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viernes, 23 de enero de 2026

Éric Vuillard, escritor: “El discurso contra la inmigración lo impulsan quienes tienen una idea favorable de la Conquista”

El autor francés, recién galardonado con el Premio Ernst Bloch, reflexiona sobre las formas de explotación del capitalismo y el papel político de la escritura: “La literatura se vuelve cortesana si olvida el mundo en el que vive” 



Cuando en 2017 ganó el Premio Goncourt con El orden del día, Éric Vuillard (Lyon, 1968) se convirtió en uno de los principales escritores europeos. A mediados de noviembre pasó por Madrid, pocos días antes de recibir un galardón en la ciudad alemana de Ludwigshafen: el Premio Ernst Bloch, concedido a “una obra científica o literaria destacada por una actitud filosófica significativa para realizar un examen crítico del presente”. 

Su último libro traducido al español es Conquistadores y en enero llegará a las librerías francesas Les orphelins. Une histoire de Billy the Kid (Los huérfanos. Una historia de Billy el Niño). Es otra vuelta de tuerca a un proyecto literario y político que, centrado en episodios concretos de la historia (desde la conquista española de Perú hasta el nazismo o la guerra de Indochina), reflexiona sobre la realidad social, las formas de dominación y los estallidos revolucionarios

Pregunta. Sus libros pueden leerse como una contrahistoria del relato occidental y dominante sobre el mundo contemporáneo. ¿Cómo y cuándo concibió ese proyecto?

Progresivamente. Alrededor de 2008 escribí, casi como un juego y a la vez, las primeras versiones de Conquistadores y La batalla de Occidente, que guardé en un cajón durante dos años. Un amigo me animó a publicarlos. Entonces los releí y pensé que valía la pena que lo evaluaran los lectores. Y luego ya vinieron los otros títulos: Congo, Tristeza de la tierra… Hoy no se puede tener un proyecto general, no es posible tener una idea total de la historia y el presente. No puede existir un gran proyecto como Zola con Los Rougon-Macquart. En la actualidad las cosas se nos escapan, son fragmentarias, y por eso mis libros lo son.

P. Con un estilo muy personal.
R. De entrada, con la primera versión de La batalla de Occidente, no comprendía lo que había hecho. Lo he descubierto después, mientras avanzaba con mis otros libros. Construyo una narración, en forma de novela, donde se integran divagaciones poéticas, la subjetividad del autor incluso más allá del narrador, y una mezcla de registros que lo acaban por convertir también en un ensayo. Ahora la separación de géneros me parece artificiosa.

P. En su literatura practica una especie de zoom, de mirada microscópica a un episodio, focalizando la atención en aspectos muy concretos. ¿Qué busca con esa técnica?
  
R. Hace poco leí El almacén de antigüedades, de Dickens. El libro está centrado en una niña, muy pobre, y su abuelo, y habla de la pobreza en la Inglaterra de su tiempo. Toda la escritura —los adjetivos, el ritmo, la estructura…— palpita como el personaje, como si la escritura fuera esa niña protagonista. Crea realidad. El lector de la época no tenía experiencia de esa pobreza, de la mendicidad, de lo que implicaba dormir en la calle. Y Dickens nos confronta con esa experiencia desconocida que, a través de la fuerza de esa escritura palpitante, se nos hace familiar. La novela se publicó por entregas: cuando un nuevo folletín llegaba a Nueva York, los jóvenes esperaban los ejemplares que traía el barco y se preguntaban si la protagonista aún estaba viva, como si fuera una persona real. Y un diputado irlandés, que leyó el final en un tren, el de la muerte, se escandalizó, arrugó el periódico, lo tiró por la ventanilla y exclamó que no deberían haberla matado. No la mató Dickens, la había matado la miseria. No era una ficción. Entonces no había otra manera de aprehender la realidad. Es el mejor ejemplo de la literatura de zoom. El novelista actúa así como un antropólogo social. Porque hay cosas que necesitamos distancia para comprenderlas y otras que se ven mejor de cerca.

P. Hace un par de años escribió un prólogo para una edición del Manifiesto del Partido Comunista de Marx y Engels.

R. Me propusieron prologar antes La guerra de los campesinos en Alemania, de Engels, porque había escrito La guerra de los pobres. Su historia es predecesora de las ciencias sociales. Engels rescribió la historia con los materiales históricos disponibles y con su teoría de Marx y Engels. Y la comprensión de la historia cambió. Es mucho más interesante.

P. ¿El tema de sus libros, en realidad, es la relación entre el capitalismo y los hombres, las formas de explotación del individuo?
R. Es el mayor fenómeno social. Toda literatura, de alguna manera, explora lo que es central en la sociedad en la que se desarrolla mientras que la ideología es la justificación que la clase dominante construye para legitimar la dominación. Desde el siglo XIX, desde Dickens a Proust pasando por Tolstói, la corriente central de la literatura ha convergido en explorar los problemas sociales mayores, en los que literatura y política van ligadas. Los libros han jugado un rol político de primer nivel. Y con el cambio de coyuntura reciente, el que tiene el 2008 como fecha simbólica y que afecta también a las clases medias o a la pequeña burguesía, la cuestión política y económica regresó, como si volviésemos a ese momento de la novela realista del siglo XIX. Hoy la literatura se rencuentra con esa fuerte presencia de las desigualdades, ante una regresión de la libertad. Y la literatura se vuelve cortesana si olvida el mundo en el que vive.

El escritor francés Éric Vuillard, el pasado 19 de noviembre. SAMUEL SÁNCHEZ

P. Diría que sus libros se centran en el pasado, pero hablan de la regresión en el presente.
R. Así lo espero. La literatura, con personajes diferentes, pero siempre es sobre quien muere: el ser humano.

P. ¿También en Conquistadores?
R. De alguna manera el discurso contra la inmigración se puede decir que lo impulsan quienes tienen una idea favorable de la Conquista. Lo que en realidad significa que el relato de la Conquista es hipócrita. Es algo muy paradójico. Es algo que ya está en la Verdadera relación de la conquista del Perú, de Francisco de Jerez, que en la primera página de su crónica afirma que la Conquista se realiza por la gracia de Dios, pero Dios desaparece desde la segunda y ya no dejará de hablar del oro. El hilo rojo del libro no será Dios sino el oro. La motivación de Pizarro y sus compañeros de aventura no tiene nada que ver con la religión ni la civilización. El oro es el principal motivo de la conquista del Perú. Y el segundo es la posesión de la tierra: destruir y repoblar con los españoles. No es algo particular. Los franceses y norteamericanos hicieron lo mismo. Todos.

P. ¿Cómo se relaciona esa relectura de la Conquista y el colonialismo con el presente?
R. Hay una frase de Paul Claudel, en El libro de Cristóbal Colón, con la que de alguna manera siempre dialogan mis libros: “Ce jouet, la Terre”, “ese juguete, la Tierra”. Es terrible. Tiene una dimensión muy contemporánea para nosotros con la globalización, como si nuestra relación con la Tierra tan solo fuese un objeto técnico. Y también tiene una dimensión irónica, como si el hombre la pudiera manipular. ¿Cómo es posible que la universalidad de la especie humana y la idea de igualdad para todos hayan pasado a través de la peor violencia con la Conquista? Lo que ocurrió en todo el mundo fue el efecto de la concentración del poder y la riqueza. De los banqueros, de las grandes familias, de las monarquías. Y hay una palpitación entre ese pasado y nuestro presente: la concentración de la riqueza es un asunto mayor para todos. Es naíf e ingenuo escribir desvinculando la literatura de las coordenadas de la concentración de poder y sus consecuencias en la humanidad.

P. Pero nadie está obligado a escribir desde esa perspectiva.
R. Te respondo con otro ejemplo. El novelista  E. M. Forster —el autor de Regreso a Howards End, Maurice— impartió unas conferencias sobre el género de la novela hace un siglo en Oxford. Allí se refirió a los grandes temas de la literatura: el amor, las relaciones familiares… Y en esa lista él olvida dos cosas: el trabajo y el dinero, como si el dinero no tuviese importancia en nuestra vida. Pero olvida también que esa dimensión sí está en Regreso a Howards End: porque están el amor y los problemas familiares, pero en el centro está la herencia de una casa, la que da nombre al título. Lo social no está al margen. Él no es un intelectual, es un escritor en la realidad, que ha sido explicado en ocasiones como ejemplo de escritor no político. Y puede ser discreto como novelista, disimula, pero la presencia de lo social en ese libro es suficientemente visible como para que Virginia Woolf considerara que era excesiva. De la misma manera que disimuló su homosexualidad, Forster también disimuló la presencia de lo social en sus novelas.



Éric Vuillard, en Madrid. SAMUEL SÁNCHEZ

P. En La guerra de los pobres y 14 de julio aparece la violencia. ¿Es la alternativa histórica a la opresión? ¿Es el motor del cambio?
R. Sigo con el ejemplo de Forster. Las instituciones sociales son su tema: el amor, el matrimonio… Y diría que para él el matrimonio es una gran violencia. Está allí la violencia de la estructura social. En las novelas más célebres del XIX la violencia la ejercen los mejor asentados, los hombres sobre las mujeres. Porque, como dijo Lord Acton, el poder corrompe y el poder corrompe absolutamente. Nosotros vivimos en una sociedad con desacuerdos conscientes y nos parece natural, normal, como si fuese eterna. Y la revuelta altera la sociedad que creemos eterna. Hay revueltas en la esfera privada, como en Howards End, o en la vida pública. Piensa en el Antiguo Régimen, la sociedad monárquica del siglo XVIII en Francia, un mundo que hoy consideramos inaceptable, totalmente desigual. ¿Cómo aceptar que la homosexualidad era un delito? ¿Cómo aceptar que el divorcio era imposible? ¿Cómo aceptar la esclavitud? ¿Cómo aceptar que la gente que nos dirige no fuese elegida? Eso era el Antiguo Régimen. Así era la sociedad francesa antes del 14 de julio. Y la violencia de ese día, terrible, esencialmente fue ejercida sobre el pueblo. Ejercida por un ejército que estaba integrado por mercenarios al servicio del rey y no de Francia. La diferencia es que el día después, 30.000 personas de origen pobre o artesanos se armaron y tomaron el fuerte medieval de la Bastilla, la última plaza fuerte de París. Así la sociedad vivió una convulsión y cambió. Y eso ocurrió porque el pueblo se armó. Y el poder central no lo pudo dominar. La destrucción de la Bastilla era condición necesaria para la existencia de una democracia.

P. Después de la crisis de 2008 y el aumento de las desigualdades, ¿cree que el presente es un momento de revuelta?
R. Cualquier individuo que vive en sociedad tiende a pensar que vive en una situación normal. Nosotros somos hijos de la idea de igualdad y libertad, estamos a favor de ellas y debería desarrollarse porque no tiene límite. Pero ahora, desde hace 40 años, hay una regresión de la libertad. Ahora en París ha aumentado el control para identificar a quien no paga, como si ese fuera un gran problema. Pero es una anécdota que va de lo particular hasta la estructura de la ley, de la modificación de las libertades públicas. En este momento de regresión lo aceptamos como algo que parece un paréntesis, puramente una coyuntura. Pero en Francia la ley antiterrorista controla y el espacio público ha cambiado. Igualmente, como contó Libération, la policía disparó contra ecologistas. Es una regresión constante. En los derechos laborales, en los servicios públicos. Ya no es coyuntural. Es un cambio trascendente. Y es un hecho inaceptable. En tanto que escritores, como Dickens o Forster, deberíamos escribir libros que cuenten esa regresión para comprenderla mejor, para no ignorarla.

P. ¿Qué nos va a contar en su nuevo libro?
R. La historia de un desperado que muere joven: Billy el Niño. Está la juventud como forma de libertad en un contexto muy particular: el oeste americano. Con armas, caballos, con aventuras extremadamente peligrosas en busca de una cierta forma de emancipación violenta: una libertad vana que lleva a la muerte. Y después esta otra historia: la de la estructuración de la gran propiedad del territorio, también con violencia, y luego las elecciones organizadas después de la constitución de ese dominio, un momento único para blanquear los crímenes cometidos. El libro es una historia de la democracia confiscada.

P. Felicidades por el premio Ernst Bloch. ¿Qué representa hoy este filósofo?
R. La obra de Ernst Bloch, en especial El principio de la esperanza, tiene una importancia capital. En una época en la que creemos que el porvenir está clausurado, la filosofía de Bloch consiste en encontrar, en el presente, el germen de la esperanza real.

martes, 18 de septiembre de 2018

“Ahora los ricos ya no necesitan al pueblo”. Entrevista a Éric Vuillard, escritor, Premio Goncourt 2017.

El escritor Éric Vuillard (1968, Lyon) logró el año pasado el Goncourt, el mayor premio de las letras francesas. Lo hizo gracias a un relato histórico de solo 150 páginas, L’ordre du jour (El orden del día), editado en España por Tusquets-Edicions 62. En esta obra, tan irónica como enigmática, Vuillard explica el ascenso del nazismo a partir del Anschluss, la anexión de Austria por la Alemania nazi, en marzo de 1938. A través de descripciones incisivas y detalladas y recuperando hechos históricos que podrían resultar secundarios, pero que en este libro resultan luminosos, el escritor francés hace un retrato descarnado de las élites alemanas, austríacas y británicas de la Europa de entreguerras.

“Su ceguera y el menosprecio social (de las élites británicas) terminó desembocando en la impotencia de las democracias europeas ante el nazismo”, asegura Vuillard durante una entrevista en una cafetería cercana a la estación de trenes de Rennes, la capital de la Bretaña, donde reside desde hace varios años. Vuillard, que ya había recibido el reconocimiento de la crítica por su novela anterior, 14 juillet, sobre el inicio de la Revolución Francesa, desgrana los aspectos principales de sus últimas obras. En ellas, relata hechos históricos, pero estos interrogan constantemente al lector sobre problemáticas presentes, como la irresponsabilidad de las élites, el incremento de las desigualdades y el auge de la extrema derecha.

Su novela El orden del día trata sobre el Anschluss, la anexión de Austria por la Alemania nazi. ¿Por qué escogió este tema?
La lectura de las Memorias de Winston Churchill me llevaron a interesarme por el Anschluss. Ya las había leído cuando tenía 18 años, pero volví a leerlas y me di cuenta de algunos elementos interesantes que entonces me parecieron insignificantes. Uno de ellos fue la comida en Downing Street, que se produjo el mismo día del Anschluss (el 12 de marzo de 1938), entre el entonces primer ministro británico, Neville Chamberlain, y el ministro de Exteriores de la Alemania nazi, Joachim von Ribbentrop. En esta escena vemos la complacencia excesiva de Chamberlain hacia Ribbentrop, un comportamiento típico de la alta aristocracia británica. Me pareció un ejemplo claro de la hipocresía de la gentry británica y de las élites europeas de ese momento. Estas trataron a los nazis con el menosprecio de una aristocracia y alta burguesía que los veía como arribistas. Pero esta ceguera y menosprecio social terminó desembocando en la impotencia de las democracias europeas ante el nazismo.

El comportamiento y la subjetividad de las élites es en el fondo el tema principal de su novela.
Sí, lo que me pareció más interesante describiendo el Anschluss fue hacer el retrato de una élite. Formar parte de una élite no significa solo ocupar, por ejemplo, un puesto en el gobierno, sino compartir una subjetividad producida por un espacio. Uno de los grandes problemas que tenemos en la actualidad es la constitución de las élites y la relación del pueblo con ellas.

¿Considera que en la actualidad podríamos hablar de una radicalización de las élites como lo hace el sociólogo Emmanuel Todd?
En el libro El orden del día vemos cómo se produce una radicalización del menosprecio, sobre todo de la aristocracia británica. Me parece asombroso que el conde de Halifax titulara Plenitud de días su libro de memorias, en el que sobre todo hablaba de la Segunda Guerra Mundial. Esto nos muestra un menosprecio del dolor, los muertos y del sufrimiento de otros. En la actualidad, seguimos viendo este menosprecio y cómo las élites se comportan sin escrúpulos y de forma poco responsable. Esto se debe al hecho de que no hay prácticamente ningún poder que les haga frente.

Estas élites parecen cada vez más alejadas e inaccesibles para el pueblo…
En el siglo XIX ya existía una gran división entre el pueblo y las élites. Pero entonces las élites eran mucho más reducidas y más visibles, el pueblo las veía constantemente. Ahora los más ricos ya no necesitan al pueblo. Solo se codean con las clases medias, viven en barrios apartados, pueden pedir que les entreguen la compra a domicilio… Esto también afecta al trabajo del escritor. ¿Cómo podemos escribir sobre unas clases pudientes que ya no frecuentamos ni vemos? Ante esta ceguera, el pasado es un recurso.

Podemos documentarnos sobre hechos históricos a través de archivos, fotografías, películas… Me resultó muy sorprendente el hecho de que el exministro de Economía griego, Yani Varoufakis no tuviera derecho a tomar apuntes durante las reuniones del Eurogrupo, en las que se debatía sobre el rescate de Grecia. Nadie podía hacerlo. Lo que nos muestra que estas reuniones no dejan archivos. Constantemente hay reuniones entre dirigentes políticos y grandes empresarios y no sabemos lo que se decide en ellas. En cambio, sobre el pasado tenemos incluso conocimiento de una reunión secreta entre altos dirigentes nazis y los grandes empresarios alemanes en febrero de 1933, poco antes de la llegada al poder del nazismo. Sabemos lo que se pasó durante este encuentro porque nadie prohibió al industrial Gustav Krupp que tomara notas. Así que ahora podemos saber cómo se forjó esta alianza entre los grandes empresarios alemanes y el nazismo.

A pesar de que el tema principal de su obra es la anexión de Austria por el nazismo, empieza hablando sobre esta reunión entre altos dirigentes nazis y los pesos pesados de la industria alemana, Krupp, Albert Vögler o Wilhelm von Opel. ¿Por qué?
Lo más chocante de esta reunión entre dirigentes nazis y el patronato industrial es que muchos de estos empresarios, como Krupp, no se reunieron solo con los nazis, sino también con otros dictadores y dirigentes. Tratan a los nazis como a jefes de Estado ordinarios. No son ni más ni menos competentes para aplicar una política de estabilidad que priorice la economía. Para los empresarios, se trata de una reunión ordinaria. Lo que resulta terrible.

Lo que demuestra las profundas contradicciones entre el capitalismo, el progreso moral y la democracia…
Tanto en las escuelas de negocios como en las facultades de Economía, se concibe la economía política como una ciencia desprovista de moral. Se explica que la gestión de los negocios requiere una ausencia de moralidad para ser eficaz. Este pensamiento es el que rige la reunión entre los dirigentes nazis y los empresarios alemanes. Por el bien de sus negocios, aceptaron pactar con los nazis y participar en un complot que tenía como objetivo la destrucción de la República de Weimar.

Además de favorecer la llegada al poder del nazismo, grandes empresarios, como el mismo Krupp, se beneficiaron del trabajo forzoso en los campos de concentración. ¿También se repitieron este tipo de situaciones en Francia?
Sí, sin duda. Por ejemplo, Renault fue nacionalizada después de la guerra por su colaboración con el Ejército alemán. El grupo Berliet también se benefició del trabajo en los campos de concentración. El interés económico no tiene fronteras. Quizás la única gran diferencia eran las costumbres más rígidas y autoritarias de las empresas alemanas. Un estilo que todavía podemos ver en la actualidad.

Otro de los episodios más chocantes de su última novela es la escena en la que los tanques, pocos kilómetros después de haber cruzado la frontera con Austria, sufren averías y se quedan varados. ¿Cómo descubrió esta escena? ¿Por qué la incluyó?
Lo más interesante de esta escena es que nos muestra el carácter improvisado de la anexión de Austria en 1938. Entonces, los tanques estaban preparados para circular 5 o 10 kilómetros, pero no los más de 100 que separaban Viena de la frontera con Alemania. Esto explica la mayoría de averías que sufrieron los tanques y que tuvieran que ser transportados en tren hasta la capital austríaca. Además, en ese momento los blindados alemanes no estaban preparados para combatir contra los tanques franceses. En definitiva, esto nos muestra que la “Blitzkrieg”, la guerra relámpago de la Alemania nazi consistió, sobre todo, en crear la idea de una capacidad militar imparable a través de una estrategia miserable.

Es decir, ¿el “blitzkrieg” (guerra relámpago) fue sobre todo una construcción de la propaganda alemana?
El “blitzkrieg” como teoría militar consistente no se construyó hasta después de la campaña en Francia, en 1940. Antes de todo fue un mito, después se construyó la teoría militar. De hecho, la mayoría de las imágenes del Anschluss de las que disponen ahora los documentalistas son imágenes difundidas por el mismo Ministerio de la Propaganda nazi, dirigido por Josep Goebels. Estas nos muestran un ejército muy disciplinado, motorizado y eficaz. Algo que no se correspondía con la realidad, como lo demuestra el episodio de las averías en los tanques nazis nada más cruzar la frontera con Austria. El “blitzkrieg” fue, sobre todo, un mito que fracasó durante buena parte de la Segunda Guerra Mundial, especialmente durante la campaña en Rusia.

La mayoría de sus novelas tratan sobre hechos y personajes históricos.
Me intereso por la historia porque me resulta muy complicado hablar sobre el presente. El mundo en el que vivimos me parece ambiguo y disperso; la situación actual resulta muy confusa. Ninguno de nosotros podrá decir qué sucederá en el futuro. Es un futuro inquietante aunque, aparentemente, nada cambia.

En su trabajo sobre el pasado y la historia, vemos una cierta similitud con lo que reivindicaba el escritor alemán Walter Benjamin de “pasarle a la historia el cepillo a contrapelo”. ¿Le parece una comparación pertinente?
Benjamin murió demasiado joven, la mayoría de sus obras están incompletas, solo contienen fragmentos. Esto favorece que siempre haya ambigüedades. Pero uno de los aspectos que me parece más interesante en Benjamin es la manera en la que establece una relación entre el pasado y el presente. De forma poética, nos transmite que en el pasado siempre hay fragmentos que están a la espera de nuestra interpretación. Miramos cada momento histórico en función de nuestra época. El pasado no está muerto, se reconfigura constantemente. En Benjamin hay una forma de marxismo histórico, pero más flexible, líquido.

Pero a diferencia de lo que solía hacer la historiografía social, usted prefiere hablar sobre las élites políticas y económicas. ¿Por qué?
Creo que ha habido dos etapas tanto en la literatura como en la historia a lo largo del siglo XX y a principios del XXI. La primera de ellas empieza con la Primera Guerra Mundial, en la que los pueblos europeos, sobre todo los franceses y alemanes, fueron abandonados en las trincheras europeas durante cuatro años. El segundo gran hecho histórico fue la revolución bolchevique, que generó una gran inquietud entre las élites. Estas experiencias tuvieron una gran influencia en la literatura europea: Erich Maria Remarque, en Alemania o con Louis-Ferdinand Céline o Jean Giono, en Francia.

Entonces, se enterró definitivamente el mito de la guerra y la literatura se dedicó a contar el sufrimiento de soldados anónimos. Las ciencias humanas también siguieron este camino, con la escuela de los Anales de Marc Bloch y Lucien Febvre. El objetivo no era hablar de las élites, sino explicar el sufrimiento de los campesinos, de los obreros… Pero el problema de esto es que se dejó de lado a aquellos que toman las decisiones que afectan a nuestras vidas. Así que ahora debemos interesarnos de nuevo por las élites. Para ello hace falta construir nuevos estilos literarios. Yo apuesto por una forma de relato no lineal en el que se hable de las élites, pero también de los que sufren.

En el último capítulo de El orden del día, asegura que “nunca caemos dos veces en el mismo abismo, pero siempre caemos de la misma forma con una mezcla de ridículo y horror”. ¿Le preocupa el auge de la extrema derecha en Europa?
Creo que estamos en una situación de gran ambigüedad e incertidumbre. Europa se construyó con promesas de paz y de unión, de eficacia económica y de democracia. Pero en el mundo actual la eficacia económica no necesita para nada la democracia, así lo refleja perfectamente el caso de China. Esto hace que los liberales sean menos liberales y prioricen la eficacia en lugar de la libertad. Por ejemplo, con el caso del nuevo Gobierno italiano, lo que preocupaba a la Unión Europa no era que se eligiera a un neofascista como ministro del Interior (Matteo Salvini), sino a un ministro de Finanzas (Paolo Savona) crítico con el euro. Esto nos muestra claramente que lo que importa a las élites es la relación entre las finanzas y la UE. En cambio, el auge de la extrema derecha y el autoritarismo no les preocupa demasiado.

Su novela 14 juillet, en la que describe la toma de la Bastilla en el verano de 1789, fue publicada en la primavera de 2016, al mismo tiempo que surgió el movimiento de indignación Nuit Debout en Francia. ¿Influyeron el movimiento de los indignados, las primaveras árabes y otros semejantes en la escritura de este libro?
Quería escribir sobre una insurrección popular. Pero la mayoría de las revueltas que escogía habían fracasado tras ser reprimidas. Escribir sobre ello hubiera resultado reaccionario. Aunque se trate de hechos incomparables, con los movimientos de indignados y con la Nuit Debout teníamos sentimientos parecidos a los de la Revolución Francesa. Resurgía el sentimiento colectivo, de volver a hablar entre nosotros en asambleas populares. Me pareció que el 14 de julio era la fecha más indicada, ya que no solo se trata de una insurrección victoriosa, sino que ahora se ve como una fiesta nacional. Quise recuperar el 14 de julio desde el punto de visto del pueblo. Deconstruir la toma de la Bastilla petrificada en fiesta nacional y mostrarla como una insurrección popular, en la que las clases populares tuvieron un rol fundamental.

Curiosamente, nació en Lyon en mayo de 1968. ¿Qué ha representado para usted el Mayo del 68?
Mi padre participó en él y, durante mi juventud, esta experiencia siempre estuvo presente durante las conversaciones con amigos mayores que habían participado en las movilizaciones. La visión que no respaldo de Mayo del 68 es que fue un movimiento únicamente a favor de la liberación sexual y de las costumbres. Simpatizo bastante más con el 68 político. Esa revuelta fue la última vez en que fructificó una esperanza colectiva. Este sentimiento fue compartido por una parte muy significativa de la población francesa, desde los estudiantes hasta los obreros. Esto no es un hecho menor. Hay una frase que me apasiona de la obra de Jean-Paul Sartre L’Espoir Maintenant. En ella dice: “Nunca he considerado la esperanza como una ilusión lírica”.

Fuente:
http://ctxt.es/es/20180912/Culturas/21684/nazismo-eric-vuillard-francia-segunda-guerra-elites-economicas-capitalismo-enric-bonet.htm

Éric Vuillard: “Recurrir a la ficción puede ser engañoso”  Goncourt premia una novela sobre el ascenso de  Los cocineros del Infierno, MANUEL RIVAS. Se trata de El orden del día, de Éric Vuillard “Recurrir a la ficción puede ser engañoso”.
 El escritor francés publica 'El orden del día', crónica impresionista del ascenso de Hitler al poder, con la que se llevó el Premio Goncourt.