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sábado, 27 de mayo de 2017

_--La cooperativa Aragó Cinema de Valencia proyecta “La mano invisible”, de David Macián. Cine de la clase obrera.


_--Enric Llopis
Rebelión

La filósofa y voluntaria en las “columnas” anarquistas durante la guerra española de 1936, Simone Weil, experimentó el trabajo en las fábricas -entre ellas las de Alsthom y Renault- entre diciembre de 1934 y agosto de 1935. En el libro recopilatorio “La condición obrera” deja testimonio de lo que allí vivió. En una carta a su amiga Albertine Thévenon, escribe: “Hay dos factores en esta esclavitud: la velocidad y las órdenes (…); una docilidad de bestia de carga resignada. Me parecía que había nacido para esperar, para recibir, para ejecutar órdenes, como si nunca hubiera hecho otra cosa, como si nunca fuera a hacer otra cosa”. Es el punto de partida de la película “La mano invisible”, dirigida por David Macián (Cartagena, 1980), en la que el realizador aborda lo que considera uno de los tabú en el mundo actual: el Trabajo. El filme, de 80 minutos, proyectado el 7 de mayo en la cooperativa Aragó Cinema de Valencia, se interesa por la acción y los comportamientos de la clase trabajadora actual. Los obreros que aparecen en la película -un carnicero, un albañil, una costurera, un inmigrante que acarrea materiales, una trabajadora de la limpieza o un informático- no reaccionan (o lo hacen algunos, sólo al final) ante un descarnado conflicto en la fábrica. En general responden con la sumisión, aceptan las situaciones como les vienen dadas y acatan órdenes. “No hay una reacción colectiva desde la ira, que debería ser lo más instintivo frente a la explotación laboral”, explica el director de la película y guionista, junto a Daniel Cortázar.

“La mano invisible” está basada en una novela con el mismo título del escritor Isaac Rosa, publicada en 2011 por Seix Barral. La película se estrenó el pasado 28 de abril en las salas cinematográficas, ha recibido dos premios en el Festival Internacional Cinema de Tarragona y el reconocimiento con la selección en el Festival de Cine Europeo de Sevilla “Las nuevas Olas”. Fuera del estado español se ha proyectado en Italia y Austria. Forman parte del reparto, entre otros, Josean Bengoetxea, Edu Ferrés, Elisabet Gelabert, Christen Fallon, Marta Larralde y Esther Ortega. Se trata de actores profesionales aunque no conocidos por el gran público; además, en la búsqueda de mayor realismo, los intérpretes realizaron cursos previos en los oficios que desempeñan en la película.

La obra tiene también algo de autobiografía. Representa, en cierto modo, un conflicto laboral que el director vivió cuando leía la novela de Isaac Rosa. Las mismas condiciones de explotación, que le costaba asumir, mientras otros compañeros lo aceptaban de mejor grado. Sugiere el papel del albañil, que acaba por rebelarse, “aunque finalmente se harta e incurre en el individualismo; busca una salida desde sí mismo, y no a partir del colectivo”, explica David Macián. La costurera, en cambio, sí llama a la huelga y trata de articular una respuesta con sus compañeros: “No podemos continuar diciendo a todo que sí, quiero denunciar las condiciones laborales a las que nos tiene sometidos esta empresa”, exclama la trabajadora textil. El espectador puede presenciar otros picos dramáticos, como la prostituta a la que el camarero le ofrece un estipendio por la limpieza de los baños; o los insultos racistas del carnicero.

El director procede de los de “abajo”, de la clase obrera. Mientras hacía sus primeras incursiones en el sector audiovisual, trabajó en una compañía de seguros que empleaba a unos 2.000 operarios. Y ocurría como en “La mano invisible”. Cada poco tiempo la empresa aumentaba la carga laboral, con un salario que se mantenía en las mismas condiciones o incluso peores, y una dependencia cada vez mayor del concepto “variables”. En la aseguradora no existía siquiera comité de empresa. Esta parte, autobiográfica, es uno de los añadidos de la película a la narración de Isaac Rosa, pero el “mensaje” es muy similar. La novela, de 384 páginas, ahonda en los pensamientos de los personajes y describe muy en detalle los oficios que ejercen, generalmente poco considerados y tratados en las pantallas. Estas descripciones y reflexiones no figuran en el filme, tal vez por su complicada adaptación cinematográfica.

Otra fuente de la que se nutre el filme es la película “Danzad, danzad, malditos”, realizada en 1969 por el director Sidney Pollack. Ambientada en los años de la “Gran Depresión” estadounidense, trata de un maratón de baile en el que los concursantes aspiran a salir de la pobreza. También la competitividad y los atropellos se anteponen a la solidaridad entre los trabajadores. Pero “no hay muchas películas que pongan el foco en el factor Trabajo”, lamenta el realizador y guionista. En el campo de la ensayística, la producción se apoya en textos como “Chaws: la demonización de la clase obrera” (2011), del escritor y periodista Owen Jones. Una de las tesis del libro es la satanización que se dio en Gran Bretaña, por parte de políticos y medios de comunicación, de trabajadores tachados de “incultos”, “paletos” y ninguneados por sus empleos poco cualificados. “El resto es clase media”, apunta David Macián; “si no recuperamos la solidaridad, todo será muy difícil”.

Los argumentos del filme corresponden a la ficción, pero también a la realidad. Según el Ministerio de Empleo y Seguridad Social, el número de contratos firmados en abril de 2017 ascendió a 1,6 millones, pero más de 1,4 millones tuvieron un carácter temporal. Además, en el primer cuatrimestre del año se realizaron más de 6,4 millones de contratos, de los que sólo fueron indefinidos 631.110. En abril de 2017 el INE publicó la Encuesta de Condiciones de Vida del año anterior. De acuerdo con el indicador Arope (medidor de la pobreza), el 27,9% de la población española se halla en riesgo de pobreza o exclusión social; y el 15,3% de los hogares manifiesta llegar a finales de mes “con muchas dificultades”. En ese contexto, subraya David Macián, “hay que empoderarse como trabajador, identificarse como clase obrera y organizarse para reclamar los derechos que nos están robando”.

En la película el director hace intervenir a empleados con diferentes rasgos. Por ejemplo, a una atildada responsable de recursos humanos que realiza las entrevistas y comunica los despidos. Ocupa un rol intermedio, entre la dirección de la empresa y la plantilla. “Se trata de una trabajadora -aclara Macián-, aunque se la observe siempre de parte de la empresa; tampoco se la ve una persona feliz...”. También se incluye una alusión a la multinacional Ford, que en 2017 espera obtener unos beneficios antes de impuestos que rondan los 9.000 millones de dólares, según informó la Agencia Efe. En 2016 alcanzó unas ganancias antes de gravámenes de 10.400 millones de dólares y en neto, de 4.600 millones. En “La mano invisible” el gigante del automóvil conecta a una trabajadora de la cadena de montaje y a otra obrera de la limpieza, las dos empleadas años atrás en grandes factorías. El realizador sugiere de este modo el declive de las moles fabriles en favor de los servicios.

David Macián lamenta las reacciones que en el mundo real -no en la ficción- se están produciendo ante la explotación laboral: “En parte la rabia de los trabajadores se traduce en votos a la extrema derecha”. ¿Y en cuanto a las organizaciones sindicales? Entre 2009 y 2015, durante los años de crisis, los sindicatos mayoritarios (Comisiones Obreras, UGT, CSIF y USO) perdieron 584.788 afiliados, según informó el diario Expansión citando datos de estas organizaciones. “Algo falla -apunta David Macián-, no están sabiendo reaccionar y se aprecia una falta de conexión con la ciudadanía; tal vez la solución deba venir más bien de los sindicatos 'alternativos', pero sobre todo -insisto- de los ciudadanos organizados: la esperanza está ahí, en los trabajadores de ‘Coca-Cola en lucha’ o las limpiadoras de los hoteles”. Aunque se dan circunstancias que conducen al pesimismo y evidencian la insolidaridad de clase, señala el realizador. Por ejemplo cuando se acepta el discurso dominante ante una huelga en la estiba, los trenes o el metro. “Entonces hay gente que se caga en todo porque llega tarde a casa o al fútbol”.

En la producción de “La mano invisible” los promotores han mantenido la coherencia ideológica. Todo ha funcionado de manera cooperativa. Pero la tarea no ha resultado fácil, dado que el coste medio para producir una película en España oscila entre un millón y 1,5 millones de euros. Ningún trabajador ha cobrado, es más, los salarios se han reinvertido en la obra. “Hemos sufrido mucho”, revela el director, tras la proyección y coloquio sobre la película, en un acto en el que también participaron la activista de la Campaña por el Cierre de los CIE, Ana Fornés; el escritor y periodista Alfons Cervera; la sindicalista de la CGT, Emilia Moreno; el portavoz de Intersindical Valenciana, Vicent Mauri, el sociólogo José Manuel Rodríguez. El producto final –desde las primeras lecturas y guiones- es fruto de cinco años de trabajo. Y la financiación, se basó en campañas para sumar un apoyo económico que podía oscilar entre cinco y 500 euros. Aunque se dio el caso de empresas cooperativas que aportaron cantidades superiores. De ese modo, se logró concluir una película que adapta una novela y trata de una representación teatral en el interior de un polígono de fábricas. Y principalmente de la explotación y antropofagia de la clase obrera.

sábado, 10 de septiembre de 2016

Anda, Ken Loach, haz esta película si te atreves

Isaac Rosa
eldiario.es

El negocio turbio de la venta de vivienda protegida a fondos buitres en Madrid: si fuera una película, no nos la creeríamos de tanta brocha gorda como lleva Lo de los fondos buitres y las viviendas protegidas en Madrid, va Ken Loach y hace una película, y saldríamos todos del cine cabeceando y diciendo “no está mal, la intención es buena, pero es una historia maniquea, simplista, pelín demagoga: los malvados capitalistas contra la gente humilde, el especulador sin escrúpulos y los pobrecitos inquilinos. Demasiada brocha gorda, todo muy didáctico”.

Pues es verdad, Ken Loach, no se te ocurra hacer una película sobre la venta de viviendas protegidas en Madrid, porque no se la iba a creer nadie. “Un panfleto anticapitalista”, diría un crítico. Ni los madrileños nos la íbamos a creer. Míranos, lo preocupados que estamos por lo sucias que están las calles (que sí, que lo están), mientras llevamos años oliendo la Mierda con mayúsculas sin alterarnos demasiado.

Pero bueno, por si Ken Loach se queda sin ideas y no le importa arriesgarse con una historia inverosímil de puro verdadera, le paso un resumen del guión:

1-En plena crisis, el Ayuntamiento de Madrid y la Comunidad se lían a vender viviendas públicas de alquiler protegido, destinadas a rentas bajas, jóvenes y familias vulnerables.

2-Las viviendas se venden en lotes, muy por debajo de su valor, y en un proceso con todo tipo de irregularidades (aunque esto lo sabremos después).

3-Varios “fondos buitres” se quedan con la mayor parte de viviendas, a la cabeza de ellos Fidere, filial de la compañía inversora Blackstone (que tiene nombre de empresa mala-malísima en una peli de Ken Loach, ¿verdad?). La misma Blackstone que también ha comprado hipotecas de familias a Catalunya Caixa, o que se está haciendo con cada vez más viviendas a precio de saldo, con la única oposición de la PAH.

4-El Ayuntamiento asegura que los inquilinos no notarán ningún cambio, que pueden estar tranquilos.

5-La nueva propietaria, nada más llegar, empieza a joder a los inquilinos (sí, he puesto “joder”, que en las pelis de Ken Loach se la pasan diciendo “fuck esto”, “fuck lo otro”). Les pone todo tipo de trabas, les sube el agua, y por supuesto les aumenta el alquiler en cuanto toca renovar contrato.

6-Empiezan los desahucios. Familia que no puede pagar la nueva renta, a la calle. Pero (atentos, que aquí es cuando el público dirá “anda ya, te has pasado tres pueblos, Ken Loach”) el Ayuntamiento de tapadillo se ocupa de realojar a toda prisa a los desahuciados, para que no le creen problemas al fondo buitre: el casero envía al Ayuntamiento el listado de próximos desahucios, y el consistorio se hace cargo de las familias para ahorrarle el coste social a la empresa.

7-Aparecen los primeros héroes, esos luchadores anónimos que siempre salen en las pelis de Loach: vecinos, inquilinos de viviendas ex-protegidas, que se organizan para denunciar lo que está pasando y llevar su lucha a los tribunales.

8-Los malos son desenmascarados por fin: los vecinos se organizan para resistir, el nuevo Ayuntamiento (gobernado por una abuelita entrañable y un puñado de perroflautas, qué me dices a eso, Ken) investiga lo sucedido y saca a la luz las irregularidades; la Cámara de Cuentas confirma lo que todos sospechaban (y los espectadores ya habíamos adivinado en el minuto uno): que fondos buitres y políticos estaban compinchados, que el proceso fue turbio, y que el negocio ha sido redondo, con c omisiones sospechosas y plusvalías a lo grande. A cambio, dejan una bomba de relojería para años.

9-Ahora viene el momento dramático, ese en que se nos encogerá el corazón: una mujer, Arancha Mejías, que se convirtió en portavoz espontánea de los afectados, que acusó a Fidere de ser, no buitre, sino hiena (“se comen la carroña financiera y se ríen de los vecinos”), sufre las consecuencias de su lucha: la empresa propietaria la echa de su casa, sin opción a seguir de alquiler. A la calle, tienes un mes para recoger tus cosas.

Ya ven, todo inverosímil, todo de brocha gorda. Todo real. Me falta rematar la historia, no sé si darle un final ilusionante, en el que se hace justicia, los culpables pagan y una ola de solidaridad arropa a Arancha (esta semana celebra Junta de Accionistas el fondo, lo digo por si alguien quiere pasarse a saludar); o un final pesimista en que los de siempre se salen con la suya y seguimos quejándonos de lo sucio que está Madrid, pero suciedad de la otra.

Lee íntegra la condena a Ana Botella y siete ex altos cargos por malvender pisos públicos.

domingo, 9 de febrero de 2014

Isaac Rosa presenta su última novela, La habitación oscura, en la librería Tusitala de Badajoz con lleno total


Isaac Rosa presentó el jueves pasado, día 6 de febrero a las 8 de la tarde, su novela "La habitación oscura", en la librería y en colaboración con la Asociación Cultural Matilde Landa. Con un público entregado, el acto estuvo pleno de acierto e Isaac mostró una gran brillantez y lucidez en los comentarios. Fue una hermosa tarde y allí, entre libros y amigos, nos enteramos del rodaje de las próximas películas basadas en guiones sobre sus novelas.

La librería Tusitala, calle Meléndez Valdés 6, de Badajoz, en horario de 10:30 a 14:00 de lunes a sábado y de 17:00 a 20:00 horas de lunes a viernes. Es una "aventura" de un joven de la generación de Isaac, que con la inestimable colaboración de su madre, María de la Cruz, maestra, ha emprendido Agustín. Aventura en la que le deseamos toda suerte de éxitos,...

La habitación oscura es un libro de lectura intensa, incómoda, desasosegante. Un libro que se te agarra a las manos y del que cuesta escapar, como si también el lector necesitara buscar a tientas ese cuarto sin luz donde alejarse de todo y de todos. Lo más destacable, sin embargo, es que en su primera parte se produce una inversión del mecanismo de la novela: en lugar de escoger una o varias vidas, de individualizar las posibles experiencias de alguien para convertirlo en protagonista de la narración, Isaac Rosa se dedica a crear una amalgama con los lugares comunes que configuran las vidas de mi generación, que es la suya, constituyendo así la habitación oscura, el núcleo de esa amalgama de deseos, sueños, derrotas y rutinas que formamos al pasar por la vida.

Durante las primeras cincuenta páginas de la obra no hay personajes con nombre propio, no hay más que un tú al que el libro interpela, invitándole a entrar en la habitación oscura. Tal vez sea esta estructura narrativa una manera de desprestigiar nuestro ego, de subrayar que los treintañeros españoles de clase media somos legión, pobres extras de una telecomedia barata, intercambiables unos por otros en nuestra pretendida singularidad. Así pues, La habitación oscura funciona como opuesto a las habituales autoficciones y spleens y retratos generacionales donde se juega a mejorar una de tantas vidas mediocres y a convertirla en protagonista de algo, donde se apuesta por que el lector se identifique con el personaje principal en la medida en que, como él, aún guarda la esperanza de destacar por encima de la media.

Hay también, más allá de ese mecanismo disyuntor de egos, una trama política y de espionaje en La habitación oscura, necesaria quizá para facilitar al lector el tránsito por sus páginas, pero que irremediablemente lleva la obra hacia un terreno más convencional, menos deslumbrante. No importa, porque a esas alturas el libro ya ha logrado su objetivo, ya ha torpedeado la comodidad de quienes aún seguíamos pensando que la vida iba a ser un plácido tránsito de éxitos, de bienestar, de proyectos cumplidos.

Fuente: Librería Tusitala.
Foto del autor, donde vemos al escritor, Isaac, al librero, Agustín y a sus madres, Ángela y María, el día de la presentación de la novela en la librería.

jueves, 14 de junio de 2012

Un chiste español

Se abre el telón y aparecen, en un mismo escenario: el ex presidente de Bankia firmando su propia indemnización; dirigentes de la Caja Castilla La Mancha, de la CAM y de Banco de Valencia revisando extractos bancarios para comprobar si han cobrado sus respectivos finiquitos; consejeros de ex Cajas de Ahorro hoy convertidas en banco añadiendo ceros a la derecha de diversas cantidades; concejales de urbanismo estrechando manos de promotores mientras con la otra mano se guardan un abultado sobre en el bolsillo; los mismos concejales y otros cuantos más aprobando en plenos municipales nuevos barrios para duplicar o triplicar la población local, urbanizaciones sobre la arena de las playas, campos de golf en zonas resecas, palacios de congresos, auditorios y puentes colgantes de renombrados arquitectos; concejales tránsfugas cambiando de sillón y de voto; presidentes de Diputación inaugurando aeropuertos sin aviones, autovías sin tráfico y museos sin contenido; presidentes y consejeros autonómicos firmando falsos ERE, fraccionando contratos para no sacarlos a concurso, entregando hospitales públicos a empresas constructoras, haciéndose trajes a medida, hablando por teléfono con amiguitos del alma, poniendo primeras piedras de parques temáticos, velódromos, ciudades de las artes, ciudades de la justicia, ciudades de la luz, ciudades de la ciencia, ciudades de la hostia; dirigentes tan defensores de la familia que contratan a la propia hasta varios grados de consanguinidad; directores generales cargando copas, putas y coca al presupuesto; consejos de ministros firmando indultos a banqueros y aprobando amnistías fiscales; bancos perdonando deudas a partidos; gobernantes incrementando su patrimonio a ritmo exponencial; tesoreros firmando contratos fantasma para financiar el partido; empresarios ofreciendo sobornos para conseguir contratos públicos; concejales exigiendo sobornos a empresarios para otorgarles contratos públicos; diputados votando en bloque para impedir comisiones de investigación y comparecencias; empresas privatizadas y entregadas a compañeros de pupitre; palcos futbolísticos donde se cierran negocios; un presidente de la patronal quebrando empresas, dejando agujeros millonarios y a cientos de trabajadores en la calle; grandes fortunas haciendo la declaración de la renta y saliéndole a devolver; aviones con destino a paraísos fiscales que despegan con dificultad por lo cargadas que llevan las bodegas; noventa y nueve mariachis cantando corridos en la junta general de una Sicav; obispos marcando la X en la casilla de la declaración de la renta; obispos disfrutando vacaciones eternas en el paraíso fiscal español; un presidente del Tribunal Supremo cenando de lujo con su amigo en Marbella; el yerno del rey, la hija del rey, el rey; Don Vito saliendo de la cárcel; Jaume Matas usando la escobilla…

¿Cómo se llama la película?
¿Crisis? Frío, frío. ¿Hemos vivido por encima de nuestras posibilidades? Frío, mucho frío, helado. ¿Burbuja? Frío, frío, seguimos lejos. ¿Estafa? Templado, templado. ¿Robo? Calentito, calentito. ¿Corrupción? Caliente, muy caliente. ¿Corrupción masiva? Cada vez más caliente, a punto de quemarte. ¿Corrupción sistémica? Cuidado, cuidado, que te quemas…
Se cierra el telón. Aplausos y risas.
(Se ruega no traduzcan este chiste al alemán, no sea que lo lean en Berlín y acaben mandándonos a tomar por…) por Isaac Rosa, 13 de junio de 2012

miércoles, 15 de febrero de 2012

Marx is back

Desde hace tres años, en el cementerio londinense de Highgate se oye por las noches una risa atronadora que hiela la sangre a los vigilantes. Atraído por el caso, nuestro Iker Jiménez hizo noche entre las lápidas y localizó el origen de las carcajadas: salen de la tumba del más ilustre de los inquilinos de Highgate: Karl Marx.
Marx ha vuelto, como se titula el último libro de Daniel Bensaïd, que viene a decirnos lo que muchos ya sospechábamos: que el pensador de Tréveris está más vivo que nunca, y la quiebra del capitalismo nos lleva a revisar su obra, donde ya se anticipaban crisis como esta. No estaba muerto, ni de parranda, ni tampoco es otro zombi. Más bien lo enterraron vivo, prematuramente, y ahora, cuando el capitalismo global degrada por igual el planeta, las condiciones de vida y su propia supervivencia, está de vuelta. En las librerías se multiplican las ediciones resumidas de El Capital, y todo tipo de títulos que actualizan su obra, al tiempo que cada vez más gente emplea términos proscritos del lenguaje político durante demasiados años en los que decir “lucha de clases” te hacía pasar por trasnochado.
Como sus sepultureros sabían que no estaba muerto, se ocuparon de echar sobre su tumba varias capas de hormigón, en forma de tópicos difamantes para que nadie se acercase a su tumba, no sea que le oyesen removerse en el ataúd. Ya conocen esos tópicos, pues hemos crecido con ellos: el marxismo pasó a la historia, fracasó como sistema político, llevó miseria y terror a millones de personas, es incompatible con la libertad y la democracia, reduce todo lo humano a cuestiones económicas, ya no hay lucha de clases ni tampoco clase obrera, creó monstruos como Stalin…
A refutar una por una todas esas críticas y devolver toda su frescura al marxismo original se dedica un libro formidable cuyo título ya es una declaración: Por qué Marx tenía razón, de Terry Eagleton, que además funciona como introducción asequible al pensador que mejor comprendió el funcionamiento de ese mismo capitalismo que hoy intenta refundarse a nuestra costa. Léanlo, y rían con él. Isaac Rosa en Público. Fuente: http://blogs.publico.es/trabajarcansa/2012/02/13/marx-is-back/

domingo, 11 de diciembre de 2011

Confirmado: habrá Navidad

Ya está, podemos comprar por fin el turrón y poner el belén, que el comunicado de conclusiones de la cumbre europea lo confirma: este año habrá Navidad. El esfuerzo de nuestros gobernantes garantiza que Europa aguantará en pie al menos hasta Reyes, de modo que podemos disfrutar de las fiestas. Para Semana Santa no hagan planes todavía, que de aquí a entonces caben por lo menos dos cumbres “definitivas”; y del verano mejor no hablamos, que coge muy lejos.
No digo que hasta enero viviremos plácidamente: tendremos los sustos habituales, los vaivenes de la prima, un lunes negro bursátil, un par de collejas de las agencias de calificación, un café de Sarkozy y Merkel al que a lo mejor se suma Rajoy para llevar la bandeja, y algún banco con problemas, pero eso no es nada, lo de costumbre, no nos amargarán los polvorones.
Si se fijan, las cumbres europeas siempre se celebran en viernes: es la forma de estirar un poco más la sensación de alivio, nos deja el sábado y el domingo para creernos salvados, que ya el lunes llegarán las malas noticias cuando reabran las bolsas y se desperecen los mercados. Hasta entonces, contagiémonos del optimismo.
Si he entendido algo de lo acordado ayer, la mayoría ha decidido subirse al carro de Merkel y Sarkozy, aunque aún tendrán que ponerse de acuerdo de aquí a marzo en cómo sentarse en el carro, quién maneja las riendas y hacia dónde ir. Un pacto fiscal que además será “difícil y doloroso”. En cuanto a lo más urgente, la defensa frente a los ataques a la deuda, poca cosa: ni eurobonos, ni cambios en el fondo de rescate, ni permiso al BCE para que saque el famoso bazuca. Nada. Como mucho, darle dinero al FMI para que sea éste quien nos salve si caemos, por lo que “nos adherimos a los principios y prácticas del FMI”, que ya saben cuáles son.
Es decir, han dejado todo a punto para la próxima cumbre, que será sin duda la última oportunidad, la definitiva, la del ahora o nunca. Si como repiten Europa es un Titanic, lo acordado parece una partitura para que la orquesta siga tocando en cubierta. Pues nada, a bailar otro ratito. Isaac Rosa Público Fuente: http://blogs.publico.es/trabajarcansa/2011/12/10/confirmado-habra-navidad/

lunes, 29 de agosto de 2011

Entrevista a Isaac Rosa, "En la novela española actual se trabaja poco"

Tiene en sus manos una de las novelas más esperadas de la nueva temporada, "La mano invisible", en la que vuelve a encarar la literatura con un conflicto social: el trabajo
A Isaac Rosa (Madrid, 1974) le preocupa la ausencia del rastro del esfuerzo que los trabajadores dejan en sus tareas. Una cosecha borra la anterior, escribe. El mundo hay que limpiarlo todos los días y los edificios no se levantan solos, pero la fuerza del trabajo ha perdido presencia. Nadie sabe quién hace qué, nadie pregunta cómo se hizo. Así que el trabajo se ha vuelto invisible y el capital ha devorado a sus trabajadores. Ya no interesa tanto el empleado como el producto.

En La mano invisible, su nueva novela, que Seix Barral publicará la primera semana de septiembre, se ha vestido de albañil, de mecánico, de carnicero, de teleoperadora, de limpiadora, de guarda de seguridad, de montadora en una cadena de automoción, de costurera, para saber por qué el trabajador se somete sin rebeldía a la dominación, la anulación, la injusticia, la humillación.

Y se los ha llevado a un teatro con capacidad para 180 personas, que acuden a ver cómo trabajan. Allí están ellos, iluminados en la oscuridad de su mecánica, rumiando sus problemas, construidos en una voz que se ha vuelto mucho más agresiva e insistente de lo que nos tenía acostumbrado el autor de El vano ayer y columnista de Público . Quería escribirla hace muchos años, y supone un salto cualitativo en sus tratamientos narrativos. Es, como él mismo dice, un logro de madurez y un antídoto contra la alergia de la novela española a hablar del trabajo.

¿En qué ha cambiado Isaac Rosa desde El vano ayer ?
Hay muchas zonas comunes entre los libros, y muchos cambios. Hay una maduración de diez años de un escritor y de un lector. Todo lo que no había leído, reflexionado y escrito ha ido madurando. Esta novela no la habría escrito así hace diez años, aunque es una novela que llevo tiempo detrás de ella. Pero hace diez años no podría haberla escrito.
¿Puede concretar algún aspecto?

Creo que he ido centrándome como escritor, sin que eso signifique que haya renunciado a otras exploraciones. En lo formal, he concretado el tipo de escritura que me interesa. En La mano invisible he encontrado el tipo de escritura que me interesa. Es una novela en la que sigue estando presente el elemento reflexivo que había en las anteriores, pero mucho más integrado en la narración. En El país del miedo, la reflexión y la narración estaban diferenciadas por capítulos. La mano invisible recoge todo lo que he ido probando en libros anteriores.

La Guerra Civil, el miedo y el trabajo. ¿Qué mundo literario cree que está montando?
Todo tiene que ver con la explicación del conflicto. Estoy tocando en la literatura lo que de conflictivo hay en nuestra sociedad. Creo que somos una sociedad que no mira al conflicto y que lo evita. También ocurre en la literatura, que prescinde habitualmente de los temas más conflictivos. Intento iluminarlos y demostrar que están ahí y que vivimos con ellos y hay que hacerles frente. El trabajo es uno de los temas conflictivos a los que la novela da la espalda. Con La mano invisible intento demostrar lo contrario a lo que escribe José Luis Pardo en Nunca fue tan hermosa la basura: sí hay narración en el mundo laboral. Uno de los nuevos hallazgos es el empleo de una tercera persona muy cercana a la primera, como si fuera un testimonio directo.

¿Pensó esa voz desde el principio?
Hice varios intentos. Buscaba algo muy cercano a los personajes, que permitiera ver desde dentro, entender cómo se sienten en su puesto de trabajo, pero respetando también un punto de vista externo del lector. Pero hay otras opciones en la novela. Cada uno de los capítulos se cuenta desde el trabajador protagonista de ese capítulo, pero he probado otras pequeñas formas de mirar.

¿Acompaña a la primera persona con un tono agresivo y violento, mucho menos sobrio que El país del miedo?
Sí, porque es un libro que intenta dar forma literaria al malestar común de los trabajadores. En otros tiempos, este malestar se encubrió y nos permitía llevarlo mejor, pero ahora mismo ha estallado. Hay un malestar general grave. Estos personajes reflejan la violencia que se da en las relaciones laborales. Mi conclusión es que el modelo de producción capitalista realmente es muy violento. Violento en lo que tiene de sometimiento, humillante, servil, cómo nos arranca de nuestro entorno...

¿Montarlo en el escenario de un teatro era imprescindible para mostrar esa violencia?
Hacía mucho tiempo que quería escribir una novela sobre el mundo del trabajo y sobre cómo nos sentimos los trabajadores y por qué estamos dispuestos a ser humillados y sometidos. Por qué nos compensa. Así que estuve buscando qué historia quería contar y, desde luego, no quería una sobre trabajadores a los que les ocurren cosas excepcionales, en las que pasaba por alto la explotación en lo normal, en lo cotidiano. Quería escribir una novela sobre el trabajo, en la que el protagonista fuera el trabajo. No quería hablar tanto sobre las condiciones laborales, que son las que son ahora, sino sobre el trabajo.

Y entonces sacó a los trabajadores de su entorno.
Bueno, quería ir al fondo, al trabajo en sí mismo, a lo que no cambia por mucho que las condiciones mejoren: a lo que el trabajo tiene de violencia y de explotación. Así que busqué un lugar para sacar a los trabajadores de ese día a día laboral. Además, en el teatro podemos ver trabajar a unos trabajadores que son invisibles. Los trabajadores están ahí para que los miremos, quería situarlos en un lugar en el que se desnudaran de todo lo que les rodea y lo que les esconde. Quería llegar al núcleo de lo que es el trabajo en el capitalismo. El teatro subraya esa visibilidad, que en realidad no es sino falta de curiosidad del que no mira.

¿La mano invisible está pero no la queremos ver?
Desde luego. Quería destacar la invisibilidad de la cantidad de trabajo que hay en lo que nos rodea. Todo lo que consumimos tiene detrás mucho trabajo y trabajos muy penosos y mucho más explotadores. Desde los móviles, casas y coches, a la limpieza. Como se dice en el libro, el mundo es un sitio que se ensucia todos los días y que todos los días hay que limpiar, pero no nos queremos hacer una idea de que el mundo lo limpian personas en condiciones penosas. El título es también por la mano invisible de una de las verdades teologales del capitalismo: la mano invisible de Adam Smith de la que siempre hablan los liberales. Pero la mano invisible es también la que trabaja, la que no vemos y sostiene el sistema.

¿Es también la mano invisible del trabajo manual?
También. En la novela hay mucho trabajo manual, que es otro espejismo de nuestro tiempo: pensamos que apenas hay trabajo manual y que ya todos trabajamos en ordenadores. Sin embargo, sigue habiendo trabajo físico. Quería enseñar a esos trabajadores físicos que no vemos y que hacen posibles muchas cosas. Pero además son tipos de trabajo industriales, no sólo físicos. Vivimos engañados, creemos que los avances tecnológicos nos han convertido a todos en otro tipo de trabajadores, y no es cierto. Aunque los lectores de novela tengamos una situación más acomodada, no vemos que sigue habiendo personas que ponen ladrillos, que colocan piezas en una cadena de montaje, que limpian. Busqué trabajos que no se ven y en los que se hace más evidente todo lo que el trabajo tiene de deshumanizador, de repetitivo.

¿Qué pasa por la cabeza de alguien que repite el mismo movimiento durante ocho horas? ¿Qué proceso mental hay?
Son conscientes de su situación, pero eso no les sirve para rebelarse, sino que les conduce a una inexplicable docilidad.


Después de meterse en cabeza ajena, ¿qué es lo más dañino del trabajo?
Una de las cosas que más me sorprende cuando hablo con trabajadores de mi entorno, o miro mi propia experiencia, es cómo uno, siendo humillado, no le lleva a rebelarse. Los trabajadores de la novela son muy conscientes de lo que les pasa, pero no se levantan y siguen; y son apretados y aceptan ser apretados; y son humillados y aceptan ser humillados. Eso es lo que más me sorprende, el sometimiento al que somos capaces de llegar. Nos han educado para esto, para aceptar que tenemos que dedicar parte de nuestra vida al trabajo sin pensar mucho si eso tiene relación con nuestras necesidades básicas, si eso beneficia o no. Hemos aceptado que la vida es así, por lo menos en los últimos dos siglos. Hemos aceptado que es malo, que nos hace sentir mal, pero que nos compensa con otras cosas. Sin embargo, cuando nos planteábamos una revolución porque nos quedamos sin Estado social, vacaciones, pensión, sueldo digno, cuando se recortan los derechos, te enfrentas al trabajo y te sientes desnudo: si todo esto ya no es así, si todo esto ya no me compensa, qué me queda. Todos nos planteamos justo en este momento por qué hay que seguir adelante si ellos han roto su parte del pacto. Tenemos que replantear nuestra parte del acuerdo.

¿Cree que su necesidad de dedicar un libro al trabajo es compartida por otros autores de su tiempo o las echa en falta?
Si tenía esa necesidad, en parte era porque no es una necesidad compartida. Cuando me puse a escribir una novela como esta, lo hice por dos motivos: un motivo político, que tiene que ver con la pregunta sobre qué nos ocurre. Y, dos, la parte más literaria, que se pregunta por qué se escribe tan poco sobre el mundo del trabajo. Pensando sobre todo en la literatura reciente que se escribe en España.

¿Por qué hay tantos personajes en las novelas españolas que no sabemos a qué se dedican?
En la novela española actual se trabaja muy poco. Cuando hay trabajadores son muy interesantes, son detectives, investigadores, periodistas, escritores, cineastas...

¿Qué incompatibilidad hay?
Siendo una parte tan importante de nuestra vida, queda fuera de la literatura. En ocasiones, aparecen novelas sobre trabajadores en las que lo que les ocurre tiene muy poco que ver con el trabajo. Me interesaba explorar esa aparentemente incompatibilidad literaria. Quería ver si se podía hacer narrativa del trabajo. Como novelista, creo que la literatura tiene unas posibilidades que no tiene el ensayo o un reportaje para entender el trabajo desde la cabeza del trabajador. Creo que hay otro interés: la intención de crear una tensión literaria que no existía antes en sus obras, incluyendo el mundo absurdo.

¿Este libro es un paso decisivo hacia una formulación más literaria?
Creo que ha pesado más una cuestión de funcionalidad: buscaba una forma que me permitiese reflexionar sobre el trabajo, algo que me permitiera ver el trabajo desde dentro y desde fuera, desde sus cerebros y desde los espectadores. El absurdo es importante, porque las relaciones laborales son absurdas: para entender el mundo del trabajo vale la novela social, como los relatos de Kafka o Melville.

Si en el anterior libro trabajó para que el lector sintiera miedo, ¿qué quería conseguir del lector en este?
Compartir una serie de preguntas, compartir algunas conclusiones y abrir un debate para hablar sobre trabajo, no sólo sobre literatura. Lo que quería era lo que me he propuesto en las novelas anteriores: la literatura es conocimiento y es intervención. Es necesario que se escriba sobre lo que está ocurriendo.
Es una novela muy coral,

¿todos los personajes son el mismo?
Hay un gran personaje que es la clase trabajadora. De hecho, los personajes de la novela ni siquiera tienen nombres, son sus profesiones. Aunque hoy no deberíamos ser identificados ni por nuestros trabajos, porque ya no tenemos identidad fija como trabajadores: los gurús nos dicen que la suerte que tenemos ahora es que podemos trabajar en muchas cosas a lo largo de nuestra vida y reinventarnos constantemente.

Sin embargo, el malestar de los personajes también viene por todo lo que no han logrado, por sus frustraciones de todo lo que se les habían prometido.
Sí, pero es que el mundo laboral es el espacio de la frustración, porque es el incumplimiento de todo aquello que nos prometieron. El trabajo no es lo que nos esperábamos. Además, todo lo que compensaba, hoy, ya no compensa, porque el paraíso del consumo tiene una cara B, que es el infierno del trabajo. El consumo tiene un precio. Cuando se rompe el pacto, cuesta seguir. La voz discursiva de cada uno de los personajes es el lugar en el que se integran las ideas con la narratividad.

¿Cree que los pensamientos han cogido carne y laten ahora más que antes?
Me preguntaba en qué piensa alguien cuando trabaja. Los personajes de la novela son colocados en esa situación extraordinaria e inexplicable para que piensen en ellos mismos como trabajadores. Es el proceso que quiero que haga el lector también, que piense en lo que está haciendo como trabajador. Como en las anteriores novelas, hace pensar, pero también piensa sobre sí misma.

¿No se planteó incluir a un escritor como trabajador?
No, porque en la escritura hay una zona turbia en la que confluye el mundo laboral y el mundo que llamamos artístico, y eso es complicado. Claro que entre los escritores hay situaciones de explotación y de autoexplotación, pero no es equiparable. Tampoco lo incluiría por su pudor autorreferencial. Como lector, estoy muy cansado de leer novelas protagonizadas por el propio escritor, que es algo muy habitual últimamente.
Peio H. Riaño. Público.
Fuente: http://www.publico.es/393195/en-la-novela-espanola-actual-se-trabaja-poco

domingo, 1 de mayo de 2011

Una vez indignados, ¿qué viene después?

“Cada vez hay más motivos para que la sociedad se movilice, y los actos del Primero de Mayo son de los primeros. -Ignacio Fernández Toxo, secretario general de CCOO-.

Si ya andaba de capa caída el Primero de Mayo, este año encima coincide con el comercial Día de la Madre, que me temo moviliza más que aquél.

Por si no bastaba con la desmovilización y la división de los trabajadores, y con el boicoteo que el Día del Trabajo sufre en Madrid desde que declararon el dos de mayo Día de la Comunidad -de modo que la manifestación más potente y visible, la de la capital, se diluye en un largo puente-; por si no era suficiente, hoy encima estamos más pendientes de llevar flores a mamá que de salir a la calle por nuestros derechos.

Tampoco ayudan mucho a la movilización los sindicatos mayoritarios, que con su política de agarrarse al diálogo social a toda costa, su incomprensible visto bueno a la reforma de pensiones, y la falta de continuidad en la protesta tras la huelga general, han desconcertado a muchos trabajadores que sí ven motivos para salir a la calle.
He buscado la columna que escribí hace justo un año, en el anterior Primero de Mayo, y en ella recomendaba ir a las manifestaciones con el pañuelo a mano para llorar juntos, porque la situación para los trabajadores era entonces de lágrima fácil. Viendo cómo nos ha ido desde entonces hasta aquí, casi deberíamos haber dicho aquello de “virgencita, que me quede como estoy.”

En un año, de un mayo a otro, nos ha caído encima una reforma laboral, otra de pensiones, y trescientos mil parados más. Y todavía puede ser peor, pues sigue pendiente la negociación colectiva, entre continuos llamamientos a una moderación salarial que, en expresión del ministro de Trabajo, debería durar lustros. Sobran los motivos, y sin embargo la movilización sigue siendo escasa y discontinua.

Todo el mundo habla últimamente del libro del francés Hessel, Indignaos, que por lo visto se está vendiendo mucho, y espero que también leyendo. La indignación se ha puesto de moda, pero está visto que sólo con ella no vamos muy lejos. A ver si, una vez todos indignados, viene alguien y nos da la siguiente instrucción, que bien podría ser “actuad”, o bien “organizaos”. Falta nos hace.
Isaac Rosa. Público

Fuente: http://blogs.publico.es/trabajarcansa/2011/05/01/una-vez-indignados-%C2%BFque-viene-despues/
¿Por qué no se produce un estallido social?

domingo, 27 de febrero de 2011

Una nueva noticia sobre Islandia. ¡Lástima! "En Islandia no tenemos corresponsales"

“Si rechazan el pago de la deuda, probablemente tendremos que rebajar la calificación de Islandia a Ba1 o menos.” -Comunicado de la agencia Moody’s-
Las revoluciones son siempre muy fotogénicas, y ahora incluso se retransmiten en directo. Ahí tenemos el caso de Egipto, cuya lucha contra Mubarak hemos visto en tiempo real, con decenas de corresponsales sobre el terreno; y lo mismo pasaría en Libia si Gadafi permitiera la entrada de periodistas.
Pero las revoluciones quedan bien en la tele si son violentas. Si no hay manifestaciones tumultuosas, barricadas ardiendo, pedradas y gente con la cabeza abierta, no hay mucho que ver. Debe de ser por eso que no tenemos corresponsales en Islandia, y hasta ahora ningún telediario ha conectado en directo con las calles de Reikiavik, ni en los periódicos hay infografías diarias sobre este pequeño país del norte de Europa.
Decir “revolución pacífica” suena a oxímoron, y muchos dirán que no es posible, que es otra cosa. Pero los islandeses están protagonizando lo más parecido a una revolución que hemos visto en esta parte del mundo en mucho tiempo, y por aquí apenas nos hemos enterado. Seguramente porque las mediáticas revueltas árabes no tienen riesgo de contagio en Europa, mientras que la movilización islandesa puede darnos ideas peligrosas...
Entre otras cosas han conseguido que el gobierno dimita, nacionalizar la banca, perseguir penalmente a los banqueros responsables, rechazar en referéndum el pago de la deuda bancaria, y ahora participan en la elaboración de una nueva constitución más democrática y social. Por si fuera poco, han aprobado una iniciativa para convertir el país en un refugio internacional para la libertad de prensa, donde el próximo Julian Assange pueda trabajar sin que lo encarcelen ni le cierren la web.
Sí, es verdad que España e Islandia no tienen mucho en común. Es un país pequeño, aislado, con peculiaridades económicas. Pero después de tanto decirnos que no somos Grecia ni Irlanda, a uno le entran ganas de ser Islandia un ratito. Isaac Rosa en Público.

miércoles, 28 de abril de 2010

¿Salvar a Grecia?¡Ni que fuera un banco!

"Prometer ayuda concreta demasiado pronto sólo tendría como efecto quitar presión a Grecia de cara a las medidas que debe afrontar.” Guido Westerwelle, ministro alemán de Exteriores.
¿Tienen ganas de meterse con alguien sin temer su respuesta? Si les pide el cuerpo desahogarse un rato, insultar o humillar a alguien y que el humillado se limite a agachar la cabeza y asentir, búsquense un griego. A ser posible un ministro. Llámenle tramposo y vago, acúsenle de engañar con las cifras, de trabajar poco; pídanle que venda sus preciosas islas, que reforme sus pensiones, que privatice todo lo que tenga.
Hay que ver cómo se las gastan los hermanos europeos, qué bonita es la solidaridad continental. Lo saben los griegos, tratados como apestados, sometidos a la incertidumbre de si les ayudaremos, los dejaremos en manos del fraternal FMI o los abandonaremos a su ruina; y obligados a pasar por todos los aros que les pongan delante. Lo llaman “rescate”, pero en realidad nos rescatamos a nosotros mismos, para proteger la zona euro. Sólo por eso ayudamos a los griegos, y lo hacemos prestando dinero que devolverán con intereses, aunque sean algo más bajos de los que hoy pagan por su disparada deuda. Lo anunció nuestro presidente hace unos días: la ayuda a Grecia nos hará ganar 110 millones de euros. Toma solidaridad.
Lo llaman rescate, sí. ¿Dónde he oído yo esa palabra antes? Ah, sí, cuando entre todos rescatamos al sector financiero, fundiendo billones de los Estados. Qué diferencia de rescate: a los bancos se les dio el dinero sin exigir nada a cambio, mientras que Grecia va a sudar cada euro que reciba, con duros planes de ajuste para varias generaciones. Grecia se ha portado mal, dicen, pero ¿lo ha hecho peor que los bancos rescatados? Claro que éstos eran “demasiado grandes para caer”, frente a la pequeña Grecia.
Lo mejor de todo es que el rescate, a quien de verdad rescata, es a los “mercados”, a los poseedores de deuda griega -que con el plan europeo verán asegurada su ganancia y a intereses cada vez más altos-, y a quienes están jugando con el riesgo griego como en una casa de apuestas. Tras ser rescatado, el sector financiero está haciendo negocio con la deuda pública. Y quiere más. (Isaac Rosa. Público)

lunes, 19 de octubre de 2009

la Semana contra la Pobreza

“Una generación dispuesta a dar un giro, un golpe de timón; una revolución donde las armas son tu voz” -El grito de mi generación, canción de la Semana contra la Pobreza-
Ya pasó la Semana contra la Pobreza, así que ya podemos cambiar la chapa de la solapa. ¿Qué toca esta semana? ¿Cambio climático? ¿Alguna enfermedad africana? Pásenme ya el manifiesto que lo firmo. Y avísenme de la mani, que si no llueve ni juega el Madrid me apunto. Sobre todo si al final hay concierto y coreamos una canción bonita.
Perdonen la mala baba, los lunes son así. Tengo en alta estima a muchas de las personas y colectivos que se han movilizado contra la pobreza en el mundo, y sé que trabajan mucho más que los días señalados en el calendario de las buenas causas. Pero me temo que este tipo de campañas y canciones, por bienintencionadas que sean, no consiguen más que una adhesión fofa por parte de los ciudadanos.
Empezando por el lema: “contra la pobreza”. Yo, por más que miro no veo pobreza por ningún lado. Pobres, un montón, pero nada de pobreza. Al contrario, por todas partes abundancia y lujo. Hay hambre, sí, pero las despensas del mundo están a rebosar. Hay gente en la calle, sí, y miles de pisos vacíos. Hay salarios de miseria, cierto, pero conviven con sueldazos y pensiones millonarias.
¿Dónde está la pobreza? O de otra manera: ¿por qué lo llaman pobreza cuando quieren decir desigualdad? Puede parecer un matiz semántico poco importante, pero define la forma de ver el problema. Supongo que si en vez de contra la pobreza convocan contra la desigualdad, va menos gente. Si suben un escalón más y llaman no contra la pobreza o la desigualdad, sino contra el sistema económico que la causa, menos todavía. Y si llegamos al final de la escalera y decimos “Contra el capitalismo”, huy, nos disuelve la policía. Y nos quedamos sin canción y sin artistas. (de Isaac Rosa) (ver aquí)

Asombroso dato
Hablar de cifras de hambrientos en el mundo suele producir una cierta incredulidad y, finalmente, indiferencia: ¿1.000 millones, 1.020 millones de seres humanos con hambre crónica? Quizá nos debería bastar con saber el asombroso dato de que hoy hay más personas desnutridas que hace una década, que la cifra se ha estado incrementando de forma lenta pero constante desde 1997 y que la última crisis económica mundial ha llevado la cifra de hambrientos a niveles históricos. Un balance realmente inesperado para un siglo XXI recién comenzado bajo el símbolo de la globalización y la tecnología.
¿Cómo es posible? ¿No se habla todo el rato de ayuda alimentaria, no hay más ONG que nunca, no ponen los Gobiernos más dinero en programas de ayuda al desarrollo? Pues no... seguir aquí (SOLEDAD GALLEGO-DÍAZ 18/10/2009)