Este es el título de un libro que me acaba de regalar una amiga con la que, desde hace muchos años, he tendido un puente de lecturas que sostienen la amistad sobre las aguas de las prisas, los problemas, los malos momentos, las ocupaciones, las preocupaciones, los compromisos... Los ojos del puente se van elevando sobre las páginas de los libros que son más fuertes que el cemento armado. Las aguas pueden bajar revueltas pero, año tras año, libro a libro, ese puente se ha fortalecido y hoy no podría con él ni la más furiosa dana.
El libro está escrito por Jaime Rubio Hancock, nacido en Barcelona, licenciado en Periodismo y Humanidades. Está editado por Libros del K.O. y estoy disfrutando de su segunda edición. Tiene interesantes ilustraciones de Lalalimola, pseudónimo de la ilustradora Sandra Navarro, Licenciada en Publicidad y Bellas Artes. En realidad, el título del libro es el de uno de sus capítulos y en él me voy a quedar para plantear algunas ideas sobre un tema que, desde hace años me preocupa de forma progresiva. Hoy más que nunca. Me refiero a la violencia.
Quiero contar, para comenzar, una anécdota que viví hace muchos, muchos años, cuando era profesor de primaria en Oviedo. A pesar del tiempo transcurrido, la recuerdo con una extraordinaria viveza. Estábamos en el patio. Era la hora del recreo. Un niño se me acercó llorando, crispado, muy enojado y me dijo:
Profesor, fulanito me ha dado una patada y ahora no quiere que le dé yo otra.
El agredido entendía que la reacción del compañero no era justa. Si había golpeado, lo que procedía es que recibiera la debida y merecida respuesta. Tenía que aceptar otra patada de similar contundencia. Los nazis, según se insinúa en la pregunta del título del libro, deberían recibir la respuesta a la violencia que ellos defienden y practican. Pegar a un nazi sería un modo de hacer justicia. Esa era la filosofía de mi alumno. Ojo por ojo y diente por diente. Si nos pegan, si nos insultan, ¿por qué no está bien pegarlos e insultarlos? ¿Por qué no les devolvemos los golpes?
El problema de la violencia es que solo engendra violencia, no justicia. El problema de la violencia es que solo genera odio, no respeto. El problema de la violencia es que solo crea guerra, no paz. El problema de la violencia es que envenena la convivencia, nunca la enriquece.
Me preocupa cómo se instala la violencia en las palabras, cómo se convierte al diferente en objeto que merece el sufrimiento de los insultos, de los golpes, del miedo, de la muerte… Cada día de forma más terrible los grupos ultras se presentan en manifestaciones, en mítines, en reuniones y descargan su odio sobre quienes han sido catalogados por ellos como indeseables.
Me preocupa la violencia en el mundo, con muchos puntos de guerra diseminados por toda la geografía del planeta, por muchas decisiones que responden a la lay del más fuerte, con atropellos y asesinatos, con guerras comerciales, con muchos problemas que convierten a una parte importante de la población en víctima del hambre, de la inmigración, de la opresión, del matrimonio infantil, de la enfermedad, de la falta de vivienda (¡ay, Mari Carmen, con sus 78 años!)…
Me quita el sueño la violencia política que se ha instalado en nuestro país. Una violencia que, de forma agresiva hace que el insulto se haya normalizado y cultivado con tanta persistencia y virulencia que no sorprende escuchar en un graderío de la Fórmula 1 de Madrid cómo se corea a grito pelado el nombre del Presidente del Gobierno calificándolo como hijo de puta. Escena lamentable que se repite en manifestaciones, concentraciones y reuniones de todo tipo, organizadas por la extrema derecha y por la derecha extrema. No es de extrañar después de que la presidenta de la comunidad de Madrid (experta en insultos) frivolice sobre lo dicho por ella en el Congreso y convierta el insulto en una chanza.
Me inquieta la violencia machista que, de forma tan irracional y estúpida niegan los militantes de Vox, incluidas las mujeres del partido (no hay mayor opresión que aquella en la que el oprimido mete en su cabeza los esquemas del opresor) haciendo un flaco servicio a la solución del problema. ¿Qué solución habría que buscar a un problema que no existe? ¿Se puede negar la muerte evidente de las mujeres asesinadas por sus parejas?, ¿se puede negar la evidencia de la discriminación, del abuso, de las violaciones, de la desigualdad, del menosprecio…?
Me desvela el bullying en la escuela, una institución en la que las personas deberían aprender a ser felices y se encuentran el mayor y el más injusto dolor, en la que se debería enseñar a convivir y en la que algunos encuentran un infierno, en la que se debería preparar para la vida y en la que algunos y algunas encuentran la muerte. Hace unos años escribí un prólogo titulado “Radiografía del horror” para el libro coordinado por Arnaldo Canales que contiene catorce relatos desgarradores de personas que sufrieron bullying en la escuela. El libro se titula “Historias que sanan”.
Hay quien golpea, con capucha o sin ella. Hay quien sale de caza, con capucha o sin ella. Pero hay quien manda, aconseja, aplaude e invita a salir de caza. Lo hemos visto hace muy poco en nuestro país cuando el diputado de Vox José María Figaredo dijo, a propósito de la llegada a Ceuta de miles de inmigrantes, que había que cazarles a todos, uno por uno. Habló también de pescarlos. Caza y pesca. De animales, claro. Puede tratarse de inmigrantes, homosexuales, negros o “zurdos de mierda”. Los que incitan no van nunca “de caza”, ellos se van “a casa”, a ver los resultados por televisión. Desgraciados.
¿Cuál es la solución? ¿Hay que golpear a los nazis, hay que declarar la guerra a los violentos, hay que acabar por la fuerza con la violencia? No, claro que no. No podemos pegarle un puñetazo a un nazi, salvo en caso de defensa propia.
Dice Jaime Rubio en el capítulo citado: “Algunos incluso sugieren que si los alemanes hubieran pegado a más nazis durante las décadas de los treinta y de los cuarenta, nos habríamos ahorrado mucho de lo que pasó en el siglo XX. Estoy de acuerdo, pero resulta que no estamos en la Alemania de la década de los treinta, durante la que, por cierto, los alemanes tuvieron una opción mejor que ir pegando a gente por la calle: no votar a los nazis. Y otra incluso mejor: no ser nazis”.
Dice más: “Hoy en día tenemos muchas más alternativas: podemos denunciar delitos de odio, podemos recordar a las universidades que no tienen la obligación de ceder sus instalaciones a todo el mundo, podemos boicotear las empresas que se anuncien en las páginas web de los nazis y también podemos denunciar sus cuentas en redes sociales, si incumplen las condiciones de uso…”.
¿Estamos siendo intolerantes con los nazis? ¿Estamos cometiendo el mismo error que ellos? ¿Tienen los demócratas la obligación de ser tolerantes con quienes pretenden destruir la democracia? Dice Popper: “la tolerancia sin límites conduce a la desaparición de la tolerancia. Si extendemos la tolerancia ilimitada incluso para aquellos que son intolerantes, si no nos preparamos para defender una sociedad tolerante contra las tropelías de los intolerantes, el resultado será la destrucción de los tolerantes y, junto a ellos, de la tolerancia”.
Creo que tenemos hoy un problema muy grave en la sociedad española. Me refiero a que hay partidos, grupos y personas que cultivan, promueven y generan actitudes de odio. El odio es una emoción intensa de rechazo, aversión y hostilidad hacia personas y grupos que se convierten en objetivo de destrucción. Odio a los inmigrantes, odio a los homosexuales, odio a las mujeres, odio a los negros, odio a los rojos… Esas actitudes envenenan la convivencia y provocan actos violentos contra aquellos a quienes se considera indeseables.
Ante la violencia hay que actuar con el ejercicio del pensamiento, del análisis, de la reflexión. Hay que saber de dónde procede, cómo surge, cómo actúa, cómo se extiende. Hay que saber dónde echa las raíces y en qué campos de cultivo crece.
Hay que saber cómo se paraliza y cómo se previene.
Ante la violencia hay que actuar sin provocaciones, sin ingenuidad, con coraje, aplicando la ley de forma contundente. Nadie debe hacer justicia por su mano, sustituyendo a la ley. Una vez que se desata la violencia, hay que imponer el peso de la ley que es propia de cualquier democracia.
Ante la violencia hay que actuar con solidaridad, con sensibilidad, con respeto. Es un mal camino utilizar la violencia para eliminar la violencia.
Ante la violencia, de forma preventiva, el camino más eficaz es la educación. Ese proceso que nos ayuda a comprender la realidad, la identidad y la dignidad de las personas. Y que desarrolla los sentimientos de solidaridad, de compasión y de empatía, necesarios para una convivencia armoniosa en una sociedad democrática.
El Adarve. MAS











