lunes, 26 de enero de 2026

_- ¿Qué fue la teología de la liberación y qué queda de ella? Cuando los curas abrazaron la revolución

_- La teología de la liberación revolucionó la forma en que la Iglesia católica latinoamericana entiende su misión. Surgida en un contexto de grandes cambios políticos, esta corriente propone una fe comprometida con la defensa de los pobres y la transformación de la realidad. Desde sus comienzos hasta su influencia en los documentos del papa Francisco, esta doctrina desafió estructuras tradicionales y generó debates apasionados.

En el complejo y dinámico paisaje del pensamiento religioso latinoamericano del siglo xx, la teología de la liberación emergió como una corriente teológica singular y profundamente influyente. Nacida al calor de las transformaciones sociales, políticas y económicas del continente, y catalizada por los aires renovadores del Concilio Vaticano ii, propuso una relectura radical del mensaje cristiano desde la perspectiva de los oprimidos y marginados. Su irrupción no solo sacudió los cimientos de la teología tradicional, sino que también generó intensos debates y confrontaciones dentro de la Iglesia católica y más allá. Los orígenes, el auge y las posteriores vicisitudes de esta corriente teológica están marcados por su compromiso con la justicia social, su diálogo con las ciencias sociales y su conflictiva relación con las jerarquías eclesiásticas. Sin embargo, en su recorrido, la teología de la liberación también enfrentó desafíos internos y críticas que llevaron a su diversificación y reconfiguración en las últimas décadas.

Teología de la liberación: antecedentes y despliegue

La cultura católica es un producto paradójico de la modernidad y la secularización. Durante el siglo xix, los Estados nacionales fundaron una esfera laica, autónoma de la fe religiosa, e indirectamente crearon una esfera religiosa diferenciada. En las últimas décadas del siglo xix, los Estados en Europa y América comenzaron a controlar aspectos civiles como la educación, los cementerios y el registro de matrimonios y nacimientos, promoviendo una ciudadanía moderna. En algunos países, esto llevó a la separación entre Iglesia y Estado. Esta transformación del lugar de la religión en sociedades con observancia importante condujo a diversos resultados, como la guerra cristera en México, la laicización radical en Uruguay o separaciones más amigables entre Iglesia y Estado en Chile. En muchos casos la Iglesia católica aceptó un modus vivendi con el Estado moderno, manteniendo hasta la década de 1960 la aspiración de una sociedad integrada entre lo público y lo religioso, donde el poder político velara tanto por los cuerpos de los ciudadanos como por sus almas. Esto implicaba oponerse a la educación laica, al matrimonio civil, a la diversidad de cultos y a una esfera pública sin censura. Lo particular de la «era secular», según la definición de Charles Taylor, no radica en la desaparición de la religión, sino en que la creencia religiosa dejó de ser obligatoria. Esto implicaba que la Iglesia católica, para continuar ejerciendo su influencia, debía explorar otros medios, enfrentándose en la arena pública con sus adversarios (sectores liberales y de izquierda que promovían la profundización de la secularización) mediante las herramientas propias de la modernidad: la prensa, la edición de libros de acceso masivo, la radio e incluso el cine. En las primeras décadas del siglo xx, estos medios se convirtieron en figuras que podían defender a la Iglesia en un contexto claramente hostil.

Los intelectuales, una entidad surgida a fines del siglo xix que hablaba en nombre de la sociedad y cuestionaba la razón de Estado, tuvieron también su versión cristiana. Los intelectuales confesionales debían conciliar la obediencia a dos sistemas de valores no siempre compatibles: las autoridades religiosas, legítimas conductoras de la iglesia a la que servían, y sus propias ideas como autores, su independencia como intelectuales y su singularidad como sujetos. Esta tensión en la que se insertaron los intelectuales católicos persistió a lo largo del siglo xx. Escritores, publicistas, teólogos y novelistas fueron fundamentales para definir los contornos de la cultura católica; pero, al mismo tiempo, fueron vistos con recelo por las autoridades de los episcopados locales y de Roma, custodios de la «sana doctrina». En las décadas de 1930 y 1940, el catolicismo experimentó un reavivamiento en su organización y presencia pública. Surgieron organizaciones como Acción Católica en Europa y América Latina, que agruparon a jóvenes, trabajadores, campesinos y niños. Se publicaron revistas y diarios masivos, se lanzaron emisiones radiales y proyectos editoriales que consolidaron una cultura católica en la que circulaban y se discutían los documentos papales y la «doctrina social de la Iglesia». Aunque la meta era recuperar terreno en una sociedad secularizada, esto generó una opinión pública interna que pronto comenzó a cuestionar la autoridad eclesiástica, influenciada por debates políticos y eventos como la Guerra Civil Española y la Segunda Guerra Mundial, que también dividieron al campo católico.

Con la llegada de Juan XXIII al papado en 1958, comenzaron los cambios desde Roma. El «papa bueno» convocó un Concilio Ecuménico que reunió a representantes de todo el mundo. En la década de 1960 aún no existía un «catolicismo tercermundista» con una agenda propia, pero esto cambió durante y después del Concilio. Se formó el grupo «Jesús, la Iglesia y los pobres» para sensibilizar sobre la pobreza y promover un secretariado que abordara problemas mundiales, especialmente la pobreza y el Tercer Mundo, que atrajo a muchos obispos latinoamericanos liderados por Hélder Câmara y Manuel Larraín. El grupo influyó en debates y documentos finales mediante materiales, intervenciones en el aula conciliar y cartas a los papas Juan XXIII y Pablo vi, proponiendo acciones concretas contra la pobreza.

Los cambios que se estaban produciendo en la Iglesia católica eran una nueva forma de responder a las rápidas mutaciones en Occidente. Tanto en Europa como en América Latina, los procesos de industrialización acelerada habían creado grandes ciudades en las que el tradicional vínculo religioso parecía desvanecerse. La revolución tecnológica de la posguerra dio lugar a una época de optimismo sin límites. Desde el lanzamiento del satélite soviético Sputnik hasta la llegada de astronautas estadounidenses a la Luna, la ciencia y la tecnología parecían ofrecer soluciones neutrales y eficientes a los grandes problemas de la humanidad, como las enfermedades, el hambre y la superpoblación. Las vacunas, la producción masiva de alimentos y la píldora anticonceptiva formaban parte de una promesa en la que la influencia divina parecía irrelevante. Esto no significa que la población dejara de creer en Dios, pero sí que su fe se desarrollaba fuera del ámbito de las instituciones tradicionales.

Esta transformación en la cultura religiosa, generalmente englobada bajo el término «secularización», fue interpretada por muchos intelectuales cristianos como una llamada a revisar el mensaje de la Iglesia para poder llegar al hombre y la mujer modernos. Desde la década de 1930, una nueva corriente de humanismo cristiano empezó a tener eco en América Latina. Las obras de Jacques Maritain, Louis-Joseph Lebret y Emmanuel Mounier proyectaron una nueva utopía social: una sociedad políticamente laica pero fundada en los valores de la solidaridad cristiana. En los años 60 surgieron diversas «teologías radicales», es decir, reflexiones sobre el papel de Dios en la vida humana que abordaban preguntas profundas, criticando corrientes hegemónicas hasta ese momento, como el tomismo, y buscando un diálogo con importantes corrientes filosóficas del ámbito secular: el existencialismo y el marxismo. Surgió una nueva teología política, la teología de la muerte de Dios, la teología de la secularización, la teología de las realidades terrestres, teologías europeas que compartían un «giro antropocéntrico», centradas en la pregunta por el ser humano moderno y su posible relación con la divinidad.

Este cambio se había gestado en el catolicismo desde hacía tiempo. La Juventud Obrera Católica, fundada en Bélgica en 1924 por Joseph Cardijn, se caracterizó por un método novedoso para la acción social: «ver, juzgar, actuar». Este enfoque implicaba, ante la compleja realidad social de la Europa de posguerra, examinar las condiciones de vida antes de aplicar dogmas y analizar los pasos a seguir. Este pequeño cambio impactó profundamente en la cultura católica, pues en los años 60 este «ver» no solo significaba observar con la razón o la fe, sino emplear un instrumento novedoso de análisis: las ciencias sociales. Las universidades católicas incorporaron rápidamente la sociología y las ciencias políticas en sus programas académicos. En América Latina, los diseños de política pastoral recurrieron a encuestas de opinión como un nuevo instrumento de evangelización. Los fieles dejaron de ser sujetos pasivos, receptores de la liturgia, y sus opiniones pasaron a ser consideradas, al menos por los sectores progresistas de las iglesias católicas y evangélicas, cada vez más enfocadas en la problemática del ser humano moderno.

Cristalización, crisis y persecución

De manera superpuesta al Concilio Vaticano II, la Revolución Cubana de 1959 marcó una nueva perspectiva para pensar tanto la cuestión política como la cuestión social latinoamericana. La «hora cubana» había llegado y los católicos también vivieron el impacto de la revolución en su forma de entender la teología. No había, en el subcontinente, una tradición teológica de nombre propio. El Concilio había abierto un tiempo de fuerte conflictividad interna en la Iglesia católica. Obispos conservadores se enfrentaron a sacerdotes y laicos que intentaban llevar adelante las reformas conciliares y profundizarlas, adaptándolas a la realidad latinoamericana. Pero también en el cuerpo episcopal, la crítica al orden social apareció de manera cada vez más cruda en los documentos elaborados por grupos más o menos informales y en las declaraciones de distintos obispos, cuyos nombres empezaron a circular por la prensa, asombrando a las élites políticas y económicas que los etiquetaron como «obispos rojos». Helder Câmara, Leónidas Proaño, Manuel Larraín, Alberto Devoto, Enrique Angelelli, Eduardo Pironio… la Iglesia latinoamericana se ponía en movimiento.

En marzo de 1967, el papa Pablo VI publicó la encíclica Populorum progressio. Su impacto en América Latina fue trascendente, dado que fue leída como un decálogo de denuncias sobre la situación de pobreza e injusticia a la que se sometía a los países del Tercer Mundo. Si bien la solución que proponía el documento era la paz y el desarrollo, el tono de denuncia de las injusticias sociales y un pasaje que hablaba de la legitimidad del uso de la fuerza en «caso de tiranía evidente y prolongada» servirían para legitimar la acción de los cristianos revolucionarios. Un año antes, en 1966, había muerto en combate el colombiano Camilo Torres. El sacerdote había estudiado sociología en Lovaina y en 1965 se sumó al Ejército de Liberación Nacional (eln). Camilo se convirtió en un ícono para la izquierda cristiana del continente, incluso para aquellos que no estaban dispuestos a tomar las armas pero se identificaban con su compromiso martirial. En 1967, un grupo de 18 obispos de América, Asia y África, a iniciativa de Helder Câmara, dio a conocer un documento con el propósito de aplicar en sus regiones la Populorum progressio. Allí se denunciaban los desequilibrios económicos mundiales que generaba el capitalismo y se advertía que «Dios no quiere que haya ricos que aprovechen los bienes de este mundo explotando a los pobres». En 1968, la segunda conferencia del Consejo Episcopal Latinoamericano (celam) en Medellín buscó adaptar las conclusiones del Concilio a la realidad latinoamericana. Este evento marcó un hito en la historia de la Iglesia en el continente debido a su enfoque transformador. El documento final exponía la profunda renovación del discurso eclesiástico, caracterizado por una nueva conciencia social, política y económica ante la pobreza y la injusticia, destacando la opción preferencial por los pobres. La teología de la liberación emergía en un marco de compromiso social y búsqueda de la liberación integral.

Un conjunto de obras aparecidas entre fines de la década de 1960 y principios de la de 1970 serían consideradas como fundadoras de esta línea que se convertiría en la gran innovación teológica a escala universal de la época. En 1969, el presbiteriano Rubem Alves publicó en Estados Unidos su tesis de doctorado con el título A Theology of Human Hope [Una teología de la esperanza humana], un preámbulo importante a la teología de la liberación. Entre los intelectuales católicos, fue el peruano Gustavo Gutiérrez quien redactaría una obra fundacional. Desde 1964 se venían desarrollando reuniones de teólogos católicos latinoamericanos en las que se había ido conformando una sociabilidad que poco a poco consolidaría una red de intelectuales liberacionistas. En 1968, Gutiérrez utilizó por primera vez la expresión «teología de la liberación» en una exposición a los miembros de la Oficina Nacional de Información Social (onis) reunidos en sesión en Chimbote (Perú). En 1971, publicaría en Lima Teología de la liberación. Perspectivas1, donde desarrollaría en forma completa no solo una nueva teología, sino lo que entendía era una nueva forma de hacer teología. Por supuesto, el libro se hacía eco de los sufrimientos de los desposeídos del subcontinente y era una convocatoria a los cristianos a involucrarse en el proceso de cambio, juzgando que el proyecto desarrollista ya estaba agotado. Sin embargo, lo que sin duda trasciende en esta obra es la idea de que la teología no debería servir ni como un debate sobre abstracciones celestiales ni como coartada para los poderosos. La teología podía sumarse de pleno derecho a otras ciencias que pudieran ser instrumentos para la crítica y la transformación social.

A partir de aquí, los encuentros de teólogos liberacionistas –a los que deberíamos sumar también los filósofos de la liberación, una corriente paralela pero diferenciada de los teólogos– y sus publicaciones adquieren un ritmo frenético. Un relevamiento de la revista francesa Foi et Développement de 1973 calculaba que ya existían más de 1.000 publicaciones sobre el tema. En 1969, Juan Luis Segundo publicó el primer volumen de su Teología abierta para el laico adulto; en 1970, Arturo Paoli publica Diálogo de la liberación; en ese mismo año, Eduardo Pironio escribe dos artículos en Criterio sobre la teología de la liberación; en 1972, el franciscano Leonardo Boff publica en portugués Jesus Cristo libertador, rápidamente traducido al español; y en 1973, Ignacio Ellacuría edita su Teología política en El Salvador2. Para 1976, ya había sido creada la Asociación Ecuménica de Teólogos del Tercer Mundo (eatwot, por sus siglas en inglés), que realizó su primer congreso en África ese mismo año; Gutiérrez, el filósofo Enrique Dussel y el teólogo Hugo Assmann participaron en la nueva institución. Los vientos de cambio impactaron de manera similar en el campo evangélico.

En los años 60, muchas iglesias del protestantismo histórico vivieron un proceso de nacionalización y cortaron definitivamente los lazos que las unían a sus iglesias madres en Europa y EE.UU. Y su teología se vio conmovida por el espíritu de época que recorría América Latina. El teólogo presbiteriano Richard Shaull, quien había recorrido Colombia, Brasil y Argentina, sostenía en 1962 que el protestantismo estaba siendo llamado a penetrar íntimamente «la psicología, cultura y vida de cada pueblo latinoamericano»3. En 1966, se preguntaba directamente qué podía hacer la teología por la revolución. Junto con José Míguez Bonino, Julio de Santa Ana y Rubem Alves serían los más importantes representantes de la teología de la liberación en su versión protestante. Sin embargo, y esta es otra característica de los años 60, las fronteras entre las teologías cristianas se estaban disolviendo.

¿En qué áreas fue innovadora la teología de la liberación? En principio, implicaba una vuelta de tuerca sobre la tradicional «doctrina social de la Iglesia» que, al menos desde el siglo xix, buscaba ponerle un freno a la voracidad del mercado. En diálogo con las ciencias sociales, los liberacionistas hablaban ahora con las categorías del estructuralismo y, a veces, del marxismo. En particular, en el centro de la reflexión apareció la idea del oprimido, del explotado, una teología de las víctimas que, sin ser del todo novedosa si pensamos en la tradición judeocristiana, se politizaba en una región que ardía frente a la posibilidad de cambios rápidos y, en muchos casos, violentos. La exploración de los teólogos de la liberación se dirigía hacia una nueva cristología, es decir, a una reflexión central en el cristianismo sobre la figura de su fundador, y planteaba una eclesiología que cuestionaba el estrecho vínculo entre Iglesia y Estado que se remontaba a la época constantiniana y recorría la historia europea y americana. Finalmente, el liberacionismo propuso también una nueva espiritualidad y una nueva estética, con figuras rutilantes de la literatura de la década de 1970 como el sacerdote y poeta nicaragüense Ernesto Cardenal.La teología de la liberación comenzó como un movimiento homogéneo, pero se diversificó con el tiempo. En la década de 1960, el «oprimido» era visto como un sujeto económicamente sometido, parecido al proletario marxista. En los años 70, el debate se centró en el sometimiento cultural de América Latina frente a EE.UU. y Europa. Este enfoque nativista defendía cierta pureza cultural y asociaba el imperialismo económico y cultural. La teología del pueblo, originada en Argentina, puso énfasis en la cultura y las creencias populares, diferenciándose de los liberacionistas cercanos al marxismo. Estos últimos veían las prácticas religiosas populares como conservadoras, como una deformación del mensaje revolucionario de Cristo, como formas más cercanas a la magia que a la fe; mientras que los teólogos del pueblo rechazaban el «vanguardismo» revolucionario de los sacerdotes liberacionistas y proponían un catolicismo que «aprendiera» del saber ancestral de los sectores populares.

La llegada de Karol Wojtyła al trono de Pedro marcó el inicio de un periodo de persecución contra los teólogos de la liberación, apoyada por los sectores conservadores. Juan Pablo II buscó reconstruir una forma de autoridad eclesiástica que, desde su perspectiva y la de quienes lo acompañaron, se había licuado en los años del Concilio Vaticano II y el posconcilio. La «reconstrucción de la unidad» era un eufemismo para limitar el pluralismo ideológico que se había instalado en el seno de la Iglesia: una vigorosa opinión pública que, si para los cánones del conservadurismo romano había cometido demasiados «excesos», lo que había intentado era una relación más adulta entre intelectuales confesionales y autoridad eclesial. Lo cierto es que, desde la III reunión del celam en Puebla de los Ángeles en 1978, el papa intentó «poner en caja» a los liberacionistas, en especial, a quienes se habían atrevido a cruzar el Rubicón ideológico que la Iglesia había fijado en el siglo xix y se habían animado a establecer un diálogo con el marxismo. Más que el interlocutor –que en muchos casos prestó poca atención a los cristianos y vivía su propia crisis de identidad–, lo que afectaba a la estructura de autoridad romana era la autonomía que habían ganado los intelectuales en la Iglesia y el prestigio propio que habían adquirido figuras como Gustavo Gutiérrez, Leonardo Boff, Juan Luis Segundo, Ignacio Ellacuría, Enrique Dussel, Jon Sobrino, Paulo Freire… Sus libros tenían una respetable difusión, se publicaban en Europa, ellos tenían cargos en instituciones eclesiásticas, eran convocados como peritos, habían hecho crecer las cátedras en las universidades confesionales y se habían multiplicado las revistas que dirigían.

El cuestionamiento a la teología de la liberación no fue solo un conflicto entre Roma y América Latina. Los propios teólogos y obispos conservadores latinoamericanos fueron quienes llevaron a Roma –y antes difundieron en el continente– los cuestionamientos ideológicos a los liberacionistas. Desde 1972, a la cabeza del celam, el obispo de Bogotá Alfonso López Trujillo llevó adelante una sistemática persecución de la teología liberacionista. En 1974, López Trujillo organizó un encuentro opositor en la ciudad española de Toledo y ese mismo año publicó Liberación marxista y liberación cristiana4. En 1985, junto con otros antiliberacionistas (como el franciscano Boaventura Kloppenburg), firmaría el Manifiesto de los Andes, en una reunión convocada por la revista Communio, que editaba, entre otros, el entonces cardenal Joseph Ratzinger.

En 1983, Juan Pablo II, recién arribado a Managua, reprendió con su dedo índice a Ernesto Cardenal, el poeta, sacerdote de la teología de la liberación y ministro de Cultura sandinista. El sacerdote arrodillado esperando la bendición se convirtió en un duro mensaje de cómo pretendía el nuevo sucesor de Pedro que se ordenaran las relaciones entre la jerarquía y los intelectuales. Durante la década de 1980, la Congregación para la Doctrina de la Fe, dirigida por Ratzinger, emitió dos documentos críticos de la teología de la liberación: Libertatis nuntius (conocida como «la instrucción») en 1984 y Libertatis conscientia en 1986. Los textos, si bien cuestionaban lo que consideraban «peligros» de esta teología, advertían que no debían ser usados por quienes «se atrincheran en una actitud de neutralidad y de indiferencia ante los trágicos y urgentes problemas de la miseria y de la injusticia». Sin embargo, los grupos conservadores sostuvieron que se trataba de una clara condena al liberacionismo. Los teólogos de la liberación cuestionaron como falsedades muchas de las afirmaciones, pero –y esto es lo más importante– se defendieron en forma pública de las acusaciones, manteniendo un diálogo –no siempre cordial– con la autoridad romana.

Una condena global a la teología de la liberación habría generado una reacción también global, de muchos intelectuales cristianos latinoamericanos que, si bien no necesariamente se identificaban con ella, la veían como un positivo desarrollo autóctono. Pero en forma paralela a los documentos, se produjeron censuras personales. Es decir, en contra de la doctrina tradicional, se condenó a los pecadores más que el pecado. El brasileño Leonardo Boff sufrió primero un juicio canónico y luego una condena a dos años de silencio. La misma pena recibió en 1995 la teóloga brasileña Ivone Gebara por su postura frente al aborto. En 1989, la Confederación Latinoamericana y Caribeña de Religiosos (clar) vivió una crisis interna por la censura que el celam y el Vaticano querían aplicar al proyecto «Palabra y vida», a propósito del v Centenario de la Evangelización en América Latina. Otros teólogos liberacionistas fueron perseguidos mediante largos procesos, se publicaron advertencias episcopales sobre ciertas obras, más o menos sutiles formas de censura menos aceptables en tiempos posconciliares.

Si la reacción tradicional de los intelectuales cristianos frente a la censura romana había sido, antes del Concilio, el silencio o el travestismo de las ideas, lo que apareció luego de la advertencia de Ratzinger fue una inesperada solidaridad que mostraba el vigor que tenía la teología de la liberación dentro y fuera de América Latina y las redes que habían construido los liberacionistas. En 1984, los profesores católicos de la República Federal de Alemania firmaron una carta en apoyo a Gustavo Gutiérrez, ese mismo año la revista progresista Concilium se solidarizó con la teología de la liberación y en septiembre de 1989 un grupo de teólogos brasileños salió públicamente en su defensa. Boff argumentaba que, si Roma conociese la realidad del subcontinente latinoamericano, «habría tenido la oportunidad de captar la diferencia entre un abordaje teórico del tema y un abordaje práctico sobre la acción liberadora». Jon Sobrino fue terminante, afirmando que la instrucción desfiguraba seriamente la teología de la liberación: «parece no conocerla bien en lo que cita supuestamente de ella y no conocerla bien en aquello a lo que ni siquiera alude»5.

La caída del Muro de Berlín, en 1989, y la derrota electoral de los sandinistas en Nicaragua, en 1990, produjeron un reflujo general de la izquierda, y la teología de la liberación no fue una excepción. Paradójicamente, el fin de la Guerra Fría –con la finalización de las acciones de la izquierda revolucionaria en Centroamérica– permitió que se abriera una instancia de reconciliación entre Roma y los liberacionistas. La teología de la liberación volvió a un cauce académico, en un clima en el que cada vez más las utopías que proyectaba en las décadas de 1970 y 1980 fueron sustituidas por la idea de «resistencia» al neoliberalismo. Esa nueva agenda implicaba una autocrítica por parte de los liberacionistas. La teología de la liberación fue cuestionada por proponer un falso universalismo y por la dilución de lo específicamente teológico en lo político, crítica que también recayó en las ciencias sociales y su falta de autonomía en los años 70. En 2005, el sociólogo y filósofo de la religión Otto Maduro reconocía, en una reunión en la Universidad Católica de Porto Alegre, entre otros errores, que los liberacionistas no habían apreciado la diversidad del mundo de los pobres. Por otro lado, al haber sido una teología creada por «hombres célibes», había atendido muy poco a la subjetividad y la sexualidad y, sin duda, había marginado a las mujeres. Finalmente, la primigenia teología de la liberación había desatendido el problema del medio ambiente y apoyado acríticamente a los regímenes socialistas.

De las transformaciones operadas en la teología de la liberación en estas décadas, la más impactante es, sin duda, la crítica que abrió en su seno la aparición de una teología de la mujer, una teología feminista, una teología mujerista y una teología de las sexodisidencias. En la Europa del posconcilio, en especial en las iglesias reformadas, habían surgido algunas líneas teológicas que sumaban a las mujeres a una corriente emancipatoria global. Sin embargo, en América Latina, para la teología (y filosofía) de la liberación, las luchas feministas quedaban subsumidas en la liberación integral del ser humano. Inicialmente, los liberacionistas no manifestaron un interés particular por las cuestiones de género. Sin embargo, con el tiempo, se produjo un diálogo creciente entre ambas corrientes, impulsado en gran medida por las teólogas feministas que se identificaron explícitamente como teólogas feministas de la liberación, tanto en el Primer Mundo como en América Latina. Estas teólogas buscaron analizar la opresión de las mujeres en el contexto más amplio de la clase, la raza y la pertenencia al Tercer Mundo. Para ellas, la interrelacionalidad de la opresión era un hecho fundamental. La teología de la liberación latinoamericana había cuestionado el universalismo de la teología europea, reclamando la singularidad de un conocimiento situado. Sin embargo, su concepción de los «pobres» (como explotados económicos) había vuelto a homogeneizar a un actor bastante diverso. Las teólogas feministas de la liberación latinoamericanas, como María Pilar Aquino e Ivone Gebara, se situaron en un punto crucial de este diálogo, criticando la teología de la liberación por su androcentrismo y la falta de un análisis crítico de cómo se utilizaban conceptos como «mujeres» y «feminidad» para mantener estructuras patriarcales. Argumentaron que, aunque la teología de la liberación se preocupaba por la opresión de los pobres, a menudo pasaba por alto las experiencias específicas de las mujeres pobres, incluyendo cuestiones de ética sexual y derechos reproductivos.

En la década de 1980, las mujeres comenzaron a ganar espacio en la teología de la liberación. En 1985, se celebró en Buenos Aires una reunión latinoamericana sobre teología desde la perspectiva femenina, con figuras como la mencionada Ivone Gebara, Tereza Cavalcanti, Nelly Ritchie y María Clara Bingemer. El encuentro destacó que la experiencia vivida era fundamental para esta teología feminista, rechazando un lenguaje abstracto desconectado de la realidad. Las teólogas buscaban reinterpretar conceptos tradicionales desde la historia y experiencias de las mujeres, afirmando que la opresión y el machismo moldeaban la reflexión teológica. La perspectiva femenina aportaba visiones inéditas, cuestionaba categorías tradicionales y proponía nuevas formas de entender la fe cristiana. Criticaban la teología tradicional por ser androcéntrica y perpetuar la opresión, mientras que la teología femenina conectaba con la vida cotidiana de las mujeres, especialmente las pobres.

En los últimos 25 años, la crítica feminista a las nociones binarias y oposicionales masculino/femenino y el énfasis en la construcción social del género abrieron un espacio teórico para cuestionar las categorías rígidas de sexo y género también dentro de la teología liberacionista. La preocupación por la «liberación sexual» y la crítica a la ética sexual tradicional, basada en presupuestos androcéntricos, sugieren una inquietud por las experiencias y la autonomía de los cuerpos más allá de las normas heteropatriarcales. Una de las pioneras de la crítica fue la original teóloga argentina Marcella Althaus-Reid. Desde la década de 1990 (luego de radicarse en Escocia), se convirtió en una referente de la teología lgbti+. En La teología indecente (2000), Althaus-Reid convocaba a hacer teología «sin ropa interior», luego de vivir la experiencia de recorrer Buenos Aires y sus olores buscando la «fragancia de la teología de la liberación en las mujeres: aroma de sexo y limones»6. Afirmaba que las mujeres estaban invisibilizadas en el liberacionismo, lo que venía a poner en duda el supuesto de que esta nueva teología partía de la praxis, en la que la reflexión teológica era el «acto segundo». No había una praxis u observación «objetiva». La crítica feminista mostraba las limitaciones significativas en su capacidad para abordar las experiencias y los intereses específicos de las mujeres, en especial las mujeres pobres, en el ámbito de la ética sexual. La finlandesa Elina Vuola sostiene que la ambigüedad y la falta de explicitación del concepto de praxis en la teología de la liberación, junto con una comprensión a menudo abstracta y homogénea de «los pobres», no toman en cuenta las dimensiones de género y reproducción, lo que dificulta la integración plena de una perspectiva feminista crítica.

La teología de la liberación en tiempos de Francisco

La llegada de Jorge Bergoglio al papado en 2013 abrió un sinnúmero de preguntas sobre cuál sería su actitud frente a la teología latinoamericana. En las décadas de 1970 y 1980, Francisco había sido crítico, más que de la teología, de los teólogos liberacionistas. Su repetida consigna «el todo es más que las partes y la mera suma de las partes» se aplicaba a los debates internos del catolicismo como una reprimenda a los teólogos que, con sus «veleidades autonómicas», estaban lacerando a una Iglesia católica que cada vez perdía más predicamento en América Latina.

Existe cierto acuerdo sobre la relación estrecha entre el universo de ideas de Francisco –expresado en sus diversas encíclicas y en comunicaciones más informales– y la teología del pueblo, desarrollada, entre otros, por los sacerdotes Rafael Tello, Lucio Gera, el jesuita Fernando Boasso y Juan Carlos Scannone. Desde 2013 hasta la fecha, se han multiplicado los trabajos que intentan caracterizar esta idiosincrática corriente7. Como mencionábamos, una de las diferencias es su rechazo al uso de categorías marxistas (como clase) debido a su carácter europeizante. Pero ¿es una teología que se opone al liberacionismo? ¿Es una teología peronista? ¿Es una forma de integrismo disfrazado de falso progresismo? ¿Es una forma de perpetuar la pobreza de América Latina mediante la glorificación del pobre (el pobrismo)? Scannone, que ejerció el liderazgo intelectual dentro de la Compañía de Jesús de Argentina –y fue uno de los pioneros, junto con Enrique Dussel, de la filosofía de la liberación–, siempre defendió la hipótesis de que la teología del pueblo era una rama de la teología de la liberación, que partía de la misma metodología, aunque no utilizara los mismos conceptos, ni se asomara al diálogo con el marxismo. Para Scannone, la centralidad que ocupaban las nociones de pueblo y cultura era una cuestión de énfasis: los oprimidos de América Latina eran también despojados culturales, amenazados con perder lo poco que los diferenciaba en aras del avance del mercado.

El Bergoglio que miraba con recelo a los teólogos de la liberación en los años 70 y 80, a medida que se afirmó en su trono, se mostró dispuesto a reconciliar a Roma con la teología latinoamericana. Claro que el cambio del contexto geopolítico tras el fin de la Guerra Fría había desempeñado un papel crucial en la disminución de la tensión entre el Vaticano y la teología de la liberación. El surgimiento de desafíos globales como el capitalismo neoliberal creó un nuevo escenario en el que las demandas de la teología de la liberación, como la opción preferencial por los pobres, podían abordarse con menor carga ideológica. Una serie de gestos de Francisco así lo confirmaron: su afectuoso vínculo con Gustavo Gutiérrez, la canonización del obispo salvadoreño Oscar Romero y el levantamiento de sanciones a sacerdotes vinculados a la teología de la liberación, como Miguel d’Escoto Brockmann y Ernesto Cardenal. Más allá de los gestos, Francisco incorporó selectivamente, durante su papado (2013-2025), algunas de sus principales preocupaciones, como la centralidad de los pobres y la crítica a las desigualdades económicas y a la «idolatría del dinero». Su encíclica Laudato si’ refleja la influencia del pensamiento ecológico que surgió dentro de la teología de la liberación en la década de 1990. Sin embargo, su aproximación es más pastoral y menos un compromiso intelectual profundo con las elaboraciones teóricas específicas del movimiento. Como ha señalado el teólogo noruego Ole Jakob Løland, la «solución» al conflicto entre Roma y la teología de la liberación se ha dado a través de una integración selectiva de símbolos y preocupaciones, facilitada por el nuevo contexto histórico, lo que permitió una reconciliación entre grupos previamente antagónicos dentro del catolicismo latinoamericano sin que Francisco se convirtiera en un teólogo de la liberación propiamente dicho.

Resulta evidente que la historia de la teología de la liberación es mucho más que un capítulo aislado en los anales del pensamiento cristiano. En términos de agenda política, su contenido fue evolucionando en forma paralela al del resto de los grupos progresistas y de izquierda latinoamericanos. A pesar de las críticas, las persecuciones y los cambios de contexto, la teología de la liberación sobrevivió en buena medida porque se convirtió en una forma de hacer teología que ponía a las víctimas en el locus theologicus. Estimuló debates que aún resuenan y creó una red de intelectuales que pudieron mostrarse sólidamente unidos frente a la autoridad religiosa.

La teología de la liberación se convirtió, en la práctica, en un sinónimo de teología latinoamericana. La reconciliación selectiva con Roma bajo el papado de Francisco no implicó la desaparición de las tensiones históricas, sino quizás una nueva forma de coexistencia en la que algunas de sus preocupaciones centrales, como la opción por los pobres y la crítica a la desigualdad, encontraron un eco renovado. En última instancia, la pregunta que persiste es si el legado de la teología de la liberación continuará inspirando formas de pensamiento y acción que confronten las injusticias sistémicas y promuevan una liberación integral. 

1. CEP, Lima, 1971. 

2. J.L. Segundo: Teología abierta para el laico adulto I, s./e., Buenos Aires, 1968; A. Paoli: Diálogo de la liberación, Carlos Lohlé, Buenos Aires, 1970; L. Boff: Jesus Cristo libertador, Vozes, Petrópolis, 1972; I. Ellacuría: Teología política, Secretariado Social Interdiocesano, San Salvador, 1973. 

3. «Vida y estructura de la iglesia en relación con su testimonio en la sociedad latinoamericana» en El Predicador Evangélico, 6/1962. 

4. Editorial Católica, Madrid, 1974. 

5. L. Boff, Pablo Richard Guzmán, Ronaldo Patricio Muñoz Gibbs, J. Sobrino y J. de Santa Ana: «Reacciones de los teólogos latinoamericanos a propósito de la Instrucción» en Revista Latinoamericana de Teología vol. 1 No 2, 31/8/1984. 

6. M. Althaus-Reid: La teología indecente. Perversiones teológicas en sexo, género y políticas, Bellaterra, Barcelona, 2005. 

7. Ver Emilce Cuda: «Teología y política en el discurso del papa Francisco. ¿Dónde está el pueblo?» en Nueva Sociedad No 248, 11-12/2013, disponible en www.nuso.org. 

sábado, 24 de enero de 2026

_- España roza su récord histórico de trasplantes de órganos y encadena 34 años como líder mundial

En 2025 se realizaron 6.335 intervenciones. El 12 de Octubre practica por primera vez en España cuatro trasplantes de corazón en 63 horas

España lleva 34 años consecutivos siendo el país con más donantes por millón (52) de habitantes del mundo. En 2025 se realizaron 6.335, muy cerca de la cifra de 2024 (6.464), cuando se batió el récord histórico. En la última década, la cifra ha subido más de un 50%, según los datos que ha presentado este viernes el Ministerio de Sanidad.

Su titular, Mónica García, ha puesto en valor la solidaridad y el sistema sanitario español: “La cifra refleja la capacidad de sistema para coordinarse. Detrás de ella hay profesionales trabajando con todo el talento y conocimiento a disposición de ciudadanos, y familias que en peor momento de sus vidas dicen sí y permiten que otras personas puedan seguir viviendo”.

El trasplante renal es el más frecuente (3.999), y sigue en la línea del año anterior. Le siguen el de hígado (1.276), que descendió un 5%; el de pulmón (556, un 11% menos) y el de corazón, que batió su récord histórico con 390, un 12% más que en 2024. El quinto más habitual fue el pancreático (103, una subida del 6%); y el sexto, el de intestino (11, un 175% más).

Por comunidades autónomas, Cantabria lidera las donaciones (103 por millón). Todas, excepto Baleares, superan los 40 donantes por millón; 13, los 50 y siete, los 60. Las diferencias, según ha explicado Beatriz Domínguez-Gil, directora general de la Organización Nacional de Trasplantes (ONT), tienen que ver con un factor epidemiológico (en general hay más trasplantes en las regiones más envejecidas) y organizativo: “Hay modelos como el de Cantabria, Navarra, la Comunidad Valenciana o Andalucía en el que nos fijamos para replicarlos en el resto del país”.

En cualquier caso, ha recordado que todas las comunidades están en un puesto de “absoluto privilegio”. La mayoría tienen en términos relativos más donantes que cualquier otro país del mundo. La media de la Unión Europea es 24 donantes por millón y el segundo país, tras España, es Estados Unidos (49,7).

Como ha matizado Domínguez-Gil, la casuística de los trasplantes es muy distinto en ambos países. Mientras en España la mayoría de los donantes son personas mayores que además sufren otras dolencias, en EE UU hay muchos más jóvenes que fallecen por causas evitables, como accidentes de tráfico, armas de fuego o sobredosis de drogas.

La ministra ha subrayado que España no solo es una potencia mundial en donantes: “También lo es en solidaridad y profesionalización del sistema. Parece algo muy simple, pero son cosas muy grandes. Tenemos una sociedad que funciona y una sanidad que funciona”.

Para seguir avanzando, la ONT tiene una nueva estrategia, que se iniciará este año y se extenderá hasta 2030. Se centra en continuar aumentando la disponibilidad de órganos de personas fallecidas, ampliando la capacidad de detección de posibles donantes y mejorando las fases del proceso.

También incluye, entre otras, medidas orientadas a aumentar el número de centros implicados, la reducción de las negativas a la donación (un 22% en 2025) y la ampliación de criterios de aceptación de órganos para uso clínico. Por ejemplo, en 2025, se aprobó la donación entre personas con infección por VIH.
Cuatro trasplantes en 63 horas
El balance de la actividad de trasplantes ha coincidido este viernes con un anuncio del Hospital 12 de Octubre, que ha logrado realizar con éxito por primera vez en España cuatro trasplantes de corazón en 63 horas.

Los pacientes, con una situación de especial gravedad, presentan una evolución favorable tras la intervención y solo uno de ellos permanece ingresado, con una rutina de ejercicios de rehabilitación cardiaca para reforzar su completa recuperación hasta el alta hospitalaria, informa Efe.

“Algún paciente llevaba un largo tiempo en seguimiento y se había deteriorado poco a poco, y dos de ellos estaban dependientes de máquinas en una unidad coronaria para poder mantenerse hasta que recibieran un donante y otro de ellos recibía un corazón por segunda vez”, ha explicado la cardióloga del 12 de Octubre y miembro del CIBER Cardiovascular, María Dolores García Cosío.

Dos de los casos eran más complicados, ya que dependían de un sistema de asistencia mecánica del corazón (ECMO), consistente en el uso de un soporte que oxigena su sangre y les ayuda a mantener un estado de salud óptimo hasta que llega el órgano, según ha explicado el Gobierno regional. En otro caso, el paciente recibía un corazón por segunda vez.

“Estos casos son especialmente complejos por los tiempos de coordinación para que la cirugía vaya en el momento adecuado, porque el órgano no tenga mucho tiempo en el que está almacenado en frío y por todo esto realmente ha sido un reto”, ha subrayado García Cosío.

Sobre la firma
Pablo Linde

"Después de haber sido tan exitosa, ahora dependo de comida gratis"

Ilona Biskup

Fuente de la imagen,José María Rodero / BBC News Mundo

Pie de foto,Ilona Biskup busca productos gratuitos en la despensa de Feeding South Florida, un banco de alimentos de Miami.

La "pobreza" repentina que hace que millones de personas en EE.UU. necesiten ayuda para alimentarse.

Ilona Biskup sintió vergüenza la primera vez que visitó un banco de alimentos en Miami.

Después de trabajar durante 32 años, en los que pagó impuestos, cotizó para su retiro y logró comprar un apartamento frente a la playa con sus ahorros, ahora se pregunta por qué depende de ayudas para comer.

Hace cuatro meses, Biskup concertó su primera cita en Feeding South Florida, el banco de alimentos más grande del sur de Florida, que abastece gratuitamente a uno de cada cuatro de los habitantes de esta zona que no pueden costear sus necesidades alimentarias.

Pararse frente a los anaqueles llenos de productos que quizás antes no habría comprado la obligó a cruzar un umbral interno a sus 62 años: el de la necesidad de pedir ayuda.

"Después de haber sido tan exitosa, ahora dependo de comida gratis", dice desde su apartamento en Miami Beach, donde disfruta de una vista de 180 grados: a la derecha mira la ciudad y a la izquierda, el mar.

"Nunca pensé que después de trabajar tanto, iba a terminar dependiendo del gobierno", afirma esta mujer cuya pensión por discapacidad sólo le alcanza para los gastos de vivienda y servicios.

Biskup obtiene US$2.000 mensuales de la seguridad social. Este nivel de ingreso la ubica por encima de la línea de pobreza para una persona en Estados Unidos, que este año se sitúa en US$15.650 anuales, según el Departamento de Salud y Servicios Humanos.

Aunque es dueña de su vivienda y su auto, esos ingresos no le alcanzan para comer.

Este empobrecimiento repentino tiene su origen en eventos inesperados que erosionaron su patrimonio: dos tratamientos contra el cáncer agotaron sus ahorros y un diagnóstico reciente de Parkinson la obliga a recurrir al dinero de su retiro.

Ilona Biskup desde su apartamento en Miami Beach

Ilona Biskup desde su apartamento en Miami Beach

Fuente de la imagen,José María Rodero / BBC News Mundo

Pie de foto,La vista de Miami Beach desde el apartamento de Ilona Biskup.

Un problema estructural

Biskup pertenece a un amplio sector de la población de Estados Unidos que afronta dificultades económicas en su vida cotidiana y acaba en una situación extremadamente vulnerable si surge un traspiés financiero.

Un estudio liderado por el sociólogo Mark Rank demostró que casi 60% de los estadounidenses adultos vivirá al menos un año por debajo del umbral de pobreza, mientras que tres cuartas partes experimentarán pobreza o una situación cercana.

"Básicamente, hay tres caminos hacia la pobreza en Estados Unidos: perder el trabajo, una emergencia de salud o la separación de las familias", explica Rank, profesor de la Escuela de Trabajo Social de la Universidad de Washington en San Luis, Misuri.

"Es un problema estructural que se debe principalmente a dos factores: una red de seguridad social muy débil, que no logra impedir que la gente caiga en la pobreza, y la creación de empleos mal pagados y sin prestaciones".

Rank asegura que esta combinación ha convertido a Estados Unidos en uno de los países industrializados con uno de los índices más altos de pobreza.

Mark Rank

Mark Rank

Fuente de la imagen,Cortesía de Mark Rank


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El sociólogo Mark Rank asegura que muchos estadounidenses caerán en la pobreza en algún momento de su vida adulta.

Una encuesta del centro de estudios Pew Research Center publicada en mayo indicó que 27% de los estadounidenses dijo haber tenido problemas para pagar la atención médica propia o la de su familia durante el último año.

Y al menos una de cada cinco personas tuvo que recurrir a un banco de alimentos en ese período.

Según las investigadoras Kim Parker y Luona Lin, un 68% de los adultos afroestadounidenses y el 67% de los adultos hispanos reconocen no disponer de fondos de reserva para emergencias, al igual que 44% de los adultos blancos.

Otra investigación realizada por el Consejo Nacional sobre el Envejecimiento (NCOA, por sus siglas en inglés) y el centro de estudios LeadingAge LTSS de la Universidad de Massachusetts en Boston reveló que los adultos mayores con menos recursos económicos mueren, en promedio, nueve años antes que aquellos con mayor patrimonio.

"Es alarmante e inaceptable que en Estados Unidos en 2025 la pobreza les robe casi una década de vida a los adultos mayores", dijo Ramsey Alwin, presidente y director ejecutivo del NCOA.

El profesor Rank advierte que el impacto de la pobreza se agrava por los prejuicios sociales que la rodean.

"En Estados Unidos solemos ver la pobreza desde una perspectiva de culpabilización. Si eres pobre, uno se pregunta: ¿Por qué no te esforzaste lo suficiente? ¿Qué hiciste mal?".

En su opinión, esa perspectiva conduce a una conclusión: "Bueno, (la pobreza) es tu problema, no el mío".

"En un país tan rico como Estados Unidos es una injusticia social y económica. Pero esa es una mentalidad diferente a la que tenemos".

Mercado de Ilona Biskup

Mercado de Ilona Biskup

Fuente de la imagen,José María Rodero / BBC News Mundo


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Algunos de los productos que Ilona Biskup tomó en el banco de alimentos.

"No pude recuperarme mentalmente"

Biskup nació en Polonia y es ciudadana estadounidense. Hizo carrera como azafata en Pan Am y Delta, donde elegía trabajar en vuelos de más de diez horas para maximizar su remuneración.

"Siempre trataba a los pasajeros dentro del avión como si estuvieran en casa".

Sobre la mesa de su sala de estar despliega sus "alas", pines que llevan su nombre y solía insertar en la solapa del uniforme cuando prestaba servicio a los pasajeros.

Se casó con un piloto de Colorado y durante años vivió rodeada por las frías montañas de Denver. Pero después del divorcio, mudarse a Miami cerca del mar le ofreció la oportunidad de construir una vida nueva por sí misma.

"Empecé a buscar lugares que pudiera disfrutar. Simplemente quería encontrar un sitio nuevo para cerrar de alguna manera esa etapa de mi vida".

En 2014 fue diagnosticada con cáncer de seno. Aunque el seguro cubrió las cirugías y tratamientos, su nueva condición médica desencadenó gastos inesperados.

"Durante un año estuve sometida a quimioterapia y radioterapia. Luego tuve una cirugía que duró 12 horas, en la que me hicieron una doble mastectomía con doble reconstrucción", cuenta una década después.

"Aunque tenía los mejores doctores y pensaba que estaría bien, después de la cirugía mi cerebro colapsó, se rindió. Diría que durante un año y medio no pude recuperarme mentalmente".

Ilona Biskup

Ilona Biskup

Fuente de la imagen,Cortesía de Ilona Biskup

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Ilona Biskup trabajó como auxiliar de vuelo durante 32 años.

En 2019, su médico detectó el inicio de un segundo tumor, esta vez en el páncreas, y le practicaron una cirugía para remover las zonas afectadas que también se prolongó durante horas, conocida como procedimiento de Whipple.

"Después de estos eventos, agoté mis ahorros con el cáncer".

Aunque el segundo tumor también fue eliminado, se sentía demasiado débil para trabajar.

Las facturas del seguro y de los gastos que cubrió de su bolsillo revelan que destinó cientos de miles de dólares para recuperar su salud física y mental.

En medio del cierre por la pandemia, tomó el paquete de retiro que le ofreció Delta, aunque esta decisión la condujo a abandonar su empleo a los 60 años, una edad en la que esperaba mantenerse activa laboralmente.

"Siempre trato de ver el lado positivo de todo lo que vivo, pero fue triste que mi retiro ocurriera de esta forma".

Durante los últimos tres años, en los que cambió su dieta y se refugió en el mar, su mano derecha comenzó a temblar. A ratos permanecía rígida, a ratos lenta.

Al principio atribuyó los síntomas a las cirugías para remover el tejido mamario, pero hace seis meses su doctor confirmó que el temblor y la rigidez son ocasionados por la enfermedad de Parkinson.

Ilona Biskup y sus pines

Ilona Biskup y sus pines

Fuente de la imagen,José María Rodero / BBC News Mundo


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Ilona Biskup conserva sus "alas", pines con su nombre de la época en la que era azafata.

Comer con SNAP

Biskup es uno de los 42 millones de estadounidenses que se benefician del Programa de Asistencia Nutricional Suplementaria, conocido como SNAP por sus siglas en inglés, el plan de asistencia alimentaria más importante de Estados Unidos.

En promedio se asignan US$187 mensuales a los beneficiarios de SNAP, aunque la ayuda puede variar según las condiciones del solicitante. Biskup, por ejemplo, recibe US$225 al mes.

Para incorporarse al programa, el gobierno federal exige que una persona trabaje al menos 30 horas semanales, a no ser que estudie, cuide a un niño menor de seis años o a una persona con discapacidad.

También incluye a quienes reciben tratamientos por alcoholismo o adicción a las drogas, o aquellos que tienen limitaciones físicas, como en el caso de Biskup, o mentales.

El programa SNAP asiste a uno de cada ocho estadounidenses.

Aviso en comercio sobre SNAP

Aviso en comercio sobre SNAP

Fuente de la imagen,Getty Images


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La tarjeta de SNAP es aceptada en comercios y supermercados en todo el país.

Sin embargo, en medio del reciente cierre del gobierno federal, que duró 43 días y fue el más prolongado en la historia del país, la administración Trump ordenó suspender el pago de SNAP para el mes de noviembre.

Aunque un juez de Rhode Island falló contra esta decisión y ordenó al gobierno agilizar los depósitos, la Corte Suprema validó el anuncio de Trump de congelar el programa, días antes de la reapertura del gobierno.

A la espera de un nuevo depósito en su tarjeta de SNAP, Biskup visitó la despensa de Feeding South Florida para completar su dieta con los diez productos frescos y los diez empaquetados o enlatados que podía llevarse.

Tomó bananas, tomates, calabacines, pepinos y maíz, así como arroz, pasta, sopa, cereales, guisantes, salsas y galletas.

Escaneó la información nutricional de los productos con una aplicación que evalúa la calidad de los alimentos. Desde que se recuperó del cáncer, mira con atención lo que come para evitar recaídas de salud.

"Estoy agradecida de recibir esta ayuda", asegura.

Voluntarios en Feeding South Florida

Voluntarios en Feeding South Florida

Fuente de la imagen,José María Rodero / BBC News Mundo

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Grupos de voluntarios se dedican a verificar la calidad de los productos en el banco de alimentos Feeding South Florida.

El banco de alimentos

Paco Vélez, presidente de Feeding South Florida, ha presenciado emergencias ocasionadas por huracanes, crisis económicas y por supuesto, la pandemia del coronavirus, durante los 25 años que ha trabajado en esta organización.

Asegura que la suspensión del programa SNAP disparó la cantidad de personas que piden cita para buscar productos gratuitos en la despensa de Feeding South Florida.

"Las familias tienen miedo y no saben cómo van a pagar no sólo la comida, sino todo".

Los precios de los alimentos subieron 2,7% en los 12 meses previos a septiembre de este año, con incrementos significativamente mayores en productos como el café (18,9%), la carne picada (12,9%) y los plátanos (6,9%).

Este incremento se produjo en medio de medidas como los aranceles y la persecución de migrantes indocumentados que trabajaban en agricultura, lo cual encareció la producción agroalimentaria, explicó David Ortega, experto en economía alimentaria, a BBC Verify.

Las familias numerosas con bajos ingresos, los veteranos, las madres y padres solteros o las personas con discapacidad como Biskup, son algunos de los perfiles que acuden a Feeding South Florida.

"En los condados del sur de Florida, más de 967.000 personas dependen de este tipo de ayudas", advierte Vélez.

Paco Vélez de Feeding South Florida

Paco Vélez de Feeding South Florida

Fuente de la imagen,José María Rodero / BBC News Mundo


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Paco Vélez desde los almacenes de Feeding South Florida en Miami.

En medio de los retrasos administrativos en el pago de SNAP, la afluencia de beneficiarios se mantiene, dice Jessica Benites, jefa de personal de la organización.

"A comienzos de este año veíamos más o menos 40 familias cada día. A comienzos de octubre (cuando se cerró el gobierno) el número se duplicó".

Durante la primera semana de noviembre, cuando Biskup visitó la despensa, recibían un promedio de 120 familias por día, precisa Benites.

Los alimentos son donados por productores agrícolas y supermercados. En una pared cuelgan cheques que muestran el amplio rango de donativos que reciben, entre US$3.000 y US$380.000, de empresas que van desde compañías distribuidoras de alimentos hasta fabricantes de autos.

Aunque el gobierno federal retomó sus actividades, el personal de Feeding South Florida se prepara para ampliar sus horarios, con voluntarios que acuden cada semana para verificar la calidad de los productos y organizar los alimentos en la despensa.

Cheques de las empresas que donan a Feeding South FloridaFuente de la imagen,Valentina Oropeza / BBC News Mundo Pie de foto,

Las empresas hacen donativos para alimentar la despensa de Feeding South Florida


Cheques de las empresas que donan a Feeding South Florida

Fuente de la imagen,Valentina Oropeza / BBC News Mundo


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Con los últimos depósitos de SNAP, Biskup hizo mercado en una cadena de ventas al por mayor donde adquirió productos en cantidades que no compraría si no se sintiera obligada a maximizar el rendimiento de la ayuda.

También visita un centro comunitario en Miami Beach donde almuerza gratis después de practicar Tai Chi o Qi Gong, disciplinas que le ayudan a ejercitar la serenidad para afrontar la pérdida de control sobre sus movimientos que provoca la enfermedad de Parkinson.

Biskup dice estar decidida a luchar por mantener el nivel de vida por el que trabajó siempre, aunque deba ajustar sus hábitos de consumo y sus rutinas.

"Este apartamento es mi refugio, el lugar donde me recuperé de dos cáncer y donde espero vivir todo lo que traerá el Parkinson", dice desde el balcón de su apartamento.

"Haré todo lo posible por seguir viviendo cerca del mar". 



viernes, 23 de enero de 2026

Éric Vuillard, escritor: “El discurso contra la inmigración lo impulsan quienes tienen una idea favorable de la Conquista”

El autor francés, recién galardonado con el Premio Ernst Bloch, reflexiona sobre las formas de explotación del capitalismo y el papel político de la escritura: “La literatura se vuelve cortesana si olvida el mundo en el que vive” 



Cuando en 2017 ganó el Premio Goncourt con El orden del día, Éric Vuillard (Lyon, 1968) se convirtió en uno de los principales escritores europeos. A mediados de noviembre pasó por Madrid, pocos días antes de recibir un galardón en la ciudad alemana de Ludwigshafen: el Premio Ernst Bloch, concedido a “una obra científica o literaria destacada por una actitud filosófica significativa para realizar un examen crítico del presente”. 

Su último libro traducido al español es Conquistadores y en enero llegará a las librerías francesas Les orphelins. Une histoire de Billy the Kid (Los huérfanos. Una historia de Billy el Niño). Es otra vuelta de tuerca a un proyecto literario y político que, centrado en episodios concretos de la historia (desde la conquista española de Perú hasta el nazismo o la guerra de Indochina), reflexiona sobre la realidad social, las formas de dominación y los estallidos revolucionarios

Pregunta. Sus libros pueden leerse como una contrahistoria del relato occidental y dominante sobre el mundo contemporáneo. ¿Cómo y cuándo concibió ese proyecto?

Progresivamente. Alrededor de 2008 escribí, casi como un juego y a la vez, las primeras versiones de Conquistadores y La batalla de Occidente, que guardé en un cajón durante dos años. Un amigo me animó a publicarlos. Entonces los releí y pensé que valía la pena que lo evaluaran los lectores. Y luego ya vinieron los otros títulos: Congo, Tristeza de la tierra… Hoy no se puede tener un proyecto general, no es posible tener una idea total de la historia y el presente. No puede existir un gran proyecto como Zola con Los Rougon-Macquart. En la actualidad las cosas se nos escapan, son fragmentarias, y por eso mis libros lo son.

P. Con un estilo muy personal.
R. De entrada, con la primera versión de La batalla de Occidente, no comprendía lo que había hecho. Lo he descubierto después, mientras avanzaba con mis otros libros. Construyo una narración, en forma de novela, donde se integran divagaciones poéticas, la subjetividad del autor incluso más allá del narrador, y una mezcla de registros que lo acaban por convertir también en un ensayo. Ahora la separación de géneros me parece artificiosa.

P. En su literatura practica una especie de zoom, de mirada microscópica a un episodio, focalizando la atención en aspectos muy concretos. ¿Qué busca con esa técnica?
  
R. Hace poco leí El almacén de antigüedades, de Dickens. El libro está centrado en una niña, muy pobre, y su abuelo, y habla de la pobreza en la Inglaterra de su tiempo. Toda la escritura —los adjetivos, el ritmo, la estructura…— palpita como el personaje, como si la escritura fuera esa niña protagonista. Crea realidad. El lector de la época no tenía experiencia de esa pobreza, de la mendicidad, de lo que implicaba dormir en la calle. Y Dickens nos confronta con esa experiencia desconocida que, a través de la fuerza de esa escritura palpitante, se nos hace familiar. La novela se publicó por entregas: cuando un nuevo folletín llegaba a Nueva York, los jóvenes esperaban los ejemplares que traía el barco y se preguntaban si la protagonista aún estaba viva, como si fuera una persona real. Y un diputado irlandés, que leyó el final en un tren, el de la muerte, se escandalizó, arrugó el periódico, lo tiró por la ventanilla y exclamó que no deberían haberla matado. No la mató Dickens, la había matado la miseria. No era una ficción. Entonces no había otra manera de aprehender la realidad. Es el mejor ejemplo de la literatura de zoom. El novelista actúa así como un antropólogo social. Porque hay cosas que necesitamos distancia para comprenderlas y otras que se ven mejor de cerca.

P. Hace un par de años escribió un prólogo para una edición del Manifiesto del Partido Comunista de Marx y Engels.

R. Me propusieron prologar antes La guerra de los campesinos en Alemania, de Engels, porque había escrito La guerra de los pobres. Su historia es predecesora de las ciencias sociales. Engels rescribió la historia con los materiales históricos disponibles y con su teoría de Marx y Engels. Y la comprensión de la historia cambió. Es mucho más interesante.

P. ¿El tema de sus libros, en realidad, es la relación entre el capitalismo y los hombres, las formas de explotación del individuo?
R. Es el mayor fenómeno social. Toda literatura, de alguna manera, explora lo que es central en la sociedad en la que se desarrolla mientras que la ideología es la justificación que la clase dominante construye para legitimar la dominación. Desde el siglo XIX, desde Dickens a Proust pasando por Tolstói, la corriente central de la literatura ha convergido en explorar los problemas sociales mayores, en los que literatura y política van ligadas. Los libros han jugado un rol político de primer nivel. Y con el cambio de coyuntura reciente, el que tiene el 2008 como fecha simbólica y que afecta también a las clases medias o a la pequeña burguesía, la cuestión política y económica regresó, como si volviésemos a ese momento de la novela realista del siglo XIX. Hoy la literatura se rencuentra con esa fuerte presencia de las desigualdades, ante una regresión de la libertad. Y la literatura se vuelve cortesana si olvida el mundo en el que vive.

El escritor francés Éric Vuillard, el pasado 19 de noviembre. SAMUEL SÁNCHEZ

P. Diría que sus libros se centran en el pasado, pero hablan de la regresión en el presente.
R. Así lo espero. La literatura, con personajes diferentes, pero siempre es sobre quien muere: el ser humano.

P. ¿También en Conquistadores?
R. De alguna manera el discurso contra la inmigración se puede decir que lo impulsan quienes tienen una idea favorable de la Conquista. Lo que en realidad significa que el relato de la Conquista es hipócrita. Es algo muy paradójico. Es algo que ya está en la Verdadera relación de la conquista del Perú, de Francisco de Jerez, que en la primera página de su crónica afirma que la Conquista se realiza por la gracia de Dios, pero Dios desaparece desde la segunda y ya no dejará de hablar del oro. El hilo rojo del libro no será Dios sino el oro. La motivación de Pizarro y sus compañeros de aventura no tiene nada que ver con la religión ni la civilización. El oro es el principal motivo de la conquista del Perú. Y el segundo es la posesión de la tierra: destruir y repoblar con los españoles. No es algo particular. Los franceses y norteamericanos hicieron lo mismo. Todos.

P. ¿Cómo se relaciona esa relectura de la Conquista y el colonialismo con el presente?
R. Hay una frase de Paul Claudel, en El libro de Cristóbal Colón, con la que de alguna manera siempre dialogan mis libros: “Ce jouet, la Terre”, “ese juguete, la Tierra”. Es terrible. Tiene una dimensión muy contemporánea para nosotros con la globalización, como si nuestra relación con la Tierra tan solo fuese un objeto técnico. Y también tiene una dimensión irónica, como si el hombre la pudiera manipular. ¿Cómo es posible que la universalidad de la especie humana y la idea de igualdad para todos hayan pasado a través de la peor violencia con la Conquista? Lo que ocurrió en todo el mundo fue el efecto de la concentración del poder y la riqueza. De los banqueros, de las grandes familias, de las monarquías. Y hay una palpitación entre ese pasado y nuestro presente: la concentración de la riqueza es un asunto mayor para todos. Es naíf e ingenuo escribir desvinculando la literatura de las coordenadas de la concentración de poder y sus consecuencias en la humanidad.

P. Pero nadie está obligado a escribir desde esa perspectiva.
R. Te respondo con otro ejemplo. El novelista  E. M. Forster —el autor de Regreso a Howards End, Maurice— impartió unas conferencias sobre el género de la novela hace un siglo en Oxford. Allí se refirió a los grandes temas de la literatura: el amor, las relaciones familiares… Y en esa lista él olvida dos cosas: el trabajo y el dinero, como si el dinero no tuviese importancia en nuestra vida. Pero olvida también que esa dimensión sí está en Regreso a Howards End: porque están el amor y los problemas familiares, pero en el centro está la herencia de una casa, la que da nombre al título. Lo social no está al margen. Él no es un intelectual, es un escritor en la realidad, que ha sido explicado en ocasiones como ejemplo de escritor no político. Y puede ser discreto como novelista, disimula, pero la presencia de lo social en ese libro es suficientemente visible como para que Virginia Woolf considerara que era excesiva. De la misma manera que disimuló su homosexualidad, Forster también disimuló la presencia de lo social en sus novelas.



Éric Vuillard, en Madrid. SAMUEL SÁNCHEZ

P. En La guerra de los pobres y 14 de julio aparece la violencia. ¿Es la alternativa histórica a la opresión? ¿Es el motor del cambio?
R. Sigo con el ejemplo de Forster. Las instituciones sociales son su tema: el amor, el matrimonio… Y diría que para él el matrimonio es una gran violencia. Está allí la violencia de la estructura social. En las novelas más célebres del XIX la violencia la ejercen los mejor asentados, los hombres sobre las mujeres. Porque, como dijo Lord Acton, el poder corrompe y el poder corrompe absolutamente. Nosotros vivimos en una sociedad con desacuerdos conscientes y nos parece natural, normal, como si fuese eterna. Y la revuelta altera la sociedad que creemos eterna. Hay revueltas en la esfera privada, como en Howards End, o en la vida pública. Piensa en el Antiguo Régimen, la sociedad monárquica del siglo XVIII en Francia, un mundo que hoy consideramos inaceptable, totalmente desigual. ¿Cómo aceptar que la homosexualidad era un delito? ¿Cómo aceptar que el divorcio era imposible? ¿Cómo aceptar la esclavitud? ¿Cómo aceptar que la gente que nos dirige no fuese elegida? Eso era el Antiguo Régimen. Así era la sociedad francesa antes del 14 de julio. Y la violencia de ese día, terrible, esencialmente fue ejercida sobre el pueblo. Ejercida por un ejército que estaba integrado por mercenarios al servicio del rey y no de Francia. La diferencia es que el día después, 30.000 personas de origen pobre o artesanos se armaron y tomaron el fuerte medieval de la Bastilla, la última plaza fuerte de París. Así la sociedad vivió una convulsión y cambió. Y eso ocurrió porque el pueblo se armó. Y el poder central no lo pudo dominar. La destrucción de la Bastilla era condición necesaria para la existencia de una democracia.

P. Después de la crisis de 2008 y el aumento de las desigualdades, ¿cree que el presente es un momento de revuelta?
R. Cualquier individuo que vive en sociedad tiende a pensar que vive en una situación normal. Nosotros somos hijos de la idea de igualdad y libertad, estamos a favor de ellas y debería desarrollarse porque no tiene límite. Pero ahora, desde hace 40 años, hay una regresión de la libertad. Ahora en París ha aumentado el control para identificar a quien no paga, como si ese fuera un gran problema. Pero es una anécdota que va de lo particular hasta la estructura de la ley, de la modificación de las libertades públicas. En este momento de regresión lo aceptamos como algo que parece un paréntesis, puramente una coyuntura. Pero en Francia la ley antiterrorista controla y el espacio público ha cambiado. Igualmente, como contó Libération, la policía disparó contra ecologistas. Es una regresión constante. En los derechos laborales, en los servicios públicos. Ya no es coyuntural. Es un cambio trascendente. Y es un hecho inaceptable. En tanto que escritores, como Dickens o Forster, deberíamos escribir libros que cuenten esa regresión para comprenderla mejor, para no ignorarla.

P. ¿Qué nos va a contar en su nuevo libro?
R. La historia de un desperado que muere joven: Billy el Niño. Está la juventud como forma de libertad en un contexto muy particular: el oeste americano. Con armas, caballos, con aventuras extremadamente peligrosas en busca de una cierta forma de emancipación violenta: una libertad vana que lleva a la muerte. Y después esta otra historia: la de la estructuración de la gran propiedad del territorio, también con violencia, y luego las elecciones organizadas después de la constitución de ese dominio, un momento único para blanquear los crímenes cometidos. El libro es una historia de la democracia confiscada.

P. Felicidades por el premio Ernst Bloch. ¿Qué representa hoy este filósofo?
R. La obra de Ernst Bloch, en especial El principio de la esperanza, tiene una importancia capital. En una época en la que creemos que el porvenir está clausurado, la filosofía de Bloch consiste en encontrar, en el presente, el germen de la esperanza real.