que propiciaban el hambre. Según el historiador Robert C. Allen (Global Economic History: A Very Short Introduction, 2011) bajo el dominio británico la pobreza extrema pasó del 23% en 1810 a más del 50% a mediados del siglo XX, los salarios reales disminuyeron y las hambrunas se hicieron más frecuentes y más mortales. ¿Pasado remoto?

El político inglés más importante de la Segunda Guerra Mundial, Wiston Churchill, fallecido en 1965, era un racista confeso. En los años cuarenta del siglo XX se refirió a los indios como “un pueblo bestial con una religión bestial” y de la hambruna de 1943 en Bengala, que dejó tres millones de muertos, afirmaba que “fue culpa suya por reproducirse como conejos”. En 1919 Churchill se declaró “totalmente a favor del uso del gas venenoso contra las tribus incivilizadas”. En los años treinta definía a los palestinos como “hordas bárbaras que solo comen estiércol de camello”. Antes de la guerra fue un admirador de Mussolini (“no pude evitar sentirme encantado por su porte gentil y sencillo y su sereno aplomo”) y tenía palabras de elogio para Hitler en 1937, el año de Guernika: “a uno le puede disgustar el sistema de Hitler y, sin embargo, admirar sus logros patrióticos. Si nuestro país fuera derrotado, espero que encontremos un campeón tan admirable que nos devuelva el valor y nos conduzca de nuevo a nuestro lugar entre las naciones”. En la campaña electoral de 1955 Churchill propuso para el partido conservador un lema que muchos europeos suscriben hoy: “mantener a Gran Bretaña blanca”. (Publicado en Ctxt) 

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