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lunes, 14 de octubre de 2019

_- La importancia de la memoria histórica europea para el futuro de Europa. No es lo mismo.

_- Rafael Poch de Feliu
Blog personal

Cómo el Parlamento Europeo aprueba la versión de la historia de la Segunda Guerra Mundial de la derecha polaca, de acuerdo con los planes estratégicos de Estados Unidos en el continente.

Con su resolución de 19 de septiembre sobre la Importancia de la memoria histórica europea para el futuro de Europa, el Parlamento Europeo, ha dado un nuevo y vergonzoso paso en la reescritura de la historia europea. A iniciativa de 19 diputados, 18 de ellos polacos y uno letón, una feliz coalición de conservadores, liberales, nacionalistas, socialdemócratas y algunos verdes, aprobó, por 535 votos a favor, 66 en contra y 52 abstenciones, “un retroceso ideológico hacia los peores tiempos de la guerra fría”, en palabras de la Federación Internacional de combatientes de la Resistencia (FIR).

La resolución afirma la curiosa tesis de que “La Segunda Guerra Mundial fue el resultado directo del infame Tratado de no Agresión nazi-soviético de 23 de agosto de 1939, también conocido como Pacto Molotov-Ribbentrop”. La Unión Soviética y la Alemania nazi, los dos principales adversarios de la Segunda Guerra Mundial, son de nuevo presentados como gemelos: “dos regímenes totalitarios que compartían el objetivo de conquistar el mundo, repartirse Europa en dos zonas de influencia”. Poniendo un nuevo signo de igualdad, se pide a los estados miembros que “conmemoren el 23 de agosto como Día Europeo de las Víctimas del Estalinismo y del Nazismo a escala tanto nacional como de la Unión”, y se llama a elevar los ánimos bélicos agitando a las “generaciones más jóvenes” para “fomentar la capacidad de resistencia ante las amenazas modernas que se ciernen sobre la democracia”.

Una vieja ideología de nuevo funcional

Esta amalgama no tiene nada de inocente y está directamente relacionada con las actuales y artificiales tensiones de “nueva guerra fría” a las que han conducido un cuarto de siglo de marginación de Rusia de un sistema de seguridad atlantista contra ella dirigido, vía ampliación de la OTAN, abandono de acuerdos de desarme e instalación de infraestructuras militares junto a sus fronteras. Tampoco es algo nuevo.

En el pasado, poner el signo de igualdad entre nazismo y comunismo fue extremadamente funcional en el periodo de posguerra, cuando el frente aliado de la coalición anti Hitler del que la URSS era pilar fundamental, se fracturó dando lugar a la nueva tensión entre potencias del mundo bipolar que conocemos como guerra fría entre Estados Unidos y la URSS. El paralelismo y la equivalencia entre nazismo y comunismo estalinista rehabilitó a los ex nazis alemanes que construyeron la República Federal Alemana , integrándolos en la primera línea del frente común anticomunista en Europa. Gracias a la teoría de los totalitarismos de uno u otro signo , los ex nazis fueron eximidos de la mitad de su culpa: por un lado eran culpables de atrocidades, pero por el otro habían sido precursores en la lucha contra el nuevo enemigo, al que se habían anticipado identificándolo aunque fuera desde una ideología algo equivocada . En Alemania occidental, donde apenas hubo desnacificación, un pequeño ejercicio verbal de arrepentimiento, les bastó para convertirse en cristiano-demócratas, liberales e incluso socialdemócratas, no solo sin renegar de su pulso contra el comunismo, sino reivindicándolo. Franco sacó buen partido de ese mismo recurso reciclando la criminal alianza de su régimen con las potencias del eje para convertir a España en base militar aeronaval del mundo libre y reserva espiritual de Occidente.

Mantener la división continental

Ahora esa misma ideología, que en la Europa de los años, sesenta, setenta y ochenta habría sido considerada desvergonzado disparate reaccionario, avanza impulsada por la dinámica de nueva tensión con la Rusia postsoviética (cuyo “comunismo” es igual a cero), acusada de “amenazar Europa” pese a que su gasto militar es más de catorce veces inferior al del conglomerado noratlántico que la rodea. En este despropósito, que retrata un aspecto del regreso de la Europa parda, no hay nada de casual.

Algunos países del Este de Europa, enemigos históricos de Rusia son utilizados para la estrategia de división continental impulsada desde Washington. Es sabido, y los documentos oficiales de los estrategas de Washington así lo proclaman desde hace años, que imposibilitar el ascenso de la Unión Europea como sujeto autónomo, por ejemplo con una política independiente en Oriente Medio, es el objetivo estratégico de Estados Unidos en el continente, por lo que es imperativo mantener una tensión artificial con Rusia. Una relación normalizada de la Unión Europea con la nación más poblada de Europa y la más rica en recursos, además de su principal suministrador energético, es condición sine qua non para esa hipotética autonomía.

Los gobiernos de países como Polonia y las repúblicas bálticas actúan como el caballo de Troya de ese propósito, con el que sus gobiernos ultraconservadores sintonizan -por razones históricas bien comprensibles dada la tormentosa relación de esos países con Rusia en el siglo XIX y XX. Su ingreso en la OTAN y en la UE fue priorizado desde Estados Unidos por esa razón y sus gobiernos tienen en ese papel de acicate anti ruso su principal carta de influencia en Washington y en Bruselas. Es significativo que la resolución llame a “fomentar, en particular entre las generaciones más jóvenes, la fuerza de resistencia ante las amenazas modernas que se ciernen sobre la democracia”, dando por buena la leyenda de la “amenaza rusa” sobre Europa que esos países proclaman de forma histérica, así como apelando a tomar “firmes medidas” ante la “guerra de la información librada contra la Europa democrática con el objetivo de dividirla”, es decir a silenciar el aparato de propaganda ruso en el continente que asegura un pluralismo de propagandas que debilita los monopolios establecidos.

La desvergüenza de los diputados polacos, y la tontería de los diputados que han votado esta resolución muchos de ellos seguramente sin leerla o sin entenderla, llega al extremo de solicitar la declaración del “Día Internacional de los héroes de la lucha contra el totalitarismo, el 25 de mayo, aniversario de la ejecución de un militar anticomunista polaco, Witold Pilecki, que fue internado en Auschwitz por los nazis en una rocambolesca historia y posteriormente ejecutado por los comunistas polacos como agente militar del gobierno polaco en el exilio. Aquí la intención que se adivina es eminentemente nacional: blanquear la escandalosa complicidad polaca en el holocausto, así como la sintonía de la Polonia de preguerra con los nazis, con quienes firmó un acuerdo de no agresión en 1934. Polonia fue cómplice en la desmembración nazi de Checoslovaquia en 1938 y sus dirigentes tuvieron una gran responsabilidad en la posterior ruina de su nación, algo de lo que se prefiere no hablar . Europa debe odiar a los rusos, de acuerdo con el nacionalismo polaco, y para ello se falsifica y manipula lo que haga falta.

“Totalitarismos de uno u otro signo”

La llamada teoría de los totalitarismos intentó explicar el hecho histórico de que en el siglo XX algunos sistemas tuvieron un nivel de coerción y control político tan superior al de la mayoría de las dictaduras, que merecían una nueva categoría. Pero el término totalitarismo no tiene un claro contenido y sí claros inconvenientes. Uno de ellos es que no es un concepto histórico, sino propagandístico cuyo uso se generalizó durante la guerra fría. En la práctica sirvió para rehabilitar a los nazis y movilizar a Occidente contra el comunismo. Desde ese término, los propagandistas occidentales introdujeron la idea del “comunismo” y el estalinismo como despotismos sin relación alguna con el pasado, obviando toda explicación histórica. La historia de la autocracia y el absolutismo rusos, con una larga tradición secular y de la que el estalinismo fue genuina expresión en las condiciones técnicas del siglo XX, simplemente desapareció en beneficio de una cruzada ideológica encaminada a demonizar la peligrosa idea de la nivelación social.

Fue así como una teología de la maldad explicó, por ejemplo, la compleja historia del acuerdo germano-soviético de agosto de 1939, que viene después, y no antes, de acuerdos similares de no agresión firmados por Polonia con los nazis contra la URSS, o del espectáculo de Munich que convenció definitivamente a los soviéticos de que los liberales occidentales acabarían aliándose con los nazis contra la URSS, o por lo menos dejándoles hacer en el Este, tal como el propio Hitler confirma en sus reflexiones póstumas transcritas por su último secretario personal, Martin Bormann.

Tras la derrota del fascismo en la Segunda Guerra Mundial, la teoría del totalitarismo se utilizó para presentar al nazismo y al comunismo estalinista como hermanos gemelos, ignorando la diferencia ideológica fundamental; que no puede haber un “buen” nazismo, contrario a todo planteamiento humanista, pero sí un “buen” socialismo que desarrolle ideales humanistas radicalmente antagónicos con el antihumanismo estalinista.

El punto de vista de Primo Levi

Todo esto era bastante banal en la Europa de la guerra fría. En uno de los libros más importantes del siglo, la Trilogía de Auschwitz (1971), Primo Levi, un superviviente de aquella catedral de la historia europea, relataba en estos términos las diferencias entre los Lager alemanes y los soviéticos. La principal, decía, “consiste en su finalidad”:

Los Lager alemanes constituyen algo único en la no obstante sangrienta historia de la humanidad: al viejo fin de eliminar o aterrorizar al adversario político, unían un fin moderno y monstruoso, el de borrar del mundo pueblos y culturas enteros. A partir de más o menos 1941, se volvieron gigantescas máquinas de muerte: las cámaras de gas y los crematorios habían sido deliberadamente proyectados para destruir vidas y cuerpos humanos en una escala de millones; la horrenda primacía le corresponde a Auschwitz, con 24.000 muertos en un solo día de agosto de 1944. Los campos soviéticos no eran ni son, desde luego, sitios en los que la estancia sea agradable, pero no se buscaba expresamente en ellos, ni siquiera en los años más oscuros del estalinismo, la muerte de los prisioneros: era un hecho bastante frecuente y se lo toleraba con brutal indiferencia, pero en sustancia no era querido; era, en fin, un subproducto debido al hambre, el frío, las infecciones, el cansancio. En esta lúgubre comparación entre dos modelos de infierno, hay que agregar que en los Lager alemanes, en general, se entraba para no salir: ningún otro fin estaba previsto más que la muerte. En cambio en los campos soviéticos siempre existió un término: en la época de Stalin los “culpables” eran condenados a veces a penas larguísimas (incluso de quince y veinte años) con espantosa liviandad, pero subsistía una esperanza de libertad, por leve que fuera.

De esta diferencia fundamental nacen las demás. Las relaciones entre guardias y prisioneros, en la Unión Soviética, están menos deshumanizadfas: todos pertenecen al mismo pueblo, hablan la misma lengua, no son “superhombres” e “infrahombres” como bajo el nazismo. Los enfermos, aún mal, son atendidos; ante un trabajo demasiado duro es concebible una protesta, individual o colectiva; los castigos corporales son raros y no demasiado crueles: es posible recibir cartas y paquetes de víveres de casa; en una palabra, la personalidad humana no está negada ni se pierde totalmente. En contraposición, al menos por lo que hacía a los judíos y gitanos, en los Lager alemanes el exterminio era casi total: no se detenía ni siquiera ante los niños, que murieron por centenares de miles en las cámaras de gas, caso único entre las atrocidades de la historia humana. Como consecuencia general, los niveles de mortandad resultan bastante diferentes en los dos sistemas. Al parecer, en la Unión Soviética, en el periodo más duro, la mortandad era de un 30 por ciento de la totalidad de los ingresados, un porcentaje sin duda intolerablemente alto; pero en los Lager alemanes la mortandad era del 90-98 por ciento.

En conclusión, los campos soviéticos siguen siendo una manifestación deplorable de ilegalidad y deshumanización. Nada tienen que ver con el socialismo sino al contrario: se destacan en el socialismo soviético como una fea mancha; han de considerarse más bien como una barbarie heredada del absolutismo zarista de la que los gobiernos soviéticos no han sabido o no han querido liberarse. Quien lea las Memorias de la casa de los muertos, escrito por Dostoyevski en 1862, no tendrá dificultad en reconocer los mismos rasgos carcelarios descritos por Solzhenitsin cien años después. Pero es posible o, más bien, es fácil imaginar un socialismo sin Lager: en muchas partes del mundo se ha conseguido. No es imaginable, en cambio, un nazismo sin Lager.

La historia es una obra en construcción. Cada generación, grupo social y nación, la reescribe a su medida constantemente. A lo que asistimos hoy en la Unión Europea es a la reescritura de una versión de la historia de la Segunda Guerra Mundial de la derecha polaca, acorde con los planes estratégicos de Estados Unidos para mantener al continente divido y en tensión interna.

(Publicado en Ctxt)

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

http://www.rebelion.org/noticia.php?id=261312

viernes, 27 de septiembre de 2019

De luna de miel en la Alemania nazi. El libro ‘Viajeros en el Tercer Reich’, de Julie Boyd, recoge testimonios de personas que visitaron el país durante el régimen de Hitler.

Charlie Chaplin en el Museo de Pérgamo durante su visita a Berlín en 1934.

Aunque hoy parezca increíble, hubo gente que fue de turismo a la Alemania nazi. Y no es que fuera turismo de riesgo: no se trataba de asistir a quemas de libros, que te dieran una paliza las SA por la calle o que te detuviera un ratito la Gestapo (Qué forma de banalizar y frivolizar lo que sucedía en Alemania). No, eran vacaciones normales, de relax, gastronomía, visitas culturales, sol y fiesta (y sexo), con atractivos como el festival de Bayreuth y la pasión de Oberammergau. La Alemania de Hitler fue un destino muy solicitado, en Europa y el resto del mundo, especialmente para la luna de miel. Al menos hasta que comenzó la Segunda Guerra Mundial y, ya con los bombardeos aliados —y la invasión rusa ni digamos—, cayó mucho la demanda. Todo tipo de gente (1), de muy diversos países y con diferentes propósitos (ocio, estudios, negocios, diplomacia, periodismo, deporte), visitó en los años treinta el nuevo país levantado por los nazis a base de cemento, rearme, testosterona y esvástica (y no se puede olvidar ni obviar, asesinatos, crímenes, palizas, destrucción de los sindicatos , prohibición de los partidos de izquierda y más tarde de todos, leyes totalitarias, libertades perseguidas, confiscación de todas las propiedades del movimiento obrero, etc.,etc. La barbarie increíble del fascismo nazi en un país culto y "educado" (2), y una buena parte de esos visitantes se llevó incluso, lo que hay que ver (un poco de hipocresía viene bien), una impresión positiva y hasta entusiasta de una sociedad que les pareció estimulantemente activa, moderna y optimista. Otros, por supuesto, quedaron horrorizados. (3, está muy claro que no eran viajeros de todas clases, la clase obrera no podía viajar, por falta de dinero o medios y de vacaciones, luego es evidente que la muestra está sesgada, no era, evidentemente, aleatoria y representativa de "toda" la sociedad).


En Viajeros en el Tercer Reich, el auge del fascismo contado por los viajeros que recorrieron la Alemania nazi (Atico de los libros, 2019), la escritora británica Julia Boyd recoge magistralmente, rastreando en las fuentes originales, una abrumadora cantidad de testimonios de personas de muy diferente clase y condición, incluidos un profesor estadounidense negro, un marajá indio, un estudiante chino y personajes tan famosos como Charles Chaplin, Virginia Woolf (con su marido judío Leonard y su mono tití Mitzi), Samuel Beckett, Robert Byron o la aviadora Amy Johnston. También Simenon, que se topó con Hitler en un ascensor de hotel. Los relatos de todos ellos sobre sus estancias en el país, en diarios o cartas, arrojan luz acerca de las mentalidades de la época y la percepción extranjera del régimen de Hitler.

Uno de los testimonios más emotivos y clarificadores del libro es el de una pareja estadounidense en luna de miel a la que una angustiada mujer judía les entregó de sopetón a su hija, una chiquilla con un zapato ortopédico, en la calle en 1936, suplicando que se la llevaran de Alemania. Lo hicieron.

Constantia Rumbold, hija del diplomático británico sir Anthony Rumbold, sintió escalofríos ante la marcha con antorchas en Berlín del 30 de enero de 1933 al grito de “¡Alemania, despierta!”. “Nadie que hubiera sido testigo de cómo había desfilado esa noche el alma de Alemania por las calles podía albergar la menor duda de lo que iba a suceder”, escribió la joven. El escritor de izquierdas francés Daniel Guérin se fijó por esa época en el “éxtasis” con el que las chicas alemanas reaccionaban al pasar una unidad de las tropas de asalto y anotó perspicaz: “Sin las botas, sin el olor a cuero, sin el paso rígido y severo de un guerrero, hoy es imposible conquistar a estas Brunildas”. Particularmente intenso fue el viaje de Bradford Wasserman, un muchacho de 15 años de Virginia que acudió con sus compañeros a una reunión internacional de boy scouts y que era judío.

La escritora británica Julia Boyd en Barcelona.

La escritora británica Julia Boyd en Barcelona. MASSIMILIANO MINOCRI

Boyd, que ha visitado Barcelona esta semana, destaca la variedad de puntos de vista que arrojan los testimonios y el interés de asomarse así a un período histórico (de la República de Weimar al final de la Segunda Guerra Mundial): “Mucha gente se había formado una opinión del país antes de viajar y luego vieron lo que querían ver. Otros cambiaron rápido”. ¿Era fácil percibir el mal en Alemania? “En general no. Alemania era un lugar encantador en muchos aspectos, lo que percibías dependía de las experiencias que tuvieras y también de tu bagaje ideológico. Si simplemente viajabas como turista era fácil que la gente y la propaganda te convencieran de que Hitler estaba haciendo algo bueno por Alemania, sobre todo al inicio del régimen. Luego las cosas se fueron poniendo peor, más claras, con la leyes de Núremberg o la Noche de los Cristales Rotos. Pero siempre hubo gente que no vio la maldad ni cuando les llevaron de visita a Dachau. Además, en los viajeros de clases altas, como los aristócratas británicos, el miedo al comunismo y el antisemitismo les hacían sentir afinidad con la nueva Alemania”.

La autora explica que una de las cosas que debía decidir un viajero al llegar a Alemania era si iba a hacer o no el saludo nazi. ¿Era peligroso viajar a Alemania? “No para los viajeros corrientes (otra cosa es que fueras periodista), a no ser que toparas con la persona equivocada o criticaras a los nazis en público. Normalmente se recibía muy bien a los viajeros, para convencerte de la bondad del sistema”.

Julia Boyd reflexiona que uno de los atractivos del libro es imaginar qué hubiéramos percibido cada uno de nosotros en la Alemania nazi, qué hubiéramos pensado y cuál habría sido nuestra actitud.

La escritora cita como ejemplar el comportamiento de personas como Arturo Toscanini que, tras dirigir en Bayreuth en 1930 y 1931, se negó a volver a hacerlo en 1933 por la forma en que los nazis trataban a los músicos judíos, y el novelista Thomas Wolfe, que después de su visita en 1936 publicó un artículo en EE UU denunciando la persecución de los judíos y se despidió de Alemania, a la que amaba profundamente, para no volver. Ahora ya ningún viajero puede visitar el III Reich. Boyd zanja: “Afortunadamente”.

GOEBBELS, EL HOMBRE QUE ODIÓ A CHARLOT

Chaplin salió por piernas de Alemania en 1934. Viajó a Berlín para promocionar Luces de la ciudad pero el odio de Goebbels y la errónea convicción de que era judío impulsaron a los nazis a amenazarle en la calle. Mucho mejor le fue al mayor Francis Yeats-Brown, autor de las célebres memorias Vidas de un lancero de Bengala, llevada al cine como Tres lanceros bengalíes, con Gary Cooper. En una recepción en Núremberg en 1937, Hitler se acercó a saludarle con una sonrisa: la película era una de sus favoritas y había decretado que fuera de visión obligatoria para los SS. Sorprende que en el libro de Julia Boyd no aparezca Patrick Leigh Fermor, que en 1933 atravesó caminando Alemania y dejó sus impresiones en El tiempo de los regalos.“La razón es que perdió sus notas y escribió de memoria muchos años después. Aunque su libro es una maravilla, yo me he querido basar en documentación directa”.

https://elpais.com/cultura/2019/09/26/actualidad/1569534585_097014.html

jueves, 5 de septiembre de 2019

Pasado y presente. Conocer y aceptar la historia crea ciudadanos dotados de mayor sentido crítico, más responsables, más independientes, capaces de enfrentarse con autoridades abusivas y de defender derechos propios y ajenos

El pasado alemán, manchado por el desencadenamiento de las dos guerras del siglo XX y por el genocidio judío, ha dado lugar a múltiples trabajos históricos y a muy sustanciales reflexiones ético-políticas sobre el papel del mal en las comunidades humanas o la alteración de la conducta personal en situaciones emocionales masivas. Sobre ello vuelve también Los amnésicos,libro de la periodista e investigadora francoalemana Géraldine Schwarz. Pero lo supera y sugiere otras muchas cosas.

Schwarz establece, para empezar, la responsabilidad de todos los alemanes en lo ocurrido: exceptuando, naturalmente, a los oponentes activos al nazismo —que bien caro lo pagaron—, la sociedad no se opuso a la escalada de medidas antisemitas de 1933-1938, como no se opuso a la matanza posterior, ni puede simular que no supo lo que estaba ocurriendo. Pero la responsabilidad se extiende igualmente a franceses, italianos, húngaros, polacos o tantos otros, que tampoco protegieron a sus judíos amenazados. Aquellas sociedades —todas desgarradas internamente, ante aquel conflicto, y todas plagadas de colaboracionistas— coincidían sin embargo en 1945 en percibirse a sí mismas como meras víctimas de los nazis.

La autora distingue, por supuesto, grados de responsabilidad, sobre todo individual. No es lo mismo pasividad que aquiescencia, delación, lucro aprovechando la situación o apoyo entusiasta. Pero reconoce la dificultad de atribuir responsabilidades colectivas, es decir, de dividir con trazos gruesos a las comunidades que viven situaciones traumáticas en grupos de verdugos y víctimas. Una dificultad que aumenta cuando se proyectan tales culpas sobre las generaciones siguientes. Porque, sobre todo en enfrentamientos ideológicos —los étnicos perviven más—, el tiempo diluye las identidades, los descendientes de los protagonistas originarios no siempre perpetúan las posiciones políticas de sus padres o abuelos e incluso se mezclan y tienen hijos comunes. Tampoco es lo mismo sufrir personalmente una dictadura, una guerra civil o un genocidio que oírselo contar a nuestros padres; y no digamos vivirlo como tercera generación, a través de nuestros abuelos. Si la memoria individual es traidora, la trasmitida puede acercarse a la pura distorsión.

A partir de 1945, la conciencia alemana frente a aquel pasado sucio evolucionó. Adenauer negaba cualquier colaboración de la población con el nazismo, a la vez que integraba sin pudor a los cuadros del NSDAP entre las élites de la nueva República Federal. En los sesenta, la rebelión universitaria y la libertad sexual facilitaron el distanciamiento y la denuncia del pasado nazi. Y en los ochenta estalló la disputa de los historiadores, o Historikerstreit: conservadores como Ernst Nolte exoneraban al país del nazismo, ocasional extravío causado por un grupo de criminales; el filósofo Jürgen Habermas y los historiadores “sociales”, en cambio, interpretaban las tragedias del siglo XX como culminación del Sonderweg, o “camino excepcional”, alemán, dominado desde Bismarck por un nacionalismo beligerante.

Con lo que finalmente se abrió el baúl de los recuerdos y las denuncias, que acabaron siendo en la Alemania occidental más completas que en cualquier otro país europeo. Alemania se convirtió en el modelo de un buen “trabajo de memoria”; lo cual permitió construir una sociedad civil y una democracia excepcionalmente sólidas. A partir de su reflexión sobre lo ocurrido, los alemanes interiorizaron unos valores y un espíritu crítico cruciales para una convivencia en libertad: al repudiar extremismos, dirigentes providenciales y discursos de odio contra otras comunidades, adquirieron mayor sentido de la responsabilidad. Síntoma, o consecuencia, de todo ello fue su generosa reacción ante la crisis de los refugiados sirios. No sólo la oficial. Cientos de ciudadanos recibieron los trenes de refugiados con pancartas multilingües de “¡Bienvenidos!” y bolsas de comida, agua, ropa, pelotas u ositos de peluche. Aquellos trenes de 2015 redimieron a Alemania, si tal cosa fuera posible, de los de 1942-1944.

Esta es la idea central del libro: que una aceptación honesta y crítica del pasado permite el desarrollo de actitudes democráticas y tolerantes en el presente. Cuando uno comprende que sus padres, sus abuelos, su comunidad, fueron responsables directos o indirectos de algunas barbaridades, cuando uno acepta la dificultad de atribuir con nitidez culpas colectivas, cuando uno se da cuenta de lo fácil que es convertirse en perseguidor, o consentidor de la persecución, cuando uno entiende las muchas caras de la historia y las confusas identidades que ha heredado, es probable que hoy esté más dispuesto a convivir con otras culturas, otras lenguas, otras creencias, otras posiciones políticas. En cambio, los educados en un mundo mental aislado, que sólo celebra los heroísmos y lamenta los sufrimientos de sus antepasados, que únicamente se percibe como descendiente de víctimas inocentes y nunca como heredero de vilezas, tienden a adoptar hoy posiciones de intolerancia, de simpleza ideológica, de repudio hacia el extranjero, de nostalgia fascista.

Dicho de otra manera: la multiculturalidad, la aceptación del diferente, el reconocimiento de sus derechos, a la vez que la fuerte convicción de los nuestros, se derivan de la comprensión de la complejidad de los problemas pasados; lo cual es un síntoma de personalidad sólida, y no débil, como tiende a creer el llamado sentido común, criadero de demagogias. La amnesia, en cambio, la ignorancia, la simplificación y sacralización del pasado, llevan al dogmatismo y al odio hacia los diferentes; indicio, de nuevo, de cualquier cosa menos de principios fuertes. Conocer y aceptar la historia, comprender las muchas maneras de evaluar las culpas ante los crímenes y tragedias ocurridos, ser consciente de la fragilidad de las identidades heredadas, crea ciudadanos dotados de mayor sentido crítico, más responsables, más independientes, más capaces de enfrentarse con autoridades abusivas, de defender los derechos y libertades propios y reconocer los ajenos.

Nuestra experiencia lo ratifica diariamente. Los Gobiernos menos europeístas y más proclives al fascismo, como Hungría o Polonia, son también los que se apoyan en una visión simplista y autocomplaciente del pasado. Italia, que tampoco hizo su “trabajo de memoria” adecuadamente, sigue confiando en hombres providenciales, como Berlusconi o Salvini, y relativizando a Mussolini. El lepenismo francés, obsesionado con los inmigrantes, sigue instalado en la amnesia parcial que borra el colaboracionismo con los nazis mientras exagera la magnitud y hazañas de la Resistencia. Los propios alemanes educados en la antigua RDA, que glorificaba a los “héroes comunistas” opuestos al nazismo y no reconocía que nadie —en especial, ningún proletario— se hubiera sentido atraído por Hitler, son hoy quienes más votos otorgan a la AfD. Por no hablar de Israel.

El caso alemán permite pensar, pues, en otras muchas cosas: en la complejidad de la historia humana, en la necesidad que tiene una cultura democrática de evitar retroproyecciones simplificadoras y reivindicativas. El honesto reconocimiento de todo lo ocurrido, y no sólo de lo que ennoblece nuestra imagen o refuerza nuestra posición política, y la ecuanimidad —que no es equidistancia— son las claves de bóveda para una convivencia libre; y los imperativos éticos para un historiador.

José Álvarez Junco es historiador.

https://elpais.com/elpais/2019/07/12/opinion/1562931995_217161.html




OTROS ARTÍCULOS DEL AUTOR


IDEAS. Géraldine Schwarz: “La indiferencia está en el origen de los peores crímenes contra la humanidad”. La escritora franco-alemana reflexiona en 'Los amnésicos', premio al Libro Europeo 2018, sobre la colaboración de sus abuelos con los nazis.

a memoria de  los crímenes nazis es inacabable: en cada momento plantea preguntas distintas, cada generación relee esta historia a su modo o la olvida. Hoy, cuando desaparecen los últimos supervivientes de estos crímenes y los últimos perpetradores, y cuando la retórica nacionalista avanza en las democracias occidentales, lecciones de aquellos años recobran vigencia.

La escritora Géraldine Schwarz, en París el pasado 26 de junio. 

Géraldine Schwarz —nacida en 1974, hija de una francesa y un alemán—  publica Los amnésicos. Historia de una familia europea  (Tusquets Editores), mezcla de ensayo y reportaje, de memoria familiar y de diagnóstico sobre el presente. Schwarz aborda en el libro el pasado traumático mediante una investigación sobre sus abuelos, ni fanáticos, ni criminales, buenas personas arrastradas por la corriente de la historia y cómplices también.

PREGUNTA. Uno de los momentos más dolorosos de Los amnésicos es la escena, breve y sobria, en la que cuenta el suicidio de su abuela alemana, la madre de su padre.

RESPUESTA. Nunca nadie me pregunta por eso, usted es el primero.

P. Es el núcleo del libro, ¿no?

R. Yo quería entender el grado de responsabilidad de mis abuelos bajo el III Reich.  ¿Habrían podido decir no? Intento ser justa con ellos. No tengo un problema de lealtad familiar. Pero a mi abuelo no le conocía, y mi abuela se suicidó cuando yo tenía seis años. Mis vínculos no son suficientemente fuertes para que nublen mi discernimiento. Veo sus acciones y su responsabilidad dentro de un contexto. Hay una responsabilidad de mi abuelo como Mitläufer [simpatizante o compañero de viaje]. También mi abuela lo fue: sentía una admiración ciega por el Führer.

P. ¿Cómo definiría Mitläufer, un término muy alemán?

R. El Mitläufer es quien, por ofuscación, por indiferencia, por apatía, por conformismo o por oportunismo, se convierte en cómplice de prácticas e ideas criminales. He querido mostrar que lo que está en  el origen de los peores crímenes de la humanidad es la indiferencia  Los verdaderos perseguidores, los verdugos, los monstruos en general son pocos. Y siempre nos interesamos por los monstruos, o por los héroes, o por las víctimas. Pero la mayoría de las personas no se identifican con ninguna de estas tres categorías, que solo conciernen a una minoría. Los Mitläufer son una masa de personas que, por su número y de manera más o menos pasiva, pueden consolidar un régimen criminal.

El fascismo y el nacionalsocialismo hicieron soñar. Eso se olvida, solo hablamos de la guerra y del Holocausto

P. ¿Sus abuelos lo eran?

R. Tuvieron un papel mínimo, pero, sí, representan la figura del Mitläufer. Mi abuelo lo fue por oportunismo. Se adhiere al partido no porque esté convencido, sino porque piensa que en este momento es lo más cómodo. Y con las leyes antijudías ve una oportunidad de hacer un negocio al comprar a bajo precio una empresa propiedad de un judío. Mi abuela es Mitläuferin [femenino de Mitläufer] porque se ofusca, incluso diría que por una especie de lealtad completamente irracional hacia el Führer. La hace soñar. Porque el fascismo y el nacionalsocialismo hicieron soñar.  Esto se olvida, porque solo hablamos de la guerra y del Holocausto. Pero el fascismo y el nacionalsocialismo consiguieron transmitir un sentimiento de pertenencia a una Volksgemeinschaft, una “comunidad del pueblo” que excluía a los impuros y estaba reservada a los pseudoarios. Mi abuela era a la vez culpable de haberse dejado cegar y un poco víctima de una manipulación. Su suicidio fue la culminación de la existencia de una mujer que no conoció más que guerras y posguerras.

P. ¿Su abuela fue una víctima de la historia?

R. No. Creo que no somos víctimas de la historia, sino que debemos tener un papel en la historia. Para que una democracia funcione es indispensable que las personas se den cuenta de que tienen responsabilidades: comprometerse, participar en la sociedad civil y también demostrar capacidad de discernimiento. La historia puede ayudarnos a identificar los métodos de demagogos como Salvini y Orbán, que se parecen a los de hace un siglo: difundir el miedo, inventar enemigos o chivos expiatorios, hacernos perder los puntos de referencia difuminando la frontera entre lo verdadero y lo falso, y difundiendo teorías de la conspiración. El objetivo es que el pueblo deje de creer en nada para manipularlo e invertir los valores.

P. ¿Qué lecciones de la historia podrían haber servido, en los años treinta, para evitar lo que ocurrió?

R. No las había. Si la historia de mi abuela ocurriese hoy, la parte de víctima que hay en ella sería más reducida. Ella no era una intelectual, no tenía mucha idea de política, se dejó llevar por la euforia ambiental. No tenía ningún medio de identificar lo que ocurría porque aquello era inédito.

P. En su libro también aborda la historia de su familia materna, que es francesa. ¿Qué descubrió?

R. Mi abuelo francés era gendarme bajo Vichy [el régimen autoritario y antisemita que colaboró con la Alemania nazi ]. En este sentido también era un Mitläufer. Pero mientras que mi padre alemán se enfrentó a su padre y contribuyó, como muchos de su generación, a un trabajo de memoria destacable, que sirve de base a la fuerza de la democracia alemana, mi madre francesa sabe poco de su padre bajo Vichy. Y esto es sintomático de Francia. Se ha hecho un trabajo profundo sobre Vichy, pero en gran parte se ha esquivado el papel de la población, de los Mitläufer. Y esto repercute en las familias: se ha preferido hacer recaer la culpa en las élites.

P. ¿No hay un exceso de memoria hoy? El pasado y la historia están omnipresentes en los discursos políticos, también en los de los populistas.

R. Lo que hacen los populistas no es un trabajo de memoria: la instrumentalizan. Un trabajo de memoria bien hecho significa no mentir. A Putin también le interesa la memoria, pero para transformarla. Los populistas utilizan  utilizan la amnesia para reinventar el pasado. Porque al reinventar la memoria reinventan la identidad, y nuestra identidad es indisociable de nuestra memoria. Sin memoria no hay identidad.


lunes, 26 de agosto de 2019

_- El gatillo fácil del diputado Marcos de Quinto. Ciudadanos evita defender las manifestaciones insultantes de su fichaje estrella contra la inmigración

_- Marcos de Quinto, antiguo vicepresidente de Coca-Cola y fichaje estrella de Ciudadanos para las pasadas elecciones, va camino de convertirse en un dolor de cabeza crónico para la formación de Albert Rivera. El ejecutivo fue presentado en marzo como una muestra de la apertura del partido a la sociedad civil, junto a otras caras nuevas, como el abogado del Estado Edmundo Bal o la letrada de etnia gitana Sara Giménez. Sin embargo, sus aportaciones al debate público hasta ahora —generalmente a través de la red social Twitter, donde es muy activo— han dibujado un perfil corrosivo, bastante más allá de la incorrección política de la que presume el diputado.

El último ejemplo ha sido el pasado fin de semana. El parlamentario, de 60 años, se refirió el viernes a los migrantes que llevaban ayer 17 días en el Open Arms frente a las costas italianas en condiciones cada vez más penosas como los “bien comidos pasajeros” del barco de rescate. El tuit pasó relativamente inadvertido el viernes, pero como sucede a veces en la red social, al día siguiente el público reparó en él y se convirtió en viral. Ante la avalancha de críticas por la aparente inhumanidad de su referencia a los inmigrantes el diputado respondió a la ofensiva. Al portavoz de la asociación de consumidores Facua, Rubén Sánchez, que le dijo que “solo un miserable puede hablar así de quienes huyen de la miseria”, el diputado le respondió: “¿Te he insultado yo a ti? ¿Imbécil, mantenido?”. A un tuitero anónimo le despachó con expresiones como “troll de mierda” y “cretino”.

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https://elpais.com/politica/2019/08/18/actualidad/1566153818_923585.html?rel=lom

jueves, 15 de agosto de 2019

_- De alemanes, nazis, judíos, sionistas

_- Luis E. Sabini Fernández. Rebelión

¿Por qué los alemanes han tenido que explicitar su posición y su relación respecto del nazismo? Indudablemente, porque el Tercer Reich ha perdido la 2ª G M (*). Como consecuencia, su población ha debido incluso soportar la sospecha generalizada de connivencia con el régimen nazi, en su momento indudablemente popular. Han sido incluso expuestos a teorías del tipo de las de Daniel Goldhagen sobre la impronta étnica en los comportamientos humanos (alemanes como “verdugos voluntarios” del nazismo).

Con el paso del tiempo y las peripecias, sobre todo las sufridas por los palestinos (pero no solamente), surge la pregunta de por qué los judíos no se ven precisados a definir su posición respecto de Israel. Porque Israel, que se iniciara como un golpe de mano, estilo pirata, aunque muy recubierto de amparos (por ejemplo, de las “Grandes Potencias” de la época), ha ido entrando en un vórtice de brutalización y violencia aun peor al de los momentos fundacionales. Y cada vez más impune.1

No se trata de hacer una comparación literal o exhaustiva entre Israel, bandera de la democracia occidental, y el Tercer Reich de triste memoria. Lo germano se considera nacional y lo judío es más ambivalente; puede ser religioso, idiomático o cultural, aunque con el Estado de Israel ha devenido cada vez más nacional.

Sin embargo, los judíos en general, y en particular los progresistas, llevan adelante su actividad social, política, intelectual, como si nada tuvieran que decir o que ver con lo que acontece en Israel.2

Lo cual, en términos puramente personales, es aceptable, pero considerado socialmente, pensando en vínculos de comunidad o de nacionalidad, incluso los tribunales, la responsabilidad es otra; rendir cuentas forma parte de cada uno, lo asuma o lo ignore. O haga como que lo ignora.

Si tal fue la situación con la realidad israelí, la de su surgimiento e implantación manu militari, la responsabilidad se acrecienta inconmensurablemente con la expansión del peso y el poder sionista en el mundo entero; pensemos en Sudán del Sur, Honduras, Colombia, Irak, Líbano, Siria, Irán, en el lado castigado del planeta, y en el Reino Unido y en general Europa y, fundamentalmente en EE.UU., el lado favorecido de ese mismo planeta…

La tesis presentada al principio es que los alemanes debieron, debían, incluso deben rendir cuentas porque perdieron la guerra mundial, porque salieron del círculo áulico de la humanidad y pasaron al de los que, precisamente, deben rendir cuentas.

A través de la consolidación del Estado de Israel como presunto estado soberano; algo no tan nítido si observamos el constructo político que llamamos Israel, que para algunos es “el portaaviones de EE.UU. en el Mediterráneo Oriental” (versión cada vez más obsoleta de la progresía occidental), para otros el quincuagésimo primer estado de la “Unión” con funciones particularmente directivas dentro de EE.UU., y para otros finalmente, parte de una entente que bien merece llamarse Triple por una configuración de poder combinado y mundial, entre elites del Reino Unido, Israel y EE.UU. (con sus City y Wall Street incluidas; no sabemos si Israel tiene un equivalente dentro de sus difusas fronteras; por internet no logramos captarlo).

La segunda y sobre todo, la tercera opción se perciben, por ejemplo, en la política de “Los 5 ojos” (que son 6) de la red Echelon.3

Como resultado de la 2ª G M, los judíos no necesitan rendir cuentas. Por suerte, existen judíos como los que mencionamos antes.4

Hay motivos para estos deslindes, estas tomas de posición. Porque nos encontramos en una situación más problemática, más ardua, que en otros momentos culturales pasados. Estamos cada vez más en el terreno de una policía del pensamiento.

Y eso, en sus dos variantes más conocidas; las dos con impronta israelí.

Por un lado, tenemos los desarrollos tecnológicos securitarios en los cuales Israel está a la vanguardia con intervenciones cada vez más sofisticadas para oír, ver, registrarlo… todo. Ya es mucho más que la pesadilla Echelon. Hay capacidad tecnológica para convertir, por ejemplo, todo celular, aun apagado, en micrófono y con alcance de muchos metros. Al lado de lo cual, los viejos sistemas de escucha telefónica resultan paleolíticos. El paisaje urbano, el interior de los vehículos de todo tipo, se van convirtiendo en escenarios de un teatro mundial, generalmente inconsciente, involuntario.5

Israel se ha especializado en la producción de tales dispositivos de omnicaptación.

Y al lado de esta tecnopolicía de vigilancia, arrecia otra policía del pensamiento… la de lo políticamente correcto.

Para su instauración, el sionismo ha desempeñado un papel primordial. Mediante la construcción de relatos como, por ejemplo, el de “Israel democrático” (tratándose de una sociedad racista y colonialista), o de los juicios de Nuremberg de 1946 como si hubiesen sido objetivos, o, por ejemplo, el culto a “El Holocausto”. Un historiador estadounidense, Norman Finkelstein, precisamente judío, por abordar esta última cuestión en su excelente La industria del holocausto (cuya tesis es que el suceso, así presentado, ‘tiene cierto parecido con la realidad, aunque remoto’), desde que puso en circulación el fruto de sus investigaciones ha sido despojado de sus cátedras universitarias en EE.UU. Finkelstein está sitiado laboralmente desde hace años mediante una conspiración de silencio.

Como resultado de esta guerra informacional, en la actualidad, ya tenemos leyes en países hipersensibles por sus antecedentes, como Francia o Alemania, que reputan antisemita cualquier crítica a Israel. Y consecuentemente, ya tenemos presos políticos por aplicación de tales leyes… seres humanos arrestados y encarcelados porque han planteado boicotear productos israelíes en tanto israelíes maltratan, hambrean y matan impunemente a palestinos. Boicotear, repare el lector, no dañarlos, no usar violencia.

Esa atroz asimetría contemporánea que resume tan bien Richard Falk al recordar los 15 años del Muro de 700 km. construido por los israelíes en 2004 dentro de los territorios bajo conquista: “fragmentando a las comunidades y vecindarios palestinos, dividiendo a los campesinos de sus tierras de cultivo, y constituyendo una recordatoria constante, ineludible, de la naturaleza de la opresión israelí.” 6

Si criticar a Israel deviene un acto antisemita, ¿adónde fue a parar el derecho a crítica o la libertad de cátedra, por ejemplo?

En la mayor parte de los países de Europa ahora la historia del sionismo, la del nazismo, la del judaísmo están escritas. Definitivamente. Inamovibles. Reinvestigar, otorgar otro ángulo, otra información, ha pasado a ser delictivo.

Es la sustitución lisa y llana del conocimiento histórico por la versión oficial. El sueño −estalinista para unos, bíblico para otros− encarnado como revelación.

De ese modo, toda crítica a Israel es antisemita, investigar sobre las muertes de judíos a manos de nazis está fijado de antemano (p. ej., en 6 millones y las correspondientes indemnizaciones. Y a todos los que duden, tengan alguna observación, algún reparo, se los ubica en el campo “antisemita” (término impreciso si los hay, por cuanto “semita” no es un pueblo siquiera, sino una familia idiomática).7

Obviamente, la policía de pensamiento no se aplica sólo a salvaguardar la imagen de Israel. Veamos otro ejemplo, tan distinto: una estrella del rugby australiano, étnicamente originario de ese continente, cristiano evangelista −Israel Folau− condenó recientemente en un mensaje de Instagram a “homosexuales, adúlteros, mentirosos, fornicadores” asegurando que les esperaba el infierno… y fue expulsado de la federación de rugby australiana y segregado socialmente.

Considero sus opiniones deleznables, pero condenarlo por ellas, es muchísimo más grave.

La policía del pensamiento, vieja pesadilla de antiutopistas, está deviniendo realidad y el motor actitudinal para este ahogo de la libertad de pensamiento es llevado adelante a través de la sobresaturación de información y entretenimiento y la configuración de las mentalidades.

Calvino (Jean Calvin) aspiraba a conocer todos los pasos de sus conciudadanos, desde que se levantaban hasta que se acostaban. Para sujetarlos bíblicamente a la virtud. Su ciudad, Ginebra, contaba entonces –siglo XVI−con unos 23 mil habitantes.

La aspiración de ‘una policía de la virtud’. Hoy esa pesadilla se va concretando sobre miles de millones de seres humanos.

Notas
*. PD.:
Considero que no solo fue por perder la II GM, la causa de ese trato, sino que hubo más, como fue por la forma de realizar la guerra que llevó a cabo Alemania, con los nazis y su maquinaria de muerte a la cabeza. Fue, sobre todo, en la URSS, aunque no sólo, la guerra de aniquilación y exterminio, una invasión sin previa declaración de guerra, y sin ruptura previa del pacto de no agresión, como exige el Derecho Internacional, pacto que tanta crítica había supuesto para la URSS por la acusación de aliarse con los nazis (Pacto de no agresión Ribbentrop-Molotov,1939 unos días antes del comienzo de la guerra) y sin respeto a leyes de Ginebra, ni normas humanitarias de guerra ninguna. Se mataban a los prisioneros rendidos, si eran oficiales más rápido y expeditivo. Se mataron a pueblos enteros, mujeres, ancianos y niños incluidos. Se bombardeaba indiscriminadamente a la población civil, con el objetivo de sembrar el terror y paralizarlas. Y si los detenidos eran sindicalistas o miembros de partidos de izquierda, judíos o gitanos, eran aún métodos más crueles, a ellos los torturaban, los llevaban a campos de exterminio, los mataban a palizas, los ahorcaban en público para ejemplo...

Se realizaban crueles represalias sobre la población civil si ocurrían atentados contra alemanes. Se utilizaron millones de personas, hombres y mujeres como mano de obra esclava, con represalias, a la menor sospecha de indisciplina, boicot o resistencia, crueles y de asesinatos por ahorcamiento público, se mal alimentaban y sometían a horarios extenuantes y agotadores de más de 60 horas semanales a todos ellos. La fábrica de automóviles Wolsvagen, como ejemplo, creada en base a la confiscación de las propiedades y riquezas de los sindicatos alemanes por Hitler y entregada a "amigos" llegó a sobrepasar el 80% de trabajadores esclavos. Y lo peor, los responsables de esos crímenes nunca fueron juzgados.

Además, los anglo-americanos con sus bombardeos masivos de ciudades de noche y día, en las que prácticamente solo quedaban ancianos, mujeres y niños, trataron siempre de justificarlo por lo que llamaban "apoyo masivo de la población a Hitler y sus ideas", lo que sólo en parte fue verdad. Los bombardeos de ese tipo contra objetivos civiles, nunca pueden ser admitido dentro del Derecho de guerra y están condenados por los acuerdos de Ginebra. Siempre serán un ejemplo de crimen contra la humanidad y los derechos humanos.

A todo el pueblo alemán se le trató cruelmente como enemigo después de la guerra. Conforme pasó el tiempo y empujados por las circunstancias de la época y el que la gente se marchaba al este, aunque fuera para comer comida de rancho, lo que se ha ocultado, dada la miseria de la parte occidental, la política occidental dió un giro hacia Alemania al final del 47. A partir de ahí se buscó la colaboración de las antiguas autoridades, que en cuanto a los militantes de antiguos sindicatos socialdemócratas fue muy positivo, para reorganizar el país. En lo que concierne a la colaboración con la antigua gestapo y SS, fue muy lamentable, aunque la justificaran por la experiencia en la lucha contra la izquierda no socialista, dentro de los parámetros de la guerra fría. El enemigo pasó a ser todo lo que oliera a URSS o comunista... aunque con ello se sacrificara la verdad, la justicia y los derechos humanos. Un claro ejemplo de los expuesto es que, sobre el papel, se declaró ilegal a los grupos nazis y de extrema derecha junto al Partido Comunista alemán, pero la realidad es que se expulsó a todo funcionario afiliado al Partido y la instituciones de llenaron de antiguos nazis ocultos bajo capa de demócratas.

1 Algo que también había pasado con el nazismo; una política reactiva, beligerante y agresiva, que fue acentuando sus rasgos hasta llegar a persecuciones y castigos atroces contra sus enemigos y víctimas.

2 Con la excepción, claro está, de los judíos que se han desmarcado del proyecto sionista, a menudo con riesgo de sus posiciones y hasta de su vida.

3 Fundada en 1948 por EE.UU., RU, Canadá, Australia y Nueva Zelandia, fue ampliada por única vez en 2004… con Israel.

4 Apenas como ejemplos: Marek Edelman, el bundista, sobreviviente polaco en los ’40 que se negó a aceptar una invitación de Israel, como “héroe judío” en los ‘50. O los miles de haredíes de Neturei Karta. Los investigadores e historiadores como Ilan Pappe, David Comedi, Gilad Atzmon y tantos otros que han roto con Israel y su geopolítica mundial, que con acierto ha definido el historiador Miguel Ibarlucía como “fascismo exitoso” (tesis doctoral).

5 En Argentina, Chacho Álvarez denunció esa técnica a fines de los ’80 o principios de los ‘90.

6 “Remembering the World Court Advisory Opinion on Israel’s Separation Wall After 15 Years, News; Analysis, Palestine, 12 jul. 2019.

7 Aunque en los últimos 20 años, la Academia de la Lengua Española se ha avenido a restringir el significado del término al de “contrario” o “ enemigo” de lo judío.

Blog del autor: https://revistafuturos.noblogs.org/

martes, 6 de agosto de 2019

75 años del Samudaripen, el genocidio antigitano en Europa

Silvia Agüero Fernández y Nicolás Jiménez González AraInfo

El día 2 de agosto se cumplen 75 años de la liquidación del llamado campo de familias gitanas, Familienzigeunerlager de Auschwitz. Una reciente investigación llevada a cabo por el Departamento de Historia del Museo de Auschwitz ha demostrado que aquella fatídica tarde-noche del 2 de agosto de 1944 entre 4.200 y 4.400 personas gitanas de todas las edades fueron cruelmente asesinadas en las cámaras de gas.

22 de mayo de 1940, deportación de personas gitanas residentes en Asperg (Alemania). Foto: Bundesarchiv, R 165 Bild-244-48 / CC-BY-SA 3.0

“Fue un crimen de estado meticulosamente planeado” (Tío Romani Rose, presidente del Consejo Central de los Sinti y los Roma de Alemania)

Es imposible resumir en un solo artículo un suceso tan inabarcable como el Samudaripen, el genocidio de la población gitana durante el nazismo.

Samudaripen [samudaripén] y Porrajmos [porraymós] son los dos términos que se utilizan habitualmente para denominar el genocidio al que fue sometida la población gitana europea durante el régimen nazi (1933-1945) y que se extendió por 20 países europeos. El término más adecuado, no obstante, es Samudaripen.

La población romaní junto con la población judía fueron los dos grupos étnicos objetos de genocidio durante el nazismo tanto en Alemania como en los países europeos que formaron el Eje, sus socios y los gobiernos colaboracionistas.

El genocidio gitano, el Samudaripen, se inició mucho antes del comienzo de la 2ª Guerra Mundial. Por supuesto, en Alemania como en el resto de países de Europa Central y Occidental el antigitanismo tiene una larga historia que se ha ido plasmando en las leyes y en el imaginario colectivo. En España, en concreto, son más de 230 leyes antigitanas las que lo han sustentado.

En la actualidad, según los más recientes estudios de la Agencia Europea de Derechos Fundamentales (FRA, por sus siglas en inglés) el racismo antigitano, el antigitanismo, es la forma de racismo más prevalente en todos los Estados miembro de la Unión Europea y el más aceptado socialmente.

Un genocidio con características propias

Con el ascenso al poder del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán y el nombramiento de Hitler como Canciller en 1933 el destino de la población gitana Sinti —así es como se denominan a sí mismas estas personas— se configuró directamente al exterminio. Así, en 1935, con la promulgación de las leyes de ciudadanía del Reich y para la protección de la sangre y el honor alemanes—las famosas leyes de Núremberg— se despojó a la población Sinti, clasificada como una raza inferior, de la ciudadanía y del derecho al voto.

Esas leyes pretendían la conservación de la pureza racial alemana y para ello prohibían los matrimonios entre personas arias y no arias. Los criterios dispuestos para establecer qué personas eran consideradas gitanas eran exactamente dos veces más estrictos que aquellos que definían quienes eran judías: si uno de los ocho bisabuelos de una persona era gitana/o, aunque a su vez fuera mestiza/a, esa persona era considerada de ascendencia gitana mientras que se definía como judía a una persona que tuviera, al menos, un/a abuela/o judía/o. Y todo se basaba en criterios meramente sanguíneos, genéticos, sin tener en cuenta la religión ni la práctica cultural o étnica. Por eso, cuando alguien habla de “pureza” en relación con las personas gitanas nos saltan todas las alarmas ya que ese tipo de razonamiento está en la base ideológica del racismo más atroz.

1939, personal del Centro de Investigación para la Higiene Racial de Alemania untando de negocoll el rostro de Albert Laubinger (1920-1944) con la finalidad de modelar su rostro en cera.. Foto: Bundesarchivs.

Ya en junio de 1938, unos 700 hombres gitanos fueron enviados a los campos de concentración de Dachau, Buchenwald, Sachsenhausen y Lichtenburg dentro de la llamada Aktion Arbeitsscheu Reich (Acción contra los vagos). En esos y otros campos fueron sometidos a trabajos forzados.

El 8 de diciembre de 1938 se publicó el Decreto para combatir la plaga gitana (Bekämpfung der Zigeunerplage): “La experiencia hasta ahora en la lucha contra la plaga gitana y el conocimiento adquirido a través de la investigación de la biología racial hacen aconsejable abordar la regulación de la cuestión gitana a partir de la naturaleza de la raza. Según la experiencia, los mestizos tienen mayor participación en el mundo del crimen. Por otro lado, se ha demostrado que los intentos de integrar a los gitanos han fracasado, especialmente entre los gitanos de raza pura, debido a su fuerte impulso migratorio. Por lo tanto, resulta necesario tratar a los gitanos de raza pura y a los mestizos por separado en la solución final de la cuestión gitana” (la traducción y el subrayado son nuestros).

A partir de 1940, las personas romaníes de Alemania y Austria fueron deportadas a la Polonia ocupada y alojadas en los guetos judíos que iban vaciando. La primera deportación tuvo lugar a mediados de mayo de 1940 y afectó a unas 2.500 personas.

El asesinato sistemático de las personas gitanas comenzó en el verano de 1941. Durante el asalto de las tropas nazis contra la URSS miles de Rroma [pronúnciese romá], gitanos y gitanas, fueron víctimas de ejecuciones en masa por parte de los “Einsatzgruppen” (grupos operativos) de las SS. Estos comandos de la muerte tenían como tarea principal la matanza de personas judías y gitanas, además, de los y las comisarios políticos.

Aunque no hay cifras exactas, se calcula que unas 100.000 personas gitanas fueron asesinadas por estos comandos de la muerte tanto en la URRS como en Polonia y otros territorios ocupados de Europa del Este y los Balcanes, especialmente en Ucrania, Bielorrusia y Yugoslavia. Tan sólo en Polonia se conocen unos 180 lugares donde hubo ejecuciones en masa de personas romaníes. La familia de la Tía Alfreda Noncia Markowska cayó víctima de una de estas matanzas en Biala Podlaska (Polonia). Alfreda fue la única que sobrevivió. Tenía solo 15 años y durante el resto de la guerra logró salvar de la muerte a una cincuentena de niños y niñas, judíos y gitanos.

Otro componente de la política de extinción de la población gitana fue la esterilización forzada, tanto dentro de los campos de concentración como en hospitales externos, de manera que el 94 % de las personas esterilizadas forzosamente durante el periodo nazi fueron personas gitanas.

Miles de Rroma, en su mayoría mujeres y niñas, tuvieron que sufrir esta operación, a menudo sin anestesia. Muchas murieron durante la operación.

¡Ma bister! ¡1.500.000 víctimas!

“La repetida cifra de 500.000 muertes gitanas durante el Porrajmos se ha convertido en una convención” tal y como afirma el Tío Ian Hancock , profesor emérito de la Universidad de Texas. No podemos, por tanto, aceptar esa cifra como un hecho demostrado ya que la documentación no ha sido bien analizada ni existe una política de promoción de la investigación en torno al Samudaripen. Según el propio profesor Hancock, la cifra de víctimas probablemente asciende al doble o al triple, es decir, estaríamos hablando de que, probablemente, 1.500.000 personas gitanas fueron asesinadas durante el Samudaripen.

Se estima que alrededor de la mitad de la población romaní residente en los territorios ocupados por el Tercer Reich murieron como resultado de la persecución y el terror nazi. En algunas zonas, este porcentaje alcanzó el 80 %.

Aún no hay un listado de víctimas gitanas. Sólo listas parciales y no en todos los campos de concentración o exterminio. Tampoco hay una voluntad política de promover la investigación que haga posible aflorar las verdaderas dimensiones del Samudaripen.

El intento de minorar la cifra de víctimas responde claramente a los objetivos del antigitanismo y sirve para postergar a las y los Rroma actuales, incluidas las víctimas, incluso de los actos oficiales de conmemoración del Holocausto. Así mismo, el lugar destinado a la memoria gitana dentro de los museos del Holocausto es mínimo.

Aunque hace algunos años que el Consejo Estatal del Pueblo Gitano, auspiciado por el Ministerio de Igualdad, celebra un acto en homenaje a las víctimas del Samudaripen, España aún no ha reconocido oficialmente que la población romaní fue víctima del genocidio llevado a cabo por los nazis. Las autoridades responsables suelen escudarse en la neutralidad de España durante la 2ª Guerra Mundial. No obstante, hubo víctimas gitanas de origen español sobre todo en territorio francés donde entre 1939 y 1946, cerca de 6.500 personas gitanas sufrieron presidio en unos 30 campos de internamiento desde algunos de los cuales también fueron enviados a Auschwitz.

La maquinaria del exterminio

“No hay nada con lo que puedas comparar Auschwitz. Si dices ‘El infierno de Auschwitz’, no es ninguna exageración. Creo que no es suficiente para mí decir que he soñado con Auschwitz mil veces desde entonces, con esa horrible época en la que reinaba el hambre y la muerte. Yo era una niña cuando me trajeron a Auschwitz. Cuando salí estaba enferma y aún hoy estoy enferma” (Tía Elisabeth Guttenberger, superviviente, testigo de cargo en el Auschwitzprozesse, Procesos de Auschwitz)

Aunque Auschwitz fue el peor de lo campos de exterminio, hubo otros: Belzec, Chelmno, Jasenovac, Sobibor, Treblinka, Sachsenhausen, Buchenwald, Flossenbürg...

Hubo personas gitanas prisioneras en todos los campos de concentración, aunque algunos de éstos se crearon específicamente para albergar a las personas gitanas: Marzahn (Berlín, Alemania), Lety (Rep. Checa), Dubnica nad Vahom (Eslovaquia), Lackenbach (Austria), Litzmannstadt (Polonia), Montreuil-Bellay, Lannemezan o Saliers (Francia)…

En términos numéricos, las personas gitanas fueron el tercer grupo más grande de deportadas a Auschwitz, después de las judías y las polacas.

En Auschwitz hubo personas gitanas prisioneras procedentes de 14 países. Los primeros Rroma llegaron el 9 de julio de 1941: dos gitanos polacos capturados por la policía criminal alemana junto otros 7 prisioneros polacos en la cercana ciudad de Katowice. Según Maria Martyniak al menos 370 personas gitanas fueron prisioneras en Auschwitz antes de la construcción del Zigeunerlager.

Finalmente, en diciembre de 1942, el gobierno alemán decretó que la población gitana debía ser encarcelada en campos de concentración y Auschwitz fue el campo elegido como prioritario. Familias gitanas enteras fueron deportadas a Auschwitz II – Birkenau. El primer transporte llegó el 26 de febrero de 1943, cuando el Familienzigeunerlager todavía estaba en construcción. Cuando se completó, comprendía 32 barracones, 26 residenciales y 6 de servicio (la oficina de asignación de trabajo forzado, almacenes, guardería y hospital).

Los barracones, construidos de madera —tablas endebles y mal ensambladas— con el suelo de tierra, originalmente estaban diseñados para albergar 52 caballos cada uno. En lugar de ventanas, tenían filas de tragaluces a lo largo de ambos lados en la parte superior del tejado (que también era el techo) que estaba hecho de una sola capa de tablas cubiertas con tela asfáltica. Una puerta doble conducía al interior. Cada barracón se dividió en dieciocho puestos, los dos primeros de los cuales, adyacentes a la puerta, fueron asignados al supervisor del bloque y a los presos de confianza. Una chimenea central horizontal corría a lo largo de todo el barracón, dividiéndolo por la mitad generando un eje a cuyos lados se situaban las literas de madera de tres alturas.

Cada familia, dependiendo del número de sus componentes, tenía asignada una o dos de estas literas.

Cada barracón tenía una capacidad de unas cuatrocientas personas, pero en muchas ocasiones estaban abarrotados con más del doble.

Barracón de Auschwitz-Birkenau. Foto: Creative Commons 2.5 Attribution

El frío penetraba aquellas paredes de madera sin aislamiento y la lluvia y la nieve chorreaban a través de las grietas del tejado: “No había camas, solo cajas de madera donde nos acomodábamos como las sardinas en lata. No había colchones de paja ¡una manta era un lujo! En el centro había algo así como una estufa que nunca estaba encendida y la humedad y el frío eran casi insoportables”, como lo describió el Tio Franz Rosenbach, que en paz descanse.

Las condiciones higiénicas eran desastrosas: no había suficiente agua y las alcantarillas no funcionaban correctamente. Solo había lavabos en dos barracones, retretes en otros dos y un único barracón tenía duchas, donde las personas prisioneras se desinfectaban y les cortaban el pelo.

Entre el 26 de febrero de 1943 y el 21 de julio de 1944, un total de 23.000 personas gitanas estuvieron prisioneras en el campo gitano de Auschwitz. 20.967 de ellas murieron a consecuencia del cautiverio.

Esta cifra no incluye a unas 1.700 personas Rroma capturadas en Białystok (Polonia), que no fueron inscritas en los registros. Este grupo, ante las sospechas de ser portadores del tifus, fue asesinado en las cámaras de gas.

Las enfermedades mataron a la mayoría. Las niñas y los niños padecieron especialmente. El noma —estomatitis gangrenosa o cancrum oris, enfermedad infecciosa gangrenosa de la boca que destruye los tejidos de la cara y cuyo desenlace suele ser fatal—, que afecta especialmente a niñas y niños desnutridas, la escarlatina, el sarampión y la difteria. Las y los nacidos en el campo no sobrevivían más de unas pocas semanas.

Tristemente, muchas niñas y niños se convirtieron en objeto de los criminales experimentos del abominable Dr. Josef Mengele.

El SS Reichführer, Heinrich Luitpold Himmler, en su condición de máximo responsable del sistema de gestión de los campos de concentración, visitó Auschwitz en julio de 1942. Según cuenta el demonio Rudolf Hoes, comandante del campo, en sus memorias, juntos visitaron el campo gitano y tras una minuciosa inspección le ordenó que apartara a quienes eran válidos para seguir siendo explotados en el trabajo forzoso y destruyera aquella sección especial.

Así, el 15 de mayo de 1944, el SS-Unterscharführer (comandante del Zigeunerlager) Georg Bonigut dio la orden de que las personas internas permanecieran en sus barracones. Al día siguiente, entre 50 y 60 hombres de las SS los rodearon. Intentaron sacar a las prisioneras y prisioneros de los barracones, pero no lo consiguieron. Habían sido advertidos por la resistencia interna y se atrincheraron procurándose herramientas y palos que les sirvieran para hacer frente a aquellos malditos y vender cara sus vidas. Aquella insurrección es recordada como el Día de la Resistencia Romaní que año a año —sobre todo entre organizaciones juveniles— se va imponiendo en el calendario de reivindicaciones de la memoria gitana en toda Europa.

Posteriormente, casi 2.000 personas gitanas fueron trasladadas al campo de concentración de Buchenwald, otras 82 fueron enviadas al campo de concentración de Flossenburg y 144 mujeres gitanas al campo de concentración de Ravensbrück.

44 hombres gitanos de los que habían sido enviados a Buchenwald fueron sometidos a experimentación médica: los demonios nazis querían saber cuánto tiempo podía un hombre sobrevivir tomando solo agua de mar.

Un policía alemán vigila a un grupo de personas gitanas arrestadas para ser deportadas a Polonia. Foto: United Estates Holocoust Memorial Museum.

“Oímos gritos y disparos. Varios cientos de SS están asaltando los barracones de los gitanos. Al cabo de un rato, vemos a los SS arrastrar a dos jóvenes gitanas gritando y resistiéndose. Otras gitanas atacan a los SS, arañándoles las caras. Desde los barracones se están defendiendo con armas de fuego improvisadas. Unos SS arrastran por las piernas a unos niños y un hombre mayor está tratando de defenderlos, pero lo derriban de una patada y lo echan al camión. Nadie abandona el barracón sin resistencia. Todos están luchando. Escuchamos a los hombres de las SS gritando y a los gitanos gritando. Las mujeres son las más feroces en su lucha, son más jóvenes y más fuertes, protegiendo a sus hijos. La pelea duró hasta el atardecer” (Alfred Jan Fiderkiewicz, prisionero político polaco en Auschwitz)

La liquidación del Zigeunerlager tuvo lugar la noche del 2 al 3 de agosto de 1944, siguiendo el mandato del SS Reichsführer Heinrich Himmler. La tarde del 2 de agosto se impuso la prohibición de salir de los barracones. A pesar de la resistencia de nuestra gente, entre 4.200 y 4.400 personas gitanas de todas las edades fueron cargadas en camiones, llevados a la cámara de gas de los crematorios II y V y exterminados, tal y como ha demostrado el reciente estudio del equipo de historia del Centro de Investigación del Museo de Auschwitz.

Cuando el 27 de enero de 1945 las tropas soviéticas liberaron el campo de exterminio de Auschwitz no quedaba, entre las 7.000 supervivientes, ninguna persona gitana.

Las personas gitanas supervivientes, al término de la guerra, tuvieron que enfrentarse a los mismos prejuicios antigitanos. Hasta los años 1970’s no pudo organizarse un movimiento gitano europeo que recabase la atención de la opinión pública. La mayor parte de las personas supervivientes han fallecido sin haber recibido nunca justicia.

Desde 1994, las organizaciones gitanas, sobre todo de Polonia, conmemoran el 2 de agosto como el Día en Memoria del Samudaripen. Esta reivindicación ha sido finalmente asumida por el Parlamento Europeo que en abril de 2015 aprobó la Resolución declarando el 2 de Agosto como Día Europeo en Memoria de las Víctimas del Samudaripen.

Marzahn, el primer campo de internamiento para roma (gitanos) en el Tercer Reich. Foto: United Estates Holocoust Memorial Museum.

A pesar de este aparente cambio, el antigitanismo sigue golpeando duramente y la situación se parece cada vez más a aquella en que se dio el Samudaripen: en Italia, el Ministro del Interior y viceprimer Ministro, Matteo Salvini ha ordenado la elaboración de un registro de todas las personas gitanas habitantes de los llamados campos nómadas; se suceden los ataques terroristas antigitanos en Ucrania; en Hungría ha nacido una milicia popular para combatir el “crimen gitano”; en España cada día sufrimos el racismo; en Grecia un alcalde quiere construir un muro para aislar un barrio gitano; en Francia un rumor difundido en redes sociales hizo que varios grupos de racistas salieran a la caza de gitanos; incluso han vandalizado, hasta en dos ocasiones, el monumento en memoria de las víctimas del Samudaripen de Berlín… Y todo esto ha ocurrido en el último mes.

No podemos quedarnos mirando. Como ciudadanas tenemos la oportunidad de exigir a nuestros gobiernos que incluyan la lucha contra el antigitanismo entre sus prioridades a la vez que tomamos conciencia de la gravedad que conlleva consentir que el antigitanismo siga siendo el racismo más socialmente permitido. 

Lecturas recomendadas (en castellano y disponibles en librerías):

“Gitanos bajo la Cruz Gamada” de Donald Kenrick y Grattan Puxon. Editorial Presencia Gitana (ISBN: 8487347169)

“Un gitano en Auschwitz” de Otto Rosenberg. Amaranto Editores (ISBN: 9788493145750)

 “El campeón prohibido” de Dario Fo. Editorial Siruela (ISBN: 9788416964307)

 “Rukeli. Johann Trollmann y la resistencia romaní antinazi” de Jud Nirenberg. Punto de Vista Editores (ISBN: 9788416876389)

Y una película que debes ver:   “Y los violines dejaron de sonar”   

 Fuente: https://arainfo.org/75-anos-del-samudaripen-el-genocidio-antigitano-en-europa/

sábado, 4 de mayo de 2019

Últimos testigos. A las siguientes generaciones les toca cuidar, para que no se desintegre, la memoria del exterminio realizado por los nazis


Neus Català, superviviente del campo de la muerte de Ravensbrück.

Las fotografías son el resultado de una ecuación en que se conjugan espacio, tiempo y luz. Sea cual sea el motivo que lleve a preservar un instante, todas ellas acaban por cobrar un valor documental. Quienes aparecen retratados dejarán de existir, pero las imágenes perdurarán como un recuerdo elegíaco.

Neus Català, superviviente del campo de la muerte (y no de concentración, como se empeñaba en recalcar) de Ravensbrück, fallecida el pasado sábado 13 de abril, se fotografió alguna vez —como otro gesto más de resistencia en su biografía de lucha— sosteniendo el retrato que le hicieron cuando estaba presa, con el uniforme rayado y un número cosido a la solapa. Cuando las deportadas llegaban al Puente de los cuervos perdían el nombre y pasaban a ser una cifra vacía de atributos.
Se suele creer que las fotografías no precisan explicaciones, que lo que aparece representado en ellas es, ni más ni menos, lo que se ve. En el esfuerzo por describirlas, aun así, se descubren otros detalles. En 1977, Montserrat Roig escribió en Los catalanes en los campos nazis (Península/Edicions 62) lo que ella percibía en ese retrato de Català: los brazos caídos, el gesto hierático, el rostro solitario y esos ojos... Unos ojos alucinados “que parecen detenidos en algún punto concreto que los demás no podemos alcanzar a captar”. El padre de Català, un pagès del Priorat, le había enseñado desde niña a no bajar los ojos ante persona alguna, porque nadie es más que otro. Sostener la mirada para luego contarlo: ese fue el cometido —y la carga— de los testigos de la barbarie.

¿Qué sabía Dante del infierno, se preguntaba Català, si no vio Ravensbrück, el mayor campo de mujeres de la Alemania nazi? Situado noventa kilómetros al norte de Berlín en el paisaje idílico del Brandeburgo rural, fue construido con mano de obra prisionera en 1938. Durante los seis años que estuvo en funcionamiento, 132.000 mujeres y también 20.000 hombres de más de veinte nacionalidades cruzaron su umbral. En esa instalación se pusieron en práctica todos los horrores nazis. Las mujeres fueron humilladas, prostituidas, envenenadas, ejecutadas, desnutridas y usadas como cobayas para experimentos médicos aberrantes. Acabada la guerra, este “campo de exterminación lenta”, como lo definió la etnóloga y superviviente Germaine Tillion, al quedar en territorio de la RDA, tras el Telón de Acero, se sumió en la bruma del olvido. Bajo administración soviética, se convirtió en un memorial, si bien sesgado y con un interés partidista, a la lucha antifascista.

En Ravensbruck: Life and Death in Hitler's Concentration Camp for Women (2014), uno de los pocos estudios de conjunto acerca de este campo, su autora, Sarah Helm, expresó su asombro al constatar el silencio sobre este lugar entre la bibliografía existente: “Los principales historiadores —casi todos hombres— no tenían apenas nada que decir. Incluso los libros escritos sobre los campos después de la Guerra Fría parecían describir un mundo totalmente masculino”. La condición femenina siempre ha soportado una doble pena de silencio, ya no solo en lo bueno (los logros), sino también en lo malo (la fatalidad). François Mauriac, en el prólogo al testimonio de la poeta Micheline Maurel, lo condensó así: Ravensbrück era una abominación que el mundo decidió olvidar. Aun así, contamos con valiosísimos testimonios, además del de Català, como los de Anise Postel-Vinay, Margarete Buber-Neumann, Mercedes Núñez, Geneviève de Gaulle-Anthonioz, etc., que relatan la solidaridad entre mujeres, brotada en la más cruda adversidad. Preguntada por una católica en Ravensbrück a qué se aferraba para mantener la fortaleza, Neus Catalá respondió que el Dios al que se encomendaba eran todas y cada una de sus compañeras de barracón, cuya suerte compartía.

Cuando un último testigo desaparece, los recuerdos íntimos no expresados se funden como la nieve. A las siguientes generaciones les toca cuidar, para que no se desintegre, ese concepto delicado y versátil que es la memoria histórica. En palabras de Català, recordar era un deber, una catarsis necesaria. En la reciente reposición en el Teatre Lliure de Ante la jubilación, los personajes de Thomas Bernhard —alemanes contemporáneos a la obra, que data de 1979— llevan tres décadas celebrando a escondidas el cumpleaños de Himmler, el arquitecto de los campos, y en medio de ese ritual de lealtad se animan entre sí, diciéndose que es solo cuestión de tiempo que puedan dejar de ocultar sus filias extremistas. Cada vez que un superviviente muere, ese momento se intuye más cercano.

Entretanto, el mundo aplaude la primera fotografía de un agujero negro, en el centro de la galaxia M87, a 55 millones de años luz de distancia. Lo que vemos es el anillo luminoso que delimita el horizonte de sucesos. Es la luz que cae, pero aún se resiste a ser tragada por la oscuridad. Como esas mujeres en los campos que, hasta su último aliento, pugnaron por mantener la dignidad.

Marta Rebón es traductora y escritora

https://elpais.com/elpais/2019/05/01/opinion/1556734423_112738.html

El Gobierno fija el 5 de mayo como día para honrar a las víctimas españolas del nazismo