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domingo, 10 de mayo de 2020

La penúltima batalla de las perdedoras de la guerra. Supervivientes e historiadores recuerdan las agresiones que sufrieron las mujeres en el fin de la contienda y su papel protagonista en la reconstrucción del país.

Un grupo de mujeres limpia ladrillos recogidos de los escombros provocados por los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial, en 1946 en Berlín. / WALTER GIRCKE (GETTY)
Un grupo de mujeres limpia ladrillos recogidos de los escombros provocados por los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial, en 1946 en Berlín. / WALTER GIRCKE (GETTY)ULLSTEIN BILD DTL. / EL PAÍS.
Cuando se conmemora el fin de la Segunda Guerra Mundial hace ahora 75 años y de la derrota del régimen nazi que aniquiló a seis millones de judíos, Cent-Velden y otras testigos directas rememoran la esperanza ante el fin de la guerra. Pero también los abusos, el miedo, la lucha por sacar adelante a la familia y hasta los suicidios de mujeres del bando perdedor, que se sintieron incapaces de afrontar un futuro que Joseph Goebbels había pintado con rabo y cuernos de diablo. Los investigadores han ido arrojando en los últimos años luz sobre la lucha por la supervivencia de las mujeres de a pie en aquellos meses, en los que la barbarie de la guerra había condenado a muchos hombres al frente o a la tumba.

A sus 93 años, Cent-Velden posa hoy sonriente en su apartamento berlinés, dos calles más allá de la casa en la que creció. Ha perdido la vista, pero mantiene una memoria y una locuacidad envidiables. “Los soldados soviéticos se llevaron a muchas mujeres de los sótanos para divertirse. En mi barrio hubo muchas violaciones y suicidios”, recuerda. Ella vivía junto al Tiergarten, donde los soldados fueron entrando casa por casa. Cerca de la suya, había un hospital en el que las enfermeras “sufrieron mucho, porque los rusos se portaron muy mal”. Cent-Velden logró esquivar hasta dos veces a aquellos soldados soviéticos que hablaban una lengua que no entendía y que le resultaban temibles.

Las agresiones de las que habla Cent-Velden no son un caso aislado. Las estimaciones de Miriam Gebhardt, profesora de Historia de la Universidad de Constanza hablan de cientos de miles de víctimas de violaciones y no todas a manos de los temidos soldados rusos, sino también de americanos, franceses e ingleses. Gebhardt, autora de Als die Soldaten kamen (Cuando llegaron los soldados), explica que “cuando llegaban los vencedores, registraban las casas para buscar a gente del partido y armas. Primero confiscaban los objetos de valor y a veces también violaban a las mujeres. Hubo agresiones en grupo, en las casas, en los bosques o en burdeles ambulantes montados en hoteles”, detalla.

Sus estimaciones, basadas en parte en extrapolaciones, hablan de cerca de 860.000 víctimas. Gebhardt reconoce que se trata solo de una aproximación, que no es posible tener una cifra concreta porque muy pocas mujeres hablaban de lo que les había pasado, en parte porque temían que les culparan de haber tratado de seducir a su agresor. “Fueron episodios generalizados de violaciones contra las mujeres en toda Alemania”. La violencia contra las mujeres duró hasta el final de la ocupación en 1955, según Gebhardt, quien explica que el tema se abordó al principio para determinar si el Estado pagaría pensiones a los niños nacidos de esas violaciones, pero que luego cayó en el olvido. Las memorias anónimas tituladas Una mujer en Berlín, en la que la autora narra la violencia sexual durante aquellos meses tardó décadas en convertirse en superventas.

Cent-Velden explica el por qué del silencio. “Conocí a mujeres que habían sido violadas por los rusos, pero entonces, no se hablaba de las cosas terribles que le había pasado a cada uno. Todo el mundo estaba traumatizado. Empezaron a hablar poco a poco, en los meses siguientes. Yo misma no pude hablar de lo que me pasó hasta la reunificación”. Los relatos, muchos ya perdidos, forman parte del sufrimiento de la gente corriente del bando agresor y vencido, que tardó más en aterrizar en los libros de historia y de asentarse en la memoria colectiva.
Helga Cent-Velden, este jueves en su casa de Berlín.
Helga Cent-Velden, este jueves en su casa de Berlín. PATRICIA SEVILLA CIORDIA / EL PAÍS

Marita Krauss, historiadora de la universidad de Augsburgo, describe cómo fue la lucha por la supervivencia de las mujeres en aquellos meses y semanas. Cómo por todas partes la gente, sobre todo las mujeres, trataban de conseguir comida, de vender joyas, alfombras. “Se buscaban la vida, para alimentar a la familia con lo que fuera. Iban al campo a recoger cardos y hierbas para ensaladas, bellotas para moler y hacer harina pan o caracoles para dar proteínas a los niños, pero sobre todo patatas, muchas patatas”. Cuenta Krauss que enseguida hubo periódicos de mujeres donde imprimían recetas con ingredientes de emergencia, con las que se esforzaban por crear la ilusión de una cierta normalidad. Las mujeres fueron asumiendo mayores puestos de responsabilidad, por ejemplo subiendo escalones en las empresas y reemplazando a hombres que se habían ido a la guerra.

Ilse Grob tiene ahora 90 años y vivió la guerra en el norte, en el Estado de Schleswig Holstein, recuerda bien las sensaciones contradictorias con las que abordaron el fin de la guerra. “Estábamos muy contentos de que no hubiera más combates, pero teníamos miedo de los fanáticos del nacionalsocialismo que andaban por ahí y de qué iba a ser de nosotros. Éramos los perdedores y los que habíamos empezado la guerra”.

Ese profundo sentimiento de inseguridad llevó a decenas de miles de alemanes a suicidarse, según la investigación del historiador Florian Huber. “En Alemania tenemos desde hace décadas un debate interno sobre nuestro pasado, pero no hablamos de la gente que se suicidó, porque no encajan en la narrativa de buenos y malos”, sostiene Huber, autor de Kind, versprich mir dass du dich erschiesst, algo así como Hijo, prométeme que te dispararás. “Los suicidios fueron un fenómeno en toda Alemania, pero sobre todo en la zona soviética, porque la gente tenía miedo de las represalias y las mujeres temían las violaciones”, explica ahora en una entrevista.

Las investigaciones de Huber le llevan a concluir que no había un perfil determinado, que los suicidios afectaron a todo tipo de gente corriente y tanto a nazis como a izquierdistas. “La primera causa fue la experiencia de la violencia, de quienes vieron cómo mataron a sus maridos o de mujeres que fueron violadas y no pudieron superar el dolor y la humillación que sentían. Pero también estaba el propio miedo a la violencia. Habían escuchado historias de que los soldados arrancarían la lengua de sus hijos y los ojos de las mujeres, que violarían a todo el mundo. Cundía la sensación de que no había futuro”. Cent-Velden coincide: “Muchas mujeres se suicidaron porque no sabían qué iba a ser de ellas ni de su familia. La propaganda nazi nos había dicho que iba a ser más terrible de lo que luego fue. Sí, fue terrible, pero sobrevivimos”.

Había además, según Huber, “un sentimiento de culpa y de complicidad por lo que había pasado con los judíos. Todos los adultos sabían lo que pasó en los campos”. Krauss explica que “el conocimiento de lo que había pasado con los judíos estaba presente. La gente había visto cómo desaparecían, cómo los deportaban. Puede que muchos no supieran qué pasaba exactamente con ellos, pero todo el que tuviera un familiar en el frente lo sabía y la gente escuchaba en secreto la BBC, pero no se hablaba de ello en público”. Grob asegura que antes de terminar la guerra ya sabían que había gente que había desaparecido y que había rumores de que había campos de concentración. “Fue después, en la radio de los ingleses, donde empezamos a conocer el detalle de las atrocidades”.

Cuando las bombas dejaron de caer, el paisaje de muchas ciudades alemanas amaneció sembrado de escombros. Ocho millones de hogares habían sido destruidos. La reconstrucción física del país corrió en paralelo a la psicológica de hombres y mujeres rotos por la guerra. Como miles de mujeres, Cent-Velden se puso manos a la obra y se convirtió en una de las célebres mujeres de los escombros, las Trümmerfrauen, que trabajaron con sus manos para devolver la normalidad al país, y que hoy son una figura mítica en Alemania. Muchos hombres estaban muertos, heridos o encarcelados. Más de una decena de estatuas rinden tributo a estas mujeres en toda Alemania.

Primero le tocó la zona de Tiergarten, donde había que retirar todo lo que los soldados habían dejado atrás: mochilas, cascos, botas, ropa, munición y hasta granadas de mano, que tiraban al lago y algunas de las cuales terminaron por estallar. Más tarde, fue destinada a una cuadrilla en la Postdamer Strasse, donde recogió escombros con las manos desnudas. “No éramos heroínas; era una situación de emergencia y teníamos que trabajar para comer”, reflexiona Cent-Velden.

Recientemente ha surgido un cierto debate sobre la verdadera dimensión del fenómeno de las Trümmerfrauen, tras la publicación del trabajo de la historiadora Leonie Treber, que sostiene que no fueron tan numerosas como a menudo se cree y que dependió mucho de la zona del país. Asegura además que “a partir de 1946 ese trabajo ya empezó a profesionalizarse. No fue tanto un fenómeno colectivo como regional”. Polémicas aparte, el lugar que ocupan las mujeres de los escombros en la memoria colectiva de Alemania es indisputable. “Sin esas mujeres, las Trümmerfrauen, la vida en Alemania habría sido insoportable. Su fuerza, emocional y física puso en pie al país”, escribe Neil Mac Gregor en Alemania, memorias de una nación.

Refugiadas
Karin Voss era una niña cuando acabó la guerra y recuerda el cielo rojo, ardiendo un día y cómo llovieron cenizas al día siguiente, cerca de Hamburgo, en una zona bajo control británico tras la capitulación. Recuerda también “la sensación de alivio” y el desembarco de miles de refugiados del Este de Europa. A Alemania llegaron cerca de 11 millones de refugiados de Prusia, Pomerania o Silesia entre otras zonas y en varias oleadas, huyendo del Ejército Rojo. En casa de Voss, como en muchas otras en el campo, se instalaron unos 25, también madres con hijos. “Las refugiadas contaban historias de cómo habían sufrido ataques en el camino. Historias terribles de cómo violaban a las jóvenes”, asegura Voss.

Voss recuerda bien las cadenas humanas de mujeres encaramadas a las montañas de escombros. “Llevaban la cabeza cubierta con un pañuelo para protegerse del polvo”. Habla también de las dificultades para conseguir comida y objetos para quemar. “Ese invierno fue terrible y la gente murió de frío y de hambre. Los primeros diez años después de la guerra fueron muy difíciles”, cuenta esta mujer que trabajó como agricultora y después como agente inmobiliaria. En aquellos años, cuando viajaba de su pueblo a Hamburgo veía desde la ventanilla del tren cómo cada vez había menos escombros y más casas. “Nuestro único deseo era que no hubiera nunca más una guerra”.

Cada vez quedan menos voces como la de Voss, Cent-Velden o la de Grob. Son mujeres que han ido muriendo y su testimonio corre el riesgo de perderse. Cent-Velden, que ha sido maestra e histórica militante socialdemócrata, se esfuerza para que su mensaje no se olvide. “Soy una detractora fanática de la guerra. Siempre pelearé para que lo que pasó en tiempos de Hitler no vuelva a suceder. En Alemania tenemos paz desde hace 75 años y eso es sobre todo gracias a Europa, a la Unión Europea. No debemos olvidarlo”.

https://elpais.com/internacional/2020-05-07/la-penultima-batalla-de-las-perdedoras-de-la-guerra.html?rel=lom

jueves, 3 de enero de 2019

_- Discurso del Premio Nobel de la Paz 2018

_- Discurso del Premio Nobel de la Paz 2018 Denis Mukwege
Umoya



Nadia Murad y Denis Mukwege reciben el Premio Nobel de la Paz por su lucha contra la violencia sexual

Oslo 10 de diciembre de 2018

En la noche trágica del 6 de octubre de 1996, unos rebeldes atacaron nuestro hospital de Lemera, en República Democrática del Congo (RDC). Más de 30 persona fueron asesinadas. Los pacientes fueron abatidos en su lecho a quemarropa. El personal, que no pudo huir, fue matado a sangre fría. Yo no podía imaginar que aquello no era más que el comienzo.

Obligados a abandonar Lemera, en 1999 creamos el hospital de Panzi, en Bukavu, donde sigo trabajando como ginecólogo-obstetra. La primera paciente ingresada era una víctima de violación que había recibido un disparo en sus órganos genitales.

La violencia macabra no conocía límite alguno.
Esta violencia no ha parado nunca. Un día, como otros, el hospital recibió una llamada. Al otro lado del teléfono un colega en lágrimas imploraba: “Por favor, enviadme rápidamente una ambulancia. Por favor, daos prisa”. Enviamos una ambulancia como habitualmente lo hacemos. Dos horas más tarde, la ambulancia regresó. En el interior, una pequeña de 18 meses. Sangraba abundantemente y fue llevada inmediatamente a la sala de operaciones. Cuando llegué, las enfermeras estaban anegadas en lágrimas. La vejiga de la bebé, su aparato genital, su recto, estaban gravemente dañados. Por penetración de un adulto. Rezamos en silencio: Dios mío, decidnos que lo que vemos no es verdad. Decidnos que se trata de un mal sueño. Decidnos que al despertar todo irá bien. Pero, no se trataba de un mal sueño. Era la realidad. Se ha convertido en nuestra nueva realidad en RDC.

Cuando llegó otro bebé, comprendí que este problema no podía encontrar solución en el quirófano; que era preciso batirse contra las causas profundas de estas atrocidades. Me dirigí al pueblo de Kavumu para hablar con los hombres: ¿por qué no protegéis a vuestros bebés, a vuestras niñas, a vuestras mujeres? ¿Dónde están las autoridades? Con gran sorpresa por mi parte, los del pueblo conocían al sospechoso. Todos le temían porque era miembro del Parlamente provincial y gozaba de un poder absoluto sobre la población. Desde hacía varios meses, su milicia aterrorizaba el pueblo entero. Habían instalado el miedo matando a un defensor de los derechos humanos que había tenido el coraje de denunciar los hechos. El diputado se libró sin consecuencias. Su inmunidad parlamentaria le permitía abusar con total impunidad.

A estos dos bebés los siguieron decenas de otros niños violados. Cuando alcanzamos la cifra de 48 víctimas, estábamos desesperados. Con otros defensores de los derechos humanos, alertamos al tribunal militar. Finalmente, estas violaciones fueron perseguidas judicialmente y juzgadas como crímenes contra la humanidad. Las violaciones de bebés en Kavumu cesaron, lo mismo que las llamadas al hospital de Panzi. Pero el futuro psicológico, sexual y genésico de estos bebés ha quedado hipotecado.

Lo que sucedió en Kavumu, que sigue produciéndose en numerosos otros lugares, como las violaciones y masacres en Beni o Kasai, ha sido posible por la ausencia de un Estado de derecho, por el derrumbamiento de los valores tradicionales y por el reino de la impunidad, especialmente en las esferas y personas en el poder.

La violación, las masacres, la tortura, la inseguridad difusa y la flagrante falta de educación, crean una espiral de violencia sin precedentes.
El balance de este caos perverso y organizado ha significado la violación de cientos de miles de mujeres, más de 4 millones de personas desplazadas en el interior del país, la pérdida de 6 millones de vidas humanas. Imaginen ustedes el equivalente de toda la población de Dinamarca diezmada. Los guardianes de la paz y los expertos de las Naciones Unidas no han quedado a salvo; varios han encontrado la muerte cuando cumplían su mandato. La Misión de las Naciones Unidas en RDC sigue presente hasta hoy día a fin de que la situación no degenera todavía más. Se lo agradecemos.

Sin embargo, a pesar de sus esfuerzos, esta tragedia humana prosigue sin que los responsables de la misma sean perseguidos. Solo la lucha contra la impunidad puede quebrar la espiral de las violencias. Todos tenemos el poder de cambiar el curso de la Historia cuando las convicciones por las que luchamos son justas.

Majestades, Altezas, Excelentísimos señores y señoras, Distinguidos miembros del Comité Nobel, querida Señora Nadia Muran, Señoras y Señores, Amigos de la Paz.

Es en nombre del pueblo congoleño como acepto el premio Nobel de la Paz. Lo dedico a todas las víctimas de las violencias sexuales que se cometen a través del mundo. Me presento ante ustedes con humildad para llevarles la voz de las víctimas de las violencias sexuales en los conflictos armados y para expresarles las esperanzas de mis compatriotas. Aprovecho la ocasión para agradecer a todos los que durante estos años han apoyado nuestro combate. Pienso especialmente en las organizaciones e instituciones de países amigos, en mis colegas, en mi familia y en mi querida esposa Madeleine.

Me llamo Denis Mukwege. Vengo de uno de los países más ricos del planeta. Sin embargo, el pueblo de mi país está entre los más pobres del mundo. La turbadora realidad es que la abundancia de nuestros recursos naturales – oro, coltan, cobalto y otros minerales estratégicos – alimenta la guerra, fuente de la extrema violencia y de la pobreza abyecta del Congo.

Nos gustan los hermosos automóviles, las joyas, los artilugios. Yo mismo tengo un Smartphone. Estos objetos contienen minerales que se encuentran en mi país. A menudo son extraídos en condiciones inhumanas por muchachos, víctimas de intimidación y de violencias sexuales. Cuando conduzcan ustedes un coche eléctrico, cuando utilicen un Smartphone o admiren sus joyas, reflexionen un instante sobre el coste humano de la fabricación de esos objetos. En cuanto consumidores, lo menos que podemos hacer es insistir en que esos productos estén fabricados en el respeto de la dignidad humana. Cerrar los ojos ante este drama es ser cómplice. No son solamente los autores de las violencias los que son responsables de sus crímenes; lo son también quienes optan por mirar a otro lado.

Mi país es sistemáticamente saqueado con la complicidad de personas que pretenden ser nuestros dirigentes. Saqueado por su poder, por su riqueza y por su gloria. Saqueado a costa de millones de hombres, mujeres y niños inocentes abandonados en una extrema miseria… mientras los beneficios de nuestros minerales terminan en las cuentas opacas de una oligarquía depredadora.

Hace ya veinte años, días tras días, que en el hospital de Panzi yo veo las desgarradoras consecuencias del mal gobierno del país. Bebés, niñas, jóvenes muchachas, madres, abuelas, y también hombres y muchachos, violados de manera cruel, a veces en público y colectivamente, insertando plástico ardiente o introduciendo objetos contundentes en sus partes genitales. Les ahorro a ustedes los detalles.

El pueblo congoleño es humillado, maltratado y masacrado desde hace más de dos décadas a la vista y con conocimiento de la comunidad internacional. Hoy, gracias a las nuevas tecnologías de la información y comunicación, ya nadie puede decir: no sabía.

Con este premio Nobel de la Paz, llamo al mundo para que sea testigo y les exhorto a ustedes a unirse con nosotros para poner fin a este sufrimiento que avergüenza a nuestra común humanidad.

Los habitantes de mi país tienen desesperadamente necesidad de paz. Pero: ¿Cómo construir la paz sobre fosas comunes? ¿Cómo construir la paz sin verdad ni reconciliación? ¿Cómo construir la paz sin justicia y reparación? En el momento mismo en que les hablo, un informe se está enmoheciendo en el cajón de una oficina de Nueva York. Ha sido redactado tras una investigación profesional y rigurosa sobre los crímenes de guerra y las violaciones de los derechos humanos perpetrados en el Congo.

Esta investigación nombra explícitamente víctimas, lugares, fechas, pero elude a los autores. Este Informe del Proyecto Mapping, establecido por el Alto Comisariado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, describe no menos de 617 crímenes de guerra y contra la humanidad y, quizás incluso, crímenes de genocidio. ¿Qué espera el mundo para que sea tomado en consideración? No hay paz duradera sin justicia. Ahora bien, la justicia no se negocia. Tengamos la valentía de echar una mirada crítica e imparcial sobre los hechos que desde hace demasiado tiempo hacen estragos en la región de los Grandes Lagos. Tengamos el coraje de revelar los nombres de los autores de crímenes contra la humanidad para evitar que sigan enlutando esta región. Tengamos la valentía de reconocer nuestros pasados errores. Tengamos la valentía de decir la verdad y de efectuar el trabajo de la memoria.

Queridos compatriotas congoleños, tengamos el coraje de tomar nuestro destino en nuestras manos. Construyamos la paz, construyamos el futuro de nuestro país y juntos construyamos un mejor futuro para África. Nadie lo hará en nuestro lugar.

Señoras, señores, amigos de la Paz,
El cuadro que yo les he presentado ofrece una siniestra realidad, pero permítanme que les cuente la historia de Sara. Sara nos fue transferida al hospital en un estado crítico. Su aldea había sido atacada por un grupo armado que había masacrado a toda su familia, dejándola sola. Tomada como rehén fue conducida a la selva. Atada a un árbol. Desnuda. Todos los días, Sara sufría violaciones colectivas hasta perder el conocimiento.

El objetivo de estas violaciones como armas de guerra era la destrucción de Sara, de su familia, de su comunidad. En una palabra, destruir el tejido social.

Cuando llegó Sara al hospital, no podía caminar ni tenerse de pié. No podía retener la orina ni las heces. A causa de sus heridas genitales-urinarias y digestivas, con una añadida infección, nadie podía imaginar que un día ella sería capaz de volver a ponerse de pié. Sin embargo, cada día que transcurría, el deseo de seguir viviendo brillaba en los ojos de Sara. Cada día, era ella la que animaba al personal sanitario a no perder la esperanza. Cada día, Sara se batía por su supervivencia.

Hoy, Sara es una mujer hermosa, sonriente, fuerte y encantadora. Se ha comprometido a ayudar a las personas supervivientes de una historia similar a la suya. Ha recibido 50 dólares americanos, una ayuda que nuestra casa de tránsito Dorcas acuerda a las mujeres deseosas de reconstruir su vida en el plano socioeconómico. Sara dirige hoy su pequeña empresa. Ha comprado un terreno. La Fundación Panzi la ha ayudado con unas chapas onduladas para el techo. Ha podido construir una casa. Es autónoma y está orgullosa. Su historia muestra que incluso si una situación es difícil y parece desesperada, con determinación, siempre hay esperanza al final del túnel. Si una mujer como Sara no se da por vencida, ¿quiénes somos nosotros para hacerlo?

Todo esto es la historia de Sara. Sara es congoleña. Pero hay muchas Saras en República Centroafricana, en Colombia, en Bosnia, en Nyamar, en Irak y en tantos otros países en el mundo en los que hay conflictos.

En Panzi, nuestro programa de cuidados holísticos, que comprende un apoyo médico, psicológico, socioeconómico y jurídico, muestra que, aunque el camino de la curación sea largo y difícil, las víctimas poseen el potencial para transformar su sufrimiento en poder. Puede convertirse en autoras de un cambio positivo en la sociedad. Es el caso ya citado de la Ciudad de la Alegría, nuestro centro de rehabilitación en Bukavu, donde las mujeres son apoyadas para que retomen su destino en sus manos. No obstante, ellas no pueden lograrlo solas y nuestra función es la de escucharlas, del mismo modo que hoy escuchamos a la Sra. Nadia Murad.

Querida Nadia, tu valentía, tu audacia, tu capacidad para darnos esperanza, son una fuente de inspiración para el mundo entero y para mí personalmente.

El premio Nobel que nos es otorgado hoy no tendrá valor real más que si puede cambiar correctamente la vida de las víctimas de las violencias sexuales en el mundo y llevar la paz a nuestros países.

Así pues, ¿Qué podemos hacer nosotros? ¿Qué pueden hacer ustedes?

En primer lugar, asumir que es nuestra responsabilidad que actuemos todos. Actuar es una elección. Actuar:

– Para detener la violencia contra las mujeres.
– Para crear una masculinidad positiva que promueva la igualdad de sexos, tanto en tiempo de paz como de guerra.
– Es una opción
* Apoyar o no a una mujer
• Protegerla o no
• Defender o no sus derechos.
• Batirse o no a su lado en los países asolados por conflictos
– Es una opción construir o no la paz en los países en guerra

Actuar es rechazar la indiferencia. Si hay que hacer la guerra, que sea contra la indiferencia que corroe nuestras sociedades.

En segundo lugar, todos somos deudores ante esas mujeres y sus familias; debemos apropiarnos de su combate; también los Estados que deben cesar de acoger a los dirigentes que han tolerado, o peor, que han utilizado la violencia sexual para acceder al poder. Los Estados deben cesar de recibirlos con una alfombra roja y deben, más bien, trazar una línea roja contra la utilización de la violación como arma de guerra.

Una línea roja que sería sinónimo de sanciones económicas, políticas y de persecución judicial. Realizar un acto justo no es difícil; es cuestión de voluntad política. En tercer lugar, debemos reconocer los sufrimientos de las supervivientes de todas las violencias sexuales perpetradas contra las mujeres en los conflictos armados y apoyarlas de manera holística en su proceso de sanación. Insisto en las reparaciones, en las medidas que les den compensación y satisfacción y les permitan comenzar una nueva vida. Se trata de un derecho humano.

Hago un llamamiento a los Estados para que apoyen la iniciativa de la creación de un Fondo global de reparación para las víctimas de violencias sexuales en conflictos armados.

En cuarto lugar, en nombre de todas las viudas, de todos los viudos y de los huérfanos de las masacres cometidas en RDC y en nombre de todos los congoleños deseosos de paz, hago un llamamiento a la comunidad internacional para que consideren el Informe del Proyecto “Mapping” y sus recomendaciones.

Que se haga justicia. Ello permitiría al pueblo congoleño que por fin sean llorados sus muertos, hagan su duelo, perdonen a los verdugos, superen sus sufrimientos y miren serenamente hacia el futuro.

Finalmente, tras 20 años de efusión de sangre, de violaciones y de desplazamientos masivos de poblaciones, el pueblo congoleño espera desesperadamente la aplicación de la responsabilidad de proteger las poblaciones civiles cuando su gobierno no puede o no quiere hacerlo. Espera avanzar en el camino de una paz duradera. Esta paz pasa por unas elecciones libres, transparentes, creíbles y en un clima de apaciguamiento.

“¡Pongámonos a trabajar, pueblo congoleño!”. Edifiquemos un Estado en el que el gobierno esté al servicio de su población. Un Estado de derecho, emergente, capaz de generan un desarrollo duradero y armonioso, no solamente en RDC sino en toda África. Construyamos un Estado en el que todas las acciones políticas, económicas y sociales se centren en el ser humano y en el que la dignidad de los ciudadanos sea restaurada.

Majestades, Distinguidos miembros del Comité Nobel, Señoras, señores, Amigos de la Paz, El desafío es claro; está a nuestro alcance. En nombre de las Saras, de las mujeres, hombres y niños del Congo, les lanzo a ustedes un llamamiento urgente de que no nos den solamente el Premio Nobel de la Paz sino que se pongan ustedes de pié y digan todos juntos y en voz alta: “¡Basta ya de violencia en RDC! ¡Ya es demasiado! ¡La Paz, ahora!”

¡Muchas gracias!
Denis Mukwege

Copyright © The Nobel Foundation 2018
Traducción del francés: Ramón Arozarena
Fuente:
https://umoya.org/2018/12/16/discurso-de-denis-mukwege-premio-nobel-de-la-paz-2018/

sábado, 29 de septiembre de 2018

-- Alquilar vientres y regular la prostitución: neoliberalismo 100%. Neoliberalismo & Violencias machistas

www.publico.es


"Los paralelismos que existen entre la prostitución y la subrogación se me hicieron evidentes de inmediato. Dos industrias se benefician de los cuerpos femeninos: una de su sexo y otra de su útero. Dos industrias comercializan funciones humanas básicas: la sexualidad y la reproducción. Y estas constituyen la base de la opresión histórica de la mujer y de su división permanente en ‘putas y santas.’” (Kajsa Ekis Ekman)

Cada vez que me preguntan por qué no apoyo ni los vientres de alquiler ni la prostitución siempre respondo que todas las violencias machistas tienen un punto en común: la deshumanización. La violación existe porque nos deshumanizan.

Los asesinatos machistas existen porque nos deshumanizan.

Los malos tratos (físicos y psicológicos) existen porque nos deshumanizan.

Y sí, los vientres de alquiler y la prostitución existen porque nos deshumanizan.

Eliminan cualquier connotación como persona para ser consideradas como un objeto más, una propiedad sobre la que decidir, que machacar o que violentar. Obviamente, este proceso no se lograría sin una desigualdad previa que nos considera inferiores

¿Cómo se convierte una mujer en objeto? Con dinero. Si algunos hombres han justificado, solo por hecho del casamiento o formalización de la pareja, que ella es parte de su “propiedad”, imaginen hasta qué grado se fortalece esa idea cuando hay dinero. Para convertir a una mujer en cosa, de la manera más rápida, extrema y eficaz posible, nada como el intercambio de dinero, como quien compra una muñeca hinchable.

¿Cómo normalizar y convertir la explotación en un acto comercial más? Con la perversión del lenguaje.

¿Cómo aplastar derechos de la mujer y convertirlos en mercancía? Con tres puntos en común que se pueden trasladar tanto a la prostitución como los vientres de alquiler.

1. “Es su libre consentimiento”. Nos dicen que la madre gestante es porque quiere, y que la prostituta es porque quiere. No nos dicen que la madre gestante vive en un país pobre y que no tiene alternativa. No nos dicen (o lo pasan por alto) que la prostituta puede ser una mujer sometida, pobre, o víctima de trata.

Para callar bocas ponen a la prostituta en un programa de televisión declarando que lo hace por libre elección, cuando algunos proxenetas (ver el libro de Mabel Lozano) admiten que llevan a esas mujeres por platós bajo amenazas de matar a sus familias en sus países de origen. Luego añaden que “quién eres tú para decirle a ella qué hacer con su cuerpo”, cuando son los primeros en decir a esa mujer que someta su cuerpo a explotación y lo normalice. Mensajes como “déjala ser prostituta, que ella lo hace porque le gusta” o “déjala, que se queda embarazada para otros porque le gusta” validaría otras situaciones violentas como “déjala y no te metas en la relación, que hay mujeres a las que les gusta ser maltratadas” o “déjala y no le digas que es víctima, que ser violada puede ser su fantasía”. Eso, que hoy a una buena parte nos parece auténticas burradas, quedaría legitimado bajo ese libre consentimiento que anula cualquier ley o delito, y deja todo en manos de una ley del salvaje oeste.

2. “Es su trabajo”. Tanto en la prostitución como en los vientres de alquiler desaparece el concepto de explotación, y ponen de frente el derecho al trabajo o a la sindicación mientras ocultan los derechos humanos que van por encima. Porque no todo es trabajo y mucho menos es trabajo cuando se manipulan conceptos como producto, fuerza de trabajo o medio de producción.

Lo sorprendente es que gente de izquierdas se trague el cuento del “trabajo” teniendo una formación marxista en muchos casos. Lo sorprendente es que no se vea que en ninguna profesión su “oficina” o “lugar de trabajo” sea su propio cuerpo. Lo sorprendente es que considere trabajo una “profesión” con altísimos riesgos laborales, que lo anularía como tal. Lo sorprendente es que siempre que se habla de este tema surge la frase de “pues peor es trabajar en un McDonalds”. Y como siempre nos dicen que escuchemos a las prostitutas, pues eso, leed a Evelina Giobbe cuando responde: “‘Bueno, al menos cuando trabajas en McDonald’s no eres la carne’”.

3.“Hay trabajadoras, empresarios y clientes”. Como buen neoliberalismo, no hay producto sin empresarios y sin clientes. Empresarios en lugar de proxenetas o traficantes de bebés a la carta. Clientes en lugar de puteros o compradores de mujeres como vasijas para bebés. Cada vez que se dice “trabajadora sexual” se deja de nombrar a las víctimas de trata. Cada vez que se dice “empresario sexual” se deja de nombrar los delitos que representan. Cada vez que se dice cliente, se deja de nombrar a quien crea una relación económica de explotación o tráfico de personas. Es la perversión de llamar servicio a una explotación, de llamar trabajo sexual a una esclavitud sexual, de llamar empresarios a proxenetas y a traficantes de bebés, de llamar cliente a proxenetas, puteros, y compradores de bebés…

No es casualidad que esta estrategia que anula los derechos de la mujer, que anula toda la tradición del feminismo contra la explotación de nuestra libertad sexual y reproductiva, surja en el nacimiento del capitalismo y se fortalezca en pleno neoliberalismo. No es casualidad que, por eso, nos vendan como un objeto del que hacer negocio, porque nos siguen viendo inferiores y porque la misoginia tiene muchas caras.

Fuente:
https://blogs.publico.es/otrasmiradas/15271/alquilar-vientres-y-regular-la-prostitucion-neoliberalismo-100/

Más:
Feminismo & Clase social El feminismo de Ana Botín
Ana Bernal-Triviño


Ana Bernal-Triviño
28-07-2018

martes, 21 de noviembre de 2017

_- Día Mundial de los Niños. El mundo sigue siendo un lugar muy injusto y peligroso para millones de niños

EFE


Cada 20 de noviembre se celebra en todo el mundo la aprobación de la Convención sobre los Derechos del Niño que tuvo lugar en 1989. Es el Tratado Internacional más ratificado de la Historia: lo han suscrito todos los países del mundo menos Estados Unidos. Su puesta en marcha marcó un antes y un después en la manera en que los gobiernos y las sociedades tratan -o deberían tratar- a sus ciudadanos más jóvenes.

La Convención, como primera ley internacional sobre los derechos de los niños y niñas, es de carácter obligatorio para los Estados firmantes y ha servido para reforzar el reconocimiento de la dignidad humana fundamental de la infancia así como la necesidad de garantizar su protección y desarrollo.

Desde su aprobación se han producido en todo el mundo avances considerables en el cumplimiento de los derechos de la infancia a la supervivencia, la salud y la educación; así como un reconocimiento cada vez mayor de la necesidad de establecer un entorno protector que defienda a los niños y niñas de la explotación, los malos tratos y la violencia.

En UNICEF centramos nuestros esfuerzos en hacer cumplir la Convención: que todos los niños y niñas del mundo estén donde estén vean cumplidos sus derechos. Y con su respaldo hemos avanzado mucho en las últimas décadas: el número de personas que viven en la extrema pobreza en todo el mundo es casi la mitad que en la década de 1990; las tasas mundiales de mortalidad de menores de cinco años se han reducido en más de la mitad en los últimos 20 años; han mejorado la nutrición y el acceso a agua potable; hoy más niños y niñas que nunca van a la escuela y reciben una educación que les permitirá romper el círculo de la pobreza.

Pero a pesar de esos avances el mundo sigue siendo un lugar muy injusto y peligroso para millones de niños que se enfrentan a una vida de pobreza y de falta de oportunidades: 15.000 niños menores de 5 años siguen muriendo cada día -5,6 millones al año- por causas que se pueden prevenir, como la diarrea, la neumonía o la malaria; 535 millones de niños -1 de cada 4- viven en países afectados por los conflictos, desastres naturales, epidemias y otras emergencias; 385 millones de niños viven en extrema pobreza; 264 millones de niños y adolescentes están fuera de la escuela; 168 millones de niñas y niños de entre 5 y 17 años trabajan; de ellos, 85 millones en labores peligrosas.

Y las perspectivas no son nada halagüeñas. A menos que intensifiquemos la velocidad de los progresos, en el año 2030, 167 millones de niños vivirán en la extrema pobreza, 69 millones de niños menores de 5 años morirán por causas evitables y 60 millones de niños en edad de asistir a la escuela seguirán sin escolarizar.

En este Día Mundial de los Niños necesitamos más que nunca compromiso político, recursos y voluntad colectiva. Y necesitamos también escuchar y dar la voz a los niños. Eso es lo que hemos hecho: les hemos preguntado -en una encuesta realizada a más de 11.000 niños de entre 9 y 18 años de 14 países- por lo que les preocupa. Y nos han dicho que la violencia, el terrorismo, el acoso escolar y la educación; que les inquieta el trato que se profesa a las personas refugiadas y migrantes; y que los líderes mundiales deberían abordar y dar soluciones a estos temas y a otros como la pobreza.

La sociedad tiene -tenemos- la obligación de escuchar a los niños. Tenemos la obligación de dejarles un mundo mejor, de respetar y hacer cumplir sus derechos. Se lo debemos. La Agenda de Desarrollo Sostenible 2030 debe servirnos como eje canalizador para lograrlo.

Hoy los niños alzan su voz. El resto del año no podemos olvidar que siguen ahí, porque no hay causa que merezca más alta prioridad que la protección y el desarrollo del niño, de quien dependen la supervivencia, la estabilidad y el progreso de todas las naciones y, de hecho, de la civilización humana. Como dijo Nelson Mandela: “No puede haber una revelación más intensa del alma de una sociedad que la forma en que se trata a sus niños”.

Carmelo Angulo Barturen, presidente de UNICEF Comité Español

Fuente: http://www.efedocanalisis.com/noticia/dia-del-nino/

lunes, 8 de mayo de 2017

¿Fraude y violencia en las elecciones del Frente Popular?

Unas notas de réplica a Manuel Álvarez Tardío y Roberto Villa (Primera parte)

José Luis Martín Ramos

1. Hace un año, en una conferencia en el CESEDEN de promoción de hecho del libro que iba a publicar, Payne anunciaba la próxima publicación de un trabajo de Manuel Álvarez Tardío y Roberto Villa, en el que según él se demostraba el fraude generalizado de las elecciones de 1936 y la evidencia de la ilegitimidad de un gobierno, el del Frente Popular, y de la República que tras todo ello había dejado de ser democrática; y apostillaba, la sublevación del 18 de julio no se había producido, por tanto, contra la democracia. Hasta ahora el estudio de Javier Tusell había establecido la línea principal de interpretación de aquellas elecciones, que consideró aceptables en las condiciones de la época y de las que se había producido un triunfo democrático innegable del Frente Popular; una línea de interpretación muy incómoda para la derecha – historiográfica y política -, que en el fondo nunca se ha sacado de encima el discurso de la ilegitimidad de la República del Frente Popular, discurso justificador antes y después de la sublevación.

Por fin tenemos el estudio de Álvarez Tardío y Roberto Villa y ¿qué demuestra? Antes que nada la ratificación de la condena que ya conocemos de la revolución democrática iniciada el 14 de abril y de la República que de ella salió. Y su identificación con la crítica política de la derecha antirrepublicana de la época – sobre todo la que representaron la CEDA y su líder Gil Robles – convertida por Álvarez Tardio y Roberto Villa (en adelante ATV) en verdad historiográfica. No les reprocho que tengan una posición ideológica propia, incluso que tengan sus afinidades políticas – aunque no estoy seguro de que ellos si me reprocharían a mí – sino de que la concreción de su trabajo historiográfico esté tan sobrecargado de argumentaciones falaces, escamoteo de datos, interpretaciones insidiosas, juicios de intención y finalmente un burdo juego de prestidigitación a punto de caer en un discurso más propio de Cantinflas: no si no, nosotros no decimos, pero decimos, pero no compartimos, pero oiga le damos la razón…

Como me comprometí a rectificar públicamente la interpretación que de aquella victoria del Frente Popular hice en el libro publicado hace un año por Pasado y Presente, creo que estoy obligado a puntualizar algunas de las tesis y divagaciones principales del libro de Álvarez Tardío y Villa, y manifestar porque no creo que haya de corregir lo que yo escribí. Empezando por su capítulo primero en el que en una síntesis, más que apretada simple, de la Segunda República se nos presenta una imagen edulcorada de la CEDA, donde se dice predominaba el sector más moderado – ya se vio en el éxito que las propuestas de Giménez Fernández tuvieron en el seno de su partido – y de su líder Gil Robles. Edulcoración que se manifiesta en esa presentación de la propuesta de reforma constitucional cedista tan inocente: “Anhelaban un sistema político más favorable para los católicos, querían un modelo corporativo para las relaciones laborales, hablaban de reforzar el poder ejecutivo frente a la inestabilidad y la parálisis parlamentaria y eran radicalmente antimarxistas y enemigos de la visión liberal clásica de la primacía indiscutible de los derechos individuales. Pero no eran partidarios de un régimen político que anulara las libertades de expresión, reunión y manifestación; y ni siquiera querían suprimir el Parlamento” (pág. 17) La apostilla final ilumina el sentido de esa versión. Lo disfracen o no con generalidades, la CEDA – y ya no digamos su inevitable aliado en el vuelco político que pretendían, Renovación Española – pretendían la sustitución del parlamentarismo democrático por un régimen autoritario, similar al Estado Novo de Salazar, en el que el Parlamento pasaría a ser un poder subordinado, las libertades individuales discutidas y los derechos de expresión y manifestación discriminados de acuerdo con el contenido de las correspondientes expresiones y manifestaciones. En la línea también de lo que venía desarrollando Dollfus en Austria. Y ATV se cuidan muy mucho, por cierto, de recordar las confesiones del propio Gil Robles sobre las simpatías/identidades monárquicas de los afiliados de la CEDA, de las que él no se excluía.

Ese era desde el primer momento el objetivo de Gil Robles y la razón por la que Alcalá Zamora no accedió a darle los definitivos puestos de mando del gobierno fue porque no compartía el calado de esa reforma constitucional, para cuya consecución Gil Robles había diseñado un plan progresivo que iba desde la entrada en el gobierno en minoría, el control de espacios institucionales fundamentales en una expectativa de cambio –el Ejército-, la implementación de un programa de Obras Públicas y de reconsideración de la reforma agraria – en la que había no solo la propuesta moderada de Giménez Fernández, sino la inmoderada Ley de arrendamientos rústicos – y otras mejoras materiales para culminar, cuando fuera posible, en el acceso a la jefatura del gobierno y en cualquier caso en el agotamiento de la legislatura para dar tiempo a capitalizar en beneficio de la CEDA toda esa política supuestamente regeneracionista. Alcalá Zamora no le negó la presidencia del gobierno por capricho personal, sino por antagonismo político fundamental.

No solo distorsionan el objetivo estratégico de la CEDA. ATV escamotean el contexto europeo, como si España no solo fuera diferente sino una isla ajena a lo que estaba sucediendo al Norte de los Pirineos y al Este de Mallorca; un contexto europeo que explican muchos comportamientos políticos españoles de la época, consecuencia directa de él o de la percepción que de él se tuviera. Escamotean la cuestión militar. Resulta escandaloso como se esconden los importantes cambios de Gil Robles dando el mando a significados militares enfrentados por una u otra razón con la República, conspiradores intermitentes algunos de ellos antes de 1936 y luego a partir de marzo de 1936 organizadores conscientes de una sublevación para la que asumen – si no desean, algunos – el riesgo de la guerra civil: Fanjul, Franco, Goded… Ya veremos más adelante la cuestión de las presiones militares en el invierno de 1936. Y escamotean el conflicto social; no existe para ellos más conflicto social en la República que el católico. De manera que el comportamiento de la izquierda obrera no es ninguna manifestación de conflicto social sino de la suma de ambición de poder de sus dirigentes y de la barbarie de sus bases; el movimiento obrero queda reducido a la condición de manifestación del pueblo incivilizado: intimida, violenta, se queja sin razón o exagerando las razones…  El conflicto queda encorsetado en el conflicto partidario y la política reducida a su dimensión más negativa de lucha por el poder, segregada de su dimensión social. Desde esa perspectiva, para ellos la polarización del 36 fue resultado de los acontecimientos del 34 y sobre todo del hecho de que las izquierdas no lo condenaran. La insistencia en la no condena es obsesiva; pero no solo eso es una insistencia que sugiere que un nuevo octubre era, en el fondo, el plan oculto de la izquierda obrera, afirmación que no puede documentarse de ninguna manera simplemente porque no existió el plan ni la documentación que lo atestigüe (a menos que demos crédito a los documentos del “mito de la Cruzada”, del supuesto complot para convertir a España en un satélite de la URSS y otras sandeces por el estilo).

Las derechas no tienen, para ellos, arte ni parte en esa polarización. Octubre del 34 solo existe como insurrección, no existe como represión. ATV menosprecian la represión, que no se limitó al sofocamiento del levantamiento de Asturias – cruento, de brutalidad desproporcionada de cuya planificación militar fue responsable un Franco al que siempre se le exonera de sus veleidades antidemocráticas; se extendió en forma de despidos masivos de trabajadores en razón no de su acción sino de su carnet, de desahucios de campesinos arrendatarios (más de 2.000 desahucios de rabasaires en Cataluña, tirando por lo bajo), de detenciones y proceso arbitrarios como el de Azaña, de sustitución masiva de ayuntamientos electos por gestoras y por gestoras claramente partidarias, de imposición indecente y políticamente afrentosa de Pich y Pon al frente de la Generalitat intervenida. Su menosprecio llega al extremo de burlarse de la reivindicación de la amnistía que consideran injustificada porque, dicen ellos, no afectaba a 30.000 detenidos como sostenían las organizaciones obreras sino “solo” a 8.000, cifra que deducen pero no documentan.

2. Dando por buena la interpretación de Gil Robles -de que la disolución anticipada de las Cortes y la convocatoria de elecciones fue el principio de la catástrofe que habría de desembocar en la guerra civil- ATV se aplican a la tarea de desacreditar todo lo que puedan el proceso electoral y poner en interrogantes su resultado. El ejercicio proporciona conclusiones que no están en proporción, se levantan demasiadas piras contra tan pocas herejías. Da la sensación final de que los autores hayan estado buscando un asesinato – el que invocaba Payne, el que han invocado los medios de la derecha de hoy que han jaleado su libro – que no han conseguido encontrar; ante lo cual, sin poder cumplir aquel primer objetivo lo reducen a la sospecha de un homicidio, quien sabe si imprudente incluso. En su epílogo pretenden no “animar ningún debate sobre la legitimidad del Gobierno del Frente popular o de la República como Régimen”; pero ese debate es el que dan por sentado Payne y los comentaristas de la derecha y de hecho ellos mismos permanentemente en el libro, por más que pretendan lo contrario.

Sostienen que “nuestro estudio supone un vuelco respecto de lo que ahora sabemos” (pág. 518). ¿Dónde está el vuelco? De entrada en que “Hasta ahora la mayoría de historiadores habían proporcionado una imagen de normalidad de la jornada del día 16 que resulta bastante engañosa si no se explica la intervención de la fuerza pública. Esta se funda en el hecho cierto de que la campaña electoral había sido muy violenta, hasta el punto de registrarse un número de agresiones, muertos y heridos sin precedente en ninguna otra convocatoria electoral” aunque luego añaden, no sin dejar de contradecirse con la boca pequeña – recurso constante – que “La violencia no fue tan generalizada como para obstaculizar decisivamente el proceso electoral, pero sí fue una manifestación contundente de la radicalización política” (pág. 520). Para ese viaje no era necesario alforjas; Tusell ya lo había escrito: que se produjeron incidentes, pero que nunca excedieron de los términos del conflicto del momento, ni tuvieron trascendencia significativa en el resultado. De pasada – otro recurso habitual - ATV colocan de matute una de las suyas: no hubo incidente porque hubo despliegue policía…que si no, seguro que la plebe bárbara los hubiera producido. Porque hubo disuasión previa ante la voluntad de intimidación de las izquierdas; una voluntad de intimidación que se afirma en las exposiciones descriptivas como un factor constante de interferencia en el proceso electoral, en el escrutinio y en la proclamación final y definitiva de los diputados; por más que en textos de conclusiones se reconoce sin trascendencia, excepto determinadas situaciones locales. Lo dicho un estilo de tirar la piedra y esconder la mano.

¿Campaña violenta sin parangón anterior? Para empezar el parangón se limita al período republicano y en un ejercicio flagrante de mala práctica historiográfica se elude considerar la incidencia de la violencia en los procesos electorales desde el restablecimiento del sufragio masculino universal en 1890 (no su instauración, ésta se había producido en 1868). Y en ese período republicano la comparación se hace en exclusiva con las elecciones de 1933, convertidas en referencia fundamental de limpieza electoral y, sobre todo, de resultados (los de 1933 tendrían que avalar o desacreditar los de 1936 en caso de conflicto) lo que es, cuando menos, una barbaridad estadística (tendré que repetirlo más adelante). Pues bien, en el capítulo 6, “Católicos y anarquistas. La violencia electoral” – un mejunje curioso – después de decirnos que “en la España de la Segunda República la violencia política tuvo un papel relevante”, como si no hubiera existido antes y, sobre todo, como si solo entonces hubiera sido relevante, se compara la campaña de 1933 en la que se habrían producido 27 muertos y 58 heridos graves, con la de 1936 en la que las cifras serían 41 muertos, de las que 9 ellos mismos reconocen que su condición de violencia política es dudosa, y 80 heridos graves y aprovechan, una vez más, para aludir a la intervención salvadora de la policía gracias a la cual solo se dio esa cifra abultada de heridos y no una más abultada de muertos (¿?); más adelante se nos dirá que las fuerzas de orden causaron 8 de los 41 muertos, frente a 6 causadas por derechistas, 8 por elementos del Frente Popular y 4 anarquistas (ellos asignan 6 víctimas a la acción de desconocidos que presuponen que sean en un caso de derechas y en 5 de izquierdas y suman las 5 acciones de los anarquistas al conjunto de la violencia política de la campaña, lo que es absolutamente impropio).

Dejemos fuera del comentario esa constante exoneración de los comportamientos policiales, que va contra la absoluta evidencia, y centremos en la manipulación estadística que se ha hecho para establecer una violencia política “sin parangón”; algo, la manipulación estadística, que ya practicaron en su estudio sobre la violencia anticlerical entre febrero y junio de 1936, aunque en aquel las trampas eran constatables (desglose de episodios en acciones, con lo que las cifras se multiplicaban) por que se daba el detalle, cosa que en esta ocasión no se hace. Aun así, queda en evidencia la manipulación. Para empezar la de los tiempo: la duración de las dos campañas fue diferente, la de 1933 fue de 40 días, la de 1936 de 47. Si hacemos la correlación, imprescindible, entre tiempo de campaña y víctimas mortales, y solo consideramos las que en efecto ellos consideran como indudablemente fruto de la violencia política, el coeficiente resultante es de hecho el mismo: el 0,675 en 1933 y el 0,680 en 1936. ¿Dónde está el salto sin parangón? En la morbosa imaginación de Álvarez Tardío y Villa. La cifra en la que si hay una diferencia sustancial es la de los heridos, pero si no se nos da el detalle de las circunstancias en las que se producen es imposible de interpretar, más allá del juicio de intención; quizás solo se pueda suponer que en 1936 los incidentes de grupo fueron más tumultuosos en 1936 que en 1933, pero eso no es en sí mismo un indicativo del nivel de violencia, sino del de movilización. Y en esto último podemos estar de acuerdo, en la campaña de 1936 hubo una mayor movilización; lo que no es malo, sino bueno desde una perspectiva democrática.

La imagen de la violencia política electoral – porque ese, electoral, es el título del capítulo – se completa con un cuadro de “Actos de violencia política”, a la manera del cuadro de la anticlerical ya citado, pero sin poder saber si hay o no desagregación de acciones de un solo incidente y que es a todas luces de una muy grosera confección. El total suma 487 “actos”, incluyendo en ellos 25 que corresponden a detenciones gubernamentales – lo cual sería muy discutible como “violencia política electoral”, o en todo caso tendría que discriminarse caso por caso – y en la que se mezclan razones políticas con razones sociales, que nada tendrían que ver, forzosamente, con la violencia electoral. Hay dos filas definidas inadecuadamente: la de “detenciones policiales con violencia (motivos socio-políticos) que suman 19 actos y “atentados políticos o socio-laborales”, 70; en ninguno de los dos casos se tenían que haber hecho semejante suma de motivos políticos, sociales y laborales en un cuadro que pretende establecer la violencia política y, además, la violencia política en campaña electoral. Esa incorporación de actos sociales o laborales ponen más que en entredicho que fueran violencia política electoral las acciones atribuidas a los anarquistas (4 muertos de una lista de 41; de los que los propios autores reconocen que 9 son por causas dudosas, que solo concretan en dos casos en los que no hay ninguna participación anarquista). ¿Tendríamos que restar también esas 4 víctimas del cómputo de la “violencia política electoral”? En la cuestiones de la violencia hay que ir con mucho más cuidado en la conceptualización y la interpretación.

Su cuadro, resumen gráfico de lo que plantean, es extravagante, incorrecto; con un resultado final desacreditado, porque se construye a partir de actos y no de episodios, porque que se mezclan en el la competencia partidaria electoral y la acción gubernamental y, sobre todo, por esa impresentable mezcla de motivos, por otra parte muy reveladora del pensamiento de los autores. El vuelco en lo conocido no resulta ni tan siquiera una ligera modificación. Pero aunque se esconda la mano que tiró la piedra, y se nos enseñe la otra – libre de pecado – la piedra ha sido tirada: la campaña que llevó al Frente Popular al poder estuvo precedida de una violencia sin parangón. Falso.

José Luis Martín Ramos (Barcelona 1948) es catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad Autónoma de Barcelona, especializado en la historia del movimiento obrero.

 http://www.rebelion.org/noticia.php?id=226004
https://www.rebelion.org/noticia.php?id=226271

miércoles, 30 de septiembre de 2015

La maldad en los cuentos infantiles sirve de pedagogía

Mientras los niños saben reconocer el bien y el mal, y diferenciarlo, a través de los cuentos, los adultos parecen haber entrado en una infantilización con libros muy populares que no interpelan al lector en sus matices, sino que juzgan lo ya juzgado y señalan lo ya conocido como algo negativo, sin aportar nada al debate intelectual o moral. En parte, se debe a la alteración genética del virus de lo políticamente correcto.

Esa es una de las conclusiones destacadas por escritores y expertos tan distintos como Victoria Cirlot, Justo Navarro, Félix de Azúa o Marta Fernández en las Conversaciones de Formentor, celebradas este año bajo el lema La novela más mala del mundo. Maldad, perfidia y espanto en la historia de la literatura. Veinticinco autores y críticos literarios debatieron sobre este asunto durante el fin de semana en el cónclave organizado por la Fundación Santillana. La cita mallorquina arrancó el viernes con la entrega del Premio Formentor a Ricardo Piglia. La distinción la recogió Carlota Pedersen, nieta del escritor, enfermo en Argentina, en un acto que supuso también un homenaje al autor.

Por violentos que sean
Los escritores reivindicaron el papel de los cuentos tradicionales infantiles, por muy violentos que resulten, donde se aprecia la lucha del bien y del mal de manera arquetípica, dice Navarro. Los niños “tienen que ponerle cara al mal y esos relatos cumplen una función legislativa: enseñan acciones que tienen castigo o recompensa. Tienen un valor pedagógico y de persuasión sobre los valores dignos de ser asumidos”. Lamenta Navarro el desdén que, a veces, se hace de dicha función. “Los cuentos infantiles son como la ley, aunque evolucionan y se adaptan”.

Ese dualismo entre el bien y el mal ayuda a comprender, desde pequeños, las dos caras de la vida, asegura Cirlot, experta en la cultura y literatura medievales y en el simbolismo. “Todo está en la estructura de la mente. Cada cultura da una explicación al mal y las maldades y la entienden a su manera. En el cerebro están los fenómenos arquetipales”, añade. “No hay que esconderle a los niños esas historias, cuyas atrocidades las pensamos así los adultos. Ellos tienen claro que están en el mundo de la fantasía. El símbolo acoge toda la maldad y toda la bondad. No es excluyente. El mito no es moral”.

Más allá de ese territorio va Félix de Azúa. El narrador y experto en arte opina que “a los niños hay que educarlos en la maldad y el mal” (?). En esa educación, aclara, hay que hacerles ver que ese comportamiento malvado es producto de la “estupidez, cobardía, falta de recursos y debilidad extrema en una persona”. Ello forma parte del proceso de aprendizaje, según Marta Fernández: “Hay que enseñar el mal, para ver dónde está y reconocerlo”.

A diferencia de los niños, los adultos han abandonado la educación moral, lamenta De Azúa. Es “una arrogancia moral, sobre todo de los políticos, pero debido en parte a que la gente se ha desentendido del tema y ha delegado esa función a ellos, que señalan y etiquetan lo que es bueno y es malo”.

Parte de ese enmascaramiento se aprecia en la literatura más popular, que juega con el cliché y no dialoga con el lector, advierte Justo Navarro. Para el poeta y narrador, muchos libros incluyen juicios ya dictados y evitan los del lector: “La literatura debe plantear, también, cuestiones morales, éticas; si los personajes lo han hecho bien o no, y donde el juez, de existir, debe ser el lector y no el escritor. Un buen libro hace preguntas”.

Cirlot tercia que “la ficción permite explorar la conducta humana. No se trata de plantar verdades inamovibles”. El ser humano se horroriza ante la maldad porque “en el fondo hay una duda sobre la creación. Todo sale de que la gente cree que el mundo es una prisión. Es la pulsión destructora la que crea la gran revuelta”. Frente a esa pulsión, recuerda que la filósofa Simone Weil decía: “No hay que destruir, sino descrear”.
http://cultura.elpais.com/cultura/2015/09/27/actualidad/1443376461_498871.html?rel=lom

El cuento conecta con los más pequeños: Aquí.
Déjame contarte un cuento.

martes, 7 de julio de 2015

¿Por qué en Cuba no hay violencia con armas de fuego? Yuris Nórido Especial para BBC Mundo

En Cuba la mayoría de la gente ha visto tiroteos… en la televisión.
Seguramente muchos lectores impugnarán algunos de los argumentos de este post, pero no podrán desconocer una realidad incuestionable: comparada con otras capitales latinoamericanas, La Habana es una ciudad segura.

Lo saben sus habitantes y también los cientos de miles de turistas que visitan la urbe todos los años. El índice de homicidios por armas de fuego, por ejemplo, está entre los más bajos del continente.

No estamos describiendo un paraíso. En las últimas décadas —décadas marcadas por una crisis económica que ha devenido en buena medida crisis de valores— hemos sido testigos de un aumento de la criminalidad.

Al ciudadano común le cuesta ponerle cifras a esa circunstancia, pues las autoridades no suelen divulgar las estadísticas y los medios de comunicación estatales no incluyen habitualmente en sus espacios informaciones sobre actos criminales.

Pero está claro: un asesinato no es noticia de todos los días en Cuba. Al menos no forma parte de las rutinas habituales de la gente.

Yo mismo vivo en un barrio de la periferia, muchas veces llego tarde a la casa y debo caminar un largo trecho por zonas de poco alumbrado. Nunca he tenido el menor de los percances.

Barrios de barrios
Obviamente, hay barrios y barrios. Otras zonas son más peligrosas, las personas que circulan por ellas a determinadas horas son más vulnerables. Es algo que sucede, en mayor o menor medida, en todas las grandes ciudades.
Pero en La Habana no son habituales los tiroteos, los asaltos a comercios y domicilios a mano armada… Y son prácticamente inexistentes fenómenos que afectan a otras ciudades de la región, como los secuestros o las acciones del crimen organizado. Influye mucho en esta situación el hecho de que Cuba cuente con una estricta legislación sobre la tenencia de armas. De hecho, ningún particular en este país está autorizado a adquirir o portar armas de fuego, salvo las dedicadas a la caza, e incluso estas últimas están sometidas a un fuerte control.

Solo efectivos de las fuerzas policiales, agentes de seguridad y personas autorizadas por la naturaleza de sus funciones pueden llevar armas. Los efectivos del ejército las usan solo en zonas militares y en ejercicios de entrenamiento.

Las disposiciones contra la tenencia de armas blancas en lugares públicos también son rigurosas.
No significa, obviamente, que se puedan evitar todos los actos de violencia. Pero sus consecuencias suelen ser menos trágicas. Cuando en discursos y consignas se habla de los logros de la Revolución (la misma construcción ha devenido una consigna: “los logros de la Revolución”), se hace referencia sobre todo a la educación y la salud gratuitas y universales… pero no se habla tanto de la tranquilidad ciudadana.

La mafia
La Revolución de 1959 descabezó a las organizaciones del crimen organizado, extirpando el mal desde su raíz. La Habana era uno de los centros internacionales de la mafia: grandes capos pasaban sus vacaciones tranquilamente en los hoteles capitalinos. El gobierno revolucionario, en proceso paulatino, fue limitando la adquisición de armas de fuego hasta el punto de que la única armería pública que subsiste en la ciudad es ahora un museo.

Algunos alegarán que la prohibición es un atentado contra los derechos de los ciudadanos, pero lo cierto es que ha sido garantía de sosiego. El hecho de que un adolescente tenga un arma en una escuela (realidad dolorosa en otros países) aquí ni siquiera puede concebirse.

La mayoría de los cubanos han sido testigos de tiroteos solo en la televisión, en el cine o en los entrenamientos militares. No estamos a salvo de robos, agresiones más o menos violentas, estafas… y esos delitos es muy probable que tengan mucha más incidencia (al menos esa es la percepción popular, ya se habló de la reticencia de los medios para divulgarlos); pero pocas familias han tenido que lamentar la muerte de alguno de sus integrantes en asaltos con armas de fuego.

Yuris Nórido es periodista de medios oficiales como el diario Trabajadores y el sitio digital CubaSí. Es miembro del Partido Comunista de Cuba (PCC), "porque confío en que puede ser motor de cambios necesarios para este país".
http://www.bbc.com/mundo/blogs/2015/06/150624_voces_desde_cuba_yuris_norido_delincuencia_ao

viernes, 20 de junio de 2014

Basta ya. “Nos hemos acostumbrado a la esclavitud femenina y echo de menos un movimiento mundial”

Un amigo que, por otra parte, es un encanto, me dijo el otro día que la India goza de un estado espiritual superior a Occidente; que nosotros estamos en el tercer chacra, que es el ego, y los indios en el cuarto, que es el amor universal.

Me dejó atónita porque demuestra hasta qué punto somos capaces de no ver los horrores que se cometen contra las mujeres. Llevamos mucho tiempo sabiendo de los atroces asesinatos sexistas de la India. Por citar los más recientes: una muchacha ultrajada y luego obligada a beber ácido, y dos niñas violadas en grupo y después colgadas de un árbol.

Comentario ante esto de un ministro del Gobierno indio: “La violación es un crimen social que algunas veces está bien y algunas veces está mal”. Puro amor universal. Claro que también llevamos toda la vida sabiendo (y olvidando) las monstruosidades que cometen todos los días los talibanes; los tres millones de niñas cuyo clítoris es rebanado cada año; las muertas de Ciudad Juárez; los millones de feminicidios, mujeres lapidadas, azotadas, torturadas, ultrajadas, abrasadas con ácido, quemadas vivas. O secuestradas, como las niñas de Nigeria.

¿Pero qué demonios nos pasa? ¿Cómo podemos asistir a estas brutalidades e ignorarlas? “Nos hemos acostumbrado a la esclavitud femenina y echo de menos un movimiento mundial”, me dice Paco Cuéllar, secretario general de Proyecto Gran Simio. Y lo compara con el movimiento antiesclavista de hace 150 años, cuando los ingleses abordaban y liberaban barcos de negreros.

¿Por qué no sucede lo mismo con las mujeres? Paco reclama un grupo de trabajo en la ONU, una Cruz Rosa Internacional, convenios mundiales defendidos por cascos azules.
Tiene razón. Es urgente, esencial.
Hay que hacer algo.

Rosa Montero