
Durante los últimos años, la crianza ha estado dominada por una contradicción difícil de ignorar. Nunca antes padres y madres habían tenido tanta información sobre desarrollo infantil y, sin embargo, tampoco había habido tantos progenitores preocupados por si lo estaban haciendo bien. Idiomas desde la cuna, estimulación precoz, pantallas, actividades, libros y un sinfín de consejos en redes sociales conviven con una sensación cada vez más extendida de que educar a un hijo exige conocimientos especializados. Para la psicóloga y especialista en atención temprana Laura Estremera (Zaragoza, 37 años), el problema no es la falta de información, sino haber perdido de vista qué necesita realmente un niño durante sus primeros años de vida.
En La infancia acompañada (Ariel, 2026), su tercer libro, la autora sostiene que la infancia no es una carrera por adquirir habilidades cuanto antes, sino la etapa en la que se construyen los cimientos de la autoestima, la regulación emocional, la autonomía y la forma en que nos relacionaremos con los demás durante toda la vida. Frente a una sociedad obsesionada con adelantar aprendizajes, Estremera reivindica el juego libre, el movimiento, el apego seguro y la importancia de respetar los ritmos de maduración. “Los niños no necesitan padres perfectos, sino suficientemente buenos”, resume.
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RESPUESTA. Porque seguimos creyendo que es una etapa de poca importancia y eso hace que intentemos adelantar muchos procesos. Sabemos cuál es el resultado final que queremos —que caminen, hablen, compartan, regulen sus emociones o aprendan a leer—, pero desconocemos todo el camino que necesitan recorrer para llegar hasta ahí. Si fuéramos conscientes de que durante estos años se están construyendo los cimientos sobre los que más tarde se desarrollarán todas nuestras capacidades humanas, miraríamos esta etapa de una forma completamente distinta.
P. En el libro insiste en que el problema no es enseñar conductas, sino comprender qué ocurre en el mundo interior del niño.
R. Los niños pequeños tienen unas características muy diferentes a las de los adultos. Su cerebro todavía está desarrollándose, sienten las emociones con enorme intensidad, pero aún no pueden regularlas ni comprender un mundo tan complejo como el nuestro. Cada vez damos más importancia a las emociones, pero todavía nos cuesta entender qué hay detrás de muchas conductas infantiles y ofrecer el acompañamiento que necesitan.
P. ¿La enorme cantidad de información sobre crianza ayuda o genera inseguridad?
R. Que exista interés por comprender el desarrollo infantil es una magnífica noticia, porque nos permite educar desde el conocimiento y no desde los automatismos o nuestras propias experiencias. El problema aparece cuando intentamos hacerlo todo perfecto. Entonces esa información deja de ser una ayuda y se convierte en una fuente de exigencia. Los padres no podemos con todo ni podemos ser perfectos.
P. Vivimos en una época de estimulación constante: idiomas desde bebés, actividades, pantallas, fichas... ¿Estamos confundiendo desarrollar a un niño con acelerar etapas?
R. Exactamente. Cada etapa tiene un sentido dentro del desarrollo humano. El problema es que conocemos el destino y queremos enseñar desde ese resultado final. Sin embargo, el proceso no se parece al resultado. Un niño no aprende a caminar porque le enseñemos a caminar, sino porque antes ha podido arrastrarse, gatear y explorar. Tampoco construye una buena base para los aprendizajes escolares adelantando fichas o contenidos, sino jugando libremente durante años. Intentar acelerar esos procesos no fortalece el desarrollo; al contrario, debilita los cimientos.
P. Usted desmonta la idea de que compartir, controlar los impulsos o gestionar las emociones se aprende a base de repetirlo una y otra vez. ¿Por qué cuesta aceptar que madurar tiene sus propios tiempos?
R. Porque desconocemos cómo funciona realmente el desarrollo infantil. Antes de compartir, por ejemplo, un niño necesita atravesar una etapa en la que siente los objetos como propios. Antes de ser verdaderamente autónomo, necesita haber sentido que sus necesidades eran atendidas. Muchas capacidades requieren una maduración interna que no puede imponerse desde fuera por mucho que insistamos.
P. También cuestiona una frase muy repetida: “Como era un bebé, no se enteró”. ¿Qué sabemos sobre el impacto de las experiencias tempranas?
R. Aunque no conservemos recuerdos conscientes de esa etapa todo lo vivido forma parte de quienes somos. Durante los primeros años, el cerebro está construyendo los patrones sobre cómo funciona el mundo, cómo son las relaciones y quiénes somos nosotros mismos. Por eso esas experiencias dejan una huella que continúa acompañándonos cuando somos adultos.
P. Dedica muchas páginas al apego seguro. Sin embargo, hay padres que acaban sintiéndose culpables por no hacerlo todo bien.
R. Esa culpa es innecesaria. Los niños no necesitan padres perfectos. Incluso en un apego seguro existen errores, malentendidos y momentos en los que no sabemos qué necesitan nuestros hijos. Como decía Winnicott [Donald Woods Winnicott, psicoanalista y pediatra británico], lo que necesitan son padres “suficientemente buenos”. Ese es el objetivo, no la perfección.
P. Afirma que alrededor del 90% de la comunicación con un niño pequeño ocurre sin palabras...
R. Sí, a través del contacto físico, del tono de voz, de la tensión del cuerpo, de la mirada o de nuestros gestos les transmitimos si están seguros, si son queridos o si el mundo es un lugar confiable. Cuando el lenguaje verbal y el no verbal no coinciden, el niño siempre da más credibilidad a lo que percibe con el cuerpo que a nuestras palabras.
P. En una sociedad obsesionada con que los niños aprendan cuanto antes a leer o hablar inglés, usted reivindica el juego libre. ¿Lo seguimos viendo como una pérdida de tiempo?
R. Sí, y es uno de los grandes errores. El juego, el movimiento y la exploración no son un entretenimiento: son la forma en la que un niño aprende durante los primeros años. Es ahí donde desarrolla la atención, la curiosidad, la capacidad de resolver problemas, la autonomía y las bases sobre las que después se construirán los aprendizajes académicos.
Según Laura Estremera, es un gran error creee que el juego libre es una pérdida de tiempo.
R. Se construye en los pequeños gestos cotidianos. En cómo los tocamos, cómo los cuidamos, cómo les hablamos, qué etiquetas utilizamos o qué oportunidades les damos para sentirse capaces. También en nuestros gestos de aprobación o de rechazo. Todo eso va formando la imagen que el niño construye sobre sí mismo mucho antes de que sea capaz de expresarla con palabras.
P. La conciliación sigue siendo una de las grandes asignaturas pendientes. ¿Estamos pidiendo a las familias que hagan algo para lo que la sociedad apenas les da tiempo?
R. Necesitamos cambios importantes. Espero que este libro contribuya a comprender que los primeros años son mucho más importantes de lo que solemos pensar. Pero tampoco podemos cargar toda la responsabilidad sobre las familias. Criar requiere una red de apoyo. Esta información debería conocerla cualquier persona que conviva o trabaje con niños pequeños, porque acompañar bien la infancia es una responsabilidad colectiva.
P. Si pudiera desterrar una única idea equivocada sobre la crianza, ¿Cuál sería?
R. Que los primeros años son poco importantes. Esa falsa creencia está presente en las dificultades para conciliar, en los permisos parentales, en las ratios de las escuelas infantiles o incluso en las condiciones laborales de quienes trabajan con niños de cero a tres años. Sin embargo, hablamos precisamente del periodo en el que el cerebro está formando los cimientos sobre los que se construirá toda la persona. Ese cambio de mirada es probablemente el más urgente que necesitamos como sociedad.
















