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miércoles, 10 de enero de 2018

Las inesperadas lecciones que la película Casablanca puede enseñarnos sobre la actual crisis de refugiados. Nicholas Barber BBC Culture.


Humphrey Bogart y Dooley Wilson. (Foto: Alamy)

Ningún festival de cine que se precie de tal, está completo, hoy en día, sin hacer algún tipo de mención a la actual crisis de refugiados.
Este año el de Cannes incluyó "La luna de Júpiter", una película húngara sobre un refugiado que renace con superpoderes; mientras que en el de Venecia se estrenó "Flujo Humano", el documental grabado alrededor del mundo por Ai Weiwei sobre la crisis.

Con el debido respeto, es difícil imaginar muchas de estas películas siendo vistas una y otra vez durante décadas. Son películas actuales, más que inmortales.
Y, no obstante, una historia sobre una crisis de refugiados comparable es aún considerada como una de las mejores películas de Hollywood, 75 años después de que fue exhibida por primera vez en noviembre de 1942: Casablanca.

No trata solo sobre refugiados, por supuesto. Es un melodrama romántico con la guerra como un telón de fondo exótico.
Su héroe es Rick (Humphrey Bogart), el cínico y absurdamente bien vestido estadounidense propietario de un club nocturno en la ciudad marroquí que da nombre al filme en 1941.

Afirma que no le importa la guerra que está destrozando Europa. "Tu negocio es la política, el mío es administrar un bar", gruñe durante una escena.
Pero su dura coraza se agrieta y desmorona con la llegada de una cliente especialmente bella, Ilsa Lund (Ingrid Bergman), la mujer de quien se enamoró en París apenas dos años antes.

Lo que Rick desconocía era que Ilsa estaba casada en ese época con el líder de la resistencia checa, Victor Laszlo (Paul Henreid), de quien ella creía que había muerto en un campo de concentración alemán. Cuando supo que Laszlo seguía con vida, abandonó a Rick y regresó con su marido.

Y ahora Laszlo e Ilsa llegan al mismo bar que Rick abrió en Casablanca para tratar de olvidarla.
Ahora, Rick tiene que decidir si deja que Laszlo caiga en las garras de un oficial de la Gestapo, el mayor Strasser (Conrad Veidt) o si hacerle llegar dos "cartas de libre tránsito", que les permitirán escapar de Marruecos.

Risas, cámaras, acción
Dejando de lado el trágico romance, Casablanca tiene más humor que la mayor parte de las comedias y mejores canciones que gran parte de los musicales.
Fue adaptada de una obra, Everybody Comes to Rick's ("Todo el mundo acude al bar de Rick") de Murray Burnett y Joan Alison.

Bogart y Bergman (Foto: Granger Historical Picture Archive / Alamy Stock Photo)

Casablanca es probablemente la película más citada de Hollywood y también la que más citas erradas ha generado. "Tócala de nuevo, Sam", es una frase que Rick realmente no dice, pero eso no ha evitado que todos sigamos citándola desde entonces.

¿Podría una película del Hollywood moderno ser tan divertida mientras que se ocupa de la difícil situación de los refugiados del mundo? Es poco probable, por decir lo menos.
Pero es esta preocupación la que le da a Casablanca su corazón y hace de ella relevante en este siglo XXI.

El tema es introducido en la apertura: "Con la llegada de la Segunda Guerra Mundial muchos ojos en la aprisionada Europa miraron esperanzados, o con desesperación, hacia la libertad de las Américas. Lisboa se convirtió en el gran punto de embarque", dice el narrador.
"Pero no todo el mundo podía llegar a Lisboa directamente. Por ello, surgió una tortuosa y enrevesada ruta de refugiados. De París a Marsella, a través del Mediterráneo hasta Orán, luego por tren, o auto, o a pie, a través del borde de África hasta Casablanca, en el Marruecos francés", agrega.

Sin ruta hacia el hogar
Las imágenes que acompañan esta narración (familias en arduas caminatas a través de caminos rurales, con sus pertenencias desbordando maletas y bolsas) son muy similares a las que pueden observarse en la actualidad.
Pero aunque nos hemos acostumbrado a ver a los desplazados haciendo un duro viaje hacia el norte, a través del mar desde África y, luego, a través de Europa, Casablanca nos recuerda que no hace tanto tiempo estaban viajando en la dirección opuesta.

Cuando llegan a Marruecos, muchos pasan el tiempo en su local nocturno con más clase, Rick's Café Americain ("El café americano de Rick").
Las negociaciones que allí se realizan en sus mesas entre susurros resultarán familiares a cualquiera que haya visto un documental sobre la actual crisis: la venta de prendas de joyería por una fracción de su costo, la compra de puestos en lanchas de pesca por precios exorbitantes.

Y los refugiados no solo comercian con joyas y dinero. Renault (Claude Rains), el jefe de la policía francesea en la ciudad, intercambia visas de salida por favores sexuales, un tipo de transacción que la película presenta, al menos inicialmente, como un juego inofensivo.
Nos hemos acostumbrado a ver a los desplazados haciendo un duro viaje hacia el norte, a Europa. "Casablanca" nos recuerda que no hace tanto tiempo viajaban en la dirección opuesta"

Aún así, el propio Rick está por encima de eso. "Yo no compro ni vendo seres humanos", le informa a Ferrari (Sydney Greenstreet), el rey del mercado negro de la ciudad. Pero con el paso del tiempo, Rick se da cuenta de que hacerse la vista gorda ante la compra y la venta es igual de malo.
Hay una escena conmovedora en la que amaña la ruleta de su café para que una mujer búlgara recién casada (Joy Page) no tenga que dormir con Renault.

Más conmovedora aún es la escena en la que el jefe de camareros del café (SZ Sakall) se toma un brandy con dos ancianos austríacos que están a punto de marcharse a Estados Unidos y los alaba por su mal inglés.
Rainer Werner Fassbinder, el director alemán, declaró que esta pequeña secuencia humana muestra "una de las más hermosas piezas de diálogo en la historia del cine".

Se cuenta que muchas otras escenas hicieron llorar a los actores y al equipo de filmación, en parte porque muchos de ellos eran verdaderos refugiados. Veidt puede hacer el papel de un nazi en la película, pero en realidad él huyó de los nazis.
Tanto Sakall como Curtiz eran judíos húngaros: las tres hermanas de Sakall y su sobrina murieron en campos de concentración. "Casi todos los casi 75 actores y actrices que participaron en Casablanca eran inmigrantes", dice Noah Isenberg en su nuevo libro acerca de la película, "Siempre tendremos Casablanca".

"Entre los 14 que se ganaron un lugar en los créditos de la película, solo tres nacieron en Estados Unidos: Humphrey Bogart, Dooley Wilson (el pianista del café, Sam), y Joy Page".
Así, aunque la historia de Rick e Ilsa es una fantasía de Hollywood —para empezar, nunca hubo oficiales nazis en la verdadera Casablanca—, se basa en las propias experiencias traumáticas del elenco. Esa es una de las razones por las cuales la película es tan poderosa, independientemente de que la audiencia conozca los antecedentes de los actores o no.

"Si piensas en… esos pequeños papeles siendo interpretados por actores de Hollywood fingiendo los acentos, la película no habría tenido nada similar al color y al tono que tuvo", escribió Pauline Kael en la revista estadounidense The New Yorker.
Por suerte, Los Ángeles en 1942 no era muy diferente del café de Rick. Era el lugar donde los exiliados judíos de toda Europa se reunían, practicaban su inglés, disfrutaban de la hospitalidad y del compañerismo, y soñaban con vidas más felices.

Y si la trama de "Casablanca" defiende la idea de ayudar a los refugiados, la propia existencia de la película es también un fuerte argumento.
Después de todo, si no fuera por los refugiados en Hollywood, sin duda la meca del cine no habría podido producir su clásico más querido.

http://www.bbc.com/mundo/vert-cul-42374924

viernes, 11 de noviembre de 2016

El fugaz romance entre Hollywood y la Unión Soviética. Durante la II Guerra Mundial, el cine estadounidense ejerció de publicista del pacto con Stalin a través de películas como "La estrella del norte" o "Misión en Moscú"


eldiario.es

Después del ataque japonés a la base estadounidense de Pearl Harbor, Hollywood apostó fuerte por el militarismo. Aunque la mayor parte de los grandes estudios habían optado previamente por mantener la neutralidad, se adaptaron inmediatamente al nuevo ciclo: centenares de películas de todos los géneros, desde el cine bélico al musical pasando por la comedia romántica, defendían la intervención en la II Guerra Mundial.

En títulos destinados a un público juvenil, Tarzán luchaba contra soldados alemanes, el Hombre Invisible se infiltraba en los cuarteles del III Reich y Batman se enfrentaba a un científico japonés que convertía a las personas en zombis. Pero quizá las producciones más sorprendentes fueron las que justificaron la alianza con la Unión Soviética liderada por Josef Stalin.

Según autores como Nicholas J. Cull, la opinión pública estadounidense era partidaria del aislacionismo y desconfiaba de los llamamientos británicos a la colaboración militar. El ataque a Pearl Harbor implicó una entrada en guerra que era deseada por la Administración de Roosevelt. Pero justificar la colaboración con la URSS, satirizada y satanizada apenas unos meses antes, resultaba un desafío estratégico que requirió la colaboración de Hollywood.

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http://www.eldiario.es/cultura/cine/Hollywood-Union-Sovietica_0_574293326.html

sábado, 21 de mayo de 2016

Actualidad de Dalton Trumbo, de Gregorio Morán en La Vanguardia

La Vanguardia


El estreno en España de Trumbo (película a no perderse) no podía llegar en mejor ocasión; un momento en el que confirmar las opiniones personales se hace cada vez más arriesgado. Es verdad que la dirección de Jay Roach, siendo valiente, no va muy lejos. Pero la pena inevitable de este filme oportuno se reduce a que el guión no es de Dalton Trumbo.

En un mundo como el del cine es raro afrontar una figura como la de Trumbo. Por lo general debemos limitarnos a directores o actores. Pero que un guionista, el ­género menos atendido por los espectadores, se convierta en protagonista absoluto, se debe a la más llamativa de sus particu­laridades. El mejor guión cinematográfico de Dalton Trumbo es su propia vida. Lo tiene todo, y al usual gusto de Hollywood: acaba bien.

Si hay que ver este más que digno Trumbo de Jay Roach, quizá se reduzca a algo tan importante y tan vivo como la defensa de la conciencia en una época donde lo que cuenta es el valor de la conciencia en el mercado. Considerado como el guionista de Hollywood mejor pagado, lo primero que sobresale es su atadura de clase, su vinculación a los sindicatos, su pasión por los que se rebelan. No es extraño que él con­siguiera transformar un humilde best seller escrito en la cárcel –por rojo– de Howard Fast, otro comunista del complejo mundo intelectual norteamericano de la época. Espartaco, la historia de un esclavo que puso en un brete al imperio romano, hasta crear un ejército y sobre todo una ilusión de libertad.

Espartaco no es sólo una de las obras maestras de Stanley Kubrick, al que no agradaban demasiado algunas páginas que había escrito Dalton Trumbo. El impresionante final, por ejemplo. Pero como la película la pagaba Kirk Douglas, el protagonista, y ya había tenido conflictos sin fin, no era cuestión de añadir más. Es sabido que gracias primero a Kirk Douglas ( Espartaco) y luego a una más que mediocre película de exaltación del sionismo, Éxodo –basada también en una horrenda novela de ­Leon Uris, que no era capaz de defender ni el productor judío Otto Preminger–, y que Dalton Trumbo transformó en un filme digno, el guionista sale de la categoría de “no existente”, lo que los romanos llamaban damnatio memoriae.

No es una casualidad que el inquisitorial Comité de Actividades Antinorteameri­canas se creara en 1937, durante nuestra Guerra Civil, y que tuviera en él un papel destacado el futuro presidente Richard ­Nixon, el mentiroso. En el fondo y en la forma estaban a favor de un entendimiento con el fascismo arrollador pero Hitler les ganó la partida, invadió la URSS y Japón declaró la guerra a Estados Unidos. Soviéticos y norteamericanos tuvieron que hacerse amigos y luego socios, y por fin disolver la empresa. En 1942, siendo corresponsal de guerra en el frente, Trumbo se afilia al Partido Comunista de EE.UU., como lo hacen muchos millares de norteamericanos. Quizá lo más exitoso de la manipulación del Comité de Actividades Antinorteamericanas y de sus voceros, fue el de haber reducido lo que fue la represión sobre miles de ciudadanos a un asunto elitista y de casta, “los diez de Hollywood”.

Pero hubo más de diez en Hollywood y fuera de Hollywood que comenzada la implacable guerra fría (1947), que siguió a la victoria sobre el nazismo, renunciaron a sus propias creencias. El Estado y las instituciones creadas para la lucha con el comunismo tuvieron impunidad para intimidar, arruinar, detener, encarcelar –un año de cárcel pasó Trumbo– y se hizo a conciencia, porque les llevaron a cárceles lejanas para que su aislamiento fuera mayor. ¿Y su delito? Negarse no sólo a delatar a quienes pensaban como ellos, sino negarse a decir lo que pensaban. No tiene nada que ver con el terrorismo, ni las olas represivas que castigaron la Europa comunista, los campos de concentración –por cierto que hubo una propuesta que no prosperó de crear uno para rojos en EE.UU.–, pero eso nos retrotrae a épocas pasadas: ¿quién mató más, la Inquisición o el fanatismo de Calvino? De seguro que la Inquisición, pero eso no limpia otros crímenes.

¿Los diez de Hollywood se enfrentaron al Gobierno norteamericano? Curioso dilema muy apropiado para los letrados. Los encarcelaron sin juicio, o con parodias de interrogatorios y luego fueron encarcelando. ¿Lo hizo el Estado o lo hizo el Gobierno? ¿Dónde estaba la diferencia? Dalton Trumbo era un redactor magistral de diálogos pero ninguno de ellos alcanza la al­tura, la ironía, la arrogancia del que sostiene con el presidente del Comité de Actividades Antinorteamericanas, John Parnell, el 28 de octubre de 1947. Figuran en un librito goloso y brutal del propio Trumbo, titulado El tiempo del sapo, que se publicó en España por primera vez en el 2012 (Artefakte, Barcelona). Es una joya de la literatura sarcástico-panfletaria, a la altura de Jonathan Swift, que lamentaría estuviera ya descatalogado.

Trumbo entró en prisión el 21 de junio de 1950 rodeado del odio de la mayoría de sus ciudadanos. Un traidor. Mantuvo desde el primer momento que para él ser o no ser comunista no tenía nada que ver ni con la URSS ni con la violencia, sino con una manera de comportarse hacia los que son más pobres y más débiles que nosotros. Y que esto lo podría explicar a la gente pero no a unos tribunales que ya habían dictado ­sentencia.

Es una pena que al espectador español no le sea fácil distinguir algunas figuras empalidecidas por el director del filme, que sin embargo se recrea en los héroes positivos, como si estuviéramos ante un film de propaganda soviética. Sería muy ilustrativo hacer una comparación entre el esquema héroe-traidor en el cine norteamericano y el soviético, y probablemente nos sorprenderíamos de las coincidencias. Pero figuras tan importantes en aquellas denuncias como John Wayne –el estereotipo por excelencia del guerrero, que por cierto no participó para nada en la II Guerra Mundial, salvo para darle a la lengua– y sobre todo Edward G. Robinson, activo luchador por las libertades hasta que se dio cuenta que su fortuna –las piscinas, que hubiera dicho Orson Welles– se le fue secando y se portó como un confidente deslenguado, falaz y desmedido en su afán de volver a ser la estrella que fue.

Edward G. Robinson, que nosotros siempre conocimos con barbita, y que en el filme de Trumbo es difícilmente recono­cible, tenía el miedo tan metido en el cuerpo que cuando ejerció de jurado del Fes­tival de Cannes (1952), exigió que se re­tirara un plano de la pe­lícula de Berlanga Bien­venido Mr. Marshall. Exactamente el último: una banderita­ ­norteamericana, tras el ­fallido fes­tejo, cae arrastrada por la lluvia. Interpretaba que podía interpretarse como símbolo antinorteame­ricano, a pesar de lo cual fue premiada. El caso del delator Elia Kazan exigiría muchas líneas, imposibles en este artículo.

Pero si tiene especial valor Trumbo, dentro de su modestia fílmica, es la exhibición del protagonista. Su ímpetu, su capacidad para no romperse y sumirse en la depresión que llevó a la tumba a tantos otros. Sus singularidades de pluma –escribir en una bañera, rodeada de sus bártulos de trabajo, y sin admitir interrupción alguna–. O lo que es lo mismo, Dalton Trumbo escribía en la bañera del váter, cargado de whisky y anfetaminas, hasta reventar.

Lo que rompió todos los esquemas, cuando Dalton Trumbo recuperó los ­Oscar que le habían escamoteado – Vacaciones en Roma, El Bravo –, es que fuera capaz, apenas unos años antes de su muerte, de adaptar uno de sus viejos libros, el premiadísimo en 1939 Johnny cogió su fusil, y hacer de él un filme insólito. No es fácil que alguien sea capaz de ver esta obra ­maestra dos veces seguidas sin tomarse un tiempo de respiro. Es demasiado humana. Sólo una personalidad como la de Dalton Trumbo habría sido capaz de esta última osadía. Apenas después se murió.

sábado, 9 de abril de 2016

Trumbo, historia de los días del miedo. El episodio de la persecución del guionista es quizá el más conocido de esos años terribles de caza de brujas en EE UU


La historia de la Lista Negra y de los Diez de Hollywood, de las persecuciones de afiliados comunistas o hasta simpatizantes de esa ideología desatada en Estados Unidos con la Guerra Fría, los desmanes enloquecidos y crueles del senador McCarthy y compañía, el miedo, las delaciones y traiciones sufridas y cometidas en esa época y circunstancias han sido un tema recurrente en el cine, el teatro y la narrativa norteamericanos. Hace unos pocos años (2005), George Clooney retomó el asunto para su magnífica película Buenas noches, buena suerte, en la que cuenta la historia de un grupo de periodistas capitaneados por el comentarista de la CBS Edward Murrow y su productor Fred Friendly, quienes se atrevieron incluso a desafiar al poderoso senador que se erigió portavoz de la pureza ideológica de la Unión.

Ahora, a finales de 2015, Jay Roach ha filmado y estrenado el filme Trumbo (con guion de John McNamara), que acabo de ver y que me ha dejado cargado con el dolor del desasosiego, con la sensación terrible de la evidencia de lo que pueden lograr los poderes de la manipulación política, la ortodoxia castrante, la estupidez humana y la envidia cuando se disfrazan de causa mayor al servicio de un pueblo o una nación. De cómo pueden, incluso, condicionar la justicia y, más aún, la verdad. De cómo pueden torcer las vidas de las gentes, y deformarlas, incluso acabarlas.

El episodio de la persecución, represión y marginación personal y artística de Dalton Trumbo es quizás el más conocido entre los muchos casos que se vivieron durante esos años terribles de cacería de brujas en la sociedad norte­americana. Y, como bien se sabe, aquella “limpieza ideológica”, acometida en nombre de la seguridad nacional y los valores americanos, tuvo su manifestación más visible (aunque no la única) en la exclusión de creadores en la industria del espectáculo, aunque su punto (climático) álgido -o culminante- recayó en la ejecución de los Rosenberg, acusados de haber pasado a Moscú los secretos del arma nuclear.

Pero es que lo ocurrido en Hollywood y alrededor de la figura de uno de los grandes guionistas del cine norteamericano se mantiene como una historia pertinente porque sigue siendo un testimonio ejemplarmente dramático, revelador y aleccionador de cómo el extremismo, el fanatismo y la práctica de la ortodoxia, sostenidos desde el poder y con el apoyo de la masa manipulada, puede destrozar carreras y vidas, culturas y sociedades con el aplauso colectivo o, cuando menos, con el silencio cómplice y temeroso. También porque Trumbo es la historia del miedo, esa sensación humana de no encontrar salida, de saberse siempre a expensas de los desmanes de grupos de poder (o de los que se erigen como sus vigilantes más combativos) capaces de hacer al individuo sentirse siempre en peligro real o potencial, por completo a expensas de juicios y condenas dolorosas. Y porque representa la historia de una lección más de que, aun cuando se recupere la justicia y se superen los errores (y los horrores), las heridas sufridas por quienes fueron perseguidos, vilipendiados y reprimidos por sus ideas, gustos, creencias nunca son verdaderamente curadas, porque las cicatrices suelen ser indelebles.

Lo más significativo de la película es que los hechos narrados son típicos de una época pero a la vez universales, y la obra de arte, con sus recursos, potencia esa cualidad amplificadora. A través de una experiencia personal, grupal, propia de una época, se nos habla en este filme conmovedor, generador de indignaciones, de esa devastación a la que puede ser sometida la dignidad humana por los fanáticos que se proclaman dueños de la verdad y la pureza ideológica de una sociedad.

La gran enseñanza del filme, gracias a la historia real que cuenta, es la que revela el personaje de Dalton Trumbo en sus discursos finales: todo el sufrimiento provocado, incluso la sangre derramada, no pudieron demostrar que existiera una verdadera culpa, un solo complot urdido por aquellos que resultaron marginados. También, que el paso del tiempo y el fin de las condenas servían para algo tan importante como reparar la verdad, pero no alcanzaban para borrar los dolores de unas vidas maceradas por largos años. Y, en fin, que las posibles rehabilitaciones — como la de Trumbo y sus colegas, como los centenares ocurridos en Moscú, de vivos y, sobre todo, de muertos— nunca pagan el precio de lo sufrido por las víctimas. Porque la historia, que coloca (muchas veces, no siempre) los procesos y los personajes en su sitio, es una necesaria reparación que llega a los libros, pero difícilmente consigue recomponer las heridas del alma humana.

En un tiempo en que la banalidad artística se impone y en la que se prefiere el olvido a la memoria, obras como Trumbo demuestran algo tan sabido pero cada vez menos considerado como es el compromiso del arte con la sociedad, como vehículo para enfrentarnos dramáticamente a la verdad, como bálsamo para la memoria.

http://cultura.elpais.com/cultura/2016/03/22/babelia/1458659994_387112.html
http://www.mundoobrero.es/pl.php?id=5828

miércoles, 6 de abril de 2016

Dalton Trumbo: Hollywood lo puso en la lista negra y ahora en las pantallas. La hija del mítico guionista repasa los años más intensos en la vida de su padre: los de la lista negra de Mc Carthy y la clandestinidad, y los del reconocimiento de la industria del cine.

Mitzi Trumbo habla de la película sobre su padre, con el protagonista de Breaking Bad, Bryan Cranston, en el papel principal

Cuando Mitzi Trumbo tenía 15 años, abrió la puerta de su casa y se encontró ahí fuera a uno de los actores más famosos de Hollywood. Era Kirk Douglas. Unos días más tarde, se presentó Laurence Olivier. "Extendió su mano para dármela y entonces el perro se puso en medio y tropezó".

Cincuenta y cinco años después, aún recuerda lo deslumbrada que se sintió. Más allá de la emoción, lo que Mitzi mejor recuerda de esos encuentros es un sentimiento de frustración por no poder fardar con sus compañeros del instituto. Su padre, Dalton Trumbo, era uno de los guionistas más famosos de su generación, tanto por su trabajo –escribió la oscarizada Roman Holiday, protagonizada por Audrey Hepburn y Gregory Peck, y varias novelas– como por sus posiciones políticas de izquierdas.

En 1947, cuando el miedo anticomunista se afianzó en Estados Unidos, Trumbo fue llamado a testificar ante el Comité de Actividades Antiestadounidenses. Rechazó dar nombres de compañeros con supuestas afinidades comunistas y fue encarcelado durante 11 meses. Cuando recuperó la libertad ya estaba en la lista negra y no podía trabajar con su propio nombre. Siguió produciendo guiones que no firmaba y a sus tres hijos –Nikola, Mitzi y Christopher– les decían que no hablaran sobre nada de lo que pasara en casa.

Cuando Mitzi abrió la puerta a Douglas y a Olivier, su padre estaba escribiendo el guión de Espartaco, que luego se convertiría en uno de los mayores taquillazos de todos los tiempos. La autoría de Trumbo se dio a conocer públicamente en el estreno de la película en 1960, un acto que lo sacó de facto de la lista negra.

La extraordinaria historia de la resistencia de Trumbo a la adversidad por motivos políticos se ha convertido ahora en una película, con el protagonista de Breaking Bad, Bryan Cranston, en el papel principal y la participación de Helen Mirren y John Goodman en el elenco. "Es una historia importante que debe salir a la luz", defiende Mitzi, que habla a sus 70 años desde su casa en el Área de la Bahía de San Francisco. "Jay Roach (el director) y Bryan Cranston han hecho un trabajo excelente, realmente se implican", se entusiasma.

Ver a su padre, que murió en 1976, retratado en pantalla fue una experiencia surrealista. Cranston se parecía sorprendentemente a Trumbo, "especialmente cuando sale mayor; en algunos momentos, estaba en el rodaje y decía: 'Madre mía, ¡se parece tanto!".

Otros aspectos no le parecen tan verdaderos. "Hay una escena en la que él nos lleva a mi hermana y a mí a tomar un helado. Me reí luego con ella diciendo: '¡Eso no podría haber pasado nunca!'", relata Mitzi. "Mi padre se pasaba todo el tiempo trabajando y si teníamos problemas íbamos a nuestra madre. Pero él era tremendamente divertido. Aprendimos de él sobre la lengua, sobre la política y sobre cómo pensar. Eso fue maravilloso", recuerda.

La paranoia desatada por el senador republicano Joseph McCarthy en los años 50 tuvo un impacto devastador en muchos estadounidenses acusados injustamente de subversivos. En Hollywood, más de 300 artistas sufrieron un boicot por parte de los estudios. Algunos, como Charlie Chaplin, Orson Welles y Paul Robeson, emigraron o pasaron a la clandestinidad.

Fue un periodo de división, en el que las lealtades se cuestionaban y las amistades se hacían añicos. Trumbo, que en 1943 había estado afiliado al Partido Comunista durante cinco años, formó parte de los Diez de Hollywood, un grupo de guionistas y directores que rechazaron testificar y a los que se declaró culpables de obstruir el trabajo del Congreso. Otros testigos convocados por el Comité –incluido el director de La ley del silencio, Elia Kazan– dieron nombres y se les permitió seguir trabajando. El dramaturgo Arthur Miller, amigo de toda la vida de Kazan, nunca volvió a dirigirle la palabra. Cuando Kazan recibió un Oscar honorífico en 1999, buena parte del público se negó a aplaudir.

Regreso con gloria
Mitzi recuerda que su padre se mostraba "bastante estoico" sobre su pertenencia a la lista negra. "Sabía que tenía que decidir qué hacer. Honestamente, he de decir que el comunismo no era muy importante para él... Odiaba las reuniones. Era un verdadero pensador independiente y las actividades en grupo no eran lo suyo. Él luchaba por el principio de democracia, por la justicia, los derechos civiles y todas esas cosas. Tener todo eso a tu alrededor es una buena manera de criarte", reflexiona.

Después de salir de la cárcel, la familia Trumbo eludió el cada vez más incómodo clima político estadounidense al mudarse a Ciudad de México durante dos años. Mitzi tenía seis años y tuvo que aprender un idioma nuevo: "Fue un giro radical", explica, y elogia a su madre, Cleo, por "mantenernos a todos unidos": "ella era el pilar de nuestra familia", relata.

Cuando Mitzi tenía ocho años, los Trumbo volvieron al barrio de Highland Park, en Los Ángeles. "Sabías que eras diferente a todas las demás personas del barrio. Había muchas cosas de las que no podías hablar nunca. Jamás podíamos hablar de lo que estaba escribiendo nuestro padre, a pesar de que tanto él como nuestra madre eran muy abiertos con nosotros", rememora.

En esa época, Trumbo escribió The Brave One (1956), que se llevó un Oscar al mejor guión, el cual estaba atribuido a "Robert Rich" –un nombre prestado por un sobrino de los productores. Sus ingresos se redujeron: en dos años, Trumbo escribió 18 guiones a un precio medio de 1.750 dólares.

En el colegio, Mitzi se sentía como una extraña. "En un momento dado, empezaron a convocar reuniones secretas de la asociación de madres y padres de las que excluían a mi madre", relata. "Después, los niños empezaron a evitarme. Fueron unos meses duros hasta que finalmente hablé con mis padres y les dije: 'No puedo volver'. Los niños me torturaron el resto del año y luego me cambié de colegio", cuenta.

A menudo se subestiman las consecuencias de estar en la lista negra para las familias. En la mayoría de los casos, implicaba que el sustentador principal de la familia se enfrentaba, en el mejor de los casos, a una reducción sustancial del salario y, en el peor, a la imposibilidad total de trabajar. Además estaba la presión añadida de llevar en la mochila un apellido con mala reputación y vinculado con afinidades comunistas en tiempos de una intensa inquietud popular por la amenaza de Rusia.

"Cuando decías tu nombre en los años 50, era prácticamente un desafío", asegura Mitzi. "Eso cambió con los años. Ahora me dicen: 'Oh, ¿eres familia de Dalton Trumbo?'", añade.

Cuenta que, a raíz de aquello, tiene un vínculo especial con los otros hijos de artistas de la lista negra, en particular con la familia de Ring Lardner junior, que también formaba parte de los Diez de Hollywood y que escribió M.A.S.H. "Hay una comunidad", explica, "hay siempre un sentimiento, incluso aunque no nos veamos a menudo o no nos conozcamos bien, de que sabemos por lo que hemos pasado".

Mitzi recuerda su alegría cuando McCarthy murió en 1957, "porque él representaba todo aquello". Pero no fue hasta el estreno en 1960 de Espartaco, dirigida por Stanley Kubrick, y de Éxodo, de Otto Preminger, cuando se dio crédito públicamente a Trumbo por su trabajo en ambas películas. La lista negra perdió credibilidad rápidamente.

Mitzi recuerda que sus padres las llevaron a ella y a una amiga a un "elegante cine de Hollywood" el día en que se estrenó Espartaco. "Fue la primera vez que vi su nombre en pantalla", cuenta. "Fue increíble, fantástico".

¿Se emocionó su padre? "No, él no mostraba mucho sus emociones. Estaba enfadado por la lista negra y cuando por fin salió de ella, no salieron sus amigos. No había un sentimiento de 'Oh, se acabó' porque aún no se había acabado para mucha gente".

La carrera de Trumbo sobrevivió y prosperó. Lo readmitieron en el Gremio de Escritores de Estados Unidos y firmó todos los guiones siguientes. En 1975, un año antes de su muerte, fue reconocido oficialmente como el ganador real del Oscar a The Brave One y le otorgaron una estatuilla.

Mitzi se acabó convirtiendo en fotógrafa profesional. Ella y su marido, Richard, tienen dos hijas y dos nietos. ¿Y qué hay de la lista negra? Es pasado. "¿Guardar rencor tantos años después? Mis padres nos enseñaron a no hacer eso".


http://www.eldiario.es/theguardian/Dalton-Trumbo-lista-pantallas-Hollywood_0_475953253.html
Más:
http://cultura.elpais.com/cultura/2014/08/07/actualidad/1407435018_563616.html

Johnny cogió su fusil
Johnny Got His Gun. EE UU, 1971 (106 minutos). Director: Dalton Trumbo. Intérpretes: Timothy Bottoms, Jason Robards
La única película dirigida por el guionista Dalton Trumbo, represaliado por la caza de brujas en Hollywood, supone uno de los más terribles y contundentes alegatos antibelicistas de la historia del cine. Johnny es un joven que ha perdido sus extremidades y su rostro en un bombardeo. Sordo, mudo y ciego, se ha convertido en un tronco que permanece vivo, encerrado en un hospital. Trumbo obliga al espectador a acompañarlo y lo apresa en unas imágenes atroces, de indecible amargura.

lunes, 8 de junio de 2015

Reseña del documental “Hollywood contra Franco”, de Oriol Porta. Cine, compromiso y “caza de brujas”

Enric Llopis

La guerra civil española supuso un aldabonazo para los artistas de Hollywood. Muchos participaron en mítines, financiaron ambulancias para la zona republicana y rechazaron las políticas de no-intervención del presidente Roosevelt. “La derrota de la España democrática dejó una herida abierta en los corazones liberales de Hollywood”, afirmó el realizador Fred Zinnemann, quien dirigió en 1964 una película sobre el último maqui español, Quico Sabaté (“Behold a pale Horse”). Desde el año 1940 más de 50 películas de Hollywood contenían referencias a la guerra civil española. El documental de Oriol Porta, “Hollywood contra Franco”, pone de manifiesto la imagen que de la guerra de 1936 difundió la factoría estadounidense: la que se correspondía con los intereses de la política norteamericana en cada coyuntura.

La película de 91 minutos, producida por Àrea de Televisió en colaboración con la Televisió de Catalunya, tiene como hilo conductor la biografía de Alvah Bessie (1905-1985), miembro de la Brigada Lincoln y voluntario en 1938 en la guerra contra el fascismo en España. Las palabras de este novelista, guionista y crítico de literatura (que descubrió el marxismo en los ratos libres para escribir) acompañan en “off” a fragmentos de películas de la época (“Arise, mi amor”, “Casablanca”, “Las nieves del Kilimanjaro”…), intercalados con el testimonio de la actriz Susan Sarandon, el historiador del Cine Román Gubern, Dan Bessie (hijo del protagonista); Arthur Laurents (autor de clásicos como “West Side Store”, miembro del Partido Comunista y señalado en las listas negras de Hollywood) o Walter Bernstein, autor y guionista que también sufrió la “caza de brujas”. El protagonista, Avah Bessie, militó durante 20 años en el Partido Comunista de los Estados Unidos y estuvo entre “los diez de Hollywood” que se negaron a testificar ante el Comité de Actividades Anti-americanas por sus afinidades políticas.

El conflicto de 1936 fue la primera guerra “moderna” cubierta por los medios de comunicación de masas. El cine permitía difundir por todo el mundo, y de manera casi inmediata, lo que sucedía en el estado español. El documental de Oriol Porta da cuenta de cómo en 1933 se funda el Sindicato de Actores de Cine en Estados Unidos, entre otras razones para enfrentarse a las situaciones de explotación laboral a las que les sometían los estudios. Román Gubern recuerda que los directores, actores y guionistas eran fundamentalmente partidarios de la República, mientas que la cúpula de Hollywood, muy conservadora, defendía posiciones cercanas al franquismo. Mientras Roosevelt se oponía a la venta de armas al gobierno legal, artistas e intelectuales pagaban material sanitario y participaban en protestas.

El documental “Tierra Española”, producido en 1937 por el director holandés Joris Ivens y con narración de Ernst Hemingway, tiene como objetivo desmentir las mentiras de la propaganda franquista. En el audiovisual pueden advertirse dos de las visiones –comunista y anarquista- integradas en el Frente Popular. Pese a que la primera proyección tuvo lugar en la Casa Blanca, ante Roosevelt y su esposa, éste no se echó atrás en su posición respecto a la II República. En 1938 William Dieterle realizó “Bloqueo”, película que pese a tener muchos problemas con la censura norteamericana, defendió la causa de la República. En Estados Unidos provocó una fuerte polémica: los grupos católicos y pro-fanquistas la boicotearon, pero el filme también sirvió para recaudar fondos y financiar ambulancias en la zona republicana. El argumento se centra en un campesino que rechaza abandonar la tierra para incorporarse a filas, e intenta convencer a una mujer de que su ideología representa la opresión.

Paramount se implicó en la producción de películas con un “mensaje” antifascista, por lo que la dictadura de Franco incluyó a la compañía en su “lista negra”. Por ejemplo en “Arise, mi amor” (1940), de Mitchell Leisen y con guión de Billy Wilder, se trata de advertir a las clases populares –en tono didáctico- de los peligros del fascismo. En esta película una periodista norteamericana defiende la República española al tiempo que el ejército nazi invade Polonia; de hecho ofrece ayuda a un norteamericano, que está a punto de sufrir la ejecución, y que combatía por la democracia en España. Los nexos entre la guerra española y la conflagración mundial también se visualizan en “Watch on the Rhine”, filme básicamente antinazi de 1943, producido por Warner Bros Picture y con guión de Dashiell Hammett.

En 1943 Paramount produjo una de las películas más conocidas y de mayor impacto, “Por quién doblan las campanas”, dirigida por Sam Wood e interpretada por Gary Cooper e Ingrid Bergman. Pese a que la diplomacia española logró varios cambios de guión, la película no se estrenó en España hasta 1978. A los exbrigadistas no les gustó, pues consideraban que se había primado la ficción sentimental a la suerte de los voluntarios y de la República. Mientras algunos periódicos hablaron de tergiversación de la realidad, Paramount valoró que fuese una película sin connotaciones políticas y de la dictadura franquista, que había frenado a la propaganda roja. Durante mucho tiempo el filme fue uno de los grandes canales por los que el público estadounidense conoció la guerra de 1936.

En los oscuros años 40, el departamento de Propaganda de la dictadura prohibía que se citara a artistas significadamente antifranquistas, como Chaplin, Paulette Goddard o Lewis Milestone. Los doblajes se aprovechaban para cambiar los diálogos, como ocurrió con Humphrey Bogart en Casablanca. El documental de Oriol Porta explica la pugna en estos términos: los guionistas de Hollywood trataban de subrayaban el compromiso republicano de los personajes (eran los “buenos” de la película), mientras la dictadura aplicaba la censura.

Después de la segunda guerra mundial, en plena guerra fría, el Macarthismo se encarnizó con directores, artistas y escritores. La “caza de brujas” también afectó a quienes habían mantenido alguna relación con la República española, una acción considerada “subversiva”, “antiamericana” e “inspirada por el comunismo”. Más que en las películas, las pesquisas se centraron en directores y actores, quien tenían que responder ante el Comité de Actividades Antinorteamericanas a preguntas como estas: “¿Está afiliado usted al gremio de los guionistas?”; o “¿Está usted afiliado al partido comunista?”. En las “listas negras” figuraban personajes tan conocidos como Bertolt Brecht, Howard Fast, Frank Capra o Charles Chaplin. “Si estabas en las listas no había trabajo, salvo alguno temporal”, afirma Alvah Bessie en “Hollywood contra Franco”. “Era una época de delatores y vencidos, en los que unos perdían la dignidad, otros el trabajo y algunos la vida; los guionistas nos teníamos que organizar para sobrevivir”, agrega.

El consulado español se dirigió asimismo a la 20th Century Fox para que introdujera cambios en el guión de “Las nieves del Kilimanjaro”, estrenada en 1952 a partir de un texto de Hemingway, con Gregory Peck y Ava Gardner en el reparto. La empresa accedió. Según Román Gubern, “la imagen de la guerra civil resultó aséptica, algo turbia y despojada de valores épicos”. “Ojalá pudiéramos volver a Detroit”, exclama un miliciano mientras combate en la trinchera. No es casualidad que la película, vaciada de carga ideológica, coincidiera con los Acuerdos entre Eisenhower y Franco para la instalación de las bases militares norteamericanas en España.

La década de los 60 destaca por los cineastas independientes que se lanzan a producir películas ambientadas en España. En 1964, Fred Zinnemann realiza “Caraquemada”, un filme centrado en la biografía de Quico Sabaté, uno de los últimos maquis anarquistas. Asesinado en 1960 por la guardia civil, traspasaba los Pirineos para llevar a cabo la “acción directa” en territorio español. Anthony Quinn interpreta a un sádico agente del cuerpo armado. La película no gustó a la dictadura franquista, de hecho, Fraga Iribarne prohibió el rodaje en España. Columbia Pictures, sancionada por el régimen, tuvo que grabar la película en el sur de Francia. 

En 1969 se estrenó “España otra vez”, dirigida por Jaime Camino. El realizador invitó a participar en la película a Alvah Bessie, quien 30 años después retornó a España. La película es un retrato de su experiencia vital. Se trata de un exbrigadista estadounidense que regresa a España (donde combatió en la Batalla del Ebro), en busca de un antiguo amor de guerra. Alvah Bessie se encuentra con un país vaciado de los ideales políticos por los que había peleado. El documental de Oriol Porta culmina en la explosión de creatividad de los años 70, vinculada con la oposición a la guerra de Vietnam. Hija de esos tiempos fue “Tal como éramos”, dirigida por Sydney Pollack en 1973, y protagonizada por Robert Redford y Barbara Streisand. En la película aparecen referencias a la guerra civil española, la segunda guerra mundial, el rol del Partido Comunista de Estados Unidos o la “caza de brujas”. De todo ello da cuenta, con esmero artesanal, este documental producido en 2008.