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martes, 5 de septiembre de 2017

Viajar, conocer, viajar. Los grandes saltos del conocimiento humano siempre han estado relacionados con un gran viaje, como el del naturalista portugués Alexander Rodrigues Ferreira (1756-1815) que entre 1783 y 1792 recorrió el Amazonas; Humboldt, (1769-1859) que entre 1799 y 1804 exploró América de punta a punta y el de Charles Darwin (1809-1882) quien entre 1831 y 1836 dio la vuelta al mundo en el celebérrimo Beagle.

ilustración de la biblioteca de Humboldt en su piso de Berlín.

Viajar y crear conocimiento son dos actividades hermanas. Comparten varias esencias: cambio, explorar, observar, comprender, riesgo, proeza, superación,… Los grandes saltos del conocimiento humano siempre han estado relacionados con un gran viaje. La combinación viajar-conocer crea, no hay duda, cierta adicción. Cristóbal Colón, por ejemplo, tenía el libro de las correrías asiáticas del veneciano Marco Polo gastado y subrayado de puro entusiasmo. El descubrimiento de América significó el descubrimiento del Atlántico y éste a su vez la revolución newtoniana que muchos consideran el arranque de la ciencia tal como hoy la entendemos. Newton encargó a un físico de Pernambuco (Brasil) ciertas mediciones con las que se demostró el achatamiento del planeta por lo polos. Pero los grandes científicos viajeros fueron sin duda los naturalistas. Viajar, observar, recoger muestras, crear museos, reflexionar, discutir, publicar. El primer héroe quizá fuera el naturalista portugués Alexander Rodrigues Ferreira (1756-1815) que entre 1783 y 1792 recorrió el Amazonas; poco después fue el gran geógrafo alemán Alexander von Humboldt (1769-1859) que entre 1799 y 1804 exploró América de punta a punta y, finalmente, dos padres de la biología moderna, Charles Darwin (1809-1882) quien entre 1831 y 1836 dio la vuelta al mundo en el celebérrimo Beagle y Alfred Wallace (1823-1913) que no dejó de viajar durante dos décadas. De estos viajes prodigiosos nos han quedado libros que, aún hoy, son un manantial de estímulos para la creatividad humana. Son el Diario da viagen Filosófica de Ferreira (1786), el diario del viaje del Beagle (1838) y la ambiciosa megaobra Cosmos (1845-1862) de Humboldt. Éste último pudo inspirarse directamente en Ferreira y fue, a su vez, eso seguro, el héroe de juventud que Charles Darwin decidió emular. Se puede asegurar sin riesgo que el fruto de todos estos viajes ha sido una de las teorías más bellas, universales e influyentes de la historia de la ciencia: es el mecanismo de la selección natural y la teoría de la evolución de las especies formulada por Darwin (y que Wallace también intuyera). Hoy en día estamos en el principio de la conquista del espacio y a esta aventura se asocia la ciencia de materiales que ya no consiste solo en cambiarle la forma a la materia como en el paleolítico (industria lítica por ejemplo), ni en transformar la materia como a partir del neolítico (aleaciones por ejemplo). Desde hace pocas décadas, incluso inventamos la materia (materiales a la carta que no existen espontáneamente en la naturaleza, ¡incluida la materia viva!).

El cerebro se alimenta de cambio y viajar es sin duda una manera infalible de asegurar tal alimento. Hacer ciencia es un ir y venir incesante entre la observación y la comprensión. Observar es atender a las diferencias entre cosas similares, comprender es atender a lo común entre cosas diferentes. No se puede viajar sin saltar incansablemente de la observación a la comprensión y viceversa.

Hace un par de años pude admirar, en la universidad de Coimbra, lo que queda del botín científico de las expediciones de Ferreira, en particular una maravillosa colección de peces amazónicos conservados con la técnica de los herbolarios, pero con una capa de oro que confiere una belleza conmovedora y una espléndida conservación. ¿Dónde está el resto? En París. ¿Qué hace la colección de Ferreira en París? Pues se la llevaron los soldados de Napoleón a punta de bayoneta. Sabían muy bien el valor de lo que se estaban llevando. Es un caso de botín científico convertido en botín de guerra. No tenemos evidencia de que Humboldt se viera motivado por Ferreira pero a Ferreira se le conoce como el Humboldt portugués. Yo creo que los genes de los navegantes portugueses encontraron la manera de trascender en el talante y el talento de Humboldt. El intrépido e inagotable viajero murió solo siete meses antes de que Darwin publicara El Origen de las Especies. Fue una pena porque fue su larga e intensa vida la que incendió la ambición científica del joven Darwin. Fue una gran pena porque basta leer a Humboldt para hacerse una idea de cómo éste hubiera aplaudido las nuevas ideas. La influencia de Humboldt en la historia de la ciencia y de las artes es monumental. Goethe y Schiller fueron sus colegas cercanos en el romanticismo alemán.
La invención de la naturaleza. Andrea Wulf. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia. Taurus. Madrid, 2016 578 páginas.
https://elpais.com/cultura/2016/09/09/babelia/1473420049_739543.html

domingo, 18 de junio de 2017

_--Moral y naturaleza humana: una justificación de la ética al margen de la religión.

_--José María Agüera Lorente

Una de esas llagas filosóficas que supuran permanentemente, al menos desde que la filosofía inauguró el reino de la reflexión sobre la conducta humana, individual y social, es la que atañe a la fundamentación de la moral. La clave se señaló como evidente desde el mismo inicio en esa distinción que todo estudiante de bachillerato se ve obligado a memorizar entre nomos y fisis, el ámbito de lo social, moral y político, por un lado, y el de lo natural, por otro. Nace la ética como teorización del ethos, esto es, de la conducta de los humanes –como le gusta llamar a Jesús Mosterín a los especímenes de homo sapiens– desde la consideración de su fin, a saber, la vida buena. De manera que la ética es la aplicación de la filosofía a la misma, como problema esencial que plantea la mera existencia al ser humano, cosa que no le pasa a ninguna otra especie animal que sepamos. Esto ocupa y preocupa a todo individuo consciente como destacó con ribetes existencialistas pero bastante prácticos nuestro Don José Ortega y Gasset, el cual, tan aficionado como era a metáforas y analogías, gustaba de esa imagen del náufrago que trata de aviárselas en el piélago de las circunstancias concretas que es cada vida. Así que, ¿por qué la ética? ¿Por qué someter a examen la vida propia como propugnaba Sócrates? Porque quiero vivir bien, y quiero saber cómo diantre se alcanza ese estado de cosas en el que me puedo sentir bien.

En esto se emplearon a fondo los filósofos de la etapa helenística (a partir del siglo IV a. C.) de la antigua filosofía griega, en la que florecieron –por la coyuntura histórica seguramente– un colorido ramillete de escuelas éticas entre las que destacaron, para tortura de nuevo de nuestros sufridos estudiantes, el estoicismo, el espicureísmo y el cinismo. Todas estas propuestas tenían un importante componente naturalista, sobre todo el epicureísmo –y por esto será objeto de vituperio por parte del cristianismo más adelante, por cuanto choca de frente con su planteamiento moral–. Quiere decirse que ya hace más de dos mil años se tenía conciencia de que la persona tiene esa esencia de fisis, natural, a la que no se le puede volver la espalda so pena de definir marcos morales en los que ningún humano real puede vivir a gusto. El primer deber ético –me atrevería a decir– es el respeto de la propia naturaleza humana, que conlleva forzosamente su conocimiento; eso sí, huyendo de cualquier tentación reduccionista que lo pueda confinar a los márgenes de la mera biología. Si no, más pronto que tarde terminamos en los delirios morales que suelen ir de la mano de los fundamentalismos religiosos. Esto lo supo ver muy bien Bertrand Russell cuando en su ensayo La vida buena, con sabor a ética clásica de la de las mencionadas escuelas helenísticas, apela al conocimiento de la naturaleza humana para trazar las líneas maestras de la virtud: «El instinto tiene sus derechos, y si lo violentamos toma venganza de mil maneras sutiles. Por lo tanto, al tender a la vida buena, hay que tener en cuenta los límites de la posibilidad humana. Y otra vez aquí volvemos a la necesidad del conocimiento».

Por eso para el maestro británico el conocimiento es parte imprescindible de la ética, dado que sólo concibe la vida buena como resultado de la inspiración del amor y la guía del conocimiento. Éste no puede ser otro que el científico. No existe el conocimiento ético para Russell; puede pasar por tal el conocimiento que nos permite establecer los medios mediante los cuales alcanzar los fines que deseamos. Pero los fines son cosa del deseo, no del conocimiento. La valoración de la bondad o maldad de nuestros actos tendrá que ver con la evaluación de sus consecuencias probables, para lo cual de nuevo –y esto ya no lo dice el filósofo pacifista, aunque cabe deducirlo de sus premisas– necesitamos del conocimiento científico. Éste es el que nos permite, pongamos por caso, evaluar como malos unos hábitos de vida que esquilman recursos naturales básicos para nuestra subsistencia como especie.

En cuanto al problema de qué fines son los buenos o –dicho de otro modo– qué debemos desear, qué debe orientar nuestra acción, sir Bertrand Russell apunta al componente emocional del comportamiento humano, sin duda insoslayable, pues, como la psicología más elemental demuestra, constituye un aspecto esencial de la motivación en casi todo lo que hacemos. Por eso afirma que la vida buena ha de ser guiada por el amor. A su entender, éste es un sentimiento que, idealmente, ofrece deleite (componente afectivo egoísta, digo yo) y benevolencia (componente afectivo altruísta, pienso) de manera equilibrada. Este punto de su propuesta ética lo vincula con la tradición del emotivismo moral, que no es nada despreciable por cuanto corrige los excesos del intelectualismo moral de raíz socrática y apuntala un análisis más realista del comportamiento juzgado desde una perspectiva valorativa. Otro sentimiento igualmente aducido como piedra de toque de la dimensión moral humana es la compasión, cuyo principal valedor fue Arthur Schopenhauer. Ya dentro del paradigma evolucionista cuyos cimientos estableció Charles R. Darwin las emociones ganaron en importancia a la hora de componer el cuadro completo dentro del cual hacer comprensible la naturaleza humana. El propio Darwin fue consciente de ello una vez definida la selección natural como clave de bóveda de su teoría de la evolución, lo que puso de manifiesto al dedicar un estudio al tema de la afectividad cuyas conclusiones quedaron recogidas en el libro titulado La expresión de las emociones en el hombre y en los animales, quizá uno de los textos fundacionales de la etología, especialidad de la biología y la psicología experimental que tiene por objeto el estudio de los comportamientos animales (no humanos, en principio) y que –dicho sea de paso y curiosamente– tiene origen etimológico compartido con la ética (ya saben: ethos).

Sería una pretensión imposible por mi parte dar cuenta completa aquí de todos los trabajos que en la actualidad se hallan en curso o han arrojado ya resultados en torno a la problemática de la conducta moral en el ser humano y en otros animales desde una perspectiva natural. Por mencionar algunos nombres asociados a ellos, seguro que al lector no le descubro nada alejado de sus referencias si menciono a Frans de Waal o a Edward O. Wilson, ubicados en la orilla de la biología; y a Steven Pinker o José Sanmartín del lado de las neurociencias. De sus lecturas y de otras se atisba un hilo de complejo trenzado que me atrevo a decir conduce desde la naturaleza, a través de las emociones, hasta los valores y normas que constituyen la materia prima de la ética; y que seguramente tienen su origen en la experiencia del dolor, del sufrimiento, como ya apuntó el mencionado Schopenhauer y la actual filósofa Martha C. Nussbaum en su sentido libro Paisajes del pensamiento: la inteligencia de las emociones.

La moral es una compleja dimensión de la vida humana intrínsecamente asociada a su esencial componente social. La ética, como experimentación consciente de la moral abierta al examen crítico, requiere de todos los recursos que el conocimiento científico le puede proporcionar para no renunciar a apuntar, al menos teóricamente, a una noción cada vez mejor definida de vida buena. Éste, a mi entender, es el centro de la ética al margen de la religión. Ciertamente a lo largo de la historia de la humanidad, prácticamente en todas la culturas, la moral se ha fundamentado trascendentalmente sobre el soporte de la fe religiosa, la cual le ha otorgado una firmeza y uniformidad que no siempre aseguran el pensamiento crítico y el conocimiento científico, no exentos de un escepticismo que muchos toman por carencia de convicción ética. No sólo desde el mundo religioso, sino también desde sectores del científico y filosófico se considera que la moral es efectiva en tanto que se halla sancionada por el dogma religioso. De aquí se pasa fácilmente a justificar su presencia en la institución educativa si se quiere formar íntegramente al individuo, también en su faceta ética y moral. El difunto Stephen Jay Gould lo reconoce así en su libro, ya clásico, sobre el asunto titulado muy expresivamente en castellano Ciencia versus religión, un falso conflicto. En él enuncia su tesis de los magisterios no superpuestos (MANS), con la que traza la frontera entre dos sistemas de principios igualmente necesarios para que el ser humano camine por la senda de una existencia guiada por la sabiduría. Son magisterios, a su parecer, que no tienen por qué chocar, pues la ciencia se ocupa del conocimiento del universo, mientras que la religión tiene para sí la dimensión espiritual y moral de la vida humana. En palabras del biólogo norteamericano: «estos dos ámbitos poseen igual valor y nivel necesario para cualquier vida humana completa; y (…) permanecen lógicamente distintos y completamente separados en estilos de indagación».

No puedo estar de acuerdo con la postura que expone este libro. Por supuesto que moral, ética, espiritualidad, son aspectos esenciales de la existencia humana. Pero no son monopolio de ninguna religión. El conflicto cuyo sentido niega Jay Gould es un hecho histórico que se da prácticamente desde los orígenes del pensamiento racional con la filosofía y que, con el devenir de los siglos, se agudizó a partir de la revolución científica moderna, y tuvo los que seguramente fueron sus momentos estelares en los casos de Galileo Galilei y de Charles R. Darwin.

¿Ética sin religión? Claro que sí, necesariamente sí, si queremos avanzar desde la heteronomía moral que anula la libertad del individuo hacia un planteamiento autónomo y consciente del problema de la vida buena. ¿Ética al modo naturalista? ¿Por qué no? Desde una perspectiva histórica apenas –y con continuas resistencias desde los sectores temerosos de que el librepensamiento despliegue sus alas– hemos empezado a explorar el ámbito de la conducta moral humana aplicando el método científico. Evitando reduccionismos y adoptando un modelo sistémico del conocimiento en el que se integren las ciencias de la naturaleza, las sociales y las nuevas humanidades que aprovechan las aportaciones de unas y otras, alcanzaremos una mejor comprensión de la ética y la moral para ganar en sabiduría.

martes, 4 de octubre de 2016

Evolución La adaptación al cambio es la clave de la supervivencia.

El término adaptación es uno de los pilares del pensamiento de Charles Darwin, un concepto sin el que no se comprende la teoría de la evolución. El naturalista inglés estableció que las especies que logran sobrevivir no son ni las más fuertes ni las más inteligentes. La clave de la supervivencia consiste en la capacidad para adaptarse a los cambios. Quienes no logran hacerlo, desaparecen. La crisis del PSOE aporta una insospechada variante política a la teoría que Darwin elaboró observando la variedad de picos que habían llegado a desarrollar los pinzones de las islas Galápagos. Cuando se produjeron las 17 dimisiones de la ejecutiva, yo estaba convencida de que los críticos habían calibrado a la micra las consecuencias de una cirugía tan masiva. Su experiencia, y la de sus mentores, me llevó a descartar cualquier otra hipótesis. Reconozco que estaba equivocada. Con independencia del desenlace de esta triste historia, su estrategia no obtuvo el fulminante efecto que buscaba. Desde entonces me pregunto si no habremos llegado de una vez al auténtico y definitivo final del bipartidismo, tantas veces anunciado y nunca consumado. Los críticos del PSOE han pretendido aplicar una solución del siglo XX a una situación del siglo XXI. Hay quien ha pedido incluso que se suspendan las primarias. Y no se trata de estar a favor o en contra de la elección directa del líder, sino de que, a estas alturas, esa petición es tan incomprensible como si hubiera sido formulada en sánscrito. La adaptación al cambio es la clave de la supervivencia. Aunque parezca mentira, un partido tan rancio en apariencia como el PP lo ha entendido mucho mejor. Después de atraerse a Ciudadanos, ni siquiera necesitan discutir sobre las primarias.

martes, 21 de junio de 2016

El síndrome de Dunning-Kruger

La relación entre estupidez y vanidad se ha descrito como el efecto Dunning-Kruger, según el cual las personas con escaso nivel intelectual y cultural tienden sistemáticamente a pensar que saben más de lo que saben y a considerarse más inteligentes de lo que son. El fenómeno fue rigurosamente estudiado por Justin Krugger y David Dunning, psicólogos de la Universidad de Cornell en Nueva York, y publicado en 1999 en “The Journal of Personality and Social Psychology”.

Se basa en los siguientes principios:
1º. Los individuos incompetentes tienden a sobreestimar sus propias habilidades.

2º. Los individuos incompetentes son incapaces de reconocer las verdaderas habilidades en los demás.

Antes de que estos estudiosos lo evidenciasen científicamente, Charles Darwin ya había sentenciado que “La ignorancia engendra más confianza que el conocimiento”, y los que tenemos la manía de reflexionar, que es lo mismo que mirarse al espejo, ya sospechábamos que la mayoría tendemos a valorarnos a nosotros mismos por encima de la media, cosa que, lógicamente, es estadísticamente imposible.

El avance de Krugger y Dunning fue simplemente demostrarlo en un experimento consistente en medir las habilidades intelectuales y sociales de una serie de estudiantes y pedirles una auto-evaluación posterior. Los resultados fueron sorprendentes y reveladores: Los más brillantes estimaban que estaban por debajo de la media; los mediocres se consideraban por encima de la media, y los menos dotados y más inútiles estaban convencidos de estar entre los mejores. Estas observaciones, además de curiosas me parecen preocupantes, pues según ellas los más incompetentes no sólo tienden a llegar a conclusiones erróneas y tomar decisiones desafortunadas, sino que su incompetencia les impide darse cuenta de ello.

Pues bien, en la actualidad estos parámetros vienen al pelo para catalogar e interpretar muchas de las decisiones y desaciertos de tantos pretendidos “expertos” en economía y política, que nos han llevado a donde estamos. No estoy aludiendo a ningún personaje concreto, ni a ninguna opción política, sino simplemente me atrevo a proponer el modelo para diagnosticar a tantos líderes, peritos, charlatanes, sacamantecas y desatinados que pululan por doquier y padecen este “Síndrome de Dunning-Kruger”, y de paso recomendarles que, como diría un catalán, se lo hagan mirar ya que ellos solos, por si mismos, son incapaces de reconocer que lo padecen. Y el resto mejor no dárnoslas de sabios en nada, no sea que también estemos afectados.

http://hyperbole.es/2012/12/el-sindrome-de-dunning-kruger/

martes, 28 de octubre de 2014

Richard Dawkins: “No eduquen a los niños en dioses ni hadas”

Cuenta que de niño ya se daba cuenta de que Papá Noel era un señor disfrazado que se llamaba Sam. Al británico Richard Dawkins (Nairobi, 1941) no le basta haber llegado a la conclusión de que no hay Dios: quiere que todo el mundo lo entienda así. Sostiene alta la bandera del escepticismo este biólogo (zoólogo) de la Universidad de Oxford, estudioso de Charles Darwin, que saltó al primer plano cuando escribió en El gen egoísta (1976) que no somos más que vehículos de los genes, máquinas programadas para que ellos sean casi inmortales. “El cuerpo del animal no es más que un repositorio temporal”.

Desde entonces Dawkins es un exitoso divulgador científico y ensayista, habitual de los platós de televisión (ha producido documentales, al estilo de su admirado Carl Sagan). Lleva tiempo animando la polémica, también en las redes sociales, donde dispara y le disparan. Considera su misión combatir dogmas religiosos, supersticiones y seudociencias. En 2006 publicó El espejismo de Dios, un libro que aspira desde la primera página a conseguir que el lector pierda la mucha o poca fe que le quedara, un arrebatado e irónico texto que pretende desmontar uno a uno los argumentos del cristianismo y las demás creencias religiosas. En Evolución. El mayor espectáculo sobre la tierra, de 2009, Dawkins explica con lucidez a cualquier profano las pruebas abrumadoras de que ha sido la selección natural la que moldeó y sigue moldeando nuestra realidad. Da así la batalla contra el creacionismo, la idea de que el mundo se hizo en seis días y el hombre convivió con los dinosaurios, que trata de colarse en el sistema educativo de EE UU de la mano de sectores de la derecha como el Tea Party...
Leer más en El País.

jueves, 30 de junio de 2011

El visionario que acertó

La autobiografía de Nikola Tesla retrata a un genio ensombrecido por Edison y erigido en icono de la cultura popular.

Pocas veces alguien con un sitio tan claro en las enciclopedias ha sido a la vez tan claramente un personaje de novela. Y de película, cómic y videojuego. Ese alguien es Nikola Tesla, un físico serbio nacido en Croacia en 1856 y emigrado a Estados Unidos que terminó prestando su apellido a la unidad de inducción magnética (el tesla), además de ser reconocido en todo el mundo como el hombre que consiguió domesticar la corriente alterna -a través del motor de inducción polifásico- y en su país de adopción como el inventor de la radio. Este último reconocimiento le llegó cuando el Tribunal Supremo decretó que Marconi se había basado para su trabajo en las patentes desarrolladas por Tesla.

El hecho de que la justicia dictara su fallo en 1943, cuando el científico serbocroata llevaba meses muerto, es solo un ejemplo de lo que el futuro destinaba a su figura. Pese a que sus inventos permitieron iluminar grandes ciudades, enviar la electricidad a miles de kilómetros por primera vez o construir la primera gran central hidroeléctrica del mundo -en las cataratas del Niágara-, su nombre ha quedado ensombrecido por el de Thomas Alva Edison, con el que Tesla llegó a colaborar. El encuentro y desencuentro entre ambos lo cuenta este último en Mis inventos, el texto autobiográfico que, junto al ensayo El problema de aumentar la energía humana, integra ahora el volumen Yo y la energía, traducido por Cristina Núñez Pereira, publicado por Turner y acompañado por una larga y apasionante introducción del periodista y escritor Miguel Ángel Delgado.

"En este volumen hay dos libros: el de Tesla y el de Miguel Ángel Delgado", dijo ayer en la sede madrileña del Círculo de Lectores José Manuel Sánchez Ron. El físico y miembro de la Real Academia Española abrió el acto enseñando un paquete comprado en unos grandes almacenes. Contenía la versión en muñeco de algunos de los grandes héroes de la ciencia y la técnica modernas. Allí entre, Darwin, Madame Curie o Einstein estaba Tesla. El propio Sánchez Ron reconoció que cuando lo vio en la tienda se preguntó: "¿Qué hace este aquí?". Era su manera de reconocer el lugar fronterizo de "un visionario que acertó", un genio que "lo tenía todo para no prosperar como hombre de empresa". Ese "todo" del que habla Sánchez Ron fueron un cuerpo, una personalidad y una inteligencia extremas: de dos metros de altura y políglota desatado -declaró haber estudiado 12 lenguas y llegó a manejarse en no menos de seis-, conjugaba su afán de notoriedad con una misantropía enfermiza que le llevó a mantenerse célibe durante toda su vida y que por momentos le impedía incluso dar la mano a la gente. Amén de rechazar el ofrecimiento de colaboración como ayudantes sin sueldo de futuros premios Nobel de Física. Eso, no obstante, no evitó que el gran mundo frecuentara su laboratorio neoyorquino: de la actriz Sarah Bernhardt a su gran amigo Mark Twain. Un hombre que ha fascinado a escritores como Paul Auster o Thomas Pynchon, que lo han convertido en personaje de sus novelas, o a cineastas como Jim Jarmusch o Christopher Nolan.

Convertido en icono pop, Tesla se ha asomado en los últimos años en cómics, discos, videojuegos y series de televisión, de House a Los Simpson. Ese es uno de los muchos Tesla. El otro es el de la leyenda que empezó a fraguarse el día que murió en la habitación 3327 del hotel New Yorker. El mito dice que el FBI habría recogido sus papeles, que, por supuesto, permanecen en secreto.

A Miguel Ángel Delgado no le hace gracia la teoría conspiranoica porque podría reducir a caricatura a uno de los grandes genios de la historia de la humanidad. Él prefiere subrayar que fue uno de los primeros en "preocuparse por cosas que preocupan mucho ahora, pero nada en su tiempo": la necesidad de explotar energías limpias e inagotables frente a la dependencia del petróleo, el peligro nuclear o la atención a la ecología. Y, por supuesto, "las posibilidades que ofrece la transmisión inalámbrica de electricidad". El futuro parece suyo; el presente, también. La historia, todavía no.