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lunes, 29 de enero de 2018

Los científicos que ‘hackean’ mentes para resolver conflictos imposibles. Experimentan con mecanismos psicológicos usando Israel y Palestina como laboratorio natural.

Mientras vestía el uniforme del Ejército de Israel, el psicólogo Eran Halperin sufrió graves heridas que le hicieron plantearse si no había otra posibilidad que la guerra perpetua:

"No podemos simplemente aceptar esto como la única situación en la que tenemos que vivir".
Y se lanzó a la búsqueda de alguna forma de resolver el conflicto desde su campo de conocimiento. Convenció a la prestigiosa Carol Dweck, de la Universidad de Stanford, de que el conflicto palestino-israelí era un
"laboratorio natural" que podría servir para estudiar cómo resolver los enfrentamientos eternos desde la psicología.
Desde entonces, sus equipos han descubierto algunos mecanismos sorprendentes que pueden ayudar allí y en otros lugares en los que las posiciones políticas se han enquistado y el conflicto parece irresoluble, enfoques esenciales en un mundo cada vez más polarizado. En Cataluña, dicen, también se pueden aplicar sus hallazgos.

"Soy totalmente optimista, principalmente porque veo que estos cambios suceden todos los días en nuestro laboratorio y también en las intervenciones que realizamos sobre el terreno", asegura Halperin. Y añade:
"La gente no cree que el cambio sea posible porque la mayoría de las veces utilizan mensajes persuasivos intuitivos en lugar de basados en evidencia y fallan repetidamente. Pero cuando utilizamos el mensaje correcto con las personas adecuadas, las cosas pueden ser efectivas".
Su grupo del Centro Interdisciplinario Herzliya ha realizado numerosos experimentos que ayudan entender por qué no funcionan muchos de los enfoques habituales a la hora de resolver conflictos. Y, sobre todo, empiezan a recoger frutos en la calle, en experimentos entre ciudadanos reales de Israel lejos del control de su laboratorio.

Uno de los más llamativos fue el realizado en 2015 en una pequeña localidad en la que más del 60% de la población apoya a los más conservadores del arco político de Israel. Durante seis semanas bombardearon a sus habitantes con vallas publicitarias en las calles, publicidad muy extendida en portales de internet y todo tipo de mercadotecnia y folletos que regaron por entero la localidad. Los sujetos de estudio, ciudadanos normales, no eran conscientes de participar en un experimento psicológico que ya había dado importantes frutos en situaciones controladas.

La idea de la campaña era usar el pensamiento paradójico para enfriar las posiciones de los más radicales.
Los mensajes, tanto por su estética como por su fondo, parecían claramente partidarios del enfoque de los halcones, el ala más dura, con soldados cuidando de niños y ancianos. Pero los lemas se pasaban de frenada, llevando hasta el absurdo el mensaje convencional. "Para mantener la ética, necesitamos el conflicto", decían los anuncios, que se reproducían en carreteras y YouTube. "Sin él no tendríamos héroes, necesitamos el conflicto". Al cabo de unos meses, el 30% de las cobayas humanas que se definían como derechistas se mostraban más partidarias de la negociación con los palestinos, frente al grupo de control de una ciudad similar y los considerados centristas en esa misma localidad. Algo había hecho clic en el cerebro de los halcones al ver sus ideas reducidas al absurdo.

Lo importante es encontrar el camino, el truco psicológico, que ayude a "descongelar" la mentalidad de los bloques.
El pensamiento paradójico ayuda con los más radicales porque evoca bajos niveles de desacuerdo: no les llevan la contraria de forma directa, un enfoque erróneo que ya se sabe que será contraproducente. No despierta esa disonancia en el cerebro porque no pone en tela de juicio su sistema de creencias, sino que simplemente deja en mal lugar la imagen de su grupo, lo que invita a replantear cómo mejorarla.

"Usamos diferentes estrategias para diferentes propósitos. Lo principal a tener en cuenta es que cada proceso psicológico es relevante para resultados específicos y con respecto a grupos específicos",
defiende Halperin, director del laboratorio de Psicología del Conflicto y Reconciliación Intergrupal. El pensamiento paradójico lleva a reconsiderar sus posiciones a quienes tienen puntos de vista más extremos. "En otros casos, hemos utilizado el entrenamiento de regulación de las emociones, que es principalmente efectiva para reducir las emociones negativas y el consecuente apoyo para la agresión", dice Halperin.

Otro error habitual es el de animar a ponerse en el lugar del otro. Esto provoca rechazo y que se enconen los ánimos, según han mostrado, porque se tiene una idea preconcebida de que el bloque rival es malo por naturaleza —"España es irreformable"— y firme en sus convicciones hasta la locura —"los independentistas catalanes han perdido la cabeza"—. "Tomar la perspectiva del otro lado puede llevar a la idea de que el conflicto es extremadamente complicado y que no hay posibilidad de intentar resolverlo", asegura Amit Goldenberg, investigador en Stanford.

Es mejor explicar que, como se sabe, la gente puede cambiar. Que el cerebro es extraordinariamente flexible y se adapta. Que incluso los líderes más radicales han sido capaces de alcanzar acuerdos de paz.

Es lo que demostraron Goldenberg, Halperin y Dweck con otro experimento sobre el terreno, poniendo a prueba la maleabilidad de los grupos, en un estudio publicado esta semana. La maleabilidad consiste en explicar que los grupos tienen la capacidad de cambiar para bien, con conceptos neurológicos y ejemplos reales como Gerry Adams, sin citar directamente lo que sucede entre Israel y Palestina. Cuando dejaron que estos mensajes calaran entre los sujetos estudiados, su esperanza en la resolución del conflicto aumentó notablemente, incluso pasados seis meses, y también crecieron el apoyo a políticas conciliatorias y la voluntad de hacer concesiones, reduciendo a su vez los pilares del odio. El primer paso, imprescindible, para plantear el acuerdo.

Cuando se expuso a grupos mixtos de adolescentes israelíes y palestinos al concepto de maleabilidad, su capacidad para trabajar en equipo se disparó frente a otros equipos: "Fueron capaces de construir torres hasta el doble de altas que las de los demás. Creer que el cambio es posible aumenta la probabilidad de que el cambio ocurra", cuenta Goldenberg. Esta técnica se ha usado también en Palestina: "Los resultados más sorprendentes fueron de los palestinos de Cisjordania, incluyendo miembros de Fatah y Hamas, personas que no tienen ningún interés en la pervivencia de Israel", asegura Dweck, que publicó sus resultados en Science. Este enfoque también está dando resultados en Chipre y ha sido replicado en Canadá y EE UU.

Tratar de poner a alguien en el lugar de otro puede ser contraproducente, pero ver que los otros se ponen en el lugar de uno es bastante efectivo.
Así, en otro experimento, se mostró a israelíes noticias del conflicto que les hacían indignarse. Cuando se les enseñó palestinos tan indignados como ellos por el mismo motivo, su voluntad de conciliación aumentó sensiblemente y se redujo la deshumanización del contrario. Esta "similitud emocional" es una de las razones por las que estos autores creen que hay que combatir a toda costa la autocensura dentro de los grupos.

Por ejemplo, en distintos experimentos se ha observado que los sujetos se muestran más propicios a buscar la paz cuando se les muestra a líderes o personas destacadas del bloque enemigo haciendo autocrítica y dando la razón a los contrarios en algún aspecto. "El apoyo a la autocensura no es simplemente un subproducto de un conflicto en curso, sino un proceso significativo que actúa como una barrera para la resolución de conflictos", aseguran estos autores. Y apuntan: "Es un mecanismo de cierre que apunta a bloquear la información que potencialmente puede arrojar nueva luz sobre el conflicto y el rival y así conducir a un cambio de puntos de vista por parte de los miembros de la sociedad y posiblemente un cambio de políticas con respecto al conflicto".

La ciudadanía es consciente del deterioro democrático que se produce por culpa de la autocensura, pero aun así la apoya mayoritariamente en situaciones de enfrentamiento. Durante la segunda Intifada, el 73% de los israelíes coincidía en que la libertad de prensa era un elemento fundamental para la democracia, pero el 80% era partidario de que los periodistas se autocensuraran para no perjudicar a su país.

A pesar de muchos estudios que señalan que es casi imposible cambiar de opinón, Goldenberg cree que es perfectamente posible con el enfoque adecuado.
"Lo estamos viendo con los derechos de las mujeres y el acoso sexual, el cambio está ocurriendo delante de nuestros ojos, gracias al movimiento de #Metoo. Con la percepción del cambio hay esperanza y si esperanza, hay cambio", asegura.

https://elpais.com/elpais/2018/01/09/ciencia/1515499458_662083.html

El peculiar experimento que logró moderar a 'halcones' israelíes

jueves, 12 de octubre de 2017

_- Machismo & Resolución de Conflictos. Modelo machista de resolución de conflictos.

_- Miguel Lorente Acosta

https://miguelorenteautopsia.wordpress.com

El autor nos muestra como el modelo machista de resolución de conflictos en lugar de resolverlo lo agrava.

El modelo machista para resolver los conflictos entre dos partes basa su estrategia en generar más conflicto, no en el diálogo ni en el consenso. El planteamiento es sencillo y surge de la construcción patriarcal de la cultura y de la sociedad que tenemos como consecuencia.

Esta construcción toma como referencia universal lo masculino y sitúa a los hombres en una posición de superioridad respecto a las mujeres, de manera que establece la desigualdad de género como esencia de estructuración social, y a partir de ella ha ido tomando otros elementos para extender y ampliar la desigualdad a otras circunstancias y características de las personas que forman parte de esa sociedad. El resultado es un sistema jerarquizado de poder, o lo que es lo mismo, una sociedad en la que determinadas personas por su sexo, sus ideas, sus creencias, su color de piel, su status, su origen, su orientación sexual… tienen una serie de privilegios y ventajas respecto a aquellas otras cuyas características son consideradas inferiores por esa cultura y sociedad.

Cuando se produce un conflicto entre personas en diferente nivel dentro de esa estructura jerarquizada, a quien se encuentra en una posición de superioridad no le interesa dialogar o consensuar para solucionar el conflicto, porque ha de hacerlo a partir de argumentos y razones, y puede que no las tenga o que sean menos sólidas que las de la otra parte. Por eso le interesa agravar el conflicto, avivarlo con elementos que generen más enfrentamiento para de ese modo justificarse en el uso de los instrumentos propios de su posición de poder, y que la otra parte no tiene por encontrarse en un nivel inferior.

Con esa estrategia el conflicto va aumentando hasta llegar el momento del “hasta aquí hemos llegado”, a partir del cual se pone en marcha todo el arsenal de instrumentos que guarda en su posición de poder, bajo la justificación de que el conflicto es insostenible, y como si hubiera sido generado en exclusiva por la otra parte.

Este es el modelo machista de resolver los conflictos, y el que usan los hombres desde sus posiciones de poder con las mujeres, algunos llegando a la violencia, otros a la amenaza, y otros simplemente recurriendo a la escenificación del conflicto para que la mujer entienda que debe ceder ante su autoridad.

Y como son los hombres y las referencias de la masculinidad las que impregnan la cultura y el significado de lo que acontece en la sociedad, el modelo se extiende a otros escenarios bajo los mismos planteamientos de la desigualdad y el poder, como ocurre en las relaciones laborales entre empresarios y trabajadores, en las relaciones dentro de los partidos políticos y en el ejercicio de la política, en las relaciones nacionales y en las internacionales…

Cualquier escenario en el que se entienda que el conflicto es un ataque a la posición de poder y un pulso a la persona que responde desde ella, el resultado será un aumento del conflicto que lleve a vencer más que a convencer. Porque el objetivo de la resolución de conflictos bajo esta estrategia machista es doble, por un lado resolver la cuestión formal que se ha planteado, sea esta personal, familiar, laboral, política, nacional o internacional; y por otro, ser reconocido como “vencedor” y salir reforzado en su posición de poder, aunque haya sido a través de una injusticia. Lo importante es vencer y aumentar el poder.

Este modelo de resolución de conflictos habitualmente reporta muchos éxitos a quienes están esas posiciones de privilegio, de ahí su refuerzo y su permanencia a lo largo de la historia, y su extensión a los ámbitos y contextos más diversos con ligeras variaciones. Pero siempre con la estrategia de resolver el conflicto generando más conflicto.

El problema se presenta cuando el modelo se utiliza frente a quien se piensa que está en una posición inferior y no lo está, o cuando lo está pero cuenta con otros mecanismo de apoyo informal que contrarrestan en parte el poder inicial de la otra posición, pero también cuando cada una de las partes cree que está en una posición de poder, y que debe potenciar el conflicto desde su lado para de ese modo poder utilizar su “carta secreta” y todos aquellos elementos propios a su posición que le permitirían vencer sin convencer.

Al final, este tipo de planteamientos son los mismos que dicen eso de que “la historia la escriben los vencedores”, por eso lo importante es derrotar al otro del modo que sea, porque después lo suavizarán y endulzaran con su relato. Lo estamos viendo estos días en diferentes contextos, pero es obvio que el más cercano y trascendente es el “conflicto” surgido con el proceso sobre el referéndum de autodeterminación de Cataluña del 1 de octubre.

Al margen de los elementos formales sobre su legalidad y las motivaciones y razones de quienes quieren votar, de sobra conocidas y comentadas, lo que se está viendo es el típico conflicto al modo machista. Una especie de pulso que, como muy bien se ha dicho estos días recurriendo a la canción de Joan Manuel Serrat, parece que están a ver “quien la tiene más larga”. Lo único que le falta es ver a Rajoy decir “por mis cojones que no se vota”, y a Puigdemont responder, “por mis cojons que votamos”.

Si lo dijeran quizás se entendería todo mejor. La prueba de que realmente se trata de un modelo machista de afrontar el conflicto es su retroalimentación, es decir, la utilización de las consecuencias que se producen como resultado de las decisiones dirigidas a potenciar el conflicto como razones para mantener el conflicto y aumentar así su intensidad.

Todo lo que está sucediendo estos días con las decisiones y acciones de unos y otros se está utilizando como justificación de las posiciones iniciales, cuando son un resultado de los problemas surgidos durante el conflicto, no causa del mismo. Pero eso no importa para las partes, lo que interesa es el conflicto en sí mismo y los apoyos para que quien dirige cada una de las posiciones sea reconocido por los suyos como ese macho-alfa capaz de dirigir al grupo.

También se ha comentado, y es cierto, que si en lugar de dos hombres al frente de cada parte hubiera dos mujeres y un modelo feminista de resolución de conflictos basado en la Igualdad, la empatía, el bien común… la situación actual sería completamente diferente. En estas circunstancias el conflicto ya no se puede resolver, pero sí se puede detener y replantear de nuevo toda la situación.

Esperemos que alguien saque el lado femenino que todos tenemos.

https://miguelorenteautopsia.wordpress.com/2017/09/27/modelo-machista-de-resolucion-de-conflictos/

miércoles, 27 de julio de 2016

El difícil diálogo entre padres e hijos

Ceder en una confrontación verbal con un adolescente no es sinónimo de capitulación

Escuchar es clave para ayudar a crecer y para la salud de las relaciones paternofiliales


Algunos conflictos y rupturas surgen cuando ambas partes creen que tienen razón y no sueltan su idea. Esta actitud aporta seguridad, pero también alimenta el conflicto cuando el otro implicado –por ejemplo, nuestro hijo– opina algo distinto de nosotros. Debatir provoca en algunas personas un temor a perder la sensación de seguridad, a mostrarse vulnerables. Sienten que si ceden les han vencido. Pero si no hay diálogo, la ruptura en la relación está casi asegurada.

"Observando la miseria en las opiniones ajenas, sin adoptar ninguna, descubro la paz interior” Buda.

Las personas construimos una identidad a través de la narrativa: por cómo contamos nuestra historia personal y por cómo transmitimos nuestra opinión. Sentir que tenemos razón, con una opinión bien formulada y clara, es una manera de reafirmar esta identidad. Solemos considerar una debilidad el sentirnos inseguros. Pero mostrarnos dispuestos a modificarla y escuchar a los demás son en realidad indicadores de la fuerza de una persona. Es más sabio reconocer que uno no sabe y mantenerse abierto a otras perspectivas. Esto nos enriquece; nos ayuda a comprender y a decidir con más claridad. “Se produce un placer natural cuando hablamos con alguien que no lo sabe todo, que tiene la mente abierta y está dispuesto a escuchar”, ilustra el autor budista Jack Kornfield.

Juan llega a casa después de una larga jornada. Patricia, su hija de 17 años, está sentada en el sofá. Al poco rato se pelean: esta noche ella quiere salir con sus amigos y él no se lo permite. Juan no siente predisposición para el diálogo porque su mente está ocupada con los problemas del trabajo. Sin prestar la debida atención, su respuesta inmediata es “no”. Y, como adulto, puede exponer tantas razones como precise.

Por lo general, la hija utilizará recursos como “soy la única que no puede”, “todos mis amigos van a ir” o “me lo prometiste”. Argumentos que a menudo no serán considerados como tales por los padres, lo que llevará a la hija a rebelarse. Si los adultos reconocen sus puntos fuertes, ella no sentirá que debe definirse tanto por oposición. Aun así, la reacción es inevitable, y al padre le cuesta aceptarla porque siente que se cuestiona su autoridad. Juan debe plantearse en qué se basa esa influencia sobre Patricia. ¿En el miedo, el respeto, el amor o la confianza? “Que mi hijo cuestione mis enseñanzas no tiene por qué afectar a mi influencia”, sostiene Clara, una madre, “pero si me muestro insegura, no me hará caso. Mi autoridad se basa solo en mi experiencia. Pero, precisamente, la inocencia de los hijos puede hacerles más sabios. Hay que ser honestos y, cuando se oponen frontalmente, debemos recordar que les estamos educando. No se trata de nada personal entre ellos y nosotros”.

Educar no consiste en introducir información, sino en sacar a la luz la verdadera personalidad de alguien. Con los hijos a veces no se trata de dar razones, sino de ayudar a descubrir y predicar con el ejemplo. Se pueden plantear propuestas que comporten una responsabilidad por parte de los hijos y que demuestren confianza por parte de los padres. Las imposiciones tajantes no suelen funcionar. “Un día mi hijo estaba viendo un programa basura”, cuenta Clara. “Debía de tener 12 años. Le propuse que cambiara de canal y él defendió su libertad de elegir diciendo que si tenemos tele es para verla. Le pregunté si le parecería normal que le prohibiese beber un vaso de cianuro, y contestó que sí. ‘Pues para mí’, expliqué, ‘esto envenena tanto tu mente como el cianuro tu cuerpo’. Apago la tele para protegerte de algo, aunque desconoces el daño que te va a hacer. Y ahí se acabó la historia”.

Ejemplos como el siguiente ilustran que quizá no se trate solo de tener razón. “Mireia, mi hija, es rebelde”, explica Francisco, otro padre. “Si le impongo un límite tengo asegurado un conflicto, o que me mienta. Eso no es lo que quiero”. Expone una posible solución. “Una vez, al llegar a casa por la tarde, la encontré viendo la televisión. Le pregunté qué pasaba con los deberes. Le dije que me gustaría que se supiera administrar. ‘Te pediría que apagaras la tele, pero entonces nos enfadaríamos’. La dejé allí, acepté que ella escogiera y yo renuncié a obligarla. Al cabo de media hora la tele estaba apagada, y ella, en su habitación”.

Al plantear un límite, si uno se mantiene abierto al desacuerdo, y escucha y respeta, puede llegar a un mejor entendimiento. La pregunta para Francisco sería: ¿está dispuesto a recibir un “no”, a que ella no haga los deberes? ¿Está dispuesto a escuchar qué quiere su hija? Cuando ella se niegue, la actitud de su hija no debería impedirle interesarse por sus motivos. Se trata de mantenerse abiertos al diálogo sabiendo que se puede poner un límite a los hijos después de escucharlos. Francisco lo explica así: “Quiero que sean conscientes de que he escuchado lo que quieren, y que aun así mantengo mi postura. Lo hago si creo que es por su bien y está conforme con mis valores”. No perder la conexión a pesar de la negativa de la hija es todo un arte.

En ocasiones, no es tanto el contenido de la discusión, sino la forma, lo que produce el conflicto. Al hablar con irritación y con palabras impositivas uno provoca reacciones defensivas. Los enfados calientan el ambiente y no permiten un diálogo sereno. Discutir desde el “tengo razón” genera una distancia entre las partes, e incluso puede quebrarse su conexión. Por eso es importante no dejar las cosas a medias. Javier, un cuarto caso, cuenta: “Cuando discutíamos en casa, mi padre nunca abandonaba a medias la discusión. Decía: ‘Mañana seguimos’. Las cosas importantes hay que finalizarlas. No puede quedar pendiente un sinsentido o una herida. Su enfoque era hablar de ello al día siguiente, después de dejar que se enfriaran los ánimos”. Esto sirve con los hijos, pero también en las relaciones de trabajo y entre los amigos.
Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo" Ludwig Wittgenstein

Si perdemos la conexión entre las partes y se quiebra la relación, ¿merece la pena mantenerse en sus trece? Javier intenta proyectar suavemente sus razones sobre sus hijos. “Permito que corran su carrera. Intento dejar que se equivoquen”. Consiste en dar espacio y permiso para que el otro crezca a su ritmo.

En pareja, es importante hacer equipo. Cuando no hay acuerdo respecto al conflicto con un hijo, conviene hablarlo y decidir en qué va a ceder cada cual, o quién va a llevar la voz cantante. Cuando ellos perciben un ­desacuerdo entre sus padres, se arriman al sol que más calienta. Esto resulta nefasto, porque divide. La clave para establecer acuerdos está en saber qué es importante para cada uno, en respetar y compartir el criterio de la pareja.

"Si deseas conocer la verdad, solo tienes que dejar de atesorar opiniones” Seng T’san

Sea cual sea el paso que deba darse, casi siempre corresponderá a los padres plantear cambios en la relación con los hijos. Se trata de que estos dejen de ver a sus progenitores como a los abominables seres del no, y de establecer conjuntamente acuerdos y límites.

Los progenitores deben mirar a su hijo como a alguien que va en su mismo barco, y que se enfrenta a las mismas preguntas que ellos se plantearon a su edad. “Me acerca a ellos el seguir cuestionándome las cosas”, explica Clara. “Cuando exponen sus razones, muchas veces están tratando de definir quiénes son. Ayudarlos a conocerse a sí mismos me facilita la salida del enfrentamiento”.

Más que de tener razón, se trata de apelar a ella. Está en las manos de los padres que la vida con sus hijos consista en una relación de crecimiento, en lugar de convertirse en una contienda de desgaste mutuo.

VIRTUD NEGOCIADORA
El difícil diálogo entre padres e hijos

Cuando dos personas se enfrentan, es imprescindible llegar a un acuerdo para no perpetuar el conflicto y sanear la relación. Roger Fisher y William L. Ury, de la Universidad de Harvard, se centraron en la psicología del diálogo en su libro Obtenga el sí. El arte de negociar sin ceder. En él señalaron la importancia de determinar qué necesidades son inamovibles y cuáles flexibles para que pueda terminarse la discusión con éxito. Negociar es un arte que utilizamos en todos los ámbitos: el personal, el político y el profesional. Hay quien cree que en toda discusión una de las partes debe ganar, aplastando al oponente, y la otra debe ceder. Pero existen alternativas.

Estos autores plantean las siguientes propuestas:

1. No identifique a las personas con el problema. 
2. Céntrese en los intereses, no en las posiciones. 
3. Ofrezca opciones que beneficien a ambas partes e 
4. insista en utilizar criterios objetivos.

http://elpais.com/elpais/2015/03/13/eps/1426266785_376459.html

lunes, 23 de marzo de 2015

¿Quién dijo miedo? Los ocho condenados a tres años de cárcel no amenazaron a los diputados catalanes ni ejercieron fuerza física

El Tribunal Supremo anuló esta semana una sentencia de la Audiencia Nacional y condenó a tres años de cárcel a ocho personas por un delito contra las instituciones del Estado. Las ocho participaron en la manifestación del 15 de junio de 2011 ante el Parlamento de Cataluña, bajo el lema “Aturem el Parlament. No deixarem que aprovin retallades” (Paremos al Parlamento. No dejaremos que aprueben recortes), que finalizó con incidentes.

¿Qué hicieron exactamente estos ocho jóvenes? ¿Conspiraron para asaltar el Parlamento catalán? ¿Agredieron a los diputados? ¿Les amenazaron con piedras, palos o pistolas? ¿Les dijeron que iba a darles un puñetazo? ¿Ejercieron la fuerza física contra ellos? No. Absolutamente nada de todo eso. Eran jóvenes que no formaban parte de un grupo organizado; participaban en una manifestación y, según la sentencia ha dejado claramente establecido, “levantaron los brazos”, “agitaron las manos abiertas”, “gritaron”, “siguieron” “recriminaron”, “dijeron” y “corearon”. Uno de ellos desplegó una pancarta y otro manchó con un espray la chaqueta de una diputada. Olga Álvarez, Rubén Molina y Carlos Munter, por ejemplo, “recriminaron las políticas de recortes y dijeron a un parlamentario que no les representaba”. Ciro Morales fue “una de las personas que rodearon a otro parlamentario, coreando lemas”.

Esos son los únicos hechos probados. Y, sin embargo, merecen nada menos que tres años de cárcel, una pena que implica que los acusados, ciudadanos españoles sin antecedentes penales, trabajadores sociales, estudiantes, parados o empleados precarios, deben ingresar en prisión. Tres años de cárcel, según el mismo Tribunal Supremo que en 1982 condenó con esa misma pena a dos de los capitanes que participaron en el asalto armado al Congreso de los Diputados o que estimó que bastaba con un único año para los seis tenientes que les acompañaron.

Todo estriba en la interpretación del artículo 498 del Código Penal que dice que serán castigados con pena de prisión de tres a cinco años los que emplearen fuerza, violencia, intimidación o amenaza grave para impedir que un parlamentario asista a sus reuniones (…).

La Audiencia y el voto particular formulado por el magistrado del Supremo Perfecto Andrés interpretan que agitar las manos abiertas, levantar los brazos o gritar no supone “fuerza, violencia, intimidación ni amenaza grave”. Es posible que en algunos momentos de la manifestación algunos parlamentarios se sintieran atemorizados, pero, en concreto, estos ocho procesados no hicieron nada que pudiera considerarse una amenaza, es decir, el anuncio de un mal o peligro grave. Por el contrario, la Audiencia aseguró que cuando algunos sectores de la población están en una situación de grave vulnerabilidad (los recortes supusieron un hachazo en las prestaciones sociales) y sufren un déficit material de representatividad, “porque no pueden hacer trascender su indignación y su explicable malestar en los medios de comunicación ni privados ni estatales”, no les queda otra posibilidad que el recurso al derecho constitucional de manifestación en la calle.

Perfecto Andrés, por su parte, afirma que no se trata de disculpar las acciones contempladas o privarles de significación. Pero no existe el requisito de ejercer “fuerza” sobre los parlamentarios. La intimidación, explica, supone inducir temor de una intensidad tal que obligue al afectado a modificar su comportamiento, algo que tampoco ocurrió. El Supremo, por el contrario, considera que “interponerse en el camino de dos diputados que solo pretendían acceder al órgano en el que habían de desplegar su función representativa, y hacerlo con los brazos en cruz, supone ejecutar un acto intimidatorio”.

¿Qué ha pasado en la sociedad española para que conductas como las que se describen se consideren tan graves que requieran un castigo tan severo? Quizás el miedo no sea lo que afligió a los diputados del Parlamento catalán, sino lo que está tomando al asalto en los últimos meses a todo el ordenamiento jurídico español. Quizás se tema que la desigualdad galopante termine por generar violencia (algo que no suele ocurrir con la pobreza). Quizás se pretenda desplegar todo un violento arsenal intimidatorio frente a los ciudadanos, a fin de advertirles y avisarles del mal o peligro grave que, al más mínimo gesto, les acecha. A ellos, no a los diputados.
 22 MAR 2015 -
http://elpais.com/elpais/2015/03/20/opinion/1426869530_962946.html

sábado, 22 de febrero de 2014

Resuelve los conflicto mediante la comunicación no violenta

Esta es la recreación de una historia real. El protagonista de la misma es Marshal Rosenberg, un psicólogo norteamericano padre de la Comunicación No Violenta. En una de sus múltiples charlas, conferencias y trabajos a lo largo del mundo, visitó un campo de refugiados palestino. Hacía bien poco que ese campo había sido atacado por el Ejército Israelí y por todas partes se podían ver botes de gas lacrimógeno con la frase “made in USA”. Cuando estaba dando su charla, poco a poco se fue extendiendo un rumor entre los oyentes: “es americano”, “es un americano”. Rachid se levantó y le gritó “asesino de niños”, “cobarde”, etc… Al instante otros refugiados se unieron a los insultos y el ambiente se empezó a calentar.
¿Cómo logró del Dr. Rosenberg terminar el día cenando en casa del propio Rachid?
Se puede decir que Rosenberg casi se vió forzado a estudiar psicología tras presenciar y sufrir en el año 1967, unos tremendos disturbios racionales en la ciudad de Detroit. Su familia se acababa de trasladar allí, y tuvieron que pasar varios días sin poder salir de casa hasta que se calmó la cosa. Cuando el joven Marshal volvió a la escuela, recibió una paliza por parte de dos compañeros de clase, porque su apellido parecía de origen judío. Era un “kike“, en el argot de la época en Detroit.

Desde entonces a Rosenberg le obsesionaron dos cosas:
1. Qué hace a las personas abandonar su humanidad y tratar a los demás como si no fueran humanos
2. Qué hace que las personas, aun en las peores circunstancias, sigan tratando a los demás con compasión y respeto.

Rosenberg fue consciente desde el principio que el lenguaje que usamos con los demás, tiene mucho que ver en estos aspectos. Una comunicación violenta, autoritaria puede hacer mucho daño y llevar a las personas a hacer cosas tremendas. Por el contrario, unas palabras bien elegidas, que traten de empatizar con el otro, y que busquen su comprensión pueden ayudar a resolver cualquier conflicto.

Durante años, desarrolló un método para lograr, a través de la comunicación no violenta, resolver los conflictos. Este método ha sido empleado por el mismo y sus colaboradores a lo largo de todo el mundo para resolver conflictos: tribus en África, Irlanda o los Balcanes. La comunicación no violenta se compone de 4 pasos:

1. Observación.
Ante cualquier situación y sobre si creemos que puede dar lugar o ser el origen de un conflicto, lo que hay que hacer es tratar de observarla de la forma más objetiva posible, sin hacer juicios de valor. Sin pensar si es bueno o malo. Cada uno tenemos nuestro propio concepto de bondad o maldad. Tenemos sitios comunes, pero nunca juzgaremos igual dos situaciones. Por eso hay que dejar los juicios de valor de lado y centrarse en los hechos. Se trata de describir.

2. Sentimientos.
Lo siguiente es tratar de averiguar los sentimientos que nos provocan estos estos hechos. Nos hacen sentir tristes, alegres, irritados, furiosos… Cualquier acción que hagan los demás, nos provocará una reacción sentimental por nuestra parte, se trata de buscar e identificar qué sentimiento(s) nos está sacando.

3. Necesidades.
Se trata ahora de ver cómo estos sentimientos se ajustan a nuestras necesidades. Necesidades del tipo, orden, limpieza, libertad, amor, cariño, respeto, reconocimiento… Cada uno y en cada momento tenemos unas u otras necesidades que necesitamos satisfacer para sentirnos felices.

4. Peticiones.
Una vez que ya sabemos lo que realmente queremos, cuáles son nuestras necesidades, es el momento de solicitar a la otra persona que haga algo por nosotros. Que lleve a cabo una acción para hacernos más felices.

Un ejemplo para clarificar.
En cómo discutir con tu pareja y que valga la pena, ya se tocó ligeramente esta forma de abordar los problemas, pero imaginemos la siguiente situación. Tu pareja ha dejado ropa tirada en casa, una forma no violenta de comunicar la situación sería “cariño, cuando veo ropa tirada por ahí me pone de los nervios porque tener orden en casa es muy importante para mi. Por favor, ¿podrías guardarla en tus cajones y llevarla a lavar?” En pocas palabras, hemos expresado un hecho objetivo (ropa tirada), nuestros sentimientos (me pone de los nervios), las necesidades (el orden) y una petición clara (guardarla o llevarla a lavar). Una buena plantilla para expresar estos 4 pasos sería: “He visto/Observo/Veo que _____. Me siento ____ porque necesito ____. ¿Estarías dispuesto/Podrías ____?”, desde luego hay formas más coloquiales de expresarlo, pero siempre es mejor tener esto en mente que tratar de resolver un conflicto con juicios de valor y acusaciones.
Fuente: Comunicación no violenta.

sábado, 2 de enero de 2010

Educación Secundaria. Unas formas más de abordar las dificultades, en educación, con imaginación

CÓMO PODEMOS AFRONTAR LOS CONFLICTOS CON IMAGINACIÓN
LAS COMUNIDADES DE APRENDIZAJE. El IES Diamantino García Acosta (Sevilla) se inauguró en 2003. Según José María Berdonces, el entonces secretario del centro, ese año “fue traumático, caótico y muy difícil”. La alta conflictividad, el desconocimiento del alumnado entre sí, los pocos recursos materiales y humanos, y la poca implicación de las familias, causaron la baja por depresión de muchas profesoras. Tomaron medidas especiales: aulas de apoyo, expulsiones por mal comportamiento, etc., pero el resultado fue, según Berdonces, que “nos quedábamos con más alumnos expulsados que en el centro”. Investigaron y decidieron promover un modelo educativo: una Comunidad de Aprendizaje. El nuevo modelo se planteó sobre cinco pilares: Partir de la heterogeneidad del alumnado no como un problema sino como algo valioso; Aumentar el número de recursos materiales y personales, trabajando con las familias y con ONG; Trabajar el currículum (contenidos y metodología), organizando en el aula los grupos interactivos (grupos pequeños de aprendizaje con alumnado con competencias y habilidades diversas); implicar al alumnado y sus familias en la convivencia; y formación conjunta del profesorado, alumnado, familias y voluntariado sobre temas de interés común como el bullying. (+referencias)

GRUPOS Y ASAMBLEAS DE CONVIVENCIA Desde 2005 en el IES Gerardo Molina de Torre Pacheco (Murcia) se ha formado un grupo de convivencia, para dar vida y contenido al plan de convivencia del centro. Una de las medidas más exitosas es la Asamblea de Delegados de Convivencia, creada con la convicción de que en la prevención y resolución de los conflictos tienen que involucrarse todas las personas que forman la escuela, incluido el alumnado. En este espacio, como explica Fuensanta Gómez, del departamento de Orientación, “se escucha al alumno para que cuente lo que ve”. Para el alumnado es una oportunidad de tomar decisiones, poner medidas y dar respuesta a los asuntos tratados. “Nosotros –concluye Fuensanta– lo que hacemos es mediar, coordinar y ofrecerles consejos”. Los delegados son rotativos y se reúnen cada mes con el profesorado para formarse en los diferentes temas de mediación y violencia, que luego explica en las aulas. La medida forma parte del Plan de Convivencia que también incluye actuaciones de formación para el profesorado o programas curriculares para fomentar el desarrollo de actitudes de respeto, empatía y conocimiento de la diversidad humana.
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