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jueves, 15 de agosto de 2019

De alemanes, nazis, judíos, sionistas

Luis E. Sabini Fernández. Rebelión

¿Por qué los alemanes han tenido que explicitar su posición y su relación respecto del nazismo? Indudablemente, porque el Tercer Reich ha perdido la 2GM (*). Como consecuencia, su población ha debido incluso soportar la sospecha generalizada de connivencia con el régimen nazi, en su momento indudablemente popular. Han sido incluso expuestos a teorías del tipo de las de Daniel Goldhagen sobre la impronta étnica en los comportamientos humanos (alemanes como “verdugos voluntarios” del nazismo).

Con el paso del tiempo y las peripecias, sobre todo las sufridas por los palestinos (pero no solamente), surge la pregunta de por qué los judíos no se ven precisados a definir su posición respecto de Israel. Porque Israel, que se iniciara como un golpe de mano, estilo pirata, aunque muy recubierto de amparos (por ejemplo, de las “Grandes Potencias” de la época), ha ido entrando en un vórtice de brutalización y violencia aun peor al de los momentos fundacionales. Y cada vez más impune.1

No se trata de hacer una comparación literal o exhaustiva entre Israel, bandera de la democracia occidental, y el Tercer Reich de triste memoria. Lo germano se considera nacional y lo judío es más ambivalente; puede ser religioso, idiomático o cultural, aunque con el Estado de Israel ha devenido cada vez más nacional.

Sin embargo, los judíos en general, y en particular los progresistas, llevan adelante su actividad social, política, intelectual, como si nada tuvieran que decir o que ver con lo que acontece en Israel.2

Lo cual, en términos puramente personales, es aceptable, pero considerado socialmente, pensando en vínculos de comunidad o de nacionalidad, incluso los tribuales, la responsabilidad es otra; rendir cuentas forma parte de cada uno, lo asuma o lo ignore. O haga como que lo ignora.

Si tal fue la situación con la realidad israelí, la de su surgimiento e implantación manu militari, la responsabilidad se acrecienta inconmensurablemente con la expansión del peso y el poder sionista en el mundo entero; pensemos en Sudán del Sur, Honduras, Colombia, Irak, Líbano, Siria, Irán, en el lado castigado del planeta, y en el Reino Unido y en general Europa y, fundamentalmente en EE.UU., el lado favorecido de ese mismo planeta…

La tesis presentada al principio es que los alemanes debieron, debían, incluso deben rendir cuentas porque perdieron la guerra mundial, porque salieron del círculo áulico de la humanidad y pasaron al de los que, precisamente, deben rendir cuentas.

A través de la consolidación del Estado de Israel como presunto estado soberano; algo no tan nítido si observamos el constructo político que llamamos Israel, que para algunos es “el portaaviones de EE.UU. en el Mediterráneo Oriental” (versión cada vez más obsoleta de la progresía occidental), para otros el quincuagesimoprimer estado de la “Unión” con funciones particularmente directivas dentro de EE.UU., y para otros finalmente, parte de una entente que bien merece llamarse Triple por una configuración de poder combinado y mundial, entre elites del Reino Unido, Israel y EE.UU. (con sus City y Wall Street incluidas; no sabemos si Israel tiene un equivalente dentro de sus difusas fronteras; por internet no logramos captarlo).

La segunda y sobre todo, la tercera opción se perciben, por ejemplo, en la política de “Los 5 ojos” (que son 6) de la red Echelon.3

Como resultado de la 2GM, los judíos no necesitan rendir cuentas. Por suerte, existen judíos como los que mencionáramos antes.4

Hay motivos para estos deslindes, estas tomas de posición. Porque nos encontramos en una situación más problemática, más ardua, que en otros momentos culturales pasados. Estamos cada vez más en el terreno de una policía del pensamiento.

Y eso, en sus dos variantes más conocidas; las dos con impronta israelí.

Por un lado, tenemos los desarrollos tecnológicos securitarios en los cuales Israel está a la vanguardia con intervenciones cada vez más sofisticadas para oír, ver, registrarlo… todo. Ya es mucho más que la pesadilla Echelon. Hay capacidad tecnológica para convertir, por ejemplo, todo celular, aun apagado, en micrófono y con alcance de muchos metros. Al lado de lo cual, los viejos sistemas de escucha telefónica resultan paleolíticos. El paisaje urbano, el interior de los vehículos de todo tipo, se van convirtiendo en escenarios de un teatro mundial, generalmente inconsciente, involuntario.5 Israel se ha especializado en la producción de tales dispositivos de omnicaptación.

Y al lado de esta tecnopolicía de vigilancia, arrecia otra policía del pensamiento… la de lo políticamente correcto.

Para su instauración, el sionismo ha desempeñado un papel primordial. Mediante la construcción de relatos como, por ejemplo, el de “Israel democrático” (tratándose de una sociedad racista y colonialista), o de los juicios de Nurenberg de 1946 como si hubiesen sido objetivos, o, por ejemplo, el culto a “El Holocausto”. Un historiador estadounidense, Norman Finkelstein, precisamente judío, por abordar esta última cuestión en su excelente La industria del holocausto (cuya tesis es que el suceso, así presentado, ‘tiene cierto parecido con la realidad, aunque remoto’), desde que puso en circulación el fruto de sus investigaciones ha sido despojado de sus cátedras universitarias en EE.UU. Finkelstein está sitiado laboralmente desde hace años mediante una conspiración de silencio.

Como resultado de esta guerra informacional, en la actualidad, ya tenemos leyes en países hipersensibles por sus antecedentes, como Francia o Alemania, que reputan antisemita cualquier crítica a Israel. Y consecuentemente, ya tenemos presos políticos por aplicación de tales leyes… seres humanos arrestados y encarcelados porque han planteado boicotear productos israelíes en tanto israelíes maltratan, hambrean y matan impunemente a palestinos. Boicotear, repare el lector, no dañarlos, no usar violencia.

Esa atroz asimetría contemporánea que resume tan bien Richard Falk al recordar los 15 años del Muro de 700 km. construido por los israelíes en 2004 dentro de los territorios bajo conquista: “fragmentando a las comunidades y vecindarios palestinos, dividiendo a los campesinos de sus tierras de cultivo, y constituyendo una recordatoria constante, ineludible, de la naturaleza de la opresión israelí.” 6

Si criticar a Israel deviene un acto antisemita, ¿adónde fue a parar el derecho a crítica o la libertad de cátedra, por ejemplo?

En la mayor parte de los países de Europa ahora la historia del sionismo, la del nazismo, la del judaísmo están escritas. Definitivamente. Inamovibles. Reinvestigar, otorgar otro ángulo, otra información, ha pasado a ser delictivo.

Es la sustitución lisa y llana del conocimiento histórico por la versión oficial. El sueño −estalinista para unos, bíblico para otros− encarnado como revelación.

De ese modo, toda crítica a Israel es antisemita, investigar sobre las muertes de judíos a manos de nazis está fijado de antemano (p. ej., en 6 millones y las correspondientes indemnizaciones. Y a todos los que duden, tengan alguna observación, algún reparo, se los ubica en el campo “antisemita” (término impreciso si los hay, por cuanto “semita” no es un pueblo siquiera, sino una familia idiomática).7

Obviamente, la policía de pensamiento no se aplica sólo a salvaguardar la imagen de Israel. Veamos otro ejemplo, tan distinto: una estrella del rugby australiano, étnicamente originario de ese continente, cristiano evangelista −Israel Folau− condenó recientemente en un mensaje de Instagram a “homosexuales, adúlteros, mentirosos, fornicadores” asegurando que les esperaba el infierno… y fue expulsado de la federación de rugby australiana y segregado socialmente.

Considero sus opiniones deleznables, pero condenarlo por ellas, es muchísimo más grave.

La policía del pensamiento, vieja pesadilla de antiutopistas, está deviniendo realidad y el motor actitudinal para este ahogo de la libertad de pensamiento es llevado adelante a través de la sobresaturación de información y entretenimiento y la configuración de las mentalidades.

Calvino (Jean Calvin) aspiraba a conocer todos los pasos de sus conciudadanos, desde que se levantaban hasta que se acostaban. Para sujetarlos bíblicamente a la virtud. Su ciudad, Ginebra, contaba entonces –siglo XVI−con unos 23 mil habitantes.

La aspiración de ‘una policía de la virtud’. Hoy esa pesadilla se va concretando sobre miles de millones de seres humanos.

Notas
*. PD.: Considero que no solo por perder la 2GM, fue la causa de ese trato, sino que hubo más como fue por la forma de realizar la guerra que llevó a cabo Alemania, con los nazis y su maquinaria de muerte a la cabeza. Fue, sobre todo, en la URSS la guerra de aniquilación, una invasión sin previa declaración y sin ruptua del pacto de no agresión que tanta critica había supuesto par la URSS por la acusación de aliarse con los nazis (pacto de no agresión Molotov-Ribertrop)  sin respeto a normas de guerra ninguna. Se mataban a los prisioneros rendidos, si eran oficiales más rápido y expeditivo, se mataron a pueblos enteros, mujeres, ancianos y niños incluidos, se bombardeaba indscriminadamente a la población civil, con el objetivo de aterrorizarla, no digamos si eran sindicalistas o miembros de partidos de izquierda, judios o gitanos, a los que se llevaban a campos de exterminio. Se realizaban crueles represalias sobre la población civil si ocurrian atentados. Se utilizaron millones de personas, hombres y mujeres como mano de obra esclava, con represalias, a la menor sospecha de indisciplina, boicot o resistencia, crueles y de muerte por ahorcamiento público, se mal alimentaban y sometían a horarios extenuantes y agotadores de más de 60 horas semanales a todos ellos. La fábrica de automoviles Wolkswagen, como ejemplo, creada en base a la confiscación de las propiedades y riquezas de los sindicatos alemanes por Hitler y entregada a "amigos" llegó a sobrepasar el 80% de trabajadores esclavos. Los responsables de esos crímenes nunca fueron juzgados.

Además, los anglo-americanos con sus bombardeos masivos de ciudades de noche y dia, en las que principalmente quedaban ancianos, mujeres y niños, trataron siempre de justificarlo por lo que llamaban "apoyo masivo de la población a Hitler y sus ideas", lo que sólo en parte fue verdad. Los bombardeos de ese tipo contra objetivos civiles, nunca pueden ser admitido dentro de los derechos de guerra y son condenados por los acuerdos de Ginebra, siempre serán un ejemplo de crímen contra la humanidad y los derechos humanos.

A todo el pueblo alemán se le trató cruelmente como enemigo después de la guerra. Conforme pasó el tiempo y empujados por las circunstancias de la época y el que la gente se marchaba al este, aunque fuera para comer comida de rancho, lo que se ha ocultado, dada la miseria de la parte occidental, la politica occidental dió un giro hacia Alemania y se buscó la colaboración de las antiguas autoridades que en la parte de los militantes de antiguos sindicatos socialdemócratas fue positivo para reorganizar el país, pero en lo que concierne a la colaboración con la antigua gestapo y SS, fue muy lamentable aunque la justificaran por la experiencia en la lucha contra la izquierda no socialista, dentro de los parámetros de la guerra fría. El enemigo pasó a ser todo lo que oliera a URSS o comunista... aunque con ello se sacrificara la verdad, la justicia, y los derechos humanos. Un claro ejemplo de los expuesto es que sobre el papel se declaró ilegal a los grupos nazis y de extrema derecha junto al Partido comunista, pero la realidad es que se expulsó a todo funcionario afiliado al partido y la instituciones de llenaron de antiguos nazis ocultos bajo capa de demócratas.

1 Algo que también había pasado con el nazismo; una política reactiva, beligerante y agresiva, que fue acentuando sus rasgos hasta llegar a persecuciones y castigos atroces contra sus enemigos y víctimas.

2 Con la excepción, claro está, de los judíos que se han desmarcado del proyecto sionista, a menudo con riesgo de sus posiciones y hasta de su vida.

3 Fundada en 1948 por EE.UU., RU, Canadá, Australia y Nueva Zelandia, fue ampliada por única vez en 2004… con Israel.

4 Apenas como ejemplos: Marek Edelman, el bundista, sobreviviente polaco en los ’40 que se negó a aceptar una invitación de Israel, como “héroe judío” en los ‘50. O los miles de haredíes de Neturei Karta. O investigadores e historiadores como Ilan Pappe, David Comedi, Gilad Atzmon y tantos otros que han roto con Israel y su geopolítica mundial, que con acierto ha definido el historiador Miguel Ibarlucía como “fascismo exitoso” (tesis doctoral).

5 En Argentina, Chacho Álvarez denunció esa técnica a fines de los ’80 o principios de los ‘90.

6 “Remembering the World Court Advisory Opinion on Israel’s Separation Wall After 15 Years, News; Analysis, Palestine, 12 jul. 2019.

7 Aunque en los últimos 20 años, la Academia de la Lengua Española se ha avenido a restringir el significado del término al de “contrario” o “ enemigo” de lo judío.

Blog del autor: https://revistafuturos.noblogs.org/

martes, 6 de agosto de 2019

75 años del Samudaripen, el genocidio antigitano en Europa

Silvia Agüero Fernández y Nicolás Jiménez González AraInfo

El día 2 de agosto se cumplen 75 años de la liquidación del llamado campo de familias gitanas, Familienzigeunerlager de Auschwitz. Una reciente investigación llevada a cabo por el Departamento de Historia del Museo de Auschwitz ha demostrado que aquella fatídica tarde-noche del 2 de agosto de 1944 entre 4.200 y 4.400 personas gitanas de todas las edades fueron cruelmente asesinadas en las cámaras de gas.

22 de mayo de 1940, deportación de personas gitanas residentes en Asperg (Alemania). Foto: Bundesarchiv, R 165 Bild-244-48 / CC-BY-SA 3.0

“Fue un crimen de estado meticulosamente planeado” (Tío Romani Rose, presidente del Consejo Central de los Sinti y los Roma de Alemania)

Es imposible resumir en un solo artículo un suceso tan inabarcable como el Samudaripen, el genocidio de la población gitana durante el nazismo.

Samudaripen [samudaripén] y Porrajmos [porraymós] son los dos términos que se utilizan habitualmente para denominar el genocidio al que fue sometida la población gitana europea durante el régimen nazi (1933-1945) y que se extendió por 20 países europeos. El término más adecuado, no obstante, es Samudaripen.

La población romaní junto con la población judía fueron los dos grupos étnicos objetos de genocidio durante el nazismo tanto en Alemania como en los países europeos que formaron el Eje, sus socios y los gobiernos colaboracionistas.

El genocidio gitano, el Samudaripen, se inició mucho antes del comienzo de la 2ª Guerra Mundial. Por supuesto, en Alemania como en el resto de países de Europa Central y Occidental el antigitanismo tiene una larga historia que se ha ido plasmando en las leyes y en el imaginario colectivo. En España, en concreto, son más de 230 leyes antigitanas las que lo han sustentado.

En la actualidad, según los más recientes estudios de la Agencia Europea de Derechos Fundamentales (FRA, por sus siglas en inglés) el racismo antigitano, el antigitanismo, es la forma de racismo más prevalente en todos los Estados miembro de la Unión Europea y el más aceptado socialmente.

Un genocidio con características propias

Con el ascenso al poder del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán y el nombramiento de Hitler como Canciller en 1933 el destino de la población gitana Sinti —así es como se denominan a sí mismas estas personas— se configuró directamente al exterminio. Así, en 1935, con la promulgación de las leyes de ciudadanía del Reich y para la protección de la sangre y el honor alemanes—las famosas leyes de Núremberg— se despojó a la población Sinti, clasificada como una raza inferior, de la ciudadanía y del derecho al voto.

Esas leyes pretendían la conservación de la pureza racial alemana y para ello prohibían los matrimonios entre personas arias y no arias. Los criterios dispuestos para establecer qué personas eran consideradas gitanas eran exactamente dos veces más estrictos que aquellos que definían quienes eran judías: si uno de los ocho bisabuelos de una persona era gitana/o, aunque a su vez fuera mestiza/a, esa persona era considerada de ascendencia gitana mientras que se definía como judía a una persona que tuviera, al menos, un/a abuela/o judía/o. Y todo se basaba en criterios meramente sanguíneos, genéticos, sin tener en cuenta la religión ni la práctica cultural o étnica. Por eso, cuando alguien habla de “pureza” en relación con las personas gitanas nos saltan todas las alarmas ya que ese tipo de razonamiento está en la base ideológica del racismo más atroz.

1939, personal del Centro de Investigación para la Higiene Racial de Alemania untando de negocoll el rostro de Albert Laubinger (1920-1944) con la finalidad de modelar su rostro en cera.. Foto: Bundesarchivs.

Ya en junio de 1938, unos 700 hombres gitanos fueron enviados a los campos de concentración de Dachau, Buchenwald, Sachsenhausen y Lichtenburg dentro de la llamada Aktion Arbeitsscheu Reich (Acción contra los vagos). En esos y otros campos fueron sometidos a trabajos forzados.

El 8 de diciembre de 1938 se publicó el Decreto para combatir la plaga gitana (Bekämpfung der Zigeunerplage): “La experiencia hasta ahora en la lucha contra la plaga gitana y el conocimiento adquirido a través de la investigación de la biología racial hacen aconsejable abordar la regulación de la cuestión gitana a partir de la naturaleza de la raza. Según la experiencia, los mestizos tienen mayor participación en el mundo del crimen. Por otro lado, se ha demostrado que los intentos de integrar a los gitanos han fracasado, especialmente entre los gitanos de raza pura, debido a su fuerte impulso migratorio. Por lo tanto, resulta necesario tratar a los gitanos de raza pura y a los mestizos por separado en la solución final de la cuestión gitana” (la traducción y el subrayado son nuestros).

A partir de 1940, las personas romaníes de Alemania y Austria fueron deportadas a la Polonia ocupada y alojadas en los guetos judíos que iban vaciando. La primera deportación tuvo lugar a mediados de mayo de 1940 y afectó a unas 2.500 personas.

El asesinato sistemático de las personas gitanas comenzó en el verano de 1941. Durante el asalto de las tropas nazis contra la URSS miles de Rroma [pronúnciese romá], gitanos y gitanas, fueron víctimas de ejecuciones en masa por parte de los “Einsatzgruppen” (grupos operativos) de las SS. Estos comandos de la muerte tenían como tarea principal la matanza de personas judías y gitanas, además, de los y las comisarios políticos.

Aunque no hay cifras exactas, se calcula que unas 100.000 personas gitanas fueron asesinadas por estos comandos de la muerte tanto en la URRS como en Polonia y otros territorios ocupados de Europa del Este y los Balcanes, especialmente en Ucrania, Bielorrusia y Yugoslavia. Tan sólo en Polonia se conocen unos 180 lugares donde hubo ejecuciones en masa de personas romaníes. La familia de la Tía Alfreda Noncia Markowska cayó víctima de una de estas matanzas en Biala Podlaska (Polonia). Alfreda fue la única que sobrevivió. Tenía solo 15 años y durante el resto de la guerra logró salvar de la muerte a una cincuentena de niños y niñas, judíos y gitanos.

Otro componente de la política de extinción de la población gitana fue la esterilización forzada, tanto dentro de los campos de concentración como en hospitales externos, de manera que el 94 % de las personas esterilizadas forzosamente durante el periodo nazi fueron personas gitanas.

Miles de Rroma, en su mayoría mujeres y niñas, tuvieron que sufrir esta operación, a menudo sin anestesia. Muchas murieron durante la operación.

¡Ma bister! ¡1.500.000 víctimas!

“La repetida cifra de 500.000 muertes gitanas durante el Porrajmos se ha convertido en una convención” tal y como afirma el Tío Ian Hancock , profesor emérito de la Universidad de Texas. No podemos, por tanto, aceptar esa cifra como un hecho demostrado ya que la documentación no ha sido bien analizada ni existe una política de promoción de la investigación en torno al Samudaripen. Según el propio profesor Hancock, la cifra de víctimas probablemente asciende al doble o al triple, es decir, estaríamos hablando de que, probablemente, 1.500.000 personas gitanas fueron asesinadas durante el Samudaripen.

Se estima que alrededor de la mitad de la población romaní residente en los territorios ocupados por el Tercer Reich murieron como resultado de la persecución y el terror nazi. En algunas zonas, este porcentaje alcanzó el 80 %.

Aún no hay un listado de víctimas gitanas. Sólo listas parciales y no en todos los campos de concentración o exterminio. Tampoco hay una voluntad política de promover la investigación que haga posible aflorar las verdaderas dimensiones del Samudaripen.

El intento de minorar la cifra de víctimas responde claramente a los objetivos del antigitanismo y sirve para postergar a las y los Rroma actuales, incluidas las víctimas, incluso de los actos oficiales de conmemoración del Holocausto. Así mismo, el lugar destinado a la memoria gitana dentro de los museos del Holocausto es mínimo.

Aunque hace algunos años que el Consejo Estatal del Pueblo Gitano, auspiciado por el Ministerio de Igualdad, celebra un acto en homenaje a las víctimas del Samudaripen, España aún no ha reconocido oficialmente que la población romaní fue víctima del genocidio llevado a cabo por los nazis. Las autoridades responsables suelen escudarse en la neutralidad de España durante la 2ª Guerra Mundial. No obstante, hubo víctimas gitanas de origen español sobre todo en territorio francés donde entre 1939 y 1946, cerca de 6.500 personas gitanas sufrieron presidio en unos 30 campos de internamiento desde algunos de los cuales también fueron enviados a Auschwitz.

La maquinaria del exterminio

“No hay nada con lo que puedas comparar Auschwitz. Si dices ‘El infierno de Auschwitz’, no es ninguna exageración. Creo que no es suficiente para mí decir que he soñado con Auschwitz mil veces desde entonces, con esa horrible época en la que reinaba el hambre y la muerte. Yo era una niña cuando me trajeron a Auschwitz. Cuando salí estaba enferma y aún hoy estoy enferma” (Tía Elisabeth Guttenberger, superviviente, testigo de cargo en el Auschwitzprozesse, Procesos de Auschwitz)

Aunque Auschwitz fue el peor de lo campos de exterminio, hubo otros: Belzec, Chelmno, Jasenovac, Sobibor, Treblinka, Sachsenhausen, Buchenwald, Flossenbürg...

Hubo personas gitanas prisioneras en todos los campos de concentración, aunque algunos de éstos se crearon específicamente para albergar a las personas gitanas: Marzahn (Berlín, Alemania), Lety (Rep. Checa), Dubnica nad Vahom (Eslovaquia), Lackenbach (Austria), Litzmannstadt (Polonia), Montreuil-Bellay, Lannemezan o Saliers (Francia)…

En términos numéricos, las personas gitanas fueron el tercer grupo más grande de deportadas a Auschwitz, después de las judías y las polacas.

En Auschwitz hubo personas gitanas prisioneras procedentes de 14 países. Los primeros Rroma llegaron el 9 de julio de 1941: dos gitanos polacos capturados por la policía criminal alemana junto otros 7 prisioneros polacos en la cercana ciudad de Katowice. Según Maria Martyniak al menos 370 personas gitanas fueron prisioneras en Auschwitz antes de la construcción del Zigeunerlager.

Finalmente, en diciembre de 1942, el gobierno alemán decretó que la población gitana debía ser encarcelada en campos de concentración y Auschwitz fue el campo elegido como prioritario. Familias gitanas enteras fueron deportadas a Auschwitz II – Birkenau. El primer transporte llegó el 26 de febrero de 1943, cuando el Familienzigeunerlager todavía estaba en construcción. Cuando se completó, comprendía 32 barracones, 26 residenciales y 6 de servicio (la oficina de asignación de trabajo forzado, almacenes, guardería y hospital).

Los barracones, construidos de madera —tablas endebles y mal ensambladas— con el suelo de tierra, originalmente estaban diseñados para albergar 52 caballos cada uno. En lugar de ventanas, tenían filas de tragaluces a lo largo de ambos lados en la parte superior del tejado (que también era el techo) que estaba hecho de una sola capa de tablas cubiertas con tela asfáltica. Una puerta doble conducía al interior. Cada barracón se dividió en dieciocho puestos, los dos primeros de los cuales, adyacentes a la puerta, fueron asignados al supervisor del bloque y a los presos de confianza. Una chimenea central horizontal corría a lo largo de todo el barracón, dividiéndolo por la mitad generando un eje a cuyos lados se situaban las literas de madera de tres alturas.

Cada familia, dependiendo del número de sus componentes, tenía asignada una o dos de estas literas.

Cada barracón tenía una capacidad de unas cuatrocientas personas, pero en muchas ocasiones estaban abarrotados con más del doble.

Barracón de Auschwitz-Birkenau. Foto: Creative Commons 2.5 Attribution

El frío penetraba aquellas paredes de madera sin aislamiento y la lluvia y la nieve chorreaban a través de las grietas del tejado: “No había camas, solo cajas de madera donde nos acomodábamos como las sardinas en lata. No había colchones de paja ¡una manta era un lujo! En el centro había algo así como una estufa que nunca estaba encendida y la humedad y el frío eran casi insoportables”, como lo describió el Tio Franz Rosenbach, que en paz descanse.

Las condiciones higiénicas eran desastrosas: no había suficiente agua y las alcantarillas no funcionaban correctamente. Solo había lavabos en dos barracones, retretes en otros dos y un único barracón tenía duchas, donde las personas prisioneras se desinfectaban y les cortaban el pelo.

Entre el 26 de febrero de 1943 y el 21 de julio de 1944, un total de 23.000 personas gitanas estuvieron prisioneras en el campo gitano de Auschwitz. 20.967 de ellas murieron a consecuencia del cautiverio.

Esta cifra no incluye a unas 1.700 personas Rroma capturadas en Białystok (Polonia), que no fueron inscritas en los registros. Este grupo, ante las sospechas de ser portadores del tifus, fue asesinado en las cámaras de gas.

Las enfermedades mataron a la mayoría. Las niñas y los niños padecieron especialmente. El noma —estomatitis gangrenosa o cancrum oris, enfermedad infecciosa gangrenosa de la boca que destruye los tejidos de la cara y cuyo desenlace suele ser fatal—, que afecta especialmente a niñas y niños desnutridas, la escarlatina, el sarampión y la difteria. Las y los nacidos en el campo no sobrevivían más de unas pocas semanas.

Tristemente, muchas niñas y niños se convirtieron en objeto de los criminales experimentos del abominable Dr. Josef Mengele.

El SS Reichführer, Heinrich Luitpold Himmler, en su condición de máximo responsable del sistema de gestión de los campos de concentración, visitó Auschwitz en julio de 1942. Según cuenta el demonio Rudolf Hoes, comandante del campo, en sus memorias, juntos visitaron el campo gitano y tras una minuciosa inspección le ordenó que apartara a quienes eran válidos para seguir siendo explotados en el trabajo forzoso y destruyera aquella sección especial.

Así, el 15 de mayo de 1944, el SS-Unterscharführer (comandante del Zigeunerlager) Georg Bonigut dio la orden de que las personas internas permanecieran en sus barracones. Al día siguiente, entre 50 y 60 hombres de las SS los rodearon. Intentaron sacar a las prisioneras y prisioneros de los barracones, pero no lo consiguieron. Habían sido advertidos por la resistencia interna y se atrincheraron procurándose herramientas y palos que les sirvieran para hacer frente a aquellos malditos y vender cara sus vidas. Aquella insurrección es recordada como el Día de la Resistencia Romaní que año a año —sobre todo entre organizaciones juveniles— se va imponiendo en el calendario de reivindicaciones de la memoria gitana en toda Europa.

Posteriormente, casi 2.000 personas gitanas fueron trasladadas al campo de concentración de Buchenwald, otras 82 fueron enviadas al campo de concentración de Flossenburg y 144 mujeres gitanas al campo de concentración de Ravensbrück.

44 hombres gitanos de los que habían sido enviados a Buchenwald fueron sometidos a experimentación médica: los demonios nazis querían saber cuánto tiempo podía un hombre sobrevivir tomando solo agua de mar.

Un policía alemán vigila a un grupo de personas gitanas arrestadas para ser deportadas a Polonia. Foto: United Estates Holocoust Memorial Museum.

“Oímos gritos y disparos. Varios cientos de SS están asaltando los barracones de los gitanos. Al cabo de un rato, vemos a los SS arrastrar a dos jóvenes gitanas gritando y resistiéndose. Otras gitanas atacan a los SS, arañándoles las caras. Desde los barracones se están defendiendo con armas de fuego improvisadas. Unos SS arrastran por las piernas a unos niños y un hombre mayor está tratando de defenderlos, pero lo derriban de una patada y lo echan al camión. Nadie abandona el barracón sin resistencia. Todos están luchando. Escuchamos a los hombres de las SS gritando y a los gitanos gritando. Las mujeres son las más feroces en su lucha, son más jóvenes y más fuertes, protegiendo a sus hijos. La pelea duró hasta el atardecer” (Alfred Jan Fiderkiewicz, prisionero político polaco en Auschwitz)

La liquidación del Zigeunerlager tuvo lugar la noche del 2 al 3 de agosto de 1944, siguiendo el mandato del SS Reichsführer Heinrich Himmler. La tarde del 2 de agosto se impuso la prohibición de salir de los barracones. A pesar de la resistencia de nuestra gente, entre 4.200 y 4.400 personas gitanas de todas las edades fueron cargadas en camiones, llevados a la cámara de gas de los crematorios II y V y exterminados, tal y como ha demostrado el reciente estudio del equipo de historia del Centro de Investigación del Museo de Auschwitz.

Cuando el 27 de enero de 1945 las tropas soviéticas liberaron el campo de exterminio de Auschwitz no quedaba, entre las 7.000 supervivientes, ninguna persona gitana.

Las personas gitanas supervivientes, al término de la guerra, tuvieron que enfrentarse a los mismos prejuicios antigitanos. Hasta los años 1970’s no pudo organizarse un movimiento gitano europeo que recabase la atención de la opinión pública. La mayor parte de las personas supervivientes han fallecido sin haber recibido nunca justicia.

Desde 1994, las organizaciones gitanas, sobre todo de Polonia, conmemoran el 2 de agosto como el Día en Memoria del Samudaripen. Esta reivindicación ha sido finalmente asumida por el Parlamento Europeo que en abril de 2015 aprobó la Resolución declarando el 2 de Agosto como Día Europeo en Memoria de las Víctimas del Samudaripen.

Marzahn, el primer campo de internamiento para roma (gitanos) en el Tercer Reich. Foto: United Estates Holocoust Memorial Museum.

A pesar de este aparente cambio, el antigitanismo sigue golpeando duramente y la situación se parece cada vez más a aquella en que se dio el Samudaripen: en Italia, el Ministro del Interior y viceprimer Ministro, Matteo Salvini ha ordenado la elaboración de un registro de todas las personas gitanas habitantes de los llamados campos nómadas; se suceden los ataques terroristas antigitanos en Ucrania; en Hungría ha nacido una milicia popular para combatir el “crimen gitano”; en España cada día sufrimos el racismo; en Grecia un alcalde quiere construir un muro para aislar un barrio gitano; en Francia un rumor difundido en redes sociales hizo que varios grupos de racistas salieran a la caza de gitanos; incluso han vandalizado, hasta en dos ocasiones, el monumento en memoria de las víctimas del Samudaripen de Berlín… Y todo esto ha ocurrido en el último mes.

No podemos quedarnos mirando. Como ciudadanas tenemos la oportunidad de exigir a nuestros gobiernos que incluyan la lucha contra el antigitanismo entre sus prioridades a la vez que tomamos conciencia de la gravedad que conlleva consentir que el antigitanismo siga siendo el racismo más socialmente permitido. 

Lecturas recomendadas (en castellano y disponibles en librerías):

“Gitanos bajo la Cruz Gamada” de Donald Kenrick y Grattan Puxon. Editorial Presencia Gitana (ISBN: 8487347169)

“Un gitano en Auschwitz” de Otto Rosenberg. Amaranto Editores (ISBN: 9788493145750)

 “El campeón prohibido” de Dario Fo. Editorial Siruela (ISBN: 9788416964307)

 “Rukeli. Johann Trollmann y la resistencia romaní antinazi” de Jud Nirenberg. Punto de Vista Editores (ISBN: 9788416876389)

Y una película que debes ver:   “Y los violines dejaron de sonar”   

 Fuente: https://arainfo.org/75-anos-del-samudaripen-el-genocidio-antigitano-en-europa/

sábado, 4 de mayo de 2019

Últimos testigos. A las siguientes generaciones les toca cuidar, para que no se desintegre, la memoria del exterminio realizado por los nazis


Neus Català, superviviente del campo de la muerte de Ravensbrück.

Las fotografías son el resultado de una ecuación en que se conjugan espacio, tiempo y luz. Sea cual sea el motivo que lleve a preservar un instante, todas ellas acaban por cobrar un valor documental. Quienes aparecen retratados dejarán de existir, pero las imágenes perdurarán como un recuerdo elegíaco.

Neus Català, superviviente del campo de la muerte (y no de concentración, como se empeñaba en recalcar) de Ravensbrück, fallecida el pasado sábado 13 de abril, se fotografió alguna vez —como otro gesto más de resistencia en su biografía de lucha— sosteniendo el retrato que le hicieron cuando estaba presa, con el uniforme rayado y un número cosido a la solapa. Cuando las deportadas llegaban al Puente de los cuervos perdían el nombre y pasaban a ser una cifra vacía de atributos.
Se suele creer que las fotografías no precisan explicaciones, que lo que aparece representado en ellas es, ni más ni menos, lo que se ve. En el esfuerzo por describirlas, aun así, se descubren otros detalles. En 1977, Montserrat Roig escribió en Los catalanes en los campos nazis (Península/Edicions 62) lo que ella percibía en ese retrato de Català: los brazos caídos, el gesto hierático, el rostro solitario y esos ojos... Unos ojos alucinados “que parecen detenidos en algún punto concreto que los demás no podemos alcanzar a captar”. El padre de Català, un pagès del Priorat, le había enseñado desde niña a no bajar los ojos ante persona alguna, porque nadie es más que otro. Sostener la mirada para luego contarlo: ese fue el cometido —y la carga— de los testigos de la barbarie.

¿Qué sabía Dante del infierno, se preguntaba Català, si no vio Ravensbrück, el mayor campo de mujeres de la Alemania nazi? Situado noventa kilómetros al norte de Berlín en el paisaje idílico del Brandeburgo rural, fue construido con mano de obra prisionera en 1938. Durante los seis años que estuvo en funcionamiento, 132.000 mujeres y también 20.000 hombres de más de veinte nacionalidades cruzaron su umbral. En esa instalación se pusieron en práctica todos los horrores nazis. Las mujeres fueron humilladas, prostituidas, envenenadas, ejecutadas, desnutridas y usadas como cobayas para experimentos médicos aberrantes. Acabada la guerra, este “campo de exterminación lenta”, como lo definió la etnóloga y superviviente Germaine Tillion, al quedar en territorio de la RDA, tras el Telón de Acero, se sumió en la bruma del olvido. Bajo administración soviética, se convirtió en un memorial, si bien sesgado y con un interés partidista, a la lucha antifascista.

En Ravensbruck: Life and Death in Hitler's Concentration Camp for Women (2014), uno de los pocos estudios de conjunto acerca de este campo, su autora, Sarah Helm, expresó su asombro al constatar el silencio sobre este lugar entre la bibliografía existente: “Los principales historiadores —casi todos hombres— no tenían apenas nada que decir. Incluso los libros escritos sobre los campos después de la Guerra Fría parecían describir un mundo totalmente masculino”. La condición femenina siempre ha soportado una doble pena de silencio, ya no solo en lo bueno (los logros), sino también en lo malo (la fatalidad). François Mauriac, en el prólogo al testimonio de la poeta Micheline Maurel, lo condensó así: Ravensbrück era una abominación que el mundo decidió olvidar. Aun así, contamos con valiosísimos testimonios, además del de Català, como los de Anise Postel-Vinay, Margarete Buber-Neumann, Mercedes Núñez, Geneviève de Gaulle-Anthonioz, etc., que relatan la solidaridad entre mujeres, brotada en la más cruda adversidad. Preguntada por una católica en Ravensbrück a qué se aferraba para mantener la fortaleza, Neus Catalá respondió que el Dios al que se encomendaba eran todas y cada una de sus compañeras de barracón, cuya suerte compartía.

Cuando un último testigo desaparece, los recuerdos íntimos no expresados se funden como la nieve. A las siguientes generaciones les toca cuidar, para que no se desintegre, ese concepto delicado y versátil que es la memoria histórica. En palabras de Català, recordar era un deber, una catarsis necesaria. En la reciente reposición en el Teatre Lliure de Ante la jubilación, los personajes de Thomas Bernhard —alemanes contemporáneos a la obra, que data de 1979— llevan tres décadas celebrando a escondidas el cumpleaños de Himmler, el arquitecto de los campos, y en medio de ese ritual de lealtad se animan entre sí, diciéndose que es solo cuestión de tiempo que puedan dejar de ocultar sus filias extremistas. Cada vez que un superviviente muere, ese momento se intuye más cercano.

Entretanto, el mundo aplaude la primera fotografía de un agujero negro, en el centro de la galaxia M87, a 55 millones de años luz de distancia. Lo que vemos es el anillo luminoso que delimita el horizonte de sucesos. Es la luz que cae, pero aún se resiste a ser tragada por la oscuridad. Como esas mujeres en los campos que, hasta su último aliento, pugnaron por mantener la dignidad.

Marta Rebón es traductora y escritora

https://elpais.com/elpais/2019/05/01/opinion/1556734423_112738.html

El Gobierno fija el 5 de mayo como día para honrar a las víctimas españolas del nazismo 


martes, 18 de septiembre de 2018

“Ahora los ricos ya no necesitan al pueblo”. Entrevista a Éric Vuillard, escritor, Premio Goncourt 2017.

El escritor Éric Vuillard (1968, Lyon) logró el año pasado el Goncourt, el mayor premio de las letras francesas. Lo hizo gracias a un relato histórico de solo 150 páginas, L’ordre du jour (El orden del día), editado en España por Tusquets-Edicions 62. En esta obra, tan irónica como enigmática, Vuillard explica el ascenso del nazismo a partir del Anschluss, la anexión de Austria por la Alemania nazi, en marzo de 1938. A través de descripciones incisivas y detalladas y recuperando hechos históricos que podrían resultar secundarios, pero que en este libro resultan luminosos, el escritor francés hace un retrato descarnado de las élites alemanas, austríacas y británicas de la Europa de entreguerras.

“Su ceguera y el menosprecio social (de las élites británicas) terminó desembocando en la impotencia de las democracias europeas ante el nazismo”, asegura Vuillard durante una entrevista en una cafetería cercana a la estación de trenes de Rennes, la capital de la Bretaña, donde reside desde hace varios años. Vuillard, que ya había recibido el reconocimiento de la crítica por su novela anterior, 14 juillet, sobre el inicio de la Revolución Francesa, desgrana los aspectos principales de sus últimas obras. En ellas, relata hechos históricos, pero estos interrogan constantemente al lector sobre problemáticas presentes, como la irresponsabilidad de las élites, el incremento de las desigualdades y el auge de la extrema derecha.

Su novela El orden del día trata sobre el Anschluss, la anexión de Austria por la Alemania nazi. ¿Por qué escogió este tema?
La lectura de las Memorias de Winston Churchill me llevaron a interesarme por el Anschluss. Ya las había leído cuando tenía 18 años, pero volví a leerlas y me di cuenta de algunos elementos interesantes que entonces me parecieron insignificantes. Uno de ellos fue la comida en Downing Street, que se produjo el mismo día del Anschluss (el 12 de marzo de 1938), entre el entonces primer ministro británico, Neville Chamberlain, y el ministro de Exteriores de la Alemania nazi, Joachim von Ribbentrop. En esta escena vemos la complacencia excesiva de Chamberlain hacia Ribbentrop, un comportamiento típico de la alta aristocracia británica. Me pareció un ejemplo claro de la hipocresía de la gentry británica y de las élites europeas de ese momento. Estas trataron a los nazis con el menosprecio de una aristocracia y alta burguesía que los veía como arribistas. Pero esta ceguera y menosprecio social terminó desembocando en la impotencia de las democracias europeas ante el nazismo.

El comportamiento y la subjetividad de las élites es en el fondo el tema principal de su novela.
Sí, lo que me pareció más interesante describiendo el Anschluss fue hacer el retrato de una élite. Formar parte de una élite no significa solo ocupar, por ejemplo, un puesto en el gobierno, sino compartir una subjetividad producida por un espacio. Uno de los grandes problemas que tenemos en la actualidad es la constitución de las élites y la relación del pueblo con ellas.

¿Considera que en la actualidad podríamos hablar de una radicalización de las élites como lo hace el sociólogo Emmanuel Todd?
En el libro El orden del día vemos cómo se produce una radicalización del menosprecio, sobre todo de la aristocracia británica. Me parece asombroso que el conde de Halifax titulara Plenitud de días su libro de memorias, en el que sobre todo hablaba de la Segunda Guerra Mundial. Esto nos muestra un menosprecio del dolor, los muertos y del sufrimiento de otros. En la actualidad, seguimos viendo este menosprecio y cómo las élites se comportan sin escrúpulos y de forma poco responsable. Esto se debe al hecho de que no hay prácticamente ningún poder que les haga frente.

Estas élites parecen cada vez más alejadas e inaccesibles para el pueblo…
En el siglo XIX ya existía una gran división entre el pueblo y las élites. Pero entonces las élites eran mucho más reducidas y más visibles, el pueblo las veía constantemente. Ahora los más ricos ya no necesitan al pueblo. Solo se codean con las clases medias, viven en barrios apartados, pueden pedir que les entreguen la compra a domicilio…Esto también afecta al trabajo del escritor. ¿Cómo podemos escribir sobre unas clases pudientes que ya no frecuentamos ni vemos? Ante esta ceguera, el pasado es un recurso.

Podemos documentarnos sobre hechos históricos a través de archivos, fotografías, películas… Me resultó muy sorprendente el hecho de que el exministro de Economía griego, Yani Varoufakis no tuviera derecho a tomar apuntes durante las reuniones del Eurogrupo, en las que se debatía sobre el rescate de Grecia. Nadie podía hacerlo. Lo que nos muestra que estas reuniones no dejan archivos. Constantemente hay reuniones entre dirigentes políticos y grandes empresarios y no sabemos lo que se decide en ellas. En cambio, sobre el pasado tenemos incluso conocimiento de una reunión secreta entre altos dirigentes nazis y los grandes empresarios alemanes en febrero de 1933, poco antes de la llegada al poder del nazismo. Sabemos lo que se pasó durante este encuentro porque nadie prohibió al industrial Gustav Krupp que tomara notas. Así que ahora podemos saber cómo se forjó esta alianza entre los grandes empresarios alemanes y el nazismo.

A pesar de que el tema principal de su obra es la anexión de Austria por el nazismo, empieza hablando sobre esta reunión entre altos dirigentes nazis y los pesos pesados de la industria alemana, Krupp, Albert Vögler o Wilhelm von Opel. ¿Por qué?
Lo más chocante de esta reunión entre dirigentes nazis y el patronato industrial es que muchos de estos empresarios, como Krupp, no se reunieron solo con los nazis, sino también con otros dictadores y dirigentes. Tratan a los nazis como a jefes de Estado ordinarios. No son ni más ni menos competentes para aplicar una política de estabilidad que priorice la economía. Para los empresarios, se trata de una reunión ordinaria. Lo que resulta terrible.

Lo que demuestra las profundas contradicciones entre el capitalismo, el progreso moral y la democracia…
Tanto en las escuelas de negocios como en las facultades de Economía, se concibe la economía política como una ciencia desprovista de moral. Se explica que la gestión de los negocios requiere una ausencia de moralidad para ser eficaz. Este pensamiento es el que rige la reunión entre los dirigentes nazis y los empresarios alemanes. Por el bien de sus negocios, aceptaron pactar con los nazis y participar en un complot que tenía como objetivo la destrucción de la República de Weimar.

Además de favorecer la llegada al poder del nazismo, grandes empresarios, como el mismo Krupp, se beneficiaron del trabajo forzoso en los campos de concentración. ¿También se repitieron este tipo de situaciones en Francia?
Sí, sin duda. Por ejemplo, Renault fue nacionalizada después de la guerra por su colaboración con el Ejército alemán. El grupo Berliet también se benefició del trabajo en los campos de concentración. El interés económico no tiene fronteras. Quizás la única gran diferencia eran las costumbres más rígidas y autoritarias de las empresas alemanas. Un estilo que todavía podemos ver en la actualidad.

Otro de los episodios más chocantes de su última novela es la escena en la que los tanques, pocos kilómetros después de haber cruzado la frontera con Austria, sufren averías y se quedan varados. ¿Cómo descubrió esta escena? ¿Por qué la incluyó?
Lo más interesante de esta escena es que nos muestra el carácter improvisado de la anexión de Austria en 1938. Entonces, los tanques estaban preparados para circular 5 o 10 kilómetros, pero no los más de 100 que separaban Viena de la frontera con Alemania. Esto explica la mayoría de averías que sufrieron los tanques y que tuvieran que ser transportados en tren hasta la capital austríaca. Además, en ese momento los blindados alemanes no estaban preparados para combatir contra los tanques franceses. En definitiva, esto nos muestra que la “Blitzkrieg”, la guerra relámpago de la Alemania nazi consistió, sobre todo, en crear la idea de una capacidad militar imparable a través de una estrategia miserable.

Es decir, ¿el “blitzkrieg” (guerra relámpago) fue sobre todo una construcción de la propaganda alemana?
El “blitzkrieg” como teoría militar consistente no se construyó hasta después de la campaña en Francia, en 1940. Antes de todo fue un mito, después se construyó la teoría militar. De hecho, la mayoría de las imágenes del Anschluss de las que disponen ahora los documentalistas son imágenes difundidas por el mismo Ministerio de la Propaganda nazi, dirigido por Josep Goebels. Estas nos muestran un ejército muy disciplinado, motorizado y eficaz. Algo que no se correspondía con la realidad, como lo demuestra el episodio de las averías en los tanques nazis nada más cruzar la frontera con Austria. El “blitzkrieg” fue, sobre todo, un mito que fracasó durante buena parte de la Segunda Guerra Mundial, especialmente durante la campaña en Rusia.

La mayoría de sus novelas tratan sobre hechos y personajes históricos.
Me intereso por la historia porque me resulta muy complicado hablar sobre el presente. El mundo en el que vivimos me parece ambiguo y disperso; la situación actual resulta muy confusa. Ninguno de nosotros podrá decir qué sucederá en el futuro. Es un futuro inquietante aunque, aparentemente, nada cambia.

En su trabajo sobre el pasado y la historia, vemos una cierta similitud con lo que reivindicaba el escritor alemán Walter Benjamin de “pasarle a la historia el cepillo a contrapelo”. ¿Le parece una comparación pertinente?
Benjamin murió demasiado joven, la mayoría de sus obras están incompletas, solo contienen fragmentos. Esto favorece que siempre haya ambigüedades. Pero uno de los aspectos que me parece más interesante en Benjamin es la manera en la que establece una relación entre el pasado y el presente. De forma poética, nos transmite que en el pasado siempre hay fragmentos que están a la espera de nuestra interpretación. Miramos cada momento histórico en función de nuestra época. El pasado no está muerto, se reconfigura constantemente. En Benjamin hay una forma de marxismo histórico, pero más flexible, líquido.

Pero a diferencia de lo que solía hacer la historiografía social, usted prefiere hablar sobre las élites políticas y económicas. ¿Por qué?
Creo que ha habido dos etapas tanto en la literatura como en la historia a lo largo del siglo XX y a principios del XXI. La primera de ellas empieza con la Primera Guerra Mundial, en la que los pueblos europeos, sobre todo los franceses y alemanes, fueron abandonados en las trincheras europeas durante cuatro años. El segundo gran hecho histórico fue la revolución bolchevique, que generó una gran inquietud entre las élites. Estas experiencias tuvieron una gran influencia en la literatura europea: Erich Maria Remarque, en Alemania o con Louis-Ferdinand Céline o Jean Giono, en Francia.

Entonces, se enterró definitivamente el mito de la guerra y la literatura se dedicó a contar el sufrimiento de soldados anónimos. Las ciencias humanas también siguieron este camino, con la escuela de los Anales de Marc Bloch y Lucien Febvre. El objetivo no era hablar de las élites, sino explicar el sufrimiento de los campesinos, de los obreros… Pero el problema de esto es que se dejó de lado a aquellos que toman las decisiones que afectan a nuestras vidas. Así que ahora debemos interesarnos de nuevo por las élites. Para ello hace falta construir nuevos estilos literarios. Yo apuesto por una forma de relato no lineal en el que se hable de las élites, pero también de los que sufren.

En el último capítulo de El orden del día, asegura que “nunca caemos dos veces en el mismo abismo, pero siempre caemos de la misma forma con una mezcla de ridículo y horror”. ¿Le preocupa el auge de la extrema derecha en Europa?
Creo que estamos en una situación de gran ambigüedad e incertidumbre. Europa se construyó con promesas de paz y de unión, de eficacia económica y de democracia. Pero en el mundo actual la eficacia económica no necesita para nada la democracia, así lo refleja perfectamente el caso de China. Esto hace que los liberales sean menos liberales y prioricen la eficacia en lugar de la libertad. Por ejemplo, con el caso del nuevo Gobierno italiano, lo que preocupaba a la Unión Europa no era que se eligiera a un neofascista como ministro del Interior (Matteo Salvini), sino a un ministro de Finanzas (Paolo Savona) crítico con el euro. Esto nos muestra claramente que lo que importa a las élites es la relación entre las finanzas y la UE. En cambio, el auge de la extrema derecha y el autoritarismo no les preocupa demasiado.

Su novela 14 juillet, en la que describe la toma de la Bastilla en el verano de 1789, fue publicada en la primavera de 2016, al mismo tiempo que surgió el movimiento de indignación Nuit Debout en Francia. ¿Influyeron el movimiento de los indignados, las primaveras árabes y otros semejantes en la escritura de este libro?
Quería escribir sobre una insurrección popular. Pero la mayoría de las revueltas que escogía habían fracasado tras ser reprimidas. Escribir sobre ello hubiera resultado reaccionario. Aunque se trate de hechos incomparables, con los movimientos de indignados y con la Nuit Debout teníamos sentimientos parecidos a los de la Revolución Francesa. Resurgía el sentimiento colectivo, de volver a hablar entre nosotros en asambleas populares. Me pareció que el 14 de julio era la fecha más indicada, ya que no solo se trata de una insurrección victoriosa, sino que ahora se ve como una fiesta nacional. Quise recuperar el 14 de julio desde el punto de visto del pueblo. Deconstruir la toma de la Bastilla petrificada en fiesta nacional y mostrarla como una insurrección popular, en la que las clases populares tuvieron un rol fundamental.

Curiosamente, nació en Lyon en mayo de 1968. ¿Qué ha representado para usted el Mayo del 68?
Mi padre participó en él y, durante mi juventud, esta experiencia siempre estuvo presente durante las conversaciones con amigos mayores que habían participado en las movilizaciones. La visión que no respaldo de Mayo del 68 es que fue un movimiento únicamente a favor de la liberación sexual y de las costumbres. Simpatizo bastante más con el 68 político. Esa revuelta fue la última vez en que fructificó una esperanza colectiva. Este sentimiento fue compartido por una parte muy significativa de la población francesa, desde los estudiantes hasta los obreros. Esto no es un hecho menor. Hay una frase que me apasiona de la obra de Jean-Paul Sartre L’Espoir Maintenant. En ella dice: “Nunca he considerado la esperanza como una ilusión lírica”.

Fuente:
http://ctxt.es/es/20180912/Culturas/21684/nazismo-eric-vuillard-francia-segunda-guerra-elites-economicas-capitalismo-enric-bonet.htm

Éric Vuillard: “Recurrir a la ficción puede ser engañoso”

El Goncourt premia una novela sobre el ascenso de Hitler

Los cocineros del Infierno

MANUEL RIVAS
Se trata de El orden del día, de Éric Vuillard.

martes, 14 de agosto de 2018

A propósito de la carta de desagravio a Franco



Yo también soy un militar retirado. Y si no me sorprende la carta que, ya van más de 600, altos mandos militares retirados han firmado en pretendido desagravio a la figura “militar” del general Franco es porque, desgraciadamente, he tenido que vivir el ambiente irrespirable de los cuartos de banderas y de las cámaras de oficiales durante mucho tiempo.

Sin entrar en más disquisiciones, quiero plantear únicamente dos cuestiones:

El General Franco se levantó en armas contra el gobierno legítimo de la República, provocando una guerra de exterminio que no hubiera podido ganar si no hubiese sido por el aporte de las tropas coloniales y sus métodos y por el apoyo decidido de las dos potencias fascistas del momento, Alemania e Italia.

Tanto en su ofensiva militar como tras su traicionera victoria, ordenó la ejecución de los más terribles crímenes de guerra y de lesa humanidad, en especial contra la población civil que, entre otras cosas, han puesto a España en el oprobioso segundo lugar entre los países del mundo en número de desaparecidos, tras Camboya.

Me llena de vergüenza que profesionales de las Fuerzas Armadas defiendan esta memoria, pretendiendo que tuvo una brillante carrera y una conducta ejemplar como militar. El principal deber de un militar es ser leal a su pueblo y defender su soberanía hasta la muerte; y su conducta debe estar siempre guiada por el respeto a las leyes de la guerra y al derecho a la vida de los no combatientes, o se convierte en un vulgar criminal amparado por su posición de fuerza incuestionable.

Las 600 firmas no hacen otra cosa que poner en evidencia, ante todo el pueblo español, lo que solo para los que hemos vivido la vida militar resulta patente y que los poderes públicos se han venido esmerando por negar desde la muerte del dictador: la mentalidad fascista pervive con fuerza entre los mandos militares.

El pueblo español tiene un grave problema con sus mandos militares, pese a todos los esfuerzos por blanquear su imagen a base de implicarles en el juego de las criminales intervenciones militares imperialistas desatadas por la potencia hegemónica y que se publicitan como de mantenimiento de la paz.

Los sucesivos gobiernos españoles y la práctica totalidad de las fuerzas parlamentarias han sido corresponsables del mantenimiento de esta situación, implicando a sus Fuerzas Armadas en la supuesta “defensa colectiva” contra enemigos de la Patria inexistentes o definidos desde fuera. La mentalidad supremacista y antipopular implícitas en el fascismo de sus mandos militares es funcional a este objetivo.

Todo ello, en lugar de prepararse para defender nuestra propia soberanía de su inevitable acoso en el caso hipotético de unas políticas realmente soberanas, como vienen demostrando, una y otra vez, los casos de Yugoslavia, Afganistán, Irak o Libia, todas ellas arrasadas por la OTAN o algunos de sus socios.

Hablan de la obsesión de la izquierda por desacreditar la figura “militar” de Franco… será porque ellos dicen ser ni de derechas ni de izquierdas, solo militares patriotas. Yo les digo que son patriotas los que defienden de veras la soberanía, la independencia y la liberación de sus compatriotas de la tiranía difusa de los poderosos, no los que se alzan en armas en nombre de la entelequia “patria” por ellos construida, ni los que colaboran en la destrucción de países que nada han hecho contra nosotros.

Manuel Pardo de Donlebún. Capitán de navío de la Armada, en la Reserva y miembro del Colectivo Anemoi

"Declaración de respeto y desagravio al general Francisco Franco Bahamonde, soldado de España",

jueves, 9 de agosto de 2018

El Plan Barbarrosa. La madrugada de un 22 de junio a las 4 de la mañana de 1941, la Wehrmacht invadió la URSS

La madrugada de un 22 de junio

Rodolfo Bueno
Rebelión

El 1 de septiembre de 1939, la Wehrmacht, las Fuerzas Armadas de la Alemania Nazi, invadieron Polonia, dos días después Inglaterra y Francia le declararon la guerra a Alemania, estos hechos dieron inicio a la Segunda Guerra Mundial. La “Blitzkrieg” fue la estrategia de guerra que dio grandes éxitos a la Wehrmacht. Consistía en concentrar la mayor cantidad de fuerzas en zonas bastante estrechas del frente, con lo que adquiría absoluta mayoría, tanto de soldados como de instrumentos de guerra. Con la “Blitzkrieg”, la Wehrmacht penetraba profundamente en las líneas enemigas, bajaba en alto grado la moral combativa de sus adversarios, muchos de los cuales se rendían, presas del pánico. El Ejército Polaco fue derrotado en cinco semanas.

A partir del la derrota de Polonia se desarrolló entre octubre de 1939 hasta mayo de 1940, lo que se conoce con el nombre de “Guerra Boba”. El ejército anglo-francés, que no había hecho nada durante el ataque alemán a Polonia, siguió sin hacer nada mientras Alemania concentraba grandes cantidades de tropas en la frontera occidental de Francia y continuó sin hacer nada cuando Alemania, entre el 9 de abril y el 10 de mayo de 1940, se apoderó de Noruega, Dinamarca, Holanda, Belgica y Luxemburgo. El 14 de mayo, una hora después de la capitulación de Holanda, la aviación alemana bombardeó Rotterdam de manera injustificada, bárbara y sin ninguna razón de orden militar; el único propósito fue atemorizar a la población holandesa. Luego los tanques alemanes rompieron las líneas defensivas francesas, en la región de Sedan, y se precipitaron en dirección a occidente, el pánico se apoderó de las tropas francesas. El 18 de mayo el 9° ejército francés fue derrotado y su comandante capturado. El camino a la Mancha quedó abierto.

El 20 de mayo, las divisiones motorizadas alemanas llegaron a las costas de la Mancha. El 27 de mayo comenzó la evacuación de las fuerzas inglesas desde Dunquerke, que fue exitosa gracias a que las divisiones motorizadas comandadas por Kleist detuvieron su marcha. Este hecho tiene una explicación política, eliminada Francia, principal aliada de Inglaterra en el continente, Hitler esperaba ponerse de acuerdo con Gran Bretaña para lograr la creación de un frente común contra su principal enemigo, la Unión Soviética. Se cree que para esa negociación, Rudolf Hess, segundo hombre fuerte de Alemania, voló a Gran Bretaña y se arrojó en paracaídas cerca de la residencia de Lord Halifax. Buscaba contactos con Inglaterra para lograr la división de las esferas de influencia en el mundo.

La mañana del 14 de junio, las tropas nazis entraron en París y desfilaron por los Campos Elíseos. El Mariscal Petain formó un nuevo gobierno. El 17 de junio, Petain habló por la radio y pidió a los franceses cesar los combates. El 21 de junio de 1940, en el bosque de Campiegne, a unos 70 kilómetros de París, en el mismo vagón en el que 22 años atrás se habían rendido los alemanes a los franceses, bajo los acordes de “Deutschland Uber Alles”, Alemania sobre todos, y el saludo nazi hecho por Hitler, Francia se rindió a Alemania. A Francia le correspondería costear los gastos de ocupación y todo el potencial industrial francés: las fábricas de automotores, las de aviación y las de productos químicos, comenzaron a trabajar para las necesidades bélicas alemanas. Ahora, casi dueño de Europa, Hitler pudo lanzarse contra la URSS.

El 18 de diciembre de 1940, Hitler firmó la orden para desarrollar el Plan Barbarrosa. Este plan contemplaba la destrucción de la Unión Soviética en tres o cuatro meses, tenía las mismas características que tan buenos resultados le habían dado a Hitler en el resto de Europa y fue elaborado cuando Alemania, país altamente desarrollado, se había apoderado ya de los principales centros industriales europeos y poseía dos veces y media más recursos que la Unión Soviética; lo que la convertía en la más poderosa potencia imperialista del planeta. El alto mando alemán estaba tan seguro del éxito del Plan Barbarrosa que, para después de su cumplimiento, planeaban, a través del Cáucaso, la toma de Afganistán, Irán, Irak, Egipto y la India, donde las tropas alemanas planificaban encontrarse con las japonesas. Esperaban también que se les unieran España, Portugal y Turquía. Dejaron para después la toma de Canadá y EEUU, con lo que lograrían el dominio total del mundo.

No se cumplieron estas expectativas porque, a diferencia del resto de Europa, la Wehrmacht encontró en Rusia una resistencia no esperada, que los desesperó desde el inicio. El General Galdera, jefe de Estado Mayor de las tropas terrestres de Alemania, escribió: “los rusos siempre luchan hasta la última persona”. Por otra parte, desde el primer día de guerra, la población soviética se aglutinó bajo la consigna: “¡Todo para el frente, todo para la victoria!” Ningún soviético permaneció indiferente.

A las 4 en punto de la madrugada del 22 de junio de 1941, un ejército jamás visto por su magnitud, experiencia y poderío, se lanzó al ataque en un frente de más de 3.500 kilómetros de extensión, desde el mar Ártico, en el norte, hasta el mar Negro, en el sur. Era un total de 190 divisiones, cinco millones y medio de soldados, 4.000 tanques, 4.980 aviones y 192 buques de la armada nazi. El primer gran fracaso del Plan Barbarrosa se dio cuando la Wehrmacht no pudo desfilar el 7 de Noviembre de 1941 por la Plaza Roja de Moscú, tal cual lo habían planificado, sino que lo hizo el Ejército Soviético, para luego marchar directamente al frente de batalla.

Sobre la Batalla de Moscú, que se desarrollaría un mes después, el General Douglas Mac Arthur escribió en febrero del 1942: “En mi vida he participado en varias guerras, he observado otras y he estudiado detalladamente las campañas de los más relevantes jefes militares del pasado. Pero en ninguna parte había visto una resistencia a la que siguiera una contraofensiva que hiciera retroceder al adversario hacía su propio territorio. La envergadura y brillantez de este esfuerzo lo convierten en el logro militar más relevante de la historia”.

Los éxitos iniciales de las tropas hitlerianas obedecían a las ventajas que para ese entonces poseía Alemania sobre la URSS. Hitler era dueño de casi toda Europa, cerca de 6.500 centros industriales europeos trabajaban para la Wehrmacht. En sus fábricas laboraban 3'100.000 obreros extranjeros especializados. La economía de Alemania poseía dos veces y media más recursos que la Unión Soviética. Se necesitó de colosales esfuerzos del pueblo soviético para, sin desmoralizarse ante tan dura prueba, revertir la situación y lograr una victoria, que se dio hace setenta y tres años.

Hoy, el mundo reconoce que gracias a la valentía y enorme espíritu de sacrificio de las naciones que conformaban la Unión Soviética, la humanidad está libre de haber sido esclavizada por el nazi-fascismo, pues en la entrañas de este gigantesco y heroico país fue destrozada la Werhmacht, que hasta entonces sólo había conocido victorias cuando de manera arrolladora marchó por toda Europa continental, apoderándose de sus riquezas y esclavizando a sus habitantes.

Si Hitler hubiera contado con la valentía, el espíritu de combate, la organización, el patriotismo, la disciplina, la productividad y otras características incomparables de los rusos, sin lugar a dudas que hubiera ganado la Segunda Guerra Mundial. Gracias a Dios, estas cualidades no se venden en las boticas y, pese a que los alemanes también las poseen, el resultado de la contienda habla meritoriamente a favor del pueblo ruso. Vale la pena recordar este detalle ahora que la rusofobia lo denigra.

De las 783 divisiones alemanas derrotadas durante esta guerra, 607 lo fueron en este frente, donde también fueron abatidos 77.000 aviones y destruidos 48.000 tanques y 167.000 cañones, así como 2.500 navíos de guerra, lo que significó el mayor y completo descalabro de la Alemania Nazi. El 75% del potencial militar de la Werhmacht, fue destrozado en la entrañas de la Unión Soviética, el más heroico país forjado por la especie humana.

La guerra dejó en la Unión Soviética 27 millones de muertos y 60 millones de mutilados, destruyó 1.710 ciudades, 70.000 aldeas, 32.000 empresas industriales, 65.000 kilómetros de vías férreas, 98.000 cooperativas agrícolas, 1.876 haciendas estatales, 6 millones de edificios, 40.000 hospitales, 84.000 escuelas. Los nazis trasladaron a Alemania 7 millones de caballos, 17 millones de bovinos, 20 millones de puercos, 27 millones de ovejas y cabras, 110 millones de aves de corral. La perdida total de la Unión Soviética fue de unos 3 billones de dólares (un 3 seguido de doce ceros); algo de lo que, en mi opinión, la URSS jamás se recuperó y que, a la postre, generó la causas para su autodestrucción.

De todo lo anteriormente dicho, se concluye que la más importante lección para las presentes y futuras generaciones es que las guerras hay que combatirlas antes de que estallen.

martes, 17 de julio de 2018

Con Antony Beevor y los paracaidistas en Arnhem. El historiador militar publica su nuevo libro sobre la batalla de los puentes, que aparecerá en castellano en septiembre.

Mientras rezo para que me manden de enviado especial al tour de cuatro días por Arnhem y los alrededores en el que hace de guía el mismísimo Antony Beevor y en el que solo falta que te disparen los Panzergrenadiers y un tanque Tigre (se va en Eurostar desde Londres y el hotel en que te alojas tiene spa: ¡lo que hubieran dado los paracaidistas británicos, los Diablos rojos, por esas comodidades!), me consuelo leyendo el último libro, todavía calentito, del historiador sobre la gran batalla de las tropas aerotransportadas aliadas de la Segunda Guerra Mundial, librada principalmente en suelo holandés y que acabó como el rosario de la aurora para los audaces atacantes.

Arnhem, the battle for the bridges, 1944, que acaba de publicar Viking y que lanzará en septiembre en castellano Crítica bajo el mismo título, Arnhem, la batalla por los puentes, es puro disfrute, otra extraordinaria muestra del inmenso talento de Beevor para escribir sobre la guerra sin que el rigor del historiador militar y la a menudo ardua descripción de los movimientos de tropas sepulte el drama humano, la emoción y la tremenda experiencia directa de los soldados. Por no hablar de su capacidad de retratar a los personajes, ya se trate de un vanidoso mando de paracaidistas o un mujeriego líder de panzers con la sutileza que reservaría Jane Austen para un terrateniente de Derbyshire o la melancólica hija casadera de un baronet. Ahí están detalles como que el guapo general Gavin fue amante de Marlene Dietrich y Martha Gelhorn.

De la operación Market-Garden, el ambicioso doble plan de utilizar fuerzas lanzadas en paracaídas y llevadas en planeadores detrás de las líneas alemanas para, capturando los puentes holandeses (los más famosos los de Arnhem y Nimega), asegurar una ruta terrestre que llevara un ejército aliado al corazón industrial de Alemania y acabara la guerra dándole la patada trasera a Hitler (la delantera se la daban ya los rusos), parecía que estaba todo escrito. Hay varios libros excelentes sobre el tema y sobre todo está el tan célebre Un puente lejano, del ínclito Cornelius Ryan, y su película correspondiente (Richard Attenborough, 1977, con una plétora de estrellas cinematográficas), que han creado el principal imaginario popular del episodio.

Beevor, que, como es sabido, no soporta las comparaciones con Ryan (1920-1974), al que considera un buen periodista y escritor pero no un verdadero historiador y con cuya sombra ha tenido que luchar al frecuentar las mismas batallas (Berlín, Normandía, ahora Arnhem), pone en solfa varias de las aseveraciones de su predecesor, empezando por el propio título de su libro. Sugiere sir Antony que la emblemática frase del general Browning –el padre de las fuerzas aerotransportadas británicas, campeón de bobsliegh y marido de Daphne du Maurier- a Montgomery sobre que el de Arnhem era un puente demasiado lejano para ir a tomarlo de hecho nunca se pronunció. También rebate la tesis de que la operación no utilizó a la Resistencia holandesa (a la que pinta mucho mejor que la francesa, incluso explica que muchos jóvenes tomaron las armas de los soldados caídos y se incorporaron a las filas de los Aliados, pagándolo luego, en la derrota, al ser ejecutados sumariamente por los alemanes). Puntualiza que los paracaidistas no tuvieron la mala suerte de ir a caer en Arnhem sobre los tanques de dos poderosas divisiones panzer de las SS (la 9ª y la 10ª, que en realidad estaban muy debilitadas, por debajo de los estándares y reorganizándose) sino que las fuerzas acorazadas realmente potentes llegaron después desde Alemania en un Blitztransport por tren muy bien realizado, como los contrataques (Model y Bittrich –que leía a Goethe y Platón en campaña- aparecen como más capaces que sus adversarios). Los alemanes rebañaron unidades de todas partes y hasta llevaron a luchar una de mutilados.

Nos hace pasar de una zona de combate a otra, de la perspectiva de un bando a la del otro, de un planeador en llamas a un panzer incandescente, y siempre combinando el plano general con las historias individuales, de valor y de cobardía

Beevor es absolutamente concluyente en que Market-Garden (con ese nombre de centro comercial de extrarradio) fue una pifia desde su concepción. Simplemente era un mal plan que desafiaba la lógica militar, dice, y no podía salir bien. Su leit motiv, que repite varias veces en el libro, es que se ignoró la vieja máxima de que ningún plan, ni el más perfecto (y el de Market-Garden, con todas sus arriesgadas suposiciones, incluida la de que los alemanes estaban en desbandada, no lo era en absoluto) sobrevive al contacto con el enemigo. “Una doble verdad cuando se trata de operaciones aerotransportadas”. Se lanzó a las tropas demasiado lejos de los puentes y se perdió el indispensable factor sorpresa, mientras el contingente terrestre se atascaba por carretera, la “Autopista del Infierno”. Beevor también recuerda lo que decía Napoleón de que no debes luchar si no tienes asegurado un 75 % del éxito y que solo puedes dejar un 25 % a la suerte. “El plan Aliado invertía esa proporción”. El único éxito, la toma del puente de Nimega, se lo debieron a que Model no lo voló. Enfrentándose a toda una tradición británica de glorificar las derrotas poniéndoles épica y frases para la posteridad, recalca sin ambages la estulticia y la irresponsabilidad criminal de los mandos prima donnas que provocaron un desastre sin paliativos (y luego echaron parte de la culpa a los pobres paracaidistas polacos de Sosabowski convertidos en injustos chivos expiatorios).

Técnicamente impecable como siempre al describir el tiro de un PIAT (el bazuca británico) o los problemas mecánicos de un Königstiger (Tigre II), Beevor destaca el uso de los cohetes Nebelwerfer, que acojonaban a los Aliados, la posible presencia de musulmanes de la división SS Handschar, la concesión de sendas Cruces de Hierro a dos telefonistas alemanas o que los paracaidistas modificaban sus subfusiles Thompson, jamás llevaban pañuelos blancos y se atiborraban de Benzedrinas, que les provocaban alucinaciones. Son esos detalles que nos encantan a muchos.

Como suele hacer, y eso le honra, el historiador subraya minuciosamente los padecimientos de la población civil holandesa (y su generosidad hacia los Aliados, y su valentía), con la salvaje destrucción de las ciudades convertidas en zonas de combate encarnizado (200 civiles muertos solo en Arnhem), y revela, por primera vez, la hambruna que provocaron los alemanes como represalia y que causó desnutrición y millares de muertos, entre 16.000 y 20.000, en el invierno de 1944-45.

Es asombrosa la capacidad de Beevor de describir unos acontecimientos tan complejos y que se desarrollan paralelamente en escenarios diferentes de una geografía muy amplia. Nos hace pasar de una zona de combate a otra, de la perspectiva de un bando a la del otro, de un planeador en llamas a un panzer incandescente, y siempre combinando el plano general con las historias individuales, de valor (hubo cinco Cruces Victoria, cuatro póstumas), de cobardía (el paracaidista que se niega a saltar) e incluso algunas cómicas (el corresponsal Walter Cronkite que ha tomado prestado el casco de un teniente y lo sigue un grupo de soldados). La crueldad de la guerra y el baño de sangre de la batalla están ahí, por supuesto, en el centro de todo, con escenas espeluznantes y macabras, mutilaciones horribles, soldados que gimen y lloran heridos atrozmente en medio del combate, o la niña muerta en un fuego cruzado. El olor de carne quemada en los blindados carbonizados o tras el ataque con lanzallamas, el comandante de Shermann con los sesos y los intestinos desparramados sobre la torreta o el joven paracaidista al que el cabello se le vuelve blanco en una semana de estrés. Beevor revela que hubo ocasiones en que los propios camaradas dispararon piadosamente sobre sus compañeros agonizantes (o le pusieron la pistola en la mano al jefe de pelotón moribundo con agujeros de trazadoras en el pecho por los que salía humo). Y también asesinato a sangre fría de prisioneros, de los dos bandos.

En su relato encontramos viejos amigos ya de tantas batallas, como Von der Heydte, los paracaidista de la 101 saltando aquí de día (a diferencia de en Carentan) o Monty. Están todos los conocidos episodios de Frost reuniendo a su batallón haciendo sonar un cuerno de caza, Tatham-Warter liderando a sus hombres con un paraguas, Student viendo pasar carcomido de envidia desde su balcón la flota aérea Aliada o el descabellado intento del Sturmbannführer Grabner, con su Cruz de Caballero recién granada al cuello, de tratar de cruzar el puente de Arnhem con sus blindados y semiorugas. Pero con su voz suenan diferente, más reales, despojados del cartón piedra de las hazañas bélicas y las pelis de serie B. Con Beevor, esa es su fuerza, escuchas el ruido de la bala del francotirador al hundirse en la carne (“twack”), y siempre agachas la cabeza cuando en sus páginas resuenan los disparos.

https://elpais.com/cultura/2018/06/05/actualidad/1528207270_014350.html

jueves, 12 de julio de 2018

El café berlinés que odiaba Goebbels Una crónica recupera la breve historia del Romanisches, por el que pasaron Albert Einstein, Bertold Brecht, Billy Wilder o Joseph Roth

Francisco Uzcanga Meinecke, director de los departamentos de Español y Estudios Culturales en la universidad alemana de Ulm, estaba buscando información para escribir un ensayo sobre el mundo de la cultura en el Berlín de entreguerras cuando se topó con un párrafo que le llamó la atención: "Los judíos bolcheviques están sentados en el Romanisches Café y urden ahí sus siniestros planes revolucionarios; por la noche invaden los locales de esparcimiento de la Kurfürstendamm, se dejan incitar al baile por orquestas de negros y se ríen de las miserias de la época". Cuando leyó que su autor era Joseph Goebbels, el famoso ministro de Propaganda de Hitler, pensó para sí mismo: "Debía de ser un lugar fascinante".

El edificio del Romanisches Cafe de Berlín, en torno a 1900.

Indagó sobre el local, que ya no existe, y descubrió que, durante los convulsos años en que Alemania pasó de la hiperinflación galopante y el trauma de Versalles al ascenso nazi al poder  el romanisches Café fue lugar de reunión, debate y borracheras de tantos artistas, intelectuales y periodistas que hoy ocupan un lugar destacado en la historia que basta con citar unos pocos (Albert EinsteinBertold BrechtBilly WilderJoseph RothOtto Dix) para entender su importancia. Fue entonces cuando decidió convertir la cafetería en el tema central de su libro, publicado por la editorial Libros del K.O. con el título El café sobre el volcán, que parafrasea una expresión alemana referida a la República de Weimar: "El baile sobre el volcán".

“El Romanisches encarnó el Berlín de aquella época. Es decir, todo aquello que odiaban los nazis: el cosmopolitismo, la modernidad, la literatura de asfalto…”, asegura Uzcanga Meinecke por teléfono desde Alemania. Las cafeterías berlinesas, añade, representaban el concepto antagónico de las cervecerías bávaras en las que germinó el nazismo.

Ubicado en la célebre avenida Kurfürstendamm, el Romanisches se convirtió en lugar de moda por casualidad, cuando los miembros de una tertulia abandonaron enfadados una cafetería cercana y recalaron allí. “Quizás tan solo porque llovía y estaba al lado", señala el autor. El sitio -céntrico, grande, acristalado y con una amplia terraza- fue ganando fama.

En su apogeo, en la primavera de 1929, era tan popular que los autobuses turísticos se detenían frente a él. "Allí se mezclaban todos: habituales, buscavidas y turistas", resume Uzcanga Meinecke. Elias Canetti, entonces un traductor adolescente, describía el sitio como una mezcla nada virtual de lo que hoy serían Twitter, Tinder y LinkedIn juntas: "Las visitas al Romanisches Café, que por supuesto eran placenteras, no eran solo eso: nacían de la necesidad de exhibirse, de automanifestarse. Nadie se resistía a ello. Quien no quería ser olvidado tenía que dejarse ver por ahí". Pocos años antes, el sitio figuraba en una guía alternativa sobre gemas desconocidas en la zona.

Acudía en esa época una actriz casi anónima, Marlene Dietrich, que rodaba con Josef von Sternberg el film que le lanzaría al estrellato, El ángel azul. Quien ya era famoso entonces (había ganado el Nobel ocho antes) era otro habitual, Albert Einstein. No tenía mesa fija, pero cuando llamaba le reservaban una mesa a la que a veces acudía acompañado de alguna admiradora, lo que le ganó el apelativo del "marido relativo". Stefan Zweig o Thomas Mann, que vivían respectivamente en Salzburgo y Múnich, lo frecuentaban cuando pasaban por la capital.

Allí compartíeron mesa dos conocidos actores, Heinrich George y Peter Lorre. El tiempo les reservaría destinos muy distintos. George, que había militado en el partido comunista, se sumó con entusiasmo a las películas de propaganda nazi y murió en un campo de concentración soviético tras la guerra, en 1946. Lorre emigró a Estados Unidos a raíz de la victoria electoral de Hitler y acabó rodando a las órdenes de John Huston, Alfred Hitchcock, Frank Capra o Michael Curtiz. Hoy es considerado uno de los mejores secundarios de la historia del cine.

En una ciudad con más de cien productoras, cuatrocientas salas de cine y cuna de obras maestras del expresionismo como El gabinete del doctor Caligari, Nosferatu o Metrópolis, no es de extrañar que un grupo de jóvenes preparase su ópera prima en el Romanisches. Eran cuatro cinéfilos empedernidos con tres elementos en común: proceder del este, ser judíos y haber recalado en Berlín soñando con una carrera detrás de la cámara. Con un presupuesto exiguo, gestaron una película muda, Los hombres del domingo, con actores aficionados que se representaban a sí mismos y rodada en parte en la terraza del café porque el dueño no les cobraba por ello. Esa enigmática secuencia en el Romanisches (un diálogo seductor interrumpido por el hallazgo de una oruga en uno de los vasos) dio inicio a las carreras de Billy Wilder, el genio que acabaría firmando El apartamento, Perdición o Con faldas y a lo loco y al que Fernando Trueba dedicó su Óscar porque no creía en dios pero sí en élFred Zinnemann, cuatro estatuillas por clásicos como Solo ante el peligro o De aquí a la eternidad; Robert Siodmak, un nombre fundamental del cine negro; y Edgar G. Ulmer, famoso por sus largometrajes de serie B.

También frecuentaban el café personajes peor tratados por el filtro de la historia, pero que formaban parte de su esencia. Es el caso de la actriz Elizabeth Bergner, que iba de mesa en mesa provocando a los clientes masculinos con la frase "El único hombre que me ha hecho daño ha sido mi dentista", o de su colega de profesión Ruth Landshoff, "a veces gallina, a veces gallo", como solía describir su bisexualidad.

Así fue hasta el inicio de la década de los Treinta, cuando empezó a palparse el fin del ciclo glorioso del Romanisches. Tocado por el abandono de algunas de sus viejas glorias y los efectos en Alemania del ‘crack del 29’ neoyorquino, se hundió definitivamente en marzo de 1933, cuando una patrulla nazi entró y destrozó el mobiliario. Dos meses antes, Hitler había sido nombrado canciller. No están muy claros los detalles del episodio, pero sí que a partir de ese día el Romanisches dejó de ser el Romanisches. “Se convirtió en un café vulgarcito y normal. Escribir una crónica de esos diez años sería dejar muchas páginas en blanco", señala el autor tras recordar que con el paso del tiempo "en torno al 70% de los clientes del café se fue al exilio, bastantes acabaron en los campos de concentración y unos pocos, no judíos, en el exilio interior".

El edificio perduró hasta 1943, cuando fue bombardeado por la fuerza aérea británica en el marco de la Segunda Guerra Mundial. El café desapareció, pero su nombre siguió vivo en las mentes de algunos nazis como sinónimo de inferioridad y decadencia. Con Alemania camino de la derrota, el presidente del máximo órgano judicial del Tercer Reich, Roland Freisler, dictó en 1944 las sentencias contra los organizadores de la Operación Valquiria, una fallida conspiración de militares aristócratas para asesinar a Hitler. Al condenar a muerte a uno de ellos, Adam von Trott, se lanzó a describirle a gritos: "Una triste figura tanto en cuerpo como en espíritu, tanto en la actitud vital como intelectual; el prototipo de intelectual ingeniosillo, desarraigado y sin carácter del Romanisches Café". "No se le ocurrió insulto peor", señala Uzcanga Meinecke. "Tampoco necesitaba decir más para que entendieran al tipo de gente al que se refería".

Durante muchos años apenas quedó allí un solar que albergó números circenses, espectáculos de lucha libre y hasta un podio para oradores mesiánicos. Luego se instalaron unos barracones con puestos de comida rápida y una sala de cine X. Hoy ocupa el lugar un centro comercial con una cafetería bautizada Romanisches. “Estoy seguro -lamenta- de que el 90% de sus clientes no sabe que se llama así en homenaje a un café legendario que hubo allí”.

UN LUGAR PARA JOSEP PLA, EUGENI XAMMAR Y CHAVES NOGALES

El Romanisches Café albergó una tertulia de corresponsales extranjeros, atraídos por la amplitud del lugar y los ejemplares de prensa de otros países. Entre ellos estaban dos conocidos periodistas catalanes, Josep Pla y Eugeni Xammar, que integraban allí lo que el primero definió como "un grupo divertido". Pla estaba destinado unos meses a Berlín para cubrir la hiperinflación, que generó gran interés en el resto de Europa, mientras que Xammar vivió varios años en la urbe y fue uno de los principales cronistas del ascenso del nazismo “Estoy bien y aquí hemos formado un grupo divertido, en el Romanisches Kaffee, en Charlottemburg, que es el barrio judío de Berlín. Viene Xammar, que es formidable; el ruso Tassin, furibundo antibolchevique; (Julio Álvarez del) Vayo; dos o tres periodistas italianos y tres profesores españoles pensionistas, que son una gente que no mata a moros pero que es lo mejor que tienen los españoles. Charlamos mucho”, escribía Pla a su hermano Pere en una carta fechada en 1923.

En una época de inflación desbocada en que se codiciaban las divisas extranjeras vivían a cuerpo de rey gracias a un truco: recibir el sueldo en billetes pequeños y cambiar a marcos un billete de una peseta justo antes de entrar al restaurante.

Ambos publicaron en esa época en La Veu de Catalunya y La Publicitat sendas entrevistas con Hitler, poco después del fallido putsch de Múnich de 1923. Parece que son falsas, un invento, pero no está demostrado.

Fue en el Romanisches donde Pla recordaba haber conocido a su futura novia Aly Herscovitz, una judía berlinesa de 21 años. "Había recibido una enseñanza y una educación muy buenas, dominaba el francés y el inglés, y tenía una conversación agradabilísima [...] La conocí en el café, probablemente en el Romanisches café, muy cerca de Furfuürstendamm. La invité a cenar; aceptó, y al cabo de dos o tres comidas vino a vivir al piso donde yo vivía", contaba Pla en una nota autobiográfica. Una década más tarde, cuando el partido nacionalsocialista ganó las elecciones, huyó a París, donde fue detenida en 1942 en la famosa Redada del Velódromo de Invierno y deportada al campo de exterminio de Auschwitz.

También pisó el Romanisches otro gran cronista español, Manuel Chaves Nogales, enviado especial del diario Ahora para cubrir la investidura de Hitler. En un artículo relató una visita de madrugada al lugar: "Aún se ven unos tipos agudos arbitristas y unos sujetos con aires de sonámbulos a los que identifica ese color cetrino y ese aspecto feble del intelectual de oficio. Pero por poco tiempo. Por Tauentizien avanzan, cada vez más arrogantes, los hombres de Hitler con sus altas botas ferradas y sus camisas pardas. Y la gente que daba el tono a Berlín va encogiéndose y disimulándose más y más. Pronto no quedará ninguno"

https://elpais.com/cultura/2018/04/17/actualidad/1523978920_612022.html