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viernes, 30 de agosto de 2019

_- La mayor barbarie del franquismo. El Centro Andaluz de la Fotografía revisa la masacre de civiles que huyeron de Málaga en 1937. El nuevo Gobierno regional despide al director que programó la muestra.

_- El infame bombardeo de Gernika por la Legión Cóndor en abril de 1937 se convirtió enseguida —y definitivamente gracias al célebre cuadro de Picasso— en el eje principal de la denuncia ante la opinión pública internacional tanto de la barbarie franquista como de la participación de las potencias nazi-fascistas en la Guerra Civil mientras las democracias europeas se encogían de hombros.

Aquella atrocidad relegaría a un segundo plano, hasta sumirlo en un casi absoluto olvido, al que probablemente constituya el mayor crimen de guerra del franquismo. Solo dos meses antes, en febrero, la caída de Málaga en poder del ejército sublevado lanzó a la carretera hacia Almería a decenas de miles de refugiados. Con la colaboración de fuerzas italianas y alemanas, los buques de la escuadra rebelde los bombardearon desde el mar mientras la aviación ametrallaba a la multitud. En palabras de Queipo de Llano, “para acompañarlos en la huida y hacerles correr más aprisa”.

© Gerda Taro. Foto de la portada de la revista Regards


El Centro Andaluz de la Fotografía presenta la exposición Taro y Capa en el frente de Málaga. Las fotografías de las brigadas internacionales, comisariada por Fernando Alcalde de la ARMH 14 de Abril. Se inaugura el viernes 12 de julio a las 20.30 y se podrá visitar hasta el 29 de septiembre de 2019.

Muestran, por primera vez, las imágenes tomadas en el viaje que emprendieron Robert Capa y Gerda Taro desde Almería hasta Calahonda (Motril) acompañando al Batallón Tschapaiew de la XIII Brigada Internacional durante la contraofensiva republicana en La Desbandá (febrero de 1937).
ORGANIZA | COLABORA
ARMH 14 de Abril 
Colabora: Consejería de Cultura y Patrimonio Histórico











Concebida como una operación de propaganda a mayor gloria del golpismo y sus aliados, no existen apenas más imágenes que las realizadas por reporteros empotrados que las divulgaron en las principales revistas ilustradas europeas y los noticieros cinematográficos de la época. Solo las pocas fotografías del folleto del médico canadiense Norman Bethune, El crimen del camino Málaga-Almería, están hechas desde el lado de las víctimas y recogen el éxodo. Aparte, se conocían las firmadas por Robert Capa, tomadas ya en una Almería bajo el shock del bombardeo especialmente cruel del 12 de febrero, con la ciudad desbordada por la presencia de alrededor de 300.000 personas refugiadas.

Recientemente, y casi con cuentagotas, han ido viendo la luz más documentos gráficos relacionados con este episodio y que obligan a un replanteamiento de la autoría de la obra producida por el famoso fotógrafo y por Gerda Taro, demasiado tiempo despachada como “la novia de Robert Capa”. Las fotografías de ambos, publicadas en las revistas francesas Regards y Ce Soir, la alemana Die Volks-Illustrierte y la checoslovaca Španělsko, además de la documentación del contrataque del batallón Chapaiev de la XIII Brigada Internacional en la costa de Almería y Granada, constituyen el núcleo de la exposición Taro y Capa en el frente de Málaga. Las fotografías de las Brigadas Internacionales. Este valioso material procede del International ­Center of Photography de Nueva York, la Bibliothèque Nationale de France, el Archivo de la Resistencia Austriaca en Viena, los Archives Nationales de France y el legado del escritor y brigadista Alfred Kantorowicz en Hamburgo.

Comisariada por Fernando Alcalde, de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica 14 de Abril, la exposición representa una ocasión idónea para la reflexión acerca del papel que en la construcción de la memoria colectiva y, a la postre, de nuestra identidad desempeñan las producciones culturales —y en concreto, la fotografía—. Qué y cómo se difunde y se consume. O, todo lo contrario, se silencia.

La muestra puede verse en el Centro Andaluz de la Fotografía, en Almería. A la inauguración, el pasado 12 de julio, en contra de lo habitual, no asistió el director del centro.

El CAF fue creado en 1992 y, por primera vez desde su fundación, su dirección fue adjudicada en 2017 en un concurso público, por un jurado de profesionales y siguiendo el código de buenas prácticas. Pero habiendo escasamente superado la mitad de los cuatro años de duración del contrato, este ha sido rescindido, y su titular, Rafael Doctor, despedido.

La razón aducida es la desaparición de la dirección de Programas de Fotografía, de la que depende el CAF. La mesa sectorial del arte contemporáneo español —que congrega asociaciones de artistas y comisarios, de coleccionistas, docentes o galeristas— ha respondido contundentemente, denunciando la supresión de una de las escasas instituciones dedicadas en España al ámbito de la fotografía y condenando la inaceptable injerencia política que implica esta medida de la Consejería de Cultura y Patrimonio Histórico de la Junta de Andalucía.

Al frente de dicha Consejería se encuentra desde el pasado mes de enero la veterana militante del PP y experta en derecho comunitario Patricia del Pozo. Glosando su nombramiento, la prensa más afín destacó su gusto por el flamenco, “al que su padre es un gran aficionado”, o las corridas de toros. En esa línea cabe interpretarse su anuncio de “declarar bien de interés cultural las rehalas y la montería” o el de una “ley del flamenco”. En todo caso, el grueso de la gestión de la cultura andaluza ha ido a recaer en un cargo de nuevo cuño, el secretario general de Innovación Cultural y Museos, con el que, no menos sorprendentemente, ha sido agraciado el empresario cántabro Fernando Francés García, célebre por los continuos enredos, siempre al límite de la (i)legalidad, que provoca la porosidad con que concibe el lucro propio y la administración de los recursos públicos. A fin de cuentas, el modelo que el neoliberalismo sueña: sacrificarlo todo en el altar de los intereses de la libérrima y soberana empresa. Incluidas las instituciones públicas.

Es digna de admirarse la soltura con que el poder político simultanea, ambidiestro, la autoritaria censura de corte tradicional, propia de los regímenes dictatoriales, con su enmascaramiento tras subterfugios tecnoburocráticos de interminables reestructuraciones en nombre de una “optimización” de nunca queda claro exactamente qué. Una maraña entre la que se ve alejarse el improbable día del fin de esta querencia por una anomalía que se revela, ¡ay!, tan española.

En medio de un paisaje sometido a una violenta mutación —de un lado, una clónica y banal arquitectura turística; del otro, la arrolladora generalización de la agricultura intensiva–, no es fácil reconocer aquella carretera de 1937. En la Nacional 340 entre Málaga y Almería, abandonada hoy en muchos de sus tramos, no atruenan las bombas impeliendo al viajero a “ir más deprisa”: una moderna autovía le permite dejar cómodamente de lado las paradas y vistas indeseadas. Con la misma eficacia con que nuestros gestores político-culturales se desviven por ahorrarnos los siempre fastidiosos guernicas aún pendientes.

Taro y Capa en el frente de Málaga. Centro Andaluz de la Fotografía. Almería. Hasta el 29 de septiembre.

https://elpais.com/cultura/2019/07/19/babelia/1563555485_082094.html

viernes, 28 de septiembre de 2018

Contra las bombas: malos tiempos para el internacionalismo

Que el flamante ministro de Exteriores, el presidente socialista del ‘no es no’, y el más anticapitalista de los alcaldes de España hayan aceptado el límite de lo posible en el caso de la venta de armas a Yemen es el peor de los fracasos.

Yemen

Era 2011 y miles de jóvenes ocuparon las plazas para cambiar el régimen del 78. No pedían reformas, querían transformarlo todo. Inspiradas por las revueltas de Túnez y Egipto, de las primeras tiendas se fueron expandiendo acampadas como pequeñas ciudades provisorias, pobladas de gentes diversas, una heterogeneidad aunada por la indignación y la urgencia de cambio. Hubo represión y detenciones, pero ahí se mantuvieron, una rebelión que nadie esperaba. No, no estoy hablando del 15M.

El régimen del 78 con el que querían acabar estas gentes indignadas inició con el acceso al poder del presidente Alí Abdalá Salé. La represión que tuvieron que afrontar implicó tiroteos, estudiantes quemados en sus tiendas de campaña. Todo esto pasó en Yemen, uno de los países con más armas por habitante del mundo. Todo esto va de gente, gente que se indigna, gente que protesta y gente a la que matan. Va de las posibilidades que prometen los aires de cambio. Va de las renuncias impuestas. Va de cómo muere lo que prometieron las plazas.

A la primavera árabe de Yemen le esperaba un largo invierno. Una resaca que no parece tener fin: Guerra en el sur, guerra en el norte, Estados Unidos y sus drones, los países del Golfo y sus tensiones, los terroristas y su retaguardia, y sobre todo Arabia Saudí poniendo orden en su patio trasero.

Al siempre impune suministrador de crudo y petrodólares le queda incómodo que entre sus yacimientos y el golfo de Adén —central para el comercio del petróleo— haya un Estado. Mala suerte para los yemenís que, aunque en 2012 consiguieron liberarse por fin de Salé, vieron cómo éste se fue impune, no muy lejos, para seguir moviendo los hilos (hasta que fue asesinado el año pasado).

Quedó su vicepresidente y, como es lógico, el cambio le supo a poco a mucha gente. En 2015 empezó la guerra, una guerra muy complicada, como si las guerras hubiesen sido alguna vez fáciles. Alianzas cambiantes entre las potencias mundiales, los regímenes regionales y las oligarquías internas, a las que llamamos tribus para poder pensarlas como muy distintas a las nuestras. Desde entonces leemos que es todo un caos, que no hay solución, que es que las cosas funcionan así entre esa gente bárbara, y que si no podemos tomar parte, si ni siquiera podemos entenderlo, la cosa ya no nos concierne. Pero siempre se puede tomar parte: hay que tomar parte por la gente, por los pueblos. El internacionalismo va de eso.

No hay forma más drástica de achicar los marcos de lo posible, que poner en cuestión la supervivencia. Cuesta soñar con libertad o democracia mientras matan a tus hijos. Es difícil sostener la resistencia con el estómago vacío y el cuerpo enfermo: las bombas y la hambruna dejaron poco margen para imaginar nuevos Yemen en las plazas. Un Estado fallido, minado de intereses extranjeros, donde no hay refugio. Aquí, sin embargo, no están cayendo bombas. No tenemos un Estado fallido. La pobreza y la precariedad crecen, pero siguen enteros los hospitales y nadie muere de desnutrición, ni siquiera en las regiones más pobres y abandonadas.

Aquí hubo hasta gente que tras la ola de cambio que inspiraron las plazas consiguió llegar a las instituciones. Lanzamos grandes proclamas internacionalistas, gritamos que si había dinero para rescatar a los bancos, también se podría rescatar a la gente. Y sin embargo la gente tiene que seguir rescatándose a sí misma, sola y a la deriva, a través de trabajos cada vez más precarios. Algunos de esos trabajos son un engranaje en la cadena que termina en la muerte de la población yemení. Por ahora, no se puede hacer nada, nos dicen, no podemos condenar a nuestra gente a la miseria. Y así, nos condenan a la miseria moral a todas.

Que el flamante ministro de Exteriores, el presidente socialista del "no es no" y el más anticapitalista de los alcaldes de España hayan aceptado tal límite de lo posible es el peor de los fracasos. Es castrar la imaginación política, renunciar a desplazar el marco, aceptar que no podemos redistribuir la riqueza del Estado. Aceptar que es necesario tragar con que no exista otra alternativa para la supervivencia de miles de personas que fabricar armas contra otras miles de personas.

Entiendo que es duro enfrentarte al desempleo y la falta de futuro de tu gente. También pienso que no solo se debería dimitir cuando a uno le pillan en falta. También se puede dimitir cuando no hay posibilidad de ser coherente con tus principios, cuando tienes claras las fronteras morales que no cruzarás nunca. No significa irte, si no quedarte de otra forma, para forzar la alternativa, para pelear otros horizontes posibles.

Porque si estamos dispuestas a seguir por ahí, si somos nosotras quienes aceptamos hacer lo que antes impugnamos, estamos avalando el mantra del neoliberalismo, el “no hay alternativa.” ¿Aceptaríamos que necesitamos exportar bombas y barcos si estos fuesen a ser utilizados contra Francia o Italia? ¿No es evidente que es la alteridad desenfrenada, la savia misma del colonialismo, la que permite que tantas personas asuman que no podemos hacer otra cosa que seguir produciendo muerte?

La población yemení será la principal víctima del armamento que exportamos a Arabia Saudí, de los barcos que rescatarán —hasta cuándo— a los obreros gaditanos. Pero no será la única víctima. Aquí estamos enterrando también la posibilidad de plantarse para detener la inercia que nos hace pedir empleo a cualquier costa, de cualquier tipo, y empezar a exigir que se redistribuyan la riqueza y el trabajo. Plantarse, en definitiva, ante la economía de la muerte que nos impone el capitalismo.

Fuente:
https://www.elsaltodiario.com/yemen/malos-tiempos-internacionalismo

jueves, 21 de junio de 2018

Las mortíferas pruebas de los ‘stukas’ de Castellón. Un documental, que se estrena hoy en Valencia, explica por qué los nazis bombardearon cuatro pequeños pueblos y mataron a 38 personas.

Días después de masacrarlas, los soldados nazis cogían el coche y se acercaban a las pequeñas poblaciones del interior de Castellón para comprobar in situ el efecto de las bombas que habían arrojado desde el aire. Se llegaban a meter dentro de los cráteres para ponderar la devastación, registrando todas sus acciones en imágenes. Luego volvían al aeródromo de la cercana La Sénia (Tarragona), apuntaban los detalles de la misión y se retiraban el resto de la jornada a disfrutar de una vida relajada, consumiendo cerveza llegada desde Alemania, como muestran las fotografías.

80 años después, esa minuciosidad por documentar los ataques de los tres nuevos aviones Junkers 87-A, los llamados stukas, por parte de la Legión Cóndor ha permitido que los ciudadanos de Benassal, Albocàsser, Ares del Maestre y Vilar de Canes conozcan quién mató a 38 de sus familiares y vecinos en mayo de 1938. Eso y la curiosidad e interés del profesor universitario de Física Òscar Vives por descubrir la verdad sobre los bombardeos de estas tranquilas localidades rurales, carentes de valor estratégico y militar, de los que se hablaba con sordina en su Benassal natal. Como se destruyó una iglesia, algunos vecinos seguían pensando que habían sido obra del bando republicano; como los municipios estaban (por poco tiempo) en territorio republicano, otros creían que habían sido las tropas franquistas.

“Fue el primer avión que vi en mi vida. Era como un gran pájaro, pero diferente”, recuerda Obdúlia Mir en uno de los numerosos testimonios que recoge el conmovedor documental Experimento Stuka, que se estrena hoy en la Filmoteca valenciana, en el seno del DocsValència. Festival Internacional de Cine Documental. “Siempre destruían el centro del pueblo. Era un poco extraño todo”, dice Dolors Pitarch, otra de las supervivientes. “Mi padre tuvo que oír que los rojos habían destruido el pueblo y la iglesia”, rememora Àngel Artadi, hijo de miliciano republicano. Su padre insistía en que él, que había estado luchando en las batallas del Ebro y de Teruel, nunca había visto aviones así. “Cuento en Alemania lo que pasó en mi pueblo y sin embargo no puedo hablar con determinadas personas de allí”, relata Mercé Ferrando, hija de supervivientes y profesora en el país germano.

Legión Cóndor
Allí, a la ciudad de Friburgo, se desplazó Òscar Vives para consultar su archivo. Le puso sobre la pista la lectura del libro sobre la Guerra Civil española del conocido historiador militar Antony Beevor, que mencionaba de pasada las pruebas que hacía la Legión Cóndor en las poblaciones castellonenses que sirvieron de banco de pruebas de los posteriores ataques con stukas en la Segunda Guerra Mundial. Beevor es uno de los especialistas entrevistados en el documental en el que Vives, tras su investigación, concluye que la decisión de bombardear fue tomada por los nazis sin consultar con el ejército franquista.

En el archivo alemán, el físico encontró una voluminosa carpeta que incluía 66 fotografías sobre los ataques de la Legión Cóndor. Muchas son imágenes tomadas desde el cielo de la agreste comarca del Alt Maestrat. Los bancales, los caminos, las depresiones, los montes y, diminutas, las poblaciones conforman lo que podría parecer un atractivo lienzo abstracto, matérico, que esconde, sin embargo, el objetivo de ajustar el punto de mira para matar en lo que sería uno de los primeros ataques hoy llamados “quirúrgicos”, en terminología y eufemismo militar, comenta Rafa Molés, director, junto a Pepe Andreu, del documental. La película se proyectará también en el festival DocsBarcelona y la pretensión de la productora Suicafilms es estrenarla también en salas comerciales este año. Molés y Andreu dirigieron con anterioridad el premiado documental Five days to dance.

Las fotografías de Friburgo formaron parte de una exposición que se exhibió en las poblaciones afectadas. El documental recoge las reacciones de la gente y las conversaciones entre Vives y los integrantes de colectivos para la recuperación de la memoria histórica relativas a la necesidad de romper el silencio para cerrar heridas. Ahora, ya saben que 38 de sus familiares y vecinos murieron en 1938 porque los nazis querían probar si sus flamantes stukas podían transportar y arrojar bombas de 500 kilos, el doble de lo habitual, un peso que impedía llenar sus depósitos de gasolina. Por eso eligieron esas cuatro pequeñas y desarmadas poblaciones castellonenses, tan cercanas a su base aérea.

“PENSABA QUE MIS PADRES YA NO ME QUERÍAN”
Uno de los testimonios más emotivos del documental es el de Antonio Girona. Vivía en Barcelona durante la Guerra Civil y sus padres le enviaron a su pueblo, Benassal, para apartarlo del frente y ponerlo a salvo. Sin embargo, al poco de llegar, la población fue bombadeada. El entonces niño no entendía nada. “Pensaba que mis padres ya no me querían”, recuerda Girona en el documental, en el que aparece gracias a su sobrina. Núria Girona leyó hace tres años una noticia en EL PAÍS sobre el Guernica castellonense con motivo del rodaje del documental, que se presenta hoy, y se lo comentó a su tío, que estaba “muy traumatizado”. El cine le ayudó en sus últimos días a restañar sus antiguas heridas.

https://elpais.com/cultura/2018/05/02/actualidad/1525284916_312678.html

sábado, 16 de junio de 2018

Amnistía Internacional informa de los crímenes de guerra en Raqqa

Brett Wilkins
CounterPunch

Traducido del inglés par Rebelión por Sinfo Fernández

Aviones de combate de la coalición que lidera EE. UU. han estado machacando en las últimas semanas las zonas de las provincias de Deir Ezzor y al-Hasaka, en Siria, que aún se hallan bajo control de los militantes del Estado Islámico (EI), matando en el proceso, según las informaciones de que se dispone, a unos 100 civiles, entre ellos más de 30 niños. El grupo por los derechos humanos Amnistía Internacional publicó el pasado martes un informe muy duro acusando a EE.UU. de posibles crímenes de guerra durante la batalla para capturar la ciudad de Raqqa, que el pasado año era la capital de hecho del EI.

El más letal ataque aéreo reciente, que se produjo el 1 de mayo pasado, mató al menos a 24 civiles, incluyendo a 14 niños, cuando dormían en sus hogares del pueblo de al-Qasr. Los medios locales e internacionales informaron que las víctimas, entre las que había un bebé de tan sólo cinco meses, pertenecían a dos familias. De esas muertes se culpa tanto a la coalición que lidera EE.UU. como a Iraq, porque ambas fuerzas informaron de haber lanzado ese día ataques aéreos sobre la zona.

La ciudad de Baghuz, en Deir Ezzor, fue repetidamente bombardeada a lo largo de los meses de mayo y junio. El grupo de observación Airwars, con sede en el Reino Unido, y los medios locales informaron de la matanza de 12 civiles en un ataque perpetrado por EE.UU. el 10 de mayo; otros nueve residentes, incluidos tres niños, murieron asesinados en un ataque del 31 de mayo, y tres personas más el 4 de junio, según el Observatorio Sirio por los Derechos Humanos (SOHR, por sus siglas en inglés), con sede en el Reino Unido.

Según se ha informado, en Hadaj, provincia de al-Hasaka, en las últimas semanas perdieron la vida 22 de sus residentes en tres bombardeos lanzados por la coalición liderada por EE.UU. Airwars y otros medios locales informaron de que cinco mujeres y cuatro niños habían muerto en un ataque del 12 de mayo, mientras Al Jazeera y otros medios y grupos de observación comunicaron que al menos ocho miembros de una única familia, cuatro niños entre ellos, murieron en un ataque dirigido por EE. UU. el 31 de mayo. SOHR informó de que un hombre y su esposa murieron en un bombardeo del a coalición del 2 de junio, y el Euphrates Post comunicaba que dos de los hijos de la pareja habían muerto también en el ataque.

Airwars y otros medios y fuentes informaron de diez civiles muertos en cinco series diferentes de bombardeos sobre al-Susa, en Deir Ezzor, entre el 16 de mayo y el 3 de junio. En la provincia de al-Hasaka, se informó de la muerte de ocho civiles, incluyendo una mujer embarazada y tres niños, cuando aviones de combate pertenecientes a la coalición liderada por EE.UU. o Iraq bombardearon su casa en el pueblo de al-Hamadi el 11 de mayo. Hasta 14 civiles, cinco de ellos niños, murieron en ataques con bombas de racimo, prohibidas internacionalmente, en el pueblo de al-Jazza el 4 de junio, según informes de los medios locales

Estos recientes informes de víctimas civiles causadas por ataques aéreos se han dado a conocer al mismo tiempo que Amnistía Internacional publicaba un informe titulado “‘Guerra de Aniquilación’: Cifras devastadoras de víctimas civiles, Raqqa, Siria”, en el que detalla lo que el grupo por los derechos humanos llama “potenciales crímenes de guerra”, que incluyen “ataques indiscriminados y desproporcionados” perpetrados por las fuerzas lideradas por EE. UU. que “mataron e hirieron a miles de civiles” durante los combates de 2017 para recuperar Raqqa de manos de los militantes islámicos. El título del informe es una referencia al anuncio hecho el pasado mayo por el Secretario de Defensa James “Perro Loco” Mattis de que EE. UU. estaba pasando de una guerra de “desgaste” a una guerra de “aniquilación”. Mattis menospreció las preocupaciones por los sirios inocentes atrapados entre las bombas de la coalición y las minas terrestres y francotiradores del EI, afirmando que en una lucha así “es ley de vida que haya víctimas civiles”.

La declaración de Mattis estaba en línea con las primeras promesas hechas en campaña por Donald Trump de “bombardear hasta reventarlos” a los combatientes del EI y “sacar a sus familias”, un crimen de guerra. Tras tomar posesión de su cargo, el presidente Trump relajó las normas de comportamiento destinadas a proteger la vida de los civiles, con resultados desastrosos no sólo en Siria e Iraq, sino también en Afganistán, Somalia y el Yemen.

El 6 de junio de 2017, justo una semana después del anuncio de Mattis, EE.UU. y sus aliados locales y fuerzas internacionales lanzaron la quinta y última fase de la campaña para expulsar al EI de Raqqa. Como siempre, los oficiales estadounidenses dijeron que iban a combatir con “la campaña aérea más precisa de la historia”, una afirmación que se repitió textualmente durante la destrucción simultánea de Mosul, en Iraq, donde más de 9.000 civiles murieron cuando EE. UU. y las fuerzas de la coalición lo bombardearon todo para abrirse camino hacia la victoria. Sin embargo, la realidad sobre el terreno proyectaba una historia completamente diferente.

“Las proclamas de la coalición afirmando que su campaña aérea de precisión permitía bombardear al EI para sacarlo de Raqqa causando muy pocas víctimas civiles no se mantienen en pie”, afirma el nuevo informe de Amnistía. “En Raqqa, sobre el terreno, fuimos testigos de un nivel de destrucción que no se puede comparar a nada de lo que hemos visto en décadas de cubrir el impacto de las guerras”. Continuaba así:

“Lo que arrasó la ciudad hasta los cimientos y mató e hirió a tantos civiles fue el uso repetido de armas explosivas por parte de la coalición liderada por EE. UU. en zonas pobladas donde sabían que había civiles atrapados. Incluso las armas de precisión son sólo tan precisas dependiendo del objetivo elegido”.

El informe recoge la experiencia de cuatro familias de Raqqa que perdieron a 90 de sus miembros, incluyendo 39 en una misma familia, a causa de los ataques aéreos y de artillería lanzados por la coalición liderada por EE.UU. El Pentágono declaró que durante la batalla se dispararon alrededor de 30.000 rondas de artillería, que pueden tener un margen de error de unos 100 metros. En zonas urbanas densamente pobladas, los resultados son devastadores.

“Los que se quedaron, murieron, y los que intentaron escapar, murieron… estábamos atrapados”, recordaba Munira Hashis, superviviente de un ataque aéreo, quien finalmente logró escapar con sus niños caminando cuidadosamente sobre la sangre de las personas que habían muerto a causa de las minas del EI mientras huían delante de ella.

Una de las partes más duras del nuevo informe ataca a EE.UU., a las Fuerzas Democráticas Sirias y a otros combatientes aliados por aniquilar a familias enteras durante las horas finales de la batalla, poco antes de garantizar el paso seguro de los combatientes del EI para salir de la ciudad.

Según el observatorio local Raqqa Está Siendo Masacrada Silenciosamente, el ataque final de la coalición sobre Raqqa causó la muerte de 1.873 civiles y heridas a muchos miles más. El grupo dijo que alrededor de 450.000 residentes tuvieron que escapar de la ciudad y convertirse en desplazados mientras las fuerzas de la coalición destruían alrededor del 90% de aquella, incluyendo miles de casas, ocho hospitales, más de cuarenta escuelas y casi treinta mezquitas. Los investigadores de la ONU de los crímenes de guerra condenaron en julio pasado la “sobrecogedora” pérdida de vidas inocentes causada por los “excesivos” ataques aéreos estadounidenses.

Airwars estima que es probable que, desde que empezó la campaña contra el EI en septiembre de 2014, los bombardeos y ataques de artillería de EE. UU. y la coalición hayan matado a un mínimo de 6.321 civiles sirios e iraquíes. Las estimaciones del número de civiles asesinados durante los más de 16 años de guerra liderada por EE.UU. contra el terrorismo oscilan entre un mínimo de cientos de miles a más de 1,3 millones de civiles.

Desde los ataques nucleares sobre Hiroshima y Nagasaki, Japón, en agosto de 1945, el ejército de Estados Unidos ha matado, con creces, a más civiles inocentes que cualquier otra fuerza armada del mundo.

Brett Wilkins es editor especial de noticias relativas a EE. UU. en Digital Journal. Vive en San Francisco y sus trabajos se centran en cuestiones de justicia social, derechos humanos y guerra y paz.

https://www.counterpunch.org/2018/06/08/us-led-strikes-kill-100-syrian-civilians-as-amnesty-reports-potential-war-crimes-in-raqqa/

https://www.rebelion.org/noticia.php?id=243033