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martes, 2 de junio de 2020

_- PSICOLOGÍA. Ni amor ni obsesión: esto es lo que ocurre cuando no puedes olvidar a una persona

_- MANUELA SANOJA 25 MAY 2020.


Lo hemos visto en el cine, escuchado en canciones, leído en novelas y poemas, y prácticamente todos lo hemos experimentado en nuestras propias carnes. Esos amores que nunca llegan a ser, en los que una de las partes sigue enganchada meses e incluso años después de que acaben. Se clavan como una espina en el corazón y su recuerdo da vueltas en la cabeza como un fantasma que se resiste a desaparecer. Atención al spoiler de tu propia película: lo que sientes no es amor, pero tampoco una obsesión. Es, más bien, una adicción.

Empecemos por la ciencia del amor, que lejos de ser un sentimiento etéreo, tiene toda una explicación lógica y comprobable. Desde el momento en el que cruzaste la mirada con esa persona, tu cuerpo puso en marcha una compleja maquinaria, una especie de cadena de montaje del amor que te lleva por las distintas fases del amor: la lujuria, que es el primer momento de deseo; la atracción, que ocurre durante el inicio de una relación y es lo que se denomina "amor apasionado" o "amor romántico"; y la unión, que viene a ser cuando una pareja se asienta. El problema del que tienes que desengancharte ocurre en la segunda fase y es, literalmente, una atracción fatal.

Todo por un subidón de neurotransmisores
Durante la atracción, esa segunda y traicionera etapa, el cuerpo se comporta como un auténtico coctelero. Los ingredientes de su poción de amores son una serie de neurotransmisores capaces de revolucionar nuestra vida, según el profesor de Psiquiatría de la Universidad de Harvard Richard Schwartz. Aumentan los niveles de cortisol —conocida como la hormona del estrés—, que hará que aumenten nuestros nervios y que aparezcan las clásicas mariposas en el estómago. También los de dopamina —la hormona de la felicidad—, que estimula los centros de placer en el cerebro y, finalmente, los de serotonina —la del amor—, que pone la guinda al pastel: una pizca de obsesión.

"Los neurotransmisores que actúan en esta fase, la del amor apasionado, hacen que te pases el día pensando en la otra persona, que tengas una sensación de energía desbordante. Puedes hasta pasarte tres noches sin dormir y aun así ir como una moto por el efecto de las hormonas", explica la directora de Psicología Clínica y Sexología del Instituto Lyx e integrante del Colegio Oficial de Psicólogos de Madrid (COP Madrid), Miren Larrazabal. Vamos, como si flotaras en una nube. Si la relación sigue pasando de fases, los niveles de cortisol, dopamina y serotonina se normalizan y llega la calma. Pero si algo ocurre y la relación acaba en medio de esta vorágine es posible que te quedes enganchado, pero no precisamente a la otra persona, sino a este cóctel explosivo. "Es como la adicción al tabaco. No estás enganchado al pitillo, sino a todas las sustancias que actúan en tu cerebro", dice la experta. En otras palabras, te has convertido en un yonqui de tus propias hormonas, la otra persona solo es el detonador de la explosión.

Romeo, Julieta y una máquina tragaperras
Para algunos la cosa no se queda simplemente en una adicción al bienestar químico de la atracción; al terminar la relación y convertirse en imposible, se cuelgan todavía más. Es algo que puede ocurrir incluso sin que nada hubiera empezado, es decir, cuando te rechazan de primeras. "Es lo que llamamos el efecto Romeo y Julieta, que representa el amor prohibido. Cuanto más difícil es, mejor. Cuantas más dificultades haya, más te aferras a él", indica Larrazabal, quien añade que se trata de motor muy básico del ser humano y que le ocurre a muchísima gente: "En general, a los seres humanos nos motivan los retos y la transgresión, nos generan deseo y ganas de conseguirlos. En una relación cuanto más privación me pongas más voy a querer luchar". En resumen: los amantes de Verona se tenían tantas ganas por lo imposible de la situación y, como ellos, el resto de seres humanos no podemos menos que excitarnos ante las relaciones prohibidas.

Rizando el rizo, la cosa puede complicarse todavía más si, en lugar de haber un rechazo, la otra persona muestra interés en algunas ocasiones y en otras pasa olímpicamente de ti. Es "el efecto máquina tragaperras", según explica la psicóloga. Todos tenemos en la cabeza la triste imagen de la típica persona enganchada a un viejo artilugio colocado en un rincón oscuro de un bar. Le vemos meter dinero sin parar y la máquina responde aspavientos: luces, ruidos y colores que dan un poco de esperanza cada vez que aprieta los botones, con cierta rabia porque no saca nada de nada. Hasta que, de pronto, después de una veintena de intentos, cae una moneda. Y vuelta a empezar.

"Funciona como un programa de refuerzo intermitente y esto engancha muchísimo a la gente", continúa la experta, quien añade que se trata de una forma dañina de relacionarse. "Estos comportamientos producen ideas obsesivas en la otra persona porque no logra entender por qué un día quiere y el otro no, o por qué a veces dice una cosa y otras, la contraria", explica la sexóloga del Instituto iberoamericano de Sexología y presidenta de la Federación Española de Sexología Francisca Molero. Por si te surge la duda, es muy probable que la otra persona se dé cuenta de lo que está haciendo. "Quizá no sea de una forma completamente consciente de las consecuencias, pero sabe que la estrategia funciona. Lo ha hecho más veces y le ha dado el resultado que quería, que es tener el control de la relación. Te tiene comiendo de la palma de su mano", continúa la psicóloga. Y cuando por fin consigues desengancharte, lo más probable es que desaparezca porque "lo que les llena es el patrón de comportamiento, no la relación", continúa Larrazabal.

El amor romántico es el malo de la película
Detrás de todos estos escenarios se esconde un concepto arraigado en nuestra sociedad, que ha sido transmitido por la cultura y las artes a través de una infinidad de historias: el del amor romántico, que "tendemos a considerar como el verdadero amor, el que está unido al sufrimiento, el dolor y el sacrificio", indica Molero. Y eso que, en realidad, debe ser totalmente lo opuesto: "No debe doler ni hacer sufrir". Cuando una relación genera este tipo de malestar se puede definir con el ya algo manido término de "tóxica". No hay excusa para dejarla atrás: nadie está a salvo de caer en ellas, pero todos somos capaces de salir. El tiempo que dure dependerá de cuánto tardemos en tomar conciencia del origen de la adicción.

Al rescate de nuestra mente (que no del corazón, que no tiene nada que ver con el amor) llegan, una vez más, las terapias cognitivo-conductuales, que harán las veces de adictos al amor anónimos. Este tipo de metodología trata la forma en la que interpretamos las situaciones que vivimos, cómo reaccionamos ante ellas y las emociones que nos generan. "No toca buscar el porqué, sino el para qué. Es decir, qué recompensa buscamos con ese enganche, qué nos proporciona o da esa relación", indica la psicóloga. Hay que levantar la alfombra de nuestra conducta y mirar lo que hay debajo. A veces logramos hacerlo de manera inconsciente y otras puede que necesitemos ayuda. Sea como sea, con el tiempo, cuando hayamos comprendido los motivos, lograremos desengancharnos y una buena mañana nos daremos cuenta de que llevamos mucho sin pensar en esa persona. Al fin, limpios.

https://elpais.com/elpais/2020/05/25/buenavida/1590384802_369780.html

sábado, 4 de abril de 2020

Por qué a veces debes dejar a una pareja que amas, y cómo se hace.

El amor no siempre puede con todo, y romper no es traumático por necesidad

JARA ATIENZA
16 MAR 2020 -

Tu relación va viento en popa, el amor es inagotable, te sientes invencible y la vida es maravillosa… hasta que una llamada de teléfono desata la tormenta. Te ofrecen una oferta de trabajo en el extranjero; "la oportunidad de mi vida", te dices, emocionado. Pero cuando compartes la buena nueva con tu pareja llega el primer golpe: su vida está aquí y no se plantea abandonar la ciudad. Tras el shock inicial comienza el segundo asalto, arbitrado por el desasosiego. ¿Qué va a pasar con mi relación? ¿Resistirá la distancia? ¿Será mejor dejarlo? Al final, son distintas versiones de un mismo planteamiento: ¿y si el amor no puede con todo?


A mature South Philippine dwarf kingfisher.Credit...Miguel David De Leon/Robert S. Kennedy Bird Conservancy

Resulta confuso, pero lo cierto es que hay situaciones que acaban provocando que dos personas rompan aunque se amen. Para Delfina Ramos, psicóloga y sexóloga del hospital HLA Mediterráneo, a veces la ruptura no solo es inevitable, sino que es necesaria: "Hay circunstancias que van desgastando la relación muy lentamente; cortar a tiempo, antes de que se vuelva dañina, puede ser la mejor manera de seguir manteniendo un vínculo con la otra persona, aunque sea de amistad". Y no hay que esperar a que lleguen las discusiones, basta con que exista un tira y afloja constante.

Si no se comparten expectativas, el camino se parte en dos
Ponía Antoine de Saint-Exúpery en boca de su principito que el amor no consiste en mirarse el uno al otro, sino en mirar los dos en la misma dirección. La afirmación tiene matices, pero "si las expectativas o los proyectos vitales en los que se encuentra cada uno son incompatibles, es frecuente que una relación aparentemente fructífera se acabe", afirma Neus Córdoba, psicóloga especialista en pareja y familia, y directora de la clínica Instituto Klein.

Uno de los proyectos que ponen de manifiesto más diferencias es el de pasar de ser una pareja a una familia de tres, una decisión en la que puede haber diferencias importantes. Un ejemplo de manual, sacado de la cultura televisiva de los noventa, es el de las parejas más prometedoras de la icónica serie Friends: Mónica y Richard. Salvaron una diferencia de edad de 20 años y el hecho de que él era amigo del padre de ella, pero cuando hablaron de tener hijos se abrió una brecha insuperable.

En cuanto a las expectativas, una de las más problemáticas está en la alcoba. "La conexión sexual es tan importante hoy en día que, si algo falla, es frecuente que una pareja que se quiere se plantee romper", explica Córdoba. "Ya no hablamos de incompatibilidad en la práctica, sino de diferencias de libido", matiza la experta, quien reconoce que es uno de los conflictos más frecuentes que se tratan en las consultas. Al inicio de una relación el deseo y la actividad sexual suelen ser mayores, y van disminuyendo con el tiempo. El problema viene cuando uno piensa que se van a mantener siempre igual intensos porque, cuando la pasión disminuye, aumentan las discrepancias.

Los cuatro pasos de la ruptura
No todo son proyectos o expectativas. Otro de los factores a tener en cuenta es que, al contrario de lo que se suele pensar, una relación no siempre es cosa de dos. Para Córdoba, la presión social influye tanto en una ruptura como las costumbres sexuales. "Cuando tus amigos o tu familia no aceptan a la otra persona, te ves obligado a elegir entre la relación y la red social, y muchas veces lo segundo se sitúa por encima del amor", cuenta. Sí, aquellos que te quieren a veces pueden estar saboteando tu relación.

Según el psicólogo Miguel Hierro, las diferencias socioeconómicas también acostumbran a ser un factor determinante. "Que uno tenga un estatus social más alto, venga de una familia con más recursos o de una fuerte tradición religiosa puede generar que el entorno condene la relación, y que uno de ellos acabe por ser más fiel a su grupo de origen o de amigos que a su amor", detalla.

¿Romper significa que ya no le quieres? Ni sí ni no. Lo que está claro para Hierro es que hay un choque de prioridades. Están los que ponen primero el amor y quienes colocan el trabajo, el dinero, el poder o la familia por encima. En todo caso, actuar bajo una motivación egoísta puede tener una justificación: "Si sientes que tu relación es perjudicial de alguna manera no tiene sentido que continúes con ella", recuerda el especialista. ¿Pero cómo dejar a la persona a la que quieres para que sea lo menos traumático posible para los dos? Y si tú eres la parte perjudicada, ¿cómo se supera una ruptura cuando el amor perdura?

Asegúrate de que es realmente lo que quieres
Los especialistas coinciden en que el primer paso es hacer algo de introspección. ¿Tengo motivos de peso? A veces, serenarse y buscar una perspectiva lo más objetiva posible ayuda a aclarar las ideas. Para Hierro, imaginarnos cómo sería nuestra vida sin la otra persona puede darnos algunas respuestas. Pero de nada sirve si bloqueamos las emociones o no somos honestos con nosotros mismos… y con el otro.

Dialogar siempre es lo primero
Hay que quemar cartuchos antes de romper. Discutir las posibles concesiones puede convertirse en el último chaleco salvavidas. Eso sí, el acuerdo puede no llegar. En esos casos, "lo mejor es tratar de romper sin resentimientos y decir: no hemos llegado a una solución común, pero el amor siempre ha estado ahí y con eso me quedo", aconseja Neus Córdoba.

Negociar los términos de la ruptura
Una vez tomada la decisión de que conviene poner punto final, llega quizá la parte más complicada: pactar los términos de la ruptura. Alcanzar un acuerdo no es sencillo y tampoco existe una receta mágica. Es más, los expertos difieren sobre si es recomendable dejarse de verse por un tiempo o seguir manteniendo el contacto: uno puede convertirse en un apoyo para esos momentos o desaparecer y dejar que la expareja pase su periodo de duelo. El problema viene cuando se da un duelo ambiguo, en el que hay una "ausencia presente". Este término se refiere, por ejemplo, a cuando tu pareja ya no está contigo pero te sigue llegando información (por ejemplo, a través de amigos comunes) que le hace seguir estando presente de alguna manera. En estos casos, tratar de cortar el vínculo en ambientes como las redes sociales, al menos al principio del duelo, suele dar mejor resultado que intentar ignorar la ausencia presente.

Aceptar el cambio
Sobre todo cuando todavía están los buenos sentimientos de por medio, es común afrontar la ruptura como un fracaso. Es un error. Para Córdoba, la mejor manera de superar esta situación consiste en "abandonar esa metáfora bélica y traumática asociada a las rupturas y ver la situación como un cambio en la vida". Delfina Ramos va un paso más allá: "Es bueno cerrar una relación reconociendo qué es lo que ha aportado el otro y pudiendo agradecérselo. De lo contrario, nos llenaríamos de una energía psíquica que no nos dejaría cerrar del todo la relación y, seguramente, tampoco empezar una nueva", señala.

https://elpais.com/elpais/2020/03/16/buenavida/1584340360_096221.html

viernes, 6 de marzo de 2020

Ay, los amigos.

De ser un servil halagador a lanzar la primera piedra hay tan solo un paso

Casi nunca le preguntan a la madre de un preso si cree o no en la inocencia de su hijo. De una manera sufrida asume los errores de ese ser al que tanto quiere, y entiende, con admirable inteligencia emocional, que no dejarle solo con su culpa es parte del proceso de reinserción. Hay siempre alguna disculpa, las malas compañías es la más habitual, pero mantener el cariño a pesar de los errores es el mayor soporte para quien ha tropezado. Lo que está ocurriendo con los hombres célebres investigados por acosar, abusar, violar o comportarse inapropiadamente con las mujeres (a veces también con varones) es digno de estudio sociológico. Cuando salieron a la luz los testimonios de mujeres que denunciaban públicamente el acoso sexual al que las había sometido Plácido Domingo, amigos del tenor, admiradores y algunas colegas de su gremio que decían conocerlo tanto como para poner la mano en el fuego por él o dejarse cortar un brazo, se creyeron en la obligación de salir en su defensa y lo hicieron de manera curiosa: el mero hecho de ser amigo lo convertía en inocente y a las denunciantes en embusteras. A esa tesis se apuntaron algunas de esas políticas que echan mano del vocabulario freudiano para definir como histéricas a las mujeres que osan denunciar a un gran hombre. El mero hecho de ser un reputado artista exime de culpa, porque ¿qué mujer en su sano juicio no va a querer meterse en la cama de una estrella?

Es muy posible que ahora comience una desbandada, que aquellos amigos, promotores de la alta cultura, o esas mujeres con las que al parecer siempre fue correctísimo, marquen una fría distancia. Así es como está evolucionando este asunto en Estados Unidos, de donde importamos tan discutibles y veleidosos comportamientos: de ser un servil halagador a lanzar la primera piedra hay tan solo un paso. Se trata de no quedarse atrás en el señalamiento público para que quede claro que uno está libre de pecado. Es una vieja manera de sacudirse una culpa que tiene algo de colectiva dado que forma parte de un sistema que protege al poderoso y silencia a la víctima.

Suele decirse, ya es un concepto manido, que hay que distinguir entre la persona y el artista. A mí me parecería más hondo, en casos como éste, que los que han sido defensores ciegos reflexionaran un poco sobre lo que significa la amistad. Los políticos nos han acostumbrado al odioso teatro de justificar las tropelías de los suyos para salvar el honor de un partido, que es como salvar su propio pellejo. La pertinaz corrupción española nos empuja a ese tipo de cínicas actitudes. Había, en el cierre de filas en torno a Domingo, una legitimación del abuso de poder y el habitual rechazo a todo lo que huela a causa feminista. La tolerancia con el jefazo que mete mano a las chicas está tan instalada como el culpabilizarlas a ellas por ponerse a tiro. Pero ¿y los amigos?, ¿y las colegas?, ¿es una prueba de lealtad con un amigo desacreditar a quien le denuncia?, ¿el apoyo emocional a un acusado al que admiras incluye la humillación de las ya humilladas?

Hay muchas actitudes que se aprenden de la gente humilde. Tan acostumbrados están esos familiares que visitan a sus presos a perder, porque nacen con casi todo perdido, que son capaces de entregar su amor sin necesidad de aprobar un mal comportamiento. El amigo que aísla a un acusado actúa, sobre todo, por miedo al contagio. Hay que ser valiente para admitir que hay ocasiones en que nuestros amigos o algún miembro de nuestra familia tienen una parte reprobable y oscura. Por eso nunca he acabado de entender, en otro orden de cosas, que la Casa Real actúe como si su particular oveja negra no existiera. Existe. Todos contamos con alguna en nuestro entorno. Y la compasión es compatible con admitir que alguien debe estar en la cárcel o ser reprendido públicamente. No hay cariño sin coraje.

https://elpais.com/elpais/2020/02/29/opinion/1582984882_924266.html
Artículo original de Elvira Lindo.
P.D.:
Qué buen artículo, y qué bien ha expuesto los argumentos, las emociones y dudas que tantas veces he sentido pero me han costado lo imposible verbalizar y argumentar.

Recuerdo que en un caso tan delicado o más que este, le preguntaba a una amiga por la razón de que hubiese firmado una carta a favor de la defensa de la persona que reunía casi todas las probabilidades de haber incurrido en una falta grave. Ella me contestó que la razón principal era que se lo habían pedido amigas. Y ella lo hacía por amistad. Le contesté que lo más importante en ese caso, en mi criterio, no era la amistad, sino la verdad. Y mi amiga volvió a insistir que la amistad estaba por delante de la posible verdad.

 Aquí se afirma, "se creyeron en la obligación de salir en su defensa y lo hicieron de manera curiosa: el mero hecho de ser amigo lo convertía en inocente y a las denunciantes en embusteras" y "la compasión es compatible con admitir que alguien debe ser reprendido" y en fin también es de destacar que es "una culpa que tiene algo de colectiva dado que forma parte de un sistema que protege al poderoso y silencia a la víctima"...

El proceso a seguir ya es conocido; investigar la verdad, hacer justicia y, dentro de lo posible, cumplir con la reparación, tan necesaria aunque en la mayoría de los casos se torne en realidad imposible.
En fin, lo dicho, un formidable artículo en mi opinión.

martes, 3 de septiembre de 2019

La literatura del deseo. La transformación de las relaciones humanas exige nuevas narrativas. El escritor Ian McEwan firma un ensayo sobre la expresión de la pasión a lo largo de la historia

IAN MCEWAN 10 AGO 2019 - 13:54 CEST

Los procesos lentos y ciegos de la evolución han descubierto mediante prueba y error que el mejor medio para empujar a los seres humanos y otros mamíferos a proporcionar cuidados parentales, comer, beber y procrear es ofrecerles un incentivo en forma de placer unido a cada actividad. Hay en ello una maravilla cotidiana que no apreciamos en lo que vale. Satisfacer el hambre comiendo no solo elimina una sensación desagradable. Lo que comemos está “exquisito”, “delicioso” o “sabroso”. Si tenemos mucha hambre, incluso una comida sencilla nos procura cierta satisfacción. Hace tiempo, la neurociencia localizó y describió el lugar desde el cual fluyen estos dones, así como su complejo funcionamiento, en la base del cerebro. La fuente de deleite se conoce como sistema de recompensa. Su función es motivar, y también gratificar. La motivación para tener relaciones sexuales se llama deseo. Cuando el deseo cumple su propósito en el sexo, esa sensación desbordante e indescriptible es nuestra recompensa.

Tras la invención de la agricultura, el aumento de tamaño de los asentamientos y la especialización, las sociedades humanas se volvieron más diversas y complejas, y de este eficaz mecanismo biológico se derivaron extraordinarios avances culturales. Qué vinos, qué salsas y cuántos miles de preparaciones a base de leche, cereales y carne animal; qué poesía amorosa, qué canciones, pinturas y música seductora no habrán concebido nuestras múltiples civilizaciones a fin de obtener, o proporcionar a otros, las recompensas de ese asombroso palacio del placer que tenemos en el cerebro. Y qué espléndida complejidad en la expresión.

En detrimento propio hemos descubierto por casualidad atajos que, estimulando los neurotransmisores adecuados del sistema, eluden cualquier actividad con sentido y nos ofrecen el puro placer de las recompensas no ganadas. Muchas personas han descubierto lo placenteras, adictivas y ruinosas que pueden ser la cocaína, la heroína y los opiáceos sintéticos.

Cubiertas las necesidades básicas de alimento y bebida, el sistema reserva sus recompensas más dulces e intensas, su vértigo extático, para el sexo y su momento de goce absoluto. El deseo sexual arde aún con más fuerza que nuestro apetito de comida o bebida, a no ser, por supuesto, que nos estemos muriendo de hambre o sed. A lo largo de los siglos, la literatura se ha esforzado por describir la sensación de la consumación sexual, fracasando la mayoría de las veces, y es que el orgasmo está a años luz de cualquier otra experiencia. El lenguaje cae de rodillas presa de la desesperación. A nadie convence leer términos como “explosión” o “erupción”. Tampoco los frecuentemente utilizados de “anulación” o “aniquilación” nos llevan lejos. La satisfacción sexual no se parece a ninguna otra experiencia de la vida diaria. Los símiles y las metáforas son inútiles. John Updike propuso que ese exquisito momento sensual era como entrar en un hiperespacio mental en el que todo sentido del tiempo, el espacio y la identidad personal se disuelven. Comparado con las horas que dedicamos a trabajar, viajar o dormir, ese momento mágico es lastimosamente breve, aún más para los hombres que para las mujeres. Si tuviésemos el don de hacerlo durar cuanto quisiésemos, si pudiésemos permanecer en esa cumbre del éxtasis días enteros, poco más haríamos. En ello reside la perdición del drogadicto, que sacrifica el alimento y la bebida, a sus hijos y toda su dignidad por la siguiente dosis.

El momento no solo es breve, sino que cuando el deseo se ha satisfecho, no tarda en volver, en una repetición sin fin como la noche y el día. O, justamente, como el hambre y la sed. Inmensos trechos de nuestra vida se organizan en torno al regreso, una y otra vez, a ese breve atisbo del paraíso terrenal. O bien tenemos que apartar los pensamientos tentadores y hacer todo lo posible por ignorarlos mientras nos entregamos a nuestros deberes y ambiciones. Así sucede sobre todo en el caso de los adultos jóvenes. Y ahora que hemos aprendido los trucos para separar el sexo de la procreación, toda nuestra cultura está pautada por esa reiteración constante.

Más allá del colosal negocio multimillonario de la pornografía, a lo largo de los siglos nuestros anhelos han engendrado algunos de los artefactos más hermosos de la imaginación. En el canto, la poesía, el teatro, la novela, el cine y la escultura, hemos explorado y rendido homenaje al vínculo emocional y sexual entre seres humanos, a ese intercambio infinitamente variado, esa disolución de la identidad que llamamos amor. Más aún, o tal vez debería decir menos: hemos dedicado algunas de nuestras efusiones más sublimes a la ausencia de amor o a su fracaso, a su falta de correspondencia y a su insatisfacción, y las más sentidas de todas, a su final. Casi todas las canciones tristes hablan del abandono por parte de la pareja. “Me desperté esta mañana y se había ido”. Qué misterio tan interesante que obtengamos placer de practicar en la imaginación todas las posibilidades trágicas del amor: los celos, el rechazo, la infidelidad, el anhelo sin esperanza, las intrigas, el mal de amores, los tristes y dulces remordimientos, la frustración y la ira.

En nuestro arte, en especial en nuestra literatura, el amor suele convertirse en el microcosmos, en el terreno de juego de todos nuestros problemas y defectos. En una sola relación entre dos personas, los novelistas pueden encontrar todo un universo en el que es posible explorar la condición humana. En el amor están el cielo y el infierno enteros. “Cada rosa”, escribió el poeta Craig Raine, “crece en un tallo infestado de tiburones”. En su hipnótico canto fúnebre, Joy Division entonaba “el amor volverá a destrozarnos”.

Pero la tradición festiva también es rica. En los anales de la literatura inglesa existe una composición fácil de memorizar:

¿Qué requiere de la mujer el hombre?

Las formas del deseo satisfecho.

¿Qué requiere del hombre la mujer?

Las formas del deseo satisfecho.

Los versos de William Blake han sido elogiados por su sencillez, así como por su espíritu igualitario al atribuir la misma importancia al deseo de la mujer que al del hombre, algo no tan habitual en un escritor de finales del siglo XVIII. Y con qué naturalidad asevera su autor que la gratificación personal es lo opuesto a la gratificación mutua.

En el contexto del sexo, ¿es el deseo un placer en sí mismo? No exactamente. Se parece más bien a una llave a la espera de que la hagan girar, o a un picor que espera que lo rasquen. El deseo solo es verdaderamente placentero cuando su satisfacción está al alcance de la mano. De lo contrario, es placer atrapado en la esperanza, una forma de agitado cautiverio mental, un afanarse en pos de aquello que aún no existe, o que nunca podrá existir. Y sin embargo, sin embargo… Pregunte al hombre o a la mujer víctima del mal de amores si, antes que sufrir las punzadas del amor no correspondido, preferiría un narcótico que borrase el recuerdo del amado. La mayoría respondería categóricamente que no. De ahí la muy citada reflexión de Tennyson según la cual “… es mejor haber amado y perdido que jamás haber amado”. El deseo posee algo de la naturaleza de la adicción.

Este enigma tiene profundas consecuencias para la literatura del amor. Cuando, en diversas culturas, un hombre y una mujer son separados a la fuerza por las convenciones sociales o religiosas, y solamente el matrimonio les permite estar juntos a solas, o cuando el amor de un hombre por un hombre o de una mujer por una mujer se prohíbe bajo pena de castigo; en otras palabras, cuando lo único posible es el amor a distancia y el sexo no se hace realidad fuera de la imaginación, el amado es idealizado, y la literatura del deseo aparece para alcanzar una cumbre de expresión atormentada y espléndida.

Recordemos el ejemplo de Dante, que como nos cuenta la tradición y es de todos conocido, se fijó en Beatrice Portinari por la calle cuando ella tenía nueve años, y se enamoró sin haberle hablado. Durante el resto de su vida, nunca llegó a conocerla bien, aunque a veces la saludaba por la calle, pero el amor que sentía por la joven fue la fuerza que animó su genio para la poesía y el dolce stil novo, y, de hecho, para la vida misma.

Otro ejemplo famoso es el efecto que Laura causó en Petrarca. El poeta la vio en una iglesia en 1327, y ella siguió siendo, hasta su muerte en 1348, el amor inalcanzable al que dedicó 365 poemas. Al igual que Dante, Petrarca tuvo poco o tal vez ningún contacto con el objeto de su amor. El lector actual puede apreciar la grandeza de la poesía amorosa que ambos produjeron. Poco importa el hecho de que el amor no tuviera una base biográfica. Es literatura y la imaginación lo es todo, a pesar de los años de infructuosos anhelos. Nosotros, como lectores, somos los únicos beneficiarios.

Existe otra tradición más vitalista, derivada del carpe diem —aprovecha el momento— de Horacio, una forma de persuasión poética que por la pura exuberancia comunica la promesa de un final feliz. No vamos a vivir siempre, así que hagamos el amor ahora. He aquí uno de los poemas más célebres de la tradición inglesa. En A su esquiva amada, Andrew Marvell dice:

Por eso, ahora que el tinte juvenil

vive en tu piel cual matinal rocío,

y tu alma dispuesta transpira

por cada poro fuegos instantáneos,

gocemos mientras podamos…

Estos diestros tetrámetros evocan con su urgencia rítmica la palpitante insistencia del deseo sexual. En el poema, el anhelo y su satisfacción yacen uno junto al otro, precisamente igual que los amantes.

En muchas novelas de los siglos XVIII y XIX, y en la ficción romántica barata del XX, la conclusión satisfactoria del deseo y el amor no se alcanza en la cama, ya que ello se consideraría una infracción excesivamente grosera del gusto y las normas sociales. El final como Dios manda es la fusión de los destinos más que de los cuerpos. El clímax llega con el sonido de las campanas de la iglesia. El deseo encuentra su resolución respetable en la cohesión social y el matrimonio. Este relato tiene su expresión cabal en las novelas de Jane Austen.

Pero después de los grandes maestros de la ficción del siglo XIX, en particular Flaubert, George Eliot y Tolstói, esta narrativa ha gozado de escaso crédito en la literatura seria. La dura lección de la realidad mostraba que las campanas de boda no eran más que el comienzo de la historia. El adulterio era un villano irresistible. El aburrimiento era otro. Y lo mismo pasaba con las restricciones a la libertad de las mujeres y el peso amargo de la dominación masculina, cuya expresión máxima es la violación, tema central de Clarissa, la obra maestra de Samuel Richardson, escrita en el siglo XVIII. Durante 300 años, uno de los proyectos de la novela literaria fue investigar e, implícitamente, reconsiderar cómo podía ser una relación amorosa.

Hoy en día nos encontramos en un nuevo y disputado territorio en lo que a relaciones, preferencias e identidad sexuales se refiere. Toda clase de subgrupos de diferencias minuciosamente clasificadas reivindican enérgicamente sus derechos. Puede que a una generación mayor esto le parezca amenazador o absurdo, pero en las costumbres sexuales estas luchas y redefiniciones forman parte de una larga tradición de cuestionamiento de las ortodoxias predominantes. La historia de la novela así lo dice. Las formas convencionales de las expresiones literarias del deseo, especialmente del masculino, adquieren un nuevo aspecto. ¿Quién puede poner objeciones cuando se retira a los hombres de riqueza, fama o prestigio la licencia sexual que les había sido otorgada? Las órdenes de detención no están de moda, pero es posible que los poetas y otros espectadores sean arrestados en medio de la confusión general. En el nuevo orden, Andrew Marvell podría ser acusado de acosar a una joven virgen. Sentía una necesidad sexual apremiante, y su apelación a los estragos del tiempo no era sino un alegato falaz. Donde antes un poeta habría rendido homenaje con normalidad a la belleza de determinada mujer, en nuestros días parece burdamente facultado. Sus palabras, que en otro tiempo sonaron dulces, hoy se consideran expresión de una tendencia insana a la cosificación o a la hostilidad irreflexiva. Esas mismas dulces palabras se leen bajo una nueva luz, como los estertores de un orden moribundo.

En literatura, un canon o una tradición son, en esencia, una polémica literaria y, como tal, exigen compromiso. En los últimos tiempos, la polémica ha llegado al punto de ebullición. Las antes comúnmente consideradas obras maestras corren el peligro de la degradación. Algunas son eliminadas de las listas de lecturas de las universidades. Pero si nos deshacemos de un tesoro por exceso de celo, otros lectores estarán esperando para recogerlo y apreciarlo. Las formas del deseo humano antes prohibidas, ridiculizadas o perseguidas, y hoy justamente aceptadas, pueden dar pie a nuevos modos de etiqueta literaria que demanden de la poesía amorosa no solo expresiones de admiración y respeto, sino también de intenciones puras y del ofrecimiento sentido de una desvinculación tranquila. Tal cosa requerirá grandes dosis de talento para no resultar insulsa. Quizá lo próximo sea la negación de uno mismo. A lo mejor mientras yo hablo está naciendo el poeta que algún día forjará una nueva estética del deseo insatisfecho que rivalice con los castos regímenes de Dante y Petrarca.

Yo no puedo hablar verdaderamente en nombre de los poetas, pero, en lo que respecta a los novelistas, creo que sea cual sea la narrativa que nuestra historia social despliegue en el futuro, conservará, en especial dentro de estas texturas sociales más densas, las mismas oportunidades de observar y luego escribir las comedias y las tragedias de las costumbres y el amor. Así seguirá siendo. En el concurrido foro del amor, el anhelo y la literatura en el que se encuentran lectores y escritores, puede parecer que todo está a punto de cambiar, pero en el corazón de las cosas, en su núcleo oculto, todo seguirá igual. No podemos existir —o persistir como especie— sin el deseo, y no dejaremos de cantarle.

© Ian McEwan, 2019 / Rogers, Coleridge & White Ltd. Este ensayo fue leído por el autor el pasado 22 de junio en Taormina con ocasión de la recepción del Premio Taobuk. Traducción de Paloma Cebrián / News Clips.

https://elpais.com/cultura/2019/08/08/babelia/1565281328_525926.html?rel=lom

martes, 28 de mayo de 2019

Otra mujer en la vida de Cervantes. José Cabello, el archivero de La Puebla de Cazalla descubre pistas fundamentales para la biografía del autor del Quijote en Andalucía.

En ese interminable juego de despistes y espejismos que es la vida de Miguel de Cervantes, Andalucía queda como un pozo en el que hurgar. Fue en la cárcel de Sevilla donde acabó unos meses por un exceso de confianza en un usurero y allí comenzó a imaginar el Quijote. Por el sur paró cuando decidió dejar a su familia en Esquivias (Toledo) para buscarse la vida en una metrópoli más excitante que aquel pueblo manchego, adonde llegó en busca de mejor fortuna y más animación.

Fue un mago de las letras, pero también de los números. Lo apunta Jordi Gracia en la más sólida biografía aparecida entre las nuevas. Ambas aptitudes configuraban su placer, su realización y su supervivencia. Cobró como comisario y recaudador real por el campo. Y de lo que se iba topando en las diferentes rutas a lo largo de toda Andalucía salía la inspiración de sus distintos libros. Pero, sobre todo, de ese manual de viajes y bestiario, aparte de novela total que es el Quijote. Entre sus paradas se encuentra La Puebla de Cazalla, a unos 70 kilómetros de Sevilla.

Por allí pasó y desde hace años le sigue la pista José Cabello (La Puebla de Cazalla, 1962), el archivero del pueblo. Gracias a eso ha aportado las últimas novedades biográficas más significativas sobre el autor. En su sencillo y oscuro despacho de la biblioteca municipal, Cabello trata de desentrañar pistas. Lo hace pegado al archivo, donde guarda documentos carcomidos y difusos en los que queda constancia del paso de Cervantes por la zona. “Por aquí anduvo entre el 21 de febrero y el 28 de abril de 1593. Su obligación era recaudar trigo para hacer bizcochos”. No en el sentido actual y esponjoso. Más bien mazacotes de harina que se conservaran en largas travesías con que alimentar a la armada invencible.

Los paisanos de Cabello se portaron. “Recogió aquí y por los alrededores 998 fanegas y pagó al contado 19.500 maravedíes”. No hubo altercados reseñables, como en otras localidades donde hasta mandó apresar en rebeldía hasta sacristanes. O lo que le ocurrió en Castro del Río, donde le quisieron denunciar a él por venta ilegal de trigo. Tampoco tuvo que hacer frente a motines y revueltas. Tan sólo fue fatigándose por sus idas y venidas a lomos de una mula recaudando a mayor gloria del imperio su majestad y miseria de los paisanos.

Su cometido resultaba de lo más ingrato, como cuenta Andrés Trapiello en Las vidas de Miguel de Cervantes: podía ordenar prisiones y embargos, secuestros de bienes, aprehensión de bagajes, carros y carretas, multar corregidores, pagar arrieros, carreteros, correos, escribanos. Pero lo peor era que –pese a ser decente lo que percibía- no se le adelantaba un céntimo de su salario.

Una de las mejores maneras de desentrañar esos pozos negros de su biografía consiste en cercar a quienes lo rodeaban. Cabello, además del rastro de Cervantes, ha seguido el de su círculo más próximo en Andalucía. Y así es como ha llegado a una pista interesante. Si no cobraba por adelantado, a la hora de hacerlo debía mostrar confianza ciega en alguien que lo hiciera por él. Así es como se encontró con lo siguiente: “¿Qué hacía una mujer, de nombre Magdalena Enríquez, yendo a por los 19.200 maravedíes que le correspondían en su nombre y con un poder notarial?”.

De esta manera aparece una persona clave y desconocida hasta la fecha en la vida de Cervantes. Así lo develan los documentos de Cabello ha hallado en el Archivo de Indias de Sevilla y a los que Jean Canavaggio, citándolo, alude en la revisión que hace de su biografía canónica reimpresa en 2015. Pero el investigador sevillano ha indagado más desde entonces: “Era una mujer fascinante. ¿Por qué aparece como una gota de agua en el océano que es su vida? Confianza entre ambos existía. Mucha”. Vivía en la calle Bayona, que comunicaba con las gradas de la mancebía. Era bizcochera. Fabricaba grandes cantidades para la armada”.

Controlaba o al menos tenía acceso a los números de Cervantes. Pero hay algo que también la conecta con las letras e induce a pensar aún más en una íntima proximidad: “En 1592 su firma indica que era prácticamente analfabeta”. Un año después estampa documentos con una caligrafía cristalina. “¿Quién fue su maestro?”, se pregunta Cabello.

Más datos de su biografía. Controlaba el gremio bizcochero, muy en alza por las provisiones a la armada. Era de confianza de algunos influyentes en el área como Cristóbal Bermúdez, que le da poderes para hacer negocios. Era una experta en cobros. Viva, perspicaz, eficiente. “Se casó a los 11 años con un hombre junto al que tuvo siete hijos y al que años después describió como viejo y pequeño. Contrajo segundas nupcias con otro, Francisco Montesdeoca, también hábil para hacer dinero. Pero en ámbitos dispares. Además del pan, tenía navíos, boticas y un prostíbulo”, asegura el investigador.

Y así es como Magdalena Enríquez irrumpe en una de las biografías más enigmáticas y fascinantes de la Historia de la Literatura Universal… Otra mujer que añadir a la lista de un hombre que se encontraba más cómodo entre ellas que con los de su mismo sexo.

CULO DE MAL ASIENTO

Las provincias de Granada, Jaén, Córdoba, Cádiz, Sevilla… Por Écija recaudó trigo y aceite, pasó por Marchena, Morón de la Frontera, Arahal, Villa Martín, Úbeda, Baeza… Sufrió agravios, malentendidos y persecuciones. El oficio de recaudador levantaba muchos odios y resquemores. Cualquiera te la podía jugar a la vuelta de la esquina. Gracias a José Cabello queda certificado su paso por La Puebla de Cazalla, donde ha conseguido que entre en el circuito de la ruta cervantina y se le ha levantado una estatua. Otra de las sorpresas era Osuna. Y como si de una corriente pegadiza se tratara a la hora de hurgar en archivos, algunos investigadores han descubierto recientemente que también anduvo por ahí. Andalucía, frontera de la Mancha, se agranda en los últimos años como un puzle cervantino fundamental. Sevilla fue ciudad de referencia en su vida, tanto como Alcalá de Henares, Madrid, Valladolid, sus felices años en Roma y Nápoles o sus tormentos en Argel. Culo de mal asiento. Escritor de bagajes y experiencias. Si no hablamos de un auténtico Ulises en la frontera entre el Renacimiento y el Barroco, ¿qué es Cervantes?"

sábado, 13 de abril de 2019

El sexo de los ángeles [Minicuento - Texto completo.]

Mario Benedetti
Una de las más lamentables carencias de información que han padecido los hombres y mujeres de todas las épocas, se relaciona con el sexo de los ángeles. El dato, nunca confirmado, de que los ángeles no hacen el amor, quizá signifique que no lo hacen de la misma manera que los mortales.

Otra versión, tampoco confirmada pero más verosímil, sugiere que si bien los ángeles no hacen el amor con sus cuerpos (por la mera razón de que carecen de los mismos) lo celebran en cambio con palabras, vale decir con las adecuadas.

Así, cada vez que Ángel y Ángela se encuentran en el cruce de dos transparencias, empiezan por mirarse, seducirse y tentarse mediante el intercambio de miradas que, por supuesto, son angelicales.

Y si Ángel, para abrir el fuego, dice: “Semilla”, Ángela, para atizarlo, responde: “Surco”. El dice: “Alud” y ella, tiernamente: “Abismo”.

Las palabras se cruzan, vertiginosas como meteoritos o acariciantes como copos.

Ángel dice: “Madero”. Y Ángela: “Caverna”.

Aletean por ahí un Ángel de la Guarda, misógino y silente, y un Ángel de la Muerte, viudo y tenebroso. Pero el par amatorio no se interrumpe, sigue silabeando su amor.

Él dice: “Manantial”. Y ella: “Cuenca”.

Las sílabas se impregnan de rocío y, aquí y allá, entre cristales de nieve, circulan el aire y su expectativa.

Ángel dice: “Estoque”, y Ángela, radiante: “Herida”. El dice: “Tañido”, y ella: “Rebato”.

Y en el preciso instante del orgasmo ultraterreno, los cirros y los cúmulos, los estratos y nimbos, se estremecen, tremolan, estallan, y el amor de los ángeles llueve copiosamente sobre el mundo.

FIN

" Elvira Sastre: "El olvido de un amor no tiene tiempo"

miércoles, 21 de noviembre de 2018

El lenguaje del amor

Martínez le da a sus clientes que están a punto de casarse una lista con los cinco lenguajes del amor:

1. La afirmación,

2. El tiempo de calidad,

3. Recibir regalos,

4. Los actos de servicio y

5. El contacto físico.

Les pide que marquen sus lenguajes primarios y secundarios y también que digan cuáles creen que son los de su pareja para después discutirlos.
Eisenberg dijo que una pareja necesita resolver cómo nutrir la relación de una manera específica a ellos.

jueves, 8 de noviembre de 2018

'The Times' se pregunta por qué los españoles vivimos tanto, si bebemos y fumamos: "Más sexo y tapas", dice.

España será el país con más esperanza del mundo en 2040, según un estudio de la Universidad de Washington. Algo estamos haciendo bien

En España vivimos potencialmente más años que en Reino Unido. Es un hecho refrendado por diversos estudios; el último, del Instituto para la Métrica y Evaluación de la Salud de la Universidad de Washington (EE UU), lo conocíamos hace unas semanas tras su publicación en The Lancet y auguraba que el nuestro sería el país más longevo del mundo en 2040, con una esperanza de vida de 85,8 años, frente a los 83,3 años que proyectaba para los británicos, quienes ocuparían el puesto 23 de las 195 naciones analizadas.

Para los británicos, los protagonistas imbatibles del turismo de sol y playa -y sangría y fiesta- en España, este ranking puede resultar difícil de entender. "¿Por que viven tanto los españoles, si fuman y beben?", se preguntaba en un reciente artículo el diario The Times. Sí, bebemos. Pero según los datos de la OCDE estamos haciendo los deberes y de los 17,5 litros puros de alcohol per cápita que se consumían en nuestro país en 1980, hemos bajado a los 9,8 en 2010 y a los 8,6 en 2016. La misma estádistica muestra que en Reino Unido, el consumo por persona mayor de 15 años pasó de 10,8 litros en 1980 a 10,6 en 2010, con un pico de aumento muy importante en 2002, cuando casi llegaron a los 12 litros; un consumo que han logrado reducir a 9,5 litros en 2016.

Y sí, fumamos. Y más del doble que ellos: mientras aquí quemamos 1.533,5 gramos de tabaco por persona, según los últimos datos de la misma organización, en Reino Unido se inhalan 643,9 gramos per cápita. Entonces, ¿qué es lo que hacemos bien? Aparte de comer paella -y, sobre todo, verduras, legumbres y pescado- el análisis de The Times da algunas claves no solo para ellos, sino para nosotros, que algo podemos celebrar.

Estos son los hábitos de los españoles que, según dicen, "todos deberían adoptar".

1. El paseo. El diario británico remarca que tenemos una palabra para ello (¿se te habría ocurrido pensar que ellos no?). Vamos menos al gimnasio, pero una cosa sí hacemos el 76% de nosotros: pasear al menos cuatro días por semana durante 10 minutos o más, según los datos del Eurobarómetro de 2014, y el 37% caminamos hasta el trabajo o vamos en bicicleta.

2. Dieta mediterránea. Alarga la vida y protege de los efectos de la contaminación. Si hay algo que no debemos dejar de hacer los españoles es comer pescado, frutas y verduras frescas, nueces, legumbres, aceite de oliva... Y, según The Times, vino tinto. Aunque, como ya advertimos en BuenaVida, solo hay un grupo de población que puede beneficiarse de una copa de tinto al día. Según explica en el diario británico Helen Bond, portavoz de la British Dietetic Association, nuetsro consumo de carne roja y sal "es relativamente alto", pero solo el 20% de los españoles, "compra productos ultraprocesados, según un estudio llevado a cabo en Brasil", mientras las familias británicas son las que más alimentos de este tipo consumen en Europa.

3. La siesta. Hace años que redujimos el tiempo destinado a la comida y a la consabida siesta (según un estudio de Simple Logica, que se menciona en el artículo de The Times, solo el 18% de los españoles sigue practicándola), pero quizá deberíamos replantearnos volver a los 26 minutos de ojos cerrados en el sofá que recomienda la Sociedad Española de Médicos de Atención Primaria (Semergen): mejoran la memoria, el estado de ánimo y la salud cardiovascular, pero solo si se hace de forma regular y sin pasarse de tiempo.

4. Horario laboral más largo, pero con más descansos. En España trabajamos de media 1.687 horas al año, 331 más que en Alemania, 173 más que en Francia, 117 más que en Suiza, pero solo seis más que en Reino Unido. Sin embargo, mientras allí la jornada acaba a las seis de la tarde, aquí muchos la prolongamos hasta las ocho. Es algo que nos criticamos a menudo, ocupa largas discusiones de café (el que nos tomamos en el descanso de la mañana), y queremos cambiar desde hace décadas. Pero no todos están de acuerdo. Dice The Times: "Algunos españoles consideran que una jornada más larga, pero más relajada, es mejor para la salud". En realidad, un café en la oficina aumenta la productividad de los trabajadores, como han demostrado los suecos con su fika, quienes por cierto, trabajan 78 horas menos que nosotros al año.

5. Hacemos más (y mejor) el amor. Llegar más tarde a casa no nos impide tener más relaciones. Los hombres españoles se sitúan como los mejores amantes, según un estudio de onePoll.com con 15.000 mujeres de todo el mundo. Y las mujeres españolas practican sexo, dice el artículo mencionando un estudio de la farmacéutica Gedeon Richter, una media de 2,1 veces por semana, frente a las 1,7 de las británicas. Empezamos más tarde (a los 19 años, mientras allí se arrancan a los 18), pero luego lo incorporamos a nuestra rutina con más asiduidad. Como hemos contado en Buenavida, el sexo reduce el riesgo de accidentes cerebro-vasculares y diabetes tipo 2, y dejar de practicarlo puede tener estos efectos en nuestro cuerpo.

6. Usamos más palabras felices. Un estudio publicado en la National Academy of Sciences por el profesor Peter Dodds, de la Universidad de Vermont, analizaba 100.000 palabras de las 10 lenguas más habladas del mundo y concluyó, que aunque todas tienen un sesgo positivo en su uso -se emplean más palabras como "amor" o "risa" que otras negativas como "triste" o "llanto"-, el español es el idioma más alegre y el que utiliza más vocablos que levantan el ánimo. Aunque el estudio no diferencia entre el español que se habla en España del que se usa en otros países.

7. Tapas por la noche. Sabemos que tenemos a la comunidad internacional despistada con los conceptos tapa, ración y pincho, y que muchas veces no termina de quedar claro que tapear puede llegar a componerse de más alcohol que comida (aunque también de más paseos). Y aunque el diario británico asume que tras un almuerzo más copioso que el suyo, nuestra cena es a base de tapas ("pequeños platos de comida"), nosotros sabemos que esto no siempre es así, pero que una cosa sí es cierta: nuestro refranero nos advierte de que "de grandes cenas están las sepulturas llenas". Reducir la ingesta de calorías en general nos ayuda a vivir más, y si se distribuyen adecuadamente los hidratos, las proteínas y las grasas el beneficio puede ser aún mayor.

https://elpais.com/elpais/2018/11/02/buenavida/1541151962_969962.html

martes, 16 de octubre de 2018

Los tres ingredientes de la receta del amor

Intimidad, pasión y compromiso son los tres elementos que componen el amor de pareja. De su combinación surgen diferentes tipos de relación. Será más sólida la que contenga los tres y menos la que se base en uno

"EL AMOR es un intenso anhelo (deseo y necesidad) de unión con el otro”.
Así comienza el curso Anatomía del Amor, que cada año imparte la Facultad de Psicología de la Universidad Autónoma de Madrid. “El amor, y no el sexo como se cree, es el auténtico mecanismo de supervivencia de la especie: las crías morirían sin el cuidado conjunto del padre y la madre durante sus primeros años de vida”. Eso explica Manuel de Juan Espinosa, el catedrático de Psicología que dirige el curso, para afirmar que ese sublime sentimiento es la fuerza más potente que mueve el mundo.

El argumento de Espinosa no dista del que, con más cinismo quizá, sostenía en su Metafísica del amor ­sexual el filósofo Schopenhauer cuando dio un giro biologicista a la filosofía al afirmar que el amor no era más que una coartada del sexo para perpetuar la especie. Dos siglos después de aquel escándalo, los científicos ya no cuestionan la teoría psicobiológica del amor, que se desarrolla en tres fases equivalentes al ciclo reproductivo:

— El deseo: La atracción sexual, la libido. Es lo que hace que elijamos a una pareja y no a otra en función de parámetros meramente físicos, relacionados con preferencias genéticas y criterios reproductivos.

— La pasión amorosa: Es el momento de la unión física de la pareja, cuando la relación se consuma y se mantiene. Su fundamento biológico es la procreación.

— El apego: Es el sentimiento profundo hacia el compañero a largo plazo, que responde a la necesidad de crianza, sin el cual la supervivencia de las crías estaría en riesgo.

Que la estructura del amor esté asociada a su origen reproductivo no obsta para que se repita de la misma manera entre personas de cualquier edad, sea fértil o no; se da igualmente con independencia de la voluntad de procrear y de la opción sexual de ambos miembros de la pareja.

El amor puede comenzar en cualquiera de esas fases. Cada una está gobernada por redes cerebrales diferentes, con químicas distintas que generan comportamientos variados (conductas, esperanzas, sueños…), pero todos con un mismo fin: la consumación sexual imprescindible para la supervivencia de la especie.

Los tres ingredientes de la receta del amor
En paralelo a esta clasificación de las fases basada en criterios biológicos, la mayoría de los estudios actuales sobre la psicología de este sentimiento se basan en la teoría triangular del amor, elaborada por el psicólogo Robert Sternberg. Según este profesor de la Universidad de Yale, el amor de pareja se compone de tres elementos:

— La intimidad, que comprende los sentimientos de conexión, vínculo afectivo y, especialmente, la autorrevelación, que en psicología significa revelar al otro aspectos íntimos de uno mismo.

— La pasión, que supone el deseo intenso de unión sexual o romántica con el otro.

— El compromiso, que supone la decisión de amar a otra persona y la promesa de mantener vivo ese sentimiento.

De la combinación de estos tres pilares surgen diferentes tipos de amor. Será más sólido el que contenga los tres y menos los amores basados en uno. El encaprichamiento sería el más básico y frágil, eso que llamamos “amor a primera vista”, que surge de la pasión sin intimidad ni compromiso. En el “amor romántico” existe una unión sentimental y pasional, pero carece de compromiso: es el típico amor de verano.

La relación ideal es el amor consumado, el único que contiene los tres elementos.
Es la relación perseguida por todos, pero la más difícil de conseguir y, sobre todo, de mantener en el tiempo: es casi imposible si no hay un compromiso de los miembros de la pareja para mantener los tres engranajes bien engrasados. Conservar la admiración mutua, manifestar el afecto con frecuencia, preservar el respeto, cuidar la propia imagen, mantener espacios propios, cultivar afinidades y aceptar al otro como es son algunas de las claves para que la relación amorosa sea satisfactoria y duradera.

La pasión amorosa de la primera teoría es el tiempo fisiológico que corresponde al amor romántico de la segunda: es el momento tórrido de la relación, cuando la sexualidad está más presente. Es eso que llaman enamoramiento. Este estado es transitorio: según los expertos, dura aproximadamente un año. Para Freud, si se prolongara durante muchos años, se trataría de un amor patológico.

El psicólogo especialista en relaciones amorosas Walter Riso asegura que “el enamoramiento parece rayar en la patología y, en ocasiones, no es otra cosa que una obsesión exacerbada”. En su libro Guía práctica para superar la dependencia emocional: 13 pasos para amar con independencia y libertad (Phrònesis) numera las actitudes más frecuentes en el enamoramiento:

-Idealización del otro. 
-Exclusividad (solo te apetece sexualmente tu pareja). 
-Apego (pensar que nada tiene sentido sin el otro). 
-Ilusión de permanencia (creer que ese amor es único). 
-Pensamientos obsesivos (la mente estará al servicio de la otra persona). 
-Sentido de fusión (sensación de ser almas gemelas). 
-Riesgos irracionales (la conducta se hace compulsiva).

Esta locura, provocada por una tormenta hormonal que se retroalimenta, sería preocupante si no fuera un estado transitorio. En un año como máximo acabará. Con suerte, y con una dosis equilibrada de intimidad, compromiso y pasión, se transformará en el perseguido amor consumado.

https://elpais.com/elpais/2018/10/08/eps/1539005783_857877.html

https://youtu.be/bFgwNUP9Yos

jueves, 26 de julio de 2018

Las 12 cosas más efectivas para superar una ruptura, según la ciencia. Una separación puede producir angustia, depresión, sentimiento de culpa y pérdida de autoestima.

1. Estar enamorado es descubrir lo bella que es la vida",
cantaba el inefable y siempre sabio Raphael. De ahí que, cuando una relación se acaba —los matrimonios duran 16,3 años de media, según el INE—, el batacazo psicológico sea morrocutudo. No solo se trunca una relación, sino la vida como la habíamos imaginado. Un estudio de la psicóloga Galena Rhoades, de la Universidad de Denver (EE UU), relacionó la disolución de una pareja con un aumento de la angustia y una disminución en la satisfacción vital.

Los hombres y las mujeres que son rechazados, en comparación con los que rechazan, experimentan más depresión, pérdida de autoestima y pensamientos cuidadosos y reiterados sobre un mismo tema, según otro estudio de la Universidad de Texas en Austin (EE UU). Además, tras una ruptura, el cerebro de las mujeres cambia, incrementando su actividad en zonas relacionadas con la tristeza, según el profesor Arif Najib, de la Universidad de Tubingen (Alemania). Y, por si fuera poco, puede llegar a afectar al sistema inmune, como halló Janice K. Kiecolt-Glaser, de la Universidad de Ohio (EE UU). Por suerte, la ciencia ha encontrado algunos métodos para pasar mejor el trago.

2. Llore, desahóguese 
"Al experimentar esos sentimientos disminuirán con el tiempo y se acelerará el proceso de duelo. Las etapas de duelo con frecuencia incluyen: conmoción/negación, negociación, enojo, depresión y, finalmente, aceptación", indica un documento de la Universidad McGill (Canadá) que recoge 20 estrategias para sobrevivir a una ruptura.

"Es lo primero que hay que hacer: llorar, soltar toda la pena y la rabia. Aunque la gente de nuestro entorno nos diga que lo olvidemos; todo lo contrario: lloro, porque me apetece llorar. Hay que autorizarse a estar mal y llorar", sentencia Esteban Cañamares, miembro del Colegio de Psicólogos de Madrid. "Si cerramos el grifo de la pena lo único que vamos a conseguir es que en vez de durar equis dure tres equis. Llorano vamos a acortar el duelo.

3. Concéntrese en las cosas malas de su ex ¿Se dejaba siempre la tapa del váter levantada? ¿Nunca ponía la lavadora? ¿Era una seta? No deje de pensarlo y se sentirá mejor. Es la conclusión de un estudio publicado en 2018 en Journal of Experimental Psychology: pidieron a los participantes —todos recién salidos de una relación— que, antes de ver una foto de su ex, se concentraran en tres tipos de pensamientos: en los defectos de la otra persona; en aceptar lo ocurrido; y en cosas que a ellos mismos les resultaban gratificantes (su comida favorita, por ejemplo). Aquellos que evocaron los aspectos negatitos tenían una respuesta emocional menor.

4. No intente quedar bien con la otra persona
Cuando dos amantes cortan, ambos lo pasan mal, aunque "la persona que toma la decisión ha tenido un tiempo para reflexionar y asimilar antes de anunciarla, de modo que el sentimiento de culpa y pérdida es más claro en la persona que no decide", dice Trinidad Bernal, doctora en Psicología y experta en mediación de la Fundación ATYME.

A veces, con la mejor intención, quien ha puesto punto final intenta minimizar el daño en el otro ofreciéndole su amistad o proponiendo el clásico "aquí estoy para lo que necesites". Los expertos lo desaconsejan. "Lo único que consigue es crear en el otro un sentimiento de esperanza y lo fastidia indica Bernal.

5. Escriba un diario
Poner por escrito las sensaciones y vivencias posteriores a una ruptura puede ser adecuado para afrontarla, ya que de ese modo se acentúa el procesamiento cognitivo de una forma sencilla, asegura el psicólogo estadounidense James W. Pennebaker en su ensayo Opening up: The healing power of expressing emotions.

Quienes escriben sobre los aspectos positivos de la ruptura experimentan emociones más positivas con respecto a la misma, según el profesor Gary W. Lewandowski, de la Universidad de Monmouth (EE UU). Entre esas emociones figuran comodidad, confianza, empoderamiento, energía, felicidad, optimismo, alivio, satisfacción, agradecimiento y sabiduría. En esa misma línea, un estudio publicado en Procedia-Social and Behavioral Sciences sostiene que "la expresión emocional escrita reduce los síntomas depresivos".

6. Salga de fiesta con sus amigos
Puede tener efectos balsámicos, siempre que nos lo pida el cuerpo. "Lo de obligarnos a salir, eso nunca. Sin forzarlo. Puede que no nos lo pasemos bien y cuando realmente nos apetezca prefiramos no salir", advierte Cañamares. Un estudio publicado en 2013 en PLOS One decretó que la calidad de las relaciones sociales influye en el riesgo de depresión exactamente igual que los hábitos saludables en el riesgo de enfermedad cardiovascular

7. Pero evite hablar demasiado del tema
Descargar las penas en un hombro amigo es casi una necesidad cuando uno se siente como un perro apaleado. Para los psicólogos, está bien hacerlo dos o tres veces, pero no más. "Al verbalizarlo constantemente, la herida sigue abierta", señala Trinidad Bernal. "Uno encuentra relax en ese momento, pero a la vez provoca que se recuerden una y otra vez las mismas situaciones y no hay manera de salir de un atolladero bastante fuerte. Los amigos creen que ayudan mucho con eso, y no es verdad. Lo que se recomienda es que se desvíe la conversacion hacia otros temas, distraer al amigo o amiga que esta pasando por esa situación.

8. No busque culpables
Montarse películas no trae nada bueno. "Tendemos a inventarnos una historia de buenos y malos. Las cosas son mucho más complejas. Es mejor huir de eso, primero porque es falso, y puede llevarnos a cometer nuevas equivocaciones de pareja. También porque las culpas facilitan las depresiones, los ataques contra uno mismo… En esta sociedad nuestra, de origen judeocristiano, tendemos mucho a la culpabilidad".

Es mejor sacar una moraleja: "Del tipo: a partir de ahora no me voy a conformar con fijarme en el físico, o a partir de ahora hasta que no conozca a su familia no voy a comprometerme. Prender cual es la piedra en la que hemos tropezado. Añade Cañamares.

9. Descarte iniciar una nueva relación enseguida
Suele suceder que quien ha tomado la decisión tiene un derroche social altísimo. Pero no siempre es aconsejable emparejarse pronto. "Si se implica enseguida en una relación sin haber pasado el duelo, lo más probable es que no tenga éxito. Hasta que no se ha pasado esa fase, indudablemente no va estar en condiciones de poder dar cariño a otra persona y va a estar enganchado a situaciones anteriores", dice Trinidad Bernal.

Menos probable es que la persona abandonada tenga ganas de comprometerse a corto plazo. "Ni se le va a ocurrir. Su centro de atención sigue estando en el otro", asegura Bernal. Tras una separación, los hombres son más propensos a iniciar una relación de rebote, como asegura un estudio publicado en Social Sciences en 2013. ¿Y una relación esporádica? "Es un parche para un momento, no la solución", dice Cañamares.

10. Recupere rutinas
El tiempo que antes tenía para usted —en ocasiones limitado, puesto que de buen grado compartía horas y actividades con su pareja— , ahora se ha multiplicado: aprovéchelo en su propio beneficio, apuntándose a un gimnasio, matriculándose en un curso o visitando exposiciones. Será como extraer una consecuencia buena de algo malo. "Es necesario hacer una lista de actividades. Pero con antelación: planifiquemos el fin de semana antes de que llegue el viernes, de lo contrario se quedará tumbado en el sofá dándole vueltas a los recuerdos. Funciona muy bien el volver a hacer cosas que a uno le gustaban y dejó de hacer, o cosas que nunca ha hecho y puede apuntarse a ellas", señala Trinidad Bernal.

11. Pongase en forma
Cuidar el cuerpo es importante. "La actividad física, salir al aire libre, pasear, respirar de una manera más acompasada…, son cosas que ayudan mucho. Las emociones nos están generando reacciones químicas en nuestro organismo que son contraproducentes, y de este modo se equilibran", comenta Trinidad Bernal.
Hágase un control médico. 

El ejercicio puede ser un buen tratamiento contra la ansiedad, dicta un estudio de 2015 de la Universidad de Duke (EE UU). En 2017, un grupo de investigadores canadienses estimó que es beneficioso para los trastornos de ánimo y la depresión.

12. Dejar de seguirlo/la en Facebook e Instagram
Esteban Cañamares recomienda dejar pasar al menos seis meses hasta retomar el contacto. "No podemos pretender que a las dos semanas de haber cortado ya seamos amigos", dice. "Durante seis meses no deberíamos saber nada de él o ella. Ni en Facebook ni nada por el estilo. No ayuda a que el duelo evolucione. Hay que dejar que la herida cierre totalmente, y a partir de ahí podemos seguir siendo amigos o compañeros de pádel".

Una tesis doctoral de Veronika A. Lukacs, de la Universidad de West Ontario (Canadá), sostiene que el contenido en Facebook puede ser una fuente de angustia para las personas que recientemente han experimentado una ruptura romántica. En su estudio, aquellos que participaron en altos niveles de vigilancia electrónica interpersonal experimentaron más angustia por la ruptura que las personas que no lo hicieron.

13. La guinda: si cree que algo le va a aliviar, hágalo
En 2017 se publicó en Journal of Neuroscience un curioso estudio, a cargo de investigadores de la Universidad de Colorado (EE UU). Reunieron a un grupo de personas que acababan de terminar una relación y les pidieron que miraran fotos de sus exparejas. A algunos les dieron un pequeño aparato, diciéndoles que se trataba de "un poderoso analgésico efectivo en reducir el dolor emocional"; al resto les dijeron la verdad: era un simple espray nasal. Entre los engañados, la actividad cerebral aumentó marcadamente en las regiones involucradas en el control de la emoción y disminuyó en las áreas asociadas con el rechazo; también aumentó en una región llamada gris periacueductal, que ayuda a controlar los analgésicos y los neuroquímicos que estimulan el estado de ánimo como los opioides y la dopamina. El experimento con el placebo sugiere que las expectativas positivas pueden ser suficientes para influir en áreas del cerebro en las que habitualmente actúan los antidepresivos.

https://elpais.com/elpais/2018/06/18/album/1529315028_761947.html#foto_gal_2

miércoles, 6 de junio de 2018

La pasión entre el joven actor y la antigua estrella de cine. Una película recrea el último amor entre Gloria Grahame, la ganadora del Oscar por 'Cautivos del mal', y expulsada de Hollywood envuelta en escándalos, y un intérprete de Liverpool.

La historia podría resumirse en el tópico chico conoce chica, chica conoce chico y se enamoran. "En realidad, solo éramos eso", recuerda el chico de la pareja, despojando a aquella relación de todo lo que le rodeó, lo que hizo que aquel amor tan fascinante inspirara una película, Las estrellas de cine no mueren en Liverpool, que se estrena en España el 18 de mayo.

En 1978, Peter Turner, el chico, era un actor de Liverpool de 26 años que intentaba ganarse la vida en Londres con muy poco éxito. En la pensión en la que vivía llegó un día una actriz veterana estadounidense de 54 años, que había sido repudiada de Hollywood, y se había pasado al teatro. "Recuerdo la primera que la vi. Yo ocupaba una de las habitaciones superiores y ella el apartamento principal de abajo", rememora Turner en Madrid. "Un segundo que lo visualizo". Para un momento. "No era como yo me la esperaba. Me habían hablado de una estrella de Hollywood, y recuerdo que abrió la puerta como escondiéndose, con pinta de haber llegado cinco minutos antes". Ella necesitaba 4 libras y 75 peniques; él se los prestó. "Nunca supe para qué, pero me lo devolvió en un cheque que aún conservo". Un par de días después se pusieron a bailar juntos en la casa Saturday Night Fever, y semanas más tarde se hicieron amantes.

Aquella rubia era Gloria Grahame, la actriz de ¡Qué bello es vivir!, Oklahoma, Encrucijada de odios, En un lugar solitario -en la que se hizo amiga de Bogart-, y ganadora del Oscar por Cautivos del mal. "Era espontánea y muy directa, hasta parecer a veces maleducada. Irradiaba encanto. Tenía una cosa maravillosa y era que preguntaba mucho, haciéndote dejar claro que le importabas". Y recuerda algo especial: "Su cara reflejaba al instante lo que pensaba o sentía. Sus movimientos eran rítmicos, resbaladizos".

A Grahame el nuevo Hollywood y el triunfo del color en el cine la habían abandonado en un pie de página de la Historia. Además, corrían muchos rumores sobre ella. Se había casado cuatro veces -y tenido cuatro hijos-, el segundo matrimonio, con el director Nicholas Ray, se rompió cuando el cineasta aseguró habérsela encontrado con su hijastro Tony en la cama. "Algo completamente falso"; cuenta Turner. Pero sí es cierto que su cuarto esposo fue Tony, con el que llevaba cuatro años divorciada cuando conoció a Turner. "Otro detalle fascinante es que conocía a un montón de gente. Recuerdo que hablaba del presidente Nixon, decía de él que era un grano en el culo. ¡Y era cierto!".

Turner cayó enamorado. "Lo bonito es que era una relación de iguales, jamás de una estrella con un aspirante joven. Disfrutamos 18 meses de amor entre Reino Unido, California y Nueva York, donde poseía un apartamento en el Manhattan Plaza". Allí, en un altillo, guardaba el Oscar. "Se vino hasta de vacaciones a Gales con mi hermano, mi cuñada y mis sobrinas; te lo cuento para que te hagas una idea de cómo se acoplaba a lo que había". Un día se volvió huraña. Turner no sabía el porqué. Rompieron y él se volvió a Liverpool.

Pasó un año. Hasta que Grahame se desmayó en un hotel en Lancaster, y Turner la recogió y la llevó a su casa en Liverpool, con sus padres. Entonces comprendió qué había pasado: un cáncer devoraba el cuerpo de la actriz, que por ello se había alejado de él. Durante tres semanas estuvo bajo sus cuidados, hasta que uno de sus hijos se la llevó a Nueva York. A las tres horas de aterrizar en EE UU, el 5 de octubre de 1981, Gloria Grahame falleció.

Ahora empieza la segunda parte de la historia. En 1986 Turner escribió Las estrellas de cine no mueren en Hollywood, un libro a corazón abierto. "No fue fácil, desde luego, sino catártico y recordar algún momento me dolió". En 1990 Annette Bening actuó en Los timadores, de Stephen Frears, y el director le dijo: "Fíjate en Grahame en Los sobornados". Así es como Bening leyó el libro, copió en pantalla a Grahame, conoció a Turner y pensó en llevar aquel amor al cine. "Pero Annette era muy joven". Pasaron los años, y finalmente el proyecto cuajó. "Yo dejé aquello de lado, no podía obsesionarme con si me iba a encarnar Daniel Craig o Ewan McGregor, nombres que se barajaron. Cuando me dijeron Jamie Bell, me chocó, solo me acordaba de Billy Elliot". Hasta que se conocieron y descubrieron muchas cosas en común. "Estoy feliz con la película, no se ha eliminado ningún buen o mal momento, obviamente resume mucho el libro, pero no cae ni en el ternurismo ni en la mentira". ¿Se arrepiente de algo de aquella relación? "No haber viajado con ella en aquel avión. No esperábamos que muriera tan rápido. El resto lo recuerdo como un privilegio que me dio la vida".

DOCUMENTANDO EL VIEJO HOLLYWOOD
En el año 2000, producido por Barbara Brocoli, Peter Turner entrevistó a una treintena de actores y actrices de la época del cine mudo, I Used to Be in Pictures. "Fue un encargo entre amigos, nada que ver con mi anterior relación con Gloria Grahame". Turner recuerda con cariño lo que aquellos intérpretes -"que vivían casi todos en un asilo de la Academia de Hollywood"- le contaron. Pero guarda un lugar especial para Anita Page. "Casi todos superaban los 90 años y habían sido estrellas del cine mudo. Sin embargo, Page las superaba. Fue más que una estrella en su momento, y a su lado me sentí como si charlara con el personaje de El crepúsculo de los dioses. Apareció en una limusina blanca y hablaba con los aspavientos que te puedes imaginar. Me lo pasé muy bien dirigiendo aquellas entrevistas".

https://elpais.com/cultura/2018/04/26/actualidad/1524744847_367894.html

viernes, 4 de mayo de 2018

_- Manuel Valls se separa y 24 horas después presenta a su nueva novia. El exprimer ministro francés anunció el miércoles su divorcio de la violinista Anne Gravoin y horas después que vive con una diputada del partido de Macron

_- En solo 24 horas Manuel Valls, el que fue primer ministro de Francia con François Hollande como presidente, ha anunciado su divorcio de la violista Anne Gravoin y que ya vive con su nueva pareja, Olivia Gregoire, portavoz de La República en Marcha, el partido del presidente Emmanuel Macron, en la Asamblea Nacional francesa.

Ambas revelaciones las ha realizado con toda naturalidad y solo con unas horas de diferencia en dos escenarios distintos. El miércoles, Valls declaraba en la revista Paris Match: “Una página pasa tras doce bellos años de vida en común”. Y de esta forma daba por finalizada su relación con la violinista francesa Anne Gravoin, con quien ha mantenido una relación sentimental durante 12 años, aunque se casaron en 2010. Al día siguiente, el exjefe de Gobierno socialista, de 55 años, hablaba de una nueva relación durante un debate organizado por la agencia Efe, en el que también se le preguntó sobre su cambio político desde las filas socialistas hacía posiciones de centro.

"Estoy viviendo con una diputada de la derecha", dijo de forma desenfadada. Valls, que también fue ministro del Interior entre marzo de 2014 y diciembre de 2016, no mencionó el nombre de su nueva pareja en este encuentro, pero todos los medios franceses señalan que se trata de Olivia Gregoire, de 39 años y portavoz de República en Marcha en la Asamblea Nacional francesa.

Durante el citado debate, que se celebró en Madrid, el político se definió como "un hombre de izquierdas pero ante todo patriota francés" y en varias ocasiones defendió el centrismo en política como arma para vencer a los populismos de derechas e izquierdas. Una postura que parece también aplica a su vida personal: "Ahora vivo con una diputada que viene de la derecha”, dijo Valls. “Mi vida es lo que es, la contradicción o la suma de lo que es hoy la política".

Cuando anunció el pasado miércoles su ruptura con Gravoin, el político francés declaró que “una separación siempre es un acto doloroso" y pidió respeto a la vida privada de ambos, además de anunciar que sería el único comentario que haría al respecto.

Hace solo un par de meses, en febrero, el exprimer ministro socialista contaba con cariño en un programa de televisión dirigido a los niños, que había conocido a su esposa cuando estaba en la veintena, “después nuestras historias se separaron, yo hice mi vida, tuve cuatro hijos con Nathalie Solulié. Y luego, porque la vida es así, nos separamos, y después me encontré con Anne y hemos tenido una bella historia de amor”.

La historia de amor de esta pareja volvió a tener un segundo final este año, precisamente en el que ha sido el más difícil de la carrera política de Manuel Valls. El momento en el que pasó de ser aspirante presidencial a encontrarse sin partido y lograr de forma casi agónica su puesto como diputado sin partido en la Asamblea Nacional francesa. Una pasión política que parece compartir con su nueva compañera de vida, a quien también se acerca ideológicamente desde que dejó el partido socialista en junio del año pasado y coqueteo con el movimiento conservador, En Marcha!, del actual presidente Emmanuel Macron, partido al que también pertenece su actual pareja.

https://elpais.com/elpais/2018/04/19/gente/1524147671_351078.html

sábado, 19 de agosto de 2017

Te quiero, pero no te aguanto.

Alejarnos de las personas que nos hacen daño nos libera de vínculos carentes de sentido. Pero antes de hacerlo hay que saber elegir el momento y el tono adecuados

LA MAYORÍA hemos sido educados para gustar y complacer a todo el mundo, o al menos para intentarlo. Sin embargo, en el extremo opuesto, nos cuesta saber qué hacer cuando nos sentimos incómodos ante una determinada persona o grupo. ¿Cómo rechazar a alguien sin que se sienta herido? ¿Existe alguna manera de cortar un vínculo que se ha vuelto tóxico sin provocar una guerra?

Lo que en un entorno social se soluciona con un alejamiento discreto y progresivo resulta mucho más complicado si la ruptura implica a un familiar directo. La situación también puede ser delicada si se trata de un amigo íntimo, especialmente cuando el otro no capta nuestras señales. Pero en estas situaciones no debemos contener la incomodidad que nos provoca esa persona por miedo a hacerle daño. Así solo alimentaremos un conflicto latente. Llegará un momento en el que el pozo de la paciencia se desbordará provocando un tsunami emocional.

Tampoco es buena idea mandarle un e-mail o carta postal con todo lujo de detalles sobre lo que nos molesta de él o de ella. Casi nadie está preparado para soportar una visión negativa de uno mismo que no coincide con la propia. Si la bomba les llega por escrito, además, siempre podrán volver a “la prueba del delito”, también para mostrarla a terceras personas. Existen situaciones extremas, sin embargo, en las que nos resulta indispensable expresar nuestros sentimientos por un medio u otro, aunque la otra parte no esté preparada para oír la verdad. En estos casos, la escritora y conferenciante Eva Sandoval propone soltar directamente la siguiente frase: “Te quiero, pero no te aguanto”. La segunda parte de la oración suena demasiado agresiva y quizá estaría bien recurrir a otras expresiones más conciliadoras. Podríamos decir: “Te quiero, pero en este momento no nos entendemos. Quizás más adelante volveremos a coincidir”. La segunda opción podría ser: “Te quiero, pero esta relación no está haciendo bien a ninguno de los dos ahora mismo. Necesitamos una pausa”. Si lo comunicamos de manera sincera y respetuosa, no es necesario añadir nada más. Señalar las faltas del otro equivaldrá a poner clavos en un cierre que ya de por sí es traumático. Cuando los nervios están a flor de piel no hay que decirlo todo. Basta con expresar cómo nos sentimos y transmitir de forma sencilla nuestra decisión.

Trazar una línea de separación con el otro es una tarea especialmente dura cuando se trata de amigos íntimos o de familiares muy cercanos. El oscarizado director de cine Vittorio de Sica (1901-1974) decía al respecto: “La Biblia nos enseña a amar a nuestros enemigos como si fueran nuestros amigos, posiblemente porque son los mismos”. Con esto, el también actor italiano apuntaba a que las personas más cercanas son también las que tienen más capacidad para herirnos. La periodista Begoña Merino, investigadora de las relaciones personales a través de Internet, opina al respecto: “Hay familias con tal nivel de conflictos y de inconsciencia que, aunque muchos consideren que hay que dejar pasar cualquier cosa —pagando un enorme precio emocional— para seguir unidos, dejan una profunda huella negativa en nosotros. Mientras esa relación tormentosa y dolorosa persista, seguirán lastrando nuestro presente”.

Por muy delicados que seamos con la gestión de la crisis, aunque pidamos a esta pareja, amistad o familiar una pausa para retomar la relación más adelante, tenemos que estar preparados para asumir el enfado del otro y sus consecuencias. Es inevitable que nos duelan los reproches y acusaciones de aquellos a los que hemos querido, así como el silencio con el que a menudo castigan a quienes rompen el vínculo. En el libro Mindfulness & the Art of Managing Anger (el mindfulness y el arte de manejar el enfado), Mike Fisher, terapeuta especializado en la ira, propone técnicas para tomar el control de la emoción. El primer paso es que tenemos que ser conscientes de lo que estamos sintiendo de manera que cualquier reacción estará filtrada por este razonamiento. Esto no quiere decir que no podamos estallar en cualquier momento. Pero, como todo en la vida, es necesario encontrar el término medio. En este caso, hay que saber elegir el instante. Si lo que queremos expresar se dice desde la serenidad y la reflexión, tendrá un efecto muy distinto. Ya lo decía el monje budista Thich Nhat Hanh: “Los sentimientos vienen y se van como nubes en el cielo un día de viento. La respiración consciente es mi ancla”.

Para mitigar la tristeza y el sentimiento de injusticia que nos puede embargar, es útil identificar desde dónde actúa cada persona. Si representamos la evolución personal como una pendiente, hay quienes nos hablan desde la sabiduría que otorga estar en lo más alto del camino, mientras que otros reaccionarán de forma más primitiva y ciega porque se encuentran mucho más abajo. Cada cual lo hace lo mejor posible desde el lugar donde está. Por lo tanto, dejemos que cada cual recorra su propio camino.

http://elpaissemanal.elpais.com/confidencias/te-quiero-no-te-aguanto/

viernes, 7 de julio de 2017

Un contrato para seguir enamorados

Hace unos meses, mi novio y yo nos servimos una cerveza cada uno y abrimos nuestras laptops. Era hora de revisar los términos del contrato de nuestra relación.

¿Acaso queríamos hacer algún cambio? Mientras Mark y yo revisábamos cada categoría, acordamos dos cambios menores: yo saldría a pasear al perro el martes y él el sábado, y ahora yo limpiaría los entrepaños de la cocina, pero él se haría cargo de la tina de baño.

La última versión del “Contrato de relación entre Mark y Mandy”, un documento de cuatro páginas con interlineado sencillo que firmamos y fechamos, tendría una vigencia exacta de doce meses, transcurridos los cuales tendríamos la opción de revisarlo y renovarlo, como habíamos hecho en otras dos ocasiones. El contrato especifica todo, desde las cuestiones sexuales hasta las finanzas y nuestras expectativas a futuro. Y me encanta.

Escribir un contrato de relación podría sonar calculador o poco romántico. Pero cada relación es contractual: nosotros solo hacemos los términos más explícitos. Nos recordamos que nuestro amor no es algo que nos pasa, sino algo que hacemos juntos. Después de todo, este método fue lo que nos unió en primer lugar.

Hace dos años y medio, escribí una columna de Modern Love sobre cómo Mark y yo habíamos pasado nuestra primera cita poniendo a prueba un experimento psicológico que utilizaba 36 preguntas para ayudar a dos extraños a enamorarse. Esa experiencia nos ayudó a pensar en el amor no como una cuestión de suerte ni del destino, sino como la práctica de realmente darse a la tarea de conocer a otra persona y permitir que esa otra persona nos conozca. Pensar en el amor de una forma deliberada parece funcionarnos bien.

En el pasado, no me había funcionado esperar que una relación funcionara simplemente porque las dos personas involucradas se amaban. Pasé mis veintes con un hombre que sabía exactamente qué quería y cómo quería ser él. Yo lo único que quise fue que él me amara.

Estuvimos juntos casi una década, y en ese tiempo de algún modo dejé de lado mis hábitos y preferencias. Si quería dividir los gastos en alimentos, él sugería que compráramos solo las cosas que nos gustaban a los dos. Si quería que pasáramos juntos los fines de semana, podía ir a esquiar con él y sus amigos. Y eso hacía. Hice que mi vida fuera como la suya.

No fue sino hasta que me fui a vivir a otro lado que comencé a darme cuenta de que no había habido lugar para mí en nuestra relación, y no solo porque mi ex no me lo había ofrecido: a mí nunca se me ocurrió pedirlo. Estaba enamorada y el amor significaba hacer, ¿no es así? Pero ¿qué pasa si lo amé demasiado?

Años antes, había leído Un cuarto propio de Virginia Woolf y pensé que lo había entendido, pero no fue así. A los veinte, me entregué por completo al amor y no fue sino hasta que la relación terminó, a los 29, cuando me di cuenta de lo que significaba habitar plenamente mis días y la amplitud de mi propia mente. Me dio tanta dicha descubrir que mi tiempo era mío, así como cada una de mis decisiones, ya fuera qué cocinar o a qué hora irme a la cama.

Decidí que en mi próxima relación amaría con mayor moderación, reservándome más para mí misma.

Cuando conocí a Mark, se amoldó a mi vida tan fácilmente que me sorprendió. Mis amigos lo adoraban. Mi perro, Roscoe, aullaba de alegría al verlo. Pero tenía mis dudas cuando comenzamos a hablar de vivir juntos.

Me preguntaba si las minucias de la vida doméstica nos convertirían en criaturas insignificantes que peleaban por la ropa sucia. Sobre todo, me preocupaba perderme de nuevo, por un hombre y una relación, rebasada por esas ideas anquilosadas de cómo el amor lo puede todo.

Mark tenía sus propias reservas. “No quiero hacer esto solo porque es lo que se supone que debemos hacer”, me dijo. “Solo quiero que vivamos juntos si eso mejorará nuestras vidas”. Pasamos semanas enumerando con angustia los pros y los contras de vivir juntos. Me había topado con un libro, The New I Do: Reshaping Marriage for Skeptics, Realists and Rebels, que recomienda contratos de matrimonio a corto plazo. Nos gustó la idea y nos dimos cuenta de que podíamos adoptar este método para vivir juntos.

Muchos de nosotros no nos damos cuenta de cómo el amor romántico actúa como una fuerza organizadora de nuestra vida, pero es una fuerza poderosa. Algunos usan el término “escalera mecánica de las relaciones” para describir cómo tendemos a seguir guiones familiares a medida que avanzamos en una relación, desde las salidas informales, pasando por la unión libre, el matrimonio y la familia. Estos guiones que nos dicen cómo debería ser el amor están tan omnipresentes que algunas veces resultan invisibles.

En mi última relación, había pasado demasiado tiempo preocupándome por subir la escalera. Ni siquiera estaba segura de lo que quería, pero me daba pánico intentar averiguarlo al hablar de ello. En cambio, peleaba por todo: el dinero, las tareas domésticas o cómo pasar el fin de semana. Si estaba enojada, me resultaba más fácil ser honesta. Con Mark, quería hacerlo mejor.

Nuestro contrato aborda mucho de lo que tiene que negociarse en cualquier relación, en especial si se vive con la otra persona. Comienza con nuestras razones para estar juntos: “Aspiramos a ayudarnos a ser amigos, miembros de la comunidad y ciudadanos del mundo más éticos y generosos”. Me parece que suena idealista, pero he tenido relaciones en las que acabé sintiéndome sola y disminuida. Esta ocasión, quería tener una intención más clara sobre lo que sucedería al exterior y al interior.

Los términos van de lo familiar (“Nos cuidaremos cuando alguno se enferme”) a lo imaginativo (“Si los dos nos enfermamos, le toca al perro”). De hecho, hay toda una sección para Roscoe, en la que detallamos sus horarios de paseos, visitas al veterinario e incluso lo dulce que pensamos que es.

Tenemos una sección sobre los invitados a la casa (pueden quedarse hasta dos semanas, pero deben contar con la aprobación de ambas partes) y una cláusula que tiene que ver con la ropa sudada que usa Mark para correr (“Mark acuerda colgar esa ropa en el cuarto de huéspedes o en la cara interna de la puerta del baño, pero quiere que Mandy sepa que este podría ser un incidente bastante común”).

Acordamos dividir la cuenta cuando salgamos a comer, con una excepción: “Las ocasiones especiales (la noche en la que uno invite a cenar al otro, celebraciones, etcétera) no se dividirán, de tal modo que una persona pueda invitar a la otra”. Era importante para mí que desayunáramos juntos porque era algo que solíamos hacer en mi familia durante mi infancia, así que lo pusimos por escrito.

Es sorprendente lo empoderador que puede ser ponerles palabras a tus deseos e inseguridades, por pequeñas que sean, y hacerles lugar. Es algo tan sencillo… pero no fue fácil. No estaba habituada a saber qué quería de una relación, mucho menos a decirlo en voz alta. Ahora, tengo que hacer ambas cosas.

No queríamos dar nada por hecho, lo cual significaba tener las conversaciones que antes solía evitar. En el apartado de “Sexo e intimidad”, por ejemplo, escribimos que estábamos de acuerdo en ser monógamos porque, en este preciso momento, la monogamia nos venía bien. Sin embargo, no damos por hecho que eso sea lo que vamos a querer siempre.

Nuestro contrato no es infalible ni es la solución a todos los problemas. No obstante, sí reconoce que cada uno tiene deseos que merecen expresarse y reconocerse. Mientras dábamos por terminada la más reciente renovación, Mark tecleó un nuevo encabezado antes del final: Matrimonio. “Y, ¿qué opinas?”, me preguntó, recargándose en la silla como si acabara de preguntarme de qué restaurante quería ordenar comida.

Me quedé mirando mi cerveza fijamente. Esta no era la primera vez que hablábamos sobre matrimonio, pero ahora, con el contrato abierto, parecía oficial. Me retorcí, sabiendo que una parte de mí quería decir: “Hagámoslo”, mientras que la otra quería rechazar la institución en general y amarnos y comprometernos en nuestros propios términos.

“¿Qué nos ofrece el matrimonio que no tengamos ya?”, pregunté.

“Buena pregunta”, dijo.

“Sería bonito escuchar los discursos graciosos y alentadores que nos dedicarán nuestros amigos”, dije. “Pero en realidad no quiero planear una boda ni pagarla”.

Estuvo de acuerdo. Nos gusta esto que hemos creado.

Sé que se supone que un compromiso de toda una vida debe incluir una sorpresiva propuesta de matrimonio, una aceptación llorosa y una publicación en Facebook de selfis felices. Sin embargo, se trata del resto de nuestras vidas, así que quiero que lo pensemos bien, juntos.

Por último, Mark tecleó: “Acordamos que el matrimonio es un tema de conversación en curso”.

Pareciera algo trivial ponerlo por escrito, pero hablar —en lugar de solo esperar y hacerse preguntas— ha sido un alivio para ambos.

Mientras termino de teclear esto, Mark está corriendo y el perro ronca a un volumen terriblemente dulce; yo estoy en casa en la amplitud de mi propia mente. Fracasé en mi meta de amar con mayor moderación, pero por primera vez en mi vida siento que hay lugar para mí en mi relación y espacio para que podamos decidir exactamente cómo queremos practicar el amor.

Pareciera que estamos subiendo la escalera mecánica de la relación, pero yo prefiero pensar que subimos por las escaleras que no son automáticas.

https://www.nytimes.com/es/2017/06/26/modern-love-36-preguntas-contrato/?smid=fb-espanol&smtyp=cur

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MODERN LOVE; Juega bien estas cartas: las 36 preguntas para enamorarse de cualquiera


miércoles, 28 de junio de 2017

Aprender a ser feliz de nuevo tras una pérdida.


 La boda se aproximaba, la de mi hijo. Los eventos familiares importantes causan revuelo, como cuando llega la primavera a un lago: nunca se sabe qué saldrá a la superficie. En mi familia perdimos a mi esposo hace tres años y medio, de manera repentina —pensamos que fue a causa de un aneurisma—, y todos tuvimos que lidiar con emociones que fluctuaban de una manera atroz.
Durante el primer año de la muerte de David sentía como si todavía anduviera muy cerca de nosotros. Mi hija de diez años podía preguntar qué diría papá de esto o aquello y yo respondía sin chistar. Todavía escucho su voz. A lo largo de ese primer año, vi la famosa pintura de Chagall titulada El paseo, en la que el artista sostiene la mano de su mujer mientras ella flota por encima de él, a su alcance, y justo así me sentía.

Mi esposo estaba en otro plano y, sin embargo, lo suficientemente cerca como para que yo estirara la mano y lo tocara. Tras el aniversario de su muerte, el día después del 14 de febrero, casi sentí cómo se iba. Fue como si pasara a otra esfera, tal como enseña el misticismo judío. Los que se han ido están y no están entre nosotros al mismo tiempo.

Que las ‘vidas perfectas’ de Facebook no te depriman
Lo sentí en mis entrañas. Y mi cuerpo respondió: de inmediato me enfermé de neumonía (no ayudó que hubiera pasado aquel día de invierno tan frío dando vueltas en el cementerio, buscando su tumba entre la nieve espesa).

En cierto sentido, la neumonía me hizo bien. Me dio una excusa para detenerme y descansar, cosa que muchas veces los dolientes no se permiten hacer. Mis amigos y familiares estuvieron prestos a ayudarme; creo que en algún momento hubo siete distintos tipos de sopa en mi refrigerador. Sin embargo, ya no podía escuchar la voz de mi amado tan fácil ni tan claramente. Parecía que yo misma me encontraba entre la vida y la muerte. Pero teníamos una hija, aún pequeña: no había opción, tenía que volver a este lado de la vida. La vida nos da un empujón por la espalda, como un pasajero malhumorado que viaja a nuestro lado.

Poco después de eso, mi hijo se comprometió. Nada habría hecho a David más feliz. En la fiesta de compromiso, un evento sorpresa que nos provocó una gran felicidad, me mantuve atenta a mi alrededor, con la vaga esperanza de que apareciera en la puerta. No creo haber sido la única. Amigos y familiares nos felicitaron y muchos de ellos lloraban. Eran lágrimas de felicidad… no, no solo eran eso.

Yo también conocí a alguien (mi suegra preguntó: “¿Ya estás saliendo con alguien? Y de no ser así, ¿por qué?”). No era solo alguien, se trataba de alguien tierno y amable, considerado, guapo y gentil, que también había perdido a su cónyuge cuatro años antes. Compartíamos lo que él llamaba “un amor casi irracional” por la música… y una herida. Ambos habíamos estado felizmente casados por más de 30 años. Sabíamos cómo estar con otra persona; algo sabíamos sobre amar y ser amados. De repente, la vida se llenó de dicha de nuevo y de sustancia y aventuras. Cambió todo y, al mismo tiempo, todo seguía igual.

Estábamos felices de nuevo, casi con frivolidad. Sin embargo, aquel dolor, aquella nostalgia por el ser querido al que hemos perdido, nunca desaparece. Y así, dando tumbos en un mundo que ha probado no ser de fiar, debemos encontrar nuestro propio equilibrio. Y no es fácil, porque el duelo no tiene horarios ni instrucciones. En un momento, una anda dando brincos, en éxtasis, y al siguiente agacha la mirada, como si acabara de caer a un precipicio y agitara los pies a tontas y a locas, igual que el Coyote del Correcaminos en plena caída. Y no hay forma de saber qué será lo que nos hará caer al precipicio.

Hace poco, estaba en la despedida de soltera de la hija de un amigo, también viudo, una ocasión bella y feliz, en la que abundaban las jóvenes de vestidos floreados. Alguien puso la canción de Sting “Fields of Gold” y volví a ver a mi amigo. Su rostro cambió de repente: se le llenaron los ojos de lágrimas.

You’ll remember me when the west wind moves / Upon the fields of barley / You’ll forget the sun in his jealous sky / As we walk in fields of gold ...
(Te acordarás de mí cuando el viento del oeste se mueva/ sobre los campos de cebada/ olvidarás el sol en su celoso cielo/ mientras caminamos en campos de oro...)

Su esposa habría reconocido a todas esas hermosas jóvenes de vestidos floreados; podría haber saludado a cada una por su nombre. Habría caminado con la novia, su hija, entre sus brazos; recordaría con ella las noches de preocupación, de ir y venir por la casa, y también las victorias diarias. Habría estado ahí.

El matrimonio de mi hijo se acercaba. Yo estaba encantada con su prometida y era una ocasión que esperaba con anhelo, con la mayor alegría… y con algo de temor.

Sin importar qué tan gloriosa y plena fuera la boda, sabía que todos sentiríamos una gran ausencia… desolación, a decir verdad.

David, quien se desvivía por hacer felices a aquellos que amaba, no estaría ahí para hacer el brindis, además de que era uno de los mejores oradores que se puedan imaginar. Sin fallar, creaba los que mi hijo llamaba “momentos Kodak”. Estaría con los brazos extendidos y los ojos azules radiantes; sería David, el hombre de familia en todo su esplendor.

Era imposible, impensable, que no estuviera presente para aportar la calidez de su presencia que iba más allá de la vida.

Me tocaría a mí, la vacilante y reservada, hacer el brindis y, nuevamente, encontrar la delgada línea que divide la alegría de la tristeza. Había que ser honesta. Para honrar a David sin deshonrar la dulzura de la ocasión, justo cuando todos comenzábamos a salir adelante.

 Sabía que David gritaría. Incluso sin que escuchara su voz tan claramente en mi cabeza, lo sabía. Es el clásico brindis judío, la vieja historia, aquella que celebra el cuerpo y la sangre, la unión, la velocidad del tiempo, el increíble regalo de ser, a esos dos jóvenes que se aman, ahora y por la eternidad.

¡L’chaim! ¡Por la vida! A la vida.

Liz Rosenberg es profesora de creación literaria en la Universidad Estatal de Nueva York (SUNY) en Binghamton, y poeta y autora, más recientemente, de la novela "Beauty and Attention".

https://www.nytimes.com/es/2017/05/22/aprender-a-ser-feliz-nuevo-perdida/

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