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sábado, 19 de mayo de 2018

El fin del dinero barato y el desmantelamiento del Estado social


Manuel Gabarre
El Salto

El fin de las políticas de estímulo promulgadas por el Banco Central Europeo amenaza con devolver a la población perjudicada por la crisis a una situación peor que la de 2012, cuando la institución de Draghi "ganó tiempo" y los poderes de la UE impusieron una política de reformas que el PP ha dirigido

Desde la crisis financiera desencadenada en el año 2007, la política de desmantelar los servicios públicos es una tendencia que parece imparable. En este artículo se trata el caso del Estado español. Primero se trata su origen, en segundo lugar se analiza la situación actual de calma chicha propiciada por el dinero prestado por el Banco Central Europeo y en tercer lugar las consecuencias que tendrá previsiblemente el enorme endeudamiento que está acumulando el estado español.

El origen: la crisis de 2007
Tras la introducción del euro en el año 2002, la banca europea apostó por el crecimiento infinito del sector residencial y turístico del Sur de Europa. Sin embargo, el estallido de la burbuja en 2007 provocó que la banca mediterránea se fuese desmoronando como un castillo de naipes. Debido a la magnitud de lo que los inversionistas europeos habían invertido en nuestro país, la quiebra del sistema financiero español les hubiese arrastrado hacia su propio hundimiento. Quizá este fue el motivo por el que las instituciones internacionales presionaron para que el Estado asumiese la deuda bancaria. De esta manera, la sociedad española ha asumido el coste de salvar el sistema financiero francés, alemán u holandés. Este salvamento se ha hecho mediante la subida de impuestos, los recortes en el gasto social y el incremento desmesurado de la deuda pública.

Tras la quiebra de Grecia, los mercados comenzaron a sembrar dudas sobre la capacidad del Estado español para devolver la deuda que este había ido acumulando por haber asumido una quiebra bancaria tras otra. Esta política de despilfarro, que todavía no ha tocado a su fin, generó los ataques especulativos del año 2012, en el que se hizo famosa la prima de riesgo, concepto usado como medida de presión política.

Los países más expuestos a los ataques especulativos, entre los que comenzaba a asomarse Francia, forzaron la bajada de los tipos de interés del Banco Central Europeo a prácticamente el 0% y otro tipo de medidas. Entre ellas, el rescate financiero y la intervención de la Unión Europea en el estado español que tuvieron lugar durante 2012.

Aunque tales medidas fueron efectivas para terminar con los ataques especulativos, no fueron eficaces para la sociedad en su conjunto: la economía seguía instalada en la deflación y las cifras de paro eran superiores al 20% en España o en Grecia. La inestabilidad política llegó a su punto álgido en la primavera de 2015 con el referéndum promovido por Syriza y con la victoria de las candidaturas populares en las principales ciudades españolas.

Se manifestó así una tendencia política capaz de acceder al gobierno del estado español si no se aliviaba la virulencia de la crisis. Por lo tanto, algo tenían que hacer los poderes de la Unión Europea para preservar el orden político. Con este fin la Unión intervino a través de una de sus principales instituciones: el Banco Central Europeo. Así la Unión Europea optó por una medida que beneficiase a las élites como la expansión cuantitativa o quantitative easing, en su traducción inglesa (QE), que es el motivo de la calma chicha actual.

La expansión cuantitativa o el aluvión de dinero barato para España
El interés de un préstamo depende del riesgo de que el deudor no lo devuelva. Por tanto, cuanto mayor sea el riesgo de que el deudor no devuelva el préstamo, mayor será el interés con el que el banco compensará este riesgo. Para rebajar el riesgo, y por tanto el interés, el Banco Central Europeo decidió comprar a la banca los préstamos concedidos a las administraciones públicas y también a determinadas entidades privadas mediante el programa de expansión cuantitativa (QE).

Estas decisiones de compra se han tomado con total opacidad por el Banco de España, en quien el BCE delegó la selección de los beneficiarios para su territorio. En este sentido, solo se publica la identidad del beneficiario pero no la cantidad, a pesar de que estas compras distorsionan el mercado, ya que alteran la competencia en favor de las entidades beneficiadas.

Entre las empresas beneficiadas hay dieciséis españolas, la mayoría provenientes de las privatizaciones de los noventa. Estos datos quizá se oculten porque revelarían asuntos turbios, por ejemplo las compras de deuda de Redexis Gas, S.A. empresa que era propiedad de Goldman Sachs, entidad plenipotenciaria de la que el propio Mario Draghi fue vicepresidente en Europa.

El objetivo de los QE era inundar el sistema financiero de dinero, ya que la banca al liberarse de los préstamos concedidos a las administraciones públicas y a otras compañías, supuestamente, concedería nuevos créditos al sector privado. Del mismo modo, ya no sería tan atractivo prestar dinero a las administraciones públicas porque los intereses fijados eran artificialmente bajos.

El crecimiento de los precios de la vivienda y la —endeble— recuperación de la economía española desde 2015 provienen de esta política monetaria, por la que el Banco Central Europeo a través del banco de España ha comprado 235.000 millones de euros de deuda pública española.

El fin del dinero barato
Una de las promesas de Trump era reflotar la industria de EE UU Para ello ha devaluado el dólar. Con un dólar más barato los productos made in USA resultan más económicos y por tanto, EE UU vende más fuera de sus fronteras al tiempo que reduce sus importaciones.

A su vez, el petróleo se comercializa en dólares, por lo que si baja el dólar, los países productores de petróleo deben subir el precio al que venden el petróleo para mantener sus ingresos. Ingresos que son necesarios para preservar la estabilidad política en sus países, muy dependientes de las importaciones. La subida de precios del petróleo conlleva un incremento generalizado de los precios en Europa, porque esta es su principal fuente de energía y tiene que importarla casi en su totalidad.

Por su parte, los QE también hacen que suban los precios, ya que la banca dispone de más dinero para conceder préstamos. Esto se produce porque al incrementarse los préstamos, se incrementan los precios ya que hay más compradores. Este fenómeno se plasma perfectamente en el sector de la vivienda, donde se puede constatar la aparición de una nueva burbuja.

La suma de estos factores provoca la subida general de los precios, es decir, la inflación. La inflación hace que la banca pierda capacidad adquisitiva porque si hay inflación resulta más barato para los deudores devolver los préstamos contraídos con interés fijo, afectando también a los préstamos con interés variable y, por tanto, perjudicando gravemente a la banca. Y la Unión Europea ha demostrado que puede tolerar cualquier cosa menos esa.

Por lo tanto, y teniendo en cuenta por un lado que el principal acreedor europeo son las entidades financieras alemanas y, por el otro, que Europa poco puede hacer para bajar el precio del petróleo, podemos estar seguros de que nos encontramos cerca del fin del dinero barato proporcionado a la economía española a través de los QE.

¿Cómo nos afectará el fin de los QE?
Sabine Lautensläger representante de Alemania en el comité ejecutivo del Banco Central Europeo manifestó acerca de los QE que “han servido para comprar tiempo, pero no han arreglado las causas estructurales de una recuperación económica endeble”. Y es que, durante este tiempo prestado por la Unión Europea con el fin de acometer reformas estructurales, el estado español se ha endeudado de manera masiva mientras la sociedad ha estado mirando hacia otro lado.

La deuda pública ha pasado de 440.000.000.000 de euros en 2007 a 1.158.379.000.000 en febrero de 2018. Es decir, casi se ha triplicado en una década. Para hacernos a la idea, hoy cada residente en España tocaría a una media de 25.000 euros de deuda pública, sea menor de edad, pensionista o directivo de Amazon.

Esto sin contar las enormes deudas de las empresas españolas, en particular, de las multinacionales (2,5 veces el PIB) ni los préstamos que haya contraído cada cual.

Les pido que hagan un ejercicio muy simple: cuando salgan a la calle, observen a las personas con las que se crucen y, tras ello, plantéense si esta deuda se puede devolver. A mí me parece que no, lamentablemente.

Por otro lado, la recuperación ficticia de la economía española depende del petróleo y del dinero barato. Por lo tanto, conforme vaya subiendo el precio del petróleo, cualquier subida de los tipos de interés del BCE, por nimia que pueda parecer, tendría unos efectos devastadores para la economía española.

Por esto, está previsto que la eliminación de los QE se haga teniendo en cuenta que la recuperación económica ha sido meramente artificial. Una subida brusca de los tipos de interés llevaría a los actores de la economía española a la posibilidad de no poder afrontar el pago de sus deudas y, por tanto, a otra crisis grave. En este sentido, Draghi ha manifestado que la eliminación de los QE se haría conforme se vaya incrementando la inflación hasta llegar el 2%. En otras palabras, que la eliminación de los QE será paulatina e irá acompasada a la subida de los precios del petróleo.

El futuro: las consecuencias del fin del dinero barato para el estado español
La subida de los intereses está al caer. Desde los centros de poder de la Unión Europea se considera que ya se ha concedido el tiempo suficiente para que las economías de los países mediterráneos hayan implantado las reformas que consideraban necesarias. Pero, a pesar de la propaganda oficial, la deuda de España no ha hecho sino aumentar irresponsablemente durante el gobierno de Rajoy. Este ha optado por hipotecar el futuro del país para consolidar la posición de un partido atenazado por la corrupción. Por otro lado, el marco legal europeo no deja lugar a dudas: en 2011 se consagró la primacía de los acreedores frente a la democracia mediante la reforma del artículo 135 de la Constitución. Son ellos quienes tienen la prioridad de cobrar por encima de las necesidades y de las decisiones de la ciudadanía.

Por lo tanto, cuando esta subida de tipos de interés se produzca, el gobierno tendrá que equilibrar sus cuentas bajo la presión de los fondos especulativos. Quienes con certeza desencadenarán otra tormenta en la que aumentarán los intereses de las deudas españolas.

En este punto aparece Ciudadanos, un partido aupado por las élites financieras a través de algunos medios de comunicación que manejan a su antojo. A este respecto, conviene tener en cuenta que el Partido Popular cuenta con una importante autonomía que proviene de la victoria de sus ancestros en la Guerra Civil, verdadero hecho constituyente del régimen español, lo que le permite controlar los poderes del estado.

Su autonomía puede llevarle a no adoptar medidas impopulares que demanden las élites financieras, cuando las consideren perjudiciales para sus intereses electorales. Un ejemplo de esto sería la rebaja de las pensiones de jubilación, a la que el Partido Popular es renuente. Sin embargo, en el caso de Ciudadanos su posición sería mucho más endeble, puesto que es evidente que las élites podrían defenestrar a este partido del mismo modo que lo han promovido.

Nos encontramos ante una encrucijada en la que se está jugando el desmantelamiento del estado del bienestar. Debido al endeudamiento que se ha alcanzado y a los límites en la política económica establecidos por la Unión Europea, la única alternativa para evitar la descomposición del sistema público es una subida importante de los ingresos fiscales cuya aportación debería provenir de quienes tengan más capacidad para ello.

Las instituciones neoliberales han fomentado la evasión fiscal, verdadera clave de la globalización. Por ejemplo, la Unión Europea, diga lo que diga, promueve esta evasión, pues de otra manera no se explicaría su connivencia con que algunos de sus miembros como Luxemburgo u Holanda hayan establecido regímenes fiscales mediante los que las multinacionales eluden sistemáticamente el pago de impuestos.

El resultado de esta política neoliberal en España es un sistema fiscal regresivo, basado en la recaudación sobre las rentas del trabajo y sobre el consumo. Esto es, el IVA, que paradójicamente no ha dejado de aumentar durante los últimos años, a pesar de la bajada del consumo y, por tanto, del incremento del paro. Sin un sistema fiscal progresivo, donde quienes más ganen o tengan sean quienes más aporten, el estado de bienestar no puede tener lugar.

Es así de simple. Pero, como dice el inspector de hacienda Raúl Burillo, la política la fiscal ha sido única en España durante el bipartidismo; daba lo mismo quien gobernara, y así, salvo ligeros matices, con todos los ejes de las estructuras económicas del país.

Dado que el principal partido de la izquierda, Podemos, parece irremediablemente instalado en la banalidad, sería más necesario que nunca que alguien enunciase un proyecto político solvente que sea capaz de preservar el estado social, dado que para su desmantelamiento ya han sido designados los ejecutores.

Fuente:
http://www.elsaltodiario.com/crisis-financiera/fin-dinero-barato-banco-central-europeo-expansion-cuantitativa

jueves, 26 de abril de 2018

La globalización. Juan Torres López.

"ciegos, que viendo, no ven"
José Saramago,
Ensayo sobre la ceguera.


Como es bien sabido, en los últimos dos o tres decenios se han producido cambios muy profundos en nuestras sociedades que han propiciado una nueva y quizá más profunda fase de internacionalización de las relaciones económicas y sociales.

No es la primera vez en la historia en que la dimensión internacional alcanza un protagonismo tan relevante y, de hecho, lo que muchos historiadores afirman es que, en realidad, vivimos una segunda globalización. Pero sí es verdad que el vertiginoso y revolucionario avance de las nuevas tecnologías de la información ha creado un nuevo tipo de sociedad, la sociedad en red o de redes, en la que muchos de sus aspectos más determinantes del bienestar humano (para bien o para mal) se desenvuelven a escala global o planetaria.

Casi al mismo tiempo que se ha gestado esto último se ha ido produciendo también una crisis evidente (si no la práctica desaparición) de lo que hemos conocido como Estado de Bienestar.

Es muy pertinente, por lo tanto, preguntarse sobre la interrelación entre ambos fenómenos sociales, si pueden reforzarse uno con otro, en qué condiciones, o si, por el contrario, son verdaderamente incompatibles.

Pero para entender los efectos que la fase globalizadora en la que estamos ha tenido sobre el Estado del Bienestar es imprescindible ponerse de acuerdo sobre su naturaleza respectiva porque no todos estamos entendiendo lo mismo cuando hablamos de las mismas cosas.

Creo que es fácil aceptar que cuando hablamos del Estado de Bienestar nos referimos al sistema social que se consolidó, principalmente en Europa, a partir de la II Guerra Mundial y que comúnmente se asocia con los años gloriosos del capitalismo de los años cincuenta y sesenta.

Pero hay que tener muy en cuenta que el Estado de Bienestar fue el resultado concreto de unas circunstancias sociales, políticas y económicas muy singulares y de una correlación de fuerzas entre las clases sociales muy especial.

Por un lado, el Estado del Bienestar fue posible gracias al crecimiento intensivo que favorecía grandes incrementos de la productividad y una expansión continuada de la demanda, a la constante y amplia intervención del sector público en la economía, al pleno empleo y a una división internacional del trabajo y de las tareas productivas que garantizaba el predominio de las economías del norte desarrollado, principalmente, sobre sus antiguos territorios coloniales.

Y a todo eso coadyuvó, al mismo tiempo, la enorme capacidad de creación de consenso que proporcionaba la llamada cultura del más y la aparición, desde el principio muy ligada a los grandes poderes económicos, de las grandes industrias culturales y de manipulación de las conciencias.

Por otro lado, el Estado del Bienestar fue (para muchos, de modo principal) el resultado de un pulso entre clases sociales que en aquellos momentos históricos no tenía un ganador claro.

Ese pulso sin ganador seguro se tradujo inicialmente en un pacto (en muchas ocasiones explícito) sobre la distribución de la renta que expresaba, al mismo tiempo, el equilibrio de clases existente entonces (que impedía que se produjese un claro predominio del capital sobre el trabajo, o viceversa) y la necesidad de ofrecer un modelo relativamente aceptable para las clases trabajadoras frente al referente alternativo que en aquel momento representaban la Unión Soviética y sus países afines.

En esas condiciones, teniendo en cuenta que se orientaba sobre todo a lograr un cierto equilibrio de clases sociales, y aunque la economía tendiese constantemente, como ha sucedido siempre en el capitalismo, a su internacionalización, el Estado del Bienestar no podía ser fundamentalmente sino una experiencia nacional, es decir, fraguada en el interior de los respectivos ámbitos estatales.

La globalización neoliberal
Por otra parte, la globalización en la que nos encontramos no es simplemente un cambio de escala, que lo es, ni el resultado de un gran revolución tecnológica, que lo es, ni un cambio de proyecto civilizatorio, que lo es, ni siquiera el resultado de una transformación radical en el modo de funcionar, organizar o regular la vida económica y social, que lo es.

La fase globalizatoria que vivimos en la actualidad es todo ello pero también, y sobre todo, es la consecuencia de un cambio radical en la correlación de fuerzas, es el resultado del pulso al que hice referencia anteriormente ganado ahora resueltamente por el capital frente a los trabajadores de todo el mundo. Y esto es lo que de verdad explica que, a medida que la globalización se ha ido consolidando, el Estado del Bienestar haya ido entrando en una crisis profunda y definitiva.

Veamos esto con algo más de detalle.
Las razones que se pueden argumentan para explicar, justificar o racionalizar el declive del Estado del Bienestar en la globalización de nuestra época son muy diversas y todas seguramente cargadas de razón… si no se contextualizan adecuadamente.

Se trata, por ejemplo, de argumentos como los siguientes:
– La falta de capacidad de maniobra de los gobiernos para llevar a cabo las políticas redistributivas que permitieran los pactos o equilibrios de rentas que son intrínsecos y consustanciales al Estado del Bienestar. Entre otras razones, porque si las llevan a cabo, estableciendo cargas impositivas que no privilegien al capital, éste se deslocaliza, desplazándose a territorios más favorables desde este punto de vista gracias a las nuevas condiciones de movilidad que proporciona el no-orden institucional del actual marco de relaciones económicas internacionales.

– La ausencia de esos mecanismos o instrumentos redistributivos (principalmente fiscales) a escala global que permitieran compensar o complementar la acción de los gobiernos nacionales en este campo.

– El predominio de políticas deflacionistas que deprimen la actividad económica, y que necesariamente implican reducir el potencial de crecimiento de las economías limitando, en consecuencia, las posibilidades de creación de empleos.

– La generalización de mercados de trabajo que, en lugar de ser la fuente de la socialización en el bienestar (garantizado salarios de suficiencia, acceso a los derechos sociales universales, la creación de amplias redes familiares y sociales,… como en la etapa fordista) son precarios, origen de grandes desigualdades e incluso de un nuevo tipo de grave exclusión social.

– La imposibilidad, en las anteriores condiciones, de originar o generar el consenso en el espacio de la mercancía (del empleo y del consumo) para pasar a convertir en mercancía la generación del consenso en el espacio del ocio o no trabajo.

– Una renuncia efectiva al Estado, a la política y a la consideración del espacio colectivo (que es el propio del bienestar cuando las personas se reconocen como seres sociales más que como simples individuos) como ejes de la acción social, para convertir al mercado en su centro omnipresente.

Por otro lado, la regulación socioeconómica desde la ética y la lógica del mercado que sostiene la globalización en la que nos encontramos ha producido una economía global que es imagen vicaria del mercado: imperfecta, asimétrica, desigualadora, útil solamente para optimizar la rentabilización de los intercambios pero completamente ajena a la equidad o simplemente a la problemática distributiva.

Finalmente, el orden institucional que finalmente acompaña a este estado de cosas que caracterizan a la globalización de nuestras días es la negación estricta de sí mismo porque no es un auténtico orden global (como ocurre paradigmáticamente en el campo financiero) sino una arquitectura que no se rige sino por la búsqueda constante del beneficio con independencia de su precio o de las condiciones en que se produzca (lo que explica, por ejemplo, los acusado problemas de sostenibilidad que la acompañan).

En todas estas condiciones, lo que viene creando la globalización son sociedades fragmentadas, desiguales y compuestas de individuos ensimismados que renuncian implícita o explícitamente, consciente o inconscientemente, a su pertenencia al grupos o a la clase, es decir, al otro como puente hacia su socialización. Unas sociedades en las que, efectivamente (y como suele ser opinión mayoritaria) es materialmente imposible que sobreviva el Estado del Bienestar.

Ahora bien, lo que sucede es que esta incompatibilidad no se da entre globalización y bienestar de modo genérico sino entre proyectos históricos concretos de ambos.

Es fundamental tener en cuenta que la globalización en la que nos encontramos, como ocurriera con otras fases globalizadoras, no es la globalización. En realidad, es su modalidad neoliberal, tan inevitablemente caduca como históricamente lo es cualquier otra.

Y lo está ocurriendo, y afectando gravemente al bienestar, es que la globalización neoliberal es radicalmente imperfecta.

No es verdad que esté implicando una globalización de todas las relaciones sociales, como falsamente se quiere hacer creer. Por el contrario, son demasiados los ámbitos que expresamente están quedando fuera de la dimensión global que podrían alcanzar para lograr mejores condiciones de vida y bienestar para el conjunto de la humanidad.

De hecho, son muy pocos los ámbitos socioeconómicos que en nuestros días se encuentran globalizados perfecta y literalmente hablando. Quizá solamente el dinero y las finanzas. Ni siquiera el comercio, porque los países ricos imponen costosísimas y barreras a los más pobres. Tampoco el trabajo, pues se mantienen fronteras obviamente contrarias a la liturgia liberalizadora con la que se nos adoctrina día a día. Y la globalización de la cultura, de los valores o las pautas de consumo o estilos de vida son, una clara expresión uniformadora más que la del mosaico en que debiera reflejarse la diversidad global de nuestro planeta.

En definitiva, el Estado del Bienestar es incompatible con la globalización pero solo en la versión neoliberal de ésta última y lo que eso indica no es que haya que renunciar a la globalización o mucho menos al bienestar sino que hay que hacer que éste sea su eje. En lugar de renunciar y dejar de hablar de bienestar lo tendríamos que erigir en el centro de la globalización para así avanzar hacia lo que me parece que satisface mejor que la agenda actual a las aspiraciones humanas más auténticas: la sociedad mundial del Bienestar Global.

http://www.juantorreslopez.com/globalizacion-y-estado-de-bienestar/

miércoles, 14 de marzo de 2018

_- El miedo a la fraternidad

_- En homenaje al profesor Antoni Domènech.

1.
Los recientes triunfos electorales de la derecha en Latinoamérica nos obligan a reflexionar acerca del quehacer de la política en nuestros países. Por cierto, debemos asumir que ninguno es una isla y ello nos relaciona entre nosotros y con otros factores, también decisivos, para comprender los hechos; es decir, el quehacer de la política es distinto en cada país y, aunque nuestro quehacer tiene cosas en común, debemos considerar con seriedad nuestras diferencias y las que tenemos con otros continentes. De eso trata este trabajo.

Por más que nos parezcan razonables ciertos acontecimientos, o incluso indiscutibles, en política pueden ocurrir cosas distintas. De hecho, ocurren muchas cosas que, pareciera, no se corresponden con los datos evidentes de la realidad. Es como cualquier acaecimiento en la realidad que, al observarlo con detención, sufre cambios en su trayectoria producto de múltiples factores ajenos a aquellos que le dieron origen. Un caso típico son los acuerdos políticos. Se puede estar de acuerdo con determinadas conductas u opiniones, tanto entre personas como entre partidos políticos, pero, por razones ajenas a ese común acuerdo, por fundamentales que sean los puntos de coincidencia, no hacer nada en conjunto, o si, y unirse o formar una alianza política. Esas son instancias tradicionales del quehacer de la política y, en esta, la suerte nunca está echada.

Analizar un conjunto de argumentos políticos y críticamente dar cuenta de ellos puede no cambiar nada en el quehacer de la política, pero permite saber de qué hablamos cuando usamos estos argumentos y, posteriormente, saber cómo nos comportamos frente a los hechos que provocamos o en que participamos.

Hace algo más de un año, publiqué un artículo (http://www.elmostrador.cl/destacado/2016/12/12/crisis-terminal-del-capitalismo-un-pronostico-sensato/), en que llamaba la atención sobre el peligro de las guerras como camino capitalista de solución a las depresiones económicas, como la iniciada el 2008. Cuando lo escribí aun no ganaba Donald Trump la presidencia norteamericana. También, recordaba cómo reaccionaron los diversos actores sociales en las anteriores depresiones, de fines del siglo XIX y comienzos del XX, y me parecía que debíamos aprender de sus argumentos y de lo hecho por cada uno de ellos. Por cierto, teniendo presente que hoy tenemos Izquierdas distintas, provenientes de diversas tradiciones, y que escribo desde Latinoamérica. Finalmente, me preguntaba sobre el efectivo aporte de los actuales gobiernos progresistas de Latinoamérica al logro de mayor justicia social, en el contexto de sus proyectos de Estados de Bienestar con economías mixtas.

En este año se han discutido los logros, crisis e incluso los fracasos de estos gobiernos. En este debate han participado todas las Izquierdas, y no sólo la derecha. La corrupción, en distintos grados, ha desempeñado un rol importante en las crisis de prácticamente todos los gobiernos de Izquierda en Latinoamérica; aunque, por cierto, no es lo mismo la situación y los efectos que ha tenido en Brasil o Argentina o Perú, que en Chile, Ecuador o Uruguay. Más allá de derrotas o triunfos electorales, los hechos han mostrado que la repuesta es necesaria y más compleja que lo esbozado hace un año, y hoy me parece necesario intentarla.

2.
En las últimas décadas, las Izquierdas latinoamericanas, integrando distintas alianzas, formaron gobiernos en países grandes y pequeños; algunos con importantes riquezas naturales exportables y otros casi carentes de ellas; unos con Estados que tienen instituciones robustas y consolidadas y otros con una frágil institucionalidad. Tal como lo han reconocido organismos internacionales, como el PNUD, lo logrado por estos gobiernos se resume en la reducción decisiva de la pobreza, y el acceso de los pobres y capas medias a derechos sociales como la salud y la educación. Pero también, por la creciente participación de sus sociedades de derechos civiles fundamentales; en particular las mujeres, sus pueblos originarios y la diversidad sexual.

En efecto, es evidente que nuestros países han tenido un importante retraso, respecto a Europa y buena parte del planeta, en el acceso a derechos civiles básicos de mujeres, niños y niñas, diversidad sexual, pueblos originarios y trabajadores. La pregunta es: (1) ¿Estos avances son suficiente argumento para considerar estos gobiernos como una herramienta exitosa para lograr transformaciones en el continente?

Nunca es bueno generalizar, y la realidad de cada país es diferente. Pero a todo este tipo de gobiernos, y desde hace varias décadas, se los ha llamado Estados Sociales o Estados de Bienestar.

Para aclarar lo que decimos con esto, lo primero es recordar el debate de la segunda mitad del siglo pasado que, en Latinoamérica, en la década de los sesenta, enfrentó los proyectados Estados de Bienestar con la vía hacia el Socialismo que inauguró Cuba en nuestro continente. Este último camino proponía garantizar derechos sociales a todos, mientras el bienestarismo de ese periodo sólo ofrecía una participación limitada de derechos civiles, no los consideraba a todos, y derechos sociales restringidos por sus criterios utilitaristas. Pero, además, en Latinoamérica estos procesos bienestaristas ocurrían con muchas dificultades, producto de Estados cuyas instituciones históricamente habían sido “instrumento de dominación” de terratenientes y capitalistas ([1]).

Entregar algunos beneficios focalizados, derechos sociales a cuentagotas, que debían dar una sensación de mayor bienestar, concedió un respiro transitorio al sistema, pero no podría detener las aspiraciones de universalización de los derechos. Los Estados Latinoamericanos no fueron democratizados, como los europeos tras la Segunda Guerra Mundial. En general, no buscaban ni entregaban condiciones universales de libertad, ni tomaron medidas redistributivas. Por tanto, era evidente que estos proyectos de bienestar del siglo pasado buscaron evitar que los cambios, que pedían los pueblos, comprometieran las bases del sistema capitalista y, durante la Guerra Fría, los norteamericanos los apoyaron para enfrentar la amenaza del ejemplo cubano. Por cierto, sobre la base que la modernización del sistema que proponían estos proyectos, sólo se entregaría algunos beneficios focalizados, derechos políticos y sociales, que debían dar una sensación de mayor bienestar, pero no cambios sustantivos. No parece necesario dar cuenta en detalle ni del fracaso de los llamados Socialismos Reales, ni del de los Estados de Bienestar en nuestra Latinoamérica de ese entonces.

En la década del noventa, tras el triunfo de la democracia sobre las dictaduras en todo el continente, cerrado el capítulo de la Guerra Fría, se forman alianzas de gobierno que reponen las propuestas de la década de los sesenta, de impulsar Estados de Bienestar utilitaristas, pero ahora con Estados e instituciones remozados por la recuperación democrática. El experimento chileno, de las dos décadas de gobierno de la Concertación de Partidos por la Democracia, ejemplifica bien el proceso y su fracaso, repitiendo lo ocurrido en los sesenta, pero por otros motivos. En los albores del siglo veintiuno, la sociedad exigía un claro compromiso con la fraternidad y acceso y exigibilidad de los llamados Derechos Sociales; es decir, que estos sean universales y Constitucionales, elementos que no existían en el anterior programa utilitarista de bienestar.

Entre tanto, los nuevos Estados sociales que estaban surgiendo en todo el continente aprendían la lección, colocando en el centro el acceso fraterno a los Derechos Sociales; es decir, un compromiso con la Dignidad de todos, de enfrentar las desigualdades con medidas redistributivas, de participación social y de cambios en sus Constituciones, que garanticen la exigibilidad de estos derechos básicos.

3.
Lo importante es tener claro cuál ha sido el aporte de estos remozados proyectos de Bienestar. De paso, me parece necesario responder algunos argumentos que ha expuesto el Profesor Noam Chomsky respecto a la Izquierda Latinoamericana. Porque creo que, a pesar que en algunos países no han logrado detener la corrupción y el populismo, ello no significa el fracaso de los nuevos proyectos de Izquierda, que el mismo había elogiado pocos años atrás. Aunque valora lo logrado respecto a “reducir la pobreza y potenciar la democracia”, su crítica se ha centrado en que “los gobiernos de izquierda no aprovecharon la oportunidad que tuvieron para crear economías sostenibles”, y se “unieron a la élite extremadamente corrupta, la cual está robando todo el tiempo, y tomaron parte en ello, desacreditándose a sí mismos”. A pesar de todo, Noam Chomsky señala que estos problemas “se pueden superar” con más democracia. Comparto su confianza, pero creo necesario aclarar en qué se basa este optimismo y, tal vez, la respuesta está en precisar qué quiere decir, en cada país de nuestro continente, avanzar en democracia ([2]).

Me parece que esta crítica desconoce el significado profundo de los avances en democracia para los latinoamericanos, que han significado la incorporación de amplios sectores a los derechos políticos y sociales. Tampoco me parece clara la critica a los limitados cambios en las estructuras económicas, tomando en consideración su historia, diferente en cada país, y como se llegó al predominio de economías extractivistas en el continente. Pero, además, creo que no considera la inestabilidad e incertidumbres de la economía a nivel global en la última década. Por cierto, esto es aún más complejo si consideramos cada país con sus distinciones. Un lector mexicano o chileno difícilmente podrá comprender las diferencias políticas al interior del peronismo argentino, o un colombiano o argentino los matices ideológicos en las últimas elecciones presidenciales en Perú, en las de Chile o en el debate político brasileño, sólo por mencionar unos pocos países del continente con sus conflictos de ideas y hechos políticos.

Parece que previamente debemos preguntarnos (2) ¿Por qué se han podido imponer en el continente gobiernos con este grado de compromiso social, sin el temor por la existencia de un sistema socialista alternativo al capitalismo, u otro?

Me detengo primero en la promesa de derechos para todos. Fue Antoni Domènech quien abordó con mayor claridad este aspecto ([3]). Hasta que las revoluciones francesa y norteamericana elevaron la Fraternidad al nivel de la Libertad y la Igualdad los derechos eran privilegio sólo de unos pocos. El Pueblo francés se había levantado y defendido la democracia, extendiendo los derechos a todos. Los alzados eran el llamado tercer estado, conformado por las clases domésticas, mujeres, niños y servidumbre, trabajadores, artesanos, y clases medias burguesas, todos los pobres y marginados, aquellos que podían y debían unirse contra el sistema de dominación impuesto por los ricos terratenientes, mineros, y la nobleza, llamados el primer estado y el clero, el segundo estado ([4]).

La revolución, que había derrocado el Antiguo Régimen señorial francés, abrazó fraternalmente al tercer estado, en una sociedad emancipada. En particular, las llamadas clases domésticas por vez primera se hermanaban con el resto en igualdad de derechos. Hasta entonces, en general, quienes se decían republicanos querían proteger la libertad solo para una cierta clase de hombres, sólo hombres, dentro de su propia comunidad política, y no para todos. Desde 1792, la palabra democracia había pasado de significar el gobierno de los hombres libres-propietarios, a ser la universalización de la libertad republicana. Este fue el compromiso de la fraternidad que perdura hasta hoy en el ideario de las Izquierdas.

Detengámonos un poco más en el punto anterior. La fraternidad es una idea vinculada a la reciproca libertad de todos, a la necesaria hermandad, y por tanto a la democracia. Y reconocerse parte de ese compromiso fraterno es políticamente relevante.

Usamos el termino fraternidad para referirnos a diversas formas de afectos, pero en la tradición anterior a la Revolución Francesa era un concepto asociado a la dominación patriarcal. San Pablo había atribuido a Dios esta dominación. Se trataba aquí de una exigencia, en particular a los pobres y a las mujeres, de sometimiento; “fraternidad como reconciliación de las llamadas clases domésticas, las mujeres, los criados, los siervos de la gleba con los padres de familia que eran los miembros de la sociedad civil” ([5]).

A partir de 1792, fraternidad se convierte en parte substantiva de la igual libertad para todos, para propietarios y para no propietarios, para los campesinos y los artesanos, para mujeres y sirvientes, como si todos pudieran llegar a ser propietarios. Emancipados, todos son sujetos de derecho, hermanados en el compromiso social. La fraternidad, como la usaron las revoluciones francesa y norteamericana, es el compromiso y el acceso a la igual libertad de todos, es una tarea pendiente, por la que los pueblos en Latinoamérica no quieren esperar.

Bernie Sanders (http://www.sinpermiso.info/textos/el-socialismo-debe-ser-competente-entrevista) relaciona fraternidad y solidaridad: “Los franceses tienen la libertad, la igualdad y la fraternidad, son valores que me parecen bien. Aquí expresamos las cosas con otras palabras, hablamos de solidaridad. Pero todos estos valores nos remiten a una misma pregunta: ¿todos los hombres han sido creados iguales? Si la respuesta es que sí, como proclama nuestra Declaración de Independencia, todos tienen los mismos derechos de base: el derecho a la sanidad, a la educación, a un empleo decente, a la posibilidad de respirar un aire no contaminado, a no ser víctimas de discriminación racial…Es un valor moral, era verdad hace doscientos años y lo sigue siendo hoy en día” ([6]).

Ya sabemos, entonces, que las Izquierdas sólo pueden dialogar entre ellas sobre la base de reconocer en la fraternidad un principio fundamental para conquistar la Justicia Social; la justicia social es para todos y con todos.

Pero esto no es suficiente para responder a la primera pregunta (1). Me detengo, entonces, en un segundo aspecto; el lugar de Latinoamérica en el sistema capitalista.

Efectivamente, mayoritariamente, somos países productores de materias primas, cuyas “grandes riquezas”, como dice Chomsky, nuevamente en general, “solo han servido para enriquecer a un pequeño sector de la sociedad y las empresas multinacionales” ([7]). Y en estos países, después de la primera mitad del siglo veinte, se desplegaron, o intentaron, diversos procesos de nacionalización y de tributación sobre la explotación de estos productos, procesos que dieron paso, como respuesta, a brutales dictaduras. Pero, y a pesar del triunfo de las democracias en los ochenta y noventa, estas poderosas transnacionales y los capitalistas de nuestras propias naciones siguen teniendo un enorme poder económico y político. Estos poderes han sido la principal fuente de corrupción y, en algunos países, se han unido al narcotráfico logrando amplios niveles de control social y económico.

En ambos casos, en Latinoamérica nos encontramos con la amenaza permanente, directa, del vaciamiento de las instituciones democráticas, por la presión ilícita de poderes constituidos de hecho, que acumulan un poder privado que muchas veces ya ha sido capaz de desafiar a la razón pública, a la deliberación pública, a sobreponerse a los parlamentos. Incluso, han intentado subyugar mediante el dinero o la fuerza a gobiernos enteros. A todo ello también se han enfrentado los nuevos Estados Sociales.

Me parece que en el análisis de Chomsky se olvidan distinciones relevantes. América Latina no es ni Europa ni Asia, China incluida. Nunca es bueno hacer generalizaciones, porque ocultan las grandes diferencias entre regiones o países. Pero, pareciera evidente que las condiciones en que se ha dado la globalización capitalista ha inducido a marcadas diferencias regionales. Y, en general, mientras en Asia se impulsó el desarrollo de actividades económicas con una mayor integración de sus sectores productivos tradicionales y de los modernos, integrados a ciencia y tecnología y a los mercados internacionales, nuestro continente vivió otra realidad. La abundancia de recursos naturales, la rápida apertura de los mercados internacionales, favorecidos por nuestra siempre peligrosa vecindad con los EEUU, indujo a los países latinoamericanos a volver a la especialización en la producción de materias primas. Por cierto, no debemos olvidar que estos procesos fueron impuestos en nuestro continente en contextos de dictaduras, represión social, asesinatos, desapariciones, una importante presencia norteamericana y control de las grandes transnacionales.

Es evidente que los triunfos de gobiernos de Izquierda, ocurrido en las décadas pasadas fueron, además, respuesta a la ofensiva desreguladora del capitalismo, neoliberal. Sus logros tienen que ver, también, con el fracaso del modelo y el inicio, el 2008, de la mayor recesión mundial desde la de los años treinta. Me refiero a la crisis estructural de la primera mitad del siglo veinte, que recordamos porque abrió el camino a la mayor conflagración bélica de nuestra historia.

Creer que estos gobiernos de Izquierda podrían cambiar, en democracia, en una década sus estructuras económicas, logrando “economías más sostenibles”, menos dependientes de la exportación de recursos naturales, como todos querríamos, junto a Chomsky, no parece realista. Entonces, pretender que el ajuste de nuestras economías a las nuevas condiciones internacionales, que nuestros países desarrollan hoy con democracias, es y será rápido y sin conflictos tampoco parece realista.

El proceso de acceso fraterno y exigible de los derechos sociales fundamentales, que ya estamos viviendo en el continente, iniciado por estos gobiernos de Bienestar de segunda generación, será con todos los desafíos propios que hoy tenemos en cada país, y estará en el centro de la confrontación social en las próximas décadas. Con las dificultades, además, de los conflictos que nos ha generado una globalización controlada por los intereses de las transnacionales y los Estados Unidos, y un desenlace de su crisis en la que no tenemos un rol mayor.

No olvidemos que nuestro vecino del norte, desde el fin de la Segunda Guerra Mundial y producto de los acuerdos de Bretton Woods, quedó en la posición excepcional de país globalmente dominante. Bretton Woods formalizó con cierto realismo los hechos económicos resultantes de la Segunda Guerra Mundial. La economía estadounidense estaba en una posición mucho más sólida que cualquier otra economía capitalista en el mundo, pues Europa y Japón debían reconstruirse. El famoso encuentro estableció las nuevas reglas del sistema capitalista y las instituciones económicas internacionales que velarían por su cumplimiento; lo que significó que, hasta hoy día, quedaron bajo control estadounidense. Recordemos el lugar que ocupa el dólar, y todos los privilegios de que disfruta Estados Unidos a través de las organizaciones de comercio internacional, y de instituciones como el Fondo Monetario, el Banco Mundial, etc.

Tras la debacle del 2008 se inició una recesión mundial que requiere soluciones globales. Ni Europa, ni China, ni Rusia ni otras potencias económicas están disponibles para mantener estos acuerdos. Es predecible que esta situación no podrá ser superada sin una tenaz confrontación entre los nuevos poderes económicos del sistema. El proyecto de enfrentarlo con algunas reformas y regulaciones se entiende enterrado por el gobierno de Donald Trump. Hoy no parece posible un nuevo Bretton Woods que, con alguna novísima fórmula neo-keynesiana, resuelva los problemas del sistema y de salida a la crisis global.

El avance de los diversos proyectos de economías mixtas en Latinoamérica en las últimas décadas ha significado un paso determinante para el triunfo de la fraternidad. Han implicado la incorporación de millones de personas al ejercicio de derechos fundamentales, como la educación, salud y previsión, junto a los clásicos derechos civiles. Esto da sentido a los Estados de Bienestar de segunda generación como herramientas de Justicia Social. Por cierto, sus diferencias con los proyectos anteriores son substantivas, no sólo porque estos dejan atrás el utilitarismo del proyecto de las décadas anteriores, sino porque este bienestarismo de derechos es un triunfo de la fraternidad y, al avanzar en la redistribución de la riqueza, coloca los derechos fundamentales como objetivo social. Y no olvidemos que algunos países los han incorporado a sus nuevas Constituciones haciéndolos exigibles e incluyendo en estas el reconocimiento y valoración de sus pueblos originarios.

Nuestros países no son ni Europa ni China ni Norteamérica. El cambio, en democracia, de la matriz económica serán procesos largos y complejos, donde cada país es diferente y hará su camino. Que más quisieran todas las Izquierdas, y es parte de la discusión en la mayoría de nuestros países, que reducir significativamente el peso de los ingresos del extractivismo y las materias primas en el PIB de cada país. Sobre todo, ahora que el mundo vive la inestabilidad de una gran recesión.

Ya los avances en la diversificación de la producción y el procesamiento de los productos ha sido un paso significativo. Las alternativas políticas y económicas para avanzar en derechos en cada país son distintas, y responden a muchos y diversos factores. Chile ha avanzado significativamente en Derechos Sociales, en particular al lograr progresos en la gratuidad de su educación, haciendo una reforma tributaria profundamente redistributiva, pero, con unos costos políticos que fueron tardíamente comprendidos y que le significaron a la Izquierda una importante derrota electoral, que otros países han evitado.

4.
Para responder mejor a la segunda pregunta (2) creo que debemos detenernos en una herramienta que siempre ha sido necesaria, que ayuda a comprender, pero que, como veremos, no explica lo ocurrido en estas últimas décadas.

Adam Smith nos recordaba que “las pasiones originales de la naturaleza humana” pueden contrarrestar “la máxima vil de los capitalistas”, de “los amos de la humanidad”, como les llama ([8]). En el primer párrafo de su Teoría de los sentimientos morales (1759), señala que “por mas egoísta que se pueda suponer al hombre, existen evidentemente en su naturaleza algunos principios que le hacen interesarse por la suerte de los otros, y hacen que la felicidad de estos le resulten necesaria, aunque no derive de ella nada más que el placer de contemplarla” ([9]). Daniel Dennett nos entrega buenas justificaciones evolucionarias para esta idea de Smith y, cuando se refiere a nuestra capacidad de sobrepasar nuestras capacidades biológicas, nos recuerda que “aprender no es un proceso que valga para todo, pero los seres humanos tienen tantos artilugios que valen para todo, y aprenden a sacar provecho de ellos con tal versatilidad, que la capacidad de aprender, a menudo, puede ser tratada como si fuera un regalo de no estupidez enteramente neutral respecto al medio y neutral también respecto al contenido” ([10]).

Mientras más sabemos, más difícil es justificar las desigualdades, y más solidarias y fraternas son nuestras sociedades. Eso es lo que logran los Estados Sociales en nuestro continente, imponiéndose con ellos el avance hacia la exigibilidad de los Derechos Sociales, fraternalmente, para todos, aunque ya no exista el temor al socialismo, como durante la Guerra Fría. Resulta evidente que lo que resulta necesario fue todo el proceso de lucha social que permitió recuperar la democracia y reformar nuestros Estados, en los mismos tiempos en que Europa debatía la consolidación de la Unión Europea sobre la base de Derechos Sociales exigibles, y el mundo entero enfrentaba la desregulación salvaje del neoliberalismo. Por cierto, hay muchos otros factores que confluyeron en el continente y en cada país, pero en todos ha sido relevante la superioridad que entregan los rápidos aprendizajes sociales.

Es evidente que ninguna mano invisible tiene poder explicativo por sí misma, ni lleva necesariamente a algo como, al parecer, si creía Smith ([11]). Reitero, lo que era necesario fue la lucha social que recupera la democracia.

Creo que nunca faltarán quienes quieran ver en la mano invisible el mecanismo ordenador de la historia, o del capitalismo, o del mercado, o del mismo Estado, que no es. Friedrich von Hayek lo asimilo a un orden espontaneo y Robert Nozick dedicó mucho esfuerzo en darle un lugar central en sus argumentos para reducir el Estado y lograr su justificación moral. Argumentos que ya han sido ampliamente rebatidos ([12]).

No es la única ocasión en la historia en que han ocurrido hechos de este tipo. Recordemos, al respecto, el notable discurso fúnebre de Pericles (494-429 a.n.e.), que tanto admiraba el profesor Domènech, en que rinde homenaje a su propio pueblo por el logro, entonces único, de una democracia de la que se sentía orgulloso, aunque estaban acosados por una guerra que perderían. Y lo lograron sin otra presión que, algo que llamamos, la necesidad humana de justicia: “Disfrutamos de un régimen político que no imita las leyes de los vecinos; más que imitadores de otros, en efecto, nosotros mismos servimos de modelo para algunos. En cuanto al nombre, puesto que la administración se ejerce en favor de la mayoría, y no de unos pocos, a este régimen se lo ha llamado democracia; respecto a las leyes, todos gozan de iguales derechos en la defensa de sus intereses particulares; en lo relativo a los honores, cualquiera que se distinga en algún aspecto puede acceder a los cargos públicos, pues se lo elige más por sus méritos que por su categoría social; y tampoco al que es pobre, por su parte, su oscura posición le impide prestar sus servicios a la patria, si es que tiene la posibilidad de hacerlo” ([13]). Sí, no han leído mal, los pobres, que son mayoría, participaban en igualdad de derechos del poder. Por cierto, era una democracia sólo de hombres y libres. Pero los Estados Latinoamericanos, hasta bien entrado el siglo veinte, no eran más avanzados y requerían que los ciudadanos fuesen propietarios para tener derecho a voto, y solo los hombres.

Respondo entonces la primera pregunta (1). Se equivocan quienes creen que estos proyectos han fracasado, al no lograr cambiar el modelo capitalista o su matriz económica continental basada en la exportación de materias primas. Equivocan el camino de su crítica. Efectivamente, hubo quienes incluyeron estas ideas en sus programas, y aquellos que lo ofrecieron no lograron avances significativos. Pero los triunfos sociales, ya mencionados, son de gran relevancia para el presente de sus pueblos, para los futuros diseños de nuestras economías, superando el extractivismo, y para consolidar un rol independiente, de las presiones norteamericanas y de las grandes transnacionales, en la disputa por un nuevo trato en el futuro de la globalización.

Comparto con Noam Chomsky su crítica implacable a la corrupción, pero creo que ya podemos aclarar qué significa en nuestros países aquello de “potenciar la democracia”. Por cierto, lo logrado no ha cambiado el modelo. Pero es evidente que sus transformaciones están en el camino de la libertad e igualdad, pero sobre todo de la tan pendiente fraternidad en Latinoamérica, incorporando a todos a la pretensión de la igual libertad. Este camino siempre aportará a superar el sistema capitalista y será fuente relevante para la unidad de las Izquierdas en las próximas décadas.

Somos un continente sometido a fuertes presiones políticas y económicas las que, sumadas a la corrupción y los errores de las Izquierdas, hacen inevitables los retrocesos, los que se expresan en cada país en forma diferente. El aprendizaje es tarea de esta década, pues la implementación de transformaciones de gran envergadura, en democracia, requiere periodos prolongados de triunfos electorales, tarea pendiente de las Izquierdas en la mayoría de nuestros países. Frente a los cambios en el mismo sistema capitalista, ya se asoman otros desafíos necesarios, como la implementación de la Renta Básica Universal en nuestros países, y lograr acuerdos continentales eficaces para enfrentar los nuevos desafíos de la globalización.

Entonces, estos nuevos Estados de bienestar, de economías mixtas, de derechos sociales exigibles, universales y constitucionales, son una victoria de la Justicia Social, de esos principios altruistas de la humanidad, que son los mismos que promueven las diversas Izquierdas. Los éxitos alcanzados por estos proyectos, en general, han mostrado su realismo; aunque algunos no hayan logrado enfrentar con energía la corrupción o avanzar en la lucha contra el narcotráfico y el crimen organizado o instalar reformas tributarias redistributivas que consoliden estas conquistas de derechos sociales, hayan perdido elecciones con la derecha o, incluso, alguno haya profundizado su dependencia del extractivismo. Todo esto puede ser transitorio si se han consolidado las transformaciones y se mantiene la lucha social.

Estos argumentos sustentan mi optimismo y, creo, no son contradictorios con el optimismo expresado por el profesor Chomsky, pero aclaran su fundamento.

Notas:
[1] Lechner, Norbert (2014), pág. 258; Obras III, F.C.E., 412 págs.
[2] Noam Chomsky; Los cambios en Sudamérica son inspiradores, entrevista, BBC Mundo, 24-06-2009. https://www.infobae.com/america/america-latina/2017/04/14/duras-criticas-de-noam-chomsky-a-los-gobiernos-latinoamericanos-de-izquierda-de-la-ultima-decada/. https://www.democracynow.org/es/2017/4/5/chomsky_leftist_latin_american_governments_have.
[3] Domènech, Antoni (2004); El eclipse de la fraternidad, Editorial Crítica.
[4] Domènech, Antoni (2013); La metáfora de la fraternidad republicano-democrática revolucionaria y su legado al socialismo contemporáneo, Revista de Estudios Sociales No. 46, págs. 14-23, Bogotá, mayo - agosto de 2013.
[5] Domènech, Antoni (2013). “La humanidad es una sola, no un cúmulo de culturas cerradas”. Entrevista en La Habana, Revista Sin Permiso.
[6] En Chile, Patricio Zapata, un Demócrata Cristiano partidario de los Derechos Sociales para todos, ha señalado también que: “El vínculo que une a todas las personas que integran la sociedad política, y que las hace a todas, y a cada una de ellas, corresponsables de lo que ocurre con la comunidad y con los demás, se llama solidaridad”. Zapata, Patricio (2015); La casa de todos, Ediciones UC, pág. 129.
[7] http://www.hispantv.com/noticias/sudamerica/347876/empresas-transnacionales-neoliberales-america-latina-eeuu-chomsky.
[8] Smith, Adam (2007), pág. 524; La riqueza de las naciones (1776), Alianza Editorial.
[9] Smith, Adam (2013), pág. 49. Teoría de los sentimientos morales (1759), Alianza Editorial.
[10] Dennett, Daniel, La peligrosa idea de Darwin, Galaxia Gutenberg, 1999, pág. 822. También en pág. 786; “Esta es nuestra trascendencia, nuestra capacidad para ‘rebelarnos contra la tiranía de los replicadores egoístas’”.
[11] Smith, Adam (2013), pág. 324; “Una mano invisible los conduce a realizar casi la misma distribución de las cosas necesarias para la vida que habría tenido lugar si la tierra hubiese sido dividida en porciones iguales entre todos sus habitantes, y así sin pretenderlo, sin saberlo, promueven el interés de la sociedad y aportan medios para la multiplicación de la especie”. Smith, Adam (2007), pág. 554; “…el busca sólo su propio beneficio, pero en este caso como en otros, una mano invisible lo conduce a promover un objetivo que no entraba en sus propósitos”.
[12] Nozick, Robert (1974), Anarquía, Estado y utopía, FCE; pág. 118 y, en particular págs. 121-122, el capítulo: “La explicación de mano invisible del Estado”. Joseph Stiglitz, ha señalado que el debate de esta mano invisible, con algún poder explicativo, es un error; “Las teorías que desarrollamos explican por qué los mercados sin trabas, a menudo, no sólo no alcanzan justicia social, sino que ni siquiera producen resultados eficientes. Por determinados intereses, aún no ha habido un desafío intelectual a la refutación de la mano invisible de Adam Smith: la mano invisible no guía ni a los individuos ni a las empresas -que buscan su propio interés- hacia la eficiencia económica” (todas las cursivas son mías); en http://www.beppegrillo.it/eng/2007/01/stiglitz.html.
[13] Tucídides; Discurso fúnebre de Pericles (aprox. 431 a.n.e.), Revista Estudios Públicos, Nº 11, 1983, Santiago, Chile.

Gonzalo Rovira S. Político de la izquierda chilena. Profesor de Filosofía. Autor del libro "Topías y utopías, los nuevos proyectos sociales" (Bravo y Allende).

Fuente: www.sinpermiso.info, 4-2-18

sábado, 25 de noviembre de 2017

Entrevista a Susan George, referente del pensamiento altermundialista. “La socialdemocracia se ha entregado por completo al neoliberalismo”

La Marea

Cataluña, hundimiento de la socialdemocracia, cambio climático, evasión fiscal, auge de la ultraredecha, crisis de los refugiados…

Susan George es un referente del pensamiento crítico y altermundialista. Nació en Estados Unidos y vive en Francia desde hace muchos años, pero mantiene intactos dos rasgos muy anglosajones: el tono directo a la hora de responder y la humildad de reconocer que no sabe algo cuando no sabe algo. Estos días se encuentra en Barcelona para participar en las jornadas anuales del Centro Delàs de Estudios por la Paz –que comienzan este jueves poniendo el foco sobre ‘el negocio de las fronteras’–, donde hablará de algunos de los temas que mejor conoce: el fenómeno de la globalización, la transferencia de desigualdades y la amenaza del cambio climático.

A sus 83 años, la presidenta del Transnational Institute y presidenta de honor de ATTAC responde a La Marea sobre temas de actualidad tan aparentemente dispares como el procés en Cataluña, la evasión fiscal o la crisis de la socialdemocracia.

¿Es usted optimista?

Nunca respondo si soy optimista o pesimista. Desconozco el porvenir pero tengo esperanza, y es gracias a eso que creo que no hay que rendirse. Si decimos que somos pesimistas, transmitimos desmotivación. Hay quien cree que el destino está escrito y no merece la pena pelear por él, y esa es precisamente la actitud que no quiero fomentar ni en mí misma ni en los demás. Tengo esperanza en que las acciones de personas determinadas puedan cambiar las cosas.

En su opinión, ¿cuál es el problema principal que enfrentamos hoy en día?

El cambio climático. Puede representar el fin de la raza humana. Los cambios que se están produciendo en la naturaleza pueden ser definitivos.

Usted vivió la Gran Guerra, muy ligada al crash económico de 1929, ¿qué le diría a la juventud que se ha topado con la crisis global actual?

Tengo cuatro nietos de entre 22 y 28 años, así que respondo con gusto a esa pregunta. Debo decir que mis propios nietos son personas bien preparadas para la vida, y mi preocupación es saber si llegarán a mi edad y en qué condiciones. No tengo un mensaje como tal para los jóvenes, vivimos un periodo de neoliberalismo, de desigualdades extremas reforzadas estos días por Trump y su intento de aprobar una ley que solo beneficiará a los más ricos y reforzará el reinado de su plutocracia. Los jóvenes no han conocido ningún periodo en su propia vida fuera del neoliberailsmo y quizás piensesn que es el único sistema posible, pero eso es algo antinatural, podríamos encontrar formas de gobierno en las que el poder y el dinero estuvieran mejor distribuidos, en el que la riqueza no vaya automáticamente a lo más alto de la pirámide, al 1%, como sucede hoy. Hay otros sistemas en los que existe redistribución y esa es la clave: cuanta menos redistribución y más desigualdad, más crecen los problemas que aquejan hoy en día a la sociedad. Lo demuestran infinidad de estudios. Si crece la desigualdad, aumentan la criminalidad, las enfermedades físicas y mentales, aunque esta última esté infravalorada; crece la población carcelaria, el absentismo escolar, etcétera. Las cifras muestran cómo todo esto se está incrementando en economías desarrolladas. Fíjate en la obesidad y cómo crece en Europa. En Estados Unidos el 35% de la población ya es obesa: más desigualdad, más obesidad.

¿Qué relación ve entre el aumento de la desigualdad y la evasión fiscal?

Esa es una relación totalmente evidente. Si nuestros gobiernos dicen ‘sí, vamos a hacer algo contra el cambio climático’ pero no tienen dinero, la respuesta debería ser clara: organícense para poner fin a los paraísos fiscales y tendrán todo el dinero que necesiten para poner en marcha la transición verde. Los paraísos fiscales favorecen el enriquecimiento de los más ricos y las consecuencias son las mismas que expuse en la respuesta anterior.

¿Cómo interpreta el auge de la extrema derecha?

El éxito de la ultraderecha me parece, tristemente, algo normal en estas condiciones económicas. Mucha gente siente que los políticos no se preocupan por ellos, que les da igual su situación y que solo se preocupan por sí mismos. Ahí aparece la extrema derecha con un discurso nacionalista, populista… Mira el Brexit, mira a Trump en la presidencia de EEUU, incluso fenómenos como el separatismo en España o el norte de Italia… Mira a la AfD [Alternativa por Alemania, mayor partido de extrema derecha alemán], o cómo el este de Europa se vuelve autoritario… Es evidente que hay una reacción y habrá más.

¿Cómo interpreta lo que está pasando en Cataluña?

Prefiero no tomar posición, no conozco hasta ese punto la política general de España, pero sí puedo decir que no soy fan del señor Rajoy. Pienso que debería haber una salida democrática y que los catalanes deberían tener derecho a votar y decidir por sí mismos, pero también deseo que no se separen. Creo que en este momento de la historia la gente debe estar unida en torno a la democracia, y comprendo sus demandas y el malestar que generó la decisión del Constitucional de tumbar el Estatut en 2006. Más democracia nunca sienta mal.

Cambiando de tema, ¿ve relación entre la crisis de los refugiados, la industria armamentística y el cambio climático?

No me siento calificada para responder. Creo que las causas de la emigración son variadas. Permítame citar a Alfred Sauvy, muerto hace más de quince años. Sauvy decía que mientras la riqueza esté acumulada en el norte y la pobreza en el sur, la gente del sur se desplazará al norte. Si a eso añadimos guerras y bombardeos, ataques de EEUU que han matado a millones de personas… No hay lugar a dudas. Factores como la pobreza o el cambio climático, la imposibilidad de vivir donde se está. No es normal que la gente se desplace en masa, la mayoría quiere vivir donde está. Yo soy emigrante en Francia, en buenas condiciones por supuesto, pero en mi época no había miles de jóvenes de mi edad que quisieran irse de EEUU.

Existe un gran negocio en torno al desplazamiento de refugiados: venta de armas, construcción de muros fronterizos…

No me gusta hablar de temas en los que solo tengo nociones básicas. Sobre la industria armamentística, creo que mientras las condiciones no cambien, siempre habrá gente que saque beneficio de la desesperación de los demás.

¿Cuánto tiempo va a durar la incompatibilidad del capitalismo con la democracia?

Creo que la socialdemocracia, si se cumple realmente, es perfectamente aceptable. Siempre habrá una economía de mercado, el mercado ha estado presente desde hace miles de años, en todos los periodos de la vida humana. Mercado y capitalismo no son lo mismo. Se puede tener mercado sin fenómenos como la desigualdad o un sistema donde la redistribución no es respetada y los ciudadanos, tampoco. Creo que la socialdemocracia está en proceso de desaparición ahora, fíjate en Alemania, Francia… Eso muestra que la gente no cree en los socialdemócratas, y yo lo entiendo, porque ellos se han entregado por completo al neoliberalismo. La gente no ha conocido el sistema de economía keinesiana, siempre ha vivido bajo una economía de derechas, neoliberal, donde impera la idea de que el mercado puede decidirlo todo porque lo sabe todo y es mejor que la política, por lo que hay que dejarlo actuar. El objetivo de Trump es dejar claro que los ricos no le deben nada a los pobres. Ahora Macron está quitando fondos a los ayuntamientos, son miles de millones. Es una actitud que viene a decir ‘no te debo nada, nadie debe nada a nadie, los ricos no deben nada a los pobres, las grandes ciudades que van bien no le deben nada a las más pequeñas y pobres’, etcétera. Es la destrucción de la solidaridad, son crímenes contra la fraternidad.

¿Cree que la lucha contra el cambio climático puede ser una oportunidad para cambiar este sistema?

Podría serlo, pero haría falta una mayor conciencia de este fenómeno. Tengo la sensación de que la gente no entiende lo rápido que avanza esto. Siempre hemos visto huracanes en ciertas épocas y cambios de estación, pero no conocemos los extremos, ni esperamos inundaciones, ni vientos de 200 kilómetros por hora, no estamos preparados para fenómenos en los que la temperatura sube tan rápido que la vida se hace invivible. Esa es mi mayor preocupación. Este podría ser el principio del fin de la raza humana. No es con riqueza que algunos se salvarán de esto.

¿Cree que haría falta una gobernanza mundial para hacer frente al cambio climático y el aumento de la desigualdad?

Creo que estamos muy lejos de una gobernanza mundial y que es mejor tratar de gestionar espacios más pequeños. De momento no estamos suficientemente de acuerdo para gobernar junto con China o India, por ejemplo. Me gustaría que lográramos gobernar nuestros Estados y que eventualmente Europa evitara su propio suicidio. La idea de un gobierno mundial me parece tan utópica e indeseable, que prefiero poner mis energías en otras cosas.

¿Es posible compatibilizar a las instituciones públicas con un sistema de banca ética?

Sí, es un problema que podemos resolver.

¿Cómo?

Poniendo al poder financiero bajo supervisión. Podríamos nacionalizar bancos, ponerlos al servicio de la sociedad y evitar que sean tan grandes que, en caso de quiebra, todo el sistema se vea en riesgo y se exija al ciudadano aportar billones de dólares.

Las ventajas de la evolución tecnológica contrastan con la destrucción de empleo, ¿qué opina al respecto?

Siempre dijimos que la tecnología iba a destruir empleos pero se iban a crear otros. Viene sucediendo así desde que el mundo es mundo. Por ejemplo, piensa en las revueltas en Inglaterra contra los telares industriales, cuando todas las máquinas fueron vistas como destructoras de empleo. Creo que hace falta un sistema interino que forme a la gente en nuevos puestos de trabajo, que la prepare para nuevas oportunidades y cambios que van a venir. Evidentemente me parecen muy peligrosas otro tipo de tecnologías, como la que defiende el transhumanismo, porque representa una forma de aumentar las desigualdades: elegir genes, cambiar la raza humana, reservar oportunidades para una cierta clase que tiene características físicas e internas diferentes… Pero usted me considera un espíritu universal y yo no soy capaz de responder a todo, aunque tenga mis opiniones (risas).

Fuente:
http://www.lamarea.com/2017/11/23/entrevista-susan-george/

sábado, 7 de enero de 2017

La extrema derecha es hija de la globalización

eldiario.es



Pensemos la globalización como si fuera un juego.
Cada jugador comienza con una determinada dotación de recursos y termina con otra distinta, y por lo tanto durante la partida puede haber ganadores y perdedores. Nos vamos a concentrar en tres jugadores. Por un lado está el jugador llamado «trabajador urbano chino», que comienza con 5 euros. A otro jugador le llamaremos «superrico mundial» y comenzará el juego con 100 euros. Y al tercer jugador le llamaremos «clases populares occidentales», y comenzará con 10 euros. Al cabo de veinte años finaliza el juego y se hace recuento. Ahora el «trabajador urbano chino» tiene 9 euros, lo que no está nada mal porque es un 80% más de lo que tenía de partida. Sin embargo, el «superrico» ha ganado mucho más y tiene ahora 165 euros, pero eso significa «sólo» un crecimiento del 65% sobre sus recursos iniciales. Finalmente, el jugador «clase media occidental» tiene ahora 10 euros, esto es, lo mismo que al comienzo.

Los datos de este juego no han sido inventados sino que forman parte del último trabajo de Branko Milanovic, especialista en desigualdad económica e investigador principal de ese área en las Naciones Unidas y el Banco Mundial. En efecto, lo que este trabajo proporciona es información empírica a favor de una hipótesis con la que trabajábamos desde hace décadas. A saber, que la globalización ha producido ganadores y perdedores que se distribuyen a lo largo del mundo del siguiente modo.
Marine Le Pen, del Frente Nacional francés y Geert Wilders, del Partido para la Libertad de Holanda, también de extrema derecha
Por un lado, aunque los superricos son una minoría (el 5% más rico) pero son los que más se han beneficiado en términos absolutos del proceso (de cada 100 dólares de nuevos ingresos entre 1988 y 2008 se han llevado 44). Los superricos están fundamentalmente en Estados Unidos, pero también en Europa Occidental, Japón y Oceanía. Milanovic los llama plutócratas globales. En el gráfico de más abajo ocupan el punto «C».

Por otro lado, lo que podríamos llamar las «clases medias asiáticas» son las principales ganadoras del juego en términos relativos. Como partían con recursos muy pequeños, las ganancias que han tenido –en torno al 12% del total de los nuevos ingresos absolutos- han supuesto un crecimiento relativo del 80%. Estas personas se sitúan en el centro de la distribución de ingresos de sus países, que es sobre todo China pero también India, Tailandia, Vietnam e Indonesia. Naturalmente «clase media» significa una cosa distinta a lo que significa en Occidente, pero gráficamente podríamos identificarla con las capas urbanas de China. En el gráfico son el punto «A».

Finalmente, a lo que llamamos «clases populares occidentales» son aquellos sectores que son más ricos que los asiáticos que acabamos de describir pero que se encuentran en los estratos más pobres de sus propios países, que son fundamentalmente los de Europa Occidental, Norte América, Oceanía y Japón. Son los que no han ganado nada con la globalización y, de hecho, son sus víctimas porque han sido golpeados por procesos de desindustrialización, el incremento de la competencia económica internacional y un mercado de trabajo global que hace aún menos competitivos a los trabajadores no cualificados. En el gráfico son el punto «B».
GRÁFICO 1 TRIBUNA ALBERTO GARZÓN
Lo anterior es una foto de la distribución de ingresos a nivel mundial, y como tal tiene sus limitaciones. El trabajo completo de Milanovic proporciona mucha más información útil para entender qué está significando la globalización en términos de desigualdad de ingresos y, en cierto sentido, las transformaciones en la estructura de clase. Lo que me interesa resaltar ahora es que lo apuntado aquí conforma el terreno material en el que se mueve la batalla política, por decirlo así. Esto es, sería imposible entender fenómenos como Donald Trump, Le Pen, el crecimiento de la extrema derecha en el norte de Europa, el 15-M o las movilizaciones sociales en Europa del Sur sin atender a estas transformaciones. Igualmente, sin comprender estos cambios es imposible plantear estrategias políticas correctas o adecuadas para la izquierda.

Lo que estamos diciendo es que las clases populares de Europa son parte de las grandes perdedoras de la globalización y que, por eso mismo, buscan, a veces de forma consciente y otras de forma intuitiva, proyectos políticos de protección ante la expansión de la pobreza, inseguridad, precariedad e incertidumbre.

A finales del año 2014 un estudio del Pew Research Center
mostró lo debilitada que estaba la confianza en el libre mercado en Europa del Sur. A la pregunta de si el libre mercado era mejor para la gente, en el mundo occidental respondían afirmativamente el 63% (frente al 30% que respondían negativamente). Pero en España sólo el 45% estaba de acuerdo con la afirmación (el 51% en contra), veintidós puntos menos que en 2007. En Grecia el porcentaje fue del 47% (50% en contra), Italia el 57% (31% en contra), Francia 60% (39% en contra) y en Japón el 47% (51% en contra). Estos datos contrastan con los de los países ganadores de la globalización, como los llamados países emergentes. Por ejemplo, en Vietnam el 95% estaba de acuerdo con que el libre mercado era mejor (frente al 3% que contestaba negativamente), y en China ese porcentaje era del 76% (frente a un 18%). En suma, estos datos abundan en la percepción subjetiva que tienen las poblaciones de diferentes países sobre la globalización. Y es natural, por lo visto más arriba, que los ganadores materiales de la globalización apuesten por más libre mercado mientras que los perdedores materiales de la globalización dejen de confiar en la mano invisible a nivel mundial.

Para la izquierda, esto que acabamos de describir es fundamental. En la teoría marxista del siglo XIX se asumía que bajo el capitalismo se daría un proceso permanente de proletarización, es decir, de conversión de las clases medias en proletariado. Esto provocaría, según las interpretaciones más deterministas, que la inmensa mayoría de la población, ahora convertida en proletaria, viera con claridad su antagonismo con la clase explotadora y, por lo tanto, que se sumara a la revolución socialista. El conocido paso de la clase-en-sí-misma hacia la clase-para-sí-misma. Sin embargo, aquel esquema no encajaba bien en una sociedad en la que iban surgiendo estratos sociales asalariados que no eran proletarios de cuello azul sino «estratos intermedios», o en la que incluso iban emergiendo asalariados y proletarios cada vez mejor remunerados y que se alejaban de las capas más pobres de la sociedad. Si a ello le sumamos un enfoque mundial, en el que los trabajadores pobres de los países ricos son más ricos que los trabajadores ricos de los países más pobres, las cosas se complican. En todo caso no es objeto de este artículo profundizar en esta cuestión particular. Sí, en cambio, preguntarnos por qué en occidente, en donde sí se ha dado cierto proceso de empobrecimiento relativo y absoluto de grandes sectores sociales, la respuesta política tiende a articularse por la extrema-derecha y no por la izquierda.

Si analizamos el proyecto que ofrece la extrema derecha, por ejemplo Le Pen o Trump, encontraremos un patrón común ciertamente general: la promesa de protección material a las víctimas de la globalización y la crisis. Lo singular es que se dirige únicamente a los sectores «nacionales», pues el discurso va acompañado de valores y principios profundamente racistas y nacionalistas, que enfrentan a los pobres en función de su identidad étnica. Y han conseguido calar especialmente en los sectores más empobrecidos y menos cualificados de sus sociedades.

El siguiente gráfico, por ejemplo, refleja el perfil socioeconómico de los votantes de cada partido que se presentó a las elecciones presidenciales francesas de 2002. El eje horizontal describe la actitud económica (más izquierda significa más intervención estatal, más derecha significa más liberalismo) y el eje vertical describe la actitud cultural (más arriba significa mayor tolerancia cultural y más abajo significa menos tolerancia cultural). Como se puede observar, el Frente Nacional (FN) era profundamente hostil al multiculturalismo (que es una característica del ultranacionalismo) pero ambiguo en lo económico. Esto último es algo común a los nuevos partidos de la extrema derecha europea, que no encajan en el tradicional trade off entre Estado y mercado (no son ni liberales ni socialistas) porque defienden una suerte de capitalismo nacional. Esto consiste básicamente en combinar liberalismo paternalista interior y proteccionismo exterior, siempre desde el punto de vista de una población nativa que está siendo atacada desde fuera (de ahí el dominante euroescepticismo). No es cierto, por lo tanto, que la extrema derecha sea neoliberal, y de hecho es habitual encontrar en sus discursos alusiones a la «justicia social», o a lo social en general, siempre referenciadas únicamente para los nacionales.
GRÁFICO 2 TRIBUNA ALBERTO GARZÓN
Lo que me parece relevante es observar cómo la condición socioeconómica sugiere diferencias notables en ambas actitudes. Por ejemplo, los menos tolerantes son los trabajadores sin cualificación y los agricultores, pero tampoco destacan por su tolerancia los trabajadores cualificados y los autoempleados. Por el contrario, los más tolerantes son los directivos, los profesionales técnicos y los profesionales de la industria sociocultural. Más significativa es aún la actitud según cualificación educativa. Como se puede observar, en la línea discontinua, cuanto mayor cualificación educativa formal más propensión hacia la tolerancia cultural (y liberalismo) y cuanto menos cualificación educativa formal mayor propensión hacia la intolerancia cultural (y proteccionismo). El trabajo y el gráfico es de Simon Bornschier en Kriesi, H. (ed) (2008): West european politics in the age of globalization, y cabe anotar que en los años siguientes a 2002, y especialmente tras el inicio de la crisis de 2008, el Frente Nacional subrayó aún más en su perfil antiliberal y proteccionista. En suma, parece que existe una relación entre la intolerancia cultural y la mayor exposición a la competencia económica internacional, lo que parece razonable: es más fácil ser racista cuando ves tu puesto de trabajo peligrar por culpa de «otro», el «diferente».

Hay que recordar que la globalización tiene entre sus víctimas a los trabajadores con menos cualificación formal, debido entre otras cosas a la fuerte competencia internacional que se ha dado en el mercado laboral mundial y que ha hecho muy poco competitivos a los trabajadores sin cualificación. Dicho de otro modo, el nivel de cualificación formal se ha convertido en una gran división política en las últimas décadas porque es una variable que tiende a determinar si estás en el lado de los perdedores o de los ganadores de la globalización.

En definitiva, lo que planteo aquí es que efectivamente la extrema derecha ha conseguido llegar a las víctimas de la globalización a través de proyectos políticos que implican promesas de protección construidas mediante discursos que llevan a guerras entre pobres (entre los de muy abajo y los de abajo de una sociedad). En política un espacio político no ocupado por un actor será ocupado, tarde o temprano, por otro. Esto es insistir en una obviedad: la extrema derecha ha llegado a las clases populares porque la izquierda anticapitalista no lo ha hecho.

España y Portugal son, en gran medida, excepciones
a lo que está sucediendo con la extrema derecha en Europa. Pienso que aquí la izquierda sí ha sido capaz de construir una suerte de cortafuegos a la extrema-derecha, fundamentalmente a través del 15-M y las movilizaciones sociales. Existen otras hipótesis, por supuesto. Hace unos días Íñigo Errejón afirmaba que «donde no hay fuerzas de izquierda capaces de levantar una idea de patria diferente lo capitaliza Le Pen, Orban o el FPO en Austria». Pero esto, sencillamente, no es cierto. Ni el 15-M ni las movilizaciones sociales previas hicieron alusión directa o indirecta al concepto de patria, y no es fácil determinar qué peso ha tenido ese eje discursivo de Podemos en los años siguientes. Sin embargo, parece más probable que los proyectos de denuncia y promesa/esperanza de protección ofrecidos por el 15-M y otras movilizaciones hayan sido mucho más determinantes. Al fin y al cabo, el concepto de patria es complejo porque intuitivamente –que no necesariamente- abunda en la división étnica. Me explico.

El capitalismo siempre ha lanzado a competir a todos contra todos,
y esto que ocurre ahora no es una novedad. Los socialistas del siglo XIX lo sabían y por eso entendieron muy bien que una cosa era la clase, entendida como situación objetiva dentro de las relaciones de producción, y otra la formación de clase, que era la forma en la que esas mismas personas se organizaban colectivamente (como sindicatos y partidos). Una de las razones por las que se organizaban colectivamente era porque así se neutralizaba la competición entre ellos mismos. Por decirlo bruscamente, mediante la organización colectiva se construía conciencia de clase. Y el discurso que lo mediaba era un discurso sobre aquello que compartían como colectivo, como clase: su papel antagonista con las clases explotadoras. Así fueron surgiendo los sindicatos y los partidos socialistas del siglo XIX. Por eso también es tan importante la organización en nuestro tiempo, porque sirve para construir un «nosotros» que evite guerras entre pobres. Pero si uno pretende que el «nosotros» sea inclusivo, sumando a inmigrantes, los discursos han de construirse sobre elementos comunes y no sobre diferencias. Y el concepto de «patria» no permite construir con facilidad un «nosotros» que sume a nativos e inmigrantes, porque además de las connotaciones históricas específicas del concepto en nuestro país, los propios inmigrantes ya tienen su patria y probablemente no quieren renunciar a ella. Parece una aventura complicada, y arriesgada en la medida en que fortalece discursos de la diferencia que pueden ser reapropiados por la derecha. Más sensato parece centrar los «discursos que organizan» directamente en la precariedad, el desempleo, lo social en general o incluso en identidades colectivas como «trabajadores», «clases populares» o «pueblos» que son elementos que compartimos nativos e inmigrantes.

Realismo ante los riesgos
Sin embargo, no sería excesivamente optimista y plantearía tanto los riesgos como las oportunidades de esta situación. Por un lado, en España la extrema derecha no existe porque gran parte de su espacio lo ocupa el Partido Popular (que no es una derecha asimilable a la derecha europea cristiana, con una tradición más democrática y menos autoritaria).

Y, por otro lado, porque la izquierda aún no ha conseguido llegar al conjunto de las clases populares y, lo más preocupante, a los más afectados por la crisis. Esa es nuestra tarea y, de hecho, el objetivo político que nos hemos marcado en Izquierda Unida. Ser pueblo, estar en el conflicto, canalizar demandas sociales, construir organización inclusiva y defender proyectos ético-políticos serios y factibles.

Fuente original:
http://www.eldiario.es/tribunaabierta/extrema-derecha-hija-globalizacion_6_594650534.html

sábado, 27 de febrero de 2016

“El mobiliario sí importa en la escuela”. La diseñadora holandesa Rosan Bosch está revolucionando los espacios educativos ligados a nuevas metodologías de enseñanza

Rosan Bosch (Utrecht, 1969) es uno de los rostros más visibles de la innovación educativa a través del diseño de nuevos espacios y mobiliario. Con más de una decena de colegios construidos en Dinamarca y Suecia (de ellos, nueve son públicos) o en ciudades como Abu Dabi, Bosch apuesta por la eliminación de las aulas con filas de pupitres mirando a una pizarra, por el derribo de los muros en las escuelas y por los espacios diáfanos en los que el niño decide dónde quiere aprender.

Su máxima es que los estudiantes tomen decisiones desde el principio y escojan lo que más les interesa, porque en el mundo actual, según la propia diseñadora, “ya no vale trabajar bajo las directrices de un jefe; el mercado demanda perfiles que sepan pensar de forma independiente y tomar la iniciativa sin miedo a equivocarse".

Bosch estudió en un colegio Montessori, un método desarrollado a principios del siglo XX por la doctora italiana Maria Montessori basado en la idea de que los más pequeños aprenden de forma natural si se les permite seguir sus instintos. Pero su interés por la innovación educativa no le viene de ahí, sino de la desmotivación con la que sus propios hijos volvían de la escuela.

Pregunta. ¿Cómo puede influir el diseño en la forma de aprender?
Respuesta. Tal y como están concebidas las aulas, los niños llegan a clase, se sientan en un silla y se limitan a escuchar y a hacer lo que les dice el profesor. Es antinatural tener a estudiantes tan pequeños inmóviles en sus pupitres sin la posibilidad de desplazarse libremente y encontrar el entorno en el que se sientan más cómodos. Los seres humanos somos diferentes y nuestro cerebro funciona de forma distinta. Hay niños que necesitan total tranquilidad para procesar nueva información y otros que lo hacen mejor de forma colaborativa. La escuela moderna tiene que adaptarse a esa realidad y el diseño del espacio puede cambiar el modo de pensar, funcionar y reaccionar. Este tipo de estructuras más flexibles incentivan al niño a tomar sus propias decisiones. No se trata de poner ruedas a las sillas y a las mesas, sino de permitir la libertad de movimiento de los chicos. Es muy difícil cambiar la mentalidad de la comunidad educativa, y el espacio físico ayuda porque crea una nueva realidad.

P. Se habrá encontrado con detractores que piensen que dejar al niño decidir puede perjudicar su disciplina.
R. Los niños no son animales salvajes que necesiten reglas rígidas. Una vez que les explicas que disponen de diferentes estancias para la lectura en solitario, para el debate, para el trabajo en grupo y también para escuchar las lecciones del profesor, lo entienden perfectamente y se adaptan. El formato del niño fijo en una mesa tiene mucho que ver con la disciplina y poco con el aprendizaje. El sistema tradicional les entrena para escuchar largos discursos sin aburrirse, y eso resulta imposible hasta para un adulto, que no aguanta más de 20 minutos de charla sin desconectar. Esos niños van a vivir en una sociedad totalmente diferente. Las nuevas generaciones tendrán que adaptarse a trabajos que aún no existen y detectar sus carencias. Se necesita gente que de forma independiente pueda aprender nuevas habilidades y conocimientos. Ser pasivo y actuar solo bajo las directrices de terceros ya no funciona.

P. ¿Por qué cree que es prioritario un espacio que favorezca el trabajo en equipo?
R. El mundo se ha vuelto global. Ahora se trabaja con personas de diferentes culturas. Mis reuniones de trabajo, por ejemplo, son a través de plataformas online con colaboradores en Dubái o Michigan. En los exámenes de la escuela no se mide el liderazgo, ni la capacidad de aprender por uno mismo o las fórmulas para colaborar de la mejor forma posible. Tampoco cómo buscar información y contrastarla o saber concentrarse cuando hay muchas distracciones. Todo eso no se evalúa en el colegio y son capacidades básicas en el mundo real.

En España, es especialmente difícil innovar porque la gente tiene miedo al cambio. El sistema educativo español no enseña a hacer preguntas y eso se nota cuando los graduados van a trabajar al extranjero. En el caso de nuestro estudio, se tienen que acostumbrar a una forma muy diferente de trabajar que requiere más autonomía e iniciativa. Lo cierto es que todos los que aceptamos llegan con experiencia internacional y dominio de varios idiomas.

P. Después de más de diez años dedicada a las galerías de arte, ¿cómo dio el giro hacia la educación?
R. Cuando mis dos hijos comenzaron la escuela estaban deseando aprender, todo les generaba curiosidad. Poco a poco, cada vez volvían a casa más desmotivados, hablaban de la escuela como un lugar aburrido y solo les contentaba planear qué harían en su tiempo libre. Fui a hablar con la profesora y me dijo que lo sentía pero que estaba sola con 30 niños y que no disponía de más recursos. Me explicó que había niños que seguían la clase y otros que se distraían. En ese momento ya me había dado cuenta del diseño y su poder de seducción, así que decidí emplearlo en la educación. Empecé a trabajar con pedagogos, profesores y padres. El proyecto de transformación tenía que ser integral.

P. ¿Cuál fue la primera escuela con la que trabajó?
R. Fue en el año 2006 en un colegio de Gentofte, un pueblo cercano a Copenhague. El ayuntamiento puso en marcha en 1999 un proyecto para transformar doce escuelas públicas y yo me encargué posteriormente de una de ellas, la Ordrup School. Durante tres semanas nos colamos en las aulas para ver la forma de trabajar y de moverse de los alumnos y profesores y detectamos que el problema principal era la rigidez del espacio. Permitimos a los niños sentarse en el suelo y trabajar a la luz de una lámpara, colocar post it con sus ideas debajo de las mesas o leer en solitario en tubos circulares. Los profesores, que al principio se mostraban reacios, se dieron cuenta de la importancia de contar con diferentes espacios para la concentración o la colaboración entre los niños y ahí jugaba un papel esencial el mobiliario y su distribución en el aula.

P. ¿Le resultó complicado contar con la colaboración de los profesores?
R. Todo cambio resulta doloroso y al principio todo parecía abocar a la catástrofe. Para que los profesores se sientan cómodos, tienes que trabajar con ellos, y cuando empiezan a ver los resultados, son los primeros en entusiasmarse. Estamos acostumbrados a pensar que los profesores no se reciclan, que durante toda su trayectoria manejan los mismos contenidos y no tienen necesidad de actualizarse, algo que no sucede con otras profesiones como los médicos. Ha llegado el momento de remover los cimientos de la educación, tenemos que ser justos con lo que los niños merecen.

En el caso de este colegio, los resultados fueron excelentes, los niños venían entusiasmados a clase con ganas de explorar las nuevas formas de aprendizaje; las filas de pupitres habían desaparecido. La transformación del espacio físico es el primer paso para poder cambiar la metodología de enseñanza y para que todo esto suceda hace falta la colaboración de los profesores...
http://economia.elpais.com/economia/2016/02/10/actualidad/1455121704_660093.html?rel=lom

sábado, 11 de julio de 2015

Qué hacer frente al impacto de la globalización neoliberal en Educación

Moacir Gadotti www.reproduccionsocial.edusanluis.com.ar

En esta publicación trascribo los aportes de Moacir Gadotti frente al problema planteado por la globalización neoliberal en el frente educativo

¿Qué podemos hacer frente al aluvión?
Ya muchos especialistas se han encargado de analizar el impacto de la globalización en la educación, entre ellos, Martin Carnoy, de la Universidad de Stanford (EE.UU), gran amigo de Paulo Freire. Él utiliza el término “mundialización” (como los franceses) para designar el fenómeno de la “globalización”.

De acuerdo con Martin Carnoy, “dos de los fundamentos esenciales de la mundialización son la información y la innovación (…). La circulación masiva de capitales operativos, en la actualidad, se basa en la información, comunicación y saber con respecto a los mercados mundiales, y dado que el saber es altamente transferible se presta fácilmente a la mundialización (…). La mundialización ejerce un profundo impacto sobre la educación en planos bastante diferentes y, en el futuro, ese fenómeno se hará mucho más perceptible a medida que las naciones, regiones y localidades aprendan cuál es el papel fundamental de las instituciones educativas, no sólo para transmitir los conocimientos necesarios para la economía mundial, sino también para reincorporar a los individuos en nuevas sociedades construidas sobre la base de la información y el saber”.

La globalización como proceso es algo que data de la antigüedad. Lo que nosotros observamos hoy es la globalización de un modelo de sociedad, el capitalista. Ya hemos pasado por otros procesos de globalización: la helenización, la romanización, la evangelización, la misión civilizadora de la colonización y, hoy en día, el mercado global. Walter Mignolo (2003) distingue en los últimos 500 años, cuatro movimientos de este proceso reciente: Cristiandad, Misión civilizadora, desarrollo y mercado global. Según él, “cada momento corresponde a un proyecto global específico y, ciertamente, inaugura diferentes historias locales que responden a los mismos proyectos globales.

Carnoy se refiere sobre todo a la globalización como fenómeno provocado por la expansión de los medios de comunicación y las nuevas tecnologías de información. Sin lugar a dudas, hay muchas consecuencias positivas del avance tecnológico, pero la tecnología, por si sola, no es libertadora. La globalización capitalista neoliberal (globalismo) trabaja con la noción de “gobierno” (aparatos administrativos) separada de la noción de “estado”. El estado, además del gobierno, tiene una dimensión simbólica que incluye la noción de ciudadanía. El estado no sólo financia la educación, también construye valores, sentidos (derechos, ciudadanía…). Para el “globalismo”, el ciudadano se reconoce sólo como cliente, como consumidor, que tiene una “libertad de escoger” entre diferentes productos. El ciudadano necesita estar bien informado para “escoger”. Era por esto que él necesita saber del “ranking” de las principales escuelas, las “mejores”. Ese ciudadano no necesita ser emancipado. Sólo necesita “saber escoger” (Friedman).

El argumento básico del modelo neoliberal está en la justificación de que es el único modelo eficaz frente al fracaso de las economías socialistas y del “estado de bienestar”. Esto impone la necesidad de adaptar la educación a las exigencias de la “sociedad de mercado” (sostienen que el sistema educativo está en crisis porque no está adaptado para la globalización capitalista que considera la escuela como una empresa que necesita someterse a la lógica de la rentabilidad y la eficiencia), principalmente los contenidos, la evaluación, la gestión de la educación, puesto que ellos están “atrasados”, al no responder a las nuevas exigencias del mercado.

Contra esa ofensiva neoliberal en el campo de la educación el Foro Mundial de Educación aprobó, en su quinta edición, realizada en Nairobi (Kenia) a finales de enero de 2007, una Plataforma Mundial en defensa del derecho a la educación pública y contra la mercantilización de la educación. En ese sentido, el Foro Mundial de Educación representa una fuerza real de resistencia contra las amenazas de las políticas neoliberales y, al mismo tiempo, una esperanza de construir la educación necesaria para ese “otro mundo posible”.

Plataforma del Foro Mundial de Educación.

1. Luchar por la universalización del derecho a la educación pública con todas y todos los habitantes del planeta, como derecho social y humano de aprender, indisociable de otros derechos, y como deber de estado, incorporando la lucha por la educación a la agenda de lucha de todos los movimientos y organismos involucrados en la construcción del proceso del FME y del FSM;

2. Difundir una concepción emancipadora de la educación, que respeta y convive con la diferencia y la semejanza, popular y democrática, centrada en la vida, asociada a la cultura de la justicia, la paz y la sostenibilidad en el mundo;

3. Garantizar el acceso a la educación y el uso de la riqueza socialmente producida, dándole prioridad a los oprimidos, silenciados, explotados y marginados del mundo;

4. Promover el control social del financiamiento de la educación y la desmercantilización de la educación;

5. Exigir que los gobiernos y organismos internacionales cumplan con la prioridad que dan a la educación en sus declaraciones, pero no en la práctica. 

Fuente original: http://www.reproduccionsocial.edusanluis.com.ar/2015/06/que-hacer-frente-al-impacto-de-la.html