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domingo, 17 de noviembre de 2019

¿Quiénes son los responsables del golpe en Bolivia?

Alfredo Serrano Mancilla
Rebelión

Un golpe de Estado jamás está constituido por un hecho aislado. No existe un momento puntual que pueda ser definido como el generador definitivo de una ruptura democrática. Cualquier golpe es un proceso acumulativo en el que el “marco” es fundamental para crear las condiciones necesarias y suficientes que garanticen su efectividad. La erosión de legitimidad del objetivo a derrocar se hace por múltiples vías que abonan un campo en el que luego las acciones destituyentes procuran ser presentadas como democráticas. Por el carácter multidimensional del proceso golpista, nunca podríamos afirmar que existe un único responsable. Siempre hay muchos actores que participan en esta tarea, desde quién acaba asumiendo la Presidencia pos golpe hasta aquel que inicia una campaña de desgaste con una fake news.

En Bolivia, el golpe de Estado contra la democracia, con el objetivo de deponer a Evo Morales como presidente, también contó con muchos partícipes, cada cual en su justa condición; unos como colaboradores y otros como cómplices; los hubo más pasivos o más activos; algunos planificaron desde el inicio y otros se fueron sumando a medida que se fueron desarrollando los acontecimientos.

He aquí un recuento breve, pero preciso, de quiénes fueron todos los corresponsables del golpe de Estado en Bolivia, con nombres y apellidos:

1. El fascismo de los comités cívicos, especialmente el de Santa Cruz. Este movimiento político, tan violento como racista, no es nuevo, sino que viene desde el principio de la gestión de Evo Morales, porque jamás aceptaron que un representante indígena y campesino fuera quien tuviera el mandato popular para gobernar el país. Lo intentaron muchas veces, con muchos representantes diferentes y, esta vez, el turno fue de Luis Fernando Camacho, quien no se presentó a elecciones, quien no tiene ningún voto, pero decidió que la violencia y el terror eran las armas para alcanzar el objetivo: derrocar a Evo y acabar con el Estado de Derecho y orden constitucional del país.

2. La oposición partidaria que sí se presentó a las elecciones. Fundamentalmente, Carlos Mesa, principal contrincante de Evo Morales, derrotado en las últimas elecciones, fue clave en todo este proceso golpista, desconociendo resultados por anticipado y declarando fraude mucho antes que se produjeran las elecciones. El mismo día de los comicios salió a anunciar que había segunda vuelta sin que se culminara el recuento de votos. Luego de las elecciones, mantuvo constantemente una postura silenciosa, cómplice, ante la violencia desatada por los comités cívicos, reacomodándose al nuevo eje político golpista sin exigir que se frenara.

4. La actual Secretaría General de la Organización de Estados Americanos (OEA). Siempre presente cada vez que existe un proceso de desestabilización antidemocrático. Esta vez lo hizo de forma directa, participando en el proceso electoral. Primero, fue con el informe preliminar de la misión electoral, que sin base alguna, anunció que era “recomendable una segunda vuelta”. Segundo, con un informe preliminar de la auditoría lleno de debilidades, sesgado y parcial, sin rigor, y centrado en su mayoría en criticar al sistema provisorio de transmisión de datos (no vinculante). Y es que a la hora de analizar las actas oficiales, las reales, únicamente logró demostrar irregularidades en 78 actas de un total de 34.555, lo que supone el 0,22%. De hecho, la muestra seleccionada, en sus propias palabras escritas en el informe, no obedece a criterios estadísticos sino que eligieron los casos allá donde el partido oficialista había obtenido muchos votos. El informe está plagado de adjetivos y adverbios con tono valorativo y discrecional (“comportamiento inusual”, “presumiblemente”) demostrando su incompetencia en cuanto a rigor e imparcialidad.

5. El Gobierno de los Estados Unidos. Otro infaltable: como siempre, tras cada golpe, reaparece precipitadamente reconociendo al nuevo presidente autoproclamado. Aunque esta vez, desde inicios de este año, diferentes autoridades del Departamento de Estado -por ejemplo, Kimberly Breier- ya habían declarado que el proceso electoral boliviano estaba repleto de irregularidades, usando incluso el término de “potencial fraude”; además, plantearon más de una vez que se debía de estudiar el desconocimiento de los resultados que de la cita electoral se desprendieran.

6. La policía. Es la segunda vez que lo hace. En el año 2008 se amotinó y desconoció al presidente Evo, provocando inseguridad ciudadana y desestabilización política y social. No prosperó en ese entonces, pero ahora lo repitió en un momento de gran caos y estado de terror provocado por el movimiento fascista en las calles. Fue un actor clave en la última fase del golpe de Estado.

7. Las Fuerzas Armadas. Seguramente este es el actor más difícil de descifrar en este golpe. Actuó en forma muy particular: hasta el último momento no se pronunció ante la grave situación. En primer lugar, cuando todo comenzaba a estar al límite, emitieron un comunicado escueto pero con un párrafo último muy ambiguo. Después, en uno de los momentos de mayor tensión, se mantuvieron en silencio hasta que, al final, salieron a pedir la renuncia del presidente Evo. Es muy probable que al interior hubiera división, y todavía la haya. Las Fuerzas Armadas tuvieron varias horas de desconcierto, sin querer aprovecharse del vacío institucional de poder existente, y en ningún momento asumieron el control de las riendas del país. Sin embargo, esto no les exime de responsabilidad porque se fueron acoplando al tsunami golpista. A partir de ahora veremos qué ocurre porque la partida aún no está cerrada en cuanto a su papel en los próximos días y semanas. Hasta el momento, la autoproclamada presidenta ha cambiado al comandante de las Fuerzas Armadas, lo cual quiere decir que no se fía del anterior ni de la ascendencia de éste sobre otros mandos intermedios.

8. Ciertos medios de comunicación. Jamás pueden faltar en cada golpe. Son claves para construir el marco de referencia antes, durante y después. Uno de los principales responsables en esta tarea en Bolivia es Página Siete. Un ejemplo es suficiente para demostrar cuál fue su forma de generar el máximo nivel de zozobra: desde la noche de las elecciones hasta 48 horas después, sostuvo en su portal como entrada principal el resultado de una encuestadora privada, Viaciencia, que daba sólo 4 puntos a favor de Evo para instalar la idea del fraude a pesar que ya había sido publicado oficialmente el cómputo preliminar y definitivo. Este medio siempre fue el máximo exponente del marco del fraude, antes y después, defendiendo el desconocimiento de los resultados desde el inicio y saliendo rápidamente a avalar la transición no democrática. Además, hay otros actores involucrados. No podemos obviar el rol del “periodista” Carlos Valverde, quién en la previa del referéndum del 2016, fue responsable de la campaña sucia en base al “caso Zapata”, orientada a erosionar la imagen de Evo Morales.

9. Los actores económicos. Los grandes empresarios del país se enriquecieron mucho en el ciclo largo de bonanza económica. Es por ello que esta vez no está tan claro que este golpe de Estado tenga su raíz en su posición en contra del modelo económico boliviano. El eje explicativo central de este golpe definitivamente reside en el racismo que posee una clase boliviana que no acepta a lo indígena, esencia de un Estado Plurinacional. Sin embargo, los grandes grupos económicos del país tampoco están ajenos a esta cuota de desprecio por todo lo que tenga que ver con lo indígena. Es por ello que, seguramente, buena parte de los grandes empresarios del país hayan estado dubitativos entre aceptar la dirección indígena que le garantiza un proyecto económico estable y altamente rentable para ellos, o participar en este golpe a favor de dirigentes que sólo saben ser violentos en las calles.

10. Los oportunistas de siempre. No falta el títere de turno que siempre quiere la foto como presidente, aunque sea en condición de autoproclamado. Esta vez este papel, a lo Guaidó, lo desempeña la opositora beniana Añez, que obtuvo algo menos de 50.000 votos para obtener su banca de senadora. De todas formas, lo que es seguro es que ella, a pesar que se auto promulgue y algunos otros lo repitan, jamás será la Presidenta del país.

Alfredo Serrano Mancilla, Director CELAG

sábado, 16 de noviembre de 2019

La enorme crisis social en Catalunya ignorada u ocultada en el debate electoral

Vicenç Navarro
Público.es

Uno de los hechos más notorios que han ocurrido en Catalunya desde el inicio de la crisis económica y financiera (hace más de diez años) hasta ahora ha sido un declive muy notable (y sin precedentes en el período democrático) del bienestar y calidad de vida de las clases populares, que son la mayoría de la población en Catalunya. Y tal declive no se ha resuelto ni revertido, en contra de lo que los establishments político-mediáticos de Catalunya han estado diciendo. Veamos los datos, que hablan por sí mismos.

La tasa de riesgo de pobreza entre 2008 y 2018 pasó de un 16,6% de toda la población catalana a un 21,3%. Hoy, más de dos catalanes de cada diez están en esta situación. Este crecimiento ha ocurrido también entre trabajadores catalanes, pues sus salarios no son suficientes para salir de tal riesgo de pobreza. Y tal crecimiento ha sido incluso mayor entre la población sin trabajo (que se ha incrementado en un 80% -prácticamente 200.000 personas más- entre el último trimestre de 2007 y el último de 2018). Particularmente vulnerable ha sido la juventud (los menores de 18 años), ya que la que se encuentra en riesgo de pobreza ha crecido un 7% entre 2013 y 2018, esto es, casi 30.000 jóvenes han pasado a encontrarse en esta situación; ello se ha visto reflejado en la tasa de riesgo de pobreza de esta juventud, que ha pasado de un 29,5% a 31,2%, alcanzando a 439.800 catalanes jóvenes.

Otra característica de esta crisis es el enorme aumento de la precariedad, en este caso en forma de temporalidad. Entre 2008 y 2018 los contratos temporales pasaron de representar el 83% de todos los contratos registrados anualmente a un 86,1%. Este crecimiento no se debe primordialmente, como constantemente se insiste, a la mal llamada revolución robótica y a la automatización del proceso de trabajo, sino al enorme empoderamiento del mundo empresarial a costa del mundo sindical resultado de las reformas laborales del presidente Zapatero (aprobada en el Congreso con la ayuda de CiU) y del presidente Rajoy (que Ciudadanos ha hecho suya).

La enorme crisis del Estado del Bienestar catalán
Tales reformas laborales han ido acompañadas de las políticas de austeridad, con enormes recortes de gasto público, incluyendo el gasto público social que financia los servicios públicos (sanidad, educación, vivienda, protección y promoción social, fomento de la ocupación y otros). Durante el período 2010-2017 la Generalitat de Catalunya recortó 626 millones de euros en la educación pública, recorte incluso más acentuado en las escuelas públicas que en las concertadas. Hoy, el gasto público educativo es de 5.684,1 millones de euros, mucho más bajo que en 2010 (6.310,5 millones), y ello a pesar de que las necesidades educativas son ahora mayores. Un tanto igual ocurre en otras dimensiones del gasto público educativo, tales como las universidades, donde el deterioro institucional debido a la pobreza de recursos ha sido muy acentuado.

Una situación semejante se da en el gasto público en sanidad y salud pública, que ha descendido un 10,4% durante el mismo período (en educación el descenso fue de un 9,9%), pasando de ser de 9.903,5 millones de euros a 8.876.5 millones durante el mismo período, recortándose así 1.027 millones de euros que han tenido un impacto devastador en el sistema público sanitario, causa mayor de que el sector privado haya crecido, polarizándose así aún más la sanidad catalana, con un 30% de catalanes atendidos por la medicina privada y un 70% por la pública. La sanidad utilizada primordialmente por las clases populares catalanas –la pública– ha sufrido una enorme disminución de recursos. En realidad, tales recortes han respondido frecuentemente al deseo de las autoridades sanitarias de la Generalitat de Catalunya de favorecer la expansión de la sanidad privada, tal como en su día indicó el conseller de Sanidad del gobierno Mas, el Sr. Boi Ruiz, que antes de conseller había sido el presidente de la patronal sanitaria privada.

Vivienda (y otros servicios urbanos) también ha sufrido un gran descenso, de 723,9 millones de euros a 357,6 millones, un recorte de más de un 50% de los fondos disponibles para esta función esencial de las autoridades públicas –municipales y autonómicas– .

Finalmente, también se han producido otros tantos recortes en capítulos del gasto social que juegan un papel muy importante en garantizar el bienestar de la población, tales como protección social (un recorte de un 7,1%) promoción social (31%) y fomento de la ocupación (un 1,1%).

El gran crecimiento de las desigualdades en Catalunya
Todos estos datos muestran cómo los recursos disponibles y utilizados primordialmente por las clases populares han descendido muy marcadamente como consecuencia de las políticas de recortes del gasto público, a la vez que disminuían sus ingresos como consecuencia de la bajada de los salarios y el deterioro de las condiciones de trabajo, resultado de las reformas laborales. Tales políticas públicas han significado un enorme descenso del nivel de vida y calidad del bienestar de la población catalana que deriva sus ingresos de los salarios y de los servicios y fondos del Estado del Bienestar. Todo ello explica que el porcentaje de las rentas derivadas del trabajo sobre el total de todas las rentas haya disminuido (desde ya un muy bajo porcentaje) de un 50,1% en 2008 a un 47,1% en 2018, mientras que las rentas derivadas del capital (propiedad de medios que generan renta), que ya eran muy elevadas en 2008 (un 42,1%), pasaron a un 44,4% en 2018 . Estos datos muestran el enorme poder de lo que en la terminología anglosajona se denomina la Corporate Class, las personas propietarias o gestoras de las grandes empresas económicas y financieras y de servicios, que contrasta con la debilidad del mundo del trabajo, acentuada todavía más por las reformas laborales que han tenido un impacto devastador en la calidad de vida de las clases populares. Ello ha determinado que Catalunya sea uno de los países con unas de las desigualdades de renta más elevadas, creciendo estas de una manera muy acentuada durante el período 2008-2018. Así, el 20% de catalanes que tiene rentas más altas (burguesía, pequeña burguesía y clase media profesional), que en 2007 tenía 4,8 veces más renta que el 20% de catalanes con las rentas más bajas, en 2018 pasaron a tener 5,2 veces más. Y estas desigualdades todavía eran mayores en cuanto a la propiedad.

El deterioro de la calidad de vida de las clases populares en Catalunya
Detrás de cada uno de estos datos hay un enorme sufrimiento de las clases populares (que son la mayoría del pueblo catalán). El contraste entre los de abajo, las clases populares, que son la mayoría de la población catalana, y los de arriba -alrededor del 20%, una minoría (pocos, pero poderosos e influyentes)- es enorme. Por ejemplo, los años que una persona pueda esperar vivir (la esperanza de vida) son mucho, pero que mucho mayor (11,3 años), entre los de arriba (que viven en barrios bien) que incluyen directores, gerentes y profesionales universitarios, versus los que están abajo, (que viven en barrios que incluyen trabajadores manuales obreros).

Otros indicadores muestran desigualdades parecidas entre catalanes, según su clase social. Enfermedades debidas al estrés, por ejemplo, o al tipo de nutrición, son mucho más comunes entre los de abajo (que son la mayoría) que los de arriba. El porcentaje de diabéticos (enfermedad que está en parte determinada por el tipo de alimentación) es casi tres veces mayor en las clases populares que en la clase alta, y casi cuatro veces mayor en el caso del porcentaje de menores de 6 a 12 años con obesidad.

Y para las personas mayores de 15 años, las enfermedades debidas, en parte, al estrés, tienen mucha más incidencia entre las clases populares que entre la clase alta; es el caso del porcentaje de personas con la tensión arterial alta, que es casi el doble en las clases populares que en la clase alta. Y un tanto igual ocurre con la incidencia de otras enfermedades como la depresión severa y mayor, donde la diferencia es casi dos veces mayor entre las clases populares que entre las clases altas.

Tal deterioro de la calidad de vida afecta a todas las dimensiones del ser humano, y afecta, pues, su comportamiento. Ello es fácil de ver en los grupos que son especialmente vulnerables: los jóvenes y las mujeres. El deterioro tan notable del mercado del trabajo y el descenso de los recursos disponibles para los jóvenes catalanes explica que el porcentaje de estos jóvenes entre 16 y 29 años emancipados (es decir, que viven en lugar distinto a sus familiares) haya disminuido de un 31,6% en 2008 a un 23,8% en 2017, habiéndose incrementado de una manera muy significativa su edad de emancipación, siendo una de las más tardías de la UE.

Y este descenso del porcentaje de jóvenes emancipados ha sido también responsable del gran retroceso en la edad en la que las mujeres catalanas tienen su primer hijo o hija. En realidad, Catalunya es una de las regiones europeas en las que tal edad es más elevada (30,9 años), solo superada por la media en España y en Italia (en el conjunto de la UE es de 29,1 años). Y este retraso es también causa de un descenso de la tasa de fecundidad, que ha pasado de ser de 1,45 hijos en 2007 a un 1,39 en 2017, lo que constituye una gran insatisfacción en el desarrollo del proyecto vital, pues el número deseado de hijos entre hombres y mujeres de 20 a 49 años es de más de 2. La tasa de reemplazo biológico de la población es de 2,1 hijos por mujer, lo cual señala que, de no aumentar tal tasa, la población catalana descenderá o, para crecer, tendrá que favorecer unos porcentajes mayores de inmigración que los actuales.

La respuesta del establishment político-mediático catalán
Lo que es sorprendente es que esta enorme crisis que existe en Catalunya y que afecta primordialmente a las clases populares no aparezca en los grandes debates que están teniendo lugar en Catalunya y en el resto de España. Por el contrario, el tema de Catalunya –por “Catalunya” se entiende el tema nacional, y el conflicto entre el Estado español y el secesionismo catalán– absorbe un enorme espacio en el debate político y en las discusiones promovidas por los medios, y ello aunque los secesionistas, aun siendo una minoría muy grande y muy militante en su causa, no representan a la mayoría de la población catalana. Las encuestas muestran que la enorme crisis social es el tema que preocupa más a los catalanes en su vida cotidiana, mientras que estos abordan su relación con el gran tema “España-Catalunya” desde una frustración con la clase política, a la cual ven como insensible a sus necesidades y problemas.

Merece ser citado que algunos sectores dirigentes del movimiento independentista sí que reconocen que existe una crisis, pero la atribuyen a su pertenencia en España. Señalan que muchos elementos de tal crisis aparecen también en España, a la cual consideran responsable de ello . El mensaje de que “España nos roba” ha tenido cierto calado, pero, paradójicamente, ha tenido escaso impacto entre las clases populares. Esta escasa importancia se debe a la amplia percepción de que las derechas catalanas que han gobernado en Catalunya durante la mayor parte del período democrático han aprobado las leyes (como las reformas laborales) e impuesto los recortes que consideran responsables del deterioro de su bienestar y calidad de vida.

Ello explica la aparente paradoja (que niega la credibilidad del argumento de que España es la responsable de tal crisis) de que los sectores más populares no sean independentistas y no apoyen el secesionismo. Los datos (negados por los independentistas) son claros y convincentes.

Quiénes son independentistas y quiénes no
Los datos muestran que hay una clara correlación positiva entre el voto a partidos independentistas (ERC, CiU, PDeCAT y JxSí) y la pertenencia a grupos ocupacionales tales como “grandes empresarios/gerentes”, “clero”, “pequeños empresarios/granjeros” y “profesionales”, y una correlación negativa entre voto a tales partidos y pertenencia a grupos ocupacionales como “trabajadores de la producción” y “trabajadores de servicios”. Es decir, que a nivel descriptivo se puede afirmar que las clases trabajadoras (producción y servicios) votan menos (por debajo de la media) a los partidos independentistas que los pequeños y grandes empresarios, granjeros, clero y profesionales. Estos datos pertenecen a los barómetros del CIS y hacen referencia al período abril 2004-septiembre 2019 (con una muestra de 25.995 casos). Algunos estudios que se han realizado también para comparar el voto y el nivel de renta de los barrios en Barcelona muestran que las clases populares no son mayoritariamente secesionistas.

Todos estos datos cuestionan el argumento de que los catalanes son un solo pueblo, pues en Catalunya hay clases sociales que tienen una gran diversidad de intereses, frecuentemente en conflicto. Los datos muestran claramente que los de abajo no comparten las mismas posturas y los mismos intereses que los de arriba. Y el gran error de gran parte de las izquierdas es no darse cuenta de ello. Al estar imbuidas del debate nacional (que absorbe la atención de la clase política y de los medios) se alejan de sus bases electorales.

Así pues, la desaparición del tema social ha favorecido el monopolio del tema nacional, que está ocultando el primero para beneficio de aquellos que crearon el problema territorial, que incluyen tanto a las derechas (tanto unionistas como secesionistas) como a las izquierdas gobernantes. Así de claro.

Fuente:

https://blogs.publico.es/vicenc-navarro/2019/11/06/la-enorme-crisis-social-en-catalunya-ignorada-u-ocultada-en-el-debate-electoral/

domingo, 8 de septiembre de 2019

IDEAS Julia Cagé: “Las ideas de derechas tienen más peso porque están mejor financiadas” Economista crítica con el elitismo en política, apuesta por incluir a más representantes de clase trabajadora para evitar crisis como la de los 'chalecos amarillos'






La economista Julia Cagé.
La economista Julia Cagé. BRUNO ARBESÚ

Los datos son inapelables; pero sus recetas están abiertas a la discusión. La economista francesa Julia Cagé (Metz, 1984) mezcla el rigor académico con la voluntad de implicarse en el debate público. En su libro Le prix de la démocratie (El precio de la democracia) recopila y desmenuza décadas de información sobre la financiación de los partidos y las campañas en varios países occidentales. Explica cómo el dinero privado —donativos con deducciones fiscales— condiciona los resultados electorales y las políticas de los Gobiernos. Y propone un imaginativo sistema de financiación pública, y listas electorales que obligatoriamente incluyan a miembros de la clase trabajadora.



PREGUNTA. Los chalecos amarillos, sin dinero y sin organización, han tenido un mayor impacto político que los sindicatos, y los partidos bien financiados. ¿No desmiente esto la tesis de su libro?
RESPUESTA. Más bien veo los chalecos amarillos como una prueba de que las categorías populares o modestas ya no se sienten representadas por la clase política ni por Macron, y que las medidas que ha tomado desde el principio del quinquenio solo benefician a los más favorecidos y no a los tres cuartos de franceses más humildes. ¿Y cómo han hecho para hacerse escuchar? Liándola, por decirlo de manera un poco cruda. Y eso no me parece una manera sana de hacer política. En un sistema sano, los problemas que ponen sobre la mesa, que me parecen justos, habrían sido objeto de debate público. Ahora, no creo que lleguen a las elecciones europeas, precisamente porque no hay dinero, ni financiación pública, ni organización.
P. Pueden votar. Un voto de un chaleco amarillo vale igual que cualquier otro. 
R. Sí, pero el voto de alguien que está en los chalecos amarillos o mi voto hoy vale mucho menos que el de una persona que tenga mucho dinero. Este es el problema de nuestras democracias. Tenemos el voto en las urnas y, de otro lado, la cuestión de la financiación de los partidos y las campañas, pagadas por personas que forman parte del grupo de los muy favorecidos. Al final estos tienen más voz que yo. Por eso los chalecos amarillos no se sienten representados y no confían en el sistema democrático, y por eso aumenta la abstención o el voto populista.
P. ¿Cree que Macron ganó gracias a la financiación de su campaña?


“Macron adopta medidas que benefician al 1% de los franceses más ricos: quienes le han financiado”

R. Lo interesante es ver cómo un partido que no existía un año antes puede ganar. Es la formación política que en un intervalo más corto recaudó más dinero. Desde su creación en 2016 hasta finales de 2017, La República en Marcha recaudó más de 13 millones de euros, la mayor parte de donaciones de 7.500 euros, el tope permitido. En el contexto francés es una cifra enorme, aunque en Estados Unidos no sería mucho.
P. ¿Donantes ricos?
R. Sí, y han dado 7.500 e incluso más: 7.500 en 2016, 7.500 en 2017, 4.600 euros para la campaña. Y es legal. Macron hizo campaña en París entre los más ricos, en Londres, en Nueva York, en Líbano. Y cuando solo se habla con gente así, ¿qué dicen ellos? “Nuestra prioridad, si usted es presidente, es suprimir el impuesto de las fortunas e introducir la flat-tax [un tipo impositivo único sobre los beneficios en los ahorros]”. Tenemos un presidente que, en vez de adoptar políticas que ayuden al 99%, (suprimió el impuesto sobre las fortunas y aplicó la flat-tax ), lo hace con las que benefician al 1%. Ellos le han financiado, y esto tiene efectos concretos en las políticas que se están aplicando, y explica en parte la crisis de los chalecos amarillos.
P. Las políticas de derechas se explican básicamente por el dinero que reciben, según usted.
R. Las políticas de derechas económicas. No es lo mismo con las cuestiones sociales, donde las preferencias de los muy ricos no siempre se inclinan a la derecha. En EE UU, el partido Demócrata es tan conservador en el plano económico como el Republicano. Este es el fracaso de Hillary Clinton: las clases populares no se sienten representadas por ella. Y en Europa, ¿quién acometió la gran política de flexibilización laboral en Reino Unido? El Partido Laborista. ¿En Italia? Matteo Renzi, del Partido Democrático, la izquierda. ¿En Alemania? El SPD de Gerhard Schröder. ¿Y qué ocurre hoy? En Alemania la AfD nunca ha estado tan arriba, porque las clases populares ya no se sienten representadas por la izquierda, y van a la extrema derecha. En Italia, la caída de Renzi ha provocado la victoria de la Liga y el Movimiento 5 Estrellas. En Reino Unido tenemos el Brexit, y en EE UU, a Trump. Ha habido un divorcio entre las clases populares y los partidos históricamente de izquierdas en cuestiones económicas.


“Propongo dar siete euros de dinero público a cada francés para que financie a un movimiento político”

P. Usted parece creer que hay una especie de corrupción inherente en la derecha. Quizá hay personas de derechas que simplemente creen que sus ideas son mejores para mejorar la sociedad.
R. No es corrupción, el sistema es legal. Pueden ser mejores las ideas de derechas, o las de izquierdas, pero el problema hoy es que las de derechas tienen más peso porque están mejor financiadas.
P. ¿Cuál es la solución?
R. Lo primero es limitar drásticamente los donativos privados. En segundo lugar, la democracia tiene un coste, y si no queremos que lo cubran intereses privados y que capturen el juego democrático, es necesario que los sufrague el poder público. Propongo un sistema igualitario de financiamiento de la democracia: lo que llamo los bonos para la igualdad democrática. Consiste en dar anualmente a cada ciudadano unos siete euros de dinero público, en Francia, para que financie al movimiento político de su elección.
P. También propone una Asamblea mixta, que incorpore a representantes de las clases populares para representar mejor al conjunto de la sociedad. ¿Qué impide hoy a un obrero ser diputado?
R. Primero, se necesita dinero para hacer campaña. Esto implica que ya hay una criba. Incluso para las legislativas, la aportación media del partido es del 25% o 30% del gasto total, por lo que hay que encontrar financiación complementaria.
P. ¿Quién pone el resto?
R. En Francia, el candidato usa su propio dinero, o el del partido, o donativos privados. Si emplea su fortuna personal le pueden rembolsar el 47,5% del límite de gastos si obtiene más del 5% de votos. Esto explica la sociología de los cargos electos. Imagine que usted es cajera de supermercado. No tiene casa ni activos. Gana 1.200 euros al mes. Va al banco y dice: “Me presentaré a las elecciones en tres meses. Necesito adelantar 30.000 euros, pero no se preocupen, sacaré más del 5% y lo devolveré”. El banco no presta nunca. Si usted es abogado, ya tiene el dinero o al banco no le importa prestárselo. Esto discrimina y hace que teggamos muchos menos candidatos de grupos sociales más desfavorecidos. Y otra cuestión: las cosas como son. Al hablar de una Asamblea mixta con partidos como el socialista o los verdes se admite off the record que están tan desconectados de las clases populares que, si mañana quisieran hacer listas mixtas, no lo lograrían.
P. Con este sistema, ¿habría habido un fenómeno como el de los chalecos amarillos?
R. No, porque habrían podido expresar sus reivindicaciones en la Asamblea Nacional. Todo habría pasado por la vía del debate democrático y no por los neumáticos quemados en las calles.

sábado, 25 de mayo de 2019

El ruego de Almudena Grandes para que (por favor) vayas a votar que pone la piel de gallina. "Ya está aquí"

“La ultraderecha ya está aquí. Porque está llamando a la puerta. Y esta vez, por nuestras hijas, por nuestras nietas, pero también por nuestros abuelos, no podemos dejarla pasar”. La escritora Almudena Grandes ha planteado —en su comentario Por favor, en la Cadena Ser— un encendido alegato en el que ruega a los españoles que el domingo vayan a votar y que lo hagan pensando en que la ultraderecha “ya está aquí”.

“En nuestras manos está la oportunidad de configurar un país abierto, solidario, que destierre la caridad para optar por la justicia, que instaure la negociación como vía para resolver problemas, que avance en igualdad y recupere la cordura, el respeto a los valores democráticos, el anhelo de convivencia, o no”, ha argumentado Grandes, quien ha matizado que estas elecciones “excepcionalmente importantes definirán el modelo de país en el que viviremos durante más de cuatro años, tal vez décadas enteras”: “Tenemos la obligación de pensar en España. No en la que conocemos, sino en aquella donde vivirán nuestros hijos, nuestras nietas”, ha expuesto Grandes.

“También puede suceder que nos apliquen un 155 permanente a todos, en cada una de nuestras casas, de nuestros derechos, de nuestras acciones y libertades. Piénsenlo bien, porque no nos estamos jugando el presente, sino el futuro”, ha sentenciado.


https://www.huffingtonpost.es/entry/el-ruego-de-almudena-grandes-para-que-por-favor-vayas-a-votar-que-pone-la-piel-de-gallina_es_5cc2e98fe4b08846403cf508?ncid=other_facebook_eucluwzme5k&utm_campaign=share_facebook&fbclid=IwAR1_Kz0IW413uSb8UJfiPPpJx5zw_eXvSA7rkUq6p0J5lPYoBPwmc1WeDkI

viernes, 24 de agosto de 2018

Una brújula sociológica para la izquierda sabihonda. Reseña de Extraños en su propia tierra: réquiem por la derecha estadounidense, de Arlie Russell Hochschild


Viento Sur


Extraños en su propia tierra: réquiem por la derecha estadounidense, recientemente publicado por Capitán Swing, firmado por Arlie Russell Hochschild (Boston, 1940), la eminente socióloga e intelectual norteamericana –profesora emérita, en estos momentos, en Berkeley–, es, antes que un estudio pormenorizado de cómo las emociones condicionan los comportamientos sociales, las decisiones políticas y las tendencias dominantes en el capitalismo moderno, un sugestivo viaje al corazón mismo del Tea Party para demoler los «muros de empatía» que nos impiden ver en todas sus dimensiones la realidad del otro. No en vano, Hochschild se ha dedicado sobre todo al estudio de las emociones que cimientan los comportamientos sociales y morales de las mayorías en su país, la patria del capitalismo actual.

«Este libro [dice de él la propia autora] aborda un tipo de investigación que los sociólogos llaman ‘de exploración’ y de ‘generación de hipótesis’. Su objetivo no es tanto ver cuán habitual –o poco habitual– es algo, o dónde encaja o no encaja uno …/… Mi objetivo en esta investigación ha sido descubrir qué es, realmente, ese algo…» (Apéndice A. Pág. 391)

Así, pues, este enorme estudio de los comportamientos sociales y culturales de la población blanca marginal y marginada que sustentó al Tea Party, primero, y que ha aupado a Trump al poder, a continuación, es, en realidad, un verdadero viaje, tan lúcido, como documentado y objetivo, desde la California ilustrada, urbana y cosmopolita, a los fondos de la Luisiana más profunda, «bastión de la derecha conservadora» donde los haya, con el fin no de evaluar, sino de comprender realmente, no solo el fenómeno estudiado, sino a los sujetos reales conformadores de ese fenómeno.

Un viaje que deberíamos hacer también todos nosotros, la izquierda ilustrada y urbana europea para reconocer ese mismo e idéntico proceso de extrañamiento de nuestra clase obrera, que se está dando delante de nuestras narices; pues la izquierda europea, como la norteamericana, posee, por lo general, un conocimiento ideológico, político y moral (a veces, tan puritano y estrecho, como cerrado y tautológico) de los procesos que nos afectan: por ejemplo, votar a la ultraderecha es malo; en realidad, es una tamaña barbaridad; el trabajador que lo hace está engañado o es un imbécil, oponerse a lo público es suicida, los inmigrantes no son el enemigo, nuestro enemigo es el capital, los aficionados a los toros o a la caza son unos paletos salvajes, etc. Todas ellas aparentes “verdades morales” y “verdades políticas” incontestables, pero, como demuestran los continuos fracasos de los análisis izquierdistas y la paulatina irrelevancia electoral, política y social de la izquierda continental, barrida del mapa por las alternativas populistas y ultraderechistas más groseras, demuestra una deplorable enunciación y un dudoso conocimiento material, práctico y sociológico de esos mismos procesos que trata de entender y combatir.

«… ante la ausencia de todos los talismanes de mi propio mundo [de los del muy urbano, cosmopolita y moderno hábitat californiano], y en presencia de los del suyo [el profundo sur del bajo Misisipi], me di cuenta de que el Tea Party no era tanto un grupo político oficial como una cultura, una forma de ver y de sentir un lugar y sus gentes…» (pág.42)

Y esta es justamente la razón por la que es tan necesario este agudísimo informe de la situación real, de la cultura y del imaginario de esas masas que, de pronto, se sienten extrañas en su propio mundo; por eso son tan necesarias especialistas de campo (especialistas de verdad) como Arlie Russell Hochschild que nos saquen de los carriles políticos y morales y nos den un verdadero conocimiento sociológico, material, práctico y documental de las realidades que nos afectan y que deberían condicionar la enunciación de nuestras posiciones y la cimentación de nuestras decisiones acerca de esas mismas realidades. Por ejemplo, que los trabajadores que votan a los republicanos y a Trump, allí, como los que votan a Salvini, a Orban, a Rivera, al Frente Nacional o al Partido Popular, aquí, no son unos paletos ignorantes, ni seres entontecidos, ni tarados morales, ni van engañados a las urnas.

La realidad real es mucho más compleja que todas esas afirmaciones tan enérgicas y tan tranquilizadoras, al mismo tiempo, que nos repetimos sin que se nos mueva el flequillo.

Por ejemplo, en el “Apéndice B” (pág. 397), Hochschild nos expone una serie de hechos fastidiosos y paradójicos, pero explicables y radicalmente lógicos, si se tienen en cuenta las variables sociológicas y emocionales que determinan los mismos; los pobres, en los estados más contaminados y degradados económica y socialmente, como es el de Luisiana, no es solo que les importe un comino la contaminación y las condiciones medioambientales en las que viven, o que voten a la ultraderecha, es que normalmente la inmensa mayoría no vota; solo votan los ricos y las clases medias altas. Justo como ha comenzado a suceder en nuestra Europa, que cuanto más pobre y degradado llega a ser un espacio social cualquiera, sea cual sea, estado, región, ciudad o distrito, más hostiles y pasivos se muestran los más pobres frente a las recetas y a los discursos dominantes en la izquierda, carentes del menor sentido y atractivo para esos mismos pobres, a los que en teoría se dirigen esos mismo discursos y recetas.

No importa que las impresiones sobre las que se fundan sus certezas, las de esos mismos trabajadores pobres, sean, muchas de ellas, falsas, o que no se correspondan a la realidad objetiva, como la autora demuestra en el “Apéndice C” (pág. 401); lo importante es que esas certezas son el resultado no solo de impresiones emocional y subjetivamente sentidas como verdaderas, y sobre las que esos “extraños en su propia tierra” levantan finalmente sus estados de ánimo y sus emociones (sensaciones y emociones que son las que finalmente votan o se movilizan); sino que algunas de ellas son certezas objetivas y contrastables: la precariedad y la inseguridad económica que domina sus vidas de un modo agobiante y desmoralizador; el sentimiento de olvido y de abandono de los que les gobiernan desde tan lejos y tan alejados de ellos (en Washington o en Bruselas, da lo mismo); el sentimiento de impotencia frente a la corrupción generalizada del sistema; el arrogante desprecio hacia esas masas de paletos y de ignorantes de una parte de la prensa liberal y de la izquierda ilustrada; la impresión de ser realmente invadidos por otros, que vienen de fuera, ajenos a ellos, pero con los que deben disputarse no solo las migajas del sistema, sino también las costumbres heredadas, o las creencias, o las verdades religiosas; etc.

Si no logramos «establecer puentes» e incluso empatizar –nos dice Arlie Russell Hochschild– con esos temores y esas certezas emocionales (tan verdaderas) de los que se sienten realmente expulsados de su mundo, su segura y conocida cotidianidad desvanecida delante de sus narices; si la izquierda liberal, cosmopolita e ilustrada, continúa obviándolas y despreciándolas, estaremos haciendo el caldo gordo a nuestros auténticos enemigos políticos y sociales.

«Durante la mayor parte de mi vida he sido partidaria del sector progresista, pero hace relativamente poco comencé a sentir la necesidad de entender a la derecha. ¿Cómo han llegado a pensar así? ¿Podemos hacer causa común en algunas cuestiones? Estas dudas fuero las que me llevaron a coger el coche un día y recorrer el cinturón industrial de Lake Charles (Luisiana) junto a Sharon Galicia: una madre soltera blanca … /… que iba por las empresas vendiendo seguros médicos … /… ¿[cómo era su vida de madre soltera y] cómo era la vida de aquellos hombres con los que trabajaba?, ¿por qué una mujer como ella, brillante, considerada y llena de determinación –que podía haber disfrutado de una baja parental remunerada– era miembro entusiasta del Tea Party, para quien esa idea era inconcebible?» (págs. 11 y 12)

En ese «viaje al corazón» de la derecha blanca, desprovista de prejuicios, la autora no encontró paletos tarados, embaucados y analfabetos, sino gentes, trabajadores y trabajadoras, con preocupaciones legítimas y comunes al resto de su clase en todos los Estados Unidos, el deseo de que los viejos valores comunitarios no se perdiesen en medio de este mundo complejo, duro, extraño y fragmentado que se ha engullido al que conocieron en su infancia y su juventud; el deseo de que la familia siguiese formando parte del entronque afectivo y práctico con la comunidad, y el que sus hijos tuviesen alguna oportunidad y un futuro mejor… Nada raro ni insensato, nada fuera de lo común, deseos compartidos por la inmensa mayoría de los trabajadores norteamericanos. Lo que encuentra Hochschild detrás de los miedos y del sentimiento de extrañeza y exclusión, son salarios de hambre, familias desestructuradas y rotas por la crisis y la miseria, y un “sueño americano” imposible ya de materializar.

«… Cuando yo era niño, si te parabas en la orilla de la carretera con el pulgar levantado, siempre te recogía alguien …/… Si alguien tenía hambre, se le daba de comer. Existía la comunidad. ¿Y sabes quién ha terminado con todo eso? …/… El Gobierno de la nación…» (pág. 19)

Lo que hay detrás de estas afirmaciones de un trabajador del Misisipi, víctima de un desastre medioambiental (como detrás de decenas de testimonios recogidos a lo largo de este auténtico viaje de iniciación), es, en efecto, nostalgia de los buenos tiempos ya desaparecidos, miedo por un presente incierto y desabrido, y, sobre todo, rabia y frustración –especialmente, frustración–, las palancas emocionales con las que conectan las sencillas recetas y la radicalidad del lenguaje anti-sistema del Tea Party (por más que las medidas de desregulación en materia de protección medioambiental apoyadas por los republicanos hayan sido la causa de su ruina); su vinculación es básicamente emocional, este trabajador confía en las sencillas y empáticas respuestas de la ultraderecha a esos miedos y a esa ira, frente al general desprecio que siente de una buena parte de los sectores liberales, ilustrados y urbanos.

He ahí –nos viene a decir Arlie Russell Hochschild–, el porqué las gentes que más se beneficiarían de las leyes federales, emanadas de un gobierno central fuerte, o de los programas de subsidios y ayudas públicas provenientes de ese mismo gobierno, generalmente arbitradas por los sectores demócratas más liberales, rechazan de modo tan paradójico y tan visceral esa misma idea. Es una distancia emocional y es justamente esa brecha empática y emocional la que hay que superar, si queremos devolver a esos sectores de la clase obrera “a su tierra”; no solo allí, sino también aquí, en Europa.

Los estados gobernados tradicionalmente por los republicanos «son más pobres, registran más madres adolescentes, un índice de divorcio más elevado, peor salud, más obesidad, más muertes traumáticas, más bebés que nacen con bajo peso y más fracaso escolar. Sus habitantes viven una media de cinco años menos que los de los estados demócratas… [etc.]» (Pág. 26). No importa. Los datos objetivos ya no bastan; tampoco negar la evidencia, afirmar, por ejemplo, que las migraciones masivas y descontroladas no generan problemas en las regiones receptoras, pues claro que generan problemas, y muy graves; o repetir impertérritos los mantras habituales de la izquierda, que los ricos y el Capital tienen la culpa de todo, que hay que tener una vida sana, etcétera, etcétera… Todo eso es verdad, sí, pero la verdad ya no basta.

Si no hay una conexión empática y emocional con las masas de trabajadores que se sienten despojados de “su tierra”, extraños en ella, por duro y paradójico que nos parezca, por cargados que estemos de razones, no bastará.

«Veo toda esa pasión», les decía Trump a sus auditorios enfervorecidos. ¿La vemos nosotros; vemos toda esa pasión nosotros? O les seguiremos diciendo cómo deben sentirse ante cada acontecimiento del mundo, de qué deben alegrarse o no, o en qué deben creer o no creer, qué deben ver o qué no deben ver, o cómo deben comportarse y no deben comportarse (incluso en la intimidad); en suma, lo que es correcto y lo que no es correcto, como los nuevos curas de la modernidad que se arrogan el derecho de repartir las credenciales de salvación, las de “buen ciudadano” o “buen demócrata”, las de “buen padre” o “buena madre”, la de “ser sensible”, consciente e inteligente o la de “ser racional” y sensato.

En fin, Extraños en su propia tierra: réquiem por la derecha estadounidense, de Arlie Russell Hochschild, en la cuidada traducción de Amelia Pérez de Villar, es una lectura necesaria y apasionante que nos da una visión distinta de lo que ya sabemos y conocemos, ofreciéndonos una brújula fiable para adentrarnos en una compleja región de los fenómenos sociales y políticos, en la que las emociones y las percepciones apasionadas son más importantes que los datos y la realidad objetiva. Sus veinticinco páginas finales de bibliografía, no hacen más que enriquecer la valiosa información ofrecida a lo largo de ese viaje al corazón la ultraderecha norteamericana, en compañía de su autora, a través de sus páginas.

miércoles, 25 de abril de 2018

La ‘reina’ Portman y el ‘emperador‘’ Netanyahu. La estrella de ‘La Guerra de las Galaxias’ emerge como figura de oposición al primer ministro israelí.

Hace falta valor para no acudir a recoger un galardón de dos millones de dólares.
Para plantar cara a Benjamín Netanyahu, primer ministro desde 2009, aún parece necesario mayor valor en Israel. El impacto de la decisión de la actriz Natalie Portman, nacida en Jerusalén en 1981, de boicotear la ceremonia de entrega del premio Genésis —el considerado Nobel judío, que recibió en diciembre— reverbera en todo el Estado hebreo.

El gesto de la ganadora del Oscar en 2011 como protagonista en el filme Cisne negro escenifica ante todo la brecha creciente entre la diáspora judía liberal estadounidense —Portman reside en Los Ángeles desde la infancia— y el Gobierno más derechista en la historia del Estado hebreo.

Pese a que la artista se esforzó en aclarar a través de las redes sociales que solo aspiraba a “criticar a los líderes de Israel, sin boicotear a toda la nación”, un sanedrín de ministros le ha salido al paso para descalificar su osadía. “He decidido no asistir porque no quiero que parezca que apoyo a Netanyahu, que iba a pronunciar un discurso en la ceremonia”, había precisado en su cuenta en Instagram. De poco le sirvió la matización al titular de la cartera de Seguridad Interior, Gilad Erdan, quien ayer le envió una carta abierta evocando su papel de reina Amidala en tres episodios de la serie La Guerra de las Galaxias.

“Anakin Skywalker, un personaje que usted conoce bien, experimentó un proceso similar. Empezó creyendo que los caballeros Jedi encarnaban el mal y que el lado oscuro de la fuerza protegía la democracia”, escribió Erdan. Este ministro es también responsable del departamento de Asuntos Estratégicos, que coordina las medidas gubernamentales para contrarrestar al movimiento Boicot, Desinversión y Sanciones (BDS), que propugna el aislamiento económico de Israel para poner fin a la ocupación que ejerce sobre territorios palestinos desde 1967. “No permita que el lado oscuro triunfe”, rezaba la misiva.

Bordea el antisemitismo
Otro ministro, el responsable de Energía, Yuval Steinitz, le lanzó a través de la radio pública una estocada verbal, sin la alegoría de las espadas láser, más directa: “Natalie Portman ha caído en manos de lo peor del antisemitismo de Oriente Próximo. Boicotear una ceremonia a causa de la participación del primer ministro Netanyahu constituye en la práctica un boicot a Israel”. Hay más. Oren Hazan, uno de los diputados más extremistas del Likud, el partido del primer ministro, pide que le sea retirada la nacionalidad.

“No formo parte del BDS y no lo respaldo. Israel fue creado hace exactamente 70 años como un refugio para las víctimas del Holocausto, pero el maltrato de aquellos que sufren las atrocidades actuales no casa con mis valores judíos”. Natalie Portman aludió en Instagram, sin nombrarla, a la oleada de protestas que se vive en la frontera de Gaza, que se ha cobrado la vida de 38 palestinos por disparos de tropas israelíes.

Chemi Shalev, columnista del diario Haaretz, resaltaba ayer que Portman es una figura altamente apreciada en Israel como “defensora firme, aunque a veces crítica, del país en el que nació”, y por generar un raro consenso en la sociedad: “Es vista como paladín del sionismo por la izquierda; como un icono para las mayoría de las organizaciones judías; es un activo de la diplomacia pública para la derecha, que le perdona sus transgresiones, y como un modelo de equilibrio para los partidarios del Estado judío”. El artículo editorial del mismo periódico constataba la emergencia de la artista como referente para la oposición: “Portman hizo lo correcto al recordarnos a todos que el Estado no es Netanyahu. Está bien que recuerde al mundo que hay muchos israelíes y judíos que se oponen al Gobierno de la derecha y que critican sus políticas”.

“Ella no se siente a gusto con la idea de tener que participar en actos públicos en Israel” en las actuales circunstancias y “no se encuentra en condiciones de asistir a la ceremonia con la conciencia tranquila”, había resumido la Fundación Premio Génesis las razones esgrimidas por Portman para cancelar su asistencia. La ceremonia de entrega, prevista para el 28 de junio, ha sido anulada.

La actriz obtuvo el Génesis por una carrera que despuntó con el papel de Amidala y que le llevó a dirigir en 2015, en Israel, Una historia de amor y oscuridad, basada en la novela de Amos Oz.

https://elpais.com/internacional/2018/04/22/actualidad/1524425998_028600.html?rel=lom


PD.:
Es esclarecedor la analogía entre el actual gobierno de derecha de Israel (y en muchos casos de extrema derecha, como cuando habla de dar una medalla a un franco tirador que asesina a un desarmado y pacífico ciudadano palestino) y nuestro gobierno que con menos del 30% de los votos gobierna, con apoyos activos de unos y pasivos de otros, como si tuviese la mayoría absoluta e indiscutida de la población, Y si se critica al gobierno, para ellos es como si se atacase a España. Olvidan que más del 60% de la población no le votó y que la democracia se basa en un contrato social: este es el programa que voy a aplicar si gano y para ello tú< me votas. La realidad es que han roto el contrato social. Pues no han cumplido ninguna de sus promesas; recortes en educación, sanidad, dependencia, cero presupuesto para la ley de memoria histórica, con lo que se mofa de los españoles con familiares arrojados a las cunetas y de las recomendaciones de la ONU, para hacerse cargo de la búsqueda y enterramientos. Se han reído, ríen e insultan al pueblo como cuando han hablado de que los familiares se preocupan de "sus asesinados cuando hay dinero". Cuando alguien les critica se cubren con la bandera y dicen que son España... Y para repartirse sobres o expatriar dinero ya no son España,... No son ejemplos de nada, lamentablemente.

Y el comportamiento de Portman, es un ejemplo valiente de defensa de la democracia, la libertad ideológica y política y nuestras ideas y valores por encima del dinero y su venta al mejor postor. Le agradecemos infinitamente que sea un ejemplo de valiente defensora de Israel laico y la democracia  y la libertad de elección contra los antivalores de extrema derecha y de imposición de las ideas religiosas en la sociedad civil.