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miércoles, 15 de julio de 2026

_- La izquierda que ya no sirve. Ideas para recuperar el norte

_- La reciente imputación del expresidente socialista José Luis Rodríguez Zapatero está trufada de acusaciones sin pruebas y establecidas a base de presunciones no demostradas, pero no se puede negar que forma parte de un larguísimo reguero de frustraciones y desencantos producidos por dirigentes de izquierdas en casi todo el mundo. Incluso si mañana mismo se demostrase su completa inocencia en todos los cargos que se le imputan, no podríamos dejar de preguntarnos qué hacía entre comisionistas, entre corruptos y vende patrias alguien que se presenta como referencia moral de la izquierda, y qué necesidad tiene de dedicarse a ganar dinero en la frontera siempre sutil entre lo bien y lo mal hecho quien, al mismo tiempo, hace discursos como paladín de la igualdad, la transparencia y la justicia social.

Sea como sea que acabe el caso Zapatero, no será el último de frustración, vergüenza y decepción, como no ha sido el primero. Por eso creo que es un error seguir afrontando cada una de esas decepciones como hechos singulares. Son regulares porque responden a un patrón común, a un mal estructural que afecta a la izquierda de nuestro tiempo.

He tratado de analizarlo en el día a día desde hace años, en muchos artículos que están todos en mi página web (www.juantorreslopez.com) y en textos más extensos en alguno de mis libros. Especialmente, en Para que haya futuro (Ediciones Deusto, 2024), en cuya portada lo presenté como un libro que trataba de responder a una pregunta fundamental: ¿Cómo construir un mundo mejor cuando se extiende la extrema derecha para evitarlo y la izquierda no sabe cómo hacerlo?

En estas páginas, trataré de resumir todas esas reflexiones, no como una tesis definitiva, sino más bien como la provocación que es preciso realizar para llamar la atención y para ayudar a generar un debate que apenas se afronta en los términos radicales, de raíz, en que a mí me parece que hay que plantearlo.

A mi juicio, la izquierda que conocemos no da para más, y está a punto de dilapidar por completo todo su patrimonio cultural, ideológico y político del pasado. Ya no es un instrumento útil para transformar el mundo y es preciso cambiar de rumbo con urgencia porque la amenaza de violencia, caos y destrucción, como he analizado también en muchos de mis textos, es más fuerte que nunca en todos los rincones del planeta. De un planeta amenazado, como quizá nunca lo estuvo, por un ecocidio que perpetran grandes capitales sin otro fin que seguir obteniendo beneficio monetario y poder sin límites.

En estas páginas quiere presentar resumidamente dos tesis. La primera es que las izquierdas dejaron de ser transformadoras cuando abandonaron la construcción de sociedad y trataron de sustituir el contrapoder social por la mera ocupación institucional. Cuando perdieron el contacto cotidiano con la vida concreta de la mayoría social y quisieron combatir al neoliberalismo utilizando las mismas estructuras culturales, económicas y comunicativas que el propio neoliberalismo controlaba. Este es, a mi juicio, el error estratégico que explica gran parte de sus derrotas, de sus frustraciones y también del avance contemporáneo de la extrema derecha. La segunda, que a la hora de enfrentarnos a ese fracaso no estamos en un punto cero. Sabemos que sobre qué principios y de qué modo se puede transformar la sociedad y dónde están las experiencias reales que pueden enseñarnos los pasos que hay que dar para conseguirlo. Al mismo tiempo trato de ofrecer, por tanto, el doble plano que encuentro en la realidad: lo lamentable del presente de la izquierda, y la esperanza que puede encontrar quien la analice con luces largas y descubra en ella lo que el poder dominante trata lógicamente de ocultarnos.

La izquierda que fue
Durante décadas, las izquierdas fueron la proa del progreso humano. Es un hecho histórico y evidente. No ha habido ni un solo avance significativo en derechos, en libertades, en justicia social y conquistas democráticas que no haya sido impulsado, sostenido o arrancado por sindicatos, partidos progresistas y movimientos sociales de izquierda. En la gran mayoría de las ocasiones, a base de muchos y a veces sangrientos sacrificios. La jornada de ocho horas, el sufragio universal, la educación pública, la sanidad para todos, los derechos laborales, la seguridad social, las batallas contra las dictaduras, la descolonización, los derechos civiles, la igualdad entre hombres y mujeres (esto último no sin resistencia de demasiados hombres de izquierdas, todo hay que decirlo)... todo ese patrimonio de la humanidad que hoy damos por sentado fue conquistado contra la resistencia de quienes tenían interés en que nada cambiara, y se pudo conquistar gracias a las demandas y la presión organizadas de las izquierdas.

Y lo más notable es que a veces ni siquiera necesitaban gobernar para conseguirlo. Les bastaba su sola presencia social, era suficiente que existieran como fuerza organizada, como contrapoder real, como referente de lo que podía exigirse y de lo que era justo reclamar. Su mera existencia tensionaba a la sociedad, ponía en marcha a los colectivos, obligaba a los poderosos a ceder (no sin fuertes resistencias, desde luego) para no perderlo todo.

Las izquierdas históricas no eran solamente partidos políticos. Eran formas de vida compartida. Estaban presentes en los barrios, en las fábricas, en las asociaciones vecinales, en los sindicatos, en las cooperativas, en las escuelas públicas, en los ateneos culturales y en multitud de espacios cotidianos en los que la gente convivía, discutía, aprendía y se organizaba colectivamente.

Su fuerza no procedía sólo de sus ideas o programas sino de la sociedad que habían construido previamente. Compartían las condiciones de vida de las grandes mayorías sociales y formaban parte de su experiencia cotidiana. No hablaban desde fuera de la vida popular, sino desde dentro de ella.

Es cierto que hubo idas y vueltas, pasos adelante y pasos atrás, traiciones y derrotas, y también muchas veces la reproducción de lo peor que habían hecho los peores poderes. Es cierto que ha habido, sin duda, dictaduras de izquierdas; e izquierdas que han acabado con derechos y libertades, en lugar de alumbrarlos. Tampoco eso se puede negar. Pero el balance general de la historia fue inequívoco durante más de un siglo: cuando el progreso estuvo ligado a la justicia, a la igualdad y a la paz, fue porque las izquierdas lo empujaron.

Sin embargo, desde los años setenta y ochenta del siglo pasado algo empezó a cambiar. Lentamente al principio, de forma acelerada después, las izquierdas dejaron de ser la punta de lanza del progreso, y se fueron convirtiendo paulatinamente en fuentes de frustración y de fracaso. Incluso cuando han gobernado, lo que ha ocurrido después ha sido con demasiada frecuencia desastroso, pues a menudo llevaba a situaciones aún peores que las previas: retrocesos en lo conquistado, desmovilización de las bases, pérdida de credibilidad, y a veces algo todavía más grave, la sensación de que la izquierda en el poder se volvía indistinguible de aquello que decía combatir.

Hay que decirlo con claridad. En las últimas décadas, las izquierdas se han convertido para demasiada gente en una fuente constante de frustración, de dolor y, a veces, incluso de vergüenza.

¿Por qué ha pasado esto? ¿Por qué la izquierda que durante más de un siglo fue motor del cambio se ha convertido en uno de sus principales obstáculos? ¿Por qué tantos dirigentes de izquierdas en los que se deposita la confianza defraudan tanto y tan a menudo, con una regularidad que ya no puede atribuirse a la mala suerte, ni a su carácter personal? ¿Por qué lo habitual es que las personas de izquierdas que nos gobiernan, nos representan en los parlamentos, o dirigen los partidos no se distinguen casi nunca de las de derechas en sus comportamientos públicos o personales? ¿Por qué no representan un tipo de ser humano diferente (como sí ha ocurrido con alguno de ellos, como Pepe Mújica, por ejemplo) sino que se transforman y clonan, a base de sueldos elevados, prebendas y buena vida?

Estas son las preguntas que me propongo responder a continuación. No haciendo juicios morales (aunque también corresponda hacerlos) sino analizando el problema estructural que me parece obligado contemplar con luces largas para poder dar el tipo de respuestas que permiten recobrar el norte y avanzar hacia un horizonte de progreso, de libertades, de justicia y de paz.

El cambio que noqueó a la izquierda
Para entender el fracaso contemporáneo de las izquierdas es imprescindible comprender antes la naturaleza profunda del neoliberalismo. Porque el neoliberalismo no fue únicamente un conjunto de políticas económicas orientadas a privatizar empresas públicas, desregular mercados o reducir el tamaño del Estado. Fue mucho más que eso: una transformación civilizatoria.

Sus impulsores comprendieron algo fundamental: el verdadero poder histórico de las izquierdas no residía solamente en los parlamentos o en los gobiernos, sino en la sociedad organizada. Sabían que los sindicatos, los espacios comunitarios, los vínculos colectivos y la cultura solidaria eran las bases materiales y emocionales del contrapoder democrático.

Por eso la ofensiva neoliberal se dirigió precisamente contra ese terreno.
La primera respuesta fue brutal y violenta. En numerosos países de América Latina, África y Asia, las experiencias progresistas y populares fueron aplastadas mediante golpes de Estado, asesinatos, desapariciones y represión sistemática. El objetivo no era solamente derrotar gobiernos concretos, sino destruir físicamente a quienes organizaban el contrapoder social.

Pero muy pronto llegó una segunda fase todavía más sofisticada y eficaz: la revolución conservadora impulsada desde los años ochenta.

El neoliberalismo llevó a cabo una auténtica operación antropológica y cultural. No pretendía únicamente cambiar las políticas económicas, sino transformar la forma de pensar, sentir y vivir de las personas. Su objetivo era fabricar un nuevo tipo humano adaptado a la lógica del mercado.

Se destruyeron los grandes espacios fabriles donde miles de trabajadores podían organizarse colectivamente. Se precarizó el empleo y se individualizaron las relaciones laborales. Los antiguos trabajadores asalariados fueron convertidos en empresarios de sí mismos, obligados a competir entre sí y a asumir individualmente riesgos que antes eran compartidos socialmente.

Al mismo tiempo, se atacó política y culturalmente a los sindicatos, se privatizaron servicios públicos, se mercantilizaron ámbitos crecientes de la vida y se fueron destruyendo sistemáticamente los espacios comunitarios que sostenían los vínculos sociales.

Simultáneamente, en el plano cultural, se instaló una nueva moral social: la idea de que la libertad individual es el valor supremo; el éxito, un exclusivo resultado del mérito personal; el fracaso, responsabilidad individual; lo público, algo ineficiente, y el mercado mejor sistema que cualquier decisión colectiva.

El resultado fue la fabricación de lo que se ha llamado el homo neoliberalis: individuos aislados, convertidos en competidores permanentes, incapaces de reconocerse como parte de un sujeto colectivo y acostumbrados a interpretar sus problemas como fracasos personales y no como consecuencia de estructuras sociales.

Esto último fue lo decisivo. El neoliberalismo destruyó sistemáticamente las condiciones materiales, culturales y emocionales que hacían posible construir comunidad. Es decir, destruyó el terreno sobre el que históricamente habían operado las izquierdas.

Desgraciadamente, las izquierdas no supieron comprender plenamente la naturaleza de esa transformación y no le dieron la respuesta que hubiera sido necesaria.

La trampa en la que cayó la izquierda y de la que no ha sabido salir
El error más profundo y más persistente en el que han caído las izquierdas en las últimas décadas es de naturaleza estratégica y no moral. Tiene que ver con el orden que deben seguir las cosas, sobre qué debe preceder a qué.

Para entenderlo hay que ver primero lo que hace la derecha, porque la derecha no lo comete. Desde que se puso en marcha la revolución conservadora de Thatcher y Reagan, la derecha usa la política para consolidar el poder que ya tiene sobre la sociedad. No necesita transformar la sociedad porque, en sus estructuras fundamentales, ya le pertenece. El poder económico, el poder mediático, el poder financiero, las grandes corporaciones, los fondos de inversión que deciden qué se produce y cómo, los medios que deciden qué hay que pensar y decir... todo eso es suyo antes de que empiece cualquier campaña electoral. La política, para la derecha, no es el instrumento del cambio. Es un instrumento de conservación y consolidación, el mecanismo que legaliza, legitima y protege el poder que ya ejerce en la sociedad. Es lo que mantiene y cementa el tipo de sociedad y las estructuras de poder que el capital necesita salvaguardar.

Cuando la derecha llega al gobierno no necesita transformar nada porque el mundo que quiere ya existe. Solo necesita defenderlo, extenderlo y blindarlo contra cualquier amenaza. Y para eso, el poder institucional es suficiente, porque el resto del poder, el poder real, el que decide las condiciones de vida de la mayoría, ya está en manos de quien debe estar. La derecha política sólo lo utiliza por delegación para lo que hay que usarlo, y cuando un político de derechas se sale de la partitura escrita para ello, tiene los días contados.

La política de la derecha está concebida para reaccionar ante la amenaza del cambio y neutralizarla. Coopta a los dirigentes para que sepan dividir a los sujetos y desviar la energía transformadora hacia conflictos que no amenazan las estructuras de poder. Fabrica el miedo que paraliza y la resignación que desmoviliza. Se diseña para contener a la sociedad, para domeñarla e impedir que se desarrollen los impulsos de cambio que siempre existen en ella, para que el sufrimiento y la injusticia que los producen inevitablemente no encuentren expresión organizada y capacidad real de transformación.

La izquierda, en cambio, no tiene ese poder previo. No controla los mercados financieros ni los grandes medios ni las corporaciones transnacionales ni los organismos internacionales que fijan las reglas del juego económico global. El mundo que quiere construir no existe todavía, o existe solo en embrión, en los márgenes, en las grietas del sistema. Por eso, la izquierda se hunde y fracasa cuando se empeña en querer transformar la sociedad haciendo política como lo hace la derecha, actuando simplemente desde el gobierno y las instituciones.

La izquierda ha intentado usar la política para transformar la sociedad cuando su tarea real es exactamente la inversa: transformar la sociedad para cambiar la política. Ha confundido el orden de las cosas y ese error de orden trae consigo todos los demás.

Cuando una izquierda llega al gobierno sin haber transformado previamente las relaciones de poder en la sociedad, se encuentra en una posición radicalmente distinta a la de la derecha cuando gobierna. Esta puede hacerlo con el viento a favor: los mercados, los medios, las instituciones financieras internacionales, los grandes poderes económicos trabajan en la misma dirección que sus políticas porque comparten los mismos intereses. La izquierda, por el contrario, gobierna siempre con el viento en contra pues esos mismos poderes trabajan activamente para limitar, revertir o neutralizar cualquier política que amenace sus intereses.

En esas condiciones, gobernar sin haber construido previamente un contrapoder social suficiente permite, si acaso, gestionar más o menos bien, pero no transformar con mínima profundidad. Se puede administrar el sistema existente con la mejor voluntad y, en el mejor de los casos, con más atención a los más vulnerables, y muchas veces incluso con más eficacia y éxito que la derecha, incluso para los capitales. Pero, de esa forma, las estructuras permanecen intactas y lo esencial no cambia. Y mientras eso ocurra, cualquier cambio que no haya convenido podrá ser revertido sin problema por otro gobierno.

Hay que ser justos y reconocer que las izquierdas que se propusieron llevar a cabo experiencias transformadoras, incluso moderadas, se han encontrado con un poder que juega sucio, que es violento cuando lo necesita, que instrumentaliza la justicia, que usa los medios como arma, que mueve los mercados para disciplinar a los gobiernos díscolos. Eso no puede olvidarse cuando se habla de fracasos de la izquierda. Pero tampoco puede ser la excusa que impida el análisis honesto de sus errores. Porque estos existen y son tan importantes como la represión externa para explicar el patrón de los fracasos.

Hay que decirlo con claridad por muy doloroso que sea. Actuando de esa forma que he comentado, las izquierdas no solo fracasaron a la hora de resistir al neoliberalismo. Cuando las izquierdas renuncian a proponer un mundo diferente y se limitan a proponer gestionar mejor el mundo existente, no solo traicionan su razón de ser. Han sido incapaces de movilizar la energía social transformadora que es su única fuente de poder real.

Un pensamiento viejo impide a las izquierdas entender cómo funciona el mundo que quieren cambiar
Las grandes corrientes de la izquierda han compartido durante décadas una concepción lineal y mecanicista de la historia. Han creído que el cambio es algo ineluctable como resultado de las contradicciones del capitalismo, y que las fuerzas del progreso avanzan inevitablemente. Bastaría con impulsar esas fuerzas reforzándolas desde dentro del sistema o con provocar la revolución para que el mundo nuevo surja como por generación espontánea.

Es una concepción errónea, como tantas veces se ha demostrado, porque ignora algo fundamental. El sistema capitalista es un sistema complejo que evoluciona de modo contradictorio y caótico, que da idas y vueltas y mezcla lógicas de muy diversa naturaleza. Y, por otro lado, los cambios sociales que se llevan a cabo en su seno no los promueven fuerzas abstractas e impersonales, sino seres humanos concretos, imperfectos, contradictorios y vulnerables, que tienen libertad, sentimientos y emociones, y que se interrelacionan no siempre con coherencia entre sí.

Lo que la ciencia de los sistemas complejos nos enseña, y que las izquierdas no han incorporado a su forma de pensar la política, es que el cambio en estos sistemas no se puede decretar ni esperar pasivamente. Es inevitable, pero no automático; y, sobre todo, no tiene una dirección predeterminada. Los sistemas complejos evolucionan por regeneración constante de sus elementos, sometidos a una dinámica de cambio permanente y gradual que hace imposible que permanezcan idénticos a lo largo del tiempo. El capitalismo ya ha ido muchas veces más allá de sí mismo a lo largo de la historia, y lo nuevo que lo superará ya está naciendo dentro de lo viejo, en estado embrionario, aquí y ahora. Pero eso no significa que el cambio vaya necesariamente en la dirección deseable. En todo sistema social conviven fuerzas de transformación y fuerzas de resistencia que se combaten entre sí, y el resultado depende de cuál de ellas logre imponerse. El sistema dispone de resortes de defensa capaces de absorber, neutralizar o revertir los cambios que se inician. Por eso los procesos de transformación no son lineales, no se producen a saltos, ni tienen el éxito asegurado cuando se inician: van y vienen, avanzan o abortan, se frustran o se consolidan según la fuerza relativa de quienes los impulsan y de quienes los resisten.

Esto tiene una consecuencia política directa que las izquierdas han ignorado sistemáticamente. El cambio hay que construirlo activamente, conociendo bien cómo funciona el sistema, sabiendo dónde y cómo actuar para reforzar las fuerzas de transformación y debilitar las de resistencia. No basta con tener razón o el mejor programa; y ni siquiera con ganar elecciones. Hay que saber en qué punto del sistema se puede incidir con mayor eficacia, qué tipo de acción produce efectos que se multiplican y cuál los dispersa, cómo sostener el impulso cuando el sistema activa sus mecanismos de defensa. Eso requiere una concepción del tiempo político que va mucho más allá de los ciclos electorales, y una comprensión de la realidad social que las izquierdas, prisioneras de su pensamiento mecanicista y de su urgencia electoral, no han desarrollado.

La renuncia al relato y la aceptación del marco que le impone la derecha
Las izquierdas mantienen su proverbial capacidad intelectual para discutir sin fin entre ellas y poner todo en cuestión. Pero esa energía no se ha dirigido a construir un nuevo relato civilizatorio de gran alcance sino a reciclarse a sí mismas cientos de veces, a debatir internamente y a matizarse mutuamente sin descanso.

Las izquierdas han renunciado a ser portadoras y portavoces de una Ilustración que ilumine al conjunto de la sociedad. No disponen de un relato común y han dejado de liderar las grandes causas que pueden atraer a todo tipo de personas y generar las mayorías sociales que son imprescindibles para poder transformar la realidad.

Y lo que es peor, más grave y paradójico, han dejado que la derecha se apropie de los valores que habían nacido como universales, en la mayoría de los casos gracias al impulso original de las izquierdas y de los movimientos progresistas de diferente tipo. Sorprendentemente, gran parte de las izquierdas han considerado durante mucho tiempo que valores como la libertad, la democracia, los derechos humanos, la soberanía, la seguridad eran "burgueses" y meros instrumentos del sistema. Los desdeñaron, sin darse cuenta de que son precisamente las principales armas de defensa de los más desfavorecidos, y sin entender que quien los hace suyos controla el sentido común. El terreno donde se gana o se pierde la batalla política real y la posibilidad efectiva de cambiar el mundo.

El resultado es devastador. Mientras la derecha, y sobre todo la extrema derecha, se apropia del lenguaje de la soberanía, la seguridad y la identidad para ofrecer respuestas simples y falsas frente al miedo que sus propias políticas han generado, las izquierdas se enredan en debates identitarios y culturales que solo tienen pulsión en las periferias y que resultan incomprensibles, cuando no directamente hostiles, para los verdaderamente desposeídos.

Las izquierdas no solo han dejado de ser portadoras de propuestas de sentido común, sino que han dejado el sentido común en manos de las derechas y se han instalado en la gestión de las identidades particulares. Han dejado de soñar en grande y así han perdido la capacidad de movilizar a las mayorías.

La tribialización que diluye a la izquierda
El neoliberalismo construyó un mundo global convirtiendo en ecuménicos o universales los valores del mercado, la competencia, el individuo soberano y la lógica del beneficio. Las izquierdas, mientras tanto, han troceado su discurso y las reivindicaciones que defiende. Se han convertido en una especie de mercadillo persa en donde cada tribu trata de vender su identidad al resto, con tal de que se identifique con algún grupo de interés, por socialmente insignificante que sea.

La fragmentación se ha producido de la peor manera posible: generando microidentidades que responden a reivindicaciones legítimas en sí mismas pero que no conforman ni una lengua franca, ni una presencia colectiva y sinérgica. Tribus que hablan dialectos distintos, que no simpatizan entre sí, que se enfrentan con antagonismos casi siempre insuperables. En mi libro Para que haya futuro contabilicé, mal contados y como poco, 16 modalidades de ser de izquierdas, 24 tipos de feminismo y 27 ecologismos. Puesto que todos los partidos progresistas, prácticamente sin excepción, se definen como de izquierdas, feministas y ecologistas, se deduce que hay más de 10.000 identidades distintas posibles o formas de serlo.

Esa taxonomía proyectada casi ad infinitum de las izquierdas hace que cada reivindicación se subdivida, se matice y se deba enfrentar a cada una de las variantes hasta generar un mosaico ininteligible de partes que no se reconocen entre sí y del que es imposible que nazca un alma común, un modelo civilizatorio, una humanidad diferente.

De esa forma es como las izquierdas se han hundido en otra época (que ellas mismas han contribuido a crear) como la que describió Alejo Carpentier en El siglo de las luces: "hecha para diezmar los rebaños, confundir las lenguas y dispersar las tribus."

Lo que queda cuando todo esto se asienta es la sustitución de la lógica de la transformación por la lógica de la representación. Se deja de preguntar cómo se cambia el mundo para preguntar a quién representa cada cual. Y como la respuesta a esa pregunta divide en lugar de unir, la política de izquierdas se convierte en una competencia entre identidades que no se hablan entre sí, que generan un ruido incomprensible para la mayoría de la población, y que dejan el terreno libre para quien ofrece un relato simple, aunque sea completamente falso.

La izquierda se ha hecho tribal y materialmente irreconocible como portadora de un proyecto conjunto de liberación y transformación de sentido común que pueda ser asumido por las más amplias mayorías sociales.

Hay votantes, pero no comunidad, y lejos de la gente, se aleja el cambio social
Las izquierdas de hoy tienen votantes, y en muchas ocasiones en cantidad suficiente para gobernar. Pero no tienen sociedad que se identifique con ellas, las apoye activamente y se haga cómplice consciente de sus acciones. No ponen en marcha realidades que puedan percibirse como el anticipo de un mundo nuevo, de un sistema diferente. Tratan a lo sumo de captar voluntades mediante el acto de fe que supone decirle a la gente que, si algún día dispusieran de más poder, todo sería distinto. Pero en la realidad presente no son capaces de mostrar en qué consiste ese otro mundo alternativo, salvo en lo que tiene que ver con asuntos de corto plazo y fácilmente reversibles cuando la derecha gobierna. Apenas pueden ofrecer ni una sola muestra tangible de aquello que se proponen construir. Es más, se deterioran e incluso van desapareciendo las que antaño se construyeron con su protagonismo directo o gracias a su enorme influencia, como ocurre con los servicios y empresas públicas, por ejemplo.

Y lo más paradójico es que el mundo alternativo existe. No como promesa futura sino como práctica presente. Una legión de asociaciones, cooperativas, colectivos, fundaciones, grupos anónimos, personas individuales de todo tipo y condición piensan, diseñan, construyen, organizan, crean empresas y ponen en marcha miles de iniciativas para producir y consumir de otra forma, curar y salvar vidas, habitar, estudiar, cuidar, alimentarse, obtener energía, representarse y tomar decisiones como si estuvieran ya en un planeta distinto, anticipando el futuro. Pero que están, por lo general, bastante alejadas de los partidos de izquierdas que, mientras tanto, siguen organizados y actuando en el viejo mundo, inoculándose sin parar el veneno del que se supone que desean escapar.

Pero el problema no es solo que las izquierdas estén lejos de ese tejido alternativo. Es que han perdido algo todavía más profundo y más difícil de recuperar: el contacto cotidiano con la vida concreta de la gente corriente. No se trata únicamente de perder apoyo electoral o capacidad organizativa. Me refiero a que han dejado de convivir emocional y materialmente con amplios sectores populares. Y cuando una fuerza política deja de compartir la experiencia cotidiana de quienes pretende representar, acaba perdiendo la capacidad de comprenderlos, interpretarlos y movilizarlos, y finalmente su complicidad y su apoyo.

Durante mucho tiempo, las izquierdas no fueron únicamente organizaciones políticas. Eran formas de vida compartida. Estaban presentes en los barrios, en los centros de trabajo, en las asociaciones vecinales, en las escuelas públicas, en las cooperativas, en los sindicatos, en las fiestas populares, en los hogares e incluso en espacios religiosos vinculados al mundo obrero. Formaban parte de la textura cotidiana de la sociedad y no hablaban sobre la gente, sino junto a ella y dentro de ella. Compartían sus condiciones de existencia, sus códigos culturales, sus miedos, sus aspiraciones y sus sufrimientos.

Esa cercanía no era un elemento secundario ni sentimental. Es la fuente de donde surgen la fuerza política y moral. Junto a la gente se puede comprender cómo viven realmente las personas, qué les preocupa, qué lenguaje utilizan para interpretar el mundo y qué tipo de respuestas pueden percibir como propias y creíbles. Cuando las izquierdas estaban junto a la gente, eran fuertes no solo porque tuvieran ideas o programas, sino porque estaban insertas en la experiencia vital de la mayoría social.

El neoliberalismo fue inteligente y diseñó estrategias para alterar profundamente ese terreno donde las izquierdas se habían hecho fuertes históricamente. Destruyó muchos de los espacios comunitarios y colectivos en los que se construía la vida compartida. Precarizó el trabajo, individualizó los problemas, debilitó las organizaciones sociales y convirtió cada vez más a los individuos en competidores aislados. Era su tarea. Lo lamentable fue que las izquierdas no se percataran de ello, se dejaran llevar sin resistir y no se hicieran fuertes precisamente allí donde esa destrucción se estaba viviendo físicamente.

Poco a poco, una parte importante de la izquierda fue institucionalizándose, sus dirigentes se profesionalizaron y su actividad política se hizo depender de los mensajes mediáticos. Su actividad se desplazó desde la vida social hacia los despachos, los parlamentos, los estudios de televisión, las redes digitales y los circuitos universitarios o partidarios. Se convirtió en la izquierda que tiene como aspiración principal el ser vista o hacerse viral en TikTok y el resto de las redes sociales. Empezó a hablar un lenguaje crecientemente abstracto, técnico o autorreferencial, muchas veces incomprensible para quienes viven bajo la presión diaria de la precariedad, los salarios insuficientes, el miedo al futuro o la inseguridad vital.

Las consecuencias fueron tremendas. La izquierda dejó de escuchar con atención el miedo cotidiano, la humillación silenciosa, el cansancio acumulado, la soledad, la incertidumbre permanente o la sensación de abandono que atraviesan hoy la vida de millones de personas. Dejó de sentir como propia la epidermis de la sociedad.

Por eso, amplios sectores populares han dejado de sentir a las izquierdas como algo suyo, incluso cuando continúan compartiendo muchas de sus posiciones materiales en relación con el empleo, los servicios públicos, la vivienda o la desigualdad. La izquierda de nuestro tiempo no se ha dado cuenta de que no basta con defender intereses objetivos si no existe también reconocimiento mutuo, cercanía cultural y vínculo emocional. Las personas necesitan sentirse escuchadas, comprendidas y acompañadas, no solo administradas o representadas desde arriba.

La extrema derecha ha entendido mejor que nadie ese vacío. Aunque sus propuestas económicas perjudiquen muchas veces a quienes la apoyan, ofrece algo que hoy resulta decisivo: identidad, reconocimiento, pertenencia, lenguaje emocional y sensación de proximidad. Habla de miedos reales, aunque luego los manipule y desvíe hacia enemigos falsos.

Las izquierdas difícilmente podrán volver a impulsar procesos profundos de transformación social si no reconstruyen antes esa conexión cotidiana con la vida real de la mayoría social y tengo muchas deudas de que eso sea posible mientras estén encerradas en los aparatos en que hoy día se han convertido sus partidos políticos. No basta con representar políticamente a la gente. Hay que convivir con ella. Escucharla, compartir espacios, reconstruir comunidad y volver a estar presentes allí donde se experimentan diariamente el sufrimiento, la inseguridad y también las esperanzas colectivas. Porque el cambio social no nace únicamente de las ideas correctas ni de los programas bien diseñados. Surge de personas concretas, de los vínculos vivos entre ellas, de la confianza mutua y de la existencia de experiencias compartidas capaces de convertir el malestar disperso en conciencia colectiva y voluntad organizada de transformación.

Sin contrapoder de diferente naturaleza, el poder del capital es invencible
Uno de los errores más graves de las izquierdas contemporáneas ha sido creer que se puede transformar la sociedad utilizando exclusivamente las instituciones y los resortes o palancas del poder de una sociedad ya previamente organizada por el capital. Han pensado que bastaba con conquistar gobiernos para cambiar el mundo, cuando el poder real no reside principalmente en los parlamentos, sino en las relaciones sociales, culturales, económicas y comunicativas que moldean la vida cotidiana y delimitan lo que una sociedad considera posible o imposible.

La historia lo demuestra claramente. Las izquierdas fueron eficaces cuando, antes de alcanzar el poder institucional, habían construido ya otro poder en el seno mismo de la sociedad: sindicatos, cooperativas, ateneos, redes vecinales, prensa propia, espacios culturales, formas de apoyo mutuo y experiencias de vida colectiva capaces de crear conciencia, solidaridad y autonomía frente al mercado y frente al Estado dominado por las élites económicas. No transformaban solamente las leyes, sino que transformaban (incluso sin necesidad de estar en los gobiernos) cuando previamente habían cambiado la forma de vivir, de relacionarse y de imaginar el futuro de grandes mayorías sociales.

El neoliberalismo también entendió perfectamente esa realidad y por eso dirigió su ofensiva no sólo contra las políticas redistributivas o contra el Estado social, sino contra las propias bases materiales y culturales del contrapoder democrático. Individualizó el trabajo, precarizó la vida, destruyó espacios comunitarios, mercantilizó las relaciones humanas y convirtió a los ciudadanos en competidores aislados. La gran victoria neoliberal no fue económica, sino antropológica, al fabricar individuos incapaces de reconocerse como parte de un sujeto colectivo portador de poder.

Lamentablemente, la mayor parte de las izquierdas respondió refugiándose casi exclusivamente en la política institucional, aceptando además las reglas culturales, comunicativas y económicas impuestas por el propio neoliberalismo. Renunció poco a poco a construir sociedad y acabó dependiendo de los mismos medios, lenguajes, dinámicas y estructuras de poder que decía combatir. Quiso disputar el poder sin alterar previamente la correlación de fuerzas en la sociedad civil. Y así quedó atrapada en una contradicción insoluble: intentar cambiar un sistema utilizando herramientas diseñadas precisamente para impedir que cambie.

Por eso, incluso cuando gobierna, la izquierda apenas logra gestionar temporalmente algunos efectos del sistema sin modificar sus estructuras profundas. Si carece de tejido social autónomo, de fuerza cultural y de la capacidad organizada necesarias para sostener transformaciones duraderas frente a unos poderes económicos, financieros y mediáticos que sí operan coordinadamente y con horizonte estratégico de largo plazo, carece de poder y apenas puede transformar.

Ningún poder histórico ha sido derrotado únicamente desde arriba o, por decirlo en términos algo más gráficos, echando un pulso al poder previamente existente. Todos los cambios profundos han necesitado construir previamente otra palanca de poder, un contrapoder diferente al que se quiere combatir.

Y el contrapoder de naturaleza distinta al del capital no puede construirse con las mismas herramientas ni los mismos valores que el poder al que se enfrenta. No puede ser jerárquico cuando el poder que combate se sostiene precisamente en la jerarquía. No puede ser individualista cuando el individualismo es el principal instrumento de dominación del sistema. No puede basarse en la acumulación, cuando es la acumulación lo que hay que combatir.

Su naturaleza tiene que ser radicalmente diferente. Es cooperativo donde el capital es competitivo. Es comunitario donde el capital es individualista. Se basa en el cuidado de las personas y de la vida donde el capital se basa en el lucro. Es democrático, en el sentido más profundo y cotidiano del término, donde el capital es oligárquico. No busca el sometimiento del adversario sino la construcción de una mayoría que haga el modelo dominante insostenible por la simple evidencia de que existe algo mejor.

Este es el tipo de poder que la historia demuestra que puede ganar a largo plazo, porque no depende de los recursos que el capital controla, sino de algo que el capital no puede comprar ni destruir completamente: la convicción de que otro modo de vivir es posible y la voluntad de construirlo. Es el poder que nace del sentido común de una especie que sabe, cuando puede pensar con libertad, lo que necesita para vivir bien. Y es, no por casualidad, exactamente el tipo de poder que el neoliberalismo se esforzó durante décadas en hacer invisible e impensable.

La inversión que lo cambia todo: primero la sociedad, luego la política
De todo lo anterior se desprende una conclusión que tiene la apariencia de una paradoja pero que es, en realidad, la lección más importante que ofrece la historia del fracaso de las izquierdas de nuestro tiempo.

La tarea de quien quiera transformar el mundo con los horizontes y los valores que tradicionalmente defendieron las diferentes izquierdas no puede ser usar la política para transformar la sociedad. Como dije, es al revés, hay que transformar la sociedad para cambiar la política.

Ese principio no puede ser entendido como la renuncia a la política institucional. Tiene que ver con una comprensión diferente y más profunda de cómo funciona el cambio real. Significa entender que las condiciones para que una política transformadora sea posible y sostenible se construyen antes de llegar al gobierno, no después. Es decir, que esas condiciones son sociales, culturales, económicas y organizativas antes de ser políticas en el sentido institucional del término.

Cuando la izquierda llega al gobierno sin haber construido previamente la sociedad alternativa que necesitaría, trabaja con el viento en contra. Cada reforma que amenaza los intereses del poder real encuentra una resistencia organizada y permanente que la neutraliza, la revierte o la vacía de contenido. Y así no puede transformar el mundo.

Transformarlo significa o requiere, mejor dicho, ir más allá y construir comunidad donde el neoliberalismo ha construido individualismo, tejer redes de solidaridad y cooperación donde el mercado ha impuesto competencia, crear experiencias concretas de otro modo de organizar la producción, el cuidado, la energía, la información... que demuestren en la práctica que el mundo alternativo no es una utopía sino una práctica y una posibilidad real. Significa construir un relato que conecte la experiencia cotidiana de la gente con las causas estructurales de sus problemas, que dé nombre a lo que se siente, pero que no se sabe cómo decir, que señale el horizonte sin prometer el paraíso. Significa desarrollar un sujeto colectivo, no solo votantes y militantes, sino una comunidad organizada y consciente que tenga sus propias instituciones, sus propios medios, sus propios referentes, su propia capacidad de actuar con independencia de los ciclos electorales.

Cuando ese trabajo previo se ha hecho, o cuando se ha hecho suficiente o al menos embrionariamente, la llegada al gobierno tiene una naturaleza y unos efectos completamente diferentes. De entrada, los dirigentes que están allí están respaldados por una sociedad organizada y no llegan en soledad, sino con algo detrás. Un algo que cambia radicalmente el equilibrio de fuerzas frente al poder real. No lo elimina, porque el poder del capital seguirá siendo inmenso, pero lo limita y permite que resistirlo tenga un coste menor y que ceder tenga un coste mayor.

Una diferencia que lo resume todo
Hay una diferencia final entre la derecha y la izquierda que vale la pena señalar porque es reveladora de todo lo que hemos analizado.

La derecha, que usa la política para conservar lo que tiene, puede permitirse el lujo de tener malos dirigentes porque el sistema trabaja para ella con independencia de quién la dirija. El sistema financiero, los grandes medios, las corporaciones, las instituciones internacionales funcionan en la dirección que la derecha establece, aunque sus dirigentes sean mediocres, corruptos o simplemente torpes. La izquierda, en cambio, no puede permitirse ese lujo precisamente porque el sistema no trabaja para ella. Necesita siempre dirigentes capaces, honestos y comprometidos.

Ante esa exigencia, la izquierda no puede responder, como quizá haya intentado responder la mayoría de las veces, o en el mejor de los casos. Es decir, buscando las mejores personas posibles, pero situándolas en el vacío. Porque el problema sólo se resuelve, como he dicho, construyendo la sociedad y el tejido que llene el vacío.

El neoliberalismo lo entendió a la perfección y ha dedicado décadas e infinidad de recursos a destruirlo. Para ser la proa del progreso habrá que entenderlo muy bien y dedicar el tiempo y la energía necesarios para reconstruirlo.

El vacío que acosa a los dirigentes
Todo lo anterior conduce a la pregunta más incómoda, la que tiene nombres y apellidos: ¿por qué los dirigentes concretos terminan defraudando tan sistemáticamente?

¿Por qué Alexis Tsipras firmó en julio de 2015, exactamente una semana después del referéndum en que el 61 por ciento de los griegos rechazó las condiciones de la Troika, un acuerdo con condiciones aún más duras que las rechazadas? ¿Por qué Tony Blair, que llegó al poder en 1997 con la mayor mayoría laborista de la historia, terminó llevando al Reino Unido a la guerra de Iraq junto a George W. Bush y construyendo el New Labour como un proyecto de gestión eficiente del capitalismo financiero, para acumular después una fortuna considerable asesorando a gobiernos y corporaciones de dudosa reputación democrática? ¿Por qué Gerhard Schröder precarizó el mercado laboral alemán con sus reformas Hartz y terminó su carrera como consejero de Gazprom y defensor público de Vladimir Putin incluso tras la invasión de Ucrania? ¿Por qué François Hollande, que prometió que su adversario era el mundo de las finanzas, terminó su presidencia con un 4 por ciento de aprobación, el nivel más bajo de cualquier presidente de la Quinta República? ¿Por qué Zapatero, que tuvo logros reales en materia de derechos civiles durante su primer gobierno, aplicó los recortes que había criticado cuando llegó la crisis y aparece hoy envuelto en investigaciones judiciales que han generado una decepción profunda entre quienes lo tenían como referente moral de la izquierda española? ¿Por qué Lula, símbolo de esperanza para toda una generación latinoamericana, presidió un partido que terminó entre corrupción sistémica? ¿Por qué Rafael Correa, que llegó con un discurso de revolución ciudadana y retórica anticapitalista potente, terminó enfrentado a dirigentes y colectivos indígenas que habían sido sus aliados más próximos? ¿Por qué Obama, que movilizó como nadie la esperanza transformadora de la izquierda norteamericana en 2008, rescató a los bancos sin perseguir a sus responsables, deportó a más inmigrantes que ningún presidente anterior, no cerró Guantánamo o permitió que sus ejércitos ejecutaran a cientos de civiles?

La respuesta habitual suele ser la de la traición personal, el carácter débil, la ambición que corrompe, el poder que cambia a las personas... Todas ellas quizá son reales y comprensibles, pero en todo caso insuficientes, pues no explican el patrón ni el fallo estructural que inevitablemente debe haber cuando ese tipo de casos se produce con tanta regularidad.

A mi juicio, todos esos casos se pueden producir porque, en la inmensa mayoría de los casos, los dirigentes de izquierdas vienen operando en el vacío en las últimas décadas. En el vacío que las propias izquierdas han creado al no construir comunidad, al no tejer redes, al no crear contrapoderes, al no poner en marcha experiencias alternativas que muestren el futuro por adelantado, al no construir la sociedad que debería preceder a la conquista del poder institucional. Y, sobre todo, cuando han provocado o permitido que sus organizaciones, sus partidos, dejen de ser una parte más de esa comunidad para la que se supone que trabajan, cuando las han convertido en estructuras que reproducen el cesarismo de los conservadores, las han vaciado de democracia interna real, y en donde, cuando no se desprecia, no se cuenta con la militancia y mucho menos con la ciudadanía a la que dicen querer representar.

Cuando la izquierda no ha construido ese tejido previo, cuando no tiene bajo sus pies el suelo de la sociedad organizada, sus dirigentes quedan literalmente en el aire y solos frente al poder real. No tienen detrás una comunidad organizada que los sostenga cuando hacen lo correcto y los frene cuando se equivocan. No tienen a su lado una red de instituciones, organizaciones, grupos sociales, militancia y ciudadanía que les recuerde cotidianamente para qué están ahí y en nombre de qué y de quiénes actúan. No tienen enfrente el espejo que les muestre lo que no están haciendo y en qué se están convirtiendo, ni tampoco el otro mundo alternativo en embrión y que crece a sus espaldas, en el que podrían detectar las contradicciones entre lo que predican y lo que hacen.

En ese vacío, el poder real actúa con una eficacia que no necesita ser conspirativa para ser devastadora. Los mercados financieros, los grandes medios, las corporaciones, los organismos internacionales... tienen acceso directo y permanente a los dirigentes. Les hablan todos los días, les halagan, les explican con paciencia y firmeza cuáles son los límites de lo posible, los redibujan y les muestran con claridad las consecuencias de traspasar las líneas que no deben sobrepasar. Y como del otro lado no hay nadie con la misma consistencia, la misma presencia permanente y la misma capacidad de presión organizada, el resultado es casi matemáticamente previsible.

Los dirigentes de izquierdas que nos defraudan no se han corrompido o simplemente desnaturalizado de golpe, ni como resultado de su propia personalidad, ni posiblemente como efecto de una decisión consciente y deliberada de traicionar sus principios. Han ido cediendo sutilmente, milímetro a milímetro, decisión a decisión, cada vez que el coste inmediato de resistir parece mayor que el coste diferido de ceder. Ceden, porque la presión del poder real en el presente es más potente que la presión de la comunidad que le encargó transformar ese poder, bien porque esa comunidad no exista, o porque no tiene voz cuando su grito es necesario. Sin una comunidad organizada que denuncie y combata en tiempo real lo que está ocurriendo, que ponga precio a cada cesión, que exija rendición de cuentas antes de que el daño sea irreversible, las cesiones se acumulan silenciosamente hasta que un día el dirigente que prometía transformar el mundo está defendiendo posiciones que hace diez años le habrían parecido indefendibles.

Cuando existe una comunidad organizada con valores compartidos y experiencias concretas de otro modo de hacer las cosas, esa comunidad funciona como un sistema inmunitario frente a los virus que pueden difundir dirigentes corruptos o los errores de los honestos. Reconoce las desviaciones porque tiene un referente claro de lo que no es desviación. Puede nombrar lo que está mal porque tiene palabras para nombrar lo que debería estar bien. Puede presionar porque tiene una base autónoma desde la que hacerlo, que no depende del acceso a las instituciones ni de la benevolencia de los dirigentes. Pero, cuando esa comunidad no existe, el control desaparece. Los liderazgos se personalizan porque no hay nada que los limite, y los comportamientos inadecuados no encuentran resistencia porque no hay una cultura compartida suficientemente viva como para reconocerlos como inadecuados.

Esta es la razón profunda por la que el cesarismo, la concentración del poder en el líder, la falta de democracia interna real, el desprecio a la militancia que caracterizan a tantos partidos de izquierdas, no son vicios morales individuales sino consecuencias estructurales de haber construido organizaciones sin sociedad.

Un motor que ya no va y otros que existen y funcionan mejor
La conclusión que he sacado de todo lo que he analizado en los últimos años en mis artículos y libros es dura y cueste decirla, pero creo que tenemos la obligación de exponerla con claridad.

Las izquierdas que hoy conocemos, las que actúan en los gobiernos, en los parlamentos, incluso la mayoría de los partidos políticos que se reclaman progresistas, desde los más nuevos hasta algunos con casi 150 años de historia, han cumplido ya su papel histórico. Son operadores políticos que en su forma actual no pueden ser el motor de la transformación del mundo. No por culpa de su militancia o de lo que incluyen, elección tras elección, en sus programas. No sirven porque están construidos sobre los mimbres equivocados, asumiendo el terreno en donde pisa el adversario y el marco en el que impone su relato. Porque han renunciado a construir comunidad y sujeto. Porque han aceptado las reglas de un juego diseñado para que no puedan ganar. Y porque, en consecuencia, son incapaces de generar el tipo de sociedad nueva que haría posible el cambio real.

Esto no significa que no puedan seguir teniendo un papel importante. Lo tienen y lo seguirán teniendo, seguramente, para frenar los peores excesos, para defender lo conquistado y ganar tiempo. Pero me temo que ya es imposible que sigan siendo los motores del cambio social de mediano y largo alcance. Y confundirlos con ese motor, seguir tratándolos como si lo fueran y continuar depositando en ellos la esperanza transformadora tiene un coste que ya no podemos permitirnos. El de alimentar, con cada nueva decepción, el cinismo que desmoviliza, la rabia sin dirección que aprovecha la extrema derecha y el populismo reaccionario que se expande por el mundo.

Hay que decirlo con toda la dureza que el momento exige: el fracaso sistemático de las izquierdas es una de las fuentes principales de donde brotan los neofascismos. Cuando la gente que sufre la desigualdad, la precariedad y el abandono ve una y otra vez que quienes prometían cambiar las cosas no lo hacen, que sus dirigentes terminan siendo parte del sistema que decían combatir, que los partidos que dicen representarla hablan un lenguaje que no entiende sobre problemas que no reconoce como suyos, no desaparece. La indignación de la gente no se evapora, sino que busca otro cauce. Y ahí aparecen los demagogos que ofrecen un relato simple, un chivo expiatorio accesible y la promesa de romper con todo para recoger esa energía y convertirla en su combustible.

La extrema derecha no habría podido crecer como ha crecido en todo el mundo si las izquierdas hubieran hecho su trabajo. Hay que decirlo sin eufemismos.

Pero la conclusión no es la desesperanza. Llegamos ahora a lo más importante de todo lo que quiero decir en estas páginas que resumen mis reflexiones de casi una vida.

Ante la degeneración y la impotencia de la izquierda no nos encontramos en un kilómetro cero. El motor que hoy día se necesita para transformar el mundo de nuestro tiempo no hay que inventarlo: ya existe, funciona, y ha demostrado en la práctica que la existencia de otro mundo basado en formas de actuar, valores y modo de organizar la vida económica y social no es una promesa o una quimera. Es ya una realidad presente a nuestro alrededor, aunque hay que saber reconocerlo, conectarlo, potenciarlo y darle la expresión política que todavía le falta.

Ese motor está hecho de cientos, de miles de experiencias concretas de organización de la vida económica y social sobre principios radicalmente distintos a los de la avaricia y el máximo beneficio que guía al capitalismo financiero que domina el mundo. Son experiencias que se desarrollan sin esperar a que quienes las impulsan controlen las instituciones o a que llegue el gobierno adecuado para empezar a construir el futuro, porque se construyen de otro modo, desde abajo, en la vida cotidiana de comunidades reales.

En mi libro Cómo sobrevivir al trumpismo y a la economía de la motosierra (Deusto, 2025), mostré los principios sobre los que se basan todas ellas, sus modalidades muy diferentes, y el alcance tan grande que tienen en todo el planeta, tanto desde el punto de su extensión como de su relevancia para la satisfacción de las necesidades humanas y la salvaguarda del medio ambiente. Aquí basta señalar que todas esas experiencias tienen algo en común que las convierte en el embrión de una economía diferente y no en simples experimentos marginales: funcionan con una lógica radicalmente distinta a la del capitalismo. No buscan el máximo beneficio para los accionistas, sino el bienestar de las personas que las componen y de las comunidades en que operan; no externalizan sus costes sobre la sociedad y la naturaleza, ni concentran el poder en pocas manos, sino que lo distribuyen y ejercen democráticamente; no son esclavas del cortoplacismo, hipotecando el largo plazo, construyen el futuro y garantizan la sostenibilidad.

Y tienen algo más, quizás lo más importante de todo. Demuestran en la práctica, con datos y resultados medibles, que la afirmación más poderosa del capitalismo, la de que no hay alternativa, es falsa. Demuestran que las hay y que, en la inmensa mayoría de los casos, funcionan mejor.

Lo que falta
El problema no es, por tanto, que carezcamos de alternativas, que estemos viviendo el fin de la historia. Hay muchas, aunque es cierto que todavía existen de forma dispersa, fragmentada, descentralizada, frecuentemente desconocida entre sí, careciendo de expresión política y sin generar un contrapoder efectivo que las convierta en una fuerza capaz de cambiar las reglas del juego a la escala que los grandes problemas del mundo requieren.

Son motores quizá encendidos, pero desconectados. Funcionan y avanzan cada uno de ellos en la dirección correcta, pero disipando su energía porque no están todavía articulando redes que los multipliquen y refuercen mutuamente, y porque no han generado todavía una política transformadora que los represente y los proyecte al conjunto de la sociedad.

Esa es la tarea. Y es una tarea de naturaleza diferente a la que las izquierdas han intentado hacer hasta ahora. No se trata de construir un nuevo partido que prometa lo que los anteriores prometieron y no cumplieron. Se trata de hacer exactamente lo que he argumentado a lo largo de estas páginas: construir sociedad primero, y dejar que la política transformadora emerja de esa sociedad construida.

Concretamente, se trata de tres cosas que deben ocurrir simultáneamente y que se refuerzan mutuamente.

La primera es conectar las experiencias. Las cooperativas, las comunidades energéticas, los bancos éticos, las redes de cuidado, los municipios que experimentan con presupuestos de bienestar, los movimientos por la justicia climática y laboral... todos ellos están construyendo partes del mismo edificio, pero casi siempre sin reconocerse como parte del mismo proyecto y sin poder actuar, por tanto, como tales. Cuando se reconocen, cuando se conectan, cuando aprenden los unos de los otros y actúan con la conciencia de que forman un tejido común, su fuerza se multiplica exponencialmente. Son, de momento, como un archipiélago de islas muy vulnerables. Su interconexión, los hará invulnerables.

La segunda es construir el relato que las haga visibles y comprensibles para la mayoría como parte de un horizonte, de un futuro donde se proyecte la vida diaria de la gente corriente. Las experiencias alternativas que hemos descrito son reales y son valiosas, pero la mayoría de la gente no las conoce, no sabe que existen, o no las identifica como parte de un mañana común. Necesitan un relato que las conecte entre sí y con la experiencia cotidiana de la gente que sufre el sistema actual. Un relato que diga: esto que ves ahí, funcionando, produciendo bienestar, cuidando la vida, es el mundo que podemos construir. No en un futuro lejano, sino un ahora que ya está aquí.

La tercera es generar la expresión política que lleve esa energía social acumulada a transformar las instituciones y las reglas del juego. No un partido que sustituya a los existentes, sino una política nueva que emerja desde abajo, que represente genuinamente a esa sociedad que ya se está construyendo, que tenga en las experiencias alternativas su legitimidad y su programa, y que disponga del contrapoder social suficiente para resistir las presiones del poder real cuando llegue a las instituciones.

Ese contrapoder no puede construirse, como he dicho, con la misma naturaleza que el poder al que se enfrenta. No puede ser vertical, concentrado y dependiente de un liderazgo singular. Tiene que ser lo que el neoliberalismo no pudo destruir del todo porque está en la naturaleza más profunda de la especie humana. Debe basarse en la generosidad, en la cooperación, en el cuidado mutuo, en la empatía, en el amor... en el sentido común que sabe perfectamente lo que de verdad se necesita y lo que no para vivir bien. Tiene que construirse desde la multiplicidad, desde las redes horizontales, desde la confianza que se genera en la acción compartida, desde la coherencia entre los medios y los fines que tantas veces las izquierdas han traicionado.

Para cambiar el mundo no basta con ganar elecciones. Hay que crear sociedad, estar de nuevo junto a la epidermis de la vida cotidiana, reconstruir vínculos, generar comunidad, producir cultura emancipadora y levantar espacios de autonomía material y simbólica donde pueda brotar otra forma de vivir y de entender el mundo. Porque únicamente cuando existe un poder social diferente puede abrirse paso una política realmente transformadora.

Las izquierdas difícilmente podrán volver a impulsar procesos profundos de transformación social si no reconstruyen antes esa conexión cotidiana con la vida real de la mayoría social. No basta con representar políticamente a la gente. Hay que convivir con ella. Escucharla, compartir espacios, reconstruir comunidad y volver a estar presentes allí donde se experimentan diariamente el sufrimiento, la inseguridad y también las esperanzas colectivas. El cambio social no lo producen las ideas brillantes ni los programas bien construidos desde los despachos ni los grandes liderazgos. Lo generan personas concretas que confían las unas en las otras, que comparten experiencias reales y que en ese compartir descubren que su malestar no es individual sino colectivo, que tiene causas comunes y que puede tener respuestas comunes. Sin eso, no hay izquierda que valga. Y no estoy nada seguro de que vayan a ser capaz de reinventarse para poder hacerlo. Entre otras razones, porque será necesario también que haya nuevos tipos de organizaciones y de liderazgos y personas.

La paradoja final, una razón más para la esperanza
Hay algo profundamente irónico en todo esto. El neoliberalismo creyó que destruyendo el tejido social, atomizando a los individuos y fabricando el homo neoliberalis había ganado la batalla definitiva. Y en cierta medida tuvo éxito: destruyó las bases sobre las que las izquierdas del siglo XX habían construido su poder.

Pero al hacerlo produjo algo que no esperaba, el sufrimiento, la soledad, la precariedad y la injusticia a una escala que genera inevitablemente su propia respuesta. Produjo la evidencia, visible para quien quiera verla, de que un sistema que se gobierna por una sola ley, la del máximo beneficio para unos pocos, es un sistema que se destruye a sí mismo. Produjo las condiciones en las que miles de comunidades en todo el mundo empezaron a buscar otras formas de organizar su vida para poder sobrevivir. Al buscarlas las encontraron, y al encontrarlas demostraron que eran posibles y que funcionaban mejor.

El mundo que necesitamos no hay que inventarlo. Hay que reconocerlo donde ya existe, conectarlo donde está disperso, ampliarlo donde es pequeño, y defenderlo donde está amenazado. Hay que darle el relato que lo haga visible y la organización que lo haga poderoso.

Esa es la tarea. Es difícil, es lenta, pero es la única que puede funcionar. Y a diferencia de todas las veces que las izquierdas han prometido el cambio desde las instituciones sin haberlo construido desde la sociedad, esta vez hay algo que no había antes: la evidencia empírica, en cientos de lugares del mundo, de que ya está ocurriendo.

lunes, 13 de junio de 2022

_- Las izquierdas van a ganar en Andalucía

_- La tesis de la inevitabilidad del triunfo de las derechas ha sido puesta en circulación con una cantidad de medios extraordinarios y de manera muy prolongada en el tiempo con la finalidad de desmovilizar a los electores de las diferentes izquierdas para que no acudan a las elecciones

Antonio Avendaño, muy buen amigo y excelente analista, publicó el pasado domingo, 5 de julio, un artículo en El Plural Andalucía con el título “El 19-J en diez claves y un prólogo”, que comenzaba así: “estas son las primeras elecciones andaluzas en cuarenta años donde existe certeza de que la izquierda no gobernará”.

Como habrán visto por el título que he puesto a esta entrada del blog, que no por casualidad se llama “Contracorriente”, no estoy de acuerdo con esta tajante afirmación de Antonio Avendaño. Tal como yo veo el proceso electoral que finalizará el próximo domingo, la tesis de la inevitabilidad del triunfo de las derechas ha sido puesta en circulación con una cantidad de medios extraordinarios y de manera muy prolongada en el tiempo con la finalidad de desmovilizar a los electores de las diferentes izquierdas para que no acudan a las elecciones. No viene de estos meses finales, sino que es una tesis que se viene reiterando de manera asfixiante desde que empezó la legislatura en diciembre de 2018. “Andaluz de izquierdas: estas no son tus elecciones”. Este es el mensaje.

Y es el que se ha concretado con la elección de la fecha electoral. El jueves 16 es el día del Corpus, que es festivo en varias provincias andaluzas y supone un corte en la semana final de la campaña electoral. Es un día del que se hace uso como comienzo de puente por muchas familias, especialmente cuando el calor aprieta, como lo está haciendo este año. La elección del 19-J no ha sido una elección inocente. Es un obstáculo más para la movilización del electorado de izquierda.

Y también con el planteamiento de la campaña electoral, en la que el PP y el Gobierno de la Junta de Andalucía están jugando a que las elecciones pasen desapercibidas, con la finalidad de que no haya debate que pueda despertar la atención de los electores. Ya tuvimos ocasión de comprobarlo en el primer debate electoral en televisión. La actitud cuasi ausente del candidato del PP, Juanma Moreno, fue, para mí, lo más llamativo del debate. Parecía casi que estuviera evacuando un trámite penoso y no participando en un acto central de la liturgia democrática. Su único objetivo parecía ser dejar que pasara el tiempo sin involucrarse en discusión de ningún tipo. Ni con los otros partidos de la derecha ni con los de las izquierdas. Lo único que faltó es que mirara su reloj, como hizo el Presidente Bush padre en el debate con Bill Clinton en 1992.

No tengo la menor duda de que esa va a ser su actitud esta semana final y especialmente en el debate de este lunes. Es algo para lo que los partidos de las izquierdas tienen que estar preparados. Con educación, pero con firmeza, tienen que reprocharle al Presidente Moreno Bonilla la forma en que ha comprometido nada menos que al Rey Felipe VI en su campaña electoral. Sería el momento oportuno para que se formulara la pregunta de si la Casa Real ha sido consultada por la dirección del PP antes de hacer uso de su imagen. No se puede tolerar que el juego sucio se lleve hasta hacer uso de la figura del rey.

Todo ello es indicativo de la inseguridad de las derechas en general y del PP en particular. Saben que son minoría y que únicamente si consiguen desmovilizar a los votantes de izquierda, pueden ganar. No es una campaña ganadora en la que se confía en el propio programa y su fuerza atractiva. No confían en ganar convenciendo, sino en ganar embarrando el terreno de juego para que la ciudadanía se ausente.

Esta fue la estrategia del Gobierno de Adolfo Suárez en el referéndum del 28-F, para impedir el acceso a la autonomía por la vía del artículo 151 de la Constitución. La reacción del cuerpo electoral andaluz desbarató dicha estrategia.

En este 19-J se está ensayando la misma estrategia con la finalidad de ir erosionando lo conseguido en las décadas que siguieron al 28-F. La movilización del cuerpo electoral no es menos importante en este 19-J de lo que lo fue en el 28-F. No hay que dar credibilidad a las encuestas y hacer oídos sordos a todos los mensajes para que la gente se quede en su casa. Si las izquierdas vamos a las urnas, ganamos.

Tenemos que prepararnos para celebrar el 19-J como un éxito. No aceptemos que nos condenen a la resignación.

https://www.eldiario.es/contracorriente/izquierdas-ganar-andalucia_132_9075256.html

domingo, 12 de junio de 2022

_- Por qué votaré a la izquierda

_- Ya sé que las encuestas son favorables a la derecha andaluza. Veo eufóricos a sus líderes porque se sienten a unos centímetros de mantenerse en el poder. Nadie cuestiona a su candidato porque será quien reparta puestos y prebendas. Yo votaré a la izquierda, estaré del lado de los hipotéticos perdedores y voy a explicar por qué.

Diré, antes de justificar el sentido de mi voto, que iré a votar. Creo que es una obligación ciudadana a la que no se debe renunciar. Ni todos los políticos son malos ni todos son iguales. El ejercicio de votar es el único que permite decidir quiénes van a tener la responsabilidad y el honor de gobernar a un pueblo. No votar es dejar las decisiones en manos del azar o de los demás. Y reconocer implícitamente que sería mejor que un caudillo o un salvador nos gobernase, sin necesidad de hacer elección alguna.

Votaré a la izquierda, aunque parezca torpe apuntarse al caballo perdedor. Y aunque parezca equivocado no sumarse al coro de alabanzas (unas, fundadas; otras, no), sobre lo que ha hecho la derecha en estos casi cuatro años. Quien oye al Presidente y al Vicepresidente, podría concluir que antes de llegar ellos al poder, solo había torpeza, estancamiento, clientelismo y corrupción. ¿No se hizo nada bien? ¿No se mejoró nada? ¿No se prosperó en nada? ¿Todos los gobiernos y todos los gestores socialistas fueron corruptos? ¿Cómo hemos sido tan tontos quienes hemos seguido votando a la izquierda una elección tras otra? ¿Cómo no vimos antes (y no vemos ahora) a los salvadores de Andalucía?

“Hemos hecho un esfuerzo”, “hemos destinado tantos millones”, “hemos creado tantos empleos”… Pues claro, no lo va a hacer la oposición sin tener presupuesto ni capacidad de decisión.

Le he oído decir al señor Feijoó que se puede ser socialista y votar al PP. ¿Le parecía tan razonable decir que se puede pertenecer al PP y votar al partido socialista o a Adelante Andalucía? Hágalo usted así, señor presidente, y actúe con el rigor de su propia lógica.

El Presidente Moreno Bonilla, a quien conocí siendo alumno de mi Facultad cuando él era vicedecano de alumnos y yo de profesorado, ha vuelto a visitar a la vaca Fadi. Una simpática broma. No me parece tan plausible hacerse una foto con el Rey para pedir el voto. Y creo que no hace falta explicar por qué.

El señor obispo de Huelva, en su homilía de la romería del Rocío, ha pedido el voto de la ciudadanía para la derecha. El prelado pide que los votantes tengan en cuenta las afinidades o incompatibilidades de los principios morales católicos. Muchas gracias por su consejo, Eminencia, me ha dado un nuevo argumento para votar a la izquierda.

He visto el debate de Televisión Española con los seis candidatos a la Presidencia. Es necesario informarse. Es obligatorio informarse. Escuchar a la paracaidista Olona desgranar su ideario, me dio otro nuevo argumento para votar a quien pienso votar. El contenido y el tono me asustaron: xenofobia, misoginia, homofobia… Lo peor de lo peor. La ultraderecha en estado puro. Como existe la posibilidad (yo diría la seguridad) de que si el PP necesita el apoyo de Vox, se lo va pedir, incluso para formar gobierno como ha pasado en Castilla-La Mancha, mi voto irá a la izquierda.

Sé que han existido en la política nacional, en la autonómica y en la local comportamientos torpes e, incluso, torticeros concebidos en la mente y salidos de las manos de políticos de izquierdas. Y he de decir que esos comportamientos me parecen deleznables en una democracia porque suponen un abuso de la confianza entregada por la ciudadanía. Comportamientos que me duelen más y desapruebo con más contundencia cuando se producen en la izquierda.

Voy a tratar de explicar las razones por las cuales depositaré mi confianza de nuevo en la izquierda. Es una obligación meter en la urna un voto argumentado, un voto racional.

Votaré a la izquierda porque, en todas las cuestiones esenciales de la vida, encarna lo que considero un ideario más elevado, más progresista, más cercano a los desfavorecidos, más abierto de mente, más sensible a los problemas de la sociedad. Concretaré.

Cuando se trata de defender la enseñanza pública o la sanidad pública, la izquierda se muestra más sensible, más cercana a una concepción del sistema educativo de calidad para todos y para todas. La escuela pública y la sanidad pública es para la izquierda la causa de la justicia.

Cuando se dirime la cuestión de lo público y lo privado, la izquierda se muestra más preocupada por quienes no tienen nada o tienen poco y rehúye la filosofía de que quien tenga dinero tendrá enseñanza, quien tenga dinero tendrá sanidad, quien tenga dinero tendrá seguridad, quien tenga dinero tendrá transporte… La derecha, cuando puede, privatiza.

Cuando se trata de separar el poder de la Iglesia y del Estado, la izquierda está por la labor de que cada poder mantenga su parcela sin interferencias de la Jerarquía en la ordenación de la vida y costumbres de la ciudadanía.

Cuando se procede a repartir los bienes, abundantes o escasos, tiene una mayor sensibilidad para los desfavorecidos, para los pobres, para quienes Paulo Freire denominaba “los desheredados de la tierra”.

Cuando se legisla sobre el aborto es más sensible con la decisión de las mujeres. Y no manipula la realidad con frases huecas y consignas tramposas. Nadie está a favor de la muerte. Me gustaría saber cuántos votantes de la derecha, indignados contra la ley del aborto, han acudido luego a practicarlo a escondidas.

Cuando se trata de defender los derechos de los homosexuales, de las lesbianas, de los transexuales…, está más cerca de quienes sufren que de quienes han ejercido la violencia homófoba durante siglos y de quienes siguen ejerciéndola ahora. Les reconoce su dignidad y sus derechos a emparejarse y a ejercer de padres y madres.

Cuando se revisa la historia, pretende recuperar el derecho de quienes fueron destruidos por la violencia y pasaron cuarenta años de silencio y de oprobio. Pretende reconocer derechos, no abrir heridas.

Cuando se plantean adhesiones o decisiones sobre la guerra, la izquierda es más reticente y, a la vez, más propensa a la negociación y a la palabra.

Cuando se proponen acciones sociales, la izquierda tiene más sensibilidad para atender a quienes tienen necesidades apremiantes, como ha sucedido en el caso de la Ley de dependencia.

Cuando se plantea la decisiva cuestión de la igualdad entre hombres y mujeres, la izquierda crea un Ministerio de Igualdad que es objeto de brutales descalificaciones y de inadmisibles bromas por parte de la derecha. La ultraderecha ni siquiera reconoce que exista la violencia de género. ¿Cuántas mujeres más tienen que morir cada día a manos de sus parejas para que abran los ojos? La violencia de género no llama asesinos a los hombres, llama asesinos a los hombres que matan a sus mujeres.

Cuando hay conflictos laborales está más cercana a los trabajadores que a los empresarios. Es decir, está más cerca de quienes tienen menos dinero y menos poder. Sin olvidar que si no va bien la empresa, nadie irá bien.

Cuando se legisló sobre el matrimonio, legalizó el divorcio, que hoy nos parece a todos un derecho sin el cual estaríamos condenados a mantener una relación desgraciada de por vida. La derecha, que se opuso, tiene entre sus militantes y admiradores, no pocos divorciados y divorciadas que rehicieron oportunamente sus vidas.

Lo mismo sucede con otras cuestiones de capital importancia: la eutanasia, el medio ambiente, la cadena perpetua, la gratuidad de la enseñanza… Es otro modo de ver la vida, de ver la sociedad. No es igual una posición que otra, como algunos sostienen.

Votaré a la izquierda. Sin decir por ello que de un lado estén los buenos y del otro los malos. No. No lo digo. Porque esa dicotomía es un grave error y una lamentable injusticia. Estoy convencido de que hay gobernantes y militantes de derechas que tienen la voluntad de conseguir una sociedad mejor. Lo que me separa de su ideología es que creo que es retrógada, insolidaria y despectiva con quienes piensan de otra forma.

Enhorabuena a quien gane. Aunque sería más certero poder felicitar a la sociedad por el hecho de que quien salga ganador garantice mejor la defensa de los intereses de todos y de todas en una sociedad más libre y más justa.

Fuente: El Adarve, blog de Miguel Ángel Santos Guerra.

sábado, 12 de febrero de 2022

¿Y si Vox destruye al PP?

A Vox le basta con sustraerle al PP el suficiente número de votos como para que resulte evidente que el PP no va a poder formar Gobierno. A partir de ese momento el PP iniciará su proceso de descomposición.

— CRÓNICA | Cómo adelantar elecciones sobrado de la vida para acabar luego de los nervios


La extrema derecha acaba imponiendo primero su discurso y después se impone electoralmente. Esto es lo que ha ocurrido en España en el espacio de lo que está a la derecha del PSOE desde el comienzo de la Transición.

En la fase inicial de la Transición parecía imposible que la extrema derecha representada por AP pudiera acabar imponiéndose a UCD. En las elecciones que se celebraron entre 1977 y 1980 la hegemonía de UCD en el espacio a la derecha del PSOE era rotunda. Estamos hablando de una diferencia de 167-168 escaños de UCD frente a 16-10 de AP en las elecciones generales de 1977 y 1979. De una diferencia del 30.63% de UCD en las elecciones municipales de 1979 frente al 2.99 de AP. De una diferencia en las elecciones vascas de 1980 de 8.52% y 6 escaños a favor de UCD, frente a 4.77% y 2 escaños a favor de AP. Y de una diferencia en las elecciones catalanas de 18 escaños de UCD por 0 escaños de AP.

Aunque las elecciones vascas y catalanas se celebraron después de que hubiera tenido lugar el referéndum de ratificación de la iniciativa autonómica del 28 F en Andalucía, en ellas no se notó todavía el impacto del resultado de dicho referéndum. Si lo haría en las elecciones gallegas de 1981, en las que AP obtiene 26 escaños y UCD 26, y en las andaluzas de mayo de 1982 en las que AP obtiene 17 y UCD 15. En las elecciones generales del 28 de octubre de 1982 AP obtendrá 107 escaños y UCD 11. La extrema derecha desplazaba definitivamente al partido de centro en el espacio político a la derecha del PSOE. Acabaría haciéndolo desaparecer, una vez transformado AP en el PP a partir de las elecciones de 1993. Un partido de extrema derecha en sus orígenes se quedaba con el monopolio de toda la representación de la derecha española.

¿Podemos estar asistiendo a un fenómeno parecido? Una vez que Vox está consiguiendo arrastrar al PP a su terreno ideológico, ¿no es razonable pensar que acabará siendo el principal partido de la derecha española también electoralmente? El PP necesita que la sociedad española lo reconozca como un partido de gobierno de España. Vox todavía no lo necesita. A Vox le basta con sustraerle al PP el suficiente número de votos como para que resulte evidente que el PP no va a poder formar Gobierno. A partir de ese momento el PP iniciará su proceso de descomposición. En el inmediato futuro y todavía más mirando un poco más lejos, el PP solo puede sobrevivir si la sociedad española lo reconoce como partido de Gobierno, aunque no lo sea en ese momento. En el momento en el que esa expectativa desaparezca, el PP habrá perdido su razón de ser.

En mi opinión, esto es lo más importante que está en juego en las dos elecciones que se van a celebrar en este 2022: las castellano leonesas este próximo domingo y las andaluzas a finales de la primavera o en el otoño. Si el PP acaba dependiendo de Vox en ambas comunidades, sus posibilidades de convertirse en partido de gobierno en las próximas elecciones generales habrán desparecido casi por completo.

No es un problema de si Casado puede seguir siendo presidente del PP y candidato a la presidencia del Gobierno. Es un problema de las siglas PP. Es el desmoronamiento de la formación política lo que puede estar en juego en estas dos convocatorias electorales. El inicio de un proceso paulatino que desemboca en un derrumbe catastrófico.

De momento está claro que el PP ha abandonado por completo el discurso de Pablo Casado en el debate de la moción de censura que presentó Santiago Abascal. De situar al PP en un terreno completamente distinto del de Vox y anunciar que no tenían nada que ver el uno con el otro, Pablo Casado está teniendo que comerse las palabras que pronunció ese día y volver al espacio ideológico perimetrado por Vox. Este movimiento de ida y vuelta casi sin solución de continuidad se convierte en un camino sin retorno. Quedándose quieto en su sitio Santiago Abascal ha arrastrado al PP a donde quería llevarlo.

Este domingo veremos hacia dónde apunta la representación política de la derecha española.

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sábado, 18 de diciembre de 2021

_- Yolanda y Francisco

_- Por Gorka Larrabeiti | 13/12/2021 | Opinión
Fuentes: Ctxt [Foto: Reunión del papa Francisco con la vicepresidenta segunda del Gobierno español Yolanda Díaz,11 de diciembre de 2021 (Vatican Media)]

Es para celebrarlo. Esa pareja feliz es una noticia muy buena y muy rara. Es muy rara porque el debate político y la agenda mediática, como repite siempre Steven Forti, bailan desde hace tiempo al compás de los escándalos y las provocaciones de la extrema derecha global. Hoy, en cambio, en la prensa ha sonado un discreto, emotivo y elegante tango gallego, y han sido las redes de extrema derecha las que han bailado a un ritmo que les es ajeno soltando coces. Y es muy buena porque en esa pareja feliz vemos el manual de instrucciones que propone Steven Forti para combatir la extrema derecha 2.0 llevado sencillamente a la práctica.

Son tiempos de revival nacional católico y de regreso a la teología de la Reconquista. Reconquête se llama, de hecho, el movimiento de un Eric Zemmour que viaja a Armenia a lanzar un “mensaje de esperanza a todos los cristianos de Oriente abandonados hoy día por un Occidente que pierde el hilo de su civilización” y que quiere salvar la catedral de Notre-Dame, “centro de gravedad de la cristiandad francesa y símbolo de nuestra Nación”, de la “deconstrucción”. Que Notre-Dame vuelva a ser Notre-Dame, escribe Zemmour. Integrismo y antimodernidad. Volviendo a este lado de los Pirineos, recordemos que Vox suele empezar sus campañas electorales “Por España” en Covadonga “con espíritu de Reconquista”.

“Definir un fenómeno es el primer paso para poder entenderlo”, escribe Forti en el primer capítulo de Extrema derecha 2.0. Qué es y cómo combatirla. Tras enjundiosas páginas sobre las razones, los momentos y las características del populismo y el fascismo, Forti los descarta como términos válidos para definir el fenómeno global actual. Giustissimo. El libro resulta particularmente útil cuando Forti detecta y describe el papel de las nuevas tecnologías en la propaganda del amplio espectro de formaciones políticas objeto de análisis. Bravissimo. Acierta otra vez al indicar los mínimos comunes denominadores de la extrema derecha 2.0: “marcado nacionalismo, identitarismo o el nativismo, la recuperación de la soberanía nacional, una crítica profunda al multilateralismo – y en Europa, un alto grado de euroescepticismo –, la defensa de los valores conservadores, la defensa de la ley y el orden, la islamofobia, la crítica al multiculturalismo y las sociedades abiertas, el antiintelectualismo y la toma de distancia formal de las pasadas experiencias de fascismo” (p. 85). Es la primera vez en el libro que aparece la palabra “islamofobia”. Aún no ha aparecido la palabra “cristiano”, ni tampoco “católico”. Raro. Forti vuelve a acertar cuando dice que estos partidos no quieren “crear una religión política” (p. 81). Y no es eso.

Ahora bien: si hay un punto en el que Forti, a mi modo de ver, ha fallado –más por prisa que por otra cosa– es al no otorgar a la religión el papel central que juega en la extrema derecha 2.0. No es que el tema no aparezca en el libro, no. Al contrario, lo atraviesa físicamente, como un elefante. Se denuncian los colmillos de la financiación integrista católica; los conceptos “valores” o “identitarismo” van apareciendo con el extraño swing que tienen la probóscide o la cola de los paquidermos. Pero no basta.

Muchos miembros de esta extrema derecha se autodefinen “cristianos”. Yo-soy-Giorgia Meloni se dice “cristiana” antes incluso que “italiana”; Salvini se decía “orgulloso de llevar el rosario en el bolsillo”; en el artículo 3 del estatuto del partido europeo Identidad y Democracia se lee que los miembros del grupo ID “reconocen el legado grecorromano y cristiano como pilares de la civilización europea”. Abundan los ejemplos y hay estudios sobre por qué esta extrema derecha explota el cristianismo. En el libro de Forti se señalan agudamente la centralidad de las guerras culturales y el gramscismo de derecha, que instrumentaliza la religión a fin de hacerse con la hegemonía cultural. Sin embargo, se echa de menos un punto de vista fundamental, a mi modo de ver: la teología política. Sin ella, digamos que se disipan –borrosos– los perfiles del elefante. Sin la giusta teología política, ni se entiende de dónde nace eso que el cardenal Spadaro y Marcelo Figueroa acuñaron como “ecumenismo del odio”, ni se comprende la labor antifascista que emana del Vaticano, ni se comprende, en fin, por qué Francisco es el blanco de mucho de ese odio global.

Las izquierdas, escribe Forti, “han ido abandonando la batalla cultural, sobre todo tras el final de la Guerra Fría” (p. 178). Añadiría que la izquierda que tanto cita a Gramsci le ha regalado a la derecha la Iglesia, como si fuera un terreno ajeno a la hegemonía cultural. Persiste rancia la tesis clásica de la izquierda ilustrada: “la teología clerical es el mayor obstáculo a la promoción del pueblo”. Lo escribía el jesuita Álvarez Bolado en el brillante El experimento del nacional-catolicismo (1939-1975) culpando de ello a una Iglesia de derecha.

Creo que las cosas han cambiado. Hoy hay una Iglesia muy preocupada por el avance de esta extrema derecha 2.0. Hoy hay una izquierda consciente de que, como reza el manual de instrucciones para combatirla, “toca elaborar una respuesta poliédrica” y que “necesitamos un enfoque holístico que considere soluciones a largo plazo, basado en una alianza de sectores y partidos políticos diferentes”, que “Nada sobra, nada es inútil. Todo suma”. En definitiva, que la izquierda “tiene que superar bloqueos mentales para llegar a pactos con las derechas clásicas”.

No sé qué pensará Forti, pero a mí esa pareja feliz me parece que transmite un buen programa político contra las extremas derechas y que, en definitiva, constituye la mejor reseña imaginable de su libro.

Fuente: https://ctxt.es/es/20211201/Firmas/38141/yolanda-diaz-papa-vaticano-religion-extrema-derecha-gorka-larrabeiti.htm

miércoles, 5 de mayo de 2021

¿Izquierda versus derecha o democracia versus totalitarismo?

"Lo que está en crisis son las creencias y los principios en los que se basaba la sociedad moderna desde que los Modernos habían ganado su famosa batalla contra los Antiguos en el amanecer del s. XVIII: esos postulados racionalistas y humanistas, comunes al capitalismo liberal y al comunismo, que hicieron posible su breve pero decisiva alianza contra el fascismo, que los rechazaba".

Eric J. Hobsbawm, L'Âge des extrèmes. Histoire du court XXe siècle 1914-1991, A. Versaille éd., 2008 (1ª ed. inglesa, 1994).


El titular que rotula esta reflexión mía expresa el interrogante que suscita en mi mente la propuesta de Pacto de Estado que, al parecer, pretendería alcanzar el Presidente del actual gobierno de coalición progresista español con las fuerzas 'conservadoras', a estas horas posicionadas de facto en una ejecutoria de extrema derecha fascista. Porque me pregunto: ¿la dialéctica política en curso durante esta gravísima 'crisis del coronavirus' tiene su eje primordial en la confrontación entre izquierda y derecha, cosa normal, con diversa intensidad, en todo régimen democrático, o bien encierra en su seno el conflicto entre dos concepciones antitéticas del poder político, y por lo mismo entre dos antitéticos modelos de Estado, a saber, la democrático-republicana y la totalitaria-fascista?

La cuestión no me parece menor, porque atañe a la índole misma de la contradicción en juego, y por tanto condiciona el planteamiento mismo de la estrategia y los métodos adecuados para afrontarla y resolverla. Si el conflicto contrapone entre sí ideologías e intereses sociales progresistas y conservadores, políticamente representados por fuerzas que asumen, respetan y practican todas ellas los valores democráticos -y, a poder ser, republicanos- cabe que, en circunstancias excepcionales, en las que están en juego las condiciones vitales de existencia del conjunto de la ciudadanía, pongan unas y otras el valor superior del 'bien común' por encima de sus respectivos intereses peculiares y acuerden remar juntas para superar y resolver esa situación social y políticamente crítica. Una vez resuelta, reanudarán el normal combate democrático entre ellas.

Mas si el conflicto confronta entre sí una concepción democrática y otra antidemocrática, o sea, larvada o explícitamente fascista-totalitaria, cualquier negociación para un acuerdo 'de Estado' resultará ser un juego trucado, porque para uno de los interlocutores el objetivo encubierto no será el 'bien común' ciudadano, sino la sustitución del poder democrático por el poder totalitario, el derribo o la subversión de las existentes instituciones democráticas constituidas. A no ser algo peor: que esas instituciones resulten estar vaciadas ya de contenido -y que unos y otros jueguen a la gallina ciega con ellas, y con los derechos y necesidades de un ingenuo o alienado común ciudadano.

¿En cuál de esos tres supuestos encaja la actual confrontación política en el Reino de España? Descartemos el tercero -a pesar de que, como llevo dicho y escrito reiteradamente desde hace unos años, los gobiernos y mayorías absolutas del PP han derogado en la práctica, con la connivencia del Tribunal Constitucional, buena parte de las normas constitucionales del Título I relativas a los derechos y libertades de los ciudadanos, mediante prácticas de gobierno e inclusive leyes que las conculcaban, en un auténtico proceso deconstituyente operado desde el propio poder político. Aun así, descartémoslo, porque es una evidencia que las fuerzas que integran el actual gobierno de coalición, además de todas las que le prestan apoyo parlamentario, no solo no están vulnerando aquellas normas constitucionales, sino que por el contrario intentan aplicarlas en defensa del común ciudadano, y singularmente de los segmentos sociales más desvalidos en esta atroz situación que constituye un verdadero 'estado de necesidad'.

Pero las otras, las de la derecha, ¿están poniendo la defensa del común ciudadano frente a la pandemia del coronavirus y a la grave agresión que conlleva a sus condiciones materiales y sociales de existencia por encima de sus intereses partidistas -incluidos los espurios? ¿Muestran siquiera sensibilidad moral o humanitaria ante la desgracia y el sufrimiento de las gentes, de sus conciudadanos? ¿O utilizan y manipulan esa trágica situación social y humana, mediante un verdadero proceso 'sedicioso' -éste si- para intentar provocar el caos y derribar el gobierno que está afrontando la crisis sanitaria y social como mejor sabe y puede en un auténtico 'estado de sitio' político? La inequívoca respuesta está dándola la ruin ejecutoria -incluso 'antipatriótica', por emplear la inversa del concepto que ellos invocan a destajo en falso- de la pareja siamesa pepero-vociferante.

Intento comprender semejante conducta antipolítica y anticívica. Intento comprenderla más allá de las banales motivaciones del sectarismo partidista, de la cegata egolatría de los aspirantes a duce o führer de farsa de marionetas, de su ignara estulticia, de su abisal y pluridimensional incultura, de todas las deformidades que se hacen visibles en la epidermis de ese asombroso fenómeno. Intento atisbar las causas profundas. Busco luces más diáfanas y penetrantes que las mías propias. Y revisito a Hobsbawm, uno de mis grandes maestros. El último volumen de su magna historia política y social de la Europa moderna, el referido al siglo XX. Y me reencuentro con el pasaje que preside esta reflexión mía. Precoz e insólita diagnosis de una de las causas germinales de la gran crisis sistémica que llevamos decenios padeciendo. Precoz porque fue enunciada hace ya cerca de treinta años, allá por 1993. E insólita porque, cuando los focos del análisis se proyectaban primordialmente sobre la crisis económica y social, Hobsbawm ilumina con ellos el nivel axiológico de la realidad, el sistema de valores de la cultura cívica, social y política de los modelos de sociedad nacidos de la Revolución Francesa.

Así la crisis, más allá de sus dimensiones económica y política, es la crisis de los valores de la modernidad que habían desplazado a los del Antiguo Régimen. Las creencias, principios y postulados "racionalistas y humanistas" que los "Modernos", los Ilustrados y los revolucionarios del s. XVIII, hicieron triunfar por entonces. Principios que Hobsbawm considera "comunes al capitalismo liberal y -ojo- al comunismo", y que, en el siglo XX, "hicieron posible su decisiva alianza contra el fascismo, que los rechazaba". En otras palabras, alianza de demócratas conservadores, progresistas y revolucionarios. Alianza anti-fascista, por lo tanto. En el pasado, claro está. ¿Y en el presente? ¿Quién fue el que dijo aquello de que la historia nos da lecciones, pero son pocos los que las aprenden? ¿Las aprenderemos nosotros? ¿Las aprenderán las fuerzas que integran el gobierno en el Reino de España y las que lo invistieron? Tal vez otro día prosiga con mis reflexiones -si me soportáis, por supuesto.

Xosé Manuel Beiras miembro del Consejo Editorial de Sin Permiso, es el más destacado dirigente de la izquierda nacionalista gallega. Profesor de economía en la Universidad de Santiago de Compostela, ha sido uno de los políticos más sólidos, imaginativos e independientes de las izquierdas durante la Transición política en el Reino de España.

Fuente:
www.sinpermiso.info, 3-5-20

jueves, 2 de julio de 2020

_- Manuel Vicent: "La derecha siempre ha tratado a la izquierda como el amo del cortijo trata al aparcero"

_- Manuel Vicent (Villavieja, Castellón, 1936) dice que ha pasado el confinamiento razonablemente bien. Vive en un chalé con su patio, cuenta, donde por lo menos hace un poco ejercicio. "Pero el problema del confinamiento es mental", señala por teléfono. "Esto que dicen que los escritores siempre estamos confinados y que por lo tanto estamos acostumbrados... Eso no es verdad. El escritor tiene que salir, porque la creación se nutre de vivir, y de vivir fuera". Su nueva novela, Ava en la noche (Alfaguara), se libró por los pelos de quedar encerrada en las librerías: tenía que salir el 26 de marzo, a tiempo para la campaña primaveral, las ferias del libro y las compras de verano. Se edita ahora, en un mundo completamente distinto a aquel en el que fue escrita. A cambio, Vicent contesta desde casa a los periodistas. Algo es algo.

El mundo de Ava en la noche queda muy, muy lejos de este 2020. Estamos en el Madrid de finales de los cincuenta, que era el Madrid gris de la dictadura y los barrios hambrientos, pero también era otra cosa: una extensión de Hollywood en la que reinaba Ava Gardner, con el Chicote, el Hilton, Lana Turner, Frank Sinatra... Otro mundo. Y también ahí el reverso de la moneda, el lujo y la riqueza tocados por la oscuridad: José María Jarabo Pérez-Morris, hijo de la altísima burguesía, socialite, bon vivant, estafador y, finalmente, asesino, ejecutado a garrote vil en 1959. Dos Españas de sombras chinescas que funcionan de manera similar a los universos que se cruzaban en su anterior novela, la ácida La regata. Aquí, el protagonista, un estudiante de Derecho valenciano recién llegado a Madrid, podría parecer un trasunto de Vicent, con el que comparte varios rasgos biográficos. Pero quizás también eso sea solo un espejismo.

Pregunta. En Ava en la noche describe la presencia casi mítica de la actriz en aquel Madrid. ¿De qué era símbolo entonces?
Respuesta. En ese momento, Ava Gardner era el símbolo de una libertad que se le negaba a los españoles. Ava ejercía esa libertad de manera absoluta, sin darse cuenta de que la ejercía en medi de una dictadura. Era una libertad casi como espectáculo, como una seducción o una fascinación. Los españoles se limitaban a contemplarla como un espectáculo. Era la misma que ejercían los actores y actrices de Hollywood y de los distintos países, que venían a rodar aquí, celebraban sus fiestas, y la gente común, la gente subalterna y tributable, se limitaban a ver cómo se divertían. De hecho, ese ha sido un modo peculiar durante siglos en España: la diversión de los pobres ha sido contemplar cómo se divertían los ricos. Ese era el mito de Ava Gardner. En la novela se desarrolla como un mito inalcanzable, como la propia libertad. Está y no está, acaba de salir, no ha venido todavía, enseguida vendrá. Algo inalcanzable que se alejaba en el momento en que creías acercarte a ella. Es una metáfora, porque el protagonista de la historia no llega a verla nunca.

P. Pero usted sí llegó a verla, algo más tarde, ¿no?
R. Sí, sí, fue más tarde, en el Oliver una noche... Pero no le di ninguna importancia, porque, aparte de que por entonces no me interesaba mucho, el mito estaba ya desactivado, todo el limón estaba exprimido ya. Alguien dijo: "Mira, ahí está Ava Gardner". Pues nada.

P. Insiste en que ella se divertía, como otros actores, sin ser consciente de que lo hacía en una dictadura. Ahora quizás eso nos parezca cuestionable, pero entonces ¿se le criticaba esto, había cierta oposición?
R. No, no. Algunos, por supuesto sí, los más concienciados políticamente o quienes estaban en la lucha clandestina. Pero era algo de otro mundo. Todas esas fantasmagorías que los chavales veían en las pantallas, resultaba que todos esos héroes eran de carne real y mortal en aquel Madrid de la noche. Tú podías ver a Audrey Hepburn o a Rita Hayworth o a Gary Cooper, y era... era un horizonte inalcanzable. No llegabas a protestar ni nada, era una fascinación más. Otra forma de adoración.

P. Por una parte, estas figuras desafiaban toda la moralidad franquista, pero por otra parte funcionaban como propaganda.
R. Claro, ellos estaban muy protegidos por la policía, e incluso a los periodistas no se les permitía acercarse demasiado a ellos, y mucho menos sacar escándalos. A la dictadura le servía: mirad, Hemingway, aquel que vino con la Guerra Civil al bando republicano, y aquí está, tomando vino en la Cervecería Alemana, o aquí en Botín tomando cochinillo, o en los toros en Pamplona; aquí está Gary Cooper, el de Por quién doblan las campanas, pues aquí está, bailando en el Hilton. Estaban también vigilados, claro pero se les dejaba hacer porque daban muy buena imagen.

P. En una novela con Ava Gardner en portada, el lector puede esperar un cierto glamour. Pero lo que nos encontramos en las primeras páginas es un ajusticiamiento con garrote vil. ¿Cómo existía ese pequeño Hollywood entre tanta miseria?
R. El caso de Jarabo fue muy famoso. El hecho de que ajusticiaran con garrote vil nada menos que a un tipo que había estudiado en el Colegio del Pilar... Agarrotar a un pilarista, en los años cincuenta, era una cosa explosiva. ¡Un vástago de la oligarquía madrileña, sobrino del presidente del Tribunal Supremo! Eso era una sombra oscurísima en aquel Madrid de las fiestas y los artistas de Hollywood. El contraste, desde luego, es muy violento. Porque el glamour era una pantalla.

P. En el proceso de escritura, ¿cuándo llegó la idea de insertar el crimen de Jarabo?
R. Yo conocí el crimen, la experiencia del protagonista es la mía. Yo estaba estudiando en València y el defensor de Jarabo era el catedrático mío de Derecho Penal. Él, en nuestras clases, nos contaba todos los pormenores tanto del crimen como de la defensa y el juicio. Yo lo vivía lleno de fascinación, en ese momento penal, porque este hombre puso de moda la teoría del psicópata como atenuante. Por otra parte, aunque en València había crímenes —el del Cine Ideal, la envenenadora...—, lo de Madrid sonaba como una especie de modernidad delictiva. Eso sí que son verdaderamente criminales, nos decíamos, no los de València, que son como crímenes pasionales, muy poco sofisticados. Cuando llega el protagonista a Madrid, se encuentra con la doble fantasmagoría: por una parte, el rumor casi literario de que Jarabo no había sido ejecutado realmente, sino que se había salvado y sobrevivía; por otra, el fantasma de Ava Gardner, que estaba en su momento de máximo esplendor nocturno. Alguien que presumía de haberle encendido un pitillo a Ava Gardner, ese ya había hecho su biografía. Y no digamos el que había subido con ella en el ascensor del Hilton.

P. Entonces el lector tiene razón al sospechar que tras el protagonista se esconden algunas de sus experiencias biográficas.
R. Son experiencias... ¿Es real todo lo que se cuenta? Pues es verosímil, no real. La realidad, en las novelas, destruye la imaginación. El protagonista vivió lo que yo viví también, de una forma distinta. Él quiere ser director de cine, y no sé si lo consigue al final, y yo me dediqué a escribir. Ya está.

P. ¿Qué queda de aquel Madrid, de ese pequeño Hollywood?
R. No queda nada, absolutamente nada. Aquello era mujeres imposibles, héroes en las sombras y una férrea dictadura y una lucha clandestina y también emocionante, las juergas y las luchas... Había una doble alcantarilla, una alcantarilla de conspiración y otra alcantarilla de alcohol. Después esos dos mundos llegaron a cruzarse, ya alrededor de la muerte de Franco. En ese momento se producía un hecho muy evidente, que es que la dictadura había sido ya quebrada por la clase media. El hecho de que un aparato como el 600 te permitiera moverte, quebrar el tiempo y el espacio... Yo siempre lo he repetido mil veces, que para mí Franco murió atropellado por el 600. Que falleciera diez años después no es más que la causa biológica. La dictadura estaba quebrada ya por esas conquistas pequeñas de placeres cotidianos, de sueños que se estaban realizando, y eso rompió el espinazo de la dictadura. El impulso hacia ese horizonte de libertad era muy fuerte. En parte porque ahí se habían sumado los hijos de los vencedores a los hijos de los vencidos, que habían confluido en la universidad.

P. En la novela, insiste en la relación entre la política y la estética. De hecho, el protagonista se ve fascinado estéticamente, y no solo políticamente, por la izquierda. ¿Piensa que la batalla política es todavía estética, y viceversa?
R. Las ideologías se difunden sobre un campo estético. Primero es la estética, que es la que abre el camino. En los años setenta en España, ser comunista era, más que un principio político y de lucha contra la dictadura, que lo era, un principio estético, era lo que se tenía que llevar. Después, ser progre era estéticamente lo que había que ser. Y luego ser progre ha resultado ser un insulto, una cosa revenida, pasada de moda. Evidentemente, el nazismo y el fascismo italiano tuvieron una parafernalia estética. El franquismo no, el franquismo siempre ha sido cutre. También la revolución bolchevique tuvo una primera oleada de estética. El castrismo, cuando bajan los barbudos de la sierra, Fidel y el Che Guevara, es un momento estético absolutamente irrefrenable. Aquí parece que juega mucho la frivolidad, pero no hay que confundir la estética con la estéticienne. ¿Dónde está hoy la estética? No lo sé, no lo sé, en ninguna parte.

P. ¿Ahora es estéticamente atractiva la izquierda?
R. No, yo creo que va muy mal, por desgracia. Y tampoco sé si ser un Borjamari es estético o no, si andar dándole vueltas a las llaves de la moto o del Ferrari es estético. No, creo que los Borjamaris que se manifiestan no tienen ninguna estética.

P. Algunos manifestantes de las marchas convocadas por Vox tomaron una decisión que pordía calificarse tanto de política como de estética: sacar la bandera franquista de nuevo a la calle. ¿Qué sensación le produjo a usted?
R. Es lo de siempre: la derecha se cree que este país es suyo, es su finca, y a la izquierda siempre la ha tratado como el amo del cortijo trata al aparcero. Le exige que sea honrado en el mejor de los casos, que pague lo que le debe y que se porte bien. Por otra parte, la izquierda tiene una sensación de okupa, tiene interiorizado todavía que este país es de los otros, incluso ganando por mayoría absoluta. Felipe González, después de dos o tres mayorías, seguía teniendo complejo, esto de que cualquier día vienen y nos echan. A la derecha le cabrea muchísimo que la izquierda ocupe el poder, no lo concibe, no entra en su ADN. Piensan que no les toca estar ahí, porque la izquierda no ama España como ellos: la bandera es suya, España es suya, los sentimientos patrióticos son suyos... Hubo un momento en la Transición en que ese virus estaba muy aminorado, cuando, por lo que sea, por la ilusión de libertad o por el miedo a la izquierda, aceptaron tirar del carro de la democracia. Pero volvió el odio, y en eso estamos.

Info Libre.