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viernes, 24 de agosto de 2018

Una brújula sociológica para la izquierda sabihonda. Reseña de Extraños en su propia tierra: réquiem por la derecha estadounidense, de Arlie Russell Hochschild


Viento Sur


Extraños en su propia tierra: réquiem por la derecha estadounidense, recientemente publicado por Capitán Swing, firmado por Arlie Russell Hochschild (Boston, 1940), la eminente socióloga e intelectual norteamericana –profesora emérita, en estos momentos, en Berkeley–, es, antes que un estudio pormenorizado de cómo las emociones condicionan los comportamientos sociales, las decisiones políticas y las tendencias dominantes en el capitalismo moderno, un sugestivo viaje al corazón mismo del Tea Party para demoler los «muros de empatía» que nos impiden ver en todas sus dimensiones la realidad del otro. No en vano, Hochschild se ha dedicado sobre todo al estudio de las emociones que cimientan los comportamientos sociales y morales de las mayorías en su país, la patria del capitalismo actual.

«Este libro [dice de él la propia autora] aborda un tipo de investigación que los sociólogos llaman ‘de exploración’ y de ‘generación de hipótesis’. Su objetivo no es tanto ver cuán habitual –o poco habitual– es algo, o dónde encaja o no encaja uno …/… Mi objetivo en esta investigación ha sido descubrir qué es, realmente, ese algo…» (Apéndice A. Pág. 391)

Así, pues, este enorme estudio de los comportamientos sociales y culturales de la población blanca marginal y marginada que sustentó al Tea Party, primero, y que ha aupado a Trump al poder, a continuación, es, en realidad, un verdadero viaje, tan lúcido, como documentado y objetivo, desde la California ilustrada, urbana y cosmopolita, a los fondos de la Luisiana más profunda, «bastión de la derecha conservadora» donde los haya, con el fin no de evaluar, sino de comprender realmente, no solo el fenómeno estudiado, sino a los sujetos reales conformadores de ese fenómeno.

Un viaje que deberíamos hacer también todos nosotros, la izquierda ilustrada y urbana europea para reconocer ese mismo e idéntico proceso de extrañamiento de nuestra clase obrera, que se está dando delante de nuestras narices; pues la izquierda europea, como la norteamericana, posee, por lo general, un conocimiento ideológico, político y moral (a veces, tan puritano y estrecho, como cerrado y tautológico) de los procesos que nos afectan: por ejemplo, votar a la ultraderecha es malo; en realidad, es una tamaña barbaridad; el trabajador que lo hace está engañado o es un imbécil, oponerse a lo público es suicida, los inmigrantes no son el enemigo, nuestro enemigo es el capital, los aficionados a los toros o a la caza son unos paletos salvajes, etc. Todas ellas aparentes “verdades morales” y “verdades políticas” incontestables, pero, como demuestran los continuos fracasos de los análisis izquierdistas y la paulatina irrelevancia electoral, política y social de la izquierda continental, barrida del mapa por las alternativas populistas y ultraderechistas más groseras, demuestra una deplorable enunciación y un dudoso conocimiento material, práctico y sociológico de esos mismos procesos que trata de entender y combatir.

«… ante la ausencia de todos los talismanes de mi propio mundo [de los del muy urbano, cosmopolita y moderno hábitat californiano], y en presencia de los del suyo [el profundo sur del bajo Misisipi], me di cuenta de que el Tea Party no era tanto un grupo político oficial como una cultura, una forma de ver y de sentir un lugar y sus gentes…» (pág.42)

Y esta es justamente la razón por la que es tan necesario este agudísimo informe de la situación real, de la cultura y del imaginario de esas masas que, de pronto, se sienten extrañas en su propio mundo; por eso son tan necesarias especialistas de campo (especialistas de verdad) como Arlie Russell Hochschild que nos saquen de los carriles políticos y morales y nos den un verdadero conocimiento sociológico, material, práctico y documental de las realidades que nos afectan y que deberían condicionar la enunciación de nuestras posiciones y la cimentación de nuestras decisiones acerca de esas mismas realidades. Por ejemplo, que los trabajadores que votan a los republicanos y a Trump, allí, como los que votan a Salvini, a Orban, a Rivera, al Frente Nacional o al Partido Popular, aquí, no son unos paletos ignorantes, ni seres entontecidos, ni tarados morales, ni van engañados a las urnas.

La realidad real es mucho más compleja que todas esas afirmaciones tan enérgicas y tan tranquilizadoras, al mismo tiempo, que nos repetimos sin que se nos mueva el flequillo.

Por ejemplo, en el “Apéndice B” (pág. 397), Hochschild nos expone una serie de hechos fastidiosos y paradójicos, pero explicables y radicalmente lógicos, si se tienen en cuenta las variables sociológicas y emocionales que determinan los mismos; los pobres, en los estados más contaminados y degradados económica y socialmente, como es el de Luisiana, no es solo que les importe un comino la contaminación y las condiciones medioambientales en las que viven, o que voten a la ultraderecha, es que normalmente la inmensa mayoría no vota; solo votan los ricos y las clases medias altas. Justo como ha comenzado a suceder en nuestra Europa, que cuanto más pobre y degradado llega a ser un espacio social cualquiera, sea cual sea, estado, región, ciudad o distrito, más hostiles y pasivos se muestran los más pobres frente a las recetas y a los discursos dominantes en la izquierda, carentes del menor sentido y atractivo para esos mismos pobres, a los que en teoría se dirigen esos mismo discursos y recetas.

No importa que las impresiones sobre las que se fundan sus certezas, las de esos mismos trabajadores pobres, sean, muchas de ellas, falsas, o que no se correspondan a la realidad objetiva, como la autora demuestra en el “Apéndice C” (pág. 401); lo importante es que esas certezas son el resultado no solo de impresiones emocional y subjetivamente sentidas como verdaderas, y sobre las que esos “extraños en su propia tierra” levantan finalmente sus estados de ánimo y sus emociones (sensaciones y emociones que son las que finalmente votan o se movilizan); sino que algunas de ellas son certezas objetivas y contrastables: la precariedad y la inseguridad económica que domina sus vidas de un modo agobiante y desmoralizador; el sentimiento de olvido y de abandono de los que les gobiernan desde tan lejos y tan alejados de ellos (en Washington o en Bruselas, da lo mismo); el sentimiento de impotencia frente a la corrupción generalizada del sistema; el arrogante desprecio hacia esas masas de paletos y de ignorantes de una parte de la prensa liberal y de la izquierda ilustrada; la impresión de ser realmente invadidos por otros, que vienen de fuera, ajenos a ellos, pero con los que deben disputarse no solo las migajas del sistema, sino también las costumbres heredadas, o las creencias, o las verdades religiosas; etc.

Si no logramos «establecer puentes» e incluso empatizar –nos dice Arlie Russell Hochschild– con esos temores y esas certezas emocionales (tan verdaderas) de los que se sienten realmente expulsados de su mundo, su segura y conocida cotidianidad desvanecida delante de sus narices; si la izquierda liberal, cosmopolita e ilustrada, continúa obviándolas y despreciándolas, estaremos haciendo el caldo gordo a nuestros auténticos enemigos políticos y sociales.

«Durante la mayor parte de mi vida he sido partidaria del sector progresista, pero hace relativamente poco comencé a sentir la necesidad de entender a la derecha. ¿Cómo han llegado a pensar así? ¿Podemos hacer causa común en algunas cuestiones? Estas dudas fuero las que me llevaron a coger el coche un día y recorrer el cinturón industrial de Lake Charles (Luisiana) junto a Sharon Galicia: una madre soltera blanca … /… que iba por las empresas vendiendo seguros médicos … /… ¿[cómo era su vida de madre soltera y] cómo era la vida de aquellos hombres con los que trabajaba?, ¿por qué una mujer como ella, brillante, considerada y llena de determinación –que podía haber disfrutado de una baja parental remunerada– era miembro entusiasta del Tea Party, para quien esa idea era inconcebible?» (págs. 11 y 12)

En ese «viaje al corazón» de la derecha blanca, desprovista de prejuicios, la autora no encontró paletos tarados, embaucados y analfabetos, sino gentes, trabajadores y trabajadoras, con preocupaciones legítimas y comunes al resto de su clase en todos los Estados Unidos, el deseo de que los viejos valores comunitarios no se perdiesen en medio de este mundo complejo, duro, extraño y fragmentado que se ha engullido al que conocieron en su infancia y su juventud; el deseo de que la familia siguiese formando parte del entronque afectivo y práctico con la comunidad, y el que sus hijos tuviesen alguna oportunidad y un futuro mejor… Nada raro ni insensato, nada fuera de lo común, deseos compartidos por la inmensa mayoría de los trabajadores norteamericanos. Lo que encuentra Hochschild detrás de los miedos y del sentimiento de extrañeza y exclusión, son salarios de hambre, familias desestructuradas y rotas por la crisis y la miseria, y un “sueño americano” imposible ya de materializar.

«… Cuando yo era niño, si te parabas en la orilla de la carretera con el pulgar levantado, siempre te recogía alguien …/… Si alguien tenía hambre, se le daba de comer. Existía la comunidad. ¿Y sabes quién ha terminado con todo eso? …/… El Gobierno de la nación…» (pág. 19)

Lo que hay detrás de estas afirmaciones de un trabajador del Misisipi, víctima de un desastre medioambiental (como detrás de decenas de testimonios recogidos a lo largo de este auténtico viaje de iniciación), es, en efecto, nostalgia de los buenos tiempos ya desaparecidos, miedo por un presente incierto y desabrido, y, sobre todo, rabia y frustración –especialmente, frustración–, las palancas emocionales con las que conectan las sencillas recetas y la radicalidad del lenguaje anti-sistema del Tea Party (por más que las medidas de desregulación en materia de protección medioambiental apoyadas por los republicanos hayan sido la causa de su ruina); su vinculación es básicamente emocional, este trabajador confía en las sencillas y empáticas respuestas de la ultraderecha a esos miedos y a esa ira, frente al general desprecio que siente de una buena parte de los sectores liberales, ilustrados y urbanos.

He ahí –nos viene a decir Arlie Russell Hochschild–, el porqué las gentes que más se beneficiarían de las leyes federales, emanadas de un gobierno central fuerte, o de los programas de subsidios y ayudas públicas provenientes de ese mismo gobierno, generalmente arbitradas por los sectores demócratas más liberales, rechazan de modo tan paradójico y tan visceral esa misma idea. Es una distancia emocional y es justamente esa brecha empática y emocional la que hay que superar, si queremos devolver a esos sectores de la clase obrera “a su tierra”; no solo allí, sino también aquí, en Europa.

Los estados gobernados tradicionalmente por los republicanos «son más pobres, registran más madres adolescentes, un índice de divorcio más elevado, peor salud, más obesidad, más muertes traumáticas, más bebés que nacen con bajo peso y más fracaso escolar. Sus habitantes viven una media de cinco años menos que los de los estados demócratas… [etc.]» (Pág. 26). No importa. Los datos objetivos ya no bastan; tampoco negar la evidencia, afirmar, por ejemplo, que las migraciones masivas y descontroladas no generan problemas en las regiones receptoras, pues claro que generan problemas, y muy graves; o repetir impertérritos los mantras habituales de la izquierda, que los ricos y el Capital tienen la culpa de todo, que hay que tener una vida sana, etcétera, etcétera… Todo eso es verdad, sí, pero la verdad ya no basta.

Si no hay una conexión empática y emocional con las masas de trabajadores que se sienten despojados de “su tierra”, extraños en ella, por duro y paradójico que nos parezca, por cargados que estemos de razones, no bastará.

«Veo toda esa pasión», les decía Trump a sus auditorios enfervorecidos. ¿La vemos nosotros; vemos toda esa pasión nosotros? O les seguiremos diciendo cómo deben sentirse ante cada acontecimiento del mundo, de qué deben alegrarse o no, o en qué deben creer o no creer, qué deben ver o qué no deben ver, o cómo deben comportarse y no deben comportarse (incluso en la intimidad); en suma, lo que es correcto y lo que no es correcto, como los nuevos curas de la modernidad que se arrogan el derecho de repartir las credenciales de salvación, las de “buen ciudadano” o “buen demócrata”, las de “buen padre” o “buena madre”, la de “ser sensible”, consciente e inteligente o la de “ser racional” y sensato.

En fin, Extraños en su propia tierra: réquiem por la derecha estadounidense, de Arlie Russell Hochschild, en la cuidada traducción de Amelia Pérez de Villar, es una lectura necesaria y apasionante que nos da una visión distinta de lo que ya sabemos y conocemos, ofreciéndonos una brújula fiable para adentrarnos en una compleja región de los fenómenos sociales y políticos, en la que las emociones y las percepciones apasionadas son más importantes que los datos y la realidad objetiva. Sus veinticinco páginas finales de bibliografía, no hacen más que enriquecer la valiosa información ofrecida a lo largo de ese viaje al corazón la ultraderecha norteamericana, en compañía de su autora, a través de sus páginas.

martes, 7 de julio de 2015

Éxito, vida y profesión

“Aunque el éxito lo medimos cada uno de nosotros, lo importante es el disfrute que sentimos en cada momento, saber identificar y expresar los propios talentos, sentir cuál es el propósito de nuestra vida, y disponer de relaciones constructivas con las que compartirlo”

Como dijo Napoleón Bonaparte, "el éxito no está en vencer, sino en no desanimarse nunca". El gobernante francés ponía el énfasis en la persistencia y en mantener el esfuerzo a pesar de la dificultad. De esta misma manera opina Dafne Cataluña, psicóloga y coach del Instituto Europeo de Psicología Positiva, quien aclara que no existe una definición de éxito universal, sino que depende de lo que nos rodea: “de la cultura, del entorno, y de la propia forma de ser”. Concretando, el triunfo lo definimos cada uno de nosotros, teniendo en cuenta aspiraciones, metas, ilusiones y valores. “Algunas personas objetivan la gloria en sentirse plenas con su vida, otras en lograr ser papás, algunas en encontrar una profesión que les llene, y otras muchas en tener amigos o parejas con los que se sientan con la libertad de ser ellos mismos”, cuenta la especialista.

SOBRE LA EXIGENCIA PROPIA Y AJENA
1. Ha dejado de fustigarse por ese viaje que se frustró hace semanas. Ya habrá más opciones…
2. Cada vez controla mejor su ira y monta menos dramas
3. Dejar de ser mileurista estaría bien, pero no es su prioridad
4. Acepta los defectos de sus padres con naturalidad
5. Cuando se topó con su ex hace meses y lo encontró feliz, se alegró (y no fue pose) Con estas actitudes ha conseguido relajar la exigencia, permitiendo que la magia suceda en lo que se refiere a no sentirte culpable por no conseguir ciertos objetivos, además de liberar de culpa a los demás.

SOBRE EL AMOR PROPIO
6. Usted no está gordito: solo es un disfrutón al que le encanta comer
7. Viste como quiere, sin importarle lo que digan
8. Celebró el último ascenso de su compañero de mesa
9. Cuando alaban su inteligencia, no se sonroja. ¡Si es cierto! Cuando se disminuye la necesidad de aprobación, la inseguridad se transforma en autoestima y se encuentra a gusto con lo que es, independientemente de los logros y opinión de los demás.

SOBRE EL ENTORNO
10. Pidió ayuda aquella vez en que la necesitó
11. Es capaz de ponerse en el lugar del otro
12. Cuando llega un domingo, tiene a quien llamar para tomar un café

Comunicar las necesidades personales con empatía incrementa las posibilidades de crear y mantener relaciones satisfactorias. Perder el miedo a pedir ayuda favorece las relaciones satisfactorias. Tan Ben Shahar, profesor de la Universidad de Harvard, describe a los “perfeccionistas” como personas que no tienen fin, ya que siempre se proponen metas cada vez más altas y objetivos más difíciles. En su libro La búsqueda de la felicidad expresa cómo, sin embargo, “cuando consiguen sus metas no sienten la satisfacción ni la felicidad que esperaban, ya que esa expectativa idealizada se desmenuza y el balance entre el esfuerzo y el disfrute resulta negativo al tener el esfuerzo un peso desmesurado”. Conclusión: menos ambición y más amigos.

SOBRE LA ACEPTACIÓN
13. Cuando llega a su hogar, suspira "ay, por fin en casa"
14. Ha decorado el salón del modo en que a usted le gusta
15. No ocurre todos los días, pero a veces le sorprende su propia belleza en el reflejo del espejo
16. Sabe a ciencia cierta que es un buen trabajador
Por supuesto, no solo de amigos vive el hombre. Así que es necesario que en las parcelas de su hogar y su trabajo reine cierto orden. Esto no se traduce en habitar una mansión de ensueño o ser el empleado más brillante de la oficina, sino en que, como el empresario Henry Ford proclamaba, "disfrutar de lo que se obtiene como la clave del éxito". Piense en su último logro laboral y celébrelo.

SOBRE LA REBELIÓN
17. Reconoce a las malas personas y las expulsa de su vida
18. No se lamenta por lo malo que es fumar: simplemente, lo ha dejado
19. Recuerda perfectamente la última vez que dijo "no"
La aceptación solo es positiva si se acompaña de asertividad, un palabro que ahora reivindican todos los expertos en psicología para definir el punto exacto en el que somos capaces de hacernos respetar sin recurrir a la agresividad.

SOBRE LOS SUEÑOS ACORDES AL TALENTO
20. Al suspender aquel examen, estudió más para el próximo
21. Tiene metas por cumplir
No achantarse ante la adversidad es todo un logro. En general, lo es conocer aquello en lo que uno es bueno y, además, le hace sentir bien: “Conocer nuestras fortalezas personales tiene un impacto positivo en el bienestar”, explica la directora del Instituto Europeo de Psicología Positiva. ¿Ha detectado ya sus puntos fuertes y construye sus objetivos en función de ellos? Entonces, es usted una persona con éxito.

SOBRE EL AMOR
22. Puede enumerar, al menos, a cinco personas que lo quieren
23. Les dice 'te quiero' con frecuencia
24. En todas las ocasiones, tal declaración es verdad
La capacidad de amar y ser amado es una de las 24 fortalezas personales descritas por los psicólogos Seligman y Peterson. Sentirnos queridos significa también sentirnos seguros. Tal y como expresaba el también psicólogo Bowbly respecto a sus estudios de las relaciones de apego en la infancia, "cuando hemos creado un apego seguro con las personas que se encargaron de nuestro cuidado en la infancia, las posibilidades de desarrollar relaciones afectivas y sanas es mucho mayor”.

Aunque por su clase de Psicología del Liderazgo (Psychology on Leadership) han pasado más de 1.400 alumnos, aún así cabría hacerse la siguiente pregunta: ¿Alguna vez se tiene suficiente felicidad? "Es precisamente la expectativa de ser perfectamente felices lo que nos hace serlo menos”, explica.

Estos son sus seis consejos principales para sentirse afortunado y contento:

1. Perdone sus fracasos. Es más: ¡celébrelos!
“Al igual que es inútil quejarse del efecto de la gravedad sobre la Tierra, es imposible tratar de vivir sin emociones negativas, ya que forman parte de la vida, y son tan naturales como la alegría, la felicidad y el bienestar. Aceptando las emociones negativas, conseguiremos abrirnos a disfrutar de la positividad y la alegría”, añade el experto. Se trata de darnos el derecho a ser humanos y de perdonarnos la debilidad. Ya en el año 1992, Mauger y sus colaboradores estudiaron los efectos del perdón, encontrando que los bajos niveles de este hacia uno mismo se relacionaban con la presencia de trastornos como la depresión, la ansiedad y la baja autoestima.

2. No dé lo bueno por hecho: agradézcalo.
Cosas grandes y pequeñas. "Esa manía que tenemos de pensar que las cosas vienen dadas y siempre estarán ahí tiene poco de realista".

3. Haga deporte.
Para que funcione no es necesario machacarse en el gimnasio o correr 10 kilómetros diarios. Basta con practicar un ejercicio suave como caminar a paso rápido durante 30 minutos al día para que el cerebro secrete endorfinas, esas sustancias que nos hacen sentir drogados de felicidad, porque en realidad son unos opiáceos naturales que produce nuestro propio cerebro, que mitigan el dolor y causan placer, según detalla el entrenador de easyrunning y experto corredor Luis Javier González.

4. Simplifique, en el ocio y el trabajo.
“Identifiquemos qué es lo verdaderamente importante, y concentrémonos en ello”, propone Tal Ben-Shahar. Ya se sabe que “quien mucho abarca, poco aprieta”, y por ello lo mejor es centrarse en algo y no intentarlo todo a la vez. Y no se refiere solo al trabajo, sino también al área personal y al tiempo de ocio: “Mejor apagar el teléfono y desconectar del trabajo esas dos o tres horas que se pasa con la familia”.

5. Aprenda a meditar.
Este sencillo hábito combate el estrés. Miriam Subirana, doctora por la Universidad de Barcelona, escritora y profesora de meditación y mindfulness, asegura que “a largo plazo, la práctica continuada de ejercicios de meditación contribuye a afrontar mejor los baches de la vida, superar las crisis con mayor fortaleza interior y ser más nosotros mismos bajo cualquier circunstancia”. El profesor de Harvard añade que es también un momento idóneo para manejar nuestros pensamientos hacia el lado positivo, aunque no hay consenso en que el optimismo llegue a garantizar el éxito, sí le aportará un grato momento de paz.

6. Practique una nueva habilidad: la resiliencia.
La felicidad depende de nuestro estado mental, no de la cuenta corriente. Concretamente, “nuestro nivel de dicha lo determinará aquello en lo que nos fijemos y en las atribuciones del éxito o el fracaso”. Esto se conoce como locus de control o 'lugar en el que situamos la responsabilidad de los hechos', un término descubierto y definido por el psicólogo Julian Rotter a mediados del siglo XX y muy investigado en torno al carácter de las personas: los pacientes depresivos atribuyen los fracasos a sí mismos, y el éxito, a situaciones externas a su persona; mientras que la gente positiva tiende a colgarse las medallas, y los problemas, “casi mejor que se los quede otro”. Sin embargo, así perdemos la percepción del fracaso como 'oportunidad', que tiene mucho que ver con la resiliencia, un concepto que se ha hecho muy popular con la crisis, y que viene prestado originariamente de la Física y de la Ingeniería, con el que se describe la capacidad de un material para recobrar su forma original después de someterse a una presión deformadora. "En las personas, la resiliencia trata de expresar la capacidad de un individuo para enfrentarse a circunstancias adversas, condiciones de vida difíciles, o situaciones potencialmente traumáticas, y recuperarse saliendo fortalecido y con más recursos”, afirma el médico psiquiatra Roberto Pereira, director de la Escuela Vasco-Navarra de Terapia Familiar.

El poder psicoterapéutico de las artes es ampliamente conocido. Un libro, una película, una canción… Cualquier objeto resultado de un proceso creativo puede ayudarnos a salir de una crisis, tomar una decisión, optar por una vida mejor.
Lo sabe bien Mercedes Martínez, psicoterapeuta y criminóloga que trata a sus pacientes con inspiradores filmes en el proyecto Medi-Cine.
"Conozco a personas que han terminado con una relación dañina por una película (Te doy mis ojos, de Iciar Bollaín) o se han atrevido a vivir más libremente su sexualidad tras visionar otra (Beginners, de Mike Mills)", cuenta.
Para la experta, el visionado en grupo de determinadas historias (y una ulterior charla al respecto) puede a ayudarnos a "adquirir habilidades emocionales, aprender a tomar decisiones, a poner límites, a generar opciones, a atravesar duelos y a reflexionar o manejar la ansiedad".

Si una buena película funciona, en ocasiones, como una visita al psicólogo, que la historia verse sobre la salud mental lo hace doblemente eficaz.
Es el caso de La cura de Yalom, un documental de Sabine Gigiger sobre la vida de Irvin Yalom (Washington, 1931), referente en el campo de la psicoterapia, autor de varios superventas, conocido académico en la Universidad de Stanford y existencialista.
El biopic anima al espectador a emprender un viaje mental con su protagonista, a través de reflexiones esenciales capaces de tumbar cualquier crisis de existencia.
Por ello, BUENAVIDA, aunando arte, ocio y salud mental, sortea 20 entradas dobles entre los lectores que se registren al final de este artículo.
El preestreno tendrá lugar el 9 de julio (jueves) en el Palacio de la Prensa (Madrid). Y recuerde llevar acompañante. "Ver una película con alguien ayuda a comprender los diferentes puntos de vista. Cada espectador ve algo en lo que otro puede no haber reparado.
En el posterior análisis se desarrolla la intimidad emocional, evitando lo superficial", zanja Mercedes Martínez. El tercer par de ojos lo pondrá el doctor Yalom. El documental llega a cines el 31 de julio

Uno de los grandes avances en la psicología de las últimas décadas ha sido el descubrimiento de la inteligencia emocional como habilidad básica para el éxito.

Quien popularizara el término en 1995, Daniel Goleman, advertía que no nos extrañáramos de acabar trabajando para alguien que en la escuela era calificado de “tonto”, ya que aquellos que dominan sus emociones y comprenden las de los demás tienen una gran ventaja sobre el resto a la hora de progresar y resolver problemas de cualquier tipo.

Familiarizarnos con nuestra brújula emocional nos permite mantener el control sobre nuestra mente, con lo que ganamos atención y eficacia, además de dotarnos de la capacidad de seducción que promueve la empatía.

Por el contrario, no ser conscientes de lo que sentimos puede conducir al sufrimiento y al fracaso en las relaciones sociales.

Las emociones están presentes en todos los niveles evolutivos y en todos los animales, incluyendo los seres humanos, afirmaba el psicólogo Robert Plutchik.

Ya en el siglo XIX, Charles Darwin concluyó que la expresión de las emociones es algo innato y no aprendido, como se creía en su época. Llegó a esta hipótesis tras estudiar su expresión en los animales superiores, así como los gestos que hacen de forma instintiva las personas ciegas de nacimiento. En sus viajes comprobó, además, que estas emociones eran comunes a todas las culturas y se manifestaban de forma parecida, lo cual le convenció de que las llevamos “de fábrica”.

En tiempos más actuales se ha intentado enumerar nuestras emociones básicas, que según el psicólogo social Paul Ekman serían seis:
ira,
alegría,
sorpresa,
asco,
tristeza y
miedo.
El actor brasileño Marcelo Antoni junto con Jorge Zentner, guionista y escritor argentino, en su libro Las cuatro emociones básicas, además de descartar el asco y la sorpresa del primer rango, señalan la importancia de reconocerlas en uno mismo y en los demás:
“Una emoción es información íntima. Un aviso respecto a qué me está pasando en este momento; un toque de atención que sitúa a cada uno en el presente, pues está referida a lo que vivimos y sentimos en este instante concreto. Es un aviso primario con importantísimas funciones en la conservación, la relación y la socialización del individuo. Una información que también recibimos internamente, desde nosotros mismos”.
Los autores hablan de lo que sentimos como “existencia de tránsito”. Nadie puede anclarse de forma permanente a una misma emoción. Por eso, aunque hablemos de personas tristes o alegres, en realidad lo que existen son las situaciones tristes o alegres.

Tomar conciencia de ello permite relativizar lo que sentimos y no tomarlo como algo definitivo, lo cual es un alivio en el caso de las emociones negativas. Saber que el sentimiento que nos tortura es temporal y dará paso a otro, quizá de signo contrario, nos ayuda a relativizar el sufrimiento.

Una vez se toma posesión de nuestra brújula y somos capaces de leer lo que sienten los demás y nosotros mismos, ¿cómo gestionar las emociones? No se trata de meras reacciones a lo que vivimos. También tienen una utilidad y podemos canalizarlas para optimizar nuestra vida y la de nuestro entorno.

Al experimentar alegría, aumentamos la empatía y la capacidad de estrechar vínculos con los demás, además de desarrollar en nosotros la ternura, la excitación e incluso la atracción física. Es un estado perfecto para compartir ideas, sensaciones y nuevos proyectos.

Sentir miedo activa nuestra atención ante una posible amenaza o peligro. Cuando no aparece de forma injustificada y repetida, convirtiéndose en fobia, esta emoción es muy útil para nuestra supervivencia. Nos permite tomar conciencia de lo que estamos viviendo y, no menos importante, de lo que hacemos con nuestra vida.

La ira señala una situación, interior o exterior, que nos produce desasosiego y debe ser reparada. Si en lugar de expresarla a través de una explosión de genio la canalizamos en forma de soluciones, esta emoción nos servirá para corregir el desequilibrio y estar mejor que antes.

En cuanto a la tristeza, muchas veces tiene que ver con hechos del pasado. Apunta a algo que hemos vivido de forma traumática o, por el contrario, a experiencias que fueron muy positivas, pero que no podemos volver a repetir, por ejemplo, tras una separación. La función de este estado es desprendernos de aquello que un día tuvimos o sentimos.

Comprender nuestras emociones básicas y su utilidad nos permite dejar atrás lo que ya no nos sirve, tomar conciencia de lo que ahora necesitamos y proyectarnos de forma mucho más positiva hacia el futuro.

El problema de muchas personas es que llegan a sentirse abrumadas por sus propias emociones, como si en lugar de una brújula para orientarse llevaran grilletes que las paralizan.

Sobre esto, un cuento sufí glosado por el místico y espiritual indio Osho, entre otros (Pues tb se le atribuye a un emperador chino), explica lo que un rey pidió a los sabios de su corte:

–Me estoy fabricando un precioso anillo y quiero ocultar bajo el diamante algún mensaje que pueda ayudarme en momentos de desesperación. Tiene que ser muy breve de modo que pueda esconderlo allí.

Aquellos eruditos habían escrito grandes tratados, pero no sabían cómo darle un mensaje de solo dos o tres palabras que pudiera ayudar a su rey en esos momentos en los que él consideraba que esa ayuda podría marcar la diferencia.

Sin embargo, el monarca tenía un anciano sirviente que era como de la familia, el cual le dijo:

–No soy un sabio, ni un erudito, pero conozco el mensaje que buscas, porque me lo dio un místico hace tiempo.

Dicho esto, el anciano escribió tres palabras en un pequeño papel, lo dobló y se lo entregó al rey con la advertencia. “No lo leas, manténlo escondido en el anillo. Ábrelo solo cuando todo haya fracasado y no encuentres salida a tu situación”.

El momento llegó cuando el país fue invadido y el rey tuvo que huir a caballo para salvar la vida mientras sus enemigos le perseguían. Finalmente, llegó a un lugar donde el camino se acababa al borde de un precipicio.

Entonces se acordó del anillo. Lo abrió, sacó el papel y allí encontró el siguiente mensaje: “Esto también pasará”.

Mientras leía aquella frase, los enemigos que le perseguían se perdieron en el bosque, al errar el camino, y pronto dejó de oír el trote de los caballos.

Tras aquel sobresalto, el rey logró reunir a su ejército y reconquistar el reino. En la capital hubo una gran celebración y el monarca quiso compartirlo con el anciano, a quien agradeció aquella providencial perla de sabiduría. El viejo le pidió entonces:

–Ahora vuelve a mirar el mensaje.

Al ver la cara de sorpresa del rey, explicó: “No es solo para situaciones desesperadas, sino también para las placenteras. No es solo para cuando estás derrotado; también sirve cuando te sientes victorioso. No es solo para cuando eres el último, también para cuando eres el primero”.

El rey abrió el anillo y leyó el mensaje: “Esto también pasará”, y entonces comprendió.

–Recuerda que todo pasa –le recordó el viejo sirviente–. Solo quedas tú, que permaneces por siempre como testigo.

Como en este cuento tradicional, si entendemos que las emociones no somos nosotros, sino que se trata de estados transitorios de nuestra mente para adaptarnos a la vida, dejaremos de sentirnos sobrepasados por ellas. Las emociones son una brújula, pero nosotros tenemos el timón o debemos tenerlo y decidimos el rumbo de nuestra existencia.

El mapa facial de las emociones
Los rostros de los seres humanos expresan lo que sienten a través de una serie de gestos que constituyen un lenguaje universal: Ira: contracción de las cejas, mirada más intensa y tensión en los labios, que se preparan para gritar.
Alegría: elevación de los labios y las mejillas, a la vez que arrugamos la piel bajo nuestros párpados.
Sorpresa: las cejas se elevan adoptando forma circular, además de tener los párpados muy abiertos y la mandíbula baja.
Asco: suele expresarse levantando parte del labio superior y frunciendo el ceño.
Tristeza: descenso de los ángulos inferiores de los ojos y de los labios, que pueden manifestar temblor.
Miedo: elevación de los párpados y las cejas; los labios pueden estar tensos o bien abrir la boca.
El País.