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lunes, 10 de octubre de 2016

No hay cambio posible sin debilitar las grandes empresas y fortunas


Público Las empresas gigantes y las grandes fortunas. Estos son los actores más importantes de una economía crecientemente globalizada, los que determinan las reglas del juego y los que cosechan los mayores beneficios.

Según la Conferencia de Naciones Unidas y el Desarrollo (UNCTAD) las 100 empresas transnacionales (ET) más importantes tenían en 2015 activos valorados en cerca de 13 billones de dólares, una cantidad superior al Producto Interior Bruto (PIB) de los países que forman parte de la Unión Económica y Monetaria, superaba en un 159% el de toda Latinoamérica y el Caribe, en un 789% el de África subsahariana, en un 973% el de la economía española y en un 3.174% el del conjunto de los países de ingreso bajo, según la clasificación utilizada por el Banco Mundial.

Si las comparaciones se hacen teniendo en cuenta las 10 ET más importantes, atendiendo al volumen de activos que manejan (Royal Dutch Shell, General Electric, Total, British Petroleum, Exxon Mobil, Chevron, Volkswagen, Vodafone y Apple) las asimetrías son asimismo muy destacadas. Este selecto grupo de grandes corporaciones atesora activos por valor de 3,3 billones de dólares, lo que equivale al 28% del PIB de la zona euro y al 63% del de Latinoamérica y el Caribe, el 108% del contabilizado en el África subsahariana, el 272% del de España y el 731% del registrado en los países de ingreso bajo.
Las grandes empresas no sólo lo son por su tamaño, medido por el volumen de activos que controlan y por las exportaciones que realizan. También tienen conexiones accionariales, entre sí y con otras muchas firmas, creando una tupida malla de intereses y relaciones, revelando un panorama corporativo mucho más concentrado que el reflejado por las estadísticas oficiales.

La tendencia a la concentración empresarial –empresas cada vez más grandes para competir con éxito en los mercados, nacionales y global- y también a la formación de alianzas y grupos de presión que refuerzan el poder oligopólico de las grandes corporaciones forman parte del ADN del capitalismo. La crisis económica, lejos de atenuar este proceso concentrador, lo ha impulsado, con el aumento de las fusiones y adquisiciones empresariales, la mercantilización de los espacios públicos y el debilitamiento de la capacidad reguladora de los estados nacionales. El capitalismo que emerge de la crisis es más corporativo y oligárquico.

El Credit Suisse (Research Institute, 15 de octubre de 2015) aporta información regular sobre la distribución mundial de la riqueza. Dada la carencia de la datos fiables y contrastados –ante la capacidad que tienen los poderosos para ocultar una parte de su riqueza e ingresos– y la falta de interés mostrada por los gobiernos y las agencias internacionales al respecto, la información aportada por esta institución es del máximo interés.

Encontramos en este ámbito un panorama similar al referido a las ET (en realidad, forman parte del mismo proceso, la concentración empresarial y la de la riqueza se retroalimentan). Según Credit Suisse, en Europa, algo más de 10 millones de personas, el 1,7% de la población adulta, acumulaban una riqueza superior a un millón de dólares. En el estado español gozaban de la misma situación de privilegio 360.000 personas, el 1% de los adultos.

Centrando nuestra atención en los multimillonarios, los que concentran una riqueza superior a los 1.000 millones de dólares, el Credit Suisse contabiliza en 2015 a 439 adultos; si se amplía el abanico a todos aquellos cuya riqueza se sitúa entre los 500 y los 1.000 millones habría que añadir a otros 696. En nuestro país, 20 personas se encuentran en el tramo superior, el de más de 1.000 millones, y 33 en el siguiente.

Nada de esto es relevante para la economía estándar, que permanece instalada en un relato donde los actores son los países y donde el libre juego de la oferta y la demanda, alimentado por una supuesta mano invisible, se configuran como el motor de la economía. Un capitalismo sustentado en la competencia perfecta, donde ninguna empresa puede operar, de manera duradera, con beneficios extraordinarios, y donde las enormes y crecientes diferencias en la distribución de la renta y riqueza no influyen en los procesos de toma de decisiones, en la operativa de los mercados ni en la gestión de los asuntos públicos.

Este es el discurso de los poderosos, que oculta, deliberadamente, la existencia de las “manos visibles” del mercado, que son las de las grandes corporaciones y fortunas, con el inestimable apoyo de las redes y medios de comunicación (intoxicación, más bien) que controlan y, sin el menor pudor, ponen a su servicio. No solo condicionan de manera decisiva la agenda de los gobiernos, sino que han ocupado, en el sentido más literal del término, el espacio de la política y lo público.
Sin debilitar su poder, ningún cambio es posible.

 Fernando Luengo es profesor de economía aplicada de la Universidad Complutense de Madrid y miembro del colectivo Reinicia Podemos