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sábado, 8 de septiembre de 2018

Ser madre en la era del internet y del miedo

CHICAGO — Iba camino a casa después de dejar a mis hijos en el preescolar cuando un policía me llamó para preguntarme si sabía que había una orden de aprehensión pendiente en mi contra. “No”, contesté.

“No lo sabía”.

Tenía que llamar a mi esposo, pero me temblaban los dedos. No recuerdo si estaba llorando cuando me contestó, solo recuerdo que me decía que no me entendía y que debía calmarme para contarle lo sucedido.

Y lo que sucedió había comenzado un año atrás, en un día fresco de marzo de 2011, después de haber ido a visitar a mis padres en Virginia. Tenía que hacer un mandado antes de nuestro vuelo de regreso a Chicago y mi hijo, que entonces tenía 4 años, no quería bajar del auto.

“Vamos”, le dije.

“¡No, no, no! Aquí te espero”.

Respiré hondo. Sabía lo que tenía que hacer, pero estaba cansada e iba retrasada. En ese momento, no quería lidiar con berrinches y rabietas. Y había algo más: una vocecita que últimamente escuchaba cada vez con mayor frecuencia. “¿Por qué?”. Me preguntaba la vocecita.

¿Por qué era esta una batalla que librar? No me estaba pidiendo ir a patinar en plena carretera; solo quería quedarse sentado en el auto. ¿Por qué no podría dejarlo, solo por esta ocasión?

Si afuera hubiera estado haciendo calor, le habría dicho que no; sabía lo rápido que se sobrecalienta un auto en un día incluso con 15 grados Celsius. Pero estaba fresco y nublado. Yo había vivido en la misma ciudad en la década de los ochenta y había pasado horas esperando en el asiento trasero de la vagoneta de mis padres, con las ventanillas abiertas, leyendo o soñando despierta mientras ellos hacían los mandados. ¿De verdad habían cambiado tanto las cosas desde entonces?

Así que le dije que regresaría enseguida. Bajé un poco las ventanas, puse el seguro para niños en las puertas y activé la alarma. Cuando regresé, cinco minutos después, seguía con su juego y estaba sonriendo. Recogimos a su hermana y nuestras maletas en casa de mis padres y tomamos el vuelo de regreso.

Tardé un rato en darme cuenta de lo que había pasado en el estacionamiento: un extraño me había visto entrar en la tienda, grabó a mi hijo, tomó el número de la placa del auto de mi madre y llamó a emergencias.

Cuando nuestro vuelo aterrizó en Chicago, había un mensaje en mi celular: “Estoy tratando de comunicarme con la señora Kimberly A. Brooks. Necesito hablar con ella respecto al incidente de esta tarde en un estacionamiento”.

Al darme cuenta de lo que había sucedido, me sentí como una mala madre. Como si me hubieran atrapado haciendo algo terrible, aún sin saber qué había sido exactamente o cuál era la lógica de la equivocación. Me sentí, creo, como se siente cualquier mujer cuando alguien critica su crianza: avergonzada.

Pero ¿había cometido un delito? No hay ninguna ley en Virginia en contra de dejar a tu hijo esperando en el auto… Sin embargo, sorprendentemente en diecinueve estados de Estados Unidos sí hay leyes que regulan esta situación. Al parecer la policía lo consideraba abuso infantil o abandono, pues alguien podía haberse robado a mi hijo o haberlo secuestrado mientras yo no estaba.

Cuando traté de explicárselo a mi padre, me dijo: “La última vez que revisé, el delito es el secuestro. Alguien podría entrar en mi casa y dispararme en la cabeza, pero la policía no vendrá a arrestarme por olvidar cerrar la puerta”.

“Creo que no lo ven del mismo modo cuando hay niños involucrados”, le respondí.

“¿Del mismo modo?”, dijo. “¿¡Quieres decir lógicamente!?”.

Contacté a un abogado que dijo que tendría que esperar para ver si la policía me acusaba formalmente de algo o contactaba a la oficina de Servicios para el Menor y la Familia. Así que esperé, atemorizada, hasta la mañana en la que recibí esa segunda llamada y supe que me habían acusado de negligencia en contra de un menor (mi hijo).

Pasé los siguientes meses tratando de dilucidar la mejor estrategia legal y la mejor estrategia para vivir con la humillación de ser acusada de un acto delictivo de crianza negligente. Mi historia podía haber terminado aquí. Esto es lo que la vergüenza nos hace a las mujeres: nos aísla y nos hace sentir que nuestras historias no son realmente historias, sino fallas por alguna idiosincrasia. La única razón por la que mi historia continuó fue porque comencé a buscar a otras madres que hubieran vivido circunstancias similares. Encontré a seis dispuestas a hablar de su experiencia y espero que haya muchas más como nosotras. No era la única que había pagado el precio de la crianza en la era del miedo.

Ahora vivimos en un país en donde se considera anormal, incluso criminal, permitir que los niños estén alejados de la supervisión directa de un adulto, aunque sea durante un segundo.

En las noticias o en las redes sociales leemos acerca de niños que han sido secuestrados, violados o asesinados o acerca de niños olvidados durante horas en autos a una temperatura alta. No pensamos en las probabilidades estadísticas de que eso suceda; las posibilidades de que se presenten dichos sucesos no son comparadas con las de peligros mucho más reales, como el aumento en los índices de diabetes o depresión infantil.

En cuestión estadística, de acuerdo con el escritor Warwick Cairns, tendrías que dejar a un niño solo en un lugar público durante 750.000 años para que lo secuestre un extraño. Y en cuestión estadística es mucho más probable que un niño muera en un accidente automovilístico camino a la tienda que mientras espera en un coche que está estacionado. Pero hemos decidido que dicho razonamiento es irrelevante. Hemos decidido hacer lo que sea con tal de sentirnos a salvo de esos horrores, sin importar lo poco frecuentes que puedan ser.

Y es así como ahora los niños ya no caminan solos a la escuela ni juegan solos en el parque. No esperan en los autos. No toman largas caminatas por el bosque ni andan en bicicleta por las veredas ni construyen fortalezas secretas mientras los adultos estamos adentro trabajando, cocinando o haciendo otras actividades.

Comenzaba a comprender que no importaba si lo que había hecho era peligroso, solo importaba que otros padres lo consideraban así. Cuando se trata de la seguridad de los niños, los sentimientos son hechos.

Así me lo explicó una madre: “No sé si temo por mis hijos o si temo que otras personas sientan miedo y me juzguen por mi falta de temor”. Dicho de otro modo, la evaluación de los riesgos y el juicio moral van de la mano.

De hecho, los investigadores lo han confirmado. Barbara W. Sarnecka, científica cognitiva de la Universidad de California, campus Irvine, y sus colegas les mostraron a algunas personas unas viñetas en las que uno de los padres deja a su hijo desatendido y los participantes debían evaluar cuánto peligro corría el menor. En ocasiones se les decía a los participantes que habían dejado al niño solo, involuntariamente (por ejemplo, que el padre había sido atropellado por un auto). En otras, se les decía que el niño no estaba bajo supervisión para que el padre pudiera trabajar, hacer trabajo de voluntariado, relajarse o encontrarse con algún amante. Los investigadores descubrieron que la evaluación de riesgos de los participantes variaba dependiendo de lo moralmente ofensiva que consideraban la razón del padre para marcharse.

Sarnecka y sus colegas resumieron sus descubrimientos de la siguiente manera: “Las personas no solo creen que dejar a un niño solo es peligroso y por lo tanto inmoral, también creen que es inmoral y por lo tanto peligroso”.

“No se trata de la seguridad”, dijo Sarnecka. “sino de reforzar una norma social”.

Nadie lo sabe mejor que Debra Harrell, una de muchas mujeres con las que conversé acerca de sus experiencias. En 2014, Harrell dejó que su hija de 9 años jugara en el parque mientras ella iba a trabajar a un McDonald’s cercano. Era un barrio seguro en un día de verano y el parque estaba lleno de niños. Nada de esto importó cuando uno de los padres contactó a la policía. Harrell fue acusada de abandono ilegal de un menor y su hija fue llevada a un albergue de acogida durante dos semanas.

Ese mismo año, una mujer de Arizona llamada Shanesha Taylor fue acusada de abuso infantil y sentenciada a dieciocho años de libertad condicional supervisada, todo porque no tenía servicio de guardería y tuvo que dejar a sus dos hijos menores en el auto mientras ella iba a una entrevista de trabajo.

En un país que no ofrece guarderías subsidiadas y no hay permiso de maternidad obligatorio ni garantía de flexibilidad en el trabajo para los padres ni preescolar universal o redes de seguridad mínima para familias vulnerables, convertir en un crimen el hecho de darles independencia a los niños es convertir en un delito el ser pobre.

Sin embargo, la clase media y las madres con recursos tampoco están exentas de este tipo de vigilancia y castigo. Una de esas madres con las que hablé fue acusada de poner en peligro a un menor cuando dejó a su hija de 4 años dormida en el auto durante unos minutos con las ventanas abiertas mientras ella corría a la tienda. Durante su arresto, recuerda que el oficial comentó: “¿Acaso un ama de casa está demasiado ocupada yendo de compras para cuidar de su hija? ¿Su marido sabe cómo la cuida mientras él está allá afuera ganando mucho dinero?”.

Quienes critican a estas mujeres aseguran que no odian a las madres, sino que odian a ese tipo de madres, a las que, por su opulencia o su pobreza, su educación o su ignorancia, su ambición o el desempleo, permiten que sus necesidades comprometan (o parezcan comprometer) las necesidades de sus hijos. Desdeñamos a las pobres madres “flojas”. Desdeñamos a las “distraídas” madres trabajadoras. Desdeñamos a las “egoístas” madres ricas. Desdeñamos a las madres que no tienen otra opción más que trabajar, pero también a las que no tienen que hacerlo y aun así no cumplen con el ideal imposible de la maternidad abnegada. No hay que esforzarse mucho para ver cuál es el común denominador.

Le presenté esta historia de humillación de las madres a Julie Koehler, una de las últimas “malas madres” que entrevisté. Se presentó conmigo con un correo electrónico con el asunto: “¡Yo soy la mala madre del Starbucks!”.

Un día de 2016, Koehler dejó a sus tres hijas esperando en su miniván mientras veían Dora, la exploradora para ir por un café. Pero su versión de los hechos difiere de las otras mujeres porque ella es una abogada de oficio experimentada. “Yo interrogo policías todo el día. No me intimida ninguna placa”, me dijo.

El oficial le preguntó dónde había estado y, cuando ella levantó su vaso, le dijo: “¿Así que abandonó a sus hijas?”.

Ahí fue cuando Koehler se carcajeó. “En Illinois no está en contra de la ley el dejar a tus hijos sin supervisión. Tienes que comprobar que estoy poniendo en riesgo su vida por mi voluntad al entrar por un café al Starbucks, desde donde puedo verlas en todo momento. Buena suerte haciendo que un fiscal estatal apruebe un caso así”.

El oficial no presentó cargos, pero hizo una llamada al Departamento de Servicios para el Menor y la Familia. En consecuencia, Koehler tuvo que proporcionar referencias que dieran fe de su crianza, sus hijas tuvieron que ser valoradas por un médico y la familia tuvo que ser entrevistada en su casa, todo esto antes de que pudieran desestimar el caso.

No hay que olvidar que, como la misma Koehler lo admite, tenía la habilidad de rehusarse a sentirse intimidada como resultado de su profesión y su posición privilegiada como mujer de raza blanca y con recursos. Desde su punto de vista, esto hace aún más importante que otras madres como ella, madres como yo, defiendan su derecho de criar a sus hijos sin que otros las avergüencen, investiguen o persigan.

“Si esto le hubiera sucedido a una persona de raza negra”, dijo, “le habrían disparado en plena calle”. Y agregó: “Pero no importa el color de tu tez, no importa el dinero que tengas o no tengas, no mereces que te acosen por tomar una decisión lógica de crianza”.

Cuando le pedí que les diera un consejo a otras mujeres en esta situación, respondió: “Les aconsejaría preguntarle al oficial qué ley están quebrantando. Les diría que preguntaran por qué y de qué manera el ir a la tienda durante unos minutos significaba abandonar a sus hijos. Les diría que pregunten si están bajo arresto y, si no es así, si pueden irse”.

“Y si no es un oficial de la policía, sino una persona en la calle, que les grita ofensas y les dice que son malas madres, además de amenazar con llamar a la policía y hacer que las autoridades les quiten a sus hijos, les diría que se comporten con mucha calma y que sean muy claras con esa persona. Les diría que saquen su teléfono y comiencen a grabar la interacción. Deberían mantenerse calmadas y seguras: ‘No he hecho nada malo; no he quebrantado la ley; mi hijo está bien. A usted no lo conozco, así que, por favor, aléjese de nosotros. Nos está acosando a mí y a mi hijo. Si no deja de acosarnos, tendré que llamar a la policía’”.

Mientras la escuchaba, pensé que jamás había usado la palabra acoso para describir una situación como esa. Pero ¿por qué no? Cuando una persona intimida, insulta o menosprecia a una mujer en la calle por la forma como va vestida, o en las redes sociales por la forma en la que se expresa, es acoso. Pero cuando intimidan a una madre, la insultan o menosprecian por sus elecciones de crianza, le llamamos preocupación o, a lo mucho, intromisión. Al parecer, a una madre no se le acosa, solo se le corrige.

A estas alturas debes preguntarte: Y ¿qué hay de los padres?

Sarnecka, la científica cognitiva de la Universidad de California, tiene una respuesta a esta pregunta. Su estudio descubrió que los participantes juzgaban menos a los padres. Cuando se les decía que los padres habían dejado al menor solo unos minutos para correr al trabajo, calificaban el nivel de riesgo como equivalente a cuando lo dejaban por circunstancias fuera de su control.

Este descubrimiento hace evidente algo que todos sabemos, pero que se supone que no debemos decir: un padre que se distrae por sus propios intereses y obligaciones en el mundo adulto no es recriminado porque “está siendo un padre”; una madre que hace lo mismo es acusada de fallarles a sus hijos.

Quizá todo esto empieza a cambiar. En marzo, Utah se convirtió en el primer estado de Estados Unidos en tener una ley que defienda a los padres que practican la “crianza en libertad”. Otros estados podrían seguir su ejemplo. Lenore Skenazy, fundadora del movimiento Free-Range Kids (Niños criados en libertad), también es presidenta de Let Grow, una organización sin fines de lucro que ayuda a los padres, profesores y organizaciones a encontrar maneras de fomentar la independencia y resiliencia de los niños. También me enteré de que entre madres parece estarse fraguando un lento contragolpe a la idea de que debemos dejar que nuestras vidas estén gobernadas por el temor al peligro y a la desaprobación. Yo he experimentado estos temores, cada vez que en una fiesta de cumpleaños he pasado las dos horas junto con otros treinta padres, pero observando detenidamente a nuestros hijos jugar. Sentí temor en el parque cuando, justo en el momento en el que saqué un libro, mi hijo se tropezó y se pegó en la barbilla y una mujer comenzó a gritar: “¿Dónde está la madre de este niño? ¿Hay alguien supervisándolo?”.

Se trataba de la versión cotidiana de la aterradora experiencia de Harrell, quien fue al McDonald’s mientras su hija estaba en el parque. En el video de su interrogatorio, transmitido en vivo en televisión para que lo viera todo el mundo, ella llora mientras un oficial la reprende. “¿Comprende que usted es la responsable del bienestar de esta niña?”, le dice el policía.

Mientras escribo esto, estoy sentada en una banca en un vecindario residencial. Es una hermosa tarde de verano, pero no hay niños jugando en las aceras. Están seguros en el campamento, dentro de sus hogares, amarrados a la sillita del auto, conectados a los aparatos electrónicos, sin disfrutar de lo que la escritora Mona Simpson llamó “el lujo de pasar inadvertido o de que te dejen solo”.

Sarnecka me dijo en una ocasión que, aunque los niños no tienen los mismos derechos que los adultos, sí “tienen algunos derechos, y no solo a la seguridad. Tienen el derecho a la libertad y a cierta independencia”. Tienen derecho, dijo, “a un poco de peligro”. Y yo agregaría que los padres tienen el derecho de proporcionárselos.

Al final tuve suerte. El fiscal accedió a no presentar cargos en mi contra a cambio de cumplir cien horas de servicio comunitario. Mi familia y amigos cercanos me apoyaron. No me incluyeron en el directorio de abandonadores de niños. No perdí mi trabajo. Lo cierto es que ya no me siento tan mal acerca de lo sucedido. En cambio, me preocupan las maneras en que este país parece declararles la guerra a los niños, incluso cuando nosotros insistimos en que nuestra mayor responsabilidad es protegerlos.

Kim Brooks es autora del libro de próxima publicación "Small Animals: Parenthood in the Age of Fear", del cual se adaptó este ensayo.

"La maternidad no es un sacrificio".

domingo, 8 de julio de 2018

“Prepara a tu hijo para la vida, no la vida para tu hijo”

Tim Elmore

"Arriesgamos muy poco, rescatamos demasiado rápido, atacamos fácilmente, y recompensamos con demasiada facilidad"

Tim Elmore es un popular escritor norteamericano, formador y experto en la generación “milenial”. Es fundador de Growing Leaders, una organización sin fines de lucro con sede en Atlanta (EEUU), creada para desarrollar desde la educación las habilidades relacionadas con el liderazgo. Es autor de libros como “Generación Y: secretos para conectar con los jóvenes en la edad digital” o “Grandes errores que los padres pueden evitar”. En su obra “Haz crecer al líder que tu hijo lleva dentro” ("Nurturing the Leader Within Your Child”), Tim Elmore explica el desarrollo del liderazgo como una habilidad que puede potenciarse en todos los niños y jóvenes. Su propuesta, muy crítica con la sobreprotección y el excesivo control parental, puede resumirse en una de sus frases más conocidas: “Debemos preparar a los niños para el camino, en lugar del camino para los niños”.

Me llamo Tim Elmore y dirijo una organización sin ánimo de lucro, Growing Leaders o Creando Líderes. Trabajamos con escuelas, ONG, clubes deportivos, con los padres en casa… Cualquiera que trabaje con la nueva generación de niños, intentamos ayudarles a conectar mejor con esta generación, y también a equipar a esta generación. Esa es nuestra razón de ser.

Zuberoa Marcos. Cuando dices que quieres crear a los líderes del mañana, ¿a qué tipo de líder te refieres? "El mundo funciona con dos tipos de líderes: el líder nato y el líder circunstancial, que surge por una situación"

Tim Elmore. Es una gran pregunta, porque hay un montón de definiciones. Cuando decimos “líder”, nos referimos a alguien que sirve a la gente y resuelve problemas. Cuando me cruzo con un educador en un ascensor y hablo cinco minutos con ellos, les digo: “Solo queremos que se gradúen sabiendo resolver problemas y servir a la gente”. Y todos ellos me dicen: “Sí, eso quiero yo”. La lectura, la escritura y las matemáticas son necesarias, pero hace falta gente con habilidades para la vida, con la habilidad de relacionarse con la gente y liderar equipos, comunicarse bien, transmitir una visión… Trabajamos mucho internacionalmente, y una vez estábamos traduciendo un libro a otro idioma, y tradujeron mal la palabra “líder”.

Tim Elmore. Utilizaron el término “poder”, decían que era “alguien que tiene poder”. Nosotros creemos que el poder surge a menudo del liderazgo, se gana influencia. Pero empieza con la disposición de servir a la gente y resolver problemas. Y cuando haces eso, normalmente te ganas el derecho de influir sobre otras personas.

Zuberoa Marcos. Entonces, ¿cuáles dirías que son las características de un líder?

Tim Elmore. Tienen una visión del futuro. Tienen en mente la imagen de un mañana mejor. Y, de algún modo, han esbozado los pasos a seguir para hacer realidad esa imagen. Pueden ayudar a otros a comprender que si hiciéramos estas tres cosas, podríamos conseguirlo. La mayoría no llega a esbozar los pasos, y dicen: “Sí, me gusta esa visión, ¿cómo la hacemos realidad?”. Y la mayoría no sabe cómo.

Tim Elmore. Yo creo que un líder, por naturaleza, debe tener don de gentes. Se me hace difícil separar el buen liderazgo de las buenas habilidades sociales. Tenemos que crear una generación que tenga don de gentes. Eso es muy difícil si estoy con el móvil todo el rato. Así que hay que desconectarlos. Hay que desconectarlos para que adquieran inteligencia emocional.

Tim Elmore. Y yo diría, por último, que deben ser valientes por naturaleza. Yo creo que la diferencia entre un líder y un director, y ambos son necesarios, es que el líder hace cosas que requieren valentía. Los líderes son los primeros. De hecho, cuando describo a los alumnos qué es un líder, a menudo les digo lo siguiente: “Si no estás dispuesto a hacer lo que pides a los demás, ni empieces. Tienes que hacerlo tú antes de pedírselo a nadie más”. Sé que suena casi como un cliché y una obviedad, pero hay muchos líderes que muchas órdenes pero no están dispuestos a hacer lo que piden a los demás que hagan.

Zuberoa Marcos. Hay otro cliché muy extendido: si los líderes nacen o se hacen.
Tim Elmore. Sí. Zuberoa Marcos. Respecto a este tipo de liderazgo que tú has descrito, ¿puede cualquiera ser uno de esos líderes o hace falta alguna cualidad específica?

Tim Elmore. Sí, buena pregunta. Yo creo que todo el mundo necesita una formación, hasta el líder innato. Porque si soy un líder innato, es que tengo una personalidad decidida, estoy motivado… Quizás tenga déficit de atención, no sé, pero tengo mucha energía. Pero aun así necesito formarme con otros, necesito aprender a ser paciente cuando el equipo va más despacio de lo que a mí me gustaría. Así que la formación es necesaria para ambos, pero yo siempre digo lo siguiente: Yo creo que en el mundo hay dos tipos de líderes, y todos nosotros pertenecemos a una de las dos categorías.

Tim Elmore. Podemos ser un líder nato o un líder circunstancial. Los líderes natos son los que lideran porque es su hábito. Son líderes naturales. Son los niños que cuando salen al patio se hacen con el control del equipo de fútbol. Son líderes naturales. Pero esos son solo el diez o quince por ciento de la población. El otro ochenta y cinco o noventa por ciento de nosotros son los que yo llamo “líderes circunstanciales”.

Tim Elmore. Esos son los que dirían: “Yo no me considero un gran líder, pero si estoy en la situación apropiada, una que sintonice con quien soy, con mis pasiones, mis puntos fuertes, mis talentos… Justo en ese lugar, sería muy bueno”. Todos hemos visto a chavales en la escuela o la universidad que son muy callados y tímidos. Y en cuanto los pones en una mesa de mezclas o en otro lugar: “¡Madre mía, ¡qué talento! ¿Qué le ha pasado?”.Lo que pasa es que ha encontrado su situación. Yo creo que una de las tareas de los padres, educadores y empresarios es ayudar a esta nueva generación a encontrar su situación. Y en cuanto lo hagamos, yo creo que todos nosotros tenemos el liderazgo dentro. Quizás no para dirigir una gran empresa, o para ser el presidente de un país, pero hay un lugar donde pueden sacarlo.

Tim Elmore. Sí, muy buena pregunta. No se solucionará de un día para otro. La mayoría de profesores del sistema adoran a los niños, a sus alumnos, a sus colegas, pero se dan cuenta de que el sistema está roto. Yo sugeriría una prueba piloto. Todas las clases no pueden cambiar a la vez, pero ¿y si cogiéramos una clase y dijéramos: “Experimentemos con esta clase. Probemos la metacognición, el aprendizaje épico, un aprendizaje basado en proyectos”? Todo eso de lo que hemos hablado. Y veamos cómo va. Si va bien, y seguro que así será, entonces captará la atención de los demás: “Madre mía, ¿cómo lo hacéis? Las notas están subiendo, los alumnos se involucran, los problemas de disciplina están disminuyendo, los alumnos se gradúan, todo lo que evaluamos”.

Tim Elmore. Entonces, tendremos una baza para decir: “¿Y si hacemos que el resto de la escuela sea también así?”. Pero lo que me argumentan siempre los profesores es: “Mira todo el material que hay que dar, tengo que soltarles el rollo”. Mi respuesta es que no hace falta ser épico todos los días. A lo mejor una o dos veces a la semana. Lo suficiente para que los alumnos digan: “No sé qué va a pasar hoy, pero yo no me lo pierdo”. ¿Comprendes?

Sí. Tim Elmore. La creatividad e innovación justas. Anhelan estar con el adulto que tiene ganas de compartir, escuchar y aprender con ellos.

Zuberoa Marcos . Tim, cambiando un poco de tema, sé que tú has trabajado mucho con los padres también… Tim Elmore. Así es. Zuberoa Marcos. Ayudándoles a comprender a sus hijos, a relacionarse con ellos… Me gustaría hablar también sobre el papel de los padres en su educación.

Tim Elmore. No soy experto en criar hijos. Relacionado con lo que hemos hablado sobre educación, escribí un libro titulado, Salirse del mapa en inglés, Márching off de map, pero también he escrito un par de libros para padres. El último ha sido Doce errores graves que los padres pueden evitar. Cuando veo el panorama de los padres en la actualidad, veo una generación de padres que se esfuerzan en hacerlo bien. Para muchos, su hijo es su máxima prioridad. Es algo muy frecuente. Así que están sobre ellos como un helicóptero, un quitanieves o algo así.

Tim Elmore . Los errores más graves que cometemos, por accidente, y son los siguientes: Arriesgamos muy poco, ayudamos muy rápido, elogiamos con mucha facilidad y premiamos a la más mínima. Ahora te explico a qué me refiero. Arriesgamos muy poco: Yo creo que esta es una generación en la que la seguridad es tan prioritaria que no queremos que nuestros hijos asuman ningún riesgo. Pero ¿no crees que asumiendo riesgos se crece? Si me hago un rasguño, me levanto y vuelvo a intentarlo. Vuelvo a subirme en la bici e intento montarla de nuevo. Esas son cosas normales, pero nos preocupamos mucho por su seguridad. A veces me da la impresión de que su edad biológica es normal, pero la emocional es menor, porque nunca se les ha permitido fracasar, que es cuando se aprende.

Tim Elmore. Rescatamos muy rápido, muy relacionado con lo anterior. Los padres siempre están rescatando a sus hijos, van a negociar la nota de su hijo, hablan con el profesor, y a veces incluso negocian con el profesor de la universidad. Tenemos que dejar de rescatar tanto y dejar que nuestros hijos crezcan y negocien por ellos mismos.

Tim Elmore. Los elogios: vivimos en una época en la que queremos que nuestros hijos tengan buena autoestima. Yo también, soy padre y es lo que quiero. Pero la autoestima no se construye solo elogiándolos, deben conseguir algo. Hace falta el elogio y el logro. Tenemos que dejarles hacer lo que tengan que hacer. Y en vez de decirles que son fantásticos por meter un tenedor en el lavavajillas, tenemos que darles las gracias por hacerlo, y reservar nuestros elogios para aquellas cosas en las que realmente destaquen.

Tim Elmore. Y los premios. No sé qué opinarás tú, pero lo que pasa en nuestro país es que le damos trofeos a todo el mundo solo por jugar, por hacer acto de presencia. Insisto, yo creo que tenemos que premiar adecuadamente, yo estoy a favor. Pero los niños piensan: “Esto no significa nada si me lo das solo por hacer acto de presencia”. Y luego piensan: “Con ir al trabajo basta, no tengo que hacer nada, mi jefe me premiará”. Pero no funciona así.

Tim Elmore. Así que yo le digo a los padres: “Colaborad con la escuela y con los profesores para aseguraros de que obtenéis buenos hombres y mujeres al final del camino”. Mi frase favorita es la siguiente: “Debemos preparar a los niños para el camino, no el camino para los niños”.

Zuberoa Marcos . Ya te había oído decir eso. Tim Elmore . Sí, así es. “El mejor aprendizaje ocurre cuando alguien dice: 'Creo en ti', después de decir: 'Aquí hay un problema, soluciónalo'”

Zuberoa Marcos. ¿Qué pueden hacer ellos en casa? A lo mejor… Sé que tú eres padre. Yo aún no soy madre, pero tú sí eres padre. ¿Qué cosas específicas has puesto en práctica con tu hija?

Tim Elmore. Vale, de acuerdo. Te diré un par de cosas. Recuerdo que cuando mis dos hijos eran muy pequeños, ocho y doce años, hablábamos con ellos durante la cena sobre habilidades sociales. Pero les entraba por un oído y les salía por otro. Para ellos

Me gustaría hablar también sobre el papel de los padres en su educación.

Tim Elmore. No soy experto en criar hijos. Relacionado con lo que hemos hablado sobre educación, escribí un libro titulado, Salirse del mapa en inglés, Márching off de map, pero también he escrito un par de libros para padres. El último ha sido Doce errores graves que los padres pueden evitar. Cuando veo el panorama de los padres en la actualidad, veo una generación de padres que se esfuerzan en hacerlo bien. Para muchos, su hijo es su máxima prioridad. Es algo muy frecuente. Así que están sobre ellos como un helicóptero, un quitanieves o algo así.

Tim Elmore . Los errores más graves que cometemos, por accidente, y son los siguientes: Arriesgamos muy poco, ayudamos muy rápido, elogiamos con mucha facilidad y premiamos a la más mínima. Ahora te explico a qué me refiero. Arriesgamos muy poco: Yo creo que esta es una generación en la que la seguridad es tan prioritaria que no queremos que nuestros hijos asuman ningún riesgo. Pero ¿no crees que asumiendo riesgos se crece? Si me hago un rasguño, me levanto y vuelvo a intentarlo. Vuelvo a subirme en la bici e intento montarla de nuevo. Esas son cosas normales, pero nos preocupamos mucho por su seguridad. A veces me da la impresión de que su edad biológica es normal, pero la emocional es menor, porque nunca se les ha permitido fracasar, que es cuando se aprende.

Tim Elmore. Rescatamos muy rápido, muy relacionado con lo anterior. Los padres siempre están rescatando a sus hijos, van a negociar la nota de su hijo, hablan con el profesor, y a veces incluso negocian con el profesor de la universidad. Tenemos que dejar de rescatar tanto y dejar que nuestros hijos crezcan y negocien por ellos mismos.

Tim Elmore. Los elogios: vivimos en una época en la que queremos que nuestros hijos tengan buena autoestima. Yo también, soy padre y es lo que quiero. Pero la autoestima no se construye solo elogiándolos, deben conseguir algo. Hace falta el elogio y el logro. Tenemos que dejarles hacer lo que tengan que hacer. Y en vez de decirles que son fantásticos por meter un tenedor en el lavavajillas, tenemos que darles las gracias por hacerlo, y reservar nuestros elogios para aquellas cosas en las que realmente destaquen.

Tim Elmore. Y los premios. No sé qué opinarás tú, pero lo que pasa en nuestro país es que le damos trofeos a todo el mundo solo por jugar, por hacer acto de presencia. Insisto, yo creo que tenemos que premiar adecuadamente, yo estoy a favor. Pero los niños piensan: “Esto no significa nada si me lo das solo por hacer acto de presencia”. Y luego piensan: “Con ir al trabajo basta, no tengo que hacer nada, mi jefe me premiará”. Pero no funciona así.

Tim Elmore. Así que yo le digo a los padres: “Colaborad con la escuela y con los profesores para aseguraros de que obtenéis buenos hombres y mujeres al final del camino”. Mi frase favorita es la siguiente: “Debemos preparar a los niños para el camino, no el camino para los niños”.

Zuberoa Marcos . Ya te había oído decir eso. Tim Elmore . Sí, así es. “El mejor aprendizaje ocurre cuando alguien dice: 'Creo en ti', después de decir: 'Aquí hay un problema, soluciónalo'”

Zuberoa Marcos. ¿Qué pueden hacer ellos en casa? A lo mejor… Sé que tú eres padre. Yo aún no soy madre, pero tú sí eres padre. ¿Qué cosas específicas has puesto en práctica con tu hija?

Tim Elmore. Vale, de acuerdo. Te diré un par de cosas. Recuerdo que cuando mis dos hijos eran muy pequeños, ocho y doce años, hablábamos con ellos durante la cena sobre habilidades sociales. Pero les entraba por un oído y les salía por otro. Para ellos era: “Bla, bla, bla”. Así que se nos ocurrió hacerlo épico. Mi mujer y yo decidimos dar una fiesta en casa para nuestros amigos adultos. Y pedimos a nuestros hijos que organizaran la fiesta. Al principio pensaban: “Madre mía, menuda chorrada”. Pero luego pensaron: “Venga, hay que hacerlo”. Aprendieron a abrir la puerta e invitar a pasar al señor Jones: “¿Me permite su abrigo? ¿Conoce a la señora Smith? ¿Le apetece un té helado?”. Empezaron a desarrollar habilidades sociales. Y la charla llegó luego: experiencia primero, debate después.

Tim Elmore. Esa fiesta fue una experiencia que les llevó al aprendizaje. También les hacía ver las noticias y elegir un problema que saliera y decir: “Si de mí dependiera, ¿cómo lo resolvería?”. Eso iniciaba una conversación real en vez de un mero “saca la basura” o algo parecido.

Tim Elmore. Probablemente, la mejor decisión que mi mujer y yo tomamos como padres fue en el decimotercer año de la vida de nuestros hijos. Bethany es la primogénita, Jonathan vino cuatro años después. Me senté con mi hija Bethany cuando tenía trece años y estaba a punto de entrar en la pubertad, y le dije: “Bethany, esta noche quiero crear contigo una experiencia de rito de paso”. Muchos países lo hacen en todo el mundo.

Tim Elmore. Le dije: “Esta noche, tú y yo vamos a elegir a seis mujeres que serán tus mentoras por un día durante el próximo año. Mujeres que te inspiran, mujeres que tu madre considere buenos modelos a seguir”. Elegimos mujeres porque ella es mujer. Con mi hijo Jonathan elegimos hombres. En tan solo unos minutos, mi hija tenía seis mujeres increíbles que le gustaría conocer. Algunas eran del barrio, algunas de la iglesia, algunas de nuestros lugares de trabajo.

Tim Elmore. Al día siguiente, llamé a estas seis mujeres y les dije: “Puede que suene un poco raro, pero ¿serías mentora por un día para nuestra hija Bethany el próximo año? Elige un día de los próximos trescientos sesenta y cinco. Lo único que te pido es que la dejes observarte durante ese día. Que te acompañe. Si vas a trabajar, llévatela. Si te quedas en casa, pues en casa. Lo único que queremos es que te vea vivir tu vida, porque admiramos mucho la vida que llevas”. Y les dije: “Lo único que te pido es que le des un consejo vital a nuestra hija Bethany. Un consejo que te hubiera gustado que te dieran a ti a los trece años pero nadie te dio nunca”.

Todas las mujeres aceptaron, y fue una experiencia increíble. No puedo expresar lo emocional y poderoso que fue. Te pondré un pequeño ejemplo: Sarah fue la primera mujer. Se llevó a Bethany por sorpresa una mañana. Iba a pasar el día en el hospital. Sarah es enfermera y trabaja en la sala de maternidad del hospital. Así que se llevó a Bethany a la sala de maternidad, y estuvo ayudando a mujeres a dar a luz, de nueve a tres. Fue una locura. Vio de todo: cesáreas, partos naturales… De todo.

Tim Elmore. Cuando llegaron las tres, Sarah la sacó de la sala de maternidad y se la llevó a otra sala del hospital donde daba una clase para madres solteras. Bethany se sentó junto a otras chicas adolescentes que estaban embarazadas, aunque no quisieran estarlo. Al final del día, ¿sabes cuál fue el consejo vital que Sarah le dio a nuestra hija Bethany? Fue la abstinencia: espera hasta el matrimonio, al hombre adecuado, en vez de acostarte con todo el mundo. ¿Te imaginas

Tim Elmore. Así que todas y cada una de estas mujeres le dieron una experiencia. Una tenía que volar hasta Nueva York, otra hizo otra cosa… Una se la llevó a Atlanta donde estuvieron trabajando con familias desfavorecidas, familias desamparadas. Les dieron comida y mantas. Pero todas y cada una de las mujeres tenían un consejo que queríamos que tuviera un impacto en su vida. Y no era nada que no le hubiéramos dicho antes, pero alguien estaba ejemplificando esos valores. Vi cómo mi hija cambió ese año, gracias a unas mentoras adultas que influyeron en su vida. Pasado el año, invitamos a casa a las seis mujeres. Bethany les hizo la cena. Y el clímax del año entero fue cuando todos entramos en la sala de estar de nuestra casa, Bethany hizo que todas las mujeres se sentaran en círculo. Y no era más que una niña pequeña. Se sentó en una silla en mitad de la sala y, una por una, las miró a todas a los ojos y les leyó una carta que les había escrito. Que había escrito solo para ellas: “Querida Sarah, esto es lo que he aprendido de ti, así ha cambiado mi vida. Gracias”. “Querida Sandra” o “Querida Betsy, esto es lo que he aprendido de ti, así ha cambiado mi vida. Gracias”.

Tim Elmore. Imagínate lo emocional que fue para todos aquella noche, hablando y compartiendo. Al final, empecé a hablar del rito y de cómo esto debe ser un hito para que las niñas se conviertan en mujeres y los niños se conviertan en hombres. Pero no pude acabar, estaba llorando como una Magdalena.

Tim Elmore. Pero no hizo falta decirlo en voz alta, todas estas mujeres tenían intuición y sabían muy bien de qué iba aquello. Se sentaron en el suelo, y mirando a nuestra hija desde abajo empezaron a elogiarla y le dieron su bendición. “Bethany, yo creo en ti. Un día serás una gran líder, puedo verlo”. “Bethany, un día serás una esposa estupenda si eliges serlo. Y una madre estupenda, si eliges serlo”.

Tim Elmore. En ese momento la vimos crecer. Emocional, intelectual, espiritualmente. Y fue gracias a las voces de vecinas, amigas, compañeras que influyeron en su vida y le dijeron aquello que creíamos que alguien debía decirle.

Zuberoa Marcos. Me encanta esa idea. Porque cuando yo veo a mis amigos que son padres, les suele costar mucho. “Probemos más aprendizajes basados en proyectos y experiencias vitales”

Tim Elmore. Sí. Zuberoa Marcos. Es decir, todos quieren que sus hijos sean independientes, responsables y resolutivos, pero les cuesta mucho… Recuerdo que hace un par de semanas una amiga me dijo: “A mi hija se le dan mal las mates. Pero las mates son muy importantes para el mundo que estamos construyendo, este mundo de conocimiento e innovación. ¿Qué puedo hacer?”.

Zuberoa Marcos. Eso lo veo muy a menudo: padres que no quieren presionar demasiado a sus hijos. ¿Cómo podemos lidiar con esto?

Tim Elmore. Dos cositas antes. Primero: usa la expresión “de momento”. “Se te dan mal las mates, de momento”. “Se te da mal la ortografía, de momento”. “Se te da mal… de momento”. Carol Dweck, de la Universidad de Stanford dice que es su expresión favorita porque te predispone al crecimiento. Te permite crecer. Lo segundo que yo sugeriría es lo siguiente: Mi mujer y yo no éramos los mejores “mentores” para las mates, la ortografía y demás, pero si encontrábamos a otro alumno tres o cuatro años mayor, que fuera “guay”, mis hijos querían estar con el chico guay.

Jonathan tuvo un tutor de matemáticas unos cuatro años mayor que él. Les encantó. Ambas partes ganaban, él le daba clase a mi hijo y le encantaba enseñar a un chaval más joven. Y mi hijo estaba encantado de estar con alguien guay y le prestaba atención. Esa puede ser una estrategia concreta que los padres pueden emplear.

Zuberoa Marcos. ¿Cómo han influido estas experiencias que ha tenido esta joven generación en su percepción de lo que significa tener un trabajo a pesar de la situación del mercado laboral? ¿Cómo pueden los empresarios acoger y formar a esta generación?

Tim Elmore. Muy buena pregunta. Casi todos en la generación Z se ven como emprendedores. Aunque no lo sean, así es como se ven. “Voy a montar algo estupendo y hacerme millonario”. Tienen esa mentalidad de crear, de innovar, de construir. A la hora de empezar en un trabajo tradicional, debemos tener en cuenta que esa es su mentalidad: quieren innovar. En segundo lugar, me encanta la idea que Jack Welch popularizó veinticinco años atrás. Lo llamaba “mentoría inversa”. Es cuando un joven licenciado consigue su primer empleo, pero en vez de tener un mentor de cincuenta años encima que le diga: “Esto es lo que debes saber de esta empresa”, se hace en ambos sentidos.

Tim Elmore. El de cincuenta años tiene que decir: “Así hacemos las cosas aquí, debes saber esto, pero yo quiero aprender de ti. ¿Qué utilidad puede tener esa app tuya para el márquetin de la empresa? ¿Cómo podemos utilizar Snapchat?”. ¿Vale? Esto dignifica a ambas generaciones. Crea lazos entre ambas generaciones. Y yo creo que nos hace mejores y nos prepara para el mañana. Estoy convencido de que la generación Z aporta una intuición innata de hacia dónde va el mundo que nosotros no tenemos. Bueno, no me refiero a ti, sino a mí. Yo no sé adónde va el mundo. Pero yo creo que alguien de veintidós años sabe hacia dónde va. Entiende Uber, entiende Airbnb. ¿Sabes lo que digo? Necesitamos una mentoría inversa en la que estemos tan dispuestos a escuchar como a hablar con esta nueva generación.

Zuberoa Marcos. Me gustaría que compartieras una idea o un mensaje que creas importante. A mí me ha parecido muy poderosa esa frase que has dicho: “Preparemos a los niños para el camino, sea cual sea el camino, en vez de hacerlo al revés”. ¿Era así? Tim Elmore. Sí, así es. Sí. Zuberoa Marcos. Pero puedes elegir lo que tú quieras.

Tim Elmore. Bueno, esa frase me encanta, ya lo sabes. Puede que esto suene muy elemental, pero creo que es donde comienza nuestro liderazgo como adultos. Susan Peters dijo una vez: “Los niños tiene más posibilidades de crecer si sus padres han crecido primero”. Lo que eso quiere decir es que no esperes que maduren si tú eres una madre inmadura. Si te pasas todo el día en Facebook… Muchos niños de nuestro grupo nos dicen: “Nunca hablo con mi madre, se pasa el día en Facebook o en Instagram”. ¿Cómo esperamos crirarlos bien si nosotros hacemos lo mismo por lo que les regañamos? Debemos asegurarnos de ser un modelo a seguir. ¿Puedo acabar con una historia?

Zuberoa Marcos. Claro. “Uno de los trabajos de padres y educadores es ayudar a la próxima generación a encontrar su lugar de liderazgo”

Tim Elmore. Es una de mis historias favoritas relacionadas con este principio: “Hazlo tú antes de pedirles a ellos que lo hagan”, viene de Mahatma Gandhi allá por los años 40. Él estaba en la India liderando aquella revolución pacífica, y una mujer fue a verle un día. La acompañaba una niña pequeña. Y le dijo: “Gandhi, mi hija come muchas chuches, come mucho azúcar. Dile que deje de comer tanto azúcar”.

Tim Elmore. Gandhi se quedó pensando y dijo: “No, vuelve en dos semanas”. “¿Por qué? ¡Díselo ahora!”. “No, vuelve en dos semanas”. “De acuerdo”, y se fue. Dos semanas después volvió con su hija y le dijo: “¿Se lo dirás ahora?”. Y esta vez Gandhi se agachó, la miró a los ojos y le dijo: “Deja de comer tanto azúcar”. Ella dijo: “Vale”, y se fue. Entonces la madre dijo: “¿Por qué no se lo dijiste hace dos semanas?”. Y, muy sabiamente, Gandhi le respondió: “Porque hace dos semanas yo había comido mucho azúcar”.

Lo que quería decir era: “No quiero dar lecciones sin aplicarme yo el cuento”. Creo que los profesores, los empresarios y los padres debemos aplicarnos el cuento. Si nos enfadamos con ellos, mirémonos antes al espejo y digamos: “¿Estoy siendo un buen ejemplo para ellos?”.

Tim Elmore. Gracias, Tim. Muchas gracias. Tim Elmore. Ha sido un placer.

 https://aprendemosjuntos.elpais.com/especial/prepara-a-tu-hijo-para-la-vida-no-la-vida-para-tu-hijo-tim-elmore/

viernes, 27 de enero de 2017

El vínculo entre la crianza de los hijos y el liderazgo

Tony Schwartz

El domingo por la mañana, mi nieto de 18 meses, Jonah, estaba preparado para ser el portador del anillo en la boda de su tía. Era una orden difícil de cumplir para un niño, caminar por el pasillo llevando un anillo con éxito, sobre todo porque la ceremonia estaba programada para comenzar una hora más tarde de la siesta que de costumbre echaba Jonah por la mañana. Podía ocurrir que lo viéramos deshecho.

Cuando comenzó la procesión de la boda, Jonah estaba en ella, pero estaba en los brazos de su padre bajando por el pasillo, Phil, y junto a su madre, Kate. Jonah es un niño inquieto, alegre y social, pero la combinación de fatiga y una gran multitud desafió a sus limitados recursos.

Me vinieron dos pensamientos. Uno era lo vulnerable y necesitado de seguridad y tranquilidad que un niño puede sentir en cualquier momento. El otro era que Jonah lo encontró en esta ocasión en los brazos de su padre.

La escena también me hizo pensar en una de las demandas no negociables de Paul Ryan cuando los republicanos lo estaban convenciendo para ser el presidente de la Cámara. "No puedo y no voy a renunciar a mi familia", dijo, refiriéndose a su esposa y sus tres hijos, de 13, 11 y 10 años. Como congresista, el Sr. Ryan viaja regularmente a Wisconsin para fines de semana de tres días. "Es su forma de oxígenarse estar aquí con su familia", dijo su esposa, Janna.

Se cumplieron las demandas del Sr. Ryan y fue elegido portavoz de la Cámara esta semana. No tengo ni idea de cuánto tiempo pasa con sus hijos, pero creo profundamente - y un creciente cuerpo de investigaciones confirma - que cuanto más tiempo y atención obtengan los niños de sus padres, mejor estarán en la vida.

El Sr. Ryan negoció bien para él y su familia, pero desafortunadamente, no para el resto de nosotros.

El nuevo poderoso orador no apoya la legislación que podría hacer más fácil para que los padres que trabajan tomen un mejor cuidado de sus niños. El mejor ejemplo es el proyecto de ley de Licencia Familiar y de Seguro Médico, que proporcionaría hasta 12 semanas de permiso pagado para que los empleados cuidaran a los recién nacidos o abordaran problemas médicos serios en la familia. El Sr. Ryan es el presidente del Comité de Medios y Vías de la Cámara de Representantes, que aún no ha adoptado la medida.

Estados Unidos es uno de los tres únicos países del mundo que no conceden licencia para mujeres después del parto manteniendo la paga (los otros dos son Papua Nueva Guinea y Surinam). Un número mucho menor de países impone una semana o dos de permiso de paternidad sin paga para los nuevos padres. Estados Unidos no está entre ellos.

¿Cuál es el incentivo para que las empresas intervengan donde nuestro gobierno está cayendo tan lamentablemente corto de miras?

El argumento en favor de la sociedad es claro y de sentido común. Para bien o para mal, nuestros hijos (y nietos) son nuestro futuro. Gracias al trabajo de investigadores como John Bowlby y Mary Ainsworth, sabemos mucho acerca de lo crítico que es para cada uno de nosotros construir un nivel básico de confianza y un apego seguro con nuestros cuidadores primarios a principios de nuestras vidas.

Cuanto más confiados los niños reciben el amor, la comodidad, el apoyo y el alivio de sus cuidadores primarios, aún más comúnmente sus madres, más seguros, saludables y eficaces se convierten en sus vidas.

Mi nieto Jonah recibe una cantidad extraordinaria de amor y atención de sus cuatro abuelos, que viven cerca, y visiblemente lo llena de deleite. Sin embargo, cuando se trata de la comodidad y la tranquilidad, si está molesto, Jonah casi invariablemente se vuelve a su madre o padre.

Aquí es donde la intersección entre el trabajo y la vida familiar comienza a ser más interesante. Por un lado, la investigación sugiere que los padres que trabajan y reciben una licencia remunerada cuando sus hijos nacen tienden a construir mejores vínculos con ellos a través del tiempo. No es sorprendente que los niños también se sientan mejor en la vida cuando crecen con dos padres involucrados.

Por otra parte, como informó The New York Times la semana pasada, una nueva investigación muestra que los niños luchan por cualquier desventaja temprana más que las chicas, y sobre todo por la ausencia de un padre involucrado. Las razones son complejas, pero una explicación probable es la ausencia de un modelo masculino.

En los hogares en los que los padres trabajan largas horas y asumen responsabilidades familiares limitadas, eso se convierte en la norma para sus hijos. De hecho, la mayoría de las mujeres siguen asumiendo la responsabilidad principal de criar a sus hijos. Como Robin J. Ely de Harvard Business School ha encontrado, muchos hombres a menudo se sienten obligados a sacrificar a sus familias para avanzar en su carrera, mientras que muchas mujeres se sienten obligadas a renunciar o recortar sus carreras para cuidar de sus hijos.

Las empresas sufren las malas decisiones de los padres tomadas por ambos sexos.

Los hombres, a quienes no se les permite ni se les anima a tomar el permiso parental, terminan privados del primer nivel de vínculo que les puede ayudar a convertirse en mejores padres al construir más capacidad para cuidar, empatía, vulnerabilidad, sintonía y conexión emocional.

Coincidentemente, estas son cualidades cada vez más críticas para los líderes que operan en una economía global altamente conectada. No es una sorpresa que las mujeres, que son alentadas a cultivar esas cualidades desde temprano en sus vidas, son constantemente calificadas por sus empleados como mejores líderes que los hombres.

Mi hija Emily vive en Amsterdam y está embarazada. Tanto ella como su esposo, Omri, están comprometidos a compartir la responsabilidad de ser padres. Han decidido seguir viviendo en los Países Bajos, en parte porque las políticas gubernamentales son mucho más favorables a la familia que en los Estados Unidos. Pero un factor aún mayor en su decisión es que la cultura de los Países Bajos apoya firmemente un verdadero equilibrio entre la familia y el trabajo para hombres y mujeres.

Estoy convencido de que hará que Emily y Omri - y cualquier otra persona con esa oportunidad - sean ambos mejores.

Tony Schwartz es el director ejecutivo de The Energy Project y el autor, más recientemente, de "La forma en que estamos trabajando no está funcionando". Twitter: @tonyschwartz

https://www.nytimes.com/2015/10/31/business/dealbook/the-link-between-parenting-and-leadership.html?rref=collection%2Fcolumn%2Flife-at-work&action=click&contentCollection=dealbook&region=stream&module=stream_unit&version=latest&contentPlacement=2&pgtype=collection

miércoles, 27 de julio de 2016

El difícil diálogo entre padres e hijos

Ceder en una confrontación verbal con un adolescente no es sinónimo de capitulación

Escuchar es clave para ayudar a crecer y para la salud de las relaciones paternofiliales


Algunos conflictos y rupturas surgen cuando ambas partes creen que tienen razón y no sueltan su idea. Esta actitud aporta seguridad, pero también alimenta el conflicto cuando el otro implicado –por ejemplo, nuestro hijo– opina algo distinto de nosotros. Debatir provoca en algunas personas un temor a perder la sensación de seguridad, a mostrarse vulnerables. Sienten que si ceden les han vencido. Pero si no hay diálogo, la ruptura en la relación está casi asegurada.

"Observando la miseria en las opiniones ajenas, sin adoptar ninguna, descubro la paz interior” Buda.

Las personas construimos una identidad a través de la narrativa: por cómo contamos nuestra historia personal y por cómo transmitimos nuestra opinión. Sentir que tenemos razón, con una opinión bien formulada y clara, es una manera de reafirmar esta identidad. Solemos considerar una debilidad el sentirnos inseguros. Pero mostrarnos dispuestos a modificarla y escuchar a los demás son en realidad indicadores de la fuerza de una persona. Es más sabio reconocer que uno no sabe y mantenerse abierto a otras perspectivas. Esto nos enriquece; nos ayuda a comprender y a decidir con más claridad. “Se produce un placer natural cuando hablamos con alguien que no lo sabe todo, que tiene la mente abierta y está dispuesto a escuchar”, ilustra el autor budista Jack Kornfield.

Juan llega a casa después de una larga jornada. Patricia, su hija de 17 años, está sentada en el sofá. Al poco rato se pelean: esta noche ella quiere salir con sus amigos y él no se lo permite. Juan no siente predisposición para el diálogo porque su mente está ocupada con los problemas del trabajo. Sin prestar la debida atención, su respuesta inmediata es “no”. Y, como adulto, puede exponer tantas razones como precise.

Por lo general, la hija utilizará recursos como “soy la única que no puede”, “todos mis amigos van a ir” o “me lo prometiste”. Argumentos que a menudo no serán considerados como tales por los padres, lo que llevará a la hija a rebelarse. Si los adultos reconocen sus puntos fuertes, ella no sentirá que debe definirse tanto por oposición. Aun así, la reacción es inevitable, y al padre le cuesta aceptarla porque siente que se cuestiona su autoridad. Juan debe plantearse en qué se basa esa influencia sobre Patricia. ¿En el miedo, el respeto, el amor o la confianza? “Que mi hijo cuestione mis enseñanzas no tiene por qué afectar a mi influencia”, sostiene Clara, una madre, “pero si me muestro insegura, no me hará caso. Mi autoridad se basa solo en mi experiencia. Pero, precisamente, la inocencia de los hijos puede hacerles más sabios. Hay que ser honestos y, cuando se oponen frontalmente, debemos recordar que les estamos educando. No se trata de nada personal entre ellos y nosotros”.

Educar no consiste en introducir información, sino en sacar a la luz la verdadera personalidad de alguien. Con los hijos a veces no se trata de dar razones, sino de ayudar a descubrir y predicar con el ejemplo. Se pueden plantear propuestas que comporten una responsabilidad por parte de los hijos y que demuestren confianza por parte de los padres. Las imposiciones tajantes no suelen funcionar. “Un día mi hijo estaba viendo un programa basura”, cuenta Clara. “Debía de tener 12 años. Le propuse que cambiara de canal y él defendió su libertad de elegir diciendo que si tenemos tele es para verla. Le pregunté si le parecería normal que le prohibiese beber un vaso de cianuro, y contestó que sí. ‘Pues para mí’, expliqué, ‘esto envenena tanto tu mente como el cianuro tu cuerpo’. Apago la tele para protegerte de algo, aunque desconoces el daño que te va a hacer. Y ahí se acabó la historia”.

Ejemplos como el siguiente ilustran que quizá no se trate solo de tener razón. “Mireia, mi hija, es rebelde”, explica Francisco, otro padre. “Si le impongo un límite tengo asegurado un conflicto, o que me mienta. Eso no es lo que quiero”. Expone una posible solución. “Una vez, al llegar a casa por la tarde, la encontré viendo la televisión. Le pregunté qué pasaba con los deberes. Le dije que me gustaría que se supiera administrar. ‘Te pediría que apagaras la tele, pero entonces nos enfadaríamos’. La dejé allí, acepté que ella escogiera y yo renuncié a obligarla. Al cabo de media hora la tele estaba apagada, y ella, en su habitación”.

Al plantear un límite, si uno se mantiene abierto al desacuerdo, y escucha y respeta, puede llegar a un mejor entendimiento. La pregunta para Francisco sería: ¿está dispuesto a recibir un “no”, a que ella no haga los deberes? ¿Está dispuesto a escuchar qué quiere su hija? Cuando ella se niegue, la actitud de su hija no debería impedirle interesarse por sus motivos. Se trata de mantenerse abiertos al diálogo sabiendo que se puede poner un límite a los hijos después de escucharlos. Francisco lo explica así: “Quiero que sean conscientes de que he escuchado lo que quieren, y que aun así mantengo mi postura. Lo hago si creo que es por su bien y está conforme con mis valores”. No perder la conexión a pesar de la negativa de la hija es todo un arte.

En ocasiones, no es tanto el contenido de la discusión, sino la forma, lo que produce el conflicto. Al hablar con irritación y con palabras impositivas uno provoca reacciones defensivas. Los enfados calientan el ambiente y no permiten un diálogo sereno. Discutir desde el “tengo razón” genera una distancia entre las partes, e incluso puede quebrarse su conexión. Por eso es importante no dejar las cosas a medias. Javier, un cuarto caso, cuenta: “Cuando discutíamos en casa, mi padre nunca abandonaba a medias la discusión. Decía: ‘Mañana seguimos’. Las cosas importantes hay que finalizarlas. No puede quedar pendiente un sinsentido o una herida. Su enfoque era hablar de ello al día siguiente, después de dejar que se enfriaran los ánimos”. Esto sirve con los hijos, pero también en las relaciones de trabajo y entre los amigos.
Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo" Ludwig Wittgenstein

Si perdemos la conexión entre las partes y se quiebra la relación, ¿merece la pena mantenerse en sus trece? Javier intenta proyectar suavemente sus razones sobre sus hijos. “Permito que corran su carrera. Intento dejar que se equivoquen”. Consiste en dar espacio y permiso para que el otro crezca a su ritmo.

En pareja, es importante hacer equipo. Cuando no hay acuerdo respecto al conflicto con un hijo, conviene hablarlo y decidir en qué va a ceder cada cual, o quién va a llevar la voz cantante. Cuando ellos perciben un ­desacuerdo entre sus padres, se arriman al sol que más calienta. Esto resulta nefasto, porque divide. La clave para establecer acuerdos está en saber qué es importante para cada uno, en respetar y compartir el criterio de la pareja.

"Si deseas conocer la verdad, solo tienes que dejar de atesorar opiniones” Seng T’san

Sea cual sea el paso que deba darse, casi siempre corresponderá a los padres plantear cambios en la relación con los hijos. Se trata de que estos dejen de ver a sus progenitores como a los abominables seres del no, y de establecer conjuntamente acuerdos y límites.

Los progenitores deben mirar a su hijo como a alguien que va en su mismo barco, y que se enfrenta a las mismas preguntas que ellos se plantearon a su edad. “Me acerca a ellos el seguir cuestionándome las cosas”, explica Clara. “Cuando exponen sus razones, muchas veces están tratando de definir quiénes son. Ayudarlos a conocerse a sí mismos me facilita la salida del enfrentamiento”.

Más que de tener razón, se trata de apelar a ella. Está en las manos de los padres que la vida con sus hijos consista en una relación de crecimiento, en lugar de convertirse en una contienda de desgaste mutuo.

VIRTUD NEGOCIADORA
El difícil diálogo entre padres e hijos

Cuando dos personas se enfrentan, es imprescindible llegar a un acuerdo para no perpetuar el conflicto y sanear la relación. Roger Fisher y William L. Ury, de la Universidad de Harvard, se centraron en la psicología del diálogo en su libro Obtenga el sí. El arte de negociar sin ceder. En él señalaron la importancia de determinar qué necesidades son inamovibles y cuáles flexibles para que pueda terminarse la discusión con éxito. Negociar es un arte que utilizamos en todos los ámbitos: el personal, el político y el profesional. Hay quien cree que en toda discusión una de las partes debe ganar, aplastando al oponente, y la otra debe ceder. Pero existen alternativas.

Estos autores plantean las siguientes propuestas:

1. No identifique a las personas con el problema. 
2. Céntrese en los intereses, no en las posiciones. 
3. Ofrezca opciones que beneficien a ambas partes e 
4. insista en utilizar criterios objetivos.

http://elpais.com/elpais/2015/03/13/eps/1426266785_376459.html

martes, 19 de enero de 2016

Por qué no entendemos lo que leemos. Las lecturas escolares sin guía y la falta de diálogo entre padres e hijos, entre las causas del déficit de comprensión lectora.

Leer no solo consiste en juntar palabras, ser un buen lector es más difícil de lo que parece.

La investigadora de Harvard Paola Uccelli, de 46 años, ha dedicado toda su vida a analizar por qué algunos estudiantes no son capaces de entender los textos técnicos, una destreza de vital importancia para el éxito académico y laboral.

Tres parecen ser los factores principales:

a)-El desconocimiento de los profesores, que asumen que los alumnos se familiarizan con ese tipo de lenguaje de forma natural y no guían las lecturas;

b)-La ausencia de actividades extraescolares, que potencian el aprendizaje de vocabulario no coloquial;

c)-Y la falta de diálogo entre padres e hijos.

“Se cree que el lenguaje se adquiere hasta los cinco años, pero nuestra investigación ha demostrado que la adolescencia es una etapa clave para asentar estructuras gramaticales complejas”, explica Uccelli. Durante el último lustro ha evaluado, junto a un equipo de seis investigadores de  Harvard Graduate School of Education, las destrezas de comprensión lectora y capacidad de expresión de 6.000 estudiantes de 9 a 14 años de Estados Unidos y de 850 de Chile. Una de las principales conclusiones del estudio, que todavía está en marcha, son las “enormes” diferencias individuales entre alumnos de la misma clase.

“Hasta la fecha la mayoría de las investigaciones se habían basado en detectar deficiencias de carácter clínico, patologías que afectan al aprendizaje. Nuestra principal aportación es que hemos analizado las habilidades de los chicos para entender y usar conectores o estructuras gramaticales propias del aula”, señala Uccelli.

¿Por qué es tan importante el lenguaje cuando la demanda de profesionales está cada vez más ligada a las ciencias, la tecnología, las matemáticas y la ingeniería? Los estudiantes de hoy tendrán que adaptarse a las profesiones del futuro que aún no existen, apunta Uccelli, y el aprendizaje autónomo es clave. Quien no domine el lenguaje estará limitado y no será capaz de transformarse y cumplir con las exigencias del mercado, opina.

En España, la comprensión lectora es una de las carencias más señaladas por los expertos. El último informe PISA, la evaluación de la OCDE que mide los conocimientos de los alumnos de 15 años en 65 países, dejó a España en el puesto 31 con 448 puntos. La media se sitúa en 496.

En tercero y cuarto de primaria se empiezan a introducir en las escuelas los textos académicos, piezas que tratan temas que ya no les resultan familiares a los estudiantes y que presentan estructuras más complejas. “Muchos chicos tienen dificultades para superar ese reto, no lo hacen de forma espontánea. Es necesario que los profesores les guíen antes de proceder a la lectura y les avancen con qué se van a encontrar”, asegura Emilio Sanchez, catedrático de Psicología de la Educación en la Universidad de Salamanca y coautor de algunas investigaciones junto a Paola Uccelli.

Tras grabar y analizar las clases de 80 profesores de primaria de centros públicos y privados de diferentes regiones españolas, Sánchez y su equipo concluyeron que en el 60% de los casos los docentes no explican de antemano a sus alumnos el tipo de tema que se va a leer y los elementos que se van a encontrar. “Es esencial que se cuente previamente de qué trata, por ejemplo, del cambio climático, y que hay tres argumentos que explican ese fenómeno, incluso incentivar a los estudiantes a que intenten encontrar el primero, luego el segundo y el tercero, con un orden”, añade el profesor. Ya no vale aquello de “niño, lee”.

Según los resultados de su estudio, en el 40% de los casos los docentes hacen, al menos, una introducción temática. “No estamos juzgando a los profesores, que seguramente no son conscientes de las repercusiones de esa falta de guía. Este país debe fijar qué aspectos de la educación hay que mejorar. En el caso de la compresión lectora, hace falta voluntad política”, destaca.

Uno de los inconvenientes de no procesar bien los textos académicos es la desconexión de los alumnos con las tareas escolares. “No solo se descuelgan, sino que más adelante pueden tener problemas en su acceso a la universidad. Tienen que tener conciencia desde el principio de que los textos tienen diferentes estructuras; deben saber reconocer, por ejemplo, un texto comparativo”, añade.

Otro de los factores que, según Paola Uccelli, influyen en la comprensión lectora es la falta de interacción con los padres. No se trata de hablar sobre temas cotidianos como la comida, sino sobre ideas que requieran un lenguaje más preciso. “Por la prisa, las conversaciones en casa se resienten o no tienen lugar. La interacción con adultos es necesaria, los niños se benefician del lenguaje que escuchan”, destaca la investigadora.

En 2012, la estadounidense Shirley Brice Heath, profesora de lingüística de la Universidad de Stanford, publicó un estudio que aseguraba que de los 89 minutos de media que los jóvenes estadounidenses de 14 años pasaban conversando con sus padres en 1979, se había pasado a solo nueve minutos en 2009.

Las actividades extraescolares también afectan en el proceso de adquisición del lenguaje, pero en este punto, juega un papel primordial el nivel socioecónomico de la familia. “No es lo mismo acudir por las tardes a clases de música o de teatro que estar en la calle jugando con otros chicos. El lenguaje se aprende por repetición y se necesita a alguien más experto que guíe la actividad”, precisa Uccelli.

Según una encuesta de Pew Research Center, un think tank sobre tendencias en Estados Unidos con sede en Washington, las familias acomodadas se rigen por calendarios, sus hijos tienen las tardes repletas de actividades extraescolares como ballet o fútbol y los progenitores dedican tiempo a leer con sus niños. En cambio, los niños de las familias con menos recursos, suelen pasar su tiempo libre en casa o en la de otros familiares; disponen de menos tiempo y recursos para dedicar a sus hijos y ello puede conllevar que estén menos preparados para la escuela y el trabajo.

En su libro Unequal Childhood: class, race and family life, la profesora de sociología de la Universidad de Pennsylvania Annette Lareau señala que mientras los padres de clase media intentan que sus hijos desarrollen sus habilidades con una supervisión férrea y con actividades programadas, los de clase obrera les dan mayor independencia y tiempo libre para el juego porque creen que se desarrollarán de forma natural. Mientras los hijos de las familias más humildes son más felices y más independientes, los de las más pudientes esperan que sus padres les solucionen los problemas, pero desarrollan más habilidades para manejar la burocracia y tener éxito académico y laboral. La desigualdad también afecta a la comprensión lectora.

http://economia.elpais.com/economia/2016/01/11/actualidad/1452504086_366478.html

jueves, 22 de enero de 2015

Carta a la escuela de unos padres agradecidos a sus maestros

Mi médica de familia, una excelente profesional de la salud y aún mejor persona, si esto es posible, me manda la carta que ella y su marido le escribieron a los profesores de su hijo pequeño cuando éste acabó la enseñanza primaria. Reproduzco a continuación el texto:

“El menor de nuestros hijos ha completado su etapa escolar y, por ello, queremos haceros llegar esta carta que quiere ser a la vez de despedida y agradecimiento.

Durante todos estos años han recibido el mejor regalo que jamás obtendrán en la vida, aunque ellos aun no lo saben. Lo que han aprendido durante este tiempo de vosotros es la base del resto de todo su conocimiento, y no nos referimos solo al académico porque “saber” es necesario para ¡tantas cosas!…

En adelante, cada vez que lean el periódico, obtengan el carnet de conducir, mantengan una conversación, comprendan una película o hablen en público, estarán aplicando sin saberlo, todo lo que les habéis enseñado; ese tesoro compuesto de cosas necesarias como leer, resolver problemas, escribir, conocer el curso de los ríos, pensar, preguntar, saber los estados de la materia, hablar correctamente, conocer los números naturales, responder, dominar las reglas gramaticales, estarse quieto, mejorar, ser diferentes, saber qué es un pentagrama, perder, criticar entender en inglés, tolerar, expresar ideas y, sobre todo, tenerlas…

Gracias a todos y a todas y especialmente a… (aquí aparece el nombre de ocho profesores y seis profesoras).

Intentaremos que ellos mantengan las ilusión de aprender como vosotros mantenéis la ilusión de enseñar.

Un abrazo”.

Ojalá hubiese muchos padres y madres así. Personas conscientes de la importancia de la educación y sensibles respecto a la importancia de la tarea de quienes dedican su vida a la enseñanza. La tarea de la familia es decisiva.
Fuente: Miguel Ángel Santos Guerra.
http://blogs.opinionmalaga.com/eladarve/2015/01/10/gracias-por-ensenarme/

domingo, 7 de septiembre de 2014

Los hijos más inesperados. Andrew Solomon firma un conmovedor libro sobre las implicaciones de ser padre


Seres humanos, no simplemente casos. Este es un libro con nombres propios, que muestra hasta qué punto el conocimiento comporta el enigma y el misterio de lo imprevisto y de lo inclasificable de la vida. Más exactamente, el dolor y el sufrimiento, o el encuentro con formas inauditas de sentido y hasta de alegría, en situaciones verdaderamente límite. Es un libro sobre las relaciones entre padres y madres y sus hijos e hijas, y no un catálogo que pretende clasificar experiencias, muchas de las cuales se ordenan como enfermedades o anomalías, algo sin duda polémico para quienes desconfían, con razón, de la tipificación de “lo normal”. Baste el índice para ratificarlo: “Hijo, Sordos, Enanos, Síndrome de Down, Autismo, Esquizofrenia, Discapacidad, Prodigios, Violación, Crimen, Transgénero, Padre”. Con trescientas páginas de bibliografía, índices y notas, y aún más en su edición digital, el volumen, que supera las mil, muestra una decidida voluntad de corresponder a los avatares y progresos de la ciencia, también en su dimensión social y humana. Los terrenos son, sin embargo, tan resbaladizos y los avatares de la existencia tan desconcertantes que pronto comprendemos, a pesar de su atractiva lectura, que ni es tan fácil, ni tan posible saber en muchas ocasiones qué es mejor. Más concretamente, qué es mejor hacer.

Andrew Solomon, profesor de psiquiatría en la Universidad de Cornell, tras ser reiteradamente galardonado con El demonio de la depresión, se muestra también en esta ocasión concernido, hasta conmocionado, más allá de su voluntad de presentar un estudio elaborado, en al menos diez años, con alrededor de trescientas familias que han aprendido a vivir, a convivir y a sobrevivir en situaciones de enorme complejidad, incluso extremas. La propia historia de Solomon se ofrece como una suerte de relato de alumbramiento. “Emprendí esta obra para perdonar a mis padres y la concluí concibiendo un hijo. Comprender el pasado me ha dado libertad para vivir el presente”. “Solo reconocí que era gay cuando comprendí que la homosexualidad no tiene que ver con la conducta, sino con la identidad”. Tal vez únicamente en este sentido define su obra como de autoayuda, como una suerte de proceso para convertirse en padre, en creador y descubridor, más aún que en reproductor, para proyectar y aceptar simultáneamente. “Este es un manual para aprender a ser receptivo”, para “tolerar aquello que no puede curarse y una ilustración de que curar, aunque sea factible, no siempre es lo apropiado”. Se trata de elegir, de poder elegir. Y en esto no se sabe qué es peor, estigmatizar o atribuir un aire romántico a lo que nos enfrentamos.

En cada página del libro hay algo que problematizar o discutir, algo que cuestiona nuestras posiciones o prejuicios, que nos inquieta, que nos da que pensar, que nos convoca a debatir. No nos deja indiferentes. Todos sentimos más o menos cerca la irrupción de lo más inesperado. Ni los imprescindibles diagnósticos y pronósticos logran finalmente esquivar lo que llega a calificarse en el libro como “un sufrimiento infinito”, que conlleva en determinados momentos la necesidad de los padres de proteger de su propia desesperación a sus hijos. No falta aliento, ni ánimo, ni fuerzas, pero tampoco Solomon claudica ante fáciles alivios o consuelos. Se trata de afrontar y de procurar acompañar, de cuidar y de remediar, pero sin precipitarse en el uso de la palabra “enfermedad”, ni en el abuso de la palabra “curar”. Llega a decirse que es una puesta en duda y en evidencia de las diversas formas de amar y de los conceptos divergentes del amor, y de entender lo que cabe esforzarse por hacerlo cuando hay que cruzar líneas divisorias. Tanto que Solomon viene a señalar que “la pasión confunde, y la mayoría de estos padres actúan de tal modo arrastrados por ella que identificarla como amor o como odio es quitarle importancia. Ellos no saben lo que sienten; solo conocen la fuerza de su sentimiento”. Las historias y las experiencias de estas relaciones no permiten precipitadas tomas de posición. Se trata, en ocasiones, de buscar simplemente no hacernos daño cuando la autonomía tarda en llegar, y ya cuesta esperarla.

Se precisa, sin embargo, intervenir. No son espacios de pasividad. Y hay conocimiento y oficio y ayuda, y es necesario buscarlos, requerirlos, pero ello no siempre libera de lo que incluso la palabra “temor” parece no alcanzar a decir. Y hay entrega, la que Solomon encuentra hasta extremos insospechados. “Si un ángel glorioso descendiera de los cielos hasta mi salón para decirme que me cambiaría mis hijos por otros que fueran más listos, amables, divertidos, cariñosos, disciplinados o dotados, me aferraría a los que tengo y, como la mayoría de los padres, le rogaría a ese atroz espectro que volviera por donde había venido”. No es simple resignación, es expresión de una sociedad para Solomon cada vez más diversa y tolerante. La regularización, la inclusión, la desinstitucionalización, el movimiento por los derechos de los discapacitados y las políticas de identidad son el camino. Y esta tarea nos compromete. Más aún, Solomon no olvida el valor y la generosidad de tantas personas para abrazar la más inesperada y concreta diferencia.

Lejos del árbol. Andrew Solomon. Traducción de Sergio Lledó Rando y Joaquín Chamorro Mielke. Debate. Barcelona, 2014. 1.064 páginas. 39,90 euros (electrónico: 12,99)
Fuente: El País, Babelia.

viernes, 4 de abril de 2014

La escuela permeable

Una mayor implicación de las familias mejora los resultados
Algunos colegios obstaculizan la participación externa, pero no todos los padres están dispuestos a trabajar con el maestro


Las familias deben implicarse en la educación de sus hijos. Eso nadie lo duda y los estudios avalan la mejora de los resultados académicos cuando eso ocurre. Pero no todos los padres están animados a participar de la vida escolar, ni todos los centros abren sus puertas al exterior para que la formación de los niños fluya también de fuera a dentro. Se trata, dicen los especialistas, de fomentar las vías de participación y comunicación entre escuela y familias, mejorar la predisposición a colaborar de ambas partes y favorecer la conciliación laboral con el horario escolar, como principales medidas. Pero no es fácil, y cada vez que se menciona un problema educativo, como los malos resultados de los alumnos españoles en la prueba de resolución de problemas cotidianos, se desentierran las culpas. ¿Qué responsabilidad tienen las familias y cuánta los docentes?

“Tras unos años en que las familias casi eran apartadas de las escuelas porque se pensaba que la educación debía quedar solo en manos de expertos, ahora se ha pasado a implicarlas más en todo el proceso”, explica Ismael Palacín, director de la Fundación Jaume Bofill, experta en temas educativos. Y añade que “se ha pasado incluso a culpabilizarlas” de los malos resultados de los estudiantes.

De la importancia de la implicación de las familias en el rendimiento de los estudiantes da cuenta el informe PISA 2009. En aquellos casos en que los padres leían a sus hijos a menudo durante el primer año de primaria, los adolescentes obtuvieron 25 puntos más de media que sus compañeros. Diferentes estudios coinciden en que los padres cada vez están más encima de los estudios. El 80% de los niños de primaria reciben ayuda y el 45% de los de secundaria, según la Encuesta sobre los hábitos de estudio de los niños españoles de TNS Demoscopia.
Fuente: El País.

jueves, 21 de noviembre de 2013

Tengo un hijo adolescente

Ya no son niños pero tampoco adultos. Comunicación y empatía son claves para evitar conflictos
Los mayores problemas: fracaso escolar, cruzar los límites y el inicio de las relaciones sexuales


– “Hola, María, ¿cómo estás?, cuánto tiempo sin verte. ¿Y tu niña? ¡Debe estar enorme!”.
– “Sí, Marta, enorme, es toda una señorita. ¡Fíjate si ha crecido que hasta usa mi ropa!”.
– “¿Qué me dices? Pues ahora es cuando empiezan los problemas, hija, se vuelven insoportables. Lo recuerdo con horror… quita, quita. Te deseo suerte, Marta, y átala corto, que no veas cómo están las niñas a esta edad”.

Parece que existe una relación directa entre la adolescencia y los conflictos, tan directa, que los padres están a la espera de que lleguen los problemas. El cerebro de los padres de adolescentes despliega un radar con el que detectan los problemas, las malas caras, la ropa que les disgusta, la música, la falta de comunicación y una larga lista de rechazos. Pero no lo aprecian solo porque sea algo diferente, sino porque es “lo que toca”. Por el contrario, dejan de centrar la atención en lo que podría ser una fuente de satisfacción; sencillamente, no cuentan con ella. Son adolescentes, los han etiquetado, tienen sus prejuicios y estos son muy difíciles de modificar.

Sus hijos son fruto de lo que usted proyecta, de la educación en valores, de lo que traen en su pequeña mochila, de lo que van interiorizando de sus iguales, sus maestros y otras fuentes de influencia. Hay padres que educaron con ejemplaridad, y aun así salió mal porque no todo es controlable. Pero si genera un ambiente de comunicación, confianza y seguridad, aumenta la probabilidad de reducir conflictos.

Tres de los mayores problemas con los que se enfrentan los padres de adolescentes son el fracaso escolar, cruzar los límites y el inicio de las relaciones sexuales. Atento a los consejos.

FRACASO ESCOLAR
1. Nuevas emociones. Los chicos conviven con un nuevo animal doméstico, el pavo, del que además hacen partícipes al resto de miembros de la familia. Idolatran las amistades, se enamoran, lloran, encuentran nuevas emociones, dan valor a las marcas y se desgañitan por sus cantantes favoritos.

A los padres les cuesta comprender esta etapa de la vida y en lugar de interesarse por lo que les fascina ahora a sus hijos, dirigen la atención a lo que resta. Dicen que les dedican mucho tiempo a sus redes sociales, que le quitan tiempo al estudio, que hablan largas horas por teléfono y que están todo el día de risitas. Y así no pueden estar concentrados en lo importante: estudiar.

2. ¿Cómo podemos ayudarles? Inculque un hábito de estudio desde primaria. Y convierta este hábito en innegociable. Priorice en casa el deber por encima del placer. Eduque en valores, no hay recompensa sin esfuerzo. Si lo aprenden desde pequeños, será más sencillo que lo sigan respetando y aceptando de adolescentes.

Respete la intimidad de sus hijos. Si ha hecho sus deberes y ha cumplido con las tareas domésticas, deje que organice el resto de su tiempo. Lo que usted cree que es divertido, para ellos igual ha dejado de serlo. Puede que prefieran chatear antes que jugar a los juegos de mesa de toda la vida. Eso sí, todo dentro de unos límites. Participe en lo que es importante para sus hijos, haga un pequeño esfuerzo. Seguro que a sus padres tampoco le hacían gracia los Hombres G, Duncan Dhu o Loquillo. Pregúnteles qué escuchan, sobre qué temas chatean y comparta con ellos cómo se relacionaba usted en su adolescencia. Si quiere ser algo amigo de sus hijos, tenga conductas típicas de la amistad, como hablar de lo que a ellos les interesa.

Tenga en cuenta sus resultados, pero también su rendimiento. Con la adolescencia coincide también el cambio de ciclo a la ESO. A muchos alumnos les cuesta adaptarse al instituto, al hecho de ser más independientes y organizarse solos. Concédales un periodo de ajuste. Valore si se esfuerzan, si dedican tiempo a sus estudios, valore su responsabilidad, no solo las calificaciones. Las notas son el termómetro, pero no siempre son el reflejo del esfuerzo y la actitud que puedan tener sus hijos.

CRUZAR LOS LÍMITES
1. Querer pertenecer al grupo. A ningún padre le gusta encontrarse con un adolescente borracho. Y a todos les horroriza la posibilidad de que consu­man drogas: porros, cocaína, pastillas o cualquier sustancia que pueda ocasionar daños a la salud.

Muchos adolescentes prueban las drogas porque no saben decir no al líder del grupo. Esta actitud significaría no identificarse con lo que manda el cabecilla y, por tanto, sentirse excluidos. Otros adolescentes se inician en las drogas por curiosidad, les gusta experimentar emociones fuertes o llevar la contraria a quien se lo ha prohibido.

Y muchos otros lo hacen por evadirse de sus problemas y por no enfrentarse a la realidad de lo que no funciona: ser tímido, tener problemas para relacionarse o vivir en un ambiente familiar hostil en el que no se sienten queridos o comprendidos.

2. Posibles soluciones. Cuide su comunicación con ellos. Si es un padre autoritario y que no da explicaciones, sepa que está alejando a sus hijos de usted. Trate de ser comprensivo y cariñoso. Cree un ambiente en el que su hijo pueda expresarle sus miedos, la relación que mantiene con sus compañeros y cómo se siente dentro de su grupo.

Trate de fortalecer la autoestima de sus hijos. Valore sus virtudes, elogie sus progresos, su actitud, dígales que son buenos y que los quiere de forma incondicional. No haga juicios de valor ni dé respuestas mostrando lo horrorizado que está ante los comentarios de sus hijos. Reflexione y espere el momento adecuado para hablar de lo que no comparte.

Informe y forme a sus hijos sobre las drogas. Muéstreles la cara dura de la droga, las consecuencias a nivel de salud, el daño a terceros y la miseria que puede generar en el núcleo familiar. No se trata de crear pánico, se trata de que sepan cuáles son las consecuencias.

Entrene a sus hijos en habilidades sociales. Enséñeles a decir no, a defender sus derechos y a que no tienen la necesidad de identificarse con todo lo que el grupo hace.

Cree un ambiente de sincera confianza, en el que sientan que pueden confesarle secretos sin que se vean censurados. Pruebe a preguntar si desean sus consejos en lugar de decirles lo que tienen que hacer.

Cuando crucen los límites, ponga un castigo. No lo haga justo en el momento en el que usted está alterado, porque será exagerado, después se sentirá mal y se lo querrá levantar. Medite qué merece su hijo y trate de que el castigo sea reparador y educativo. No negocie con los castigos, a pesar de las rabietas, las malas caras y el chantaje emocional.

INICIO DE LA ACTIVIDAD SEXUAL
1. Momento de curiosidad. La conducta sexual está relacionada con la actividad hormonal, y es en esta edad en la que la curiosidad despierta en los chicos. Sienten deseo, tienen ganas de experimentar la masturbación y de besarse con sus parejas. Por mucho que evite el tema, no podrá controlar la conducta sexual de sus hijos. De hecho, las estadísticas afirman que algunas niñas inician sus relaciones sexuales cuando solo tienen 13 años.

Lo ideal sería que la conducta sexual comenzara de forma gradual y que cuando la persona tenga la madurez psicológica y la edad apropiada, diera el paso, voluntario por ambas partes, de tener relaciones completas.

2. Ofrézcase a dar explicaciones. Hable a sus hijos sobre el sexo con normalidad. Saque el tema en un momento oportuno, pregunte sobre los amigos de sus hijos, si salen con ellos y si ya tienen novio; si les han dado información sobre la prevención de embarazos y de enfermedades de transmisión sexual (ETS) en el instituto. Ofrézcase a dar explicaciones y ser de ayuda cuando lo necesiten. Indíqueles que cada conducta sexual tiene su momento, que no es aconsejable vivir etapas para las que uno no está preparado y que usted está ahí para aconsejar en todo lo que le soliciten. Explíqueles a sus hijos que no hay ninguna relación directa entre amar a una persona y tener que mantener relaciones sexuales.

Facilite métodos anticonceptivos si sabe que sus hijos son sexualmente activos o si lo intuye. Téngalos en casa en algún lugar donde puedan cogerlos sin sentir vergüenza. Siempre será mejor que se protejan a sufrir embarazos no deseados y ETS.

Si no espera cosas buenas de sus hijos, no las encontrará. Si desea disfrutar de la adolescencia, igual debería no solo desearlo, sino participar en el proceso.

PELÍCULA
"An education". Lone Scherfig

LIBROS
‘Vivir con un adolescente’ Sònia Cervantes. Editorial Oniro
Gestionando adolescentes. Leo Farache. Wolter Kluwer.
CANCIÓN
‘16 añitos’. Dani Martín

Fuente: El País.
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