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sábado, 10 de enero de 2015

¡Que son nuestros!

En casi cuatro años se han ido de España, a trabajar al extranjero, miles de médicos. Es una tremenda injusticia, en todos los terrenos. En primer lugar, y por razones humanitarias, porque la emigración de miles de españoles es una tragedia.

Pero es una injusticia, también, porque a los españoles nos ha costado mucho dinero formar a esos médicos que ahora se tienen que ir; y no porque falte trabajo, sino por razones estratégicas de un partido que no cree en la sanidad pública de calidad. Otros países se van a aprovechar ahora de unos médicos excelentemente formados. Empecemos el año, si nos queda un poco de honestidad, exigiendo que vuelvan, que los necesitamos, ¡que son nuestros!—  Valdepeñas, Ciudad Real 4 ENE 2015 El País.

domingo, 13 de abril de 2014

Ecuador recluta a más de 800 españoles para sus universidades. El gasto en educación en este país se ha triplicado en seis años

En 2012 Rafael Correa, presidente de Ecuador, ordenó cerrar 14 universidades que no cumplían unos mínimos de calidad. En 2013 clausuró la 15º y 86 carreras. Un tiempo en el que ha habido un continuo goteo de profesores españoles hacia el país. “Hace dos años en la Universidad Técnica de Ambato no había ninguno y ahora somos 14 y otros seis se han marchado a Quito o a España”, cuenta José María Lavín, hasta 2012 profesor en la facultad de Telecomunicaciones de la Universidad Rey Juan Carlos.

Esto no ha hecho más que empezar. Solo el 2,33% de la población tiene educación superior, cuando UNESCO recomienda el 10%. Dentro del Plan Internacional de Captación y Selección de Educadores se han ofertado 500 puestos para profesores españoles que impartirán clase en la gratuita Universidad Nacional de Educación (UNAE). La República Dominicana también ha hecho el esfuerzo de formar a sus educadores, pero sin contar con profesorado extranjero.

Enrique Iglesias, ex Secretario General Iberoamericano, resume los motivos del auge educativo en el subcontinente en tres ideas: la pobreza solo se erradica desde una educación de calidad; en la sociedad del conocimiento no habrá espacio para los no formados a todos los niveles y edades; y la vorágine tecnológica es de tal magnitud que solo quien reciba la formación de base podrá pertenecer a la sociedad del futuro.

Otras tres universidades del conocimiento de excelencia —relacionadas con la investigación, las ciencias de la vida (energías renovables o cambio climático) y la tierra (geología, minas o petróleo)— están en marcha. Además, el programa de investigación Prometeo ha seleccionado ya a 180 españoles de los que 125 ya están allí o han trabajado. “Se trata de captar a los mejores científicos e investigadores de todas las áreas para que aporten sus conocimientos en nuestro país”, explica el embajador de Ecuador en España, Miguel Calahorrano. “Un 25% aproximadamente de los prometeos proceden de España, país con el que Ecuador tiene unas excelentes relaciones consolidadas por el lazo histórico, la cultura, el idioma y la religión y acentuada a partir del siglo XXI por el fenómeno migratorio”, se felicita.

Los prometeos acuden para una estancia de entre dos meses y un año pero resulta muy fácil reengancharse. Aunque hay quien se lo plantea como una estancia de movilidad. Es el caso de Gorka Moreno, sociólogo de la Universidad del País Vasco. En mayo se va con su familia por cuatro meses. Allí investigará sobre cómo invertir las remesas económicas en el turismo, formará a profesores y estudiantes y dará alguna charla divulgativa a la población. Es un programa “con una logística muy buena”. La dotación económica va entre los 3.300 y los 4.500 euros mensuales ya Moreno, director del Observatorio Vasco de Migraciones, le pagan además la casa, un seguro médico y el billete de avión.

“Me ha sorprendido el cambio del flujo migratorio. Tantísimos ecuatorianos que llegaron a nuestro país durante nuestros años de bonanza (1999-2005) —llegaron a ser medio millón— y ahora están volviendo y nosotros yendo”, razona el murciano Rafael López, ingeniero agrónomo, que trabaja en un programa de uso sostenible del agua y el suelo de la Universidad de Cuenca. El gasto en Educación en el país se ha triplicado en seis años. Pero el peso de la enseñanza privada sigue siendo muy fuerte. Representa un tercio del total en el mundo, pero en el caso de Latinoamérica el 50%.

El sueldo en la UNAE va de los 1.600 a los 3.800 euros, más un bono adicional de vivienda (de 300 a 530 euros), comida en el centro de trabajo y transporte. Cuentan en la embajada que recibieron 19.000 candidaturas por vía telemática, pero se descartaron a muchos no licenciados. Se entiende el interés despertado por la precariedad peninsular. Lo ilustra bien la malagueña Alba Anaya, que estudió Bellas Artes y Comunicación Audiovisual, es técnica superior en Artes Gráficas y tiene un máster en Didáctica. “En España estaba trabajando de profesora de extraescolares, de acomodadora en un teatro y daba clases en un centro cultural. No ganaba lo suficiente para vivir dignamente y estaba estresada”. En una semana en Ecuador tuvo varias ofertas de universidades y empresas de diseño. Da clase en la Pontificia Universidad Católica del Ecuador...
Fuente: El País.

lunes, 22 de julio de 2013

Fuga a Londres. Un viaje de ida, una maleta, un vuelo barato. Desde 2007, 100.000 españoles han huido a Reino Unido persiguiendo un empleo. Así es la odisea de nuestros emigrantes del siglo XXI en la capital británica.

El Bradley’s se encuentra ubicado en una callejuela que nace de Oxford Street, por donde un rickshaw cruza el asfalto en la noche. La madera pintada de un rojo vivo le confiere al local el aspecto típico de un pub anglosajón, y al otro lasdo del cristal los clientes beben en vasos de pinta. En el interior se ven carteles de corridas de toros y banderillas y banderas de España y un escudo del Barça. Por una escalera estrecha y oscura se desciende hasta otra estancia en la que la música se encuentra aún más alta, la luz más tenue y se respira la humedad de los cuerpos hacinados. Isabel Sánchez viste chaqueta vaquera y falda negra; lleva el pelo suelto y tiene el rostro duro de una aragonesa. Aprieta los labios mientras seca unos vasos al otro lado de la barra y unos ingleses le piden una ronda y sirve una decena de chupitos de Jägermeister que luego hunden los clientes en un vaso con Red Bull. Tiene 25 años. Sus últimos meses en España resumen el 55% de paro juvenil. Le salió algún evento como azafata. Y el verano pasado le ofrecieron un puesto en una discoteca. Poco más. Estudió una diplomatura de Relaciones Laborales. Ha seguido un par de cursos del INEM. Y decidió comprarse un billete de ida el día en que le pidieron hacer en inglés la entrevista de trabajo para una tienda de ropa de Zaragoza. Aterrizó en la ciudad el 19 de diciembre de 2012. “Sabía que pasaría las Navidades sola”, dice. Sobre su voz se oye un ritmo de bongos y crecen los aullidos de Mick Jagger y el diablo se presenta poco a poco y el tema de los Stones llena la sala cuando los ingleses estallan: “¡Please to meet you!”.

Bienvenidos a Londres, la capital de las oportunidades. Este es un viaje a uno de los rincones de Europa a los que huyen los españoles. Sobre todo jóvenes. La mayoría sin empleo. Donde un recién llegado “es como un puñetero recién nacido”, en palabras de un catalán con un año de bagaje. Una “ciudad de supervivientes”, según un politólogo que vivió otro par de años allí, en la que “no importa quién seas ni de dónde vengas; solo lo que vienes a hacer y las cartas con las que puedes negociar”. Un lugar en el que casi todos recuerdan cuándo aterrizaron.

Entre España y Londres se mueven 315 aviones a diario. Por delante de París (141) y Berlín (38)
El 8 de octubre de 2012, dice Jonathan Goya. Era lunes, un vuelo de EasyJet. Cerró el bar en quiebra que había montado en Coslada (Madrid). Y aterrizó con la intención de saldar los créditos impagados. Pasó mes y medio en casa de un amigo. Se pateó Londres sin una palabra de inglés. “Spain, crisis, corruption”, le decían al entregar currículos. Una conocida de su tierra le consiguió el primer empleo, un puesto de kitchen porter (lavaplatos) en el restaurante Pinchito, regentado por otro español que llegó en 1996. “No me avergüenzo, agradezco este trabajo”, dice Goya sentado en una de las mesas del local. Trabaja de lunes a sábado. Cobra 880 libras mensuales (1.000 euros). Y ahorra unas 350, que envía a casa regularmente en la maleta de algún conocido. Vive en la zona 3, a 13 kilómetros del centro; comparte habitación con una peluquera, come y cena en el Pinchito acompañado de una familia española (casi todos los empleados lo son). Estudia el idioma en una academia para personas con ingresos mínimos. Y continúa con sus entrenamientos de boxeo. Peleaba como amateur cuando abandonó España. Hace poco organizó un combate en la competición privada White Collar. El boxeador se lleva un porcentaje de la entrada. “Me partí la cara por 30 pounds”, resume la noche. Pero sonríe. Tiene 34 años. Dice que ha empezado a ver algo de luz. Y regresa al cubículo adonde le van llegando los platos sucios. En el neón sobre la fachada del restaurante se lee: “Tapas”. Más allá comienzan los rascacielos de la City bajo un cielo como una plancha de plomo.

Londres no es ni mejor ni peor destino que otros. Pero está a dos horas y media y conectado por una lluvia de vuelos (315 conexiones diarias con España, frente a las 141 de París y las 38 de Berlín, según AENA). Hay tradición de españoles. Uno siempre encuentra un colchón. Y demanda un ejército para el sector servicios. La odisea londinense no es un fenómeno reciente, pero quienes llevan tiempo allí hablan de un aluvión de dos años a esta parte. No hay cifras oficiales. Sí estimaciones. Para trabajar en Reino Unido hay que darse de alta en el National Insurance (servicio de empleo). En 2007 se inscribieron 11.840 españoles. En 2011, última cifra publicada, sumaron 30.000 nuevas altas. Casi tres veces más. El dato acumulado en cinco años roza las 97.000 altas. En 2013 se habrá cruzado la barrera de los 100.000. No todos encontraron empleo, y muchos se habrán vuelto. Pero el registro refleja una tendencia; es, digamos, una declaración de intenciones.
Imagen de la manifestación de expatriados organizada en Londres el 7 de abril con el lema ‘No nos vamos, nos echan’ / JORDI ADRIÀ

“Trabajo hay. Pero son los que no quieren hacer los ingleses”, había avisado el encargado español de un pub. Lo difícil es dar el siguiente paso. A media tarde llegamos a la coqueta Alloa Road, al sur del Támesis, donde apenas circulan coches entre las hileras de viviendas estrechas y alargadas, y una joven abre una puerta y nos guía a la cocina, y sirve un té para entrar en calor y ofrece unas pastas del súper Tesco. En este hogar de escaleras empinadas y enmoquetadas, en las que los listones de madera crujen bajo los pies, viven dos madrileñas de 26 años (y otras cuatro personas de distinta nacionalidad). Ambas, amigas desde el colegio, llegaron hace dos años. Encontraron un hueco en una tienda de Zara donde no pedían apenas inglés. Paola del Río estuvo allí un mes y ahora trabaja en una empresa que canaliza inversiones hacia territorios offshore. Digamos que ha cumplido los pasos para alcanzar ese segundo escalón y trabajar, más o menos, de lo suyo (estudió Recursos Humanos y un máster en Asesoría Fiscal). Lucía Navarro está en ello. Tras 14 meses en el local de Inditex, donde la mitad de los 50 empleados eran españoles, y de cursar un diploma en la London School of Marketing, y de cuatro meses de becaria en una organización benéfica, cuando hablamos con ella está a punto de empezar con contrato fijo en un puesto relacionado con sus estudios de Empresariales en esta organización. Dice que más de una vez ha querido volver a casa. Cada vez que lo intenta, su padre le quita la idea de la cabeza. Suena el timbre y llegan dos amigas que viven a la vuelta de la esquina. La tertulia del té prosigue:
–Es preferible quedarse aquí y trabajar medio explotado.
–Londres abre la mente.
–Yo creo que vamos a volver muy cualificados. Una generación muy fuerte.

Hay otras formas de decirlo. “La ciudad es como un puto animal, man”, cuenta Israel Jamal, de 34 años, un diseñador de ropa que se vio a punto de tirar la toalla cuando se rompió las dos muñecas montando en bicicleta. “Es una batalla. Si no estás preparado, te come. Está hecha para que te alimentes de comida rápida, para que no tengas seguridad en ti mismo, para que gastes y gastes. Como no te cuides, el animal te come. Mucha gente se pierde. Pero esta ciudad, si tienes un sueño, es tu motor”. Uno ha de fijarse un objetivo. Y tenerlo siempre en mente. Lo cuenta Óscar Pérez, un ingeniero industrial tinerfeño que reconoce cómo alguna vez se ha visto sepultado bajo cajas de zapatillas en la tienda Sport Zone de Oxford Street, y se ha preguntado: “¿Por qué vine?”.

Cuando acudimos a visitarlo al comercio, el encargado, de rasgos indios, lo contacta de malos modos por un walkie-talkie. Óscar aparece y basta una mirada reprobatoria para que el español regrese de un brinco al almacén. No está bien visto recibir visitas. Lo que contó, lo hizo luego, a la salida. Pérez apenas ha cotizado un par de años en España y en su relato las empresas quiebran o se queda a un paso de sacar una plaza pública. “Pensé en irme a Alemania. Pero preferí empezar por algo que conociera un poco”. Presentó su proyecto de fin de carrera en 2008. Era sobre energía fotovoltaica. En Londres debutó como vendedor de molinillos en Candem Town. Pasó por un catering. Y un bar. Repartió publicidad. Encontró su sitio en el local de deportes. Cuando lo entrevistamos, trabajaba cinco horas diarias. Cobraba un subsidio para cotizantes a tiempo parcial. El resto del día lo dedicaba a estudiar para examinarse del Advanced. “Me siento realizado entre comillas”, nos contó. “Porque tengo 34 años. Y no quiero pasarme la vida moviendo cajas”. Al poco del encuentro, dejó Londres. Le salió algo en España, nos contaron en la residencia en la que vivió durante un año. Un microcosmos español en una de las zonas más exclusivas de la ciudad.

Cuando llegamos allí, la calle Belsize Park Gardens duerme con el sueño algodonado de los suburbios ricos de Londres. No se ve una rendija en el cielo oscuro y el frío se cuela en la vieja mansión victoriana. El edificio es simétrico, blanco, de tres alturas, con relieves de yeso en la fachada. Una casa idéntica a las vecinas, levantadas a mediados del siglo XIX. No hay timbre, sino una cerradura electrónica. Al otro lado del recibidor, dejando atrás la recepción, se encuentra la sala de estar, donde se concentra ahora mismo el calor humano. Al adentrarnos en la estancia, de aspecto señorial, gruesos cortinones y una enorme chimenea, en el televisor acribillan a balazos a Don Vito Corleone y, mientras las naranjas ruedan por el asfalto neoyorquino en versión original, la luz de la pantalla se refleja en los rostros de veteranos y recién llegados. Hay una decena de españoles en los sofás. Un profesor de magisterio musical que toca la guitarra en la calle para redondear los números; y un socorrista de Benidorm que ahora vigila una piscina del Ayuntamiento por 6,19 libras la hora (el salario mínimo). Y ahí están María Leiva y Nerea Díez, de 19 y 20 años, en Londres desde hace una semana, haciendo planes para mañana. Al parecer, hay jornada de puertas abiertas en las oficinas de reclutamiento de la cadena de comida Prêt-à-Manger. Quieren madrugar para llegar las primeras; las colas de aspirantes suelen dar la vuelta a la manzana. O eso les han dicho.

Ángela García y Javier Lozano, sentados a su lado, nos guían hasta su dormitorio con lavabo de unos tres por cuatro metros. Han juntado las camas para crear el nido. Ella, diplomada en Magisterio Musical, estudió dos años de oposición para ser profesora de primaria en España y ahora cuida niños ingleses. Con su primer sueldo se compró un piano Casio, para no perder técnica. También imparte clases de música. Javier, exestudiante de Ingeniería Informática, se vino algo después y aquí sigue buscando empleo (poco después le salió un puesto de lavaplatos). Tienen 29 años, y cada cajón de una cómoda en la esquina contiene un universo. Desde calcetines hasta especias. Cocinan con ayuda de una kettle y una sandwichera de doble hueco para los platos a la plancha. Su nevera es la intemperie: sobre el marco de la ventana, en contacto con el cristal, se encuentran los productos perecederos: leche, yogures, fruta. De noche, los meten en bolsas y lo cuelgan hacia fuera, al modo de los pesos de un globo aerostático.

La residencia Belsize tiene capacidad para 135 personas. Solía alojar a funcionarios británicos. Hoy, el 60% de sus inquilinos son españoles. En cierta medida recuerda a un limbo o un purgatorio de almas sin empleo. Así lo cuenta Renato Rossi, un italiano de 40 años que dirige el lugar: “Este es el punto de partida. Un lugar desde el que puedes progresar. Aunque hay muchos que se quedan estancados aquí. O se vuelven. En cualquier caso, el patrón ha cambiado. Los españoles solían venir de vacaciones-estudio, pasaban aquí seis semanas, de fiesta. Ahora viene gente con educación, solidaria y humana, que no encuentra posibilidades de florecer en su país. Personas mayores. Pasan aquí un año o más. Es algo cercano a la inmigración; aunque ellos no se dan cuenta”.

Muchos españoles mantienen un acuerdo con la dirección para ahorrarse el alojamiento (unas 100 libras a la semana, desayuno y cena incluidos) a cambio de ayudar con el housekeeping. De noche, por ejemplo, hace guardia en la recepción Javier Orera, un zaragozano musculoso de 26 años. Mientras come patatas fritas, y sale a pedir silencio entre los compatriotas que fuman fuera, sigue un curso online de análisis de divisas. Para aprovechar las 20 horas a la semana que pasa ahí sentado. “No quería que se me derritiera el cerebro”. De día trabaja cocinando pollos en la cadena Nando’s desde que aterrizó hace casi dos años, tras acabar Empresariales, seguir un máster de Comercio Exterior y terminar unas prácticas. Asegura que ha llegado a tener picos de 80 horas de trabajo; 2.400 minutos a la semana entre pechugas. “Esta ciudad se encarga de echar a los débiles. A los que no soportan esto”, dice su novia, Nuria Fernández, de 28 años, los últimos tres aquí (se conocieron en Belsize). Con la carrera de Filología Inglesa y un máster de Formación de Profesorado, ha trabajado en pubs, restaurantes y en una guardería. Su objetivo, dicen, es volver a España con “un currículo tan lleno” que nadie pueda reclamar nada. Trabajar donde sea. Cuando se escriben estas líneas, se encuentran de regreso. Él, con un empleo en Barajas en una casa de cambio de divisas. Ella, de profesora de inglés en una academia y un colegio.
Entre los huéspedes hay una periodista que pide anonimato. Tras pasar por varios medios, Efe y TVE entre ellos, se vio a sí misma: “Sin nada, muerta del asco, tirada en el sofá, echando currículos y paseando a mi perra”. Solo le llamaron de una tienda china de ropa. Una broma. Por eso cogió el avión. Quizá no trabaje en lo suyo. Pero se paga los cursos de inglés del método Callan y el alojamiento, gracias a un empleo en un McDonald’s de una zona árabe en la que huele a humo de shishas y pasean mujeres con burkas y Nike. Allí son siete españoles trabajando. Más el gerente, Miguel Seoane, de 43 años. Llegó en 1994 a Londres y se ha convertido en un faro al que sus empleados escriben por WhatsApp pidiéndole consejo. Si alguien le dice que se ve demasiado inocente para lidiar con los mandos intermedios (la mayoría paquistaníes), responde: “Espérate cuatro meses”. Y también ha dicho: “No le cojas cariño a nadie porque se acaban yendo”. Mientras atraviesa el bullicioso local, comenta: “Londres te puede escupir. Pero también te puede acoger en su seno”. Luego, sentado en la oficina de la hamburguesería, mientras Carmen Rubiano, extremeña de 31 años, extécnico de realización, come un chicken sandwich antes de ir a limpiar un colegio (su segundo empleo), Seoane dice que no se ve como inmigrante. Prefiere “ciudadano europeo”. Daniel Santana, de 24 años, un grancanario que estudió un ciclo medio de Comercio antes de llegar aquí, responde: “Yo sí. Huí para buscarme otra vida mejor”.

En el caserón de Belsize, el desayuno se sirve a las siete. Una joven muestra el café y el zumo y el pan de molde, y dice un “Good morning” en el que se distingue el matiz del centro de la Península. Elena Cabello, de 27 años, de Toledo. A cambio de servir la primera comida, se ahorra el alojamiento. Trabajó un tiempo en La Caixa, enganchando contratos temporales. Y pronuncia con sorna: “Aquí estamos los del 85, la generación perdida”. Los hijos de la clase media y el milagro español. Tras el desayuno, Nerea, María y el sevillano Felipe García, de 18 años, otro recién llegado, se encuentran listos junto a la recepción. Salen en busca de empleo, y la calle les golpea con una bofetada. La zona residencial, muy cerca del zoo y de Regent’s Park, sigue durmiendo un sueño mullido, y un perro amigable sale a su encuentro y los acompaña casi hasta la puerta del restaurante Jamón Jamón, en el que trabajan un par de españolas. Enfrente se encuentra el metro. Un ascensor engulle a 30 personas trajeadas y se abre la puerta y los vomita en un túnel abovedado. En algún punto del viaje, Felipe repite una frase que alguien le dijo al llegar: “Aquí, o te mueves, o caducas”. El tren les deja en Victoria Station, donde se encuentran las oficinas de Prêt-à-Manger. Abren a las 9.00; son las 7.45 y en la puerta no hay nadie. Tras preguntar con dificultades a un par de personas, opinan que podrían ser los primeros. Muy pronto aparece otro con aspecto de español. Se miran de reojo. Daniel Flores, de 26 años, de Sevilla. En unos folios lleva escritas a mano las respuestas a la entrevista-formulario. Una chuleta. Llegan un par de personas más, pero eso será todo. La cola que da la vuelta a la manzana debió de ser un bulo. Y la jornada de puertas abiertas consiste en que te colocan frente a un ordenador y piden que respondas a cuestiones tipo: “Creo que disfrutaré trabajando en Prêt porque: a) Necesito dinero y un trabajo. b) Adoro trabajar con comida y de cara al cliente…”.

Entra en el local otro tipo de aire español; rondará los 50. Lo guían hasta una pieza acristalada, donde se lleva a cabo la entrevista cara a cara. A la salida, cuenta emocionado que le han dado el empleo. Su primer contrato en Londres. Se identifica como J. L. Prefiere no dar su nombre porque sigue cobrando el paro español. Es de Barcelona, de 51 años. Dejó su puesto en una fábrica de impresión de papel cuando las cosas pintaban feas y siguió los pasos de su cuñado, que llegó hace un par de años, tras una situación similar. Caminamos hacia el barrio de Pimlico, donde trabaja su familiar. Lo encontramos vestido con un mono y una gorra. Ángel Velázquez, de 54 años; se encarga de limpiar las zonas comunes de un bloque de ladrillos. A la puerta del edificio, se inclina para recoger unas jeringuillas sobre la acera. Es la hora del almuerzo, y ambos marchan a la casa que comparten cerca del río. Dos habitaciones, salón y cocina. Calientan un potaje de emigrantes que recuerda al cocido. Se muestran resentidos con España. “Que le den por culo”, dicen, por ejemplo. Planean quedarse hasta la jubilación. Lo han pasado mal. Velázquez llegó solo, con una mochila, un paraguas y un mapa de Londres, en 2011. Sin palabra de inglés. Pagó a una agencia para facilitarle el alojamiento y los trámites para encontrar empleo. No le sirvió de nada. Si ha salido adelante ha sido gracias a la oficina de inmigración y la comunidad hispana de la zona. Menciona a un gallego que emigró aquí hace años. Y a un ecuatoriano, Lenin. Y el bar Art of Tapas, cuyo dueño, de Bilbao, le pagó durante un tiempo a cambio de que abriera.

Al acabar los garbanzos, Velázquez nos guía hasta el bar. De camino, se encuentra con Albert, un barrendero municipal. Catalán. De 32 años. Llegado en 2012. Suelen compartir el café mañanero en el local del bilbaíno. Albert también habla de España como si fuera el infierno. “Ahí abajo”, suele referirse a su país de origen. Un tipo solitario con tanto tiempo de ocio (quiere ahorrar todo el dinero) que logró abrir un candado de combinación encontrado en la basura. Empezó de cero e hizo clic en el número 1.507. Ahora custodia una bici que ha ido componiendo con piezas abandonadas. “Ya no vuelvo. Quemé las naves. Estoy limpio de ahí abajo”, dice. Si uno pasea por la ciudad, quizá lo encuentre con la escoba entre el Buckingham Palace y el río; entre el Big Ben y Belgrave Street. Allí se despide, en la calle de la Bella Sepultura. (Reino Unido no es territorio Schengen)

lunes, 5 de noviembre de 2012

La fuga de cerebros, un gran problema para luchar contra la pobreza. Reunión de expertos para identificar la contribución de la ciencia al desarrollo

Cambiar el modelo de cooperación y transferir conocimiento y tecnología a los países más pobres es uno de los principales retos que llevará España al consejo de competitividad de la UE. Felipe Pétriz, secretario de Estado de Investigación, recordó "la necesidad de detener la fuga de cerebros desde los países en desarrollo hacia los más avanzados, de tener en cuenta a las mujeres, porque éstas suelen sufrir más las desigualdades y son una parte esencial de la solución, además de mejorar la eficiencia en el uso de los recursos", en la clausura de la conferencia Ciencia contra la Pobreza celebrada durante dos días en La Granja (Segovia), en la que han participado más de 300 expertos de cinco continentes,

El especialista en innovación tecnológica del Banco Mundial, el economista Yevgeny Kuznetsov, afirma, en relación a la circulación de talentos, que afecta a todos los países, pero sobre todo a los africanos. "Se debe dar un vuelco a esta situación y generar un cambio, como ha hecho la India. En este caso muchos investigadores que emigraron en los años sesenta y setenta, llegaron a altos puestos de multinacionales y convencieron a los directivos para instalar los centros de investigación en su país."

Según Kuznetsov, en España existe la fuga de cerebros, pero a su vez importa muy buenos investigadores latinoamericanos, sobre todo argentinos. No hay una solución, se pueden establecer medidas como es crear plataformas de excelencia para que vuelvan estos científicos o, por lo menos, establecer redes de investigadores que aporten esos conocimientos a sus países de origen. Es el caso de Chile, donde la administración está apoyando este tipo de iniciativa y ha creado Chile Global.

En la sesión de apertura del congreso tuvo lugar un distendido debate entre Felipe González, actual presidente del Comité del Grupo de Reflexión sobre el Futuro de la Unión Europea, Eduardo Punset, escritor y divulgador científico y Pedro Alonso, director del Centro de Investigación en Salud Internacional. Los tres estuvieron de acuerdo en que es obligatorio utilizar la ciencia en el camino para luchar contra la pobreza. También quedo patente el retraso que Europa lleva en investigación respecto a Estados Unidos y como durante los próximos 20 años este país seguirá siendo la primera potencia en ciencia.

González remarcó que la crisis es una oportunidad para cambiar y que en países como en China estos dos conceptos se escriben con el mismo ideograma.

Posteriormente, en rueda de prensa, la ministra de la cartera de Ciencia e Innovación, Cristina Garmendia, advirtió que en la nueva Ley de la Ciencia, que próximamente entrará en trámite parlamentario para su aprobación, "se incorpora la cooperación al desarrollo en materia de I+D+i como uno de sus objetivos". Fuente, El País. Foto del autor, Marvao. Portugal.

miércoles, 12 de septiembre de 2012

Fuga de cerebros: Españoles suficientemente preparados que emigran por falta de oportunidades.

El exilio laboral ya es un hecho común
Más de 300.000 españoles se han ido al extranjero desde el inicio de la crisis, 15.000 de ellos a Cuba

A diferencia de la emigración de fines del siglo XIX y principios del XX, entre los nuevos exiliados predominan los jóvenes de 25 a 45 años, con un alto perfil profesional y universitario. Solo entre enero de 2011 y enero de 2012 la fuga de capital humano español en busca de mejores oportunidades de vida alcanza la suma de 100.000 personas. En Europa, Reino Unido, Italia y Francia son los países de acogida con más crecimiento de ciudadanos españoles. México, Estados Unidos y Brasil lideran el ranking del otro lado del Atlántico. Una mirada al mapa actual del exilio muestra dónde detectan los españoles oportunidades laborales fuera del país.

Encontrar trabajo: exilio laboral y fuga de cerebros
Numerosos estudios recientes sobre el exilio laboral muestran con claridad lo que ya es un fenómeno instalado desde la crisis. Algunos lo han llamado "fuga de cerebros", debido al perfil altamente cualificado de los emigrantes (sobre todo de las ramas de ingeniería, arquitectura o informática). Lo cierto es que desde el inicio de la crisis en 2008 hasta el cierre de 2011, ha habido un incremento superior al 25% de españoles mayores de edad que viven fuera, tal como se desprende del Censo Electoral de españoles residentes en el extranjero (CERA), elaborado por el Instituto Nacional de Estadística (INE).

La alta tasa de paro y la perspectiva de su incremento de cara a 2012, sumados a la precariedad de las leyes laborales y el encarecimiento del coste de vida se postulan como los grandes causantes del fenómeno del éxodo.

Las oportunidades son variadas. Según algunos análisis, la panacea de ingenieros y constructores es Brasil, el tercer destino con más crecimiento (8,68% en el último año) del otro lado del Atlántico, tras Estados Unidos y México. Del mismo modo, algunas de las empresas más importantes de empleo anuncian la gestión de ofertas laborales en destinos como República Checa, donde la industria auxiliar automovilística demanda mano de obra cualificada. Pero además del crecimiento o las necesidades propias de los países de destino (el gigante del carnaval muestra una tasa media de aumento del PBI del 4% en los últimos años), la demanda de trabajadores en el exterior puede estar relacionada también con las empresas españolas, que muchos señalan como favoritas al buscar oportunidades laborales en el exilio. Y es que, con el advenimiento de la crisis, las empresas españolas se han focalizado cada vez más en mercados con mayor potencial de crecimiento. La actividad de las empresas del Ibex 35 genera más del 50% de su negocio fuera de España, un dato que revela un punto de partida interesante para quien se plantea buscar una salida al atolladero laboral fuera de casa.

Perfil de quienes salen del país para encontrar trabajo
El promedio de crecimiento de personas en el exterior entre enero de 2011 y el mismo mes de 2012 ha sido del 7,04% y ha alcanzado la cifra de 1.516.646 ciudadanos. A ello se suman las demandas de empleo en el extranjero: entre 2008 y fines de 2011, las demandas contabilizadas por las empresas de trabajo se han duplicado en número.

La mitad de los españoles que emigran elige Europa como destino, con Latinoamérica y Norteamérica en segundo lugar. Quienes optan por abandonar España son en su mayoría jóvenes entre 25 y 35 años, sin responsabilidades familiares y con una elevada cualificación.

Antes de la crisis, los puestos de trabajo que más cubrían los españoles en el extranjero estaban relacionados con la investigación, la medicina y la biología. Esta lista se ha ampliado de modo considerable e incluye a ingenieros, arquitectos e informáticos, que han perdido su empleo o que consideran que su trabajo será más valorado fuera del país.

Destinos más importantes donde se busca trabajo
El país en el que residen más españoles mayores de 18 años es Argentina, seguido por Francia, Venezuela y Alemania. En los años de crisis, ha sido significativo el incremento de la emigración a Cuba: más de 15.000 españoles han elegido este destino en busca de una oportunidad profesional. En el último año, el país con el incremento más significativo en Europa ha sido Reino Unido (7,22%) y en América, EE.UU., México y Brasil.

En general, los países que demandan trabajadores españoles se pueden ordenar en tres grandes grupos. Según los datos disponibles, la mayoría de las ofertas de trabajo en estos países no son para puestos eventuales, sino que contemplan contratos mínimos de uno a dos años de duración:

Los países europeos desarrollados, como Alemania, que sufre el progresivo envejecimiento de la población y no puede dar respuesta al crecimiento económico del país. Aquí se demandan jóvenes cualificados, sobre todo ingenieros y profesionales del sector IT, al igual que en los países escandinavos, en particular Noruega, que suma a sus necesidades perfiles técnicos como electricistas, fontaneros y carpinteros, con alto conocimiento de inglés.

El Reino Unido destaca por la demanda de personal sanitario para incorporar a sus hospitales y mano de obra para hostelería y el turismo en general.

Países de América Latina, como Argentina, Chile, México y, en especial, Brasil, que debido al rápido desarrollo que experimentan en la actualidad, requieren mano de obra cualificada en diversos sectores.

Brasil trabaja en una nueva política de inmigración que agilizará los trámites de contratación de personal cualificado y que gestionará estas incorporaciones a las empresas nacionales. Este país de Sudamérica destaca por su fuerte crecimiento, con una tasa media de aumento del PIB del 4% en los últimos años. A esto se suma el alto potencial de desarrollo que proyectan muchas infraestructuras por construir, la próxima organización del Mundial de Fútbol en 2014 y los Juegos Olímpicos en 2016. Un estudio reciente afirma que Brasil necesita casi doblar el número de ingenieros en el país, hasta una cifra de 1,1 millones en 2020. También ha anunciado nuevas políticas inmigratorias Argentina, que ha afirmado en medios locales un incremento en las consultas de españoles en el Ministerio de Relaciones Exteriores.

Los países emergentes de Europa del Este, como Polonia y la República Checa, también están en pleno desarrollo de sus infraestructuras y precisan encontrar perfiles técnicos, como arquitectos o ingenieros de obras públicas. Agencias