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martes, 5 de marzo de 2019

_- Esclavitud moderna, el crimen organizado en su máxima expresión

_- Este artículo forma parte de una serie sobre trata y tráfico de personas, que cuenta con el respaldo de Riana Group.


NACIONES UNIDAS, 26 feb 2019 (IPS) - Más de 40 millones de personas viven en condiciones de esclavitud en el mundo, entre ellas 25 millones realizando trabajos forzosos y 15 millones en matrimonios forzados, 71 por ciento de las cuales son mujeres y niñas, concluyó un exhaustivo estudio de la Organización Internacional del Trabajo (OIT).

Y la situación podría haber empeorado desde que se publicó “Estimaciones Mundiales sobre la Esclavitud Moderna”, en 2017, realizado en colaboración con la Fundación Walk Free.

La Red Safe Haven, con sede en Chicago, calificó la trata de personas como “la mayor actividad criminal internacional, superior al narcotráfico y a la venta ilegal de armas”.

En la actualidad, la esclavitud y la discriminación racial son dos lados de la misma moneda en Estados Unidos, donde el racismo se hizo más visible bajo la bandera nacionalista de la “supremacía blanca”, resurgida con el demagógico gobierno de Donald Trump.

A pesar de estar prohibida en todas partes del mundo, la esclavitud adoptó nuevas formas como la trata y el tráfico de personas, el reclutamiento de niños soldados, el matrimonio precoz, la servidumbre doméstica, tanto en el Sur como en el Norte global.

Los trabajadores migrantes, ya sea en plantaciones de naranja en Italia o en la construcción, en Qatar, están en riesgo, puntualizó Karolin Seitz, oficial de programa para responsabilidad corporativa y derechos humanos de Global Policy Forum, con sede en Bonn, en diálogo con IPS.

La experiencia muestra que los compromisos voluntarios de las compañías trasnacionales no son suficientes, puntualizó.

No alcanza porque países como Gran Bretaña, con su Ley contra la Esclavitud, Australia, con su Ley sobre la Esclavitud Moderna, o Francia con su Ley de Vigilancia, llegaron a la conclusión de que solo funcionan las normas vinculantes.

Un estudio de la Organización Mundial de la Salud sobre la salud de los refugiados y migrantes en Europa concluyó que los trabajadores migrantes tienen más probabilidades de trabajar una cantidad excesiva de horas en empleos riesgosos y sin las medidas de seguridad adecuadas y sin quejarse.

Las víctimas de trata o tráfico quedan fuera del radar de las autoridades y no tienen acceso a la justicia, observó Seitz.

Según ella, para eliminar las ventajas competitivas que ofrece la esclavitud moderna, la trata de personas y la contaminación ambiental, los mecanismos de derechos humanos necesarios deben ir más allá de los límites fronterizos, opinó Seitz.

Por su parte, la secretaria general de la Confederación Internacional de Sindicatos (ITUC, en inglés), Sharan Burrow, dijo a IPS que la desigualdad y la esclavitud moderna van de la mano para millones de personas. Pero es posible terminar con esta última.

“La esclavitud moderna está en todas partes, desde el kafala (sistema en que trabajadores migrantes tienen un patrocinador local, responsable de su visa y su estado legal) en Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos, pasando por las haciendas de Paraguay y la pesca en Tailandia y Filipinas, hasta la agricultura en Italia”, observó.

“Es una cuestión de voluntad política generar los cambios legales y garantizar la libertad de asociación, que derivará de exponer el escándalo y de las campañas de trabajadores, consumidores y sindicatos. Los gobiernos deben ejercer presión sobre las corporaciones, la gente lo reclama”, añadió.

La directora de la oficina en Medio Oriente y África del norte de Igualdad Ya, Dima Dabbous, dijo a IPS que la OIT estima que hay 1,6 millones de mujeres migrantes en la región viviendo bajo el kafala.

En los países del Golfo, las trabajadoras migrantes se encuentran en una situación vulnerable pues trabajan en el ámbito doméstico, sujetas a un empleador sin poder renunciar ni cambiar de empleo ni irse del país sin el consentimiento de su patrocinador, el que las puede amenazar con deportarlas en caso de que protesten por las condiciones laborales, precisó.

En esas condiciones, abusos como restricción de movimiento, retención del pago y agresión física y sexual son moneda corriente. Y en casos extremos, causaron la muerte de alguna mujer, indicó Dabbous, exdirectora del Instituto de Estudios de Mujeres en el Mundo Árabe.

En Líbano se lograron ciertas mejoras en el tipo de contratos que regulan el trabajo de mujeres migrantes que realizan tareas domésticas, como descanso semanal, el pago en fecha del salario y que las que sufren abusos recurran a las autoridades.

Pero no se logró un gran cambio porque los contratos no están escritos en una lengua que hablen las empleadas migrantes ni las autoridades velan por su cumplimiento.

“Los empleadores les siguieron confiscando los pasaportes, todavía no tienen un día de descanso semanal y tienen muy pocas posibilidades de quejarse ante las autoridades o de denunciar un abuso”, se lamentó Dabbous.

La OIT y otras organizaciones no gubernamentales internacionales deben seguir denunciando el sistema de kafala que hace que las mujeres migrantes queden sujetas a sus empleadores como si fueran esclavas, subrayó.

Además, la comunidad internacional debe ayudar a las organizaciones locales a abolir o reemplazar ese sistema.

Las leyes, si bien tienen falencias y presentan dificultades en su implementación, obligan a las grandes compañías a realizar declaraciones precisando el riesgo de esclavitud en su cadena de suministro, así como las acciones que toman para evitarlo, destacó Seitz, de Global Policy Forum.

Otros países, en cambio, todavía creen en medidas voluntarias. El Plan de Acción Nacional de Alemania para la implementación de los Principios Guía de las Naciones Unidas sobre Empresas y Derechos Humanos carece de responsabilidad, en parte también por la gran presión de las empresas.

A fin de fijar estándares comunes y sólidos a escala mundial, los Estados deben apoyar el proceso actual en el Consejo de Derechos Humanos de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) para crear un tratado vinculante que regule a las empresas transnacionales en cuestiones de derechos humanos, instó.

El documento debería requerir que los Estados establezcan la obligatoriedad de la diligencia debida en materia de derechos humanos, que las compañías se hagan responsables por romperla en casos de violación y que eliminen los impedimentos que tienen las víctimas para acceder a la justicia, precisó Seitz.

El trabajo es más inseguro en el mundo, con el predominio de contratos a corto plazo, y aumentan el trabajo informal y la esclavitud moderna, puntualizó Burrow, de ITUC.

La desigualdad de ingresos hace que la gente acepte empleos en condiciones de explotación, lo que impide a los trabajadores ejercer sus derechos.

“Cuando hay salarios bajos y no hay un empleo decente, cuando no hay sindicatos que representen y defiendan los derechos de los trabajadores, se crean las condiciones que llevan a la esclavitud moderna”, apuntó.

La debida diligencia y la transparencia son clave para poner fin a la esclavitud moderna en la cadena de suministro, subrayó.

Cuando las corporaciones asumen su responsabilidad con la debida diligencia y, por consiguiente, le dan transparencia a su cadena de suministro, es posible crear procedimientos de reclamo que pueden facilitar una solución a violaciones laborales, desde el trabajo forzado a un sueldo por debajo del salario mínimo.

Una ley sobre debida diligencia con nuevo mandato se está por adoptar en Francia, y otros países como Alemania y Holanda se preparan para seguir el mismo camino, apuntó.

Traducción: Verónica Firme

martes, 4 de diciembre de 2018

_- El oscuro camino del neoliberalismo hacia el fascismo

_- El neoliberalismo como teoría económica siempre fue un absurdo. Tenía tanta validez como otras ideologías dominantes del pasado, véase el derecho divino de los reyes o la creencia del fascismo en el Übermensch (Superhombre). Ninguna de sus esperanzadoras promesas eran ni remotamente posibles. Concentrar la riqueza en manos de una élite oligárquica global (ocho familias tienen ahora tanta riqueza como el 50% de la población mundial), y demoler a la vez los controles y las regulaciones gubernamentales no podía sino conducir inexorablemente a la desigualdad de ingresos, a la creación de monopolios, al extremismo político y a la destrucción de la democracia. No hace falta ir a las 577 páginas de “El capital en el siglo XXI” de Thomas Piketty para darse cuenta de esto. Pero la racionalidad económica nunca fue el asunto. El asunto era la restauración del poder de clase.

Como ideología dominante, el neoliberalismo tuvo un éxito brillante. A partir de la década de 1970, los principales críticos keynesianos fueron expulsados ​​de la academia, las instituciones estatales, organizaciones financieras como el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial, así como de los medios de comunicación. Cortesanos e intelectuales petulantes que cumplían con los requisitos, léase por ejemplo Milton Friedman, fueron formados en lugares como la Universidad de Chicago y recibieron plataformas prominentes y lujosos fondos corporativos. Difundieron el mantra oficial de teorías económicas desacreditadas y marginales que popularizaron Friedrich Hayek y la escritora de tercera categoría Ayn Rand. Y en cuanto nos arrodilláramos ante los dictados del mercado y se levantaran las regulaciones gubernamentales, se recortaran los impuestos a los ricos, se permitiese el flujo de dinero a través de las fronteras, se destruyeran los sindicatos y se firmaran acuerdos comerciales que enviaban puestos de trabajo a las explotaciones en China, el mundo sería un lugar más feliz, libre y rico. Fue una estafa. Pero funcionó.

“Es importante reconocer los orígenes de clase de este proyecto, gestado en la década de 1970 cuando la clase capitalista se encontraba en problemas, los trabajadores estaban bien organizados y tenían la capacidad de hacer retroceder a los empresarios”, me dijo David Harvey, autor de “Una Breve historia del neoliberalismo “, en una conversación que tuvimos en Nueva York. “Como cualquier clase dominante, necesitaban ideas dominantes. Por lo tanto, las ideas dominantes fueron que la libertad de mercado, la privatización, el espíritu empresarial, la libertad individual y todo lo demás deberían ser las ideas dominantes de un nuevo orden social, y ese fue el orden que se implementó en los años 80 y 90″.

“Como proyecto político, fue muy inteligente”, dijo. “Obtuvo un gran consenso popular porque hablaba de la libertad individual y de la libertad de elección. Pero en realidad se refería a la de mercado, principalmente. El proyecto neoliberal dijo a la generación del 68, “Ok, ¿quieres ser libre y tener libertad?” De eso trataba el movimiento estudiantil. “Te lo daremos, pero será la libertad del mercado. La otra cosa que buscas es la justicia social, olvídalo. Te vamos a dar la libertad individual, olvídate de la justicia social. No te organices”. El intento fue desmantelar esas instituciones, que no eran otras sino las instituciones colectivas de la clase trabajadora, particularmente los sindicatos y poco a poco los partidos políticos que representaban algún tipo de preocupación por el bienestar de las masas.

“Lo mejor de la libertad de mercado es que parece ser igualitaria, pero no hay nada más desigual que el trato igualitario de los desiguales”, continuó Harvey. “Promete la igualdad de trato, pero si eres extremadamente rico, significa que puedes hacerte más rico. Si eres muy pobre, es más probable que te empobrezcas. Lo que Marx mostró brillantemente en el volumen uno de ‘El Capital’ es que la libertad de mercado produce niveles cada vez mayores de desigualdad social”.

La difusión de la ideología del neoliberalismo fue organizada por la clase capitalista. Las élites capitalistas financiaron organizaciones como Business Roundtable y la Cámara de Comercio y think tanks como “The Heritage Foundation” para vender el producto al gran público. Ellos financiaron a las universidades con donaciones, siempre y cuando las universidades pagaran y contribuyeran con su lealtad a la nueva ideología dominante. Utilizaron su influencia y riqueza, así como sus plataformas de medios de comunicación, para transformar a la prensa en su portavocía. Y silenciaron a los herejes o les hicieron difícil encontrar empleo. El aumento del valor de las acciones bursátiles en lugar del aumento de la producción se convirtió en la nueva medida de la economía. Todo y todos fueron financiarizados y mercantilizados.

“El valor se fija por cualquier precio que se concrete en el mercado”, dijo Harvey. “Entonces, Hillary Clinton es muy valiosa porque dio una conferencia a Goldman Sachs por 250.000 dólares. Si doy una conferencia a un grupo pequeño en el centro de la ciudad y obtengo 50 dólares por ella, obviamente ella vale mucho más que yo. La valoración de una persona, de su contenido, se infiere de lo que puede obtener de ello en el mercado”.

“Esa es la filosofía que se encuentra detrás del neoliberalismo”, continuó. “Tenemos que poner precio a todas las cosas, aun cuando algunas de ellas no deberían ser consideradas como tales y tratadas como productos básicos. Por ejemplo, el cuidado de la salud, en el mismo momento en que se convierte en una mercancía. La vivienda para todos es otro ejemplo. Y la educación. Por lo tanto, los estudiantes tienen que pedir prestado dinero para obtener la educación que les permita obtener un empleo en el futuro. Esta es la estafa. Básicamente dice que si te comportas como un empresario, si sales ahí afuera y te entrenas, obtendrás tus justas recompensas. Pero si no las obtienes, es porque no te entrenaste bien. O porque tomaste un camino equivocado. Porque te dedicaste a estudiar filosofía o a leer a los clásicos en lugar de inscribirte en un curso de habilidades autopersonales de gestión”.

La estafa del neoliberalismo es a día de hoy ampliamente comprendida en casi todo el espectro político. Es cada vez más difícil ocultar su naturaleza depredadora, incluida sus enormes exigencias de cuantiosos subsidios públicos (Amazon, por ejemplo, solicitó y recibió beneficios fiscales multimillonarios de Nueva York y Virginia para establecer centros de distribución en esos estados). Esto ha obligado a las élites gobernantes a establecer alianzas con demagogos de derechas que utilizan las crudas tácticas del racismo, la islamofobia, la homofobia, la intolerancia y la misoginia para canalizar la creciente rabia y frustración de la sociedad lejos de las élites, canalizándola hacia los vulnerables. Estos demagogos aceleran el saqueo de las élites globales y, al mismo tiempo, prometen proteger a los trabajadores y trabajadoras. La administración de Donald Trump, por ejemplo, ha abolido numerosas regulaciones, desde las emisiones de gases de efecto invernadero hasta la neutralidad de la red, y ha recortado los impuestos a las personas y corporaciones más ricas, impidiendo el ingreso público de 1.500 millones de dólares durante la próxima década. Todo esto estableciendo al mismo tiempo un lenguaje autoritario y otras formas de control.

El neoliberalismo genera poca riqueza. Más bien, la redistribuye hacia arriba hacia las manos de las élites gobernantes. Harvey llama a esto “acumulación por desposesión”.

“La lógica principal de la acumulación por desposesión se basa en la idea de que cuando las personas se quedan sin la capacidad de fabricar cosas o prestar servicios, siga siendo posible establecer un sistema que extraiga su riqueza restante”, dijo Harvey. “Esa extracción se convierte entonces en el centro de sus actividades. Una de las formas en que puede ocurrir esa extracción es creando nuevos mercados de productos básicos donde antes no existían. Por ejemplo, cuando era más joven, la educación superior en Europa era esencialmente un bien público. Cada vez más -este y otros servicios- se han convertido en una actividad privada. Servicios de salud. Muchas de estas áreas que usted consideraría que no son productos comerciales en el sentido ordinario se convierten en tales tipos de productos. La vivienda para la población de bajos ingresos a menudo era vista como una obligación social. Ahora todo tiene que pasar por el mercado.

“Cuando era niño, el agua en Gran Bretaña se proporcionaba como bien público”, dijo Harvey. “Al cabo de un tiempo, por supuesto, se privatizó. Comienzas a pagar los gastos de agua. Han privatizado el transporte (en Gran Bretaña). El sistema de autobuses es caótico. Existen todas esas compañías privadas corriendo de aquí para allá, en todas partes. No hay manera de encontrar un sistema que necesites realmente. Lo mismo sucede con los ferrocarriles. Pero una de las cosas que suceden en este momento en Gran Bretaña es interesante: el Partido Laborista dice: ‘Vamos a tomar todo eso de nuevo en propiedad pública porque la privatización es totalmente insana y tiene consecuencias insanas y no está funcionando bien en absoluto’. La mayoría de la población ahora está de acuerdo con esto”.

Bajo el neoliberalismo, el proceso de “acumulación por desposesión” está acompañado por la financiarización.

“La desregulación permitió que el sistema financiero se convirtiera en uno de los principales centros de actividad redistributiva a través de la especulación, la depredación, el fraude y el robo”, escribe Harvey en su libro, tal vez el mejor y más conciso relato de la historia del neoliberalismo. “La promoción de acciones cotizadas, los esquemas de Ponzi, la destrucción estructurada de activos a través de la inflación, la desmantelación de activos a través de fusiones y adquisiciones, la exponencial elevación de los niveles de deuda tal que reducen poblaciones enteras incluso en los países capitalistas avanzados al peonaje de la deuda. Por no decir nada del fraude corporativo, la devaluación de activos, el ataque a los fondos de pensiones, su aniquilación por la inducción de colapsos corporativos a través de la manipulación de créditos y acciones, en todo esto se ha convertido el sistema financiero capitalista”.

El neoliberalismo, blandiendo su tremendo poder financiero, es capaz de diseñar crisis económicas para deteriorar el valor de los activos y luego aprovecharse de ellos.

“Una de las maneras en que se puede crear una crisis es cortando el flujo de crédito“, dijo. “Esto se hizo en el este y sureste de Asia en 1997 y 1998. De repente, la liquidez se agotó. Las principales instituciones no prestaban dinero. Había habido un gran flujo de capital extranjero en Indonesia. Cerraron el grifo. El capital extranjero fluyó hacia afuera. Lo cerraron en parte porque una vez que todas las empresas se declararon en bancarrota, podían pasar a ser compradas con grandes descuentos. Vimos lo mismo durante la crisis de la vivienda aquí (en los Estados Unidos). Las ejecuciones hipotecarias posibilitaron posteriores recompras de pisos a precios muchísimo más baratos. Es cuando entra Blackstone, compra todas las viviendas y pasa a convertirse en el propietario más grande de todos los Estados Unidos. Tiene 200.000 propiedades o algo así. Ahora se encuentra esperando que el mercado gire. Cuando el mercado gire, que lo hará brevemente, entonces podrá vender o alquilar y cometer el crimen. Blackstone ha conseguido el pelotazo del siglo gracias a las ejecuciones hipotecarias a partir de las que todo el mundo perdió. En esencia se trata de una transferencia masiva de riqueza“.

Harvey advierte que la libertad individual y la justicia social no son necesariamente compatibles. La justicia social, escribe, requiere solidaridad social y “la voluntad de sumergir los deseos, las necesidades y los deseos individuales en la causa de una lucha más general como, por ejemplo, la igualdad social y la justicia ambiental”. La retórica neoliberal, con su énfasis en las libertades individuales, puede efectivamente “separar el libertarismo, las identidades políticas, el multiculturalismo y, finalmente, hacer oscilar hacia el consumismo narcisista a las fuerzas sociales que persiguen la justicia social a través de la conquista del poder estatal”.

El economista Karl Polanyi entendió que hay dos tipos de libertades. Existen las malas libertades para explotar a quienes nos rodean, obteniendo así enormes ganancias sin tener en cuenta el bien común, incluido lo que se hace con el ecosistema y las instituciones democráticas. Estas malas libertades hacen que las corporaciones monopolicen las tecnologías y los avances científicos para obtener enormes ganancias, incluso cuando, como sucede con la industria farmacéutica, un monopolio implique que las vidas de quienes no pueden pagar precios exorbitantes sean puestas en peligro. Las buenas libertades -la libertad de conciencia, la libertad de expresión, la libertad de reunión, la libertad de asociación, la libertad de elegir el trabajo- se extinguen finalmente por la primacía de las malas libertades.

“La planificación y la regulación están siendo atacadas como si implicasen una negación de la libertad”, escribió Polanyi. “La libertad de empresa y la propiedad privada se asocian con las esencias finales de la libertad. Se dice que ninguna sociedad construida sobre otras bases merece ser llamada libre. La libertad que la regulación ofrece es denunciada como falta de libertad; La justicia, la libertad y el bienestar que posibilita la regulación se asocia a la esclavitud”.

El concepto de la libertad degenera así en una mera defensa de la libertad de empresa, que significa “plenitud de libertad para aquellos cuyos ingresos, ocio y seguridad no necesitan ser mejorados, y una simple miseria de libertad para las personas, que en vano pueden intentar ‘hacer uso de sus derechos democráticos para obtener refugio del poder de los dueños de propiedades’, escribe Harvey, citando a Polanyi. “Pero si, como siempre es el caso, ‘no es posible una sociedad en la que el poder y la coerción estén ausentes, ni un mundo en el que la fuerza no tenga ninguna función’, entonces la única forma en que esta liberal visión utópica podría sostenerse es por la fuerza, la violencia y el autoritarismo. El utopismo liberal o neoliberal está condenado, en opinión de Polanyi, a derivar en el autoritarismo, e incluso en el fascismo absoluto. Las buenas libertades se pierden, las malas prosperan”.

El neoliberalismo transforma la libertad de la mayoría en la libertad de unos pocos. Su resultado lógico es el neofascismo. El neofascismo suprime las libertades civiles en nombre de la seguridad nacional y califica a grupos enteros de la sociedad como traidores y enemigos del pueblo. Es el instrumento militarizado utilizado por las élites gobernantes para mantener el control, dividir y desgarrar a la sociedad y acelerar aún más el saqueo y la desigualdad social. La ideología dominante, ya nunca más creíble, está mutando en abuso y totalitarismo.

* Artículo de Chris Hedges publicado originalmente en inglés en Truthdig
* Ilustración: Mr. Fish

viernes, 19 de octubre de 2018

_- Entrevista a Bruno Estrada, economista y dirigente de CC.OO. “La democracia no debe quedarse en lo público. Tiene que entrar también en la economía privada”



CTXT



Parafraseando a Marx, los economistas críticos no han hecho más que cuestionar de diversas maneras el sistema, que genera una enorme desigualdad, pero de lo que se trata es de transformarlo.

Bruno Estrada, economista, con perdón, adjunto al secretario general de Comisiones Obreras, director del Área de Democracia y Desarrollo Productivo de la Fundación 1º de Mayo de CC.OO., analiza las diversas maneras en que se ha tratado de transformar el sistema productivo durante el último siglo, pero sobre todo se pone a la tarea de cómo afrontar esa transformación hoy en sociedades complejas y desarrolladas. La llama La Revolución Tranquila . Ese es el título del libro que acaba de publicar. A su profesión de economista añade una doble afiliación: la de miembro de CC.OO. y, con la convicción de que el sindicalismo debe ser activista políticamente, la de integrante de Podemos.

¿Qué es la Revolución Tranquila?
La idea que quiero transmitir con ese concepto es que se pueden afrontar procesos de transformación social profundos sólo si se plantean desde espacios democráticos. La Historia nos ha llevado a la conclusión de que acelerar los cambios a través de procesos más o menos violentos finalmente convierten los supuestos avances en retrocesos. Es lo que ha pasado en los países del socialismo real o en muchas revoluciones más contemporáneas. Si la gran mayoría de la sociedad no va cambiando paulatinamente asumiendo esos proyectos, las vanguardias, que son las que establecen a dónde hay que llegar, al final se convierten en parte del problema y no en la solución. Por ejemplo, como indico en el libro, el sistema de valores de la Rusia actual es mucho más conservador, tras haber pasado supuestamente por lo que decían que era un sistema socialista, que el de la Suecia actual.

Asegura que la renuncia de la libertad a cambio de la igualdad ha supuesto un lastre para para el socialismo. ¿A qué se debió esa renuncia que no estaba en su origen?
Por un lado, tuvo que ver con ese planteamiento de que sólo las vanguardias eran capaces de establecer lo que la sociedad quería tener y, por tanto, no era necesario dar libertad a la gente. Creo que fue un grave error. Construir sociedades más igualitarias, más libres, exige la participación de la sociedad, no de pequeños grupos organizados.

Junto a ello, la socialdemocracia, que en sus inicios mantuvo un equilibrio entre igualdad y libertad, a partir de la revolución neoliberal de los años 80, tomó una posición sumisa frente al neoliberalismo y dejó de reconocer que es el Estado de Bienestar el que ofrece libertad para más gente, frente a la visión espuria de la libertad que nos quiere vender el neoliberalismo, que en el fondo es libertad para unos pocos privilegiados. La izquierda entonces contrapuso libertad con igualdad. Yo creo que son elementos complementarios: cuanta más igualdad haya mayor libertad habrá para mayor número de personas, porque la gente accede a mayores niveles de libertad si tiene unos niveles materiales cubiertos.

Pero el neoliberalismo, que ha hecho de la libertad su bandera, también prescinde de ella cuando le hace falta. El caso de Chile con Pinochet es el más claro.

Ese es un claro ejemplo de libertad económica y un régimen dictatorial de represión de trabajadores y sindicatos. La defensa de la libertad neoliberal es falsa, es la libertad de unos pocos.

¿Y cómo afrontar otra forma de libertad económica que beneficie a todos, no sólo a los ricos?
Debemos repensar la libertad económica desde la democracia, que participen en ella todos los agentes de la actividad económica, no sólo los accionistas y directivos, sino también los trabajadores y los consumidores. En el seno de la empresa deberían opinar todos sobre las formas de producción, los horarios, las necesidades salud laboral por encima de las necesidades de producción. La democracia no se puede quedar a las puertas de las fábricas, como señaló Ernts Wigforss, ministro de Economía sueco en los años 30.

Es fundamental repensar la economía de forma diferente a como nos la han enseñado en la Universidad: una economía dirigida sólo por un pequeño número de agentes, cuando en el fondo la economía determina gran parte de nuestra vida. Tenemos que participar todos.

¿Pero, cómo puede conseguirse una democracia efectiva, donde esta abarque también la democracia económica?
Para ello, la izquierda debe empezar a pensar en espacios diferentes a los que pensaba hasta ahora. Tradicionalmente la izquierda divide el espacio económico entre lo privado y lo público, y el único espacio de democratización es el espacio de lo público. Así se aspiraba a aumentar el espacio económico público como forma de aumentar la democracia. Yo planteo que entre ambos hay otro espacio que es el del capital colectivo: los trabajadores pueden también ser propietarios de las empresas, como implantó la socialdemocracia sueca, con una fortísima resistencia de los empresarios, que llegaron a ir a la huelga. Parte del incremento salarial de los trabajadores iba destinado a un fondo que tomaba una parte del accionariado de la empresa. Eso permite que la democracia entre en el espacio de la empresa. Durante la vigencia de esta legislación en Suecia, siete años, el desempleo se redujo hasta el 1,9%, porque la reinversión productiva de los beneficios en la empresa fue mayor. Y el Producto Interior Bruto per cápita de Suecia que en 1984 era el 78% del de EEUU aumentó hasta representar el 126% del Estados Unidos en 1991.

Suecia sin embargo ha cedido también al modelo neoliberal y ahora está amenazada por el ascenso de la extrema derecha.
La batalla por esa transición al socialismo se perdió por el conflicto social generado por los empresarios, al tiempo que era asesinado el principal impulsor de esa vía, Olof Palme. Pero es un modelo que se puede retomar. De hecho, el Partido Laborista Británico acaba de aprobar, en su reciente conferencia anual, una propuesta económica que recoge la participación de los trabajadores en la empresa, tal como se hizo en Suecia. La economía no se puede transformar sólo a través de lo público, sino también con la participación de los trabajadores en las empresas.

¿No están pagando los partidos socialdemócratas el haber asumido sin más los planteamientos neoliberales? Electoralmente no hacen otra cosa que descender desde la crisis y sobre todo desde que se sumaron a las políticas de austeridad y recortes de derechos.
Lo están pagando porque ante la crisis de 2007-2008 los ciudadanos europeos depositaron sus esperanzas en que los partidos que decían representar a los trabajadores y defender el Estado de Bienestar, se harían políticas diferentes, que defendieran a los ciudadanos frente a los mercados financieros. Sin embargo, la gran mayoría de los dirigentes de esos partidos se pusieron de parte de las políticas de austeridad y devaluación salarial. En España lo vimos con Zapatero, también en el socialismo francés y holandés.

Pero la asunción del modelo neoliberal por los socialistas viene de antes ¿no?
Sí, viene de ese aggiornamento socialdemócrata de la llamada Tercera Vía en los años 90. Un hecho relevante ocurrió en 1999 impulsado por Bill Clinton, abanderado de esa Tercera Vía, con Tony Blair. Clinton derogó la ley Glass-Steagall, aprobada tras el crash de 1929, que separaba los bancos de inversión, dedicados a la especulación, de los bancos de depósitos de los pequeños ahorradores, para evitar riesgos financieros a estos. Nadie en sesenta y seis años se había atrevido a acabar con esa ley aprobada durante el mandato de Roosevelt. Ocho años después de la derogación de esta ley por Clinton se desató la mayor crisis financiera desde el Crash de 1929 con el desplome de gran parte del sistema bancario.

Los sindicatos son claves en la defensa de los trabajadores, lo han sido siempre. Y en ese periodo de auge neoliberal también han perdido fuerza ¿Qué ha pasado para que mucha gente se haya alejado de ellos?
Por un lado, se ha debido a la ofensiva neoliberal. Los tres pilares de la hegemonía socialdemócrata de posguerra eran unos sindicatos fuertes, un sistema monetario-financiero controlado, establecido por los acuerdos de Bretton Woods, que evitaba burbujas financieras, y un Estado del Bienestar. Esos tres elementos son lo que ataca el neoliberalismo. Se llevó a cabo una desregulación financiera, con la consecuencia de la explosión de varias burbujas financieras que tienen lugar a partir de los años noventa en la periferia y que finalmente estallan en 2007-2008; se produce un intento de jibarización del Estado de Bienestar y se debilita a los sindicatos, como los agentes que en las empresas pueden enfrentarse a la posición preeminente de los accionistas. Eso se aprecia más en el mundo anglosajón que en los otros países occidentales.

¿Ha afectado también el cambio en los modos de producción?
Las formas de actuación de los sindicatos no pueden ser ahora las mismas. La existencia de grandes fábricas, donde los trabajadores tenían una sensación de comunidad, se ha roto en muchos espacios con la externalización productiva. La acción sindical es mucho más compleja y no se ha respondido de forma adecuada. Yo creo que ahora se está aprendiendo mucho en el tema. Yo pertenezco a Comisiones Obreras. Hace tres años iniciamos un proceso de repensar el sindicato. En Estados Unidos y el Reino Unido se plantean también un cambio en línea con nuestro modelo: que además de la acción sindical en la empresa, el sindicalismo debe desarrollar también el activismo político, sin ser un partido político, algo que allí se había perdido.

¿Y en España? ¿Qué posibilidades de transformación se observan?
Creo que deberíamos ser optimistas. Y valorar cosas hechas aquí. El 15M significó la posibilidad de establecer un relato sobre las causas de la crisis muy diferente al que hubo en la mayor parte de los países europeos. El 15M consiguió marcar como responsables de la crisis al capitalismo depredador, a los grupos financieros y a los fondos de inversión, a los latifundistas de capital, cosa que no ocurrió en otros países europeos. El 15M ha permitido así vacunarnos del ascenso de la extrema derecha, o grupos racistas, que estamos viendo ahora en gran parte de Europa.

@EMILIODELAPE

Fuente: https://ctxt.es/es/20181010/Politica/22198/entrevista-bruno-estrada-libro-la-revolucion-tranquila-podemos-ccoo-sindicalismo.htm

sábado, 15 de septiembre de 2018

_- ¿Saben qué es lo más grave en el asunto de venta de armas a Arabia Saudí?



¡Oh vergüenza! ¿Dónde está tu rubor?
 (Hamlet, Shakespeare)



 “Unas familias se dedican a fabricar bombas y metralletas para unos asesinos en serie a cambio de una importante mensualidad, a sabiendas que sus patrones las utilizan para matar cada día a decenas de familias pobres”.

Sí, lo más grave no es que un régimen como el saudí utilice las armas que le venden en la matanza indiscriminada de los civiles (sólo en el mes de agosto, mataron a 62 niños yemeníes, dejando mutilados a un centenar), ni si quiera lo es que unos gobiernos “democráticos” participen, directa o indirectamente, en estos crímenes. Lo incomprensible es:

1) que parte de la clase trabajadora, a cara descubierta, defienda este trabajo, convirtiéndose además en un peligroso “grupo de presión” al estilo de la banca o las compañías de armas, y

2) que los partidos políticos y sindicatos progresistas le hagan a este sector el seguidismo y haciéndose víctimas condenadas a un destino divino inalterable, se justifiquen con argumentos torpes como: “lo sentimos, pero tenemos que elegir el “pan” en vez de “paz” o “si no lo hacemos nosotros, lo harán otros ”. ¿Dónde está esta “vanguardia” que guíe a los trabajadores, proponiendo alternativas a un capitalismo salvaje que se mantiene explotando y armando a los pobres de unos países para que exploten y maten a los desheredados de otros? ¿Dónde está la “solidaridad internacional de los trabajadores” para desmantelar las alianzas formadas entre las élites mundiales? ¿Han sucumbido al lema individualista del capitalismo más salvaje de “sálvese quien pueda”? Postura además de mezquina, inquietante. Han olvidado que el problema de empleo en el capitalismo es estructural y surge por la sustitución de mano de obra por maquinaria y la estrategia de los empresarios en mantener un ejército de parados para bajar los salarios, provocar luchas en el seno de la clase obrera para hacerse con los pocos empleos que ofrecen y así dividirlos y debilitarlos.

Admirable en este tenebroso panorama, el movimiento feminista vasco, que ha tomado varias veces el puerto de Bilbao para denunciar que todos los meses parte un barco cargado con armas hacia el reino de Arabia para matar a unos seres humanos atrapados, indefensos. Riad utiliza incluso las prohibidas bombas de racimo que explotan en más de 2.000 fragmentos y que matan y mutilan incluso después de años de ser disparadas.

En Alemania y Suecia, hasta parte de la derecha se ha opuesto a la venta de armas de sus gobiernos a los jeques, consiguiendo que se paralizaran. En Canadá, una encuesta del 2017 sugería que la mayoría de la población se oponía a la venta de armas a este país, a pesar de que su valor era 15.000 millones de dólares y afectaba a 3.000 puestos de trabajo.

No es ningún secreto que el reino de Arabia está dirigido por una familia, en el sentido más doncorleónico de la palabra, que aplica el apartheid y un totalitarismo teocrático, el más severo del mundo que, como castigo de delitos como apostasía, adulterio, la homosexualidad y la hechicería no sólo amputa manos y pies, sino ejecuta con lapidación y decapitación, para luego crucificar sus cadáveres en público. Condenó al bloguero Raif Badawi a 10 años de prisión y 1.000 latigazos. ¿Qué tal si creamos puestos de trabajo fabricando látigos de alta calidad, ya que después de unos fuertes golpes estos látigos se rompen, junto con los huesos del reo? Es el régimen que patrocina a los grupos terroristas que atentan por los cuatro costados del planeta, incluidos en los países occidentales que le protegen, a pesar de que los tratados internacionales prohíben la venta de armas a los países que infringen gravemente los derechos humanos o apoyan el terrorismo.

Sólo en 2016, la ONU documentó 119 incursiones de la Coalición EEUU-Arabia en Yemen violando el derecho internacional humanitario: ataques a campos de refugiados, bodas, funerales, escuelas, hospitales, mercados y mezquitas. Arabia ha intentado “militarizar” la enfermedad en Yemen, provocando con sus bloqueos, el cólera, la malnutrición y por ende la muerte de miles de niños. Hay tantos cadáveres de civiles que la Cruz Roja está donando morgues a Yemen que sufre la mayor crisis humanitaria del mundo.

El heredero de la corona de Arabia, Mohammed Bin Salman, busca un triunfo militar en Yemen antes de convertirse en rey, ahora que ha fracasado en su salvaje aventura por Siria.

¿Por qué Occidente arma a Arabia?
. Crear una “mini-OTAN sunnita” para que lance una guerra contra Irán, sin implicarse directamente, y aunque con ello ponga en peligro la propia paz mundial. La misión de Arabia y Emiratos Árabes, los dos principales destinos de las armas de EEUU y la Unión Europea, es hacer de martillo para machacar los movimientos populares y desestabilizar los países de la zona: desde ahogar en su propia sangre a la “Primavera” de Bahréin, hasta enviar a decenas de miles de terroristas a Afganistán, Siria, Libia e Irak.

. Seguir beneficiando tanto a las compañías de armas -esta facción más criminal de la burguesía mundial, junto con los empresarios de la prostitución- así como a los intermediarios y comisionistas (reyes y presidentes), dejando que caiga alguna migaja para los trabajadores sin conciencia de clase, convirtiéndolos en cómplices de sus crímenes. Los comerciantes de armas británicos, por ejemplo, han multiplicarse por cinco sus ventas desde que comenzó el bombardeo de Yemen en 2015.

. Salvar a la familia Saud de sus adversarios: El Reino Unido entrena a la Guardia Nacional saudí. Pues, los países de la OTAN comparten intereses estratégicos con esta monarquía totalitaria.

. Forzar una carrera armamentística en la zona: cuando Arabia entregó un cheque de 110.000 millones de dólares de compra de armas a Trump, Catar se vio obligado a comprar un paquete de armas por el precio de 12.000. millones de dólares a EEUU. Decía el senador Chris Murphy que “Todas las vidas civiles perdidas en Yemen tienen una huella estadounidense", y de otros vendedores. Cada envío de armas transferidas a Arabia y otros países del Golfo Pérsico hace que Israel obtenga el compromiso de un equipo superior, debido a un acuerdo entre Occidente y Tel Aviv: en 2016 Netanyahu recibió un contrato de seguridad de 38.000 millones de dólares para la próxima década.

. Convertir a Arabia en el contrapeso de Irán, después de que desmantelara al régimen de Saddam Husein que cumplía esta función: lección de la que los Saud deberían tomar nota. Estas armas no darán estabilidad al régimen de los jeques, todo lo contrario: fue justamente la compra exacerbada de artefactos militares por el Sha de Irán, -apodado El Gendarme del Golfo Pérsico- en la década de los 1970, uno de los principales motivos del descontento popular que terminó no sólo con él, sino con la propia monarquía.

. En caso de Yemen, Arabia, EEUU e Israel, entre otros motivos, cuentan con intereses vitales en hacerse con el control del estrecho de Bob-al-Mandeb.

Los gobiernos que negocian con las guerras suelen maquillarlo para manipular a los ciudadanos: cambian el nombre del “Ministerio de Guerra” por el “Ministerio de Defensa” sin transformar sus funciones, o hacen que un centro como el “Instituto de Estados Unidos por la Paz, esté vinculado con las empresas de armas como Lockheed Martin, y cuyo director Stephen Hadley sea un exasesor de Seguridad Nacional de EEUU.

Atención: La conformidad de Israel con estas transacciones es primordial. De hecho, se opuso al acuerdo nuclear con Irán y consiguió que EEUU. se retirase de ello, e incluso suspendiera la venta de 80 aviones de pasajeros de Boeing, firmado el 2016, por un valor de 20.000 millones de dólares y que iba a crear 18.000 empleos.

Son estos mismos políticos y medios a su servicio que silencian lo que sucede con este régimen, mientras convierten la farsa del “Programa de reformas internas” de Arabia en titulares para promocionar al príncipe heredero.

Industrias alternativas
Según un estudio del Instituto de Asuntos Internacionales y Públicos Watson de la Universidad de Brown de EEUU “el gasto en energías limpias y cuidado de la salud crea un 50% más de empleos que la cantidad equivalente de gasto militar", y la inversión en educación genera más del doble de puestos de trabajo en un EEUU donde la industria militar emplea a unas 3.5 millones de personas.

A corto plazo, los gobiernos democráticos podrían: empezar una reconversión industrial, mientras indemnizan a los trabajadores de estas empresas, y les emplean en la fabricación de maquinaria para otras industrias; desarrollar fuentes de energía renovables para cortar esta dependencia del petróleo y sus dueños; invertir en investigación e innovación no militares, e incluso, para la misma Arabia podrían fabricar desaladoras de agua para que en vez del hidrocolonialismo y el saqueo de agua y tierras fértiles de África, Riad siembre en su propio desierto.

Los objetivos honestos, y crear empleo lo es, deben conseguirse sólo con medios honestos.

Fuente:
https://blogs.publico.es/puntoyseguido/5184/saben-cual-es-lo-mas-grave-en-el-asunto-de-venta-de-armas-a-arabia-saudi/

miércoles, 1 de agosto de 2018

¿El futuro del trabajo sin sindicatos?

Manuel Zaguirre
Rebelión

¡ El futuro del trabajo humano frente a los cambios tecnológicos desbocados es un tema de actualidad universal. Y es lógico porque de lo que se trata es del futuro de las sociedades humanas en su conjunto, de la economía a las libertades, no en balde el trabajo en su acepción más amplia es el motor del proceso histórico, generador y transformador de los recursos naturales y modo de vida y sustento de la gran mayoría.

La OIT (Organización Internacional del Trabajo), agencia especializada de Naciones Unidas, lleva ya mucho tiempo promoviendo un gran esfuerzo de reflexión, elaboración y debate sobre el futuro del trabajo en el mundo. Todo ello será volcado en 2019, el Año del Centenario de Naciones Unidas, en una diversidad de eventos que contarán con la presencia del sindicalismo, el mundo empresarial y gubernamental, y representantes del mundo académico, teniendo especial relevancia la presencia del Papa Francisco en dichos eventos. Indudablemente, el hecho de que por primera vez en la historia de la OIT sea su Director General un sindicalista, el compañero Guy Ryder, tiene mucho que ver con este compromiso tan activo de la institución que dirige. El ascendiente español por razones familiares del británico Guy Ryder sería otro valor añadido pero algo más subjetivo.

En un orden de cosas más inmediato y próximo, este tema del futuro del trabajo empieza a entrar en las agendas de los sindicatos si bien con lentitud, riesgo de retraso histórico y temor a formular propuestas y alternativas desde la lógica y naturaleza del Sindicato con mayúscula. Por el contrario, hay una sobreabundancia de “expertos” en el debate y un déficit de pensamiento sindical y humanista.

No obstante, vamos abriendo camino. Pienso en un librito de reciente aparición y obligada referencia (Trabajo y sindicato en el capitalismo globalizado. No tengáis miedo de lo nuevo), con autoría de compañeros muy curtidos en el pensamiento y en la lucha sindical como José Luis López Bulla y Javier Tébar, y un potente prólogo de Antonio Baylos.

Yo mismo, siendo la última expresión del Credo, agoté una hora larga hace unos días en un programa radial con cobertura en toda Catalunya, con el tema monográfico del sindicalismo ante el futuro del trabajo. Y este mismo tema, y algunos otros colaterales, me llevará a Perú en agosto y a Mexico en noviembre.

Es decir, el tema está llamado, guste o no, a instalarse en el centro de nuestro pensamiento y nuestra acción sin posibilidad de eludirlo. Por ello, me llena de sorpresa un evento a celebrar en Barcelona los días 4 al 6 de Julio. El evento, en forma de Jornadas, lo organiza la Universidad Progresista de Verano de Catalunya, una entidad que pivota sobre CCOO y UGT, bajo el título “El futuro del trabajo: ¿utopía o distopía?”. Voy donde quería llegar desde el inicio de estas líneas: en las Jornadas hay 40 ponentes de materias diversas en relación al tema central. De esos 40, son sindicalistas los secretarios generales de CCOO y UGT de Catalunya, que consumirán un turno de salutación en la sesión inaugural, un compañero economista de uno de los dos sindicatos organizadores y una compañera del comité de empresa del AVE cuya filiación sindical no aparece. Eso es todo. Los 36 restantes son académicos, políticos, periodistas, y algún futbolista incluso.

Sin desmerecer lo más mínimo la importancia y el esfuerzo que conllevan estas Jornadas, entenderán mi sorpresa ante el hecho de que un encuentro sobre el futuro del trabajo no tenga un mayor nivel de participación y centralidad el Sindicalismo con mayúscula. Una cierta inhibición o un cierto miedo del Sindicato, confederal y solidario, ante este desafío puede ser desastroso. Pues, a mí al menos, me resulta inimaginable el Trabajo en el futuro sin un Sindicalismo potente y unido en el triple terreno del pensamiento, la organización y la representación contractual del Trabajo. Para ello mañana necesitamos hoy en notable medida repensar y reinventar el Sindicalismo como expresión del Trabajo que queremos hoy y mañana.

Obviamente, ya me inscribí y participaré con interés en las Jornadas de marras. Por la cuenta que me trae.

Manuel Zaguirre. Exsecretario general de la USO. Militante PSC.

martes, 1 de mayo de 2018

El enemigo interior. Una historia sobre la destrucción de los sindicatos. Un ejemplo de la llamada y tantas veces negada y ocultada lucha de clases.

1. Seumas Milne

2. Alianza

3. 472 páginas. 28 euros

Entre 1984 y 1985, Inglaterra mantuvo una sucia y secreta guerra dentro del país. El enemigo (de clase) era el potente y sindicato de izquierdas de la metalurgia, el NUM, en la durísima huelga que los mineros mantuvieron durante un año. El hasta hace poco periodista de The Guardian documenta de pe a pa la alianza entre la prensa (con Robert Maxwell y su Daily Mirror; también la cadena ITV...) y los servicios secretos del MI5 (con Stella Rimington, que acabaría dirigiéndolo), todo coordinado por Margaret Thatcher. Sin reparar en gastos, se acusó al sindicato y a su líder, Arthur Scargill, de recibir dinero de Libia y de la URSS, se espió a los dirigentes obreros y se infiltraron agentes entre los piquetes para provocar los durísimos enfrentamientos con la policía. El primer capítulo de la operación para allanar el aterrizaje del turbocapitalismo más salvaje en Europa.

martes, 17 de abril de 2018

Los sindicatos en EEUU, inesperados aliados de los trabajadores sin papeles

Mike Elk The Guardian / El Diario (España)

Algunas organizaciones sindicales en la construcción llegaron a delatar en el pasado a trabajadores sin papeles a la policía de inmigración.

Manifestación en favor de los derechos sindicales en Nueva York el 24 de febrero en una movilización nacional con motivo del recurso en el Supremo. Manifestación en favor de los derechos sindicales en Nueva York el 24 de febrero en una movilización nacional con motivo del recurso en el Supremo. Erik McGregor / ZUMA PRESS

Mientras la Administración de Trump lleva hasta el lugar de trabajo su lucha contra los trabajadores sin papeles, algunos sindicatos de EEUU están defendiendo a sus afiliados y creando un nuevo frente en la batalla entre el Partido Republicano y los trabajadores organizados.

A Hugo Mejía Murguía, un trabajador sin papeles del norte de California, lo llamaron en mayo por un trabajo. Fue un turno que cambiaría su vida y se convertiría en el inicio de una campaña nacional.

Cuando llegó a la base de la Fuerza Aérea de Travis en Fairfield (California), la policía militar llamó al Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés) al comprobar en su carné de conducir de California que Mejía Murguía no tenía papeles de residencia. Cuando el ICE se presentó en el lugar también detuvo a Rodrigo Núñez, otro trabajador sin papeles.

"Mi vida cambió, en solo cinco o diez minutos sentí que lo había perdido todo", dijo a The Guardian Mejía Murguía, padre de tres hijos.

Dos semanas después, su esposa fue a visitarlo a un centro de detención de inmigrantes. Asombrada, escuchó que el Sindicato de Pintores Local 82 al que pertenecía su marido había contratado a un abogado para defenderlo. "Yo pensaba que mi afiliación al sindicato me servía para trabajar y tener un seguro para mis hijos. Nunca se me ocurrió que mi sindicato me fuera a ayudar en un caso como este, fue increíble", dijo Mejía Murguía.

Bajo la bandera #FreeHugo, su sindicato hizo todo lo posible por él, organizando manifestaciones en todo el país para evitar su deportación.

Para Mejía Murguía, la presión fue intensa. "Un par de veces intenté dejarlo. Era tan difícil estar lejos de mi familia; era duro verlos llorar al otro lado del cristal, sin poder tocarlos cuando venían a visitarme", dijo. "Cuando me dieron las cartas y vi el apoyo, me emocioné y me sentí menos solo con mi caso".

Tras 204 días de detención, el 22 de noviembre fue finalmente puesto en libertad gracias al activismo de su sindicato en las calles y en los tribunales. Le concedieron el permiso de residencia por motivos de asilo político. Rodrigo Núñez tuvo menos suerte. Lo deportaron a México.

Una fuerza laboral migrante
Los diferentes destinos de Núñez y Mejía Murguía ponen de relieve una división dentro del movimiento sindical en lo referido a los trabajadores indocumentados, cada vez más presionados bajo la Administración de Trump.

El sindicato de Núñez, la Hermandad Unida de Carpinteros (UBC, por sus siglas en inglés), no lo defendió. Mientras en las últimas décadas el Sindicato de Pintores ha decidido abrazar la causa de su fuerza laboral, cada vez más inmigrante, la relación con los inmigrantes de la UBC es mucho más tensa.

En marzo del año pasado el representante del Consejo Regional de Carpinteros del Noreste Bill Bing llegó a admitir ante el periódico Buffalo News que su sindicato llamaba al ICE regularmente para denunciar la presencia de trabajadores indocumentados en construcciones del norte del Estado de Nueva York.

"Hay muy buenos contratistas, trabajando con sindicatos locales o no, que sufren las consecuencias de estos negocios sucios", dijo Bing a Buffalo News.

En los Sindicatos de la Construcción de América del Norte, los dirigentes han sido tradicionalmente blancos. Los grupos de derechos civiles les han pedido una y otra vez que admitan a afroamericanos. Durante décadas, sindicatos como la Hermandad Unida de Carpinteros han llamado a las autoridades de inmigración para deportar a los trabajadores indocumentados.

Pero la actitud cambió en las últimas dos décadas, desde que los sindicatos de la construcción trataron de afiliar a más trabajadores indocumentados. En la era de Trump, muchos dirigentes sindicales ven una oportunidad para acelerar esos cambios.

"¿Ha intensificado nuestros esfuerzos la era de Trump? Por supuesto", dice el presidente de la Unión de Pintores, Ken Rigmaiden. "Hay demasiadas razones para enumerarlas todas, pero una en particular es que se está obligando a 11 millones de inmigrantes a regresar al dinero negro de la economía de la construcción, donde prosperan el robo de salarios y la intimidación".

Desde que fue elegido en 2013 como el primer presidente afroamericano del sindicato, Rigmaiden ha liderado los esfuerzos para lograr que los sindicatos de la construcción se hagan cargo de los inmigrantes.

En julio de 2017, Rigmaiden contrató a Neidi Domínguez para que coordinara la campaña estratégica nacional del Sindicato de Pintores. Con 30 años, Domínguez había emigrado de México a los Estados Unidos cuando tenía 9. Vivió indocumentada hasta los 25.

Domínguez es la primera mujer latina en dirigir uno de los principales departamentos del Sindicato de Pintores. No solo se ha esforzado para aumentar la presencia y actividad de su propio sindicato en temas de inmigración. También está presionando a otros sindicatos para que sean más activos.

La opinión de los dirigentes como Domínguez es que los sindicatos de la construcción deben hacer más por los trabajadores inmigrantes si quieren sobrevivir, teniendo en cuenta que la mayoría de los nuevos miembros de la fuerza laboral en la construcción son latinos.

Los trabajadores ya no son solo blancos
"Durante mucho tiempo, los oficios de la construcción no han estado ocupados sino por un grupo de hombres blancos; eso está cambiando, pero no a la velocidad que haría falta", dijo Domínguez.

Bajo la dirección de Domínguez, el sindicato contribuyó al lanzamiento de Familias Trabajadoras Unidas, la coalición que ha servido para aglutinar los esfuerzos de los sindicatos en la protección a los trabajadores amenazados por la deportación. También exige a los sindicatos que sean más inclusivos con los inmigrantes.

Debido a los cambios de la Administración de Trump con relación a los trabajadores indocumentados, el Sindicato de Pintores es uno de los muchos que se ha convertido en santuario para inmigrantes, con programas para defender a sus miembros frente a la amenaza de la deportación.

No solo los sindicatos se han comprometido más con sus miembros inmigrantes enfrentados a la posibilidad de la deportación. Sus políticas hacia fuera también han comenzado a cambiar.

Durante los debates de 2013 sobre inmigración, la Federación Estadounidense del Trabajo y Congreso de Organizaciones Industriales (la mayor central obrera de Estados Unidos, AFL-CIO por sus siglas en inglés) adoptó oficialmente el uso del sistema online E-Verify para verificar la documentación de los trabajadores de la construcción. Aunque algunos sindicatos todavía usan E-Verify, muchos dirigentes sindicales han notado un cambio.

Uno de los factores que han contribuido en el giro hacia la izquierda de los sindicatos de la construcción ha sido el surgimiento de los dirigentes sindicales latinos. Mitad mexicano, mitad polaco y residente en Racine (Wisconsin), Randy Bryce es uno de los más conocidos. Trabaja en la siderurgia. Lo llaman "bigote de hierro" por su distintivo vello facial. Su popular campaña contra el presidente de la Cámara de Representantes, Paul Ryan, lo ha convertido en un éxito de las redes sociales.

Pese a vivir en un distrito del sureste de Wisconsin donde los latinos sólo representan el 5% de la población, Bryce ha hecho de la reforma migratoria el tema central de su campaña. Fue arrestado hace poco durante una protesta contra el rechazo de Ryan a la Dream Act que protegía a los jóvenes indocumentados criados en Estados Unidos.

"A la gente le está llegando el mensaje", dijo Bryce. "Yo le digo a la gente que todo el mundo está tratando de llegar al sueño americano. Cada vez es más difícil de encontrar, pero son ellos los que están arriesgando sus vidas intentando venir para encontrarlo. No es culpa de ellos, es de los jefes que tratan de mantenernos con la bota encima".

Traducido por Francisco de Zárate

Fuente:
http://www.eldiario.es/theguardian/sindicatos-EEUU-inesperados-aliados-trabajadores_0_753125054.html

Nota:
Comprendéis ahora por qué Hitler suprimió los sindicatos, confiscó sus bienes y encarceló y asesinó a la mayoría de sus miembros dirigentes o cuadros? (Por cierto con las riquezas confiscadas levantó la fabrica Wolkswagen, un robo y crimen más, sin consecuencias, nadie fue nunca juzgado. La fábrica llegó a tener mas del 80% de trabajadores esclavos en régimen de terror (1))  Por qué, la Esperanza Aguirre, tb los ha querido eliminar y los ignora?  O la Tacher luchó con policías a caballos para romper las huelgas,... Todos contra los sindicatos, (ahora muy de moda, incluso formando "Plataformas" que nadie sabe que esconden) no por las malas cosas que hacen o los errores, que también los cometen, sino por sus aciertos y bondades, como refleja la noticia.
1) El escándalo de Volkswagen. Cómo, cuándo y por qué Volkswagen manipuló las emisiones de sus vehículos. Jack Ewing (Periodista del NYT)

miércoles, 28 de febrero de 2018

La LOMCE, el sindicalismo, la educación y más. Entrevista a Agustín Moreno, profesor y defensor de la educación pública “El PP y C’s coinciden en lo básico: poca inversión y maquillar la Lomce sin tocar la presencia de la Iglesia

La trayectoria de Agustín Moreno (Madrid, 1951) está marcada por el corazón y los sentimientos de un soñador errante. Así se describe a vuelapluma este profesor jubilado que ha dejado una profunda huella en la batalla inacabada a favor de la educación pública en España. Pero la realidad es tozuda y se obstina en mostrar otra cara. La de la razón y la ideología. Nació en Usera, en el seno de una familia de desplazados toledanos durante la Guerra Civil y estudió ingeniería técnica industrial en la Universidad Laboral de Sevilla, “un invento de Franco para captar a los hijos de los trabajadores para que dieran soporte a la industrialización y al sistema productivo”. Militante histórico de CC.OO, fue amigo y colaborador de Marcelino Camacho, y ha compartido infinidad de aventuras con buena parte de la dirección sindical más combativa de la historia de España. Desde los encausados en el Proceso 1001, las direcciones confederales de CC.OO en los años ochenta y la UGT de Nicolás Redondo. Pero tras la crisis del sindicato y su salida de él en 1996, se inclinó por la docencia, que le sirvió para conocer las ganancias colectivas que proporciona una educación pública y de calidad. Ahí descubrió el otro mundo. Como profesor de Historia en diferentes institutos. Moreno acaba de jubilarse sin dejar por ello de combatir las vertientes ásperas y oscuras del sistema. “Los amigos de las sombras funcionan bastante mejor, y con más inteligencia, que aquellos que trabajan por la luz”, dice a modo de epitafio. Su compromiso por el bienestar de la clase obrera y su rechazo a las políticas neoliberales le han granjeado el respeto unánime del amplio y fracturado abanico que compone la izquierda española. Desde algunos sectores del PSOE a destacados pensadores libertarios.

¿El sindicalismo se encuentra sitiado por el sistema?
Corro el riesgo de equivocarme en mis opiniones porque soy un simple afiliado de base de CC.OO y ya no participo en ninguna estructura sindical ni tengo los elementos de juicio que puedan tener los actuales responsables del sindicato. Sin embargo, es obvio que tiene muchos problemas. Uno de los más importantes es la incapacidad que han mostrado para romper con el modelo de concertación social que comenzó a fraguarse a finales de los años 80 y principios de los 90, cuando la correlación de fuerzas era mucho más favorable. Hasta entonces, la unidad de acción sirvió para hablar de tú a tú al poder, es decir, al gobierno y a la patronal. Pero la crisis de 1996 fue decisiva para el declive sindical porque terminó consolidando un modelo de negociación basado en la política del mal menor. Bajo mi punto de vista, esta estrategia ha resultado un fracaso porque no ha traído beneficios para los trabajadores sino, más bien, una aplicación expansiva de los recortes laborales. La cosa se volvió escandalosa con las dos últimas reformas, la de 2010 de Zapatero y la de 2012 de Rajoy. El golpe que asestaron al movimiento sindical fue tremendo.

La negociación colectiva, por ejemplo, ha pasado de ser el principal ámbito de actuación a convertirse en un sueño lejano.

La posición sindical ha quedado muy debilitada. Hoy acuden a la mesa de negociación con un brazo atado a la espalda. Se ha perdido la ultraactividad de los convenios, que aunque parezca un término muy técnico no es otra cosa que la salvaguarda de las condiciones laborales y salariales, lo que está obligando a los sindicatos a buscar acuerdos contrarreloj.

¿Cuál de las dos reformas les hizo más daño?
La de Rajoy fue más dura pero ambas tuvieron la misma responsabilidad en el deterioro del mercado de trabajo.

¿Y cuál es la responsabilidad de los sindicatos?
En mi opinión, han olvidado la horizontalidad histórica en la toma de decisiones. Noto un cierto alejamiento de la dirección con las bases y también con el conjunto de los trabajadores y trabajadoras. No pongo en duda que mantienen contacto con sus afiliados pero ya no lo hacen mediante instrumentos tan válidos como las asambleas, la participación directa y otras actividades cuya utilidad era permitir que la militancia asumiera su protagonismo. También hay casos recientes en donde el sindicalismo ha funcionado muy bien. Mira la lucha en Coca Cola. Pero, en general, la jerarquización interna también ha sido un factor de debilitamiento. Ya por último, yo añadiría la campaña sistemática de desprestigio orquestada contra ellos. Cuando el poder no logra integrar a un oponente, lo desacredita. Y, hasta cierto punto, comprendo que actúe de esa forma contra organizaciones que defienden posturas contrarias al sistema. El problema llega cuando son los sindicatos quienes dan motivos para ello. Su gran reto, y donde se juegan su futuro, es ver si son capaces de representar y defender al precariado, a los trabajadores pobres que cada día abundan más.

¿Cuál le ha decepcionado más?
Algo doloroso fue lo de Fidalgo, que ahora está en FAES o en el instituto de Empresa o en qué sé yo. Hace poco leía unas declaraciones suyas alabando a Cospedal. Hombre, ¡qué quiere que le diga!. Esas cosas hacen mucho daño a las organizaciones porque cada cual no sólo debe jugar con corrección el papel que le toca en cada momento sino que luego tiene que mantener una dignidad ante lo que ha representado dentro de una organización. No digo que no tenga derecho a reorganizar su vida, incluso a reinventarse, pero cuando se tiene una responsabilidad tan fuerte como la que tuvo Fidalgo se debe mantener una cierta ética. Las puertas giratorias en el sindicalismo me parecen mucho más imperdonables que en los partidos políticos. Los sindicatos deben estar dirigidos por las personas más honradas pero tienen que ser vigilados como si fueran ladrones. Es una máxima del movimiento obrero.

Dice Warren Buffet que vivimos una lucha de clases y la oligarquía están ganando. ¿Erró Marx en su análisis?
Visto desde una perspectiva histórica, el optimismo de Marx debe seguir vigente. Algún día terminarán imponiéndose las fuerzas del orden, que no son otras que las fuerzas del cambio hacia una sociedad mucho más justa de la que hoy tenemos. Desde ese punto de vista, la superioridad moral y teórica de la izquierda respecto a las fuerzas conservadoras es que cuestiona un mundo profundamente desigual, hecho a la medida de una élite minoritaria. El optimismo histórico marxista consiste en mantener viva la esperanza de que la transformación acabará llegando.

Sin embargo, ni la crisis global ha permitido el más mínimo cambio. Al contrario. La desigualdad ha crecido y las corrientes conservadoras han reforzado su poder.

Es que son muy habilidosos para romper al rival, para dividirlo y desmantelarlo. Y también para halagarlo hasta convertir en muñecos a dirigentes políticos y sindicales que parecían inquebrantables. Esas han sido sus armas toda la vida. La gran reflexión siempre ha sido que con el sufragio universal estarían perdidos. Pues bien, como se está viendo, fue un error porque han demostrado su capacidad para lograr que millones de personas en paro, obreros, pensionistas y jubilados, voten a partidos corruptos que son los responsables de su situación. Todo esto me recuerda un poco al tren de los hermanos Marx en el Oeste, donde quemaban vagones para hacer funcionar la locomotora. Aquí es lo mismo, se liquida el sistema público para que los beneficios empresariales no se detengan.

¿Y cómo se puede frenar esa máquina?
Entiendo que es muy difícil. Los amigos de las sombras funcionan bastante mejor, y con más inteligencia, que aquellos que trabajan en la luz. En mi opinión, el último ejemplo es lo que ha sucedido en Catalunya.

¿Por qué?
Porque colocando en primer plano del debate público la negativa al derecho a decidir han ocultado sus vergüenzas y la incompetencia política del gobierno de Rajoy. Desde la corrupción a los datos económicos, sociales y la deuda desorbitada que tenemos. De hecho, creo que ha comenzado una involución política en España, la que va desde el centro-derecha hacia la derecha. Es que incluso rechazar la monarquía puede ser un motivo de delito. El inmovilismo ha jugado esta partida de manera perfecta y es un serio aviso a todos los que nos sentimos republicanos. El único problema de Rajoy es que no ha calculado bien sus movimientos y el gran beneficiado de todo esto está siendo Ciudadanos.

¿Considera que Ciudadanos es una opción de derecha?
Hoy, está disputándole al PP el voto de la ultraderecha. El carácter que ha mostrado durante los últimos meses así lo indica. Su propuesta para Catalunya era la aplicación más dura del artículo 155 y está recogiendo los frutos. Ciudadanos llegó a la política para neutralizar cualquier posibilidad de cambio en España sirviendo como receptor del voto perdido del PP y, en menor medida, también del PSOE. La operación les está saliendo cuadrada. Los votos que huían por la puerta del PP debido a la corrupción han empezado a entrar por la ventana de Ciudadanos. El asunto de fondo para ellos es mantener el sistema intacto.

Uno de los caballos de Troya en estos momentos y que usted conoce a la perfección es el sistema educativo. ¿Hacia dónde se dirige?
Está atravesando por una etapa difícil y complicada. Hay dos grandes hechos objetivos que lo están arrastrando hacia un grave deterioro. Uno son los recortes brutales. Hablamos de cerca de 9.000 millones y 45.000 profesores menos desde el inicio de la crisis. Estos datos significan que estamos en el 4% de inversión, dos puntos menos que la media europea, y la previsión es reducirlo aún más, hasta el 3,8%, para el próximo año. El segundo problema es la Lomce, una ley profundamente segregadora que está diseñada para responder a la lógica productiva de la derecha española. Y digo esto porque pone en relación la educación, el mercado de trabajo, el modelo social y nuestro modelo de democracia. Es decir, intentan implantar un sistema educativo más devaluado que sirva a un modelo de trabajo basado en mano de obra barata. Esto terminará configurando una sociedad menos cohesionada en una democracia de baja calidad, sin crítica, dócil. En un país donde el motor productivo es el turismo, su lógica es sencilla: ¿Por qué invertir en un sistema educativo cualificado? ¿Para que nuestros ingenieros, científicos, filósofos e investigadores se vayan a trabajar al extranjero? Si a todo esto añadimos que los pocos recursos se canalizan por la vía de las concertadas, el golpe que están dando al sistema es brutal. Portugal es un ejemplo en sentido contrario. Allí han decidido eliminar los conciertos educativos porque han apostado decididamente por la cohesión social. La consecuencia es que su economía es cada vez más sólida y tiene una perspectiva de futuro bastante mejor que la nuestra. A poco que nos descuidemos su protagonismo en la UE será mayor que el nuestro.

En España se pidió la derogación y paralización de la Lomce. ¿En qué ha quedado?
Aquí volvemos a ver la inteligencia de la derecha para dar la vuelta a las cosas. Nos han metido en un avispero como es una subcomisión educativa que debe crear las bases para un pacto de Estado. Pero ya lo han reducido de antemano mediante una negociación entre los partidos políticos en el que se ha excluido la participación, en términos del debate, de la sociedad civil. Es un paripé en el que se ha invertido un año entero de comparecencias que a lo mucho servirá para maquillar la actual ley pero sin lograr un compromiso de financiación. Si a la derecha le parece que el conocimiento es caro pronto verán cuál es el coste de la ignorancia.

¿Cuál es el precio?
Altísimo: desigualdad, exclusión, segregación y cárcel. Si se busca un pacto verdadero en materia de educación deberíamos comenzar por trabajar un acuerdo que potencie el sistema en su conjunto. Y si se quiere limita a lograr un compromiso de financiación se debería tener en perspectiva alcanzar el 7% del PIB, que es el que hoy tiene Finlandia, y además blindado en relación al artículo 135 de la Constitución. Pero nada de esto está sobre la mesa. ¿Qué es más importante para el futuro de España, salvar unas autopistas o fortalecer la educación? La respuesta es obvia. Otro elemento clave es fortalecer el sistema público porque el concertado es una anomalía en relación a lo que está haciendo el resto de Europa. Somos el tercer país que más dinero destina a la educación concertada después de la hipercatólica Bélgica y de Malta.

¿Qué posiciones políticas hay ante el pacto educativo?
Unos con posiciones más liberales y otros con planteamientos más conservadoras, el PP y Ciudadanos coinciden en lo básico: poca inversión y maquillar la Lomce pero sin tocar la presencia de la Iglesia ni la financiación de la red privada con el dinero de todos. Para ellos es la clave para evitar que sus hijos se junten en un aula con los de la clase obrera. El asunto capital será ver si el PSOE entra ahí.

¿Puede hacerlo?
Yo quiero pensar que no, aunque hay posibilidades de que lo haga. La educación es de las pocas banderas que les queda para distinguirse un poco de la derecha y si capitulan creo que será su hundimiento. Como cometa la torpeza de legitimar la Lomce y se descuelgue del “Documento de bases para una nueva Ley de Educación. Acuerdo social y político” suscrito por un centenar de organizaciones, entidades educativas, de catedráticos y de cabezas pensantes de este país, tendrá problemas. Que pregunten sus dudas a los portugueses para saber cómo están abordando el problema de la educación concertada.

¿Por qué en España se favorece tanto a la educación concertada?
Por el poder que sigue teniendo la Iglesia, favorecida por un concordato que no sólo es preconstitucional sino que es anticonstitucional porque va en contra del artículo 14. Y también por los intereses económicos. Los de la propia Iglesia y los de otros grupos económicos que han encontrado un pastel extraordinario en el mundo educativo. La tendencia es considerar a los servicios públicos como un bien mercantil. Una de las consecuencias de esta política es la presencia de la religión como asignatura obligatoria evaluable. Es un sinsentido y es un disparate.

A menudo se utiliza la educación como arma arrojadiza. Se habla de adoctrinamiento para atacar al rival. Lo hemos visto en Catalunya pero ¿cómo se educa en España?

La pedagogía está inventada y no es más que el arte de acompañar al niño, a la niña, a los jóvenes en general, en su desarrollo personal. Esa es la esencia de la educación. Sin embargo, se diseña desde arriba para instruir y dirigir el crecimiento de los menores de edad. A mí me gustaba mucho mantener entrevistas con los padres de los alumnos para evaluar conjuntamente la evolución del chico o la chica durante un trimestre. Lo que buscaba con ellas era un cierto compromiso. Y solía explicarles que evitaran repetir a sus hijos todo lo que les quieren porque eso ya lo saben. Es preferible darles confianza, que sepan que creemos en ellos.

Y en su opinión, ¿el poder confía en los ciudadanos?
No, el poder manipula. El modelo es segregador. Primero en primaria, luego en secundaria con los programas de mejor aprendizaje y rendimiento. Después con la formación profesional básica, que son callejones sin salida; en cuarto de la ESO con los cuatro itinerarios, la competencia de unos centros con otros. Y ahí están las pruebas externas y los ránquin. En fin. La carrera de obstáculos en el sistema educativo español es tremenda. Es una selección destinada a elegir a una pequeña élite y la escuela intenta reproducir ese sistema social con todas sus desigualdades. Hemos llegado a un punto en el que los hijos de la clase obrera tienen un techo de cristal que resulta muy difícil superar.

Y manejarse en este modelo educativo, ¿no provoca frustración?
Hay compañeros que después de muchos años de compromiso y lucha se han ido dando saltos de alegría. Yo, sin embargo, he ido cantando a trabajar hasta el último día. Quizá porque sólo he ejercido durante 20 años y pertenezco a la tropa de refresco. Pero en los últimos años es cierto que se ha producido una gran evasión de buenos docentes en España, aquellos que participaron activamente en el movimiento de renovación pedagógica de los años 70 y 80, y que al cumplir 60 años han decidido retirarse. Yo pedí prórroga de actividad para regalar seis años más a los chicos, no a la administración, sino a la causa de la educación pública.

Pero la docencia siempre fue una profesión vocacional. Si se pierde la ilusión, la calidad se resiente.

Se ha perdido bastante aquella ilusión pedagógica de los años 80, aunque no del todo. Sigue habiendo muchos profesores que intentan mejorar a diario y mientras exista esta gente hay motivos para la esperanza. Hemos vivido situaciones más difíciles. Hicimos un gran trabajo durante el franquismo, ¿cómo no lo vamos a hacer en democracia pese a que tengamos leyes lesivas? También depende mucho de cómo nos lo tomemos nosotros, los maestros.

¿Qué debe aportar un maestro?
Bajo mi punto de vista, un profesional de la docencia tiene que combinar tres planos: El de hacer bien su trabajo, el de fomentar complicidades con sus compañeros y con las familias, y el de protestar en defensa de la escuela pública. Hay que creer en los chicos y no actuar como si te importaran un pepino, algo que captan a la perfección. En esta profesión se suda mucho la camiseta aunque la administración no siempre lo reconozca.

Es usted optimista.
Es que si el pesimismo se instala en nuestras cabezas estamos perdidos. Por lo tanto me tomo el optimismo como un imperativo moral. Estamos obligados a dar todas las batallas por las buenas causas y la educación pública es una de las más importantes. Esto nos obliga a ponernos de acuerdo con otros que, aunque no piensen igual, estén abiertos a establecer vínculos de solidaridad dentro de un modelo capitalista que no se preocupa por el bienestar general. Vivimos en un sistema insostenible caracterizado por la desigualdad social y la crisis medioambiental. El capitalismo es el desorden.

Fuente:
http://ctxt.es/es/20180214/Politica/17908/Entrevista-Agustin-Moreno-educacion-izquierda-sindicalismo.htm

viernes, 2 de febrero de 2018

Sergio Gálvez Biesca publica una excepcional investigación histórica sobre la Huelga General de 1988. El 14-D ya tiene su libro.


A las cero horas del 14 de diciembre de 1988 el fundido a negro de la emisión de Televisión Española anticipó el éxito de movilización de la que ha sido la mayor huelga general protagonizada por la clase obrera en los últimos cuarenta años. Encabezada por la UGT de Nicolás Redondo y Comisiones Obreras contra el Plan de Empleo Juvenil del Gobierno socialista y seguida por unos ocho millones de trabajadores (más del 80% de la población activa), fue otro hito más de la reconversión neoliberal del PSOE de Felipe González, casi tres años después del histórico referéndum sobre la permanencia en la OTAN.

El historiador Sergio Gálvez Biesca (Madrid, 1980) ha dedicado su tesis doctoral (dirigida por el añorado profesor Julio Aróstegui) a aquella Huelga General y el pasado 14 de diciembre, acompañado entre otros por Agustín Moreno, presentó el libro que sintetiza toda una excepcional investigación histórica: La gran huelga general. El sindicalismo contra la ‘modernización socialista’ (Siglo XXI, 763 págs.). “En la España de 1988”, escribe Gálvez Biesca, “se estaba asistiendo al nacimiento de una ‘sociedad dual’. Asimismo, la ‘cultura empresarial de la temporalidad’ se había instalado, mostrando la utilidad de las reformas laborales puestas en marcha. En otras palabras, se había producido una evidente agudización de las contradicciones capital-trabajo. Las tasas de explotación habían crecido a unos niveles no conocidos en décadas”.

Gálvez Biesca estudia las antecedentes inmediatos y los más lejanos (el capítulo segundo se titula: “Las lógicas de la conflictividad obrera durante el primer quinquenio socialista”) de aquella gran movilización, su desarrollo y sus consecuencias. Y lo hace a partir de una documentación de archivo cuidadosamente elegida y exhaustivamente trabajada. Así, por ejemplo cita con acierto las actas de las reuniones (hasta ahora desconocidas) de las direcciones de las dos centrales sindicales, que nos hacen vivir y revivir el clima histórico de aquel tiempo: los planteamientos, los debates, también las dudas y las esperanzas, de sus protagonistas.

El libro se cierra con un relato casi periodístico de la gran manifestación en Madrid del 16 de diciembre, con citas de los discursos de Nicolás Redondo y Antonio Gutiérrez. “Las dimensiones que alcanzó el 14D constituyen un hecho central de nuestra contemporaneidad; fue un punto de inflexión con importantes consecuencias dentro y fuera del mundo del trabajo. Por otro lado, con el paso del tiempo se ha mitificado aquella fecha. Una aproximación desde la historia, al menos, no puede dejar de resaltar dos consecuencias claves: primero, el 14D de 1988 se convirtió en el gran triunfo del movimiento sindical a lo largo de la época socialista; en segundo lugar, la huelga general supuso la mayor de las derrotas de los ejecutivos socialistas, que a punto estuvo de provocar la dimisión de Felipe González”, escribe Gálvez Biesca. “No obstante, aquella última oportunidad se constituyó, pese al 14D, en la antesala de futuras derrotas históricas del movimiento obrero”. Y en este punto abre un campo nuevo para el análisis de nuestra historia más reciente, que muchos ya vivimos como militantes de izquierdas que acompañamos al movimiento obrero en cada huelga general y en cada gran movilización.

El 14D dejó también una honda huella, una herida profunda, en la relación histórica entre la UGT y el Partido Socialista, muy bien descrita en este libro. Hace pocos años, con su acostumbrado tono sibilino, Felipe González resumió en estos términos aquella gran movilización: “En 1988 el sector empresarial ya tenía ganas de que hubiera un cambio de gobierno, tanto que antes de las elecciones los sindicatos convocaron una huelga general que tuvo mucho éxito y que acordaron con la patronal, incluso para recuperar las horas perdidas. La patronal facilitó la huelga y el país se detuvo por completo. Hasta Televisión Española se paró. En 1989 hubo elecciones y volví a obtener la mayoría en el Parlamento” (Transiciones democráticas: enseñanzas de líderes políticos. Sergio Bitar y Abraham F. Lowenthal, eds. Galaxia Gutenberg, 2016). Recomendamos fervientemente a González que lea el magnífico trabajo que Sergio Gálvez Biesca nos ha regalado.



jueves, 25 de enero de 2018

_- Un siglo de Marcelino Camacho

Público.es

“Ni nos domaron, ni nos doblegaron, ni nos van a domesticar”


Estos días de enero Marcelino Camacho hubiera cumplido cien años. Un siglo de lucha, dignidad y compromiso, tres de las características definitorias de la trayectoria vital, sindical y política del sindicalista y militante comunista soriano. Conviene recordar especialmente en estos tiempos a figuras imprescindibles del movimiento obrero de nuestro país como Camacho, y la conmemoración de su centenario se antoja como una oportunidad de oro para reivindicar la vigencia de los valores que él defendió durante toda su vida. Desde aquí quiero aplaudir la iniciativa de su sindicato, CCOO, y sus partidos, el PCE e Izquierda Unida, de organizar diversos actos con motivo de la efeméride. La ocasión lo merece.

Cuatro notas biográficas: Marcelino Camacho fue un trabajador metalúrgico, hijo de ferroviario, comprometido desde muy joven con los valores de izquierdas. Luchó defendiendo a la República durante la Guerra Civil. Sufrió en los campos de concentración y en las cárceles franquistas. Organizó las Comisiones Obreras en la clandestinidad y fue su primer secretario general, cargo que desarrolló hasta 1987. También fue diputado por el PCE en las Cortes Generales en la legislatura constituyente y en la primera legislatura de la restauración democrática, hasta su dimisión a principios de 1981.

Cierto es que las cosas han cambiado mucho en los últimos tiempos y que el mantra del fin de las ideologías ha ido calando en amplios sectores de nuestra sociedad, pero para combatir determinados discursos es conveniente armarse de argumentos y reivindicar el legado de personas como Marcelino Camacho, estandarte de una generación que nos ha ido dejando pero cuyo recuerdo debe permanecer más vivo que nunca. Se dice que esto ya no va ni de izquierdas ni de derechas. Se insiste en que no hay clases sociales y se machaca a los jóvenes insistentemente con la idea de que el paraíso está en el consumo y el individualismo. Háztelo tú. Todo está en tu interior. Si quieres puedes. Los sindicatos están anticuados, ya no sirven. Los políticos son todos iguales…

Pero si algo ha demostrado la tozuda historia de la humanidad es que si las personas no nos agrupamos y organizamos para conseguir nuestros objetivos comunes las élites del poder siempre llevarán las de ganar. Y sabemos que van ganando aunque nosotros seamos más. Esto Marcelino Camacho y muchos militantes de su generación lo tuvieron meridianamente claro, y de ahí la importancia del movimiento obrero (y especialmente el PCE y CCOO) durante la larga noche del franquismo, algo que interesadamente poco a poco va desapareciendo de los libros de historia. Sin su lucha, sin su sacrificio y sin su trabajo muchas de las conquistas sociales de nuestro país nunca hubieran llegado. Porque, a pesar de lo que muchos creen, no llegaron gratis.

Y conviene tener presente que aún quedan muchas conquistas pendientes, máxime en tiempos de retroceso, corrupción y expolio. Conviene recordarlo ahora que empieza a calar cierto discurso desde la izquierda que reniega del papel del PCE o CCOO en la Transición. Sí, quizá las cosas se pudieron hacer mejor, de eso no hay duda, pero hoy jugamos con ventaja cuando decimos que se cedió demasiado en aquellos tiempos tan complicados y violentos, con una correlación de fuerzas extraordinariamente favorable a los sectores conservadores y herederos del régimen totalitario de Franco. No digo que se estén despreciando los años de cárcel, torturas, exilio y sufrimiento de personas como Marcelino Camacho, pero quienes nacimos ya en los ochenta o incluso más tarde tenemos la obligación de ponernos en el sitio de aquella generación heroica que se lo jugó todo por nosotros. Todo, también la libertad y la vida. ¿Cuántos hoy estaríamos dispuestos sinceramente a ello? Por eso creo que cuando hablamos hoy de presos políticos o exilio debemos ser muy cuidadosos, recordar a esta generación y huir de la frivolidad velozmente. Y no todo el mundo lo hace.

Hoy me pregunto qué pensaría Marcelino Camacho de la situación política que nos está tocando vivir. ¿Qué pensaría de todo lo que estamos perdiendo las clases populares en los últimos años? ¿Cómo reivindicaría la vigencia de sus ideales de juventud? ¿Qué pensaría de las victorias de las derechas y la falta de entendimiento de las izquierdas? ¿Qué papel jugaría en la construcción de Unidos Podemos y la unidad de la izquierda transformadora en las Españas? ¿Qué pensaría de Catalunya y de cómo cierta izquierda ha antepuesto la identidad nacional a la clase social, pactando incluso con la derecha? ¿Qué pensaría de Trump, del auge de la extrema derecha en Europa o del Brexit? Nunca lo sabremos, desgraciadamente. Y no seré yo quien aventure los supuestos pensamientos de alguien que ya no está entre nosotros.

Hoy debemos brindar todos por la memoria de Marcelino Camacho. Todos: sindicalistas de clase, comunistas y gentes de izquierdas en general los primeros, sí. Pero cualquier demócrata de convicción y corazón debe saber que tiene mucho que agradecer a aquella generación que Camacho representa como pocos. Porque aquellos valores que él defendía hoy tienen la máxima vigencia: la defensa de los derechos de la mayoría ante los injustos abusos de las élites del poder.
Miguel Guillén Burguillos es politólogo
Fuente: http://blogs.publico.es/otrasmiradas/12375/un-siglo-de-marcelino-camacho/

jueves, 19 de octubre de 2017

_- Francia. Los recortes de Macron logran la primera unidad sindical en diez años

La Vanguardia

Varios centenares de miles de funcionarios pararon o salieron a la calle en protesta en Francia contra la degradación de la función pública, en un momento en el que el Gobierno del joven y voluntarioso presidente Emmanuel Macron se dispone a aplicar nuevos recortes.

El cuchillo del recorte social neoliberal corta muy fino en Francia pero el suyo es un corte constante: desde hace treinta años, una generación. Y parece que empieza a tocar hueso. Basta con conversar con cualquier funcionario del sistema hospitalario o enseñante del sistema de la educación nacional. Siempre la misma descripción: profesionales agotados, centros en estrés y frustración, mucha frustración, sobre todo entre los funcionarios veteranos que tienen una perspectiva biográfica de la lenta degradación.

miércoles, 7 de junio de 2017

Fascismo y luchas proletarias en Hawái, 1920-1946

Rafael Rodríguez Cruz

La anexión violenta de Hawái en 1898 fue un acto genocida por parte de la marina de guerra estadounidense en contra de la población autóctona de ese archipiélago del océano Pacífico. Durante la conquista final del territorio, acontecida casi simultáneamente con la invasión de Puerto Rico, no se invocaron ni propósitos civilizadores ni promesas de «derramar sobre los habitantes las garantías y bendiciones de las instituciones liberales» del gobierno estadounidense. Fue un acto frío, desapasionado, como ocurre en cualquier transacción económica de bienes raíces y mercaderías.

Efectivamente, lo acontecido en Hawái en el verano de 1898 adoptó, para algunos intereses, la forma de una mera relación contractual. Desde 1894, el archipiélago vivía bajo un gobierno provisional, resultante de un golpe militar violento impulsado por la burguesía anglosajona residente en las islas y los oficiales de la marina estadounidense. Aunque este gobierno provisional proclamó de inmediato la constitución de la República de Hawái, lo cierto es que se mantenía en el poder gracias a las tropas «extranjeras». La masa de la población hawaiana se había enfrentado sin éxito al golpe de estado, al menos en dos ocasiones. Más de un siglo de violencia por parte de los anglosajones invasores, sin embargo, no solo había mermado drásticamente el número de aborígenes, sino que representó el que estos perdieran sus tierras y recursos ancestrales. Por eso, cuando el gobierno provisional de Hawái ofreció la bahía de Pearl Harbor a la marina a cambio de la anexión, era muy poco lo que la población oriunda podía hacer. El genocidio era ya un hecho consumado. El Congreso de Estados Unidos, con su arrogancia imperial característica, declaró a Hawái «territorio incorporado». Después de eso, nadie mostró mucha prisa en convertirlo en estado de la nación: ni el imperio ni la burguesía anglosajona residente en el archipiélago...

Tarifa arancelaria y boom de exportación

La alianza entre la burguesía anglosajona de Hawái y la marina estadounidense se selló con la transformación del archipiélago en un «territorio incorporado» de Estados Unidos. En la legislación territorial estadounidense esto significaba la futura conversión de las islas en un estado más de la unión norteamericana, con representación proporcional en el Congreso. Pero la clase dominante de Hawái no estaba en 1898 para otra cosa que no fuera la explotación de los recursos expropiados a los pobladores originales. Lo que le importaba era la plena inclusión de Hawái en la tarifa azucarera del imperio. Esta última, bajo los términos del Acta Tarifaria de 1897, era ahora de 1,685 centavos por cada libra de azúcar no refinada que se producía en el país o que se importaba de los territorios, incorporados o no a la nación. Es decir, el precio de cada libra de azúcar hawaiana en el mercado de California era, a partir de 1900, equivalente al precio en el mercado mundial más el bono arancelario de 1,685 centavos.

El efecto de la inclusión plena de Hawái en el arancel de 1897 no se hizo esperar. Las plantaciones de azúcar del archipiélago entraron en sincronía con el ciclo de la agricultura capitalista estadounidense. Precisamente en 1900 comienzan la época dorada del capitalismo agrario en Estados Unidos. Por dos décadas, 1900-1920, los precios de las materias primas ligadas a la producción de alimentos registrarían un crecimiento extraordinario en todo el país. Entre las materias básicas de la producción de comida, el azúcar era un rey.

Ni boba ni perezosa, la burguesía anglosajona de Hawái estableció trece nuevas flamantes plantaciones azucareras entre 1900 y 1913, que vinieron a representar un incremento de 130,000 acres bajo cultivo. Dado que ahora Hawái, bajo las leyes federales de exclusión de 1882, no podía seguir importando trabajadores de China y Japón, los dueños de las plantaciones en el territorio incorporado comenzaron un programa de importación masiva de fuerza de trabajo desde Filipinas.

La nueva fase expansiva de cultivo y exportación de azúcar hawaiana se vio favorecida también por la revolución en las condiciones generales de producción. Entre otras, la apertura del canal de Panamá, que conectó a Hawái con el mercado de productos agrícolas en la costa del Atlántico; el tendido del cable transoceánico, que permitió la comunicación inmediata con el resto del país; la electrificación y telefonía, que facilitó la organización de la industria y, finalmente, la construcción de nuevos muelles marítimos, que agilizó la exportación del azúcar.

La burguesía haole

La anexión de Hawái por Estados Unidos fue la última expansión del territorio norteamericano por la vía característica del capitalismo de libre competencia. En cuanto a la población originaria del archipiélago, todo fue idéntico al proceso de poblamiento de los territorios indígenas de las Grandes Praderas. De hecho, fue casi una réplica exacta de los eventos genocidas de la conquista y destrucción de la civilización dakota en lo que hoy es Minnesota, acontecidos entre 1830 y 1864. Pero, en lo que toca a los residentes blancos que controlaban la tierra y recursos económicos de Hawái desde 1846, no fue un acto imperial. La burguesía comercial y misionera del archipiélago no cedió ni un ápice de su control económico y político interno en 1898 ni después. Incluso la rápida expansión de la economía de plantaciones azucareras fue financiada completamente por la población rica de «haoles», o sea, por los euroamericanos que poblaron a Hawái a expensas de los habitantes originarios. De hecho, estos intereses crearon el Banco de Hawái, precisamente en 1898, para que frenara cualquier intento de dominación por la banca de California. Se trata, pues, de la última vez que se abrió la frontera nacional para que un grupo de burgueses pasaran a formar parte alícuota de la gran burguesía estadounidense. Ni siquiera el caso de Alaska siguió ese camino.

Estructura monopolista y rasgos semifeudales

El rasgo más sobresaliente de la economía de Hawái en 1910 era su centralización e independencia frente al imperio. Efectivamente, para esa fecha un número reducido de haoles eran dueños de casi la totalidad de los recursos de las islas. Se trataba de un imperio interno, que incluía, entre otras cosas, plantaciones azucareras, bancos, la industria de seguros, el transporte interno y externo, ferrocarriles, la distribución de productos minoristas, y el almacenamiento.

La imagen idílica y tropical de Hawái contrasta con una estructura de centralización de capitales que parecía sacada de un capítulo de El Imperialismo: Fase superior del capitalismo. En ningún lugar de Estados Unidos, y posiblemente de toda Europa, había un cuadro de monopolización y centralización tan extrema de capitales y actividades económicas, como en Hawái en 1910. Cinco grandes compañías azucareras, con sede local, controlaban todo. Estas eran: Castle & Cooke, C. Brewer, American Factors, Theo H. Davies y Alexander & Baldwin. Las apodaban las Cinco Grandes.

También los métodos de organización corporativa de las Cinco Grandes parecían sacados de un manual avanzado de centralización de la economía: directores compartidos, propiedad directa sobre las acciones, compañías «holding», acuerdos monopolistas de transporte y financiamiento conjunto vía el Banco de Hawái. Pero los personajes de todas estas operaciones corporativas eran los mismos: un grupo exclusivo de familias anglosajonas, que acumularon su riqueza y poder entre 1846 y 1898. Sobre todo, y para asegurar la lealtad, estaban unidos por un entrelazado sistema de matrimonios y relaciones sanguíneas, cultivado puntillosamente por décadas de vivir como aristócratas feudales frente al resto de la población, en particular los hawaianos.

De las Cinco Grandes, la más vieja y poderosa era Castle and Cooke. Además de poseer extensas plantaciones de caña por todo el archipiélago, esta compañía ejercía un control dominante sobre las finanzas, el almacenamiento y las comunicaciones en Honolulu. Creada por los misioneros calvinistas que llegaron en 1860 desde Boston, este agresivo poder monopólico combinaba la religión y la violencia para ejercer su poder sobre toda la población originaria y la fuerza de trabajo agrícola. En 1914, logró que le transfirieran, sin costo alguno, todas las propiedades hasta entonces en manos de ciudadanos de origen alemán. La Castle and Cooke era también el socio mayor en el Banco de Hawái, en la Hawái Electric Company, en la Hawaiian Pinneaple Company y en el periódico Honolulu-Star Bulletin.

Por debajo de la Castle and Cooke estaban las demás compañías, cuyos dueños operaban como señores feudales menores en cada uno de las islas del archipiélago. Algo así como el modo de producción feudal en el antiguo continente asiático.

Dependencia frente al imperio

A pesar del control extraordinario de la economía local por la burguesía haole, Hawái no pudo escapar completamente a ciertos rasgos de dependencia frente al imperio. En primer lugar, todo el boom agrícola presuponía la estabilidad de la cuota azucarera, y esta se establecía anualmente por el Congreso. En la legislación territorial estadounidense los «territorios incorporados» eran semicolonias; es decir, áreas en tránsito a la condición de provincia ‘estado’, pero sin representación en el gobierno federal. Los productores hawaianos no controlaban su lugar en el mercado de azúcar de la nación.

En segundo lugar, la presencia física de la marina de guerra estadounidense en Pearl Harbor actuaba como un freno ante todo intento de la burguesía local de cuestionar los intereses estratégicos y globales del imperialismo en el océano Pacífico; es decir, de colaborar con otros imperios. Hawái le importaba a Washington no tanto por el azúcar, como por su lugar en el pujante comercio con las naciones de Asia. En eso el gran capital financiero no se corría riesgos, ni siquiera con sus hermanos de sangre.

La garantía efectiva de que la burguesía blanca de Hawái no se saliera de su sitio se estructuraba día a día a través de una persona de confianza de los altos mandos militares en Washington: Walter Francis Dillingham. Mr. Hawái, como lo bautizaron en la capital federal, era un ciudadano bona fide de Hawái, que heredó grandes extensiones de terrenos y ferrocarriles de sus antepasados haoles en el archipiélago. Además, era dueño de una compañía de dragado y construcción de puertos y facilidades de almacenamiento. La marina de guerra de Estados Unidos lo escogió como su punta de lanza en el archipiélago. Así, el Dillingham Industrial Complex era el beneficiario exclusivo de los contratos para el mantenimiento y reparación de las facilidades de la base naval de Pearl Harbor. Dillingham era el que actuaba como representante de la marina en todas las decisiones políticas que se tomaban dentro y fuera del archipiélago, incluyendo la selección del gobernador del territorio. En otras palabras, él implementaba tras bastidores el control de Washington sobre el diseño del gobierno territorial. Hawái tenía un valor geopolítico demasiado grande como para confiar en nadie.

Absolutismo y dictadura

Dada la composición étnica de la población de Hawái y el sistema electoral heredado del siglo XIX, la burguesía haole no podía mantenerse en el poder sino con un gobierno particularmente fuerte frente a los habitantes no anglosajones. Cierto es que bajo la legislación de expansión territorial estadounidense el nombramiento de los gobernadores territoriales era prerrogativa del presidente de la nación. Estos ejecutivos locales, por ejemplo, fueron los que durante toda la segunda mitad del siglo XIX implementaron las políticas genocidas de Washington en las Grandes Praderas y el oeste norteamericano. Algunos hasta tenían títulos militares. Pero Hawái era otra cosa; en parte por la distancia geográfica del continente y, en parte, por la realidad de que la población anglosajona era numéricamente estable. De hecho, al momento de la invasión, la inmensa mayoría de los trabajadores de las plantaciones eran chinos y japoneses. En 1900 comienzan a llegar miles de filipinos y puertorriqueños, para compensar la prohibición de entrada de trabajadores de China y Japón aprobada por el Congreso en 1882 (y entonces aplicable a Hawái). Todos, absolutamente todos los inmigrantes, eran necesarios para el funcionamiento normal de la agricultura de caña de azúcar. Y los filipinos, en particular, venían con una tradición de lucha y rebeldía. El poder de la burguesía blanca residente en Hawái no podía mantenerse internamente, sino con el establecimiento de una dictadura racial similar a la que existía desde 1864 en el sur esclavista.

Fue precisamente Dillingham quien negoció en Washington para el establecimiento de un gobernador territorial extraordinariamente poderoso en Hawái. Este sería nombrado en Washington, pero sujeto al agrado de las Cinco Grandes. En particular, tenía que ser un residente bona fide del territorio incorporado, o sea, un miembro de la casta de haoles.

Dualidad de la economía

Otra característica de la economía hawaiana bajo el régimen de territorio incorporado era su dualidad. Al igual que Puerto Rico y otras naciones tercermundistas, Hawái era un país especializado en el monocultivo y exportación de materias primas. El azúcar suplía las necesidades del capital industrial invertido en la producción de alimentos en los centros urbanos de la metrópoli. Pero, contrario a lugares como Puerto Rico, cinco grandes compañías locales, es decir, no absentistas, tenían un monopolio absoluto de la producción y el comercio exterior del archipiélago. En 1910, por ejemplo, las Cinco Grandes producían 7 de cada 8 toneladas de azúcar para la exportación. Pero la exportación, como tal, estaba 100% en manos de barcos y compañías de transporte de la burguesía haole. Ni una sola libra de azúcar del archipiélago salía en barcos que no fueran propiedad, directa o indirectamente, de las Cinco Grandes. Y ni una sola libra de productos importados llegaba de otro modo. Todo el movimiento de mercaderías, hacia fuera o hacia adentro, tenía que hacerse a través de la Matson Navigation Company. Lo mismo ocurría con el transporte de personas.

En 1906, desafiando la lógica del imperialismo, las Cinco Grandes comenzaron a exportar capitales a Estados Unidos. Así, para garantizar sus ganancias monopólicas, crearon la California and Hawaiian Sugar Company en Crockett, California. Esta se convirtió pronto en una de las refinerías de azúcar más grandes del mundo. La totalidad del azúcar exportado de Hawái era refinada, comercializada y distribuida en la costa occidental de Estados Unidos por esta compañía, controlada 100% por la burguesía haole de Hawái. Esta integración vertical, propia de los monopolios descritos por Hobson y Lenin, hizo posible que las Cinco Grandes entablaran una competencia frontal con las refinerías de la costa del Atlántico, que se suplían de las materias primas baratas llegadas de Cuba y Puerto Rico.

Falsa reforma agraria

Uno de los acontecimientos más desvergonzado en la historia del genocidio de los habitantes originarios de Hawái fue la reforma agraria de 1921. Reducida a una sexta parte de lo que fue a principios del siglo XIX, y ya despojada de sus terrenos ancestrales, la población oriunda del archipiélago comenzó a reclamar la reposesión de las tierras en las plantaciones y su distribución entre los pequeños campesinos. No era propiamente un movimiento para la nacionalización de la tierra, pues buena parte de los terrenos en las plantaciones capitalistas eran formalmente propiedad pública desde los tiempos de la expropiación agraria de 1848, conocida como Gran Mahele. Cerca de 40% de la tierra arable pasó a mediados del siglo XIX a ser propiedad del gobierno. Pero estos terrenos, cuya titularidad estaba protegida por la constitución local, fueron dados en arriendo indefinido a las Cinco Grandes a un precio meramente nominal. Lo mismo pasaba con las extensas áreas de terrenos preservadas por la monarquía hawaiana.

Ante la situación de pobreza extrema del pequeño campesino hawaiano, y ante la indiferencia de la cultura racista haole, el Congreso de Estados Unidos aprobó en 1921 la Hawaiian Rehabilitation Act. Esa ley proveía para la distribución de 200,000 acres de terrenos públicos entre los miles de hawaianos sin techo, que se concentraban en lugares como las «villas de miseria» alrededor de Honolulu. Además, en un lenguaje que hace recordar a las falsas reformas para el supuesto beneficio de los indígenas del continente, la Hawaiian Rehabilitation Act se justificó como un acto liberal de restaurar la cultura hawaiana. Pero casi en una réplica exacta de lo sucedido en 1864 con el pueblo sioux en Minnesota, la inmensa mayoría de los terrenos distribuidos entre los campesinos hawaianos en 1921, estaban localizados en áreas rocosas, arenosas y sin valor agrícola alguno. Más aún, el acta permitió la renovación indefinida de todos los contratos de arrendamiento que beneficiaban a las Cinco Grandes, y removió, sin pudor alguno, todas las restricciones al latifundismo en el archipiélago.

De lo demás se encargaron las fuerzas de los monopolios. Menos del 2% de los terrenos distribuidos en 1921 al campesinado pobre era cultivable. Pero incluso estos cayeron enseguida en manos de las Cinco Grandes. Al carecer de medios de transporte independientes, los pequeños agricultores no tenían otra alternativa que someterse al capricho de los monopolios que controlaban el mercado interior y la compra y venta de productos agrícolas. La poca tierra valiosa pasó rápidamente, por la vía de quiebras forzadas, a manos de la burguesía haole.

¿Cuál fue el resultado la gran reforma agraria de 1921? El mismo de la gran repartición de 1848, pero con mayor impacto humano. Los terrenos infértiles repartidos a los campesinos pobres se convirtieron en arrabales y barrios precarios. La inmensa mayoría de la población originaria de Hawái quedó ahora presa indefinidamente en una condición de depresión económica y social. Comenzó entonces a desarrollarse la industria de entretenimiento a los turistas, reduciendo toda la riqueza cultural del pueblo hawaiano a una caricatura grotesca para beneficio de los visitantes anglosajones.

Finalmente, fue bajo la Hawaiian Rehabilitation Act de 1921 que la burguesía haole del archipiélago se embarcó a gran escala en la construcción de un imperio de producción y exportación de piñas. Como todo en Hawái, esto implicó el uso de métodos violentos por las Cinco Grandes para asirse con la mayor parte del botín. Pronto Hawái monopolizaría el mercado mundial de este producto. Ya a fines de la década, las Cinco Grandes empleaban más de 35,000 obreros en esta industria.

¿Y qué pasó con el sueño de convertir a Hawái en un estado? Pues quedó engavetado. La burguesía anglosajona que se batió a tiros con la monarquía en 1893 buscando la anexión a Estados Unidos, se declaró en 1921 partidaria de continuar para siempre bajo la condición de «territorio incorporado». Ya no eran estadistas, sino autonomistas, como la burguesía colaboracionista y antinacional en Puerto Rico. Dios los cría y el azúcar los junta.

Estructura de clase

La estructura de clases de la sociedad hawaiana durante toda la primera mitad del siglo XX combinaba la explotación agrícola capitalista moderna con una rígida estratificación racial y étnica, que en sus formas externas se asemejaba a un sistema de castas semifeudales. En la cima de esa estratificación social estaban las Cinco Grandes; en realidad, un pulpo que mantenía un monopolio absoluto sobre la producción y exportación de azúcar y piñas en el archipiélago. El núcleo de la clase capitalista anglosajona de Hawái era uno con estas poderosas compañías. A través de relaciones familiares, y de su puntillosa atención a la pureza cultural y racial, la minoría de residentes blancos dominaba todo, incluyendo la banca, las operaciones de bienes inmuebles, el financiamiento y la importación y distribución de bienes internamente. Ni siquiera la clase esclavista del sur era tan racista y virulentamente opresiva. Esto, en gran medida, porque tenían el apoyo incondicional de la marina de guerra más poderosa del mundo.

Además de explotar directamente a la clase trabajadora, con miras a apropiarse de la plusvalía creada en la producción de materias primas, los haoles mantenían un sistema indirecto de opresión económica sobre el conjunto de la población a través del mercado. Las Cinco Grandes controlaban 90% de las ventas minoristas de Hawái y el 100% del mercado de dinero. Así, importaban medios de vida del continente y, dada la ausencia de una agricultura orientada al mercado local, imponían precios exorbitantes sobre los productos más básicos, como los vegetales, las carnes, la leche y las harinas. Los mismos trabajadores que generaban cuantiosas sumas de plusvalía, no podían sobrevivir si no era comprando a crédito en las tiendas de las plantaciones. La engreída clase capitalista blanca de Hawái, cuyos hijos atendían las mejores universidades de Estados Unidos y practicaban con obsesión el deporte de polo, no tenía reparo alguno en lucrarse de los préstamos de usura a pequeños comerciantes y trabajadores desesperados. Todo, mientras predicaba ardientemente los preceptos de la religión y cultos calvinistas. Ni Elmer Gandry, en la novela El Fuego y la palabra (Sinclair Lewis, 1927), identificaba tanto el comercio con la falsa devoción a los cultos protestantes.

La clase obrera y el sistema de castas

En la base de la pirámide social y económica de Hawái estaba una clase trabajadora multiétnica como pocas. Desde mediados del siglo XIX, la burguesía haole dominaba mediante un rígido sistema de explotación basado en la segmentación racial de los trabajadores en las plantaciones.

En realidad, toda la formación social hawaiana durante la primera mitad del siglo XX reflejaba una división del trabajo por origen étnico. Así, por ejemplo, la población china estaba concentrada en los pequeños negocios; la japonesa, en las pequeñas empresas y como asalariados en las plantaciones; la portuguesa, en la artesanía y la supervisión de otros grupos étnicos; los filipinos, en los trabajos menos remunerados en las plantaciones; los hawaianos, en los muelles y la construcción, y los blancos asalariados, en la vigilancia y los trabajos clericales. Dentro de cada sector laboral, los trabajadores eran agrupados por su país de origen. Las escalas salariales correspondían al origen nacional. En la cima, estaban los blancos; completamente abajo, los filipinos; a mitad de camino, los japoneses y puertorriqueños. Además, no se permitía interacción alguna entre los trabajadores de distintas etnias, ni en el desempeño de las faenas ni en los lugares de vivienda propiedad de las plantaciones.

El sistema de fragmentación racial de la clase trabajadora impuesto violentamente por la burguesía blanca de Hawái era objeto de estudio constante por los académicos de la Universidad de Hawái, quienes desarrollaron índices para clasificar la «eficiencia laboral e intelectual» de los distintos grupos raciales. Los filipinos, que junto a los japoneses constituían la gran masa de los trabajadores de las plantaciones, eran considerados personas de inteligencia subhumana y merecedores de la paga más baja. Todavía en 1940 las plantaciones azucareras de Hawái eran notorias por sus métodos viciosos de explotación y maltrato de los trabajadores no anglosajones; también, por el racismo y asesinato de familias obreras. Un representante de la agencia federal encargada de supervisar las negociaciones sindicales, la National Labor Relations Board, visitó Hawái en 1940, y caracterizó el clima laboral como «dominado abiertamente por el fascismo».

Mantener un estado constante de opresión y vigilancia sobre una gigantesca masa de trabajadores no anglosajones dispersa por el archipiélago requería de un despliegue constante y omnipresente de las fuerzas represivas. En el corazón mismo del modelo fascista hawaiano estaban tres instituciones: la Asociación de Patronos Industriales de Hawái, el Departamento de Policía de Hawái y las agencias de inteligencia ligadas a la marina de guerra. A ellas se sumaban gangas de verdaderos blancos malhechores que, pagados por las Cinco Grandes, hacían el trabajo sucio de dar golpizas, secuestrar trabajadores y deportar a la fuerza a los líderes obreros militantes. Se trataba, pues de un clima político y represivo que nada tenía que envidiarle a las bandas fascistas de la década de los treinta en la agricultura de California. Curiosamente, en ambos lugares, Hawái y California, el fascismo surgió vinculado al racismo en contra de la militancia natural de los trabajadores inmigrantes.

Las huelgas obreras y los fascistas, 1920-1938

El obstáculo mayor para la organización de los trabajadores en el archipiélago hawaiano era el sistema de fragmentación racial y étnica creado por la burguesía anglosajona. Además de la escala salarial diferenciada, cualquier intento de organización sindical llevaba al despido masivo de trabajadores de un grupo y su rápida sustitución por los de otro, igual o más necesitados de empleos. O simplemente a la represión con métodos fascistas.

En abril de 1909, ante la imposibilidad de vivir con los salarios miserables que recibían, más de 7,000 trabajadores japoneses se lanzaron a la huelga en las plantaciones. Las bandas de fascistas anglosajones no tardaron en responder. Más de 100 líderes obreros fueron encarcelados por el delito, inventado en medio de la huelga, de «interferir con las operaciones de las plantaciones». La huelga duró tres meses y fue un fracaso para la población obrera japonesa, debido a la división racial del proletariado.

En 1920 la clase obrera hawaiana intentó, por primera vez en la historia del archipiélago, movilizarse solidariamente y por encima de las diferencias étnicas y de lenguaje. Miles de trabajadores japoneses y filipinos se lanzaron simultáneamente a la huelga en varias plantaciones. Pero esta vez la respuesta de la burguesía haole fue más severa. Bandas de fascistas anglosajones, pagadas por los patronos, removieron por la fuerza a miles de familias trabajadoras de sus hogares en las plantaciones. Surgieron así, en el oeste de Honolulu, extensas villas de miseria pobladas por familias sin techo. Aunque el conflicto laboral duró más de seis meses, al final las epidemias de influenza que brotaron en los arrabales lograron lo que los fascistas no pudieron: que los trabajadores desistieran de sus reclamos y volvieran humillados a la explotación en las plantaciones.

En 1924 ocurrió una repetición de los eventos de 1909, pero ahora con un proletariado filipino políticamente consciente. Más de 13,000 trabajadores filipinos se lanzaron a la huelga, preparados para defenderse físicamente de los fascistas. En uno de los muchos enfrentamientos murieron cuatro policías y 16 trabajadores. La burguesía haole, temerosa de la combatividad de los trabajadores filipinos, recurrió en 1924 a la importación de dos pelotones de guardias nacionales armados con metralletas. La totalidad del liderato obrero, ascendente a 60 líderes, fue encarcelado por cuatro años.

La huelga de trabajadores filipinos en 1924 marcó para siempre los parámetros de la lucha de clases en Hawái. La burguesía anglosajona puso en movimiento sus mejores instrumentos de opresión clasista. De un lado, la fuerza bruta de los soldados y las bandas fascistas en la calle; del otro, un arsenal de leyes que parecían sacadas del siglo XXI: el Acta de Sindicalismo Criminal, aprobada en 1919; el Acta de Publicaciones Anarquistas, aprobada en 1921, y el Acta Prohibiendo los Piquetes, aprobada en 1923. A partir de 1925 comenzaría también la deportación de miles de huelguistas filipinos.

Desde el punto de vista de las luchas proletarias se hizo evidente que solo un movimiento huelguista multiétnico podía derrotar al fascismo de la burguesía haole. La coyuntura de lucha de clases en Hawái mostraba los elementos básicos para el ascenso del fascismo: una clase obrera combativa y una clase dominante en guerra abierta con el proletariado. Pero el sistema de fragmentación étnica del proceso de trabajo, así como las diferencias culturales y lingüísticas, impedían una movilización efectiva de los trabajadores en contra de las Cinco Grandes. De hecho, en 1936 estalló una huelga de obreros del transporte interno en Honolulu-Hilo. Aquí se concentraban los trabajadores de origen hawaiano. Nuevamente, la burguesía haole movilizó bandas de fascistas armados que golpearon, secuestraron y encarcelaron a los líderes del movimiento. La huelga duró dos años. El 1 de agosto de 1938 un contingente de 500 trabajadores fue atacado por 60 policías que escoltaban un barco rompehuelgas en la bahía de Hilo. Más de cincuenta obreros sufrieron heridas de bala.

Unidad obrera y derrota del fascismo: 1946

Justo en los años finales de la Segunda Guerra Mundial, la clase trabajadora hawaiana se embarcó en uno de los esfuerzos organizativos más impresionantes en la historia del sindicalismo progresista en Estados Unidos. Se trataba de integrar a todos los trabajadores del archipiélago (japoneses, chinos, filipinos, hawaianos y puertorriqueños) en un solo sindicato que los representara sin distinción. No era algo fácil, pues los trabajadores ni siquiera tenían un lenguaje en común. Mas, para gloria de esta sufrida clase trabajadora, los esfuerzos fueron más que exitosos.

El 1 de septiembre de 1946, bajo el liderato de la International Longshoremen’s and Warehousemen Union (ILWU), cerca de 26,000 trabajadores de la industria del azúcar en Hawái se fueron a la huelga al unísono. El paró duró solamente 79 días, pero durante esas ocho semanas 33 de las 34 plantaciones azucareras del archipiélago estuvieron completamente inactivas. Además, no solo los trabajadores del azúcar se fueron a la huelga, a ellos se unieron enseguida los empleados de todas las subsidiarias y empresas controladas indirectamente por las Cinco Grandes.

En 1946 los trabajadores se unieron verdaderamente por encima de las diferencias raciales y étnicas. De hecho, la comunidad entera, salvo la burguesía haole, se solidarizó con el paro. En todas y cada una de las islas del archipiélago surgieron comités de apoyo a los huelguistas. También florecieron por todas partes centros improvisados para la alimentación de los trabajadores, grupos de recaudación de fondos, organizadores de actividades culturales y de deporte, así como personas encargadas de la educación política. De acuerdo con el Centro para la Investigación y Educación Laboral, de la Universidad de Hawái, más de 50,000 personas se integraron activamente a los comités de apoyo a los huelguistas. Algunas se encargaban incluso de preparar los comunicados en todos los idiomas, para asegurase de la mayor participación posible.

Fortalecidos por la recién desplegada energía de la solidaridad multiétnica, la clase obrera del archipiélago, los no haoles, exigieron el reconocimiento de la unión, así como un contrato único y universal, que protegiera a todo el mundo. Y no se limitaron a la demanda de aumentos salariales, también pidieron mejores viviendas, mejor cuidado médico y el establecimiento de pensiones de retiro. Con la ayuda del nuevo sindicato, los descendientes de los miles de trabajadores de color, tantas veces vilipendiados y maltratados por la burguesía blanca de Hawái, demandaron el fin de la segmentación racial y étnica de los lugares de trabajo, así como la igualdad de salarios entre las razas. Para júbilo de las miles de familias hawaianas, japonesas, filipinas, chinas y puertorriqueñas que apoyaron la Gran Huelga de 1946, la burguesía anglosajona de Hawái claudicó ante la presión del sindicato y la comunidad proletaria entera. Todos los objetivos del paro fueron logrados. En 79 días, la unidad multiétnica y multirracial de los trabajadores del archipiélago puso freno a los extremos racistas de uno de los regímenes de opresión más abusivos del siglo XX. El fascismo de la burguesía blanca de Hawái había tropezado con un adversario formidable: la unidad de los trabajadores por encima de sus diferencias étnicas y raciales.

La lucha de clases continuaría, naturalmente, e incluso plantearía nuevos retos en la postguerra. Pero, en adelante, la clase obrera de Hawái, tendría un instrumento efectivo para afirmar sus intereses: la unidad sindical.

Referencias

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