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martes, 10 de noviembre de 2020

_- El águila y las gallinas

_- Leonardo Boff, pensador brasileño, profesor de teología sistémica en la Universidad de Petrópolis y director de la editorial brasileña Vozes, escribió hace años (la traducción española es de septiembre de 1998) un pequeño libro titulado “El águila y la gallina. Una metáfora de la condición humana”.

El libro comienza de esta sugerente manera: “Érase una vez un político, también educador popular, llamado James Aggrey. Era natural de Gana, pequeño país del África Occidental. Hasta ahora, tal vez, un perfecto desconocido. Pero, en cierta ocasión contó una historia tan bonita que, con certeza, ya circuló por el mundo, llegando a ser su autor y su narración inolvidables”.

El contexto de la narración es el siguiente: a mediados de 1925, James había participado en una reunión en la que se abordaba el acuciante problema de la independencia de Gana, país que tiene 238.537 kilómetros cuadrados. Unos defendían la vía armada como el mejor medio para alcanzar la liberación de los colonizadores ingleses. Otros sostenían que era la organización política del pueblo la que podría conseguir los propósitos de independencia, como realmente sucedió bajo el liderazgo de Kwame N´Krumah, que recorría el país con el lema: “busca primero el reino político, y todo lo demás vendrá”. Algunos defendían la idea de que había que mantenerse bajo la protección de los ingleses. Los colonizadores predicaban desde los púlpitos, escribían en los libros y decían en los actos oficiales que los ganeses y los africanos en general eran seres inferiores, incultos y bárbaros y que solos nunca conseguirían el desarrollo que podrían alcanzar bajo el imperio británico. Como suele suceder, algunos habían hecho suyas las tesis de los opresores.

James Aggrey, fino educador, seguía atentamente todas las intervenciones. Escuchaba con sorpresa y rabia cómo algunos líderes apoyaban la causa de los ingleses. Hacían caso omiso de todas las quejas y renunciaban a los sueños de la liberación. Entonces pidió la palabra levantando la mano y, con calma y solemnidad, contó la siguiente historia:

Érase una vez un campesino que fue a la floresta para coger un pájaro y tenerlo encerrado en su casa. Consiguió una cría de águila y la puso en el gallinero con las gallinas. Comía la ración de maíz como todas las demás gallinas.

Pasados cinco años, este hombre recibió en su casa la visita de un naturalista. Al pasear por el jardín, entre las gallinas, el naturalista dijo:

– Ese pájaro de ahí no es una gallina. Es un águila.

– Cierto, dijo el campesino, es un águila. Pero yo la crié como gallina. Ya no es un águila. Se transformó en gallina como las demás, a pesar de las alas de casi tres metros de extensión

– No, insistió el naturalista. Es y será siempre un águila. Pues tiene un corazón de águila. Este corazón la hará volar un día en las alturas.

Entonces decidieron hacer una prueba. El naturalista tomó el águila, la levantó lo más alto que pudo y, desafiándola, dijo:

– Ya que eres de hecho un águila, ya que perteneces al cielo y no a la tierra, entonces, extiende las alas y vuela.

El águila se posó sobre el brazo extendido del naturalista. Miraba distraídamente alrededor. Vio a las gallinas allí debajo, revolviendo los granos de maíz. Y saltó unto a ellas. El campesino comentó:

– Ya le dije se ha convertido en una gallina. Así ha vivido todo el tiempo.

– No, insistió el naturalista. Es un águila Y un águila será siempre un águila. Vamos a probar nuevamente mañana.
Al día siguiente, el naturalista subió con el águila al tejado de la casa. Y le susurró:

– ¡Águila, puesto que eres un águila, abre tus alas y vuela!

Pero, nuevamente, cuando el águila vio a las gallinas picoteando el grano allí abajo, saltó y se fue con ellas. El campesino sonrió y volvió a la carga:

– Yo ya se lo había dicho. ¡Se convirtió en gallina para siempre!

– No, respondió firmemente el naturalista. Es un águila, poseerá siempre un corazón de águila. Vamos a intentarlo una vez más. Mañana la haré volar.

Al día siguiente el naturalista y el campesino se levantaron muy temprano. Cogieron el águila, la llevaron fuera de la ciudad, lejos de la casa, lejos de las gallinas, en lo alto de la montaña. El sol naciente doraba las crestas elevadas. El naturalista levantó el águila y le ordenó:

– Águila, ya que eres águila, ya que perteneces al cielo y no a la tierra, abre tus alas y vuela.

El águila miró alrededor. Temblaba como si experimentase una nueva vida. Pero no emprendió el vuelo. Entonces el naturalista la aseguró firmemente, en la dirección del sol, para que sus ojos pudiesen llenarse de la claridad solar y de la inmensidad del horizonte,.

En ese momento, ella abrió sus potentes alas, graznó con el típico kau-kau de las águilas y se irguió, soberana, sobre sí misma. Y comenzó a volar hacia lo alto, a volar cada vez con más velocidad y con más altura, más y más, hasta confundirse con el azul del firmamento.

Y James Aggrey terminó diciendo: Hermanos y hermanas compatriotas. Hubo personas que nos hicieron pensar como gallinas. Y muchos de nosotros pensamos que somos gallinas. Pero nosotros somos águilas. Por eso, compañeros y compañeras, abramos las alas y volemos. Volemos como las águilas. Jamás nos contentemos con los granos que nos arrojan a los pies para rebuscar en la tierra.

Gana fue el primer país del África subsahariana que accedió a la independencia. Kwame N´Krumah continuó como primer ministro, mientras se mantenía la representación de la corona británica a través de un gobernador general. Este cargo fue eliminado en 1960,cuando se optó por el sistema republicano.

La historia de James Aggrey es realmente espléndida. Fue contada en el momento oportuno en el que había que luchar por la liberación de un pueblo. También existe la liberación de los individuos: para el desarrollo de la realización humana hace falta el sentido de la autoestima, la capacidad de afrontar dificultades casi insuperables y la creatividad ante situaciones de opresión que amenazan el horizonte de la esperanza.

Estamos contantemente desafiados a liberar el águila que llevamos dentro. Ante situaciones de adversidad como la que tenemos con la pandemia, ante actuaciones políticas egoístas o irracionales, ante la dominación de los medios, ante la presión que ejerce sobre concepciones, actitudes y comportamientos la filosofía neoliberal, ante la crisis de valores, ante el esfuerzo de los monopolizadores del tener, el saber y el poder, ante la falta de miras solidarias… hemos de liberar al águila.

Todo ser humano tiene que realizar un proceso de personalización. Ese proceso está frenado por obstáculos diversos: el egoísmo, el pragmatismo, el consumismo, la dominación, el conformismo, el adoctrinamiento, la falta de valores, el engaño…

Y la piedra angular de la liberación personal y social radica en la educación. Como dice Emilio Lledó: “La educación entra en la historia humana cuando aparece en ella la lucha real o ideal por la libertad. Educar es abrir y desarrollar posibilidades, construir en cada individuo un espacio más amplio que el que ofrecen las respuestas inmediatas al cerco de los estímulos y las necesidades elementales”.

Educar es subir al águila que llevamos dentro a la parte más alta de la montaña del desarrollo integral para invitarla a que vuele en el firmamento mirando al sol de un mundo mejor.

viernes, 9 de octubre de 2020

Emilio Lledó: “Patria es una palabra hermosa, a veces en manos de cerebros corruptos”

El filósofo cumple dentro de un mes 93 años. Lo hará comprando el pan y el periódico cerca del Retiro, donde camina para hablar con las personas, los árboles y los pájaros

Emilio Lledó cumple dentro de un mes 93 años. Lo hará comprando el pan y el periódico cerca del Retiro, en Madrid, por donde camina para hablar con las personas, los árboles y los pájaros. Nació en Sevilla, donde el último jueves se le dedicó el homenaje al escritor andaluz del año. Él no pudo estar, y le hubiera encantado porque allí, y sobre todo en Salteras, vivió su infancia prolongada en el Madrid de la guerra. Su maestro don Francisco le enseñó en Vicálvaro a ir adentro en los libros, pidiéndole a él y a sus condiscípulos adolescentes que escribieran sugerencias de la lectura. Con ese título, Sugerencias de la lectura, el Centro Andaluz de las Letras ha publicado un libro sobre la vida del filósofo, preparado por su discípulo Cipriano Játiva, y una antología (En torno al “bienser”) organizada por la escritora Emma Rodríguez. Al tiempo, Taurus publica Fidelidad a Grecia, un conjunto de ensayos en los que el veterano maestro expone sus ideas radicales acerca de la educación, el pensamiento, el arte y la política. Ahí es donde desliza conceptos como los que llevan a adjetivar la exhibición de patriotismo como “patriotismo de trapo”. Su convicción de que ahora ese amor a la patria es de quita y pon le hace decir, en esta entrevista que hicimos por teléfono: “Patria es una hermosa palabra, pero a veces está en manos de cerebros corruptos”.

Emilio Lledó: “Ojalá el virus nos haga salir de la caverna, la oscuridad y las sombras” Pregunta. Imagine que el mundo actual es un libro. ¿Qué sugerencias le produce su lectura?

Respuesta. Lo he pasado estos días de pandemia paseando por el Retiro, viendo la belleza de los árboles, comiendo una naranja, mirando una manzana o viendo la perfección de un racimo de uvas. En esas circunstancias me doy cuenta de la maravilla de la naturaleza. Viendo el mundo hoy, el que deshacemos los humanos, me asombro de estos sabores… ¡Fíjate, en plena pared han salido unas margaritas entre la rendija de los ladrillos! Y en medio de esa fuerza natural se produce esta degeneración humana en medio de gente estupenda. La incultura, la violencia, las guerras, la mentira… Me sorprende ese contraste con la maravilla que alimenta la vida. ¡Que aún la gente pueda asesinar! ¡Que persistan la miseria, la injusticia! Para resolverlo estaría la política, que es la más arquitectónica de las ciencias. Pero es imposible si la política está en manos de imbéciles, de pervertidos mentales… Todos tenemos defectos, pero como no tenemos poder no podemos corromper a nadie, pero el político con poder que hace estupideces acaba estupidizando su propio cerebro.

P. Platón y Aristóteles son sus maestros, a los que rinde gratitud en Fidelidad a Grecia. Grecia está en la actualidad. ¿Cómo se siente ante el sufrimiento que viven allí los que huyen de la miseria para refugiarse sin éxito en esa parte de Europa?

R. En el confinamiento he estado leyendo La odisea… Es la belleza de esa lengua, su riqueza y su sensibilidad; una lengua que mira al mundo, lo descubre y lo dice, es el primer momento de eso que se llama la cultura occidental. Es sorprendente que esa lengua, esos ojos que se convertían al mirar en lenguaje, fuera tan poderoso como para emocionarte aún hoy… ¡Y después de 27.000 o 28.000 años vemos que Lesbos es hoy la cuna donde se asienta la tragedia de nuestro mundo, de esos emigrantes! Hay noticias sobre el drama, pero no se explica ni se intenta curar de verdad la terrible enfermedad que la provoca… Hice una vez una estadística: el 80% o 90% de lo que se escribe es sobre el dolor y la miseria, y únicamente el 7% u 8% se refiere al origen del horror. ¡No se explica, incluso se oculta! No es porque el hombre sea un lobo para el hombre, ¡eso no existe, es una estupidez, pues el principio del amor es mucho más poderoso que el principio del odio! Podríamos crear el concepto de hombre lobo…, ¡que nos perdonen los lobos, que seguramente son más generosos que nosotros!

P. En Fidelidad a Grecia desarrolla el concepto persona derivado de la palabra máscara. Hoy estamos obligados a la máscara. Coincidimos con la antigüedad en lo que ahora es parte de la cara…
R. Persona era una palabra que tenía que ver con prósopon, la máscara que se ponían los actores de la comedia y la tragedia… Esos actores tenían un prósopon, un rostro, una máscara que ya expresaba de alguna manera alguno de los rasgos identificativos del personaje que encarnaban. Eso se llamó persona, que era al tiempo una máscara. Pero a veces esa máscara se nos va cuajando la cara y se convierte en nuestro verdadero rostro, en nuestro verdadero ser o personalidad. Y ahora estamos un poco enmascaradillos solo que no para hablar sino por esta realidad de la pandemia.

P. Usted instaba a sus alumnos a asombrarse. ¿Qué le asombra a usted mismo hoy?
R. Me asombran estas terribles contradicciones, estas informaciones; estamos en un mundo con unas facilidades enormes de información a través de los medios; pero a pesar de esas posibilidades maravillosas estamos más silenciosos que nunca. Ese exceso de información puede deformarnos si no es real, si no es objetiva, si no está dada por unos ojos claros que transmitan posibilidad. El mundo es posibilidad, no realidad, y a veces en la educación te dan el mundo ya realizado, con los conceptitos ya cuajados.

P. Su amigo Miguel Delibes les decía a sus nietos que Internet es el infierno. Usted previene sobre la subversión negativa que hace Internet con respecto a la cultura tal como usted la concibe…
R. La cultura es una creación maravillosa. Con la cultura dialogas y te enriqueces, y eso también es producto de los seres humanos. ¿Por qué no vamos por esos caminos en el siglo XXI donde existen, en un porcentaje monstruoso, la violencia y la muerte? Es una lucha entre la belleza y la estupidez y la ceguera, la luz y la oscuridad. No sé si Internet es un componente esencial para que la vida siga, creo que no: el componente esencial es la lucha por la igualdad y el abandono del egoísmo y de la codicia. ¡Si no necesitamos tanto para vivir! ¡Necesitamos un mundo como posibilidad en el que te puedas realizar! Por eso es tan importante la educación, que te presenta el mundo como posibilidad, si no te han entorpecido desde el principio con una escuela estúpida.

P. Dice usted: “La ignorancia es el castigo supremo de los hombres y su reino es el de la oscuridad”…
R. Sí, la ignorancia es terrible… No se trata de saber; he encontrado sabiduría verdadera en campesinos andaluces y conozco gente muy estudiada y titulada que son auténticos ignorantes porque no tienen libertad de pensar y crear sino ideas que les impiden mirar, que no les dan luz. Lo decían Giner de los Ríos y antes lo dijeron los sabios griegos: la mentira que hay en la mente de muchos políticos acaba (y este es mi neologismo) mentirizando su propio cerebro, que ya es en sí mismo una mentira. El político que transmite engaños a fuerza de engañar su propio cerebro se convierte a sí mismo en un engaño.

P. Usted instaba también en las aulas a mantener el entusiasmo… ¿Qué razón habría hoy para seguir entusiasmados?
R. La esperanza. A pesar de todo hay que ser optimista, esperar algo positivo, creativo, verdadero. Esperanza es una hermosa palabra de la lengua.

P. Es la forma humana de la eternidad, dice usted…
R. Mantengámonos todo lo posible en la línea de lo eterno, en lo que todavía tiene que cumplirse, porque lo eterno no es lo que dura sino siempre lo que da esperanza.

P. En sus textos habla con frecuencia sobre el patriotismo. “Patriotismo de trapo”, dice.
R. Sí, es lo que hay, patriotismo de trapo, envuelto en la aparente utopía, que a pesar de todo es el único contenido de la palabra patriotismo. Ahora vuelve a reverdecer porque en España hay partidos que consideran que la bandera es lo único que puede identificar el afecto a un país. Se entrapea en un trapo, en una bandera. Patria es una palabra hermosa, pero hay momentos en que no es una patria de luz sino de prejuicios, dicha por cerebros corruptos. La patria es algo más profundo, se fundamenta en el saber, en la cultura o en la solidaridad.

https://elpais.com/cultura/2020-10-04/emilio-lledo-patria-es-una-palabra-hermosa-a-veces-en-manos-de-cerebros-corruptos.html

jueves, 23 de abril de 2020

_- Día del libro

_- "Todo el mundo me dice que tengo que hacer ejercicio. Que es bueno para mi salud. Pero nunca he escuchado a nadie que le diga a un deportista tienes que leer". José Saramago

El libro es un recipiente donde reposa el tiempo. Emilio Lledó.

Te deseo tiempo
ELLI MICHLER

No te deseo un regalo cualquiera,
te deseo aquello que la mayoría no tiene,
te deseo tiempo, para reír y divertirte,
si lo usas adecuadamente podrás obtener de él lo que quieras.

Te deseo tiempo para tu quehacer y tu pensar
no sólo para ti mismo sino también para dedicárselo a los demás.

Te deseo tiempo no para apurarte y andar con prisas
sino para que siempre estés content@.

Te deseo tiempo, no sólo para que transcurra,
sino para que te quede:

tiempo para asombrarte y tiempo para tener confianza
y no sólo para que lo veas en el reloj.

Te deseo tiempo para que toques las estrellas
y tiempo para crecer, para madurar. Para ser tú.

Te deseo tiempo, para tener esperanza otra vez y para amar,
no tiene sentido añorar.

Te deseo tiempo para que te encuentres contigo mism@,
para vivir cada día, cada hora, cada minuto como un regalo.

También te deseo tiempo para perdonar y aceptar.

Te deseo de corazón que tengas tiempo,
tiempo para la vida y para tu vida.

martes, 31 de marzo de 2020

Emilio Lledó: “Ojalá el virus nos haga salir de la caverna, la oscuridad y las sombras”

El filósofo reflexiona sobre el tipo de enseñanzas que se pueden extraer de esta crisis y subraya otras plagas como el deterioro de la educación, de la cultura y del conocimiento

Cuando todo son preguntas y miedo, la filosofía, el más esencial y uno de los más postergados de los saberes, es un faro que alumbra caminos en la noche. Y aunque él no se considera cosa tan importante como un faro —“sino una velita con poca cera”— el filósofo Emilio Lledó (Sevilla, 92 años) es una de las luces de referencia del pensamiento español. Bien a resguardo en su piso de Madrid, del que solo baja a comprar el pan y a llevarse algún chasco como ver que faltan sus latas de conserva preferidas en el supermercado de su barrio, nos atiende por teléfono para aportarnos sus serenas reflexiones sobre la insoslayable epidemia del coronavirus. Esta noche, un documental de La 2, dirigido por David Herranz y Alberto Bermejo para la serie Imprescindibles, repasa su biografía.

Pregunta. ¿Cómo está viviendo todo esto?
Respuesta. Bien, dentro de lo que cabe. No me aburro porque tengo la compañía de mis libros y leo. Dialogar con los clásicos es siempre una maravilla, y si cabe más aún en momentos de soledad. Me reconforta mucho en medio de este caos que no alcanzo a comprender.

P. ¿Con quién está dialogando estos días?
R. Con Homero, estoy releyendo su Odisea en griego. Y Misericordia, de Pérez Galdós. Y de cuando en cuando cojo el Quijote, abro por alguna página y lo leo. También acabo de leer El infinito en un junco, de Irene Vallejo, que es una pasada. Por lo demás, no me siento inspirado para escribir pero voy tomando algunas notas de cosas que se me ocurren sobre esta situación inaudita, inexperimentada.

Aviso —dice la web de la RAE—: la palabra inexperimentado no está en el diccionario. Ah, pero estamos hablando con Emilio Lledó, miembro de la propia Real Academia Española desde 1993, autor de Filosofía y lenguaje (1971), Lenguaje e historia (1978), Premio Nacional de Ensayo 1992 por El silencio de la escritura y Premio Nacional de las Letras 2014, entre muchos otros altos reconocimientos que lo acreditan como un maestro de la lengua, y por tanto aquí no importan los avisos.

Debemos estar alerta para que nadie se aproveche de lo vírico para seguir manteniéndonos en la oscuridad y extender más la indecencia

P. Inexperimentada, dice.
R. Sí, no sé, se me ha ocurrido así. Creo que no existe, la he improvisado estos días. La experiencia es la esencia del conocimiento y esto es lo contrario a lo experimentado y a lo conocido. Es algo nuevo, es algo inaudito que nos desconcierta. Nunca habíamos pasado por algo así, yo nunca había experimentado esto que veo ahora mismo, mientras hablo contigo, mirando a través de la ventana de mi balcón. Veo una calle sin actividad por dónde pasa el autobús 28, y por allí a lo lejos solo veo a un señor que viene paseando a su perro, nada más. Cuando bajo a por el pan, me atiende una mujer con una mascarilla y guantes. Todo me causa gran extrañeza. Es así que, si el conocimiento lo trae la experiencia, lo que yo estoy haciendo estos días como filósofo es darle vueltas a qué tipo de conocimiento puede brotar de esta experiencia.

P. Estamos ante un vacío de sentido, ¿cierto? Como si viviéramos inmersos en una situación de irrealidad.
R. Esa es la sensación. Yo de niño viví la Guerra Civil española, vi la violencia en toda su brutal realidad, pero precisamente era eso, real. He oído las bombas estallar, he visto caer a un piloto en paracaídas, he visto el fuego de un combate aéreo en los cielos y también he percibido el olor de la muerte; eso lo he vivido yo, era la guerra, y sabíamos lo que había que hacer, ¿pero esto, qué es esto, dónde está aquí la violencia, qué es esta tranquilidad silenciosa que nos amenaza, ese peligro que no se oye, dónde está ese virus inodoro, incoloro e insípido?

En su apartamento, don Emilio habla y camina con el teléfono en la mano. Siempre ha habido una relación estrecha entre pensar y caminar. A los seguidores de Aristóteles, explica Lledó, les llamaban peripatéticos, en griego “los que pasean”. Para Kant su metódica caminata diaria fue indispensable para su quehacer intelectual. El filósofo español siempre ha sido un andariego y sus alumnos recuerdan que era un maestro que en clase prefería dialogar de pie.

P. Decía que no sabe qué brotará de esta experiencia.
R. Eso es. Le estoy dando vueltas. Ojalá que pase algo positivo. La esperanza, hijo, es que nos reinventemos para mejor, que maduremos como sociedad. Aunque no quisiera decir que seamos mejores, no me gusta ser moralista. Prefiero decir, simplemente, que seamos algo más, que después de esta crisis del virus intentemos reflexionar con una nueva luz, como si estuviéramos saliendo de la caverna de la que hablaba el mito de Platón, en la que los hombres permanecen prisioneros de la oscuridad y las sombras. Quisiera que sea así, como te digo, pero me preocupa que esto sirva en cambio para ocultar otras pandemias gravísimas, plagas como el deterioro de la educación, de la cultura y del conocimiento.

P. Apunta a la urgencia renovada de cuidar de lo público.
R. Más que nunca, es fundamental. El esfuerzo que están haciendo los hospitales es un ejemplo. En la Política de Aristóteles ya se decía que la ciudad, la polis en la antigua Grecia, tiene que tener un solo fin, el bien común. Sucede con la sanidad y con la educación, que desde mi punto de vista tiene que ser una y la misma para todos, y no debe estar marcada por clases económicas. Es clave cultivar la inteligencia crítica, y una situación como esta lo revela. Entre tanto exceso de información, de palabras refritas, y peor, entre tanta desinformación, el ciudadano debe ser capaz de plantearse las preguntas propias de una mente libre: quién nos dice la verdad, quién nos engaña, quién quiere manipularnos.

El ciudadano debe ser capaz de plantearse las preguntas propias de una mente libre: quién nos dice la verdad, quién nos engaña, quién quiere manipularnos

P. Este virus nos hace ahondar en lo político, y también en una cuestión existencial primordial: la muerte.
R. Sí, pero no debemos temerla. Yo ahora mismo veo por mi ventana las hojas de los árboles. Dentro de poco empezará a explotar la primavera, y en la próxima estación esas hojas se caerán y el año que viene saldrán otras. Esa es la continuidad de la naturaleza, y esa continuidad no nos es dada a los humanos. Pero sí nos es dada la de nuestros ideales, la continuidad futura de aspiraciones como la verdad, la justicia, la bondad, la belleza. Todo eso prosigue, aunque tú te vayas fuera de la Historia. Y también es consolador mirar la vida de uno y encontrar que en ella hay cierta coherencia desde el principio hasta el final. Recordar tu vida y no avergonzarte. Saber que te has podido equivocar, seguro, pero que nunca has hecho daño a nadie ni has intentado perjudicar a nadie. Yo estos días estoy reflexionando con el ánimo de escribir algunos de mis recuerdos, y me da la impresión de que soy el mismo que con 23 años se fue a Alemania con 6.000 pesetas en el bolsillo y una maletita. Siento que este hombre de 92 años es el mismo que aquel muchacho. Eso me reconforta.

P. Esto no nos vencerá.
R. En absoluto. Pero debemos estar alerta para que nadie se aproveche de lo vírico para seguir manteniéndonos en la oscuridad y extender más la indecencia. Sobrecoge ver el poder que tienen sobre nosotros ciertas personas disparatadas, pues un imbécil con poder es algo terrible. Deseo de verdad que esto nos sirva para algo como sociedad. Que propicie un nuevo encuentro con los otros en la polis, en la vida en común.

https://elpais.com/cultura/2020-03-28/emilio-lledo-ojala-el-virus-nos-haga-salir-la-caverna-la-oscuridad-y-las-sombras.html?rel=lom

jueves, 23 de abril de 2015

_- Dia del libro. Te deseo tiempo

_- "Todo el mundo me dice que tengo que hacer ejercicio. Que es bueno para mi salud. Pero nunca he escuchado a nadie que le diga a un deportista tienes que leer". José Saramago

El libro es un recipiente donde reposa el tiempo. Emilio Lledó.

Te deseo tiempo
 ELLI MICHLER

No te deseo un regalo cualquiera,
te deseo aquello que la mayoría no tiene,
te deseo tiempo, para reír y divertirte,
si lo usas adecuadamente podrás obtener de él lo que quieras.

Te deseo tiempo para tu quehacer y tu pensar
no sólo para ti mismo sino también para dedicárselo a los demás.

Te deseo tiempo no para apurarte y andar con prisas
sino para que siempre estés content@.

Te deseo tiempo, no sólo para que transcurra,
sino para que te quede:

tiempo para asombrarte y tiempo para tener confianza
y no sólo para que lo veas en el reloj.

Te deseo tiempo para que toques las estrellas
y tiempo para crecer, para madurar. Para ser tú.

Te deseo tiempo, para tener esperanza otra vez y para amar,
no tiene sentido añorar.

Te deseo tiempo para que te encuentres contigo mism@,
para vivir cada día, cada hora, cada minuto como un regalo.

También te deseo tiempo para perdonar y aceptar.

Te deseo de corazón que tengas tiempo,
tiempo para la vida y para tu vida.
https://youtu.be/IJAe59jBfmk
Fuente: Insight
También te deseo que disfrutes con esta canción de Diana Krall

viernes, 20 de diciembre de 2013

Emilio Lledó: “La verdadera crisis es la de la inteligencia”

Acaba de cumplir 86 años, pero irradia felicidad y esperanza. Emilio Lledó (Sevilla, 1927 ) ha impartido su vocación en universidades extranjeras y españolas, entre ellas la de La Laguna. Esta semana asistió como invitado de honor a una nueva edición de El mundo que queremos, de la Fundación CajaCanarias.

 -¿La crisis ha reducido nuestra capacidad de pensar, de replantearnos las cosas?
“Creo que no estamos tanto ante una crisis económica, sino en una crisis de la mente, de nuestra forma de entender el mundo. La crisis más real -con independencia de los problemas económicos, que son muy reales- es la crisis de la inteligencia. No estamos solo ante una corrupción de las cosas, sino ante una corrupción de la mente. A mí me llama la atención que siempre se habla, y con razón, de libertad de expresión. Es obvio que hay que tener eso, pero lo que hay que tener, principal y primariamente, es libertad de pensamiento. ¿Qué me importa a mí la libertad de expresión si no digo más que imbecilidades? ¿Para qué sirve si no sabes pensar, si no tienes sentido crítico, si no sabes ser libre intelectualmente? También ocurre que uno intenta pensar y escribe cuatro especulaciones y no puede hacer nada. Piensas pero no tienes poder. De ahí el poder de la política”.

-¿Cómo consigue no caer en el pesimismo después de decir eso?
“No soy nada pesimista. Solo soy pesimista, en cierto sentido, porque ya soy mayor y me queda poco tiempo, o menos tiempo, pero a mí me parece que la vida es algo muy hermoso y muy estimulante. Tenemos que darnos cuenta y no podemos olvidarnos de la posibilidad que tenemos de mirar. Los filósofos griegos me enseñaron que la palabra ‘idea’, que nos remite al idealismo, significa mirar. Mirar con los ojos, no con la mente. Y después de eso viene la educación…”.

-Hablando de educación, la nueva reforma educativa elimina la obligatoriedad de dos de las tres asignaturas de Filosofía en Secundaria y Bachillerato. ¿Qué consecuencias tendrá en el futuro?
“Me parece un disparate, una cosa inconcebible, cuando hoy precisamente en el mundo tecnológico es tan importante la reflexión sobre los sentimientos, sobre las acciones, y a eso ayuda la filosofía”.

-Dice que le preocupa más la corrupción de la mente que la corrupción tradicional. ¿Quién está corrompiendo nuestras mentes?
“Una política de la mentira y una educación que no se ha tomado en serio. La educación es la esencia de partida social y si eso falta la sociedad de va a pique. Filosofía significaba apego a entender. Preocupación por saber qué mundo es el tuyo, qué sociedad es la tuya y cómo compartir la vida con otros. Por eso es tan importante la política, aunque hoy se hable de la destrucción de la política”.

-Lo que quizás ha conseguido la situación actual es que la gente tenga más apego por saber, más necesidad de filosofía…
“Sí. Quizá la crisis nos ha dejado al aire, al descubierto, y eso nos estimula, por eso es tan importante que los jóvenes se formen, y que tengan acceso a una educación de calidad. Yo he vivido mucho tiempo fuera de España en grandes países tecnológicos, y en un país como Alemania nunca apostarían por una universidad privada”.

-A nosotros nos han obligado a pensarlo todo en términos de rentabilidad económica..
“Exacto. La economía es importante, pero es solo una parte. Hay que dejar que los muchachos, los cinco o seis años que están en la universidad, se entusiasmen con algo, que no se obsesionen con cómo ganarse la vida, ya se la ganarán o la lucharán. La obsesión por ganarse la vida es la forma más radical de perderla”.

-Después de ser un niño de la Guerra Civil en España y de vivir en Berlín la caída del muro, ¿cómo ve la situación actual en cuanto a libertades y derechos?
“Como niño de la Guerra Civil sé lo que es el hambre, pero no el hambre como metáfora. El hambre, hambre, hambre de Madrid de los años 40. No tener qué comer durante años. Era una situación patológica, había acabado una guerra, y había unos vencedores y unos vencidos. Eso hoy no existe, hoy se nos ofrecen un montón de cosas. Estamos en la sociedad del consumo, en una sociedad que acaba consumiendo al consumidor. Pero es consumo vacío, consumo consumiente, que te consume, que te deteriora”.

-Eso lleva a otra pregunta: ¿Cómo nos está deteriorando el uso perverso del lenguaje?
“De una manera increíble. Una forma de deteriorar la mente es deteriorar el lenguaje. Utilizamos palabras sin pensarlas. Por ejemplo, ahora hay que ponerlo todo en valor. Sin embargo, no sabemos qué es el valor porque no sabemos lo que son los valores. La universidad tiene que fomentar un debate sobre los ideales. Los creadores de riqueza son necesarios, pero unos pasos más adelante hay que crear algo que rompa la pura pragmacia. O la practiconería, que es una palabra que seguro que la Real Academia no aceptaría, pero que me parece muy expresiva”.

-¿Confía en que en el futuro seremos menos pragmáticos?
“Yo creo que sí. Si no sería la muerte. Tenemos que dejar esa herencia de idealismo”.
Fuente: http://www.diariodeavisos.com/2013/11/emilio-lledo-la-verdadera-crisis-es-inteligencia/

lunes, 24 de enero de 2011

1.000 Mil Babelia. Emilio Lledó. Pensar hoy.

Pensar hoy
El complejo mundo en el que vivimos nos exige, cada vez más, responder a una pregunta: ¿qué debo hacer? No basta con acumular conocimientos, ni siquiera con interpretarlos. Hay que pensar.

Por lo que me dicen, a principios del nuevo siglo, hay que pensar en él; en lo que nos traerá, en lo que nos quitará. Al intentar una respuesta a tan interesante pretensión, surge una primera dificultad. ¿Pensar lo que va a ser una época que se presenta, según se predica, como sociedad tecnológica, sociedad de la información, y otros retumbantes pronósticos? La respuesta podría dejarse a los profetas, augureros, pitonisos, magos, oscurividentes, clérigos o hechiceros de distintas sectas, que vaticinan sin cesar sobre nuestro futuro y hasta nos acosan con sus vaticinios. Pero, a lo mejor, eso no es pensar aunque tales personajes utilizan el lenguaje -el instrumento esencial de la comunicación humana- para crear formas de comunidad, identificaciones y diferencias, casi siempre con muy concretas y nada mágicas intenciones.

Habría que saber primero lo que significa ese verbo "pensar", esa palabra. No es un sustantivo: algo hasta cierto punto firme, estable, duradero, como la mesa, la silla o incluso manejable como la pluma con la que escribo; o como mi amigo, o esa pareja que pasea ante mi balcón. Hay, sin embargo, una diferencia entre la pluma, la mesa y, sobre todo, mi amigo, o esa pareja que pasa ante mi balcón. La diferencia, así a primera vista, es que esos seres, esas personas, son también "sustantivos", seres reales, que caminan, que respiran y sobre todo -por eso son personas- que tienen dentro de sí algo más etéreo, más inasible, que fluye por las neuronas y que sustantivamos llamándole pensamiento, aunque no lo veamos, aunque no lo podamos tomar en nuestras manos, ni siquiera cuando lo expresamos ni, casi, cuando lo escribimos.

Un objeto delicado, misterioso, porque está lleno de grumos mentales, de opiniones que se van formando y que, muchas veces, no podemos controlar, ni siquiera saber cómo han venido, por qué las tenemos. Desconocemos incluso si son verdaderamente nuestras o nos las han puesto en el cerebro, nos las han impuesto para cultivar nuestra ignorancia; para degenerarnos, desquiciarnos, hacernos agresivos e irracionales.

Un objeto delicado y por ello peligroso. Está expuesto a mil ataques en los que podemos perder lo que somos y el sentido de dónde estamos. Pero, al mismo tiempo, ese incesante fluir de nuestras ideas, del producto de esa luz interior que nos hace conscientes y dice quiénes somos, qué clase de ser somos, es lo más importante, lo más intenso, lo más hermoso de la vida humana.

Pensar, dicen los expertos, es establecer relaciones lógicas, racionales, entre cosas, sucesos, intuiciones, y hacer que esas relaciones tengan coherencia y sentido. Pero pensar debe ser también algo más sencillo, incluso más primitivo, más inmediato: tener proyectos, deseos, opiniones, afectos, sensibilidad, pasiones.

En la vida social, el pensamiento resultado de esas iluminaciones -porque pensar es dar luz, alumbrar-, de esas proyecciones y apetencias del sujeto, convierte a los seres humanos en reflejos conscientes, donde aparece un territorio mucho más amplio que el que comprende esa coherencia que llamamos "lógica".

Pensar debe ser también una forma mental que analiza lo que ven nuestros ojos, lo que oímos, lo que experimentamos en el curso, en el "discurrir", de cada vida. Creo que en todos los tiempos el proceso del pensamiento fue siempre el mismo. Porque como dijo el filósofo en la primera línea de un libro ya famoso: "Todos los hombres tienden por naturaleza a ver, a entender, a idear". Pensar el siglo XXI es en el fondo, como proceso de conocimiento, lo mismo que en el siglo XVIII, o en el XII, y no digamos en el siglo V antes de nuestra era, cuando uno de aquellos geniales personajes que inventaron la racionalidad, la justicia, la felicidad, dijo que no le importaba tanto saber lo que era el bien, la ética, sino que fuéramos buenos, decentes; que supiéramos elegir entre el bien y el mal, entre el necesario pero tantas veces miserable bien personal y el bien de la comunidad a la que pertenecemos, que es el mundo entero, la vida entera. Inventaron, se miraron en el espejo de esas palabras porque supusieron decirlas y porque su mente, a pesar de posibles contradicciones, era libre y luchaba por esa libertad.

Pero, por supuesto, hay que pensar el nuevo siglo. Y pensar, como digo, fue siempre ejercer esa posibilidad de interpretar y, sobre todo, de poder y querer entender. Otro texto famoso de la filosofía, en un libro que hablaba de antropología, de lo que son o deben ser los seres humanos, se preguntaba: "¿Qué puedo saber? ¿Qué debo hacer? ¿Qué me cabe esperar?". Las preguntas tan próximas, tan elementales, señalaban el amplio horizonte de toda la historia, y es en esa historia entera donde siempre, bajo múltiples formas, han resonado. Preguntas de toda la vida y que el tiempo no desgasta jamás.

Pero es verdad que, como cantaba la vieja zarzuela, "hoy los tiempos adelantan que es una barbaridad". Adelantan o atrasan... Leer todo el artículo

  aquí en "El País", EMILIO LLEDÓ 22/01/2011.

sábado, 13 de marzo de 2010

Miguel Delibes

Un hombre de verdad
Fue un escritor sorprendente y extraordinario porque su literatura, en un mundo en buena parte fantasmagórico y oscuro, era una mano tendida hacia las cosas, hacia la vida EMILIO LLEDÓ

Confieso que evoco con mucho dolor mis recuerdos. Son tantos que en una situación como esta, no sé cómo seleccionarlos, qué decir. Tuvimos la suerte de conocer personalmente a Miguel Delibes cuando en 1962, después de muchos años en Alemania, vinimos Montse y yo, con nuestro primer hijo Alberto, de Heidelberg a Valladolid. Habíamos conseguido cátedras de Instituto en la ciudad castellana y esa posibilidad de juntar nuestros puestos de funcionarios de la enseñanza publica en la misma ciudad, nos animó, entre otras razones digamos más idealistas, a dar el nada fácil paso. Nunca nos arrepentimos. Los tres años en Valladolid fueron una época de felicidad, por muy duro que fuera, en aquellos tiempos, cambiar la orilla del Neckar por la del Pisuerga. Dos personas inolvidables, Julio Valdeón, que he tenido que recordar también en su reciente muerte y, ahora Miguel Delibes, simbolizan, ya en la memoria, ese prodigio humano de la amistad.

Conocíamos la obra de Delibes y admirábamos al sorprendente y extraordinario escritor. Sorprendente y extraordinario porque su literatura, en un mundo en buena parte fantasmagórico y oscuro, era una mano que nos mostraba la realidad, una mano tendida hacia las cosas, hacia la vida. Me gustaría que al hacer resucitar estos recuerdos frente a este paisaje de tristeza, las pocas palabras con las que tengo que expresarlo hicieran latir aquellas realidades, paradójicamente ideales, que aprendimos con él: la amistad, la memoria, las palabras.

Conocíamos, como digo, algunos libros de Delibes, pero la persona, la personalidad de Miguel era tan luminosa y sugestiva como su obra. Se me inunda la memoria de anécdotas, de momentos que han quedado en ese profundo hueco del pasado y que, sin embargo, jamás se esfumarán en el olvido. Creo que mientras palpite el tiempo en el fondo de nuestro corazón vive en él la vida de aquellos que hemos perdido y que nunca podremos dejar de querer. Una modesta, hermosa, melancólica y alegre forma de humana inmortalidad.

No quisiera cortar estas líneas que se inundan de recuerdos sin mencionar algo que no tiene tanto que ver con su persona sino con su obra. Aunque si bien se mira lo que hacemos y sobre todo, lo que hablamos o escribimos es siempre lo que somos. Porque de su pluma surgía esos personajes maravillosos, creados por unos ojos brillantes de bondad -la maldad oscurece la mirada-, de compasión, -que quiere decir "sentir con el otro"- y de inagotable ternura.

Delibes no es sólo el gran escritor de Castilla, el creador de un universo vivo, palpitante de realidad, sino el autor también de El hereje, uno de los grandes libros de la cultura española. Un libro en el que ya no se miraban los senderos de aquellos campos que recorría, de aquellos personajes con los que conversaba, sino de otros campos y otros personajes de sus sueños y, sobre todo, de la memoria histórica en que los soñaba. Creo que, en cierto sentido, ese libro es una especie de ajuste de cuentas con el país en el que su autor vivía: el país de la degeneración mental, de la hipocresía, de la falsedad. Un libro que es preciso conocer porque, en el espejo de sus páginas, podemos encontrar algunos de nuestros peores defectos y alguna de nuestras esperanzadas, maltratadas, hostigadas, virtudes. La historia es efectivamente, "maestra de la vida" y su magisterio no deber cesar nunca. El escritor de Castilla planteó en su obra una valerosa, clara simbología en la que se hacían transparentes los verdaderos problemas de una sociedad frente a la que, indefensamente, luchaba la "libertad de conciencia", que Cervantes pone en boca del maltratado Ricote.

Miguel Delibes pertenece a la casta de los hombres de verdad. No deja de ser un consuelo ante tantos personajillos vacíos y ambiciosos que, a veces, pretenden confundirse con ellos. Pero no pueden. (Emilio Lledó es filósofo y escritor)
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