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jueves, 6 de agosto de 2026

La niña que huyó de la Guerra Civil en el barco de Neruda: «No sabíamos lo que dejábamos ni lo que íbamos a encontrar»

Lola Patau, en su domicilio de Vilassar de Mar (Barcelona).
Lola Patau, de 92 años, rememora su huida del franquismo en el barco Winnipeg fletado por el poeta y cómo se acabó convirtiendo en la primera mujer periodista titulada de Chile.

La casa de Lola Patau, en Vilassar de Mar (Barcelona), parece construida a partir de la memoria. Objetos llegados de Chile y de otras partes del mundo, cuadros pintados por su marido, muebles que esconden mucha historia y fotografías familiares llenan una vivienda donde cada rincón parece tener algo que contar.

A sus 92 años, Lola conserva una lucidez extraordinaria y una memoria capaz de reconstruir con precisión episodios ocurridos hace más de ocho décadas. Su historia trasciende su biografía; es también la de miles de españoles obligados a abandonar su país tras la Guerra Civil.

El 3 de septiembre de 1939 el barco Winnipeg llegaba al puerto chileno de Valparaíso con casi 2.300 refugiados gracias a la iniciativa impulsada por el poeta Pablo Neruda. Mientras Europa asistía al comienzo de la Segunda Guerra Mundial, aquel viejo carguero, con capacidad para únicamente ochenta pasajeros, se convertía en el símbolo de un símbolo de salvación, el “mejor y más bello poema” para Neruda.

Entre aquellos pasajeros, viajaba una niña de apenas cinco años, Lola Patau. Cuando rememora ahora aquella travesía, lo primero que aparece no es el miedo, sino la mirada limpia de una niña que todavía no alcanzaba a comprender la dimensión de lo que estaba ocurriendo.

“El viaje fue muy bonito”, recuerda. Mientras los adultos cargaban con la incertidumbre y las renuncias, la canalla [los más jóvenes] pasaba el día corriendo de un lado a otro del barco. “Había profesoras y personas que se ocupaban de los niños mientras los mayores intentaban mantener una cierta normalidad con trabajos varios en mitad del océano”, cuenta.

El barco tuvo dificultades para atravesar el canal de Panamá porque no se habían abonado los derechos de paso. Un problema que terminó resolviéndose gracias a la ayuda de los cuáqueros –movimiento cristiano que defiende una relación directa con Dios, sin jerarquías– y a las gestiones realizadas por Neruda y su mujer, Delia del Carril. También hubo pasajeros que lograron embarcar como polizones después de no haber sido seleccionados oficialmente para una embarcación.

Un grupo de niños en la cubierta del Winnipeg. 


Un grupo de niños en la cubierta del Winnipeg.

El paso previo por Francia 

La Guerra Civil apenas ocupa espacio en los recuerdos infantiles de Lola. “Lo que permanece es una sucesión de despedidas”, dice. Antes del Winnipeg, hubo una Barcelona que se derrumbaba, una frontera atravesada a toda prisa y una familia separada por la guerra.

Su padre, que trabajaba como jefe de Finanzas de la Generalitat y simpatizaba con Esquerra Republicana, nunca militó en ningún partido. Cuando comprendió que la caída de Barcelona “era inevitable” decidió cruzar la frontera. Aquella decisión cambió para siempre su destino: él consiguió llegar a Francia, mientras su mujer y la pequeña Lola permanecieron todavía un tiempo en Catalunya.

El recibimiento al otro lado de los Pirineos estuvo muy lejos de ser un refugio. “Los franceses no fueron nada amables con las personas que se exiliaron allí”, resume sin rastro de resentimiento Patau. Su padre se vio obligado a trabajar en el campo, mientras una bronquitis “horrorosa” lo iba arrastrando.

“Mi madre cruzó sola la frontera española para reunirse con mi padre en Argelès-sur-Mer y poco después, a su regreso de nuevo a España para recogerme, volvimos definitivamente al país galo”, expone con voz de emoción. La familia terminó instalándose en Toulouse, donde unos familiares regentaban un laboratorio.

“La tranquilidad duró poco”, destaca. Europa volvía a prepararse para otra guerra y el padre de Lola tenía claro que no estaba dispuesto a vivir un segundo exilio. Fue entonces cuando el destino de miles de republicanos españoles se cruzó con el de un poeta chileno destinado en París.

Neruda, por aquel entonces agregado cultural de la embajada chilena en la capital francesa, convenció a su Gobierno para acoger a miles de refugiados españoles. Junto a su esposa, entrevistó personalmente a buena parte de quienes aspiraban a embarcar en el Winnipeg. Lola Patau habla de todo ello mientras conserva todavía la lista con los nombres de quienes lograron subir al barco.

La pequeña Lola no era consciente de que abandonaba para siempre el país donde había nacido. Solo sabía que sus padres seguían caminando porque no tenían otra alternativa. “No sabíamos lo que dejábamos, pero tampoco lo que íbamos a encontrar”, resume. 



Ruta del Winnipeg: Pauillac (04-08-1939) - Valparaíso (03-09-1939).


Ruta del Winnipeg: 
Pauillac (04-08-1939) - Valparaíso (03-09-1939). Ruta del Winnipeg: Pauillac (04-08-1939) – Valparaíso (03-09-1939). 

La llegada a Chile

“La suerte quiso que el Winnipeg ya navegara en aguas de jurisdicción chilena cuando comenzó la Segunda Guerra Mundial”, remarca la nonagenaria, plenamente consciente de la importancia de aquel detalle. Si el conflicto hubiera estallado antes, el barco podría haberse visto obligado a regresar a Europa y el destino de aquellos pasajeros habría sido muy distinto.

La llegada a Valparaíso, no obstante, tampoco fue tan idílica como muchos podrían imaginar. En el puerto aparecieron carteles de “no queremos a rojos aquí” y circularon rumores que aseguraban que los refugiados llegaban con enfermedades como el tifus.

Junto a ese rechazo, sin embargo, también hubo una recepción institucional que los pasajeros nunca olvidarían. En el puerto les esperaban el presidente Pedro Aguirre Cerda, Salvador Allende —entonces ministro de Sanidad— y, el de Exteriores, Abraham Ortega, a quien Lola sigue considerando uno de los grandes impulsores políticos de la llegada del Winnipeg a Chile y con cuya nieta, que vive en la provincia de Barcelona, mantiene a día de hoy una bonita amistad.

Superadas las barreras y los abrazos, Lola y sus padres se instalaron en Santiago de Chile. El padre encontró trabajo junto a otro empresario dedicado al mundo del vino y, poco a poco, comenzaron a reconstruir una vida que la guerra había interrumpido.

La niña del Winnipeg que hizo historia en el periodismo chileno

Patau fue la primera profesional femenina egresada de la Escuela de Periodismo de Santiago de Chile.


Chile dejó pronto de ser un país de acogida para convertirse en un hogar. Allí Lola Patau fue al colegio, hizo amistades y construyó una vida que ya no estaba “marcada únicamente por el recuerdo del exilio”, asegura. La niña que había cruzado el Atlántico con apenas cinco años creció en Santiago, aprendió a mirar el país que la acogía como propio y terminó escribiendo una pequeña página de la historia del periodismo chileno.

Su padre imaginaba para ella una carrera como farmacéutica, pero tras comenzar esos estudios, Lola se dio cuenta de que aquel no era su camino. Apenas un año después, se matriculó para estudiar periodismo y encontró el oficio que mejor encajaba con su forma de mirar el mundo.

Lola formó parte de la primera promoción en la que el Periodismo se impartía como estudios reglados en Chile. Aquella generación abrió el camino de una profesión que hasta entonces se aprendía principalmente dentro de las redacciones, cuenta. Al terminar la carrera, se convirtió en la primera mujer periodista titulada del país. Lo relata sin solemnidad, pero con el sentimiento de orgullo y satisfacción que caracteriza a quien ha formado parte de un gran logro.

Su talento no tardó en hacerse evidente. Durante el segundo curso, obtuvo un premio de periodismo que consistía en viajar a Cuba junto a los directores de los principales medios de comunicación de Santiago de Chile. Tenía poco más de veinte años y aquel viaje coincidió con uno de los momentos más convulsos de la historia reciente de la isla: la dictadura de Fulgencio Batista afrontaba sus últimos meses.

“Recuerdo una sociedad profundamente desigual y un ambiente de vigilancia permanente que impregnaba incluso las escenas más cotidianas”, destaca, a la vez que explica que en el ascensor del Hotel Intercontinental de La Habana nadie se atrevía a mantener una conversación. Nunca se sabía quién podía estar escuchando.

También recuerda cómo la policía anotaba las matrículas de los vehículos y cómo el miedo condicionaba la vida diaria. “Viví cómo todo el mundo esperaba a Fidel con impaciencia porque la dictadura de Batista era horrorosa”, afirma. Casi sin proponérselo, terminó siendo testigo directo de uno de los episodios políticos más importantes del siglo XX latinoamericano.

Una democracia que hoy parece imposible


Portada de 'españa democrática' anunciado la llegada de los refugiados.


Cuando habla del Chile donde comenzó a ejercer el periodismo, Lola utiliza una palabra que repite varias veces a lo largo de la conversación: “maravillosa”. Así define la democracia que conoció durante aquellos años.

Hay una escena que resume el país que recuerda: había ido al cine con unas amigas. Al salir comenzó a llover con fuerza y, mientras esperaba un taxi, un coche se detuvo a su lado. Al volante iba el entonces presidente de Chile, Gabriel González Videla. No llevaba escolta. Conducía él mismo y viajaba acompañado por su esposa, que años antes había dirigido el instituto donde Lola había estudiado. El presidente le ofreció acercarla a casa y ella aceptó con absoluta naturalidad. La sorpresa llegó al abrir la puerta de su vivienda.

Su padre no entendía cómo había conseguido regresar completamente seca en medio de aquel diluvio. “Cuando le expliqué a mi padre que el presidente de la República me había llevado en coche, reaccionó con incredulidad con un ”calla, calla“; no se lo podía creer”, añade durante la entrevista.

Lola Patau trabajó en cabeceras como El Mercurio y La Nación, dos de los periódicos más importantes de Chile, y más tarde obtuvo una beca que la llevó de nuevo a España como representante de El Mercurio. Aquella estancia le permitió ejercer también como corresponsal de El Debate chileno y reencontrarse, por primera vez desde el exilio, con el país donde había nacido.

La primera vuelta a España no respondió a un deseo de regresar definitivamente. En 1955 la familia decidió viajar a Barcelona porque la abuela de Lola estaba gravemente enferma. “Muchas personas nos recomendaron que no lo hiciéramos debido a la situación política, pero finalmente embarcamos con destino a una ciudad que yo apenas recordaba”, rememora. “Antes incluso de desembarcar comprendieron que aquel no sería un viaje cualquiera”.



Al día siguiente, toda la familia fue citada en la comisaría de Vía Laietana de Barcelona. No existía ninguna causa contra él, pero el miedo ya no los abandonó durante el resto de la estancia. Permanecieron tres meses y medio en España con la sensación de estar siendo observados y regresaron a Chile convencidos de que todavía no había llegado el momento de volver definitivamente.

“El contraste entre ambos países resultó evidente desde el primer día”, afirma. En Catalunya, Lola conducía un coche, vestía pantalones vaqueros y llevaba bikini con absoluta normalidad, costumbres que despertaban sorpresa e incluso rechazo en la España franquista. Recuerda cómo algunos taxistas con un “mujer tenía que ser” llegaron a increparla al verla conducir, mientras sus primas esperaban con ilusión la visita de “la prima de América”, fascinadas por aquella joven que traía consigo una manera mucho más moderna y abierta de entender la vida.

“Ya hemos quemado todas las naves”

El vínculo con Catalunya de la familia Patau nunca desapareció. En 1963 tomaron la decisión de regresar definitivamente a España, determinación motivada por el delicado estado de salud del padre de Lola y que contaba en España con facultativos de su confianza. Él mismo la resumió con una frase que nunca olvidaría, evocando a Hernán Cortés: “Ya hemos quemado todas las naves”. No habría marcha atrás.

La decisión implicaba renunciar a una vida cómoda. Dejaban una bodega de vinos, un latifundio al sur de Santiago, un piso en la capital, otro en Viña del Mar, chófer y servicio doméstico. “Estábamos muy bien”, recuerda Lola antes de guardar unos segundos de silencio. “Qué cambio, eh; qué cambio”, añade.

De vuelta a España, retomó durante un tiempo el periodismo, pero la vida volvió a cambiar de rumbo. Conoció a Jaume Gallach Prat, con quien se acabaría casando y formaría una familia con tres hijos. Poco después, la enfermedad de su marido obligó a reorganizar por completo la vida familiar. Lola dejó el periodismo para cuidar posteriormente de sus tres hijos (Marta, Josep y Mònica) y de él hasta su fallecimiento, a la edad de 86 años.

La familia acabó instalándose en Vilassar de Mar. Entre ese municipio y el centro de Barcelona es donde hoy recibe, con un Pisco Sour de bienvenida, a quienes quieren escuchar su historia. La casa del Maresme reúne recuerdos de Chile y de Catalunya, como si ambas orillas del Atlántico hubieran aprendido a convivir bajo un mismo techo. Cuando habla de su vida nunca siente la necesidad de elegir entre un país y otro. Ambos forman parte de su identidad. “He vivido dos vidas, tengo dos corazones”, resume.
 

Lola Patau, en 1937, con tres años de edad.

Lola Patau, en 1937, con tres años de edad. 

Cuando el Winnipeg volvió a llamar a su puerta

Durante décadas, el Winnipeg quedó como un recuerdo íntimo. Hasta que en 2020 volvió a aparecer de la forma más inesperada. Un cartel anunciando una obra de teatro sobre el barco llamó su atención en Barcelona. Un familiar comentó a los responsables de la representación que una de las pasajeras, Lola, estaba allí, entre el público. Nadie daba crédito. Aquella tarde comenzó una relación que la llevó a participar en homenajes, encuentros y proyectos dedicados a preservar la memoria del exilio republicano.

El pasado 10 de julio se estrenó la película de animación Winnipeg, el barco de la esperanza, en varias salas de Barcelona, Figueres, Girona, Lleida y otros municipios o ciudades catalanes. Su testimonio formará también parte del proyecto Memòries Sintètiques de la Universitat de Barcelona, una iniciativa que utiliza inteligencia artificial para conservar las voces de quienes todavía pueden contar en primera persona algunos de los grandes episodios del siglo XX. La periodista que dedicó su vida a narrar la historia de los demás será ahora quien ayude a preservar la suya para las generaciones futuras. 

Fuente: 

jueves, 16 de julio de 2026

_- Winnipeg, el barco con el que Neruda salvó a 2.200 exiliados republicanos que iniciaron una nueva vida en Chile

Tráiler de 'Winnipeg, el barco de la esperanza' - Somos cine | Ver

_- “Sin Pablo Neruda, el viaje no hubiera sido posible”

Yo reivindico el papel de las personas pequeñas a la hora de construir un mundo mejor. Por ejemplo esos herederos del Winnipeg, esos “hijos de Neruda”, como ellos se denominan, ahora mismo son 11.000. Y el legado de ese agradecimiento ha traspasado generaciones. Generando un mundo de gente solidaria, amable y generosa“,

En 1939, el barco carguero francés Winnipeg, que apenas tenía capacidad para 100 tripulantes, llevó a Chile a más de 2.200 exiliados de la Guerra Civil española. Un viaje que organizó Pablo Neruda, que lo consideraba su “mejor poema”. Una apasionante historia que la guionista Laura Martel y la dibujante Antonia Santolaya contaron en la novela gráfica Winnipeg, el barco de Neruda (2014) y que ahora Beñat Beitia y Elio Quiroga, llevan al cine en la película Winnipeg, el barco de la esperanza, una coproducción entre España, Chile y Argentina, que cuenta con la participación de RTVE y que llegó a los cines este viernes, 10 de julio.

https://www.youtube-nocookie.com/embed/qX05AJqTsBU?rel=0&autoplay=0&showinfo=0&enablejsapi=0 Hemos hablado con Beñat Beitia y Laura Martel, que también ha escrito el guión de la película junto a los directores. “Queríamos recuperar una apasionante historia silenciada que prácticamente es desconocida en España -asegura Beñat-. Y que creo que está muy de actualidad, porque pienso que no nos estamos portando muy bien con nuestras políticas migratorias, tanto a nivel nacional, con esas prioridades nacionales que se están aprobando, como europeo, con esos campos de deportación en terceros países que se han aprobado. Creemos que es importante recuperar estas historias para no repetir los errores del pasado. También queremos agradecer a Chile esa ayuda que nos prestó y que esta historia nos recuerde la necesidad de recuperar los valores básicos de la humanidad“.

“Descubrí esta historia por casualidad -nos comenta Laura-, en una cena en mi casa con gente de la embajada de Chile. Y cuanto más leía sobre ella, más me daba cuenta de que es una historia preciosa. De esas que la vida nos regala y que tienen un final feliz. Pensé en hacer un documental y me fui a Chile para hablar con los supervivientes del Winnipeg y sus descendientes. Y me pasó una cosa curiosa, que todos eran gente amabilísima que enseguida me daban las fotos, cartas y recuerdos de sus abuelos, que me dejaban quedarme en sus casas… Eran increíblemente amables, generosos y muy felices. Y me di cuenta de que era debido al lo agradecidos que estaban. Como ya había un documental sobre el tema, decidí hacer una novela gráfica que ilustró, maravillosamente, Antonia Santolaya”.

Tráiler de 'Winnipeg, el barco de la esperanza' - Somos cine | Ver “Sin Pablo Neruda, el viaje no hubiera sido posible”

La película nos cuenta la historia de Víctor, un padre viudo y su pequeña hija Julia, que abandonan España tras la caída de Barcelona a manos de los franquistas en enero de 1939. En Francia les aguardan campos de concentración y penurias. Pero hay una posibilidad de huir: embarcar en el Winnipeg, un carguero que Pablo Neruda y los cuáqueros de París han fletado, para llevarlos a salvo a un nuevo destino: Valparaíso, Chile, donde sueñan con iniciar una nueva vida.

“Sin Pablo Neruda esto no hubiera sido posible -nos explica Laura-. Pero tampoco sin la aportación de muchas otras personas. De hecho, la idea no fue de Neruda, sino de su esposa, Delia del Carril, que fue la que recibió una carta de María Teresa, la mujer de Alberti, contándole la penosa situación en la que se encontraban los españoles en los campos de refugiados de Francia. Fue ella la que le dijo a Neruda que deberían hacer algo. Y Neruda cogió el toro por los cuernos y habló con el presidente de Chile, Pedro Aguirre Cerda, para decirle que tenía que acoger refugiados. Y Aguirre le contestó: “Si tú los traes, yo los acojo”. Por eso, Neruda fue nombrado cónsul honorario en París y empezó a recaudar fondos que llegaron de gente muy diversa, incluidos los cuáqueros, una organización religiosa. Neruda les advirtió de que los republicanos a los que iban a ayudar no eran religiosos pero ellos dijeron: “No nos importa si son pecadores o pescadores, son seres humanos que están en una situación desesperada y necesitan ayuda y nosotros les vamos a tender la mano”. A partir de entonces, cada vez que Pablo Neruda brindaba lo hacía “por la vida, por la alegría, por la ilusión, por el amor y por los cuáqueros”.

“Esta historia -añade Laura-, habla de que la humanidad, el amor, es el antídoto contra la barbarie y lo que nos puede salvar. Lo único que los humanos podemos hacer que no pueden hacer las máquinas es amar”.

“Julia representa la esperanza y el futuro que transportó el Winnipeg” Y es que la película habla del amor paterno-filial pero también del amor a los demás y del amor entre los pueblos: “Víctor, nuestro protagonista, está basado en Víctor Pey, un ingeniero madrileño que estuvo en la columna Durruti -nos explica Beñat-. A partir de él creamos a su hija Julia, que nos permite llegar a ese público de 12 años. Queríamos mostrar esos valores humanitarios a los niños, porque ellos representan esa sociedad del futuro que deseamos. Y mostrar su candidez y su inocencia ante una situación tan desastrosa como puede ser la guerra. Ese barco, al final, lo que transportó fue esperanza y futuro y Julia simboliza todo eso“.

Por cierto, que el aspecto de la Julia adulta en la película, está inspirado en la pintora y grabadora chilena Roser Bru (1923-2021), que era una de las pasajeras del Winnipeg. “El personaje de Julia está basado en varias personas de las que entrevisté en España y Chile -nos comenta Laura-. Por ejemplo, en una mujer que se llama Margarita, que vive en Tarragona y que me contó una cosa preciosa: que a ella la vistieron de domingo para cruzar la frontera y creía que iba a misa porque era el traje de ir a misa. Ella me contó muchas cosas desde el punto de vista de una niña”.

“También me inspiré en una mujer que se llamaba Julia, que me contó que lo único que se llevó de Barcelona a Francia fue su set de costura, ya que pensaba que era lo único que le iba a permitir ganarse la vida allí. Me contó que, en medio de la fealdad del campo de refugiados, lo único que la salvaba de la locura era mirar los colores de su set de costura. Eso me lo contó mucha gente, que necesitaban agarrarse a algo hermoso, un recuerdo, un objeto… para mantenerse sanos mentalmente. Lo de hacer que la Julia mayor fuera Roser, en la película, fue idea de los otros guionistas, pero es cierto que Roser fue uno de los símbolos de ese viaje del Winnipeg”, concluye Laura.

En cuanto a las condiciones de vida en ese barco, durante el mes que duró la travesía, Laura Martel nos comenta: “Depende de quien lo cuente, porque los que fueron de niños lo pasaron genial. Para ellos fue la aventura de su vida. Mientras que las personas como Víctor, que cargaron a su espalda mucha de la responsabilidad del barco, lo pasaron mal, porque fueron los que sabían que a lo mejor no los aceptaban, que les acechaban submarinos alemanes… Pero teniendo en cuenta que venían de esos campos de refugiados de Francia en los que lo pasaron tan mal, porque en realidad eran campos de concentración, creo que el barco fue mucho más llevadero para ellos”.

Imagen de 'Winnipeg, el barco de la esperanza'. “Bienvenidos a mi país”

Preguntamos a Beñat Beitia por el aspecto visual de la película, ya que la novela gráfica era en blanco y negro: “Cada medio tiene su propio lenguaje y eso supuso una reestructuración absoluta a nivel visual. Hemos trabajado con un estilo europeo contemporáneo muy cuidado. Yo me he encargado también de la dirección artística de la película y el trabajo a nivel documental fue encomiable desde el principio, cuando ya decidimos acumular toda la información que podíamos necesitar. Además, hemos trabajado con el gran Miguel Francisco en el diseño de personajes (Angry Birds, Best Friends, Kokoon o Stella). Y al ser una coproducción, hemos reunido el talento de los tres países, como los estupendos fondos que han creado en Argentina y Chile. Gracias a eso creo que hemos conseguido una verdad emocional y también matizar esa crudeza que podía tener la historia. Porque nuestro objetivo era que la película creara esos lazos emocionales y consiguiera provocar la reflexión y el diálogo. Algo para lo que creo que la animación es una herramienta excepcional“.

“La idea -añade Laura-, es que al principio sea una historia dramática, porque los campos son dramáticos, pero que a partir de ahí sea alguien que lanza una mano y ya es coger esa mano. Hay algo en esta historia que a mí me parece precioso, y es que había una parte de la sociedad chilena que rechazaba a los refugiados por miedo, que a lo mejor era justificado. Pero al final acogieron muy bien a los refugiados. De hecho, uno de los pasajeros del Winnipeg me contó que, al desembarcar, se encontraron a un hombre con un cartel en el que ponía: “Refugiados fuera, Aquí no queremos más problemas”. Pero cuando vio a una familia española con dos niños pequeños, tiró el cartel, se aproximó, sacó su cartera, le dio al padre todo el dinero que llevaba y les dijo “Bienvenidos a mi país”. Es precioso”.

70 aniversario de la llegada del Winnipeg a Chile | Ver “Lo que está sucediendo actualmente es absolutamente deshumanizador”

En estos momentos, en los que aumenta el rechazo a la inmigración en Europa y Estados Unidos, Beñat Beitia insiste en la importancia de historias como las del Winnipeg: “Yo creo que todos tenemos en nuestra casa a algún familiar que emigró en busca de un futuro mejor. Y mirad como nos comportamos ahora con los que llegan a Canarias, por ejemplo. Ahora que se tratan de aprobar leyes de prioridades nacionales y cosas similares, tenemos que hacerle frente. Es absolutamente deshumanizador todo lo que está ocurriendo y la dirección en la que vamos es muy preocupante. Creo que esta película es más necesaria que nunca por los valores que transmite. Sobre todo, porque hemos olvidado que España ha sido, históricamente, un país de inmigrantes“.

Algo con lo que Laura Martel está de acuerdo: “Muchas de las personas que lean esto pensarán, como yo, que nos sentimos impotentes. Nos sentimos ínfimos y que pensamos que no podemos hacer nada en estos temas que nos superan. Pero muchas veces la vida te pone en posición de ayudar y se puede hacer. Ojalá no repitamos errores del pasado, pero si los repetimos, repitamos también los aciertos. Echemos una mano, como nos la echaron a nosotros. De hecho, la novela gráfica está dedicada a todas las personas a las que alguna vez la vida les puso en situación de ayudar a alguien. No tenían por qué hacerlo, no se iban a beneficiar de eso. Podían no hacerlo y sin embargo lo hicieron. Esa es la gente que crea un mundo mejor, Así que yo les dedique a ellos el cómic”.

“Yo reivindico el papel de las personas pequeñas a la hora de construir un mundo mejor. Por ejemplo esos herederos del Winnipeg, esos “hijos de Neruda”, como ellos se denominan, ahora mismo son 11.000. Y el legado de ese agradecimiento ha traspasado generaciones. Generando un mundo de gente solidaria, amable y generosa“, concluye Laura.

Winnipeg, el barco de la esperanza, se estrena en cines desde este viernes, 10 de julio.