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sábado, 5 de enero de 2019

_- Fallece la madre. NEGRO SOBRE BLANCO [AURELIANO SÁINZ].

_- Aureliano Sáinz | Fallece la madre

NEGRO SOBRE BLANCO [AURELIANO SÁINZ]

Cierro con este tercer artículo el análisis de las emociones y los sentimientos de los escolares cuando fallece uno de sus progenitores.

Comencé con el estudio del fallecimiento paterno; posteriormente, abordé la importancia que tienen los abuelos y abuelas en el apoyo que pueden ofrecer a los más pequeños en situaciones tan dramáticas; y finalizo con este trabajo a partir de una selección de dibujos recogidos en el ámbito escolar.

Todo lo que indiqué de modo genérico en las dos entregas anteriores se puede aplicar a este tercer caso. De todos modos, hay que reconocer que el fallecimiento de la madre supone un dolor añadido, dado que las madres han sido y son el soporte emocional de la familia, aunque, paso a paso, el hombre como padre va asumiendo también esta faceta de atenciones y cariño que, tiempo atrás, parecía exclusivamente femenina.

Por otro lado, tengo que apuntar que los dibujos o respuestas gráficas de los escolares ante los problemas que pueden vivir son muy diversas, por lo que lo razonable es que veamos algunos casos de niños y niñas de distintas edades que perdieron a su madre para que entendamos cómo plasman la familia en esas circunstancias y el significado que puede extraerse de las escenas que han realizado.

Cuando son muy pequeños, hasta los dos años, aproximadamente, la ausencia por fallecimiento de un padre o una madre no se suele interiorizar como una pérdida emocional, puesto que la memoria a largo plazo en estas edades no incorpora ninguna imagen vivenciada que les sirva de recuerdo en edades posteriores.

Hemos de tener en cuenta que las imágenes y los recuerdos más lejanos de nuestra infancia llegan hasta los cuatro años y, en casos excepcionales, a los tres años, coincidiendo con el momento en el que dejan de trazar garabatos y pasan a realizar figuras, aunque sea en la modalidad de lo que los investigadores en el arte infantil denominamos como “renacuajos”.

Sirve como ejemplo de la falta de recuerdo de la imagen materna la ilustración de portada de este artículo, dibujo que se debe a una chica que tenía 11 años cuando lo realizó en la clase. Según nos indicó la profesora, su madre había fallecido en accidente de tráfico cuando solo contaba con dos años, es decir, una edad en la que no puede evocar mental y emocionalmente a su madre ahora que es una preadolescente. Esta es la razón por la que no la representa dentro del dibujo de la familia, ya que no tiene imágenes productos de vivencias archivadas en su mente, a pesar de las fotografías que posteriormente haya visto de ella.

Como puede apreciarse, solo aparecen sus abuelos paternos, su padre y ella misma, siendo la figura del abuelo la más grande de las cuatro, ya que lo considera como el más relevante y con mayor autoridad dentro del grupo familiar. Por otro lado, vemos que su abuela y su abuelo son los dos primeros en ser dibujados, lo que es indicio del apoyo moral y emocional que les han ofrecido tanto a ella como a su padre en esta dura situación.

Hemos de tener en cuenta que su padre, ante la situación tan dramática de la pérdida de su mujer en un accidente, optó por irse a vivir con sus padres, para que le ayudaran a sobrellevar este trance tan duro, al tiempo que pudieran colaborar en el cuidado de la niña. Y es que un hecho tan imprevisto conmociona duramente, pues, a diferencia de una enfermedad grave que, en cierto modo prepara para la pérdida, un accidente de carretera supone una ruptura tajante en la propia vida y en las de quienes rodean a la persona fallecida.

A diferencia de la muerte por accidente, como la que hemos indicado, en ocasiones, el fallecimiento acaba siendo el resultado de una travesía de dolor, tras haber sobrellevado una larga y penosa enfermedad. Es lo que le aconteció a la madre de la niña del dibujo precedente. La autora, que contaba con 6 años en el momento de realizarlo, sabía que su madre padecía de cáncer, por lo que, de algún modo, plasmó la situación de soledad, angustia e inseguridad en la que se encontraban tanto ella como su hermana. Tristemente, a los pocos días de realizar el dibujo en la clase su madre falleció.

A pesar de que su padre y su madre intentaban alejarlas del entorno de tristeza y dolor en el que ambos estaban inmersos, lo cierto es que, inevitablemente, a sus hijas les alcanzaba el ambiente de pesar que se respiraba en la casa. Esto la niña, autora del dibujo, lo expresa en la escena creada, ya que se representa en una montaña junto a su hermana y, en otra próxima y separada, a su padre y a su madre, como si vivieran en dos mundos distintos.

Las cuatro figuras son muy pequeñas, como si todos tuvieran poca importancia. Además, a su padre y a su madre los dibuja sobre unas líneas puntiagudas, que, aunque representan la naturaleza, connotan inseguridad y dolor, pues se apoyan sobre formas punzantes, reflejo del padecimiento que la pequeña observaba en ellos.

Una situación parecida a la descrita es la que vivió la autora del dibujo que acabamos de ver, una niña de 5 años que dibujó a su familia al poco de fallecer su madre. De igual modo, fue su propia maestra la que nos explicó la situación por la que atravesaba la pequeña.

En este caso, fue su abuela la que asumió la responsabilidad de cuidarlas, tanto a ella como a su hermana, ya que a su padre lo veía poco por razones de trabajo, según nos apuntó la profesora de la clase. Esta situación da lugar a que dibuje, en primer lugar, a su abuela, como el personaje más significativo para ella. En segundo lugar, a sí misma, de un tamaño muy grande, si la comparamos con el resto de las figuras. Su madre en tercer lugar; siguiéndole su hermana mayor. Acaba con la figura del padre, pues, tal como he indicado, el contacto con sus hijas es escaso.

Lógicamente, una niña tan pequeña no puede interiorizar emocionalmente, de ningún modo, que su madre ha fallecido y desaparecido para no volver nunca más. Esto escapa a su comprensión, por lo que lo más probable es que durante algunos años la siga dibujando, hasta que, a pesar del dolor, interiorice que ya no está con ellos, que se ha ido para siempre.

Para que entendamos lo que he explicado anteriormente, referido a que la imagen de la madre fallecida continúa presente durante algunos años en los dibujos de niños y niñas, traigo el realizado por una niña de 8 años, que se encontraba en tercer curso de Primaria, y que, tras perder a su madre, vive con su padre y sus abuelos.

Como podemos ver en la escena que realizó de su familia, la autora se representa la primera del grupo. Le sigue su madre, que aparece como si todavía la tuviera a su lado y, de algún modo, contara con ella. Continúa con su padre, expresando con ello la unión que emocionalmente existe entre su padre y su madre.

Cierra el grupo familiar con su abuela y su abuelo, que, como estamos viendo en estos artículos, son dos grandes figuras de apoyo en situaciones tan duras y dramáticas. Como detalle de la escena, tengo que apuntar que el trazado de una parte del edificio es manifestación de que todos viven juntos en el mismo piso.

Tal como apuntaba al principio del trabajo, cada niño o niña expresa la pérdida de un familiar directo desde su propia situación, desde su propia perspectiva emocional, aunque, lógicamente, ellos no son conscientes de lo que manifiestan en sus dibujos, pues son sentimientos profundos que no comprenden el alcance que tienen.

Así, en el caso de esta niña que cuenta también 8 años, inicialmente, se representó a sí misma y, tras ella, únicamente, al padre. No obstante, comenzó a trazar la figura de su madre, pero dudó un poco y acabó borrándola. Sin embargo, en el lado derecho dibuja un par de montañas nevadas en sus cumbres, al tiempo que, en medio de los picos, una nube va descargando copos de nieve. Esto simbólicamente expresa la frialdad que siente ante la pérdida de la madre, ya que la pareja que formaba con su padre se ha transformado en una realidad en la que la soledad y la ausencia de calor están presentes.

Cierro este breve recorrido por los dibujos de escolares que perdieron a su madre con el de un chico de 10 años que se encontraba en quinto curso de Primaria. Por la información recibida, la madre había fallecido recientemente, lo que da lugar a que no aparezca representada en la lámina.

Llama la atención su bajo nivel gráfico, puesto que el esquema que utiliza para las tres figuras se corresponde con la de un niño de 5 años, y, a pesar de que la Educación Artística está muy relegada en el campo educativo, tengo que apuntar que el dibujo de los escolares evoluciona independientemente de que se trabaje poco en el aula. Puedo imaginar que su atraso no solo sea dentro de Plástica, sino que se corresponda con un nivel general y que afecta a otros aprendizajes.

Desde el punto de vista emocional, las tres figuras –hermano, padre y él mismo– se encuentran separadas, sin contacto entre ellas, expresando el aislamiento y la soledad que se refleja en el dibujo. Por otro lado, no incorpora ninguna otra figura o elemento, reforzando con ello el sentimiento de desconexión con el mundo que le rodea.

De este modo, podemos comprobar que en los dos últimos dibujos que hemos visto no aparece ningún abuelo o abuela, que son un gran apoyo emocional para que los pequeños puedan superar situaciones tan dramáticas como es la pérdida de la madre.

3.11.18 Aureliano Sáinz |
Fallece el padre (I)

NEGRO SOBRE BLANCO [AURELIANO SÁINZ]

Cuando se aborda el desarrollo psicológico y emocional de niños y niñas se suele acudir a conocidos autores de la psicología evolutiva, caso de Jean Piaget,
para comprender las características que presentan en determinadas edades. Esto que en principio es correcto desde el punto de vista teórico, en cambio, hay que ajustarlo ante ciertas situaciones reales dado que sus postulados presentan algunas limitaciones.

Así, en estudios evolutivos como el de Piaget no se aborda el contexto social ni el familiar en los que viven esos niños o niñas, cuestiones de gran relevancia, pues ambos contextos pueden ser determinantes en sus desarrollos psicológicos y emocionales. Por otro lado, tampoco se tienen en cuenta situaciones inesperadas que truncan el equilibrio familiar en el que se vivía hasta la aparición de ese hecho imprevisto e indeseado.

Una de esas situaciones no esperadas es el fallecimiento del padre o de la madre, circunstancia profundamente dolorosa que marca emocionalmente a todo el grupo familiar, y de modo muy especial a los más pequeños, ya que, por un lado, son los más frágiles y, también, porque están asomando a un mundo complejo en el que necesitan la seguridad y el cariño que le proporcionan los mayores para ir creciendo con una base de autoestima que les afiance a medida que se va creciendo.

No tengo conocimiento de publicaciones o estudios rigurosos que se hayan realizado sobre este tema, puesto que se suele evitar hablarles de la muerte por el miedo que puede provocarles. Sin embargo, el propio Jean Piaget sostenía que hacia los 7 o los 8 años el niño comienza a preguntarse por qué se mueren las personas, dado que hasta entonces este tipo de pregunta no entraba en su mente. Pero muy diferente es que se haga esta pregunta y se le dé alguna respuesta que le sea tranquilizadora y otra muy distinta es que viva el fallecimiento de uno de sus progenitores.

La defunción de un familiar y la repercusión que tiene en los escolares, de alguna forma, lo he abordado en anteriores artículos. En esta ocasión quisiera ampliarlos, tomando inicialmente como base algunos dibujos recientes de escolares cuyos padres ya habían fallecido cuando realizaron el dibujo de la familia que se les había propuesto en el aula. En próximos artículos continuaré con esta temática en la que abordaré también el de la madre.

Dada la importancia y la delicadeza con la que hay que tratar el tema, una vez realizado el trabajo en el horario de Plástica, el profesor o la profesora de la clase nos proporcionó privadamente algunos datos de quienes habían hecho el dibujo para que sirviera de ayuda con el fin de comprender con mayor precisión el sentido de la escena que habían plasmado.

Debo apuntar que cada dibujo tiene un sentido individual, pues, como veremos, cada niño o niña interioriza esta situación dramática de forma muy personal, de modo que refleja los sentimientos que le embargan y que dependen del género, del carácter que se tenga, de la edad, del tipo de creencias que haya en la familia, etcétera.

Este primer trabajo lo hacemos con aquellos dibujos de los escolares en los que aparecía representada también la figura paterna de dos formas: como si fuera un miembro más de la familia y estuviera presente entre ellos o como si se encontrara en el cielo.

Son dos maneras que tienen los pequeños de no admitir la irreversibilidad de la muerte: por un lado, dándole vida a través de sus dibujos o imaginando que hay otro mundo en el que ahora se encuentran y desde el cual pueden seguir viéndoles.

La primera forma la podemos comprobar en el dibujo que ha servido de ilustración principal del artículo, y que corresponde a una chica de 13 años que se encontraba en sexto curso de Primaria cuando lo realizó. El proceso que siguió fue el siguiente: comenzó dibujando a su madre, para pasar dibujarse a sí misma; en tercer lugar lo hace con su padre, que ocupa el centro de la lámina, continúa con su hermano mayor, al que llama “tate”, y cierra la escena con los dos pajaritos que tiene como mascotas. Como detalle, indica la edad de cada uno de ellos.

Observando el grupo, se podría pensar que el padre es el personaje vivo más relevante y por el que la autora siente un gran amor; sin embargo, el padre había fallecido hacía cinco años, cuando ella contaba con ocho. La escena nos indica que la imagen paterna pervive tan intensamente en la autora que lo representa como si todavía estuviera presente y al que le es posible mostrar el cariño con el dibujo de un corazón. La autora sabe que su padre ya no existe, pero, tras las explicaciones que había dado su madre, siente que vive en su corazón, que siempre la acompañará porque ha recibido lo mejor de la figura paterna.

Esta respuesta de amor y de deseo de vida hacia el padre fallecido también lo encontramos en otras ocasiones, cuando la familia, en medio del dolor y la tristeza, ha procurado amortiguar ese impacto en los hijos, de modo que se busca que su recuerdo perviva y que sea lo más grato posible. Es lo que deducimos en el de esta niña de 9 años, cuyo padre había fallecido unos años atrás.

Como podemos comprobar, representa a la familia en la playa, disfrutando del sol al lado del mar. En la realización de la escena, comienza con el trazado de sus abuelos, para pasar a su hermana y su madre, cerrando con el de su padre y el de ella misma. Por otro lado, sus dos mascotas corretean por la playa.

La imagen del padre pervive de manera tan intensa en la niña que lo dibuja como si todavía formara parte real de la familia. Pero, para que ello se produzca, conviene apuntar que en estos casos los abuelos y otros familiares juegan un papel de gran relevancia en el apoyo emocional que prestan a los más pequeños.

En el caso de dibujos de niños es posible encontrar escenas en las que el padre todavía es representado como si fuera un miembro más de la familia, pero, a diferencia de las niñas, ellos no incorporan corazones o elementos visuales que simbolicen el amor que les pudieran expresar. Ellos interiorizan la pérdida, sin que expresen gráficamente los sentimientos de una manera tan explícita. Esto quizá se deba al hecho cultural de que los varones tienen que mostrarse fuertes en los momentos difíciles, sin que las lágrimas asomen a sus rostros.

Esto lo podemos apreciar en el dibujo anterior, de un chico de 11 años que se encontraba terminando Primaria. Como podemos comprobar, comienza por la izquierda trazando a su madre; pasa a dibujar a su padre, duda y borra el rostro, como si no estuviera seguro de si debía incorporarlo; finalmente, se decide a hacerlo; posteriormente, se traza a sí mismo, con una figura frágil y pequeña; y cierra el grupo familiar con el trazado de su hermano mayor. En conjunto, apreciamos la fuerte soledad que siente el autor por la distancia que ha dejado entre las figuras, así como por el trazado de los brazos de todas ellas hacia abajo y sin proximidad afectiva y por la pequeñez de las mismas, como si no tuvieran importancia.

En este cuarto dibujo, con el que cierro este tema, se vuelve a manifestar la idea de que el padre no ha muerto realmente, puesto que se encuentra en el cielo. La escena se debe a una niña de 11 años, de sexto curso de Primaria. Como podemos observar, la autora representa a su padre fallecido sobre una nube y delante de un gran sol. Alrededor del rostro de la figura paterna le ha trazado un conjunto de líneas, que junto a las manos unidas y la vestimenta que porta, evocan la idea de santidad.

Es, pues, una manifestación de la religiosidad de la familia, que le ayuda a ella y a su hermana a sobrellevar el dolor por la pérdida del padre. Por otro lado, y tal como vemos, todas las figuras femeninas que componen ahora su familia, y en la que ha incluido a su ‘tita’, están cogidas de la mano, como expresión de la unión en la adversidad, al tiempo que incluye corazones que flotan entre las figuras como representación del amor que siente en el grupo.

10.11.18
Aureliano Sáinz |

El apoyo de los abuelos

NEGRO SOBRE BLANCO [AURELIANO SÁINZ]

En el artículo anterior abordaba la cuestión del fallecimiento del padre y la repercusión emocional que tenía en los hijos. Este tipo de tema, tal como decía, no se solía estudiar por parte de los psicólogos evolutivos, puesto que implicaba penetrar en un ámbito bastante complejo como son los sentimientos y las emociones de los menores.

Hay que reconocer, por otro lado, que las fórmulas que habitualmente se utilizan para investigar ciertos aspectos del ser humano, como son los cuestionarios, no sirven para entender lo que sienten los escolares cuando fallece el padre o la madre. Sin embargo, el dibujo libre realizado en la clase se muestra como un excelente medio para conocer qué piensan y qué sienten ante los hechos luctuosos que han acontecido en la familia.

Como empezamos a ver, las respuestas gráficas son muy distintas en función de las edades, del género, de las creencias que se tengan dentro de la familia y, de modo significativo, del apoyo emocional que puedan recibir en esos momentos.

Y dentro de ese apoyo, juegan un papel muy relevante las figuras de los abuelos o de las abuelas, en caso de que vivan y se encuentren físicamente cercanos. Su importancia ya la comenté en el artículo titulado Abuelos en la familia y, de nuevo, abordamos el significado que poseen los mayores en circunstancias como el fallecimiento de uno de los progenitores.

De entrada, tengo que decir que es frecuente en los dibujos de los escolares que han perdido a su padre o a su madre el que incluyan las figuras de sus abuelos o abuelas, ya que son un gran soporte emocional por la experiencia que han acumulado a lo largo de sus vidas y porque saben que en esos momentos los necesitan de modo muy especial.

Esto lo podemos ver en el dibujo de portada, realizado por una niña de 10 años que, tiempo atrás, había perdido a su padre. El grupo, que se inicia con su madre, continua con la figura que la representa a ella misma, pasa a su hermana mayor y cierra con la figura de su abuela materna, quien, a pesar de no vivir en su domicilio, la incorpora como parte esencial de la familia. Se encuentra, pues, en una familia formada por cuatro miembros del género femenino, dado que el padre ya no existía en la misma a la hora de realizar el trabajo.

Tengo que apuntar que, desde edades tempranas, niños y niñas sienten la presencia de sus abuelos y abuelas como personas relevantes en sus vidas. Ese sentimiento es algo distinto al que manifiestan hacia los padres, puesto que, aparte de ser sus progenitores, estos sí tienen la responsabilidad directa de su educación, con todas las exigencias que ello conlleva; mientras que los abuelos ejercen un papel con un carácter más afectivo, una vez que en su momento llevaron adelante el empeño y las exigencias de su cometido como padres.

Para que entendamos que la ausencia de un abuelo por fallecimiento es algo que no pasa de ninguna manera desapercibida, presento el dibujo de Manu, un niño de 4 años cuyo abuelo había fallecido recientemente. Al pequeño, ante las preguntas que hacía, se le indicó que su abuelo estaba en el cielo, por lo que emocionalmente se le aleja del dolor que supone esa pérdida.

Cuando entregó el trabajo, nos manifestó que quien estaba arriba era su abuelo; debajo y en la izquierda se encontraba él; y en la derecha su padre, que es la figura más grande. Al preguntarle dónde se encontraba su madre, no nos respondió al tiempo que se encogía de hombros, por lo que no volvimos a insistirle.

El dibujo que acabamos de ver corresponde a Rafa, un niño de 8 años que perdió a su padre cuando era muy pequeño. Puesto que su profesora ya sabía su situación familiar, al preguntarle por su padre nos dijo que no se acordaba de él, a pesar de que había visto fotos en casa. Este olvido es comprensible, puesto que hasta que no se cumplen tres o cuatro años los recuerdos no se afianzan con claridad en la mente de los pequeños.

La figura paterna la sustituye por la de su abuelo, que ha sido el primero en ser dibujado, lo que es indicio de la importancia que tiene para él. Por otro lado, el que continúe con la de su abuela es también manifestación de que se encuentra arropado afectivamente por quienes son sus ascendientes. Llama un poco la atención que la tercera figura sea la de su mascota, una gallina apodada ‘Chispita’. En cuarto lugar, dibuja a su madre. Cierra el grupo con el trazado de sí mismo.

Quisiera apuntar que se nos olvidó preguntarle qué quería decir con el azulejo que se había dibujado en el brazo y que lo numera con el 6. Si tenemos en cuenta el singular mundo emocional de los pequeños, esto se nos queda como algo un tanto enigmático.

Si avanzamos en edad, nos encontramos con el trabajo de una niña de 9 años de cuarto curso de Primaria. Cuando en la clase se les planteó el dibujo de la familia se dio la circunstancia de que su padre había fallecido recientemente; no obstante, la autora no tuvo ningún problema en realizar el trabajo.

Como podemos observar, a su padre no lo representa; a diferencia de otros casos que lo suelen hacer cuando todavía tienen muy presente el fallecimiento. Por otro lado, tampoco acude a interpretaciones religiosas, puesto que en la familia no le han indicado que se encuentre en el cielo o sitio simbólico similar. Sin embargo, ahí se encuentran su abuelo y su abuela, cada uno en un extremo del grupo, como signo de arropamiento a su madre, a su hermana y a ella misma, que se traza en el centro del grupo.

Si entendemos que las respuestas emocionales que se dan en situaciones luctuosas son muy personales, es posible comprender el significado del dibujo anterior, de un chico de 11 años cuyo padre había fallecido en un accidente laboral unos años antes.

En el dibujo, vemos que es el mismo el primero que se dibuja, como reflejo de cierta importancia que se atribuye. Al lado, se encuentra su padre, como si aún viviera, con la mano extendida hacia su madre, que es la tercera en aparecer. La cuarta es su abuela, que la ubica a su lado, como señal de protección; entre ambos está su perro. Lo más curioso de todo es que por encima de ellos traza a una quinta figura, Miguel, que resulta ser la nueva pareja de su madre. Y lo apunto como hecho curioso, dado que todavía permanece en su mundo emocional el recuerdo de su padre muy unido al de su madre.

Un modo de compensar el sentimiento de soledad e indefensión ante la vida que aparece en momentos críticos, como puede ser el fallecimiento de uno de los progenitores o la separación de ellos, es la realización de una composición en la que aparezcan muchos familiares para sentirse arropado creyendo que los tiene todos a su alrededor.

Es lo que acontece en el dibujo de esta chica de 11 años cuyo padre había fallecido recientemente. Observando la escena, comprobamos que traza doce personajes de la familia –madre, abuela, tíos, tías, primos y primas– junto a tres de sus mascotas –dos pájaros y un gato–. A pesar de tantas figuras, entre las que se encuentra su abuela materna, ella misma no se dibuja, lo que es indicio de baja autoestima y de inseguridad. Esto nos lleva a pensar que el fallecimiento de su padre la dejó en una situación de la que todavía no se había recuperado, a pesar de sentirse rodeada por muchos familiares.

viernes, 28 de septiembre de 2018

Contra las bombas: malos tiempos para el internacionalismo

Que el flamante ministro de Exteriores, el presidente socialista del ‘no es no’, y el más anticapitalista de los alcaldes de España hayan aceptado el límite de lo posible en el caso de la venta de armas a Yemen es el peor de los fracasos.

Yemen

Era 2011 y miles de jóvenes ocuparon las plazas para cambiar el régimen del 78. No pedían reformas, querían transformarlo todo. Inspiradas por las revueltas de Túnez y Egipto, de las primeras tiendas se fueron expandiendo acampadas como pequeñas ciudades provisorias, pobladas de gentes diversas, una heterogeneidad aunada por la indignación y la urgencia de cambio. Hubo represión y detenciones, pero ahí se mantuvieron, una rebelión que nadie esperaba. No, no estoy hablando del 15M.

El régimen del 78 con el que querían acabar estas gentes indignadas inició con el acceso al poder del presidente Alí Abdalá Salé. La represión que tuvieron que afrontar implicó tiroteos, estudiantes quemados en sus tiendas de campaña. Todo esto pasó en Yemen, uno de los países con más armas por habitante del mundo. Todo esto va de gente, gente que se indigna, gente que protesta y gente a la que matan. Va de las posibilidades que prometen los aires de cambio. Va de las renuncias impuestas. Va de cómo muere lo que prometieron las plazas.

A la primavera árabe de Yemen le esperaba un largo invierno. Una resaca que no parece tener fin: Guerra en el sur, guerra en el norte, Estados Unidos y sus drones, los países del Golfo y sus tensiones, los terroristas y su retaguardia, y sobre todo Arabia Saudí poniendo orden en su patio trasero.

Al siempre impune suministrador de crudo y petrodólares le queda incómodo que entre sus yacimientos y el golfo de Adén —central para el comercio del petróleo— haya un Estado. Mala suerte para los yemenís que, aunque en 2012 consiguieron liberarse por fin de Salé, vieron cómo éste se fue impune, no muy lejos, para seguir moviendo los hilos (hasta que fue asesinado el año pasado).

Quedó su vicepresidente y, como es lógico, el cambio le supo a poco a mucha gente. En 2015 empezó la guerra, una guerra muy complicada, como si las guerras hubiesen sido alguna vez fáciles. Alianzas cambiantes entre las potencias mundiales, los regímenes regionales y las oligarquías internas, a las que llamamos tribus para poder pensarlas como muy distintas a las nuestras. Desde entonces leemos que es todo un caos, que no hay solución, que es que las cosas funcionan así entre esa gente bárbara, y que si no podemos tomar parte, si ni siquiera podemos entenderlo, la cosa ya no nos concierne. Pero siempre se puede tomar parte: hay que tomar parte por la gente, por los pueblos. El internacionalismo va de eso.

No hay forma más drástica de achicar los marcos de lo posible, que poner en cuestión la supervivencia. Cuesta soñar con libertad o democracia mientras matan a tus hijos. Es difícil sostener la resistencia con el estómago vacío y el cuerpo enfermo: las bombas y la hambruna dejaron poco margen para imaginar nuevos Yemen en las plazas. Un Estado fallido, minado de intereses extranjeros, donde no hay refugio. Aquí, sin embargo, no están cayendo bombas. No tenemos un Estado fallido. La pobreza y la precariedad crecen, pero siguen enteros los hospitales y nadie muere de desnutrición, ni siquiera en las regiones más pobres y abandonadas.

Aquí hubo hasta gente que tras la ola de cambio que inspiraron las plazas consiguió llegar a las instituciones. Lanzamos grandes proclamas internacionalistas, gritamos que si había dinero para rescatar a los bancos, también se podría rescatar a la gente. Y sin embargo la gente tiene que seguir rescatándose a sí misma, sola y a la deriva, a través de trabajos cada vez más precarios. Algunos de esos trabajos son un engranaje en la cadena que termina en la muerte de la población yemení. Por ahora, no se puede hacer nada, nos dicen, no podemos condenar a nuestra gente a la miseria. Y así, nos condenan a la miseria moral a todas.

Que el flamante ministro de Exteriores, el presidente socialista del "no es no" y el más anticapitalista de los alcaldes de España hayan aceptado tal límite de lo posible es el peor de los fracasos. Es castrar la imaginación política, renunciar a desplazar el marco, aceptar que no podemos redistribuir la riqueza del Estado. Aceptar que es necesario tragar con que no exista otra alternativa para la supervivencia de miles de personas que fabricar armas contra otras miles de personas.

Entiendo que es duro enfrentarte al desempleo y la falta de futuro de tu gente. También pienso que no solo se debería dimitir cuando a uno le pillan en falta. También se puede dimitir cuando no hay posibilidad de ser coherente con tus principios, cuando tienes claras las fronteras morales que no cruzarás nunca. No significa irte, si no quedarte de otra forma, para forzar la alternativa, para pelear otros horizontes posibles.

Porque si estamos dispuestas a seguir por ahí, si somos nosotras quienes aceptamos hacer lo que antes impugnamos, estamos avalando el mantra del neoliberalismo, el “no hay alternativa.” ¿Aceptaríamos que necesitamos exportar bombas y barcos si estos fuesen a ser utilizados contra Francia o Italia? ¿No es evidente que es la alteridad desenfrenada, la savia misma del colonialismo, la que permite que tantas personas asuman que no podemos hacer otra cosa que seguir produciendo muerte?

La población yemení será la principal víctima del armamento que exportamos a Arabia Saudí, de los barcos que rescatarán —hasta cuándo— a los obreros gaditanos. Pero no será la única víctima. Aquí estamos enterrando también la posibilidad de plantarse para detener la inercia que nos hace pedir empleo a cualquier costa, de cualquier tipo, y empezar a exigir que se redistribuyan la riqueza y el trabajo. Plantarse, en definitiva, ante la economía de la muerte que nos impone el capitalismo.

Fuente:
https://www.elsaltodiario.com/yemen/malos-tiempos-internacionalismo

viernes, 21 de septiembre de 2018

_- Los trabajadores de Navantia y sus familias tienen derecho a sobrevivir, pero toca reflexionar si es ético hacerlo sobre la muerte de miles de civiles. Sobrevivir gracias a la muerte.

_- Finalmente el Ministerio de Defensa ha autorizado el envío a Arabia Saudí del cargamento de 400 bombas de precisión láser paralizado por Margarita Robles la pasada semana. El gobierno saudí amenazó con suspender a su vez la compra a España de cinco corbetas por valor de 1.813 millones de euros, de llevarse a cabo la suspensión de contrato anunciada por la ministra. Este contrato, según la empresa pública encargada de la construcción, Navantia, generaría cerca de 6.000 puestos de trabajos, entre directos e indirectos. El asunto ha provocado un interesante debate entre intereses y valores enfrentados. Por un lado, trabajadores que veían peligrar sus empleos y que se vieron apoyados por diferentes políticos, especialmente por el alcalde de Cádiz, José María González, Kichi, quien afirmó: “el contrato (de Navantia con Arabia Saudí) me parece necesario. Significa trabajo y nosotros somos constructores de barcos, lo hemos hecho desde la época de los fenicios. En Arabia Saudí los derechos humanos no son respetados y estoy en contra de eso, pero mientras, ¿qué comemos? Hoy en día soy alcalde de esta ciudad y la responsabilidad es mirar por el interés de sus vecinos y la construcción de los barcos no va a acabar con la guerra en Yemen. Si no los hacemos nosotros, los harán otros”.

Expuesto lo anterior debemos de contemplar algunos datos necesarios para comprender la situación.
El 25 de marzo de 2015, una coalición internacional dirigida por Arabia Saudí atacó desde el aire a las milicias de los hutíes en Yemen, uno de los países más pobres de Oriente Medio. Era el inicio de la guerra que, desde entonces, golpea a la población del país árabe. Los saudís quieren derrocar a los rebeldes hutíes, de religión chiíta, que llegaron al poder de Yemen a principios de 2015. A diferencia del gobierno anterior de Yemen, el gobierno hutí se alinearía con Irán, Rusia o China, algo intolerable para Arabia Saudí y Estados Unidos. Por ello, en 2015, armas valoradas en casi 546 millones de euros salieron de las fronteras españolas con destino a Arabia Saudí, un 46% más que en 2014.

El mismo año en que comenzó la guerra de Yemen, el Gobierno del Partido Popular autorizó contratos para vender, durante los años siguientes, armamento valorado en 584 millones de euros a esta monarquía del Golfo. Entre los tipos de armas que España permitió exportar al país saudí había rifles, obuses, municiones, torpedos, misiles. Entre ellas estaban las 400 bombas de precisión láser cuya venta se planteó frenar por el Ejecutivo de Sánchez ante el riesgo de que pudieran utilizarse para bombardear Yemen. Las bombas que vamos a vender a Arabia Saudí son similares a las que en 2015, les vendió la Administración de Obama: 4.000 bombas GBU-12 Paveway II. Trump, por su parte, prometió vender 104.000 bombas guiadas a los saudíes.

Uno de los motivos por los que el Gobierno de Pedro Sánchez anunció que revisaría las condiciones de venta de armamento español a los países de la coalición fue que, pocos días antes de esa decisión, el 9 de agosto de 2018, un proyectil lanzado por la coalición liderada por Arabia Saudí cayó sobre un grupo de niños que viajaba en autobús escolar al norte de Yemen. Al menos 40 menores murieron en el ataque.

Amnistía Internacional ha documentado más de 36 bombardeos que “podrían constituir” violaciones y crímenes en virtud del derecho internacional. Las bodas, funerales, los mercados y los centros médicos son algunos de los objetivos de los bombardeos de la coalición liderada por Arabia Saudí en Yemen. El 23 de abril la aviación saudí bombardeó la celebración de una boda en la provincia yemení de Haya, 33 personas fallecieron y 41 resultaron heridas a causa del ataque, cuyo objetivo fueron las tiendas de invitados. Una imagen difundida por medios locales permitió identificar el origen de la munición utilizada en el ataque. Se trataba de los restos de una bomba guiada por láser GBU-12 Paveway II, fabricada por la empresa norteamericana Raytheon. Estos son ejemplos de la “utilidad” y “eficacia” de las bombas que venderemos a Arabia Saudí.

Desde el inicio del conflicto, según datos de Naciones Unidas, 6.660 civiles han muerto y 10.563 han resultado heridos, aunque “la cifra real es probablemente significativamente más alta”, reiteran los expertos. Las fuerzas saudíes también han cometido “tratos crueles y tortura, actos denigrantes, violaciones y al reclutamiento de niños menores de 15 años o haberlos utilizado como parte activa en las hostilidades”, según la ONU. Un total de 2,3 millones se han desplazado internamente a causa de la violencia.

En cuanto a las corbetas que estamos fabricando para los saudíes, que nadie imagine que son unos pacíficos barcos civiles. Se trata de buques de guerra que, en el mejor de los casos, sirven, según denuncian las ONG’s, para mantener el bloqueo naval que impide a Yemen la llegada de la ayuda humanitaria.

En esas corbetas se transportan helicópteros artillados (NH-90, AB-212, AB-412 o Eurocopter AS-565) y hasta dos embarcaciones semirrígidas de 5,5 metros de eslora cada una, lo que permite realizar acciones de asalto. Al tratarse de un buque de guerra, puede incorporar varios cañones de hasta 76 mm y sistemas de misiles SAM y SSM, así como dos lanzadores triples de torpedos.

Por supuesto que los trabajadores de Navantia y sus familias tienen derecho a sobrevivir. Pero visto la anterior, toca reflexionar si es ético sostener esa manutención en la muerte de miles de civiles por el ejército de una monarquía absolutista. Sentencias del tipo de “si no las vendemos nosotros se las venderán otros” o “mi responsabilidad es mirar por el interés de mis vecinos como alcalde”, como han dicho los sindicatos y el alcalde de Cádiz, son razonamientos inmorales e incluso xenófobos. Recuerda ese argumento de la ultraderecha de que los que importan son los españoles y no los seres humanos. ¿A Kichi le importan los gaditanos (mejor dicho, su puesto de trabajo) y no los seres humanos no gaditanos? ¿De verdad el sindicalismo español no sabe ni de internacionalismo, ni de derechos humanos, ni de solidaridad hasta el punto de interesarse solo por los empleos de su empresa? Hubo un tiempo en que trabajadores de Europa se negaban a trabajar en las industrias que vendían armamento al bando golpista de Franco. Es evidente que todos los que defendemos el fin de la venta de armas a Arabia Saudí o cualquier otra dictadura debemos pensar en una alternativa para esos trabajadores, como desde el ecologismo la planteábamos para los mineros del carbón u otras reconversiones industriales que hubo en España. Algunas veces me parece estar viendo la película El Verdugo, de Berlanga, donde el protagonista plantea que lo suyo es solo un trabajo que, además, quiere que herede su hijo. Porque si se trata de mantener de puestos de trabajo y mantener a tus hijos a costa de cualquier cosa, también el ladrón de bancos o el torturador (menos mal que alguien asumió perder un puesto de trabajo cuando se jubiló Billy el Niño) deberían mantenerse. La humanidad ha mejorado cuando los principios éticos y los derechos humanos se han puesto por delante de cuestiones particulares como el empleo de algunos, es el caso de la prohibición de las bombas de racimo o las minas antipersona, o el embargo a la Sudáfrica del apartheid. Es indiscutible que, en todos esos casos, se perdieron muchos puestos de trabajo, pero se entendió que había un motivo mayor.

Del mismo modo, países como Alemania, Bélgica, Holanda o Noruega ya no autorizan ni exportan armas que se puedan utilizar en el conflicto de Yemen, siguiendo directrices de la ONU y el Parlamento Europeo.

Lo preocupante es que España vive un boom en la venta de armas al mundo como nunca antes en su historia. Los millones de euros facturados entre el 2015 y 2017 han convertido a España en uno de los mayores proveedores mundiales de armas a Arabia Saudí. En estos años, ha ocupado el cuarto puesto en la lista de los principales exportadores de armas a la monarquía del Golfo, y ha conseguido posicionarse como el séptimo país del planeta que más comercializa armamentos y material bélico. Quizás lo que está haciendo la industria militar española es aprovecharse de que otros países sí tienen escrúpulos para apropiarnos de ese mercado.

Existe otro detalle todavía mucho más preocupante, como señala Pere Ortega, del Centre Delàs d’Estudis per la Pau, Navantia, empresa pública propiedad del Estado, es una empresa donde su cuenta de resultados siempre ha sido negativa. En 2016 se perdieron 230 millones, y en los últimos diez años 730 millones de euros. Y si pierde dinero es porque los costes de producción de sus buques son superiores al valor de su venta. Por tanto, las cinco corbetas que se venderán a Arabia Saudí por 1.800 millones para cubrir sus costes de producción deberían tener un valor más elevado. Las pérdidas se subsanan con recursos del Estado, es decir, ni Navantia ni los españoles ganamos dinero vendiendo esas armas a los saudíes, al contrario, se las vendemos por debajo de su coste, estamos subvencionando las armas con las que Arabia Saudí masacra en Yemen o impiden la llegada de alimentos y ayuda humanitaria a una población donde se calcula que siete millones de personas están al borde de la inanición. Este es otro argumento para ir trabajando en una alternativa a los trabajadores de Navantia. Como señala Ortega, los sindicatos de Navantia, el ayuntamiento de Cádiz, el Gobierno de Andalucía y el Gobierno del Estado no se han puesto a investigar y diseñar un plan de conversión de esa naviera. No se ha buscado la complicidad de colegios profesionales de ingenieros, de asociaciones profesionales y de empresarios para llevar un plan de revitalización de la zona. Y seguro que es posible una reindustrialización y puesta en marcha de nuevos servicios en toda la bahía de Cádiz para limitar el impacto negativo de una conversión industrial de Navantia. Según Ortega, ese es el único camino para una empresa, que todos los años pierde dinero y cuyos puestos de trabajo son ineficientes por lo que valdría más la pena estudiar su conversión del ámbito militar y pasar a producir bienes y servicios de carácter civil que, cuando menos, no producirían ese desgarro moral, que es vender armas para la guerra.

Es curioso como, desde el poder, se apoyan unas causas de defensa de puestos de trabajo y no otras. Paradójicamente la mayoría no sabe que España está perdiendo dinero y puestos de trabajo por apoyar las sanciones a Rusia e Irán propuestas por Estados Unidos, puesto que se está bloqueando importantes ventas a esos países, sobre todo de productos agrícolas, sin que ni medios ni gobernantes hayan protestado o al menos reconocido. Países que, por cierto que no están bombardeando a nadie.

La sociedad española en general debe hacer suyo el problema de los puestos de trabajo de Navantia, pero también los trabajadores y sus familias deben hacer suyo el drama de la muerte de miles de personas por las armas que ellos fabrican. Esa es la solidaridad que nos hace humanos.

Pascual Serrano es periodista. Su último libro es ‘Medios democráticos. Una revolución pendiente en la comunicación’ (Akal, 2016)

Fuente:

http://www.cuartopoder.es/ideas/opinion/2018/09/16/sobrevivir-gracias-a-la-muerte/

miércoles, 15 de agosto de 2018

Samir Amin falleció a los 86 años de un tumor cerebral.

El prestigioso economista egipcio Samir Amin falleció ayer a los 86 años en París debido a un tumor cerebral. Fue uno de los pensadores neomarxistas más influyentes de su generación y dedicó gran parte de su obra al estudio de la relación entre los potenciales centrales y los países subdesarrollados.

Nació en El Cairo en 1931 y pasó su infancia y adolescencia en Port Said. Cursó el bachillerato en el Liceo Francés de esta ciudad y en 1947 partió a París para iniciar sus estudios universitarios. En 1952 obtuvo su diploma en Ciencias Políticas y al año siguiente su licenciatura en Economía. En junio de 1957 presentó su tesis de doctorado titulada “Los orígenes del subdesarrollo - la acumulación capitalista a escala mundial”. En 1988 publicó “La desconexión”, donde planteó la necesidad de que los países subdesarrollados se “desconecten” del sistema capitalista mundial para poner en pie un internacionalismo de los pueblos frente al capitalismo.

Página 12 publicó una entrevista a Amin el pasado 7 de junio donde fue crítico sobre el futuro del capitalismo. “Es preciso saber que la supervivencia del capitalismo es imposible sin crecimiento y no veo posibilidad de otra fase del capitalismo con un crecimiento sostenido. Lo que no significa que el régimen vaya a morir lenta y silenciosamente de muerte natural. Al contrario, el capitalismo senil se vuelve más agresivo con contradicciones internas más grandes. Para los pueblos, la crisis sistémica del capitalismo implica la creciente desigualdad en la distribución de los beneficios y de las riquezas dentro de las sociedades, que se acompaña de un profundo estancamiento, por un lado, y la profundización de la polarización global, por el otro”, aseguró. 

Fuente:
https://www.pagina12.com.ar/134872-murio-el-economista-egipcio-samir-amin