Mostrando entradas con la etiqueta Newton. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Newton. Mostrar todas las entradas

lunes, 24 de abril de 2017

Ciencia poética. Lucrecio es el Newton, el Einstein y el Carl Sagan de Roma. Su obra 'De la naturaleza' conserva intacta toda su actualidad.

El libro De la naturaleza ha recorrido más de dos milenios estableciendo una relación fuerte con cada época. Esta edición de Acantilado —muy bella y muy útil— ofrece el original latino de Lucrecio y una de sus mejores traducciones, realizada por Eduard Valentí Fiol. Un libro bilingüe es un instrumento de gran precisión. Este incluye además dos acercamientos contemporáneos: la introducción de Valentí y la presentación de Stephen Greenblatt, muy distintas a pesar de su proximidad. Valentí, heredero de una tradición gloriosa, representa el ideal de la filología moderna a mediados del XX: fijar el texto latino, traducirlo y comentarlo de modo riguroso. Greenblatt traza una semblanza breve y seductora, síntesis de la cultura posmoderna: intérprete libérrimo, relaciona, conecta y sabe llegar, more americano, al gran público, cosa vista con desconfianza por la filología tradicional europea. Su modelo general de una cultura poética encuentra aquí una aplicación perfecta a la ciencia.

El De rerum natura ha sido el clásico preferido por la izquierda moderna. Ateos, materialistas e ilustrados vieron en Lucrecio a uno de los suyos. Lo ejemplifican algunos de sus traductores, como el revolucionario Marchena, el republicano Gil-Albert o el ácrata García Calvo. Greenblatt lo encaja bien en la izquierda posmoderna: su Lucrecio es pacifista, ecologista y tan antiimperialista que resulta incluso antirromano (algo difícil de conciliar con el inolvidable principio de la obra). Por supuesto, también perfila un Lucrecio anticristiano, al superponerle el troquel bipolar de Estados Unidos. Si solo existen creacionistas y darwinistas, Lucrecio cae, con toda razón, del lado de estos últimos, pues explica la desaparición de especies por la supervivencia de los más aptos y es enemigo acérrimo de las religiones. Pero la cuestión requiere algunos matices: en realidad el cristianismo llegó después y fue él el antilucreciano (por antiepicúreo). Otros poetas epicúreos, como Virgilio y Horacio, han gozado de gran aceptación por parte del cristianismo europeo. Existe, por otra parte, una tradición minoritaria de cristianos epicúreos, explorada por Michel Onfray. Y lo esencial: la divinidad está muy presente en el libro. Es una divinidad propia de un filósofo y de un poeta. También de un científico. No es desde luego un Dios religioso. Pero eso es algo que la ciencia actual parece haber dejado en el pasado. Actualísimo es el análisis que hace Lucrecio de la divinización de la Tierra, pues a la vez la desmitifica y la tolera.

Es este uno de los libros mayores del paganismo grecolatino, hecho de una refinada naturalidad cultural. Sin ella, corremos el riesgo de no ver. Por ejemplo: al describir los avatares del texto (que desde el primer momento ha estado al borde de desaparecer varias veces) el propio Greenblatt incurre en una suerte de providencialismo cultural, al retratar a Poggio (el humanista del Renacimiento que salvó el texto) como “el agente por medio del cual sucedió algo importante”. ¿No presupone esta frase una suerte de Providencia, muy contraria, por cierto, al epicureísmo?

Como todos los clásicos, Lucrecio es irreductible a una época o a una ideología, incluso a las suyas. Por eso está a disposición de todos los que han ido llegando a él.

También es un gran liberador. Libera de los fanatismos religiosos, pero también (atención) de las servidumbres del sexo. Como todos los epicúreos, predica un raro ascetismo. Tanto, que lo que este libro científico contiene es una suerte de evangelio de Epicuro, ensalzándolo como a un hombre sagrado. Esta tendencia del racionalismo científico a convertirse en escuela, secta o cuasi-religión es muy interesante. El hecho de que se diera ya en la Antigüedad, y precisamente entre los seguidores del más enemigo de los fanatismos, debería servirnos de aviso.

La ciencia moderna debe mucho a Lucrecio: la biología darwinista, la psicología, como ha visto David Konstan, y, sobre todo, la física: su admirable hipótesis atomista se ha visto confirmada hace solo unas décadas. Paradójicamente (aquí los físicos deberían ayudar a los filólogos) es probable que átomos no sea ya la mejor traducción para las partículas elementales, cuyos movimientos —“batallas y escaramuzas, escuadrón contra escuadrón”— se parecen más a los de los protones.

Poesía, filosofía y ciencia discurren aquí simultáneas. El lector contemporáneo puede disfrutar una cuarta faceta: la de narrador magistral. Poeta del cosmos, Lucrecio es el Newton, el Einstein y el Carl Sagan de Roma. ¿Qué prevalece? La poesía, en la Antigüedad. La ciencia, ahora. Lucrecio transmite una visión general de las cosas (filosófica) con un lenguaje creativo, bello y preciso (es decir, poético) para dar una explicación científica de una realidad que también es bella. En nuestra época la ciencia ha sometido a la filosofía y ha eclipsado a la poesía. Por eso, una traducción en prosa como esta tiene la eficacia de llegar a los científicos, a los filósofos y al gran público.

Como poeta, Lucrecio da voz a la naturaleza. Aborda la imperfección del mundo. Es un entusiasta, “agotado por la larga carrera de la vida”. Usa metáforas (“murallas que rodean el vasto mundo”) y un idioma muy rico (“esplendorosas mieses y ufanos viñedos”). Afronta el amor y la muerte. Emplea mitos. Y a veces incurre en una ingenuidad preciosa. Por ejemplo, cuando afirma que el sol, la luna y las estrellas son exactamente del tamaño que las vemos.

De la naturaleza es uno de los textos más vigentes de la antigüedad. Se encuentra —verdadero prodigio— en las bibliotecas de letras y en las de ciencias. Pensando en Lucrecio, Virgilio llamó afortunado al que conoce las causas de las cosas.

De rerum natura / De la naturaleza. Lucrecio. Prólogo de Stephen Greenblatt. Traducción, prólogo y notas de Eduard Valentí Fiol. Acantilado. Barcelona, 2013. 608 páginas. 33 euros

http://cultura.elpais.com/cultura/2013/08/07/actualidad/1375886296_322245.html

miércoles, 5 de abril de 2017

_--Un mundo sin Tesla

_--El genio y extravagante visionario de la revolución eléctrica se ha convertido en personaje de novela e icono de la cultura pop.

Todos los genios incomprendidos, con perdón por la redundancia, merecerían la segunda oportunidad que el ángel concedió a James Stewart en Qué bello es vivir: mostrarle cómo sería el mundo si él no hubiera existido. No para impedir que se tiren por un puente, como en la película de Frank Capra, sino para que se mueran sabiendo que tenían razón. Después de una vida entera aguantando a los beocios, esa tiene que ser la mejor versión para genios del descanse en paz al que todos aspiramos.

El ángel de Capra tuvo que hilar fino con el personaje de Stewart, que al fin y al cabo era un banquero y había arruinado a medio pueblo, con perdón otra vez por la redundancia. Su trabajo habría sido mucho más fácil con los genios de verdad. Cervantes y Shakespeare, Galileo y Newton, Van Gogh y Picasso nunca destacaron por su modestia, ciertamente, pero hasta ellos se quedarían boquiabiertos si pudieran ver lo que significan para nosotros, si pudieran saber que sin ellos la literatura, la ciencia y el arte no solo serían muy distintos, sino también mucho peores.

Con ninguno, sin embargo, lo habría tenido el ángel más fácil que con Nikola Tesla, inventor de la bobina de inducción que inauguró la era de la radio, artífice del sistema de transmisión que nos lleva la energía eléctrica a casa, descubridor de un principio extraordinariamente simple, eficaz y versátil -como todas las grandes ideas- en el que se basan nuestros motores eléctricos y casi cualquier otra cosa que lleve un enchufe. No hace falta un ángel para imaginar un mundo sin Tesla. Basta un apagón. De los gordos.

Todo el mundo ha oído hablar de Edison, aunque solo sea porque inventar la bombilla es una metáfora casi automática de tener una idea luminosa. Los seguidores de Tesla son más raros. Escasos y raros: tycoons de Silicon Valley, visionarios verdes del coche eléctrico, artistas de la vanguardia australiana, bandas de culto del más estricto tecno-pop, adictos a los videojuegos, teóricos de la conspiración, avistadores de ovnis y Thomas Pynchon. No me interpreten mal, yo adoro a Pynchon, pero no creo que sea la vía para entender el genio de Tesla, ni ninguna otra cosa. El último en incorporarse al club de fans, el novelista francés Jean Echenoz, es seguramente el más normal de la lista, por extraño que les pueda resultar ese adjetivo a sus lectores. Y su última novela, Relámpagos (Anagrama), es sin duda la mejor forma de introducirse en el universo del gran innovador de origen serbio.

El libro de Echenoz no es una biografía novelada de Tesla. Es mucho mejor que eso. Por ejemplo, un biógrafo nunca escribiría: "Temible, temido por su poder y su endiablado mal genio, John Pierpont Morgan lo es también por su clarividencia". Un biógrafo podría cargarse a Edison en 50 páginas, pero no en una frase, ni desde luego por "ir siempre embutido en batas de algodón beige confeccionadas por su mujer". Vale, ya sabemos que ese no es Edison, sino un personaje de ficción que se llama igual. Muy bien. Quien quiera rigor que se lea las 50 páginas del biógrafo. Yo me quedo con la bata beige.

Siempre hemos estado fascinados por los genios. Y siempre hemos tendido a exagerar sobre ellos. No nos basta que Arquímedes penetrara en los secretos de la esfera, descubriera el principio del empuje hidrostático -el "momento eureka" por antonomasia- y fuera uno de los mayores matemáticos de la historia. Además queremos que destruyera la flota romana quemando sus velas con un ingenioso sistema de espejos que concentraban la poderosa luz del sol del Mediterráneo, y que esa genialidad le costara la vida. Una bella y dramática historia que, a diferencia de las fórmulas de la esfera, tiene todas las papeletas para ser mentira, pues los intentos modernos de reproducir la hazaña no han logrado quemar ni un pañuelo a esa distancia.

Lo mismo pasa con Tesla. Sus grandes aportaciones a la tecnología de la electricidad, citadas arriba, no les deben parecer suficientes a sus admiradores, que además quieren ver al inventor como un alma de cántaro, un altruista obsesionado por ayudar a la humanidad, "el genio al que robaron la luz", el Prometeo moderno que sufrió el eterno castigo del olvido por haber arrebatado la energía electromagnética a las oscuras fuerzas del poder y la industria para entregársela al pueblo llano libre de todo costo, el descubridor de los nexos ocultos entre la física y la psique y la clave secreta de todas las conspiraciones y contubernios de los que se pueda conversar en un taxi. Historias no solo falsas, sino tan feas como Edison. La realidad es mucho más interesante que todo eso.

El descubrimiento esencial que disparó la revolución de la energía eléctrica no fue obra de Tesla, ni pudo serlo, pues ocurrió exactamente 25 años antes de su nacimiento. Su nombre técnico no carece de cierto lirismo -inducción magnética-, y es uno de los mayores hitos no solo de la tecnología, sino también de la ciencia, pues permitió entender el fenómeno de la electricidad y el magnetismo con una profundidad y elegancia matemática que la ciencia no había conocido desde la teoría gravitatoria de Newton, y que no volvería a conocer hasta la teoría de la relatividad de Einstein. La historia demuestra que ese tipo de entendimiento profundo precede a todas las revoluciones tecnológicas.

En 1831, Michael Faraday, que pese a ser un científico aficionado sin educación formal ha pasado a la historia como el mejor experimentalista de todos los tiempos, descubrió que un campo magnético cambiante es capaz de crear una corriente eléctrica en un cable. Podía hacerlo moviendo un imán cerca de un cable, o moviendo el cable cerca del imán. En cualquier caso, la corriente eléctrica era siempre más fuerte cuanto más rápido fuera el movimiento. Este simple hecho mostró que la electricidad y el magnetismo no eran dos cosas, sino dos formas de mirar a una sola. Todos los grandes saltos en la comprensión científica del mundo se basan en unificaciones de ese tipo. Nuevos nexos ocultos entre conceptos dispares. Literalmente, nuevas metáforas.

Tesla tampoco inventó las aplicaciones tecnológicas de ese avance del conocimiento puro. El descubrimiento de Faraday sugería de inmediato una forma de convertir la energía mecánica -los movimientos del imán- en energía eléctrica, y no había pasado ni un año cuando el primer generador eléctrico se presentó en París. Hacia la mitad del siglo, con Tesla aún sin nacer, varios países fabricaban ya generadores eléctricos comerciales. El descubrimiento de Faraday también indicaba la posibilidad contraria: convertir la energía eléctrica en energía mecánica, es decir, construir un motor eléctrico. Tampoco fue Tesla, sino de nuevo Faraday, quien descubrió la corriente alterna.

Tesla fue más bien el Steve Jobs de la revolución eléctrica, el visionario con mentalidad emprendedora, y el más hábil para llevar a la práctica las ideas científicas de otros, y muy en particular las del propio Faraday.

La otra parte del mito, o del Tesla que protagoniza los tebeos y los videojuegos, es la del genio incomprendido, el innovador altruista "al que le robaron la luz". Este cliché tiene unos fundamentos tan endebles como el primero, pero también sirve para ilustrar la íntima, fructífera y turbulenta relación de la innovación con las finanzas.

En 1885, solo un año después de desembarcar en el puerto de Nueva York con una libreta llena de cálculos, unos cuantos poemas y cuatro centavos en el bolsillo, Tesla encontró justo lo que había ido a buscar a América: un empresario interesado en sus ideas. George Westinghouse se interesó en la gran idea del inventor, el motor de corriente alterna, e hizo lo que suelen hacer los empresarios en esos casos: comprarle los derechos de patente. Westinghouse no estaba robando las ideas de Tesla, sino permitiéndolas entrar en el juego. Y justo a tiempo.

Su archienemigo Edison estaba empezando a comercializar los motores eléctricos de corriente continua, y hasta había convencido ya a algunos Gobiernos europeos, entre ellos el alemán, para que adoptaran ese sistema. El motor de corriente alterna ideado por Tesla era -y sigue siendo- mucho más eficaz que el de Edison, pero nunca habría podido competir con él sin la audacia y el dinero de Westinghouse. La lucha fue larga y feroz, pero los motores de Tesla y Westinghouse se acabaron imponiendo, y con ellos los sistemas de distribución de corriente alterna se usan en todo el mundo.

El estilo vehemente y efectista del inventor ha contribuido a alimentar el mito, y el cliché. Cuando la poderosa corriente alterna empezó a suscitar temores en una parte del público y la prensa, organizó una demostración pública en la que su propio cuerpo sirvió de conductor para encender un deslumbrante panel de bombillas. Convenció a Westinghouse para instalar sus primeros sistemas en las cataratas del Niágara. Inventó el primer aparato dirigido por control remoto -un barco de juguete- y lo presentó en público con una demostración en el Madison Square Garden de Nueva York. Encendió 200 lámparas desde una distancia de 40 kilómetros, produjo rayos de 40 metros, aseguró que había inventado un rayo capaz de destruir 10.000 aviones enemigos y, para colmo de delicias entre sus fans, anunció haber recibido señales de una civilización extraterrestre.

Si Tesla no hubiera existido, la gente se lo hubiera inventado de todas formas. Un trabajo fácil para el ángel de Capra.

-Relámpagos. Jean Echenoz. Traducción de Javier Albiñana. Anagrama. Barcelona, 2012. 160 páginas. 15,90 euros (electrónico: 11,99). 
-Yo y la energía. Nikola Tesla. Presentación de Miguel Á. Delgado. Traducción de Cristina Núñez Pereira. Turner. Madrid, 2011. 312 páginas. 19,90 euros. 
-Nikola Tesla: el genio al que le robaron la luz. Margaret Cheney. Traducción de Gregorio Cantera. Turner. Madrid, 2010. 424 páginas. 28 euros. 
-Nikola Tesla. Vida y descubrimientos del más genial inventor del siglo XX. Massimo Teodorani. Sirio. Málaga, 2011. 136 páginas. 11,95 euros.

http://elpais.com/diario/2012/02/04/babelia/1328317960_850215.html

viernes, 25 de noviembre de 2016

Negativo (experimentos que contradicen lo esperado, sabido o dado como sentido común)

El conocimiento, como la ciencia, requiere cultivar una mente abierta y un espíritu crítico

Esta es una columna de castigo y recompensa. Vamos con lo primero. El sentido común y Aristóteles dictaban que las piedras grandes (más pesadas) cayeran más deprisa que las pequeñas (o más ligeras), pero a Galileo le bastó subirse a la torre de Pisa (hay quien dice que no se subió, que es una leyenda, hizo otros experimentos sobre planos inclinados) para demostrar que no era así (la prueba empírica), en lo que puede considerarse el primer resultado negativo de la historia de la ciencia; en él se basan las teorías gravitatorias de Newton y de Einstein, y por tanto toda nuestra cosmología.

En las postrimerías del siglo XIX, Michelson y Morley diseñaron un pulcro y minucioso experimento para medir la velocidad de la Tierra respecto al éter luminífero, el medio en el que se movía la luz, y lo que les salió fue que allí no había éter luminífero ninguno, en otro glorioso resultado negativo que reveló a Einstein que la velocidad de la luz era una constante fundamental de la naturaleza. Einstein, en realidad, ya sospechaba eso por razones de consistencia matemática, pero nadie le habría hecho caso sin el crucial resultado negativo del éter (la prueba empírica).

El anatomista norteamericano Vernon Mountcastle, que murió el año pasado, descubrió en los años cincuenta la estructura fundamental del córtex cerebral, la sede de la mente humana, y se concentró en buscar las diferencias entre unas zonas y otras que pudieran explicar la asombrosa subdivisión del córtex en módulos (visuales, auditivos, sintácticos, semánticos, emocionales, morales y todo lo demás). Redondeando un poco, no encontró ninguna. Las “columnas corticales” descubiertas por Mountcastle se las apañan de algún modo para realizar todas esas tareas tan distintas. Otro resultado negativo fundamental (otra prueba empírica).

Y, tras el castigo, la recompensa. Si la ciencia se hubiera comunicado desde tiempos de Galileo de la misma forma en que nos informamos ahora los legos, el conocimiento seguiría estancado en el siglo XVI. Al informarnos mediante nuestros amigos de Facebook, nuestros contactos de WhatsApp, nuestros seguidores de Twitter y nuestra red de Google, lo que estamos haciendo es ignorar los resultados negativos y garantizar que las opiniones que nos llegan son solo aquellas con las que sabemos que vamos a estar de acuerdo de antemano, y que solo recibamos las informaciones que confirman nuestros prejuicios miopes. Esto es un error garrafal.

El conocimiento, como la ciencia, requiere cultivar una mente abierta y un espíritu crítico. No se puede pensar con claridad sin aprender a inclinar la cabeza en el ángulo adecuado para entender los argumentos contrarios. Sin resultados negativos no hay progreso.

Javier Sampedro. El País.

http://elpais.com/elpais/2016/11/16/opinion/1479308380_498827.html

lunes, 21 de septiembre de 2015

Manzanas. Seréis expulsados del paraíso de la ciencia y vuestro cerebro seguirá siendo corroído y manipulado por la superstición


La inteligencia humana se ha movido simbólicamente en torno a tres manzanas.

Primero fue la manzana del paraíso que la serpiente ofreció a Eva. Si coméis el fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal seréis como dioses. El texto original en hebreo se fue adulterando al pasar por diversas traducciones del griego al latín. Se supone que la serpiente ofreció a Eva una propuesta hacia el conocimiento, pero el cristianismo adoptó una acepción equivocada de manzana, malum en latín, y transformó en pecado lo que en la lengua original se exponía de manera positiva y liberadora. La religión católica ha seguido interpretando la pérdida del paraíso como castigo ejemplar frente a la teoría de la evolución.

La segunda manzana fue la que, según la tradición, le cayó a Newton en la cabeza y le impulsó a desarrollar la ley de la gravedad, llave de la física moderna, que ha permitido que una sonda espacial haya llegado a Plutón después de recorrer 5.000 millones de kilómetros.

La tercera manzana preside hoy la empresa más exitosa de nuestro siglo. Apple muestra con orgullo su logo universalmente conocido, una manzana con un pequeño mordisco cuyo significado alude de nuevo a la liberación que proporciona el conocimiento.

La nueva Ley de Educación perpetrada por el infausto ministro Wert equipara las manzanas de la física y de la informática con la manzana del paraíso, que solo es fruto de un cuento mágico, paradigma de la culpa de la inteligencia, origen de todos los males.

La enseñanza de la religión como asignatura favorecida y evaluable pone a Eva al mismo nivel de Newton y de Alan Turing, padre de los nuevos ordenadores. Pero hoy la serpiente diría a los alumnos: si mordéis esta manzana de Wert no seréis como dioses. Seréis expulsados del paraíso de la ciencia y vuestro cerebro seguirá siendo corroído y manipulado por la superstición.

El País. 20 SEP 2015 - http://elpais.com/elpais/2015/09/18/opinion/1442588941_914907.html

Las ideas no son manzanas.
“If you have an apple and I have an apple and we exchange these apples then you and I will still each have one apple. But if you have an idea and I have an idea and we exchange these ideas, then each of us will have two ideas.”

Si tú tienes una manzana y yo tengo una manzana y las intercambiamos, entonces ambos aún tendremos una manzana. Pero si tú tienes una idea y yo tengo una idea y las intercambiamos, entonces ambos tendremos dos ideas.

Este simple ejemplo de George Bernard Shaw debería ser suficiente para mostrar la diferencia fundamental entre el conocimiento y los bienes materiales. Sin embargo, parece ser la tendencia actual el cubrir al conocimiento con un manto de escasez artificial, impidiendo su difusión para de esta forma asemejarlo a las cosas materiales y tratarlo como a estas últimas...
Seguir leyendo aquí.

viernes, 15 de mayo de 2015

Crear o innovar: ¿el arte contra la ciencia?

El mito atribuye la creatividad a los artistas y la innovación a los ingenieros e inventores. Pero el científico no es un esforzado peón ni un detective, también es un creador

Existen dos palabras que suenan como El Dorado que perseguían los conquistadores, dos palabras presentes, a pesar de que no se nombrasen, a lo largo de toda la historia de la humanidad, aunque haya sido en las últimas décadas cuando su presencia se ha manifestado con abrumadora intensidad; dos palabras sobre las que pivota una buena parte del mundo actual, en las que depositamos nuestras esperanzas de un futuro mejor y a las que nos esforzamos por adecuar nuestros sistemas educativos, empresas o negocios. Son creatividad e innovación. Se trata de términos polisémicos y no sólo eso, entrelazados: no hay innovación sin creatividad. De esos significados, entresaco los siguientes del Diccionario de la Real Academia Española: “Creatividad: Facultad de crear”; “Crear: 1. Producir algo de la nada. 2. Establecer, fundar, introducir por vez primera algo; hacerlo nacer o darle vida, en sentido figurado”; “Innovación: Creación o modificación de un producto, y su introducción en un mercado”.

Con más frecuencia de la deseada (al menos para quien escribe estas líneas) se habla de creatividad con relación a los artistas (escritores, músicos, pintores), mientras que la innovación se adjudica a ingenieros e inventores, con los científicos a caballo entre ambas categorías. Buen ejemplo, en este sentido, son dos libros recientemente publicados: El misterio de la creación artística (Ediciones Sequitur, 2015), del gran Stefan Zweig, y Los innovadores (Debate, 2014), de Walter Isaacson, periodista y celebrado autor de las biografías de Benjamin Franklin, Henry Kissinger (no traducidas al español), Albert Einstein y Steve Jobs (ambas en Debate).

Creatividad, un concepto caleidoscópico
“De todos los misterios del universo”, escribía Zweig, “ninguno más profundo que el de la creación. Nuestro espíritu humano es capaz de comprender cualquier desarrollo o transformación de la materia. Pero cada vez que surge algo que antes no había existido —cuando nace un niño o, de la noche a la mañana, germina una plantita entre grumos de tierra—, nos vence la sensación de que ha acontecido algo sobrenatural, de que ha estado obrando una fuerza sobrehumana, divina”. Y un poco más adelante, añadía: “A veces nos es dado asistir a ese milagro, y nos es dado en una esfera sola: en la del arte”. Para Zweig, vemos, el acto de crear es un atributo de los artistas, de los —son sus ejemplos— Rembrandt, Goya, Greco, Mozart, Beethoven, Shakespeare o Cervantes, pero “no estamos en condiciones de participar del acto creador artístico, sólo podemos tratar de reconstruirlo, exactamente como nuestros hombres de ciencia tratan de reconstruir, al cabo de miles y miles de años, unos mundos desapa­recidos y unos astros apagados”.

Ahí está, por fin aparece, el viejo mito, el consuelo, y la propaganda, sempiterna del “artista” frente al “científico”, convertido éste en una especie de esforzado y, en el fondo, parece, rutinario albañil, o detective, en la búsqueda de regularidades en los fenómenos que tienen lugar en el universo. No nos detengamos —es, seguramente, una metáfora poco afortunada— en los ejemplos del nacimiento de un niño o la germinación de una planta, hechos que la ciencia permite comprender a partir de leyes universales; pensemos únicamente en la idea del científico como un peón de la observación, metódica y desapasionada, eso sí, y de la identificación de conexiones y repeticiones en los fenómenos naturales. Quien piensa así, lo hace por ignorancia. La creatividad auténtica se da en los científicos al igual que en los artistas. Y como en ellos, aparece raramente. Escribir un libro, pintar un cuadro, componer una sinfonía no hace a uno necesariamente “creador”, lo mismo que sucede con un científico por el mero hecho de que éste practique su disciplina. Pero si pudiéramos comprender sus productos, sus creaciones, algo que exige educación, dominar una serie de conocimientos y técnicas especializadas, ¿podría negar alguien que el Albert Einstein de la teoría de la relatividad especial (1905) y, sobre todo, el de la relatividad general (1915) no fue un creador supremo? En ciencia, no conozco ningún momento creativo superior que el proceso que llevó a Einstein, entre 1907 y 1915, a producir, a crear, una teoría de la fuerza gravitacional que exige un marco geométrico en el que espacio y tiempo se funden en una unidad, el espacio-tiempo, cuya forma, variable, depende de su contenido energético-material.



¿Y qué decir del Isaac Newton que produjo (1687), basándose en una nueva matemática que él mismo inventó, el cálculo infinitesimal (de fluxiones en su terminología), una dinámica (teoría del movimiento) basada en tres leyes, y que acompañó, en lo que fue una Gran Unificación, la Primera Gran Unificación científica, de una ley de gravitación universal en la que la fuerza que hace caer un cuerpo hacia la superficie de la Tierra es la misma que la responsable del movimiento de los planetas? Los Rem­brandt, Goya, Greco, Mozart, Beethoven, Shakespeare o Cervantes de la ciencia existen, y se llaman —son algunos ejemplos, mis ejemplos canónicos— Einstein, Newton, Darwin, Aristóteles, Euclides, Arquímedes, Galois, Cantor, Galileo, Euler, Faraday, Maxwell, Kekulé, Turing, Gödel, Cajal, Páv­lov, Bohr, Ramanujan, Heisenberg, Schrödinger, Poincaré, Pasteur, Riemann, Watson, Crick, Mandelbrot o Feynman.

La creatividad como “misterio”
Zweig consideraba que el acto creativo constituye un misterio impenetrable, pero no está claro que sea así; en la era de la genómica, acaso resulte que la creatividad, y la innovación, se vean favorecidas —junto a circunstancias sociales, por supuesto— por alguna combinación de genes, una posibilidad a la que alude, en el caso de la innovación, Nicholas Wade en su reciente y controvertido Una herencia incómoda (Ariel, 2014). En cualquier caso, la creatividad no tiene por qué ser más misteriosa —sí menos frecuente— que “pensar”, “tener conciencia, y consciencia, de uno mismo”, actividades para las que las neurociencias tampoco tienen aún respuestas definitivas, no construcciones teóricas como, por ejemplo, puede ser la física cuántica para los fenómenos del microcosmos (y también para algunos más “macroscópicos”), o el modelo de la doble hélice del ADN para entender los mecanismos de la herencia. “¿Cómo es posible que cosas objetivas como las neuronas cerebrales produzcan experiencias subjetivas como el sentimiento de que ‘yo’ camino por la hierba? La neurociencia explica cada vez mejor cómo el cerebro discrimina colores, resuelve problemas y organiza acciones —pero el arduo problema persiste—. El mundo objetivo que nos rodea y las experiencias subjetivas de nuestro interior parecen ser de naturaleza distinta. Preguntarse de qué modo el uno produce las otras parece un sinsentido”, ha escrito Susan Blackmore (Las grandes preguntas de la ciencia, Harriet Swann. Crítica, 2011).

La creatividad científica
Me sorprende más la creatividad de que hizo gala Georg Cantor cuando, a finales del siglo XIX, dio origen a una nueva rama de la matemática, la de los números transfinitos (hay infinitos diferentes y es posible contarlos), que la que admiramos (con toda razón) en Cervantes, Shakespeare o Dante, independientemente de que algunos puedan agradecer más la de éstos que la de los científicos. Puedo imaginar más fácilmente cómo el conjunto de las experiencias, ideas, emociones que acumuló Cervantes a lo largo de su vida, su “sensibilidad”, produjo El Quijote que la que llevó a August Kekulé a pensar (1865) en la estructura del benceno como un anillo hexagonal con seis átomos de carbono interrelacionados y unidos a átomos de hidrógeno; no en vano el historiador de la química William Brock escribió (Historia de la química, Alianza Editorial) que “Kekulé transformó la química como después Picasso transformó el arte, permitiendo al espectador ver dentro y detrás de las cosas”.

Kekulé sostuvo que la idea del anillo de benceno le llegó mientras soñaba, una asociación no infrecuente en los actos creativos, y que podemos entender como la continuación, inconsciente, de la meditación consciente. Pero la creatividad es hija de muchas madres. Mozart y Beethoven ejemplifican magníficamente tal pluralidad de orígenes; citando de nuevo a Zweig: “Mientras que en el caso de Mozart tenemos la sensación de que el proceso creador es un estado bienaventurado, un cernirse y hallarse lejos del mundo, Beethoven debe de haber sufrido todos los dolores terrenales de un alumbramiento. Mozart juega con su arte como el viento con las hojas; Beethoven lucha con la música como Hércules con la hidra de las cien cabezas; y la obra de uno y otro produce la misma perfección”.

En la ciencia, no conozco mejor análogo a un Mozart que el matemático indio Srinivasa Ramanujan (1887-1920). A pesar de haber recibido una instrucción bastante elemental, Ramanujan podía “ver”, que no demostrar, complejas relaciones matemáticas en la teoría de números, o soluciones de intrincadas ecuaciones. Su capacidad, su habilidad, como la de Mozart, nos enfrenta, con una claridad y violencia tan apabullante como desmoralizadora, al problema de cómo funciona el cerebro. Seguramente no es ... Seguir aquí en El País.

Guía básica para conocer la gran creatividad científica
Galileo Galilei, Diálogo sobre los dos máximos sistemas del mundo, ptolemaico y copernicano (1632; Alianza Editorial, 2011).
Lavoisier, Tratado elemental de química (1789; Crítica, 2007).
Charles Darwin, El origen de las especies (1859; Espasa, 2008).
Santiago Ramón y Cajal, Recuerdos de mi vida (1923; Crítica, 2006).
Alfred Wegener, El origen de los continentes y océanos (1915; Crítica, 2009).
Godfrey Hardy, Apología de un matemático (1940; Nivola, 1999).
Max Planck, Autobiografía científica (1948; Nivola, 2000).
Albert Einstein, Notas autobiográficas (1949; Alianza Editorial, 2003).
Erwin Schrödinger, ¿Qué es la vida? (1944; Tusquets, 1983).
James Watson, La doble hélice (Alianza, 2000).
Murray Gell-Mann, El quark y el jaguar (1994; Tusquets, 1995).
Benoît Mandelbrot, El fractalista (2012; Tusquets, 2014).

https://elpais.com/cultura/2018/06/17/actualidad/1529236079_289932.html?rel=lom

lunes, 4 de noviembre de 2013

Un viaje a los fundamentos del mundo moderno

Los científicos no atisban el alcance de sus experimentos pero saben de su potencial práctico
La comprensión de la naturaleza siempre augura grandes transformaciones

Einstein se apoyó en su amigo Grossman para formular su teoría.
Pocas noticias científicas han alcanzado el impacto  del reciente descubrimiento del bosón de Higgs en el Gran Colisionador de Hadrones (LHC) junto a Ginebra, tal vez lo más parecido a una catedral que ha producido la ciencia moderna. Mueve a la sorpresa que un hallazgo de esta naturaleza, relativo al más oscuro y abstruso rincón de la ya de por sí oscura y abstrusa mecánica cuántica, consiga una repercusión pública de tal magnitud, aunque es cierto que todo parece haber conspirado en este caso para violar los preceptos del periodismo o incluso del sentido común.

Para empezar, el LHC es la mayor y más compleja máquina construida jamás, o “uno de los grandes hitos de la ingeniería humana”, en palabras de sus constructores del  CERN, o Laboratorio Europeo de Física de Partículas. Situada en un túnel subterráneo de 27 kilómetros de perímetro bajo la frontera francosuiza, cuenta con los más avanzados instrumentos y detectores; 10.000 científicos de 100 países están implicados en su diseño y construcción y tiene un presupuesto cercano a los 7.500 millones de euros. Cuando se emplea la expresión Gran Ciencia, esto es exactamente lo que uno tiene en la cabeza.

Y eso no es todo, desde luego. Esta prodigiosa pieza de ingeniería se concibió para permitir a la comunidad internacional de físicos poner a prueba los ingredientes más fundamentales de sus teorías sobre el mundo subatómico, y uno de ellos era el bosón de Higgs cuya existencia se ha confirmado este mismo año, no mucho después de que la mayor máquina construida por la humanidad superara sus previsibles problemas de rodaje. El hallazgo de la partícula de Higgs puede considerarse uno de los mayores éxitos de la ciencia experimental de todos los tiempos, y así lo ha entendido la academia sueca  al conceder el último premio Nobel de Física a François Englert y Peter Higgsdos de los teóricos que propusieron su existencia en los años sesenta. Todos los ingredientes de una gran noticia están ahí, y esto explica en retrospectiva el impacto mediático de la noticia.

Hay sin embargo una pregunta que se hace cualquier miembro informado del público, que aparece en todos los foros y que posee toda la lógica si se tienen en cuenta los 10 años que ha llevado construir el LHC, los 10.000 científicos que han intervenido y los 7.500 millones de euros asignados al proyecto: ¿para qué sirve esto? ¿Cuál es la utilidad del celebérrimo bosón de Higgs? ¿Cómo piensan los científicos devolver semejante inversión a la sociedad que la ha financiado con sus impuestos? Es una buena pregunta, y una que resulta condenadamente difícil de responder. Y sin embargo, por paradójico que resulte, no es una pregunta que preocupe demasiado a los científicos.

Porque los científicos no saben cuáles son las consecuencias prácticas del bosón de Higgs. Pero saben que serán enormes, porque eso es lo que se desprende de la no muy larga historia de la ciencia. La comprensión profunda de la naturaleza es siempre el prólogo de un conjunto de aplicaciones prácticas que ni siquiera los descubridores de un fenómeno suelen intuir. Pero que siempre tienen escondido en su núcleo el potencial para transformar el mundo de forma radical: las claves del progreso, la receta del futuro. Basta echar un vistazo a la historia de la ciencia para comprobarlo una y otra vez.

Tomen a Newton, el genio británico que fundó la ciencia moderna: no solo sus principios fundamentales, sino también sus modos y sus estrategias, el estilo y la pericia que los científicos siguen usando tres siglos después. Newton se sintió obsesionado desde chaval por unos cuantos enigmas que habían planteado dos gigantes de las generaciones anteriores a la suya: las elegantes curvas elípticas que describían los planetas en su armoniosa órbita alrededor del Sol, tal y como había descubierto Kepler; y el extraño comportamiento de los objetos sometidos a la gravedad de la Tierra que, contra toda intuición —y contra el conocimiento milenario recibido de las ingeniosas ocurrencias de Aristóteles— había demostrado experimentalmente Galileo unas décadas antes.

Las llamadas leyes de Kepler eran, desde luego, un enigma a la altura de la mente más curiosa. Johannes Kepler formuló sus dos primeras leyes en 1609, basándose en las detalladas observaciones de los movimientos planetarios amasadas pacientemente por el astrónomo danés del siglo XVI Tycho Brahe, de largo las más precisas de la época, y de cualquier época anterior. La primera ley no solo dice que los planetas se mueven alrededor del Sol, confirmando el modelo heliocéntrico de Copérnico, sino también la forma matemática exacta que siguen sus órbitas: no son círculos, sino elipses, unas curvas ya descubiertas en tiempos de Platón, pero en un contexto completamente distinto: junto a las hipérbolas y las parábolas, las elipses forman una especie de aristocracia geométrica: las cónicas, los tres tipos de curvas que pueden resultar de cortar un cono, o de tirar al mar un gorro de bruja. Pero ¿por qué los planetas habrían de moverse en elipses?

La segunda ley planteaba un puzle todavía más impenetrable. Los planetas no se movían con la misma velocidad a lo largo de toda su órbita: aceleraban al acercarse al Sol y se frenaban al alejarse. Y no de cualquier forma: Kepler había sido capaz de cuantificar el efecto con precisión matemática, aunque de un modo realmente chocante: si el planeta estuviera unido al Sol por una cuerda imaginaria, la cuerda barrería la misma área por unidad de tiempo. Y la tercera ley, descubierta por Kepler nueve años después que las dos primeras, no hacía más que rizar el rizo: el tiempo que un planeta tarda en dar la vuelta al Sol —lo que en la Tierra llamamos un año— guarda una sorprendente relación con la distancia del planeta al Sol: el cuadrado del periodo de revolución (el cuadrado de lo que dure el año del planeta en cuestión) varía con el cubo de la distancia del planeta al Sol. Estas relaciones matemáticas son tan chocantes que el propio Kepler se dejó llevar a un delirio geométrico para explicarlas, donde cada planeta ocupaba uno de los llamados sólidos platónicos —cubos, tetraedros, icosaedros y cosas así— en una versión reeditada y hasta mejorada de la armonía de las esferas pitagórica.

Pero ese rompecabezas laberíntico de curvas cónicas, cuadrados, cubos y áreas barridas por unidad de tiempo fue exactamente lo que motivó a Newton al reto enorme de resolverlo. El resultado fue la ciencia moderna y la práctica totalidad de la tecnología de los tres últimos siglos —lo que diferencia nuestro tiempo de un mundo de caballos, floretes y mosquetones—, pero la intención de Newton nunca fue cambiar el mundo ni la forma de pensar sobre el progreso de la humanidad. Su motivación fue entender el mundo: aceptar el desafío de sus enigmas físicos y matemáticos, y adoptar la actitud teórica y experimental adecuada para resolverlo. De ahí venimos. Una vez entendido un proceso, la revolución tecnológica es poco menos que inevitable.
Fuente: El País.

jueves, 10 de octubre de 2013

Galileo, Newton, Eisntein, Stephen Hawking,

¿Quién se atreverá a poner límites al ingenio de los hombres?

GALILEO GALILEI (1564-1642)


Las aportaciones esenciales de Isaac Newton (1642-1727) se produjeron en el terreno de la física. Sus primeras investigaciones giraron en torno a la óptica: explicando la composición de la luz blanca como mezcla de los colores del arco iris, formuló una teoría sobre la naturaleza corpuscular de la luz y diseñó en 1668 el primer telescopio de reflector, del tipo de los que se usan actualmente en la mayoría de los observatorios astronómicos; más tarde recogió su visión de esta materia en la obra Óptica (1703). También trabajó en otras áreas, como la termodinámica y la acústica.

La mecánica newtoniana
Pero su lugar en la historia de la ciencia se lo debe sobre todo a su refundación de la mecánica. En su obra más importante, Principios matemáticos de la filosofía natural (1687), formuló rigurosamente las tres leyes fundamentales del movimiento, hoy llamadas Leyes de Newton:

1. La primera ley o ley de la inercia, según la cual todo cuerpo permanece en reposo o en movimiento rectilíneo uniforme si no actúa sobre él ninguna fuerza;

2. La segunda o principio fundamental de la dinámica, según el cual la aceleración que experimenta un cuerpo es igual a la fuerza ejercida sobre él dividida por su masa;

3. Y la tercera o ley de acción y reacción, que explica que por cada fuerza o acción ejercida sobre un cuerpo existe una reacción igual de sentido contrario.

De estas tres leyes dedujo
4. Una cuarta, que es la más conocida: la ley de la gravedad, que según la leyenda le fue sugerida por la observación de la caída de una manzana del árbol. Descubrió que la fuerza de atracción entre la Tierra y la Luna era directamente proporcional al producto de sus masas e inversamente proporcional al cuadrado de la distancia que las separa, calculándose dicha fuerza mediante el producto de ese cociente por una constante G; al extender ese principio general a todos los cuerpos del Universo lo convirtió en la ley de gravitación universal.

"Fui sólo un niño que, jugando en la playa, halló una piedra más fina o una concha más linda de lo normal mientras que el gran océano de la verdad se extendía inexplorado ante mí"
Comentario atribuido a Newton, dicho poco antes de su muerte (1727)

"Sus logros fueron tan trascendentales que el término 'genio científico' fue creado para describirlo a él"
Robert Iliffe, director de The Newton Project

domingo, 1 de septiembre de 2013

Elijo elegir

Elijo elegir

Y elijo la condición del árbol.

Porque come luz.

¡Qué delicia desayunar

transparencia,

almorzar lucidez

cenar ocasos anaranjados!

y con ellos construir el verdor

y la sombra

y la rara nube que es toda copa

donde se esconde el canto de

los pájaros.

Ahora no puedo,

pero cuando lo deje,

seré lo que he elegido.

(de Joaquín Araújo)
(Gracias a mi amigo, Pedro Díaz Acero)

jueves, 2 de agosto de 2012

Física, los 10 experimentos más bellos.

Mecánica
2. Experimento de Galileo (1564-1642) sobre la caí­da de libre de los cuerpos *
6. El experimento de torsión de la barra de Cavendish (1731-1810) para calcular la constante, g, de gravitación universal
7. Medida de la circunferencia de la Tierra por Eratóstenes * (276-194 a. C.)
8. Experimento de Galileo con bolas rodantes sobre planos inclinados *
10. El péndulo de Foucault * (1819-1868) y el movimiento de la Tierra

Cuántica
1. Difracción de electrones mediante doble rendija
5. Experimento de Young (1773-1829) sobre el carácter ondulatorio de la luz, la interferencia de la luz *
9. El descubrimiento del núcleo atómico por Rutherford (1871-1937)

Óptica
4. Descomposición de la luz del Sol mediante un prisma por Newton * (1642-1727)



Electricidad y electromagnetismo
3. El experimento de la gota de aceite de Millikan (1868-1953) para calcular la unidad de carga eléctrica
(*) Los asteriscos indican aquellos experimentos relativamente fáciles de reproducir.

La noticia es esta:
 Astroseti ha publicado Los 10 experimentos de ciencia más bonitos, una traducción de Science’s 10 Most Beautiful Experiments, que a su vez se basa en el artí­culo de George Johnson Here They Are, Science’s 10 Most Beautiful Experiments, publicado en 2002 en el New York Times. Los números indican el orden de clasificación que resultó de la encuesta.

 Esta selección fue realizada por Robert P. Crease, miembro del departamento de filosofí­a de la Stony Brook University e historiador del Brookhaven National Laboratory, a partir de una encuesta hecha entre fí­sicos, y se caracteriza por contener experimentos relativamente sencillos que en su momento revelaron cosas muy importantes. En España editado por edit. Crítica "El prisma y el péndulo. Los diez experimentos más bellos de la ciencia." Leer aquí.
Vídeo. Nuevo record mundial de surf en Nazaret, Portugal.