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jueves, 11 de abril de 2024

Así es el escudo magnético que protege a la Tierra y hace posible la vida.

Campo magnetico de la Tierra
Representación del campo magnético de la Tierra.

El espacio que nos rodea tiene una estructura magnética que hemos podido explorar con satélites y frena el constante bombardeo de las partículas del viento solar

Ocurre a menudo que lo más importante pasa absolutamente desapercibido. Por ejemplo, ¿cuándo fue la última vez que pensó en el campo magnético terrestre, si es que alguna vez lo ha hecho? Además de dirigir las agujas de las brújulas hacia el norte o la migración de las aves, ¿el campo magnético terrestre tiene algún otro efecto en nuestro día a día?

Vamos a comenzar con un spoiler: el campo magnético terrestre desvía cada segundo unos 1,5 millones de toneladas de material eyectado del Sol a alta velocidad. Si no estuviera ahí, la atmósfera sufriría una erosión directa y continuada, no tendría capacidad para esquivar el impacto directo de esas partículas solares, que arrastrarían con ellas todo lo que nos protege. Por tanto, sin campo magnético terrestre, no existiría la vida tal y como la conocemos en la superficie de nuestro planeta. Desde luego, tampoco serían posibles nuestras sociedades tecnológicas, ya que el campo magnético protege también nuestros equipos electrónicos, no solo nuestro ADN, de este mismo bombardeo.

La Tierra (igual que Mercurio, Júpiter, Saturno, Neptuno y Urano) está rodeada por un campo magnético relativamente intenso que tiene su origen, en su mayor parte, en el interior del planeta. Se cree que, ahora, en esta etapa de la evolución terrestre, está alimentado por el enfriamiento y la cristalización del núcleo: eso agita el hierro líquido que lo rodea, creando potentes corrientes eléctricas que generan ese campo magnético que se extiende hacia el espacio. A este tipo de campo magnético se le conoce como geodinamo y a la estructura de campos de fuerzas que desvía la mayor parte del viento solar, formando un escudo protector, se la llama magnetosfera.

Para dar algunos detalles de cómo funciona, viajemos ahora unos 80 kilómetros por encima de nuestras cabezas. Allí, a esa altura por encima del suelo, ocurre algo fundamental. Y es que una fracción importante del gas en esta región está ionizado, es decir, que las partículas están cargadas eléctricamente, en general porque han perdido algún electrón en su estructura debido a la radiación energética de nuestra estrella. Las partículas cargadas se comportan de una manera muy especial: siguen las líneas de campo magnético y, por tanto, se mueven como en autopistas concretas, es como si fuesen por carriles.

Antes de seguir, puntualicemos algo importante: el Sol, como todas las estrellas, además de energía electromagnética en todo el rango (nuestros ojos solo son sensibles a la luz visible, que es un rango muy estrecho), eyecta grandes cantidades de material en forma de partículas cargadas a alta velocidad. Esto es lo que se conoce como viento estelar; o viento solar, en el caso de la nuestra estrella. En la conexión entre la magnetosfera y el viento solar está el corazón de lo que se conoce como clima espacial.

Si pudiéramos visualizar el campo magnético terrestre veríamos que es lo que conocemos como campo magnético dipolar, donde las líneas de fuerza salen de un hemisferio y se meten en el otro. En la convención normal, las líneas del campo que salen, las que apuntan hacia fuera son el norte magnético y las que entran el sur. En el caso de la Tierra, a veces para evitar confusión con el norte geográfico se invierte la convención y el polo norte magnético apunta hacia el sur y el polo sur magnético hacia el norte. En el norte, las líneas de campo apuntan hacia dentro, al revés que con los imanes. Está además inclinado 11,5 grados respecto al eje de giro del planeta, que es el que define los polos norte y sur geográficos.

Una fascinante estructura
El campo magnético terrestre es dos veces más intenso en los polos que en el ecuador. Esto lo sabemos gracias a los instrumentos colocados en satélites que han explorado tanto la intensidad como la dirección del campo magnético terrestre y confirmado su naturaleza en forma de dipolo. La forma que adquiere es, además de compleja, variable. Algunos de sus componentes son los cinturones de radiación de Van Allen, la corriente de anillo, la cola magnética o la magnetopausa.

Demos tan solo algunos detalles fascinantes de la estructura del campo magnético que rodea la Tierra. Rodeando el planeta existe una región que está formada por plasma frío y denso que rota con la Tierra. Están también ahí fuera los cinturones de Van Allen, donde las partículas se mueven con energías relativistas (cercanas a la velocidad de la luz).

En lo que se conoce como la corriente de anillo, los iones energéticos se mueven a mucha menos velocidad que en los cinturones de Van Allen, pero tienen una densidad más alta y producen una corriente eléctrica que rodea a la Tierra. Los electrones se mueven de la zona del crepúsculo a la zona donde es de noche y los iones cargados positivamente lo hacen al revés. Esta corriente de anillo genera un campo magnético que apunta en la dirección opuesta del campo magnético terrestre y que, cuando se intensifica, disminuye la intensidad del campo que se mide en superficie. Hay más corrientes que conectan la corriente de anillo con la ionosfera y que juegan un papel esencial en las auroras boreales y el clima espacial.

Para entender la configuración global de la forma en que se mueven las partículas en nuestro entorno espacial nos falta un ingrediente fundamental: el viento solar, que además es magnético. Una manera de visualizar de manera sencilla esa interacción es imaginar el viento solar como la corriente de un río y la Tierra y su campo magnético como una piedra gigante. Como el viento solar es supersónico tenemos un choque de proa y detrás del obstáculo tenemos la cola, una cola magnética. Lo de las tormentas magnéticas y su origen lo dejamos para otra ocasión.

domingo, 7 de abril de 2019

_- Vistas desde allá arriba

_- La unidad del planeta y sus emociones, a propósito del aniversario del vuelo de Yuri Gagarin

Dice el astronauta Oleg Makarov que la gente de su profesión suele ser parca en palabras cuando está allá arriba. “Por lo general, cinco o siete segundos nos bastan para transmitir lo que tenemos que decir”. Sin embargo, “hace algún tiempo”, explica, “tuve que escuchar, por razones de servicio, muchas transmisiones de astronautas en órbita”. Makarov quedó asombrado.

A partir del instante en que sus naves salían de la atmósfera y entraban en órbita, aquellos hombres reservados se volvían elocuentes, como pájaros enjaulados que de repente se ponen a trinar al recibir de pleno un rayo de sol.

“Ninguno de ellos podía reprimir la expresión, en voz alta, de una fascinación, que les salía desde lo más profundo del corazón, ante la vista espectacular de la Tierra desde el espacio”.

Makarov, escuchó las transmisiones tanto de los pioneros solitarios de las cápsulas “Vostok”, como de las naves “Soyuz” y de los tripulantes de la más moderna estación orbital “Mir”. Cronometró todos aquellos comentarios y calculó que los astronautas dedicaban una media de 42 segundos a expresar a sus compañeros de tierra la emoción que les embargaba. Ya fueran saudíes, americanos, vietnamitas, sirios, alemanes o rusos, a casi todos se les conoce este tipo de descripciones emocionadas sobre su experiencia estética en el espacio.

“El sol sale como un rayo y se pone con la misma velocidad. Tanto el amanecer como el ocaso solo duran unos segundos, pero en ese tiempo puedes distinguir por lo menos ocho colores que se suceden; desde un rojo brillante, hasta el más esplendoroso y oscuro azul. Ves dieciséis amaneceres y dieciséis ocasos cada día. Y ninguno de ellos se parece al anterior”, explicaba Joseph Allen, tripulante del “Discovery-5”.

Su compañero Paul Weitz describía así desde el “Challenger-1”, el mayor océano del planeta: “No entiendes lo que es el Océano Pacífico mirando el globo terráqueo hasta que, viajando a ocho kilómetros por segundo, tardas veinticinco minutos en cruzarlo. Entonces comprendes lo grande que es.”

En marzo de 1965, el ruso Aleksei Leónov protagonizó el primer paseo espacial de la historia. Leónov multiplicó en su piel las emociones al flotar en aquello. “Lo que más me asombró era el silencio. Un silencio impensable e imposible en la Tierra, tan profundo y total que empiezas a escuchar tu propio cuerpo; el batir del corazón, el fluido en las venas… Te parece escuchar hasta la sucesión de los pensamientos de tu mente. ¿Y el cielo? Había mas estrellas de las que esperaba. Un cielo completamente negro, ligeramente alumbrado por reflejos solares. La Tierra, nuestra casa que debemos proteger religiosamente, era… pequeña, azul y enternecedoramente solitaria. Su redondez era perfecta. Creo que no comprendí de verdad lo que significa la palabra “redondo” hasta que vi la Tierra desde el espacio”.

A Leónov lo conocí en 1992 en el centro de preparación de astronautas de la Ciudad de las Estrellas, en los alrededores de Moscú. Llevaba un mono azul y estaba metido dentro de una réplica de la “Soyuz” enseñándole un ejercicio a un novato. Seguía siendo el tipo tranquilo, modesto y generoso que describe ahora Dmitri Kisiliov en su estupenda película, “Vremya Pervij” (2017, titulada Spacewalker en inglés). En aquella visita -o quizá en otra posterior- me encontré allá a un joven Pedro Duque. Veinte años después, cuando ya era Director de la oficina europea de operaciones para la Estación Espacial Internacional (EEI), me resumió así su vivencia emocional en una entrevista mantenida en el Centro Espacial de Oberpfaffenhofen, cerca de Munich:

“Cada minuto pasa algo; se pone el Sol, la atmósfera cambia, la ionosfera azul brilla, las diferentes capas, los reflejos… Aunque estuvieras mirando lo mismo seis meses seguidos, no te aburrirías. Sabes que la Tierra es redonda y has visto fotos, pero desde el espacio resulta fascinante. Los recuerdos no se borran, y en algunas situaciones, cuando tienes un problema, puedes retrotraerte allí con la mente, refugiarte en aquella imagen”.

La vista del planeta en su totalidad no solo emociona por su belleza, sino que provoca toda una transformación mental en estas personas. En 1989, después de una inolvidable entrevista con los astronautas Titov y Manarov en el Cáucaso del norte, donde descansaban tras su estancia de un año en la “Mir”, comentamos con el Doctor Salgado y el fotógrafo Alguersuari, mis compañeros de reportaje, que muchos de aquellos hombres, militares, ingenieros técnicos, volvían de su experiencia espacial intelectualmente transformados. Convertidos, casi diría, en humanistas. Años después, encontré en el libro “Nash dom Zemliá” (“Nuestro hogar, la Tierra”), editado por la Asociación internacional de astronautas, una máxima de Edgar Mitchell, tripulante del “Apolo-14”, que confirmó completamente aquella percepción; “Fuimos a la Luna como técnicos, volvimos humanistas”, dijo Mitchell.

Yuri Gagarin, el primer astronauta de la historia, hijo de carpintero y nacido en un Koljoz, cuyo vuelo de 108 minutos, el 12 de abril de 1961, se conmemora el 12 de abril e inspira éstas líneas, fue, “el primero en comprender la totalidad del planeta”, explica Pavel Popovich, que, junto con Andrei Nikolayev, fue protagonista de las primeras órbitas simultáneas, en 1962.

“Desde el espacio, las fronteras no se veían, tampoco las religiones ni la nacionalidad”, explica Popovich, sólo aquella burbuja azul y blanca, entera y total. Aquella visión, dice, “suponía un gran adelanto para la humanidad”.

La idea de que conceptos como “interés nacional”, y todo lo que de ello se deriva en materia de economía, defensa y relaciones internacionales, eran fruto de ideas caducas, sino necias, en el pequeño mundo “total” que se veía desde allá arriba, es una constante en las reflexiones de los astronautas al regresar de sus estancias en las estaciones orbitales de la URSS.

“No importa en qué lago o mar detectas contaminación, en los bosques de qué país distingues incendios o qué continentes están siendo barridos por el huracán, porque sientes que toda la Tierra está a tu cargo”, dice Yuri Artiujin, que fue tripulante de la “Soyuz 14”, en 1974, bastante antes de que el concepto de calentamiento global comenzara a popularizarse en los años noventa.

“Me sentí muy inquieto cuando un astronauta ruso me dijo que sobre el lago Baikal la atmósfera está igual de contaminada que sobre Europa, y cuando un americano me dijo que hace quince años las fotografías espaciales de los centros industriales del mundo se veían mucho mas claras que ahora”, recuerda el alemán occidental Ernst Messerschmidt, tripulante del “Challenger- 9” en 1985. Su compañero Sigmund Jähn, de la entonces República Democrática Alemana, tripulante de la “Soyuz-31” en 1978, resumió así la conclusión de su viaje:

“Naturalmente antes de mi experiencia sabía lo pequeño y vulnerable que es nuestro planeta. Pero cundo lo vi en su increíble belleza desde el espacio, sentí con toda mi alma que la misión colectiva de la humanidad es preservarla para las futuras generaciones”.

El entrañable Vladimir Soloviov, uno de los astronautas más curtidos del mundo, tripulante y comandante en una larga lista de misiones, describe así la melancolía que le embargaba antes de “bajar”: “Al término de la misión, triste por regresar, me ponía junto al ojo de buey de mi compartimento, miraba a la Tierra y pensaba en su eternidad. Pasaré yo, pensaba, pasarán mis hijos y mis nietos, y nuestra Tierra continuará flotando en el espacio infinito…”

https://rafaelpoch.com/2019/04/03/vistas-desde-alla-arriba/

miércoles, 18 de marzo de 2015

¿Por qué viajan tan rápido los planetas y sistemas solares?

Si elegimos un punto de referencia con el que relacionar el movimiento de la Tierra, podemos deducir que nuestro planeta gira a alrededor de 1.609 km/h en la zona del ecuador.
A la vez, gira alrededor del Sol a una velocidad aproximada de 106.217 km/h y se mueve alrededor del centro de la galaxia, la Vía Láctea, a alrededor de 777.000 km/h. Asimismo, viaja hacia la galaxia Virgo a casi 2 millones de km/h.
Todos estos movimientos son resultado de la interacción gravitacional de cuerpos astronómicos y de la "ley de conservación del moméntum angular".
Durante la formación del Sistema Solar, el moméntum de la nube de la que se formó la Tierra se conservó mientras se produjo el colapso, lo que dio por resultado las altas velocidades de desplazamiento.
Lo mismo aplica a la Vía Láctea: cuando la galaxia colapsó desde una gran nube de gas en rotación, giró incluso más rápidamente y las estrellas que se formaron en su interior retuvieron esas altas velocidades de órbita.
http://www.bbc.co.uk/mundo/noticias/2015/02/150224_respuestas_curiosos_28feb_finde_vp

martes, 25 de noviembre de 2014

Interstellar: película magnífica, idea descabellada

“Es como si nos hubiéramos olvidado de quiénes somos”, se queja el héroe de Interstellar. “Exploradores, pioneros, no vigilantes... No estamos predestinados a salvar el mundo. Estamos predestinados a abandonarlo”. Este podría ser el epígrafe de nuestra época.

No me malentiendan. Interstellar es una película magnífica, fiel a las más ricas tradiciones de la ciencia ficción, visual y auditivamente asombrosa. Si miramos más allá de la inevitable tontería, encontraremos una conmovedora exploración de la paternidad, la separación y el envejecimiento. Es también una clásica exposición de dos de los grandes temas de nuestra época: el optimismo tecnológico y el derrotismo político.

La Tierra y sus habitantes se enfrentan a una catástrofe planetaria, causada por “6.000 millones de personas, todas y cada una de las cuales trata de tenerlo todo”, lo que se traduce extrañamente en una sucesión de plagas que arrasan las cosechas del mundo y succionan el oxígeno de la atmósfera (cuando los recibos principales hay que pagarlos en los EE.UU., no te puedes permitir ganarte el odio de los medios de difusión mencionando el cambio climático. Las plagas, un substituto evidente, probablemente han evitado la pérdida de millones de dólares de recaudación).

El colapso civilizatorio al inicio de la película se entrevera con entrevistas que presentan a veteranos de las grandes sequías y tormentas de polvo de los años 30 [en el sur de los Estados Unidos]. Sus raídos rostros prefiguran los temas del envejecimiento y la pérdida. Pero también nos recuerdan un mundo de voluntad política. Se cometieron grandes locuras, pero se hicieron cosas grandes y valerosas para remediarlas: pensemos en el New Deal y el Cuerpo Civil de Conservación [Civilian Conservation Corps, programa de ayuda estatal para jóvenes de la administración Roosevelt]. Ese mundo es casi tan diferente del nuestro como los planetas visitados por los astronautas de Interstellar.

Dejan la tierra para encontrar un lugar al que puedan escapar, o, si eso falla, un mundo en el que pueda depositarse un cargamento de embriones congelados. Hace falta un esfuerzo, cuando sales del cine, para recordar que esas fantasías se las toman en serio millones de adultos, que las consideran una alternativa realista a encarar los problemas a los que nos enfrentamos en la Tierra.

La Nasa tiene una página en la Red dedicada a esta idea. Afirma que naves espaciales gigantescas “podrían ser lugares maravillosos en los que vivir; del tamaño más o menos de una ciudad playera californiana, y dotadas de entretenimientos ingrávidos, fantásticas vistas, libertad, espacio para moverse a montones, y gran opulencia”. Por supuesto, nadie podría salir de allí, salvo para irse a otra nave, y el más mínimo fallo técnico provocaría una aniquilación instantánea. Pero los “asentamientos en la órbita terrestre tendrán una de las visiones más asombrosas de nuestro sistema solar: la Tierra viva, siempre cambiante”. Podemos mirar atrás y recordar lo hermosa que era.

Y está además el dinero que se puede hacer. “La colonización del espacio es, en lo esencial, negocio inmobiliario”, prosigue la página de la Nasa. “Quienes colonicen el espacio controlarán vastas tierras, enormes cantidades de energía eléctrica y recursos materiales casi ilimitados. [Así] se creará una riqueza que rebasará la más viva imaginación y nos brindará poder, con suerte para el bien antes que para el mal”. Dicho de otro modo, no sólo dejaríamos atrás la Tierra sino también a nosotros mismos... más aquí.
Traducción para www.sinpermiso.info: Lucas Antón

martes, 7 de enero de 2014

Brindis. Ante la orilla sagrada donde nos espera el destino, seguir vivos es la victoria

A mitad de enero en la valla publicitaria de enfrente, que a las seis de la tarde ya estaba a oscuras, sobre las piernas largas de esa modelo que anuncia un perfume se detendrá un sol imprevisto, muy dulce; al inicio de febrero, llore o ría la Candelaria, se despertará la savia de los árboles y apuntarán las gemas en las ramas desnudas; en marzo muchos sueños que uno alimentó con el año nuevo ya habrán sido derrotados: no has encontrado trabajo y tampoco has adelgazado; en cambio, las flores que perdieron los almendros han sido recuperadas por los cerezos. Pese a todo, deberás seguir adelante, puesto que el sol cumplirá con su oficio inexorable sin contar con las tormentas del corazón. Puede que este sea el artículo malo que uno repite siempre al comenzar el año, pero el sol, siendo como es una bomba de hidrógeno, también se repite y no pasa nada. Mientras las gotas metálicas del deshielo caen de los cobertizos sobre el humeante estiércol del ganado, de la última nieve resplandeciente de abril nacerán rosas en mayo y las nubes pasarán por las veletas de los campanarios cargadas de bienes o llenas de maleficios contra el trigo y el viñedo que peina las lomas. Sin duda, ante la puerta del verano, con la fe renovada, pensarás: tengo que rebelarme, no voy a dejar que me machaquen más, quiero luchar. Aquellas gemas que despertó la savia serán frutas en los mercados, cerezas de junio, ciruelas de julio, fresquillas de agosto, moscatel de septiembre. Mientras el sol decline la luz para pudrir las hojas amarillas de otoño, si finalmente has conseguido no rendirte, obtendrás también tu propia cosecha, tal vez la brisa deliciosa de un amor, el deleite de las risas con los amigos, la gracia de un placer secreto que te conceda un dios pagano. Cuando en noviembre se cierren los días y el recuerdo de los muertos fermente bajo tierra, surgirá del légamo el presagio de que todo va a resucitar de nuevo. Diciembre dejará caer el sol en el abismo, pero con el solsticio de invierno volverá a crecer desde las tinieblas y ese será el momento de recuperar la inmortalidad de cada hora. Ante la orilla sagrada donde nos espera el destino, levanta la copa y brinda por los buenos días del pasado y por todos los sueños imposibles. Seguir vivos es la victoria.
Fuente: Manuel Vicent. El País.

domingo, 27 de octubre de 2013

La voz del viento. Utopías


La voz del Viento - Semillas de transición from Mosaic Project on Vimeo.
-Descárgate la pelicula en HD (Download / HD / boton derecho / guardar enlace como..)-

Si quieres hacer una aportación:
https://www.paypal.com/cgi-bin/webscr?cmd=_s-xclick&hosted_button_id=MB87KSJDKJ35N

Ya estamos presentando la pelicula! puedes consultar los pases en la agenda de la web:
www.lavozdelviento.org

Contáctanos para organizar un pase público!
Al correo electrónico: lavozdelviento (arroba) mosaicproject (punto) net

La voz del viento – Semillas de transición - Documental franco-español, video HD 1080p, 92 min. sonido estéreo.

Hicimos un llamamiento a la financiación participativa para producir este documental: es.ulule.com/mosaic/


Jean Luc Danneyrolles, agricultor de la provenza Francesa y Carlos Pons, documentalista Español, organizan un viaje hacia Granada al encuentro de los movimientos sociales alternativos, entre agroecología y cambio de paradigma. Enrolan un cámara y parten durante los grandes fríos de Febrero 2012 habiendo llevando consigo como moneda de cambio una gran colección de Semillas.
El testimonio vivo de un movimiento que crece... Otro mundo se hace posible aqui y ahora.

Datos sobre el viaje:
21 días de viaje
35 Proyectos visitados
Más de 200 personas encontradas
9 parques naturales
(Mapa del viaje interactivo aqui: g.co/maps/8mvgt)

Proyectos y personas que aparecen en el documental:
Mas Franch, Ecollavors, Esporus, Semillas Madre Tierra, Ecocolonia Calafou, Didac S.Costa, 15M, Miquel Vallmitjana, Enric Duran, Cooperativa Integral Catalana, Esther Vivas, Derecho de Rebelión, AureaSocial, Gustavo Duch, Revista Soberania Alimentaria, Yaiza, Can Masdeu, Guillem Tendero, La Garbiana, Roy Littlesun, Universidad del corazón único, Josep Pamíes, Dolça Revolucio, Ecoxarxa Lleida, Permacultura Montsant, Mariano Bueno, Ecollaures, Llavors d´aci, Red sostenible y creativa, Ojo de agua, La Cúpula, Felah Mengus, Temazcali Efimero, La Tribu, BioAlacant, Vicent Bordera, Patricia Dopazo, Plataforma por la soberania alimentaria País Valencià, Perifèries, Mercatremol, Proyecto Rúcula, Jardines de Acuario, Red de Permacultura del Sureste, Los Albaricoqueros, Rincon del Segura, Nuevos Recolectores, Sunseed, Agrodilar, Hortigas, Ecovalle, 15M Granada, La comida en nuestras manos.

Contexto
Jean-Luc es productor de semillas naturales y ecológicas de más de 250 variedades, tradicionales, antiguas y raras. Él llama a su jardín: “Le potager d´un curieux”: “El huerto de un curioso”.
A más de mil km, siguiendo el Mediterráneo hacia el sur, resuena la ciudad de Granada con una fuerte evocación para él.

Tanto su jardín como su pequeña cabaña donde vive, están llenas de escrituras, reflexiones, pensamientos, poesías… Es un curioso y se abre a la exploración, tanto intelectual como filosófica y espiritual.

Nos conocimos durante la primavera de 2011 y estuve trabajando con el por unos meses en el huerto. Se dieron muchos debates interesantes y una buena conexión, vivimos juntos, en la distancia, la “primavera árabe” y el “15-M” entre semillas, planteles y compost, algo está germinando y casi lo podemos palpar.

Pasó todo el verano y me reencuentro con Jean-Luc en su casa en noviembre 2011, me dice que quiere un receso, se lo pide su tierra, se lo pide su cuerpo, pero sobre todo se lo pide su espíritu. Quiere observar, ver que ocurre en su Jardín, también quiere ver que está pasando en el mundo, más allá de su día a día local.

Me propone que vaya con él de viaje hasta Granada.
En seguida la idea conecta y le propongo que hagamos paradas, intercambiando sus semillas, encontrando gente ligada al movimiento y que así podamos conocer e ir viviendo que es lo que está ocurriendo, de Girona a Granada hay muchos proyectos inspiradores tanto personales como colectivos…

Entonces surge… ¿por qué no llevamos una cámara y lo grabamos?

Participantes:
Dirección / Montaje / Sonido / Guión: Carlos Pons
Semillas / Poemas: Jean-Luc Danneyrolles
Imagen: Samuel Domingo
Montaje: Manu de la Reina
Producción: Virginia Cabello, Benoit Bianciotto
Banda Sonora: Felah Mengus; Marta Gomez; Enrique Morente; Keny Arkana
Traducción / Asesor texto francés: Benoit Bianciotto
Co-Producción: Patrice Scanu