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jueves, 2 de julio de 2020

Manuel Vicent: "La derecha siempre ha tratado a la izquierda como el amo del cortijo trata al aparcero"

Manuel Vicent (Villavieja, Castellón, 1936) dice que ha pasado el confinamiento razonablemente bien. Vive en un chalé con su patio, cuenta, donde por lo menos hace un poco ejercicio. "Pero el problema del confinamiento es mental", señala por teléfono. "Esto que dicen que los escritores siempre estamos confinados y que por lo tanto estamos acostumbrados... Eso no es verdad. El escritor tiene que salir, porque la creación se nutre de vivir, y de vivir fuera". Su nueva novela, Ava en la noche (Alfaguara), se libró por los pelos de quedar encerrada en las librerías: tenía que salir el 26 de marzo, a tiempo para la campaña primaveral, las ferias del libro y las compras de verano. Se edita ahora, en un mundo completamente distinto a aquel en el que fue escrita. A cambio, Vicent contesta desde casa a los periodistas. Algo es algo.

El mundo de Ava en la noche queda muy, muy lejos de este 2020. Estamos en el Madrid de finales de los cincuenta, que era el Madrid gris de la dictadura y los barrios hambrientos, pero también era otra cosa: una extensión de Hollywood en la que reinaba Ava Gardner, con el Chicote, el Hilton, Lana Turner, Frank Sinatra... Otro mundo. Y también ahí el reverso de la moneda, el lujo y la riqueza tocados por la oscuridad: José María Jarabo Pérez-Morris, hijo de la altísima burguesía, socialite, bon vivant, estafador y, finalmente, asesino, ejecutado a garrote vil en 1959. Dos Españas de sombras chinescas que funcionan de manera similar a los universos que se cruzaban en su anterior novela, la ácida La regata. Aquí, el protagonista, un estudiante de Derecho valenciano recién llegado a Madrid, podría parecer un trasunto de Vicent, con el que comparte varios rasgos biográficos. Pero quizás también eso sea solo un espejismo.

Pregunta. En Ava en la noche describe la presencia casi mítica de la actriz en aquel Madrid. ¿De qué era símbolo entonces?
Respuesta. En ese momento, Ava Gardner era el símbolo de una libertad que se le negaba a los españoles. Ava ejercía esa libertad de manera absoluta, sin darse cuenta de que la ejercía en medi de una dictadura. Era una libertad casi como espectáculo, como una seducción o una fascinación. Los españoles se limitaban a contemplarla como un espectáculo. Era la misma que ejercían los actores y actrices de Hollywood y de los distintos países, que venían a rodar aquí, celebraban sus fiestas, y la gente común, la gente subalterna y tributable, se limitaban a ver cómo se divertían. De hecho, ese ha sido un modo peculiar durante siglos en España: la diversión de los pobres ha sido contemplar cómo se divertían los ricos. Ese era el mito de Ava Gardner. En la novela se desarrolla como un mito inalcanzable, como la propia libertad. Está y no está, acaba de salir, no ha venido todavía, enseguida vendrá. Algo inalcanzable que se alejaba en el momento en que creías acercarte a ella. Es una metáfora, porque el protagonista de la historia no llega a verla nunca.

P. Pero usted sí llegó a verla, algo más tarde, ¿no?
R. Sí, sí, fue más tarde, en el Oliver una noche... Pero no le di ninguna importancia, porque, aparte de que por entonces no me interesaba mucho, el mito estaba ya desactivado, todo el limón estaba exprimido ya. Alguien dijo: "Mira, ahí está Ava Gardner". Pues nada.

P. Insiste en que ella se divertía, como otros actores, sin ser consciente de que lo hacía en una dictadura. Ahora quizás eso nos parezca cuestionable, pero entonces ¿se le criticaba esto, había cierta oposición?
R. No, no. Algunos, por supuesto sí, los más concienciados políticamente o quienes estaban en la lucha clandestina. Pero era algo de otro mundo. Todas esas fantasmagorías que los chavales veían en las pantallas, resultaba que todos esos héroes eran de carne real y mortal en aquel Madrid de la noche. Tú podías ver a Audrey Hepburn o a Rita Hayworth o a Gary Cooper, y era... era un horizonte inalcanzable. No llegabas a protestar ni nada, era una fascinación más. Otra forma de adoración.

P. Por una parte, estas figuras desafiaban toda la moralidad franquista, pero por otra parte funcionaban como propaganda.
R. Claro, ellos estaban muy protegidos por la policía, e incluso a los periodistas no se les permitía acercarse demasiado a ellos, y mucho menos sacar escándalos. A la dictadura le servía: mirad, Hemingway, aquel que vino con la Guerra Civil al bando republicano, y aquí está, tomando vino en la Cervecería Alemana, o aquí en Botín tomando cochinillo, o en los toros en Pamplona; aquí está Gary Cooper, el de Por quién doblan las campanas, pues aquí está, bailando en el Hilton. Estaban también vigilados, claro pero se les dejaba hacer porque daban muy buena imagen.

P. En una novela con Ava Gardner en portada, el lector puede esperar un cierto glamour. Pero lo que nos encontramos en las primeras páginas es un ajusticiamiento con garrote vil. ¿Cómo existía ese pequeño Hollywood entre tanta miseria?
R. El caso de Jarabo fue muy famoso. El hecho de que ajusticiaran con garrote vil nada menos que a un tipo que había estudiado en el Colegio del Pilar... Agarrotar a un pilarista, en los años cincuenta, era una cosa explosiva. ¡Un vástago de la oligarquía madrileña, sobrino del presidente del Tribunal Supremo! Eso era una sombra oscurísima en aquel Madrid de las fiestas y los artistas de Hollywood. El contraste, desde luego, es muy violento. Porque el glamour era una pantalla.

P. En el proceso de escritura, ¿cuándo llegó la idea de insertar el crimen de Jarabo?
R. Yo conocí el crimen, la experiencia del protagonista es la mía. Yo estaba estudiando en València y el defensor de Jarabo era el catedrático mío de Derecho Penal. Él, en nuestras clases, nos contaba todos los pormenores tanto del crimen como de la defensa y el juicio. Yo lo vivía lleno de fascinación, en ese momento penal, porque este hombre puso de moda la teoría del psicópata como atenuante. Por otra parte, aunque en València había crímenes —el del Cine Ideal, la envenenadora...—, lo de Madrid sonaba como una especie de modernidad delictiva. Eso sí que son verdaderamente criminales, nos decíamos, no los de València, que son como crímenes pasionales, muy poco sofisticados. Cuando llega el protagonista a Madrid, se encuentra con la doble fantasmagoría: por una parte, el rumor casi literario de que Jarabo no había sido ejecutado realmente, sino que se había salvado y sobrevivía; por otra, el fantasma de Ava Gardner, que estaba en su momento de máximo esplendor nocturno. Alguien que presumía de haberle encendido un pitillo a Ava Gardner, ese ya había hecho su biografía. Y no digamos el que había subido con ella en el ascensor del Hilton.

P. Entonces el lector tiene razón al sospechar que tras el protagonista se esconden algunas de sus experiencias biográficas.
R. Son experiencias... ¿Es real todo lo que se cuenta? Pues es verosímil, no real. La realidad, en las novelas, destruye la imaginación. El protagonista vivió lo que yo viví también, de una forma distinta. Él quiere ser director de cine, y no sé si lo consigue al final, y yo me dediqué a escribir. Ya está.

P. ¿Qué queda de aquel Madrid, de ese pequeño Hollywood?
R. No queda nada, absolutamente nada. Aquello era mujeres imposibles, héroes en las sombras y una férrea dictadura y una lucha clandestina y también emocionante, las juergas y las luchas... Había una doble alcantarilla, una alcantarilla de conspiración y otra alcantarilla de alcohol. Después esos dos mundos llegaron a cruzarse, ya alrededor de la muerte de Franco. En ese momento se producía un hecho muy evidente, que es que la dictadura había sido ya quebrada por la clase media. El hecho de que un aparato como el 600 te permitiera moverte, quebrar el tiempo y el espacio... Yo siempre lo he repetido mil veces, que para mí Franco murió atropellado por el 600. Que falleciera diez años después no es más que la causa biológica. La dictadura estaba quebrada ya por esas conquistas pequeñas de placeres cotidianos, de sueños que se estaban realizando, y eso rompió el espinazo de la dictadura. El impulso hacia ese horizonte de libertad era muy fuerte. En parte porque ahí se habían sumado los hijos de los vencedores a los hijos de los vencidos, que habían confluido en la universidad.

P. En la novela, insiste en la relación entre la política y la estética. De hecho, el protagonista se ve fascinado estéticamente, y no solo políticamente, por la izquierda. ¿Piensa que la batalla política es todavía estética, y viceversa?
R. Las ideologías se difunden sobre un campo estético. Primero es la estética, que es la que abre el camino. En los años setenta en España, ser comunista era, más que un principio político y de lucha contra la dictadura, que lo era, un principio estético, era lo que se tenía que llevar. Después, ser progre era estéticamente lo que había que ser. Y luego ser progre ha resultado ser un insulto, una cosa revenida, pasada de moda. Evidentemente, el nazismo y el fascismo italiano tuvieron una parafernalia estética. El franquismo no, el franquismo siempre ha sido cutre. También la revolución bolchevique tuvo una primera oleada de estética. El castrismo, cuando bajan los barbudos de la sierra, Fidel y el Che Guevara, es un momento estético absolutamente irrefrenable. Aquí parece que juega mucho la frivolidad, pero no hay que confundir la estética con la estéticienne. ¿Dónde está hoy la estética? No lo sé, no lo sé, en ninguna parte.

P. ¿Ahora es estéticamente atractiva la izquierda?
R. No, yo creo que va muy mal, por desgracia. Y tampoco sé si ser un Borjamari es estético o no, si andar dándole vueltas a las llaves de la moto o del Ferrari es estético. No, creo que los Borjamaris que se manifiestan no tienen ninguna estética.

P. Algunos manifestantes de las marchas convocadas por Vox tomaron una decisión que pordía calificarse tanto de política como de estética: sacar la bandera franquista de nuevo a la calle. ¿Qué sensación le produjo a usted?
R. Es lo de siempre: la derecha se cree que este país es suyo, es su finca, y a la izquierda siempre la ha tratado como el amo del cortijo trata al aparcero. Le exige que sea honrado en el mejor de los casos, que pague lo que le debe y que se porte bien. Por otra parte, la izquierda tiene una sensación de okupa, tiene interiorizado todavía que este país es de los otros, incluso ganando por mayoría absoluta. Felipe González, después de dos o tres mayorías, seguía teniendo complejo, esto de que cualquier día vienen y nos echan. A la derecha le cabrea muchísimo que la izquierda ocupe el poder, no lo concibe, no entra en su ADN. Piensan que no les toca estar ahí, porque la izquierda no ama España como ellos: la bandera es suya, España es suya, los sentimientos patrióticos son suyos... Hubo un momento en la Transición en que ese virus estaba muy aminorado, cuando, por lo que sea, por la ilusión de libertad o por el miedo a la izquierda, aceptaron tirar del carro de la democracia. Pero volvió el odio, y en eso estamos.

Info Libre.

viernes, 25 de marzo de 2016

Batallas

La generación que llegamos a este mundo entre la Guerra Civil y el final de la autarquía en 1960, sobrevivimos de milagro al parto de nuestras madres, que apenas se cuidaron durante el embarazo. Crecimos bajo la amenaza del infierno y de la represión moral, pero entonces las puertas de las casas, incluso de noche, nunca estaban cerradas con llave. Dormimos en colchones de borra o de lana apelmazada y sobre ellos soñábamos con El Hombre Enmascarado; bebíamos agua pura de la fuente y jugábamos todo el día en la calle con patinetes, aros y flechas que habíamos fabricado con nuestras manos; hacíamos la guerra a pedradas contra la pandilla contraria y si volvías herido a casa nadie te regañaba, pero la idea de que tu padre se enfrentara en tu defensa al maestro, al párroco, al alcalde o al policía era impensable; nuestras madres nos bañaban en un barreño con agua caliente una vez a la semana en invierno, pero en verano íbamos al río o a la playa en una bicicleta en cuyos radios habíamos colocado una carta de la baraja, a menudo el as de oros, para que sonara a motor. Siempre entrábamos sin llamar en casa de un compañero con el que nos iniciamos en el sexo bajo los limoneros y compartíamos nidos y nombres de los pájaros, tebeos y gusanos de seda con aquel niño silencioso cuyo padre estaba en la cárcel o había sido fusilado.

Esta generación nacida durante la autarquía franquista consiguió romper los hierros de la dictadura y entre la libertad conquistada y la corrupción sobrevenida, ha dado a este país, pese a todo, grandes científicos, líderes empresariales y artistas internacionales. Ahora desde la altura del tiempo contempla el paso de la juventud airada sin adivinar hasta dónde llevará a este país la cólera social y puesto que el pasado no parece servir de nada, se limita a contar a sus nietos estas lejanas y perdidas batallas. http://elpais.com/elpais/2016/03/12/opinion/1457799836_953820.html

lunes, 1 de febrero de 2016

Dar la mano. Hoy sin salir de la habitación tampoco estás a salvo de esa peste aviar en la que se han convertido las redes sociales

Dijo Pascal: todo lo malo que me ha pasado en la vida ha sido por haber salido de casa. Eso mismo le puede suceder hoy a cualquiera, no importa el camino por dónde le lleven sus zapatos. Tal vez corre uno menos peligro en un callejón oscuro a las tres de la madrugada que en medio de una fiesta luminosa llena de celebridades o en el palco de honor de un estadio de fútbol o en el cóctel de una empresa o en la presentación de un libro o en el propio hemiciclo del Congreso de los Diputados. En un callejón solitario puede que te salga al paso una navaja de la que tal vez lograrás zafarte con una dádiva de 50 pavos y si te rajan, aunque la herida sea profunda, siempre podrás abrirte la camisa y presumir de cicatriz con los amigos a pie de una barra. Pero incluso en un funeral corres el riesgo de darle la mano a un político o a un empresario de moda a quien todos abrazan, al que verás mañana en un telediario esposado camino del trullo y tú a su lado en una foto de agencia riéndole la gracia como un idiota. Por mi parte he saludado a un asesino que sin conocerme me invitaba a café y puedo asegurar que era amable, simpático y seductor. También tengo en mi agenda a un diputado y a un financiero a punto de entrar en la cárcel, que creía intachables siendo en realidad unos golfos. Pero hoy sin salir de la habitación tampoco estás a salvo de esa peste aviar en la que se han convertido las redes sociales. Hay en el mundo más de dos mil millones de pollos y gallinas picoteando día y noche banalidades, rebuznos y sandeces en los teclados de las tabletas. Nadie ha acertado todavía con la forma de eludir esta basura, que se ha apoderado del espacio amparada por el anonimato. No basta con tirar el móvil a un pozo. Esa nube tóxica forma parte sustancial del aire que respiras y se colará por todas las rendijas hasta emponzoñarte. 
http://elpais.com/elpais/2016/01/30/opinion/1454169884_672863.html


martes, 12 de mayo de 2015

Las maletas. Muchos ciudadanos que han soportado la corrupción volverán a poner con su voto a esos políticos delincuentes en la cabina de mando

En un navío o en un avión es la máquina la que impone las reglas y los pilotos, timoneles, sobrecargos y el resto de la tripulación están para servirla. Fuera del avión solo existe el vacío; fuera del navío solo está el abismo. Puede que durante el vuelo se produzcan grandes turbulencias hasta el punto que caigan las maletas sobre la cabeza de los pasajeros; puede que durante la travesía se levante un fuerte temporal que amenace con un corrimiento de carga. En casos de grave emergencia no hay forma de solucionar el problema si no es desde dentro por la propia tripulación. Sucede lo mismo en el sistema económico y político en el que navegamos sin escapatoria, unos en primera, otros en turista, unos en camarote de lujo, otros como esclavos en galeras. Los problemas hay que resolverlos desde el propio sistema, pero en este caso los pasajeros tenemos derecho a exigir, aparte de que los políticos sepan manejar las máquinas, que no nos pulan el equipaje. Es lo que ha sucedido. Mientras la crisis económica zarandeaba el sistema con peligro inminente de estrellarlo contra los Alpes o de mandarlo al fondo del mar, gran parte de la tripulación del Gobierno en el poder ha aprovechado la zozobra para desvalijar a los pasajeros y llevarse la caja. Pero el espectáculo obsceno se presenta ahora. Como si no hubiera pasado nada, muchos ciudadanos que han soportado la corrupción volverán a poner con su voto a esos políticos delincuentes en la cabina de mando. En nuestro sistema democrático la máquina manda, aunque no necesariamente debe imponer el destino. Puede que con el cambio de tripulación cambie también el rumbo del país y, si bien no es fácil que fructifique una ilusión colectiva de regeneración, no creo que sea mucho pedir que durante este nuevo viaje los políticos salidos de las urnas al menos esta vez no nos roben las maletas.
 10 MAY 2015 - El País.

jueves, 23 de abril de 2015

El libro. Lectura y libertad son pasiones que siempre acaban por encontrarse

En el tronco de un haya una pareja de enamorados ha grabado un corazón traspasado por una flecha. Inés y Luis son sus nombres inscritos en la corteza plateada a punta de navaja. Fue hace muchos años. El árbol era todavía joven cuando la pareja de enamorados pasó por aquí. El tronco, ya muerto, al crecer ha ensanchado y corroído los trazos. Un experto en botánica podría descubrir el tiempo exacto que ha pasado, aunque en este caso no es necesario, puesto que debajo del corazón herido hay una fecha. 23 de abril de 1968. Al pie de este árbol discurre un río apacible cuyas aguas, como la vida, puede que se hayan llevado al mar o a la tumba la memoria de estos amantes. Pero lo escrito, escrito está.

Etimológicamente el vocablo libro se deriva del latín liber, que significa la capa fibrosa que hay debajo de la corteza de ciertos árboles. Plinio el Viejo cuenta que los romanos escribían sobre estas cortezas antes de que se descubriera el papiro. Libro y libre tienen en latín la misma raíz. Lectura y libertad son pasiones que siempre acaban por encontrarse.

El Día del Libro fue instituido en recuerdo del aniversario de la muerte de Cervantes cuando los vientos saludables anunciaban que la República estaba al llegar. Tampoco 1968 fue un mal año. Tal vez aquella pareja de enamorados, Inés y Luis, hijos del Mayo francés, habían estrenado los primeros vaqueros y habían puesto el dedo en el arcén para viajar en autostop a París con un libro de poemas de Dylan Thomas en la mochila. O tal vez nada. Puede que no fueran conscientes del significado del 23 de abril, pero al grabar sobre el tronco del haya un corazón, una fecha y sus nombres habían regresado sin saberlo al origen del libro, que radica en la corteza de los árboles, donde los antiguos griegos y romanos escribieron los primeros pensamientos y las primeras palabras de amor.
Manuel Vicent. El País.

sábado, 2 de agosto de 2014

Jordi Pujol o Blancanieves

A Jordi Pujol, un día de 1960, lo pillaron in fraganti entonando a grito pelado El cant de la Senyera en el graderío del Palau de la Música delante de cuatro ministros. He aquí las consecuencias: dos años y ocho meses de prisión para el cantante, 100 millones de beneficios en el primer ejercicio bancario; el mártir orina sangre en los interrogatorios, 200 millones de ganancias; el héroe sale de la cárcel y es confinado a Gerona, 300 millones de superávit; Jordi Pujol vuelve en olor de reunión clandestina, en plan adalid de sótano, el abad le bendice, y ya tiene 400 millones en el haber, aparte de la fe y el descuento de letras.

Jordi Pujol nació en Barcelona en el año 1930, nieto de unos payeses de Premià de Dalt. En aquel tiempo cualquier catalán con futuro tenía la obligación de llegar a este mundo en el seno de una familia de fabricantes de hilatura o de menestrales con botica, gorra y guardapolvo, pero el padre de Jordi Pujol, vástago de un industrial del corcho venido a menos, con negocios de tapones para champaña francés, sólo trabajaba de empleado en la banca Marsans. Era uno de esos subalternos de botones dorados que sella pólizas de crédito con estampilla, se alimenta de escudella, vota a Esquerra Republicana, pero teme a Dios y a los guardias. Entonces la infancia parecía un abril lleno de himnos y por las Ramblas corría la libertad con barretina, había alegres escopetazos sindicalistas y pasteles de crema para burgueses con canotier, novios anarquistas con cananas bajaban de la Font del Gat repartiéndose cartuchos, las criadas cantaban la Santa Espina por el patio de luces, el camarada Companys saludaba a la senyera con el sombrero en la tetilla y los hombros salpicados de caspa, el señor Esteve tomaba la última zarzaparrilla en el bar La Puñalada y el parvulillo Pujol iba a la escuela Blanquerna, donde en el teatrillo de fin de curso él siempre hacía el papel de enanito del bosque en el cuento de Blancanieves. De pronto, en medio de la fiesta comenzó una lluvia de hierros.

Adolescente con cantimplora
Jordi Pujol pasó la guerra con los abuelos payeses en el pueblo del Ampurdán. Su niñez campestre está dorada con pan de maíz y butifarra casera, lejanas noticias del bombardeo de la ciudad, cunetas con milicianos, carretas con colchones que van al exilio y primeros ejercicios solitarios con la gramática catalana de Marvá entre vacas de estilo románico. También hay en su adolescencia la melancolía de una gripe en cuyo ámbito evanescente el infante leyó El sentiment de la pátria, de Maragall, y Elogi a Catalunya, de Vallés i Pujals, empanado con dos cataplasmas de harina de linaza, mientras en la Díagonal tropas nacionales y obispos con correajes, falangistas, rentistas y monjas redivivas celebraban una misa de victoria sobre los escombros.
...

Fuente: Artículo publicado en El País por Manuel Vicent en el 83. Leer todo aquí,
http://elpais.com/diario/1983/11/12/sociedad/437439602_850215.html

domingo, 12 de enero de 2014

Mascotas. En países con una democracia más asentada, antes de que un escándalo llegue a la opinión pública, el protagonista ya ha dimitido o le han echado a la calle

Como la mascota que se entretiene royendo un hueso de plástico, a la que el amo lanza una pelota y siempre se la devuelve con la boca, así parecen estar condenados a comportarse los líderes de opinión de este país ante los escándalos que sacuden nuestra vida pública. No importa que la mascota sea contestataria, apacible, nerviosa o una de esas que husmea los genitales de los invitados cuando llegan a tu casa. Cualquiera que sea su carácter, si se consigue educarla bien, le dices siéntate y se sienta, dame la patita y te la da, recoge la pelota y obedece. Incluso irá a hacer sus cosas en el rincón de siempre sobre el periódico en el que firma. Ahora mismo los medios de comunicación han dejado de roer los casos de Gürtel y de los ERE de Andalucía. Las mascotas parecen haberse aburrido de estos juguetes ya demasiado mordidos o babeados y de pronto se muestran felices con otros huesos, peluches o pelotas de todos los colores que les acaban de regalar. El quebrantamiento físico del Rey, la imputación de la infanta Cristina, el destino de la Monarquía, la aventura independentista de Cataluña, la neurosis religiosa aberrante del proyecto de ley sobre el aborto son los nuevos huesos de plástico que los periodistas deberemos roer de aquí al verano. En nuestro circo mediático sucede algo muy peculiar que no se da en los países con una democracia más asentada, donde por regla general antes de que un escándalo llegue a la opinión pública, tal vez por conducir borracho, por haber defraudado al fisco, por mentir en cualquier declaración, por comprar una chocolatina con el dinero del erario o simplemente porque un ministro ha demostrado ser un idiota, el protagonista ya ha dimitido o le han echado a la calle con una patada en el culo o ha ido a la cárcel o ha decidido ahorcarse. Aquí el derecho a la información parece destinado a todo lo contrario. Se trata de roer y babear el hueso, de juguetear con el peluche hasta destrozarlo, de ir una y otra vez por la pelota y devolverla al amo del cotarro hasta que el escándalo de corrupción o un grave problema político, disuelto en saliva, diluya toda su carga explosiva bajo una apabullante y confusa catarata de artículos, opiniones y tertulias, que al final no son sino una forma, mejor o peor, de ganarse la vida.
Fuente: Manuel Vicent. El País.

domingo, 19 de mayo de 2013

Mala hierba. La derecha española ha tomado la cultura como un menester banal que está en manos de gente frívola, bohemia y subversiva

La derecha española siempre ha considerado el Ministerio de Educación como una finca de su propiedad. A medias con la Iglesia católica ha luchado por defender ese bastión, desde el cual ha ejercido históricamente una posición de dominio sobre la conciencia de los ciudadanos. De hecho, la educación laica promulgada por la II República fue una de las causas de que la derecha entrara de forma muy violenta en su demolición y, alcanzada la victoria, estableciera una represión salvaje contra los profesores y maestros partidarios de la escuela pública. Ese ministerio se ha constituido desde entonces en un territorio de combate ideológico. Pero, al contrario de lo que sucede con la educación, la derecha española nunca ha considerado el mundo de la cultura como una frontera que debiera conquistar; más bien la ha tomado como un menester banal que está en manos de gente imprevisible, frívola, bohemia y subversiva, que tira al monte como las cabras, actores, poetas, cineastas, músicos, cantantes, bailarines y saltimbanquis, una reata a la que en el fondo desprecia, puesto que no la puede controlar. La derecha española, incluida la derecha dandi si la hubiera, está abrazada al casticismo; nunca ha sido soluble con ninguna vanguardia estética; en realidad ante un cuadro de Picasso o de Miró sigue pensando que eso lo pinta mejor su niño de cinco años. Un día los artistas salieron a la calle con una pancarta contra la guerra de Irak; poco después aprovecharon la fiesta de los Premios Goya para protestar y realizar algunas chirigotas inocentes contra el Gobierno de Aznar. Esta crítica casi de manual ha sido suficiente para que el mundo del cine español haya sido zaherido, despreciado y ridiculizado con saña por un sector de la derecha más agria, un escarnio que desde entonces aun perdura. No importa que se trate de actores y cineastas con prestigio internacional ni de artistas a los que el público adora y grita de placer en sus conciertos, la única tropa libre y divertida, capaz todavía de hacernos soñar en medio de esta crisis económica, color de rata. Ahora, la batería agresiva de impuestos que la derecha ha descargado, entre el desprecio y la venganza, sobre esa mala hierba de la cultura, no ha hecho sino ahondar el abismo insalvable que las separa. Fuente: Manuel Vicent. El País.

domingo, 14 de abril de 2013

14 de abril. Día de la II República.

El grave problema político que atraviesa la monarquía consiste en que no teniendo el rey ninguna responsabilidad política, tiene la obligación moral de no permitirse la más mínima quiebra


La corrupción de lo mejor es la peor, decían los latinos. Corruptio optimi pessima (*). Si se da por supuesto que lo mejor en el orden social es un rey, un príncipe, una infanta, los yernos y demás parentela, se entenderá por qué en la opinión pública causa tanta alarma, no exenta de morbo, cualquier escándalo que se derive de la Casa Real. En nuestra monarquía parlamentaria el rey no tiene ningún poder político. Solo ejerce el papel simbólico de cohesionar la unidad del Estado cuya jefatura ostenta. Precisamente por ser un símbolo, el rey no tiene otra responsabilidad que la de ser ejemplar, la de moverse dentro de una esfera platónica, limpia y transparente, que dé un sentido mágico a ese residuo histórico e irracional que es la monarquía. Los reyes están ligados al propio azar ovárico-seminal. Dentro de esa granja dorada de reproducción en la que viven estos privilegiados individuos, la primera labor de un monarca consiste en engendrar un príncipe y sucesivos vástagos que aseguren el futuro de la dinastía a capricho de la genética. El grave problema político que atraviesa la monarquía en este país consiste en que no teniendo el rey ninguna responsabilidad política, tiene la obligación moral de no permitirse oficialmente la más mínima quiebra, puesto que una esfera, si no es perfecta, deja de ser esfera. Cuando esta figura platónica, que simboliza el Estado, se corrompe, la ficción política se convierte en una farsa y todo el tinglado del teatro se derrumba. En nuestro caso existe otro peligro añadido. En medio de los escándalos de la Casa Real se eleva un fantasma luminoso, que se aparece cada año en primavera, como una flor de acacia. Hoy es 14 de abril. Puede que la Segunda República, ahogada desde el principio por sus enemigos, fuera un desastre (**), pero todavía hoy constituye un paradigma de racionalidad, modernidad y regeneración idealista cuya fuerza estriba en que muchos ciudadanos sin haberla vivido la han convertido en un sueño. Monarquía o república no es todavía el dilema. Antes de cambiar de caballo en mitad del río turbulento de la crisis la opinión pública exige primero que se limpien las caballerizas del monarca para que la esfera del Estado sea un espejo en el que los ciudadanos se reflejen sin avergonzarse.
Manuel Vicent en El País.
* Nadie está haciendo más por la República que el gobierno de Rajoy con el desprecio al pueblo, al incumplimiento de sus promesas (no tocaremos la Educación ni la Sanidad, ni las pensiones ni el IVA, etc.,) y la propia Monarquía con sus escándalos.
**La convirtieron en un desastre las fuerzas reaccionarias desde el principio que parece igual pero no es lo mismo, nota propia.