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domingo, 8 de septiembre de 2019

IDEAS Julia Cagé: “Las ideas de derechas tienen más peso porque están mejor financiadas” Economista crítica con el elitismo en política, apuesta por incluir a más representantes de clase trabajadora para evitar crisis como la de los 'chalecos amarillos'






La economista Julia Cagé.
La economista Julia Cagé. BRUNO ARBESÚ

Los datos son inapelables; pero sus recetas están abiertas a la discusión. La economista francesa Julia Cagé (Metz, 1984) mezcla el rigor académico con la voluntad de implicarse en el debate público. En su libro Le prix de la démocratie (El precio de la democracia) recopila y desmenuza décadas de información sobre la financiación de los partidos y las campañas en varios países occidentales. Explica cómo el dinero privado —donativos con deducciones fiscales— condiciona los resultados electorales y las políticas de los Gobiernos. Y propone un imaginativo sistema de financiación pública, y listas electorales que obligatoriamente incluyan a miembros de la clase trabajadora.



PREGUNTA. Los chalecos amarillos, sin dinero y sin organización, han tenido un mayor impacto político que los sindicatos, y los partidos bien financiados. ¿No desmiente esto la tesis de su libro?
RESPUESTA. Más bien veo los chalecos amarillos como una prueba de que las categorías populares o modestas ya no se sienten representadas por la clase política ni por Macron, y que las medidas que ha tomado desde el principio del quinquenio solo benefician a los más favorecidos y no a los tres cuartos de franceses más humildes. ¿Y cómo han hecho para hacerse escuchar? Liándola, por decirlo de manera un poco cruda. Y eso no me parece una manera sana de hacer política. En un sistema sano, los problemas que ponen sobre la mesa, que me parecen justos, habrían sido objeto de debate público. Ahora, no creo que lleguen a las elecciones europeas, precisamente porque no hay dinero, ni financiación pública, ni organización.
P. Pueden votar. Un voto de un chaleco amarillo vale igual que cualquier otro. 
R. Sí, pero el voto de alguien que está en los chalecos amarillos o mi voto hoy vale mucho menos que el de una persona que tenga mucho dinero. Este es el problema de nuestras democracias. Tenemos el voto en las urnas y, de otro lado, la cuestión de la financiación de los partidos y las campañas, pagadas por personas que forman parte del grupo de los muy favorecidos. Al final estos tienen más voz que yo. Por eso los chalecos amarillos no se sienten representados y no confían en el sistema democrático, y por eso aumenta la abstención o el voto populista.
P. ¿Cree que Macron ganó gracias a la financiación de su campaña?


“Macron adopta medidas que benefician al 1% de los franceses más ricos: quienes le han financiado”

R. Lo interesante es ver cómo un partido que no existía un año antes puede ganar. Es la formación política que en un intervalo más corto recaudó más dinero. Desde su creación en 2016 hasta finales de 2017, La República en Marcha recaudó más de 13 millones de euros, la mayor parte de donaciones de 7.500 euros, el tope permitido. En el contexto francés es una cifra enorme, aunque en Estados Unidos no sería mucho.
P. ¿Donantes ricos?
R. Sí, y han dado 7.500 e incluso más: 7.500 en 2016, 7.500 en 2017, 4.600 euros para la campaña. Y es legal. Macron hizo campaña en París entre los más ricos, en Londres, en Nueva York, en Líbano. Y cuando solo se habla con gente así, ¿qué dicen ellos? “Nuestra prioridad, si usted es presidente, es suprimir el impuesto de las fortunas e introducir la flat-tax [un tipo impositivo único sobre los beneficios en los ahorros]”. Tenemos un presidente que, en vez de adoptar políticas que ayuden al 99%, (suprimió el impuesto sobre las fortunas y aplicó la flat-tax ), lo hace con las que benefician al 1%. Ellos le han financiado, y esto tiene efectos concretos en las políticas que se están aplicando, y explica en parte la crisis de los chalecos amarillos.
P. Las políticas de derechas se explican básicamente por el dinero que reciben, según usted.
R. Las políticas de derechas económicas. No es lo mismo con las cuestiones sociales, donde las preferencias de los muy ricos no siempre se inclinan a la derecha. En EE UU, el partido Demócrata es tan conservador en el plano económico como el Republicano. Este es el fracaso de Hillary Clinton: las clases populares no se sienten representadas por ella. Y en Europa, ¿quién acometió la gran política de flexibilización laboral en Reino Unido? El Partido Laborista. ¿En Italia? Matteo Renzi, del Partido Democrático, la izquierda. ¿En Alemania? El SPD de Gerhard Schröder. ¿Y qué ocurre hoy? En Alemania la AfD nunca ha estado tan arriba, porque las clases populares ya no se sienten representadas por la izquierda, y van a la extrema derecha. En Italia, la caída de Renzi ha provocado la victoria de la Liga y el Movimiento 5 Estrellas. En Reino Unido tenemos el Brexit, y en EE UU, a Trump. Ha habido un divorcio entre las clases populares y los partidos históricamente de izquierdas en cuestiones económicas.


“Propongo dar siete euros de dinero público a cada francés para que financie a un movimiento político”

P. Usted parece creer que hay una especie de corrupción inherente en la derecha. Quizá hay personas de derechas que simplemente creen que sus ideas son mejores para mejorar la sociedad.
R. No es corrupción, el sistema es legal. Pueden ser mejores las ideas de derechas, o las de izquierdas, pero el problema hoy es que las de derechas tienen más peso porque están mejor financiadas.
P. ¿Cuál es la solución?
R. Lo primero es limitar drásticamente los donativos privados. En segundo lugar, la democracia tiene un coste, y si no queremos que lo cubran intereses privados y que capturen el juego democrático, es necesario que los sufrague el poder público. Propongo un sistema igualitario de financiamiento de la democracia: lo que llamo los bonos para la igualdad democrática. Consiste en dar anualmente a cada ciudadano unos siete euros de dinero público, en Francia, para que financie al movimiento político de su elección.
P. También propone una Asamblea mixta, que incorpore a representantes de las clases populares para representar mejor al conjunto de la sociedad. ¿Qué impide hoy a un obrero ser diputado?
R. Primero, se necesita dinero para hacer campaña. Esto implica que ya hay una criba. Incluso para las legislativas, la aportación media del partido es del 25% o 30% del gasto total, por lo que hay que encontrar financiación complementaria.
P. ¿Quién pone el resto?
R. En Francia, el candidato usa su propio dinero, o el del partido, o donativos privados. Si emplea su fortuna personal le pueden rembolsar el 47,5% del límite de gastos si obtiene más del 5% de votos. Esto explica la sociología de los cargos electos. Imagine que usted es cajera de supermercado. No tiene casa ni activos. Gana 1.200 euros al mes. Va al banco y dice: “Me presentaré a las elecciones en tres meses. Necesito adelantar 30.000 euros, pero no se preocupen, sacaré más del 5% y lo devolveré”. El banco no presta nunca. Si usted es abogado, ya tiene el dinero o al banco no le importa prestárselo. Esto discrimina y hace que teggamos muchos menos candidatos de grupos sociales más desfavorecidos. Y otra cuestión: las cosas como son. Al hablar de una Asamblea mixta con partidos como el socialista o los verdes se admite off the record que están tan desconectados de las clases populares que, si mañana quisieran hacer listas mixtas, no lo lograrían.
P. Con este sistema, ¿habría habido un fenómeno como el de los chalecos amarillos?
R. No, porque habrían podido expresar sus reivindicaciones en la Asamblea Nacional. Todo habría pasado por la vía del debate democrático y no por los neumáticos quemados en las calles.

sábado, 25 de mayo de 2019

El ruego de Almudena Grandes para que (por favor) vayas a votar que pone la piel de gallina. "Ya está aquí"

“La ultraderecha ya está aquí. Porque está llamando a la puerta. Y esta vez, por nuestras hijas, por nuestras nietas, pero también por nuestros abuelos, no podemos dejarla pasar”. La escritora Almudena Grandes ha planteado —en su comentario Por favor, en la Cadena Ser— un encendido alegato en el que ruega a los españoles que el domingo vayan a votar y que lo hagan pensando en que la ultraderecha “ya está aquí”.

“En nuestras manos está la oportunidad de configurar un país abierto, solidario, que destierre la caridad para optar por la justicia, que instaure la negociación como vía para resolver problemas, que avance en igualdad y recupere la cordura, el respeto a los valores democráticos, el anhelo de convivencia, o no”, ha argumentado Grandes, quien ha matizado que estas elecciones “excepcionalmente importantes definirán el modelo de país en el que viviremos durante más de cuatro años, tal vez décadas enteras”: “Tenemos la obligación de pensar en España. No en la que conocemos, sino en aquella donde vivirán nuestros hijos, nuestras nietas”, ha expuesto Grandes.

“También puede suceder que nos apliquen un 155 permanente a todos, en cada una de nuestras casas, de nuestros derechos, de nuestras acciones y libertades. Piénsenlo bien, porque no nos estamos jugando el presente, sino el futuro”, ha sentenciado.


https://www.huffingtonpost.es/entry/el-ruego-de-almudena-grandes-para-que-por-favor-vayas-a-votar-que-pone-la-piel-de-gallina_es_5cc2e98fe4b08846403cf508?ncid=other_facebook_eucluwzme5k&utm_campaign=share_facebook&fbclid=IwAR1_Kz0IW413uSb8UJfiPPpJx5zw_eXvSA7rkUq6p0J5lPYoBPwmc1WeDkI

viernes, 24 de agosto de 2018

Una brújula sociológica para la izquierda sabihonda. Reseña de Extraños en su propia tierra: réquiem por la derecha estadounidense, de Arlie Russell Hochschild


Viento Sur


Extraños en su propia tierra: réquiem por la derecha estadounidense, recientemente publicado por Capitán Swing, firmado por Arlie Russell Hochschild (Boston, 1940), la eminente socióloga e intelectual norteamericana –profesora emérita, en estos momentos, en Berkeley–, es, antes que un estudio pormenorizado de cómo las emociones condicionan los comportamientos sociales, las decisiones políticas y las tendencias dominantes en el capitalismo moderno, un sugestivo viaje al corazón mismo del Tea Party para demoler los «muros de empatía» que nos impiden ver en todas sus dimensiones la realidad del otro. No en vano, Hochschild se ha dedicado sobre todo al estudio de las emociones que cimientan los comportamientos sociales y morales de las mayorías en su país, la patria del capitalismo actual.

«Este libro [dice de él la propia autora] aborda un tipo de investigación que los sociólogos llaman ‘de exploración’ y de ‘generación de hipótesis’. Su objetivo no es tanto ver cuán habitual –o poco habitual– es algo, o dónde encaja o no encaja uno …/… Mi objetivo en esta investigación ha sido descubrir qué es, realmente, ese algo…» (Apéndice A. Pág. 391)

Así, pues, este enorme estudio de los comportamientos sociales y culturales de la población blanca marginal y marginada que sustentó al Tea Party, primero, y que ha aupado a Trump al poder, a continuación, es, en realidad, un verdadero viaje, tan lúcido, como documentado y objetivo, desde la California ilustrada, urbana y cosmopolita, a los fondos de la Luisiana más profunda, «bastión de la derecha conservadora» donde los haya, con el fin no de evaluar, sino de comprender realmente, no solo el fenómeno estudiado, sino a los sujetos reales conformadores de ese fenómeno.

Un viaje que deberíamos hacer también todos nosotros, la izquierda ilustrada y urbana europea para reconocer ese mismo e idéntico proceso de extrañamiento de nuestra clase obrera, que se está dando delante de nuestras narices; pues la izquierda europea, como la norteamericana, posee, por lo general, un conocimiento ideológico, político y moral (a veces, tan puritano y estrecho, como cerrado y tautológico) de los procesos que nos afectan: por ejemplo, votar a la ultraderecha es malo; en realidad, es una tamaña barbaridad; el trabajador que lo hace está engañado o es un imbécil, oponerse a lo público es suicida, los inmigrantes no son el enemigo, nuestro enemigo es el capital, los aficionados a los toros o a la caza son unos paletos salvajes, etc. Todas ellas aparentes “verdades morales” y “verdades políticas” incontestables, pero, como demuestran los continuos fracasos de los análisis izquierdistas y la paulatina irrelevancia electoral, política y social de la izquierda continental, barrida del mapa por las alternativas populistas y ultraderechistas más groseras, demuestra una deplorable enunciación y un dudoso conocimiento material, práctico y sociológico de esos mismos procesos que trata de entender y combatir.

«… ante la ausencia de todos los talismanes de mi propio mundo [de los del muy urbano, cosmopolita y moderno hábitat californiano], y en presencia de los del suyo [el profundo sur del bajo Misisipi], me di cuenta de que el Tea Party no era tanto un grupo político oficial como una cultura, una forma de ver y de sentir un lugar y sus gentes…» (pág.42)

Y esta es justamente la razón por la que es tan necesario este agudísimo informe de la situación real, de la cultura y del imaginario de esas masas que, de pronto, se sienten extrañas en su propio mundo; por eso son tan necesarias especialistas de campo (especialistas de verdad) como Arlie Russell Hochschild que nos saquen de los carriles políticos y morales y nos den un verdadero conocimiento sociológico, material, práctico y documental de las realidades que nos afectan y que deberían condicionar la enunciación de nuestras posiciones y la cimentación de nuestras decisiones acerca de esas mismas realidades. Por ejemplo, que los trabajadores que votan a los republicanos y a Trump, allí, como los que votan a Salvini, a Orban, a Rivera, al Frente Nacional o al Partido Popular, aquí, no son unos paletos ignorantes, ni seres entontecidos, ni tarados morales, ni van engañados a las urnas.

La realidad real es mucho más compleja que todas esas afirmaciones tan enérgicas y tan tranquilizadoras, al mismo tiempo, que nos repetimos sin que se nos mueva el flequillo.

Por ejemplo, en el “Apéndice B” (pág. 397), Hochschild nos expone una serie de hechos fastidiosos y paradójicos, pero explicables y radicalmente lógicos, si se tienen en cuenta las variables sociológicas y emocionales que determinan los mismos; los pobres, en los estados más contaminados y degradados económica y socialmente, como es el de Luisiana, no es solo que les importe un comino la contaminación y las condiciones medioambientales en las que viven, o que voten a la ultraderecha, es que normalmente la inmensa mayoría no vota; solo votan los ricos y las clases medias altas. Justo como ha comenzado a suceder en nuestra Europa, que cuanto más pobre y degradado llega a ser un espacio social cualquiera, sea cual sea, estado, región, ciudad o distrito, más hostiles y pasivos se muestran los más pobres frente a las recetas y a los discursos dominantes en la izquierda, carentes del menor sentido y atractivo para esos mismos pobres, a los que en teoría se dirigen esos mismo discursos y recetas.

No importa que las impresiones sobre las que se fundan sus certezas, las de esos mismos trabajadores pobres, sean, muchas de ellas, falsas, o que no se correspondan a la realidad objetiva, como la autora demuestra en el “Apéndice C” (pág. 401); lo importante es que esas certezas son el resultado no solo de impresiones emocional y subjetivamente sentidas como verdaderas, y sobre las que esos “extraños en su propia tierra” levantan finalmente sus estados de ánimo y sus emociones (sensaciones y emociones que son las que finalmente votan o se movilizan); sino que algunas de ellas son certezas objetivas y contrastables: la precariedad y la inseguridad económica que domina sus vidas de un modo agobiante y desmoralizador; el sentimiento de olvido y de abandono de los que les gobiernan desde tan lejos y tan alejados de ellos (en Washington o en Bruselas, da lo mismo); el sentimiento de impotencia frente a la corrupción generalizada del sistema; el arrogante desprecio hacia esas masas de paletos y de ignorantes de una parte de la prensa liberal y de la izquierda ilustrada; la impresión de ser realmente invadidos por otros, que vienen de fuera, ajenos a ellos, pero con los que deben disputarse no solo las migajas del sistema, sino también las costumbres heredadas, o las creencias, o las verdades religiosas; etc.

Si no logramos «establecer puentes» e incluso empatizar –nos dice Arlie Russell Hochschild– con esos temores y esas certezas emocionales (tan verdaderas) de los que se sienten realmente expulsados de su mundo, su segura y conocida cotidianidad desvanecida delante de sus narices; si la izquierda liberal, cosmopolita e ilustrada, continúa obviándolas y despreciándolas, estaremos haciendo el caldo gordo a nuestros auténticos enemigos políticos y sociales.

«Durante la mayor parte de mi vida he sido partidaria del sector progresista, pero hace relativamente poco comencé a sentir la necesidad de entender a la derecha. ¿Cómo han llegado a pensar así? ¿Podemos hacer causa común en algunas cuestiones? Estas dudas fuero las que me llevaron a coger el coche un día y recorrer el cinturón industrial de Lake Charles (Luisiana) junto a Sharon Galicia: una madre soltera blanca … /… que iba por las empresas vendiendo seguros médicos … /… ¿[cómo era su vida de madre soltera y] cómo era la vida de aquellos hombres con los que trabajaba?, ¿por qué una mujer como ella, brillante, considerada y llena de determinación –que podía haber disfrutado de una baja parental remunerada– era miembro entusiasta del Tea Party, para quien esa idea era inconcebible?» (págs. 11 y 12)

En ese «viaje al corazón» de la derecha blanca, desprovista de prejuicios, la autora no encontró paletos tarados, embaucados y analfabetos, sino gentes, trabajadores y trabajadoras, con preocupaciones legítimas y comunes al resto de su clase en todos los Estados Unidos, el deseo de que los viejos valores comunitarios no se perdiesen en medio de este mundo complejo, duro, extraño y fragmentado que se ha engullido al que conocieron en su infancia y su juventud; el deseo de que la familia siguiese formando parte del entronque afectivo y práctico con la comunidad, y el que sus hijos tuviesen alguna oportunidad y un futuro mejor… Nada raro ni insensato, nada fuera de lo común, deseos compartidos por la inmensa mayoría de los trabajadores norteamericanos. Lo que encuentra Hochschild detrás de los miedos y del sentimiento de extrañeza y exclusión, son salarios de hambre, familias desestructuradas y rotas por la crisis y la miseria, y un “sueño americano” imposible ya de materializar.

«… Cuando yo era niño, si te parabas en la orilla de la carretera con el pulgar levantado, siempre te recogía alguien …/… Si alguien tenía hambre, se le daba de comer. Existía la comunidad. ¿Y sabes quién ha terminado con todo eso? …/… El Gobierno de la nación…» (pág. 19)

Lo que hay detrás de estas afirmaciones de un trabajador del Misisipi, víctima de un desastre medioambiental (como detrás de decenas de testimonios recogidos a lo largo de este auténtico viaje de iniciación), es, en efecto, nostalgia de los buenos tiempos ya desaparecidos, miedo por un presente incierto y desabrido, y, sobre todo, rabia y frustración –especialmente, frustración–, las palancas emocionales con las que conectan las sencillas recetas y la radicalidad del lenguaje anti-sistema del Tea Party (por más que las medidas de desregulación en materia de protección medioambiental apoyadas por los republicanos hayan sido la causa de su ruina); su vinculación es básicamente emocional, este trabajador confía en las sencillas y empáticas respuestas de la ultraderecha a esos miedos y a esa ira, frente al general desprecio que siente de una buena parte de los sectores liberales, ilustrados y urbanos.

He ahí –nos viene a decir Arlie Russell Hochschild–, el porqué las gentes que más se beneficiarían de las leyes federales, emanadas de un gobierno central fuerte, o de los programas de subsidios y ayudas públicas provenientes de ese mismo gobierno, generalmente arbitradas por los sectores demócratas más liberales, rechazan de modo tan paradójico y tan visceral esa misma idea. Es una distancia emocional y es justamente esa brecha empática y emocional la que hay que superar, si queremos devolver a esos sectores de la clase obrera “a su tierra”; no solo allí, sino también aquí, en Europa.

Los estados gobernados tradicionalmente por los republicanos «son más pobres, registran más madres adolescentes, un índice de divorcio más elevado, peor salud, más obesidad, más muertes traumáticas, más bebés que nacen con bajo peso y más fracaso escolar. Sus habitantes viven una media de cinco años menos que los de los estados demócratas… [etc.]» (Pág. 26). No importa. Los datos objetivos ya no bastan; tampoco negar la evidencia, afirmar, por ejemplo, que las migraciones masivas y descontroladas no generan problemas en las regiones receptoras, pues claro que generan problemas, y muy graves; o repetir impertérritos los mantras habituales de la izquierda, que los ricos y el Capital tienen la culpa de todo, que hay que tener una vida sana, etcétera, etcétera… Todo eso es verdad, sí, pero la verdad ya no basta.

Si no hay una conexión empática y emocional con las masas de trabajadores que se sienten despojados de “su tierra”, extraños en ella, por duro y paradójico que nos parezca, por cargados que estemos de razones, no bastará.

«Veo toda esa pasión», les decía Trump a sus auditorios enfervorecidos. ¿La vemos nosotros; vemos toda esa pasión nosotros? O les seguiremos diciendo cómo deben sentirse ante cada acontecimiento del mundo, de qué deben alegrarse o no, o en qué deben creer o no creer, qué deben ver o qué no deben ver, o cómo deben comportarse y no deben comportarse (incluso en la intimidad); en suma, lo que es correcto y lo que no es correcto, como los nuevos curas de la modernidad que se arrogan el derecho de repartir las credenciales de salvación, las de “buen ciudadano” o “buen demócrata”, las de “buen padre” o “buena madre”, la de “ser sensible”, consciente e inteligente o la de “ser racional” y sensato.

En fin, Extraños en su propia tierra: réquiem por la derecha estadounidense, de Arlie Russell Hochschild, en la cuidada traducción de Amelia Pérez de Villar, es una lectura necesaria y apasionante que nos da una visión distinta de lo que ya sabemos y conocemos, ofreciéndonos una brújula fiable para adentrarnos en una compleja región de los fenómenos sociales y políticos, en la que las emociones y las percepciones apasionadas son más importantes que los datos y la realidad objetiva. Sus veinticinco páginas finales de bibliografía, no hacen más que enriquecer la valiosa información ofrecida a lo largo de ese viaje al corazón la ultraderecha norteamericana, en compañía de su autora, a través de sus páginas.

miércoles, 25 de abril de 2018

La ‘reina’ Portman y el ‘emperador‘’ Netanyahu. La estrella de ‘La Guerra de las Galaxias’ emerge como figura de oposición al primer ministro israelí.

Hace falta valor para no acudir a recoger un galardón de dos millones de dólares.
Para plantar cara a Benjamín Netanyahu, primer ministro desde 2009, aún parece necesario mayor valor en Israel. El impacto de la decisión de la actriz Natalie Portman, nacida en Jerusalén en 1981, de boicotear la ceremonia de entrega del premio Genésis —el considerado Nobel judío, que recibió en diciembre— reverbera en todo el Estado hebreo.

El gesto de la ganadora del Oscar en 2011 como protagonista en el filme Cisne negro escenifica ante todo la brecha creciente entre la diáspora judía liberal estadounidense —Portman reside en Los Ángeles desde la infancia— y el Gobierno más derechista en la historia del Estado hebreo.

Pese a que la artista se esforzó en aclarar a través de las redes sociales que solo aspiraba a “criticar a los líderes de Israel, sin boicotear a toda la nación”, un sanedrín de ministros le ha salido al paso para descalificar su osadía. “He decidido no asistir porque no quiero que parezca que apoyo a Netanyahu, que iba a pronunciar un discurso en la ceremonia”, había precisado en su cuenta en Instagram. De poco le sirvió la matización al titular de la cartera de Seguridad Interior, Gilad Erdan, quien ayer le envió una carta abierta evocando su papel de reina Amidala en tres episodios de la serie La Guerra de las Galaxias.

“Anakin Skywalker, un personaje que usted conoce bien, experimentó un proceso similar. Empezó creyendo que los caballeros Jedi encarnaban el mal y que el lado oscuro de la fuerza protegía la democracia”, escribió Erdan. Este ministro es también responsable del departamento de Asuntos Estratégicos, que coordina las medidas gubernamentales para contrarrestar al movimiento Boicot, Desinversión y Sanciones (BDS), que propugna el aislamiento económico de Israel para poner fin a la ocupación que ejerce sobre territorios palestinos desde 1967. “No permita que el lado oscuro triunfe”, rezaba la misiva.

Bordea el antisemitismo
Otro ministro, el responsable de Energía, Yuval Steinitz, le lanzó a través de la radio pública una estocada verbal, sin la alegoría de las espadas láser, más directa: “Natalie Portman ha caído en manos de lo peor del antisemitismo de Oriente Próximo. Boicotear una ceremonia a causa de la participación del primer ministro Netanyahu constituye en la práctica un boicot a Israel”. Hay más. Oren Hazan, uno de los diputados más extremistas del Likud, el partido del primer ministro, pide que le sea retirada la nacionalidad.

“No formo parte del BDS y no lo respaldo. Israel fue creado hace exactamente 70 años como un refugio para las víctimas del Holocausto, pero el maltrato de aquellos que sufren las atrocidades actuales no casa con mis valores judíos”. Natalie Portman aludió en Instagram, sin nombrarla, a la oleada de protestas que se vive en la frontera de Gaza, que se ha cobrado la vida de 38 palestinos por disparos de tropas israelíes.

Chemi Shalev, columnista del diario Haaretz, resaltaba ayer que Portman es una figura altamente apreciada en Israel como “defensora firme, aunque a veces crítica, del país en el que nació”, y por generar un raro consenso en la sociedad: “Es vista como paladín del sionismo por la izquierda; como un icono para las mayoría de las organizaciones judías; es un activo de la diplomacia pública para la derecha, que le perdona sus transgresiones, y como un modelo de equilibrio para los partidarios del Estado judío”. El artículo editorial del mismo periódico constataba la emergencia de la artista como referente para la oposición: “Portman hizo lo correcto al recordarnos a todos que el Estado no es Netanyahu. Está bien que recuerde al mundo que hay muchos israelíes y judíos que se oponen al Gobierno de la derecha y que critican sus políticas”.

“Ella no se siente a gusto con la idea de tener que participar en actos públicos en Israel” en las actuales circunstancias y “no se encuentra en condiciones de asistir a la ceremonia con la conciencia tranquila”, había resumido la Fundación Premio Génesis las razones esgrimidas por Portman para cancelar su asistencia. La ceremonia de entrega, prevista para el 28 de junio, ha sido anulada.

La actriz obtuvo el Génesis por una carrera que despuntó con el papel de Amidala y que le llevó a dirigir en 2015, en Israel, Una historia de amor y oscuridad, basada en la novela de Amos Oz.

https://elpais.com/internacional/2018/04/22/actualidad/1524425998_028600.html?rel=lom


PD.:
Es esclarecedor la analogía entre el actual gobierno de derecha de Israel (y en muchos casos de extrema derecha, como cuando habla de dar una medalla a un franco tirador que asesina a un desarmado y pacífico ciudadano palestino) y nuestro gobierno que con menos del 30% de los votos gobierna, con apoyos activos de unos y pasivos de otros, como si tuviese la mayoría absoluta e indiscutida de la población, Y si se critica al gobierno, para ellos es como si se atacase a España. Olvidan que más del 60% de la población no le votó y que la democracia se basa en un contrato social: este es el programa que voy a aplicar si gano y para ello tú< me votas. La realidad es que han roto el contrato social. Pues no han cumplido ninguna de sus promesas; recortes en educación, sanidad, dependencia, cero presupuesto para la ley de memoria histórica, con lo que se mofa de los españoles con familiares arrojados a las cunetas y de las recomendaciones de la ONU, para hacerse cargo de la búsqueda y enterramientos. Se han reído, ríen e insultan al pueblo como cuando han hablado de que los familiares se preocupan de "sus asesinados cuando hay dinero". Cuando alguien les critica se cubren con la bandera y dicen que son España... Y para repartirse sobres o expatriar dinero ya no son España,... No son ejemplos de nada, lamentablemente.

Y el comportamiento de Portman, es un ejemplo valiente de defensa de la democracia, la libertad ideológica y política y nuestras ideas y valores por encima del dinero y su venta al mejor postor. Le agradecemos infinitamente que sea un ejemplo de valiente defensora de Israel laico y la democracia  y la libertad de elección contra los antivalores de extrema derecha y de imposición de las ideas religiosas en la sociedad civil.

miércoles, 12 de octubre de 2016

Javier Fernández, el equilibrista. El presidente de la gestora tiene más comprensión en Rajoy de las que encuentra en su propio partido

Hay que reconocer a  Javier Fernández, el mérito de haber neutralizado el incendio del PSOE, no hasta el extremo de domeñarlo, pero sí con suficiente habilidad para ir inculcando como natural el discurso de la abstención, dotándola de un adjetivo, "técnica", que la convierte en eufemismo, y subordinando el evidente compromiso de la investidura al énfasis con que se descarta cualquier compromiso de legislatura.

Es una manera de apuntalar el "no" a Rajoy, pero en un plano que trasciende el bloqueo, que evita las elecciones y que pretende sosegar la rebeldía en que puedan incurrir los socialistas reacios a semejante cambio de rumbo. Resulta ahora impensable que Sánchez proclamé la abstención desde su escaño. La cuestión consiste en adivinar cuántos camaradas van a secundarlo. Y cuánto es o no verosímil una escisión a la disciplina entre los socialistas vascos y catalanes, especialmente si deciden exponer la revisión de la cuestión mariana al criterio de sus militantes de base.

Javier Fernández, por tanto, tiene que trabajarse con pedagogía y paciencia el tabú de la disciplina de voto. Y tiene que trabajarse menos, curiosamente, el proyecto de la abstención sin condiciones. Rajoy ha anunciado que no va a ponérselas. No ya asumiendo con sensatez la responsabilidad que se le presupone a un estadista en una situación de emergencia, sino distanciándose del fervor de los cortesanos.

Quiere decirse que Mariano Rajoy es mucho menos marianista que los marianistas. Y que éstos últimos, alentados por las bravuconadas verbales de Fernández Díaz y de Rafael Hernando, habían promovido una estrategia de presión al PSOE en su propia agonía cuyo desenlace aspiraba a forzar las terceras elecciones y proporcionarle a Rajoy un botín de 150 diputados en la ambición de una legislatura estable.

El presidente del Gobierno en funciones ha disipado las dudas. Puede que haya dos almas en el PP respecto a la manera de velar el cadáver socialista —¿investidura inmediata o elecciones en diciembre?—, pero la propia dialéctica se expone al papel cesarista que ejerce Rajoy. El alma es la suya. Y es la única que tiene valor, entre otras razones porque el líder popular había insistido sólo hace unas semanas en el disparate y la aberración que implicaríam convocar unos nuevos comicios legislativos.

Javier Fernández tiene más comprensión en Rajoy de cuantas encuentra en su propio partido. El cráter del sábado es demasiado profundo y demasiado reciente. Por eso el PSOE necesita más una gestoría que una gestora, un espacio de tranquilidad administrativa. Y por idénticas razones, el presidente asturiano se ha puesto los manguitos, asumiendo la interinidad del cago, pero consciente de que esta transición es más importante que cualquier legislatura.

Más información
http://politica.elpais.com/politica/2016/10/07/actualidad/1475822753_025336.html


La gestora comunica a Rajoy que el PSOE no le garantiza la estabilidad
http://politica.elpais.com/politica/2016/10/06/actualidad/1475779799_117053.html

“Si los socialistas no nos respetamos, ¿quién coño va a venir a respetarnos?”
http://politica.elpais.com/politica/2016/07/15/actualidad/1468598485_168643.html

El PSOE revisará su ‘no’ a Rajoy si roza la mayoría absoluta con otros grupos
http://politica.elpais.com/politica/2016/07/09/actualidad/1468093084_865502.html

SUSANA DÍAZ: "NO PERMITIRÉ ENTREGAR MI PARTIDO A PRECIO DE SALDO"

RAÚL LIMÓN, SEVILLA
La situación del PSOE y del Gobierno de España ha vuelto al Parlamento andaluz, donde la presidenta de la Junta de Andalucía, Susana Díaz, se ha sometido a una sesión de control marcada por la situación de su partido y las posibilidades de favorecer una formación de Gobierno. “Tengo clarísimo que nunca voy a permitir entregar a precio de saldo mi organización a ninguna otra organización y que se lleve por delante la historia de un partido centenario como el que milito", ha respondido al portavoz de IU, Antonio Maíllo. Tanto este como el presidente del PP, Juan Manuel Moreno, afirmaron que desean que el PSOE encuentre una salida a su crisis.
Díaz, ante las dudas de la oposición sobre su dedicación a Andalucía ante la crisis del PSOE, ha recuperado la afirmación de que la comunidad tiene que ir bien para que España también lo haga y ha recordado las críticas que recibió el expresidente norteamericano Ronald Reagan, de quien la oposición decía que era incapaz de andar y mascar chicle al mismo tiempo. "Yo soy capaz de defender a Andalucía y al mismo tiempo defender los intereses del país al que quiero y al que amo", ha afirmado.
Moreno, quien ha afirmado que el PSOE es necesario –“España lo necesita”, ha afirmado-, ha recurrido a esa misma expresión para criticar a Díaz. “Tiene demasiados chicles pegados a la suela de su zapato”, le ha reprochado para reclamarle “la máxima atención para Andalucía.
Díaz ha replicado acusando al presidente del Gobierno en funciones, Mariano Rajoy, de ser el “responsable principal del bloqueo que vive este país”. “Quiere una salida razonable sin mover una pestaña. Es el colmo de la flojera”, ha afirmado.

domingo, 18 de septiembre de 2016

¿Por qué gente corriente apoya a la derecha? Un médico y militante noruego tiene una respuesta

Acudí este fin de semana a Toluca, Estado de México, a una conferencia sobre la crisis del capitalismo organizada por el Partido del Trabajo, y conocí al doctor Ernst.

Ernst es un intelectual en serio. Médico anestesiólogo del Vestre Viken Hospital Trust, en Korngbesrg, Noruega. Neurobiólogo y científico social, ha realizado investigaciones en Teoría de la Complejidad asociadas a la medicina y las ciencias sociales. Además, es consejero científico del Partido de la Izquierda Socialista de Noruega. O sea, el sujeto sabe de lo que habla.

En su ponencia, Ernst dijo que el pensamiento de derecha tiene una explicación neurocientífica. El contexto social actual es el caldo de cultivo para esto. Internet literalmente bombardea con mierda los cerebros de las personas. La llamada “shitstorm” –término urbano para describir una serie de cosas que van aparentemente bien, pero que, al realizarse, terminan horrendamente mal–, dejan cosas (selfies, memes, chats, fotos y videos cualesquiera) que desaparecen rápido y dejan frustración. Las redes sociales están plagadas de pseudoargumentación, generan egoísmo y con ellas es fácil burlarse de asuntos realmente serios, como una tragedia humana, un acto de corrupción política, y la lucha de un grupo de personas por sus derechos. Y lo más peligroso de todo: generan miedo. Y el miedo es la materia prima de la derecha.

Quería saber más, y entonces me lancé a conversar con él.

–Ernst, ¿por qué tiene tanto éxito la derecha hoy en día?
–Los medios de información han cambiado, particularmente internet. Pero también la forma de educación, de movimiento, esto provoca que nuestra mente cambie, que tengamos dificultades de concentrarnos y de aceptar o entender argumentos. Esto es explotado por la derecha porque se especializa por utilizar el miedo. Saben lo que están haciendo. Están utilizando el miedo social.

–¿Pero por qué funciona tanto?
–El miedo, la confusión. Es un hecho que, cuando eres confundido, tu cerebro no logra argumentar. El cerebro es fácil de convencer con imágenes, con palabras simples. Por ejemplo, las grandes tiendas hacen grandes laberintos donde las personas no encuentren la salida. Es una estrategia. Porque cuando eres confundido no tienes fuerza mental para no comprar cosas. Es una técnica; es fácil confundir a la gente. Es la estrategia: aumentar el miedo, aumentar la confusión y así saben que la gente va a apuntar hacia la derecha. Es una estrategia clásica fascista.

–¿Qué opinas de Trump? ¿Por qué, a pesar de tantas críticas, todos los días, el tipo sigue vigente?
–Trump y sus partidarios saben exactamente qué están haciendo. Trump psicológicamente es un hombre viejo que teme a la muerte. Es una estructura típica de la derecha. Ellos temen a la muerte más que los de la izquierda. Y cuando temes a la muerte, cuando tienes miedo, tu método para sobrevivir es la agresividad. Y esos instintos son provocados. En los mitines de Trump, quienes están ahí, la mayoría son hombres son un poco más viejos y también son hombres o mujeres que tienen una alimentación que no es buena, y sus funciones en el cerebro no funcionan claramente. Esta es una estrategia que se ha construido y sus especialistas trabajan en eso.

¿Y qué hacer?
Según el doctor Gernot Ernst, la izquierda (yo más bien me considero un anarquista clásico, pero igual aplica) tiene en sus manos la más vieja de sus armas: la organización social; que, dadas las circunstancias, sigue siendo la más efectiva. “Porque la organización social disminuye el miedo”

En la izquierda –apunta– , no hay un camino tan fácil como en la derecha. “La izquierda argumenta. Pero hemos olvidado la organización. Y para la organización necesitamos más tiempo. Hemos perdido a los trabajadores donde no tenemos sindicatos, y ahí debe haber compañeros que sufran y luchen con ellos. Esa es nuestra fuerza. Cuando estamos ayudándoles en las cosas pequeñas, van a escuchar y van a recordar qué es los más importante y van a luchar también. “

Ernst ofrece lo siguiente que, he titulado: “Consejos del doctor Gernot Ernst para evitar que la gente apoye a la derecha, y sí apoye a la izquierda:

EJEMPLIFICA CON GENTE NORMAL.
Explica los problemas y argumenta con base a experiencias de gente común, con la cual tu audiencia se sienta identificada.

MENOS DISCURSOS, MÁS PREGUNTAS.
Evita imponer tus ideas. Pregunta, para que la gente descubra la verdad por ella misma.

UTILIZA EJEMPLOS HISTÓRICOS.
La gente no tiene consciencia histórica. Recuérdales lo que ha pasado, para que no cometan los mismos errores, y recuerden los éxitos antiguos.

LA DERECHA MANIPULA, LA IZQUIERDA ORGANIZA.
Es válido si utilizas algunos métodos de la derecha, como usar imágenes y definiciones. Pero no te olvides de lo más importante: la organización social es la clave.

Ernst explica la propia experiencia del Partido de la Izquierda Socialista de Noruega y la razón de su éxito, al ocupar hasta el 10 por ciento de las preferencias electorales en el país.
“En Noruega tenemos la misma lucha contra el neoliberalismo y la organización sindical es muy fuerte, todavía. En algunas áreas, el 90% de los trabajadores están organizados y esto es único en Europa. Pero también al otro lado tenemos un movimiento populista de derecha que es igualmente fuerte, casi el 20 por ciento. Es una lucha muy importante. Es particular para nosotros el SV (“Sosialistisk Venstreparti”, nombre en noruego del Partido) tenemos tres principios generales: el juicio social, el medio ambiente y el feminismo. Eso es muy importante para nuestra lucha. Porque cuando somos capaces de convencer a las mujeres, y las mujeres no son amigas de los populistas de derecha y trabajamos con ellas, juntos, es uno de los métodos con los cuales podemos ganar”.

Nos despedimos con un par de fotos y un buen saludo. Yo, con la esperanza de verlo de nuevo un día y aprender más.
Fuente:
https://albertobuitre.com/2016/09/06/gernot-ernst-alberto-buitre-sosialistisk-venstreparti-por-que-diablos-la-gente-apoya-a-la-derecha-un-medico-noruego-tiene-la-respuesta/

domingo, 31 de julio de 2016

Entrevista a Boaventura de Sousa Santos sobre la embestida de la derecha en la región y su relación con el “fascismo financiero”. “Los más poderosos son quienes más salen del juego democrático para después imponerlo a los de abajo”.

Natalia Aruguete y Bárbara Schijman
Página 12

En medio del actual proceso de transición regresiva en varios países de la región, como Argentina y Brasil, el reconocido jurista y sociólogo propone continuar con la lucha por la igualdad para impulsar un nuevo ciclo constituyente que haga frente a los intentos destituyentes. Los logros alcanzados en los últimos años y sus límites. Los errores de los gobiernos progresistas. Los logros en el nivel de consumo alcanzados en los últimos años en la región no se han podido sostener en el tiempo. La embestida de los sectores de derecha en distintos países de América Latina, asume el investigador portugués Boaventura de Sousa Santos, pone de manifiesto la “fragilidad” de tales conquistas. Frente al actual proceso de transición regresiva en países como Argentina, Brasil, Ecuador y Venezuela, el reconocido jurista y sociólogo propone continuar con la lucha por la igualdad. No una igualdad clásica, sino una agiornada, que define como “igualdad con diferencias”.

–¿Qué nuevas formas cree que toman las luchas por la igualdad en América Latina?
–Las luchas por la igualdad han sido luchas tradicionales en este continente, ya que es un continente muy desigual. Las desigualdades se han profundizado a lo largo de las últimas décadas, excepto quizás en los últimos 12 o 15 años, dependiendo de los países. Algunos gobiernos, salidos muchas veces de movimientos populares, lograron realizar alguna redistribución social aprovechando el boom de los commodities y el alza de precio de los productos primarios; con eso integraron en el consumo –aunque no en términos de ciudadanía, por lo menos en el consumo–, a millones de personas en el continente. Claro. Se está demostrando que estos logros son frágiles y reversibles. De hecho están siendo ya puestos en cuestión en varios países: Argentina es uno de ellos, Brasil puede ser el próximo, Ecuador también, y Venezuela. Dado que no ha sido un proceso sostenible, la lucha por la igualdad debe continuar. No se trata de una lucha clásica por la igualdad entre clases, sino que se trata de una “igualdad con diferencias”.

–¿En qué sentido “igualdad con diferencias”?
–Desde los años 90, pero sobre todo después de 2000, hay una lucha muy fuerte por el reconocimiento a la diversidad protagonizada, sobre todo, por los movimientos indígenas y afrodescendientes. Ya había obviamente una lucha de las mujeres por la diferencia, por la diversidad, pero estos dos movimientos –el afrodescendiente y el indígena–, tuvieron un impacto enorme sobre todo en algunas de las constituciones, como las de Bolivia y de Ecuador, para mostrar que la igualdad para ser incluyente debe tomar en cuenta las diferentes maneras de pertenecer a una cierta comunidad política que es el Estado. Esos fueron logros. Ahora, en este momento, estamos en un proceso de reversión, de transición regresiva.

–¿A qué se refiere cuando habla de que “asistimos a un nuevo ciclo constituyente”?
–Cuando hablo de procesos constituyentes me refiero a procesos que buscan intentar ver de qué manera se puede abrir otro ciclo una vez que éste está agotado o que se presenta como un proceso destituyente, en la medida en que los derechos conquistados se están destituyendo, a veces a través de cambios constitucionales, otras veces sin cambios constitucionales. Por eso también es que las constituciones se están revelando como un papel mojado y con poca eficacia; ellas, que fueron creadas fundamentalmente para crear la idea de seguridad y que podrían aguantarse momentos cíclicos complicados. Pero no es así. Tenemos un tipo de estado de excepción en el que no hay suspensión de las constituciones, no hay dictadura, todo parece hecho dentro de una normalidad democrática pero el hecho es que la democracia se está espaciando. Por eso el apego a un proceso constituyente es a un nuevo proceso que pueda blindarse en relación a las debilidades del proceso anterior.

–¿A qué atribuye el cambio de signo político de algunos gobiernos de la región?
–Creo que es producto de muchos errores por parte de algunos gobiernos, que en su parte final y producto de la degradación del ánimo político, tenían casi actitudes suicidas. Todos sabemos que quizás la presidenta Dilma Rousseff no fue necesariamente la mejor opción para suceder a Lula.

–¿Por qué lo cree?
–Fue una decisión personal suya postular a una persona que nunca se había presentado a elecciones en ninguna parte. Una buena técnica, pero quizás buena para gobernar en períodos de bonanza y no en períodos de turbulencia. Por eso digo que hubo un casi suicidio. Pienso que los gobiernos progresistas no prestaron la atención necesaria para ganar victorias contundentes. Para eso era necesario mantener una lealtad con los grupos sociales con los cuales trabajaron durante años; lealtad que no mantuvieron. Al final de sus mandatos implementaron políticas casi ofensivas.

–¿Por ejemplo? ¿A cuáles se refiere concretamente?
–Por ejemplo, en el caso de Dilma, el hecho de nombrar para ministra de agricultura a Kátia Abreu, la gran mujer representante de los agronegocios. Y así tantas otras cosas ocurrieron en otros países que hicieron parecer que se estaba traicionando todo lo que se había prometido en la campaña electoral. Fueron muchos errores. La gente no es estúpida. La gente quería esta redistribución, ¿quién no? Solamente la clase media puede ser muy crítica por temor a que se le recorte algún beneficio, pero sigue teniendo su salario, su coche... Pero la gente que estaba muy abajo y que finalmente pudo comer, ir al colegio, ir al supermercado… a esa gente le gustaría poder sostener esa política. El caso es que los gobiernos no fueron lo suficientemente elocuentes para que la gente pudiera advertir que lo que la derecha y los medios de comunicación decían era realmente falso.

–Usted atribuye estos cambios de signo político a la fragilidad de los logros alcanzados en los últimos 15 años. Sin embargo, en algunos países los cambios se dieron por la voluntad popular...
–Es una buena pregunta pero complicada de responder. Estos cambios de transformación y de políticas de redistribución social están siendo eliminados a través de procesos democráticos. Por eso puede decirse que es el pueblo el mayor beneficiario de estas políticas, el que se muestra ingrato y vota en contra. En ese sentido habría varias cosas que decir.

–¿Cómo cuáles?
–Primero, es claro que estos gobiernos progresistas cometieron muchos errores; hay quienes no consideran a estos gobiernos progresistas, yo los sigo denominando así en el sentido de que buscaron una redistribución social en un continente marcado por las desigualdades que venían desde la Colonia. Uno de esos errores fue no aprovechar la gran oportunidad que se les dio para transformar políticamente la sociedad: hacer reformas políticas, reformas del sistema fiscal, de los medios de comunicación, de la economía. Y al contrario, de una manera perezosa, aprovecharon el aumento de los commodities y el alza de precios de las materias primas para permitir, a partir de esto, una redistribución social que era dependiente de los precios. Al mismo tiempo, permitieron a las clases oligárquicas, a los sistemas financieros, a los ricos, enriquecerse como nunca. No aprovecharon la gran aceptación, casi hegemónica, que tuvieron en algún tiempo para transformar la política de manera de poder resistir a una situación más adversa. Por eso es que estas formas de inclusión no fueron realmente formas de inclusión democrática y ciudadana.

–¿Qué tipo de inclusión observa en estos procesos?
–Fueron formas de inclusión por el consumo. En ese sentido, estos nuevos sujetos políticos, que en muchos casos por primera vez podían comer tres veces al día, no fueron invitados a ejercer el control sobre las políticas públicas mediante mecanismos de democracia participativa, tampoco fueron invitados a debatir sobre el servicio que se daba en los hospitales y se quedaron, por así decirlo, como pasivos recipientes de un consumo que ahora les era permitido. Por eso esta inclusión es frágil, por eso permite que esta población que fue realmente beneficiada esté sujeta a influencias que pueden de alguna manera disfrazar y pervertir todo lo que se hizo.

–Puntualmente, ¿a qué influencias se refiere?
–Hay influencias sin las cuales no podemos entender qué está pasando. En primer lugar, la presencia de un fascismo mediático. En mi trabajo he distinguido diferentes formas de fascismo: el fascismo del apartheid social, el fascismo territorial, el fascismo paraestatal, el financiero y, obviamente, el fascismo mediático. El fascismo mediático es aquel que permite a los medios, a través de la concentración mediática, manipular de una manera grosera la realidad y las percepciones de la vida cotidiana, de la vida política, de manera que la gente se sienta traicionada por los que apoyó anteriormente y que piense que los que le dieron una nueva vida a través de la inserción en el consumo son los responsables de la crisis. Eso fue lo que ocurrió a través de una manipulación mediática muy inteligente y poderosa que se hizo en todo el continente.

–¿Qué otros elementos coadyuvaron a este tipo de influencias?
–El segundo factor es la presencia del imperialismo norteamericano. No se puede ocultar más que los errores internos que cometieron los gobiernos progresistas no serían tan graves si no hubiera una fuerza internacional muy fuerte proveniente del imperialismo norteamericano que opera por diferentes mecanismos, que por supuesto ahora no son las dictaduras militares pero que son las presiones del sistema financiero internacional y la financiación de organizaciones democráticas en varios países que son democráticos desde la fachada pero que aplican condiciones hostiles a los gobiernos progresistas. Sin ir más lejos, en Brasil está absolutamente documentada la presencia de los hermanos Koch, muy conocidos en Estados Unidos por ser de los más ricos y de los que más promueven políticas de derecha.

–¿En qué consistió el rol de los hermanos Koch en el impeachment llevado a cabo contra Dilma?
–Los Koch Brothers han financiado muchas organizaciones que están hoy en la calle pidiendo el impeachment de Dilma. El imperialismo norteamericano aprovechó los errores cometidos por los gobiernos progresistas para atacar con una violencia sin precedentes. Empezaron por los pequeños países: primero Honduras, luego Paraguay con el golpe parlamentario a Fernando Lugo. Y ahora están intentando con los grandes países: Venezuela, Brasil y Argentina, y debemos decir que lo están haciendo con bastante éxito y que por eso hay que empezar de nuevo.

–¿En qué consiste el “fascismo financiero”?
–Todas las formas de fascismo son formas infra-políticas, no son parte del sistema político, que es democrático, pero condicionan las formas de vida de los que están abajo a través de desigualdades de poder que no son democráticas, que son inmensas y permiten que los grupos que tienen poder casi obtengan un derecho de veto sobre las oportunidades de vida de quienes están más abajo. Si eliminan la escuela pública y la salud pública la gente con bajos recursos podrá enviar a sus hijos a la escuela si es que tiene un amigo o padrino. Ahora, si el padrino no quiere pagar entonces sus hijos ya no irán a la escuela. Es la filantropía: el veto sobre la oportunidad. Es la discrecionalidad, que ocurre de diferentes formas. Por ejemplo, la discrecionalidad de la policía ante los pibes que son negros o que usan gorra. Y que llaman “leyes de convivencia”, pero que no tienen nada de convivencia sino que cuestiona a cualquiera que tenga un comportamiento apenas distinto. Eso es fascismo. Es arbitrariedad. Lo mismo el fascismo del apartheid social. En todas partes hay zonas salvajes de la ciudad y zonas civilizadas, donde existen todos los requisitos de urbanidad, de seguridad y saneamiento básico, y otras zonas donde no hay electricidad, donde el agua está contaminada, etc. Todo esto en un marco de la legalidad. Una discrecionalidad por debajo de los procesos políticos, y por eso digo que vivimos en sociedades que son políticamente democráticas y socialmente fascistas.

–¿Qué rasgos distintivos encuentra en el fascismo financiero?
–El fascismo financiero tiene una característica especial: permite salir del juego democrático para tener más poder sobre el juego democrático. O sea, alguien con muchísimo dinero puede ponerlo en un paraíso fiscal. De este modo sale del juego democrático de los impuestos, pero al salir se queda con más dinero y más poder para poder influenciar el juego democrático y además darles consejos a los ciudadanos de que no deben gastar tanto, que están viviendo por encima de sus posibilidad, que el Estado está gastando más en salud, por supuesto, porque el Estado no está siendo financiado con los impuestos que podría recibir si esta plata estuviera en el país. Se crea una corrupción de la democracia a través de la cual hay dos reglas: los que huyen de las reglas democráticas son los que se quedan con más poder para imponer las reglas democráticas a los otros. Esa es la perversidad del fascismo financiero. Claro que también tiene otras formas como las “agencias de rating” y la especulación.

–¿Qué hay del fascismo político?
–Justamente, el problema radica en ver hasta cuándo se mantiene como fascismo social y cuándo se transforma en fascismo político. Porque hasta ahora, políticamente, las sociedades son democráticas. Hay libertad de expresión, relativa pero existe. Hay elecciones libres, por así decirlo, con toda la manipulación. Hay un mínimo de credibilidad democrática, pero los asuntos de los que depende la vida de la gente están cada vez más sustraídos al juego democrático y los más poderosos son quienes más salen de ese juego democrático para después imponerlo a los que están abajo. Esto a mi juicio es la situación en la que estamos y donde surge la necesidad de un otro proceso constituyente.

–El acceso al saber también es desigual. ¿Se puede hablar de un fascismo del conocimiento?
–Lo que diría es que estamos asistiendo a la mercantilización del conocimiento. Durante mucho tiempo el conocimiento científico valió por su rigor y por la curiosidad de los cientistas que se decidieron a investigar un tema y que llegaban a conclusiones útiles para los países. Hoy ya no es así. El valor del conocimiento es un valor de mercado: el conocimiento contribuye a la innovación, genera patentes. Las universidades están ante una presión enorme por generar recetas propias del conocimiento. Se mercantiliza el conocimiento y por eso las propias universidades están cada vez forzadas a funcionar como corporaciones mercantiles, como empresas, los profesores como proletarios que producen para revistas de impacto, y los estudiantes como consumidores. Hay una mercantilización general del conocimiento y es esto que ha dado impulso al trabajo que me domina hoy sobre las “epistemologías del sur”: intentar llevar a cabo una lucha radical en todo el conocimiento. Por eso trabajo tanto con los movimientos sociales, para mostrar que el conocimiento científico es importante y no se puede demonizar, que la ciencia demuestra que los transgénicos o los insecticidas contaminan el agua y destruyen la vida, que debemos usar esa ciencia, pero tener en cuenta que esa ciencia no es la única válida. En este sentido es necesario descolonizar el saber para poder democratizar la sociedad, despatriarcalizarla y desmercantilizarla.

–¿Es posible aplicar su concepto de “apartheid social” a las políticas segregacionistas hacia los refugiados que se despliegan en varios países europeos?
–Toda la razón en mencionar a Europa, que está bajo la misma presión. Los refugiados son un caso extremo de una política de exclusión, pero lo más significativo es todo el sistema de fascismo financiero, disciplinario, que se aplicó en Grecia, Portugal, España, y que se está aplicando en otros países para intentar exigir que todos los países sigan la misma línea conservadora, de privatización, de liberalización, de destrucción de servicios públicos como salud y educación, de privatización de los servicios que son rentables para el capital. Europa puede hoy con menos arrogancia reconocer y entender mejor lo que pasa en América Latina.

–¿Por qué?
–Porque durante mucho tiempo pensó que ciertas situaciones sólo sucedían en países menos desarrollados, pero hoy Europa está pasando por un proceso de subdesarrollo: algunos países que estaban más desarrollados ahora están siendo subdesarrollados (el caso de Grecia es muy dramático y, desde el año 2000, el caso de Portugal también). Portugal es el único país de la Unión Europea que tiene un gobierno de izquierda que puede ser destruido en cualquier momento por Bruselas porque no está muy interesada en gobiernos de izquierda. Pero es una lucha cada vez más común entre países latinoamericanos y europeos.

–¿Cuál es su mirada hacia los partidos de izquierda?
–Creo que es necesario que redefinamos qué son las izquierdas y cuál es su forma política. Primero, no se puede decir que las izquierdas no aprendan. Voy a dar el ejemplo de la izquierda portuguesa. Durante mucho tiempo los comunistas pensaron que jamás podrían aliarse a los socialistas porque los consideraban de derecha. Ante la posibilidad de que una derecha siguiera gobernando Portugal por cuatro años más decidieron unirse al partido socialista.

–¿Por qué las izquierdas tienden a la fragmentación?
–El problema es que la izquierda partidaria hizo lo que yo llamo “una sociología de ausencias”. Invisibilizó todo lo que no se designaba como izquierda y que no tenía la forma de partido. Por eso lo que falta, a mi juicio, es juntar estas diferentes dinámicas y, para eso, es necesario que las izquierdas abandonen la idea de que los partidos son la única forma de representación política. Los partidos tienen que pasar por una refundación donde la democracia participativa sea constitutiva de la formulación de las políticas, de los partidos, y de las elecciones de los candidatos.

Fuente original: http://www.pagina12.com.ar/diario/dialogos/21-303326-2016-07-04.html