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lunes, 14 de octubre de 2019

_- La importancia de la memoria histórica europea para el futuro de Europa. No es lo mismo.

_- Rafael Poch de Feliu
Blog personal

Cómo el Parlamento Europeo aprueba la versión de la historia de la Segunda Guerra Mundial de la derecha polaca, de acuerdo con los planes estratégicos de Estados Unidos en el continente.

Con su resolución de 19 de septiembre sobre la Importancia de la memoria histórica europea para el futuro de Europa, el Parlamento Europeo, ha dado un nuevo y vergonzoso paso en la reescritura de la historia europea. A iniciativa de 19 diputados, 18 de ellos polacos y uno letón, una feliz coalición de conservadores, liberales, nacionalistas, socialdemócratas y algunos verdes, aprobó, por 535 votos a favor, 66 en contra y 52 abstenciones, “un retroceso ideológico hacia los peores tiempos de la guerra fría”, en palabras de la Federación Internacional de combatientes de la Resistencia (FIR).

La resolución afirma la curiosa tesis de que “La Segunda Guerra Mundial fue el resultado directo del infame Tratado de no Agresión nazi-soviético de 23 de agosto de 1939, también conocido como Pacto Molotov-Ribbentrop”. La Unión Soviética y la Alemania nazi, los dos principales adversarios de la Segunda Guerra Mundial, son de nuevo presentados como gemelos: “dos regímenes totalitarios que compartían el objetivo de conquistar el mundo, repartirse Europa en dos zonas de influencia”. Poniendo un nuevo signo de igualdad, se pide a los estados miembros que “conmemoren el 23 de agosto como Día Europeo de las Víctimas del Estalinismo y del Nazismo a escala tanto nacional como de la Unión”, y se llama a elevar los ánimos bélicos agitando a las “generaciones más jóvenes” para “fomentar la capacidad de resistencia ante las amenazas modernas que se ciernen sobre la democracia”.

Una vieja ideología de nuevo funcional

Esta amalgama no tiene nada de inocente y está directamente relacionada con las actuales y artificiales tensiones de “nueva guerra fría” a las que han conducido un cuarto de siglo de marginación de Rusia de un sistema de seguridad atlantista contra ella dirigido, vía ampliación de la OTAN, abandono de acuerdos de desarme e instalación de infraestructuras militares junto a sus fronteras. Tampoco es algo nuevo.

En el pasado, poner el signo de igualdad entre nazismo y comunismo fue extremadamente funcional en el periodo de posguerra, cuando el frente aliado de la coalición anti Hitler del que la URSS era pilar fundamental, se fracturó dando lugar a la nueva tensión entre potencias del mundo bipolar que conocemos como guerra fría entre Estados Unidos y la URSS. El paralelismo y la equivalencia entre nazismo y comunismo estalinista rehabilitó a los ex nazis alemanes que construyeron la República Federal Alemana , integrándolos en la primera línea del frente común anticomunista en Europa. Gracias a la teoría de los totalitarismos de uno u otro signo , los ex nazis fueron eximidos de la mitad de su culpa: por un lado eran culpables de atrocidades, pero por el otro habían sido precursores en la lucha contra el nuevo enemigo, al que se habían anticipado identificándolo aunque fuera desde una ideología algo equivocada . En Alemania occidental, donde apenas hubo desnacificación, un pequeño ejercicio verbal de arrepentimiento, les bastó para convertirse en cristiano-demócratas, liberales e incluso socialdemócratas, no solo sin renegar de su pulso contra el comunismo, sino reivindicándolo. Franco sacó buen partido de ese mismo recurso reciclando la criminal alianza de su régimen con las potencias del eje para convertir a España en base militar aeronaval del mundo libre y reserva espiritual de Occidente.

Mantener la división continental

Ahora esa misma ideología, que en la Europa de los años, sesenta, setenta y ochenta habría sido considerada desvergonzado disparate reaccionario, avanza impulsada por la dinámica de nueva tensión con la Rusia postsoviética (cuyo “comunismo” es igual a cero), acusada de “amenazar Europa” pese a que su gasto militar es más de catorce veces inferior al del conglomerado noratlántico que la rodea. En este despropósito, que retrata un aspecto del regreso de la Europa parda, no hay nada de casual.

Algunos países del Este de Europa, enemigos históricos de Rusia son utilizados para la estrategia de división continental impulsada desde Washington. Es sabido, y los documentos oficiales de los estrategas de Washington así lo proclaman desde hace años, que imposibilitar el ascenso de la Unión Europea como sujeto autónomo, por ejemplo con una política independiente en Oriente Medio, es el objetivo estratégico de Estados Unidos en el continente, por lo que es imperativo mantener una tensión artificial con Rusia. Una relación normalizada de la Unión Europea con la nación más poblada de Europa y la más rica en recursos, además de su principal suministrador energético, es condición sine qua non para esa hipotética autonomía.

Los gobiernos de países como Polonia y las repúblicas bálticas actúan como el caballo de Troya de ese propósito, con el que sus gobiernos ultraconservadores sintonizan -por razones históricas bien comprensibles dada la tormentosa relación de esos países con Rusia en el siglo XIX y XX. Su ingreso en la OTAN y en la UE fue priorizado desde Estados Unidos por esa razón y sus gobiernos tienen en ese papel de acicate anti ruso su principal carta de influencia en Washington y en Bruselas. Es significativo que la resolución llame a “fomentar, en particular entre las generaciones más jóvenes, la fuerza de resistencia ante las amenazas modernas que se ciernen sobre la democracia”, dando por buena la leyenda de la “amenaza rusa” sobre Europa que esos países proclaman de forma histérica, así como apelando a tomar “firmes medidas” ante la “guerra de la información librada contra la Europa democrática con el objetivo de dividirla”, es decir a silenciar el aparato de propaganda ruso en el continente que asegura un pluralismo de propagandas que debilita los monopolios establecidos.

La desvergüenza de los diputados polacos, y la tontería de los diputados que han votado esta resolución muchos de ellos seguramente sin leerla o sin entenderla, llega al extremo de solicitar la declaración del “Día Internacional de los héroes de la lucha contra el totalitarismo, el 25 de mayo, aniversario de la ejecución de un militar anticomunista polaco, Witold Pilecki, que fue internado en Auschwitz por los nazis en una rocambolesca historia y posteriormente ejecutado por los comunistas polacos como agente militar del gobierno polaco en el exilio. Aquí la intención que se adivina es eminentemente nacional: blanquear la escandalosa complicidad polaca en el holocausto, así como la sintonía de la Polonia de preguerra con los nazis, con quienes firmó un acuerdo de no agresión en 1934. Polonia fue cómplice en la desmembración nazi de Checoslovaquia en 1938 y sus dirigentes tuvieron una gran responsabilidad en la posterior ruina de su nación, algo de lo que se prefiere no hablar . Europa debe odiar a los rusos, de acuerdo con el nacionalismo polaco, y para ello se falsifica y manipula lo que haga falta.

“Totalitarismos de uno u otro signo”

La llamada teoría de los totalitarismos intentó explicar el hecho histórico de que en el siglo XX algunos sistemas tuvieron un nivel de coerción y control político tan superior al de la mayoría de las dictaduras, que merecían una nueva categoría. Pero el término totalitarismo no tiene un claro contenido y sí claros inconvenientes. Uno de ellos es que no es un concepto histórico, sino propagandístico cuyo uso se generalizó durante la guerra fría. En la práctica sirvió para rehabilitar a los nazis y movilizar a Occidente contra el comunismo. Desde ese término, los propagandistas occidentales introdujeron la idea del “comunismo” y el estalinismo como despotismos sin relación alguna con el pasado, obviando toda explicación histórica. La historia de la autocracia y el absolutismo rusos, con una larga tradición secular y de la que el estalinismo fue genuina expresión en las condiciones técnicas del siglo XX, simplemente desapareció en beneficio de una cruzada ideológica encaminada a demonizar la peligrosa idea de la nivelación social.

Fue así como una teología de la maldad explicó, por ejemplo, la compleja historia del acuerdo germano-soviético de agosto de 1939, que viene después, y no antes, de acuerdos similares de no agresión firmados por Polonia con los nazis contra la URSS, o del espectáculo de Munich que convenció definitivamente a los soviéticos de que los liberales occidentales acabarían aliándose con los nazis contra la URSS, o por lo menos dejándoles hacer en el Este, tal como el propio Hitler confirma en sus reflexiones póstumas transcritas por su último secretario personal, Martin Bormann.

Tras la derrota del fascismo en la Segunda Guerra Mundial, la teoría del totalitarismo se utilizó para presentar al nazismo y al comunismo estalinista como hermanos gemelos, ignorando la diferencia ideológica fundamental; que no puede haber un “buen” nazismo, contrario a todo planteamiento humanista, pero sí un “buen” socialismo que desarrolle ideales humanistas radicalmente antagónicos con el antihumanismo estalinista.

El punto de vista de Primo Levi

Todo esto era bastante banal en la Europa de la guerra fría. En uno de los libros más importantes del siglo, la Trilogía de Auschwitz (1971), Primo Levi, un superviviente de aquella catedral de la historia europea, relataba en estos términos las diferencias entre los Lager alemanes y los soviéticos. La principal, decía, “consiste en su finalidad”:

Los Lager alemanes constituyen algo único en la no obstante sangrienta historia de la humanidad: al viejo fin de eliminar o aterrorizar al adversario político, unían un fin moderno y monstruoso, el de borrar del mundo pueblos y culturas enteros. A partir de más o menos 1941, se volvieron gigantescas máquinas de muerte: las cámaras de gas y los crematorios habían sido deliberadamente proyectados para destruir vidas y cuerpos humanos en una escala de millones; la horrenda primacía le corresponde a Auschwitz, con 24.000 muertos en un solo día de agosto de 1944. Los campos soviéticos no eran ni son, desde luego, sitios en los que la estancia sea agradable, pero no se buscaba expresamente en ellos, ni siquiera en los años más oscuros del estalinismo, la muerte de los prisioneros: era un hecho bastante frecuente y se lo toleraba con brutal indiferencia, pero en sustancia no era querido; era, en fin, un subproducto debido al hambre, el frío, las infecciones, el cansancio. En esta lúgubre comparación entre dos modelos de infierno, hay que agregar que en los Lager alemanes, en general, se entraba para no salir: ningún otro fin estaba previsto más que la muerte. En cambio en los campos soviéticos siempre existió un término: en la época de Stalin los “culpables” eran condenados a veces a penas larguísimas (incluso de quince y veinte años) con espantosa liviandad, pero subsistía una esperanza de libertad, por leve que fuera.

De esta diferencia fundamental nacen las demás. Las relaciones entre guardias y prisioneros, en la Unión Soviética, están menos deshumanizadfas: todos pertenecen al mismo pueblo, hablan la misma lengua, no son “superhombres” e “infrahombres” como bajo el nazismo. Los enfermos, aún mal, son atendidos; ante un trabajo demasiado duro es concebible una protesta, individual o colectiva; los castigos corporales son raros y no demasiado crueles: es posible recibir cartas y paquetes de víveres de casa; en una palabra, la personalidad humana no está negada ni se pierde totalmente. En contraposición, al menos por lo que hacía a los judíos y gitanos, en los Lager alemanes el exterminio era casi total: no se detenía ni siquiera ante los niños, que murieron por centenares de miles en las cámaras de gas, caso único entre las atrocidades de la historia humana. Como consecuencia general, los niveles de mortandad resultan bastante diferentes en los dos sistemas. Al parecer, en la Unión Soviética, en el periodo más duro, la mortandad era de un 30 por ciento de la totalidad de los ingresados, un porcentaje sin duda intolerablemente alto; pero en los Lager alemanes la mortandad era del 90-98 por ciento.

En conclusión, los campos soviéticos siguen siendo una manifestación deplorable de ilegalidad y deshumanización. Nada tienen que ver con el socialismo sino al contrario: se destacan en el socialismo soviético como una fea mancha; han de considerarse más bien como una barbarie heredada del absolutismo zarista de la que los gobiernos soviéticos no han sabido o no han querido liberarse. Quien lea las Memorias de la casa de los muertos, escrito por Dostoyevski en 1862, no tendrá dificultad en reconocer los mismos rasgos carcelarios descritos por Solzhenitsin cien años después. Pero es posible o, más bien, es fácil imaginar un socialismo sin Lager: en muchas partes del mundo se ha conseguido. No es imaginable, en cambio, un nazismo sin Lager.

La historia es una obra en construcción. Cada generación, grupo social y nación, la reescribe a su medida constantemente. A lo que asistimos hoy en la Unión Europea es a la reescritura de una versión de la historia de la Segunda Guerra Mundial de la derecha polaca, acorde con los planes estratégicos de Estados Unidos para mantener al continente divido y en tensión interna.

(Publicado en Ctxt)

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

http://www.rebelion.org/noticia.php?id=261312

sábado, 21 de septiembre de 2019

Un Maidán para China

Original de Rafael Poch de Feliu
(Blog personal)

La crisis de lo que queda de Hong Kong está siendo instrumentalizada hacia un callejón sin salida que desprestigie a Pekín

Históricamente el ascenso, riqueza y bienestar de Hong Kong se derivó de su particular estatus de puerto franco para el capital, centro financiero internacional, emporio productivo y puerta comercial para la enorme y cerrada China maoísta. Todo eso encarriló una estable y continua prosperidad para sus habitantes entre 1949 y el año 2000, pero se está acabando. Como emporio tecnológico Shenzhen, aquel villorrio de pescadores de los años setenta convertido hoy en ciudad millonaria, la supera como hub de la alta tecnología. Guangzhou (Cantón) superará pronto en PNB a Hong Kong. Shanghai se consolida como centro financiero y Singapur que ya acogió en 1997 muchos miedos del dinero hongkonés cuando la ex colonia se integró en China sin perder su autonomía, es el puerto franco del capital global en Asia por excelencia. Respecto a la puerta comercial ¿Quién la necesita cuando toda China lleva décadas abierta de par en par?

Lo que queda de Hong Kong
Por primera vez en dos generaciones los jóvenes de Hong Kong no vislumbran un porvenir prometedor. Al revés, constatan incertidumbre y decadencia mesurables en salarios, costos de vivienda y perspectivas de futuro. Todo eso lo achacan a China con toda la razón, porque el ascenso de China ha disuelto el particular estatuto de Hong Kong que fue la base de su prosperidad. Pese a los mimos que los oligarcas locales han recibido de Pekín desde 1997, el PIB de la región autónoma especial que a mediados de los noventa representaba el 27% del chino, hoy solo pesa un 2,7%. Así que salen a la calle desde hace meses pidiendo una solución a algo que no la tiene: lo que queda de Hong Kong no volverá a ser lo que fue.

Por razones objetivas el vector del crecimiento económico chino, que es a la vez general y enormemente desigual, empuja en este caso hacia la nivelación territorial. El enclave se está convirtiendo “en otra ciudad China”, como explica Carl Zha en una  clarificadora entrevistaPara un enclave con una renta per cápita de 48.517 dólares formar parte de una China con una renta de 9.608 dólares no es un buen negocio. Así que, “¿Por qué un hongkonés tendría que querer ser chino?”, se pregunta el economista tailandés Chartchai ParasukTodo esto no tiene gran cosa que ver con una lucha política por la libertad y la democracia que nos acostumbran a presentar nuestros medios de comunicación. Es un claro asunto económico.

Callejón sin salida
Visto desde Pekín es imposible ceder a las confusas demandas “soberanistas” que se formulan desde las calles de Hong Kong, incluso si estas no fueran siempre ampliables y en continua evolución como para impedir todo acuerdo. Por si acaso, una minoría violenta y bien organizada cuyos métodos (bloqueo de aeropuerto, destrozos) serían inmediatamente criminalizados y ferozmente reprimidos en cualquier ciudad occidental, se encarga de radicalizar la situación. Si China cede en Hong Kong, detrás vendrá Xinjiang, el Tibet y Taiwán. Y una vez abierta la caja de Pandora podrían apuntarse también diversas provincias de la China continental y étnicamente han. Al fin y al cabo, la desmembración territorial es un escenario que China conoce desde varios siglos antes de Cristo… Es obvio que Pekín no va a admitirlo, pero ¿Cuál es el papel en todo esto de los gobiernos de Estados Unidos y Alemania, los que mandan en Euroatlántida?

El sueño de la desmembración territorial
La desmembración de China es el escenario con el que sueña Occidente para su rival estratégico, naturalmente en nombre de la “democracia y los derechos humanos”. Al respecto no hay el menor disimulo. En Munich se encuentra la sede de los separatistas uigures de Xinjiang, cuya ideología oscila entre un supremacismo racista túrquico y el integrismo islámico. Políticos alemanes, especialmente verdes y liberales, apoyan abiertamente al irredentismo tibetano, cuyos vínculos con la CIA se remontan a los años cincuenta. Escritores como Liao Yiwu, un excitado opositor que describe a China como “un montón de basura en expansión” y clama por su “desmembración en bien de la humanidad”, han recibido el “premio de la paz” del gremio de los libreros alemanes (2012). La plana mayor de la oposición hongkonesa más radical, que ahora pide a Donald Trump que les libere, ha sido recibida en los salones de Washington por personajes como el vicepresidente Mike Pence, el Secretario de Estado Mike Pompeo o el demente y recién cesado consejero de seguridad nacional, John Bolton. En Berlín, el ministro de exteriores ha recibido al joven Joshua Wong, otro dirigente de las protestas con quien, según sus declaraciones, se habló de preparar una base para futuros exiliados de Hong Kong en Alemania. Wong se hizo un nombre ya en las protestas de los paraguas de 2014, cuando tenía 17 años, y ya mantenía contactos regulares con el consulado de Estados Unidos allá. Desde entonces ha sido recibido por dinosaurios belicistas como el senador Marco Rubio, uno de los promotores de la fallida intentona golpista en Venezuela, y apadrinado por las ong´s del entorno de la CIA entusiasmadas por su reivindicación desmembracionista de un referéndum para que Hong Kong salga de China. Rubio presentó la candidatura de Wong al Premio Nóbel de la Paz. Desde la época de Obama el Congreso de Estados Unidos prepara una “Hong Kong Human Rights and Democracy Act” para dar ambiente al actual conflicto con las correspondientes sanciones. En Berlín, el diario ultra-atlantista Bild reunió hace unos días a una muestra de sus héroes para una foto de grupo: el ucraniano Vitali Klichkó, el sirio Raed al-Saleh, jefe de los “cascos blancos”, y el millonario ruso exiliado Mijail Jodorkovski. ¿Cuál es la lógica de fondo de estos inequívocos mensajes?

Hegemónicos y emergentes
Hoy en día en este mundo incierto solo hay dos planes generales de ordenamiento: el belicista de Occidente liderado por Washington basado en el intervencionismo, los cambios de régimen y el control de recursos por la vía militar, es decir un escenario de caos hegemónico, y el integrador que representa el plan chino de “nuevas rutas de la seda” conocido como “Belt and Road Initiative” que por muchas y legítimas dudas que suscite no parece incompatible con un orden multipolar basado en el consenso entre los diversos centros de poder y actores del mundo. Este esquema general puede sonar simple, pero es lo que tenemos encima de la mesa. No hay otra cosa.

Las protestas de Hong Kong representan una oportunidad dorada para que el proyecto del caos aseste un golpe en el bajo vientre al proyecto integrador. Naturalmente en nombre de la “democracia y los derechos humanos”, como en Siria, Irak, Libia, Afganistán y demás. En 2014 la combinación de la bajada de los precios del petróleo movilizando a los amigos del Golfo y de las sanciones que siguieron a la operación de cambio de régimen en Ucrania, intentaron frenar la recuperación de Rusia. Vistas desde esa perspectiva general, las concretas ansias democráticas y anticorrupción del movimiento nacional ucraniano en la Plaza Maidán de Kiev fueron una insignificante nota a pie de página de gran valor instrumental. Hoy pasa algo parecido con la calle de Hong Kong: de lo que se trata es de forzar a Pekín a escenificar un Tiananmen.2, una represión que permita incrementar la demonización de China, explica el periodista brasileño Pepe Escobar. “La inevitable consecuencia sería que Occidente y amplios sectores del Sur Global boicoteasen las Nuevas Rutas de la Seda –Belt and Road Initiative – una compleja estrategia con diversos estratos de integración económica que se está ampliando mucho más allá de Eurasia”, dice.

En 2014, las autoridades rusas respondieron apoyando la oposición del Este de Ucrania y anexionándose Crimea, medidas que amortiguaron su derrota y les permitieron salvar la cara y una consolidación por lo menos temporal del delicado prestigio interno de su orden autocrático. Por aquello Moscú aún está pagando el precio de dolorosas sanciones económicas y más militarización junto a sus fronteras. En Pekín ahora deberán ir con mucho tiento para no propiciar una derrota propagandística que les persiga otros 30 años como ocurrió con Tiananmen lastrando su proyección mundial y justificando nuevas sanciones.

El movimiento de Hong Kong es un Maidán contra China. Al igual que en Kiev hace cinco años, por más que el motor sea local, los padrinos y promotores de este movimiento de la “sociedad civil” están en Washington y Berlín. Allí no quieren diálogo. Ni les interesa lo más mínimo la problemática social de Hong Kong. Buscan escenas violentas para su aparato de propaganda y muertos para llevar la situación a un extremo que arroje el resultado buscado: el desprestigio y ulterior demonización de China y de su proyección mundial en beneficio del proyecto del caos hegemónico.

Estamos ante un típico pulso de la dialéctica de los imperios combatientes. La crisis de lo que queda de Hong Kong está siendo instrumentalizada hacia un callejón sin salida. Los chinos van a tener que aplicarse a fondo para no perder esta batalla que por otro lado revela bien a las claras su vulnerabilidad ante la guerra híbrida del adversario.

(Publicado en Ctxt)

sábado, 22 de junio de 2019

La guerra de Bolton

Rafael Poch de Feliu
Blog personal

El demente belicista que dirige el Consejo de Seguridad Nacional en Washington siempre ha batallado por cargarse todos los acuerdos importantes de nuestro nuclearizado mundo

¿Se acuerdan de Sheldon Adelson? El multimillonario de los casinos y padrino de Netanyahu quería abrir en 2012 el “Eurovegas” en Barcelona. Tras la explosión de la burbuja inmobiliaria, Artur Mas se entrevistó con él en la ciudad condal en un intento de apuntalar la economía política convergente posterior al 3% y con ella lo que llamaba el “eje Massachusetts-Barcelona-Tel Aviv”. Aquella genial jugada queda para la patética historia del “procés”, pero de lo que hoy se trata es de algo serio: de los “Altos de Trump”.

El Informed Comment de Juan Cole dice que Adelson, quinta fortuna de Estados Unidos, fue quien presionó a Donald Trump para colocar en un alto cargo al criminal demente John Bolton. Se trata de empujar a Estados Unidos a una guerra con Irán que cubra el flanco oriental de la expansión israelí proclamada por Netanyahu: anexionarse Cisjordania. “Irán es el único país que continua oponiéndose activamente a la lenta limpieza étnica de los territorios palestinos ocupados, y Adelson y su cachorro Netanyahu buscaban un gran matón para romperle las piernas a Irán”, dice el portal de Cole. Ese matón es Trump, y Netanyahu ya le ha honrado estos días bautizando como “Ramat Trump” (Altos de Trump) uno de los 33 asentamientos judíos de los altos del Golán arrebatados a Siria en 1967, oficialmente anexionados por Israel en 1981 y que Trump reconoció como israelíes, contra todo derecho internacional, el pasado 25 de mayo.

Decir que Bolton es un criminal demente no es un capricho retórico. El hombre que el millonario Adelson colocó al frente del Consejo de Seguridad Nacional, es un loco belicista empeñado en cargarse todos los acuerdos de nuestro mundo nuclear. Comenzó con el acuerdo antimisiles balísticos (ABM, en inglés) alcanzado en 1972 por Nixon y Brezhnev. Batalló con éxito contra el acuerdo entre Clinton y los norcoreanos, y ha sido puntal de la retirada de Estados Unidos del acuerdo nuclear con Irán de 2015 firmado por Obama. Últimamente se ha cargado el acuerdo sobre fuerzas nucleares intermedias (tácticas) INF firmado por Reagan y Gorbachov, lo que incrementa el riesgo de una guerra nuclear en Europa, y ayudado por su colega Mike Pompeo apunta claramente contra el acuerdo sobre armas nucleares estratégicas (START) que debería ser renovado con Rusia en 2021. Bolton es el tipo que el pasado abril proclamó en Florida, “para que todos lo oigan”, que “la doctrina Monroe está viva y en forma”. Corrigiendo así la afirmación de 2013 del presidente Obama ante la Organización de Estados Americanos de que “la era de la doctrina Monroe ha pasado”. Pues bien, este personaje junto con Pompeo es quien está pilotando lo que la web israelí Maariv Online anuncia como “asalto táctico” contra Irán, es decir una guerra.

Este asalto ya tuvo su ruptura diplomática con la retirada unilateral del acuerdo nuclear de 2015 que estaba bien encarrilado, según la ONU y todos los demás firmantes, y está lanzando estos días los habituales pretextos de guerra en forma de sabotajes en puertos del Golfo Pérsico (14 de mayo) y extraños ataques a petroleros como el del 13 de junio, que coincidieron con la visita del primer ministro japonés Shinzo Abe a Teherán, de la misma forma en que aquel atentado químico de Siria coincidió con la llegada a Damasco de una delegación de la ONU para supervisar la destrucción del arsenal químico de Bashar el-Assad. Todo con un gran perfume a incidente del Golfo de Tonkín.

Según Nathalie Tocci , la consejera jefa de la desvalida representante de la Unión Europea para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad, Federica Mogherini, el pilotaje de Bolton de la extrema presión ejercida sobre Irán indica que Trump no controla la situación. “Quizás debería cambiar a su consejero de seguridad nacional”, que le empuja hacia un insensato cambio de régimen en Irán que se sume a los desastres de la guerra interminable iniciada por Washington tras el 11-S y que en 18 años ha producido varios millones de muertos, de refugiados y un sinfín de problemas.

Que los militares toreen a los presidentes en Estados Unidos es algo que ya vimos en Siria, cuando bombardearon instalaciones rusas para reventar acuerdos de cooperación militar alcanzados por John Kerry con Moscú, tal como explicó el propio secretario de Estado al abandonar el cargo. Si sucedió con Obama, ¿por qué no con Trump?

La denuncia de Bolton de que Irán ha incrementado su presión militar en Irak y Siria, ha sido desmentida por el jefe militar británico en Irak, Chris Ghika: “no ha habido un aumento en la amenaza proveniente de las fuerzas apoyadas por Irán en Siria e Irak”, dijo para desesperación de los americanos. Paralelamente, 76 generales y embajadores retirados publicaron una carta a Trump en la que se dice que, “la guerra con Irán ya sea consciente o por error de cálculo, tendrá repercusiones dramáticas en un Oriente Medio ya desestabilizado y arrastrará a Estados Unidos a otro conflicto armado con un inmenso coste financiero, humano y geopolítico”.

Sea como sea, la voluntad de los halcones de la Casa Blanca por cambiar el régimen en Irán, no es una línea del gusto de muchos jefes militares de Estados Unidos, que, cómo los generales y embajadores retirados, auguran más caos como resultado. Su argumento es que los verdaderos adversarios no son países como Irán, cuya capacidad militar es escasa, sino Rusia y China, países que aprovecharon el caos de estos 18 años para modernizar sus fuerzas, con miras a “erosionar de forma significativa la ventaja americana en tecnología moderna”, en palabras del entonces Secretario de Defensa, Jim Mattis, partidario de reorientar el esfuerzo hacia la competición entre grandes potencias en lugar de concentrarse en el llamado “terrorismo”.

Según el analista Michael T. Klare, actualmente hay en Estados Unidos dos proyectos de guerra, el de Bolton y el de la Marina y los 750.000 millones de dólares del presupuesto previsto para el año que viene están comprometidos con el segundo proyecto. El Pentágono se inclina más hacia la doctrina enunciada en marzo por el actual secretario de defensa interino Patrick Shanahan. “Disuadir o derrotar la agresión de una gran potencia es un desafío fundamentalmente diferente que los conflictos regionales implicando a estados gamberros y organizaciones extremistas violentas que hemos afrontado en los últimos 25 años”, dice Shanahan. De todo esto, Klare, deduce que habrá fuertes reticencias del Pentágono a la “guerra de Bolton”, por considerar que distrae el esfuerzo del principal escenario: un pulso en el Mar de China Meridional, donde las tensiones ya revisten carácter semanal, el proyecto de la Marina.

El objetivo militar chino es convencer a los militares americanos que en un conflicto regional y limitado allá, las fuerzas aeronavales de Estados Unidos saldrían perdiendo y que por tanto es preferible no intentarlo. El de los americanos es destruir la capacidad china en los sistemas de armas conocidos como A2/AD (Anti Access/Area Denial), la versión moderna de una muralla china de misiles y recursos electrónicos y espaciales para cegar al adversario, hundir sus barcos, derribar sus aviones e impedir su agresión.

Quizá sea esta división de opiniones y proyectos dentro del establishment de la desgraciada guerra eterna de Estados Unidos, el único dato positivo de esta dramática hora cuando los tambores de guerra redoblan alrededor de Irán.

Publicado en Ctxt

Fuente:
https://rafaelpoch.com/2019/06/19/la-guerra-de-bolton/#more-305

lunes, 22 de abril de 2019

_- En nuestro siglo los grandes disidentes ya son los de Occidente por rafaelpoch

_- El destino de Julian Assange, aplastado por una máquina implacable y rodeado de difamación, es más trágico que el de los opositores soviéticos de los años setenta

La imagen del bello Julian Assange sacado en volandas, feo y envejecido, de su largo y duro encierro con un libro de Gore Vidal en las manos que narra la historia del Estado de la Seguridad Nacional de Estados Unidos, es antológica. Informa de que los grandes disidentes del Siglo XXI son occidentales. Resume las circunstancias de un hombre valeroso implacablemente perseguido y acosado por todos los medios humanos y técnicos de una máquina total, que no conoce fronteras. Capaz de filmarte cagando en el retrete de la rara sede diplomática en la que has encontrado refugio en el intento de eludir el riesgo de un encarcelamiento en condiciones inhumanas y quizá de la eliminación física. De bloquear tus cuentas bancarias y comunicaciones. De presionar a gobiernos y amigos reticentes a colaborar en tu acoso. De meterse contigo en la cama y de fabricar cualquier tipo de acusaciones desde alguna de las “WikiLeaks War Room” del Pentágono, del Departamento de Estado, o de cualquier otra institución imperial.

Y todo eso rodeado por un coro mediático de inquisidores formateados por el conformismo y bien pagados para aceptar automáticamente las acusaciones y patrañas fabricadas por esa máquina todopoderosa e inapelable.

En esas circunstancias, el libro es una señal, sorda y desesperada, que quiere indicar por dónde van las cosas y por dónde hay que buscar la explicación de la detención.

Habíamos visto escenas así en la tiranía soviética. Disidentes. Hombres solos enfrentados a la maquinaria de un Estado absoluto. Aquellos, por lo menos tenían el consuelo de saber que en el otro campo, “alla” (tam, como se decía en la URSS), alguien recogería la señal lanzada, se crearía un eco y se alcanzaría un efecto. Lo de hoy es mucho más total. Un mensaje dentro de una botella a merced de las corrientes marinas. Apenas quedan Estados soberanos capaces de crear cierto espacio de abrigo alternativo para las grandes causas de la libertad. Sin contar al Imperio, lo que queda de soberanía estatal en el mundo de hoy puede contarse con los dedos de una mano y aún sobran dedos; China, Rusia, India…, pero ¿van estos a proteger a Julian Assange? El único “allá” que hoy existe a efectos de libertades es la ciudadanía, un recurso potencial sin marcos territoriales.

El Imperio se cobra su cuenta

El Imperio se cobra su cuenta. Una nueva victoria de Goliath que los quitavergüenzas de los medios de comunicación del establishment, castrados para todo informe independiente, han adornado convenientemente para convencer al público de que dos más dos, son cinco: de que los verdaderos criminales son los que exponen los crímenes y no quienes los cometen.

Cualquiera que publique un documento oficial y secreto de Estados Unidos, aunque sea la prueba de un delito en guerras que han costado la vida a varios millones de seres humanos desde el año 2001, puede ser detenido en cualquier parte del mundo y encarcelado en Estados Unidos. Una victoria ejemplarizante de la extraterritorialidad imperial destinada a evitar ulteriores desafíos por parte de periodistas valientes.

Geoff Morrell, secretario de prensa del Pentágono explicó hace años el funcionamiento de una de esas “WikiLeaks War Room”: 120 personas, analistas, agentes, trabajando 24 horas sobre 24, siete días a la semana para destruir la red que osó explicar lo que Noam Chomsky define como, “cosas que la gente debe saber sobre quienes están en el poder”. Hay miles de profesionales, y miles de millones de dólares, trabajando en esta operación de venganza imperial.

Una labor de años
Llevaban siete años lanzando mentiras para reducir a Julian Assange a una especie de delincuente sexual, colaborador de la Rusia de Putin y valedor de la extrema derecha. Un turbio personaje narcisista (el diagnóstico del infame juez Michael Snow tras un contacto de 15 minutos con Assange) que se metió en la embajada de Ecuador en Londres para “evitar ser extraditado a Suecia”, que ha sido detenido por la policía británica “por haber quebrantado su libertad provisional”. Un “tonto”, “personaje repelente” “descortés y amenazante hacia sus anfitriones”, “herramienta de Vladimir Putin”, aliado de Trump… (Todo eso consigue meter uno de estos esbirros en apenas dos párrafos de su artículo. Su colega de Madrid explica en titular la detención como resultado de que a Ecuador, “se le acabó la paciencia”.

Desde Washington, Londres y Moscú, los corresponsales de la prensa establecida se suman al coro disciplinadamente. Hasta la prensa, pretendidamente alternativa de este país, cuya dimensión internacional es lamentable, practica un gallináceo término medio entre la realidad, es decir el castigo por la divulgación de fechorías imperiales, y toda la campaña de descrédito que ha preparado el terreno al desenlace del 11 de abril. No hay mejor prueba que esta de la victoria de Goliath y ello nos obliga a repetir lo más banal: que Assange no está siendo perseguido por el Reino Unido, ni por violar su condicional, ni por la fantasmada de aquellas relaciones sin condón, sino por su labor periodística, y que su extradición implica un peligro de muerte. ¿O acaso no recuerdan las palabras de la Secretaria de Estado?: “¿No podríamos simplemente matarlo con un dron?” (Can´t we just drone this guy?”).

Omnipotencia
“Estados Unidos harán claramente saber que no tolerarán a ningún país, y en particular a los aliados de la OTAN, que se ofrezca refugio a los criminales que ponen en peligro la vida de las fuerzas de la OTAN”, advertía hace años, Marc Thiessen, funcionario del aparato imperial. “Con las apropiadas presiones diplomáticas, esos gobiernos deben cooperar para llevar a Assange ante la justicia, pero si se niegan Estados Unidos podría detenerle en su territorio sin su conocimiento ni aprobación”.

Es decir, el Imperio podía hacer lo que viene haciendo con centenares de personas de todo el mundo desde 2001: secuestrar a Assange, ponerle una bolsa de plástico negra en la cabeza, embarcarlo en un avión hacia un agujero negro y torturarle en alguna base secreta, pero no fue necesario llegar tan lejos porque los estados vasallos cooperaron. Suecia, ahí está la patraña de su investigación por delitos sexuales clausurada en secreto y que ahora podría reabrir si conviene, Ecuador, cuyo solícito nuevo Presidente vuelve al redil, reabre bases militares y recibe un crédito del FMI, y, naturalmente, el Reino Unido, viejo perrito faldero, cuya cámara parlamentaria acogió con aplausos la noticia de la detención de Assange.

El disidente burló la maniobra sueca refugiándose en la embajada ecuatoriana y rompiendo su libertad condicional inglesa, lo que el diario The Guardian define como “self-imposed retreat” en un editorial que es todo un modelo de hipocresía liberal. El juez lo ha encarcelado por “violar aquella libertad condicional”, delito castigado con hasta doce meses de cárcel. Pero entonces Assange es verdaderamente tonto: ¿se ha pasado siete años para evitar doce meses? “La causa de la detención ha sido, “un cambio en la actitud de Ecuador”, dice The Guardian, pulcramente contrario a una extradición. “Publicó cosas que no siempre debían ser publicadas”, pero, “no será ni seguro ni correcto extraditarle”, sentencia. Por el camino se ha perdido la memoria del veredicto de aquel grupo de expertos de la ONU que dictaminó como arbitraria la amenaza de detención británica contra el disidente.

Si con los estados y sus medios de comunicación el asunto es casi de rutina, ¿qué decir de los individuos? Nada más fácil que reducir sus voluntades y solidaridades. Jacob Appelbaum un colaborador de Assange refugiado en Berlín en busca de mayor seguridad, lo que no impedía su sospecha de que funcionarios americanos registraban su apartamento en su ausencia, explicaba -¡hace seis años!- que después de julio de 2010 le comenzaron a detener en los aeropuertos: “Me metían en una habitación especial, me registraban, me colocaban contra la pared, confiscaban mi ordenador, denegaron el acceso a un abogado y cuando procedieron al interrogatorio en suelo americano estaba siempre presente un miembro del ejército. Me dieron a entender que si no cooperaba sería agredido sexualmente en la cárcel….”

El libro de Gore Vidal agarrado por Assange es la señal indicadora de que el círculo minuciosamente organizado y preparado desde hace años se está cerrando. No se trata de la “paciencia de Ecuador” por embadurnar con sus excrementos las paredes de la embajada, ni por “chantajear” a su indigno presidente, no se trata de Suecia ni de la libertad condicional del Reino Unido, ni de la personalidad de Assange, como escriben todos esos necios. De lo que se trata es de la “Seguridad Nacional de Estados Unidos”, principal amenaza a la paz mundial (Oskar Lafontaine, dixit) y a las libertades. Se trata del Imperio, de su venganza y disciplina. El siguiente capítulo será la extradición.

Hacia la extradición
¿Alguien duda de ella? Por el mismo motivo por el que se negó a Pinochet, El Reino Unido la concederá en el caso de Assange. Por disciplina. Si es necesario el Imperio buscará a alguien que tuvo relaciones sin condón con el juez encargado. El Estado de la Seguridad Nacional no admite derechos.

“No tiene la menor posibilidad de un juicio con garantías”, dice Daniel Ellsberg, un Assange de los años sesenta que se atrevió a filtrar los crímenes de la guerra de Vietnam. “Cuando mi abogado me preguntaba por qué filtré aquellos documentos, el tribunal declaró la pregunta improcedente”, recuerda.

Ellsberg solo se salvó de treinta años de prisión porque el movimiento contra la guerra de Vietnam dominaba en la calle. Aún así, ha sido un apestado de por vida en EE.UU. Assange lo tiene peor. Sin una fuerte presión popular será tragado por el agujero negro del Gulag local. Su destino más probable en Estados Unidos, si no se suicida antes, será la cárcel Admax de Florence, en Colorado. El régimen de la prisión consiste en 23 horas diarias encerrado en una caja de cemento con una ventana de cuatro pulgadas, seis inspecciones de cama al día, con una séptima los fines de semana, una hora de ejercicio en un recinto exterior de cemento, duchas breves y registros e intimidaciones según la voluntad y capricho de los guardias, resume The Intercept. Todo eso de por vida, a menos que confiese para reducir pena que mantuvo sexo sin preservativo con Vladimir Putin o cualquier cosa que le pida el Imperio. Si el personaje hubiera sido un ruso o un chino víctima de esos países, se estaría fraguando ya una candidatura al Premio Nobel de la Paz. Por lo menos.

 (Publicado en Ctxt)

martes, 9 de abril de 2019

Aniversario Ucraniano: I) El cuaderno de Kíev

(Del 19 al 24 de febrero de 2014)

Hace cinco años culminaba, aupada por una revuelta popular apoyada por la OTAN, la operación occidental de cambio de régimen en Ucrania. Publicamos el relato periodístico de aquellas jornadas desde Kíev (I) y Odesa (II).

Tras casi tres meses de protesta en la plaza de Kíev (Maidán)y después de doce años de no haber pisado esta entrañable tierra, aterrizo en la capital de Ucrania el segundo día con tiros y muertos. Desde Berlín el asunto se veía así; ahora se trata de contemplarlo de cerca y en caliente. Este es el resultado

Miércoles 19 – Ucrania ha cruzado el límite de la sangre, algo que de por sí es una tragedia, porque desde la disolución de la URSS este país había demostrado una rara capacidad de resolver con pactos y consensos los pulsos y tensiones más agudos. 25 muertos, nueve de ellos policías, según los informes preliminares contienen una clara advertencia del potencial de violencia de esta enorme nación europea a la deriva entre dos imperios. Pero estos muertos no son desenlace de nada y más bien anuncian más muertos. Entre el aeropuerto y el centro la policía detiene a los camiones por si traen armas, pero el tráfico de coches es relativamente fluido. El taxista me pone a caldo a Viktor Yanukovich, el presidente del país.

Todo sigue abierto, la plaza sigue ahí en pie de guerra. En sus momentos más masivos ha congregado a unas 70.000 personas en esta ciudad de cuatro millones de habitantes. Entre ellos hay una minoría de varios miles, quizá cuatro o cinco mil, equipados con cascos, barras, escudos y bates para enfrentarse a la policía. Y dentro de ese colectivo hay un núcleo duro de quizás 1.000 o 1.500 personas puramente paramilitar, dispuestos a morir y matar lo que representa otra categoría. Este núcleo duro ha hecho uso de armas de fuego.

Las barricadas formadas con sacos llenos de nieve de diciembre se han deshinchado tras el brusco descenso de las temperaturas registrado en las últimas horas. Con la batalla de ayer, cuya responsabilidad imputa cada bando al otro, el gobierno ha avanzado algunas posiciones en las calles que conducen a las sedes del poder (Parlamento, Consejo de ministros, ministerios, sede de la presidencia…) algunos edificios están desastradas por la ocupación, o calcinados.

Fuera de la zona de los enfrentamientos la situación es de normalidad, aunque el metro está cerrado y los accesos a la ciudad sometidos a control para evitar la llegada de los autobuses con ciudadanos, sobre todo del oeste del país, que quieren unirse a la revuelta. En algunas carreteras se ha visto a centenares de esos voluntarios caminando hacia Kíev después de que la policía los hiciera bajar de los autobuses.

En ese contexto, los ministros europeos no vienen a mediar –son parte en este conflicto- sino a presionar; Frank-Walter Steinmeier, Laurent Fabius y Radoslav Sikorski (Alemania, Francia y Polonia), junto con la errática jefa de la política exterior europea, Lady Ashton, le apretarán los tornillos a Yanukovich, horas antes de que la UE examine su insensata propuesta de sancionar a los dirigentes ucranianos que no sirve más que para colocarlos contra las cuerdas y radicalizar sus decisiones. Esta mezcla de revuelta popular y de intento euro-atlántico de cambio de régimen a lo Milosevic, es una insensatez que juega con fuego.

La jornada del martes en Kíev fue una especie de 4 de octubre de 1993 moscovita. Aquel día Boris Yeltsin aplastó a su oposición tras un golpe de estado presidencialista que dejó más de un centenar de muertos, con el apoyo y aplauso de Occidente. Aquello fue una tragedia y al mismo tiempo un desenlace: tras la masacre la situación se estabilizó con el nacimiento del nuevo régimen autocrático ruso, que hoy administra el denostado Vladimir Putin. El 18 de febrero de Kíev con sus 25 muertos no promete estabilidad, sino todo lo contrario: nuevas turbulencias y violencias. El motivo es la general debilidad, tanto del poder como de la oposición.

El presidente Yanukovich está muy desprestigiado, sobre todo por el deterioro socio-económico y la corrupción que vive el país. Desde ese punto de vista no hay gran diferencia de fondo (sí de escala) entre el EuroMaidan y el 15-M o las huelgas generales griegas, de las que Bruselas abomina. Pero la oposición también es débil. Sus líderes, con el protegido de Merkel y boxeador Vitali Klichkó en primer lugar, son unos perfectos inútiles sin apenas control del movimiento popular, cuyo sector “radical” es una mezcla de ultraderechistas, gente valerosa y, probablemente, provocadores al servicio de poder y también del enigma. No tienen más programa que el “que se vaya Yanukovich”, cuyo programa, a su vez, es mantenerse en el poder. Más allá del más que comprensible cabreo hacia el gobierno, ¿cuál es el programa social y económico? Arseni Yatseniuk, otro de los líderes de la oposición es un hombre que cree en las recetas del FMI, universalmente fallidas desde América Latina hasta Europa y Rinat Ajmedov, el hombre más rico de Ucrania (propietario del apartamento más caro de Londres: 155 millones de euros), y otros magnates apoyan de una u otra forma, por acción u omisión, “la justa lucha ciudadana”. Hay que recordar que esta oposición ya estuvo en el poder, tras la “revolución naranja” del 2004 y que las cosas cambiaron muy poco. La deriva de Ucrania es un panorama de oligarcas y magnates al servicio de uno u otro imperio.

El país, como Rusia (y a otro nivel, la propia UE, por cierto), debe encontrar una vía no oligárquica de desarrollo sostenible. Si no lo hace hay un gran potencial de disgregación e incluso de guerra civil: este es un país bicéfalo que contiene dos civilizaciones, con diferentes religiones, identidades y lenguas. Ucrania necesita urgentemente una mediación bienintencionada, pero sus vecinos imperiales, el Imperio del Oeste, la UE, y el del Este, Rusia, son más problema que solución.

Al Oeste hay una torpe Alemania con ínfulas de liderazgo que está estrenando apenas su soberanía exterior. Horas antes de que en Kíev se escenificara la tragedia, Merkel recibía en Berlín el lunes a dos de los tres líderes de la oposición (el tercero es un antisemita ultraderechista que no es presentable). En lugar de desplegar un “soft power” benévolo y mediador, la UE baraja sanciones que solo servirán para arrinconar más al gobierno ucraniano (el siguiente paso nefasto sería amenazar con la siempre selectiva “justicia internacional).

Al Este, una Rusia que también presiona fuertemente porque ve en Ucrania una condición importante para su consolidación geopolítica, algo que Washington quiere impedir como sea. Pero así como Moscú está de acuerdo en solucionar el vínculo “comercial y económico” (lo que se llama la “integración”) en un foro tripartito, con los europeos y Ucrania (el gobierno de Kíev está por ello), Bruselas/Berlín no quieren hablar del tema. Es decir, todas las fuerzas exteriores actúan aquí negativamente, convirtiendo una situación difícil pero solucionable en un barril de pólvora. En Kíev se necesita urgentemente un mediador.

Jueves 20 – ¿Representa el Maidán a toda la nación?. La respuesta es no. ¿A toda la capital?, tampoco pero sí a una mayoría de su población. Hay mucha gente harta de la violencia. La jornada de tregua de hoy ha comenzado con disparos de ambos bandos que han dado lugar a una carnicería con varias decenas de muertos. Francotiradores han matado desde los tejados tanto a activistas de la oposición como a policías. Se ha visto una veintena de cadáveres de civiles. Los informes que se recogen al pie de las barricadas son confusos. A primera hora gana la sensación de que el poder está al caer, porque los manifestantes han avanzado las posiciones perdidas el miércoles, pero la jornada concluye con la sospecha de que una acción de fuerza de ese mismo poder tambaleante podría ser inminente. Entre una y otra percepción, varias docenas de muertos entre primera hora de la mañana y el mediodía. No hay mejor ilustración de la volatilidad de la situación y del polvorín en el que se ha convertido esta revuelta bendecida desde Occidente.

Converso con cuatro personajes de este drama en la esquina de la calle Institutska con Shokóvichna. Conforme me he ido acercando al epicentro de la batalla, disminuye el número de gente por la calle. A apenas diez minutos de aquí, el pulso de la ciudad fluye con completa normalidad, tráfico, comercios, peatones… Un detalle, los guardias de tráfico llevan fusil, por primera vez. Algo más abajo, varios miles de personas mantienen el frente en la plaza (Maidán). Maidán no es palabra eslava, sino turca. Recuerda que tres imperios se disputaron esta tierra históricamente; austro-húngaros, rusos y otomanos. Hoy el juego es entre dos, rusos y euro-atlánticos.

Desde que se cruzó la frontera de la sangre, hay mucha gente harta del desorden y harta del presidente, unos por considerarlo un calzonazos que no ha puesto orden, otros por considerarlo encarnación de todo lo que se ha deteriorado en el país en los últimos años, la corrupción, el nepotismo, sus negocios familiares, toda una manera de funcionar. Pero por antipático que sea, este presidente no es Mobutu: fue elegido en 2010 en unas elecciones limpias (según la OSCE) cuyo mandato concluye antes de un año. ¿Vale la pena toda esta sangre y la tragedia que contiene, por echar a Yanukovich un año antes? Los líderes de la oposición, sostenidos por Estados Unidos y la UE, creen que sí. Moscú, que sostiene y al mismo tiempo maltrata a sus socios ucranianos y no confía en Yanukovich porque le chantajeó con una venta a Occidente, apuesta por el no. Respecto al Maidán, parece un objeto incontrolado en el que los más brutos mandan cada vez más sin que los líderes de la oposición puedan imponerse.

Marina, funcionaria de uno de los museos del barrio gubernamental es muy crítica con Yanukovich, pero aún más con la violencia. “Es una cuestión de principio, cuando se empieza a matar, se acaban las razones”, dice. Tatiana, que tiembla tanto por el frío como por la tensión quiere que la autoridad corte de una vez con esta anarquía. Su marido es policía, dice que han disparado contra ellos y que ya no se puede aguantar, aunque hay muchos más civiles que uniformados muertos. Slava, joven historiador votante de “Svoboda” un partido nacionalista con conexiones ultraderechistas, dice que todo se solucionaría si Yanukovich se fuera y se convocaran elecciones anticipadas. Dice que no existe el peligro de que las regiones del Este y del Sur del país no aceptaran un nuevo poder y se abriera un proceso degenerativo para la integridad de este país bicéfalo, con identidades, religiones y lenguas diversas. Es el más optimista de los que encuentro y, desde luego, el más representativo, de la opinión de la buena gente que hay en la plaza.

En el país hay adversarios y partidarios del Maidán, la diferencia es que los segundos demuestran una “pasionarnost” (una pasión y una febril voluntad para realizarla) de la que los primeros carecen por completo. La gran mayoría de Ucrania que no quiere esto no se moviliza y contempla la situación desde la barrera. Las manifestaciones de apoyo al presidente que se han visto son asuntos de empresa organizados y subvencionados, una figura familiar y bien conocida en la ex URSS: Protestas sin alma.

Una conversación agradable y plural, la que mantengo con Tatiana, Marina, Slava y Viktor, éste último un veterano, si no fuera por su contexto. Bajo ruido de ráfagas de fuego real y junto a una barricada con camiones “Kamaz” completamente calcinados que han quedado fuera de la zona de combate. Detrás nuestro un Mercedes nuevo de trinca incendiado y más allá un grupo de ambulancias esperando intervenir en las muchas emergencias del día. Un agente de los cuerpos especiales explica que les han ametrallado desde la protesta. “Han matado a cincuenta de los nuestros”, dice, algo completamente exagerado pero que ilustra las ganas de la policía por cargar de una vez. El enfermero de la ambulancia confirma haber retirado a un herido de bala en la zona, pero no era policía, sino civil.

En Maidán y sus alrededores el adoquinado ha sido arrancado para aprovisionarse de proyectiles. Debajo aparece la tierra y el barro. En el vecino monasterio Mijailovski hay una especie de cuartel general que incluye una iglesia, la de San Juan Bautista, que ejerce de hospital de campaña. Un médico que sale a fumar explica que practican operaciones. Son las cuatro de la tarde y dice que le han traído diez heridos de bala, pero ningún muerto. Algunos heridos, cuya condición no es crítica, prefieren no ir a hospitales por miedo a que los fichen o cosas peores. Después de casi tres meses de protesta, que desde el 19 de enero es muy violenta en respuesta a la también violenta carga policial de aquel día, el verdadero milagro es que no haya habido mucha más sangre.

A las cinco de la tarde me repongo en una cafetería, ya fuera de la “zona cero”. La camarera me dice que van a cerrar excepcionalmente. Esperan medidas de fuerza para esta noche. Le pregunto qué le parece la situación y me dice que “no se puede disparar contra la policía”. “La gente está harta de todo esto”, dice. El gran peligro es la general debilidad. También las soluciones de fuerza se pueden volver contra el gobierno. Este país es sustancia inflamable. La jornada que comienza con la idea de que cae el gobierno, se cierra con la sospecha de una inminente acción de fuerza.

– Recapitulo: En el día de la tregua y del duelo por los muertos del martes, con las banderas a media asta en luto por las víctimas de las violencias de la víspera, es cuando más muertos se han registrado. Y cada vez hay más armas. La jornada empezó sobre las nueve de la mañana con una agresiva ofensiva de los grupos paramilitares de la plaza que rompió todo propósito de paz. “Los hemos echado hacia allá”, explicaba a medio día un activista de esa escena armado de casco y barra de hierro. Es verdad, los echaron, los arrollaron recuperando algunas de las posiciones y edificios perdidos en la jornada anterior. Por el camino tomaron más de sesenta policías “prisioneros”. La situación se hizo tan tensa que la sede del parlamento fue evacuada. Parecía que Maidán iba a tomar el poder. Entonces aparecieron los francotiradores.

El ministerio del Interior fue el primero en denunciar el hecho, diciendo que tiraban contra los policías. La oposición dijo que los baleados fueron ellos y un diario local ofreció un informe detallado cuya tesis era que los tiradores eran una docena de miembros de una unidad de élite con domicilio en la sede del consejo de ministros. El informe es una noticia en sí mismo, tanto si es cierta como si es una intoxicación, una “utka” como dicen aquí, que proviene de la cocina de los servicios secretos. Hay motivos para dudar de todo lo que se publica, y hay que observar los resultados: estamos sobre los 67 muertos, según cifras oficiales, entre ellos 13 policías desde el martes.

La policía, ahora sí, está recibiendo armas de combate. Hay muchos heridos de bala y los hospitales están llenos, dice la defensora del pueblo, Valeria Lutkovskaya. En trenes y vehículos se han confiscado alijos con destino a Kíev. Todos se acusan de todo. En círculos próximos al gobierno se constata que la plaza no quiere acuerdos, solo que se vaya el Presidente. En la plaza se acusa al Presidente, e incluso a Rusia, de estar detrás de los francotiradores. La plaza es un sujeto autónomo y sin aparentes problemas de dinero, se dice sugiriendo una fluida financiación, pero en el campo del gobierno hay brechas, diputados que se van del partido del presidente, y deserciones tan significativas como la del alcalde de Kíev. El poder está en el suelo y parece tan fácil tomarlo que nadie parece preguntarse por el siguiente paso: qué pasará después. Después de un hipotético cambio de gobierno, o después de un “restablecimiento del orden”.

Los tres ministros de la UE, Fabius, Steinmeier y Sikorski han mantenido consultas con el Presidente Yanukovich. Lo que debía durar hora y media, duró cinco horas e incluyó contactos con la oposición. Los ministros llegaron con una amenaza de sanciones en su cartera y se encontraron con decenas de muertos y con que el Presidente iba a declarar el estado de excepción. La reunión evolucionó en una dirección más constructiva. Una “hoja de ruta para salir de la crisis”, señalan fuentes diplomáticas occidentales. En el aire una propuesta de elecciones anticipadas este año que Yanukovich acepta, se dice. No todos están contentos con tal “concesión”. “Soy pesimista” (en el sentido de que Yanukovich no sea destronado para siempre jamás), nos dice el influyente eurodiputado alemán Elmar Broch, un halcón de la CDU de Merkel.

La UE no tiene plan ni programa. Lo único que ha hecho hasta el día de hoy ha sido pasear a más de veinte de sus políticos por el Maidán en solidaridad con una protesta que en cualquiera de sus países habría dado lugar a un estado de excepción “antiterrorista” de tomo y lomo hace muchas semanas. Desde que en 2008 se ideó el esquema para arrebatarle a Moscú nuevas influencias en la región, la UE actúa en el Este como un imperio. El acuerdo de integración ofrecido es, manifiestamente, una antesala para el ingreso del país en la OTAN. La UE actúa como un imperio ineficaz y torpe. Su credibilidad mediadora vale poco. Carl Bild, el ministro sueco neocón que está en el origen del plan de “integración” y que dice que el presidente ucraniano es el único responsable de todo lo que ha pasado aquí, fue acusado ayer por un conocido intelectual progubernamental de “tener las manos manchadas de sangre ucraniana”. Moscú, que ha enviado a uno de sus diplomáticos más capaces, el defensor del pueblo Vladimir Lukín, tampoco tiene credibilidad. No se trata tanto de Rusia (aunque en el Oeste de Ucrania también se trata de eso por claras razones históricas), sino de su régimen, del carácter siempre “sumergido” y elitario de las relaciones que el Kremlin mantiene con los políticos ucranianos. Hace falta una figura independiente y con autoridad que reúna a todas las partes y detenga esta peligrosa espiral de violencia.

Una diplomacia desmarcada del “o todo, o nada” (la practicada hasta ahora con enorme torpeza e irresponsabilidad por el eje Bruselas/Berlín/Varsovia, sobre un agresivo guión más americano que europeo) y que integrara a Rusia, contribuiría a disminuir muchas tensiones. Ucrania es un país clave para Rusia, en gran parte forma parte de la Rusia histórica, que nació en Kíev en el siglo IX, y el intento de hacerla elegir entre uno y otro imperio contiene serios riesgos de violencia y desintegración territorial, por la sencilla razón de que la mayoría de los ucranianos se sienten vinculados a Rusia, algo que está mucho más allá de la política. Ignorar ese dato es criminal. Mientras en Moscú hay plena conciencia de ese factor, en Bruselas y Berlín se prefiere jugar a la ruleta rusa con el espectro de una nueva Yugoslavia.

Viernes 21 – El poder se descompone en Ucrania, donde se está incubando desde hace semanas el conflicto Este/Oeste más grave y peligroso desde el fin de la guerra fría. La Unión Europea ha forzado un frágil acuerdo nacional que supone la capitulación del Presidente Yanukovich, que en noviembre se negó a firmar un acuerdo de integración en la órbita de Berlín y Bruselas. Esta capitulación tiene como única virtud la de que, por lo menos, dibuja un respiro en la trágica espiral de violencia de los últimos días: Por primera vez desde el martes, hoy no ha habido muertos en Kiev.

Arbitrado por los tres ministros de exteriores de Alemania, Francia y Polonia, el acuerdo contempla el regreso a la constitución de 2004, medida que el Parlamento aprobó inmediatamente casi por unanimidad y que significa una importante reducción de los poderes del presidente, así como el compromiso de formar en un plazo de diez días un “gobierno de unidad nacional” en el que dominarán las fuerzas pro-occidentales. Para antes de septiembre se completará una reforma constitucional y no más tarde de diciembre deberán celebrarse elecciones presidenciales.

El Presidente, que contaba con el apoyo de Moscú, y sus adversarios, los tres líderes de la oposición apadrinados por la Unión Europea y Estados Unidos, apelan a acabar con la violencia, exigen una “entrega de armas” en 24 horas y se comprometen a investigar las violencias de los últimos días en los que han muerto unas setenta personas, incluidos trece policías. Una amnistía entrará en vigor, pero solo hasta hechos anteriores a esas muertes. No habrá estado de excepción.

Paralelamente, en una serie de votaciones meteóricas, el Parlamento destituyó al ministro del interior, Vitali Zajarchenko, “por violación de la Constitución con el resultado de muerte de personas”.

El acuerdo no ha sido rubricado por el diplomático enviado por Moscú, Vladimir Lukín, un especialista en firmar derrotas. En 1996 Lukín participó en la firma de la paz de Jasavyurt, que puso fin a la primera guerra chechena con un acuerdo que humilló a Rusia y abrió la puerta a la segunda guerra en el Cáucaso del Norte. Lukín hizo ayer una declaración errática, calificando el acuerdo ucraniano de “incompleto pero útil”. En realidad es una derrota de la pésima política de Moscú en esta jugada que afecta a su entorno geopolítico más delicado y vital.

La capitulación de Yanukovich, que ayer parecía preparar un más que incierto estado de excepción, ha sido resultado de la doble pinza entre la calle y las potencias occidentales. Amenazado con sanciones por los ministros europeos, el presidente pudo recibir ciertas garantías de que no se le aplicará la habitual segunda vuelta de tuerca contra los adversarios de Occidente más reticentes: la persecución penal a cargo de los selectivos “tribunales internacionales”.

La intervención, el jueves, de misteriosos francotiradores que tirotearon a la gente en el centro de la ciudad, uno de los habituales capítulos de la serie negra que suele acompañar este tipo de crisis extremas, es una espada de Damocles para Yanukovich. En Rumanía aún se discute quienes eran y por encargo de quien actuaban los francotiradores que hace más de veinte años mataron a la gente en Bucarest durante el derrocamiento de Nicolae Ceaucescu. Algo parecido pasa en Moscú a propósito de los tiroteos de manifestantes durante el golpe de Estado de Boris Yeltsin de octubre de 1993. En Kíev ese mismo misterio se pretende haber resuelto en pocas horas y hasta se presentan fotos y grabaciones. Habrá que ver…

Ucrania, un país que, a diferencia de vecinos como Bielorrusia y Rusia, se caracterizaba por su capacidad de consenso y equilibrio, y por haber evitado siempre la violencia, ha entrado en una nueva etapa. El acuerdo de ayer no es punto final. Su fragilidad estriba en que por un lado las autoridades, “han perdido el control del país”, en palabras del ex vice jefe de la seguridad del Estado, Aleksandr Skipalki, y que por el otro los líderes de la oposición han perdido el control de la revuelta popular. Cuando esos líderes anunciaron ayer tarde el acuerdo en la plaza central de Kiev, fueron silbados y abucheados y con suerte tienen detrás suyo a la tercera parte de la población de Ucrania. Miembros del grupo fascistoide “Pravy Sektor” irrumpieron en el escenario cuando esos líderes explicaron el acuerdo alcanzado. La plaza pide la destitución inmediata del Presidente y su castigo. “No es por venganza, sino por justicia”, nos dijo un activista en la plaza. Muchos creen que el acuerdo es una traición a los muertos de los últimos días. En cualquier caso, el cambio de figuras ya ha comenzado.

Es la hora de gente como la ex primera ministra, Yulia Timoshenko, encarcelada por corrupción, millonaria y líder del partido que más apoyos encuentra en Washington y en Europa. El parlamento abrió ayer la puerta de su celda por el procedimiento de anular los artículos que contemplan su delito. Ahora solo falta una decisión judicial para sacarla de la cárcel, explicó su abogado, Sergei Vlasenko.

Otra figura en alza es la del magnate Piotr Paroshenko, el quinto hombre más rico de Ucrania. Paroshenko patrocinó la “revolución naranja” que llevó al poder a Timoshenko, fue ministro de exteriores en 2009 y abogó por un ingreso de Ucrania en la OTAN “en uno o dos años”. “Con voluntad política, es posible”, dice. Propietario del quinto canal de televisión, uno de los muchos medios de descarada propaganda en sintonía con el Imperio del Oeste (ofrece informativos preparados por La Voz de América, mientras la televisión rusa –muy vista en el Este y el Sur hace lo mismo pero con signo contrario), Paroshenko mantuvo conversaciones el pasado enero con el estado mayor euroatlántico en la Conferencia de Seguridad de Munich, máximo cónclave anual del complejo político-militar occidental.

En varias regiones las guarniciones militares han llegado a acuerdos con la población local para que ésta impida cualquier movimiento de tropas bloqueando trenes, como pasó en ayer en Dniepropetrovsk. El aparato de Estado está descompuesto. Hay sedes del gobierno ocupadas y asaltadas en Jmelnitski, Uzhgorod, Ternopol, Ivano-frankovsk y Lvov. Se han asaltado depósitos de armas y unidades policiales se han pasado al bando de enfrente. Policías de Lvov llegaron ayer tarde de por libre a la plaza de Kíev. El pacto de ayer ha sido un bendito respiro para detener la masacre, pero el futuro inmediato es una incógnita. Respecto a su contexto más amplio, es inequívoco: aquí se está incubando el conflicto europeo más grave y peligroso desde el fin de la guerra fría. Confundirlo con una película de Hollywood de buenos y malos es perder de vista lo esencial.

– La victoria del Narod.Maidán huele el principio de la capitulación de su adversario. Hoy ha hecho sol en Kíev. En la plaza la jornada olía al principio de la capitulación del adversario: el gobierno y su presidente. El sujeto de Maidán es el pueblo, narod en ucraniano. En ruso pueblo también se dice narod, pero el término contiene caracteres y rasgos de una cultura política indudablemente emparentada pero muy diferente de la rusa. No hay contradicción. Ocurre en las familias, donde hermanos físicamente parecidos pueden presentar caracteres muy diferentes. “Parece mentira que sean hermanos”, se dice.

Mientras los héroes de la historia secular rusa son zares, generales y políticos, gente de Estado e Imperio, como Pedro el Grande, Catalina II o el general Kutúzov, en Ucrania aparecen personajes de una épica completamente diferente; atamanes cosacos, hombres libres “republicanos” cargados de ideales y actitudes libertarias, vinculados a la lucha por una vida libre en proto-estados y territorios de los límites de una estepa infinita (Ucrania significa, precisamente, algo así como “en el límite”, “junto a la frontera”) y en quijotesca lucha contra adversarios mucho más poderosos. Figuras como el Cosaco Mamai, que luchó contra la Orda de Oro en el siglo XIV, Bogdan Jmelnitski, caudillo enfrentado sucesivamente a turcos, polacos y rusos.

En la Galería Tetriakov de Moscú hay un cuadro del gran pintor ruso Iliá Repin, “Los cosacos de Zaporozhia escriben al Sultán”, se titula, que expresa ese desafío libertario al poder instituido, lleno de desparpajo y fraternidad. No es historia, es presente. En Maidán, en medio de esa enorme expresión de autoorganización y autonomía social, se ven carteles con la figura del Cosaco Mamai, retratos de Jmelnitski y hasta un grupo de tipos rapados al cero y con coletas ataviados al uso cosaco del siglo XVII que son el vivo retrato de los personajes del cuadro de Repin.

Hoy es el día del merecido homenaje a este narod, a todo él con sus diversos rostros, actitudes y posiciones políticas; la estudiante ingenua, el ama de casa madura, el paramilitar de extrema derecha, el señor normal y corriente del montón harto de un sistema degradado e injusto. Ha hablado con decenas de ellos. ¿Cómo resumir sus opiniones, sus historias personales, sus esperanzas? Si hubiera que establecer algún denominador común, sin duda sería el de cierto sentido de la dignidad.

Durante tres meses, decenas de miles de ciudadanos han dicho “basta” y han aguantado el tipo aquí, demostrando una voluntad y un tesón ejemplar. Los brutos de diversa ideología, con predominio del nacionalismo ultra, que aportan el músculo a la revuelta popular no son particularmente simpáticos, pero sin ellos el Maidán, simplemente, no habría sido posible, porque habría sido barrida por la policía en diez minutos. Estos grupos han ejercido una tremenda e ilegal violencia (entre los 70 muertos de los últimos días hay 13 policías, dato central que no puede perderse de vista), que en cualquier país europeo habría sido inmediatamente declarada “terrorista” y aplastada. Europa y América han bendecido, financiado y teledirigido todo esto, que no comenzó el pasado noviembre, sino hace más de veinte años con la disolución de la URSS. Desde entonces Estados Unidos se ha gastado en Ucrania más de 5.000 millones de dólares en promover el “cambio de régimen” vía organizaciones no gubernamentales, medios de comunicación y compras de lealtades, explicó hace poco la vicesecretaria de Estado de EE.UU. Victoria Nuland.

Todo eso, que es fundamental para comprender lo que pasa aquí, apenas cambia la esencia del impulso ético de este narod contra la corrupción, la injusticia y la oligarquía, perfectamente equiparable a la de los movimientos sociales del resto de la Europa en crisis. Este narod, sus brigadas de choque, han disparado, matado e incendiado. Tal es la legitimidad de las revueltas y revoluciones populares. Nadie está vacunado contra esto en el resto de Europa. La violencia no es una figura del pasado, es la fiebre de las luchas de la historia.

Ucrania no está saliendo de una crisis, está entrando en ella. El resultado de esta mezcla de revuelta popular y golpe de Estado es incierto y dibuja enormes peligros. Al final, como ya sucedió en la última “revolución naranja” de 2004, todo puede acabar en un mero cambio de figuras oligárquicas; las que se orientan a Moscú son relevadas por las que lo hacen hacia la OTAN.

“En cualquier caso, los oligarcas que tomen el relevo, tendrán que temer al narod, replica Olga una jurista con casco de sanitario, la única oriunda de Kíev de todo un corro de defensores de la plaza dominado por “Galichany” de Ucrania Occidental. Suena bien, pero si la próxima vez el narod se levanta y en lugar de padrinos exteriores tiene adversarios en Europa y en la OTAN, será aplastado en nombre de la “defensa de la democracia”. Ocurrió en Moscú en octubre de 1993, con más de un centenar de muertos.

Sábado 22- Asoma el cisma de Ucrania. Kíev destituye al Presidente con el que se acababa de pactar bajo presión europea, cambia la Constitución y convoca elecciones. El Presidente habla de “golpe de estado nazi” desde el Este del país, donde se reúne un congreso alternativo de adversarios del cambio. “Me han presionado, pero no pienso dimitir”, dice Yanukovich. En el país asoma el fantasma de un doble poder con diversos centros y legitimidades enfrentadas que todos dicen querer evitar.

En Járkov, la segunda ciudad de Ucrania, en el Este, 3.477 diputados de todos los niveles de la Ucrania más rusófila han declarado ilegítimas las decisiones de Kíev, adoptadas, dicen, “en condiciones de terror, amenazas, violencia y muerte”. El espíritu conciliador del acuerdo de capitulación de Yanukovich, firmado el viernes por gobierno y oposición, y garantizado por la Unión Europea -pero no por Rusia que eludió firmarlo- se ha convertido en papel mojado en menos de 24 horas.

La asamblea de diputados de Jarkov ha llamado a los ciudadanos a que se organicen para resistir al cambio de régimen de Kíev y “cooperen con las fuerzas del orden locales”. A la reunión de Jarkov asistieron observadores de la Duma de Rusia así como varios gobernadores de regiones rusas limítrofes, que se mostraron discretos y contenidos. Varios observadores consultados en Kíev y Moscú no excluyen en absoluto que esta situación se pudra y degenere en violencias.

Tanto la sesión de Kíev como la de Jarkov, comenzaron con declaraciones de ambos bandos alertando contra la división del país, una figura familiar y dramática en la historia de Ucrania, cuyas guerras civiles siempre tuvieron diversas capitales enfrentadas. Todos parecen ser conscientes de la peligrosidad de la situación y de lo que está en juego: la integridad territorial del país. Tanto en Moscú como en Washington los “expertos” hacen quiméricas quinielas con propuestas de “federalización” de Ucrania, que separen a quienes quieren vivir mirando hacia el Este de los que prefieren mirar al Oeste, sin que se sepa muy bien por donde debería discurrir la línea geográfica divisoria. Tanto en el Este de Ucrania como en el Oeste, hay importantes minorías de partidarios y adversarios del cambio efectuado. Esas minorías se activarían inmediatamente en caso de “federalización”. Estoy pensando en los tártaros de Crimea (furibundos adversarios de Rusia) en el Este, o en los rutenos que forman parte de la Galitzia, en el Este, pero hay muchos más.

En Kíev las brigadas paramilitares de la revuelta, con un gran componente de partidos de extrema derecha, han tomado el control del barrio gubernamental donde se encuentran las sedes del parlamento, del gobierno y de la presidencia. Los policías han desaparecido por completo del centro de la ciudad, donde por segundo día consecutivo no se ha derramado sangre, aunque sí hubo intentos de linchamiento de diputados adversarios. El presidente Yanukovich ha huido de Kíev.

En manos de la oposición y en ausencia de muchos diputados del antiguo partido gubernamental, el parlamento cambió sus fichas después de cambiar de constitución; nombró como presidente de la cámara a Aleksandr Túrchikov, mano derecha de la ex primera ministra Yulia Timoshenko, y como nuevo ministro del Interior a Arsen Avakov, también miembro del partido de Timoshenko, Batkivshina. A continuación se aprobaron en batería la destitución de Yanukovich (“autodestituido por sus formas anticonstitucionales”, se dice), la convocatoria de elecciones para el 25 de mayo y la puesta en libertad de Timoshenko, que salió del hospital penitenciario de Jarkov en silla de ruedas por la tarde y llegó a Kíeven avión privado a las 19,30.


Insisto: El movimiento que acaba de tomar el poder representa solo a una parte del país. Faltaba solo un año para que Yanukovich concluyera su mandato, pero la degradación económica del país, el escandaloso exceso de corrupción y nepotismo, el inesperado y mal explicado rechazo de un económicamente catastrófico acuerdo de integración con la Unión Europea y el decidido apoyo político internacional de Berlín, Washington y Bruselas, que vieron en la coyuntura una posibilidad de cambio de régimen para instalar en Kíev un gobierno a su medida, azuzaron el movimiento popular de noviembre, que se fue radicalizando y haciendo cada vez más violento conforme el poder titubeaba entre la represión y las concesiones, ofreciendo una desastrosa imagen de debilidad. El episodio de los francotiradores ha sido decisivo.

La violencia de esta semana, iniciada pocas horas después de que la canciller Angela Merkel recibiera en Berlín a los líderes de la oposición, reiteradamente bendecidos por el establishment político-militar euroatlántico al completo en la reciente Conferencia de Seguridad de Munich, supone una trágica frontera para Ucrania, donde el consenso siempre había hasta ahora superado sin sangre todas las desavenencias políticas de este país de civilización bicéfala y obligado por su propia identidad a mantener complicados equilibrios entre Rusia y Occidente. Que este cuadro, con la inquietante perspectiva que contiene, fuera definido hoy como “momento histórico” y “situación fluida” por el alemán Martin Schulz, presidente del Parlamento Europeo, dice mucho sobre la actual política europea.

Yulia Timoshenko, que ya anuncia su candidatura a las presidenciales convocadas para mayo, pronunció su primer discurso en libertad al filo de las nueve y media de la noche ante varias decenas de miles de personas en la gran plaza de Kiev. “Nuestros héroes no han muerto”, dijo sentada en una silla de ruedas y anunciando que se levantará un monumento a su memoria. “Lloré y recé por vosotros”, dijo en un tono apasionado, pero no suscitó el menor entusiasmo en la masa. Consciente de que el movimiento se niega a abandonar la plaza, dijo, “no abandonéis éste lugar, vosotros sois la garantía de que se cumpla lo acordado”. “Con vuestro valor, sangre y heroísmo, os habéis ganado el derecho a gobernar Ucrania”, añadió.

La ex primera ministro prometió que se castigará a los responsables de las violencias “con todo el rigor de la ley y en un juicio severo”. “Por otro lado”, añadió, “no podemos vivir con odio y agresividad en el corazón. Necesitamos curar las heridas y encontrar el coraje, el amor y la responsabilidad para restablecer el país y devolver a la gente la paz y la tranquilidad”.

-Judíos asustados. El festival de grupos de extrema derecha violentos de la plaza asusta a la comunidad judía de Kíev. Moshe Reuven Azman, uno de los rabinos de Ucrania, ha aconsejado a la comunidad judía local a abandonar la capital e incluso el país. “No quiero tentar al destino”. Citado por la prensa de Israel. Desde Berlín me dicen que los medios germanos han pasado sobre este informe con gran discreción. Sin relacionarlo con nada. Ucrania fue uno de los principales escenarios del escenario del holocausto hitleriano.

– ¿Por qué Rusia pierde siempre?. La batalla por Ucrania viene de lejos. En su último capítulo histórico comenzó en el mismo momento en el que se disolvió la URSS, en 1991. Más de dos décadas después, aquellas fracturas tectónicas aún se están asentando. En ese periodo, en el espacio potsoviético ha habido guerras, convulsiones y revoluciones coloreadas en las que, en mayor o menor medida, se han vivido pulsos entre Occidente y Rusia. En el Báltico, en Asia Central y en Transcaucasia, Moscú ha ido perdiendo posiciones, una tras otra. Sus “victorias”, en Abjazia y Osetia del Sur, por ejemplo, han sido defensivas. Preservar algunos jirones ¿Por qué pierde siempre Rusia?

La pregunta es pertinente ahora, cuando lo que se dibuja en el firmamento es una derrota que marca una línea roja decisiva e inadmisible para Moscú: correr la frontera de la OTAN hasta territorio ruso.

Más allá del propósito general de echar al adversario de sus patios y ampliar su propio corral, la política occidental no tiene calidad ni visión. Hay en ella mucha chapuza y aún más irresponsabilidad, pero entonces, ¿por qué gana? No es la agresividad occidental, sino la debilidad rusa la que explica la situación. Y la clave de esa debilidad reside en el propio sistema ruso de poder.

Mantener unas buenas relaciones con las ex repúblicas de la URSS era, y es, la gran prioridad de Moscú pero no funciona. Con algunas no es fácil por “razones históricas”, podría decirse -el caso de las repúblicas bálticas. Con otras se podrían mencionar “diferencias culturales”, el caso de los países de Asia Central, pero ¿cómo explicar los continuos malentendidos y recelos del Kremlin con bielorrusos y ucranianos? El poder autocrático ruso, el samovlastie, aunque sea mucho más suave que el de los zares o el de la URSS, es incapaz de desarrollar relaciones de confianza incluso con aquellos de sus vecinos más directamente emparentados con quienes comparte historia, cultura y destino común. El caso de Ucrania es ejemplar.

La gran mayoría de los ucranianos se sienten próximos a Rusia por ese parentesco, pero el poder ruso no interactúa con las sociedades sino con grupos locales elitarios. Moscú no ofrece un modelo amable y atractivo a sus hermanos. El Kremlin no reconoce la autonomía social y ni siquiera la entiende. Sin eso no hay acción social ni intervención política posible en una sociedad moderna. Los interlocutores de Rusia en Ucrania son un puñado de magnates. Sus partidos, el “Partido de las Regiones” de Yanukovich, por ejemplo, son infraestructuras artificiales sin alma construidas desde arriba. Los anhelos e intereses de la clara mayoría de la sociedad ucraniana vinculada hacia Rusia y que tiende hacia ella, apenas aparecen en el radar del Kremlin. Eso explica que esa mayoría pueda ser ninguneada y arrollada tan fácilmente por una minoría cargada de “pasionarnost” y mucho más organizada que tiene sus bastiones en el Oeste del país.

También en el bando ucraniano más nacionalista y pro Otan hay magnates corruptos, pero a diferencia del Kremlin, esos magnates y los padrinos euroatlánticos que los sostienen interactúan con la sociedad. Su propaganda y su acción política es mucho más dinámica y eficaz. Y venden un “sueño europeo”. ¿Cuál es el sueño del Kremlin? Sin reconocer y entender la autonomía social, Moscú está condenado a perder siempre.

Esa es la gran debilidad del poder ruso y actúa también de puertas adentro. Cuidado con Rusia porque comienza a lanzar señales de Maidán. Algún día habrá una revuelta social en Rusia en la que la ciudadanía exigirá otro tipo de relaciones, otro tipo de sistema socio-económico y otro tipo de poder, y el Kremlin no sabrá qué hacer porque no entenderá nada: un poder ciego y anticuado, casi patrimonial en sus relaciones internas, no sabrá cómo reaccionar. Solo la sociedad rusa puede cambiar eso. Esperemos que pacíficamente.

Domingo 23- En la Laura de Kíev. El movimiento de la Plaza de la Independencia de Kíev, el Maidán, tiene un gran apoyo popular en la capital ucraniana de cuatro millones de habitantes. La gente de la plaza y diversos expertos dicen que el movimiento cuenta con un apoyo de hasta el 70% en la ciudad. Lejos de la plaza la temperatura de ese apoyo baja manifiestamente en el termómetro popular. Frente a las opiniones del Maidán, las de la gente que circula este domingo por la Laura de Kíev, uno de los lugares santos de la religión ortodoxa, son mucho más matizadas. Tampoco representan al conjunto de la ciudad, de la misma forma en que Kíev no representa al conjunto de Ucrania, pero dan una idea de una realidad mucho más compleja, matizada y diversa de lo que se sugiere. Declarado patrimonio de la Humanidad por la Unesco, el monasterio se adscribe al Patriarcado de Moscú. Es muy significativo que incluso aquí se recojan opiniones favorables al movimiento, aunque no sean mayoritarias.

Todo empezó en este lugar, sobre este meandro del Dniepr, en el siglo IX. La Rus de Kíev fue el primer estado ruso, patrimonio común de rusos, bielorrusos y ucranianos. Históricamente Rusia comenzó en Ucrania. Abordamos a la gente; opinión sobre el Maidán, responsabilidades por la sangre derramada y expectativas:

(Igor, unos 45 años. No declara profesión) “Estoy en contra del Maidán pero (el presidente) Yanukovich ha sido el responsable de permitir que la situación llegara a estos extremos. Detrás de todo esto están los magnates. Hay que unir a todos los eslavos porque de lo contrario se derramará aún más sangre y los resultados serán nefastos. Rusos, bielorrusos y ucranianos somos pueblos hermanos y eso está muy por encima de la política. No se trata de Putin y Lukashenko, se trata del pueblo, de todo lo que nos une por los siglos. “Me asombra la actitud de los políticos occidentales. Apoyaron a gente criminal como (el presidente georgiano) Shakashvili que bombardeó con sistemas de artillería en salvas a la población civil de Tsjinvali (Osetia del Sur) sin decir ni pío. Con Timoshenko no cambiará nada, es la peor posibilidad, los magnates de siempre vuelven a repartirse el poder. El pueblo no tendrá nada qué ver. Se cambia unos magnates por otros. Estoy por el renacimiento nacional de Ucrania y por su unidad, pero las tendencias de las regiones del Oeste son muy peligrosas, un nacionalismo de tipo fascista”.

(Larisa, pedagoga unos 35 años) “Apoyo el Maidán, pero lo que ha pasado ha sido muy malo. Ha muerto gente. El pueblo necesita paz y tranquilidad. ¿Quién es responsable de las muertes? Todos son culpables. Vemos el futuro con pesimismo, porque no hay unidad, todos se acusan entre sí. Ayer hubo jornada de duelo, rezamos porque Dios nos dé buenos dirigentes que se ocupen de la población. Nadie quiere una guerra”.

(Gregori y Tatiana, madre e hijo, ella contable, él masajista) “Estamos en contra del Maidán, por eso hemos venido hoy a rezar”, dice la madre. ¿Quién tiene la culpa?, “Occidente, especialmente América”, dice el hijo. “Y la Unión Europea”, añade la madre. El futuro: “hay un mandamiento bíblico que dice que no matarás a tu hermano”. “El país se va a dividir”.

(Valentina y Sergei, jubilados)

“Naturalmente que estamos a favor del Maidán. Hace tiempo que había que hacer algo. El responsable por el derramamiento de sangre es aquel que tenía posibilidades e instrumentos para evitarlo: el gobierno corrupto. ¿Hacia donde va el país?, esperemos que a Europa, dice ella. “Hacia un mayor estado de derecho, por lo menos hay una gran esperanza en que se vaya hacia algo mejor”, dice él.

(Pareja joven, Vladimir y Vika. Él profesor de educación física, ella esteticien)

“La valoración es ambigua. En Maidán hay cosas positivas y negativas. La violencia ha sido muy negativa y los responsables por el derramamiento de sangre no están claros. ¿Quién está detrás de los francotiradores? Es algo sobre lo que no hay manera de aclararse. La división del país sería un desastre, esperemos que se evite”.

(Aleksandr, paleta, unos 25 años)

“Estoy a favor del Maidán, pero no necesitamos ninguna Europa, ni tampoco a Rusia; nosotros solos. Los culpables de la violencia son quienes estaban detrás de ella. Nadie lo sabe con exactitud, pero el pueblo lo aclarará.”

– Peregrinaje dominical a Mezhigorie, residencia del presidente huido de Ucrania en los alrededores de Kíev. La víspera, la televisión del magnate atlantista Piotr Paroshenko (su nombre suena como primer ministro) ha mostrado imágenes de la casa. Se busca una narrativa a la Ceaucescu, pero no se ha encontrado ni el retrete de oro de este dictador que ganó en 2010 unas elecciones limpias cuando era el político más popular del país, ni el armario de los zapatos de Imelda Marcos.

La casa no tiene nada de particular más allá del habitual mal gusto de los nuevos ricos de Eurasia; mucho dorado de Valencia, unas jaulas con animales en el recinto, estanques, una botella de champagne (ni siquiera francés) en el mueble bar de la sala de sesiones y otras banalidades. El lugar ni siquiera era propiedad de Yanukovich. Forma parte del patrimonio del Estado y el Presidente, que es un millonario, se lo acondicionó. Pero las imágenes de la tele son demoledoras: esta riqueza habla de un desenfreno choricero para el que no hay pan ni en el granero de Europa que es Ucrania. Lo poco que le podía quedar de prestigio a Yanukovich tras las violencias de esta semana se ha ido definitivamente al garete con estas imágenes. La noticia de que el recinto estaba abierto ha excitado el morbo popular: la gente ha venido de excursión en masa a fisgar desde la capital y provincias. En los accesos al lugar se forman enormes atascos de tráfico.

La obligada escenificación mediática de estas ambiguas revoluciones tampoco fue redonda anteanoche en la plaza. En lugar de a un Nelson Mandela la “revolución” ucraniana tiene a…Yulia Timoshenko en silla de ruedas (¿la necesita, o es comedia?) y con trenzas. Timoshenko llegó en avión privado desde el hospital penitenciario de Jarkov en el que estaba encerrada por corrupción. Justo para el telediario. Su presencia y su discurso atraen a unas 50.000 personas, pero en la plaza no hay ni rastro de pasión. No es aclamada. En su entorno y en su partido, ya hay claros codazos de rivalidad. Viene de dos años de cárcel pero ya gobernó este país. Y la gente se acuerda. Timoshenko quiere entrar en la OTAN y se lleva bien con Putin, interesante combinación. Al día siguiente, junto al edificio del Parlamento, se organiza un piquete de protesta con carteles, con las fotos de Timoshenko y su adversario, el presidente huido, unidas por el signo de igual y unas flechas que ilustran el intercambio de figuras. “La gente no ha muerto por esto”. “Transparencia”, se pide. La escenificación habitual de una revolución diáfana ha pinchado manifiestamente en Ucrania.

– En Crimea algunos incidentes menores junto al ayuntamiento de Kerch, con colocación de la bandera rusa en el ayuntamiento. Más de 20.000 manifestantes anti Maidán en un mitin en Sebastopol, ciudad de todas las glorias militares rusas que forma parte de Crimea y por extensión de Ucrania. Luto en el entierro de dos de los muchos policías que han muerto a tiros en Kíev. Gran manifestación en Odesa (varias decenas de miles) al grito de “Odesa, ciudad heroica” (por su resistencia contra los nazis) y “El fascismo no pasará”.

La península “forma parte de las regiones del país que no están de acuerdo con lo ocurrido en la capital y que contienen un conflicto que puede llegar a ser muy peligroso”, me dice Ievgen Kurmashov, uno de los expertos del Instituto Gorshenin de Kiev. En la península conquistada por Catalina II al turco que Nikita Jrushov regaló caprichosamente a Ucrania en los años sesenta, el “escenario de Abjazia” (Georgia) es posible, dice Kurmashov: las autoridades locales piden a Rusia que anexione el territorio. “No hace falta ni una intervención militar: la flota rusa del Mar Negro ya está allá (en régimen de alquiler)”, señala el experto. En el peor escenario, una escisión del ejército ucraniano sería catastrófica, “la decisión sobre a qué bando apoyar recaería sobre los mandos locales, lo que podría crear una situación peligrosísima”, dice Kurmashov que está francamente alarmado.

– Revancha contra la lengua rusa. El parlamento ucraniano anula la ley que regula la cooficialidad de la lengua rusa, vigente desde hace dos años en la mitad oriental del país y que fue clave en la victoria electoral del huido y depuesto presidente saliente, Viktor Yanukovich, en las elecciones de 2010. La decisión, sumamente desestabilizadora, afecta a los derechos básicos de millones de ucranianos de habla rusa, y contribuirá a los preocupantes procesos de cisma y división que los cambios políticos han abierto en el país.

El 26,6% de los más de 45 millones de ucranianos declaran el ruso como lengua materna en el último censo disponible. En zonas históricamente rusas y de gran población rusa ese porcentaje es mayoritario, por encima del 60% en Crimea. Ucrania contiene además minorías que hablan otras 17 lenguas, entre ellas las más importantes el rumano y el húngaro.

La ley que se ha derogado permitió a los gobiernos locales y regionales dar estatuto de cooficialidad a todas esas lenguas allí donde fueran usadas por más del 10% de la población. Había entrado en vigor en agosto de 2012 y desde entonces ha sido aplicada con gran éxito a favor de la lengua rusa en cinco regiones y nueve grandes ciudades del país, y en otras ciudades y localidades en beneficio del rumano (moldavo) y el magiar. Ha sido anulada por 232 votos sobre los 334 diputados registrados en la sesión, es decir por un margen mucho menos mayoritario que las otras decisiones votadas en la cámara al amparo del cambio político que ha desarbolado al Partido de las Regiones, que era el más numeroso de la cámara y representaba mayoritariamente a la mayoría ucraniana más vinculada a Rusia. La Casa Blanca aplaudió ayer el “trabajo constructivo” del nuevo parlamento de Kíev.

La cámara, que ha cambiado de constitución y anteayer destituyó al Presidente Yanukovich, ha elegido como “presidente en funciones” al nuevo jefe del parlamento, Aleksandr Túrchikov, brazo derecho de la rival de Yanukovich, Yulia Timoshenko.

En su primera declaración Túrchikov describió como “catastrófica” la situación económica de Ucrania, cuyo PIB (113 millardos de dólares) está por debajo del nivel de 1992 y su reparto per cápita muy por debajo del de 1989 y con un extremo nivel de desigualdad.

En ese contexto, desde Bruselas, el FMI, Estados Unidos y diversos gobiernos europeos, se habló ayer de “ayudas económicas” para Ucrania. Tanto el comisario europeo Olli Rehn, como el secretario del tesoro estadounidense, Jack Lew mencionaron “condiciones” y “reformas necesarias” que el país debería emprender a cambio de tales ayudas, que no tienen cifra. La última vez que se barajó una cifra para Ucrania fue en boca de la canciller Angela Merkel, el martes pasado en Berlín. Merkel mencionó “600 millones de euros”. Ucrania destinará este año 7.900 millones de dólares al pago de su deuda.

Una masiva ayuda económica europea estabilizaría muchos problemas de Ucrania, pero la Unión Europea, que no ha sido capaz de movilizar un Plan Marshall para los miembros de su zona euro en el sur de Europa, aún lo hará menos con Ucrania. Moscú, que aprobó un paquete de 15.000 millones de dólares, además de una rebaja en el precio del gas equivalente a 2.000 millones anuales, ha puesto la medida en suspenso hasta que se aclare la situación. El país se enfrenta un delicado e imprevisible periodo de turbulencias.

Mientras en diversas regiones y ciudades del Este de Ucrania se registraron incidentes y enfrentamientos de poca envergadura, en Kíev la jornada dominical ha sido tranquila. Decenas de miles de ciudadanos circularon por la Plaza de la Independencia, el Maidán, poniendo flores en memoria de las más de 80 personas muertas en la semana. La policía sigue ausente del centro de la ciudad. Las sedes del gobierno, el parlamento y la presidencia están vigiladas por las fuerzas paramilitares de la oposición triunfante. En lo que en esta parte del mundo se conoce como “narodnoye gulianie” (paseo popular), centenares de familias, parejas y grupos informales se fotografiaban en los escenarios de las batallas campales de los últimos días. El singular centro de esta bella y amable ciudad, está lleno de edificios calcinados, barricadas, adoquines extraídos de la calzada y de montañas de basura y neumáticos para alimentar los incendios que han hecho posible esta mezcla de revuelta popular y golpe de estado apadrinado por Occidente.

Lunes 24 – El poder cambia de manos, como en la novela de ese título del premio Nóbel polaco Czesław Miłosz: El ganador se queda con todo y hay que ver cómo queda en eso la independencia e integridad de Ucrania, aprisionada entre dos imperios igual que aquella Armia Krajowa aplastada en Varsovia entre alemanes y soviéticos. Cambia de manos con carácter rotundo y radical. El viernes se firma un acuerdo, el sábado es papel mojado. El sábado hay un presidente legítimo con quien hay que negociar un “gobierno de unidad” (Unión Europea dixit), el lunes es un prófugo de la justicia con orden de busca y captura por “crímenes”, cuya detención se espera de un momento a otro. No hay duda: el poder ha cambiado de manos.

Un movimiento que nunca habría ganado sin contar con el apoyo de Occidente y que representa quizá a un tercio del sentir de este país, se ha impuesto rotundamente sobre otro tercio que no se identifica con él, ante la neutral angustia del resto de la población de una nación de más de 45 millones de habitantes. Quien quiera ver aquí una “fiesta europeísta”, es un irresponsable.

Viktor Yanukovich, hasta hace pocas semanas el político más popular del país, es un paria en busca y captura. El viernes se fue de Kíeva Járkov, segunda ciudad del país, en el Este. Allí debía participar el sábado en un congreso de más de 3.700 diputados disconformes con el cambio de poder. Bien por sentido de la responsabilidad (consagrar con su presencia el establecimiento de una duplicidad de poder antesala de una posible guerra civil), bien por sentir que Rusia no le apoyaba en eso, bien por ambas cosas, el caso es que Yanukovich no participó en aquello. Intentó tomar un avión para salir del país pero la guardia de fronteras se lo impidió. Entonces se fue en coche a Donetsk, su patria chica. Desde allí, ya sin acompañamiento de guardias de tráfico, solo con su escolta, se fue de noche a Crimea, donde llegó el domingo. Allí se despidió de algunos de sus guardaespaldas, a los que eludió de su compromiso. Se le ha visto en las inmediaciones del aeropuerto de Belbek, precisamente el mismo escenario en el que se decidió el cautiverio de Mijail Gorbachov, aquel increíble agosto de 1991.

A Yanukovich se le acusa de estar tras la orden de matar manifestantes usando francotiradores. La acusación es “matanza masiva de civiles”. La orden, si existió, podía referirse solo a abatir a los manifestantes que empuñaban armas de fuego y que a su vez habían matado a una buena docena de policías. Pudo también convertirse en un tiroteo indiscriminado a cargo de provocadores o de profesionales del ramo subidos de anfetaminas, porque, efectivamente, los manifestantes cayeron como conejos (“fue un safari”, me dice un observador) y eran personas equipadas para el combate, pero sin armas. La pregunta sobre si hubo un exceso criminal a cargo de los ejecutores de la presunta orden en tal oscuro episodio, ya no es relevante cuando el poder ha cambiado de manos. En estas condiciones se aplica una expeditiva justicia de vencedor.

Estos días se homenajea, en Kíev al centenar de caídos en este tumulto, sin que nadie mencione que entre esos nuevos “héroes de Ucrania” hay un montón de policías, quizá el 10% de los muertos lo son. “Esos no cuentan”, me dice una taxista manifiestamente adversaria del cambio de poder. Lo dice en voz baja, como si tuviera vergüenza de no estar de acuerdo con lo que ha pasado. El estado de ánimo de esta mujer es crucial para comprender la desmoralización y pasividad de los adversarios del Maidán, no ya en Kíevsino en el conjunto del país.

Yanukovich, presidente desde 2010, que encarceló por corrupción a su adversaria Timoshenko, que ahora pide su piel y un “castigo ejemplar”, será la próxima víctima de la lucha política en su genuina y bestia modalidad local. “Una lucha por el derecho a gobernar una pirámide corrupta”, apunta con fatalismo un observador nativo en un despacho bien decorado que no se sabe quien paga. Si Timoshenko, la Mandela con trenzas de pacotilla que fue primera ministra, dirigió esa pirámide, Yanukovich la monopolizó. La fortuna de su familia (en el sentido facineroso que este término tiene aquí) se multiplicó. Eso ocurrió en una época de crisis general –hasta en Alemania se nota esa crisis- que el pueblo sentía. Pero lo que tuvo mayores consecuencias no fue solo ese deterioro popular, sino su combinación con la ruptura de cierto equilibrio elitario.

Nada ilustra mejor la situación que la casa del Fiscal General de Ucrania (ahora ex), Viktor Pshonka. El hogar de quien velaba por la justicia en el país es una mansión de mafioso, con una profusión de lujo que haría sonrojar a los peores chorizos de Marbella. Pshonka y su colega Alksandr Klimenko, el ministro de los impuestos (ahora ex), ha sido detenido en la frontera con Rusia. Moscú no quiere saber nada de estos “refugiados políticos”.

Quien quiera atribuir todo esto al “salvajismo eslavo”, o a la “herencia soviética”, es libre de hacerlo. En realidad es versión local de algo mucho más general y profundo: el capitalismo depredador ha enloquecido en todas partes. En lugares como Ucrania y Rusia de una forma particularmente bestia, pero observen a su alrededor, en Madrid, Atenas o Berlín, y analicen la evolución de las sociedades estos últimos veinte años. La ex URSS simplemente asumió el capitalismo en sus particulares condiciones locales… Por lo demás, ese salvajismo preside las relaciones internacionales. Las grandes potencias también actúan criminalmente. Hacen a sus adversarios más débiles, “propuestas que no se pueden rechazar” como la de Marlon Brando en El Padrino. Ahí dentro cabe un enorme festival de hipocresía: Quienes en Rusia usan métodos expeditivos contra trabajadores emigrantes de Tadjikistán y torturan a caucásicos sospechosos, dan lecciones advirtiendo contra las tendencias fascistoides de cierto nacionalismo ucraniano en alza. Quienes han desencadenado guerras espantosas en Irak y otros lugares, con varios centenares de miles de muertos a su cargo, las dan de derechos humanos, urbi et orbe. La guerra fría fue un pulso entre facinerosos y ahora vuelve a llamar a la puerta en el frente del Dniepr.

– Rusia responderá, pero no ahora. El perdedor se lame las heridas. El pulso por Ucrania continúa. Se va a radicalizar y tiene un gran campo por delante. Los riesgos son obvios; guerra fría junto a la línea del Dnieper, en juego la integridad territorial de un país enorme y quién sabe si hasta un violento conflicto civil que nadie desea. Aquí no hay que hacerse ninguna ilusión, pero la derrota en el último capítulo de ese pulso –el cambio de régimen en Kíev- es de tal magnitud para Moscú, que el perdedor debe contentarse con intentar limitar los daños. Cualquier respuesta mal calculada puede volverse en su contra. Rusia responderá, pero no ahora. Más adelante.

Gorbachov perdió, voluntariamente, la Europa del Este. Yeltsin el Báltico, Transcaucasia y el Asia Central. ¿Perderá Putin Ucrania? No sin pelear. Esta no es la Rusia de los noventa, sino algo más gallito y mucho más endurecido por las lecciones de los últimos veinte años. ¿La principal de ellas?: Occidente no respeta a los débiles. Habrá respuesta, pero no ahora.

Aguada y vilipendiada su olimpiada de invierno, Ucrania reduce a calderilla las relativas victorias diplomáticas de Putin en los últimos años. En el Kremlin hay motivo para el vértigo porque la línea del Dnieper es antesala de la propia Rusia. Un barril de pólvora en la puerta de casa es algo que hay que manejar con cuidado. De ahí la prudencia de Moscú.

Nada de fomentar un doble poder en el Este del país, nada de fomentar el separatismo ni de bendecir los planes de federalización que se manejan entre los expertos rusos y estadounidenses. Nada de agitar Crimea, tierra de viejas glorias militares rusas. Cuidado con mover ficha. De repente uno de los grandes éxitos de los últimos años, el “acuerdo de Jarkov” de 2010 para mantener la flota rusa del Mar Negro en sus bases de Crimea hasta 2040, puede saltar por los aires.

En todo el Este de Ucrania los adversarios del cambio de Kíevestán paralizados, su líder en busca y captura, su partido atravesado por deserciones y desmoralizaciones. Líderes de ese espectro como el alcalde de Jarkov, Gennadi Kernes, rechazan “todo separatismo o federalismo”. Ni siquiera se contesta la revanchista anulación de la ley de lenguas, una irresponsable provocación para millones de ucranianos rusoparlantes, aunque menos grave de lo que parecía ayer pues un artículo de la constitución equilibra algo el asunto. Moscú no quiere agitar eso: responsabilidad y realismo. La mayoría social opuesta a lo que ha ganado en Kíevy que venció en las elecciones de 2010, sigue ahí. Simplemente hay que reconstruirla políticamente. Paciencia y cuidado.

Eso no impide engañosas “declaraciones fuertes”, como la del primer ministro Dmitri Medvedev desde Sochi poniendo en duda la legitimidad del estropicio jurídico sobre el que se asienta el cambio de régimen en Kiev, mientras Europa mira hacia el otro lado olvidándose de lo que firmó el viernes.

”La legitimidad de toda una serie de órganos de poder allá suscita muchas dudas”, ha dicho Medvedev que le puso un poco de cuento al asunto al hablar de, “un gobierno de gente con mascaras negras y fusiles Kaláshnikov que se pasea por las calles de Kíev”, una descripción en sintonía con la imagen que la tele rusa enfatiza y difunde.

Más allá de esa retórica, para Rusia es la hora de la contención y la prudencia. Lo más destacable de la declaración del primer ministro ruso ha sido la frase de que, “todos los acuerdos que se han firmado con Ucrania se van a respetar” y “para nosotros Ucrania sigue siendo un socio serio e importante”.

Nada de todo aquello sobre lo que este diario ha venido advirtiendo como gran peligro estos días (el Este de Ucrania, Crimea, la lengua) va a estallar ahora. A medio y largo plazo es otro asunto. Mucho depende de cómo se maneje. Tanto para Moscú como para Kíev, la relación es demasiado importante e intensa como para jugar con ella. En Kíev todos los gobiernos de la oposición llegan al poder con gran energía antirusa, pero luego las realidades moderan esa fiebre. Una vez más Rusia va a trabajar a fondo con el nuevo poder, intentando que actúe esa tendencia.

En eso el papel de Occidente es fundamental. Una vez más: En materia del pleito alrededor de la integración económica de Ucrania con la Unión Europea, Putin propuso desde el principio –y Ucrania lo apoyaba- discutir el asunto a tres bandas; Moscú, Bruselas, y Kíev. El papel de Mister Niet aquí lo ha ejercido la Unión Europea, con su Señora Merkel en el centro, flanqueada por los polacos y bajo la estratégica batuta de Estados Unidos, lo que es sumamente desestabilizador.

Canadá, con una fuerte población de origen ucraniano, ha amenazado a Rusia con sanciones, “si Putin se inmiscuye”, ha dicho su ministro de emigración. La Casa Blanca ya ha advertido a Rusia contra una “injerencia militar” en Ucrania. La guerra fría llama a la puerta y en una de estas, alguien va y le cede el paso.