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domingo, 22 de febrero de 2026

"No hay nada como el aburrimiento para escribir": la esquiva Agatha Christie en una inusual entrevista con la BBC

Retrato de Agatha Christie con sombrero.

Fuente de la imagen,Getty Images

Pie de foto,La escritora británica de misterio Agatha Christie (1891-1976), en una foto tomada en 1926, un año de éxito profesional y dolor personal.

Agatha Christie era brillante para ocultarse a plena vista. 

 Se presentaba como una señora mayor y afable con abrigo de piel, amante de la jardinería, la buena comida, la familia y los perros, pero tras esa apariencia amable se deleitaba tramando historias de envenenamientos, traiciones y sangre, éxitos de ventas.

Y ofrecía pocas pistas sobre el funcionamiento interno de su ingeniosa mente.

Christie era crónicamente tímida, pero en 1955 la convencieron para conceder una inusual entrevista en su apartamento de Londres para un reportaje de radio de la BBC.

En ella, reveló cómo una infancia poco convencional despertó su imaginación, por qué escribir obras de teatro era más fácil que escribir novelas y cómo podía terminar un libro en tres meses.

Nacida como Agatha Miller en una familia próspera en 1890, recibió principalmente educación en casa.

Cuando le preguntaron por qué se dedicó a escribir, Christie respondió: "Lo atribuyo a que nunca tuve una educación formal".

"Quizás sea mejor matizarlo admitiendo que finalmente fui a la escuela en París cuando tenía unos 16 años.

"Pero hasta entonces, aparte de que me enseñaron algo de aritmética, no había recibido ninguna lección digna de mención".

Christie describió su infancia como "gloriosamente ociosa", pero agregó que tenía un apetito voraz por la lectura.

"Empecé a inventar historias e interpretar los diferentes papeles. No hay nada como el aburrimiento para escribir. Así que, para cuando tenía 16 o 17 años, ya había escrito muchos cuentos y una novela larga y deprimente".

Contó que terminó de escribir su primera novela publicada a los 21 años. Tras varios rechazos, "El misterioso caso de Styles" se publicó en 1920, presentando su creación más famosa, Hércules Poirot.

Agatha Christie sentada escribiendo a máquina al lado de su biblioteca.

Agatha Christie sentada escribiendo a máquina al lado de su biblioteca.

Fuente de la imagen,Getty Images


Pie de foto,
Sólo cuando ya tenía las obras creadas en su mente, se sentaba a hacer la mano de obra: escribir. 

El método de envenenamiento que eligió para esta historia surgió directamente de su experiencia personal durante la Primera Guerra Mundial.

Mientras su primer marido, Archie Christie, estaba destinado en Francia, ella trabajaba en el frente interno como enfermera voluntaria en un hospital para soldados heridos.

Se convirtió en auxiliar de farmacia del hospital, lo que le permitió comprender los medicamentos y las toxinas.

En sus relatos, el veneno se utiliza en 41 asesinatos, intentos de asesinato y suicidios.

El misterio de Christie

La fórmula típica de Christie comienza con un círculo cerrado de sospechosos del mismo mundo social y un asesinato que genera pistas que conducen a una confrontación decisiva.

En el centro se encuentra un detective privado, como Poirot o la señorita Marple, que desentraña el misterio y revela la verdad al grupo en una dramática escena final.

Esta estructura, familiar pero infinitamente adaptable, es parte de lo que hace que la obra de Christie sea tan perdurable.

En 1926, publicó "El asesinato de Roger Ackroyd", un libro que consolidó su reputación profesional; ese mismo año, su vida personal se desmoronó.

Su querida madre falleció, y Archie confesó haberse enamorado de otra mujer, y le pidió el divorcio.

Lidiando con el dolor y el bloqueo creativo, Christie se convirtió en protagonista de un misterio.

Una fría noche de diciembre, su coche accidentado fue encontrado en un paraje desolado de Surrey, en equilibrio precario sobre una cantera.

La policía encontró su abrigo de piel y su permiso de conducir en el coche, pero no había rastro de ella.

Diario con foto de la novelista y de su hija.

Diario con foto de la novelista y de su hija.

Fuente de la imagen,Getty Images

 
Pie de foto,

"Sabuesos buscan a la novelista", dice el titular de un diario de la época, que acompañó la noticia con una foto de Agatha Christie y otra de su hija.

Se inició una de las mayores búsquedas de personas desaparecidas de la historia de Reino Unido.

La historia tenía todos los ingredientes para ser un éxito sensacionalista: la célebre novelista policiaca había desaparecido dejando un rastro de pistas tentadoras, la hija de 7 años abandonada y el apuesto esposo liado con una amante más joven.

Incluso el autor de Sherlock Holmes, Sir Arthur Conan Doyle, intervino, contratando a una vidente para que conectara con Agatha a través de uno de sus guantes.

Viajes por Medio Oriente

Diez días después, fue encontrada a 370 kilómetros del lugar del accidente, en un hotel de Harrogate, North Yorkshire.

Abundaban las teorías: ¿su desaparición se debió a la pérdida de memoria, a un intento calculado de avergonzar a su marido o incluso a una maniobra publicitaria?

Christie decidió no aclarar el misterio en su autobiografía, y se limitó a escribir: "Así, tras la enfermedad, llegaron la tristeza, la desesperación y el desamor. No hay necesidad de darle vueltas".

Igualmente práctica era cuando se trataba de los secretos de su estilo de trabajo, diciéndole a la BBC en 1955: "La decepcionante verdad es que no tengo mucho método".

"Escribo mis propios borradores en una máquina antigua y fiel que he tenido durante años, y me parece útil un dictáfono para cuentos cortos o para reformular un acto de una obra de teatro, pero no para la tarea más complicada de escribir una novela".

La pareja en medio de una extensa propiedad y la mansión que habitan.

La pareja en medio de una extensa propiedad y la mansión que habitan.

Fuente de la imagen,Getty Images


Pie de foto,

La escritora y su esposo, el arqueólogo Max E. L. Mallowan, posan en 1946 en los terrenos de su casa, Greenway House, en Devonshire, Inglaterra.

En 1930, Christie se casó con Max Mallowan, un arqueólogo 14 años menor que ella, seis meses después de conocerlo durante un viaje a Irak.

Con su pasión compartida por las culturas antiguas, los viajes de la pareja por Medio Oriente inspiraron historias como "Muerte en el Nilo", publicada por primera vez en 1937.

Su recién descubierta felicidad pareció tener un profundo impacto en su obra: durante los 9 años siguientes, escribiría 17 novelas.

Para Christie, el mayor placer de escribir residía en idear sus ingeniosas tramas.

"Creo que el verdadero trabajo consiste en planificar el desarrollo de la historia y en preocupar hasta que todo esté pulido. Eso puede llevar mucho tiempo.

"Luego, cuando se tiene todo el material, por así decirlo, solo queda intentar encontrar tiempo para escribirlo.

"Tres meses me parece un tiempo muy razonable para completar un libro, si uno puede dedicarse a ello".

En un programa de radio de 1955, el empresario teatral Sir Peter Saunders, quien produjo su exitosa obra "La Ratonera", dijo que Christie tenía un don extraordinario para crear escenas e historias completamente formadas en su mente.

"Una vez le pregunté: '¿Qué tal va la nueva obra?'. 'Está terminada', me dijo. Pero cuando le pregunté si podía leerla, me respondió de forma encantadora: 'Oh, no la he escrito'. Desde su punto de vista, la obra, de principio a fin, había sido elaborada hasta el último detalle. Escribirla fue un mero trabajo físico".

Esta opinión fue respaldada por Sir Allan Lane, fundador de la editorial Penguin Books, quien afirmó que en 25 años de estrecha amistad jamás había "oído el clic de su máquina de escribir... a pesar de la asombrosa cantidad y calidad que producía constantemente".

Añadió que, "mientras Agatha Christie hacía múltiples cosas" -ya fuera organizar las tareas diarias del campamento en una expedición al desierto de Mesopotamia o bordar por las tardes-, "alguna nueva obra o novela se gestaba en su mente".

Aunque Christie creía que un libro podía terminarse en tres meses, decía que las obras de teatro se "escribían mejor rápidamente".

La obra más longeva

Exterior nocturno del anuncio luminoso del teatro que dice "La Ratonera, celebrando 70 años". 

Exterior nocturno del anuncio luminoso del teatro que dice "La Ratonera, celebrando 70 años".

Fuente de la imagen,Getty Images


Pie de foto,

En 2022, el Teatro St Martins, donde se representa la famosa novela policíaca de Agatha Christie "La Ratonera", celebró los 70 años en el escenario londinense.

Cuando la BBC transmitió la entrevista a Christie en 1955, tres de sus obras se representaban en el West End londinense.

"La Ratonera" ya batía récords de taquilla, tan solo tres años después de su estreno. La obra comenzó como una radionovela de la BBC titulada "Tres Ratones Ciegos", emitida en 1947 como parte de una noche de programas que celebraba el 80º cumpleaños de la reina María, bisabuela del rey Carlos III.

Escribir obras de teatro era "mucho más divertido que escribir libros", según Christie.

"No tienes que preocuparte por largas descripciones de lugares y personas, ni por decidir cómo distribuir el material. Y debes escribir muy rápido para mantener el tono y que la conversación fluya con naturalidad".

En 1973, Christie asistió a la celebración del 21º aniversario de "La Ratonera" en el Hotel Savoy de Londres.

También estuvo presente su protagonista original, Richard Attenborough, quien predijo que "podría seguir en cartelera otros 21 años".

Añadió: "No la compararía con la Catedral de San Pablo, pero sin duda los estadounidenses piensan que lo mejor que pueden hacer si vienen a Londres es ir a ver 'La Ratonera'".

Se convirtió en la obra de teatro de mayor duración en Reino Unido ya en 1957, y lo único que pudo frenarla fue la pandemia de covid-19 en 2020. En marzo de 2025, celebró su representación número 30.000 y sigue en cartelera hoy en día.

Attenborough también fue entrevistado en el programa de la BBC de 1955, y afirmó que Christie era "prácticamente la última persona del mundo que pensarías estaría relacionada con el crimen, la violencia o cualquier cosa escalofriante o dramática".

"No podíamos recoinciliar el hecho de que esta mujer tan tranquila, precisa y digna pudiera habernos puesto los pelos de punta y fascinado a gente de todo el mundo con su dominio del suspense y su talento para crear en el escenario y la pantalla una atmósfera de terror tan intensa".

Aunque la entrevista de Christie en la BBC nos da una visión fascinante de sus métodos de escritura (la falta de técnica rígida, la confianza en la imaginación, la alegría de tramar), el enigma de la mujer en sí sigue vivo.

Si quieres leer el artículo orginal en inglés, haz clic aquí

miércoles, 2 de julio de 2025

La joven poeta iraní que murió con su familia en un bombardeo de Israel

Parnia Abassi sonríe. Está sentada en una barra en una cafetería frente a su computadora

Fuente de la imagen,Instagram de Parnia Abbasi

Pie de foto,Parnia mostró una fuerte inclinación por la literatura y las artes desde que era adolescente.


Su flor favorita era el girasol, estaba aprendiendo italiano y compartía todo el tiempo sus poemas con sus amigos y su familia.

La poeta iraní Parnia Abassi estaba a pocos días de cumplir 24 años cuando ella y su familia murieron mientras dormían, durante un ataque israelí contra el Complejo Residencial Orkideh en el oeste de Teherán, capital de Irán.

Junto a Parnia, murieron también su padre, Parviz (maestro jubilado); su madre, Masoumeh (empleada bancaria jubilada); y su hermano menor, Parham (estudiante universitario).

Esta ofensiva forma parte de la operación León Naciente, una campaña dirigida por Israel contra la infraestructura nuclear y militar de Irán, que mantiene en conflicto a ambos países desde hace una semana.

Las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) confirmaron que uno de los principales objetivos de este ataque era Abdolhamid Minouchehr, director de la facultad de ingeniería nuclear de la Universidad Shahid Beheshti, quien también falleció.

No está claro si el edificio de Parnia fue atacado directamente o si sufrió daños por estar cerca del objetivo previsto.

Algunas fuentes compartieron imágenes que sugerían que la residencia destruida de Abbasi coincidía con la ubicación de Minouchehr, lo que implicaba posibles daños colaterales.

Lo cierto es que, hasta ahora, no hay pruebas que vinculen a Parnia ni a ningún miembro de su familia con las actividades militares o nucleares de Irán.

Las FDI se negaron a hacer comentarios sobre la muerte de Abbasi, pero confirmaron en un comunicado que el ejército "atacó y eliminó" a Minouchehr, a quien describieron como un experto en física de reactores, según informa el diario The Washington Post.

Retrato de Parnia Abassi. Una joven de 24 años, cabello lacio negro, cejas gruesas y labios pintados de rojo. Fuente de la imagen,Instagram de Parnia Abassi

¿Quién fue Parnia Abbasi?
Parnia Abbasi fue una joven poeta iraní nacida en 2001. Desde la adolescencia, mostró una fuerte inclinación por la literatura y las artes.

Sus amigos y allegados la describieron como ingeniosa, amable, apasionada y enamorada de la poesía.

Disfrutaba leyendo y memorizando poemas; un amigo le comentó a Middle East Eye que siempre envidiaron su notable capacidad para memorizar versos.

Había escalado el monte Damavand, la cumbre más alta de Irán, y compartía con orgullo este logro, un reflejo de su espíritu aventurero.

Soñaba con convertirse en una poeta distinguida, con la esperanza de dejar una huella imborrable en la literatura persa.

Se licenció en traducción inglesa y, según sus amigos, había empezado a trabajar en un banco, lo que marcó un punto de inflexión en su vida profesional.

En paralelo, trabajaba a tiempo parcial como profesora de inglés. Aunque fue aceptada en un programa de posgrado en administración, decidió no continuar para conservar su trabajo.

En el mundo literario, Parnia escribía poesía desde su adolescencia. Su obra se publicó en Vazn-e Donya ("El peso del mundo"), una prestigiosa revista literaria iraní.

Sus poemas eran considerados tan significativos que, a los 21 años, fue invitada a participar en una mesa redonda publicada en el número 24 de la revista, titulada "Explorando el mundo poético de los poetas nacidos en los años 80".

Su inclusión a tan temprana edad la marcó como una figura en ascenso entre su generación de escritores.

Parnia era un talento emergente en la literatura iraní contemporánea.

Si bien había alcanzado reconocimiento en los círculos literarios juveniles, fue asesinada antes de tener la oportunidad de alcanzar una mayor fama nacional o internacional.

Mujeres en una protesta en Teherán contra Israel, una de ellas porta una imagen del líder supremo de Irán, Alí JameneiFuente de la imagen,EPA Pie de foto, El viernes 20 de junio hubo protestas en Teherán contra los ataques de Israel hacia Irán.

Estrella extinguida
La mañana de su muerte, circuló en redes sociales una foto que mostraba el cabello de una joven atrapada bajo los escombros sobre una sábana rosa. Esto conmovió profundamente e indignó a muchos.

Al mediodía, los medios iraníes confirmaron que la joven de la foto era Parnia Abbasi. A medida que la gente buscaba su nombre, muchos comenzaron a reconocerla a ella y a su obra.

La comunidad literaria expresó su profundo pesar por la pérdida de un talento tan prometedor.

La página de Instagram de Vazn-e Donya publicó uno de sus poemas, titulado "Estrella extinguida", que reflejaba la sensibilidad de Parnia hacia la guerra, el dolor y el sufrimiento humano.

Hoy, su último poema se lee como una profecía inquietante:

Tú y yo llegaremos a su fin
en algún lugar
el poema más hermoso del mundo
se aquieta
empiezas
en algún lugar
a llorar el
murmullo de la vida
pero yo terminaré
arderé
Seré esa estrella extinguida
en tu cielo
como humo

miércoles, 6 de marzo de 2024

Una historia de amor en la mediana edad con un final explosivo. En su nueva novela, “Leaving”, Roxana Robinson reúne a una ex pareja. Uno de ellos está divorciado; el otro todavía está casado. ¿Ahora qué?

En su nueva novela, “Leaving”, Roxana Robinson reúne a una ex pareja. Uno de ellos está divorciado; el otro todavía está casado. ¿Ahora que?

Toda historia de amor necesita un obstáculo, alguien o algo que amenace con mantener separados a los amantes. ¿Qué obstáculos son adecuados para una historia de amor estadounidense contemporánea? El escritor de una historia de este tipo tal vez desee evitar la sobrecomunicación, la tolerancia (real o representada) y el hastío que disipan la tensión romántica. ¿Pueden los amantes todavía estar “desventurados”, condenados desde el principio a trabajar bajo una “estrella maligna”?

Pueden, dice Roxana Robinson, en su elegante historia de amor “Leaving”. (Robinson es autor de nueve obras de ficción anteriores, así como de una biografía de Georgia O'Keeffe).

Warren y Sarah, dos personas de 60 años que fueron pareja en su juventud, se cruzan durante la presentación de “Tosca”. Años atrás, Sarah había pensado en casarse con Warren, pero decidió que sería una elección imprudente como pareja. Las mismas cosas que lo hacen encantador una vez que reaparece a los 60 años (su entusiasmo, su intenso deseo de intimidad) asustaron a la joven Sarah y, en cambio, apostó por Rob. Resultó ser una elección equivocada y el matrimonio fue un fracaso. Cuando Warren y Sarah se encuentran en la ópera, tienen asuntos pendientes.

Los dos viven felices hasta este encuentro. Warren está casado, mientras que Sarah, madre de dos hijos mayores y divorciada desde hace mucho tiempo de Rob, está casada con su hogar en el bosque, su soledad y su perro excepcionalmente humano. Pero a medida que la narrativa avanza suavemente entre los dos puntos de vista, los vemos asombrarse y cambiarse el uno por el otro. El asunto que sigue es maduro, aunque sea destructivo. Sarah, producto de un entorno intensamente de clase alta, es una mujer comedida que habla con frases autoeditadas. Apreciamos su metaconocimiento de su posición. A una amiga que soportó la aventura de su propio marido, Sarah le señala: “Yo soy la otra mujer”.

Imagen La portada de "Leaving" es de color verde brillante, con un lirio tigrado descolorido visible a la izquierda del título, que aparece en letras minúsculas blancas.

Tampoco nos desagrada Janet, la esposa de Warren, pero no nos gustaría casarnos con ella. Ella es un poco tonta, demasiado literal y "tiene miedo de personas diferentes a ella". Por otro lado, ella no merece la duplicidad de Warren, quien intenta “ejecutar su matrimonio sin causar dolor”.

Todos los adultos del libro están representados con delicadeza. Años después de la aventura, Warren le escribe a su hija todavía furiosa: "He hecho algo para dañar nuestra relación, pero como sabes, he hecho todo lo que está en mi poder para expiar lo que he hecho". Expía, lo hace.

Resulta que es Kat, la hija adulta de Warren, quien es la antagonista de esta historia de amor. Cuando Kat se entera de que Warren ha decidido dejar a su madre por Sarah, le ruega: “Por favor, no lo hagas, papá. Aún no lo has hecho. No. Nos matarás. Matarás a nuestra familia”. El dolor de la hija pronto se endurece y se vuelve algo más severo. Finalmente, Kat establece sus condiciones: “Si te divorcias de mamá, yo me divorciaré de ti. Me divorciaré de ti por completo”. Lo que sigue puede poner a prueba la credulidad de algunos lectores y resultar incómodamente realista para otros. Vemos a Warren vacilar ante el exilio de su única hija. “Resultó que era más que nada un padre. Él fue el primero”.

Las demandas de Kat son escandalosas y, sin embargo, hay algo de lógica en ellas. No estamos “casados” con nuestros hijos, pero estamos involucrados en algo profundamente contractual. Podemos situar culturalmente la posición de Warren como el resultado final del estado actual de la paternidad (algunos dirían que la paternidad es excesiva) que se ha convertido en la norma de muchas familias que cuentan con los medios y el tiempo para ello. Esta intimidad que tuvimos o intentamos tener con nuestros hijos tiene un precio y nos deja más desposeídos sin ellos. Un padre de este estilo no puede invocar retroactivamente imperativos sociales de antaño, cuando los niños eran culpables del deber y del contacto continuo.

En lo más profundo del libro, “Leaving” parece una remezcla de Westchester de “La dama del perro” de Chéjov, otra historia de adulterio con un enfrentamiento en el teatro. La narración de Robinson es clásica, página tras página de escenas que se mueven rápidamente y una escritura tan precisa como hileras de tierra labrada. Robinson reelabora musicalmente la frase corta, repitiendo y volviendo hasta que las palabras expresan su significado. Cuando era niña, Sarah “nunca había pasado mucho tiempo con niños; los encontró misteriosos. ¿De qué querían hablar? ¿Qué se les permitía decir a las mujeres? No estaba permitido el desacuerdo con su padre; no le gustó. No hagas una escena, decía su madre. ¿Qué estaba permitido decirles a los niños? Por momentos, la moderación de los personajes me pareció propia de otra época. Pero me relajé con las cadencias y perspicacias magistrales de Robinson. Después de leer “Leaving” y su novela sobre adicción de 2008, “Cost”, leí cualquier historia que tuviera para contar.

Tenía la esperanza, debido a mis tiernos sentimientos por todos los involucrados, que esta historia terminaría con las mismas garantías que la de Chéjov. Pero resulta que cuando Robinson dice "Tosca", quiere decir "Tosca". El final es un bombazo, eminentemente discutible. Esta ágil novela fascina. Robinson demuestra que los escritores todavía pueden evocar los silencios y las renuncias que frustran el deseo y que las estrellas aún se cruzan.

jueves, 19 de octubre de 2023

PREMIO PLANETA. Sonsoles Ónega gana el Premio Planeta 2023.

La periodista y escritora Sonsoles Ónega recibiendo el Premio Planeta.
La periodista y escritora Sonsoles Ónega recibiendo el Premio Planeta.
La galardonada, que recibirá un millón de euros, es autora de la novela ‘Las hijas de la criada’. El finalista es Alfonso Goizueta Alfaro,con la obra ‘La sangre del padre’, que se llevará 200.000 euros.

La periodista, presentadora de televisión y escritora Sonsoles Ónega (Madrid, 45 años) ha ganado el Premio Planeta 2023 con la obra Las hijas de la criada. El finalista en esta 72ª edición es Alfonso Goizueta Alfaro, con el texto La sangre del padre. El galardón se ha anunciado la noche de este domingo durante una cena de gala en la sala Oval del Museo Nacional de Arte de Cataluña (MNAC), en Barcelona, a la que asistieron más de un millar de invitados. El Premio Planeta está dotado con un millón de euros para la obra ganadora (más que el Premio Nobel) y 200.000 para la finalista.

La novela de Ónega (que se presentó bajo el pseudónimo de Gabriela Monte) cuenta la historia, durante buena parte del siglo XX, en Galicia y en Cuba, de los Valdés, una familia de empresarios conserveros gallegos, con especial hincapié en la lucha de las mujeres del clan, que fueron decisivas para la creación de su imperio comercial. Aunque “un terrible secreto marcará sus vidas para siempre”, según adelanta la editorial.

“La conservera fue una industria que no ha sido justa con las mujeres, que se dejaron las manos limpiando pescado y cerrando latas. Esta novela hace justicia con todas ellas”, afirmó la flamante ganadora. Este premio supone un nuevo hito en la saga de personajes televisivos que triunfan en el mundo literario. También lo supone para la saga Ónega: Sonsoles, estrella de las tardes de Antena 3 (Atresmedia, una empresa del Grupo Planeta), es hija del célebre periodista Fernando Ónega y hermana de la también periodista Cristina Ónega.

“Es una novela difícil que he escrito en mitad de muchos avatares, pero en la que me sentí imantada desde el principio: es la Galicia de mi infancia”, añadió la escritora. Según relató, escribió la novela durante tres años en los camerinos de dos televisiones, compaginando escritura, televisión y maternidad. “Tener hijos y una carrera profesional es durísimo”, sentenció.

El finalista sorprende por su juventud. Alfonso Goizueta Alfaro nació en Madrid en 1999, es licenciado en Historia y Relaciones Internacionales por el King’s College de Londres, y fue precoz: con solo 17 años publicó Limitando el poder (Ediciones Nobel), donde disecciona la evolución de la diplomacia europea entre 1871 y 1939. Ahora es premiado, bajo el seudónimo de Luis Parterrío, por una narración sobre la peripecia de Alejando Magno en su avance hacia Persia y su lenta conversión, batalla tras batalla, en un “tirano que arrastra a los suyos a la muerte”. “Estoy que no me lo creo”, dijo el escritor, “es mi primera novela y que sea merecedora de este premio es maravilloso”. Alejandro Magno es, para Goizueta, el primer mandatario en usar la propaganda y considera su texto como “viaje iniciático”. Ambas novelas se publicarán el 8 de noviembre.

El jurado estuvo compuesto por José Manuel Blecua, Fernando G. Delgado, Juan Eslava Galán, Pere Gimferrer, Carmen Posadas, Rosa Regás y Belén López, directora de la editorial Planeta y secretaria del jurado con voto. “Hemos notado que este año se han presentado muchas novelas históricas, y abundan también los personajes femeninos”, dijo Eslava Galán en la rueda de prensa celebrada el sábado en la Llotja de Barcelona. La ganadora del año pasado fue Luz Gabás con Lejos de Luisiana, del que la editorial afirma haber vendido unos 600.000 ejemplares. Y el año anterior, el trío de escritores hombres apodados como una mujer: Carmen Mola. La revelación del pseudónimo produjo no poco revuelo. En los últimos años, además de aumentar la cuantía del premio (en 2021 pasó de 601.000 euros al célebre millón; empezó con 40.000 pesetas), se han ido produciendo, con excepciones, premiados que tienden a una mayor comercialidad, en detrimento de autores más “literarios”.

Una gala entre la elegancia y el espectáculo
Entre los invitados a la populosa gala (con también populoso photocall) se encontraban figuras de la política como Yolanda Díaz, vicepresidenta segunda del Gobierno y ministra de Trabajo y Economía Social; Miquel Iceta, ministro de Cultura y Deportes; Joan Subirats, ministro de Universidades (todos en funciones), o el alcalde de Barcelona, Jaume Collboni. También numerosos personajes del mundo periodístico y televisivo; algunos escritores, no tantos.
Sonsoles Ónega La periodista y escritora Sonsoles Ónega besando el trofeo del Premio Planeta. ALEJANDRO GARCÍA (EFE)

La cena del Planeta es un curioso evento entre la elegancia y el espectáculo, con una curiosa tradición: durante el curso del ágape se va anunciando una eliminatoria entre los finalistas, como en un concurso de la tele; mientras, los asistentes pueden participar aventurando una quiniela que será premiada con un lote de libros. En grandes pantallas se van proyectando también los rostros de los ganadores del premio desde su fundación. Al final del proceso, en tercera posición de la eliminatoria, resistiendo hasta el último turno junto con los dos galardonados, quedó la obra El reencuentro; su autora participó bajo el pseudónimo de Tintaleve. Una historia sobre una guerrillera sandinista, retirada en la sierra madrileña, a cuya muerte regresa su hija para ocuparse del legado la madre, todo ello en tiempos de confinamiento pandémico.

El lugar, la Sala Oval del MNAC, es uno de los espacios para eventos más grandes de Europa, según informa el propio museo, con una bóveda majestuosa y un gran órgano alemán de la compañía E.F. Walcker inaugurado el 6 de julio de 1929 por Alfred Sittard. Necesita una restauración de tres millones de euros (lo equivalente a tres premios Planeta). En este espacio inauguró Alfonso XIII la Exposición Universal del mismo año. Resulta difícil imaginar cómo se cocina para más de un millar de personas, pero el caso es que se hace: un ejército de camareros sirvió ensalada de huerta con langostinos de Sant Carles, lomo de lubina y roll de verduras con piñones, y, de postre, chiboust de castaña a la vainilla (los nombres de los platos están resumidos por cuestión de espacio). Cava y vinos variados.

Un récord histórico
En esta edición se han presentado al Planeta 1.129 novelas, un récord en la historia del premio. Son 461 más que el año anterior, un incremento notable (del 40%) que la organización achaca a la simplificación en el proceso de presentación de las obras: este año se pudieron enviar por correo electrónico, evitando el engorro de la impresión, la encuadernación y el envío. Después del paso de varios filtros de lectores externos e internos a la editorial, se fueron decantando poco a poco los 10 textos finalistas que se presentaron al jurado. Como explicó José Creuheras, presidente del Grupo Planeta y de Atresmedia, en el encuentro del sábado, también es posible que un miembro del jurado rescate para la final algún texto que sabe que ha sido presentado, pero que no tiene por qué haber pasado los citados filtros. Puede verse como la reparación de una injusticia. O como un atajo.

Ya son 45 millones de personas las que han leído novelas galardonadas con el Premio Planeta en sus 72 ediciones, una distinción que ha ido señalando las líneas maestras de la literatura comercial en castellano: existen lectores fieles al premio cada año y este libro se convierte además en un objeto tradicional de regalo. Entre los premiados históricos se encuentran premios Nobel como Camilo José Cela o Mario Vargas Llosa, pero también una nutrida muestra de los grandes nombres de la literatura de las últimas décadas como Juan Marsé, Eduardo Mendoza, Antonio Muñoz Molina, Maruja Torres, Clara Sánchez, Terenci Moix o Manuel Vázquez Montalbán. Del primer ganador, Juan José Mira, con En la noche no hay caminos, hace 72 años, no se recuerda demasiado. Durante toda su historia, desde 1952, han sido 27.000 los escritores que han probado suerte enviando un ejemplar manuscrito. Solo unos pocos han logrado la gloria (y el dinero).

https://elpais.com/cultura/2023-10-15/sonsoles-onega-gana-el-premio-planeta-2023.html#?rel=lom


miércoles, 7 de septiembre de 2022

_- Muere Barbara Ehrenreich, la cronista del lado oscuro del sueño americano

_- La periodista y ensayista, que vivió 81 años y había estado implicada en política desde los años 60, había dedicado sus obras a criticar la precariedad laboral o el pensamiento positivo 

        La ensayista y activista social Barbara Ehrenreich, en Barcelona en 2019.. TEJEDERAS

La periodista y ensayista estadounidense Barbara Ehrenreich, una de las voces más lúcidas y respetadas de la izquierda estadounidense, falleció este viernes a los 81 años. Su hijo, el también escritor y periodista Ben Ehrenreich lo confirmó en Twitter con un mensaje que decía: “Ella ya estaba, lo dejó claro, lista para marcharse. Nunca fue muy de pensamientos y plegarias, pero podéis honrar su memoria queriéndoos los unos a los otros y luchando hasta el final”.

Su tuit se encontró con las condolencias de muchos compañeros de profesión, que la tenían como una guía y matriarca, pero también de lectores tocados por sus libros de no ficción. “Leí Por cuatro duros cuando era una adolescente y hacía cola para vender mi colección de las Crónicas de Narnia para poder comprar comida para mis hermanos. Fue muy gracioso querer comprar el libro de Barbara Ehrenreich sobre la pobreza en América mientras vendía libros para sobrevivir a la pobreza en América”, escribió una tuitera llamada Sabra Boyd.

El libro que mencionaba es el que convirtió a la autora en una superestrella intelectual y en un éxito de ventas en 2001. Se trataba de un retrato de las clases trabajadoras en Estados Unidos contado a lo gonzo. Para escribirlo, Ehrenreich, que ya era conocida como escritora y activista, dejó su confortable casa de clase media en Florida y se fue durante unos meses a trabajar en varios estados como camarera, cuidadora doméstica, limpiadora y cajera de Walmart. No se trataba de hacer travestismo de clase ni vacaciones en la miseria. Era plenamente consciente de que lo suyo era un viaje fugaz a la vida con el salario mínimo.

En el ensayo estableció la figura del “working poor”, la persona que por mucho que acumule varios empleos, no gana lo suficiente para pagarse una vivienda en condiciones ni se le considera tampoco merecedor de un trato digno. En el libro, que reeditó en España Capitán Swing hace un par de años, la autora plasma bien los aspectos degradantes de trabajar por seis dólares la hora y de vivir con miedo a enfermar. “La mayoría de naciones compensan sus salarios inadecuados ofreciendo servicios públicos relativamente generosos, como el seguro médico, guarderías públicas, vivienda de protección oficial y transporte público efectivo. Pero en Estados Unidos, con toda su riqueza, deja que sus ciudadanos se las apañen por sí mismos”.

Barbara Ehrenreich posaba en su casa de Charlottesville en 2005. ANDREW SHURTLEFF (AP)

Nacida en Butte, en el estado de Montana, en 1941, su padre, Benjamin Howes Alexander, había sido un minero del cobre que logró graduarse en metalurgia en la Universidad de Pittsburgh y terminó trabajando como investigador en Gillette. Tanto él como su esposa, Isabelle, tenían problemas con el alcohol. Ehrenreich creía que la muerte de su madre de un ataque al corazón no fue accidental, sino que habría tomado una sobredosis de pastillas. Doctorada en Biología en 1968 por la Universidad de Nueva York, empezó su carrera en el sector de las ONG mientras se metía hasta las trancas en los movimientos de protesta de los sesenta. Su primer libro, coescrito con su primer marido, John Ehrenreich, era una taxonomía del activismo contra la guerra de Vietnam que se publicó en 1969 (Long March, Short Spring: The Student Uprising at Home and Abroad).

Apenas un año después, publicaron también juntos un libro contra la industria de la sanidad privada en su país, una de sus obsesiones más perdurables. Durante los setenta, fue una de las colaboradoras más notables en Ms, la revista feminista que fundó Gloria Steinem, y no paró de publicar libros en torno a las mentiras del sueño americano. En 2009, ya convertida en una intelectual pública muy reconocida, escribió Sonríe o muere. La trampa del pensamiento positivo, publicado en España por Turner, en el que desmontaba con ironía el mito del “todo irá bien si lo deseas muy fuerte”, lo más parecido que tiene la era contemporánea a una religión común.

Para evitar que tuvieran que ser las escritoras de clase media como ella quienes contaran la realidad de la clase trabajadora, Ehrenreich fundó una iniciativa llamada Economic Hardship Reporting Project, que financiaba relatos de empleados de fábrica, limpiadoras y también periodistas que conocían la pobreza en primera persona.

En 2020, hablando con la periodista Jia Tolentino para The New Yorker en pleno confinamiento, le contaba cómo llegó a ser una “feminista furiosa”: “Tener a mi primer hijo me convirtió en una feminista auténtica. El sexismo de los médicos, todo el sistema. Con mi primer embarazo, el médico del hospital público ­–no me podía permitir la sanidad privada– me hizo un examen pélvico para ver si ya estaba lista para parir. Miré y le pregunté: ¿ha empezado a borrarse el cuello uterino? Él miró a la enfermera y le dijo: ¿dónde ha aprendido una chica como Dios manda a hablar así?”. Le sobreviven su hijo, su hija y sus libros.

https://elpais.com/cultura/2022-09-02/fallece-barbara-ehrenreich-la-cronista-del-lado-oscuro-del-sueno-americano.html

jueves, 18 de agosto de 2022

_- Ana Iris Simón, Lucifer y el falangismo

_- La escritora es tendencia en Twitter por las reacciones a un artículo publicado en EL PAÍS en el que carga contra “un liberalismo amoral, transgénico, transgénero”


Ana Iris Simón no deja indiferente a nadie, que es lo que se dice cuando no se sabe muy bien qué decir. Con las opiniones de esta escritora y periodista de 31 años, articuladas en un elocuente discurso político, social y vital, uno puede pasar del elogio a la refutación en una misma frase. Tal vez sea por culpa de los prejuicios y de esa tendencia gregaria a sospechar de lo que se escapa de tu marco mental. Por eso saltan las prevenciones cuando alguien se proclama apolítico o cuando la autora de Feria, fenómeno editorial sobre su familia manchega y su vuelta a casa, afirma que la distinción entre derecha y la izquierda está superadísima. O se puede tratar solo de un maremágnum de reflexiones conservadoras. Pero de lo que no hay duda es de que es valiente. Escribe lo que piensa y lo argumenta. Sus ideas generan reacciones encontradas y a veces abren un encendido debate, como ha sucedido con el artículo que publicó en este periódico el pasado sábado a cuenta del liberalismo (y también del léxico), sin menoscabo de las consabidas descalificaciones.

Se titula La serpiente liberal-conservadora y por él Simón se ha convertido en tendencia en Twitter esta semana. “Escribí un artículo hablando de la pantomima liberalconservadora y personalizándola en Rocío Monasterio y quienes más se han indignado con él han sido la progresía tuitera y los cachorros de ciudadanos”, tuitea. Y prosigue en otro tuit la columnista que se define como antiliberal: “¿La razón? Esta ristra de adjetivos que le he endosado al liberalismo, realidades que no serían compatibles con el conservadurismo de personas como Monasterio. Aún no he recibido ni una sola contraargumentación explicando por qué habría que excluir alguno de esos términos”. Esta es la ristra: “Un liberalismo amoral, transgénico, transgénero, transespecie y transedad, drogadicto y abortero, posmoderno y poshumano, apátrida y luciférico”.

Por ello, varios tuiteros la han tildado de falangista. Uno le pide que no sea plasta y siga “con los niños, el pueblo y Radio María”, invitación que una mujer despacha así: “Macho mandando a callar a una mujer y enviándola a que se encierre en casa”. Otra insufla ánimos: “No te dejes cancelar”. El cantante Niño de Elche interviene: “Interesante aunque aprovecharía para recomendar el pensamiento del profesor Miguel Anxo Bastos, el cual sabe relacionar de manera magistral desde posicionamientos críticos las ideas de liberalismo-libertario con algunas tradiciones conservadoras, todo ello desde el capitalismo”. El diputado autonómico de Más Madrid y profesor de Filosofía Antonio Sánchez la felicita irónicamente por el “ascenso desde EL PAÍS a guionista de vídeos para la embajada de Rusia”.

https://elpais.com/opinion/2022-08-04/ana-iris-simon-lucifer-y-el-falangismo.html

sábado, 27 de noviembre de 2021

_- Almudena Grandes muere a los 61 años

 

_- Uno de los nombres más importantes de la literatura española contemporánea murió este sábado a consecuencias de un cáncer.

Se trata de la novelista Almudena Grandes, a quien le diagnosticaron la enfermedad hace poco más de un año.

La escritora y columnista habitual del diario El País, de 61 años, falleció en su casa, en Madrid.

Autora de obras como "Las edades de Lulú" (1989), "Malena es un nombre de tango" (1994) o "El corazón helado" (2007), entre muchos otros, recibió diversos reconocimientos a lo largo de su amplia trayectoria, como el Premio Nacional de Narrativa, en 2018, o el Premio de Periodismo Internacional 2020 del Club Internacional de Prensa.

Larga trayectoria
Almudena Grandes nació el Madrid el 7 de mayo de 1960, en el barrio de Chamartín.

Comenzó a escribir desde muy pequeña, con apenas 9 años.

Luego de titularse en geografía e historia en la Universidad Complutense de Madrid, Grandes comenzó a trabajar escribiendo textos para enciclopedias.

Almudena Grandes se consolidó como una de las exponentes más importantes de la literatura española.

Pero al poco tiempo saltó a la fama tras publicar su primera novela, "Las edades de Lulú", una obra erótica que fue llevada al cine por el director y guionista Bigas Luna, y que, debido a su gran éxito, ha sido traducida a más de 20 idiomas.

En los años siguientes, continuó escribiendo libros que la hicieron consolidarse como una de las exponentes más importantes de la literatura española actual. .

Conocida por sus posiciones ideológicas de izquierda, participó activamente de la discusión política española, y dedicó muchos años de su vida a investigar el régimen de Francisco Franco y la herencia que este había dejado.

En 2010 empezó una ambiciosa serie de novelas titulada "Episodios de una Guerra Interminable", que inauguró con "Inés y la alegría".

Le siguieron "El lector de Julio Verne" (2012), "Las tres bodas de Manolita" (2014) y "Los pacientes del doctor García" (2017, Premio Nacional de Narrativa).

El 2020, publicó su último libro, "La madre de Frankenstein" (2020), donde indagó en la biografía de Aurora Rodríguez Carballeira, una de las la parricidas más famosas del siglo XX español, que tiroteó a su hija para no perder su control sobre ella.

Tras su muerte, el mundo literario español está de luto, así como también la izquierda y sindicatos, entre otros.

El País. 
La autora de los ‘Episodios de una guerra interminable’ fallece en Madrid a los 61 años de un cáncer. Otras de sus novelas más celebradas por la crítica fueron: ‘Los aires difíciles’, ‘Atlas de geografía humana’ o ‘El corazón helado’. En esta última, por primera, vez se detenía en las vidas de aquellos exiliados republicanos y sus posteriores generaciones de inadaptados

Todos los artículos de la autora en EL PAÍS

 PD. Sin ninguna duda es una inmensa perdida no solo para la literatura sino para todos los demócratas y todas las personas de buena voluntad de España y del mundo.

viernes, 10 de septiembre de 2021

Sally Rooney: “Aceptar la intimidad es aceptar la posibilidad de que otra persona nos hiera”

La escritora irlandesa Sally Rooney, el pasado mes de julio en Mount Falcon Estate, en Ballina (Irlanda). LINDA BROWNLEE (EYEVINE / CONTACTO)
Anatxu Zabalbeascoa
03 SEPT 2021

Es la reinventora de la novela de amor decimonónica en la era de la hiperconectividad. La escritora superventas de los mileniales. Disecciona con precisión las relaciones sentimentales y eróticas en un mundo sin modelos y que se mueve a toda velocidad. A sus 30 años, con ‘Gente normal’ convertida en serie de éxito, la autora irlandesa publica su tercer libro.

Ha crecido en y con sus propias novelas: de adolescente a universitaria; de joven que publica un poema a autora consagrada. También de pobre a rica. Como cronista de nuestro tiempo, la irlandesa Sally Rooney (County Mayo, 30 años) explora la incomprensión. Sus novelas analizan la fragilidad del amor. Millones de lectores y telespectadores —Gente normal se convirtió en serie de televisión— aguardan la tercera novela, Dónde estás, mundo bello (Literatura Random House), que se publica el 9 de septiembre. Con una prevención casi de secreto de Estado, su editor británico anuncia que nuestra conversación —por Zoom— se desconectará a los 45 minutos. Al otro lado de la pantalla, Rooney, somnolienta, contesta sentada en una cama deshecha, esquivando temas personales.

Pregunta. “Es imposible tener una relación amorosa en la que nunca causes dolor y nadie te lo cause”. ¿Habla de sí misma?
Respuesta. Dejar que una persona entre en tu vida íntima es correr ese riesgo. Da igual que se trate de una relación romántica o entre padres e hijos. Uno abre la puerta a los malos entendidos y al dolor cuando se acerca profundamente a otro ser humano. Madurar es entender que el amor no consiste en llevarse siempre bien, sino en tener la fuerza para solucionar los problemas que se presentan por malos entendidos o inseguridades. Aceptar la intimidad es aceptar la posibilidad de que otra persona no nos entienda y nos hiera. Evidentemente, no hablo de relaciones abusivas, pero me interesa escribir que nuestra capacidad para conocer a otras personas es imperfecta y limitada.

P. ¿Sin sufrimiento no hay amor?
R. Difícilmente puede existir una relación profunda, sincera y libre sin algún tipo de conflicto o discrepancia. El dolor forma parte del amor. Bien asumido lo hace crecer. Esa es la naturaleza de la intimidad: contiene vulnerabilidad, implica la posibilidad de que aparezca el dolor. Ese sufrimiento no debería cuestionar el amor. Al revés: nos indica que es más una conquista que una lotería.

P. ¿La debilidad une y repele a la vez?
R. Justamente. Uno puede temer defraudar mostrándose débil o puede temer la debilidad del otro. Nos podemos proteger frente a la fortaleza, o admirarla, pero nos cuesta manejar la debilidad ajena. En mis libros, los protagonistas buscan poder mostrarse vulnerables sin tener que sufrir por ello.

P. En sus tres novelas, la mayor aspiración es ser amado incondicionalmente.
R. Tiene razón. Hablo sobre el amor entre amigos o entre parejas. Y en esos dos tipos de relación se da la aspiración al amor incondicional. No es que crea que deberíamos aspirar a eso, pero me interesa investigarlo.

P. ¿Quiere decir que lo ve posible?
R. Es una búsqueda con la que me identifico: desear ser amado sin condiciones y llegar a amar sin filtros. Hay muchos tipos de fantasías y una muy común es querer ser amado. Como deseo es de los más interesantes porque implica algo más que conseguir lo que quieres. Uno puede desear ser rico o tener éxito. Pero lograr algo material no es interesante: no te dice nada de ti mismo y no implica ningún tipo de aprendizaje. Mientras que aspirar a ser amado y conseguir serlo es interesante porque terminas por aprender mucho de ti mismo y de la otra persona.

P. ¿La incondicionalidad amorosa no es una losa romántica?
R. Es un deseo, pero contiene la posibilidad de aprender: uno acumula conocimiento en los riesgos y las decisiones que va asumiendo en la vida.

P. ¿Se ama o se aprende a amar?
R. Se aprende a amar y a quererse. Es un esfuerzo, no solo una bendición. Me interesa lo que la gente quiere y lo que ocurre cuando lo consigue.
 
P. Plegarias atendidas, de Truman Capote.
R. Exacto: no saber qué hacer cuando por fin logras lo que buscabas. Iniciar una relación es abrir la puerta a cambios y transformaciones.

P. ¿Termina entonces el romanticismo y empieza el aprendizaje?
R. Conocer profundamente a una persona es uno de los mayores retos de la vida porque somos cambio. Exige mucho esfuerzo llegar a conocer y conocerse a fondo y suele implicar dolor. El principal trabajo es mirar desde otro punto de vista, desde otros valores, y no dar por hecho que los nuestros son inmutables.

“Los personajes que tienen relaciones con los dos sexos consiguen un nexo más abierto e impredecible con el poder”.

P. Es la superventas de los mileniales, pero escribe de asuntos eternos.
R. Los protagonistas de mi último libro se preguntan qué tenemos para reemplazar las antiguas costumbres porque estas están desapareciendo sin que les hayamos encontrado sustitutas. No quisiera caer en la nostalgia. No defiendo las maneras de vivir que dominaron el siglo XX, pero mis personajes se preguntan cómo vivir sin modelos.

P. ¿Vivimos una orfandad ideológica?
R. No sabemos qué nos sustenta. En el mundo que hemos dejado atrás había sentido de la comunidad. También mucha represión, claro, pero ahora estamos sin modelos. Y eso sucede también en las relaciones. Solía haber normas no escritas sobre cómo prosperaban y eso se está desmoronando.

P. La normalización de otras maneras de vivir, ¿no es signo de apertura mental?
R. La falta de modelos genera ambivalencia: uno debe decidir por sí mismo lo que es bueno, no por la tradición de un modelo.

P. ¿Qué lo está cambiando todo?
R. La inmediatez, la gran velocidad con que la vida se ha transformado en los últimos 15 años.

P. ¿Cuánto más intensa es una relación, más frágil es?
R. Cuando lo esperamos todo, todo puede fallar. Y un fallo puede vivirse como una traición: ¡Pensaba que me entendías! Las conexiones muy profundas son frágiles porque les exigimos más. Cuando sientes que tu relación con una persona es casi perfecta, que con mirarte sabe qué estás pensando, cualquier interrupción de esa fluidez se siente como un traspié. Es necesario que sepamos que quien nos comprende puede no entendernos en algún momento. Confiar en el entendimiento perfecto es condenar una relación. Las expectativas en una relación superficial son menores. Tenemos más cuidado con quien no vamos a congeniar. Le sucede a la protagonista de mi última novela con su hermana: no se llevan bien. Se dicen cosas terribles. Pero se aguantan porque no esperan más. Es irracional, pero funciona así: asumimos lo más difícil cuando no esperamos nada.

P. ¿Cómo consigue que libros sobre gente que escribe interesen a gente que no escribe?
R. Porque la vida es más importante que la literatura y, aunque escriban, sufren o sienten. En el origen de la novela inglesa, la trama estaba construida en torno a la intriga de con quién se iba a casar el o la protagonista. Eso desapareció en el siglo XX. En parte, claro, porque la propia idea de casarse se ha ido desplomando en las aspiraciones de la gente. Mis novelas no son sobre bodas, pero sí giran en torno a relaciones amorosas y eróticas. Y la intriga no es ya si se casarán, sino si llegarán a estar juntos. Que la gente viera reflejados sus miedos, fracasos y anhelos popularizó la novela en el siglo XIX que hoy se reinventa hacia otras direcciones.

P. ¿La novela romántica del siglo XXI es dolorosa?
R. Es poco romántica. Trata de ser más verdadera que idealista.

P. ¿Sus amigos han leído sus libros?
R. Sí. Muchos sí.

P. Pregunto porque el novio de su última protagonista, una escritora de éxito, no lee sus libros.
R. Es que es un tipo que no lee, como tantas personas en el siglo XXI.

P. ¿Una escritora emparejada con un hombre que no lee?
R. Puede ser hasta saludable. Hay otras afinidades. Las parejas no tienen que estar de acuerdo en todo.

P. Su padre trabajaba para la compañía telefónica y su madre es la responsable del centro de arte de su ciudad. Ambos han sido socialistas y, en general, uno o se opone a sus padres o los sobrepasa. ¿Es más de izquierdas o se ha vuelto conservadora?
R. Posiblemente antes lo era más.

P. ¿Educar a alguien en una ideología política es similar a criarlo dentro de una religión?
R. Sí.

P. ¿Es manipularlo?
R. Puede ser adoctrinar, pero puede ser también informar. Fue el caso de mis padres, que nos transmitieron valores, no solo una ideología política. Eran socialistas y católicos. Íbamos a misa. Pero a la par que el credo cristiano, nos decían que nacemos iguales, que debemos tener los mismos derechos y todo lo que ellos consideran que es innegociable en las relaciones de respeto hacia los demás.

P. Eso también es cristianismo.
R. Justamente. En mi infancia no sentí distinción entre lo que era religioso y lo que era político porque muchos valores coincidían. Digamos que mis padres no nos obligaban a leer ni la Biblia ni el Manifiesto comunista. No nos adoctrinaron, por eso una de sus herencias ha sido el cuestionamiento de cualquier ideología rígida. Discutíamos sobre todo. Los tres hermanos defendíamos nuestro punto de vista ante cualquier tema. Eso quiere decir que nos hacían pensar.

P. En el Trinity College organizó el club de debates. Y allí conoció a su marido.
R. Las dos cosas son ciertas.

P. ¿Debaten mucho en casa para tomar decisiones?
R. [Risas] No. Lo siento. No voy a hablar de nada personal.

P. Por entonces defendía cosas del tipo: el capital privado debería abolirse. ¿Siendo rica piensa lo mismo?
R. Claro que sí. Me hace feliz que mucha gente se interese por mis libros. Intento escribirlos lo mejor que puedo y me gusta que me paguen por hacerlo. Lo que no entiendo es por qué yo tengo que ganar mucho más que personas que realizan trabajos fundamentales para la sociedad, como mi marido, que es profesor de matemáticas, o los profesionales en primera línea de la pandemia: médicos, enfermeras, limpiadores o repartidores. Es imposible imaginar dónde estaríamos si todos hubieran dejado de trabajar y hubieran decidido que iban a ser novelistas. No es que piense que no merezco ser recompensada por mi trabajo. Me pregunto si merezco multiplicar tanto el sueldo de los otros. Y creo que no.

P. ¿Y qué hace al respecto?
R. ¿Qué puedo hacer? Cojo el dinero. Lo mínimo que puedo hacer es no cambiar de opinión simplemente porque ahora gano mucho. He pasado épocas sin blanca y ahora cobro mucho más que la mayoría de las personas. Pero mis opiniones son las mismas.

P. ¿Se puede pensar lo mismo teniendo mucho que teniendo poco?
R. Es una cuestión de coherencia. O de decencia. Creo que todo debería estar más justamente repartido.

P. Vincula el sentido de posesión de las relaciones al capitalismo.
R. Pasamos tanto tiempo trabajando o comprando en ese marco mental que una relación puede ser malentendida como una inversión. Estamos tan acostumbrados a rentabilizar nuestro tiempo que temas no mercantiles —como las relaciones afectivas, sentimentales o sexuales— se infectan y podemos llegar a pensar en ellos como transacciones aunque esa no sea su naturaleza. Aunque el sentido de posesión está ya en la literatura griega, el pensamiento capitalista se ha inmiscuido en áreas de nuestra existencia que, supuestamente, quedan fuera del mercado.

P. ¿Cuándo dejó de ir a misa?
R. Con 14 años. Tras la elección del papa Benedicto XVI. Sus ideas no me permitían ver un buen futuro para la Iglesia católica. Si hubieran elegido a Francisco mi decisión hubiera sido distinta.

P. En sus tres novelas hay constantes: dificultades para comunicarse; presencia —o ausencia— de un padre alcohólico; bisexualidad… ¿Está reflejando su vida o su generación?
R. No doy crédito a cuánto de mí hay en los libros que publico. No quiero decir que sean autobiográficos. Pero, en fin, solo tengo una vida. De modo que, claro, en lo que escribo tiene que haber temas que me hayan hecho pensar o sentir. Pero debo proteger mi intimidad. No voy a hablar de ella.

P. ¿No puede escribir de algo que no conoce?
R. Yo no.

P. ¿Escribe sobre la heterosexualidad como rigidez?
R. Ser heterosexual en un mundo donde abundan otras opciones no te hace más rígido. Pero yo siento una inclinación a escribir sobre seres para los que encontrar pareja no queda definido, o limitado, por una cuestión de género. Me interesa el vínculo entre el género y el poder. Y los personajes que tienen relaciones con los dos sexos consiguen un nexo más abierto e impredecible con el poder.

P. En sus libros también hay mucha autolesión. ¿Qué hace que nos lastimemos?
R. Puede ser una forma de escapar de un dolor mayor. ¿En la última novela también hay?

P. Poco. Parece estar dejándolo atrás. “Si estás pensando en hacer algo para herirte, ni lo intentes: solo montarás una escena y no te sentirás mejor”.
R. Es verdad. No soy consciente, pero supongo que lo hago porque me centro en momentos de crisis vitales. No es que me limite a personalidades profundamente inestables, es que me fijo en la gente normal en circunstancias difíciles: una chica de 21 años que tiene relación con un hombre casado, una adolescente que ha sufrido abuso en su familia o una escritora de éxito que llega de recuperarse en una institución psiquiátrica.

P. ¿Qué le atrae de esos momentos?
R. El límite. La autolesión es una herramienta peligrosa porque funciona cuando causa un dolor mayor al que se padece y consigue distraer al dolor original. Se da también en gente muy enfadada que no consigue averiguar qué la enfada. Cuando esos personajes se sienten superados por la tristeza o las decepciones, solo son capaces de dirigir su rabia contra ellos mismos. Prefieren herirse a herir. No es que me interese la autolesión por ningún asunto personal. Me importa por la frecuencia con la que se relaciona con las crisis más profundas.

P. ¿Cuál es el valor de escribir sobre temas tabú si no se hace en primera persona?
R. No faltan autores exponiendo cuanto les ha sucedido. A mí me interesan las discusiones intelectuales no centradas en personas sino en unas situaciones. Escribo novelas porque creo en el poder de imaginar historias. Necesito que los protagonistas tengan una vida propia más allá de la que tengo yo.

P. ¿Madurar consiste en demostrar cosas o en tratar de entenderlas?
R. El mundo nos hace creer en nuestras contradicciones. Sin embargo, la madurez llega con la aceptación de lo que hay y lo que eres. No es tirar la toalla ni volverse cínico, es aceptar a la gente y al mundo como son.

P. Entonces, dónde estás, mundo bello.
R. Nos cuesta encontrarlo. La novela sugiere que en la experiencia estética que puede llegar del arte o de la naturaleza hay una ventanita abierta a la esperanza. Aunque puedas tener muchas dudas sobre la industria editorial, permite encontrar un libro que todavía puede cambiarte la vida.

https://elpais.com/eps/2021-09-03/sally-rooney-aceptar-la-intimidad-es-aceptar-la-posibilidad-de-que-otra-persona-nos-hiera.html

martes, 12 de mayo de 2020

¿Qué queda del comunismo en Estados Unidos?

La escritora, educada a la luz de los ideales marxistas, recuerda la desigual implantación de esta ideología en su país, donde hoy sigue estando "extrañamente viva" entre los jóvenes

Una noche de verano de principios de los sesenta, en una manifestación en Nueva York, el izquierdista Murray Kempton proclamó ante un público lleno de viejos rojos que, aunque Estados Unidos no los había tratado bien, había tenido mucha suerte de contar con ellos. Mi madre estaba entre el público aquella noche y, al volver a casa, dijo: “Estados Unidos ha tenido suerte de que hubiera comunistas aquí. Ellos son los que más empujaron al país a convertirse en la democracia que siempre dijo ser”. Me sorprendió que lo dijera con voz tan suave, porque siempre había sido una socialista exaltada; pero eran los años sesenta y, a esas alturas, estaba verdaderamente cansada.

El Partido Comunista de Estados Unidos se formó en 1919, dos años después de la Revolución Rusa. Durante 40 años, creció de forma constante, de unos dos o tres mil miembros a 75.000 en su momento de mayor influencia, en los años treinta y cuarenta. En total, casi un millón de estadounidenses fueron comunistas en un momento u otro. Aunque es cierto que la mayoría de los que entraron en el Partido Comunista en aquellos años eran miembros de la atribulada clase obrera (judíos del barrio de confección textil de Nueva York, mineros de Virginia Occidental, recolectores de fruta en California), es todavía más cierto que también se unieron muchos miembros de la clase media ilustrada (profesores, científicos, escritores), porque, para ellos, el partido poseía una autoridad moral que daba concreción a un sentimiento de injusticia social azuzado por la Gran Depresión y la Segunda Guerra Mundial.

Los comunistas estadounidenses, en su mayoría, nunca pisaron la sede del partido, ni vieron en persona a un miembro del Comité Central, ni supieron nada de las reuniones internas en las que se elaboraban las políticas. Pero todos sabían que los sindicalistas del partido fueron fundamentales para las mejoras de los trabajadores industriales en este país; que los abogados del partido fueron los que más defendieron a los negros en los estados del sur; que muchos organizadores del partido vivieron, trabajaron y, a veces, murieron con los mineros de los montes Apalaches, los temporeros de California y los obreros siderúrgicos de Pittsburgh. Gracias a su pasión por la estructura y la elocuencia de su retórica, el partido se materializó en el día a día y se dio a conocer no solo a sus propios miembros sino también a los numerosos simpatizantes y compañeros de viaje de aquella época. Había construido una red extraordinaria de secciones regionales y locales, escuelas y publicaciones, organizaciones que se ocupaban de remediar grandes problemas en las comunidades —la Orden Internacional de los Trabajadores, el Congreso Nacional de Negros, los Consejos de Desempleo— y un provocador periódico que leían habitualmente los progresistas y los radicales. Como decía un viejo rojo: “Durante toda la Depresión y la Segunda Guerra Mundial, cada vez que se anunciaba alguna nueva catástrofe, The Daily Worker agotaba sus ejemplares en cuestión de minutos”.

Tal vez ahora es difícil de comprender, pero, en aquella época, en este lugar, la visión marxista de la solidaridad mundial que transmitía el Partido Comunista despertó en los hombres y mujeres más corrientes una conciencia de su propia humanidad que daba grandeza a la vida: grandeza y claridad. Esa claridad interior fue algo con lo que muchos no solo se encariñaron sino a lo que se volvieron adictos. Frente a su influencia, ninguna recompensa vital, ni el amor, ni la fama ni la riqueza, podía competir.

Al mismo tiempo, esa totalidad absoluta del mundo y el yo era precisamente lo que, con demasiada frecuencia, hacía que los comunistas fueran unos auténticos creyentes, incapaces de afrontar la corrupción del Estado policial que constituía la base de su fe, incluso cuando cualquier niño de 10 años podía darse cuenta de que había un doble juego. El PC de Estados Unidos era miembro de la Komintern (la organización de la Internacional Comunista dirigida desde Moscú) y, en calidad de tal, debía responder ante los soviéticos, que intimidaban a los partidos comunistas de todo el mundo para que apoyaran políticas interiores y exteriores que, la mayoría de las veces, servían los intereses de la URSS, y no los de los países miembros de la Internacional. Como consecuencia, el PC estadounidense hacía siempre todo lo posible para satisfacer al que sus miembros consideraban el único país socialista del mundo y al que se sentían obligados a apoyar a toda costa. Esta devoción inamovible a la Rusia soviética permitió que los comunistas estadounidenses permanecieran engañados durante los años treinta y cuarenta y gran parte de los cincuenta, mientras la Unión Soviética aplastaba Europa del Este y se volvía cada vez más totalitaria, con su realidad cotidiana cada vez más oculta y sus exigencias cada vez más interesadas.

A principios de los cincuenta, el PC fue objeto de graves ataques debido al pánico que desató el mccarthyismo a propósito de la seguridad de Estados Unidos—decenas de comunistas pasaron a la clandestinidad por miedo a la cárcel u otros destinos peores—, pero luego, en 1956, el partido estuvo a punto de desintegrarse bajo el peso del escándalo del propio comunismo. En febrero de ese año, Nikita Jruschov habló ante el 20º Congreso del partido Comunista Soviético y reveló al mundo el horror inimaginable del mandato de Stalin. El discurso supuso la devastación política de la izquierda organizada en todo el mundo. En las semanas posteriores, 30.000 personas abandonaron el PC estadounidense y, antes de que acabara el año, el partido había vuelto a ser lo que había empezado siendo en 1919: una pequeña secta en el mapa político estadounidense.

Yo me crié en un hogar de izquierdas en el que se leía The Daily Worker, se hablaba de política obrera (mundial y local) en la mesa y pasaban habitualmente por casa progresistas de todo tipo. Nunca se me ocurrió considerarlos revolucionarios. Nunca tuve la impresión de que nadie de mi entorno quisiera derrocar al Gobierno por métodos violentos. Al contrario, los veía trabajar para que el socialismo se convirtiera en la norma mediante un cambio legal, un cambio que iba a garantizar que, con la derrota del capitalismo, la democracia estadounidense pudiera hacer realidad su promesa incumplida de la igualdad para todos. En resumen, quizá era una ingenuidad, pero los progresistas siempre me parecieron disidentes sinceros.

Cuando me gradué en el City College, a finales de los cincuenta, me fui al oeste, a Berkeley, para estudiar lengua y literatura. Fue la primera vez que me encontré con “estadounidenses” de forma masiva. Hasta entonces, solo había conocido a judíos neoyorquinos y a católicos irlandeses o italianos, casi todos hijos de inmigrantes. En Berkeley descubrí que Estados Unidos había nacido como país protestante; conocí a gente de Vermont, Nebraska y Idaho, unas personas extraordinariamente bien educadas, que pensaban que los comunistas eran el mal, el enemigo anónimo y sin rostro del otro lado del mar. “¿Tus padres fueron comunistas?”, me preguntaban. Al parecer, nadie había conocido nunca a ninguno.

El impacto en mi sistema nervioso fue intenso. Me volvió al mismo tiempo defensiva y agresiva y, con el tiempo, empecé a buscar excusas para proclamar que había sido un “bebé de pañal rojo” siempre que podía, igual que habría proclamado mi condición de judía ante cualquier muestra abierta de antisemitismo. La mayoría de las veces, la declaración del pañal rojo hacía que la gente se quedara mirándome como si fuera un objeto de museo, pero, en algunos casos, el interlocutor se encogía delante de mí. Varios decenios después, seguía con la impresión de no haber superado el hecho de que todas aquellas personas bien formadas considerasen a las mujeres y los hombres con los que había crecido gente distinta, otros. De vez en cuando, se me ocurría que debería escribir un libro.

Por aquel entonces —ahora hablo de mediados de los setenta—, llevaba varios años trabajando en el Village Voice y me había vuelto una activista de la liberación, siempre en las barricadas del feminismo radical. En aquellos años, veía en todas partes muestras de discriminación contra las mujeres, y todos los artículos que escribía estaban influidos por lo que veía. Hasta ahí, ningún problema. Sin embargo —y aquí empezó lo difícil—, pronto vi que en el movimiento empezaba a surgir una corriente separatista que hacía enérgicas sugerencias sobre lo que debía o no decir y hacer una auténtica feminista. Unas sugerencias que enseguida se convirtieron en órdenes.

Una tarde, durante una reunión en Boston, me levanté entre el público para instar a mis hermanas a que dejaran de fomentar el odio a los hombres: no eran ellos, dije, a los que teníamos que condenar, sino la cultura en su conjunto. Una mujer que estaba en el escenario me señaló con un dedo acusador y gritó: “¡Eres una intelectual y una revisionista!” Eres una intelectual y una revisionista. Unas palabras que no oía desde que era niña. Por lo visto, de la noche a la mañana, nos habían invadido lo políticamente correcto y lo políticamente incorrecto, y la velocidad a la que la ideología se transformaba en dogma me abrumó. Entonces se reavivaron mis simpatías por los comunistas, y sentí un nuevo respeto hacia el comunista normal y corriente que debía de haberse sentido esclavizado por el dogma en su vida diaria.

“Dios mío”, recuerdo que pensé, “estoy viviendo lo mismo que experimentaron ellos”. Por segunda vez, pensé en escribir un libro, una historia oral de los comunistas estadounidenses de a pie, que fuera una obra de sociología sobre la relación entre la ideología y el individuo y que demostrase a las claras que en esa relación está impresa la sed universal de una vida más completa y cómo se destruye cuando el dogma se apodera de la ideología.

Escribí el libro, y lo escribí torpemente. Lo malo fue que, cuando empecé a escribir The Romance of American Communism, estaba románticamente —es decir, a la defensiva— aferrada a mis fuertes recuerdos de los progresistas de mi infancia. Considerar romántica la experiencia de haber sido comunista me parecía y me sigue pareciendo legítimo; escribir de ello con romanticismo, no. Escribir con romanticismo hizo que no explorase la complejidad de las vidas de mis personajes; que no retratara al líder del brazo local que amaba a la humanidad y, sin embargo, sacrificó sin piedad a un camarada tras otro por las rigideces de partido: ni tampoco al jefe de sección capaz de citar a Marx con veneración durante horas y luego exigir la expulsión de un militante que había servido sandía en una cena; ni tampoco, y eso es mucho peor, al organizador que impuso una directriz emitida en la Unión Soviética a un sindicato local pese a que la orden significaba, sin lugar a dudas, traicionar a los miembros del sindicato.

Como escritora, sabía que solo podría lograr la comprensión del lector si exponía con la mayor sinceridad posible todas las contradicciones de carácter o de comportamiento que habían quedado al descubierto en determinada situación, pero se me olvidaba constantemente lo que sabía. Hoy leo el libro y me siento consternada por el estilo. Su sentimentalismo se puede cortar con un cuchillo. Hay miles de frases distorsionadas por los mismos adverbios y calificativos retóricos: “poderosamente”, “intensamente”, “profundamente”, “en lo más hondo de su ser”. Por otra parte, aunque el libro no es largo, tiene un estilo extrañamente farragoso: siempre hay tres palabras cuando habría bastado una, cuatro, cinco o seis frases que llenan una página cuando habrían sido suficientes dos. Y todos mis personajes son bellos o atractivos, elocuentes y, en una proporción extraordinaria, heroicos.

El libro recibió duras críticas de los pesos pesados intelectuales de la derecha y la izquierda. Irving Howe escribió una reseña corrosiva que me obligó a meterme en la cama durante una semana. Odiaba, odiaba el libro. Igual que Theodore Draper, que lo vilipendió ¡dos veces! También Hilton Kramer, y Ronald Radosh. Como estos hombres se habían tomado la libertad de atacarme con tanta agresividad, me convencí de que la culpa era mía por la pobreza de mi escritura. Por supuesto, todos ellos eran violentamente anticomunistas y habrían odiado el libro aunque lo hubiera escrito Shakespeare, pero fui increíblemente ingenua al no darme cuenta de que toda la animosidad de 1938 seguía igual de viva en 1978, en plena Guerra Fría.

Lo que no era ninguna ingenuidad fue pensar que merecía la pena narrar la vida de un comunista estadounidense. Y las historias que aquellas personas me contaron siguen vivas, su experiencia sigue emocionando, y ellos están indiscutiblemente presentes. Ahora que vuelvo a encontrarme, en las páginas de este libro, con las mujeres y los hombres entre los que me crie, ellos y su época cobran vida de forma vibrante. Me sorprende todo lo que no sabía y me encanta todo lo que capté; en cualquier caso, me parece que los comunistas interesaban cuando escribí sobre ellos y siguen importando hoy.

Por eso hay una cosa de la que no me arrepiento, que es de haber escrito sobre ellos como si todos fueran bellos o atractivos, todos elocuentes y muchos, heroicos. Porque lo eran. Y esta es la razón:

Existe cierto tipo de héroe cultural —el artista, el científico, el pensador— al que a menudo se caracteriza como alguien que vive para “el trabajo”. La familia, los amigos y las obligaciones morales no importan, el trabajo es lo primero. El motivo de que el trabajo sea lo prioritario en el caso del artista, el científico y el pensador es que hace resplandecer a plena luz una expresividad interior que es incomparable. Sentirse, no solo vivo, sino expresivo, es sentir que uno ha llegado al centro. Esa convicción de equilibrio irradia la mente, el corazón y el espíritu como ninguna otra cosa. Muchos comunistas —quizá la mayoría— que se creían destinados a una vida de seria radicalidad se sentían exactamente así. Sus vidas también estaban irradiadas por una especie de expresividad que les hacía sentirse brillantes y centrados.

Ese equilibrio relucía en la oscuridad. Eso era lo que los hacía bellos, elocuentes y, a menudo, heroicos.

Al margen de mis defectos como historiadora oral, que son muchos, me parece que The Romance of American Communism sigue siendo emblemático de un periodo rico y prolongado en la historia de la política estadounidense; un momento que, por desgracia, nos remite directamente al actual, puesto que los problemas que quiso abordar el PC estadounidense —injusticias raciales, desigualdades económicas, derechos de las minorías— permanecen sin resolver hasta la fecha.

Hoy,  la idea del socialismo está extrañamente viva en Estados Unidos, especialmente entre los jóvenes, como no sucedía desde hacía décadas. Sin embargo, no existe en el mundo un modelo de sociedad socialista que un joven radical pueda adoptar como guía, ni una organización verdaderamente internacional a la que pueda jurar lealtad. Los socialistas actuales deben construir su propia versión independiente de cómo lograr un mundo más justo, empezando desde abajo. Confío en que mi libro, que narra la historia de cómo lo intentaron hace 50 o 70 años, sirva de guía para quienes hoy sienten los mismos impulsos.

Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

Vivian Gornick es escritora estadounidense, autora de los libros Apegos feroces, Mirarse de frente y La mujer singular y la ciudad, todos ellos editados por Sexto Piso. Este artículo sirve de nuevo prólogo para su libro The Romance of American Communism, reeditado este mes por Verso Books.

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