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viernes, 29 de marzo de 2024

Vanessa Quintanar, historiadora: “La patata fue el alimento americano que tuvo peor recepción”

Esta investigadora ha estudiado el reflejo de la llegada de los productos americanos en la pintura y la literatura: Velázquez fue el primero que pintó un pimiento y el pavo ya aparece en ‘El Quijote’

La investigadora Vanessa Quintanar, en el Museo del Prado, ante el lienzo 'Despensa', de Peeter Boel (mediados del siglo XVII).

Vanessa Quintanar (Madrid, 43 años), historiadora de la alimentación y profesora invitada en el Máster de Gestión e Innovación de la Cultura Gastronómica de la Universidad de Cádiz, acaba de publicar Cibus Indicus: Alimentos americanos en las artes y ciencias de la Edad Moderna europea (siglos XVI-XVIII) en el sello Teatrum Naturae. Detrás de este título, se esconde el apasionante relato de cómo los alimentos americanos fueron ocupando un lugar cada vez más importante en el arte y la literatura europeas. Aparecen Velázquez, Cervantes, Quevedo, Tirso, maestros flamencos, Goya… Se trata de una obra que permite contemplar la pintura de una forma completamente diferente. La entrevista se realizó esta semana en el Jardín Botánico de Madrid y acabó con un paseo por el Museo del Prado donde, sostiene, “se puede aprender tanto de los alimentos como en los recetarios”.

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Pregunta. ¿En qué medida cambió la alimentación en España y Europa a partir de 1492?
Respuesta. Cambió en todos los niveles. Es decir, cambió no solo porque llegaron nuevos alimentos, sino que también se transformó la manera de cocinar. Supuso un reto para los hombres y mujeres de aquella época que encontraron alimentos que no sabían muy bien cómo encajar. Es decir, no fue solo una cuestión material, física, de alimentos, sino también de ideas.

P. ¿Fue una transformación muy rápida?
R. Fue bastante rápida. Hay alimentos como el pavo, que se llamaba gallipavo, y que el propio Colón trae cuando regresa. Y sabemos que, más o menos, en torno a 1515/17 llegan a Italia. Las aves en ese momento eran consideradas el summum gastronómico, con lo que el pavo es una buena noticia. Estaban comiendo cisne o cormorán. No los he probado nunca, pero intuyo que el pavo debe estar bastante mejor. El famoso chocolate en principio fue una especie de secreto de la Corte española. Como cuenta la historiadora Carmen Simón, se escondía en el guardajoyas.

Cuatro de Jan Brueghel el joven 'La abundancia' (1625), en el Museo del Prado, en el que aparecen numerosos alimentos y animales provenientes de América.

Cuatro de Jan Brueghel el joven 'La abundancia' (1625), en el Museo del Prado, en el que aparecen numerosos alimentos y animales provenientes de América. INMA FLORES

P. ¿Era un tesoro?
R. Absolutamente. Era un regalo a los reyes o a los papás, o si se casaba una hija en una corte extranjera, le mandaban chocolate. Pero en principio era algo muy restringido. Luego, poco a poco, pasa a las clases populares. Aunque obviamente el chocolate que consume la corte no es el que toma el pueblo. Y luego están la patata, el maíz o el tomate. La literatura del Siglo de Oro es una mina porque no solo los encontramos; sino que se utilizan para definir. Tirso de Molina, a la hora de caracterizar a los gallegos, habla del pan de maíz. O Quevedo decía que los andaluces venían cargados de deseos y de patatas.

P. ¿En su libro explica que Quevedo y Gracián ya hablan del pavo?
R Es el único animal americano que es nombrado en El Quijote. Cuando están hablando Quijote y Sancho de las comilonas de los nobles, en un momento dado Sancho asegura que “mucho mejor me sabe lo que como en mi rincón sin melindres ni respetos, aunque sea pan y cebolla, que los gallipavos de otras mesas”. Se habla también en el siglo XVII de la ensalada de tomate y pepino. Es decir, el arte nos está diciendo que esos alimentos se están consumiendo.

'Vieja friendo huevos', de Diego Velázquez, cuadro conservado en la National Gallery de Escocia.

P. También explica que Velázquez fue el primer artista que pintó el pimiento rojo.
R. Más que decir que es el primer pimiento representado, sería el primero que he encontrado. Es el primer pimiento claramente en su función alimenticia, porque aparecen en cuadros flamencos como alegorías de la abundancia. Pero en el caso de Vieja friendo huevos [cuadro de 1618 conservado en la Galería Nacional de Escocia] está claro que ahí ya tiene esa función. Uno puede aprender tanto de alimentación paseando por el Museo del Prado como leyendo recetarios.

P. ¿Cree que hay otro momento en la historia donde la comida haya cambiado tanto en tan poco tiempo como la llegada de los alimentos de América?
R. Los historiadores suelen hablar de tres momentos en los que se ha forjado la gastronomía o la alimentación en España. La más antigua es Roma, con la llegada de la vid, el olivo y el trigo, que son como la tríada mediterránea. Después, por supuesto, está el mundo árabe, que trae tantas cosas, sobre todo de Asia: el azúcar, el arroz, los cítricos. Y luego ya sería la incorporación de los alimentos americanos. En los siglos XIX y XX se produce otra revolución, no tanto en los ingredientes, sino en la transformación de esos alimentos como la comida preparada o la tecnología aplicada a la comida.

P. ¿Cree que la alimentación es una especie de antídoto contra el racismo pese a que muchas veces se utiliza la comida como fuente de nacionalismo?
R. Desde luego me parece que es una cura de humildad. Es decir, cuando uno habla de la gastronomía española, al final es una mezcla de cosas. Ahora que está tan de moda el tema de la colonización y la descolonización, me parece que los alimentos son una cosa bonita porque fue un intercambio en el que las dos partes salieron beneficiadas. Nosotros recibimos muchos alimentos, pero también llevamos muchas cosas interesantes sin las cuales ahora mismo la gastronomía, por ejemplo mexicana, tampoco sería igual, como la carne de vaca o cerdo.

Ahora que está tan de moda el tema de la colonización y la descolonización, me parece que los alimentos son una cosa bonita porque fue un intercambio en el que las dos partes salieron beneficiadas

P. ¿Qué alimento americano tuvo más problemas?
R. De todos los alimentos que he estudiado, la patata fue la que lo tuvo peor recepción. Llega más tarde porque no está en la zona de México, sino que se da en el Altiplano. Se enfrenta a todo tipo de problemas porque entre otras cosas es de la familia de las solanum, que desde la antigüedad en Europa tienen muy mala fama, como la belladona. Luego había toda una corriente médica que asimilaba la forma de los frutos con posibles enfermedades y se decía que transmitía la lepra. Pero, a través de los libros de cuentas, se sabe que se comía, porque obviamente la gente no estaba para remilgos, aunque era oficialmente alimento de animales. Sobre todo tiene mucho éxito en el norte de España. Luego, durante las hambrunas europeas, salvó la vida a millones de personas.

P. ¿Y cuándo comienza a aparecer en la pintura el gazpacho, otra comida típicamente española con ingredientes americanos como el tomate y el pimiento?
R. En el arte no lo he visto, aunque el tomate aparece bastante pronto. Pero, a principios del siglo XX, Emilia Pardo Bazán sostiene en La cocina española antigua que el gazpacho era una sopa de braceros, pero que ahora se sirve en la mesa del rey. Ya es un plato nacional.

'Un pavo muerto', cuadro de Francisco de Goya conservado en el Museo del Prado.

P. ¿Y cuándo se pierde la memoria de su origen y dejan de ser alimentos exóticos para convertirse en nacionales?
R. Cuando hablo de esto, siempre pongo como ejemplo un cuadro del Museo del Prado, Un pavo muerto, de Goya. Es un cuadro pequeño, que pasa bastante desapercibido. Es muy interesante porque forma parte de una serie de bodegones que hizo al mismo tiempo que los Desastres de la guerra. Siempre pongo ese cuadro, pintado entre 1808 y 1812, como ejemplo porque el pavo ha pasado de ser un animal exótico, raro, a representar al pueblo español masacrado, que es un poco lo que está simbolizando con esa serie. Este pavo es como si lo hubieran asesinado. Veo ese cuadro y pienso que este alimento ya forma parte de la idiosincrasia de los españoles. Diría que ocurrió en ese momento, en el siglo XIX. Y luego esos alimentos ya no solo forman parte de nuestra gastronomía, sino que fueron su santo y seña.

sábado, 1 de abril de 2023

GASTRONOMÍA. Los guardianes de la ensaladilla rusa, la tapa popular que subió a los altares ‘gourmet’

De origen confuso en el siglo XIX, se convirtió en la segunda mitad del siglo pasado en la tapa paradigmática de los bares españoles. Barata, sencilla y apetecible, su atractivo no ha dejado de ir en aumento y hasta pisa el terreno de la alta gastronomía.

Huevo cocido, patata, zanahoria, agua. Elementos fundamentales de la ensaladilla rusa, en suspensión.GERAY MENA

En un mediodía de septiembre en el barrio de los Remedios de Sevilla, Antonio Casado —presidente de una importante organización— degusta una ración de ensaladilla del restaurante Mariscos Emilio. Es uno de los tres sitios de la ciudad que a su juicio mejor preparan este plato. Está recién hecha, con la patata cocida esa misma mañana. Mayonesa abundante, suave. Unas gambas óptimas que le dan un punto lujoso. La ensaladilla está puesta “al desprecio”, un precioso término que usa Casado. Dice que el camarero de toda la vida la coge a ojo con un cucharón y la sirve de un giro seco de muñeca, con decisión. No es en absoluto una falta de consideración hacia el cliente. Al contrario, es un gesto técnico que muestra su saber hacer. Le parece aborrecible que se sirva con un sacabolas de helado; esa búsqueda de la circularidad remilgada cuando la ensaladilla es en esencia mezcolanza informe. No es el único mal que acecha a esta tapa tradicional por cuya pureza vela el Observatorio de la Ensaladilla Rusa, ODER,   integrado por Casado… y dos amigos suyos.

Lo montaron hace seis años porque sintieron que la vanguardia mal entendida estaba empezando a hacer estragos en su plato favorito. La cultura de la gastronomía crecía en España con brillantez, pero también con consecuencias disparatadas en la noble cocina ordinaria. “Con el nuevo siglo la ensaladilla entra en peligro”, dice. “El cocinero se vuelve casi un intelectual que trae diseño, nuevos ingredientes, y se quiere imitar esto hasta en recetas que no requieren a un Picasso de la cocina, basta un camarero que tenga la práctica de hacerla cada día”. Entonces, ellos se levantan en armas. Él y sus amigos Javi Padilla y Pepelu Martínez. Profesionales de la comunicación, abren su web y sus redes (@ensaladillaoder, Twitter e Instagram), hacen su declaración de principios —”ODER nace para preservar los valores intrínsecos del manjar y para protegerlo de las continuas agresiones que recibe en forma de gastrobromas, cocina de autor y otras monsergas”— y crean el Grupo de Operaciones Especiales de Seguridad, GOES, dirigido a amonestar por internet a toda ensaladilla anómala que le reporten sus seguidores, que ya andan por los 13.000. Estos navy seals, por supuesto, solo son ellos tres: Antonio, Javi, Pepelu.

Ensaladilla rusa de Restaurante Rafa. El huevo cocido lo rallan y su mayonesa, muy suave, coge un bonito color amarillo pálido.

Ensaladilla rusa de Restaurante Rafa. El huevo cocido lo rallan y su mayonesa, muy suave, coge un bonito color amarillo pálido. GERAY MENA

Poco después de que surgiese esta cofradía sevillana en la que la ensaladilla es el Gran Poder, el congreso San Sebastián Gastronomika celebraba su primer Campeonato Nacional de Ensaladilla Rusa. Era 2018. Lo ganaba la de Carles Abellán, de Tapas 24 (Barcelona). Su toque especial era la mayonesa, que hacía con cuatro aceites: de girasol, un poquito de oliva y algo del atún y las anchoas en conserva que llevaba su receta. Los tres siguientes se los dieron a tres locales de la provincia de Málaga, Candado Golf, Chinchín Puerto y Tragatá. El de 2022 lo ganó en octubre Pedro Antonio Noriega, de Castru El Gaiteru (Llanes, Asturias), por una ensaladilla que tira de mayonesa industrial Hellmann’s y a la vez le mete un vinagre de Jerez de 12 años. Además, sus patatas son asadas —no cocidas, como mandan los cánones— y lleva ventresca, pimientos del piquillo y aceitunas. Fue elegida por un jurado cualificado y debe de ser una ensaladilla para aplaudir con las orejas. Pero esto no ablanda el criterio rigorista de ODER. Consultado días después del dictamen, Casado responde por WhatsApp conciso, contundente: 

1. “Lo de las aceitunas ya es tragedia”. 
2. “Las patatas asadas para las parrilladas argentinas”. 
3. “La mayonesa industrial la admitimos en hostelería”. 

Para ellos, la receta perfecta tiene patata, zanahoria, atún o melva, huevo duro, pimiento morrón, guisantes (opcionales) y mayonesa. 

Su interminable lista de ingredientes prohibidos la encabezan precisamente las aceitunas e incluye por ejemplo encurtidos, palitos de cangrejo, cebolla fresca, huevas de salmón, remolacha, maíz, lechuga, anguila ahumada (diablos), tomate crudo, pulpo, rábanos, yuca, pétalos de flores (dos veces diablos) o bien (por todos los santos) salchichas.

Antonio Casado, presidente de ODER.Antonio Casado, presidente de ODER.

Antonio Casado, presidente de ODER. LAURA LEÓN 

Simone Ortega, con su clásico 1080 recetas de cocina, siempre es un referente de sentido común. Escribió que la ensaladilla rusa se hace con patatas, zanahorias y guisantes o judías verdes cortadas en trozos pequeños. “Esto es lo más clásico. También resulta muy sabroso añadir a estas verduras trocitos de manzana (tipo reineta), nueces en trozos, apio blanco cortado en trocitos, etcétera”. Optamos por no exponer lo del apio y la reineta de esta venerable divulgadora al juicio oderiano, que de todos modos tiene más de humor que de severidad. “Somos rancios pero no tanto, nos gusta la guasa”, matiza Casado en el luminoso comedor de Emilio.

Gastronomika es San Sebastián y San Sebastián es una capital de la cocina avanzada. La experimentación sí es lo suyo y para ellos no hay receta inmutable. “Todo lo que ahora es tradición en su día fue innovación”, resume Benjamín Lana, miembro técnico del certamen.
 
Patata, zanahoria, huevo cocido, guisante y perejil

Patata, zanahoria, huevo cocido, guisante y perejil GERAY MENA

Lo que no se sabe es qué fue en su día la ensaladilla rusa. Tiene una genealogía brumosa. Aparece mencionada por primera vez, como russian salad, en el recetario The Modern Cook (1845) de Charles Elmé Francatelli, que cocinó primero para los licenciosos aristócratas londinenses de Crockford’s Club y llegó a jefe de cocina de la reina Victoria. En España se cita la ensaladilla en La cocina moderna (Manuel Garciarena y Mariano Muñoz, 1857). En los sesenta y setenta del XIX, en Moscú el cocinero belga Lucien Olivier cautiva a la crema del zarismo con un popurrí delirante de cosas caras —aparte de patata cocida le echaba carne de urogallo, cangrejo, lengua de ternera, caviar…— que pasa a ser conocido como ensalada Olivier. Dice Rosa Tovar, historiadora de la cultura gastronómica, que en España no se convirtió en un plato popular hasta después de la Segunda Guerra Mundial: “Mi padre contaba que había llegado a los bares corrientes por influencia de la gente que se fue a Rusia con la División Azul”. Sería una ensaladilla de receta elemental, nada que ver con la elitista versión decimonónica. “A lo largo de la historia, en la cocina siempre ha habido dos niveles, el del plato elegante y el de su interpretación popular”, explica Tovar.

A través del franquismo —que quiso rebautizarla ensaladilla nacional—, durante la Transición, década tras década de democracia liberal, la ensaladilla rusa ha acompañado la historia cotidiana de la España contemporánea. Barata, agradable, la tapa reina. Hoy que hasta se le dedica un campeonato nacional parece que incluso gana jerarquía culinaria. Tiene todo el sentido que, a la vez que el gusto se diversifique y se transforme, haya una revalorización de los básicos. Está ocurriendo también con los torreznos. Pero sin el alcance de la ensaladilla. Esta está en todas partes. “Siempre ha tenido mucho tirón, pero nunca la he visto tan en boga como ahora, que parece que se puede testar la calidad de un bar por la de su ensaladilla”, dice Lana. 

Una de las más de 300 ensaladillas de España que recomienda ODER en su web es la del Raíces Galegas, un bar de Santiago de Compostela. En el Raíces pedirás un refresco o una cerveza, oirás “oreja, empanada o ensaladilla”, dirás oreja o empanada o ensaladilla y acertarás. Pero el caso es que su ensaladilla es estupenda. Simple: patata, zanahoria, guisantes, atún, mayonesa Choví, “non ten secreto”, dice su responsable, Óscar Blanco, que no sabe muy bien por qué este plato ha tenido tantísimo éxito, “podías decir que es porque es muy fresca para el verano, pero en invierno hace frío y te la comen igual; a lo mejor es porque a los bares nos es fácil hacerla y la llevamos muchos años metiendo con calzador”, ironiza Blanco.
Ensaladilla rusa de Restaurante Rafa (Madrid), que dispuso su plato ya elaborado y lo mostró en proceso para los juegos fotográficos
de este reportaje.Ensaladilla rusa de Restaurante Rafa (Madrid), que dispuso su plato ya elaborado y lo mostró en proceso para los juegos fotográficos de este reportaje.

La del Restaurante Rafa, un clásico de Madrid que abrió en 1958 como taberna y devino en templo de la cocina tradicional, especialidad en marisco, es otro tipo de ensaladilla.
También sencilla pero más delicada. La patata la cuecen la noche anterior para que enfríe durante la madrugada a temperatura ambiente. El resto lo cuecen la misma mañana en que hacen la ensaladilla. La mayonesa tiene un bonito color amarillo pálido. El huevo va rallado. Todo se amalgama tan bien, tan suave, le da tanto gusto a la boca que ni miras a las portentosas cigalas exhibidas en la barra ni a la fila de joselitos que cuelgan tan ibéricamente. A Rafa cada vez más llega gente pidiendo expresamente la ensaladilla. “Nos ha sorprendido la importancia que se le está dando en los últimos años. De repente se ha puesto a la ensaladilla rusa en un pedestal”, dice Miguel Ángel Andrés, copropietario del restaurante con su primo Rafael. Desde hace un tiempo la ofrecen también con ventresca, aunque tanto su ensaladilla como su ventresca son tan buenas por separado que merecen trato autónomo y soberano.

Los productos gourmet de mar no son necesarios para una ensaladilla impecable. Tampoco molestan. En Becerrita, un restaurante de Sevilla donde se ha cocinado buena parte de la política andaluza, le ponen unos langostinos gordos, frescos y sabrosos que elevan el sabor intensamente. La patata la cuecen en el agua del marisco para que su sabor esté todavía más presente. Su jefe de cocina, Jesuli Bejarano, lleva 35 años en el restaurante, haciendo cada día la misma ensaladilla y despachándola toda en la misma jornada. “La salida es fundamental”, dice, nada se aprovecha para el día siguiente.

Catando la joya de Becerrita, Antonio Casado recuerda que su pasión por la ensaladilla rusa le empezó de niño, que lo llevó a exponer su salud en sitios baratísimos —”me jugué la vida…”—, que su curiosidad por explorar algo tan aparentemente homogéneo como esta tapa lo condujo a probarla incluso en un bufé chino.
El cocinero jefe del local el Becerrita, Jesuli Bejarano.

El cocinero jefe del local el Becerrita, Jesuli Bejarano. LAURA LEÓN

Completa el recorrido sevillano con el Donald. Bar, restaurante, cafetería, el típico donde aún se cantan las tapas, comandado por un líder carismático, Mariano García o Mariano el del Donald. Lo más maravilloso de este lugar taurino y con solera no es su ensaladilla —­buenísima—, sino que su primer dueño fue demandado por Disney por llamarle a su bar Pato Donald. A los seis meses de abrir le llegó una carta de la compañía diciéndole que lo cambiaba o a lo primero que se arriesgaba era a una multa de 700.000 pesetas, bastante dinero de aquella época. “Le quitó el Pato y le dejó el Donald”, resume Mariano; “pero tú dime en 1973 cómo se enteraron de que un tipo en la calle de Canalejas de Sevilla le había puesto a su cafetería Pato Donald…”.

La ensaladilla rusa del Donald es el paradigma de la tradicional. Simple a más no poder, con un encanto elemental. Mariano no quiere inventos con un plato que siempre le ha funcionado como un tiro. “Claro que la cosa de la comida de las estrellas Michelin está bien, pero a la gente también le gusta esto. Ni yo soy moderno ni el Donald es moderno”, dice el dueño. Uno de sus camareros, porte a la antigua, camisa blanca, pantalón negro, bigote de señor, gesto parco, sirve las raciones de ensaladilla ejecutando a la perfección el movimiento al desprecio. Intangibles que no tienen precio, como escuchar las historias de Mariano de cuando le servía el catering a El Loco de la Colina, se lo sirvió en la cárcel y en un cementerio, o de las gentes que han pasado por allí. “Una vez vino Bob Dylan”.

Hubiera sido un buen final que Dylan hubiese tomado ensaladilla en el Donald. Pero se pidió un solomillo, patatas fritas y varias coca-colas. Qué sabrá él.
Mariano el del Donald.

Mariano el del Donald. LAURA LEÓN


domingo, 28 de junio de 2020

Gran hambruna de Irlanda: la crisis que provocó la muerte de un millón de personas por confiar en las fuerzas del mercado Stefania Gozzer BBC News Mundo

La pandemia de covid-19 ha golpeado de manera especialmente dura a las comunidades indígenas de Estados Unidos. Y, al otro lado del Atlántico, hay una isla donde mucha gente siente que es su deber hacer algo al respecto: Irlanda.

En la página web GoFundMe, una campaña que busca recaudar fondos para las comunidades Navajo y Hopi suma ya más de US$4 millones. Entre los donantes, abundan los apellidos irlandeses.

"Desde Irlanda, con mucho amor", escribe en el muro de la campaña RJ MacReady, que aportó US$200. "Irlanda recuerda", escribe Rachel Adams, que puso US$20.

Su gratitud se remonta a otra gran crisis que ni siquiera les tocó vivir en carne propia, como recuerda Christopher Doughan, que donó US$25: "En Irlanda, no olvidamos y no olvidaremos. Gracias por su increíble bondad hace más de 170 años".

En 1845, la isla de Irlanda sufrió un desastre alimentario del que no lograría salir durante los siguientes cinco años y que acabaría cobrándose la vida de más de un millón de personas y empujando a emigrar a otro millón y medio.

El episodio pasó a la historia como la Gran Hambruna Irlandesa. 1845-1851.

"Redujo en más de un tercio los habitantes de la isla de Irlanda en un periodo de seis años", le explica a BBC Mundo Christine Kinealy, directora del Instituto de la Gran Hambruna de Irlanda.

La hambruna fue tan brutal y prolongada que, cuando el empobrecido pueblo nativo americano de los Choctaw oyeron sobre ella, reunieron el dinero que pudieron (US$170 de la época, unos US$5.000 actuales según la revista Time) y se lo enviaron a los irlandeses, que desde entonces se sienten hermanados con las comunidades indígenas de Estados Unidos.

Pero ¿qué provocó una tragedia de tal dimensión que, casi dos siglos después, aún inspira un sentimiento de fraternidad tan fuerte?

La hambruna de la patata
En la década de 1840, la isla de Irlanda formaba parte del Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda. Carecía de gobierno propio, aunque contaba con más de 100 escaños en el Parlamento británico.

"En la práctica, era una colonia de Reino Unido", le asegura a BBC Mundo Gaia Narciso, directora del Departamento de Economía de Trinity College, de Dublín.
Familia irlandesa a las puertas de su casa en Killarney.
Familia irlandesa a las puertas de su casa en Killarney.

Kinealy coincide: "Irlanda había sido esencialmente empobrecida y era una colonia de Gran Bretaña y las mejores tierras habían sido dadas a los colonos, que en su mayoría eran protestantes ingleses y escoceses".

"El 85% de la población nativa irlandesa era católica y sobrevivía con muy poco, así fue como acabaron dependiendo tanto de la papa", afirma. "Ningún otro país de Europa tenía una dependencia tan alta de un solo tipo de cosecha".

La papa, originaria de Perú y llevada a Europa tras la conquista de América, se volvió rápidamente el elemento esencial de la dieta irlandesa.

El increíble viaje de la papa andina, el tubérculo que transformó el mundo
En las décadas anteriores, la población de la isla de Irlanda había crecido más que la de cualquier país de Europa Occidental, como explicó el historiador económico irlandés Cormac Ó Gráda en un análisis al que se puede acceder en la página web de la Sociedad de Historia Económica.

Si bien los irlandeses igualaban en casi un tercio a la población de Gran Bretaña, apenas percibían dos quintos de sus ingresos per cápita.

El tercio más pobre subsistía intercambiando mano de obra por un pedazo de tierra donde poder cultivar. Y la mejor forma de sacar provecho a ese limitado terreno era sembrar papa, un alimento muy completo nutricionalmente y que no requería de mucho espacio para su cultivo y almacenamiento.

¿Podrías sobrevivir comiendo un solo tipo de alimento?
Hasta que, en 1845, una plaga de hongos que atacaba las cosechas de papas se expandió por Europa.

"La plaga llegó de México. Lo raro que tenía era que no podías ver por fuera si la planta estaba enferma o no. Recién al momento de la cosecha, cuando sacabas la papa, veías que estaba podrida", explica Gaia Narciso.

El 85% de la población nativa irlandesa era católica y sobrevivía con muy poco. Así fue como, cosecha tras cosecha, los irlandeses iban descubriendo que su principal fuente de alimentación se desvanecía.

Una penuria que duró más de un lustro y que explica porque otro de los nombres que se da a este episodio histórico es el de la "hambruna irlandesa de la papa".

Fuerzas del mercado
Si bien las continuas pérdidas de cosechas de papa ya eran en sí una gran tragedia para el pueblo irlandés, los historiadores coinciden en que las acciones del gobierno británico, entonces en manos de los Whigs, el antiguo Partido Liberal, amplificaron sus efectos.

La élite y la clase media británica de la época no veían con buenos ojos las ayudas estatales para paliar la crisis, como explicó en un artículo publicado por la BBC en 2017 el historiador James Donnelly.

Él señala tres doctrinas económicas populares en aquella época como las responsables de la falta de solidaridad: el laissez-faire, la creencia protestante en la divina providencia y los "enraizados" prejuicios étnicos contra los irlandeses católicos.

El laissez-faire o "dejar hacer" es una corriente que se opone a que los gobiernos interfieran en la economía de un país y que defiende que, sin estas intervenciones, las fuerzas del mercado serán los suficientemente libres para alcanzar el equilibrio por sí solas.

"Así que el gobierno británico no quiso traer comida ni impedir que esta saliera del país", explica Christine Kinealy.

"Eso fue desastroso porque grandes cantidades de alimentos salieron de Irlanda mientras que el país se moría de hambre literalmente por esa creencia de que el mercado se autorregularía, lo cual no sucede ni sucedió".

Como explica Donnelly, bajo esta doctrina el gobierno británico rechazó medidas como prohibir la exportación de granos en Irlanda, que podrían haber servido para alimentar a la población local.

Pero, ante la cantidad de muertes, había que hacer algo así que entre 1846 y 1847, el gobierno invirtió en obras públicas para crear empleos en una medida que no solo no duró sino que solo proveyó a unos pocos de salarios insuficientes.
Un millón y medio de irlandeses tuvieron que emigrar. La mayoría, a América del Norte.
Un millón y medio de irlandeses tuvieron que emigrar. La mayoría, a América del Norte.

"El problema era que la gente estaba debilitada porque no tenía acceso a comida y tenía que hacer estos trabajos pesados. Además, los salarios eran extremadamente bajos… Fue un total fracaso en términos de organización", afirma Narciso.

"Eran trabajos físicos duros 12 horas al día, seis días a la semana (72 horas semanales), para ganar salarios muy bajos. Había mucha hambruna porque los sueldos eran muy bajos y los precios de la comida muy altos…", asegura Kinealy.

"Para finales de 1846, ya estábamos viendo una mortalidad en masa en Irlanda".

La medida no duró más que un invierno y fue reemplazada con los comedores populares, que en el verano de 1847 llegaron a alimentar a tres millones de personas.

Pero este esquema apenas duró seis meses y, según Donnelly, el motivo fue una vez más el laissez-faire.

"La idea de alimentar directamente a una gran proporción de la población irlandesa violaba todas las preciadas nociones de los Whigs de cómo un gobierno y una sociedad deben funcionar", escribió Donnelly.

Para ser coherentes con el laissez-faire, el gobierno también se negó a facilitar la emigración de irlandeses.

"En ese sentido, el virrey irlandés de hecho propuso limpiar la provincia occidental de Connacht de los 400.000 pequeños agricultores empobrecidos que eran demasiado pobres para emigrar por su cuenta”, dijo Donnelly.

"Pero la mayoría del gabinete de ministros Whigs vio poca importancia a gastar dinero público para acelerar un proceso que ya se estaba llevando a cabo ‘de manera privada’ a gran ritmo".

Asilos para pobres
Una vez fueron cerrados los comedores populares, a los más necesitados no les quedó más que recurrir a las workhouses o asilos para pobres.

"No son un lugar al que uno quiera ir", explica Narciso. "Estaban superpoblados. Ir a un asilo de pobres era el último recurso".

Casas en ruinas en el pueblo de Tullig, en 1849, durante la Gran Hambruna.
Los asilos para pobres han sido descritos como una de las instituciones más tenebrosas de Irlanda. La gente sin recursos acudía a ellos en busca de comida y techo a cambio de trabajo.

Una vez dentro, las familias eran separadas y las condiciones de vida eran lo suficientemente desagradables para fomentar que la gente quisiera irse y evitar así que estos lugares acabaran abarrotados.

Aún así, estos asilos alcanzaron su capacidad máxima aquel 1847. A partir de entonces, se convirtieron en la única forma de asistencia pública en Irlanda.

Al laissez-faire se sumó, según Donnelly, la creencia que había en Gran Bretaña de que la hambruna en Irlanda era un castigo divino, un acto de providencia para librar a los irlandeses de un régimen agrario que los británicos veían como ineficiente y abusivo.

"Según las autoridades británicas de la época, el funcionamiento de la divina providencia se revelaba en las operaciones sin restricciones de la economía de mercado y, por lo tanto, era malo interferir con su correcto funcionamiento", escribió Donnelly en su artículo.

Por último, están los prejuicios contra los irlandeses que había en Gran Bretaña.

"Todas las decisiones que concernían a Irlanda venían de Londres, y la gente que gobernaba Irlanda en aquella época no era muy solidaria", afirma Kinealy. "Creían que los irlandeses eran ociosos y que eran pobres porque eran ociosos".

"Si se daba mucha ayuda, habría más hambrunas. Así que había una idea de que ‘No puedes ser muy generoso porque eso solo crearía dificultades de dependencia y las cosas nunca mejorarían".

En opinión de la experta: "Las decisiones que se tomaron en Londres y el tipo de ayuda que se dio a los pobres irlandeses, en cierta forma, exacerbaron los problemas y no trajeron ayuda a la gente".

La hambruna solo se resolvió cuando la plaga acabó, algo que, en algunas zonas de Irlanda, no se dio hasta 1851.
tumbas en Irlanda
Un millón de irlandeses murieron debido a esta crisis.
"Irlanda nunca se recuperó de esa pérdida de población", asegura Kinealy.

Antes de la hambruna, 8,5 millones de personas vivían en la isla de Irlanda. Un número que, incluso hoy en día, no se ha vuelto a alcanzar.

Cómo el gobierno colonial británico dejó morir de hambre a un millón de indios

En la actualidad, Irlanda del Norte, que pertenece a Reino Unido, cuenta con cerca de 1,9 millones de habitantes y la República de Irlanda no llega a los 5 millones.

El legado de esta experiencia traumática se ve aún tanto en la demografía actual de la isla como en aquellas donaciones de irlandeses en GoFundMe para las poblaciones nativo americanas que más sufren la pandemia de covid-19.

Pero va incluso más allá, como explica Gaia Narciso, que dirige una investigación para establecer la relación entre la hambruna y los movimientos que consiguieron la independencia de la República de Irlanda en 1921.

"Lo que encontramos es que la gente cuyas familias habían estado más expuestas a la hambruna resultaron los que tenían más probabilidades de rebelarse contra el mando británico 70 años después".

Para ella, la lección que deja es que en momentos de crisis es que "lo importante es proveer ayudas" a quienes más lo necesitan.

"Felizmente, en la actualidad, la respuesta ha sido la opuesta a la que vimos en el siglo XVIII".

https://www.bbc.com/mundo/noticias-internacional-52826839