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martes, 24 de julio de 2018

Una calle (por fin) en Sevilla, para el cónsul alemán Otto Engelhardt, que renegó de Hitler y fue fusilado por Franco

Olivia Carballar
La Marea

El primer director de la Compañía Sevillana de Electricidad renunció a la nacionalidad alemana y fue asesinado por orden de Queipo de Llano, denuncia su familia

“Los conductores y cobradores de los tranvías eléctricos dedican a su digno director don Otto Engelhardt este insignificante recuerdo que pretenden sea expresión sincera y justa de la intensa gratitud que sienten por la concesión tan beneficiosa hecha a sus pretensiones accediendo a la minoración de las horas de la jornada de invierno. La satisfacción de hacer el bien sea su más legítima recompensa”. Es la leyenda que preside la entrada de la casa de Conrado, nieto de Otto Engelhardt, que fue director de la Compañía Sevillana de Tranvías. Ese mismo cuadro, de principios del siglo pasado, estuvo esperando en dependencias municipales para ser expuesto en una muestra sobre la historia del transporte público en Sevilla, pero fue rechazado, según cuenta la familia, con una excusa: no poder hacer frente a posibles daños dado el incalculable valor sentimental.

“¡Pero si nosotros lo que queremos es que se conozca quién fue Otto Engelhardt!”, decía sin dar crédito Ruth, su bisnieta, hija de Conrado, hace cinco años. “Fue un defensor de las libertades y de los derechos humanos. Un emprendedor y un visionario de una ciudad más moderna en cuanto al transporte, la energía o la salud. Sigamos restaurando la memoria y construyamos una ciudad donde ya no habite el olvido”, dijo Ruth el pasado jueves, cinco años después, bajo el rótulo recién puesto de la calle Otto Engelhardt, en la estación de autobuses del Prado de San Sebastián.

Engelhardt, un ingeniero nacido en 1866 en Brunswick (Alemania), fue quien trajo la luz a Sevilla. En sentido literal: fue el primer director de la Compañía Sevillana de Electricidad, en 1894. “En esta imagen se ve uno de los primeros alumbrados de la feria de Sevilla”, señala Ruth con una foto en la mano. Y en sentido figurado: trabajó para que los vecinos y vecinas, cuando no había más avance que los carros tirados por mulas, fueran más libres, más progresistas. “Y en esta está en el laboratorio farmacéutico que creó después de rechazar la nacionalidad alemana”, cuenta sosteniendo otra foto vieja sin una mota de polvo encima.

Cónsul alemán honorífico en la capital andaluza, devolvió todas las medallas que le habían concedido porque no quería ser cómplice del nazismo. Condenó el exterminio nazi mucho antes de que nadie aventurase lo que iba a suceder más tarde, en la Segunda Guerra Mundial. “¡Gracias a Dios que vivo ahora como ciudadano español, bajo la protección de un Gobierno que está tan lejos del fascismo como yo de Hitler y sus príncipes! No dejo de amar a mi Alemania y le deseo para ella de corazón que vengan pronto días felices sin Hitler, sin barones y príncipes; días republicanos de verdad y prósperos como merece el pacífico pueblo alemán”, escribió en un artículo en El Liberal.

El franquismo, sin embargo, decidió apagarle la luz a él. En 1936, con casi 70 años, fue fusilado por orden de Queipo de Llano, que sigue enterrado en la basílica de la Macarena. “El que fue después cónsul alemán, Gustav Draeger, era amigo íntimo de Queipo de Llano. Y creemos que este hombre instó a elminarlo. Draeger, de hecho, murió en Camas ya de viejo”, sostiene Ruth. A Engelhardt lo sacaron del hospital de las Cinco Llagas de Sevilla, hoy sede del Parlamento andaluz, donde aguardaba ingresado, enfermo, junto a una de las salas a las que él mismo había contribuido a restaurar con su generosidad, como explica su familia.

“En el año 1916 vino un submarino alemán por el Guadalquivir cargado de explosivos para hacer estallar los barcos ingleses que había en el puerto. Y el abuelo logró hablar con el capitán del barco, desmontaron los explosivos, que deben estar ocultos por la orilla de Gelves o por las inmediaciones, y se deshizo aquella operación porque era una barbaridad. Impidió que un país más, España, hubiera entrado en guerra contra Alemania”, contaba orgulloso hace cinco años Conrado, un hombre callado, culto, que hablaba públicamente, por primera vez, del abuelo Otto. Conrado asiste también callado, casi sin creerlo, al acto de inauguración de la calle, antes denominada Manuel Vázquez Sagastizabal, aviador franquista.

De niño, él mismo también sintió el terror de la dictadura. Como tantas otras víctimas, pagó las consecuencias de ser el nieto de un “cónsul rebelde” que tuvo la osadía de renegar de Hitler y fue fusilado después por el ejército de Franco. Recuerda que su tía, que había sido monja de clausura, insistió al párroco para que le permitiera hacer la comunión. Y la hizo pero a las seis de la mañana, que fue la hora que puso el cura como condición para que aquello no supusiese un escándalo público. “La Gestapo y la Falange hacían registros donde yo vivía con mis padres, en la calle Luis Montoto. Entraban a culatazos, a las cinco, a las seis de la mañana, hasta que un vecino que teníamos carlista apareció una noche allí con su boina roja y su sable y ya no volvieron más”, explica Conrado. Se llevaron muchísimos libros de la biblioteca. Pero parece, sonríe Conrado, que no sabían leer: “El Capital, de Marx, que tenía la tapa verde y no roja, lo dejaron“.

Hoy con 86 años, aparta la sonrisa cuando rememora cómo la segunda mujer de su abuelo, Mercedes, tuvo que aguantar a la Legión Cóndor en su casa, donde se hospedaron después de haber asesinado a su marido. “La abuela recibió un tortazo en el cine porque al final, cuando aparecía el Nodo, no se levantó ni saludó brazo en alto. ‘Cuando muera Franco voy a coger una borrachera’, pero no vivió para verlo”, prosigue Conrado. Ana, la primera mujer de Otto –curiosa coincidencia con Los amantes del círculo polar ártico– era alemana y murió de inanición en un psiquiátrico, tras buscar desesperadamente a un hijo que creía muerto. De ella conserva aún su nieto una biblia traducida por Lutero: “Aquel cura de la comunión quería que la destruyese, pero aquí esta aún, arriba, con un valor literario enorme. Si Cervantes le da consistencia al idioma español, el alemán con el que se escribe esta biblia es el que le da consistencia al alemán moderno”.

Con la generosidad heredada del abuelo Otto, Conrado ha regalado muchos de sus libros a sus amistades. Incluso el violín que tocaba este hombre “punto y aparte”, como la canción que sonó en directo durante la inauguración de la calle. “Estaba estudiando también árabe”, dice Conrado, que toca el piano y aún recuerda otro sonido menos melódico, el de los tiros: “Cuando yo era chico pasaban por delante de la ventana las filas de gente del Ejército y un poquito más arriba los fusilaban”.

En la familia son monotemáticos: “Solo hablamos de Otto”. Carmen, la mujer de Conrado, interviene también indignada en la conversación. Y luego habla Salvador, el marido de Ruth, y exhala pasión por todos lados: “Le habéis contado lo del submarino, y que su mujer tuvo que convivir con sus asesinos, y que era generoso, y que también era bromista…?”. Eso no. “Pues puso el número 13 al tranvía que llevaba al cementerio. Y de color gris ceniza. Trece, gris y ceniza. Toma superstición”, ríe Salvador.

Ruth no para de contar éxitos. Coge la reproducción de un libro que regalaron los trabajadores del tranvía a su bisabuelo y muestra las cifras de los beneficios logrados: “Comenzó con un capital de 2,8 millones en 1898, y en 1910 era ya de diez millones. Este libro lo tiene la Fundación Endesa y no saben ni quién es Otto Engelhardt”. Se sabe fragmentos de memoria y aún se emociona al leerlo: “A don Otto. A través del tiempo, vuestros hijos lean sus páginas, ellos podrán corroborar el lema con el que comenzamos esta humilde dedicatoria: nuestro padre vive en sus obras. Nunca va a morir. 12 de diciembre de 1920″. Y luego vienen páginas y páginas con las firmas de los trabajadores. “De todos, de todos, de todos, de todos, de todos, de todos los trabajadores, páginas y páginas de personas, porque esto son personas”, repite sin cesar Salvador.

Hasta el momento, Otto Engelhardt sí había recibido homenajes en San Juan de Aznalfareche, donde se ubica la residencia donde vivió, Villa Chaboya. Un concejal de este pueblo sevillano, donde una plaza lleva su nombre, fue la única representación institucional durante el acto, convocado por la Asamblea de familiares y Asociaciones de memoria histórica de la Plaza de la Gavidia. El colectivo acaba de registrar en el Ayuntamiento de Sevilla una relación de 19 calles con nombres franquistas, una de ellas, Manuel Bermudo Barrera, a escasos pasos de la nueva calle de Otto Engelhardt, quien, como recordó el historiador Carlos Font, terminó su autobiografía con un “viva España”.

Fuente:
http://www.lamarea.com/2018/07/17/una-calle-por-fin-para-el-consul-aleman-que-renego-de-hitler-y-fue-fusilado-por-franco/

jueves, 29 de diciembre de 2016

Los historiadores Ricard Torres y Juan Carlos Colomer resumen en 146 páginas los ejes de la Guerra Civil Española.

La Guerra de 1936, una síntesis histórica
Enric Llopis

En 1986 la editorial Crítica publicó la primera edición de un “clásico”, “La Guerra Civil Española”, del hispanista Pierre Vilar. La bibliografía ya era entonces vastísima, pero el historiador resumió lo esencial del conflicto en 184 páginas. Se atrevió con una síntesis. Para la generación a la que Vilar pertenecía, en torno a los 30 años en 1936, la guerra de España significó “amenaza hitleriana, fanfarronadas mussolinianas, ceguera de las democracias parlamentarias y enigma soviético”. Al historiador marxista no le interesaba tanto dar a conocer los hechos, como explicar los mecanismos. En las reflexiones finales del libro, afirmó que si bien la guerra civil se empapaba de las contradicciones de los años 30, el “choque” evoca también el pasado decimonónico: “Propietarios, militares y sacerdotes –seguidos, en algunas regiones, por masas habituadas a obedecerles-, contra burgueses medios seducidos por los principios de la Revolución Francesa y contra un pueblo muy pobre inclinado a soñar con la Revolución (a secas), según modelos heredados de los socialistas utópicos”.

Ante la proliferación de monografías especializadas, plagadas de notas al pie y estudios de detalle, los historiadores Ricard Camil Torres y Juan Carlos Colomer siguen el espíritu de Pierre Vilar y, con ánimo divulgativo, han publicado en 2016 el libro de 146 páginas “La Guerra Civil (1936-1939). Una síntesis a ocho décadas de su comienzo”, editado por La Xara. El lector que pretenda ahondar tiene a su disposición ocho páginas de bibliografía con 110 títulos, entre los que se citan, además del “clásico” de Pierre Vilar: “El laberinto español” (Ruedo Ibérico, 1962), de Gerald Brenan; “Recuérdalo tú y recuérdalo a otros. Historia oral de la guerra civil española” (Crítica, 2007), de Ronald Fraser o “Revolución y guerra en España, 1931-1939” (Alianza, 1986), de Paul Preston; pero también trabajos mucho más recientes, como “El gran golpe. El ‘caso Hedilla’ o como Franco se quedó con Falange” (Debate, 2014), de Joan Maria Thomas; y “La legitimación política del franquismo” (CSED, 2014), de Álvaro Rodríguez.

El golpe de estado de 1936 quiso salvar aquel viejo orden de la Restauración, que a pesar de sus crisis –en 1898, 1917, 1923 y 1930-, no había afrontado cambios estructurales. La monarquía borbónica hizo uso de la represión como única respuesta a los nuevos cuestionamientos (obreristas, populares, republicanos). De modo que en la coyuntura crítica de 1936, los sectores privilegiados se valieron nuevamente de los avezados militares, que en 122 años habían perpetrado 52 intentonas golpistas; además, “la monarquía había dejado de ser un ente factible”, señalan Ricard Camil Torres y Joan Carles Colomer, por lo que se recurrió al fascismo. Con todo, las concreciones no iban mucho más allá de exterminar al Frente Popular e imponer un sistema –granítico- controlado por el ejército. “Los golpistas no tenían nada claro lo que querían, pero sabían muy bien lo que no querían”.

Las consecuencias de todo ello se detallan en el texto. La represión de los golpistas durante la guerra se saldó con una cifra de muertos que oscila entre 100.000 y 200.000; a ello se agregan un mínimo de 10.000 víctimas civiles por los bombardeos aéreos y de artillería (si se considera la represión en sentido extenso). El periodo más duro –“exterminador”, califican los autores- se concentró entre 1939 y 1945. Si se atiende al medio millón de exiliados, 350.000 nunca retornaron a España; 260.000 prisioneros durante la contienda (civiles y militares), robo de niños en las cárceles, represión laboral, 200.000 funcionarios depurados (25% de expulsiones definitivas en el cuerpo de maestros)…

Los historiadores utilizan un tono directo y cercano, alejado de la erudición académica. Tildan de “chapuza” la asonada del 18 de julio de 1936; por ejemplo, “en Madrid la descoordinación de los traidores resultó patética”. También se muestran muy críticos con la operativa del Comité Internacional de No Intervención, que benefició palmariamente a los golpistas: durante los cuatro meses en los que se prolongó la Batalla del Ebro, no entró siquiera un rifle por la frontera francesa, al hallarse cerrada. Mientras, los sublevados contaron con la ayuda inmediata de Hitler y Mussolini. En ese contexto, la posición británica se hace especialmente visible, ya que mientras se clausuraba Gibraltar al repostaje de los barcos de la República, se permitía que la Texas Oil Company proporcionara combustible a los insurgentes. Pero el libro también intenta rebatir mitos. Los autores niegan que la cuestión religiosa tuviera peso en la “confección” del golpe de 1936: “En ninguna proclama aparece mención alguna al hecho religioso”. Fueron las informaciones de la represión contra miembros del clero en la zona republicana, las que comenzaron a forjar la idea de “cruzada”. Además, apuntan Torres y Colomer, hasta el 14 de septiembre de 1936 Pío XI no se “mojó” públicamente, al mostrar su simpatía con los sublevados (lo que hizo compatible con el amor a los enemigos).

El libro no omite la represión en el territorio republicano, “muy local” y en los comienzos “muy selectiva” (la violencia política terminó con la vida de 50.000-60.000 personas). El objetivo, afirman los autores de “La Guerra Civil (1936-1939)”, era la eliminación del enemigo de clase. Una de las características de la política en la retaguardia republicana fue la dispersión del poder. Cuando Largo Caballero sustituyó en septiembre de 1936 a Giral en la presidencia del Gobierno, coexistían el Consejo de Aragón (anarcosindicalista), la Generalitat de Cataluña, el Gobierno vasco, la Junta de Madrid y la pluralidad de comités dispersos en el territorio. Los sucesos de la Telefónica barcelonesa (mayo de 1937) dieron lugar a “una nueva guerra civil dentro de la guerra civil”. Se ponían así los límites a la acción revolucionaria. Mientras, Franco se alzaba con la jefatura del partido único, en realidad “una amalgama de intereses en la que Serrano Suñer maniobraba a sus anchas”. Las 184 páginas ofrecen espacio suficiente para que los historiadores entren en pormenores, sobre las colectivizaciones (con sus dificultades, contradicciones y pérdida progresiva de autonomía), las diferencias entre Azaña y Negrín (poner fin al conflicto/resistencia), la victoria de los sublevados en la batalla de Teruel (40.000 bajas franquistas y 60.000 republicanas), los bombardeos del bando fascista contra la población civil, que por ejemplo en el Mercado Central de Alicante masacraron a 300 personas, las bombas de 500 kilogramos de la Legión Cóndor en la provincia de Castellón, la Batalla del Ebro o la toma de Cataluña.

Queda también espacio para la prensa. La mayoría de los medios derechistas fueron requisados y convertidos en cabeceras nuevas, como “Fragua Social”, “Adelante”, “Frente Rojo”, “Verdad”, “Republicano” o “Nosotros”. Se dedica asimismo un apartado a las mujeres, en el que contrastan las organizaciones –femeninas y feministas- que batallaban por sus derechos, como la Unión de Mujeres Antifascistas, con personajes de relieve como Encarnación Fuyola; y Mujeres Libres, de cariz anarquista, que llegó a contar con más de 20.000 militantes; En el bando opuesto, la Sección Femenina de la Falange postergaba a las mujeres a la casa y la maternidad.

Por la agilidad en la redacción y su vocación de síntesis, tal vez el libro mantenga puntos de conexión con las crónicas periodísticas sobre la guerra. “En todas las ciudades se formaron espontáneamente las milicias: el reparto de armas al pueblo; donde triunfó la rebelión, su final fue funesto: los que no murieron en combate o pudieron huir, fueron fusilados”, escribía el periodista y escritor Eduardo Haro Tecglen en “Arde Madrid” (Temas de Hoy, 2000). La descripción de los hechos se complementa con una despiadada advertencia de Queipo de Llano: “Vivirán poco”. Otro periodista, Eduardo de Guzmán, escribe en “Madrid Rojo y Negro” (Oberon, 2004): “Franco está en Canarias. Desde allí hace frecuentes viajes en avión. Visita Tetuán y Sevilla. Los oficiales monárquicos le aclaman. Los señoritos le rodean y le miman. Al salir, extiende el brazo a la romana”.