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domingo, 6 de septiembre de 2020

_- La distorsión de la medicina basada en la evidencia

_- Por Carlos Soler | 14/08/2020 |
Conocimiento Libre
Fuentes: Nogracias.org

La existencia de conflictos de intereses no es coyuntural, sino constitutiva (o estructural) en un sistema social complejo. Los intereses no tienen por qué ser negativos a priori. Pueden ser más o menos legítimos o generar mayor o menor consenso ético, y su interacción puede tener resultados dispares. La cuestión principal es cómo se articulan, supervisan y regulan. El ámbito de la salud, tanto en su vertiente reactiva como de prevención y promoción así como en la investigación, constituye a día de hoy un gigantesco mercado, lo que confiere mucho peso a los intereses financieros (Stamakatis, 2013; Ioannidis, 2016). Aunque no es el objetivo primero de este artículo, conviene reseñar que ese peso financiero se ve propiciado en determinado contexto histórico y político (por ejemplo, a través de las leyes de patentes y la entrada de la industria farmacéutica y de la investigación en la economía financiera especulativa, impulsadas en los años 80 en los EE.UU.).

En este artículo se abordará cómo la Medicina Basada en la Evidencia (MBE), un movimiento que nace hace tres décadas buscando minimizar los sesgos en la medicina clínica, se ha visto gravemente distorsionado y alejado de esos valores para favorecer intereses particulares, principalmente económicos. El foco estará en la influencia de la industria farmacéutica (IF), sin dejar de mencionar otros intereses corporativos y la colaboración necesaria de distintos actores.

La MBE reposa sobre cuestiones abordadas desde hace tiempo por la medicina, la filosofía natural y la ciencia. Sus orígenes más concretos suelen situarse en una serie de charlas que dio en 1972 el epidemiólogo Archie Cochrane, tituladas «Efectividad y eficiencia: reflexiones aleatorias sobre los servicios de salud» (Cochrane, 1972). Cochrane argumentó que se estaban usando muchas intervenciones médicas de eficacia y seguridad dudosas o desconocidas. Esto habría de causar daño a nivel tanto individual como poblacional a través de la iatrogenia, el despilfarro de recursos y del fracaso a la hora de adoptar tratamientos más efectivos. Afirmó que los tratamientos deberían evaluarse sistemáticamente usando métodos no sesgados (como el ensayo clínico aleatorio —ec—) y que la profesión médica debía revisar de forma continua sus conocimientos. Lo respaldaba un fuerte imperativo ético: no hacer daño, hacer lo mejor por los pacientes y de modo justo, sin malgastar recursos.

El término MBE fue acuñado en los años ochenta del siglo XX por el EBM Working Group de la McMaster University para describir la evaluación y el uso de los resultados de la investigación en el cuidado de los pacientes individuales. Este grupo situó la MBE como un «cambio de paradigma» en un famoso artículo publicado en 1992 (Guyatt et al., 1992). Desde entonces, la MBE ha tenido un enorme impacto en las políticas y prácticas de los sistemas de salud como un método para guiar las decisiones tanto clínicas como sanitarias en general. Para centrar la cuestión, podría decirse que la MBE nació, en el plano teórico, al cariz de una pregunta fundamentalmente epistemológica: ¿Qué evidencia puede considerarse apropiada para tomar decisiones clínicas? Se cernían dudas cada vez más consistentes sobre el «viejo paradigma», en el que la práctica médica se sustentaba básicamente en la experiencia clínica y la evidencia mecanística (o fisiopatológica). La primera estaría sometida a multitud de sesgos (tendencia a recordar resultados positivos, pudiendo estos no estar relacionados causalmente con el tratamiento indicado, sobreestimación de eficacia por efecto placebo, etc.). La segunda había dado ya abundantes ejemplos de inconsistencia (problemas al trasladar resultados in vitro a in vivo, perjuicios no detectados al ensayar tratamientos a pequeña escala, etc.).

Ante esto, los promotores de la MBE defendieron una aproximación sistemática a la evidencia. Esta se jerarquizó, basándose en la confiabilidad del conocimiento obtenido por distintos métodos de investigación y de acuerdo con tres afirmaciones fundamentales: 1) Los EC y las revisiones sistemáticas (RS) y metaanálisis (MA) dan evidencia más robusta que los estudios observacionales; 2) los estudios comparativos (EC y observacionales) dan evidencia más robusta que el razonamiento mecanístico; y 3) los estudios comparativos dan evidencia más robusta que la opinión de expertos. Así, la evidencia probabilística prevalecería sobre la fisiopatológica, y ambas sobre la experiencia o intuición clínica. La MBE supuso un importante avance al contribuir a la sistematización del conocimiento en salud y fomentar la aplicación de intervenciones de eficacia probada, así como el descarte de otras no eficaces o potencialmente dañinas. Por este motivo, se consolidó a lo largo de las dos décadas posteriores de su nacimiento, y en la actualidad es el marco dominante en la toma de decisiones en medicina.

A medida que la MBE y sus principales herramientas (el EC, la RS y el MA) han ido ganado reconocimiento, se han visto distorsionadas por conflictos de intereses entre distintos actores (industrias relacionadas con intervenciones sanitarias, como la farmacéutica, instituciones académicas, autoridades y estamentos de gestión diversos, etc.), que pueden obtener beneficios al orientar a su favor los resultados («evidencia»). Estas distorsiones se ven motivadas en parte por los incentivos financieros hacia los que se orienta la sociedad de mercado y, en general, no han encontrado la suficiente oposición por parte de los distintos responsables de su regulación (sociedades profesionales y científicas, academia, agencias del medicamento, etc.). Los mismos proponentes de la MBE han alzado reiteradamente la voz para señalar las grandes dimensiones y la gravedad del impacto de esta corrupción (Greenhalgh, 2014), a lo que se han sumado las voces de multitud de profesionales vinculados a la salud que son defensores de los principios de la MBE.

Aunque las críticas están presentes desde los orígenes, en los últimos años se ha ido acumulando la evidencia que sugiere que la IF (en colaboración con otros actores necesarios) ha introducido sesgos en todos los procesos relacionados con la MBE, desde la producción de la evidencia hasta su síntesis, difusión y gestión. Los resultados de esta distorsión tienen un gran impacto socioeconómico y en la credibilidad de la propia MBE. A continuación, se detallarán los distintos ámbitos que se han visto afectados y algunos de los métodos empleados para ello. La división de los ámbitos es relativamente arbitraria y responde a cuestiones de claridad, si bien existe una interrelación entre todos ellos. Asimismo, se trata de una revisión breve, que no pretende ser exhaustiva, aunque se incluye abundante bibliografía para que se pueda profundizar si resulta de interés.

Producción de la evidencia
Los EC son caros, sobre todo los grandes ensayos necesarios para aprobar la entrada de un fármaco al mercado. El sector público ha cedido en gran parte la realización de EC a la industria, y los ensayos más citados son casi siempre producidos por esta (Lathyris, 2010). Asimismo, la propia industria a menudo externaliza la realización de dichos EC a empresas especializadas. Muchos críticos consideran que no debería dejarse en manos de las corporaciones la evaluación de sus propios productos, puesto que es natural que en ese caso la balanza se decante hacia el propio beneficio económico (Ioannidis, 2013).

De acuerdo con algunos estudios, los EC financiados por organizaciones con ánimo de lucro tienden a favorecer al fármaco esponsorizado hasta cuatro veces más que aquellos financiados por entidades sin ánimo de lucro (Als-Nielsen, 2003; Lexchin, 2003). No debe desprenderse de esto que todos los EC se encuentran fatalmente sesgados. Existen muchos EC con un diseño robusto y un adecuado reporte de los resultados. Esto es así especialmente en los grandes ensayos pivotales, en los que las compañías se juegan la aprobación de un fármaco. No obstante, en multitud de casos el marketing se entreteje en las características del EC, influyendo de forma sutil en cómo se enmarcan las preguntas de investigación y el diseño, conduciendo hacia la acumulación de sesgos y un reporte inapropiado de los resultados (Heres, 2006; Lexchin, 2012; Lundh, 2012; Goldacre, 2013; Le Noury, 2015; Prasad, 2015). El mayor peligro por tanto no son los estudios claramente mercadotécnicos (bautizados como experimercials), sino la coexistencia en un mismo EC de características rigurosas con un sutil «giro comercial».

La evidencia sugiere que es más probable que los EC financiados por la IF utilicen distintos métodos para distorsionar los resultados a su favor, como son: plantear preguntas de investigación orientadas al resultado deseado, usar un comparador inactivo o «de paja» (p.e. en dosis inadecuadas), seleccionar la población de estudio de modo que favorezca la intervención deseada, usar variables subrogadas como resultados principales, hacer ensayos de duración demasiado corta, mezclar los resultados de forma interesada, ignorar los datos de pacientes que abandonaron el ensayo, cambiar el resultado principal tras finalizar el ensayo, hacer análisis de subgrupos inapropiados, distorsionar los criterios de éxito (p.e., amplios márgenes de no-inferioridad) o manejar inferencias incorrectas hasta el punto de narrar como positivos resultados que en realidad no lo son (Lexchin, 2003; Turner, 2008; Ioannidis, 2010-1; Goldacre, 2013; Every-Palmer, 2014).

Existe cada vez más evidencia directa sobre la manipulación de los resultados reportados en los ensayos financiados por la industria, resaltando los resultados favorables y evitando los hallazgos inconvenientes. En este sentido, es paradigmático el caso de la gabapentina (Vedula, 2009). Se producen multitud de EC que no responden a preguntas pertinentes o que lo hacen de forma innecesariamente repetitiva. Un EC aparentemente inocuo que explora una nueva indicación de un fármaco puede constituir una estrategia de marketing offlabel (Vedula, 2012). Los EC pueden ser utilizados para el product seeding: se esparce la población del estudio en pequeños grupos reclutados en múltiples centros como herramienta comercial. Se consigue con ello familiarizar a los prescriptores con el producto y promover el contacto regular de los comerciales con el centro.

Por otra parte, los análisis de coste-efectividad son un criterio fundamental para adscribir recursos públicos y también se encuentran directamente influidos por estrategias comerciales. La mayoría de los análisis publicados presentan ratios de coste-eficacia favorables y es más probable que los estudios financiados por la industria muestren ratios por debajo de los umbrales requeridos por las autoridades (Miners, 2005; Bell, 2006). Existen multitud de métodos mediante los cuales la industria consigue maquillar los análisis de coste-efectividad (Polyzos, 2011).

No solo se ven distorsionados los ensayos sobre la eficacia de intervenciones. También se manipula el conocimiento clínico para obtener más diagnósticos y, con ello, intervenciones. Estas prácticas se agrupan bajo el término paraguas disease mongering, acuñado por Ray Monihan (2002). En general, se trata de estrategias para ampliar las fronteras de enfermedades ya definidas, definir estados de «riesgo» o «pre-enfermedad» (son paradigmáticas las estrategias agresivas para reducir el colesterol o la hipertensión arterial en prevención primaria), medicalizar problemas diversos (como la timidez, o el natural declive de testosterona y hormona de crecimiento con la edad) y lanzar agresivas campañas de «concienciación» con objetivos principalmente comerciales. Estas distorsiones contribuyen al exceso de intervencionismo en medicina, que conlleva importantes riesgos. La toma de conciencia al respecto ha llevado a lanzar distintas campañas internacionales (p.e., BMJ “Too Much Medicine”) y a acuñar conceptos como «prevención cuaternaria» (definida por M. Jamoulle, actualizada constantemente —Martins, 2018—) y «deprescripción» (Reeve, 2017).

Es importante tener en cuenta que no solo se distorsiona el cómo, sino el sobre qué se investiga. Los incentivos influyen en la agenda de investigación de distintas maneras. Se tiende a maximizar el beneficio económico, lo que lleva a centrarse en intervenciones patentables, como las farmacológicas. Algunas de las formas en que se valoran los estudios científicos tienen poco que ver con su calidad metodológica o su relevancia social, lo que conduce a seleccionar objetos y métodos de investigación con más probabilidad de reportar difusión y beneficio económico por encima de otros valores (Macleod, 2014).

Síntesis de la evidencia
Las revisiones sistemáticas (RS) y metaanálisis (MA) que sintetizan ensayos que responden a preguntas inapropiadas simplemente reforzarán los mensajes inadecuados (Ioannidis, 2010-2). Como dicen los anglosajones, “garbage in, garbage out”. Se ha limitado el acceso a los datos básicos de los EC y la integración en RS de los datos disponibles, potencialmente sometidos a importantes sesgos, puede potenciar y perpetuar estos sesgos de la literatura primaria (Doshi, 2012). Dado que las RS y los MA han alcanzado gran prestigio e influencia, la industria también ha infiltrado su producción. Existe evidencia de que los ma financiados por la industria tienden a ser de peor calidad metodológica, a no evitar sesgos y conflictos de interés relevantes y a emitir conclusiones favorables a la intervención de interés (Jorgensen, 2006; Yank, 2007; Roseman, 2011; Ebrahim, 2012).

Difusión de la evidencia
Sesgo de publicación
Se trata de uno de los sesgos más graves y reconocidos. Consiste en la tendencia a publicar con más frecuencia los estudios que arrojan resultados estadísticamente significativos (lo que implica a su vez que los resultados negativos, pese a tener la misma validez, se publiquen menos). La resultante es una tendencia a sobreestimar el resultado de las intervenciones. Esto se produce en un contexto de incentivos mal orientados (como la orientación de la investigación hacia determinados resultados productivos, el famoso publica o perece), permisividad por parte de las entidades reguladoras y de las revistas especializadas, entre otros. Más allá del sesgo de publicación, la no disponibilidad en general de datos potencialmente relevantes distorsiona los resultados de las revisiones de evidencia, y con ello sesga las decisiones de las autoridades y los profesionales pertinentes. Esto tiene un enorme impacto socioeconómico. Goldacre (2013) dedica buena parte de su libro Bad Pharma a este tema.

Attributional spin
Algunos críticos defienden que referirse a las compañías como meros patrocinadores, financiadores o proveedores de apoyo a la investigación contribuye a ocultar su verdadero rol. Muchos EC son proyectos corporativos, si bien no son presentados al público como tales: se resalta el rol de los académicos que participan en el estudio y se minimiza el de la industria (Ross, 2008; Goldacre, 2013; Matheson, 2016-1; Matheson, 2016-2). A esto se le llama attributional spin (giro atributivo), y hace que los resultados sean presentados mediante la autoría de académicos creíbles, lo que reduce la impresión de influencia comercial, a la par que puede favorecer la publicación en revistas de mayor impacto (Hirsch, 2009). Muchos de estos autores tienen importantes conflictos de interés con la industria (Rose, 2010; Ahn, 2017).

Líderes de opinión
En el marketing farmacéutico, los líderes de opinión o KOL (del inglés Key Opinion Leader) son médicos u otros profesionales sanitarios de renombre en quienes los compañeros confían a la hora de formarse una opinión. Las compañías farmacéuticas utilizan a los KOL como herramientas de marketing para promocionar sus productos o influir en las decisiones de las agencias reguladoras y otras instituciones (Meffert, 2009; Sismondo, 2015). El manejo de estos KOL a menudo se externaliza a agencias de marketing especializadas.

Revistas médicas
La industria tiene una influencia considerable en lo que se publica en las revistas médicas más influyentes a través de la autoría fantasma o ghostwriting (Ross, 2008; Sismondo, 2009; Goldacre, 2013). Las propias revistas tienen importantes conflictos de interés, pues los ensayos producidos por la industria generan importantes ingresos a partir de las separatas o «tiradas especiales». Asimismo, estos artículos pueden aumentar el factor de impacto de las revistas; de acuerdo con algunos estudios, hasta un 15% (Lundh, 2010). Las revisiones narrativas y las editoriales por parte de KOL también tienen un gran impacto en la práctica clínica (Monihan, 2008; Meffert, 2009), y están sujetas a criterios de revisión más laxos.

Guías clínicas
En EE.UU., la mayoría (56%) de los investigadores involucrados en las 17 guías de práctica clínica cardiovascular más importantes publicadas entre 2004 y 2008 presentaban conflictos de interés (becas de investigación, honorarios por conferencias de promoción, acciones en bolsa o pagos por consultorías). El porcentaje aumentaba hasta el 80% al analizar los directores de los comités científicos (Mendelson, 2011). Según otro estudio, en conjunto, entre el 56 y el 87% de los autores de guías de práctica clínica tendrían al menos un conflicto de interés financiero (Norris, 2011). Estas guías con frecuencia enfatizan intervenciones nuevas y costosas y siguen la evidencia de forma laxa. Por ejemplo, en el caso de la diabetes de tipo 2, la mayoría seguían recomendando un control farmacológico estricto de la glucemia, cuando la mejor evidencia disponible sugería que esto no comportaba un mayor beneficio para los pacientes (Montori, 2009), y que podría deteriorar su calidad de vida (Yudkin, 2010).

A menudo se promueve que la declaración de los conflictos de interés es aval de transparencia e integridad. Por una parte, estos conflictos están gravemente infrarreportados (Neuman 2011) y no suelen tenerse en cuenta a la hora de valorar la evidencia presentada. Por otra, la transparencia por sí misma no disminuye la distorsión en todo el proceso e incluso puede tender a normalizar la presencia de esos conflictos de interés (Goldacre, 2013).

Visita médica
Las presiones mercadotécnicas directas por parte de los comerciales son muy relevantes. Por ejemplo, en los EE.UU., en 2004, alrededor de un tercio de los 57 mil millones de dólares que gastaron las compañías farmacéuticas en actividades promocionales se destinó a visitas médicas (Gagnon, 2008). La interacción regular con comerciales incrementa sustancialmente las probabilidades que un fármaco se incluya en el stock del hospital y, si el médico recibe honorarios, el incremento es aún mayor (Chren, 1994). Los pacientes entrevistados consideran en general que los lazos financieros entre los médicos y las compañías farmacéuticas son inaceptables y comprometen la calidad de la asistencia (Licurse, 2010). No obstante, raramente se les informa de estos lazos. En los últimos tiempos se vienen tomando medidas restrictivas en distintos países (ver «Posibles medidas»).

Formación de los profesionales
Los médicos se ven expuestos al marketing farmacéutico desde su formación de grado (Sierles, 2005; Grande, 2009; Austad, 2011). La formación médica continuada (FMC) es parte esencial del desarrollo de los profesionales. En muchos países esa formación depende financieramente de la IF. En los EE.UU., en 2010, aunque algunas regulaciones habían modulado ya su influencia, aproximadamente el 50% de la financiación de la FMC procedía directamente de la IF (Steinman, 2012). Los espónsores tienen influencia directa en los programas educativos, involucrando con frecuencia a KOL y usando a menudo presentaciones preparadas por la propia compañía (Avorn, 2010). Algunos estudios sugieren que la FMC esponsorizada conlleva un incremento de las tasas de prescripción del producto en cuestión (Wazana, 2000). La mayoría de congresos y eventos formativos cuentan con patrocinio industrial (Brody, 2009).

Sociedades científicas y profesionales
Las sociedades médicas profesionales tienen un papel importante en la definición y promoción de los estándares de salud. Sus pronunciamientos públicos, guías clínicas, cursos de FMC, normativas éticas, etc. tienen un gran peso para los profesionales y la sociedad. Muchas de estas sociedades reciben abundante financiación por parte de la industria, y a menudo carecen de políticas de regulación o estas son insuficientes (Rothman, 2009; Brody, 2010; Fabbri, 2016).

Asociaciones de pacientes
Las asociaciones de pacientes influyen en las políticas sanitarias, así como en las actitudes de pacientes y allegados y en la opinión de la población general. Los vínculos financieros entre estas asociaciones y la industria también se han hecho más intensos en los últimos años. Muchas de estas reciben fondos de la industria, generándose a menudo una situación de dependencia económica. En este contexto se generan potenciales conflictos de interés, a pesar de lo cual la transparencia y las políticas de regulación en general son insuficientes (Colombo, 2012; Rose, 2013; McCoy, 2017; Rose, 2017).

Gestión de la evidencia
Riesgo y seguridad
La aprobación de nuevos productos o indicaciones requiere que se demuestre su efectividad y una seguridad razonable. A pesar de todo, a menudo se tarda mucho tiempo en retirar intervenciones con defectos de seguridad o eficacia, con grandes costes económicos y en morbimortalidad. Esto se debe en parte a las limitaciones intrínsecas de los métodos y recursos disponibles. Existen efectos secundarios relevantes pero sutiles, que no se logran detectar hasta que un fármaco se ha usado profusamente durante bastante tiempo. Por eso son tan importantes los estudios independientes de farmacovigilancia poscomercialización. No obstante, el estudio de los procesos de retirada de distintos fármacos y procedimientos en los últimos años sugiere que los lazos financieros con la industria pueden determinar la orientación de los autores de ensayos y MA en cuestiones de seguridad. La rosiglitazona, un medicamento para la diabetes de tipo 2, fue aprobada y prescrita en todo el mundo durante 10 años, con beneficios multimillonarios, a pesar de que existía evidencia limitada de sus beneficios y, especialmente, de su seguridad (Cohen, 2010). Actualmente se encuentra retirada en la UE, India, Suráfrica y Nueva Zelanda, y sus indicaciones se restringieron mucho en los EE.UU. Otro caso muy conocido es el del rofecoxib, un antiinflamatorio no esteroideo que incrementa el riesgo cardiovascular. Los datos revelados durante un litigio sugieren que el fabricante distorsionó intencionalmente la presentación de los datos de seguridad de los ensayos (Curfman, 2005), y entrenó a sus comerciales para evitar de forma tácita las preguntas de los médicos sobre ese tema (Berenson, 2005).

Captura del regulador
La industria influye de distintas maneras en la elaboración y aplicación de las normativas que regulan la aprobación y retirada de medicamentos, así como sus precios. Es un fenómeno bautizado como «captura del regulador». Se trata de una cuestión fundamental, teniendo en cuenta el peso que tiene la partida destinada a gasto farmacéutico en los presupuestos de sanidad y las repercusiones en morbimortalidad que se derivan de aprobaciones que no cumplen con las suficientes garantías. Los conflictos afectan desde las más altas esferas, como los ministerios de sanidad o las grandes agencias del medicamento (FDA, EMA), hasta los comités de ética locales o las oficinas de farmacia de los hospitales. Estas entidades no siempre actúan orientadas hacia proteger a la población, sino que lo hacen de acuerdo con los intereses corporativos.

Existen distintos mecanismos para vehiculizar estas influencias: las leyes que fijan el gasto farmacéutico y las posibilidades de negociación con los proveedores, la relajación de las normas de introducción de medicamentos al mercado (p.e., permitiendo el uso de variables subrogadas como medidas de resultados en lugar de supervivencia o calidad de vida), la validación de nuevas patentes de fármacos que no aportan beneficios significativos, pero son mucho más caros que sus predecesores (los denominados me too), etc. Estas prácticas se han denunciado reiteradamente (Goldacre, 2013). En el campo de la oncología, por ejemplo, existen múltiples estudios recientes que muestran cómo se han relajado los estándares y se aprueban de forma sistemática fármacos con beneficios marginales y precios astronómicos (Kim, 2015; Davis, 2017; Prasad, 2017).

Conclusiones y posibles medidas
Como hemos podido ver, los conflictos de intereses que distorsionan la MBE no forman parte de una «gran conspiración secreta», sino que se trata de problemas inherentes a nuestro contexto socioeconómico. Solo el estudio riguroso nos permite identificar bien de qué maneras se articulan estos conflictos y cómo podemos ponerles coto. Este estudio se encuentra muy dificultado por las condiciones de manipulación y falta de transparencia generalizadas. A pesar de ello, muchas personas están dedicando grandes esfuerzos a desenmascarar estos problemas y a proponer soluciones. No se trata de un tema menor: el buen funcionamiento de la MBE es clave para que las personas y poblaciones sean objeto de intervenciones de eficacia y seguridad probadas. Aunque no es el objetivo principal de este artículo, se nombrarán aquí algunas de las medidas que han sido propuestas para intervenir en esta situación.

En primer lugar, muchos autores apuestan por que debe recalibrarse el concepto de integridad en la investigación, de tal modo que los comentados sesgos y conflictos sean vistos con la misma gravedad que la falsificación y el fraude individuales. Para ello se requieren campañas de sensibilización dirigidas no solo a los profesionales, sino a la población general.

Deben hacerse mejores ensayos clínicos (adecuado tamaño y selección de pacientes, en respuesta a preguntas clínicamente relevantes, con comparaciones adecuadas contra la mejor alternativa disponible, etc.). En cuanto a la aprobación de nuevos fármacos, toda la información sobre eficacia y seguridad que manejen las compañías y entidades reguladoras debe ser de dominio público. Es fundamental que sea obligatorio el registro de todos los EC que se llevan a cabo, así como la publicación oportuna y de libre acceso de todos los datos relevantes. En los últimos años se han dado pasos importantes en este sentido, como la campaña All Trials (ver enlace en bibliografía), aunque queda mucho por hacer. Estas iniciativas deberían contar con un amplio apoyo, incluyendo todas las sociedades profesionales, académicas y científicas.

Se requiere un mayor desarrollo de recursos, como los estándares de reporte de ensayos (CONSORT) y la herramienta de riesgo de sesgo de la Cochrane, puesto que les falta alcance y detalle, especialmente para casos de sesgo más sutiles (Bero, 2013; Prasad, 2015). De lo contrario, el cumplimiento de estos estándares puede conferir una credibilidad inmerecida a ciertos estudios.

Es necesario un mayor control y rendición de cuentas de las publicaciones de las revistas académicas, dado que estas son en buena parte custodias del canon académico y deben exigir que los datos relevantes sean de acceso libre y elevar los estándares de atribución de autoría, rigor científico e información (Lundh, 2010; Handel, 2012; Smith, 2012). Las guías del Comité Internacional de Revistas Médicas siguen siendo permisivas con el marketing farmacéutico (Matheson, 2016).

Es importante promover que la formación de los profesionales sanitarios sea independiente de los intereses comerciales y que proporcione herramientas críticas. Algunos estudios indican que las medidas tomadas en esa dirección pueden ser eficaces, por ejemplo, durante la formación de grado (Sierles 2015). Asimismo, están comenzando a proliferar un mayor número de eventos formativos desligados de la financiación y promoción de la IF.

Deben tomarse medidas para controlar los conflictos de interés financieros a todos los niveles. Por ejemplo, la declaración obligatoria de pagos a médicos, que se ha implementado de forma más o menos parcial en distintos países. Esta exigencia de transparencia debe extenderse a sociedades profesionales, revistas científicas, entidades reguladoras (y sus miembros) y asociaciones de pacientes.

Es fundamental tener claro que todas estas medidas quedarán en papel mojado si no se ponen en marcha los recursos necesarios para su implementación y para asegurar la rendición de cuentas de los responsables. Autores como Goldacre (2013) insisten en que la mera promulgación de códigos de conducta, normativas o leyes no solo no sirve de nada, sino que puede ser contraproducente al dar la sensación que se está haciendo algo cuando no es así. Las consecuencias para los infractores deben ser suficientes como para favorecer la disuasión y garantizar la restauración del daño en la medida de lo posible.

Asimismo, como se ha afirmado en la introducción, los conflictos de intereses son estructurales y deben abordarse como tales si se quiere minimizar su impacto. Las medidas deben buscar ir a la raíz en los distintos niveles relevantes (investigación, docencia, regulación de medicamentos, etc.). Debe garantizarse el máximo consenso y alcance (p.e., de nada sirve endurecer la regulación en un territorio si se externaliza la producción de estudios a otro lugar donde la normativa es más laxa). En la medida de lo posible, debe adoptarse una perspectiva más preventiva que meramente reactiva. Solo así se conseguirá recuperar la confianza en la MBE, una herramienta indispensable para el buen funcionamiento de los sistemas de salud.

Carlos Soler es psiquiatra

Artículo publicado originalmente en https://www.escepticos.es/node/5934

Reproducido con permiso

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Fuente: http://www.nogracias.org/2020/08/12/la-distorsion-de-la-medicina-basada-en-la-evidencia-por-carlos-soler/

viernes, 4 de septiembre de 2020

Lynn Margulis, la bióloga que demostró que la cooperación lleva al éxito.

La cooperación como herramienta de evolución y desarrollo humano frente a la competición

Ha habido muchas mujeres que, a pesar de realizar grandes contribuciones a la ciencia con impacto, no han sido reconocidas por la historia. Una de ellas es Lynn Margulis (1938-2011), la brillante bióloga que descubrió la endosimbiosis.

Esta teoría describe el origen de las células eucariotas como consecuencia de sucesivas incorporaciones simbiogenéticas de diferentes células procariotas. Cuando en 1967 se publicó en el artículo “El Origen de la Mitosis en las Células” en Journal of Theoretical Biology, tras haber sido rechazado anteriormente en quince revistas, chocó con varios puntos del paradigma neodarwiniano. Sufrió numerosos ataques y descalificaciones pese a tener una teoría consolidada explicativa de la proliferación de la vida multicelular y su maravillosa diversidad. Hoy en día es uno de los documentos más importantes de la biología del siglo XX, ya que supuso un giro fundamental en la comprensión de la evolución de las especies.

Durante toda su carrera, mientras que la mayoría de las personas biólogas enfatizaban el papel de la competición en el proceso evolutivo, ella acentuaba la cooperación, superando la arraigada creencia de que sólo sobrevive la más fuerte. De ahí su famosa frase: “La vida es una unión simbiótica y cooperativa que permite triunfar a los que se asocian”.

A pesar de las dificultades, interpuestas por sus propios colegas de profesión, y a que durante años se la mantuviera a la sombra de su marido, siempre fue una apasionada de su trabajo y nunca dejó de investigar. Además, muchas de las personas que la conocieron resaltan de ella su carácter amable y siempre dispuesto al intercambio de ideas.

Al igual que estos días reconocemos y alabamos a cientos de trabajadoras normalmente minusvaloradas del ámbito sanitario, el sector más feminizado actualmente con un 76,9% de empleadas mujeres, es una cuestión de justicia reconocer y destacar las aportaciones de tantas mujeres que han logrado una sociedad mejor. Lynn Margulis hizo aportaciones fundamentales para la ciencia moderna y trabajó solidariamente a pesar de los ataques. Recordar su historia es importante para dejar de frenar el progreso por querer invisibilizar el trabajo de las mujeres.

Fuente:
https://eldiariofeminista.info/2020/04/13/lynn-margulis-la-biologa-que-demostro-que-la-cooperacion-lleva-al-exito/

domingo, 16 de agosto de 2020

Feyman Cuál es la frase más importante de toda la ciencia según el nobel de Física Richard Feynman y por qué

Si, en algún cataclismo, se destruyera todo el conocimiento científico pero tuviéramos la oportunidad de transmitirle una sola frase a las siguientes generaciones de criaturas, ¿cuál debería ser esa oración?

Esa es la pregunta que posó sobre los hombros de unos estudiantes de pregrado un día de 1961 el físico Richard Feynman, en una de sus legendarias conferencias dictadas en el Instituto de Tecnología de California o Caltech.

Si estás apiadándote de los pobres estudiantes, deja a un lado la lástima.

No solo el mismo Feynman respondió la pregunta inmediatamente, sino que tenían la fortuna de estar ante quien es ampliamente considerado como el físico más influyente desde Albert Einstein.

Encima, era el maestro más carismático, divertido e irreverente que hubieran podido tener.

Quién era Feynman
En pocas palabras, uno de los científicos más extraordinarios del siglo XX y alguien con quien duele compararse.

Nació en 1918, durante la Depresión, en el seno de una familia de clase trabajadora de las afueras de Nueva York, EE.UU. y, a los 17 años, ganó un concurso de matemáticas en el que su talento en ese tema quedó claro.

Ese mismo año se fue a estudiar en el Instituto de Tecnología de Massachusetts, MIT, y luego se mudó a Princeton, logrando una calificación máxima en el examen de ingreso de matemáticas y física, una hazaña sin precedentes.

Pero poco después recibió una triste noticia: Arline Greenbaum, su novia, tenía tuberculosis, una enfermedad para la que en ese entonces no había cura. Feynman decidió casarse con ella para poder cuidarla.

Richard y Arline se casaron en 1942, cuando él tenía 24 años y ella, 22, bajo la sombra de una enfermedad que en ese entonces era incurable.

Pronto, otra amenaza se cernió sobre la pareja: unos meses antes de que Richard y Arline se casaran, Estados Unidos se vio envuelto en la Segunda Guerra Mundial, luego del bombardeo de Pearl Harbor.

La bomba
A Feynman le solicitaron unirse a un proyecto de alto secreto basado en un laboratorio gubernamental en Los Álamos, en Nuevo México. Con el nombre en código de Manhattan, su objetivo era construir una bomba atómica.

"Alemania era el centro intelectual de la física teórica y teníamos que asegurarnos de que no gobernaran el mundo. Sentí que debía hacerlo para proteger a la civilización", contaba Feynman.

Físicos extraordinarios de la talla de Julius Robert Oppenheimer, Niels Bohr y Enrico Fermi, combinaron su capacidad intelectual, pero el desafío de desarrollar una bomba atómica tan rápidamente era una tarea titánica.

Un problema fundamental era el gran volumen de cálculos requeridos. Sin computadoras, todo tenía que hacerse manualmente, obstaculizando enormemente el progreso.
Miembros del Proyecto Manhattan
Como parte del Proyecto Manhattan, Feynman logró que el equipo de computadoras humanas funcionara a un ritmo inhumano.

Feynman ideó una manera de hacer cálculos en paralelo, reduciendo el tiempo de resolución de problemas exponencialmente.

Se convirtió en un miembro clave del equipo, pero también se hizo notar porque se la pasaba haciendo travesuras como abrir cerraduras tras las que se guardaban documentos ultrasecretos solo para demostrar que se podía.

El dolor
Cuando estaba en Los Álamos recibió la triste noticia de que su esposa, quien estaba confinada en un sanatorio cercano, murió.

Ella tenía 25 años. Él, 27 y el corazón roto.

Poco después, se vio obligado a enfrentar la realidad de lo que había ayudado a crear.

La devastación dejada por la bomba que había ayudado a crear.
La bomba explotó sobre la ciudad japonesa de Hiroshima, el 6 de agosto de 1945. Mató a más de 80.000 personas. Tres días después, una segunda bomba fue detonada, en Nagasaki.

Feynman quedó profundamente perturbado por haber contribuido a la muerte de tantos.

En los meses posteriores al doble trauma, quedó sumido en una oscura depresión.

Diversión y profunda crisis
En el otoño de 1945, Feynman fue invitado a convertirse en profesor en el Departamento de Física de la Universidad de Cornell.

Seguía conmocionado por los acontecimientos de aquel verano, pero reflexionó y recordó que "solía disfrutar de la física y las matemáticas porque jugaba con ellas, así que decidí que iba a hacer cosas solo por diversión".

Divertirse era una prioridad.
Mientras Feynman estaba redescubriendo la diversión en física, la ciencia estaba en crisis.

Los nuevos descubrimientos sobre los átomos habían causado confusión en la física.

Las viejas suposiciones sobre el mundo eran erróneas y había una nueva área problemática llamada Mecánica Cuántica.

Grandes dudas
La mecánica cuántica, en muchos sentidos, fue el choque psicológico más profundo que los físicos hayan tenido en toda la historia.

Isaac Newton no tenía razón: puedes saber todo lo que hay que saber sobre el mundo y, sin embargo, no puedes predecir con perfecta precisión lo que sucederá después.

La mecánica cuántica había revelado los problemas de anticipar el comportamiento de los átomos y sus fuerzas electromagnéticas.

Y como son los bloques de construcción fundamentales de la naturaleza, todo lo demás también estaba en duda.

El electromagnetismo es una de las cuatro fuerzas fundamentales del universo conocido... y está en todas partes.

Ponte a pensar: todo lo que sucede a tu alrededor, aparte de la gravedad, se debe al electromagnetismo.

Cuando dos átomos se unen para formar una molécula, eso es electromagnetismo, por lo que toda la química es electromagnetismo. Y si toda la química es electromagnetismo, entonces, toda la biología es electromagnetismo.

Literalmente, todo lo que nos rodea es una manifestación de electromagnetismo de una forma u otra.

A grandísimos rasgos
Para tratar de darle sentido al electromagnetismo y la materia subatómica surgió un nuevo campo llamado electrodinámica cuántica o QED, por sus siglas en inglés.

El problema era que aunque a veces parecía funcionar, otras, no tenía ningún sentido. Estaba confundiendo a los físicos más inteligentes del planeta, hasta al padre de QED, Paul Dirac.
El físico teórico inglés Paul Dirac (izq.) conversando con su homólogo estadounidense Richard Feynman.
El físico teórico inglés Paul Dirac (izq.) conversando con Feynman en 1962 en la Conferencia Internacional sobre Teorías Relativistas de la Gravitación en Varsovia, Polonia. Dirac y Feynman ganaron premios Nobel de Física en 1933 y 1965, respectivamente.

Feynman había leído un libro de Dirac, en el que describía problemas que nadie sabía cómo resolver.

"No entendí el libro muy bien. Pero allí, en el último párrafo del libro, decía: 'Aquí se necesitan algunas ideas nuevas', así que comencé a pensar en nuevas ideas", recordó Feynman en una entrevista.

Con dibujos
Típicamente, Feynman abordó el asunto de una manera poco convencional: con dibujos.

Encontró una manera pictórica de pensar, inventando una forma brillante de eludir los complicados cálculos necesarios para QED.

El resultado fueron los diagramas de Feynman, que le dieron los toques finales a QED, la teoría física más precisa numéricamente jamás inventada.
Uno de los diagramas de Feynman en la parte de atrás de la camioneta
Feynman decoró la camioneta de la familia con sus diagramas.

Los diagramas resultaron ser tan útiles que hoy en día se aplican en campos completamente diferentes a la física de partículas, como en el cálculo de la evolución de las galaxias y de la estructura a gran escala en el Universo.

Bongos, ecuaciones y desnudos
Dibujar, de hecho, se convertiría más tarde en otro de sus hobbies, además de tocar bongos, que para él fueron lo que el violín para Einstein y el piano para Werner Heisenberg.

Decidió aprender a dibujar en su cuarta década de vida, ayudado por un amigo artista, y se entusiasmó tanto que adoptó un bar de topless como su oficina secundaria, donde hacía bosquejos de las chicas y de ecuaciones de física.

Pero fueron los dibujos relacionados con QED los que le hicieron merecedor del premio Nobel de Física, que compartió con Julian Schwinger y Shin'ichiro Tomonaga, en 1965.

Aunque aceptó el premio Nobel y se divirtió en la gala bailando con Gweneth Howarth, su tercera esposa y madre de sus dos hijos, Feynman siempre dijo que el verdadero premio era el placer del descubrimiento y ver que es útil para otras personas.

Entre quienes viven en el mundo cuántico, Feynman es conocido además por trabajos que a los no entendidos nos dejan anonadados, como la teoría de la electrodinámica cuántica y la física de la superfluidez del helio líquido subenfriado.

Quedémonos con saber que fue uno de los pioneros en el campo de la computación cuántica y que introdujo el concepto de nanotecnología.

Y su participación en 1986, cuando ya estaba fatalmente enfermo, en la investigación del desastre del transbordador espacial Challenger, cuando reveló lo que la NASA era reacia a aceptar: la causa de la desintegración de la nave 73 segundos después de su lanzamiento lo puso en el centro de la atención pública.

La frase con la que resumió sus conclusiones se hizo célebre: "Para una tecnología exitosa, la realidad debe prevalecer sobre las relaciones públicas, pues no se puede engañar a la naturaleza".

Pero fue su solución a otro problema relacionado con la física, esta vez en las aulas de clases de las universidades, la que revelaría su don para divulgar la ciencia que lo haría famoso en el mundo exterior.

¿Y la respuesta? A principios de la década de 1960, Caltech estaba en dificultades pues no lograba atraer estudiantes a las clases de física. Buscando la manera de que se entusiasmaran con la materia, le solicitaron a Feynman que rehiciera el currículo.

Su obra fue una serie de conferencias que resultaron tan atractivas que fueron editadas y publicadas con el título de "The Feynman Lectures of Physics", uno de los libros de física más populares de la historia.

Fue en la primera de esas clases en las que, tras confirmarles que si querían ser físicos, tendrían mucho que estudiar -("200 años sobre campo de conocimiento de más rápido desarrollo que existe")- y advertirles que para aprenderlo necesitarían muchos más años ("¡Tendrán que ir a la escuela de posgrado!"), se preguntó por dónde empezar y les lanzó aquella pregunta.

Pero, ¿cuál era para Feynman el enunciado que contendría la mayor cantidad de información en la menor cantidad de palabras?

Caltech puso a disposición del público todas las legendarias conferencias de Feynman en el sitio web llamado "The Feynman Lectures on Physics" http://www.feynmanlectures.caltech.edu/.

"Creo que es la hipótesis atómica (o el hecho atómico, o como quieran llamarlo) que todas las cosas están hechas de átomos: pequeñas partículas que se mueven en movimiento perpetuo, atrayéndose entre sí cuando están a poca distancia, pero repeliéndose cuando se les trata de apretar una contra la otra".

¿Por qué?
"En esa sola frase hay una enorme cantidad de información sobre el mundo, si solo se aplica un poco de imaginación y pensamiento".

Por partes
Si sabes que toda la materia está hecha de átomos que se están moviendo constantemente, puedes empezar a entender fenómenos como la temperatura, la presión y la electricidad.

Todos tienen que ver con la velocidad a la que se están moviendo los átomos y cuántos y/o qué partes de ellos lo están haciendo.

Eso te puede llevar a descubrir, por ejemplo, el poder del vapor, la presión de los gases, los patrones climáticos y a inventar cosas como motores, teléfonos y luz eléctrica.

Con sus animadas y lúcidas explicaciones, Feynman hacía tangibles los conceptos abstractos, y su cálida presencia inspiraba (y sigue inspirando gracias a libros y filmaciones) el interés y el asombro de hasta los más reacios a la ciencia.

La parte final de su oración, que se refiere a la manera en la que los átomos interactúan entre ellos (atrayéndose y repeliéndose) te revela la química.

Una vez entiendes cómo los átomos se unen para formar moléculas, puedes hacerlo para crear antibióticos, vacunas, "la gasolina y el aire mezclados forman una mezcla explosiva" (motores de combustión), "pilas, asfalto, acero" y hasta "la esencia de la vida: aminoácidos, carbohidratos, ADN".

Por todo eso que Feynman escogió esa frase como legado para las criaturas que empezaran de nuevo, después de que todo se perdiera (y para despertar el interés de sus estudiantes en la física).

Postdata
Por supuesto, esa no es la única respuesta.

De hecho, hay quienes la critican, como el neurocientífico Daniel Toker quien señaló en un artículo que "estrictamente hablando, la hipótesis atómica resulta ser falsa", pues según la teoría del campo cuántico, "una disciplina en la que Feynman tuvo un papel clave en el desarrollo, (...) las partículas subatómicas no son en realidad partículas, sino simplemente excitaciones locales de campos cuánticos".

Afortunadamente, la ciencia no es dogma y al desarrollarse arroja constantemente nuevas posibilidades.

Seis décadas después, la pregunta sigue siendo intrigante. Y el espíritu de la segunda parte de la respuesta de Feynman, eterno.

Siempre será urgente legarle a las nuevas generaciones pistas para que, con un poco de imaginación y pensamiento, puedan descubrir el mundo.

martes, 14 de julio de 2020

Dos científicos nazis pierden sus cráteres en la cara oculta de la Luna. La Unión Astronómica Internacional considera "inapropiado" mantener el homenaje a dos físicos que se distinguieron por apoyar a Hitler e impulsar el antisemitismo en la ciencia.

“Voy a cortarle la garganta a ese sucio judío”. Esta fue una de las amenazas que tuvo que escuchar Albert Einstein por parte de un joven antisemita antes de suspender una conferencia en Berlín en la década de 1920, mientras físicos compatriotas como Philipp Lenard y Johannes Stark despreciaban su trabajo por no ajustarse a la “pureza germana” y considerarlo “física judía”. Con la llegada de Adolf Hitler al poder, Lenard y Stark impulsaron un proyecto para sustituir a los profesores universitarios con “físicos arios”. En aquellos días, Lenard, Stark y Einstein ya habían recibido el Nobel de Física y décadas después los tres obtuvieron un homenaje astronómico por sus méritos científicos: un cráter de la Luna con su nombre. Hasta ahora. El satélite de la Tierra no cargará con el homenaje a estos dos científicos profundamente antisemitas. La ciencia, como ha hecho el movimiento Black Lives Matter en todo el mundo, también reflexiona sobre la historia de sus monumentos.

La Unión Astronómica Internacional (IAU, por sus siglas en inglés) anuncia a EL PAÍS que va a reemplazar en 10 días a los científicos nazis que dan nombre a los cráteres Lenard y Stark en la cara oculta de la Luna. “Tan pronto como nos enteramos del problema, el presidente del Grupo de Trabajo para la Nomenclatura Lunar inició el proceso de eliminación de estos nombres y preparó una propuesta para renombrar estos dos cráteres”, asegura la astrónoma alemana Rita Schulz, presidenta del grupo encargado de dar nombre a los objetos planetarios. Para Schulz, experta en cometas, Lenard y Stark son “dos nombres inapropiados”.

“Tan pronto como nos enteramos del problema, se inició el proceso de eliminación de estos nombres y se preparó una propuesta para renombrar estos dos cráteres”

No se trata de dos científicos que tuvieron que someterse al régimen en el que vivían, como hicieron otros, sino que abrazaron desde muy temprano las ideas nazis y fueron decisivos en la difusión del antisemitismo en la ciencia. Ya en agosto de 1930, cuando el Partido Nazi estaba punto de convertirse en la segunda fuerza electoral del país, Lenard organizó junto a su colega Stark la primera reunión del grupo de Científicos Alemanes por la Preservación de la Pureza de la Ciencia. Allí se despreció la relatividad como “física judía” y se acusó a Einstein de plagiario y charlatán, según se narra en La era de la radiación (The Age of Radiance, de Craig Nelson). En su feroz antisemitismo, Lenard y Stark continuaron acosando a sus colegas durante el régimen nazi. Por ejemplo, despreciaban la física cuántica de Werner Heisenberg, al que acusaron de “judío blanco” y “peón judío”. Heisenberg no era judío, pero se servía de la mejor ciencia disponible, no solo de la aria.

En 1937, Stark escribió en la revista de las SS que no bastaba con imponer la raza aria y excluir a los judíos, sino que había que “erradicar el espíritu judío” y sus ideas. En 1947, fue juzgado y condenado a cuatro años de cárcel (que no tuvo que cumplir) como “criminal de primer orden”. Había ganado el Nobel en 1919 por descubrir cómo los campos eléctricos afectan la luz emitida por los átomos, el llamado efecto Stark. En 1905 le concedieron el Nobel a Lenard por su trabajo con los rayos catódicos. Húngaro de nacimiento, Lenard fue asesor de Hitler y el Partido Nazi le recompensó nombrándolo Jefe de la Física Aria. Cuando los aliados llegaron a Alemania en 1945, Lenard fue expulsado como profesor emérito de la Universidad de Heidelberg y se retiró su nombre a las instituciones académicas que llevaban su nombre porque no se podía seguir celebrando a un nazi.

La propuesta para renombrar los dos cráteres está lista y ahora el grupo de Schulz lo revisará (incluyendo información en profundidad sobre estas personas) y si todo está en orden, se aprobará por votación en los próximos días. “Los dos cráteres no pueden permanecer sin nombre, porque deben ser claramente identificables para estudios y publicaciones científicas”, aclara Schulz. No es la primera vez que se quita un cráter a un científico nazi: en 2002 se retiró el homenaje al doctor Hans Eppinger, que torturó en sus experimentos a los gitanos de Dachau al darles para beber únicamente agua salada. En los últimos meses, la IAU, que engloba a astrónomos, ha revisado su política contra el acoso y ha manifestado su compromiso con la inclusión y contra el racismo y la discriminación.

La actual retirada de los nombres se debe al físico cuántico Mario Krenn, de la Universidad de Toronto, tras leer sobre Stark y Lenard en el libro Al servicio del Reich. La física en tiempos de Hitler, del científico y divulgador Philip Ball. Como cuenta Ball en un artículo, Krenn le contactó para advertirle sobre ese homenaje a los físicos antisemitas y este le puso en contacto con la IAU. El responsable de la Luna en esta organización de astrónomos, Charles Wood, le explicó que los nombres se pusieron porque en la documentación de apoyo a sus candidaturas, planteadas en la década de 1970, no se incluían referencias a su ferviente nazismo. “No se menciona el pasado nazi de Stark en su biografía de la Fundación Premio Nobel”, afirma Wood. En la de Lenard sí se cita ese vínculo nazi, pero la referencia que se usó fue un diccionario biográfico de 1968 que obvió ese importante aspecto del personaje.

“Rita Schultz y yo creemos que estos nombres, Philipp Lenard y Johannes Stark, deberían reemplazarse rápidamente”, respondió Wood a Krenn, que celebra la decisión de la IAU por “rápida, decisiva y ejemplar”. En su artículo, Ball asegura que el episodio de los cráteres nazis refuerza su idea de que los monumentos no son una protección frente a la amnesia histórica, sino que en realidad son consecuencia de esa amnesia. Y se pregunta: “¿Y si estuviéramos discutiendo estatuas de nazis? ¿Realmente queremos verlos conmemorados en nuestros espacios públicos en aras de ‘preservar la historia’?”.

Stark tiene en realidad cuatro cráteres a su nombre: uno de 47,7 kilómetros de diámetro y otros tres más pequeños justo en su contorno, denominados Stark Y, R y V. El de Lenard tiene 47,6 kilómetros y su nombre fue revisado en 2005 para añadirle otro pequeño cráter, según explica Schultz. En ese momento, tampoco nadie se acordó de que Lenard escribió junto a Stark estas palabras sobre Hitler y los nazis: “Nos aparecen como regalos de Dios de tiempos antiguos, cuando las razas eran más puras, las personas eran más grandes y las mentes estaban menos engañadas... Él está aquí. Se ha revelado como el Führer de lo sincero. Le seguiremos”. Lo escribieron en 1924 y la amnesia ha durado hasta hoy.

https://elpais.com/ciencia/2020-07-01/dos-cientificos-nazis-pierden-sus-crateres-en-la-cara-oculta-de-la-luna.html

P.D.: Algo no encaja, Mientras en Europa y occidente se baja del pedestal a personajes que se mostraron afines al nazismo, aquí bajo una ideología análoga se presentan a las elecciones valiéndose falsamente de la invocación a la democracia (Un claro fraude de ley. Democracia en la que no creen y que pretenden destruir) y hay quién le vota, como si esos regímenes que fueron máquinas de matar no hubiesen existido y los crímenes y guerras sucedidos en Europa y España no hubiese tenido lugar.

Y digo, algo no encaja, porque la democracia tiene derecho a defenderse, y esos partidos de extrema derecha van directamente contra la democracia. Lo que han hecho es votar siempre contra cualquier propuesta para no solamente combatir el covid-19, sino por aquellas que procuran ingresos para las familias y dinero para las empresas a fin de que el tejido empresarial no desaparezca y la crisis económica cause males menores. ¿Esas son sus políticas y objetivos? Es la marcha directa al mayor desastre posible.

lunes, 18 de mayo de 2020

_- Un virus viejo y sabio. El genoma del SARS-2 revela múltiples adaptaciones que delatan su origen antiguo.

_- El coronavirus que ha puesto el mundo patas arriba no ha sido creado en un laboratorio de Wuhan, como le gusta decir a Donald Trump. Ni siquiera es una creación reciente de la naturaleza. Su genoma revela una batería de adaptaciones desarrolladas a lo largo de décadas, tal vez siglos, en un proceso que empezó mucho, mucho antes de que los laboratorios humanos estuvieran en condiciones de diseñar una maquinaria de caos y destrucción tan perfeccionada. Ni siquiera ahora lo están, por fortuna para todos, aunque seguramente esto es solo cuestión de tiempo. Pero la genética del SARS-CoV-2 (SARS-2, para abreviar) nos revela incluso en esta fase preliminar de la investigación unas cuantas lecciones que nos interesa aprender.

Los coronavirus se descubrieron hace más de un siglo en un gato con fiebre y un vientre hinchado como una bota de vino recién llenada. Se vio después que la misma familia viral causaba bronquitis en los pollos y una gastroenteritis en las cerdas que mataba a casi todos sus cochinillos. No fue hasta la época de los Beatles que se descubrió que los coronavirus eran la causa más común del catarro humano. Sabemos también desde entonces que los virus de este tipo pueden saltar entre especies, del perro al gato, del gato al cerdo y de ahí a toda el arca de Noé. Como en humanos solo causaban catarros, los coronavirus pasaron inadvertidos para la biomedicina hasta 2003, cuando el SARS acabó con la vida de 800 personas. El SARS-2 con el que bregamos ahora ha matado a un cuarto de millón y subiendo.

La razón, naturalmente, está en sus genes, que muestran toda una serie de novedades (adaptaciones, en la jerga evolutiva) para infectar mejor, reproducirse más y por tanto causar más daño a sus víctimas. Eso no se hace de martes a jueves, y los científicos citados por David Cyranoski en Nature piensan que el SARS-2, el causante de la rabiosamente actual covid-19, lleva décadas oculto en la naturaleza, discreto y agazapado hasta dar el salto a nuestra especie perpleja.

SARS-2 muta poco, pero eso no tiene por qué ser una buena noticia. Lo es en que, cuando haya una vacuna, no será necesario renovarla cada año como hacemos con la gripe. Pero no lo es en que algunos de los antivirales más eficaces actúan justo causando mutaciones a los virus. Como el SARS-2 se protege contra las mutaciones, esos fármacos no están funcionando contra él. Nuestro coronavirus ha evolucionado seguramente por recombinación genética, donde dos virus que infectan la misma célula se intercambian genes en toda clase de combinaciones. Es posible que esa sea la razón de que la mayoría del genoma de SARS-2 se parezca a los virus del murciélago salvo por los genes de su espícula, que son casi idénticos a los del pangolín, y son los que le permiten infectar las células humanas con gran eficacia. Un virus con historia.

https://elpais.com/ciencia/2020-05-07/un-virus-viejo-y-sabio.html

sábado, 16 de mayo de 2020

La doctora X. La extraordinaria idea de Santo Tomás de Aquino no demuestra la existencia de Dios, pero tiene mucho que decir sobre la psicología humana

El genoma humano tiene cerca de 3.000 millones de letras de ADN.
El genoma humano tiene cerca de 3.000 millones de letras de ADN.

Santo Tomás de Aquino demostró la existencia de Dios cinco veces, o por cinco vías, por si una no bastara para volarle a uno la cabeza. La primera vía parece un tratado newtoniano, solo que escrito cinco siglos antes de Newton, y por tanto sin tener ni idea de los experimentos y las matemáticas necesarias para resolver el problema. Un solo ente, nos dice Aquino, no puede mover y ser movido a la vez, luego todo lo que se mueve está movido por otro ente, que a su vez lo está por otro y así hasta una reclusión mareante que nos lleva directamente a Dios, el Primer Motor Inmóvil, el principio de todo. Esta extraordinaria idea no demuestra la existencia de Dios, pero tiene mucho que decir sobre la psicología humana. Todos somos tomasinos en que estamos programados para buscar las causas de lo que vemos, y lo peor es que las encontramos aun cuando no las haya. Este sesgo cognitivo debió resultar muy útil en nuestro pasado estepario. En el presente resulta un verdadero estorbo.

En epidemiología, el efecto tomasino se llama “caso cero”. Si comparas los genomas de las personas vivas, verás que se organizan en la forma de un árbol. Los genomas más parecidos son las ramitas terminales de una sola rama madre, las ramas madre más parecidas son versiones de una gran rama común, y así hasta llegar al tronco de donde proviene todo el árbol. El origen de las especies, el libro de Darwin que fundó la biología moderna, tenía solo una ilustración, y ¿saben qué era? Un árbol. Esa es la forma de cualquier mundo generado por un proceso evolutivo. Dios crearía una lista de cosas. La evolución crea árboles genealógicos de cosas.

Lo mismo se puede hacer con el coronavirus. Si alguien ha contagiado a alguien, como diría Gila, sus virus tendrán un genoma muy parecido. Cuanto más lejos esté su nexo común de infección, más diferirá el genoma del virus. Esa es otra vez la estructura de un árbol. Basta aplicar el estilo tomasino para concluir que debe haber un tronco, el Primer Motor Inmóvil, el principio de todo contagio. Y es probable que lo haya, pero casi imposible que lo encontremos.

Pero hay pacientes que tienden a cero, como diría un matemático. No son culpables de nada, pero resultan útiles para la medicina. Pablo Guimón informaba el miércoles desde Washington de uno de esos pacientes, y Joel Cohen cuenta en Science el caso de la doctora X, una investigadora que no quiere dar su nombre y que fue también una de las primeras personas que llegó a Estados Unidos contagiada.

Voló a Pekín en enero para celebrar el Año Nuevo Lunar con su familia en Pekín. Un hermano suyo voló desde Wuhan para añadirse a la celebración, en uno de los últimos vuelos que salieron de allí antes de que esa ciudad quedara aislada. Los siete miembros de la familia acabaron contagiados, y el padre murió. La doctora X volvió a Estados Unidos poco antes sin saber que tenía el virus. Un proyecto financiado por la DARPA (la agencia de investigación avanzada del Pentágono) persigue terapias contra el coronavirus basadas en los anticuerpos de la doctora X y otros casos cero, o que tienden a cero. Ese es el verdadero valor del enfoque tomasino. Dios sigue sin comparecer.

https://elpais.com/opinion/2020-05-06/la-doctora-x.html

lunes, 20 de abril de 2020

_- El dilema del diablo. Quién puede elegir entre las víctimas del virus y las de todos los demás dramas que afligen a la humanidad.

_- JAVIER SAMPEDRO
11 ABR 2020 -

La Iniciativa Global para la Erradicación de la Polio (GPEI), un proyecto internacional lanzado en 1988, suspendió el 24 de marzo su campaña de vacunación, como una medida para frenar la propagación del coronavirus. Esperan reanudarla después del verano, incluso en poblaciones de África donde la propia vacuna ha causado focos locales de polio. Los números globales demuestran que la vacuna funciona en la mayoría de los casos, pero el 100% de eficacia no existe en biología. Gracias a esa variabilidad seguimos aquí después de 4.000 millones de años. Parafraseando a los ecologistas, piensa global, llora local.

Los asesores científicos de la GPEI calculan que el parón de la campaña de vacunación elevará el número de niños que quedarán paralizados de por vida por la polio, o incluso por la vacuna de la polio, y que algunos países que ya se han declarado libres del virus se volverán a contagiar. Y la polio es solo un ejemplo de las vacunaciones que se han suspendido en África y en los países en desarrollo. Solo dos días después del cerrojazo de la GPEI llegó el de la Organización Mundial de la Salud (OMS) recomendando la suspensión de todas las campañas masivas de vacunación. Otra vez el dilema del diablo, elegir entre muertes presentes y discapacidades futuras. Estos días no resulta fácil meterse en el pellejo de un responsable sanitario, pese a la aparente incompetencia de algunos políticos para entenderlo.

La periodista Leslie Roberts documenta en Science que millones de niños se han visto privados ya de sus vacunas de polio, sarampión, papiloma, fiebre amarilla, cólera y meningitis. Hablan de 14 millones, pero es una estimación a la baja, seguramente muy a la baja. En Afganistán y Pakistán el virus de la polio ya estaba resurgiendo antes del parón coronavírico, y la eliminación de las campañas vacunales solo puede empeorar las cosas. Los brotes africanos debidos a la propia vacuna se están escapando de control, y solo el mantenimiento de las campañas —por muy paradójico que resulte— puede refrenarlos y ayudar a la gente afectada.

Según los CDC de Atlanta (centros de control de enfermedades estadounidenses, una referencia mundial), 23 países han suspendido sus campañas contra el sarampión, y otros 16 se lo están pensando. El sarampión puede parecerle una broma al lector occidental, pero en los países en desarrollo mata a entre el 3% y el 6% de los infectados, entre tres y seis veces más que el coronavirus. La mayoría de esas víctimas, al revés de lo que ocurre con el coronavirus, son niños malnutridos.

La vida nos enfrenta a decisiones duras media docena de veces al día. Pero pocas veces nos arroja a la cara una como esta. Una pandemia tan grave como la actual nos está obligando a elegir entre las víctimas del virus y las de todos los demás dramas que afligen a gran parte de la población mundial. El dilema del diablo.

domingo, 14 de abril de 2019

_- Reseña de "Las ideas que cambiaron el mundo", de Daniel Farías y Juan Carlos Cuevas. Divulgación (insuperable) de dos grandes teorías científico-filosóficas

_- No existen muchas teorías científicas que hayan tenido y tengan el alcance filosófico y cultural de la teoría de la relatividad y la mecánica cuántica. Espacio, tiempo, determinismo, ondas gravitacionales, cuantos de energía, materia-energía, sistemas inerciales y no inerciales, principio de incertidumbre, la ecuación de onda, el principio de exclusión... son algunos de los conceptos involucrados. No hay filósofo que se precie ni incluso poeta, novelista o ensayista que no haya hablado alguna vez, con mayor o conocimiento de causa, de estas teorías científicas que son algo más que dos grandes teorías científicas, básicas, esenciales, en nuestra forma de entender el cosmos y la materia, por no hablar de la base científica de muchas de las tecnologías que nos rodean. Desde el móvil hasta el GPS pasando por el láser.

Pues bien, les adelanto lo esencial de este comentario: no se pierdan, no se sale como se ha entrado, lejos de ello, este nuevo ensayo de la colección Buridán, que es, que puede ser un material formidable para seminarios de formación científica básica de la ciudadanía. ¡Lo que muchos filósofos o afines hemos soñado durante décadas! Sería más que interesante un curso de introducción para personas interesadas (no sólo estudiantes) que tuviera este libro como nudo central. Las ideas que cambiaron el mundo. Relatividad, mecánica cuántica y la revolución tecnológica del siglo XX (el título me ha recordado los 10 días que estremecieron el mundo) es uno de los mejores libros -muy bien pensado, muy bien escrito, muy didáctico, informado, pensado para el lector no especialista- de divulgación científica (seria, rigurosa, con conocimiento de causa) sobre estas dos grandes teorías físicas (teoría de la relatividad, la especial y la general, y la mecánica cuántica) que se han publicado en nuestro país en años, en decenios.

No me atrevo a afirmarlo con rotundidad, pero no creo que haya muchos libros de divulgación científica, en España, en Europa o en el mundo, que estén a su altura.

En la Introducción apuntan los autores: “El objetivo de este libro es ayudar en la tarea de acercar las ideas básicas de la relatividad y de la mecánica cuántica al gran público. Estas teorías son la base de nuestra visión moderna del mundo y proporcionan las mejores respuestas que tenemos hasta el momento a algunas de las preguntas más básicas que la humanidad se ha formulado desde siempre” Por ello, añaden, “creemos que estas teorías deberían formar parte del bagaje intelectual de cualquier persona culta o simplemente curiosa”. Tienen razón y su libro contribuye a ello.

Una breve presentación de los autores. Juan Carlos Cuevas (Medina del Campo, 1970) se doctoró en 1999 en la Facultad de Físicas de la Universidad Autónoma de Madrid (de donde ahora es profesor titular). Ha trabajado en el prestigioso Karlsruhe Institut of Technology de Alemania. Es un referente mundial en los ámbitos de la materia condensada y la nanotecnología, y autor de un libro que se han convertido en un clásico del segundo campo: Molecular Electronics, 2010. Ha publicado ¡más de 120 artículos! de investigación en revistas prestigiosas como Science y Nature. Daniel Farías (Buenos Aires, 1965) es un físico experimental formado en la Universidad de su ciudad natal y en la Universidad Libre de Berlín, donde se doctoró en 1996. Como su compañero es profesor titular de la UAM donde también trabaja en asuntos de materia condensada. También ha publicado más de 100 artículos en revistas de prestigio internacional (también como Science o Nature). Ha publicado también artículos de divulgación en revistas como Ciencia Hoy, Investigación y Ciencia, y en el blog Naukas.

La estructura del libro (con muy pocas fórmulas matemáticas, todas ellas al alcance del lector medio, de todos ustedes, de todos nosotros): 1. Introducción. 2. La relatividad especial. 3. La relatividad general. 4. La mecánica cuántica. 5. De la mecánica cuántica al chip. Bibliografía (comentada, vale la pena detenerse en los comentarios). Agradecimientos.

Algunos de los apartados, para abrir su apetito lector: La dilatación del tiempo; Causalidad; La relatividad y el GPS; la curvatura del espacio tiempo; La relatividad general y el Universo; La dualidad onda-partícula; el efecto túnel; Decoherencia; El experimento EPR; Conciencia y libre albedrío; Resumen: realismo y no localidad; Hay un Nobel en tu móvil; Superconductividad; Aplicaciones de los superconductores Diferentes tipos de láser (ocho apartados están dedicados al láser: fue Einstein quien, también en esto, tuvo una brillante idea que que haría posible el láser). Destacado los apartados que desarrollan las interpretaciones más interesantes de la mecánica cuántica. Especialmente el de la decoherencia.

Los autores señalan, con razón, que la teoría de la relatividad y la mecánica cuántica son los dos pilares fundamentales sobre los que descansa la física moderna. “Estas dos grandes teorías, que surgieron en las tres primeras décadas del siglo XX, comparten algunas cosas, pero también se diferencian notablemente en otras”. Ambas teorías son tremendamente radicales: “rompieron en su momento con principios establecidos hacía siglos y que se creían intocables”. Ambas teorías cambiaron, siguen cambiando, “nuestra visión del mundo y nuestra percepción de la realidad”. Ambas teorías son, además, “tremendamente exitosas y superan a diario innumerables pruebas experimentales”. Son la base de muchas ramas de la física y también del desarrollo de incontables aplicaciones prácticas (en especial la mecánica cuántica) de las que ellos dan cuenta. Ambas teorías, afirman, “comparten el aura de ser un tanto misteriosas e inaccesibles para el gran público, una visión con la que no estamos de acuerdo y que esperamos ayudar a cambiar con este libro”. Lo logran sin duda.

Ambas teorías tienen también diferencias básicas. La primera está en su génesis: “mientras que la relatividad fue principalmente el producto de un solo hombre, Albert Einstein, el prototipo de genio” (parece imposible pero es así, no es una exageración cientificista de los autores), “la mecánica cuántica surgió del esfuerzo colectivo de un grupo de físicos, todos ellos brillantes, que se complementaron mutuamente”. Cito algunos nombres, todos ellos grandes científicos e importantes filósofos al mismo tiempo: Niels Bohr, Erwin Schrödinger, Werner Heisenberg, Wolfgang Pauli.

Otra diferencia en su génesis, señalan, es que “ mientras que el desarrollo de la mecánica cuántica fue motivado por la dificultad de explicar numerosos experimentos, esto no ocurrió con la teoría de la relatividad, donde la motivación obedeció esencialmente al deseo de Einstein de construir una teoría armoniosa que unificara o generalizara conceptos ya conocidos”. En este sentido, “aunque la relatividad es para mucha gente el arquetipo de teoría física, esta teoría es, en realidad, una excepción, una anomalía dentro de la física moderna” y dentro de la historia de la física en general.

A pesar de su radicalidad y originalidad, “la teoría de la relatividad aún se asienta sobre conceptos clásicos como el determinismo o el realismo”. Es física clásica. En este sentido, la mecánica cuántica es, si cabe, “aún más radical y acaba con el concepto de determinismo y proporciona una nueva visión de lo que entendemos por realidad”. Estas diferencias son profundas y, en buena medida, señalan, “son el motivo por el cual estas dos teorías aún existen por separado” y, cuestión esencial, “no ha sido posible hasta el momento unificarlas en una sola teoría que explique todos los fenómenos de la naturaleza”. Tarea pendiente desde hace décadas. Una de las grandes finalidades de la física actual.

A quién va dirigido este libro se preguntarán. La respuesta de Cuevas y Farías: “Va dirigido a todos aquellos curiosos sin formación científica que deseen conocer cuál es la visión moderna del mundo que nos ofrecen la relatividad y la mecánica cuántica. Va dirigido a estudiantes de secundaria o de carreras de humanidades que deseen acercarse por primera vez a estas dos grandes teorías de la ciencia de una forma amena y accesible. Va dirigido a aquellos que piensan que la relatividad nos dice que todo es relativo, a aquellos que creen que la cuántica solo nos habla de gatos que pueden estar vivos y muertos a la vez, y a quienes piensan que la relatividad y la cuántica no tienen ninguna aplicación práctica”. Muchos formamos parte de ese colectivo.

No se pierdan (más allá de ligeros desacuerdos) las notas a pie de páginas ni las reflexiones culturales, filosóficas e históricas de los autores, incluidos sus comentarios de política de ciencia o su visión de las relaciones entre ciencia básica, ciencia aplicada y tecnología.

Falta en mi opinión un índice analítico y nominal y un glosario de conceptos (muchos de ellos definidos en el texto o en notas a pie) y creo que hay una errata cuando los autores atribuyen a Copérnico la primera cosmovisión que sacó a la Tierra del centro del Universo. Aristarco de Samos y otros autores clásicos tuvieron también su papel en esta decisiva revolución científica y cultural.

Fuente:

El Viejo Topo, núm. 374, marzo de 2019, pp. 79-80.

domingo, 19 de agosto de 2018

_- La historia desnuda y escandalosa de los que niegan la evidencia científica.


Según las últimas encuestas, el 36% de los estadounidenses niega que la acción humana sea la causa del calentamiento global, una base suficiente para que el presidente Donald Trump se sienta animado a romper los pactos de lucha contra el cambio climático.

El esfuerzo contra el calentamiento global atraviesa una fase crítica y en buena medida se debe a la negativa de Washington y un sector de la sociedad estadounidense a participar del combate. Pese a la incesante acumulación de datos y confirmaciones empíricas del trastorno climático y su origen humano, en esa nación los escépticos se mantienen incólumes. ¿Cómo es posible?

Naomi Oreskes y Erik Conway ofrecen en Mercaderes de la duda una respuesta centrada en el desmontaje de las campañas de desinformación impulsadas por intereses creados y un puñado de científicos conservadores. Para ello, los dos historiadores de la ciencia —una adscrita a la Universidad de Harvard y el otro al Jet Propulsion Lab de la NASA— se remontan a su origen: la ‘ruta del tabaco’, es decir, las tácticas aplicadas por las tabacaleras para negar el poder cancerígeno del cigarrillo.

En los años 50 y 60, sus maniobras allanaron el camino a los posteriores negacionistas. ¿En qué consistían? Por un lado, se investían de autoridad reclutando expertos afines y creando centros de ‘investigación’; por el otro, explotaban las incertidumbres (“La duda es nuestro producto”, admitían en un memorándum interno). En pocas palabras: si los hechos eran imposibles de obviar, los tachaban de insuficientes y exigían más estudios. Con esas tretas dilatorias impedían la regulación de su negocio y ganaban tiempo para seguir fomentando el tabaquismo.

“La duda es nuestro producto”, admitía la industria del tabaco en un memorándum interno

La agitación sistemática de las dudas les permitía abusar de una práctica rutinaria del periodismo estadounidense: la cobertura equilibrada de las polémicas. Nacida para garantizar el acceso mediático a las partes de un debate político, esa pauta fue distorsionada por las tabacaleras, que así lograron que The New York Times o el respetado Edward Murrow otorgaran a sus posturas marginales el mismo rango que al consenso científico mayoritario. Se transmitía de ese modo a la opinión pública la engañosa impresión de que los expertos se hallaban seriamente divididos.

Dudas torticeras
Que sus ardides hicieron escuela quedó claro cuando el rearme impulsado por Ronald Reagan chocó con la hipótesis del invierno nuclear ideada por Carl Sagan y otros expertos. El lúgubre escenario contradecía la propaganda oficial, empeñada en minimizar el impacto de una guerra atómica. Para refutarlo se creó el Instituto George C. Marshall y se introdujo en la panoplia persuasiva una nueva arma: acusar a Sagan y sus colegas de hacerle el juego a la Unión Soviética.

Ese modus operandi se repitió en las sucesivas controversias. En la batalla por el humo de segundo mano, las tabacaleras encargaron al Center for Indoor Air Research y revistas ‘académicas’ como Tobacco & Health negar el perjuicio causado al fumador pasivo.

Con motivo de la lluvia ácida, las eléctricas se movilizaron para desvincular sus emisiones de la muerte de los bosques. Cuando saltó la alarma por el agujero de ozono, los fabricantes de aerosoles pugnaron por absolver a los CFCs de su responsabilidad en el trastorno. Posteriormente, se intentó rehabilitar al DDT a base de demonizar a Rachel Carson, quien alertara de los nocivos efectos ambientales del insecticida.

Actualmente, las petroleras y la minería del carbón financian think tanks como el Cato Institute y otros agentes dedicados a difamar al IPPC (el panel de expertos de las Naciones Unidas que coordina los consensos científicos sobre el cambio climático) y culpar del fenómeno al sol, las variaciones naturales, los rayos cósmicos, o directamente sostener que no hay tal calentamiento.

Expertos que se repiten
Muchos de los científicos que se prestaban a esas operaciones de relaciones públicas compartían un perfil similar: ultraliberales y anticomunistas, creían que las críticas al armamento nuclear, al tabaquismo y a los gases contaminantes respondían a una agenda oculta de izquierda encaminada a implantar el intervencionismo estatal en todos los ámbitos.

Financiados por las industrias afectadas y amplificados por medios conservadores como The Wall Street Journal o Forbes, en sus filas destacaban los físicos Fred Seitz, Fred Singer y Bill Nierenberg. Asociados durante la Guerra Fría al complejo militar-industrial, pasaron de negar el invierno nuclear a refutar las secuelas perniciosas del humo de segunda mano y, finalmente, el origen antrópico del calentamiento global.

Cuesta no escandalizarse con la lectura de esta obra, que ha sido llevada al cine; cuesta no deprimirse al ver cómo ejecutivos mendaces, ayudados por investigadores y políticos venales o ideológicamente ofuscados, recurrieron a toda suerte de artimañas para combatir los hechos que no les convenían; y cómo sus falacias, a falta de una respuesta contundente de parte del periodismo y de la comunidad científica, terminaron calando en un segmento significativo de la opinión pública.

Científicos conservadores pasaron de negar el invierno nuclear a refutar las secuelas del tabaco y, finalmente, el origen antrópico del calentamiento global

Con todo, el balance no es descorazonador; pese a las patrañas, el tabaquismo fue reglamentado; los CFCs, prohibidos; el armamentismo nuclear, frenado; la lluvia ácida se redujo y el DDT no se ha vuelto a usar; aunque en lo relativo a las emisiones causantes del cambio climático el desenlace sigue en el aire. De ahí la actualidad de este trabajo que desmonta la refinada sofística concebida para desacreditar los hallazgos que chocan con intereses poderosos, a la vez que nos recuerda cómo funciona el método científico, la provisionalidad de sus resultados, y los recaudos que deben tener los periodistas si no quieren ser manipulados por los mercaderes de la duda.

Por esto último nos parece pertinente concluir con un párrafo extraído del libro reseñado:

La ciencia no proporciona certidumbre. Solo proporciona pruebas. Solo proporciona el consenso de los expertos, basada en la acumulación organizada y el examen de las pruebas. Oír a ‘ambas partes’ de una controversia tiene sentido cuando se debaten políticas en un sistema con dos partidos, pero cuando ese marco se aplica a la ciencia hay un problema (…) la investigación produce pruebas que pueden aclarar puntualmente la cuestión (…) A partir de ese punto, ya no hay ‘partes’. Hay simplemente conocimiento científico aceptado.

Periodistas y lectores, tomemos nota.

Fuente:
https://www.publico.es/sociedad/calentamiento-global-historia-desnuda-escandalosa-niegan-evidencia-cientifica.html

sábado, 28 de abril de 2018

El mayor misterio de la humanidad, Rosa Montero

Un rosario de hallazgos en los últimos 20 años nos ha obligado a cambiar las egocéntricas teorías que sobre los neandertales manejamos durante siglos.


Tengo en mi despacho la foto de la cabeza de un hombre de unos 40 años. Su cráneo rasurado está teñido con un pigmento rojo y luce un bonito tocado de plumas de ave. Dos largas espinas decorativas le atraviesan elegantemente las orejas. Una raya de pintura negra desciende por la mitad de su frente y cubre el puente de su gran nariz. Sus ojos son suspicaces y orgullosos, y de su rostro perfectamente afeitado emana una impresión de fuerza y de poder. Podría ser cualquier gran jefe indio de las praderas americanas. Pero no. Es la reconstrucción de un cráneo de neandertal a la luz de las nuevas evidencias científicas.

Durante siglos, con el pomposo egocentrismo que nos caracteriza, hemos visualizado a esos otros Homos, los neandertales, como bestias hirsutas, feas como demonios y patizambas; muy parecidos, en suma, a como imaginamos ahora a los ogros, a los yetis y a todas esas criaturas legendarias que en realidad no son sino la huella mítica del recuerdo real de aquellos primos. Hasta hace muy poco creíamos que esos brutos no sabían hablar y no nos extrañaba que se hubieran extinguido de un plumazo cuando nosotros, lampiños, inteligentes y bien plantados, salimos con paso alegre de África camino de la gloria. Pero en los últimos 20 años una cascada de descubrimientos nos ha ido hundiendo el ego en la miseria.

Como no todos hemos heredado los mismos rasgos, sumando a unos y otros conservamos entre un 20% y un 30% de genes neandertales.

Hoy sabemos que hablaban y que tenían nuestra misma capacidad craneal, la misma inteligencia. Durante cierto tiempo intentamos atrincherarnos en la estética: sostuvimos que habíamos sido nosotros, los cromañones, quienes empezamos a fabricar adornos. Me encantó esa teoría; era emocionante que los sapiens nos hubiéramos salvado de la extinción gracias a necesitar esa cosa tan inútil que es la belleza. Pero la alegría duró poco; enseguida se encontraron collares de conchas en los asentamientos de nuestros primos. Estaban tan heridos por la belleza como nosotros.

Se sabe que hemos coincidido con los neandertales, que nos emparentamos y tuvimos sexo e hijos. Entre el 1% y el 4% de nuestros genes (salvo en los subsaharianos) proceden de ellos. Como no todos hemos heredado los mismos rasgos, sumando a unos y otros conservamos entre un 20% y un 30% de genes neandertales. Su herencia nos predispone, entre otras cosas, a la depresión y a las adicciones. Yo, que fumé durante 20 años tres paquetes de tabaco al día, debo de tener una abuela neandertal de armas tomar.

Ha habido otras especies humanas, como el Homo denisovano o el de Flores, pero los neandertales han sido los más importantes, porque duraron más de 200.000 años (una proeza: recordemos que la escritura y nuestra historia empezaron hace solo 6.000 años). Ahora acaba de hacerse un descubrimiento colosal: una nueva datación en las pinturas rupestres de tres cuevas españolas han demostrado que fueron hechas por neandertales hará 65.000 años. Son las obras de arte más antiguas del planeta, y no son nuestras. Sí, nos parecíamos mucho. Y se extinguieron. Ah, qué inquietud. Si nada nos diferencia, podríamos extinguirnos nosotros también. El enigma de la desaparición de los neandertales se está convirtiendo en el mayor misterio de la humanidad.

Apunta Yuval Noah Harari en su brillante ensayo Sapiens que fue la capacidad de crear ficción lo que nos hizo triunfar como especie. Una preciosa explicación aunque, la verdad, no me la creo: me imagino muy bien a mi abuela neandertal contándoles historias a sus nietos en la hoguera. A mí me convence más una profesora norteamericana, Pat Shipman, que hace un par de años expuso una teoría que me deslumbró. Verán, los neandertales eran más robustos que nosotros y necesitaban más cantidad de alimentos. Cuando se extinguieron estábamos en plena glaciación; no solo escaseaba la comida, sino que de repente habían aparecido unos extranjeros que hacían algo muy raro: se aliaban con los lobos para cazar. Humanos y perros formamos un equipo depredador de formidable eficacia, tanta que la fórmula sigue vigente. Probablemente fuimos una especie de arma letal por carambola: acaparamos la comida y los matamos de hambre. Así que ni más listos, ni más artistas, ni más sofisticados: nos salvaron los perros. Somos poca cosa. Y desagradecidos.