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jueves, 14 de diciembre de 2017

_- Emotivo alegato antinuclear en la entrega del Nobel de la Paz en Oslo al ICAN. Estados Unidos, Reino Unido y Francia, potencias nucleares, no enviaron a sus embajadores a la ceremonia en señal de protesta.

_- Agencias


La Campaña Internacional para Abolir las Armas Nucleares (ICAN) hizo este domingo un emotivo alegato contra los arsenales atómicos al recibir el Nobel de la Paz y, con el drama de Hiroshima de fondo, urgió a las grandes potencias a unirse al tratado de prohibición consensuado en la ONU.

Esta organización que agrupa a 468 entidades y ONGs en 101 países estuvo representada por su directora ejecutiva, Beatrice Fihn, y la activista y superviviente de la bomba atómica lanzada en 1945 por Estados Unidos sobre Hiroshima (Japón) Setsuko Thurlow, que recogieron juntas el premio y pronunciaron un discurso a medias.

"Representamos la única elección racional, representamos a los que rehúsan aceptar las armas nucleares como un elemento del mundo, unir sus destinos a las líneas de un código de lanzamiento. La nuestra es la única realidad posible, la alternativa es impensable", dijo Fihn al recibir el premio en Oslo.

Fihn rechazó el efecto disuasorio de las potencias nucleares y sostuvo que su utilidad "real" es "provocar miedo y negar la libertad, atrayendo a más países a la carrera nuclear".

Frente a la "aceptación ciega" llamó a reclamar "la libertad de no vivir nuestras vidas como rehenes de una aniquilación inminente" y sostuvo que la ICAN es "la voz de la humanidad".

El alegato estuvo dirigido a que las potencias nucleares -entre ellas Estados Unidos, Reino Unido y Francia, que no enviaron a embajadores a la ceremonia en señal de protesta- acaben con la "amenaza" que suponen sus arsenales atómicos para la Humanidad y se unan al Tratado de Prohibición de Armas Nucleares, que 122 países aprobaron el pasado julio en la ONU.

"La historia de las armas nucleares tendrá un final, de nosotros depende cuál será. ¿Será su fin o el nuestro? Una de esas cosas pasará", afirmó Fihn, quien definió el tratado como "una luz en un tiempo oscuro".

Tras la parte más política y activista del discurso, fue el turno del dramático relato de Setsuko Thurlow, sobreviviente de la bomba atómica lanzada en 1945 por Estados Unidos a la japonesa Hiroshima, que definió las armas nucleares como "el mal máximo" y pidió poner fin de una "locura" intolerable.

"Quiero hacerles sentir la presencia de quienes murieron en Hiroshima y Nagasaki, quiero hacerles sentir una gran nube de un cuarto de millón de almas. Cada persona tenía un nombre, cada persona era amada por alguien. Asegurémonos de que sus muertes no fueron en vano", dijo Thurlow.

La japonesa de 85 años recordó el día del bombardeo, la sensación de "flotar" en el aire, el colapso de su escuela, los gritos de sus compañeros y su sobrino Eiji, de 4 años, convertido en "un trozo fundido de carne" que siguió pidiendo agua hasta morir.
"Mientras salía arrastrándome, las ruinas ardían. La mayoría de mis compañeros murieron quemados vivos. Vi a mi alrededor una devastación total, inimaginable", contó, en declaraciones citadas por la agencia de noticias EFE.

La imagen de ese día en su memoria fue contundente. Había "procesiones de figuras fantasmagóricas que se arrastraban. Gente herida grotescamente sangraba, quemada, ennegrecida, hinchada. Les faltaban partes del cuerpo, la carne y la piel colgaba de sus huesos, algunos tenían las órbitas de los ojos en las manos; otros, los estómagos abiertos y los intestinos colgando", recordó.

Y sostuvo que hay que desmontar el "mito" que las de Hiroshima y Nagasaki fueron "bombas buenas" que acabaron con una "guerra justa", sino que fueron parte de la "desastrosa" carrera armamentista nuclear.

Por su parte, la jurado del Nobel, Berit Reiss-Andersen, reconoció que el mensaje de ICAN es "que el mundo nunca será seguro mientras tengamos armas nucleares".

La firma del Tratado de Prohibición de Armas Nucleares fue el mayor logro de ICAN, que le permitió adjudicarse el galardón anunciado el 6 de octubre último.

El texto prohíbe la producción, posesión, utilización y el almacenamiento de armas nucleares, pese a la resistencia de las potencias nucleares y sus aliados.

"Este tratado tiene poderosos adversarios pero es más importante que nunca", dijo Reiss-Andersen y agregó que la ICAN "sirve a los intereses de la humanidad", informó la agencia de noticias DPA.

El premio, que se entrega en el aniversario de la muerte del creador de los galardones, Alfred Nobel, está dotado con nueve millones de coronas suecas, unos 1,05 millones de dólares.


Redemption Song
(Bob Marley, autor) Versión de John Legend

Old pirates, yes, they rob I
Sold I to the merchant ships
Minutes after they took I
From the bottomless pit
But my hand was made strong
By the hand of the Almighty
We forward in this generation
Triumphantly
Won't you help to sing
These songs of freedom?
'Cause all I ever have
Redemption songs
Redemption songs

Emancipate yourselves from mental slavery
None but ourselves can free our minds
Have no fear for atomic energy
'Cause none of them can stop the time
How long shall they kill our prophets
While we stand aside and look? Ooh
Some say it's just a part of it
We've got to fulfill the Book
Won't you help to sing
These songs of freedom?
'Cause all I ever have
Redemption songs
Redemption songs
Redemption songs

Emancipate yourselves from mental slavery
None but ourselves can free our minds
Wo! Have no fear for atomic energy
'Cause none of them-a can-a stop-a the time
How long shall they kill our prophets
While we stand aside and look?
Yes, some say it's just a part of it
We've got to fulfill the book
Won't you have to sing
These songs of freedom?
'Cause all I ever had
Redemption songs
All I ever had
Redemption songs
These songs of freedom
Songs of freedom

Viejos piratas, si, ellos me robaron
y me vendieron a barcos mercantes
minutos después me sacaron
del agujero mas cruel
Pero mis manos se hicieron fuertes
por la mano del todopoderoso
nos levantamos triunfalmente en esta generación
Todo lo que siempre he tenido son canciones de libertad
nos ayudas a cantar estas canciones de libertad?
Porque es todo lo que tengo, canciones redentoras.

Emanciparte de tu esclavitud mental
Nadie excepto nosotros mismos puede liberar nuestras mentes
No tengas miedo de la energía atómica
Porque ninguno de ellos puede detener el tiempo
Cuanto tiempo más mataran nuestros profetas
Mientras nos quedamos mirando a otro lado
Alguien dijo esto es solo una parte
debemos también nosotros escribir en el libro

Por que no ayudas a cantar, estas canciones de libertad
Porque es todo lo que tengo, canciones redentoras,
canciones redentoras, canciones redentoras.

Emanciparte de tu esclavitud mental
Nadie excepto nosotros mismos puede liberar nuestras mentes
No tengas miedo de la energía atómica
Porque ninguno de ellos puede detener el tiempo
Cuanto tiempo más matarán nuestros profetas
Mientras nos quedamos mirando a otro lado
Alguien dijo esto es solo una parte
debemos también nosotros escribir en el libro

Por que no ayudas a cantar, estas canciones de libertad
Porque es todo lo que tengo, canciones redentoras
Todo lo que tengo, canciones redentoras
Estas canciones de libertad, canciones de libertad

jueves, 26 de octubre de 2017

_- Atomic bomb survivor to jointly accept Nobel Peace Prize on ICAN’s behalf.

_- INTERNATIONAL CAMPAIGN TO ABOLISH NUCLEAR WEAPONS (ICAN) ·
JUEVES, 26 DE OCTUBRE DE 2017

An 85-year-old survivor of the 1945 atomic bombing of Hiroshima will jointly accept this year’s Nobel Peace Prize on behalf of the International Campaign to Abolish Nuclear Weapons (ICAN).

Setsuko Thurlow, who was 13 years old when the United States attacked her city, will receive the award together with ICAN’s executive director, Beatrice Fihn, at the Nobel Peace Prize ceremony in Oslo on 10 December.

Thurlow has been a leading figure in ICAN since its launch in 2007. She played a pivotal role in the United Nations negotiations that led to the adoption of the landmark treaty outlawing nuclear weapons in July.

For more than seven decades, she has campaigned against the bomb. Her powerful speeches at diplomatic conferences and in classrooms have inspired countless individuals around the world to take action for disarmament.

Two other survivors of the atomic bombings, to be selected by the Japan Confederation of A- and H-Bomb Sufferers Organizations, will also attend the prize ceremony, as will survivors of nuclear testing.

Fihn, who is based in Geneva, has worked in the area of disarmament for the past decade, including with the Women’s International League for Peace and Freedom. She has a law degree from the University of London.

“In our advocacy, we have always emphasized the inhumanity of nuclear weapons. Devices that are incapable of distinguishing between a combatant and a child are simply unacceptable,” said Fihn.

“Survivors of the atomic bombings of Hiroshima and Nagasaki are living witnesses to the horror of nuclear war. They have played a central role in ICAN. World leaders must heed their call for a nuclear-weapon-free future.”

Thurlow and Fihn will jointly deliver the Nobel lecture and receive the medallion and diploma from the Norwegian Nobel committee. They will do so as representatives of ICAN, this year’s Nobel peace laureate.

ICAN was awarded the prize “for its work to draw attention to the catastrophic humanitarian consequences of any use of nuclear weapons and for its ground-breaking efforts to achieve a treaty-based prohibition of such weapons”.

ICAN is a diverse coalition of 468 non-governmental organizations in 101 countries promoting adherence to and implementation of the United Nations nuclear weapon ban treaty.

ICAN campaigners around the world will take part in celebrations on 10 December and renew their appeal for governments to sign and ratify this crucial new international accord without delay.

Thurlow said that she was overjoyed by the news that ICAN had won the Nobel Peace Prize, describing it as a wonderful and well-deserved honour. “I am so deeply humbled to have been invited to jointly accept the prize on behalf of the campaign,” she said.

“It has been such a privilege to work with so many passionate and inspirational ICAN campaigners around the world over the past decade. The Nobel Peace Prize is a powerful tool that we can now use to advance our cause.”

Organizaciones por la paz y contra las armas nucleares.
http://www.icanw.org/campaign/partner-organizations/

jueves, 6 de agosto de 2015

70 ANIVERSARIO DE HIROSHIMA » Un superviviente de Hiroshima: “Un ejército de fantasmas vino hacia mí”. En el 70 aniversario de la bomba atómica de Hiroshima, los supervivientes reviven sus recuerdos para que no se repita su experiencia.

El lunes 6 de agosto de 1945, a las 8 de una soleada mañana en Hiroshima, Takashi Teramoto, de 10 años, era el niño más feliz del mundo. Su madre se había dejado convencer y se lo había traído de vuelta a casa tras pasar meses evacuado en un refugio infantil. Aquella noche, el pequeño había dormido en su casa por primera vez en más de tres meses. “Qué cómodo me sentí. Es uno de mis recuerdos más intensos”, musita. A las 7.30, después de que se levantara una alerta antiaérea, había salido a jugar con dos amigos. Su madre le hizo entrar a eso de las 8.10 para prepararse para el médico. Cinco minutos más tarde, a las 8.15, estalló el infierno.

Takashi nunca volvería a ser plenamente feliz. En medio de un cielo completamente despejado, el Enola Gay, un B-29 estadounidense pilotado por Paul Tibbets, había lanzado la primera bomba atómica, llamada Little Boy.

De unos tres metros de largo y 4 toneladas de peso, llevaba 50 kilos de uranio. A 600 metros de altura sobre el centro de la ciudad y 43 segundos después de su lanzamiento, su explosión causó una bola de fuego de 28 metros de diámetro, con una temperatura de 30.000 grados centígrados. Una zona de dos kilómetros de radio se convirtió en mera tierra quemada. 70.000 de los cerca de 350.000 habitantes de Hiroshima, que hasta entonces no había sido bombardeada en la guerra, murieron inmediatamente tras el ataque. Otras 70.000 personas fallecerían antes de que terminara el año víctimas de sus heridas o de la radiación.

“Vi de reojo un gran destello azul. Y oí un gran estruendo. Luego, ya no vi nada más. La tierra temblaba y no paraban de caerme cosas encima. Finalmente, vi un poco de luz y salí a la calle”, donde una vecina se hizo cargo de él. “Mi madre aún estaba dentro de la casa, yo no quería marcharme, pero los vecinos me dijeron que se ocuparían de ella. Cuando empezó a caer lluvia ácida, gotas de agua negra, la vecina me tapó con un trozo de hojalata, porque me escocía la cara. Ella murió meses después, enferma por la radiación. Yo estoy convencido de que le debo la vida”, recuerda Teramoto.

Minoru Yoshikane también vio el destello de reojo. A sus 18 años, estaba terminando secundaria y aspiraba a convertirse en profesor de inglés, entusiasta de la literatura y las canciones en esa lengua. Había sido reclutado, como el resto de los estudiantes de secundaria, para trabajar en el esfuerzo de guerra, y se encontraba en una fábrica esperando órdenes. Al estallar la bomba, él y sus compañeros se refugiaron en el sótano. “Un par de horas más tarde, uno de nuestros profesores nos dijo que nuestra escuela corría peligro y teníamos que ir a echar una mano, así que nos dirigimos al centro”.

Nunca olvidará lo que vio. No quedaban casas en pie. El 90% de los edificios de Hiroshima quedaron destruidos por la explosión o los incendios que le siguieron. “Vi lo que parecía un ejército de fantasmas venir hacia mí. Decenas de heridos, quemados, con las caras destrozadas, no parecían humanas. La piel se les caía a jirones. También había muertos, muchos muertos. Me asusté muchísimo”.

Hiroshi Hara, de 13 años, estaba en una isla cercana buscando comida para su tío enfermo cuando ocurrió la explosión. Al día siguiente intentó llegar a su escuela, en el centro de Hiroshima. “El río estaba lleno de cuerpos. Muchos heridos, quemados, con las orejas derretidas. Imploraban agua, algo de beber. Al ver que yo era estudiante, me preguntaban a qué escuela iba, si conocía a su hijo o a su hija. En el momento de la explosión, muchos niños, agrupados por edades y escuelas, estaban en el centro trabajando en fábricas o construyendo cortafuegos… Miles y miles de ellos murieron”.

En su huida hacia el campo, el pequeño Takashi también había encontrado a otros de esos graves, que escapaban como podían. Reconoció a uno de ellos, con la cara quemada y que caminaba con los brazos extendidos, para evitar que la piel que le colgaba a tiras de los brazos tocara el suelo: era uno de los amigos con los que había estado jugando antes de la explosión, y que moriría a los pocos días. El otro había fallecido en el acto, según supo después.

Tres días más tarde, el 9 de agosto a las 11.02 de la mañana, otro B-29, Bockscar, lanzaba otra bomba, esta vez de plutonio, contra Nagasaki. Fat Man, de una onda explosiva mucho mayor -equivalente a 22.000 toneladas de trilita, frente a las 15.000 de Little Boy- cayó sobre un barrio periférico. Cerca de 70.000 personas murieron en el acto o en los meses que transcurrieron hasta fin de año. El 15 de agosto Japón capitulaba. Ese día, la madre de Takashi murió de sus heridas.

El infierno no había acabado para las víctimas. Takashi, como muchos otros residentes, vio cómo perdía el pelo por el efecto de la radiación. Sangraba por las encías y le salieron puntos negros en la piel. Tuvo que guardar cama hasta diciembre. Según cuenta, ver a la gente vomitar sangre se convirtió en algo normal en aquellos meses. Su hermano acabó muriendo años después de un cáncer que cree causado por la bomba. "Mucha gente continúa sufriendo aún hoy".

Para los hibakusha, como se conoce en Japón a los supervivientes de la bomba atómica, “ha sido un camino difícil” desde entonces, apunta Yasuyoshi Komizo, de la Fundación para la Cultura de la Paz de Hiroshima. Han tenido que vivir la censura inicial de EEUU sobre los bombardeos, y la discriminación de sus propios compatriotas que temían los posibles efectos de la radiación. Algunos ocultaron que habían estado allí. “Como cualquier ser humano, al principio lo que sentían era odio y ganas de venganza. No cambiaron de opinión de una manera fácil. Pero con el tiempo han concluido que continuar el odio carece de sentido, que la paz es algo que corresponde a cada ser humano, y quieren dar testimonio, para que nunca más vuelva a repetirse otro ataque nuclear”.

MÁS INFORMACIÓN


http://internacional.elpais.com/internacional/2015/08/05/actualidad/1438781224_790907.html

70 aniversario del bombardeo atómico sobre Japón



“Como único pueblo atacado por una bomba nuclear, tenemos la misión de conseguir un mundo sin armas nucleares”. El primer ministro japonés, Shinzo Abe, renovaba así el compromiso de su país contra ese armamento, en la ceremonia para conmemorar el 70 aniversario del lanzamiento contra Hiroshima de la primera bomba atómica. Alrededor de 55.000 personas, según las cifras oficiales, habían acudido a rendir homenaje a las cerca de 140.000 víctimas de aquel ataque y participar en un llamamiento para la paz mundial. Frágiles, algunos de ellos en silla de ruedas, decenas de hibakusha -supervivientes de la bomba- habían desafiado al fuerte calor para recordar el peor día de su historia y rendir homenaje a sus padres, hermanos, familiares o amigos que perdieron la vida aquel 6 de agosto de 1945 o en los días y meses que le siguieron.

A las 8.15, los sonidos de una campana marcaron el momento preciso en que estalló la bomba. Los participantes, entre los que se encontraban representantes de un centenar de países, y dignatarios como el secretario general de Naciones Unidas, Ban Ki Moon, guardaron un minuto de silencio, solo roto por el silencio de las cigarras. El homenaje había comenzado con una ofrenda de agua recolectada en 17 puntos de la ciudad, en recuerdo de las víctimas que, con terribles quemaduras, murieron suplicando algo de beber.

En su intervención, Abe anunció que su país presentará una nueva propuesta de resolución ante la Asamblea General de la ONU en los próximos meses sobre la abolición de las armas nucleares, y dar un nuevo empuje a la idea como anfitrión el año próximo de la cumbre anual del G7. “Es nuestra tarea dar a conocer la inhumanidad de las armas nucleares, sin barreras generacionales ni fronterizas”, afirmó el primer ministro.

Su llamamiento contra las armas nucleares tenía este año un contexto especial. Abe se encuentra en pleno proceso para lograr la aprobación en el Parlamento de una serie de leyes que permitirán que, por primera vez y en determinadas circunstancias, este país pueda participar en misiones de combate fuera de su territorio para ayudar a aliados en peligro. Para el Gobierno nipón, la reinterpretación de la Constitución pacifista vigente desde la posguerra es algo necesario que permitirá al país una relación militar más equilibrada con sus aliados, principalmente con Estados Unidos. Para sus críticos, representa una iniciativa anticonstitucional que pone al país más cerca de verse implicado en un conflicto bélico tras 70 años de paz ininterrumpida.

Entre las voces más críticas se encuentran, precisamente, la de los hibakusha. “Es algo anticonstitucional”, afirma Hiromi Hasai, catedrático jubilado de Física Nuclear en la Universidad de Hiroshima y superviviente del ataque atómico, que se hace eco de la opinión que ya han expresado algunos catedráticos de Derecho nipón. “Abe quiere estar del lado de los ganadores, pero en una guerra nunca hay ganadores. Nosotros decimos no a la guerra, no a que las cosas se decidan mediante el uso de la fuerza”. Un grupo de hibakusha, Nihon Hydankyo, criticó duramente al Gobierno después de que la Cámara baja aprobara los proyectos de ley el mes pasado.

Los que vivieron la guerra temen también que el primer ministro intente rebajar el próximo día 15, en su discurso de conmemoración de fin de la II Guerra Mundial, las disculpas que han repetido Gobiernos previos.

Esta semana, el ministro de Defensa, Gen Nakatani, reavivó la polémica al admitir que en teoría los proyectos de ley que se debaten, y a los que la Cámara baja ya ha dado su visto bueno, podrían permitir que Japón transportara armas nucleares para sus aliados. Inmediatamente, no obstante, se apresuró a precisar que se trataría de un supuesto muy improbable.

Abe fue reelegido en las elecciones anticipadas del pasado diciembre pero su popularidad ha caído progresivamente desde entonces y se encuentra por debajo del 40%, según las encuestas. El primer ministro no aludió en absoluto a la polémica durante su breve discurso en Hiroshima. Sí se oyeron gritos aislados entre el público, cuando el jefe de Gobierno terminó su intervención, de “¡no queremos guerra!”.

El resto de participantes se ciñó también al mensaje pro abolición de las armas nucleares.“Para coexistir debemos abolir el mal absoluto y la total inhumanidad que representan las armas”, señaló el alcalde de Hiroshima, Kazumi Matsui. Pero, a diferencia de Abe, Matsui sí pareció aludir a la polémica sobre la nueva actitud más militarista del Gobierno japonés. “Trabajar con paciencia y perseverancia (para lograr sistemas de seguridad que permitan eliminar la amenaza nuclear) será vital, y requerirá que promovamos por todo el mundo el camino a la paz verdadera revelado por el pacifismo de la Constitución japonesa”, subrayó Matsui.

Y Hiroshima hizo explotar el periodismo humano. Al cumplirse 70 años del estallido de la bomba atómica en Japón, Debate reedita ‘Hiroshima’, de John Hersey, traducido al español por el colombiano Juan Gabriel Vázquez.

Además de casas y edificios, en Hiroshima había gente. Es obvio, pero aquel agosto de 1945, a excepción de los japoneses, casi nadie pareció darse cuenta. La mayor parte de lo que se dijo y se escribió inmediatamente después del estallido de la bomba atómica giraba en torno a la política, las estrategias militares y, desde luego, al inminente fin de la Segunda Guerra Mundial. Por eso, cuando al año siguiente apareció un reportaje sobre “el factor humano” de la tragedia, con más imágenes textuales que datos, la comunidad internacional dio un giro en su visión sobre lo ocurrido. El texto se llama Hirosima, lo escribió John Hersey y, cuando se cumplen 70 años de uno de los principales acontecimientos del siglo XX, lo ha reeditado Debate, traducido al español por el escritor colombiano Juan Gabriel Vázquez.

John Hersey era hijo de una pareja estadounidense de misioneros protestantes que se encontraban en china cuando el futuro periodista nació en 1914. La familia regresó a Estados Unidos cuando Hersey era un niño de diez años. Creció siendo un aficionado al fútbol americano y, en 1937, el escritor Sinclair Lewis, el primer estadounidense que ganó el Premio Nobel de Literatura (1930), lo contrató como asistente. Permaneció poco tiempo a su lado porque, un día, escribió una carta al director de Time especificándole las deficiencias de la revista y, lejos de ningunear al aprendiz de escritor, decidieron integrarlo a la redacción. En los comienzos de la Segunda Guerra Mundial realizó sendas crónicas sobre las acciones de las tropas de Estados Unidos en Europa y, basado en esa experiencia, comenzó a escribir novelas. Luego lo nombraron corresponsal en Asia y se fue a vivir a Shangai (China), desde donde hacía también algunas colaboraciones para The New Yorker.

En la primavera de 1946, cuando estaba por cumplirse el primer aniversario del estallido nuclear, William Shaw y Harold Ross, los editores de la mítica publicación neoyorkina, se pusieron en contacto con él para pedirle que fuera a Hiroshima con el fin de averiguar las repercusiones de la bomba atómica en la vida de la gente, algo en lo que, hasta entonces, nadie parecía haberse fijado. Al llegar a la ciudad japonesa leyó el testimonio de un sacerdote jesuita que había sobrevivido a la hecatombe. Lo buscó y éste le presentó a otros sobrevivientes. El periodista pasó el mes de mayo de aquel año haciendo su investigación en la ciudad, recolectando historias humanas y no tanto sobe los daños a las infraestructuras urbanas, y se fue a Nueva York con mucho material y dispuesto a encerrarse para escribir.

Hersey entregó 150 páginas a sus editores en las que, a través de seis sobrevivientes (un sacerdote, una costurera, dos médicos, un ministro y una empleada de una fábrica), mostraba la dimensión humana de lo ocurrido. Con precisión y detalles, pero alejado del sentimentalismo, Hiroshima cuenta cómo vivieron el momento en que el Enola Gay arrojó la bomba y cómo sobrevivieron los primeros instantes y los primeros días posteriores. Era, sobre todo, un trabajo periodístico y no un panfleto de activista. “Se trata de un libro distante y frío, y traducirlo al español, que es por naturaleza y por música solemne y cálido, equivale a falsear algo en el texto. Tan importantes son la distancia y la frialdad en Hiroshima, que Gore Vidal solía lapidar a Hersey con el argumento de que sus artículos enseñaban sólo el cómo de las cosas, nunca el por qué; al dogmático Vidal le habría gustado que Hersey se acercara al debate sobre si era o no necesario usar semejante arma, siendo que Japón ya estaba mostrando intenciones de rendirse”, dice Juan Gabriel Vázquez en el prólogo de la obra en español.

Después de la exhaustiva revisión de los editores Shaw y Ross, Hersey hizo algunas correcciones y volvió a entregar su extenso texto. El dilema era ahora si debía cortarse o publicarse en varias partes. Al final, se tomó una decisión excepcional: publicarlo completo. Así que en la edición de The New Yorker del 31 de agosto de 1946, cuya portada era un jardín veraniego, un solo texto ocupó casi todas las páginas de la revista (sólo se respetó el sitio destinado a la cartelera teatral). Y todo mundo empezó a comentar su contenido. Y cambió el punto de vista sobre lo ocurrido. Y se tradujo a varios idiomas y luego se publicó en forma de libro, el cual se convirtió en paradigma del buen periodismo.

Casi 40 años después del estallido de la bomba atómica, John Hersey volvió a Hiroshima para ver, ahora, las consecuencias (físicas y psicológicas) a largo plazo en la gente. Pero esta vez, el texto dejaba claro que, pese a los tremendos daños causados en los japoneses, narrados en su reportaje, la carrera armamentística nuclear no había dejado de desarrollarse.
http://cultura.elpais.com/cultura/2015/08/05/actualidad/1438752836_785610.html?rel=ult

Las heridas de Hiroshima. Japón afronta sus contradicciones en el 70º aniversario de la bomba. El país, que nunca hizo un debate sincero sobre su imperialismo, quiere recuperar el uso de la fuerza militar

Cada año, el 6 de agosto, Japón conmemora el aniversario de la destrucción de Hiroshima por la bomba atómica estadounidense que arrasó la ciudad, en un abrir y cerrar de ojos, y se llevó por delante las vidas de decenas de miles de personas.

Sin duda, el 70º aniversario, que se cumple este año, se conmemorará con ganas. En esta ocasión la palabra clave es paz. La ceremonia tendrá lugar en el Parque Conmemorativo de la Paz de Hiroshima, construido en 1954 cerca del punto donde estalló la bomba. A las 8.15, hora en que tuvo lugar el bombardeo, el primer ministro, Shinzo Abe, y otros dignatarios se unirán a los ciudadanos de a pie en oraciones silenciosas. Seguirá el repique de las “campanas de la paz”, la lectura de una “declaración de paz”, y se echarán a volar palomas al cielo que un día cubrió la nube en forma de hongo.

La paz es, por sí misma, una condición difícil de objetar. Puede actuar como el mínimo común denominador que une a personas con convicciones políticas dispares e incluso antiguos enemigos. Las plegarias por la paz, que aluden sobre todo al abrumador sufrimiento infligido a las víctimas de las bombas de Hiroshima y Nagasaki (atacada el 9 de agosto), también permiten a muchos japoneses eludir una tarea aún más difícil: reconciliar las interpretaciones opuestas sobre las causas que llevaron a la guerra y desencadenaron la mayor hecatombe nuclear de la historia.

Es fácil olvidar que, en 1945, las armas nucleares eran vistas como una prolongación natural de las preferencias estratégicas de un país para enfrentarse al enemigo. Bajo la doctrina de la guerra total, los civiles que estaban en la retaguardia, incluidas las mujeres y los niños, también eran considerados combatientes. El bombardeo alemán de Gernika de 1937 conmocionó al mundo, pero con el tiempo todas las potencias aceptaron la idea de que las víctimas civiles formaban parte integrante de aquella guerra total, bien porque los bombardeos de precisión contra objetivos militares se consideraban demasiado complejos, bien porque convertir a los civiles en un blanco se consideraba una estrategia desmoralizadora eficaz, o bien, y cada vez más a medida que la guerra se prolongaba, por ambas razones.

Japón se anticipó al Blitz [el bombardeo continuado de Reino Unido por parte de la Alemania nazi] y fue uno de los primeros países en lanzar bombas sobre civiles, en particular en Chongqing, adonde Chang Kai-shek había trasladado la capital china, desde finales de 1938. Cuando las fuerzas aliadas también empezaron a hacerlo, lo llevaron hasta sus últimas consecuencias en Hamburgo, Berlín y otros muchos lugares de Alemania, alcanzando su punto culminante con el lanzamiento de bombas incendiarias sobre ciudades japonesas. Tokio sufrió el mayor ataque aéreo del 9 al 10 de marzo de 1945 (entre 80.000 y 100.000 muertos en una noche).

Cuando Tokio se rindió, el 15 de agosto de 1945, más de 200 ciudades japonesas habían sido bombardeadas. Los que vivían en los centros urbanos huían en masa al campo, echando por tierra la idea de los planificadores de la guerra total de que todos y cada uno de los japoneses lucharían hasta el final. Okinawa había caído, y a la población civil se la dejó morir de hambre debido a una red de minas submarinas sembradas por Estados Unidos que impedían el transporte de los ya escasos suministros de alimentos. Sobre todo, la entrada de la Unión Soviética en la guerra el 9 de agosto convirtió la invasión desde dos frentes, el soviético y el estadounidense en una perspectiva aterradora para los líderes japoneses.

Es posible que las bombas atómicas precipitasen el ritmo de los acontecimientos, pero el temor a la Unión Soviética e incluso a una situación revolucionaria en Japón eran motivos convincentes para que el país se rindiese.

El Japón más conservador cree que mientras se hable de paz se evitará el examen de sus propias agresiones

Así pues, nació el nuevo Japón, con una Constitución pacifista en la que renunciaba a la guerra. El borrador fue redactado por Estados Unidos, si bien gran parte de la burocracia de los tiempos de guerra permaneció intacta, y algunos de los líderes de esa época no tardaron en volver a ocupar cargos públicos. Sobre todo llama la atención que el emperador Hirohito, en cuyo nombre se libró la guerra, se convirtiese en símbolo de la paz. Las autoridades estadounidenses de ocupación temían, tal vez injustificadamente, que sin él se produjesen disturbios, y más tarde necesitaban a Japón como aliado estable en la época de la Guerra Fría. Con el emperador de la guerra aún en el trono, se convirtió en imposible discutir abiertamente las fuentes de la responsabilidad de las autoridades japonesas durante la época bélica (con atrocidades cometidas en China, Vietnam o Indonesia a raíz del afán imperialista del régimen, pero también las consecuencias brutales que tuvo para el pueblo japonés entrar en la guerra).

En todo caso, Japón demostró ser un valioso aliado de Estados Unidos, y con la ayuda de una rápida recuperación económica, pronto sintió la tentación de olvidar el oscuro pasado bélico. No es de extrañar que en el país no haya habido el equivalente a la “genuflexión” de Willy Brandt, cuando el canciller de la República Federal de Alemania se arrodilló espontáneamente ante el monumento al levantamiento del gueto de Varsovia en una demostración inequívoca del arrepentimiento alemán.

El Japón más conservador y oficialista, todavía dominado por la extrema derecha, continúa dando por sentado que, mientras se siga hablando de paz, podrá evitar hacer un examen de otros aspectos más sórdidos de su historia agresiva e imperialista, dicho sea sin perjuicio de algunas admirables iniciativas civiles, periodísticas, artísticas y académicas emprendidas a lo largo del tiempo para dar pie a un debate público sincero. Existe una clara división entre aquellos que consideran la guerra como un noble, aunque fallido, intento de defender los intereses del país y los que la ven como un trágico error.

El uso frívolo de un lenguaje pacifista tiene sus riesgos. El 15 de julio, el Gobierno de Shinzo Abe impuso en el Congreso un nuevo proyecto de ley de seguridad que permitiría a Japón enviar ayuda militar a sus aliados como parte de la seguridad colectiva. Esto ha hecho caer en picado el índice de aprobación del primer ministro. Ante el temor de que la normativa pueda involucrar a Japón en el uso de la fuerza militar activa que el país ha rechazado como una cuestión de identidad nacional de la época de posguerra, alrededor de 150 intelectuales, entre ellos un premio Nobel de física y una conocida académica feminista, se han opuesto conjuntamente a la legislación calificándola de equivocada y despótica. Al mismo tiempo, decenas de miles de personas han salido a las calles en una imagen que recuerda a las manifestaciones antinucleares que siguieron al desastre de Fukushima.

La triple catástrofe del terremoto, el tsunami y la explosión de los reactores nucleares que sacudió el noreste de Japón en marzo de 2011 es profundamente relevante para la actual retórica popular, ya que sirvió como llamada de atención para muchos japoneses, a los que con frecuencia se acusa de pasividad fatalista e indiferencia ante la política. Puede que los dos primeros fuesen desastres naturales, pero el tercero fue claramente causado por la mano del hombre, consecuencia de años de mala gestión y de la decidida presión del régimen conservador a favor de la energía nuclear desde mediados de la década de 1950.

En tiempos más ingenuos, el Gobierno casi había convencido a los ciudadanos de que la energía nuclear era “segura”, y de que Japón, siendo como era el único país de la historia víctima de un bombardeo nuclear, mostraría al resto del mundo cómo emplearla con un fin pacífico. El fiasco de Fukushima puso de manifiesto que lo que tanto tiempo se había calificado de “seguro” no lo era en absoluto. Y cuando se trata del uso de la fuerza militar, muchos japoneses también ponen objeciones a la versión de la paz del Gobierno de Abe. Por lo tanto, es posible que los que este año pronunciarán una oración por la paz en Hiroshima aparentemente unidos, al fin y al cabo no lo estén tanto.

Eri Hotta es historiadora japonesa y autora de Japón 1941 / El camino a la infamia: Pearl Harbor (Galaxia Gutenberg, 2015).