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martes, 12 de mayo de 2020

¿Qué queda del comunismo en Estados Unidos?

La escritora, educada a la luz de los ideales marxistas, recuerda la desigual implantación de esta ideología en su país, donde hoy sigue estando "extrañamente viva" entre los jóvenes

Una noche de verano de principios de los sesenta, en una manifestación en Nueva York, el izquierdista Murray Kempton proclamó ante un público lleno de viejos rojos que, aunque Estados Unidos no los había tratado bien, había tenido mucha suerte de contar con ellos. Mi madre estaba entre el público aquella noche y, al volver a casa, dijo: “Estados Unidos ha tenido suerte de que hubiera comunistas aquí. Ellos son los que más empujaron al país a convertirse en la democracia que siempre dijo ser”. Me sorprendió que lo dijera con voz tan suave, porque siempre había sido una socialista exaltada; pero eran los años sesenta y, a esas alturas, estaba verdaderamente cansada.

El Partido Comunista de Estados Unidos se formó en 1919, dos años después de la Revolución Rusa. Durante 40 años, creció de forma constante, de unos dos o tres mil miembros a 75.000 en su momento de mayor influencia, en los años treinta y cuarenta. En total, casi un millón de estadounidenses fueron comunistas en un momento u otro. Aunque es cierto que la mayoría de los que entraron en el Partido Comunista en aquellos años eran miembros de la atribulada clase obrera (judíos del barrio de confección textil de Nueva York, mineros de Virginia Occidental, recolectores de fruta en California), es todavía más cierto que también se unieron muchos miembros de la clase media ilustrada (profesores, científicos, escritores), porque, para ellos, el partido poseía una autoridad moral que daba concreción a un sentimiento de injusticia social azuzado por la Gran Depresión y la Segunda Guerra Mundial.

Los comunistas estadounidenses, en su mayoría, nunca pisaron la sede del partido, ni vieron en persona a un miembro del Comité Central, ni supieron nada de las reuniones internas en las que se elaboraban las políticas. Pero todos sabían que los sindicalistas del partido fueron fundamentales para las mejoras de los trabajadores industriales en este país; que los abogados del partido fueron los que más defendieron a los negros en los estados del sur; que muchos organizadores del partido vivieron, trabajaron y, a veces, murieron con los mineros de los montes Apalaches, los temporeros de California y los obreros siderúrgicos de Pittsburgh. Gracias a su pasión por la estructura y la elocuencia de su retórica, el partido se materializó en el día a día y se dio a conocer no solo a sus propios miembros sino también a los numerosos simpatizantes y compañeros de viaje de aquella época. Había construido una red extraordinaria de secciones regionales y locales, escuelas y publicaciones, organizaciones que se ocupaban de remediar grandes problemas en las comunidades —la Orden Internacional de los Trabajadores, el Congreso Nacional de Negros, los Consejos de Desempleo— y un provocador periódico que leían habitualmente los progresistas y los radicales. Como decía un viejo rojo: “Durante toda la Depresión y la Segunda Guerra Mundial, cada vez que se anunciaba alguna nueva catástrofe, The Daily Worker agotaba sus ejemplares en cuestión de minutos”.

Tal vez ahora es difícil de comprender, pero, en aquella época, en este lugar, la visión marxista de la solidaridad mundial que transmitía el Partido Comunista despertó en los hombres y mujeres más corrientes una conciencia de su propia humanidad que daba grandeza a la vida: grandeza y claridad. Esa claridad interior fue algo con lo que muchos no solo se encariñaron sino a lo que se volvieron adictos. Frente a su influencia, ninguna recompensa vital, ni el amor, ni la fama ni la riqueza, podía competir.

Al mismo tiempo, esa totalidad absoluta del mundo y el yo era precisamente lo que, con demasiada frecuencia, hacía que los comunistas fueran unos auténticos creyentes, incapaces de afrontar la corrupción del Estado policial que constituía la base de su fe, incluso cuando cualquier niño de 10 años podía darse cuenta de que había un doble juego. El PC de Estados Unidos era miembro de la Komintern (la organización de la Internacional Comunista dirigida desde Moscú) y, en calidad de tal, debía responder ante los soviéticos, que intimidaban a los partidos comunistas de todo el mundo para que apoyaran políticas interiores y exteriores que, la mayoría de las veces, servían los intereses de la URSS, y no los de los países miembros de la Internacional. Como consecuencia, el PC estadounidense hacía siempre todo lo posible para satisfacer al que sus miembros consideraban el único país socialista del mundo y al que se sentían obligados a apoyar a toda costa. Esta devoción inamovible a la Rusia soviética permitió que los comunistas estadounidenses permanecieran engañados durante los años treinta y cuarenta y gran parte de los cincuenta, mientras la Unión Soviética aplastaba Europa del Este y se volvía cada vez más totalitaria, con su realidad cotidiana cada vez más oculta y sus exigencias cada vez más interesadas.

A principios de los cincuenta, el PC fue objeto de graves ataques debido al pánico que desató el mccarthyismo a propósito de la seguridad de Estados Unidos—decenas de comunistas pasaron a la clandestinidad por miedo a la cárcel u otros destinos peores—, pero luego, en 1956, el partido estuvo a punto de desintegrarse bajo el peso del escándalo del propio comunismo. En febrero de ese año, Nikita Jruschov habló ante el 20º Congreso del partido Comunista Soviético y reveló al mundo el horror inimaginable del mandato de Stalin. El discurso supuso la devastación política de la izquierda organizada en todo el mundo. En las semanas posteriores, 30.000 personas abandonaron el PC estadounidense y, antes de que acabara el año, el partido había vuelto a ser lo que había empezado siendo en 1919: una pequeña secta en el mapa político estadounidense.

Yo me crié en un hogar de izquierdas en el que se leía The Daily Worker, se hablaba de política obrera (mundial y local) en la mesa y pasaban habitualmente por casa progresistas de todo tipo. Nunca se me ocurrió considerarlos revolucionarios. Nunca tuve la impresión de que nadie de mi entorno quisiera derrocar al Gobierno por métodos violentos. Al contrario, los veía trabajar para que el socialismo se convirtiera en la norma mediante un cambio legal, un cambio que iba a garantizar que, con la derrota del capitalismo, la democracia estadounidense pudiera hacer realidad su promesa incumplida de la igualdad para todos. En resumen, quizá era una ingenuidad, pero los progresistas siempre me parecieron disidentes sinceros.

Cuando me gradué en el City College, a finales de los cincuenta, me fui al oeste, a Berkeley, para estudiar lengua y literatura. Fue la primera vez que me encontré con “estadounidenses” de forma masiva. Hasta entonces, solo había conocido a judíos neoyorquinos y a católicos irlandeses o italianos, casi todos hijos de inmigrantes. En Berkeley descubrí que Estados Unidos había nacido como país protestante; conocí a gente de Vermont, Nebraska y Idaho, unas personas extraordinariamente bien educadas, que pensaban que los comunistas eran el mal, el enemigo anónimo y sin rostro del otro lado del mar. “¿Tus padres fueron comunistas?”, me preguntaban. Al parecer, nadie había conocido nunca a ninguno.

El impacto en mi sistema nervioso fue intenso. Me volvió al mismo tiempo defensiva y agresiva y, con el tiempo, empecé a buscar excusas para proclamar que había sido un “bebé de pañal rojo” siempre que podía, igual que habría proclamado mi condición de judía ante cualquier muestra abierta de antisemitismo. La mayoría de las veces, la declaración del pañal rojo hacía que la gente se quedara mirándome como si fuera un objeto de museo, pero, en algunos casos, el interlocutor se encogía delante de mí. Varios decenios después, seguía con la impresión de no haber superado el hecho de que todas aquellas personas bien formadas considerasen a las mujeres y los hombres con los que había crecido gente distinta, otros. De vez en cuando, se me ocurría que debería escribir un libro.

Por aquel entonces —ahora hablo de mediados de los setenta—, llevaba varios años trabajando en el Village Voice y me había vuelto una activista de la liberación, siempre en las barricadas del feminismo radical. En aquellos años, veía en todas partes muestras de discriminación contra las mujeres, y todos los artículos que escribía estaban influidos por lo que veía. Hasta ahí, ningún problema. Sin embargo —y aquí empezó lo difícil—, pronto vi que en el movimiento empezaba a surgir una corriente separatista que hacía enérgicas sugerencias sobre lo que debía o no decir y hacer una auténtica feminista. Unas sugerencias que enseguida se convirtieron en órdenes.

Una tarde, durante una reunión en Boston, me levanté entre el público para instar a mis hermanas a que dejaran de fomentar el odio a los hombres: no eran ellos, dije, a los que teníamos que condenar, sino la cultura en su conjunto. Una mujer que estaba en el escenario me señaló con un dedo acusador y gritó: “¡Eres una intelectual y una revisionista!” Eres una intelectual y una revisionista. Unas palabras que no oía desde que era niña. Por lo visto, de la noche a la mañana, nos habían invadido lo políticamente correcto y lo políticamente incorrecto, y la velocidad a la que la ideología se transformaba en dogma me abrumó. Entonces se reavivaron mis simpatías por los comunistas, y sentí un nuevo respeto hacia el comunista normal y corriente que debía de haberse sentido esclavizado por el dogma en su vida diaria.

“Dios mío”, recuerdo que pensé, “estoy viviendo lo mismo que experimentaron ellos”. Por segunda vez, pensé en escribir un libro, una historia oral de los comunistas estadounidenses de a pie, que fuera una obra de sociología sobre la relación entre la ideología y el individuo y que demostrase a las claras que en esa relación está impresa la sed universal de una vida más completa y cómo se destruye cuando el dogma se apodera de la ideología.

Escribí el libro, y lo escribí torpemente. Lo malo fue que, cuando empecé a escribir The Romance of American Communism, estaba románticamente —es decir, a la defensiva— aferrada a mis fuertes recuerdos de los progresistas de mi infancia. Considerar romántica la experiencia de haber sido comunista me parecía y me sigue pareciendo legítimo; escribir de ello con romanticismo, no. Escribir con romanticismo hizo que no explorase la complejidad de las vidas de mis personajes; que no retratara al líder del brazo local que amaba a la humanidad y, sin embargo, sacrificó sin piedad a un camarada tras otro por las rigideces de partido: ni tampoco al jefe de sección capaz de citar a Marx con veneración durante horas y luego exigir la expulsión de un militante que había servido sandía en una cena; ni tampoco, y eso es mucho peor, al organizador que impuso una directriz emitida en la Unión Soviética a un sindicato local pese a que la orden significaba, sin lugar a dudas, traicionar a los miembros del sindicato.

Como escritora, sabía que solo podría lograr la comprensión del lector si exponía con la mayor sinceridad posible todas las contradicciones de carácter o de comportamiento que habían quedado al descubierto en determinada situación, pero se me olvidaba constantemente lo que sabía. Hoy leo el libro y me siento consternada por el estilo. Su sentimentalismo se puede cortar con un cuchillo. Hay miles de frases distorsionadas por los mismos adverbios y calificativos retóricos: “poderosamente”, “intensamente”, “profundamente”, “en lo más hondo de su ser”. Por otra parte, aunque el libro no es largo, tiene un estilo extrañamente farragoso: siempre hay tres palabras cuando habría bastado una, cuatro, cinco o seis frases que llenan una página cuando habrían sido suficientes dos. Y todos mis personajes son bellos o atractivos, elocuentes y, en una proporción extraordinaria, heroicos.

El libro recibió duras críticas de los pesos pesados intelectuales de la derecha y la izquierda. Irving Howe escribió una reseña corrosiva que me obligó a meterme en la cama durante una semana. Odiaba, odiaba el libro. Igual que Theodore Draper, que lo vilipendió ¡dos veces! También Hilton Kramer, y Ronald Radosh. Como estos hombres se habían tomado la libertad de atacarme con tanta agresividad, me convencí de que la culpa era mía por la pobreza de mi escritura. Por supuesto, todos ellos eran violentamente anticomunistas y habrían odiado el libro aunque lo hubiera escrito Shakespeare, pero fui increíblemente ingenua al no darme cuenta de que toda la animosidad de 1938 seguía igual de viva en 1978, en plena Guerra Fría.

Lo que no era ninguna ingenuidad fue pensar que merecía la pena narrar la vida de un comunista estadounidense. Y las historias que aquellas personas me contaron siguen vivas, su experiencia sigue emocionando, y ellos están indiscutiblemente presentes. Ahora que vuelvo a encontrarme, en las páginas de este libro, con las mujeres y los hombres entre los que me crie, ellos y su época cobran vida de forma vibrante. Me sorprende todo lo que no sabía y me encanta todo lo que capté; en cualquier caso, me parece que los comunistas interesaban cuando escribí sobre ellos y siguen importando hoy.

Por eso hay una cosa de la que no me arrepiento, que es de haber escrito sobre ellos como si todos fueran bellos o atractivos, todos elocuentes y muchos, heroicos. Porque lo eran. Y esta es la razón:

Existe cierto tipo de héroe cultural —el artista, el científico, el pensador— al que a menudo se caracteriza como alguien que vive para “el trabajo”. La familia, los amigos y las obligaciones morales no importan, el trabajo es lo primero. El motivo de que el trabajo sea lo prioritario en el caso del artista, el científico y el pensador es que hace resplandecer a plena luz una expresividad interior que es incomparable. Sentirse, no solo vivo, sino expresivo, es sentir que uno ha llegado al centro. Esa convicción de equilibrio irradia la mente, el corazón y el espíritu como ninguna otra cosa. Muchos comunistas —quizá la mayoría— que se creían destinados a una vida de seria radicalidad se sentían exactamente así. Sus vidas también estaban irradiadas por una especie de expresividad que les hacía sentirse brillantes y centrados.

Ese equilibrio relucía en la oscuridad. Eso era lo que los hacía bellos, elocuentes y, a menudo, heroicos.

Al margen de mis defectos como historiadora oral, que son muchos, me parece que The Romance of American Communism sigue siendo emblemático de un periodo rico y prolongado en la historia de la política estadounidense; un momento que, por desgracia, nos remite directamente al actual, puesto que los problemas que quiso abordar el PC estadounidense —injusticias raciales, desigualdades económicas, derechos de las minorías— permanecen sin resolver hasta la fecha.

Hoy,  la idea del socialismo está extrañamente viva en Estados Unidos, especialmente entre los jóvenes, como no sucedía desde hacía décadas. Sin embargo, no existe en el mundo un modelo de sociedad socialista que un joven radical pueda adoptar como guía, ni una organización verdaderamente internacional a la que pueda jurar lealtad. Los socialistas actuales deben construir su propia versión independiente de cómo lograr un mundo más justo, empezando desde abajo. Confío en que mi libro, que narra la historia de cómo lo intentaron hace 50 o 70 años, sirva de guía para quienes hoy sienten los mismos impulsos.

Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

Vivian Gornick es escritora estadounidense, autora de los libros Apegos feroces, Mirarse de frente y La mujer singular y la ciudad, todos ellos editados por Sexto Piso. Este artículo sirve de nuevo prólogo para su libro The Romance of American Communism, reeditado este mes por Verso Books.

https://elpais.com/cultura/2020/05/04/babelia/1588615984_648296.html?rel=lom

lunes, 13 de mayo de 2019

_- El terrible daño de Trump a la población rural. Los principales seguidores del presidente son a la vez sus principales víctimas por las mentiras que él repite

_- Según informa Politico, los economistas están huyendo del Servicio de Investigación Económica del Departamento de Agricultura. Seis de ellos dimitieron en un solo día el mes pasado. ¿La razón? Se sienten perseguidos por publicar informes que arrojan una luz poco favorable sobre las políticas de Trump.

Pero estos informes solo reflejan la realidad. El Estados Unidos rural es una parte fundamental de la base electoral de Donald Trump. De hecho, las zonas rurales son las únicas partes del país en las que Trump tiene un índice de aprobación positivo. Pero también son las que más salen perdiendo con sus políticas. A fin de cuentas, ¿qué el trumpismo? En 2016, Trump pretendía ser un tipo distinto de republicano, pero en la práctica casi todo su programa económico ha sido el habitual del Partido Republicano: grandes bajadas de impuestos para las empresas y los ricos y al mismo tiempo despedazar el colchón de protección social.

Y todas estas políticas han perjudicado enormemente a las zonas agrícolas.

El recorte fiscal de Trump no beneficia a los agricultores, porque no son empresas, y pocos de ellos son ricos. Uno de los estudios de los economistas del Departamento de Agricultura que provocó la ira de Trump mostraba que, en la medida en que a los agricultores se les aplicaba una bajada de impuestos, la mayoría de los beneficios eran para el 10% más rico, mientras que los agricultores pobres en realidad sufrieron un ligero incremento impositivo. Y al mismo tiempo, el ataque al colchón de protección es especialmente perjudicial para el Estados Unidos rural, que depende mucho de los programas de seguridad. De los 100 condados con el porcentaje más elevado de población que recibe vales de comida, 85 son rurales, y la mayor parte del resto se encuentra en zonas metropolitanas pequeñas. La ampliación de Medicaid con la Ley de Atención Sanitaria Asequible, que Trump sigue intentando eliminar, tuvo sus efectos positivos más importantes en las zonas rurales.

Y estos programas son fundamentales para los estadounidenses de las zonas rurales, aunque no reciban personalmente la ayuda del Gobierno. Los programas de protección social generan poder adquisitivo, lo que ayuda a crear empleo rural. Medicaid también es un elemento esencial para mantener vivos los hospitales rurales.

¿Y qué hay del proteccionismo? El sector agrícola estadounidense depende enormemente del acceso a los mercados mundiales, mucho más que el conjunto de la economía. Los cultivadores de soja estadounidenses exportan la mitad de lo que producen; los cultivadores de trigo exportan el 46% de su cosecha. China, en concreto, se ha convertido en un mercado clave para los productos agrícolas estadounidenses. Por eso la reciente rabieta tuitera de Trump por el comercio, que aumentó las perspectivas de una escalada de la guerra comercial, hizo que los mercados de cereales registrasen su nivel más bajo en 42 años.

Por cierto, es importante saber que lo que amenaza a los agricultores no son solo las represalias extranjeras por los aranceles de Trump. Uno de los principios fundamentales en la economía internacional es que, a la larga, los impuestos sobre las importaciones acaban siendo también impuestos sobre las exportaciones, normalmente porque impulsan el dólar al alza. Si el mundo se sume en una guerra comercial, las importaciones y las exportaciones estadounidenses disminuirán, y los agricultores, que son algunos de nuestros mayores exportadores, serán los que más pierdan.

¿Por qué razón, entonces, apoyan a Trump las zonas rurales? Los factores culturales tienen mucho que ver. En concreto, los votantes de las zonas rurales se muestran mucho más hostiles a los inmigrantes que los votantes urbanos, especialmente en las comunidades en las que se encuentran pocos inmigrantes. Por lo visto, la falta de familiaridad engendra el desprecio.

Los votantes rurales también se sienten insultados por las élites costeras, y Trump ha logrado canalizar su enfado. Estoy seguro de que muchos votantes rurales, si llegasen a leer esta columna, reaccionarían con rabia, no contra Trump, sino contra mí: “De modo que piensa que somos estúpidos”.

Sin embargo, el apoyo a Trump podría empezar a resquebrajarse si los votantes rurales se diesen cuenta de lo mucho que les perjudican sus políticas. ¿Qué debería hacer un trumpista?

Una de las respuestas es repetir las mentiras zombis. Hace algunas semanas, Trump dijo en un mitin que sus rebajas del impuesto estatal han ayudado a los agricultores. Pero es totalmente falso; PolitiFact la calificó de “mentira cochina”. La realidad es que en 2017 solo unas 80 —sí, sí, 80— explotaciones agrícolas y empresas con pocos propietarios pagaron algún impuesto estatal. Los cuentos de granjas familiares arruinadas por pagar impuestos estatales son pura ficción.

El caso es que el ataque a la verdad tendrá consecuencias que van más allá de la política. El Departamento de Agricultura no tiene que ser un coro de palmeros de quien esté en el poder. Como se afirma en su declaración de objetivos fundamentales, su función es realizar “una investigación económica objetiva de alta calidad para aportar información y reforzar la toma de decisiones pública y privada”. Y no es una mera fanfarronada: junto con la Reserva Federal, el Servicio de Investigación es un perfecto ejemplo de cómo la buena economía puede ser útil. Sin embargo, ahora la capacidad del servicio para hacer su trabajo se está deteriorando, porque Trump no cree en la política basada en hechos. Básicamente, no cree en los hechos, y punto. Todo es político.

¿Y quién pagará el pato de este deterioro? Los estadounidenses rurales. Los principales seguidores de Trump son sus principales víctimas.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía.
© The New York Times, 2019. Traducción de News Clips

lunes, 24 de septiembre de 2018

_- Wisconsin: de laboratorio de la democracia a laboratorio de su destrucción. El periodista Dan Kaufman narra la demolición sistemática de un bastión de la izquierda norteamericana

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Donald Trump nunca se cansa de recordar sus hazañas, sean verdaderas o imaginadas. “¡Gané… hasta en Wisconsin!” dijo, orgulloso, a comienzos de julio, refiriéndose a las elecciones presidenciales de 2016. Esta vez, para variar, no mentía.

Wisconsin, estado por antonomasia del Midwest, también es la cuna del progresismo norteamericano. Fue allí donde, en 1854, se fundó el Partido Republicano, entonces a la izquierda de los Demócratas. Y fue allí donde se creó por primera vez un seguro social que protegía a los obreros contra el desempleo o los accidentes laborales. El estado también fue pionero en la protección del medio ambiente; y Milwaukee, la ciudad más grande del estado, tuvo un ayuntamiento socialista de forma casi continua desde 1910 a 1960. Cuando Franklin D. Roosevelt diseñó el New Deal como respuesta progresista a la Gran Depresión, trajo a muchos de sus arquitectos de la Universidad estatal en Madison, regida desde su fundación por la filosofía de la “Wisconsin Idea”, que pone el conocimiento académico al servicio de la ciudadanía.

No sorprende, pues, que Wisconsin se haya encontrado en la diana de la derecha estadounidense, empeñada en destruir de una vez por todas el poder de los sindicatos y toda posibilidad de una hegemonía de la izquierda. El ataque ha tenido éxito. En años recientes, Wisconsin ha sufrido “una traumática transformación”, explica el periodista Dan Kaufman en su libro The Fall of Wisconsin: The Conservative Conquest of a Progressive Bastion and the Future of American Politics (La caída de Wisconsin. La conquista conservadora de un bastión progresista y el futuro de la política norteamericana). Desde 2011, cuando el republicano Scott Walker asumió el puesto de gobernador, escribe Kaufman, Wisconsin “ha vivido una de las mayores decaídas del país de la clase media, mientras que su tasa de pobreza ha llegado al nivel más alto en treinta años … y un once por ciento de la población se ha visto disuadida de ejercer su derecho al voto”.

Walker se ha dedicado a minar el sector público. Entre 2011 y 2017, por ejemplo, recortó más de mil millones de dólares en la partida de escuelas y universidades. Pero su enemigo más acérrimo ha sido el movimiento sindical. El mismo año que entró a la casa del gobernador, quiso destruir el poder de los sindicatos de los funcionarios mediante una ley que pretendía ser presupuestaria (Act 10). Acto seguido se desataron protestas masivas cuyo espíritu se llegó a asociar con la Primavera Árabe, el 15M español y Occupy Wall Street. A pesar de las protestas, la ley se adoptó en marzo de ese mismo año. Así fue cómo Wisconsin pasó de laboratorio de la democracia a ser un laboratorio de su sistemática destrucción a manos de un movimiento conservador todopoderoso.

Hablo con Kaufman un fin de semana en su casa de Brooklyn, donde vive con su mujer e hijo. Además de periodista, es músico: este verano pasó por Pontevedra con su banda, Barbez, para presentar su nuevo disco de canciones de la Guerra Civil Española (For Those Who Came After, Para los que vinieron después). Kaufman (1970) se crio en la capital de Wisconsin, Madison, aunque lleva más de un cuarto de siglo en Nueva York. Escribe para el New York Times y la revista The New Yorker.

En el epílogo a su libro, cuenta que su proyecto empezó con un largo correo que recibió en 2011 de su madre, que acababa de participar en las protestas contra el Act 10.

Muchas de las más de 100.000 personas que en 2011 viajaron a la capital para protestar contra el Act 10 no eran sindicalistas, eran personas mayores que creían en una democracia impulsada por el activismo ciudadano

Mis padres, que emigraron a Madison de jóvenes, pertenecían a un ambiente judío progresista y fueron muy activos en el movimiento por los derechos civiles. Mi tío, un filósofo político en Michigan, fue profesor de varios de los líderes del movimiento estudiantil radical de los años sesenta, como Tom Hayden. Mis padres creían en los ideales de la democracia norteamericana, que en Wisconsin eran más prominentes que en muchos otros lugares. Había una proximidad poco común entre los ciudadanos y el gobierno estatal y durante mucho tiempo la política fue extraordinariamente limpia. Políticos republicanos tanto como demócratas se ufanaban de que sus campañas apenas costaban nada. De ahí también que fuera posible implementar tantas reformas pragmáticamente progresistas. Aquellas semanas, Wisconsin captó la atención del mundo entero. Fue una de las manifestaciones más grandes a favor de los derechos laborales desde que el Presidente Reagan derrotó al movimiento sindical en la huelga de los controladores aéreos, en los años 80.

Su libro describe en detalle cómo el plan para destruir la tradición progresista de Wisconsin ha seguido varias estrategias simultáneas que se refuerzan mutuamente. Van desde el rediseño de mapas electorales para garantizar victorias de derechas hasta la adopción de leyes que relajan las normativas medioambientales, dificultan el acceso al voto o limitan el poder de los sindicatos. Todo está impulsado por una amplísima infraestructura nacional que cuenta con sus propios think tanks y miles de millones de financiación por magnates industriales como los Hermanos Koch. Pero además señala que este plan lleva mucho tiempo en vigor: nace al menos cuarenta años antes de que Scott Walker asuma el puesto de gobernador. ¿Ha habido algún esfuerzo paralelo, comparable, de la izquierda durante estas casi cinco décadas?

Para nada. De hecho, los orígenes filosóficos de este proyecto de derechas se remontan hasta los años treinta, cuando las políticas del mismo Roosevelt despertaron la suspicacia de grandes magnates que nunca aceptaron el New Deal –con su Seguridad Social, sus políticas de empleo, sus leyes bancarias o sus inversiones públicas en infraestructura, educación y en las artes–. Desde entonces se han opuesto ferozmente a toda política que, a sus ojos, restringe la libertad empresarial.

Lo que es especialmente pernicioso es que esa supuesta libertad se vincula al espíritu de la frontera que es un elemento esencial en la mitología fundacional de este país. Hay políticos wisconsinianos como Paul Ryan de Janesville, actual líder de los Republicanos en la Casa de los Representantes, que se presentan como self-made man (hombre que se ha hecho a sí mismo) aunque en realidad viene de una familia muy acomodada. En Estados Unidos, esta ideología ha cundido entre los obreros. Como dijo el novelista John Steinbeck, aquí nunca ha habido un proletariado que se haya visto como tal: “Todos han sido capitalistas temporalmente avergonzados”.

En realidad, el único aparato capaz de contrarrestar esta ofensiva masiva de la derecha ha sido el movimiento sindical. Pero ha salido muy debilitado de las luchas de las últimas décadas. Hoy, poco más que un diez por ciento de los trabajadores pertenece a un sindicato. En los ochenta, era el doble. Por desgracia, este debilitamiento contribuye a un ciclo vicioso que refuerza a la derecha: se ha demostrado que el mero hecho de pertenecer a un sindicato moldea la conciencia política y reduce la atracción a los partidos autoritarios de extrema derecha. El ocaso de los sindicatos como espacios de socialización ha contribuido a la victoria de Trump.

La infraestructura que ha construido la derecha es fortísima. Y está hecha para durar. Aunque los Demócratas ganen escaños en el Senado y la Cámara de Representantes en las elecciones mid-term en noviembre, será una victoria pírrica mientras los republicanos sigan teniendo esa enorme ventaja infraestructural y mientras no se contrarreste la influencia del dinero en la política norteamericana. De hecho, es probable que su ventaja se incremente aún más mientras continúe la redistribución de la riqueza hacia el uno por ciento más rico de la población y mientras se sigan liberalizando las leyes que rigen el poder del dinero en los procesos electorales, como en la decisión Citizens United del Tribunal Supremo.

Además, la derecha es mucho más disciplinada que la izquierda. Para dar un solo ejemplo: ALEC, el American Legislative Exchange Council, es una organización fundada en los años 70 y financiada, entre otros, por los Hermanos Koch. Entre otras cosas, diseña leyes estatales que ayudan a erosionar el movimiento sindical, la protección medioambiental o el sistema de educación pública. He asistido a varias de sus reuniones. Hay muy poco desacuerdo. Ves a un lobista de Exxon-Mobil al lado de un joven libertario del Instituto Goldwater, reunidos con políticos, diseñando leyes que después son adoptadas masivamente por aquellos estados donde gobierna el Partido Republicano. Aunque no son medidas diseñadas en aquellos estados —o deseadas por sus ciudadanos— logran venderlas al electorado mediante toda una red adicional, con cantidades infinitas de dinero, que se ocupa del framing del debate público.

¿Qué es lo que mueve a la derecha? ¿Cuánto hay en su empeño de ideología –conceptos, digamos, genuinos sobre el individuo, la economía o la libertad– y cuánto de interés puro y duro?

Para mí, mucho de lo que parece ideología no deja de ser una máscara para la codicia más desnuda, por más que los propios políticos han llegado a confundir la máscara con lo que esconde. Nacieron con ciertos privilegios que ahora se empeñan en proteger. En Wisconsin, durante mucho tiempo el sistema de educación pública realmente garantizaba cierta igualdad de oportunidades –precisamente porque el Estado garantizaba que toda persona pudiera “hacerse a sí misma”–. La erosión de ese sistema, junto con el debilitamiento de los sindicatos, incrementa la desigualdad.

Su libro resalta los errores tácticos cometidos en Wisconsin por la campaña de Clinton y por el propio Obama, que dijo apoyar las protestas contra la ofensiva antisindical de Walker pero que después nunca apareció. Clinton no visitó el estado y no compró anuncios en Wisconsin hasta una semana antes de las elecciones. Acabó perdiendo por 22.000 votos.

Para mí, esos errores garrafales nacieron de la enorme distancia que existe estos días entre el liderazgo del Partido Demócrata y el movimiento obrero. En cierto sentido, el Partido obedece simplemente a sus donantes principales, que son empresariales y bancarios. No hay que olvidar que los Hermanos Koch también donan a los demócratas. Cierto, el Partido tiene un mensaje claramente progresista en cuestiones sociales y raciales. Pero en lo económico es mucho más confuso. Clinton, por ejemplo, decía públicamente que rechazaba un tratado de libre comercio cuando en privado trabajaba por que se aprobara.

La actitud pasiva del Partido Demócrata durante el movimiento contra Act 10 dejó un mal sabor en muchas bocas y un resentimiento que aún persiste

Cuando Obama no quiso personarse en Wisconsin durante la protesta sindical, señaló no solo al movimiento que no le importaba lo que estaban haciendo, sino que mandó una clara señal a Walker y compañía que no iba a luchar por lo que, al fin y al cabo, es el núcleo electoral de los demócratas: enfermeras, maestras, profesoras, gente trabajadora. Y aunque la densidad sindical en Estados Unidos hoy es más bien baja, el papel político de los obreros sindicalizados es crucial, dada su cohesión y su capacidad de activismo y movilización.

La ausencia de Hillary durante la campaña fue un eco de la ausencia de Obama durante la protesta. Clinton adoptó un método muy top-down, dirigido por las encuestas, con muy poca comprensión de la dinámica comunitaria local. La actitud pasiva del Partido Demócrata durante el movimiento contra Act 10 dejó un mal sabor en muchas bocas y un resentimiento que aún persiste. Hillary no perdió en Wisconsin porque hubiera mucha gente que pasó de un campo a otro: Trump ganó seis mil votos menos que Romney cuatro años antes. No, lo que pasó fue que muchos demócratas se quedaron en casa.

La cúpula del Partido Demócrata adoptó, por un lado, una actitud demasiado calculadora; pero, por otro, también calculó mal.

Calcularon mal y pecaron de arrogantes. Supusieron que Wisconsin era un estado sólidamente demócrata. Pero cualquiera sabe que nunca lo ha sido. Kerry lo ganó por los pelos en 2004. Hay un conservadurismo muy fuerte. También es el estado que produjo al Senador Joseph McCarthy, el cazador de comunistas. Trump supo aprovechar esa vena. Los demócratas, por su parte, no entendieron hasta qué punto los pueblos de Wisconsin se han quedado huecos, agotados. Son guetos rurales. Wisconsin fue uno de los pocos estados que tenía zonas campesinas de tradición progresista. Hoy la mecanización e industrialización de la agricultura los ha dejado diezmados, fantasmales. Las tasas de suicidio entre los agricultores son muy altas. Ahora bien, en estos pueblos empobrecidos, es probable que la maestra de escuela sea la única que tiene sanidad, gracias a su contrato sindical. Pero esa desigualdad es un caldo de cultivo para el resentimiento. En esas zonas, quizá inesperadamente, Sanders ejercía una gran atracción. En las primarias, le ganó 71 de los 72 condados a Clinton. Cuando él quedó fuera, esos votantes se pasaron a Trump que, como Sanders, criticaba al establishment. Y mientras Trump azuzaba sentimientos nativistas y raciales, también enfatizaba políticas tradicionalmente demócratas como la creación de empleo y la protección de la Seguridad Social y la sanidad.

En su libro nos presenta a Randy Bryce, el obrero siderúrgico sindicalista de Milwaukee que en noviembre será el candidato demócrata a la Cámara de Representantes en el distrito que vota desde 1999 al republicano Paul Ryan, mientras que Ryan ha anunciado que se retira. Bryce, como obrero y veterano militar, sí que tiene esa cercanía al electorado que le faltaba a Hillary. Pero ¿podrá contra el aparato republicano y sus millones de dólares, y en un contexto tan viciado en su contra por el rediseño de los mapas electorales, la restricción del derecho al voto, etcétera?

La imagen populachera también la invocan los republicanos. Hasta Trump, con todos sus millones, proyecta un talante obrero

La imagen populachera también la invocan los republicanos. Hasta Trump, con todos sus millones, proyecta un talante obrero. Pero Bryce lo encarna de verdad. Cuando empecé a seguirle, le costaba llegar a fin de mes, porque el trabajo siderúrgico depende mucho de las temporadas y apenas hay en los inviernos. Figuras como Bryce en Wisconsin, Beto O’Rourke en Tejas o Alexandria Ocasio-Cortez en Nueva York representan una nueva apuesta por la participación ciudadana: la idea, muy propia del socialismo de Wisconsin, de que los que nos representan sea gente común. Esa idea no ha perdido su poder movilizador. Sanders tenía razón en enfatizar la importancia de las multitudes y el entusiasmo. Es la única arma que tienen los demócratas contra las arcas sin fondo de los republicanos. Los medios que cubren las luchas políticas enfocan muchas veces en los aspectos más sensacionales y superficiales. Pero creo que, en realidad, entre los ciudadanos hay un hambre por contenidos políticos más sustanciales. Los problemas con que se enfrentan también lo son.

Algunas elecciones recientes en Wisconsin indican que hay bastante decepción entre los que votaron a Trump en 2016. Pero ¿la izquierda ha aprendido de sus fracasos? En agosto, usted publicó una pieza en el New Yorker sobre el nuevo candidato demócrata a gobernador, Tony Evers, actual inspector general de Educación. ¿Podrá impedir que Walker gane por tercera vez?

Por ahora, Evers le está ganando a Walker en las encuestas. Es un político winconsiniano muy de vieja estampa. Hombre ya mayor, lleva toda su vida trabajando en el sistema educativo público. Y la gran mayoría de la gente de Wisconsin sigue creyendo en lo público, sean escuelas o carreteras. Bajo Walker, las cosas han empeorado tanto que hasta la derecha está alarmada. En este contexto, Evers es una figura interesante. Es pragmático, muy templado, pero también cree en el compromiso con la justicia social. Su padre era médico en un sanatorio que trataba a obreros de una fábrica de porcelana que se habían enfermado por silicosis.

La gente de Wisconsin es compasiva, como lo son la mayoría de los norteamericanos. Las políticas económicas y sociales de Walker carecen de toda compasión, como la política migratoria de Trump, que separa a hijos de padres y los encierra en jaulas. Es una cuestión de empatía, de simple decencia. Puede que la derecha se haya pasado de rosca.

Fuente:
http://ctxt.es/es/20180905/Politica/21482/Sebastiaan-Faber-entrevista-EEUU-movimiento-sindical-izquierda-politica-Dan-Kaufman.htm

miércoles, 8 de agosto de 2018

Hiroshima y Nagasaki, 73 años del genocidio de Estados Unidos

AVN


Cuatro meses después de finalizar la II Guerra Mundial, el 6 de agosto de 1945, una explosión instantánea dejó más de 100.000 fallecidos, a las que se sumaron luego otras 185.000 producto de la radiación provocada por las bombas atómicas que Estados Unidos arrojó en las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki.

La noche anterior a la explosión de la bomba en Hiroshima, la alarma por bombardeos aéreos había sonado en la ciudad, no obstante, al día siguiente se levantó la alerta y los habitantes de la ciudad — un poco más de 350.000 personas — fueron a sus trabajos y colegios.

Era las ocho de la mañana, cuando la bomba Little Boy, creada por el Gobierno de los Estados Unidos (EEUU), cayó en la nación asiática, destruyendo el 90% del país.

"Muy pronto comenzamos ver gente saliendo de Hiroshima, todos quemados y la piel cayéndose de la cara, de los brazos. No llevaban ropa, se les había quemado. No sabíamos si eran hombres o mujeres", explicó al medio alemán Deutsche Welle, Mitsuko Heidtke, sobreviviente de la bomba atómica.

Heidtke tenía solo 10 años cuando EEUU decidió atacar al país asiático, como una amenaza para lograr que Japón se rindiera. Su madre desapareció ese día, su padre murió días después de cáncer.

La bomba fue lanzada a unos 9.600 metros de altura, y estalló a 600 metros de altura de la ciudad 43 segundos después de haber sido lanzada. La mayoría de víctimas con síntomas severos de radiación murieron de tres a seis semanas después del bombardeo.

Bun Hashizume, otra de las sobrevivientes del fuerte y atroz ataque autorizado por el presidente estadounidense Harry Truman, explicó que — por motivo de que los jóvenes se encontraban en la guerra del Pacífico con el gobierno de la nación norteamericana — la nación ordenó a hombres y mujeres en edad para cursar la secundaria dejaran las aulas de clase para trabajar.

"Estaba de pie junto a una ventana en el 3º piso del Ministerio de Comunicación (donde trabajaba) cuando vi un poderoso destello. Pensé que el sol se caía en frente de mis ojos. En una fracción de segundo vi arcoiris de colores en todas partes. Ese fue el momento en el que explotó la bomba", manifestó en un testimonial animado, presentado por el medio británico BBC.

Su madre, hermana y tía sobrevivieron al ataque, no obstante, su hermano falleció durante la explosión, indicó.

Un humo blanco invadió la ciudad asiática, llevándose con él niños, animales, en resumen; todo ser vivo desapareció, así como varios edificios. 80.000 personas aproximadamente murieron ese día, sin contar las personas que fallecieron días después a causa de la radiación. 44 segundos le bastó a EEUU para acabar con un país y, 73 años después, los efectos de la radiación siguen.

Tres años después de la explosión, el número de casos de leucemia entre los hibakusha (como se le conoció a los sobrevivientes) ya era superior al de las poblaciones no expuestas y el aumento del riesgo relativo (comparado con grupos de control) tendría su pico a los siete años. Los que eran niños en 1945, presentaron los mayores índices de leucemia de todos los supervivientes.

73 años después, el gobierno de Estados Unidos no ha cambiado. A principios de año, el presidente estadounidense Donald Trump amenazó a Corea del Norte de hacer uso de toda su fuerza nuclear, sí era amenazada la seguridad del país; luego de que el líder de esta nación amenazara en igual de magnitud el uso de una posible arma nuclear.

"Todo EE.UU. está al alcance de nuestras armas nucleares y tengo un botón nuclear en mi escritorio. Es una realidad, no una amenaza", dijo este año el líder norcoreano Kim Jong-un.

Trump por su parte respondió: "Alguien de su régimen hambriento y empobrecido por favor infórmele que yo también tengo un botón nuclear, pero es mucho más grande y más poderoso que el suyo, ¡y mi botón funciona!", abriendo así una ventana que se pensaba cerrada hace 73 años.

El pasado 12 de junio, Kim Jong-un y Trump sostuvieron una cumbre histórica en Singapur, en donde la Paz y desnuclearización fueron los dos puntos principales del acuerdo firmado por ambos mandatarios.

Fuente:
http://www.avn.info.ve/contenido/hiroshima-y-nagasaki-73-a%C3%B1os-del-genocidio-estados-unidos

domingo, 25 de marzo de 2018

"Nos ofrecieron dos opciones, elegimos los paletazos": los castigos que se aplican en escuelas de Estados Unidos

Nos ofreció dos opciones de castigo, que debían ser aprobadas por nuestros padres. O bien sufriríamos dos golpes con una paleta o dos días de suspensión en la escuela".

Parece un fragmento de Las Aventuras de Tom Sawyer, la novela de Mark Twain en la que el profesor azotaba al protagonista cada vez que cometía una de sus travesuras.

El relato, sin embargo, no es ficción. En realidad es parte de una carta en la que Wylie A. Greer, un estudiante de una secundaria rural en Arkansas, Estados Unidos, narra cómo él y dos compañeros fueron castigados por salir de clase para participar en una huelga hace unos días en contra de la violencia de las armas.

"Los tres elegimos los paletazos, con el apoyo de nuestros padres", escribió Greer en un texto publicado por The Daily Beast.

"Los golpes no fueron dolorosos ni hirientes. No fue más que un quemón temporal en mis muslos".

"Uno de los directivos dijo, sin embargo, que este tipo de castigos no terminan siempre de esta manera", escribió Greer.

El caso se dio a conocer por su madre, Jerusalem Greer, quien en Twitter pareció elogiar la decisión de su hijo.

"Les dieron dos opciones de castigo. Escogieron el castigo corporal. Esta generación no anda jugando".

El mensaje generó decenas de miles de reacciones. Quienes golpearon a Greer, sin embargo, no estaban haciendo nada ilegal, ni fuera de lo común.

En 19 de los 50 estados de Estados Unidos está permitido aplicar castigos físicos a los alumnos en las escuelas públicas.

Estos castigos, que pueden incluir golpes con una paleta, nalgadas o bofetadas, son parte del reglamento de algunas escuelas, donde de manera general se dan las pautas para aplicarlos.

En la secundaria Greenbier donde estudia Wylie, por ejemplo, se autoriza el castigo corporal bajo ciertas condiciones, como que el estudiante pueda refutar las acusaciones que se le hacen, que el castigo se aplique en un lugar donde los demás estudiantes no lo puedan ver ni oír y que se haga en presencia de un testigo.

Además, el código dice que el castigo no puede ser "excesivo" ni "administrarse con malicia".

Una sentencia de la Corte Suprema de 1977 afirma que golpear a los estudiantes como reprimenda por un mal comportamiento no viola sus derechos ni va en contra de la Octava Enmienda de la Constitución, que prohíbe los "castigos crueles e inusuales".

Así, cada estado puede dictar sus propias normas para regular el castigo corporal en las escuelas públicas.

En Texas, este se define como "infligir dolor deliberadamente mediante golpes, tablazos, azotes, bofetadas u otra forma de fuerza física como medio de disciplina".

Según un reporte de 2017 de la ONG Children's Defense Fund, cada día en Estados Unidos 589 estudiantes reciben un castigo corporal. El cálculo lo hacen en base a un año escolar de 180 días.

Las organizaciones que monitorean la aplicación de estos castigos, indican que se aplican con mayor frecuencia en las áreas rurales y los estados del sur del país.

"En las áreas rurales en algunos casos la aplicación de estos castigos está asociada a creencias religiosas", le dice a BBC Mundo Víctor Vieth, director del Centro Nacional Gundersen para el Entrenamiento la Protección Infantil, basado en Wisconsin.

Vieth también menciona que estos castigos se aplican de manera "desproporcionada" a niños varones, minorías, niños que han sufrido algún tipo de abuso en su casa o padecen algún tipo de discapacidad.

David Osher, vicepresidente del Instituto Estadounidense de Investigaciones, especializado en disciplina escolar, dice que no conoce evidencia de que este tipo de castigos pueda tener algún tipo de beneficio.

Además del castigo en sí mismo, Osher critica la manera discrecional en la que cada escuela lo aplica.

"Hay casos en los que se aplica a comportamientos que no son violentos, como replicar, llegar tarde a clase o no hacer la tarea", le dice a BBC Mundo.

Según una publicación de la organización National Women's Law Center, entre 2013 y 2014, el 37% de los castigos corporales en Carolina del Norte se aplicaron por "ofensas menores o subjetivas como mal comportamiento en el autobús, falta de respeto al personal, uso del teléfono móvil, lenguaje inapropiado y otros malos comportamientos".

"Muchos de los niños que son problemáticos es porque sufren algún tipo de abuso en otro contexto, así que castigarlos físicamente lo que hace es traumatizarlos de nuevo", dice Osher.

"En muchos casos son castigados por comportamientos que ellos ni siquiera son capaces de controlar".

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Leer más, http://www.bbc.com/mundo/noticias-43479556#

lunes, 23 de octubre de 2017

_- Enfrentados en la Tierra, asociados en el cosmos: por qué pese a su rivalidad geopolítica Rusia y Estados Unidos cooperan en la exploración espacial

_- A finales de julio pasado, el Congreso de Estados Unidos aprobó una ley imponiendo sanciones a Rusia por acusarle de interferir en las elección presidencial estadounidense de 2016, por la anexión de Crimea y por sus operaciones militares en el este de Ucrania.

La legislación tenía un apoyo tan contundente tanto en el Partido Republicano como en el Partido Demócrata que el presidente Donald Trump -quien era contrario a estas medidas-, no tuvo más alternativa que darle el visto bueno, pues si las frenaba el Congreso las habría aprobado pasando por encima de su veto.

La respuesta de Moscú no se hizo esperar. Poco después 755 funcionarios estadounidenses fueron expulsados de Rusia, cuyo gobierno también cerró dos propiedades de la misión diplomática estadounidense en el país.

Este episodio ilustra las crecientes tensiones en las relaciones entre Washington y Moscú que, varias décadas después del fin de la Guerra Fría, siguen encontrándose en aceras opuestas en gran cantidad de temas geopolíticos, desde Siria hasta Ucrania, pasando por Irán, la ampliación de la OTAN, el control de armamento o la crisis en Venezuela.

Putin ordena expulsión de 755 empleados de la embajada y otros consulados de Estados Unidos en Rusia en respuestas a sanciones de Washington


Pero, mientras las tensiones se acumulan sobre asuntos terrenales, Washington y Moscú tienen planes de trabajar conjuntamente en la exploración del espacio exterior. Hace un par de semanas, la agencia espacial rusa, Roscosmos, anunció la firma de un acuerdo con su contraparte estadounidense, NASA, para trabajar juntos en un programa que tiene por objetivo construir un Portal de Espacio Profundo (PEP).

Desde 2012, la NASA había revelado su intención de contar con esta suerte de estación espacial habitable que sería colocada entre la luna y la tierra y que serviría como un primer paso para avanzar en la exploración del sistema solar y, más concretamente, el planeta Marte.

"Los socios tienen la intención de desarrollar los estándares técnicos internacionales que serán utilizados después, en particular para crear una estación espacial en la órbita de la Luna", dijo en un comunicado Roscosmos.

No sería esta la primera vez que ambos países cooperan en asuntos que van más allá de la órbita terrestre, pues desde hace más de dos décadas están asociados en la Estación Espacial Internacional (EEI), proyecto en el que también participan Canadá, Japón y 11 países de la Unión Europea. Pero, ¿qué es lo que hace que estos dos países que han sido rivales geopolíticos durante décadas puedan trabajar juntos en la exploración espacial?

Carrera espacial
Anton Fedyashin, profesor sobre historia de Rusia en la American University de Washington, señala que la llamada carrera espacial -la competencia que durante la Guerra Fría enfrentó a Estados Unidos y a la extinta Unión Soviética por la supremacía en la exploración espacial- sentó las bases para lo que ocurre ahora. "La principal razón para la cooperación entre Rusia y EE.UU. en el espacio es que son los países más avanzados en la exploración espacial, con una experiencia de unas seis décadas. Son dos gigantes desde el punto de vista de esta tecnología", le dijo Fedyashin a BBC Mundo.

Añadió que los progresos de otros países como China también pueden contribuir al deseo de Washington y Moscú de cooperar mutuamente con el fin de mantener su supremacía en este campo. El Palacio Lunar con el que China avanza en sus planes de instalar una estación espacial en la Luna

Interdependencia
El primer gran momento en la cooperación en este sector entre Washington y Moscú se produjo en 1975, durante el Proyecto de pruebas Apolo-Soyuz, cuando la cápsula estadounidense Apolo y la soviética Soyuz realizaron el primer acoplamiento espacial entre naves de países distintos. La verdadera cooperación, sin embargo, no se iniciaría sino hasta la década de 1990.

"EE.UU. y Rusia fusionaron sus programas sobre vida en el espacio en 1994, con la decisión de invitar a Rusia a asociarse a la Estación Espacial Internacional, por lo que ninguno de los dos países ha hecho nada por su cuenta en lo relativo a sostener la vida humana en el espacio, con muy pequeñas excepciones durante los últimos 23 años", le dijo a BBC Mundo John M. Logsdon, fundador y exdirector del Instituto de Política Espacial de la Universidad George Washington. Fedyashin destaca que esta cooperación tiene un aspecto muy pragmático que tiene que ver con que una vez que Estados Unidos canceló su programa de transbordadores espaciales, la única forma que tienen sus astronautas de llegar al espacio es usando cohetes rusos.

"Por eso pese a que algunos senadores en Washington quisieron poner fin a esa cooperación, desde un punto de vista estrictamente práctico no se puede hacer y si se impone esa restricción se limitaría severamente el acceso de Estados Unidos al espacio exterior", apuntó.

Logsdon cataloga a la industria espacial rusa como "muy capaz" y destaca su larga experiencia en vuelos espaciales de larga duración. Sin embargo, más allá de los elementos científicos y tecnológicos, hay otro factor fundamental que hace que a ambos países les resulte conveniente esta cooperación: el elevado costo de estos proyectos.

"Los rusos necesitan a Estados Unidos por el dinero. Estados Unidos paga por el transporte de sus astronautas y sus materiales al espacio exterior, algo que no puede hacer por si mismo", señaló Fedyashin.

Esta cooperación también parece beneficiar a una NASA que en la actualidad dispone de un presupuesto mucho menor que en el pasado, pues representa apenas una décima parte de lo que fue en el máximo momento del proyecto Apolo en términos de su peso en el gasto público total de EE.UU.

Blindados
El entramado de relaciones tejidas por las comunidades científicas de Estados Unidos y Rusia también abona el terreno para nuevos proyectos conjuntos. "La exploración espacial es un área en la que se ha podido avanzar de forma cooperativa pese a las tensiones en otros aspectos de las relaciones bilaterales. Ambos países ven los beneficios de trabajar juntos en este campo y de construir un muro alrededor de esa cooperación para evitar que se vea afectada por las tensiones políticas", afirmó Logsdon.

Fedyashin considera que lo logrado por los participantes de los programas espaciales de ambos países es un ejemplo de lo que se puede conseguir con una cooperación respetuosa y mutuamente beneficiosa.

"Cuando ves como los astronautas hablan entre sí es un mundo completamente distinto. Ellos son socios, amigos, ellos cooperan. Es una historia extraordinaria. Ellos han avanzado con sus proyectos, poniendo énfasis en el valor de la exploración espacial para la humanidad como un todo", apuntó.

Luna que se quiebra
Pese a lo avanzado hasta ahora. No son pocas las sombras que se ciernen sobre las posibilidades de que ambas potencias sigan trabajando juntas en el espacio. Pavel Luzin, doctor en Relaciones Internacionales y director de la consultora de riesgo geopolítico Under Mad Trends, asegura que -pese al trabajo conjunto en la EEI- desde mediados de la década pasada la cooperación entre Rusia y Estados Unidos ha experimentado un declive.

"¿Las causa de esto? Rusia está perdiendo la oportunidad para su desarrollo tecnológico e industrial. Su sector espacial es ineficaz y Moscú no es capaz de proponer y ejecutar proyectos avanzados en el espacio", dijo Luzin en un email en respuesta a una consulta de BBC Mundo.

Agregó que, mucho antes de la guerra en Ucrania de 2014, el liderazgo político ruso asumió una política contra Occidente, lo que -en su opinión- llevó al Congreso de Estados Unidos a cuestionar en septiembre de 2013 la dependencia de los cohetes estadounidenses Atlas V de los motores RD-180, de fabricación rusa.

Los cohetes espaciales estadounidenses Atlas V dependen de los motores rusos RD-180. El experto advirtió que esta interdependencia tecnológica desaparecerá en el futuro. "En los próximos años Estados Unidos dispondrá de, al menos, dos nuevas naves espaciales tripuladas y se volverá independiente de Rusia. Esta posibilidad es una pesadilla para el Kremlin incluso a pesar de su continuada política antioccidental", apuntó.

Según Luzin, los vuelos hacia la EEI representan más del 50% del programa civil de exploración espacial de Rusia. Al mismo tiempo, Logsdon advierte que la futura colaboración en el Portal de Espacio Profundo tampoco está garantizada. "Ese anuncio ha sido ampliamente malinterpretado. Creo que principalmente debido a que Roscosmos ofreció más de lo que es realidad. Esto está en una etapa muy inicial de planificar el próximo paso en el espacio. Esto es un acuerdo para pensar acerca de trabajar juntos si este portal espacial sigue adelante", dijo.

"El portal espacial no está aún aprobado en Estados Unidos, ni tiene un presupuesto. En este momento es solo un concepto", advirtió. Así, pese a los largos años de trabajo conjunto acumulado entre la NASA y Roscosmos, el futuro de la cooperación entre ambas agencias por los momentos no parece estar en el espacio, sino simplemente suspendido en el aire.

Fuente: BBC

martes, 18 de abril de 2017

Restaurantes en San Francisco y alrededores, publicado en la lista de los 100 mejores del mundo por la revista inglesa Restaurant.

San Francisco
Sainson, 37
Benn, 67
Atelier Crenn, 83

St Helena
The Restaurant a Meadowood, 84

Yountville
The French Laundry, 68

Los Gatos
Manresa, 90

Palo Alto
BBQ experience
27 Universidad Avenue


Lisboa, Portugal
Belcanto
Rua Nova Da Trinidade, 18. 1º

martes, 14 de marzo de 2017

Naturalista italiano, se hizo pasar por inmigrante sin papeles para viajar de Guatemala a EE UU y contarlo en 'El camino de la bestia'. Flaviano Bianchini: “En México, los bananos valen más que las personas”

Quien recuerde Cabeza de turco —la experiencia de Günter Wallraff, que se hizo pasar por inmigrante turco para padecer y retratar sus duras condiciones de vida en la Alemania de los ochenta— entenderá bien El camino de la bestia, un libro de simulación y pesadilla como el que hizo vibrar a Europa en 1985.

Flaviano Bianchini, italiano nacido en 1982, decidió despojarse de su identidad, sus documentos y su ropa y se inventó a Aymar Blanco, un falso peruano que emprende desde Guatemala el camino ilegal para llegar a Estados Unidos. Tardó 21 días en atravesar México escondido en trenes, encarcelado a veces, refugiado otras, dormido en contra de su voluntad cuando le vencía el sueño, saqueado en el camino y mareado en el desierto, pero más de tres años en escribirlo ante el bloqueo que sufrió por una experiencia que “escribía, borraba, reescribía y borraba otra vez porque no lograba ponerle sentido”.

- Usted siempre podía abandonar, proclamar que era italiano y evitar la cárcel, las torturas que sufrió. ¿Fue difícil mantener ese engaño a sus compañeros de viaje?

- No, porque empecé el viaje disfrazado de Aymar Blanco, pero lo acabé como Aymar Blanco. Cuando me encarcelaron, por ejemplo, podía haber abandonado mi papel, decir que era italiano y salir. Cuando crucé Ciudad de México también. En una hora podía haberme sentado a tomar una cerveza. Pero no lo hice y después ya no había vuelta atrás. Entré tanto en el personaje que ya era uno de ellos. La idea de engañarles ni siquiera se me ocurrió porque yo era Aymar Blanco y lo que podía quitarles en comida que les correspondiera se lo he devuelto con un documento que creo que puede ayudar.

Bianchini habla perfectamente español con retazos de varios acentos americanos. Su trabajo como especialista en daños a la salud en la ONG Source International le ha llevado a defender comunidades indígenas de Honduras, Guatemala y Perú afectadas por la llegada de empresas mineras. Pero este libro le ha situado en otro sitio. “La experiencia te cancela, te anula toda forma de humanidad”, explica en conversación por Skype.

La primera regla del migrante es no fiarse de nadie porque detrás de cualquier otro puede haber un ladrón, alguien que te va a vender a las mafias o, en el mejor de los casos, que va a correr más que tú si la policía asalta el tren. “Es la regla número uno y todo inmigrante la viola porque es innatural”. Surgen entonces pequeñas alianzas, inconstantes y momentáneas para buscar un refugio u otras vías pero entonces llega el otro riesgo del que también hay que huir: y es tomarle cariño a los demás. “Perdimos a dos personas en el trayecto final en el desierto, de noche, creo que eran dos mujeres embarazadas pero era mejor no saberlo porque no puedes hacer nada, no puedes volverte a buscarlas”. Los migrantes pierden hermanos, amigos, novias por el camino “y siguen adelante cuando lo humano sería pararse a irles a buscar”.

Pero volver atrás significa perder al grupo, perder a un guía que no frena y quedarse vagando sin norte en el desierto. “Te vuelves animal: hay que comer, beber, esconderse, escapar y ya”.

En la zona fronteriza no solo la oscuridad y la inmensidad amenazan a los inmigrantes, sino los pozos envenenados por los “minutemen”, los estadounidenses blancos que esperan armados a los extranjeros y que han cimentado la victoria de Donald Trump. “Aunque construyan más muro no van a evitar el paso, simplemente requerirá mayor organización”. Bianchini recuerda que siempre hubo frontera, los mexicanos pasaban a hacer la cosecha y volvían a casa en invierno pero “desde que está el muro ya no vuelven”. “Lo único que va a parar la inmigración es un mejoramiento de la situación”.

El camino de la bestia (Pepitas de Calabaza) nos deja las reglas de un migrante para sobrevivir, pero sobre todo nos arroja las verdaderas reglas que rigen un mundo sin aliados ni defensas. “Aunque Jesús era en el fondo un hijo de migrantes, hasta Dios se ha olvidado de ellos”, dice en el libro.

Bianchini concluye con la contradicción más angustiosa que vivió en su inmersión: “Ese tren es la metáfora de este mundo de extremos: los bananos viajan legalmente, las personas no. El banano tiene más valor que el ser humano que viaja encima de él y para mí eso representa el mundo de hoy, los bienes materiales tienen más valor que los seres humanos”.

http://cultura.elpais.com/cultura/2017/01/08/actualidad/1483896186_273040.html

viernes, 11 de noviembre de 2016

Las 7 propuestas de Donald Trump que explican su victoria


Le Monde Diplomatique


La victoria de Donald Trump (como el brexit en el Reino Unido, o la victoria del ‘no’ en Colombia) significa, primero, una nueva estrepitosa derrota de los grandes medios dominantes, los institutos de sondeo y las encuestas de opinión. Pero significa también que toda la arquitectura mundial, establecida al final de la Segunda Guerra Mundial, se ve ahora trastocada y se derrumba. Los naipes de la geopolítica se van a barajar de nuevo. Otra partida empieza. Entramos en una era nueva cuyo rasgo determinante es ‘lo desconocido’. Ahora todo puede ocurrir.

¿Cómo consiguió Trump invertir una tendencia que lo daba perdedor y lograr imponerse en la recta final de la campaña? Este personaje atípico, con sus propuestas grotescas y sus ideas sensacionalistas, ya había desbaratado hasta ahora todos los pronósticos. Frente a pesos pesados como Jeb Bush, Marco Rubio o Ted Cruz, que contaban además con el resuelto apoyo del establishment republicano, muy pocos lo veían imponerse en las primarias del Partido Republicano; y sin embargo carbonizó a sus adversarios, reduciéndolos a cenizas.

Hay que entender que desde la crisis financiera de 2008 (de la que aún no hemos salido) ya nada es igual en ninguna parte. Los ciudadanos están profundamente desencantados. La propia democracia, como modelo, ha perdido credibilidad. Los sistemas políticos han sido sacudidos hasta las raíces. En Europa, por ejemplo, se han multiplicado los terremotos electorales (entre ellos el brexit). Los grandes partidos tradicionales están en crisis. Y en todas partes percibimos subidas de formaciones de extrema derecha (en Francia, en Austria y en los países nórdicos) o de partidos antisistema y anticorrupción (Italia, España). El paisaje político aparece radicalmente transformado.

Ese fenómeno ha llegado a Estados Unidos, un país que ya conoció, en 2010, una devastadora ola populista, encarnada entonces por el Tea Party. La irrupción del multimillonario Donald Trump en la Casa Blanca prolonga aquello y constituye una revolución electoral que ningún analista supo prever. Aunque pervive, en apariencias, la vieja bicefalia entre demócratas y republicanos, la victoria de un candidato tan heterodoxo como Trump constituye un verdadero seísmo. Su estilo directo, populachero, y su mensaje maniqueo y reduccionista, apelando a los bajos instintos de ciertos sectores de la sociedad, muy distinto del tono habitual de los políticos estadounidenses, le ha conferido un carácter de autenticidad a ojos del sector más decepcionado del electorado de la derecha. Para muchos electores irritados por lo «politicamente correcto», que creen que ya no se puede decir lo que se piensa so pena de ser acusado de racista, la «palabra libre» de Trump sobre los latinos, los inmigrantes o los musulmanes es percibida como un auténtico desahogo.

A ese respecto, el candidato republicano ha sabido interpretar lo que podríamos llamar la «rebelión de las bases». Mejor que nadie, percibió la fractura cada vez más amplia entre las elites políticas, económicas, intelectuales y mediáticas, por una parte, y la base del electorado conservador, por la otra. Su discurso violentamente anti-Washington y anti-Wall Street sedujo, en particular, a los electores blancos poco cultos y empobrecidos por los efectos de la globalización económica.

Hay que precisar que el mensaje de Trump no es semejante al de un partido neofascista europeo. No es un ultraderechista convencional. Él mismo se define como un «conservador con sentido común» y su posición, en el abanico de la política, se situaría más exactamente a la derecha de la derecha. Empresario multimillonario y estrella archipopular de la telerealidad, Trump no es un antisistema, ni obviamente un revolucionario. No censura el modelo político en sí, sino a los políticos que lo han estado piloteando. Su discurso es emocional y espontáneo. Apela a los instintos, a las tripas, no a lo cerebral, ni a la razón. Habla para esa parte del pueblo estadounidense entre la cual ha empezado a cundir el desánimo y el descontento. Se dirige a la gente que está cansada de la vieja política, de la «casta». Y promete inyectar honestidad en el sistema; renovar nombres, rostros y actitudes.

Los medios han dado gran difusión a algunas de sus declaraciones y propuestas más odiosas, patafísicas o ubuescas. Recordemos, por ejemplo, su afirmación de que todos los inmigrantes ilegales mexicanos son corruptos, delincuentes y violadores. O su proyecto de expulsar a los 11 millones de inmigrantes ilegales latinos a quienes quiere meter en autobuses y expulsar del país, mandándoles a México. O su propuesta, inspirada en Juego de Tronos, de construir un muro fronterizo de 3.145 kilómetros a lo largo de valles, montañas y desiertos, para impedir la entrada de inmigrantes latinoamericanos y cuyo presupuesto de 21.000 millones de dólares sería financiado por el gobierno de México. En ese mismo orden de ideas: también anunció que prohibiría la entrada a todos los inmigrantes musulmanes...Y atacó con vehemencia a los padres de un militar estadounidense de confesión musulmana, Humayun Khan, muerto en combate en 2004, en Irak.

También su afirmación de que el matrimonio tradicional, formado por un hombre y una mujer, es "la base de una sociedad libre" y su crítica de la decisión del Tribunal Supremo de considerar que el matrimonio entre personas del mismo sexo es un derecho constitucional. Trump apoya las llamadas "leyes de libertad religiosa", impulsadas por los conservadores en varios Estados, para denegar servicios a las personas LGTB. Sin olvidar sus declaraciones sobre el "engaño" del cambio climático que, según Trump, es un concepto "creado por y para los chinos, para hacer que el sector manufacturero estadounidense pierda competitividad".

Este catálogo de necedades horripilantes y detestables ha sido, repito, masivamente difundido por los medios dominantes no solo en Estados Unidos sino en el resto del mundo. Y la principal pregunta que mucha gente se hacía era: ¿cómo es posible que un personaje con tan lamentables ideas consiga una audiencia tan considerable entre los electores estadounidenses que, obviamente, no pueden estar todos lobotomizados? Algo no cuadraba.

Para responder a esa pregunta tuvimos que hendir la muralla informativa y analizar más de cerca el programa completo del candidato republicano y descubrir los siete puntos fundamentales que defiende, silenciados por los grandes medios.

1) Los periodistas no le perdonan, en primer lugar, que ataque de frente al poder mediático. Le reprochan que constantemente anime al público en sus mítines a abuchear a los “deshonestos” medios. Trump suele afirmar: «No estoy compitiendo contra Hillary Clinton, estoy compitiendo contra los corruptos medios de comunicación» [1]. En un tweet reciente, por ejemplo, escribió: «Si los repugnantes y corruptos medios me cubrieran de forma honesta y no inyectaran significados falsos a las palabras que digo, estaría ganando a Hillary por un 20%».

Por considerar injusta o sesgada la cobertura mediática, el candidato republicano no dudó en retirar las credenciales de prensa para cubrir sus actos de campaña a varios medios importantes, entre otros, The Washington Post, Politico, Huffington Post y BuzzFeed. Y hasta se ha atrevido a atacar a Fox News, la gran cadena del derechismo panfletario, a pesar de que lo apoya a fondo como candidato favorito...

2) Otra razón por la que los grandes medios atacaron con saña a Trump es porque denuncia la globalización económica, convencido de que ésta ha acabado con la clase media. Según él, la economía globalizada está fallando a cada vez más gente, y recuerda que, en los últimos 15 años, en Estados Unidos, más de 60.000 fábricas tuvieron que cerrar y casi cinco millones de empleos industriales bien pagados desaparecieron.

3) Es un ferviente proteccionista. Propone aumentar las tasas de todos los productos importados. «Vamos a recuperar el control del país, haremos que Estados Unidos vuelva a ser un gran país», suele afirmar, retomando su eslogan de campaña.

Partidario del brexit, Donald Trump ha desvelado que, una vez elegido presidente, tratará de sacar a EEUU del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (NAFTA, por sus siglas en inglés). También arremetió contra el Acuerdo de Asociación Transpacífico (TPP, por sus siglas en inglés), y aseguró que, de alcanzar la Presidencia, sacará al país de él: «El TPP sería un golpe mortal para la industria manufacturera de Estados Unidos».

En regiones como el rust belt del noreste, donde las deslocalizaciones y el cierre de fábricas manufactureras dejaron altos niveles de desempleo y de pobreza, este mensaje de Trump está calando hondo.

4) Así como su rechazo de los recortes neoliberales en materia de seguridad social. Muchos electores republicanos, víctimas de la crisis económica de 2008 o que tienen más de 65 años, necesitan beneficiarse de la Social Security (jubilación) y del Medicare (seguro de salud) que desarrolló el presidente Barack Obama y que otros líderes republicanos desean suprimir. Tump ha prometido no tocar estos avances sociales, bajar el precio de los medicamentos, ayudar a resolver los problemas de los «sin techo», reformar la fiscalidad de los pequeños contribuyentes y suprimir el impuesto federal que afecta a 73 millones de hogares modestos.

5) Contra la arrogancia de Wall Street, Trump propone aumentar significativamente los impuestos de los corredores de hedge funds, que ganan fortunas, y apoya el restablecimiento de la Ley Glass-Steagall. Aprobada en 1933, en plena Depresión, esta ley separó la banca tradicional de la banca de inversiones con el objetivo de evitar que la primera pudiera hacer inversiones de alto riesgo. Obviamente, todo el sector financiero se opone absolutamente al restablecimiento de esta medida.

6) En política internacional, Trump quiere establecer una alianza con Rusia para combatir con eficacia al Daesh. Aunque para ello Washington tenga que reconocer la anexión de Crimea por Moscú.

7) Trump estima que con su enorme deuda soberana, Estados Unidos ya no dispone de los recursos necesarios para conducir una política extranjera intervencionista indiscriminada. Ya no puede imponen la paz a cualquier precio. En contradicción con varios caciques de su partido, y como consecuencia lógica del final de la guerra fría, quiere cambiar la OTAN: «No habrá nunca más garantía de una protección automática de los Estados Unidos para los países de la OTAN».

Todas estas propuestas no invalidan en absoluto las inaceptables, odiosas y a veces nauseabundas declaraciones del candidato republicano difundidas a bombo y platillo por los grandes medios dominantes. Pero sí explican mejor el por qué de su éxito.

En 1980, la inesperada victoria de Ronald Reagan a la presidencia de Estados Unidos había hecho entrar el planeta en un ciclo de 40 años de neoliberalismo y de globalización financiera. La victoria hoy de Donald Trump puede hacernos entrar en un nuevo ciclo geopolítico cuya peligrosa característica ideológica principal –que vemos surgir por todas partes y en particular en Francia con Marine Le Pen– es el autoritarismo identitario. Un mundo se derrumba pues, y da vértigo...

Nota:
[1] En su mitin del 13 de agosto, en Fairfield (Connecticut).

Fuente:
http://www.monde-diplomatique.es/?url=mostrar/pagLibre/?nodo=ad6ef6c2-7994-439c-9b14-4c7330df00e7

La bestia del fascismo. La actual crisis de las instituciones políticas ofrece un paralelismo con la década de 1930

El historiador Fritz Stern, que escapó de los nazis, fue uno de los pioneros de los estudios de historia de Alemania en Estados Unidos. Falleció este año, pero antes llevaba ya cierto tiempo avisando sobre las señales de que el fascismo estaba reapareciendo. Y no hablaba de su país natal.

¿Fascismo en Estados Unidos? No hay que exagerar. Ahora bien, antes de descartarlo, quizá deberíamos reflexionar sobre lo que hemos aprendido del fascismo en general, gracias a la labor de Stern y otros autores.

En ciertos aspectos, es difícil ver similitudes entre la República de Weimar o la Italia de Mussolini y el mundo en el que vivimos. No hay nadie que reclame un Estado gobernado por un partido único. No hay prietas filas de camisas negras o camisas pardas que desfilen por las calles. No hay monárquicos dispuestos a apoyar a quien sea con tal de no caer en el abismo del bolchevismo. Si hubo un factor común tras el ascenso de la extrema derecha en la década de 1920 fue el espectro de la revolución rusa y el miedo a que se extendiera. Por muy alargada que sea la sombra de Vladimir Putin, no llega a ese punto. Rusia ocupa en la sociedad internacional un puesto que la Unión Soviética de Lenin nunca tuvo.

¿Las cosas son muy distintas, pues? No tan rápido. A Stern le preocupaban la corrupción del discurso público y un mundo en el que todo se ha vuelto opinión. Le habrían alarmado aún más la repercusión de Twitter y el hecho de que hayan saltado a los grandes medios de comunicación unas teorías de la conspiración antes marginales.

Hemos tenido la tendencia a ver el fascismo como una patología, y eso hace más difícil de comprender su ascenso. Ante el triunfo de la derecha entre las dos guerras mundiales, no solo en Alemania sino en toda Europa, desde España hasta Lituania, los historiadores hablan de la irracionalidad del pueblo, el misterioso carisma del dictador, incluso los tipos de personalidad que explican por qué grandes sectores de población, al parecer, querían que los dirigieran. Lo que todas estas interpretaciones tienen en común es que subrayan lo distintas que eran esas personas de nosotros.

Quizá ellos estaban traumatizados por sus experiencias en los frentes de la Primera Guerra Mundial; quizá habían perdido todo su dinero en la Gran Depresión. En cualquier caso, continúa el relato, aquel giro a la derecha tuvo un componente excepcional. El mensaje es tranquilizador: una vez derrotado el nazismo, los fascismos no volverán a triunfar jamás. La bestia cayó abatida.

Y es probable que el fascismo no vuelva, porque, después de todo, sí era un producto de su tiempo. Pero el racismo y el sentimiento xenófobo que encerraba nunca han desaparecido del todo. Su expresión pública se toleró menos durante un tiempo, una tendencia que ahora puede estar invirtiéndose.

Hay al menos otro aspecto fundamental en el que el periodo de entreguerras y el nuestro guardan una incómoda semejanza. Seguramente, no deberíamos pensar tanto en quién se ha vuelto fascista sino en quién ha perdido la fe en el gobierno parlamentario, su sistema de mecanismos de control y equilibrio y sus libertades básicas.

El ascenso del fascismo se apoyó en una profunda crisis de la democracia liberal. Y la verdadera lección que debemos extraer está en esa crisis de las instituciones democráticas entre las dos guerras. Antes de la Primera Guerra Mundial, la gente luchó para ampliar el poder de los Parlamentos y consagrar las constituciones. Unos elementos que después perdieron su atractivo a una velocidad asombrosa.

En toda Europa, muchos achacaron los males de la sociedad al poder de los Parlamentos y expresaron su deseo de tener un dirigente único que acumulara más poder en su persona. Dijeron que los Parlamentos eran unas meras fachadas que servían de cobertura para hacer lo que exigían unas élites y unos grupos de presión sin fin.

El paralelismo más llamativo es que los partidos políticos se volvieron más extremistas y empezaron a considerarse mutuamente ilegítimos. Los aparatos judiciales y las policías se politizaron. Esa crisis institucional es la que contiene la mayor similitud entre Weimar y Estados Unidos de la actualidad.

Las dictaduras no han desaparecido, e incluso es posible que estén resurgiendo. El último ejemplo es Turquía, donde los ataques del presidente Recep Tayyip Erdogan contra los medios de comunicación y las universidades han supuesto un deterioro sin precedentes de las libertades en dicho país.

Pero el fascismo no se limitó nunca a la existencia de dictadores. Como escribió hace décadas el politólogo conservador Michael Oakeshott, los progresistas se engañan al centrarse en la figura del dictador, como si el único problema fuera una persona.

El verdadero problema está en la sombra del dictador, las condiciones que permiten el ascenso del líder. El vaciado de esas instituciones fundamentales sin las que ningún Estado moderno puede autogobernarse, ninguna sociedad moderna puede funcionar, y el extremismo del discurso político ya están entre nosotros. Y da la impresión de que en Estados Unidos se van a quedar.

Mark Mazower es catedrático de historia en la Universidad de Columbia.

Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

 http://elpais.com/elpais/2016/11/08/opinion/1478599651_419456.html

viernes, 7 de octubre de 2016

Retratos y datos de la obscena miseria de California

Javier Brandoli
The Huffington Post

La pobreza
Donde hay pobreza produce pena; donde hay riqueza produce asco.

Hay un hombre tirado en la acera junto a su silla de ruedas en Hollywood Boulevard. Ambos, silla y hombre, lo hacen en escorzo, dándose la espalda, bajo la escasa sombra de dos cajeros automáticos del Bank of America. Nadie mira, ni se detiene, es sólo una persona más que se consume en la calle. Son muertos, vivos, pero muertos.

No hay uno, hay cientos.
Sólo hay que acostumbrarse a sortearlos si cayeron en medio del camino. Deambulan por las calles, hablan solos, en ocasiones a gritos. Algunos beben o se drogan y entonces su voz es más fuerte. Luego duermen, a cualquier hora, en cualquier lugar.

En nuestro apartamento alquilado de Venice Beach los escucho gritar cada noche. Son decenas de vagabundos que duermen en la misma arena o justo debajo del parking al que asoma nuestra ventana. ¡Fuck Trump!, gritan. Y algunos repiten el alarido como un mantra que les hace cerrar los ojos entre ciertas risas.

No piden dinero, no piden ya nada. Esperan morir.
En el centro de Los Ángeles, en las calles Spring y Main Street, justo antes de Chinatown, hay una larga hilera de tiendas de campañas en las que duermen decenas de personas. Cuando cae la noche ellos se sientan en el bordillo de la acera y ven pasar los coches quizá con el íntimo deseo de que alguno les arrolle. Muchos son ahí veteranos de guerra. No piden dinero, no piden ya nada. Esperan morir.

Datos de L. A.
En la ciudad de Los Ángeles ha subido en 2015 un 5,7% el número de sin techo. Según los datos oficiales, hay en el condado de Los Ángeles 46.874 vagabundos. El alcalde Eric Garcetti resume así la situación: "A pesar de nuestro progreso, Los Ángeles se enfrenta a una escasez histórica de viviendas, una crisis de enfermos mentales asombrosa y los veteranos de guerra se están convirtiendo a diario en personas sin hogar".

Palm Springs: "yonquis en la ciudad de Elvis"
Al salir de nuestra Guest House, Desert Rivera Hotel, donde se han reunido los vecinos junto a la piscina para hacer una cena-barbacoa que empezó a las 17:30 y acabó, con toda ya limpio, a las 19:30 horas, bromeamos si esta ciudad no sería Pleasantville (película de 1998 que muestra un pueblo perfecto).

Cruzamos una zona de villas con jardines milimétricamente cuidados en un barrio limpio, de calles amplias. Hace mucho calor, son las 20:30 horas. Vamos a la parada de autobús que nos llevará a Indian Canyon Drive y Palm Canyon Drive, zona de bares y tiendas. Llega entonces el autobús, subimos y justo cuando vamos a pagar nos percibimos de una imagen desoladora.

Hay siete personas dentro, nada más: tres negros y cuatro blancos. El primero es un blanco, de unos cincuenta años, con un gorro de lana y un carrito con bolsas de basura en las que lleva sus pertenencias. Detrás hay una mujer blanca y una mujer negra, sentadas cada una a un lado del pasillo y con aspecto muy pobre. Ambas llevan también bolsas con ropa. Murmuran y hablan solas quejándose del ruido que hace una pareja que tienen síntomas claros de alcohol y drogas y que están sentados al final del autobús. Él le muerde el cuello y ella grita. Nos sentamos y justo al hacerlo vemos que detrás hay una mujer blanca muy gorda medio desmayada en los brazos de un chico parece más joven. Ella está llena de tatuajes y el lleva también un gorro de lana.

Él le acaricia el pelo y ella, si estuviera en una cama, juraría que allí mismo se estaba muriendo
Unas pocas paradas después, tras contemplar por la ventanilla una ciudad vacía por la que deambulan como zombis sombras con carritos o bolsas, llegamos a nuestro destino. Bajan con nosotros el hombre cincuentón blanco con su armario con ruedas y las dos mujeres mayores. Al levantarnos y girarnos veo que la mujer desmayada tiene la cara llena de costras y los brazos y piernas con picaduras. El chico también. Supongo que es sida y se inyectan heroína.

Datos de P. S.
El Dessert Sun, periódico local, publicaba el pasado 26 de junio que las drogas y vagabundos eran un enrome problema para los negocios de Palm Springs y calificaban el problema de interminable. El último informe dice que hay al menos 2000 sin techo viviendo en esta población de 46.000 habitantes famosa por ser un lugar lleno de campos de golf, hoteles, tiendas y restaurantes levantados en medio del desierto. Elvis Presley vivió aquí entre 1966 y 1967.

San Diego: el campamento de los vagabundos veteranos de guerra
En San Diego cruzamos la calle junto a Batman, Spiderman, Thor y Doraemon. Es el fin de semana del Comic-Con, el festival de cómics más grande del planeta, y las avenidas se han llenado de personas disfrazadas que pasean con capas, hachas o alas en la espalda. Todos los hoteles están reservados desde hace meses y por dormir en un motel con cucarachas, literal, pagamos 180 dólares. En otros moteles nos pidieron hasta 400 dólares.

Tras recorrer el puerto vamos a la zona marítima donde está el Midway Museo. Los gritos de un tipo que dice que ese museo es bullshit (mierda) se mezclan con los de otra cadena de vagabundos que esperan casi a la sombra del portaviones. Es una larga fila que se desparrama por el suelo. Me llama la atención una chica joven, no parece enferma pese a cubrirla una capa de mugre, que habla con un perro dormido que está tumbado a su lado.

Hay muchos carteles que parecen estandartes y en el centro hay uno en el que se lee: "Villa de veteranos sin techo" Decidimos después ir a visitar el Balboa Park y en el camino, en una larga cuesta, vemos decenas de personas tiradas en la calle y algunas tiendas de campaña.

Al asomarnos vemos que hay una explanada llena de tiendas de campañas donde viven cientos de ex-militares que se han jugado la vida por su país a cambio de una lona de plástico, unos retretes comunitarios y un plato de comida recalentada al regreso. Algunos gritan y otros dormitan sobre la acera con sus cuerpos débiles, flácidos, como si hubieran recibido un disparo mortal que les atravesara el pecho.

Datos de S. D.
El 1 de marzo de 2016, el San Diego City Council aprobó por unanimidad un plan en el que participan varias administraciones de 12,5 millones de dólares pasa sacar a 1000 veteranos de guerra de las calles y darles una vivienda. San Diego es la cuarta ciudad de EEUU con más sin techo. En 2015, la cifra oficial de vagabundos era de 8742 de los que se calcula que cerca de 1500 son veteranos de guerra. Su población es de 1,3 millones de personas.

San Francisco: hordas de sin techo
En San Francisco nos alojamos en un apartamento en la Golden Gate Avenue casi esquina Larkin Street. Lo elegimos porque nos pareció céntrico, cerca del Ayuntamiento, la ópera y el museo asiático. Cuando llegamos y vamos a meter el coche en el parking nos llama la atención las decenas de personas que hay tiradas en la calle frente a nuestro portal.

Decidimos dejar el coche e irnos andando al centro, a Chinatown y la zona de Union Square. Las cuatro manzanas que rodeaban muestra vivienda eran literalmente una horda de sin techo, camellos y drogadictos desparramados por las aceras. Algunos gritaban solos, otros arrastraban sus carritos y la mayoría estaban tirados en el suelo. Muchos, eso lo vimos durante todo el viaje, estaban en sillas de ruedas, llevaban muletas o tenían serias dificultades en caminar.

Por las noches, el panorama era más desolador: quedaban solo ellos y los que fumaban y vendían marihuana. Recuerdo una vez que tuvimos que esquivar a una chica mulata joven, de buen aspecto, que dormía atravesada en medio de la acera. Tenía una bolsa a un metro de sus brazos que debió arrojar al suelo mientras se desmayaba.

La misma imagen vimos en la zona del Embarcadero, donde una mañana que alquilamos unas bicis para ir hasta el Golden Gate, nos cruzábamos con hombres y mujeres que vivían tirados frente a la bahía. Especialmente jodida me pareció una escena frente a la famosa heladería Ghirardelli, en las que las colas llegan a hasta la calle para tomar uno de sus famosos y caros helados. La gente los compra y sale al césped, frente a la marina, a comer mirando al mar. Ese domingo caluroso el parque estaba lleno de gente degustando helados y en el medio, con una prudencial distancia, había dos ancianos dormidos vestidos con harapos.

Esa noche, cuando llegamos a nuestro apartamento, mientras abríamos la puerta del garaje, vimos a un hombre que se agachaba a defecar enfrente de nosotros. Lo hacía tapado por el único coche aparcado que había en la calle.

Datos de S. F.
En San Francisco, una de las ciudades de EEUU con más ayudas para sin techo, se calcula que hay al menos 7.000 vagabundos en una ciudad con una población de 837.000 personas. Muchos llegaron del frente en barcos, tras la guerra de Vietnam, y se quedaron abandonados viviendo en sus calles.

Un 40% de personas pobres o casi pobres en la rica California
El estado de California es el responsable del 13% del PIB de Estados Unidos con 1,8 billones de dólares, y del 20% de los sin techo del país, con cerca de 114.000 personas. Si California se considerara un país independiente, sería entre la séptima y la décima economía del mundo (hay informes diversos). La renta per cápita media es de 42.325 dólares. Todas las escenas narradas corresponden a barrios buenos o céntricos de las ciudades mencionadas que recorrimos durante 15 noches. No observamos apenas inmigrantes latinos o asiáticos entre los sin techo, la inmensa mayoría eran estadounidenses blancos o afroamericanos.
Este texto versa sobre los vagabundos, el último escalafón social de cualquier país, pero según los datos oficiales del Public Policy Institute of California, un 16,4% de los californianos viven en la pobreza y un 40% en la pobreza o rayando la pobreza.

Fuente:
http://www.huffingtonpost.es/javier-brandoli/retratos-y-datos-de-la-ob_b_11764300.html?utm_hp_ref=spain

martes, 20 de septiembre de 2016

¿Por qué China construye una universidad a la semana? Andreas Schleicher Jefe de Educación de la OCDE

China ha estado gestando una revolución silenciosa que está causando un giro importante en la composición mundial de graduados universitarios.

La potencia asiática ha estado construyendo el equivalente a casi una universidad por semana.

Durante décadas, Estados Unidos tuvo la mayor proporción de estudiantes universitarios. Y por esto, también dominaban el mercado profesional.

Como un reflejo de esta antigua supremacía, casi un tercio de los graduados de entre 55 y 64 años en las economías más grandes del mundo son ciudadanos estadounidenses.

Pero ese panorama está cambiando rápidamente entre las generaciones más jóvenes. En términos de "producir" graduados, China ha superado a Estados Unidos y a los sistemas combinados de universidades en los países de la Unión Europea.

La brecha existente se va acentuar todavía más. Las predicciones más modestas estiman un crecimiento para 2030 del 300% de graduados entre 25 y 34 años, comparado con un aumento del 30% esperado en Europa y EE.UU.

Costoso
En EE.UU., muchos estudiantes se enfrentan a dificultades para costear sus estudios superiores. En Europa, la mayoría de los países han puesto un freno a la expansión de universidades, ya sea al no destinar fondos públicos o al no permitir que las instituciones recauden dinero por sí mismas.

Y mientras Occidente ha estado pasivo, China y otros países asiáticos como India adelantan el paso.

No se trata únicamente de un aumento en el número de estudiantes. Los jóvenes chinos e indios tienden a estudiar matemáticas, ciencia, computación e ingeniería –las áreas más relevantes para los avances tecnológicos y de innovación.

En 2013, el 40% de los graduados chinos completó sus estudios en una carrera relacionada con ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas (STEM, por sus siglas en inglés). Más del doble que los egresados estadounidenses.

Esto quiere decir que los egresados que son el motor de la prosperidad en las economías basadas en el conocimiento cada vez más tendrán origen chino o indio.

Para el año 2030, China e India podrían formar el 60% de los egresados de carreras STEM, en comparación con solo un 8% de europeos y un 4% de estadounidenses.

Sueldos altos
Países como China e India están apostando su futuro con esta transformación.

Con el incremento de estudiantes en instituciones superiores, se podría pensar que podría haber un exceso de "sobre calificados".

Pero esto no está ocurriendo. En los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) que tienen un mayor registro de graduados, la mayoría observa una remuneración que también asciende.

Esto sugiere que un aumento en los "trabajadores del conocimiento" no conduce a una disminución de su salario, a diferencia de la forma en que los avances tecnológicos y la globalización han reducido los ingresos de los trabajadores sin educación universitaria.

El verdadero reto de los países occidentales será prepararse para una futura competencia con las economías asiáticas dentro del sector del conocimiento.

Calidad
Hay quienes cuestionan la calidad y relevancia de los títulos universitarios otorgados en China.

En efecto, todavía no hay una metodología directa que permita comparar los procesos de aprendizaje de los egresados en diferentes universidades y países.

Pero China ha demostrado que es posible inculcar calidad y cantidad simultáneamente en sus escuelas.

En las más recientes pruebas PISA de la OCDE, el 10% más desfavorecido entre los niños de 15 años de edad en Shanghái obtuvo mayores calificaciones en matemáticas que el 10% de los niños de 15 años más privilegiados en EE.UU.

La rápida expansión de China en la educación superior muestra la magnitud del desafío para Occidente y que el futuro podría ser indiferente a la tradición y reputación del pasado.

El éxito será de aquellos individuos, universidades y países que se adapten rápidamente y se abran a los cambios. La tarea para los gobiernos será asegurarse de que sus países asuman estos desafíos.

http://www.bbc.com/mundo/noticias/2016/03/160316_china_universidad_semana_popular_ps.shtml

martes, 15 de diciembre de 2015

¿Por qué la Nueva Ley de Educación (en USA) es buena para los niños que se quedan retrasados? Por DAVID L. Kirp. NYT

La ley "No Child Left Behind" ("Que ningún niño se quede atrás" de George W. Bush) convirtió a las escuelas en ollas a presión y a los alumnos en robots que hacen exámenes. Esta nueva ley ayudará a cambiar eso.

La Ley "Que Ningún Niño Se Quede Atrás" (No Child Left Behind) pronto será arrojada al basurero de la historia. Con una rara muestra de bipartito, el Congreso ha revisado la política educativa federal. La sucesora de dicha Ley hará que cada alumno tenga éxito, se dirigió a la mesa del presidente, y ha indicado su intención de firmarla.

¡Que se vayan la que era una ley mal concebida! ¿Su reemplazo será mejor?

La conocida como "Que Ningún Niño Se Quede Atrás", en los libros desde 2002, se suponía que era para cerrar las brechas de logros entre el alumnado desfavorecido (minorías raciales y étnicas, alumnado de familias con bajos ingresos, los jóvenes con necesidades especiales y los escolarizados con lengua materna no inglesa) y eliminar lo que el presidente George W. Bush condenó como "la intolerancia a las bajas expectativas." El objetivo era audaz - para el año 2014, decretó la ley, el cien por cien de los estudiantes conseguirían el nivel de graduado.

En cambio, las cosas han ido a peor en casi todas las evaluaciones. Los resultados del SAT (Exámenes de admisión a las universidades) han disminuido, al igual que las puntuaciones de los estudiantes estadounidenses, en comparación con sus homólogos de otras naciones, en las pruebas del PISA (Programa para la Evaluación Internacional de Alumnos). El ritmo de avance en la Evaluación Nacional del Progreso Educativo,  (National Assessment of Educational Progress,) boletín de calificaciones de la nación, era en realidad superior, tanto en general como por grupos demográficos específicos, durante la década anterior a la Ley "Que Ningún Niño Se Quede Atrás" que después de su aprobación.

Al mismo tiempo, la aspiración de la ley se transformó en un objetivo de alto riesgo para la rendición de cuentas - no para los políticos-, con sus demandas inalcanzables, si para las autoridades escolares que recibieron con las metas anuales de pruebas, una carga imposible de cumplir. Según la ley, las escuelas que no hicieran "progreso anual adecuado" se enfrentaban a sanciones cada vez más draconianas, incluyendo la reorganización global y los cierres de centros.

Como resultado, las escuelas públicas se han convertido en una olla a presión. Los profesores son presionados para mejorar los resultados de las pruebas. Se han reducido extremadamente la cantidad de tiempo que se empleaba en las áreas de arte, la música y el deporte, porque no forman parte de las pruebas de evaluación. Los alumnos se han convertido en robots para hacer exámenes, sometiéndose a 20 exámenes estandarizados al año.

El gobierno de Obama inicialmente actuó como si el milagro de 2014 se fuese a cumplir, con todos los alumnos consiguiendo las competencias en matemáticas y lectura. Pero en 2012, cuando se hizo evidente que la brecha en el rendimiento no estaba a punto de desaparecer, el Departamento de Educación comenzó a dar dispensas a los Estados que querían elaborar su propia definición de progreso anual adecuado. Si bien casi todos los estados han conseguido una hoja oficial de permiso, los burócratas federales retuvieron la palabra final sobre si el plan de un estado podría pasar el examen, y esas exenciones se acondicionaron a los compromisos a adoptar las reformas educativas aprobadas por la administración. En efecto, el departamento ha estado confiando en exenciones que reescribian la Ley "No Child Left Behind".

La nueva Ley "Cada estudiante tiene éxito" ("The Every Student Succeeds Act"), por primera vez desde los años de Reagan, equilibra el poder en la educación y se distancia de Washington y de nuevo vuelve a los Estados. Eso es una postura que es bienvenida.

Ya no puede el Departamento de Educación desplegar el poder de las subvenciones de dinero, como lo hizo con "Race to the Top", para empujar a los Estados a la adopción de políticas dudosas como el uso de resultados de las pruebas estandarizadas de los alumnos para juzgar a los maestros o ampliar el número de las escuelas charter (charter schoolsEscuelas de gestión privadas con financiación pública). Ahora esas decisiones se dejan a los Estados.

El temido requisito de "progreso anual" se ha eliminado, al igual que la serie de consecuencias en escala sufridas por los distritos escolares que no den la talla. Los Estados deben intervenir para ayudar al 5 por ciento más débil de todas las escuelas, escuelas secundarias que se gradúan menos de 67 por ciento de sus estudiantes a tiempo (la norma nacional supera el 80 por ciento) y las escuelas donde un subgrupo de alumnos "estén retrasados constantemente". Pero serán los Estados, no Washington, quien determinará la forma de cambiar las cosas. Esa es una rendición de cuentas con una cucharada de flexibilidad necesaria.

Si bien aún se requieren a los Estados para que examinen a los estudiantes anualmente en lectura y matemáticas de tercero a octavo grado, y por lo menos una vez en la escuela secundaria, tienen una mayor libertad en el diseño de dichas pruebas. Es más, esas pruebas estandarizadas cuentan menos en la evaluación de las escuelas. Al menos otra medida de mejoramiento académico, al igual que las tasas de graduación y, por hablantes no nativos, la competencia en Inglés, debe ser incluida. Y una medida de desempeño de los estudiantes, al igual que los conflictos o el clima escolar, tiene que ser parte de la ecuación de evaluación. Este enfoque múltiple, debería hacer más fácil para los educadores el reemplazar algunas memorizaciones que matan la creatividad, por más práctica en el aprendizaje y pensamiento crítico.

Grupos de derechos civiles han sido tibios en su apoyo a la nueva legislación, porque temen que algunos Estados volverán a referirse a la negligencia de los estudiantes de minorías que llevaron al Congreso a aprobar No Child Left Behind. Tienen la historia de su lado: "Dejad a los Estados" fue desastroso para los estudiantes de minorías. ¿Será esta vez diferente? La nueva ley mantiene el antiguo requisito de que los resultados de las pruebas se hagan públicos y que se desglosen esos resultados. Como contrapartida, sabremos donde están los estudiantes más vulnerables. Habrá todavía luchas por la rendición de cuentas, pero las habrá en el ámbito estatal, y los defensores tendrán que mantener la presión a favor de la equidad.

La esperanza en la reforma de la escuela es eterna, sólo para venir seguida de la decepción. (Al anunciar su proyecto de ley de educación, Lyndon B. Johnson calificó a su plan de educación como "pasaporte contra la pobreza." Que claramente, no funcionó.). Reescribir las normas y criterios de evaluación y dar rienda más libre a los Estados en el rescate de las escuelas débiles, como lo hace esta ley, es tarea de un buen día de trabajo dentro del buen camino, pero no es ninguna garantía de que la calidad de la enseñanza y el aprendizaje vayan a cambiar. Hacer esas mejoras conllevará un duro trabajo por parte de los educadores comprometidos y los padres. Manténganse al tanto.

David L. Kirp es profesor de política pública en la Universidad de California, en Berkeley, y un investigador del Instituto de Políticas de Aprendizaje.

Una versión de este artículo de opinión apareció en la prensa el 10 de diciembre de 2015, en la página A39 de la edición de Nueva York con el titular: Left Behind No Longer. (No Se Quede Más Atrás.

http://www.nytimes.com/2015/12/10/opinion/why-the-new-education-law-is-good-for-children-left-behind.html?emc=edit_tnt_20151210&nlid=31217582&tntemail0=y&_r=0

Cartas al director que comentan el artículo.
Al editor:

Evidentemente Prof. David L. Kirp ha observado los ciclos de la reforma de la escuela, de la esperanza a la desesperación, el tiempo suficiente no unirse en alabanza incondicional a la ley federal de éxito No Child Left Behind. Sin embargo, asume que el cambio, alguna aplicación de la rendición de cuentas del gobierno federal a manos del Estado, dará resultados positivos.

En verdad, no es tanto el cambio como el acuerdo bipartidista sugiere. Unidos aún deben coordinar sus estándares con 11 leyes federales diferentes y luego ganar la aprobación del secretario de educación.

Evaluación de los estudiantes "cualidades personales, como el grano", en lugar de su conocimiento básico se abre más la puerta a prueba y privacidad invasiones psicológicos. En última instancia, las escuelas públicas deben ser responsables, no a los burócratas, sino a los padres para confiar a sus hijos a ellos.

ROBERT HOLLAND
Arlington Heights, Illinois.
El autor es investigador principal de la política educativa en el Instituto Heartland, un think tank conservador y libertario.

Re "Corrección Curso de Pruebas School" (editorial, 07 de diciembre):

La falla en su posición hacia las pruebas de la escuela es ver las pruebas como un mecanismo primario "para mejorar la instrucción." Hay muchas razones por las que los estudiantes hacen bien y mal los exámenes estandarizados, los maestros y las escuelas son una variable. La pobreza, la participación de los padres, la cultura y la comunidad, son otras variables que deben ser abordados si nos tomamos en serio la mejora de la calidad de la educación.

Cuando las pruebas son vistos como instrumentos de derecho, como No Child Left Behind Act ha hecho, sin una receta para el crecimiento, entonces las pruebas pierden todo valor académico. Las pruebas no son un problema en sí mismas;  el problema es cómo son percibidos y utilizados. Cuando se utilizan como un referéndum sobre la calidad de la enseñanza y el aprendizaje, pierden su potencial pedagógico. Las pruebas estandarizadas miden donde los estudiantes están en el momento, y no donde comenzaron.

Es el momento de empezar a ver y usar pruebas como herramientas para la transformación y no como armas políticas que simplemente se etiquetan las escuelas como "en necesidad de mejorar" o "fracasar." Nuestra confianza en las pruebas estandarizadas no ofrece ni un diagnóstico ni una receta para el problema de la educar a los niños.

LARRY HOFFNER
Nueva York

El autor es un ex profesor de secundaria en las escuelas públicas de la Ciudad de Nueva York.