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domingo, 13 de septiembre de 2026

Altas capacidades: los alumnos que el sistema no sabe ver.

Un niño resuelve problemas matemáticos avanzados en una pizarra.Imgorthand (Getty Images
La identificación puede tardar años y no siempre se traduce en una respuesta educativa adecuada. Las niñas, los alumnos con bajo rendimiento y estudiantes de entornos desfavorecidos son los que tienen más posibilidades de quedar fuera.

“Estoy impresionado. Es la primera vez que hago un chiste y no tengo que explicarlo. Y encima tú no te has enfadado”. El psicólogo Pedro Fernández recuerda la frase de aquel niño de 13 años casi como una pequeña victoria. Estaba en uno de sus talleres con un grupo de jóvenes con altas capacidades y acababa de hacer un juego de palabras que el chico entendió al instante, lo que provocó las risas de todos.

La anécdota, en apariencia insignificante, es importante porque da una pista sobre lo que significa tener altas capacidades y sobre uno de los problemas que pueden aparecer cuando no encuentran una respuesta adecuada en el aula. No se trata necesariamente de niños que sepan más que los demás, que saquen mejores notas o destaquen constantemente, ni existe una especie de retrato robot que permita reconocerlos a simple vista.

“No es una checklist que uno tenga que cumplir y que, si coincide con 15 puntos, entonces sea superdotado, pero si cumple con 14, entonces no. Esto no es tan fácil”, explica Marta Tourón, doctora en Educación y especialista en altas capacidades de la UNIR. Hay alumnos que aprenden con mucha rapidez, establecen asociaciones con facilidad, manejan un vocabulario avanzado o muestran una curiosidad especialmente intensa. Otros destacan por la profundidad de sus preguntas, por su capacidad de abstracción, por la forma de relacionar ideas o incluso por un sentido del humor que exige captar conexiones que otros no perciben. Pero ninguno de esos rasgos, por sí solo, permite determinar que un alumno tenga altas capacidades.

En España, 67.832 alumnos estaban identificados oficialmente como alumnado con altas capacidades en el curso 2024-2025, según los últimos datos del Ministerio de Educación. Representan el 0,82% del alumnado no universitario. Una cifra que, sin embargo, solo contabiliza a quienes han sido identificados por el sistema. Las estimaciones europeas varían mucho según cómo se defina la alta capacidad y cómo se mida, y algunas sitúan entre el 2% y el 15% la proporción de población escolar que podría encajar en esa categoría.

El problema aparece cuando esa forma particular de aprender choca con la respuesta que encuentra en la escuela. “Ahí es donde se produce un desajuste entre lo que ellos pueden aprender o cómo lo pueden aprender, a qué velocidad y con qué profundidad, y cómo el sistema educativo les está enseñando, les está permitiendo relacionarse”, explica Tourón.

Un alumno puede haber comprendido una explicación cuando el resto todavía está asimilándola; puede querer profundizar en una cuestión cuando la clase tiene que seguir adelante; hacer preguntas para las que no encuentra respuesta o desconectar cuando una tarea deja de suponerle un reto. Lo que para él (o ella) puede ser una necesidad de aprender de otra manera, para el aula puede parecer simplemente que ya ha terminado, que se aburre o que está distraído.

¿Cómo se identifican las altas capacidades?
Como no existe un perfil único que permita reconocer a un alumno con altas capacidades, el proceso suele empezar por detectar los indicios. Una familia puede advertir que su hijo aprende especialmente rápido, que hace preguntas poco habituales o que se interesa durante meses por un determinado tema. Un profesor puede percibir algo parecido en clase. Pero esas pistas, por sí solas, no bastan.

Para ordenar esas primeras sospechas existen cuestionarios de detección que pueden completar tanto las familias como los docentes. No diagnostican al alumno, pero ayudan a valorar si los rasgos que se están observando justifican dar el siguiente paso y realizar una evaluación profesional. Y ese proceso es bastante más complejo que pasar un test de inteligencia.

“No hay un punto de corte mágico que determine quién es y quién no es”, explica Marta Tourón. Los profesionales utilizan distintas pruebas y recogen información de varias fuentes —la familia, el centro educativo y el propio estudiante— para construir un perfil. La capacidad intelectual es importante, pero una sola puntuación no basta. “El CI [cociente intelectual] es algo variable y dependiente del instrumento que estoy utilizando”, señala.

Pero hay otro problema: muchas veces nadie empieza ese proceso hasta que aparece una dificultad. La familia reclama una evaluación, un profesor sospecha que algo no encaja o el alumno empieza a mostrar problemas en el aula. Tourón defiende justamente lo contrario: “Los procesos de identificación no pueden ser realizados cuando se detecta una problemática o cuando la familia lo demanda o cuando un profesor lo sospecha porque entonces estamos identificando a cuenta”. La evaluación, sostiene, debería realizarse de forma sistemática y por los equipos de orientación de los centros educativos, siempre que estos estén “bien formados” y “bien capacitados” para hacerla, algo que muchas veces no sucede. Y cuando eso no ocurre, hay alumnos que sencillamente pasan desapercibidos.

A veces el descubrimiento llega mucho después. En consulta, Tourón cuenta que no es infrecuente reconstruir la historia de un adolescente que llega con problemas de desajuste emocional, social o académico y descubrir entonces que tenía altas capacidades que nunca fueron identificadas o que no habían recibido respuesta. Puede ocurrir, sostiene, que un alumno llegue a la adolescencia o incluso a la edad adulta sin haber sido consciente de ello en ningún momento.

Una niña lee un libro en el suelo de su cocina. MoMo Productions (Getty Images)


 
Una niña lee un libro en el suelo de su cocina.Una niña lee un libro en el suelo de su cocina.

Tras la identificación, viene lo difícil

En cualquier caso, confirmar que un alumno tiene altas capacidades no resuelve, por sí solo, el problema: tan solo cambia la pregunta. Ya no se trata de saber qué tiene, sino de qué necesita y qué va a hacer el colegio con esa información.

¿Qué necesita un alumno que ya domina lo que se está explicando en clase? A veces, sencillamente, ir más allá: profundizar en un tema, enfrentarse a problemas más complejos o trabajar contenidos que supongan un reto. Alicia Rodríguez Díaz-Concha, presidenta y fundadora de la Asociación Española de Superdotados y con Talento (AEST), propone ejemplos mucho más sencillos de lo que puede significar ese enriquecimiento en el aula. Si un alumno ya domina las operaciones, en lugar de hacerle repetir ejercicios se le puede plantear una suma en la que falten números y tenga que averiguar cuáles son; o pedirle que, al terminar un tema, prepare un cuadro que después pueda compartir con el resto de la clase.

En otros casos puede tener sentido adelantar curso. No se trata de ponerle más ejercicios ni de mantenerlo permanentemente ocupado, sino de que lo que ocurre en el aula esté a la altura de lo que ya sabe y de lo que es capaz de aprender. Y no es solo una cuestión de intuición pedagógica: los estudios encuentran mejoras académicas con programas de enriquecimiento y con la aceleración, sin que esta última haya mostrado los problemas sociales que tradicionalmente se le han atribuido.

Hay alumnos para los que una explicación no termina donde el adulto había previsto. Fernández recuerda el caso de un niño de cinco años con el que estaban trabajando inteligencia emocional y habilidades sociales. Como introducción, estaban explicando que en esas cuestiones intervienen también factores biológicos y psicológicos. El niño se quedó con uno de ellos: ¿qué era exactamente lo biológico? La pregunta llevó al cerebro y al sistema nervioso y, al día siguiente, acabaron con un cerebro delante, explicando sus partes. “Para ti son detalles y a ellos les llama la atención y tienes que profundizar”. Eso sí, el entorno no siempre acompaña, y muchas veces se intenta que sea el niño quien se adapte al entorno, en lugar de adaptar el entorno a sus necesidades.

El problema es que esa curiosidad también puede apagarse cuando el niño no encuentra ese espacio para ir más allá: “La primera señal suele ser esa pérdida de curiosidad o de interés”, añade Fernández. Hay niños que se pasan meses fascinados por los dinosaurios, el universo o Egipto y que, poco a poco, dejan de interesarse por aquello que antes les entusiasmaba. “Cuando ya empiezan a no manifestar interés por cosas o ya no tienen esa alegría con la que abordan ciertas actividades, es un síntoma inequívoco de que algo no va bien”.

Lo que está en juego no es solo cuánto aprende, sino también cómo se encuentra. “La persona que está bien atendida, que está acompañada, generalmente siente bienestar, es comprensiva, se encuentra bien, se va desarrollando de una manera integral”, apunta Fernández. Cuando esa atención no llega, puede aparecer desde el desinterés hasta problemas de mayor gravedad.

Cuando el sistema no responde
Todos los expertos consultados para el presente reportaje coinciden en que la identificación debería abrir la puerta a una respuesta educativa. Pero cuando esa puerta no se abre, son las familias las que empiezan a buscar otra entrada: una evaluación privada, una asociación, una reclamación administrativa o, en último término, los tribunales.

Rodríguez asegura que algunas familias esperan años para conseguir una valoración dentro del sistema y terminan recurriendo a profesionales privados. Pero tampoco ahí termina necesariamente el problema: “Se tarda como tres años en que te valoren, y cuando eso sucede el alumno ya está hecho polvo. No admiten las valoraciones privadas de psicólogos clínicos expertos en altas capacidades”, afirma. Rodríguez sostiene además que hay numerosas sentencias en las que los tribunales han terminado reconociendo esos informes. Para las familias, esgrime, el camino puede convertirse “en todo un viacrucis administrativo: orientación, inspección, jefe de inspección y hasta el defensor del pueblo”.

El recorrido tampoco es idéntico en toda España. Aunque las altas capacidades están reconocidas en la legislación educativa estatal, un estudio comparativo publicado en 2025 en la Revista Española de Educación Comparada, editada por la UNED, encontró diferencias entre las comunidades autónomas en los requisitos y en la aplicación de medidas como el enriquecimiento curricular o la flexibilización de la escolarización. Eso puede hacer que una familia tenga que volver a acreditar una necesidad que ya había sido reconocida en otro territorio.

Es lo que, según relata Vanessa, le ha ocurrido a su hijo. El menor fue reconocido oficialmente como alumno con altas capacidades en Andalucía después de un proceso que duró tres cursos. Pero entonces la familia se trasladó a Madrid por motivos personales y, según cuenta la madre, allí les comunicaron que el reconocimiento andaluz no era suficiente y que debía ser evaluado de nuevo.

Ahora está en Secundaria y Vanessa teme que la historia se repita. Sostiene que, mientras no sea reconocido en Madrid, su hijo no está recibiendo las adaptaciones educativas que debería tener y tampoco puede acceder a determinadas ayudas. Ahora se teme que les hagan perder tres años de nuevo mientras su hijo sigue avanzando por el sistema sin que reciba la ayuda que necesita.

Los que siguen sin ser vistos
Hay alumnos que pueden pasar por el sistema sin activar nunca las alarmas que deberían conducir a una identificación. Algunos no encajan en la imagen que profesores y familias tienen de un niño con altas capacidades, mientras que otros pasan desapercibidos precisamente porque han aprendido a no destacar.

Las niñas son uno de los perfiles que pueden quedar más fácilmente fuera de la identificación. También los alumnos con bajo rendimiento, los estudiantes de entornos socioeconómicamente desfavorecidos o quienes proceden de contextos lingüísticos y culturales diversos. En el caso de las niñas, además, el desequilibrio aumenta con la edad: si en los primeros años la proporción entre chicos y chicas identificados puede acercarse al 50-50, al final de Primaria algunos estudios sitúan la relación en torno a 65-35 o incluso 70-30. Tourón señala que en España el porcentaje de evaluaciones de chicos es claramente superior al de chicas.

¿Qué ocurre por el camino? Las niñas pueden resultar menos visibles porque tienden a adaptarse más al entorno y conceden mayor importancia a la aceptación del profesorado y del grupo de iguales. “Muchas prefieren difuminar sus características y no destacar que desarrollarse y mostrarlas”, explica Fernández. En cambio, cuando un niño tiene dificultades para encajar en el aula, puede manifestarlas mediante conductas disruptivas que hacen que orientadores o familias busquen qué está ocurriendo y, en ese proceso, aparezcan las altas capacidades.

Tener altas capacidades tampoco implica necesariamente sacar buenas notas. El rendimiento escolar depende de algo más que de la capacidad para aprender y, cuando un alumno deja de encontrar retos en el aula, puede desconectarse, perder interés o acabar rindiendo por debajo de lo que podría. Fernández conoce casos de alumnos cuyo talento apenas aparece en las calificaciones y que, sin embargo, muestran fuera del colegio una capacidad extraordinaria para la música, la escritura, el dibujo o el aprendizaje autónomo.

Hay además alumnos en los que la alta capacidad convive con otra dificultad y que resultan todavía más difíciles de identificar. Es la llamada doble excepcionalidad: una persona puede tener altas capacidades y, al mismo tiempo, dislexia, TDAH, autismo u otra condición. En esos casos, una característica puede ocultar a la otra. “El trastorno tapa a la alta capacidad y los recursos que da la alta capacidad a veces ayudan con el trastorno”, explica Fernández.

El resultado puede ser un alumno que no responde al estereotipo de quien aprende deprisa, saca buenas notas y participa activamente en clase. Puede ser el que se distrae, el que no termina las tareas, el que parece desinteresado o incluso el que hace todo lo posible por no llamar la atención.

La desigualdad económica añade otra capa al problema. Cuando la identificación no se produce en el colegio, las familias con más recursos tienen más posibilidades de buscar una valoración por su cuenta, acudir a especialistas o insistir ante el sistema. Pero la brecha puede empezar incluso antes. Un estudio publicado en 2019 en Harvard Educational Review, a partir de datos representativos de Estados Unidos, encontró que alrededor del 13% de los alumnos del nivel socioeconómico más alto recibía servicios para alumnado con altas capacidades, frente al 2% de los del nivel más bajo. La diferencia se mantenía incluso al comparar alumnos con niveles de rendimiento académico similares y entre estudiantes del mismo centro.

El estudio no permite trasladar esas cifras directamente a España, pero sí muestra que el rendimiento no es el único factor que determina quién acaba siendo identificado y accede a estos programas. Y ahí la desigualdad económica vuelve a aparecer: cuando la escuela no detecta una capacidad, no todas las familias tienen las mismas posibilidades de buscarla por su cuenta. Para algunos alumnos, el problema será que necesitan una respuesta distinta; para otros, que nadie llegue siquiera a darse cuenta de que la necesitan.

jueves, 2 de enero de 2020

El enorme daño causado por los economistas neoliberales.

Vicenc Navarro
Público


Joseph Stiglitz (premio Nobel de Economía en el año 2001), escribió un artículo publicado en la revista Social Europe, The end of neoliberalism and the rebirth of history (26.11.19), en el que señalaba las consecuencias negativas de la aplicación de las políticas neoliberales (que incluían reformas laborales encaminadas a debilitar a los sindicatos y facilitar el despido de los trabajadores, así como políticas de austeridad con el intento de disminuir la protección social mediante recortes del gasto público social) en la calidad democrática de los países a los dos lados del Atlántico Norte (incluyendo España), así como en el bienestar de las clases populares de los países donde tales políticas se han estado aplicando. La evidencia de que ello ha sido así es clara y contundente.

El objetivo del artículo de Stiglitz era denunciar a los economistas que han promovido tal ideología política (el neoliberalismo), los cuales han alcanzado un dominio casi completo en fórums donde se reproduce la sabiduría convencional de los establishments políticos y mediáticos. Tal dominio ha sido promovido por las élites financieras y empresariales, así como por los sectores más pudientes de la población, que han ejercido (y continúan ejerciendo) una enorme influencia sobre tales establishments y que eran, y son, los que se benefician más de la aplicación de tales políticas, beneficios que están basados, según Stiglitz, en una enorme explotación de las clases populares, cuya calidad de vida ha empeorado considerablemente como resultado de la aplicación de esas políticas. Una de las consecuencias de esta realidad ha sido el enorme crecimiento de las desigualdades en la mayoría de estos países en los que tales políticas se han aplicado.

El principio básico del dogma neoliberal, según Stiglitz
Detrás de un lenguaje aparentemente científico, los economistas neoliberales han estado promoviendo un principio muy sencillo y que raramente aparece explícito en su argumentario. Tal principio es que “la eficiencia del sistema económico requiere incrementar la riqueza de los de arriba (las élites financieras y empresariales, así como las profesionales a su servicio), a fin de que tal riqueza vaya extendiéndose a los de abajo, que son todos los demás”. Este principio ha estado vigente siempre en las “ciencias” económicas dominantes, habiendo alcanzado niveles extremos durante la Gran Recesión. Según dicho dogma (y no hay otra manera de definirlo), lo que beneficia a los propietarios y gestores del capital financiero, así como de las grandes empresas del país (que son una minoría de la población), beneficia automáticamente a la mayoría de la población.

El problema con tal ideología es que los datos no muestran esta realidad, pues las rentas de los primeros han ido creciendo muy significativamente durante todos estos años de neoliberalismo imperante, mientras que las de los segundos ha ido descendiendo. En todos estos países del capitalismo desarrollado, las rentas derivadas del trabajo han ido disminuyendo como porcentaje de todas las rentas, mientras que las rentas derivadas de la propiedad del capital han ido aumentando. Y dentro de la masa salarial, ha habido también una enorme polarización de los salarios, con una minoría que se ha visto muy beneficiada a costa de una mayoría que se ha visto muy perjudicada.

La abusiva promoción del neoliberalismo por parte de los establishments políticos y mediáticos
En este escenario, Stiglitz señala que tales economistas neoliberales eran los que aparecían (y añadiría yo que en España continúan apareciendo) en los mayores medios de información, monopolizando el área de lo que se presenta como “ciencias” económicas, marginando, impidiendo y silenciando las voces críticas que no comulgaban con las falacias que sostenían sus argumentos y propuestas. Los primeros eran los ortodoxos del dogma neoliberal, que marginaban a los heterodoxos, definidos como “ideólogos” o “demagogos”.

Ahora bien, el fracaso del neoliberalismo es tan patente, claro y contundente que por fin se ha visto que “el rey estaba desnudo” y hoy, según Stiglitz, estamos viendo el fin del dogma neoliberal, que se había iniciado en los años ochenta del siglo pasado con la revolución neoliberal empezada por el presidente Ronald Reagan en EEUU y por la Sra. Margaret Thatcher en el Reino Unido, y que fue asimilada más tarde por lo que se definía como la Tercera Vía en EEUU (Clinton) y en la Unión Europea (Blair, Schröder y Zapatero). Esta revolución causó, en última instancia, la Gran Recesión, la cual acentuó todavía más los efectos negativos de tales políticas. Dicho fracaso es también la causa de la enorme crisis de legitimidad política que viven las democracias liberales en EEUU y en Europa. Esta conclusión de Stiglitz es, según mi parecer, excesivamente optimista, pues si bien es cierto que tales políticas neoliberales están desacreditadas extensamente en gran parte de los círculos académicos y en algunas agencias internacionales, no lo está tanto en las esferas políticas y mediáticas de muchos países, siendo España uno de ellos.

El gran fracaso del neoliberalismo en España
Todo lo que Stiglitz define, critica y denuncia puede aplicarse totalmente a España. Este es uno de los países donde tales políticas se han aplicado más clara y contundentemente. Como consecuencia de ello, España está, en cuanto a indicadores de calidad de vida de las clases populares se refiere, a la cola de los países capitalistas desarrollados. Un indicador tras otro muestran que, en temas de bienestar, estamos a la cola de los países a los dos lados del Atlántico Norte. Los elevados porcentajes de precariedad en el mercado de trabajo, la elevada tasa de desempleo, el bajo nivel de los salarios, la elevada desigualdad en la distribución de la propiedad y de las rentas, el bajo gasto público social, la escasa protección social, etc., muestran que estamos entre los peores países. Miren los datos y lo verán (ver mi libro Ataque a la democracia y al Bienestar, Crítica al pensamiento económico dominante. Anagrama, 2015).

Echen un vistazo a los gurús económicos que aparecen en los grandes medios (radiofónicos y televisivos) y verán que la única diferencia entre ellos es que unos proponen la versión dura del neoliberalismo y los otros su versión blanda, presentando inexactitudes (con gran pomposidad y arrogancia) como “verdades científicas”, aunque en realidad sean falsedades que carecen de credibilidad. En tales fórums es muy infrecuente que aparezca una voz crítica con tal dogma.

Todo esto que está ocurriendo era muy predecible, y así lo hicimos unos pocos
Efectivamente, todo lo ocurrido fue predicho. Véase, como ejemplo, mi libro Neoliberalismo y Estado del Bienestar (Editorial Ariel Económica), escrito ya en 1997. En aquel libro indiqué que las políticas neoliberales que se estaban aplicando en los países capitalistas más avanzados causarían una enorme crisis económica. La derrota del mundo del trabajo, con la consiguiente disminución de los salarios y de la demanda doméstica, crearía dicha crisis, ya que forzaría a las familias y a las empresas pequeñas a endeudarse, lo que provocaría a su vez el gran crecimiento del sector financiero, que al invertir en los sectores de mayor rentabilidad como era el sector especulativo de la economía (del cual el inmobiliario era el más extendido) crearía burbujas que al explotar causarían una crisis financiera. Y todo lo que se predijo, ocurrió. Cuando la reina del Reino Unido pidió a un grupo de economistas cómo era posible que no hubieran sabido prevenir la crisis, el portavoz de dicho grupo, Luis Garicano, el gurú económico de Ciudadanos, no supo responder, cuando, en realidad, era muy fácil de ver si uno abandonaba la fe en el dogma neoliberal (siendo tal economista uno de sus más fervientes creyentes) para mirar simplemente la realidad que le rodeaba.

Los impactos sumamente negativos que presentaban tales políticas se justificaban bajo el lema de que “no había otras alternativas”. Juan Torres, Alberto Garzón y yo mostramos la enorme falsedad de tales propuestas, señalando que por cada recorte de gasto público social que dañaba a las clases populares, se podría haber hecho otro recorte, sustituyendo al anterior, que hubiera afectado a las clases más pudientes. Y también mostramos que el hecho de que no se escogiera una alternativa y no la otra se debía precisamente a la enorme influencia que tales clases pudientes tenían sobre el Estado español y sus partidos gobernantes.

Así pues, y como ya he indicado antes, lo que ocurrió era muy predecible, así como también lo fue la protesta popular en contra de la aplicación de tal dogma. En España dicha protesta tomó la forma del 15-M, el movimiento de los indignados, que tuvo un enorme impacto en el país y que tenía como objetivo la denuncia de la nula representatividad de las instituciones que se definen a sí mismas como representativas. El eslogan “no nos representan” lo decía todo. Fue un auténtico tsunami. Y de ahí nació un movimiento político-social, Podemos. Así fue como nos pidieron a Juan Torres i a mí que hiciéramos un borrador de su programa económico, que elaboramos en base a nuestra obra Hay alternativas. Propuestas para crear empleo y bienestar social en España (Editorial Sequitur, 2011), realizada conjuntamente con Alberto Garzón. Dicho programa fue mejorado más tarde por las deliberaciones y las discusiones dentro de aquella formación política.

La respuesta de hostilidad por parte del establishment político-mediático hacia dicho programa fue enorme. Y como era predecible, lo intentaron destruir, mintiendo y presentándolo como “escrito en Venezuela” (antes, durante la Guerra Fría, se utilizaban otros puntos de referencia, como Moscú o Pequín), cuando en realidad era un programa de sensibilidad kaleckiana, que quiere decir socialdemócrata de raíces escandinavas. La escasa densidad intelectual de las fuerzas conservadoras y neoliberales hace que en España (incluyendo Catalunya) se sustituya el debate por el insulto, magnificado en las cajas de resonancia que proporcionan los medios.

Las clases populares son conscientes de esta situación, de ahí que la clase política y los medios de información estén en España entre los menos valorados en la Unión Europea.

Pero el cambio es posible, y para ello es importante romper el fatalismo de aquellos que se muestran pasivos porque dicen que hay muy poco que se pueda hacer. Y una cosa que deberían hacer los lectores que son conscientes de este enorme desequilibrio es escribir cartas de protesta a tales medios de información para mostrar el desacuerdo con lo que están diciendo. Porque el nivel de estos medios es tal que deberían ser definidos como medios de persuasión y manipulación. Lo peor que puede ocurrir es que la gente se mantenga pasiva, absorbida por una mentalidad según la cual no se puede hacer nada para cambiar esta situación. Y este es precisamente el mensaje que tales medios continúan promoviendo, acentuando que no hay alternativas o algo parecido. Pero la evidencia científica muestra claramente que sí que las hay, y que no se hayan llevado a cabo se debe a que las élites financieras y económicas del país son determinantes en las políticas gubernamentales. Es necesario y urgente que esto cambie, porque, insisto, de haber alternativas sí que las hay. Lo que ha faltado hasta hoy ha sido voluntad política para aplicarlas. Así de claro.

Vicenç Navarro es Catedrático de Ciencias Políticas y Políticas Públicas. Universitat Pompeu Fabra.

http://www.vnavarro.org/

Fuente: https://blogs.publico.es/vicenc-navarro/2019/12/27/el-enorme-dano-causado-por-los-economistas-neoliberales/

lunes, 9 de julio de 2018

La cultura del privilegio. El triángulo formado por el Estado, los ciudadanos y el mercado precisa de otro contrato social.

Muchos bienes públicos (la educación, la sanidad, el medio ambiente, la seguridad, la habitabilidad del lugar en que se vive, etcétera) y distintos derechos civiles y sociales (el conjunto del sistema de reglas que garantiza la igualdad de oportunidades)  no llegan de igual manera a todos los ciudadanos. A este hecho es a lo que la Comisión Económica para América Latina (CEPAL), organismo de las Naciones Unidas, ha denominado “la cultura del privilegio”. Un ejemplo sería el sistema fiscal de muchos países, tan desigual en la aplicación de exenciones, elusiones, la evasión, o el diferente trato que dan a las rentas del trabajo y del capital. Ello se ha agravado en la última década.

Esta “cultura del privilegio” está desarrollada en uno de los últimos estudios de la institución que preside la mexicana Alicia Bárcenas, titulado La ineficiencia de la desigualdad, que ha sido presentado en Cuba hace unos días con el propósito de alinearse con la Agenda 2030 para el desarrollo sostenible, en especial con la intención de no dejar a nadie atrás. Una reflexión oportuna es la de si sus conclusiones y sus tendencias (desde luego no sus datos concretos) valen para el resto del mundo. Entre aquellas se pueden destacar las siguientes:

-Que la desigualdad (de medios, de oportunidades, de capacidades y de procedimientos) no sólo es injusta, sino que genera límites al crecimiento, como desde hace algún tiempo muestran algunos economistas y el propio Fondo Monetario Internacional en alguno de sus informes, en contra de la “gran disyuntiva” que defendió en la década de los setenta el economista Arthur Okun (un menor crecimiento es el coste que la sociedad debe pagar para reducir las desigualdades que surgen de los mercados).

-Que hay una creciente desconexión entre los ciudadanos y las instituciones públicas por mor de esa desigualdad creciente, que se manifiesta en la caída de los niveles de confianza en esas instituciones, en la falta de empleos de calidad (trabajo decente) y en una menor satisfacción en el funcionamiento de los principales servicios públicos del Estado de Bienestar como la salud y la educación.

Según el estudio citado, la desigualdad de renta y de riqueza potencia la desigualdad de oportunidades y limita la sostenibilidad del crecimiento. Nuevos datos sugieren que, en general, la concentración de la riqueza (lo que se posee) es superior a la de la renta (lo que se gana). Según el Informe de la Desigualdad 2018, en todos los años entre 1980 y 2016, el 1% más rico concentra entre el 16% y el 22% de la riqueza total, cuando el 75% más pobre nunca llega al 10%. En España, durante el mismo periodo, el 10% de los hogares más ricos concentran entre el 50% y el 60% de la riqueza nacional, mientras que la riqueza en manos del 50% no llega al 9% del total.

Esta desconexión debilita el contrato social existente desde el final de la Segunda Guerra Mundial y apremia a crear uno nuevo entre el triángulo compuesto por el Estado, los ciudadanos y el mercado. La extrema polarización conduce al desastre.

 https://elpais.com/economia/2018/05/20/actualidad/1526834057_589469.html



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domingo, 27 de mayo de 2018

Casi 700.000 hogares españoles no alcanzan a tener una alimentación digna. 2017: cada vez más pobres.

Ctxt

El número de excluidos por la crisis siguió creciendo el año pasado

“El mejor momento de la historia económica de España”, como lo definió recientemente el ministro Cristobal Montoro, con un crecimiento del PIB anual de más del 3% en los últimos dos años, sigue dejando atrás a millones de españoles. La mejora en los datos macroeconómicos contrasta con las condiciones de vida de ciudadanos que, por ejemplo, no alcanzan a tener una alimentación digna. El avance del informe anual sobre pobreza en la UE de Eurostat, la oficina estadística oficial de la Comisión Europea, muestra que más de 683.000 hogares españoles, el 3,7% del total, no pudo acceder a una comida proteínica cada dos días en 2017; se trata del porcentaje más alto desde que empezó la Gran Recesión: 1,7 puntos más que en 2008 (2,2%) y 0,2 puntos más que en los años más duros de la crisis (3,5% en 2013). Las familias monoparentales son las que más sufren, pasando del 4,9% en 2015 y 2016 a un 8,1% en 2017, lo que se traduce en casi 150.000 hogares con este problema. Estas familias están gestionadas en un 83% por mujeres, según el INE.

Fuente: Eurostat. Elaboración propia

La incapacidad de los ciudadanos para afrontar gastos económicos inesperados también está lejos de los niveles anteriores a la crisis. En el año 2008, el 29,6% de la población no era capaz de lidiar con este tipo de pagos no previstos, y, pese a las mejoras con respecto a años anteriores, en 2017 ese porcentaje se sitúa 7 puntos por encima de entonces (36,6%). En este caso son las personas menores de 65 años, quienes más han sufrido las restricciones económicas en esta década: en 2008, un tercio del total (33,2%), no podía afrontar gastos extra; hoy, le sucede a 4 de cada 10 menores de 65 (42,8%).

Fuente: Eurostat. Elaboración propia

El índice de privación material severa, un cálculo que estima la carencia de necesidades básicas (lavadora, calefacción, vacaciones, verdura en la nevera...) se situó el año pasado en el 5,1%. Supone una mejora de 0,7 puntos respecto a 2016 (5,8%), pero afecta todavía a más de 2,3 millones de ciudadanos, frente a los 1,5 millones de personas que vivían situaciones de extrema privación en 2007 (el 3,5% de 45,2 millones).

En el caso de los jóvenes entre 16 y 24 años, el porcentaje se eleva casi dos puntos (un 7% del total) sobre la media del país. En los principios de la crisis, 2008, los jóvenes afectados por la privación extrema eran el 4,4% del total, según los datos de Eurostat.

Estos datos de Eurostat se complementan con los que revela, en su último informe, la Asociación de Ciencias Medioambientales (ACA) sobre pobreza energética. El trabajo, en el que se tienen en cuenta por primera vez indicadores europeos, revela que el 15% de los españoles sufrió temperaturas inadecuadas, retraso del pago en los recibos, o ambas cosas, durante 2016. Este dato es 5 puntos superior al que el ACA registraba en 2008 (10%) sumando temperaturas inadecuadas y retraso en el pago de las facturas. Además, el 2% de la población, alrededor de 900.000 personas, sufrió algún cese de actividad por impago o corte de suministro eléctrico en España en ese año.

Mientras tanto, el Gobierno de España anuncia a bombo y platillo “los presupuestos más sociales de la historia”. La realidad, como contó en CTXT Emilio de la Peña, es que, desde la llegada de Rajoy al poder, las partidas sociales, excluidas las pensiones, han disminuido un 27%. Este año, son las más bajas desde 2009.

Recortes sociales y trucos contables

Desde la llegada del Partido Popular al gobierno en 2011 –y su renovado mandato en 2016–, han sido mucho las técnicas que ha usado el Ejecutivo, de la mano de su ministro de Hacienda, para hacer creer que el gasto social seguía aumentando. El problema ha residido siempre en la lectura o parcialidad de los datos. Los trucos son variados: porcentajes frente al gasto bruto (o viceversa), o ejecuciones finales muy alejadas de lo presupuestado.

La batalla de narrativas presupuestarias se ha desarrollado en paralelo a la situación en la Cámara: durante cuatro años, el rodillo popular permitió que todo quedara en un mero acto informativo. Desde las últimas elecciones, los 134 diputados del Partido Popular tienen la obligación de buscar socios con los que sacar adelante el plan económico. En este sentido, y con el objetivo de convencer a futuros –o presentes– compañeros de viaje, otras de las grandes asas del actual ejecutivo ha sido la sombra de una crisis que inevitablemente, y básicamente por la gestión propia, es cada vez más cosa del pasado. La semana pasada, el nuevo intento de Montoro en el Congreso apeló precisamente a esto. Aprobar los presupuestos es, según el ministro, “la forma de abrir la puerta al final de la crisis”. Según Montoro, la crisis no ha terminado, pero está “derrotada”, y depende de la voluntad de sus señorías enterrarla definitivamente.

Parecería que, con un país que crece a más del 2,8% anual –dato recientemente revisado al alza por el FMI para 2018–, la oportunidad para lograr “estabilidad económica" no se puede dejar pasar. El desglose de algunos de los datos provisionales de Eurostat anteriormente citados, sin embargo, indica que el día a día de muchos ciudadanos aún queda lejos de ser digno.

Indicador AROPE

El indicador AROPE es una de las principales referencias para evaluar la situación socioeconómica de la población. El indicador, incluidos en la estrategia de crecimiento de la UE ‘Europa 2020’, mide el riesgo de pobreza y exclusión social de la población en base a distintas variables: renta, privación material. Desde el estallido de la crisis, este indicador ha alcanzado picos sobresalientes en nuestro país, hasta el punto de que 13,4 millones de personas –casi el 28% de la población– estaban en riesgo de pobreza y exclusión social en 2014. En 2016 sólo se redujo a un 27,8%, consolidándose en más de 12,9 millones las personas en esta grave situación.

viernes, 2 de marzo de 2018

Elogio de la bondad

Daniel Raventós, Julie Wark

Julie Wark y Daniel Raventós han escrito un libro que Counterpunch acaba de publicar en enero de 2018 con el título de Against Charity. Están previstas las traducciones al catalán y al castellano. Ofrecemos a continuación la traducción del prefacio de Against Charity.

La palabra inglesa kind (tipo, clase)—palabra raíz de kindness (bondad)—en inglés antiguo cynd(e), es de origen germánico y está relacionada con kin (familiares). El sentido original era naturaleza o característica innata, por lo que vino a significar una clase de algo, distinguido por sus características innatas y, para el siglo XIV, cortesía o acciones nobles que expresaban el sentimiento que los familiares o semejantes tienen entre sí. Hay un sentido de igualdad forjado en esta palabra. También de fraternidad. Y de respeto.

La caridad, al menos en su forma institucional, casi ha dejado atrás sus muy tempranos significados de la bondad en sus sentidos de "disposición para hacer el bien" y "buenos sentimientos, buena voluntad y amabilidad" para asumir su forma actual de relación entre el que da y el que recibe, que es desigual porque el receptor no está en posición de corresponder. Pero todavía se presenta generalmente como bondad, o como una forma de enmascarar la poco amable (unkind) disparidad construida en la relación y, a veces, quizás, expresando el deseo de que nunca haya renunciado a su pasado más amable. Por ejemplo, Jack London escribía: “Un hueso para el perro no es caridad. La caridad es el hueso compartido con el perro cuando estás tan hambriento como el perro”. La “caridad” que describe se remonta a los orígenes y se parece más a la bondad que a la caridad tal y como la conocemos porque sugiere igualdad, una suerte de familiaridad o parentesco (kinship) en el hambre entre el que da y el perro. Y tal vez el perro pueda corresponder al hombre dándole calor.

El tipo de caridad más habitual, la que ha sido institucionalizada, es de la que habla Chinua Achebe en su Anthills of the Savannah: “Mientras llevamos a cabo nuestras buenas obras, no olvidemos que la solución real reside en un mundo donde la caridad se habrá vuelto innecesaria”. Este es, por desgracia, el tipo de caridad que se ha vuelto casi sacrosanta, el tipo de caridad que atrae la atención sobre lo diferente, y se enmascara como bondad cuando generalmente beneficia al donante más que a quien recibe. Una de las revelaciones menos jugosas de las grabaciones de Lady Di recientemente lanzadas es que, cuando se le preguntó por qué participaba en obras de caridad, se ríe y dice: “¡No tengo nada más que hacer!”. Demasiado para los destinatarios.

Dado que, en su sentido más antiguo, la bondad (kindness: el tratamiento otorgado a los familiares o a los miembros de una comunidad de semejantes) se ocupa del bien de los familiares y de la comunidad, Aristóteles nos dice en el primer parágrafo de la Política: “Todo estado es una comunidad de algún tipo, y cada comunidad se establece con miras a algún bien [...] Pero si todas las comunidades aspiran a algún bien, el estado o la comunidad política que es superior, y que abarca a todas las demás, apunta al bien en mayor grado que cualquier otra, y al más alto bien”. Hoy en día, sin embargo, la palabra operativa en política es “división”, el gran abismo entre los muy ricos y la gran cantidad de pobres, la división entre hombres y mujeres, ciudadanos y refugiados, negros y blancos, el enfrentamiento de un grupo étnico contra otro, una religión contra las otras, el “progreso” contra el planeta, lo privado contra lo público, y así sucesivamente. El gobierno, y especialmente la Administración Trump, está incitando a la división en beneficio de unos pocos poderosos en lo que equivale a una guerra abierta contra la esfera pública, lo público en sí y el bien público. La caridad institucional, que enriquece aún más a los millonarios y multimillonarios exentos de impuestos mientras reparten su filantropía entre sus proyectos preferidos, solo contribuye a sostener esta división.

La historia, por supuesto, y los estudios psicológicos -siendo el experimento de Milgram uno de los más notorios- han mostrado cómo en un contexto autoritario y egocéntrico, seres humanos aparentemente razonables pueden llegar a ser insensibilizados ante el sufrimiento de los otros y actuar cruelmente entre sí. El coste psicológico de esta insensibilización sobre los perpetradores o los instrumentos humanos de falta de amabilidad o la crueldad (unkindness) (donde kind se toma como adjetivo [bondadoso] y sustantivo [semejantes]) no recibe mucha atención, pero, por poner un ejemplo, el Centro RAND para Investigación de Políticas de Salud Militar estima que el 20% de los veteranos que sirvieron en Irak o Afganistán sufren depresión grave o trastorno de estrés postraumático. Ser cruel (unkind) y, por tanto, actuar en contra de la propia familia humana (kin), no es bueno para los humanos. Sin embargo, la misantropía sistemática de líderes políticos para quienes la gente común tiene escaso valor, y los multimillonarios que no son personas como nosotros, sino que se pavonean como personajes extravagantes que hacen extrañas declaraciones en sus demostraciones de irrealidad [i], insensibilizan a naciones enteras ante la difícil situación de los demás, llevando, a nivel individual, a crímenes de odio, ataques racistas y un resurgimiento de la extrema derecha, y a nivel nacional, a los que imponen políticas de austeridad que, con conocimiento de causa (y sólo hace falta leer las memorias recientes de Yanis Varoufakis, Comportarse como adultos, para ver lo bien que conocen la causa) destruyen millones de vidas, y a gobiernos que están gastando miles de millones de dólares para dañar a refugiados e inmigrantes, para vergüenza y angustia de muchos ciudadanos ante este tratamiento de nuestros semejantes.

La compulsión terrible y estúpida de la vida capitalista está, en nombre de la libertad, restringiendo cada vez más nuestras opciones de elección de vida y estrangulando nuestra capacidad para apreciar la belleza de nuestro planeta y aprender de otras especies más humildes hasta tal punto que lo estamos matando todo sin pensar, con tal de obtener bienes de consumo innecesarios e idiotas distracciones. Los científicos están hablando de una Sexta Extinción. Si no somos capaces de reconocernos y respetarnos mutuamente, reclamar nuestra especie (kin), nuestra familia humana, reconocer a todos los seres humanos como nuestros parientes, y practicar la bondad (kindness) con nuestros semejantes y otras especies animales y vegetales no tan semejantes con las que compartimos el planeta, la alternativa a la que nos dirigimos es realmente aterradora.

Nuestro título es Against Charity, pero podría ser igualmente "For Kindness" (también en el sentido común de reconocer a todos, a cada uno, de nuestro tipo), que de hecho sería un llamado por los derechos humanos universales y sus tres grandes principios de libertad, justicia y dignidad. Casi cualquier ser humano dirá que él o ella aspira a tenerlos y disfrutarlos. Pero no pueden ser dados por la caridad porque la igualdad y la fraternidad son sus otras dos cualidades esenciales. Solo pueden ser efectivos cuando reconocemos que todos somos parientes (kin). Y cuando actuamos en (y para el bien de la) especie. Entonces, al escribir este libro, no nos limitamos a revelar la caridad como la estafa de "bondad" (kindness) que es, sino que también hemos descrito los medios por los cuales podemos ser más amables (kinder) entre nosotros como criaturas, -como familiares -que comparten el mismo planeta.

Tal medida debería ser universal. Nadie puede ser excluido o tratado como diferente. Una renta básica universal e incondicional no es una quimera. En términos económicos, es perfectamente factible. Y podría garantizar el derecho a existir absolutamente de todos. La pobreza podría ser abolida y la violencia de lo que Pankaj Mishra describe en su reciente libro La edad de la ira como una pandemia global de ira podría al menos atenuarse. Con una renta básica universal e incondicional, sería posible compartir los valores de libertad, justicia y dignidad con toda nuestra familia humana por el simple hecho de respetar el derecho básico (o “primer derecho”) de la existencia material. Si pudiéramos lograrlo, la caridad sería innecesaria y podría sentar las bases para que la amabilidad y la bondad (kindness) prevalezcan. 

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