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miércoles, 22 de julio de 2026

El gran despojo del bienestar y la arquitectura del cuartel europeo

En algún lugar de la memoria colectiva europea, entre el polvo de los archivos y las fotografías sepia, permanece la imagen de aquella sala cargada de humo en Berlín, el 20 de febrero de 1933. Veinticuatro hombres, los barones del acero, la química y la banca teutona, la elite alemana se sentaban frente a un cabo bohemio de bigote ridículo para entregarle las llaves del Reich.

Éric Vuillard, en su escalofriante crónica de El orden del día, reconstruyó aquella escena con la precisión de un forense, dejándonos la lección más amarga de la historia económica del siglo XX. Las catástrofes no las provocan los locos, sino los hombres respetables que firman los cheques. Pero hay una verdad aún más oscura que subyace en aquella reunión, una que los historiadores oficiales suelen omitir en sus eufemismos. Aquellos veinticuatro caballeros no solo traicionaron a la democracia de Weimar; iniciaron el mayor ejercicio de despojo, expoliación y sumisión de las clases trabajadoras que Europa hubiera conocido.

Hay similitudes entre el periodo de entreguerras (1918-1939) y la situación actual con las élites europeas. El paralelismo es llamativo, aunque no exactos, la historia no se repite idénticamente, pero rima. En ambos casos, las élites económicas, políticas e intelectuales europeas percibieron una amenaza existencial a su orden liberal/capitalista y responden con estrategias de contención, rearme ideológico y apoyo selectivo a fuerzas «defensoras» del statu quo, a menudo con un giro hacia posiciones más derechistas.

De la lectura se desprende que las élites europeas quieren tres cosas al mismo tiempo: contener a Rusia, reconstruir el poder geopolítico europeo y descargar el costo de la crisis sobre el trabajo y el bienestar social. El problema es que esas tres metas chocan entre sí,: la militarización exige gasto público; la competitividad demanda salarios más bajos y ajustes, y la cohesión política se debilita cuando la población percibe que paga el precio de una estrategia diseñada desde arriba.

Para comprender la magnitud de este despojo, hay que mirar sin anestesia lo que ocurre en el corazón industrial de Europa. El motor de Europa se está apagando, y esto no es un misterio, sino el resultado de la ruptura del modelo de negocios alemán (gas ruso barato + manufactura de alta calidad + exportación a China). Recientemente, a finales de junio de 2026, se anunció que Volkswagen planea cerrar cuatro plantas en Alemania y despedir a 100.000 trabajadores en todo el mundo. El colapso del modelo alemán no es un accidente, es una reestructuración de clase planificada.

Esto refleja una desindustrialización acelerada donde los costes energéticos y las regulaciones verdes destruyen el tejido industrial tradicional. La vieja burguesía industrial europea está sufriendo, pero esto abre la puerta a que los capitales financieros y los fondos de inversión (muchos de ellos estadounidenses o vinculados a las grandes gestoras de activos) adquieran activos europeos a precios de remate, reconfigurando la propiedad de la industria hacia un modelo más financiero y menos productivo.

El capital financiero no necesita fábricas en el Ruhr; necesita bonos verdes, derivados de carbono, algoritmos de gestión de datos y activos comprados a precio de saldo. El despojo consiste en transferir la riqueza pública y productiva a los balances privados de los fondos de inversión, dejando a la ciudadanía con las migajas de una economía de servicios precarizados.

Mientras Alemania es vaciada de su poderío productivo, Londres y París arden en un caos político que sirve como la cortina de humo perfecta para esta operación. El desastre político del Reino Unido, atrapado en la trampa del Brexit y en una sucesión de gobiernos débiles, la fragmentación de Francia, con la extrema derecha acechando el Eliseo y una izquierda irreconciliable, son presentados por los medios hegemónicos como la crisis de la democracia. Nada más lejos de la realidad. Este caos es la condición de posibilidad para el verdadero objetivo de las elites. La construcción del Estado de la Vigilancia.

En la cúspide de esta arquitectura del despojo se erigen tres pilares fundamentales que operan en perfecta simbiosis para garantizar que la riqueza fluya hacia arriba y el control se imponga hacia abajo. El primero de estos pilares es la ingeniería ideológica y moral representada por George Soros y su red de Fundaciones por una Sociedad Abierta. Soros no es un simple filántropo; es el jefe de inteligencia ideológica de las elites transnacionales. Su función en esta transición del bienestar a la vigilancia es crucial: reemplazar la soberanía popular por una red de ONG, think tanks y activismo legal que dicta los límites de lo pensable.

Las Open Society Foundations no buscan el bienestar material de las clases bajas; buscan la sumisión ideológica. Financian la «sociedad civil» que exige la apertura de fronteras (para garantizar un flujo de mano de obra barata y precaria que presione los salarios a la baja) y que, al mismo tiempo, exige la censura de cualquier discurso que desafíe el consenso tecnocrático de Bruselas. Soros provee el marco moral que justifica el Estado de la Vigilancia, bajo la premisa de proteger la «democracia liberal» y los «derechos humanos», se legitima la persecución legal, financiera y mediática de cualquier disidencia. Es la vigilancia del pensamiento, la policía de la moralidad que asegura que las masas empobrecidas no culpen al sistema financiero, sino a los chivos expiatorios de turno.

El segundo pilar es la banca de la reestructuración y el parasitismo financiero, encarnado históricamente por la dinastía Rothschild y, hoy, por la red de bancos de inversión y gestoras de activos globales. Si el Estado del Bienestar se financiaba con los impuestos al trabajo y a la producción nacional, el nuevo Estado de la Vigilancia y el Cuartel se financia con deuda. Aquí es donde se consuma el gran despojo económico. Las elites financieras utilizan las crisis que ellas mismas provocan o exacerban para rescatar a los Estados no con dinero gratuito, sino con deuda impagable. A cambio de esta deuda, los Estados europeos están obligados a hipotecar sus infraestructuras públicas, sus sistemas de pensiones y sus recursos naturales.

Rothschild & Co y sus pares asesoran la privatización silenciosa de lo que queda del patrimonio público. Cada vez que un Estado europeo necesita emitir deuda para mantener a flote su maltrecho sistema de salud o para financiar el déficit energético, los fondos de inversión globales compran esa deuda, exigiendo a cambio «reformas estructurales», es decir, recortes en el gasto social, aumento de la edad de jubilación y flexibilización laboral. El despojo es la financiarización de la vida misma: el capital financiero se alimenta de la sangre del Estado social, absorbiendo la riqueza de las generaciones presentes y futuras para inyectarla en los mercados de activos globales.

El tercer pilar, y quizás el más visible en su brutalidad, es el complejo militar-industrial europeo. La provocación y el enquistamiento del conflicto con Rusia no son un error de cálculo diplomático; son la gallina de los huevos de oro del nuevo modelo de acumulación. El Estado del Bienestar gastaba dinero en construir hospitales, escuelas y redes de transporte, bienes que mejoraban la vida de la población y fortalecían su capacidad de organización.

El Estado del Cuartel gasta ese mismo dinero en comprar drones, misiles y sistemas de vigilancia a corporaciones privadas como Rheinmetall, BAE Systems o Thales. Este es el secreto a voces de las elites europeas. La guerra y la amenaza de guerra son el único keynesianismo que les queda. Ante la imposibilidad de generar crecimiento real en una economía desindustrializada y envejecida, la única forma de inyectar dinero público en la economía sin que la población lo reclame en forma de bienestar social es a través del gasto militar.

Las elites europeas necesitan a Rusia como el enemigo existencial para justificar el aumento exponencial de los presupuestos de defensa. Este gasto público es una trasferencia directa de riqueza de los contribuyentes europeos a los accionistas del complejo militar-industrial. Es el despojo definitivo: obligar a una clase media empobrecida a pagar con sus impuestos los dividendos de las empresas que fabrican las armas que amenazan su propia seguridad.

Y conectando, orquestando y beneficiándose de estos tres pilares se encuentra el gran depredador, la entidad que ha trascendido la mera influencia para convertirse en el verdadero soberano de Europa, BlackRock. Larry Fink y su fondo de catorce billones de dólares no son un actor más en el mercado; son la encarnación del feudalismo financiero global. BlackRock es el dueño de la sustitución del Estado del Bienestar por el Estado de la Vigilancia y el Cuartel porque BlackRock es accionista mayoritario de todo lo que compone este nuevo sistema.

Poseen las acciones de las empresas de energía que estrangulan a la industria alemana; poseen la deuda de los Estados francés y británico que los obliga a recortar los servicios públicos; poseen las empresas tecnológicas que proveen los algoritmos de vigilancia y censura, y, por supuesto, son los principales accionistas de Rheinmetall y de las grandes corporaciones de defensa.

BlackRock no tiene patria, no tiene lealtad a la constitución de ningún Estado europeo y no rinde cuentas ante ningún electorado. Para BlackRock, la «transición verde» no es una necesidad ecológica, es un mecanismo para crear nuevos mercados de activos financieros y destruir la vieja industria que exige derechos laborales. Para BlackRock, la guerra en Ucrania no es una tragedia humanitaria, es una oportunidad para lanzar Exchange Traded Fun (ETFs), o fondo cotizado de defensa europea y capitalizar el miedo. BlackRock es el nuevo Krupp, el nuevo Siemens, el nuevo IG Farben, pero multiplicado por mil y liberado de cualquier atadura territorial.

Las elites europeas ante la pregunta de si son parte del desastre o los ganadores, la hipótesis y el concepto de «capitalismo de crisis» sugiere que la facción tecnocrática, financiera y verde está ganando. La teoría de las elites sugiere que están utilizando la crisis para consolidar el poder supranacional de la Unión Europea y evolucionar su marco legal hacia una mayor centralización.

Si aplicamos a esta Europa, la de 2026, el marco analítico que Ian Kershaw desarrolló en su magistral “Descenso a los infiernos”, el paralelismo no es solo perturbador, es revelador de la intencionalidad de las elites. Kershaw identificó cuatro motores que empujaron a Europa al abismo entre 1914 y 1949: las tensiones nacionalistas, las disputas territoriales, los conflictos de clase y las crisis del capitalismo. Pero su gran lección es cómo las elites conservadoras y financieras utilizaron estos motores para justificar la destrucción de la democracia y los derechos sociales.

En los años treinta, el pánico sistémico de las elites ante el comunismo y la revolución obrera las llevó a apoyar, financiar y armar a los movimientos fascistas. Necesitaban un leviatán que aplastara a los sindicatos, eliminara el derecho a huelga y sometiera a la clase trabajadora a la disciplina de la economía de guerra. El fascismo no fue un accidente histérico de las masas; fue la solución de emergencia de las elites para salvar el capital mediante el terror de Estado.

Al igual que en el periodo de entreguerras, las elites actuales están dispuestas a sacrificar la democracia liberal, el bienestar social y la paz para garantizar la seguridad del capital y su propia supervivencia en la cúspide de la pirámide. Utilizan la amenaza de Rusia y China como el nuevo «peligro bolchevique», un chivo expiatorio geopolítico que les permite imponer medidas de austeridad, recortar libertades civiles y desviar el presupuesto público hacia el aparato de seguridad. El enemigo externo es la coartada perfecta para el despojo interno.

El despojo se ha vuelto invisible, automatizado y aceptado como «sentido común» por una población que ha sido educada para temer más al «discurso de odio» o a la «desinformación» que, a la pobreza, a la guerra o a la pérdida de su soberanía. Las elites han logrado que los propios ciudadanos se vigilen, se delaten y se autocensuren, externalizando la función de la policía política a la propia sociedad civil, esa misma que Soros y sus ONG han meticulosamente adiestrado en la pureza moral y la obediencia tecnocrática.

Al destruir el Estado del Bienestar, las elites europeas han eliminado el colchón de contención social. Han sustituido la esperanza por el miedo, y el miedo, cuando se acumula durante demasiado tiempo en una población acorralada, no genera sumisión; genera una presión explosiva. El despojo tiene un límite físico. Cuando la clase media europea ya no pueda pagar la calefacción, cuando los trabajadores de las ciudades desindustrializadas no tengan nada que perder, cuando la realidad material de la pobreza y la guerra llame a sus puertas, ninguna ley de «desinformación» y ningún algoritmo de vigilancia podrá contener la furia de una sociedad a la que se le ha robado el futuro.

La historia, como Kershaw demostró y como Vuillard noveló, suele castigar esa arrogancia. Las catástrofes históricas rara vez son causadas por monstruos sádicos al principio; son causadas por elites conservadoras, banqueros y tecnócratas que creen que pueden gestionar el caos para proteger sus privilegios. Las elites europeas actuales, al financiar la guerra contra Rusia y permitir la desindustrialización de Alemania, están caminando por el mismo precipicio, convencidas de que su ingeniería financiera y militar las salvará.

Pero los nuevos veinticuatro caballeros, los Soros, los Rothschild, los Fink, los Von der Leyen, los Macron, no han aprendido la lección de sus predecesores. Creen que esta vez será diferente. Creen que el monstruo les obedecerá. La historia, terca y repetitiva, les recordará que los monstruos nunca obedecen a quienes los financian. Europa, una vez más, desciende a los infiernos. Y esta vez no habrá un 1945 que la rescate de sí misma.

Fuente: 

martes, 18 de septiembre de 2018

“Ahora los ricos ya no necesitan al pueblo”. Entrevista a Éric Vuillard, escritor, Premio Goncourt 2017.

El escritor Éric Vuillard (1968, Lyon) logró el año pasado el Goncourt, el mayor premio de las letras francesas. Lo hizo gracias a un relato histórico de solo 150 páginas, L’ordre du jour (El orden del día), editado en España por Tusquets-Edicions 62. En esta obra, tan irónica como enigmática, Vuillard explica el ascenso del nazismo a partir del Anschluss, la anexión de Austria por la Alemania nazi, en marzo de 1938. A través de descripciones incisivas y detalladas y recuperando hechos históricos que podrían resultar secundarios, pero que en este libro resultan luminosos, el escritor francés hace un retrato descarnado de las élites alemanas, austríacas y británicas de la Europa de entreguerras.

“Su ceguera y el menosprecio social (de las élites británicas) terminó desembocando en la impotencia de las democracias europeas ante el nazismo”, asegura Vuillard durante una entrevista en una cafetería cercana a la estación de trenes de Rennes, la capital de la Bretaña, donde reside desde hace varios años. Vuillard, que ya había recibido el reconocimiento de la crítica por su novela anterior, 14 juillet, sobre el inicio de la Revolución Francesa, desgrana los aspectos principales de sus últimas obras. En ellas, relata hechos históricos, pero estos interrogan constantemente al lector sobre problemáticas presentes, como la irresponsabilidad de las élites, el incremento de las desigualdades y el auge de la extrema derecha.

Su novela El orden del día trata sobre el Anschluss, la anexión de Austria por la Alemania nazi. ¿Por qué escogió este tema?
La lectura de las Memorias de Winston Churchill me llevaron a interesarme por el Anschluss. Ya las había leído cuando tenía 18 años, pero volví a leerlas y me di cuenta de algunos elementos interesantes que entonces me parecieron insignificantes. Uno de ellos fue la comida en Downing Street, que se produjo el mismo día del Anschluss (el 12 de marzo de 1938), entre el entonces primer ministro británico, Neville Chamberlain, y el ministro de Exteriores de la Alemania nazi, Joachim von Ribbentrop. En esta escena vemos la complacencia excesiva de Chamberlain hacia Ribbentrop, un comportamiento típico de la alta aristocracia británica. Me pareció un ejemplo claro de la hipocresía de la gentry británica y de las élites europeas de ese momento. Estas trataron a los nazis con el menosprecio de una aristocracia y alta burguesía que los veía como arribistas. Pero esta ceguera y menosprecio social terminó desembocando en la impotencia de las democracias europeas ante el nazismo.

El comportamiento y la subjetividad de las élites es en el fondo el tema principal de su novela.
Sí, lo que me pareció más interesante describiendo el Anschluss fue hacer el retrato de una élite. Formar parte de una élite no significa solo ocupar, por ejemplo, un puesto en el gobierno, sino compartir una subjetividad producida por un espacio. Uno de los grandes problemas que tenemos en la actualidad es la constitución de las élites y la relación del pueblo con ellas.

¿Considera que en la actualidad podríamos hablar de una radicalización de las élites como lo hace el sociólogo Emmanuel Todd?
En el libro El orden del día vemos cómo se produce una radicalización del menosprecio, sobre todo de la aristocracia británica. Me parece asombroso que el conde de Halifax titulara Plenitud de días su libro de memorias, en el que sobre todo hablaba de la Segunda Guerra Mundial. Esto nos muestra un menosprecio del dolor, los muertos y del sufrimiento de otros. En la actualidad, seguimos viendo este menosprecio y cómo las élites se comportan sin escrúpulos y de forma poco responsable. Esto se debe al hecho de que no hay prácticamente ningún poder que les haga frente.

Estas élites parecen cada vez más alejadas e inaccesibles para el pueblo…
En el siglo XIX ya existía una gran división entre el pueblo y las élites. Pero entonces las élites eran mucho más reducidas y más visibles, el pueblo las veía constantemente. Ahora los más ricos ya no necesitan al pueblo. Solo se codean con las clases medias, viven en barrios apartados, pueden pedir que les entreguen la compra a domicilio… Esto también afecta al trabajo del escritor. ¿Cómo podemos escribir sobre unas clases pudientes que ya no frecuentamos ni vemos? Ante esta ceguera, el pasado es un recurso.

Podemos documentarnos sobre hechos históricos a través de archivos, fotografías, películas… Me resultó muy sorprendente el hecho de que el exministro de Economía griego, Yani Varoufakis no tuviera derecho a tomar apuntes durante las reuniones del Eurogrupo, en las que se debatía sobre el rescate de Grecia. Nadie podía hacerlo. Lo que nos muestra que estas reuniones no dejan archivos. Constantemente hay reuniones entre dirigentes políticos y grandes empresarios y no sabemos lo que se decide en ellas. En cambio, sobre el pasado tenemos incluso conocimiento de una reunión secreta entre altos dirigentes nazis y los grandes empresarios alemanes en febrero de 1933, poco antes de la llegada al poder del nazismo. Sabemos lo que se pasó durante este encuentro porque nadie prohibió al industrial Gustav Krupp que tomara notas. Así que ahora podemos saber cómo se forjó esta alianza entre los grandes empresarios alemanes y el nazismo.

A pesar de que el tema principal de su obra es la anexión de Austria por el nazismo, empieza hablando sobre esta reunión entre altos dirigentes nazis y los pesos pesados de la industria alemana, Krupp, Albert Vögler o Wilhelm von Opel. ¿Por qué?
Lo más chocante de esta reunión entre dirigentes nazis y el patronato industrial es que muchos de estos empresarios, como Krupp, no se reunieron solo con los nazis, sino también con otros dictadores y dirigentes. Tratan a los nazis como a jefes de Estado ordinarios. No son ni más ni menos competentes para aplicar una política de estabilidad que priorice la economía. Para los empresarios, se trata de una reunión ordinaria. Lo que resulta terrible.

Lo que demuestra las profundas contradicciones entre el capitalismo, el progreso moral y la democracia…
Tanto en las escuelas de negocios como en las facultades de Economía, se concibe la economía política como una ciencia desprovista de moral. Se explica que la gestión de los negocios requiere una ausencia de moralidad para ser eficaz. Este pensamiento es el que rige la reunión entre los dirigentes nazis y los empresarios alemanes. Por el bien de sus negocios, aceptaron pactar con los nazis y participar en un complot que tenía como objetivo la destrucción de la República de Weimar.

Además de favorecer la llegada al poder del nazismo, grandes empresarios, como el mismo Krupp, se beneficiaron del trabajo forzoso en los campos de concentración. ¿También se repitieron este tipo de situaciones en Francia?
Sí, sin duda. Por ejemplo, Renault fue nacionalizada después de la guerra por su colaboración con el Ejército alemán. El grupo Berliet también se benefició del trabajo en los campos de concentración. El interés económico no tiene fronteras. Quizás la única gran diferencia eran las costumbres más rígidas y autoritarias de las empresas alemanas. Un estilo que todavía podemos ver en la actualidad.

Otro de los episodios más chocantes de su última novela es la escena en la que los tanques, pocos kilómetros después de haber cruzado la frontera con Austria, sufren averías y se quedan varados. ¿Cómo descubrió esta escena? ¿Por qué la incluyó?
Lo más interesante de esta escena es que nos muestra el carácter improvisado de la anexión de Austria en 1938. Entonces, los tanques estaban preparados para circular 5 o 10 kilómetros, pero no los más de 100 que separaban Viena de la frontera con Alemania. Esto explica la mayoría de averías que sufrieron los tanques y que tuvieran que ser transportados en tren hasta la capital austríaca. Además, en ese momento los blindados alemanes no estaban preparados para combatir contra los tanques franceses. En definitiva, esto nos muestra que la “Blitzkrieg”, la guerra relámpago de la Alemania nazi consistió, sobre todo, en crear la idea de una capacidad militar imparable a través de una estrategia miserable.

Es decir, ¿el “blitzkrieg” (guerra relámpago) fue sobre todo una construcción de la propaganda alemana?
El “blitzkrieg” como teoría militar consistente no se construyó hasta después de la campaña en Francia, en 1940. Antes de todo fue un mito, después se construyó la teoría militar. De hecho, la mayoría de las imágenes del Anschluss de las que disponen ahora los documentalistas son imágenes difundidas por el mismo Ministerio de la Propaganda nazi, dirigido por Josep Goebels. Estas nos muestran un ejército muy disciplinado, motorizado y eficaz. Algo que no se correspondía con la realidad, como lo demuestra el episodio de las averías en los tanques nazis nada más cruzar la frontera con Austria. El “blitzkrieg” fue, sobre todo, un mito que fracasó durante buena parte de la Segunda Guerra Mundial, especialmente durante la campaña en Rusia.

La mayoría de sus novelas tratan sobre hechos y personajes históricos.
Me intereso por la historia porque me resulta muy complicado hablar sobre el presente. El mundo en el que vivimos me parece ambiguo y disperso; la situación actual resulta muy confusa. Ninguno de nosotros podrá decir qué sucederá en el futuro. Es un futuro inquietante aunque, aparentemente, nada cambia.

En su trabajo sobre el pasado y la historia, vemos una cierta similitud con lo que reivindicaba el escritor alemán Walter Benjamin de “pasarle a la historia el cepillo a contrapelo”. ¿Le parece una comparación pertinente?
Benjamin murió demasiado joven, la mayoría de sus obras están incompletas, solo contienen fragmentos. Esto favorece que siempre haya ambigüedades. Pero uno de los aspectos que me parece más interesante en Benjamin es la manera en la que establece una relación entre el pasado y el presente. De forma poética, nos transmite que en el pasado siempre hay fragmentos que están a la espera de nuestra interpretación. Miramos cada momento histórico en función de nuestra época. El pasado no está muerto, se reconfigura constantemente. En Benjamin hay una forma de marxismo histórico, pero más flexible, líquido.

Pero a diferencia de lo que solía hacer la historiografía social, usted prefiere hablar sobre las élites políticas y económicas. ¿Por qué?
Creo que ha habido dos etapas tanto en la literatura como en la historia a lo largo del siglo XX y a principios del XXI. La primera de ellas empieza con la Primera Guerra Mundial, en la que los pueblos europeos, sobre todo los franceses y alemanes, fueron abandonados en las trincheras europeas durante cuatro años. El segundo gran hecho histórico fue la revolución bolchevique, que generó una gran inquietud entre las élites. Estas experiencias tuvieron una gran influencia en la literatura europea: Erich Maria Remarque, en Alemania o con Louis-Ferdinand Céline o Jean Giono, en Francia.

Entonces, se enterró definitivamente el mito de la guerra y la literatura se dedicó a contar el sufrimiento de soldados anónimos. Las ciencias humanas también siguieron este camino, con la escuela de los Anales de Marc Bloch y Lucien Febvre. El objetivo no era hablar de las élites, sino explicar el sufrimiento de los campesinos, de los obreros… Pero el problema de esto es que se dejó de lado a aquellos que toman las decisiones que afectan a nuestras vidas. Así que ahora debemos interesarnos de nuevo por las élites. Para ello hace falta construir nuevos estilos literarios. Yo apuesto por una forma de relato no lineal en el que se hable de las élites, pero también de los que sufren.

En el último capítulo de El orden del día, asegura que “nunca caemos dos veces en el mismo abismo, pero siempre caemos de la misma forma con una mezcla de ridículo y horror”. ¿Le preocupa el auge de la extrema derecha en Europa?
Creo que estamos en una situación de gran ambigüedad e incertidumbre. Europa se construyó con promesas de paz y de unión, de eficacia económica y de democracia. Pero en el mundo actual la eficacia económica no necesita para nada la democracia, así lo refleja perfectamente el caso de China. Esto hace que los liberales sean menos liberales y prioricen la eficacia en lugar de la libertad. Por ejemplo, con el caso del nuevo Gobierno italiano, lo que preocupaba a la Unión Europa no era que se eligiera a un neofascista como ministro del Interior (Matteo Salvini), sino a un ministro de Finanzas (Paolo Savona) crítico con el euro. Esto nos muestra claramente que lo que importa a las élites es la relación entre las finanzas y la UE. En cambio, el auge de la extrema derecha y el autoritarismo no les preocupa demasiado.

Su novela 14 juillet, en la que describe la toma de la Bastilla en el verano de 1789, fue publicada en la primavera de 2016, al mismo tiempo que surgió el movimiento de indignación Nuit Debout en Francia. ¿Influyeron el movimiento de los indignados, las primaveras árabes y otros semejantes en la escritura de este libro?
Quería escribir sobre una insurrección popular. Pero la mayoría de las revueltas que escogía habían fracasado tras ser reprimidas. Escribir sobre ello hubiera resultado reaccionario. Aunque se trate de hechos incomparables, con los movimientos de indignados y con la Nuit Debout teníamos sentimientos parecidos a los de la Revolución Francesa. Resurgía el sentimiento colectivo, de volver a hablar entre nosotros en asambleas populares. Me pareció que el 14 de julio era la fecha más indicada, ya que no solo se trata de una insurrección victoriosa, sino que ahora se ve como una fiesta nacional. Quise recuperar el 14 de julio desde el punto de visto del pueblo. Deconstruir la toma de la Bastilla petrificada en fiesta nacional y mostrarla como una insurrección popular, en la que las clases populares tuvieron un rol fundamental.

Curiosamente, nació en Lyon en mayo de 1968. ¿Qué ha representado para usted el Mayo del 68?
Mi padre participó en él y, durante mi juventud, esta experiencia siempre estuvo presente durante las conversaciones con amigos mayores que habían participado en las movilizaciones. La visión que no respaldo de Mayo del 68 es que fue un movimiento únicamente a favor de la liberación sexual y de las costumbres. Simpatizo bastante más con el 68 político. Esa revuelta fue la última vez en que fructificó una esperanza colectiva. Este sentimiento fue compartido por una parte muy significativa de la población francesa, desde los estudiantes hasta los obreros. Esto no es un hecho menor. Hay una frase que me apasiona de la obra de Jean-Paul Sartre L’Espoir Maintenant. En ella dice: “Nunca he considerado la esperanza como una ilusión lírica”.

Fuente:
http://ctxt.es/es/20180912/Culturas/21684/nazismo-eric-vuillard-francia-segunda-guerra-elites-economicas-capitalismo-enric-bonet.htm

Éric Vuillard: “Recurrir a la ficción puede ser engañoso”  Goncourt premia una novela sobre el ascenso de  Los cocineros del Infierno, MANUEL RIVAS. Se trata de El orden del día, de Éric Vuillard “Recurrir a la ficción puede ser engañoso”.
 El escritor francés publica 'El orden del día', crónica impresionista del ascenso de Hitler al poder, con la que se llevó el Premio Goncourt.