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miércoles, 1 de marzo de 2023

28F: La economía andaluza ante otro año de incertidumbre

La economía internacional sigue desenvolviéndose en medio de grandes incertidumbres. Aunque la inflación sigue manteniéndose en primer plano -algo contenida en materia energética, pero con grandes tensiones en productos básicos que hacen mucho daño, sobre todo, a las economías familiares- lo más relevante sigue siendo que está sometida a tensiones estructurales a las que no se hace frente con determinación.

Los bancos centrales siguen empeñados en dar un tratamiento de demanda, subiendo los tipos de interés, a subidas de precios que tienen más que ver con problemas de oferta y eso está limitando las posibilidades de plena recuperación, además de amenazar con la recesión en las economías más avanzadas y, por extensión, en las más empobrecidas y endeudadas.

Las medidas de oferta y control de precios se han manifestado exitosas en los ámbitos en que se han tomado, como ha ocurrido en España sin ir más lejos, mientras que las subidas de tipos de interés más rápidas de hace décadas no logran contener los precios en proporción parecida.

Con la mirada puesta en la inflación y, además, dándole una respuesta inapropiada, es lógico que sigan sin resolverse las tensiones verdaderamente peligrosas, las amenazas más graves a las que se enfrenta la economía mundial: el efecto disruptivo que pueden tener el cambio climático, unas finanzas tan en desorden que hacen que los bancos centrales estén registrando pérdidas de cientos de miles de millones de dólares, la desigualdad creciente y sin contrapesos en medio de un progresivo deterioro de la democracia, la deuda galopante y una globalización que se ha mostrado incapaz de hacer frente con eficacia al riesgo y a los shocks inesperados que, antes o después, es inevitable que se produzcan.

Todas ellas, por una razón o por otra, afectan de algún un modo a Andalucía; no sólo por nuestra ya estrechísima vinculación con la economía internacional, sino porque aquí se manifiestan muy directamente como males a veces seculares y como problemas a los que apenas se le dan soluciones o incluso que ni siquiera se ponen sobre la mesa.

Andalucía no está enfrentándose al problema que supone el cambio climático. Pareciera más bien que se considera -si es que eso realmente sucede- como algo de otro mundo, una cuestión si acaso planetaria que no afecta a nuestras competencias.

El desprecio hacia el medio ambiente con el que se gobierna, los pasos atrás que se están dando en su protección y la falta de centralidad de la defensa y conservación de nuestros recursos naturales en las políticas de la Junta de Andalucía son una verdadera desgracia. No solo porque una gran parte de nuestra economía depende todavía del medio natural, sino porque somos quizá la porción de tierra europea en donde más gravemente y antes puede que se manifiesten los efectos destructores del cambio climático. Proteger nuestras costas y acuíferos debería ser una cuestión de Estado y, sin embargo, es raro leer una referencia del consejo de gobierno de la Junta en la que no se mencione alguna medida que lesione nuestro ecosistema.

Que los dirigentes políticos y empresariales andaluces sigan creyendo que es posible llevar a cabo cualquier tipo de reforzamiento de nuestra economía (no digo ya en un sentido más o menos progresista sino en cualquiera) sin disponer de un sistema financiero propio es una ingenuidad tan grande que se acerca a la irresponsabilidad. Mucho más, cuando el presidente de la Junta alardea de andalucismo y reivindica «poder andaluz». Si la crisis financiera se desata, como es inevitable que ocurra antes o después, nos enfrentaremos a grandes dificultades. Y, mientras tanto, las empresas y la economía andaluza en general seguirán careciendo de la financiación específica y especializada que requiere cualquier proyecto económico de nuevo tipo.

Es inconcebible también que no se entienda que la desigualdad, en nuestra tierra expresada también como desvertebración y como desequilibrios no solo de renta personal sino en todos los ámbitos de la vida económica, es una rémora insalvable para nuestra economía y no solo un asunto moral. No hay nada que afecte más negativamente a nuestro mercado interno, siempre débil y por eso incapaz de convertirse en motor efectivo de actividad productiva, que la concentración del ingreso y la riqueza. Es curioso que las empresas que debieran ser las que más firmemente reclamaran políticas que impulsaran el consumo sean, sin embargo, las que primero se revuelven cuando se toman medidas (el gobierno central y no el autonómico que es a quien más falta le hacen) que impulsan la demanda y sostienen las ventas. Única forma, junto a la de poseer un sistema financiero propio y al servicio de la actividad productiva, de combatir con eficacia la deuda que va a explotar en nuestras narices más pronto que tarde.

Tampoco se está haciendo gran cosa para aprovechar la gran oportunidad que, paradójica y afortunadamente, proporciona a economías como la nuestra la crisis de la globalización.

La falta de resiliencia de la globalización neoliberal, la inseguridad y el riesgo acumulado que esa carencia conlleva, están haciendo que miles de empresas se replanteen no solo su localización sino su forma de aprovisionarse, producir y distribuir sus productos. Vivimos, desde antes de la pandemia, una auténtica crisis industrial global de la que apenas se habla y Andalucía no está haciendo nada para aprovecharse de ello.

Deberían ponerse en marcha acuerdos y planes transversales, entre el sector público y las empresas, para poder atraer el nuevo tipo de capital y de relaciones industriales que se están poniendo en marcha para superar los problemas que el propio capitalismo está generando a las empresas capitalistas.

Andalucía podría convertirse en un foco potentísimo de atracción de capital para generar nuevos tipos de economía circular, de producción y distribución sostenible, segura y resiliente. Nuestro espacio terrestre es un enclave privilegiado y disponemos de los recursos que miles de empresas están buscando para reubicarse. Pero que no se van a atraer con pasividad y ofreciendo tan solo oportunidades para dar pelotazos que parece que es lo único que saben preparar con esmero nuestras autoridades. Ni tampoco desmantelando los servicios públicos y debilitando la capacidad interventora del sector público, porque nada de lo que se está gestando en el nuevo orden industrial y financiero emergente se podrá poner en pie con la exclusiva iniciativa del capital privado. Desgraciadamente y como nos ha ocurrido tantas veces en nuestra historia, nuestras clases dirigentes, siempre tan dramáticamente conservadoras, dan la espalda al progreso y a la innovación, preocupadas como están siempre de mantener el statu quo y sus privilegios.

lunes, 28 de diciembre de 2020

Rafael Poch. Indicadores de la incertidumbre

Se ha dicho hasta la saciedad, pero hay que repetirlo: Estados Unidos atraviesa la crisis interna más grave desde su guerra civil. Más de 73 millones de estadounidenses votaron a Trump, Biden no va a controlar las cámaras y es un genuino blandengue del ciego establishment. Así que es posible que el trumpismo continúe sin Trump, como el carlismo sobrevivió a Don Carlos María Isidro, dividiendo y desangrando a la sociedad española en tres kafkianas guerras civiles en nuestro siglo XIX. Además de la actualidad del “síndrome Qing” en Estados Unidos, las elecciones han constatado que el Partido Demócrata no tiene nada que proponer al movimiento popular, reaccionario, antiinstitucional y oscurantista, sobre el que ha navegado Trump y que seguirá ahí.

Y hay que repetirlo porque la situación allá es uno de los indicadores de la incertidumbre global. En Europa, donde los fenómenos de Estados Unidos nos llegan algunos años después, no parecen haber entendido nada de todo el asunto. Las élites europeas no vieron venir la elección de Trump en 2016, malinterpretaron el brexit y este año han vuelto a malinterpretar la política de Estados Unidos, dice Alastair Crooke. Han respirado aliviadas por la victoria de Biden y todavía no ven la relación entre la rebelión popular trumpista y las airadas protestas que se producen en Europa en el marco de la pandemia, contra el confinamiento, y contra la miseria y desigualdad (social y entre países) que esta dispara. Mientras tanto, hace ya bastante tiempo que tenemos en Europa una buena colección de movimientos y fenómenos populares reaccionarios en marcha; desde el lepenismo francés hasta los Ley y Justicia polacos, pasando por los procés y los Vox españoles, sin olvidar a sus parientes alemanes, holandeses, austríacos, húngaros, rusos, fineses, escandinavos, griegos o italianos. El trumpismo está instalado entre nosotros pero seguimos mirando a Estados Unidos como otro planeta. Somos los musulmanes de un yihadismo incomprensible.

Los más lúcidos observadores de Estados Unidos –también allá hay bichos raros como el exembajador Chas W. Freeman– consideran que la actual crisis en su país denota el colapso de la división de poderes, del sistema de controles y contrapesos, y su sustitución por la arbitrariedad y el capricho de un gobierno presidencial a la Calígula, fiscalizado por el complejo militar-industrial-congresual y la influencia extranjera (ciertamente no rusa o china, sino israelí y saudí).

Como el Partido Demócrata en Estados Unidos, la Europa institucional no parece tener nada que proponer a la actual ola de carlismo ultramontano, nada con lo que salirle al paso. Es todo el ensamblaje institucional occidental el que parece inoperante. Se ha mostrado de nuevo impotente e ineficaz ante la pandemia y muestra sus limitaciones, cinismos y defectos. El ocaso de una política ordenada y comprensible en Washington, dice Freeman, “contribuye a la implosión del sistema de normas internacionales creado por los valores de la Ilustración que desembocó en dos siglos de hegemonía occidental”.

A diferencia de Asia Oriental, en Occidente es imposible planificar a veinte años, a una generación vista. A lo más que se llega es a los quinquenios que imponen los ritos electorales, lo que impide toda estrategia en un siglo precisamente caracterizado por sus retos de ciclo medio y largo, como la crisis climática, el desarme de recursos de destrucción masiva o los grandes movimientos de población en dirección a los oasis sociales y ambientales llamados a convertirse en fortalezas ante la amenaza exterior. Si alguien se atreviera desde el gobierno a enfocar esos asuntos lo único seguro es que perdería las siguientes elecciones. Por eso, la mezcla de capitalismo y democracia inventada por Occidente se desprestigia en el mundo, pero quienes asedian esa contradictoria amalgama –sea desde los gobiernos de las potencias no occidentales, sea desde los movimientos populares– ponen mucho más en cuestión su segundo componente que el primero.

No hay modelos con los que emular, competir o rivalizar. Puede que América suscite lástima o indignación, pero desde luego no esperanza. Respecto a China, su ecléctico e incomprensible sistema económico y político carece de todo atractivo fuera de sus fronteras y acaso es únicamente inspirador para dictadores, dice Freeman.

La actitud de Washington de considerar las relaciones internacionales como mera competición y rivalidad entre potencias contradice la interdependencia global y niega la diplomacia. La Unión Europea es un gigante en potencia pero un impotente en la práctica y no parece que el asunto tenga remedio. Los principios de soberanía nacional y del derecho internacional se violan rutinariamente. Los acuerdos internacionales se incumplen o abandonan y Estados Unidos se retira de las organizaciones internacionales que no puede controlar. “Esta generación de políticos americanos no parece entender que si no estás en la mesa formas parte del menú”: Potencias con aspiración a ejercer una hegemonía regional asoman por doquier ocupando los vacíos que ocasiona el declive gran-imperial.

La clase media occidental se desmoraliza, se pauperiza y se instala en el pesimismo. Y todo eso ocurre cuando se desconoce qué pasará con la pandemia, si su virus continuará azotando y mutando tras las vacunas. Si la inmunidad no es duradera, ¿se convertirá la enfermedad en una compañera duradera de la humanidad…?

De lo que no hay duda es de que nos adentramos en un mundo de incertidumbres bajo el signo de la fractura y el desacoplamiento económico y político. Una humanidad fragmentada que contrasta mucho con la naturaleza, integrada y global, de los retos planetarios que no permiten soluciones particulares o regionales.

[Fuente: ctxt]

domingo, 11 de agosto de 2019

La era del control nuclear se desmorona. El sistema de seguridad de la Guerra Fría pactado por EE UU y Rusia se desintegra mientras emergen potencias como China y nuevas amenazas tecnológicas sin ninguna restricción.

La estructura de control de armamento nuclear y desarme progresivo que negociaron arduamente con Moscú todos los presidentes de Estados Unidos desde los años sesenta está cerca de ser reducida a escombros. La consecuencia es que hoy el mundo es un lugar menos seguro, con una carrera armamentística en marcha y más expuesto a la posibilidad de un ataque nuclear. En paralelo, emergen nuevas amenazas sin ningún tipo de control como las armas cibernéticas, los misiles hipersónicos o los robots asesinos.

La irrupción de nuevas potencias —sobre todo China— que hacen oídos sordos a cualquier iniciativa que pueda frenar su expansión militar, la llegada a la Casa Blanca de Donald Trump y John Bolton, su consejero de Seguridad Nacional, que ha denostado durante décadas los acuerdos de desarme, y los programas armamentísticos de enemigos de Washington como Irán o Corea del Norte han provocado que casi todos los límites al desarrollo y despliegue de armas atómicas pactados entre las dos superpotencias durante medio siglo se hayan disipado.

La retirada de Washington del Tratado de Fuerzas Nucleares de Alcance Intermedio (INF, por sus siglas en inglés) terminó el viernes con la prohibición de que EE UU y Rusia (como sucesora de la URSS) almacenasen, probasen o desplegaran misiles terrestres, convencionales o nucleares, de alcance intermedio (de entre 500 y 5.500 kilómetros). El veto duró 32 años, desde que Ronald Reagan y Mijaíl Gorbachov lo firmaron en la Casa Blanca.
Mijaíl Gorbachov (izquierda), y Ronald Reagan, durante la firma del Tratado de Fuerzas Nucleares de Alcance Intermedio (INF), en diciembre de 1987 en la Casa Blanca.

Mijaíl Gorbachov (izquierda), y Ronald Reagan, durante la firma del Tratado de Fuerzas Nucleares de Alcance Intermedio (INF), en diciembre de 1987 en la Casa Blanca. Mijaíl Gorbachov (izquierda), y Ronald Reagan, durante la firma del Tratado de Fuerzas Nucleares de Alcance Intermedio (INF), en diciembre de 1987 en la Casa Blanca. REUTERS

El acuerdo estuvo motivado por el pánico nuclear que imperaba en la Europa de los setenta y ochenta después de que la URSS desplegara misiles nucleares SS-20, capaces de golpear ciudades europeas en pocos minutos. Tras la petición del canciller Helmut Schmidt, y pese a las multitudinarias manifestaciones, EE UU instaló en 1983 decenas de misiles Pershing II en Alemania occidental, a 10 minutos de vuelo de Moscú. El miedo a que un conflicto entre los dos bloques derivara en la destrucción mutua forzó a las partes a ceder. Ese miedo parece hoy inexistente.

El pánico nuclear desembocó en la Edad de Oro del Control Armamentístico (1987-2000), en la que EE UU y Rusia llegaron a otros acuerdos como el que limitó —hasta que Moscú lo suspendió en 2007— el número de tanques, aviones y piezas de artillería en Europa; y multilateralmente se prohibieron las armas químicas y se alcanzó una moratoria de los ensayos nucleares que en las últimas dos décadas solo ha infringido Corea del Norte.

El ocaso de esta estructura de control de armas comenzó cuando en 2001 George W. Bush anunció la retirada de EE UU del Tratado sobre Misiles Antibalísticos, firmado por Richard Nixon y Leonid Breznev en 1972, alegando que beneficiaba al resto de potencias nucleares. La victoria electoral de Donald Trump —el único presidente desde Dwight D. Eisenhower que no ha establecido ningún diálogo de desarme con Moscú—, ha acelerado el derrumbe del sistema vigente. “La Administración actual no tiene ningún plan ni está capacitada para alcanzar acuerdos de control armamentístico”, asegura por teléfono Kingston Reif, director de Desarme y Políticas de Prevención de Riesgos en Arms Control Association.

El INF —que obligó a la destrucción de 2.692 misiles soviéticos y estadounidenses— estaba en la cuerda floja desde que en 2014, la Administración de Obama acusó al Kremlin de violar el tratado durante los ensayos del misil Novator 9M729. Moscú lo niega y continúa con el desarrollo y despliegue de estos proyectiles, además de acusar a Washington de incumplir el acuerdo con la instalación en 2015 del sistema antimisiles Aegis en Rumania. Tras anunciar la suspensión del tratado en febrero, la retirada de EE UU se formalizó el viernes. El veto impedía a Washington tener misiles como los que Corea del Norte lanzó hace 10 días al mar del Japón —con Bolton de visita en Seúl—, o como los que la Guardia Revolucionaria iraní disparó en 2017 contra posiciones del Estado Islámico en Siria. Además, durante los años que EE UU y Rusia lo han tenido prohibido, China ha desarrollado múltiples versiones de misiles terrestres de alcance intermedio que incomodan a la Casa Blanca y el Kremlin, pero le han permitido consolidar su supremacía regional

“A corto plazo, [la retirada del INF] apenas ofrece a Washington nuevas posibilidades en el plano militar”, señala por teléfono Olga Oliker, directora para Europa y Asia Central del International Crisis Group. La investigadora argumenta que EE UU ya tenía capacidad de almacenar y utilizar misiles de alcance intermedio lanzados desde aeronaves o embarcaciones, ya que el tratado únicamente vetaba los terrestres. De hecho, en las últimas tres décadas, misiles estadounidenses de ese rango han impactado en Irak, Bosnia, Sudán, Afganistán, Siria… “Ningún aliado europeo ni asiático permitiría hoy el despliegue de misiles estadounidenses en su territorio”, sostiene Oliker. Aun así, el Pentágono ya ha anunciado que lleva tiempo trabajando en una versión terrestre de sus Tomahawk con la que pretende ensayar este mismo mes.

Con el INF convertido en papel mojado, la mayoría de expertos coincide en que son escasas las opciones de que se prorrogue el New START, que limita el número de cabezas nucleares desplegadas por Rusia y EE UU, y expira en febrero de 2021, dos semanas después de que concluya el mandato de Trump. En virtud del tratado, las dos potencias están sometidas a un régimen mutuo de constantes inspecciones.

Moscú lleva años reiterando su interés en prorrogarlo, aunque pretende negociar algunas modificaciones y ampliaciones. Una semana después de su investidura, Putin le preguntó a Trump por teléfono cuál era su postura con respecto al New START. Tras consultar brevemente con sus asistentes, el republicano lo repudió con el pretexto de que era un pésimo acuerdo negociado por Obama, perjudicial para los intereses de EE UU y muy beneficioso para Rusia. Argumentos similares a los que utilizó poco después para dinamitar el pacto nuclear con Irán, por el que Teherán se comprometió a congelar su programa de desarrollo atómico. Como consecuencia, los reactores nucleares iraníes ya enriquecen uranio por encima de los límites que fijaba el pacto. Por su parte, el diálogo nuclear con Corea del Norte no ha dado más resultado que unas cuantas fotos de Trump junto a Kim Jong-un. Pyongyang acusa a los negociadores de Trump de tener una “actitud gansteril”.

Ensayos nucleares El final del New START abriría una era en la que, tras casi 50 años, los arsenales nucleares de EE UU y Rusia no estarían sometidos a ningún límite o restricción. Bolton defiende que cualquier negociación futura debe incluir, sin excepciones, al resto de potencias nucleares (China, Francia, el Reino Unido, Israel, Corea del Norte, India y Pakistán). “Si Trump bloquea la renovación del New START dará un paso autodestructivo”, señala Reif. El experto cree que un potencial relevo demócrata en la Casa Blanca no tendría margen suficiente para negociar su ampliación con el Kremlin.

Tras enterrar el INF, los halcones de Trump han acusado a Rusia de estar ensayando secretamente detonaciones de bombas atómicas de escasa potencia, violando la moratoria de 1992. A diferencia de las acusaciones referidas al INF “respaldadas por la OTAN y numerosos investigadores”, la mayoría de expertos acogieron con escepticismo las denuncias de recientes ensayos nucleares en el Ártico ruso. Al margen de los de Pyongyang, los últimos ensayos nucleares fueron los realizados en 1996 por India y Pakistán.

Un ejemplo más del desprecio con el que Trump aborda el control armamentístico es el estado actual de la Oficina de Estabilidad Estratégica y Políticas de Disuasión. Entre despidos y deserciones, el departamento de Estado encargado de las políticas de desarme y no proliferación ha perdido en dos años el 70% de su plantilla. Quedan cuatro trabajadores.

Frente a este sombrío panorama, han proliferado las organizaciones e iniciativas a favor del desarme. La Campaña para la Abolición de las Armas Nucleares (ICAN, por sus siglas en inglés) es una de las más destacadas. Galardonada con el Nobel de la Paz en 2017, la plataforma logró que la ONU aprobara (con 122 votos a favor) el Tratado sobre la Prohibición de Armas Nucleares. Sin embargo, no se han logrado las 50 ratificaciones necesarias para que la prohibición entre en vigor para los países firmantes. Aun así, el rechazo frontal en las potencias nucleares —con la excepción de Jeremy Corbyn, el líder de la oposición británica— da a corto plazo nulas opciones de éxito a la iniciativa. La coordinadora de ICAN, Beatrice Fihn, en una entrevista el año pasado en Madrid, llamaba a la movilización; a reaccionar antes de que la indignación popular sea fruto de un accidente o ataque nuclear. Oliker, sin embargo, cree que habrá que esperar hasta que el pánico nuclear fuerce a negociar acuerdos como los de la Guerra Fría.

 https://elpais.com/internacional/2019/08/03/actualidad/1564845017_578948.html?rel=lom

martes, 25 de abril de 2017

Incertidumbre

La física ha sido algo así como la diosa Kali del siglo XX, venerada y temida, capaz de todos los milagros y de todos los crímenes. Y la responsabilidad, la inconsciencia o los retortijones de conciencia de los sabios dedicados a cultivarla han brindado dramas argumentales a incontables obras literarias de las últimas décadas. Mi pobre erudición sería incapaz de enumerarlas, aunque fuese de modo incompleto. De mi adolescencia recuerdo dos piezas dramáticas que me impresionaron, una Los físicos de Friedrich Dürrenmatt, que transcurre en un manicomio dónde tres locos que creen ser Einstein, Newton y Moebius -y no lo son, pero tampoco están locos- se enfrentan y combaten por la posesión de un secreto aniquilador, socialmente más demente que cualquier demencia privada; otra, El caso Oppenheimer de Heinar Kipphardt, sobre los tormentos morales del inventor de la bomba atómica, que a mediados de los años sesenta representó el Piccolo Teatro de Milán bajo la dirección del gran Giorgio Strehler. Mucho más reciente pero girando también en torno a un tema apocalíptico semejante puedo mencionar la intrigante novela En busca de Klingsor, del mexicano Jorge Volpi. Y tantas más, entre las que no podemos descartar las tan populares historias del genéro de espionaje o ciencia-ficción centradas en la figura del "sabio enloquecido".

Hace pocos meses apareció en Francia una de las piezas más interesantes que he leído de este vasto y redundante mosaico literario: Le principe (El principio), de Jérôme Ferrari, editado por Actes Sud. De ese autor, uno de los novelistas actuales más destacables de su país, hay traducidas al español la novela con que ganó el premio Goncourt, El sermón sobre la caída de Roma (Random House) y una anterior, Donde dejé mi alma (Demipage), ambas absolutamente recomendables. En El principio, un joven aspirante a filósofo —y como tal atribulado y poco seguro de sí mismo— se obsesiona con la trayectoria vital de Werner Heisenberg, genial desde que en su juventud acuñó su celebérrimo "principio de incertidumbre" (¡que estupendo oxímoron!) que desconcertó a sus maestros, para después sentar las bases de la mecánica cuántica, lo que le valió el premio Nobel de Física a los treinta y un años. Su obra se gesta durante el ascenso del nazismo, en competencia o colaboración con la generación excepcional de los Einstein, Louis de Broglie, Max Planck, Niels Bohr, Schrödinger, Paul Dirac, Carl Friedrich von Weizsäcker, Otto Hahn, etc… Los jerarcas nazis les presionaron para conseguir la bomba atómica que les hubiera dado la victoria y que finalmente consiguió Oppenheimer en Estados Unidos. Algunos se escabulleron de patronos tan peligrosos pero otros, como Heisenberg, se dejaron querer, no por ideología nacionalsocialista sino para poder seguir investigando tranquilamente. Después de la guerra, recluidos por los vencedores, algunos sintieron culpabilidad por haber sido cómplices, pero otros no entendían que es lo que se les reprochaba a ellos, que sólo habían seguido con su trabajo: poner al descubierto la íntima belleza objetiva del universo.

El principio de incertidumbre de Heisenberg, en física cuántica, dice que no se puede conocer al mismo tiempo la posición y la velocidad de una partícula elemental. De modo semejante, el sabio no logra conocer la conjunción de su situación histórica y el vértigo acelerado de sus descubrimientos. Y quizá tampoco ninguno de nosotros sepa determinar juntamente dónde está y a dónde va en este mundo hermoso y atroz.

http://cultura.elpais.com/cultura/2015/05/04/actualidad/1430759210_681187.html

jueves, 18 de diciembre de 2014

Educar en Tiempos de Incertidumbre. Excelente Conferencia de Danilo Martucelli, profesor de la U. de La Sorbona

Conferencia de Danilo Martucelli, titulada "Educar en tiempos de incertidumbre", en el marco del 4º congreso de la Confederación de Movimientos de Renovación Pedagógica. Lleida, 23 de noviembre del 2014, a la que tuve el placer y el honor de asistir.

Educar en tiempos de incertidumbre from ACTE on Vimeo.

lunes, 22 de julio de 2013

Actitudes ante la incertidumbre. No se trata de vivir resignados, sino de buscar nuevos caminos si falla nuestro plan original.

Esperar, a veces, da espacio para ser introspectivo y encontrar la mejor respuesta.


Cuando creemos que lo tenemos “todo controlado”, nos sentimos seguros y andamos con paso firme. Vivimos procurando controlar que nuestros planes lleguen a buen puerto. Cuando ocurre algo imprevisto, nos estresamos, irritamos o enojamos. Lo imprevisto no estaba en nuestros planes y la duda se apodera de nosotros. Vivir con incertidumbre significa no saber lo que provoca inquietud y ansiedad, incluso angustia.

Mantener objetivos y planificar cómo lograrlos es necesario para obtener lo que uno quiere. Sin embargo, aunque pensemos lo que vamos a hacer, no podemos responder ante las circunstancias ni ante lo que harán los demás. La realidad es que es imposible tenerlo todo siempre controlado. Cuando la situación aparece como un obstáculo en nuestro camino, aferrarnos a nuestro plan original produce tensión porque queremos llegar sí o sí a cumplirlo. Sin embargo, la nueva circunstancia quizá lo que pide es un cambio de rumbo, otra respuesta o saber esperar.

Es como cuando el río sale de la cumbre de la montaña con el objetivo de desembocar en el mar. En su camino se encuentra con piedras, montes y desniveles del terreno, y tiene que bordearlos o hacerse subterráneo para luego volver a salir a la superficie, hasta que al fin llega a su destino. Nosotros planificamos ir en línea recta hacia nuestro objetivo y cuando aparecen los desniveles nos emperramos en querer seguir recto. Necesitamos flexibilidad y reconocer que quizá no merece la pena luchar para derribar el obstáculo; eso nos desgastará y acabaremos agotados. En cambio, si lo bordeamos y cogemos otro sendero, manteniendo la visión de nuestro objetivo, podremos disfrutar del recorrido y no nos dejaremos la piel en el camino.

Para lograrlo debemos recuperar la confianza en nuestros recursos internos, en nuestro conocimiento, nuestro talento, y en nuestra capacidad de superar lo que se presente.

Ante la incertidumbre, podemos batallar en contra de lo que ocurre, podemos resignarnos o bien aceptarlo. Al luchar en contra, nos agotamos. A lo que nos resistimos persiste. Cuando se presenta ante nosotros lo que no habíamos previsto, podemos reaccionar rechazándolo, negándolo, empujando en contra, quejándonos y enojándonos. Cuando vemos que ninguna de estas actitudes soluciona la situación, nos desesperamos e incluso podemos llegar a deprimirnos por la sensación de impotencia que se apodera de nosotros. Todos nuestros intentos han fracasado y la situación de incertidumbre continúa.

Otra opción es vivir sometidos a la realidad de lo que ocurre. La resignación nos convierte en víctimas de las circunstancias y de las personas. Nuestra voluntad queda en la sombra y nos permitimos ser marionetas de lo que va ocurriendo.

El modo más saludable de vivir la incertidumbre es aceptarla. Eso significa que lo reconocemos, que nos damos cuenta de que quizá es duro y difícil. Reconocemos lo que sentimos, que ahora no existen las respuestas o que quizá necesitamos ayuda. La aceptación nos permite vivir sin angustiarnos con la duda de no saber. Nos ayuda a esperar.

Cuando las situaciones no son como esperábamos, buscamos culpables fuera, y si adoptamos esta actitud les damos el mando de la situación y no recurrimos a nuestra capacidad interior para responder con más sabiduría. Para acceder a ella debemos saber esperar.

1. LIBROS
– "Fluir (Flow). Una psicología de la felicidad", de Mihaly Csikszentmihalyi. Editorial Kairós. Barcelona, 1996.
– "Yes to the mess. Surprising leadership lessons from Jazz", de Frank Barrett. Harvard Business Review Press.

2. MÚSICA
El jazz nos inspira a adaptarnos a la incertidumbre, a improvisar y fluir.
– "The Köln Concert", de Keith Jarrett.
– "Kind of blue", de Miles Davis.


La espera activa significa que se sostiene el vacío de no saber qué hacer, del cual puede surgir una tranquilidad que me permita ver las cosas con más calma y no precipitarme a la acción. Esperar otorga el espacio para ser introspectivo, acoger la situación y observar para encontrar la mejor respuesta. Es calmar la mente y permitir que la intuición hable. La espera abre a la escucha y posibilita percibir qué pide de nosotros una determinada situación; encontrar la pregunta adecuada sin abandonarnos al impulso de forzar las situaciones.

Con las preguntas creamos la realidad, influimos en las decisiones. Planteándonos interrogantes sabios, podremos decidir con lucidez. Ante la incertidumbre podemos preguntar: ¿por qué es así?, ¿por qué a mí?, ¿cómo se atreve? Estas preguntas llevarán a sentir rabia, desesperación e incomprensión. En su lugar podríamos plantearnos preguntas más apreciativas: ¿para qué estoy viviendo esto?, ¿qué me está enseñando esta situación?, ¿qué puedo aprender de ella?, ¿qué sería lo más inteligente que puedo hacer aquí?, ¿para qué voy a intervenir?, ¿cuál es mi intención?

Si actuamos con el piloto automático, con la rigidez de que las cosas han de ser como habíamos previsto, empezamos a dar palos de ciego que no llevan a ninguna parte, o pueden incluso empeorar la situación. Para conseguir salir del atolladero, necesitamos calmar la mente y dejar de pensar de forma atropellada. Así surgirán ideas creativas y se aclararán las dudas. Fortalecer la confianza y la actitud de “yo puedo”, en lugar de nublar la mente con sentimientos de “soy incapaz”. En este paréntesis de espera podemos dejar que la vida fluya manteniendo el cuidado de uno mismo: alimentarse bien, compartir con buenos amigos, hacer ejercicio y meditar.

Quizá es que debemos aprender a vivir sin resistencias, siendo creadores de cambios constructivos que provoquen mejoras y amplíen nuestros horizontes. Dar apertura a la capacidad de respuesta creativa y positiva, para lo cual es necesario equilibrar la acción con la introversión, el silencio, la reflexión y la meditación. Alcanzamos la capacidad de vivir en armonía cuando nuestra acción se equilibra con la reflexión y se fortalece con el silencio. Nuestra espera entonces no está invadida por la resignación, sino que es una espera en la que se mantiene viva la llama de la esperanza y la confianza de que llegaremos a buen puerto.

Si vivimos la incertidumbre desde un espacio de confianza, nos permitimos asumir riesgos, con iniciativa y sin miedo a equivocarnos. Así iniciamos el camino hacia la soberanía personal. No podemos ejercer un verdadero liderazgo sobre los demás ni sobre las circunstancias si no somos capaces de liderar nuestra propia mente, emociones y mundo interior. Si queremos dormir y nuestras preocupaciones no nos dejan, si queremos hacer deporte pero no lo hacemos, si tenemos un cuerpo poco cuidado, si pensamos atropelladamente. Esa falta de soberanía personal y de cuidado del ser nos impide responder con sabiduría ante los imprevistos.

Practicar la espera activa con atención plena. Desde esa actitud evitamos que la situación nos hunda, más bien la observamos atentos y alerta. Y acabaremos venciendo la inseguridad y actuando con todo el potencial interior: con confianza en uno mismo y en los demás, con la intención de hacer lo mejor para todos.