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sábado, 21 de octubre de 2017

EE.UU. e Israel se retiran de la UNESCO tras acusarla de antiisraelí

Agencias
(Nueva directora general, la francesa Audrey Azoulay.)

 Estados Unidos e Israel anunciaron el jueves su retirada de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO, en inglés), acusándola de antiisraelí, lo que provocó críticas en la institución.

Tras varios años de tensiones con la UNESCO, con sede en París y actualmente en proceso de elección de un nuevo director general, la portavoz del departamento de Estado norteamericano, Heather Nauert, anunció que Washington prevé dejar la organización.

"Esta decisión no se tomó a la ligera, y refleja la preocupación de Estados Unidos con los crecientes atrasos en los pagos (de las contribuciones) a la UNESCO, la necesidad de una reforma fundamental en la organización, y el continuo sesgo contra Israel", dijo Nauert.

La salida de Estados Unidos se hará efectiva el 31 de diciembre de 2018, en acuerdo con las normas constitutivas de la UNESCO, añadió el texto.

Poco después del anunció de Washington, Israel indicó por su parte que también iba a abandonar la institución, que calificó de "teatro del absurdo donde se deforma la historia en lugar de preservarla".

"Entramos en una nueva era en las Naciones Unidas: la era en que, cuando se discrimine a Israel, habrá que asumir las consecuencias", señaló el embajador israelí ante la ONU, Danny Danon.

Estados Unidos ya había advertido, a principios de julio, que revisaría sus relaciones con la UNESCO, tras tachar de "afrenta a la historia" su decisión de declarar al casco antiguo de Hebrón, en Cisjordania ocupada, "zona protegida" del patrimonio mundial.

La embajadora estadounidense ante la ONU, Nikki Haley, afirmó en aquel entonces que esta iniciativa "desacredita todavía más a una agencia de la ONU ya altamente discutible".

Según Nauert, el argumento "financiero" pesó a la hora de decidir la salida de la institución. "Tenemos atrasos de pago del orden de 550 millones de dólares" respecto a la UNESCO. "¿Queremos seguir pagando más dinero" para una organización "anti-Israel?", preguntó.

La portavoz del departamento de Estado también recordó que Washington quiere un reforma en profundidad de la ONU.

Pérdida para el multilateralismo
Estados Unidos ya había abandonado la UNESCO entre 1984 y 2003, después de que el entonces presidente Ronald Reagan acusara a la organización de realizar una mala gestión financiera y de mantener un sesgo antiestadounidense en algunas de sus políticas.

El país volvió a integrar la organización en octubre de 2003, cuando era presidente George W. Bush, pero en 2011 suspendió su participación financiera a raíz de la admisión de Palestina como Estado miembro.

La directora general de la UNESCO, Irina Bokova, afirmó el jueves "lamentar profundamente" la decisión de Estados Unidos de retirarse de la organización.

"Lamento profundamente la decisión de los Estados Unidos de América de retirarse de la UNESCO, de la que recibí la notificación oficial mediante una carta del secretario de Estado norteamericano Rex Tillerson", dijo Bokova en un comunicado.

"La universalidad es esencial para la misión de la UNESCO, para construir la paz y la seguridad internacionales frente al odio y la violencia, con la defensa de los Derechos Humanos y de la dignidad humana", agregó Bokova.

"Es una pérdida para la familia de Naciones Unidas. Es una pérdida para el multilateralismo", comentó la responsable.

A estas reprobaciones se sumaron Francia, donde se encuentra la sede de la UNESCO, y el secretario general de la ONU, Antonio Guterres, que subrayó "el destacado papel de Estados Unidos en la UNESCO desde su fundación", en 1946. Moscú también lamentó "una triste noticia".

Los anuncios de Estados Unidos e Israel intervienen en un momento decisivo en la elección del sucesor de Irina Bokova, en medio de importantes tensiones políticas.

En una cuarto ronda de votaciones el jueves por la noche, los 58 países miembros del consejo ejecutivo solo consiguieron designar a uno de los dos finalistas a suceder a Bokova, el catarí Hamad bin Abdulaziz Al Kawari, que obtuvo 22 votos.

Llegaron en segunda posición ex aequo, con 18 votos cada uno, el candidato egipcio Mushira Khattab y la francesa Audrey Azoulay. El viernes, a las 12H00 GMT, un nuevo voto determinará quién de lo dos será el otro finalista.

viernes, 6 de octubre de 2017

Einstein (una vez más) tenía razón: la detección de la cuarta onda gravitacional que confirma uno de los postulados fundamentales de la Teoría de la Relatividad

Fue por mucho tiempo uno de los mayores misterios de la ciencia.

Albert Einstein estaba seguro de que existían: de hecho, las ondas gravitacionales, como las llamó, fueron una de las bases de su Teoría General de la Relatividad, uno de los postulados más innovadores y revolucionarios de la física teórica en el siglo XX.

Y este miércoles, el Observatorio Europeo de la Gravedad (EGO) en Cascina, Italia, anunció la detección, por cuarta vez, de estas ondas, generadas por la fusión de dos agujeros negros gigantes que tenían una masa alrededor de 53 veces la del Sol.
Albert Einstein
Las ondas llegaron a la Tierra en agosto pasado y se generaron a unos 1.800 millones de años luz de distancia.

La onda fue registrada casi al mismo tiempo por tres instrumentos denominados interferómetros, en el detector Virgo, un equipo subterráneo en forma de L que fue reparado recientemente.

Es la primera onda que se detecta fuera de territorio de Estados Unidos y por tres instrumentos casi al mismo tiempo.
"Si bien este nuevo evento es de relevancia astrofísica, su detección viene con un activo adicional: esta es la primera onda gravitacional significativa registrada por el detector Virgo", asegura un comunicado de los científicos de dicho laboratorio.

Otras ondas
No es la primera vez que "el sonido del universo" llega hasta la Tierra.

Por qué Einstein tuvo que esperar a que un eclipse confirmara su teoría de la relatividad

En 2015, casi un siglo después de las predicciones de Einstein, los científicos las detectaron por primera vez: un raro "sonido" proveniente del espacio era el resultado de la colisión de dos inmensos agujeros negros a unos 3.000 millones de años luz de la Tierra.

Luego, en 2016, el Observatorio Gravitacional de Interferometría Láser LIGO, en Hanford, Estados Unidos, lo detectó nuevamente, por tercera vez.

Sheila Rowan de la Universidad de Glasgow, Reino Unido, aseguró a la BBC que, tras este hallazgo, los científicos están en el umbral de una nueva comprensión de los agujeros negros.

"Es tentador ver esta nueva historia de cómo los agujeros negros se formaron y evolucionaron a través de la historia del cosmos. Esta información está casi a nuestro alcance, pero todavía no hemos llegado a ella", aseguró.

Los agujeros negros se forman al final de la vida de las supernovas, una estrellas de gran masa que implosionan, es decir, estallan hacia adentro y generan un campo magnético tan fuerte que puede incluso absorber la luz.

Qué son las ondas gravitacionales
Según Einstein, todos los cuerpos en movimiento en el espacio se "hunden" por su peso en la malla del espacio-tiempo y generan ondas, como cuando una piedra cae en un río.

Su detección se considera uno de los avances en física más importantes de las últimas décadas.

Percibir las distorsiones en el espacio-tiempo representa un cambio fundamental en el estudio del Universo, ya que permite observar antiguos eventos invisibles a los radiotelescopios o a los telescopios ópticos.

Mientras que la luz se dispersa al atravesar distintos medios -como por ejemplo, cuando llueve y se forma el arcoíris-, esto no ocurre con las ondas gravitacionales cuando se desplazan por el espacio desde su lugar de origen hacia la Tierra.

Esto permite a los científicos tener una certeza más profunda sobre lo que ocurrió en estrellas ubicadas a millones de años luz de nuestro planeta.

Fuente: http://www.bbc.com/mundo/noticias-41422417

lunes, 11 de septiembre de 2017

Del jazz al universo y más allá. Un libro de Stephon Alexander, físico y saxo tenor, revela la relación profunda de la música con el cosmos, y el inmenso poder creativo de la metáfora

Para un enamorado de la física y el jazz un libro titulado El jazz de la física ejerce la atracción gravitatoria de un agujero negro y hace volar la mente por los confines del cosmos. Los que solo aman una de esas dos materias, o ninguna, pueden leer esta obra y dejarse arrastrar por el influjo de las relaciones ocultas entre disciplinas disparespor el inmenso poder creativo de la metáfora.

Imagina dos peces que hablan entre sí en un río, cerca del precipicio de una cascada. Sus mensajes viajan a la velocidad del sonido en el agua, lo que no está mal para el espeso discurso que podemos esperar de esa especie acuática. El pez más afortunado se queda varado entre las raíces de un nenúfar, mientras el otro deriva de manera fatal hacia la cascada. Pese a ello pueden seguir hablando sin problemas; la voz del pez varado viaja ayudada por la corriente, y la del pez condenado viaja contra corriente y tarda más en llegar a su interlocutor, pero la charla sigue.

De pronto, en el mismo momento en que el segundo pez cruza el borde del precipicio, la situación cambia radicalmente. El pez que cae por la cascada sigue recibiendo el sonido del otro, pero sus gritos de auxilio ya no llegan a su interlocutor. La velocidad con que el agua cae por la cascada es mayor que la del sonido, y el pobre pez ha desaparecido de su mundo a todos los efectos.

Cambiando el sonido por la luz, esta pequeña historia es la metáfora perfecta de un agujero negro, el objeto más exótico y enigmático que ha descubierto la ciencia. El borde de la cascada representa el “horizonte de sucesos” del agujero negro, la frontera a partir de la que cualquier cosa, pez o astronauta, materia o energía, cae con tal velocidad hacia la atracción gravitatoria fatal del agujero negro que no puede escapar de él. Ni siquiera la luz puede escapar, de ahí que se llame negro.

Es solo una de las mil metáforas que plantea  Stephon Alexander, físico y saxo tenor, en su libro El jazz de la física, recién publicado en la colección Metatemas de Tusquets. El ejemplo de los peces no tiene relación con el jazz —solo la tiene con el sonido—, pero hay un motivo sólido para mencionarla: que la razón última del libro es mostrar el poder de la analogía y la metáfora para el pensamiento, también el pensamiento científico. Y porque explica con transparencia el horizonte de sucesos de un agujero negro, uno de los conceptos más radicales y complejos de la ciencia.

Pero El jazz de la física no es solo un título con gancho. El libro responde a las expectativas. Alexander es un buen físico teórico, formado con los mejores científicos y profesor en la Universidad de Brown, y también un solvente saxofonista de jazz. Su pasión, y sus estudios de media vida, se reparten a partes iguales entre  John Coltrane y Albert Einstein.
Y, cuando una mente creativa se sumerge a fondo en dos campos distintos, no es infrecuente que emerja una metáfora, un nexo recóndito y penetrante entre dos conocimientos previamente percibidos como incompatibles. Así trabajaban Coltrane, Einstein y los demás genios de la historia. Ese es el truco para innovar, para descubrir, para crear pensamiento. Cocerse en el dominio de una sola disciplina es la trampa para creadores por antonomasia, el pasaporte hacia la esterilidad.

En ese sentido, la vida de Stephon Alexander, que es la fuente de su pensamiento abarcador, tiene mucho interés, y no es sorprendente que su libro tenga una fuerte componente autobiográfica (como tal vez la tenga toda novela). Stephon, afroamericano hijo de emigrantes de Trinidad, creció en el Bronx neoyorquino, donde un chaval negro tenía mucho más fácil dedicarse a vender coca que estudiar física. Mientras se sumergía en los arcanos del saxo y del lenguaje musical del jazz, sin embargo, el adolescente encontró tiempo para leer a Stephen Hawking (Historia del tiempo) y a Richard Feynman (¿Está usted de broma, mister Feyman?), y esos libros abrieron un nuevo continente a su mente inquieta.

“Leer todo lo que caía en mis manos sobre física”, confiesa, “me proporcionaba una evasión perfecta mientras crecía en una parte del Bronx donde la realidad, para muchos, era deprimente; buena parte de mis años de estudiante los pasé sintiéndome un negado fuera de lugar, un rastafari de Trinidad criado en el Bronx”. Es bien curioso que, en el centro puntual de ese ambiente marginal, el joven Stephon dedicara buena parte del tiempo que no tenía a plantearse la madre de todas las preguntas: ¿por qué hay algo en vez de nada?

Una pregunta que, como cada vez más cosas, era parte de la filosofía y ahora ha emigrado a la física, la madre de todas las ciencias.


LA LEY DE HAWKING
El físico Stephen Hawking, una de las inspiraciones de Stephon Alexander, formuló hace años lo que algunos han denominado ley de Hawking sobre la divulgación científica: cada ecuación que pones en un libro reduce las ventas a la mitad. No pretendía ser más que un sarcasmo, pero tiene un átomo de verdad. La mala educación matemática en los colegios de todo el mundo ha causado que la mera visión de una fórmula induzca rechazo, temblores y sudores fríos en la población lectora. Y eso es un verdadero problema, porque la física no se puede entender a fondo sin las matemáticas que la fundamentan y la hacen avanzar. Las ecuaciones, como dice Alexander, son el sexto sentido del físico, un sentido que le permite ver conceptos que ni hubiera imaginado sin ellas.

A Alexander, sin embargo, no le dan miedo las ecuaciones. No cree en la ley de Hawking. Su enfoque, más bien, es sumergir al lector en ellas, y explicárselas paso a paso, desde los fundamentos que todos entendemos. Las matemáticas no pueden ser incomprensibles: son la base del entendimiento de la naturaleza. Los malos profesores son otra cuestión.

https://elpais.com/cultura/2017/03/10/actualidad/1489161469_986954.html

¿Qué le hace la música a nuestro cerebro?

sábado, 2 de septiembre de 2017

_- De cañas con Einstein y Newton. Profesores de la Universidad de Sevilla dan charlas en un bar de la capital para acercar la ciencia al público

_- El biólogo Miguel Alcíbar toma como ejemplo uno de los casos del detective Sherlock Holmes para describir cómo trabajan los astrobiólogos. “En Estrella de plata, Holmes tiene que explicar por qué el perro que estaba en el establo no ladró a quien entró a robar el caballo. Partiendo de la observación de que no ladró, el detective conjetura que el visitante era alguien que el animal conocía basándose en la regla general de que todos los perros ladran a desconocidos”, expone. Alcíbar imparte esta charla sobre astrobiología en un bar de Sevilla ante un público tan heterogéneo como las sillas que ocupan. Desde jubilados hasta universitarios. La ponencia se enmarca en una iniciativa, organizada por profesores de la Universidad de Sevilla, para sacar la ciencia de los laboratorios y acercarla al público en general. “Tanto Holmes como los astrobiólogos emplean el razonamiento abductivo: parten de un hecho observacional para establecer qué fue lo que pasó, utilizando una regla aplicable a ese hecho”, resume.

Ciencia en el Bulebar (por el nombre del local donde se celebra) surgió hace cuatro años cuando volvían en coche del Naukas Bilbao, la cita de divulgación científica más grande de España. “Íbamos hablando sobre la cantidad de gente que había acudido, que parecía que dentro estaban tocando los Rolling Stones, cuando se nos ocurrió que podíamos organizar algo más pequeñito en Sevilla”, recuerda Clara Grima, doctora en Matemáticas. Y en cuestión de días, lo tenían planteado. Se celebraría cada miércoles alterno a las 21.00 en el bar que su colega Carlos García, profesor de Lenguajes y Sistemas, tenía en la Alameda de Hércules. Se hablaría de física, matemáticas, macroeconomía, espeleología, paleogenética… “Tengo que reconocer que no confiaba en que funcionase, creía que aquí solo interesaba el flamenquito y la Semana Santa”, afirma Grima. Pero se equivocó. “Desde el primer día hubo aceptación. Hoy cada miércoles hacemos lleno”, señala el catedrático de Matemáticas Aplicadas Alberto Márquez. “Incluso, compitiendo con la Champions”, bromea la doctora junto a Ángel Fernández, otro de los organizadores y CEO de Jot Down.

Gregorio García sabe lo que es quedarse sin asiento, por eso siempre intenta llegar al bar una hora antes. “La ciencia es cultura”, asegura este catedrático jubilado de Biología Celular. “El reto en estas charlas es conseguir que el que sepa más no se aburra, y el que menos no se pierda”, señala García, quien acude a este ciclo desde hace año y medio. También es asistente asidua Lali Bautista, profesora de Secundaria de Biología. “Estas charlas me ayudan a saber cómo tratar estos temas con mis alumnos”, asegura. “Tiene un planteamiento muy familiar, lo hacen divertido y fácil de entender”, señala Elías Guisado, estudiante de Física y Matemáticas y que descubrió la iniciativa hace dos meses.

Pero esta aceptación no solo ha sido de público, también de conferenciantes. “Al principio dábamos nosotros las charlas o invitábamos a conocidos, ahora son ellos los que se ofrecen”, explica Grima, quien apunta que ya está cubierto el calendario de este curso. “Hay gente que le cuesta dar una charla en un bar. Es más fácil dar una conferencia entre colegas, en un congreso, porque usan tu mismo lenguaje. Aquí tienes que saber transmitir tus conocimientos a un público general”, explica Márquez. “Ahí está la clave de la divulgación científica”, apunta Grima, quien critica la escasa inversión pública en ciencia y educación. “La divulgación científica viene a cubrir un hueco. La ciencia es patrimonio del ciudadano porque, gracias a sus impuestos, los científicos pueden investigar. Por ello, es de recibo que la gente esté informada, para evitar engaños, para que se forme una opinión…”, explica Enrique F. Borja, doctor en Física. “Sabemos que con esto no vamos a darle la vuelta a la sociedad, pero es una primera semilla”, apunta Márquez.

Un centenar de personas sigue la conferencia de Alcíbar. La mayoría, sentados; una veintena de pie, cerveza en mano; y otros tantos apoyados en la barra. Uno de los asistentes levanta la mano. “¿Por qué hay tanto interés por descubrir si hay vida en otro planeta?”, pregunta. “Por morbo”, le contesta uno. “Es una pregunta compleja, al menos, para contestar a la ligera”, señala Alcíbar. Se abre el debate.

https://politica.elpais.com/politica/2017/04/12/diario_de_espana/1492000857_418611.html

jueves, 31 de agosto de 2017

Vera Rubin. Es odioso generalizar sobre los sexos, pero también lo es ignorar la historia de la ciencia del siglo XX

Ha muerto Vera Rubin. Nació en 1928 en Filadelfia, y no pudo ir a la Universidad de Princeton porque en los años cuarenta no aceptaba mujeres para estudiar Astronomía. De hecho, siguió sin aceptarlas hasta 1975, cuando yo tenía 15 años. Pero Rubin pudo estudiar en otros centros norteamericanos menos retrógrados, y acabó haciéndose con un buen aparato astronómico (espectrómetro) en la Institución Carnegie de Washington. Eso le permitió concluir que la Física de su tiempo estaba mal. Como el lector podrá imaginar, esa fue una idea difícil de sacar adelante.

Allá lejos, en el cielo nocturno, camuflada entre las estrellas de la constelación de Andrómeda, visible a simple vista pese a que su luz tarda dos millones y medio de años en llegar a nuestros ojos, se exhibe al mundo la galaxia más próxima a nuestro arrabal del cosmos: la galaxia de Andrómeda, el grumo espiral de materia más cercano, y más similar, a la Vía Láctea. Rubin la enchufó con su telescopio de alta tecnología, y lo que vio la dejó perpleja.

Las galaxias no giraban de acuerdo con las leyes de Newton o de Einstein, que obligaban a las estrellas centrales a rotar mucho más deprisa que a las exteriores. Más bien, todas las estrellas giraban al mismo ritmo. O las leyes estaban mal, razonó Rubin, o había en las galaxias un montón de materia que no podíamos ver, pero que regía su comportamiento gravitatorio. La materia oscura.

Hoy calculamos que la materia oscura que descubrió Rubin da cuenta del 25% del universo; otro 70% consiste en energía oscura, la “constante cosmológica” que Einstein inventó para que el cosmos no se colapsara, y que hoy explica que se esté expandiendo de forma acelerada. Solo el 5% restante es lo que solemos llamar materia, esa cosa que estudiamos en el colegio y que constituye por entero nuestro cuerpo y nuestra mente. El hallazgo de Rubin no fue precisamente una nota al pie de la Física. Más bien aspiraba a constituir el texto principal. Hoy seguimos sin saber qué es la materia oscura, pero también seguimos sabiendo que tiene que existir. O que nuestras leyes están mal.

Es odioso generalizar sobre los sexos, pero también lo es ignorar la historia de la ciencia del siglo XX. Henrietta Leavitt descubrió la cinta métrica de medir el cosmos que permitió a Hubble postular la expansión del universo; Barbara McClintock descubrió los transposones, o genes saltarines esenciales para el desarrollo y la evolución humana; Lynn Margulis descubrió el origen de la célula moderna.

Y Vera Rubin descubrió el 25% del cosmos. Vaya tontos que fueron en Princeton.

https://elpais.com/elpais/2016/12/28/opinion/1482925344_747416.html

miércoles, 9 de agosto de 2017

Lo real. Está lejos (tal vez por fortuna), pero no hay ningún problema de principio para ‘bajarse’ un bocadillo de Internet

“Todo está en Internet”, decía un personaje de El Roto, y otro le respondía: “A ver, dame un bocadillo”. El chiste tiene un ángulo de crítica contra la tecnología, una de las marcas de fábrica de este extraordinario creador, pues es cierto que los desbocados avances técnicos se dan de patadas en nuestro tiempo con las miserias, estrecheces y desigualdades más escandalosas. Pero la viñeta también tiene una lectura más general y profunda, relativa a la frontera infranqueable entre lo virtual y lo real, a la aparente imposibilidad de convertir cadenas simbólicas de ceros y unos en un bocadillo, justamente.

La frontera de El Roto, sin embargo, se puede empezar a disipar en el futuro cercano. Tomemos, por ejemplo, las hamburguesas hechas con células madre. De momento solo consta públicamente la existencia de una, presentada en diciembre de 2011 con gran aparato eléctrico y la presencia ostentosa de Ray Kurzweil, inventor, músico, empresario, científico de la computación y jefe de ingeniería de Google. Aquella hamburguesa se cortó en dos trozos y cada mitad se ofreció a un crítico gastronómico de renombre. Los dos coincidieron en que la textura era muy similar a la de la carne real, aunque el sabor se resentía de su completa falta de grasa. Los científicos contratados por Kurzweil habían partido de células madre del músculo, con el previsible resultado de un ladrillo cárnico más aburrido que una tarde de domingo. Esto se podría resolver añadiendo células madre de la grasa, aunque de momento no hay noticia de ello. Pero volvamos a nuestro punto.

Por mucho que esté hecha a partir de células madre, la hamburguesa sintética seguirá siendo un objeto del mundo real, ¿no es cierto? Sí, pero introduzcamos ahora otra pieza de tecnología en alza vertiginosa, la impresora 3D. Si esta máquina eyecta polvo mineral, construirá un objeto geológico; si eyecta células vivas, fabricará un objeto biológico. No es fantasía: los científicos ya están utilizando la impresión 3D para eyectar células de levadura y construir pequeños fermentadores (de cerveza, pan o fármacos) mucho más eficientes que los convencionales.

De modo que, para satisfacer la petición del bocadillo, el personaje de El Roto necesitaría una impresora 3D con el cartucho bien cargado de células madre de músculo, a ser posible células madre de grasa y, desde luego, trigo y levadura para hacer el pan. Una vez así equipado, el tipo podrá bajarse un bocadillo de Internet. Está lejos (tal vez por fortuna), pero no hay ningún problema de principio.

https://elpais.com/elpais/2017/07/26/opinion/1501071363_719288.html

jueves, 22 de junio de 2017

Ofensiva contra la ciencia

Desde el tribunal eclesiástico que juzgó a Galileo para hacerle desistir de sus conclusiones experimentales, la ciencia lleva más de cuatro siglos dándose de bofetadas con los señores del lado oscuro. Visto desde hoy, cuesta imaginar por qué las teorías de Copérnico, Kepler y el propio Galileo no fueron aceptadas de inmediato por su inmenso poder explicativo. Como decía el astrofísico Carl Sagan: “Me pregunto cómo es que apenas ninguna religión ha mirado a la ciencia y ha concluido: ‘¡Esto es mejor que lo nuestro! ¡El universo es mucho mayor de lo que dijeron nuestros profetas, más sutil y elegante!”.

Sagan, un inteligente físico y genial divulgador, dedicó media actividad profesional a la búsqueda de vida inteligente en la galaxia y la otra mitad a mejorar la inteligencia de los terrícolas. Luchar contra la irracionalidad es una función importante de la divulgación científica. Otro campeón de esa contienda ha sido Richard Dawkins, centrado sobre todo en desarmar a los creacionistas, con libros enteros dedicados a derribar la idea de Dios y campañas de autobuses ateos que ríete tú de los buses de la trama y de la vulva. De entre todas las irracionalidades habidas y por haber, la religión ha sido tradicionalmente el enemigo número uno del avance científico.

Por ejemplo, Dawkins desarrolló en los años ochenta un argumento chispeante contra el “diseñador inteligente” de los nuevos creacionistas, que deducen la existencia de Dios a partir de la complejidad de sus criaturas. Pero un diseñador inteligente, aduce Dawkins, debe ser aún más complejo que las criaturas a las que pretende dar explicación, luego no les da ninguna. Es un razonamiento brillante, a la altura de su autor.

El problema con todo esto, naturalmente, es que un individuo irracional no atiende a razones. Las personas religiosas se basan en la fe, no en el argumento. Y este mismo es el problema con las otras religiones, las creencias modernas que han sustituido la catequesis por una serie de credos laicos, como la fe en la madre naturaleza, el repudio a la tecnología opresora y los hechos alternativos que emanan de la Casa Blanca como versículos del Evangelio. Los meros argumentos racionales no van a parar esto. No lo han hecho nunca, y no lo van a hacer ahora.

“Os metéis con la homeopatía cuando no le ha hecho nada a nadie”, decía un whatsapp que circulaba el otro día. No sé quién es su autor, pero tiene una exquisita mala uva. La homeopatía, en efecto, no le ha hecho nada a nadie, ni podría hacérselo. Un producto homeopático, según los textos fundacionales de esta sandez, no es más que agua pura y cristalina, con algo de cloro si sale del grifo. Esta religión moderna consiste en diluir una sustancia dañina en tantos órdenes de magnitud que al final no puede quedar una sola molécula de ella. Es increíble que una idea tan estúpida se haya generalizado de tal forma. Pero así es (véase artícu­lo adjunto).

La homeopatía no es más que una estafa. Una cuestión más grave, por supuesto, es que el chamán convenza al paciente de que tiene que dejar su tratamiento médico para abrazar el elixir fraudulento. Ahí muere gente, y los tribunales pueden actuar. Pero, cuando no se llega a esos extremos, o no muy frecuentemente, los productos homeopáticos seguirán gozando de una estantería vistosa en la farmacia. Es avalar una estafa, pero los políticos parecen estar acostumbrados a esa práctica, a juzgar por sus (nulas) iniciativas para erradicarla. Fácil: la mayoría de los españoles creen en la homeopatía, y no están los tiempos para perder votos.

El rechazo a las vacunas es a la vez más complicado y más grave. Hace décadas que los abogados de colmillo más aguzado aguardan apostados a la salida de los hospitales norteamericanos a que salgan los familiares de los pacientes que han muerto. Una vacuna puede proteger al 80% o al 90% de quienes la reciben, y eso deja un margen jugoso del 10% o el 20% al que los letrados pueden agarrarse para plantear una demanda. Contra el médico, contra el hospital o contra la empresa farmacéutica que ha descubierto la vacuna.

Si nada de eso funciona, el abogado siempre puede aducir cualquier falacia que circule por la Red o sus alcantarillas, como por ejemplo que la vacuna que le han puesto a tu hijo causa autismo. Es mentira, y de la peor clase —ignorante e interesada—, pero ha causado unos daños profundos al sistema global de salud. En los años 2000, estas prácticas de leguleyos llegaron a vaciar a Estados Unidos de las firmas farmacéuticas que, como Pasteur o Glaxo, habían apostado por las vacunas. Esto fue un desastre que todavía no hemos superado del todo.

La esperanza media de vida de los países occidentales se duplicó en el siglo XX (de los 45 a los 90, redondeando un poco) debido a las tres patas esenciales de la lucha contra la infección: el alcantarillado, los antibióticos y las vacunas (hoy habría que añadir los condones, seguramente). Las zonas deprimidas de África y Asia siguen necesitando esos avances, contra las enfermedades antiguas y contra las que puedan surgir, y sin la investigación privada no parece posible.

Además, los gestores de la salud pública coinciden en que sin medicina preventiva no hay futuro. La esperanza media de vida occidental sigue aumentando a un ritmo lento pero constante de un par de años por década, pero la razón principal es la mejora en el tratamiento del infarto (que sigue siendo el gran matarife en el mundo desarrollado, por encima de todos los cánceres juntos). Esos sistemas son caros e imperfectos, pues rara vez devuelven al paciente su calidad de vida anterior. El sistema sanitario actual, sea público o privado, no es sostenible. Hay que apostar a fondo por la medicina preventiva.

Y las vacunas son medicina preventiva por definición. Se las pinchas a la población de riesgo y evitas que desarrollen unas enfermedades que, de haberse producido, habrían supuesto un tormento para el paciente y una sangría para los presupuestos sanitarios. Las artimañas jurídicas de los tiburones significarán a la larga un horrible aumento del gasto público y un estorbo para el avance de la investigación biomédica. Es obvio que los políticos pueden hacer mucho para animar a la Big Pharma a investigar en vacunas. También lo es que no está en su agenda de prioridades.

Lo que hasta ahora está salvando a estos abogados, y a los padres que se niegan a vacunar a sus hijos, de un buen embrollo civil o incluso penal es un efecto estadístico bien conocido de los epidemiólogos. Frenar la propagación de un virus no requiere vacunar a toda la población. Basta con vacunar a tres de cada cuatro. Lo que haga el cuarto individuo da igual a efectos epidemiológicos. Así que los hijos de los antivacunas están protegidos contra las principales enfermedades infecciosas gracias a los demás padres, los que sí vacunan a sus hijos. Puede parecer una paradoja, pero no son más que matemáticas.

El rechazo a los alimentos transgénicos (*) —otra de las religiones de nuestro tiempo— plantea cuestiones aún más complejas e interesantes que el creacionismo, los pseudofármacos y las vacunas. Es curioso que una humilde semilla sea más importante que Dios padre, pero así son las cosas.

La mayor parte de la gente cree que hay una polémica científica sobre la seguridad para la salud de los transgénicos. No la hay. Todos los científicos y biotecnólogos de plantas coinciden en que los transgénicos son seguros para la salud, y también para el medio ambiente. Si llevan décadas investigando en ellos es porque, además de haber descartado esos riesgos, están convencidos de que los transgénicos son el mejor modo de incrementar el contenido de vitamina A del arroz — la base de la alimentación de media Asia, pobre en ese compuesto esencial—, crear variedades de las principales plantas de cultivo tropicales que sean resistentes a la sequía, y que por tanto gasten menos agua, ralentizar la oxidación que arruina la fruta, para una gestión más eficaz y sostenible de muchas plagas, sobre todo las enfermedades virales que arruinan las cosechas de varios países africanos, en fin.

En el caso del rechazo irracional a los transgénicos, los grandes responsables han sido los grupos ecologistas, con especial mención a Greenpeace, que lleva décadas poniéndolos entre sus tres o cuatro líneas estratégicas, a la altura de los residuos nucleares o el cambio climático. “Los ecologistas se oponen a los transgénicos porque tienen la panza llena”, me dijo en una entrevista el padre de la revolución verde, Norman Borlaug.

Tenía razón. Greenpeace ha conseguido intoxicar (ideológicamente) a la población occidental, y que Europa tenga una legislación absurda y retrógrada sobre los transgénicos. En el fondo eso da igual. Los países que verdaderamente los necesitan, como China y varios de África tropical, llevan años investigando en sus propios transgénicos. El largo brazo de Greenpeace no llega allí. Malo para la contaminación, bueno para la ciencia.

El negacionismo climático no es muy distinto de las religiones anteriores. Todas consisten en cegarse a la evidencia, inventar una realidad paralela e infectar a la mayor parte posible de la población con ella. Todas acabarán fracasando —la realidad es tozuda—, pero nadie sabe cuándo. Nuestro cerebro no está hecho para el pensamiento científico: pensar así nos cuesta Dios y ayuda, y poca gente está dispuesta a esa tortura. Habrá que inventar algo.

http://elpais.com/elpais/2017/06/16/ciencia/1497616571_649155.html

(*) La cuestión de los transgénicos no es tan sencilla como aquí se introduce y da por sentado. Son el resultado de una manipulación genética, cuyo uso no está suficientemente estudiado y cuyas consecuencias desconocemos a medio y largo plazo. Se saben varias cosas que no son neutrales: Son propiedad privada y patentadas de multinacionales cuyo único objetivo no es el bien común y su difusión gratuita "para todos", sino el enriquecimiento y el adueñarse del mercado para especular, dominarlo y seguir aumentando las ganancias. Lo trabajan como monopolio, lo cual dista de ser ciencia, es simple economía especulativa. La sola presencia de las semillas en los campos contamina a otras semillas genéticamente durante la polinización, con lo cual su extensión no es fácil de controlar y las consecuencias de ello son en su mayor parte desconocidas.

La impresión, en este caso, es que junto a otros temas claros, se mete de soslayo esta cuestión de los transgénicos, como si fuese solamente una cuestión puramente científica, cuando es un tema controvertido y con claros objetivos económicos de dominio del mercado agrícola y alimentario.  

El precio de la incultura científica


Michael Bublé

When marimba rhythms start to play
Dance with me, make me sway
Like a lazy ocean hugs the shore
Hold me close, sway me more
Like a flower bending in the breeze
Bend with me, sway with ease
When we dance you have a way with me
Stay with me, sway with me
Other dancers may be on the floor
Dear, but my eyes will see only you
Only you have that magic technique
When we sway I go weak
I can hear the sounds of violins
Long before it begins
Make me thrill as only you know how
Sway me smooth, sway me now
Other dancers may be on the floor
Dear, but my eyes will see only you
Only you have that magic technique
When we sway I go weak
I can hear the sounds of violins
Long before it begins
Make me thrill as only you know how
Sway me smooth, sway me now

martes, 13 de junio de 2017

_--LOMCE, esa flagrante confusión entre la creencia y el conocimiento.

_--Josep Emili Arias


Un sistema educativo, dentro de la OCDE, no debe permitir que una asignatura de religión confesional obtenga el mismo estatus académico que las asignaturas troncales de bachiller/ESO. La condición de credo no debe otorgar ninguna ventaja académica con la cual redimir cursos y engorda nota media. Un sistema educativo no debe tolerar alumnos “salvados” por su creencia. Todo sistema educativo ha de quedar desligado de cualquier ideologización, más cuando la creencia religiosa está exonerada de la razón y el conocimiento.

Adoctrinar no es impartir conocimientos, es influir en la conciencia y la moralidad del alumnado. La fe religiosa es una actitud de compromiso hacia una determinada doctrina e inmersa en una parte muy subjetiva de la persona -la espiritualidad-, un estado muy ajeno a la objetividad del conocimiento y la razón. La creencia religiosa sólo está sujeta a la conciencia y la convicción personal, por ello, todo credo confesional ha de quedar excluido del currículo académico evaluable. La fe pertenece al plano personal, privativo, familiar y eclesial. Exponer en el aula el «misterio de la Santísima Trinidad» jamás puede ser conocimiento académico evaluable por ser una suposición idealizada desde la fe y amparada por el dogma. ¿Por qué la subjetividad de “creer” ha de ostentar el mismo mérito académico que la objetividad de las matemáticas, la química o la termodinámica? . Puestos a ensalzar las creencias, impartamos astrología en las aulas.

Esta privilegiada concesión de la ley LOMCE (8/2013, Ley Orgánica para la Mejora de la Calidad Educativa) -ley actualmente paralizada y en subcomisión- tan condescendiente con la asignatura de Religión católica, nos ha retrotraído a la Europa del Medievo: «La fe por encima de la razón». Donde el alumnado se ve seducido a escoger las bondades de esta asignatura “maría” por el hecho de: aprobarse sólo con la asistencia, de poquísimas horas lectivas y por su facilidad en lograr excelente nota con la cual amañar el curso y engordar la nota media de corte de acceso universitario (PAU). Pervertimos al alumnado y al propio sistema educativo, y una religión convertida en el mercadeo más rentista.

El teorema de Pitágoras, las ecuaciones electromagnéticas de Maxwell, e incluso cualquier partitura sinfónica, son bellas expresiones del conocimiento humano. Pues tanto la proposición de un teorema matemático como el lenguaje de una partitura musical poseen una interpretación única, concluyente y universal. Cosa muy distinta es la teología, donde sus dictámenes teologales evidencian mucha anfibología, donde un mismo versículo bíblico admite juicios muy contradictorios según qué credo judeocristiano lo interprete (judío, protestante, católico, Testigos, evangelistas). Las confesiones monoteístas y sus teologías no son conocimiento al uso, son una disciplina que -únicamente- está sujeta a la subjetividad de la fe y al dogma impuesto. Las religiones y sus teologías sólo sobreviven en el campo de la fe.

A ningún alumno se le obliga a que comulgue con las tesis de Bertrand Russell y de Nietzsche, ni con los postulados ateístas «no creacionistas» de Stephen Hawking y de biólogo Richard Dawkins, pero tales teorías resultan tangibles y contrastables, son razonamientos exentos de adoctrinaje y que se mueven en lo observacional y experimental, son fruto de nuestro pensamiento evolutivo y, nos gusten o no, son postulados teóricos a impartir y evaluar en las aulas. Cosa muy distinta son los credos y sus teologías que conllevan un adoctrinamiento, cuyas nociones son intangibles, incontrastables y que no admiten experimentación. Famosas fueron las banales conjeturas de la teología romana, desde pretender conocer el sexo de los ángeles hasta el cálculo del aforo de cielos y purgatorios. Unas resoluciones teológicas sustentadas sobre suposiciones y especulaciones, terrenos muy ajenos a la noción de conocimiento. No recuerdo qué filósofo expresó: «Al final la teología no es más que un apilamiento de suposiciones y entelequias apuntalado por convenidos dogmas». ¿Te imaginas una ciencia gobernada por el dogma y no sometida al método y al libre examen?.

Todo un despropósito en el s. XXI, pues resulta paradójico que el Parlamento Europeo promueva iniciativas para combatir el fanatismo religioso (documentos: serie La Europa de los ciudadanos), mientras nuestro sistema educativo encumbra y pontifica la asignatura de Religión católica como conocimiento académico evaluable y computable.

El conocimiento científico, al igual que la historicidad, avanzan gracias a su permanente exposición al libre examen que le confiere la cualidad del rigor concluyente. Sin embargo las creencias religiosas, sus teologías y sus revelaciones, sólo caben ser asimiladas desde la fe, campo exento a la razón ya que no son conocimiento contrastable ni falsable. Los credos no entran al laboratorio, sus dogmas rehúyen el debate y las preguntas incomodas. Pretender homologar la creencia religiosa como conocimiento académico evaluable es todo un radicalismo.

Tal concesión legislativa, para preeminencia y hegemonía de un exclusivo credo, viola la aconfesionalidad del Estado. En la LOMCE, la asignatura de confesión católica quedó blindada como oferta obligatoria para todos los centros de Primaria bachiller/ESO, sí o sí todo centro ha de ofertarla y evaluarla. Obteniendo una clara ventaja sobre sus dos posibles optativas "Valores éticos" y "Segunda lengua extranjera". Y, sobre todo, sin la competencia de las otras religiones cristianas de raigambre europea que se profesan en nuestro país y mostrando, así, su arrogante posición dominante y de privilegio.

Como creyente cristiano siento vergüenza que los prelados católicos estén más preocupados por la supremacía de su credo que por dignificar la fe. Las injerencias del lobby católico presionando al legislador a que legisle en favor de una determinada doctrina responde, únicamente, al fanatismo por restituir su poder de influencia. Me pregunto por qué los prelados de la CEE (Conferencia Episcopal Española) -grandes valedores de la familia- no se posicionan con el mismo afán político en la defensa de una nueva ley hipotecaria que proteja de los desahucios a las familias más vulnerables. Ni siquiera abren la boca para el establecimiento de una «renta básica» que garantice la dignidad y la inclusión de las personas más paupérrimas. Por qué los prelados no ponen el grito en el cielo contra las cláusulas abusivas bancarias y su praxis de la usura, y por una efectiva ley que palíe la pobreza energética.

domingo, 14 de mayo de 2017

_--Más de cien artículos científicos retirados por fraude son una llamada de atención: o cambiamos el sistema o tendremos problemas.

_--Más de cien papers acaban de ser retractados de la revista Tumor Biology después de que se descubriera que los autores fingieron el proceso de revisión de pares. No es un hecho aislado: el año pasado cayeron otros 58 artículos científicos de los que 25 fueron de la misma revista.

Pero, siendo sinceros, esto es solo una gota en el océano de problemas que arrastra la ciencia contemporánea. Hoy las debilidades del sistema de publicación científica afectan a la investigación del cáncer, pero si no buscamos una solución pronto las consecuencias pueden ser mucho más graves.

La plaga de los artículos retractados
Basta con echar un ojo a Retraction Watch para ver que cada día se retractan numerosos artículos por todo el mundo. Distinguir entre fraudes, malas prácticas y errores se está convirtiendo en todo un problema. Los ánimos están tan caldeados que muchos investigadores llegan a decir abiertamente que tienen miedo de que un error se convierta en su 'tumba profesional'.

Este caso es llamativo no solo por el número de artículos, sino por la forma en que lo han hecho. Para publicar un artículo científico se tiene que pasar por una 'revisión de pares' anónima. Es decir, el texto se envía a otros expertos del área para que vean si está bien hecho, si es interesante y si es novedoso. El problema es que las revisiones de artículos están mal gestionadas.

El sistema se basa en tener a superexpertos trabajando sin remuneración para revistas que suelen ganar mucho dinero. Algo que, quién lo iba a decir, no funciona todo lo bien que nos gustaría. En los últimos años, los investigadores pueden sugerir revisores para un trabajo concreto. Esto es así porque el nivel técnico de muchas de las investigaciones es tan alto que solo hay un grupo reducido de especialistas con suficientes conocimientos para revisar el trabajo; pero también porque las revistas están muy desesperadas por encontrar revisores.

El misterioso caso del revisor fantasma
Lo curioso del caso no es que se haya creado un cártel o un colegio invisible. Es decir, no se trata de un grupo de investigadores que 'trapicheaban' con las revisiones de sus propios artículos. El fraude ha consistido, directamente, en inventarse investigadores que no existían, con correos y cargos falsos en universidades de todo el mundo.

Como explicaba la editora de la revista Research Integrity and Peer Review Elizabeth Wager en Ars Technica, los revisores falsos "sabían cómo eran las revisiones y las hacían plausibles". Sin embargo, no fueron plausibles en todo el proceso de revisión.

Tanto es así que los pillaron por puntuales. Las revisiones habituales no suelen llegar en fecha y suelen retrasar todo el proceso de publicación científica. Los revisores falsos, en cambio, siempre eran puntuales. Algo demasiado bueno para ser verdad.

La profesionalización del fraude
Según la investigación, el problema ha ido creciendo porque el fraude se ha 'profesionalizado'. Según parece, el origen del problema no está solo en los investigadores, sino en algunos servicios que usan de forma asidua los grupos de investigación que no son angloparlantantes.

Según parece, hay ciertas empresas de traducción y de servicios editoriales que habían convertido la revisión fraudulenta en un servicio más. Muchas veces sin que ni los investigadores lo supieran.

Ante las sospechas, Springer, la antigua editora de la revista, decidió hacer un análisis más completo de todo lo que estaba pasando en la revista. Ahí descubrieron nuevos revisores falsos y, por ahora, han caído 107 papers.

Un problema de fondo
Hace unos días, Marcus Banks en Slate defendía que necesitábamos un GitHub para la investigación académica. Es una reflexión que se enmarca en un problema que viene de largo: el paper (el artículo científico) ha sido, durante siglos, una de las vías más exitosas para comunicar ciencia. En las últimas décadas, ha dejado atrás a libros y monográficos.

Sin embargo, es un sistema demasiado estático y poco versátil. Como decía Banks, el lamentable y fraudulento estudio de Wakefield en el que relacionaba vacunas y autismo se publicó en 1998. Pero, aunque se supo casi de inmediato que era falso, Lancet, la revista que lo publicó, solo lo retractó completamente en 2010.

Daniel Lakens, profesor de psicología experimental en la Universidad Tecnológica de Eindhoven y uno de los 'activistas de la replicabilidad' más conocidos de los últimos años, fue mucho más allá. Para él, ha llegado el momento en que las entradas de un blog tienen más calidad científica que muchos artículos científicos. Lakens lo tiene claro: son más abiertos, más dinámicos, más innovadores y se corrigen mejor.

Lakens siempre está a mitad de camino entre el argumento interesante y la boutade, pero sin duda ahí hay un problema importante. Todo el sistema de la ciencia contemporánea se fundamenta sobre una base bibliométrica que atraviesa serios problemas, pero que, como podemos ver, no sabemos cómo solucionar. Los próximos años van a ser fundamentales... y muy divertidos.

Javier Jiménez Editor de ciencia de las revistas electrónicas Xataka y Magnet.
Fuente:
https://m.xataka.com/investigacion/mas-de-cien-articulos-cientificos-retirados-por-fraude-son-una-llamada-de-atencion-o-cambiamos-el-sistema-o-tendremos-problemas

martes, 25 de abril de 2017

Incertidumbre

La física ha sido algo así como la diosa Kali del siglo XX, venerada y temida, capaz de todos los milagros y de todos los crímenes. Y la responsabilidad, la inconsciencia o los retortijones de conciencia de los sabios dedicados a cultivarla han brindado dramas argumentales a incontables obras literarias de las últimas décadas. Mi pobre erudición sería incapaz de enumerarlas, aunque fuese de modo incompleto. De mi adolescencia recuerdo dos piezas dramáticas que me impresionaron, una Los físicos de Friedrich Dürrenmatt, que transcurre en un manicomio dónde tres locos que creen ser Einstein, Newton y Moebius -y no lo son, pero tampoco están locos- se enfrentan y combaten por la posesión de un secreto aniquilador, socialmente más demente que cualquier demencia privada; otra, El caso Oppenheimer de Heinar Kipphardt, sobre los tormentos morales del inventor de la bomba atómica, que a mediados de los años sesenta representó el Piccolo Teatro de Milán bajo la dirección del gran Giorgio Strehler. Mucho más reciente pero girando también en torno a un tema apocalíptico semejante puedo mencionar la intrigante novela En busca de Klingsor, del mexicano Jorge Volpi. Y tantas más, entre las que no podemos descartar las tan populares historias del genéro de espionaje o ciencia-ficción centradas en la figura del "sabio enloquecido".

Hace pocos meses apareció en Francia una de las piezas más interesantes que he leído de este vasto y redundante mosaico literario: Le principe (El principio), de Jérôme Ferrari, editado por Actes Sud. De ese autor, uno de los novelistas actuales más destacables de su país, hay traducidas al español la novela con que ganó el premio Goncourt, El sermón sobre la caída de Roma (Random House) y una anterior, Donde dejé mi alma (Demipage), ambas absolutamente recomendables. En El principio, un joven aspirante a filósofo —y como tal atribulado y poco seguro de sí mismo— se obsesiona con la trayectoria vital de Werner Heisenberg, genial desde que en su juventud acuñó su celebérrimo "principio de incertidumbre" (¡que estupendo oxímoron!) que desconcertó a sus maestros, para después sentar las bases de la mecánica cuántica, lo que le valió el premio Nobel de Física a los treinta y un años. Su obra se gesta durante el ascenso del nazismo, en competencia o colaboración con la generación excepcional de los Einstein, Louis de Broglie, Max Planck, Niels Bohr, Schrödinger, Paul Dirac, Carl Friedrich von Weizsäcker, Otto Hahn, etc… Los jerarcas nazis les presionaron para conseguir la bomba atómica que les hubiera dado la victoria y que finalmente consiguió Oppenheimer en Estados Unidos. Algunos se escabulleron de patronos tan peligrosos pero otros, como Heisenberg, se dejaron querer, no por ideología nacionalsocialista sino para poder seguir investigando tranquilamente. Después de la guerra, recluidos por los vencedores, algunos sintieron culpabilidad por haber sido cómplices, pero otros no entendían que es lo que se les reprochaba a ellos, que sólo habían seguido con su trabajo: poner al descubierto la íntima belleza objetiva del universo.

El principio de incertidumbre de Heisenberg, en física cuántica, dice que no se puede conocer al mismo tiempo la posición y la velocidad de una partícula elemental. De modo semejante, el sabio no logra conocer la conjunción de su situación histórica y el vértigo acelerado de sus descubrimientos. Y quizá tampoco ninguno de nosotros sepa determinar juntamente dónde está y a dónde va en este mundo hermoso y atroz.

http://cultura.elpais.com/cultura/2015/05/04/actualidad/1430759210_681187.html

lunes, 24 de abril de 2017

Ciencia poética. Lucrecio es el Newton, el Einstein y el Carl Sagan de Roma. Su obra 'De la naturaleza' conserva intacta toda su actualidad.

El libro De la naturaleza ha recorrido más de dos milenios estableciendo una relación fuerte con cada época. Esta edición de Acantilado —muy bella y muy útil— ofrece el original latino de Lucrecio y una de sus mejores traducciones, realizada por Eduard Valentí Fiol. Un libro bilingüe es un instrumento de gran precisión. Este incluye además dos acercamientos contemporáneos: la introducción de Valentí y la presentación de Stephen Greenblatt, muy distintas a pesar de su proximidad. Valentí, heredero de una tradición gloriosa, representa el ideal de la filología moderna a mediados del XX: fijar el texto latino, traducirlo y comentarlo de modo riguroso. Greenblatt traza una semblanza breve y seductora, síntesis de la cultura posmoderna: intérprete libérrimo, relaciona, conecta y sabe llegar, more americano, al gran público, cosa vista con desconfianza por la filología tradicional europea. Su modelo general de una cultura poética encuentra aquí una aplicación perfecta a la ciencia.

El De rerum natura ha sido el clásico preferido por la izquierda moderna. Ateos, materialistas e ilustrados vieron en Lucrecio a uno de los suyos. Lo ejemplifican algunos de sus traductores, como el revolucionario Marchena, el republicano Gil-Albert o el ácrata García Calvo. Greenblatt lo encaja bien en la izquierda posmoderna: su Lucrecio es pacifista, ecologista y tan antiimperialista que resulta incluso antirromano (algo difícil de conciliar con el inolvidable principio de la obra). Por supuesto, también perfila un Lucrecio anticristiano, al superponerle el troquel bipolar de Estados Unidos. Si solo existen creacionistas y darwinistas, Lucrecio cae, con toda razón, del lado de estos últimos, pues explica la desaparición de especies por la supervivencia de los más aptos y es enemigo acérrimo de las religiones. Pero la cuestión requiere algunos matices: en realidad el cristianismo llegó después y fue él el antilucreciano (por antiepicúreo). Otros poetas epicúreos, como Virgilio y Horacio, han gozado de gran aceptación por parte del cristianismo europeo. Existe, por otra parte, una tradición minoritaria de cristianos epicúreos, explorada por Michel Onfray. Y lo esencial: la divinidad está muy presente en el libro. Es una divinidad propia de un filósofo y de un poeta. También de un científico. No es desde luego un Dios religioso. Pero eso es algo que la ciencia actual parece haber dejado en el pasado. Actualísimo es el análisis que hace Lucrecio de la divinización de la Tierra, pues a la vez la desmitifica y la tolera.

Es este uno de los libros mayores del paganismo grecolatino, hecho de una refinada naturalidad cultural. Sin ella, corremos el riesgo de no ver. Por ejemplo: al describir los avatares del texto (que desde el primer momento ha estado al borde de desaparecer varias veces) el propio Greenblatt incurre en una suerte de providencialismo cultural, al retratar a Poggio (el humanista del Renacimiento que salvó el texto) como “el agente por medio del cual sucedió algo importante”. ¿No presupone esta frase una suerte de Providencia, muy contraria, por cierto, al epicureísmo?

Como todos los clásicos, Lucrecio es irreductible a una época o a una ideología, incluso a las suyas. Por eso está a disposición de todos los que han ido llegando a él.

También es un gran liberador. Libera de los fanatismos religiosos, pero también (atención) de las servidumbres del sexo. Como todos los epicúreos, predica un raro ascetismo. Tanto, que lo que este libro científico contiene es una suerte de evangelio de Epicuro, ensalzándolo como a un hombre sagrado. Esta tendencia del racionalismo científico a convertirse en escuela, secta o cuasi-religión es muy interesante. El hecho de que se diera ya en la Antigüedad, y precisamente entre los seguidores del más enemigo de los fanatismos, debería servirnos de aviso.

La ciencia moderna debe mucho a Lucrecio: la biología darwinista, la psicología, como ha visto David Konstan, y, sobre todo, la física: su admirable hipótesis atomista se ha visto confirmada hace solo unas décadas. Paradójicamente (aquí los físicos deberían ayudar a los filólogos) es probable que átomos no sea ya la mejor traducción para las partículas elementales, cuyos movimientos —“batallas y escaramuzas, escuadrón contra escuadrón”— se parecen más a los de los protones.

Poesía, filosofía y ciencia discurren aquí simultáneas. El lector contemporáneo puede disfrutar una cuarta faceta: la de narrador magistral. Poeta del cosmos, Lucrecio es el Newton, el Einstein y el Carl Sagan de Roma. ¿Qué prevalece? La poesía, en la Antigüedad. La ciencia, ahora. Lucrecio transmite una visión general de las cosas (filosófica) con un lenguaje creativo, bello y preciso (es decir, poético) para dar una explicación científica de una realidad que también es bella. En nuestra época la ciencia ha sometido a la filosofía y ha eclipsado a la poesía. Por eso, una traducción en prosa como esta tiene la eficacia de llegar a los científicos, a los filósofos y al gran público.

Como poeta, Lucrecio da voz a la naturaleza. Aborda la imperfección del mundo. Es un entusiasta, “agotado por la larga carrera de la vida”. Usa metáforas (“murallas que rodean el vasto mundo”) y un idioma muy rico (“esplendorosas mieses y ufanos viñedos”). Afronta el amor y la muerte. Emplea mitos. Y a veces incurre en una ingenuidad preciosa. Por ejemplo, cuando afirma que el sol, la luna y las estrellas son exactamente del tamaño que las vemos.

De la naturaleza es uno de los textos más vigentes de la antigüedad. Se encuentra —verdadero prodigio— en las bibliotecas de letras y en las de ciencias. Pensando en Lucrecio, Virgilio llamó afortunado al que conoce las causas de las cosas.

De rerum natura / De la naturaleza. Lucrecio. Prólogo de Stephen Greenblatt. Traducción, prólogo y notas de Eduard Valentí Fiol. Acantilado. Barcelona, 2013. 608 páginas. 33 euros

http://cultura.elpais.com/cultura/2013/08/07/actualidad/1375886296_322245.html

lunes, 20 de marzo de 2017

_--5 temas que están "prohibidos" a la ciencia

_--Los recientes cambios en Washington no parecen ser un buen presagio para los puntos de vista científico, impulsados ​​por los hechos, sobre muchos temas. Pero ya hay un número de áreas sensibles de la ciencia donde la investigación importante está paralizando debido a las presiones externas o preguntas serias hechas por los científicos mismos.

Una conferencia anual organizada por el MIT Media Lab aborda la "investigación prohibida", la ciencia que está limitada por restricciones éticas, culturales e institucionales. El propósito de la conferencia es dar a los científicos un foro para considerar estas ideas y preguntas y discutir la viabilidad y necesidad de estudiar temas como los derechos de la IA y las máquinas, la ingeniería genética, el cambio climático y otros.

Edward Snowden, que apareció de forma remota en la conferencia de 2016, resumió su "tema" como "la ley no es un sustituto de la conciencia". Señalando su trabajo contra la vigilancia digital omnipresente, reiteró que "la legalidad de una cosa es muy distinta de la moralidad de ella".

Los principales temas "prohibidos" discutidos en la conferencia fueron, como era de esperar, con implicaciones políticas -

1. Jugar con la Naturaleza
¿Cuánto deberíamos meternos en la naturaleza? Ahora tenemos la oportunidad de potencialmente avanzar mucho nuestras habilidades y erradicar enfermedades con ingeniería genética. Pero ¿cuánta interferencia con la forma en que la naturaleza nos diseñó está bien? ¿Quién debe decidir cuánto está bien?

Es posible utilizar "genes" unidades "para el gen de editar una especie entera, como, por ejemplo, para deshacerse de los mosquitos. No muchos se perderían los molestos insectos, pero la propagación de los rasgos genéticos modificados en toda su población podría tener consecuencias no deseadas, por no mencionar el efecto en la cadena alimentaria.

Sin embargo, estas preocupaciones no superan necesariamente la posibilidad de que el gen de edición de ellos podría ser muy beneficioso para nosotros. Las preguntas de cómo la edición de genes pueden ser incorporados de manera segura en nuestras vidas continuarán persistiendo mientras la tecnología sigue mejorando.

"Algunas cosas están prohibidas y posiblemente no deberían serlo, pero otras cosas tal vez necesitamos más barreras", dice Kevin Esvelt, biólogo sintético del Media Lab.

2. Ingeniería del Clima
Una forma de ayudar a abordar el cambio climático es a través de la ingeniería solar. Esto implica lanzar el dióxido de sulfuro en la atmósfera para reflejar algo de la luz del sol lejos de la tierra. Hacer esto podría contener el aumento de las temperaturas, posiblemente llevándolos de nuevo a los niveles preindustriales.

Este enfoque está ciertamente abierto a desafíos significativos. Las pruebas atmosféricas son necesarias para ver si esto podría dañar la capa de ozono mientras se agregan más contaminantes a la atmósfera. Sin embargo, es algo que podría trabajar y abordar el calentamiento global. Sin un debate serio, que comienza aceptando que el calentamiento global es un problema real, simplemente no hacemos nada mientras el problema crece potencialmente peor y peor.

"Hemos decidido colectivamente que preferimos la ignorancia. Necesitamos un programa internacional de investigación serio, abierto y sin sentido, y no tenemos uno. Eso es cobardía política ", dijo el profesor de Harvard David Keith.

3. Ética del Robot
A medida que la tecnología robótica continúa avanzando a pasos agigantados, las preguntas de dónde se arrastrarán las líneas entre los robots y los humanos serán abundantes. Por ejemplo, existe la posibilidad de proteger a los niños de la desviación sexual creando robots sexuales para pedófilos. Este tipo de investigación es casi imposible, sin embargo, debido a las restricciones éticas y legales en el campo.

"Quiero saber [si] podemos usar robots terapéuticamente para ayudar", dijo la experta en robots Kate Darling del MIT'a Media Lab. "No tenemos idea si podemos, y no podemos investigarlo debido al enorme estigma social".

4. Tecnología de comunicación segura
Es un verdadero desafío crear tecnología de comunicación que no esté siendo espiada por alguien, desde corporaciones al gobierno. Esto fue subrayado por Edward Snowden y el hacker y el ingeniero Andrew Huang, que apareció en la conferencia.

Snowden se refirió a la distinción entre lo moral y lo legal en estos ejemplos:

"Nuestra investigación trata de contrarrestar lo que estamos llamando abusos legales de la vigilancia digital. El abuso legal, bueno, lo que es eso, no parece tener mucho sentido. Parece que podría ser una contradicción en términos. (...) Pero si lo piensas por un momento, puede parecer un poco más claro. Después de todo, la legalidad de una cosa es muy distinta de la moralidad de la misma. La segregación, la esclavitud, los genocidios, todos ellos se han perpetuado bajo marcos que dicen que eran legales, siempre y cuando se cumplía con las regulaciones que eran una especie de gestión de esas actividades ", dijo Snowden.


5. Acceso universal a la ciencia
¿Debería estar disponible toda la investigación financiada con fondos públicos para todos en la Tierra? Esta fue la inspiración para SciHub, una científica rusa que ofreció 55 millones de documentos científicos de forma gratuita. Muchos de ellos fueron pirateados y sacados de los salarios.

La estudiante kazaja Alexandra Elbakyan, quien creó el sitio, dijo en la conferencia que no puede viajar a Estados Unidos o a Europa porque podría ser arrestada. Por otro lado, debido a que el sitio ha sido resistente y no ha sido derribado, ella piensa que "lo único ahora es hacerla legal".

La cuestión de si existe un imperativo moral para difundir el conocimiento científico es templada por las realidades políticas y empresariales. Pero si la ciencia encuentra la verdad verificable, ¿no existe una obligación inherente de que esté disponible para todos?

Usted puede ver la conferencia 2016 "Prohibida Investigación" completa here.

http://bigthink.com/paul-ratner/5-topics-scientists-are-forbidden-to-research

lunes, 9 de enero de 2017

Ciencia y periodismo. Los periodistas también son responsables de la creciente comercialización de la investigación científica.

Yarden Katz

En 1894, H. G. Wells, escritor de ficción científica, periodista y defensor de la eugenesia, llamó en un artículo publicado en la revista Nature a los científicos a “popularizar” la ciencia. Wells explicó que cuando aumentan los costes de la investigación y el Estado se convierte en el principal patrocinador de la ciencia, los científicos ya no pueden hacer caso omiso de las percepciones del público: “El mantenimiento de un interés externo inteligente por la investigación en curso adquiere una importancia casi vital.” Si el público no se interesa por la ciencia, entonces no solo existe “el peligro de que se cierre el grifo”, sino también de que el público apoye investigaciones “de dudoso valor” (curiosa afirmación, dado el entusiasmo de Wells por la eugenesia).

A comienzos del siglo XX se realizaron grandes esfuerzos por acercar la ciencia al público estadounidense. La misión de la agencia de noticias Science Service, fundada en 1921, era introducir reportajes sobre temas científicos en los grandes medios de comunicación y “crear” –en palabras de la historiadora Cynthia Bennet– “un electorado que valore, demande y proteja la investigación científica”. Estos esfuerzos tenían que ver en parte con la financiación, pero también se presentaron como un intento de crear una ciudadanía informada y conocedora de la ciencia, capaz de participar significativamente en la democracia estadounidense. El llamamiento de Wells no cayó en saco roto; en efecto: la ciencia pasó a formar parte del ciclo periodístico, donde continúa figurando hoy. Sin embargo, desde el mismo comienzo los valores preconizados por la prensa libre estuvieron muy presentes en la información científica.

Pese a que la fe en el ideal se ha desmoronado, se dice que el periodismo en una sociedad democrática consiste en “decir la verdad al poder”. El periodista Glenn Greenwald señala que, en política, los periodistas de los grandes medios a menudo “se identifican con la autoridad institucional” y se convierten en sus servidores. Esta atención crítica se ha centrado en la información de los medios sobre cuestiones políticas, pero en una sociedad moldeada por la ciencia –desde la vigilancia hasta la biotecnología–, la información científica es fundamental para el interés público. Aunque está claro que el cuestionamiento abierto de la investigación científica, como por ejemplo la negación del cambio climático, puede tener efectos catastróficos, esto no debería librar la labor científica (que todavía vive en gran parte de los subsidios del Estado) del escrutinio público.

Tal como están las cosas, un volumen sorprendente de la información científica podría calificarse de poco más que de mera publicidad a favor de los centros de investigación más conocidos. Algunos pocos comentaristas han reconocido parte del problema; la revista Nature, por ejemplo, ha expresado su preocupación por el hecho de que los periodistas actúen de “animadores” que prestan un “servicio de relaciones públicas” a los científicos, así que la revista ha pedido a los científicos que ayuden a la prensa a “forjarse una opinión justa, pero escéptica” con respecto a la labor científica. Sin embargo, esta propuesta pasa por alto deliberadamente los cambios importantes que se han producido en la manera en que operan los científicos académicos, y las universidades en general. Las universidades, cada vez más imbuidas de espíritu empresarial, venden historias llamativas que impulsan su visibilidad y les reportan fondos. Esto implica que no es probable que los científicos vayan a ayudar a los periodistas a corregir sus malos hábitos. Debido a ello, cuestiones de interés público relativas a la labor científica, como la preocupante tendencia a privatizar la ciencia académica, quedan tapadas tras las loas de la prensa.

Orígenes de la prensa científica
Pese a sus nobles intenciones, el periodismo científico compartió desde el comienzo gran parte de sus planteamientos con el sector de las relaciones públicas, que también hacía llamamientos retóricos a favor de la democracia. Uno de los gurús del sector fue Edward Bernays, quien definió los principios subyacentes a las relaciones públicas en su libro Propaganda, publicado en 1928. Su argumento era simple: la democracia puede ser peligrosa, de modo que es preciso que unos “gobernadores invisibles” marquen la pauta a la opinión pública, “tirando de los hilos que controlan la mente del público”. La influencia de Bernays en el sector político y empresarial es conocida, pero apuntó asimismo a la ciencia: puesto que las grandes empresas se benefician de la investigación fundamental (y la financian), es preciso que también “asuman la responsabilidad de interpretar su significado para el público”. Consideraba la propaganda como un factor esencial para “acostumbrar al público al cambio y al progreso”. Este punto de vista sería el que definió a la prensa científica.

El periodista Boyce Rensberger calificó las décadas que siguieron de “‘edad ingenua’ de la información sobre ciencia”, en la que el periodismo reflejaba “los milagros de la ciencia y el respeto por los científicos”. Destacó el caso del reportero científico William Laurence, del New York Times, que estaba tan entusiasmado con la ciencia que condujo a la bomba atómica que el gobierno de Truman lo contrató para que escribiera comunicados de prensa sobre la misma. Laurence fue testigo presencial del bombardeo de Nagasaki, y en su reportaje se deshizo en elogios sobre el “meteoro hecho por el hombre” –“un acto de belleza que hay que ver”– y los “millones de horas invertidos en lo que sin duda alguna constituye el esfuerzo intelectual más concentrado de la historia”. Sus reportajes, que le valieron en premio Pulitzer, promovieron la ciencia (y los planes del gobierno), pero dejaron de lado sus efectos devastadores en la sociedad.

Las relaciones públicas impregnaron el discurso interno de los científicos. Un artículo publicado en la revista Science en 1953 lo dejó claro: “La ciencia necesita unas excelentes relaciones públicas” y “redunda en el interés propio” de los científicos abogar por ellas. Así y todo, también entonces hubo quienes disentían. En 1950, el químico Anthony Standen escribió Science is a Sacred Cow (La ciencia es una vaca sagrada), un título que lo dice todo. Aunque Standen se equivocó bastante con respecto a la ciencia que criticaba, su descripción de la actitud de la sociedad ante la ciencia todavía da en el clavo. Habló de un mundo “dividido en científicos que practican el arte de la infalibilidad y no científicos, a veces llamados despectivamente ‘legos’, que se dejan embaucar por ellos. Los legos contemplan las cosas prodigiosas que ha hecho la ciencia y están impresionados y sobrecogidos.”

Hasta los más venerados periodistas científicos del siglo XX consideraban que su misión era turbar al público. Horace F. Judson, periodista y autor de la historia clásica de la biología molecular, The Eighth Day of Creation (El octavo día de la creación), quería acercar a los lectores la ciencia fundamental, que a su juicio “ofrece la categoría más elevada de satisfacción humana…, un placer único y sublime”. Que nadie espere de Judson un examen crítico; se limitó a contar las historias de hombres a los que admiraba. De todos modos, se mostró preocupado de que la alianza entre la universidad y el mundo empresarial llegara a comprometer la investigación fundamental, que él ensalzó en su libro, cambiando “los objetivos y la naturaleza general de la labor [científica]”. Con razón.

En la década de 1980, la investigación biomédica se había mercantilizado visiblemente. Las universidades comenzaron a patentar investigaciones incluso en los casos en que los científicos que las produjeron pensaban que no tenía sentido y consideraban que eso de patentar era “una cosa más bien rara” (como en el caso de las llamadas “patentes Axel” de la Universidad de Columbia), mientras que nuevas leyes y sentencias judiciales permitían a las universidades patentar incluso los frutos de la investigación financiada con dinero público, entre ellos los organismos genéticamente modificados. Mientras tanto, el gasto público en investigación fundamental se redujo tato en EE UU como en el Reino Unido, empujando a los científicos a buscar otras fuentes de financiación, como por ejemplo en la empresa privada. Al parecer, periodistas como Judson ya no servían para comercializar la ciencia.

En 1985, el Comité para la Comprensión Pública de la Ciencia de la Royal Society publicó un informe que urgía a los centros de investigación científica que se tomaran en serio el asunto de las relaciones públicas. El informe tenía un tufillo a Bernays al insistir a los centros en que traten de “mejorar sus relaciones públicas” y que propicien “reuniones informativas con periodistas”. También fijó objetivos claros para los medios de comunicación: “los artículos temáticos son especialmente valiosos” y “los enfoques biográficos y dramáticos ayudan a mostrar la ciencia como una actividad humana”.

Contiendas narrativas
Hoy en día, poderosos centros de investigación ejercen una influencia significativa en la cobertura de prensa (como probablemente esperaba la Royal Society). Este efecto corrosivo resulta más evidente cuando estas entidades están envueltas en algún conflicto. La práctica de las universidades de asociarse con empresas privadas y patentar la investigación académica ha creado naturalmente un terreno fértil para batallas jurídicas. Tal como expuso el historiador de la economía Philip Mirowski en su libro Science Mart: Privatizing American Science (El mercado de la ciencia; la privatización de la ciencia estadounidense), publicado en 2011, “la presencia constante de asesores jurídicos en los programas de investigación científica es un atributo definitorio importante del régimen moderno de financiación y gestión de la actividad científica”. Los administradores de las universidades urgen a los laboratorios de investigación a patentar todo lo que puedan, especialmente en ámbitos competitivos. Así, de las narrativas de descubrimientos pueden depender millones de dólares, y en una guerra de narrativas, una cobertura de prensa favorable es un arma clave.

Tal vez la narrativa más virulenta ha sido la relativa al CRISPR. Según Wired, el CRISPR, un sistema de edición genómica, podría “eliminar la enfermedad”, “acabar con el hambre en el mundo” y “suministrar energía limpia ilimitada”. Se calcula que la patente del CRISPR vale cientos de millones de dólares; no es extraño, por tanto, que las universidades hayan luchado con uñas y dientes para hacerse con ella. El CRISPR es un sistema inmune bacteriano que reconoce el ADN ajeno (por ejemplo, de virus que invaden bacterias) y lo fija como objetivo a destruir. Después de determinar cómo opera en las bacterias, los científicos desarrollaron maneras de utilizar el CRISPR para alterar el ADN en células animales, que pueden utilizarse para destruir mutaciones causantes de enfermedades. La disputa, ampliamente comentada en la prensa, gira en torno a quién tiene el mérito de este avance. Si alguien cree en el potencial del CRISPR para “rehacer el mundo”, en palabras de Wired, entonces este proyecto ha sido desbaratado por lo que básicamente es una refriega publicitaria.

El Broad Institute, de la Universidad de Harvard y del Massachusetts Institute of Technology (MIT), un importante centro de investigación genómica, solicitó una patente sobre la edición genómica basada en el CRISPR y afirmó que el mérito correspondía a su científico, Feng Zhang. La Universidad de California (UC) en Berkeley se opuso a la concesión de la patente, alegando que el trabajo de Zhang no era más que una prolongación de la investigación de la científica de Berkeley Jennifer Doudna. En 2014, el Broad Institute obtuvo la patente, que después cedió en licencia exclusiva a la empresa de Zhang, Editas. (Doudna, mientras, creó otras empresas basadas en el CRISPR.) El caso es que ambos rivales llevaron su lucha a los medios de comunicación. El director del McGovern Institute del MIT criticó a The Economist por no dar crédito suficiente a Zhang por el CRISPR. En las redes sociales, dicho instituto atacó a la agencia Thomson-Reuters por no predecir que Zhang ganaría el premio Nobel (una previsión basada en el recuento de citas). Desde la costa oeste, la UC en Berkeley emitió comunicados de prensa en los que se habla de Doudna como “la inventora del CRISPR”, omitiendo la contribución de otros científicos.

Patente y beneficio
Es sabido que las universidades suelen exagerar la importancia de la labor de sus propios investigadores, pero el modo en que los periodistas escribieron sobre el CRISPR revela algo de la ideología subyacente de la prensa científica. STAT, una nueva revista científica publicada por John Henry, el propietario de Red Sox, aborda extensamente la cuestión del CRISPR. La revista ha sido capaz de atraer publicidad y a grandes escritores sobre temas científicos, como Carl Zimmer, del New York Times. Resulta, sin embargo, que STAT sirve mayormente de departamento de relaciones públicas del MIT y de Harvard. En plena disputa sobre la patente, publicó un artículo de Sharon Begley muy lisonjero para Feng Zhang, defendiendo el derecho de este sobre el CRISPR a base de repetir la narrativa oficial del MIT. La autora de dicho artículo ensalza a Zhang y lo sitúa a la altura de un Einstein, aportando testimonios de científicos del MIT implicados institucionalmente en la batalla de Zhang. Ni siquiera intenta investigar críticamente sobre la disputa en torno a la patente ni sus implicaciones para el público.

Tras la publicación de su artículo, Begley utilizó las redes sociales para dar las gracias al Broad Institute, así como a Zhang y “su impresionante laboratorio por mostrarme cómo están forjando una nueva revolución de la genética”. (En otros artículos de STAT se califica a los científicos de “genetistas estelares” y “superestrellas de la edición genética”, y muchas veces se pasa por alto su interés personal; Zhang, por ejemplo, no aparece relacionado con los comentarios sobre los intereses de su empresa.) Por otro lado, también hay publicaciones que pregonan la narrativa de la UC en Berkeley. The New York Times presentó a Jennifer Doudna, y no a Zhang, como la verdadera pionera del CRISPR, ofreciendo una imagen negativa del Broad Institute. Un reportaje de la BBC sobre el CRISPR también habla exclusivamente de Doudna, mencionando tan solo de pasada “un grupo basado en Boston, Massachusetts.”

Por supuesto, la opción por una narrativa u otra no se debe al azar. Igual que en la prensa política, los periodistas científicos más destacados cuidan sus relaciones con poderosos institutos y se ponen a su servicio. En la llamada “guerra del genoma” de la década de 1990, el proyecto de secuenciación del genoma humano impulsado por los Institutos Naciones de la Salud (NIH, la agencia pública de sanidad de EE UU) tuvo que competir con otro proyecto privado dirigido por Craig Venter, lo que generó un cisma entre Venter y directivos del proyecto de los NIH como Eric Lander, quien actualmente es el director del Broad Institute. En STAT, Carl Zimmer escribió un artículo crítico sobre el nuevo plan de Venter de ofrecer pruebas de salud personalizadas. Según Zimmer, la iniciativa “despierta grandes suspicacias”, mientras que “hay quien cuestiona que las pruebas ofrecidas por Venter permitan formular un enunciado claro para los pacientes” Venter, escribió Zimmer, también era “cinturón negro en el uso de los medios”. Es difícil imaginar a STAT realizando un escrutinio tan minucioso con respecto a ciertos laboratorios de Boston.

Los centros de investigación reconocen, por supuesto, la importancia de esta alianza con los medios. Richard Preston, del New Yorker, por ejemplo, fue nombrado “escritor residente” del Broad Institute para escribir un libro sobre uno de los científicos del instituto. En una conferencia que dio como escritor residente, Preston señaló que sus escritos sobre científicos se traducen en grandes sumas de dinero para ellos. Michael Specter, también del New Yorker, llegó asimismo a ser escritor residente del Broad Institute para escribir un libro sobre el CRISPR, después de que publicara un artículo resaltando la labor de Feng Zhang.

Con los frentes de batalla delineados de esta manera, se pasa por alto totalmente otra cuestión importante: en realidad, muchos laboratorios han contribuido a conformar nuestra idea sobre el CRISPR. De acuerdo con la Technology Review, que es propiedad del MIT, “es sabido que hay un litigio para determinar quién lo inventó. Por un lado, está la Universidad de California en Berkeley, donde la bióloga Jennifer Doudna y colaboradores europeos dicen que la invención es suya. Por otro, Feng Zhang, del Broad Institute del MIT y de Harvard, dice que no, que fue él quien tuvo la idea primero.” La prensa ha adoptado en gran medida el lenguaje de la disputa en torno a la patente, que no deja más que dos opciones en cuanto a quién tuvo el mérito.

Lo que tiene interés para el público en todo este asunto es la comercialización de la ciencia académica, y no esa pequeña guerra por el mérito. Las patentes biomédicas, como la del CRISPR, secuestran el trabajo de un colectivo, financiado con dinero público, y luego lo ceden mediante licencia, a veces exclusiva, sin ninguna supervisión pública. La burocracia asociada al derecho de propiedad intelectual que rige la concesión de estas patentes limita el progreso de la investigación científica y por tanto frena posibles aplicaciones médicas. Los costes son desorbitados: los gastos del Broad Institute en el litigio en torno al CRISPR han supuesto hasta ahora para Editas, que ha obtenido la licencia exclusiva sobre las terapias basadas en el CRISPR, el desembolso de más de 10 millones de dólares.

La prensa, sin embargo, también desborda entusiasmo por el vínculo cada vez más estrecho entre las universidades y las empresas privadas a la hora de tratar estos temas. STAT ha celebrado este vínculo ensalzando a los profesores del MIT que “se arriesgan” a colaborar con la empresa privada “sin abandonar la torre de marfil” y alabando a los estudiantes que participan en redes de contacto con empresas biotecnológicas. Los periodistas plantean a veces cuestiones sociales o éticas en torno a la investigación biomédica, pero estas cuestiones rara vez interfieren en la colaboración entre las universidades y las empresas. Así, por ejemplo, pueden preguntarse si la creación de “bebés de diseño” con el CRISPR es ética, pero evitan hablar de cuestiones menos abstractas en torno a la propiedad de trabajos financiados con dinero público. Incluso revistas de economía conservadoras como The Economist y Fortune han manifestado en el pasado algunas objeciones a la práctica de patentar la investigación científica universitaria, pero esto apenas ha tenido eco en las principales publicaciones de información científica.

Pero incluso esta postura reflexiva, aunque solo sea de fachada, parece ser más la excepción que la regla. Muchos escritores famosos sobre temas científicos, como Ed Yong, piensan que su papel consiste en “popularizar” o “comunicar” la ciencia al público. Hay programas de formación para periodistas científicos, como el de la Universidad de California en Santa Cruz, que se denominan programas de “comunicación científica”. El folleto del programa afirma que “las mujeres y los hombres que popularizan la ciencia gozan de una carrera que satisface sus inquietudes intelectuales”, lo que no coincide del todo con la idea de contrastar datos que tradicionalmente se asocia con el periodismo.

Ciencia estelar
El enaltecimiento de la investigación científica favorece a los grandes centros cuyos trabajos aparecen en las llamadas “revistas de élite” científicas, como Nature, Science y Cell. Yong, por ejemplo, escribió cinco artículos sobre investigaciones del Broad Institute entre septiembre y diciembre de 2015 (sus textos casi no se diferencian de los comunicados de prensa del propio instituto). Zimmer también escribe repetidamente sobre el mismo grupo de científico, cuyos trabajos aparecen en Nature y Science. Aunque es un hecho reconocido que conseguir que algo se publique en las revistas de élite es un proceso que se presta a la manipulación, los periodistas lo tratan a menudo como una marca de calidad científica. Este tipo de cobertura da una respuesta fácil a lo que según Begley es la cuestión clave para los periodistas: “¿Cómo podemos separar los hallazgos que probablemente sean ciertos de aquellos que están destinados al cubo de basura de la ciencia?” De acuerdo con la epistemología de la ciencia que han adoptado muchos periodistas, la respuesta es: la ciencia “verdadera” puede discernirse en tiempo real si escuchamos a expertos de los centros de investigación acreditados cuyos trabajos se publican en las revistas adecuadas.

Es difícil culpar de ello exclusivamente a la prensa, cuando las instituciones científicas han asumido en gran parte la misma actitud. Las revistas científicas de renombre buscan contenidos que llamen la atención, y los científicos atienden a sus deseos, a menudo al precio de distorsionar el contenido. El artículo sobre ciencia siempre ha sido, como dijo Peter Medawar en 1963, una especie de “fraude”: una contorsión del proceso científico para ajustarse a las expectativas del editor. No es extraño, en estas condiciones, que en la ciencia biomédica, que tal vez sea la más regulada por las publicaciones de fama, haya surgido un sector artesanal de “narradores expertos” que ayudan a los científicos a “comunicar”. Los expertos afirman que contar historias es inevitable, visto cómo funcionan nuestros cerebros. (Por lo visto, contar historias “afecta a más partes del cerebro que un mensaje racional basado en datos”.) La narración de historias se presenta como una técnica de comunicación, una manera de escribir mejor y de mostrar gráficas más vistosas. Sustituye a una rancia exposición de argumentos, pruebas y modelos alternativos, que están condenados al fracaso en nuestra era de “distracción”.

Sin embargo, la narración científica no es un conjunto de consejos de comunicación benevolentes, sino una ideología sobre cómo debe aparecer la ciencia, sobre lo que es y lo que no es un resultado deseable. Cuando los científicos juegan a hallar “grandes historias”, suelen hacerlo para llamar la atención de las grandes revistas científicas. El biólogo Randy Schekman ha señalado cómo la fijación en las publicaciones de fama genera “burbujas en ámbitos de moda en que los investigadores pueden formular las afirmaciones contundentes que esas revistas quieren, restando interés a otros trabajos importantes”. La narración de historias va realmente de clics y citas. Libros como The Art of Scientific Storytelling (El arte de narrar historias científicas) prometen una “fórmula gradual” para que los científicos maximicen sus recuentos de citas; este libro se ha utilizado incluso en un curso de una escuela de medicina de Harvard. Otra guía para la narración de historias defiende la idea de que “Hollywood tiene mucho que enseñar a los científicos sobre la manera de relatar una historia”; es fácil imaginar cuál podría ser el resultado.

En la práctica, la narración de historias codifica la lógica neoliberal por la que son las universidades las que cada vez más evalúan la investigación científica. En su libro Undoing the Demos (Anular el demos), publicado en 2015, la politóloga Wendy Brown describe cómo según esta lógica, los académicos dejan de ser “enseñantes y pensadores para convertirse en capitales humanos que aprenden a atraer a inversores, jugar a ganar en los recuentos de Google Scholar y ‘factores de impacto’, y sobre todo a estar atentos al dinero y a las clasificaciones”. Esta lógica ha sido asumida por muchos científicos y agencias encargadas de otorgar subvenciones. El subdirector de los NIH ha propuesto recientemente el coeficiente de “citas por dólar” para clasificar a los científicos, creando otro incentivo más para que los académicos busquen como sea que se publiquen sus historias en las revistas de fama. Algunos científicos han criticado la cultura de “narrar historias” impulsando una revista alternativa dedicada a la ciencia que no es simplemente “la ciencia que cuenta historias”. Sin embargo, la visibilidad a través de la prensa y las revistas de fama permite recaudar más fondos, de modo que romper el molde de la “narrativa” científica no es una tarea fácil.

El hecho es que los científicos respaldados por la maquinaria de relaciones públicas más efectiva obtienen una influencia desproporcionada sobre la prensa. El paso consistente en entender las universidades como empresas –en las que los estudiantes son los consumidores y los investigadores, los empresarios– es crucial para entender cómo hemos llegado hasta aquí. Cuando la investigación se valora en el imaginario “mercado de ideas”, es lógico que las universidades amplíen sus esfuerzos de relaciones públicas junto con las oficinas de transferencia tecnológica que colocan la investigación en páginas web de “propiedad intelectual”. Los grandes medios de comunicación utilizan estos esfuerzos de relaciones públicas, más que el pensamiento crítico, para navegar por la compleja interfaz entre ciencia y sociedad.

Se podría objetar que los periodistas científicos carecen de la formación científica necesaria para hablar críticamente de ciencia. Sin embargo, lo que se echa en falta a menudo no es el dominio técnico de la ciencia, sino más bien la actitud escéptica que los periodistas han pregonado tradicionalmente de palabra. En vez de ello, la prensa orienta con ayuda de un plan de relaciones públicas según el cual, como ha escrito el analista de medios Mark Crispin Miller, el público es “conducido imperceptiblemente” por “manipuladores racionales benignos”. El objetivo parece ser el de prestar servicio a los poderosos centros de investigación, mientras se busca el apoyo a la ciencia de un público tratado como espectadores dóciles. El resultado no es benigno –pues elimina investigaciones de interés público, como hemos visto– ni racional. En una versión menos hueca de sí misma, la prensa científica trataría seriamente de despertar la curiosidad innata de la gente por las cosas del mundo y por la labor científica que pretende explicarlas, sin dejar por ello de formar parte del cuarto poder. 13/12/2016

https://www.jacobinmag.com/2016/12/science-journalism-crispr-patents-research-funding/
Publicado originalmente en 3:AM Magazine.
Yarden Katz es profesor de biología de sistemas en la Escuela de Medicina y profesor del Centro Berkman Klein sobre Internet y Sociedad de la Universidad de Harvard. Se doctoró en Ciencias del Cerebro y Cognitivas por el MIT en 2014.
Traducción: VIENTO SUR -

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