miércoles, 28 de octubre de 2026

Qué comer para que tu piel se vea más joven y sana

Una mujer se mira al espejo sonriendo mientras se aplica cremas en la cara.
Además de las cremas y lociones, diversos estudios indican que la alimentación desempeña un papel importante en el cuidado de la piel.


La piel es el órgano más grande del cuerpo y debe acompañarnos durante toda la vida. Además de ayudarnos a mantener un aspecto juvenil, una piel bien cuidada también beneficia nuestra salud en general.

Sin embargo, al actuar como barrera entre nuestro organismo y el mundo exterior, la piel está expuesta a un desgaste constante. Según Jean Krutmann, profesor de dermatología del Instituto Leibniz de Investigación en Medicina Ambiental (Alemania), diversos factores ambientales, como la contaminación atmosférica, el ozono y el cambio climático, contribuyen al envejecimiento cutáneo.

"Durante décadas, creímos que la radiación ultravioleta era el principal factor del envejecimiento de la piel provocado por el entorno. Ahora sabemos que eso no es así", afirma Krutmann.

"Otras longitudes de onda presentes en la luz solar natural, como la luz visible y la radiación infrarroja, también pueden contribuir al envejecimiento. Incluso un aumento de la temperatura puede influir en este proceso", añade.

Por otro lado, está el paso del tiempo. A medida que envejecemos, perdemos gradualmente colágeno, la proteína que aporta estructura y firmeza a la piel, lo que puede favorecer la aparición de arrugas.

Un factor que a menudo se pasa por alto, pero que resulta clave para mantener la piel en mejor estado, es nuestra alimentación.

Desde grasas saludables hasta alimentos fermentados beneficiosos para la microbiota intestinal, existen diversas opciones que podemos incorporar a nuestra dieta.

Una mesa llena de vegetales, frutas y otros alimentos. 

Una mesa llena de vegetales, frutas y otros alimentos.

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Una dieta que incluya vegetales y frutas coloridas, así como pescados azules y frutos secos ayuda a evitar las arrugas.

1. Frutas y verduras de colores

Numerosos estudios demuestran que una dieta rica en alimentos de origen vegetal es fundamental para mantener la piel sana.

Es recomendable optar por frutas y verduras coloridas, ya que contienen potentes antioxidantes que ayudan a proteger la piel frente a los daños causados por la contaminación y la radiación solar.

Las zanahorias, los pimientos y los tomates, por ejemplo, son ricos en carotenoides, como la luteína, el licopeno y el betacaroteno.

"Estos compuestos se almacenan en el tejido adiposo y ofrecen protección contra los rayos UV", explica Volker Böhm, profesor de química de los alimentos en la Universidad Friedrich Schiller de Jena (Alemania).

Aunque el uso de protector solar sigue siendo esencial, Böhm señala que la gente suele aplicárselo solo cuando pasa mucho tiempo al aire libre, en lugar de hacerlo a diario.

El consumo habitual de alimentos ricos en carotenoides proporciona "una protección base continua frente a los rayos UV —equivalente a un factor de protección de entre 2 y 3— durante todo el año", afirma.

Añadir una pequeña cantidad de grasa saludable, como aceite de oliva, a los tomates o a las zanahorias facilita que el organismo absorba estos antioxidantes.

El betacaroteno también puede transformarse en vitamina A, esencial para el crecimiento y la renovación de las células cutáneas, además de proteger la piel frente a infecciones.

Los carotenoides pueden ayudar a las células de la piel a producir ácido hialurónico. Esta molécula contribuye a mantener la firmeza y la elasticidad de la piel, y está presente en muchos productos hidratantes y cremas "antienvejecimiento" disponibles en el mercado.

Estos mismos pigmentos también podrían favorecer el aumento de colágeno. Un pequeño estudio reveló que mujeres que tomaron un suplemento diario de carotenoides durante diez meses mostraron una mejora en los niveles de colágeno y elastina de su piel, lo que sugiere que podrían ayudar a prevenir la degradación del colágeno.

Un mango amarillo troceado sobre un plato de madera.

Un mango amarillo troceado sobre un plato de madera.
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Consumir mangos ricos en antioxidantes podría reducir los signos visibles del envejecimiento, según unos estudios. 

Por último, se ha observado que el consumo abundante de frutas y verduras coloridas aporta a la piel un aspecto más saludable y luminoso.

Para obtener estos beneficios, es necesario consumir estos alimentos de forma constante, señala Krutmann: "Independientemente del antioxidante que se ingiera, para lograr una protección frente a los factores ambientales, suele ser necesario un periodo de ocho a diez semanas antes de observar un efecto medible".

Se ha descubierto que el mango ayuda a mantener un aspecto más joven en la piel a medida que envejecemos.

Un estudio realizado con mujeres posmenopáusicas, dirigido por Vivien Fam de la Universidad de California en Davis (Estados Unidos), analizó a participantes que consumieron 85 gramos de mango cuatro veces por semana durante 16 semanas.

Los investigadores observaron que esto redujo tanto el tamaño de las arrugas existentes como la aparición de otras nuevas.

Aunque se requiere más investigación, los autores sugieren que estos efectos beneficiosos podrían deberse a los carotenoides, así como a otros antioxidantes como los flavonoides y la mangiferina.

Sorprendentemente, el estudio reveló que el consumo de unos 250 gramos de mango al día provocaba un aumento de las arrugas. Robert Hackman, profesor de nutrición en la Universidad de California en Davis y coautor del estudio, señala que, si bien no se conoce la causa exacta, podría deberse al alto contenido de azúcares naturales que contiene el mango.

"Nuestra propuesta es que el azúcar provoca cierto daño a las moléculas de la piel", afirma Hackham. Y, aunque el estudio fue de pequeña escala, investigaciones posteriores —aún no publicadas— han replicado los resultados, añade.

Los mangos y los cítricos también son ricos en vitamina C. Esta vitamina ayuda a producir colágeno y actúa como antioxidante, lo que puede proteger la piel frente a los daños causados por el sol.

Algunos estudios sugieren que la vitamina C podría contribuir a mejorar la hidratación cutánea y reducir la pigmentación. Por este motivo, se utiliza ampliamente tanto en productos para el cuidado de la piel como en suplementos, señala Krutmann.

Un mano sostiene una botella de aceite de oliva mientras lo echa sobre un plato con una ensalada.

Un mano sostiene una botella de aceite de oliva mientras lo echa sobre un plato con una ensalada.

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Las nueces y el aceite de oliva son otros alimentos que los expertos aseguran ayudan a prevenir el evenjecimiento de la piel.

2. Grasas saludables

Aunque no suelo ser muy fan de las almendras o las nueces, he empezado a trocearlas y añadirlas a mis ensaladas: el resultado me está gustando mucho más de lo que esperaba. Lo hago porque el consumo frecuente de frutos secos y semillas podría beneficiar nuestra piel.

Un pequeño estudio aleatorio y controlado reveló que las personas que consumieron almendras como tentempié durante 16 semanas presentaban menos arrugas visibles en comparación con quienes tomaron otro tipo de aperitivo.

La vitamina E, presente en abundancia en los frutos secos y las semillas, también puede proteger la piel frente al daño celular y el envejecimiento.

La carencia de esta vitamina puede afectar a la salud cutánea, provocando, por ejemplo, una cicatrización más lenta de las heridas. Entre las buenas fuentes de vitamina E se incluyen las almendras, las avellanas, los piñones y muchos aceites derivados de semillas.

Los frutos secos también contienen ácidos grasos omega-6, que pueden reforzar la barrera cutánea y ayudar a mantener la piel mejor hidratada.

Otro tipo de grasa saludable beneficiosa para la piel es el omega-3, presente en el pescado azul y las algas.

Pescados ricos en omega-3, como el salmón, las sardinas y la caballa, han sido objeto de pequeños estudios que sugieren que podrían reducir la sensibilidad de la piel al sol y ayudar así a protegerla frente al daño solar.

Además, los pescados azules contribuyen a preservar el colágeno existente y a reducir la inflamación.

Una mujer envasa kimichi, un plato elaborado con repollo encurtido y picante.

Una mujer envasa kimichi, un plato elaborado con repollo encurtido y picante.
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El kimchi, uno de los alimentos más emblemáticos de la gastronomía coreana, no solo beneficia a la microbiota intestinal, sino que también puede ayudar a proteger la piel.

3. Favorables a la microbiota intestinal

Cuando seguimos una dieta variada, rica en productos frescos, frutos secos y semillas, nuestra microbiota intestinal se beneficia; y, con ella, nuestra piel. Esto se debe a que la salud intestinal y la piel están estrechamente relacionadas. Los investigadores denominan a esta conexión "eje intestino-piel".

Cuando consumimos una gran variedad de alimentos de origen vegetal, los microbios de nuestro intestino liberan compuestos con propiedades antiinflamatorias y antioxidantes. Estos también afectan a nuestra piel, señala Hackman.

Un microbioma intestinal más saludable puede, además, mejorar afecciones cutáneas al fortalecer nuestro sistema inmunológico.

Una forma de obtener estos beneficios es consumir una amplia gama de alimentos de origen vegetal, lo que incluye frutas, verduras, legumbres, cereales integrales, hierbas y especias. Esto puede reducir el estrés, mejorar la calidad del sueño y protegernos frente a afecciones de la piel como la psoriasis.

Los alimentos fermentados —como el chucrut, el kimchi, la kombucha o el yogur— también resultan especialmente beneficiosos para nutrir a los microbios de nuestro intestino.

Puede que a los 60 años no aparentes tener 30, pero seguir una dieta saludable ayudará a que tu piel tenga las mejores probabilidades de mantenerse sana en los años venideros. Ah, y no olvides usar protector solar.

*Melissa Hogenboom es corresponsal sénior de salud en la BBC. Puedes encontrarla en Instagram como @melissa_hogenboom. 

martes, 27 de octubre de 2026

Enrique Javier Díez Gutiérrez. Ser antifascista y antifranquista es un deber de toda «persona de bien».

Memoria del despertar a la conciencia en el posfranquismo.

Soy hijo de militar. Nací, crecí y viví en un entorno militar. Donde se consideraba que una «persona de bien» era quien iba a misa (católica), tenía valores tradicionales (patria, bandera y orden), aspiraba a ser rico o al menos a intentar medrar en la sociedad y estaba de acuerdo con el «orden establecido» (que unos pocos se enriquecieran a costa de los demás), sin cuestionar las órdenes recibidas.

En esa ideología nos educaban nuestras familias. Familias militares que vivían en casas militares, compartían espacios de ocio en cuarteles militares, iban juntos a piscinas y clubes militares… En un entorno militar, donde la endogamia y la relación entre los integrantes de esos círculos se establecía de una forma casi de secta. Donde, además, no se admitían disidencias (fueran ideológicas, de sexo o de cualquier otro tipo). Donde «mantener la apariencia» era casi una religión, aunque por detrás o sin que se supiera, se podían hacer otras cosas que no eran las «prescritas» normativamente.

Mi padre me tenía organizada la «carrera militar», como tantos otros padres militares a sus hijos. Los hijos de militares éramos los únicos que podíamos hacer la «mili» a los quince años (sin ser aún mayores de edad) y pasar posteriormente a la academia de oficiales para llegar pronto a cargos de relevancia en el ejército. Fue ahí, en la mili, donde empezó a despertar mi conciencia de lo que era el franquismo, la dictadura, la cultura de la «obediencia debida», la ideología conservadora, los privilegios de los militares y la sociedad en la que estábamos.

Mi objeción de conciencia y mi insumisión, así como mi militancia pacifista, nacieron de la experiencia de la barbarie que suponía la mera existencia de hombres armados entrenados para matar, para asesinar a otros seres humanos. Empecé a preguntarme cómo era posible la existencia de los ejércitos y cómo era posible que se hubiera normalizado justificarlos. Hoy me lo sigo preguntando. O cómo es posible que el gobierno actual, autodenominado «el más progresista de la historia», haya destinado (de mis impuestos también) más de 20.000 millones de euros a armamento y tenga previsto aumentar todavía más, siguiendo las órdenes de Trump, como si fuéramos su colonia.

Desde esa primera militancia, desde esa primera toma de conciencia, fui progresivamente distanciándome de la esfera ideológica familiar. Mi padre, que era militar, «pero poco», que diría el dramaturgo Miguel Mihura, no se lo tomó tan mal como mi madre, que consideraba que todo lo hacía por llevar la contraria a mi padre. Como si la disidencia del «espíritu del franquismo» fuera una cuestión de juventud, un síntoma de rebeldía pasajero frente al mundo adulto. Aunque esto siguió pensándolo incluso cuando yo tenía ya cuarenta años. Supongo que, para una madre, un hijo sigue siendo un eterno adolescente. Y, en parte, no les falta razón.

Si esa fue mi primera grieta en la conciencia, mi primer paso en la concientización, que diría Paulo Freire, el segundo paso fue cuando conocí a mi pareja, hija de represaliados de la dictadura franquista y nací a la conciencia de la memoria histórica democrática.

Yo soy nieto de falangista. No lo supe hasta que fui muy mayor. Porque de eso no se hablaba. Como no se hablaba de que mi abuelo, como cacique del pueblo, se dedicaba al estraperlo o mantenía una amante, que no tenía más remedio que depender de él (nunca supe si fue una de las represaliadas) para poder sobrevivir en el pueblo. Solo lo descubrí cuando, ya siendo mayor, empecé a preguntar a mi familia y noté los silencios, las respuestas esquivas, los eufemismos con los que parecían ocultar más que explicar lo que había sucedido.

Por eso mi segundo paso en la conciencia fue definitivo. Descubrí lo que no me habían enseñado en la escuela. Lo que me habían ocultado en mi familia. Que hubo un golpe de estado fascista y que, tras el triunfo del fascismo, la parte que se sentía vencedora convirtió el país en una inmensa cárcel a cielo abierto para quienes habían defendido la democracia, la libertad, la justicia social y la igualdad durante la II República.

Lo descubrí, no tanto por lo que conseguí sonsacar a duras penas a mi familia, sino a través de los documentales de memoria histórica que empecé a hacer con mi compañera. Cuando preguntábamos a las familias de personas represaliadas por el fascismo y repetían sistemáticamente aquello de que durante cuarenta años de dictadura y también durante la transición, e incluso ahora, seguía persistiendo la consigna de «silencio, silencio, silencio».

Me impresionó cómo el fascismo había aterrorizado tanto a las personas y familias que habían defendido la democracia y la justicia (y que habían sobrevivido a los campos de concentración, las torturas, ejecuciones y fusilamientos masivos) que había conseguido que transmitieran a sus hijos e hijas e incluso a sus nietos y nietas la consigna del «silencio». De no hablar de ello. De olvidarse del pasado. De «lobotomizarse» esa parte de la memoria de la dignidad y la justicia, para poder sobrevivir.

Pero gracias a una parte de esa generación de nietas y nietos, y a la memoria de la dignidad que algunas personas siguieron preservando, se ha empezado a recuperar la historia de la barbarie fascista que ocurrió en este país. Y que, al igual que el nazismo y el fascismo en Europa, supuso un genocidio, un holocausto en España del que se quiere seguir sin hablar. Sin que se refleje en los libros de texto escolares. Sin que se enseñe en las escuelas, porque la actual ley educativa, la LOMLOE, en su disposición adicional cuadragésima primera reduce la memoria histórica democrática a estudiar la «historia de la democracia y su contribución al fortalecimiento de los principios y valores democráticos definidos en la Constitución española».

Es increíble que la LOMLOE establezca expresamente como saber básico que todo el alumnado debe conocer y estudiar el holocausto judío, pero no el español, como lo denominó P. Preston. Y no es por un error o un despiste. Sino porque no hay voluntad política. Porque cuando hemos ido a hablar con la ministra de Educación no ha querido cambiar ni un ápice de este memoricidio en la ley. Por lo que hemos comprobado que lo que no hay es «voluntad política».

Concluyo. Si yo, que nací en un entorno endogámico militar y en una familia con abuelo falangista, he nacido a la conciencia y he llegado a ser antifascista, antifranquista y anticapitalista, toda persona de bien puede llegar a serlo. Porque si algo tenemos claro, a estas alturas del siglo XXI, es que para ser demócrata hay que ser antifascista. Y para ser una «persona de bien» no solo hay que ser antifascista (porque el fascismo es incompatible con los derechos humanos), sino que hay que ser igualmente anticapitalista (pues el capitalismo es incompatible con la justicia social y los derechos fundamentales).

Otro día, si eso, ya hablamos sobre cómo nací a la conciencia de la igualdad entre hombres y mujeres, y cómo esto afecta profundamente a la educación y a mi labor como profesor. Que eso da para otra extensa narración. Y en eso andamos, también.

lunes, 26 de octubre de 2026

La Leyenda Rosa: cómo el hispanismo sigue blanqueando un genocidio en pleno siglo XXI

Fuentes: Resumen Latinoamericano. La otra cara de las noticias de América y el Tercer Mundo


A más de quinientos años de la conquista, una corriente intelectual y política insiste en presentar la invasión europea de América como una empresa civilizatoria. La evidencia histórica demuestra lo contrario: fue un proceso de violencia, despojo y dominación que aún hoy se niega a asumir su carácter fundacional.


Un debate que no es sobre el pasado

Cuando en la Argentina contemporánea —y en buena parte de América Latina— resurgen voces que reivindican la conquista española como una gesta civilizatoria, no estamos ante un simple debate historiográfico. Estamos ante una batalla cultural por el presente. La llamada «Leyenda Rosa» —esa narrativa que presenta la colonización como una empresa providencial de evangelización y progreso— no busca comprender el pasado, sino legitimar un orden social jerárquico que hunde sus raíces en la violencia fundacional de 1492.

Sus defensores esgrimen argumentos que, a fuerza de repetición, han logrado instalarse en ciertos claustros académicos y en el discurso público: que España abrió escuelas y universidades, que evangelizó, que el mestizaje produjo una identidad armónica, que sin la conquista los indígenas se habrían exterminado entre sí. Todos estos argumentos comparten un mismo mecanismo: seleccionar hechos aislados para ocultar un proceso global de destrucción.

La evidencia histórica, sin embargo, es contundente. Y desmontarla no es un ejercicio de «resentimiento» o «antihispanismo», sino un acto de honestidad intelectual.

El problema de las categorías: nombrar desde el poder

Antes de desmontar los argumentos de la Leyenda Rosa, es necesario detenerse en un problema más profundo: las categorías mismas con las que describimos este proceso son eurocéntricas. Términos como «descubrimiento», «encuentro», «conquista», «civilización», «barbarie», «paganismo», «idolatría», «arte», «artesanía» o «mestizaje» no son neutros. Fueron acuñados por los propios colonizadores y cargan con una jerarquía de valores que presupone la superioridad de Europa.

Hablar de «descubrimiento» de América implica que el continente no existía antes de que los europeos lo nombraran. Hablar de «encuentro» sugiere una simetría que nunca existió. Hablar de «civilización» frente a «barbarie» invierte la carga de la prueba: obliga a los pueblos originarios a demostrar que eran civilizados según un estándar ajeno. Hablar de «paganismo» o «idolatría» para referirse a las cosmologías indígenas es adoptar el punto de vista del evangelizador que las condenaba.

Incluso el término «conquista» —que parece el más descriptivo— oculta que se trató de una invasión con proyecto de dominación. Y el «mestizaje», como veremos, es una categoría que edulcora la violencia sexual fundacional.

Reconocer este problema no es un capricho posmoderno. Es una exigencia de rigor histórico: no podemos analizar un proceso de dominación con el vocabulario que los dominadores crearon para justificarlo. Nombrar la invasión como invasión, el genocidio como genocidio y la violencia sexual como violencia sexual no es un acto de resentimiento: es un acto de precisión histórica. Y la precisión histórica es el primer paso para desmontar las jerarquías que aún hoy estructuran nuestras sociedades.

El mito de las instituciones «civilizatorias»

Es cierto que la Corona española ordenó fundar escuelas y universidades en Indias. Pero el contexto desmiente la idea de un beneficio generalizado. Las escuelas para «hijos de caciques» tenían como objetivo formar a un sector reducido de la nobleza indígena que sirviera de intermediario para la administración colonial y la difusión del cristianismo. La universidad hispanoamericana, si bien permitió cierta movilidad a individuos talentosos, lo hizo dentro de un sistema que clasificaba racialmente a la población y reservaba los puestos de poder para los peninsulares y sus descendientes.

Más importante aún: la labor educativa y evangelizadora no puede separarse de la conquista. Como señala un análisis de la UNAM, «los intereses imperiales y los principios católicos estaban en armonía» porque el cristianismo podía justificar guerras y, al mismo tiempo, predicar amor universal. La evangelización fue clave para el plan español de expansión y sometimiento: se buscaba convertir a los indígenas para que fueran «susceptibles de ser explotados». Lejos de ser una labor humanitaria desinteresada, era parte de la estructura de dominación.

La catástrofe demográfica: el dato que la Leyenda Rosa no puede ocultar

El núcleo de la negación hispanista es minimizar la magnitud de la destrucción. Los datos, aunque sujetos a debate en sus cifras exactas, apuntan a una catástrofe de proporciones inimaginables. Las estimaciones sobre la población precolombina varían enormemente, desde los 13 millones hasta los 100-110 millones para todo el continente. Lo que no está en disputa es la hecatombe: entre 1492 y 1570 se calculan unos dos millones y medio de muertos solo en el primer período, y para 1630 la población indígena se había reducido a 750.000 en algunas regiones.

Las causas combinaron la violencia directa, las epidemias, la sobreexplotación laboral y el despojo de tierras. La consecuencia no fue solo demográfica, sino también cultural: en muchos lugares supuso «la extinción de las poblaciones aborígenes y la desaparición de su cultura». La narrativa hispanista, al presentar la colonización como un «encuentro» beneficioso, invisibiliza las estructuras políticas, económicas y simbólicas preexistentes y las reduce a un estado de «barbarie» o inexistencia histórica.

El mestizaje: de la violación fundacional al mito identitario

Quizás ningún argumento haya sido tan eficaz para blanquear la conquista como el del mestizaje armónico. Según esta narrativa, la mezcla de españoles e indígenas habría producido una nueva raza, una identidad latinoamericana que trasciende el conflicto. La realidad histórica es otra.

El mestizaje latinoamericano se hizo esencialmente por la coerción. Los testimonios de la época, como el del propio Miguel de Cuneo, describen episodios de violación sexual de mujeres indígenas por parte de los conquistadores. En el Chile colonial, el primer contacto «se caracterizó por ser esencialmente violento y forzoso», y «fueron recurrentes las violaciones que perpetraron los españoles a las mujeres indígenas». El cronista Pedro Mariño de Lobera dejó constancia de que «hubo semanas que parieron sesenta indias de las que estaban en su servicio». Sobre la conquista de México, se concluye que «el mestizaje tuvo como inicio la violación de las indias».

Esta realidad violenta fue luego transmutada en un discurso identitario. El objetivo era construir la figura del «mestizo» como una categoría que, en la práctica, buscaba negar la existencia de europeos e indios como sujetos distintos y en conflicto. Al convertir el mestizaje en el «ser nacional», se invisibilizó la persistencia de las estructuras coloniales de poder y se presentó la violencia fundacional como un simple «encuentro» que produjo una nueva raza.

Como señala la crítica feminista decolonial, el «mestizaje compulsivo» fue una de las formas de violencia sexual de la colonización contra las que los movimientos latinoamericanos han tenido que resistir. En Brasil, la narrativa popular lo resume con crudeza: el país es hijo del «estupro colonial».

La falacia de la «salvación» por alianzas indígenas

Otro de los argumentos hispanistas sostiene que la conquista española «salvó» la vida de muchos indígenas al utilizar la rivalidad entre etnias para beneficio propio. El caso tlaxcalteca es el ejemplo más citado: sin la colaboración de este pueblo, enemigo histórico de los mexicas, la conquista de México no habría sido posible.

Pero esta lectura confunde la estrategia militar con una misión humanitaria. Los españoles no llegaron como árbitros benevolentes. Su alianza con los tlaxcaltecas fue vital para su supervivencia y éxito, pero no los «salvó» de la dominación; simplemente cambió un yugo por otro. Tras la conquista, los aliados indígenas también fueron sometidos a la estructura de poder colonial. La pregunta clave que desmonta esta falacia es: «¿por qué los tlaxcaltecas tenían más intereses en común con los habitantes de Tenochtitlan que con los guerreros de Cortés?». La respuesta es que no los tenían; eran pueblos distintos con intereses propios. Además, las propias crónicas españolas minimizaron y ocultaron el papel decisivo de los aliados indígenas para presentar la conquista como una gesta exclusivamente hispánica.

La «salvación» nunca fue el objetivo; la victoria y el sometimiento, sí.

La evangelización: montaje sobre creencias preexistentes

Cuando se produce el proceso de evangelización, los misioneros no llegaron a un vacío espiritual. Se montaron sobre creencias preexistentes que los europeos llamarían «paganismo», y lo mismo pasó con los conocimientos arquitectónicos. No se trató de un reemplazo limpio, sino de una superposición violenta sobre estructuras preexistentes, con una asimetría de poder brutal.

La Virgen de Guadalupe en el Tepeyac se asoció al culto previo a Tonantzin; muchas fiestas patronales se montaron sobre calendarios agrícolas y rituales locales; santos y vírgenes ocuparon lugares de deidades locales. Pero eso no significa que los europeos «respetaran» esas creencias: las clasificaban como paganismo e idolatría y buscaban erradicarlas. Hubo campañas sistemáticas de destrucción de templos, quemas de códices y objetos rituales, y castigos a prácticas indígenas. La «superposición» fue muchas veces borrado y reemplazo físico: construir el templo cristiano sobre el sitio sagrado para demostrar la derrota de los dioses locales.

Lo mismo ocurre con la arquitectura. La Catedral Metropolitana de Ciudad de México se construyó en parte con piedras del Templo Mayor y sobre el centro ceremonial mexica; el Convento de Santo Domingo en Cusco se erigió sobre el Coricancha, el principal templo inca. No fue solo «aprovechar materiales»: fue una política de demostración de superioridad y borrado simbólico. Los españoles se apropiaron del saber y del trabajo indígena, y luego negaron su valor.

El arte indígena: de la obra maestra a la «artesanía»

Este punto merece una atención especial, porque revela con particular claridad cómo opera la jerarquía cultural impuesta por la «civilización». Los pueblos originarios de América produjeron arte de un altísimo valor estético: esculturas monumentales como las cabezas colosales olmecas o la Coatlicue mexica; pinturas murales como las de Teotihuacán o Bonampak; cerámicas de una sofisticación técnica y simbólica extraordinaria, como las de Nazca, Moche o Tlatilco; textiles de una complejidad incomparable, como los paracas o los incas; orfebrería en oro y plata de una maestría que asombró a los propios europeos.

Sin embargo, el arte era únicamente civilizado y europeo. Lo que producían los indígenas era clasificado como «artesanía» o «arte popular», categorías que degradaban su valor estético y lo reducían a una manifestación «folclórica», «primitiva» o «decorativa». Esta distinción no es inocente: es una operación ideológica que reproduce la jerarquía colonial en el terreno de la estética. Al negar el estatuto de «arte» a las producciones indígenas, se niega también la complejidad intelectual, espiritual y técnica de sus creadores. Se los confina al lugar del «artesano» —un productor de objetos útiles o decorativos— y se reserva el lugar del «artista» —un sujeto con genio creador— para el europeo.

Esta jerarquía persiste hoy. En los museos, las piezas indígenas suelen exhibirse como «arte precolombino» o «etnografía», no como «arte» a secas. En el mercado, una cerámica indígena contemporánea se vende como «artesanía» mientras una obra europea de similar antigüedad se subasta como «arte». La distinción entre «arte» y «artesanía» no describe una diferencia real de valor estético: describe una diferencia de poder. Y desmontarla es también parte de desmontar la Leyenda Rosa.

El caso paradigmático de las misiones jesuíticas

Las misiones jesuíticas en Argentina y Paraguay son un caso especialmente ilustrativo de este «montaje» cultural. Allí los indígenas pasaron a adoptar el modelo de familia monogámica, la tradicional vivienda familiar europea, la educación formal. Se dotó a la lengua guaraní de escritura, se permitió que las iglesias fueran decoradas con motivos indígenas. Pero nada de esto dejó de constituir un proceso de montaje de una cultura sobre otra.

La vivienda guaraní tradicional, de planta alargada y habitada por familias extensas bajo la autoridad de un cacique, fue modificada internamente para imponer un modelo completamente ajeno: se la compartimentó para alojar a familias nucleares monogámicas, tal como las concebía la Iglesia. El objetivo explícito era erradicar la poligamia y las «uniones libres», instituyendo el matrimonio cristiano indisoluble y la patria potestad europea. Como señala un estudio, la base de la reestructuración social en las reducciones fue «la imposición de la familia monogámica y patriarcal».

La dotación de escritura al guaraní es otro ejemplo de cómo una herramienta aparentemente «civilizatoria» operó como un instrumento de «reducción». El propio lenguaje jesuita es revelador: hablaban de «reducir a escritura» y «reducir a arte» la lengua, en paralelo a la «reducción» socio-política de los indígenas a pueblos de misión. La creación de un «guaraní clásico» no fue un acto de preservación cultural desinteresado. Fue una política lingüística deliberada para crear un vehículo estandarizado de comunicación de la doctrina cristiana. La escritura, por tanto, no «salvó» al guaraní: lo domesticó para el proyecto colonial.

Los guaraníes, sin embargo, no fueron receptores pasivos. La historiografía reciente subraya que muchos grupos vieron en las misiones una estrategia de supervivencia frente a otros grupos indígenas hostiles y, sobre todo, ante la amenaza mucho más brutal de los colonos españoles y los esclavistas portugueses. Aceptaron el «montaje» porque la alternativa era peor. Pero eso no convierte la misión en una «república utópica» ni en un ejemplo de convivencia armónica. Fue una administración colonial en una frontera disputada, con una población mayoritariamente indígena, pero bajo dirección y fines europeos.

La doble moral de la «civilización»

Si algo revela la persistencia del relato civilizatorio es su doble moral. Se juzga la propia historia con un estándar de intenciones («llevar la civilización», «salvar almas») mientras se ignoran o minimizan los métodos y las consecuencias reales para las poblaciones sometidas.

La comparación con los Aliados en la Segunda Guerra Mundial es históricamente pertinente. Intelectuales como Aimé Césaire y Frantz Fanon señalaron la contradicción de potencias coloniales que condenaban los crímenes nazis mientras cometían atrocidades similares en sus imperios. Césaire constató la «coherencia histórica del colonialismo y del nazismo». Fanon, por su parte, calificó abiertamente a los colonizadores como «criminales de guerra». Esto no equipara a los Aliados con el Eje, pero sí demuestra que la narrativa de «los buenos contra los malos» oculta que los «buenos» también cometieron actos de extrema violencia contra civiles.

De la misma manera, presentar a España como una potencia «civilizadora» que «salvó» a los indígenas oculta que su empresa estuvo marcada por la violencia, el despojo y la imposición de un sistema de dominación. El legado de la empresa «civilizatoria» no es la ilustración y el progreso, sino la persistencia de jerarquías raciales que continúan marginando a las mismas poblaciones que fueron colonizadas. La Unión Europea reconoce que el racismo está «profundamente arraigado en las instituciones» y el Parlamento Europeo ha declarado formalmente que «el Holocausto y las injusticias históricas, incluidos el colonialismo y la esclavitud, siguen configurando el racismo estructural en Europa hoy».

¿Por qué persiste la justificación académica en el siglo XXI?

La pregunta es la más incisiva. ¿Cómo es posible que, con toda la evidencia disponible, se siga sosteniendo en pleno siglo XXI que la conquista fue parte de un proceso civilizatorio y no una invasión?

La respuesta no está en la falta de evidencia, sino en el uso político del pasado. Lo que se disputa no es la verdad histórica, sino la legitimación de un orden jerárquico y de una identidad que se niega a asumir su carácter fundacional violento.

La corriente que justifica la conquista se articula en torno a la «Leyenda Rosa», una narrativa que la conceptualiza como una «empresa fundamentalmente civilizatoria y evangelizadora de carácter providencial». Esta visión minimiza el genocidio demográfico y la expropiación, y presenta la conquista como un «encuentro» beneficioso que integró a sociedades percibidas como «carecientes de complejidad» a la modernidad europea.

Esta narrativa no es solo histórica; es un proyecto de identidad. El hispanismo sostiene la idea de una «patria espiritual» y una jerarquía donde los pueblos colonizados deben reconocer a España como «la creadora de su propio ser». Desde esta óptica, se rechazan las contribuciones de los pueblos originarios y se presenta a España con una suerte de «autoridad moral» tutelar sobre las naciones americanas.

El objetivo de estas relecturas no es tanto comprender el pasado, sino «ganar la batalla cultural del presente». El hispanismo revisionista busca influir en la educación y el discurso público para consolidar una determinada identidad nacional que se siente amenazada por las demandas de justicia histórica y los movimientos indígenas actuales. Y no es casual que estos gestos de revisión histórica coincidan con intereses económicos concretos, como la presencia de miles de empresas españolas en América Latina.

Es crucial matizar que la academia no es un bloque monolítico. Existe una sólida tradición crítica que ha desmontado estos mitos. Obras como Seven Myths of the Spanish Conquest de Matthew Restall demuestran, con evidencia documental, la falsedad de relatos como el del «puñado de hombres excepcionales» o la «superioridad tecnológica decisiva». Sin embargo, la persistencia de la Leyenda Rosa en ámbitos académicos y políticos muestra la fuerza de un relato que no busca tanto la verdad histórica como la legitimación de un orden jerárquico.

Conclusión: nombrar la invasión, nombrar el arte, nombrar la violencia

A más de quinientos años, seguir sosteniendo que la conquista fue parte de un proceso civilizatorio y no una invasión no es un simple error académico. Es una toma de posición en la disputa por el presente. La evangelización se montó sobre creencias preexistentes para reemplazarlas y controlarlas; la arquitectura colonial se montó sobre templos y saberes indígenas para borrarlos y aprovecharlos; el mestizaje se impuso por la fuerza sobre los cuerpos de las mujeres indígenas; las misiones jesuíticas erigieron un orden nuevo sobre los cimientos de una sociedad preexistente, vaciándola de su lógica propia. Y el arte indígena —esculturas, pinturas, cerámicas, textiles, orfebrería de altísimo valor estético— fue degradado a «artesanía» para reservar el estatuto de «arte» a la producción europea.

Llamar a eso «civilización» es una coartada ideológica. Y desmontarla no es negar la complejidad de la historia ni adoptar una postura «victimizante». Es reconocer que el relato de la «civilización» fue, en gran medida, la justificación de la dominación. Nombrar la invasión como invasión, el genocidio como genocidio, la violencia sexual como violencia sexual y el arte indígena como arte no es un acto de resentimiento: es un acto de justicia histórica. Y la justicia histórica es el primer paso para desmontar las jerarquías raciales y culturales que aún hoy estructuran nuestras sociedades.

La pregunta no es por qué seguimos discutiendo esto. La pregunta es por qué algunos se empeñan en que dejemos de hacerlo.


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domingo, 25 de octubre de 2026

El coro rociero de Díaz Ayuso

La señora Díaz Ayuso tiene un don: poner palabras al desprecio. Y se le ha ocurrido calificar a los profesores y profesoras que se manifiestan por la enseñanza pública en Madrid de «coro rociero». Es muy torpe al hacerlo porque, de una tacada, ha conseguido ofender al profesorado en huelga y a quienes forman, admiran y aman los coros rocieros. Estas fueron sus palabras, de inequívoca pobreza lingüística: «Lamento el coro rociero (sic ) que me va acompañando esta mañana».

Cuando lo considera conveniente, se inventa descalificaciones que están muy alejadas de la realidad. Y así, ha dicho de los docentes huelguistas que son «gente violenta». ¿Se puede comparar el comportamiento de estos huelguistas con lo que están haciendo los manifestantes en Francia, que han incendiado el Ayuntamiento de Limoges? Dice Ayuso: «Es gente que no respeta, que es violenta y que a través del acoso y la intimidación pretende no sé qué». Es que cada frase que sale de su boca está llena de ponzoña. ¿No respeta? ¿Es violenta? ¿A través del acoso y de la intimidación? ¿Se pueden resumir las reivindicaciones con un despectivo «no sé qué»?

Y atribuye intenciones a su antojo: esta es «una huelga política». Ayuso acusa al Gobierno central de estar detrás de la huelga por intereses electorales. ¡Una huelga que estaba programada desde el 12 de junio, meses antes de que se convocasen las elecciones! Una huelga cuyas reivindicaciones no quiere ni escuchar. En lugar de sentarse con el profesorado y conocer sus demandas, ella elige el desprecio y el descrédito. Es más, se avergüenza de que esas personas violentas tengan en sus manos la educación de los alumnos y alumnas de la Comunidad de Madrid.

Después de permanecer en el Palacio de Santoña donde ha mantenido una reunión mientras los profesores la esperan a la salida, dice que mientras ella dentro estaba construyendo, fuera estaban otros destruyendo. Qué cinismo. ¿Destruyendo qué? Porque el trabajo que va a mejorar la sociedad es lo que esos manifestantes hacen en las aulas por un sueldo bajo, no lo que hacen los políticos en sus despachos, con una remuneración muy superior. Me dolieron los golpes que la policía propició a los manifestantes para dejar despejada la puerta de salida. Ninguno de los golpeados respondió a la contundencia abusiva de las porras. ¡La policía dando golpes a los profesores y las profesoras que luchan por mejorar la educación! Y la presidenta golpeando con injurias a quienes desempeñan la tarea más importante, hermosa y difícil que se le ha encomendado al ser humano en la historia: trabajar con la mente y el corazón de los niños, de las niñas y de los jóvenes.

Pero, esta señora, ¿Quién se ha creído que es?, ¿Qué concepto tiene de la democracia?, ¿Qué idea tiene del papel de un gobernante?, ¿no sabe que es el pueblo quien manda y el gobernante quien sirve?, ¿no sabe que una virtud del político es la humildad y no la altanería?, ¿Qué idea tiene de la educación?, ¿Qué respeto les tiene a los docentes de su Comunidad? Creo que debería volver a las aulas para que esos profesores y profesoras de la enseñanza pública pudieran explicarle algunas ideas elementales de educación para la ciudadanía.

El problema reside en la petulancia y en la prepotencia de este personaje, a quienes sus secuaces aplauden más fervientemente cuanto más y mejor insulta al adversario. Ella cree que lo hace mejor que nadie. Por eso dice que más de lo que se hace en la Comunidad de Madrid por la escuela pública no se puede hacer (¡y es la Comunidad que dedica la menor cantidad de dinero por alumno!). Ni una pizca de autocrítica. Ni una mínima sensatez ya que es muy fácil comprobar lo que se hace en otras comunidades autónomas del país.

Otro problema es el escaso valor que le concede a la escuela pública. A ella le importa más la privada. No se da cuenta de que la escuela pública es la causa de la justicia, es la escuela de todos y de todas, para todos y para todas. La señora Ayuso no le concede a la educación la importancia que se merece. No sabe que la educación es la piedra angular de la transformación de las personas y de las sociedades. La historia de la humanidad es una larga carrera entre la educación y la catástrofe, decía Herbert Wells.

Es que ni le importa saber, a través de los representantes, qué es lo que piden los profesores y las profesoras. Lo sabe, claro está, pero no lo quiere escuchar. Es una actitud que muestra poco respeto, mucho desprecio y mucha chulería. ¿Por qué no se sienta a escuchar sus peticiones? ¿No tiene tiempo? Sí, tiempo tiene porque le sobra para hacer un hueco al señor Milei, que se harta de insultar al presidente de su país. Menuda patriota. ¿No tiene ganas? Pues no, no las tiene.

La señora Ayuso muestra un orgullo intolerable al despreciar las reivindicaciones del profesorado. No se digna a sentarse con los representantes de los huelguistas ni le da órdenes a su consejera de Educación para que lo haga en su nombre.

Los profesores piden mejora salarial, como es lógico y justo. Hay mucha hipocresía en los políticos que hacen un elogio de lo que significa la educación en una sociedad pero que no trata a los profesores y a las profesoras de una forma coherente con aquellos elogios.

Piden también mejoras en las condiciones laborales: menos alumnos y alumnas por aula, menos horas lectivas para atender mejor las exigencias de la diversidad, menor carga burocrática…

Quieren también mejorar la calidad de la tarea educativa a través de la presencia de orientadores y orientadoras, de especialistas en logopedia y en Pedagogía Terapéutica.

Proponen también que mejore la climatización de las aulas para que los alumnos y alumnas no tengan que soportar temperaturas extremas, retirar el amianto de las escuelas e institutos y construcción completa de los centros sin prolongar las obras por fases mientras se imparten las clases.

¿No pueden sentarse a negociar? Cuando los médicos estaban en huelga, la señora Ayuso interpelaba a la ministra Mónica García por el descontento de los profesionales de la salud y le achacaba que no negociase con los manifestantes pero, cuando le sucede a ella, la reacción es diferente. Ayuso maneja como nadie la ley del embudo.

Qué pésimo ejemplo para las familias, para los alumnos y las alumnas, para toda la ciudadanía. Los profesores y las profesoras merecen un respeto, tienen una dignidad. No se les puede tachar de violentos sin la menor evidencia, no se les puede negar un asiento en la mesa de negociación, no se les puede tachar de rémora (mientras nosotros construimos, ellos destruyen).

«Imaginad la educación de vuestros hijos en manos de gente como la que tenemos en la puerta», dice Ayuso. Esta es una frase intolerable por la que pido la dimisión de esta gobernante sin vergüenza. ¿Qué está haciendo «esa gente»? Está ejerciendo un derecho constitucional a costa de su dinero, de su esfuerzo y de su tiempo. Está recibiendo algunos porrazos de la policía para que su presidenta les pueda insultar sin riesgos.

Le voy a recordar a la señora Ayuso que la solución a los problemas de Madrid, de España y del mundo no se encuentra en su despacho de Sol, ni en los bancos, ni en las iglesias, ni en las multinacionales, ni en los cuarteles. Está en las escuelas, porque en ellas está el epicentro de la educación. Y la calidad de la educación tiene su piedra angular en la selección, en la formación y en las condiciones del trabajo de los profesores y las profesoras.

Quiero informar a la señora Ayuso de que la revista A Pagina da Educaçâo, en la que la que escribo desde hace más de veinte años, y el sindicato docente FENPROP, están trabajando ante la Unesco para que declare la relación profesor/alumno Patrimonio Común de la Humanidad. Ella desprecia esa relación.

En el año 2014 publiqué en la Universidad de Guadalajara (México) un libro titulado ‘El Arca de Noé. La escuela salva del diluvio’. Del diluvio de la ignorancia, de la insolidaridad, de la injusticia, de la opresión, de la violencia… Me sugirió el título el nombre de una escuelita argentina que llevaba ese nombre. Me pareció una metáfora magnífica. Para que ese Arca pueda navegar en un mar proceloso tiene que contar con una tripulación bien preparada, bien equipada, bien remunerada. No destinar dinero a la educación es practicar el masoquismo económico ya que si la calidad de la educación es cara, la ignorancia resulta mucho más cara.

Mi respeto, mi admiración, mi apoyo y mi afecto para estos profesores y profesoras de la enseñanza pública madrileña que están luchando generosamente por la mejora de la educación en la comunidad de Madrid. No merecen ese trato de la que se hace llamar su presidenta. Una presidenta que no sabe que la palabra autoridad proviene del verbo latino auctor, augere, que significa hacer crecer.

Quien desprecia, humilla, insulta y maltrata tendrá poder, pero no tiene autoridad.

sábado, 24 de octubre de 2026

De Medellín a Ho Chi Minh: 5 ciudades en pleno auge que los viajeros no deberían perderse

Vista aérea del metro de Medellín pasando por la Plaza Botero, en el centro de la ciudad, al atardecer.


Este año, Nueva York, Londres y París encabezan una vez más el famoso Índice Global de Ciudades de Oxford Economics. Pero, más allá de esos nombres conocidos, el informe destacó 28 "ciudades a las que seguirles la pista": lugares que podrían convertirse en destinos cada vez más apetecidos en los próximos años por su rápido crecimiento y prosperidad en aumento.

Son ciudades que no solo están creciendo económicamente.

Con nuevos barrios, una oferta cultural en auge y mejores conexiones de transporte, están transformando la experiencia de quienes las visitan y se están convirtiendo en lugares cada vez más interesantes para explorar.

Seleccionamos cinco ciudades de la lista y hablamos con personas que las conocen bien para descubrir qué está cambiando en ellas y por qué vale la pena visitarlas ahora.

1. Toulouse, Francia


Una mujer que carga una mochila sentada a la orilla del río en Toulouse cerca de un puente; en el fondo, se ve un edificio con una cúpula.
Pie de foto,Toulouse, en el sur de Francia, es una de las ciudades de mayor crecimiento en Europa.
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Una mujer que carga una mochila sentada a la orilla del río en Toulouse cerca de un puente; en el fondo, se ve un edificio con una cúpula. 

Toulouse, en el sur de Francia, es una de las ciudades de mayor crecimiento en Europa.

Con una población que se prevé que aumente en 57.000 habitantes en los próximos cuatro años —más que en cualquier otra ciudad de Francia—, Toulouse es una de las ciudades de mayor crecimiento de Europa.

Su clima templado, su costo de vida relativamente asequible y su alta calidad de vida están atrayendo a nuevos residentes jóvenes y cualificados.

"Aquí no tienes que elegir entre una vida tranquila y una vida acelerada", afirma Elodie Paramelle, quien regresó recientemente a Toulouse después de pasar 10 años en Londres.

"Tienes la energía de una gran ciudad, con una oferta gastronómica increíble, cafeterías independientes, bares de cócteles y una oferta cultural cada vez más amplia, todo ello combinado con un ritmo de vida mucho más pausado".

Toulouse ha cambiado considerablemente en los últimos años, según Mélodie Tyler, quien regresó a la ciudad después de vivir siete años en París.

Cuenta que ahora es mucho más fácil recorrerla a pie y en bicicleta, y que su oferta gastronómica y de vinos se ha ampliado enormemente.


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Asterión, una gigantesco minotauro animatrónico creado por una compañía local de teatro callejero, pasea por Toulouse. También señala que el ambiente animado se extiende más allá del centro histórico.

"En Ponts-Jumeaux, el barrio donde vivo, hay un montón de festivales, guinguettes (bares al aire libre) y competencias de skate", describe.

"¡A los tolosanos nos encanta salir de fiesta y pasar tanto tiempo al aire libre como sea posible!".

Además de sus barrios animados, Toulouse es también un importante centro de la industria aeroespacial, con cientos de empresas, entre ellas la casa matriz de Airbus.

Los visitantes pueden descubrir esa herencia en la Cité de l'Espace, un centro de divulgación dedicado al espacio, o en Aeroscopia, un museo de aviación situado junto a las pistas de Airbus.

Para quienes buscan algo más inusual, La Halle de La Machine combina arte e ingeniería a través de gigantescas criaturas mecánicas creadas por una compañía local de teatro callejero.

2. Ciudad Ho Chi Minh, Vietnam

Una calle de Ciudad Ho Chi Minh con pequeños edificios coloridos y motocicletas pasando por enfrente.
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Una calle de Ciudad Ho Chi Minh con pequeños edificios coloridos y motocicletas pasando por enfrente.

El rápido crecimiento de Ciudad Ho Chi Minh está transformando su paisaje urbano, pero los barrios tradicionales siguen atrayendo a los turistas.

La ciudad más grande de Vietnam atraviesa una etapa de transformación extraordinaria.

Oxford Economics prevé que Ciudad Ho Chi Minh estará entre las 50 ciudades de mayor crecimiento del mundo en los próximos cinco años y que, para 2050, su economía podría alcanzar a la de Berlín.

El turismo también está en auge: el año pasado recibió más de ocho millones de visitantes internacionales, una cifra que superó todas las previsiones.

"La primera línea de metro no se inauguró hasta finales de 2024, y es uno de los símbolos más tangibles de la rapidez con la que está cambiando la ciudad", señala Meaghan Yash, especialista en viajes de la agencia Timbuktu Travel, que diseña itinerarios por la ciudad con frecuencia.

La línea, de 20 kilómetros, conecta el mercado de Ben Thanh, en el centro de la ciudad, con el parque temático Suoi Tien. El billete sencillo cuesta menos de un dólar.

Sin embargo, el atractivo de Ciudad Ho Chi Minh reside en su capacidad para combinar transformación y continuidad.

Tres personas trabajando en un puesto de sándwiches en Ciudad Ho Chi Minh.
 
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Tres personas trabajando en un puesto de sándwiches en Ciudad Ho Chi Minh.

Los puestos callejeros de bánh mì, sándwiches de carne con vegetales y hierbas, son una parte fundamental de la vida urbana de Ciudad Ho Chi Minh.

Chris Buchart, director comercial de Fusion Group, una empresa hotelera vietnamita, recomienda visitar la Oficina Central de Correos y la Ópera, ambas de la época colonial francesa, y después el Museo de los Vestigios de la Guerra, para conocer mejor la historia del país.

Todo eso mientras se explora otra de las grandes fortalezas de la ciudad: su comida.

Buchart recomienda probar el bánh mì (sándwich vietnamita preparado con una baguette), el cơm tấm (arroz partido) y el bánh xèo (crepes crujientes).

Por su parte, Yash sugiere aventurarse más allá de los circuitos turísticos habituales del Distrito 1, en el centro, y explorar barrios residenciales más tranquilos, con calles arboladas ideales para pasear y descubrir cafeterías.

También recomienda visitar Chợ Lớn, el histórico barrio chino de la ciudad, conocido por sus mercados, templos y tiendas de medicina tradicional.

Al otro lado del río, en Thảo Điền, las boutiques independientes, las galerías y las marcas vietnamitas locales son excelentes lugares para ir de compras.

3. Varsovia, Polonia
Una vista panorámica del centro histórico de Varsovia

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Una vista panorámica del centro histórico de Varsovia 

La capital polaca vive una rápida transformación económica.

La capital de Polonia ha tenido uno de los ascensos más rápidos en el Índice Global de Ciudades: subió más de 100 puestos hasta situarse en el número 61.

Su puntuación en calidad de vida ya supera las de Londres, Nueva York y Tokio, y se prevé que su economía crezca alrededor de un 3% anual, casi el doble del promedio de las ciudades europeas.

Para Konrad Warzecha, un polaco-australiano que tiene su hogar en el distrito de Wola, en Varsovia, la transformación ha sido extraordinaria.

"Desde nuestro balcón se puede ver toda la ciudad, y las carreteras, las autopistas y los rascacielos que se han construído durante los últimos 20 años han hecho que la ciudad quede casi irreconocible", explica Warzecha, autor del blog House Sitters Guide.

Según él, los mayores cambios se perciben en las calles.

"De niño me transportaba en tranvía y no me sentía seguro; vi muchos robos", cuenta.

"Ahora me siento más seguro que nunca. La gente camina por las calles de noche, están limpias y los problemas se resuelven rápidamente".

Un bar de leche en Polonia alumbrado con luces de navidad; en la puerta, un hombre y una mujer de espaldas, agarrados de la mano.





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En los famosos "bares de leche" polacos (bar mleczny) se consiguen comidas caseras y a buenos precios, señala Warzecha.

A quienes visitan la ciudad por primera vez, Warzecha les recomienda una ruta a pie que combine la Varsovia antigua y la moderna.

Él empieza en el Palacio de la Cultura y la Ciencia, de la época soviética, y recorre el bulevar Nowy Świat hasta llegar al casco antiguo, reconstruido minuciosamente tras la Segunda Guerra Mundial.

Por el camino, hace una parada para comer pączki (donas polacas) o almorzar en un bar mleczny, establecimientos sencillos que sirven comida casera a precios asequibles.

"Sabe a comida hecha en casa", dice. "Una comida de tres platos con bebidas cuesta unos US$17".

En el pasado, Warzecha quería abandonar Polonia y regresar a Australia, pero ahora sus sentimientos han cambiado.

"Últimamente, Varsovia es uno de los lugares que más recomiendo, y no porque sea de allí. Me enorgullece tener raíces polacas".

4. Medellín, Colombia


Vista panorámica a la Comuna 13 de Medellín en la que se observan murales de arte urbano.
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Vista panorámica a la Comuna 13 de Medellín en la que se observan murales de arte urbano.

La Comuna 13, que en el pasado fue uno de los barrios más conflictivos de Medellín, se ha convertido en centro de arte callejero, música y turismo. 

La extraordinaria transformación de Medellín también se refleja en su desempeño económico.

El empleo en el sector financiero se duplicó en los últimos 20 años, y Oxford Economics prevé que, para la década de 2040, los ingresos medios de esta ciudad colombiana superarán los de Buenos Aires y São Paulo.

"En los 10 años que llevo viviendo aquí, Medellín ha pasado de ser una curiosidad para los viajeros más atrevidos a convertirse en un destino turístico de referencia", afirma Patrick Quinn, quien dirige el Colombia Writers Retreat en El Peñol, un municipio cercano.

"Lugares que antes estaban deteriorados o pasaban inadvertidos, como la Comuna 13, el Perpetuo Socorro y Ciudad del Río, se han convertido en centros culturales y económicos".

El Metrocable, el primer sistema de teleférico urbano diseñado para el transporte público masivo, conecta a residentes y visitantes con las laderas de las montañas que rodean Medellín, y los nuevos distritos creativos les ofrecen a los viajeros más motivos para explorar la ciudad.

Vista panorámica de Medellín.



Vista panorámica de Medellín.

"La oferta gastronómica, artística y de diseño es lo suficientemente amplia como para justificar una visita de varios días", expone Joanna Rigby Jones, especialista en viajes de Timbuktu Travel que lleva años organizando itinerarios por la ciudad.

Ella recomienda visitar el Perpetuo Socorro, un distrito creativo con tiendas de diseño, galerías y cafeterías especializadas.

La Comuna 13, que alguna vez fue uno de los sectores más peligrosos de la ciudad, hoy atrae a grandes multitudes.

"Ve con un guía local que te explique el contexto de los murales, las escaleras eléctricas y la música, en lugar de tratar el barrio simplemente como un fondo para fotos de Instagram", recomienda Rigby Jones.

Quinn también aconseja recorrer los barrios de El Poblado y Laureles y descubrir el trabajo de creadores y curadores locales.

"Así podrás volver a casa y contar historias que ayuden a desmontar las ideas equivocadas y desactualizadas que todavía existen sobre este lugar", sostiene.

5. Abu Dabi, EAU
El palacio Qasr Al Watan, en Abu Dabi, bajo un cielo azul.

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El palacio Qasr Al Watan, en Abu Dabi, bajo un cielo azul.

Qasr Al Watan es el palacio presidencial de Emiratos Árabes Unidos.

Abu Dabi, que en el pasado fue profundamente dependiente del petróleo, ha transformado su economía mediante inversiones en tecnología, energías renovables, el sector inmobiliario y los servicios financieros.

La capital de Emiratos Árabes Unidos ocupa ahora el sexto puesto del Índice Global de Ciudades en cuanto a las competencias y el nivel educativo de su población activa, por delante de París y Boston.

Además, se prevé que su economía no petrolera y su mercado laboral superen a los de la vecina Dubái.

"Abu Dabi tiene un ritmo algo más pausado y relajado que Dubái o Sharjah", afirma Muna Abu-Hijleh, una estadounidense que ha vivido tanto en Abu Dabi como en Sharjah.

"Hay una mayor sensación de amplitud y es bastante fácil pasar de una ciudad muy moderna a la playa, los manglares o barrios más tranquilos".

La fachada del Museo Nacional Zayed, a orillas del mar, con unas tiras de luz cálida encendidas.

El Museo Nacional Zayed forma parte de un creciente distrito cultural en la isla de Saadiyat, en Abu Dabi.
 
 
La fachada del Museo Nacional Zayed, a orillas del mar, con unas tiras de luz cálida encendidas.
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Ese ritmo más pausado es también parte del atractivo para Jeremy Savory, un residente de Emiratos Árabes Unidos desde hace muchos años que visita Abu Dabi con frecuencia.

"Es una ciudad concebida para ofrecer una alternativa estable al brillo y la ostentación de Dubái", indica. "En esta región en estos momentos, ser aburrido es un argumento a favor".

Sin embargo, Abu Dabi está haciendo una apuesta cultural de gran envergadura.

En la isla de Saadiyat, el Museo de Historia Natural de Abu Dabi y el Museo Nacional Zayed abrieron sus puertas en 2025, y está previsto que el Guggenheim Abu Dabi, diseñado por Frank Gehry, abra sus puertas el 11 de diciembre de 2026.

Abu-Hijleh recomienda dedicar al menos un día a disfrutar de la ciudad sin prisas, por ejemplo, desayunando en una cafetería local o paseando por un centro comercial.

"Desde fuera, Emiratos Árabes Unidos puede parecer increíblemente futurista, pero la vida cotidiana es mucho más corriente y humana de lo que podrían hacer pensar sus rascacielos y hoteles de lujo".