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martes, 22 de septiembre de 2026

Armas atómicas

El pasado 6 de agosto se cumplen 81 años del bombardeo atómico de Hiroshima. Tres días después, el 9 de agosto, se conmemorará el mismo aniversario del bombardeo de Nagasaki. Ambos ataques provocaron una destrucción difícil de dimensionar y dejaron consecuencias que se prolongaron mucho después del final de la Segunda Guerra Mundial.

 Decenas de miles de personas murieron durante las explosiones y en los días posteriores. Las estimaciones varían, pero se calcula que para finales de 1945 habían fallecido alrededor de 140.000 personas en Hiroshima y unas 74.000 en Nagasaki. La mayoría eran civiles: niños, ancianos, trabajadores, estudiantes y familias enteras. Entre las víctimas también había numerosos coreanos y personas trasladadas a Japón como trabajadores forzados durante el periodo colonial.

Estados Unidos lanzó la bomba de uranio Little Boy sobre Hiroshima el 6 de agosto de 1945. Tres días después, lanzó la bomba de plutonio Fat Man sobre Nagasaki. Entre ambos bombardeos, la Unión Soviética declaró la guerra a Japón y, durante la madrugada del 9 de agosto, inició una gran ofensiva contra las fuerzas japonesas en Manchuria.

La decisión estadounidense continúa siendo objeto de debate. Quienes la defienden sostienen que aceleró la rendición de Japón y evitó una invasión terrestre que, según sus estimaciones, habría causado una cantidad todavía mayor de muertos. Sus críticos argumentan que Japón ya se encontraba militarmente debilitado, que podían haberse explorado otras vías y que la entrada de la Unión Soviética en la guerra también fue determinante para que el Gobierno japonés aceptara la derrota.

No existe una interpretación única que haya cerrado por completo esta discusión. Más allá del debate sobre las razones que llevaron a utilizar las bombas, fueron lanzadas sobre ciudades habitadas y causaron la muerte de una enorme cantidad de civiles.

Recordar esta tragedia es necesario. Comprenderla plenamente también exige recordar el contexto de la guerra que la precedió y a las víctimas que el Imperio japonés dejó en diferentes partes de Asia.

Antes de los bombardeos, el Imperio japonés había librado durante años una guerra de expansión. Esa ofensiva incluyó la colonización de Corea, la ocupación de Manchuria, la invasión de China, la masacre de Nankín, el ataque japonés a Pearl Harbor del 7 de diciembre de 1941 y la posterior expansión por el sudeste asiático. Durante ese proceso se cometieron ejecuciones, torturas, trabajo forzado, violencia sexual y matanzas de civiles.


***

Estados Unidos se convirtió en el primer (y único) país en lanzar una bomba atómica contra la población civil siendo Hiroshima el objetivo.

A las 8:15 del 6 de agosto, el Enola Gay lanzó "Little Boy"; tres días después, el Bockscar arrojó "Fat Man" sobre Nagasaki.

En cuestión de segundos miles de personas fueron incineradas o aplastadas. Para finales de 1945 habían muerto unas 140.000 en Hiroshima y cerca de 74.000 en Nagasaki. Los hibakusha (sobrevivientes de los ataques nucleares) padecieron durante décadas quemaduras, leucemias, cánceres y las secuelas de la radiación. En Hiroshima, más de 51.000 edificios quedaron destruidos o calcinados.

La versión oficial afirma que este crimen era inevitable para forzar la rendición y evitar una invasión a la isla. Pero Japón estaba militarmente derrotado: sufría un bloqueo devastador, carecía de combustible y materias primas y ciudades como Tokio también habían sido bombardeadas por EE. UU. Una parte de su cúpula militar buscaba terminar el conflicto preservando al emperador y esperaba una mediación soviética.

Esa esperanza desapareció el 8 de agosto, cuando la URSS declaró la guerra. El Ejército Rojo lanzó una ofensiva fulminante, destrozó al Ejército de Kwantung y hundió el dominio japonés en Manchuria. El colapso militar, la entrada soviética en la guerra y la posibilidad de conservar la institución imperial ofrecían alternativas reales al exterminio nuclear provocado por EE. UU.

Ni siquiera existió unanimidad sobre entre los altos mandos estadounidenses. Eisenhower sostuvo que Japón ya estaba derrotado y que emplear la bomba era innecesario; el almirante William Leahy la calificó de arma bárbara que no aportó ayuda material para vencer.

La verdad es que Hiroshima y Nagasaki no fueron los últimos bombardeos de la Segunda Guerra Mundial, sino que fueron una demostración de poder ante la URSS y el primer acto de la naciente Guerra Fría. EE. UU mostró que pretendía imponer su hegemonía mediante el terror nuclear. Años después se consolidó el mito político de que cientos de miles de soldados estadounidenses habían sido salvados porque se evito la invasión a Japón, transformando una matanza de civiles en un acto de necesidad.

"La inmensa mayoría de la evidencia documental disponible hoy en día demuestra que, antes de que se lanzara la bomba atómica, los principales responsables políticos y militares estadounidenses sabían que Japón estaba derrotado de forma exhaustiva y que intentaba rendirse. [...] El peso abrumador de la evidencia sugiere que el principal motivo de la rápida decisión de Truman de utilizar esta nueva arma fue su deseo de impresionar a la Unión Soviética con el poderío estadounidense. La bomba fue vista como un martillo diplomático para asegurar que Estados Unidos tuviera el control en la configuración del mundo de la posguerra, particularmente en Europa del Este y Asia."

-Gar Alperovit (1995): La decisión de usar la bomba atómica y la arquitectura de un mito americano.

viernes, 7 de agosto de 2026

_- Hiroshima y Nagasaki

_- Este 6 de agosto se cumplen 81 años del bombardeo atómico de Hiroshima. Tres días después, el 9 de agosto, se conmemorará el mismo aniversario del bombardeo de Nagasaki.

Ambos ataques provocaron una destrucción difícil de dimensionar y dejaron consecuencias que se prolongaron mucho después del final de la Segunda Guerra Mundial.

Decenas de miles de personas murieron durante las explosiones y en los días posteriores. Las estimaciones varían, pero se calcula que para finales de 1945 habían fallecido alrededor de 140.000 personas en Hiroshima y unas 74.000 en Nagasaki. La mayoría eran civiles: niños, ancianos, trabajadores, estudiantes y familias enteras. Entre las víctimas también había numerosos coreanos y personas trasladadas a Japón como trabajadores forzados durante el periodo colonial.

Estados Unidos lanzó la bomba de uranio Little Boy sobre Hiroshima el 6 de agosto de 1945. Tres días después, lanzó la bomba de plutonio Fat Man sobre Nagasaki. Entre ambos bombardeos, la Unión Soviética declaró la guerra a Japón y, durante la madrugada del 9 de agosto, inició una gran ofensiva contra las fuerzas japonesas en Manchuria.

La decisión estadounidense continúa siendo objeto de debate. Quienes la defienden sostienen que aceleró la rendición de Japón y evitó una invasión terrestre que, según sus estimaciones, habría causado una cantidad todavía mayor de muertos. Sus críticos argumentan que Japón ya se encontraba militarmente debilitado, que podían haberse explorado otras vías y que la entrada de la Unión Soviética en la guerra también fue determinante para que el Gobierno japonés aceptara la derrota.

No existe una interpretación única que haya cerrado por completo esta discusión. Más allá del debate sobre las razones que llevaron a utilizar las bombas, fueron lanzadas sobre ciudades habitadas y causaron la muerte de una enorme cantidad de civiles.

Recordar esta tragedia es necesario. Comprenderla plenamente también exige recordar el contexto de la guerra que la precedió y a las víctimas que el Imperio japonés dejó en diferentes partes de Asia.

Antes de los bombardeos, el Imperio japonés había librado durante años una guerra de expansión. Esa ofensiva incluyó la colonización de Corea, la ocupación de Manchuria, la invasión de China, la masacre de Nankín, el ataque japonés a Pearl Harbor del 7 de diciembre de 1941 y la posterior expansión por el sudeste asiático. Durante ese proceso se cometieron ejecuciones, torturas, trabajo forzado, violencia sexual y matanzas de civiles.

La Unidad 731 realizó experimentos con seres humanos y desarrolló armas biológicas en los territorios ocupados de China. Numerosas mujeres, principalmente coreanas, chinas, filipinas y procedentes de otras partes de Asia, fueron sometidas a un sistema de esclavitud sexual establecido al servicio del Ejército imperial japonés. Civiles y prisioneros de guerra también fueron obligados a trabajar en condiciones brutales y sufrieron hambre, malos tratos, torturas y ejecuciones. En Manila, Singapur, Malasia y otros territorios ocupados se cometieron además masacres contra la población civil.

Muchas de estas atrocidades no fueron simples excesos aislados de algunos soldados. Formaron parte de una guerra impulsada por un régimen militarista que buscaba ampliar su dominio territorial y político mediante la fuerza.

Reconocer los crímenes del Imperio japonés no convierte a los habitantes de Hiroshima y Nagasaki en responsables de esas decisiones, ni disminuye el carácter devastador de los ataques nucleares. Del mismo modo, recordar a las víctimas japonesas no debe utilizarse para borrar el sufrimiento causado por el Ejército imperial en Asia.

Hoy, 81 años después, Hiroshima y Nagasaki continúan siendo símbolos mundiales de la destrucción nuclear. Al mismo tiempo, en China, Corea, Filipinas y otros países de Asia siguen vivas las memorias de la ocupación japonesa y de los crímenes cometidos durante aquellos años. Son recuerdos diferentes de una misma guerra, transmitidos por sobrevivientes, familias, museos, libros y ceremonias que no siempre cuentan la historia desde el mismo lugar.

Con la desaparición progresiva de quienes vivieron directamente aquellos acontecimientos, el riesgo no es únicamente olvidar, sino recordar de manera selectiva. Presentar a Japón solamente como víctima borra el sufrimiento causado por el Imperio japonés en Asia. Presentar a toda la población japonesa como responsable borra a los civiles que murieron sin haber decidido la guerra.

Hiroshima y Nagasaki no pertenecen únicamente al pasado. Siguen presentes en los debates sobre las armas nucleares, la responsabilidad histórica y la forma en que cada país decide explicar su propia historia. Recordarlas de manera completa implica mirar también a Nankín, Corea, Manila, Singapur, a las víctimas de la Unidad 731 y a las demás personas afectadas por la expansión japonesa, sin utilizar el dolor de unos para silenciar el de otros. Antonio Peña

#TalDíaComoHoy de 1945, Estados Unidos se convirtió en el primer (y único) país en lanzar una bomba atómica contra la población civil siendo Hiroshima el objetivo.

A las 8:15 del 6 de agosto, el Enola Gay lanzó "Little Boy"; tres días después, el Bockscar arrojó "Fat Man" sobre Nagasaki.

En cuestión de segundos miles de personas fueron incineradas o aplastadas. Para finales d e 1945 habían muerto unas 140.000 en Hiroshima y cerca de 74.000 en Nagasaki. Los hibakusha (sobrevivientes de los ataques nucleares) padecieron durante décadas quemaduras, leucemias, cánceres y las secuelas de la radiación. En Hiroshima, más de 51.000 edificios quedaron destruidos o calcinados.

La versión oficial afirma que este crimen era inevitable para forzar la rendición y evitar una invasión a la isla. Pero Japón estaba militarmente derrotado: sufría un bloqueo devastador, carecía de combustible y materias primas y ciudades como Tokio también habían sido bombardeadas por EE. UU. Una parte de su cúpula militar buscaba terminar el conflicto preservando al emperador y esperaba una mediación soviética.

Esa esperanza desapareció el 8 de agosto, cuando la URSS declaró la guerra. El Ejército Rojo lanzó una ofensiva fulminante, destrozó al Ejército de Kwantung y hundió el dominio japonés en Manchuria. El colapso militar, la entrada soviética en la guerra y la posibilidad de conservar la institución imperial ofrecían alternativas reales al exterminio nuclear provocado por EE. UU.

Ni siquiera existió unanimidad sobre entre los altos mandos estadounidenses. Eisenhower sostuvo que Japón ya estaba derrotado y que emplear la bomba era innecesario; el almirante William Leahy la calificó de arma bárbara que no aportó ayuda material para vencer.

La verdad es que Hiroshima y Nagasaki no fueron los últimos bombardeos de la Segunda Guerra Mundial, sino que fueron una demostración de poder ante la URSS y el primer acto de la naciente Guerra Fría. EE. UU mostró que pretendía imponer su hegemonía mediante el terror nuclear. Años después se consolidó el mito político de que cientos de miles de soldados estadounidenses habían sido salvados porque se evito la invasión a Japón, transformando una matanza de civiles en un acto de necesidad.

"La inmensa mayoría de la evidencia documental disponible hoy en día demuestra que, antes de que se lanzara la bomba atómica, los principales responsables políticos y militares estadounidenses sabían que Japón estaba derrotado de forma exhaustiva y que intentaba rendirse. [...] El peso abrumador de la evidencia sugiere que el principal motivo de la rápida decisión de Truman de utilizar esta nueva arma fue su deseo de impresionar a la Unión Soviética con el poderío estadounidense. La bomba fue vista como un martillo diplomático para asegurar que Estados Unidos tuviera el control en la configuración del mundo de la posguerra, particularmente en Europa del Este y Asia."

-Gar Alperovit (1995): La decisión de usar la bomba atómica y la arquitectura de un mito americano.

lunes, 13 de abril de 2026

_- Supercentenarios. La ciencia busca las claves de la longevidad humana en el mestizaje genético de los supercentenarios brasileños


Longevidad humana
El estudio de 160 ancianos con más de un siglo de vida incluye a algunos de los humanos más viejos del planeta.

La esperanza de vida en los países más longevos, como Japón, Italia o España, ronda los 84 años. Pero hay personas que viven otros treinta más. La española María Branyas, por ejemplo, superó los 117. Son los supercentenarios. Y no solo viven más, sino que, como sucedió con la catalana, rara vez llegan al final con problemas cardiorespiratorios, alzhéimer o cáncer y solo con los achaques propios de una edad tan avanzada. La ciencia busca en ellos el elixir de su extrema longevidad desde muchos frentes.

Pero a los científicos les faltaba por cubrir el flanco sur. La práctica totalidad de los estudios se han realizado con poblaciones del llamado primer mundo, desarrolladas, con acceso a los servicios de salud y genéticamente más homogéneas. Ahora, se empiezan a conocer los primeros resultados de un trabajo en Brasil, un país no tan desarrollado, con un escaso acceso a la medicina moderna para buena parte de la población y con un enorme mestizaje genético. Y sorprendentemente, con un gran número de centenarios y un buen número de supercentenarios.

Investigadores del Centro de Investigación del Genoma Humano y Células Madre de la Universidad de São Paulo han reunido la mayor muestra de personas que han superado los cien años (ya llevan 160 y contando), entre ellos una veintena de supercentenarios, con edades de más de 110 años. Han obtenido o están obteniendo datos de su genética y epigenética, análisis moleculares y celulares, además de información sobre sus antepasados, hábitos de conducta y condiciones de vida. En el estudio están analizando todos los datos de la monja Inah Canabarro, que fuera la mujer más longeva del planeta durante un tiempo con 116 años, hasta su fallecimiento en la primavera pasada. El trabajo también incluye a los dos hombres de mayor edad del globo aún vivos, ambos con 112 años.

“Estamos reclutando y recolectando activamente muestras biológicas de centenarios y supercentenarios en varias regiones de Brasil”, detalla el investigador Mateus Vidigal, coautor de la investigación en marcha. La cohorte está en constante expansión y esperan superar los 200 centenarios para mediados de año. “Ya se ha completado la secuenciación del genoma completo de un subconjunto considerable de participantes, y los análisis genómicos están actualmente en curso”, añade Vidigal. Como escriben los autores en un comentario publicado en Genomic Psychiatry, “en el momento de ser contactados por nuestros investigadores, algunos supercentenarios brasileños se mostraban lúcidos e independientes en actividades cotidianas básicas, como alimentarse”.

Según el Atlas LongeviQuest, Brasil cuenta actualmente con 17 supercentenarios vivos con edades validadas. La cifra es muy inferior a las reportadas por Japón y Estados Unidos. Pero además de la mayor población de este último, que infla sus cifras, está el problema de la comprobación. “Brasil enfrenta un desafío bien reconocido en la verificación de la edad debido a las lagunas históricas en el registro civil, que han limitado la documentación formal de muchos individuos longevos”, recuerda Vidigal.

Entre las estudiadas está una familia en la que la tía, a la derecha, tiene 110 años. Tres de sus sobrinas han superado los 100. En la imagen aparece la menor, que cumple 101 años este mes de enero. Las otras dos tienen 104 y 106 años.
 
 El investigador brasileño destaca, aun así, que su país está representado desproporcionadamente entre los hombres más longevos del mundo. “En la clasificación mundial actual de los cinco hombres vivos más longevos, Brasil ocupa la primera y la cuarta posición, y hasta noviembre del año pasado, la segunda posición también la ocupaba un brasileño”. Por lo que concluye: “Este patrón sugiere que la población brasileña puede albergar rasgos raros asociados a la longevidad que siguen estando subrepresentados en los conjuntos de datos internacionales”.

Aún no tienen datos definitivos, de hecho todavía están reclutando participantes. Pero sí dan algunas pistas sobre el origen de su extremada resiliencia. Tres de los supercentenarios brasileños sobrevivieron a la pandemia de covid antes de que existiera la vacuna. Los ensayos inmunológicos han revelado que estos individuos presentaban niveles elevados de IgG, el anticuerpo más abundante en el sistema inmunitario, y anticuerpos neutralizantes contra el SARS-CoV-2, junto con proteínas plasmáticas y metabolitos relacionados con la respuesta inmunitaria innata. La convergencia de una función inmunitaria robusta con sistemas de mantenimiento proteico preservados como los de un joven e integridad fisiológica sistémica convierten a los supercentenarios brasileños en un modelo excepcional para el estudio de la resiliencia biológica.

Además, a diferencia de los supercentenarios de otros países, como los japoneses o la catalana María Branyas, aquí no hay dietas saludables como la mediterránea o la japonesa, ni una atención sanitaria equiparable. “En este contexto, el hecho de que muchos centenarios y supercentenarios de nuestro estudio alcanzaran edades extremas a pesar de una exposición mínima a intervenciones médicas modernas sugiere que su resiliencia biológica no puede explicarse principalmente únicamente por el acceso a la atención médica”, explica Vidigal. “En cambio, estas observaciones respaldan la hipótesis de que la longevidad excepcional en esta cohorte se debe en gran medida a factores intrínsecos, en particular a componentes genéticos individuales”, añade el investigador brasileño.

Y la explicación podría estar en el gran mestizaje de la sociedad brasileña. “Aunque el estudio aún está en curso, nuestra pista preliminar más sólida se relaciona con el alto nivel de mezcla genética en la población brasileña”, dice Vidigal. Para el investigador, “este panorama genético único podría facilitar la convergencia de variantes protectoras derivadas de distintos trasfondos evolutivos, lo que podría mejorar la resiliencia biológica y promover una longevidad excepcional”.

El catalán Manel Esteller, jefe del grupo de Epigenética del Cáncer del Instituto de Investigación contra la Leucemia Josep Carreras, dirigió el estudio sobre María Branyas. “La investigación en envejecimiento humano es una de las últimas fronteras en el campo biomédico. En la misma destaca el estudio de individuos de edad muy avanzada, especialmente los llamados supercentenarios”, comenta. “Las claves de la supervivencia de estas personas en relativa buena salud quizás nos dé pistas sobre como envejecer de forma saludable el resto de la población”, añade Esteller, que no participa en el estudio de los supercentenarios brasileños.

“Hasta ahora la mayoría de estudios en supercentenarios se han realizado en poblaciones genéticas muy definidas (norteuropeos, japoneses…), pero ello nos hace perder una riqueza de posibles variantes genéticas que también podrían contribuir el supercentenarismo”, destaca Esteller. En efecto, este es uno de los puntos que destacan los autores de la nueva investigación: el mestizaje también genético que está en la base de lo que es Brasil. A la población amerindia se unirían, en oleadas sucesivas, los portugueses, hasta cuatro millones de esclavos negros, inmigrantes primero del norte y después del sur de Europa en los siglos XIX y XX y, en paralelo, una potente inmigración asiática. De hecho, en el país sudamericano vive la mayor población de origen japonés, después del propio Japón. “Es un punto que me parece muy interesante y quizás al juntar ADN de orígenes tan distintos en variantes que den una ventaja de salud y longevidad, se acabe produciendo una persona de más de 120 años que aún no hemos detectado de forma fidedigna en el planeta”, opina el investigador catalán.

Sobre la firma
Miguel Ángel Criado

miércoles, 30 de octubre de 2024

La dramática vida de los hibakusha, los sobrevivientes de las bombas atómicas que vivieron con miedo y culpa y ganaron el premio Nobel de la Paz

6 Hibakusha en fotos en blanco y negro

Fuente de la imagen,Getty Images

Pie de foto,Los hibakusha son el testimonio vivo de la devastación y la tragedia que causaron las bombas atómicas


Las bombas de Hiroshima y Nagasaki terminaron con la vida de miles de personas en un instante. Para los sobrevivientes fue solo el comienzo de años de dolorosas heridas, enfermedades, miedo, sentimiento de culpa y discriminación. 

La organización Nihon Hidankyo, que agrupa a los hibakusha o sobrevivientes de las bombas atómicas que Estados Unidos lanzó sobre las ciudades japonesas en 1945, ganó el Premio Nobel de la Paz este año. 

El movimiento representa a los 174.080 sobrevivientes de los bombardeos atómicos que residen en Japón, Corea y otras partes del mundo.

No existen cifras definitivas de cuántas personas murieron a causa de los bombardeos del 6 y el 9 de agosto de 1945.

Los cálculos más conservadores estiman que cinco meses después de los ataques unas 110.000 personas habían muerto en ambas ciudades.

Otros estudios afirman que la cifra total de víctimas, a finales de ese año, pudo ser más de 210.000.

Escombros de edificios en Hiroshima.
Escombros de edificios en Hiroshima.

Fuente de la imagen,Getty Images


Pie de foto,
Hiroshima quedó arrasada tras la explosión de la bomba.

El mundo ha conocido el relato del horror gracias a los sobrevivientes, a quienes se les conoce como hibakusha, que en japonés significa “persona afectada por la bomba atómica”.

Sus testimonios no solo dan cuenta de lo que vieron, sino de los traumas que aún llevan dentro.

“Hay muchos hibakusha que son narradores sociales, pero no son capaces de contarle su propia historia a sus hijos”, le dice a BBC Mundo Yuka Kamite, profesora de Psicología en la Universidad de Hiroshima, quien ha estudiado la salud mental de los hibakusha.

Una dura batalla

Se calcula que hoy aún viven unos 140.000 hibakusha, que rondan los 80 años de edad.

¿Cómo ha sido la vida de los hibakusha y por qué sobrevivir a la bomba fue solo una parte de la dura batalla que han dado para llevar una vida digna?

Miedo

Los hibakusha que recibieron el impacto de la bomba sufrieron quemaduras y heridas que marcaron sus cuerpos y sus rostros.

Una sobreviviente con quemaduras en la cara
Una sobreviviente con quemaduras en la cara

Fuente de la imagen,Getty Images


Pie de foto,
Muchos sobrevivientes sufrieron quemaduras y de los efectos de la radiación.

Aquellos que estuvieron expuestos a mayores dosis de radiación, aunque a primera vista parecían ilesos, luego mostraron síntomas como pérdida del pelo, sangrado y diarrea.

Luego se reportó un aumento en enfermedades como el cáncer y la leucemia.

"Todavía siento miedo de que se me puedan manifestar las consecuencias de la radioactividad y morir en cualquier momento", le dice a BBC Mundo Yasuaki Yamashita, un sobreviviente de Nagasaki que tenía 6 años el día de la explosión y hoy vive en México.

Ese miedo los llevó a una vida de estrés, confusión, incertidumbre y ansiedad. Incluso vivían con temor de pasarle los efectos de la radiación a sus hijos.

“Los efectos de la radiación son invisibles, eso los hizo sentirse inestables e intranquilos, sin saber qué iba a pasar con su futuro”, le dice a BBC Mundo Hibiki Yamaguchi, investigador en el Centro para la Abolición de Armas Nucleares de la Universidad de Nagasaki.

Dos sobrevivientes con heridas

Dos sobrevivientes con heridas

Fuente de la imagen,Getty Images


Pie de foto,
Las bombas causaron heridas físicas y psicológicas.

El miedo marcó para siempre la salud mental y emocional de muchos hibakusha.

Luli van der Does, profesora en el Centro para la paz de la Universidad de Hiroshima que ha estudiado los efectos de la bomba en los sobrevivientes, menciona algunos ejemplos de cómo el miedo se quedó grabado en sus mentes.

“Algunos no pueden comer pescado seco porque les recuerda el olor de los cuerpos quemados”, le dice van der Does a BBC Mundo.

“Otros se tuvieron que ir de Hiroshima y nunca volvieron a visitar su ciudad, otros dicen que no pueden comer pepinos, porque ante la falta de medicinas tras la bomba era lo único que podían usar para curar sus heridas”.

Yasuaki Yamashita en una foto de cuando era pequeño a la izquierda y una foto reciente
Yasuaki Yamashita en una foto de cuando era pequeño a la izquierda y una foto reciente

Fuente de la imagen,Cortesía/Marcos González


Pie de foto,
Yasuaki Yamashita tenía 6 años cuando explotó la bomba en Nagasaki. Hoy, a sus 81 años, vive en México.

“En casos más severos, dicen que no pueden cruzar puentes ni ver ríos, porque comienzan a recordar los cadáveres que veían flotando tras la explosión”.

El miedo les afectó su salud emocional pero, además, los lanzó a una realidad que hizo aún más difícil su lucha por llevar una vida soportable después de la bomba.

Discriminación

Las heridas físicas, el temor a que los efectos de la radiación pudieran ser contagiosos y los traumas psicológicos de los hibakusha llevaron a que muchos comenzaran a ser discriminados por su condición.

“La gente temía que los sobrevivientes tuvieran una enfermedad contagiosa”, recuerda Yamashita.

“Decían: ‘Hay que separarlos, no hay que casarse con ellos, no hay que tener amistad con ellos’”.

El temor a la discriminación llevó a que muchos ocultaran su condición de hibakusha o se negaran a hablar de ello.

“Aquellos que tenían queloides [crecimiento excesivo del tejido de una cicatriz] en el cuerpo usaban mangas largas para cubrir sus cicatrices, incluso en pleno verano”, dice la profesora Kamite.

Una persona muestra sus cicatrices abultadas
Una persona muestra sus cicatrices abultadas

Fuente de la imagen,Getty Images


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Los sobrevivientes ocultaban sus cicatrices queloides por miedo a la discriminación.

También se les hacía difícil conseguir y conservar sus trabajos. Así lo recuerda Yasuaki Yamashita:

“Cuando salí de la preparatoria comencé a trabajar y casi al mismo tiempo comencé a sufrir los efectos de la radiación.

Empecé a perder la sangre, evacuaba sangre, vomitaba sangre, entonces no podía trabajar.

Si conseguía un trabajo, venía esa enfermedad y tenía que renunciar, así duré como dos años.

Mucha gente me decía que yo era un flojo, que no quería trabajar, pero no era eso, era que simplemente no podía trabajar. Yo necesitaba trabajar, pero no podía”
.

Para las mujeres la situación muchas veces era aún más difícil.

En esa época casarse era muy importante para las mujeres japonesas.

Setsuko Thurlow

Setsuko Thurlow

Fuente de la imagen,Getty Images


Pie de foto,
Setsuko Thurlow recuerda que cuando era joven, poder casarse era muy importante para las mujeres japonesas.

“Era casi la única cosa que una mujer esperaba”, recuerda Setsuko Thurlow, sobreviviente de Hiroshima, quien en julio compartió sus recuerdos durante un evento en línea para conmemorar el 75 aniversario de las bombas.

“Con esas cicatrices queloides, esas mujeres perdían la fe y la esperanza en la vida”, dijo Thurlow, quien en 2017 recibió en nombre de los sobrevivientes el Premio Nobel de Paz que se le otorgó a la Campaña Internacional para Abolir las Armas Nucleares (ICAN, por su sigla en inglés).

Keiko Ogura, otra sobreviviente de Hiroshima, recuerda que vivió esa discriminación en carne propia. Así lo contó en conversación con BBC Mundo:

“Tenía 8 años, era solo una niña pequeña en la escuela elemental, pero sabíamos que no debíamos decir que habíamos estado en la ciudad ese día. Si decíamos algo relacionado con la radiación, no nos podríamos casar.

No decíamos que éramos sobrevivientes. Teníamos un certificado de sobrevivientes y al mostrarlo en el hospital podíamos recibir tratamiento médico que ayudaba a pagar el gobierno. Sin embargo, la gente nos decía ‘no muestres eso’
.

Keiko Ogura 
Keiko Ogura

Fuente de la imagen,Getty Images


Pie de foto,
A Keiko Ogura le enseñaban que no debía decir que era una sobreviviente de la bomba.

Al principio yo no le prestaba atención, sentíamos que todos compartíamos el mismo destino, pero cuando ya era una mujer en edad de casarme, a los 18 o 20 años, los hombres jóvenes de fuera de la ciudad me preguntaban "Keiko, ¿dónde estabas al momento de la bomba?Por mi parte no hay problema, pero a mis padres les preocupa".

Sé que muchas otras personas también tuvieron esa experiencia
”.

La profesora Van der Does cuenta que cuando llegaba el momento de casarse, algunas personas contrataban detectives para investigar si la pareja había estado en Hiroshima al momento de la bomba.

Otros, por su parte, sintieron esa discriminación de una manera más sutil o indirecta, y los puso en una posición vulnerable ante la sociedad. Una "discriminación silenciosa", como la llama la profesora Van der Does.

Yoshiro Yamawaki con una camisa a cuadros.
Yoshiro Yamawaki con una camisa a cuadros.

Fuente de la imagen,Cortesía Yoshiro Yamawaki


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Yoshiro Yamawaki lamenta no haber podido estudiar una carrera porque tras la muerte de su padre tuvo que dedicarse a trabajar. 

“No sabes exactamente qué tipo de discriminación estás sufriendo, pero simplemente la sientes en tus interacciones sociales, o al darte cuenta de que a lo largo de tu vida has recibido un trato injusto”, explica.

Yoshiro Yamawaki, sobreviviente de Nagasaki, es uno de esos casos de discriminación silenciosa.

"La bomba mató a mi padre, mi madre tenía siete hijos y no podía hacerse cargo de ellos. Por eso, tuve que dedicarme a trabajar, sin poder ir a la universidad, creo que eso fue una forma de discriminación", dice Yamawaki en conversación con BBC Mundo.

Según explica Van der Does, es difícil conocer el daño psicológico y emocional que sufrieron los hibakusha porque muchos murieron sin ser capaces de hablar de ello.

Keiko Ogura con 8 años.

Keiko Ogura con 8 años.

Fuente de la imagen,Cortesía Keiko Ogura


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Keiko Ogura tenía 8 años cuando estalló la bomba en Hiroshima.

"Hay muchos que no han admitido ser hibakusha por el miedo a la discriminación", dice la investigadora.

En una reciente encuesta que Van der Does realizó entre 1.652 hibakusha de Hiroshima y Nagasaki, encontró que el 31% de ellos ha sufrido varios tipos de trato discriminatorio a lo largo de su vida.

Esa discriminación en ocasiones se dio entre los mismos hibakusha.

“Los hibakusha conocían mejor que nadie lo que les ocurría, por eso muchas veces se discriminaban entre ellos”, dice Hibiki Yamaguchi, de la Universidad de Nagasaki.

Setsuko Thurlow hablando desde la tribuna de los premios Nobel

Setsuko Thurlow hablando desde la tribuna de los premios Nobel

Fuente de la imagen,Getty Images


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En 2017 Thurlow asistió a la ceremonia del Premio Nobel representando a las víctimas de los bombardeos.

Según Van der Does, esa discriminación era fruto del miedo y de la desesperación por vivir. “Estaban luchando por sobrevivir, tenían que competir entre ellos por lograr algún tipo de ayuda”, dice la profesora.

Culpa

Al miedo y a la discriminación con que cargaban los hibakusha muchas veces se les sumó un sentimiento de culpa por haber escapado con vida o haber sido incapaces de ayudar a quienes pedían auxilio.

Ese sentimiento de culpa de los sobrevivientes les causó sufrimiento a largo plazo, explica la psicóloga Kamite.

Hiroshima destruida tras la bomba
Hiroshima destruida tras la bomba

Fuente de la imagen,Getty Images


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Muchos hibakusha desarrollaron un sentimiento de culpa por no haber podido ayudar a las personas heridas. Así lo recuerda la sobreviviente Keiko Ogura:

“Yo, al igual que el 90% de los sobrevivientes, tuve un sentimiento de culpa porque vi morir a familiares y amigos. Después de la explosión vimos gente bajo los edificios derrumbados pidiendo ayuda, pero no podíamos ayudarlos, estaban atrapados. Las madres trataban de sacarlos pero era muy difícil.

Luego, el fuego se esparció tan rápido que no tuvieron más opción que irse del lugar.

Eso los hizo preguntarse: ¿por qué no pude cumplir con el deber de ayudar a mis hijos hasta el último momento?

Tras la explosión, dos personas muy heridas se me acercaron y solo decían 'agua, agua'. Yo les di de beber y luego murieron frente a mí. En ese momento no lo entendía, era solo una niña de 8 años, pero comencé a culparme porque sentía que los había matado. Sentía que si no les hubiera dado agua, ellos no estarían muertos. Me sentí así durante más de 10 años"
.

Yasuaki Yamashita hablando en un foro
Yasuaki Yamashita hablando en un foro

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Algunos hibakusha cuentan su historia en eventos públicos, pero otros prefieren permanecer en silencio. Según los expertos, la dificultad que muchos sobrevivientes tienen para hablar de su experiencia les ha afectado sus vidas.

“El velo de silencio sobre estos temas funcionó para ocultar las transgresiones ocasionadas por las secuelas atómicas”, dice Kamite.

Contra el silencio

Algunos hibakusha, sin embargo, han combatido ese silencio y comparten sus historias con los medios o como parte de campañas en contra de la proliferación de armas nucleares.

“Algunos están motivados por la ira, otros por un sentido de misión social, y otros pueden estar motivados por la respuesta al trauma”, dice Kamite.

Takashi Morita sostiene unas flores en la mano

Takashi Morita sostiene unas flores en la mano

Fuente de la imagen,Getty Images


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Algunos hibakusha se convirtieron en activistas en contra de las armas nucleares.

La profesora, sin embargo, advierte que son solo unos pocos quienes participan en estas actividades sociales y que es probable que muchos hibakusha hayan sido una “mayoría silenciosa”.

Van der Does, por su parte, explica que con el tiempo los hibakusha lograron construir un sentido de comunidad que los ayudó a ganar aceptación en la sociedad.

“Se convirtieron en líderes en la lucha por el desarme nuclear”, dice la profesora. "Pasaron de ser víctimas a creadores de un mundo nuevo".
 
 *Este artículo fue publicado originalmente en 2020, a propósito del 75 aniversario de las bombas de Hiroshima y Nagasaki. 


"Me he convertido en la muerte, el destructor de mundos": quién fue Robert Oppenheimer, el arrepentido padre de la bomba atómica

miércoles, 7 de agosto de 2024

A 79 años de Hiroshima, la ONU urge una vez más a la eliminación de las armas nucleares

 El Parque de la Paz en Hiroshima.

© Unsplash/Alessandro Stech
 
El Parque de la Paz en Hiroshima.
Paz y seguridad
El titular de las Naciones Unidas advierte del peligro nuclear y llama a usar el lanzamiento de Estados Unidos de la bomba atómica sobre Hiroshima como referente para la eliminación de esas armas, que “no están confinadas a los libros de historia, sino que son un riesgo real y presente”.

El Secretario General de la ONU, António Guterres, hizo un llamamiento al desarme nuclear este martes, cuando el mundo conmemora los 79 años del lanzamiento de la bomba atómica sobre Hiroshima, prometiendo que la ONU “no escatimará esfuerzos para garantizar que los horrores de aquel día no se repitan jamás”.

El 6 de agosto de 1945, Estados Unidos lanzó una bomba apodada “Little Boy” sobre la ciudad japonesa de Hiroshima, en plena Segunda Guerra Mundial. El bombardeo causó una inmensa devastación que mató e hirió a decenas de miles de personas.

Guterres insistió en que la amenaza del uso de armas nucleares no está “confinada a los libros de historia”, sino que es un “peligro real y presente” en la actualidad, que vuelve a asomar “en la retórica cotidiana de las relaciones internacionales”.

Una guerra nuclear nunca puede ganarse
En la ceremonia de recordación en la ciudad japonesa, la encargada de Desarme, Izumi Nakamitsu, dijo en nombre del Secretario General que las lecciones de Hiroshima, que fomentan el desarme y la paz, han sido “dejadas de lado”, pero reconoció los esfuerzos del pueblo de Hiroshima para garantizar que las armas nucleares no vuelvan a utilizarse nunca más.

Nakamitsu insistió además en que el uso de armas nucleares es inaceptable y sostuvo “una guerra nuclear no puede ganarse y nunca debe librarse”.

Agregó que la desconfianza y la división mundiales han aumentado, “pero debemos asegurarnos de no volver a tentar a la suerte”, enfatizó.

“Algunos están haciendo sonar imprudentemente el sable nuclear una vez más”, acotó. “El mundo debe permanecer unido para condenar este comportamiento inaceptable”.

https://news.un.org/es/story/2024/08/1531821#:~:text=El%206%20de%20agosto%20de,decenas%20de%20miles%20de%20personas.

sábado, 20 de abril de 2024

Por qué Oppenheimer se estrenó en Japón casi con un año de retraso y qué reacciones está causando en el único país atacado con bombas atómicas

Un afiche de "Oppenheimer" en Japón

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"Oppenheimer" se estrenó el 20 de julio de 2023, pero en Japón no llegó a los cines hasta este viernes


Casi nueve meses después de su estreno, y luego de haber sido la gran triunfadora de los Oscar 2024, finalmente “Oppenheimer” llegó a los cines de Japón este viernes.

No ha sido una decisión sencilla para los productores y distribuidores.

Y es que el filme del director Christopher Nolan retrata los intensos meses en los que el físico estadounidense J. Robert Oppenheimer lideró el ultrasecreto Proyecto Manhattan.

El trabajo del científico y un puñado de expertos dio como resultado la creación de la bomba atómica. Y como la misma película retrata, dos de esas bombas se lanzaron en las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki.

Es una de las heridas abiertas de la historia de Japón, donde murieron al menos 140.000 personas tras la caída de las dos bombas en agosto de 1945.

“Me sentí casi ofendida por cómo ellos hablan de Hiroshima en una sala de reuniones, pero sin pensar en la gente”, le dijo a la BBC una espectadora sobre una de las escenas del filme.

Otros dijeron que les llamó la atención la forma Occidental de narrar la historia.

"Que tengan una oportunidad de verla"

Los productores de la película, que ya ha recaudado casi US$1.000 millones en taquilla en todo el mundo, habían retrasado su estreno en Japón por lo traumático que fue en ese país lo ocurrido en la Segunda Guerra Mundial.

El director Christopher Nolan reconoció el año pasado que la proyección de la película en Japón debía darse “adoptando un enfoque muy cuidadoso” sobre la sensibilidad de los japoneses.

“Pero la película se ha proyectado en todo el mundo, así que creo que es apropiado que los amantes del cine en Japón, las personas que estén interesadas en ver esta obra, después de haber oído hablar de ella en el resto del mundo, tengan una oportunidad de hacerlo”, le dijo el director a la publicación CinemaBlend.

Hiroshima después de la bomba atómica

Hiroshima después de la bomba atómica

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Hiroshima (en la foto) y Nagasaki quedaron arrasadas por las detonaciones atómicas.

Con el respaldo de Universal Studios, la distribuidora Bitters End programó el estreno en Japón para este mes. La compañía señaló a la revista Time que tomaron la decisión luego de meses de “diálogo reflexivo” sobre el tema.

“Sentimos que Christopher Nolan ha creado una experiencia cinematográfica singular que trasciende la narración tradicional y debe verse en la pantalla grande. Invitamos a la audiencia a ver la película con sus propios ojos en lo que respecta a Japón”, manifestó la compañía.

A nivel internacional, Nolan ya había sido cuestionado por la prensa y el público por su decisión de no mostrar imágenes reales sobre la devastación causada por las bombas en Hiroshima y Nagasaki. El director dijo que a veces mostrar “menos puede ser más”, pues consideró que la película transmite el hecho de que fueron eventos traumáticos.

“No es que Christopher Nolan ignore el poder destructivo de las bombas. Hace un gesto hacia él cuando presenta a J. Robert Oppenheimer, el físico nuclear interpretado por Cillian Murphy, imaginando un holocausto nuclear mientras pronuncia un discurso de celebración ante sus colegas después del lanzamiento de la bomba sobre Hiroshima”, reflexiona la profesora de historia Naoko Wake en un artículo del portal The Conversation.

Una niña orando en Hiroshima

Una niña orando en Hiroshima

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Japón ha recordado cada año a las decenas de miles de víctimas que murieron en 1945.

“Pero lo que Oppenheimer ve en esta alucinación es el rostro de una joven blanca que se despega (interpretada por la hija de Nolan, Flora), no el de los japoneses, coreanos y asiático-estadounidenses que realmente experimentaron las bombas", continuó,

"Oppenheimer aparta la mirada de las imágenes de la zona cero de Hiroshima cuando se las muestran a él y a sus colegas del Proyecto Manhattan. Mientras observaba esta escena, me preguntaba si esta decisión animaría al público a mirar hacia otro lado también”.

Los espectadores japoneses que hablaron con la BBC, tuvieron reacciones diversas.

“Asco” y “nueva perspectiva”

La corresponsal de la BBC en Japón, Shaimaa Khalil, habló con algunos asistentes a un cine en Hiroshima este viernes, literalmente a metros de donde cayó una de las bombas, para conocer su opinión sobre la película.

Una espectadora, Erika Abiko, no dudó en expresar su rechazo: “Me dio mucho asco ver la euforia de la gente, su alegría por el experimento y el lanzamiento de las bombas atómicas", señaló en referencia a cómo muestra el filme las celebraciones por el éxito del Proyecto Manhattan.

Erika Abiko

Erika Abiko
Pie de foto,
Erika Abiko habló con la BBC.

Mayu Seto, quien es una activista contra las bombas nucleares, dijo que se sintió “impactada” por cómo los personajes olvidaban hablar de las posibles víctimas.

“Me sentí casi ofendida por cómo ellos hablan de Hiroshima en una sala de reuniones, pero sin pensar en la gente”, expresó.

Un joven, Masato Deyanama, reflexionó somo cómo la película muestra a Oppenheimer como “un gran hombre”, pero con conflictos internos.

“Es realmente interesante que se muestre de manera clara que no podía ocultar el arrepentimiento y la culpa dentro de su corazón”, consideró.

Kanae Kume, una estudiante, dijo que la película le mostró como se vio lo sucedido desde el exterior.

“Cuando oí las palabras ‘el uso de bombas atómicas salva vidas’ sentí que entendí una nueva perspectiva desde el punto de vista estadounidense, o desde el punto de vista mundial”.