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jueves, 5 de septiembre de 2019

Pasado y presente. Conocer y aceptar la historia crea ciudadanos dotados de mayor sentido crítico, más responsables, más independientes, capaces de enfrentarse con autoridades abusivas y de defender derechos propios y ajenos

El pasado alemán, manchado por el desencadenamiento de las dos guerras del siglo XX y por el genocidio judío, ha dado lugar a múltiples trabajos históricos y a muy sustanciales reflexiones ético-políticas sobre el papel del mal en las comunidades humanas o la alteración de la conducta personal en situaciones emocionales masivas. Sobre ello vuelve también Los amnésicos,libro de la periodista e investigadora francoalemana Géraldine Schwarz. Pero lo supera y sugiere otras muchas cosas.

Schwarz establece, para empezar, la responsabilidad de todos los alemanes en lo ocurrido: exceptuando, naturalmente, a los oponentes activos al nazismo —que bien caro lo pagaron—, la sociedad no se opuso a la escalada de medidas antisemitas de 1933-1938, como no se opuso a la matanza posterior, ni puede simular que no supo lo que estaba ocurriendo. Pero la responsabilidad se extiende igualmente a franceses, italianos, húngaros, polacos o tantos otros, que tampoco protegieron a sus judíos amenazados. Aquellas sociedades —todas desgarradas internamente, ante aquel conflicto, y todas plagadas de colaboracionistas— coincidían sin embargo en 1945 en percibirse a sí mismas como meras víctimas de los nazis.

La autora distingue, por supuesto, grados de responsabilidad, sobre todo individual. No es lo mismo pasividad que aquiescencia, delación, lucro aprovechando la situación o apoyo entusiasta. Pero reconoce la dificultad de atribuir responsabilidades colectivas, es decir, de dividir con trazos gruesos a las comunidades que viven situaciones traumáticas en grupos de verdugos y víctimas. Una dificultad que aumenta cuando se proyectan tales culpas sobre las generaciones siguientes. Porque, sobre todo en enfrentamientos ideológicos —los étnicos perviven más—, el tiempo diluye las identidades, los descendientes de los protagonistas originarios no siempre perpetúan las posiciones políticas de sus padres o abuelos e incluso se mezclan y tienen hijos comunes. Tampoco es lo mismo sufrir personalmente una dictadura, una guerra civil o un genocidio que oírselo contar a nuestros padres; y no digamos vivirlo como tercera generación, a través de nuestros abuelos. Si la memoria individual es traidora, la trasmitida puede acercarse a la pura distorsión.

A partir de 1945, la conciencia alemana frente a aquel pasado sucio evolucionó. Adenauer negaba cualquier colaboración de la población con el nazismo, a la vez que integraba sin pudor a los cuadros del NSDAP entre las élites de la nueva República Federal. En los sesenta, la rebelión universitaria y la libertad sexual facilitaron el distanciamiento y la denuncia del pasado nazi. Y en los ochenta estalló la disputa de los historiadores, o Historikerstreit: conservadores como Ernst Nolte exoneraban al país del nazismo, ocasional extravío causado por un grupo de criminales; el filósofo Jürgen Habermas y los historiadores “sociales”, en cambio, interpretaban las tragedias del siglo XX como culminación del Sonderweg, o “camino excepcional”, alemán, dominado desde Bismarck por un nacionalismo beligerante.

Con lo que finalmente se abrió el baúl de los recuerdos y las denuncias, que acabaron siendo en la Alemania occidental más completas que en cualquier otro país europeo. Alemania se convirtió en el modelo de un buen “trabajo de memoria”; lo cual permitió construir una sociedad civil y una democracia excepcionalmente sólidas. A partir de su reflexión sobre lo ocurrido, los alemanes interiorizaron unos valores y un espíritu crítico cruciales para una convivencia en libertad: al repudiar extremismos, dirigentes providenciales y discursos de odio contra otras comunidades, adquirieron mayor sentido de la responsabilidad. Síntoma, o consecuencia, de todo ello fue su generosa reacción ante la crisis de los refugiados sirios. No sólo la oficial. Cientos de ciudadanos recibieron los trenes de refugiados con pancartas multilingües de “¡Bienvenidos!” y bolsas de comida, agua, ropa, pelotas u ositos de peluche. Aquellos trenes de 2015 redimieron a Alemania, si tal cosa fuera posible, de los de 1942-1944.

Esta es la idea central del libro: que una aceptación honesta y crítica del pasado permite el desarrollo de actitudes democráticas y tolerantes en el presente. Cuando uno comprende que sus padres, sus abuelos, su comunidad, fueron responsables directos o indirectos de algunas barbaridades, cuando uno acepta la dificultad de atribuir con nitidez culpas colectivas, cuando uno se da cuenta de lo fácil que es convertirse en perseguidor, o consentidor de la persecución, cuando uno entiende las muchas caras de la historia y las confusas identidades que ha heredado, es probable que hoy esté más dispuesto a convivir con otras culturas, otras lenguas, otras creencias, otras posiciones políticas. En cambio, los educados en un mundo mental aislado, que sólo celebra los heroísmos y lamenta los sufrimientos de sus antepasados, que únicamente se percibe como descendiente de víctimas inocentes y nunca como heredero de vilezas, tienden a adoptar hoy posiciones de intolerancia, de simpleza ideológica, de repudio hacia el extranjero, de nostalgia fascista.

Dicho de otra manera: la multiculturalidad, la aceptación del diferente, el reconocimiento de sus derechos, a la vez que la fuerte convicción de los nuestros, se derivan de la comprensión de la complejidad de los problemas pasados; lo cual es un síntoma de personalidad sólida, y no débil, como tiende a creer el llamado sentido común, criadero de demagogias. La amnesia, en cambio, la ignorancia, la simplificación y sacralización del pasado, llevan al dogmatismo y al odio hacia los diferentes; indicio, de nuevo, de cualquier cosa menos de principios fuertes. Conocer y aceptar la historia, comprender las muchas maneras de evaluar las culpas ante los crímenes y tragedias ocurridos, ser consciente de la fragilidad de las identidades heredadas, crea ciudadanos dotados de mayor sentido crítico, más responsables, más independientes, más capaces de enfrentarse con autoridades abusivas, de defender los derechos y libertades propios y reconocer los ajenos.

Nuestra experiencia lo ratifica diariamente. Los Gobiernos menos europeístas y más proclives al fascismo, como Hungría o Polonia, son también los que se apoyan en una visión simplista y autocomplaciente del pasado. Italia, que tampoco hizo su “trabajo de memoria” adecuadamente, sigue confiando en hombres providenciales, como Berlusconi o Salvini, y relativizando a Mussolini. El lepenismo francés, obsesionado con los inmigrantes, sigue instalado en la amnesia parcial que borra el colaboracionismo con los nazis mientras exagera la magnitud y hazañas de la Resistencia. Los propios alemanes educados en la antigua RDA, que glorificaba a los “héroes comunistas” opuestos al nazismo y no reconocía que nadie —en especial, ningún proletario— se hubiera sentido atraído por Hitler, son hoy quienes más votos otorgan a la AfD. Por no hablar de Israel.

El caso alemán permite pensar, pues, en otras muchas cosas: en la complejidad de la historia humana, en la necesidad que tiene una cultura democrática de evitar retroproyecciones simplificadoras y reivindicativas. El honesto reconocimiento de todo lo ocurrido, y no sólo de lo que ennoblece nuestra imagen o refuerza nuestra posición política, y la ecuanimidad —que no es equidistancia— son las claves de bóveda para una convivencia libre; y los imperativos éticos para un historiador.

José Álvarez Junco es historiador.

https://elpais.com/elpais/2019/07/12/opinion/1562931995_217161.html




OTROS ARTÍCULOS DEL AUTOR


lunes, 24 de septiembre de 2018

PRESENTACION 1


Cuando viví en Barcelona por unos cuantos meses a comienzos de 2003 tuve la oportunidad de conocer al historiador Josep Fontana, quien amablemente me invitó a visitarlo en su extraordinaria biblioteca de la universidad Pompeu Fabra. Allá conversamos en varias oportunidades y siempre que lo visitaba, en forma amable me regalaba algún libro de la Editorial Crítica, entre ellos su notable La historia de los hombres. El ejemplar que tengo en mi poder lleva esta dedicatoria: “En agradecimiento de sus libros y con mi mejores deseos para Colombia. 27-II-O3”.

 En el curso de esos encuentros yo le dije que me gustaría publicar un libro de su autoria en Colombia, con materiales inéditos o que no hubieran sido publicados en sus obras más conocidas sobre teoría historiográfica. Él me dijo que le diera unos cuantos días y me tendría una propuesta. Cual no sería mi sorpresa cuando a los ochos días me esperaba con un material que ya formaba un pequeño libro y me autorizó para editarlo. A mi regreso a Colombia me puse a la tarea y publique el libro con el mismo título que él había propuesto: ¿Para qué sirve la historia en un tiempo de crisis? por el sello editorial Pensamiento Crítico. Este libro lo dedicó Josep Fontana a nuestro colega y amigo Dario Betancur Echeverry, secuestrado y asesinado en 1999, y a quien el ilustre historiador catalán había conocido personalmente.

Seguir aquí: http://www.rebelion.org/docs/246618.pdf

viernes, 7 de septiembre de 2018

Josep Fontana: rigor, honestidad y compromiso


El filósofo Josep María Esquirol explica en su bellísimo ensayo “La Resistencia Intima”, que “la casa siempre es el símbolo de la intimidad descansada”. La casa “no es tanto el confort, ni el lujo, cuanto el recogimiento y la acogida”. Creo que estos pasajes definen muy bien a Josep Fontana como ser humano. Una persona honesta y sabia, no solamente por su capacidad de trabajo (mantenida hasta el último momento) sino porque fundamentalmente había elegido un orden de prioridades en el que el vínculo con los demás partía siempre de lo próximo: su austera y a la vez acogedora casa, su pareja, sus amigos, su barrio popular del Poblesec, su idioma, la universidad Pompeu Fabra, su ciudad…

De alguna manera, también así amaba a su país, sus afectos y su mirada de historiador se desplegaban desde lo pequeño y lo cotidiano, hacia lo que se mueve, hacia lo que resiste….hacia lo que lucha, y de ahí a lo universal como conocimiento a través de su incansable labor de investigación histórica. Gustaba Josep los fines de semana, del placer de lo que está bien cocinado, coincidía en esto, y en otras resistencias íntimas a las claudicaciones, con su gran amigo Manuel Vázquez Montalbán. Tras disfrutar de la mesa y la conversación tomaba un café sólo y regresaba a casa, a su recogimiento de la mesa de trabajo para seguir leyendo, para seguir desgranando argumentos y razones con los que entender la lógica de los acontecimientos históricos. Siempre he tenido la sensación de que esta manera de recogimiento en pos de la divulgación de la historia era una forma no sólo de disfrute personal sino de expresar querencias y estimas. Una manera superior y humilde a la vez, de darse a los demás.

En un sistema que preconiza el “yo” como el ámbito exclusivo de superar dificultades y problemas, en una sociedad apegada a las pantallas planas, consumidora de ansiolíticos y libros de autoayuda, adicta al fetiche digital, la actitud y la obra de Fontana ponen un acento sutil en el nosotros, el nosotros en movimiento, el nosotros que reflexiona, el nosotros que no se resigna y que puede elaborar proyectos alternativos. El nosotros que puede rescatar el yo disperso y desarmado ante tanta ignominia generada por el modelo neoliberal. Por eso los últimos años cruzaba la geografía peninsular (y no sólo peninsular) de una punta a otra siempre que algún colectivo u organización demandaba su presencia para explicar las claves de la presente “crisis”. Este es un tema en el que se centró tanto en los últimos capítulos de Por el bien del Imperio (2011), obra en la que trabajó catorce años y que es hoy una obra de referencia para entender la dinámica artificiosa y perversa de la guerra fría, como en una obra de prolongación titulada El futuro es un país extraño (2013).

El rigor de este discípulo de Jaume Vicens Vives y de Pierre Vilar, descansaba en su apabullante utilización de las fuentes y en una praxis del materialismo histórico liberado de la noción de “Progreso”, reivindicando en este aspecto a Walter Benjamin. Josep Fontana no se dejaba seducir por el espejismo tecnológico como motor de los cambios, y era por el contrario muy consciente, de que los desarrollos humanos, entendidos como la consecución de sociedades más equilibradas y justas, habían venido de la mano de tenaces luchas sociales (y sus consecuentes aprendizajes colectivos) en favor de proyectos alternativos al poder y a sus prácticas políticas, económicas y culturales. Para Fontana no había linealidad de progreso en el desarrollo de los acontecimientos, en sus obras demuestra que la Historia es un territorio de contingencia y de encrucijadas; al respecto, Fontana reflexionó sobre la función de la Historia y la labor del historiador en una interesante obra del año 1992 titulada La Historia después del fin de la Historia, y que merece hoy ser releída, en estos momentos en el que el oportunismo, la estulticia y la Historia como negocio y coartada del poder vuelven a cabalgar sobre fastos históricos en forma de Quintos Centenarios; este libro, además, desmonta con lucidez toda operación de vuelta a una historia narrativa conservadora tras el fin de la guerra fría.

En 1917 publicó El siglo de la Revolución, una obra de alguna manera complementaria a la mencionada Por el bien del Imperio, en ella Fontana explica, el impacto que la revolución rusa de 1917 tuvo a escala planetaria. Frente a ese esquema posmoderno de pensamiento, tan socialmente extendido, que cree que mirar a la revolución bolchevique para encontrar respuestas está demodé, el libro demuestra que aquel acontecimiento supuso una ruptura de equilibrios que permitió cambios políticos y sociales a nivel planetario, aunque en Europa y en el mundo occidental esas transformaciones fueran más palpables y duraderas. Para el historiador catalán no se pueden entender la construcción de los estados del bienestar (welfare state) desligados de aquella respuesta organizada de las clases subalternas y del país que surgió después, a pesar de que el estalinismo supuso en buena medida un recorte y una mutación en clave conservadora de toda la carga emancipadora inicial. Los fascismos de los años 30 son explicables para Fontana como la manera con la que el capital reaccionó ante aquella ruptura inesperada que disputaba su poder. En esta línea también publicó en la prestigiosa web Sin Permiso (de la que formaba parte del Consejo Editorial) , un magnífico artículo titulado ¿Por qué nos conviene estudiar la revolución rusa?, auténtico alarde de conocimiento puesto al servicio de la didáctica de la Historia.

La labor de Josep Fontana como editor, primero en Ariel y luego en CRITICA, merece ser puesta de relieve ya que gracias a él el mundo universitario y las personas que tenían interés por la Historia pudieron conocer a historiadores como Eric Hobsbawm, E.P. Thompson, H. Kohachiro Takahasi, Peter Kriedte, o Mary Beard, entre tantos otros. También publicó debates historiográficos de gran interés y riqueza conceptual como El debate Brenner, en el que concurrieron varios historiadores de diferentes tendencias, (Emmanuel Le Roy Ladurie, M.M.Postan, Guy Bois, R.H. Hilton, Patricia Croot, David Parker, Heide Wunder, J.P Cooper y Arnost Klima), aparte del propio norteamericano Robert Brenner que abrió el debate con un artículo publicado en 1976, en el que concedía gran importancia a las estructuras de poder campesino a la hora de condicionar los cambios que se operaban en la demografía y en los intercambios económicos que erosionaban el feudalismo; se trataba en definitiva de un debate sobre los factores que accionaban la transición entre la baja edad media y la Europa preindustrial. Otra publicación de mediados de los 80 fue Estructuras feudales y feudalismo en el mundo mediterráneo (siglos X-XIII) , que recogía los trabajos de diferentes historiadores (Pierre Bonnassie, Thomas N. Bisson, Reyna Pastor o Pierre Guichard) en un coloquio celebrado en Roma en el 78 sobre el feudalismo; la publicación de todas estas aportaciones arrojó mucha luz sobre las diversas estructuras feudales europeas, hasta ese momento, analizadas casi siempre desde el paradigma feudal del norte de Europa.

Este breve resumen del quehacer de Fontana como Historiador y como editor no estaría completo sin mencionar su comprensión del siglo XIX español y la crisis de la Monarquía Absoluta y del Antiguo Régimen, terreno en el que era un auténtico especialista (¿y en qué no lo era?). En libros como La crisis del Antiguo régimen 1808-1833, el historiador barcelonés nos da las claves para entender un periodo en el que los viejos terratenientes feudales pactaron con el liberalismo burgués incipiente, como forma de garantizar su poder oligárquico ante el empuje de un campesinado que buscaba en la religión prestigio y justificación pero que no conseguía formular sus aspiraciones de clase en un programa coherente. Para Fontana los historiadores académicos, liberales o conservadores, aplicaron a esta época una deliberada miopía que rehúye ahondar en las raíces sociales de los hechos; o dicho de otro modo: los sujetos colectivos y sus intereses son fundamentales para entender cualquier acontecimiento.

Hay que decir, y esta era una de las grandes cualidades de Josep Fontana, que su obra aunaba siempre profundidad, claridad expositiva y amenidad.

Silvio Rodríguez suele decir que a menudo, uno vuelve a ventanas en las que una vez se asomó, y que allí vuelve a descubrir canciones. Pues bien, algo así es lo que a Josep le estaba ocurriendo en los últimos tiempos; se estaba asomando de nuevo a esa enorme ventana del siglo XIX que nos abrió, en concreto, estaba escribiendo un libro que había comenzado como una historia de la restauración entre 1814 y 1848 y se percataba, según me comentaba, que había que prestarle mucha atención a las medidas sobre el desarrollo del capitalismo, medidas que quedaban omitidas en el discurso histórico dominante y que, por ejemplo, el esclavismo había tenido un papel fundamental en este aspecto. Sobre esta obra y en un guiño me decía ¿Para qué apresurarme en acabarla?

Por tu amistad, por lo que nos has enseñado y por lo que vas a seguir enseñando a generaciones futuras de tot cor moltes gracies Josep.

sábado, 1 de septiembre de 2018

In memoriam Josep Fontana (1931-2018)

Viento Sur



Hay figuras que parecen eternas, con un legado tan vivo que uno las cree inmortales. Abridoras de nuevos caminos, puentes entre generaciones, se convierten clásicos en vida. Por eso, la noticia del fallecimiento del historiador Josep Fontana nos golpea especialmente, dejando huérfanos a todos los que creemos en una historia crítica y alternativa como la que él práctico y nos dejó como herencia a través de su ingente obra. Por desgracia, en el Estado español no contamos con demasiadas personalidades de esta talla, y vemos con desolación como nos abandonan referentes críticos, como Antoni Domenech recientemente fallecido.

Introductor en el Estado español de la historiografía marxista, en un maridaje fecundo con la tradición de los Annales, supo aunar las lecciones de E. P. Thompson con las de Marc Bloch, combatiendo por la Historia cuando muchos la dieron por muerta. En ese sentido, no podemos olvidar a uno de los padres intelectuales de Fontana, el historiador marxista francés Pierre Vilar, quien alumbró la historia de Catalunya y el Estado español con un nuevo enfoque a partir de una aplicación creativa y nada mecánica de las líneas metodológicas esbozadas por Marx y Engels y reforzadas por la Historia desde abajo de los Annales.

Podemos arriesgarnos a afirmar que la vivencia en su infancia de la Guerra Civil y la represión franquista marcó su biografía intelectual y política: “En 1939, aprendí, a los 7 años de edad, que me iba a tocar vivir en una España que, como resultado del triunfo de una insurrección contra la inteligencia, combatía la libertad cultural y se defendía del peligro de los libros censurándolos y destruyéndolos.“

Su evolución como historiador viene marcada por un compromiso con la verdad y contra la manipulación interesada, ofreciendo siempre una visión lúcida que busca desentrañar las apariencias y los esquemas prefijados, sobre todo en el campo en el que brilló con luz propia, el estudio de la crisis del Antiguo Régimen y la formación del capitalismo en el Estado español y Catalunya. Desveló la formación de un bloque social y político marcado por rupturas pero también por continuidades, con el predominio de una burguesía rentista fuertemente centralista, con particularidades pero también con tendencias comunes a la conformación de las formaciones sociales contemporáneas en Europa. Destacan en este ámbito obras como “La quiebra de la monarquía absoluta 1814-1820” o la más reciente “La crisis del Antiguo Régimen (1808-1832)”.

Fontana fue un historiador consciente de la importancia de la reflexión teórica sobre su disciplina, sobre el necesario proceso de cuestionamiento estratégico de las tareas del historiador, el cómo pero también el por qué. En este ámbito no podemos olvidar la deuda enorme que muchos tenemos con su obra “Historia, análisis del pasado y proyecto social”, que nos abrió los ojos a una historia social de la historiografía, a las estructuras de poder y a los diversos intereses económicos y sociales que se ocultan detrás de determinados enfoques y escuelas.

Cuando la caída del muro parecía barrer de un plumazo la opción de escribir una historia diferente a la trazada bajo los interese de los grupos sociales dominantes, Fontana reaccionó rearmando la tradición histórica marxista con su “La Historia después del Fin de la Historia”, en la que destroza al historiador liberal de moda, Francis Fukuyama y sus pretensiones de declarar la inviabilidad de cualquier proyecto alternativo al capitalismo, separando el derrumbe de los regímenes estalinistas del Este de la tan proclamada caducidad del pensamiento marxista. Reacciona también a la consideración caricaturesca del marxismo como doctrina revelada y apuesta por una historia crítica que ponga en el presente el centro de sus preocupaciones.

Al hablar de Fontana estamos hablando por tanto, de un historiador partisano, militante y comprometido con la tradición de los oprimidos, que se mancha de compromiso político en las filas del PSUC, lejos de neutralidades abstractas. Su militancia antifranquista supone su expulsión de la universidad en 1966, en tiempos en los que el compromiso académico y social no eran realidades separadas. Rojo y catalanista, batalló hasta el final por el proyecto socialista y por la libertades y derechos democráticos de Catalunya. En base a esta coherencia criticó la Transición española por lo que tuvo de transacción hacia las herencias del franquismo, en una época en que la heterodoxia con respecto al relato dominante podía acarrear el ostracismo intelectual y político.

Una figura tan grande como la de Fontana, con toda su solidez intelectual, no puede dejar de tener aristas, como por ejemplo, su desprecio indulgente hacia el movimiento estudiantil en mayo del 68, “los niños esos que se creían que se estaban cargando el mundo para construir uno nuevo”. También se puede señalar la condescendencia benévola con la que trata la actuación del bloque soviético en la Guerra Fría en su monumental y por otra parte muy bien documentada “Por el Bien del Imperio”. Una interpretación quizás en exceso esquemática, que atribuye todas las culpas a la política ofensiva de las potencias imperialistas sin un análisis riguroso de las contradicciones de los regímenes del socialismo real, y deudora en parte del campismo en el que desarrolló su actividad política en los 60 y 70.

En sus últimos años de vida, coincidiendo con el desarrollo del Procès, pondrá el foco de atención en Catalunya y la formación de la identidad nacional catalana, una obra valiente pero que esconde cierto esencialismo al establecer un hilo de continuidad identitaria entre la Catalunya medieval y la actual.

Sin embargo, estos matices no relativizan su estatura intelectual, al contrario, la engrandecen, y nos devuelven la imagen real y no mitificada de uno de los mayores referentes de la historiografía en el Estado español. A pesar de la enfermedad que padecía, estuvo hasta el último momento al pie del cañón en la batalla por construir una historia de los vencidos, una historia sin finales fijados de antemano, una herramienta crítica que ayude a transformar el mundo de base.

Xaquiín Pastoriza es profesor de Historia, militante de Anticapitalistas Galiza y miembro del Consejo Asesor de Viento


 Fuente: http://www.vientosur.info/spip.php?article14127

Josep Fontana, maestro en el pensar históricamente

Cuarto Poder


Se nos ha ido uno de los grandes de verdad. Maestro en el pensar históricamente, profundo estudioso, trabajador infatigable, pulcro y metódico ya sea en la preparación de sus clases y conferencias como en la redacción de sus numerosos libros, artículos, prólogos y epílogos; cuidadoso en la selección y recomendación de autores foráneos para darlos a conocer, muchas veces traducidos por él mismo, a lectores y estudiosos de habla hispana. Todo eso y mucho más ha sido Josep Fontana.

Mucho más, sí, pues estas cualidades de su trabajo intelectual han ido siempre acompañadas de un permanente compromiso con los humildes, con la clase obrera y sus luchas, de su militancia comunista en los años más duros de la dictadura franquista, junto a otros intelectuales, como Manuel Sacristán, lo que les valió a ambos su expulsión de la universidad en 1966, a raíz de su participación en la fundación del SDEUB en Barcelona.

Josep Fontana, nacido en la Barcelona del emblemático año de 1931, al referirse a su decisión de dedicarse al estudio de la Historia siempre ha puesto énfasis en el papel que desempeñaron sus maestros intelectuales. Ferran Soldevila (1894-1971) y Jaume Vicens Vives (1910-1960) le hicieron ver que la Historia no era eso que le habían intentado inculcar durante el bachillerato. Fontana asistía a los cursos clandestinos sobre Lengua, Literatura e Historia que Ferran Soldevila, al regreso del exilio, impartía en el comedor de su domicilio. Y fue alumno de Jaume Vicens Vives en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Barcelona. Además de estos dos insignes historiadores, y sin olvidar la influencia que en su formación de historiador tuvieron otros grandes maestros como Ramón Carande (1887-1986), Eric Hobsbawm (1917-2012) o E. P. Thompson (1924-1993), su tercer gran maestro fue Pierre Vilar (1906–2003), a quien conoció a través de Vicens Vives. A los tres les rindió cumplido tributo en una interesante y entrañable conferencia impartida en la Universidad de Girona en el 2009, recogida en el volumen L’Ofici d’historiador, reeditado de forma ampliada este 2018. Sin duda, el magisterio de Pierre Vilar, sus trabajos sobre Cataluña y la España Moderna, su modo de pensar la historia, fueron decisivos en la formación de Fontana y de muchos de nosotros.

Cuando yo tuve que exiliarme un tiempo en París a principios de los 70, pude asistir a los cursos de Pierre Vilar en la École Pratique des Hauts Études gracias a una gestión directa de Josep Fontana con el historiador francés, quien me inscribió en sus clases con el nombre que figuraba en mi pasaporte falso de entonces. Para mí, como para tantos otros, ambos han sido maestros y referentes intelectuales y morales en el campo de la investigación historiográfica, lo mismo que Manuel Sacristán y Paco Fernández Buey, con quienes he compartido trinchera en otros campos del conocimiento y de la actividad transformadora.

Hará falta tiempo para aquilatar adecuadamente todo el valor del legado de Josep Fontana. En primer lugar, porque nos ha dejado una obra muy amplia: una treintena de libros, desde la Revolució de 1820 a Catalunya, editado en 1961, hasta la antes citada reedición ampliada de L’Ofici d’historiador este mismo año; más de cuarenta capítulos y colaboraciones en obras colectivas; y un abundante número de prólogos, introducciones, epílogos y artículos en revistas de historia –participando en la fundación de Recerques (1970) y L’Avenç (1976) – y de pensamiento, en prensa y en publicaciones periódicas -algunas clandestinas, como Nous Horitzons, en la que utilizaba el seudónimo de Ferran Costa- además de sus numerosas y cuidadas traducciones. A su dilatada trayectoria de investigador y docente hay que sumar también la de editor y consejero editorial. En este campo, su amistad y colaboración con el historiador y editor Gonzalo Pontón, fundador de las editoriales Crítica (1976) y Pasado & Presente (2011), ha dado como fruto la publicación de alrededor de un millar de libros de historia.

En segundo lugar, por la amplitud temática y el rigor de su obra historiográfica: desde sus primeras monografías sobre diversos aspectos de la crisis del Antiguo Régimen, la revolución liberal y la segunda restauración española en los siglos XVIII y XIX, hasta sus síntesis interpretativas de la historia mundial del siglo XX contenidas en los volúmenes Por el bien del Imperio. Una historia del mundo desde 1975 (2001) y El siglo de la Revolución. Una historia del mundo desde 1914 (2017), que constituyen una potente panorámica explicativa de la historia mundial contemporánea, con abundante aparato crítico, equiparables ambas a los justamente celebrados trabajos de Eric Hobsbawm. Si a estos estudios les sumamos sus trabajos y reflexiones metodológicas sobre el oficio de historiador y la enseñanza de la historia, sus recientes contribuciones a los estudios de la historia moderna y contemporánea de Cataluña, presentada en el volumen La formació d’una identitat. Una historia de Catalunya (2014, enriquecido con nuevas aportaciones en la edición de 2016), y sus trabajos de revisión y crítica histórica de ese “invento” pomposamente llamado por historiadores y políticos del sistema la Transición Española, tendremos un panorama de la dimensión de su obra histórica.

En tercer lugar porque la difusión de su obra en múltiples idiomas ha permitido que su influencia como historiador y pensador trascendiera nuestras fronteras. Por poner un ejemplo: su libro Europa ante el espejo (1994) ha sido traducido, que yo sepa, al euskera, inglés, francés, alemán, portugués, checo, rumano, turco, japonés, ruso y chino. Josep Fontana forma parte destacada de la robusta corriente de historiadores marxistas que han contribuido a renovar la historiografía mundial y a dar sentido crítico y uso social a su oficio de historiadores vinculados a la cultura de las clases populares, a contracorriente de las versiones de la historia escritas por mandarines y letratenientes al servicio de los de arriba.

Pero su legado como historiador no se limita a su obra escrita. Josep Fontana ha sido un excelente y muy reconocido maestro formador de varias generaciones de historiadores. Estudiantes de las Facultades de Ciencias Económica y Empresariales de la Universidad de Barcelona, de la Universidad Autónoma de Barcelona desde su creación en 1968, en la que coordinó el departamento interfacultativo de Historia, de la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales de la Universidad de Valencia, en la que tomó posesión de la cátedra de Historia Económica en 1974, de la Facultad de Filosofía y Letras de la UAB (1976-1991), del Departamento de Humanidades de la Universidad Pompeu Fabra desde su fundación, en la que ejerció como catedrático de Historia e Instituciones Económicas y del Instituto Universitario de Historia Jaume Vicens Vives de la UPF, que fundó en 1991 y dirigió hasta el 2002, han podido disfrutar de los conocimientos, el rigor y la capacidad didáctica del maestro.

La trayectoria de Josep Fontana no ha sido solo la de un gran historiador, sino también la de un ciudadano ejemplar en su compromiso de lucha contra las desigualdades, por una democracia digna de ese nombre y por la transformación socialista de la sociedad. Y en este ámbito también contamos con múltiples contribuciones, desde las realizadas, muchas de ellas anónimamente, en el período de la lucha antifranquista y de su militancia en el PSUC desde 1957 hasta inicios de los 80, hasta las más recientes vinculadas con su pertenencia al Consejo Editorial de la revista digital Sin Permiso , fundada en 2006 por Antoni Domènech (1952-2017). Muestra también de su compromiso activo ha sido su participación en la lista de Barcelona en Comú encabezada por Ada Colau en las elecciones municipales de mayo de 2015, cerrando la lista junto a Maria Salvo, histórica luchadora antifranquista nacida en Sabadell en 1920 y única superviviente del colectivo Dones del 36.

Tiempo habrá para desgranar con detalle las múltiples y fecundas aportaciones de Josep Fontana en cada uno de los campos aquí apenas reseñados. Pero la relevancia de su labor de renovación del pensamiento historiográfico, sus reflexiones sobre la enseñanza de la historia y de los usos públicos de la historia y su marxismo crítico, vivo, libre de dogmatismos y escolasticismos, son ya de reconocimiento general. Su nombre ocupará un lugar destacado en la construcción de un pensamiento histórico, político y social al servicio de la larga lucha contra la explotación económica, la opresión política y la dominación cultural. Para que la comprensión histórica del pasado sea una herramienta útil en la transformación del presente, hacia un futuro de emancipación económica y social. Es decir, para pensar históricamente.

Los que tuvimos el privilegio de conocerlo y aprender tanto de él tenemos hoy el compromiso de difundir el legado intelectual y humano de este gran maestro de vida que ha sido Josep Fontana.

Víctor Ríos es Historiador Investigador del Centro de Estudios Sociales de la UPF

Fuente: https://www.cuartopoder.es/cultura/2018/08/29/josep-fontana-muere-maestro-pensar-historicamente/

domingo, 19 de agosto de 2018

Reseña de La historia de una familia revolucionaria. Antonio Gramsci y los Schucht, entre Rusia e Italia, de Antonio Gramsci Jr.

Pongan otro (excelente) Gramsci en su biblioteca más próxima

Salvador López Arnal
El Viejo Topo

Lo más esencial: hay novedades de interés en este libro para conocedores o no tan conocedores de la biografía y la obra de Antonio Gramsci. No hay humo. Hay motivos para seguir pensando y para formular mil preguntas complementarias.

Lo más básico que les voy a contar de forma resumida: absolutamente recomendable, de entrada, salida y durante la travesía. Sin atisbo para ninguna duda. No sólo desde un punto biográfico (ya de por sí importante en el caso de la familia Gramsci) sino también para comprender mejor, con más perspectivas, la obra, las aportaciones teóricas, la profunda reflexión político-filosófica del autor de los Quaderni y de las Cartas desde la cárcel.

Estamos ante un texto escrito, con el alma y la pluma, para gramscianos y para ciudadanos/lectores que quizá no lo sean o no lo sean tanto. De momento.

Más aún, con mayor concreción: dejen de leerme y vayan a adquirir un ejemplar de este (hermoso) libro (de hermosa portada). A las librerías si les es posible porque conviene apoyar esta edición de la joven -y prometedora- editorial “Hoja de lata”. No se pierdan el regalo fotográfico que se nos hace, un magnífico álbum familiar. Se inicia en la página 160. La profunda belleza de Giulia es indescriptible. Una fotografía suya, de alrededor de 1932, con Delio y Giuliano, emociona en lo más hondo.

La dedicatoria del libro: “Dedico a este trabajo a mi padre Giuliano Gramsci, quien contribuyó enormemente a su creación”. Efectivamente, el libro está dedicado al hijo menor de Gramsci y el autor es el nieto del autor de los Quaderni. Unos datos sobre él: nacido en Moscú en 1965, licenciado en Biología y con una amplia formación musical, es profesor en la Universidad Pedagógica de Moscú y en la escuela italiana Italo Calvino (también en Moscú). Es también director de la escuela de percusiones étnicas UniverDrums y colabora con el laboratorio de música electrónica y acústica del Conservatorio moscovita, realizando investigaciones sobre los aspectos matemáticos del ritmo. Es decir, un biólogo-músico-matemático-investigador que debe escribir como escribía su abuelo. Ha investigado además la historia del PCI de los años veinte en relación a su historia familiar. Es autor de dos libros más que no han sido traducidos (¿alguien se anima?): La Russia di mio nonno. L’album familiar degli Schucht (2008) y I miei nonni nella rivoluzione. Gli Schucht e Gramsci (2010).

La estructura del libro comentado: Prólogo de Juan Carlos Monedero. Agradecimientos. Prefacio de Antonio Gramsci Jr (entre lo mejor del volumen). Historia de una familia revolucionaria: 1. Bolcheviques aristocráticos. La familia Schucht y Apollon, el padre de una estirpe. 2. Mi abuela Giulia. 3. Tatiana, ángel de la guarda de Antonio. 4. Eugenia:¿genio del mal? 5. Los hijos de Antonio Gramsci. Epílogo. Complementos: 1. “Recuerdo de Tatiana” por Giuliano Gramsci. 2. Cartas (con aportaciones nuevas, textos inéditos hasta el momento). 3. Los escritos de Gramsci sobre la Unión Soviética.

La perspectiva, la posición política y vital del autor: “Mi relación con mi abuelo sobrepasa el interés por su vida y su pensamiento. Como nieto y, en cierto sentido, como seguidor suyo, tengo el deber de defender su memoria y también la causa por la que dio su vida y custodiarla ante las manipulaciones y especulaciones de todo tipo a las que se ha visto últimamente sometida su figura” (pp. 202-203).

¿Qué manipulaciones? No se le escapa a este Antonio Gramsci lo esencial: “Como es notorio, en los últimos tiempos se han intensificado los intentos de contraponer a Gramsci al movimiento comunista, incluso a considerarlo su víctima: una argumento que gusta en particular a no pocos autores italianos, desde Massimo Caprara [ex secretario de Togliatti] a Giancarlo Lehner, e incluso a un historiador y ensayista de renombre como Luciano Canfora” (p. 203). No sé si Gramsci junior es aquí justo con Canfora. No concreta, no ilustra su comentario en lo que respecta al gran helenista italiano.

Conviene destacar también el prólogo (excelente en mi opinión y de hermoso título): “Gramsci, un hombre que corría” que Juan Carlos Monedero ha escrito para el libro. Lo abre con estas palabras: “Si ha abierto este prólogo, déjeme, ya que ha empezado a acercarse al genial sardo, proponerle una dieta relevante: lea a Gramsci directamente y, sobre todo, saque sus propias conclusiones… Una vez contaminado por la trayectoria de este revolucionario, háganse en torno a este pensador político todas las preguntas raras que le ronden la mente”. Las raras y las no tan raras por supuesto.

Al final de su escrito, en una nota a pie de la página 21, Monedero nos regala algunas recomendaciones de lectura: las antologías de César Rendueles y de Sacristán, la monografía de Peter D. Tomàs -El momento gramsciano. Filosofía, hegemonía y marxismo- y más tarde, con lápiz y papel, los Cuadernos de la cárcel. Añado por mi cuenta tres recomendaciones más: El orden y el tiempo de Manuel Sacristán, Leyendo a Gramsci de Paco Fernández Buey (traducido al inglés recientemente y editado por Brill) y una buena antología o edición completa de las cartas del compañero de Giulia Schucht, del gran amigo de Piero Sraffa.

La traducción, por si faltara algo, de la hispanista Mara Meroni, es magnífica, excelente. A la altura de las circunstancias y la tarea.

Para futuras reediciones se recomienda incorporar un índice nominal, una breve biografía de los personajes centrales de la historia e incluso un breve glosario de las principales categorías gramscianas.

¿Se les ocurre mejor compañía para vivir intensa y emocionalmente unas 20 horas? A mí no. No les quito tiempo para una lectura que, con seguridad, les apasionará. Cierro con las palabras de cierre del autor: “He dedicado espacio al caso Vespa [un periodista italiano, autor de El corazón y la espada, y El amor y el poder] para mostrar que la mitología sobre Gramsci (y no solo sobre él) continúa proliferando en el ambiente general de degradación cultural. La manipulación de las consciencias que llevan a cabo los medios de comunicación genera un clima que, en la famosa novela de Hermann Hesse, El juego de los abalorios, se describía como “época de las cursivas”. Una época absurda donde la creatividad y la búsqueda de la verdad se sustituyen por las citaciones recíprocas. Creo que es nuestra obligación luchar contra esas tendencias maléficas si queremos sobrevivir en “ese mundo grande y terrible””.

Queda dicho; búsqueda de la verdad y creatividad si queremos sobrevivir en este mundo grande y terrible del que ya nos habló el abuelo Gramsci.

Acabo. ¿Saben quién nos habló en las clases de Metodología de las ciencias sociales del libro de Hesse, de El juego de los abalorios? Lo han adivinado. Un gramsciano, Manuel Sacristán (que aparece por todos los sitios), maestro y maestro de otro gran gramsciano, Francisco Fernández Buey.

La historia de una familia revolucionaria. Antonio Gramsci y los Schucht, entre Rusia e Italia, de Antonio Gramsci Jr. Hoja de Lata, Xixón, 2017, traducción de Mara Meroni, epílogo de Juan Carlos Monedero, 305 páginas

Fuente: El Viejo Topo, junio de 2018.

sábado, 28 de julio de 2018

Antivalores: la otra cara de la historia

Juan J. Paz-y-Miño Cepeda
Rebelión

En la conciencia filosófica del siglo XVIII e inicios del XIX quedó en claro que la labor empírica de los historiadores era insuficiente para comprender la evolución humana. La historiografía retrataba pasiones, un cúmulo de intereses contrapuestos, la ruina y la victoria en medio de ambiciones personales, la heroicidad y el altruismo junto a las guerras y las dominaciones. Pero debía existir algo más allá o por debajo de los hechos históricos que permita explicar su racionalidad en el largo tiempo.

Nació así la filosofía de la historia, un esfuerzo intelectual por tratar de descubrir el sentido y la finalidad de los acontecimientos históricos. Para los filósofos de la historia, no cabía admitir una naturaleza humana perversa y tampoco un destino que condenaba permanentemente la moralidad y la justicia. La historia debía entenderse como progreso y ascenso constante en la conquista de una sociedad superior y plenamente beneficiosa para el ser humano, que se moviliza por sobre las ruindades, los odios y las bajezas de todo orden.

Esa intención por clarificar el sentido y la racionalidad histórica, que estuvo presente en los ilustrados franceses, y que alcanzó singular expresión en el idealismo alemán, tuvo su remate intelectual en la obra de G. W. F. Hegel (1770-1831) y particularmente en su genial Lecciones sobre la Filosofía de la Historia Universal, conferencias universitarias impartidas en 1820, aunque publicadas en 1837.

Para Hegel, los simples acontecimientos no revelan la naturaleza ni el sentido de la historia. Solo el pensamiento puede dar cuenta de la racionalidad oculta en la superficialidad de los hechos. Toda la irracionalidad humana, los odios, las ambiciones, los sufrimientos, junto a los actos sublimes y a los hechos grandiosos, que deben ser recogidos fielmente y hasta en forma detallada, son manifestaciones del espíritu universal, que encuentra su particular expresión en el espíritu de un pueblo, que atraviesa distintas etapas. Ese camino, que en Hegel va desde Oriente hasta Occidente, descubre que la historia se encamina a la conquista de la libertad del espíritu. Esa es la racionalidad que preside la historia, le otorga sentido y le traza una finalidad.

Desde luego, en Hegel la conquista de la libertad del espíritu como eje de la historia resultó una interpretación inversa a la realidad. En todo caso, motiva a entender que en historia cuentan tanto los hechos “positivos” como los “negativos”: la guerra y la paz, los héroes y los villanos, la bondad y la maldad. Hoy sabemos bien que forman parte de las luchas por el poder, de las confrontaciones entre clases sociales, de los momentos de avance o retroceso en la sociedad, cuyo desenvolvimiento no es lineal, ni supone siempre el camino hacia el progreso y hacia la edificación de la mejor sociedad.

En la historia de América Latina cabe contraponer distintos momentos históricos: los procesos de independencia frente al coloniaje a inicios del siglo XIX, por ejemplo, fueron cruciales para movilizar a amplios sectores sociales y para sembrar altos valores, como la libertad, la soberanía de los pueblos, la independencia anticolonial, el autogobierno, los derechos humanos. En contraste, el dominio oligárquico, tan largamente extendido en la vida republicana de los países latinoamericanos, también cultivó una serie de mecanismos económicos convertidos en verdaderos antivalores humanos: el rentismo, la explotación latifundista a campesinos e indígenas sometidos a formas serviles, la esclavitud, la dominación elitista, la exclusión de la democracia.

4 Las revoluciones liberales, durante la segunda mitad del siglo XIX, despertaron nuevos valores: el laicismo, el respeto al pensamiento libre, la libertad de cultos, etc. La conciencia social que generó la Revolución Mexicana de 1910 inaugura una era de esperanzadores conceptos y valores sociales. Los gobiernos “populistas” de los años 30, movilizaron igualmente conciencia y valores renovados: antimperialismo, nacionalismo, función social de la propiedad, acción social del Estado, el desarrollo como proyecto modernizador.

El avance del capitalismo no solo ha provocado modernización y progreso, sino que igualmente ha introducido una serie de antivalores, derivados de la propia naturaleza del régimen capitalista: individualismo, egoísmo, afán de lucro sin fin, acumulación rentista o explotadora de la fuerza de trabajo.

En América Latina se vive hoy otro momento de contraposición en cuanto a valores humanos. El triunfo de las derechas políticas, el ascenso de los principios neoliberales, la implantación de economías empresariales y hasta la arremetida contra los gobiernos progresistas, han dejado atrás el sentido nacional, la reivindicación de la soberanía, la valoración de la dignidad de nuestros pueblos, el freno a la expansión imperialista, la sujeción de los intereses privados a los intereses nacionales, la afirmación de los derechos y garantías sociales y laborales frente a la avaricia del capital.

5 Han aparecido otras formas de movilizar la lucha política, cargada de antivalores que parecen ser normales para liquidar toda memoria del pasado inmediato o cualquier proceso reformista o izquierdista que atente contra las elites dominantes del presente, sin que se descarte el asesinato político. En América Latina la traición más descarada, el giro en las decisiones de Estado, la judicialización de la política, el lawfer, la corrupción mediática, la persecución institucional, la venganza y el revanchismo, el odio, la arbitrariedad, el perdón a los evasores de impuestos, el estrangulamiento a las capacidades estatales, la subordinación al imperialismo o la magnificación irracional del mercado y de la empresa privada, se justifican como expresión de un nuevo tiempo.

La reconstitución de viejos poderes, de la mano de gobernantes subordinados a las derechas económicas y políticas, ha implicado la pérdida de aquellos sentidos de la historia que debían apuntar a construir la dignidad de una nación, su soberanía, la justicia imparcial, la ética pública, la equidad social, la institucionalidad del Estado frente a las ambiciones gremialistas privadas, el latinoamericanismo como oposición al imperialismo, el buen vivir en contraste con la riqueza solo a favor de una elite. La historia se mueve, pero camina hacia atrás.

Blog del autor: Historia y Presente

domingo, 22 de julio de 2018

ATTAC presenta en Valencia el libro 10 años de crisis.

ATTAC presenta en Valencia el libro 10 años de crisis.

Hacia un control ciudadano de las finanzas 2017 registró el mayor incremento de milmillonarios de la historia

Enric Llopis Rebelión

El PIB global sumó 80,6 billones de dólares en 2017, según el Banco Mundial. Mientras, la deuda global de los estados, empresas y hogares de todo el mundo ascendió, en el primer trimestre de 2018, a 247,2 billones de dólares, según el Instituto Internacional de Finanzas (IIF), lo que representa ya el 318% del PIB mundial. ¿Qué peso tiene la globalización financiera y cómo ha evolucionado? El informe de 2017 del Banco de Pagos Internacionales (BPI), con sede en Basilea y que opera como “un banco central para los bancos centrales”, señala que la apertura financiera se aceleró desde mediados de la década de los 90 en las economías del Norte. Así, los activos y pasivos financieros exteriores “se han disparado” desde el 36% del PIB global en 1960 hasta cerca del 400% (293 billones de dólares) en 2015. El BPI, del que forman parte 60 bancos centrales, resalta que en Estados Unidos las multinacionales participan en más del 90% de las operaciones comerciales, de las que más de la mitad se realizan entre entidades vinculadas a una misma transnacional. La citada fuente reconoce que la proporción de la renta que concentra el 1% de las principales fortunas ha “aumentado significativamente” desde la mitad de los años 80 del siglo pasado.

“Todo sigue igual en el casino financiero global”, sostiene el movimiento ciudadano internacional ATTAC, surgido en 1998 en Francia y un año y medio después en el estado español. ATTAC ha publicado en castellano (mayo de 2018), francés, inglés y alemán el libro “10 años de crisis. Hacia un control ciudadano de las finanzas”, coordinado por Dominique Plihon, miembro del movimiento en Francia; Myriam Vander Stichele, en Países Bajos y Peter Wahl, en Alemania. El texto de 127 páginas ha sido presentado en el Colegio Mayor Rector Peset de la Universitat de València por la economista feminista Carmen Castro, y por el profesor de Sociología en la Universitat de València, Ernest García, miembros del Consejo Científico de ATTAC.

El ensayo ahonda, desde una perspectiva crítica, en el impacto de las finanzas. En el mercado de divisas (el mayor del mundo) el volumen de negocio diario –más de 5,3 billones de dólares- equivale aproximadamente a cinco veces el PIB anual de España. Sin embargo, “menos del 3% de estas transacciones sirven a la economía real, es decir, al comercio y la inversión”, apunta el libro redactado por Isabelle Bourboulon, de ATTAC Francia. Es la misma estrategia con la que actúan los bancos, también embarcados en la “financiarización”, que dedican una proporción cada vez menor –entre el 30% y el 40% de sus balances en la UE- a los sectores productivo, hipotecas y depósitos bancarios.

El ensayo también resalta el poder actual de los lobbies. De hecho, los investigadores del Observatorio Europeo de las Corporaciones (CEO) han revelado que en Bruselas trabajan cerca de 25.000 lobbistas y grandes grupos de presión como la European Chemical Industry Council (CEFIC), de la industria química; o EUROCHAMBRES, que representa a 43 asociaciones nacionales del comercio e industria y otras dos transnacionales. El 17 de julio la UE y Japón firmaron en Tokio un Tratado de Libre Comercio “ambicioso” e “histórico”, que las instituciones comunitarias celebraron por las ventajas para las empresas europeas, exportadoras de bienes y servicios al país asiático por valor de 86.000 millones de euros anuales. Sin embargo, el CEO ha denunciado que, para alcanzar los acuerdos, entre enero de 2014 y enero de 2017 la Comisión Europea mantuvo 213 reuniones a puerta cerrada con los lobbistas; de estos encuentros, 190 –el 89%- se produjeron con lobbies de las corporaciones, mientras que 9 (4%) tuvieron como interlocutores a ONG, sindicatos de agricultores o grupos de consumidores.

La mezcolanza de intereses señalada por ATTAC remite a políticos como Durao Barroso, exprimer ministro de Portugal (2002-2004) y expresidente de la Comisión Europea (2004-2014); en julio de 2016 Durao Barroso fichó por Goldman Sachs, uno de los bancos de inversión responsables hace una década de la crisis de las hipotecas “subprime”. Y lo hizo conservando una pensión pública de 18.000 euros mensuales por su anterior cargo en la Comisión. El Observatorio Europeo de las Corporaciones reveló asimismo que Durao (ya presidente no ejecutivo de la subsidiaria de Goldman Sachs en Londres) y el actual vicepresidente de la Comisión Europea, Jyrki Katainen, se reunieron en octubre de 2017 en un hotel de Bruselas para tratar sobre “asuntos de comercio y defensa”.

Otro presidente que –junto al líder portugués y José María Aznar- apoyó la invasión militar de Iraq en 2003, liderada por George W. Bush y que según la organización estadounidense Just Foreign Policy causó 1,4 millones de muertos hasta 2010, fue Tony Blair. El político laborista encadenó una década como primer ministro del Reino Unido con su contratación como asesor, en 2008, del grupo Zurich Financial Services y también de JPMorgan Chase, banco sancionado en 2013 por el Gobierno de Obama con una multa de 13.000 millones de dólares por malas prácticas hipotecarias. Respecto al actual presidente de Francia, Emmanuel Macron, “es un antiguo banquero de inversiones (por su pasado en la banca Rotchild) que da su apoyo masivo a la industria financiera francesa para permitirle aprovechar la exclusión de la City del mercado europeo tras el Brexit”, critica el libro de ATTAC.

Otro punto que trata el texto es del fraude y la evasión fiscal. El Índice de Secreto Financiero que cada dos años publica Tax Justice Network (TJN) está encabezado en 2018 por Suiza, país al que siguen Estados Unidos, Islas Caimán, Hong Kong, Singapur, Luxemburgo y Alemania. La red independiente calcula entre 21 billones y 32 billones de dólares la riqueza privada que en todo el mundo está sin gravar, sometida una imposición reducida o en zonas con secreto bancario. “Los Países Bajos son el país por el que transitan los mayores flujos de capital no gravado hacia los paraísos fiscales, después de Estados Unidos”, subraya ATTAC. En 2013 la Comisión Europea cifró en un billón de euros anuales los recursos que la UE dejaba de ingresar por la evasión fiscal, cantidad equivalente a la inversión sanitaria de los 28 países de la Unión en 2008.

Una de las entidades financieras citadas en el texto, por su relación con la comercialización de hipotecas “basura”, es el Deutsche Bank, cuyo balance arrojó pérdidas en el periodo 2015-2017. Las agencias de prensa informaron que el principal banco de Alemania llegó, en diciembre de 2016, a un acuerdo con el Departamento de Justicia estadounidense para el pago de 7.200 millones de dólares por multas y reclamaciones civiles, derivadas de la emisión de valores y “titulización” de hipotecas “tóxicas” entre 2005 y 2007. La cifra propuesta unos meses antes era la de 14.000 millones de dólares. Asimismo se enfrentaron a multas sociedades como Goldman Sachs, Bank of America y Citigroup. Pero el libro comienza con la recesión de 2008 y sus efectos. Un año después el FMI estimó en 4,1 billones de dólares las pérdidas que, por la caída del valor de los activos, generaría la crisis en los países del Norte; y señalaba que la banca resultaría la principal afectada. Sin embargo, en 2009 JPMorgan Chase afirmó que duplicaba sus beneficios, que alcanzaron los 11.728 millones de dólares. Goldman Sachs también demostró su fortaleza: en el tercer trimestre de 2009 declaró un beneficio neto de 3.030 millones de dólares, frente a los 845 millones de dólares registrados entre enero y marzo de 2008.

La contrapartida puede advertirse en las informaciones de la agencia estadounidense RealtyTrac, especializada en el mercado inmobiliario. En 2008, más de 2,3 millones de casas recibieron notificaciones de venta en subasta o fueron embargadas por las entidades prestamistas en Estados Unidos, un 81% más que en 2007, resalta el informe recogido por el portal Idealista.com. A mayor escala, ATTAC subraya las desigualdades del modelo apoyándose en economistas como Thomas Piketty o Samuel Zucman (“Informe sobre la desigualdad global” de 2018); afirman que, en Estados Unidos y Europa Occidental, la participación del 1% de mayor ingreso era en 1980 cercana al 10% del Ingreso Nacional, pero que mientras en Europa Occidental aumentó al 12% en 2016, en Estados Unidos escaló el mismo año hasta el 20%. Por el contrario, la participación del 50% de menores ingresos de Estados Unidos en el Ingreso Nacional pasó del 20% en 1980 al 13% en 2016. Otro sustento para la crítica a las desigualdades es el informe de Oxfam “Premiar el trabajo, no la riqueza” (enero de 2018). Sostiene que en 2017 se produjo el mayor incremento en el número de milmillonarios de la historia, al ritmo de uno cada dos días; el número de patrimonios superiores a los mil millones de dólares asciende a 2.043; además, el 82% del crecimiento de la riqueza mundial durante 2017 se concentró en el 1% más rico. “A la mitad más pobre de la población mundial no le ha llegado nada de ese incremento”, concluye el documento de la ONG.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

domingo, 15 de julio de 2018

Entrevista con el historiador Julien Papp, autor del libro “De Austria-Hungría en guerra a la República de los Consejos (1914-1920)”. "¿Por qué los autores que contribuyeron a criminalizar el comunismo no experimentaron la misma necesidad para criminalizar la guerra y a sus generales asesinos?"

Investig'Action

Los actos del centenario oficial de la Primera Guerra Mundial, ¿han servido para entender las causas reales de la guerra, así como los mecanismos de propaganda masiva que llevaron a aquella carnicería? En este siglo XXI, cuando los tambores de guerra se aceleran, es hora de iluminar todos esos aspectos. Para entender la cruel realidad de esta guerra. Pero también para saber cómo ha surgido, contra viento y marea, la esperanza en un mundo mejor… El historiador Julien Papp, autor del libro “De Austria-Hungría en guerra a la República de los Consejos (1914-1920)”, diseca un capítulo de la historia “en gran parte desconocido”. . Alex Anfruns: En su libro, usted describe los mecanismos de propaganda al comienzo de la Gran Guerra, centrándose en la instrumentalización del sentimiento nacionalista húngaro. ¿Quiénes son los actores que participaron en esa propaganda?

Julien Papp: Antes que nada, debe notarse que a nivel del poder civil no había un cuerpo central en Hungría que organizara y coordinara las actividades de propaganda. Esta misión incumbía al “Distrito Militar Imperial y Real de la Prensa”, que dependía directamente del Jefe de Estado Mayor. Fue creado el día de la declaración de guerra en Serbia.

Ese organismo había sufrido varios cambios, que siempre estuvieron en línea con la expansión de sus habilidades. En 1917, incluía doce unidades: comando, censura, asuntos domésticos y extranjeros, propaganda, prensa, artistas, fotógrafos, cine, sección italiana, corresponsales de guerra, aparatos administrativos. El Distrito Militar de la Prensa controlaba la información proporcionada por los periódicos, coordinaba las diversas actividades de propaganda y organizaba la lucha contra la propaganda enemiga.

¿Y del lado de los civiles?
En el interior, para apoyar los esfuerzos bélicos de la sociedad, se crearon dos organizaciones: el Comité Central de Ayuda de Budapest y el Comité Nacional de Ayuda Militar. En ambos casos, fue una cooperación explícita entre el estado y los intelectuales cercanos al poder. Finalmente, cuando decimos que la maquinaria de la propaganda bélica no se basó en una institución estatal, eso no debería ocultar o disminuir la importancia de las instancias políticas cercanas al poder, incluso si no siempre está claro si las iniciativas fueron políticas o espontáneas. No importa cómo, el objetivo era obtener y mantener de forma sostenible el consentimiento de la población, una vez pasada la “fiebre de agosto”, es decir, ese tipo de histeria colectiva que sucedió a la declaración de guerra.

Fuera de los marcos organizados, la propaganda que venía de abajo involucraba a muchos actores: sobre todo a periodistas, pero también científicos, artistas, escritores, poetas, pintores … Podríamos añadir los servicios públicos como la escuela y la oficina de correos, o los artesanos que hicieron innumerables objetos en relación con la guerra. En poco tiempo, es decir, entre julio y agosto de 1914, se lanzaron más de una docena de obras de teatro “patrióticas”, algunas de las cuales explotaron los recuerdos folclóricos de la guerra de independencia de 1848-49…

Dice usted que el papel de los periodistas fue importante …
Sí. Su acción fue la más masiva, pero los intelectuales en general, y en su gran mayoría, se embarcaron voluntariamente en la justificación de la guerra y la difusión de la política belicosa del gobierno. Al igual que en otros países en guerra, fue necesario proscribir todas las críticas y todo debate; sólo se juraba por la necesidad de la unidad nacional y la aceptación de los sacrificios. Los jóvenes artistas movilizados comenzaron a glorificar la acción y denigrar o incluso a odiar su propio intelectualismo anterior, como lo ha señalado el historiador húngaro Eszter Balazs.

Por otra parte, este autor también observa que fueron los intelectuales belicosos quienes crearon el mito del entusiasmo masivo y generalizado, extrapolando a partir del clima que prevaleció en agosto de 1914; su propósito era hacer creer que la guerra se originó a partir de la voluntad general. Investigaciones recientes tienden a mostrar que el belicismo predominantemente caracterizó a las clases medias, y que hubo diferencias notables entre las ciudades y el campo y entre las diferentes categorías sociales.

¿Qué medios se movilizaron en esa campaña de propaganda a favor de la guerra?
También en esto hay un aire de familia de un país a otro. Como en todos los estados beligerantes, los periódicos son el principal instrumento de propaganda. En Hungría, los periódicos nacionales y otras publicaciones tenian una tirada de entre 160 y 180 mil ejemplares. En 1872, solo había 65 periodistas profesionales. En la década de 1880 eran diez veces más.

La autora de una tesis sobre corresponsales de guerra, Éva Gorda, señala que en los años anteriores al conflicto, e incluso durante la guerra, el público húngaro consideraba que solo podía creerse lo que se imprimía. El cine y la radio ya existían, pero la gente estaba convencida de que solo los periódicos eran creíbles. Esta observación da una buena idea del impacto de la prensa.

Al principio, el tono es de exaltación; las malas noticias son silenciadas, luego la censura entra en acción y aparecen columnas vacías. Se llenan de anuncios o resultados de carreras de caballos. En cualquier caso, como medio, el material impreso atraviesa prácticamente todas las demás formas de propaganda.

Así, los periódicos de la prensa nacional reproducen los textos de las conferencias organizadas en el marco del Comité Central de Ayuda. La iniciativa de esas conferencias provino del propietario y redactor jefe de la Gaceta de Budapest, Eugène Rákosi (sin relación con el futuro dictador estalinista Mátyás Rákosi).

Significativamente, la serie fue inaugurada por Ottokár Prohászka, un obispo antisemita y enemigo jurado del movimiento obrero revolucionario. La primera sesión se celebró el 8 de noviembre de 1914 en un gran hotel de lujo, al que asistieron entre 300 y 400 personas de la “sociedad cultivada” de las clases medias y altas: solo gente que solían ir a fiestas y recepciones, en su mayoría hermosas damas y bonitas chicas jóvenes.

¿Cuáles fueron los temas del discurso de aquella primera conferencia?
El obispo presentó el conflicto como una prueba espiritual, antes de desarrollar los beneficios de la guerra y los inconvenientes de la paz: esta crearía una “cultura blanda y sentimental”, decía, mientras que durante la guerra el acto del sacrificio reemplazaba los debates que dividen a la sociedad.

Las conferencias sucesivas hablan incansablemente y con exaltación del heroísmo, la “purificación moral”, la virilidad, el “milagro del entusiasmo”, como cualidades sublimes generadas por la guerra; hay quienes alaban la poesía bélica y afirman que ¡”la guerra es en sí misma una poesía” !

En cuanto a las conferencias del Comité nacional de ayuda militar, también se llevaron a cabo frente a una audiencia femenina en su mayor parte. Sin embargo, los discursos evocaban a menudo la denigración de la cultura afeminada, ya que los oradores glorificaban sobre todo la cultura viril que favorece la acción.

¿Y esa visión tan simplista pretendía convencer al gran público?
Un gran número de universidades, colegios y escuelas secundarias también montaron sus propias conferencias de guerra. La Facultad de Ciencias de Budapest las organizó al estilo alemán y con una frecuencia semanal, desde finales de 1914. Las sesiones eran gratuitas y dieron la bienvenida a un gran público. Para convencer a la juventud y a la población en general, cada profesor explicó la justificación de la guerra desde el punto de vista de su disciplina.

Entre los temas puestos sobre la mesa, encontramos el culto a la voluntad, la condena del individualismo, la superioridad de las potencias centrales, o la necesidad de defender la causa de la civilización europea, que la pérfida alianza de Inglaterra y de Francia con la bárbara Rusia había contribuido a hacer decaer.

Desde 1916, cuando las pérdidas humanas aparecen en toda su enormidad y la esperanza de ganar la guerra se aleja, puede hablarse de una acentuación del papel del Estado y el Distrito Militar de la Prensa. Era una máquina de propaganda completa con sus doce unidades. En 1914 contaba con 400 personas, y en el verano de 1918 eran ya 800; su personal incluyó a escritores, periodistas, pintores y dibujantes, escultores, fotógrafos…

¿Cuál fue el mensaje transmitido por esa “sociedad civil” austro-húngara tan particular?
Los corresponsales de guerra solo debían hablar de éxitos: los artículos que elaboraban para los periódicos primero pasaban por la censura. Cuando se les autorizaba a visitar el frente, era en ocasión de algún éxito y sin poder asistir a los combates; podían ver los preparativos y los terrenos de los enfrentamientos después de haberlos limpiado. Debían glorificar el heroísmo de los soldados, la habilidad de los oficiales y la organización militar en general.

Fue lo mismo para los artistas. Después de visitar el frente, cada vez tenían que presentar una serie de pinturas y dibujos, destinados a exposiciones. Los artistas también produjeron postales, litografías de colores, marcadores, imágenes en miniatura, diplomas, medallones, etc. Con las pinturas seleccionadas, se realizó una primera exposición el 6 de enero de 1916 en la Exposición Nacional de Budapest; el público podría ver 802 obras de inspiración guerrera por 51 artistas. Uno de ellos dirá que fue necesario evitar la representación de horrores, los heridos que yacen en su sangre, el montón de cadáveres, todos los temas no aptos para la glorificación de la guerra.

Los fotógrafos tampoco pudieron acercarse a los combates. Las innumerables fotos se relacionan con la vida cotidiana de los soldados y los aspectos materiales de su existencia. Una carta reproducida en la crítica de 1914 de los escritores antimilitaristas del colectivo Nyugat (Occidente) decía: “Estoy rodeado de todos los horrores de la guerra. Es lamentable que no sea libre de describirlos. Pavor, sufrimiento, privación, aldeas en llamas.”

Sin embargo, los pacifistas también tenían sus propios órganos de comunicación … ¿Sus argumentos no eran tan eficaces?
El Partido Socialdemócrata representaba la principal fuerza de oposición a la guerra … mientras la guerra no había estallado. Como organización política y sindical de masas, ejercía sobretodo mediante su diario Népszava (La Voz del Pueblo), una amplia y profunda influencia en la clase trabajadora. Siguiendo las instrucciones de la Segunda Internacional, desplegó una intensa propaganda pacifista, especialmente durante el mes que va desde el bombardeo de Sarajevo hasta la declaración de guerra.

Su diario explicaba que el atentado era la consecuencia del imperialismo austro-húngaro y de la opresión nacional que pesaba sobre los serbios de la monarquía; planteaba la huelga general, reclamando la solidaridad internacional de los trabajadores, y denunciaba el “parlamento de clase” donde todos los partidos votaron a favor de la guerra. La denuncia también estaba dirigida a la prensa burguesa, totalmente adepta al belicismo. Un editorial aparece bastante premonitorio, cuando advierte que la guerra podría llevar a la agitación social y al colapso de la monarquía.

Aparte de los socialdemócratas, y fuera de la Asamblea Nacional, seguía siendo la burguesía radical la que se mantenía firme contra a guerra; solo los círculos feudales y bancarios tenían interés en pelear con Serbia, dijeron. Creían que juntos, los socialdemócratas y ciertos sectores de la burguesía podrían evitar la guerra imperialista. Pero tan pronto como estalló el conflicto, se comportaron como el aparato socialdemócrata.

¿Todas las voces humanistas se extinguieron por “realismo”?
Había solo dos grupos intelectuales que conservaron activo su antimilitarismo. Por un lado, los escritores y artistas agrupados en torno al militante sindicalista y pintor vanguardista Louis Kassak, que se apartaba del ambiente belicoso. Kassak publicó una revista titulada La Acción. Luego, después de su prohibición, la revista Hoy. Su grupo, que organizó conferencias por la paz, reaccionó con fuerza cuando el Partido Social Demócrata abandonó su pacifismo y se adhirió a la causa belicista.

El segundo grupo que no se perdió su antimilitarismo fue el Círculo Galileo. Esta sociedad de libre pensamiento y anticlerical persiguió desde su fundación en 1908 una actividad orientada a la adquisición y la difusión del conocimiento científico. Cuando la mayoría de sus líderes tuvieron que ir al frente, una segunda generación más joven se hizo cargo; el equipo también incluyó más mujeres que antes. Desde el comienzo, el Círculo colocó en el centro de su trabajo la importancia económica y social de la guerra; organizó regularmente conferencias sobre la paz, invitando a los oradores de izquierda, radicales y socialdemócratas más prominentes. Ese programa a menudo fue interrumpido por prohibiciones y eventos militares.

El antimilitarismo del Círculo se basó en ideas marxistas, pero se basaba directamente en la obra de Gustave Hervé, llamado apóstol del antimilitarismo por el poeta Ady. Desde 1917, los galileistas participan regularmente en las manifestaciones de los sindicatos contra la guerra; en la del 17 de noviembre de 1917, fueron los principales organizadores. Luego, al amparo de sus seminarios y conferencias, se comprometen a pasar de contrabando folletos antimilitaristas a través de los frentes.

En enero de 1918, esparcieron cientos de volantes y pegaron pancartas en las paredes alrededor del cuartel de Budapest. En su mayor parte, los textos llamaban a transformar la guerra mundial en una guerra civil. La investigación policial lleva al arresto de una treintena de galileistas, su Círculo es cerrado, los archivos, la biblioteca y la caja registradora son confiscados. Después de ocho meses de detención preventiva, dos activistas son condenados a dos y tres años de prisión. Pronto serán liberados por la masa revolucionaria del 30 de octubre de 1918.

¿Cuál fue el impacto de la Revolución de Octubre, especialmente en el fenómeno de las deserciones en el frente, y en general en la reconstrucción del movimiento contra la guerra?
Las autoridades militares señalaron expresamente los efectos de la revolución bolchevique en las deserciones. Ese evento también influyó en el regreso masivo de prisioneros de guerra después del Tratado de Brest-Litovsk en marzo de 1918. Trajeron consigo el recuerdo de las confraternizaciones y el sentimiento de que la guerra había terminado, mientras el ejército contaba con esos contingentes para fortalecer el frente italiano. Con ese fin, procedió por diversos métodos como el internamiento, la selección o la rehabilitación.

De hecho, tras la abdicación de Nicolás II, las confraternizaciones tomaron una gran importancia. Durante la Semana Santa, afectaron a todo el frente oriental. Después, esos movimientos espontáneos fueron alentados por el poder soviético.

El regreso de los antiguos prisioneros de guerra austro-húngaros será una poderosa levadura contra la continuación de la guerra, y más aún cuando la monarquía y sus ejércitos estén sin aliento. En los numerosos motines, sistemáticamente hubo líderes y portavoces contaminados por las ideas del bolchevismo, como entonces se decía.

El 11 y 13 de noviembre de 1918, Carlos IV renuncia a su título de Emperador de Austria y Rey de Hungría. Es el desmembramiento del Imperio austrohúngaro. Mihaly Karolyi se convierte en el primer presidente de la República Popular de Hungría, pero la crisis institucional continúa. ¿Cuál es el contexto social en aquel momento?
La guerra puso al país en una situación terrible. La economía estaba desorganizada, una buena parte de sus recursos mineros e industriales se perdió con los territorios perdidos; la producción se derrumbó, el desempleo y la inflación afectaron duramente a las clases populares.

En febrero-marzo de 1919, la crisis social empujó a los trabajadores a la acción. Las ocupaciones de las fábricas se multiplicaron, a menudo los consejos obreros tomaron su dirección en mano. Frente a esa situación, el 17 de marzo el gobierno decidió crear un ministerio responsable de la socialización de las empresas industriales. El 18 de marzo, en el gran centro industrial de Csepel, cinco mil trabajadores conmemoraron el aniversario de la Comuna de París y tomaron partido por la proclamación inmediata de la dictadura proletaria; al día siguiente, veinte mil parados desfilaron ante el Ministerio de Alimentación: liderados por militantes comunistas, pidieron ayuda y la expropiación de los medios de producción; el 20 de marzo fue la huelga general de los impresores, que rápidamente adquiere un carácter político.

La revolución del 21 de marzo de 1919 ha dado lugar a varias apreciaciones por parte de la posteridad. Uno de los mejores conocedores de la época, el historiador húngaro Tibor Hajdu, así como varios artículos y declaraciones de los partidos comunistas occidentales teorizaron que el proletariado podría conquistar el poder por medios pacíficos; más cercano a la realidad histórica, el autor de una tesis sobre el tema, Dominique Gros enfatiza que no podríamos aislar el evento del 21 de marzo de sus condiciones internas y el estado de la revolución y la contrarrevolución internacionales: más concretamente, el proletariado húngaro estaba armado, mientras que la reacción no tenía ejército ni fuerzas de represión eficaces.

Desde el 22 de marzo, el nuevo poder anunció su programa: la transformación de Hungría en una República de consejos, la socialización de grandes propiedades, minas, grandes fábricas, bancos, empresas de transporte; la reforma agraria no se llevaría a cabo por el reparto de tierras, sino por la creación de cooperativas agrícolas.

Finalmente, la experiencia de la República Húngara de Consejos durará poco tiempo, porque el Ejército Rojo tuvo que capitular ante la invasión del ejército real rumano, sobre todo apoyado por Francia. Como especialista de este período, ¿cuáles son sus impresiones sobre las conmemoraciones del centenario?
Si consideramos el evento desde el punto de vista del trabajo histórico, ha habido más bien una historia militar que una historia de guerra, y más bien una historia de elites, que la historia de quienes sufrieron directamente el desastre.

Fue eso lo que me impulsó a escribir rápidamente el libro que me merece el honor de esta entrevista. Quise trabajar sobre cuestiones como las confraternizaciones, deserciones, el tratamiento y la recepción de los heridos, el destino de los mutilados después del conflicto, las relaciones entre los ejércitos entre soldados y oficiales, la “gestión” de los muertos, escaseces, requisas, ganancias de guerra, disturbios y motines, la recepción de propaganda entre la gente, etc.

Ahora bien, considerando el centenario desde un punto de vista memorial, me gustaría hacer este tipo de preguntas: ¿por qué los autores que, más allá de la condena del estalinismo, contribuyeron a criminalizar el comunismo no experimentaron la misma necesidad de aportar su talento para criminalizar la Guerra Mundial y sus generales asesinos? ¿Por qué todos esos expertos de la corte no escribieron su libro negro de los regímenes militarizados y totalitarios de la guerra total? 
En su lugar han inventado una cultura de la guerra que, en mi opinión, servirá principalmente para trivializar o folclorizar la barbarie.

¿Qué lecciones deberían aprender las nuevas generaciones sobre la Gran Guerra?
En mi opinión, vivimos una época profundamente reaccionaria y oscurantista. Para no dejarse confundir por la agitación de los medios de comunicación, sus innumerables estupideces y descerebramiento, las nuevas generaciones deben hacer un esfuerzo intelectual contra la amnesia: tienen un deber de historia para apoyar su deber de memoria; una memoria de los pueblos y también de clase, con sus dolores, aspiraciones y luchas, tal como podemos conocerlas en los buenos libros de historia, obras de arte, canciones, que en el caso de Francia son de una extraordinaria riqueza. Por ejemplo, nadie debería ignorar la canción de Craonne …

La libre circulación, los intercambios escolares y encuentros son obviamente positivos, pero los jóvenes también deben comprender que la guerra no surje de los sentimientos y las pasiones humanas, sino de las instituciones y las necesidades económicas y sociales del orden, o más bien del desorden capitalista.

¿Cuál es su mirada sobre los trastornos del mundo contemporáneo?
Pienso que las fuerzas que en 1914-18 destruyeron Europa en nombre de las naciones ahora están destruyendo naciones en nombre de Europa. La Europa supranacional, una obra de la Iglesia Católica y de los bancos, es en primer lugar una máquina de destruir servicios públicos, que, desde la antigüedad, son consustanciales con la misma noción de civilización.

La libre competencia es la guerra de todos contra todos, una forma de barbarie. La pretendida unión ha resucitado el odio entre los pueblos, a menudo engendrando nacionalismos de la memoria más triste de Europa.

Pero considero que los pacifistas y los internacionalistas lúcidos no deberían dejar la nación a los nacionalistas y chovinistas. Realmente no puedes ponerte en la piel de otra nación si no has interiorizado las mejores tradiciones de la tuya.

Fuente original: Investig’Action.

La versión en castellano de esta entrevista apareció publicada en la revista El Viejo Topo, n°364

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jueves, 28 de junio de 2018

Entrevista a Gonzalo Pontón sobre La lucha por la desigualdad (y II) “El pensamiento científico del siglo XVIII no tuvo nada de original, los verdaderos logros se alcanzaron con Galileo, Bacon, Descartes, Newton”.

Salvador López Arnal
El viejo topo

Gonzalo Pontón (Barcelona, 1944) es licenciado en Historia Moderna y Contemporánea por la UB. A los veinte años se incorporó a la editorial Ariel y ha sido fundador de las editoriales Crítica (1976) y Pasado & Presente (2011). Se calcula que a lo largo de 50 años, ha publicado más de dos mil títulos, de los cuales unos mil son libros de historia. En 2016 publicó su primer libro: La lucha por la desigualdad que sido Premio Nacional de Ensayo de 2017 otorgado por el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte. V

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Nos habíamos quedado aquí. Lo mejor de la Ilustración del XVIII, ha afirmado usted, ya había nacido en el XVII con Newton y Descartes. No dudo de la grandeza científico-filosófica de Descartes y Newton, cuyas obras conozco un poco, pero políticamente no eran nada del otro mundo en mi opinión. Newton, cuando tuvo responsabilidades en asuntos de política monetaria, no se anduvo con muchos miramientos compasivos y Descartes, con su moral provisional, más bien aconsejaba ocultarse para vivir bien, tranquilo y sin muchas complicaciones. No hay mucho de ruptura en sus posiciones.

Lo que sostengo en mi libro es que el pensamiento filosófico y científico del siglo XVIII no tuvo nada de original, porque los verdaderos logros se habían alcanzado ya en el siglo XVII con Galileo, Bacon, Descartes, Newton, Kepler, Boyle, Euler, Van Leeuwenhoek, Grocio, Puffendorf, etc. Sus descubrimientos filosóficos, técnicos y científicos están en la base del éxito económico burgués. Pero no el pensamiento contrario a ese proyecto, encabezado por Baruch Spinoza, cuya filosofía igualitaria fue perseguida a muerte por la inmensa mayoría de los "ilustrados".

Me viene a la memoria una expresión de Marx del Manifiesto: conquista de la democracia. Si no usamos un concepto muy demediado de democracia reduciéndolo a contiendas electorales con muy diferentes medios, ¿usted ve posible conciliar democracia y el capitalismo realmente existente en unas fases históricas más salvajes e inhumanas? Si fuera que no su respuesta, ¿qué hacer entonces sin soñar mundos ficticios aunque sean agradables?

Marx solo habla una vez de la democracia en el Manifiesto comunista y la identifica con el paso del proletariado a clase dominante. En otros escritos suyos (en los Manuscritos de París, por ejemplo) llega a exprimir la esencia de lo que él considera democracia: en ella el hombre no existe para la ley, sino que la ley existe para el hombre, e insiste en que la Constitución la ley, el estado son solo características que el pueblo se da a sí mismo. La democracia formal de nuestras sociedades modernas no tiene nada que ver con la idea de democracia de Marx. Al capitalismo realmente existente no le molesta lo más mínimo que la gente vote cada cuatro años. Como dijo una vez Golda Meir, si el voto sirviera para algo ya lo habrían prohibido. En realidad no hace falta soñar con mundos ficticios, basta con cambiar el que tenemos.

"La vigilia de la razón" es el título del capítulo IX, el último de su libro. ¿Debemos seguir siendo racionalistas? ¿Incluso después de Hiroshima, y teniendo en cuenta el momento en que estamos, próximos al desastre ambiental y al enfrentamiento militar atómico? ¿No es a eso, a todo eso y a más infiernos, a lo que nos ha llevado la racionalidad tecnocientífica contemporánea?

De alguna manera, ese el punto de la Escuela de Frankfurt contra la Ilustración. Max Horkheimer y Theodor Adorno escribieron en su Dialéctica de la Ilustración que había sido el sueño de la razón el que había producido los monstruos del nazismo y el estalinismo y que por culpa de esa razón la "emancipación" propuesta por la Ilustración había conducido de nuevo a un periodo de barbarie, de lo que deducían que los grandes enemigos de la humanidad eran la tecnología y las instituciones del mundo contemporáneo. Este libro procedía de una conversación que Horkheimer y Adorno mantuvieron en Nueva York, en 1946, adonde habían llegado huyendo de la Alemania nazi. No tenían razón, pero hay que entender sus emociones en el marco de su tiempo y de sus peripecias personales. También el ayatolá Jomeini dijo que los derechos humanos y la justicia universal no eran más que productos de la razón europea. Siguiendo esa deriva, seguramente habría que acusar a Einstein de genocidio. El desastre ambiental y el enfrentamiento atómico al que te refieres no surgen de la razón, sino, precisamente, de la irracionalidad y de las vísceras; no hay más que pensar en lo razonables que son sus principales protagonistas: Trump y Kim Jong-un.

Cambio un poco de tercio si no le importa. El Romanticismo impugna el racionalismo ilustrado y exalta los sentimientos, se suele afirmar. El nacionalismo, se afirma también, es hijo del Romanticismo: "apela a las emociones, a las vísceras y proyecta mundos imaginarios, fantásticos". Son palabras suyas; también éstas: "Y los nacionalistas han sustituido el mundo por una novela de ciencia ficción. El imaginario nacionalista se asemeja al del cristianismo primitivo: los pobres heredarán la tierra. En el caso catalán, los catalanes heredarán esa tierra prometida que llaman República Catalana". Pero si es así, si la metáfora que usted nos regala es exacta, si el nacionalismo ideológico tiene contornos de creencia religiosa, ¿cómo avanzar, cómo aproximarnos, cómo disolver la situación de alta tensión que se ha ido creando y que se sigue creando por ejemplo aquí, en Cataluña?

Muchos nacionalismos tienen una base religiosa indiscutible. Acordémonos del "Gott mit uns", del "Por Dios, por la patria y el rey", de los nacionalismos más racistas, o del "Dios es inglés" o "Dios es belga" de los brutales colonizadores europeos de África. Por las venas del nacionalismo catalán también corre la mística: "Catalunya serà cristiana o no serà" es un mot de ralliement que compartieron elites eclesiásticas y laicas: Torras i Bages y Prat de la Riba; Vidal i Barraquer y Cambó, Aureli Escarré y Jordi Pujol…. con la sanción "modernizadora", como siempre, de la intelligentsia pesebrista: D’Ors, Riba, Calvet, Cardó, Galí, Triadú, Cahner, Comín… Y precisamente "cristiana", no católica, que tiene una dimensión universal. El cristianismo catalán es de souche terrienne, muy adecuado para una sociedad de propietarios rurales y de pagesos y masovers cuasipropietarios que entregan sus hijos a una iglesia que, teóricamente dependiente de Roma, crea estructuras propias independientes e incluso su propio Vaticano en Montserrat, que ilumina, solo, "la catalana terra". De esa sociedad de kulaks, que cree no tener en su seno contradicciones de clase porque las resuelve la caridad cristiana, se nutrirán el irracionalismo carlista, el nacionalista e, incluso, el independentista.

Los hijos y nietos de esa Cataluña rural desarrollarán las estructuras comerciales, industriales y bancarias del Principado sin abandonar nunca su cristianismo étnico, una fe –más que una religión— muy parecida al acomodaticio anglicanismo, que será uno de los mecanismos de control social de la burguesía británica, espejo lejano e inalcanzable de la catalana. La fuerza de cohesión ("fem pinya"), el sentido de identidad ("un sol poble"), la ortodoxia ("nosaltres sols") y la carga soteriológica del cristianismo ("Catalunya serà cristiana o no serà") se convertirán en las señas de identidad dominantes, porque son las de la clase hegemónica ("el pal de paller"). De todas ellas, la soteriología será el instrumento principal de la razón práctica de los dirigentes catalanes (que siguen siendo buenos cristianos, por supuesto, como lo son Puigdemont o Junqueras) que, llegado el momento, avisarán al conjunto de los creyentes –la comunión de los santos- de la inminencia del Santo Advenimiento, desatando una pulsión de urgencias, un fervor de corte milenarista, que roza el éxtasis. Por eso no se puede comprender la ceguera de los gentiles ni su blasfemia al no reconocer el reino de dios en la tierra. El paso de "Catalunya serà cristiana o no serà" a "Cataluña serà independent o no serà" es casi automático. Y cargado de un irracionalismo militante que, pasado el Milenio, puede derivar en un martirologio sacrificial.

Cuando trabajó de joven en la editorial Ariel coincidió con Manuel Sacristán. Como usted también es traductor déjeme preguntarle por la labor socrático-traductora del autor de Las ideas gnoseológicas de Heidegger. ¿Fue un buen traductor? El mismo comentó en una entrevista con la revista mexicana Dialéctica en 1983 que una parte de sus traducciones fueron pane lucrando.

Es bien cierto que Manuel Sacristán tuvo que ganarse la vida recurriendo a la traducción. No fue, en principio, voluntad suya. Su vocación era universitaria, pero en 1965 fue expulsado de la Universidad de Barcelona por su militancia comunista. Tres años antes le habían negado la cátedra de Lógica de la Universidad de Valencia por la misma razón. A pesar de que en 1972 la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Barcelona le contrató de nuevo, al finalizar el curso no le renovaron el contrato y, más tarde, siempre que le permitieron volver a enseñar, lo tuvo que hacer en precario, con contratos temporales hasta poco antes de su muerte, cuando ocupó, durante unos pocos meses, una cátedra extraordinaria.

De modo que Manuel Sacristán tuvo que ganarse la vida sobre todo traduciendo. Como escribió el mismo, se pasó la vida "de trabajar para una editorial a la Universidad y viceversa". Sacristán era un gran traductor del alemán, del inglés, del francés, del italiano… era un gran traductor de cualquier idioma porque lo que dominaba como nadie era la lógica, la semántica y las leyes internas de la lengua castellana. Sacristán tradujo e introdujo en España el primer libro de Marx publicado desde la guerra civil, Revolución en España, bajo el seudónimo de "Manuel Entenza", uno de los varios que utilizaba ("Juan Manuel Mauri", "Máximo Estrella"…) para escapar al control de la policía franquista. La lista de autores que tradujo bajo su propio nombre es apabullante: Marx, Engels, Lukács, Gramsci, Adorno, Hull, Quine, Galbraith, Bunge, Copleston, Havemann, Dutschke, Dubcek, Korsch, Marcuse, Schumpeter… Tradujo un promedio de seis libros por año durante muchos años. Por otra parte, la calidad de su trabajo, las peticiones que recibía, le permitieron escoger y proponer textos de agitación cultural que las editoriales aceptaban sin rechistar. Él mismo lo expresaba así hacia el final de su vida: "Al traducir no solo me ganaba la vida, sino que colocaba producto intelectual en la vida cultural del país".

Jamás se quejó de su trabajo de traductor, pero es obvio que si hubiera destinado ese tiempo a escribir su propia obra en libertad esta habría sido intelectualmente muy poderosa… y muy "peligrosa". Como escribió Francisco Fernández Buey, su mejor discípulo: "Si Manuel Sacristán solo hubiera escrito la monografía sobre Heidegger, que fue su tesis doctoral, y la Introducción a la lógica y al análisis formal, ya con eso habría entrado en la historia de la filosofía universal como un filósofo importante del siglo XX, como un filósofo de los que tienen pensamiento propio".

Usted ha sido durante años militante del PSUC si ando errado. Aparte del PSUC-viu y de Iniciativa, no queda mucho de aquel gran proyecto político. ¿Se arrepiente de aquellos años de militancia? ¿Cómo puede explicarse la grandeza y ahora casi desaparición de ese proyecto transformador socialista-comunista con muy fuerte arraigo social?

El PSUC fue una máquina de guerra casi perfecta contra el franquismo. Tras el fracaso de la "huelga nacional pacífica" en 1959 (una fantasmagoría de Carrillo y compañía), su alma de frente popular le llevó a tratar de aglutinar en una sola fuerza la lucha contra el fascismo. Apoyó el movimiento obrero, la agitación estudiantil universitaria, las fuerzas de la cultura, de los colegios profesionales, de las asociaciones vecinales y de ciudadanía, incluso la herejía obrerista de la Iglesia católica. El PSUC fue la fuerza política tras la CONC, la creación del Sindicato Democrático de Estudiantes, de la Taula Rodona Democràtica, de la Comissió Coordinadora de Forces Polítiques de Catalunya, de la Assemblea Permanent d’Intel.lectuals de Catalunya y de la Assemblea de Catalunya, que llegó a contar con 45 partidos y organizaciones cívicas. En 1978 el partido de los comunistas catalanes alcanzó la cifra de 40.000 militantes, algo que el resto de partidos no podía ni soñar. Nadie, nunca, llegó a preocupar tanto al Régimen como el PSUC.

Junto a su incesante voluntad de unificación de las fuerzas antifascistas, que le supuso renunciar a políticas que más tarde le pasarían factura, otro de los signos de identidad del PSUC fue constituirse en un partido "nacional y de clase", otro paso que tendría graves consecuencias en el futuro. Sin embargo, en las elecciones de 1977, el PSUC consiguió más del 18 % de los votos que, junto con el 28,38 % obtenido por el PSC, hubiera permitido una Cataluña gobernada por la izquierda (la derecha solo consiguió el 33%). Pero el anticomunismo vulgar de Joan Reventós y el anticatalanismo garbancero de Felipe González y Alfonso Guerra lo impidieron. Aun así, la derecha catalana, asustada, recurrió a sus correligionarios españoles para hacer frente al "peligro rojo". Diseñaron entonces la operación Tarradellas que consiguió desmontar las plataformas unitarias, liberar de compromisos "frentepopulistas" a los distintos partidos y, pese a que la izquierda volvió a ganar las elecciones generales y municipales de 1979, facilitar el triunfo de la derecha catalana y cristiana en las elecciones al Parlament de 1980 que entronizaron en el poder a Jordi Pujol durante 23 años.

A partir de ahí, estallaron todas las costuras del PSUC dejando al descubierto sus contradicciones externas -la soterrada pero inacabable lucha con el PCE por mantener su independencia- e internas: ruptura entre los cuadros sindicales y la dirección, lucha de los aparatchikis por el control del partido; defección de la mayoría de los intelectuales burgueses que –tras un recorrido por el utopismo- regresaron a los espacios propios de su clase: a CiU, al PSC o incluso al PP. Pero lo peor de todo fue perder su capacidad de movilización "en un proceso en que el desarme ideológico impuesto por el PCE lo arrastró finalmente a la destrucción" (Fontana). Tras el 5º Congreso del partido, en 1981, la militancia se había reducido a 12.000 afiliados.

La politiquería, el tacticismo y el posibilismo de los dirigentes del PSUC, ansiosos de tocar poder, naufragaba en el marco temporal de los años 80, tan distinto del de los 60, y le dejaba, al fin, ante el cruel dilema histórico del movimiento socialista: revolución (ya imposible) o reforma (donde habría de competir con los demás partidos). Al no poder resolverlo, el PSUC quedó anclado entre dos orillas, in mezzo al guado. La dirección del partido se equivocó muchas veces, pero, como escribió Manuel Sacristán "ninguna historia de errores, irrealismos y sectarismos es excepción en la izquierda española".

Si en los años 80 Cataluña, con la inexorable reducción del sector secundario, se había convertido ya en una sociedad de clases medias controlada por la burguesía de "soca-rel", a partir del ingreso de España en la Unión Europea y, sobre todo, del derrumbe del "socialismo" de la Unión Soviética y el triunfo del capitalismo neoliberal, en el siglo XXI las hijuelas del PSUC, de verde o de violeta, no tenían nada que ofrecer a una "sociedad opulenta" (Galbraith). El movimiento de los indignados ante la gran recesión iniciada en 2007 pareció encender, por un momento, la vieja chispa igualitaria, pero su deriva en Podem o Catalunya en Comú la ha apagado en seguida sumergiéndola en la vieja charca del modo burgués de hacer política. Los hechos son tozudos: en las elecciones del 21 de diciembre de 2017, los partidos que no se plantean una alternativa al capitalismo coparon 123 de los 135 escaños del Parlament de Cataluña.

La lucha del capitalismo por la desigualdad continúa. Pero siempre nos quedará el viejo topo.

Muchas gracias por sus reflexiones. Y tiene razón: siempre nos quedarán el viejo topo y El Viejo Topo.