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martes, 17 de febrero de 2026

ENTREVISTA Jacinda Ardern, la primera ministra que sorprendió al mundo: “La vida pública se ha deshumanizado”

En 2023, renunció al cargo de primera ministra de Nueva Zelanda porque no tenía ya “la energía suficiente” para dar lo mejor de sí. Llevaba seis años. Su adiós fue el culmen de una manera distinta de ejercer el poder, opuesta a los hiperliderazgos masculinos que siguen dominando el mundo. Su modo de entender la política, basado en la empatía y la transparencia, la convirtió en un icono. Conversamos con ella en Londres


En un tiempo en el que la realidad a menudo parece una distopía poco verosímil, Jacinda Ardern da la impresión de llegar desde otro mundo. Un mundo que defendía que el poder podía ejercerse de otro modo. Un mundo en el que la empatía no era debilidad, sino fortaleza. Un mundo que se enamoró de la forma de gobernar de la joven primera ministra de un país pequeño y remoto, casi invisible en el mapa informativo, en las antípodas de los hiperliderazgos masculinos que hoy se imponen. Ella era otra cosa. En todo. Incluso en la forma de marcharse. Renunció al cargo en 2023, tras ejercerlo durante seis años, porque no tenía ya “energía suficiente”. Lo anunció con la voz entrecortada en una rueda de prensa que dio la vuelta al mundo.

Casi tres años después, la ex primera ministra de Nueva Zelanda (Hamilton, 45 años) aparece puntual para la entrevista con una gabardina beis, rostro apenas maquillado, el pelo recogido en una coleta, un colgante de oro con forma de corazón y un café entre las manos. Parece una más de las profesionales que circulan esa mañana por una de las sedes de Soho House en Londres, el club internacional en el que la hemos citado, donde esa mañana se cruzan publicistas con jóvenes diseñadores y creativos de toda índole. Ardern da la mano con firmeza y con esa sonrisa amplia, franca y luminosa que se convirtió en uno de los símbolos de la jacindamanía que la elevó a icono global.

Desde que dejó la política activa se ha dedicado a la reflexión académica. Tras su paso por la Universidad de Harvard, donde compartió su experiencia con estudiantes y profesores en la John F. Kennedy School of Government, ahora impulsa espacios de debate sobre gobernanza y liderazgo vinculados a la Universidad de Oxford. Ha publicado un libro de memorias (Un poder diferente, en España a partir del 5 de febrero en Plaza & Janés) en el que se adentra en territorios poco transitados por los líderes políticos: la maternidad, las inseguridades, las dudas, el desgaste psicológico que implica el poder, la presión constante, los momentos de fragilidad… Un libro más interesado en las contradicciones que en el relato heroico.

Jacinda Ardern.
 

¿Por qué decidió escribir un libro tan personal?

Cuando dejé el cargo no me veía escribiendo un libro. Mucha gente me preguntaba por ello, pero me preocupaba que ese ejercicio pareciera defensivo, como si intentara justificar mis decisiones o imponer mi relato. Luego pensé que podía ser útil hablar sobre la experiencia de una líder reticente a serlo. Pero tenía que ser un libro muy abierto, muy transparente. Siempre he pensado que la gente merece conocer a sus representantes políticos.

No es habitual que los mandatarios se muestren de verdad, más allá del personaje que construyen.

Quizá eso sea parte del problema. Vivimos una época en la que la vida pública se ha deshumanizado. Somos duros entre nosotros, poco tolerantes con el error, poco compasivos. Por eso me interesa hablar de otras formas de liderazgo y de estar en la vida pública, porque creo que las necesitamos. Ahora todo es binario, pero la vida y la toma de decisiones no lo son. Hemos simplificado tanto las cosas que la política ha acabado respondiendo en esos términos cuando en realidad casi todo es complejo, gris. Y si no somos abiertos sobre esa complejidad, es muy difícil que la gente entienda por qué tomamos determinadas decisiones.

La rendición de cuentas tampoco parece pasar por su mejor momento.

Vivimos un momento complicado porque la capacidad de atención es limitada. La gente no tiene tiempo ni energía para cuestiones complejas. Pero la respuesta no puede ser simplificarlo todo artificialmente. El mundo no funciona así. Necesitamos más transparencia. Se puede reconocer, por ejemplo, que no tienes todas las respuestas, que es algo muy distinto de decir que no tienes un plan. Muchas veces tomamos decisiones con información incompleta —la pandemia fue un ejemplo claro— y hay que explicarlo. Liderazgo no es decir “no sabemos”, pero sí lo es decir: “No sabemos todo, y este es nuestro plan teniendo en cuenta esa incertidumbre”.

Ardern con su hija en Naciones Unidas, Nueva York, en septiembre de 2018. 
 

Ardern accedió al cargo en 2017, con apenas 37 años. Pocos días antes, durante las negociaciones que la iban a convertir en primera ministra de Nueva Zelanda, supo que estaba embarazada en el baño de la casa de una amiga. Describe la escena con detalle en su libro: “Fue en medio de ese torbellino que terminé sentada sola en aquel baño y con aquel artefacto en la mano, esperando los obligatorios tres minutos para que apareciera el resultado. No creí que fuera posible que estuviera embarazada, pero hubo algo en esos 180 segundos que hizo que lo improbable se acercara un poco a la realidad. ¿Y si…? Cerré los ojos y alcé la cabeza hacia el techo, luego respiré muy profundo, abrí los ojos y miré hacia abajo. En el recuadro de la prueba había dos líneas verticales. El resultado era positivo”.

Fue una metáfora de lo que vino después: la conciencia de que la vida no se detiene aunque el poder pretenda congelarlo todo a su alrededor.

La idea de líder “reticente” aparece a menudo en sus memorias. Ardern se retrata como una mujer que se cuestiona, que teme no estar a la altura, que duda de sí misma incluso —o sobre todo— cuando los demás proyectan sobre ella expectativas que considera desmesuradas. Su relato personal está lleno de pequeños momentos que revelan esa autoexigencia: la mujer que llega al poder casi por accidente y sin sentirse nunca suficientemente preparada, la dirigente que se esfuerza por ocultar el malestar físico durante su embarazo para no parecer frágil, que llega a fingir que es vegetariana para no tener que dar explicaciones sobre lo que puede o no puede comer durante la gestación, que mide cada gesto porque sabe que cualquier error será amplificado.

¿Cuánto cree que el síndrome de la impostora ha marcado su carrera política y su forma de estar en el mundo?

Muchísimo. Porque genera rasgos de carácter en los que no había pensado hasta escribir el libro. Siempre había reconocido que tenía ese síndrome y pensaba que su efecto principal era que me había frenado en algunos momentos. Lo que no había analizado tanto eran otros comportamientos que provoca: la sobrepreparación, el deseo de escuchar a otros, de comprender a fondo los problemas. Y al analizarlo vi que son cualidades poderosas, útiles, presentes en mi forma de liderar durante años, aunque nunca las había vinculado directamente al síndrome de la impostora. Ahora soy muy honesta: no creo que sea algo que desaparezca. Pero ni siquiera estoy segura de que deba hacerlo. La humildad en el liderazgo es buena. Cuestionarse a una misma es bueno. Lo único que no es bueno es que te paralice.

Es curioso que no desaparezca esa sensación en alguien que ha sido elegida por los ciudadanos y que era mundialmente admirada.

No es algo constante. No se siente igual todo el tiempo. Depende de lo que esté ocurriendo. Curiosamente, durante las grandes crisis fue cuando menos lo sentí. Quizá porque estás tan concentrada en lo que tienes delante que la duda parece un lujo y se vuelve irrelevante. Todo tu foco está en el trabajo que tienes que hacer.

En el libro explica también que su padre dudaba de que alguien tan sensible como usted pudiera sobrevivir en la política, en un entorno de exposición constante y a veces brutal. Pero un colega parlamentario le dijo que precisamente por eso era buena.

Cuando sientes las cosas profundamente, te implicas profundamente. Das muchísimo de ti porque te importa muchísimo lo que haces. Y si además atraviesas una etapa llena de crisis, cinco años pueden sentirse como diez. El entorno político actual es muy exigente, muy crítico, muy inestable. Aun así, es algo que se puede gestionar. Nunca diría a una persona sensible que no se dedique a la política. Si tienes un fuerte sentido del deber, no hay nada más pleno ni más gratificante que ese trabajo. No hay nada igual en el mundo ni mayor privilegio que ser primera ministra de tu país.

Jacinda Ardern juró el cargo en 2017, justo el año en el que Donald Trump llegó a la Casa Blanca por primera vez. El mismo mandatario que acaba de asaltar Venezuela de madrugada para llevarse preso a Nicolás Maduro, que ha amenazado con conquistar Groenlandia “por las buenas o por las malas” y que ha sumergido al planeta entero en la incertidumbre. Un dirigente que hace apología de la fuerza, de la política testosterónica, que abomina de la empatía y las dudas. Como Vladímir Putin. Como Javier Milei. Como tantos otros hoy en día.

La forma en la que describe el liderazgo en sus memorias, como forma de servicio público, con límites y procesos, es radicalmente distinta a los gestos grandilocuentes y teatrales de la política actual. Usted dejó el cargo en 2023, el mismo año en el que Donald Trump volvió a ganar unas elecciones. ¿Es posible revertir el éxito de este tipo de liderazgos, antagónicos al suyo?

Sí, creo que sí. Por eso dedico mucho tiempo a hablar con políticos y, en algunos casos, a trabajar con ellos. No deberíamos abandonar valores como la amabilidad, la compasión, la curiosidad o el coraje solo porque lo que más visibilidad tiene ahora sea lo contrario. La ausencia de estos valores es uno de los grandes problemas actuales. Hay políticos que lideran de esta forma y les va muy bien, como Mark Carney [primer ministro de Canadá], que habló sobre la bondad el día que ganó las elecciones. Pero los incentivos mediáticos están orientados hacia el estilo más incendiario. No suele haber titulares que digan “un político construye consenso sobre tal asunto”, porque eso no genera clics. No atrae la atención.

Ella sí logró atraer la atención —hasta el punto de convertirse en un fenómeno— gracias al liderazgo “empático” que defiende. La imagen de su bebé en brazos en la Asamblea General de la ONU en 2018 dio la vuelta al mundo. Era la primera vez que sucedía. En realidad, ella solo trataba de hacer compatible un viaje oficial con la lactancia y la logística de una madre reciente. “Yo no quería renunciar a amamantar a Neve…, desde mi perspectiva, ceder significaba fracasar”, escribe en el libro. Pero aquel gesto acabó convertido en un manifiesto político sobre la posibilidad de gobernar sin esconder la maternidad.

Algo parecido ocurrió cuando, tras el atentado de un supremacista blanco contra las mezquitas de Christchurch en 2019, en el que murieron 51 personas, apareció con hiyab abrazando a las víctimas. Esa imagen, junto a su proclama They are us (ellos son nosotros), se convirtió en un símbolo global de empatía institucional, respeto y humanidad.

Ardern abraza a una musulmana en marzo de 2019, tras los atentados contra dos mezquitas de Christchurch en los que murieron 50 personas.

 

¿Qué recuerda de aquellos días?

Lo recuerdo todo con muchísima claridad. Especialmente, a las personas: los líderes comunitarios, las familias que perdieron a alguien, las víctimas. A veces me da pudor que se reconozca tanto mi respuesta cuando, en realidad, fue la comunidad musulmana la que marcó el tono. No puedo imaginar nada más horrible que lo que vivieron. Y, aun así, tomaron la decisión de abrir los brazos y permitir que todo un país llorara con ellos. Fue profundamente conmovedor.

¿Sigue en contacto con algunas de las víctimas?

Sí. Antes de mudarme al extranjero volví a reunirme con miembros de la comunidad. Después impulsamos una beca para familiares de víctimas como pequeño apoyo. Me entristece que todavía hoy haya personas que me den las gracias por aquella respuesta, porque debería ser lo normal: reconocer lo ocurrido, poner a la comunidad en el centro, privar al agresor de lo que busca —notoriedad, reacción—, reconocer el impacto a largo plazo sobre las víctimas e intentar atenderlo. Eso debería ser el estándar, no algo excepcional. Cuando alguien me agradece esa respuesta, siento que refleja su experiencia cotidiana de islamofobia. Y eso me entristece profundamente.

En sus memorias relata la llamada que Donald Trump le hizo tras aquella matanza. El presidente de EE UU solo se interesó por el futuro del autor de la masacre y quiso saber si el Gobierno de Nueva Zelanda iba a utilizar el término “terrorista” para referirse a él. “El asesino había enviado un manifiesto incoherente y desbordante de odio y decoró sus armas con los nombres de supremacistas blancos que habían matado a otros musulmanes”, recuerda Ardern. “Su intención no solo fue cobrar vidas, también quería suscitar miedo e intimidar. Asimismo, esperaba que sus actos instigaran nuevas olas de violencia y, si eso no era terrorismo, entonces no sabía yo qué más podría serlo. ‘Sí’, le dije al presidente, ‘es un hombre blanco de Australia que, de forma deliberada, atacó a nuestra comunidad musulmana. Es un terrorista”.

Trump no dijo nada, solo preguntó si había algo que EE UU pudiera hacer por ellos. “Mi respuesta fue simple”, relata Ardern. “Puede mostrarles simpatía y amor a las comunidades musulmanas”.

Christchurch fue la primera gran crisis que le tocó gestionar durante su mandato, pero no la única. Un año después llegó la pandemia, que enfrentó a los líderes políticos a algo inédito, complejo, con una población aterrada ante lo desconocido y que veía desde su televisor cómo morían centenares de miles de personas por todo el mundo. Ella lo abordó, como todo, a su manera, comunicando desde su casa a través de las redes sociales con un tono informal y cercano y dando consejos prácticos con la información de la que disponía.


Jacinda Ardern. “Prefiero intentar algo y equivocarme que no hacer lo suficiente” es uno de sus lemas políticos.

El 17 de octubre de 2020, en Auckland, tras ganar la reelección con mayoría absoluta.
¿Cómo afronta un líder político algo así?

Con imperfección y haciéndolo lo mejor que puedes. Para mí la pregunta era: ¿cuál es el camino del que me voy a arrepentir menos? Preferí intentar algo y equivocarme que no hacer lo suficiente. Porque equivocarse significaba que habría gente que moriría.

Tomó decisiones muy difíciles, como confinar a la población o imponer vacunaciones obligatorias para algunas profesiones de alto riesgo.

Durante esos días hablé mucho con una buena amiga que vivía en España con sus dos hijos pequeños. Eso me ayudaba a entender lo dura que estaba siendo la pandemia para todo el mundo. En Nueva Zelanda hubo largos periodos de normalidad para la población, pero dentro del Gobierno no era posible relajarse nunca. Vivíamos con la tensión constante de que en cualquier momento podía aparecer un nuevo caso y tendríamos que volver a confinar. Esa ansiedad permanente fue muy dura.

Nueva Zelanda fue vista como ejemplo de buena gestión, pero dentro surgieron muchas críticas. ¿Cómo convivía con esa contradicción?

Eso es el liderazgo: tomar decisiones difíciles sabiendo que no todo el mundo estará de acuerdo. Encuestas posteriores mostraron que alrededor del 77% valoraba la gestión como buena o muy buena. Pero, aun así, siempre habrá quien no esté de acuerdo. Yo prefiero ser criticada por haber hecho demasiado que por hacer demasiado poco.


El 17 de octubre de 2020, en Auckland, tras ganar la reelección con mayoría absoluta.

La gestión de la pandemia fue complicada en todo el mundo, un momento de expansión del odio hacia los políticos que adoptaban decisiones difíciles. Ardern describe en sus memorias una manifestación de 2022 que le causó un hondo impacto: “Escuché los discursos de protesta y vi las pancartas. Vi mi propia imagen con bigote de Hitler, monóculo y la leyenda ‘dictadora del año’ estampada sobre mi cabeza. Vi los calabozos y las horcas que, según los manifestantes, habían colocado para mí. Vi las banderas estadounidenses, las banderas de Trump y las esvásticas”.

Relata otro episodio que refleja bien hasta qué punto la polarización envenena no solo el ambiente político, sino también la convivencia cotidiana. Una mujer se le acercó en el baño de un aeropuerto con evidente hostilidad. “Solo quería darte las gracias. Gracias por arruinar el país”, le espetó. Ardern explica que por primera vez sintió que aquello era algo nuevo. Y distinto. “Tal vez fue el tono de voz de aquella mujer, el hecho de que se acercara tanto a mí o que su agitada e indefinida furia no solo me pareciera impredecible sino también incongruente en ese momento”, detalla. Pensó en responder, pero no lo hizo. Se secó las manos y salió. Pero fue consciente de que no se trataba de una crítica normal. Era algo más personal, más violento y potencialmente más peligroso.

¿Cómo se tienden puentes en un mundo que parece haber enloquecido?

Los líderes hoy se enfrentan a dos tareas muy complejas. Por un lado, deben escuchar las críticas legítimas y asumir la rendición de cuentas. Pero al mismo tiempo tienen que saber distinguir cuando parte de esas críticas no se basan en hechos reales sino en campañas de desinformación. Lo vimos con la covid, lo vemos con el cambio climático. Y cuando además hay grupos que no solo niegan la realidad, sino que sienten ira y empujan hacia la violencia, el desafío es aún mayor. Por eso creo que debemos hablar seriamente del papel de la desinformación y de las plataformas digitales, porque está claro que contribuyen a procesos de radicalización. No son meros carteros sin responsabilidad. El nivel de violencia online que la gente ve y sufre es enorme. Y sinceramente, no creo que sea el entorno en el que queremos que crezcan nuestros hijos.

Frente al auge de líderes como Trump y la extrema derecha, hay políticos progresistas que sostienen que no hay otra alternativa que polarizar de forma defensiva. ¿Qué opina sobre esta tesis?

Estoy en total desacuerdo con esta idea. Absolutamente. La pregunta clave es: ¿qué entendemos por éxito en política? Si el único criterio es ganar elecciones, entonces sí, puede parecer lógico adoptar ese camino, porque ese tipo de discurso ha llevado a algunos líderes al poder. Pero si el éxito incluye también el bienestar de la sociedad, la cohesión social, la confianza, la participación y la fe en las instituciones, entonces ese modelo de liderazgo es un fracaso absoluto. Los datos muestran que, aunque esas personas estén siendo elegidas, lo hacen en un contexto en el que la confianza está en mínimos históricos, donde la ciudadanía no cree que las instituciones funcionen para ella y donde no solo hay polarización, sino también una creciente aceptación de la hostilidad e incluso de la violencia. La situación actual está dominada por una profunda falta de liderazgo.

¿Cómo se rompe entonces ese círculo vicioso?

Lo primero es no ser simplistas respecto a por qué vota la gente. Tras las elecciones europeas, por ejemplo, Datapraxis descubrió que solo aproximadamente una cuarta parte de los que habían votado a partidos considerados de extrema derecha lo hacía por motivos ideológicos. Muchos otros votaban así porque sentían que la política tradicional no da respuesta a sus problemas. La inseguridad económica es clave: salarios que no permiten vivir con dignidad, sensación de que los hijos no tendrán un futuro mejor, inseguridad en vivienda, sanidad, educación. Si miramos algunos estudios, encontramos cifras como que cerca del 80% de las personas de entornos socioeconómicos más bajos no cree que la política esté a su servicio.

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Jacinda Ardern anuncia que renuncia a ser la primera ministra de Nueva Zelanda
No dejé el cargo porque creyera que no era buena madre por hacer ese trabajo. Quiero que quede claro que sí se puede ser madre y líder. Por otro lado, la culpa cuando eres madre está siempre presente: la sentía siendo primera ministra y la siento ahora también a pesar de estar más disponible.

En un mundo diseñado por hombres, ¿no son de algún modo incompatibles algunos liderazgos con la vida personal?

Por eso yo no quise crear la narrativa falsa de que puedes hacerlo todo tú sola. No puedes. Necesitamos culturas laborales más flexibles: poder estar con tus hijos, salir si hay una urgencia, no sentir miedo a pedir comprensión. No basta con que esté en las normas: la clave es si la gente siente que realmente puede hacerlo.

Sigue siendo usted muy joven. ¿Es posible que vuelva en algún momento a la política activa?

En mi país no es habitual volver, y yo no tengo intención de hacerlo. En Nueva Zelanda, cuando te vas, te vas.


Sobre la firma
Mónica Ceberio Belaza

domingo, 7 de diciembre de 2025

_- Entrevista a John Ioannidis La ciencia bajo presión, la humanidad en riesgo

_- Fuentes: Viento Sur


Ioannidis ha dedicado su carrera a exponer los débiles cimientos de gran parte de la medicina moderna. Su artículo de 2005, Why Most Published Research Findings Are False (“Por qué la mayoría de los hallazgos de investigación publicados son falsos”), se convirtió en el más leído en la historia de PLOS Medicine y ayudó a encender un debate global sobre la reproducibilidad. Desde entonces ha advertido sobre cómo la medicina basada en la evidencia puede ser secuestrada por la influencia de la industria, cómo los sistemas de recompensas sesgados en la academia favorecen la cantidad sobre la calidad y cómo incluso las revisiones sistemáticas pueden reciclar datos defectuosos. Sus críticas se extienden a la psiquiatría, donde los ensayos financiados por farmacéuticas suelen inclinarse hacia resultados positivos, las guías son moldeadas por personas con intereses dentro del campo y los hallazgos en neurociencia son más frágiles de lo que parecen.

Es profesor titular en Stanford y cuenta con una amplia formación en medicina, epidemiología, salud poblacional y ciencias de datos. Tanto como es 
n defensor de la buena ciencia, Ioannidis también es amante de las artes y las humanidades. Es novelista, enseña poesía, ama la ópera y él mismo ha escrito libretos para cuatro óperas.

En esta entrevista, aborda el extenso sesgo que impregna la investigación científica, las prácticas problemáticas y presiones que permiten que la ciencia defectuosa prospere, y los problemas significativos con la investigación sobre antidepresivos. Al mismo tiempo, nos recuerda por qué la buena ciencia es un regalo para la humanidad y algo que debemos proteger por nuestro bienestar y dignidad.

La transcripción a continuación ha sido editada por extensión y claridad.

Entrevista a John Ioannidis
Ayurdhi Dhar (AD): Siempre dices que la ciencia es lo mejor que nos ha pasado, y tu trabajo ha sido hacer y proteger la buena ciencia. También tienes un amor igual por las artes y las humanidades. Me gustaría saber un poco sobre cómo llegaste a amar la ciencia y cómo te diste cuenta de que necesitaba protección.

John Ioannidis (JI): Creo que la ciencia es un esfuerzo humano muy vulnerable y sensible. Tuve experiencias tempranas con científicos, incluidos científicos en mi propia familia. Vi cómo trabajaban: lo difícil que es llevar a cabo una buena ciencia e investigación, cuántos obstáculos existen para hacer las cosas bien y cuántos cálculos son difíciles o defectuosos. Todo eso era intrigante, emocionante y, al mismo tiempo, esencial para intentar hacerlo mejor.

La ciencia no es perfecta. Es algo que está en una lucha continua por mejorar. Me atrajo muy pronto, aprendiendo de mis propios errores y luchas por hacer buena ciencia, viendo lo fácil que es estar sesgado y cometer errores.

AD: Probablemente te han preguntado sobre tu artículo de 2005 miles de veces, así que lo haré breve. Ese artículo ha sido visto más de 3 millones de veces. Cuéntanos un poco sobre lo que encontraste que te llevó a determinar que la mayoría de los hallazgos de investigación médica son falsos.

JI: Ese artículo intentó estimar la probabilidad de que un hallazgo de investigación que supera un cierto umbral de detección (típicamente un cierto nivel de significación estadística en la mayor parte de la investigación biomédica) refleje un hallazgo verdadero, en lugar de uno espurio. Intenta modelar diferentes características, empezando por qué tan bueno es el poder del estudio, los sesgos, y el hecho de que la ciencia es llevada a cabo por múltiples científicos con distintos objetivos.

Nos ayuda a calcular cuáles son las probabilidades de que una afirmación de un resultado significativo sea correcta, en diferentes circunstancias, en diferentes campos, en diferentes fases del desarrollo de una disciplina, y con diferentes factores, incluidos sesgos, presiones de patrocinadores, conflictos y otros poderes desestabilizadores que pueden operar alrededor de la ciencia.

En la mayoría de los contextos, resulta que lo que obtenemos es poco probable que sea correcto. La probabilidad de que no lo sea es mayor del 50%. Por supuesto, eso varía. Si tenemos un ensayo aleatorizado muy grande en fase avanzada y obtenemos un resultado significativo, la probabilidad de que sea correcto es mucho más del 50%. Pero en la gran mayoría de las iniciativas científicas, tanto en 2005 como en 2025, la probabilidad es menor del 50%, y en muchos casos, es mucho menor del 50%.

AD: Ese artículo se volvió realmente famoso. ¿Te enfrentaste a reacciones negativas por escribir algo que decía: “Atención, muchos de estos hallazgos de investigación médica podrían ser falsos”? Lo pregunto porque pienso en el trabajo de Carl Elliott sobre los que denuncian irregularidades en la medicina y cómo se les trata.

JI: Por supuesto, hubo reacciones, y eso es muy apropiado y científico. La ciencia depende de la retroalimentación crítica, del debate, del escepticismo saludable y organizado. Hubo una variedad de críticas, algunas muy superficiales y otras profundas, interesantes y constructivas. Creo que el trabajo en este campo ha evolucionado desde entonces y se ha vuelto más rico, profundo, interesante y quizás también más preciso.

Evité los ataques que pueden recibir los denunciantes de irregularidades cuando intentan revelar que un solo artículo o un solo científico es fraudulento. El artículo de 2005 no trataba de la manipulación o de los resultados fraudulentos de un único científico o un único artículo. Trataba del conjunto de la empresa científica, y paradójicamente, la gente está más dispuesta a escuchar que “millones de artículos pueden estar equivocados” en lugar de que “mi artículo está equivocado”. Cuando se vuelve personal, la gente tiende a reaccionar de manera muy negativa y emocional.

Cuando describes problemas a gran escala, la gente es más tolerante porque piensa: “Bueno, ¿no te estarás refiriendo a mi propio trabajo, verdad?”. En realidad, el artículo habla del trabajo de todos nosotros. No hace excepciones. Muestra que cualquiera, en muchas circunstancias diferentes, podría sucumbir a esos sesgos que configuran la literatura científica problemática.

AD: La conclusión general de tu trabajo sobre los sesgos parece mostrar que hay sesgo en cada paso, en cada nivel de la investigación. Tomemos mi disciplina, la Psicología. Tú escribiste que puede haber sesgo en la observación, y en Psicología eso suele ser cierto, ya que hay mucha subjetividad en qué se observa y cómo. Puede haber sesgo en la medición: tomamos cosas complejas como el duelo y las reducimos a números. Hay problemas con la clasificación: las clasificaciones del DSM están constantemente bajo escrutinio. Hay sesgo en el análisis: los investigadores ejecutan múltiples análisis hasta encontrar lo que quieren (“¡Ya tengo significación!”). Hay sesgo en la difusión de la investigación, un tema sobre el que ha escrito Erik Turner, particularmente en relación con los antidepresivos y el problema del sesgo de publicación.

Escribes que la neuroimagen y la ciencia cognitiva están especialmente plagadas de esto, y estoy de acuerdo. Cada dos días aparece un nuevo estudio que “encuentra” el TDAH en el cerebro, y la gente lo toma en serio, pensando que las imágenes cerebrales significan evidencia dura.

¿Podrías describir los sesgos específicamente presentes en la literatura de neurociencia cognitiva y psicología?

JI: Existen literalmente cientos de sesgos. Publiqué otro artículo con David Chavalarias sobre un catálogo de sesgos utilizando una extracción de información textual a partir de toda la base de datos PubMed. Por supuesto, eso ni siquiera fue un catálogo completo, porque algunos sesgos pueden no estar nombrados como “sesgo X”, pero encontramos varios cientos diferentes. Una parte significativa de esos sesgos fue identificada primero en las ciencias psicológicas o sociales y luego fue aplicada en otros campos, incluida la biomedicina.

La psicología y las ciencias cognitivas no son necesariamente peores que otros campos. No solo han contribuido a la teoría del sesgo, ya que muchos sesgos fueron descritos por primera vez allí, sino que también fueron uno de los primeros campos en reconocer la necesidad de autoexaminarse. Comenzaron a realizar verificaciones de reproducibilidad a gran escala, y típicamente cerca de dos tercios de los experimentos no pudieron reproducirse.

Los campos con mediciones muy confusas y cuestionables tienden a hacerlo peor que aquellos más rígidos y específicos. Los campos con más presión de los patrocinadores o de otros interesados que desean un resultado particular también lo hacen peor. A veces basta con el sesgo de lealtad, cuando alguien ha construido su carrera sobre una observación o publicaciones específicas, y la defiende a toda costa.

También está la cuestión de la multiplicidad. ¿Es un campo donde solo se pueden hacer pocas preguntas, o es un campo donde se pueden hacer millones de preguntas? ¿Cuánta transparencia hay y qué medidas se están tomando para abordarlo? La ciencia psicológica, en principio, puede estar en un punto intermedio comparada con otros campos. No es tan mala. No es perfecta.

Probablemente hay mucho sesgo de lealtad. Creencias y discursos fuertes impregnan el campo, sobre las que la gente construye carreras y luego se aferra a ellas. Una cosa que quizá lo ponga en peor estado que otros campos es que los resultados y las mediciones pueden ser poco claras. Los estados mentales o psicológicos no son tan concretos como medir una proteína u otra entidad tangible.

Los estudios de neuroimagen son altamente complejos: cada pequeño vórtice y píxel puede contar, y hay tantos que intentas hacer inferencias a partir de ellos.

AD: Entonces, ¿qué campo está funcionando realmente mal en este sentido?

JI: Todos los campos. Probablemente la ciencia de la nutrición destacaría como muy deficiente en cuanto a estándares, métodos, transparencia, potencial de reproducibilidad y también en su disposición a corregirse, debido a: 1) lo difícil que es obtener resultados precisos, y 2) cuánto se hace para llegar ahí. Algunos campos pueden ser horribles, pero luego dar los pasos correctos y volverse fuertes.

La genética probablemente estaba entre los peores hace 20 años; casi nada correcto se publicaba en genética, excepto efectos monogenéticos muy fuertes. El campo dijo: “Ya basta. Hemos publicado 100.000 artículos que no llevan a ningún lado. Necesitamos prácticas de validación muy sólidas, mejores estadísticas, más transparencia y compartir datos”.

Entonces empezaron a obtener resultados reproducibles, pero de nuevo, puede que no sean útiles en la práctica. Esto aplica aún más para la salud mental y para los resultados y fenotipos psicológicos. La genética es increíblemente compleja. Incluso si algunas señales ahora son más reproducibles, no estoy seguro de que puedan usarse para cambiar resultados en pacientes o en personas que quieren modular sus comportamientos.

AD: Hace veinte años la genética estaba en problemas, y han avanzado tratando de mejorar. Por ejemplo, existían relatos populares pero erróneos de que un solo gen causaba la esquizofrenia o el trastorno bipolar. Incluso ahora, esos relatos persisten aunque sean falsos. Una vez que entran en el mundo, son difíciles de erradicar. Lo mismo con la depresión: en la cultura popular sigue viéndose como causada por la serotonina. No importa cuánto haya cambiado la cosa; en la práctica no ha cambiado nada.

Parece que cuando un relato es realmente simple, como “es tu biología, es solo un gen”, se difunde como pólvora. Pero los relatos complejos nunca se vuelven masivos. No llegan a la portada de la revista TIME

JI: Tienes toda la razón. Hay una ventaja competitiva para los relatos simplificados. La hipótesis de la serotonina es una teoría en gran medida desacreditada, pero persiste porque ofrece una explicación conveniente de qué está mal contigo y qué podemos hacer al respecto. Pero obviamente las cosas no funcionan de manera tan simple, especialmente para los fenotipos psicológicos y la salud mental.

Sin embargo, los relatos simples tienen una ventaja competitiva para periodistas, autores de bestsellers, organizaciones y muchos interesados que quieren decir: “Sé lo que está mal en ti y tengo una solución fácil”. Para la salud mental, eso no es el caso, con muy, muy raras excepciones.

AD: ¿Puedes hablar de algún estudio o algo que recuerdes como uno de los ejemplos más flagrantes de sesgo?

JI: El estudio promedio que leo cada día. No quiero señalar a nadie porque ya lo hice en otro artículo. El sesgo del que hablábamos era un sesgo en un método que detecta sesgo. Estábamos listos para publicarlo, ya que miles de estudios lo habían hecho antes y habían exagerado lo que podían lograr con este método de detección de sesgo. El editor dijo: “Publicaremos el artículo. Pero dices que revisaste miles de estudios. Por favor, incluye un ejemplo de un único estudio que lo ejemplifique”.

No queríamos señalar a nadie, pero el editor insistió. Incluimos ese ejemplo, y unos meses después conocí al primer autor de ese estudio en particular. Obviamente, estaba enojado porque había sido señalado como el del estudio horrible, mientras que los otros decenas de miles de científicos que hicieron lo mismo no lo habían sido.

Me lo preguntan muchas veces: ¿Cuál es el peor estudio? No, simplemente hay millones de estudios. Es tentador decir: “Este es el más horrible”, y quizás quienes trabajan en el campo sientan aún más intensamente la ira y el dolor cuando encuentran un estudio pésimo. Pero deberíamos ir más allá, porque literalmente hay decenas de millones de estudios con problemas graves.

AD: Hay una rabia asociada al encontrarse con ciencia realmente defectuosa. Pero hay tantos de esos estudios. Si lo enfocamos como un problema sistémico, quizá pueda haber respuestas sistémicas al problema, distintas de las respuestas de rabia.

JI: Estoy muy a favor de respuestas sistémicas. Las respuestas de rabia tienen su valor en cuanto a sensibilizar a la gente y aumentar la conciencia. Pero pueden llevar a la mala conclusión de que los estafadores producen ciencia, de que la ciencia es una causa perdida o de que no debemos confiar en ella.

Los problemas van desde cuestiones comunes de las que los científicos no son conscientes y en donde caen por falta de conocimiento y preparación metodológica inadecuada, hasta el fraude completo. Hoy en día tenemos una producción masiva de artículos fraudulentos. En el pasado, crear un artículo fraudulento era una obra de arte: tomaba tiempo y esfuerzo. Ahora puedes tener IA generando literalmente millones de artículos fraudulentos en una noche.

AD: Cuando enseño sobre el sesgo y corrupción de la industria en mis clases, mis estudiantes a veces se sienten desanimados y preguntan: “¿Cómo distinguir entre buena y mala investigación? Parece que necesitaríamos una formación extensa en estadística”. Yo me quedo titubeando, así que quiero preguntarte: dado que consumimos tanta investigación médica, ¿Cuáles son algunas señales de alerta que la gente puede identificar?

JI: No hay una lista de verificación sencilla. Eso aplica tanto al ciudadano promedio, bombardeado de información, como al experto. Algunos aspectos probablemente aumenten o disminuyan la credibilidad de un trabajo.

Un estudio experimental, aleatorizado, tiene más probabilidades de arrojar resultados precisos que un estudio observacional. Los estudios grandes pueden ser más confiables que los pequeños, no porque un único estudio pequeño no pueda ser bueno, sino porque muchos estudios pequeños pueden ser defectuosos y desaparecer.

¿Quién financia el estudio? ¿Hay un posible conflicto? ¿El patrocinador quiere obtener un resultado específico? ¿Será la intervención estudiada un producto superventas con el que el patrocinador ganará miles de millones? Ahora bien, incluso si fuera así el resultado del estudio podría ser correcto, pero son casos en que hay que ejercer un mayor nivel de escepticismo.

¿Cuánta transparencia hay? ¿El estudio fue prerregistrado para que se supiera que estaba en marcha? ¿Se conocía con detalle cómo se iba a realizar, cuales fueron los desenlaces que se iban a estudiar, cual el diseño y los análisis? ¿Los investigadores siguieron lo que prometieron o se desviaron? ¿Qué tan concretos parecen los números? ¿Parecen surgir de muchos análisis, pero de los cuales solo se informaron unos pocos?

No es fácil. Para el ciudadano promedio y para el experto, es un problema significativo. ¿Hasta qué punto podemos enseñar a la gente a aprender más sobre esos métodos? Aquí reconozco mi sesgo: creo que deberíamos hacer un esfuerzo por enseñar más desde etapas tempranas. Dar más énfasis a la educación científica, porque pienso que es central para la civilización, el bienestar y el futuro humano.

AD: Esto nos lleva a la formación. Me horrorizó aprender en tus escritos que incluso expertos en un campo suelen recibir una formación inadecuada en estadística. Dijiste que los médicos tienen una formación rigurosa en medicina, pero a menudo muy pobre en investigación, y especialmente en estadística.

Has escrito repetidamente que hay una analfabetización estadística rampante entre investigadores. La significación estadística es un concepto básico de licenciatura, y ya hay debates sobre si siquiera deberíamos seguir tomándola en cuenta, dado que puede no ser clínicamente relevante. Hay llamados a elevar el valor p (NdeT: la significación estadística estándar para considerar relevante el resultado de un análisis), o incluso a acabar con este enfoque. Pero tú argumentaste que debemos conservarlo porque los científicos suelen equivocarse incluso con este método básico. Dado este panorama ¿cómo podemos incorporar métodos más avanzados?

JI: Es un gran desafío, y la estadística impregna la gran mayoría de la investigación hoy en día. En principio, eso es bueno.

La estadística es una ciencia madura. Tiene herramientas muy sólidas y puede mejorar la calidad del trabajo. Pero publicamos siete millones de artículos al año, y solo una pequeña minoría tiene a un estadístico o metodólogo experto en el equipo. Los demás dependen del conocimiento estadístico de los autores, y muy a menudo ese conocimiento es rudimentario; no saben bien qué herramientas están usando.

Cualquiera puede conseguir un software estadístico que ejecute análisis extremadamente sofisticados, y con la inteligencia artificial es aún más fácil realizar análisis que no solo son complicados sino a veces poco transparentes. Tenemos herramientas poderosas y mucha gente que no está entrenada para usarlas; es muy fácil usarlas mal.

Luego está la revisión por pares, que debería detectar errores, pero la mayoría de los revisores tampoco está entrenada en estos aspectos, así que gran parte de lo incorrecto probablemente pasará. La revisión pospublicación puede identificar algunos de estos problemas, pero también es limitada, y aun cuando se realiza, no impacta el artículo: la mayoría de las revistas rara vez retracta o corrige.

Necesitamos enseñar a los investigadores a ser más cuidadosos con la estadística. Por favor, no uses algo a menos que sepas cómo funciona, cuáles son sus supuestos, qué significa, cómo funciona y cómo falla.

Es muy tentador hacerlo, especialmente con los LLMs (Modelos de Lenguaje a Gran Escala). Un LLM puede generar análisis impresionantes para quienes tienen poca experiencia, y casi siempre estarán completamente equivocados porque la forma en que fueron solicitados no era apropiada. Lo he visto una y otra vez.

No debemos presionar a la gente para que publique artículos por razones que no tienen nada que ver con la ciencia y con ayudar a las personas, sino por cosas como “Necesito graduarme, por lo tanto debo publicar X artículos”, o peor aún, “Soy un residente médico cuidando pacientes, lo cual es una ocupación muy respetable, y al mismo tiempo debo publicar artículos para terminar mi residencia”. ¿Por qué? No hay absolutamente ninguna razón.

Forzamos a la gente a hacer cosas para las que no está preparada, y no deberíamos culparlos si las hacen mal.

AD: Una de las cosas que me llama la atención de tu trabajo es que incluso después de identificar y escribir tanto sobre todos estos problemas en la investigación, aún pareces optimista acerca de lo que la ciencia puede lograr. ¿De dónde viene ese optimismo?

JI: A menudo me siento frustrado, pero al mismo tiempo hay motivos para el optimismo. La ciencia ha ayudado a la humanidad a lo largo del tiempo. No ha sido un progreso lineal. Ha habido épocas oscuras y períodos de ilustración, períodos de estancamiento y, en otras ocasiones, hemos experimentado periodos de innovación. Algunos campos pueden estancarse, publicando miles de artículos que no aportan nada, mientras que otros pueden ser más innovadores.

Si pensamos en los cincuenta millones de personas que han contribuido a la publicación de trabajos científicos, se trata de una enorme contribución de talento, esfuerzo, tiempo, recursos y capacidad. Si pensamos en doscientos millones de artículos, aunque solo una pequeña parte de ellos sea fiable, se trata de un logro importante.

Podríamos hacer cosas para reducir los artículos que son malos, horribles e inútiles. Pero todavía se difunden muchos trabajos muy interesantes, muy valiosos, útiles, fiables, reproducibles y dignos de confianza.

El reto es cómo separar esos trabajos del resto. Tenemos algunas herramientas, pero es una lucha. Requiere tiempo y esfuerzo. Habrá algunos avances y algunos retrocesos, y de nuevo más avances. No puedo predecir lo que sucederá en el futuro. Quién sabe, tal vez la humanidad se extinga. Pero quiero mantener una perspectiva optimista como una posibilidad importante.

AD: Sé que además de la ciencia, también te apasionan las artes y las humanidades. ¿Te ayudan a mantener la esperanza?

JI: Los seres humanos son seres fascinantes, y es importante hacer todo lo posible para mantener la dignidad de la humanidad.

Tengo amigos que creen firmemente en la ciencia y la tecnología, y comparto su convicción. Pero creo que los seres humanos son seres multifacéticos y muy complejos, por lo que también necesitamos el arte, la filosofía, necesitamos muchas formas diferentes en las que los seres humanos puedan navegar por su experiencia en el mundo, lo que significa, lo que importa, lo que es importante, lo que puede marcar la diferencia para ellos, para los demás, para las personas que aman y para la comunidad en la que viven.

La ciencia es indispensable, pero no es lo único. Tenemos que fijarnos en todas las demás armas que tenemos y que nos pueden dar la oportunidad de pensar que los seres humanos valen la pena. Como especie, valemos la pena.

AD: Quiero llevar esta conversación a la salud mental y a los antidepresivos. Usted abordó directamente esta cuestión, escribiendo que, durante mucho tiempo, múltiples ensayos clínicos han demostrado que los antidepresivos son eficaces y seguros. Y entonces llegaron dos metaanálisis y reventaron esa burbuja.

Hoy en día, existe un debate amplio en torno a la retirada de los tratamientos con antidepresivos. Ahora sabemos que no es autolimitada, en el sentido de que desaparecerá para todo el mundo en seis semanas, sino que puede durar hasta un año o más. El NICE del Reino Unido cambió sus directrices sobre la retirada de los antidepresivos. Tuvimos una importante revisión general que desacreditó la teoría de la serotonina.

¿Cuáles fueron los problemas de esos primeros ensayos que habían obtenido resultados sorprendentes? Son medicamentos increíblemente populares, aunque he oído rumores de que la industria farmacéutica se está alejando de los psicofármacos.

JI: El problema es que la investigación sobre los antidepresivos, y esto también es válido para otros fármacos y otras intervenciones de salud mental, suele consistir en estudios pequeños de corta duración que estudian desenlaces que no son desenlaces duros. En su mayoría ofrecen los resultados del cambio en algunas escalas para algunos síntomas. Es posible que no reflejen resultados concretos como el suicidio, los intentos de suicidio, la pérdida del empleo, incidentes matrimoniales importantes o la violencia. Eso no es fácil de estudiar.

Para su estudio se emplean muestras de 100 personas a las que se sigue durante ocho semanas o un poco más. Se necesitan estudios a largo plazo con muestras muy grandes. Hay muchos metaanálisis de este tipo de estudios, y yo mismo he realizado algunos.

En promedio, los antidepresivos probablemente ofrecen ciertos beneficios. Es un beneficio muy sutil para la persona promedio. En el metaanálisis más amplio del que fui coautor, observamos una diferencia media estandarizada de aproximadamente 0,3, lo que supone un efecto relativamente pequeño y modesto.

Ahora bien, si se asume la presencia de otros sesgos, ese 0,3 se convierte en un 0,2 o un 0,15. Algunas personas pueden responder que la media no representa la experiencia individual. Muchas personas no obtendrán ningún beneficio, mientras que otras pueden responder mejor y experimentar una mejora significativa.

Las personas también pueden probar diferentes psicoterapias. Estas tienen el mismo tipo de efectos y los mismos problemas, porque también son estudios pequeños de corta duración y con sesgos de lealtad, del mismo modo que tenemos sesgos de patrocinio en los ensayos de medicamentos. Pero vale la pena intentarlo.

El problema es que estos medicamentos no solo los usan personas con síntomas graves. También los usan mucho personas con pocos o ningún síntoma. Claro, no hay ningún beneficio, solo daños.

Incluso con niveles bajos de efectos nocivos, que no creo que sean tan bajos, pero supongamos que lo son, si hay cientos de millones de personas que toman estos medicamentos, entonces hay que multiplicar eso, y el beneficio neto para la población en general es negativo. Estos medicamentos terminan causando más problemas de los que podrían ayudar a algunas personas.

Lo mismo se aplica a los síntomas de abstinencia. Algunas personas tendrán síntomas de abstinencia. Desgraciadamente, tanto en lo que respecta a los beneficios como a la abstinencia, no disponemos de marcadores que nos permitan predecir quién va a responder bien y quién no, o incluso quién va a sufrir daños.

Hemos empezado a obtener cierta información sobre los daños, pero no es suficiente. En cuanto a los beneficios, tenemos muy poca información. La gente simplemente comprueba cómo funciona, e incluso eso se complica por la subjetividad, incluidos numerosos efectos placebo y nocebo, así como la presión circunstancial y la experiencia individual.

Son medicamentos que han sido muy buenos para la industria, la cual ha ganado miles de millones de dólares. Incluso con un precio relativamente modesto, si hay cientos de millones de personas que los toman, se pueden obtener grandes beneficios.

Creo que esto significa que la literatura también se ve influida por la presión de los patrocinadores, lo que da lugar a la creación de expertos que los promocionan, y las organizaciones, reuniones y revistas se ven presionadas para publicar más material positivo sobre ellos.

Como usted dice, aunque ha habido numerosos beneficios para las empresas, tal vez se estén retirando porque ven que están llegando a un callejón sin salida. Es una buena noticia, porque necesitamos nuevos tratamientos, nuevos conceptos.

AD: Me gustaría dedicar un momento a hablar de los daños. Existe un famoso estudio, el Estudio 329, realizado por GlaxoSmithKline (entonces SmithKline Beecham), en el que se afirmaba que dos antidepresivos (la paroxetina y un tricíclico) eran eficaces y seguros para los adolescentes. Sin embargo, los resultados reales demostraron que ambos eran ineficaces y peligrosos. Provocaban ideas y actos suicidas. Sé que ha escrito sobre cómo se minimiza la información sobre los daños y que se utiliza un lenguaje específico para este fin. Lo vi en el estudio 329: había frases como «La paroxetina fue bien tolerada», que es una frase muy vaga y una señal de alarma, como usted dice. Había una frase que decía que algunos adolescentes mostraban inestabilidad emocional en lugar de decir que eran propensos al suicidio.

¿Podría contarnos un poco sobre cómo se minimiza la información sobre los daños?

JI: Lo hemos documentado en diferentes disciplinas. No se trata solo de los antidepresivos, ni solo de la psiquiatría, sino que hemos observado que en casi todas las disciplinas médicas los daños se notifican de forma insuficiente, se subestiman y tampoco se comentan tanto como los beneficios.

En un artículo que publiqué en JAMA, calculé que el espacio dedicado a informar sobre los daños era menor que el dedicado a los nombres de los autores.

Creo que la situación ha mejorado un poco porque mucha gente ha destacado la importancia de ser más minucioso a la hora de documentar e informar sobre los daños. Sin embargo, sigue habiendo un desequilibrio significativo.

Los daños tienen que superar un alto umbral de resistencia para ser aceptados. Lo he experimentado con ensayos cuando estaba en los NIH. Incluso en ensayos que deberían ser independientes —los NIH no son una industria—, el fabricante industrial hacía todo lo posible por suprimir la información sobre los daños. Nosotros luchábamos diciendo: «No, esto está ocurriendo, está ahí». Ellos respondían: «No, no es tan importante, no pasa nada, observemos y no digamos nada».

Lo mismo ocurre con los antidepresivos. El estudio 329 es probablemente un ejemplo extremo, ya que el nuevo análisis arrojó una conclusión exactamente opuesta a la del análisis original. El análisis original sugería que estos antidepresivos son muy seguros y muy eficaces; el nuevo análisis demostró que no son eficaces y que no son seguros.

Fue una situación extrema que afectó al tratamiento de millones de personas, especialmente adolescentes. Los niños y adolescentes no son una población que deba exponerse a estos fármacos, a menos que se trate de una indicación muy, muy, muy especial, que sería una excepción poco frecuente, ya que tienen efectos nocivos.

Tenemos que mejorar en múltiples niveles: reforzar la supervisión de las agencias reguladoras, perfeccionar los requisitos que imponen las revistas para publicar un ensayo, mejorar los procesos de revisión que siguen los comités de ética para aceptar un ensayo para su publicación y, a continuación, garantizar que el ensayo se publique. Cuando la información no sea completa, solicitar la información restante. Se necesitará un trabajo estructural para garantizar que los patrocinadores no tengan un poder de veto para configurar el panorama de los daños y sus intervenciones. Creo que los patrocinadores deberían dejar de configurar el relato sobre los beneficios y los daños.

AD: Tienes esperanza y optimismo, y yo necesito un poco de eso. Cuando considero el alcance y la naturaleza sistémica del problema, pienso en casos como los de Joseph Biederman o incluso Faruk Abuzzahab, a quien en un momento dado le revocaron la licencia, pero más tarde la APA le concedió un premio por su trayectoria profesional. Cuando veo que se reprime, se margina y se aplasta a las personas que intentan hacer lo correcto, y que las instituciones premian a quienes han sido sorprendidos con las manos en la masa, me desanimo. Me alegra saber que tú no has perdido la esperanza.

JI: Muchas gracias por la oportunidad. Sí, no debemos perder la esperanza. Algunas personas malas llegarán muy alto, pero no por mucho tiempo.

John Ioannidis es doctor en medicina, doctor en ciencias, profesor de medicina y codirector del Centro de Innovación en Metainvestigación de Stanford.

Ayurdhi Dhar es entrevistadora para Mad in America y la fundadora de Mad in South Asia. También es profesora y escritora académica en la Universidad de West Georgia.

Texto original: MAD IN AMERICA, traducción: viento sur. 
Fuente: 

jueves, 18 de mayo de 2023

Entrevista a Yayo Herrero «El ecologismo puede trabajar perfectamente con el sindicalismo»

Hablar con Yayo Herrero, una de las intelectuales más respetadas mundialmente en materia de ecofeminismo y ecosocialismo, es difícil. Y lo es no debido a que no sea buena conversadora; al contrario, más bien ocurre que todo el mundo quiere dialogar con ella, y encontrar hueco para sentarnos tranquilamente, debatir y acompañarnos se torna una odisea, especialmente ahora que anda presentando su nuevo libro, Toma de tierra (Caniche, 2023).

Sin embargo, donde hay voluntad el tiempo aparece y, después de múltiples viajes, me recibe alegre, dispuesta a aclarar ideas sobre un problema tan grave como la crisis climática, para la que su obra teórica, activista, y su trabajo de campo guardan múltiples soluciones. Yayo Herrero no necesita presentaciones, pero diremos que es ingeniera, antropóloga, educadora social, ha realizado estudios de postgrado en medio ambiente, educación y globalización, y de sus manos han salido más de dos docenas de libros –entre individuales y colectivos–, múltiples artículos y una labor envidiable en lugares como Ecologistas en Acción o la fundación FUHEM. Como su trabajo es inabarcable en una entrevista, aquí nos centramos en Toma de tierra.

Tengo que decir que me ha gustado mucho el libro, Yayo. Me parece una buena síntesis de tu pensamiento, casi una guía. ¿Por qué este proyecto ahora? ¿De dónde surge?

Antes de este libro, de cosas actuales tenía Ausencias y Extravíos (CTXT, 2021) y luego uno que acabo de terminar, Educar para la sostenibilidad de la vida (Octaedro, 2022), pero tenía pendiente tratar de condensar ideas, y este proyecto me ayudó un montón. El libro surge de una propuesta de Caniche, la editorial, que viene de la mano de Brenda Chávez, una persona a la que admiro y tengo muchísimo cariño. Ella me llamó para sugerirme la posibilidad de un libro de ecofeminismo, pero yo les dije que no me podía poner a hacer un libro entero ahora, y entonces me plantearon que propusiera artículos publicados en lugares de poca difusión, porque ya sabes que muchas veces las revistas académicas, aunque sean de “alto impacto», realmente llegan a muy poquita gente. Lo que hice fue recoger un montón de textos, y Brenda actuó como editora. Es decir, lo que ha hecho es leerlos, hacerme propuestas de quitar cosas… como una tarea de limpieza, y dejar un compendio de aterrizajes de miradas ecofeministas con la intención de que, sobre todo, tengan interés. Yo me lo planteaba no solamente para las personas que manejan estos temas de manera más intelectual o académica, sino para los propios activismos. Y ahora ha sido el momento en el que ha surgido.

Me fascinó el concepto “desnivel prometeico”, que tomas de Günther Anders. Cito la definición: “La distancia que existe entre las acciones de las personas y sus consecuencias monstruosas en un marco absolutamente tecnologizado y presidido por una economía que piensa sólo en términos contables”. Por ejemplo: el piloto que arrojó la primera bomba atómica no se sentía responsable del daño causado. En este sentido, me planteo la disociación que existe entre la gran preocupación social que las encuestas aseguran que hay sobre el cambio climático, y la poca acción al respecto. ¿No vivimos en una suerte de “desnivel prometeico” todo el rato?

Ese es un concepto de su obra La obsolescencia del odio (Pre-Textos, 2019) y a mí me parece tremendamente importante, porque podríamos decir que la historia del desarrollo, del progreso en Occidente, ha sido la historia del alejamiento del lugar donde se actúa y los lugares donde se sufren los efectos; o una distancia enorme entre esa trivialidad de los actos y sus consecuencias monstruosas, y lo que tú estás señalando, en cierto modo, son también consecuencias de esos desniveles prometeicos.

Creo que la tecnología –entre otras cosas– ha hecho que seamos capaces con esos actos triviales de actuar muy lejos, y tener una conducta moral se basa en la capacidad de anticipar las consecuencias de tus actos. Cuando esas consecuencias son muy lejanas y no las vemos, digamos que la posibilidad de tener conductas morales se dificulta tremendamente. Yo no soy capaz de anticipar qué riesgo puede comportar un determinado acto que cometo, y eso obliga a repensar la moral en tiempos en los que aceptar una compra por Internet, o hacer clic y lanzar una cadena de mensajes electrónicos (que parece que son inmateriales), pues esconden sus efectos…

Ahí hay un problema grande. Tiene también relación con lo que Marx llamaba “el fetichismo de la mercancía”, es decir, la desconexión entre aquello que compramos y las relaciones sociales y naturales que lleva dentro lo que compramos. Lo que ocurre es que, en lugar de relacionarnos entre personas para gestionar las cosas, nos relacionamos directamente con las cosas, sólo a través del dinero, y eso elimina todo el marco de relaciones. Yo creo que, efectivamente, ahí hay una parte importante de las dificultades que tenemos para actuar, ¿no? La dificultad de anticipar esas consecuencias.

Vivimos en un delirio de inmortalidad, dices en tu libro, y esto está relacionado con la crisis climática. Me pregunto si podemos recuperar algún tipo de espiritualidad (religiosa o no) que nos conecte con la mortalidad, con la naturaleza a la que ahora consideramos una exterioridad, con los demás seres vivos… Creo que hay una especie de pecado original en la cultura occidental. Podríamos hablar del momento en que comienza a nacer un pensamiento dual que separa la naturaleza de la cultura, y entendiendo también como naturaleza los cuerpos vulnerables, necesitados, mortales, en los que transcurre la vida humana. A partir de esa ruptura surge un delirio, una fantasía de individualidad y una especie de lo que he llamado (y no sólo yo) “lógica antropológica extraterrestre”, como si los seres humanos flotáramos por fuera y por encima de la naturaleza y nos relacionáramos con ella desde la exterioridad, desde la superioridad y la instrumentalidad.

Yo soy una persona poco religiosa, no soy creyente, pero tengo claro que una parte importante de las transformaciones que necesitamos pasa por adquirir otro sentido vital diferente. Yo lo llamo “la sensación de pertenencia a la trama de la vida”, que es una forma de convertirnos en seres transcendentes, sólo que ya no es una transcendencia individual… saltando por encima de nuestra mortalidad, o intentando saltar por encima de los límites físicos de la Tierra, o por encima de las relaciones de interdependencia que tenemos con otros seres humanos, sino que transcendemos en el momento en el que sabemos que, al morir nuestro cuerpo, nuestras partículas van a terminar siendo árbol, planta, pluma, tierra, o acabarán en el fondo del mar. No sé si a eso le llamaría espiritualidad, pero, desde luego, para mí esa conciencia de pertenencia a la trama de la vida otorga sentido vital y, al menos a mí, me permite mirar la muerte de forma distinta. Es una creencia a la vez material y no material, intangible. Me parece que adquirir esa identidad terrícola es un paso necesario para poder reinsertar nuestra especie dentro de la trama de la vida. La tienen otras culturas, la ha tenido la nuestra antes de esa brutal separación, y creo que es imprescindible.

Varias veces hablas de la necesidad de “seguridad”, pero dices que este concepto se ha asociado a “la defensa nacional, el blindaje de fronteras o la criminalización de quienes son diferentes”. ¿Qué es la seguridad desde el punto de vista ecofeminista? ¿Por qué es necesaria en una época en que proliferan los discursos belicistas?

Yo creo que una vida segura es aquella que se puede vivir sin tener miedo a saber si se va a poder comer, si se va a poder mantener la vivienda, sin tener miedo a la soledad no deseada, o al sufrimiento de las personas que quieres, ¿no? Sin tener miedo a respirar para no enfermar, a comer alimentos que te pueden envenenar. Por tanto, yo llamaría seguridad al proceso que permite garantizar condiciones básicas de la existencia para todas las personas desde la conciencia de que vivimos en un entorno translimitado y en pleno cambio climático. Es decir, que vivimos en un momento de inevitable contracción material, en medio de un cambio climático –como señala el último informe del IPCC– cada vez más desbocado, y en ese marco hemos de conseguir que todas las vidas puedan aspirar a ser vidas buenas.

Para mí la seguridad es eso. ¿Qué es lo que sucede? Pues que, en este momento, la seguridad es básicamente el blindaje de las élites. Un blindaje que es político, económico, y también militar. Y se llama seguridad a procesos que tienen que ver con pagar e invertir cantidades ingentes de dinero para estar armados hasta los dientes y defendernos de amenazas reales o supuestas. Por eso a mí me horroriza que, cuando vemos lo que está pasando en las fronteras, lo que se haga para justificar esa atrocidad, ese asesinato, sea apelar a la seguridad.

En lugar de tratar a las personas más desposeídas, precarizadas y expulsadas, a las personas que son literalmente saqueadas, ellas y sus territorios, desde una perspectiva ética y política, lo que se hace es convertirles en una amenaza y entonces hacer un abordaje de la emigración o de la pobreza como si fuera un problema securitario. Creo que ese enfoque de la seguridad es un enfoque terrible y que lo que hace es naturalizar todo un marco de privilegios. Utilizando la palabra privilegio en su sentido semántico del diccionario: un privilegio es lo que alguien tiene porque otros no lo tienen. El privilegio es lo que tú tienes precisamente porque has arrebatado la posibilidad de que otros lo tengan.

Planteas reformular el derecho, desde los Derechos Humanos al derecho internacional (ampliar el asilo) o incluso la Constitución. Sobre esta última, argumentas una noción del territorio como tejido vivo (no un decorado), en conexión con otros, y hecho de relaciones sociales y vínculos. Me ha llamado la atención porque este debate no está (creo) sobre ninguna mesa, o al menos es minoritario.

Nosotras en Ecologistas en Acción hicimos el ejercicio de leer decenas de constituciones de países para ver cómo abordaban cuestiones básicas, como los más estrictos derechos humanos, los derechos de la naturaleza, los derechos colectivos… ver qué tipo de tratamiento les daban. Y nos encontramos con que variaba. Había constituciones que despuntaban por la incorporación de las condiciones de ser seres ecodependientes e interdependientes, pero la mayor parte no eran conscientes de esto. ¿Por qué nos parecía importante mirar esto? Porque, al fin y al cabo, el derecho se ha convertido en aquello que permite regular y organizar la vida. Las constituciones son documentos que tienen los países para organizar la vida en común. Es verdad que luego muchos de esos textos constitucionales quedan en papel mojado. Por ejemplo: la Constitución española recoge como principio orientador el derecho a la vivienda mientras que aterriza de una forma muy concreta el derecho a la propiedad. Ambos son derechos constitucionales, pero tienen una calidad o una prioridad radicalmente diferente.

Desde mi punto de vista, el derecho, como la educación o la forma de entender la sanidad, es el resultado de correlaciones de fuerzas. Yo no conozco ningún país que, en su función de control y de coerción, haya regalado derechos que protegieran la vida de las personas. Nunca. Cualquier derecho ha sido siempre el resultado de un proceso de lucha y de organización sociales que a veces han conseguido ganar… Por eso tenemos sanidad pública, educación, que no son perfectas, pero no hay que olvidar que han sido victorias del esfuerzo colectivo. Sucede que, cuando esa correlación de fuerzas no opera, el derecho, lejos de ser un instrumento que protege la vulnerabilidad, se transforma en todo lo contrario, en instrumento para la coerción, como es el caso de la Ley Mordaza, o en instrumento que sirve para blindar el saqueo, como es el caso de toda la arquitectura de la impunidad, que es económica y jurídica, y que blinda los privilegios de las multinacionales, por ejemplo, en los tratados de libre comercio. Es por eso que me parece muy importante que la organización social y aquellas personas que están gobernando las instituciones y que tienen una vocación de servicio público hagan hincapié en el tema del derecho.

El movimiento ecologista ha tratado de transformarlo todo, pero a la vez ha puesto mucho énfasis y se ha peleado por modificar pequeños artículos en leyes, que se han modificado por introducir otras nuevas, porque el derecho, al final, incluso cuando no es respetado, sigue otorgando la posibilidad de que haya gente que se organice alrededor de la reivindicación de algo que es legítimo. Igual que, cuando el derecho se transforma en injusto, es lo que te coloca en la disposición de desobedecer algo que, siendo legal, desde el punto de vista de la justicia, de la ecodependencia y la interdependencia, no es legítimo.

En relación con la anterior pregunta: ¿deberíamos resignificar o reapropiarnos de los conceptos de patria y familia? Teniendo en cuenta esas relaciones de eco e interdependencia. Hay sectores que abogan por no regalárselos a la derecha.

Yo nunca he necesitado para nada la noción de patria. Tengo un tremendo amor por el territorio en el que vivo y por la gente que lo habita, que son mis vecinos y vecinas, tanto cuando vivía en Madrid como ahora que vivo en Cantabria. En general, tengo un tremendo amor por esa gran Tierra y esa trama de la vida que nos acoge, pero no he necesitado nunca vincularme a un concepto de patria que recoja una delimitación perfecta de un territorio y que sirva para marcar quienes están dentro y quienes están fuera. Yo sé que hay gente que está tratando de resignificarlo porque creen que es un concepto que no se le debe dejar solamente a aquellas personas que tienen visiones autoritarias o excluyentes, pero yo no lo sé resignificar y las resignificaciones que he escuchado me han resultado huecas y no creo que hayan llegado a calar prácticamente en casi nadie.

Y la idea de familia… más que retocar o reivindicar la familia, creo que es importante atender a los análisis feministas que se han hecho. La familia ha constituido la gran corporación del patriarcado, y la familia, de la que resaltamos nociones de amor, altruismo o generosidad, muchas veces cumple una función de socialización básica, pero no sobre relaciones de altruismo, sino de miedo, de imposición, especialmente sobre las mujeres, pero también sobre esos sujetos que no correspondían a las sexualidades normativas, o al rol que la familia asignaba. Creo que hay muchísimas personas que están tratando la resignificación de esa idea de familia, en maternidades diferentes, basadas en relaciones de una naturaleza distinta.

En mi experiencia, la familia es un entorno en el que he obtenido mucha seguridad de la buena, pero conozco muchas familias y espacios donde también el sentimiento de culpabilidad por no hacer lo que se espera es brutal, y se transforman en lugares tremendamente duros y hostiles para mucha gente. Por tanto, creo que todas esas relaciones de filiación tienen que ser muy revisadas y, de hecho, el feminismo lo hace de una forma intensa. No nos olvidemos de que incluso el neoliberalismo, que supuestamente destaca la individualidad por encima de todo, lo hace en la forma de estar el individuo en el espacio público, pero no reivindica esa individualidad con respecto a los espacios de reproducción social, y apela constantemente a los valores de la familia precisamente para eximirse de las obligaciones y la responsabilidad que las comunidades y las sociedades tienen contraídas con cada uno de los sujetos que forman parte de ellas.

Hablas del trabajo como “potencia del ser”. No pides su abolición, como Giuseppe Rensi; o te centras en el daño emocional que causa, como Simone Weil. Sí que denuncias una suerte de “vivisección” del trabajo, alienante y separado del resto de la vida social. Éste es un debate importante, porque además sabemos que muchos trabajos van a desaparecer por motivos climáticos; un caso: ya no se puede pescar tanto. ¿Qué trabajos se deberían desempeñar según un criterio estricto de sostenibilidad? Y, siguiendo el razonamiento de tu libro, ¿qué conflictos puede haber con el sindicalismo? Por ejemplo, cuando ciertos trabajadores denuncian despidos de empleos insostenibles.

Cuando yo hablo del trabajo y digo que es la potencia del ser, cosa que, por cierto, retomo de una gran amiga, Laura Mora, profesora de Derecho Laboral en la Universidad de Castilla-La Mancha, no me estoy refiriendo al empleo, al trabajo alienado y asalariado, sino a la enorme cantidad de tareas que hay que hacer para que la vida se sostenga. La vida humana… hay que trabajar para sostenerla, tienes que interactuar con los bienes fondo de la naturaleza para producir todo aquello que hace falta. Los bienes de la naturaleza no son asimilables y aprovechables de forma directa por los seres humanos. No comemos ciclo del agua, ni nos movemos con el petróleo metido debajo de la tierra o movemos un coche poniéndolo al sol, sino que hay que hacer muchas cosas para que esos bienes fondo de la naturaleza se traduzcan en servicios, en bienes, en productos que sirvan para satisfacer la vida humana. Además, hace falta una enorme cantidad de tareas y de tiempo y dedicación para que una criatura recién nacida sobreviva sus primeros años de vida, para que la gente mayor que no puede vivir sola sobreviva, a eso me refiero: no se puede no trabajar. Si no se sostiene, la vida no es posible.

Por lo tanto los trabajos que precisamos son los que hemos denominado “socialmente necesarios”; es decir, trabajos que sirven para sostener las vidas: producción de alimentos que no envenenen ni a la tierra ni a los cuerpos; cierta producción de bienes en la industria, de forma que el cierre de ciclos y esa economía espiral de la que habla Alicia Valero sea posible; o trabajos relacionados con el cuidado; o con una movilidad y un transporte que tiene que ser mucho menor, a ser posible no mecanizado y, cuando sea mecanizado, electrificado, público y colectivo. Esto es, hablamos fundamentalmente de trabajos que sirven para producir cosas que satisfacen necesidades, y con criterios del menor consumo de materiales posible, y de la mayor justicia y escalabilidad a todas las personas. Parte de esos trabajos se hace en el mercado y otra parte se hace en los hogares. Y ese trabajo que se hace en los hogares no es denominado trabajo, por eso yo reivindico que eso se llame trabajo, que el trabajo no es sólo el empleo.

Hay empleos, por el contrario, que no solamente no son socialmente necesarios, sino que son socialmente indeseables, porque destruyen la naturaleza; o consumen bienes finitos que precisamos para lograr transiciones que sean justas y alcancen a los 8.000 millones de personas que somos en este planeta; o son trabajos que explotan; o que crecen a partir del deterioro, o sea, que son trabajos de resolver los propios desastres que organiza el modelo.

Ahí creo que el ecologismo puede trabajar perfectamente con el sindicalismo; ya lo está haciendo, de hecho. Hay algunos sindicatos, como CGT, o la mayoría sindical vasca, que desde hace tiempo vienen dialogando con el ecologismo. Y ahí hay una cosa clave, que es lo que tú decías: hay sectores que se van a contraer, y tienen el riesgo de desaparecer, no porque se hayan puesto en marcha políticas ecologistas, sino porque la propia bulimia y extralimitación del sistema hacen imposible que se sostengan a la escala que hemos tenido. Hablamos del turismo de masas, de la automoción, de una parte importante de la industria… Como ecologista que además ha sido sindicalista creo que la mayor responsabilidad que tenemos en estos momentos es anticipar esas situaciones precisamente para proteger a todas las personas que trabajan en esos sectores. Y partiendo de un criterio básico: que no es lo mismo proteger sectores, que proteger personas. El objetivo es proteger personas.

sábado, 10 de julio de 2021

“Los republicanos están dispuestos a destruir la democracia para recuperar el poder”. Entrevista a Noam Chomsky

El Partido Republicano de hoy en día constituye una fuerza extremista que ya no cumple con los requisitos de un partido político en la corriente principal, y a buen seguro ya no se encuentra interesado en participar en la política “normal”. De hecho, el GOP [Grand Old Party, apelativo histórico habitual del Partido Republicano] de hoy se ciñe tanto a creencias extremas e irracionales que hasta los partidos y movimientos de la extrema derecha en Europa, entre ellos el Rassemblement National de Marine Le Pen, parecen convencionales por comparación.

La identidad política del GOP se ha visto drásticamente configurada por el expresidente Donald Trump, pero esas movimientos recientes no habrían sido posibles si no hubiera ya toda una serie de grupos que recorren la sociedad y la cultura norteamericanas (entre ellos, supremacistas blancos, cristianos evangélicos derechistas y activistas de la Segunda Enmienda [sobre el derecho a portar armas de fuego], por no mencionar más que a unos pocos) que han abrazado puntos de vista extremistas y “proto-fascistas” sobre la forma en que debería gobernarse el país y los valores que debería mantener. Para ellos, Trump era y sigue siendo la “gran esperanza blanca”. En este contexto, la base de votantes de Trump — que sigue creyendo en la idea de que les han robado las elecciones y apoya el GOP dirigido por Trump para extirpar la teoría crítica de la raza de los colegios y restringir el derecho al voto — lo dice todo sobre la naturaleza antidemocrática y amenazadora del GOP de hoy.

En la entrevista que sigue [a cargo, como es habitual en la revista Truthout, de su fiel interlocutor C. J. Polychroniou], Noam Chomsky, universalmente renombrado como activista e intelectual académico, explica lo que le ha sucedido al Partido Republicano y por qué está en juego algo más incluso que la democracia si las fuerzas “proto-fascistas” inspiradas por Trump regresan al poder.

C. J. Polychroniou: En el curso de las últimas décadas, el Partido Republicano ha experimentado una serie de transformaciones ideológicas: del conservadurismo tradicional al reaccionarismo y, por ultimo, a lo que podemos definir como “proto-fascismo”, en el que lo irracional se ha convertido en la fuerza impulsora. ¿Cómo explicamos lo que le ha ocurrido al GOP?

Noam Chomsky: Tu denominación “proto-fascismo neoliberal” me parece una caracterización bastante precisa de la actual organización política … dudo en llamarla “Partido”, habida cuenta de que podría sugerir que tuvieran algún interés en participar honestamente en la política parlamentaria normal. Más adecuado, me parece, es el juicio de de los analistas políticos del American Enterprise Institute, Thomas Mann y Norman Ornstein, de que el moderno Partido Republicano se ha transformado en una “insurgencia radical” que desdeña la participación democrática. Y eso fue antes de los martillazos de Trump-McConnell de los últimos años, que remachan la conclusión con mayor fuerza.

El término “proto-fascismo neoliberal” capta bien tanto los rasgos del actual partido como la diferenciación con el fascismo del pasado. El compromiso con la forma más brutal de neoliberalismo es evidente en el historial legislativo, y de manera crucial en la subordinación del Partido al capital privado, a la inversa del fascismo clásico. Pero los síntomas fascistas están ahí, entre ellos el racismo extremo, la violencia, el culto al líder (enviado por Dios, según el exsecretario de Estado Mike Pompeo), la inmersión en un mundo de “hechos alternativos” y un frenesí de irracionalidad. Y también de otras maneras, como en los extraordinarios esfuerzos en los estados en manos de los republicanos para suprimir la enseñanza en los colegios que no se adapte a sus doctrinas de supremacismo blanco.

Se está promulgando una legislación que prohíbe la enseñanza de la “teoría crítica de la raza”, el nuevo demonio, que substituye al comunismo y al terror islámico como plaga de la era moderna. La “teoría crítica de la raza” es la frase espantajo utilizada para el estudio de los factores estructurales y culturales sistemáticos en una horrenda historia, a lo largo de cuatrocientos años, de esclavitud y perdurable represión racista. El adoctrinamiento adecuado debe prohibir esta herejía. Lo que sucedió durante cuatrocientos años y está hoy bien vivo debe presentarse a los estudiantes como una desviación de la verdadera Norteamérica, pura e inocente, en buena medida como en los estados totalitarios bien manejados.

Lo que está ausente en el “protofascismo” es la ideología: el control estatal del orden social, incluyendo a las clases empresariales, y control del Estado en manos del Partido con el líder máximo al mando. Eso podría cambiar. La industria y las finanzas alemanas pensaron en un principio que podían doblegar a los trabajadores y la izquierda, a la vez que continuaban al mando. Aprendieron que lo que pasó fue otra cosa. La actual escisión entre el liderazgo empresarial más tradicional y el partido dirigido por Trump sugiere algo similar, pero sólo de modo remoto. Estamos lejos de las condiciones que llevaron a Mussolini, Hitler y sus secuaces.

Por lo que respecta a la fuerza impulsora de la irracionalidad, los hechos son ineludibles y deberían causar honda inquietud. Aunque no podemos concederle a Trump todo el mérito de ese logro, desde luego ha mostrado una gran habilidad a la hora de llevar a cabo una tarea que suponía un desafío: poner en práctica medidas políticas en beneficio de su electorado de gran opulencia y poder empresarial, a la vez que engañaba a las víctimas para que le venerasen como a su salvador. No es un logro baladí, e inducir una atmósfera de absoluta irracionalidad ha constituido un instrumento primordial, un requisito previo en la práctica.

Tendríamos que distinguir entre la base de votantes, hoy en día mayormente en manos de Trump, del escalón político (el Congreso), y distinguir ambos de una élite más tenebrosa que dirige realmente el Partido, McConnell y asociados.

Las actitudes entre la base de los votantes son verdaderamente siniestras. Eso, dejando aparte el hecho de que una gran mayoría de votantes de Trump cree que las elecciones fueron un robo. La mayoría cree también que “El tradicional modo de vida norteamericano está desapareciendo tan rápidamente que puede que tengamos que recurrir a la fuerza para salvarlo” y un 40 % adopta una posición más contundente: “si los dirigentes electos no protegen a Norteamérica, lo tendrá que hacer la gente misma, aunque requiera acciones violentas”. No resulta, quizás, sorprendente, cuando se informa de que una cuarta parte de los republicanos creen que “el mundo del gobierno, el de los medios de comunicación y el financiero están controlados en los EE.UU. por un grupo de pederastas que rinden culto a Satán y dirigen una red de tráfico global de niños”.

En el fondo hay preocupaciones más realistas sobre la desaparición del “tradicional modo de vida norteamericano”: un mundo supremacista blanco en el que los negros “saben cuál es su lugar” y no hay contagios de “anormales” que pidan derechos para los gais y otras obscenidades semejantes. Esa forma de vida tradicional desde luego que está desapareciendo.

Hay también elementos de realismo en las diversas teorías de la “gran substitución” que parecen consumir a buena parte de la base de Trump. Dejando aparte los absurdos sobre inmigración y conspiraciones de las élites, basta un simple vistazo a la distribución de nacimientos para mostrar que la dominación blanca va declinando.

Vale la pena recordar también las hondas raíces de esas preocupaciones. Entre los fundadores [de los EE.UU], había dos distinguidas figuras de la Ilustración, una de las cuales tenía la esperanza de que el nuevo país se viera libre de “mancha o mezcla”, roja o negra (Jefferson), mientras que la otra pensaba que a alemanes y suecos quizás se les debiera prohibir la entrada al ser demasiado “atezados” (Franklin). Los mitos de origen anglosajón predominaron a lo largo del siglo XIX. Todo esto aparte del racismo virulento y sus horrendas manifestaciones.

La preocupación por los cultos satánicos ya tiene bastante peligro, pero otras creencias profundamente irracionales son bastante más relevantes. Una de las revelaciones más amenazadoras de los últimos días fue una observación apenas advertida en el último informe de un grupo de la Universidad de Yale que sigue atentamente las actitudes respecto al cambio climático, ese eufemismo para el calentamiento del planeta que acabará con la vida humana organizada, a menos que pueda ponerse pronto bajo control. El informe descubrió que “En el ultimo año se ha producido un brusco descenso en el porcentaje tanto de republicanos liberales/moderados como de republicanos conservadores que creen que debería ser una prioridad del presidente y el Congreso desarrollar fuentes de energía limpia. Las actuales cifras representan un bajón absoluto desde que empezamos a realizar la encuesta en el año 2010”.

Entretanto, todos los días hay noticias que ofrecen información sobre nuevos desastres potenciales: así, por ejemplo, la publicación este 11 de junio de estudios que informan del derrumbe acelerado de un inmenso glaciar antártico que podría elevar el nivel del mar casi 50 centímetros, además de los recordatorios por parte de los científicos que avisan de que “El futuro está todavía abierto al cambio… si la gente hace lo necesario para que cambie”.

No cambiará mientras prevalezcan estas actitudes de las que se informa. A menos que se superen, eso podría suponer una sentencia de muerte si la actual estrategia del Partido Republicano tiene éxito en devolver a los desguazadores al poder. La estrategia es sencilla: sin que importe el daño que se haga al país y a su propia base de votantes, hay que asegurarse de que la administración no pueda hacer nada para poner remedio a graves problemas internos y embestir con una legislación al estilo Jim Crow [conjunto de leyes sureñas posteriores a la Guerra Civil norteamericana destinadas a impedir el voto de la población negra] para bloquear el voto de la gente de color y de los pobres, contando con la aquiescencia del poder judicial que McConnell y Trump han conseguido instalar.

El Partido no es un caso perdido. Los demócratas han contribuido al no conseguir ofrecer una alternativa constructiva que responda a las necesidades y justas aspiraciones de muchos de los que se han sumado en masa a las filas de Trump. Eso puede cambiar. Por ende, están cambiando las actitudes entre los republicanos más jóvenes, e incluso entre los jóvenes evangélicos, parte central de la base republicana desde los años 70.

Nada es irremediable.
En relación al escalón político, poco podemos decir. Con excepciones marginales, han abandonado cualquier apariencia de integridad. Las actuales votaciones constituyen un indicativo claro: total oposición republicana a medidas a favor de las cuales saben que están sus votantes, con el fin de garantizar que la administración Biden no llegue a nada.

La capitulación más abyecta del escalón político fue la del calentamiento global. En 2008, el candidato republicano a la presidencia, John McCain, tenia una propuesta limitada sobre el clima en su programa, y los republicanos del Congreso estaban considerando una legislación aneja. El conglomerado energético de los Koch [donantes más desmesuradamente opulentos de los republicanos] respondió en bloque y se extinguió toda chispa de independencia. Eso quedó muy en evidencia en las últimas primarias republicanas de 2016, antes de Trump: negación al 100 % de que esté pasando lo que está pasando, o algo peor, afirmando que tal vez sí, pero nosotros vamos de cabeza al desastre sin disculparnos (tal como afirmó John Kasich, a quien por su integridad se honró invitándole a hablar en la Convención Demócrata de 2020).

No se me ocurre ninguna objeción a lo que afirmas, pero me encuentro un poco desconcertado por la insistencia de Biden en tratar de llegar a acuerdos con los republicanos en algunas de las cuestiones de importancia a las que se enfrenta el país. ¿No es una quimera el enfoque bipartidista?

No del todo. El líder de la mayoría demócrata, Chuck Schumer, sí que logró un triunfo del enfoque bipartidista. Abandonando un compromiso anterior con la legislación sobre cambio climático, Schumer se unió al republicano Todd Young para esconder un programa limitado de política industrial dentro de un proyecto de ley de los de “odio a China” que apelaba a sentimientos chovinistas compartidos. Los republicanos se aseguraron de que esos componentes significativos, como la financiación de la National Science Foundation se vieran reducidos. Young celebró ese triunfo declarando que “cuando futuras generaciones de norteamericanos dirijan la vista hacia nuevas fronteras”, no verán allí “plantada una bandera roja”, sino la nuestra, roja, blanca y azul. Qué mejor razón podría haber para revivir la manufactura nacional a la vez que se intenta socavar la economía china…en un momento en el que la cooperación es condición sine qua non de la supervivencia.

Mientras tanto, el Departamento de Defensa de Biden está reorientando recursos y planificación hacia la guerra con China, una forma de locura que apenas recibe atención, analizada con detalle en el Número 1 del Comité por una Política Juiciosa entre EE.UU y China, del 11 de junio de 2021.

Trump ha transformado el Partido Republicano en culto a la personalidad. ¿Es esta la razón por la que los líderes republicanos han bloqueado la creación de una comisión que investigue el asalto del 6 de enero al Capitolio?

Trump ha copado la base de los votantes, pero el escalón político se enfrenta a una disyuntiva. Durante mucho tiempo, la élite del Partido ha sido un club de ricos, indulgente con el poder empresarial más todavía que los demócratas, incluso después de que los demócratas abandonaran a la clase trabajadora en los años 70, convirtiéndose en un partido de Wall Street y los profesionales pudientes. El mundo empresarial estaba dispuesto a tolerar las payasadas de Trump mientras les sirviera lealmente, con cierto disgusto, puesto que manchaba la imagen que proyectan de “grandes empresas con alma”. Pero para sectores de importancia, el 6 de enero [fecha del asalto al Congreso] ya fue demasiado.

Los tipos como McConnell que dirigen el Partido se ven atrapados entre una furiosa base de votantes cautiva de Trump y los dueños de la economía a los que sirven. Una comisión de investigación, de ser honesta en algo, habría agrandado esta grieta, para la que han de encontrar un modo de sutura, si el Partido, tal cual es, ha de sobrevivir. Así que, mejor cancelarla.

Las mentiras, la propaganda y la restricción del derecho al voto se han convertido en los principios de gobierno del GOP de hoy en día. ¿Hasta qué punto van a funcionar en provecho del Partido Republicano y qué repercusiones tendrán en el actual clima político en general y en el futuro de lo que sea que quede de democracia en los EE.UU. en particular?

La estrategia de Trump, enormemente eficaz, de legitimar “hechos alternativos” se basaba en un interminable aluvión de mentiras, pero entre los escombros flotaban una cuantas declaraciones veraces. Una de ellas es que los republicanos no pueden ganar nunca unas elecciones limpias. Eso es un verdadero problema para el club de los ricos. Resulta difícil conseguir votos con el lema: “Te quiero robar. Vótame”. Eso deja sólo unas pocas opciones. Una consiste en impedir que vote la “gente equivocada”. La otra consiste en configurar el programa del Partido de manera que las medidas políticas queden ocultas por las apelaciones a “cuestiones culturales”. Y ambas se han perseguido activamente. Trump les dio a estas prácticas un giro particularmente vulgar, pero no las inventó él.

La actual oleada de legislación republicana al estilo Jim Crow resulta comprensible: La observación que hace Trump es precisa, y es probable que lo sea todavía más en el futuro con los cambios demográficos y la tendencia de los votantes más jóvenes a favorecer la justicia social y los derechos humanos, también entre los republicanos. Esos esfuerzos se han vuelto más factibles después de que el Tribunal [Supremo presidido por] Roberts vaciara la Ley de Derecho al Voto [Voting Rights Act] con la sentencia Shelby de 2013, que “preparó el escenario para una nueva era de hegemonía blanca”, tal como observó correctamente Vann Newkirk.

El desplazamiento de las medidas políticas por las “asuntos culturales” se remonta a la estrategia sureña de Nixon. Cuando los demócratas empezaron a apoyar una tibia legislación de derechos civiles, Nixon y sus asesores se dieron cuenta de que podia desviar el voto del Sur hacia los republicanos con apelaciones racistas, apenas disfrazadas.

Con Reagan había poco disimulo; la retórica y las prácticas racistas le salían de forma natural. Paul Weyrich, estratega nacionalista cristiano, convenció fácilmente a la dirección política de que, abandonando sus anteriores posiciones “pro-choice” [proabortistas] y pretendiendo oponerse al aborto, podían recoger el voto católico del Norte y el voto evangélico de reciente politización. A la mezcla se le sumó pronto la afición a las armas, que ahora llega a inquietantes absurdos como la reciente decisión que revoca la prohibición de los fusiles de asalto en California, de[l juez Roger] Benítez, fusiles, que son, al fin y al cabo, no muy diferentes de las navajas del ejército suizo [de acuerdo con Benítez]. Trump le añadió algo más a la mezcla. Como sus colegas demagogos de Europa, entendió bien que se puede utilizar a los refugiados para azuzar pasiones y miedos xenófobos. Sus apelaciones racistas también rebasaban lo normal.

Trump ha mostrado cierto genio a la hora de instilar venenos que discurren no muy por debajo de la superficie de la cultura y la sociedad norteamericanas. Por esos medios logró adueñarse de la base de votantes republicana. La dirección del Partido anda dedicada a la estrategia obstruccionista de sacrificar los intereses del país con el fin de recuperar el poder. Esto deja al país sólo con un partido político que funcione [el Partido Demócrata], desgarrado él mismo entre un liderazgo neoliberal y una base de votantes más jóvenes que son socialdemócratas.

Tu frase “lo que sea que quede de la democracia norteamericana” resulta pertinente. Por muy progresista que pudiera haber sido en el siglo XVIII — y habría mucho que decir sobre eso —, con los baremos de hoy la democracia norteamericana tiene profundas fallas en aspectos que para el principal Fundador, James Madison, ya iban poniéndose de manifiesto hacia 1791, cuando le escribió a Jefferson deplorando “la osada depravación de los tiempos”, pues los “agiotistas se convierten en la horda pretoriana del gobierno…a la vez sus instrumentos y su tirano; sobornado con sus larguezas, e intimidado por sus clamores y combinaciones”.

Esa bien podría ser una descripción de los últimos años, sobre todo a medida que el ataque neoliberal tenia como consecuencia completamente previsible poner el gobierno todavía más bajo el mando de concentraciones de poder privado que antes. Las “larguezas” resultan demasiado familiares como para tener que analizarlas. Una amplia investigación de las ciencias políticas más centrales ha demostrado que los “clamores y combinaciones” han dejado a la mayoría de los votantes sin representación, pues sus propios representantes hacen caso de las voces de los superricos, de opulentos donantes y cabilderos de grandes empresas.

El estudio más reciente, recurriendo a sofisticadas técnicas de inteligencia artificial disipa “las nociones de que la opinión de alguien sobre la política pública, fuera del 10% más elevado de norteamericanos opulentos, ayude a explicar esa política”. Thomas Ferguson, destacado especialista académico del poder de las “herramientas y tiranos” del gobierno, concluye que: “Conocer el área política, las preferencias del 10 % en lo más alto y las opiniones de un puñado de grupos de interés basta para explicarlos los cambios de política con una exactitud impresionante”.

Pero permanecen algunos vestigios de democracia, después incluso de los ataques neoliberales. No por mucho tiempo, probablemente, si el “proto-fascismo” neoliberal amplía su ascendiente.

Pero el destino de la democracia no tendrá en realidad gran importancia si los “proto-fascistas” recuperan el poder.

El medio ambiente que sostiene la vida no puede aguantar por mucho tiempo a los desguazadores de la era Trump del declive. Pocas cosas más tendrán importancia si se rebasan los puntos de inflexión irreversibles.

Noam Chomsky profesor laureado de la Universidad de Arizona y catedrático emérito de Lingüística del Massachusetts Institute of Technology, es uno de los activistas sociales más reconocidos internacionalmente por su magisterio y compromiso político. Su libro más reciente es “Climate Crisis and the Global Green New Deal: The Political Economy of Saving the Planet”.

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