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miércoles, 13 de junio de 2018

Las vacas juegan al escondite. Una granjera británica describe en un libro su relación de años con las reses y sus peculiares comportamientos.

Cuando usted ve un campo lleno de plácidas vacas pastando o mirando a las nubes puede que no distinga una de otra, que le parezcan todas iguales, simples rumiantes que espantan moscas con la cola. La británica Rosamund Young, de 68 años, ve en cada vaca un individuo con su propia personalidad, nombre, manías, líos familiares y hasta su juego favorito.

La familia de Young fundó en 1953, en Worcestershire (Reino Unido), una granja de agricultura orgánica (cuando ni siquiera se usaba tal término) llamada Kite’s Nest. Allí la vegetación crece silvestre y los bóvidos viven con libertad cuidados por personas convencidas de que las vacas también sienten y desean y se enfadan y se ofenden y hacen amigas y juegan al escondite y hasta se automedican con hierbas.

Las vacas, ha observado Young, pueden ser tremendamente inteligentes o terriblemente estúpidas. Como los humanos.

De tanto mirarlas y cuidarlas y comunicarse con ellas, Young reunió cientos de anécdotas que ahora ha recopilado con humor y ternura en un libro, La vida secreta de las vacas (Ariel). ¿Cómo se comunica con ellas? “Les hablo”, dice Young, “siempre he sentido que reconocen mi voz, pero cada vez noto más que saben quien soy cuando no digo nada”. En compensación, ella sabe diferenciar diferentes tipos de mugido: no es lo mismo el enfado de perder de vista a un ternero (como le sucedió a la vaca Araminta) que el aburrimiento, el hambre o el dolor.

En su relato, Young cuenta sus aventuras con algunos de sus animales, bautizados como Fat Hat, Bonnet, Bombón, Arzobispo de Durham o Popette: hasta ha realizado un árbol genealógico de sus vacas. “Pero no sabría decir cuál es mi favorita, yo solo trato de hacerlas felices y de que entablen relaciones entre ellas. Esto no es como tener un perro: si yo me muriera de repente no me echarían en falta… y eso estaría bien”.

Estas vacas viven un sinfín de aventuras, al menos para su vida vacuna: comen, tienen crías, se pierden por el campo o se pelean. Pasan duelos por sus seres queridos (sufren más cuando muere una hija que una madre) que superan comunicándose con otros miembros de la familia y comiendo de forma suculenta. Al toro Jake, por ejemplo, le encanta oler el monóxido de carbono de los tubos de escape. La vaca Amelia tenía la capacidad de reconocer el coche rojo del hermano de Young y salía siempre a recibirlo, muy educadamente.

A la vaca Alice le gustaba jugar al escondite: a veces, se ponía a trotar hasta perderse de la vista de Young. Cuando la granjera la encontraba, Alice estaba tratando de esconderse detrás de un nogal que, pobrecita, apenas la cubría. Cuando era descubierta corría a esconderse tras otro, con el mismo cómico resultado: una vaca es mucho para un árbol.

Young también ha observado cómo buscan sus propios fármacos: zarzamoras, brotes y hojas de espino blanco, fresno y sauce. Tomillo o acedera silvestre. Aunque el asunto de la automedicación en animales es controversia entre la comunidad científica, Young asegura, en base a sus observaciones, que ocurre con frecuencia.

El testimonio de esta granjera es, además, un alegato en favor de este tipo de ganadería. “La ganadería intensiva o industrial trabaja a corto plazo, trata de vencer a la naturaleza en vez de observar y trabajar con la naturaleza”, dice la granjera. “No se trata de elegir entre producción de comida y biodiversidad: tienen que ser ambas opciones al mismo tiempo”.

En Kite’s Next producen carne de ternera y de cordero de sus animales, los sacrifican y venden en la propia granja. Porque Young no es vegetariana. “Creo que lo más saludable para mí es incluir carne en mi dieta”, explica, “eso sí, los Gobiernos y los productores tienen que asegurar productos sanos, sin grandes cantidades de productos químicos. El gran reto es minimizar el sufrimiento de los animales”.

¿Qué ha aprendido después de tantos años conviviendo con las vacas? “He aprendido que cada vaca de un rebaño es un individuo y que, por extensión, cada criatura en este planeta es también un individuo”.

https://elpais.com/internacional/2018/04/30/mundo_global/1525095202_256918.html

sábado, 19 de mayo de 2018

Las historias de horror de los parásitos que controlan la mente de sus víctimas. Orugas que se hacen pasar por abejas reinas, parásitos que obligan a hormigas a suicidarse y organismos que ponen a los ratones a merced de los gatos.

En la naturaleza que inspira las películas de Disney se pueden encontrar también los más espeluznantes relatos de terror. Una de las mejores fuentes de ese tipo de historias son las relaciones entre parásitos y huéspedes en el mundo de los insectos. Millones de años de evolución han permitido la aparición de sofisticados mecanismos de algo parecido al control mental en el que las víctimas entregan sus vidas para beneficio del organismo que les ha infectado. Animales que se suicidan para que los parásitos puedan alcanzar su objetivo o insectos que se quedan velando por la seguridad de las crías de su asesino mientras estas le devoran por dentro despiertan el interés de la neuroparasitología, una rama que trata de comprender las bases biológicas de estas prácticas despiadadas.

En un artículo que se ha publicado en Frontiers in Psychology,
un grupo de investigadores de la Universidad Ben-Gurion del Negev, en Israel, ofrece algunos ejemplos de manipulación del sistema nervioso de la víctima y los esfuerzos que se están realizando para explicarlos.

Uno de los usos que los parásitos hacen de sus víctimas es el de emplearlos como medio para reproducirse y dispersarse. Es el caso del Dicrocoelium dendriticum, que comienza su ciclo en el hígado de animales como las ovejas. Allí ponen huevos que después son expulsados a través de las heces y pasan a infectar a caracoles que se alimentan de ellas. A continuación, los caracoles producen unas mucosidades que atraen a las hormigas y acaban infectadas por los parásitos. Mientras la mayoría de los parásitos se queda en el hemolinfo, la sangre de las hormigas, uno solo de los parásitos migra hasta la cabeza del insecto y, se cree, comienza a segregar algún tipo de sustancia química que sirve para controlar su comportamiento.

Una vez infectada, la hormiga sigue comportándose como una más de su colonia, pero cuando cae la tarde y el aire se enfría, abandona al grupo y se sube a lo alto de una brizna de hierba. “Una vez allí, se sujeta mordiendo con fuerza y espera a que algún animal la devore”, explican los autores del trabajo, liderado por Frederic Libersat. Si cuando amanece, la hormiga ha salvado la vida, regresa a su colonia y se comporta normalmente hasta que vuelve a anochecer. En ese momento, el parásito toma el control de nuevo y regresa a una brizna de hierba a la espera de acabar en el hígado de un animal en el que el parásito pueda completar su ciclo.

Otro tipo de manipulación mental entre insectos es el que permite controlar a las víctimas para que cuiden de las crías que les han inoculado. Esto se ha observado en varias relaciones entre avispas y orugas. Las avispas (Glyptapanteles), por ejemplo, inyectan con un picotazo sus huevos en las orugas (Thyrinteina leucocerae). Ya con los parásitos dentro, el animal se recupera rápido y continúa alimentándose. En su interior, hasta 80 larvas crecen durante dos semanas antes de perforar su cuerpo y salir al exterior. Una o dos larvas permanecen dentro de la oruga y, por un mecanismo desconocido, lo convierten en una especie de espantapájaros. Tomando el control de su organismo, le provocan unos espasmos que sirven para mantener alejados a los depredadores que podrían atacar a sus hermanas. Según los autores, este tipo de comportamiento supone una reducción importante de la mortalidad de las pequeñas avispas.

Las interacciones parasitarias se pueden complicar aún más. Existe un tipo de oruga (Maculinea rebeli) capaz de infiltrarse en las colonias de las hormigas Myrmica schencki. Imitando la química de la superficie de estos insectos el gusano es capaz de evitar sus defensas. Y no solo eso. Su imitación de los sonidos de la hormiga reina, le hacen ganarse las atenciones que solo esta tiene dentro de su colonia. De hecho, parece que es la propia hormiga reina la única consciente de la farsa y la única que trata a la oruga como si fuese el enemigo.

Pero estos astutos gusanos no están a salvo de otros parásitos con capacidades de control mental. La abeja Ichneumon eumerus encuentra a su futura víctima buscando colonias de hormigas. Cuando encuentra una, se acerca y, de repente, azuzadas por las sustancias químicas que recubren el cuerpo de la avispa, las hormigas que deberían defender su hogar de la intrusa comienzan a atacarse entre ellas. Aprovechando la confusión, la avispa se interna en la colonia y ataca a la oruga que se estaba haciendo pasar por reina de las hormigas.

Este tipo de comportamientos, frecuente entre insectos, tiene un ejemplo bien estudiado entre los mamíferos.

La toxoplasmosis, provocada por el parásito Toxoplasma gondii,
produce un efecto en los ratones parecido al de los Dicrocoelium dendriticum que hacen trepar a las hormigas a lo alto de briznas de hierba para esperar a ser devoradas. Los roedores infectados, a diferencia de lo que tienen por costumbre, se sienten atraídos por el olor de la orina de los gatos. De esa forma, el parásito logra pasar de ratones a gatos para completar su ciclo vital. Los parásitos producen este cambio de comportamiento produciendo quistes en el cerebro de los animales que producen una enzima que limita los niveles de dopamina. Con un exceso de este neurotransmisor en el organismo, los roedores se vuelven temerarios, algo que se ha observado en algunos humanos infectados por toxoplasmosis. Aunque la hipótesis aún plantea dudas, hay quien plantea que ese efecto es el recuerdo de una época en la que nuestros ancestros también eran comida para grandes felinos y los parásitos trataban de controlar nuestra mente para satisfacer sus necesidades vitales.

https://elpais.com/elpais/2018/05/03/ciencia/1525356265_692026.html

martes, 15 de agosto de 2017

_- Cómo ayudar a los niños a superar la muerte de una mascota

_- El fallecimiento de una mascota a menudo es la primera experiencia que un niño tiene con la muerte. Entender las formas únicas en que los niños ven a sus mascotas y responden a su muerte puede ayudar a los padres a facilitar el proceso del duelo.

Joshua Russell, profesor asistente de ciencias ambientales en el Canisius College de Búfalo, Nueva York, quien ha estudiado los efectos de la muerte de mascotas en niños, explicó que, para muchos de ellos, las mascotas son más que solo animales. “Muchos niños describen a sus mascotas como hermanos o mejores amigos con quienes tienen fuertes conexiones”, dijo.

En un estudio de 12 niños cuyas edades oscilan entre los 6 y los 13 años y que habían perdido una mascota, publicado en la revista Environmental Education Research, Russell halló que incluso años después de la muerte de la mascota, algunos niños todavía describían la pérdida como “el peor día de mi vida”.

También descubrió que a los niños se les ocurren maneras únicas de racionalizar el deceso de su mascota y que la forma en que muere una mascota influye en cómo los niños manejan el duelo.

Al igual que los adultos, los niños tienden a aceptar más fácilmente la muerte de su mascota cuando era esperada. Por ejemplo, los niños del estudio resultaban menos afectados cuando sabían de antemano que el animal tendría una vida corta. Parecían saber que un pez o un hámster, por ejemplo, no vivirían tanto como un perro o un gato. Cuando un animal estaba enfermo, generalmente aceptaban que la eutanasia aliviaba el sufrimiento de la mascota. Si un animal tiene una enfermedad terminal, los padres pueden ayudar a preparar al niño hablando de la pérdida inminente, así como de los sentimientos de tristeza que evocará.

Sin embargo, cuando las mascotas mueren de forma trágica e inesperada, la pérdida es más difícil para el niño. “Cuando una mascota muere repentinamente, enfatiza lo imprevisible que es el mundo. Les dice a los niños que las personas y los animales que aman pueden morir sin previo aviso”, dijo Abigail Marks, psicóloga clínica de San Francisco especializada en el duelo infantil.

Desde luego, la edad del niño y el nivel de desarrollo afectan cómo entiende la muerte y el dolor de un niño es notorio de maneras muy distintas al de un adulto. Los niños no siempre lloran ni muestran emoción inmediatamente. Pero esto no significa que no estén profundamente afectados por la pérdida.

“Los niños menores de cinco años tendrán dificultades para entender que la mascota se ha ido para siempre porque les es difícil captar el concepto de la muerte”, dijo Jessica Harvey, psicoterapeuta de San Francisco especializada en el duelo por la muerte de mascotas.

Una forma en que los niños pequeños pueden expresar su pena es a través del juego. Después de la pérdida de una mascota, pueden fingir, por ejemplo, que un gato o un perro de peluche se enfermó y falleció. Los padres pueden ayudar a sus hijos a través del proceso de duelo participando activamente en este tipo de juegos imaginarios.

Leer libros acerca de la muerte de mascotas apropiados según la edad también puede ser útil. Goodbye, Brecken de David Lupton, es un ejemplo de lectura para niños de entre 4 y 8 años.

Los niños en edad escolar a menudo tienen preguntas acerca de la muerte del animal, y el diálogo que se produce a raíz de ellas puede abrir conversaciones más amplias sobre el amor, la pérdida y lo que sucede después de morir. Cuando se habla con un niño en edad escolar sobre la muerte de una mascota, Marks recomienda ser honesto acerca de lo que sucedió. Hacerlo le permite saber al niño que no es un tabú hablar de la muerte o de sentimientos dolorosos, lo cual puede sentar las bases para procesar otros tipos de pérdidas en el futuro. Los padres también deben validar cualquier emoción que surja cuando el niño está de luto.

La Dra. Marks dijo que el dolor de un niño se iría y vendría; puede llorar un minuto y luego volver a jugar o hablar de otras cosas al minuto siguiente. Los padres deben estar más preocupados si un niño tiene pesadillas, mayor ansiedad o dificultad para dormir. Si esos síntomas persisten, la orientación psicológica puede ayudar.

Marks dijo que también es importante que los padres sigan el hilo de conversación de su hijo. “Si están preguntando acerca de los detalles de la muerte de la mascota, es una señal de que quieren hablar de eso”, dijo. “Están buscando tu consuelo”.

Para muchos niños, también es importante tener un ritual de despedida. “Los rituales en torno a la muerte son algunas de las formas más significativas que tenemos de reconocer la vida de alguien, pero estas ceremonias no están definidas socialmente para la muerte de mascotas”, dijo Marks. Las familias pueden crear sus propios rituales, como tener un pequeño funeral, dispersar las cenizas de la mascota, plantar un árbol para recordarlo o crear un álbum de fotos.

“Esa es una forma de procesar la pérdida y honrar el lugar que tenía la mascota en tu familia”, dijo Marks.

https://www.nytimes.com/es/2017/06/12/mascota-muerte-ayuda/

viernes, 5 de agosto de 2016

Animalismo, nazismo, izquierda. (A veces el tiempo pasa factura)

Una persona que no haya visto torear a la verónica a Morante de la Puebla no entenderá jamás por qué los aficionados hablamos del Arte del Toreo.

Más del 90% de los llamados “animalistas” no ha visto nunca una corrida de toros. Tampoco los nazis habían leído los libros que lanzaban a la hoguera. Y era más que improbable que las brujas que quemaban los inquisidores fueran propietarias de flipantes escobas voladoras. Por eso se puede afirmar que una de las características de los individuos sectarios es su agresividad y otra su desconocimiento.

Una persona que no haya visto torear a la verónica a Morante de la Puebla no entenderá jamás por qué los aficionados a las corridas de toros hablamos del Arte del Toreo. Y lo más probable es que un animalista del común ignore que Adolf Hitler y su lugarteniente Himmler publicaron las primeras leyes animalistas del continente europeo. Ambos, siguiendo la inspiración de locuelos posdarwinistas como Davenport o Madison Grant, creyeron a pies juntillas en la igualdad de animales y personas, que es el primer paso para tratar a las personas como animales.

Hitler, cuando termino de leer La Caída de la Gran Raza, de Madison Grant, dijo: “Este libro es mi Biblia”. Y en un rapto de sinceridad animalista le confesó a uno de sus ayudantes favoritos, el arquitecto Albert Speer, que su perra “merecía vivir mucho más que la mayoría de sus partidarios, e incluso que el propio pueblo alemán”. Tenía más derecho a vivir, vamos.

¡Ah! Serio asunto este del derecho de los animales. Por ejemplo, ¿una gamba o una mosca son sujetos de derecho? ¿Y un centollo? ¿Solo tienen derecho al Derecho los favoritos de la secta animalista? Uno, para salir de dudas, acude a la inteligencia de Fernando Savater. Y el maestro nos aclara en su libro Tauroética que “la inocencia y la culpabilidad están ligadas a la conducta interesada, no meramente a la instintiva. Es pueril decir que los animales son 'inocentes' puesto que no pueden ser 'culpables': solo los imbéciles o los pedagogos edificantes que envidian la pureza del comportamiento animal —es decir: que añoran el Jardín del Edén antes del pecado original, y, por tanto, del comienzo de la libertad humana— olvidan esta verdad elemental”.

Pero aquí se trata de buscar culpables para encender de nuevo las hogueras inquisitoriales. Por eso, la conexión nazistoide encuentra también enchufes de alto voltaje en nuestros días. Véanse las opiniones de Peter Singer, autor de Liberación Animal, con participación prohibida en actos culturales en las universidades alemanas por sus teorías filonazis, considerado como padre del animalismo contemporáneo y que señala, siguiendo la estela de Davenport y Grant, a los culpables del maltrato animal en el capítulo 4º de Liberación Animal: los responsables históricos del maltrato animal, son “los judíos, los cristianos, Grecia, Roma, la cultura occidental”. Ahí están identificados, por fin, los monstruos: a orillas del Mediterráneo. Y, encarriladas las argumentaciones en la dirección necesaria: ¿hay dudas de que las corridas de toros son el espectáculo diabólico por excelencia? Ninguna duda. Cosas propias de españoles son las corridas, sí, abandonados a las malas tendencias de sus genes hispánicos, tan distintos de otros como, por ejemplo, “el gen Carolingio de los catalanes”, según aclaró en su día el líder de Esquerra Republicana, Oriol Junqueras, genetista al por mayor en sus ratos libres.

Hoy, los intereses de las multinacionales del espectáculo, de la alimentación, de los accesorios para las llamadas mascotas, lideran un negocio mundial que mueve más de 20.000 millones de dolares al año. A su servicio, una potente penetración cultural centroeuropea, germánica y anglosajona, ha colapsado la conciencia analítica y crítica de muchos ciudadanos del Sur de Europa. Transformándolos en adolescentes emocionales y haciendo del animalismo uno de los abalorios sentimentales que movilizan con más éxito el histerismo colectivo.

Las plazas de toros se convierten en espacios para la especulación urbanística (caso de la de Barcelona) mientras el espectáculo taurino, pura creación popular, revolucionario, dramático, veraz, de fusión entre música, ballet, plástica, ética y estética, se ve acosado sin que la izquierda española mueva un dedo en su favor. Una izquierda que desconoce el origen de la fiesta taurina como victoria popular de los mozos que auxiliaban a los aristócratas en su deporte de alancear toros desde sus caballos. Ellos, los mozos del pueblo, desarrollaron frente al toro estrategias creativas que entusiasmaron a los públicos. Y rompieron las normas que encorsetaban a las clases populares, utilizando el oro, la plata, y la seda, en sus vestimentas, materiales prohibidos al pueblo llano, además, por ejemplo, de hacer el paseíllo sin destocarse aunque el Rey estuviera presente en la plaza.

¡Ojalá la muerte de Victor Barrio sirva para iluminar el mérito extraordinario de quienes, como los toreros, arriesgan su vida para levantar esculturas efímeras frente al toro, y apuestas radicales sobre el doble valor, humano y humanista, de la existencia…!

Francisco López Barrios es escritor, periodista y novelista.

http://cultura.elpais.com/cultura/2016/07/19/actualidad/1468914161_368417.html

No creo muy necesario decir que no pienso así, y muy mal deben estar las cosas entre el mundo del toreo para recurrir a Hitler como vegetariano, ese asesino al servicio de las clases capitalistas y dominantes que creó miles de campos de concentración para mostrar a esas clases el método utilizado para mostrarles como se podía acabar con los dirigentes y organizaciones obreras como sindicatos y partidos obreros para explotar a los trabajadores hasta la extenuación y la muerte, y congraciarse con esas clases dirigentes.

Sin duda, hubo muchísimos que colaboraron con él y verían una "inteligencia y arte supremos" en esa organización y procedimientos de explotación y muerte, aunque efímero, en su obra; la destrucción de todas las organizaciones obreras y progresista para hacer posible esa explotación. También tuvieron mucho arte (¿o solo montajes, mentiras e imposturas del establishment a su servicio para eludir sus responsabilidades?) todos los industriales, banqueros, grandes terrateniente, fabricantes de armas, la "nobleza" prusiana, magnates del acero, etc.,etc., para librarse de los juicios de Núremberg, que juzgaron a altos cargos nazis, pues habían sido no sólo colaboradores necesarios, para su llegada al poder, sino que se habían beneficiado de la organización política de la dictadura nazi y de sus procedimientos de construcción y organización de los campos de concentración explotando a los prisioneros como esclavos, para trabajar gratis hasta la muerte.

Lo que tenga el toreo de arte, como la tortura, el crimen, el asesinato, la violencia y tanta ignominia como ha sufrido gran parte de la Humanidad, no puede nunca justificar que se conviertan en espectáculo, aunque en otras épocas lo hayan sido.

Pero estamos en el país de MANTENELLO Y NO ENMENDALLO. Creo que el artículo se comenta por si sólo.


domingo, 27 de marzo de 2016

La razón de los animales. La curiosa amistad entre un anciano y un pingüino alimenta la reflexión sobre hombres y animales

“Odio y detesto a ese animal llamado hombre”. Jonathan Swift.

La historia de amor entre un anciano brasileño y un pingüino dio la vuelta al mundo la semana pasada. João Pereira de Souza, viudo de 71 años, se encontró al pingüino hace cinco años cubierto de alquitrán en una playa cerca de su humilde hogar. Lo limpió, le dio de comer unas sardinas y lo lanzó al mar. El pingüino nunca se olvidó de su salvador. Vuelve a visitarle con regularidad, conviviendo con Pereira semanas o incluso meses antes de regresar a su gélido habitat natural.

Según un reportaje en The Wall Street Journal, los dos pasean juntos por la playa, se bañan en el mar. Si un perro o un gato se acerca a Pereira, el pingüino lo espanta con aleteos y chillidos. “Lo quiero como si fuera mi hijo”, dice Pereira, cuyos hijos en Río de Janeiro se quejan de que dedica más tiempo al pingüino que a ellos.

¿Por qué causó tanto interés la noticia?
Será en parte porque a los seres humanos nos fascinan las historias (solo hay que darse una vuelta por YouTube para verlo) que revelan nuestra afinidad con los demás habitantes de la tierra. Criados en casi todas las culturas con cuentos o películas de animales a los que se les atribuyen características humanas (viene a la mente Madagascar con su león, jirafa, cebra, hipopótamo y simpática tropa de pingüinos), parecemos tener una necesidad de creer que algo de verdad hay en estas fantasías infantiles.

Por otro lado, la historia del hombre que adoptó al pingüino, o del pingüino que adoptó al hombre, apela a valores que no suelen saltar a la vista en las noticias que recibimos en nuestros teléfonos móviles, iPads, radios, televisores o, para los nostálgicos, en periódicos de papel. Puede ser que el pingüino solo vaya a visitar al viejo por sus sardinas, pero nos conmueve la historia porque elegimos ver una inusual pureza en la relación hombre y animal, una sencilla reafirmación de valores como la generosidad, la lealtad y el afecto incondicional que no acostumbramos a ver cuando leemos sobre los atentados terroristas de los islamonazis, la desesperación de los refugiados sirios, el cinismo putinesco, la imbecilidad trumpiana, la rapacidad de las multinacionales, los nacionalismos rabiosos, la malhumorada parálisis que hoy define a la política española y la corrupción de los gobernantes mire uno por donde mire, por ejemplo en el país de João Pereira donde el expresidente Lula fue detenido la semana pasada por la policía.

Vi la historia de Pereira y el pingüino y pensé inmediatamente en unas líneas de un poema de Walt Whitman que ronda en mi cabeza desde la primera vez que lo leí hará más de 30 años. Aquí van, traducidas:

Creo que podría dar la vuelta y vivir con los animales,
Son tan plácidos e independientes,
Me detengo y los observo largo rato.
Ellos no se trastornan ni lloriquean por lo que les toca vivir,
No permanecen despiertos en la oscuridad llorando por sus pecados.
No me enferman con sus discusiones sobre el deber a Dios.
Ninguno está insatisfecho, ninguno enloquece con la manía de poseer cosas,
Ninguno se arrodilla ante otro ni ante sus antepasados que vivieron hace miles de años,
Ninguno es respetable o desdichado en toda la faz de la tierra.

La idea que quiere transmitir Whitman se podría resumir en la famosa cita, atribuida entre muchos a Charles de Gaulle: “Cuanta más gente conozco, más quiero a mi perro”. O sea, contemplamos las mezquindades de los seres humanos y los desastres que provocan y nos cuestionamos la premisa en la que se basan la mayoría de nuestras creencias, que somos superiores al resto de las criaturas del mundo animal, que nosotros —y solo nosotros— estamos hechos a imagen Dios. Se ha escrito bastante sobre el tema, con la opinión científica dividida entre aquellos que concluyen que somos especiales y los que ven al ser humano como una bestia más de la naturaleza.

Un biólogo británico llamado Henry Gee ha escrito un libro en el que concluye que no hay diferencias cualitativas entres los hombres y los animales. No representamos la cima de la evolución; no somos más excepcionales, argumenta Gee, “que un conejillo de indias o un geranio”. Marc Bekoff, profesor universitario neoyorquino, es un experto sobre el comportamiento de los animales que ha escrito sobre la vida emocional de las abejas, el altruismo de las ratas, la espiritualidad de los chimpancés. Berkoff comparte con Gee la opinión de que la diferencia en la complejidad mental de los hombres y los animales es meramente proporcional.

En el otro lado del debate está Michael Tomasello, un psicólogo estadounidense que ha dedicado su vida a investigar las diferencias entre los humanos y los primates. Tomasello concluye que la diferencia elemental reside en que nosotros somos capaces de cooperar para lograr objetivos comunes y que ellos son casi siempre por naturaleza egoístas y competitivos. O sea, que somos animales sociales poseídos de la virtud de la empatía, capaces de dar el salto mental que nos permite entender las emociones y necesidades —incluso la lengua y la cultura y la religión— del prójimo.

Persuasivo, Tomasello. Me inclino más hacia su tesis. João Pereira siente amor; el pingüino siente hambre. Pero el hecho de que nuestros procesos cerebrales sean más complejos que los de los animales no nos convierte en seres más sensatos, nobles o decentes. Por eso me inclino también hacia la visión de Whitman: los animales dan menos asco que nosotros. En "Los viajes de Gulliver", una salvaje sátira contra lo que entendemos como la civilización, Jonathan Swift acaba comparando los vicios, las idioteces y las crueldades de los humanos, "los yahoos", con la racional serenidad de los caballos. Gulliver, anticipándose a Whitman, acaba conviviendo en un establo con dichos animales. Se anticipa también a João Pereira, que parece preferir la compañía de su amigo el pingüino a la de los seres de su propia especie. Es difícil convencerse de que carece de razón.

http://internacional.elpais.com/internacional/2016/03/13/actualidad/1457898824_971486.html

viernes, 12 de junio de 2015

Los animales no son cosas. Un ensayo colectivo denuncia el anacrónico estatuto jurídico de los animales en España

Para el Derecho español, los animales son cosas, meros bienes susceptibles de apropiación y de libre disposición por parte de sus propietarios. El libro  El Derecho de los animales  —un ensayo colectivo a cargo de filósofos, juristas y etólogos editado por Marcial Pons— cuestiona este anacrónico estatuto jurídico y pone sobre la mesa “una nueva frontera moral”: el respeto humano al resto de animales.

“Los intelectuales y científicos [...] que polemizan abiertamente a causa de la tauromaquia, la caza, los experimentos con animales en laboratorios, las granjas o los mataderos industriales son los que se preguntan si podemos dar indefinidamente un trato injusto, degradante o cruel a los animales”, reflexiona en el prólogo del libro el escritor Basilio Baltasar, director del área cultural de la Fundación Santillana.

El volumen, el tercero de la Biblioteca del Máster en Gobernanza y Derechos Humanos, ha sido presentado hoy en el Círculo de Bellas Artes de Madrid por varios de sus autores. En el acto participaron Ignacio Polanco, presidente de la Fundación Santillana y presidente de honor de PRISA —quien resaltó que el derecho de los animales “es un notable reto para nuestros pensadores"—; Joaquín Estefanía, director de la Cátedra de Estudios Iberoamericanos Jesús de Polanco, y Antonio Rovira, catedrático de Derecho constitucional en la Universidad Autónoma de Madrid y director de la colección.

El libro constata una lenta “transformación cultural” en España. Las denuncias por casos de maltrato de perros aumentaron un 88% en 2013 respecto a 2008, según datos del Servicio de Protección de la Naturaleza de la Guardia Civil. También se han dado pasos importantes en el terreno jurídico. La reforma del Código Penal en 2010 eliminó el requisito de “ensañamiento” del artículo 337 que tipifica el maltrato animal como delito. Hasta entonces, ahorcar a un galgo en un olivo o pegar un tiro a un gato eran casos que escapaban a la ley por considerarse sin saña.

"Hablar de los derechos de los animales tiene que ver con el progreso moral de la sociedad", manifestó Joaquín Estefanía en la presentación. Mientras que Antonio Rovira afirmó que "los animales no humanos deben ser bienes constitucionalmente protegidos".

En El Derecho de los animales, las abogadas Cristina Bécares y María González Lacabex instan a cambiar la consideración legal de los animales como cosas, un paso ya dado en Alemania, Austria, Suiza y Francia. Las juristas también denuncian que el Código Penal tipifica el maltrato animal únicamente cuando es “injustificado” o cuando se considera “cruel”.

Bécares y González Lacabex critican la diferente protección de los animales en función de la comunidad autónoma en la que se encuentren. En las Islas Canarias están permitidas las peleas de gallos, prohibidas expresamente en otras comunidades. Cataluña es la única región que prohíbe absolutamente sacrificar a los animales rescatados y albergados en refugios, mientras que en la Comunidad de Madrid se puede suministrar una inyección letal al animal si no es adoptado en 10 días.

En Extremadura, continúan las abogadas, se permite matar a un cerdo en el domicilio para consumo propio. Y las corridas de toros y otros espectáculos taurinos quedan excluidos de todas las leyes autonómicas de protección animal excepto en Cataluña y las Islas Canarias.

“La Constitución española no menciona el bienestar de los animales en ninguno de sus preceptos”, subraya Gabriel Doménech, profesor de Derecho administrativo de la Universidad de Valencia. En esta situación, el bienestar animal colisiona con varios derechos reconocidos en la Constitución, como la libertad religiosa, empresarial, científica y el derecho a la propiedad privada. Así, en aras de la libertad religiosa, un musulmán o un judío pueden degollar un animal saltándose la legislación española que exige que un animal sea aturdido antes de su sacrificio.

Doménech sugiere modificar la Constitución para introducir el bienestar animal, como hizo Alemania con su Ley Fundamental. “Pero la realidad es que esta es una puerta prácticamente imposible de abrir en nuestro país, principalmente porque aquí existe un verdadero horror a cambiar un texto que se considera poco menos que sagrado”, lamenta. La Ley Fundamental alemana, “en poco más de medio siglo de vigencia, ha experimentado 51 reformas, algunas muy sustanciales, mientras que la española, en la mitad de tiempo, solo se ha visto alterada levemente en un par de ocasiones”, remacha el profesor.

El físico y divulgador de la ciencia Jorge Wagensberg, sin embargo, se muestra optimista en el libro: “La compasión que inicialmente afectaba solo a uno mismo o a la familia se ha ido extendiendo y hoy está alcanzando a los animales. El concepto prójimo está a punto de aceptarlos, como en otros tiempos aceptó a otras etnias, a otras clases sociales o a la mujer. Levanto mi copa por ello”. El País.

miércoles, 20 de agosto de 2014

De héroes y villanos, y de Tordesillas

De vez en cuando tienen lugar episodios heroicos que nos hablan de la grandeza del ser humano; en ocasiones se cometen actos tan canallas que logran que nos avergoncemos de nuestra especie. Lo excepcional, para bien o para mal, es consustancial a nuestra existencia. Lo espantoso es cuando la maldad se enquista, cuando lo execrable se transforma en tradición y su comisión está regulada por ley.

Hay mujeres y hombres que dedican tiempo, esfuerzo y dinero en proteger a unas de las víctimas más vulnerables y castigadas de nuestra sociedad: los animales. Hay bomberos, policías, activistas y ciudadanos anónimos que no dudan en poner en riesgo su propia vida por salvar a un perro o a una ballena. Y hay hombres que, cada año, desde hace casi 500, cogen una mañana sus lanzas y salen al campo en Tordesillas para alancear a un toro. Es el Toro de la Vega, y el que va a ser torturado hasta la muerte este 16 de septiembre se llama Elegido.

Esa es la maldad enquistada, la lícita, y por lo mismo la más vergonzosa y doliente.—
 Barcelona 15 AGO 2014 . Coordinador de la Plataforma Manos Rojas (El Mundo de la Cultura contra el Toro de la Vega).

lunes, 19 de septiembre de 2011

Contra la soledad

...Hace unas semanas publiqué en estas mismas páginas un artículo sobre los ángeles que a veces veo cuando voy a pasear por el parque del Retiro: esos niños en sillas de ruedas y esos adultos que siguen siendo niños; seres puros, luminosos, felices; verdaderos ángeles, esto es, los únicos ángeles en cuya existencia creo. Y a raíz del artículo se ha producido una carambola bellísima: me han escrito varios padres de ángeles, mandando fotos de sus niños, explicando sus historias. Todas las aportaciones han sido hermosas, pero hay una que me ha dejado especialmente tocada; es de la madre de un niño con el síndrome de Sanfilippo, cosa que ni siquiera sabía que existiera y que al parecer es conocido como el alzhéimer infantil. Por desgracia he perdido la carta y no tengo el nombre de la madre ni de su hijo, pero recuerdo bien lo que decía. Los críos afectados por este síndrome crecen normales hasta los tres o cuatro años, y después empieza una vertiginosa degeneración neurológica: pérdida de movilidad, agresividad, trastornos de sueño, demencia y una muerte temprana en la adolescencia. Este trayecto aterrador lo contaba esa mujer con entereza admirable, con sobrecogedora y hermosa sabiduría. Y añadía que su hijo tenía cinco años, que era un niño feliz y adorable y que lo estaba disfrutando cada hora, cada segundo. Pero también pedía que se hablara de la enfermedad, que la tuvieran en cuenta, que por favor estudiaran su cura aunque hubiera pocos afectados por el mal. Ya digo, la sensación de estar solos y abandonados es lo peor. Cuando la vida te golpea con sus rayos negros, la ayuda del entorno puede ser la salvación.

Esto queda muy claro en un libro fascinante que han editado en España hace unos pocos meses: Un amigo como Henry, de la escocesa Nuala Gardner (KNS Ediciones). Es la historia de un chico, Dale, con autismo grave. Dale nació en 1988, cuando se sabía mucho menos del síndrome (algunos hasta sostenían que las culpables eran las madres por su frialdad emocional). El libro de Nuala es un relato espeluznante de su épica lucha contra la enfermedad; de la falta de apoyo, de la incomprensión; de la imposibilidad material de sacar adelante a un niño así en soledad, hasta el punto de que Nuala pensó en suicidarse. Y lo más maravilloso es que la ayuda salvadora vino, en efecto, del exterior, pero no de una persona, sino de un perro. De un golden retriever sabio y estoico llamado Henry que resultó esencial para poder conectar con el angustiado Dale: incluso consiguieron establecer comunicación verbal con el niño gracias a fingir que era Henry quien hablaba. Hoy se sabe que, en efecto, los animales tienen un formidable efecto terapéutico en el autismo y otras dolencias, y están empezando a ser utilizados de manera más o menos habitual (por cierto, el 10% de las ventas de este libro va a parar a la ONG española PAAT, que adiestra Perros de Asistencia y Animales de Terapia). Y es que la vida puede ser feroz y aterradora, pero también tiene estos pequeños milagros. Rosa Montero en El País Semanal de 18-09-2011. (Foto de Rosa con el iPhon, Jimena y E. Yago en la playa de Baiona)

martes, 23 de agosto de 2011

El sangriento y patriótico verano verbenero

Siempre he mantenido que la manera en que una sociedad trata a los animales es uno de los indicadores más fiables del nivel de desarrollo de ese país. Ahora acabo de descubrir que Gandhi ya dijo lo mismo hace muchos años: "La grandeza de una nación y su progreso pueden medirse en cómo trata ésta a sus animales". La cultura es así, un palimsesto, una larga trenza de pensamientos compartidos: todos vamos reescribiendo sobre las palabras de nuestros padres y nuestras madres. En fin, me encanta disponer de la frase exacta de alguien tan admirable como Gandhi y saber que ya luchó por los derechos de quienes no tienen ni siquiera voz para expresarse.

Y si la grandeza se puede medir así, no cabe duda de que en España somos especialmente miserables y pequeños durante el verano. Es decir, durante la orgía de sangre y de dolor a la que nos entregamos en las llamadas fiestas populares. Según datos recogidos por la Asociación Nacional para la Protección y el Bienestar de los Animales (ANPBA), en estos meses son maltratados (y después, casi siempre, sacrificados) 60.000 animales, la mayoría toros, pero también gallos, patos, carneros o caballos. La temporada de los verdugos se abre y se cierra, muy apropiada y simbólicamente, con dos "fiestas" repugnantes, tal vez las más bárbaras de todas: para comenzar, en junio, el toro de Coria (Cáceres), que consiste en soplar dardos sobre el animal hasta convertirlo en un acerico (al parecer, dicen que acertar en los ojos o en los genitales trae suerte), y después, cuando la pobre bestia "ya no da más", liquidarlo de un tiro; y, para finalizar, el segundo martes de septiembre se perpetra en Tordesillas (Valladolid) el infame Toro de la Vega, con una manada de carniceros persiguiendo y acuchillando lentamente al astado hasta matarlo. Entre estas dos apoteosis de sadismo discurre nuestro largo, febril, patriótico verano verbenero.

Que gente en apariencia normal, mínimamente educada, integrada en la sociedad, conciudadanos míos; gente que tal vez sea muy tiquismiquis respecto a cierta violencia y que incluso haya puesto el grito en el cielo acusando a los del 15-M de agresivos; que esta gente, en fin, luego se vaya al pueblo de vacaciones y, para divertirse, tenga que torturar a un animal y se lo pase genial tomándose un cubata mientras disfruta de un horrible espectáculo de sufrimiento y sangre, es algo que me sume en el desconsuelo. Es la banalidad del mal, como decía la maravillosa Hannah Arendt: la torpe, necia, inmoral ligereza con que los individuos participan en atrocidades colectivas sin pararse a reflexionar sobre sus actos. Nunca me siento menos española que en estos largos meses estivales. En verano aborrezco mi país.

Pero no quiero rendirme al pesimismo. Incluso en esta sociedad tan feroz empieza a desarrollarse cierta conciencia animalista. Estas "fiestas" crueles están siendo cada vez más combatidas y criticadas, y hay muchas mujeres y hombres españoles que se están dejando la piel para ayudar a las llamadas criaturas irracionales (aunque, para mí, la criatura más irracional sea el ser humano). Muchos de esos paladines del bienestar animal me escriben contándome sus cuitas.

Como María de Gracia, de la protectora Huellas, de Puertollano (http://huellaspuertollano.es/index.html): supuestamente, el Ayuntamiento les da 3.000 euros al mes, pero los pagos se atrasan, "con el cambio de concejales aún no hemos visto nada, la burocracia nos devora, tenemos más de 180 perros y gatos que comen cada día, pero que están en unas instalaciones penosas, ahora se achicharran y en invierno se hielan (...) funcionamos a base de voluntarios (...) un panorama dantesco". Sí, son muchos los que están en la misma situación, personas que abren refugios, que se hacen cargo de protectoras municipales para evitar que sigan sacrificando animales, que se encuentran desbordados, arruinados, asfixiados. Gente maravillosa como la de la protectora Arcoairis de Cuenca (http://protectoraarcoairis.blogspot.com), o Cuencanimal (http://www.cuencanimal.com), otra asociación que también se quiebra el espinazo todos los días intentando ofrecer un mínimo cobijo a todos esos seres indefensos y maltratados que son nuestros compañeros de vida y de planeta. Ayúdales, o busca otra asociación cerca de ti. Hay cientos, quizá miles, de organizaciones parecidas en nuestro país. Es otra manera de ser español.

(Rosa Montero en El País Semanal)

Toros torturados
Después de leer el artículo de Rosa M. El sangriento y patriotico verano verbenero del 7 de agosto, es imposible no estremecerse de espanto con el toro de Coria y el toro de la Vega. ¿Todavía hoy, en pleno siglo XXI, hay gente tan primitiva y cruel? ¿tan cobardes y primitivos como para ejercer tanta crueldad? Esto parece el Medievo, cuando el ser humano era cruel, miedoso y gregario. Da mucha pena y mucha vergüenza. Berta Miravete. Valencia.

(Fotos del autor, puesta de sol en la playa de la Barrosa, Chiclana de la Frontera, Cadiz, verano de 2011 y Yago y Hannah con la preciosa y buena gata "Chispa")