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jueves, 7 de noviembre de 2019

_- Mito y realidad del pacto entre Hitler y Stalin del 23 de agosto de 1939

_- Jacques R. Pauwels
Global Research
Traducido del inglés para Rebelión por Beatriz Morales Bastos

En un libro notable, 1939: The Alliance That Never Was and the Coming of World War II [1939, la alianza que nunca existió y la llegada de la Segunda Guerra Mundial], el historiador canadiense Michael Jabara Carley describe cómo a finales de la década de 1930 la Unión Soviética intentó repetidamente, aunque sin conseguirlo, cerrar un pacto de seguridad mutua (esto es, una alianza defensiva) con Gran Bretaña y Francia. La finalidad de este acuerdo era contrarrestar a la Alemania nazi que bajo el liderazgo dictatorial de Hitler se había estado comportando de forma cada vez más agresiva y era probable que involucrara a otros países, incluidos Polonia y Checoslovaquia, los cuales tenían motivos para temer las ambiciones alemanas. El protagonista de este acercamiento soviético a las potencias occidentales fue el ministro de Asuntos Exteriores, Maxim Litvinov.

Moscú deseaba cerrar ese acuerdo porque los dirigentes soviéticos sabían demasiado bien que Hitler pensaba atacar y destruir tarde o temprano su Estado. En efecto, en su obra Mein Kampf, publicada en la década de 1920, Hitler había dejado muy claro su profundo desprecio por la “Rusia gobernada por los judíos” (Russland unter Judenherrschaft), porque era fruto de la Revolución rusa, obra de los bolcheviques, que supuestamente no eran sino una panda de judíos. Y en la década de 1930 prácticamente toda aquella persona mínimamente interesada por las relaciones exteriores sabía muy bien que con su remilitarización de Alemania, su programa de rearmamento a gran escala y otras violaciones del Tratado de Versalles Hitler se estaba preparando para una guerra cuya víctima iba a ser la Unión Soviética. Lo demostró muy claramente un detallado estudio de un destacado historiador militar y politólogo, Rolf-Dieter Müller titulado Der Feind steht im Osten: Hitlers geheime Pläne für einen Krieg gegen die Sowjetunion im Jahr 1939 [El enemigo está en el este: los planes secretos de Hitler de una guerra contra la Unión Soviética en 1939 ].

En aquel momento Hitler estaba desarrollando el ejército alemán y pretendía utilizarlo para borrar la Unión Soviética de la faz de la tierra. Desde el punto de vista de las élites que todavía tenían mucho poder en Londres, París y otros lugares en el llamado mundo occidental era un plan que no podían sino aprobar y que deseaban fomentar e incluso apoyar. ¿Por qué? La Unión Soviética era la encarnación de la temida revolución social, fuente de inspiración y guía para las personas revolucionarias en sus propios países e incluso en sus colonias puesto que los soviéticos también eran antiimperialistas que a través del Komintern (o Tercera Internacional) apoyaban la lucha por la independencia en las colonias de las potencias occidentales.

Por medio de una intervención armada en Rusia en 1918 y 1919 las potencias occidentales ya habían tratado de matar al dragón de la revolución que había alzado su cabeza ahí en 1917, pero el proyecto fracasó estrepitosamente. Las razones del fracaso fueron, por una parte, la fuerte resistencia que ofrecieron los revolucionarios rusos que contaban con el apoyo de la mayoría del pueblo ruso y de muchos otros pueblos del antiguo Imperio zarista y, por otra parte, la oposición dentro de los propios países intervencionistas donde tanto soldados como civiles simpatizaban con los revolucionarios bolcheviques y lo demostraron a través de manifestaciones, huelgas e incluso amotinamientos. Hubo que retirar a las tropas de forma ignominiosa. Los caballeros que estaban en el poder en Londres y París se tuvieron que conformar con crear a lo largo de la frontera occidental del antiguo Imperio zarista Estados antisoviéticos y antirrusos, y apoyarlos, (sobre todo Polonia y los países del Báltico) y erigir así un “cordón sanitario” que se suponía iba a proteger a Occidente de infectarse con el virus revolucionario bolchevique.

En Londres, París y otras capitales de Europa occidental las élites esperaban que el experimento revolucionario en la Unión Soviética colapsara por sí mismo, pero no lo hizo. Al contrario, desde principios de la década de 1930, cuando la Gran Depresión hacía estragos en el mundo capitalista, la Unión Soviética experimentó una especie de Revolución industrial que permitió a la población disfrutar de un considerable progreso social. El país también se volvió más fuerte, no solo económicamente, sino también militarmente. A consecuencia de ello, el “contrasistema” socialista al capitalismo (y su ideología comunista) se volvió cada vez más atractivo a ojos de las personas plebeyas de Occidente, que cada vez sufrían más desempleo y miseria. En este contexto la Unión Soviética era cada vez más una espina para las élites de Londres y París. A la inversa, Hitler y sus planes de una cruzada antisoviética parecía cada vez más útiles y apreciables. Además, las empresas y los bancos, especialmente estadounidenses, pero también británicos y franceses, ganaron ingentes cantidades de dinero ayudando a la Alemania nazi a rearmarse y prestándole el dinero que tanto necesitaba. Por último, aunque no menos importante, se creía que fomentar la cruzada alemana en el Este reducía, si no eliminaba totalmente, el riesgo de una agresión alemana a Occidente. Por consiguiente, podemos entender por qué las propuestas de Moscú de establecer una alianza defensiva contra la Alemania nazi no atrajeron a estos caballeros. Pero había una razón por la que no se podían permitir rechazar sin más estas propuestas.

Después de la Gran Guerra [Primera Guerra Mundial] las élites de ambos lados del Canal de la Mancha se habían visto obligadas a llevar a cabo unas reformas democráticas bastante importantes, por ejemplo, una ampliación considerable del derecho al voto en Gran Bretaña. Debido a ello, hubo que tener en cuenta la opinión tanto de los laboristas como de otras pestes de izquierda que poblaban las legislaturas y en ocasiones incluso hubo que incluirlos en gobiernos de coalición. La opinión pública y una parte importante de los medios de comunicación eran mayoritariamente hostiles a Hitler y, por lo tanto, estaban muy a favor de la propuesta soviética de una alianza defensiva contra la Alemania nazi. Las élites querían evitar esta alianza, pero también querían dar la impresión de que la querían; a la inversa, las élites querían animar a Hitler a atacar a la Unión Soviética e incluso ayudarle a hacerlo, pero tenían que asegurarse de que la opinión pública nunca lo supiera. Este dilema llevó a una trayectoria política cuya función manifiesta era convencer a la opinión pública de que los dirigentes veían con buenos ojos la propuesta soviética de un frente conjunto antinazi, pero cuya función latente (esto es, real) era apoyar los planes antisoviéticos de Hitler: era la tristemente célebre “política de apaciguamiento” asociada sobre todo al nombre del primer ministro británico Neville Chamberlain y a su homólogo francés, Édouard Daladier.

Los partidarios de esta política empezaron a trabajar en cuanto Hitler llegó al poder en Alemania en 1933 y empezaron a prepararse para la guerra, una guerra contra la Unión Soviética. Ya en 1935 Londres dio a Hitler una especie de luz verde para rearmarse al firmar un tratado naval con él. Hitler empezó entonces a violar todo tipo de disposiciones del Tratado de Versalles, por ejemplo, al volver a imponer el servicio militar obligatorio en Alemania, al armar hasta los dientes al ejército alemán y al anexionarse Austria en 1937. Los estadistas de Londres y París se quejaron y protestaron en cada ocasión para dar una buena impresión a la opinión pública, pero acabaron por aceptar los hechos consumados. Se hizo creer a la opinión pública que esta indulgencia era necesaria para evitar la guerra. Esta excusa fue eficaz en un primer momento porque la mayoría de las personas británicas y francesas no querían verse envueltas en una nueva edición de la mortífera Gran Guerra de 1914-1918. Por otra parte, pronto fue obvio que el apaciguamiento hacía a la Alemania nazi más fuerte militarmente y a Hitler cada vez más ambicioso y exigente. Por consiguiente, la opinión pública acabó dándose cuanta de que ya se habían hecho suficientes concesiones al dictador alemán y entonces los soviéticos, en la persona de Litvinov, presentaron su propuesta de una alianza anti-Hitler, lo que provocó dolores de cabeza a los artífices del apaciguamiento, de los que Hitler esperaba aún más concesiones.

Gracias a las concesiones que ya se le habían hecho, la Alemania nazi se estaba convirtiendo en un gigante militar y en 1939 solo un frente conjunto de las potencias occidentales y los soviéticos parecía poder contenerlo porque en caso de guerra Alemania tendría que luchar en dos frentes. Bajo la fuerte presión de la opinión pública los dirigentes de Londres y París accedieron a negociar con Moscú, pero había un inconveniente: Alemania no hacía frontera con la Unión Soviética puesto que Polonia se encontraba entre ambos países. Al menos oficialmente Polonia era aliada de Francia, así que era de esperar que se uniera a la alianza ofensiva contra la Alemania nazi, pero el gobierno de Varsovia era hostil a la Unión Soviética, un enemigo al que consideraba tan amenazador como la Alemania nazi. Se negó tercamente a permitir que en caso de guerra el Ejército Rojo atravesara el territorio polaco para luchar contra los alemanes. Londres y París rehusaron presionar a Varsovia, de modo que las negociaciones no acabaron en un acuerdo.

Mientras tanto, Hitler planteó nuevas exigencias, esta vez respecto a Checoslovaquia. Cuando Praga se negó a ceder el territorio habitado por una minoría germanoparlante conocida como alemanes sudetes, la situación amenazó con llevar a la guerra. De hecho, esto suponía una oportunidad única para cerrar una alianza anti-Hitler con la Unión Soviética y la militarmente fuerte Checoslovaquia como socios de Gran Bretaña y Francia: Hitler habría tenido que elegir entre una retirada humillante y una derrota casi segura en una guerra en dos frentes. Pero eso también significaba que Hitler nunca podría emprender la cruzada antisoviética que tanto anhelaban las élites de Londres y París. Por ello Chamberlain y Daladier no aprovecharon la crisis checoslovaca para formar un frente anti-Hitler con los soviéticos, sino que se precipitaron a tomar un avión a Munich para cerrar un acuerdo con el dictador alemán según el cual se ofrecían a Hitler en bandeja de plata las tierras sudetes, que casualmente incluían la versión checoslovaca de la Línea Maginot. El gobierno checoslovaco, al que ni siquiera se había consultado, no tuvo más opción que acceder y los soviéticos, que habían ofrecido a Praga ayuda militar, no fueron invitados a esta infame reunión.

Los estadistas británicos y franceses hicieron enormes concesiones al dictador alemán en el “pacto” que cerraron con Hitler en Munich, no con el fin de preservar la paz, sino para poder seguir soñando de una cruzada nazi contra la Unión Soviética. Pero el acuerdo se presentó a los pueblos de los países respectivos como la solución más sensata a una crisis que amenazaba con provocar una guerra general. A su vuelta a Inglaterra Chamberlain proclamó triunfalmente “¡Paz en nuestro tiempo!”. Quería decir paz para su propio país y sus aliados, pero no para la Unión Soviética, cuya destrucción a manos de los nazis se esperaba ansiosamente.

En Gran Bretaña también había políticos, incluido un puñado de personas de buena fe pertenecientes a la élite del país, que se oponía a la política de apaciguamiento de Chamberlain, por ejemplo Winston Churchill. No se oponían debido a su simpatía por la Unión Soviética, sino que no confiaban en Hitler y temían que el apaciguamiento fuera contraproducente en dos sentidos. En primer lugar, la conquista de la Unión Soviética proporcionaría a la Alemania nazi una cantidad casi ilimitada de materia primas, incluidos petróleo, tierras fértiles y otras riquezas, lo que permitiría al Reich establecer en el continente europeo una hegemonía que para Gran Bretaña supondría un peligro mayor que el que había supuesto Napoleón. En segundo lugar, también era posible que se hubiera sobrestimado tanto el poder de la Alemania nazi como la debilidad de la Unión Soviética, de modo que la cruzada antisoviética de Hitler podría producir en realidad un victoria soviética lo que podría provocar una “bolchevización” de Alemania y quizá de toda Europa. Por ese motivo Churchill era extremadamente crítico con el acuerdo al que se había llegado en Múnich. Al parecer afirmó que en la capital bávara Chamberlain había podido elegir entre el deshonor y la guerra, y había elegido el deshonor, aunque también tendría guerra. Con su “paz en nuestro tiempo” Chamberlain había cometido de hecho un error lamentable. Apenas un año después, en 1939, su país se vería envuelto en una guerra contra la Alemania nazi que gracias al escandaloso pacto de Munich se había convertido en un enemigo aún más temible.

El principal factor determinante del fracaso de las negociaciones entre el dúo anglo-francés y los soviéticos había sido la falta de voluntad no expresa de los apaciguadores de llegar a un acuerdo anti-Hitler. Un factor auxiliar fue la negativa del gobierno de Varsovia a permitir la presencia de tropas soviéticas en territorio checoslovaco en caso de una guerra contra Alemania, lo que ofreció a Chamberlain y Daladier un pretexto para no llegar a un acuerdo con los soviéticos, pretexto que necesitaban para satisfacer a la opinión pública (aunque también se esgrimieron otras excusas, como la supuesta debilidad del Ejército Rojo, lo que supuestamente convertía a la Unión Soviética en un aliado inútil). En lo que se refiere al papel desempeñado por el gobierno placo en este drama existen algunos malentendidos graves. Vamos a examinarlos más detalladamente.

En primer lugar hay que tener en cuenta que la Polonia de entreguerras no era un país democrático, lejos de ello. Tras su (re)nacimiento al final de la Primera Guerra Mundial como una democracia nominal, el país no tardó mucho tiempo en ser gobernado con mano de hierro por un dictador militar, el general Józef Pilsudski, en nombre de una élite híbrida que representaba a la aristocracia, la Iglesia católica y la burguesía. Este régimen nada democrático e incluso antidemocrático continuó gobernando tras la muerte del general en 1935 bajo el liderazgo de los “coroneles de Pilsudski”, cuyo primus inter pares era Józef Beck, el ministro de Asuntos Exteriores. Su política exterior no reflejaba unos sentimientos muy amistosos hacia Alemania, que había perdido parte de su territorio a beneficio del nuevo Estado polaco, incluido un “corredor” que separaba la región alemana de Prusia Oriental del resto del Reich. También había fricciones con Berlín debido al importante puerto báltico de Gdansk (Danzig), al que el Tratado de Versalles había declarado ciudad-Estado independiente, pero que reclamaban tanto Polonia como Alemania.

La actitud de Polonia hacia su vecino oriental, la Unión Soviética, era aún más hostil. Pilsudski y otros polacos nacionalistas soñaban con la vuelta del gran Imperio polaco-lituano de los siglos XVII y XVIII que se había extendido desde el Báltico al mar Negro. Y había aprovechado la revolución y subsiguiente guerra civil en Rusia para apropiarse de un vasto trozo del territorio del antiguo Imperio zarista durante la guerra ruso-polaca de 1919-1921. Este territorio, erróneamente conocido como “Polonia Oriental”, tenía una extensión de varios cientos de kilómetros al este de la famosa Línea Curzon, que debería haber sido la frontera oriental del nuevo Estado polaco, al menos según las potencias occidentales que habían apadrinado a la nueva Polonia a finales de la Gran Guerra. La región estaba poblada fundamentalmente por rusos blancos y ucranianos, pero a lo largo de los años siguientes Varsovia iba a “polonizarla” lo más posible llevando colonos polacos. La hostilidad polaca hacia la Unión Soviética también se vio alimentada por el hecho de que los soviéticos simpatizaban con los comunistas y otros plebeyos que se oponían al régimen patricio en la propia Polonia. Por último, la élite polaca era antisemita y había abrazado el concepto del judeo-bolchevismo, esto es, la idea de que el comunismo y otras formas del marxismo formaban parte de un nefando complot judío y que la Unión Soviética (el fruto de un plan revolucionario bolchevique y, por consiguiente, supuestamente judío) no era sino “Rusia gobernada por los judíos”. Aun así las relaciones con los dos poderosos vecinos se normalizaron tanto como era posible bajo Pilsudski gracias a la firma de dos tratados de no agresión, uno con la Unión Soviética en 1932 y otro con Alemania poco después de que Hitler tomara el poder, es decir, en 1934.

Tras la muerte de Pilsudski los líderes polacos siguieron soñando con la expansión territorial hasta las fronteras de la casi mítica Gran Polonia de un pasado lejano. Para realizar este sueño parecía haber muchas posibilidades en el este y particularmente en Ucrania, una parte de la Unió Soviética que se extendía de forma tentadora entre Polonia y el mar Negro. A pesar de las disputas con Alemania y de una alianza formal con Francia, que contaba con la ayuda polaca en caso de conflicto con Alemania, primero el propio Pilsudski y después sus sucesores coquetearon con el régimen nazi con la esperanza de una conquista conjunta de territorios soviéticos. El antisemitismo era otro denominador común de ambos regímenes que urdieron planes para librarse de sus minorías judías, por ejemplo, deportándolas a África.

El acercamiento de Varsovia a Berlín reflejaba la megalomanía e ingenuidad de los líderes polacos, que creían que su país era una gran potencia del mismo calibre que Alemania, una potencia a la que Berlín respetaría y trataría como socio de pleno derecho. Los nazis fomentaron esta ilusión porque así debilitaban la alianza entre Polonia y Francia. Las ambiciones orientales polacas también fueron fomentadas por el Vaticano, que esperaba afluyeran unos dividendos considerables de las conquistas de la católica Polonia en la Ucrania mayoritariamente ortodoxa, que se consideraba que estaba preparada para convertirse al catolicismo. En este contexto es donde la maquinaria de propaganda de Goebbels, en colaboración con Polonia y el Vaticano, elaboró un nuevo mito, es decir, la ficción de una hambruna organizada por Moscú en Ucrania, con la idea de poder presentar las futuras intervenciones armadas polacas y alemanas allí como una acción humanitaria. Este mito se iba a resucitar durante la Guerra Fría y a convertirse en el mito de la creación del Estado independiente ucraniano que emergió de las ruinas de la Unión Soviética (para un análisis objetivo de esta hambruna remitimos a los muchos artículos del historiador estadounidense Mark Tauger, experto en la historia de la agricultura soviética, que se han recopilado en una edición francesa, Famine et transformation agricole en URSS).

Conocer estos antecedentes nos permite entender la actitud del gobierno polaco cuando se negociaba un frente defensivo común contra la Alemania nazi. Varsovia obstaculizó estas negociaciones no por miedo a la Unión Soviética sino, por el contrario, debido a aspiraciones antisoviéticas y su consiguiente acercamiento a la Alemania nazi. En este sentido la élite polaca coincidía con sus homólogos británicos y franceses. De este modo también podemos entender por qué, una vez cerrado el Acuerdo de Munich que permitió a la Alemania nazi anexionarse la región Sudete, Polonia se apropió de una parte del botín territorial checoslovaco, es decir, la ciudad de Teschen y sus alrededores. Al caer sobre esta parte de Checoslovaquia como una hiena (en palabras de Churchill) el régimen polaco revelaba sus verdaderas intenciones y su complicidad con Hitler.

Las concesiones hechas por los artífices del apaciguamiento hicieron más fuerte que nunca a la Alemania nazi y a Hitler más seguro de sí mismo, arrogante y exigente. Después de Munich demostró que estaba lejos de estar saciado y en marzo de 1939 violó el Acuerdo de Munich al ocupar el resto de Checoslovaquia. En Francia y Gran Bretaña la opinión pública estaba impactada, pero las élites dirigentes no hicieron más que expresar su esperanza de que “Herr Hitler” acabaría por volverse “sensato”, es decir, que emprendería la guerra contra la Unión Soviética. Hitler siempre había tenido intención de hacerlo pero antes de complacer a los apaciguadores británicos y franceses quería sacarles más concesiones. A fin de cuentas, parecía que no había nada que pudieran negarle. Es más, una vez que habían hecho a Alemania mucho más fuerte gracias a sus anteriores concesiones, ¿estaban en condiciones de negarle el supuestamente último pequeño favor que les había pedido? Ese último pequeño favor concernía a Polonia.

A finales de marzo de 1939 Hitler exigió repentinamente tanto Gdansk como un territorio polaco situado entre Prusia Oriental y el resto de Alemania. En Londres Chamberlain y los demás defensores a ultranza del apaciguamiento se inclinaban a ceder otra vez, pero la oposición proveniente de los medios de comunicación y de la Cámara de los Comunes demostró ser demasiado fuerte para permitirlo. Chamberlain cambió entonces repentinamente de rumbo y el 31 de mazo prometió formalmente (aunque de forma nada realista, como señaló Churchill) a Varsovia ayuda armada en caso de que Alemania agrediera Polonia. En abril de 1939, cuando las encuestas de opinión revelaban lo que ya sabía todo el mundo, es decir, que casi el 90 % de la población británica quería una alianza anti-Hitler junto con la Unión Soviética y Francia, Chamberlain se vio obligado a mostrar oficialmente interés por la propuesta soviética de emprender negociaciones acerca de la “seguridad colectiva” ante la amenaza nazi.

En realidad los partidarios del apaciguamiento seguían sin estar interesados por la propuesta soviética e idearon todo tipo de pretextos para evitar cerrar un acuerdo con un país al que despreciaban y contra otro con el que simpatizaban en secreto. Hasta finales de 1939 no se declararon dispuestos a iniciar negociaciones militares y hasta primeros de agosto no se envió una delegación franco-británica a Leningrado para llevarlas a cabo. A diferencia de la velocidad con la que un año antes el propio Chamberlain (acompañado de Daladier) se había precipitado a tomar un avión a Munich, esta vez se envió a la Unión Soviética en un carguero lento a un equipo de subordinados anónimos. Además, cuando después de pasar por Leningrado finalmente llegaron a Moscú el 11 de agosto, resultó que no tenían las credenciales o la autoridad necesarias para llegar a cabo esas negociaciones. Para entonces los soviéticos ya estaban hartos y es comprensible que rompieran las negociaciones.

Mientras tanto Berlín había emprendido un discreto acercamiento a Moscú. ¿Por qué? Hitler se sentía traicionado por Londres y París, que antes habían hecho todo tipo de concesiones, pero ahora le negaban la nimiedad de Gdansk y se ponían de lado de Polonia, de modo que se enfrentaba a la posibilidad de una guerra contra Polonia, que se negaba a permitirle tener Gdansk, y contra el dúo franco-británico. Para poder ganar esta guerra el dictador alemán necesitaba que la Unión Soviética permaneciera neutral y estaba dispuesto a pagar un alto precio por ello. Desde el punto de vista de Moscú el acercamiento de Berlín contrastaba fuertemente con la actitud de los apaciguadores occidentales, que exigían a los soviéticos hacer promesas vinculantes de ayuda pero sin ofrecer un quid pro quo significativo. Lo que había empezado entre Alemania y la Unión Soviética en las conversaciones informales de mayo dentro del contexto de unas negociaciones comerciales sin gran importancia en las que los soviéticos en un principio no mostraron interés se convirtió finalmente en un diálogo serio en el que participaron los embajadores de ambos países e incluso los ministros de Asuntos Exteriores, esto es Joachim von Ribbentrop y Vyacheslav Molotov, que sustituía a Litvinov.

Un factor que no se debe subestimar aunque desempeñara un papel secundario es el hecho de que en la primavera de 1939 tropas japonesas basadas en el norte de China habían invadido territorio soviético en el lejano oriente. En agosto serían derrotadas y obligadas a retroceder, pero esta amenaza japonesa hizo que Moscú se diera cuenta de la posibilidad de tener que luchar una guerra en dos frentes, a menos de encontrar una manera de eliminar la amenaza proveniente de la Alemania nazi. El acercamiento de Berlín, reflejo de su propio deseo de evitar una guerra en dos frentes, ofrecía a Moscú una forma de neutralizar esta amenaza.

Sin embargo, hasta agosto, cuando los dirigentes soviéticos se dieron cuenta de que británicos y franceses no habían ido de buena fe a las negociaciones, no se resolvió el asunto y la Unión Soviética no firmó un pacto de no agresión con la Alemania nazi, concretamente el 23 de agosto. Este acuerdo se denominó Pacto Ribbentrop-Molotov, por los nombres de los ministros de Exteriores, pero también se conoció como el Pacto Hitler-Stalin. Apenas sorprendió que se llegara a ese acuerdo: varios dirigentes políticos y militares tanto de Gran Bretaña como de Francia habían predicho muchas veces que la política de apaciguamiento de Chamberlain y Daladier arrojaría a Stalin “en brazos de Hitler”.

La expresión “en brazos” en realidad es inapropiada en este contexto. A todas luces el pacto no reflejaba cálidos sentimientos entre ambos signatarios. Stalin incluso rechazó la sugerencia de incluir en el texto algunas líneas convencionales sobre la hipotética amistad entre ambos pueblos. Además, el acuerdo no era una alianza sino meramente un pacto de no agresión y en ese sentido era similar a otros muchos pactos de no agresión que se habían firmado previamente con Hitler, por ejemplo, en Polonia en 1934. Se reducía a una promesa de no atacarse mutuamente y de mantener relaciones pacíficas, una promesa que probablemente iba a mantener cada parte mientras le pareciera conveniente hacerlo. Se añadió al acuerdo una cláusula secreta referente a la demarcación de esferas de influencia en Europa Oriental para cada uno de los signatarios. Dicha línea correspondía más o menos a la Línea Curzon, de modo que “Polonia Oriental” se encontró dentro de la esfera soviética. Estaba lejos de estar claro qué significaba en la práctica este acuerdo teórico, pero sin duda el pacto no implicaba una partición o amputación territorial de Polonia comparable al destino impuesto a Checoslovaquia por británicos y franceses en el pacto que habían firmado con Hitler en Munich.

A veces se considera el hecho de que la Unión Soviética reivindicara una esfera de influencia más allá de sus fronteras la prueba de sus siniestras intenciones expansionistas; sin embargo, el establecimiento de esferas de influencia, ya sea unilateral, bilateral o multilateralmente, había sido durante mucho tiempo una práctica ampliamente aceptada entre potencias grandes y no tan grandes, y a menudo su objetivo era evitar conflictos. Por ejemplo, la Doctina Monroe, que “afirmaba que el Nuevo Mundo y el Viejo Mundo iban a seguir siendo esferas de influencia claramente separadas” (Wikipedia), pretendía impedir nuevas empresas coloniales transatlánticas por parte de las potencias europeas que podrían llevarlas a entrar en conflicto con Estados Unidos. De forma similar, cuando Churchill visitó Moscú en 1944 y ofreció a Stalin dividir la península Balcánica en esferas de influencia lo que se pretendía era evitar un conflicto entre sus respectivos países cuando terminara la guerra contra la Alemania nazi.

Ahora Hitler podía atacar Polonia sin correr el riesgo de tener que luchar una guerra tanto contra la Unión Soviética como contra el dúo franco-británico, pero el dictador alemán tenía buenas razones para dudar de que Londres y París declararan la guerra. Sin la ayuda soviética estaba claro que no se podía ofrecer una ayuda eficaz a Polonia, por lo que a Alemania no le costaría mucho tiempo derrotar al país (solo los coroneles de Varsovia creían que Polonia podía resistir el ataque de las poderosas hordas nazis). Hitler sabía demasiado bien que los artífices del apaciguamiento seguían esperando que tarde o temprano acabaría cumpliendo aquello que deseaban más fervientemente y destruiría a la Unión Soviética, de modo que estaban dispuestos a cerrar los ojos ante esta agresión a Polonia. Y Hitler también estaba convencido de que, aunque británicos y franceses declararan la guerra a Alemania, no atacarían en Occidente.

Alemania emprendió su ataque contra Polonia el 1 de septiembre de 1939. Londres y París todavía dudaron unos días antes de reaccionar con una declaración de guerra contra la Alemania nazi. Pero no atacaron al Reich aunque el grueso de sus fuerzas armadas estaba invadiendo Polonia, como temían algunos generales alemanes. De hecho, los protagonistas del apaciguamiento sólo declararon la guerra a Hitler porque lo exigió la opinión pública. Esperaban en secreto que Polonia pronto estuviera acabada para que “Herr Hitler” pudiera finalmente dirigir su atención a la Unión Soviética. La guerra que libraron fue meramente una “guerra falsa”, como bien se la podría llamar, una farsa en la que sus tropas, que podrían haber entrado en Alemania, permanecieron inactivas instaladas detrás de la Línea Maginot. Ahora se sabe casi con certeza que los simpatizantes de Hitler en el ámbito de los apaciguadores franceses y posiblemente también de los británicos habían hecho saber al dictador alemán que podía usar todo su poderío militar para acabar con Polonia sin tener que temer un ataque de las potencias occidentales (remitimos a los libros de Annie Lacroix-Riz, Le choix de la défaite. Les élites françaises dans les années 1930 y De Munich à Vichy. L’assassinat de la 3e République).

Los defensores polacos estaban abrumados y pronto fue obvio que los coroneles que gobernaban el país tendrían que rendirse. Hitler tenía todos los motivos para creer que lo harían y era indudable que sus condiciones iban a suponer a Polonia importantes pérdidas territoriales, especialmente, por supuesto, en la parte occidental del país que hacía frontera con Alemania. No obstante, probablemente habría seguido existiendo una Polonia truncada, del mismo modo que después de su derrota en junio de 1940 se iba a permitir a Francia existir en la forma de la Francia de Vichy. Sin embargo, el 17 de septiembre el gobierno polaco huyó repentinamente a la vecina Rumanía, un país neutral, y a hacerlo dejó de existir porque, según el derecho internacional, mientras duren las hostilidades se debe encarcelar no sólo al personal militar sino también a los miembros del gobierno de un país en guerra al entrar en un país neutral. Fue un acto irresponsable e incluso cobarde que tuvo unas consecuencias nefastas para el país. Sin un gobierno Polonia degeneró en una especie de tierra de nadie (en una terra nullius, por utilizar la terminología jurídica) en la que los conquistadores alemanes podían hacer lo que quisieran ya que no había nadie con quien negociar acerca del destino del derrotado país.

Esta situación también dio a los soviéticos el derecho a intervenir. Los países vecinos pueden ocupar una potencialmente anárquica terra nullius; es más, si los soviéticos no hubieran intervenido, sin duda los alemanes habrían ocupado cada centímetro cuadrado de Polonia, con todas las consecuencias que ello habría supuesto. Esta es la razón por la que el mismo 17 de septiembre de 1939 el Ejército Rojo se adentró en Polonia y empezó a ocupar la parte oriental del país, la antes mencionada “Polonia Oriental”. Se evitó el conflicto con los alemanes porque ese territorio pertenecía a la esfera de influencia soviética establecida en el Pacto Ribbentrop-Molotov. Las tropas alemanas que habían penetrado al este de la línea de demarcación tuvieron que retirarse para dar paso a los hombres del Ejército Rojo. Dondequiera que los militares soviéticos y alemanes entraron en contacto se comportaron correctamente y respetaron el protocolo tradicional, lo que a veces implicaba algún tipo de ceremonia, aunque nunca hubo ningún “desfile de la victoria” conjunto.

Como su gobierno se había esfumado, se podría decir que las fuerzas armadas polacas que siguieron ofreciendo resistencia quedaron degradadas al nivel de irregulares, de partisanos, expuestas a todos los riesgos que conlleva dicho papel. La mayoría de las unidades del ejército polaco se dejaron desarmar y encarcelar por el recién llegado Ejército Rojo, pero a veces se ofreció resistencia, por ejemplo por parte de tropas comandadas por oficiales hostiles a los soviéticos. Muchos de estos oficiales habían servido en la guerra ruso-polaca de 1919-1921 y supuestamente habían cometido crímenes de guerra, como ejecutar a prisioneros de guerra. Se reconoce ampliamente que estos hombres fueron liquidados posteriormente por los soviéticos en Katyn y otros lugares (aunque recientemente han surgido dudas respecto a Katyn. El libro de Grover Furr, The Mystery of the Katyn Massacre, analiza detalladamente este tema).

Los soviéticos encarcelaron a muchos soldados y oficiales polacos según las normas del derecho internacional. En 1941, después de que la Unión Soviética se involucrara en la guerra y, por tanto, ya no estuviera sujeta a las normas que rigen la conducta de los neutrales, estos hombres fueron trasladados a Gran Bretaña (a través de Irán) para luchar contra la Alemania nazi al lado de los aliados occidentales. Entre 1943 y 1945 iban a contribuir de forma fundamental a la liberación de una parte considerable de Europa Occidental (a los militares polacos que cayeron en manos de los alemanes les tocó una suerte mucho más trágica). Entre quienes se habían beneficiado de la ocupación por parte de los soviéticos de los territorios orientales de Polonia también se incluían los habitantes judíos, que fueron trasladados al interior de la Unión Soviética de modo que se libraron del destino que les habría esperado si todavía estuvieran en sus shtetls* cuando los alemanes llegaron allí como conquistadores en 1941. Muchos de ellos sobrevivieron a la guerra y después iban a empezar una nueva vida en Estados Unidos, Canadá y, por supuesto, Israel.

La ocupación de “Polonia Oriental” se llevó a cabo correctamente, esto es, según las normas del derecho internacional, de modo que esta acción no constituye un “ataque” a Polonia, como lo han presentado muchos historiadores (y políticos) y desde luego tampoco constituye un ataque en colaboración con un “aliado” nazi alemán. La Unión Soviética no se convirtió en aliada de la Alemania nazi al cerrar un pacto de no agresión con ella ni se convirtió en aliada debido a su ocupación de “Polonia Oriental”. Hitler había tolerado esa ocupación, pero sin duda habría preferido que los soviéticos no intervinieran en absoluto de modo que así se habría podido apoderar de toda Polonia. En Inglaterra Churchill dio públicamente su aprobación a la iniciativa soviética del 17 de septiembre precisamente porque impedía a los nazis ocupar toda Polonia. El hecho de que esta iniciativa no constituyera un ataque y, por consiguiente, no fuera un acto de guerra contra Polonia también quedó claro gracias al hecho de que Gran Bretaña y Francia, aliados formales de Polonia, no declararon la guerra a la Unión Soviética, como sin duda habrían hecho de no haber sido así. Y la Liga de las Naciones no impuso sanciones a la Unión Soviética, que es lo que habría ocurrido si lo hubiera considerado un verdadero ataque contra uno de sus miembros.

Desde el punto de vista soviético, la ocupación de la parte oriental de Polonia significaba recuperar parte de su propio territorio, perdido debido al conflicto ruso-polaco de 1919-1921. Es cierto que Moscú había reconocido esta pérdida en el Tratado de Paz de Riga que puso fin a esta guerra en marzo de 1921, pero Moscú había seguido buscando una oportunidad de recuperar “Polonia Oriental” y en 1939 esta oportunidad se materializó y fue aprovechada. Se puede estigmatizar a los soviéticos por ello, pero en ese caso también se debe estigmatizar a los franceses, por ejemplo, por recuperar Alsacia y Lorena al final de la Primera Guerra Mundial ya que París había reconocido la pérdida de ese territorio en el Tratado de Paz de Frankfurt que había puesto fin a la guerra franco-prusiana de 1870-1871.

Más importante es el hecho de que la ocupación (o liberación, recuperación, restablecimiento o como se quiera denominar) de “Polonia Oriental” proporcionó a la Unión Soviética una baza extraordinariamente útil, que en la jerga de la tecnología militar se denomina “glacis”, esto es, un espacio abierto que tiene que cruzar un atacante antes de llegar al perímetro defensivo de una ciudad o fortaleza. Stalin sabía que a pesar del pacto tarde o temprano Hitler iba a atacar la Unión Soviética y, de hecho, este ataque tuvo lugar en junio de 1941. En aquel momento las huestes ejército de Hitler tuvieron que emprender su ataque desde un punto de partida mucho más alejado de las ciudades importantes del centro de la Unión Soviética de lo que habría sido el caso en 1939, cuando Hitler ya estaba ansioso por iniciar ese ataque. En virtud del pacto el punto de partida para la ofensiva nazi de 1941 estaba a varios cientos de kilómetros más al oeste y, por tanto, a una distancia mucho mayor de los objetivos estratégicos situados en el interior de la Unión Soviética. En 1941 las fuerzas alemanas llegarían a un paso de Moscú y eso significa que de no existir el pacto sin duda habrían tomado la ciudad, lo que podría haber hecho capitular a los soviéticos.

Gracias al Pacto Ribbentrop-Molotov Pact la Unión Soviética no solo ganó un espacio valioso sino también un tiempo valioso, esto es, el tiempo extra que necesitaba para prepararse para un ataque alemán que en un principio se había programado para 1939 pero se tuvo que posponer hasta 1941. Entre 1939 y 1941 se trasladó al otro lado de los montes Urales gran parte de una infraestructura extraordinariamente importante, sobre todo las fábricas que producían todo tipo de material de guerra. Además, en 1939 y 1940 los soviéticos tuvieron la oportunidad de observar y estudiar la guerra que asolaba Polonia, Europa Occidental y otros lugares, y de aprender así importantes lecciones acerca del estilo de guerra ofensiva alemana, moderno, motorizado y “rápido como un rayo”, el Blitzkrieg. Por ejemplo, los estrategas soviéticos aprendieron que concentrar el grueso de las propias fuerzas armadas con propósito defensivo justo en la frontera sería fatal y que solo una “defensa en profundidad” ofrecía la posibilidad de detener la apisonadora nazi. Gracias, entre otras cosas, a las lecciones así aprendidas la Unión Soviética lograría, es cierto que con grandes dificultades, sobrevivir al embate nazi de 1941 y finalmente ganar la guerra a este poderoso enemigo.

Para poder defender mejor Leningrado, una ciudad que tenía industrias de armamento vitales, en otoño de 1939 la Unión Soviética propuso a la vecina Finlandia intercambiar territorios, un acuerdo que habría llevado la frontera entre ambos países lejos de aquella ciudad. Finlandia, aliada de la Alemania nazi, se negó pero por medio de la “guerra de invierno” de 1939-1940 Moscú consiguió finalmente modificar la frontera. Debido a ese conflicto, que equivalía a una agresión, la Liga de las Naciones excomulgó a la Unión Soviética. En 1941, cuando los alemanes atacaron la Unión Soviética ayudados por los finlandeses y asediaron Leningrado durante varios años, ese ajuste de fronteras iba a permitir a la ciudad sobrevivir a esta dura prueba.

No fueron los soviéticos, sino los alemanes quienes tomaron la iniciativa de las negociaciones que finalmente produjeron el pacto. Lo hicieron porque esperaban sacar ventaja de ello, una ventaja temporal aunque muy importante, esto es, la neutralidad de la Unión Soviética mientras la Wehrmacht [el ejército nazi] atacaba primero Polonia y después Europa Occidental. Pero la Alemania nazi también obtuvo un beneficio adicional del acuerdo comercial que iba asociado al pacto. El Reich sufría una penuria crónica de todo tipo de materias primas estratégicas y esta situación amenazaba con convertirse en catastrófica cuando, como era de esperar, una declaración de guerra británica llevara a que la Marina Real bloqueara Alemania. La entrega por parte de los soviéticos de productos como petróleo, tal como estipulaba el acuerdo, neutralizó este problema. No está claro hasta qué punto fueron realmente decisivas esas entregas, especialmente las de petróleo: según algunos historiadores, no muy importantes; según otros, extremadamente importantes. En todo caso, la Alemania nazi siguió siendo muy dependiente del petróleo importado (en su mayoría a través de puertos españoles) de Estados Unidos, al menos hasta que el Tío Sam entró en guerra en diciembre de 1941. En verano de 1941 decenas de miles de aviones, tanques, camiones y otras máquinas de guerra nazis que participaron en la invasión de la Unión Soviética seguían siendo muy dependientes del combustible suministrado por empresas petroleras estadounidenses.

Aunque no está claro hasta qué punto era importante para la Alemania nazi el petróleo suministrado por los soviéticos, es cierto que el pacto exigía a la parte alemana corresponder suministrando a los soviéticos productos industriales terminados, incluido equipamiento militar de vanguardia, que el Ejército Rojo utilizó para mejorar sus defensas contra un ataque alemán que esperaban tarde o temprano. Esto preocupaba mucho a Hitler que, por lo tanto, estaba deseando emprender su cruzada antisoviética lo antes posible. Decidió hacerlo a pesar de que Gran Bretaña estaba lejos de ser descartada después de la caída de Francia. Por consiguiente, en 1941 el dictador alemán iba a tener que emprender el tipo de guerra en dos frentes que en 1939 esperaba evitar gracias a su pacto con Moscú y se iba a enfrentar a un enemigo soviético que se había vuelto mucho más fuerte de lo que era en 1939.

Stalin firmó un pacto con Hitler porque los artífices del apaciguamiento en Londres y París rechazaron todas las ofertas soviéticas de formar un frente común contra Hitler. Y los apaciguadores rechazaron estas ofertas porque esperaban que Hitler fuera hacia el este y destruyera a la Unión Soviética, un trabajo que esperaban facilitar ofreciéndole un “trampolín” en la forma del territorio checoslovaco. Es prácticamente seguro que sin el pacto Hitler habría atacado a la Unión Soviética en 1939. Sin embargo, debido al pacto Hitler tuvo que esperar dos años antes de poder emprender por fin su cruzada antisoviética, lo que proporcionó a la Unión Soviética un tiempo y espacio adicionales que permitieron mejorar sus defensas lo suficiente para sobrevivir al embate cuando en 1941 Hitler finalmente mandó sus perros de guerra hacia el este. El Ejército Rojo sufrió terribles pérdidas, pero finalmente logró detener al gigante nazi. Sin este éxito soviético, un logro que el historiador Geoffrey Roberts calificó de “la mayor hazaña bélica de la historia mundial”, Alemania muy probablemente habría ganado la guerra porque habría logrado el control de los campos de petróleo del Cáucaso, de las ricas tierras agrícolas de Ucrania y de muchas otras riquezas del vasto territorio de los soviéticos. Ese triunfo habría transformado a la Alemania nazi en una superpotencia inexpugnable, capaz de emprender incluso guerras a largo plazo contra cualquiera, incluida una alianza anglo-estadounidense. Una victoria sobre la Unión Soviética habría dado a la Alemania nazi la hegemonía de Europa. Hoy la segunda lengua del continente no sería el inglés, sino el alemán, y en París los hombres vestidos a la última moda se pasearían por los Campos Elíseos enfundados en [pantalones] Lederhosen**.

Por consiguiente, sin el Pacto nunca habría tenido lugar la liberación de Europa, incluida la liberación de Europa Occidental, por parte de los estadounidenses, británicos, canadienses, etc. Polonia no existiría, las y los polacos serían Untermenschen***, siervos de colonos “arios” en un Ostland**** germanizado que se extendería desde el Báltico hasta los Cárpatos o incluso hast a los Urales. Y un gobierno polaco nunca habría ordenado destruir los monumentos en honor del Ejército Rojo, como ha hecho hace poco, no solo porque no existiría Polonia y, por lo tanto, tampoco un gobierno polaco, sino porque el Ejército Rojo nunca habría liberado Polonia y aquellos monumentos nunca se habrían erigido.

La idea de que el Pacto Hitler-Stalin desencadenó la Segunda Guerra Mundial es peor que un mito, es una mentira descarada. La verdad es lo contrario: el pacto fue la condición previa para el feliz resultado del Armagedón de 1939-1945, esto es, la derrota de la Alemania nazi.

Jacques R. Pauwels es un historiador y escritor de origen belga que reside en Canadá. Es investigador del Centre for Research on Globalization (CRG). Su último libro es The Great Class War: 1914-1918. De este autor está traducido al castellano, por José Sastre, su obra El mito de la guerra buena: EE.UU en la Segunda Guerra Mundial, Hondarribia, Hiru, 2002.

Notas de la traductora:

* Un shtetl (“poblado” en yidis) era una villa o pueblo con una numerosa población de judíos en Europa Oriental y Central antes del Holocausto.

** Los Lederhosen son unos pantalones de cuero, largos o cortos, típicos de Baviera (Alemania), Austria y en la región autónoma italiana de Trentino-Alto Adigio. Originalmente era un traje típico de la región de los Alpes.

*** Untermensch (“subhumano”, en alemán) es un término empleado por la ideología nazi para referirse a lo que consideraba “personas inferiores”, particularmente a las masas del Este, es decir, judíos, gitanos y pueblos eslavos, principalmente polacos, serbios y más tarde también rusos.

**** Ostland era la unidad administrativa territorial que agrupaba varios países y regiones ocupados por la Alemania nazi en Europa del Este durante la Segunda Guerra Mundial y comprendía los países bálticos (Estonia, Letonia y Lituania), varias regiones del este de Polonia y zonas occidentales de Bielorrusia, Ucrania y Rusia que hasta entonces se encontraban bajo el control o soberanía de la Unión Soviética.

Fuente: http://www.globalresearch.ca/hitler-stalin-pact-august-23-1939/5687021

sábado, 20 de julio de 2019

Tratado de Rapallo (1922)

Para otros usos de este término, véase Tratado de Rapallo.
El Tratado de Rapallo fue un tratado de amistad y cooperación entre la RSFS de Rusia y Alemania, firmado en la localidad italiana de Rapallo respectivamente por Georgi Chicherin, ministro de Relaciones Exteriores de la Unión Soviética y Walther Rathenau, ministro alemán de Relaciones Exteriores, el 16 de abril de 1922.

Contexto histórico
Tras la consolidación de la República de Weimar era evidente que el gobierno alemán ansiaba establecer relaciones económicas con algún país de Europa también marginado por los vencedores de la Primera Guerra Mundial y la aún joven Rusia Soviética parecía la opción más viable, aun cuando los líderes políticos de la República de Weimar habían aplastado violentamente todo intento del Partido Comunista de Alemania para tomar el poder.

Al mismo tiempo, los dirigentes soviéticos estaban deseosos de establecer relaciones económicas y diplomáticas con otros países de Europa, pero la intervención franco-británica de la guerra civil rusa había generado mucha desconfianza mutua entre los vencedores de la Primera Guerra Mundial y el gobierno comunista.

Otras potencias económicas, Japón y los Estados Unidos, tampoco eran fácilmente aceptables para romper el aislamiento pues no solo también habían participado en la intervención extranjera en Rusia sino que Japón aún era un rival político y económico de la RSFS de Rusia en Siberia, mientras que EE. UU. estaba geográficamente muy distante de los principales centros de industria y población soviéticas. Ante ello, la derrotada Alemania era el candidato más idóneo para iniciar la ruptura del aislamiento soviético.

Firma del Tratado
Cuando las potencias vencedoras del Tratado de Versalles determinaron establecer el nuevo esquema económico y monetario de Europa tras la Gran Guerra, aprovecharon también para plantear sus relaciones internacionales con la Rusia bolchevique, ya consolidada tras su total victoria en la guerra civil rusa, y efectuar sus reclamos por las deudas del Imperio ruso no reconocidas por el nuevo régimen comunista, así como por los daños sufridos por empresas extranjeras durante las nacionalizaciones ejecutadas por el gobierno soviético.

Para esto se realizó la Conferencia de Génova del 10 de abril al 22 de mayo de 1922 en la ciudad italiana de Génova, donde los diplomáticos de la RSFS de Rusia y de Alemania realizaron algunos acercamientos en los meses previos para romper su mutuo aislamiento. Cuando se reunieron en Génova, los delegados soviéticos y alemanes que quedaban fuera de las negociaciones entre los vencedores de la Primera Guerra Mundial decidieron acudir al cercano balneario de Rapallo para terminar de acordar los puntos del tratado por el cual normalizaban sus relaciones.

Por el tratado, ambos países establecieron relaciones diplomáticas, renunciaron a toda reparación de guerra, renunciaron a las reclamaciones mutuas sobre derechos de sus ciudadanos domiciliados en sus respectivos países, y se comprometieron a desarrollar la cooperación económica bilateral, atendiendo a sus necesidades especiales. Alemania renunció también a reclamar los créditos concedidos en el pasado a Rusia, a cambio de obtener en la práctica el monopolio de la transferencia tecnológica para el aprovechamiento para la industria soviética. La gran importancia del Tratado de Rapallo fue que puso fin al aislamiento que soportaban ambos países después del Tratado de Versalles y constituyó un serio fracaso diplomático para Francia y Reino Unido, que deseaban mantener las relaciones con la Rusia soviética en el nivel más bajo posible, pero que en simultáneo ansiaban evitar que la República de Weimar realizara alianzas internacionales.

Una cláusula secreta permitió a Alemania entrenar a sus tropas en el territorio soviético y construir en Rusia las armas prohibidas por el Tratado de Versalles. De hecho, la Reichswehr alemana se hallaba limitada en la posesión de armas modernas como tanques y cañones de largo alcance, no podía poseer aviación de combate ni un número de efectivos mayor a los 100 000 hombres. No obstante, al quedar Rusia excluida de los acuerdos de Versalles, el Ejército Rojo se había desarrollado sin más limitaciones que las impuestas por su aislamiento tecnológico.

No obstante, el Tratado de Rapallo permitió al gobierno alemán enviar misiones militares de la Reichswehr a la URSS y aprovechar así las prácticas del Ejército Rojo con tanques y aviación, llegando al extremo que la Reichswehr inclusive poseía un aeródromo de entrenamiento propio en la localidad soviética de Lípetsk. Por su parte, el Ejército Rojo se beneficiaba de los conocimientos tecnológicos alemanes, tanto de los desarrollados por los propios veteranos de la Reichswehr como de los obtenidos por Alemania en sus contactos con el resto de Europa, manteniéndose actualizado en cuanto a avances bélicos.

Henry Kissinger(*), en su obra Diplomacia (1994), declara:

Después de la primera semana de conferencia, a Alemania y a la Unión Soviética les preocupaba que se les enfrentara entre sí. Cuando uno de los ayudantes de Chicherin telefoneó a la delegación alemana (...) los alemanes no lo pensaron dos veces. (...) Ambos ministros de Exteriores no tardaron en redactar un acuerdo en que Alemania y la Unión Soviética establecían plenas relaciones diplomáticas, renunciaban a sus reclamaciones mutuas y se otorgaban, a la recíproca, la condición de nación más favorecida. (...) Al cabo de un año, Alemania y la Unión Soviética estaban negociando en secreto acuerdos de cooperación militar y económica. (...) el acuerdo de Rapallo (...) simbolizó un interés común que siguió acercando a los gobernantes soviéticos y alemanes durante el resto del período de entreguerras. (...) Lloyd George observaría, muchos años después: «Si Rapallo no hubiese existido, no habría habido Ruhr.» Pero también es cierto que si Gran Bretaña hubiese estado dispuesta a ofrecer garantías de seguridad a Francia, ésta no habría tomado una medida tan desesperada como ocupar la zona industrial de Alemania. Si Francia se hubiese mostrado más flexible en las cuestiones de las indemnizaciones y del desarme Gran Bretaña habría sido más accesible a la cuestión de la alianza... (...) Desde luego, la pesadilla máxima de Stalin era una coalición de todos los países capitalistas que atacaran simultáneamente a la Unión Soviética. En 1927, Stalin describió la estrategia soviética de igual manera que lo había hecho Lenin un decenio antes: «[...] mucho [...] depende de si logramos diferir la guerra inevitable con el mundo capitalista [...] hasta el momento [...] en que los capitalistas empiecen a luchar entre sí [...]» Para favorecer esta perspectiva, la Unión Soviética había firmado el acuerdo de Rapallo con Alemania en 1922 y el Tratado de Neutralidad de Berlín en 1926, que renovó en 1931, prometiendo explícitamente mantenerse al margen de una guerra capitalista.

Henry Kissinger, Diplomacia (1994). Pido disculpas por citar a este personaje, ya Manuel Vázquez Montalván, nos previno reiteradamente contra él.

1​ Referencias

https://es.wikipedia.org/wiki/Tratado_de_Rapallo_(1922) P. D.: Este tratado lo traigo a colación como ejemplo de colaboración entre dos países muy diferentes y distantes. Los hombres, y la izquierda, puede plantearse colaborar con estados, sociedades, situaciones y personajes muy distintos entre si, es la esencia de la política.

miércoles, 5 de diciembre de 2018

_- Entrevista al periodista Rafael Poch de Feliu. “La izquierda debe salir de esa cárcel conceptual en la que está metida”.

_- ¿En qué situación se encuentra la Unión Europea en esta coyuntura mundial de ‘cambio’ y ‘desorden’? ¿Qué papel juega en este tránsito tras la Guerra Fría de un mundo unipolar -con una potencia hegemónica- a otro multipolar?
La crisis que parece desintegradora de la UE, la sensación de que cada vez está más dividida entre los intereses y tendencias del Norte y del Sur, del Este y del Oeste, de Francia y Alemania, así como de algunas regiones, con el resultado de una parálisis fenomenal, ejemplariza, precisamente, ese desorden más general y forma parte de él. En esas condiciones se está mostrando completamente incapaz de configurarse como actor autónomo, como uno de esos actores de ese “mundo multipolar”, con varios centros de decisión que teóricamente sería la alternativa al hegemonismo de una sola potencia que se resiste a morir. La UE cada vez sale menos en la foto del mundo de mañana. Hasta ahora solo la hemos visto en el papel del “ayudante del sheriff”. Su vasallaje de Estados unidos no tiene precedentes. Recordemos la guerra de Vietnam; ni siquiera el Reino Unido envió allí tropas, algunos gobiernos -el de Olof Palme en Suecia- se enfrentaron a Washington y toda Europa era un mar de crítica. Ahora, todos están en Afganistán, una guerra criminal y sin sentido imposible de ganar, casi todos han pasado por Irak y nadie levanta la voz…

Con la segunda guerra de Irak hubo aquel pequeño plante de Francia y Alemania en 2003, pero más allá de eso hubo, como ahora se sabe, una plena cooperación a nivel de servicios secretos y demás. En Libia la iniciativa fue francesa, seguramente para borrar los rastros de la financiación de la campaña de Sarkozy. Luego hemos tenido el caso del espionaje de la NSA a sus aliados y a todo el mundo. En Berlín el teléfono de Merkel se espía desde la embajada de Estados Unidos, a menos de un kilómetro de la cancillería. En París la embajada es el edificio contiguo al Elíseo…Todo esto es del dominio público, ha generado documentos gracias a los Snowden y Assange, los héroes de nuestro tiempo que diría Lérmontov, y no ha pasado nada. Ahora Trump, el presidente broncas, está trabajando activamente para emancipar a la UE de esas tutelas. Todo está resquebrajado y Trump aun lo tritura más; el G-7, la OMC, la OTAN, la OPEP, hay que darle las gracias a Trump por ello, pero no parece que la UE esté en posición de sacar provecho… Así que la Unión Europea, a la que se daba como seguro poder ascendente, está sumida en una seria y paralizante crisis desintegradora pero no es el único aspirante a un papel en el mundo multipolar que se encuentra en esa situación.

Los avances de América Latina sacudiéndose gran parte del tradicional tutelaje del vecino del norte conocen inquietantes reacciones en países clave como Brasil, Argentina y la caótica Venezuela chavista, que cometió, a diferencia de la Rusia de Putin, el imperdonable delito de repartir entre los pobres renta petrolera. Es cierto que un país tan importante como México ha conocido un cambio con la holgada victoria de López Obrador, pero el nuevo presidente no parece tener propósitos de encabezar un liderazgo hacia la soberanía continental semejante a los de Lula y Chávez en la década anterior. Oriente Medio está más desorganizado y tenso que nunca, con la novedad de que ninguna potencia externa –y desde luego tampoco Estados Unidos gran factor de caos allá– es capaz de intervenir con eficacia determinando el curso de los acontecimientos. Rusia se ha restablecido militarmente, pero en todo lo demás, en su estructura económica y en su régimen político, sigue siendo un país atrasado. Y en Asia, más allá de la evidencia del ascenso chino, son fundadas las dudas de que ese paquidermo llamado Organización de Cooperación de Shanghai pueda llegar a bailar un vals y ser verdaderamente operativo en la esfera internacional… Así que podemos concluir que la tendencia mundial, la evolución de la correlación de fuerzas entre potencias y regiones, erosiona ciertamente al hegemonismo, pero, que al mismo tiempo, los aspirantes al relevo multipolar, quizá con la excepción de China, están bastante averiados.

La Unión Europea se ha convertido en una construcción oligárquica y antidemocrática que poco o nada tiene que ver con los teóricos principios fundacionales. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí?
Aclaremos primero eso de los “principios fundacionales”. La integración europea fue, sin duda, un producto de la guerra fría. Como explicaba Eric Hobsbawm, el proyecto evidenciaba la fuerza del miedo que mantenía unida a la alianza antisoviética: miedo a la URSS, pero también miedo de Francia a Alemania, de Alemania a una condena eterna a la falta de soberanía, y miedo de ambos a Estados Unidos, a la certeza de que Washington ponía siempre su propia agenda por delante de los intereses de sus aliados europeos. En cualquier caso, todo venía cosido por (y no habría sido posible sin) la convicción de Estados Unidos de que una Europa (lo mismo vale para Japón) económicamente fuerte e integrada, era la mejor estrategia para la “contención” contra la URSS. En ese marco, lo único que les quedaba a los franceses era vincularse con Alemania en un cuadro superior de integración que imposibilitara el conflicto. De ahí sale el proyecto francés de Unión Europea. Ese impulso de paz continental es positivo y hay que cuidarlo, pero sin idealizar todo eso del “continente de paz”, porque no se puede olvidar la guerra incesante que esa Europa ha venido practicando en el mundo no europeo y colonial después de la Segunda guerra mundial, por no hablar de la desintegración inducida de Yugoslavia, del actual conflicto en Ucrania, ambos con claras responsabilidades de la UE, y del papel de “ayudante del sheriff”. Ese es el “continente de paz” realmente existente. Dicho esto, particularmente desde Maastricht ésta UE ha sido, ciertamente, la autopista de la globalización oligárquica y neoliberal en esta parte del mundo.

¿Cómo hemos llegado?
Pues sin la menor democracia: se ha ido construyendo un corsé de tratados e instituciones a cargo de funcionarios y organismos al servicio del interés empresarial, con gran peso de la economía exportadora alemana, que ha encerrado a los estados y a las ciudadanías en una especie de cárcel.

Esta última década, o mejor dicho desde 1992, cuando la gente ha podido votar sobre diferentes aspectos en referéndum, los postulados del establishment han sido derrotados, desde el Brexit a Grecia, pasando por la ratificación/rechazo de los diferentes Tratados de la Unión.

¿Tiene futuro una Unión que se construye continuamente en contra de la opinión mayoritaria de la gente?
Todo menos el Brexit ha sido ignorado. Los marcos de la soberanía y de la democracia son estatales. La ciudadanía es estatal, no existe el “pueblo europeo”, sino la suma de los pueblos español (multinacional), francés, alemán, polaco, etc. Sin embargo todo se decide en instancias tecnocráticas que están por encima de la soberanía y de la democracia, inalcanzables para la ciudadanía. “No hay democracia fuera de los tratados europeos”, dijo Jean-Claude Juncker hace año y medio. ¿Tiene futuro esto? Yo creo que depende de la gente, de su acción en los estados nacionales. No creo en una “rebelión europea” a la Varufakis, sino en la suma de transformaciones en los Estados, porque es en ellos donde está el marco ciudadano.

Con alguna excepción, la izquierda europea es incapaz de ofrecer una alternativa real que haga frente al actual estatus-quo. ¿Qué responsabilidad tiene la izquierda en esta situación?

En general la izquierda en Europa no cuestionó la integración europea, cultivó el mito del “continente de paz” por miedo al nacionalismo y quedó prisionera de su marco, es decir de la versión local de la globalización capitalista neoliberal “made in USA”. Ahora asiste al espectáculo de que el grueso de la rebelión contra el orden establecido lo capitaliza la extrema derecha. Supongo que la izquierda debería dar una patada a la puerta de esa cárcel conceptual en la que está metida y debería reivindicar el soberanismo para cambiar las cosas en cada país y luego en la Unión Europea. Algo de eso está pasando en Francia con la France Insoumise de Jean-Luc Melenchon y en Alemania con el recién creado movimiento Aufstehen, iniciativa de Oskar Lafontaine, el político europeo de izquierdas más sólido, desgraciadamente en vías de retiro…En España estamos retrasados en ese debate. En Catalunya en lugar de desembocar en la extrema derecha el descontento ha desembocado en la payasada del “procés” y se ha perdido gran parte del positivo impulso del 15-M.

¿Por qué se siguen aplicando recetas capitalistas neoliberales que no funcionan y que tienen graves consecuencias para la mayoría de la gente? ¿Hay condiciones objetivas para construir una alternativa real de izquierdas que haga de contrapeso a quienes imponen estas políticas, tal y como las había para el llamando ‘mundo occidental’ cuando existía la URSS?
Esas recetas funcionan perfectamente para lo que fueron diseñadas: engordar a los ricos, maximizar el beneficio e incrementar la explotación vía deslocalización, privatización, desregularización y emigración de mano de obra. Hasta que la mayoría social perjudicada no les dé un puñetazo en el morro no se inmutarán. Fue el miedo a la insurrección y a la inestabilidad lo que impuso el estado social en Europa tras el shock de la Segunda guerra mundial. Claro, el adversario soviético y su tan poco atractivo modelo, también influyó. Desde el hundimiento del bloque del Este se sienten más fuertes y además con la integración de todo aquello en la economía mundial y el ingreso de India y China en ella, se ha duplicado el número de obreros en el mundo, añadiendo unos 1.400 millones más. La correlación de fuerzas entre capital y trabajo ha cambiado en beneficio del primero. ¿Cómo modificar todo esto en un sentido de mayor justicia social? ¿Cómo crear una fuerza que asuste tanto que obligue a imponer reformas sociales? Son preguntas enormes cuya respuesta está en la historia de la humanidad.

Mientras tanto la extrema derecha está creciendo en los diferentes procesos electorales. ¿Cuáles son los motivos? ¿Hasta qué punto influye la inmigración -o, mejor dicho, la gestión que se está haciendo de este tema?
Desde finales del siglo XX, una creciente desigualdad territorial y social, crisis y conflictos, así como la circulación de la información que estimula la comparación y las ganas de irse, aceleraron y mundializaron las emigraciones. Una encuesta realizada en 2014 por la OIT en 150 países, sugiere que más de una cuarta parte de los jóvenes de la mayoría de las regiones del mundo quiere residir permanentemente en otro país. Nada más comprensible en un planeta en el que 1.200 millones de personas viven en la extrema pobreza y donde a una quinta parte de la población le corresponde sólo el 2% del ingreso global, mientras el 20% más rico concentra el 74% de los ingresos. El vector de esta política apunta hacia una división del mundo en dos categorías, dos castas geográfico-sociales, en la que el estrato superior que podría implicar al 20% de la población del planeta podría vivir en un cuadro de relativa distribución, suficiente para generar un consenso y una fuerza militar capaz de mantener al 80% restante en una posición totalmente subyugada y paupérrima. Evocando este escenario, el sociólogo Immanuel Wallerstein observa con razón que, “el orden mundial que Hitler tuvo en mente no era muy diferente”.

El actual flujo migratorio hacia esta Unión Europea de 500 millones de habitantes es insignificante, pero el futuro y el calentamiento global cambiarán las cosas. Lo que hemos visto hasta ahora ha bastado para cambiar la geografía política de algunos países en beneficio de la extrema derecha. Para la izquierda el problema es irresoluble si no se enmarca en una acción general de transformación del mundo, sin una acción antibelicista, contra el comercio injusto, contra el crecimiento y por el multilateralismo en las relaciones internacionales. Encerrarse en el feliz mundo “sin fronteras” y en el “open arms” que nos vendieron los gringos junto con su globalización, un mundo en el que los estados son sustituidos por ONG´s y la política por la manipulable ideología de los derechos humanos, equivale a practicar una caridad que hace la cama a la ultraderecha. Pero,

¿cómo meter todo esto en un programa y al mismo tiempo evitar el escándalo de las muertes en el Mediterráneo?
Llevas tiempo denunciando la deriva militarista de la Unión Europea y su estrategia de búsqueda de culpables para explicar su fracaso. Rusia es un claro ejemplo. Salvando las distancias y dejando claro que todas las comparaciones son odiosas, ¿estamos ante una nueva ‘Guerra Fría?

Durante 25 años, occidente estuvo metiéndole el dedo en el ojo al oso ruso. La cosa funcionó mientras la clase dirigente rusa se dedicó a la gran juerga de privatizar y enriquecerse, pero pasado eso, a partir de 2008, el oso lanza zarpazos cuando le atosigan y además se ha crecido militarmente. El problema es que Occidente no acepta la recuperación del oso y así hemos llegado a esta segunda guerra fría sin justificación ideológica, pues ya no hay diferencias ni enfrentamientos entre sistemas socioeconómicos. En esta dialéctica la UE en crisis desintegradora encuentra un enemigo hacia el que dirigir su fracaso, mientras que Rusia asume grandes riesgos porque si vuelve a ser humillada su régimen podría hundirse como un castillo de naipes. La situación es particularmente peligrosa porque Estados Unidos fue destruyendo y retirándose de los acuerdos que ordenaban y prevenían desastres nucleares durante la guerra fría y hoy apenas hay canales. Eso hace más imprevisibles posibles incidentes, en el Báltico, Ucrania o Siria, que impliquen a los ejércitos de las potencias nucleares que allí están en contacto. Una solución sería volver a los documentos de 1990 (La Carta de París de la OSCE) sobre seguridad en Europa, que prometían un esquema de seguridad integrado, sin perjuicio de la seguridad del otro, en el continente. La OTAN violó aquello. Todo lo demás, incluida la actual chulería militar rusa, es consecuencia.

La victoria de Trump supone la victoria de la política del ‘Me first’. Trump ha declarado una guerra comercial a los ‘competidores’ de Estados Unidos. ¿Qué consecuencias puede tener esta guerra comercial, tanto a nivel global -postura de China, potencia emergente- como de la UE?
Trump llegó a la Casa Blanca en ese momento. Su “America First” combinaba un refuerzo del proteccionismo desmarcado del discurso liberal con cierta idea de una administración tripartita de los asuntos mundiales en rivalidad con China y Rusia. Trump partió del presupuesto de que el principal adversario de Estados Unidos a medio plazo era China e intentó repetir la jugada de Henry Kissinger de 1972, pero invirtiendo sus términos: si en la época de Nixon se trataba de llegar a acuerdos con China para confrontar a la URSS y alterar así la correlación de fuerzas en perjuicio de quien se consideraba enemigo principal, Trump deseaba un acuerdo con Rusia para debilitar a China.

Eso no va a funcionar, porque nadie se fía de Trump ni sabe cuanto va a durar en el cargo. Supongo que con los competidores europeos se llegará a acuerdos. El problema es con China, y no es comercial -porque el 40% de la exportación china al resto del mundo procede de multinacionales americanas y europeas instaladas en China- sino que tiene que ver el hecho de que el ascenso de China en el mundo solo puede ser detenido por la guerra. De momento guerra comercial, pero no olvidemos que ya con Obama se realizó el llamado “pivot to Asia”, es decir desplegar el grueso de la capacidad militar aeronaval de Estados Unidos alrededor de China. Pekín ha respondido con una estrategia comercial inclusiva, la llamada “nueva ruta de la seda”, pero también está dejando claro que no permitirá atropellos militares en sus fronteras. El actual fortalecimiento militar aeronaval de China en su frontera, en el Mar de China meridional, tiene por objetivo complicar para los militares de Estados Unidos cualquier posibilidad de victoria militar regional (que no global) en esa zona.

La “guerra comercial” forma parte de un pulso general contra el ascenso de China, cuya política internacional, hay que decirlo, no es militarista ni excluyente, sino más bien integradora y prudente.

Publicada por Gorka Quevedo en Alda, revista de ELA. Septiembre/octubre 2018.

Fuente:
https://rafaelpoch.com/2018/11/30/la-izquierda-debe-salir-de-esa-carcel-conceptual-en-la-que-esta-metida/amp/?__twitter_impression=true

lunes, 5 de noviembre de 2018

_- Occidente teme la resurrección de la Unión Soviética

_- AVN


Las naciones occidentales tienen el temor de que la Unión Soviética, disuelta en 1991, resucite. De allí las medidas hostiles que asoman hacia Rusia, consideró el presidente Vladimir Putin en una entrevista que concedió a la cadena rusa Rossiya1, versionada por HispanTV. Putin dejó claro que el miedo que existe en occidente, es que "tienen una mentalidad estancada en la era de la Guerra Fría". y expresó que nadie quiere creerles de que ellos no se proponen volver a crear a la Unión Soviética. A pesar de que los líderes occidentales creen en el sistema bipolar, este se ha derrumbado y en consecuencia, "hay que aceptar las nuevas realidades pero ellos no lo han hecho", cita HispanTV.

Y un ejemplo de ese temor occidental de la resurrección de la Unión Soviética -expuso el mandatario-puede ser la crisis de Ucrania y la injerencia estadounidense y sus aliados en el país europeo. Para la máxima autoridad de Rusia, no se trata de que Estados Unidos haya querido ayudar a los ucranianos, como suelen exponer, sino el temor a la resurrección de la URSS.

Recuerda HispanTV que el conflicto que se presentó en el este de Ucrania, intensificado posteriormente en 2014, hasta el momento ha dejado unas 8 mil personas muertas y 1.6 millones de seres desplazados internamente, de acuerdo a cifras que dio a conocer la Organización de las Naciones Unidas (ONU).

Finalmente, reseña HispanTV que las relaciones entre Rusia y Estados Unidos, se han deteriorado drásticamente y a niveles de la Guerra Fría, según analistas. Ambos países se acusan mutuamente, de haber generado la crisis ucraniana.

Fuente.
http://www.avn.info.ve/contenido/occidente-teme-resurrecci%C3%B3n-uni%C3%B3n-sovi%C3%A9tica

jueves, 9 de agosto de 2018

El Plan Barbarrosa. La madrugada de un 22 de junio a las 4 de la mañana de 1941, la Wehrmacht invadió la URSS

La madrugada de un 22 de junio

Rodolfo Bueno
Rebelión

El 1 de septiembre de 1939, la Wehrmacht, las Fuerzas Armadas de la Alemania Nazi, invadieron Polonia, dos días después Inglaterra y Francia le declararon la guerra a Alemania, estos hechos dieron inicio a la Segunda Guerra Mundial. La “Blitzkrieg” fue la estrategia de guerra que dio grandes éxitos a la Wehrmacht. Consistía en concentrar la mayor cantidad de fuerzas en zonas bastante estrechas del frente, con lo que adquiría absoluta mayoría, tanto de soldados como de instrumentos de guerra. Con la “Blitzkrieg”, la Wehrmacht penetraba profundamente en las líneas enemigas, bajaba en alto grado la moral combativa de sus adversarios, muchos de los cuales se rendían, presas del pánico. El Ejército Polaco fue derrotado en cinco semanas.

A partir del la derrota de Polonia se desarrolló entre octubre de 1939 hasta mayo de 1940, lo que se conoce con el nombre de “Guerra Boba”. El ejército anglo-francés, que no había hecho nada durante el ataque alemán a Polonia, siguió sin hacer nada mientras Alemania concentraba grandes cantidades de tropas en la frontera occidental de Francia y continuó sin hacer nada cuando Alemania, entre el 9 de abril y el 10 de mayo de 1940, se apoderó de Noruega, Dinamarca, Holanda, Belgica y Luxemburgo. El 14 de mayo, una hora después de la capitulación de Holanda, la aviación alemana bombardeó Rotterdam de manera injustificada, bárbara y sin ninguna razón de orden militar; el único propósito fue atemorizar a la población holandesa. Luego los tanques alemanes rompieron las líneas defensivas francesas, en la región de Sedan, y se precipitaron en dirección a occidente, el pánico se apoderó de las tropas francesas. El 18 de mayo el 9° ejército francés fue derrotado y su comandante capturado. El camino a la Mancha quedó abierto.

El 20 de mayo, las divisiones motorizadas alemanas llegaron a las costas de la Mancha. El 27 de mayo comenzó la evacuación de las fuerzas inglesas desde Dunquerke, que fue exitosa gracias a que las divisiones motorizadas comandadas por Kleist detuvieron su marcha. Este hecho tiene una explicación política, eliminada Francia, principal aliada de Inglaterra en el continente, Hitler esperaba ponerse de acuerdo con Gran Bretaña para lograr la creación de un frente común contra su principal enemigo, la Unión Soviética. Se cree que para esa negociación, Rudolf Hess, segundo hombre fuerte de Alemania, voló a Gran Bretaña y se arrojó en paracaídas cerca de la residencia de Lord Halifax. Buscaba contactos con Inglaterra para lograr la división de las esferas de influencia en el mundo.

La mañana del 14 de junio, las tropas nazis entraron en París y desfilaron por los Campos Elíseos. El Mariscal Petain formó un nuevo gobierno. El 17 de junio, Petain habló por la radio y pidió a los franceses cesar los combates. El 21 de junio de 1940, en el bosque de Campiegne, a unos 70 kilómetros de París, en el mismo vagón en el que 22 años atrás se habían rendido los alemanes a los franceses, bajo los acordes de “Deutschland Uber Alles”, Alemania sobre todos, y el saludo nazi hecho por Hitler, Francia se rindió a Alemania. A Francia le correspondería costear los gastos de ocupación y todo el potencial industrial francés: las fábricas de automotores, las de aviación y las de productos químicos, comenzaron a trabajar para las necesidades bélicas alemanas. Ahora, casi dueño de Europa, Hitler pudo lanzarse contra la URSS.

El 18 de diciembre de 1940, Hitler firmó la orden para desarrollar el Plan Barbarrosa. Este plan contemplaba la destrucción de la Unión Soviética en tres o cuatro meses, tenía las mismas características que tan buenos resultados le habían dado a Hitler en el resto de Europa y fue elaborado cuando Alemania, país altamente desarrollado, se había apoderado ya de los principales centros industriales europeos y poseía dos veces y media más recursos que la Unión Soviética; lo que la convertía en la más poderosa potencia imperialista del planeta. El alto mando alemán estaba tan seguro del éxito del Plan Barbarrosa que, para después de su cumplimiento, planeaban, a través del Cáucaso, la toma de Afganistán, Irán, Irak, Egipto y la India, donde las tropas alemanas planificaban encontrarse con las japonesas. Esperaban también que se les unieran España, Portugal y Turquía. Dejaron para después la toma de Canadá y EEUU, con lo que lograrían el dominio total del mundo.

No se cumplieron estas expectativas porque, a diferencia del resto de Europa, la Wehrmacht encontró en Rusia una resistencia no esperada, que los desesperó desde el inicio. El General Galdera, jefe de Estado Mayor de las tropas terrestres de Alemania, escribió: “los rusos siempre luchan hasta la última persona”. Por otra parte, desde el primer día de guerra, la población soviética se aglutinó bajo la consigna: “¡Todo para el frente, todo para la victoria!” Ningún soviético permaneció indiferente.

A las 4 en punto de la madrugada del 22 de junio de 1941, un ejército jamás visto por su magnitud, experiencia y poderío, se lanzó al ataque en un frente de más de 3.500 kilómetros de extensión, desde el mar Ártico, en el norte, hasta el mar Negro, en el sur. Era un total de 190 divisiones, cinco millones y medio de soldados, 4.000 tanques, 4.980 aviones y 192 buques de la armada nazi. El primer gran fracaso del Plan Barbarrosa se dio cuando la Wehrmacht no pudo desfilar el 7 de Noviembre de 1941 por la Plaza Roja de Moscú, tal cual lo habían planificado, sino que lo hizo el Ejército Soviético, para luego marchar directamente al frente de batalla.

Sobre la Batalla de Moscú, que se desarrollaría un mes después, el General Douglas Mac Arthur escribió en febrero del 1942: “En mi vida he participado en varias guerras, he observado otras y he estudiado detalladamente las campañas de los más relevantes jefes militares del pasado. Pero en ninguna parte había visto una resistencia a la que siguiera una contraofensiva que hiciera retroceder al adversario hacía su propio territorio. La envergadura y brillantez de este esfuerzo lo convierten en el logro militar más relevante de la historia”.

Los éxitos iniciales de las tropas hitlerianas obedecían a las ventajas que para ese entonces poseía Alemania sobre la URSS. Hitler era dueño de casi toda Europa, cerca de 6.500 centros industriales europeos trabajaban para la Wehrmacht. En sus fábricas laboraban 3'100.000 obreros extranjeros especializados. La economía de Alemania poseía dos veces y media más recursos que la Unión Soviética. Se necesitó de colosales esfuerzos del pueblo soviético para, sin desmoralizarse ante tan dura prueba, revertir la situación y lograr una victoria, que se dio hace setenta y tres años.

Hoy, el mundo reconoce que gracias a la valentía y enorme espíritu de sacrificio de las naciones que conformaban la Unión Soviética, la humanidad está libre de haber sido esclavizada por el nazi-fascismo, pues en la entrañas de este gigantesco y heroico país fue destrozada la Werhmacht, que hasta entonces sólo había conocido victorias cuando de manera arrolladora marchó por toda Europa continental, apoderándose de sus riquezas y esclavizando a sus habitantes.

Si Hitler hubiera contado con la valentía, el espíritu de combate, la organización, el patriotismo, la disciplina, la productividad y otras características incomparables de los rusos, sin lugar a dudas que hubiera ganado la Segunda Guerra Mundial. Gracias a Dios, estas cualidades no se venden en las boticas y, pese a que los alemanes también las poseen, el resultado de la contienda habla meritoriamente a favor del pueblo ruso. Vale la pena recordar este detalle ahora que la rusofobia lo denigra.

De las 783 divisiones alemanas derrotadas durante esta guerra, 607 lo fueron en este frente, donde también fueron abatidos 77.000 aviones y destruidos 48.000 tanques y 167.000 cañones, así como 2.500 navíos de guerra, lo que significó el mayor y completo descalabro de la Alemania Nazi. El 75% del potencial militar de la Werhmacht, fue destrozado en la entrañas de la Unión Soviética, el más heroico país forjado por la especie humana.

La guerra dejó en la Unión Soviética 27 millones de muertos y 60 millones de mutilados, destruyó 1.710 ciudades, 70.000 aldeas, 32.000 empresas industriales, 65.000 kilómetros de vías férreas, 98.000 cooperativas agrícolas, 1.876 haciendas estatales, 6 millones de edificios, 40.000 hospitales, 84.000 escuelas. Los nazis trasladaron a Alemania 7 millones de caballos, 17 millones de bovinos, 20 millones de puercos, 27 millones de ovejas y cabras, 110 millones de aves de corral. La perdida total de la Unión Soviética fue de unos 3 billones de dólares (un 3 seguido de doce ceros); algo de lo que, en mi opinión, la URSS jamás se recuperó y que, a la postre, generó la causas para su autodestrucción.

De todo lo anteriormente dicho, se concluye que la más importante lección para las presentes y futuras generaciones es que las guerras hay que combatirlas antes de que estallen.

La gran victoria de la URSS sobre la Alemania nazi en la II. G. M.

Rodolfo Bueno
Rebelión

Cada vez que se estudia la Segunda Guerra Mundial, en particular, la lucha en el Frente Oriental, uno no se explica cómo Alemania Nazi no ganó esa guerra. Tuvo todo para derrotar a la URSS, pese a ello, hace 73 años los soldados soviéticos tomaron Berlín, sede de un sistema que, según esperaba Hitler, debía imperar durante los siguientes mil años. Veamos cómo fue la victoria.

Su meteórica carrera, de cabo a Führer, es lograda gracias al apoyo del gran capital financiero que veía en Hitler suficientes atributos para controlar la efervescencia revolucionaria que se gestaba en el pueblo alemán. Una vez en el poder, pretendió un nuevo reparto colonial del mundo, para lo cual Japón atacó a China, Alemania a Austria y Checosloaquia e Italia a Etiopía. A la sazón, tal como lo analiza Stalin, se podía dividir al mundo en potencias imperialistas agresoras y potencias imperialistas agredidas. Las primeras, que nada tenían y lo exigían todo, atacaban a las segundas, que lo poseían todo.

Las potencias agredidas, pese a ser económica y militarmente mucho más fuertes que las agresoras, cedían y cedían posiciones. La razón de esta rara conducta era darle aire a la agresión hasta que se transforme en un conflicto mundial. Las potencias agredidas presionaban a los alemanes para que vayan cada vez más lejos en dirección al Este, le abrían a Hitler la posibilidad de atacar a la Unión Soviética a través de los países del Báltico, para, al mismo tiempo, quedar ellos al margen de un eventual conflicto germano-soviético. Incitaban a Alemania Nazi a atacar a la Unión Soviética, con la esperanza de que la guerra agotase mutuamente a ambos países; entonces les ofrecerían sus soluciones y les dictarían sus condiciones. Los países beligerantes, cuyas fortalezas se encontrarían destruidas como consecuencia de un largo batallar entre ellos, no tendrían más opción que aceptarlas. Una forma fácil y barata de conseguir sus fines.

Este juego peligroso terminaría muy mal para Londres y París, que propugnaban el anticomunismo como política de Estado. Es que, ofuscados por el odio al comunismo, no podían y no querían ver el peligro que para ellos mismos representaba el nazi-fascismo.

Luego de que Hitler controló toda la Europa continental, firmó la orden para desarrollar un conjunto de medidas políticas, económicas y militares, llamadas “Plan Barbarrosa”. En él se contemplaba la destrucción de la URSS en tres o cuatro meses. Sus metas principales eran Moscú, Leningrado y las regiones industriales de la zona central. El plan, que tenía las mismas características que tan buenos resultados le habían dado a Hitler en el resto de Europa, fue elaborado cuando Alemania, país altamente desarrollado y cuya producción se encontraba dirigida fundamentalmente hacia la industria de guerra, se había apoderado ya de los principales centros industriales europeos y poseía dos veces y media más recursos que la URSS, lo que la convertía en la más fuerte potencia imperialista del mundo. El alto mando alemán estaba tan seguro del éxito del Plan Barbarrosa que planificaba, para después de su cumplimiento, la toma, a través del Cáucaso, de Afganistán, Irán, Irak, Egipto y la India, donde las tropas alemanas esperaban encontrarse con las japonesas. Esperaban también que se les unieran España, Portugal y Turquía. Dejaron para después la toma de Canadá y los EEUU, con lo que lograrían el dominio del mundo.

La madrugada del 22 de junio de 1941, la Wehrmacht, fuerzas armadas jamás vistas por su magnitud, experiencia y poderío, se lanzaron al ataque en un frente de más de 3.500 kilómetros de extensión, desde el mar Ártico, en el norte, hasta el mar Negro, en el sur. Eran un total de 190 divisiones, cinco millones y medio de soldados, 4.000 tanques, 4.980 aviones y 192 buques de la armada nazi.

El plan fracasó cuando la Wehrmacht no pudo desfilar el 7 de Noviembre de 1941 en la Plaza Roja de Moscú, tal cual estaba planificado, sino que lo hizo el Ejército Soviético, para luego marchar directamente al frente de batalla e infligirle al ejército nazi su primera derrota. Sobre la Batalla de Moscú, el General Douglas Mac Arthur escribió en febrero del 1942: “En mi vida he participado en varias guerras, he observado otras y he estudiado detalladamente las campañas de los más relevantes jefes militares del pasado. Pero en ninguna parte había visto una resistencia a la que siguiera una contraofensiva que hiciera retroceder al adversario hacía su propio territorio. La envergadura y brillantez de este esfuerzo lo convierten en el logro militar más relevante de la historia”.

Al detener su avance sobre Leningrado, hoy San Petersburgo, y ordenar a sus tropas atrincherase, el alto mando alemán se preparó para romper la resistencia de ese pueblo por medio de un prolongado asedio, mediante el bombardeo continuo de la aviación y por el fuego de artillería; suponían que el hambre iba a doblegar a la ciudad. El bloqueo duró cerca de 900 días. Como consecuencia murieron 1'200.000 de sus habitantes, la mayoría de hambre y frío, pero Leningrado no se rindió.

Desde el verano de 1942 hasta el 2 de febrero de 1943 se dio la Batalla de Stalingrado, la más sangrienta y encarnizada de la historia, con más de tres millones de muertos; la misma culminó, luego de combatir sin tregua en cada piso de cada casa, con la increíble victoria del Ejército Soviético sobre el poderoso Sexto Ejército Alemán, algo que nadie en el mundo occidental esperaba.

Después de liberar a numerosos países del yugo nazi-fascista, las tropas soviéticas entraron en Berlín y el 1 de mayo de 1945 izaron la bandera su país en el Reichstag, el parlamento alemán. Terminaban 1418 jornadas de denodados combates en los que fallecieron cerca de 60 millones de seres humanos, de los que 27 eran soviéticos. La mayor parte de ellos fueron muertos como consecuencia de la salvaje represión ejercida por la tropas ocupantes contra la población civil. La historia no conoce otra destrucción, barbarie y bestialidad de la que hicieron gala los nazis en la tierra soviética, donde aniquilaron el fruto del trabajo de muchas generaciones.

Hoy, gracias a la valentía y el enorme espíritu de sacrificio del pueblo ruso y demás naciones que conformaban la URSS, la humanidad está libre de haber sido esclavizada por el nazi-fascismo, pues en la entrañas de este gigantesco y heroico país fue destrozado el 75% del más potente complejo militar bélico creado por la especie humana, la Werhmacht, que sólo conoció victorias cuando de manera arrolladora marchó a lo largo y ancho de Europa continental, apoderándose de sus riquezas y esclavizando a sus habitantes. Se necesitó de colosales esfuerzos del pueblo soviético para, sin desmoralizarse ante tan dura prueba, revertir la situación y lograr una victoria, que se dio hace 73 años.

martes, 19 de diciembre de 2017

La disolución de la URSS

El 8 de diciembre se cumplen 26 años de la conjura de Bieloviezh que disolvió formalmente la Unión Soviética. Hace poco escuché a un reputado periodista glosar el crucial papel que Margaret Thatcher tuvo en la caída del comunismo. Otros mencionan la figura del papa Juan Pablo II, a Ronald Reagan y su “guerra de las galaxias” o a los nacionalismos como factores decisivos. Y eso, en boca de gente presuntamente informada, no hace sino ilustrar un hecho: que pese a la distancia sigue sin entenderse gran cosa de todo aquello, que se sigue ignorando la primacía de factores internos, y que se continúan ofreciendo las explicaciones más estrambóticas.

En una exposición limitada como esta, lo más que podemos ofrecer es un esquema: tres puntos esenciales, necesariamente simplificados, pero a partir de los cuales se pueda pintar y desarrollar un cuadro más serio con todos los matices y los detalles sobre los motivos por los que la URSS se disolvió. Para eso he elegido tres motivos que llamaremos, técnico, degenerativo y espiritual. Cada uno de ellos exige su propia lente y su propio marco temporal para ser abordado. Para el primero basta con una simple crónica periodística y una perspectiva de dos o tres años. Para el segundo hay que hacer algo de sociología política y moverse en un espacio de varias décadas. Para el tercero entramos en filosofía de la historia, y podríamos llegar mucho más lejos, hasta meternos en esa capacidad tan humana de estropear grandes causas y pasiones.

¿Qué entendemos por la disolución técnica?
Técnicamente la URSS dejó de existir el 8 de diciembre de 1991. Aquel día los presidentes de las tres principales repúblicas europeas escenificaron un contubernio en Bielovezh, una apartada residencia de caza de los bosques de Bielorrusia. Allí declararon jurídicamente disuelta la URSS y unos días después, el 25 de diciembre, la bandera roja con la hoz y el martillo fue arriada del Kremlin. ¿Por qué hicieron aquello? La respuesta es tan simple como banal: por una cuestión de poder. Tres hermanos; Rusia, Ucrania y Bielorrusia mataron a la madre para quedarse con la herencia.

La iniciativa corrió a cargo del hijo mayor y principal heredero, el Presidente de Rusia Boris Yeltsin. Les ahorro los detalles de una crónica detallada, para concentrarme en lo fundamental: la lógica de la lucha por el poder moscovita.

En agosto de 1991 hubo un golpe de estado fallido de las autoridades centrales soviéticas contra Gorbachov que dejó a éste muy debilitado. Como un general sin ejército. Así que aquellos meses, entre agosto y diciembre de 1991, en Moscú había dos poderes que coexistían, algo anómalo en la matriz de la autocracia. Se había llegado a una situación en la que para deshacerse de Gorbachov y hacerse con el Kremlin, el máximo poder en Moscú, Yeltsin tenía que disolver la URSS. Ese es el dato central.

Los otros dos personajes del contubernio del bosque (los presidentes Kravchuk y Shuskievich) eran comparsas. Claro que tenían intereses en la herencia: deshaciendo la URSS, ambos recibían la jefatura de estados soberanos sin nadie por encima (Kravchuk, además había estado directamente implicado en el fallido golpe de agosto, así que una huida hacia delante le ahorraba rendir cuentas), pero nunca se habrían atrevido a firmar las actas de defunción si el hermano mayor no hubiera ido desconectando desde aquel octubre todos los aparatos que mantenían viva a la debilitada madre en su lecho; el sistema bancario, las finanzas, los aparatos del comercio exterior, la sede del ministerio de exteriores y de algunas embajadas en el extranjero… Quisieron hacer pasar por eutanasia casi humanitaria -la pobre sufría- lo que fue estrictamente asesinato.

Además, todo aquello fue algo muy parecido a un golpe de estado. Sobre todo si se tiene en cuenta que, ocho meses antes, en marzo de aquel mismo año, la población de la URSS había participado masivamente (148 millones de los 185 millones con derecho a voto, pese al boicot de algunas repúblicas) en un referéndum sobre el mantenimiento de una URSS renovada en el que el “sí” obtuvo el 76% del voto.

Todo eso fue tan banal y claro, que se explica como una simple crónica periodística. Pero, ¿Cómo pudo un estado tan poderoso, segunda potencia mundial, llegar a una situación de tal debilidad como para que bastara un mero contubernio palaciego para ser derribado? Para explicar esto hay que entrar en asuntos mucho más de fondo que tienen que ver con lo histórico y lo social. Llegamos así al segundo punto. La que llamaremos disolución degenerativa. Es decir aquella que es resultado de la acción de una casta dirigente degenerada que puso sus intereses de grupo y su codicia por delante de cualquier consideración patriótica o de Estado.

La disolución “degenerativa”
En su etapa final, los intereses de la propia casta dirigente soviética fueron el principal factor de disolución. Desde ese punto de vista se puede hablar de “autodisolución”.

Como grupo, en 1991, esa casta que concentraba las cinco funciones esenciales de la sociedad (el poder político, la propiedad, la ideología, la dirección y la organización), era nieta del sangriento y dinámico embrollo estalinista (1929-1953, 23 años) e hija de la relajación burocrático-administrativa que le siguió (tras la intentona regeneradora/liberadora de Jruschov) que asociamos a Brezhnev, un periodo de otros 23 años (1964-1987).

En la primera etapa de esa degeneración, la casta estaba cohesionada por el miedo y la movilización (el terror de la represión de las purgas así como las gestas y el sacrificio de los planes industriales y de la guerra), ambos unidos por la aniquilación física. El peligro, la muerte y el crimen fueron el medio ambiente de la génesis de la estadocracia estalinista.

En la segunda etapa, la cohesión se obtuvo más bien por el privilegio material administrativo-burocrático, ya sin riesgos vitales, en una época en la que la casta exultaba un deseo de tranquilidad y relajo.

El privilegio de la clase dirigente soviética era, sin embargo, incompleto. Desaparecía con el cargo, no era heredable, y carecía de “convertibilidad” con la élite internacional.

En mi libro sobre el fin de la URSS (La gran transición. Rusia, 1985-2002) lo comparo al de unas autoridades eclesiásticas administradoras pero no propietarias de las riquezas de sus diócesis y parroquias que, además, pertenecían a una secta no homologable con la Gran Iglesia global del sistema económico-social mundial que conocemos como capitalismo transnacional. Y fue en esa segunda etapa de relajación cuando maduró la profecía de León Trotski, formulada en 1936, según la cual la burocracia acabaría transformándose en clase propietaria, porque, “el privilegio solo tiene la mitad del valor si no puede ser transmitido por herencia a los descendientes”, y porque, “es insuficiente ser director de un consorcio si no se es accionista”.

Con su libertad y su descentralización del poder, la reforma de Gorbachov propició, bien a su pesar, la fase final de este proceso, de esta degeneración de casta, al liberar definitivamente todos los obstáculos para que la estadocracia se reconvirtiera en clase propietaria y homologable: para que los obispos y los clérigos se emanciparan y pudieran casarse, heredar y cruzarse.

El desorden creado por la libertad en el sistema fue el medio ambiente ideal para esta transformación social esencial de la casta dirigente, vía privatización, desfalco y “economía de mercado”. Para entendernos: para que los “obispos” se convirtieran en “burgueses”.

Vista la escena desde fuera, pudo parecer que las rebeliones de los años 1988, 1989, 1990 y 1991 en forma de grandes movimientos nacionalistas, huelgas y protestas, crearon los vacíos y las crisis de poder del periodo final de la URSS concluido en la disolución de diciembre de 1991. En realidad fue al revés: el vacío y las crisis de poder creados por las libertades fueron los que crearon las rebeliones y los desórdenes.

Las reformas libertarias de Gorbachov desordenaron por completo el sistema (el partido, los principios de jerarquía y disciplina) que el secretario general quería reformar en una dirección regenerativa de “socialismo con rostro humano”. El desmoronamiento de la coerción y el reparto del poder absoluto tradicional del Zar/Secretario general inducido desde arriba, desorganizaron la producción, el abastecimiento y la lógica autoritaria de gobierno. Como explican en sus memorias tantos testigos directos de la revolución de febrero de 1917, en la sociedad se impuso algo parecido a la idea de que una vez derribada la autocracia, ya no había que trabajar. Los planes y los compromisos (entre ramos, entre repúblicas) no se cumplían. La producción caía y generaba todo tipo de reflejos egoístas territoriales. Sobre el vacío creado, surgieron las rebeliones (y no al revés).

Como cualquier político que gobierna una transición política, de un régimen a otro, Gorbachov tenía que construir un nuevo centrismo político a partir de los pedazos rescatables del antiguo régimen (el partido comunista y su mundo) y de los nuevos actores (la intelligentsia), pero en lugar de centrismo se encontró en medio de una espiral de fuerzas conservadoras de distinta radicalidad y sentido. El partido y el establishment soviético conservador se le rebeló con una intentona golpista, mientras que la intelectualidad se adhirió al aparente radicalismo de Boris Yeltsin (del neoleninismo al neoliberalismo en pocos meses), cuyas esencias autocráticas y tradicionalistas resultaban mucho más atractivas y reconocibles para la cultura política autoritaria imperante en la sociedad. Una de esas rebeliones fue la de las soberanías e independencias republicanas, resultado de las abdicaciones y desorganizaciones del poder central.

Ese fue el caótico caldo de cultivo en el que la casta dirigente, degenerada para el proyecto socialista, decidió su emancipación social de clase.

Cuando los tres presidentes se reunieron en la oscuridad del bosque de Bieloviezh para matar a la madre, ésta, sus símbolos, su ideología, sus decorados y sus realidades “socialistas” ya no eran más que impedimentos para culminar sueños de clase largamente larvados que eran más fáciles de realizar en los respectivos marcos de cada república independiente y anulando cualquier veleidad de reformar la URSS.

Ese sería el “aspecto social-degenerativo” de aquella disolución.

Hemos dado cuenta de la crónica “técnica” y del factor de la emancipación del aparato, ¿pero qué hay del sistema ideológico anclado en las mentalidades de decenas de millones de ciudadanos? Entramos aquí en el tercer punto: la disolución espiritual.

La disolución “espiritual”
Un sistema como el soviético se basaba en creencias. Eso tiene que ver con muchas cosas, pero también con el hecho de la fuerte impronta religiosa y mesiánica que el llamado “comunismo” ruso adquirió desde sus inicios. Un aspecto fundamental de la disolución de la URSS, fue, precisamente, el proceso histórico de evaporación de esa creencia.

¿Cómo se secó aquella fuente de pasiones y creencias que invocaba a la “unión de los proletarios del mundo entero”, que había vencido una guerra civil con 8 millones de muertos y otra mundial con más de 25 millones de muertos, pagando precios espantosos, que reconstruyó el país mayor del mundo, y que había colocado su símbolo, la hoz y el martillo, sobre el mismo globo terráqueo en su escudo estatal evidenciando extraordinarias pretensiones de fraternidad e internacionalismo?

En el invierno de 1989 visité Karakalpakia, una región autónoma de Uzbekistán, a orillas del Mar Aral. Era una zona prohibida y creo haber sido el primer periodista europeo en visitarla (no la república, sino la orilla).

En veinte años el mar había desaparecido como consecuencia de los excesos de la irrigación. En el antiguo puerto de Muinak, el agua quedaba a 50 kilómetros de distancia y los barcos de la flota pesquera, sólidos barcos de hierro de hasta 60 metros de eslora, estaban varados en la arena. La población sufría patologías relacionadas con los pesticidas y la sal del agua que bebía. Visité una fábrica de conservas que para no cerrar se nutría de pescado que tenían que traer desde el Báltico, a casi 4000 kilómetros de distancia… En la salida de la destartalada y apestosa fábrica había un cartel, oxidado como todo, en el que bajo la imagen de Marx se leía una cita que decía, “El socialismo superará al capitalismo”. El funcionario del KGB local que me acompañaba, vio que miraba el cartel y me dijo en un susurro pillo: “…sí, jé, jé, lo superará dentro de 2000 años..”

Si hasta un guardia civil de Karakalpakia, penúltimo rincón de la URSS, bromeaba sobre todo aquello, quería decir que, verdaderamente, estábamos ante un agotamiento general.

¿Por qué se agotó aquella fe?
Hay que comprender algo esencial. La promesa religiosa es vaga e indeterminada. La reencarnación, el reino de los justos y el paraíso son promesas sin fecha, sin comprobaciones, ni resultados prácticos. Se cree en ello y ya está. Así van pasando los siglos. Las religiones funcionan así. La doctrina soviética era una religión. Pero era una religión laica y concreta.

Sus promesas no solo llevaban fecha (los planes quinquenales, con sus metas cifradas, incluso el “comunismo” al que Jrushov puso fecha: 1980), sino que además debían ser comparadas en sus resultados prácticos con los resultados de otras naciones competidoras.

Esa es la contradicción esencial entre la doctrina soviética y su creencia, y una religión normal que no precisa ni demostración ni verificación. Solo fe.

Además, esa religión laica devaluaba y erosionaba su sacralización conforme se desarrollaban sus resultados prácticos. Cuando Rusia y su espacio euroasíatico la abrazaron en 1917, aquello era una sociedad campesina en un 80%. Con el tiempo cada vez había mayor nivel educativo, mayor normalización de la vida (menos movilizaciones y sacrificios, mayor consumo y reflejos familiares e individuales de tipo clase media, podríamos decir), una mayoría urbanizada ya desde los años 60, más información sobre lo que ocurría fuera del país, y por tanto mayor capacidad de comparación entre sistemas.

Cualquier producto de importación, desde una película de Louis de Funes en la que el gendarme representante de la autoridad era un tipo grotesco, pelota y mezquino, hasta unos pantalones tejanos o la música de moda, o un radiocasete, actuaba como agujero en el muro del templo a través del cual cualquiera podía asomarse, mirar y extraer sus propias conclusiones.

Y lo que se veía por esos agujeros no era el trabajo infantil en India o Brasil, sino las luces de occidente; Nueva York, París, Londres…

De alguna forma, los propios éxitos prácticos del desarrollo social y material soviético trabajaron contra la dimensión de creencia (religiosa) de su doctrina.

En los años setenta, la afirmación central de la doctrina oficial de que la URSS representaba un estado de cosas al que toda la humanidad debía aspirar y acceder algún día (“El comunismo radiante porvenir de la humanidad”, la hoz y el martillo sobre el globo terrestre) ya había perdido toda fuerza religiosa. Contaban aspectos más banales y menos heroicos en las mentalidades: ¿Hay salchichón? ¿hay huevos y papel higiénico en las tiendas?

Fue así como el comunismo ruso-soviético perdió su alma. Una cuenta atrás que comenzó en el mismo momento de su sacralización.

Llegados aquí, dejemos clara una cosa: Todo esto no tiene nada que ver ni con la vigencia de la aspiración humana a una vida y un mundo menos injusto, ni con la actualidad del comunismo en general. Con lo que tiene que ver es con la historia ruso-soviética.

Sin atender a esto, al largo y larvado proceso histórico de muerte espiritual del comunismo como doctrina y creencia, sin esta disolución espiritual, no se entienden las otras dos disoluciones, la técnica y la degenerativa, de nuestro esquema. No se entiende la facilidad con la que todo ocurrió, sin que nada ni nadie lo impidiera u objetase.

Pasemos ahora a las consecuencias de la disolución de la URSS, último punto de mi exposición, que será mucho más breve y podemos liquidar en dos brochazos, porque todos ustedes las perciben de una u otra forma.

Consecuencias en el equilibrio mundial
El primer brochazo tiene que ver con el hecho de que la situación general en el mundo se ha hecho mucho más peligrosa que durante la guerra fría. La disolución de la URSS potenció la agresiva doctrina neocón de la hegemonía mundial sin obstáculos de Estados Unidos. El catastrófico intento de dirigir el mundo en solitario y por la fuerza.

Durante más de una década, Rusia dejó de existir como factor de contrapeso, mientras su clase dirigente se dedicaba a llenarse los bolsillos. La ocasión fue inmediatamente aprovechada.

La intervención en zonas antes prohibidas de Oriente Medio fue inmediata: la primera guerra de Irak de enero 1991 tuvo lugar antes incluso de la disolución técnica de la URSS, coincidiendo con las críticas tensiones de aquel invierno en las repúblicas bálticas. Desde entonces hemos asistido a la destrucción de toda una serie de países, estados y sociedades en toda la región, desde Afganistán a Libia, propiciando la matanza de más de un millón de seres humanos solo en Irak y de centenares de miles en Afganistán, Siria, Pakistán, Libia y Yemen. Lo que llamo el Imperio del caos.

Esa doctrina hegemónica de los neoconservadores americanos tuvo por efecto las violaciones y abandonos de acuerdos fundamentales establecidos con Moscú durante la guerra fría:

-La administración Clinton violó el acuerdo de que la OTAN no se movería “ni un milímetro” hacia el Este a cambio de la aceptación de la reunificación alemana y estableció bases militares de la OTAN junto a las fronteras rusas con gran responsabilidad del establishment alemán y de la Unión Europea.

-La administración de Bush hijo abandonó el acuerdo ABM, piedra angular contra la proliferación de misiles, y creó bases antimisiles en la frontera rusa, alegando que eran para proteger Europa de los inexistentes misiles intercontinentales de Irán.

-La administración Obama emprendió un ataque directo contra Rusia con el objetivo de echarla de sus bases en el Mar Negro, derrocando al corrupto gobierno legítimo de Ucrania e instalando su propio gobierno corrupto prooccidental.

-Cuando todo esto culminó con una reacción militar rusa, primero en Georgia y luego en Ucrania, después de treinta años de retrocesos, abusos y avasallamientos de los intereses rusos, Washington se lanzó a una demonización sin precedentes del régimen ruso y de su presidente para castigar su osadía. La muestra de todo eso la pueden encontrar en los diarios, las televisiones y en los análisis de disciplinados think tanks en absoluto independientes.

-Y mientras tanto fue madurando la emergencia de nuevas potencias que configuran el actual mundo multipolar (con varios centros de poder), cuya pregunta existencial es si decantará en acuerdos y equilibrios, o, como parece, en la lógica de los imperios combatientes.

Para acabar, vamos al segundo paquete de consecuencias.

Consecuencias en las relaciones sociales y de producción
La disolución de la URSS y del bloque del Este, unida a la integración de sus países, de China y de India en el sistema económico mundial, ha hecho al mundo más capitalista.

Esa integración aportó, a partir de 1989, 1470 millones de nuevos obreros al capitalismo. En muy pocos años se dobló el número de obreros (que en el año 2000, excluyendo a todos esos nuevos llegados era de 1460 millones). El resultado ha sido un cambio fundamental en la correlación de fuerzas global entre capital y trabajo. Un mundo con más explotación, más precariedad, deslocalización y globalización crematístico-industrial.

Eso es lo que tenemos hoy, cien años después de la Revolución Rusa y cuando se cumplen 26 años de la disolución de la URSS. La historia continúa y habrá que ver a qué tipo de nuevas convulsiones, colapsos y disoluciones nos lleva, y nos está llevando.

Esta entrada sigue las notas de la conferencia pronunciada el 30 de noviembre en el Centro de cultura y memoria (CCM) de Barcelona en el marco del centenario de la Revolución Rusa organizado por el Ayuntamiento de la ciudad.

Rafael Poch Es uno de los corresponsales en el extranjero más prestigioso de la prensa española. Ha ejercido como tal para La Vanguardia en Moscú y París. Actualmente publica el blog https://rafaelpoch.wordpress.com.

Fuente: https://rafaelpoch.wordpress.com