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sábado, 2 de marzo de 2024

La hechicera, el gato y el demonio: De Zenón a Stephen Hawking: 12 experimentos imaginados que cambiaron la historia. (Ensayo y Pensamiento)– 13 abril 2023 de Manuel Lozano Leyva (Autor)

Un estimulante viaje a través de los experimentos imaginados de la física que han puesto a nuestras mentes a jugar.

¿Qué relación guarda una competición de atletismo entre una tortuga y el campeón Aquiles con nuestra noción de infinito?

¿En qué medida afectan los movimientos de un demonio del siglo XIX a la hora de refrigerar nuestros ordenadores?

¿Pueden ayudar a explicar dos hermanos nadando en un río la teoría especial de la relatividad?

Con el mismo estilo ameno y didáctico que ya empleó en De Arquímedes a Einstein, Los diez experimentos más bellos de la historia de la física, el célebre físico nuclear Manuel Lozano Leyva vuelve a acompañar al lector en este nuevo libro por un viaje humanista, didáctico y creativo a través de los doce experimentos imaginados más ingeniosos y productivos de la historia de la física, aquellos cuya teoría (y paradojas) mejor explican nuestro mundo sin siquiera necesitar probarse empíricamente.

Sobre el autor: «Uno de nuestros mejores cerebros». ABC Sobre De Arquímedes a Einstein: «Un derroche de amenidad y capacidad divulgativa».

Emilio Lahera, sobre El fin de la ciencia: «El fin de la ciencia se ocupa, principalmente, de revelar errores de juicio, supercherías notorias y campos donde la ciencia será decisiva en un futuro inmediato: la pesca, la alimentación, el suministro de agua, la prevención y el combate de enfermedades endémicas, etc». 

Diario de Sevilla, sobre Los hilos de Ariadna: «Lozano Leyva ha escrito un libro entretenido y de lenguaje claro que ayuda a acercarse a la ciencia».

Santiago Belausteguigoitia, El País, sobre El cosmos en la palma de la mano: «Plantea un cosmos con proporciones humanas». ABC «Se nota que en el libro ha unido sus dos pasiones: la astrofísica y la docencia». Revista Fusión El Corte Inglés. 

lunes, 16 de abril de 2018

57 libros admirables para entender la vida. Una antología reúne estudios para crear una lista de títulos capitales de las letras occidentales, sin “caer en lo políticamente correcto”, según su coordinador, Jordi Llovet.


  Peggys Point Lighthouse, Peggys Cove/ Phare de Peggy2s Point, Peggy (de internet)
Se dice de algo que es admirable cuando se le tiene singular estima por juzgarse sobresaliente y extraordinario. Y ese es el hilo que ata los 56 títulos que conforman el haz libresco de La literatura admirable (Pasado & Presente), que el que fue primer catedrático de Literatura Comparada de Cataluña, Jordi Llovet, ha compilado y analizado junto a 43 colaboradores de alta alcurnia filológica y lectora, desde Francisco Rico y Fernando Savater a Isabel de Riquer y Joaquim Mallafré, pasando por los ya desaparecidos Luis Izquierdo y José María Valverde.

“Tengo gran vocación por la incorrección, o sea que aquí faltan muchos representantes de determinados colectivos, zonas geográficas…Tampoco se trataba de hacer un canon, ni mucho menos caer en lo políticamente correcto: este libro no tiene prejuicios, es una selección de títulos que animen a leer de entre el ovillo de la literatura occidental, ya que tampoco lo es de la literatura universal porque no creo en ella”, sienta rápidamente las bases del volumen su coordinador.

De la Biblia (“está el prejuicio de que es un libro religioso, pero es gran literatura”) a la Lolita de Vladimir Nabokov, en un “gran respeto al continuum de la tradición occidental”, el libro es presentado por alguno de sus grandes expertos a partir de textos que, mayormente, fueron los que utilizaron en su día para unas Lecciones de Literatura Universal impartidas en el Institut d’Humanitats de Barcelona, del que Llovet es una de sus almas. Tras las claves de cada obra, atrapada en una rica tela de araña literaria y cultural de la época, el catedrático aconseja la mejor edición que ha leído en la lengua original para, luego, hacer lo propio con dos o tres publicadas en castellano y salpimentarlo con cuatro o cinco estudios específicos.

Sabe Llovet qué recomienda porque, lector de “unos 10.000 títulos” de los 40.000 que atesora en su biblioteca, tiene, por ejemplo, “unas 40 ediciones” del Quijote o “unas veinte” de Moby Dick, dos de las obras analizadas en el volumen. Devorador de libros, como manda la tradición “seguramente judía”, de los de lápiz en mano (tiene junto a su sofá de cinco calibres porque “cada papel demanda un grosor”), anotador de lo más inverosímil (posee centenares de fichas con citaciones de libros clasificados por conceptos como “paraguas”, “tirar pañuelos para seducir” o “calvicies”: “la literatura está hecha de detalles”), también es raudo y astuto al responder a supuestas sorpresas del índice, como que sólo haya, amén de referencias a las Baladas líricas de Wordsworth y Coleridge y a la obra poética global de Rubén Darío, un par de libros de poesía contemporánea, los Cantos de Leopardi y La tierra baldía, de T.S. Eliot. “Son una excepción porque la poesía suele dar buenos poemarios, pero no libros; quizá podría haber entrado también Carles Riba..., pero es que, además, hoy se lee más narrativa que poesía”.

Más que alguna inevitable ausencia (no hay obra alguna de Thomas Mann, “pero está Robert Musil y su El hombre sin atributos… Sí, se podría haber añadido, como el Tirano Banderas de Valle Inclán, el mejor prosista en castellano desde Cervantes”), llama la atención la inclusión de títulos poco canónicos, como La Princesa de Clèves, de Madame de Lafayette, una de las tres únicas mujeres incluidas. “Es de los mejores libros seleccionados: es la primera novela psicológica de la literatura; de esa, tengo diez ediciones”.

Igual de chocante es la apuesta por Las amistades peligrosas, de Pierre Choderlos de Laclos. “Es el mejor ejemplo de la emancipación de la mujer en el XVIII, de su poder obtenido desde la conversación de los salones literarios y del celestinaje, pero claro, has de situarte en el siglo y el lector de hoy no sé si ve la novedad”. En otros casos, sorprende la valentía en la elección de la obra que representa a un autor, que no siempre es la más emblemática. Así ocurre con las hermanas Brontë, de las que no se selecciona Cumbres borrascosas de Emily sino Villette de Charlotte; o James Joyce, donde luce Dublineses por Ulises; o William Faulkner, de quien se elige ¡Absalón, Absalón! y no El ruido y la furia… “Villette no es mejor que Cumbres borrascosas, pero es más fácil de leer y generará más lectores, amén de que así damos a conocer otra gran obra; lo mismo con el Ulises, que, a pesar de ser más inteligible de lo que se dice, habría asustado a la gente por ese prejuicio, o El ruido y la furia, de la que no hubieran entendido nada… En cualquier caso, todos los títulos son, al menos, de una puntuación de ocho sobre 10; son admirables. ¿Que hay más? Seguro, pero estos son estimulantes y generan amor a la literatura y a la lectura por la vía rápida; no es un canon académico, sino que se mueve entre lectores con gusto y los sabios de la Academia”. Hacia el final del volumen, Terenci Moix (que tradujo en su día Suave es la noche) comenta El gran Gatsby de Francis Scott Fitzgerald (“demostró ser un fino lector”) y lo cierra El cuaderno gris, de Josep Pla, la única no ficción junto a las Crónicas de Ramon Muntaner. “Si quieres entender la historia del siglo XX catalán has de recorrer a Pla, como pasa con Balzac para entender la Francia de la primera mitad del XIX”. Pero están todos: Dante, Shakespeare, Cervantes, Borges…, y hasta el Voltaire de Cándido, de los preferidos de Llovet: “Tengo 40 o 50 ediciones, al menos… Es de rabiosa actualidad: es una crítica a ese optimismo de Leibniz, esa tontería de que vivimos en el mejor de los mundos, algo que, al menos, desde 1972 se acabó”. Parte de ese pesimismo llovetiano se traslada también a la dificultad de encontrar vivos estos títulos hoy en las librerías españolas, fruto de una demanda casi inexistente. “Leer a los clásicos requiere un traslado epistemológico en el tiempo y una preparación de base; la enseñanza de la literatura es muy endogámica, no se aborda bien la literatura universal… El Instituto Cervantes o la Institució de les Lletres Catalanes deberían promocionarla; está por hacerse una buena y sistemática colección; en Cataluña se intentó con la serie Mejores Obras de la Literatura Universal (MOLU), que lanzó Edicions 62, pero era en traducciones ilegibles… Hoy, apenas editan literatura universal como filosofía y con continuidad sellos como Edicions de 1984, en catalán, y Alba y Cátedra, en castellano”.

A pesar de que hace tiempo ya que ve pender una espada de Damocles sobre el mundo de la lectura (“al libro, al leer, le quedan 50 años a lo sumo: requiere tiempo y paciencia, virtudes que han desaparecido”), Llovet se refugia en Elias Canetti: “Decía que nunca hacía deporte porque la mente ahí no actuaba para nada; pues eso: el espíritu actúa más que nunca con la música clásica, y la mente actúa más que nunca con la lectura; la literatura es una interpretación del mundo: la vida no enseña; en la calle encontrarás el mundo, pero no lo entenderás”. Con La literatura admirable, al menos, hay la esperanza de que un poco, sí.

‘LOLITA’ Y LAS LEYES DEL FEMINISMO
Defiende Jordi Llovet, colaborador de Quadern, el suplemento cultural de la edición catalana de EL PAÍS, que más vale leer un centenar de libros que muchos más, eso sí, con la condición de que sean buenos y se relean sistemáticamente. “Siempre será mejor leer poco y a fondo, que leer distraídamente: los buenos libros siempre destilan alguna lección”, opina, contraponiéndolos a los que leen los jóvenes en su etapa formativa, quienes “de tanto leer literatura mala ya no saben discernir la que es buena de la que no”. No dice que, “de momento”, la literatura esté acabada, pero sí sostiene que lo está “la tradición literaria”: “A causa de la postmodernidad y la magnífica incultura de muchos escritores de nuestros días, ya no se escribirán muchos más libros basados en la herencia de la tradición occidental, que es riquísima y había sido la base de muchas narraciones, hasta en el caso de Franz Kafka”. El desconcierto imperante es tal que hasta uno de los libros admirables, Lolita, de Nabokov, tiene hoy detractores en el mundo occidental que lo vetarían. “Es un libro extraordinario por sus valores estéticos, y hasta morales. Si las ultrafeministas lo critican es porque hacen una lectura sesgada y dogmática. Ellas se lo pierden… Puede pasar perfectamente que un adulto pierda el juicio por una chiquilla: las leyes del deseo no son las mismas que las leyes del feminismo”.

https://elpais.com/cultura/2018/03/29/actualidad/1522342415_192894.html

sábado, 10 de diciembre de 2016

Patrick McMullan Archives DOCUMENTOS. EL PULSO 325 millones de libros no se equivocan.

James Patterson ha creado una auténtica factoría de novelas con un equipo de ayudantes. La producción en serie le ha hecho rico.

QUIZÁS EL ERROR sea insistir en que es una persona cuando es, en realidad, una empresa. Pero es bajo su nombre de persona que James Patterson está tercero en la lista mundial de las “celebridades que más dinero ganan”: Cristiano Ronaldo está 4º; Messi, 8º; Madonna, 12º; los Rolling Stones, 16º. El señor Patterson, dice la revista Forbes, se lleva unos 95 millones de dólares –85 millones de euros– al año haciendo libros. Escribirlos es –¿era?– otra cuestión.

En 1976, a los 29 años, el joven Patterson era un madman consumado, director creativo en la gran agencia de publicidad J. Walter Thompson. Fue entonces cuando –tras 31 rechazos– consiguió publicar su primera novela: la había escrito él, tenía una buena trama policial y vendió menos de 10.000 ejemplares. Veinte años y 15 libros después, Patterson ya ganaba suficiente como para dejar su puesto de CEO de Walter Thompson: sus novelas policiales solían ser número uno en los famosos rankings de The New York Times y se vendían por millones. Fue entonces cuando decidió que su propia pluma no alcanzaba, y empezó a organizar su factoría.

“Tenía demasiadas ideas, no me alcanzaban las horas del día”, diría después. “Tenía muchas historias que merecían ser escritas, pero yo solo no podía”. Así que se puso a contratar escritores, y ahora tiene unos veinte que elaboran sus novelas. Él se ocupa de sus tapas, sus campañas publicitarias, su mercadeo, cada detalle de la venta –con un equipo de seis ejecutivos–. Y se ocupa incluso de pensarlas: en general, entrega al negro de servicio una especie de guion –de varias docenas de páginas– donde resume las peripecias de la historia, para que él o ella las redacte. El año pasado Vanity Fair publicó el principio de uno de esos guiones: “Nora y Gordon tontean, divertidos y enamorados. Nos gustan. Se ven bien juntos –y no solo cuando están de pie–. Un minuto más tarde empiezan un polvo tremendo, terremoto. Nos hacen sentir bien, calientes, envidiosos”.

Patterson empezó produciendo policiales; con el tiempo entendió la utilidad de diversificarse y ahora fabrica libros para chicos, adolescentes, mujeres, ciencia-ficción, fantasía. Ya vendió 325 millones de ejemplares: más que Stephen King, John Grisham y Dan Brown juntos. Una de cada 25 novelas consumidas en Estados Unidos lleva su nombre en la tapa. El martes pasado, por ejemplo, publicó dos libros, y el próximo fin de semana tiene previsto publicar seis más. La cifra se ha acelerado mucho estos últimos meses con la aparición de su colección BookShots.

Los BookShots son unos tomitos de pura acción, menos de 150 páginas, menos de 30.000 palabras –50 veces este artículo–, con los que Patterson quiere cambiar la idea de lo que consideramos una novela. Deberían comprarse en cualquier lado y leerse “de una sentada” –o casi–; cada ejemplar cuesta cinco dólares y la primera tirada suele ser de medio millón. Patterson dice que en ese tipo de emprendimientos está el futuro del libro: que si quiere competir con la televisión, los videojuegos y las redes sociales tiene que usar sus mismas armas –y que por eso vale la pena simplificar los textos y armarlos en equipo y venderlos a golpes de mercadeo agresivo–. Cuando no escribe, Patterson insiste en lo importante que es leer y paga campañas para fomentar los libros como “vehículos de cultura”. Es curioso que la forma de algo lo defina tanto que la respetemos por sí misma: que un libro sea un libro, sea un libro, aunque sus palabras cuenten las tonterías del señor Patterson –o tantas otras–.

http://elpaissemanal.elpais.com/documentos/libros-no-se-equivocan/