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domingo, 1 de febrero de 2026

La disfunción europea: una Unión que no sirve y una Europa imprescindible

En Europa vivimos una paradoja cada vez más evidente. La Unión Europea, tal como está diseñada y gobernada, ya no cumple las funciones históricas que justificaron su creación.

Reconocer este fracaso no puede conducir al rechazo de Europa como espacio político. Al contrario, debe llevarnos a una conclusión más incómoda para quienes se dejan llevar por el prejuicio y la inercia, pero precisamente por eso más fecunda y necesaria. Europa no sirve como está. Y, sin embargo, Europa es hoy más necesaria que nunca.

Esta es la realidad que conviene afrontar sin autoengaños.

La Europa que ya no sirve

La Unión Europea que ha fallado es la que dejó de ser un proyecto político al servicio de la ciudadanía y fue capturada por grandes corporaciones, capital financiero, lobbies empresariales y una clase dirigente que acabó construyendo una arquitectura institucional pensada para blindarse frente a los pueblos a los que decía representar.

No fue una desviación puntual, sino un cambio estructural. La integración europea se orientó deliberadamente hacia la creación de un gran mercado sin ciudadanía política equivalente. Se integraron los capitales, pero no los derechos. Se unificaron las finanzas, pero no los salarios, la fiscalidad ni los sistemas de protección social. Se consagró la libre circulación de mercancías y dinero, mientras se fragmentaba la soberanía democrática.

El resultado es una Unión eficaz cuando se trata de proteger intereses corporativos y lenta, cuando no hostil, a la hora de proteger a las personas.

La Unión Monetaria es el ejemplo más claro de este diseño. El euro no fue concebido como instrumento de integración solidaria, sino como mecanismo disciplinario. Sin unión fiscal, sin presupuesto común relevante, sin mutualización de riesgos y sin un banco central al servicio del empleo y del bienestar, la moneda única no podía generar convergencia. Y no lo hizo. Las divergencias productivas y sociales han aumentado. El euro no ha unido a Europa: la ha jerarquizado.

A esta disfunción interna se ha añadido una subordinación geopolítica creciente. La Unión ha renunciado a actuar como actor autónomo justo cuando Estados Unidos dejaba de comportarse como aliado fiable. Al mismo tiempo, se ha permitido el deterioro del contrato social: crisis de vivienda alimentada por la financiarización, precarización laboral crónica, aumento de la desigualdad y transición ecológica subordinada a intereses corporativos.

A ello se suma una quiebra ética. La Unión Europea usa una constante doble vara de medir en materia de derechos humanos. A los bancos se les rescata con rapidez y generosidad, a quienes sufren se les trata con tacañería burocrática. Hay silencio ante el genocidio del pueblo palestino; ante otros, defensa sin reservas. Ese comportamiento ha erosionado gravemente la autoridad moral de la Unión. Una Europa que proclama valores universales, pero los aplica de forma selectiva pierde legitimidad dentro y fuera.

No es extraño que, en estas condiciones, crezca el rechazo ciudadano.

La Europa que necesitamos

Dejar que este diagnóstico conduzca al euroescepticismo o al repliegue nacional es un gran error histórico. Precisamente porque la Unión Europea no sirve en su forma actual, Europa es ahora más necesaria que nunca.

Ningún Estado europeo dispone por sí solo de la escala necesaria para defenderse y frenar la deriva destructiva y cada vez más incompatible con la democracia del capitalismo global, para disciplinar a las grandes plataformas tecnológicas, garantizar autonomía energética, sostener un modelo social avanzado o desempeñar un papel relevante en la prevención de conflictos. En el mundo actual, la soberanía efectiva es continental o no lo es.

Como advirtió Karl Polanyi, cuando la economía se desincrusta de la sociedad y opera a escala supranacional sin control político equivalente, la democracia queda inerme. La respuesta no puede ser el repliegue, sino la reconstrucción de lo político en la misma escala en la que actúan los poderes económicos. Y hoy día esa escala es europea.

Europa es imprescindible también porque el mundo ha entrado en una fase de inestabilidad estructural por la proliferación de conflictos armados, la crisis climática acelerada, el declive del multilateralismo y el avance del autoritarismo. En este contexto, la jibarización de Europa en beneficio de los Estados nacionales no abriría espacios de emancipación, sino vacíos que serían ocupados por fuerzas menos <,democráticas o más violentas.

Europa sigue siendo uno de los pocos espacios del mundo donde existe una memoria institucional de la paz como proyecto político. Esa experiencia, ciertamente, no garantiza nada, pero ofrece un punto de apoyo que no existe en otros lugares.

Otra Europa, sostenida sobre otros principios y políticas, puede ofrecer una alternativa civilizatoria entre el autoritarismo y el neoliberalismo depredador: no un imperio, no un satélite, no un simple mercado, sino un proyecto político basado en democracia, derechos sociales, cooperación y paz.

Europa dispone además de capacidades reales que hoy utiliza de forma insuficiente: poder regulatorio, capacidad normativa, peso comercial, liderazgo tecnológico y experiencia en sistemas de bienestar. Como ha señalado Jürgen Habermas, el problema europeo no es la ausencia de recursos, sino la falta de voluntad para convertirlos en poder democrático efectivo.

De la necesidad a la virtud: los cambios imprescindibles

Que Europa sea necesaria no significa que lo vaya a ser automáticamente. La necesidad solo se convierte en virtud si se producen cambios profundos y deliberados, tanto a escala de la Unión como en el interior de los Estados que la componen.

Antes incluso de los cambios institucionales, económicos o geopolíticos, Europa necesita reconstruir el vínculo emocional con los pueblos que la componen.

No se trata de una consideración previa puramente retórica, sino la condición de posibilidad de cualquier proyecto político democrático.

No hay comunidad política sin afecto. No hay proyecto compartido si la Unión es percibida como una máquina de imponer sacrificios y disciplinar democracias. Europa solo será viable si protege antes de exigir, si cuida antes de sancionar, si escucha antes de imponer.

Europa conoce bien el precio de la barbarie y sabe, o debería saber, que no hay estabilidad sin justicia social, bienestar y buen gobierno. No puede haber paz sin derechos. Y hoy día esos están siendo sistemáticamente erosionados.

El segundo cambio es político y democrático. Europa necesita una auténtica unión política con poder democrático real que implica: una Comisión sometida a control parlamentario efectivo, un Parlamento Europeo con plena capacidad legislativa y de iniciativa y un Banco Central Europeo con el mandato explícito de impulsar la creación de empleo, cohesión social y transición ecológica.

Sin democracia paneuropea real no hay ciudadanía europea. Y sin ciudadanía no hay proyecto compartido.

El tercer cambio es económico y social. La Unión no puede seguir siendo solo monetaria. Es imprescindible la unión fiscal, un presupuesto común relevante, mecanismos permanentes de mutualización de riesgos, armonización social mínima en salarios, derechos laborales y protección social, y políticas sectoriales conjuntas diseñadas como instrumento de convergencia y progreso productivo.

La Europa basada exclusivamente en mercados que, para colmo, son muy imperfectos ha terminado convertida en un espacio de desconfianza mutua. La integración solo puede sostenerse sobre la protección compartida.

Un cuarto cambio es estratégico y geopolítico. Europa necesita autonomía real en energía, industria, tecnología y en política exterior y de seguridad. No para convertirse en una potencia agresiva más, sino para no ser rehén de potencias externas.

Cada día está más claro: la paz europea no puede depender indefinidamente de la subordinación a intereses ajenos ni del rearme sin proyecto político común.

El quinto cambio es normativo: el bienestar, la cohesión social, la sostenibilidad de la vida y la democracia deben situarse explícitamente por encima de los balances empresariales y los indicadores financieros. Sin ese cambio de prioridades, cualquier reforma será cosmética.

También han de cambiar los Estados miembros

Nada de lo anterior será posible si los Estados siguen utilizando a Europa como coartada para justificar recortes o evitar responsabilidades. Deben democratizar su relación con la UE, implicar a parlamentos y ciudadanía y construir alianzas transnacionales estables.

Además, deben reforzar sus propios Estados sociales. Sin sociedades cohesionadas no hay base social para un proyecto europeo democrático. La Europa social no se construye solo en Bruselas.

Por último, los Estados deben asumir un papel pedagógico. Europa no puede seguir siendo un ente abstracto, opaco y distante. O se convierte en un espacio comprensible, discutido y apropiado por la ciudadanía, o seguirá siendo percibida como una estructura ajena y hostil.

Lo que puede hacer que Europa cambie

La objeción más frecuente a cualquier propuesta de transformación profunda de la Unión Europea es siempre la misma: no es realista. Las correlaciones de poder actuales, el diseño institucional, la captura corporativa y la debilidad democrática parecen hacer quimérico cualquier cambio de fondo. Es cierto, pero también lo es que esa objeción parte de un error de perspectiva. Puede parecer poco realista porque lo que falta es un motor político capaz de hacerlo.

Lo que sí es irrealista es pensar que las actuales élites políticas y tecnocráticas (con quienes ahora mismo se confunde Europa) van a impulsar una transformación de este calibre. Como advertía Antonio Gramsci, las clases dominantes no renuncian voluntariamente a las estructuras que garantizan su poder. Los cambios de época surgen de crisis de hegemonía.

La realidad es que Europa está entrando en una y el impulso para aprovecharla y redirigirla hacia el cambio democrático de Europa no vendrá “desde arriba”, ni tampoco del repliegue nacional.

El motor necesario solo puede surgir de una convergencia transnacional de fuerzas sociales, políticas y culturales, impulsada por cuatro procesos que deben orientarse deliberadamente hacia la transformación democrática de Europa.

En primer lugar, el malestar social estructural, resultado directo del modelo europeo actual, debe encontrar una salida democrática, capaz de frenar su deriva hacia el autoritarismo.

En segundo lugar, la creciente conciencia de impotencia nacional, cuando se hace evidente que muchos problemas no pueden resolverse a escala estatal, debe traducirse en exigencia política de otra Europa, y no en repliegue reaccionario.

En tercer lugar, las redes sociales, sindicales y cívicas transnacionales ya existentes -movimientos por el clima, plataformas por la vivienda, defensa de los servicios públicos, organizaciones de derechos digitales, sindicalismo europeo- deben consolidarse como embriones de un nuevo sujeto político europeo.

Finalmente, las minorías políticas con visión postnacional, tanto en las izquierdas como en sectores democráticos del centro, deben confluir en un proyecto común que asuma que la alternativa no es menos Europa, sino otra Europa diferente.

En todo caso, no se trata de provocar rupturas súbitas. No podrá haber cambios radicales de la noche a la mañana, sino un proceso conflictivo y discontinuo, con avances y retrocesos, que deberá apoyarse en coaliciones de países dispuestos a avanzar, desobediencias selectivas a normas incompatibles con la cohesión social y reformas nacionales que arrastren a otras.

No necesitamos menos Europa, sino otra diferente. Y cuanto más tarde llegue, mayor será el precio económico, social, democrático y moral que paguemos.

Publicado en ctxt.es el 23 de enero de 2026

Fuente: 

miércoles, 9 de abril de 2025

Las grandes mentiras de la guerra de Ucrania

Fuentes: CTXT [Imagen: reunión entre el Consejo de la OTAN y Rusia en Bruselas a finales de enero de 2022, un mes antes de que empezara la guerra. / OTAN]



Europa es la gran perdedora del conflicto, pero ahora parece empeñada en perjudicarse aún más profundizando en la marcha de la locura
 

En el libro La marcha de la locura: la sinrazón desde Troya hasta Vietnam, la historiadora Barbara Tuchman aborda la desconcertante cuestión de por qué a veces los países promueven políticas radicalmente opuestas a sus intereses. Esta pregunta vuelve a cobrar relevancia ahora que Europa ha decidido empeorar aún más la marcha de la locura sobre Ucrania. Continuar con esta marcha tendrá graves consecuencias para Europa, pero abandonarla plantea un desafío político colosal que obliga a explicar cómo la Unión Europa ha resultado perjudicada por su política ucraniana; cómo es evidente que, si redobla esa apuesta, va a verse aún más perjudicada; cómo se ha vendido políticamente esa marcha de la locura; y, por último, por qué el poder político porfía en esa idea.

Los costes político-económicos de la locura

A pesar de no haber intervenido directamente en el conflicto ucraniano, Europa –y, sobre todo, Alemania– se ha convertido en uno de los grandes perdedores de la guerra debido a las sanciones económicas, que han tenido un efecto bumerán en la economía europea. La energía barata procedente de Rusia ha sido reemplazada por energía cara procedente de Estados Unidos. Esto ha tenido un impacto negativo sobre el nivel de vida de la sociedad y la competitividad del sector manufacturero; asimismo, ha influido en el aumento de la inflación en el territorio europeo.

A lo anterior se suma la pérdida de un mercado importante como es el ruso, en el que Europa vendía productos manufacturados y obtenía inversiones y oportunidades de crecimiento. Además, Europa se ha quedado sin el fastuoso gasto de las élites rusas: la combinación de estos factores ayuda a esclarecer el estancamiento de la economía europea. Por si fuera poco, su futuro económico está gravemente comprometido por la marcha de la locura, que amenaza con hacer permanentes esos efectos.

Europa se ha quedado sin el fastuoso gasto de las élites rusas

La llegada masiva de refugiados ucranianos también ha tenido consecuencias adversas: ha aumentado la competencia a la baja de los salarios; ha agravado la escasez de viviendas, lo que ha subido el precio de los alquileres; el sistema escolar y los servicios sociales se han sobrecargado, y el gasto público se ha incrementado. Aunque estas consecuencias han repercutido sobre el conjunto del territorio europeo, Alemania se ha llevado la peor parte. Esto, sumado a los efectos económicos adversos, ha contribuido a enturbiar el clima político, lo que ayuda a explicar el ascenso de la política protofascista, sobre todo –de nuevo–, en Alemania.

La gran mentira y cómo se vende la locura

La “gran mentira” es una idea que Adolf Hitler formuló en Mein Kampf (Mi lucha). Viene a decir que, si una mentira descarada asociada a un prejuicio popular se repite muchas veces, terminará por aceptarse como verdad. Joseph Goebbels, propagandista nazi, logró perfeccionar la teoría de la gran mentira en la práctica. Es innegable que muchas sociedades la han usado en cierta medida, y el poder político europeo ha recurrido a ella con total libertad para vender ahora la marcha de la locura.

La primera gran mentira es el resurgimiento de la narrativa sobre los acuerdos de apaciguamiento de Múnich de 1938, que afirma que Rusia invadirá Europa central si no es derrotada en Ucrania. Esa mentira también se alimenta con los restos de la teoría del dominó de la Guerra Fría, según la cual la conquista de un país desencadenaría una oleada de colapsos en otros países.

La narrativa de apaciguamiento motiva, asimismo, comparaciones sumamente desacertadas entre el presidente Putin y Hitler, avivadoras de una segunda gran mentira: el moralismo maniqueo que presenta a Europa como la encarnación del bien y a Rusia como la encarnación del mal. Este marco impide reconocer la responsabilidad de Occidente en la gestación del conflicto, por medio de la expansión de la OTAN hacia el este, y la propagación del sentimiento antirruso en Ucrania y otras repúblicas exsoviéticas.

La tercera gran mentira atañe a la capacidad militar de Rusia: se argumenta que su poderío militar representa una amenaza existencial para Europa central y oriental, y esto aporta credibilidad a la acusación del expansionismo ruso. Ninguna ecuación matemática podría desmentirlo; sin embargo, los antecedentes en el campo de batalla indican lo contrario, al igual que el análisis de su base económica, relativamente exigua en comparación a la de los países de la OTAN, sin olvidar el envejecimiento demográfico que padece.

El “apaciguamiento de Múnich”, el “expansionismo ruso”, “Rusia como encarnación del mal” y la “amenaza militar rusa” son imágenes ficticias que se utilizan para deslegitimar a este país y, a la vez, justificar y encubrir las agresiones occidentales. Nunca existieron pruebas de que Rusia tuviese la intención de controlar Europa occidental, ni durante la Guerra Fría ni hoy en día. Al contrario, la intervención de Rusia en Ucrania fue motivada principalmente por el miedo –en términos de seguridad nacional– que desató la expansión de la OTAN por parte de Occidente, de la que Rusia se ha quejado repetidamente desde la desintegración de la Unión Soviética.

La gran mentira emponzoña la posibilidad de paz, porque no se puede negociar con un adversario que encarna el mal y constituye una amenaza existencial. Con todo, y a pesar de su naturaleza engañosa, las mentiras ganan terreno entre la opinión pública; por un lado, porque se conectan con una dilatada historia de sentimiento antirruso, que incluye la Guerra Fría y el miedo a los rojos de los años veinte; por otro, porque apelan a la soberbia pretensión de superioridad moral, uno de los emblemas de la marcha de la locura.

Cortina de humo: el establishment europeo intensifica la marcha de la locura

La gran mentira ayuda a explicar cómo el poder político europeo ha vendido la marcha de la locura, pero invita a preguntarnos por qué. La respuesta es tan simple como compleja. La parte simple del análisis advierte que el establishment político europeo ha fracasado en la política interior y se asoma al abismo: adoptar la locura con mayor ahínco es un intento de salvación.

El establishment político europeo ha fracasado en la política interior y se asoma al abismo

Ejemplo de ello es Francia, con un presidente, Macron, bastante impopular y menguante legitimidad democrática. La estrategia de guerra exterior actúa como cortina de humo redirigiendo la atención de los fracasos en la política interna hacia un enemigo externo. Así, Macron apela al nacionalismo militarista y se posiciona como defensor de La France.

En la misma línea, Keir Starmer, primer ministro británico, ha redoblado la apuesta por la estrategia política de la triangulación, de modo que los laboristas siguen los pasos del partido conservador. Starmer y su partido han llevado la estrategia tan al extremo que de laboristas ya solo les queda el nombre, e incluso han superado a los conservadores con su postura belicista en Ucrania. Ahora bien, estas decisiones lo han hundido políticamente. En un escenario en el que lo único que ofrece son medidas conservadoras, los votantes de derecha eligen la marca original y los de centroizquierda se abstienen cada vez más. Como respuesta, Starmer ha optado por ampliar la intervención de Reino Unido en Ucrania y ha participado en sesiones fotográficas acordadas con fines militares en un intento de evocar las figuras de Winston Churchill y Margaret Thatcher.

Pero es que, si observamos el panorama general, comprobaremos que los socialdemócratas europeos tienden a una postura aún más militarista que los conservadores. En parte, esto se debe al fenómeno de mimetización derivado de la triangulación, que fuerza a estos grupos a tratar de superar a sus rivales constantemente. De igual manera, se debe al infame abandono de la oposición al nacionalismo militarista que ha definido a la izquierda desde los horrores de la I Guerra Mundial. En otras palabras: muchos socialdemócratas se han convertido ahora en amigos de la locura.

La animadversión de Europa contra Rusia y las largas raíces de la locura

La parte compleja de por qué Europa ha adoptado el paradigma de la locura se arraiga en las largas y enmarañadas raíces de esta, que se remontan a muchos años atrás. Esa historia ha sembrado la animadversión institucionalizada contra Rusia que ahora impulsa la marcha de la locura europea. Hace setenta años que Europa carece de un enfoque independiente en materia de política exterior. En su lugar, se somete al liderazgo de Estados Unidos y designa a personas afines a los intereses estadounidenses para ocupar los cargos de defensa y política exterior que ostentan el poder.

Este sometimiento se propaga a las élites de la sociedad civil –laboratorios de ideas, universidades prestigiosas y grandes medios de comunicación– y al complejo industrial-militar y el empresariado, que han secundado este posicionamiento con la esperanza de abastecer al ejército de Estados Unidos y conseguir acceso a los mercados estadounidenses. Todo esto ha desembocado en el secuestro del pensamiento político europeo en materia de política exterior y la conversión de Europa en un actor subordinado a la política exterior estadounidense, una situación que sigue vigente.

Dada la falta de autonomía en política exterior, Europa se ha mostrado dispuesta a apoyar la expansión hacia el este de la OTAN comandada por Washington en la era posterior a la Guerra Fría. El objetivo de Estados Unidos era crear un nuevo orden mundial en el que se consolidaría como potencia hegemónica sin que ningún país pudiese disputar su dominación, como había hecho la Unión Soviética. El proceso comprendía tres pasos, siguiendo el plan maestro articulado por Zbigniew Brzezinski, exconsejero de Seguridad Nacional de Estados Unidos. Primero, expandir la OTAN hacia el este para incorporar países del antiguo Pacto de Varsovia; segundo, expandir la OTAN hacia el este para incorporar repúblicas exsoviéticas; tercero, concluir el proceso con la división de Rusia en tres estados.

El sometimiento de Europa al liderazgo estadounidense también permite explicar la urgencia paralela de la Unión Europea por expandirse hacia el este. Habría sido muy sencillo acceder a las ventajas económicas del mercado por medio de acuerdos de libre comercio, que, además, habrían posibilitado el aprovechamiento de la mano de obra barata procedente de Europa central y oriental por parte de las empresas europeas. Lejos de eso, se optó por la ampliación –a pesar de resultar sumamente costosa en términos económicos y de que Europa del Este carecía de una tradición política democrática común–, porque así se afianzaba a los Estados miembro en la órbita occidental y se acorralaba a Rusia; esto es, la expansión hacia el este de la UE complementaba la expansión hacia el este de la OTAN.

Por último, también existen factores idiosincráticos propios de cada país que sirven para explicar la adopción de la locura por parte de Europa. Uno de los casos que ilustran la histórica animadversión contra Rusia es el de Reino Unido, cuya antipatía se origina en el siglo XIX, cuando veía la expansión rusa en Asia central como una amenaza a su dominio en India. A esto se sumó el miedo a que Rusia ganase influencia ante el declive del Imperio Otomano, lo que propició la Guerra de Crimea. Hoy en día, la animadversión británica contra Rusia se asienta en la Revolución bolchevique de 1917 y el establecimiento del gobierno comunista, la ejecución del zar y su círculo familiar, y el incumplimiento de pago por parte de la Unión Soviética de los préstamos que Reino Unido había concedido en el marco de la I Guerra Mundial. En 1945, menos de seis meses después de la firma del Acuerdo de Yalta con la Unión Soviética, Winston Churchill propuso la Operación Impensable, un plan que incluía el rearme de Alemania y la continuación de la Segunda Guerra Mundial contra Rusia. Afortunadamente, el presidente Truman lo rechazó. Tras la Segunda Guerra Mundial, el servicio secreto británico apoyó un levantamiento en la Ucrania soviética comandado por el ucraniano Stepan Bandera, fascista y colaborador nazi. Este trazado histórico clarifica el alcance de la animadversión de la clase gobernante británica contra Rusia, un sentimiento que perdura en la concepción de la política y la seguridad nacional del presente.

La expansión hacia el este de la UE complementaba la expansión hacia el este de la OTAN

Todo lo que se sembró en este largo e intrincado recorrido histórico se está cosechando ahora con el conflicto ucraniano. Dada su condición de actor subordinado, Europa se posicionó de inmediato con la respuesta estadounidense, a pesar de los costes en términos económicos y sociales y de que el conflicto apelaba a la hegemonía estadounidense, no a la seguridad europea.

Peor aún: debido a la expansión previa de la OTAN y la UE, estas instituciones han anexado Estados –a saber, Polonia y los países bálticos, entre otros– con una profunda y activa aversión hacia Rusia, lo que los convierte en firmes partidarios de la marcha de la locura. Como miembro de la OTAN, incluso antes de la intervención militar rusa en Ucrania, Polonia acogió con agrado el despliegue de instalaciones para misiles que podrían suponer una amenaza directa a la seguridad nacional de Rusia. En el mismo orden de ideas, y con anterioridad a la intervención en Ucrania, los países bálticos habían insistido en el despliegue de más fuerzas de la OTAN en su territorio.

En cuanto a la UE, ha elegido mandatarios rusófobos deliberadamente, como Ursula von der Leyen, actual presidenta de la Comisión Europea. El último nombramiento en ese sentido ha sido el de la estonia Kaja Kallas, nacionalista extremista designada como alta representante de la Unión Europea para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad. Kallas ha pedido abiertamente la disolución de Rusia y, durante su mandato como primera ministra de Estonia, promovió con vehemencia políticas contra la población de etnia rusa.

Más papista que el papa: los amargos frutos político-económicos de la locura

Paradójicamente, es Estados Unidos, bajo el gobierno de Trump, el que ha roto con la estrategia de seguridad nacional estadounidense del aparato bipartidista que abogaba por cercar a Rusia y escalar la tensión cada vez más. Esta ruptura abre una oportunidad para que Europa se libre de la trampa en la que ha caído por su falta de visión política. No obstante, se muestra más papista que el papa; leal al Estado profundo estadounidense que vela por la seguridad nacional.

Tanto el presidente Macron como el primer ministro Starmer hablan del envío unilateral de efectivos militares franceses y británicos a Ucrania. No hay duda de que eso escalaría drásticamente el conflicto, además de evocar la estupidez de los eventos que condujeron a Europa a la I Guerra Mundial. El Gobierno laborista de Starmer también habla de una “coalición de los dispuestos”, ignorando que esa expresión hace referencia a la invasión ilegal de Estados Unidos en Irak.

Mientras tanto, la Unión Europea, con la aprobación del establishment político europeo, impulsa un mastodóntico plan de gasto militar de 800.000 millones de euros, financiado a través de bonos. La facilidad con la que se diseñó un plan con un presupuesto de este calibre dice mucho sobre el carácter de la UE. El dinero para el keynesianismo militar se dispone con prontitud; el dinero para las necesidades de la sociedad civil nunca está disponible por razones de responsabilidad fiscal. Reino Unido, Alemania y Dinamarca, entre otros países, también han presentado propuestas para incrementar su propio gasto militar.

Esta deriva augura la consolidación de una economía impulsada por la guerra

El giro hacia el keynesianismo militar generará un impacto macroeconómico positivo, ya que está respaldado por el complejo industrial-militar europeo, uno de los grandes beneficiarios. Eso sí: fabrican cañones, no mantequilla. Peor todavía, esta deriva augura la consolidación de una economía impulsada por la guerra, sin espacio para la política fiscal; es decir, sin espacio para la inversión pública en ciencia y tecnología, educación, vivienda o infraestructura, áreas que realmente aportan bienestar.

Por otro lado, el giro hacia el keynesianismo militar traerá consecuencias políticas negativas, ya que reforzará la posición y el poder políticos del complejo industrial-militar y de los partidarios del militarismo. La celebración del militarismo, por otra parte, va calando paulatinamente en la percepción del electorado, de forma que promueve el desarrollo de movimientos políticos reaccionarios más amplios.

En definitiva, los frutos político-económicos de la marcha de la locura se anuncian amargos y tóxicos. La única manera de evitarlos es que los liberales y los socialdemócratas europeos recuperen el sentido común, pero me temo que el panorama es desolador.

Thomas Palley es economista. Miembro de Economics for Democratic and Open Societies. 

 Texto traducido por Cristina Marey Castro.

lunes, 31 de marzo de 2025

Los dirigentes europeos están jugando con fuego. Por Juan Torres López

Fuentes: Ganas de escribir


El anuncio de que debe haber un kit de supervivencia en los hogares europeos es la última desvergüenza de los burócratas que gobiernan Europa. Por ahora, y no la única.

 Al mismo tiempo, financian informaciones en los medios para que hablen de reclutamiento y sobre cómo hacer frente individualmente a una guerra, o difunden informes de servicios de inteligencia, como el alemán, asegurando que pronto se va a producir un ataque ruso a la OTAN.

No explican, sin embargo, para qué querría atacar Putin a algún país europeo, qué ganaría con eso, o cuándo ha dicho que pudiera o deseara hacerlo. Deliran y les vale todo, con tal de hacer creer a la población que la guerra es inminente e inevitable y que la única solución es aumentar el gasto militar, su negocio.

Hay que dejar ya de disimular y es imprescindible que, por cualquier vía en la que sea posible, digamos a los dirigentes de la Comisión Europea, a los parlamentarios y a los líderes de los partidos que el objetivo de prepararse para la guerra contra Rusia es una auténtica locura. La mejor forma de provocarla.

Hay que decirles que si Europa se ha quedado ahora desnuda, cuando los Estados Unidos de Trump ha girado en su posición estratégica, es porque los dirigentes europeos no han promovido nunca una auténtica política de defensa, sino que se han limitado a propiciar que el gasto militar sea lo mismo que para ellos es Europa, un negocio para las grandes empresas y bancos. Exactamente lo mismo que se proponen hacer ahora. No buscan defendernos. Se inventan un enemigo para justificar el gasto multimillonario del que sólo se aprovecharán, ganando aún más dinero con recursos públicos, los mismos de siempre.

Hay que decírselo: son los dirigentes de la Unión Europea los que está creando las condiciones para que la guerra se produzca si siguen por este camino. Exactamente lo mismo que sucedió cuando, siguiendo a Estados Unidos, apoyaron la estrategia de acorralamiento a Rusia que terminó con lo que todo el mundo sensato vaticinaba que iba a suceder.

Ya he explicado en otros dos artículos (aquí y aquí) que es imposible que, con el programa de rearme que se proponen llevar a cabo, se defienda realmente a Europa o se consiga más seguridad frente a cualquier tipo de amenaza. De hecho, en lugar de disipar las que pudieran existir, hará que aumenten y aparezcan otras nuevas.

No se puede creer que los dirigentes europeos busquen de verdad lo que dicen: crear un auténtico ejército europeo. No pueden buscar eso de veras, como aseguran, porque -para formar un ejército europeo- lo que principalmente se necesitaría no es más dinero sino, sobre todo, que exista un único «mando», una única autoridad, una verdadera unión política, una Europa federal. Y esta es una aspiración a la que hace tiempo renunciaron para dejar a Europa reducida a ser un mercado único que ni siquiera ha sido capaz de generalizar el uso de su propia moneda. No van por ese camino: bastó ver a Macron ofreciendo a los demás países la bomba nuclear de Francia pero reservándose para sí la decisión de cuándo y cómo usarla. O a los líderes europeos dejándose convocar y liderar para fijar estrategias por el único país que se ha salido de la Unión.

Y tampoco se puede creer que sea aumentando aún más el gasto militar como se disiparía la amenaza que pueda suponer Rusia. Los países de la Unión Europea en su conjunto ya realizamos el segundo mayor gasto militar del planeta -350.000 millones de dólares- tras Estados Unidos -968.000 millones- y por delante de China -235.000 millones. Aumentando sin cesar las armas no se ha conseguido la paz. El peligro de guerra con Rusia se eliminaría si se le da el lugar que debería corresponderle en las instituciones y los acuerdos internacionales y si se negocia y se respeta, si no se provoca ni acosa, y si se cumplen los acuerdos que se firman, lo cual -hay que decirlo- no es lo que ha hecho la Unión Europea, ni sus diferentes países, por su cuenta, como miembros de la OTAN.

No exculpo a Rusia bajo el liderazgo de Putin de todo lo que ha sucedido y sucede. Ni mucho menos. Sólo escribo esto porque las cosas son como son, porque me importan y les hablo a quienes me representan y gobiernan y porque creo que tengo la obligación moral de decirles que vienen actuando desde años como auténticos pirómanos y con una doble moral que avergüenza e indigna.

Para defender a Europa, empecemos por construirla como algo más que un mercado, como un bastión de democracia y derechos humanos y con las herramientas y políticas comunes que generan cohesión, bienestar e identidades, valores y sueños compartidos. 

Fuente: 

viernes, 7 de febrero de 2025

Europa: una crisis de identidad que obliga a cambiar el rumbo

La continua aplicación de políticas económicas erróneas y orientadas a favorecer sólo el interés privado, además del sometimiento a los dictados de Estados Unidos, han dejado a Europa en una situación de gran debilidad, justo en un momento en que debe enfrentarse a grandes amenazas en la escena internacional.

Dos hechos reflejan sintomáticamente la situación con la que comienza Europa el nuevo año. Alemania, su motor económico, culmina un segundo año en recesión y uno de sus grandes institutos de investigación económica reconoce que se encuentra en una situación de «crisis estructural».

Desde otro punto de vista, es significativo el silencio vergonzante de las autoridades europeas ante el anuncio de Donald Trump de que quiere apropiarse de Groenlandia, un territorio que forma parte de un país miembro de la Unión Europea.

Debilidad económica e insignificancia geopolítica. Dos expresiones de una misma moneda: la pérdida de impulso, poder y presencia de Europa en el mundo de nuestros días.

Fracturas de todo tipo

La UE se encuentra en el vértice de un conjunto de amenazas que no sólo se pueden calificar de peligrosas, sino de auténticamente existenciales, pues afectan al mismo tiempo a la economía, la política y sus instituciones, además de al poder efectivo que estas van a poder desplegar para defenderse.

La primera es de carácter estrictamente económica. Aunque de momento Alemania se lleva la peor parte, es toda la economía europea la que tiene problemas. La eurozona no levanta cabeza y la mayoría de los pronósticos coinciden en que «está lejos de la recuperación». Y es normal. Crisis energética, desindustrialización acelerada, pérdida de competitividad y retraso tecnológico conforman un cóctel envenenado que produce parálisis productiva y retraso frente a las demás potencias económicas.

La segunda amenaza que enfrenta Europa es su pérdida de influencia en el nuevo marco de relaciones económicas y comerciales que se está generando. Entre Estados Unidos y los BRICS, Europa no encuentra lugar ni ofrece al mundo alternativas de planteamiento y resolución multilateral de los grandes problemas de nuestro tiempo. Está a la deriva y esta desubicación le supone una amenaza grave porque la deja desprotegida, dependiente y vulnerable. Especialmente, si a eso se añade el rechazo explícito que recibe de países, como los africanos, donde antaño influyó y de donde obtuvo poder.

¿Acuerdos que debilitan?

En contra de lo que se quiere hacer creer, el reciente acuerdo entre la Unión Europea y Mercosur no va a abrir un nuevo espacio de fortalecimiento para la economía europea (como tampoco para la contraparte). Sin potentes políticas redistributivas o de compensación, la liberalización del comercio aumentará las divergencias internas, eliminará miles de empleos y deprimirá sectores fundamentales en ambas partes al desprotegerlos. Impulsará la concentración que dará aún más poder a los grandes grupos de capital industrial y financiero, como ha ocurrido siempre que se conceden ventajas asimétricas en los mercados. Dañará al medio ambiente, dificultando los procesos de transición hacia una mayor sostenibilidad. Y, para colmo, debilitará aún más a Europa al llevarse a cabo justo cuando Trump va a reforzar el proteccionismo de Estados Unidos.

A esas grandes amenazas económicas se le pueden sumar otras dos que tienen que ver con la política, el poder y la hegemonía.

Por un lado, Europa mantiene una posición de sometimiento ante Estados Unidos que no sólo hace que sufra ella misma los costes que se imponen a terceros, como en el caso de las sanciones a Rusia. Además, la lleva a adoptar posiciones de incoherencia e incluso de franca inmoralidad. Por ejemplo, condenando “la invasión a gran escala de Ucrania” por parte de Rusia y permitiendo al mismo tiempo que Israel cometa un genocidio con Palestina. Una contradicción vergonzante que le impide asumir posiciones de liderazgo internacional autónomas y resta credibilidad a cualquier iniciativa de política exterior en el futuro inmediato.

Por otro, Europa se muestra incapaz de contener el avance de fuerzas populistas de extrema derecha que cada vez disimulan menos su propósito final de dinamitar el actual modo de funcionamiento de la Unión Europa, sus instituciones, valores y políticas.

Todo esto le ocurre a Europa en el peor de los momentos, cuando la presidencia de Trump va a abrir un periodo de convulsión y conflicto abierto en todos los órdenes. La guerra comercial puede ser demoledora para una Europa económicamente debilitada, dependiente, sin proyecto estratégico y desprotegida; y la tensión militar la obligará a destinar recursos a este rubro, aumentando el descontento que alimenta a la extrema derecha y mina la confianza institucional.

Lo sorprendente de todo esto es que se produzca por causas tan visibles.

En primer lugar, por la aplicación continuada durante décadas de políticas favorecedoras de los mercados que sólo han servido para reforzar el poder de las grandes corporaciones. Y no precisamente gracias a su dinamismo y capacidad innovadora, sino la influencia conseguida sobre las instituciones europeas para poder extraer rentas sin límite. Ni siquiera el shock que produjo la Gran Recesión, ni la crisis del COVID-19 sirvieron para que los responsables de la Unión Europea tomaran conciencia del daño que generan sus errores y el servilismo hacia el poder económico y cambiaran de orientación política, como incluso Estados Unidos hizo bajo la presidencia de Biden.

Aunque el crecimiento del PIB es una expresión bastante burda, al menos resulta significativo de la debilidad y decadencia que esas políticas han provocado en la Unión Europea: su PIB (incluyendo el de Reino Unido antes del Brexit) sólo aumentó un 21% en los últimos 15 años, frente al 72% de EE.UU. y el 290% de China.

Desde el 2000, su peso en la economía mundial medido en paridad de poder de compra (es decir, equiparando los precios) ha bajado 5,1 puntos; el PIB per cápita en relación con el de Estados Unidos se redujo en casi dos puntos y, en lugar de ser 12 veces mayor que el de China como lo era entonces, ahora sólo es poco más de 3 veces superior.

En segundo lugar, la debilidad europea proviene de su incapacidad para reforzar la democracia y las instituciones representativas, lo que impide que la UE se consolide como un proyecto que la ciudadanía apoye y sienta como propio. Aunque la opinión no sea exactamente comparable por la forma en que se realiza el Eurobarómetro, es significativo, por ejemplo, que en 2000, sólo un 19% de la población encuestada tenía una imagen negativa o bastante negativa de la Unión, mientras que en 2024 un 59% consideraba que las cosas iban en la mala dirección.

En su día, Angela Merkel reclamó reglas presupuestarias que ningún Parlamento pudiera modificar y lo consiguió. Pero el resultado ha sido el reforzamiento de los grupos de poder que actúan en las sombras, el declive económico, el descontento social que ha catapultado a la extrema derecha y la irrelevancia cada vez mayor de la Unión Europea en el tablero mundial.

Tras las pasadas elecciones al Parlamento Europeo, la gobernabilidad se ha hecho más difícil e inclinada hacia posiciones radicales, populistas y peligrosamente volcadas hacia el militarismo, esto último, incluso con el apoyo de los socialistas. Si no se produce un giro de orientación y la Unión Europea no apuesta por políticas económicas que protejan su actividad productiva y generen más bienestar, y si no define con urgencia un proyecto propio que la libere de los imperativos de las imposiciones estadounidenses, Europa puede entrar en una etapa de dolor, frustraciones y conflictos hasta hace poco imprevisibles.


lunes, 18 de marzo de 2024

La extrema derecha contra los derechos de las trabajadoras en Europa



Contra la igualdad salarial, contra unas condiciones de trabajo y de vida dignas para las mujeres, y sin respaldar siquiera la lucha contra la violencia y la trata de seres humanos: ese ha sido el balance de las votaciones de la extrema derecha en el Parlamento Europeo durante esta legislatura.

En 2020 la Confederación Europea de Sindicatos calculaba que, de no cambiar las políticas de la Unión Europea, la diferencia salarial entre hombres y mujeres en Europa desaparecería… en 2104. Afortunadamente, desde entonces se han propuesto y adoptado algunas políticas de igualdad de género a escala europea. Sin embargo, cuando se presentaron al Parlamento Europeo, algunos se opusieron, no a los detalles con sugerencia de enmiendas, sino a los textos en su conjunto.

Políticas específicas de género
Este es el caso, en primer lugar, de la directiva sobre igual salario por igual trabajo, a la que los eurodiputados nacionalistas y de extrema derecha de los grupos Conservadores y Reformistas Europeos e Identidad y Democracia se opusieron, o se abstuvieron, en un informe que se presentó al Parlamento en 2022 (la directiva sometida a examen se aprobó la pasada primavera).

Lo mismo ha ocurrido con los aspectos de género de la crisis energética. En enero, el Parlamento respaldó por amplia mayoría un informe que valoraba la necesidad de políticas específicas de género, pero se opusieron de nuevo los eurodiputados de extrema derecha. Entre ellos había representantes del Vlaams Belang belga, miembro del grupo ID.

Este comportamiento de voto se mostraba ciego a la necesidad social de Europa entera que abordaba el informe. El Instituto Sindical Europeo demostró recientemente que casi el 80% de los 432.000 millones de euros asignados y destinados a blindar los hogares de la UE (entre septiembre de 2021 y enero de 2023) no se habían dirigido a ese fin, beneficiándose en gran medida los sectores más ricos de la sociedad, mientras que los más pobres, entre ellos muchas mujeres, quedaban a la intemperie.

En cuanto a la pobreza de las mujeres, hemos visto el mismo patrón. En 2022 se elaboró un informe que fue aprobado por el Parlamento, con un fuerte apoyo de los eurodiputados. Pero tampoco hubo apoyo de la extrema derecha, que se abstuvo o votó en contra.

Este comportamiento tampoco fue diferente cuando se trató de promover a las mujeres en los consejos de administración de las empresas. Cuando el Parlamento abordó esta cuestión en 2022, una vez más no suscitó el apoyo de la extrema derecha, no sólo en este o aquel elemento, sino en general (una vez más, la directiva salió adelante a finales de ese año).

Violencia y trata
La situación es aún peor. En esta legislatura también se han redactado, debatido y aprobado informes sobre la lucha contra la violencia y la trata de seres humanos. En cuanto a la violencia, la Organización Internacional del Trabajo y sus distintos grupos -representantes de trabajadores, empresarios y gobiernos- ya habían trabajado en un convenio para 2019 (190) sobre la lucha contra la violencia y el acoso en el trabajo. Cuando la cuestión de su adopción por los Estados miembros de la UE llegó recientemente a las comisiones del Parlamento Europeo, una vez más suscitó un fuerte apoyo, pero no de la extrema derecha.

En cuanto a la lucha contra el trata de seres humanos, cabía imaginar que habría unanimidad, y en enero el Parlamento y el Consejo de la UE aprobaron la revisión de normas en ese sentido. Sin embargo, el eurodiputado Tom Vandendriessche, principal candidato en junio del Vlaams Belang, no sólo se opuso a la iniciativa en comisión. También le reprendieron por utilizar la palabra holandesa omvolking -normalmente traducida como «gran substitución»- en un debate sobre migración celebrado ese mismo mes en Estrasburgo. Su homóloga alemana, Umvolkung, empleada por Alternative für Deutschland, la escogieron en 2019 los lingüistas alemanes como «no-palabra» anual por su contenido inhumano.

A menos de 100 días de las elecciones al Parlamento, tenemos que ser mucho más conscientes de los riesgos que representa la extrema derecha para todos nosotros, especialmente para las mujeres. Les debemos a todas esas mujeres y hombres que lucharon por sus derechos y por los nuestros compartir e intensificar la lucha. Nadie debe decir, el 10 de junio, cuando se conozcan todos los votos: wir haben es nicht gewusst (“no lo sabíamos”).

Marie-Hélène Ska. Secretaria General de la confederación sindical belga ACV-CSC.

 Texto original: Social Europe, 8 de marzo de 2024 

viernes, 23 de diciembre de 2022

La Europa del euro sembró la semilla de la extrema derecha y ya no puede frenarla

30 Sep 2022 La Europa del euro sembró la semilla de la extrema derecha y ya no puede frenarla🔊 Escuchar Publicado en Público.es el 30 de septiembre de 2022

¿Cómo es posible que en un periodo de tiempo tan relativamente pequeño hayan podido expandirse tanto e incluso normalizarse las ideas extremistas, claramente antidemocráticas, en la Europa que se jactaba de ser la cuna y el futuro de la civilización más humanista y ejemplar?

Mi opinión es que eso ha tenido mucho que ver con el modo en que se ha ido construyendo la Unión Europea y, sobre todo, la zona monetaria del euro. Que, a su vez, es una de las expresiones más perfectamente acabadas del capitalismo neoliberal de nuestro tiempo.

Desde el punto de vista económico, no creo que sea necesario insistir en que las previsiones sobre los beneficios del euro no se han cumplido y, por tanto, que se ha producido una gran frustración social, aunque no se hable de ello.

Bastantes estudios empíricos (como este) han mostrado que el euro no ha generado efectos positivos singulares sobre la tasa de crecimiento económico en los países que lo asumieron. Lo cual es relevante pues se estimaba que ese sería el motor de los avances generales en inversión, empleo y bienestar. Es también una evidencia que la deuda se ha desbocado en todos los países y que no se ha logrado la convergencia de las economías que se anunció como una consecuencia segura de su puesta en marcha.

Todo lo cual, por cierto, era previsible, tal como anunciaron muchos economistas al señalar que la unión monetaria del euro estaba mal diseñada desde el principio. Paul Krugman dijo que los criterios de convergencia eran una «solemne tontería» y Joseph Stiglitz escribió todo un libro para demostrar «cómo la moneda común amenaza el futuro de Europa». No se reconoció, pero se supo desde su inicio que el euro nunca podría generar las ventajas que se le asociaban, porque se diseñó sin las instituciones y mecanismos de ajuste imprescindibles para hacer frente a los desequilibrios y shocks de tan diferente tipo que hoy día pueden afectar a las economías.

Durante algunos años, y a costa de generar burbujas y un endeudamiento que terminarían siendo letales, aumentó la convergencia entre las economías que formaban parte del euro pero comprobándose, al mismo tiempo, que más acercamiento en términos de PIB per capita no llevaba consigo ni semejante generación de valor añadido, ni armonía estructural ni, por supuesto, más equidad. Y cuando estallaron, las crisis fueron devastadoras; como no podía ser de otro modo, precisamente porque se carecía de mecanismos adecuados de ajuste y estabilización. Es más, el euro había dejado sin apenas capacidad de maniobra macroeconómica a los gobiernos y lo poco que estos podían hacer para luchar contra ellas era, para colmo, procíclico; es decir, que agudizaba los problemas.

Se sabía perfectamente que los cambios que llevaría consigo la implantación del euro no serían los fantásticos que se vendían a la opinión pública, sin ningún tipo de debate plural, para que aceptara sin rechistar su creación. Y se sabía que iban a generar mucha frustración ciudadana y descontento. Así lo reconoció en 1998 Etienne Davignon, presidente del grupo financiero más poderoso de Bélgica, en una entrevista en El País: «Los Gobiernos temen explicar a sus opiniones públicas la magnitud de los cambios que se avecinan. Es peligroso».

Tan claro debían tener los dirigentes europeos que la ciudadanía podría considerar peligroso al euro e indeseable asumir sus implicaciones, que lo legislaron sin contemplar la posibilidad material de poder salir de él. La trampa mejor urdida de la historia porque ¿quién en su sano juicio aceptaría incorporarse a algo de donde no esté contemplado que pueda salir si le va mal? Pues sí, los europeos que se incorporaron a una zona euro en cuyas normas no se contempla que algún país pueda abandonarla.

Pero ni siquiera todo esto ha sido lo peor que ha llevado consigo el euro y lo que, a mi juicio, ha producido la frustración, el desengaño y el desapego a las democracias que ha hecho crecer a la extrema derecha en Europa.

El euro ha impuesto políticas europeas en sustitución de las nacionales. Y el problema ha surgido porque la Unión Europea es un sujeto que adopta políticas sin ser político, utilizando el juego de palabras que me permito tomar prestado de Vivien Ann Schmidt (aquí). Es decir, sin tener una polis que lo condicione cuando crea conveniente. O, dicho de otro modo, porque no es una democracia y, por tanto, porque no proporciona ni el espacio ni los procedimientos (ni democráticos ni de cualquier otro tipo) que permitan canalizar las preferencias, las frustraciones, el descontento o la voluntad ciudadanas. La Europa del euro toma las decisiones que afectan a la ciudadanía, a veces muy gravemente, sin discusión ciudadana posible.

En la Europa del euro, la ciudadanía no se puede pronunciar ni deliberar, apenas puede influir, no tiene capacidad para controlar o censurar, y nunca puede decidir. Todo lo que afecta a sus condiciones de vida le viene dado; o mejor dicho, impuesto. Y en el único y cada vez más reducido espacio en donde a duras penas puede hacer algo de todo ello, en el de su respectiva nación, resulta que lo puede hacer en cada vez menor medida, en menos materias y siempre con la espada de Damocles sobre su cabeza: ¿lo permitirá o no lo permitirán Bruselas o Frankfurt, la Comisión Europea o el Banco Central Europeo, respectivamente?

Y la cuestión ni siquiera termina con ese achicamiento progresivo del espacio democrático que produce el euro. Como los partidos o los gobiernos nacionales no pueden decidir con autonomía porque no disponen ya de capacidad de maniobra suficiente, es materialmente imposible que pueden cumplir las promesas que han de ofrecer a sus potenciales electores y sin las cuales nunca podrán ganar las elecciones. Eso ha hecho que la política nacional se haya convertido en una farsa, en un sainete de compromisos que todo el mundo sabe que no se harán efectivos, salvo que respondan a la voluntad expresa de Bruselas, la cual ningún partido en su sano juicio (como reconociera Davignon) se atreverá a presentar ante sus electores como propia, si quiere conseguir su voto.

En el polo justamente opuesto de las instituciones del euro, los gobiernos nacionales han de limitarse -como también dice Vivien Schmidt- a hacer política sin hacer políticas, sin poder adoptarlas. Pero, entonces, ¿en qué queda la democracia?

Pues, realmente, en casi nada. El euro, esa es la realidad, vacía de democracia la política que se hace bajo su imperio.

Se sabía desde el principio que la Europa de los tratados del euro iba a ser incompatible con la constitución de algo parecido a un supra estado democrático. Nunca se pretendió. Lo que posiblemente no se tuvo en cuenta (o sí, quién sabe) es que convertir a la Unión Europea del euro en una no-democracia tan poderosa y determinante de lo que ocurre en las naciones que la conforman iba a debilitar en grado extremo a las democracias nacionales, o incluso a desmantelarlas, como dice Habermas que ha sucedido en Europa.

La Europa del euro ha desnaturalizado e inutilizado a las ya de por sí menguadas democracias nacionales en Europa y se ha construido a ella misma sobre la base de considerar innecesarias y prescindibles a la voz, las preferencias y la decisión de la ciudadanía; es decir, a la Democracia. ¿Quién se puede extrañar, entonces, que cada vez más gente y partidos simpaticen, voten, se unan, justifiquen, convivan sin problemas, o tengan por aliados para gobernar a quienes la rechazan expresamente?

Juan Torres López.

sábado, 29 de octubre de 2022

_- ¿Puede colapsar la economía alemana?

_- Publicado en Público el 23 de septiembre de 2022

Tranquilidad, amiga lectora o amigo lector. La economía alemana no colapsará. Si hicieron lo imposible para evitar que cayeran los bancos por ser demasiado grandes, muchos más cielos y tierras moverían para que Alemania no se vaya al garete. Aunque, eso sí, yo creo que se va a cerrar una época y que a la nación que viene imponiendo los intereses de su gran industria al resto de Europa se le viene abajo el modelo económico en el que ha basado su dominio durante las últimas décadas.

Hace unos días en The Wall Street Journal se decía que entramos en una «era de desindustrialización en Europa». Es algo que ya se venía observando antes del confinamiento y que había llevado a que Alemania estuviera a solo una décima de entrar técnicamente en recesión a finales de 2019. Ahora, las cosas se le han puesto mucho peor y casi nadie bien informado duda de que lo va a estar este mismo año.

Las causas de la crisis del modelo industrial que impuso la globalización de los últimos 40 años y que ya comenzaron a afectar a la industria alemana justo al salir de la anterior crisis económica son diversas y complejas y no las voy a tratar aquí. En este artículo solo pretendo señalar resumidamente lo que me parece que es la causa de que los cambios de tendencia en la industria mundial que se están produciendo y que se van a agudizar tras los cataclismos recientes (la crisis de la Covid-19 y la invasión de Ucrania) vayan a afectar de forma especialmente intensa y grave a Alemania.

Para decirlo de la manera más gráfica posible, se me ocurre utilizar un símil deportivo: la economía alemana viene compitiendo dopada desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Si de un deporte se tratara, hubiera sido descalificada hace tiempo.

Alemania se dopó para salvar las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial cuando otras potencias, e incluso pequeños países con los que luego, por cierto, los alemanes no han tenido clemencia alguna, le condonaron miles de millones de dólares de deudas. Gracias a que no pagó la totalidad de las que había generado (como tampoco reparaciones justas a los países a los que tanto daño causó) pudo disponer Alemania de los ingentes recursos necesarios para fortalecer su destrozado aparato productivo tras la guerra.

En segundo lugar, la economía alemana se ha dopado también con el diseño impuesto al proceso de integración europea.

Alemania es la responsable de que el proceso de unidad europea carezca de unión política y de que no haya llegado a ser una auténtica democracia, única forma de lograr que sus intereses (léase, los de las grandes empresas) puedan predominar sobre los del conjunto de Europa.

Alemania se ha dopado también con el mal diseño de la zona euro. Habiendo como hay argumentos teóricos y evidencia empírica abrumadores que señalaron y señalan que con el diseño proalemán aumentaría la divergencia y se producirían desequilibrios constantes y desindustrialización y decadencia productiva en las periferias, Alemania nunca cedió ante los intereses de su gran industria.

Alemania se dopó con un modelo de integración monetaria cuyas condiciones arbitrarias son incumplibles para todos los países pero que permiten castigar y someter a los que tienen menos poder de decisión. La prueba evidente de ello es que de 2000 a 2010, Alemania incumplió 14 veces las reglas de límite de déficit y deuda y España e Irlanda solo cuatro y cinco y nunca antes de la crisis de 2007. Pero solo los más débiles han pagado las consecuencias de sus incumplimientos.

Alemania se ha dopado con un euro que le permite mantener superávits exteriores sin tener que realizar ningún ajuste, mientras que obliga a que los hagan los deficitarios. Una aberración porque, en el seno de una unión monetaria, se debe actuar en ambos lados si no se quiere prolongar y aumentar el desequilibrio. Y se ha dopado también al evitar por todos los medios que la unión se dote de los mecanismos de ajuste (como una hacienda y política fiscal comunes) que sabemos son imprescindibles para que pueda ser exitosa una unión monetaria.

Alemania se ha dopado imponiendo en plena crisis políticas restrictivas que hundieron artificial e innecesariamente a los países periféricos. Ahora sabemos que otros lideres políticos como el propio Obama, los economistas más prestigiosos del mundo e incluso gobernadores de bancos centrales, como el de Austria, se lo advirtieron a Merkel sin que esta le hiciera caso alguno (un balance con muchos datos de esta época aquí).

La economía alemana se ha dopado con un excedente comercial que utilizó para financiar burbujas, para lo cual fue necesario que quienes tanto defienden la austeridad y el rechazo a la deuda obligaran a endeudarse al resto de Europa imponiéndoles condiciones y políticas que no podían tener otro efecto posible. Y eso, además, renunciando a utilizar ese excedente en la economía de su propio país para hacerla más sostenible y mejorar las condiciones de vida de su gente.

Alemania ha dopado a su economía con una política energética antieuropea, geoestratégicamente peligrosa y económicamente ineficiente a largo plazo, como ahora estamos y vamos a seguir comprobando dramáticamente.

Y se ha dopado también al mantener su supremacía comercial con una cotización del euro y un acercamiento a Rusia y China que solo respondía a los intereses de su gran industria y no a los del conjunto europeo.

Para metabolizar tanto dopaje, Alemania ha recurrido a un relato que falsifica su propia historia y los hechos más evidentes. Por ejemplo, cuando Merkel y otros líderes alemanes imponían la austeridad y las políticas deflacionistas a los demás países diciendo que era porque no querían que volviera a darse la hiperinflación que trajo a Hitler.

Una auténtica falacia porque está perfectamente estudiado (y los alemanes deberían saberlo mejor que nadie) que el nazismo vino de la mano de las políticas de austeridad alemanas y no de la inflación y que vino de la mano de los grandes capitales, cuyo interés egoísta es justamente el que vuelve a ser una amenaza para la democracia europea. O se dopa cuando extiende la idea de que los pueblos del sur somos vagos, a pesar de que trabajamos más horas de promedio que los alemanes, y más proclives a endeudarnos, cuando ya he dicho que esto ocurre como efecto derivado de las políticas que Alemania impone en su beneficio y que ni siquiera es algo exclusivo de las periferias, porque la propia Alemania se han endeudado más que nadie cuando le ha sido necesario. O cuando dice que las demás economías viven de los subsidios, cuando Alemania es quien más ayudas públicas viene dando a sus empresas.

Ahora, la guerra de Ucrania ha hecho saltar por los aires ese modelo dopado y la Alemania que apostó por dividir a los europeos como modo de garantizar su predominio le reclama su apoyo. Sin que de momento, por cierto, haya ni un ápice de autocrítica.

Alemania se ha comportado como el alumno listillo de la clase que se cree que engaña a todos cuando, en realidad, se estaba haciendo trampas jugando al solitario. Ha bastado que a Estados Unidos le interese, porque necesita reducir a Rusia y la mejor manera es enfrentarla militarmente con Europa, para que el dopaje que sostiene al modelo económico alemán haya quedado al descubierto, su economía por los suelos y la no-Europa diseñada por el capital alemán sin autonomía ni capacidad de decisión alguna.

Termino por el principio. La economía alemana no colapsará, aunque será otra a partir de ahora, porque no es eso lo que busca la gran potencia imperial. Lo que Estados Unidos necesita es que Europa se convierta en un gran cuartel, su economía en una subsidiaria de su industria militar alimentada con el dinero de los gobiernos y su proyecto de protagonismo político global como primus inter pares en un simple papel mojado.

El que quiso ser un renovado sueño de la Europa panalemana, el de la gran y superior Alemania dominando al continente, va a terminar siendo algo peor que una quimera. Ha sido la droga alemana que ha dividido y enfermado a toda Europa y que nos ha puesto en manos de Estados Unidos por mucho tiempo y al borde de una guerra de consecuencias todavía inimaginables. 

https://juantorreslopez.com/puede-colapsar-la-economia-alemana/

viernes, 25 de febrero de 2022

Rusia invade Ucrania: lo que sabemos hasta ahora

Putin ha lanzado en la madrugada de este jueves una ofensiva contra Ucrania, una acción que ha suscitado ya la condena internacional

Esto es lo que sabemos hasta ahora.

El presidente ruso, Vladímir Putin, ha lanzado una ofensiva militar contra Ucrania esta madrugada. "He tomado la decisión de iniciar una operación militar especial", ha dicho en una declaración televisada poco antes de las 3:00 GMT –4.00, hora peninsular española– . El objetivo, ha defendido el mandatario ruso, es "desmilitarizar y desnazificar" Ucrania y "proteger a las personas que han sido objeto de intimidación y genocidio por parte del régimen de Kiev durante ocho años". Tanto Ucrania, como la UE, la OTAN y EEUU, desmienten este genocidio, del que Putin no ha mostrado pruebas en su alocución televisada. "No tenemos planes de ocupar territorios ucranianos", ha dicho Putin. Sin embargo, ante las repetidas advertencias de países como EEUU sobre un ataque "inminente", Moscú había negado hasta ahora tener planes para invadir Ucrania.

Los líderes de las autoproclamadas repúblicas populares de Donetsk y Lugansk en el Donbás, al este de Ucrania, habían dado este miércoles un paso que allanaba el camino a una confrontación militar reclamando ayuda al Kremlin "para repeler la agresión de las Fuerzas Armadas de Ucrania y así evitar víctimas civiles y prevenir una catástrofe humana". Putin ha justificado la operación por esta solicitud. Este lunes, había reconocido la independencia de ambos territorios, controlados por separatistas prorusos, firmó un tratado de cooperación militar con ellos y había dado órdenes para enviar tropas para el "mantenimiento de la paz" en el Donbás. Esta zona vive un conflicto armado desde abril de 2014 entre las milicias prorusas y el Ejército ucraniano, que, según la ONU, ha causado más de 14.000 muertos. Se considera que la acción rusa ha terminado de enterrar los acuerdos de Minsk, el frágil proceso de paz para el mantenimiento del alto el fuego en el Donbás.

El Gobierno ucraniano ha activado la ley marcial en todo el país y ha asegurado que Ucrania se "defenderá" de la "invasión a gran escala desde múltiples direcciones" que ha lanzado Rusia y "ganará". El presidente Volodímir Zelenski ha anunciado que su país rompe relaciones diplomáticas con Moscú tras la agresión militar y ha asegurado que el "enemigo ha sufrido graves pérdidas y sufrirá aún más". Anteriormente, el presidente ordenó al Ejército causar "las mayores pérdidas posibles al invasor". El mandatario, informa Reuters, ha dicho que se darán armas a quien esté dispuesto a luchar. El ministerio de Exteriores ucraniano ha asegurado en un tuit a las 12:08 hora local que la situación "está bajo control". A las 15:31, las fuerzas armadas han informado de que seguía habiendo fuertes batallas a lo largo de toda la línea de contacto en el Donbas, pero no "se permitió ningún" avance ruso. "El mundo puede y debe detener a Putin. El momento de actuar es ahora", ha dicho el ministro de Exteriores, Dmitro Kuleba.

Ucrania ha informado al menos 40 muertos y varias decenas de heridos, según Alexéi Arestóvich, asesor presidencial, quien no ha especificado si entre las víctimas hay civiles, según informa la agencia AP.

Según las autoridades ucranianas, la oleada inicial de ataques parece incluir misiles de crucero, artillería y ataques aéreos que han golpeado la infraestructura militar y las posiciones fronterizas, incluidas las bases aéreas, recoge The Guardian. El Ministerio de Defensa ruso ha afirmado más tarde haber "neutralizado" las bases aéreas y las defensas aéreas de Ucrania. "La infraestructura de las bases aéreas del Ejército ucraniano está fuera de servicio", dice en un comunicado citado por la agencia Interfax.

La mayoría de los ataques aéreos se han concentrado en el este, pero también se ha informado de ataques en el oeste de Ucrania, incluidas las ciudades de Lutsk e Ivano-Frankivsk. También se ha informado de que las tropas rusas estaban cruzando la frontera al este de Járkov y de que estaban entrando en Ucrania desde Crimea, anexionada por Rusia en 2014, lo que sugiere un ataque a tres bandas desde el norte, el sur y el este, según informa The Guardian. Los separatistas apoyados por Rusia han lanzado ataques en las regiones escindidas de Lugansk y Donetsk, que reclaman pero solo controlan parcialmente, según informan los medios estatales rusos. El alcance total de la operación militar no está claro aún.

Se han escuchado explosiones cerca de las principales ciudades ucranianas, incluida la capital, Kiev, Mariúpol y Járkov, según las crónicas de periodistas de medios internacionales que se encuentran en el país. Este jueves se han formado atascos en la capital, donde viven tres millones de personas. También hay imágenes de ciudadanos buscando refugio en estaciones y colas para autobuses, cajeros automáticos y gasolina. Ucrania es un país de más de 600.000 kilómetros cuadrados y con una población de cerca de 44 millones de personas. Aunque lo reclaman, los separatistas no controlan todas las regiones de Donetsk y Lugansk, al este, sino aproximadamente un tercio, unos 16.000 kilómetros cuadrados, según algunas estimaciones. Ucrania, que es el país de menores ingresos de Europa, comparte frontera con Rusia (este), Bielorrusia (norte), Moldavia, Hungría, Eslovaquia, Polonia y Rumania (oeste) y limita con el mar Negro.

Ya hay informaciones de personas que empiezan a huir de sus hogares buscando seguridad. El Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados, Filippo Grandi, ha advertido de que las consecuencias humanitarias para la población civil "serán devastadoras". "En la guerra no hay vencedores, sino incontables vidas que quedarán destrozadas". Acnur explica que está trabajando con los gobiernos de los países vecinos, "pidiendo que mantengan las fronteras abiertas para aquellas personas que buscan seguridad y protección" y que ha intensificado sus operaciones y reforzado su capacidad en Ucrania y en los países limítrofes.

El Servicio de Fronteras de Ucrania ha asegurado que militares de Bielorrusia han ayudado a Rusia durante unos ataques que "sufrió la frontera estatal ucraniana" esta madrugada. Los ataques de tropas rusas "con ayuda de Bielorrusia" han tenido lugar con artillería, equipos pesados y armas de tiro, señala este órgano en un comunicado publicado en Facebook. El presidente bielorruso, Alexandr Lukashenko, ha dicho en una reunión con militares, citada por la agencia oficial Belta, que las tropas de su país no "tienen ninguna participación en esta operación" lanzada por Rusia en Ucrania. El servicio de fronteras ucraniano ha asegurado que las tropas rusas han cruzado el punto fronterizo de Vilcha, en la región de Kiev, a 50 kilómetros de la frontera con Bielorrusia.

Ucrania ha ordenado el cierre de su espacio aéreo para vuelos civiles tras el inicio de la operación militar de Rusia en el país. Y Rusia cierra el espacio aéreo a las aeronaves civiles desde el jueves en su frontera occidental con Ucrania y Bielorrusia, según un aviso emitido por las autoridades de aviación rusas, informa EFE. La Agencia Europea de Seguridad Aérea (EASA), en respuesta "al conflicto en desarrollo en Ucrania", ha pedido a los operadores aéreos evitar zonas del espacio aéreo de Ucrania, Rusia, Moldavia y Bielorrusia por "alto riesgo".

El jefe de la diplomacia europea, Josep Borrell, ha afirmado que Europa vive "el peor momento desde el fin de Segunda Guerra Mundial". Junto a la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, presentará a los líderes europeos un nuevo paquete de sanciones. "Estamos viviendo una agresión sin precedentes", ha afirmado Von der Leyen, "cuyo objetivo es la inestabilidad en Europea y del orden mundial". La primera ronda de sanciones de la UE ha afectado a un total de 23 personalidades, cuatro empresas y 351 diputados de la Duma, sancionados en la primera ronda europea de respuesta a Rusia. Los jefes de Estado y de Gobierno han anunciado "medidas más restrictivas" por "la agresión sin precedentes" de Rusia. Informa Andrés Gil.

El primer ministro británico, Boris Johnson, ha asegurado que "Occidente no se quedará a la espera" mientras Rusia ataca Ucrania, en una conversación con Zelenski. El presidente de Estados Unidos, Joe Biden, ha acusado al líder ruso de lanzar un ataque "no provocado e injustificado" contra Ucrania y de apostar por una "guerra premeditada" que provocará una "catastrófica pérdida de vidas y sufrimiento".

La OTAN ha anunciado que reforzará su flanco oriental –con mayor presencia en los países próximos a Ucrania y a Rusia, como los países bálticos, además de Polonia, Eslovaquia, Hungría, Rumanía, Bulgaria y el Mar Negro– sin desplegar tropas dentro de Ucrania. Los países occidentales habían dejado ya claro en los últimos meses que no enviarán tropas de combate a Ucrania. El secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, ha pedido a Rusia que retire sus fuerzas de Ucrania y que elija "el camino de la diplomacia". Este viernes se celebrará una cumbre virtual de líderes de la OTAN después de que vayas aliados hayan manifestado varios aliados sentirse amenazados. Informa Andrés Gil.

"Presidente Putin, en nombre de la humanidad, llévese sus tropas de vuelta a Rusia. Este conflicto debe terminar ahora", ha pedido el secretario general de la ONU, António Guterres, que ha asegurado que "esta guerra no tiene ningún sentido". "Este es el momento más triste de mi mandato como secretario general de Naciones Unidas", ha declarado Guterres al término de una reunión de emergencia del Consejo de Seguridad, que él mismo había abierto pidiendo al presidente ruso que no lanzase una ofensiva en Ucrania.

Tras reunirse el Consejo de Seguridad Nacional presidido por Felipe VI, el presidente del Gobierno de España, Pedro Sánchez, ha exigido a Putin el cese de las hostilidades sobre Ucrania y ha advertido de que sus acciones "no pueden quedar impunes". Por ahora el Ejecutivo solo habla de las sanciones sobre Rusia a expensas de la reunión extraordinaria del Consejo Europeo para estudiar la respuesta a lo que Sánchez ha denominado una "violación flagrante" de legalidad internacional. Informa Irene Castro.

Amnistía Internacional (AI) ha pedido que se respete "sin fisuras" el derecho internacional de derechos humanos y el derecho humanitario, y ha asegurado que seguirá de cerca la situación para denunciar las violaciones "por todas las partes". "Nuestros peores temores se han hecho realidad. Tras semanas de escalada, ha comenzado una invasión rusa que probablemente tendrá las consecuencias más horribles para las vidas humanas y los derechos humanos", ha declarado la secretaria general, Agnès Callamard. "Deben protegerse las vidas, los hogares y las infraestructuras de los civiles; no deben producirse ataques indiscriminados ni el uso de armas prohibidas, como las municiones de racimo". Este artículo está en permanente actualización.

https://www.eldiario.es/internacional/rusia-invade-ucrania-ahora_1_8777001.html

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miércoles, 16 de febrero de 2022

Hacia una crisis de misiles nucleares en Europa.

Mientras se incuban los mayores peligros militares, nos arrullan con los desmanes de Putin

“Cuando le señalan la Luna, el necio mira el dedo", reza la conocida máxima atribuida a Confucio. Su contenido es muy simple: ajenos a lo crucial, nos centramos en tonterías. Y lo crucial es el enorme peligro de repetir en Europa algo parecido a una “crisis de los misiles de Caribe” de 1962, ahora con Ucrania en el centro.

Desde hace años la potencia militar más fuerte y agresiva del mundo, Estados Unidos, está rodeando militarmente a Rusia y a China. Como esos dos países son grandes potencias nucleares de vocación imperial, los peligros de la operación son obvios para cualquiera con sentido común. No lo hay en Bruselas, ni en las mentes de nuestros disciplinados políticos, expertos y periodistas “atlantistas”.

Una buena muestra es la respuesta del redomado irresponsable secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, a los tímidos coqueteos de algunos socialdemócratas alemanes de que convendría acabar con la presencia de las armas nucleares de Estados Unidos en suelo alemán: “Por supuesto, Alemania puede decidir si deja de albergar armas nucleares, pero la alternativa es que acabaríamos teniéndolas en otros países de Europa, más al este de Alemania”.

Utilizando una “lógica poscolonial” y reclamando su “esfera de interés vital”, Rusia se considera “legitimada para controlar esa área y los países postsoviéticos europeos que no pueden elegir otro destino” ni “emanciparse de la condición geopolítica que les impone Moscú”, señala Carmen Claudín, analista del CIDOB. “No puede haber un Yalta.2”, dice el jefe de la diplomacia europea, Josep Borrell. “Es la propia política del Kremlin la que ha antagonizado a sus vecinos postsoviéticos, multiplicando los sentimientos antirrusos”, sentencia Claudín. Pero esta última verdad cambia poco lo esencial.

Negando el “derecho” de Rusia a oponerse a la ampliación de una alianza militar hostil junto a sus fronteras, Washington y sus defensores atlantistas europeos, ignoran doscientos años de la propia historia de Estados Unidos, reclamando e imponiendo su esfera de influencia en el hemisferio occidental. Claro que Ucrania, o Georgia, tienen derecho a pedir su ingreso en la OTAN y el estacionamiento de bases y armas en su territorio. En 1962, también la República de Cuba tenía derecho a reclamar el estacionamiento de misiles soviéticos a 170 kilómetros de territorio estadounidense. Washington se había ganado a pulso el “sentimiento antiamericano” de todo el subcontinente con sus invasiones, golpes de estado e implacable dominio del que Cuba había conseguido liberarse. Y por supuesto, también la URSS, amenazada por misiles nucleares estacionados en Turquía, tenía derecho a estacionarlos en Cuba. Pero es que en aquel caso, como en el actual, no era una cuestión de derechos, sino de medir las consecuencias. Como ahora la situación en Europa, la crisis de los misiles de Cuba fue extremadamente peligrosa. Estados Unidos advirtió que el asunto era casus belli: llevando hasta el extremo aquellos derechos, se habría destruido el planeta. Como dice con raro buen sentido Jack Matlock, ex embajador de Estados Unidos en Moscú, “como nuestro Congreso nunca aprobó una ley de la gravedad, ¿podemos ignorarla?”.

Ante esta situación, los políticos, expertos y periodistas “atlantistas” europeos, prefieren mirar el dedo: la “agresividad” de Putin y los nefastos abusos, fechorías y crímenes del régimen ruso. No son tonterías para los rusos que algún día deberán resolverlas, pero sí lo son para nosotros, en la situación concreta y actual que nos afecta.

Es obvio que existe una relación entre la política exterior rusa y la política interior del régimen ruso. La amenaza exterior tiene una gran funcionalidad para acallar a la oposición como “agente extranjero”, incluida la barbaridad cometida con la sociedad “Memorial”, por ejemplo. Pero es que, ¿acaso esa relación solo existe en Rusia? En Estados Unidos observamos incluso una relación aún más decisiva entre la economía, el dictado del complejo militar industrial sobre las decisiones del Congreso, y la política exterior de guerra eterna. Los misiles contra Sudan intentaron resolver el “caso Lewinski”, la leyenda de la intervención rusa en las elecciones de Estados Unidos ha sido arma en la pelea interna que divide al establishment norteamericano en un ambiente de manifiesto macartismo. Los atentados del 11 de septiembre neoyorquino se usaron para desencadenar una nueva catástrofe alrededor de los recursos de Irak… No solo hay disidentes, y tortura, en China y Rusia, ahí están Guantánamo y Assange, y también hay “agentes extranjeros” entre nosotros.

Bajo cada video que el canal ruso de televisión RT sube en YouTube, aparece el mensaje: “RT está financiada, total o parcialmente por la administración pública rusa”. “Medio controlado por el estado de Rusia”, reza el mensaje que sale en la página de RT en Instagram, propiedad de Facebook y que podría aplicarse exactamente igual a la Deutsche Welle, Voice of America, BBC, etc., etc. La versión alemana de RT, el único canal en el que los críticos de la ampliación de la OTAN podían expresarse y que cuestionaba la versión atlantista de la “revolución ucraniana” de 2014, los claroscuros del caso Skripal o los dudosos ataques con gas venenoso atribuidos a el Assad en Siria, ha resultado ser demasiado efectiva (quinto puesto en el ámbito “noticias” y “política” entre los canales vistos en Alemania) y se le ha negado la licencia de emisión, con lo que se limita a la transmisión por satélite. En septiembre el canal de video de RT-Alemania, que tenía más de 600.000 abonados y registraba más de 547 millones de consultas, fue borrado de YouTube. Mientras en Occidente, las democracias de baja intensidad no cesan de perder sustancia, los monopolios digitales de Estados Unidos, directamente sometidos al Big Brother de la NSA y otros servicios, como demostró Snowden, nos protegen así ante la propaganda rusa con el paternal mensaje: “Esta no es la propaganda que deberías consumir, consume la buena: CNN/ BBC/MSNBC, etc.” y nuestros periodistas y expertos nos arrullan mirando el dedo de los desmanes de Putin.

Tras ser ignorada durante décadas, Rusia ha presentado propuestas de acuerdos bilaterales con garantías de seguridad firmes, lejos de las promesas que no se cumplieron a lo largo de los últimos treinta años. Garantías de que Ucrania no ingresará en la OTAN, y que no se colocarán armas contra ella en su entorno inmediato.

“Esperamos conversaciones constructivas con un resultado final claro en los términos que garanticen una seguridad igual para todos” “Han llegado hasta el umbral de nuestra casa. ¿Creen que somos tan ilusos como para ignorar las amenazas planteadas a Rusia?. Ese es el problema: simplemente ya no tenemos terreno para retroceder”, ha dicho.

El sujeto de su reclamación no es la Unión Europea, ni la OTAN, sino que se ha dirigido directamente a quien manda en este asunto: Estados Unidos. Quiere acuerdos bilaterales con Washingtion y en segundo término con Berlín y París. El 21 de diciembre, el presidente ruso habló con el nuevo canciller alemán, Olaf Scholz, y con el presidente francés, Emmanuel Macron. La apuesta de Rusia es enérgica. Entre el 10 y el 13 de enero tendrán lugar las conversaciones, ¿qué pasará si no llegan a buen puerto?

Ante el Colegio del Ministerio Ruso de Defensa, una audiencia de generalotes, Putin dijo a finales de diciembre que si las conversaciones no logran resultados, Rusia adoptará “medidas militares apropiadas” de respuesta. Nuestros papagayos se preguntan por el contenido de tales “medidas”y han lanzado la voz de alerta ante la fantasmagórica “invasión de Ucrania”, un escenario fuera de toda realidad. La respuesta del Kremlin será otra: el despliegue de misiles nucleares tácticos en Bielorrusia y Kaliningrado. Con su estupidez, la Unión Europea regresa al continente a los principios de los ochenta, la crisis de los euromisiles. La unilateral retirada de Estados Unidos del acuerdo INF ha hecho posible esta locura.

No habrá seguridad europea que no sea común e integre los intereses de todos los países europeos, no la habrá sin Rusia, y desde luego no la habrá contra Rusia. Pese a los esfuerzos de nuestros políticos, expertos y periodistas.

Rafael Poch de Feliu

[Fuente: Ctxt]

lunes, 27 de diciembre de 2021

_- Paul Collowald, pionero de la UE: “Vi nacer Europa; ahora es frágil”

_- A los 98 años, este veterano europeísta es uno de los últimos testimonios del nacimiento del proyecto común en las ruinas de la II Guerra Mundial

Quedan pocos como Paul Collowald (Wissembourg, 98 años), testimonio, en un continente en ruinas tras la II Guerra Mundial, del nacimiento de lo que acabaría siendo la Unión Europea (UE). Collowald, francés de Alsacia y sobre todo europeo, cubrió como periodista los primeros balbuceos del proyecto común y después ocupó puestos relevantes en las instituciones comunitarias. Ahora vive en Waterloo. Por la pandemia, conversamos por teléfono.

Pregunta. Una fecha y un encuentro marcaron su vida.
Respuesta. Sí, el 12 de agosto de 1949. Aquel día me presentaron a Robert Schuman, el ministro francés de Asuntos Exteriores. Yo era un joven periodista que cubría la primera sesión de la Asamblea del Consejo de Europa en Estrasburgo. Schuman acudía a una recepción con un grupo de jóvenes. Le saludé y, terminada la reunión, fuimos caminando y conversando hacia la Prefectura, donde él se hospedaba.

P. ¿Qué le dijo?
R. “Estoy bastante preocupado”, me dijo. “No hay que volver a empezar con el tratado de Versalles y la humillación que supuso. Habrá que encontrar soluciones europeas”. Ahí escuché de su boca la palabra: Europa.

P. Poco después se publicaría la declaración Schuman, texto fundacional de la reconciliación franco-alemana y de la actual UE. ¿Por qué le impactó tanto aquel momento?
R. Por vivir yo en la frontera. Hubo anexiones sucesivas de Alsacia por Alemania. Mis antepasados conocieron la guerra de 1870, la de 1914-1918, y aún viviríamos la de 1940-1944. Es terrible. Cuando me di cuenta de que por fin había una respuesta precisa e inteligente para salir del círculo vicioso de guerras, guerras, guerras, entendí que esto me daba perspectivas. ¡Es importante tener perspectivas!

P. ¿Cómo había vivido usted la guerra?
R. Si yo hubiese residido en Burdeos, en Lyon o Marsella, mi juventud habría sido muy distinta. Pero Alsacia y Lorena eran territorios anexionados por Alemania.

P. Y se acercó a la resistencia.
R. Formaba parte de una red que distribuía folletos llamando a resistir y que ayudaba a pasar hacia Suiza para escapar a la Wehrmacht, el ejército alemán.

P. Pero lo acabaron reclutando.
R. A los padres de los chicos que se evadían los enviaban a campos de reeducación. Mi padre era funcionario. Mi madre estaba enferma. Tenía tres hermanas pequeñas. Una noche dije a mis padres: “He reflexionado, tengo la posibilidad de escapar, pero no os quiero exponer a los campos de reeducación”. Fui movilizado. Me enviaron a Polonia. Jamás había empuñado un fusil.

P. ¿Cómo fueron las cosas en Polonia?
R. Estaba en el cuerpo de ingenieros: construíamos puentes, nunca disparé. Los soviéticos avanzaban y avanzaban. La Wehrmacht reculaba y reculaba. Durante la retirada el sargento con el que estaba fue herido. Entramos en una granja. Mientras todos dormían tomé una de las grandes decisiones de mi vida. Tiré el uniforme militar, me puse un mono azul que encontré y me marché en dirección al Elba. En la otra orilla estaban los americanos.

P. ¿Qué aprendió de aquellos años?
R. Después de lo que vi, pensé que todo lo que pudiese contribuir a soluciones pacíficas sería formidable. La declaración Schuman del 9 de mayo de 1950 explica toda mi vida.

P. Usted estuvo presente en la creación.
R. Vi nacer Europa, en efecto. No había ninguna referencia histórica semejante. Desde 1870 se habían sucedido las guerras y el final de estas guerras no había conducido a la paz. Ahora llevamos más de 70 años de paz.

P. Ahora vuelven las fronteras, el nacionalismo.
R. Me veo obligado a pronunciar una palabra que está en la base de todo: solidaridad. Lo de ahora no es la guerra, pero afrontamos las complicaciones sociales, económicas y políticas que implica la covid-19. Aunque alego circunstancias atenuantes: se trata de decidir entre 27, mientras al principio solo éramos seis.

P. ¿Ve un peligro de que Europa se vuelva insignificante ante Estados Unidos y China?
R. No diría insignificante no, pero sí débil. Europa es frágil debido a la falta de solidaridad.

sábado, 24 de julio de 2021

Pablo de Greiff, exrelator de la ONU: “La Fundación Franco es una anomalía en Europa”

El experto, que ha asesorado al Gobierno en la nueva ley de memoria, advierte del riesgo de manipular la historia y negar que la Guerra Civil comenzase con un golpe de Estado

Su nombre se repitió el martes en multitud de ocasiones en la rueda de prensa posterior al Consejo de Ministros en la que Félix Bolaños, ministro de la Presidencia, presentó la nueva ley de memoria. La razón es que el demoledor informe que Pablo de Greiff redactó en 2014 tras visitar España como relator especial de la ONU ha sido fundamental en la redacción de la norma que el Gobierno llevará a las Cortes. En los últimos meses, De Greiff ha sido consultado en varias ocasiones por el secretario de Estado para la memoria democrática, Fernando Martínez, y ha ido recibiendo los borradores del texto. El martes, tras la presentación del documento, el experto en derechos humanos charló con EL PAÍS desde Nueva York, donde es profesor de Derecho en la NYU.

Pregunta. ¿Cuáles eran las principales carencias o defectos de la ley de memoria de 2007?
Respuesta. España podía haber hecho mucho más en ese momento. La interpretación de la ley de amnistía hacía al sistema judicial completamente inaccesible a los ciudadanos y creo que eso era un error. La ley privatizaba la búsqueda de restos y hacía que toda la carga recayera en los familiares de las víctimas, cuando era el Estado quien debía asumirla, y permitía que no hubiera equidad dependiendo del territorio donde se encontraran las fosas. La anulación de las sentencias era algo fundamental y al Gobierno le faltó determinación. Uno siempre vuelve de estas misiones con una imagen particularmente dolorosa. La mía en España fue la de una mujer que tenía la misma edad de mi madre y que me explicó que a ella le habían dicho que a sus padres los habían fusilado por ser asesinos. Ella, que tenía cinco años cuando ocurrió, lloraba diciéndome que lo había creído hasta que supo que los habían matado por ser maestros y pertenecer a un sindicato de maestros. Esa carga sobre los ciudadanos es cruel. Siempre pensé que la anulación de las sentencias era un tema relativamente fácil de solucionar. Varios países que pasaron por ese mismo proceso lo habían hecho. Para las familias era crucial sobre todo en un contexto en el que las víctimas del otro lado han sido homenajeadas y beneficiadas económicamente mientras ellos eran olvidados y represaliados. Ha habido una asimetría brutal en el tratamiento de las víctimas, y la ley no hacía lo suficiente para restablecer ese balance.

P. ¿Qué cambios de la nueva ley le parecen más importantes?
R. La ley expresa la voluntad del Gobierno de hacerse cargo de las exhumaciones y centralizar el proceso. Y que se cree un fiscal especial también es muy importante porque abre posibilidades que hasta ahora las víctimas no tenían. Veremos qué atribuciones y recursos se le da.

P. Otra de las novedades de la norma es que prevé la extinción de fundaciones como la que lleva el nombre de Franco. ¿Es su existencia una anomalía en Europa?
R. Absoluta. En el entorno europeo no hay nada parecido y existe una legislación que impide la apología del odio y criminaliza el negacionismo. La nueva ley acerca a España en este sentido al contexto europeo, donde no cabe una Fundación Hitler o una Fundación Mussolini.

P. El líder de la oposición en España, Pablo Casado, ha sugerido en el Parlamento que la Guerra Civil no comenzó por un golpe de Estado.
R. Wow. La democracia necesita tener respeto por la verdad. Nada me aterra más en este momento que la forma en que se está manipulado la Historia a nivel político en tantos lugares del mundo. Es una amenaza brutal. Y es especialmente triste porque están utilizando métodos democráticos para socavar la democracia. Nos debe preocupar a todos, independientemente de si uno es de izquierdas o de derechas.

El País.

jueves, 8 de julio de 2021

_- Europa pierde el norte y los responsables tienen nombre y apellidos

_- El anuncio de un nuevo paquete de inversiones en Estados Unidos por valor de 1,8 billones dólares y el de la posibilidad de que su gobierno suspenda temporalmente las patentes de las vacunas contra el coronavirus vuelve a mostrar que Europa ha perdido el norte y que se queda definitivamente atrás.

El nuevo plan que se acaba de anunciar, un mes después de otro de 2 billones de dólares dedicados a infraestructuras, se dedicará ahora a desarrollar el cuidado infantil de alta calidad permitiendo que las familias paguen solo una cantidad en función de sus ingresos, a financiar bajas médicas remuneradas, establecer la pre-escolaridad universal y gratuita y a satisfacer necesidades alimentarias de niños de bajo ingreso, entre otros objetivos de política familiar. Una nueva inyección de gasto que se sumaría a los 4,3 billones de dólares que se llevan ya desembolsados entre acciones legislativas (3,8 billones) y administrativas (0,5) de los 6,8 billones comprometidos y a los 2,9 billones (de los 6 comprometidos) de la Reserva Federal (https://www.covidmoneytracker.org/). Y ni siquiera se puede pensar que se haya acabado el estímulo si se tiene en cuenta que, según David M. Cutler y Lawrence H. Summers, el coste total de la pandemia en Estados Unidos sería de unos 16 billones de dólares (The COVID-19 Pandemic and the $16 Trillion Virus).

No hay comparación posible con lo que está haciendo la Unión Europea. Aquí nos hemos quedado atrás, no sólo en la cantidad de los estímulos aprobados frente a la crisis, sino también en la agilidad a la hora de ponerlos en práctica y en los principios que mueven la actuación de los responsables políticos, como muestra que la administración Biden se plantee suspender las patentes de vacunas cuando aquí los grandes partidos apuestan por todo lo contrario.

No se puede decir que Europa no haya adoptado medidas excepcionales porque sí que las ha tomado pero lo ha hecho con tal conservadurismo y lentitud que apenas han comenzado a ser efectivas. Y, lo que es peor, las ha diseñado y se dispone a ponerlas en marcha sin apartar la mirada del espejo retrovisor, es de decir, sin perder de vista el fundamentalismo presupuestario que tanto daño ha hecho en otras crisis, e incluso en los periodos de bonanza y crecimiento.

La Unión Europea ya fracasó en la anterior crisis de 2007-2008, cuando estableció medidas de ajuste y recortes depresivas en medio de la recesión, provocando torpemente una segunda recaída de la actividad y el empleo y el descontrol de la deuda, y no parece que sus responsables hayan aprendido nada de aquello, a pesar de tantos análisis como han demostrado que se actuó sin base científica, influido por sesgos ideológicos e interpretando mal los datos que se tenían delante.

La pertinaz insistencia en el error que viene caracterizando a los responsables de la Unión Europea es el resultado de una percepción ideologizada de los problemas económicos al servicio de los grandes intereses económicos que ha consolidado unas instituciones que impiden o hacen muy difícil salir del bucle en el que se encuentran. Es como si, a base de tanto servilismo, la Unión Europea se hubiera inmunizado al revés: haciendo imposible que surjan los anticuerpos que permitan cambios de rumbo y ... seguir aquí,

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