Mostrando entradas con la etiqueta Jimmy Carter. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Jimmy Carter. Mostrar todas las entradas

jueves, 23 de enero de 2025

_- No glorifiquemos a Jimmy Carter

_- Una vez fuera de su cargo [de presidente de EE.UU.], Jimmy Carter tuvo el valor de denunciar la “abominable opresión y persecución” y la “estricta segregación” del pueblo palestino en Cisjordania y Gaza en su libro de 2006 “Palestina: Paz, no apartheid”.

Dedicó su tiempo a supervisar elecciones, entre ellas hizo una polémica defensa de la elección de Hugo Chávez en Venezuela en 2006, y a defender los derechos humanos por todo el planeta. Arremetió contra el proceso político estadounidense, calificándolo de ser una “oligarquía” en la que el “soborno político ilimitado” crea “una subversión completa de nuestro sistema político como pago a los grandes contribuyentes”.

Pero los años de Carter como expresidente no deben ocultar su tenaz servicio al imperio, su afición a fomentar desastrosas guerras por delegación, su traición a los palestinos, su adopción de nefastas políticas neoliberales y su servilismo a las grandes empresas cuando era presidente.

Carter desempeñó un significativo papel en el desmantelamiento de las leyes del New Deal con la desregulación de las grandes industrias, incluyendo las aerolíneas, la banca, el transporte por carretera, las telecomunicaciones, el gas natural y los ferrocarriles. Puso a Paul Vocker a cargo de la Reserva Federal, quien, en un intento por combatir la inflación, subió las tasas de interés y llevó a EE.UU. a la mayor recesión desde la Gran Depresión, lo que dio inicio a un periodo de austeridad y rigurosos recortes. Carter es el padrino del expolio conocido como neoliberalismo, un saqueo que su compañero, el demócrata Bill Clinton, pondría en modo turbo.

Carter cayó bajo la desastrosa influencia de su asesor de seguridad nacional, Zbigniew Brzezinski, un polaco exiliado que objetaba la confianza de Nixon y Kissinger en la distensión con la Unión Soviética. La misión vital de Brzezinski, que veía el mundo en blanco y negro, era enfrentarse a la Unión Soviética y destruirla, al igual que a cualquier gobierno o movimiento que considerara bajo influencia comunista o simpatizante de ésta.

Bajo la influencia de Brzezinski, Carter abandonó las Conversaciones sobre Limitación de Armas Estratégicas (Acuerdo SALT II) con la Unión Soviética, que pretendía frenar el despliegue de armas nucleares. Aumentó el gasto militar. Envió ayuda militar al gobierno indonesio del Nuevo Orden durante la invasión y ocupación indonesia de Timor Oriental, que muchos han calificado de genocidio. Apoyó, junto con el Estado sudafricano del apartheid, al sanguinario grupo contrarrevolucionario Unión Nacional para la Independencia Total de Angola (UNITA), dirigido por Jonas Savimbi. Proporcionó ayuda al brutal dictador zaireño Mobutu Sese Seko. Apoyó a los Jemeres Rojos.

Dio instrucciones a la CIA para apoyar a los grupos y partidos políticos opositores que intentaban derribar al gobierno sandinista de Nicaragua cuando tomó el poder en 1979, lo que posteriormente, con la Administración Reagan, dio lugar a la formación de los Contras y a una insurrección sangrienta e insensata respaldada por EE.UU. Proporcionó ayuda militar a la dictadura de El Salvador, ignorando el llamamiento del arzobispo Oscar Romero –asesinado posteriormente– a interrumpir los envíos de armas.

Envenenó las relaciones de EE.UU. con Irán al dar respaldo al régimen represivo del Shah Mohammad Reza Palaví hasta el último minuto y permitir luego, una vez depuesto, que buscara tratamiento médico en Nueva York, lo que desencadenó la ocupación de la embajada estadounidense en Teherán y la “crisis de los rehenes”, que se prolongó durante 444 días. La beligerancia de Carter –que congeló los activos iraníes, dejó de importar su petróleo y expulsó a 183 diplomáticos iraníes de Estados Unidos– contribuyó a la demonización de Estados Unidos por parte del ayatolá Jomeini y a sus llamamientos a un gobierno islámico. Destruyó la credibilidad de la oposición iraní laica.

Carter concedió al presidente filipino Ferdinand Marcos miles de millones en asistencia militar, a pesar de que gobernaba bajo la ley marcial. Armó a los muyahidines en Afganistán tras la intervención soviética en 1979, una decisión que costó a Estados Unidos 3.000 millones de dólares, supuso la muerte de un millón y medio de afganos y dio lugar al nacimiento de los talibanes y de Al Qaeda. Las consecuencias de esta política exterior de Carter han sido catastróficas.

Asimismo, apoyó al ejército surcoreano en 1980 cuando sitió la ciudad de Gwangju, donde los manifestantes habían formado una milicia, lo que provocó la masacre de unas 2.000 personas.

Por último, traicionó a los palestinos cuando en 1979 negoció un tratado de paz entre el presidente egipcio Anwar el-Sadat y el primer ministro israelí Menájem Begín, conocido como los Acuerdos de Camp David. Dicho acuerdo excluía de las conversaciones a la Organización para la Liberación de Palestina. A pesar de lo prometido a Carter, Israel nunca intentó resolver la cuestión palestina con la participación de Jordania y Egipto. No permitió el autogobierno palestino en Cisjordania y Gaza en un plazo de cinco años. No puso fin a los asentamientos israelíes, una negativa que llevó a Carter a afirmar más tarde que Begín le había mentido. Pero como el acuerdo no incluía ningún mecanismo para su aplicación, y como Carter no estaba dispuesto a desafiar al lobby israelí para imponer sanciones a Israel, los palestinos se encontraron, una vez más, impotentes y abandonados.

En su haber, Carter tiene haber nombrado a la activista por los derechos civiles Patricia Derian como Subsecretaria de Estado para Derechos Humanos y Asuntos Humanitarios, lo que condujo al bloqueo de préstamos y a la reducción de la ayuda a la junta militar en Argentina durante la Guerra Sucia, restricciones que la administración Reagan eliminó. El compromiso de Derian con los derechos humanos era auténtico. Apoyó al líder filipino Benigno S. Aquino Jr. y al disidente y ex presidente surcoreano Kim Dae-jung. Carter le permitió enfadar a algunos de nuestros aliados más represivos. Pero su política de derechos humanos estaba destinada principalmente a respaldar a los disidentes democráticos y a los movimientos obreros de Europa Central y Oriental, especialmente Polonia, en un esfuerzo por debilitar a la Unión Soviética.

Carter tenía una decencia de la que carecen la mayoría de los políticos, pero da la impresión de que las cruzadas morales que emprendió una vez fuera de la presidencia fueran una forma de penitencia. Su historial como presidente es sangriento y funesto, aunque no tan sangriento y funesto como el de los presidentes que le sucedieron. Eso es lo mejor que podemos decir de él.

Fuente: 



Traducido para Rebelión por Paco Muñoz de Bustillo

jueves, 6 de abril de 2023

La presidencia incomprendida de Jimmy Carter

El hombre no era como piensas. Era duro. Era muy intimidante. Jimmy Carter fue probablemente el hombre más inteligente, trabajador y decente que haya ocupado el Despacho Oval en el siglo XX.

Cuando lo entrevisté con regularidad hace unos años, rondaba los 90 años y, sin embargo, seguía levantándose al amanecer para ponerse a trabajar temprano. Una vez lo vi dirigir un acto a las 7 a. m. en el Centro Carter, donde estuvo 40 minutos caminando de un lado al otro del estrado, explicando los detalles de su programa para erradicar la enfermedad de la lombriz de Guinea. Era incansable. Ese mismo día me concedió a mí, su biógrafo, 50 minutos exactos para hablar sobre sus años en la Casa Blanca. Aquellos brillantes ojos azules se clavaron en mí con una intensidad alarmante. Pero era evidente que a él le interesaba más la lombriz de Guinea.

Carter sigue siendo el presidente más incomprendido del último siglo. Era un liberal sureño que sabía que el racismo era el pecado original de Estados Unidos. Fue progresista en la cuestión racial; en su primer discurso como gobernador de Georgia, en 1971, declaró que “los tiempos de la discriminación han terminado”, para gran incomodidad de muchos estadounidenses, incluidos muchos de sus paisanos del sur. Y, sin embargo, creció descalzo en la tierra roja de Archery, una pequeña aldea del sur de Georgia, por lo que estaba impregnado de una cultura que había experimentado la derrota y la ocupación. Eso lo convirtió en un pragmático.

El periodista gonzo Hunter S. Thompson dijo una vez que Carter era el “hombre más maquiavélico” que había conocido jamás. Thompson se refería a que era implacable y ambicioso, a su empeño en ganar para llegar al poder: primero, a la gobernación de Georgia; después, a la presidencia. Aquella época, tras Watergate y la guerra de Vietnam, marcada por la desilusión con el excepcionalismo estadounidense, fue la oportunidad perfecta para un hombre que en gran medida basó su campaña en la religiosidad del cristiano renacido y la integridad personal. “Nunca les mentiré”, dijo en varias ocasiones durante la campaña, a lo que su abogado de toda la vida, Charlie Kirbo, respondió bromeando que iba a “perder el voto de los mentirosos”. Inopinadamente, Carter ganó y llegó a la Casa Blanca en 1976.

Decidió utilizar el poder con rectitud, ignorar la política y hacer lo correcto. Fue, de hecho, un admirador del teólogo protestante favorito de la clase dirigente, Reinhold Niebuhr, que escribió: “Es el triste deber de la política establecer la justicia en un mundo pecaminoso”. Carter, bautista del sur niebuhriano, era una iglesia unipersonal, una auténtica rara avis. Él “pensaba que la política era pecaminosa”, dijo su vicepresidente, Walter Mondale. “Lo peor que podías decirle a Carter, si querías que hiciera alguna cosa, era que políticamente era lo mejor”. Carter rechazó constantemente los astutos consejos de su esposa, Rosalynn, y de otros, de posponer para su segundo mandato las iniciativas que tuvieran un costo político, como los tratados del canal de Panamá.

Su presidencia se recuerda, de forma un tanto simplista, como un fracaso, pero fue más trascendental de lo que recuerda la mayoría. Llevó adelante los acuerdos de paz entre Egipto e Israel en Camp David, el acuerdo SALT II sobre control de armas, la normalización de las relaciones diplomáticas y comerciales con China y la reforma migratoria. Hizo del principio de los derechos humanos la piedra angular de la política exterior de Estados Unidos, y sembró las semillas para el desenlace de la Guerra Fría en Europa del este y Rusia.

Liberalizó el sector de las aerolíneas, lo que allanó el camino a que un gran número de estadounidenses de clase media volaran por primera vez; y desreguló el gas natural, lo que sentó las bases de nuestra actual independencia energética. Trabajó para imponer en los autos los cinturones de seguridad o las bolsas de aire, que salvarían la vida de 9000 estadounidenses cada año. Inauguró la inversión nacional en investigación sobre energía solar y fue uno de los primeros presidentes estadounidenses que nos advirtió sobre los peligros del cambio climático. Impulsó la Ley de Conservación de Tierras de Alaska, mediante la cual se protegió el triple de los espacios naturales de Estados Unidos. Su liberalización de la industria de la cerveza casera abrió la puerta a la pujante industria de la cerveza artesanal estadounidense. Nombró a más afroestadounidenses, hispanos y mujeres para la magistratura federal, y aumentó considerablemente su número.

Sin embargo, algunas de sus decisiones polémicas, dentro y fuera del país, fueron igual de trascendentes. Sacó a Egipto del campo de batalla en beneficio de Israel, pero siempre insistió en que Israel también estaba obligado a suspender la construcción de nuevos asentamientos en Cisjordania y a permitir a los palestinos cierto grado de autogobierno. A lo largo de las décadas, sostuvo que los asentamientos se habían convertido en un obstáculo para la solución de dos Estados y la resolución pacífica del conflicto. No se arredró al advertirle a todo el mundo que Israel estaba tomando un rumbo equivocado hacia el apartheid. Lamentablemente, algunos críticos llegaron a la imprudente conclusión de que era antiisraelí, o algo peor.

Tras la revolución iraní, Carter hizo bien al resistirse durante muchos meses a las presiones de Henry Kissinger, David Rockefeller y su propio consejero de Seguridad Nacional, Zbigniew Brzezinski, para que le concediera asilo político al sah depuesto. Carter temía que eso pudiera encender las pasiones iraníes y poner en peligro nuestra embajada en Teherán. Tenía razón. Solo unos días después de que accediera a regañadientes, y el sah ingresara en un hospital de Nueva York, la embajada estadounidense fue tomada. La crisis de los rehenes, que duró 444 días, hirió gravemente su presidencia.

Pero Carter se negó a ordenar represalias militares contra el régimen rebelde de Teherán. Eso habría sido lo más fácil desde el punto de vista político, pero también era consciente de que pondría en peligro la vida de los rehenes. Insistió en que la diplomacia funcionaría. Sin embargo, ahora tenemos pruebas fehacientes de que Bill Casey, director de campaña de Ronald Reagan, hizo un viaje secreto en el verano de 1980 a Madrid, donde pudo haberse reunido con el representante del ayatolá Ruhollah Jomeini, y prolongar así la crisis de los rehenes. Si esto es cierto, con esa injerencia en las negociaciones sobre los rehenes se pretendió negarle al gobierno de Carter una buena noticia de cara a las elecciones —la liberación de los rehenes en la recta final de la campaña—, y fue una maniobra política sucia y una injusticia para los rehenes estadounidenses.

La presidencia de Carter estuvo prácticamente impoluta en lo que a escándalos se refiere. Carter se pasaba 12 horas o más en el Despacho Oval leyendo 200 páginas de memorandos al día. Estaba empeñado en hacer lo correcto, y cuanto antes.

Pero esa rectitud tendría consecuencias políticas. En 1976, aunque ganó los votos electorales del sur, y el voto popular de electores negros, judíos y sindicalistas, en 1980, el único gran margen que conservaba Carter era el de los votantes negros. Incluso los evangélicos lo abandonaron, porque insistía en retirar la exención fiscal a las academias religiosas exclusivamente blancas.

La mayoría lo rechazó por ser un presidente demasiado adelantado a su época: demasiado yanqui georgiano para el nuevo sur, y demasiado populista y atípico para el norte. Si las elecciones de 1976 ofrecían la esperanza de sanar la división racial, su derrota marcó la vuelta de Estados Unidos a una etapa conservadora de partidismo áspero. Era una trágica historia que le resultaba familiar a cualquier sureño.

Perder la reelección lo sumió durante un tiempo en una depresión. Pero, después, una noche de enero de 1982, su esposa se sobresaltó al verlo sentado en la cama, despierto. Le preguntó si se estaba sintiendo mal. “Ya sé lo que podemos hacer”, respondió. “Podemos desarrollar un lugar para ayudar a las personas que quieran dirimir sus disputas”. Ese fue el comienzo del Centro Carter, una institución dedicada a la resolución de conflictos, a las iniciativas en materia de salud pública y la supervisión de las elecciones en todo el mundo.

Si bien antes pensaba que Carter era el único presidente que había utilizado la Casa Blanca como trampolín para lograr cosas más grandes, ahora entiendo que, en realidad, los últimos 43 años han sido una extensión de lo que él consideraba su presidencia inacabada. Dentro o fuera de la Casa Blanca, Carter dedicó su vida a resolver problemas como un ingeniero, prestando atención a las minucias de un mundo complicado. Una vez me dijo que esperaba vivir más que la última lombriz de Guinea. El año pasado solo hubo 13 casos de enfermedad de la lombriz de Guinea en humanos. Puede que lo haya conseguido.

Kai Bird es biógrafo, ganador del Pulitzer, director del Leon Levy Center for Biography y autor de The Outlier: The Unfinished Presidency of Jimmy Carter.

https://www.nytimes.com/es/2023/02/23/espanol/opinion/jimmy-carter-presidente.html