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miércoles, 29 de enero de 2020

El nivel académico de la madre y el trabajo del padre pesan más en el desarrollo cognitivo. Un estudio pondera la influencia de las condiciones socioeconómicas de los progenitores en las capacidades de sus hijos.

A mayor nivel socioeconómico de los padres, más desarrollo cognitivo de los niños. Mucha literatura científica sostiene esta afirmación, siempre hablando de promedios, no de casos concretos. Lo que no se había abordado tanto es cómo influye el estatus del padre y de la madre, por separado. Es el estudio que un grupo de investigadores ha publicado en la revista Gaceta Sanitaria, con una conclusión bastante clara: mientras los estudios de la madre pesan significativamente en el desarrollo del hijo, en el caso de los padres el protagonismo se lo lleva su clase social.

Los investigadores estudiaron tres determinantes sociales cuya influencia en el desarrollo cognitivo están bien documentado: ingresos, estatus laboral y nivel educativo. Los recursos económicos limitados de los hogares, indican, influye en la baja inversión en la educación, peor calidad en la vivienda y barrios con menos servicios comunitarios. El tipo de empleo de los progenitores puede provocar estrés y relaciones familiares más problemáticas. Y el nivel académico de los padres suele reflejar su habilidad para resolver problemas.

En el estudio, en el que participaron 525 niños de cinco y seis años, se encontró que estos tres factores pesaban un 10% en el desarrollo cognitivo de los niños, evaluado a través de pruebas estandarizadas que miden su psicomotricidad, capacidad verbal o funciones ejecutivas. De todos los factores, encontraron que había estaba significativamente relacionado el tipo de ocupación del padre, el nivel académico de la madre, su edad (en edades intermedias había más desarrollo cognitivo de promedio que en las mayores y más jóvenes) y su inteligencia. También había correlación con el tamaño gestacional: los más pequeños tenían peores puntuaciones. Los investigadores midieron también el uso de algunas sustancias tóxicas durante el embarazo, de las cuales la que más pesaba era el tabaco en las madres durante el primer trimestre.

Llùcia González, una de las investigadoras, explica que las conclusiones pueden tener varias explicaciones: “En el caso de la clase social [que en el estudio está determinada por el trabajo del progenitor] en el caso de los hombres suele ser más estable, porque hay menos entradas y salidas del mercado laboral y las madres tienen más tendencia a dejar su empleo para dedicarse a la crianza”. En el estudio barajan la hipótesis de que los padres usualmente proveen bienes materiales mientras que las dotaciones de las madres se basan en su propio logro académico. Además, parece que la educación juega diferentes roles: la educación de la madre es relevante para el logro académico en los primeros años del niño, mientras que la del padre es más importante en juventud.

Cerebro plástico
Mario Fernández, neurocientífico en la Universidad Autónoma de Madrid, explica que el cerebro de un niño es “muy plástico”, es decir, muy sensible a las condiciones del entorno, para lo bueno y para lo malo. “Por tanto, la relación con los padres es determinante para el correcto desarrollo de las habilidades cognitivas”, asegura. “Por otro lado, la inteligencia tiene un componente genético: los niños adoptados tienen un nivel intelectual base más parecido a los padres biológicos que a los de acogida. Aunque también es verdad que es más fácil que un niño con padres universitarios vaya a la universidad. Es decir, los alumnos del colegio del Pilar tienen un índice mucho mayor de licenciados que los alumnos de un colegio de Villaverde (sur de Madrid)”. Esto último, explica el investigador, tiene que ver con el entorno, el nivel socioeconómico de los padres y la clase social. “La interacción entre todas las variables es compleja. En el estudio se muestra esta correlación entre el desarrollo cognitivo de los padres y el de los hijos de manera positiva”, concluye.

Llùcia González hace hincapié en la necesidad de que haya una conciencia de estos problemas a nivel político, porque “es ahí donde se pueden promover medidas que los palíen”. “No es sencillo investigar en desigualdades en salud: a menudo se perciben las condiciones sociales como estáticas y más estructurales, y por ello más difícilmente modificables”, reflexiona.

https://elpais.com/sociedad/2020/01/17/actualidad/1579280467_673043.html?rel=lom

sábado, 5 de enero de 2019

_- Fallece la madre. NEGRO SOBRE BLANCO [AURELIANO SÁINZ].

_- Aureliano Sáinz | Fallece la madre

NEGRO SOBRE BLANCO [AURELIANO SÁINZ]

Cierro con este tercer artículo el análisis de las emociones y los sentimientos de los escolares cuando fallece uno de sus progenitores.

Comencé con el estudio del fallecimiento paterno; posteriormente, abordé la importancia que tienen los abuelos y abuelas en el apoyo que pueden ofrecer a los más pequeños en situaciones tan dramáticas; y finalizo con este trabajo a partir de una selección de dibujos recogidos en el ámbito escolar.

Todo lo que indiqué de modo genérico en las dos entregas anteriores se puede aplicar a este tercer caso. De todos modos, hay que reconocer que el fallecimiento de la madre supone un dolor añadido, dado que las madres han sido y son el soporte emocional de la familia, aunque, paso a paso, el hombre como padre va asumiendo también esta faceta de atenciones y cariño que, tiempo atrás, parecía exclusivamente femenina.

Por otro lado, tengo que apuntar que los dibujos o respuestas gráficas de los escolares ante los problemas que pueden vivir son muy diversas, por lo que lo razonable es que veamos algunos casos de niños y niñas de distintas edades que perdieron a su madre para que entendamos cómo plasman la familia en esas circunstancias y el significado que puede extraerse de las escenas que han realizado.

Cuando son muy pequeños, hasta los dos años, aproximadamente, la ausencia por fallecimiento de un padre o una madre no se suele interiorizar como una pérdida emocional, puesto que la memoria a largo plazo en estas edades no incorpora ninguna imagen vivenciada que les sirva de recuerdo en edades posteriores.

Hemos de tener en cuenta que las imágenes y los recuerdos más lejanos de nuestra infancia llegan hasta los cuatro años y, en casos excepcionales, a los tres años, coincidiendo con el momento en el que dejan de trazar garabatos y pasan a realizar figuras, aunque sea en la modalidad de lo que los investigadores en el arte infantil denominamos como “renacuajos”.

Sirve como ejemplo de la falta de recuerdo de la imagen materna la ilustración de portada de este artículo, dibujo que se debe a una chica que tenía 11 años cuando lo realizó en la clase. Según nos indicó la profesora, su madre había fallecido en accidente de tráfico cuando solo contaba con dos años, es decir, una edad en la que no puede evocar mental y emocionalmente a su madre ahora que es una preadolescente. Esta es la razón por la que no la representa dentro del dibujo de la familia, ya que no tiene imágenes productos de vivencias archivadas en su mente, a pesar de las fotografías que posteriormente haya visto de ella.

Como puede apreciarse, solo aparecen sus abuelos paternos, su padre y ella misma, siendo la figura del abuelo la más grande de las cuatro, ya que lo considera como el más relevante y con mayor autoridad dentro del grupo familiar. Por otro lado, vemos que su abuela y su abuelo son los dos primeros en ser dibujados, lo que es indicio del apoyo moral y emocional que les han ofrecido tanto a ella como a su padre en esta dura situación.

Hemos de tener en cuenta que su padre, ante la situación tan dramática de la pérdida de su mujer en un accidente, optó por irse a vivir con sus padres, para que le ayudaran a sobrellevar este trance tan duro, al tiempo que pudieran colaborar en el cuidado de la niña. Y es que un hecho tan imprevisto conmociona duramente, pues, a diferencia de una enfermedad grave que, en cierto modo prepara para la pérdida, un accidente de carretera supone una ruptura tajante en la propia vida y en las de quienes rodean a la persona fallecida.

A diferencia de la muerte por accidente, como la que hemos indicado, en ocasiones, el fallecimiento acaba siendo el resultado de una travesía de dolor, tras haber sobrellevado una larga y penosa enfermedad. Es lo que le aconteció a la madre de la niña del dibujo precedente. La autora, que contaba con 6 años en el momento de realizarlo, sabía que su madre padecía de cáncer, por lo que, de algún modo, plasmó la situación de soledad, angustia e inseguridad en la que se encontraban tanto ella como su hermana. Tristemente, a los pocos días de realizar el dibujo en la clase su madre falleció.

A pesar de que su padre y su madre intentaban alejarlas del entorno de tristeza y dolor en el que ambos estaban inmersos, lo cierto es que, inevitablemente, a sus hijas les alcanzaba el ambiente de pesar que se respiraba en la casa. Esto la niña, autora del dibujo, lo expresa en la escena creada, ya que se representa en una montaña junto a su hermana y, en otra próxima y separada, a su padre y a su madre, como si vivieran en dos mundos distintos.

Las cuatro figuras son muy pequeñas, como si todos tuvieran poca importancia. Además, a su padre y a su madre los dibuja sobre unas líneas puntiagudas, que, aunque representan la naturaleza, connotan inseguridad y dolor, pues se apoyan sobre formas punzantes, reflejo del padecimiento que la pequeña observaba en ellos.

Una situación parecida a la descrita es la que vivió la autora del dibujo que acabamos de ver, una niña de 5 años que dibujó a su familia al poco de fallecer su madre. De igual modo, fue su propia maestra la que nos explicó la situación por la que atravesaba la pequeña.

En este caso, fue su abuela la que asumió la responsabilidad de cuidarlas, tanto a ella como a su hermana, ya que a su padre lo veía poco por razones de trabajo, según nos apuntó la profesora de la clase. Esta situación da lugar a que dibuje, en primer lugar, a su abuela, como el personaje más significativo para ella. En segundo lugar, a sí misma, de un tamaño muy grande, si la comparamos con el resto de las figuras. Su madre en tercer lugar; siguiéndole su hermana mayor. Acaba con la figura del padre, pues, tal como he indicado, el contacto con sus hijas es escaso.

Lógicamente, una niña tan pequeña no puede interiorizar emocionalmente, de ningún modo, que su madre ha fallecido y desaparecido para no volver nunca más. Esto escapa a su comprensión, por lo que lo más probable es que durante algunos años la siga dibujando, hasta que, a pesar del dolor, interiorice que ya no está con ellos, que se ha ido para siempre.

Para que entendamos lo que he explicado anteriormente, referido a que la imagen de la madre fallecida continúa presente durante algunos años en los dibujos de niños y niñas, traigo el realizado por una niña de 8 años, que se encontraba en tercer curso de Primaria, y que, tras perder a su madre, vive con su padre y sus abuelos.

Como podemos ver en la escena que realizó de su familia, la autora se representa la primera del grupo. Le sigue su madre, que aparece como si todavía la tuviera a su lado y, de algún modo, contara con ella. Continúa con su padre, expresando con ello la unión que emocionalmente existe entre su padre y su madre.

Cierra el grupo familiar con su abuela y su abuelo, que, como estamos viendo en estos artículos, son dos grandes figuras de apoyo en situaciones tan duras y dramáticas. Como detalle de la escena, tengo que apuntar que el trazado de una parte del edificio es manifestación de que todos viven juntos en el mismo piso.

Tal como apuntaba al principio del trabajo, cada niño o niña expresa la pérdida de un familiar directo desde su propia situación, desde su propia perspectiva emocional, aunque, lógicamente, ellos no son conscientes de lo que manifiestan en sus dibujos, pues son sentimientos profundos que no comprenden el alcance que tienen.

Así, en el caso de esta niña que cuenta también 8 años, inicialmente, se representó a sí misma y, tras ella, únicamente, al padre. No obstante, comenzó a trazar la figura de su madre, pero dudó un poco y acabó borrándola. Sin embargo, en el lado derecho dibuja un par de montañas nevadas en sus cumbres, al tiempo que, en medio de los picos, una nube va descargando copos de nieve. Esto simbólicamente expresa la frialdad que siente ante la pérdida de la madre, ya que la pareja que formaba con su padre se ha transformado en una realidad en la que la soledad y la ausencia de calor están presentes.

Cierro este breve recorrido por los dibujos de escolares que perdieron a su madre con el de un chico de 10 años que se encontraba en quinto curso de Primaria. Por la información recibida, la madre había fallecido recientemente, lo que da lugar a que no aparezca representada en la lámina.

Llama la atención su bajo nivel gráfico, puesto que el esquema que utiliza para las tres figuras se corresponde con la de un niño de 5 años, y, a pesar de que la Educación Artística está muy relegada en el campo educativo, tengo que apuntar que el dibujo de los escolares evoluciona independientemente de que se trabaje poco en el aula. Puedo imaginar que su atraso no solo sea dentro de Plástica, sino que se corresponda con un nivel general y que afecta a otros aprendizajes.

Desde el punto de vista emocional, las tres figuras –hermano, padre y él mismo– se encuentran separadas, sin contacto entre ellas, expresando el aislamiento y la soledad que se refleja en el dibujo. Por otro lado, no incorpora ninguna otra figura o elemento, reforzando con ello el sentimiento de desconexión con el mundo que le rodea.

De este modo, podemos comprobar que en los dos últimos dibujos que hemos visto no aparece ningún abuelo o abuela, que son un gran apoyo emocional para que los pequeños puedan superar situaciones tan dramáticas como es la pérdida de la madre.

3.11.18 Aureliano Sáinz |
Fallece el padre (I)

NEGRO SOBRE BLANCO [AURELIANO SÁINZ]

Cuando se aborda el desarrollo psicológico y emocional de niños y niñas se suele acudir a conocidos autores de la psicología evolutiva, caso de Jean Piaget,
para comprender las características que presentan en determinadas edades. Esto que en principio es correcto desde el punto de vista teórico, en cambio, hay que ajustarlo ante ciertas situaciones reales dado que sus postulados presentan algunas limitaciones.

Así, en estudios evolutivos como el de Piaget no se aborda el contexto social ni el familiar en los que viven esos niños o niñas, cuestiones de gran relevancia, pues ambos contextos pueden ser determinantes en sus desarrollos psicológicos y emocionales. Por otro lado, tampoco se tienen en cuenta situaciones inesperadas que truncan el equilibrio familiar en el que se vivía hasta la aparición de ese hecho imprevisto e indeseado.

Una de esas situaciones no esperadas es el fallecimiento del padre o de la madre, circunstancia profundamente dolorosa que marca emocionalmente a todo el grupo familiar, y de modo muy especial a los más pequeños, ya que, por un lado, son los más frágiles y, también, porque están asomando a un mundo complejo en el que necesitan la seguridad y el cariño que le proporcionan los mayores para ir creciendo con una base de autoestima que les afiance a medida que se va creciendo.

No tengo conocimiento de publicaciones o estudios rigurosos que se hayan realizado sobre este tema, puesto que se suele evitar hablarles de la muerte por el miedo que puede provocarles. Sin embargo, el propio Jean Piaget sostenía que hacia los 7 o los 8 años el niño comienza a preguntarse por qué se mueren las personas, dado que hasta entonces este tipo de pregunta no entraba en su mente. Pero muy diferente es que se haga esta pregunta y se le dé alguna respuesta que le sea tranquilizadora y otra muy distinta es que viva el fallecimiento de uno de sus progenitores.

La defunción de un familiar y la repercusión que tiene en los escolares, de alguna forma, lo he abordado en anteriores artículos. En esta ocasión quisiera ampliarlos, tomando inicialmente como base algunos dibujos recientes de escolares cuyos padres ya habían fallecido cuando realizaron el dibujo de la familia que se les había propuesto en el aula. En próximos artículos continuaré con esta temática en la que abordaré también el de la madre.

Dada la importancia y la delicadeza con la que hay que tratar el tema, una vez realizado el trabajo en el horario de Plástica, el profesor o la profesora de la clase nos proporcionó privadamente algunos datos de quienes habían hecho el dibujo para que sirviera de ayuda con el fin de comprender con mayor precisión el sentido de la escena que habían plasmado.

Debo apuntar que cada dibujo tiene un sentido individual, pues, como veremos, cada niño o niña interioriza esta situación dramática de forma muy personal, de modo que refleja los sentimientos que le embargan y que dependen del género, del carácter que se tenga, de la edad, del tipo de creencias que haya en la familia, etcétera.

Este primer trabajo lo hacemos con aquellos dibujos de los escolares en los que aparecía representada también la figura paterna de dos formas: como si fuera un miembro más de la familia y estuviera presente entre ellos o como si se encontrara en el cielo.

Son dos maneras que tienen los pequeños de no admitir la irreversibilidad de la muerte: por un lado, dándole vida a través de sus dibujos o imaginando que hay otro mundo en el que ahora se encuentran y desde el cual pueden seguir viéndoles.

La primera forma la podemos comprobar en el dibujo que ha servido de ilustración principal del artículo, y que corresponde a una chica de 13 años que se encontraba en sexto curso de Primaria cuando lo realizó. El proceso que siguió fue el siguiente: comenzó dibujando a su madre, para pasar dibujarse a sí misma; en tercer lugar lo hace con su padre, que ocupa el centro de la lámina, continúa con su hermano mayor, al que llama “tate”, y cierra la escena con los dos pajaritos que tiene como mascotas. Como detalle, indica la edad de cada uno de ellos.

Observando el grupo, se podría pensar que el padre es el personaje vivo más relevante y por el que la autora siente un gran amor; sin embargo, el padre había fallecido hacía cinco años, cuando ella contaba con ocho. La escena nos indica que la imagen paterna pervive tan intensamente en la autora que lo representa como si todavía estuviera presente y al que le es posible mostrar el cariño con el dibujo de un corazón. La autora sabe que su padre ya no existe, pero, tras las explicaciones que había dado su madre, siente que vive en su corazón, que siempre la acompañará porque ha recibido lo mejor de la figura paterna.

Esta respuesta de amor y de deseo de vida hacia el padre fallecido también lo encontramos en otras ocasiones, cuando la familia, en medio del dolor y la tristeza, ha procurado amortiguar ese impacto en los hijos, de modo que se busca que su recuerdo perviva y que sea lo más grato posible. Es lo que deducimos en el de esta niña de 9 años, cuyo padre había fallecido unos años atrás.

Como podemos comprobar, representa a la familia en la playa, disfrutando del sol al lado del mar. En la realización de la escena, comienza con el trazado de sus abuelos, para pasar a su hermana y su madre, cerrando con el de su padre y el de ella misma. Por otro lado, sus dos mascotas corretean por la playa.

La imagen del padre pervive de manera tan intensa en la niña que lo dibuja como si todavía formara parte real de la familia. Pero, para que ello se produzca, conviene apuntar que en estos casos los abuelos y otros familiares juegan un papel de gran relevancia en el apoyo emocional que prestan a los más pequeños.

En el caso de dibujos de niños es posible encontrar escenas en las que el padre todavía es representado como si fuera un miembro más de la familia, pero, a diferencia de las niñas, ellos no incorporan corazones o elementos visuales que simbolicen el amor que les pudieran expresar. Ellos interiorizan la pérdida, sin que expresen gráficamente los sentimientos de una manera tan explícita. Esto quizá se deba al hecho cultural de que los varones tienen que mostrarse fuertes en los momentos difíciles, sin que las lágrimas asomen a sus rostros.

Esto lo podemos apreciar en el dibujo anterior, de un chico de 11 años que se encontraba terminando Primaria. Como podemos comprobar, comienza por la izquierda trazando a su madre; pasa a dibujar a su padre, duda y borra el rostro, como si no estuviera seguro de si debía incorporarlo; finalmente, se decide a hacerlo; posteriormente, se traza a sí mismo, con una figura frágil y pequeña; y cierra el grupo familiar con el trazado de su hermano mayor. En conjunto, apreciamos la fuerte soledad que siente el autor por la distancia que ha dejado entre las figuras, así como por el trazado de los brazos de todas ellas hacia abajo y sin proximidad afectiva y por la pequeñez de las mismas, como si no tuvieran importancia.

En este cuarto dibujo, con el que cierro este tema, se vuelve a manifestar la idea de que el padre no ha muerto realmente, puesto que se encuentra en el cielo. La escena se debe a una niña de 11 años, de sexto curso de Primaria. Como podemos observar, la autora representa a su padre fallecido sobre una nube y delante de un gran sol. Alrededor del rostro de la figura paterna le ha trazado un conjunto de líneas, que junto a las manos unidas y la vestimenta que porta, evocan la idea de santidad.

Es, pues, una manifestación de la religiosidad de la familia, que le ayuda a ella y a su hermana a sobrellevar el dolor por la pérdida del padre. Por otro lado, y tal como vemos, todas las figuras femeninas que componen ahora su familia, y en la que ha incluido a su ‘tita’, están cogidas de la mano, como expresión de la unión en la adversidad, al tiempo que incluye corazones que flotan entre las figuras como representación del amor que siente en el grupo.

10.11.18
Aureliano Sáinz |

El apoyo de los abuelos

NEGRO SOBRE BLANCO [AURELIANO SÁINZ]

En el artículo anterior abordaba la cuestión del fallecimiento del padre y la repercusión emocional que tenía en los hijos. Este tipo de tema, tal como decía, no se solía estudiar por parte de los psicólogos evolutivos, puesto que implicaba penetrar en un ámbito bastante complejo como son los sentimientos y las emociones de los menores.

Hay que reconocer, por otro lado, que las fórmulas que habitualmente se utilizan para investigar ciertos aspectos del ser humano, como son los cuestionarios, no sirven para entender lo que sienten los escolares cuando fallece el padre o la madre. Sin embargo, el dibujo libre realizado en la clase se muestra como un excelente medio para conocer qué piensan y qué sienten ante los hechos luctuosos que han acontecido en la familia.

Como empezamos a ver, las respuestas gráficas son muy distintas en función de las edades, del género, de las creencias que se tengan dentro de la familia y, de modo significativo, del apoyo emocional que puedan recibir en esos momentos.

Y dentro de ese apoyo, juegan un papel muy relevante las figuras de los abuelos o de las abuelas, en caso de que vivan y se encuentren físicamente cercanos. Su importancia ya la comenté en el artículo titulado Abuelos en la familia y, de nuevo, abordamos el significado que poseen los mayores en circunstancias como el fallecimiento de uno de los progenitores.

De entrada, tengo que decir que es frecuente en los dibujos de los escolares que han perdido a su padre o a su madre el que incluyan las figuras de sus abuelos o abuelas, ya que son un gran soporte emocional por la experiencia que han acumulado a lo largo de sus vidas y porque saben que en esos momentos los necesitan de modo muy especial.

Esto lo podemos ver en el dibujo de portada, realizado por una niña de 10 años que, tiempo atrás, había perdido a su padre. El grupo, que se inicia con su madre, continua con la figura que la representa a ella misma, pasa a su hermana mayor y cierra con la figura de su abuela materna, quien, a pesar de no vivir en su domicilio, la incorpora como parte esencial de la familia. Se encuentra, pues, en una familia formada por cuatro miembros del género femenino, dado que el padre ya no existía en la misma a la hora de realizar el trabajo.

Tengo que apuntar que, desde edades tempranas, niños y niñas sienten la presencia de sus abuelos y abuelas como personas relevantes en sus vidas. Ese sentimiento es algo distinto al que manifiestan hacia los padres, puesto que, aparte de ser sus progenitores, estos sí tienen la responsabilidad directa de su educación, con todas las exigencias que ello conlleva; mientras que los abuelos ejercen un papel con un carácter más afectivo, una vez que en su momento llevaron adelante el empeño y las exigencias de su cometido como padres.

Para que entendamos que la ausencia de un abuelo por fallecimiento es algo que no pasa de ninguna manera desapercibida, presento el dibujo de Manu, un niño de 4 años cuyo abuelo había fallecido recientemente. Al pequeño, ante las preguntas que hacía, se le indicó que su abuelo estaba en el cielo, por lo que emocionalmente se le aleja del dolor que supone esa pérdida.

Cuando entregó el trabajo, nos manifestó que quien estaba arriba era su abuelo; debajo y en la izquierda se encontraba él; y en la derecha su padre, que es la figura más grande. Al preguntarle dónde se encontraba su madre, no nos respondió al tiempo que se encogía de hombros, por lo que no volvimos a insistirle.

El dibujo que acabamos de ver corresponde a Rafa, un niño de 8 años que perdió a su padre cuando era muy pequeño. Puesto que su profesora ya sabía su situación familiar, al preguntarle por su padre nos dijo que no se acordaba de él, a pesar de que había visto fotos en casa. Este olvido es comprensible, puesto que hasta que no se cumplen tres o cuatro años los recuerdos no se afianzan con claridad en la mente de los pequeños.

La figura paterna la sustituye por la de su abuelo, que ha sido el primero en ser dibujado, lo que es indicio de la importancia que tiene para él. Por otro lado, el que continúe con la de su abuela es también manifestación de que se encuentra arropado afectivamente por quienes son sus ascendientes. Llama un poco la atención que la tercera figura sea la de su mascota, una gallina apodada ‘Chispita’. En cuarto lugar, dibuja a su madre. Cierra el grupo con el trazado de sí mismo.

Quisiera apuntar que se nos olvidó preguntarle qué quería decir con el azulejo que se había dibujado en el brazo y que lo numera con el 6. Si tenemos en cuenta el singular mundo emocional de los pequeños, esto se nos queda como algo un tanto enigmático.

Si avanzamos en edad, nos encontramos con el trabajo de una niña de 9 años de cuarto curso de Primaria. Cuando en la clase se les planteó el dibujo de la familia se dio la circunstancia de que su padre había fallecido recientemente; no obstante, la autora no tuvo ningún problema en realizar el trabajo.

Como podemos observar, a su padre no lo representa; a diferencia de otros casos que lo suelen hacer cuando todavía tienen muy presente el fallecimiento. Por otro lado, tampoco acude a interpretaciones religiosas, puesto que en la familia no le han indicado que se encuentre en el cielo o sitio simbólico similar. Sin embargo, ahí se encuentran su abuelo y su abuela, cada uno en un extremo del grupo, como signo de arropamiento a su madre, a su hermana y a ella misma, que se traza en el centro del grupo.

Si entendemos que las respuestas emocionales que se dan en situaciones luctuosas son muy personales, es posible comprender el significado del dibujo anterior, de un chico de 11 años cuyo padre había fallecido en un accidente laboral unos años antes.

En el dibujo, vemos que es el mismo el primero que se dibuja, como reflejo de cierta importancia que se atribuye. Al lado, se encuentra su padre, como si aún viviera, con la mano extendida hacia su madre, que es la tercera en aparecer. La cuarta es su abuela, que la ubica a su lado, como señal de protección; entre ambos está su perro. Lo más curioso de todo es que por encima de ellos traza a una quinta figura, Miguel, que resulta ser la nueva pareja de su madre. Y lo apunto como hecho curioso, dado que todavía permanece en su mundo emocional el recuerdo de su padre muy unido al de su madre.

Un modo de compensar el sentimiento de soledad e indefensión ante la vida que aparece en momentos críticos, como puede ser el fallecimiento de uno de los progenitores o la separación de ellos, es la realización de una composición en la que aparezcan muchos familiares para sentirse arropado creyendo que los tiene todos a su alrededor.

Es lo que acontece en el dibujo de esta chica de 11 años cuyo padre había fallecido recientemente. Observando la escena, comprobamos que traza doce personajes de la familia –madre, abuela, tíos, tías, primos y primas– junto a tres de sus mascotas –dos pájaros y un gato–. A pesar de tantas figuras, entre las que se encuentra su abuela materna, ella misma no se dibuja, lo que es indicio de baja autoestima y de inseguridad. Esto nos lleva a pensar que el fallecimiento de su padre la dejó en una situación de la que todavía no se había recuperado, a pesar de sentirse rodeada por muchos familiares.

sábado, 8 de septiembre de 2018

Ser madre en la era del internet y del miedo

CHICAGO — Iba camino a casa después de dejar a mis hijos en el preescolar cuando un policía me llamó para preguntarme si sabía que había una orden de aprehensión pendiente en mi contra. “No”, contesté.

“No lo sabía”.

Tenía que llamar a mi esposo, pero me temblaban los dedos. No recuerdo si estaba llorando cuando me contestó, solo recuerdo que me decía que no me entendía y que debía calmarme para contarle lo sucedido.

Y lo que sucedió había comenzado un año atrás, en un día fresco de marzo de 2011, después de haber ido a visitar a mis padres en Virginia. Tenía que hacer un mandado antes de nuestro vuelo de regreso a Chicago y mi hijo, que entonces tenía 4 años, no quería bajar del auto.

“Vamos”, le dije.

“¡No, no, no! Aquí te espero”.

Respiré hondo. Sabía lo que tenía que hacer, pero estaba cansada e iba retrasada. En ese momento, no quería lidiar con berrinches y rabietas. Y había algo más: una vocecita que últimamente escuchaba cada vez con mayor frecuencia. “¿Por qué?”. Me preguntaba la vocecita.

¿Por qué era esta una batalla que librar? No me estaba pidiendo ir a patinar en plena carretera; solo quería quedarse sentado en el auto. ¿Por qué no podría dejarlo, solo por esta ocasión?

Si afuera hubiera estado haciendo calor, le habría dicho que no; sabía lo rápido que se sobrecalienta un auto en un día incluso con 15 grados Celsius. Pero estaba fresco y nublado. Yo había vivido en la misma ciudad en la década de los ochenta y había pasado horas esperando en el asiento trasero de la vagoneta de mis padres, con las ventanillas abiertas, leyendo o soñando despierta mientras ellos hacían los mandados. ¿De verdad habían cambiado tanto las cosas desde entonces?

Así que le dije que regresaría enseguida. Bajé un poco las ventanas, puse el seguro para niños en las puertas y activé la alarma. Cuando regresé, cinco minutos después, seguía con su juego y estaba sonriendo. Recogimos a su hermana y nuestras maletas en casa de mis padres y tomamos el vuelo de regreso.

Tardé un rato en darme cuenta de lo que había pasado en el estacionamiento: un extraño me había visto entrar en la tienda, grabó a mi hijo, tomó el número de la placa del auto de mi madre y llamó a emergencias.

Cuando nuestro vuelo aterrizó en Chicago, había un mensaje en mi celular: “Estoy tratando de comunicarme con la señora Kimberly A. Brooks. Necesito hablar con ella respecto al incidente de esta tarde en un estacionamiento”.

Al darme cuenta de lo que había sucedido, me sentí como una mala madre. Como si me hubieran atrapado haciendo algo terrible, aún sin saber qué había sido exactamente o cuál era la lógica de la equivocación. Me sentí, creo, como se siente cualquier mujer cuando alguien critica su crianza: avergonzada.

Pero ¿había cometido un delito? No hay ninguna ley en Virginia en contra de dejar a tu hijo esperando en el auto… Sin embargo, sorprendentemente en diecinueve estados de Estados Unidos sí hay leyes que regulan esta situación. Al parecer la policía lo consideraba abuso infantil o abandono, pues alguien podía haberse robado a mi hijo o haberlo secuestrado mientras yo no estaba.

Cuando traté de explicárselo a mi padre, me dijo: “La última vez que revisé, el delito es el secuestro. Alguien podría entrar en mi casa y dispararme en la cabeza, pero la policía no vendrá a arrestarme por olvidar cerrar la puerta”.

“Creo que no lo ven del mismo modo cuando hay niños involucrados”, le respondí.

“¿Del mismo modo?”, dijo. “¿¡Quieres decir lógicamente!?”.

Contacté a un abogado que dijo que tendría que esperar para ver si la policía me acusaba formalmente de algo o contactaba a la oficina de Servicios para el Menor y la Familia. Así que esperé, atemorizada, hasta la mañana en la que recibí esa segunda llamada y supe que me habían acusado de negligencia en contra de un menor (mi hijo).

Pasé los siguientes meses tratando de dilucidar la mejor estrategia legal y la mejor estrategia para vivir con la humillación de ser acusada de un acto delictivo de crianza negligente. Mi historia podía haber terminado aquí. Esto es lo que la vergüenza nos hace a las mujeres: nos aísla y nos hace sentir que nuestras historias no son realmente historias, sino fallas por alguna idiosincrasia. La única razón por la que mi historia continuó fue porque comencé a buscar a otras madres que hubieran vivido circunstancias similares. Encontré a seis dispuestas a hablar de su experiencia y espero que haya muchas más como nosotras. No era la única que había pagado el precio de la crianza en la era del miedo.

Ahora vivimos en un país en donde se considera anormal, incluso criminal, permitir que los niños estén alejados de la supervisión directa de un adulto, aunque sea durante un segundo.

En las noticias o en las redes sociales leemos acerca de niños que han sido secuestrados, violados o asesinados o acerca de niños olvidados durante horas en autos a una temperatura alta. No pensamos en las probabilidades estadísticas de que eso suceda; las posibilidades de que se presenten dichos sucesos no son comparadas con las de peligros mucho más reales, como el aumento en los índices de diabetes o depresión infantil.

En cuestión estadística, de acuerdo con el escritor Warwick Cairns, tendrías que dejar a un niño solo en un lugar público durante 750.000 años para que lo secuestre un extraño. Y en cuestión estadística es mucho más probable que un niño muera en un accidente automovilístico camino a la tienda que mientras espera en un coche que está estacionado. Pero hemos decidido que dicho razonamiento es irrelevante. Hemos decidido hacer lo que sea con tal de sentirnos a salvo de esos horrores, sin importar lo poco frecuentes que puedan ser.

Y es así como ahora los niños ya no caminan solos a la escuela ni juegan solos en el parque. No esperan en los autos. No toman largas caminatas por el bosque ni andan en bicicleta por las veredas ni construyen fortalezas secretas mientras los adultos estamos adentro trabajando, cocinando o haciendo otras actividades.

Comenzaba a comprender que no importaba si lo que había hecho era peligroso, solo importaba que otros padres lo consideraban así. Cuando se trata de la seguridad de los niños, los sentimientos son hechos.

Así me lo explicó una madre: “No sé si temo por mis hijos o si temo que otras personas sientan miedo y me juzguen por mi falta de temor”. Dicho de otro modo, la evaluación de los riesgos y el juicio moral van de la mano.

De hecho, los investigadores lo han confirmado. Barbara W. Sarnecka, científica cognitiva de la Universidad de California, campus Irvine, y sus colegas les mostraron a algunas personas unas viñetas en las que uno de los padres deja a su hijo desatendido y los participantes debían evaluar cuánto peligro corría el menor. En ocasiones se les decía a los participantes que habían dejado al niño solo, involuntariamente (por ejemplo, que el padre había sido atropellado por un auto). En otras, se les decía que el niño no estaba bajo supervisión para que el padre pudiera trabajar, hacer trabajo de voluntariado, relajarse o encontrarse con algún amante. Los investigadores descubrieron que la evaluación de riesgos de los participantes variaba dependiendo de lo moralmente ofensiva que consideraban la razón del padre para marcharse.

Sarnecka y sus colegas resumieron sus descubrimientos de la siguiente manera: “Las personas no solo creen que dejar a un niño solo es peligroso y por lo tanto inmoral, también creen que es inmoral y por lo tanto peligroso”.

“No se trata de la seguridad”, dijo Sarnecka. “sino de reforzar una norma social”.

Nadie lo sabe mejor que Debra Harrell, una de muchas mujeres con las que conversé acerca de sus experiencias. En 2014, Harrell dejó que su hija de 9 años jugara en el parque mientras ella iba a trabajar a un McDonald’s cercano. Era un barrio seguro en un día de verano y el parque estaba lleno de niños. Nada de esto importó cuando uno de los padres contactó a la policía. Harrell fue acusada de abandono ilegal de un menor y su hija fue llevada a un albergue de acogida durante dos semanas.

Ese mismo año, una mujer de Arizona llamada Shanesha Taylor fue acusada de abuso infantil y sentenciada a dieciocho años de libertad condicional supervisada, todo porque no tenía servicio de guardería y tuvo que dejar a sus dos hijos menores en el auto mientras ella iba a una entrevista de trabajo.

En un país que no ofrece guarderías subsidiadas y no hay permiso de maternidad obligatorio ni garantía de flexibilidad en el trabajo para los padres ni preescolar universal o redes de seguridad mínima para familias vulnerables, convertir en un crimen el hecho de darles independencia a los niños es convertir en un delito el ser pobre.

Sin embargo, la clase media y las madres con recursos tampoco están exentas de este tipo de vigilancia y castigo. Una de esas madres con las que hablé fue acusada de poner en peligro a un menor cuando dejó a su hija de 4 años dormida en el auto durante unos minutos con las ventanas abiertas mientras ella corría a la tienda. Durante su arresto, recuerda que el oficial comentó: “¿Acaso un ama de casa está demasiado ocupada yendo de compras para cuidar de su hija? ¿Su marido sabe cómo la cuida mientras él está allá afuera ganando mucho dinero?”.

Quienes critican a estas mujeres aseguran que no odian a las madres, sino que odian a ese tipo de madres, a las que, por su opulencia o su pobreza, su educación o su ignorancia, su ambición o el desempleo, permiten que sus necesidades comprometan (o parezcan comprometer) las necesidades de sus hijos. Desdeñamos a las pobres madres “flojas”. Desdeñamos a las “distraídas” madres trabajadoras. Desdeñamos a las “egoístas” madres ricas. Desdeñamos a las madres que no tienen otra opción más que trabajar, pero también a las que no tienen que hacerlo y aun así no cumplen con el ideal imposible de la maternidad abnegada. No hay que esforzarse mucho para ver cuál es el común denominador.

Le presenté esta historia de humillación de las madres a Julie Koehler, una de las últimas “malas madres” que entrevisté. Se presentó conmigo con un correo electrónico con el asunto: “¡Yo soy la mala madre del Starbucks!”.

Un día de 2016, Koehler dejó a sus tres hijas esperando en su miniván mientras veían Dora, la exploradora para ir por un café. Pero su versión de los hechos difiere de las otras mujeres porque ella es una abogada de oficio experimentada. “Yo interrogo policías todo el día. No me intimida ninguna placa”, me dijo.

El oficial le preguntó dónde había estado y, cuando ella levantó su vaso, le dijo: “¿Así que abandonó a sus hijas?”.

Ahí fue cuando Koehler se carcajeó. “En Illinois no está en contra de la ley el dejar a tus hijos sin supervisión. Tienes que comprobar que estoy poniendo en riesgo su vida por mi voluntad al entrar por un café al Starbucks, desde donde puedo verlas en todo momento. Buena suerte haciendo que un fiscal estatal apruebe un caso así”.

El oficial no presentó cargos, pero hizo una llamada al Departamento de Servicios para el Menor y la Familia. En consecuencia, Koehler tuvo que proporcionar referencias que dieran fe de su crianza, sus hijas tuvieron que ser valoradas por un médico y la familia tuvo que ser entrevistada en su casa, todo esto antes de que pudieran desestimar el caso.

No hay que olvidar que, como la misma Koehler lo admite, tenía la habilidad de rehusarse a sentirse intimidada como resultado de su profesión y su posición privilegiada como mujer de raza blanca y con recursos. Desde su punto de vista, esto hace aún más importante que otras madres como ella, madres como yo, defiendan su derecho de criar a sus hijos sin que otros las avergüencen, investiguen o persigan.

“Si esto le hubiera sucedido a una persona de raza negra”, dijo, “le habrían disparado en plena calle”. Y agregó: “Pero no importa el color de tu tez, no importa el dinero que tengas o no tengas, no mereces que te acosen por tomar una decisión lógica de crianza”.

Cuando le pedí que les diera un consejo a otras mujeres en esta situación, respondió: “Les aconsejaría preguntarle al oficial qué ley están quebrantando. Les diría que preguntaran por qué y de qué manera el ir a la tienda durante unos minutos significaba abandonar a sus hijos. Les diría que pregunten si están bajo arresto y, si no es así, si pueden irse”.

“Y si no es un oficial de la policía, sino una persona en la calle, que les grita ofensas y les dice que son malas madres, además de amenazar con llamar a la policía y hacer que las autoridades les quiten a sus hijos, les diría que se comporten con mucha calma y que sean muy claras con esa persona. Les diría que saquen su teléfono y comiencen a grabar la interacción. Deberían mantenerse calmadas y seguras: ‘No he hecho nada malo; no he quebrantado la ley; mi hijo está bien. A usted no lo conozco, así que, por favor, aléjese de nosotros. Nos está acosando a mí y a mi hijo. Si no deja de acosarnos, tendré que llamar a la policía’”.

Mientras la escuchaba, pensé que jamás había usado la palabra acoso para describir una situación como esa. Pero ¿por qué no? Cuando una persona intimida, insulta o menosprecia a una mujer en la calle por la forma como va vestida, o en las redes sociales por la forma en la que se expresa, es acoso. Pero cuando intimidan a una madre, la insultan o menosprecian por sus elecciones de crianza, le llamamos preocupación o, a lo mucho, intromisión. Al parecer, a una madre no se le acosa, solo se le corrige.

A estas alturas debes preguntarte: Y ¿qué hay de los padres?

Sarnecka, la científica cognitiva de la Universidad de California, tiene una respuesta a esta pregunta. Su estudio descubrió que los participantes juzgaban menos a los padres. Cuando se les decía que los padres habían dejado al menor solo unos minutos para correr al trabajo, calificaban el nivel de riesgo como equivalente a cuando lo dejaban por circunstancias fuera de su control.

Este descubrimiento hace evidente algo que todos sabemos, pero que se supone que no debemos decir: un padre que se distrae por sus propios intereses y obligaciones en el mundo adulto no es recriminado porque “está siendo un padre”; una madre que hace lo mismo es acusada de fallarles a sus hijos.

Quizá todo esto empieza a cambiar. En marzo, Utah se convirtió en el primer estado de Estados Unidos en tener una ley que defienda a los padres que practican la “crianza en libertad”. Otros estados podrían seguir su ejemplo. Lenore Skenazy, fundadora del movimiento Free-Range Kids (Niños criados en libertad), también es presidenta de Let Grow, una organización sin fines de lucro que ayuda a los padres, profesores y organizaciones a encontrar maneras de fomentar la independencia y resiliencia de los niños. También me enteré de que entre madres parece estarse fraguando un lento contragolpe a la idea de que debemos dejar que nuestras vidas estén gobernadas por el temor al peligro y a la desaprobación. Yo he experimentado estos temores, cada vez que en una fiesta de cumpleaños he pasado las dos horas junto con otros treinta padres, pero observando detenidamente a nuestros hijos jugar. Sentí temor en el parque cuando, justo en el momento en el que saqué un libro, mi hijo se tropezó y se pegó en la barbilla y una mujer comenzó a gritar: “¿Dónde está la madre de este niño? ¿Hay alguien supervisándolo?”.

Se trataba de la versión cotidiana de la aterradora experiencia de Harrell, quien fue al McDonald’s mientras su hija estaba en el parque. En el video de su interrogatorio, transmitido en vivo en televisión para que lo viera todo el mundo, ella llora mientras un oficial la reprende. “¿Comprende que usted es la responsable del bienestar de esta niña?”, le dice el policía.

Mientras escribo esto, estoy sentada en una banca en un vecindario residencial. Es una hermosa tarde de verano, pero no hay niños jugando en las aceras. Están seguros en el campamento, dentro de sus hogares, amarrados a la sillita del auto, conectados a los aparatos electrónicos, sin disfrutar de lo que la escritora Mona Simpson llamó “el lujo de pasar inadvertido o de que te dejen solo”.

Sarnecka me dijo en una ocasión que, aunque los niños no tienen los mismos derechos que los adultos, sí “tienen algunos derechos, y no solo a la seguridad. Tienen el derecho a la libertad y a cierta independencia”. Tienen derecho, dijo, “a un poco de peligro”. Y yo agregaría que los padres tienen el derecho de proporcionárselos.

Al final tuve suerte. El fiscal accedió a no presentar cargos en mi contra a cambio de cumplir cien horas de servicio comunitario. Mi familia y amigos cercanos me apoyaron. No me incluyeron en el directorio de abandonadores de niños. No perdí mi trabajo. Lo cierto es que ya no me siento tan mal acerca de lo sucedido. En cambio, me preocupan las maneras en que este país parece declararles la guerra a los niños, incluso cuando nosotros insistimos en que nuestra mayor responsabilidad es protegerlos.

Kim Brooks es autora del libro de próxima publicación "Small Animals: Parenthood in the Age of Fear", del cual se adaptó este ensayo.

"La maternidad no es un sacrificio".

jueves, 6 de septiembre de 2018

Florecer sin el amor de una madre


Les revelo un consejo de jardinería de mi suegra: planta narcisos en septiembre y tulipanes en octubre. 

El árbol de jade es una planta que necesita sol directo y hay que esperar a que dé señales de que tiene sed para regarla; a este árbol le gustan las condiciones adversas.


El matrimonio une a dos familias; cada una tiene su propia manera de comunicarse, sus propias costumbres y hasta su propia forma de picar cebolla. Unir las diferencias puede ser como tratar de unir a Pangea de nuevo. Y en mi caso se complica aún más, porque tengo un hueco en forma de madre en el corazón.

La historia de mi niñez en el Misuri rural no es sencilla. Mi madre básicamente me abandonó de niña, y pasé de estar en el caos continuo de sus situaciones domésticas a vivir con otras personas, una y otra vez. Mi padre nunca estuvo involucrado.

La carga de mi crianza recayó en mi maravillosa familia extendida: fue repartida entre abuelos, tías, tíos y primos mayores por igual. Sin embargo, nadie puede ocupar el lugar de una madre. La relación madre-hija es una de las relaciones más fundamentales, formativas y complejas de la vida de una mujer. De niña, la anhelaba y manifestaba mi frustración de manera, justamente, muy infantil: siendo demandante, fastidiosa, buscando atención.

Ese anhelo no ha menguado ahora que soy una adulta. Ansío escuchar su voz en una llamada ya entrada la noche o que haya alguien con experiencia para decirme cómo espesar la sopa o quitar una mancha. La gente no anda repartiendo mamás en la calle. No he logrado tener una, ya sea con cabildeos ni complacencias, y todavía algunas veces manifiesto esta necesidad siendo dependiente, fastidiosa y buscando atención. Pobre de mi marido, que tanto batalla.

Si bien la experiencia, Google y mis amigos me han permitido improvisar algunas respuestas, mi herida materna sigue viva. Lloro en las películas sobre madres; lloro cuando veo los avances cinematográficos de las películas sobre madres; lloro si alguien que conozco pelea con su mamá. Lloro incluso cuando pienso en convertirme en madre. ¿Cómo sabría hacerlo sin un ejemplo? Y mientras transcurren mis años de fecundidad.

Luego está mi suegra.
La primera vez que conocí a los padres de mi pareja hace doce años, pasé tres horas intentando encontrar el atuendo más capaz y merecedor de amor que tuviera en mi armario (al final opté por un suéter color rosa pastel y un saco negro). Nos íbamos a encontrar en Manhattan para ir a un restaurante italiano; los padres de mi ahora esposo iban a tomar el tren desde Connecticut.

Tenía tantas preguntas que hacerles: ¿a mi marido siempre le gustó leer?, ¿cuándo supieron que era un dotado para la música?, ¿cómo era de niño? Quería entender los años de su vida que me había perdido; los años que lo moldearon para convertirlo en el maravilloso ser humano que es.

Se movieron en sus asientos como si estuvieran incómodos y contestaron cada una de las preguntas de forma breve: “Sí”. “Como a los 5”. “Era como un niño pequeño”.

Parecían no querer hacerme ninguna pregunta a mí, así que cuando la velada terminó nos despedimos sin que yo los conociera a ellos ni ellos a mí, lo cual me dejó totalmente abatida. Obviamente, me habían odiado.

Después mi marido me pasó un brazo por la espalda y dijo: “Salió fantástico”. No estaba siendo sarcástico.

Cuando tomamos un avión para que él conociera a mi familia por primera vez, mis dos hermanas le hicieron innumerables preguntas sobre su familia y su pasado. “Cuántos hermanos tienes?”. “¿Cómo son tus padres?”. “¿Qué sabor de tarta es tu favorita?”. Yo pensaba, engreída: “Vaya, así se le da la bienvenida a alguien a la familia”.

Sin embargo, minutos después, lo encontré escondido en el patio trasero. “¿Qué pasa?”, pregunté. “Nada”, dijo. “Solo estoy descansando del interrogatorio”.

Todos son hijos de alguien. Hasta mi madre…
Mi marido y yo proveníamos de familias que eran tan culturalmente distintas que al comienzo no sabíamos cómo comportarnos con la familia del otro. La mía es enorme, sureña y sociable, llena de dramatismo y cercanía; la suya es reservada, compuesta por católicos de ascendencia irlandesa de la costa este de Estados Unidos.

Pensé que eran fríos y me prometí a mí misma que encontraría cómo ganármelos. Cada año, durante los últimos doce años, les he escrito a mis suegros una carta de agradecimiento en el cumpleaños de mi esposo, manifestando mi gratitud por la persona que criaron. Ni una sola vez han respondido a esas notas.

Cada vez que los veo, los abrazo fuerte y les digo: “Los quiero”. En una década, nunca me contestaron que me quieren también.

Traté con todas mis fuerzas de no tomármelo personal. El amor demostrativo y verbal sencillamente no era lo suyo. Está bien. Aun así, quería que supieran lo mucho que amaba y valoraba a su hijo. Así que decidí decírselos; una y otra vez.

En algún momento comenzamos a avanzar hacia un punto medio. Empecé a entender que su familia sí mostraba afecto, pero de manera distinta. Ayudan a acomodar a la gente en la mesa; mueven muebles; apoyan las metas de las personas que les importan; demuestran su amor al estar presentes… y llegué a respetar eso.

Poco a poco, luego de muchos años, también comenzaron a expresar ese afecto al responder a mi empecinamiento con un: “También te queremos”. Casi salto de gusto la primera vez que lo dijeron.

Supongo que es posible que no lo dijeran por tantos años porque no me querían antes, pero esa no fue la conclusión a la que llegué. Me parece que es más bien que las muestras de cariño abiertas los hacen sentir incómodos. Sin embargo, después de un tiempo entendieron que yo necesitaba escuchar ese “Te quiero”.

Ahora sueltan la frase con la misma facilidad que tienen las personas que llevan toda la vida diciéndola; lo dicen al llegar y al despedirse, y algunas veces a la mitad de una conversación.

Hay más de una forma de amar en este mundo y ninguna familia tiene una sola manera correcta de hacerlo.

Mi suegra es jardinera; conoce el nombre de cada planta y flor, tanto el nombre común como el científico. Me ha equipado por completo con ropa y herramientas de jardinería que no sé usar, con la esperanza de inculcar en mí el mismo entusiasmo. A mí me parece adorable y he de confesar que finjo interés para que tengamos más temas de conversación.

En persona, es estoica, inteligente y cortés. En sus correos electrónicos es efusiva, cálida, entusiasta y expresiva. No estoy segura del motivo de la diferencia. Quizá porque esta forma de comunicación es privada y la hace sentir segura. He decidido que esta versión de ella es la auténtica.

Intercambiamos correos electrónicos extensos descaradamente amorosos con regularidad, llenos de cuestiones tanto mundanas como profundas: “¿Recibiste el catálogo de tulipanes que te mandé?” o “Vi ese mural y supe de inmediato que el paso de los siglos no ha cambiado a los humanos. Seguimos siendo los mismos”.

En persona, hablamos de libros, de escribir y arte, porque son temas seguros y distantes. Sin embargo, pongo mi corazón en sintonía con el suyo y le mando por esa vía mensajes secretos de que la quiero y espero que ella me quiera igual. Dado que las muestras de afecto excesivas todavía no le resultan naturales, hago todo lo posible por hacer como que no me afecta en absoluto.

Muchas veces, no lo logro. Lloro fácilmente; río con la misma facilidad. Digo cosas sin pensar antes en el efecto que podrían tener. Ella me aguanta mucho y este atributo —su paciencia interminable— también es una forma de amor. Me ha dado apoyo, aliento y cariñosos regaños para que deje ir lo innecesario, para que me resista a la mezquindad y para que perdone. Me explica qué necesitan las plantas para sobrevivir y, a veces, ha ejercido una cantidad algo excesiva de presión para que haga lo que ella cree que es mejor para mí. Me he dado cuenta de que así es como podría ser tener una madre.

Si hubiera un coeficiente intelectual que midiera la empatía, estoy segura de que ella obtendría el porcentaje más alto. Sin excepción, le da dinero a cada persona sin casa en las calles que se lo pide porque para ella todos son hijos de alguien. Hasta mi madre… y hasta yo.

Durante toda mi vida, la maternidad se sintió como un terreno vasto e imposible que no debería ni atreverme a recorrer. No obstante, tras más de una década de ver a mi suegra moverse por ese terreno con gracia, siento como si por primera vez tuviera todo lo que necesito. Hay más de una forma de amar en este mundo y ninguna familia tiene una sola manera correcta de hacerlo.

Hace unos meses, toda mi familia política se reunió para celebrar el cumpleaños número setenta de mi suegra en un restaurante, con ossobuco y tiramisú. Lloré hasta quedarme dormida esa noche, por miedo de perderla. Luego de todo este tiempo, por fin la encontré.

Al día siguiente, recibí un correo electrónico suyo preguntándome por los narcisos. Le contesté que sí habían florecido y que crecían en dirección a la luz.

Colter Jackson es escritora e ilustradora de la ciudad de Nueva York y está escribiendo una novela.

https://www.nytimes.com/es/2018/05/11/modern-love-mama/

Momentos incómodos: Mi madrastra se presenta como mi mamá. ¿Qué hacer? 22 de julio de 2016

 https://www.nytimes.com/es/2016/07/22/mi-madrastra-se-presenta-como-mi-mama-que-puedo-hacer/