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martes, 10 de febrero de 2026

LITERATURA. David Uclés: “La Guerra Civil sí la sufrimos todos, pero no la perdimos todos”



El escritor andaluz, autor de ‘La península de las casas vacías’, acaba de ser galardonado con el Premio Nadal por su nuevo libro, ‘La ciudad de las luces muertas’, escrito al mismo tiempo que el libro que le llevó al éxito.

Desde hace más de dos décadas, los lectores españoles demuestran una madurez extraordinaria eligiendo frente a la crítica o los gurús sus propios fenómenos literarios masivos de calidad. Ocurrió con Soldados de Salamina, de Javier Cercas, que aportaba desde la generación de los nietos de la Guerra Civil una nueva mirada al conflicto. Y ha ocurrido ahora con la de los bisnietos mediante una obra fundamental como La península de las casas vacías, de David Uclés (Úbeda, 36 años). Pero el precio de aquel éxito (30 ediciones y más de 300.000 ejemplares vendidos) y del reciente han sido distintos para cada uno de ellos. A Cercas le acompañó, cómo no, la controversia. A Uclés, en ocasiones, el escarnio. En 20 años, el ambiente ha cambiado y la polarización devora. Más cuando demuestras una audacia como la del autor andaluz y aplicas fórmulas de realismo mágico, rigor, humor o un narrador libérrimo no a cualquier asunto, sino a la gran herida colectiva de nuestra historia.

Aun así, el escritor, con 17 años de trabajo y una fe en su obra que pudo con la enfermedad coronaria que padece, la falta de recursos y todas las carencias que le supuso sacarla adelante, refrescó el asunto y demostró con ello que el gran trauma debía ser abordado desde una perspectiva nueva para sus coetáneos. La polémica en torno a él no cesa. Las editoriales se lo rifan y ha conseguido el Premio Nadal (que publica Destino, del Grupo Planeta) con La ciudad de las luces muertas. ¿Supone eso que abandona a la editorial que apostó por él y lo acompañó hasta la cumbre? “No”, dice él.

La semana pasada saltó con él de nuevo la polémica, esta vez en torno al curso organizado por Arturo Pérez Reverte y Jesús Vigorra en Sevilla titulado 1936: ¿La guerra que todos perdimos? Los interrogantes son nuevos. Antes se había enunciado como una afirmación y a Uclés, que había sido anunciado en el cartel, no le gustó. Eso y algunos acompañantes como José María Aznar o el político que militó en Vox, Iván Espinosa de los Monteros, le hizo retirarse, también que otros invitados renunciaran y finalmente que la organización lo pospusiera.

Como el tema anda aun encendido, empezamos por preguntarle:

No se cansa usted de polémicas. Hace una semana decidió retirarse del curso organizado en Sevilla por Arturo Pérez-Reverte sobre la Guerra Civil, como contamos en EL PAÍS. No quería verse en el mismo lugar que Aznar o Espinosa de los Monteros. ¿Por qué nos ha quitado el gusto de verles debatir en un mismo foro?

Yo no deseaba ninguna polémica más porque ya me he visto envuelto en muchas últimamente. Sin embargo, para mí era un deber moral no formar parte del mismo plantel con figuras antidemocráticas como Aznar o Espinosa de los Monteros. Me avergonzaba, sencillamente.

No todos perdimos la Guerra Civil, eso está claro. La afirmación que estaba en el cartel (La guerra que todos perdimos) y que después los organizadores aseguran que debía ir entre interrogantes, aun con ese matiz posterior, ¿significa que no lo tendrían claro?

Con ese lema los organizadores hacen gala de una equidistancia que no hace sino blanquear el franquismo. Durante la Transición quedó claro que hubo vencedores y vencidos. La guerra sí la sufrimos todos, pero no la perdimos todos. La provocaron quienes la ganaron, es decir, un grupo de militares fascistas que querían imponer su moral a todo un pueblo.

Finalmente, han pospuesto el congreso, ¿lo considera un triunfo personal?

Lo veo como un triunfo común, no solo mío, sino de todos los participantes que hemos tenido el coraje de dar un paso atrás y no participar en unas jornadas que, con ese cartel, pretendían, creo, dar la sensación de que los abajo firmantes compartíamos la misma tesis.

Le ha enmendado la plana a Arturo Pérez-Reverte, ¿tiene eso su precio en el mundo literario de este país?

Desconozco cuáles son las consecuencias, si bien, lo volvería a hacer y lo más importante es que tengo ahora la conciencia muy tranquila.
 
De La península de las casas vacías a La ciudad de las luces muertas, ¿qué distancia hay?

Las escribí al mismo tiempo. Cuando investigaba para La península…, lo que iba saliendo de Barcelona, lo más bonito, no lo puse, me lo guardé para La ciudad…, salvo lo del bibliobús y el exilio a Francia de Mercè Rodoreda. La península… es la novela de mi vida, pero en los años de barbecho que la iba haciendo también construía la otra.

No hay apenas distancia, son paralelas, entonces. La que ahora aparece es, digamos, un hecho diferencial de la primera.

Las dos becas que me dieron para ambas, la Leonardo y la Montserrat Roig, se solapaban en el tiempo. Es más, el título de La ciudad de las luces muertas es anterior al otro, que se llamaba en un principio Odisto.

Se había presentado al Premio Nadal varias veces, ha dicho. ¿Siempre con la misma novela con que lo ha ganado?

No… Con La península… me presenté también. A ese y a otros. Al Herralde, al Primavera, al Planeta, al Lara, al Nadal…

Sabe que ahora mismo, mientras leen esto, se les están abriendo las carnes a varios comités de selección de novelas de varios premios y editoriales en general, ¿no?

Un editor muy importante me confesó en la Feria del Libro que al llegar a su casa, después de contarle esto, se haría el harakiri. “En mi mesa no está”, me contaba. Y yo respondía: “Claro, mira por Odisto, el primer título”…

El escritor David Uclés ganó el Premio Nadal por 'La ciudad de las luces muertas', su último libro. Ximena y Sergio

Ya… Pero, claro, con ese nombre y 700 páginas, como para leérselo, pensarían.
Me presenté a todos. Lo interesante sería entrevistar a la trabajadora de Correos de Úbeda que me veía con los manuscritos. Me gastaba 100 euros por ejemplar. Cuando comprobaba adónde los enviaba me decía: “Hijo mío, ¿no te puedes presentar mejor al premio de la Caja Rural?”. Y yo, con mis veintipocos años: “¡Que no, María! ¡A los grandes!”.

Era un soñador empedernido. ¿Lo sigue siendo? Los sueños cuestan…
Lo he descubierto, no lo sabía. Todo el mundo me hablaba de las zancadillas. Los primeros, los libreros. “Te van a caer palos por todos lados”, me advertían. Me estaba tratando todo el mundo muy bien. Pero este año, ya caí. Aunque eso no me resta nada del sueño, eh. Yo soy feliz viviendo. Mudándome, tocando música en la calle, aprendiendo a cocinar cosas nuevas, teniendo amantes… Eso es escribir también. ¿Qué es escribir? ¡Vivir! Vivir y luego plasmarlo. Si me va muy mal, muy mal, si me cancelan porque llevo boina, me voy a Praga, a Dinamarca, a cualquier país que me guste, y soy feliz. Yo cumplí un sueño ya. Con La península… me quité la espina de mi vida. Pero quiero seguir escribiendo, me desvivo por escribir.

Dice que es el libro de su vida y hace bien en ser consciente de ello. Me recuerda a un magnate de televisión a quien le dio por organizar una fiesta en honor a una película que fue un bombazo monumental. Tomó la palabra en medio de la euforia del equipo y les dijo: “Aprovechad y disfrutad porque en vuestra vida vais a tener un éxito ni parecido a este…”.

Ya, ya… ¡Hay que ser conscientes! A ver, yo mantengo la ambición y la energía. Quiero superarme, seguir haciendo novelas totales sobre un periodo, pero no sé si superaré lo que ha supuesto La península…

¿Tiene miedo de su propio listón?
No, cada aventura merece su objetivo. Con esta nueva he querido rendir homenaje a Barcelona. Si consigo que guste, el objetivo está cumplido…

Para eso ha elegido una distopía lírica.
Sí… Una distopía en busca de la luz. No sé aún las interpretaciones que tendrá, pero da pie a muchas más que la anterior porque estaba sujeta a una historia que no me podía saltar, la de la Guerra Civil como eje. Aquí solté completamente la imaginación. El apagón que cuento puede tener un corte literario o político si lo agarras por el lado del fascismo, y casa mucho con el presente.

Para eso le ha dado un sesgo hiper­ecléctico que va de Simone Weil a Rosalía o de Carmen Laforet y el boom literario latino­americano a Carlos Ruiz Zafón, un autor cuyo éxito fue despreciado por las élites.
Sí, y soy consciente. Pese a los desprecios, si un título merece éxito y recompensa de los lectores, lo voy a respetar. Los que te quieren criticar porque sí, lo van a hacer. Ruiz Zafón vendió decenas de millones de ejemplares en todo el mundo. Ahí lo dejo y le doy su valor.

¿Se identifica con él?
Si tuviera miedo a la crítica, lo hubiera quitado del prólogo y habría puesto a Francisco Casavella con El día del Watusi, por ejemplo, pero, al final, quería homenajearlo también en una novela que trata de Barcelona.

Ha fichado por Planeta, decían los titulares cuando ganó el Premio Nadal…
A ver… Esta novela la publico en el Grupo Planeta. Pero sigo en Siruela. La promoción de La península de las casas vacías continúa, mínimo durante un año, ya tenemos fechas por América Latina y Europa. Yo sigo con Siruela. Continúo trabajando con ellos.

¿Qué cara se les quedó cuando se enteraron del premio?
Yo entiendo el disgusto… Bueno, el susto. Lo supieron a la vez que todo el mundo. Cuando se reveló el fallo. Pero hablé con ellos y les expliqué la decisión de presentarme. Esta novela encaja mucho en el Nadal. Yo ¿qué hago si tengo ese sueño desde hace 15 años? Debo intentar cumplirlo. A Siruela nunca le prometí esta novela. Otra cosa es la segunda parte de La península. Fui a verlos después y se lo volví a decir: “La segunda parte se publicará en esta casa”. Y la gira es prioridad.

¿Qué ambiente encontró al entrar por la puerta?
Pues algunos nos pusimos a llorar, como niños, la emoción fue fuerte. Hubo berrinche. Los quiero un montón, son mi familia. No ha sido una decisión tomada por dinero. Para mí representa un prestigio muy grande, el premio más antiguo del país y mira quiénes lo han ganado antes…

¿Por qué a los escritores se les exige una pureza en esos términos que en otros no cuenta? Más si, aparte, se llevan el trozo más pequeño de la tarta: solo el 10% del total de un libro. ¿Por qué eso no se dice tampoco?
No lo sé. No lo entiendo, la verdad. Pero es cierto que nos vemos juzgados continuamente.

¿Por cierto desequilibrio entre lealtad y libertad, quizás?
Yo, la lealtad, la mantengo. No hay un ápice de traición. Pero nos juzgan demasiado sin saber.

Quizás haya otros factores: ¿siente la envidia?
Sí. Ya lo sé desde pequeño, ojo.

¿Por qué?
Desde chico me di cuenta de que por envidia, quizás a expresarme libremente, sufría acoso. Yo, a los 14, me puse una gorra. Puede que fuera un gesto rebelde. Mi padre es guardia civil y no le gustaba que la llevara, la gente en el colegio que si maricón, encima, por la pluma y por la gorra. Luego se ha quedado la gorra por estética: a mí me gusta. Me pegaban desde los nueve años. En el barrio. Me tiraban piedras, me atizaban con hierros, me metieron una vez en un garaje y me dieron una paliza entre cuatro. Mi madre me ponía alcohol en los moratones. Es que me emociono. No por mí, por ella. Mi pobre madre… Fue atroz. Pero yo me lancé al mundo y no oculté nada. Soy gay y lo digo, ando de la mano por la calle con quienes amo, pero yo sufrí un acoso horrible y todos lo supieron y fueron testigos: desde los profesores a mi familia.

¿Qué aprendió, a pesar de todo, de aquello?
Pues que hay gente mala. Ya está. Que tienes que hacer tu vida y asumirlo. Y lo que veo ahora… Algunos me pegan con la palabra, pero es lo mismo. Da igual, cuando veo ciertos vídeos es que salta la rabia, el veneno. Hay veces que me río porque el odio es tal que no me reconozco en el David Uclés del que comentan… ¿Quién será? ¿De quién hablan? Es frustración, lo sé y me compadezco de ellos. Habrán sufrido su falta de cariño y sus traumas que les causan ese veneno.

¿No es un honor que ciertos haters le critiquen desaforadamente? Un gran éxito, en el fondo.
Sí, muchos lectores me lo dicen, que es lo mejor que te puede pasar con ciertos nombres. Algunos critican sin aludir al libro, solo al aspecto, como en mi adolescencia.

Luego está la audacia que demostró en La península… ¿Todavía quiere que no se lo tengan en cuenta quienes se niegan a indagar en esa memoria? ¿Fue inconsciencia o valentía?
Tenía ilusión de crear una épica. De hacer memoria. Lo sigo manteniendo. No tergiversé nada. Tampoco respecto al bando republicano. Soy progresista, soy de izquierdas. Pero hoy, 90 años después, no puedes dejar de plasmar los errores del bando republicano también en Paracuellos o en las checas. Me parecen necios quienes desde la derecha critican el libro por cuestiones ideológicas. Hay pocos ejemplos de eso. Pero el mío quizás aporta cierta frescura.

También ha sabido contar bien cómo lo ha hecho: 17 años de trabajo, su sustento como músico ambulante, sus escasísimos recursos…
Es que ha sido una aventura en sí. Así fue. Al final vino un triunfo, pero hace dos años seguía siendo un muerto de hambre. Miraba hacia atrás y no lo hacía con orgullo. Ahora sí, claro. Algunos han querido rodar un documental de eso y me he negado. Prefiero que me juzguen por la obra, pero ojo, que mi vida, cómo llegué a escribir la novela, es otra historia. Yo llegué a tener cero euros. Comiendo lo que podía, donde me dieran. En París, Madrid, Alemania, Suiza…

¿Nadie confiaba a su alrededor? ¿Nadie entendía lo que pretendía hacer?
Nada, no entendían nada. No habían leído una página y me decían: “Aquí estás tú escribiendo una cosa que lo mismo es una mierda”. Yo lo explicaba a mis amigos o mi familia. Pero cómo iban a entender. Era complicado. Más cuando sacaba matrículas en los estudios y mi padre me decía: “Tú, unas oposiciones te las sacas con la gorra, nunca mejor dicho”. Y yo, 34 años, sin cotizar. Encima, mal del corazón. “¿Qué pensión vas a tener? Si tienes una baja, ¿dónde vas?”. A los 33 fibrilo por primera vez. Y sin pastillas. Volví a Úbeda. Es duro volver a casa de tus padres. No me podía quedar solo, además. Cada uno tiene sus males, pero este aflige mucho. Cuando te da, dura dos minutos. Estamos en este mundo un rato, no más, esa filosofía, por la enfermedad, me acompaña todo el rato. Por eso soy feliz también. Bueno, tengo muchos motivos para ello, pero precisamente por eso, más. Yo, con estar vivo…

Cree que después de todo lo que le ha ocurrido, ¿el mayor aprendizaje de su vida es el fracaso?
Mi futuro llevaba esa letra f: fama o fracaso. No iba a hacer unas oposiciones ni publicarlo en cualquier editorial. Si no salía, estaba dispuesto a seguir escribiendo y tocar en la calle hasta que me muriera. Ya está. Siempre lo he tenido claro. Y eso me lo daba la enfermedad, la arritmia. Que, por otro lado, es dura. Cuando me daba fuerte, si estaba con mi padre, le mordía el hombro del pánico.

Para seguir con eso había que tener también mucha fe. Supongo que hoy lo han entendido.
De sobra. Me acompañaron a la entrega del Nadal, a mi padre nunca le había reprochado ninguna incomprensión cuando me decía que iba a tirar mi vida por la borda. Bueno, esa noche cuando se acostaron, a mi padre le di un beso y una colleja. Le dije: “Anda, eh, la novela del abuelo, lo que nos ha traído”. Se le puso una sonrisilla de niño chico… No hubo palabras. Yo sé que me decía: “Gracias”.

Y en todo ese proceso, ¿cuántas veces apareció la desazón?
En un momento sentía que me estaba empezando a entrar la frustración. No leía a autores de mi generación. Yo también sentía envidia. Eso es humano. Pero la localizo y no la llevo a ningún límite como otros. Leí Panza de burro, de Andrea Abreu, porque me lo recomendaban y a mí me entraban esas reticencias, pero acabé llorando y hasta le escribí. Nunca me contestó, pero da igual. Chapó, menuda maravilla. Como me pasa con Calabobos, de Luis Mario, un obrón… Es de mi quinta y lo recomiendo, claro. No me puede la envidia, cuando algo es bueno, vence la admiración. Así soy.

Son éxitos merecidos los suyos, pero con usted pasa que cruza otra línea y ha llegado a representar un paradigma de la polarización. ¿Cómo le sienta a su corazón esa, a menudo, saña?
Yo no me coloco al lado de ningún partido político, hago mi trabajo, con respeto. Lo que pido es que se me trate igual. Claro que hay crueldad, e inquina y envidia. Y me duele. Y es verdad que se ha disparado desde que hablé delante de Isabel Díaz Ayuso del problema de la vivienda. Hasta entonces, me habían criticado muy poco.

¿Con el premio, además de las ventas, ya está buscando piso?
Bueno, yo trataba de hablar en nombre de mi generación. Si yo, con lo que he vendido, no puedo comprar una vivienda digna… Quería decirlo así y salió mal. Aun así, seguiré hablando de los problemas que afectan a mi generación: de los alquileres, de los fondos buitre, de la gentrificación.

Entonces, poco se arrepiente.
De no haber matizado, sí, pero lo sigo pensando. Luego ella me invitó a tomar un café en la Puerta del Sol.

¿Y va a ir?
¡Cómo voy a ir si no hay cafés en la Puerta del Sol! Ahí son todo cadenas, no hay nada genuino. Salvo La Mallorquina, pero está siempre atestada de gente.

Hombre, me parece que ella se referiría a su despacho en la Casa de Correos, sede de la Comunidad de Madrid.
No pienso entrar en ese edificio hasta que no pongan una placa que conmemore las torturas que se dieron en lo que fue la Dirección General de Seguridad. ¿Un café fuera de ahí? Donde ella quiera.

¿Qué es la ambición literaria? ¿Tiene energía para mantenerla?
Es no tirar la toalla cuando eres consciente de que te metes en un jardín, aunque te vayan a dar por todos lados. Hay que hacerlo desde la honestidad y el rigor.

Ahora llega un apagón como metáfora en medio de Barcelona. ¿Está preparado para que las mentes de vía estrecha nacionalistas vean fantasmas?
Barcelona tiene la suerte de haber sido escenario de una herencia inmaterial impresionante, con todos los artistas y creadores y la gente que han vivido allí. La ciudad está por encima de todo eso.

Fue durante un tiempo muy cosmopolita, ahora no tanto.
Barcelona es mucho más, sigue siéndolo. Tuvo tiempos mejores, quizás, pero así vengan los buenos o los malos, la ciudad permanecerá y se hará más fuerte. Lo que más le afecta hoy en día es el turismo y de ahí viene esa asfixia. Hay tantas interpretaciones posibles que allá cada cual. Pero el regusto de esta novela es esperanzador. Espero que el lector sepa apreciar el discurso con el que me identifico ahora.

¿Cuál?
Que a pesar de nuestros malos momentos, arrimando el hombro, hemos sido capaces de ser comunidad. Hay que inventar esperanza frente a la oscuridad.


LA GUERRA ESA, QUE DICEN, QUE PERDIMOS TODOS
2ª parte

Si uno lo analiza fríamente la cosa es demasiado simple. El ejército, garante de la integridad territorial del Estado y defensor, bajo juramento, de los ciudadanos que lo integran, decide que el gobierno, al que ha elegido libremente el pueblo, no es el que debería ser en función de su propio criterio y probablemente inducido por intereses arcanos. Bajo ese criterio, una parte importante de ese ejército, decide dar un golpe de Estado por la fuerza con la intención de tomar el poder e instaurar otro régimen de signo contrario más acorde a sus intereses, creencias y gustos. Al no conseguirlo, y viendo la oposición ciudadana a dicho golpe, decide que todo aquel que se oponga será detenido, encarcelado o fusilado sumariamente, sin acusación formal, ni cargos, ni juicio previo. Y ya de paso sacar al ejército afín a la calle e ir conquistando a cañonazos, plaza a plaza, todo el territorio nacional quitándose de en medio a todo el que se oponga.  Eso sí, buscando aliados afines dentro y fuera de las fronteras. Es decir, un ejército equipado y mantenido por los ciudadanos mediante sus impuestos, que en vez de protegerlos, que es su cometido, se dedica a encarcelarlos, hacerlos desaparecer o fusilarlos al alba, respondiendo a intereses particulares e ideológicos. En fin, resumido eso es lo que pasó. 

Pero déjenme decirles que un ejército así no lo integran soldados, sino principalmente suboficiales, oficiales, jefes y generales fanáticos, sicarios asesinos, que responden a apegos espurios, tendencias ideológicas conservadoras, e intereses oscuros que nada tienen que ver con la “Patria” y con su defensa. Son esos que dicen <<”Salvar a la patria”>> y que siempre lo hacen cuando nadie les ha pedido ayuda, excepto la oligarquía, la aristocracia, la nobleza, la banca, los latifundistas, los del clero, la burguesía, y los ilusos que creen que ese ejército, subvencionado por la derecha (Banca Marx, III Reich, fascismo italiano y compañía) les van a resolver sus problemas de habitabilidad, sustento, sanidad, educación y progreso.  En definitiva ese ejército sublevado es lo que era,  como quedó demostrado.

PERIODO 1939 - 1947
Los peores años de la dictadura fueron los ocho siguientes al finalizar la “Contienda”. Llamarla guerra es un eufemismo macabro para darle justificación al genocidio que se realizó en nuestro país ya que para que haya una guerra tiene que haber una declaración formal de la misma. En la guerra son combatientes y, a menudo, civiles colaterales; en el genocidio, los civiles son seleccionados por su identidad e ideología. La represión fue brutal dentro y fuera de nuestras fronteras. Se hicieron purgas meticulosas de ciudadano en ciudadano, barrio por barrio, pueblo por pueblo, ciudad por ciudad. Nadie escapaba al control del régimen. Se estimulaba y premiaba a los ciudadanos que delataban a sus vecinos aunque fuera sin pruebas, ya se era culpable antes del juicio.  Juicios farsa sin garantías procesales ecuánimes y sin ni siquiera defensa. Había prisa por purgar y se hacían juicios sumarísimos de hasta 20 personas a la vez. Eso da una idea de qué tipo de justicia se impartía en aquellos años y siempre juzgados por la justicia militar. Ya saben el dicho <<La justica militar es a la justicia lo que la música militar es a la música”>>

Pero no hubo sólo cientos de miles de desaparecidos forzosos entre hombres y mujeres, también estaba la desaparición forzada infantil. Niños robados a sus padres y familias para reasignarlos a familias adeptas al régimen franquista. En esos “secuestros” tuvo mucho que ver la Sacrosanta Iglesia Católica que colaboró con el régimen franquista para salvar a esas “criaturitas” de caer en las garras del diabólico comunismo, y que dicha práctica trascendió hasta la década de los 70-80. Acuérdense del caso de Sor María. Y ya que hablamos de la curia católica alineada con el régimen, también habría que hablar del papel que jugó la Iglesia durante y después de la guerra. Los casos flagrantes de delación a ciudadanos trasgrediendo el secreto de confesión. El cobro de sustanciosas “Dádivas”, en metálico o en propiedades por emitir informes de buena conducta cristiana para exonerar a presos, incluso se daban casos de exigencia de “Favores de cama” a las mujeres e hijas de los encarcelados. Nunca existió en el bando vencedor el sentimiento de reconciliación, ese que ahora tanto reivindican: lo que se quería era una cruel venganza; y cuanto más larga, mejor.

Y los golpistas se hartaron de venganza hasta empalagarse. Tan es así que tras de la “Contienda”, que no guerra, extendieron sus tentáculos incluso más allá de nuestras fronteras. A los republicanos huidos se les persiguió incluso fuera de España. Tras cruzar la frontera de los pirineos, huyendo de la represión franquista, los putos “Gabachos” les hicieron un recibimiento hostil y recluyeron en campos de “refugiados” a más de 550 mil españoles en condiciones infrahumanas. Campos que no eran campos, sino arenales vallados con alambre de espino en playas batidas por el viento, las olas y la humedad. Argelès-sur-Mer, Saint-Cyprien, Le Barcarès, Gurs, etc. Sin el menor tipo de consideración y de auxilio por parte de las autoridades francesas y pasando hambre, frio, enfermedades, plagas, etc.  muchos murieron en aquellos campos, algunos tuvieron  posibilidades y emigraron a América, se calcula que unos 50 mil. Otros (300 mil) viendo la falta de colaboración y la mala disposición de los gabachos, decidieron regresar a España con las consecuencias que ello podía reportar. Imaginen en qué condiciones estaban para preferir enfrentarse a una larga condena e incluso a la muerte. Por último cerca de 200 mil optaron por quedarse y subsistir buscando labores y trabajos en régimen de semiesclavitud, trabajando por poco más que el cobijo y la comida. Francia, la tierra de la “Grandeur” que se envanecía de ser la cuna de la <<”Liberté, Égalité, Fraternité”>>  no era más que un espejismo, un trampantojo, un bluf. Al final no eran mejores que los franquistas. Eran xenófobos, clasistas, ecpáticos e insolidarios. Pero no estaban lejos de sentir en sus propias carnes lo mismo que les pasó a los refugiados españoles.

Si para franceses las cosas se pusieron mal, imaginen como se pusieron para los españoles que se quedaron en el país galo. Seis meses después, el 1 de septiembre de 1939, al amigo austriaco de Franco, aquel del bigotito ridículo, le da por invadir Polonia y el 10 de mayo de 1940 los nazis atacan a Francia. En poco más de un mes, el 14 de junio, entran en Paris sin pegar un tiro.  El 22 de ese mismo mes firman el armisticio y se crea el conocido como “Gobierno de Vichy”, (Pronazi) a cuyo frente estaba el colaboracionista Mariscal Philippe Pétain ¿A dónde fue la “Grandeur française”, ese “Chauvinisme” tan francés? Con ese gobierno “Títere” a los españoles se les puso el tema “Muy crudo”. Los campos de refugiados pasaron a ser campos de concentración. El trabajo en semiesclavitud se convirtió en trabajo forzado, es decir en esclavitud a secas. 

Pétain mandó a Madrid, al palacio del Pardo, la lista de republicanos en sus campos de concentración con objeto de que Franco extraditara a aquellos españoles retenidos. Franco hizo una lista con los que le interesó y del resto, la inmensa mayoría, dijo <<”Estos no son españoles, hagan con ellos lo que quieran”>> Así que el gabacho colaboracionista se los entregó al “amiguito” de Franco, ya saben, aquel del bigotito ridículo, y este los terminó llevando al campo de concentración austriaco de Mauthausen-Gusen. Los nazis les pusieron en el uniforme de preso un triangulo invertido azul que significaba “Apátrida” con una ese mayúscula en el centro que significaba en alemán (Spanier). Allí fueron 7.533 españoles de los cuales sobrevivieron aproximadamente 2.000. También hubo españoles en otros campos de concentración como Dachau, Buchenwald, Ravensbrück (mujeres) y Sachsenhausen,  todos ellos en Alemania. 

Al resto se les dieron dos alternativas. Unirse a las Compañías de Trabajadores Extranjeros (CTE) o enrolarse en el ejército o en la Legión Extranjera Francesa. Algunos escaparon y se unieron a la resistencia francesa en la lucha contra los nazis. Cuando acabó la II Guerra Mundial en el 45 muchos españoles en el exilió habían pasado 9 años de calamidad en calamidad. No fue mejor el destino de los que no pudieron huir o que se quedaron. El régimen franquista estigmatizó a cualquiera que tuviera la más mínima relación con “Los rojos”. Esposas, hijos, padres, hermanos, y demás familia serían señalados y marginados de aquella sociedad nacional-catolicista en donde no se les daba tregua, ni cobijo, ni perdón. Una sociedad fanatizada y sometida por la superstición religiosa y el miedo a un régimen represor, asesino y vengativo.

Continuará... LA GUERRA ESA, QUE DICEN, QUE PERDIMOS TODOS 3ª parte En el 47 se cerró el último campo de concentración en Miranda de Ebro. Por un lado la Europa libre miraba de reojo lo que estaba pasando en España. Churchill criticaba con la boca pequeña a la dictadura española pero no veía con malos ojos que hubiera un régimen fascista. Eso era mejor a tener un sistema social-comunista en forma de república en la otra punta de Europa más allá del telón de acero. Por eso no apoyaron a la oposición antifranquista porque mayoritariamente era el Partido Comunista el mejor organizado y el único que mantenía una estructura capaz de iniciar una contraofensiva contra el franquismo como ocurrió en la invasión del valle de Arán en octubre del 44. Sin ningún apoyo por parte de los aliados, principalmente Francia (de nuevo abandonados por los gabachos) y Reino Unido aquella aventura duró escasamente una semana. Tampoco Moscú le puso muchas ganas a aquella especie de reconquista contra la dictadura. Y, de nuevo, los españoles, tanto los exiliados y represaliados quedamos compuestos y sin novia. Nos quedaban 40 años de represión, de totalitarismo, de injusticias, de miedo, de prepotencia y de ninguneo. PERIODO 1947 – 1975 Esos 28 años fueron la época más gris y anodina de la sociedad española. El pueblo no opinaba, o mejor dicho, no se le consultaba. En 1953 se instala la base Morón de la Frontera en la provincia de Sevilla; un acuerdo con los Yankees que se extiende 2 años después a la base de Rota en la provincia de Cádiz. Torrejón de Ardoz en Madrid y la base de Zaragoza. ¿Qué obtenía España de todo este despliegue militar? España obtenía ayuda económica y fin del aislamiento. El presidente Eisenhower de la “Democracia por antonomasia”, los EE. UU, blanqueaba la dictadura franquista con su visita a España en 1959. Los yankees tenían lo que querían y el régimen franquista recibía un espaldarazo importante a nivel internacional ¿Y qué pasaba con los españoles de a pie? Depende de en qué lado estuvieras. Los adeptos al régimen tenían buenos empleos, bien fuera en la administración o en empresas cercanas al poder. La masa “amorfa”, sumisa y obediente, cumplía con su labor de trabajar de sol a sol para “levantar” España y los domingos a santificar las fiestas y a dar hijos a la patria. Pero los disidentes, fichados y permanentemente vigilados, obtenían los peores trabajos, los más duros y menos remunerados. Cuando se acercaban efemérides como el 1º de mayo, el 14 de abril o se preparaba alguna huelga (Prohibidas) eran detenidos en previsión de altercados. Y según el humor con el que estuviera el “Gris” de turno, salían de la comisaría con algún ojo a la “funerala” o alguna costilla fisurada. El único quebradero de cabeza que tuvo el régimen fue la banda terrorista ETA que comenzó su andadura en 1959. La vida fue fluyendo. Llegó el tiempo de la emigración. Aquí sólo tenían trabajo bien remunerado los acólitos al régimen. El resto subsistía con interminables horas extras, otros trabajos adicionales, o chapuzas en fin de semana. Se vivía para trabajar. Se vivía de alquiler, a veces había familias que vivían alquilados en un cuarto y tenían derecho a cocina. Comprar un piso era el principal cometido de la familia y al que dedicaban una parte importante de sus escasos recursos. Las jornadas semanales eran de lunes a sábado y el domingo se libraba. Después llegó el sábado inglés, es decir solo por la mañana. No hubo vacaciones hasta muy entrados los 60-70. Tener una nevera, una lavadora o una televisión era un lujo que no todos podían permitirse y no hablemos de tener un utilitario. Así que más de dos millones de españolitos cruzaron la frontera y se fueron a buscase la vida a otros países. Vuelta a la vida de privaciones para poder mandar todo el dinero posible a la familia. Ese fue el gran motor de desarrollo en la España de los 60-70. Aquellas remesas de dinero hicieron que la economía fluyera y el consumo aumentara. El esfuerzo abnegado de aquellos emigrantes dio un serio espaldarazo al país, sin él hubiéramos tardado décadas en salir de aquella anodina vida se subsistencia monótona y entristecida. Los del régimen vivían en la arcadia feliz y ellos nunca quisieron que aquello cambiara ¿Para qué? Si para ellos todo funcionaba a las mil maravillas. ¿Con Franco se vivía mejor? Quien afirma semejante estupidez, o es un imbécil integral o era un “Estómago agradecido”. Cuando la flebitis se llevo por delante a “Patascortas” en 1975, todos pensamos que tocaba coger el tren de la libertad, que aquella pesadilla se había acabado y que la democracia en toda su plenitud formaría parte de nuestras vidas. El anhelo de todo eso durante 40 años nos había vuelto unos ilusos, unos crédulos. Nada más lejos de la realidad. Éramos como náufragos sumergidos mucho tiempo y que necesitaban desesperadamente una bocanada de aire, y cuando llegamos a la superficie el aire estaba lleno de humo. Había que tomar una decisión: ahogarnos en el agua o respirar aquel humo que nos haría toser y respirar con mucha dificultad. Es obvio que por supervivencia preferimos tragarnos el humo, pero con la esperanza de que con el tiempo se disiparía. A día de hoy 16/02/2026 el aire sigue contaminado, no tanto como entonces, pero sigue corrompido, todavía apesta a franquismo. LA GUERRA QUE SUFRIMOS TODOS Quizá la fase que mejor define lo que paso sea esta. Y no la dijo Pérez-Reverte, sino David Uclés. La mal llamada guerra la perdieron todos aquellos que defendían la legalidad y que se enfrentaron a los militares golpistas. Militares que habían jurado por su honor servir fielmente a la II República. Entre ellos el propio Franco. Dar un golpe de Estado es el delito más grave que puede cometer un militar: traicionar la patria a la que ha jurado lealtad, renunciando así al honor como valor moral. Por tanto, además de golpistas, fueron unos traidores y de paso afloró su verdadera personalidad de sádicos y vengativos asesinos, empezando por Franco y siguiendo por Mola, Queipo de Llano, Yagüe, Dávila, Varela, y otros más. Según el catedrático de Derecho Penal de la Universidad de Castilla-La Mancha, Miguel Ángel Rodríguez Arias, <<” España es la única democracia que no ha realizado ninguna investigación sobre el terrorismo de Estado una vez acabada la dictadura”>> y así nos va. La clave es la represión brutal tras la contienda. Entre 1939 y 1946 al menos hubo 50 mil ejecuciones documentadas. A eso añádanle cerca de 30 mil niños robados. Los desaparecidos se estiman en entre 114 y 130 mil y todavía hay un gran número de fosas comunes sin exhumar. Hasta la primera ley de memoria histórica nadie se preocupo por ellas. Al régimen no le interesaba que se hablara de aquello. Se puso todo el esmero en ocultarlo. Era un tema tabú. Con seguridad sabían que aquello podría tener consecuencias graves pues se habían realizado entre 1945-46 en Núremberg los juicios contra las elites nazis y de los 23 acusados por crímenes contra la humanidad, todos fueron declarados culpables excepto uno. De ellos 13 fueron condenados a muerte, 3 a prisión perpetua, 3 se suicidaron antes, 2 fueron condenados a 20 años, uno a 10 años y otro ingresó en un manicomio de por vida. Visto aquello, el “cuñadísimo” de Franco, Serrano Suñer, se encargó personalmente de destruir todos los archivos referentes a todas las atrocidades que cometieron durante la contienda y en la larga posguerra. Algunas cosas se saben por archivos que se incautaron a los alemanes al final de la guerra. La conclusión es que ellos sabían perfectamente que habían cometido flagrantes delitos por eso no querían bajo ningún concepto abrir el baúl de los recuerdos y menos que se exhumaran fosas comunes que evidenciaran las atrocidades allí cometidas. “LA TRANSACCIÓN DEL 78” “Patascortas” ya se encargó de dejar a los suyos amparados bajo el paraguas de la “Transacción”. La jugada fue el “Enroque”. Mover al rey detrás de la torre fortificada. Es decir, el rey se protegía de un referéndum sobre el tipo de Estado y la torre fortificada (Por el ejército) protegía al rey de dicho referéndum. Nombrar a Suarez presidente de gobierno fue una estrategia urdida por el “Demérito” y el “Sanedrín” franquista que seguía en su puesto. Suarez provenía de la Falange Española de las JONS y era Ministro-Secretario general del Movimiento en el gobierno del “Orejas” Carlos Arias Navarro. Había que “Vestir la mona” para que no se le viera el rabo. Recuerden la confesión del ya difunto Adolfo Suarez en la entrevista con la periodista Victoria Prego en 1995 cuando reconoció que no se consultó sobre Monarquía o República porque sabían que iban a perder. Todavía hay por ahí seres unineuronales que afirman convencidos de que fue el “Demérito” quien “Trajo la democracia” ¡Joder, que país! No sólo no se realizó es plebiscito sobre Monarquita o República, sino que además, los “Padres putativos” de la Constitución, casi todos provenientes del régimen franquista, incluso con ministerios, en un alarde de cinismo absoluto y con mucho “recochineo” redactaron esto: Art1º-Apdo.2: "La soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado" Un pueblo soberano amordazado y condenado al ostracismo político. Esto me recuerda la novela del excelente escritor Alejandro Dumas titulada ”El hombre de la máscara de hierro” y que fue llevada a la gran pantalla en 1998 con grandes actores, entre ellos DiCaprio, Malkovich, Irons, Depardieu, etc. Probablemente la hayan visto y algunos habrán leído la novela. Ya saben de qué va; de la apropiación de la corona por parte de un usurpador ilegítimo… a buen entendedor, pocas palabras bastan. Continuará...

miércoles, 10 de septiembre de 2025

Se venden camas para matrimonios de hierro

El título que acabas de leer es uno de los innumerables ejemplos de incorrección en el uso del lenguaje. 

No hace falta explicar que la intención del vendedor era publicitar camas de hierro para matrimonios pero acabó diciendo algo muy diferente. Acabo de leer hace algunas horas, circulando por una carretera nacional, una expresión similar: Peligro de incendio inminente. Lo que pretendía decir la Dirección General de Tráfico es que había un peligro inminente de incendio

No puedo revisar una tesis, evaluar un Trabajo Fin de Máter o Fin de Grado o leer un artículo e incluso un libro sin ir anotando las expresiones que no son correctas, las construcciones gramaticales que no están bien hechas, los anglicismos, las faltas de concordancia, los galicismos, las palabras que no están usadas con precisión o las preposiciones que no están bien utilizadas…

Voy a referirme en este artículo a diez de los errores más frecuentes con los que me encuentro en sesiones parlamentarias, programas de televisión o de radio, entrevistas a celebridades, artículos de prensa, trabajos universitarios o conversaciones informales…

Uno. Reconozco que tengo un tic de profesor que consiste en detectar (y corregir) los errores e imprecisiones en el uso del lenguaje, hablado o escrito. Y eso me lleva a situaciones comprometidas. Por ejemplo, cuando llamo por teléfono:

Buenos días, ¿puedo hablar con el señor director?
Ahora no puede atenderle porque está reunido

¿Eso quiere decir que lo tiene todo unido, brazos, piernas y orejas? ¿Me quiere decir que lo tiene todo bien pegado?
Ante el perceptible y lógico desconcierto del interlocutor, añado:

Lo correcto es decir que el director está en una reunión.

Me dan las gracias, añadiendo que no lo sabían, que nunca lo habían oído. Sé que me arriesgo a que me suelten una impertinencia (que tendría bien merecida) pero, como hasta el momento nunca ha sucedido, mi manía se mantiene intacta.

Dos. Me he preguntado muchas veces cómo es posible que no haya nadie en el PP que le advierta a su presidente, el señor Feijoo, que no se puede decir: el presidente del gobierno debe de informar…, el gobierno debe de emprender…, los ciudadanos deben de comprender… ¿Nadie se da cuenta? ¿Nadie sabe por qué? Cuando la frase encierra obligación, como es el caso, no se puede utilizar el de. Ha de decirse que el presidente del gobierno debe informar, explicar, saber, decidir… Cuando se expresa duda ha de incorporarse el de. Me gusta poner este ejemplo:

¿A qué hora pasa el tren?
Debe pasar a las 8 (es su hora).
Debe de pasar a las ocho (tengo dudas de que esa sea su hora).

Tres. Hay un error que daña los oídos cuando se escucha y la vista cuando se lee. Me refiero al uso del posesivo para indicar posiciones espaciales: delante mío, detrás tuyo, encima mío, debajo tuyo… Si analizamos, aunque sea someramente, la expresión y pensamos que mío y tuyo son posesivos que indican de quién es la propiedad de un objeto o de una idea (ese bolígrafo es mío, esa idea es tuya) nos daremos cuenta de la clamorosa incorrección. Debe decirse: delante de mí, detrás de ti, encima de mí, debajo de ti.

Cuatro. Hace tiempo (no sé si lo sigue haciendo) Carlos Herrera abrió una sección en su programa de radio titulada “Pienso de que…”. Me indignó que un periodista y por consiguiente un amante del lenguaje difundiese un error de esta envergadura. Los oyentes llamaban al programa y repetían el error como si fuera una consigna: pienso de que… Recuerdo que escribí un artículo con este título: “Por favor, señor Herrera”. Decía que no había derecho a que el esfuerzo de los maestros en las aulas sufriese estos ataques por parte de profesionales que piensan que hacen una gracia induciendo a cometer un error de este calibre. Lo correcto es decir pienso que.

Cinco. Me encuentro muchas veces con el error del infinitivo viudo. No se puede decir ni escribir: Terminar diciendo…, concluir afirmando… Lo correcto es decir: Quiero terminar diciendo, deseo concluir afirmando… Error que suele aparecer en la parte final de los trabajos y de los artículos.

Seis. Los galicismos son muy frecuentes en las conversaciones y en los escritos. No se puede decir o escribir lo siguiente: temas a tratar, preguntas a responder, trabajos a realizar…Hay que utilizar expresiones alternativas: los temas que hay que tratar, las preguntas que hay que responder, los trabajos que es preciso realizar…

Siete. Uno de los errores con los que me encuentro con mayor frecuencia es el uso de la expresión sobre todo (locución adverbial que significa principalmente o especialmente), escrito juntosin que el autor caiga en la cuenta de que un sobretodo (sustantivo), es un abrigo.

Ocho. También es frecuente confundir el entorno (sustantivo) que hace referencia al ambiente, a lo que nos rodea con la expresión en torno a, que es una locución proposicional que significa alrededor de, acerca de o relativo a…

Nueve. Llevo muchos años combatiendo expresiones como a nivel de autonomías o en base a los datos consultados… Digo que, en castellano, solo existen los pasos a nivel del ferrocarril y los envases de las botellas. Hay que decir: en la esfera autonómica…, según los datos consultados…

Diez. Un error tan garrrafal como frecuente es confundir la condicional si no con la adversativa sino. Si no leemos, nos aburriremos (condicional). La causa no es esta sino la otra (adversativa).

Qué decir de los signos de puntuación. En un libro de José Antonio Millán titulado “Perdón, imposible”, se cuenta cómo depende la vida de una persona de la colocación de una coma. Al Emperador Carlos V le llega la sentencia de un juez con este texto: ”Perdón imposible, que se cumpla la sentencia”. El Emperador cambia de lugar la coma para salvar la vida del reo: “Perdón, imposible que se cumpla la sentencia”.

Otro ejemplo: cuando era estudiante de bachillerato, un profesor escribía cada semana una frase en el encerado. En una ocasión escribió: “Lo mejor y lo primero, para mi compañero”. Un bromista cambió la coma de lugar y la frase que pretendía fomentar el altruismo se convirtió en un lema egoísta: “Lo mejor y lo primero para mí, compañero”.

Me ha preocupado tanto esta cuestión que, cuando fui director de un Colegio en Madrid, escribí un pequeño libro titulado “Libro de estilo del Colegio”. Cada profesor y cada alumno tenía su ejemplar. La tarea de la buena escritura no era solo responsabilidad de los profesores de Lengua sino de todo el equipo docente. Investigamos sobre los errores más frecuentes y descubrimos que en 42 palabras se encontraba el noventa por ciento de los errores ortográficos. Nos pusimos a trabajar esas palabras. Los profesores teníamos, fuéramos del área de conocimiento que fuéramos, las mismas inquietudes y los mismos criterios para corregir las faltas de ortografía. Para animar a la escritura teníamos un periódico mural y revistas por niveles en las que publicaban sus escritos

Y cuando formé parte del equipo decanal de mi Facultad escribí con los profesores de Lengua y Literatura Benjamín Mantecón y Cristóbal González un “Libro de estilo para universitarios”. La sección que más me gustó fue la de errores más frecuentes de la A a la Z. Presentamos el error, indicamos cómo debe escribirse o decirse correctamente y explicamos el porqué.

Esta no es una cuestión menor. Estilo es precisión, es claridad, es comunicación y también es ética. Por eso me gusta decir que utilizar un lenguaje no sexista, además de ser una cuestión lingüística es una cuestión moral.

¿Cómo se aprende a escribir y hablar correctamente? Lo tengo muy claro: leyendo mucho. Y leyendo con sensibilidad lingüística. Estoy leyendo el excelente libro de Davil UclésLa península de las casas vacías”. Pues bien me está sorprendiendo la importante cantidad de palabras cuyo significado no conozco. Anoto las palabras desconocidas y busco su significado en el diccionario. Decía mi añorado y admirado Manuel Alcántara: cuando alguien nos dice que no lee, bien podría ahorrarse la confidencia. ¿Cómo es posible que una academia de idiomas prometa enseñar un idioma en quince días?

Algunas veces una sola palabra define la cultura de un individuo. En estos momentos en los que el currículum de los políticos está siendo escrutado con lupa ante los inexplicables e indecentes abusos que se están descubriendo, he oído contar la historia de una persona que va a solicitar trabajo en una gran empresa. Presenta su currículum en el que acredita tener, entre muchas otros méritos, tres licenciaturas. El responsable de admisiones le felicita por su brillante currículum y le dice:

Dada su amplia preparación, ¿qué trabajo le gustaría realizar en la empresa? El solicitante del puesto de trabajo responde con aplomo:

– Lo que haiga.

miércoles, 28 de mayo de 2025

_- De lo que no se puede escribir

_- Shakespeare, Faulkner o Quevedo no podrían escribir lo que escribieron si fueran sometidos al rigor de lo social y políticamente correcto de hoy.

A lo largo de mi vida como periodista he cometido lógicamente muchos errores. En este caso me refiero a los errores que solía cometer cuando realizaba una entrevista o un perfil literario a cualquier personaje público y tenía la costumbre de describirlo físicamente en su parte menos agraciada hasta el punto de insistir en los defectos más evidentes. Leídos ahora a gran distancia del tiempo aquellos retratos y entrevistas, me pregunto cómo fue posible que no me diera cuenta de esa agresión que indicaba un grado de prepotencia estúpida del periodista, que se cree que todo vale con tal de encontrar una imagen o una metáfora sorprendente.

Luis Escobar: "Soy igual que hace 50 años, sólo cambian las cosas a mi alrededor"

Releer a estas alturas cosas que escribí con alegre impunidad según el aire de aquella época es algo que me llena de estupor. Sé muy bien que la literatura se diluye con la atmósfera de un tiempo determinado y ni Shakespeare, Faulkner ni Quevedo podrían escribir lo que escribieron si fueran sometidos al rigor de lo social y políticamente correcto de hoy. El lenguaje escrito y oral está sometido a una asepsia sanitaria que lo tiene constreñido en un corsé. No sé si esto es bueno o malo. A la hora de escribir, por ejemplo, que el hombre descubrió el fuego comienzo a dudar porque pudo haber sido una mujer la que lo descubrió, como serían también mujeres, tal vez, las que realizaban las pinturas rupestres. En ese caso me veo obligado a cambiar el vocablo hombre por ser humano. Ignoro si esta vigilancia sirve para empujar la literatura hacia delante o hacia atrás.

Con la democracia recién instaurada, recuerdo que en el Congreso se recibió la visita de Edgar Faure, un hombre de Estado, expresidente del Consejo de Gobierno francés. Estaba sentado en el palco de invitados y a la hora de constatar su presencia en mi crónica parlamentaria escribí: “Por encima de la barandilla asomaba su nariz hebraica Edgar Faure”. Un gran periodista holandés, Eppo Janssen, muy amigo, corresponsal de la televisión pública holandesa, y de un periódico progresista de su país, me dijo: “En mi periódico esa crónica no te la hubieran publicado y probablemente te habrían mostrado la puerta de salida para que allí no escribieras más”.

Luis Escobar fue uno de los personajes literarios, divertidos e inteligentes al que le hice un perfil. Para encabezar la entrevista escribí: “Feliz, vestido de blanco, con los brazos abiertos, el marqués de las Marismas del Guadalquivir y Grande de España desciende por la escalinata de caracol con tres chuchos liados en las pantorrillas y ya en el vestíbulo se deshace en risotadas de cortesía con la boca llena de lengua y la dentadura un poco suelta castañeteando amabilidad”. Sentados en sillones blancos en la galería de su jardín con un sonido de agua que caía de la taza sostenida por una diosa de mármol, Luis Escobar comenzó a contar cosas divertidísimas de su vida con una gracia e inteligencia extraordinarias. Pese a todo, insistí en describirlo físicamente: “En aquel tiempo los aristócratas tenían todos cara de caballo y la entrepierna les olía a picadero rebajado con maderas de Oriente. A Luis Escobar le queda desde entonces el mentón allá abajo, esa quijada de pala que está pidiendo a gritos una golilla de encaje holandés. Hay algo equino en su perfil. En eso se nota que pertenece a la aristocracia”.

El marqués me rebatió: “Aristocracia es una palabra que los aristócratas no suelen usar nunca. Nosotros decimos la sociedad, los amigos de toda la vida, las familias conocidas”. Y por si fuera poco insistí en su descripción física, que lógicamente él no me perdonó: “Luis Escobar tiene una lengua redonda que le ocupa toda la boca. La voz le sale por la nariz con sonido de flautín carnoso. Una vez fuera, ya en el aire, la recoge con el labio inferior en plan oso hormiguero y la absorbe hacia el paladar. Así comienza a masticar la propia voz con la dentadura un poco suelta y se traga las últimas sílabas de cada palabra, las últimas palabras de cada frase. Observarlo es muy divertido”. ¿Divertido para quién, para el lector, para el propio periodista?, me pregunto. Desde luego al protagonista le sentó a cuerno quemado y como es lógico me retiró el saludo.

En otra ocasión, para referirme a un niño que había nacido con graves malformaciones físicas y mentales escribí la palabra subnormal. Poco después recibí una carta de una madre anónima que al parecer pasaba por un problema similar advirtiéndome de que hasta ese momento me había leído con gusto, pero que ya no lo haría en adelante. La carta terminó diciendo que su hijo era un ángel lleno de amor y cuidar de ese ángel la llenaba de felicidad. Esa carta tan sencilla fue suficiente para que desde entonces yo viera al mundo de otra forma. A la hora de describir a una persona, remarcar e insistir en un defecto físico es algo que ya no haría, aunque me desollaran vivo.

Manuel Vicent

jueves, 15 de febrero de 2024

Descubrirse, entenderse y sanar, ¿por qué es bueno escribir un diario?

La práctica del diario íntimo y de la escritura terapéutica nos hace adentrarnos en el terreno de nuestros deseos, miedos y tragedias, brindando un espacio para el desahogo emocional.

Cuando escribimos un diario íntimo en la edad adulta solemos entrar más en profundidad en nuestros pensamientos y nos suele servir como desahogo emocional.
Cuando escribimos un diario íntimo en la edad adulta solemos entrar más en profundidad en nuestros pensamientos y nos suele servir como desahogo emocional.

En un artículo publicado en 1976 en The New York Times, titulado Por qué escribo, la autora estadounidense Joan Didion afirmó: “Escribo estrictamente para averiguar qué estoy pensando, qué estoy mirando, qué veo y qué significa. Para averiguar lo que quiero y lo que temo”. La escritora resolvía así, en pocas palabras, con ese estilo tan directo y frugal del que siempre hizo gala, lo que muchas personas sienten cuando cogen lápiz y papel, o se ponen delante de su ordenador o de la aplicación de notas de su teléfono móvil, y, simplemente, escriben. Y escriben especialmente, como también hacía la autora californiana, sobre las cosas que les pasan o que piensan; sobre sus deseos, sus miedos o sobre sus tragedias.

No piensan en publicar sus escritos, ni siquiera en que los vaya a leer nadie (de hecho, probablemente no quieran que nadie los lea nunca), y suelen tomar la forma de diarios personales o de textos terapéuticos. Probablemente, a nivel personal, la escritura de estos textos hace la misma función que los de la autora de El año del pensamiento mágico: descubrirse, entenderse y sanar.

Diario íntimo vs escritura terapéutica

Más o menos todos tenemos bastante claro lo que es un diario íntimo y muchos tuvimos uno, especialmente de niños o adolescentes. Volver a esas páginas suele resultar una experiencia tierna y divertida. A veces triste. En ocasiones, también es sorprendente, ya que, entre las líneas, habitualmente mal escritas, emborronadas y algo torcidas, se reconocen algunas de las piezas del carácter que todavía nos definen hoy.

Cuando escribimos un diario íntimo en la edad adulta solemos entrar más en profundidad en nuestros pensamientos y nos suele servir como una especie de desahogo emocional. También, a través de él, reflexionamos sobre las cosas que nos han ocurrido. Su escritura suele constituir un momento de tranquilidad y de recogimiento.

Según la doctora Teresa Martín, psicoterapeuta que, entre otras cosas, también imparte talleres de escritura terapéutica, el diario íntimo y la escritura terapéutica no tienen diferencias notables: “El punto de partida es idéntico”, afirma. “Pararse para intimar con uno mismo y que, de esa relación de escucha, resulte un mayor, más completo, justo y adecuado autoconocimiento”. La escritura terapéutica suele tener un enfoque más decididamente dirigido a conseguir el bienestar de la persona y al autoconocimiento, y suele estar dirigido y pautado por un profesional de la salud mental. Según Adrián Montesano, profesor del Departamento de Personalidad, Evaluación y Tratamientos Psicológicos de la Universitat Oberta Catalunya, y que dirige un Seminario de Prácticas de Terapia Narrativa en ese mismo centro, “la escritura terapéutica puede ser útil en cualquier proceso terapéutico. Por ejemplo, la escritura de cartas siempre marcan un antes y un después en el tratamiento de un paciente. El poder de la palabra escrita no lo tiene ninguna conversación”.

Una forma de reelaborar la mente

“La escritura contribuye al proceso de ordenar el pensamiento y mejorar el autoconocimiento”, afirma Montesano. “A nivel de procesos psicológicos básicos, la información se procesa de una manera completamente diferente cuando uno escribe que cuando uno piensa o incluso cuando habla. Digamos que, a nivel de producción narrativa, podemos hacer un falso escalafón: el pensamiento sería la forma más simple. Cuando hablamos interactuando con otra persona, hay un discurso un poco más elaborado. Pero escribir nos obliga a ordenar y estructurar el pensamiento de una forma diferente. Conectamos más áreas del cerebro y procesamos la información de una forma más compleja”.

Los expertos aseguran que la escritura contribuye al proceso de ordenar el pensamiento y mejorar el autoconocimiento. 
Los expertos aseguran que la escritura contribuye al proceso de ordenar el pensamiento y mejorar el autoconocimiento.Los expertos aseguran que la escritura contribuye al proceso de ordenar el pensamiento y mejorar el autoconocimiento.
LECHATNOIR (GETTY IMAGEn
De todos modos, Montesano señala que no toda escritura de un diario tiene los mismos efectos. “Uno puede escribir un diario con unos efectos prácticamente nulos sobre su bienestar psicológico si es un diario simple, que hable de dónde ha estado, con quién, etcétera, pero en el que no refleje pensamientos más profundos, emociones, sentimientos, reflexiones o caracterizaciones que ayuden a maximizar o a obtener los beneficios de la escritura”. “Un diario terapéutico, no hace otra cosa que responder a ¿quién soy?”, explica Teresa Martín. “Pero el resultado no es automático. Es un proceso sorprendente e inesperado”. La doctora explica que, gracias a este tipo de escritos, uno puede descubrirse a sí mismo, tanto en la escritura como posteriormente en la relectura. Y añade: “Nos da la oportunidad de decidir, con firmeza, honestidad y fuerzas renovadas, sobre la posibilidad de cambiar el curso, la deriva de nuestra vida actual”.

Por lo tanto, según Martín, un diario es una potente fuente de transformación. “Todos arrastramos experiencias. Tramas mal vividas, atadas a los pies”, afirma. “Es posible que ni siquiera sepamos de su existencia. Está silenciada por la fuerza de la costumbre o por la obediencia debida. Hasta que la escritura te hace toparte con ellas”. Según la doctora, una vez que descubres ese tipo de cargas, de incoherencias, ya nada es igual, no hay marcha atrás.

En este sentido, Montesano cita una técnica que se utiliza en el ámbito de la escritura terapéutica llamada el paradigma de la escritura expresiva, que consiste en hacer que la persona escriba sin detenerse durante 15 o 20 minutos cada día, a lo largo de tres o cuatro días, sobre algún hecho traumático o un acontecimiento que la haya afectado profundamente. “Puede ser cualquier cosa, un accidente, la llegada de una enfermedad, una pérdida, cualquier cosa que pueda estar relacionada con un trauma”, explica el doctor. “El escrito debe ser totalmente privado y, sobre todo, se tiene que centrar en los efectos que ha tenido en la vida de quien escribe, en los pensamientos y sentimientos más profundos relacionados con ese trauma o ese suceso”. El último día, se le pide al paciente que haga una valoración general indicando los aprendizajes obtenidos y algún tema que ha quedado pendiente. “Las personas que consiguen mejores resultados son aquellas que en los escritos son capaces de identificar mejor las emociones tanto positivas como negativas, las que tienen la capacidad de ver la historia desde diferentes puntos de vista”, asegura. “Personas que nunca habían hablado de un suceso traumático por el que pasaron se benefician muchísimo de este paradigma de escritura expresiva”, continúa el especialista. “Estas personas incrementan su capacidad para organizar la emocionalidad y la complejidad de sus traumas al subjetivar la experiencia, multiplicar las perspectivas y dar coherencia a su relato”.

Cómo maximizar los beneficios terapéuticos de un diario

A pesar de todos los beneficios que puede traer, a muchas personas les cuesta ponerse a escribir un diario o un texto con ánimo terapéutico. La doctora Martín reconoce que es cierto que se aprecia una especie de miedo o reparo en algunos a dar el paso. “Nos aterra la libertad”, defiende. “Me recuerda a una historia que escribió Eduardo Galeano, la tituló El miedo, y dice así: ‘Una mañana nos regalaron un conejo de Indias. Llegó a casa enjaulado. Al mediodía, le abrí la puerta de la jaula. Volví a casa al anochecer y lo encontré tal como lo había dejado: jaula adentro, pegado a los barrotes, temblando del susto de la libertad’. Apliquémonos el cuento”. 
Un diario es una potente fuente de transformación.Un diario es una potente fuente de transformación.
LUIS ALVAREZ (GETTY IMAGEn
“A quien desee escribir un diario, le sugiero que reconozca la impaciencia por los resultados y los logros”, continúa. “Y, como quien se controla la presión sanguínea, se vigile esa debilidad y su tendencia a la tiranía con dosis infinitas de empatía. Un antídoto para el ansia de poder y gloria: ponerse un tiempo concreto, siete o diez minutos cronometrados. Cuando salte la alarma, se acabó por hoy. No tengas prisa en aumentar las sentadas, si nos precipitamos, corremos el riesgo de entrar a la jaula. Cuando veamos que nos atascamos, que nos abruman nuestros enredos mentales, busquemos ayuda. Los talleres de escritura terapéutica funcionan muy bien para observar tu historia con protección, te invitan a tomar perspectiva y a desdramatizar el exceso de intensidad que paraliza el relato”.

“Evidentemente, la escritura es como un gimnasio”, apunta Montesano. “Además, y esto es importante remarcarlo, para practicar este tipo de escritura no es necesario saber redactar bien, con calidad literaria. En este caso, escribir es una vía de expresión personal y eso todo el mundo lo tiene. Según mi experiencia, todas las personas pueden beneficiarse muchísimo de escribir, y conforme más practican más cosas pueden descubrir de ellos mismos, pero es un trabajo que se tiene que mantener a lo largo de un cierto tiempo para poder experimentar los beneficios, todo y que estos se pueden experimentar desde los primeros momentos”. 


martes, 21 de noviembre de 2023

_- Henry Marsh: "Muchos de los que se oponen a la muerte asistida tienen enraizada la idea, bastante cruel, de que hay que sufrir al morir para ganarse el cielo"

Henry Marsh

_- Desde que tiene 12 años, el neurocirujano inglés Henry Marsh lleva un diario. Nunca pensó publicarlo y creía que se iba a convertir en un engorroso (aunque quizás interesante) legado para sus nietos. Hasta que alguien le aconsejó escribir un libro. Y todo cambió.

“Ante todo, no hagas daño”, publicado en 2014, fue traducido a casi 40 idiomas y vendió millones de ejemplares.

Su estilo directo, sencillo y sin embargo trufado de profundas reflexiones sobre su profesión y sobre la vida tocó un nervio profundo en sus lectores.

En 2017 publicó “Confesiones”, en la misma vena, y ahora se tradujo al español la tercera y última entrega de sus memorias, “Al final, asuntos de vida o muerte”, el cual es presentado en el HAY Festival de Arequipa, donde estará presente el autor.

Es, de alguna manera, su libro más íntimo y frágil, pero con su bisturí estilístico igual de afilado: cuenta cómo, después de algunos años de retiro, fue diagnosticado con un cáncer avanzado de próstata, el cual probablemente le provocará la muerte.


Cubierta del último libro de Henry Marsh


En el libro, usted reflexiona sobre la experiencia de pasar de ser un prestigioso doctor a paciente con una enfermedad grave. ¿Cuáles fue el cambio más grande?

Que tengo un tiempo limitado para vivir. Pueden ser años, pero todos nosotros, incluso cuando envejecemos, creemos que vamos a vivir para siempre.

Cuando te diagnostican con la que probablemente va a ser tu última enfermedad -como lo es cáncer de próstata- pues cambia las cosas un poco. La vida luce un poco más seria.

Usted escribe mucho sobre la figura del médico, la cual es muy poderosa para el paciente, casi un semidios. ¿Fue muy difícil pasar a ser un paciente después de haber sido un neurocirujano de renombre?

Fue difícil en el sentido de aceptar que yo estaba hecho de la misma carne y sangre que mis pacientes. Tan pronto como nos volvemos doctores tenemos que aprender, en cierta medida, a diferenciarnos de los pacientes.

Todos los médicos enfrentan este problema de encontrar un balance entre amabilidad y desprendimiento científico. Todos sabemos que los doctores se han vuelto muy fríos y alejados. Y los neurocirujanos somos a menudo acusados de eso.

Volverme un paciente, como tal, no me trajo ninguna sorpresa. Yo sabía que era humillante, degradante, intimidante... Lo sabía en parte porque mi hijo tuvo un tumor cerebral cuando era un bebé y sobrevivió, así que sabía lo que era enloquecer de ansiedad.

Pero lo sabía también por mis antecedentes académicos, yo me volví médico de manera tardía. Yo inicialmente estaba interesado en política y regímenes totalitarios. Y los hospitales y sus médicos son instituciones bastante totalitarias.

Ser médico también exige mucho a nivel personal. Mi padre era médico, cardiólogo, y lo pude ver de cerca

La responsabilidad es muy estresante si eres un persona bondadosa. Y la mayoría de los médicos lo son. La responsabilidad por la vida de otras personas es algo muy difícil. Todos cometemos errores y la neurocirugía es un área particularmente peligrosa.

Cuando empecé estaba lleno de ingenua excitación. Sabía que lo que hacía era muy riesgoso y peligroso, pero no sabía que no solo lo era para los pacientes sino también para mí. Porque es terrible cuando cometes un error y un paciente resulta afectado.

Pero yo también estaba profundamente enamorado de mi profesión y es algo que nunca me abandonó. Ya no ejerzo como doctor, pero enseño y doy conferencias y sigo pensando que es una profesión maravillosa.

Pero a veces es muy difícil encontrar un balances entre, como le dije, preocuparse y mantenerse alejado. O ser un individualista, como yo lo soy, y trabajar en equipo.

Porque hoy en día ser médico es sobre todo trabajar en equipo.

Usted dice en su libro que no recuerda sus triunfos sino sus fracasos.

No recuerdo para nada mis triunfos. Me sorprende genuinamente cuando me encuentro con alguno de mis antiguos pacientes y veo que están bien.

Pero eso es porque cuando una operación va bien, pues haz hecho bien tu trabajo y pasas a otra cosa. Pero cuando las cosas van mal, te dejan una herida.

Pero también dice que, como doctor, uno no podría hace su trabajo si fuera totalmente empático, si de alguna manera pudiera sentir todo lo que el paciente siente

Exacto, porque si sintieras como si fuera un miembro de tu familia, no podrías hacer tu trabajo. Tienes que estar emocionalmente alejado, pero no demasiado. Y es algo muy difícil.

Yo me especialicé en pacientes con tumores cerebrales, una condición que puede tomar muchos años en matarte. Me volví muy cercano de algunos de ellos, a veces llegando casi a ser amigos.

En mi primer libro cuento un caso en el que no debí haber operado de nuevo. Debí haber dejado morir a esa persona. Al operarla de nuevo solo hice que todo fuera peor.

Y los pacientes no quieren ver a sus doctores romper a llorar. Quieren que les importes, pero no en exceso. No quieres ver que el médico pierda el control.

Me impactó leer que, a pesar de que lo que más le entusiasmaba era operar y mientras más difícil mejor, después de retirarse no lo extraña para nada. Algo parecido ocurrió con mi papá. Se retiró a los 55 años después de una exitosa carrera y nunca más se interesó por la medicina. Se volvió agricultor

Sí, y me sorprende.

Tuve una vida muy ocupada. Por muchos años operaba cuatro días a la semana. Y creo que a medida que envejeces tu apetito por el riesgo -que es de lo que se tratan las cirugías: es como escalar montañas para altruistas- disminuye.

Lo que también paso es que, aunque creo en el sistema de salud nacional británico (NHS) -al que los estadounidenses consideran socialista-, se volvió terriblemente burocrático, algo que encuentro muy frustrante.

Entonces dejé de trabajar a tiempo completo a los 65 años. Pero todavía enseño y doy conferencias por todo el mundo.

Neurocirugía 
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Henry Marsh es un reconocido neurocirujano en Reino Unido, pionero en operaciones con anestesia local, en las que el paciente está consciente durante la cirugía.

En su libro usted menciona que sus primeros intereses fueron la filosofía y la política. Y eso es evidente en lo que escribe, usted habla de temas muy profundos…

De una manera muy simple…

Sí, pero son grandes preguntas sobre mente vs materia, consciente e inconsciente, muerte asistida... ¿Algún filosofo lo influyó en particular?

Yo estudié historia, filosofía y economía en la universidad.

En esa época, hace 50 años, todo era sobre análisis lingüístico y positivismo lógico, realmente aburrido. No enseñaban metafísica ni nada parecido.

Entonces terminé enfocado sobre todo en política y economía, en particular de Europa del Este y la Unión Soviética, lo que explica por qué años después me involucré con Ucrania.

El filósofo que más me influyó es Karl Popper. Mi padre me recomendó “La sociedad abierta y sus enemigos” cuando tenía 14 años. Fue un libro muy importante para mí.

También habla mucho sobre contar historias y la verdad es que usted es un gran narrador…

Sí, algunas personas me lo han dicho.

Desde muy niño me gustaban los cuentos de hadas, leí muchísimos libros. Mi madre era alemana y me leía los cuentos de los Hermanos Grimm. Y aún leo mucho.

Hay dos elementos clave para escribir bien : uno, someterse a la crítica, leerle tus cosas a otros y aceptar sus críticas. Y la otra es leer mucho.

¿Hay un escritor en particular que le guste?

He leído tanto que les he perdido la pista.

En términos de escritura autobiográfica hay un escritor inglés muy bueno, un poco olvidado ahora, llamado Norman Lewis, que tenía un estilo muy claro, preciso y agudo.

Ahora leo muy poca ficción, aunque leí mucha cuando era joven, en particular los grandes escritores rusos, y sobre todo a Tolstoi y Mijail Bulgakov.

En una entrevista usted dice que es muy emotivo

Sí, lo soy. Y es algo que he tenido que aprender a controlar.

Lo hace muy bien porque, por ejemplo, la manera como describe lo que va a ocurrir con sus cuerpo cuando su enfermedad avance es sorprendentemente fría y clínica…

Bueno, yo escribo para enfrentar mis sentimientos. Al explorarlos en mi escritura trato de controlarlos un poco.

Y también amo escribir. Me encanta el proceso creativo y el idioma inglés es un lenguaje maravillosamente flexible. Hay tantas palabras para definir algo que es ligeramente parecido pero no igual. Fue algo que destacó Borges.

¿Por qué decidió empezar a escribir?

Siempre lo he hecho. Escribo un diario desde que tengo 12 años. Nunca pensé escribir libros. Y cuando me preguntan por qué lo hago, digo la verdad: porque mi esposa me lo pidió.

Mi segunda esposa, Kate Fox, es una escritora y antropóloga social inglesa muy conocida.

Cuando nos conocimos le leí partes de mi diario y me dijo que debería convertirlo en un libro. Y lo hice, diez años después.

¿Le sorprendió el éxito de sus libros?

Sí, me sorprendió. Yo no sabía realmente lo que estaba haciendo. Los médicos han escrito sus memorias desde siempre, pero tienden a entrar en dos categorías:

Las que escriben los doctores jóvenes, que tienden a ser denuncias satíricas. Son médicos que, en última instancia, no llevan el peso de la responsabilidad por la vida de sus pacientes, porque siempre hay alguien por encima de ellos que la tiene.

Y las de médicos veteranos, a menudo después de que se retiran, que usualmente son memorias más “políticas”. Es un ejercicio en autojustificación, autopromoción y normalmente dejan por fuera los aspectos negativos de la profesión, que son los errores y los períodos de gran angustia.

Yo fui muy abierto en todo esto, porque era mi diario.

Mi primer libro fue traducido a 37 idiomas, en parte, creo, porque escribo bien y de manera simple, por lo que puede traducirse con facilidad, pero también hablar del cerebro es interesante y es inusual que un doctor sea tan penosamente honesto.

En el libro yo discuto algunos éxitos, pero es principalmente sobre riesgos y fracasos y lo que sentía al respecto, lo cual es más interesante. El éxito es aburrido.

Henry Marsh 
Henry Marsh
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Marsh ya no ejerce como médico, pero da conferencia y clases por todo el mundo.

En el libro usted menciona las diferentes metáforas que a lo largo de la historia se han hecho sobre el cerebro, generalmente con los últimos avances científicos, como la hidráulica o la máquina de vapor. La última, por supuesto es con el computador. Desde que empezó su carrera hasta ahora, ¿qué ha cambiado en su conocimiento sobre el cerebro?

Entendemos tan poco sobre el cerebro. Mientras más sabemos sobre él, menos lo entendemos. Y mientras más lo estudiamos, más evidencia encontramos de lo complicado que es. No se parece ni remotamente a un computador.

Ahora sabemos que hay centenares de diferentes tipos de células nerviosas. Cuando yo era estudiante solo sabíamos de dos neurotransmisores, los químicos que se mueven entre las células. Ahora conocemos más de cien.

Tenemos que aceptar que el cerebro obedece a las leyes físicas, es un sistema físico. Y cuando ves pacientes con daños en la parte frontal, sufren de terribles cambios de personalidad. Es un sufrimiento moral causado por heridas físicas en el cerebro.

Si aceptamos que el cerebro tiene que obedecer las leyes de la física, lo interesante es que esas leyes no tienen nada que decir sobre cómo esa materia física produce sufrimiento, ansiedad e ideas.

Y creo que es una tontería pensar que la inteligencia artificial puede llegar a reemplazar todo eso.

Volviendo al tema principal de su libro, ¿haría algo de manera diferente como médico después de su experiencia como paciente?

No lo creo… aunque los doctores viejos siempre creemos que somos mejores de lo que realmente somos.

Lo que entendí cuando me convertí en un paciente es la enorme distancia que existe entre médicos y enfermos. Como doctor sólo ves una parte muy pequeña de lo que está viviendo el paciente.

Pero creo que de alguna manera lo sabía y me gusta creer que fui un médico amable y considerado. Lo que puedo decir es que cada noche iba a visitar mis pacientes, que siempre llamé a las familias tan pronto como la operación terminaba… Y la verdad es algo poco usual entre los doctores.

Si hubiera tenido este cáncer cuando aún practicaba la medicina, ¿habría hecho algo diferente? La verdad es que lo dudo, pero puedo estar equivocado.

Otro de los grandes temas que usted enfrenta en su libro es la muerte. ¿Ha esta experiencia cambiado sus ideas sobre ella?

Antes de enfermarme ya hacía campaña a favor de la muerte asistida. Y descubrir que tenía cáncer sólo ha reforzado mis ideas al respecto. Incluso países católicos como España y Francia la han adoptado o lo van a hacer, pero no Inglaterra.

Ahora es un tema de evidencias y pruebas. La pequeña minoría en Inglaterra que se opone -a la que escuchan los políticos- está compuesta sobre todo de médicos que dan cuidado paliativo.

Pero la evidencia muestra que en los muchos países en los que se aplica con salvaguardas legales, la gente no es obligada o presionada a matarse. Y no hay pruebas de que se haya abusado de esas leyes.

Creo que en Inglaterra va a pasar. Es como el matrimonio gay. ¿Destruyó la institución de la familia? No. Pero eso toma tiempo. Y obviamente la Iglesia católica y buena parte de la protestante se oponen.

Creo que tienen enraizada de manera muy profunda esa idea, bastante cruel, de que hay que sufrir al morir para ganarse el cielo.

Habla mucho de muerte, pero usted es una persona increíblemente activa…

Claro, quiero hacer el mejor uso del tiempo que me queda.

Henry Marsh Pie de foto,
Henry Marsh
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El primer libro de Henry Marsh fue traducido a 37 idiomas.

Usted ha tenido una vida larga y plena. A estas alturas ¿hay algo que aún quiera conseguir?

No. No tengo una lista de cosas que me faltan por hacer (bucket list). He tenido una vida muy completa. He tenido mucha suerte. Obviamente no quiero morir -nadie lo quiere- pero hay que ser realista al respecto.

Quiero escribir un libro para niños como un regalo para mis nietas y pasar el mayor tiempo posible con ellas y con mi esposa.

Voy a continuar haciendo campañas en favor de Ucrania y de la muerte asistida y continuaré dando clases.

Esta entrevista forma parte de nuestro cubrimiento del Hay Festival de Arequipa, que se realiza en esa ciudad peruana del 9 al 12 de noviembre.