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domingo, 9 de junio de 2024

Branko Milanovic, el economista político de la desigualdad global.

Este investigador serbio-estadounidense es una de las mejores cabezas económicas en varias décadas. Ha redefinido el debate sobre la equidad a escala planetaria.

Es el elefante más famoso de la historia. Fue hace algo más de una década, poco antes de la Navidad de 2013, cuando dos economistas del Banco Mundial —Branko Milanovic y Christoph Lakner— publicaron un paper de nombre esclarecedor: Distribución global de la renta: desde la caída del muro de Berlín hasta la Gran Recesión. Demostraban, en fin, cómo la globalización ha beneficiado a los más ricos y a las incipientes capas medias del bloque emergente, al tiempo que perjudicaba a las clases trabajadoras de Europa y Estados Unidos, golpeadas por el cierre de fábricas que hacían las maletas rumbo a Asia. Todo, absolutamente todo, en un único gráfico que se asemejaba a la silueta de un paquidermo, de la cola a la trompa. Se convertiría, poco después, en uno de los más citados de las últimas décadas.

No eran, precisamente, años en los que la desigualdad ocupara un lugar destacado en la conversación pública. Ni siquiera un lugar. Imperaba la idea, tan fukuyamesca, de que, tras aquel 9 de noviembre de 1989, el liberalismo político y económico se había impuesto definitivamente y que el mercado, per se, resolvería todos los males. Tuvo que llegar el doloroso crash de 2008, la mayor crisis financiera desde la Gran Depresión, para que el mundo despertase abruptamente de aquel sueño. “Reveló una cruda realidad a las clases medias occidentales y, sobre todo, a la estadounidense: que su capacidad de compra había dependido, en gran medida, de su capacidad de endeudamiento”, recuerda el propio Milanovic al otro lado del teléfono.

Quedaba, así, al descubierto todo lo que había dejado patente la dupla Lakner-Milanovic en su curva del elefante: que la internacionalización de las cadenas productivas había creado mucha riqueza y sacado de la pobreza a millones de personas en los países de renta media y baja —a los que también había elevado a otro estadio—, pero que también había deshilachado las antaño sociedades industriales de Occidente y avivado el auge de los populismos y de la extrema derecha. De aquellos polvos, estos lodos.

“Hasta entonces, solo se estudiaba la desigualdad interna en cada país para luego comparar los datos entre sí”, esboza también por teléfono Janet Gornick, colega del economista serbio en el Stone Center on Socio-Economic Inequality —que ella misma dirige— y con quien más estudios a cuatro manos ha escrito en los últimos tiempos. “Branko cambió por completo esa perspectiva, disolviendo las fronteras nacionales e imaginando, si se quiere, una comunidad global”. Siempre, desde una mirada independiente, progresista y heterodoxa, marca de la casa.

Aunque sin trascender aún de los ámbitos académicos, Milanovic ya llevaba décadas investigando sobre inequidad. En su tesis doctoral, hace más de tres décadas, analizaba este fenómeno en la hoy extinta Yugoslavia. Los focos, sin embargo, le llegarían mucho después, con aquel elefante que le catapultó al gran público y con otras dos obras que le han permitido trascender mucho más allá del lector nicho: Capitalismo, nada más (Taurus, 2020) y su reciente Miradas sobre la desigualdad (Taurus, 2024).

De ambas, como de sus otros tres libros publicados en los últimos 18 años —todos con la desigualdad como hilo conductor—, emana un aroma común: el afán generalista y la sutileza al combinar el rigor científico y la habilidad comunicativa, dos de los ingredientes más difíciles de mezclar en el siempre complejo cóctel del ensayo. “Es un brillante investigador práctico, con una característica mezcla de innovación y cautela”, enfatiza Gornick.

Lejos del perfil del economista best seller, Milanovic tiene dos capas: la del académico riguroso y la del escritor de libros que permean mucho más allá de la economía. “Tampoco es un publicista: detrás de cada afirmación suya que pueda resultar atractiva en lo popular o lo mediático, hay un paper lleno de cálculos o una investigación histórica que alcanza hasta la Edad Media. Hace lo que hace muy poca gente”, sostiene el historiador económico Leandro Prados de la Escosura, catedrático emérito de la Universidad Carlos III de Madrid. Como preguntarse —y responder— qué lugar ocuparía hoy Anna Karenina en la pirámide económica.

Milanovic, afincado en Estados Unidos desde hace décadas, es una de las mejores cabezas económicas en varias décadas, a la altura de los Mariana Mazzucato, Thomas Piketty, Olivier Blanchard, Daron Acemoglu, Angus Deaton, Carmen Reinhart o Barry Eichengreen. Y es, sobre todo, un tipo que se moja sobre lo que ocurre en el mundo, a diferencia de tantos académicos, tercia Prados de la Escosura. “Es capaz de opinar, comedidamente y con criterio, sobre prácticamente cualquier tema de hoy: sobre la invasión rusa de Ucrania, sobre Gaza… Es una persona tolerante, con una máxima: no intentar convencer a nadie de sus ideas; no porque no quiera, sino porque cree que es una batalla perdida”.

Nacido hace 70 años en el seno de una familia relativamente acomodada de la Yugoslavia de Tito, el economista serbio creció con algunos lujos de la burguesía roja, de los que carecían la mayoría de sus coetáneos. Su adolescencia transcurriría, en cambio, en un instituto público belga nítidamente izquierdista. Allí, en Bruselas, estaba destinado su padre, también economista, en calidad de representante de su país ante la recién fundada Comunidad Económica Europea, y allí fue donde pudo ver con sus propios ojos la brecha de renta desde el lado del privilegiado. Aprendió francés, que, como el inglés y el serbocroata, domina a la perfección. Una panoplia lingüística a la que, con los años —y las estancias académicas en ciudades como Madrid—, ha añadido un español más que decente, el ruso y hasta el polaco.

Sus años universitarios transcurrieron, sin embargo, en Belgrado, donde estudió Economía tras barajar Sociología. Allí comenzó su genuino interés por la inequidad y allí, también, empezó a convertirse en lo que es hoy: un tipo cosmopolita, de trato sencillo y curiosidad infinita. Casado y con dos hijos, dedica el resto de su tiempo a sus dos grandes aficiones: el fútbol y la historia, con predilección por el Imperio Romano y la I Guerra Mundial.

Una inclinación, esta última, entre lo personal y lo académico, que le ha granjeado un enorme respeto en ese gremio. “Lo ha leído todo y, además, se acuerda de lo que ha leído. Y, como Acemoglu o James A. Robinson, ha sido capaz de establecer una agenda de investigación para los historiadores”, sintetiza Prados de Escosura.

Tuitero desde hace años, Milanovic también permanece fiel al ya clásico género del blog, que cultiva desde hace años y al que en los últimos años ha sumado una newsletter de periodicidad variable, pero de finísimo contenido, en la que entremezcla las vivencias de su infancia y adolescencia con lo puramente académico. Ahí es donde muestra su personalidad de economista político, con la que ha roto el tristemente infranqueable muro entre lo económico y lo social. Una barrera que, como todos los grandes de este campo, el hoy profesor de la City University de Nueva York nunca entendió como suya.

Aunque tímidamente, en los últimos años su nombre ha empezado a aparecer en las quinielas de los futuros Premios Nobel de Economía. “Nada me haría más feliz, porque tiene una mente única: de economista, de filósofo, de historiador, de narrador…”, desliza Gornick. “¿Es probable, siquiera vagamente, que le concedan el Nobel? Creo que no, porque no encaja en el molde”. Un no encajar en el molde que es, paradójicamente, una de sus grandes virtudes.

domingo, 10 de junio de 2018

La ‘maldición de los ricos’ de Europa. Las raíces del malestar europeo hay que buscarlas en la presión migratoria y en el aumento de la desigualdad en renta y riqueza. Falta voluntad política para subir los impuestos a los que más ganan o rescatar el impuesto de sucesiones.

Ya he escrito con anterioridad (en un tuit) que nadie que recorra Europa Occidental, especialmente en verano, puede dejar de impresionarse por la riqueza y la belleza del continente, así como por su calidad de vida. Este último rasgo es menos visible en Estados Unidos (a pesar de tener una renta per capita más alta), en parte porque el país es más grande y tiene menor densidad de población, de forma que el viajero no se encuentra con el espectáculo de una campiña impecablemente mantenida, salpicada de castillos, museos, excelentes restaurantes con wifi, que sí puede ver en Francia, en Italia o en España.

Creo que se puede decir sin temor a equivocarse que ningún pueblo, en la historia del mundo, ha vivido tan bien como los europeos occidentales hoy, en particular los italianos. Y, sin embargo, como es bien sabido, existe en todo el continente un profundo malestar, incluso en Italia, un descontento por el funcionamiento de la política europea, la inmigración, las perspectivas de los jóvenes, la precariedad del empleo, la imposibilidad de competir con la mano de obra asiática, más barata, o de ponerse a la altura de los gigantes de la TI y la cultura de las start-ups de Estados Unidos. Pero hoy no voy a escribir de esas cosas. Me gustaría centrarme en dos “maldiciones de los ricos” que, por paradójico que parezca, la prosperidad de Europa pone al descubierto.

La primera maldición de los ricos está relacionada con la inmigración. El hecho de que la Unión Europea sea tan próspera y pacífica, en comparación con sus vecinos del Este (Ucrania, Moldavia, los Balcanes, Turquía) y, sobre todo, con Oriente Próximo y África, hace que sea un destino excelente para los inmigrantes. La diferencia entre las rentas del “núcleo” de la antigua UE de 15 miembros, por un lado, y Oriente Próximo y África, por otro, no solo es inmensa sino que ha aumentado. En la actualidad, el PIB per capita de Europa Occidental es ligeramente inferior a 40.000 dólares; el de África subsahariana es 3.500 dólares (11 veces menos). En 1970, el PIB per capita de Europa Occidental era 18.000 dólares, y el de África subsahariana, 2.600 dólares (siete veces menos). Dado que los habitantes de África pueden multiplicar sus ingresos por 10 si emigran a Europa, no es extraño que, a pesar de todos los obstáculos que se les ponen en el camino, sigan viniendo. (¿Le daría igual a un holandés, por ejemplo, ganar 50.000 euros anuales en Holanda que medio millón en Nueva Zelanda?)

La presión migratoria va a continuar e incluso aumentará durante los próximos 50 años o más
Con esta diferencia de rentas, la presión migratoria va a continuar e incluso aumentar durante los próximos 50 años o más, aunque África, en este siglo, empiece a ponerse a la altura de Europa (es decir, a crecer a un ritmo superior al de la UE). Y tampoco es estático el número de personas que llaman a las puertas de Europa. África es el continente con la mayor expectativa de crecimiento demográfico, de modo que el número de posibles emigrantes aumentará de forma exponencial. Si la proporción actual entre la población de África subsahariana y la de la UE es de 1.000 millones frente a 500 millones, de aquí a unos 30 años será probablemente de 2.200 millones frente a 500 millones.

La inmigración, como es sabido, crea unas presiones políticas insostenibles para los países europeos. Todo el sistema político está conmocionado, como muestran los gritos de Italia de que sus socios europeos la han abandonado a su suerte frente a la inmigración y las decisiones de Austria y de Hungría de construir muros. No hay casi un país en Europa cuyo sistema político no se haya visto sacudido por la inmigración: los giros hacia la derecha en Suecia, Holanda y Dinamarca, la llegada al parlamento de AfD en Alemania, el resurgir de Nuevo Amanecer en Grecia.

Además de la inmigración, la segunda cuestión que alimenta el malestar político en Europa es el aumento de las desigualdades de rentas y riqueza. Las desigualdades europeas también son en parte una “maldición de los ricos”. La riqueza de los países cuya renta anual aumenta durante varias décadas sucesivas no crece de forma proporcional a la renta, sino que crece más. El motivo son los ahorros y la acumulación de riquezas. Suiza no solo es un país más rico que India por su producción anual de bienes y servicios (la relación entre el PIB per capita de los dos países, a tipos de cambio de mercado, es de 50 a 1), sino que lo es todavía más en función de la riqueza por adulto (una proporción de casi 100 a 1).

Lo que indica el hecho de que la relación entre riqueza y rentas aumente a medida que los países se vuelven más prósperos es que el volumen de las rentas del capital tiende a aumentar más deprisa que el PIB. Cuando la riqueza está muy concentrada, como ocurre en todos los países ricos, el incremento de la cuota del capital en la producción total genera de forma casi automática un incremento en la desigualdad de rentas entre personas.

Los problemas son reales y exigen soluciones que también lo sean
Dicho en términos sencillos: lo que ocurre es que la fuente de ingresos repartida de forma más desigual (beneficios, interés, dividendos) aumenta más deprisa que la fuente repartida de forma menos desigual (salarios). Por tanto, si el propio crecimiento tiende a crear más desigualdad, es evidente que se necesitan medidas más fuertes para impedir ese aumento.

Lo malo es que en Europa, como en Estados Unidos, falta la voluntad política (y quizá es difícil pedirla en la era de la globalización, cuando el capital tiene total movilidad) para subir los impuestos a los que más ganan, volver a implantar en muchos países el impuesto de sucesión o aprobar políticas que favorezcan más a los pequeños inversores que a los grandes. El resultado es la parálisis política ante las turbulencias.

Si unimos estas dos tendencias a largo plazo —la presión migratoria constante y el aumento casi automático de las desigualdades—, los dos problemas que envenenan hoy la atmósfera política europea, y las comparamos con la dificultad de actuar con decisión para resolver alguno de ellos, es lógico que se prevean nuevas convulsiones políticas.

Esto no va a ser cosa de un par de años. Y tampoco tiene sentido acusar a los “populistas” de irresponsabilidad ni creer que las preferencias de la gente están distorsionadas por las “falsas noticias”. Los problemas son reales, y exigen soluciones que también lo sean.

Branko Milanovic es economista y profesor en la Escuela de Políticas Públicas de la Universidad de Maryland.

Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia

https://elpais.com/elpais/2018/06/09/opinion/1528561622_702701.html