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miércoles, 28 de noviembre de 2018

_- Pobreza o mala suerte. Sí, a veces la vida te gasta una broma de muy mal gusto.

_- Cuando ves a una persona sola, con una maleta gigante, bien cuidado, y esperas que van a venir a por él, cuando al día siguiente lo ves, en el mismo banco, tapado, y con los ojos más triste, (hacía mucho tiempo que no veía unos ojos tan tristes) no puedo dejar de sentir empatía por esa persona. No sé nada de su vida, solo sé que es de Cáceres, que le ofrecí comida, que no le apetecía comer, lo único que le pude decir, es que le llevaba a Cáritas, que mi marido vendría a por él.

¡¡A veces la vida es muy injusta!!
No sé por qué estará así, no sé cuál es su situación y ahora no me importan las causas.

La vida da muchas vueltas.
Lo vi emocionado, nadie le había preguntado, se emocionó, solo por preguntarle que si le podía ayudar.
¿Dónde está el espíritu navideño de las personas?
Aquí solo nos preocupamos por quién va a salir en una cabalgata, no nos preocupamos por la situación real de tantas familias.
Creo que cada día somos más egoístas, solo miramos nuestro ombligo.
Ya va mi marido con un tapper de comida, fruta, yogurt y pan. Y lo llevará a Cáritas, espero que su vida se resuelva y que pueda salir adelante.

No es justo
- No lo es-, que tengamos que depender de la caridad de los demás, es humillante, prefiero, me gusta más sin duda ninguna, la solidaridad. Y, sobre todo, me gustaría que viviéramos en un país más justo y solidario, que los gobernantes se preocupasen por su pueblo y no robaran tanto...

Fuente: Tomado de internet. FB, y colgado aquí de forma anónima.

sábado, 4 de agosto de 2018

La maldita suerte. Rosa Montero

Hay muchísimas personas de talento que se dejan la piel y el alma como las que más en sus proyectos, y que, sin embargo, no consiguen salir adelante

Siempre he pensado que la buena suerte no existe: la vida te la vas labrando con mil pequeñas decisiones cada día, con esfuerzo y con tenacidad de estalactita. Pero creo en la existencia de la mala suerte, porque hay muchísimas personas de talento que se dejan la piel y el alma como las que más en sus proyectos, y que, sin embargo, no consiguen salir adelante en sus vidas. De hecho, hay biografías que parecen marcadas por una luna negra. Personas con tal cúmulo de desgracias a sus espaldas que su destino empavorece. Son víctimas inocentes a las que un dios ciego escoge castigar.

Me sobrecogió, por ejemplo, el caso de un traductor chileno al que conocí en Berlín en 1989, cuando la caída del muro. Tenía cuarenta y pocos años, hablaba un alemán magnífico y servía de intérprete a los periodistas españoles que acudíamos en tropel a cubrir las noticias. Estuvimos varios días de la ceca a la meca, trabajando mil horas, y al final se abrió y me confió su historia. En 1973, cuando el golpe de Pinochet, él y su mujer habían sido detenidos con veintipocos años. Los torturaron a ambos de una manera aberrante y atroz que me contó. Cuando, años después, lograron salir ambos del país, intentaron quererse, pero no pudieron. La historia se rompió. Necesitaron ayuda psíquica y médica. Seguían convaleciendo, cada uno por su lado. Pero él estaba empezando a salir del pozo. Lo explicó todo muy bien. Me emocionó. Era un tipo estupendo. Seis meses después, regresé a Berlín para hacer otro reportaje e intenté contratarlo de nuevo como intérprete. Y entonces me enteré de que se había matado unas semanas antes, mientras trabajaba con un equipo de televisión. Se estrellaron con el coche y ardieron. Se abrasaron. Sigo rogando mentalmente que ya estuviera muerto. O inconsciente. No fue justo.

Hay muchos otros casos, también históricos. Como el de Polidori, médico, secretario, quizá amante y desde luego víctima de Lord Byron. De entre los muchos libros que cuentan la famosa noche en Villa Diodati en la que Mary Shelley creó a Frankenstein, recomiendo El año del verano que nunca llegó, de William Ospina, en donde se reivindica la imagen de este hombre, al que Byron llamaba, despectivamente, “el pobre Polidori”. Byron, cruel, lo destrozó: le repetía que era un inútil, que sus obras (el médico escribía) eran espantosas, que era un hombre ridículo. No parece serlo en absoluto, y aquella noche de truenos en la que los invitados de Byron se propusieron escribir cuentos de terror, mientras Mary paría a Frankenstein, Polidori creó El vampiro, el antecedente de Drácula y en realidad un retrato del chupasangres anfitrión. El destino cruel (luna negra, dios ciego) hizo que el libro se publicara bajo el nombre del vampiro inspirador, es decir, de Byron, que no se dio ninguna prisa en deshacer el entuerto. El relato fue un éxito tremendo: al principio vendía 5.000 libros al día… con el nombre del malo. Al cabo Polidori consiguió que se reconociera su autoría, pero ya era tarde, estaba emocionalmente deshecho. Se suicidó a los 25 años bebiendo ácido prúsico. Hace falta estar muy desesperado para darle a la muerte un beso tan atroz. Y su mala suerte perdura: hoy apenas si se le recuerda, y su imagen sigue estando manchada por la versión ponzoñosa de Byron: en la Wikipedia, por ejemplo, le dejan bastante mal.

De modo que yo sólo creía, repito, en la mala suerte, no en la buena. Y de pronto ha salido en la revista Nature un estudio tremendo de la Universidad de Northwestern que, tras analizar la carrera de 30.000 cineastas, artistas y científicos, concluye que el éxito viene en rachas; que estas rachas duran poco, como máximo cinco años; que por lo general sólo se tiene una en la vida, y que son un completo producto del azar. Es decir, de la buena suerte. Un veredicto aterrador que te deja tiritando. Supongo que todos nos plantearemos lo mismo: ¿La he tenido ya, no la he tenido? Si ya hubo una etapa buena, ¿el futuro sólo será decaer? ¿Importa un bledo el esfuerzo? Espero que el estudio no ande muy atinado. Mientras tanto, en este agosto en el que no nos veremos (volveré a publicar mis artículos en septiembre), les deseo que tengan mucha suerte. Por si acaso. 

 https://elpais.com/elpais/2018/07/23/eps/1532360741_105523.html

jueves, 26 de julio de 2018

Las 12 cosas más efectivas para superar una ruptura, según la ciencia. Una separación puede producir angustia, depresión, sentimiento de culpa y pérdida de autoestima.

1. Estar enamorado es descubrir lo bella que es la vida",
cantaba el inefable y siempre sabio Raphael. De ahí que, cuando una relación se acaba —los matrimonios duran 16,3 años de media, según el INE—, el batacazo psicológico sea morrocutudo. No solo se trunca una relación, sino la vida como la habíamos imaginado. Un estudio de la psicóloga Galena Rhoades, de la Universidad de Denver (EE UU), relacionó la disolución de una pareja con un aumento de la angustia y una disminución en la satisfacción vital.

Los hombres y las mujeres que son rechazados, en comparación con los que rechazan, experimentan más depresión, pérdida de autoestima y pensamientos cuidadosos y reiterados sobre un mismo tema, según otro estudio de la Universidad de Texas en Austin (EE UU). Además, tras una ruptura, el cerebro de las mujeres cambia, incrementando su actividad en zonas relacionadas con la tristeza, según el profesor Arif Najib, de la Universidad de Tubingen (Alemania). Y, por si fuera poco, puede llegar a afectar al sistema inmune, como halló Janice K. Kiecolt-Glaser, de la Universidad de Ohio (EE UU). Por suerte, la ciencia ha encontrado algunos métodos para pasar mejor el trago.

2. Llore, desahóguese 
"Al experimentar esos sentimientos disminuirán con el tiempo y se acelerará el proceso de duelo. Las etapas de duelo con frecuencia incluyen: conmoción/negación, negociación, enojo, depresión y, finalmente, aceptación", indica un documento de la Universidad McGill (Canadá) que recoge 20 estrategias para sobrevivir a una ruptura.

"Es lo primero que hay que hacer: llorar, soltar toda la pena y la rabia. Aunque la gente de nuestro entorno nos diga que lo olvidemos; todo lo contrario: lloro, porque me apetece llorar. Hay que autorizarse a estar mal y llorar", sentencia Esteban Cañamares, miembro del Colegio de Psicólogos de Madrid. "Si cerramos el grifo de la pena lo único que vamos a conseguir es que en vez de durar equis dure tres equis. Llorano vamos a acortar el duelo.

3. Concéntrese en las cosas malas de su ex ¿Se dejaba siempre la tapa del váter levantada? ¿Nunca ponía la lavadora? ¿Era una seta? No deje de pensarlo y se sentirá mejor. Es la conclusión de un estudio publicado en 2018 en Journal of Experimental Psychology: pidieron a los participantes —todos recién salidos de una relación— que, antes de ver una foto de su ex, se concentraran en tres tipos de pensamientos: en los defectos de la otra persona; en aceptar lo ocurrido; y en cosas que a ellos mismos les resultaban gratificantes (su comida favorita, por ejemplo). Aquellos que evocaron los aspectos negatitos tenían una respuesta emocional menor.

4. No intente quedar bien con la otra persona
Cuando dos amantes cortan, ambos lo pasan mal, aunque "la persona que toma la decisión ha tenido un tiempo para reflexionar y asimilar antes de anunciarla, de modo que el sentimiento de culpa y pérdida es más claro en la persona que no decide", dice Trinidad Bernal, doctora en Psicología y experta en mediación de la Fundación ATYME.

A veces, con la mejor intención, quien ha puesto punto final intenta minimizar el daño en el otro ofreciéndole su amistad o proponiendo el clásico "aquí estoy para lo que necesites". Los expertos lo desaconsejan. "Lo único que consigue es crear en el otro un sentimiento de esperanza y lo fastidia indica Bernal.

5. Escriba un diario
Poner por escrito las sensaciones y vivencias posteriores a una ruptura puede ser adecuado para afrontarla, ya que de ese modo se acentúa el procesamiento cognitivo de una forma sencilla, asegura el psicólogo estadounidense James W. Pennebaker en su ensayo Opening up: The healing power of expressing emotions.

Quienes escriben sobre los aspectos positivos de la ruptura experimentan emociones más positivas con respecto a la misma, según el profesor Gary W. Lewandowski, de la Universidad de Monmouth (EE UU). Entre esas emociones figuran comodidad, confianza, empoderamiento, energía, felicidad, optimismo, alivio, satisfacción, agradecimiento y sabiduría. En esa misma línea, un estudio publicado en Procedia-Social and Behavioral Sciences sostiene que "la expresión emocional escrita reduce los síntomas depresivos".

6. Salga de fiesta con sus amigos
Puede tener efectos balsámicos, siempre que nos lo pida el cuerpo. "Lo de obligarnos a salir, eso nunca. Sin forzarlo. Puede que no nos lo pasemos bien y cuando realmente nos apetezca prefiramos no salir", advierte Cañamares. Un estudio publicado en 2013 en PLOS One decretó que la calidad de las relaciones sociales influye en el riesgo de depresión exactamente igual que los hábitos saludables en el riesgo de enfermedad cardiovascular

7. Pero evite hablar demasiado del tema
Descargar las penas en un hombro amigo es casi una necesidad cuando uno se siente como un perro apaleado. Para los psicólogos, está bien hacerlo dos o tres veces, pero no más. "Al verbalizarlo constantemente, la herida sigue abierta", señala Trinidad Bernal. "Uno encuentra relax en ese momento, pero a la vez provoca que se recuerden una y otra vez las mismas situaciones y no hay manera de salir de un atolladero bastante fuerte. Los amigos creen que ayudan mucho con eso, y no es verdad. Lo que se recomienda es que se desvíe la conversacion hacia otros temas, distraer al amigo o amiga que esta pasando por esa situación.

8. No busque culpables
Montarse películas no trae nada bueno. "Tendemos a inventarnos una historia de buenos y malos. Las cosas son mucho más complejas. Es mejor huir de eso, primero porque es falso, y puede llevarnos a cometer nuevas equivocaciones de pareja. También porque las culpas facilitan las depresiones, los ataques contra uno mismo… En esta sociedad nuestra, de origen judeocristiano, tendemos mucho a la culpabilidad".

Es mejor sacar una moraleja: "Del tipo: a partir de ahora no me voy a conformar con fijarme en el físico, o a partir de ahora hasta que no conozca a su familia no voy a comprometerme. Prender cual es la piedra en la que hemos tropezado. Añade Cañamares.

9. Descarte iniciar una nueva relación enseguida
Suele suceder que quien ha tomado la decisión tiene un derroche social altísimo. Pero no siempre es aconsejable emparejarse pronto. "Si se implica enseguida en una relación sin haber pasado el duelo, lo más probable es que no tenga éxito. Hasta que no se ha pasado esa fase, indudablemente no va estar en condiciones de poder dar cariño a otra persona y va a estar enganchado a situaciones anteriores", dice Trinidad Bernal.

Menos probable es que la persona abandonada tenga ganas de comprometerse a corto plazo. "Ni se le va a ocurrir. Su centro de atención sigue estando en el otro", asegura Bernal. Tras una separación, los hombres son más propensos a iniciar una relación de rebote, como asegura un estudio publicado en Social Sciences en 2013. ¿Y una relación esporádica? "Es un parche para un momento, no la solución", dice Cañamares.

10. Recupere rutinas
El tiempo que antes tenía para usted —en ocasiones limitado, puesto que de buen grado compartía horas y actividades con su pareja— , ahora se ha multiplicado: aprovéchelo en su propio beneficio, apuntándose a un gimnasio, matriculándose en un curso o visitando exposiciones. Será como extraer una consecuencia buena de algo malo. "Es necesario hacer una lista de actividades. Pero con antelación: planifiquemos el fin de semana antes de que llegue el viernes, de lo contrario se quedará tumbado en el sofá dándole vueltas a los recuerdos. Funciona muy bien el volver a hacer cosas que a uno le gustaban y dejó de hacer, o cosas que nunca ha hecho y puede apuntarse a ellas", señala Trinidad Bernal.

11. Pongase en forma
Cuidar el cuerpo es importante. "La actividad física, salir al aire libre, pasear, respirar de una manera más acompasada…, son cosas que ayudan mucho. Las emociones nos están generando reacciones químicas en nuestro organismo que son contraproducentes, y de este modo se equilibran", comenta Trinidad Bernal.
Hágase un control médico. 

El ejercicio puede ser un buen tratamiento contra la ansiedad, dicta un estudio de 2015 de la Universidad de Duke (EE UU). En 2017, un grupo de investigadores canadienses estimó que es beneficioso para los trastornos de ánimo y la depresión.

12. Dejar de seguirlo/la en Facebook e Instagram
Esteban Cañamares recomienda dejar pasar al menos seis meses hasta retomar el contacto. "No podemos pretender que a las dos semanas de haber cortado ya seamos amigos", dice. "Durante seis meses no deberíamos saber nada de él o ella. Ni en Facebook ni nada por el estilo. No ayuda a que el duelo evolucione. Hay que dejar que la herida cierre totalmente, y a partir de ahí podemos seguir siendo amigos o compañeros de pádel".

Una tesis doctoral de Veronika A. Lukacs, de la Universidad de West Ontario (Canadá), sostiene que el contenido en Facebook puede ser una fuente de angustia para las personas que recientemente han experimentado una ruptura romántica. En su estudio, aquellos que participaron en altos niveles de vigilancia electrónica interpersonal experimentaron más angustia por la ruptura que las personas que no lo hicieron.

13. La guinda: si cree que algo le va a aliviar, hágalo
En 2017 se publicó en Journal of Neuroscience un curioso estudio, a cargo de investigadores de la Universidad de Colorado (EE UU). Reunieron a un grupo de personas que acababan de terminar una relación y les pidieron que miraran fotos de sus exparejas. A algunos les dieron un pequeño aparato, diciéndoles que se trataba de "un poderoso analgésico efectivo en reducir el dolor emocional"; al resto les dijeron la verdad: era un simple espray nasal. Entre los engañados, la actividad cerebral aumentó marcadamente en las regiones involucradas en el control de la emoción y disminuyó en las áreas asociadas con el rechazo; también aumentó en una región llamada gris periacueductal, que ayuda a controlar los analgésicos y los neuroquímicos que estimulan el estado de ánimo como los opioides y la dopamina. El experimento con el placebo sugiere que las expectativas positivas pueden ser suficientes para influir en áreas del cerebro en las que habitualmente actúan los antidepresivos.

https://elpais.com/elpais/2018/06/18/album/1529315028_761947.html#foto_gal_2

sábado, 9 de diciembre de 2017

Una implosión mayor y más rápida que en nuestras peores pesadillas.

El diario

Pronto será demasiado tarde, advierten quince mil voces desde el mejor conocimiento científico hoy disponible

El pasado mes de octubre se hacía pública en EEUU otra noticia más desde el frente de batalla de la guerra de las sociedades industriales contra la vida: se alertaba de una enorme mortandad de salmones en el estado de Washington, seguramente causada por contaminantes que resultan del tráfico rodado (polvo de desgaste de frenos, gasolina, gasóleo, fluidos tóxicos) .

Uno de los ensayistas de referencia sobre cuestiones ecológicas, George Monbiot, que escribe regularmente en The Guardian, comentaba: “El mundo viviente está siendo machacado desde todos los ángulos y colapsa a una velocidad asombrosa. Tal es el efecto del crecimiento económico exponencial.

El período de duplicación [del producto económico] es tan breve que vemos el colapso suceder ante nuestros ojos: insectos, salmones, tiburones (y casi todos los peces grandes), leones, elefantes, jirafas, anfibios, pájaros cantores, pingüinos... todos desaparecen mientras estamos mirando. Una implosión mayor y más rápida que en mis peores pesadillas. Pero ¿dónde está la urgencia política? ¿Las cumbres para hacer frente a la emergencia? ¿Las estrategias? Los gobiernos hablan de cualquier cosa excepto de esta catástrofe existencial, penetrada por la creencia religiosa de que el mercado de alguna manera lo resolverá. Cuando precisamente es ‘el mercado’ lo que está impulsando la catástrofe.

El PIB es una medida de nuestro progreso hacia el desastre. En cuanto a los medios masivos, la consigna parecería ser ‘no mencionar la guerra contra el mundo natural’. Porque tan pronto como lo mencionas, el cuento económico se derrumba…”.

Monbiot no exagera: ante la magnitud de la Sexta Gran Extinción que hemos puesto en marcha, si se descorre el velo que pone ante nuestros ojos el negacionismo generalizado de la cultura dominante, uno se queda anonadado, casi mudo. Ningún logro humano –artístico, tecnológico, filosófico, económico…- podría justificar lo que estamos haciendo a los seres vivos y a la entretejida trama de la vida en la Tierra. Creo que nada puede compensar todo ese sufrimiento, tanta devastación.

La destrucción de vida viene causada por diferentes factores que interactúan: la pérdida de hábitats, el cambio climático, el uso intensivo de plaguicidas y varias formas de contaminación industrial, por ejemplo, están diezmando las poblaciones de insectos y aves. Pero –nos dice uno de los grandes economistas ecológicos del mundo, el canadiense William E. Rees- “el motor general es lo que un ecólogo podría llamar el ‘desplazamiento competitivo’ de la vida no humana por el crecimiento inexorable de la empresa humana. En un planeta finito donde millones de especies comparten el mismo espacio y dependen de los mismos productos finitos de la fotosíntesis, la expansión continua de una especie necesariamente conduce a la contracción y extinción de otras. (Que los políticos toman nota: siempre hay un conflicto entre la población humana más su expansión económica y la ‘protección del medio ambiente’).

Más seres humanos, más automóviles, más toallitas desechables, más granjas de cerdos y más turismo significa menos vida en la biosfera del tercer planeta del Sistema Solar. Por otra parte, sólo una fatal ignorancia de nuestra ecodependencia hace que pensemos que esa catarata de extinciones no nos afectará a nosotros mismos. No sólo a través de nexos causales bastante obvios (por ejemplo, la gran cantidad de cosechas que en todo el mundo dependen de la actividades polinizadora de insectos, aves e incluso murciélagos) sino, de forma más general, porque es el buen funcionamiento de los intrincadísimos ciclos biosféricos (bio-geo-químicos) lo que hace que el planeta Tierra sea un hogar favorable para nuestra especie. Nosotros formamos parte de la misma naturaleza que estamos degradando; la guerra nos la hacemos también a nosotros mismos.

Nada de esto es muy nuevo: esta guerra contra la vida se intensificó desde 1950 aproximadamente (el período que conocemos como la “Gran Aceleración”) y ha conducido a resultados tan estupefacientes como que la mitad de los combustibles fósiles y muchos otros recursos utilizados por los seres humanos los hemos consumido apenas en los últimos cuarenta años –y encima con la distribución brutalmente desigual que es bien conocida.

En 1992 la UCS ( Union of Concerned Scientists, Unión de Científicos Comprometidos, una benemérita organización estadounidense sin fines de lucro) lanzó una primera “Advertencia a la humanidad de los científicos del mundo”. La firmaban en aquel año de la “Cumbre de la Tierra” en Río de Janeiro más de 1.700 investigadores, entre ellos la mayoría de premios Nobel en ciencias que estaban entonces vivos . En el vigésimo quinto aniversario de aquella declaración histórica se ha hecho pública una segunda iniciativa, otra “ Última Llamada” que en este caso firman más de 15.000 investigadores e investigadoras de 184 países. La abrumadora mayoría de las amenazas y dinámicas destructivas descritas en 1992 continúan y casi todas “están empeorando de forma alarmante” .

La iniciativa procede de un equipo científico internacional dirigido por William Ripple, profesor de Ciencias Forestales de la Universidad Estatal de Oregón (EE.UU.). En un artículo publicado en la revista BioScience señalan que el bienestar humano se verá seriamente comprometido por el cambio climático, la desforestación, la mengua de acceso al agua dulce, la extinción de especies y el crecimiento de la población humana. “La humanidad no está tomando las medidas urgentes necesarias para salvaguardar nuestra biosfera en peligro”, avisan los científicos en la revista .

No hay nada de lo que valga la pena ocuparse que no esté en peligro, se nos dice que dijo Jimi Hendrix. Y Pier Paolo Pasolini, por aquellos mismos años: Siamo tutti in pericolo. “Pronto será demasiado tarde”, advierten quince mil voces desde el mejor conocimiento científico hoy disponible. Que este “ World Scientists’ Warning to Humanity: A Second Notice” no caiga en saco roto: “Pronto será demasiado tarde para cambiar el rumbo de nuestra trayectoria fallida, y el tiempo se acaba. Debemos reconocer, en nuestra vida cotidiana y en nuestras instituciones de gobierno, que la Tierra es nuestro único hogar”.

Fuente:
http://www.eldiario.es/ultima-llamada/implosion-mayor-rapida-peores-pesadillas_6_709789024.html

martes, 5 de diciembre de 2017

Qué es la homeostasis, la propiedad de la que dependen nuestras vidas

Para que una nueva vida sobreviva, todo -la temperatura, la acidez, la concentración de oxígeno- tiene que estar controlado con absoluta precisión.

Eso no cambia con los años: tenemos que mantener condiciones precisas en cada uno las células que nos componen. Eso es la homeostasis.

Nuestra vida depende de ello.

No hay nada más importante para el cuerpo humano.
La mayoría de los complejos sistemas de nuestro cuerpo existen principalmente para equilibrar y defender esta preciosa química interna de peligros y amenazas, grandes o pequeños.

Y nuestros cuerpos deben hacer esto cada segundo de cada día de cada año de nuestras vidas.

Es el milagro de la supervivencia. Nuestras vidas penden de un hilo y somos increíblemente buenos para agarrarnos a él.

Mantener una temperatura constante es la prioridad número uno del cuerpo humano, ya sea en las playas tropicales o en los bosques helados de Noruega.

Independientemente de lo que les hagamos, nuestros cuerpos deben mantener una temperatura base de 37 grados.

Un cambio de unos pocos grados más o menos puede ser mortal, pues puede alterar nuestra delicada química interna al punto que nuestros órganos empiecen a fallar.

La capacidad de nuestro cuerpo para regular la temperatura es un mecanismo de supervivencia que apenas estamos empezando a comprender completamente.

Cuando corremos el riesgo de pasar demasiado frío, se activa un mecanismo que salva vidas.

La adrenalina corre a través de nuestro cuerpo, estimulando las células para producir energía a un ritmo más rápido y esto se convierte en calor.

En el otro extremo, el caliente, sudamos y enviamos más sangre a la piel para que el cuerpo pueda deshacerse del calor. Pase lo que pase afuera, nuestra temperatura central está protegida.

Pero mantenerla tiene un costo. Puede afectar dramáticamente el equilibrio de nuestra química interna. En los helados lagos de Noruega

En Noruega, niños, adultos y viejos suelen bañarse en las aguas heladas de sus lagos. Es una tradición... y, según los noruegos, es divertido.

La natación en hielo es uno de los ejemplos más extremos del mecanismo homeostático del cuerpo en acción.

¿Qué pasa cuando te sumerges en agua helada?
Entras en un estado potencialmente mortal que llamamos "choque de agua fría".

Tus dedos se ponen cada vez más fríos, y empiezan a fallar. Te empiezas a sentir mal.

Tras unos segundos más, te sientes peor, tus dedos comienzan a perder sensación y no puedes respirar. El agua helada amenaza el equilibrio interno del cuerpo.

Jadeas, tu corazón se acelera y los vasos sanguíneos en tu piel se contraen, en un intento desesperado por reducir la pérdida de calor. Temblores incontrolables hacen que tu cuerpo trabaje a toda marcha, produciendo calor extra para tratar de mantener la temperatura base estable.

Un peligroso desecho
Pero todo este esfuerzo produce un desecho peligroso. Dióxido de carbono. CO2

A medida que el dióxido de carbono inunda el cuerpo, crece el riesgo de aumentar la acidez de la sangre.

Si nuestra sangre se vuelve demasiado ácida, incluso con el equivalente a una gota de limón en un vaso de agua, nuestros órganos no pueden funcionar.

Sería fatal. Recientemente los científicos descubrieron cómo nuestros cuerpos lidian con esta amenaza.

Las células especializadas conocidas como células glómicas pueden detectar el más leve aumento en la acidez de nuestra sangre y envían un mensaje al cerebro.

Esta acción salvavidas expulsa el dióxido de carbono y mantiene la acidez de la sangre en niveles seguros, restaurando el equilibrio homeostático.

Controlar nuestra temperatura, niveles de dióxido de carbono y PH son solo algunas de las muchas funciones homeostáticas que nuestros cuerpos realizan para seguir vivos.

El esfuerzo es constante: ya sea que saltes al agua helada o que simplemente estés tomando el sol en una playa, tu cuerpo incesantemente hace malabarismos con procesos intrincadamente vinculados para mantener el equilibrio.

Es verdaderamente asombroso y una de las grandes razones por las que quienes lo estudian se refieren al nuestro como "el organismo más sofisticado del mundo".

http://www.bbc.com/mundo/noticias-42029260

miércoles, 5 de julio de 2017

_- LO ETERNO

_- Acaba de fallecer un amigo íntimo, el escritor mexicano Antonio Sarabia. Se ha ido de golpe. Visto y no visto: en tan sólo un parpadeo se fue Antonio.
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En una carta de pésame a la familia Besso, Albert Einstein incluyó su ahora famosa cita "Ahora que se ha apartado de este extraño mundo un poco por delante de mí. Aquello no significa nada. La gente como nosotros, quiénes creen en la física, saben que la distinción entre el pasado, el presente y el futuro es sólo una ilusión obstinadamente persistente."

VERÁN, LLEGA un momento en la vida en que se te empieza a morir la gente alrededor. Sí, desde luego, la parca nos acecha en cualquier rincón; como dice Fernando de Rojas en La Celestina, nunca se es lo suficientemente viejo como para no vivir un día más ni lo suficientemente joven como para no morir mañana. Así que a mí, como a cualquier humano, ya me había tocado atravesar unas cuantas pérdidas. Pero lo que digo es que llega un momento en el que se empiezan a morir muchos a la vez. Demasiados. Gente de tu edad o algo mayor que tú, pero que ha formado parte de tu vida. En ocasiones han sido amigos muy queridos; otras veces se trata de simples conocidos, pero añejos. El bosque humano de tu existencia comienza a ser talado. Esta es otra de las malditas consecuencias de envejecer, un proceso que no tiene ni pizca de gracia, más allá del alivio de saber que aún no estás en el suelo convertido en leña.

Justamente acaba de fallecer uno de esos amigos íntimos, el escritor mexicano Antonio Sarabia, que vivía en Lisboa desde hacía años. Se ha ido de golpe, apareció cadáver una mañana, una salida de escena estupenda para el protagonista, pero sobrecogedora para los demás. Visto y no visto: en tan sólo un parpadeo, allá se fue Antonio con todas sus vivencias, sus recuerdos, sus deseos, sus amores y sus disgustos, sus sueños y su talento, que era mucho. La muerte es increíble, impensable. Venimos a este mundo con un yo inmenso que lo llena todo, somos para nosotros mismos lo más importante que sucede en el universo, y de pronto se apaga la luz y ya no queda nada de todas esas ansias colosales de vivir. Fue precisamente Antonio Sarabia quien me hizo conocer estos bellísimos versos de Salvatore Quasimodo: “Cada uno está solo sobre el corazón de la tierra / atravesado por un rayo de sol: / y de pronto anochece”.

Bueno, sí perdura algo durante cierto tiempo: el nostálgico recuerdo de la gente que te quería. Pero ellos a su vez también morirán. En el caso de Antonio queda además su obra, que es magnífica y mucho menos conocida de lo que debería. Como su última novela publicada, Los dos Espejos, que trata precisamente de un hombre, el doctor Espejo, que es asesinado, y que se pasa la mitad del libro siendo un fantasma. O como la que sacará la editorial Malpaso el próximo otoño, No tienes perdón de Dios, genial y deliciosa. Aun así, la posteridad es esquiva, arbitraria. Autores formidables terminan arrumbados en estanterías nunca visitadas de bibliotecas remotas. Salvo escasísimas y azarosas excepciones, el destino de todos es el olvido.

Pero justamente ese estar abocados a la nada convierte la vida en algo precioso y único. Qué gran triunfo es una vida bien vivida. Y creo que esas vidas bellas quedan de algún modo resonando en la estela de la humanidad. Aunque no nos acordemos de quienes las vivieron, su efecto perdura. Y en esto mi amigo Sarabia fue también ejemplar. Era un hombre guasón y muy gracioso, pero en lo importante de la vida era estoico, riguroso, impecable. Con ese rigor se aplicaba a la escritura. Y al cuidado de su gente querida. Y a sobrellevar los mordiscos del destino con impávida entereza. Con el tiempo, Antonio fue creciendo ante mis ojos. En los últimos años le vi alcanzar la altura de un gigante. Era una de las personas más valientes que he conocido; valiente de verdad, sin los aspavientos del temerario. Valiente de sostenerle la mirada a la muerte y al deterioro. En el último chat de WhatsApp que nos intercambiamos, pocos días antes de irse, estuvimos comentando las tropelías de unos cuantos malvados; yo le dije que por desgracia los malos ganaban casi siempre, y él me contestó: “No siempre, linda, y sus pequeñas victorias sólo impresionan a los más tontos que ellos. Las verdaderas victorias ni siquiera son públicas”. Consiguió ser un sabio y su gran victoria privada fue hacer de su vida una obra de arte. En su novela Los dos Espejos, el fantasma del doctor logra resolver su propio asesinato y comprender lo que ha sido su existencia. Una vez alcanzado el conocimiento, comienza a disolverse en la nada. Y sus últimas palabras, con las que acaba el libro, son: “Qué maravilla: por fin, lo eterno”.

http://elpaissemanal.elpais.com/columna/rosa-montero-lo-eterno/

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miércoles, 28 de junio de 2017

Aprender a ser feliz de nuevo tras una pérdida.


 La boda se aproximaba, la de mi hijo. Los eventos familiares importantes causan revuelo, como cuando llega la primavera a un lago: nunca se sabe qué saldrá a la superficie. En mi familia perdimos a mi esposo hace tres años y medio, de manera repentina —pensamos que fue a causa de un aneurisma—, y todos tuvimos que lidiar con emociones que fluctuaban de una manera atroz.
Durante el primer año de la muerte de David sentía como si todavía anduviera muy cerca de nosotros. Mi hija de diez años podía preguntar qué diría papá de esto o aquello y yo respondía sin chistar. Todavía escucho su voz. A lo largo de ese primer año, vi la famosa pintura de Chagall titulada El paseo, en la que el artista sostiene la mano de su mujer mientras ella flota por encima de él, a su alcance, y justo así me sentía.

Mi esposo estaba en otro plano y, sin embargo, lo suficientemente cerca como para que yo estirara la mano y lo tocara. Tras el aniversario de su muerte, el día después del 14 de febrero, casi sentí cómo se iba. Fue como si pasara a otra esfera, tal como enseña el misticismo judío. Los que se han ido están y no están entre nosotros al mismo tiempo.

Que las ‘vidas perfectas’ de Facebook no te depriman
Lo sentí en mis entrañas. Y mi cuerpo respondió: de inmediato me enfermé de neumonía (no ayudó que hubiera pasado aquel día de invierno tan frío dando vueltas en el cementerio, buscando su tumba entre la nieve espesa).

En cierto sentido, la neumonía me hizo bien. Me dio una excusa para detenerme y descansar, cosa que muchas veces los dolientes no se permiten hacer. Mis amigos y familiares estuvieron prestos a ayudarme; creo que en algún momento hubo siete distintos tipos de sopa en mi refrigerador. Sin embargo, ya no podía escuchar la voz de mi amado tan fácil ni tan claramente. Parecía que yo misma me encontraba entre la vida y la muerte. Pero teníamos una hija, aún pequeña: no había opción, tenía que volver a este lado de la vida. La vida nos da un empujón por la espalda, como un pasajero malhumorado que viaja a nuestro lado.

Poco después de eso, mi hijo se comprometió. Nada habría hecho a David más feliz. En la fiesta de compromiso, un evento sorpresa que nos provocó una gran felicidad, me mantuve atenta a mi alrededor, con la vaga esperanza de que apareciera en la puerta. No creo haber sido la única. Amigos y familiares nos felicitaron y muchos de ellos lloraban. Eran lágrimas de felicidad… no, no solo eran eso.

Yo también conocí a alguien (mi suegra preguntó: “¿Ya estás saliendo con alguien? Y de no ser así, ¿por qué?”). No era solo alguien, se trataba de alguien tierno y amable, considerado, guapo y gentil, que también había perdido a su cónyuge cuatro años antes. Compartíamos lo que él llamaba “un amor casi irracional” por la música… y una herida. Ambos habíamos estado felizmente casados por más de 30 años. Sabíamos cómo estar con otra persona; algo sabíamos sobre amar y ser amados. De repente, la vida se llenó de dicha de nuevo y de sustancia y aventuras. Cambió todo y, al mismo tiempo, todo seguía igual.

Estábamos felices de nuevo, casi con frivolidad. Sin embargo, aquel dolor, aquella nostalgia por el ser querido al que hemos perdido, nunca desaparece. Y así, dando tumbos en un mundo que ha probado no ser de fiar, debemos encontrar nuestro propio equilibrio. Y no es fácil, porque el duelo no tiene horarios ni instrucciones. En un momento, una anda dando brincos, en éxtasis, y al siguiente agacha la mirada, como si acabara de caer a un precipicio y agitara los pies a tontas y a locas, igual que el Coyote del Correcaminos en plena caída. Y no hay forma de saber qué será lo que nos hará caer al precipicio.

Hace poco, estaba en la despedida de soltera de la hija de un amigo, también viudo, una ocasión bella y feliz, en la que abundaban las jóvenes de vestidos floreados. Alguien puso la canción de Sting “Fields of Gold” y volví a ver a mi amigo. Su rostro cambió de repente: se le llenaron los ojos de lágrimas.

You’ll remember me when the west wind moves / Upon the fields of barley / You’ll forget the sun in his jealous sky / As we walk in fields of gold ...
(Te acordarás de mí cuando el viento del oeste se mueva/ sobre los campos de cebada/ olvidarás el sol en su celoso cielo/ mientras caminamos en campos de oro...)

Su esposa habría reconocido a todas esas hermosas jóvenes de vestidos floreados; podría haber saludado a cada una por su nombre. Habría caminado con la novia, su hija, entre sus brazos; recordaría con ella las noches de preocupación, de ir y venir por la casa, y también las victorias diarias. Habría estado ahí.

El matrimonio de mi hijo se acercaba. Yo estaba encantada con su prometida y era una ocasión que esperaba con anhelo, con la mayor alegría… y con algo de temor.

Sin importar qué tan gloriosa y plena fuera la boda, sabía que todos sentiríamos una gran ausencia… desolación, a decir verdad.

David, quien se desvivía por hacer felices a aquellos que amaba, no estaría ahí para hacer el brindis, además de que era uno de los mejores oradores que se puedan imaginar. Sin fallar, creaba los que mi hijo llamaba “momentos Kodak”. Estaría con los brazos extendidos y los ojos azules radiantes; sería David, el hombre de familia en todo su esplendor.

Era imposible, impensable, que no estuviera presente para aportar la calidez de su presencia que iba más allá de la vida.

Me tocaría a mí, la vacilante y reservada, hacer el brindis y, nuevamente, encontrar la delgada línea que divide la alegría de la tristeza. Había que ser honesta. Para honrar a David sin deshonrar la dulzura de la ocasión, justo cuando todos comenzábamos a salir adelante.

 Sabía que David gritaría. Incluso sin que escuchara su voz tan claramente en mi cabeza, lo sabía. Es el clásico brindis judío, la vieja historia, aquella que celebra el cuerpo y la sangre, la unión, la velocidad del tiempo, el increíble regalo de ser, a esos dos jóvenes que se aman, ahora y por la eternidad.

¡L’chaim! ¡Por la vida! A la vida.

Liz Rosenberg es profesora de creación literaria en la Universidad Estatal de Nueva York (SUNY) en Binghamton, y poeta y autora, más recientemente, de la novela "Beauty and Attention".

https://www.nytimes.com/es/2017/05/22/aprender-a-ser-feliz-nuevo-perdida/

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jueves, 18 de mayo de 2017

Cuatro hermanos de 110, 109, 103 y 101 años iluminan los genes de la longevidad. Un proyecto que estudia el ADN de personas centenarias busca retrasar el envejecimiento.

"¿Nadie te ha recomendado que dejes de fumar?", le preguntó en Nueva York el médico Nir Barzilai a Helen Kahn. “Sí, claro, pero los cuatro médicos que me recomendaron dejar de fumar han muerto”, respondió ella. Kahn, a la que todos llamaban Happy (Feliz), fumó durante casi 95 años. Falleció, tras una vida saludable, pocas semanas antes de cumplir 110 años.

Su hermano, Irving Kahn, fue una leyenda de Wall Street. Empezó a trabajar en la Bolsa de Nueva York poco antes del Crac de 1929. Y siguió yendo a trabajar como analista financiero hasta poco antes de su muerte, en 2015, a la edad de 109 años. Antes murieron su hermano Peter, a los 103, y su hermana Lee, a los 101.

“Los hermanos Kahn demuestran que tenemos la capacidad como especie de vivir hasta los 110 años de manera saludable. Los cuatro tuvieron salud hasta el final de su vida. Y también muestran que existe un factor genético”, explica Barzilai, director del Instituto para la Investigación del Envejecimiento de la Escuela de Medicina Albert Einstein, en Nueva York.

Barzilai, nacido en Haifa (Israel) en 1955, tuvo una juventud movida, como médico del Ejército israelí. Participó en 1976 en una misión de rescate de 102 judíos secuestrados por palestinos en el aeropuerto de Entebbe (Uganda), trabajó en un campo de refugiados durante la Guerra de Camboya hasta 1980 y ayudó a levantar una aldea en la tierra de los zulúes, en Sudáfrica, en 1983.

Ahora, Barzilai dirige el Proyecto de los Genes de la Longevidad, un ambicioso estudio para investigar el material genético de 670 personas que han vivido alrededor de 100 años o más. Todos son judíos asquenazíes, una población históricamente homogénea que constituye un laboratorio perfecto para estudiar su genética. El trabajo arrancó en 1998. La mayoría, como los hermanos Kahn, ya ha muerto. Pero su ADN sigue hablando.

“El 60% de nuestros hombres centenarios y el 30% de nuestras mujeres fumaron durante un largo periodo de tiempo. Casi el 50% eran obesos durante su vida y menos del 50% hacían ejercicio. No hacen nada saludable. Tienen genes que los protegen. Y los tenemos que encontrar”, proclama Barzilai, de paso por Madrid para inaugurar el Congreso Interdisciplinar de Genética Humana, invitado por la Fundación Instituto Roche.

Los hermanos Kahn, relata, tenían una mutación en un gen asociada a niveles más altos de colesterol bueno. “Y hay más proporción de personas con esta mutación entre los centenarios que en cualquier otro rango de edad”, señala el médico israelí. Las personas que presentan esta mutación tienen, además, menos probabilidades de sufrir alzhéimer.

El 60% de los hombres centenarios y el 30% de las mujeres fumaron durante un largo periodo de tiempo: sus genes, aparentemente, los protegen

En el congreso de Madrid, el médico israelí adelantó un nuevo hallazgo. “Los ponis viven más que el resto de los caballos. Y los perros pequeños viven más que los grandes. Yo pensaba que esto no iba a ocurrir en los humanos, pero estaba equivocado. Más de la mitad de mis centenarios no tienen una actividad correcta de la hormona del crecimiento, por varias razones”, detalla. Sus resultados, afirma, se publicarán próximamente en la revista especializada Science Advances.

Estos mecanismos son más habituales en las mujeres. “Una cantidad baja de hormona del crecimiento las protege de morir. Incluso las mujeres de 100 años, si tienen muy poca hormona del crecimiento, vivirán el doble de tiempo más que las mujeres de 100 años con niveles más altos”, subraya Barzilai.

Al final de este verano, el médico pretende comenzar un ensayo clínico que será revolucionario si confirma sus sospechas. La hipótesis de Barzilai, como la de muchos expertos, es que las enfermedades asociadas al envejecimiento —como el cáncer, el alzhéimer, los ataques cerebrales y los problemas cardiovasculares— se pueden retrasar en bloque.

Barzilai cree que un fármaco, la metformina, retrasará en bloque las enfermedades del envejecimiento

El ensayo, que costará 70 millones de dólares, reclutará a 3.000 personas de entre 65 y 80 años. La mitad de ellas tomará metformina, un fármaco muy utilizado para controlar la cantidad de azúcar en sangre en pacientes con diabetes tipo 2. Pero, en este caso, nadie tiene diabetes. La otra mitad de los participantes no tomará nada.

El equipo de Barzilai cree que la metformina retrasará las enfermedades del envejecimiento respecto al grupo de control. Pruebas en animales y datos epidemiológicos en humanos asocian la metformina a una mayor longevidad y a menos casos de cáncer, alzhéimer y enfermedades cardiovasculares.

El ensayo clínico, según reconoce Barzilai, además de una prueba de concepto en realidad es una excusa. En la actualidad, la Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos (FDA) evalúa los fármacos y los aprueba para una determinada indicación, pero no posee ninguna indicación para el retraso en bloque de las enfermedades asociadas al envejecimiento. Si la metformina funciona, siendo un fármaco genérico y barato cuya seguridad está sobradamente demostrada, la FDA abrirá la puerta a ensayos con otros fármacos más prometedores contra el envejecimiento, pero con mayores riesgos, como la rapamicina.

Barzilai, conocido por sus colegas por empalmar un chiste con otro, es optimista respecto al futuro. En el congreso de Madrid, arrancó su charla contando el caso de un hombre de 100 años que fue a hacerse un seguro de vida. “No hacemos pólizas a personas de 100 años”, le informaron. “¿Cómo que no? Mi madre se acaba de hacer un seguro de vida aquí”, respondió. Tras pedirle disculpas, los empleados de la aseguradora le citaron para que firmara los papeles el siguiente martes. “El martes no puedo. Se casa mi abuelo”, lamentó el hombre de 100 años. “¿Su abuelo?”, exclamaron los trabajadores. “Sí, él no quería, pero sus padres le han presionado”, contestó el centenario.

http://elpais.com/elpais/2017/04/28/ciencia/1493394455_199979.html

domingo, 30 de abril de 2017

Todos (?) los conflictos del ser humano, explicados en 21 frases de películas. Todo está ahí, en la pantalla. Son frases de filmes conocidos que exponen nuestros problemas y, a veces, los solucionan

El cine no es un manual de vida, sino un reflejo de ella. Sin embargo, algunas frases resuenan en nuestra cabeza mucho después de salir de la sala de cine. Son sentencias en apariencia sencillas, pero que no se le habían ocurrido a nadie antes, como los mejores inventos, y por eso funcionan para cualquier situación de la vida. Al recordarlas, simplificamos (y explicamos) nuestros conflictos e incluso nos sentimos mejor. Sacadas de su contexto funcionan como píldoras de filosofía aptas para todos los públicos. Y si no, hagamos la prueba y descubriremos que cualquier adulto puede sentirse identificado con estas frases.

1. "Hazlo o no lo hagas, pero no lo intentes", de La guerra de las galaxias
Quién lo dice. Yoda, cuando Luke Skywalker le confiesa que "intentará" usar La Fuerza. Qué lección aprendemos. Yoda era un filósofo cuya lentitud generaba cierta ansiedad, y parecía estar siempre medio dormido, pero cuando se ponía serio acertaba de pleno. Yoda nos transmite con esta frase que cuando alguien dice "lo intentaré" es la mayor cobardía que se puede mostrar, porque anticipa el fracaso, busca la disculpa precoz y se escuda en el "por si acaso". Yoda tiene razón: con lo fácil que es fallar, la única forma de evitarlo es no contemplarlo como una opción.

2. "Éramos jóvenes y creíamos que encontraríamos otros amores igual de intensos", de Antes del atardecer
Quién lo dice. Céline (Julie Delpy), ante la pregunta de Jesse (Ethan Hawke) de por qué nunca se buscaron tras pasar una noche juntos nueve años atrás. Qué lección aprendemos. El primer amor, ese que hace que te creas invencible porque nada te importa y, por lo tanto, nada te da miedo. Cuando lo dejas, ansioso por vivir nuevas experiencias, estás seguro de que este sólo ha sido el primero de una interminable ristra de romances fogosos. Como cuando Geri Halliwell dejó las Spice Girls convencida de que iba a convertirse en Madonna. Veinte años después, te sigues acordando de aquel primer amor, y aprendes a no dar las cosas por supuestas.

3. "No soy mala, es que me han dibujado así", de ¿Quién engañó a Roger Rabbit?
Quién lo dice. Jessica Rabbit, en pleno interrogatorio. Qué lección aprendemos. Mal entendida, esta filosofía de vida puede darles alas a esos tronistas que gritan injurias bajo la excusa de que "a mí me gusta decir las cosas a la cara". Bien asimiliada, la frase de Jessica Rabbit es la autoafirmación personal definitiva, como la del escorpión que mata a la rana que le ha ayudado a cruzar el río: no puedo evitarlo, es mi carácter. No vale utilizarla para liarla parda constantemente, que entonces pierde su gracia.

4. "¿Por qué te empeñas en encajar cuando tú naciste para destacar?", de Un sueño para ella
Quién lo dice. El personaje de Ian Wallace, justo después de caerse de la barca con la chica (Amanda Bynes) y justo antes de ligársela definitivamente. Qué lección aprendemos. Estamos ante el primer gran dilema adulto: relajarse en el reconfortante coma social o seguir tus instintos y arriesgarte a ser la oveja negra durante el resto de tu vida. Algunos se pasan años intentando cruzar al otro lado, hay raros que fingen saber de fútbol sólo para poder hablar de algo en la oficina, y hay anodinos que ponen memes en Facebook con mensajes como "me gusta ser distinto ¿y qué?" o "estoy to loco". Pero es inútil nadar contra la corriente: ambos grupos se reconocen entre sí.

5. "Vamos a llevarnos bien, porque si no van a haber 'ondonadas' de hostias", de Airbag
Quién lo dice. Pazos (interpretado por Manuel Manquiña) para iniciar la negociación y aclarar que "el concepto es el concepto". Qué lección aprendemos. No es una amenaza, es una forma de vida. Por precaución, más vale ser cordial con todo el mundo porque nunca sabes cuándo puedes salir escaldado. La hostilidad puede acabar volviéndose en tu contra si acaban ascendiendo a ese compañero al que has faltado al respeto gratuitamente.

6. "Si hubieras inventado Facebook, habrías inventado Facebook", de La red social
Quién lo dice. El creador de Facebook, Mark Zuckerberg (cuyo papel hace Jesse Eisenberg), a los dos madelmans que le están demandando por haberles robado la idea. Qué lección aprendemos. Tras interminables sesiones de negociación, Mark Zuckerberg les cierra la boca a esos dos tipos que le demandan por robarles su idea. La lección es: de nada sirve pasarse la vida lloriqueando porque estuviste a punto de conseguir algo; no sucedió, pasa página. En Los Simpson también condensaron esta idea con la frase "nadie gana el Nobel por intento de química".

7. "No empecemos a chuparnos las pollas todavía", de Pulp fiction
Quién lo dice. El Señor Lobo (Harvey Keitel), cuando los demás pringados empiezan a celebrar que han terminado el trabajo con éxito. Qué lección aprendemos. El Señor Lobo ha hecho un trabajo impecable cubriendo el asesinato accidental perpetrado por el gatillo fácil de Vincent Vega (John Travolta). Pero el Señor Lobo ha limpiado demasiada sangre a lo largo de su carrera como para confiarse y empezar a chocar los cinco: menos celebrar y más deshacerse de las pruebas. Lección: un trabajo bien hecho no es tal hasta que lo rematas y eliminas cualquier posible fallo.

8. "Siempre habrá alguien más joven y hambrienta bajando las escaleras detrás de ti", de Showgirls 
Quién lo dice. Crystal, la estríper veterana, a Nomi, justo después de que Nomi le empuje escaleras abajo para robarle el trabajo. Qué lección aprendemos. La frase es de una estríper, pero puede ser aplicada a cualquier trabajador. La globalización no sólo ha importado neologismos como "asertivo", "resilencia" o "sinergia", sino que, además, nos ha contagiado la competitividad anglosajona. Cuidado con aquellos compañeros de trabajo cuyo cuerpo está hecho de 70% agua y 30% pura ambición. Nunca les des la espalda, nunca bajes la guardia, nunca les rías la gracia. O te apuñalarán sin temblarles la mano.

9. "No me traigas un café si no te vas a servir otro para ti", de Armas de mujer
Quién lo dice. La protagonista (Melanie Griffith) a su nueva secretaria, durante su primer día como jefa. Qué lección aprendemos. La camaradería, el compañerismo y la igualdad entre trabajadores, aunque el tamaño de sus oficinas les recuerde su jerarquía. Lo perverso de esta frase es que la primera vez que aparece en la película es mentira (la jefa, Sigourney Weaver, va a liársela a su secretaria, Melanie Griffith), pero la segunda (la dice Melanie Griffith, cuando la han ascendido a jefa) sabemos que sale del corazón. Y trabajar con más humanidad es algo que toda empresa necesita.

10. "Algunas personas sólo quieren ver el mundo arder", de El caballero oscuro
Quién lo dice. El mayordomo siempre sensato Alfred (Michael Caine), cuando Bruce Wayne (Christian Bale) se angustia por intentar comprender las motivaciones del Joker (Heath Ledger). Qué lección aprendemos. La necesidad del ser humano por racionalizarlo todo y buscar una explicación a la crueldad de los demás se topa a veces con un muro de hormigón: los hay que simplemente se sienten como en casa cuando están rodeados de caos. A veces no hay otra explicación para el terror. Si alguna vez te cruzas con alguien así, lo mejor es cambiarse de acera y rezar por no estar cerca cuando explote el vertedero.

11. "Nadie olvida la verdad, sólo aprenden a mentir mejor", de Revolutionary road
Quién lo dice. April (Kate Winslet), cuando por fin confronta a su marido (Leonardo DiCaprio) con lo decepcionante que es su vida familiar. Qué lección aprendemos. Hay dos películas de nuestro tiempo que condensan cómo nos hacemos mayores sin darnos cuenta: Del revés y Revolutionary road. Kate Winslet brilla (aún más que de costumbre) con una lúcida reflexión en la que le recrimina a su marido, intepretado por Leonardo DiCaprio, que si él quiere autoconvencerse de que es feliz y de que tiene la vida que quiere, perfecto, pero que al menos con ella no disimule. Con esta punzante honestidad, la película nos invita (o más bien, nos arrastra) a ser conscientes de esa frustración que creemos poder enterrar si no pensamos mucho en ella. Se dijo que Boyhood era "la vida", pero Revolutionary road es la más universal alegoría sobre la inevitable decepción que supone ser adulto.

12. "Las tiendas no son amables con la gente, son amables con las tarjetas de crédito", de Pretty woman
Quién lo dice. Richard Gere, cuando se dispone a gastar "una cantidad obscena de dinero" para hacer feliz a Julia Roberts. Qué lección aprendemos. El capitalismo nunca fue tan sexi ni tan autonconsciente como en esta película. El que dijo que "el dinero no da la felicidad" es que nunca ha visto ninguno de los 20 pases televisivos de Pretty woman. Al acabar, se nos plantea un círculo vicioso: ¿la escena de las compras es un reflejo de la sociedad de 1990 o nos hace tan felices comprar por culpa de haber crecido con esa escena?

13. "Estoy más que harto y no quiero seguir soportándolo", de Network, un mundo implacable
Quién lo dice. El presentador Howard Beale (interpretado por Peter Finch), en directo durante su programa de actualidad política. Qué lección aprendemos. Esta protesta, sencilla en la forma pero subversiva en esencia, llevaba al presentador Howard Beale al despido, no sin antes lograr que toda la nación le diese la réplica a gritos desde su balcón. Como con tantas otras manifestaciones, quizá no consiguieran nada, pero por lo menos que quede claro que nos hemos dado cuenta de que nos están chuleando.

14. "Sigue nadando", de Buscando a Nemo
Quién lo dice. Dory, cada vez que no se le ocurre otra cosa que decir. Qué lección aprendemos. Este mensaje sencillo, tontorrón e infalible puede aplicarse a cualquier situación de la vida. El ser humano está programado para sobrevivir y adaptarse, en contra del coloquial lamento de "no puedo más". Sí que puedes. Sigue nadando.

15. "No le prestéis atención al hombre detrás de la cortina", de El mago de Oz
Quién lo dice. El ayudante del Mago, cuando se desvela que su poder no tiene nada de mágico. Qué lección aprendemos. Hace 70 años Hollywood ya nos dejó bien claro cuál es la única forma de vivir en paz en la sociedad: ignorar a los que mueven sus hilos, los que deciden nuestro destino sin conocernos. Dorothy se dio cuenta y, en vez de involucrarse en la política de Oz y exponerse a una frustración perpetua, prefirió volverse a Kansas, echarse una siesta y probablemente no ir a votar.

16. "Siempre he confiado en la bondad de los desconocidos", de Un tranvía llamado deseo
Quién lo dice. Blanche Dubois (Vivien Leigh), al enfermero del manicomio que ha venido a buscarla. Qué lección aprendemos. En el mundo desconfiado en el que vivimos, algunas personas son desalmadas sólo porque es lo que el mundo espera de ellos. ¿Y si por el contrario probamos a asumir que todo el mundo es bueno por defecto? Ya decía Mary Poppins que con un poco de azúcar todo sabe mejor. Por ingenuo que parezca algo de eso hay cuando nuestro compañero de BlaBlaCar nos cuenta su vida con la mano en el corazón y sentimos un irrefrenable deseo de hacer lo mismo. Porque si algo garantiza un desconocido es que no va a juzgarte, y da igual lo que le cuentes porque no vas a volver a verle nunca.

17. "La mayor trampa del diablo (el mal?) fue convencer al mundo de que no existe", de Sospechosos habituales
Quién lo dice. Kevin Spacey, para explicar por qué todo el mundo debería temer a Keyser Sozer. Qué lección aprendemos. Si después de todo esto acabamos en las puertas del infierno, el diablo tendrá todo su derecho a reclamar nuestro alma por toda la eternidad. En nuestra defensa, sólo podremos argumentar que los siete pecados capitales estaban terriblemente mal escogidos: representaban todo lo que nos hace felices en la Tierra. Los católicos además tienen la ventaja de arrepentirse a toda prisa en el último momento. Es una jugada redonda.

18. "Lo único que depende de nosotros es decidir qué hacer con la época que nos ha tocado", de El señor de los anillos
Quién lo dice. Gandalf, cuando Frodo lamenta que el Anillo Único haya caído en sus manos. Qué lección aprendemos. Puede que esta frase sea un bajón, teniendo en cuenta los tiempos que nos han tocado a nosotros. Pero como decía nuestra madre, "ni peros ni peras, hay que apechugar". No siempre es fácil, pero cada día deberíamos ser capaces de tomar una decisión que suponga una minúscula contribución a hacer que el mundo sea un lugar mejor. Si todos pensásemos igual y lo hiciéramos a la vez, podríamos ser invencibles.

19. "Sigo siendo grande, son las películas las que se han quedado pequeñas", de El crepúsculo de los dioses
Quién lo dice. Norma Desmond (interpretada por Gloria Swanson), una vieja estrella del cine en plena decadencia, cuando alguien insinúa que está acabada. Qué lección aprendemos. Porque nos obstinamos tanto en ser los mejores (profesionales, padres, amantes, amigos) que no nos damos cuenta de que, por mucho talento que tengamos, a veces de donde no hay no se puede sacar. Norma Desmond estaba como un cencerro, pero tenía toda la razón.

20. "Por qué no nos quedamos aquí un rato y vemos lo que pasa", de La cosa
Quién lo dice. R.J. MacReady (Kurt Russell), cuando ya no puede hacer nada para derrotar al monstruo. Qué lección aprendemos. Porque a veces nos empeñamos tanto en ser "proactivos" y ejercer "liderazgo" que olvidamos que el azar juega un papel clave en la vida. Cuando el futuro no depende de nosotros, la única opción es recostarse y esperar a que las piezas se coloquen solas. Ya nos tocará volver a coger las riendas y jugar la mejor mano posible con las cartas que nos han tocado, pero estos ratos de pasividad nos quitan la presión de encima. Hay pocas sensaciones más agradables que sentarse a ver la vida pasar.

21. "Ríe y el mundo entero reirá contigo. Llora y lo harás solo", de Old boy
Quién lo dice. El protagonista lee esta frase en la habitación donde pasa 18 años secuestrado, y la acaba convirtiendo en su mantra. Qué lección aprendemos. Ya lo advertían los Bee Gees en I started a joke. Quién no se ha sentido abandonado tras un mal día por esa misma pandilla que la noche antes, en plena exaltación etílica, prometían que siempre iban a estar ahí para apoyarse. Al menos tocar fondo sirve para hacer una criba eficaz de amistades.

http://elpais.com/elpais/2017/03/06/icon/1488796601_582779.html?rel=lom

miércoles, 26 de abril de 2017

La broma infinita de Shakespeare ¿Qué hace reír al espectador de hoy? El director teatral británico Dan Jemmet explica su experiencia tras abordar a Shakespeare, cuya muerte se conmemora en el Día del Libro

"Unamos toda nuestra fuerza
y toda nuestra dulzura en una bala
que empuje violentamente nuestros placeres
a través de las rejas de la vida”.

Cuando pienso en las comedias de Shakespeare, me vienen a la memoria estas palabras escritas por el poeta metafísico inglés Andrew Marvell (1621-1678). La fuerza y la dulzura, el placer y la violencia están presentes en dos de las obras más famosas de Shakespeare, Noche de Reyes y El sueño de una noche de verano. He dirigido la primera en dos ocasiones, y el año próximo dirigiré la segunda por primera vez.

Siento que el tono alegre y jocoso de las dos obras está atravesado por una melancolía y una sensación de malestar que son un astuto anticipo de las comedias posteriores, más oscuras y misteriosas. Es el mismo sentimiento de euforia y presagio a la vez que escucho en la música de Mozart. El aspecto cómico de Noche de Reyes lo proporcionan sobre todo los personajes de Malvolio y Sir Toby Belch; uno, un puritano narcisista y arrogante, y el otro, un borracho ruin e intrigante. Aunque nos reímos a carcajadas, en mi opinión no existe en toda la obra una escena más triste que el momento en el que Olivia pide a Sir Toby que cuide de Malvolio, del que cree, erróneamente, que se ha vuelto loco. Es verdaderamente asombroso hasta qué punto estos dos personajes se engañan a sí mismos, de tal modo que hacen más cierta que nunca la famosa frase de Puck: “¡Señor, qué tontos son estos mortales!”.

Y, no obstante, ¿no son la ambivalencia (a menudo sexual) y el conflicto lo que crea las mejores farsas? El Orsino de Shakespeare se enamoraba de un joven que interpretaba a una chica que interpretaba a un chico. Al volver a oír la canción de Blur ‘Girls and Boys’ en 2017, me siento inspirado para hacer un montaje radical y transexual de Noche de Reyes. A pesar de las posibilidades cómicas y populares que tiene el hecho de que Titania se enamore de Bottom cuando este se ha transformado en un burro, ¿de verdad son las orejas del animal lo que, en el fondo, interesa al público? Y, al final de la obra, ¿podemos olvidar que la solución de los problemas del cuarteto amoroso se basa en que uno de los amantes continúa bajo la influencia de las drogas?

"La comedia avanza, a través de lo burdo y lo burlesco, hacia una meditación más sutil sobre el dolor del ser humano"

Recuerdo que impartí una clase sobre El sueño de una noche de verano a un grupo de adolescentes ingleses hace 20 años, y la maravillosa improvisación que crearon en torno a la idea de situar la obra en un páramo a las afueras de una gran ciudad. En el mundo que construyeron, Puck era un camello joven y sexualmente ambicioso, y los amantes, un puñado de niños ricos deseosos de pasar una noche lejos de los confines de su existencia burguesa.

También he dirigido La tempestad, quizá la mejor y, a primera vista, la menos divertida de las comedias de Shakespeare. Cuando preparaba los momentos claramente cómicos de la obra con los dos bufones, Trínculo y Stefano, empecé a tener la sensación de que esas escenas podían interpretarse casi como en una astracanada; como si Shakespeare, en cierto modo, hubiera querido mostrarnos los límites de cierto tipo de farsa. Recuerdo que pasé semanas tratando de descubrir algo nuevo y sorprendente con los actores en la escena en la que Trínculo, inconscientemente, se refugia de la tormenta bajo la manta con Calibán, pero, al final, llegué a la conclusión de que la forma de abordarla que habíamos decidido era exactamente la misma que se había utilizado en más de 400 años de representaciones de la obra. Tenía la vaga sensación de que el verdadero elemento cómico se encontraba escondido entre la evocación del mundo sobrenatural y la digna humanidad del buen Lord Gonzalo. A la hora de la verdad, quizá, la comedia avanza, a través de lo burdo y lo burlesco, hacia una meditación más sutil sobre la broma infinita y el infinito dolor de los seres humanos y su mundo.

Empezó a fascinarme la monstruosa “cosa de la oscuridad”, Calibán. Descubrí que era una creación auténticamente divertida y conmovedora; un ser no humano que, sin embargo, logra iluminarnos sobre las complejidades insolubles de la experiencia humana. A diferencia de Malvolio y Sir Toby, las confabulaciones de Calibán tienen una hermosa inocencia. Y, en medio de sus viles payasadas de borracho con Trínculo y Stefano, Shakespeare le ofrece uno de los parlamentos más exquisitos de la obra:

“No temas, la isla está llena de ruidos /
sonidos y músicas dulces, que deleitan y no hieren. /
A veces, mil instrumentos vibrantes /
resuenan en mis oídos, y en ocasiones voces /
que, si me despertara tras un largo sueño, /
me harían volver a dormir; y entonces, dormido, /
soñaría que las nubes se abrían y mostraban riquezas /
que caerían sobre mí, de tal forma que, al despertar, /
lloraría por soñar otra vez”.

http://cultura.elpais.com/cultura/2017/04/20/babelia/1492703258_673531.html?rel=lom

domingo, 13 de noviembre de 2016

Tres Maneras seguras de fracasar en la vida

3 Way to fail at everything in life:
1, Blame all your problems on others.
2, Complain about everything.
3, Not be grateful.

3 Manera de fallar en la vida en todo:
1. Culpa de todos tus problemas a los demás.
2. Quéjate de todo.
3. No seas agradecido.


miércoles, 27 de julio de 2016

El difícil diálogo entre padres e hijos

Ceder en una confrontación verbal con un adolescente no es sinónimo de capitulación

Escuchar es clave para ayudar a crecer y para la salud de las relaciones paternofiliales


Algunos conflictos y rupturas surgen cuando ambas partes creen que tienen razón y no sueltan su idea. Esta actitud aporta seguridad, pero también alimenta el conflicto cuando el otro implicado –por ejemplo, nuestro hijo– opina algo distinto de nosotros. Debatir provoca en algunas personas un temor a perder la sensación de seguridad, a mostrarse vulnerables. Sienten que si ceden les han vencido. Pero si no hay diálogo, la ruptura en la relación está casi asegurada.

"Observando la miseria en las opiniones ajenas, sin adoptar ninguna, descubro la paz interior” Buda.

Las personas construimos una identidad a través de la narrativa: por cómo contamos nuestra historia personal y por cómo transmitimos nuestra opinión. Sentir que tenemos razón, con una opinión bien formulada y clara, es una manera de reafirmar esta identidad. Solemos considerar una debilidad el sentirnos inseguros. Pero mostrarnos dispuestos a modificarla y escuchar a los demás son en realidad indicadores de la fuerza de una persona. Es más sabio reconocer que uno no sabe y mantenerse abierto a otras perspectivas. Esto nos enriquece; nos ayuda a comprender y a decidir con más claridad. “Se produce un placer natural cuando hablamos con alguien que no lo sabe todo, que tiene la mente abierta y está dispuesto a escuchar”, ilustra el autor budista Jack Kornfield.

Juan llega a casa después de una larga jornada. Patricia, su hija de 17 años, está sentada en el sofá. Al poco rato se pelean: esta noche ella quiere salir con sus amigos y él no se lo permite. Juan no siente predisposición para el diálogo porque su mente está ocupada con los problemas del trabajo. Sin prestar la debida atención, su respuesta inmediata es “no”. Y, como adulto, puede exponer tantas razones como precise.

Por lo general, la hija utilizará recursos como “soy la única que no puede”, “todos mis amigos van a ir” o “me lo prometiste”. Argumentos que a menudo no serán considerados como tales por los padres, lo que llevará a la hija a rebelarse. Si los adultos reconocen sus puntos fuertes, ella no sentirá que debe definirse tanto por oposición. Aun así, la reacción es inevitable, y al padre le cuesta aceptarla porque siente que se cuestiona su autoridad. Juan debe plantearse en qué se basa esa influencia sobre Patricia. ¿En el miedo, el respeto, el amor o la confianza? “Que mi hijo cuestione mis enseñanzas no tiene por qué afectar a mi influencia”, sostiene Clara, una madre, “pero si me muestro insegura, no me hará caso. Mi autoridad se basa solo en mi experiencia. Pero, precisamente, la inocencia de los hijos puede hacerles más sabios. Hay que ser honestos y, cuando se oponen frontalmente, debemos recordar que les estamos educando. No se trata de nada personal entre ellos y nosotros”.

Educar no consiste en introducir información, sino en sacar a la luz la verdadera personalidad de alguien. Con los hijos a veces no se trata de dar razones, sino de ayudar a descubrir y predicar con el ejemplo. Se pueden plantear propuestas que comporten una responsabilidad por parte de los hijos y que demuestren confianza por parte de los padres. Las imposiciones tajantes no suelen funcionar. “Un día mi hijo estaba viendo un programa basura”, cuenta Clara. “Debía de tener 12 años. Le propuse que cambiara de canal y él defendió su libertad de elegir diciendo que si tenemos tele es para verla. Le pregunté si le parecería normal que le prohibiese beber un vaso de cianuro, y contestó que sí. ‘Pues para mí’, expliqué, ‘esto envenena tanto tu mente como el cianuro tu cuerpo’. Apago la tele para protegerte de algo, aunque desconoces el daño que te va a hacer. Y ahí se acabó la historia”.

Ejemplos como el siguiente ilustran que quizá no se trate solo de tener razón. “Mireia, mi hija, es rebelde”, explica Francisco, otro padre. “Si le impongo un límite tengo asegurado un conflicto, o que me mienta. Eso no es lo que quiero”. Expone una posible solución. “Una vez, al llegar a casa por la tarde, la encontré viendo la televisión. Le pregunté qué pasaba con los deberes. Le dije que me gustaría que se supiera administrar. ‘Te pediría que apagaras la tele, pero entonces nos enfadaríamos’. La dejé allí, acepté que ella escogiera y yo renuncié a obligarla. Al cabo de media hora la tele estaba apagada, y ella, en su habitación”.

Al plantear un límite, si uno se mantiene abierto al desacuerdo, y escucha y respeta, puede llegar a un mejor entendimiento. La pregunta para Francisco sería: ¿está dispuesto a recibir un “no”, a que ella no haga los deberes? ¿Está dispuesto a escuchar qué quiere su hija? Cuando ella se niegue, la actitud de su hija no debería impedirle interesarse por sus motivos. Se trata de mantenerse abiertos al diálogo sabiendo que se puede poner un límite a los hijos después de escucharlos. Francisco lo explica así: “Quiero que sean conscientes de que he escuchado lo que quieren, y que aun así mantengo mi postura. Lo hago si creo que es por su bien y está conforme con mis valores”. No perder la conexión a pesar de la negativa de la hija es todo un arte.

En ocasiones, no es tanto el contenido de la discusión, sino la forma, lo que produce el conflicto. Al hablar con irritación y con palabras impositivas uno provoca reacciones defensivas. Los enfados calientan el ambiente y no permiten un diálogo sereno. Discutir desde el “tengo razón” genera una distancia entre las partes, e incluso puede quebrarse su conexión. Por eso es importante no dejar las cosas a medias. Javier, un cuarto caso, cuenta: “Cuando discutíamos en casa, mi padre nunca abandonaba a medias la discusión. Decía: ‘Mañana seguimos’. Las cosas importantes hay que finalizarlas. No puede quedar pendiente un sinsentido o una herida. Su enfoque era hablar de ello al día siguiente, después de dejar que se enfriaran los ánimos”. Esto sirve con los hijos, pero también en las relaciones de trabajo y entre los amigos.
Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo" Ludwig Wittgenstein

Si perdemos la conexión entre las partes y se quiebra la relación, ¿merece la pena mantenerse en sus trece? Javier intenta proyectar suavemente sus razones sobre sus hijos. “Permito que corran su carrera. Intento dejar que se equivoquen”. Consiste en dar espacio y permiso para que el otro crezca a su ritmo.

En pareja, es importante hacer equipo. Cuando no hay acuerdo respecto al conflicto con un hijo, conviene hablarlo y decidir en qué va a ceder cada cual, o quién va a llevar la voz cantante. Cuando ellos perciben un ­desacuerdo entre sus padres, se arriman al sol que más calienta. Esto resulta nefasto, porque divide. La clave para establecer acuerdos está en saber qué es importante para cada uno, en respetar y compartir el criterio de la pareja.

"Si deseas conocer la verdad, solo tienes que dejar de atesorar opiniones” Seng T’san

Sea cual sea el paso que deba darse, casi siempre corresponderá a los padres plantear cambios en la relación con los hijos. Se trata de que estos dejen de ver a sus progenitores como a los abominables seres del no, y de establecer conjuntamente acuerdos y límites.

Los progenitores deben mirar a su hijo como a alguien que va en su mismo barco, y que se enfrenta a las mismas preguntas que ellos se plantearon a su edad. “Me acerca a ellos el seguir cuestionándome las cosas”, explica Clara. “Cuando exponen sus razones, muchas veces están tratando de definir quiénes son. Ayudarlos a conocerse a sí mismos me facilita la salida del enfrentamiento”.

Más que de tener razón, se trata de apelar a ella. Está en las manos de los padres que la vida con sus hijos consista en una relación de crecimiento, en lugar de convertirse en una contienda de desgaste mutuo.

VIRTUD NEGOCIADORA
El difícil diálogo entre padres e hijos

Cuando dos personas se enfrentan, es imprescindible llegar a un acuerdo para no perpetuar el conflicto y sanear la relación. Roger Fisher y William L. Ury, de la Universidad de Harvard, se centraron en la psicología del diálogo en su libro Obtenga el sí. El arte de negociar sin ceder. En él señalaron la importancia de determinar qué necesidades son inamovibles y cuáles flexibles para que pueda terminarse la discusión con éxito. Negociar es un arte que utilizamos en todos los ámbitos: el personal, el político y el profesional. Hay quien cree que en toda discusión una de las partes debe ganar, aplastando al oponente, y la otra debe ceder. Pero existen alternativas.

Estos autores plantean las siguientes propuestas:

1. No identifique a las personas con el problema. 
2. Céntrese en los intereses, no en las posiciones. 
3. Ofrezca opciones que beneficien a ambas partes e 
4. insista en utilizar criterios objetivos.

http://elpais.com/elpais/2015/03/13/eps/1426266785_376459.html

martes, 26 de julio de 2016

La vida es más que una lista de tareas. Vivimos inmersos en la sociedad del rendimiento y la hiperactividad. ¿Resultado? Ansiedad. Debemos distinguir entre lo importante, lo urgente y lo eliminable

Empecemos con un cuento. El de La Cenicienta. Pero no nos fijaremos ni en el zapato de cristal, ni en la calabaza que se convierte en carruaje, ni en el príncipe azul. Vamos a poner nuestra atención en la cantidad de tareas que debe hacer Cenicienta antes de ir al baile. Fregar, limpiar, planchar, ordenar, cocinar y volver a fregar, limpiar, ordenar… Lógicamente, cuando llega la hora de ir al baile, que es lo que realmente le hace ilusión y lo que de verdad cambiará su vida, está tan cansada que necesita la mágica ayuda del Hada Madrina para conseguirlo. Sin ella, Cenicienta se hubiera quedado en casa, cansada y pensando con ansiedad en todo lo que aún le queda por hacer y en todo aquello para lo que no tendrá tiempo.

"Primero, lo primero” Stephen Covey

Pues bien, nosotros no somos muy diferentes a ella. Antes de poder asistir a nuestros bailes, es decir, a aquello que realmente nos hace ilusión, nos motiva y quién sabe si también puede cambiar nuestras vidas, nos vemos inmersos en un sinfín de quehaceres: la casa perfectamente ordenada, la lavadora tendida, el niño apuntado a cuatro actividades extraescolares; hay que ser, por supuesto, tremendamente productivos en nuestros trabajos, excelentes e imaginativos amantes con una vida social rica, activa y variada… y tener actualizado Facebook. ¡Ah!, y sería bueno comer cinco piezas de fruta al día y correr diez kilómetros y no tener ojeras y… Hacer, hacer y hacer. Al final de nuestro cuento, lo que sucede es que el baile siempre queda relegado a mañana, a “cuando acabe esto…”. Y así pasan los días.

Como mínimo, Cenicienta tiene una excusa, o dos. Las malvadas hermanastras la obligan y la maltratan. Una fuerza externa la presiona, somete y explota. Pero hoy las hermanastras somos nosotros mismos. Byung-Chul Han, en su célebre libro La sociedad del cansancio, nos advierte de que vivimos en una sociedad de gimnasios, torres de oficinas, bancos, aviones y laboratorios genéticos. Es decir, en la sociedad del rendimiento, del multitasking (multitarea). Y una de las características de esta sociedad es que el individuo se autoexplota con la coartada de la obligación. Tenemos a las hermanastras dentro, diciéndonos todo aquello que debemos hacer en una continua y excéntrica carrera en espiral. Porque hoy el único pecado es no hacer nada. Hasta los momentos de ocio o los periodos de vacaciones se han convertido en una conjunción inagotable de tareas que nos dejan más cansados que cuando empezamos.

Además, como señala el filósofo surcoreano, al no haber un explotador externo al que podamos enfrentarnos y oponernos con un rotundo ¡no!, la lucha resulta más complicada. Sin embargo, también es verdad que basta con querer para vencer a las dos hermanastras que nos tiranizan y desatar la magia del Hada Madrina que llevamos dentro.

Admitamos pues que nos rodea el afán de productividad, que quien más quien menos se deja seducir por esas insoportables apps que nos alertan de todo aquello que nos queda por hacer. O por las libretas preparadas para que podamos hacer listas que cumplir. O por libros que nos explican cómo hacerlo todo, cómo llegar a todas partes y que el tiempo nos cunda más. Pero llega el momento de abandonar esa locura, porque en el fondo, y paradójicamente, no hay nada menos productivo que el afán de productividad. Byung-Chul Han asegura que el multitasking nos conduce a un estado de atención superficial y debemos tener en cuenta que los logros de la humanidad se deben a una atención profunda y contemplativa. Así, también nuestros logros dependen de saber poner el foco y la atención en aquellas cosas importantes, en los bailes que merecen la pena. Y para ello vamos a atacar al enemigo con sus mismas armas y confeccionar una lista, pero inteligente, que nos sirva a nosotros y no que acabemos nosotros sirviéndola a ella. ¿Cómo?

El baile, en primer lugar. Hay que darle la vuelta a la lista. No dejar el baile para “cuando acabe todo esto”. Ocuparnos primero de lo fundamental, de nosotros mismos. Empezar el día dedicándonos a aquello que sabemos que nos hará bien. Imaginemos un tipo que tiene que escribir un artículo y antes de empezar, sin embargo, lee los correos pendientes, atiende las alertas de las redes sociales y contesta un par de whatsapps. ¿Resultado? Cansancio antes de empezar. Cenicienta bien puede ir al baile y dejar esas otras cosas que requieren menos brillantez para después.

Bien, ¿y qué hacemos con todo lo demás? Porque está claro que hay cosas que no podemos simplemente dejarlas de lado. ¿Cómo hacer entonces? Ayudará dividir el registro de tareas en tres grandes grupos.

Cosas que afrontar. Lo que tengamos que hacer, hagámoslo. Una vez hayamos ido al baile, no dejemos que esas otras cosas que volverán a aparecer tarde o temprano revoloteen por nuestra cabeza. Por ejemplo, una llamada incómoda que vamos postergando. ¡Son tres minutos! Pero si seguimos retrasándola, en lugar de 180 segundos llegará a durar seis meses en nuestra cabeza.

Cosas que organizar. No hace falta que carguemos con todo. Podemos delegar, pedir ayuda, repartir tareas, conseguir que ciertas cosas se realicen sin que recaigan en nosotros.

Cosas que no hacer. Seguro que en esta lista hay muchos elementos que realmente no son necesarios. Que se pueden eliminar directamente y, de esta manera, liberar espacio. Cada uno debe decidir cuáles. Pero es importante que nos demos cuenta de que en este punto radica la primera gran victoria personal para olvidarnos de la vorágine de la hiperactividad sin sentido. Renunciar a todo aquello que ni nos aporta ni es estrictamente necesario. Saber qué es lo que no hay que realizar es tan importante como ponerse manos a la obra con aquello que sí lo es.

Los grandes bailarines no son geniales por su técnica. Son geniales por su pasión” Martha Graham

Una vez hemos conseguido dejar de correr en esa espiral del día a día fruto de esta sociedad de la multitarea, es el momento de empezar a bailar. Y lo más importante es descubrir cuál es nuestra música. Qué nos hace felices. Qué es lo que realmente nos importa. Sir Ken Robinson lo llama el elemento, y nos asegura que “descubrir el elemento es recuperar capacidades sorprendentes en nuestro interior, y desarrollarlo dará un giro radical no solo al entorno laboral, sino también a las relaciones y, en definitiva, a la vida”. La buena noticia es que todos estamos invitados a un baile en el que seremos protagonistas. Algunos lo conocen ya y solamente deberán mantener a raya a las dos hermanastras. Otros, por el contrario, aún no lo han descubierto y deberán mirar en su interior, porque allí está, esperando a que lo saquen a bailar. Si la respuesta a estas tres preguntas es afirmativa, es que ya lo hemos encontrado:

¿Tenemos ganas de bailar? Si no nos da pereza, si siempre que pensamos en ello nos crece un hormigueo, si cuando estamos desarrollando esa actividad, aunque no sea todas las veces que quisiéramos, lo afrontamos con ganas y dedicación. Si la contestación es sí, atentos, porque puede ser que este sea nuestro elemento. El baile que nos está esperando.

¿Se detiene el tiempo? A pesar de las advertencias del Hada Madrina, Cenicienta está tan encantada en el baile que pierde la percepción del tiempo. Le dan las doce de la noche sin que se dé ni cuenta. Solo las campanadas del reloj la pueden sacar del estado de flow en el que ha caído, el verdadero hechizo cotidiano, y que se caracteriza porque enfocamos nuestra energía y sentimos una implicación total en la tarea, tal como lo definió Mihály Csíkszentmihályi en 1975. Si aquí la respuesta es que sí, seguro que ese es el baile que andamos buscando.

¿Se activará la magia? La magia no es otra cosa que la pasión. Y la pasión es el motor de la grandeza, la autorrealización y la maestría. Si descubrimos aquello que nos apasiona, seremos capaces de focalizar nuestra energía en ello y descubrir que Platón estaba en lo cierto cuando afirmaba que “todas las cosas serán producidas en superior cantidad y calidad, y con mayor facilidad, cuando cada hombre trabaje en una sola ocupación, de acuerdo con sus dones naturales, y en el momento adecuado, sin inmiscuirse en nada más”

http://elpais.com/elpais/2015/03/27/eps/1427474949_926013.html

lunes, 31 de agosto de 2015

9 pasos para fomentar el crecimiento, la confianza y el liderazgo entre adolescentes

Hace ya un tiempo, nos hicimos eco de un artículo en Forbes que detallaba siete errores que cometemos madres y padres y que impiden a nuestros hijos ser autónomos y posibles líderes. Hoy hablamos de otro de sus artículos que revela nueve medidas que pueden ayudar a educar a adolescentes seguros de sí mismos y con madera de líderes.

1. Encontrar mentores a los que podría pedir ayuda.

Tim Elmore, experto en liderazgo y presidente de Growing Leaders, cree que es interesante llevar a tus hijos a conocer a gente que conozcas y que puedan servir como orientadores o puedan dar respuesta a preguntas de tu hijo, muchas de las cuales no te querrá plantear a ti. Como nos contaba Eva Bach en esta entrevista, es buena idea “dejar que entren otros adultos de referencia en sus vidas. Este es un acto de desprendimiento y generosidad que se nos exige a los padres en la adolescencia”.

2. Desarrollar una disposición al crecimiento.

Tim Elmore nos anima a elogiarlos por los esfuerzos, la concentración, la acción o las estrategias. En lugar de elogiar su aspecto o su inteligencia, es mejor felicitarles por variables que controlan, como su trabajo, su buena estrategia o sus palabras honestas. Esta estrategia ayuda a desarrollar una actitud dispuesta a tomar riesgos y minimiza el peligro de que abandonen o que tengan miedo a fracasar. Tim señala que “la actitud es mucho más importante que la aptitud”.

3. Identificar sus dones y anima a que los ponga en servicio a los demás.

Tim cuenta que un amigo suyo propuso a sus hijos adolescentes elaborar una lista de trabajos que podrían disfrutar haciendo durante el verano para los vecinos. Sus hijos disfrutaron mucho haciéndolo y tomaron la actitud de pequeños emprendedores.

4. Expandir su pensamiento crítico.

Tim resalta que es importante encontrar nuevos temas o asuntos que les interesen y a encontrar formas de dar respuesta a las preguntas que surgen. El autor subraya que debatir sobre cómo resolver conflictos que han leído en un libro, por ejemplo, les enseña que los líderes se ganan su influencia resolviendo problemas y sirviendo a las personas.

5. Involucrarles en reuniones sociales.

Animarles a tomar el rol de anfitriones de una fiesta les ayuda a ponerse al servicio de los demás y mejorar sus habilidades comunicativas.

6. Aprender la realidad del dinero.

Tim cuenta que una amiga implica a sus hijos en pagar las facturas y así son conscientes de cuánto dinero hay en casa, cuánto dinero se gasta, pueden decidir qué facturas se pagan antes y además retrasan gratificaciones como la deseada compra de un móvil. Esta forma de actuar promueve la capacidad de tomar decisiones.

7. Recibir los retos con los brazos abiertos.

La verdadera madera de líder surge cuando se anima a los chicos a hacer algo complicado y cuando no se retiran por miedo al fracaso. Los niños se desarrollan y crecen ante la oportunidad de hacer cosas que sienten que son importantes y significativas, pero que son desafíos y son difíciles, sin respuestas fáciles.

8. Desarrollar su visión del mundo.

Es buena idea hablar con ellos de las películas que ven, o de los libros o artículos que leen, para fomentar su pensamiento crítico y ayudar a que se formen su propia visión del mundo. De este modo, ayudaremos a que piensen con más profundidad y tomen conciencia de su propia filosofía, interpretar experiencias y desarrollar su propia visión del mundo.

9. Aprender que la vida es contribuir, añadir valor.

Nuestra cultura nos condiciona para ser consumidores, no contribuyentes. Tim sugiere que ayudemos a que nuestros hijos se involucren en una causa que es importante para ellos. De este modo, potenciaríamos su liderazgo y su ambición.

Tim Elmore insiste en que para ser buenos padres “debemos tomar conciencia de nuestras acciones y comportamientos. Somos los primeros modelos (y los más importantes) para nuestros hijos: todo lo que digas y hagas impacta en su autoconcepto y su visión del mundo”. Por eso, este experto nos invita a “explorar nuestras acciones y revisarlas para asegurarnos de que estamos ayudando a nuestros hijos a vivir y pensar lo más plenamente posible y que están en camino de alcanzar su más alto potencial”.

martes, 7 de julio de 2015

Éxito, vida y profesión

“Aunque el éxito lo medimos cada uno de nosotros, lo importante es el disfrute que sentimos en cada momento, saber identificar y expresar los propios talentos, sentir cuál es el propósito de nuestra vida, y disponer de relaciones constructivas con las que compartirlo”

Como dijo Napoleón Bonaparte, "el éxito no está en vencer, sino en no desanimarse nunca". El gobernante francés ponía el énfasis en la persistencia y en mantener el esfuerzo a pesar de la dificultad. De esta misma manera opina Dafne Cataluña, psicóloga y coach del Instituto Europeo de Psicología Positiva, quien aclara que no existe una definición de éxito universal, sino que depende de lo que nos rodea: “de la cultura, del entorno, y de la propia forma de ser”. Concretando, el triunfo lo definimos cada uno de nosotros, teniendo en cuenta aspiraciones, metas, ilusiones y valores. “Algunas personas objetivan la gloria en sentirse plenas con su vida, otras en lograr ser papás, algunas en encontrar una profesión que les llene, y otras muchas en tener amigos o parejas con los que se sientan con la libertad de ser ellos mismos”, cuenta la especialista.

SOBRE LA EXIGENCIA PROPIA Y AJENA
1. Ha dejado de fustigarse por ese viaje que se frustró hace semanas. Ya habrá más opciones…
2. Cada vez controla mejor su ira y monta menos dramas
3. Dejar de ser mileurista estaría bien, pero no es su prioridad
4. Acepta los defectos de sus padres con naturalidad
5. Cuando se topó con su ex hace meses y lo encontró feliz, se alegró (y no fue pose) Con estas actitudes ha conseguido relajar la exigencia, permitiendo que la magia suceda en lo que se refiere a no sentirte culpable por no conseguir ciertos objetivos, además de liberar de culpa a los demás.

SOBRE EL AMOR PROPIO
6. Usted no está gordito: solo es un disfrutón al que le encanta comer
7. Viste como quiere, sin importarle lo que digan
8. Celebró el último ascenso de su compañero de mesa
9. Cuando alaban su inteligencia, no se sonroja. ¡Si es cierto! Cuando se disminuye la necesidad de aprobación, la inseguridad se transforma en autoestima y se encuentra a gusto con lo que es, independientemente de los logros y opinión de los demás.

SOBRE EL ENTORNO
10. Pidió ayuda aquella vez en que la necesitó
11. Es capaz de ponerse en el lugar del otro
12. Cuando llega un domingo, tiene a quien llamar para tomar un café

Comunicar las necesidades personales con empatía incrementa las posibilidades de crear y mantener relaciones satisfactorias. Perder el miedo a pedir ayuda favorece las relaciones satisfactorias. Tan Ben Shahar, profesor de la Universidad de Harvard, describe a los “perfeccionistas” como personas que no tienen fin, ya que siempre se proponen metas cada vez más altas y objetivos más difíciles. En su libro La búsqueda de la felicidad expresa cómo, sin embargo, “cuando consiguen sus metas no sienten la satisfacción ni la felicidad que esperaban, ya que esa expectativa idealizada se desmenuza y el balance entre el esfuerzo y el disfrute resulta negativo al tener el esfuerzo un peso desmesurado”. Conclusión: menos ambición y más amigos.

SOBRE LA ACEPTACIÓN
13. Cuando llega a su hogar, suspira "ay, por fin en casa"
14. Ha decorado el salón del modo en que a usted le gusta
15. No ocurre todos los días, pero a veces le sorprende su propia belleza en el reflejo del espejo
16. Sabe a ciencia cierta que es un buen trabajador
Por supuesto, no solo de amigos vive el hombre. Así que es necesario que en las parcelas de su hogar y su trabajo reine cierto orden. Esto no se traduce en habitar una mansión de ensueño o ser el empleado más brillante de la oficina, sino en que, como el empresario Henry Ford proclamaba, "disfrutar de lo que se obtiene como la clave del éxito". Piense en su último logro laboral y celébrelo.

SOBRE LA REBELIÓN
17. Reconoce a las malas personas y las expulsa de su vida
18. No se lamenta por lo malo que es fumar: simplemente, lo ha dejado
19. Recuerda perfectamente la última vez que dijo "no"
La aceptación solo es positiva si se acompaña de asertividad, un palabro que ahora reivindican todos los expertos en psicología para definir el punto exacto en el que somos capaces de hacernos respetar sin recurrir a la agresividad.

SOBRE LOS SUEÑOS ACORDES AL TALENTO
20. Al suspender aquel examen, estudió más para el próximo
21. Tiene metas por cumplir
No achantarse ante la adversidad es todo un logro. En general, lo es conocer aquello en lo que uno es bueno y, además, le hace sentir bien: “Conocer nuestras fortalezas personales tiene un impacto positivo en el bienestar”, explica la directora del Instituto Europeo de Psicología Positiva. ¿Ha detectado ya sus puntos fuertes y construye sus objetivos en función de ellos? Entonces, es usted una persona con éxito.

SOBRE EL AMOR
22. Puede enumerar, al menos, a cinco personas que lo quieren
23. Les dice 'te quiero' con frecuencia
24. En todas las ocasiones, tal declaración es verdad
La capacidad de amar y ser amado es una de las 24 fortalezas personales descritas por los psicólogos Seligman y Peterson. Sentirnos queridos significa también sentirnos seguros. Tal y como expresaba el también psicólogo Bowbly respecto a sus estudios de las relaciones de apego en la infancia, "cuando hemos creado un apego seguro con las personas que se encargaron de nuestro cuidado en la infancia, las posibilidades de desarrollar relaciones afectivas y sanas es mucho mayor”.

Aunque por su clase de Psicología del Liderazgo (Psychology on Leadership) han pasado más de 1.400 alumnos, aún así cabría hacerse la siguiente pregunta: ¿Alguna vez se tiene suficiente felicidad? "Es precisamente la expectativa de ser perfectamente felices lo que nos hace serlo menos”, explica.

Estos son sus seis consejos principales para sentirse afortunado y contento:

1. Perdone sus fracasos. Es más: ¡celébrelos!
“Al igual que es inútil quejarse del efecto de la gravedad sobre la Tierra, es imposible tratar de vivir sin emociones negativas, ya que forman parte de la vida, y son tan naturales como la alegría, la felicidad y el bienestar. Aceptando las emociones negativas, conseguiremos abrirnos a disfrutar de la positividad y la alegría”, añade el experto. Se trata de darnos el derecho a ser humanos y de perdonarnos la debilidad. Ya en el año 1992, Mauger y sus colaboradores estudiaron los efectos del perdón, encontrando que los bajos niveles de este hacia uno mismo se relacionaban con la presencia de trastornos como la depresión, la ansiedad y la baja autoestima.

2. No dé lo bueno por hecho: agradézcalo.
Cosas grandes y pequeñas. "Esa manía que tenemos de pensar que las cosas vienen dadas y siempre estarán ahí tiene poco de realista".

3. Haga deporte.
Para que funcione no es necesario machacarse en el gimnasio o correr 10 kilómetros diarios. Basta con practicar un ejercicio suave como caminar a paso rápido durante 30 minutos al día para que el cerebro secrete endorfinas, esas sustancias que nos hacen sentir drogados de felicidad, porque en realidad son unos opiáceos naturales que produce nuestro propio cerebro, que mitigan el dolor y causan placer, según detalla el entrenador de easyrunning y experto corredor Luis Javier González.

4. Simplifique, en el ocio y el trabajo.
“Identifiquemos qué es lo verdaderamente importante, y concentrémonos en ello”, propone Tal Ben-Shahar. Ya se sabe que “quien mucho abarca, poco aprieta”, y por ello lo mejor es centrarse en algo y no intentarlo todo a la vez. Y no se refiere solo al trabajo, sino también al área personal y al tiempo de ocio: “Mejor apagar el teléfono y desconectar del trabajo esas dos o tres horas que se pasa con la familia”.

5. Aprenda a meditar.
Este sencillo hábito combate el estrés. Miriam Subirana, doctora por la Universidad de Barcelona, escritora y profesora de meditación y mindfulness, asegura que “a largo plazo, la práctica continuada de ejercicios de meditación contribuye a afrontar mejor los baches de la vida, superar las crisis con mayor fortaleza interior y ser más nosotros mismos bajo cualquier circunstancia”. El profesor de Harvard añade que es también un momento idóneo para manejar nuestros pensamientos hacia el lado positivo, aunque no hay consenso en que el optimismo llegue a garantizar el éxito, sí le aportará un grato momento de paz.

6. Practique una nueva habilidad: la resiliencia.
La felicidad depende de nuestro estado mental, no de la cuenta corriente. Concretamente, “nuestro nivel de dicha lo determinará aquello en lo que nos fijemos y en las atribuciones del éxito o el fracaso”. Esto se conoce como locus de control o 'lugar en el que situamos la responsabilidad de los hechos', un término descubierto y definido por el psicólogo Julian Rotter a mediados del siglo XX y muy investigado en torno al carácter de las personas: los pacientes depresivos atribuyen los fracasos a sí mismos, y el éxito, a situaciones externas a su persona; mientras que la gente positiva tiende a colgarse las medallas, y los problemas, “casi mejor que se los quede otro”. Sin embargo, así perdemos la percepción del fracaso como 'oportunidad', que tiene mucho que ver con la resiliencia, un concepto que se ha hecho muy popular con la crisis, y que viene prestado originariamente de la Física y de la Ingeniería, con el que se describe la capacidad de un material para recobrar su forma original después de someterse a una presión deformadora. "En las personas, la resiliencia trata de expresar la capacidad de un individuo para enfrentarse a circunstancias adversas, condiciones de vida difíciles, o situaciones potencialmente traumáticas, y recuperarse saliendo fortalecido y con más recursos”, afirma el médico psiquiatra Roberto Pereira, director de la Escuela Vasco-Navarra de Terapia Familiar.

El poder psicoterapéutico de las artes es ampliamente conocido. Un libro, una película, una canción… Cualquier objeto resultado de un proceso creativo puede ayudarnos a salir de una crisis, tomar una decisión, optar por una vida mejor.
Lo sabe bien Mercedes Martínez, psicoterapeuta y criminóloga que trata a sus pacientes con inspiradores filmes en el proyecto Medi-Cine.
"Conozco a personas que han terminado con una relación dañina por una película (Te doy mis ojos, de Iciar Bollaín) o se han atrevido a vivir más libremente su sexualidad tras visionar otra (Beginners, de Mike Mills)", cuenta.
Para la experta, el visionado en grupo de determinadas historias (y una ulterior charla al respecto) puede a ayudarnos a "adquirir habilidades emocionales, aprender a tomar decisiones, a poner límites, a generar opciones, a atravesar duelos y a reflexionar o manejar la ansiedad".

Si una buena película funciona, en ocasiones, como una visita al psicólogo, que la historia verse sobre la salud mental lo hace doblemente eficaz.
Es el caso de La cura de Yalom, un documental de Sabine Gigiger sobre la vida de Irvin Yalom (Washington, 1931), referente en el campo de la psicoterapia, autor de varios superventas, conocido académico en la Universidad de Stanford y existencialista.
El biopic anima al espectador a emprender un viaje mental con su protagonista, a través de reflexiones esenciales capaces de tumbar cualquier crisis de existencia.
Por ello, BUENAVIDA, aunando arte, ocio y salud mental, sortea 20 entradas dobles entre los lectores que se registren al final de este artículo.
El preestreno tendrá lugar el 9 de julio (jueves) en el Palacio de la Prensa (Madrid). Y recuerde llevar acompañante. "Ver una película con alguien ayuda a comprender los diferentes puntos de vista. Cada espectador ve algo en lo que otro puede no haber reparado.
En el posterior análisis se desarrolla la intimidad emocional, evitando lo superficial", zanja Mercedes Martínez. El tercer par de ojos lo pondrá el doctor Yalom. El documental llega a cines el 31 de julio

Uno de los grandes avances en la psicología de las últimas décadas ha sido el descubrimiento de la inteligencia emocional como habilidad básica para el éxito.

Quien popularizara el término en 1995, Daniel Goleman, advertía que no nos extrañáramos de acabar trabajando para alguien que en la escuela era calificado de “tonto”, ya que aquellos que dominan sus emociones y comprenden las de los demás tienen una gran ventaja sobre el resto a la hora de progresar y resolver problemas de cualquier tipo.

Familiarizarnos con nuestra brújula emocional nos permite mantener el control sobre nuestra mente, con lo que ganamos atención y eficacia, además de dotarnos de la capacidad de seducción que promueve la empatía.

Por el contrario, no ser conscientes de lo que sentimos puede conducir al sufrimiento y al fracaso en las relaciones sociales.

Las emociones están presentes en todos los niveles evolutivos y en todos los animales, incluyendo los seres humanos, afirmaba el psicólogo Robert Plutchik.

Ya en el siglo XIX, Charles Darwin concluyó que la expresión de las emociones es algo innato y no aprendido, como se creía en su época. Llegó a esta hipótesis tras estudiar su expresión en los animales superiores, así como los gestos que hacen de forma instintiva las personas ciegas de nacimiento. En sus viajes comprobó, además, que estas emociones eran comunes a todas las culturas y se manifestaban de forma parecida, lo cual le convenció de que las llevamos “de fábrica”.

En tiempos más actuales se ha intentado enumerar nuestras emociones básicas, que según el psicólogo social Paul Ekman serían seis:
ira,
alegría,
sorpresa,
asco,
tristeza y
miedo.
El actor brasileño Marcelo Antoni junto con Jorge Zentner, guionista y escritor argentino, en su libro Las cuatro emociones básicas, además de descartar el asco y la sorpresa del primer rango, señalan la importancia de reconocerlas en uno mismo y en los demás:
“Una emoción es información íntima. Un aviso respecto a qué me está pasando en este momento; un toque de atención que sitúa a cada uno en el presente, pues está referida a lo que vivimos y sentimos en este instante concreto. Es un aviso primario con importantísimas funciones en la conservación, la relación y la socialización del individuo. Una información que también recibimos internamente, desde nosotros mismos”.
Los autores hablan de lo que sentimos como “existencia de tránsito”. Nadie puede anclarse de forma permanente a una misma emoción. Por eso, aunque hablemos de personas tristes o alegres, en realidad lo que existen son las situaciones tristes o alegres.

Tomar conciencia de ello permite relativizar lo que sentimos y no tomarlo como algo definitivo, lo cual es un alivio en el caso de las emociones negativas. Saber que el sentimiento que nos tortura es temporal y dará paso a otro, quizá de signo contrario, nos ayuda a relativizar el sufrimiento.

Una vez se toma posesión de nuestra brújula y somos capaces de leer lo que sienten los demás y nosotros mismos, ¿cómo gestionar las emociones? No se trata de meras reacciones a lo que vivimos. También tienen una utilidad y podemos canalizarlas para optimizar nuestra vida y la de nuestro entorno.

Al experimentar alegría, aumentamos la empatía y la capacidad de estrechar vínculos con los demás, además de desarrollar en nosotros la ternura, la excitación e incluso la atracción física. Es un estado perfecto para compartir ideas, sensaciones y nuevos proyectos.

Sentir miedo activa nuestra atención ante una posible amenaza o peligro. Cuando no aparece de forma injustificada y repetida, convirtiéndose en fobia, esta emoción es muy útil para nuestra supervivencia. Nos permite tomar conciencia de lo que estamos viviendo y, no menos importante, de lo que hacemos con nuestra vida.

La ira señala una situación, interior o exterior, que nos produce desasosiego y debe ser reparada. Si en lugar de expresarla a través de una explosión de genio la canalizamos en forma de soluciones, esta emoción nos servirá para corregir el desequilibrio y estar mejor que antes.

En cuanto a la tristeza, muchas veces tiene que ver con hechos del pasado. Apunta a algo que hemos vivido de forma traumática o, por el contrario, a experiencias que fueron muy positivas, pero que no podemos volver a repetir, por ejemplo, tras una separación. La función de este estado es desprendernos de aquello que un día tuvimos o sentimos.

Comprender nuestras emociones básicas y su utilidad nos permite dejar atrás lo que ya no nos sirve, tomar conciencia de lo que ahora necesitamos y proyectarnos de forma mucho más positiva hacia el futuro.

El problema de muchas personas es que llegan a sentirse abrumadas por sus propias emociones, como si en lugar de una brújula para orientarse llevaran grilletes que las paralizan.

Sobre esto, un cuento sufí glosado por el místico y espiritual indio Osho, entre otros (Pues tb se le atribuye a un emperador chino), explica lo que un rey pidió a los sabios de su corte:

–Me estoy fabricando un precioso anillo y quiero ocultar bajo el diamante algún mensaje que pueda ayudarme en momentos de desesperación. Tiene que ser muy breve de modo que pueda esconderlo allí.

Aquellos eruditos habían escrito grandes tratados, pero no sabían cómo darle un mensaje de solo dos o tres palabras que pudiera ayudar a su rey en esos momentos en los que él consideraba que esa ayuda podría marcar la diferencia.

Sin embargo, el monarca tenía un anciano sirviente que era como de la familia, el cual le dijo:

–No soy un sabio, ni un erudito, pero conozco el mensaje que buscas, porque me lo dio un místico hace tiempo.

Dicho esto, el anciano escribió tres palabras en un pequeño papel, lo dobló y se lo entregó al rey con la advertencia. “No lo leas, manténlo escondido en el anillo. Ábrelo solo cuando todo haya fracasado y no encuentres salida a tu situación”.

El momento llegó cuando el país fue invadido y el rey tuvo que huir a caballo para salvar la vida mientras sus enemigos le perseguían. Finalmente, llegó a un lugar donde el camino se acababa al borde de un precipicio.

Entonces se acordó del anillo. Lo abrió, sacó el papel y allí encontró el siguiente mensaje: “Esto también pasará”.

Mientras leía aquella frase, los enemigos que le perseguían se perdieron en el bosque, al errar el camino, y pronto dejó de oír el trote de los caballos.

Tras aquel sobresalto, el rey logró reunir a su ejército y reconquistar el reino. En la capital hubo una gran celebración y el monarca quiso compartirlo con el anciano, a quien agradeció aquella providencial perla de sabiduría. El viejo le pidió entonces:

–Ahora vuelve a mirar el mensaje.

Al ver la cara de sorpresa del rey, explicó: “No es solo para situaciones desesperadas, sino también para las placenteras. No es solo para cuando estás derrotado; también sirve cuando te sientes victorioso. No es solo para cuando eres el último, también para cuando eres el primero”.

El rey abrió el anillo y leyó el mensaje: “Esto también pasará”, y entonces comprendió.

–Recuerda que todo pasa –le recordó el viejo sirviente–. Solo quedas tú, que permaneces por siempre como testigo.

Como en este cuento tradicional, si entendemos que las emociones no somos nosotros, sino que se trata de estados transitorios de nuestra mente para adaptarnos a la vida, dejaremos de sentirnos sobrepasados por ellas. Las emociones son una brújula, pero nosotros tenemos el timón o debemos tenerlo y decidimos el rumbo de nuestra existencia.

El mapa facial de las emociones
Los rostros de los seres humanos expresan lo que sienten a través de una serie de gestos que constituyen un lenguaje universal: Ira: contracción de las cejas, mirada más intensa y tensión en los labios, que se preparan para gritar.
Alegría: elevación de los labios y las mejillas, a la vez que arrugamos la piel bajo nuestros párpados.
Sorpresa: las cejas se elevan adoptando forma circular, además de tener los párpados muy abiertos y la mandíbula baja.
Asco: suele expresarse levantando parte del labio superior y frunciendo el ceño.
Tristeza: descenso de los ángulos inferiores de los ojos y de los labios, que pueden manifestar temblor.
Miedo: elevación de los párpados y las cejas; los labios pueden estar tensos o bien abrir la boca.
El País.