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domingo, 10 de mayo de 2020

La penúltima batalla de las perdedoras de la guerra. Supervivientes e historiadores recuerdan las agresiones que sufrieron las mujeres en el fin de la contienda y su papel protagonista en la reconstrucción del país.

Un grupo de mujeres limpia ladrillos recogidos de los escombros provocados por los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial, en 1946 en Berlín. / WALTER GIRCKE (GETTY)
Un grupo de mujeres limpia ladrillos recogidos de los escombros provocados por los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial, en 1946 en Berlín. / WALTER GIRCKE (GETTY)ULLSTEIN BILD DTL. / EL PAÍS.
Cuando se conmemora el fin de la Segunda Guerra Mundial hace ahora 75 años y de la derrota del régimen nazi que aniquiló a seis millones de judíos, Cent-Velden y otras testigos directas rememoran la esperanza ante el fin de la guerra. Pero también los abusos, el miedo, la lucha por sacar adelante a la familia y hasta los suicidios de mujeres del bando perdedor, que se sintieron incapaces de afrontar un futuro que Joseph Goebbels había pintado con rabo y cuernos de diablo. Los investigadores han ido arrojando en los últimos años luz sobre la lucha por la supervivencia de las mujeres de a pie en aquellos meses, en los que la barbarie de la guerra había condenado a muchos hombres al frente o a la tumba.

A sus 93 años, Cent-Velden posa hoy sonriente en su apartamento berlinés, dos calles más allá de la casa en la que creció. Ha perdido la vista, pero mantiene una memoria y una locuacidad envidiables. “Los soldados soviéticos se llevaron a muchas mujeres de los sótanos para divertirse. En mi barrio hubo muchas violaciones y suicidios”, recuerda. Ella vivía junto al Tiergarten, donde los soldados fueron entrando casa por casa. Cerca de la suya, había un hospital en el que las enfermeras “sufrieron mucho, porque los rusos se portaron muy mal”. Cent-Velden logró esquivar hasta dos veces a aquellos soldados soviéticos que hablaban una lengua que no entendía y que le resultaban temibles.

Las agresiones de las que habla Cent-Velden no son un caso aislado. Las estimaciones de Miriam Gebhardt, profesora de Historia de la Universidad de Constanza hablan de cientos de miles de víctimas de violaciones y no todas a manos de los temidos soldados rusos, sino también de americanos, franceses e ingleses. Gebhardt, autora de Als die Soldaten kamen (Cuando llegaron los soldados), explica que “cuando llegaban los vencedores, registraban las casas para buscar a gente del partido y armas. Primero confiscaban los objetos de valor y a veces también violaban a las mujeres. Hubo agresiones en grupo, en las casas, en los bosques o en burdeles ambulantes montados en hoteles”, detalla.

Sus estimaciones, basadas en parte en extrapolaciones, hablan de cerca de 860.000 víctimas. Gebhardt reconoce que se trata solo de una aproximación, que no es posible tener una cifra concreta porque muy pocas mujeres hablaban de lo que les había pasado, en parte porque temían que les culparan de haber tratado de seducir a su agresor. “Fueron episodios generalizados de violaciones contra las mujeres en toda Alemania”. La violencia contra las mujeres duró hasta el final de la ocupación en 1955, según Gebhardt, quien explica que el tema se abordó al principio para determinar si el Estado pagaría pensiones a los niños nacidos de esas violaciones, pero que luego cayó en el olvido. Las memorias anónimas tituladas Una mujer en Berlín, en la que la autora narra la violencia sexual durante aquellos meses tardó décadas en convertirse en superventas.

Cent-Velden explica el por qué del silencio. “Conocí a mujeres que habían sido violadas por los rusos, pero entonces, no se hablaba de las cosas terribles que le había pasado a cada uno. Todo el mundo estaba traumatizado. Empezaron a hablar poco a poco, en los meses siguientes. Yo misma no pude hablar de lo que me pasó hasta la reunificación”. Los relatos, muchos ya perdidos, forman parte del sufrimiento de la gente corriente del bando agresor y vencido, que tardó más en aterrizar en los libros de historia y de asentarse en la memoria colectiva.
Helga Cent-Velden, este jueves en su casa de Berlín.
Helga Cent-Velden, este jueves en su casa de Berlín. PATRICIA SEVILLA CIORDIA / EL PAÍS

Marita Krauss, historiadora de la universidad de Augsburgo, describe cómo fue la lucha por la supervivencia de las mujeres en aquellos meses y semanas. Cómo por todas partes la gente, sobre todo las mujeres, trataban de conseguir comida, de vender joyas, alfombras. “Se buscaban la vida, para alimentar a la familia con lo que fuera. Iban al campo a recoger cardos y hierbas para ensaladas, bellotas para moler y hacer harina pan o caracoles para dar proteínas a los niños, pero sobre todo patatas, muchas patatas”. Cuenta Krauss que enseguida hubo periódicos de mujeres donde imprimían recetas con ingredientes de emergencia, con las que se esforzaban por crear la ilusión de una cierta normalidad. Las mujeres fueron asumiendo mayores puestos de responsabilidad, por ejemplo subiendo escalones en las empresas y reemplazando a hombres que se habían ido a la guerra.

Ilse Grob tiene ahora 90 años y vivió la guerra en el norte, en el Estado de Schleswig Holstein, recuerda bien las sensaciones contradictorias con las que abordaron el fin de la guerra. “Estábamos muy contentos de que no hubiera más combates, pero teníamos miedo de los fanáticos del nacionalsocialismo que andaban por ahí y de qué iba a ser de nosotros. Éramos los perdedores y los que habíamos empezado la guerra”.

Ese profundo sentimiento de inseguridad llevó a decenas de miles de alemanes a suicidarse, según la investigación del historiador Florian Huber. “En Alemania tenemos desde hace décadas un debate interno sobre nuestro pasado, pero no hablamos de la gente que se suicidó, porque no encajan en la narrativa de buenos y malos”, sostiene Huber, autor de Kind, versprich mir dass du dich erschiesst, algo así como Hijo, prométeme que te dispararás. “Los suicidios fueron un fenómeno en toda Alemania, pero sobre todo en la zona soviética, porque la gente tenía miedo de las represalias y las mujeres temían las violaciones”, explica ahora en una entrevista.

Las investigaciones de Huber le llevan a concluir que no había un perfil determinado, que los suicidios afectaron a todo tipo de gente corriente y tanto a nazis como a izquierdistas. “La primera causa fue la experiencia de la violencia, de quienes vieron cómo mataron a sus maridos o de mujeres que fueron violadas y no pudieron superar el dolor y la humillación que sentían. Pero también estaba el propio miedo a la violencia. Habían escuchado historias de que los soldados arrancarían la lengua de sus hijos y los ojos de las mujeres, que violarían a todo el mundo. Cundía la sensación de que no había futuro”. Cent-Velden coincide: “Muchas mujeres se suicidaron porque no sabían qué iba a ser de ellas ni de su familia. La propaganda nazi nos había dicho que iba a ser más terrible de lo que luego fue. Sí, fue terrible, pero sobrevivimos”.

Había además, según Huber, “un sentimiento de culpa y de complicidad por lo que había pasado con los judíos. Todos los adultos sabían lo que pasó en los campos”. Krauss explica que “el conocimiento de lo que había pasado con los judíos estaba presente. La gente había visto cómo desaparecían, cómo los deportaban. Puede que muchos no supieran qué pasaba exactamente con ellos, pero todo el que tuviera un familiar en el frente lo sabía y la gente escuchaba en secreto la BBC, pero no se hablaba de ello en público”. Grob asegura que antes de terminar la guerra ya sabían que había gente que había desaparecido y que había rumores de que había campos de concentración. “Fue después, en la radio de los ingleses, donde empezamos a conocer el detalle de las atrocidades”.

Cuando las bombas dejaron de caer, el paisaje de muchas ciudades alemanas amaneció sembrado de escombros. Ocho millones de hogares habían sido destruidos. La reconstrucción física del país corrió en paralelo a la psicológica de hombres y mujeres rotos por la guerra. Como miles de mujeres, Cent-Velden se puso manos a la obra y se convirtió en una de las célebres mujeres de los escombros, las Trümmerfrauen, que trabajaron con sus manos para devolver la normalidad al país, y que hoy son una figura mítica en Alemania. Muchos hombres estaban muertos, heridos o encarcelados. Más de una decena de estatuas rinden tributo a estas mujeres en toda Alemania.

Primero le tocó la zona de Tiergarten, donde había que retirar todo lo que los soldados habían dejado atrás: mochilas, cascos, botas, ropa, munición y hasta granadas de mano, que tiraban al lago y algunas de las cuales terminaron por estallar. Más tarde, fue destinada a una cuadrilla en la Postdamer Strasse, donde recogió escombros con las manos desnudas. “No éramos heroínas; era una situación de emergencia y teníamos que trabajar para comer”, reflexiona Cent-Velden.

Recientemente ha surgido un cierto debate sobre la verdadera dimensión del fenómeno de las Trümmerfrauen, tras la publicación del trabajo de la historiadora Leonie Treber, que sostiene que no fueron tan numerosas como a menudo se cree y que dependió mucho de la zona del país. Asegura además que “a partir de 1946 ese trabajo ya empezó a profesionalizarse. No fue tanto un fenómeno colectivo como regional”. Polémicas aparte, el lugar que ocupan las mujeres de los escombros en la memoria colectiva de Alemania es indisputable. “Sin esas mujeres, las Trümmerfrauen, la vida en Alemania habría sido insoportable. Su fuerza, emocional y física puso en pie al país”, escribe Neil Mac Gregor en Alemania, memorias de una nación.

Refugiadas
Karin Voss era una niña cuando acabó la guerra y recuerda el cielo rojo, ardiendo un día y cómo llovieron cenizas al día siguiente, cerca de Hamburgo, en una zona bajo control británico tras la capitulación. Recuerda también “la sensación de alivio” y el desembarco de miles de refugiados del Este de Europa. A Alemania llegaron cerca de 11 millones de refugiados de Prusia, Pomerania o Silesia entre otras zonas y en varias oleadas, huyendo del Ejército Rojo. En casa de Voss, como en muchas otras en el campo, se instalaron unos 25, también madres con hijos. “Las refugiadas contaban historias de cómo habían sufrido ataques en el camino. Historias terribles de cómo violaban a las jóvenes”, asegura Voss.

Voss recuerda bien las cadenas humanas de mujeres encaramadas a las montañas de escombros. “Llevaban la cabeza cubierta con un pañuelo para protegerse del polvo”. Habla también de las dificultades para conseguir comida y objetos para quemar. “Ese invierno fue terrible y la gente murió de frío y de hambre. Los primeros diez años después de la guerra fueron muy difíciles”, cuenta esta mujer que trabajó como agricultora y después como agente inmobiliaria. En aquellos años, cuando viajaba de su pueblo a Hamburgo veía desde la ventanilla del tren cómo cada vez había menos escombros y más casas. “Nuestro único deseo era que no hubiera nunca más una guerra”.

Cada vez quedan menos voces como la de Voss, Cent-Velden o la de Grob. Son mujeres que han ido muriendo y su testimonio corre el riesgo de perderse. Cent-Velden, que ha sido maestra e histórica militante socialdemócrata, se esfuerza para que su mensaje no se olvide. “Soy una detractora fanática de la guerra. Siempre pelearé para que lo que pasó en tiempos de Hitler no vuelva a suceder. En Alemania tenemos paz desde hace 75 años y eso es sobre todo gracias a Europa, a la Unión Europea. No debemos olvidarlo”.

https://elpais.com/internacional/2020-05-07/la-penultima-batalla-de-las-perdedoras-de-la-guerra.html?rel=lom

domingo, 29 de marzo de 2020

Sobrevivieron a la gripe española, la depresión y el Holocausto. Dos mujeres extraordinarias, una 101 y la otra 95, vivieron lo peor del siglo XX. Tienen algunos consejos para ti.

Para la mayoría de nosotros, es casi imposible comprender la ferocidad y la regularidad con que la vida se volcó durante la primera mitad del siglo XX. La peste y el conflicto surgieron en una escala épica, una y otra vez. La pérdida y la restricción eran rutinarias; El desastre fue su propia temporada.

A los 101 años, Naomi Replansky, poeta y activista laboral, lo ha soportado todo. Nacida en el departamento de su familia en East 179th Street en el Bronx en mayo de 1918, su llegada al mundo coincidió con el inicio de la gripe española.

La gripe española, que cobró decenas de millones de vidas, muchos de ellos niños menores de 5 años, no fue una emergencia de salud pública aislada. La polio había sido designada epidemia en Nueva York en junio de 1916. Ese año, 2.000 personas murieron a causa de la enfermedad en la ciudad. De los que vivieron, muchos habrían tenido recuerdos demasiado vívidos de la erupción de la fiebre tifoidea que se apoderó de la ciudad nueve años antes.

Hasta que una vacuna contra la polio entró en uso en la década de 1950, se produjeron brotes en algún lugar del país casi todas las primaveras. Las reuniones públicas fueron canceladas regularmente; la gente adinerada de las grandes ciudades se fue al país. A principios de la década de 1920, la hermanita de Naomi se vio afectada, dejando una de sus piernas permanentemente paralizada.

Su madre había depositado la esperanza en las terapias acuáticas implementadas por Franklin Roosevelt en Warm Springs, Georgia, pero esa esperanza fue en vano.

"Fue un estímulo moral, un lugar alegre", me dijo Naomi recientemente, "pero no curativo".

Más tarde, cuando tenía 12 años, su hermano de 15 años desarrolló una mastoiditis. En ausencia de antibióticos para tratarlo, murió rápidamente de lo que es esencialmente una infección del oído.

El fin de semana pasado, mientras los neoyorquinos estaban absorbiendo la enormidad de la crisis actual, Naomi y su esposa de 95 años, Eva Kollisch, estaban en casa en su apartamento de una habitación en el Upper West Side, escuchando a Marian Anderson en vinilo. El álbum era "Espirituales" y fueron atendidos por uno de sus ayudantes habituales.

No estaban inquietos. "El encierro no me molesta", me escribió Naomi en un correo electrónico. "Mi marco inestable puede soportar más confinamiento".

Mary-Elizabeth Gifford Naomi y Eva fueron presentadas por Grace Paley en una lectura de su trabajo en la década de 1980. Ya habían pasado la mediana edad, mucho después de que las tragedias y las perturbaciones sociales de las décadas anteriores los hubieran tocado a cada uno con tanta intimidad. Cuando la catástrofe es secuencial, eventualmente entrena a sus sobrevivientes para saludar al terror con la serenidad de los iluminados.

Tanto Eva como Naomi experimentaron antisemitismo a una edad temprana. Eva, que creció en una familia de intelectuales judíos ricos fuera de Viena, recuerda haber sido golpeada por un grupo de niños por ser un "judío sucio" cuando tenía 6 años. Durante su infancia en el Bronx, Naomi estaba al tanto de la radio fascista transmisiones del padre Coughlin, que siempre emanaban de las ventanas abiertas de East Tremont durante el verano. Sus abuelos habían escapado de los pogromos en Rusia, llegando a Estados Unidos a principios de siglo cuando los hábitos de los inmigrantes, considerados inmundos e ignorantes, eran continuamente culpables de la propagación de la enfermedad.

El primero de los trastornos de Eva llegó con la guerra. Un año después de la anexión nazi de Austria, en 1939, huyó a través del Kindertransport, una serie de esfuerzos de rescate que colocaron a niños judíos en hogares británicos. Eva, que entonces tenía 13 años, viajó con sus hermanos primero en tren a los Países Bajos y luego en barco a Inglaterra.

"En el momento en que llegamos a Holanda, parecía tan maravilloso que había gente amable allí en la plataforma de la estación", dijo Eva una vez a un entrevistador para un proyecto feminista de historia oral. "Te dieron jugo de naranja y te sonrieron".

Al principio lo había pensado todo como una aventura. "Y luego, cuando estábamos en Inglaterra", dijo, "muy pronto me di cuenta de que estaba extremadamente sola". Eva y sus hermanos se dispersaron a diferentes hogares mientras sus padres se quedaron. En 1940, la familia escapó del Holocausto y se reunió en Estados Unidos, aterrizando en Staten Island.

Para entonces, los padres de Eva habían perdido todo, por lo que su madre trabajaba enseñando inglés a refugiados por 25 centavos por hora para ganar el dinero para convertirse en masajista. Su padre, que había sido un destacado arquitecto en Austria, vendía aspiradoras.

A lo largo de sus vidas, Naomi y Eva han exhibido una especie de valentía hábilmente alimentada por la desgracia. Después de graduarse de la escuela secundaria en Nueva York, Eva fue a Detroit a trabajar en una fábrica de automóviles.

"Suave y ágil, su trabajo consistía en saltar sobre las capuchas de Jeeps rodando por la línea y colocar los limpiaparabrisas", me dijo recientemente su nuera, Mary-Elizabeth Gifford. Por las noches, ella era una organizadora laboral para un grupo trotskista. Ella hizo autostop en todo el país.
Naomi se graduó de la escuela secundaria en el apogeo de la Depresión, en 1934. Durante años trabajó en oficinas, en líneas de montaje y como operadora de tornos antes de reunir los recursos para ir a U.C.L.A. Ella fue una de las primeras programadoras de computadoras; Su primera colección de poesía, publicada en 1952, fue nominada para un Premio Nacional del Libro. Mantuvo una estrecha amistad con Richard Wright y Bertolt Brecht, cuyo trabajo tradujo.

El sexismo y la homofobia hicieron sus inevitables intrusiones. La madre de Eva pensó que debería dirigir un hotel o un salón de belleza. Pero Eva era ferozmente ambiciosa por cierto tipo de vida urbana y cerebral. Finalmente se convirtió en profesora de literatura comparada en Sarah Lawrence. Ella se casó con dos hombres; ella tuvo un hijo con uno de ellos; ella era una amante de Susan Sontag.

Hasta la aparición del coronavirus, Eva y Naomi estaban fuera a menudo. La mayoría de los días daban largas caminatas. Estuvieron activos en una Sangha budista en el centro de meditación. Compraron en el mercado de granjeros y comieron almuerzos vegetarianos en Effy's en West 96th Street.
Se encuentran anhelando lo que se ha perdido más de lo que temen lo que pueda venir, y se preocupan más por su "generación", como dijo Naomi, que por ellos mismos, a pesar de que Naomi tuvo un ataque de neumonía hace seis años.
Como poeta, Naomi prefería el orden del formalismo. En la "Canción del anillo", ella usa un verso ligero para transmitir los ritmos de privación y satisfacción abruptamente cambiantes, la sensación de que la felicidad es en última instancia un reflejo humano tanto como una aspiración:
Cuando vivo de mano en mano
Desnudo en el mercado que estoy parado.
Cuando me paro y no me venden
Enciendo fuego contra el frío.
Cuando el frío no destruye
Salto de una emboscada en mi alegría. ...
Ginia Bellafante se ha desempeñado como reportera, crítica y, desde 2011, como columnista de la Gran Ciudad. Comenzó su carrera en The Times como crítica de moda, y también ha sido crítica de televisión. Anteriormente trabajó en la revista Time. @GiniaNYT

https://www.nytimes.com/2020/03/28/nyregion/naomi-replansky-eva-kollisch-coronavirus.html?algo=bandit-story-geo_desk_filter&fellback=false&imp_id=313940133&imp_id=976838918&action=click&module=editorsPicks&pgtype=Article&region=Footer

domingo, 15 de marzo de 2020

_- Lisa Taddeo, escritora: “Las cosas más importantes son el sexo y la muerte, y mentimos sobre ambas”. Durante ocho años, la autora siguió a tres desconocidas para examinar su relación con el sexo y el deseo. El resultado, 'Tres mujeres', resucita la tradición del gran periodismo literario estadounidense.

_- Durante ocho años, la autora siguió a tres desconocidas para examinar su relación con el sexo y el deseo. El resultado, 'Tres mujeres', resucita la tradición del gran periodismo literario estadounidense.

Durante ocho años, Lisa Taddeo (Nueva Jersey, 1980) siguió a tres desconocidas para interrogarlas sobre su relación con la sexualidad y el deseo. “Me interesan esos temas porque no somos sinceros al hablar de ellos. Las cosas más importantes en la vida son el sexo y la muerte, y mentimos sobre ambas”, afirma la autora, periodista con largo recorrido en revistas como Esquire o New York, que debuta como escritora con Tres mujeres (Principal de los Libros), convertido en uno de los fenómenos editoriales del año pasado en Estados Unidos. “Creí que estaba escribiendo un libro discreto”, dice sobre su superventas, en proceso de traducción en medio mundo. “Mi única imposición es que no escojan portadas de color rosa”, advierte a los editores tentados de asimilarla con la más inocua chicklit.

Taddeo vive lejos de las élites urbanas que han aclamado su libro, en un pequeño pueblo del condado de Lichtfield —del que exige no dar la localización exacta para que la dejen en ­paz—, el único en todo Connecticut donde Donald Trump ganó las últimas elecciones. “No quiero estar con gente. No es que odie a los demás, pero aquí me resulta más fácil escribir y criar a mi hija que en Nueva York entre el ruido de ambulancias. Aquí tengo más tranquilidad”. Mirando por el ventanal, la escritora observa la tienda de ultramarinos de la esquina, angustiosamente pulcra y ordenada; una perezosa comisaría, donde los agentes no deben de tener mucho más que hacer que rescatar gatitos de los árboles, y una iglesia de proporciones descomunales, esencia del proyecto puritano que desembarcó con el Mayflower. Al otro lado se adivina el oscuro interior de un bosque frondoso, último reducto de una naturaleza pendiente de civilizar.

Su idea inicial consistía en hablar del deseo de los hombres. “Llevaba muchos años trabajando para la prensa masculina y tenía una conexión inmediata con lo que ese lector quería”, dice Taddeo, casi excusándose. Enseguida entendió que las mujeres serían un tema de estudio más estimulante. “Me daban respuestas más sinceras. Los hombres estaban menos dispuestos a hablarme de la parte negativa. Incluso a mi hermano, a quien entrevisté al comienzo del proceso, y que obviamente no necesita impresionarme en el ámbito sexual, le daba miedo no parecer un semental”, relata. “Las mujeres tenían menos ego, o incluso ninguno”.

Su método de trabajo consistió en preguntar a extraños cuándo fue la última vez que habían practicado sexo o colgar anuncios solicitando testimonios de amores no correspondidos. Desmotivada por la falta de resultados, Taddeo se mudó a Indiana para trabajar con un grupo de terapia de mujeres coordinado por el Instituto Kinsey, que en 1948 escandalizó al país con aquel informe que descubrió al estadounidense medio que la mitad de la población masculina tenía tendencias bisexuales y, peor aún, que sus abuelas también se masturbaban. Allí encontró a la primera de sus protagonistas: Lina, un ama de casa católica que fue víctima de una violación en grupo durante su juventud, casada con un hombre que lleva una década sin besarla. Después se trasladó a Dakota del Norte, donde dio con la historia de Maggie, una veinteañera que en el instituto tuvo una relación con un profesor casado, al que lleva ante la justicia. En tercer lugar, encontró a Sloane, propietaria de un restaurante en la acomodada Rhode Island y aficionada a practicar tríos con su marido, aunque su libérrima vida sexual también esconda algunas heridas. ¿Qué tenían en común? “Las tres fueron juzgadas moralmente. Por eso decidieron hablar”.

Tres mujeres resucita la tradición del gran periodismo literario estado­unidense, en la estela de un volumen como La mujer de tu prójimo, de Gay Talese, que examinaba las consecuencias de la revolución sexual en la clase media. Taddeo también admite la influencia de Joan Didion, de Tom Wolfe y, sobre todo, del menos conocido Tracy Kidder, autor de Home Town, que ponía al descubierto los entresijos de un pueblo idílico de Massachusetts, o El alma de una nueva máquina, sobre el proceso de fabricación de un ordenador. “Me da igual de lo que escriban porque son autores que siempre me interesan, incluso cuando el tema no pueda importarme menos”, dice Taddeo, que creció en un hogar de inmigrantes italianos donde “se leía a Virginia C. Andrews [autora de best sellers escabrosos] y no a Virginia Woolf”.

Más que sobre el deseo, Tres mujeres habla de la posición subalterna que las mujeres siguen teniendo en el terreno afectivo y sexual dos siglos después de Madame Bovary (no por casualidad, Taddeo comienza su libro con una cita de Flaubert). La autora describe una sociedad envuelta en un decoro social digno del siglo XIX. Harold Bloom describió a Hester, la protagonista de La letra escarlata, como “la Eva americana”, castigada por ceder ante su deseo adúltero. Taddeo retrata, en ese sentido, a tres Evas contemporáneas. En la psique estadounidense, ¿el sexo sigue siendo maléfico? “La resaca del puritanismo tardará en marcharse, no va a desaparecer de inmediato, menos todavía en el actual clima político”, responde. “He presentado el libro en muchos países y el mío es el más puritano de todos. Hay lectores que vienen a pedirme una firma y, de paso, aprovechan para decirme que mis personajes son auténticas zorras”. ¿Los efectos del Me Too todavía son limitados? “No es culpa del movimiento, pero como sociedad no queremos oír historias que no sigan una lógica ascendente y edificante”, dice Taddeo. En ese sentido, sus protagonistas son incómodos contraejemplos. “Solo queremos leer perfiles sobre famosas empoderadas. Yo misma he escrito decenas de ellos. Esta vez preferí hacer lo contrario: hablar de la gente normal y de sus circunstancias”, añade.

Taddeo describe a mujeres que viven sin una red de solidaridad, rodeadas de otras féminas que siguen a rajatabla el dictado patriarcal y perpetúan sus tics misóginos. “Las mujeres son muy solidarias entre sí, excepto fuera de Twitter”, ironiza ­Taddeo. “Todavía luchamos por un compañero que nos dé un bebé. Esa es la realidad biológica y, por mucho que hayamos avanzado como sociedad, todavía no ha desaparecido. Incluso en el caso de las parejas homosexuales hay un patrón de competición, que es idéntico al del mundo laboral”. Taddeo recuerda que una íntima amiga le dijo que Lina —que conduce durante cuatro horas para tener un encuentro sexual de 20 minutos con un hombre casado que le ha dejado claro que no la quiere— le parecía una mujer patética. “Le recordé que, años atrás, ella solía cruzar el río Hudson hasta Hoboken para tener encuentros fugaces con un vicepresidente de Goldman Sachs”, recuerda la autora antes de desaparecer bajo la lluvia. “Todo el libro está escrito para que esa amiga logre entenderla”.

https://elpais.com/cultura/2020/02/28/babelia/1582906979_994283.html

P. D.: Es discutible que las cosas más importantes sean el sexo y la muerte, para todas las personas. Para mi lo más importante es la vida, pues sin vida no hay nada, no nos queda nada, ni sexo ni pasión y cuando mi muerte existe yo no existo, y tampoco la forma que tenemos de mantener esa vida, nuestra economía.
Si damos por hecho ese dato, si pertenecemos a la pequeña burguesía o a otra clase superior, entonces sí, es el sexo y la muerte, la salud, lo más importante. Y aún queda el amor, la familia,... o la manera o el modo que tenemos de vivir esa vida. Pero damos por sentado que tenemos cubierto la forma de sustentarnos.

Para millones de personas su vida gira alrededor de cómo sobrevivir y esa preocupación inunda todo su cerebro y no deja espacio para más... comer, sobrevivir, vestirse, buscar un lugar para dormir hoy,... todo lo demás es secundario, lamentablemente. Hasta que los humanos no se aseguraron el sustento, no se dedicaron a filosofar, a hacer arte, a hacerse preguntas, por eso las civilizaciones comenzaron y se sustentaron en los cereales, trigo, arroz y maíz. mediterránea, china, americana.

viernes, 2 de agosto de 2019

Las olvidadas pioneras de la neurociencia. Una investigación revela la desconocida presencia de mujeres en los laboratorios del Instituto Cajal, donde llegaron a estudiar el clítoris en 1932

23 JUL 2019 - 09:30 CEST
En un escándalo denunciado por la comunidad científica desde hace décadas, la mayor parte del legado del nobel Santiago Ramón y Cajal lleva desde 1989 almacenado en una sala del actual Instituto Cajal, un centro del CSIC localizado cerca del estadio de fútbol del Real Madrid. Allí, en una de las cajas, llama la atención una serie de dibujos de 1932, por su contenido —son minuciosos esquemas de las terminaciones sensitivas del clítoris— y también por sus firmas: C. del Valle y Mª G. Amador.

Los escritos de Cajal, nacido en 1852 en la aldea navarra de Petilla de Aragón, muestran los pensamientos de un hombre ilustrado de su época.
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 En su libro Charlas de café, publicado con casi 70 años, reflexionaba sobre el “feminismo militante y bullicioso” que, a su juicio, germinaba hace un siglo: “Aunque se demuestre —y ello desgraciadamente tiene algunos visos de verdad— que la mujer actual vale, tomada en conjunto, intelectualmente menos que el hombre, siempre podrán las feministas argüirnos: 'Esperad que la sociedad conceda a todas las jóvenes de la clase media el mismo tipo de educación e instrucción que al hombre, dispensando además a las más inteligentes de la preocupación y cuidado de la prole, y entonces hablaremos”.

Una nueva investigación revela que el propio Cajal acogió a algunas de esas mujeres pioneras que desafiaban el machismo de la época y empezaban a ocupar el espacio reservado durante siglos a los hombres. Entre ellas figuran Conchita del Valle y María García Amador, ilustradoras en el laboratorio de Jorge Francisco Tello, uno de los primeros discípulos de Cajal. En un artículo en francés publicado en 1932 sobre las “terminaciones sensitivas de los órganos genitales externos”, las dos mujeres dibujaban con maestría el órgano del placer sexual femenino a partir de disecciones de cadáveres al microscopio. “Creemos que es el primer artículo científico que se publicó sobre la inervación del clítoris”, subraya Fernando de Castro, del Instituto Cajal.

El nuevo trabajo, publicado en la revista Frontiers in Neuroanatomy, descubre el insólito papel de estas mujeres en la denominada Escuela de Cajal. Cuando el ya ganador del Nobel de Medicina recibió la medalla Echegaray, en 1922, elaboró una lista con sus discípulos. Allí, entre 27 hombres, aparecen los nombres de dos mujeres: Laura Forster y Manuela Serra.

Dibujos de la inervación del clítoris elaborados por Conchita del Valle y María García Amador.
Dibujos de la inervación del clítoris elaborados por Conchita del Valle y María García Amador.

LEGADO CAJAL Forster, una médica australiana nacida en Sídney en 1858, llegó al laboratorio de Cajal procedente de la Universidad de Oxford en 1911 para “aprender a dominar las técnicas” del sabio español. En uno de sus trabajos científicos, la investigadora relataba que el propio Cajal le había sugerido que explorara la degeneración traumática en la médula espinal de las aves, un fenómeno que él ya había estudiado en mamíferos. Al publicar sus resultados, la australiana expresó “las más cordiales gracias al Dr. Cajal por sus amistosos consejos”.

En sus Charlas de café, el neurocientífico rebatía a “los detractores de la mentalidad de la mujer” que ponían sobre la mesa “el volumen y peso exiguos” del cerebro femenino para defender su supuesta inferioridad. “Buena parte de los genios y talentos superiores poseyeron un cerebro pequeño o mediano, igual o apenas superior al promedio del de la mujer. De mí sé decir que, habiendo contemplado en la Sociedad Real de Londres el vaciado de la cabeza de Newton, quedé admirado de la exigüidad de su capacidad craneal”, argumentaba, sin embargo, Cajal.

“La presencia de mujeres en los laboratorios era totalmente inusual”, recalca Elena Giné, coautora de la investigación y profesora de la Facultad de Medicina de la Universidad Complutense de Madrid. “Cajal incluyó a Forster y a Serra en su Escuela porque las consideraba al mismo nivel que los hombres”, subraya.

Manuela Serra y su hermana Carmen eran ayudantes en el laboratorio de Cajal. No eran médicas, pero Manuela llegó a firmar en 1922 un artículo de investigación en solitario, sobre las células del tejido nervioso de la rana. “Hay muy poca información disponible y ni siquiera tenemos fotografías de ella [Manuela Serra]”, lamentan los investigadores, que también citan a la médica toledana María Soledad Ruiz-Capillas (1902-1990) y a su colega cántabra María Luisa Herreros (1917-1985) como investigadoras del círculo del Nobel español.

Cajal, pese a todo, ha sido habitualmente acusado de machismo, como señala la historiadora Sacramento Martí en su libro Misoginia y comprensión en clásicos españoles del siglo XX, publicado por la editorial Áltera en 2015. Martí recuerda una de sus reflexiones más polémicas, también extraída de Charlas de café: “La reina de las hormigas da a la esposa ejemplo insuperable de recato y de modestia. Bella, esbelta y alada durante el efímero velo nupcial, arráncase las alas y reclúyese de por vida en el hogar para consagrarse, asistida de abnegadas obreras, al cuidado y multiplicación de la prole”.

El equipo de De Castro analiza un factor que “contribuyó a la idea de que en la Escuela de Cajal no había mujeres”: el libro Santiago Ramón y Cajal: el hombre, el sabio y el pensador, publicado en 1977. Su autora, Enriqueta Lewy, se incorporó como bibliotecaria al Instituto Cajal en 1926, cuando solo tenía 16 años. Su dominio del alemán facilitó la correspondencia de Cajal con otros científicos europeos. Las memorias de Lewy, escritas tras su exilio en la Unión Soviética y China a causa de la guerra civil española, daban la idea de que ella fue la única mujer en el entorno del padre de la neurociencia. “Es curioso que, siendo una persona muy activa en el movimiento feminista, no mencionase al resto de mujeres ni siquiera de pasada”, apunta De Castro.

La neuropsicóloga Cristina Nombela, de la Universidad Autónoma de Madrid, defiende la relevancia del trabajo de aquellas pioneras, incluso el de las ilustradoras del clítoris Conchita del Valle y María García Amador. “Estas señoras no hacían un trabajo de calcar, sino que tenían un estilo y firmaban sus obras, como artistas”, explica. A juicio de Nombela, el redescubrimiento de estas mujeres olvidadas por la historia obliga a revisar la percepción que se tiene de Santiago Ramón y Cajal. “Yo, honestamente, creo que, para su época, no era machista”, sentencia.

https://elpais.com/elpais/2019/07/22/ciencia/1563816129_798499.html

jueves, 24 de enero de 2019

_- Miles de mujeres contra Vox: “Nos tendrán enfrente si tocan nuestros derechos” Las movilizaciones en más de un centenar de localidades muestran el rechazo a las propuestas de la extrema derecha para Andalucía con la vista puesta en el próximo 8 de Marzo

_- Con un ojo puesto en la entrada de Vox en el Parlamento andaluz y otro en la próxima movilización del 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, miles de personas (mayoritariamente mujeres) han salido este martes a la calle en un centenar de localidades de España convocadas por más de 140 colectivos feministas. Ni un paso atrás en igualdad, decía el lema principal de las protestas, que arrancaron a media mañana frente al Parlamento andaluz en Sevilla y se han replicado de norte a sur y de este a oeste por la tarde.

En Sevilla, la concentración se ha celebrado en la plaza Nueva, junto al Ayuntamiento, y ha reunido a unas 3.000 personas, según fuentes de la subdelegación del Gobierno. La convocatoria ha sido más numerosa que la celebrada el pasado abril en contra de la sentencia de La Manada. "En igualdad, ni un paso atrás", "No pasarán" o "No son muertes, son asesinatos" han sido algunos de los lemas que han coreado los asistentes.

Además de carteles reivindicativos, los manifestantes han portado banderas moradas, arcoíris y republicanas. Varios asistentes han paseado un carro de bebé con una vagina gigante, parecido al polémico coño insumiso. "No les van a robar el futuro a mis nietas, me niego", ha asegurado la sevillana Teresa López mientras portaba un cartel en el que se leía "Igualdad, ni menos ni más". "Son nuestros derechos, nos han costado mucho y no vamos a permitir que hagan con ellos lo que les apetezca. Nos van a tener enfrente si los tocan", ha añadido Remedios Gil.

En Madrid, el lema con el que comenzó la concentración contra las propuestas ultraderechistas de Vox ha sido "Madrid será la tumba del fascismo". Frente al edificio de Correos, en la Puerta del Sol, varios de los colectivos feministas que firmaron la convocatoria nacional para este 15 de enero sostenían una gran pancarta bicolor. "Nuestros derechos no se negocian", rezaba la parte morada del gran cartel. "Igualdad real ya", se leía en la parte blanca. Detrás de ella, la multitud pedía que "los machistas" estuvieran "fuera de las instituciones". Miles de personas de todas las edades, mayoritariamente mujeres, han hilado un lema tras otro.

"Vox, escucha, mujeres en la lucha" es un coro que ha unido a las miles de personas que llenan Sol en este #15E que también ha cantado hasta la saciedad #NoNegociamosYoVoy y #NiUnPasoAtrás pic.twitter.com/prKz22LeTk
— Isabel Valdés (@minisashas) 15 de enero de 2019

Sara Díaz, del colectivo Nosotras Mismas, una de las organizaciones convocantes, ha explicado que esta movilización del feminismo es "necesaria". "Hay que denunciar lo que esconden las propuestas de Vox, que niegan la violencia de género, cuestionan los instrumentos legales para combatirla y rechazan los derechos de igualdad". Ha asegurado que, de forma extendida, lo que más preocupa es que "partidos con posibilidad de gobernar como PP y Ciudadanos asuman este discurso".

Los cantos pasaban de ese "Ni un paso atrás" a "Las calles, la noche, también son nuestras", de "Abajo el patriarcado, que va a caer" a "De norte a sur, de este a oeste, la lucha sigue, cueste lo que cueste" o "Nosotras parimos, nosotras decidimos". En esta ocasión, apunta la veterana feminista Henar Sastre, "más que nunca, porque hay una movilización en más de 100 ciudades y es transversal. La lucha es de todas y todos para defender lo conseguido con mucho esfuerzo". Dice que es lo que tiene el feminismo, "que es una llama que prende y es imparable, sobre todo cuando están en juego los derechos y la libertad". Sastre, que forma parte de la organización del 8M, apuntó que este próximo marzo la convocatoria va a "desbordar" y que están "preparadas para todo".

En Valencia, centenares de personas también se han concentrado en la plaza del Ayuntamiento para protestar contra las propuestas de Vox. “Contra los fascistas, lucha feminista”, “Ni un paso atrás”, han coreado las mujeres, informa Ignacio Zafra. El manifiesto ha defendido el mantenimiento de las leyes aprobadas contra los asesinatos machistas y ha denunciado la estrategia de sembrar dudas sobre las denuncias de las mujeres víctimas de violencia de género. “Me hubiera gustado que viniera más gente, pero al final se ha animado la cosa. Es muy importante aguantar con todo lo que está pasando”, comentaba Leonor García, una de las asistentes.

Centenares de personas han acudido a la concentración feminista de Málaga, en la plaza de la Constitución, informa Nacho Sánchez. Por la mañana, ocho autobuses se han desplazado desde la ciudad malagueña hasta el Parlamento andaluz, en Sevilla, para participar en la concentración convocada allí. Numerosas organizaciones de mujeres se han sumado como reacción a “las declaraciones y los postulados políticos de Vox”, según Meli Galarza, presidenta de la Asociación para la Defensa de la Imagen Pública de las Mujeres, la más antigua de Málaga con más de 25 años de lucha feminista. “Nuestra vida no está hoy asegurada en el Estado español”, ha añadido Galarza. En la concentración se ha desplegado una gran pancarta con los nombres de las mujeres víctimas de la violencia machista desde 2003.

En #Málaga se ha desplegado una enorme pancarta con los nombres de todas las víctimas de la violencia machista desde 2003. La concentración se ha convertido ya en una manifestación que recorre las calles del centro. Síguelo en @el_pais: https://t.co/8YMGHEqsYy pic.twitter.com/x6RiOeIIp3

— Nacho Sánchez (@nacholaisla) 15 de enero de 2019

Alrededor de 10.000 personas según la policía local se han manifestado en Granada. La manifestación, muy arropada por hombres también, ha arrancado en la puerta de la sede de la Junta de Andalucía. "Quiero tu respeto, no tus piropos" o "Nuestros derechos no se negocian, ni un paso atrás en la igualdad" han sido algunos de los lemas que se han coreado en la manifestación, informa Javier Arroyo. Gloria Osuna, profesora, feminista y durante mucho tiempo responsable del plan de igualdad de su centro educativo, era una de las manifestantes. Gloria ha recordado: "Parece evidente que vamos hacia atrás. Hemos dado por conquistados derechos que ahora, de pronto, se encuentran en peligro. El feminismo es algo que hay que defender y conquistar cada día. Otros derechos, sin embargo, una vez conquistados, ya está. El feminismo no". Osuna prevé una primavera "caliente" con más convocatorias como esta.

En una plaza de San Juan de Dios de Cádiz llena de miles de personas, Vanesa Ríos desplegó su pancarta, hecha para la ocasión: “Los fascistas tenéis ‘toa’ la cara de un choco podrío”. A su alrededor, una carcajada general ante la guasa con la que esta joven gaditana ha querido ironizar para mostrar su oposición al avance de la ultraderecha en Andalucía. “Estaba súper cabreada y me tuve que contener para no poner una bordería. Mi solidaridad con los chocos, no quería insultarles, por eso he puesto lo de ‘choco podrido”, bromea Ríos. La gaditana ha querido demostrar con su lema que “en Cádiz no hay miedo”, informa Jesús A. Cañas.

“Queremos igualdad. Ni un paso atrás”, gritan en la plaza de San Juan de Dios en Cádiz. Mujeres y hombres jóvenes y mayores llenan la zona. https://t.co/aI9NmO7Vby pic.twitter.com/ayg4oMt3RQ

— Jesús A. Cañas (@jesusccarrillo) 15 de enero de 2019

Al igual que Ríos, mujeres y hombres de todas las edades encontraron su motivación para animarse a participar en la concentración de Cádiz. Entre 1.500 y 3.000 personas, según distintas estimaciones, se animaron a continuar por las principales calles comerciales de la ciudad con cánticos y lemas diversos, como el tanguillo surgido durante el Sitio de Cádiz de los franceses (a principios del siglo XIX): “Con las bombas que tiran los fanfarrones se hacen las gaditanas tirabuzones”. Lola Núñez, una gaditana que rebasa los 50 años, añadía sus motivos: “Estoy en contra de todas las violencias, pero te matan por ser mujer, te violan por ser mujer. No es lo mismo”.

“Los derechos no se negocian” fue la consigna más repetida en las pancartas que alzaban las más de 1.000 personas, según la Guardia Urbana, que llenaron la plaza de Sant Jaume en Barcelona durante una hora. La bandera de Andalucía ondeaba entre gritos de “Vox escucha, mujeres en lucha”. El emblema verdiblanco lo agitaba Cristina Hidalgo, una cordobesa de 26 años que denunciaba las políticas del líder de Vox, Santiago Abascal. “Tradicionalmente la mujer andaluza siempre ha soportado el estigma de la opresión, y si ahora se imponen las política de Vox vamos a ser menos que un trapo”.

“Nos matan por las calles, nos violan. Ponemos denuncias y no nos escuchan. No es posible que haya países en los que no se pueda abortar”, ha comentado indignada Laura Morelli, de 20 años. “Me encanta que haya hombres”, ha añadido su amiga Mar Soriano de 21 años, “pero solo una mujer puede sentir lo que es estar rodeada de otras mujeres, te sientes segura”, informa Gregorio Casanova.

Galicia también se ha movilizado "contra el fascismo" y "en apoyo del feminismo andaluz". A las ocho de la tarde horas han arrancado las concentraciones en las principales ciudades, como Vigo, A Coruña o Santiago, pero también en localidades de tamaño medio como Ribeira (A Coruña), Sarria (Lugo) o Viana do Bolo (Ourense). "Nos jugamos mucho con la ultraderecha, pero no solo las mujeres. También hay peligro de que se cancelen derechos de los LGTB y de los inmigrantes", ha incidido Beatriz Carpintero, contable de 46 años, una de las alrededor de 1.000 personas que se han concentrado en pleno centro de A Coruña. Carpintero ha celebrado que "se han unido muchos hombres", informa Sonia Vizoso.

Las encargadas de leer el manifiesto en A Coruña han expresado su "más profunda repulsa a estas visiones fundamentalistas y reaccionarias en las que priman la irracionalidad y el sin sentido": "No queremos volver a un modelo social del pasado que está superado por las nuevas generaciones de mujeres".

jueves, 3 de enero de 2019

_- Discurso del Premio Nobel de la Paz 2018

_- Discurso del Premio Nobel de la Paz 2018 Denis Mukwege
Umoya



Nadia Murad y Denis Mukwege reciben el Premio Nobel de la Paz por su lucha contra la violencia sexual

Oslo 10 de diciembre de 2018

En la noche trágica del 6 de octubre de 1996, unos rebeldes atacaron nuestro hospital de Lemera, en República Democrática del Congo (RDC). Más de 30 persona fueron asesinadas. Los pacientes fueron abatidos en su lecho a quemarropa. El personal, que no pudo huir, fue matado a sangre fría. Yo no podía imaginar que aquello no era más que el comienzo.

Obligados a abandonar Lemera, en 1999 creamos el hospital de Panzi, en Bukavu, donde sigo trabajando como ginecólogo-obstetra. La primera paciente ingresada era una víctima de violación que había recibido un disparo en sus órganos genitales.

La violencia macabra no conocía límite alguno.
Esta violencia no ha parado nunca. Un día, como otros, el hospital recibió una llamada. Al otro lado del teléfono un colega en lágrimas imploraba: “Por favor, enviadme rápidamente una ambulancia. Por favor, daos prisa”. Enviamos una ambulancia como habitualmente lo hacemos. Dos horas más tarde, la ambulancia regresó. En el interior, una pequeña de 18 meses. Sangraba abundantemente y fue llevada inmediatamente a la sala de operaciones. Cuando llegué, las enfermeras estaban anegadas en lágrimas. La vejiga de la bebé, su aparato genital, su recto, estaban gravemente dañados. Por penetración de un adulto. Rezamos en silencio: Dios mío, decidnos que lo que vemos no es verdad. Decidnos que se trata de un mal sueño. Decidnos que al despertar todo irá bien. Pero, no se trataba de un mal sueño. Era la realidad. Se ha convertido en nuestra nueva realidad en RDC.

Cuando llegó otro bebé, comprendí que este problema no podía encontrar solución en el quirófano; que era preciso batirse contra las causas profundas de estas atrocidades. Me dirigí al pueblo de Kavumu para hablar con los hombres: ¿por qué no protegéis a vuestros bebés, a vuestras niñas, a vuestras mujeres? ¿Dónde están las autoridades? Con gran sorpresa por mi parte, los del pueblo conocían al sospechoso. Todos le temían porque era miembro del Parlamente provincial y gozaba de un poder absoluto sobre la población. Desde hacía varios meses, su milicia aterrorizaba el pueblo entero. Habían instalado el miedo matando a un defensor de los derechos humanos que había tenido el coraje de denunciar los hechos. El diputado se libró sin consecuencias. Su inmunidad parlamentaria le permitía abusar con total impunidad.

A estos dos bebés los siguieron decenas de otros niños violados. Cuando alcanzamos la cifra de 48 víctimas, estábamos desesperados. Con otros defensores de los derechos humanos, alertamos al tribunal militar. Finalmente, estas violaciones fueron perseguidas judicialmente y juzgadas como crímenes contra la humanidad. Las violaciones de bebés en Kavumu cesaron, lo mismo que las llamadas al hospital de Panzi. Pero el futuro psicológico, sexual y genésico de estos bebés ha quedado hipotecado.

Lo que sucedió en Kavumu, que sigue produciéndose en numerosos otros lugares, como las violaciones y masacres en Beni o Kasai, ha sido posible por la ausencia de un Estado de derecho, por el derrumbamiento de los valores tradicionales y por el reino de la impunidad, especialmente en las esferas y personas en el poder.

La violación, las masacres, la tortura, la inseguridad difusa y la flagrante falta de educación, crean una espiral de violencia sin precedentes.
El balance de este caos perverso y organizado ha significado la violación de cientos de miles de mujeres, más de 4 millones de personas desplazadas en el interior del país, la pérdida de 6 millones de vidas humanas. Imaginen ustedes el equivalente de toda la población de Dinamarca diezmada. Los guardianes de la paz y los expertos de las Naciones Unidas no han quedado a salvo; varios han encontrado la muerte cuando cumplían su mandato. La Misión de las Naciones Unidas en RDC sigue presente hasta hoy día a fin de que la situación no degenera todavía más. Se lo agradecemos.

Sin embargo, a pesar de sus esfuerzos, esta tragedia humana prosigue sin que los responsables de la misma sean perseguidos. Solo la lucha contra la impunidad puede quebrar la espiral de las violencias. Todos tenemos el poder de cambiar el curso de la Historia cuando las convicciones por las que luchamos son justas.

Majestades, Altezas, Excelentísimos señores y señoras, Distinguidos miembros del Comité Nobel, querida Señora Nadia Muran, Señoras y Señores, Amigos de la Paz.

Es en nombre del pueblo congoleño como acepto el premio Nobel de la Paz. Lo dedico a todas las víctimas de las violencias sexuales que se cometen a través del mundo. Me presento ante ustedes con humildad para llevarles la voz de las víctimas de las violencias sexuales en los conflictos armados y para expresarles las esperanzas de mis compatriotas. Aprovecho la ocasión para agradecer a todos los que durante estos años han apoyado nuestro combate. Pienso especialmente en las organizaciones e instituciones de países amigos, en mis colegas, en mi familia y en mi querida esposa Madeleine.

Me llamo Denis Mukwege. Vengo de uno de los países más ricos del planeta. Sin embargo, el pueblo de mi país está entre los más pobres del mundo. La turbadora realidad es que la abundancia de nuestros recursos naturales – oro, coltan, cobalto y otros minerales estratégicos – alimenta la guerra, fuente de la extrema violencia y de la pobreza abyecta del Congo.

Nos gustan los hermosos automóviles, las joyas, los artilugios. Yo mismo tengo un Smartphone. Estos objetos contienen minerales que se encuentran en mi país. A menudo son extraídos en condiciones inhumanas por muchachos, víctimas de intimidación y de violencias sexuales. Cuando conduzcan ustedes un coche eléctrico, cuando utilicen un Smartphone o admiren sus joyas, reflexionen un instante sobre el coste humano de la fabricación de esos objetos. En cuanto consumidores, lo menos que podemos hacer es insistir en que esos productos estén fabricados en el respeto de la dignidad humana. Cerrar los ojos ante este drama es ser cómplice. No son solamente los autores de las violencias los que son responsables de sus crímenes; lo son también quienes optan por mirar a otro lado.

Mi país es sistemáticamente saqueado con la complicidad de personas que pretenden ser nuestros dirigentes. Saqueado por su poder, por su riqueza y por su gloria. Saqueado a costa de millones de hombres, mujeres y niños inocentes abandonados en una extrema miseria… mientras los beneficios de nuestros minerales terminan en las cuentas opacas de una oligarquía depredadora.

Hace ya veinte años, días tras días, que en el hospital de Panzi yo veo las desgarradoras consecuencias del mal gobierno del país. Bebés, niñas, jóvenes muchachas, madres, abuelas, y también hombres y muchachos, violados de manera cruel, a veces en público y colectivamente, insertando plástico ardiente o introduciendo objetos contundentes en sus partes genitales. Les ahorro a ustedes los detalles.

El pueblo congoleño es humillado, maltratado y masacrado desde hace más de dos décadas a la vista y con conocimiento de la comunidad internacional. Hoy, gracias a las nuevas tecnologías de la información y comunicación, ya nadie puede decir: no sabía.

Con este premio Nobel de la Paz, llamo al mundo para que sea testigo y les exhorto a ustedes a unirse con nosotros para poner fin a este sufrimiento que avergüenza a nuestra común humanidad.

Los habitantes de mi país tienen desesperadamente necesidad de paz. Pero: ¿Cómo construir la paz sobre fosas comunes? ¿Cómo construir la paz sin verdad ni reconciliación? ¿Cómo construir la paz sin justicia y reparación? En el momento mismo en que les hablo, un informe se está enmoheciendo en el cajón de una oficina de Nueva York. Ha sido redactado tras una investigación profesional y rigurosa sobre los crímenes de guerra y las violaciones de los derechos humanos perpetrados en el Congo.

Esta investigación nombra explícitamente víctimas, lugares, fechas, pero elude a los autores. Este Informe del Proyecto Mapping, establecido por el Alto Comisariado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, describe no menos de 617 crímenes de guerra y contra la humanidad y, quizás incluso, crímenes de genocidio. ¿Qué espera el mundo para que sea tomado en consideración? No hay paz duradera sin justicia. Ahora bien, la justicia no se negocia. Tengamos la valentía de echar una mirada crítica e imparcial sobre los hechos que desde hace demasiado tiempo hacen estragos en la región de los Grandes Lagos. Tengamos el coraje de revelar los nombres de los autores de crímenes contra la humanidad para evitar que sigan enlutando esta región. Tengamos la valentía de reconocer nuestros pasados errores. Tengamos la valentía de decir la verdad y de efectuar el trabajo de la memoria.

Queridos compatriotas congoleños, tengamos el coraje de tomar nuestro destino en nuestras manos. Construyamos la paz, construyamos el futuro de nuestro país y juntos construyamos un mejor futuro para África. Nadie lo hará en nuestro lugar.

Señoras, señores, amigos de la Paz,
El cuadro que yo les he presentado ofrece una siniestra realidad, pero permítanme que les cuente la historia de Sara. Sara nos fue transferida al hospital en un estado crítico. Su aldea había sido atacada por un grupo armado que había masacrado a toda su familia, dejándola sola. Tomada como rehén fue conducida a la selva. Atada a un árbol. Desnuda. Todos los días, Sara sufría violaciones colectivas hasta perder el conocimiento.

El objetivo de estas violaciones como armas de guerra era la destrucción de Sara, de su familia, de su comunidad. En una palabra, destruir el tejido social.

Cuando llegó Sara al hospital, no podía caminar ni tenerse de pié. No podía retener la orina ni las heces. A causa de sus heridas genitales-urinarias y digestivas, con una añadida infección, nadie podía imaginar que un día ella sería capaz de volver a ponerse de pié. Sin embargo, cada día que transcurría, el deseo de seguir viviendo brillaba en los ojos de Sara. Cada día, era ella la que animaba al personal sanitario a no perder la esperanza. Cada día, Sara se batía por su supervivencia.

Hoy, Sara es una mujer hermosa, sonriente, fuerte y encantadora. Se ha comprometido a ayudar a las personas supervivientes de una historia similar a la suya. Ha recibido 50 dólares americanos, una ayuda que nuestra casa de tránsito Dorcas acuerda a las mujeres deseosas de reconstruir su vida en el plano socioeconómico. Sara dirige hoy su pequeña empresa. Ha comprado un terreno. La Fundación Panzi la ha ayudado con unas chapas onduladas para el techo. Ha podido construir una casa. Es autónoma y está orgullosa. Su historia muestra que incluso si una situación es difícil y parece desesperada, con determinación, siempre hay esperanza al final del túnel. Si una mujer como Sara no se da por vencida, ¿quiénes somos nosotros para hacerlo?

Todo esto es la historia de Sara. Sara es congoleña. Pero hay muchas Saras en República Centroafricana, en Colombia, en Bosnia, en Nyamar, en Irak y en tantos otros países en el mundo en los que hay conflictos.

En Panzi, nuestro programa de cuidados holísticos, que comprende un apoyo médico, psicológico, socioeconómico y jurídico, muestra que, aunque el camino de la curación sea largo y difícil, las víctimas poseen el potencial para transformar su sufrimiento en poder. Puede convertirse en autoras de un cambio positivo en la sociedad. Es el caso ya citado de la Ciudad de la Alegría, nuestro centro de rehabilitación en Bukavu, donde las mujeres son apoyadas para que retomen su destino en sus manos. No obstante, ellas no pueden lograrlo solas y nuestra función es la de escucharlas, del mismo modo que hoy escuchamos a la Sra. Nadia Murad.

Querida Nadia, tu valentía, tu audacia, tu capacidad para darnos esperanza, son una fuente de inspiración para el mundo entero y para mí personalmente.

El premio Nobel que nos es otorgado hoy no tendrá valor real más que si puede cambiar correctamente la vida de las víctimas de las violencias sexuales en el mundo y llevar la paz a nuestros países.

Así pues, ¿Qué podemos hacer nosotros? ¿Qué pueden hacer ustedes?

En primer lugar, asumir que es nuestra responsabilidad que actuemos todos. Actuar es una elección. Actuar:

– Para detener la violencia contra las mujeres.
– Para crear una masculinidad positiva que promueva la igualdad de sexos, tanto en tiempo de paz como de guerra.
– Es una opción
* Apoyar o no a una mujer
• Protegerla o no
• Defender o no sus derechos.
• Batirse o no a su lado en los países asolados por conflictos
– Es una opción construir o no la paz en los países en guerra

Actuar es rechazar la indiferencia. Si hay que hacer la guerra, que sea contra la indiferencia que corroe nuestras sociedades.

En segundo lugar, todos somos deudores ante esas mujeres y sus familias; debemos apropiarnos de su combate; también los Estados que deben cesar de acoger a los dirigentes que han tolerado, o peor, que han utilizado la violencia sexual para acceder al poder. Los Estados deben cesar de recibirlos con una alfombra roja y deben, más bien, trazar una línea roja contra la utilización de la violación como arma de guerra.

Una línea roja que sería sinónimo de sanciones económicas, políticas y de persecución judicial. Realizar un acto justo no es difícil; es cuestión de voluntad política. En tercer lugar, debemos reconocer los sufrimientos de las supervivientes de todas las violencias sexuales perpetradas contra las mujeres en los conflictos armados y apoyarlas de manera holística en su proceso de sanación. Insisto en las reparaciones, en las medidas que les den compensación y satisfacción y les permitan comenzar una nueva vida. Se trata de un derecho humano.

Hago un llamamiento a los Estados para que apoyen la iniciativa de la creación de un Fondo global de reparación para las víctimas de violencias sexuales en conflictos armados.

En cuarto lugar, en nombre de todas las viudas, de todos los viudos y de los huérfanos de las masacres cometidas en RDC y en nombre de todos los congoleños deseosos de paz, hago un llamamiento a la comunidad internacional para que consideren el Informe del Proyecto “Mapping” y sus recomendaciones.

Que se haga justicia. Ello permitiría al pueblo congoleño que por fin sean llorados sus muertos, hagan su duelo, perdonen a los verdugos, superen sus sufrimientos y miren serenamente hacia el futuro.

Finalmente, tras 20 años de efusión de sangre, de violaciones y de desplazamientos masivos de poblaciones, el pueblo congoleño espera desesperadamente la aplicación de la responsabilidad de proteger las poblaciones civiles cuando su gobierno no puede o no quiere hacerlo. Espera avanzar en el camino de una paz duradera. Esta paz pasa por unas elecciones libres, transparentes, creíbles y en un clima de apaciguamiento.

“¡Pongámonos a trabajar, pueblo congoleño!”. Edifiquemos un Estado en el que el gobierno esté al servicio de su población. Un Estado de derecho, emergente, capaz de generan un desarrollo duradero y armonioso, no solamente en RDC sino en toda África. Construyamos un Estado en el que todas las acciones políticas, económicas y sociales se centren en el ser humano y en el que la dignidad de los ciudadanos sea restaurada.

Majestades, Distinguidos miembros del Comité Nobel, Señoras, señores, Amigos de la Paz, El desafío es claro; está a nuestro alcance. En nombre de las Saras, de las mujeres, hombres y niños del Congo, les lanzo a ustedes un llamamiento urgente de que no nos den solamente el Premio Nobel de la Paz sino que se pongan ustedes de pié y digan todos juntos y en voz alta: “¡Basta ya de violencia en RDC! ¡Ya es demasiado! ¡La Paz, ahora!”

¡Muchas gracias!
Denis Mukwege

Copyright © The Nobel Foundation 2018
Traducción del francés: Ramón Arozarena
Fuente:
https://umoya.org/2018/12/16/discurso-de-denis-mukwege-premio-nobel-de-la-paz-2018/

domingo, 4 de marzo de 2018

_- El machismo es el sistema, tío

_- 

Una huelga se justifica ante la injusticia y la desigualdad. Si las mujeres suman desigualdades e injusticias, deberían protagonizar una revolución.


Hay una convocatoria de huelga femenina en el mundo para el próximo 8 de marzo. Es más que justa. Lleva siglos esperando. Parece fácil decirlo, pero hay que decirlo. En primer lugar, la mujer sufre una guerra. ¿Exagerado? En los últimos tiempos se registran más de 60.000 feminicidios cada año en el mundo. Hay que sumar cientos de miles de mujeres heridas o que han sufrido ataques para causarles la muerte. Hay millones de mujeres maltratadas, esclavizadas y sometidas a trata sexual, para ser subastadas y vendidas por las mafias. Podría alegarse que también hay muchísimos hombres en esas circunstancias, y es verdad. Pero la diferencia es que las mujeres sufren, o están en constante peligro de sufrir, una violencia sistemática por el hecho de ser mujeres. Gran parte de los feminicidios son cometidos por aquellos en quienes depositaron su confianza y en los lugares donde debían sentirse más seguras: el propio hogar. La violencia contra la mujer, con diferente intensidad según las culturas y los países, es universal y transversal. La jerarquía machista domina todos los poderes, salvo casos rarísimos. Hablar de matriarcados puede estar bien para alguna tertulia antropológica de bar, pero dejémoslo ahí. No nos engañemos a estas alturas. No es que estemos en un sistema machista. El machismo es el sistema.

Las grandes religiones, también con sus matices, ­desempeñan un papel nefasto y cómplice en la sumisión de la mujer. Por supuesto, las jerarquías eclesiásticas las excluyen. A pesar de llenar los templos, cumplir mejor que los hombres los preceptos y ser estrictamente controladas, no pueden ser sacerdotisas, salvo alguna excepción en iglesias reformistas que aquí seguimos llamando “protestantes”. Al contrario, las mujeres sirven a los clérigos y con no poca frecuencia son explotadas por ellos en todos los sentidos. Por si esto escandalizase a alguien, conviene añadir algo más. Las grandes iglesias, y por supuesto la que más nos atañe, la católica, pues todavía estamos en un Estado semiconfesional, deberían pedir público perdón por el maltrato secular a las mujeres y la persecución a que han sido sometidas las que intentaron llevar una vida libre e independiente, o tomaron la iniciativa en expresar el deseo sexual o, peor todavía para ellas, que ese deseo no se correspondiese con el patrón heterosexual. En un pasado no tan remoto, cuando estaba vigente el Santo Oficio, miles de esas mujeres fueron torturadas y quemadas como “hechiceras”.

No vamos a remitirnos a épocas en que los sabios y filósofos machos debatían con una profundidad abismal si las mujeres eran portadoras o no de almas, pero conviene recordar que no hace mucho más de cinco décadas, en nuestro país, las mujeres tenían que pedir permiso a sus machos para abrir una cuenta corriente, obtener un pasaporte o un carné de conducir. Lo recuerdo porque en muchas partes del mundo esto sigue ocurriendo, y porque las mujeres que aquí han sufrido humillación y sumisión merecen al menos escupir en la tierra.Ya no se discute, según tengo entendido, si las mujeres tienen o no alma. Pero algunos sabios de hoy, en una especie de “histerismo masculino”, se escandalizan por el movimiento feminista de denuncia de los abusos que declaran haber sufrido en el mundo artístico por parte de machos con poder para decidir o no si tendrían una oportunidad de trabajo. La primera obligación, de hombres y mujeres, es denunciar ese sistema autoritario, allí donde se produzca. Si se tratase de una violencia terrorista, nadie osaría decir a la víctima: “Bueno, calma, hay que medir las palabras”. Pero ¿y lo que sufren estas mujeres no es terrorismo?

Una huelga se justifica ante la injusticia y la desigualdad. Si las mujeres suman las desigualdades e injusticias, son la mayoría humana que debería protagonizar una revolución con solo levantar al cielo las estadísticas. Menos salario a igual trabajo, más empleo precario dentro de lo precario, doble explotación en la fábrica y en la casa, pensiones más bajas, cuidadoras gratuitas de personas ancianas, enfermas o discapacitadas. Con el dinero que las mujeres ahorran al Estado se podría financiar el paraíso terrenal. Pero no se preocupen. Lo que está previsto es incrementar exponencialmente el presupuesto militar.

https://elpais.com/elpais/2018/02/15/eps/1518698435_702593.html?id_externo_rsoc=TW_CC

martes, 8 de agosto de 2017

_- La escritora Siri Hustvedt recopila sus ensayos sobre feminismo, arte y ciencia en 'La mujer que mira a los hombres que miran a las mujeres'

_- Hace un tiempo que los neurocientíficos buscan las causas genéticas y bioquímicas del suicidio. ¿Es un avance o un retroceso? La escritora Siri Hustvedt tampoco lo tiene claro. Para dar una conferencia sobre el tema invirtió año y medio “y me leí absolutamente todo sobre el tema”, dice estirando sus brazos tan enjutos como el cuerpo y los ojos cerrados. Y es verdad: sólo hace falta contemplar el resultado en el libro La mujer que mira a los hombres que miran a las mujeres (Seix Barral; Edicions 62, en catalán), compilación de sus ensayos y charlas sobre el triángulo temático feminismo, arte y ciencia. Son más de 400 páginas donde caben desde las diferencias artísticas sobre sexo entre Mapplethorpe y Almodóvar a Kierkegaard y las verdades de la ficción, pasando por la representación de la mujer en De Kooning, Beckmann o Picasso, este último entre Enrique VIII y Jack el Destripador en su plasmación de las féminas.

“Es curioso que se busquen las raíces genéticas sobre un hecho del que se sabe que al final elige el ser humano, se olvidan la epistemología… Es como cuando en el XIX medían los cerebros para explicarse las diferencias raciales o sexuales; lo que te lleva a ser como eres es una combinación de la carga genética y la historia personal y la de la humanidad”, resume Hustvedt (Minnesota, 1955).

Entre las proteicas lecturas del libro, la esposa del escritor Paul Auster (etiqueta no muy de su agrado) intenta ser puente entre los que creen indiscriminadamente en la tecnología y los que están encerrados con el arte. “En los estudios de neurociencia afloran presupuestos filosóficos aún no cerrados, se hace la pregunta 357 cuando las 356 anteriores no se han resuelto, todos se suben a una escalera que tiembla”, dice. Por eso, defiende, la Inteligencia Artificial está en punto muerto: “Se toma la mente sólo como un ordenador y el problema de cuerpo y mente nos remite a Pitágoras y a Platón”.

Pertrechada de nombres y puntos de vista, Hustvedt encarna lo que defiende: “La única diferencia entre una intelectual mujer y un intelectual hombre es que aquella ha de estar preparada para ser atacada y castigada; lo que en el hombre es sensibilidad y brillantez, en la mujer es emotividad y pretenciosidad”, ilustra. “La clave está en alejarse y examinar los prejuicios que todos tenemos”.

Con esa voluntad aséptica llega a la conclusión, en el ámbito de la construcción del conocimiento, de que existe una especie de plaga en el mundo intelectual: “Es el consenso cultural, que en lo literario se traduce en ese dominio de la novela realista con familias disfuncionales y un uso gramatical y de léxico no demasiado alejado del periodismo… La literatura y el arte siempre han sido resultado de la necesidad de confirmar la visión del mundo de uno; lo que ha ocurrido es que la explosión tecnológica ha generado una masa de información brutal que, irónicamente, ha consolidado una extraña mediocridad e uniformidad”. Y en esa línea, el thriller y el best-seller fagocitan la alta literatura: ya nadie, dice, puede apreciar el suspense en Henry James. Hustvedt tiene explicación científico-artística, claro: “El ser humano integra códigos y convenciones y con la lectura generamos nuestra capacidad de entender y para eso se necesita tiempo y llevamos ya bastante con un determinado marco conceptual literario que al final no nos va a dejar comprender otros modelos; la literatura de best-seller está asfixiando otras formas de explicar, narrar el mundo”.

Iconoclasta, la autora de Todo lo que amé esquiva alguna respuesta del feminismo, como la petición de cuotas o ciertos estudios culturales. “Me interesa menos buscar paridades en empresas que las razones subyacentes en la discriminación”. Y lo ejemplifica con lo que ha bautizado como “la negación del origen”: “En toda la filosofía y el arte occidental está la muerte, pero se suprime el nacimiento, aquello que distingue al hombre de la mujer; ¿por qué?: es el miedo humano a la dependencia del nacido y eso lleva a suprimirlo… Pero eso tiene ramificaciones políticas: el hombre autónomo, racional, soltero, self-made man, que no nace, que no depende de nadie… Eso es una fantasía total, pero eso es Donald Trump”.

En 2008, Auster aseguró a este diario que EEUU vivía una guerra civil de las ideas; ¿acertó? “Paul suele expresarse con hipérboles, pero tenía razón: hay una guerra de ideas en EEUU con dos grandes principios disparados por Trump: el racismo y la misoginia; tiene una explicación demográfica: los blancos han perdido su estatus por ser blancos, y esa vergüenza, humillación y miedo por perder su hegemonía, azuzado por la brecha entre el mundo rural y el urbano, les ha llevado a votar a un Trump cuyos comentarios sobre las mujeres, en vez de desacreditarlo, le ayudaron; pero eso es el mismo discurso del populismo de derechas que ahora se ve en Europa y es lo que hay tras el Brexit”.

Hustvedt lo tiene claro:
“Hillary Clinton no habría podido ganar nunca, izquierda y derecha tuvieron un trato mezquino con ella, acusándola de demasiado fría, cerebral, intelectual; pagó la misoginia del país de los cowboys y las pistolas”

https://elpais.com/ccaa/2017/04/21/catalunya/1492809468_347071.html

miércoles, 2 de agosto de 2017

España es el paraíso (Más bien el infierno) de los trabajadores pobres (empobrecidos)

Jose A. Llosa
Ctxt

Jóvenes, mujeres, mayores de 45 años y autónomos sufren especialmente la precariedad laboral, que anula las tradicionales funciones del trabajo: seguridad, bienestar, dignidad, salud y ciudadanía

Sucede que al hablar de “juego estadístico” contamos con dos partículas: la primera es el juego, y no conviene olvidar que jugar, en último término, es un ejercicio de manipulación; la segunda es la estadística, la autoproclamada diosa de la nueva era social. La unión del juego y la estadística tiende a confluir en discurso político. Así, resulta escalofriante la cualidad legitimadora de los porcentajes cuando simplemente se descontextualizan. No es necesario más que situar el foco sobre un par de datos convenientes de la Encuesta de Población Activa para envolver en rigor científico lo que en realidad acaba siendo una mirada simplista, sesgada y posiblemente malintencionada de la realidad del trabajo.

El reciente hincapié sobre el descenso del desempleo en España sirve como ejemplo. Todo un discurso de recuperación económica sustentado sobre una tasa de paro, un indicador que viene rondando el 18%, que efectivamente desciende respecto a los datos cercanos al 25% de los últimos años, pero que duplica con holgura la media europea, situada en el 8,5% en 2016. Hacer discurso de un dato pésimo parece un juego peligroso, máxime cuando, tal y como indican los últimos datos de FOESSA, el 70% de familias españolas no ha percibido ninguna clase de mejoría respecto a su situación durante la crisis.

En una mesa redonda en la que tuve la suerte de participar recientemente, el profesor Josep M. Blanch afirmaba que los occidentales seguimos pensando como trabajadores fordistas aunque estemos trabajando en precario.
Trabajo líquido, casi gaseoso, frente al sólido trabajo de antaño. Un millennial, continuaba argumentando, maltrabaja hoy en condiciones de perpetua flexibilidad sin mayor inquietud, pero, si se le pregunta por su futuro a diez años vista, describirá el trabajo estable y asentado propio del Estado del bienestar. Tras el discurso de la recuperación en torno al empleo está la ilusión de rebobinado al mercado de trabajo estable, lo que ya es animal mitológico. El problema es que, mientras despertamos de la ensoñación, los derechos laborales están siendo triturados en un agresivo proceso de desregulación de las condiciones de trabajo. Y esto también nos lo muestran las cifras. Las cifras, las mismas que sirven para dar las buenas noticias por el incremento de la ocupación, muestran que el trabajo temporal alcanza cifras históricas con una tasa del 26,1% (tasa anual de 2016), la más alta desde 2008. Aquí la tendencia sí está clara: más del 90% de los nuevos contratos firmados en España son temporales.

No es necesario realizar un análisis especialmente profundo para concluir que, tras ese descenso en picado del mercado de trabajo, la recomposición no tiene como finalidad volver al estatus anterior, no es “el retorno al Sueño Americano” que promete Trump, sino que tiene como destino la precarización. La crisis ha servido de estrategia para amparar una nueva reconversión del mundo laboral, una más, en este caso diseñada bajo el dogma del empleo de mala calidad y la precariedad normalizada. Y la cara más extrema de estos nuevos modos de operar se encuentra en los trabajadores pobres: población ocupada que vive por debajo del umbral estandarizado de pobreza. Familias que, pese a contar con puestos de trabajo, sufren una situación económica extrema. En España nos situamos también a la cabeza en esta cuestión, con un 13,1% de trabajadores pobres; únicamente por detrás de Grecia y Rumanía, y alejados de la media de la Unión Europea.

Más allá de los fríos números, la cruda realidad nos presenta a cuatro grupos principalmente afectados por el trabajo en pobreza.

1. En primer lugar, los jóvenes como termómetro perpetuo de la incipiente precariedad. Los analistas europeos contemplan perplejos la alta edad de emancipación de los jóvenes españoles, mientras realmente nadie se está preguntando por las implicaciones de diversa índole que esta situación va a generar en un futuro inmediato. Ante la escasa cantidad y calidad de ofertas de trabajo, seguir viviendo en casa de los padres se convierte en la única salida para evitar, en muchos casos, entrar en procesos de exclusión. Eso aquí se sabe bien.

2. El segundo caso, también relacionado con la edad, es el denominado “edadismo”: personas mayores de 45 años que han perdido su trabajo a raíz de la crisis y descubren lo fatídico del reenganche al mundo laboral.
La recuperación del empleo no pasa por el retorno al estatus perdido; tras la Reforma Laboral de 2012, las nuevas oportunidades laborales se dibujan en el mundo de la precariedad. El sociólogo Robert Castel se refería a este reenganche como “la desestabilización de los estables”. Lo terrible es que este proceso es una condena vitalicia. Al mermar la posibilidad de nuevas oportunidades laborales por encima de los 45 años, y especialmente por encima de los 55, la salida tras el agotamiento de las insuficientes prestaciones por desempleo pasa por el acceso a pensiones no contributivas, lo que penaliza sustancialmente la cuantía de la jubilación, condicionando el resto de la trayectoria vital en la vejez. En España, cabe recordar que más del 50% de los parados supera los 40 años, fenómeno que se entrelaza con el edadismo y que da lugar a una situación dramática. No sólo en lo económico, también en el plano psicológico, pues hablamos de edades de importantes cargas familiares, que al menos en lo material no se pueden satisfacer. En estos días, Netflix estrena la segunda temporada de F is for Family, una serie de animación que narra el desempleo en personas de mediana edad como consecuencia de la crisis del petróleo. El momento de ese retrato venido desde los 70 parece especialmente pertinente, porque expone los procesos de reevaluación personal repetidos en cada crisis. Sin embargo, la crisis actual tiene sus propias reglas: la individualidad se ha apoderado del modo de vida y, con los sindicatos arrinconados, al trabajador actual se le ha convencido de que la incapacidad de encontrar un trabajo digno queda bajo su responsabilidad. Su fracaso. Quizá por no estar lo suficientemente formado. O por estar formado hasta el absurdo y entonces no disponer de las competencias adecuadas, lo cual es difícil de controlar. O simplemente por no compartir los valores de las organizaciones, y esto ya no hay quien lo controle. La desazón de no lograr satisfacer el rol que cada uno se impone acarrea en último término un proceso existencial con el que es difícil lidiar, y de ahí emerge el alcoholismo, el consumo abusivo de psicofármacos, y, como recuerda Ángeles Maestro en Salud mental y capitalismo (Cisma Editorial, 2017), los suicidios en las vías ferroviarias de Madrid de los que nadie habla.

3. Por otro lado está el caso de las mujeres,
que tampoco se libran de trabajar en pobreza. Trabajadoras o no, sufren el complejo proceso de la feminización de la pobreza. Centrándonos en el plano laboral, sabemos que las mujeres son protagonistas de las jornadas laborales más insólitas, a fin de combinar el trabajo fuera de casa y las tareas domésticas y de cuidado. El caso de la jornada parcial en España es un buen ejemplo de esto: el número de mujeres triplica al de hombres. Lo más alarmante es que los hombres que trabajan en este tipo de jornada de manera voluntaria lo hacen para mejorar su formación, mientras que las mujeres lo hacen por motivos relacionados con el cuidado de familiares. Emerge, una vez más, la muestra de que la pobreza en el trabajo está vinculada de manera íntima a los procesos familiares patriarcales, y que, en España, la nula política familiar desarrollada y destinada a ofrecer apoyo lleva a situaciones tan absurdas como que tener hijos se pueda convertir en factor de pobreza para una familia.

4. Por último, nos encontramos con los (llamémosles así) emprendedores. 
Uno ya no sabe cómo llamar a los autónomos entre la colección de neolenguaje que se ha dibujado para impulsar de manera fraudulenta el mercado de trabajo. La figura del emprendedor se ha presentado como el héroe del nuevo milenio, apoyado en sus primeros pasos, claro está, por el Estado, que entiende el mercado de trabajo como un juego de dominó en el que, impulsando la primera pieza, la del emprendedor, se logrará activar el resto a continuación. Un mecanismo infalible… Pero no comprender, o no querer hacerlo, que el problema de lo laboral es estructural hace que el empujón al emprendedor sea un empujón al vacío. La realidad tras el neolenguaje del emprendedurismo muestra el autoempleo como último recurso del que no logra reengancharse. Así, los trabajadores autónomos tienden a terminar sin nada y con deudas, reconocidos por la Organización Internacional del Trabajo como grupo vulnerable al tender a “carecer de protección social y de redes de seguridad para protegerse frente al descenso de la demanda económica”, y siendo a menudo “incapaces de generar suficiente ahorro para mantenerse a sí mismos y a sus familias en épocas de crisis”.

En último término, lo amplio de los grupos vulnerables descritos para el riesgo de convertirse en trabajadores pobres indica dos cosas:
1. que prácticamente cualquier trabajador puede terminar siendo trabajador pobre, y
2. que nos encontramos ante una problemática integral y estructural.

Integral en la medida en la que afecta a la persona a todos los niveles: económico, social, familiar, pero también físico y psicológico. Si el éxito del ciudadano pasa por desarrollar una actividad laboral, pero su desarrollo no le impide salir del riesgo de exclusión social, el mensaje contradictorio que se fragua en cada trabajador pobre concluye en un evidente y marcado deterioro de su salud psicológica. La premisa de que el trabajo proporciona una buena salud mental, mientras que el desempleo se asocia a la depresión y a otros trastornos psicológicos pierde el sentido en este caso. Los datos no dejan lugar a dudas: la salud psicológica de los trabajadores pobres es tan mala como la de las personas en situación de desempleo, y siempre claramente peor a la del resto de trabajadores. Miguel Laparra expone, de forma tan brillante como dura, la implicación integral del fenómeno cuando afirma que “el fenómeno de los trabajadores pobres es especialmente llamativo por poner en cuestión algunos de los valores más básicos de sociedades que se pretenden meritocráticas”.

En definitiva, la existencia de trabajadores pobres evidencia que algo funciona mal en la sociedad actual y pone de manifiesto que han quedado anuladas las tradicionales funciones del trabajo: económicas, de seguridad, de bienestar, de dignidad, de salud mental, y de ciudadanía. Por todo ello, es preciso dejar a un lado la obsesión con las cifras de desempleo, pues no son más que una cortina de humo que nos impide acudir al verdadero problema: la penosa calidad del empleo generado.

Jose A. Llosa. Equipo de investigación Workforall, Universidad de Oviedo.

Fuente:
http://ctxt.es/es/20170719/Politica/14094/Trabajo-pobreza-mujeres-jovenes-autonomos-CTXT.htm

domingo, 23 de julio de 2017

_- Las mujeres que enfadaban a Javier Marías

_- Para Javier Marías, nosotras, además de considerar estrellas del firmamento a todas las mujeres sólo por ser mujeres, estamos también un poco locas, y por eso caemos en conspiranoias, como la del patriarcado y el género opresor

Que los columnistas cipotudos españoles han encontrado en el feminismo una diana contra la que disparar no creo que se le escape a nadie. Seguro que le vienen a la mente un buen puñado de ellos. Cambian sus caras y sus nombres pero no su misoginia, que los lleva a sacar las mismas conclusiones machistas hablen de lo que hablen, escriban de lo que escriban, piensen en lo que piensen.

Cuando escriben de mujeres es sólo para venerar sus físicos o para odiarlas por lo mismo. Rara vez uno de estos columnistas cipotudos dedican sus columnas a mujeres (mucho menos a mujeres cuyas apariencias no encajen dentro los consabidos cánones que contentan a la cipotudez) y, cuando lo hacen, jamás lo enfocan de igual a igual, sino que adoptan un tono (en el mejor de los casos) paternalista-condescendiente que dice más de lo que supuran sus líneas. A muchas ya hace años que no nos engañan, y quizás por eso insisten en tratar a las mujeres como objetos con los que ganarse el pan que surten en Casa Lucio, para que nuestra rabia viralice sus textos.

En realidad les da igual toda esa pataleta feminista que viene tras cada artículo perpetrado, su miedo de hecho está muy lejos del griterío; es precisamente la ausencia de éste los que les aterra. ¿Hubiera leído mucha gente a Pérez Reverte contar que ha estado bebiendo Frangelico en Casa Lucio si no hubiera dicho que Christina Hendricks tiene las tetas gordas? ¿Hubiera leído tanta gente ayer la opinión de Javier Marías sobre una autora si no hubiera sido un ataque a Gloria Fuertes y al feminismo? ¿Lee la misma cantidad de personas a Salvador Sostres cuando escribe sobre las virtudes de nuestra España que cuando dice que "las lesbianas no existen"? Estas preguntas se responden solas. Y ellos lo saben.

El problema no es el daño que hagan, porque la verdad es que no lo sé calcular. A veces me digo que hacen mucho, y otras estoy segura de que sólo nos envían más y más mujeres a la lucha. El problema es que desinforman y eso a veces puede generar dudas, como ha hecho Javier Marías este domingo es su columna de El País. El escritor, que como el resto de compañeros de cipotudez lleva mal la difusión que las feministas hacen de las obras de otras mujeres, cargó su pluma y decidió que era buena idea dispararla contra Gloria Fuertes en un artículo llamado "Más daño que beneficio". Contra Fuertes y contra el feminismo, por supuesto. "¿Cómo puedo relacionar yo estas dos cosas?", se preguntaría el buen hombre en su sillón orejero de piel al tiempo que encendía su pipa. Y se le encendió la bombilla. "Voy a decir que Gloria Fuertes es considerada una poeta relevante por culpa del feminismo, que le da mucha difusión". Y, con esta ideaza como base, en su columna escribe:

"En la actualidad hay una corriente feminista que ha optado por decir que cuanto las mujeres hacen o hicieron es extraordinario, por decreto. Y claro, no siempre es así, porque no lo puede ser. Como no puede serlo cuanto hagan los catalanes, vascos o extremeños, o los zurdos o los gordos o los discapacitados (...) Hoy, con ocasión de su centenario, sufrimos una campaña orquestada según la cual Gloria Fuertes era una grandísima poeta a la que debemos tomar muy en serio".

Gloria Fuertes te puede gustar o no. Hasta ahí, todo en orden, tú puedes decir que este u otro autor no te parece bueno en absoluto por los motivos que tú expongas y lo único que se te puede rebatir es que tu gusto no es compartido por quien te lee. Hasta ahí, todo bien. Javier Marías no da ni un sólo motivo en toda su columna sobre por qué a Gloria Fuertes no hay que tomarla en serio: no sabemos qué ha leído de ella ni qué razones le han llevado a ningunearla como escritora. No sabemos si es una ausencia de motivos planeada o si es que estaba tan concentrado en atacar al feminismo que se le pasó. Sea como fuere, es fácil llegar a la conclusión de que a Javier Marías lo que le molesta no es Fuertes sino la difusión de obras de mujeres por parte del feminismo. Le revuelve un poco que, tras siglos de invisibilización, muchas de nosotras hayamos decidido dar viralidad a contenidos creados por otras que fueron silenciadas por el simple hecho de ser mujeres.

Y para fortalecer un argumento que nace de la misoginia y que a priori es débil, se inventa que el feminismo considera cualquier obra femenina como una obra de arte. No sé a cuántas feministas conoce el señor Marías, pero podría asegurar que cualquiera de nosotras conoce a muchas más que él, y yo no conozco a nadie que considere que las mujeres sólo creamos oro cuando pintamos, escribimos, esculpimos o actuamos. Nadie es nadie. Lo que sí creemos las feministas es que es necesario paliar una injusticia histórica como es la de haber enterrado y olvidado obras sólo porque las escribieron mujeres.

Como cualquier machista con más de nos neuronas que no cae en el "vete a fregar" porque sabe que queda en ridículo, Marías tiene a bien recomendar a otras mujeres (que sí tienen su visto bueno y que sí merecen la fama que ostentan), para que no parezca lo que es: que fue el machismo lo que le llevó a escribir su columna.

"Así, cada vez que se descubre o redescubre a alguna pionera de algún arte, pasa a ser al instante una estrella del firmamento, a la altura de los mejores, sólo que eclipsada tozudamente por los opresores del otro sexo. En contra de esa supuesta y maligna 'conspiración', tenemos el pleno reconocimiento (desde hace ya mucho) de las artistas en verdad valiosas: por ceñirnos a las letras, Jane Austen, Emily y Charlotte Brontë, George Eliot, Gaskell, Staël, Sévigné, Dickinson, Dinesen, Rebecca West, Vernon Lee, Jean Rhys, Flannery O’Connor, Janet Lewis, Ajmátova, Arendt, Penelope Fitzgerald, Anne Sexton, Elizabeth Bishop, en el plano del entretenimiento Agatha Christie y la Baronesa Orczy, Crompton y Blyton y centenares más; en España Pardo Bazán, Rosalía, Chacel, Laforet, Fortún, Rodoreda y tantas más".

(Desde aquí le damos las gracias, señor Marías, sin la opinión de un hombre no sabríamos diferenciar por nosotras mismas a las autoras buenas de las malas. Porque como usted bien sabe, no tenemos criterio).

Marías entrecomilla la palabra conspiración después de admitir que "hoy lamentamos que durante siglos no se las dejara ni siquiera estudiar, ni ejercer más oficios que los manuales" (a esta falacia de reconocer un hecho innegable para luego negar sus consecuencias habría que ponerle ya nombre). Y es que nosotras, además de considerar estrellas del firmamento a todas las mujeres sólo por ser mujeres, también estamos un poco locas y caemos en conspiranoias, como ésa del patriarcado y el género opresor. Ojalá no fuéramos tan crédulas para no enfadar domingo tras domingo a éste y otros señores. Recuerdan mucho a aquella cita de Virginia Woolf (perdonen, no está en la lista buena, pero me atrevo a citarla): "Exceptuando la niebla, parecía controlarlo todo. Y, sin embargo, estaba furioso".

Cuando Marías cita a todas esas autoras, me asalta la duda de si las ha buscado en Google tecleando "escritoras muy buenas, pero buenas en plan: sin crítica posible" o sí que ha leído algo sobre ellas y/o de ellas pero bueno, qué-más-da, de-perdidos-al-río. Porque lo cierto es que, con poco que las hubiese investigado, ya sabría don Marías que mejor no haberlas nombrado, ya que sus propias historias de miseria e invisibilización hablan por sí solas; y no precisamente para darle la razón al don.

Prefiero inclinarme por la "opción Google" antes que pensar que Marías sabe a qué se enfrentaron esas mujeres por tener la osadía de adentrarse en el mundo de los hombres. Y cómo muchos de sus colegas de profesión las trataron (aquí un hilo interesante de una feminista difusora de mediocridad).

Veamos algunas de las citadas:
Emily y Charlotte Brontë: la obra más famosa de las Brontë, ' Cumbres Borrascosas' no fue considerada un gran obra hasta mucho después, sus contemporáneos no le dieron valor. Las hermanas Brontë usaron en sus inicios nombres masculinos para que alguien las leyera.

George Eliot: Otra que se puso un nombre masculino para evitar una conspiración que nunca existió. Su nombre era Mary Anne Evans. Si a día de hoy tiene reconocimiento es porque tuvo que optar por el nombre de George para poder escribir de algo más que de amor romántico. Mucha gente (incluso a día de hoy) ha leído El molino del Floss sin saber que está leyendo a una mujer.

Jane Austen: en vez de masculinizarse como hicieron muchas otras mujeres y adoptar un nombre de hombre para tener más libertad en sus escritos, escribió bajo el nombre "By a lady". Y ya eso era un riesgo. Pero Austen hizo malabares para no salirse de historias que giraran en torno al amor romántico y al matrimonio de sus protagonistas, salirse de esa temática era más arriesgado aún que dedicarse a escribir siendo mujer. Woolf, en Una habitación propia, dejó claro el porqué de este particular: "La crítica asegura que tal libro es importante porque trata la guerra. Otro, por el contrario, es insignificante porque se ocupa de los sentimientos de las mujeres en una sala de estar". Mientras las mujeres escribieran de amor, estaban más o menos controladas dentro del "libertinaje" que suponía escribir en sí mismo (y esto nos lleva a otra gran frase de otra mujer, Kate Millet, "El amor ha sido el opio de las mujeres, como la religión el de las masas. Mientras nosotras amábamos, los hombres gobernaban.")

Como contó más tarde el sobrino de Austen en sus memorias: "Que pudiera realizar todo esto es sorprendente, pues no contaba con un despacho propio donde retirarse y la mayor parte de su trabajo debió de hacerlo en la sala de estar común, expuesta a toda clase de interrupciones. Siempre tuvo buen cuidado de que no sospecharan sus ocupaciones los criados, ni las visitas, ni nadie ajeno a su círculo familiar".

Emily Dickinson: es gracioso que la nombre precisamente a ella, porque murió sin haber visto prácticamente nada salido de su puño publicado. Sólo años más tarde, cuando ya no estaba tan mal visto que las mujeres escribieran, algunas feministas "difusoras de artistas que no deben tomarse en serio" la sacaron de donde fue olvidada. Hoy es considerada como la imponente poeta que es para que Marías pueda nombrarla en sus artículos.

Podríamos seguir, pero creo que todo se resume en aquella frase de otra de las citadas por Marías, Emilia Pardo Bazán, sobre la conspiración que entrecomilla él y que ella describe como "si en mi tarjeta pusiera Emilio, en lugar de Emilia, qué distinta habría sido mi vida".

Podríamos seguir, como decía, pero sería repetitivo; no es difícil entender los obstáculos que encontraron en vida estas autoras, y cómo no fueron reconocidas hasta que el feminismo hizo avanzar a la sociedad. Una vez dados los pasos necesarios hacia delante, hubiera sido imperdonable que sus obras no se hubieran desempolvado como ahora desempolvamos a escritoras de la II República como Luisa Carnés. La Historia, con la colaboración necesaria de señores con el criterio lleno de prejuicios, ha enterrado siempre obras y vidas de mujeres porque eran mujeres. El progreso y el feminismo hace que otras mujeres quieran investigarlas, homenajearlas, conocerlas y recordarlas, y poder sumar sus creaciones a las bibliotecas donde siempre debieron estar.

Lamentablemente, siempre habrá hombres -que jamás tuvieron el problema de las incontables mujeres de cuyas obras jamás sabremos nada- que usarán sin remordimientos su lugar privilegiado para echar otra capa de tierra a las enterradas. Y, de camino, también a las que están con pala en mano intentando salvar la memoria.

Barbijaputa Escribe en distintos medios, especialmente sobre temas relacionados con el feminismo.

Fuente:
http://www.eldiario.es/zonacritica/Javier_Marias-barbijaputa-Gloria_Fuertes_6_658694142.html

Artículo de Javier Marías, Mas daño que beneficio.
http://elpaissemanal.elpais.com/columna/javier-marias-dano/

Artículo de Joaquín Reyes contestando al escrito por Javier Marías.
https://elpais.com/elpais/2017/06/29/gente/1498758199_361041.html